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Cuentos de Hadas para Ninos II - Hans Christian Andersen

El segundo volumen de la Colección Trébol Oro reúne los cuentos más célebres de Hans Christian Andersen, destacando su sensibilidad, conocimiento del folclore y estilo poético. Andersen, nacido en 1805, se convirtió en un escritor famoso a través de sus cuentos de hadas, que reflejan su vida y experiencias personales. A lo largo de su vida, realizó numerosos viajes y recibió múltiples reconocimientos, pero también enfrentó la soledad y problemas de salud hasta su muerte en 1875.

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Cuentos de Hadas para Ninos II - Hans Christian Andersen

El segundo volumen de la Colección Trébol Oro reúne los cuentos más célebres de Hans Christian Andersen, destacando su sensibilidad, conocimiento del folclore y estilo poético. Andersen, nacido en 1805, se convirtió en un escritor famoso a través de sus cuentos de hadas, que reflejan su vida y experiencias personales. A lo largo de su vida, realizó numerosos viajes y recibió múltiples reconocimientos, pero también enfrentó la soledad y problemas de salud hasta su muerte en 1875.

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Segundo volumen en la Colección Trébol Oro destinado a reunir los cuentos

más célebres y hermosos del escritor danés Hans Christian Andersen.


A sus enormes posibilidades de sensibilidad y memoria de sus experiencias
infantiles, Andersen une su conocimiento profundo del folclore popular y de
las supersticiones del pueblo llano, la influencia de la cuentística oriental, su
excelente estilo poético, repleto de ironía y finura psicológica, su vinculación
lírica y soñadora, con la naturaleza y con todo el cosmos y, sobre todo, la
novedad de dotar a todos los objetos inertes de un alma, un habla y una
personalidad inolvidables.

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Hans Christian Andersen

Cuentos de hadas para niños II


Cuentos escogidos - 04

ePub r1.0
Titivillus 30.12.2022

Página 3
Título original: Eventyr, fortalte Born
Hans Christian Andersen, 1835
Traducción: Rafael Pérez
Ilustraciones: Vilhelm Pedersen

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

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HANS CHRISTIAN ANDERSEN

SU PEQUEÑA Y LARGA HISTORIA EN FECHAS


Hans Christian Andersen nació el 2 de abril de 1805, en Odense, en la isla
de Fionia, Dinamarca. Era hijo de un zapatero, que murió en 1816, dejando a
su madre, María, persona muy buena y cariñosa, viuda y en la miseria, por lo
que ella optó por volverse a casar; y de nuevo con otro zapatero remendón.
En 1819, cuando Andersen cuenta 14 años de edad, deja Odense, su villa
natal, y se marcha a Copenhague, a donde llega un 6 de setiembre, «con un
simple hatillo de ropa pobre», como él mismo comentaría años después.
Entre 1820 y 1822 estudia en la entonces existente escuela de danza y
canto del Teatro Real y, entre 1822 y 1827, a solicitud de la dirección del
Teatro —particularmente del Sr. Collin, consejero de Estado—, estudia en la
escuela latínica, en Slagelse y Elsinore, con el fin de poseer una buena
educación. Fruto de ello, en 1828, obtiene el título de bachiller en
Copenhague.
En 1829, aparece su primera gran obra: «Viaje a pie de Holmens Canal a
la punta oriental de Amager», obra que él mismo editó, costeándola en su
totalidad.
Andersen, viajero toda su vida, en 1831, realiza uno de sus primeros
periplos al extranjero, en concreto, a Alemania, visitando Harzen y la
denominada Suiza sajona. Entre 1833-1834, vuelve de nuevo a viajar, y esta
vez, aunque retornará a Alemania, recorrerá buen número de países: Francia,
Suiza, Alemania, Austria y principalmente Italia; en Roma recibe la noticia de
la muerte de su madre, la cual dejó el mundo en un asilo de Odense.
Es en 1835 cuando podemos considerarle ya un escritor auténticamente
formado y conocido; de esta fecha es su novela «El improvisador» y su
primer libro de «Cuentos de hadas contados para niños», que contenía, entre
otros, «La caja de yesca» y «La princesa y el guisante», cuentos hoy muy
populares.
Dos años más tarde, es decir, en 1837, su nombre y fama llega a
Alemania, y desde aquí se da a conocer en todo el extranjero, en virtud de su
novela «Tan sólo un ministril». Escritor famoso ya, al año siguiente, 1838, el
estado danés le concede una «paga anual de escritor».

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En 1840-1841 vuelve, incansable, a su actividad de trotamundos; son los
años entre los que realiza un interesante viaje a Europa Oriental, partiendo de
Roma y visitando Atenas, Constantinopla, las tierras del Danubio, el Mar
Negro y Viena.
Al poco tiempo, de regreso de este nuevo recorrido, publica su primer
libro de viajes «El bazar de un poeta», que sale a la luz en el año 1842.
En 1843 realiza un viaje a París, donde visita a los escritores Balzac,
Dumas padre, Heine, Víctor Hugo, Lamartine, Alfredo de Vigny y a la actriz
Rachel. Poco después, entre 1845 y 1846, lleva a cabo un nuevo viaje a
Alemania, Austria, Italia, Francia y Suiza; por motivos de salud, no puede
venir a España, como era su deseo.
En 1847 aparece su primera autobiografía, en la editorial Lorck de
Leipzig, escrita en alemán bajo el título de «Das Márchen meines Lebens
ohne Dichtung», que traducido vendría a ser «El cuento de hadas de mi vida
sin ficciones». Es también el año de un nuevo itinerario, esta vez, por
Inglaterra y Escocia. Dos años más tarde, esto es, en 1849, recorre el vecino
país de Suecia.
En 1851 es nombrado «profesor» (catedrático universitario) en su país,
Dinamarca, donde, en 1855, aparece ampliada su autobiografía «El cuento de
hadas de mi vida», que tiene un gran éxito.
Su actividad de viajero no cesa, y los años siguientes serán para él de
recorridos continuos, con idas y venidas a su país de origen. En 1857, visita
de nuevo Inglaterra, siendo huésped, durante varias semanas, del también
escritor Charles Dickens. Por fin, entre 1862 y 1863, tiene la oportunidad de
conocer España, realizando así mismo algunas visitas al norte de África. Es
también en este año de 1863 cuando aparece su libro de «Viajes a España».
Poco después, en 1866, vuelve a recorrer España, esta vez visitando también
Holanda, Francia y Portugal. «Una visita a Portugal» aparece publicada en
1868.
En 1867 es proclamado «ciudadano de honor» de su ciudad natal, Odense;
también recibe el nombramiento de «Consejero de Estado». Visita dos veces
la Exposición Mundial en París.
En 1872 aparecen sus últimos cuentos, entre ellos, «La llave del portal» y
«La tía dolor de muelas».
Al año siguiente, en 1873, lleva a cabo el que será ya su último viaje al
extranjero; visitará Suiza.
En 1874 recibe el nombramiento de «Consejero de Conferencias».

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En 1875 Hans Christian Andersen deja este mundo acosado por una grave
enfermedad, cáncer hepático, que termina con él estando viviendo en la finca
que los Melchior poseían cerca de Copenhague, donde era huésped de la
familia. Hoy día, su tumba puede visitarse en el cementerio de
Assistenskirkegaarden de Copenhague.
En una relación general, Andersen hizo en total 29 viajes al extranjero,
durando muchos de ellos bastantes meses. Además de sus cuentos y de su
obra poética, escribió seis novelas, varios libros de viajes, bastante extensos
en su mayoría, y numerosas piezas de teatro que comprenden muy distintos
géneros y que son de una calidad bastante desigual. La lista oficial comprende
156 cuentos de hadas e historietas, algunos de los cuales han sido traducidos a
un centenar de idiomas.

HIZO VIBRAR CUERDAS CUYOS TONOS LLEGARON A LO MÁS


PROFUNDO DEL HOMBRE
El 14 de agosto de 1875 murió Hans Christian Andersen, y con ello
desapareció una de las vidas más curiosas e importantes de la literatura
danesa. El hijo de un zapatero remendón había luchado para convertirse en un
escritor famoso. Pero no descansó nunca en los laureles logrados ni dejó de
lado su poder creativo aun en sus últimos tiempos. En efecto, en la década de
los 50 y 60, Andersen continuaba escribiendo obras que nada tenían que
envidiar a sus mejores publicaciones de años atrás, en el camino de la fama.
Ejemplo de ello son los cuentos «El cuento del año», «Penas de amor»
(Hjertesorg), «El escarabajo», «La doncella de hielo» (Isjomfruen) —
hermoso cuento de hadas basado en una leyenda antigua— y la novela corta,
verdadera obra maestra, «Pedro el dichoso» (Lykke-Peer) que fueron escritos
en los mencionados decenios.
Por otra parte, tanto en Dinamarca como en el extranjero, en todo este
período de tiempo, recibió Andersen buenas pruebas de ese reconocimiento
de su obra que para él era algo vital. El punto culminante de la fama lo obtuvo
en 1867, cuando fue nombrado «ciudadano de honor», o «hijo predilecto», de
Odense, su ciudad natal. La carta que escribió contestando al Municipio que
le daba noticia de su nombramiento, muestra la sencillez y humildad con que
Andersen recibía siempre el éxito que tuvo en su vida:

«Ayer tarde recibí el escrito de ese excelentísimo Consejo


Municipal y me apresuro a expresar mi profundo agradecimiento.
Mi ciudad natal me concede mediante su decisión, señores míos, un

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reconocimiento y un honor que son más grandes de los que yo
nunca hubiera podido soñar.
Hace este año 48 años que yo, como niño pobre, salí de esa mi
ciudad natal, y hoy, teniendo repleta mi memoria de recuerdos
dichosos, soy recibido por ella como hijo querido en la casa de sus
padres. Seguramente, podrán Vds. comprender lo que siento. No me
alzo por ello lleno de vanagloria, pero sí lleno de agradecimiento a
Dios por los momentos de duras pruebas y los muchos días llenos
de su bendición que me ha concedido en la vida. Recibid, señores
míos, mi más profundo y cordial agradecimiento.
Ya desde ahora pienso con alegría en el día señalado del 6 de
diciembre, en el que si Dios me da salud me reuniré con Vds., mis
nobles amigos, en la amada ciudad natal.
Respetuosamente, su agradecido
Hans Christian Andersen»

Andersen llevaba por aquel entonces una existencia bastante acomodada;


como solterón que era, vivía en dos habitaciones alquiladas en un hotel de
Copenhague, y aquí, en la capital de Dinamarca, visitaba a sus amigos e
iba bastante al teatro. Cuando quería cambiar de aires se marchaba al campo y
paraba en algunas de las grandes fincas que tenían sus amigos, sabiendo era
siempre bien recibido; como también lo era en sus viajes al extranjero, donde
tenía igualmente buenos amigos; no es extraño pues su afición a viajar y a
recorrer lugares y países.
No obstante, a pesar de ello, carecía de familia, no se había casado nunca,
y, con el correr de los años, echaba en falta, cada día más, el calor de un
hogar; y la soledad, a veces, pesaba en él como una gruesa losa que le
impedía ser feliz totalmente, aun con sus buenas y grandes amistades y su
reconocimiento prácticamente universal. Asimismo, agravaba todavía más la
situación, su estado de salud. Si bien nunca había sido un hombre robusto,
ahora, con los años encima, que nunca perdonan, los golpes físicos se dejaban
sentir más agudamente. Ya a partir de los años 60, tenía que dosificar por
obligación en buena medida sus fuerzas; le afectaban mucho también las
impresiones, pues era un hombre de temperamento muy nervioso y sensible.
Por todas esas causas, cada año le era más difícil continuar esa vida de
bohemio viajero a la que se había acostumbrado. En cierta medida, fue una
gran suerte para él que, en 1862, una familia danesa de grandes mercaderes,
los Melchior, comprendiendo la difícil situación en que Andersen se hallaba,
y unidos por una buena amistad, le abrieran las puertas de su hogar para

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acogerle con los brazos abiertos, haciendo gala de una hospitalidad que el
mismo escritor agradeció toda su vida.
Todavía hizo viajes al extranjero durante algunos pocos años más, pero
sus fuerzas se agotaban. No obstante, aún tuvo ocasión, pocos meses antes de
morir, de poder contemplar con gran entusiasmo los festejos que se
celebraron con ocasión de su 70 cumpleaños, el 2 de abril de 1875; tanto en
Copenhague, como en Odense, su ciudad natal, las muestras de admiración
fueron innumerables. Pero, estos actos puede que le cansaran mucho más que
otra cosa. Ya no estaba para festejos. Su grave enfermedad de cáncer
hepático, que aún hoy no tiene cura, le minaba por momentos. Y el 4 de
agosto de ese mismo año, le llegó la muerte en la casa de campo de los
Melchior, cerca de Copenhague, la familia que le había recibido con gran
cariño años atrás.
El entierro tuvo lugar el 11 de agosto en la catedral protestante de
Copenhague, bajo honores oficiales y gran cantidad de asistentes. En primera
línea, junto con sus amigos, estaba el rey de Dinamarca y el príncipe
heredero, así como no pocos embajadores de naciones extranjeras, ministros
daneses y las diputaciones de los consejos municipales de las ciudades de
Odense y Copenhague. Esto da muestra de la celebridad del escritor, cuya
fama era superior a cualquier otro personaje de la época en Dinamarca.

PERO, ANDERSEN. ¿CÓMO ERA?


Un amigo suyo relata el caso de que un día en que Andersen paseaba por
la calle vio a un conocido que transitaba por la acera de enfrente; entonces,
Andersen atravesó la calzada, se le acercó y le dijo: «¡Ahora ya se me lee en
España; bueno, ya lo sabe usted, adiós!»
Gran parte de la obra de Andersen —y lo mejor de ella, precisamente—,
se basa principalmente en su propia persona; y no sólo se observa en las seis
novelas que escribió, sino también en sus cuentos de hadas e historietas.
Andersen es el soldado de la caja de Yesca; es también aquella princesa tan
sensible que notaba la existencia de un guisante debajo de 20 colchones y 20
edredones; es el estudiante de «Las flores de la pequeña Ida»; es la sirenita,
ser extraño de las profundidades que nunca llega a ser aceptado en el mundo
en que se mueve; es también el niño pequeño que puede ver a aquel
emperador sin traje ninguno; el patito feo, transformado en cisne hermoso; el
viejo poeta de «El niño malo», al cual alcanza una de las flechas de Cupido;
es el pino incapaz de disfrutar un momento dado, siempre nostálgico del

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pasado o pendiente de que el futuro sea mejor; es el jardinero de «El jardinero
y los amos»; es… Para el doctor Hans Brix, Andersen se ha retratado más
veces a sí mismo en sus obras, que autorretratos llegó a pintar Rembrandt.
Los críticos califican a Andersen de estar obsesionado de sí mismo; pero él
decía que esto era una opinión subjetiva y en su diario escribía: «Eso de ser
subjetivo nunca puede llegar a ser un defecto en un poeta, puesto que ello en
sí expresa la totalidad de poesía que este poeta lleva dentro de sí».
Socialmente, Andersen fue un hombre muy particular y sumamente
cauteloso. La admiración que siempre expresó por la realeza y su actitud
servil para con los aristócratas y nobles fueron sin duda producto de que él era
hijo de un simple zapatero y de una lavandera; también, de que nació en una
época en la cual la corriente imperante era el absolutismo y la consideración
de que los reyes eran gente superior. Para Andersen, la idea de la realeza se
hallaba por encima de toda crítica, pero también quería dar la impresión de
que admiraba más su espíritu que no su corona. De ahí el que en un cuento de
Andersen se oiga decir un ruiseñor al emperador de la China: «amo tu
corazón más que tu corona…, y, sin embargo, hay algo de sagrado en la
corona».
Después de la muerte de Andersen, uno de sus albaceas testamentarios en
el orden literario, halló entre sus papeles un borrador que llevaba como título
«¿Qué gremio es el más famoso?». Éste es un resumen de dicho escrito:

«Afirmo que el gremio de los zapateros remendones es el más


famoso de todos, pues yo soy el hijo de un zapatero remendón. Bien
está que todos los demás gremios, el de los carpinteros, herreros,
sastres, caldereros, relojeros…, es decir que las demás clases de
artesanos que honran su respectivo comercio, envíen sus respectivos
portavoces para probar que cada uno de esos oficios es mayor que
el de los zapateros remendones. Fidias y Ahasvero, Hans Sachs, ¡el
zapatero!… Un águila forma parte de escudos de armas reales,
también los zapateros tienen un águila parecida, e incluso bicéfala,
y nadie ha habido que nunca se haya quejado sobre este particular.
En Londres, la gran metrópoli, se ha empezado a publicar en estos
nuestros tiempos una revista de los zapateros. Respecto a ninguna
familia de la aristocracia se ha escrito tanto como sobre el Judío
errante, un zapatero, un ser que vive en leyendas y canciones y que
es inmortal. Desde Nurenberga, la de los tiempos de los Maestros
Cantores, brilla el nombre de Hans Sachs, el zapatero. Nuestros
tiempos han concedido a cada ramo del comercio sus propios

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derechos, todo hombre tiene ahora completa libertad de expresar
sus propios pensamientos, la voz «noble» se aplica a todo aquéllo
que aparece como inteligente, tanto si proviene del hombre que va
tras el arado, del que está en un taller o provenga de las ciencias y
las artes. Así se ha dicho, así se ha escrito. Pero limitémonos a tratar
ahora del taller, del taller de zapatero. Yo que ahora escribo estas
líneas nací allí.

Andersen se relacionaba con sus amigos aristócratas, pero su corazón


nunca estuvo con ellos; sin embargo, a pesar de todo, bien puede afirmarse
que había perdido todo contacto con la clase social de la que provenía y, a
veces, hasta tenía reparos en tratarse con ellos. En su diario del 26 de junio de
1850 se lee: «Junto a la fuente había un vagabundo muy sucio, y yo tuve la
impresión de que él sabía quién era yo y de que llegaría a decirme algo poco
agradable, como si yo fuera un paria trasladado a una casta superior».
Una de las causas por las que Andersen nunca llegó a casarse fue su
apariencia poco corriente y desde luego menos atractiva. Pero, además, él
sabía perfectamente que tenía en contra de sí su propio físico. Como el «patito
feo» de uno de sus cuentos, él era «distinto». Por ejemplo, era tan alto que en
sus tiempos de estudiante era conocido como «Andersen el largo», y el
escritor alemán Chamisso le llamó, en 1831, «el danés largo como un tronco
de árbol». Pero lo que más le apesadumbraba era ser considerado como feo.
Cuando el 9 de abril de 1834 escribió desde Florencia a un joven amigo
danés, le decía:

«Pienso muchas veces que si solamente yo fuera guapo, o bien


rico, y tuviera una pequeña oficina o negocio de una u otra especie,
entonces sí podría casarme; entonces trabajaría, comería y al final
yacería en un cementerio. ¡Ay! qué vida más agradable sería esa.
Pero como soy feo y siempre continuaré siendo pobre, no habrá
quien llegue a desear casarse conmigo, pues eso es lo que las
muchachas quieren ¿no lo sabías? y tienen toda la razón. Es decir
que deberé estar solo toda mi vida, como un pobre cardo, y ser
tratado a manotazos a causa de tener la desgracia de tener espinas».

