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H Filosofía 2º Bachillerato Problemas

Platón sostiene que el conocimiento es recordar las Ideas del mundo inteligible, que es superior al mundo sensible, y distingue entre doxa (opinión) y episteme (ciencia). Además, presenta una antropología dualista donde el alma es inmortal y debe purificarse del cuerpo, y propone una organización social basada en las partes del alma. Aristóteles, en contraste, define al ser humano como un compuesto de materia y forma, rechaza la inmortalidad del alma y propone una ética teleológica centrada en la búsqueda de la eudaimonía a través de la virtud y el equilibrio.

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H Filosofía 2º Bachillerato Problemas

Platón sostiene que el conocimiento es recordar las Ideas del mundo inteligible, que es superior al mundo sensible, y distingue entre doxa (opinión) y episteme (ciencia). Además, presenta una antropología dualista donde el alma es inmortal y debe purificarse del cuerpo, y propone una organización social basada en las partes del alma. Aristóteles, en contraste, define al ser humano como un compuesto de materia y forma, rechaza la inmortalidad del alma y propone una ética teleológica centrada en la búsqueda de la eudaimonía a través de la virtud y el equilibrio.

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EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Platón | edad antigua

Platón afirma que conocer es recordar, es decir, reconocer la idea de un objeto vista por el
alma durante su primera existencia en el mundo de las ideas.

Es necesario tener en cuenta los dos mundos que distingue Platón: el de las Ideas, eterno e
inmutable cuya Idea suprema es el Bien, y el sensible conocido a través de los sentidos y que,
a pesar de existir, tiene menor realidad que el de las ideas. Esto desemboca en dos tipos de
conocimiento: el intelectivo que es el más perfecto puesto que el segundo tipo, el
conocimiento sensible, viene dado por los sentidos que solo son capaces de mostrar el mundo
cambiante. Sin embargo, el conocimiento implica cierto grado de inmutabilidad.

Además, no es posible sacar las ideas a partir del mundo sensible, porque de un grado
imperfecto no puede extraerse algo de una perfección mayor. Por lo tanto, el conocimiento
inteligible despierta gracias al mundo sensible, no se adquiere a través de él.

A pesar de que el discípulo de Sócrates afirme la existencia de dos mundos, niega que ambos
sean igual de reales: hay una primacía del mundo de las Ideas, sin el cual no podría existir el
mundo sensible, pues este es una copia del inteligible.
Como conocer es asimilar, debe existir una semejanza entre el que conoce y lo conocido,
según esto, si el alma es capaz de conocer las Ideas , debe tener una naturaleza similar a estas:
ha de ser eterna e inteligible.

De esta afirmación deriva la creencia platónica de la inmortalidad del alma humana. Platón
distingue dos tipos de conocimiento: la doxa (conocimiento de lo sensible) que es el de las
realidades cambiantes, es decir, lo particular y lo cambiante. La opinión admite a su vez dos
grados: la evidencia sensible (mera opinión) y la imaginación (reflejo de los objetos
sensibles).

El otro tipo de conocimiento es la episteme (la ciencia) que tiene como objeto lo universal e
inmutable, también se admiten dos grados: el razonamiento (conocimiento de unas realidades
a través de otras) y la noesis (o dialéctica, conocimiento inmediato y directo que parte de las
ideas verdaderas).

Para Platón será siempre superior la ciencia a la opinión. Él dice que la mayoría de hombres
se mueven entre opiniones, pero solo los verdaderos filósofos ascienden hasta la pura
intelección.
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO - Platón

Platón cuenta con una antropología dualista (en consonancia con su dualismo ontológico),
puesto que el ser humano tiene cuerpo y alma, es decir, dos realidades que, aunque no son
igual de auténticas, se relacionan.

El alma es eterna e inmortal, pero está encerrada en el cuerpo que es su cárcel hasta que se
purifique y pueda ascender al mundo de las Ideas. El cuerpo es el origen de todo mal, el
castigo del que el alma debe librarse para alcanzar el mundo de las ideas, que es superior al
mundo sensible. En este sentido, el mundo inteligible se relaciona con el alma y el mundo
sensible con el cuerpo. Es por esto que hay una primacía del alma sobre el mundo sensible.

El alma cuenta con una estructura tripartita: la parte racional (que se encuentra en la cabeza),
la parte irascible (o ánimo, situada en el pecho) y la parte concupiscible (o apetito, que se
encuentra en el vientre y es la tendencia al placer sensible).

Para explicar esto, Platón hace uso de la metáfora del auriga (la razón) que conduce un carro
con dos caballos: uno de ellos es el ánimo y el otro el apetito. Cuando alguno se desboca, el
alma cae al mundo sensible y se instala en el cuerpo.

Según Platón, una vez que se controlen las pasiones, el alma estará purificada y ascenderá al
mundo de las Ideas donde la mayor es la idea de “Bien”. Siguiendo esta línea, Platón afirma
la inmortalidad del alma, que según él ha existido siempre y seguirá existiendo con
independencia del cuerpo (que es una cárcel).

Para justificar esta cuestión, expone que conocer es recordar la idea de un objeto previamente
visto por el alma en el mundo de las Ideas. Además, de algo imperfecto no puede sacarse algo
de perfección mayor por lo que el alma, por fuerza, ha debido conocer estos conceptos en el
mundo de las Ideas y no en el sensible, por tanto ha debido preexistir en el mundo inteligible.

Añade también que, como conocer es asimilar debe existir cierta semejanza entre el que
conoce y lo conocido y por tanto, si el alma puede conocer las ideas, tiene que contar con una
naturaleza semejante a la de ellas (eterna e inmutable).

Ya demostrada la inmortalidad del alma, el filósofo desarrolla su idea central: la


metempsicosis, doctrina que afirma que el alma se reencarna en diversos cuerpos antes de
alcanzar la vida definitiva en el mundo de las Ideas o el castigo eterno del Tártaro.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA - Platón

Para Platón, la sociedad debe reflejar la esencia del ser humano (que es social por naturaleza)
de modo que las partes del alma se den también en la organización social. Es un pensamiento
práctico puesto que la división que se establece en la sociedad será en función de la parte del
alma que domine cada persona.

Por tanto, la sociedad se dividirá en: productores, hombres en los que predomine la parte
concupiscible y se ocuparán de la producir los bienes materiales. Han de poseer
especialmente la virtud de la templanza especialmente, pues producen para el bien común.
Los guardianes serán los ciudadanos en los que predomina la parte irascible del alma, serán
los guerreros y deberán tener especialmente la virtud de la fortaleza. Su función será defender
el Estado y el orden social y político. Aquellos en los que predomine la parte racional serán
los gobernantes y deberán cultivar la filosofía y ocuparse del gobierno. Esto incluye
promulgar leyes y educar al resto de ciudadanos. En ellos debe predominar la prudencia a fin
de que en la polis reina la justicia (armonía de los ciudadanos entre sí y con el Estado) que se
logra cuando cada clase cumple su función pensando en el bien común.

Para lograr esto, Platón comprende que las dos clases superiores (gobernantes y guardianes)
deben renunciar a las ambiciones y bienes personales para que puedan orientar todas sus
energías al bien del Estado. Por tanto no deben poseer ni propiedad privada ni familia,
atendiendo a un régimen de comunidad de hijos, mujeres y bienes. Sin embargo, para Platón,
la pertenencia a una clase u otra suele ser hereditaria, esta concepción en la que el individuo
queda completamente subordinado a la sociedad, es plenamente utópica.

Para Platón, existen formas imperfectas de gobierno como la timocracia (gobierno por el
honor, con el predominio del ánimo), la oligarquía (gobierno de los ricos en el que
predominan las pasiones y el apetito) y la democracia (que es para Platón uno de los peores
gobiernos ya que, según él, no todos tienen derecho a gobernar; afirma que es el gobierno del
deseo y que surge solo cuando la clase política no es ejemplar). La última es la tiranía que es
el gobierno por la fuerza del más fuerte que busca su bien particular.

Platón cree que el gobierno ideal es la monarquía ejercida por uno o varios reyes filósofos, a
pesar del peligro constante de que la ambición política de los guardianes desemboque en la
ya citada timocracia.
EL PROBLEMA DE LA ÉTICA - Platón

La ética está orientada a resolver los problemas de la conducta humana, a la integración de


los intereses individuales en un proyecto común y al intento de alcanzar la felicidad. Platón
hace uso del mito del carro alado como alegoría del alma humana, siento el caballo blanco el
ánimo, el negro el apetito y el auriga, encargado de controlae y guiar el carro, la razón.

A cada parte del alma le corresponde una función de la que derivará una virtud propia
(entendiendo como virtud, la disposición del hombre a obrar en conformidad con su
naturaleza y con el orden universal, que conlleva la armonía del alma, es decir, una justa
proporción y equilibrio entre las partes).

A la parte concupiscible, le corresponde moderar de forma inteligente y poseer como virtud


la templanza. A la parte irascible, le corresponde la capacidad de sacrificio y tiene como
virtud la fortaleza de ánimo. La parte racional tiene que poseer la inteligencia práctica y su
virtud es la prudencia.

Existe una cuarte virtud, la más importante, que deriva de la suma de las tres anteriores y que
logra expresar la armonía perfecta del alma: la justicia (orden y armonía en la vida moral
personal y en las relaciones sociales).
El ejercicio de las cuatro virtudes producirá en la vida humana la integración armónica de las
tendencias antagónicas, y esa armonía entre las partes del alma es la virtud de la justicia.

Platón, siguiendo la estela de Sócrates, cree que solo el sabio puede ser virtuoso dado que
conoce el bien. Afirma que si de verdad se conoce el Bien (idea suprema, principio
incondicionado, fuente de verdad y de ser de las demás Ideas), no se puede obrar en ningún
caso mal, pues nadie hace mal a sabiendas, sino que es por mera ignorancia. Por tanto, Platón
afirma que se deben controlar los placeres mediante las virtudes para así purificar y
perfeccionar el alma, pues el alma es justa cuando existe armonía entre las virtudes. El
discurso platónico se basa en el logro de la virtud.

En el caso de las malas tendencias que anidan en nuestro cuerpo, ser virtuoso correspondería
a la capacidad de control de estas pasiones.
Para Platón, la raíz de toda acción humana es el deseo del bien, que incluye placer, verdad,
belleza, felicidad e inmortalidad. Este impulso no es otra cosa que el amor que solo se saciará
cuando, tras conocer las Ideas, pueda contemplarlas en otra vida.
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO - Aristóteles

El ser humano es un compuesto de materia y forma, donde la forma sustancial es el alma


(principio de vida). Aristóteles entiende por alma, aquello que distingue a los seres vivos de
los no vivos, es el principio vital de los vivientes. Es, por tanto, la forma de un cuerpo natural
que tiene vida en potencia y el acto primero de un cuerpo natural orgánico.

