Prácticas de Lenguaje 3°: Literatura y Discurso
Prácticas de Lenguaje 3°: Literatura y Discurso
Lenguaje 3°
Instituto Albert Einstein
Módulo del primer cuatrimestre (unidad 1)
Pronombres _____________________60
Verbos ________________________ 64
Adverbios y verboides ______________69
Construcciones sustantivas y adjetivas ___72
Construcción verbal _______________ 75
Oraciones impersonales _____________79
Paradigma verbal _________________ 83
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Bloque I:
Corpus literario
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“Cavar un foso” Adolfo Bioy Casares
Raúl Arévalo cerró las ventanas y las persianas, ajustó los pasadores, uno por uno, cerró las dos
hojas de la puerta de entrada, ajustó el pasador, giró la llave, colocó la pesada tranca de hierro.
—¿Otro cliente, y a medianoche? —protestó Julia—. ¿Estás loco? Si vinieran tantos clientes no
estaríamos en este apuro. Apaga la araña del centro.
Obedeció el hombre; el salón quedó en tinieblas, apenas iluminado por una lámpara, sobre el
mostrador.
—Como quieras —dijo Arévalo, dejándose caer en una silla, junto a una de las mesas con mantel
a cuadros—, pero no sé por qué no habrá otra salida.
Eran bien parecidos, tan jóvenes que nadie los hubiera tomado por los dueños. Julia, una
muchacha rubia, de pelo corto, se deslizó hasta la mesa, apoyó las manos en ella y, mirándolo de
frente, de arriba, le contestó en voz baja, pero firme:
—No hay.
Dos años antes, en una pensión de Necochea, donde veraneaban —ella con sus padres, él solo, se
habían conocido. Desearon casarse, no volver a la rutina de escritorios de Buenos Aires y soñaron
con ser los dueños de una hostería, en algún paraje apartado, sobre los acantilados, frente al mar.
Empezando por el casamiento, nada era posible, pues no tenían dinero. Una tarde que paseaban
en ómnibus por los acantilados vieron una solitaria casa de ladrillos rojos y techo de pizarra, a un
lado del camino, rodeada de pinos, frente al mar, con un letrero casi oculto entre los ligustros:
IDEAL PARA HOSTERÍA. SE VENDE. Dijeron que aquello parecía un sueño y, realmente,
como si hubieran entrado en un sueño, desde ese momento las dificultades desaparecieron. Esa
misma noche, en uno de los dos bancos de la vereda, a la puerta de la pensión, conocieron a un
benévolo señor a quien refirieron sus descabellados proyectos. El señor conocía a otro señor,
dispuesto a prestar dinero en hipoteca, si los muchachos le reconocían parte de las ganancias. En
resumen, se casaron, abrieron la hostería, luego, eso sí, de borrar de la insignia las palabras «El
Candil» y de escribir el nombre nuevo: «La Soñada».
Hay quienes pretenden que tales cambios de nombre traen mala suerte, pero la verdad es que el
lugar quedaba a trasmano, estaba quizá mejor elegido para una hostería de novela —como la
imaginada por estos muchachos— que para recibir parroquianos. Julia y Arévalo advirtieron por
fin que nunca juntarían dinero para pagar, además de los impuestos, la deuda al prestamista, que
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los intereses vertiginosamente aumentaban. Con la espléndida vehemencia de la juventud
rechazaban la idea de perder La Soñada y de volver a Buenos Aires, cada uno al brete de su
oficina. Porque todo había salido bien, que ahora saliera mal les parecía un ensañamiento del
destino. Día a día estaban más pobres, más enamorados, más contentos de vivir en aquel lugar,
más temerosos de perderlo, hasta que llegó, como un ángel disfrazado, mandado por el cielo para
probarlos, o como un médico prodigioso, con la panacea infalible en la maleta, la señora que en
el piso alto se desvestía, junto a la vaporosa bañadera donde caía a borbotones el agua caliente.
Un rato antes, en el solitario salón, cara a cara, en una de las mesitas que en vano esperaban a los
parroquianos, examinaron los libros y se hundieron en una conversación desalentadora.
—Por más que demos vuelta los papeles —había dicho Arévalo, que se cansaba pronto— no
vamos a encontrar plata. La fecha de pago se viene encima.
—No es cuestión de darse por vencido, pero tampoco de imaginar que hablando haremos
milagros. ¿Qué solución queda? ¿Carlitas de propaganda a Necochea y a Miramar? Las últimas
nos costaron sus buenos pesos. ¿Con qué resultado? El grupo de señoras que vino una tarde a
tomar el té y nos discutió la adición.
Julia le dijo que «las frases la enfermaban»; que en Buenos Aires ninguna tarde, salvo en los fines
de semana, estarían juntos; que en tales condiciones no sabía por qué serían felices, y que además,
en la oficina donde él trabajaría, seguramente habría mujeres.
—¿Falta de confianza? Todo lo contrario. Un hombre y una mujer que pasan los días bajo el
mismo techo, acaban en la misma cama. Cerrando con fastidio un cuaderno negro, Arévalo
respondió:
—Yo no quiero volver, ¿qué más quiero que vivir aquí?, pero si no aparece un ángel con una
valija llena de plata…
Dos luces amarillas y paralelas vertiginosamente cruzaron el salón. Luego se oyó el motor de un
automóvil y muy pronto apareció una señora, que llevaba el chambergo desbordado por mechones
grises, la capa de viaje algo ladeada y, bien empuñada en la mano derecha, una valija. Los miró,
sonrió, como si los conociera.
—¿Tienen un cuarto? —inquirió—. ¿Pueden alquilarme un cuarto? Por la noche, nomás. Comer
no quiero, pero un cuarto para dormir y si fuera posible un baño bien calentito…
—Gracias, gracias.
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Por último emprendió una explicación, con palabra fácil, con nerviosidad, con ese tono un poco
irreal que adoptan las señoras ricas en las reuniones mundanas.
Pocos minutos después, cuando se encontraron en el salón, de nuevo solos, Arévalo comentó:
—Ojalá que mañana compre la casa. Pobre vieja, tiene los mismos gustos que nosotros.
—Te prevengo que no voy a enternecerme —contestó Julia, y echó a reír—. Cuando llega la gran
oportunidad, no hay que perderla.
—El ángel de la valija —dijo Julia. Como si de pronto no se conocieran, se miraron gravemente,
en silencio. Arriba crujieron los tablones del piso: la señora andaba por el cuarto. Julia prosiguió—
: La señora iba a Necochea, se perdió, en este momento podría estar en cualquier parte. Solo tú y
yo sabemos que está aquí.
—También sabemos que trae una valija llena de plata —convino Arévalo—. Lo dijo ella. ¿Por
qué va a engañarnos?
—Lo mismo dijiste el día que te mandé matar el primer pollo. ¿Cuántos has degollado?
—¿Cómo no puedo? Que sea en una mesa o en una cabeza, golpear con un palo es golpear con
un palo. ¿Dónde, qué te importa? O la señora o nosotros. O la señora sale con la suya…
—Lo sé, pero no te reconozco. Tanta ferocidad… Sonriendo inopinadamente, Julia sentenció:
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—Si es necesario lo defenderé como una loba. ¿Entre tus amigos había matrimonios felices? Entre
los míos, no. ¿Te digo la verdad? Las circunstancias cuentan. En una ciudad como Buenos Aires,
la gente vive irritada, hay tentaciones. La falta de plata empeora las cosas. Aquí tú y yo no
corremos peligro, Raúl, porque nunca nos aburrimos de estar juntos. ¿Te explico el plan?
—No —dijo Arévalo—. No quiero imaginar nada. Si no, tengo lástima y no puedo… Tú das
órdenes, yo las cumplo.
Raúl Arévalo cerró las ventanas y las persianas, ajustó los pasadores, uno por uno, cerró las dos
hojas de la puerta de entrada, ajustó el pasador, giró la llave, colocó la pesada tranca de hierro.
Hablaron del silencio que de repente hubo en la casa, del riesgo de que llegara un parroquiano, de
si tenía otra salida la situación, de si podrían ser felices con un crimen en la conciencia.
—Vamos al sótano. Damos tiempo a la señora para que se duerma y tú ejerces tu habilidad de
carpintero. A ver, fabrica un mango de rastrillo, aunque no sea tan largo como el otro.
—No preguntes nada, si no quieres imaginar nada. Ahora clavas en la punta una madera
transversal, más ancha que la parte de fierro del rastrillo.
Mientras Raúl Arévalo trabajaba, Julia revolvía entre la leña y alimentaba la caldera.
—No importa. No seas avaro. Ahora somos ricos. Quiero tener agua caliente. —Después de una
pausa, anunció—: Por un minuto nomás te dejo. Voy a mi cuarto y vuelvo. No te escapes.
Diríase que Arévalo se aplicó a la obra con más afán aún. Su mujer volvió con un par de guantes
de cuero y con un frasco de alcohol.
—¿Por qué nunca te compraste guantes? —preguntó distraídamente; dejó la botella a la entrada
de la leñera, se puso los guantes y, sin esperar respuesta, continuó—: Un par de guantes, créeme,
siempre es útil. ¿Ya está el rastrillo nuevo? Vamos arriba, tú llevas uno y yo el otro. Ah, me
olvidaba de este pedazo de leña.
Alzó el leño que parecía una maza. Volvieron al salón. Dejaron los rastrillos contra la puerta.
Detrás del mostrador, Julia recogió una bandeja de metal, una copa y una jarra. Llenó la jarra con
agua.
—Por si despierta, porque a su edad tienen el sueño muy liviano (si no lo tienen pesado, como los
niños), yo voy delante, con la bandeja. Cubierto por mí, tú me sigues, con esto.
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Indicó el leño, sobre una mesa. Como el hombre vacilara, Julia tomó el leño y se lo dio en la
mano.
—No haces crujir los escalones —dijo Arévalo—. Yo sí. ¿Por qué soy tan torpe?
—Otro automóvil en el camino. ¿Por qué habrá tantos automóviles esta noche?
—Un caño.
En el pasillo de arriba Julia encendió la luz. Llegaron a la puerta del cuarto. Con extrema
delicadeza Julia movió el picaporte y abrió la puerta. Arévalo tenía los ojos fijos en la nuca de su
mujer, nada más que en la nuca de su mujer; de pronto ladeó la cabeza y miró el cuarto. Por la
puerta así entornada la parte visible correspondía al cuarto vacío, al cuarto de siempre: las
cortinas, de cretona, de la ventana, el borde, con molduras, del respaldo de los pies de la cama, el
sillón provenzal. Con ademán suave y firme Julia abrió la puerta totalmente. Los ruidos, que hasta
ese momento, de manera tan variada se prodigaban, al parecer habían cesado. El silencio era
anómalo: se oía un reloj, pero diríase que la pobre mujer de la cama ya no respiraba. Quizá los
aguardaba, los veía, contenía la respiración. De espaldas, acostada, era sorprendentemente
voluminosa; una mole oscura, curva; más allá, en la penumbra, se adivinaba la cabeza y la
almohada. La mujer roncó. Temiendo acaso que Arévalo se apiadara, Julia le apretó un brazo y
susurró:
—Ahora.
El hombre avanzó entre la cama y la pared, el leño en alto. Con fuerza lo bajó. El golpe arrancó
de la señora un quejido sordo, un desgarrado mugido de vaca. Arévalo golpeó de nuevo.
—Basta —ordenó Julia—. Voy a ver si está muerta. Encendió el velador. Arrodillada, examinó la
herida, luego reclinó la cabeza contra el pecho de la señora. Se incorporó.
Apoyando las palmas en los hombros de su marido, lo miró de frente, lo atrajo a sí, apenas lo
besó. Arévalo inició y reprimió un movimiento de repulsión.
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—Raulito —murmuró aprobativamente Julia. Le quitó de la mano el leño.
—No tiene astillas —comentó mientras deslizaba por la corteza el dedo enguantado—. Quiero
estar segura de que no quedaron astillas en la herida.
Dejó el leño en la mesa y volvió junto a la señora. Como pensando en voz alta, agregó:
Con un vago ademán indicó la ropa interior, doblada sobre una silla, el traje colgado de la percha.
—Dame —dijo.
De un bolsillo sacó un llavero. Después la tomó debajo de los brazos y la arrastró fuera de la
cama. Arévalo se adelantó para ayudar.
—Déjame a mí —lo contuvo Julia—. No la toques. No tienes guantes. No creo mucho en el cuento
de las impresiones digitales, pero no quiero disgustos.
En realidad, bajo el peso del cadáver los nervios de ellos dos por fin se aflojaron. Como Julia no
permitió que la ayudaran, el descenso por la escalera tuvo peripecias de pantomima.
Repetidamente retumbaban en los escalones los talones de la muerta.
—Un poco de seriedad —pidió ella; se cubrió la cara con las manos—. No sea que nos
interrumpan.
Dejaron el cadáver al pie de la escalera, en el suelo, y subieron. Tras de probar varias llaves, Julia
abrió la valija. Puso las dos manos adentro, y las mostró después, cada una agarrando un sobre
repleto. Los dio al marido, para que los guardara. Recogió el chambergo de la señora, la valija, el
leño.
—Hay que pensar dónde esconderemos la plata —dijo—. Por un tiempo estará escondida.
Bajaron. Con ademán burlesco, Julia hundió el chambergo hasta las orejas a la muerta. Corrió al
sótano, empapó el leño en alcohol, lo echó al fuego. Volvió al salón.
Obedeció Arévalo.
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—No hay nadie —dijo en un susurro.
De la mano, salieron. Era noche de luna, hacía fresco, se oía el mar. Julia entró de nuevo en la
casa; volvió a salir con la valija de la señora; abrió la puerta del automóvil, un cabriolet Packard,
anticuado y enorme; echó la valija adentró. Murmuró:
—Vamos a buscar a la muerta. —En seguida levantó la voz—. Ayúdame. Estoy harta de cargar
con ese fardo. Al diablo con las impresiones digitales.
Apagaron todas las luces de la hostería, cargaron con la señora, la sentaron entre ellos, en el coche,
que Julia condujo. Sin encender los faros llegaron a un paraje donde el camino coincidía con el
borde a pique de los acantilados, a unos doscientos metros de La Soñada. Cuando Julia detuvo el
Packard, la rueda delantera izquierda pendía sobre el vacío. Abrió la portezuela a su marido y
ordenó:
—Bájate.
—No creas que hay mucho lugar —protestó Arévalo, escurriéndose entre el coche y el abismo.
Ella bajó a su vez y empujó el cadáver detrás del volante. Pareció que el automóvil se deslizaba.
Cerró Julia la portezuela, se asomó al vacío, golpeó con el pie en el suelo, vio caer un terrón. En
sinuosos dibujos de espuma y sombra el mar, abajo, se movía vertiginosamente.
Se prepararon.
—Cuando diga ahora, empujamos con toda la furia —ordenó ella—. ¡Ahora!
Volvieron camino. Con los rastrillos borraron las huellas del automóvil entre el patio de tierra y
el pavimento. Antes de que hubieran destruido todos los rastros y puesto en perfecto orden la casa,
el nuevo día los sorprendió. Arévalo dijo:
Comentaron que si la mujer llevaba más de doscientos mil pesos para la seña, estaba dispuesta a
pagar más de dos millones por la casa; que en los últimos años el dinero había perdido mucho
valor; que esa pérdida los favorecía, porque la suma de la seña les alcanzaba a ellos para pagar la
hostería y los intereses del prestamista.