De este convencimiento que Andersen tenía de ser feo es buena prueba el


relato siguiente de William Bloch, un escritor danés que conocía muy bien al
ya envejecido Andersen:

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Una noche, Ludvig Phister, un conocido actor danés, se
encontró con Andersen en el Teatro Real y le dijo: «Oh Dios del
cielo, Sr. Andersen, no sabe Vd. cuando me place cada vez que le
veo, ahora ya no me importa decirle que cuando Vd. era joven no
era demasiado bien parecido, pero es satisfactorio ver el cambio que
Vd. ha hecho, ahora es Vd. un hombre guapo», y Andersen le
replicó enfadado: «Cómo puede Vd., a quien yo considero como
persona inteligente y razonable, pensar por un solo momento que
me creo lo que Vd. me dice. Bien sé que soy más feo que guapo,
pero Vd. debiera respetar en mí aquello que es digno de ser
respetado, y no reírse de mí en mi cara. Ahora me ha destrozado
Vd. la velada. Muchísimas gracias. Ahora me voy a casa».

Andersen se hizo fotografiar muchas veces, pero pocas fueron aquéllas en


las que quedó satisfecho del resultado. Estando en Dresden, escribía en su
diario del 22 de mayo de 1854: «Fui a que me fotografiaran y posé tres veces,
me parecía a un cascanueces mondo». Cuando en octubre de 1864 posó ante
el escultor danés H. V. Bissen, éste le dijo que el Señor se había tomado el
tiempo necesario para hacer su cabeza más especial que la de la mayoría de
otras gentes.
En el extranjero, las gentes que no sabían quién era, hacían burlas de su
aspecto. Durante la visita que Andersen hizo a Gotemburgo, en julio de 1871,
notó «que allí había gentes sencillas que parecían mirarme como extrañadas y
que no me encontraban de su gusto y que se reían de la misma forma que se
rieron de mí en Granada. Llegué a sentirme de verdad enfermo, pues estas
gentes de Suecia parecían patatas cocidas».
William Bloch, describe la apariencia de Andersen ya anciano, tal como él
lo recuerda:

«Era alto y delgado, extraño y grotesco en sus movimientos y


porte. Sus brazos y piernas eran largos y flacos y completamente
desproporcionados, sus manos eran anchas y como aplastadas y sus
pies tenían unas dimensiones tan gigantescas que no parecía
razonable pensar que a nadie le pudiera pasar por la cabeza la idea
de robarle sus zapatos de goma. Tenía la nariz de la forma llamada
roma, pero tan desproporcionalmente larga que parecía dominar
toda su cara. Después de que uno se había despedido de él, era
precisamente la nariz lo que uno recordaba mejor, mientras que sus
ojos eran pequeños y pálidos y bien hundidos en sus cuencas detrás
de un par de cejas que casi parecían cubrirlos; eran ojos que no

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causaban impresión alguna. Eran ojos de expresión bondadosa y
amable, pero carecían en absoluto de ese fascinante intercambio de
luz y sombras, de ese eterno cambio y de expresiva vivacidad que
hacen de los ojos el espejo donde se espeja todo lo que hay detrás
de ellos. Por otra parte hay que reconocer que había alma y belleza
en su ancha y abierta frente y alrededor de su boca, de líneas muy
finas».

Al contrario de su padre, que fue ateo, Andersen era profundamente


religioso; creía en la existencia de un Dios, en que el comportamiento de los
hombres debía ser lo mejor posible y en la inmortalidad del alma. Tenía el
convencimiento de que Dios poseía planes concretos con respecto a su
persona, y, a veces, llegaba a protestar o a opinar realmente de ello. Cuando
todavía iba a la escuela, escribió una vez en su diario: «El Señor estuvo algo
injusto al dejar que el latín fuera tan difícil para mí». Y en momentos de
alegría sentía deseos de «apretar a Dios contra mi corazón». A veces sostenía
profundas discusiones, como sucedía con Ingeborg Drewsen, la hermana de
Edvard Collin, con la cual tuvo una polémica sobre la resurrección de la
carne, y «ella creía en ello y yo no». Algunas veces podía Andersen sentirse
tan cercano a Dios que llegaba a terminar una anotación en su diario con un
«Gracias por este día, Dios querido», mientras que en otras ocasiones estaba
lleno de dudas e inquietudes.
Se ha dicho muchas veces que Andersen carecía de sentido del humor.
Nada más lejano de la verdad. Edvard Collin nos relata lo siguiente:

Tanto cuando hacía un discurso como cuando sencillamente


conversaba, se notaba bien la fina ironía que poseía y llegaba a
desbordarse su sentido del humor. Nunca he conocido a nadie que
como él pudiera en tal alto grado sacar a relucir los rasgos más
propios de una persona, e incluso los que pueden pasar
desapercibidos a otros, presentándolos con un humor bonachón,
pero sin dejar de tener siempre en cuenta lo que era cierto de
verdad. Casi diariamente tenía algo divertido que contar sobre una u
otra cosa o suceso, o también una cosa que le había sucedido a él
personalmente, y contada de forma que no podía sorprender que al
oír la anécdota, el Capitán Wulf (a quien Andersen visitaba
regularmente) se llevaba las manos a la cabeza diciendo «Es
mentira, no puede ser verdad, esas cosas no suceden a nadie», cosa
que Andersen consideraba muy divertida.

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Las bromas y el humor expresaban una de las mejores facetas de
su ser altamente egocéntrico, especialmente cuando se consideraba
como objeto de algo que en su concepto era divertido (pero eso
ocurría solamente cuando estábamos en familia, por decirlo así).
Era eso algo que ocurría siempre cuando, por ejemplo, Ingeborg
Drewsen le pescaba diciendo una mentirilla, pero también sucedía
cuando Andersen le contaba uno u otro suceso en el cual no se
mencionaba el nombre de Andersen, pero sí estaba latente su
intervención en el mismo. Podía así suceder que Andersen contara a
mi hermana Ingeborg algo en el tono más inocente del mundo y si
ella le replicaba «Sé perfectamente por qué usted me cuenta esto,
pero recuerde que no soy completamente boba» él se reía con
regocijo por haber sido descubierto.

Andersen fue uno de los europeos de su tiempo que más viajó y recorrió
lugares. Fue así un fiel testigo de lo que iba viendo, un reportero sin quererlo
y sin tener contrato con periódico alguno. Las dos mayores hazañas que Hans
Christian Andersen llegó a realizar como periodista viajero se encuentran en
dos libros, pero realmente son una serie de artículos. La primera y más
relevante de estas obras es «El bazar de un poeta», que describe un interesante
viaje hecho a Europa oriental, sobre todo, teniendo en cuenta los tiempos en
que viajó y la personalidad entonces no demasiado relevante del autor. El
segundo libro de viajes consta de artículos sobre aquel país desconocido y
vecino de Dinamarca que entonces era Suecia. Uno de los principales críticos
literarios daneses de la primera mitad de siglo escribió las palabras de mayor
alabanza que se han dicho respecto al Andersen periodista. Fueron escritas
refiriéndose a las cartas que Andersen redactó durante su viaje por España:
«Nos viene como rayos de sol y a las veces en su estilo nos aparecen como
chasquidos de látigo».
Andersen fue también un gran dibujante e ilustrador. Gran parte de sus
obras en este terreno se hallan en su casa de Odense, ya que fue en sus años
de juventud cuando se dedicó principalmente al dibujo. Estos dibujos le
ayudaban también en sus escritos, y a nosotros nos pueden hacer comprender
mucho mejor su literatura. Lo más importante de Andersen como dibujante
son los vivos diseños de paisajes y ciudades de Italia —recordemos sus viajes
y estancias en este país—, muchos de los cuales dejan ver un profundo
estudio de la arquitectura y la escultura antigua.
En definitiva, a pesar de todo lo dicho, la historia de su vida no fue ese
bello cuento de hadas que Andersen pretendía; pero sí es la historia de una

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vida nada común y muy fascinante, es la historia de la vida de ese ser tan
curioso y notable que se llamó Hans Christian Andersen, cuya forma de
expresión es, como se ha comprobado, más universalmente inteligible que la
de cualquier otro escritor conocido hasta hoy.

De la revista «INFORMACIONES DANESAS»,


publicada por el Real Ministerio
de Asuntos Exteriores de Dinamarca.

Adaptación: Carlos J. Taranilla

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LA REINA DE LA NIEVE
(Cuento en siete episodios)

PRIMER EPISODIO
Del espejo y de los fragmentos

Atención, vamos a empezar. Cuando hayamos llegado al final de este


episodio, sabremos más que ahora; sabremos que todo fue obra de un espíritu
malo, uno de los peores, el diablo en persona. Un día estaba de buen humor,
porque había construido un espejo con este poder: todo lo bueno y lo bello
que en él se reflejaba se encogía hasta casi desaparecer, mientras que lo inútil
y feo destacaba y aún se intensificaba. Los paisajes más hermosos aparecían
en él como espinacas hervidas, y las personas más virtuosas resultaban
repugnantes o se veían en posición invertida, sin tronco y con las caras tan
contorsionadas, que era imposible reconocerlas; y si uno tenía una peca, podía
tener la certeza de que se le extendería por la boca y la nariz. Era muy
divertido, decía el diablo. Si un pensamiento bueno o piadoso pasaba por la
mente de una persona, en el espejo se reflejaba una risa sardónica, y el diablo
se retorcía de regocijo por su ingeniosa invención. Cuantos asistían a su
escuela de brujería —pues mantenía una escuela para brujos— contaron en
todas partes que había ocurrido un milagro; desde aquel día, afirmaban, podía
verse cómo son en realidad el mundo y los hombres. Dieron la vuelta al globo

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con el espejo, y, finalmente, no quedó un solo país ni una sola persona que no
hubiese aparecido desfigurada en él. Entonces quisieron subir al cielo,
deseosos de reírse a costa de los ángeles y de Nuestro Señor. Cuanto más se
elevaban con su espejo, tanto más se reía éste sarcásticamente, hasta tal punto
que a duras penas podían sujetarlo. Siguieron volando y acercándose a Dios y
a los ángeles, y he aquí que el espejo tuvo tal acceso de risa, que se soltó de
sus manos y cayó a la tierra, donde se rompió en cien millones, qué digo, en
billones de fragmentos y aún más. Y justamente entonces causó más
trastornos que antes, pues algunos de los pedazos, del tamaño de un grano de
arena, dieron la vuelta al mundo, terminaron metiéndose en los ojos de los
hombres; se posaron, y entonces los hombres vieron todo al revés, o
detuvieron su mirada sólo en lo que había de malo en las cosas. Cada uno de
los minúsculos fragmentos conservaba la misma virtud que el espejo entero.
A algunas personas uno de aquellos pedacitos llegó a metérseles en el
corazón, y el resultado fue horrible, pues el corazón se les volvió como un
trozo de hielo. Varios pedazos eran del tamaño suficiente para servir de
cristales de ventana; pero era muy desagradable mirar a los amigos a través de
ellos. Otros fragmentos se emplearon para montar anteojos, y cuando las
personas se calaban estos anteojos para ver mejor y con justicia, huelga decir
lo que pasaba. El diablo se reía a reventar, divirtiéndose de lo lindo. Pero
algunos pedazos diminutos seguían volando por el aire, como vais a oír.

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SEGUNDO EPISODIO

Un niño y una niña

En la gran ciudad, donde viven tantas personas y se alzan tantas casas, que
no queda sitio para que todos tengan un jardincito —por lo que la mayoría
han de contentarse con cultivar flores en macetas—, había dos niños pobres,
que tenían un jardín un poquito más grande que un tiesto. No eran hermano y
hermana, pero se querían como si lo fueran. Los padres vivían en las
buhardillas de dos casas contiguas. En el punto donde se tocaban los tejados
de las casas, y el canalón corría entre ellos, se abría una ventanita en cada uno
de los edificios; bastaba con cruzar el canalón para pasar de una a otra de las
ventanas.
Los padres de los dos niños tenían en la ventana dos cajones de madera,
en los que plantaban hortalizas, y un pequeño rosal en cada cajón, y muy
hermoso. A los padres se les ocurrió la idea de colocar cajones de través sobre
el canalón, de modo que alcanzasen de una a otra ventana, con lo que
parecían dos puentes de flores. Zarcillos de guisantes colgaban de los cajones,
y los rosales habían echado largas ramas, que se curvaban al encuentro una de
otra; era una especie de arco de triunfo de verdor y de flores. Había un trozo
de techo entre los dos cajones, lugar donde los niños podían jugar con la

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prohibición de saltar por encima de los cajones, pues eran muy altos; los
niños salían por las ventanas y jugaban estupendamente debajo de las rosas.
En invierno, aquel placer se interrumpía. Con frecuencia, las ventanas
estaban completamente heladas. Entonces los chiquillos calentaban a la estufa
monedas de cobre, y, aplicándolas contra el hielo que cubría el cristal,
despejaban una mirilla, detrás de la cual asomaba un ojo cariñoso y dulce, uno
en cada ventana; eran los ojos del niño y de la niña; él se llamaba Kay, y ella,
Gerda. En verano era fácil pasar de un salto, pero en invierno había que bajar
y subir muchas escaleras, y además nevaba copiosamente.
—Es un enjambre de abejas blancas —decía la abuela, que era muy
viejecita.
—¿Tienen también una reina? —preguntó un día el chiquillo, pues sabía
que las abejas de verdad la tienen.
—¡Claro que sí! —respondió la abuela—. Vuela en el centro del
enjambre, con las más grandes, y nunca se posa en el suelo, sino que se
vuelve volando a la negra nube. Algunas noches de invierno vuela por las
calles de la ciudad y mira al interior de las ventanas, y entonces éstas se
hielan de una manera extraña, como si estuvieran cubiertas de flores.
—¡Sí, ya lo he visto! —exclamaron los dos niños; y entonces supieron
que aquello era verdad.
—¿Y podría entrar aquí la reina de la nieve? —preguntó la niña.
—Déjala que entre —dijo el pequeño—. La pondré sobre la estufa y se
derretirá.
Pero la abuela le acarició el cabello y se puso a contar otras historias.
Aquella noche, estando Kay en su casa medio desnudo, se subió a la silla
que había junto a la ventana y miró por el agujerito. Fuera caían algunos
copos de nieve, y uno de ellos, el más grande, se posó sobre el borde de uno
de los cajones de flores; fue creciendo, creciendo, y se transformó,
finalmente, en una doncella vestida con un bonito velo blanco hecho con
millones de copos en forma de estrellas. Era hermosa y distinguida, pero de
hielo, de un hielo cegador y centelleante, y, sin embargo, estaba viva; sus ojos
brillaban como límpidas estrellas, pero no había paz y reposo en ellos. Hizo
un gesto con la cabeza y una señal con la mano. El niño, asustado, saltó al
suelo de un brinco; en aquel momento pareció que un pájaro muy grande
pasaba volando delante de la ventana.
Al día siguiente hizo un tiempo claro y helado, y luego vino el deshielo;
después apareció la primavera. Lució el sol, brotaron las plantas, las

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golondrinas empezaron a construir sus nidos; abriéronse las ventanas, y los
niños pudieron volver a su jardincito del canalón, encima de todas las casas.
Aquel verano las rosas florecieron con todo su esplendor. La niña había
aprendido una canción que hablaba de rosas, y cuando se acercaba a las rosas,
pensaba en las suyas. Cantaba para el niño, y éste le acompañaba:

Florecen en el valle las rosas,


allá arriba hallaremos al Niño Jesús,

Y los pequeños, cogidos de la mano, besaron las rosas y, dirigiendo la


mirada a la clara luz del sol divino, le hablaron como si fuese el Niño Jesús.
¡Qué días tan hermosos! ¡Qué bello era todo allá fuera, junto a los lozanos
rosales, que parecían dispuestos a seguir floreciendo eternamente!
Kay y Gerda, sentados, miraban un libro de dibujos, los animales y los
pajarillos, y entonces, —el reloj acababa de dar las cinco en el campanario—
dijo Kay:
—¡Ay, qué pinchazo en el corazón! ¡Algo me ha entrado en el ojo!
La niña le agarró la cabeza, él parpadeaba, pero no se veía nada.
—Creo que ya salió —dijo; pero no había salido. Era uno de aquellos
granitos de cristal desprendidos del espejo, el espejo embrujado. Os
acordaréis de él, de aquel horrible cristal que volvía pequeño y feo todo lo
grande y bueno que en él se reflejaba, mientras hacía resaltar todo lo malo y
ponía de relieve todos los defectos de las cosas. Pues al pobre Kay le había
entrado uno de sus trocitos en el corazón. ¡Qué poco tardaría éste en
volvérsele como un témpano de hielo! Ya no le dolía, pero allí estaba.
—¿Por qué lloras? —preguntó el niño—. ¡Qué fea te pones! No ha sido
nada. ¡Uf! —exclamó de pronto—, ¡aquella rosa está agusanada! Y mira
cómo está torcida. No valen nada, bien mirado. ¡Qué quieres que salga de este
cajón! —y pegando una patada al cajón, arrancó las rosas.
—Kay, ¿qué haces? —exclamó la niña; y al darse él cuenta de su espanto,
arrancó una tercera flor; entró corriendo por su ventana y huyó de la cariñosa
Gerda.
Al comparecer ella más tarde con el libro de dibujos, Kay le dijo que
aquello era para niños de pecho; y cada vez que la abuelita contaba historias,
salía él con alguna pata de banco. Siempre que podía, se situaba detrás de ella,
y, calándose unas gafas, se ponía a imitarla; lo hacía con mucha gracia, y
todos los presentes se reían. Pronto supo remedar los andares y los modos de

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hablar de las personas que pasaban por la calle, y todo lo que tenían de
peculiar y de feo. Y la gente exclamaba:
—¡Tiene una cabeza extraordinaria este chiquillo!
Sin embargo se comportaba así por ese trozo de cristal que se le había
metido en el ojo, y por ese otro trozo de cristal que había ido a parar al
corazón. Por esto se burlaba de la pequeña Gerda, que tanto lo quería.
Sus juegos eran ahora totalmente distintos a los de antes; eran muy
juiciosos. En invierno, un día de nevada, se presentó con una lupa, y sacando
fuera la punta de su chaqueta, dejó que se depositasen en ella los copos de
nieve.
—Mira por la lente, Gerda —dijo; y cada copo se veía mucho mayor, y
tenía la forma de una magnífica flor o de una estrella de diez puntas; daba
gusto mirarlo—. ¡Fíjate qué bonito! —observó Kay—. Es mucho más
interesante que las flores de verdad; aquí no hay ningún defecto, son
completamente regulares. ¡Si no fuera porque se funden!
Poco más tarde, el niño, con guantes y su gran trineo a la espalda, dijo al
oído de Gerda:
—Me han dado permiso para ir a la plaza a jugar con los otros niños —y
se marchó.
En la plaza no era raro que los chiquillos más atrevidos atasen sus trineos
a los coches de los campesinos y de esta manera paseaban un buen trecho
arrastrados por ellos. Era muy divertido. Cuando estaban en lo mejor del
juego, llegó un gran trineo pintado de blanco, ocupado por un personaje
envuelto en una piel blanca y tocado con un gorro, blanco también. El trineo
dio dos vueltas a la plaza, y Kay corrió a atar el suyo, dejándose arrastrar. El
trineo desconocido corría a velocidad cada vez mayor, y se internó en la calle
más próxima; el conductor volvió la cabeza e hizo una señal amistosa a Kay,
como si ya lo conociese. Cada vez que Kay trataba de soltarse, el conductor le
hacía una señal, y el pequeño se quedaba sentado. Al fin salieron de la ciudad,
y la nieve empezó a caer tan copiosamente, que el chiquillo no veía siquiera la
mano cuando se la ponía delante de los ojos; pero la carrera continuaba. Él
soltó rápidamente la cuerda para desatarse del trineo grande, pero de nada le
sirvió; su pequeño vehículo seguía sujeto, y corrían con la velocidad del
viento. Se puso a gritar, pero nadie lo oyó: continuaba nevando intensamente,
y el trineo volaba, pegando de vez en cuando violentos saltos, como si salvase
fosos y setos. Kay estaba aterrorizado; quería rezar el Padrenuestro, pero sólo
acudía a su memoria la tabla de multiplicar.

