Psiquiatría y Antipsiquiatría (David Cooper)
(Resumen)
Para todos los que trabajan en el campo de la psiquiatría y se niegan a
permitir que su conciencia crítica de lo que los rodea sea entumecida o
absorbida por los procesos institucionalizantes del entrenamiento
formal y del adoctrinamiento cotidiano en el hospital de prácticas o en
el hospital psiquiátrico, surge un cierto número de interrogantes
perturbadores.
Es este campo en particular, en medio de personas que están en
situaciones extremas, uno experimenta la “sensación de duda” del zen:
por qué estoy aquí, quién me ha traído o por qué he venido yo mismo
(y cuál es la diferencia entre estas dos preguntas), quién me paga, para
qué, qué debo hacer, por qué hacer algo, por qué no hacer nada, qué
es algo y qué es nada, qué son la vida y la muerte, la salud y la locura.
A quien sobrevive a la institucionalización, ninguna de las más o menos
volubles respuestas acostumbradas a estos interrogantes le parece
adecuada.
Un cuestionamiento más profundo nos ha llevado a algunos de
nosotros a proponer concepciones y procedimientos que parecen la
antítesis total de los convencionales, y que en efecto pueden
considerarse como una antipsiquiatría en germen.
Este es un estudio sobre un modo de invalidación social, pero toma
este término en un sentido doble.
En primer lugar, se hace que una persona se ajuste progresivamente a
la identidad pasiva, inerte, de inválido o paciente, aunque parte de
esta identidad implica una ilusión de actividad: por ejemplo, en
departamentos ocupacionales de la institución hospitalaria, en el
campo de deportes, y en otras situaciones similares.
Anterior, simultánea y dialécticamente vinculado con la invalidación en
este sentido, está, en segundo término, el proceso por el cual casi todo
acto, afirmación y experiencia de la persona rotulada es
sistemáticamente considerado inválido de acuerdo con ciertas reglas
de juego establecidas por su familia, y posteriormente por otras
personas, en sus esfuerzos por producir el vitalmente necesitado
paciente-inválido.
La psiquiatría del último siglo, según la opinión de un creciente número
de psiquiatras contemporáneos, está excesivamente al servicio de las
necesidades alienadas de la sociedad. Al hacerlo, está continuamente
en peligro de cometer un acto bien intencionado de traición a aquellos
miembros de la sociedad que han sido arrojados a la situación
psiquiátrica como pacientes.
Muchas personas concurren en la actualidad espontáneamente al
consultorio médico en busca de asistencia psiquiátrica. En la mayoría
de los casos, tales personas desean obtener en términos muy prácticos
un conjunto de técnicas que les permitan la mejor y más ajustada
satisfacción de las expectativas sociales masificadas. Por lo general se
los ayuda a lograr esta meta.
Unos pocos extraviados concurren al consultorio psiquiátrico en busca
de algo que llegue a constituir una guía espiritual. A estos por lo
general se los desilusiona muy rápidamente.
No obstante, la mayor parte de las personas acerca de las cuales
escribiré en este libro fueron precipitadas a la situación psiquiátrica
por terceros, casi siempre por su familia.
En nuestra sociedad hay muchas técnicas que permiten primero
señalar a ciertas minorías y luego tratarlas mediante un conjunto de
operaciones de gravedad creciente, que van desde la insinuación de
menosprecio, la exclusión de clubes, escuelas o tareas, y otras medidas
similares, hasta la invalidación total como personas, el asesinato y el
exterminio en masa.
No obstante, la conciencia pública exige que se emplee alguna excusa
para tales acciones, y esta excusa es proporcionada por la aplicación
previa de técnicas de invalidación que apuntan a preparar una
cantidad de víctimas para los procedimientos eliminativos en sí.
Ninguna técnica de invalidación puede parecer más respetable, e
incluso más sacrosanta, que la que tiene la bendición de la ciencia
médica.
Si bien la medicina siempre fue algo estrecha y estuvo dominada por
sentimientos de superioridad, es tradicionalmente liberal y
humanitaria. Tiene altos ideales y el juramento hipocrático. La
psiquiatría, aunque algunos de los profesionales que la practican han
comenzado a reflexionar sobre el hecho, forma parte de la medicina.
No obstante, en estas páginas tendremos ocasión de cuestionar la
corrección de los enfoques y modos de actuar médicos y
seudomédicos en el campo de la conducta humana que concierne a la
psiquiatría.