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—Por suerte hay agua caliente. Nos bañaremos juntos y tomaremos un buen desayuno.
La verdad es que por un tiempo no estuvieron tranquilos. Julia predicaba la calma, decía que un
día pasado era un día ganado. Ignoraban si el mar había arrastrado el automóvil o si lo había
dejado en la playa.
—Ni soñar —contestó Arévalo—. ¿Te das cuenta si nos ven mirando?
Con impaciencia Arévalo esperaba el paso del ómnibus que dejaba todas las tardes el diario. Al
principio ni los diarios ni la radio daban noticias de la desaparición de la señora. Parecía que el
episodio hubiera sido un sueño de ellos dos, los asesinos.
—¿Crees que puedo rezar? Yo quisiera rezar, pedir a un poder sobrenatural que el mar se lleve el
automóvil. Estaríamos tan tranquilos. Nadie nos vincularía con esa vieja del demonio.
—No tengas miedo —contestó Julia—. Lo peor que puede pasarnos es que nos interroguen. No
es terrible: toda nuestra vida feliz por un rato en la comisaría. ¿Somos tan flojos que no podemos
afrontarlo? No tienen pruebas contra nosotros. ¿Cómo van a achacarnos lo que le pasó a la pobre
señora?
—Esa noche nos acostamos tarde. No podemos negarlo. Cualquiera que pasó, vio luz.
—Oímos la radio.
—Estuvimos conversando.
—¿De qué? Si decimos la verdad, les damos el móvil. Estábamos arruinados y nos cae del cielo
una vieja cargada de plata.
—Si todos los que no tienen plata salieran a matar como locos…
—«A raíz de una conversación con el comisario Gariboto» —leyó Arévalo— «este corresponsal
tiene la impresión de que obran en poder de la policía elementos de juicio que impiden descartar
la posibilidad de un hecho delictuoso». ¿Ves? Empiezan con el hecho delictuoso.
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—Es un accidente —afirmó Julia—. A la larga se convencerán. Ahora mismo la policía no
descarta la posibilidad de que la señora esté sana y buena, extraviada quién sabe dónde. Por eso
no hablan de la plata, para que a nadie se le ocurra darle un palo en la cabeza.
—La plata —aseguró Julia—. Nada más que la plata. Alguno habrá ido con el cuento de que la
señora viajaba con una enormidad de plata en la valija.
Un numeroso grupo de personas se movía en la parte del camino donde se precipitó el automóvil.
Arévalo dijo:
—Lo descubrieron.
No pudieron ir. Todo el día en la hostería hubo clientes. Alentado, quizá, por la circunstancia.
Arévalo se mostraba interesado, conversador, inquiría sobre lo ocurrido, juzgaba que en algunos
puntos el camino se arrimaba demasiado al borde de los acantilados, pero reconocía que la
imprudencia era, por desgracia, un mal endémico de los automovilistas. Un poco alarmada, Julia
lo observaba con admiración.
A los bordes del camino se amontonaron automóviles. Luego, Arévalo y Julia creyeron ver en
medio del grupo de automóviles y de gente una suerte de animal erguido, un desmesurado insecto.
Era una grúa. Alguien dijo que la grúa no trabajaría hasta la mañana, porque ya no había luz. Otro
intervino:
—Adentro del vehículo, un regio Packard del tiempo de la colonia, localizaron hasta dos
cadáveres.
—Como dos tórtolas en el nido, irían a los besos, y de pronto ¡patapún! el Packard se propasa del
borde, cae al agua.
—Trabajan ¿eh?
—La gente siempre imagina que uno gana mucho —contestó Julia—. No crea que todos los días
son como hoy.
—No, no me quejo.
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—Si en vez de sacrificarnos por la repartición, montáramos un barcito como éste, a nosotros
también otro gallo nos cantara. Paciencia, Matorras. —Más tarde, el señor preguntó a Julia—:
¿Oyeron algo la noche del suceso?
—Dentro de unos días tal vez los molestemos, para una declaración en la oficina de Miramar.
—Mientras tanto ¿nos manda un vigilante para atender el mostrador? —preguntó Julia. El señor
sonrió.
—Sería una verdadera imprudencia —dijo—. Con el sueldo que paga la repartición nadie para la
olla.
Esa noche Arévalo y Julia durmieron mal. En cama conversaron de la visita de los policías; de la
conducta a seguir en el interrogatorio, si los llamaban; del automóvil con el cadáver, que aún
estaba al pie del acantilado. A la madrugada Arévalo habló de un vendaval y tormenta que ya no
oían, de las olas que arrastraron el automóvil mar adentro. Antes de acabar la frase comprendió
que había dormido y soñado. Ambos rieron.
La grúa, a la mañana, levantó el automóvil con la muerta. Un parroquiano que pidió anís del
Mono, anunció:
Todo el tiempo la esperaron, hasta que supieron que la habían llevado a Miramar en una
ambulancia.
—Con los modernos gabinetes de investigación —opinó Arévalo— averiguarán que los golpes
de la vieja no fueron contra los fierros del automóvil.
—¿Crees en esas cosas? —preguntó Julia—. El moderno gabinete ha de ser un cuartucho, con un
calentador Primus, donde un empleado toma mate. Vamos a ver qué averiguan cuando les
presenten la vieja con su buen sancocho en agua de mar.
Transcurrió una semana, de bastante animación en la hostería. Algunos de los que acudieron la
tarde en que se descubrió el automóvil, volvieron en familia, con niños, o de a dos, en parejas.
Julia observó:
—¿Ves que yo tenía razón? La Soñada es un lugar extraordinario. Era una injusticia que nadie
viniera. Ahora la conocen y vuelven. Nos va a llegar toda la suerte junta.
El día fijado se presentaron puntualmente. Primero Julia pasó a declarar. Cuando le tocó su turno,
Arévalo estaba un poco nervioso. Detrás de un escritorio lo esperaba el señor de las canas y la
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gabardina, que los visitó en La Soñada; ahora no tenía gabardina y sonreía con afabilidad. En dos
o tres ocasiones Arévalo llevó el pañuelo a los ojos, porque le lloraban. Hacia el final del
interrogatorio, se encontró cómodo y seguro, como en una reunión de amigos, pensó (aunque
después lo negara) que el señor de la gabardina era todo un caballero. El señor dijo por fin:
—Muchas gracias. Puede retirarse. Lo felicito —y tras una pausa, agregó en tono probablemente
desdeñoso— por la señora.
—Qué compadres inmundos —comentó él—. Disponen de toda la fuerza del gobierno y sueltos
de cuerpo lo apabullan al que tiene el infortunio de comparecer. Uno aguanta los insultos con tal
de respirar el aire de afuera, no vaya a dar pie a que le aplicen la picana, lo hagan cantar y lo dejen
que se pudra adentro. Palabra que si me garanten la impunidad, despacho al de la gabardina.
—Ya pasó el mal momento. Quién sabe cuántos parecidos o peores nos reserva el futuro.
—Ojalá que pronto quede olvidado. A veces me pregunto si no tendrán razón los que dicen que
todo se paga.
Hubo otra citación, otro diálogo con el señor de la gabardina, cumplido sin dificultad y seguido
de alivio. Pasaron meses. Arévalo no podía creerlo, tenía razón Julia, el crimen de la señora
parecía olvidado. Prudentemente, pidiendo plazos y nuevos plazos, como si estuvieran cortos de
dinero, pagaron la deuda. En primavera compraron un viejo sedan Pierce-Arrow. Aunque el
carromato gastaba mucha nafta —por eso lo pagaron con pocos pesos— tomaron la costumbre de
ir casi diariamente a Miramar, a buscar las provisiones o con otro pretexto. Durante la temporada
de verano, partían a eso de las nueve de la mañana y a las diez ya estaban de vuelta, pero en abril,
cansados de esperar clientes, también salían a la tarde. Les agradaba el paseo por el camino de la
costa.
Una tarde, en el trayecto de vuelta, vieron por primera vez al hombrecito. Hablando del mar y de
la fascinación de mirarlo, iban alegres, abstraídos, como dos enamorados, y de improvisto vieron
en otro automóvil al hombrecito que los seguía. Porque reclamaba atención —con un designio
oscuro— el intruso los molestó. Arévalo, en el espejo, lo había descubierto: con la expresión un
poco impávida, con la cara de hombrecito formal, que pronto aborrecería demasiado; con los
paragolpes de su Opel casi tocando el Pierce-Arrow. Al principio lo creyó uno de esos
imprudentes que nunca aprenden a manejar. Para evitar que en la primera frenada se le viniera
encima, sacó la mano, con repetidos ademanes dio paso, aminoró la marcha; pero también el
hombrecito aminoró la marcha y se mantuvo atrás. Arévalo procuró alejarse. Trémulo, el Pierce-
Arrow alcanzó una velocidad de cien kilómetros por hora; como el perseguidor disponía de un
automovilito moderno, a cien kilómetros por hora siguió igualmente cerca. Arévalo exclamó
furioso:
—¿Qué quiere el degenerado? ¿Por qué no nos deja tranquilos? ¿Me bajo y le rompo el alma?
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Tan olvidado estaba el episodio de la señora, que por poco Arévalo no dice ¿por qué?
El encuentro del camino fue recordado, en cama, a la noche; Arévalo preguntó qué se propondría
el hombrecito.
—A lo mejor —explicó Julia— a nosotros nos pareció que nos perseguía, pero era un buen señor
distraído, paseando en el mejor de los mundos.
—Espero —dijo Julia— que no te pongas a pensar ahora que todo se paga, que ese hombrecito
ridículo es una fatalidad, un demonio que nos persigue por lo que hicimos.
—¡Cómo te conozco!
—Tenemos que irnos, Julia, ¿no comprendes? Aquí van a atraparnos. No nos quedemos hasta que
nos atrapen —la miró ansiosamente—. Hoy es el hombrecito, mañana surgirá algún otro. ¿No
comprendes? Habrá siempre un perseguidor, hasta que perdamos la cabeza, hasta que nos
entreguemos. Huyamos. A lo mejor todavía hay tiempo.
Julia dijo:
—Cuánta estupidez.
La tarde siguiente, cuando salieron en automóvil, no encontraron al hombrecito; pero la otra tarde,
sí. Al emprender el camino de vuelta, por el espejo lo vio Arévalo. Quiso dejarlo atrás, lanzó a
toda velocidad el Pierce-Arrow; con mortificación advirtió que el hombrecito no perdía distancia,
se mantenía ahí cerca, invariablemente cerca. Arévalo disminuyó la marcha, casi la detuvo, agitó
un brazo, mientras gritaba:
—¡Pase, pase!
El hombrecito no tuvo más remedio que obedecer. En uno de los parajes donde el camino se
arrima al borde del acantilado, los pasó. Lo miraron: era calvo, llevaba graves anteojos de carey,
tenía las orejas en abanico y un bigotito correcto. Los faros del Pierce-Arrow le iluminaron la
calva, las orejas.
—¿Puedes ver el espejo de su coche? —preguntó Arévalo—. Sin disimulo nos espía el cretino.
Empezó entonces una persecución al revés. El perseguidor iba adelante, aceleraba o disminuía la
marcha, según ellos aceleraran o disminuyeran la del Pierce-Arrow.
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—Paremos —contestó Julia—. Tendrá que irse. Arévalo gritó:
Arévalo detuvo el automóvil. Pocos metros delante, el hombrecito detuvo el suyo. Con la voz
quebrada, gritó Arévalo:
Él bajó y corrió, pero el perseguidor puso en marcha su automóvil, se alejó sin prisa, desapareció
tras un codo del camino.
—Ahora hay que darle tiempo para que se vaya —dijo Julia.
—Por favor —pidió Julia— esperemos diez minutos. Él mostró el reloj. No hablaron. No habían
pasado cinco minutos cuando dijo Arévalo:
—Basta. Te juro que nos está esperando al otro lado del recodo.
Tenía razón: al doblar el recodo divisaron el coche detenido. Arévalo aceleró furiosamente.
Como si del miedo de Julia arrancara orgullo y coraje aceleró más. Por velozmente que partiera
el Opel no tardarían en alcanzarlo. La ventaja que le llevaban era grande: corrían a más de cien
kilómetros. Con exaltación gritó Arévalo:
Lo alcanzaron en otro de los parajes donde el camino se arrima al borde del acantilado: justamente
donde ellos mismos habían desbarrancado, pocos meses antes, el coche con la señora. Arévalo,
en vez de pasar por la izquierda, se acercó al Opel por la derecha; el hombrecito desvió hacia la
izquierda, hacia el lado del mar; Arévalo siguió persiguiendo por la derecha, empujando casi el
otro coche fuera del camino. Al principio pareció que aquella lucha de voluntades podría ser larga,
pero pronto el hombrecito se asustó, cedió, desvió más y Julia y Arévalo vieron el Opel saltar el
borde del acantilado y caer al vacío.
—Lo eliminaste —contestó Julia—. Te diste el gusto. Ahora no pienses más. No tengas miedo.
Si aparece, ya veremos. Caramba, finalmente sabremos perder.
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—No voy a pensar más —dijo Arévalo.
El primer asesinato —porque mataron por lucro, o porque la muerta confió en ellos, o porque los
llamó la policía, o porque era el primero— los dejó atribulados. Ahora tenían uno nuevo para
olvidar el anterior, y ahora hubo provocación inexplicable, un odioso perseguidor que ponía en
peligro la dicha todavía no plenamente recuperada… Después de este segundo asesinato vivieron
felices.
Unos días vivieron felices, hasta el lunes en que apareció, a la hora de la siesta, el parroquiano
gordo. Era extraordinariamente voluminoso, de una gordura floja, que amenazaba con derramarse
y caerse; tenía los ojos difusos, la tez pálida, la papada descomunal. La silla, la mesa, el cafecito
y la caña quemada que pidió, parecían minúsculos. Arévalo comentó:
—Si lo hubieras visto, sabrías dónde. De un hombre así nada se olvida —contestó Julia.
—Que no se vaya. Si paga, que se quede el día entero. Se quedó el día entero. Al otro día volvió.
Ocupó la misma mesa, pidió caña quemada y café.
—No sé cómo ríes —dijo Arévalo—. Yo no aguanto. Si es policía, mejor saberlo. Si dejamos que
venga todas las tardes y que se pase las horas ahí, callado, mirándonos, vamos a acabar con los
nervios rotos, y no va a tener más que abrir la trampa y caeremos adentro. Yo no quiero noches
en vela, preguntándome qué se propone este nuevo individuo. Yo te dije: siempre habrá uno…
—A lo mejor no se propone nada. Es un gordo triste… —opinó Julia—. Yo creo que lo mejor es
dejar que se pudra en su propia salsa. Ganarle en su propio juego. Si quiere venir todos los días,
que venga, pague y listo.
—Será lo mejor —replicó Arévalo—, pero en ese juego gana el de más aguante, y yo no doy más.
Llegó la noche. El gordo no se iba. Julia trajo la comida, para ella y para Arévalo. Comieron en
el mostrador.
Éste respondió:
—No, gracias.
—Lo malo —repuso Arévalo— es que tal vez no te da conversación, te contesta sí, sí, no, no.
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Dio conversación. Habló del tiempo, demasiado seco para el campo, y de la gente y de sus gustos
inexplicables.
—¿Cómo no han descubierto esta hostería? Es el lugar más lindo de la costa —dijo.