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Los copos de nieve eran cada vez mayores, hasta que, al fin, parecían
grandes pollos blancos. De repente dieron un salto a un lado, el trineo se
detuvo, y la persona que lo conducía se incorporó en el asiento. La piel y el
gorro eran de pura nieve, y ante los ojos del chiquillo se presentó una señora
alta y esbelta, de un blanco resplandeciente. Era la Reina de la Nieve.
—Hemos corrido mucho —dijo—, pero ¡qué frío! Métete en mi piel de
oso —prosiguió, y lo sentó junto a ella en su trineo y lo envolvió en la piel. A
él le pareció que se hundía en un torbellino de nieve.
—¿Todavía tienes frío? —le preguntó, besándolo en la frente. ¡Oh, sus
labios eran peor que el hielo, y el beso le penetró hasta el corazón, que ya de
suyo estaba medio helado! Tuvo la sensación de que iba a morir, pero no duró
más que un instante; luego se sintió perfectamente, y dejó de notar frío.
«¡Mi trineo! ¡No olvides mi trineo!», pensó él; pero estaba atado a uno de
los pollos blancos, el cual echó a volar detrás de ellos con el trineo a la
espalda. La Reina de la Nieve dio otro beso a Kay, y entonces olvidó a Gerda,
a la abuela y a todos los demás.
—No te volveré a besar —dijo ella—, pues de lo contrario te mataría.
Kay la miró; era muy hermosa; no habría podido imaginar un rostro más
inteligente y atractivo. Ya no le parecía de hielo, como antes, cuando le había
estado haciendo señas a través de la ventana. A los ojos del niño era perfecta,
y no le inspiraba temor alguno, contó que sabía hacer cálculo, hasta con
quebrados y raíces cuadradas; que sabía cuántos kilómetros cuadrados y
cuántos habitantes tienen los países. Ella lo escuchaba sonriendo, y Kay
empezó a pensar que tal vez no sabía aún bastante. Y levantó los ojos al cielo,
y ella emprendió el vuelo con él, hacia la negra nube, entre el estrépito de la
tempestad, que silbaba como si cantara viejas canciones. Pasaron volando por
encima de bosques y lagos, de mares y tierra; debajo de ellos aullaban el
gélido viento y los lobos, y crujía el hielo, y encima volaban las negras y
ruidosas cornejas; pero en lo más alto del cielo brillaba, grande y blanca, la
luna, y Kay la estuvo contemplando durante toda la larga noche. Al amanecer
apareció dormido a los pies de la Reina de la Nieve.

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TERCER EPISODIO

El jardín de la hechicera

Pero, ¿qué hacía Gerda, al ver que Kay no regresaba? ¿Dónde estaría
Kay? Nadie lo sabía, nadie pudo darle noticias. Los chicos de la calle
contaban que lo habían visto atar su trineo a otro muy grande y hermoso, que
entró en la calle y salió luego por la puerta de la ciudad. Todos ignoraban su
paradero; corrieron muchas lágrimas, y también Gerda lloró copiosa y
largamente. Después la gente dijo que había muerto, que se habría ahogado en
el río que pasaba por las afueras de la ciudad. ¡Ah, qué días de invierno más
largos y tristes!
Y llegó la primavera, con su sol confortador.
—Kay murió; ya no volverá —dijo la pequeña Gerda.
—No lo creo —respondió el sol.
—Está muerto y ha desaparecido —dijo la niña a las golondrinas.
—¡No lo creemos! —replicaron éstas; y al fin tampoco Gerda llegó a
creerlo.
—Me pondré los zapatos rojos nuevos —dijo un día—. Los que Kay no
ha visto aún, y bajaré al río a preguntar por él.
Era aún muy temprano. Dio un beso a su abuelita, que dormía, y,
calzándose los zapatos rojos, salió sola de la ciudad, en dirección al río.
—¿Es cierto que me robaste a mi compañero de juego? Te daré mis
zapatos rojos nuevos, si me lo devuelves.

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Y le pareció como si las ondas le hiciesen unas señas raras. Se quitó los
zapatos rojos, que le gustaban con delirio, y los arrojó al río; pero cayeron
junto a la orilla, y las leves ondas los devolvieron a tierra. Habríase dicho que
el río no aceptaba la prenda que ella más quería, porque Kay no estaba allí.
Pero Gerda, pensando que no había echado los zapatos lo bastante lejos, se
subió a un bote que flotaba entre los juncos y, avanzando hasta su extremo,
arrojó nuevamente los zapatos al agua. Pero resultó que el bote no estaba
amarrado y, con el movimiento producido por la niña, se alejó de la orilla. Al
darse cuenta la niña, quiso saltar a tierra, pero, antes que pudiera llegar a
popa, la embarcación se había separado ya una vara de la ribera y seguía
alejándose cada vez más velozmente.
Gerda, muy asustada, se puso a llorar, pero nadie la oyó aparte los
gorriones, pero no podían llevarla a tierra; volaban por la orilla, piando como
para consolarla: «¡Estamos aquí, estamos aquí!» El bote avanzaba, arrastrado
por la corriente, y Gerda permanecía descalza y silenciosa; los zapatitos rojos
flotaban en pos de la barca, sin poder alcanzarla, pues ésta navegaba a mayor
velocidad.
Las dos orillas eran muy hermosas, con lindas flores, viejos árboles y
laderas en las que pacían ovejas y vacas; pero no se veía ni un ser humano.
«Acaso el río me conduzca hasta Kay», pensó Gerda, y aquella idea le
devolvió la alegría. Se puso de pie y estuvo muchas horas contemplando la
hermosa ribera verde, hasta que llegó frente a un jardín plantado de cerezos,
en el que había una casita con extrañas ventanas de color rojo y azul, el tejado
de paja, y fuera había dos soldados de madera, con el fusil al hombro.
Gerda los llamó, creyendo que eran de verdad; pero, como es natural, no
respondieron; se acercó a ellos, pues el río llevaba el bote hacia la orilla.
La niña gritó más fuerte, y entonces salió de la casa una mujer vieja, muy
vieja, que se apoyaba en un bastón; llevaba, para protegerse del sol, un gran
sombrero pintado con bellísimas flores.
—¡Pobre pequeña! —dijo la vieja—. ¿Cómo viniste a parar a este río
caudaloso y rápido que te ha arrastrado tan lejos?. —Y, entrando en el agua,
la mujer sujetó el bote con su bastón, tiró de él hacia tierra y ayudó a Gerda a
desembarcar.
Se alegró la niña de volver a pisar tierra firme, aunque la vieja no dejaba
de inspirarle cierto temor.
—Ven y cuéntame quién eres y cómo has venido a parar aquí —dijo la
mujer.

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Gerda se lo explicó todo, mientras la mujer no cesaba de menear la cabeza
diciendo: «¡Hm, hm!» Y cuando la niña hubo terminado y preguntado a la
vieja si por casualidad había visto a Kay, ésta respondió que no había pasado
por allí, pero que seguramente vendría. No debía afligirse y sí, en cambio,
probar las cerezas, y contemplar sus flores, que eran más hermosas que todos
los libros de dibujos, y además cada una sabía un cuento. Tomó a Gerda de la
mano y entró con ella en la casa, cerrando la puerta tras de sí.
Las ventanas eran muy altas, y los cristales rojos, azules y amarillos, por
lo que la luz resultaba muy extraña. Sobre la mesa había un plato de
exquisitas cerezas, y Gerda comió todas las que quiso. Mientras comía, la
vieja la peinaba con un peine de oro, y el pelo se le iba ensortijando y brillaba
con un color oro alrededor de su graciosa cara, que era redonda y parecía una
rosa.
—¡Siempre he suspirado por tener una niña bonita como tú! —dijo la
vieja—. ¡Ya verás qué bien lo pasamos las dos! —Y mientras seguía
peinando el cabello de Gerda, ésta iba olvidándose de su amiguito Kay, pues
la vieja poseía el arte de hechicería, aunque no fuera una bruja perversa.
Practicaba su don sólo para satisfacer algún antojo, y le habría gustado
quedarse con Gerda. Por eso salió al jardín y, extendiendo el bastón hacia
todos los rosales, magníficamente floridos, hizo que todos desaparecieran
bajo la negra tierra, sin dejar señal ni rastro. Temía la mujer que Gerda, al ver
las rosas, se acordase de las suyas y de Kay, y escapase.
Entonces condujo a la niña al jardín. ¡Dios santo! ¡Qué fragancia y
esplendor! Crecían allí todas las flores imaginables y las de todas las
estaciones aparecían abiertas y magníficas; ningún libro de dibujos podía
comparársele. Gerda se puso a saltar de alegría y estuvo jugando hasta que el
sol se ocultó tras los altos cerezos. Entonces fue conducida a una bonita cama,
con almohada de seda roja llena de pétalos de violetas, y se durmió y soñó
cosas como sólo las sueña una reina el día de su boda.
Al día siguiente volvió a jugar al sol con las flores, y de este modo
trascurrieron muchos días. Gerda conocía todas las flores, y a pesar de las
muchas que había, le parecía que faltaba una, sin poder precisar cuál. En una
ocasión en que estaba sentada contemplando el sombrero de la vieja, que tenía
pintadas tantas flores, vio también la más bella de todas: la rosa. La vieja se
había olvidado de borrarla del sombrero, cuando hizo desaparecer todas las
rosas bajo tierra. Pero, ya se sabe, uno no puede estar en todo.
—Ahora que caigo en ello —exclamó Gerda—, ¿no hay rosas aquí? —y
se puso a recorrer los arriates, busca que busca, pero no había ninguna.

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Entonces se sentó en el suelo y rompió a llorar; sus lágrimas ardientes caían
sobre un lugar donde se había hundido uno de los rosales, y, cuando
humedecieron el suelo, brotó el rosal, tan florido como en el momento de
desaparecer, y Gerda lo abrazó, y besó sus rosas, y le volvieron a la memoria
las rosas de su casa y, con ellas, Kay.
—¡Ay, cómo me he entretenido! —exclamó la niña—. Yo iba en busca de
Kay. ¿No sabéis dónde está? —preguntó a las rosas—. ¿Creéis que está vivo
o que está muerto?
—Muerto no está —respondieron las rosas—. Nosotras hemos estado
debajo de la tierra, donde moran los muertos, pero Kay no estaba.
—Gracias —dijo Gerda, y, dirigiéndose a las otras flores, miró sus
cálices, y les preguntó:
—¿Sabéis por ventura dónde está Kay?
Pero todas las flores tomaban el sol, ensimismadas en sus propias
historias. Gerda oyó muchísimas, pero ninguna hablaba de Kay.
¿Qué decía el lirio rojo de los campos?
—Oye el trueno. «¡Bum, bum!» Son sólo dos notas, siempre «¡bum!
¡bum!» Escucha el plañido de las mujeres. Escucha la llamada de los
sacerdotes. Envuelta en su largo manto rojo, la mujer hindú está sobre la pira;
las llamas la rodean, así como a su esposo muerto. Pero la mujer hindú piensa
en el hombre vivo que está entre la multitud: en él, cuyos ojos son más
ardientes que las llamas; en él, el ardor de cuyos ojos agita su corazón más
que el fuego, que pronto reducirá su cuerpo a cenizas. ¿Puede la llama del
corazón perecer en la llama de la hoguera?
—No comprendo una palabra de lo que dices —exclamó Gerda.
—Pues éste es mi cuento —replicó el lirio rojo.
¿Qué dijo la campanilla?
—Más arriba del sendero de montaña se alza un antiguo castillo. La
espesa siempreviva crece en torno de los vetustos muros rojos, hoja contra
hoja, rodeando la terraza. Allí mora una hermosa doncella, que, inclinándose
sobre la balaustrada, mira constantemente el camino. No hay en el rosal una
rosa más fresca que ella; ninguna flor de manzano arrancada por el viento
flota más ligera que ella; el crujido de su ropaje de seda dice: ¿No viene aún?
—¿Te refieres a Kay? —preguntó Gerda.
—Yo hablo tan sólo de mi leyenda, de mi sueño —respondió la
campanilla.
¿Qué dice el rompenieves?

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—Entre unos árboles hay una larga tabla, colgada de unas cuerdas; es un
columpio. Dos lindas chiquillas —sus vestidos son blancos como la nieve, y
en sus sombreros flotan largas cintas de seda verde— se balancean en él. Su
hermano, que es mayor, está también en el columpio, de pie, rodeando la
cuerda con un brazo para sostenerse, pues tiene en una mano una escudilla, y
en la otra, una paja, y está soplando pompas de jabón. El columpio no para, y
las pompas vuelan, con bellas irisaciones; la última está aún adherida al
canutillo y se tuerce al impulso del viento, pues el columpio sigue oscilando.
Un perrito negro, ligero como las pompas de jabón, se levanta sobre las patas
traseras; también él querría subir al columpio. Pasa volando el columpio, y el
perro cae, ladrando furioso, y las pompas estallan. Un columpio, una esferita
de espuma que revienta; ¡ésta es mi canción!
—Acaso sea bonito eso que cuentas, pero lo dices de modo tan triste, y
además no hablas de Kay.
¿Qué decían los jacintos?
—Éranse tres bellas hermanas, muy pálidas y transparentes. El vestido de
una era rojo; el de la segunda, azul, y el de la tercera, blanco. Cogidas de la
mano bailaban al borde del lago tranquilo, a la suave luz de la luna. No eran
elfos, sino seres humanos. El aire estaba impregnado de dulce fragancia, y las
doncellas desaparecieron en el bosque. La fragancia se hizo más intensa; tres
féretros, que contenían a las hermosas muchachas salieron de la espesura de la
selva, flotando por encima del lago, rodeados de luciérnagas, que los
acompañaban volando e iluminándolos con sus lucecitas tenues. ¿Duermen
acaso las doncellas danzarinas o están muertas? El perfume de las flores dice
que han muerto; la campana vespertina llama al oficio de difuntos.
—¡Qué tristeza me causas! —dijo Gerda—. ¡Tu perfume es tan intenso!
No puedo dejar de pensar en las doncellas muertas. ¡Ay!, ¿estará muerto Kay?
Las rosas estuvieron debajo de la tierra y dijeron que no.
—¡Cling, clang! —sonaban los cálices de los jacintos—. No doblamos
por Kay, no lo conocemos. Cantamos nuestra propia pena, la única que
conocemos.
Y Gerda se acercó al botón de oro, que asomaba por entre las verdes y
brillantes hojas.
—¡Cómo brillas, solecito! —le dijo—. ¿Sabes dónde podría encontrar a
mi compañero de juegos?
El botón de oro despedía un hermosísimo brillo y miraba a Gerda. ¿Qué
canción sabría cantar? Tampoco se refería a Kay. No sabía qué decir.