Aristóteles sostiene que el cuerpo y el alma son coprincipios sustanciales incompletos que se
necesitan mutuamente para formar la sustancia completa de un ser vivo. Por tanto, no admite
la preexistencia de las almas ni su inmortalidad. Sin embargo, habla de que existe una parte
del entendimiento que es inmortal y ese es el intelecto agente (actividad que extrae el
concepto siendo capaz de captar la universalidad) puesto que está siempre en acto.

Aristóteles hace una distinción entre los seres vivos y los no vivos. La diferencia es la psijé (o
alma), los seres vivientes poseen esta forma sustancial mientras que los no vivientes carecen
de ella. Por tanto, distingue operaciones en la naturaleza: por un lado están las transitivas (o
transeúntes) que son puramente físicas y no tienen por qué corresponder a los vivientes. Y
por el otro lado están las inmanentes que son específicas de los seres vivos y que parten del
propio sujeto, quedando también su efecto recogido dentro del sujeto.

Distingue también los grados de vida en función de las operaciones que realiza un ser vivo.
Son tres: la vida vegetativa en la que se incluye la reproducción, la nutrición y el crecimiento.
La vida sensivo-motora, que incluye las sensaciones y el movimiento. Por último está la vida
intelectiva en la que se incluye el conocimiento, la deliberación y la elección y que se
caracteriza por el conocimiento racional.

Para Aristóteles vivir no es una operación, puesto que no consiste en hacer algo, sino solo en
existir. Por tanto, para él, vivir es un acto primero. Hay que distinguir acto de acción, puesto
que toda acción es un acto (actos segundos), pero no todo acto es una acción (el acto primero
por el que cada cosa es lo que es, que le viene dado por su forma).
EL PROBLEMA DE LA ÉTICA - Aristóteles

Aristóteles tiene una concepción teleológica, es decir, que todo en la naturaleza se dirige de
manera natural a su propio fin, a su forma más perfecta. Esto se aplica también al ser
humano, pues el hombre debe ser lo que le indica su naturaleza para así alcanzar la
perfección. Esta perfección de la naturaleza humana es llamada por Aristóteles eudaimonía y
puede traducirse como “felicidad”, entendida como aquello que nos hace mejores y que está
vinculado al ser y no al estar.

El hombre es animal, social y racional y la eudaimonía debe estar ligada a la perfección de


estos tres aspectos, buscando la moderación para lograr la excelencia. De hecho, el ser
humano, al ser racional, debe vivir de acuerdo con la razón, siendo esta vida la más feliz.
Aristóteles afirma que solo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio. La contemplación
de la verdad constituirá la más hermosa de las ocupaciones.

Por tanto, la felicidad consiste en la virtud, sin olvidar que necesitamos bienes materiales y
otros recursos como los amigos. Conforme a esto, hay dos formas de alcanzar dicha felicidad:
la primera es a través de la vida contemplativa, que es la del sabio que se dedica a buscar los
principios últimos y que consiste en vivir conforme a las virtudes dianoéticas como la
ciencia. La segunda consiste en vivir una vida conforme a las virtudes éticas.

La virtud ética se alcanza en el punto medio, es decir, evitar el exceso y el defecto, puesto que
eso constituiría un vicio. Repetir muchas veces un comportamiento lo convierte en hábito
(que es como una segunda naturaleza). Estos hábitos se convierten en nosotros en una forma
de ser que permanece, por lo que hay que evitar caer en los vicios.

Sin embargo, el término medio es algo relativo, entendiéndose relativo como propio de cada
persona, pues no a todo el mundo se le pueden aplicar los mismos criterios. Por tanto no es
algo inmutable o prefijado, sino que cada hombre deberá buscar su justo medio.

Para Aristóteles, la prudencia es la mayor de las virtudes y debe gobernar al resto, pues es el
arte de elegir bien y de medir las consecuencias antes de obrar. Y por tanto, es una virtud
difícil de poseer, puesto que supone mantener a la razón en la cúspide de una pirámide donde
hay apetitos, deberes, aficiones, etc… Las otras virtudes son la templanza, la fortaleza y la
justicia. En cuanto a esta última, Aristóteles distingue tres tipos: la legal (que mira por el bien
común), la distributiva y la conmutativa.

Como conclusión, Aristóteles afirma que debemos acostumbrarnos a los laceres convenientes
y rechazar los inconvenientes, pues hacen al hombre brutal y vicioso. Para alcanzar esta
regulación razonable es necesaria la templanza.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Aristóteles

Para exponer el problema del conocimiento según Aristóteles es necesario tener unas
nociones básicas acerca de su interpretación de la realidad: él considera la forma como el
principio metafísico constituyente de las cosas mismas, causa de las perfecciones específicas
de un ser y origen de su inteligibilidad. Existe una sola realidad y un mundo real: el mundo
material y sensible que está constituido por unos seres concretos, cada uno de los cuales son
sustancias primeras.

Las sustancias se componen de dos dimensiones inseparables que son la materia (sustrato que
permanece) y la forma (lo que cambia y determina la naturaleza de las cosas). Las formas no
son eternas, solo existen en las cosas singulares.

Para Aristóteles es necesaria la existencia de una materia prima absolutamente indeterminada,


entendiéndose esta como sustrato que no está compuesto, que no tiene forma alguna, que es
indeterminado, incorruptible, eterno y que es principio básico de cada ser. Frente a esta
materia prima está la forma sustancial que aporta las determinaciones de cada ser. Por tanto,
materia y forma no pueden existir separadamente sino que son coprincipios que se exigen
mutuamente.

De esta división derivan los dos tipos de cambio: el sustancial (algo deja de ser lo que es) y el
accidental (los accidentes determinan a la sustancia de un modo u otro). Para Aristóteles el
cambio es acto imperfecto de lo que está en potencia en tanto que está potencia. Es decir, el
paso de la potencia (capacidad de llegar a ser) al acto (lo que ya es). De esto se deduce que la
materia es potencia y la forma acto.

Sin embargo, para que algo experimente un cambio, es necesaria la intervención de una causa
externa (causa eficiente); de esto, en última instancia, deriva la concepción aristotélica de
Dios, concebido como Primer Motor inmóvil y eterno.

Por tanto, según lo anterior, conocer es adquirir formas y existirían dos tipos de
conocimiento. El primero es el sensible, que se divide en externo e interno (imaginación) y el
segundo es el inteligible, es decir, los conceptos.

Para resolver el problema de cómo se adquiere el conocimiento, Aristóteles formula la teoría


de la abstracción, afirmando que la imaginación forma la imagen (objeto despojado de las
características concretas) y a través del entendimiento agente se puede abstraer el concepto.
Además del entendimiento agente, existe también el intelecto paciente, que es el que recibe
las formas inteligibles y las entiende.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA - Aristóteles

Según Aristóteles el hombre es social por naturaleza. Para argumentar esto, da varias razones:
la primera es, que si el hombre se bastara a sí mismo, sin necesitar a nadie más, sería o bien
un dios o bien una bestia. La segunda es, que la propia naturaleza hace que los hombres y
mujeres se unan y procreen porque no se bastan solos. Una familia tampoco se basta sola y se
forma una aldea, la unión de varias aldeas dará origen a la polis, que es la forma suprema de
la comunidad y el fin (telos). Además esto surgirá de forma natural. La tercera es que, el
hombre ha sido dotado de lenguaje de forma que pueda expresar lo útil, lo justo o lo bueno,
por ejemplo.

La búsqueda de la felicidad es el fin de toda conducta humana. Sin embargo, la vida del
individuo no es completa en sí misma, sino que es parte de un todo. Por tanto, la vida de un
ciudadano debe ser útil para sus conciudadanos y para la conservación y prosperidad de la
sociedad en la que vive. Esta prosperidad no consiste en el bien individual de cada uno, sino
en el bien común.

La polis alcanzará su plenitud cuando eduque a sus ciudadanos, estos alcanzarán la plenitud
cuando sean sabiamente educados por las leyes. Sin embargo, Aristóteles afirma que con una
buena educación no hacen falta leyes, puesto que la educación consiste en reforzar los buenos
hábitos y el hombre virtuoso jamás haría el mal.

Pero para ser ciudadano de la polis no basta con vivir allí, sino que se debe tomar parte en la
administración de la justicia y en la asamblea que gobierna la ciudad. Por eso, ni los esclavos,
ni los colonos, ni los extranjeros podrán considerarse ciudadanos.

Aristóteles distingue tres formas posibles de ejercer el gobierno con justicia: la monarquía, la
oligarquía y la democracia. Pero estas tres formas corren el riesgo de dejar a un lado el interés
común para centrarse en el privado, y por tanto, cuentan con su correspondiente corruptela,
como sería la tiranía en el caso de la monarquía, la oligarquía en el caso de la aristocracia y la
demagogia en el caso de la democracia.

Según Aristóteles, lo más práctico es un gobierno mixto que sea democrático en las
instituciones inferiores, aristocrático en la minoría rectora y monárquico en el poder supremo.

Finalmente, opina que el estado ideal debe reunir una serie de condiciones: contar con una
población ni exigua ni excesiva y que su territorio sea abarcable con la vista, sencillo de
defender aunque difícil de atacar. También deben dividir las funciones esenciales de la
ciudad, siendo sus habitantes pescadores, artesanos, guerreros, gobernantes, etc...
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO - San Agustín | edad medieval

Lo más esencial en el ser humano es que es creado por Dios. Es un hijo de Dios que se
compone de alma y de cuerpo. El filósofo afirma que todo el que quiere eliminar el cuerpo de
la naturaleza humana desvaría, pues el cuerpo pertenece al ser humano a pesar de la primacía
del alma.

San Agustín no admite la eternidad del alma, pero sí su inmortalidad, pues el alma es creada
por Dios. Por tanto tiene un origen, pero tras dicha creación, no perece, sino que será
inmortal. Según el filósofo, en el hombre sólo hay un alma y está en todas las partes del
cuerpo. El alma es intelectiva y es capaz de conocer. Por dicho conocimiento e inmortalidad,
el hombre es imagen de Dios y puede encontrar a este en la intimidad de su alma.

La corrupción del cuerpo no es la causa del primer pecado, sino su pena, puesto que el efecto
del pecado es la corrupción del cuerpo (descontrol de las pasiones, etc.). El pecado se origina
en el alma. Y no es el cuerpo la cárcel de esta (como decía Platón), sino la corrupción del
cuerpo, ya que este fue hecho bueno por Dios.