—Bueno —respondió Arévalo, que desde el mostrador estaba oyendo—, si le gusta la hostería es
un amigo. Pida lo que quiera el señor: paga la casa.
Después pidió otra. Hacía lo que ellos querían. Jugaban al gato y al ratón. Como si la caña dulce
le soltara la lengua, el gordo habló:
—Un lugar tan lindo y las cosas feas que pasan. Una picardía. Mirando a Julia, Arévalo se encogió
de hombros resignadamente.
—Aquí no digo —reconoció el gordo— pero cerca. En los acantilados. Primero un automóvil,
después otro, en el mismo punto, caen al mar, vean ustedes. Por entera casualidad nos enteramos.
—Nosotros —dijo el gordo—. Vean ustedes, el señor ese del Opel que se desbarrancó, Trejo de
nombre, tuvo una desgracia, años atrás. Una hija suya, una señorita, se ahogó cuando se bañaba
en una de las playas de por aquí. Se la llevó el mar y no la devolvió nunca. El hombre era viudo;
sin la hija se encontró solo en el mundo. Vino a vivir junto al mar, cerca del paraje donde perdió
a la hija, porque le pareció —medio trastornado quedaría, lo entiendo perfectamente— que así
estaba más cerca de ella. Este señor Trejo —quizás ustedes lo hayan visto: un señor de baja
estatura, delgado, calvo, con bigotito bien recortado y anteojos— era un pan de Dios, pero vivía
retraído en su desgracia, no veía a nadie, salvo al doctor Laborde, su vecino, que en alguna ocasión
lo atendió y desde entonces lo visitaba todas las noches, después de comer. Los amigos bebían el
café, hablaban un rato y disputaban una partida de ajedrez. Noche a noche igual. Ustedes, con
todo para ser felices, me dirán qué programa. Las costumbres de los otros parecen una desolación,
pero, vean ustedes, ayudan a la gente a llevar su vidita. Pues bien, una noche, últimamente, el
señor Trejo, el del Opel, jugó muy mal su partida de ajedrez.
—Porque a la tarde, en el camino de la costa, el señor Trejo vio a su hija. Tal vez porque nunca la
vio muerta, pudo creer entonces que estaba viva y que era ella. Por lo menos, tuvo la ilusión de
verla. Una ilusión que no lo engañaba del todo, pero que ejercía en él una auténtica fascinación.
Mientras creía ver a su hija, sabía que era mejor no acercarse a hablarle. No quería, el pobre señor
Trejo, que la ilusión se desvaneciera. Su amigo, el doctor Laborde, lo retó esa noche. Le dijo que
parecía mentira, que él, Trejo, un hombre culto, se hubiera portado como un niño, hubiera jugado
con sentimientos profundos y sagrados, lo que estaba mal y era peligroso. Trejo dio la razón a su
amigo, pero arguyó que si al principio él había jugado, quien después jugó era algo que estaba
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por encima de él, algo más grande y de otra naturaleza, probablemente el destino. Pues ocurrió
un hecho increíble: la muchacha que él tomó por su hija —vean ustedes, iba en un viejo automóvil,
manejado por un joven— trató de huir. «Esos jóvenes», dijo el señor Trejo, «reaccionaron de un
modo injustificable si eran simples desconocidos. En cuanto me vieron, huyeron, como si ella
fuera mi hija y por un motivo misterioso quisiera ocultarse de mí. Sentí como si de pronto se
abriera el piso a mis pies, como si este mundo natural se volviera sobrenatural, y repetí
mentalmente: No puede ser, no puede ser». Entendiendo que no obraba bien, procuró alcanzarlos.
Los muchachos de nuevo huyeron.
El gordo, sin pestañear, los miró con sus ojos lacrimosos. Después de una pausa continuó:
—El doctor Laborde le dijo que no podía molestar a desconocidos. «Espero», le repitió, «que si
encuentras a los muchachos otra vez, te abstendrás de seguirlos y molestarlos». El señor Trejo no
contestó.
—No era malo el consejo de Laborde —declaró Julia—. No hay que molestar a la gente. ¿Por qué
usted nos cuenta todo esto?
—La pregunta es oportuna —afirmó el gordo—: atañe el fondo de nuestra cuestión. Porque dentro
de cada cual el pensamiento trabaja en secreto, no sabemos quién es la persona que está a nuestro
lado. En cuanto a nosotros mismos, nos imaginamos transparentes; no lo somos. Lo que sabe de
nosotros el prójimo, lo sabe por una interpretación de signos; procede como los augures que
estudiaban las entrañas de animales muertos o el vuelo de los pájaros. El sistema es imperfecto y
trae toda clase de equivocaciones. Por ejemplo, el señor Trejo supuso que los muchachos huían
de él, porque ella era su hija; ellos tendrían quién sabe qué culpa y le atribuirían al pobre señor
Trejo quién sabe qué propósitos. Para mí, hubo corridas en la ruta, cuando se produjo el accidente
en que murió Trejo. Meses antes, en el mismo lugar, en un accidente parecido, perdió la vida una
señora. Ahora nos visitó Laborde y nos contó la historia de su amigo. A mí se me ocurrió vincular
un accidente, digamos un hecho, con otro. Señor: a usted lo vi en la Brigada de Investigaciones,
la otra vez, cuando lo llamamos a declarar; pero usted entonces también estaba nervioso y quizá
no recuerde. Como apreciarán, pongo las cartas sobre la mesa.
—Aunque debo irme, el tiempo me sobra, de modo que volveré mañana. —Señalando la copa y
la taza, agregó—: ¿Cuánto es esto?
El gordo se incorporó, saludó gravemente y se fue. Arévalo habló como para sí:
—¿Qué te parece?
—Que no tiene pruebas —respondió Julia—. Si tuviera pruebas, por más que le sobre tiempo, nos
hubiera arrestado.
—No te apures, nos va a arrestar —dijo Arévalo cansadamente—. El gordo trabaja sobre seguro:
en cuanto investigue nuestra situación de dinero, antes y después de la muerte de la vieja, tiene la
clave.
—¿Qué importan las pruebas? Estaremos nosotros, con nuestra culpa. ¿Por qué no ves las cosas
de frente, Julita? Nos acorralaron.
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—Escapemos —pidió Julia.
—Pelearemos juntos.
—Separados, Julia; cada uno en su calabozo. No hay salida, a menos que nos matemos.
—Hay que saber perder: tú lo dijiste. Juntos, sin toda esa pesadilla y ese cansancio.
—Vamos.
Julia obedeció.
Raúl Arévalo cerró las ventanas y las persianas, ajustó los pasadores, uno por uno, cerró las dos
hojas de la puerta de entrada, ajustó el pasador, giró la llave, colocó la pesada tranca de hierro.
Hombre de humor excitable, necesitaba, para reponer el desgaste cotidiano, largas noches de
sueño; todas las de aquella semana, por diversos motivos, fueron demasiado cortas. Estaba
cansadísimo. La lectura de las monografías reavivó, como siempre, su rencor por los estudiantes.
«No es para menos» decía. «Están los que no saben nada y está el que sabe algo pero redacta de
un modo que da ganas de corregirlo a patadas».
A las tres y media había concluido. Tambaleando llegó al borde de la cama, donde se desplomó,
sin quitarse la ropa.
—Abra.
—¿Quién es?
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«El 6.º B» recapacitó Ravenna. En la casa, todo el mundo se conocía por el número del piso y la
letra del departamento. Doña Clotilde, la portera, así los llamaba y ellos, bajo su ascendencia,
adoptaron la modalidad. Sin abrir preguntó:
—¿Qué le sucede?
—Pero ¿cómo «Qué me sucede», doctor Ravenna? Lo mismo que a usted y al resto del edificio.
¿No siente el olor?
«Con tal que no haya un incendio», pensó Ravenna, que vivía en el 7.° A, el único departamento
del último piso y ya se imaginaba corriendo escaleras abajo, sofocado por el humo.
Resignadamente entreabrió y en el acto debió apelar a toda su fuerza para rechazar los embates
del 6.º B que, empleando el hombro como palanca, intentaba abrirse paso. A tiempo manoteó el
picaporte, con la otra mano se afirmó en el marco de la puerta y pudo recuperar, a golpes de pecho,
los centímetros de su departamento que el payaso había invadido. Jadeante, pero con la
satisfacción de la victoria, exclamó:
—No le permito.
—Le juro, no soporto más el olor. Tengo que averiguar de dónde viene.
Al oír esto Ravenna se tranquilizó. Ya no tuvo más preocupación que la de volver a la cama. En
tono casi amistoso dijo:
La pregunta lo sorprendió por venir de un hombre tan extremadamente cortés que en los
encuentros en el ascensor podía volverse engorroso. Ravenna replicó:
—Exacto.
—¿No habrá traído algún animalito, llámelo perro o gato, en completo estado de putrefacción?
—Porque se acostumbró. Cuando uno tiene la osamenta en casa, prontito se acostumbra al mal
olor. Usted trabaja, no le discuto, en experimentos útiles para el género humano. Permítame que
entre y dé una ojeada. Le prometo, doctor Ravenna: si pensé lo que no es, no vuelvo a molestarlo.
—Estaría bueno que yo deje entrar en mi casa al primer loco que alega un olor imaginario. El 6.°
B contestó:
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—No diga «imaginario», cuando no aguanto ese inmundo olor en las narices. Si no descubro de
dónde viene me vuelvo loco.
—¿Le parece? Una señora tan altanera, señorona es la palabra, que impone respeto. Créame
doctor: yo no me atrevo.
Cerró con llave y colocó la tranca. Miró el reloj. «Qué desastre», dijo. Eran las cuatro y cinco de
la madrugada. Esa noche había dormido un cuarto de hora. Aunque sentía dolorosamente el peso
del sueño, la curiosidad prevaleció: tratando de no hacer ruido volvió a abrir, salió al rellano en
puntas de pie, bajó por la escalera hasta promediar la curva y, parapetado en la baranda, observó
cómo el 6.° B golpeaba la puerta del 6.° A, primero con timidez, luego frenéticamente. Al rato, la
señora asomó la cabeza con lo que parecía una corona de espinas; eran ruleros. El 6.° B se apresuró
a explicar:
—¡Cómo se le ocurre!
En puntas de pie Ravenna subió los peldaños que había bajado, entró en su departamento, cerró
la puerta y se tiró en la cama, con una sensación de alivio parecida a la dicha. En algún momento
soñó con los hechos que un rato antes habían ocurrido. Cuando oyó de nuevo los golpes,
astutamente se dijo que podía no hacer caso, porque solo eran parte de un sueño; entonces la
violencia de los golpes lo despertó. Se dijo:
Salió de la cama, corrió y, al abrir, recibió un puñetazo en la nariz. Mientras la palpaba, para
cerciorarse de que no estaba sangrando, el 6.º B se excusó:
—No quise pegarle, doctor. Golpeaba para que me abriera y usted apareció tan de golpe…
—No, no señor. En ese punto se equivoca. Yo quiero entrar para retirar el animal muerto.
—¿Qué animal muerto? —preguntó Ravenna, que a pesar, o tal vez a causa, de la trompada seguía
medio dormido.
—El que despide el olor. No puedo vivir un minuto más con este olor espantoso.
—No me fuerce, doctor Ravenna, que sin la menor intención ya lo he golpeado una vez. Retiramos
el bichito en mal estado o yo no respondo.
El forcejeo entre el que pretendía entrar y el que procuraba impedirlo progresó con violentísima
prontitud. Los contendientes cayeron. Cada uno, varias veces tuvo al otro de espaldas contra el
piso. En una de esas oportunidades Ravenna se golpeó la nuca y por instantes quedó anonadado.
Sin demora el 6.° B se incorporó. Tras cumplir una veloz recorrida por el departamento, reapareció
cuando Ravenna se despabilaba.
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—Tenía razón —dijo el 6.° B, muy triste—. No encontré el cadáver, doctor Ravenna, no encontré
el cadáver.
—Lo que es yo, voy a encontrar mi revólver marca Eibar para pegarle un balazo.
—Si usted supiera lo que estoy pasando, no hablaría así. Nadie puede vivir con semejante olor en
las fosas nasales. Le juro: o me lo saco de encima o salto por la ventana.
—Ahora quiere que le tenga lástima. Usted se va antes que lo agarre a patadas.
Cerró la puerta, se tiró en la cama y cuando la campanilla del teléfono lo despertó, vio en el reloj
de la mesa de luz que eran las ocho y media. No se enojó, porque lo llamaba el doctor Garay, un
amigo de toda la vida. Aunque siguieron carreras distintas (Garay era psiquiatra), nunca dejaron
de verse. Garay le propuso:
—Hoy a las siete y media te paso a buscar. Dormimos en el recreo de siempre y mañana y pasado
pescamos el santo día. ¿De acuerdo?
Refirió los episodios de la noche y describió cómicamente el frenesí del 6.° B por el supuesto
olor. Preguntó Garay:
—Por lo que me contaste y para evitar males mayores, lo mejor es que lo mande buscar.
—Con una ambulancia, para que me lo traigan al Borda. Quédate tranquilo; yo me ocupo de él.
En todo hombre sobrevive un chico. En los años del Nacional, Garay y Ravenna, más de una vez,
habían organizado bromas que se hicieron famosas. Aquella mañana, cada cual junto a su teléfono,
echaron a reír, sintiéndose superiores a todo el mundo, por las ocurrencias que tenían.
La entrevista en la Facultad con los estudiantes fue desagradable. Al oír las notas se disgustaron.
Por su parte Ravenna sentía compasión y furia. Se dijo: «Lo peor es que no saben que no saben».
Almorzó en un restorancito del barrio y sin demora volvió a la casa: el cuerpo le pedía una siesta.
Cuando iba a tomar el ascensor, la portera se interpuso para anunciarle:
—Al 6.º. B se lo llevaron al Borda. Alguien habrá pasado la denuncia. ¿No oyó el alboroto que
metió anoche? Para que un hombre como él se porte así, tiene que estar loco.
—Un desubicado.
—Un demente. ¿Sabe por qué pretendía entrar? Según él, yo tenía un animal muerto.
—Una locura.
—Le cuento otra. Porfiaba que había un olor asqueroso. ¿Usted lo olió?
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—Yo no.
—Yo tampoco.
—Más que locura, calumnia. ¿Cómo puede haber mal olor en esta casa donde una se desloma
para tener todo limpio?
Fernanda, la del 5.° B, entró de la calle, con los trillizos y los gemelos. Era joven, rubia y
divorciada. Dio las buenas tardes a Clotilde y partió hacia arriba en el ascensor. «Qué poca suerte»
pensó Ravenna. «No existo para la mujer que me gusta».
—La gente es muy rara —comentó doña Clotilde—. El mismo Venancio, que a usted le estropeó
la noche, a la hora del chocolate divirtió a chicos y grandes en el cumpleaños de los gemelos.
—No me diga que también se desmandó en casa de la señora Fernanda —preguntó Ravenna, que
apenas escuchaba y estaba dispuesto a indignarse.
—Ni soñarlo. Para su gobierno le aclaro que Venancio es buena persona. Un pan de Dios que
trabaja de payaso en fiestas infantiles.
Finalmente pudo Ravenna tomar el ascensor. Al promediar el 6.° piso notó que había un olor
nauseabundo. En el 7.° revisó el lavadero. No encontró nada. A toda velocidad entró en su
departamento, corrió al baño, se empapó la cara con una loción para después de afeitarse.