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—El primer día de primavera, el sol del buen Dios lucía en una pequeña
alquería, prodigando su benéfico calor; sus rayos se deslizaban por las blancas
paredes de la casa vecina, junto a las cuales crecían las primeras flores
amarillas, semejantes a ascuas de oro al contacto de los cálidos rayos. La
anciana abuela estaba fuera, sentada en su silla; la nieta, una linda muchacha
que servía en la ciudad, acababa de llegar para una breve visita y besó a su
abuela. Había oro, oro puro del corazón en su beso. Oro en la boca, oro en el
alma, oro en aquella hora matinal. Ahí tienes mi cuento —concluyó el botón
de oro.
—¡Mi pobre, mi anciana abuelita! —suspiró Gerda—. Sin duda me echa
de menos y está triste pensando en mí, como lo estaba pensando en Kay. Pero
volveré pronto a casa y lo llevaré conmigo. De nada sirve que pregunte a las
flores, las cuales saben sólo de sus propias penas. No me dirán nada. —Y se
arregazó el vestidito para poder ir más rápidamente; pero el narciso le golpeó
en la pierna al saltar por encima de él. Se detuvo la niña y miró el largo tallo
amarillo y le preguntó:
—¿Acaso tú sabes algo? —y se agachó sobre la flor.
¿Qué le dijo ésta?
—Me veo a mí misma, me veo a mí misma. ¡Cómo huelo! Arriba, en la
pequeña buhardilla está, medio desnuda, una pequeña bailarina, que ora se
sostiene sobre una pierna, ora sobre las dos, pega con sus pies a todo el
mundo, pero es sólo una ilusión. Vierte agua de la tetera sobre un pedazo de
tela que sostiene: es su corpiño, ¡la limpieza es una bonita cosa! El blanco
vestido cuelga de un gancho; fue también lavado en la tetera y secado en el
tejado. Se lo pone, se pone alrededor del cuello un pañuelo amarillo, así
resalta más el blanco del vestido. ¡Arriba la pierna! ¡Mira cómo se sostiene
sobre el pie! ¡Me veo a mí misma, me veo a mí misma!
—¿Y qué me importa eso a mí? —dijo Gerda—. ¿A qué viene esa
historia?. —Y echó a correr hacia el extremo del jardín.
La puerta estaba cerrada, pero ella forcejeó con el herrumbroso cerrojo
hasta descorrerlo; se abrió por fin, y la niña se lanzó al vasto mundo con los
pies descalzos. Por tres veces se volvió a mirar, pero nadie la perseguía. Al
fin, cansadísima, se sentó sobre una piedra, y al dirigir la mirada a su
alrededor se dio cuenta de que el verano había pasado y de que estaba ya muy
avanzado el otoño, cosa que no había podido observar en el hermoso jardín,
donde siempre brillaba el sol, y las flores crecían en todas las estaciones.
—¡Dios mío, cómo me he retrasado! —dijo Gerda—. ¡Estamos ya en
otoño; tengo que darme prisa! —Y se puso de pie para reemprender su

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camino.
Pobres piececitos suyos, ¡qué heridos y cansados! A su alrededor todo
aparecía frío y desierto; las largas hojas de los sauces estaban amarillas, y
llenas de rocío. Caían las hojas al suelo; sólo el endrino tenía aún fruto, pero
era áspero y contraía la boca. ¡Ay, qué gris y difícil parecía todo en el vasto
mundo!

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CUARTO EPISODIO

El príncipe y la princesa

Gerda no tuvo más remedio que tomarse otro descanso. Era ya invierno. Y
allí, en medio de la nieve, en el sitio donde se había sentado, saltó una gran
corneja que llevaba buen rato contemplando a la niña y moviendo la cabeza.
Finalmente, le dijo:
—¡Crac, crac, buenos días, buenos días!
No sabía decirlo mejor, pero sus intenciones eran buenas, y le preguntó
adonde iba tan sola por aquellos mundos de Dios. Gerda comprendió muy
bien la palabra «sola» y el sentido que encerraba. Contó, pues, a la corneja
toda su historia y luego le preguntó si había visto a Kay.
La corneja hizo un gesto significativo con la cabeza y respondió:
—¡A lo mejor!
—¿Cómo? ¿Crees que lo has visto? —exclamó la niña, besando al ave tan
fuertemente, que por poco la ahoga.
—¡Cuidado, cuidado! —protestó la corneja—. Me parece que era Kay.
Sin embargo, te ha olvidado por la princesa.
—¿Vive con una princesa? —preguntó Gerda.
—Sí, escucha —dijo la corneja—; pero me resulta difícil hablar tu lengua.
Si entendieses la nuestra, te lo podría contar mejor.
—Lo siento, pero no la sé —respondió Gerda—. Mi abuelita sí la
entendía, y también el lenguaje secreto de los recién nacidos. ¡Qué lastima,

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que yo no la aprendiera!
—No importa —contestó la corneja—. Te lo contaré lo mejor que sepa;
claro que resultará muy deficiente.
Y le explicó lo que sabía:
—En este reino en que nos encontramos vive una princesa, que es muy
inteligente; recibe todos los periódicos del mundo, los lee y los olvida. Ya ves
si es lista. Uno de estos días estaba sentada en el trono —lo cual no es muy
divertido, según dicen—, y se puso a canturrear una canción que decía así:
«¿Y si me casara?» «Mira, es una buena idea», pensó, y tomó la resolución de
casarse. Pero quería un marido que supiera responder cuando ella le hablara;
un marido que no se limitase a permanecer plantado y lucir su distinción; esto
era muy aburrido. Convocó entonces a todas las damas de la Corte, y cuando
ellas oyeron lo que la Reina deseaba, se pusieron muy contentas. «¡Esto me
gusta! —exclamaron todas—; hace unos días que yo pensaba también en lo
mismo». Te advierto que todo lo que digo es verdad —observó la corneja—.
Lo sé por mi novia, una doméstica que tiene libre entrada en palacio.
La novia era otra corneja, claro está. Pues una corneja busca siempre a
una semejante y, naturalmente, es siempre otra corneja.
—Los periódicos aparecieron en seguida con el monograma de la princesa
dentro de una orla de corazones. Podía leerse en ellos que todo joven de buen
parecer estaba autorizado a presentarse en palacio y hablar con la princesa; el
que hablase con desenvoltura y sin sentirse intimidado, y desplegase la mayor
elocuencia, sería elegido por la princesa como esposo. Puedes creerme —
insistió la corneja—, es verdad, tan verdad como que estoy ahora aquí.
Acudió una multitud de hombres, todo eran aglomeraciones y carreras, pero
no salió nada ni el primer día ni el segundo. Todos hablaban bien mientras
estaban en la calle; pero, en cuanto franqueaban la puerta de palacio y veían
los centinelas en uniforme plateado y los criados con librea de oro en las
escaleras, y los grandes salones iluminados, perdían la cabeza. Y cuando se
presentaban ante el trono ocupado por la princesa, no sabían hacer otra cosa
que repetir la última palabra que ella dijera, y esto a la princesa no le
interesaba ni pizca. Era como si, al llegar al salón del trono, se les hubiese
metido rapé en el estómago y hubiesen quedado aletargados, no despertando
hasta encontrarse nuevamente en la calle; entonces recobraban el uso de la
palabra. Y había una enorme cola que llegaba desde el palacio hasta la puerta
de la ciudad. Yo estaba también, como espectadora. Y pasaban hambre y sed,
pero en el palacio no se les servía ni un vaso de agua. Algunos, más listos, se

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habían traído bocadillos, pero no creas que los compartían con el vecino.
Pensaban: «Mejor que tenga cara de hambre, así no lo querrá la princesa».
—Pero. ¿Kay, el pequeño Kay? —preguntó Gerda—. ¿Cuándo llegó?
¿Estaba entre la multitud?
—Espera, espera, ya saldrá. El tercer día se presentó un personajito, sin
caballo ni coche, pero muy alegre. Sus ojos brillaban como los tuyos, tenía un
cabello largo y hermoso, pero vestía pobremente.
—¡Era Kay! —exclamó Gerda, alborozada—. ¡Oh, lo he encontrado! —y
dio una palmada.
—Llevaba un pequeño morral a la espalda —prosiguió la corneja.
—No, debía de ser su trineo —replicó Gerda—, pues se marchó con el
trineo.
—Es muy posible —admitió la corneja—, no me fijé bien; pero lo que si
sé, por mi novia, es que ese individuo, al llegar a la puerta de palacio y ver la
guardia en uniforme de plata y a los criados de la escalera en librea dorada, no
se turbó lo más mínimo, sino que, saludándoles con un gesto de cabeza, dijo:
«Debe ser pesado estarse en la escalera; yo prefiero entrar». Los salones eran
un ascua de luz; los consejeros y los ministros andaban descalzos llevando
fuentes de oro. Todo era solemne y majestuoso. Los zapatos del recién
llegado crujían ruidosamente, pero él no se inmutó.
—¡Es Kay, sin duda alguna! —repitió Gerda—. Sé que llevaba zapatos
nuevos. Oí crujir sus suelas en casa de la abuelita.
—¡Ya lo creo que crujían! —prosiguió la corneja—, y nuestro hombre se
presentó alegremente ante la princesa, la cual estaba sentada sobre una gran
perla, del tamaño de un torno de hilar. Todas las damas de la Corte, con sus
doncellas y las doncellas de las doncellas, y todos los caballeros con sus
criados y los criados de los criados, que a su vez tenían asistente, estaban
colocados en semicírculo; y cuanto más cerca de la puerta, más orgullosos
parecían. Al asistente del criado del criado, que va siempre en zapatillas, uno
casi no se atreve a mirarlo; tanta es la altivez con que está junto a la puerta.
—¡Debe ser terrible! —exclamó Gerda—. ¿Y vas a decirme que Kay se
casó con la princesa?
—De no haber sido yo corneja, me habría quedado con ella, aunque estoy
prometido. Parece que él habló tan bien como lo hago yo cuando hablo en mi
lengua; así me lo ha dicho mi novia. Era audaz y atractivo. No se había
presentado para conquistar a la princesa, sino sólo para escuchar su
conversación. Y le gustó, y ella, por su parte, quedó muy satisfecha de él.

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—Sí, seguro que era Kay —dijo Gerda—. ¡Siempre ha sido tan
inteligente! Fíjate que sabía calcular de memoria con quebrados. ¡Oh, por
favor, llévame al palacio!
—¡Niña, qué pronto lo dices! —replicó la corneja—. Tendré que
consultarlo con mi novia; seguramente podrá aconsejarnos, pues de una cosa
estoy seguro: que jamás una chiquilla como tú obtendrá permiso para entrar
dentro.
—¡Sí, me darán permiso! —afirmó Gerda—. Cuando Kay sepa que soy
yo, saldrá en seguida a buscarme.
—Aguárdame en aquella cuesta —dijo la corneja, y, saludándola con un
movimiento de la cabeza, se alejó volando.
Cuando regresó, anochecía.
—¡Rah! ¡rah! —gritó—. Saludos de mi novia, y ahí va un panecillo que
sacó de la cocina. Allí hay mucho pan, y tú debes estar hambrienta. No es
posible que entres en el palacio; vas descalza; los centinelas en uniforme de
plata y los criados en librea de oro no te lo permitirán. Pero no llores, de un
modo u otro entrarás. Mi novia conoce una escalera trasera, que conduce al
dormitorio, y sabe dónde están las llaves.
Se fueron al jardín, donde las hojas caían una tras otra; y cuando en el
palacio se hubieron apagado todas las luces, la corneja condujo a Gerda a una
puerta trasera que estaba entornada.
—¡Oh, cómo le palpitaba a la niña el corazón, de angustia y de anhelo! Le
parecía como si fuera a cometer una mala acción, y, sin embargo, sólo quería
saber si Kay estaba allí. Que estaba, era casi seguro; y en su imaginación veía
sus ojos inteligentes, su largo cabello; lo veía sonreír como antes, cuando se
reunían en casa entre las rosas. Sin duda estaría contento de verla, de
enterarse del largo camino que había recorrido en su busca; de saber la
aflicción de todos los suyos al no regresar él. ¡Oh, qué miedo, y, a la vez, qué
alegría!
Llegaron a la escalera, iluminada por una lamparilla colocada sobre un
armario. En el descansillo esperaba la corneja, volviendo la cabeza en todas
direcciones. Miró a Gerda, que la saludó con una inclinación, tal como le
enseñara la abuelita.
—Mi prometido me ha hablado muy bien de usted, señorita —dijo la
corneja—. Su biografía, como vulgarmente se dice, o sea, la historia de su
vida, es, por otra parte, muy conmovedora. Haga el favor de coger la lámpara,
y yo iré delante. Lo mejor es ir directamente por aquí, así no encontraremos a
nadie.

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—Tengo la impresión de que alguien nos sigue —exclamó Gerda; en
efecto, algo pasó con un silbido; eran como sombras que se deslizaban por la
pared, caballos de flotantes melenas y delgadas patas, cazadores, caballeros y
damas cabalgando.
—Son sueños nada más —dijo la corneja doméstica—. Vienen a buscar
los pensamientos de Su Alteza para llevarlos de caza. Tanto mejor, así podrá
usted contemplarlos a sus anchas en la cama. Pero confío en que si es elevada
a una condición distinguida, dé pruebas de ser agradecida.
—No hablemos ahora de eso —intervino la corneja del bosque.
Llegaron al primer salón, tapizado de color de rosa, con hermosas flores
en las paredes. Pasaban allí los sueños rumoreando, pero tan vertiginosos, que
Gerda no pudo ver a los nobles personajes. Cada salón superaba al anterior en
magnificencia; era para perder la cabeza. Al fin llegaron al dormitorio, cuyo
techo parecía una gran palmera con hojas de cristal, pero cristal precioso; en
el centro de un grueso tallo de oro, colgaban dos camas que parecían dos
lirios. En la primera, blanca, dormía la princesa; en la otra, roja, Gerda tenía
que encontrar a Kay. Separó uno de los pétalos rojos y vio un cuello moreno.
¡Era Kay! Pronunció su nombre en voz alta, acercando la lámpara —los
sueños volvieron a pasar veloces por la habitación—, él se despertó, volvió la
cabeza y… ¡no era Kay!
El príncipe se le parecía sólo por el pescuezo, aunque era joven y guapo.
La princesa, parpadeando entre la blanca hoja de lirio, preguntó qué ocurría.
Gerda rompió a llorar y le contó toda su historia y lo que por ella habían
hecho las cornejas.
—¡Pobre pequeña! —exclamaron los príncipes; elogiaron a las cornejas y
dijeron que no estaban enfadados, aunque aquello no debía repetirse. Por esa
vez recibirían un premio.
—¿Preferís marcharos libremente —preguntó la princesa— o quedaros en
palacio en calidad de cornejas de Corte, con derecho a todos los desperdicios
de la cocina?
Las dos cornejas se inclinaron respetuosamente y manifestaron que
optaban por el empleo fijo, pues pensaban en la vejez y en que sería muy
agradable contar con algo para cuando aquélla llegase.
El príncipe se levantó de la cama y la cedió a Gerda; realmente no podía
hacer más. Ella cruzó las manos, pensando: «¡Qué buenas son las personas y
los animales, después de todo!», y cerrando los ojos, se quedó dormida.
Acudieron de nuevo todos los sueños, y creyó ver angelitos de Dios que
guiaban un trineo en el que viajaba Kay, el cual la saludaba con la cabeza.

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Pero todo aquello fue un sueño, y se desvaneció en el momento de
despertarse.
Al día siguiente la vistieron de seda y terciopelo, de pies a cabeza. La
invitaron a quedarse en palacio, donde lo pasaría muy bien; pero ella pidió
sólo un cochecito con un caballo y un par de zapatitos, para seguir corriendo
el mundo en busca de Kay.
Le dieron zapatos y un manguito, y la vistieron primorosamente, y,
cuando iba a partir, había en la puerta una carroza nueva de oro puro; los
escudos del príncipe y de la princesa brillaban en ella como estrellas. El
cochero, criados y postillones —pues no faltaban tampoco los postillones—,
llevaban sendas coronas de oro. Los príncipes la ayudaron a subir al coche y
le desearon toda clase de venturas. La corneja del bosque, que ya se había
casado, la acompañó un trecho de tres millas, sentada a su lado, pues no podía
soportar ir de espaldas. La otra corneja se asomó a la puerta y batió las alas
como señal de saludo a Gerda; no siguió, porque, desde que contaba con un
empleo fijo, sufría dolores de cabeza, pues comía mucho. Dentro del coche
había rosquillas y dulces, y en el asiento fruta y mazapán.
—¡Adiós, adiós! —gritaron el príncipe y la princesa; y Gerda lloraba, y
lloraba también la corneja. Al cabo de unas millas se despidió también ésta, y
resultó muy dura aquella despedida. Se subió volando a un árbol, y
permaneció en él agitando las negras alas hasta que desapareció el coche, que
relucía como el sol.

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QUINTO EPISODIO

La pequeña bandolera

Avanzaban por el bosque tenebroso, y la carroza relucía como una


antorcha. Brillaba tanto, que los ojos de los bandoleros no podían resistirlo.
—¡Es oro, es oro! —gritaron, y, arremetiendo con furia, detuvieron los
caballos, dieron muerte a los postillones, al cochero y a los criados y
mandaron apearse a la pequeña Gerda.
—Está gorda, es graciosa, la alimentaron con nueces —dijo la vieja mujer
del bandolero, que era barbuda y tenía unas cejas que le tapaban los ojos.
—Será sabrosa como un corderillo bien cebado. ¡Se me hace la boca
agua! —y sacó su afilado cuchillo, que daba miedo—. ¡Ay! —gritó al mismo
tiempo, pues su propia hija se le había subido a la espalda, y le había dado un
mordisco en la oreja; era salvaje y endiablada como ella sola—. ¡Maldita! —
exclamó la madre, renunciando a degollar a Gerda.
—¡Jugará conmigo! —dijo la niña de los bandoleros—. Me dará su
manguito y su lindo vestido, y dormirá en mi cama —y pegó a la vieja otro
mordisco, que la hizo saltar y dar vueltas, mientras los bandidos reían y
decían:
—¡Cómo baila con su hijita!
—¡Quiero subir al coche! —gritó la hija del bandolero, y hubo que
complacerla, pues era mal criada y terca como ella sola. Ella y Gerda subieron
al carruaje y salieron a galope campo traviesa. La hija del bandolero era de la

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edad de Gerda, pero más robusta, ancha de hombros y de piel morena. Tenía
los ojos negros, de mirada casi triste. Agarrando a Gerda por la cintura le dijo:
—¡No te matarán, mientras yo no me enfade contigo! Eres una princesa,
¿verdad?
—No —respondió Gerda, y le contó todas sus aventuras y el deseo que
tenía de encontrar a Kay.
La otra la miraba muy seriamente; hizo un signo con la cabeza y dijo:
—No te matarán, aunque yo me enfade; entonces lo haré yo misma.
Y secó los ojos de Gerda y metió las manos en el hermoso manguito, tan
blando y caliente.
El coche se detuvo; estaban en el patio de un castillo de bandoleros, todo
derruido. Cuervos y cornejas salían volando de los grandes agujeros, y
enormes perros mastines, cada uno de los cuales parecía capaz de tragarse un
hombre, saltaban sin ladrar, pues les estaba prohibido.
En la espaciosa sala, vieja y ahumada, ardía un fuego en el centro del
suelo de piedra; el humo se esparcía por debajo del techo, buscando una
salida. Cocía un gran caldero de sopa, al mismo tiempo que asaban liebres y
conejos.
—Esta noche dormirás sola conmigo y con mis animalitos —dijo la hija
del bandolero.
Diéronle de comer y beber, y luego las dos niñas se apartaron a un rincón
donde había paja y alfombras. Encima, posadas en estacas y perchas, había un
centenar de palomas, dormidas al parecer, pero que se movieron un poco al
acercarse las niñas.
—Todas son mías —dijo la hija del bandolero, y, sujetando una por las
patas, la sacudió violentamente, haciendo que el animal agitara las alas—.
¡Bésala! —gritó, apretándola contra la cara de Gerda—. Allí están las
palomas torcaces, las buenas piezas —y señaló cierto número de barras
clavadas ante un agujero en la parte superior de la pared—. También son
torcaces aquellas dos; si no las tenemos encerradas, escapan; y éste es mi
preferido —y así diciendo, agarró por los cuernos un reno, que estaba atado
por un reluciente anillo de cobre en torno al cuello—. No hay más remedio
que tenerlo sujeto, de lo contrario huye. Todas las noches le hago cosquillas
en el cuello con el cuchillo, y tiene miedo. —Y la chiquilla, sacando un largo
cuchillo de una rendija de la pared, lo deslizó por el cuello del reno. El pobre
animal pataleaba y la chica no dejaba de reírse. Luego metió a Gerda en la
cama con ella.