En cuanto al problema del origen del alma, San Agustín se aleja de la preexistencia propuesta
por Platón y, a lo largo de su evolución intelectual, plantea varias soluciones: el
traducianismo, que afirma que el alma de Adán y Eva es la semilla del resto de las almas
(Dios creó todas las almas en el de Adán); el creacionismo, que afirma que no hay una
transmisión, sino que cada alma es directamente creada por Dios a la vez que el cuerpo, a
partir de la nada; el creacionismo traducianista, que afirma que Dios crea cada alma partir
del alma de los progenitores. Rechaza la primera opción (que parecía apropiada para explicar
la transmisión hereditaria del pecado original, pero generaba nuevos problemas), al final, San
Agustín se inclina por creer que Dios crea cada alma en el momento que empieza a existir,
pero duda de si a partir de los progenitores o a partir de la nada (es decir, entre la segunda y la
tercera opción).

El hombre posee una voluntad libre, es decir, puede elegir puesto que Dios es bondadoso, ha
dotado al hombre del libre albedrío para que pueda elegir entre el bien y el mal para ser
merecedor de premio o castigo por sus actos.

Para concluir, San Agustín afirmará que el peso que debe mover al alma es el amor, y ese
amor, entendido como caridad, es el centro de toda su ética.
EL PROBLEMA DE LA ÉTICA - San Agustín
Como el ser humano está herido por el pecado original se hace necesaria la gracia de Dios
para curar la naturaleza humana. Pero “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, dice San
Agustín. Esto se explica haciendo referencia al libre albedrío que Dios nos ha dotado, puesto
que será él quien nos salve, pero será el ser humano el encargado de colaborar para que esto
suceda, puesto que Dios no te necesitó para crearnos, pero sí habrá una intervención del
hombre en la salvación.

San Agustín distingue tres tipos de males: los metafísicos (que no existen para él), los físicos
(desórdenes de la naturaleza) y los morales (el mal propiamente dicho). El mal físico es un
mal relativo, como consecuencia del pecado original, es en definitiva una consecuencia del
mal moral, el cual se origina en la voluntad del alma cuando esta no obra a favor del bien, y
dicho mal no es querido por Dios.

El origen del pecado tiene como procedencia el libre albedrío, ya que si no gozásemos de tal
cosa, no podríamos elegir pecar ya que no se puede elegir cómo obrar si no se tiene libertad.
Dios graba en el corazón humano su ley moral, aquella que manda hacer el bien y evitar el
mal, pero a su vez, respeta su libertad de no seguir dicha ley. Por tanto, Dios nos permite
elegir entre el bien y el mal, pero lo hace precisamente para que elijamos el bien.

La libertad, por tanto, nos ha sido concedida para el bien. Sin embargo, en ocasiones el
hombre abusa y comete el mal. Esto es una simple consecuencia del pecado original.

La culminación de la moral en san Agustín es el amor, lo que brotará de un hombre que ama
será siempre el bien, puesto que aquel que ama no puede realizar una mala acción. De entre
todos, el amor más importante y principal es el Amor de Dios.

Para el filósofo, el ser humano tiene como anhelo alcanzar la felicidad y el goce del bien
supremo (Dios), pero el disfrute de dicha felicidad requiere conocer la verdad. Esta verdad
puede buscarse a través de dos caminos: la razón (filosofía) y la fe (religión).

Por último, san Agustín afirma que aunque el hombre puede rechazar su fin (que es el bien y
Dios), es incapaz de cambiarlo.
EL PROBLEMA DE DIOS - San Agustín

San Agustín afirma que el entendimiento divino no se relaciona con las cosas al igual que el
nuestro: los objetos son la medida para el entendimiento humano, pero quien marca la verdad
en dichas cosas es el entendimiento divino. Este es la causa de las cosas y el entendimiento
humano es capaz de comprenderlas. A esta doctrina formulada por san Agustín se la conocerá
como ejemplarismo divino.

La existencia de Dios puede demostrarse a través de tres caminos:


El primero es sobre la existencia de la verdad, pues el hombre puede alcanzar verdades
eternas e inmutables independientemente de las sensaciones. Pero tales modelos invariables
deben tener su fundamento en el Ser eterno y perfecto. Al descubrir la trascendencia, de la
verdad, el pensamiento ha descubierto la existencia de Dios, puesto que aquello que ha
descubierto como superior al hombre cuenta con los atributos de Dios (eternidad,
inmutabilidad y necesidad). Se puede resumir en que existe una verdad eterna e inmutable,
presente en el pensamiento, pero el pensamiento no es la razón suficiente de esta verdad, por
tanto existe Dios, que es su razón suficiente.
El segundo camino trata de la contingencia y orden del mundo, el mundo ha sido creado por
Dios libremente, por tanto es contingente y no necesario, además hay un cierto orden en las
cosas y en la naturaleza, por lo que debe existir una especie de inteligencia ordenadora.
El último de estos caminos es el consenso universal: todos los pueblos han manifestado una
creencia en un ser supremo o divino. Según san Agustín, el poder del verdadero Dios no
puede permanecer oculto a la criatura racional, una vez que esta ha comenzado a hacer uso de
su razón. Dios es el Ser por derecho propio, el que dota de realidad a los demás seres cuando
los crea de la nada.

A propósito de esta contingencia, san Agustín, afirma que el mundo ha tenido que ser creado
por Dios de la nada. Y que en la mente de Dios están preconcebidas las ideas de todas las
cosas posibles, pues las “ideas” platónicas se reflejan en san Agustín con el nombre de “ideas
ejemplares” que están en la mente de Dios y son eternas. La conversión de dichas ideas en
seres fuera de Dios constituirá el proceso de la creación.

Dios ha creado el mundo en un estado de indeterminación en el que, gradualmente aparecerán


distintos seres determinados y específicos. Dios puso en la materia primigenia gérmenes
latentes destinados a desarrollarse con el paso del tiempo. Es decir, todas las cosas que vemos
estaban ya creadas originariamente en un esquema de elementos, pero para que salieran a la
luz se debía dar la situación favorable. Esta es la doctrina de las rationes seminales que
defenderá san Agustín.

Se debe destacar que Dios creó el mundo cuando quiso y porque lo quiso y no lo creó en el
tiempo sino con el tiempo, pues no pudo haber tiempo antes de que existieran cosas
mudables.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - San Agustín

El ser humano aspira a alcanzar la felicidad y el bien supremo, que es Dios. Pero, para lograr
dicha felicidad es necesario conocer la verdad, que puede adquirirse mediante dos caminos: la
razón y la fe.

Nuestra búsqueda de la verdad se impulsa por el amor espiritual que busca elevarse hasta el
conocimiento eterno, único e inmutable. San Agustín interpreta el problema del conocimiento
como un proceso concatenado: pues el alma conoce objetos del mundo exterior a ella, pero es
capaz de juzgar dicho mundo contingente con criterios de conocimiento, pues el alma no
puede fabricarlos por sí sola debido a su naturaleza mudable.

Para resolver tal problema, San Agustín, conocedor de la teoría platónica de las ideas, habla
de las rationes (las formas fundamentales o las razones estables e inmutables de las cosas que
no nacen ni mueren, pero sobre las cuales se halla formado todo lo que nace y muere) y las
convierte en pensamientos de Dios, pues todas las cosas han sido creadas de acuerdo con la
razón, y estas razones o ideas se hallarán en la mente del Creador.

Por tanto san Agustín habla de la iluminación que nos es dada por Dios, distinguiendo dos
tipos de conocimiento: el primero son las sensaciones y el segundo es la razón. Dentro de esta
distinguimos de nuevo dos niveles: la razón inferior (que da lugar al conocimiento llamado
ciencia, pero vinculado con lo contingente, mudable y cambiante) y la superior, que san
Agustín llama sabiduría (las verdades universales e inmutables). Dicha sabiduría sólo podrá
alcanzarse mediante la iluminación.

San Agustín defiende la relación de colaboración entre fe y razón. La primera es la luz para el
intelecto: para entender, la fe es muy conveniente, aunque no imprescindible para adquirir
ciertos conocimientos. Sin embargo, para alcanzar un conocimiento más pleno, es necesaria,
pues la fe perfecciona la razón. La razón es una preparación para la fe, por lo que su correcto
uso desembocará en una buena disposición para aceptar la fe.

Para concluir, se debe decir que para san Agustín amar a Dios es un deber y que Él es la
verdad suprema, el significado más alto de verdad y, por tanto, la demostración de la
existencia de la verdad constituirá la demostración de la existencia de Dios.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA - San Agustín

San Agustín tiene una concepción teleológica de la historia. El amor a Dios y el amor propio
(el amor egoísta, pues nos tratamos a nosotros mismos como dioses autónomos) son las dos
grandes atracciones que experimenta el hombre durante su vida. San Agustín concibe aquí
una lucha entre caridad y soberbia, entre pecado y redención y entre libertad y gracia divina.
Esta lucha constituirá el drama interior de cada persona.

Por tanto, existirán dos ciudades fundadas en estos amores: la ciudad de Dios y la ciudad de
los hombres. La felicidad y la condena eternas son las que aguardan a los ciudadanos de una
u otra ciudad, cuyo fundador es el amor a Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo en el
primer caso, y el amor propio que lleva hasta el desprecio de Dios en el segundo.

La creación implica un vínculo entre el Creador y la creatura: el mundo podía no haber


existido, pero como existe, es por y para el Creador. Él nos ha revelado que la historia
acabará con un juicio final en el que se establecerá una separación entre las dos ciudades que
había coexistido mezcladas durante siglos. Dicho juicio significará el triunfo definitivo del
bien sobre el mal.

Sin embargo, no se puede conocer quién pertenece a qué ciudad, puesto que esto puede
cambiar a lo largo de la vida. Además, no está establecido a qué ciudad pertenece cada uno,
pues esa información sólo la conoce Dios.

Dentro de la relación Iglesia-Estado se concibe el fin sobrenatural como lo principal, el resto


debe estar supeditado a dicho fin puesto que este fin acaba significando la salvación de las
almas. Por tanto, se debe lograr un estado confesional y cristiano, de este modo el Estado vela
por el bienestar, la paz y la justicia con el fin de impregnar a sus ciudadanos con los valores
cristianos. También debe apoyar a la Iglesia para que esta pueda llevar a cabo su misión y asó
se alcanzará un Estado fundamentado en la fe y en la concordia firme entre sus ciudadanos
que aman a Dios.
EL PROBLEMA DE LA ÉTICA - Santo Tomás de Aquino

Para Santo Tomás, el hombre es social por naturaleza, y además cuenta con una concepción
de la ética teleológica (el humano tiende a un fin y posee la ventaja de conocer el fin
perseguido y los medios para alcanzarlo) y eudemonista (todos los hombres están dotados de
la misma naturaleza y por tanto cuentan con un fin común, este último es la felicidad). El
obrar para este filósofo es la manifestación de lo que se es.

Al no ser el hombre un ser absoluto capaz de dictarse sus propias normas de conducta, se
limita a conocerlas, dichas directrices de la vida moral vienen sugeridas por los postulados de
la propia naturaleza humana.