Reflexionó: «En otro tiempo tenía siempre a mano agua de Colonia. Una buena costumbre que
hemos perdido». Se dijo que el perfume de la loción no valía nada; en todo caso, parecía
impregnado del horrible olor que había en la parte alta del edificio. Mientras tuviera ese olor en
la nariz no le sería posible llevar una vida normal. «Con cuánta razón el 6.° B pensaba que en uno
de estos departamentos tiene que estar la causa del olor» recapacitó. «Mi nariz no me engaña: hay
por acá un animal muerto o el cadáver de un ser humano. ¿Un crimen? Tal vez porque sospechaba
eso porfiaba tanto el 6.° B. No; simplemente porfiaba porque no aguantaba el olor. Yo tampoco
lo aguanto».
Estas consideraciones provocaron en el profesor Ravenna, que en el fondo era buena persona,
alguna simpatía, no libre de remordimiento, hacia el 6.° B. Llamó al Borda y pidió a Garay:
—Por favor te pido que lo sueltes. He descubierto que no está loco. En esta casa hay un olor
inmundo. Yo mismo lo huelo. Garay respondió:
—Me sacas un peso de encima. Aquí no se quejó nunca del mal olor. No creo que sea menos
cuerdo que nosotros.
Arrebatado por un impulso incontenible corrió a golpear la puerta del 6.° A. La señora Octavia,
reluciente en su escultural vestido de raso negro, apareció muy pronto. Sin perder el aplomo,
Ravenna dijo:
—¿Puedo entrar?
Tal vez porque no había pasado bastante tiempo desde el episodio con el 6.° B, la señora replicó:
—Cómo se le ocurre.
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—¿Podría explicarme qué derecho le confiere eso? —le dio la espalda, miró hacia arriba,
exclamó—: Ni que fuera mi amante.
—No calla lo que siente y es fino —comentó la señora—. Una actitud que me gusta.
—Permítame —dijo.
La señora observó:
—Mejor cerrar la puerta —y mientras repetía, gimiendo—: No tan pronto, no tan pronto —lo
llevó a la cama.
Tardó poco Ravenna en levantarse y revisar la casa. Como no encontró ningún animal muerto,
tiró un beso a la señora y salió a continuar la investigación. Precipitadamente bajó por la escalera
al 5.° piso y golpeó a la puerta marcada con la letra A. Vivía ahí el doctor Hipólito Reiner,
especialista en nariz, garganta y oído. «En estas circunstancias, muy adecuado», pensó Ravenna,
un poco en broma. Se abrió la puerta.
—¿Qué lo trae por aquí, doctor? —preguntó Reiner. No era joven, estaba despeinado, tenía la
mirada vaga, parecía débil.
Ravenna miró como si fuera a contestar, pero calló, por encontrarse de repente desprovisto de la
razón que lo llevó a llamar a la puerta. En efecto, con incredulidad, con júbilo, advirtió que el olor
había desaparecido. Dijo lo primero que se le ocurrió:
—Quería avisarle que no es imposible que aparezca algún vecino y le pida permiso para entrar en
su departamento, a causa de un olor nauseabundo.
Reiner declaró que no entendía. Con escasos cambios repitió Ravenna lo que había dicho,
manteniendo por cierto la referencia al olor nauseabundo.
—¿Qué insinúa? —preguntó Reiner, sofocado por la indignación—. ¿Que tengo mi departamento
sucio?
La dificultad de explicar verosímilmente los hechos de antemano cansó a Ravenna y muy pronto
lo exasperó. Dijo:
Todavía subía hacia el 1.º. piso cuando vio, a través de la puerta enrejada del ascensor, a la señora
Octavia, que bajaba.
Tras vacilar un momento, salió del ascensor y procuró seguir por la escalera a la señora. Ésta
había desaparecido. «Tiempo de llegar abajo no tuvo» pensó. «Entró en el 5.° A o en el 5.° B.»
Dominado por la curiosidad, esperó en un recodo. No bien oía el funcionamiento del ascensor, o
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pasos en alguna parte, bajaba o subía un tramo, para que no lo sorprendieran espiando. Sus
movimientos le recordaban las idas y venidas de una fiera enjaulada.
—Si todavía te sigue la molestia nasal, el doctor Reiner es tu salvación. Te confieso: cuando
apareciste en casa, creí que todo era un pretexto. Al rato nomás empecé a oler. Qué castigo.
—¿Todavía te molesta?
—Fuiste malísimo, pero ahora no importa, porque el doctor Reiner me curó. Es un brujo. No me
dio ningún remedio. Yo creía todo el tiempo que estaba auscultándome con sus cornetines de
metal. Me miró la nariz por dentro y me examinó la boca en sus últimos detalles.
—¿Para qué?
—El lo sabrá, porque es un brujo. Bastó una visita para que me sanara.
Ravenna dijo:
—Bueno, me voy.
Subió a su departamento. Pensó que debía arreglar los papeles de la Facultad, antes que se le
extraviaran en el desorden de la mesa. «No puedo mantener los ojos abiertos» murmuró. Se dejó
caer en la silla, miró la ventana, el azul del cielo, y cuando hizo el ademán de recoger los papeles
quedó profundamente dormido.
Despertó renovado. Se arrimó a la ventana y más allá de infinidad de casas desparejas vio una
portentosa puesta de sol. Como quien saca una conclusión, pensó que si la tuviera a mano a
Fernanda, la del 5.° B, la de los trillizos y los gemelos, la convencería. Seguro de que había llegado
la hora de actuar, corrió escaleras abajo. Se encontró con Fernanda —lo que interpretó como buen
augurio— que salía del 5.° A —un augurio menos auspicioso. Sin darle tiempo a reaccionar,
Fernanda dijo: —Qué suerte encontrarlo. «Por primera vez me habla» pensó Ravenna. Contestó:
—Para mí también es una suerte.
—Quiero que me felicite. Me caso con Hipólito. El doctor Reiner, usted sabe. Es para morirse de
la risa. Llegó fuera de sí, desesperado por el mal olor, y a los pocos minutos nos queríamos con
locura.
Sintió un cansancio muy grande. Procuró sobreponerse, para intentar una última defensa, y
argumentó:
—¡A quién se lo dice! Parece evidente que yo traje el morbo a la casa. Ahora he de estar
inmunizada.
Interrumpió este diálogo la llegada del ascensor, con doña Clotilde, que anunció:
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Se despidió, se cuadró y partió a enfrentar su largo fin de semana.
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EL VESTIDO DE TERCIOPELO
Silvina Ocampo
Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos
a esa casa, con jardín, de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!
Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, mi vestido
estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre:
nos abrieron la puerta y entramos. Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos
en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio norte,
que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la
aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!
Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al
dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El
dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo
esperamos que la señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir con
voces diferentes. Entró su perfume y después de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose,
nos saludó:
– ¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos.
Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris?
No. Es blanca. Un ampo de nieve –me tomó del mentón y agregó–: No te preocupan estas cosas.
¡Qué edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda, agregó–: ¿Por qué no le coloca
una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud.
Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!
–Señora, ¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me
ordenó: –Alcanza de mi cartera los alfileres.
– ¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.
La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.
– ¿Para cuándo el viaje, señora? –le dijo para distraerla.
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué
risa!
– El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.
–Sáquemelo, que me asfixio –exclamó la señora.
Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de desvanecerse.
– ¿Para cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Casilda para distraerla.
–Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá
que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio, y brillante.
–Se va a París, ¿no?
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– Iré también a Italia.
– ¿Vuelve a probarse el vestido, señora? Enseguida terminamos.
La señora asintió dando un suspiro.
–Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos mangas –dijo Casilda, tomando el
vestido y poniéndoselo de nuevo.
Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las
caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido.
Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para
mirarse en el espejo. ¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras,
brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó
el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en
el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y
suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres
caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno. ¡Qué risa!
– ¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires –dijo Casilda, dejando
caer un alfiler que tenía entre sus dientes–. ¿No le agrada, señora?
–Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene
sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.
– ¿Le gusta el nardo? Es tan triste –protestó Casilda.
– El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me descompongo.
El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia
y, sin embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano,
me atrae aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de
terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El
terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.
Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un
diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara
aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!
En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutos, helados, tal vez? El silbato
del afilador y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear,
como otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de
lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El
dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un
imperceptible frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos
peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban.
– Cuando seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?
– Sí –respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos
enguantadas. ¡Qué risa!
–Ahora me quitaré el vestido –dijo la señora.
Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó inútilmente
durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.
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–Tendré que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que
temblaba sobre los latidos de su corazón–. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa –llevó la mano a la
frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la
luz o el agua.
– Yo le aconsejé la seda natural –protestó Casilda.
La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre el cuerpo hasta que el dragón
quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:
–Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!
¡Qué risa!
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“La casa de azúcar”
Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una
mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas
por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos
llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que
le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos.
Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su
cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al
agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió
que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de
muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre
la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía
verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre,
ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban.
Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que
no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, estas supersticiones me
parecieron encantadoras, pero después empezaron a fastidiarme y a preocuparme
seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo,
pues según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en
ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amenazara sólo a ella y
nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la
ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie
hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la
calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria
luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era
recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que
después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer
creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de
nuestros sueños.
—¡Qué diferente de los departamentos que hemos visto! Aquí se respira olor a limpio.
Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con pensamientos que envician el aire.
En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles
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del dormitorio, y mis padres los del comedor. El resto de la casa lo amueblaríamos de a
poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente
hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan
felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en
aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente
Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad
análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se
trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la había engañado,
nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y
en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa
Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron
darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no
me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de
descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón
en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. Desde mi cuarto
oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y
encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
—Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te
parece?
Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla. Nos queríamos con locura. Pero
mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí
que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en
reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres,
un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba
periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del
36
comedor, en los armarios, en todas partes, como era su costumbre. Ya no me esperaba con
vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir al teatro o al cinematógrafo de noche, ni
siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo. Una tarde entró un perro en el jardín y
se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y,
después de un baño, que le cambió el color del pelo, declaró que le daría hospitalidad y
que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de
verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta
apostada en el jardín. Entré silenciosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz
de Cristina.
—Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de
azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me
gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era
muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los
pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que
tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por
teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
—Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes
pájaros: me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme
ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba
de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo
sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los
árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres.
Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.
—Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted
estará confundida.
—Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la
casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.
37
—No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?
—Bruto.
—¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en cuando,
porque lo quiero mucho.
—No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la Plaza
Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde
usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el
Parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto.
—Gracias, Violeta.
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Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado.
Abrazando el perro, un día Cristina me preguntó:
—Te gustaría que me llamara Violeta? —No me gusta el nombre de las flores.
—Prefiero tu nombre.
—Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. «Ir y quedar y con
quedar partirse.»
—Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan desagradable
este barrio —le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.
—Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles apestados.
Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.
—Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o pan.
—Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que tiene
un museo con leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia,
pero eso no quiere decir nada.
39
—No te comprendo —me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un
desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad. Todas
las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro
de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
—Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías, Cristina?
¿Te irías de aquí?
—Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas
figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce
como el azúcar. Esta casa me inspira confianza ¿será el jardincito de la entrada que me
infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no
tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo. No insistí, porque iba a
pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera.
De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces advertí que era un hombre
disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un
relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí. No comentamos el
episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran
estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras
40
inútiles. En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era
agradable, pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo secreto, que la
alejaba de mí. ¡Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se
vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
dichas y las penas, las equivocaciones y los ciertos. Estoy embrujada —fingí no oír esa
frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién
era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida. A media cuadra de nuestra casa
había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de
borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me pareció la
persona más indicada: era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de
comprar un cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las
manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos
vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de averiguar
en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio
frenopático y me dieron la dirección.
—Canto con una voz que no es mía —me dijo Cristina, renovando su aire misterioso—.
Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que
yo. Fingí de nuevo no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario. De tanto averiguar
detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina. Fui al sanatorio
frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de
Arsenia López, su profesora de canto. Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me
llevara a Olivos. Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el
momento de llegar a la casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas como si estuviese
llorando. Desde la
puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de
un piano, que parecía más bien un organillo. Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo
41
de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a
buscar noticias de Violeta.
—¿Usted es el marido?
—No, soy un pariente —le respondí secándome los ojos con un pañuelo.
—Usted será uno de sus innumerables admiradores —me dijo entornando los ojos y
tomándome la mano—. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los
últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta,
forzosamente haya sido pura fiel, buena.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó: —Sí. Quiero consolarlo.
Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal
vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los
últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía
sin cesar: «Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido
de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer
para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que transmitiré a esa otra garganta
indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un
amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes
alejarse». Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
—No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa ¿pero
acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López que,
al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía. Desde ese día Cristina
se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para
descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una
extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.
42
Silvana Ocampo Cuentos Completos I
sus formas de santos, de casas, de leones. Su cara será la última cara nueva; su
voz, la última que oigo.
–¿Qué le ha sucedido?
–Nada me ha sucedido y felizmente pocas cosas han de sucederme. No
tengo curiosidades. No quiero conocer su nombre, no quiero mirarla: las cosas
nuevas me perturban, retardan mi muerte.
–¿Nunca ha sido feliz? ¿No son esperanzas ciertos recuerdos?
–No tengo recuerdos. Los ángeles me traerán todos mis recuerdos el día
de mi muerte. Los querubines me traerán las formas de los rostros. Me traerán
todos los peinados y las cintas, todas las posturas de los brazos, las formas de
las manos del pasado. Los serafines me traerán el sabor, la sonoridad y la
fragancia, las flores regaladas, los paisajes. Los arcángeles me traerán los
diálogos y las despedidas, la luz, el silencio conciliador.
–¡Irene, me parece que la conozco desde hace mucho tiempo! He visto su
rostro en alguna parte, tal vez en una fotografía, con un peinado alto, con cintas
de terciopelo y un sombrero con guindas. ¿No existe una fotografía suya, con un
fondo melancólico de árboles? ¿Su padre no vendía plantas hace tiempo? ¿Por
qué quiere morirse? No baje los ojos. ¿No admite la belleza del mundo? Usted
desea morir porque en las despedidas todo se vuelve más definitivo y hermoso.
–Para mí la muerte será una llegada y no una despedida.
–Llegar no es tan agradable. Hay personas que ni al cielo llegarían con
alegría. Hay que habituarse a los rostros, a los lugares más deseados. Hay que
acostumbrarse a las voces, a los sueños, a la dulzura del campo.
–A ningún lugar llegaría por primera vez. Yo reconozco todo. Hasta el cielo
a veces me inspira temor. ¡El temor de sus imágenes, el temor de reconocerlo!
–Irene Andrade, yo quisiera escribir su vida.
–¡Ah! Si usted me ayudase a defraudar el destino no escribiendo mi vida,
qué favor me haría. Pero la escribirá. Ya veo las páginas, la letra clara, y mi
triste destino. Comenzará así:
Ni a las iluminaciones del veinticinco de mayo, en Buenos Aires, con
bombitas de luz en las fuentes y en los escudos, ni a las liquidaciones de las
grandes tiendas con serpentinas verdes, ni al día de mi cumpleaños, ansié llegar
con tanto fervor como a este momento de dicha sobrenatural.
Desde mi infancia fui pálida como ahora...
La liebre dorada
102
43
Silvana Ocampo Cuentos Completos I
dar sombra, y oyó ladridos, no de un perro, sino de muchos, que corrían
enloquecidos por el campo.