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—¿Duermes siempre con el cuchillo a tu lado? —preguntó Gerda,
mirándole con miedo.
—¡Desde luego! —respondió la pequeña—. Nunca sabe una lo que puede
ocurrir. Pero vuelve a contarme lo que me dijiste antes de Kay y por qué te
fuiste por esos mundos. —Gerda le repitió su historia desde el principio,
mientras las palomas torcaces arrullaban en su jaula y las demás dormían. La
hija del bandolero pasó un brazo en torno al cuello de Gerda, y, con el
cuchillo en la otra mano, se puso a dormir y a roncar. Gerda, en cambio, no
podía pegar los ojos, pues no sabía si seguiría viva o sí debía morir. Los
bandoleros, sentados alrededor del fuego, cantaban y bebían, mientras la vieja
no cesaba de dar volteretas. El espectáculo resultaba horrible para Gerda.
En esto dijeron las palomas torcaces:
—¡Kurr! ¡Kurr!, hemos visto a Kay. Un pollo blanco llevaba su trineo, él
iba sentado en la carroza de la Reina de la Nieve, que volaba por encima del
bosque cuando nosotras estábamos en el nido. Sopló sobre nosotras y
murieron todas menos nosotras dos. ¡Kurr! ¡Kurr!
—¿Qué estáis diciendo ahí arriba? —exclamó Gerda—. ¿A dónde iba la
Reina de la Nieve? ¿Sabéis algo?
—Al parecer se dirigía a Laponia, donde hay siempre nieve y hielo.
Pregunta al reno atado ahí.
—Allí hay hielo y nieve, ¡qué magnífico es aquello y qué bien se está! —
dijo el reno—. Salta uno con libertad por los grandes prados relucientes. Allí
tiene la Reina de la Nieve su tienda de verano; pero su palacio está cerca del
Polo Norte, en las islas que llaman Spitzberg.
—¡Oh, Kay, pequeño Kay! —suspiró Gerda.
—¿No puedes estarte quieta? —la riñó la hija del bandolero—. ¿O quieres
que te clave el cuchillo en la barriga?
A la mañana siguiente Gerda le contó todo lo que le habían dicho las
palomas torcaces; la muchacha se quedó muy seria, movió la cabeza y dijo:
—¡Qué más da, qué más da! ¿Sabes dónde está Laponia? —preguntó al
reno.
—¿Quién lo sabría mejor que yo? —respondió el animal, y sus ojos
despedían destellos—. Allí nací y me crié. ¡Cuánto he brincado por sus
campos de nieve!
—¡Escucha! —dijo la muchacha a Gerda—. Ya ves que todos nuestros
hombres se han marchado, pero mi madre sigue en casa. Más tarde empinará
el codo y echará su siestecita; entonces haré algo por ti. —Saltando de la
cama se echó al cuello de su madre y, tirándole de los bigotes, le dijo: —

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¡Buenos días, mi dulce chivo! —La vieja correspondió a sus caricias con
varios capirotazos, que le pusieron toda la nariz amoratada; pero era una
muestra de cariño.
Cuando la vieja, tras unos copiosos tragos, se entregó a la consabida
siestecita, la hija llamó al reno y le dijo:
—Tengo unas ganas locas de seguir haciéndote cosquillas con la punta de
mi afilado cuchillo; ¡estás tan gracioso! Pero es igual, te desataré y te ayudaré
a escapar, para que vuelvas a Laponia. Pero tienes que correr como el viento y
llevar a esta niña al palacio de la Reina de la Nieve, donde está su compañero
de juegos. Ya oíste su relato, pues hablaba bastante alto y tú escuchabas.
El reno pegó un brinco de alegría. La muchacha montó a Gerda sobre su
espalda, cuidando de sujetarla fuertemente y dándole una almohada para
sentarse.
—Así estás bien —dijo—, ahí tienes tus botas de piel, pues hace frío; pero
yo me quedo con el manguito; es precioso. No te vas a helar por eso. Te daré
los grandes mitones de mi madre, que te llegarán hasta el codo, póntelos…
así; ahora tus manos parecen las de mi madre.
Gerda lloraba de alegría.
—No puedo verte lloriquear —dijo la hija del bandolero—. Debes estar
contenta; ahí tienes dos panes y un jamón, para que no pases hambre. —Ató
las vituallas a la grupa del reno, abrió la puerta, hizo entrar todos los perros y,
cortando la cuerda con su cuchillo, dijo al reno:
—¡A galope, pero mucho cuidado con la niña!
Margarita alargó las manos, cubiertas con los grandes mitones, hacia la
muchachita, para despedirse de ella, y en seguida el reno emprendió la carrera
a galope, por el inmenso bosque, por pantanos y estepas, a toda velocidad.
Aullaban los lobos y graznaban los cuervos; del cielo llegaba un sonido de
«¡P-ff, p-ff!», como si estornudasen.
—¡Es la aurora boreal! —dijo el reno—. Mira cómo brilla. —Y redobló la
velocidad, día y noche.
Se acabó el pan y el jamón, pero habían llegado a Laponia.

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SEXTO EPISODIO

La lapona y la finesa

Hicieron alto frente a una casita de aspecto muy pobre. El tejado llegaba
hasta el suelo, y la puerta era tan baja, que, para entrar y salir, la familia tenía
que arrastrarse. No había nadie en la casa, sólo una vieja lapona freía pescado
sobre una lámpara de aceite de ballena. El reno contó toda la historia de
Gerda, aunque después de haber relatado la propia, que estimaba mucho más
importante. La niña estaba tan aterida de frío, que no podía hablar.
—¡Pobres! —dijo la mujer lapona—. ¡Lo que os queda aún por andar!
Tenéis que correr centenares de millas antes de llegar a Finlandia, que es
donde vive la Reina de la Nieve, y todas las noches enciende un castillo de
fuegos artificiales. Escribiré unas líneas sobre un bacalao seco, pues papel no
tengo, y lo entregaréis a la finesa de allá arriba. Ella podrá informaros mejor
que yo.
Y cuando Gerda se hubo calentado y saciado el hambre y la sed, la mujer
escribió unas palabras en un bacalao seco y, recomendando a la niña que
cuidase de no perderlo, lo ató al reno, el cual reemprendió la carrera. «¡P-ff!
¡P-ff!», seguía rechinando en el cielo; y durante toda la noche brillaron las

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bonitas luces de la aurora boreal; por fin llegaron a Finlandia, y llamaron a la
chimenea de la mujer finesa, ya que no había puerta.
La temperatura del interior era tan elevada, que la misma finesa iba casi
desnuda; era menuda y muy sucia. Se apresuró a quitar los vestidos a Gerda,
así como los mitones y botas, ya que de otro modo el calor se le habría hecho
insoportable; puso un pedazo de hielo sobre la cabeza del reno y luego leyó
las líneas escritas en el bacalao. Las leyó tres veces, hasta que se las hubo
aprendido de memoria, y a continuación echó el pescado en el caldero de la
sopa, pues era perfectamente comestible, y aquella mujer no desperdiciaba
nada.
Entonces el reno empezó a contar su historia y después la de Gerda. La
mujer finesa se limitaba a pestañear, sin decir una palabra.
—Eres muy lista —dijo el reno—. Sé que puedes atar todos los vientos
del mundo con una hebra. Cuando el marino desata un nudo, tiene viento
favorable; si desata otro, el viento arrecia, y si desata el tercero y el cuarto,
entonces se levanta una tempestad que derriba los árboles. ¿No querrías
procurar a esta niña un elixir que le dé la fuerza de doce hombres y le permita
dominar a la Reina de la Nieve?
—¡La fuerza de doce hombres! —dijo la finesa—. No serviría de nada. —
Y, dirigiéndose a un anaquel, cogió una piel enrollada y la desenrolló.
Llevaba escritas unas letras misteriosas, y la mujer se puso a leer con tanto
esfuerzo, que el sudor le manaba de la frente.
Pero el reno rogó con tanta insistencia en pro de Gerda, y ésta miró a la
mujer con ojos tan suplicantes y llenos de lágrimas, que la finesa volvió a
pestañear y se llevó al animal a un rincón, donde le dijo al oído, mientras le
ponía sobre la cabeza un nuevo pedazo de hielo:
—Es verdad que Kay está con la Reina de la Nieve, a gusto, persuadido
de que es el mejor lugar del mundo. Pero se debe a que le entró en el corazón
un trozo de cristal, y en el ojo, un granito del mismo cristal. Hay que
extraérselos; de lo contrario, jamás volverá a ser una persona, y la Reina de la
Nieve conservará su poder sobre él.
—¿Y no puedes tú dar algún mejunje a Gerda, para que tenga poder sobre
esas cosas?
—No puedo darle más poder que el que ya posee. ¿No ves lo grande que
es? ¿No ves que están a su servicio hombres y animales, y lo lejos que ha
llegado, a pesar de ir descalza? Su fuerza no puede recibirla de nosotros; está
en su corazón, por ser una niña cariñosa e inocente. Si ella no es capaz de
llegar hasta la Reina de la Nieve y extraer el cristal del corazón de Kay,

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nosotros no podemos hacer nada. A dos millas de aquí empieza el jardín de la
Reina de la Nieve; tú puedes llevarla hasta allí; déjala cerca de un gran
arbusto que crece en medio de la nieve y está lleno de bayas rojas, y no te
entretengas contándole chismes; vuélvete aquí en seguida.
Dicho esto, la finesa montó a Gerda sobre el reno, que echó a correr a toda
velocidad.
—¡Oh, me dejé los zapatitos! ¡Y los mitones! —exclamó Gerda, al sentir
el frío cortante; pero el reno no se atrevió a detenerse y siguió corriendo hasta
llegar al arbusto de las bayas rojas. Una vez allí, hizo que la niña se apease y
la besó en la boca, mientras por sus mejillas resbalaban grandes y relucientes
lágrimas; luego emprendió el regreso a galope tendido. La pobre Gerda se
quedó allí descalza y sin guantes, en medio de aquella gélida tierra de
Finlandia.
Echó a correr tan de prisa como le era posible. Le vino un ejército de
copos de nieve; pero no caían del cielo, que aparecía completamente sereno y
brillante por la aurora boreal. Los copos de nieve corrían por el suelo, y
cuanto más se acercaban, más grandes eran. Gerda se acordó de lo grandes y
bonitos que le habían parecido cuando los contempló a través de una lente;
sólo que ahora eran todavía mucho mayores y más pavorosos; tenían vida,
eran los emisarios de la Reina de la Nieve. Presentaban las formas más
extrañas; unos parecían enormes y feos erizos; otros serpientes enroscadas,
que levantaban las cabezas; otros eran como gordos ositos de pelo hirsuto;
pero todos los copos de nieve tenían un brillo blanco y todos eran vivos.
Gerda rezó un padrenuestro, y el frío era tan intenso, que podía ver su
propia respiración, que salía de la boca en forma de vapor. Y el vapor se hacía
cada vez más denso, hasta adoptar la figura de angelitos radiantes, que iban
creciendo a medida que se acercaban a la tierra; todos llevaban casco en la
cabeza, y lanza y escudo en las manos. Su número crecía constantemente, y
cuando Gerda hubo terminado su padrenuestro, la rodeaba todo un ejército.
Con sus lanzas picaban los horribles copos, haciéndolos estallar en cien
pedazos, y Gerda avanzaba segura y contenta. Los ángeles le acariciaban
manos y pies, con lo que ella sentía menos el frío; y se dirigió rápidamente al
palacio de la Reina de la Nieve.
Pero veamos ahora cómo lo pasaba Kay, que no pensaba, ni mucho
menos, en Gerda, ni sospechaba siquiera que estuviese frente al palacio.

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SÉPTIMO EPISODIO

Lo que sucedía en el palacio de la Reina de la Nieve y lo que sucedió


después

Los muros del palacio eran de nieve, y sus puertas y ventanas eran ráfagas
de viento; había más de cien salones, dispuestos al albur de las ventiscas, y el
mayor tenía varias millas de longitud. Los iluminaba la refulgente aurora
boreal, y eran todos espaciosos, vacíos, helados y brillantes. Nunca se
celebraban fiestas en ellos, ni siquiera un pequeño baile de osos, en que la
tempestad habría podido actuar de orquesta y los osos polares, andando sobre
sus patas traseras, exhibir su porte elegante. Nunca una reunión alegre con
chistes y juegos; nunca una invitación a tomar el té a las blancas raposas; todo
era desierto, inmenso y gélido en los salones de la Reina de la Nieve. Las
auroras boreales flameaban tan nítidamente, que podía calcularse con
exactitud cuándo estaban en su máximo y en su mínimo. En el centro de
aquella interminable sala desierta había un lago helado, roto en mil pedazos,
tan iguales entre sí que el conjunto resultaba una verdadera obra de arte. En
medio se sentaba la Reina de la Nieve cuando residía en su palacio; decía
entonces que estaba sentada en el espejo de la razón, y que éste era el único y
el mejor espejo del mundo.

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Kay estaba amoratado de frío, casi negro; pero no se daba cuenta, pues
ella con un beso le había quitado los escalofríos y su corazón era como un
témpano de hielo. Se entretenía llevando cortantes pedazos de hilos llanos y
yuxtaponiéndolos de todas las maneras posibles para formar con ellos algo
determinado, como cuando nosotros combinamos piezas de madera y
reconstruimos figuras: lo que llamamos un rompecabezas. Kay conseguía
figuras extremadamente ingeniosas; era el gran rompecabezas helado de la
inteligencia. Para él, aquellas figuras eran perfectas y tenían mucha
importancia; y esto dependía del granito de hielo que tenía en el ojo.
Combinaba figuras que eran una palabra escrita, pero de ningún modo lograba
componer el único vocablo que le interesaba: eternidad. Sin embargo, la
Reina de la Nieve le había dicho:
—Si consigues componer esta palabra, serás dueño de ti mismo y te
regalaré el mundo entero y un par de patines nuevos. —Pero no había modo.
—Tengo que marcharme a tierras cálidas —dijo la Reina de la Nieve—.
Quiero echar un vistazo a los pucheros de hierro. —Se refería a los volcanes,
el Etna y el Vesubio—. Les pondré un poquitín de blanco, como corresponde;
y además les irá bien a los limones y a las uvas.
Y levantó el vuelo, dejando a Kay solo en aquella sala helada y enorme,
medía muchos kilómetros, entregado a sus combinaciones, pensando y
cavilando hasta sorberse los sesos. Permanecía inmóvil y en silencio, se le
hubiera tomado por una estatua de hielo.
En ese momento Gerda franqueó la puerta del palacio. Soplaban en él
vientos cortantes, pero, cuando la niña rezó su oración vespertina, se
calmaron como si les entrara sueño; y ella avanzó por las enormes salas frías
y desiertas: ¡allí estaba Kay! Lo reconoció en seguida, se le arrojó al cuello y,
abrazándolo fuertemente, exclamó:
—¡Kay! ¡Mi Kay querido! ¡Al fin te encontré! Pero él seguía inmóvil,
tieso y frío; y entonces Gerda lloró lágrimas ardientes, que cayeron sobre su
pecho y penetraron en su corazón, derritiendo el témpano de hielo y
destruyendo el trocito de espejo. Él la miró, y la niña cantó:

Florecen en el valle las rosas,


allá arriba hallaremos al Niño Jesús.

Entonces Kay se echó a llorar; lloraba de tal modo, que el granito de


cristal le salió del ojo. Reconoció a la niña y gritó alborozado:

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—¡Gerda, mi querida Gerda! ¿Dónde estuviste todo este tiempo? ¿Y
dónde he estado yo?. —Y miraba a su alrededor—. ¡Qué frío hace aquí! ¡Qué
grande es esto y qué desierto! —Y se agarraba a Gerda, que de alegría reía y
lloraba a la vez. El espectáculo era tan conmovedor, que hasta los témpanos
se pusieron a bailar, y cuando se sintieron cansados y volvieron a echarse, lo
hicieron formando la palabra que, según la Reina de la Nieve, podía hacerlo
dueño de sí mismo y ella le daría el mundo entero y un par de patines nuevos.
Gerda lo besó en las mejillas, y éstas cobraron color; lo besó en los ojos,
que se volvieron brillantes como los de ella; lo besó en las manos y los pies, y
el niño quedó sano y contento. Ya podía volver la Reina de la Nieve; su carta
de adiós quedaba escrita con relucientes témpanos de hielo.
Cogidos de la mano, los niños salieron del enorme palacio, hablando de la
abuelita y de las rosas del tejado; y dondequiera que fuesen, amainaba el
viento y salía el sol. Al llegar al arbusto de las bayas rojas, vieron al reno que
los aguardaba, en compañía de una hembra con las ubres llenas, que dio a los
niños su tibia leche y los besó en la boca. Acto seguido condujeron a Kay y a
Gerda a la casa de la mujer finesa, en cuya caldeada habitación se
reconfortaron, y la mujer les indicó el camino de su patria. Hicieron también
escala en la choza de la mujer lapona, que entretanto había cosido vestidos
para ellos y preparado un trineo.
La pareja de renos llevó a los dos niños en la grupa hasta los límites de su
tierra, donde brotaba la primera hierba; allí se despidieron de los animales y
de la lapona.
—¡Adiós! —se dijeron todos. Y las primeras avecillas piaron, el bosque
tenía yemas verdes, y de su espesor salió un soberbio caballo, que Gerda
reconoció (era el que había tirado de la dorada carroza), montado por una
muchacha, que llevaba la cabeza cubierta con un rojo y reluciente gorro, y
pistolas al cinto. Era la hija del bandolero, que, harta de los suyos, se dirigía
hacia el Norte, resuelta a encaminarse luego a otras regiones, si aquélla no le
convencía. Reconoció inmediatamente a Gerda, y ésta a ella, con gran alegría
de ambas.
—¡Valiente mocito, que se marchó tan lejos! —dijo a Kay—. Me gustaría
saber si mereces que vayan a buscarte al fin del mundo.
Pero Gerda, dándole unos golpecitos en las mejillas, le preguntó por el
príncipe y la princesa.
—Se fueron a otras tierras —dijo la hija del bandolero.
—¿Y la corneja?