Según Santo Tomás, el hombre sólo puede alcanzar la bienaventuranza plena en la


trascendencia y únicamente puede lograrla con la visión de la esencia divina, pero la visión
beatífica no es asequible al hombre en este mundo. Además, una vez que gozas de esta
visión, no puedes errar, pues si tuviésemos un conocimiento perfecto del Bien, siempre lo
elegiríamos.

Al tener toda la humanidad una naturaleza idéntica y un mismo fin, los actos humanos
tendentes a este fin han de ser regulados por una normativa común. Dicha normativa es lo
que Santo Tomás conoce como “ley natural”, que es la participación de la ley eterna
(ordenamiento que la sabiduría divina hace) en la criatura racional. Dicha ley es evidente y
universal precisamente por ser connatural a todos los seres racionales. Sin embargo, el
hombre es libre y, por tanto, puede dejar a un lado las exigencias de su naturaleza y actuar en
oposición con los fines que le son propios, llegando así al mal moral.

El principio genérico de esta ley de la razón práctica implica la obligación de perseguir el


bien y rechazar el mal. Para ajustar la conducta a lo regulado en la ley, el hombre ha de poner
en práctica los medios pertinentes, es decir, las virtudes morales que se adquieren por
repetición de actos y que son y que son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
Pero además de estas virtudes éticas, el filósofo destaca también las virtudes sobrenaturales,
como la fe, la esperanza y la caridad (el amor), que no pueden adquirirse por repetición, sino
que provienen de la gracia divina.

Por último, Santo Tomás, afirmará que las leyes humanas han de ser determinaciones
particulares de la ley natural, pues la conexión con la ley natural otorga a las leyes humanas
su legitimidad. Así pues, la ley humana sólo es verdadera ley cuando respeta la verdad sobre
el hombre manifestada por la ley natural. Además, para que un ser libre se sienta eficazmente
identificado con la ley natural es necesario que considere sus preceptos como mandatos de la
voluntad absoluta de Dios, el cual sancionará su cumplimiento o incumplimiento.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA - Santo Tomás de Aquino

Para Tomás de Aquino, el hombre es social por naturaleza, puesto que la convivencia social
es una de las exigencias de la ley natural. Por esto existe una sociedad, un conjunto de
personas cuya unidad se debe a un fin común: la ayuda mutua.

El fin del Estado es el bien común: lograr las condiciones necesarias para que los hombres
puedan lograr su mayor desarrollo. Dichas condiciones son la paz, el bienestar material y los
valores. Sin paz se pierde el equilibrio personal y social, el bienestar material es
indispensable y lo que se necesita no es tanto un conjunto suficiente de recursos sino la justa
participación de todos los ciudadanos en ellos; los valores son aquellas cualidades gracias a
las cuales existen acciones y cosas buenas.

Un Estado que defiende el bien común, requiere una autoridad que tenga origen divino
precisamente porque la sociedad es una exigencia de la naturaleza y tiene su origen en Dios.
No se afirma que Dios mismo otorgue el poder directamente, sino el origen divino de la
autoridad y la responsabilidad de los gobernantes ante Dios.

Estos gobernantes, evitando siempre caer en la tiranía, deben promulgar leyes justas que
encaminen a los súbditos a hacer el bien común. Las leyes positivas conformes a la recta
razón obligan moralmente en conciencia. Pero para ser justas no pueden discordar con la ley
natural, sino que han de ser la prolongación de esta. Si se da el caso de que una ley
contravenga la ley natural, no será esta considerada ley, sino que por no tender al bien común
es lícito desobedecerla y oponerse a ella.

Según Santo Tomás, el estado debe favorecer las buenas acciones de sus súbditos, ayudando
así a la Iglesia en su misión propia. A pesar de que no es partidario del poder absoluto de la
Iglesia, el filósofo cree que debe intervenir indirectamente.

Finalmente el filósofo, al igual que Aristóteles, será partidario de la forma de gobierno


parecida a una “monarquía constitucional”, tratándose de un régimen mixto con democracia
en las instituciones, aristocracia en una minoría rectora y una monarquía en el poder supremo.

El vínculo entre la política y la ética es muy estrecho, incluso se podría decir que la primera
está subordinada a la otra, pues si falta justicia la sociedad no podrá alcanzar su desarrollo
pleno y la dignidad humana se ve comprometida. Por tanto, si la multitud es conducida hacia
el bien común por el gobernante, se dará un régimen justo y recto, pero si se conduce hacia el
bien privado del gobernante, el régimen será injusto y perverso.
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO - Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás de Aquino adopta la teoría hilemórfica para hacer frente a la concepción del ser
humano, de manera que es un compuesto de materia y forma. Para él, el alma humana es
subsistente con independencia de la materia. Es, por tanto, la forma de un cuerpo natural que
tiene vida en potencia y el acto primero de un cuerpo natural orgánico. Sin embargo, Santo
Tomás va más allá de Aristóteles afirmando que el alma no puede proceder de la materia por
generación, y que sólo puede llegar a la existencia en virtud de un acto creador de Dios,
además de no ser afectada por acciones materiales que causan al cuerpo heridas o dolor. Por
tanto, opina que el alma humana es inmortal basándose en el conocimiento y en el deseo o el
querer racional.

Por tanto, hace una distinción entre los seres vivos y los no vivos. La diferencia es la psijé o
alma, los seres vivientes poseen esta forma sustancial mientras que los no vivientes carecen
de ella. También distingue operaciones en la naturaleza: por un lado están las transitivas, que
son puramente físicas y no tienen por qué corresponder a los vivientes. Y por el otro están las
inmanentes que son específicas de los seres vivos y que parten del propio sujeto, quedando
también su efecto recogido dentro de este.

Del mismo modo clasifica en tres grados de vida las operaciones que realiza un ser vivo: la
vida vegetativa en la que se incluye la reproducción, la nutrición y el crecimiento. Le sigue la
vida sensivo-motora, que incluye las sensaciones y el movimiento. Por último está la vida
intelectiva en la que se incluye el conocimiento, la deliberación y la elección y que se
caracteriza por la capacidad del conocimiento racional.

De la inteligencia humana deriva su voluntad libre y puesto que el hombre entiende la noción
de bien infinito (Dios), su voluntad no puede dejar de desearlo. Por tanto, el hombre, al ser
capaz de conocer al ser infinitamente perfecto, puede fijar su atención en los aspectos
imperfectos de cualquier bien finito y dejar de amarlo y desearlo en cualquier momento. La
voluntad humana es libre ante cualquier bien particular y por tanto tiene siempre un motivo
para preferir uno u otro bien, pero adopta dicho motivo porque quiere. Precisamente es el
libre albedrío aquello que hace que algo sea preferible para el hombre.

Según Santo Tomás, sin ser no hay obrar y el modo de obrar está relacionado con el modo de
ser. El obrar se relaciona con conocer y con el deseo racional.

Por último, afirma que el hombre es inmortal precisamente porque tiene deseo de
inmortalidad, ya que este no es deseo cualquiera, sino un deseo natural.
EL PROBLEMA DE DIOS - Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás considera que la existencia de Dios no es evidente para nosotros, ya que lo que
nos es más fácil de conocer son los entes sensibles. Sin embargo, podemos demostrar su
existencia a través de cinco vías con esquema fijo. Estas demostraciones a posteriori (del
efecto a la causa) son las que permiten demostrar la existencia de Dios, puesto que las
demostraciones a priori se basan en la causa y discurren partiendo de lo que en absoluto es
anterior hacia lo que es posterior.

Por tanto, es posible demostrar la existencia de Dios por sus efectos, esto lo hará el filósofo a
través de estas vías: la primeras es la del movimiento; el movimiento es innegable, pero todo
lo que se mueve es movido por otro ya que algo no puede moverse a sí mismo. De esta forma
existiría una cadena infinita en la que no habría final, lo que hace necesaria la existencia de
un primer motor al que todos llaman Dios. La segunda vía es la de la causalidad: todo lo que
tiene una causa es causado por otro, pero debe existir una Causa Primera. La tercera es la vía
de la contingencia; hallamos en la naturaleza cosas que pueden existir o no, estos seres es
imposible que hayan existido siempre, ya que lo que tiene posibilidad de ser en algún
momento no fue, por tanto, si todas las cosas tienen posibilidad de ser hubo un momento en
el que ninguno fue, pero entonces no debería existir ahora cosa alguna. Por consiguiente, es
forzoso que exista algo necesario por sí mismo y que sea causa de los demás. La cuarta vía es
la de los grados de perfección: puesto que hay seres más o menos perfectos ha de haber un ser
perfecto con el que compararlos. La última es la del gobierno del mundo: el cosmos está
ordenado a un fin y por esto debe existir una Inteligencia ordenadora a la que llamamos Dios.

Una vez demostrada la existencia de Dios, podemos conocer su esencia por tres vías: la de la
afirmación, que consiste en atribuir a Dios las perfecciones que encontramos en las criaturas,
la de la negación en cambio consiste en negar en Dios todas las limitaciones e imperfecciones
de las criaturas y la de eminencia, que eleva al máximo grado las perfecciones que se
encuentra en el universo.

La existencia de la verdad es evidente, pero no la existencia de una verdad absoluta, y


tenemos a Dios como verdad absoluta, por lo que no es evidente para nosotros. Sin embargo,
podemos deducir la existencia de Dios, aun cuando esta no se nos presenta como evidente a
través de sus efectos, pues todo efecto ha surgido de una causa.

Santo Tomás critica además el argumento anselmiano, pues este solo es válido si en la
realidad puede existir algo cuyo mayor no puede ser pensado. Reconocer que puede existir
dicho ser no implica reconocer que exista en la realidad.

Finalmente afirma el filósofo que sólo podemos conocer la esencia de Dios por analogía. De
este modo, aunque no podamos comprehender adecuadamente esa perfección infinita de
Dios, no significa que no podamos conocer nada acerca de Dios.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Santo Tomás de Aquino

Toda la filosofía de Santo Tomás muestra la preocupación de distinguir y hacer concordar la


razón, que está presente de forma natural en todos los seres humanos y la fe, que es un don
divino.

Creer, según él, es un acto del entendimiento que asiente libremente a la verdad divina. La
certeza que da la luz divina es mayor que la que otorga la razón. Sin embargo, un mayor
conocimiento permitirá alcanzar una fe mayor.

Santo Tomás distingue doble acción que la fe ejerce sobre la razón, pues en primer lugar
enseña verdades inasequibles a la sola razón, lo que constituye para el hombre un aumento de
su conocimiento de la realidad natural y sobrenatural, y en segundo lugar aclara las verdades
que la razón puede encontrar por sí misma.

Existen, pues, tres tipos de verdades según Santo Tomás: las no reveladas y demostrables
(verdades y misterios de la fe) y las reveladas y demostrables (accesibles también por la
razón natural).