De un salto seco, la liebre cruzó el camino y comenzó a correr; los perros
corrieron detrás de ella confusamente.
–¿Adónde vamos? –gritaba la liebre, con voz temblorosa, de relámpago.
–Al fin de tu vida –gritaban los perros con voces de perros.
Éste no es un cuento para niños, Jacinto; tal vez influida por Jorge Alberto
Orellana, que tiene siete años y que siempre me reclama cuentos, cito las
palabras de los perros y de la liebre, que lo seducen. Sabemos que una liebre
puede ser cómplice de Dios y de los ángeles, si permanece muda, frente a
interlocutores mudos.
Los perros no eran malos, pero habían jurado alcanzar la liebre sólo para
matarla. La liebre penetró en un bosque, donde las hojas crujían
estrepitosamente; cruzó una pradera, donde el pasto se doblaba con suavidad;
cruzó un jardín, donde había cuatro estatuas de las estaciones, y un patio
cubierto de flores, donde algunas personas, alrededor de una mesa, tomaban
café. Las señoras dejaron las tazas, para ver la carrera desenfrenada que a su
paso arrasaba con el mantel, con las naranjas, con los racimos de uvas, con las
ciruelas, con las botellas de vino. El primer puesto lo ocupaba la liebre, ligera
como una flecha; el segundo, el perro pila; el tercero, el danés negro; el cuarto,
el atigrado grande; el quinto, el perro ovejero; el último, el lebrel. Cinco veces la
jauría, corriendo detrás de la liebre, cruzó el patio y pisó las flores. En la
segunda vuelta, la liebre ocupaba el segundo puesto, y el lebrel siempre el
último. En la tercera vuelta, la liebre ocupaba el tercer puesto. La carrera siguió
a través del patio; lo cruzó dos veces más, hasta que la liebre ocupó el último
puesto. Los perros corrían con la lengua afuera y con los ojos entrecerrados. En
ese momento empezaron a describir círculos, que se agrandaban o se achicaban
a medida que aceleraban o disminuían la marcha. El danés negro tuvo tiempo de
levantar un alfajor o algo parecido, que conservó en su boca hasta el final de la
carrera.
La liebre les gritaba:
–No corran tanto, no corran así. Estamos paseando.
Pero ninguno la oía, porque su voz era como la voz del viento.
Los perros corrieron tanto, que al fin cayeron exánimes, a punto de morir,
con las lenguas afuera, como largos trapos rojos. La liebre, con su dulzura
relampagueante, se acercó a ellos, llevando en el hocico trébol húmedo que puso
sobre la frente de cada uno de los perros. Éstos volvieron en sí.
–¿Quién nos puso agua fría en la frente? –preguntó el perro más grande–,
y ¿por qué no nos dio de beber?
–¿Quién nos acarició con los bigotes? –dijo el perro más pequeño–. Creí
que eran las moscas.
–¿Quién nos lamió la oreja? –interrogó el perro más flaco, temblando.
–¿Quién nos salvó la vida? –exclamó la liebre, mirando a todos lados.
–Hay algo distinto –dijo el perro atigrado, mordiéndose minuciosamente
una pata.
–Parece que fuéramos más numerosos.
–Será porque tenemos olor a liebre –dijo el perro pila rascándose la oreja–
. No es la primera vez.
La liebre estaba sentada entre sus enemigos. Había asumido una postura
de perro. En algún momento, ella misma dudó de si era perro o liebre.
–¿Quién será ese que nos mira? –preguntó el danés negro, moviendo una
sola oreja.
–Ninguno de nosotros –dijo el perro pila, bostezando.
103
44
Silvana Ocampo Cuentos Completos I
–Sea quien fuere, estoy demasiado cansado para mirarlo –suspiró el danés
atigrado.
De pronto se oyeron voces que llamaban:
–Dragón, Sombra, Ayax, Lurón, Señor, Ayax.
Los perros salieron corriendo y la liebre quedó un momento inmóvil, sola,
en el medio del campo. Movió el hocico tres o cuatro veces, como husmeando un
objeto afrodisíaco. Dios o algo parecido a Dios la llamaba, y la liebre acaso
revelando su inmortalidad, de un salto huyó.
La continuación
45
La soga
A
A ntoñito López le gustaban los juegos
peligrosos: subir por la escalera de mano del tan-
que de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la
casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo en-
tretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que
servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del
fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los
juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus ma-
nos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había
esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo
que quisiera. Primeramente hizo una hamaca, colgada de
un árbol, después un arnés para caballo, después una liana
para bajar de los árboles, después un salvavidas, después
una horca para los reos, después un pasamanos, finalmen-
te una serpiente. Tirándola con fuerza hacia adelante, la
soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con
ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de
Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba
en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que
la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la
46
88 Silvina Ocampo
47
La soga 89
Si te gustó...
La caída de la casa Usher, cuento de Edgar Allan Poe; Irenita cerraba los
ojos, cuento de Federico Bianchini; Nuestra parte de noche, novela de
Mariana Enríquez; La masacre de Kruguer, novela de Luciano Lamberti;
El hombre que volvió de la muerte, serie dirigida por Martín Clutet;
Drácula, película dirigida por Francis Ford Coppola.
48
Selección de poemas de Silvina Ocampo
El sueño recurrente
Llego como llegué, solitaria, asustada,
a la puerta de calle de madera encerada.
Abro la puerta y entro, silenciosa, entre alfombras.
Los muros y los muebles me asustan con sus sombras.
Subo los escalones de mármol amarillo,
con reflejos rosados. Penetro en un pasillo.
No hay nadie, pero hay alguien escondido en las puertas.
Las persianas oscuras están todas abiertas.
Los cielos rasos altos en el día parecen
un cielo con estrellas apagadas que crecen.
El recuerdo conserva una antigua retórica,
se eleva como un árbol o una columna dórica,
habitualmente duerme dentro de nuestros sueños
y somos en secreto sus exclusivos dueños.
Los delfines
Los delfines no juegan en las olas
como la gente cree.
Los delfines se duermen bajando hasta el fondo del mar.
¿Qué buscan? No sé.
Cuando tocan el fin del agua
despiertan bruscamente
y vuelen a subir porque el mar es muy profundo
y cuando suben ¿qué buscan? No sé.
Y ven el cielo y les vuelve a dar sueño
y vuelven a bajar dormidos,
y vuelven a tocar el fondo del mar
y se despiertan y vuelen a subir.
Así son nuestros sueños.
Presentimiento
Durante muchos días me seguiste.
En el canto del pájaro, en las sombras,
en las modulaciones del espacio:
aprendí a conocerte.
Yo sentía tu luz atravesarme
como una flecha de oro envenenada.
Te desobedecía arrepentida.
Me hablabas en secreto.
En los espejos rotos, en la tinta
49
azul de los cuadernos que dejabas
sobre la mesa de mi dormitorio.
Yo temblaba al mirarte, yo temblaba
como tiemblan las ramas reflejadas
en el agua movida por el viento.
Ahora que conozco tus señales,
tu piel y tus orejas, tu semblante,
no trataré de desobedecerte,
y me arrodillaré frente a tu imagen,
implacable sibila que me sigues.
La Metamorfosis
50
El cuento de autor
En sus orígenes, el cuento era una narración breve, anónima y de transmisión
oral que pertenecía a la cultura popular. Los registros de narraciones más anti-
guas corresponden a papiros encontrados en las tumbas egipcias, fechados entre
2000 y 1600 a. C. Con el correr de los siglos, muchas de las narraciones orales
fueron recopiladas y puestas por escrito, como la colección de relatos Las mil y
una noches, que fue editada en forma de libro durante la Edad Media [FIG. 07].
Al terminar la Edad Media el escritor ya no es quien adapta relatos conocidos
por la comunidad, sino que se convierte en un creador de ficciones. Las narracio-
07
nes anónimas se reemplazan entonces por relatos creados por un individuo. En
FIG. el siglo xiv con El Decamerón (del italiano Giovanni Boccaccio) una obra compues-
ta por cien relatos cortos enmarcados en una misma trama, la idea de cuento en
Las mil y una noches es una
el sentido moderno comienza a formarse.
colección de cuentos árabes
en la que Scherezade narra Hacia el siglo xix la figura del autor comienza a cobrar una relevancia social en
al sultán una historia por la cultura [FIG. 08]. Ya en el siglo xx, importantes autores de la literatura argentina
noche para salvar su vida. se destacaron por su producción cuentística, como Jorge Luis Borges, Angélica
Es considerada una de las Gorodischer, Abelardo Castillo y Silvina Ocampo, entre otros.
obras más importantes de
Las principales características del cuento moderno son las siguientes:
•
la literatura universal y,
según Jorge Luis Borges, un Se relata un único suceso, en el que participan pocos personajes.
modelo a seguir para pensar la • Las acciones de los personajes están en relación con el suceso contado.
escritura de cuentos. Escaneen • Este suceso se desarrolla en un ambiente específico, sin grandes traslados.
el código QR para ver una
conferencia que dio el escritor
• La extensión no se prolonga más allá de lo necesario para desarrollar este
único suceso, por eso suele ser breve.
argentino sobre la obra.
• Se caracteriza por una tensión constante: su desarrollo no abunda en mo-
mentos descriptivos y, si los hay, son funcionales a la tensión buscada. Por
mandi.com.ar/ ejemplo, en “Salsa Carina” conocer los pensamientos de Carina permite que la
j1jOZV tensión vaya incrementándose conforme se reconstruyen parte de los hechos.
34 51
Autor y narrador
La victoria de la cultura escrita sobre la oral significó la aparición y el refuerzo de
la idea de autor de una obra literaria. La obra literaria es la creación de un individuo
ESI
que imagina una historia y toma decisiones sobre qué contar y cómo contarlo. En los cuentos de Claudia Piñeiro
Una de las primeras decisiones que debe tomar el autor a la hora de escribir es la se presentan conflictos en el
elección del narrador. El narrador es la voz que nos contará la historia y constituye ámbito familiar, específicamente
una creación ficcional del autor. Por ejemplo, en los cuentos de Claudia Piñeiro, el en las relaciones de pareja.
narrador en tercera persona permite tomar distancia de los personajes, constru- Conversen entre ustedes a partir
yendo un efecto de objetividad. Esa voz puede ser de dos tipos: de las siguientes preguntas.
La focalización
El punto de vista o focalización es la posición desde donde el narrador se
ubica para contar los hechos y el grado de información que tiene sobre ellos.
Existen distintos tipos de focalización.
09
personaje. Esto implica que el narrador sabe menos que los personajes de la
historia, porque solo los registra desde afuera, y no puede entrar en su con- FIG.
ciencia. Así, intenta mostrar una visión objetiva, sin tomar partido por ninguno
Un ejemplo de focalización
de ellos. Puede coincidir con un narrador testigo o externo a la historia. Como
interna, fija y única, se da
lectores, podemos conocer los pensamientos de los personajes a través de sus en el cuento “Torito”, de
diálogos y acciones. Julio Cortázar. La narración
está focalizada en Justo
Focalización cero. Equivale a un narrador omnisciente, donde no hay restric- Suárez, apodado “el Torito
de Mataderos”, un boxeador
ción alguna. El narrador conoce tanto lo perceptible por los sentidos como lo
argentino de los años 30. El
imperceptible (pensamientos o sentimientos de los personajes). El relato no cuento es un extenso monólogo
está focalizado, por eso se denomina cero. Este es el caso de “Salsa Carina” y de Suárez en el que recuerda
“El abuelo Martín”, donde los narradores pueden revelarnos las reflexiones desde el hospital su carrera.
y emociones de los personajes de cada historia.
35
52
El concepto de verosímil en la literatura
Verosímil realista: propone un mundo posible no real. Es posible porque los personajes,
escenarios y sucesos se asemejan a lo que el lector conoce como parte de su mundo, y es
no real porque es una creación imaginaria. Los elementos del relato se corresponden con
la realidad histórica y social del marco en el que se ubican los hechos. Así, estos textos
nos despiertan una ilusión de realidad.
Verosímil fantástico: el mundo creado parece regirse por las mismas leyes que el relato
realista, pero luego esa normalidad se ve interrumpida cuando ocurre algún suceso de
carácter extraño o sobrenatural (explícito o implícito) que no puede ser explicado de
manera lógica y altera el mundo conocido por los personajes y al lector. Estos textos nos
despiertan, así, una sensación de extrañeza o vacilación.
53
realista produce una vacilación entre dos posibles interpretaciones: una racional y otra
sobre-natural. Si el relato no resuelve esa duda, estamos en presencia de un relato
fantástico puro. En estas historias, el ser humano reconoce su lugar de inferioridad frente
a un mundo que no termina de conocer y que escapa a los límites de su entendimiento.
Cuando se propone una interpretación clara de lo que sucedió, según Todorov, los
cuentos fantásticos se dividen en otros dos subtipos:
Fantástico extraño: lo que parecía obra de fuerzas extrañas obtiene finalmente una
explicación racional. En este caso, la mente humana es presentada como superadora de
todas las supersticiones.
54
Bloque II:
Reflexión sobre el
lenguaje, la
lengua y el
discurso
55
Discursos y tramas. Características del texto expositivo/explicativo: destinatarios, organización de la
información. Recursos del texto expositivo/explicativo
Son formas especificas con las cuales las personas nos comunicamos entre sí y en
distintos contextos sociales (científico, literario, educativo, etc.) La comunicación implica
la capacidad de interpretar y expresar claramente conceptos, hechos, opiniones,
sentimientos, a través de distintos medios. Es decir, la capacidad de comprender, producir
y analizar críticamente todos esos discursos que circulan en la sociedad. La unidad de
análisis de esos discursos es el texto: no solo aquellos escritos, todo puede ser
considerado texto desde el punto de vista del análisis discursivo.
-Trama argumentativa: presenta una opinión sobre un tema (tesis o hipótesis) y se sostiene
mediante argumentos. Predomina en los textos de opinión, las reseñas, debates, ensayos,
etc.
56
El texto expositivo- explicativo
¿Qué es explicar?
También entre las estrategias para armar un texto expositivo figuran: los paratextos y
las imágenes, que funcionan como apoyos que ayudan a la significación y comprensión
de lo escrito.
57
• COMPARACIÓN: relaciona dos objetos por sus semejanzas. Se utiliza para
lograr la comprensión del significado de un objeto desconocido a través de otro
objeto conocido. Se emplean conectores que nos permiten reconocer el uso de este
procedimiento explicativo: de comparación: a modo de, es como, entre otros.
Desde tiempos antiguos, los seres humanos han usado la palabra como un medio
para “contar” los hechos, es decir, la narración de los sucesos como un soporte de la
comunicación. En sus orígenes, el cuento fue una narración breve y anónima que
integraba el grupo de los géneros de tradición oral (al igual que las fábulas, los mitos y
las leyendas), por eso decimos que pertenece a una cultura popular. Los cuentos más
antiguos se conservaron en papiros fechados entre 2000 y 1600 a.C. Con el correr del
tiempo, se recopilaron y registraron mediante el sistema de escritura.
58
impacto sorpresivo. Su desarrollo no abunda en momentos descriptivos y, si los hay, son
funcionales a esta atmósfera creada.