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—La corneja murió. Ahora la doméstica es viuda y va con un hilo de lana
negra en la pata; no hace más que lamentarse, aunque todo es comedia. Pero
cuéntame qué fue de ti y cómo lo pescaste.
Gerda y Kay se lo contaron.
—¡Caramba! —dijo la hija del bandolero; y cogiendo a los dos de la
mano, les prometió visitarlos si algún día iba a su ciudad; dicho esto, se
marchó por esos mundos.
Kay y Gerda continuaron cogidos de la mano, y, según avanzaban, surgía
la primavera con flores y follaje; las campanas de las iglesias repicaban, y los
niños reconocieron las altas torres y la gran ciudad. Se dirigieron a la puerta
de la abuelita, subieron las escaleras y entraron en el cuarto, donde todo
seguía como antes, en su mismo lugar. El reloj decía «¡tic, tac!», y las agujas
giraban; pero, al pasar la puerta, se dieron cuenta de que se habían vuelto
personas mayores. Las rosas del tejado florecían entrando por la abierta
ventana, y a su lado estaban aún sus sillitas de niños. Kay y Gerda se sentaron
cada uno en la suya, sin soltarse las manos. Habían olvidado, como si hubiese
sido un sueño de pesadilla, la magnificencia gélida y desierta del palacio de la
Reina de la Nieve. La abuelita, sentada a la clara luz del sol de Dios, leía la
Biblia en voz alta: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los
cielos».
Kay y Gerda se miraron a los ojos y comprendieron la vieja canción:

Florecen en el valle las rosas,


allá arriba hallaremos al Niño Jesús.

Estaban sentados los dos; eran mayores, pero en el fondo seguían siendo
niños; niños en su corazón; y era verano, el caluroso verano bendito.

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MADRE SAUCO

Érase una vez un niñito, que se había resfriado, porque se había mojado
los pies; había salido de casa y, al volver, tenía los pies como sopas; nadie
podía comprender cómo podía haber ocurrido, pues el tiempo era muy seco.
Entonces su madre lo desnudó, lo metió en la cama y puso agua a hervir para
prepararle una buena taza de infusión de saúco, que tanto calienta. Mientras
tanto, se asomó a la puerta el divertido viejo que habitaba en lo más alto de la
casa completamente solo, ya que no tenía esposa ni hijos, pero a quien le
gustaban tanto los niños y sabía muchos cuentos e historias extraordinarias.
—Si te bebes la tisana —decía la madre—, quizá te cuente un cuento.
—Sí, si supiese alguno nuevo —dijo el anciano, cabeceando dulcemente
—. ¿Pero dónde se ha mojado los pies el pequeño? —preguntó.
—Esto es, ¿dónde? —dijo la madre—; nadie puede comprenderlo.
—¿Me vas a contar un cuento? —preguntó el niño.
—Sí, pero tengo que saber primero, si me lo puedes decir, lo hondo que es
el arroyo que corre por el callejón por donde vas a la escuela.
—Justo hasta media bota —dijo el niño—, pero hay sitios en que es más
hondo.

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—Miren por qué tiene los pies mojados —dijo el anciano—. Ahora
tendría que contar un cuento, pero no sé más.
—Usted puede inventarse uno —dijo el niñito—. Madre dice que todo lo
que usted mira puede convertirse en un cuento y de todo cuanto usted toca
puede sacar una historia.
Sí, pero son cuentos e historias que no valen nada. No, los buenos vienen
espontáneamente, me golpean en la frente y dicen: «¡Aquí estoy!»
—¿No le va a golpear pronto alguno? —preguntó el niñito, y la madre se
echó a reír, puso las hojas de saúco en la tetera y vertió agua hirviendo sobre
ellas—. ¡Cuente, cuente!
—Sí, con tal que los cuentos vinieran por sí solos, pero son muy
exigentes, vienen sólo cuando quieren. ¡Alto! —dijo de repente—. ¡Aquí lo
tenemos! ¡Cuidado, ahora hay uno en la tetera!
Y el pequeño miró a la tetera, la tapa se elevaba cada vez más y las flores
de saúco asomaban, fragantes y blancas; le brotaron grandes y largas ramas,
hasta de la boquilla se extendían por todos lados y crecían más; era un
espléndido saúco, un verdadero árbol que se extendió sobre la cama y
apartaba las cortinas; ¡huy, cómo se llenaba de flores y cómo olía! Y en
medio del árbol se sentaba una amable anciana con un extraño vestido tan
verde como las hojas del saúco y adornado con grandes, blancas flores de
saúco, que no se podía saber si era un traje o si follajes y flores vivos.
—¿Cómo se llama esa señora? —preguntó el niñito.
—Bueno, los romanos y los griegos —dijo el anciano— la llamaban
Dríada, pero eso nosotros no lo entendemos. En Nyboder[1] le dan un nombre
más bonito, la llaman «Madre Saúco», ya verás. Escucha y mira el espléndido
saúco.
Igual de grande y cubierto de flores hay un árbol así en Nyboder. Allí
creció en el rincón de un patio pequeño y pobre; bajo este árbol estaban
sentados una tarde, bajo el sol más agradable, dos ancianos: un viejo
marinero, muy viejo, y su vieja esposa, muy vieja. Eran abuelos y pronto
celebrarían sus bodas de oro, pero no podían recordar cuál era exactamente la
fecha, y Madre Saúco estaba sentada en el árbol y parecía divertirse mucho,
como ahora.
«¡Yo sí que sé cuándo son las bodas de oro!», decía, pero ellos no le oían,
porque hablaban del tiempo pasado.
—Sí, ¿te acuerdas —decía el viejo marinero— de cuando éramos niños y
corríamos y jugábamos? Era en ese mismo patio en que estamos ahora y
hacíamos un huerto plantando ramitas en la tierra.

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—¡Sí —decía la anciana—, ya lo creo que me acuerdo! Y regábamos los
troncos y uno de ellos era una ramita de saúco, que echó raíz y sacó brotes
verdes y ahora se ha convertido en el gran árbol bajo el que nos sentamos los
viejos.
—Claro que sí —dijo él—, y allí en el rincón había una barrica con agua;
en ella flotaba mi barco, que yo mismo había construido, ¡cómo navegaba!
Pero yo navegué pronto mucho más lejos.
—Sí, pero antes fuimos a la escuela y nos instruimos un poco —dijo ella
—, y después fuimos confirmados; los dos lloramos; pero por la tarde
subimos cogidos de la mano a la Torre Redonda y contemplamos la ciudad de
Copenhague y el mar; también fuimos a Frederiksberg[2], donde el rey y la
reina navegaban por los canales en sus espléndidos barcos.
—Pero yo navegué mucho más lejos, y durante muchos años estuve muy
lejos en largos viajes.
—Sí, no me cansaba de llorar por ti —dijo ella—. ¡Creía que habías
desaparecido y muerto y que estarías en el fondo del mar! Muchas noches me
levantaba a ver si se abría la puerta, ¡se abría!, pero tú no venías. Me acuerdo
perfectamente cómo un día en que llovía a cántaros, vino el basurero ante la
casa en la que yo servía, bajé con la basura y me quedé en la puerta, qué
tiempo más horrible; y mientras estaba allí, se acercó el cartero y me dio una
carta; era tuya; sí, ¡las vueltas que había dado! La abrí y la leí; reía y lloraba;
¡era tan feliz! Decía que estabas en tierras cálidas, donde crecen los granos de
café ¡debía ser un país maravilloso! Contabas tantas cosas y yo lo veía todo;
mientras, la lluvia caía a cántaros y yo seguía con la basura. De pronto vino
alguien y me cogió por la cintura.
—¡Sí, pero tú le diste un buen sopapo, que sonó como un tiro!
—¡Cómo iba yo a saber que eras tú! Habías venido al mismo tiempo que
tu carta; y estabas tan guapo; aún lo eres, llevabas un largo pañuelo de seda
amarillo en el bolsillo y un sombrero; estabas muy elegante. ¡Dios mío, qué
tiempo hacía y cómo estaba la calle!
—Entonces nos casamos —dijo él—. ¿Te acuerdas? Y tuvimos el primer
hijo y después a María y a Niels y a Peter y a Hans Christian.
—Sí, y cómo han crecido todos y se han hecho hombres, queridos por
todos.
—¡Y sus hijos a su vez han tenido hijos! —dijo el viejo marinero—. Sí,
son criaturas de buen temple… Ahora que lo pienso, yo diría que nos casamos
por estas fechas.

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—¡Sí, justo hoy son las bodas de oro! —dijo Madre Saúco y sacó la
cabeza entre los dos ancianos y a ellos les pareció que había sido la vecina la
que les saludaba. Se miraron y se cogieron de la mano; poco después llegaron
los hijos y los nietos; ellos sí sabían que aquel día se cumplían las bodas de
oro, les habían ya felicitado por la mañana, pero los viejos lo habían olvidado,
aunque recordaban con toda claridad cuanto había ocurrido muchos años
atrás; y el saúco olía intensamente y el sol, que estaba próximo a ponerse,
daba directamente en el rostro a los ancianos; estaban muy colorados y el más
pequeño de los biznietos bailaba en torno a ellos y proclamaba a gritos, lleno
de felicidad, que a la cena habría fiesta y patatas cocidas, y Madre Saúco
decía que sí con la cabeza y gritaba: —¡Hurra!— con todos los otros.
—¡Pero eso no es un cuento! —dijo el pequeño, que lo estaba
escuchando.
—Sí, tienes que entenderlo —dijo el narrador—, pero vamos a
preguntárselo a Madre Saúco.
—No era un cuento —dijo Madre Saúco—, pero ahora viene el cuento.
Los cuentos más maravillosos nacen precisamente de la realidad; de lo
contrario, mi espléndido arbusto de saúco no hubiera brotado de una tetera.
Y sacando al pequeño de la cama, lo reclinó contra su pecho y las ramas
del saúco, repletas de flores, se cerraron en torno a ellos, como si estuviesen
sentados en el más tupido cenador que echase a volar con ellos por el aire, lo
que fue una delicia. Madre Saúco se había convertido de repente en una niña
encantadora, pero su vestido seguía siendo de aquella tela verde, sembrada de
flores blancas, que vestía Madre Saúco; en el pecho llevaba una auténtica flor
de saúco y en su pelo de rubios bucles toda una corona de flores de saúco; sus
ojos eran muy grandes, muy azules, ¡era una delicia contemplarla! Ella y el
niño se besaron, y tenían la misma edad y los mismos gustos.
Cogidos de la mano, salieron del cenador y se encontraron en el bonito
jardín de la casa; en el verde césped estaba el bastón del padre apoyado a un
madero; para los pequeños, el bastón tenía vida; tan pronto como se sentaron
a horcajadas sobre él, la brillante empuñadura se convirtió en una espléndida
y relinchante cabeza, de largas y ondulantes crines negras, y cuatro piernas
esbeltas y vigorosas brotaron de él. El animal estaba lleno de vigor y de brío;
marchó a galope por el césped. ¡Arre!
—¡Cabalgaremos millas y millas! —dijo el niño—. ¡Cabalgaremos hasta
el castillo donde estuvimos el año pasado!
Y cabalgaron dando vueltas y vueltas en torno al césped, y la muchachita,
que, como sabemos, no era otra que Madre Saúco, no cesaba de gritar:

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—¡Hemos llegado al campo! Mira la casa del labrador, con el horno, que
parece un huevo gigante pegado al muro junto a la carretera. El saúco
extiende sus ramas sobre él y el gallo pasea y escarba ante las gallinas, ¡mira
cómo se pavonea! ¡Ahora llegamos a la iglesia! Se alza en lo alto de la colina
entre grandes robles, de los que uno está medio seco. Ahora estamos en la
fragua, donde arde el fuego y hombres medio desnudos golpean con el
martillo y las chispas saltan en torno. ¡Adelante, adelante, marchemos a la
espléndida casa señorial!
Y todo lo que la niñita, sentada atrás en el bastón, decía, sucedía ante
ellos; el niño lo veía, aunque sólo iba dando vueltas al césped. Jugaron en el
sendero lateral y trazaron en la tierra un pequeño jardín y ella tomó de su pelo
la flor del saúco, la plantó y creció exactamente como había ocurrido a los
ancianos de Nyboder, cuando eran pequeños y como antes se contó. Iban de la
mano, como los viejos habían hecho de niños, pero no subieron a la Torre
Redonda, ni fueron al parque de Frederiksberg; no, la muchachita tomó al
niño por la cintura y volaron por toda Dinamarca, y vino la primavera y llegó
el verano y vino el otoño y llegó el invierno y miles de imágenes se reflejaban
en los ojos y el corazón del niño, y siempre la niñita le cantaba:
—¡No olvides nunca estas cosas!
Y durante todo el vuelo el saúco exhalaba su dulce y maravilloso aroma;
el niño aspiraba el olor de las rosas y de las hayas jóvenes, pero el saúco olía
mejor aún, porque su flor reposaba junto al corazón de la muchachita y sobre
él apoyaba durante el vuelo con frecuencia su cabeza.
—¡Qué hermosa es aquí la primavera! —dijo la niñita, cuando se
encontraban en el bosque de hayas que comenzaban a rebrotar, donde el verde
trébol exhalaba su aroma a sus pies y las rosadas anémonas lucían
espléndidamente en la hierba.
—¡Oh, si fuera siempre primavera en los fragantes bosques daneses!
—¡Qué hermoso es aquí el verano! —dijo ella, y pasaron ante viejas casas
señoriales de la época caballeresca, cuyos cárdenos muros y puntiagudos
tejados se reflejaban en los fosos, en los que los cisnes nadaban y miraban
hacia las viejas, frescas avenidas. En los campos ondulaban los trigales, como
si fueran un mar, las cunetas se cubrían de flores rojas y amarillas, los setos
con lúpulo silvestre y campanillas en flor; y al anochecer asomaba la luna,
redonda e inmensa, los almiares en los prados olían deliciosamente.
—¡Nunca olvidarás esto!
—¡Qué hermoso es aquí el otoño! —decía la niñita, y el cielo se hizo
doblemente alto y azul, el bosque ganó los más espléndidos tonos rojos,

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amarillos y verdes, los perros de caza pasaron corriendo, bandadas enteras de
aves silvestres volaban gritando por encima del dolmen donde las zarzas
colgaban de las viejas piedras; el mar era azul oscuro con blancos veleros, y
en el hórreo se sentaban las viejas, las muchachas y los niños y desgranaban
lúpulo en una gran cuba; los jóvenes cantaban canciones, pero las viejas
contaban cuentos de duendes y gnomos.
—¡No podía ser más bonito!
—¡Qué hermoso es aquí el invierno! —dijo la niñita; y todos los árboles,
blancos de la helada, parecían corales blancos, la nieve crujía bajo los pies,
como si se llevasen botas nuevas, y del firmamento caían las estrellas fugaces
una tras otra. En la sala lucía el árbol de Navidad, había regalos y buen
humor; en el campo, sonaban el violín en casa del labrador, los buñuelos de
manzana se repartían a puñados; incluso el niño más pobre decía:
—¡Qué bonito es el invierno!
Sí, qué bonito es, y la muchachita le mostró todo al niño, y el saúco
exhalaba sin cesar su aroma y sin cesar ondeaba la bandera roja con la cruz
blanca[3], la bandera bajo la que el viejo marinero de Nyboder había
navegado. Y el niño se hizo mozo y tuvo que marchar por el ancho mundo,
marchar lejos, a las tierras cálidas, en las que crece el café; pero al decirse
adiós, la niñita tomó de su pecho una flor de saúco y se la dio para que la
conservase y quedó en el libro de oraciones, y siempre en tierras extranjeras,
cuando abría el libro, lo hacía justo por el sitio donde estaba la flor del
recuerdo, y cuanto más la miraba, más lozana parecía; era como si aspirase la
fragancia de los bosques daneses y veía distintamente entre los pétalos de la
flor asomar a la niñita con sus claros ojos azules, susurrando:
—¡Qué hermosa es aquí la primavera, el verano, el otoño y el invierno! —
y cientos de imágenes corrían a través de sus pensamientos.
Así pasaron muchos años, y ahora era un viejo que se sentaba con su
anciana esposa bajo un árbol en flor; se cogían las manos, como hacían el
bisabuelo y la bisabuela de Nyboder, y hablaban como ellos de los viejos
tiempos y de las bodas de oro; la niñita de los ojos azules y flores de saúco en
el pelo estaba encaramada en el árbol, les hizo un gesto a los dos con la
cabeza y dijo:
—¡Hoy son las bodas de oro!
Y al decirlo, tomó dos flores de su corona, las besó, y brillaron, primero
como plata, después como oro, y cuando las colocó sobre las cabezas de los
ancianos, cada flor se convirtió en una corona de oro; allí estaban sentados
ambos como un rey y una reina, bajo el fragante árbol, que tenía todas las

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trazas de un saúco, y él le contó a su anciana esposa la historia de Madre
Saúco, como se la habían contado a él cuando era niño, y ambos creyeron que
había mucho en ella que se parecía a la suya propia y lo que se parecía era lo
que más les gustaba.
—¡Sí, así es! —dijo la niñita del árbol—. Unos me llaman Madre Saúco,
otros me llaman Dríada, pero mi verdadero nombre es Memoria; soy yo,
sentada en el árbol, el cual no hace más que crecer y crecer, yo me acuerdo,
yo cuento. ¡Vamos a ver si aún conservas la flor!
Y el viejo abrió su libro de oraciones, y allí estaba la flor del saúco, tan
fragante como si acabase de ser puesta, y la Memoria hizo un gesto afirmativo
con la cabeza y los dos ancianos con coronas de oro permanecieron sentados
bajo el rojo sol de la tarde; cerraron los ojos, y ¡se acabó el cuento!
El niñito yacía en la cama, no sabía si había soñado o si lo había oído
contar. La tetera estaba en la mesa, pero ningún árbol de saúco brotaba de
ella, y el anciano que había contado el cuento estaba saliendo, y se fue por la
puerta.
—¡Qué bonito ha sido! —dijo el niño—. ¡Madre, he estado en los países
cálidos!
—No me extraña —dijo la madre—. Cuando se tienen en el cuerpo dos
tazas rebosantes de té de saúco, por supuesto que va uno a las tierras cálidas
—y le abrigó bien para que no cogiera frío—. Has dormido mucho, mientras
yo estaba sentada discutiendo con él si era una historia o un cuento.
—¿Y dónde está Madre Saúco? —preguntó el niño.
—¡Está en la tetera —dijo la madre— y allí puede seguir!