Es necesario saber que razón y fe no pueden contradecirse puesto que cuentan con un origen
común: Dios. Pero podemos equivocarnos sin desearlo usando la razón. Además, que la razón
pueda alcanzar ciertas verdades no significa que lo haga. La revelación, en cambio, garantiza
ese conocimiento para todos, sin error. Sin embargo, para creer es necesario un conocimiento
previo, ya que no sería posible conocer que Dios es eterno si no pudiésemos captar las
nociones de Dios y eternidad.

Por otro lado, Santo Tomás establece la distinción entre esencia y ser dentro del ente y aplica
la teoría aristotélica del acto y la potencia, concibiendo a Dios como “acto puro del ser”; sin
mezcla de potencia, el ser cuya esencia es precisamente ser. Pues Dios es, pero las cosas son
algo, ya que tienen recibido el ser, pero no son ser. La esencia existe, pero la existencia o acto
de ser es aquello por lo que la esencia existe. Todos los seres son contingentes exceptuando a
Dios, que es necesario.

Las sustancias del mundo corpóreo están compuestas de materia y forma. En el hombre la
“forma” es su alma y puede existir con independencia del cuerpo; en cambio los seres
sensitivos (como los animales) o los puramentes vegetativos (como las plantas) tienen formas
corruptibles y dependientes de la materia.

Dios está libre de toda atadura con el mundo, no está subordinado a la existencia de todos los
demás seres que son contingentes, pues podrían no existir. Por tanto, Dios crea de la nada
entes compuestos de esencia y existencia, de potencia (capacidad real real de llegar a ser
algo) y acto (lo que ya es).
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Descartes | edad moderna

Descartes tiene como anhelo construir un saber cierto y válido universalmente. Para él, solo el
saber matemático alcanza resultados seguros y fiables. Por tanto, para que la razón (capacidad de
juzgar bien y distinguir lo verdadero de lo falso) proceda bien, es importante encontrar el método
apropiado para llegar a la verdad. Se debe sacar la esencia del método matemático y aplicarlo al
resto de disciplinas. Toda ciencia se elabora partiendo de la razón, por tanto el método deberá
derivar del instrumento, que es la razón.
Descartes distingue dos operaciones naturales de la mente; la intuición (que es, no el testimonio
fluctuante de los sentidos, ni el juicio falaz de una imaginación que compone mal, sino la
concepción de una mente pura y atenta tan fácil y distinta que en absoluto quede duda alguna de
aquello que entendemos) y la deducción (que es la operación de la mente por la cual obtenemos
unas verdades a través de otras, pasamos de algo conocido a algo desconocido). Las verdades
primeras deberían saberse por intuición, pues hay una primacía de esta sobre la deducción ya que
proporciona mayor evidencia puesto que la deducción parte de la intuición.
Para aplicar bien la intuición y la deducción propone Descartes cuatro preceptos; el primero es la
regla de evidencia que consiste en “no recibir ninguna cosa por verdadera que no la conociese con
evidencia que era de tal. Es decir, evitar con todo cuidado la precipitación y la prevención, y solo
comprender en mis juicios lo que se presentara de forma clara y distinta”. El segundo es la regla
de análisis que consiste en “dividir cada una de las dificultades que examinase en tantas partes
como fuera posible y como requiriese para resolverlas mejor”. La tercera es la regla de síntesis,
que consiste en “conducir por orden mis pensamientos comenzando por los objetos más simples y
fáciles hasta el conocimiento de los más compuestos”. La cuarta es la regla de la enumeración
completa que consiste en “realizar en todo unos recuentos tan completos y unas revisiones tan
generales que pudiese estar seguro de no omitir nada”.
Tras esto, Descartes se dedica a aplicar el método, mediante la llamada duda metódica, que
consiste en eliminar todos aquellos conocimientos e ideas que no aparezcan dotados de una
certeza absoluta. Para justificar dicha duda, nos ofrece tres razones: los sentidos nos engañan y
nos inducen al error en muchas ocasiones, es difícil distinguir la vigilia del sueño, y, por último,
podría existir un genio maligno extremadamente poderoso e inteligente que pusiera todo su
empleo en inducirnos al error.
Por tanto, Descartes rechazó como falso todo aquello de lo que no estaba absolutamente seguro,
pero advirtió que, al pensar que todo era falso, era necesario que existiese un “yo” que lo pensase
(el pensamiento es toda operación de la mente de la que es consciente el espíritu) y que fuese
alguna cosa. Al observar dicha verdad “pienso, luego existo” era tan firme, la consideró el primer
principio de la filosofía que buscaba.
La res cogitans será una de las tres substancias (aquello que no necesita de otra cosa para existir)
cuya realidad reconoce Descartes. Las otras dos son: Dios y el mundo corpóreo que se comporta
mecánicamente. Para Descartes, la primera existencia que conozco soy yo mismo, después es la de
Dios, cuya esencia es la infinitud y la tercera es el mundo físico (cuya esencia es la extensión).
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO - Descartes

El hombre se compone de res cogitans (alma) y de la res extensa (cuerpo), que son
independientes la una de la otra, pero que se relacionan en la glándula pineal. El cuerpo,
según Descartes estará sujeto al mecanicismo y por tanto al determinismo físico.Sin embargo,
mantiene que el hombre es libre en el ámbito del pensamiento (todo aquello de lo que soy
inmediatamente consciente, todas las actividades de la res cogitans,).

El problema acerca de cómo lo físico (cuerpo) y lo no físico (alma) pueden incidir el uno en
el otro provocará grandes problemas a Descartes. A raíz de las dificultades del filósofo para
poner en relación las dos sustancias, surgirán distintas posturas basadas en el pensamiento de
Descartes; Malebranche mantuvo que los dos mundos eran independientes y no podían
conectarse, pero trató de solucionar el problema recurriendo a Dios, afirmando que Dios
actúa sobre el cuerpo con ocasión de cada una de nuestras decisiones mentales. Sin embargo,
si aceptásemos eso, se plantearía el problema de vaciar de contenido los verdaderos milagros
además de suponer que Dios actúa como causa necesaria incluso de las malas acciones.
Leibniz propuso la teoría de la armonía preestablecida, pues de este modo alma y cuerpo
serían dos relojes que funcionan a la vez, puestos en marcha al mismo tiempo coincidiendo
así las acciones sin que estos entren en contacto, es decir, las propias leyes del mundo físico
hacen que el pensamiento coincida con la acción física. Spinoza atajará el problema de raíz
afirmando que, en realidad, mente y cuerpo son una única sustancia: Dios.

Para Descartes, la capacidad del hombre de dudar presupone libertad, siendo esta libertad una
evidencia anterior incluso al “pienso, luego existo”, pues es anterior a la duda metódica, ya
que si no fuera libre nuestro pensamiento de dudar, esta duda no se produciría. En la medida
en que en el pensamiento se da la libertad somos dueños de nuestras acciones y responsables
de las mismas.

Todas las pretensiones de Descartes tenían como objetivo encontrar el modo adecuado de
guiar nuestra conducta para alcanzar la felicidad (para lograrla es indispensable alcanzar un
conocimiento verdadero y seguro sobre la realidad).

Sólo dos serán los requisitos para lograr la felicidad: la razón y la virtud.
EL PROBLEMA DE DIOS - Descartes

Para Descartes existe la idea de Dios en la mente. Sin embargo, esto no implica que Dios
exista. Que la idea de Dios tenga realidad objetiva tampoco significa que exista, sino
simplemente que representa algo en la realidad. Según él, la idea de Dios es la que posee
mayor realidad objetiva, pues el contenido de esta idea se refiere al ser más perfecto, no hay
otro mayor.

Según Descartes, una cosa no puede causar algo de un mayor grado de perfección que ella
misma, pues en la causa debe haber al menos tanta realidad como en el efecto. Opinará el
filósofo que el hombre puede causar una idea y que esta podrá tener, por tanto, la misma o
menos realidad que este. Sin embargo todas las ideas que examina le llevan a creer que
pueden ser causadas por él salvo una, la idea de Dios.
Por Dios, entiende Descartes “sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente,
omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que
existen (si es que existe alguna)”, y cree que tal idea no ha podido proceder de él, pues nunca
podría tener la idea de una sustancia infinita siendo él finito. De hecho, en su opinión, se tiene
antes la idea de Dios que la de uno mismo, pues si detecto las imperfecciones es precisamente
porque conozco la perfección.

Sin embargo, esto no significa que exista, sino que tenemos la idea de Dios y que no hay idea
más verdadera por sí misma ni menos sospechosa de error y falsedad que esta. Pero, aunque
Dios pueda no existir, su idea existe y representa algo. Para probar la existencia de Dios,
Descartes aporta tres argumentos: el “gnoseológico”, que toma como punto de partida la idea
de Dios: la causa de dicha idea solo puede ser un ser cuya realidad sea perfecta o infinita, es
decir, Dios mismo. Y la causa (Dios), que es perfecta, lleva el efecto (que puede ser igual o
menos perfecto). Por tanto, no podemos tener la idea de Dios a menos que Dios la haya
puesto en nosotros. El segundo es otro argumento de causalidad, pero que toma en este caso
como punto de partida el yo pensante y, al preguntarme por la causa de mi ser o de las
perfecciones que poseo, me percato de que no puedo yo mismo ser causa de dichas
perfecciones, pues de ser yo la causa, me hubiese atribuido otras como la sabiduría y, por
tanto, debe existir algo que la haya causado, Dios, dice Descartes. El tercero es el argumento
ontológico que parte de que la idea de un ser infinitamente perfecto implica su existencia,
pues si le faltase la perfección de existir ya no sería el ser infinitamente perfecto.