El cuento de autor
A partir del siglo XX, las narraciones comenzaron a incorporar cualidades nuevas
vinculadas a los autores y sus recorridos. Se conoce como cuento de autor a aquella
narración que posee marcas propias del escritor, más allá de las características
prototípicas que mencionamos anteriormente. Un autor será identificado por un uso
especial del lenguaje, recursos recurrentes novedosos, forma particular de construir
personajes y escenarios, temáticas que elige y voces para narrar. Todos estos elementos
conforman el estilo de un autor y promueven el reconocimiento del mismo en cada una
de sus obras.
59
pronombres anafóricos catafóricos
deícticos personales
Los pronombres
Notas al margen Los pronombres son una clase de palabras que hace referencia a otro
elemento, que puede ser una palabra mencionada en el texto o un elemento
extralingüístico. Es por esto que los pronombres no son descriptivos; no tienen
un significado propio sino ocasional: su significado dependerá de la situación
comunicativa en la que cada uno sea enunciado.
Si su referente está presente en el texto, los pronombres son anafóricos, en
caso de que el referente haya sido mencionado previamente, o catafóricos,
cuando el referente aparece con posterioridad al pronombre.
más información Si, en cambio, hacen referencia a algo que no está en el texto pero se puede
deducir, los pronombres son deícticos (del griego deixis, ‘señalar’).
CASO
PERSONA PRIMERA PERSONA SEGUNDA PERSONA TERCERA PERSONA
GRAMATICAL
yo:
tú / vos / usted: él / ella:
Singular Yo me quedé en
Vos llegaste tarde. Ella trajo bebidas.
casa.
SUJETO nosotros /nosotras: ustedes / vosotros /
¡!¡atención!
ellos / ellas:
Nosotros vosotras:
Plural Ellos son los
encontramos la Ustedes compren la
fotógrafos.
respuesta. comida.
Algunos pronombres personales me: te / lo / la / le / se:
lo / la / le / se:
/// Prácticas del Lenguaje 3
pueden ubicarse antes o después Singular ¿Me alcanzás las Te aviso cuando
Le dije que viniera.
OBJETO llaves? salga.
del verbo: la compró / comprala.
Se denominan clíticos y carecen
{¡!} nos: os / los / las / les / se: los / las / les / se:
Plural Nos encontramos Chicos, los llevo a su Los busqué pero no
de tonalidad propia.
en la calle. casa. los encontré.
Cuando aparecen después del ti / contigo / vos / él / ella / sí /
verbo, se pegan a la desinencia, mí / conmigo: sí / consigo / usted: consigo:
Singular
pero se deben separar para Ella viene conmigo. Te traje esto para No lleva nada de
vos. abrigo consigo.
realizar el análisis sintáctico.
TÉRMINO ustedes / sí /
nosotros /
consigo / vosotros / ellos / ellas /
nosotras:
Plural vosotras: sí / consigo:
No nos avisaron a
¿A ustedes tampoco Llegaron con ellos.
nosotras.
les avisaron?
190 60
pronombres posesivos demostrativos
pertenencia distancia
Pronombres posesivos
Los pronombres posesivos indican posesión o pertenencia entre el sustantivo Notas al margen
al que modifican y la persona o entidad a la que hacen referencia.
mi / mis / mío/a/s:
Primera Mi gato es naranja.
No encuentro mis llaves.
tu / tus / tuyo/a/s:
SINGULAR Segunda Esta es tu habitación.
¿Cuál es el tuyo?
su / sus / suyo/a/s:
Tercera Sus libros no me gustan.
Aquel libro es el suyo.
nuestro/a/s:
Primera
Nuestro proyecto ganó.
vuestro/a/s / su / sus / suyo/a/s:
PLURAL Segunda
Ustedes traigan sus trabajos.
su / sus / suyo/a/s:
Tercera
Ellos tenían sus propias ideas.
Pronombres demostrativos
Los pronombres demostrativos marcan la relación de distancia entre el emi-
sor, el receptor y el sustantivo al que modifican o reemplazan; por este motivo,
más información
son los pronombres que más prototípicamente cumplen el rol de deícticos: se-
ñalan a partir del espacio en que se desarrolla la situación comunicativa.
PRONOMBRES
GRADO DE DISTANCIA EJEMPLOS Junto con los artículos, los
DEMOSTRATIVOS
pronombres demostrativos
este / estos / esta / y posesivos que funcionan
CERCA DEL EMISOR Elegí esta canción.
estas / esto /
como adjetivos se denominan
determinantes: palabras que
CERCA DEL RECEPTOR ese / esos / esa / esas / eso Alcanzame esa lapicera.
La tarea a realizar.
Los textos son cuentos de terror. Este género se caracteriza
por los siguientes elementos… Un espacio.
191
61
pronombres relativos enfáticos
interrogativos
indefenidosexclamativos
Pronombres relativos
Notas al margen Los pronombres relativos tienen como referente a una construcción
sustantiva o un sustantivo anterior e introducen proposiciones subordinadas.
Estos son los siguientes:
G
• • • • • •
que quien/es cuyo/a/s el que la que los que las que el cual • •
• • • • •
la cual los cuales las cuales como donde cuando cuanto/a/s •
[G]
Repasen las proposiciones Desde el punto de vista sintáctico, cumplen una función determinada dentro
subordinadas adjetivas y de la proposición que encabezan [G].
las funciones sintácticas
que pueden cumplir estos
pronombres en la página 220. La novela (que me compré) es interesantísima.
Pronombres enfáticos
En este grupo se encuentran los pronombres interrogativos y exclamativos.
Ambos tienen la misma forma, y se distinguen según constituyan preguntas
o exclamaciones: ¿Qué hay que traer para mañana?; ¡Qué linda noticia! Todos
llevan una tilde diacrítica que permite diferenciarlos de los relativos. Ellos son:
192 62
Estudio lingüístico
1. Formen sustantivos abstractos a partir de las 4. Lean el siguiente fragmento de “Un señor muy
siguientes palabras y escriban en su carpeta viejo con unas alas enormes”, de Gabriel García
oraciones con cada uno. Márquez, y resuelvan en su carpeta.
a. bello:
b. justo: Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en
busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole
c. imaginar: compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo
d. respetar: del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un
e. duro: callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le
quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el
cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su
2. Describan un espacio de la escuela intentando lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había
usar la mayor cantidad de adjetivos. Luego, desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo
conversen entre ustedes. ¿Qué adjetivos valorativos grande, sucias y medio desplumadas, estaban
utilizaron? ¿Concuerdan con su subjetividad? encalladas para siempre en el lodazal.
Lengua en uso
Referir, no repetir. El uso de pronombres es un recurso de cohesión textual que los hablantes utilizan para referir-
se a elementos ya mencionados en un texto. La referencia pronominal ayuda a evitar la repetición de palabras y, a
su vez, es útil para dar cuenta de la relación entre los distintos elementos de un texto y de estos con la situación
comunicativa.
193
63
verbos
tiempo modo
persona número
aspecto
Las clases de palabras II
Notas al margen
• Lean el siguiente texto y resuelvan.
Y ocurrió hace tantas Edades que no queda de ella ni el eco del
recuerdo del eco del recuerdo. Ningún vestigio sobre estos sucesos ha
conseguido permanecer. Y aun cuando pudieran adentrarse en cuevas
sepultadas bajo nuevas civilizaciones, nada encontrarían.
Lo que les cuento sucedió en un tiempo lejanísimo; cuando los
continentes tenían otra forma y los ríos tenían otro curso. Entonces, las
horas de las Criaturas pasaban lentas, los Brujos de la Tierra recorrían
las montañas Maduinas buscando hierbas salutíferas, y todavía
resultaba sencillo ver a los lulus, en las largas noches de las islas del
sur, bailando alrededor de sus colas.
Liliana Bodoc, Los días del venado, Buenos Aires: Grupo Editorial Norma, 2003
(fragmento adaptado).
Los verbos
más información Los verbos son una clase de palabras que indica acciones, procesos y estados.
Desde el punto de vista morfológico, presentan cinco accidentes gramaticales que
se identifican en la desinencia: persona, número, tiempo, modo y aspecto {m}.
Todos los verbos tienen dos
partes: una raíz y una desinencia.
La persona puede ser primera, segunda o tercera. Es una categoría gramatical, y
Para identificar la raíz, debemos no debemos confundirla con personas reales. De este modo, en la oración Creo que
recuperar la forma en infinitivo perdiste un botón, la primera persona de creo es identificable con el emisor y la se-
del verbo en cuestión y quitarle gunda de perdiste, con el receptor. La tercera persona, en cambio, al remitir a aque-
la desinencia (-ar, -er, -ir). llo de lo que se habla, puede ser una persona real o un objeto. Contrastemos, por
ejemplo, Juan perdió un botón con El botón cayó al suelo. En ambos casos, el verbo
En los verbos regulares, la raíz
se mantiene igual en toda la está conjugado en tercera persona, pero perdió se refiere a Juan y cayó, al botón.
conjugación y la desinencia El número es singular o plural. El tiempo indica cuándo ocurre lo que se dice
cambia para indicar los respecto del momento de habla. El modo se refiere a la actitud del hablante
accidentes gramaticales. respecto de aquello que está diciendo. Finalmente, el aspecto diferencia entre
/// Prácticas del Lenguaje 3
194 64
tiempos verbales presente pretérito
futuro condicional
Otros usos de los tiempos. Además de esta ubicación temporal, los tiempos
verbales pueden utilizarse para expresar otros sentidos.
Notas al margen
• Presente inmediato: expresa acciones temporalmente cercanas.
Ya voy para allá.
• Presente habitual: señala acciones que se repiten rutinariamente.
PRESENTE
• Futuro respecto del pasado: indica una acción pasada, posterior a otra.
Ellos empezaron en marzo el trabajo que presentarían en diciembre.
• Posibilidad: indica acciones poco precisas o claras.
Ellos habrían resuelto dos o tres ejercicios en ese momento.
Modo
Como se mencionó anteriormente, el modo demuestra la actitud que tiene el
hablante respecto de lo que está diciendo.
Mañana leo el libro. Espero que lea el libro mañana. Leé el libro mañana.
En los tres casos, el tiempo de los verbos es presente y cambió el modo: indica-
tivo, subjuntivo, imperativo, respectivamente. El indicativo se utiliza para señalar
195
65
modo subjuntivo correlación verbal
aspecto perfectivos imperfectivos
Modo subjuntivo y correlación verbal
Notas al margen Los verbos en modo subjuntivo no suelen funcionar de manera aislada, sino que,
por el contrario, necesitan un elemento que los anteceda. Entre otras variantes, ese
G
elemento puede ser una expresión (Ojalá que te guste el regalo; Tal vez podamos
vernos) u otro verbo (Te pido que traigas la computadora; Espero que te diviertas).
En este último caso, el subjuntivo es el núcleo de una proposición sustantiva
[G] incluida en las oraciones [G]. Además, ese otro verbo que introduce la subordi-
Revisen las proposiciones
nada debe estar en modo indicativo. De acuerdo con la relación temporal que
subordinadas sustantivas para
comprender mejor este tema en los hablantes quieran expresar, se utilizan diferentes tiempos con su corres-
la página 223. pondiente correlación en subjuntivo {¡!}.
Aspecto
/// Prácticas del Lenguaje 3
196 66
verbos irregulares locuciones verbales
irregularidad vocálica irregularidad consonántica
Los verbos irregulares
Notas al margen
G
Un verbo es regular cuando mantiene su raíz en toda la conjugación y sus
desinencias corresponden a los verbos modelo [G]. Si estas dos condiciones no
se cumplen, el verbo es irregular {m}. Muchas irregularidades son sistemáti-
cas, esto quiere decir que se dan en verbos cuyas desinencias en infinitivo son [G]
Pueden consultar el paradigma
similares. Por ejemplo, los verbos terminados en -ucir suelen presentar la mis-
de los verbos regulares para
ma irregularidad. De este modo, se pueden identificar tipos de irregularidades identificar irregularidades a la
en función de su reiteración en distintos verbos. hora de estudiar en la página 252.
• Irregularidades vocálicas: se producen cuando la raíz verbal se modifica en
sus vocales. Pueden ser por diptongación (encontrar/encuentro, sembrar/siem-
bro) o por alternancia de vocales (poder/pude, conseguir/consigo).
• Irregularidades consonánticas: se producen cuando se modifica la raíz verbal
en una consonante (agradecer/agradezco, conocer/conozco, atribuir/atribuyo,
traducir/traduzco).
• Irregularidades mixtas: se producen cuando se alteran una vocal y una con-
sonante de la raíz en simultáneo (decir/digo, tener/tuvo).
• Irregularidad propia: algunos verbos, como ser o ir, presentan cambios to-
tales de la raíz en algunos tiempos. Este fenómeno se llama supleción, y se
remonta al origen de nuestra lengua, el latín (ser/eres/es, ir/voy/va).
Locuciones verbales
Las locuciones son grupos de palabras que funcionan como un solo término y
figuran en los diccionarios como fórmulas fijas. Las locuciones verbales, en parti-
cular, son expresiones conformadas por dos o más palabras que funcionan como
una unidad verbal. El significado de las locuciones suele estar cristalizado, es
decir, no puede deducirse a partir del sentido individual de sus partes y, por lo
tanto, son indivisibles.
Algunas de estas locuciones son echar de menos, dar por tierra, dejar planta-
do, venir al caso, estar de más, tener en cuenta.
197
67
Estudio lingüístico
1. Lean el siguiente fragmento y resuelvan. e. Reescriban el fragmento de la actividad anterior
tomando el pretérito como tiempo base de la
Pasa a buscar a su hijo a las nueve en punto, narración.
como cada sábado. Así lo acordó con Marina
cuando se separaron. El niño se le abraza a las
piernas en cuanto su madre abre la puerta. Casi sin 2. Identifiquen el tiempo y el modo de los
más palabras que un saludo, ella le da su mochila. siguientes verbos. Luego, escriban en su carpeta
Hernán le pide una campera. “No creo que haga oraciones con cada uno de ellos.
falta”, dice ella, pero él insiste. No le aclara que
llevará a Nicolás fuera de la ciudad, a la casa del • Firmaría. Tiempo y modo:
abuelo Martín, donde la temperatura siempre es
menor en unos grados. Para qué, ella empezaría • Haya modificado. Tiempo y modo:
con sus recomendaciones: que los caballos pueden
patear al chico, que el estanque es peligroso, que
no vaya a treparse a ningún árbol. • Escapara. Tiempo y modo:
a. Subrayen todos los verbos y clasifíquenlos • Hubo recargado. Tiempo y modo:
morfológicamente.
b. Expliquen el uso de los tiempos verbales de los • Habría quebrado. Tiempo y modo:
verbos destacados.
c. Identifiquen los verbos irregulares. Especifiquen • Gesticule. Tiempo y modo:
a qué grupo corresponde la irregularidad.
d. Escriban oraciones con diferentes modalidades a • Había salido. Tiempo y modo:
partir de la historia de este fragmento.
Lengua en uso
Pragmática: modalidad y cortesía. La cortesía es un conjunto de estrategias pragmáticas que utilizamos para que
nuestro enunciado no afecte negativamente al interlocutor. Por ejemplo, si preguntamos ¿Podrías pasarme la sal?, no
esperamos como respuesta un sí o un no, sino una acción específica. En ciertos contextos, utilizar el modo imperativo
(Pasame la sal) puede ser interpretado como una orden en lugar de un pedido. Así, la modalidad interrogativa, en el
primer caso, tiene un fin pragmático.