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LA AGUJA DE ZURCIR

Érase una vez una aguja de zurcir, con unos sentimientos tan delicados,
que creía ser una aguja de bordar.
—¡Tened cuidado con lo que lleváis! —dijo la aguja de zurcir a los dedos,
que la habían cogido de la caja—. ¡No me perdáis! ¡Soy tan fina, que, si me
caigo al suelo, no me encontraréis!
—¡No tanto! —dijeron los dedos, y la agarraron por los lados.
—¡Mirad, traigo a mi séquito! —dijo la aguja de zurcir, que arrastraba un
hilo largo, que no tenía nudo.
Los dedos clavaron la aguja en la pantufla de la cocinera, porque se había
estallado y había que coserla.
—¡Qué trabajo más vulgar! —exclamó la aguja de zurcir—. ¡No
conseguiré pasar! ¡Me parto, me parto! —y se partió—. Os lo había dicho —
intervino la aguja de zurcir—, soy muy fina.

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«Ya no sirve para nada», pensaron los dedos, pero la sujetaron bien,
porque la cocinera escurrió encima lacre, y luego la clavó en la bufanda que
tenía al cuello.
—Mirad, ahora soy un alfiler de corbata —dijo la aguja de zurcir—. Sabía
que conseguiría un puesto de honor. Cuando se es alguien, por fuerza termina
uno imponiéndose —y se rió por dentro, pues desde fuera no se ve si una
aguja de zurcir se ríe. Y estaba ufana, como si viajase en coche y saludara a
derecha e izquierda.
—¿Puedo tener el honor de preguntarle si es de oro? —preguntó al alfiler
un vecino—. Es muy guapo, y tiene una cabeza propia, aunque pequeña.
Procure desarrollarla, ya que no todos tienen la posibilidad de lacre en su
cabeza. —Al oír estas cosas, la aguja de zurcir se enderezó y cayó de la
bufanda al fregadero precisamente en el momento en el que la cocinera dejaba
correr el agua.
—¡Ya estoy de viaje! —dijo la aguja de zurcir—. ¡Espero no perderme!
—pero se perdió.
—¡Soy demasiado fina para este mundo! —dijo, mientras estaba en el
arroyo—. Por suerte sé lo que valgo, y esto es una pequeña satisfacción —y la
aguja de zurcir se mantuvo tiesa y no perdió el buen humor.
Pasaban por encima todo tipo de cosas: migas de pan, pajitas, trozos de
periódicos viejos.
—¡Mira como flotan! —dijo la aguja de zurcir—. No saben qué hay
debajo, pues hay la sorpresa de mis pinchazos. Yo pincho y sigo aquí. Mira,
ahora pasa una pajita, para ésta no hay en el mundo más que «pajita», o sea
ella, y mira una miga de pan, da vueltas y vueltas. ¡No pienses tanto en ti,
podrías pegarte contra la orilla! ¡Por allí va flotando un periódico! Todos han
olvidado ya lo que hay escrito en él, y, a pesar de todo, se hincha. Yo, por el
contrario, estoy tranquila esperando. Sé quién soy y así seré siempre.
Un día le cayó cerca algo que relucía mucho, y la aguja de zurcir creyó
que era un diamante; sin embargo era un casco de botella, pero, como relucía,
la aguja de zurcir le dirigió la palabra y se presentó como un alfiler de
corbata.
—¡Ya veo que usted es un diamante!
—¡Sí, poco más o menos!
Y así cada uno pensó que el otro era un objeto de gran valor, y empezaron
a hablar de la arrogancia del mundo.
—Pues verá, yo vivía en la caja de una niña —dice la aguja de zurcir—,
ésta era cocinera. Tenía cinco dedos en cada mano, pero no he conocido gente

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más presumida que esos cinco dedos, pues la única finalidad de su vida era
tenerme en la caja, sacarme de la caja y volverme a meter.
—¿Eran muy brillantes? —preguntó el trozo de cristal.
—¿Brillantes? —responde la aguja de zurcir—. ¡Ni hablar! ¡Eran pura
soberbia! Los cinco hermanos eran «dedos» de nacimiento, estaban de pie y
unidos entre ellos, aunque tuvieran distinta estatura; el más apartado, el
Pulgar, era pequeño y gordo, se había salido de la fila y tenía una sola fractura
en la espalda, por tanto sólo se podía inclinar una vez, y sin embargo sostenía
que, si un hombre lo perdía, este hombre no era apto para el servicio militar.
El Indice se metía en todas partes, en lo dulce y en lo amargo, indicaba el sol
y la luna, y apretaba la pluma cuando escribían; el Medio miraba a los demás
de arriba para abajo; el Anular llevaba un anillo de oro alrededor de la
barriga; el Meñique no hacía nada y estaba orgulloso. Orgullo y nada más;
por esto yo me escapé al fregadero.
—Y ahora estamos aquí reluciendo —dijo el trozo de cristal.
En ese momento llegó al arroyo más agua que de costumbre, pues se salió
por ambos lados y se llevó consigo el trozo de cristal.
—¡Mira, ha ascendido! —dijo la aguja de zurcir—. Sin embargo, yo no
me muevo, soy demasiado fina y estoy orgullosa de ello, pues merece todo el
respeto —y se mantuvo firme, absorta en muchos pensamientos.
—Casi, casi he llegado a pensar que he nacido de un rayo de sol, por lo
fina que soy. Además, me parece que el sol siempre me está buscando bajo el
agua. Desgraciadamente soy tan fina, que mi madre no puede encontrarme, y,
si ahora tuviera el ojo que se me partió, creo que me pondría a llorar. Sin
embargo, no lloraré, pues no es fino llorar.
Un día vinieron unos niños, que rebuscaron en el arroyo y encontraron
clavos viejos y cosas parecidas. Porquería, pero a ellos les divertía.
—¡Ay! —hizo uno: se había pinchado con la aguja de zurcir—. ¿Has visto
qué tipo?
—Yo no soy un tipo, sino una señorita —dijo la aguja de zurcir, pero
nadie le entendió. Ya no tenía lacre y estaba negra, pero el negro hace más
fino, por lo que creyó que era todavía más fina.
—¡Mira una cáscara de huevo! —gritaron los muchachos, y metieron la
aguja de zurcir en la cáscara.
—¡Paredes blancas y yo, en medio, negra! —dijo la aguja de zurcir—.
¡Me gusta! ¡Así no me notarán! Espero no marearme, pues, de lo contrario,
me parto en dos.
No se mareó y no se partió.

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—Para el mareo lo mejor es tener un estómago de acero, y no olvidar que
una vale más que un hombre. Ya ha pasado. ¡Cuánto más fina es una, mejor
aguanta!
—¡Crac! —hizo la cáscara de huevo: le había pasado por encima un carro.
—¡Ah, qué opresión! —exclamó la aguja de zurcir—. ¡Ahora sí que me
mareo! ¡Me parto, me parto! —pero no se partió, aunque un carro le había
pasado por encima. Ahora estaba echada a lo largo. Dejémosla así.

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LA CAMPANA

Al anochecer, en las callejuelas de la capital, cuando el sol se ponía y las


nubes resplandecían como oro en lo alto entre las chimeneas, no faltaba quien
oyese un extraño sonido, como el tañido de la campana de una iglesia. Pero se
la oía sólo un instante, porque era tal el estruendo de los carruajes y tales los
gritos, que se perdía entre ellos.
—Ahora suena la campana de la tarde —decían—. Se pone el sol.
Los que salían de la ciudad, donde las casas se encuentran más espaciadas
entre jardines y huertas, veían un cielo del atardecer aún más bello y oían con
mayor claridad el tañido de la campana. Era como si el sonido viniera de una
iglesia perdida en el bosque silencioso y fragante, y la gente miraba hacia allí
y se ponían muy solemnes.
Pasó mucho tiempo y unos y otros se decían:
—¿Habrá una iglesia allá en el bosque? La campana tiene un sonido
extraño y maravilloso. Deberíamos acercarnos para verla desde cerca.
Y los ricos fueron en coche y los pobres a pie, pero el camino se les hizo
muy largo, y cuando llegaron a un bosquecillo de sauces, que crecían en las

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orillas del bosque, se sentaron y miraron hacia las altas ramas, creyéndose en
plena naturaleza. Un confitero de la ciudad salió y plantó su tienda, y vino
otro y colgó una campana en lo alto de la suya, una campana que estaba
alquitranada para protegerla de la lluvia y a la que le faltaba el badajo.
Al regresar, la gente fue de la opinión de que había resultado todo muy
romántico, lo cual era muy distinto de ir a tomar el té. Tres personas
aseguraron que habían llegado al final del bosque oyendo sin cesar el extraño
tañido de la campana, pero que les había parecido como viniendo de la
ciudad. Uno escribió todo un poema sobre ello y decía que la campana sonaba
como la voz de una madre cuando hablaba a su querido hijo; ninguna melodía
era más dulce que el tañido de la campana.
El emperador de aquel país tuvo también noticia de ello y prometió al que
descubriese de dónde venía el sonido el título de «Campanero universal»,
aunque no fuese una campana.
Muchos fueron entonces al bosque por razón del premio, pero sólo uno
volvió con cierta aclaración. Ninguno de ellos había penetrado lo suficiente
en el bosque, y aquél tampoco, pero afirmó que el tañido de la campana
procedía de un enorme búho en un árbol hueco. Era una especie de búho
sabio, que golpeaba sin cesar su cabeza contra el árbol, pero si el sonido venía
de la cabeza o del tronco hueco, no lo podía decir con seguridad. Y en
consecuencia fue nombrado Campanero universal y cada año escribía una
pequeña disertación sobre el búho; sabían lo que antes.
Tuvo lugar entonces la fiesta de la confirmación. El sacerdote había
hablado muy bella y tiernamente; los confirmados estaban muy emocionados,
era una importante fecha para ellos. De niños pasaban, súbitamente, a ser
personas mayores, era como si el alma infantil pasase a una persona más
razonable. Lucía el sol espléndido, los jóvenes confirmados salieron de la
ciudad, y del bosque venía, extrañamente sonora, la voz de la gran campana
desconocida. Les entró de repente el deseo de ir allí a todos, excepto a tres.
Una tenía que volver a casa a probarse su traje de baile, porque era
precisamente por el traje y el baile por lo que había sido confirmada aquel día,
de lo contrario, no lo hubiera hecho. El segundo era un muchacho pobre, que
había pedido prestado su traje de confirmación y sus botas al hijo del casero y
tenía que devolverlos a una hora fija. El tercero dijo que nunca había ido a un
lugar desconocido sin la compañía de sus padres y que había sido siempre un
hijo obediente y lo seguiría siendo, incluso después de confirmado, y que no
debían burlarse de ello, que es justamente lo que los otros hicieron.

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Tres de ellos no fueron; los otros marcharon corriendo. El sol brillaba,
cantaban los pájaros y los confirmados cantaban con ellos, cogidos de la
mano, porque no tenían todavía ninguna posición en la sociedad y ante Dios,
en cuyo nombre habían sido confirmados, todos eran iguales.
Pero pronto dos de los más pequeños comenzaron a cansarse, así es que
regresaron a la ciudad. Dos muchachitas se sentaron y tejieron coronas de
flores, sin seguir adelante, y cuando los otros llegaron a los sauces, donde se
había instalado el confitero, dijeron:
—¡Mirad, ya hemos llegado; no hay tal campana en realidad, era tan sólo
una fantasía!
En aquel preciso momento sonó la campana en lo hondo del bosque, tan
dulce y grave, que cuatro o cinco se decidieron, a pesar de todo, a ir más
adentro. Era tan espeso y tan frondoso, que se hacía sumamente difícil
atravesarlo. Aspérulas y anémonas, demasiado altas, campanillas en flor y
zarzales, colgaban en largas guirnaldas de árbol a árbol, donde cantaba el
ruiseñor y jugaban los rayos del sol. Sí, era muy hermoso, pero no era un
lugar para que fuesen las muchachas, que desgarrarían sus trajes. Había
grandes peñascos, cubiertos de musgo de todos los colores, el fresco
manantial goteaba y sonaba extrañamente ¡glu, glu!
—Puede que esto sea la campana —dijo uno de los muchachos, y se
agachó a escuchar—. Creo que debe estudiarse —y allí se quedó y dejó ir a
los otros.
Llegaron a una cabaña hecha de corteza y ramas, un árbol cargado de
manzanas silvestres se extendía sobre ella, como si quisiera sacudir su
abundancia sobre el tejado, florecido de rosas. Largas ramas se extendían a lo
largo del tejado, del que pendía una pequeña campana. ¿Sería aquélla la que
se oía? Sí, todos estuvieron de acuerdo, excepto uno; dijo que la campana era
demasiado pequeña y ligera para que se pudiese oír a tan larga distancia como
se oía y que eran muy distintos sonidos los que emocionaban los corazones de
los hombres. El que hablaba era un príncipe, por lo que los otros dijeron que
éstos siempre se creen más inteligentes.
Así es que le dejaron ir solo y a medida que andaba sintió su pecho más y
más oprimido por la soledad del bosque. Pero aún oía la campanita que tanto
había complacido a los otros, y, a veces, cuando el viento venía en dirección
del confitero, podía también oír cómo cantaban tomando el té. Pero las
hondas campanadas sonaban aún más fuertes, era como si sonase un órgano,
el sonido venía de la izquierda, del lado en que se encuentra el corazón.

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Entonces crujió algo en la maleza y un muchachito asomó ante el
príncipe, un muchacho en zuecos y con una chaqueta tan corta, que se podía
ver perfectamente lo largas que tenía las muñecas. Se reconocieron; el
muchacho era aquel que no había podido ir con ellos, porque tenía que
devolver la chaqueta y las botas al hijo del casero. Así había hecho, y ahora,
en zuecos y pobres ropas, había partido solo, porque la campana tañía con
tanta fuerza y hondura, que sintió que tenía que ir adelante.
—¡Así podremos ir juntos! —dijo el príncipe.
Pero el pobre muchacho de los zuecos estaba lleno de vergüenza, se tiró
de las cortas mangas de la chaqueta y dijo que temía no poder ir tan rápido,
aparte de que pensaba buscar la campana hacia la derecha, el puesto de honor
de la dignidad y de la belleza.
—Si es así, no nos encontraremos nunca —dijo el príncipe, haciendo un
gesto afirmativo al muchacho pobre, que penetró en la parte más oscura y
densa del bosque, donde las espinas rasgaron sus pobres ropas e hicieron
sangrar su rostro, manos y pies. El príncipe sacó también algunos buenos
rasguños, pero al menos el sol lucía en su camino y es a él al que seguiremos,
porque era un valiente muchacho.
—¡Quiero y tengo que encontrar la campana —dijo—, aunque tenga que
ir al fin del mundo!
Repugnantes macacos sentábanse en las ramas y se reían, mostrando todos
sus dientes.
—¿Le apedreamos? —decían—. ¿Le apedreamos? ¡Es un príncipe!
Pero escapó sin ser molestado, cada vez más hondo en el bosque, donde
crecían las flores más maravillosas. Había lirios blancos con sépalos de color
rojo como sangre, tulipanes azul cielo, que relucían en el viento, y manzanos,
cuyos frutos parecían enteramente pompas de jabón lucientes; ¡imaginaos
cómo brillarían aquellos árboles al sol! Alrededor de las más deliciosas
praderas verdes, en las que ciervos y ciervas triscaban en la hierba, crecían
majestuosos robles y hayas y cuando uno de los árboles tenía rasgada la
corteza, hierba y largas enredaderas brotaban en ella. Había también grandes
extensiones de bosque con tranquilos lagos, en los que cisnes blancos
nadaban y golpeaban sus alas. El príncipe se detenía con frecuencia a
escuchar; a menudo creía que era de uno de aquellos profundos lagos de
donde venía el tañido de la campana, pero, sin embargo, observó que no venía
de allí, sino aún más dentro del bosque donde la campana sonaba.
Cuando se puso el sol, el cielo brilló rojo como fuego y se hizo silencio en
el bosque. Cayó de rodillas, rezó su plegaria vespertina y dijo:

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—¡Nunca encontraré lo que busco! Ahora se pone el sol, ahora viene la
noche, la oscura noche; pero quizá acierte aún a ver el sol redondo y rojo,
antes de que se sepulte definitivamente tras la tierra. Treparé a aquellas rocas
que se elevan a la altura de los más altos árboles.
Y agarrándose a las ramas y raíces, trepó por las húmedas rocas en las que
se retorcían las serpientes acuáticas, donde los sapos parecían croarle, pero
llegó arriba antes de que el sol, visto desde aquella altura, se ocultase por
completo. ¡Qué maravilla! El mar, el inmenso, espléndido mar, derribaba sus
largas olas sobre la costa, extendida ante él, y el sol era como un gran altar
resplandeciente donde mar y cielo se unían, todo se fundía en incandescentes
colores, el bosque cantaba y el mar cantaba y su corazón les acompañaba en
su canto. La naturaleza entera era una catedral enorme y sagrada, de la que los
árboles y las flotantes nubes eran las columnas, las flores y la hierba los
ornamentos tejidos de terciopelo, el cielo mismo, la gran cúpula. Allá arriba
palidecían los tonos rojos, porque el sol se extinguía, pero millones de
estrellas se iluminaban, millones de lámparas de diamante brillaban allí, y el
príncipe extendió sus brazos al cielo, al mar y al bosque, y en aquel instante
vino, por el sendero derecho, el pobre muchacho de las mangas cortas y los
zuecos. Había llegado al mismo tiempo, por su camino, y corrieron a
encontrarse y se cogieron de la mano en la gran catedral de la naturaleza y de
la poesía, y sobre ellos resonó la invisible, sagrada campana, y las almas
bienaventuradas flotaron danzando sobre ella en un aleluya de júbilo.