En efecto, consideraremos el punto de vista según el cual la
psiquiatría, en un área principal de su campo de acción total, coopera
en la invalidación sistemática de una vasta categoría de personas.
El problema de la violencia en psiquiatría me ha preocupado sobre
todo, y he llegado a la conclusión de que quizá la más notable forma
de violencia en este campo sea nada menos que la violencia de la
psiquiatría, en la medida en que esta disciplina opta por refractar,
condensar y dirigir hacia sus pacientes identificados la violencia sutil de
la sociedad; con mucha frecuencia, la psiquiatría no hace más que
representar a la sociedad contra estos pacientes.
Al hablar de la violencia en psiquiatría, la violencia que nos enfrenta
descaradamente dando gritos, proclamándose violencia en alta voz
(como hace muy pocas veces) es la violencia sutil y sinuosa que las
personas “sanas” perpetran contra los rotulados “locos”.
En cuanto la psiquiatría representa los intereses o pretendidos
intereses de los sanos, descubrimos que, en realidad, la violencia en la
psiquiatría es la violencia de la psiquiatría.
Pero, ¿quiénes son estas personas sanas? ¿Cómo se definen?
Las definiciones de la salud mental propuestas por los expertos por lo
general arriban a la noción de conformismo, a un conjunto de normas
sociales más o menos establecidas o, en caso contrario, tan
convenientemente generales –por ejemplo, “la capacidad para tolerar
el conflicto y desarrollarse a través de él”- que carecen de significación
operativa.
Uno se formula la penosa reflexión de que tal vez los sanos sean los
que no logran ser admitidos en la sala de observación mental. Es decir
que se definen por una cierta ausencia de experiencia.
Pero los nazis gasearon a decenas de millares de pacientes mentales, y
otras decenas de millares tienen en el Reino Unido sus cerebros
quirúrgicamente mutilados o molidos por aplicaciones de
electroshocks y, sobre todo, sus personalidades sistemáticamente
deformadas por la institucionalización psiquiátrica.
¿Cómo pueden esos hechos tan concretos basarse en una ausencia, en
una negación: la no locura compulsiva de los sanos?
En realidad, todo el campo de definición de la salud y la locura es tan
confuso, y quienes se aventuran en él son tan uniformemente
aterrorizados (posean o no “calificación profesional”) por los indicios
de lo que podrían encontrar, no solamente en “los otros”, sino
también en sí mismos, que uno debe considerar seriamente la
posibilidad de abandonar el proyecto.
Creo que resulta imposible avanzar a menos que se desafíe la
clasificación básica de la psiquiatría clínica en “psicóticos”,
“neuróticos” y “normales”.
A partir del nacimiento la mayor parte de las personas progresa a
través de las situaciones de aprendizaje de la familia y la escuela hasta
que logra la normalidad social. Después, con mayor o menor éxito, se
proyecta en un futuro independiente, pero que de modo necesario, a
menos que haya habido algún error afortunado, lo reduce a lo
convencionalmente aceptado.
A partir de allí vive cuarenta o cincuenta años en lo que prácticamente
es el mismo estado, anquen por un proceso de acrecentamiento se
convierte en más “experimentado”, “prudente”, desarrolla una mayor
capacidad para adaptarse a circunstancias cambiantes, sabe lo que es
“mejor” para él y probablemente para la mayor parte de las personas.
Pero quizás esto no deba ser necesariamente así. Quizás exista alguna
manera de escapar o liberarnos en un futuro más real, menos
estereotipado.
Yo lo creo, pero quienes son de esta opinión corren el riesgo de ser
considerados “locos” y sometidos a un tratamiento psiquiátrico.
Al tratamiento psiquiátrico se lo ridiculiza con frecuencia por su
fracaso, lo cual es sumamente injusto.
Para hablar con propiedad del fracaso del tratamiento psiquiátrico,
debemos estar dispuestos a admitir que el fracaso reside precisamente
en su éxito.
Este tratamiento, sea en su estilo oficial o no oficial (condicionamiento
terapéutico no médico) por lo general logra producir un conformismo
forzado tanto en el nivel del pabellón de crónicos anticuado como en
el nivel (más alto o bajo) del capitán de industria que todo lo dirige.
Podemos decir que desde el nacimiento hasta la muerte vivimos
existencias encasilladas. Desde la matriz pasamos al nacer al casillero
de la familia, desde la cual avanzamos hacia el casillero de la escuela.
Cuando dejamos la escuela estamos tan condicionados y habituados al
encasillamiento que en adelante nosotros mismos erigimos nuestro
casillero o prisión, hasta que, finalmente consolados, nos introducen
en el ataúd o en el horno crematorio.