1. Ordenen los siguientes enunciados según el 2. Analicen en las oraciones anteriores los
/// Prácticas del Lenguaje 3
grado de cortesía, siendo 1 el enunciado más elementos que ayudan a construir las estrategias
directo y 6 el más indirecto. de cortesía. Tengan en cuenta los tiempos y modos
a. ¿Podés cerrar la ventana? verbales y las modalidades.
b. ¿Cerrás la ventana?
c. Cerrá la ventana, apurate. 3. Reflexionen en parejas. ¿En qué situaciones
d. ¿Podrías cerrar la ventana? utilizarían cada uno de estos enunciados? Escriban
e. Te quería preguntar si podías cerrar la al menos un contexto para cada caso: especifiquen
ventana. participantes, tipo de vínculo entre ellos, espacio
f. Cerrá la ventana. y tiempo donde se realiza la comunicación.
198 68
adverbios lugar modo tiempo
cantidad afirmación negación duda
Las clases de palabras III
Notas al margen
• Lean el siguiente diálogo y resuelvan.
—Hola, Lucas. ¿Cómo estás?
¿Vas a ir mañana al cumpleaños
de Caro?
—Hola, Sofi. Sí, ¡definitivamente
voy a ir! ¿Vos? ¿Qué vas a hacer?
—No sé, no estoy segura. Pero
probablemente vaya… ¿Dónde lo
hace? ¿Tenés idea?
—Me parece que lo festeja en el
salón del año pasado. Está bueno
y es cerca.
—¿Qué tan cerca?
—¡Muy cerca!
G
De modo: bien, mal, así y todas las palabras terminadas en -mente.
• De tiempo: hoy, mañana, ahora, temprano, tarde, antes, después.
•
/// BLOQUE III | Capítulo 01
De cantidad: mucho, poco, bastante, muy.
• De afirmación: sí, también, afirmativamente. [G]
• De negación: no, tampoco, negativamente. Revisen las oraciones complejas
199
69
verboides frases verbales auxiliar
infinitivos participios gerundios
Los verboides
Notas al margen Los verboides son las formas no conjugadas de los verbos. Hay tres tipos de
verboides y pueden cumplir, además, una función no verbal.
¡!¡atención!
-ar cantar
INFINITIVOS -er sustantivo comer
-ir vivir
Cuando la raíz de un verbo cantado/a/s
-ado/a/s
termina en vocal (tra- en el caso PARTICIPIOS adjetivo comido/a/s
-ido/a/s
de traer, o ro- en el de roer), en vivido/a/s
la forma de gerundio la i latina se cantando
-ando
convierte en y: trayendo, royendo. GERUNDIOS adverbio comiendo
-iendo {¡!}
viviendo
más información menos un verboide, que funciona como una unidad: es el núcleo de una cons-
trucción verbal {m}.
El verbo que está conjugado se denomina auxiliar y aporta la información mor-
Es importante no confundir
fológica de toda la frase (persona, número, tiempo, modo, aspecto); el verboide
las frases verbales con las
es el verbo auxiliado o principal y aporta la información semántica de la frase.
construcciones verboidales:
G
/// Prácticas del Lenguaje 3
está diciendo. Estas perífrasis señalan por lo general posibilidad o deber: poder
salir, tener que estudiar.
[G]
Para ver otras posibilidades de Frases verbales aspectuales. Se utilizan para expresar el comienzo, la duración,
realización de la voz pasiva, el final o la frecuencia de las acciones. Se agrupan semánticamente:
revisen ese tema en el capítulo
• Incoativas: comenzar a / ponerse a / echar a / empezar a cantar.
02 de este bloque en la
• Inminenciales: estar por / estar a punto de cantar.
página 216.
• Continuativas: estar / andar / seguir cantando.
• Terminativas: terminar de / acabar de cantar.
• Resultativas: llegar a cantar / tener cantado.
• Reiterativas: volver a cantar.
• Habituales: soler cantar.
200 70
Estudio lingüístico
1. Armen adverbios terminados en -mente a partir 3. Lean el siguiente fragmento y resuelvan.
de los siguientes adjetivos y escriban en su carpeta Penetrar en la vida de un pícaro, aquí en Buenos
una oración con cada uno. Aires, o mejor dicho, en lo que en lenguaje de ladrones
a. útil: y gente maleante se llama mundo lunfardo, es tan
difícil como escribir en el aire.
b. feroz:
Aquí se vive a ciegas, con respecto a todo aquello
c. pésima: que pueda servir para dar luz sobre un hombre:
d. común: la policía, para desempeñar su misión, tiene que
e. sutil: hacer prodigios, y parece imposible que obtenga los
resultados que obtiene, dada la clase de gente en que
f. ágil:
las circunstancias la obligan a reclutar su personaje
subalterno y el medio en que actúa.
2. Completen el siguiente cuadro con los verboides
Fray Mocho, “Mundo lunfardo”, en Crónicas en rojo, Buenos
faltantes. Aires: La estación, 2018.
Lengua en uso
Estar registrando. Las frases verbales son útiles para establecer matices de sentido tanto en la oralidad como en
la escritura. Los hablantes tienen incorporados esos matices. Así, en el registro coloquial utilizan frases verbales
para indicar, por ejemplo, el tiempo futuro, mientras que hay contextos donde deben utilizar un registro más for-
mal y lo más efectivo es utilizar verbos plenos y no frases verbales.
201
71
construcciones sustantivasconstrucciones adjetivas
núcleo modificador directo
Las construcciones
Notas al margen
sustantivas y adjetivas
•carpeta.
Lean el siguiente fragmento. Luego, respondan las preguntas en su
Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos
horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel
Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana.
Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil
encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas.
Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos
la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja
pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo.
Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le
contestamos, como lo teníamos previsto, que solo íbamos a almorzar.
—Menos mal —dijo ella— porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos
burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete
años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo
presente.
Gabriel García Márquez, “Espantos de agosto”.
Modificador directo
209
72
modificador indirecto preposición
aposición comparativo término
Modificador indirecto preposicional
Notas al margen
El modificador indirecto preposicional (mip) está mediado por una preposición
que funciona como nexo subordinante e introduce un término.
Dado que el término (t) es a su vez una construcción sustantiva, su núcleo
puede tener otros modificadores. Es importante diferenciar los distintos niveles
de las construcciones, ya que en cada nivel habrá al menos un núcleo.
Aposición
La aposición (apos) es un sustantivo o una construcción sustantiva que modi-
fica al sustantivo núcleo de la construcción, y aporta información equivalente a
la del núcleo al que modifica. Las aposiciones se caracterizan por la posibilidad
de reemplazar al núcleo de la construcción. En algunos casos, no en todos, las
aposiciones se escriben entre comas.
más información
ns
t
mip
apos
En casos como su compañero
Ron y mi vecina Hermione, el su compañero Ron mi vecina Hermione
sustantivo común funciona md n apos md n apos
/// Prácticas del Lenguaje 3
210 73
Estudio lingüístico
1. Formen construcciones sustantivas a partir 3. Reflexionen de a dos acerca de cómo cambia
de los siguientes sustantivos. Deben aparecer al el significado de las siguientes estructuras.
menos una vez cada uno de los modificadores de Analícenlas sintácticamente y marquen la
esta clase de palabras. información morfológica que tuvieron en cuenta
• • •
años callecitas conducta conversación • para resolverlo.
• • •
tenacidad café bar primavera fiebre • a. las puertas de la mansión gigantescas /
las puertas de la mansión gigantesca
2. Analicen las siguientes construcciones b. el resultado de la evaluación sorpresivo /
sustantivas. el resultado de la evaluación sorpresiva
a. veinte días después c. el plato de pastas frías / el plato de pastas frío
• ¿Hubo alguna construcción que les sonara
b. una de las callecitas secretas del Trastévere extraña? Reescríbanla en su carpeta.
Lengua en uso
Intercambio de lugares. En español, los adjetivos pueden ir delante o detrás del sustantivo. Sin embargo, en algu-
nos casos, la posición afecta al significado. Por ejemplo, cuando el adjetivo se coloca detrás del sustantivo, toma
un carácter descriptivo; en cambio, si se coloca delante, indica una valoración subjetiva por parte del hablante.
Por otro lado, algunas palabras pueden comportarse como adjetivos o sustantivos dependiendo del lugar de la
construcción en el que se encuentren.
1. Lean las siguientes construcciones sustantivas a. bello/a/s: /// BLOQUE III | Capítulo 02
y expliquen qué cambios ocurren en el significado b. escolar/es:
por la posición del adjetivo. c. mal / malo/a/s:
a. una vieja amiga / una amiga vieja d. educativo/a/s:
b. un pobre tipo / un tipo pobre e. triste/s:
c. una cierta solución / una solución cierta f. gran / grande/s:
g. económico/a/s:
2. Prueben armar construcciones sustantivas • ¿Qué resultados obtuvieron? ¿Hubo algún
con los siguientes adjetivos, alternando las dos adjetivo con el que no haya funcionado? ¿A qué les
posiciones mencionadas. parece que se debe?
211
74
verbo conjugado complementos
objeto directo predicado
La construcción verbal
Notas al margen
• Lean el siguiente fragmento y respondan las preguntas a continuación.
Tanto ella como el esposo tenían. En la casa de Cartagena de Indias había.
En cambio aquí en Madrid vivían. Pero al final ni él ni ella se negaron, porque
les habían prometido si se ganaban, y se lo habían ganado.
¡!¡atención!
Así que el papá compró. Era.
Gabriel García Márquez, “La luz es como el agua” (adaptación).
Los verbos que llevan objeto a. ¿Les parece que el fragmento tiene sentido? ¿Cuál es el problema?
directo se llaman transitivos. b. ¿Piensen cómo se podrían completar esas oraciones? ¿Cuántas
Algunos pueden llevarlo de
construcciones distintas le podrían agregar a cada verbo?
forma optativa (Ellos comieron
empanadas) y otros lo necesitan
La construcción verbal tiene como núcleo a un verbo conjugado. Cada verbo,
de forma obligatoria (Yo lo
compré). en función de su significado, puede tener complementos que especifiquen o
completen ese significado y conforman la estructura argumental de los verbos.
Para asegurarse de que un Algunos serán obligatorios (necesarios para completar el sentido del núcleo)
verbo es transitivo y corroborar
y otros serán optativos. Estos complementos son el objeto directo (od), el objeto
que una de las estructuras que
indirecto (oi), los circunstanciales (circ), el complemento agente (comp ag) y los
lo modifica es un od, pueden
predicativos (PSO, PSnO, PO). Todos ellos son modificadores del núcleo verbal,
imaginar oraciones sencillas
como las siguientes: por lo que no aparecerán modificando una construcción sustantiva en oracio-
nes con predicado verbal.
Verbo comprar
G
od t
circ lugar
SES PVS
[G] [Los niños lo subieron por las escaleras.] OB
Revisen las diferencias entre md n od nv / md
ns
n
voz pasiva y voz activa en la t
circ lugar
/// Prácticas del Lenguaje 3
página 216.
SES PVS
[El bote fue subido por los niños por las escaleras.] OB
md n fvp / md n
ns
/ md
ns
n
t t
comp ag circ lugar
212 75
núcleo verbal objeto indirecto
circunstancial agente régimen
Objeto indirecto
El objeto indirecto designa al destinatario de la acción del verbo, y también puede Notas al margen
ser requerido por este para completar su significado. Es una construcción encabe-
zada por la preposición a. Se puede reemplazar por los pronombres le o les {m}.
SES
md n nv md n
PVS
/ md n
ns
SES
md n
PVS
[El padre reveló el secreto a los niños.] OB [El padre les reveló el secreto.] OB
oi nv md n
más información
od t od Cuando el od y el oi se
od reemplazan pronominalmente
en una misma oración, el oi se
Circunstanciales reemplaza por se. Por lo tanto, la
oración Leí cuentos a los niños se
Los circunstanciales son construcciones que aportan datos sobre las circuns- convertiría en Se los leí.
tancias en las que se desarrolla la acción verbal (dónde fue realizada, cuándo,
etcétera) {¡!}. Están compuestos por adverbios o construcciones encabezadas
por preposiciones; el circunstancial de tiempo, por su parte, también puede ser
¡!¡atención!
una construcción sustantiva.
SES PVS
[Los padres fueron al cine la noche del miércoles.] OB
md n nv n/s md n md n n/s md n Algunos circunstanciales se
t t pueden reconocer realizándole
circ lugar mip preguntas al verbo. Por
circ tiempo ejemplo, en la oración Esa
noche paseamos por la plaza,
De acuerdo a la información que aporten, los circunstanciales pueden ser de
se puede preguntar “¿Por
lugar, tiempo, modo, cantidad, causa, fin, instrumento, compañía, afirmación, dónde paseamos esa noche?”
negación o duda. y “¿Cuándo paseamos por la
plaza?”. Sin embargo, para otros
Complemento circunstancial de régimen circunstanciales, como los de
afirmación, negación o duda, no
Algunos verbos exigen determinadas construcciones para completar su sig- existen preguntas adecuadas.
nificado, llamadas complementos. El complemento circunstancial de régimen
(circ régimen) es una construcción encabezada por una preposición regida o
exigida por el verbo.
SES PVS
[Ellos confían en su trabajo.] OB
n nv / md n
ns
t
circ régimen
t
comp ag
213
76
predicativo subjetivo obligatorio
no obligatorio objetivo adjetivo
Predicativo subjetivo
Notas al margen
El predicativo subjetivo es una construcción del predicado que modifica al
núcleo verbal y al del sujeto simultáneamente. Puede estar compuesto por una
construcción sustantiva o adjetiva. Si es un adjetivo o construcción adjetiva,
debe concordar en género y número con el sustantivo núcleo del sujeto.
Obligatorio
Si el verbo de la oración es copulativo, entonces el predicativo subjetivo es
obligatorio, es decir que sin esa construcción el sentido del verbo no se completa.
Los verbos copulativos son ser, estar, parecer, yacer, volverse, tornarse, resul-
tar, semejar. En particular, los verbos ser, estar y parecer permiten el reemplazo
por el pronombre invariable lo como prueba de reconocimiento de este predi-
cativo. En todos los casos, si se elimina el predicativo subjetivo obligatorio, la
oración pierde sentido. Veamos algunos ejemplos:
¡!¡atención!
t
mip
PSO
No confundan el predicativo
Es importante tener en cuenta que el verbo estar puede funcionar como ver-
subjetivo con el circunstancial de
bo no copulativo cuando se refiere a un lugar: Estoy en mi casa.
modo. Los predicativos subjetivos
son siempre construcciones,
generalmente sustantivas o No obligatorio
adjetivas, que modifican al Si el verbo de la oración no es copulativo, entonces el predicativo subjetivo
núcleo verbal y al del sujeto es no obligatorio. En este caso la oración no pierde sentido si se lo quita {¡!}.
en simultáneo, mientras que SES PVS SES PVS
el circunstancial de modo es [Bruno leía concentrado en la biblioteca.] OB [Bruno leía en la biblioteca.] OB
una construcción adverbial o n nv PSnO / md
ns
n n nv n/s md n
preposicional que solo brinda t t
información sobre el predicado.
circ lugar circ lugar
Corrieron apresuradamente. recer con verbos como considerar, imaginar, creer, notar, juzgar, etcétera. Se lo
(ST: 3.a p. p.) reconoce al reemplazar pronominalmente el objeto directo, ya que no forma
parte de la pronominalización.