Por último, Descartes hablará de la naturaleza divina, haciendo hincapié en la causalidad


divina, pues Dios es la causa de todo (del yo, del mundo y de Sí, así como de las verdades
eternas –hasta ese punto extrema la omnipotencia divina–) y defenderá el concepto de
creación continua, pues Dios está creando el mundo constantemente. También hará hincapié
en la veracidad divina, pues entre las cualidades de Dios no puede estar el engaño.
Abandonará, de esta forma, la idea del Genio Maligno, para poder afirmar la existencia del
mundo corpóreo extramental.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Hume

Según Hume, nada tenemos en la mente que no hayamos recibido por experiencia. Por tanto,
nuestras percepciones (hechos de la conciencia o modificaciones de nuestra mente) proceden
siempre de la experiencia. Dichas percepciones pueden ser impresiones (resultado directo e
inmediato de una experiencia) e ideas (copias de las impresiones de nuestra imaginación).
Las impresiones pueden ser de dos tipos: o bien externas o de sensación (si provienen de
nuestras sensaciones) o bien internas o de reflexión (derivadas de nuestras propias ideas).
Las ideas, sin embargo, son siempre más débiles que las impresiones, además de la imagen
pasada de dichas impresiones. Las ideas tienen un origen indirecto, pues provienen de la
impresión y son mediatas mientras que la impresión es algo inmediato y es anterior a la idea
(salvo las impresiones de reflexión).
Tanto las impresiones como las ideas pueden ser simples o complejas; las impresiones
simples son las que no admiten distinción ni separación y dan lugar a las ideas simples. Las
impresiones complejas son las que sí admiten distinción y separación y dan lugar a las ideas
complejas (que también surgen a partir de la unión de varias ideas simples por asociación de
estas; esta puede ser arbitraria o natural).
La asociación natural de ideas se rige por tres leyes: la ley de semejanza (por la cual unimos
cosas que se parecen), la ley de contigüidad (la imaginación pasa de la idea de algo a otra
idea que experimentamos contigua a la anterior en el espacio y en el tiempo) y la ley de
causalidad (ley de asociación de ideas debida a una experiencia acumulada, la relación de
causalidad es establecida por la mente y está basada en la sucesión de dos hechos sin que se
pueda demostrar que hay una conexión necesaria entre ellos).
Estas leyes nos explican que nuestras ideas abstractas no se derivan de la experiencia sino de
nuestra imaginación, y son por ello ilegítimas. Tal es el caso de la idea de sustancia, de
causalidad y de existencia.
A partir de las ideas que obtenemos elaboramos juicios; existen dos tipos: las relaciones de
ideas (propias de las matemáticas, por lo que su verdad es necesaria) y las cuestiones de
hecho (proposiciones que provienen de la experiencia y no implican necesidad lógica), que
nos proporcionan “creencias”, un conocimiento meramente probable. Es el ámbito de las
ciencias empíricas. Hume rechaza la metafísica, puesto que ésta se basa en la idea de
sustancia, que no es más que una colección de percepciones a la que se le asigna un nombre
particular mediante el cual podemos recordar a nosotros mismos o a otros esa colección. Por
ello, hace una crítica a las tres sustancias. Rechaza por tanto la idea del “yo” (que es una
colección de diferentes percepciones que se suceden unas a otras con una rapidez
inconcebible y que están en perpetuo movimiento), de mí mismo no tengo justificación
sensible, por tanto no puedo afirmar mi existencia: la mente no es otra cosa que una colección
de diferentes percepciones unidas entre sí. Rechaza también la idea del mundo, pues no
sabemos de dónde proceden las percepciones, y la idea de Dios, ya que no es material y por
tanto es imperceptible.
Por tanto, Hume será un filósofo fenomenista, inmanentista y escéptico.
EL PROBLEMA DE LA ÉTICA - Hume

Los criterios que determinan nuestra valoración de aquello que está bien o mal proceden del
propio sujeto, según Hume. Por tanto, no pueden establecerse desde ninguna otra realidad
ajena al sujeto.

Los juicios morales son simplemente valoraciones y no cuestiones de hecho, tampoco son
relaciones de ideas, pues de serlo, el solo concepto de una acción incluiría su rechazo moral.
Por tanto, es una emoción, un sentimiento, un hecho interno que no está en el objeto, sino en
nosotros. La base de nuestros juicios morales será el sentimiento. La razón solo se ocupa de
descubrir verdades, pero en ningún caso puede formular verdades morales, pues estas
valoraciones son siempre consecuencia del gusto y del sentimiento. “Las reglas de la
moralidad no son conclusiones de nuestra razón” dirá Hume. La razón no es, ni puede ser
guía de nuestras pasiones las que guían a la razón y nos inclinan a actuar siempre con la
expectativa de alcanzar el placer y evitar el sufrimiento.

Lo que nos causa agrado o desagrado moral es la disposición de carácter, el carácter de las
personas que realizan la acción, no la acción en sí (pues puede ser una buena acción pero no
haber sido realizada a propósito). Solo porque nos resulta algo agradable lo llamamos virtud
sólo porque nos resulta desagradable lo llamamos vicio. Todo vicio y toda virtud lo son por
su utilidad pública, según Hume (precedente del utilitarismo). Dicha utilidad pública o
general está en conexión con el sentimiento humanitario o de camaradería (fellow feeling)
que fundamenta nuestros juicios morales.

“La razón fría y desinteresada no puede ser un motivo de acción, ella no hace más que
distinguir el impulso recibido del apetito y la inclinación” (de donde surge la aversión o
inclinación hacia un objeto es de la perspectiva del dolor y del placer). La razón queda
regalada en el campo práctico a ser simplemente “esclava de las pasiones sin poder pretender
otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”, según Hume Estas afirmaciones dificultan
-cómo verá Kant- la posibilidad de una voluntad libre.

La razón tendrá para Hume un carácter meramente instrumental, al servicio de las pasiones y
deseos. En todo caso, puede proporcionar el conocimiento de que una acción es (o no) de
utilidad pública.

La ética de Hume es “emotivista”: el vicio y la virtud son cualidades de la forma de sentir del
ser humano, deriva de nuestra naturaleza, pues nada puede tocarnos más de cerca que
nuestros sentimientos.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA - Rousseau

Según Rousseau, la sociedad, la civilización, empeora al hombre y le aleja de su libertad y


bondad naturales. El hombre está alejado así de un estado natural donde había igualdad,
precisamente porque, al no haber recursos suficientes, el ser humano desarrolla,
inevitablemente, un egoísmo centrado en la búsqueda del beneficio propio en perjuicio de los
demás.

El hombre en su estado natural es un ser bueno que se guía por dos sentimientos naturales: el
amor a sí mismo y compasión por sus semejantes, pero dicha situación se termina cuando el
hombre entra en una sociedad con desiguales (basadas en la propiedad). Esta sociedad es, por
tanto, la culpable de todos los males del hombre.

Por esto, Rousseau propone una sociedad democrática e igualitaria y defiende esta posición
como consecuencia de dos momentos de “socialización”. En primer lugar, en el “Estado de
naturaleza”, en un origen, los seres humanos eran iguales y libres además de buenos. Pero,
continuar en este estado idílico resultaba utópico debido a la necesidad de supervivencia, por
lo que los seres humanos se ven obligados a entrar en sociedad, a pesar de su insociabilidad.

En segundo lugar, Rousseau plantea El contrato social para recuperar la situación inicial de
bondad y libertad; para ello es necesario un “contrato social” entre individuos. Se trata de
construir un Estado en el que cada persona no obedezca sino a sí misma mientras se une cada
uno a todos, permaneciendo así tan libre como antes. Esto debe lograrse a través de la
enajenación total de cada asociado con todos sus derechos a toda la comunidad, dándose cada
uno todo entero, siendo la condición igual para todos.

Este contrato requiere un consentimiento unánime de los contratantes, que aceptan entregarse
a la voluntad general que emana del pueblo y que es soberana. El poder de decisión, por
tanto, permanece en los contratantes, en todos. Así, obedeciendo la voluntad general, nos
obedecemos a nosotros mismos y por ello somos libres.

El tipo de sociedad a la que da lugar este contrato es democrática, en ella se desarrollará la


voluntad general que se identifica con el interés común y la utilidad pública, y en ningún caso
el interés particular. Además, la voluntad general no puede ser representada, los ciudadanos
son, por un lado, soberanos (el pueblo ostenta el poder legislativo, al que debe subordinarse el
poder ejecutivo, que puede ser entregado a un príncipe, a un grupo de notables o a todos) y,
por otro, súbditos.

Por tanto, en última instancia, el poder es detentado por el pueblo y toda ley no ratificada por
el pueblo en persona es nula. Para reforzar el compromiso con el contrato, Rousseau propone
una religión civil, que pretende superar las intolerancias de las religiones tradicionales y
fomentar el sentimiento de sociabilidad y unión a la voluntad general, que los ciudadanos
profesarán “voluntariamente”.
EL PROBLEMA DE LA ÉTICA - Kant

La ética de Kant hace referencia al uso práctico de la razón, su punto de partida es el hecho
de la razón práctica, que se relaciona con “la ley moral en mí”. Kant distinguirá entre las
éticas materiales (éticas de bienes y de fines, dan lugar a imperativos hipotéticos, es decir, a
una ética condicionada y relativista, cosa que Kant rechazará) y las formales (que establecen
un modo de actuar para que nuestra acción se realice de acuerdo con el deber moral y no en
razón del fin a alcanzar.

Por tanto, la ética para Kant debe ser a priori (los mandatos morales no pueden derivarse de
la experiencia sino de la razón), desinteresada (puesto que no puede realizarse en vistas a
ningún bien particular), ha de formular imperativos categóricos (mandatos morales
incondicionados y válidos para todos) y ha de ser autónoma (el propio sujeto usando su razón
tiene que descubrir el deber por sí mismo).

Hemos de actuar por deber, no simplemente conforme al deber, y nunca por el beneficio que
pueda reportarnos nuestra acción, la actuación moral auténtica no puede ser nunca interesada.
La moral de las acciones tiene que ver con nuestra buena voluntad, con la intención, si la
consecuencia de cumplir el deber es la felicidad, hemos de tomarla como algo no buscado. El
cumplimiento del deber sólo asegura la dignidad del que actúa.

Para Kant el criterio que establece el deber ha de ser universal para todos, independiente de
los intereses particulares y ha de derivarse de nuestra razón, dicho criterio moral es el
imperativo categórico que Kant expresa de esta forma: “obra de tal modo que puedas querer
que tu máxima de conducta se convierta en ley universal” y de esta otra: “obra de tal modo
que trates a la humanidad tanto en tu persona como en la de los demás siempre al mismo
tiempo como fin y nunca como un mero medio”. A partir de aquí Kant distingue entre
persona (que tiene un valor absoluto, la dignidad) y cosa (que tiene un valor relativo, el
precio). Por tanto, hemos de actuar siempre de modo que la norma que seguimos en nuestra
actuación pueda convertirse en norma de conducta universal.

Hay dos tipo de acciones según Kant; las contrarias al deber (cuya motivación serían las
inclinaciones naturales, que son inmorales) y conformes al deber (cuya motivación podrían
ser las inclinaciones naturales, que son amorales, o el mero respeto al deber, que es los que
debería impulsarlas).

Para Kant, por tanto, el deber no se impone desde fuera a la voluntad puesto que proviene de
la propia razón que constituye al hombre. Someterse a una ley extraña es una heteronomía
degradante incompatible con la dignidad de la persona humana. Pero, cuando la voluntad se
somete al deber es indeterminada con respecto a todo objeto y se da a sí misma su ley: en esto
consiste la libertad”.
EL PROBLEMA DE DIOS - Kant

La existencia real de Dios no puede probarse, pero tampoco puede negarse. Además, para
Kant, no resulta algo irracional suponer su existencia.

Desconocemos si Dios existe, pero es necesario que supongamos que sí, ya que nuestra
moralidad lo exige. Kant subordina el problema de Dios a su ética desde un principio, puesto
que si Dios no existiese, no tendrían sentido los imperativos morales que nuestra razón nos
dicta.