Señalemos simplemente la posible relación entre la salud prescrita
socialmente, el tratamiento psiquiátrico y el encasillamiento.
Debemos considerar al sano un poco más atentamente. Desesperamos
de las connotaciones; denotativamente, vemos que el concepto
incluye a las familias de los pacientes, los empleadores, los clínicos
generales, los funcionarios públicos vinculados con el problema, la
policía, los magistrados, los trabajadores sociales, los psiquiatras, los
enfermeros especializados y muchas otras personas.
Todas ellas (y algunas pueden ser sumamente sinceras y dedicadas al
paciente) están comprometidas más o menos profundamente, de
modo inexorable aunque sea a pesar de sí mismas, en una violencia
sutil contra los objetos de su cuidado.
No tengo la intención de denigrar a ciertos psiquiatras y otros
especialistas en salud mental que luchan de modo totalmente
auténtico, y con frecuencia contra formidables obstáculos
institucionales, para proporcionar una verdadera ayuda a sus
pacientes.
Pero, por supuesto, debemos también recordar que las buenas
intenciones y todos los arreos de la respetabilidad profesional con
mucha frecuencia encubren una realidad humana verdaderamente
cruel.
Empleamos el término “violencia” en el sentido de acción corrosiva de
la libertad de una persona sobre la libertad de otra.
No se trata de agresividad física directa, aunque ese puede ser el
resultado. La acción libre (o la praxis) de una persona puede destruir la
libertad de otra, o por lo menos paralizarla mediante la mistificación.
Los grupos humanos se constituyen en relación con una amenaza real
o ilusoria proveniente de fuera del grupo, pero a medida que esa
amenaza externa se hace más remota, el grupo, que literal o
metafóricamente se ha convertido en un grupo juramentado, enfrenta
la necesidad de inventar el miedo para asegurar su propia
permanencia.
Este miedo secundario, que es un subproducto de la determinación del
grupo de impedir su disolución, es el terror provocado por la violencia
de la libertad común.
La violencia en este sentido, en el campo psiquiátrico, comienza en la
familia del futuro paciente. Pero no termina allí.
En el hospital psiquiátrico hay personas con problemas ampliamente
diferentes. En algunos casos la conducta que es socialmente
considerada perturbada se puede explicar en términos de procesos
biológicos tales como enfermedades del cerebro, envejecimiento
cerebral patológico, epilepsia y otros similares.
En otros casos –la mayoría- esta conducta es de naturaleza diferente;
no puede ser explicada en los términos de ningún proceso biológico
conocido, pero es inteligible en los términos de lo que otras personas
concretas –que están en relación con el paciente- le hacen a este
último en interacción con lo que él les hace a ellas.
Para evitar la confusión total debemos distinguir la conducta que se
presenta en términos que son más apropiadamente vistos como
procesos explicables, por un lado, y la conducta que es inteligible en
términos de lo que las personas se hacen recíprocamente en la
realidad, por el otro.
Estos problemas diferentemente presentados implican una diferencia
paralela en el método de enfoque.
El hecho de que estos tipos de problemas totalmente distintos sean
tratados dentro de la misma institución es una de las razones de la
perpetuación del mito de la esquizofrenia como entidad nosológica,
con toda su violencia implícita.
“Esquizofrénicos”, “neuróticos” y “psicópatas” son internados junto a
personas que padecen una real enfermedad del cerebro.
A esa dudosa enfermedad llamada esquizofrenia están destinadas la
mayor parte de las camas de los hospitales psiquiátricos del Reino
Unido, país en el que las camas de tales hospitales representan
aproximadamente la mitad del total de camas de todos los hospitales.
Para la mentalidad popular, el esquizofrénico es el loco típico, el autor
de actos extravagantes totalmente gratuitos que siempre tienen
matices de violencia ejercida contra a otros.
Es alguien que se burla de los cuerdos (“amaneramiento”,
“gesticulación”, “bufonería”, formas sutiles de retirada) pero al mismo
tiempo les proporciona las bases para que ellos lo invaliden.
Es la persona ilógica, cuya lógica está enferma. Esto es lo que dicen los
sanos. Pero quizá se pueda descubrir un sentido esencial en el centro
de ese aparente sinsentido. ¿De dónde viene este lunático? ¿Cómo
llegó a estar entre nosotros? ¿Existe la posibilidad de una salud secreta
oculta en esta locura?