El adverbio solo modifica
PVS
al núcleo verbal
[A su regreso, encontraron cerrada la puerta.] OB
/ md n
ns nv PO md n ST: 3.a p. p.
t od
circ tiempo
PVS
[A su regreso, la encontraron cerrada.] OB
/ md n
ns
od nv PO ST: 3.a p. p.
t
circ tiempo
214 77
Estudio lingüístico
1. Identifiquen el od y el oi en las siguientes c. Encontraron a su nuevo capitán soberbio y
oraciones. Luego, realicen el reemplazo pronominal exigente.
correspondiente.
a. Baltazar colgó la jaula en el alero. • En el caso de que se trate de predicativos,
especifiquen si son subjetivos u objetivos.
b. El médico examinó el objeto e hizo una oferta
a Baltazar. 3. En su carpeta, analicen sintácticamente las
siguientes oraciones.
c. Muchas personas temían esa respuesta. a. El hombre miraba fijamente a la mujer de
cuarenta años de edad.
d. Tomaron una segunda taza de café, tranquilos. b. La otra mujer, una visitante, escuchaba con
atención la conversación en el departamento;
levantó sus ojos verdes con un parpadeo y lo miró
2. Analicen si las siguientes construcciones en silencio.
subrayadas son predicativos o circunstanciales c. El joven hablaba de pie, con cierto escepticismo,
de modo. pero parecía un hombre exaltado y vulgar.
a. El barco estaba marcado con líneas de óxido. d. Había en él también algo de hombre herido.
e. La joven dama escuchaba con la mirada baja
b. Sus marineros trabajaban esforzadamente varias y consideraba ajeno el tema de conversación;
horas al día. un temblor imperceptible hubiera revelado a un
observador cierta incomodidad.
Lengua en uso
Adverbios multifacéticos. Al igual que los adjetivos, los adverbios tendrán diferente influencia en la oración según
la posición en la que se encuentren. Si bien suelen funcionar como circunstanciales, en algunos casos afectan la
modalidad de la oración completa: brindan información sobre la actitud del hablante respecto del contenido de
la oración. En este caso, pueden aparecer separados por una coma.
215
78
voz activa voz pasiva
pronombre se agente paciente
Voz oracional, pronombre se
Notas al margen
y oraciones impersonales
• Lean los siguientes títulos de notas periodísticas y resuelvan.
Se estrena el documental
PASO 2019:
más información ya se vota
en todo el pa
ís
Santiago, Italia
¡!¡atención!
objeto directo. En muchos verbos transitivos, el sujeto realiza la acción y se lo
denomina agente. La entidad que recibe la acción se denomina paciente {m}.
La frase verbal pasiva debe SES PVS
mantener el tiempo y el modo [Los fiscales saludaron a la presidenta de mesa.] OB
del verbo de la voz activa. md n nv / md
ns
n / n
ns
Voz activa
t
Estas categorías se expresan
mip
en el verbo auxiliar ser; la frase
t
verbal pasiva se completa con od
el participio del verbo, cuyo
significado indica la acción. Esta oración se encuentra en voz activa y el sujeto coincide con el agente. Sin
Los oficiales ordenarán las filas embargo, esa no es la única forma de expresar la misma idea.
de votación. SES PVS
futuro simple, [La presidenta de mesa fue saludada por los fiscales.] OB
modo indicativo md n / n
ns
fvp / md n
ns
Voz pasiva
t t
mip comp ag
Las filas de votación serán
/// Prácticas del Lenguaje 3
ordenadas por los oficiales. El sujeto de esta oración es la presidenta de mesa, pero la acción de saludar
sigue siendo realizada por los fiscales. Como vemos, la voz pasiva se construye
futuro simple,
con una frase verbal pasiva y colocando al paciente (en este caso, el od en la
modo indicativo
voz activa) como sujeto sintáctico {¡!}. El agente aparece como complemento
agente, aunque es optativo (La urna fue cerrada).
El pronombre se
El pronombre se tiene diferentes usos. En términos generales, se puede dis-
tinguir el se pasivo, otra estrategia para construir la voz pasiva, los casos en los
que cumple la función de od u oi, y el impersonal, para oraciones en las que el
sujeto no puede identificarse.
216 79
pasiva con se
reflexivo se agente
recíproco
Pasiva con se
Notas al margen
En términos de sentido, las oraciones en voz pasiva permiten a los hablantes
destacar el objeto de la acción al tomarlo como sujeto sintáctico. En algunos
casos, esto permite borrar el agente de la acción.
SES PVS
[Los primeros números serán presentados desde las 20 horas.] OB
md md n fvp / md
ns
n Voz pasiva
t
circ tiempo
más información
sp nv md n n/s md n Voz pasiva
t
circ tiempo
• Se recíproco: se utiliza cuando el sujeto tiene una referencia múltiple (ya sea
*Ellos le abrazaron con cariño.
plural o compuesto) y se lo puede identificar agregando “mutuamente” a la ora- Ellos lo abrazaron con cariño.
ción (Ellos se abrazaron mutuamente). Cumple la función sintáctica de objeto objeto directo
directo u objeto indirecto {m}.
SES PVS
[Ellos se abrazaron con cariño.] OB
n od nv /
ns
n
t
circ modo
217
80
se unimembres impersonalesatmosféricosdesconocido
concordancia
Oraciones impersonales
Notas al margen
Las oraciones impersonales son aquellas en las que no hay sujeto gramatical.
Existen distintos tipos de oraciones impersonales, y en todos los casos confor-
Con verbos atmosféricos. Se construyen con verbos que se refieren a estos fe-
Las oraciones impersonales nómenos, como amanecer, nevar, refrescar, tronar, etcétera.
se utilizan como estrategia
discursiva. En el discurso
[Mañana refrescará un poco.] OU
académico, por ejemplo, es
circ tiempo nv md n
frecuente encontrar este tipo circ cant
de construcciones en textos
que requieren dar impresión de
objetividad: Con verbos impersonales. Se construyen con los verbos ser, hacer y haber en
tercera persona del singular.
Se advierte que el autor pone en
práctica muchas de las técnicas
[Había muchísima gente en mi mesa.] OU
de la novela experimental…
nv md n / md n
ns
Errores frecuentes
En las oraciones impersonales no hay concordancia de número entre el verbo
y su complemento. En las oraciones bimembres, por el contrario, el verbo debe
concordar con el sujeto. En el siguiente cuadro pueden comparar las realizacio-
nes correctas de las oraciones impersonales con sus variantes erróneas, que
constituyen errores frecuentes.
218 81
Estudio lingüístico
1. Analicen si las siguientes oraciones están en voz a. Unas personas desconocidas incendiaron una
activa (VA) o voz pasiva (VP). Reescríbanlas en la casa en Londres.
voz contraria. b. Ese día, el clima era muy caluroso.
a. Mi compañero y yo solo escuchábamos el c. Las luces eran apagadas paulatinamente.
murmullo de los pájaros volando.
3. Identifiquen si las siguientes oraciones son
gramaticalmente correctas. Si no lo son, corríjanlas
b. La noche anterior habíamos abierto en su carpeta y expliquen el error en cada caso.
senderos en la nieve. a. Dos años atrás todavía habían muchas personas
que no entendían las reglas del juego.
b. Se condecoró los caídos de la guerra de Malvinas.
c. Los instrumentos habían sido llevados por c. El director se emocionó con los discursos.
Tomás, el capataz de la otra sección.
4. Identifiquen si en las siguientes oraciones el
se forma oraciones pasivas (P), impersonales (I),
recíprocas (RC) o reflejas (RF).
2. Reescriban en su carpeta las siguientes oraciones a. Los hombres se abrazaron emocionados.
para convertirlas en oraciones impersonales o en b. Se confirmaron los rumores.
oraciones pasivas con se. No olviden aclarar qué tipo c. Ella se cuida sola.
de oración impersonal construyeron. d. En ese restaurante se come bien.
Lengua en uso
¿Quién lo hizo? En la voz pasiva, el agente puede estar omitido, pero hay otros procedimientos que operan sobre el
agente, por ejemplo, algunos recursos retóricos. La metonimia reemplaza una palabra por otra con la que está semánti-
camente relacionada: Tiene un Picasso (un cuadro hecho por Picasso). La sinécdoque designa una cosa a través de una
palabra que menciona solo una parte de ella, o viceversa: Hay veinte ojos mirándome (hay diez personas mirándome).
1. Identifiquen si en estas oraciones se utiliza una 2. En parejas, inventen una breve noticia
219
82
Paradigma de los verbos regulares
Modo indicativo
PRESENTE PRETÉRITO PERFECTO COMPUESTO
CONJUGACIÓN CONJUGACIÓN
NÚMERO PERSONA NÚMERO PERSONA
CANTAR COMER VIVIR CANTAR COMER VIVIR
SINGULAR
SINGULAR
PLURAL
ustedes cantan comen viven
PLURAL
2.a
2.a vosotros /
vosotros / vosotras habéis cantado habéis comido habéis vivido
vosotras cantáis coméis vivís
3.a ellos / ellas cantan comen viven 3.a ellos / ellas han cantado han comido han vivido
1. a
yo cantaba comía vivía 1.a yo había cantado había comido había vivido
vos cantabas comías vivías vos habías cantado habías comido habías vivido
SINGULAR
SINGULAR
2.a
2.a vosotros /
vosotros / habíais cantado habíais comido habíais vivido
cantabais comíais vivíais vosotras
vosotras
3.a ellos / ellas cantaban comían vivían 3.a ellos / ellas habían cantado habían comido habían vivido
vos cantaste comiste viviste vos hubiste cantado hubiste comido hubiste vivido
SINGULAR
SINGULAR
2. a
tú cantaste comiste viviste 2.a tú hubiste cantado hubiste comido hubiste vivido
3. a
él / ella cantó comió vivió
3.a él / ella hubo cantado hubo comido hubo vivido
nosotros /
1.a cantamos comimos vivimos nosotros /
nosotras 1.a
hubimos cantado hubimos comido hubimos vivido
nosotras
ustedes cantaron comieron vivieron ustedes hubieron cantado hubieron comido hubieron vivido
PLURAL
PLURAL
2.a 2.a
vosotros / vosotros /
cantasteis comisteis vivisteis hubisteis cantado hubisteis comido hubisteis vivido
vosotras vosotras
3.a ellos / ellas cantaron comieron vivieron 3.a ellos / ellas hubieron cantado hubieron comido hubieron vivido
252 83
FUTURO SIMPLE FUTURO COMPUESTO
CONJUGACIÓN CONJUGACIÓN
NÚMERO PERSONA NÚMERO PERSONA
CANTAR COMER VIVIR CANTAR COMER VIVIR
1.a
yo cantaré comeré viviré 1.a
yo habré cantado habré comido habré vivido
vos cantarás comerás vivirás vos habrás cantado habrás comido habrás vivido
SINGULAR
SINGULAR
2.a tú cantarás comerás vivirás 2.a tú habrás cantado habrás comido habrás vivido
usted cantará comerá vivirá usted habrá cantado habrá comido habrá vivido
3.a él / ella cantará comerá vivirá
3. a
él / ella habrá cantado habrá comido habrá vivido
nosotros /
1.a cantaremos comeremos viviremos nosotros / habremos habremos
nosotras 1.a habremos comido
nosotras cantado vivido
ustedes cantarán comerán vivirán habrán habrán habrán
PLURAL
ustedes
PLURAL
2.a cantado comido vivido
vosotros / 2.a
cantaréis comeréis viviréis vosotros / habréis habréis habréis
vosotras
vosotras cantado comido vivido
3.a ellos / ellas cantarán comerán vivirán habrán habrán habrán
3.a ellos / ellas
cantado comido vivido
CONJUGACIÓN CONJUGACIÓN
NÚMERO PERSONA NÚMERO PERSONA
CANTAR COMER VIVIR CANTAR COMER VIVIR
1.a
yo cantaría comería viviría 1. a
yo habría cantado habría comido habría vivido
vos cantarías comerías vivirías vos habrías cantado habrías comido habrías vivido
SINGULAR
SINGULAR
2. a
tú habrías cantado habrías comido habrías vivido
2.a tú cantarías comerías vivirías
usted habría cantado habría comido habría vivido
usted cantaría comería viviría
3.a él / ella habría cantado habría comido habría vivido
2.a
2. a
vosotros / habríais habríais habríais
vosotros /
cantaríais comeríais viviríais vosotras cantado comido vivido
vosotras
habrían habrían habrían
3.a ellos / ellas cantarían comerían vivirían 3.a ellos / ellas
cantado comido vivido
2.a
vosotros /
cantad comed vivid
vosotras
253
84
Modo subjuntivo
PRESENTE PRETÉRITO PERFECTO
CONJUGACIÓN CONJUGACIÓN
NÚMERO PERSONA NÚMERO PERSONA
CANTAR COMER VIVIR CANTAR COMER VIVIR
1.a yo cante coma viva 1.a yo haya cantado haya comido haya vivido
vos hayas cantado hayas comido hayas vivido
SINGULAR
vos cantes comas vivas
SINGULAR
2.a tú cantes comas vivas 2.a tú hayas cantado hayas comido hayas vivido
usted haya cantado haya comido haya vivido
usted cante coma viva
3.a él / ella haya cantado haya comido haya vivido
3.a él / ella cante coma viva
nosotros / hayamos hayamos hayamos
1.a nosotros / cantemos comamos vivamos 1.a nosotras
nosotras cantado comido vivido
ustedes hayan cantado hayan comido hayan vivido
PLURAL
ustedes canten coman vivan
PLURAL
PRETÉRITO IMPERFECTO
CONJUGACIÓN
NÚMERO PERSONA
CANTAR COMER VIVIR
1.a yo cantara / cantase comiera / comiese viviera / viviese
vos cantaras / cantases comieras / comieses vivieras / vivieses
SINGULAR
PRETÉRITO PLUSCUAMPERFECTO
CONJUGACIÓN
NÚMERO PERSONA
CANTAR COMER VIVIR
1.a yo hubiera cantado / hubiese cantado hubiera comido / hubiese comido hubiera vivido / hubiese vivido
vos hubieras cantado / hubieses cantado hubieras comido/ hubieses comido hubieras vivido / hubieses vivido
SINGULAR
2.a tú hubieras cantado / hubieses cantado hubieras comido / hubieses comido hubieras vivido / hubieses vivido
usted hubiera cantado / hubiese cantado hubiera comido / hubiese comido hubiera vivido / hubiese vivido
3.a él / ella hubiera cantado / hubiese cantado hubiera comido / hubiese comido hubiera vivido / hubiese vivido
1.a nosotros / hubiéramos cantado / hubiésemos cantado hubiéramos comido / hubiésemos comido hubiéramos vivido / hubiésemos vivido
nosotras
PLURAL
ustedes hubieran cantado / hubiesen cantado hubieran comido / hubiesen comido hubieran vivido / hubiesen vivido
2.a vosotros /
vosotras hubierais cantado / hubieseis cantado hubierais comido / hubieseis comido hubierais vivido / hubieseis vivido
3.a ellos / ellas hubieran cantado / hubiesen cantado hubieran comido / hubiesen comido hubieran vivido / hubiesen vivido
/// Prácticas del Lenguaje 3
CONJUGACIÓN CONJUGACIÓN
NÚMERO PERSONA NÚMERO PERSONA
CANTAR COMER VIVIR CANTAR COMER VIVIR
1.a yo cantare comiere viviere 1.a yo hubiere cantado hubiere comido hubiere vivido
vos hubieres cantado hubieres comido hubieres vivido
SINGULAR
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