La religión es, para Kant, la creencia en Dios como una voluntad moralmente perfecta, que
manda a cumplir libremente con la ley moral y que es garantía del logro del sumo bien y de la
felicidad plena. Sin embargo, no se deben cumplir sus mandatos debido al posible premio o
castigo, puesto que la vivencia religiosa ha de ser auténtica y no podemos actuar pensando en
los beneficios o males que se derivarán de nuestra acción, sino que debe hacerse por mera
ética.

Si hablamos de la idea de Dios es necesario decir que la razón busca un fundamento


incondicionado de toda la realidad y se elabora la idea de Dios, pero no conocemos dicha
realidad. Dios está fuera de la serie de los fenómenos sensibles. El propio Kant rechaza los
tres argumentos principales dedicados a probar la existencia de Dios. Así, no considera
probatorio ni el argumento ontológico (puede considerarse la idea de algo perfecto sin que
exista), ni el cosmológico ni el teleológico (este argumento sólo prueba la existencia de un ser
muy sabio, pues el mundo está muy desordenado, por lo que no se prueba que sea creador,
sino ordenador).

La auténtica religión racional es la que cada persona debe vivir en su interior, pues la religión
no ha de ser una realidad pública y tampoco debe haber intermediarios entre la conciencia de
cada persona y Dios, ya que con la piedad interna es bastante.

Por tanto, Kant forja una religión natural dentro de los límites de la mera razón, mandando
únicamente cumplir con el deber y actuar en consonancia con dicho deber con una buena
voluntad. Solo de este modo seremos merecedores de la felicidad eterna.

Según Kant, el bien práctico supremo consta de dos elementos: moralidad o virtud, y
felicidad. Y, mientras que la realización de lo primero está a nuestro alcance (mediante el
ejercicio de nuestra libertad podemos identificarnos con el deber), la felicidad no lo está, pues
no depende de nuestra voluntad.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Kant

Para Kant existen dos hechos de la razón; la ciencia (hace referencia al uso teórico de la razón) y
la moral (hace referencia al uso práctico de la razón). En lo que se refiere al uso teórico, va a
defender que sin experiencia no hay conocimiento.
Kant distingue entre lo que recibimos a través de nuestra experiencia sensible (la materia del
conocimiento) y lo que aporta el sujeto (la forma del conocimiento). Lo que conocemos por la
experiencia es a posteriori, pero la forma en la que ordenamos nuestra experiencia es a priori.
El conocimiento humano comienza cuando nuestra sensibilidad recibe impresiones sensibles y el
sujeto las ordena en el espacio y en el tiempo, resultando así el fenómeno. Pero para conocer
realmente es necesario que el sujeto, a través del entendimiento proceda a una segunda
ordenación, conceptualizando la información empírica recibida.

De esta aplicación se deriva que el espacio y el tiempo no son realidades ni objetivas ni


absolutas, sino formas (porque no son materia del conocimiento) a priori (porque son
independientes de toda experiencia) de nuestra sensibilidad. Además, el entendimiento aplica
conceptos a los fenómenos y de este modo los conoce. Para Kant no hay conocimiento humano
si no existe conceptualización sobre los datos empíricos que nuestra sensibilidad nos
proporciona.

Kant distingue y clasifica diferentes tipos de juicios: por la forma, que se dividen en juicios
analíticos (aquellos en los que el predicado se encuentra contenido en el sujeto) y en juicios
sintéticos (aquellos en los que el predicado no está incluido en el sujeto, no se deriva
necesariamente de este) y por la materia, que se dividen en juicios a priori (aquellos cuyo
contenido es independiente de la experiencia, tienen un carácter universal y necesario) y los
juicios a posteriori (aquellos cuyo contenido depende de la experiencia, tienen un carácter
probable y no son universales ni necesarios).

Según Kant, con esta clasificación podemos formar tres tipos de juicios; los analíticos que son
siempre a priori y los sintéticos, que pueden ser a posteriori (no universales ni necesarios) y a
priori (universales y necesarios, su verdad no depende de lo que suceda en la realidad). Estos
últimos con los de los enunciados característicos de las ciencias como las matemáticas y la
física, pues ambas ciencias reúnen las condiciones que deben cumplir, las empíricas y las
condiciones a priori.

Nos resulta imposible, según el filósofo, conocer aquellas realidades de las que no tenemos
conocimiento empírico, como Dios (la razón busca un fundamento incondicionado de toda la
realidad y elabora la idea de Dios, Kant no considera probatorios ni el argumento ontológico, ni
el cosmológico ni el teleológico), el mundo (sólo conocemos lo que es el mundo para el
sujeto, pero no lo que es en sí el mundo de forma independiente) y el Yo (no conocemos si se
trata de algo real, pues la razón elabora esta idea suponiendo un fundamento de todos nuestros
procesos psíquicos).
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO - Kant

El hombre es concebido por Kant como un ser dotado de razón, capaz de conocer por medio
de dicha capacidad. Sin embargo, nuestro conocimiento está determinado por unas
estructuras a priori, no conocemos las cosas tal y como son en sí mismas. No vemos el
mundo, vemos nuestro mundo, aquel que proyectamos.

Afirma el filósofo que el hombre está sometido a las leyes de la causalidad, pero se debe
considerar al hombre como fenómeno (un ser físico sujeto a las leyes causales y determinado)
y como noúmeno (pues la conciencia moral implica la idea de la libertad).

A pesar de no poder probar científicamente que el hombre es libre, la conciencia moral exige
fe en la libertad, así como la inmortalidad del alma, por lo que hay que hablar del ser humano
como un ser fenoménicamente determinado y nouménicamente libre.

Kant considera que hay en el hombre tres disposiciones originales; disposición a la


animalidad (por ella se explica su aspecto viviente y la capacidad técnica del hombre), a la
humanidad (por la que se explica su capacidad pragmática y racional) y a la personalidad (por
la que se explica su capacidad moral).

Estas disposiciones expresan la constitución del hombre, al que Kant concibe como ser que
encierra en sí una “insociable sociabilidad”, que es el motor de la historia.

El hombre tiene una inclinación a vivir en sociedad, porque en tal estado se entiende más al
hombre, más realizado en el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero tiene también una
gran tendencia a aislarse, porque tropieza en sí mismo con una característica antisocial o
insocial que le lleva a querer disponer de todo a su antojo.

El hombre tiene en sus manos la capacidad de obrar bien, pues la felicidad no puede elegirse,
sino que derivará quizá del buen obrar, pero en ningún caso se debe obrar de cierto modo sólo
como medio para alcanzar dicha felicidad, sino que debe obrar bien (conforme a la ley moral)
por mero deber y no por pretender lograr algo que sea de nuestro interés.

El perfecto cumplimiento de dicha ley moral exige como postulado, además de la citada
libertad, la inmortalidad del alma, puesto que requiere un progreso indefinido y merece una
felicidad inalcanzable plenamente en esta vida.

Por último, afirmará Kant que el hombre difiere de los meros objetos en que tiene dignidad
mientras que dichos objetos tienen simplemente precio y cuentan con un valor relativo. Las
personas tienen un valor absoluto.
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO - Marx

En el ser humano, su ser, está siendo producido en la historia (por eso no puede ser definido
como algo ya dado). El hombre es un ser de la naturaleza que se auto realiza por medio de su
actividad productiva. Dicha actividad la lleva a cabo para satisfacer sus necesidades. La única
realidad es una materia que evoluciona dialécticamente y el hombre forma parte de ella.

Nuestro ser depende de las circunstancias socioeconómicas: según Marx “no es la conciencia
de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social el que determina
su conciencia”. Por tanto, el ser humano piensa y actúa determinado por las circunstancias
sociales en las que se ve inmerso.
El hombre es un ser de la naturaleza y el trabajo es la actividad de intercambio con la
naturaleza. En dicho intercambio el hombre se objetiva configurando objetos. El hombre va
transformando la naturaleza y, a su vez, se transforma a sí mismo.
Al aparecer la división del trabajo (que aparece por necesidad), aparece la propiedad privada
de los medios de producción, se introduce la mecánica de explotadores y explotados, lo que
introduce a su vez la alienación (pérdida del ser del hombre en sus productos e instituciones).
Pero esta alienación es necesaria, es parte del proceso histórico, que es un proceso
concatenado necesario.
Hay varios tipos de alienación; la primera es la económica, que es la base y la causa del resto
de alienaciones: se da respecto del producto (el obrero se ve desposeído del resultado de su
trabajo. “El objeto producido pasa a erigirse frente a su autor como una fuerza enemiga y
extraña”. El mismo obrero se convierte en mercancía) y respecto del modo de producción (su
trabajo pasa a ser ajeno, forzado e impersonal).
La segunda es la social; el ser humano queda dividido en dos facciones antagónicas:
explotadores y explotados. Cuando el proletariado tome conciencia de la clase y la situación
sea insostenible, se producirá la revolución. El antagonismo entre las clases no es accidental,
sino constitutivo, forma parte esencial y necesaria del proceso. También está la alienación
política, que es la existencia de instituciones políticas y del Estado. Consiste en suponer que
el Estado representa la conciliación de los intereses particulares, cuando en realidad es un
instrumento represivo de la clase dominante. La filosófica consiste en el espejismo y la
ilusión de pretender interpretar o contemplar la realidad al margen de la praxis, de las
condiciones reales de la existencia humana. Por último, está la alienación religiosa que
consiste en la proyección de un Dios imaginario de atributos que sólo al hombre pertenecen.
Esta ilusión está motivada por el estado de miseria en el hombre como resignada
compensación o consuelo.
Una vez que hayan desaparecido todas las diferencias procedentes de las alienaciones ya
descritas, en el momento en el que se alcance la sociedad comunista (sociedad que propiciará
la plena realización del hombre), el hombre alcanzará también su plenitud (sin desigualdades
y, por tanto, ya libre), se habrá desarrollado completamente y dará comienzo la auténtica
historia.
EL PROBLEMA DE DIOS - Marx

Marx acepta la conclusión de Feuerbach de que Dios es una proyección creada por la misma
humanidad, según él: “El hombre es el ser supremo para el hombre”. Por tanto la humanidad
es Dios. Nosotros creamos a Dios a nuestra propia imagen. Nosotros creamos la religión para
adorarnos a nosotros mismos.

Para Marx, es necesario buscar la causa de la religión en las condiciones materiales de la


existencia, en una situación en la que los hombres viven alienados, sin ser dueños de su
actividad ni de los frutos de ésta. La alienación religiosa es una forma de alienación
ideológica, secundaria frente a la más básica de las alienaciones: la alienación del trabajo.