El campo de las acciones humanas puede describirse fácilmente en
términos probabilísticos, pero no podemos dejar de considerar la
posibilidad de que el sujeto comprenda esta estructuración
probabilística del campo en que está situado y, a través de tal
comprensión, desestructure ese campo y actúe “improbablemente”.
En las ciencias de la naturaleza la determinación del carácter
verdadero o falso de una hipótesis dependen de la repetibilidad de las
situaciones. Pero en las ciencias de las personas observamos que la
repetición de una situación o de la historia vital de un individuo o
grupo es en principio imposible.
Pueden darse por cierto todas las apariencias de repetición, pero
siempre descubrimos que esa “repetición” es el producto de un
proyecto ilusorio de autodeshistorización.
Una personas se deshistoriza cuando (aunque sin saberlo) opta por
negar que como resultado de una serie de opciones previas, en su vida
pasa de una situación a otra distinta. Esta es la principal manera como
una persona se libera de la angustia que surge del reconocimiento de
la propia responsabilidad para consigo mismo.
Si la repetición de situaciones de la historia de vida es imposible, los
criterios de las ciencias de la naturaleza acerca de la verificabilidad de
las hipótesis resultan inadecuados, y debemos encontrar otros que nos
permitan reconocer “la verdad”.
Para hacerlo, es preciso diferenciar dos tipos de racionalidad, cada uno
de ellos adecuado a un campo de discurso, diferente del otro pero
interrelacionado con él. A estos tipos los llamamos racionalidad
analítica y racionalidad dialéctica.
La sustitución defensiva de la racionalidad dialéctica por la analítica se
lleva a cabo siempre que un individuo o grupo trata de afirmarse de
modo autónomo. La amenaza omnipresente es el desprendimiento
independiente en cualquiera de sus formas.
En las familias de los esquizofrénicos, las intenciones vinculadas con los
“actos psicóticos” del paciente son negadas, o incluso se afirman sus
antítesis, de modo que las acciones del sujeto perturbado tienen el
aspecto de un proceso puro sin ninguna relación con la praxis, e
incluso el paciente puede experimentarlas como tales.
El paciente trata de hacer más inteligible lo que realmente ocurre
entre él y los otros, pero el único modo en que puede hacerlo ha sido
previamente calificado de delirante por el resto de la sociedad.
Resulta irónico que por buscar la inteligibilidad con empeño corramos
el riesgo de ser considerados locos o de algún otro modo, descartados
o invalidados.
Si enunciamos de este modo el problema de la esquizofrenia, en
términos de la absorción por otro de la existencia de una persona, o de
esa existencia exprimida de sí por la persona misma (con el
reconocimiento amoroso de la ingestión rapaz de los otros), de modo
que finalmente no le queda nada de ella misma, puesto que está
desnuda para el otro, debemos extraer la conclusión de que, aunque
ser internado en un hospital constituye un destino especial, la
esquizofrenia no es nada menos que la situación de todos nosotros.
La alienación entonces, se refiere a la acción y al acto denegar la acción
en un grupo, y a los resultados de esta acción.
El extrañamiento es el sentimiento de estar apresado en un proceso
que es ajeno a las propias intenciones y actos y a las intenciones y
actos de cada uno de los otros miembros del grupo. Es el subproducto
de una ilusión universal.
Uno se siente tentado a considerar la hipótesis osada de que en las
familias “psicóticas” el paciente esquizofrénico identificado pro su
episodio psicótico está tratando de liberarse de un sistema alienado, y
es por lo tanto en cierto sentido menos “enfermo” o, por lo menos, no
tan alienado que los vástagos normales de las familias “normales”.
Pero en cuanto ingresa en un hospital para enfermos mentales, su
intento desesperado de liberarse parecería haber fracasado en la
elección de la táctica y estrategia social necesaria.
Las atribuciones de locura realizadas por agentes de la sociedad
extrafamiliar, en particular por los clínicos generales y por los
funcionarios pertinentes, o a veces por la policía, no son
necesariamente más objetivas que las de la familia. Con demasiada
frecuencia caen en algo que es sólo una colusión sutil, hábil aunque
inconscientemente preparada, con las actitudes de la familia.
La colusión entre la familia y los agentes de la sociedad es la base de la
violencia real en psiquiatría –opuesta a la violencia mítica-. Ella no ha
sido siempre ni seguirá siendo eternamente una característica del
sistema social.
Mientras tanto, si uno tiene que enloquecer, la táctica que debe
aprender en nuestra sociedad es una táctica de discreción.