Por todo lo anterior, Marx criticará duramente la religión por considerarla una mera forma de
alienación que se muestra a través de tres vertientes:
En primer lugar, es una experiencia de algo irreal, de algo que no existe. Siguiendo a
Feuerbach, Marx considera que no es Dios quien crea al hombre sino el hombre a Dios.
La religión también es alienación porque desvía al hombre del único ámbito en donde le es
realmente posible la salvación y la felicidad, el mundo humano, el mundo de la finitud
expresado en la vida social y económica. Al consolar al hombre del sufrimiento que en este
mundo le toca vivir, sufriendo en él porque el otro mundo le corresponderá la justicia y la
felicidad plena, le resta capacidad, energía y determinación para cambiar las situaciones
sociales, políticas y económicas que son las realmente culpables de su sufrimiento.
Por eso Marx la considera el opio del pueblo, pues, al tiempo que consuela, adormece el
anhelo revolucionario y juega en favor de las clases dominantes. La iglesia se sirve de este
hecho para predicar la mansedumbre y la resignación; convirtiéndose así en un instrumento
en manos de la burguesía para reprimir cualquier intento de revolución proletaria.

La religión suele tomar partido, pero no por las clases desfavorecidas sino por la clase
dominante, perpetuando a ésta en el poder.

Por las razones citadas, Marx consideró que era necesaria la superación de la religión y que
ésta pasa realmente por la superación del sistema de clases sociales. Finalmente en la
sociedad comunista no existirá la religión pues en esta sociedad no existirá la alienación.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Marx

El problema del conocimiento en Marx no es un problema teórico, sino práctico. La realidad


misma ha de verse como un proceso productivo. El propio pensamiento es reflejo de las
relaciones de producción.

Cuando se alcance el fin de la historia, conocimiento y verdad irán de la mano y serán uno
por fin. Los intentos de conocer la realidad mientras está teniendo lugar el proceso son
necesariamente fallidos, son una alienación, son una “ideología”. Solo en la sociedad
comunista el conocimiento será verdadero.

Marx concibe la historia como un proceso de tesis, antítesis y síntesis (es decir, un concepto
dialéctico). Cada momento engendra su contrario, según el filósofo. Siguiendo este esquema,
Marx asegura desde una posición determinista que al actual capitalismo alienante le seguirá
una dictadura del proletariado, que supondrá el fin de la historia y dará comienzo a la
sociedad ideal comunista.

Por tanto, el intento de alcanzar el conocimiento y la verdad, utilizando únicamente el campo


de lo teórico es del todo infructuoso, ya que la esencia del ser humano es cambiante al
configurarse de acuerdo a sus relaciones de producción (su situación socioeconómica) y, por
tanto, al momento histórico en el que vive. Por ello, al depender el hombre de esta serie de
relaciones, es imposible que pueda alcanzar la realidad verdadera y objetiva.

Para lidiar con este problema, propone Marx una filosofía de la praxis en la que se una el
proceso de entender la realidad (la teoría) con el de modificarla (la práctica), ya que ambos
procesos están indisolublemente unidos. Pero, en cualquier caso, como el hombre está
oprimido y alienado por la sociedad capitalista, no podrá conocer la verdad hasta que consiga
realizarse y ser libre en la ya citada sociedad comunista.

Por tanto, para Marx, la verdad pura es el resultado, es el final del proceso.
EL PROBLEMA DE LA ÉTICA - Marx

La moral es para Marx un producto social dependiente de las condiciones en que se dan las
relaciones de producción; la moral es pura alienación.

Los marxistas creen que la “vieja moral”, la moral de la clase capitalista reinante, explota a la
clase obrera. De hecho, califican como “inmoral” a la ética cristiana, porque mantiene
teóricamente el dominio de la burguesía sobre el proletariado. Según esta visión, los viejos
códigos morales religiosos deben ser rechazados y abandonados (de hecho, serán sustituidos
por unos nuevos con la llegada de la sociedad comunista).

Según la definición de Marx, nuestro estatus social y económico está siempre cambiando, de
acuerdo a las leyes de la dialéctica, así que nuestras ideas acerca de la moral también deben
estar en un estado de cambio continuo.

Por tanto, todo en el universo, incluida la sociedad, está en un estado de cambio constante.
Estos cambios están haciendo ascender la sociedad hacia la eliminación de todas las
diferencias de clase, tanto sociales como económicas. El próximo avance social en la historia
será el cambio del capitalismo al socialismo, el cual inevitablemente ocasionará cambios en
los ideales morales de la sociedad.

Si hablamos de una propuesta de ética marxista, según la cual pudiéramos juzgar o interpretar
las acciones como buenas o malas, correctas o incorrectas, deberíamos centrarnos en
identificar lo bueno y lo malo según la actitud que tiene cada individuo en la sociedad m
enfocándonos aún más en la clase proletaria. Siendo considerado bueno, todo aquel
pensamiento que se centre en el bien del proletariado en general, siendo malo todo lo
orientado a un interés egoísta, siendo considerado solo yo, oponiéndose a los intereses
colectivos de una clase proletaria.

Sin embargo, esto incurriría en cierta contradicción pues, la ética que impera en nuestros días
sería en cierto modo buena, pues en el proceso de tesis, antítesis y síntesis acabaría por dar
lugar a la sociedad comunista.

El marxismo persigue una mayor justicia social, superando el sistema capitalista, creando un
nuevo orden el la sociedad, suponiéndose que este nuevo orden tendría que ser una nueva
moral que lograra desplazar a la moral capitalista para una sociedad más igualitaria.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA - Marx

Según Marx, la actividad productiva del ser humano es lo que configura la política o la
sociedad. Se debe hacer una distinción entre infraestructura y superestructura.

La primera es la base económica de la sociedad, es decir, cómo se organizan los medios


productivos para satisfacer nuestras necesidades. Cuenta con dos elementos: las fuerzas
materiales de producción (herramientas, mano de obra), que son los medios materiales que
sirven para producir, y las relaciones de producción, que son las relaciones entre personas,
cómo se organiza jerárquicamente la sociedad con respecto a su puesto productivo.
La superestructura está formada por la cultura, las ideas y las manifestaciones del ser humano
(sus productos e instituciones). Es todo aquello que surge a partir de las alienaciones. Los
sucesos en la infraestructura son lo que determinan cómo son las superestructuras.

Marx afirma que estamos alienados políticamente, puesto que existen instituciones políticas y
Estado. Además, suponemos que el Estado representa la conciliación de los intereses
particulares, cuando en realidad es un instrumento represivo de la clase dominante.

El filósofo distingue distintas etapas históricas según el tipo de sistema económico imperante,
en todas ellas (esclavismo, feudalismo y capitalismo) hay división de clase sociales. Sin
embargo, en el comunismo (la sociedad a la que debe llegarse) las clases sociales serán
abolidas según Marx.

Primero se modificará la infraestructura para poder acabar con las alienaciones de la


superestructura, y todo comenzará con una crisis del capitalismo (debido al descontento
social y a las diferencias económicas) que acabará por hacerlo desaparecer en virtud de dos
leyes del sistema capitalista; la primera es la ley de la baja tendencial del beneficio: puesto
que el objetivo del capitalismo es el mayor beneficio con los menores costes, se pagarán cada
vez sueldos más bajos y se aumentará la producción. Pero dicha producción no podrá ser
asumida puesto que al bajar tanto los sueldos, los trabajadores no podrán permitírselo. Este
desajuste entre la oferta y la demanda es el que explica las crisis del capitalismo.
La ley de proletarización: la salvaje competencia entre las empresas hace que las pequeñas
no puedan competir con las más grandes por lo que se formarán monopolios
progresivamente. Además el uso de máquinas aumenta el desempleo. Esta situación permite
al empresario pagar sueldos muy bajos lo que tiene como consecuencia el empobrecimiento y
el consiguiente descontento que desembocará en revolución social.

Según Marx, bastará la acción conjunta de todo el proletariado para derrocar a la burguesía,
comenzará entonces la dictadura del proletariado que terminará con la abolición del Estado,
dando paso a una sociedad en la que no existirán diferencia de clase y en la que los medios de
producción serán colectivos y se superarán todas las alienaciones, comenzando así la
auténtica historia.
EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO - Nietzsche

La cultura occidental se asienta en los valores platónicos de la existencia de dos realidades,


un mundo sensible y un mundo ideal. Nietzsche niega tal división y afirma que la única
realidad es la del mundo sensible, que es la manifestación, no solo de la voluntad de existir
(Schopenhauer), sino de la voluntad de poder (pulsión fundamental e interior de todo lo que
existe, tendencia a desarrollarse siento más, esencia de la vida).

Todo lo que hay es el mundo sensible y la vida contenida en él, pero estas realidades son
configuraciones de la voluntad de poder (que no tiene un ideal que alcanzar, sino
simplemente el ciego e irrefrenable impulso de imponerse), dicha voluntad es el hecho más
elemental. Esta voluntad de poder no es una voluntad de conservación, sino de expansión, de
desarrollo de poder. Toda la vida es una mera manifestación de la voluntad de poder.

La vida en general es algo cambiante, no tiene una esencia fija ni determinada, sino que se
transforma continuamente y lucha por imponerse. Este carácter dinámico de la vida muestra
la imposibilidad de explicar de forma estática el cambio de cualquier realidad.

Por tanto, la realidad es un devenir continuo y no puede ser conceptualizada. Para Nietzsche,
el metafísico pretende aunar las distintas realidades en conceptos, pero acaba por desvirtuar la
realidad y ofrecer una visión falsa de esta. No existe ese mundo de los modelos ideales para
Nietzsche, pues cada realidad es distinta y cambiante.

Para Nietzsche la verdad, como correspondería con una realidad objetiva, no existe (no puede
haber una representación conceptual de la vida, su mera afirmación es la forma más clara de
decadencia), pues significa juzgar la realidad con el criterio de la razón y no con el de la vida.
La razón frena la vida, pues en ella solo hay conceptos que son estáticos, pero la vida fluye y
cambia.

De este modo, criticará Nietzsche las ciencias, que pretenden establecer leyes y alcanzar
explicaciones únicas y verdaderas. Pero frente a estas pretensiones, formulará el filósofo su
propuesta conocida como perspectivismo (consideración de que no existe una sola y única
interpretación de la realidad, sino varias perspectivas). Quien interpreta la realidad es el ser
humano para así satisfacer sus impulsos y deseos y es por tanto vista por cada persona de
distinta forma, por lo que no puede ser entendida de un modo estático y conceptual.

Por último, afirmará Nietzsche que aquellos que se mueven por la voluntad de la verdad
(instinto dominante en la interpretación del mundo, aspecto de la voluntad de nada, una
contra voluntad de vida, en definitiva, es un intento de negar la vida, pues es esencialmente
engaño, apariencia, error, perspectiva) y no por la voluntad de poder, son personas decadentes
y degeneradas pues: “La vida en sí misma es voluntad de poder, es esencialmente
apropiación, agresión, sometimiento de lo que es extraño y más débil, opresión, dureza,
imposición de la propia forma, incorporación o, por lo menos, explotación”.

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