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LA ABUELA

La abuela es muy vieja, tiene muchas arrugas y el cabello muy blanco,


pero sus ojos relucen como dos estrellas, sí, son mucho más bellos;
¡mirándolos atentamente son dulces y agradables! Y además sabe las historias
más bonitas y tiene un traje con flores grandes, es como de una seda gruesa,
que cruje. La abuela sabe tanto, porque vino al mundo antes que papá y
mamá, claro está. La abuela tiene un libro de salmos con gruesos broches de
plata y en él lee con frecuencia; en medio de él hay una rosa, está muy
aplastada y seca, no es tan hermosa como las rosas que ella tiene en el vaso, y,
sin embargo, se sonríe tiernamente al mirarla, sí, hasta le asoman lágrimas a
los ojos. ¿Por qué la abuela contempla así la rosa seca en el viejo libro?
¿Sabes por qué? Cada vez que las lágrimas de la abuela caen sobre la flor, se
reaviva su color, la rosa se abre y la sala entera se llena con su fragancia, los
muros se desvanecen, como si fuesen tan sólo de niebla y en torno asoma el
bosque verde y espléndido, donde el sol resplandece entre las hojas, y la
abuela, ella es muy joven, es una guapa muchacha de rubios bucles, de

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mejillas redondas y rojas, bella y graciosa, ninguna rosa es más fragante, pero
sus ojos, dulces y amables, siguen siendo los de la abuela. A su lado se sienta
un hombre joven, fuerte y hermoso; él le ofrece la rosa y ella sonríe. ¿No es
ésa la sonrisa de la abuela? ¡Sí, es su misma sonrisa! Él se ha marchado; han
pasado muchos pensamientos y muchas imágenes; el hombre gallardo ha
marchado, la rosa yace en el libro de oraciones y la abuela aquí está sentada
de nuevo, es una anciana y contempla la rosa seca que hay en el libro.
Ahora la abuela ha muerto. Estaba sentada en la butaca, contando una
larga y preciosa historia.
—Y así acaba —dijo—. Estoy muy cansada, dejadme ahora dormir un
poco.
Y se echó hacia atrás y respiró; dormía; pero se fue quedando cada vez
más inmóvil y su rostro estaba lleno de paz y de dicha, como si el sol lo
estuviese iluminando, y entonces dijeron que estaba muerta.
La tendieron en el ataúd negro, envuelta en el sudario blanco, estaba muy
guapa, aunque tuviera cerrados los ojos, pero todas las arrugas habían
desaparecido, yacía con la sonrisa en los labios; su pelo era de color de plata,
tan venerable, no daba miedo verla muerta, seguía siendo la dulce, bondadosa
abuela. Y colocaron el libro de los salmos bajo su cabeza, según había pedido
ella, y la rosa quedó en el viejo libro y así enterraron a la abuela.
En la sepultura, junto a la tapia del cementerio, plantaron un rosal, que se
llenó de flores, y el ruiseñor cantó sobre él y en la iglesia el órgano tocaba los
himnos más bellos que estaban en el libro bajo la cabeza de la muerta. Y la
luna iluminaba la sepultura, pero la muerta no estaba allí; los niños podían
acudir en el silencio de la noche y arrancar una rosa de la tapia del
cementerio. Un muerto sabe más que todos nosotros los vivos; el muerto
conoce el terror que sentiríamos ante algo tan inusitado como que ellos
vinieran a visitarnos; los muertos son mejores que todos nosotros y por ello
no regresan. Hay tierra sobre el ataúd, hay tierra dentro de él. El libro de los
salmos y sus páginas se han convertido en polvo, la rosa con todos sus
recuerdos se ha deshecho en polvo; pero arriba florecen nuevas rosas, arriba
canta el ruiseñor, y se oye el órgano; se recuerda a la vieja abuela de dulces
ojos, siempre jóvenes. Los ojos no pueden morir nunca; los nuestros la verán
un día, joven y bella, como cuando por primera vez besó la rosa fresca y roja,
que ahora es polvo en la tumba.

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LA COLINA DE LOS ELFOS

Nerviosas lagartijas correteaban ágilmente entre las grietas de un viejo


árbol; se entendían muy bien entre ellas, porque hablaban el idioma de las
lagartijas.
—¡Vaya, cómo retumba la vieja colina de los elfos! —dijo una lagartija
—. Hace dos noches que no he podido pegar ojo. Para lo que he dormido,
igual me hubiera dado estar en cama con dolor de muelas.
—¡Algo se cuece allí dentro! —dijo otra lagartija—. Han puesto la colina
sobre cuatro palos rojos hasta que cante el gallo, así se ventilará bien, y las
sílfides han aprendido nuevas danzas, en las que llevan el ritmo con el pie.
¡Algo andan tramando!
—Sí, he estado hablando con una lombriz amiga mía —dijo la tercera
lagartija—. La lombriz acababa de llegar de la colina, donde noches y días ha
estado haciendo galerías en la tierra. Había oído un montón de cosas, no ve ni
jota, el pobre bicho, pero andar a tientas y escuchar, eso sí que sabe. Esperan
forasteros en la colina de los elfos, forasteros distinguidos, pero quiénes son

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la lombriz no lo quiso decir, o quizá no lo sabía. Se ha convocado a todos los
fuegos fatuos para que formen una procesión con antorchas, están sacando
brillo a la plata y al oro, que tanto hay en la colina, y lo han expuesto a la luz
de la luna.
—¿Quiénes podrán ser los forasteros? —dijeron las lagartijas—. ¿Qué es
lo que estarán tramando? ¡Oíd, cómo zumba! ¡Oíd, cómo brama!
Entonces se abrió la colina de los elfos y una vieja sílfide, que carecía de
espalda[4], pero primorosamente vestida, salió dando saltitos. Era la vieja ama
de llaves del rey de los elfos, su parienta lejana, y llevaba un corazón de
ámbar en la frente. Las piernas le iban rapidísimamente, plim, plam, cómo
saltaba, y fue derecha al pantano, a casa del chotacabras.
—¡Está invitado a la colina de los elfos esta noche! —dijo—, pero
háganos el favor de encargarse de las invitaciones. Séanos útil, ya que no
tiene de qué ocuparse. Tenemos invitados forasteros distinguidísimos, trolls
importantes, y por lo tanto asistirá el viejo rey de los elfos.
—¿A quién se ha de invitar? —preguntó el chotacabras.
—Bueno, al gran baile puede venir todo el mundo, incluso hombres, con
tal que puedan hablar en sueños o hacer algo de lo que corresponde a nuestra
clase. Pero para el banquete de gala debe regir una estricta selección, sólo
queremos lo más distinguido. He estado discutiendo con el rey de los elfos,
porque yo sostengo que ni siquiera debiéramos admitir a los espectros. El
tritón y sus hijas deben ser invitados; no les gusta mucho ir a sitios secos,
pero podrán tener cada uno una piedra mojada para sentarse, o algo mejor,
espero que no se nieguen esta vez. Deben estar todos los trolls de primera
clase, que tengan rabo, el genio del río y los duendes, y pienso que no
podemos prescindir de la Cerda funeraria, el Caballo fatídico y la Gárgola[5];
pertenecen por derecho propio al clero y no tienen nada en común con
nosotros, pero así se ganan la vida; de todas formas son parientes próximos
nuestros y nos visitan con frecuencia.
—¡Cra! —dijo el chotacabras y salió volando a cursar las invitaciones.
Las sílfides estaban ya bailando sobre la colina de los elfos y bailaban con
largos chales tejidos con niebla y luz de luna, lo que constituye un espléndido
espectáculo para quienes gustan de estas cosas. Dentro de la colina, el gran
salón había sido escrupulosamente limpiado; habían lavado el suelo con claro
de luna y frotado los muros con grasa de bruja, de modo que brillaban como
pétalos de tulipán. La cocina estaba repleta de ranas espetadas, pieles de
culebras con dedos de niños chicos y ensaladas de simientes de hongos,
hocicos de ratones húmedos y cicuta, cerveza fabricada por la vieja del

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pantano, brillante vino de salitre de la bodega sepulcral, todo de lo mejor;
clavos herrumbrosos y cristales de vidrieras de iglesia figuraban como
entremeses.
El viejo rey de los elfos hizo que sacaran brillo a su corona de oro con
yeso en polvo, era de pizarra del primero de la clase y resultaba muy difícil
para el rey de los elfos conseguir pizarra del primero de la clase. En la alcoba
colgaron cortinas y las fijaron con saliva de culebra. Sí, ya lo creo que había
zumbido y tráfago.
—Ahora hay que fumigar esto con crin y cerda, y me parece que ha
terminado mi labor —dijo la vieja sílfide.
—Papaíto —dijo la más pequeña de las hijas—, ¿puedo saber quiénes son
esos distinguidos forasteros?
—¡Bueno, bueno! —contestó el rey—, más vale que lo diga. Dos de mis
hijas deben estar dispuestas a casarse. Dos serán dadas en casamiento. El troll
decano de Noruega, el que reside en la vieja montaña de Dovre y posee
muchos castillos de granito y una mina de oro, que vale más de lo que se cree,
viene con sus dos hijos mozos, que están buscando mujer. El viejo troll es un
auténtico troll noruego, honrado, alegre y franco; le conozco desde los viejos
tiempos en que nos tuteábamos; vino aquí a buscar mujer, que murió ya; era
la hija del rey de los acantilados de Møen. La eligió de arcilla[6], como suele
decirse. ¡Ay, cómo echo de menos al viejo troll noruego! Dicen que los
muchachos son unos jovenzuelos maleducados y orgullosos, pero quizá no su
verdad y mejoren de casados. Vamos a ver si los civilizáis.
—¿Y cuándo llegan? —preguntó una de las hijas.
—Depende del viento y del tiempo —dijo el rey de los elfos—. ¡Viajan en
plan económico! Aprovechan una oportunidad de embarque. Yo quería que
hubieran volado sobre Suecia, pero el viejo no estaba de acuerdo. ¡No va con
los tiempos y eso no me gusta nada!
En aquel instante llegaron brincando dos fuegos fatuos, uno era más
rápido que el otro, por lo que llegó primero.
—¡Ya llegan, ya llegan! —gritaron.
—Dadme mi corona y me pondré a la luz de la luna —dijo el rey de los
elfos.
Las hijas elevaron los largos chales e hicieron una reverencia hasta el
suelo.
Allí estaba el viejo troll de Dovre, con corona y témpanos de hielo y
bruñidas piñas de abeto; además llevaba una piel de oso y botas de trineo; los

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hijos, por el contrario, iban despechugados y sin tirantes, porque eran muy
robustos.
—¿Es esto un cerro? —preguntó el menor de los chicos, indicando la
colina de los elfos—. ¡Allá en Noruega llamamos a esto un hoyo[7]!
—¡Muchachos! —dijo el padre—. ¡El hoyo va para abajo, y el cerro, para
arriba! ¿Es que no tenéis ojos en la cara?
Lo único que les asombraba, dijeron, era cómo sin saberlo podían
entender el idioma.
—¡No digáis tonterías! —dijo el viejo—. ¡Se diría que no tenéis
educación!
Y entraron en la colina de los elfos, donde se congregaba una sociedad
muy elegante, y con tal premura lo hicieron, que se hubiera creído que se los
llevaba el viento. Estaba agradablemente dispuesto a gusto de todos. Las
criaturas marinas estaban sentadas a la mesa en grandes cubas con agua;
decían que era como si estuviesen en casa. Todos guardaban las formas en la
mesa, excepto los dos jóvenes trolls noruegos, que pusieron los pies en la
mesa, porque creían que todo les estaba permitido.
—¡Los pies fuera del plato! —dijo el viejo troll, y entonces le
obedecieron, pero no inmediatamente. Le hacían cosquillas a su compañera
de mesa con las piñas de abeto que llevaban en el bolsillo. Se quitaron
después las botas para quedarse cómodos y se las dieron para que se las
guardaran, pero el padre, el viejo troll de Noruega, era muy diferente. Habló
elocuentemente de las soberbias montañas noruegas, y de las cataratas que se
precipitaban blancas de espuma, con el estrépito del trueno y el acorde del
órgano, contó la historia del salmón, que saltaba contra la corriente cuando el
gnomo toca el arpa de oro. Habló de las luminosas noches de invierno, en que
tintineaban los cascabeles del trineo y los muchachos corrían con antorchas
encendidas sobre el hielo reluciente, tan transparente, que veían a los peces
asustarse bajo sus pies. ¡Oh, cómo sabía contarlo! Al oírle, parecía estarse
viendo y oyendo lo que decía. Era como ver girar los aserraderos, como si
mozos y mozas cantasen y bailasen los bailes populares del valle de Halling.
¡Hala!, de repente el viejo troll le plantó a la vieja sílfide un ósculo de tío,
todo un beso en regla, aunque no fuesen parientes de nada.
Luego les tocó bailar a las sílfides, y lo hicieron tanto a lo sencillo como
taconeando, y bien que lo hicieron; después vino el baile artístico o, como se
le llama, «danzar solo, fuera de filas», en donde podían estirar las piernas; no
se sabía lo que era el fin y lo que era el principio, no se distinguía lo que era
brazo y lo que era pierna, se mezclaron entre sí como las virutas de madera y

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tantas vueltas dieron que el Caballo fatídico se mareó y tuvo que retirarse de
la mesa.
—¡Brr! —dijo el viejo troll—. ¡Esto es enseñar las piernas! ¿Pero saben
hacer algo más que bailar, estirar las piernas y levantar polvo?
—¡Ahora vas a verlo! —dijo el rey de los elfos, que hizo avanzar a la
menor de sus hijas. Era tan delgada y transparente como un rayo de luna, la
más bella de todas las hermanas; se puso una varita blanca en la boca y
desapareció por completo: ésa era su habilidad.
Pero el viejo troll afirmó que se trataba de una habilidad que no le hubiera
gustado que poseyera su propia mujer y no creía que a sus hijos les gustase
nada.
La segunda podía caminar de costado, como si fuera su sombra, cosa que
no puede hacer todo el mundo.
La tercera era muy distinta, había aprendido en la cervecería de la vieja
del pantano y era la que sabía embadurnar con luciérnagas los troncos de
aliso, morada de los elfos.
—¡Será una buena ama de casa! —dijo el viejo troll, y brindó con los
ojos, porque no quería beber en exceso.
Después vino la cuarta sílfide, tenía una gran arpa de oro; así que rozó la
primera cuerda, todos levantaron la pierna izquierda, porque los trolls son
zurdos, y cuando tocaba la segunda cuerda, tenían todos que hacer lo que ella
quería.
—¡Es una mujer peligrosa! —dijo el viejo troll.
Los dos hijos salieron de la colina, porque estaban ya hartos.
—¿Y qué sabe la hija siguiente? —preguntó el viejo troll.
—¡He aprendido a querer a los noruegos —contestó ella—, y no me
casaré si no es para ir a Noruega!
Pero la menor de las hermanas le cuchicheó al viejo troll:
—Es sólo porque ha oído en una canción noruega que, cuando el mundo
desaparezca, los peñascos noruegos permanecerán como hitos de recuerdo, y
por eso quiere ir allá, tanto miedo tiene de desaparecer.
—¡Ja, ja! —dijo el viejo troll—, dejemos eso. ¿Pero qué sabe la séptima y
última?
—¡La sexta viene antes de la séptima! —dijo el rey de los elfos, que sabía
contar, pero la sexta no quería presentarse.
—Sólo sé decirle la verdad a la gente —dijo ella—; nadie se interesa por
mí y tengo bastante con coserme mi mortaja.

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Entonces vino la séptima y última, y ¿qué sabía hacer? Pues sabía contar
cuentos, tantos como quisiese.
—¡Aquí están mis cinco dedos! —dijo el viejo troll—. Cuéntame un
cuento por cada uno.
Y la sílfide le tomó la muñeca y él rió hasta estallar en carcajadas, y
cuando ella llegó al anular, que llevaba anillo de oro en la cintura, como si
supiera que iba a haber esponsales, dijo el viejo troll:
—¡Agárrate a lo que tienes, la mano es tuya! Serás mi esposa.
Y la sílfide contestó que faltaba aún por contar el cuento del anular y del
meñique.
—¡Lo oiremos el próximo invierno! —dijo el viejo troll—. Y oiremos el
cuento del abeto y el del abedul y el de los regalos de la ninfa de los bosques
y el del terrible frío. No te faltarán ocasiones para contármelos, porque nadie
los sabe contar bien allí. Y nos sentaremos en la sala de piedra donde arden
los troncos de pino, y beberemos hidromiel en el cuerno de oro de los viejos
reyes noruegos; el gnomo me ha regalado un par de ellos, y cuando estemos
así sentados vendrá el duende campesino de visita, te cantará todas las
canciones de la muchacha de las praderas. ¡Será divertido! El salmón brincará
en la cascada y chocará contra las paredes de piedra, pero no entrará. ¡Sí,
puedes creer que se pasa bien en la querida y vieja Noruega! Pero, ¿dónde
están los chicos?
Sí, ¿dónde estaban? Corrían por el campo y apagaban los fuegos fatuos,
que venían tan modosos a formar la procesión de antorchas.
—¿Es momento éste para hacer el vago? —dijo el viejo troll—. Ahora
que os he elegido una madre, bien podríais tomar vosotros una tía materna.
Pero los mozos dijeron que preferían dialogar y beber unas copas, porque
de casarse no tenían ni pizca de ganas.
Y así, dialogaron, bebieron a la salud de los presentes y pusieron el vaso
boca abajo, para demostrar que se lo habían bebido todo, se desnudaron y se
echaron a dormir en la mesa, porque no tenían vergüenza de nada. Pero el
viejo troll bailaba alrededor de la sala con su joven prometida y cambió las
botas con ella, lo que resulta más elegante que cambiar anillos.
—¡Ya canta el gallo! —dijo la vieja sílfide, que hacía de ama de llaves—.
Tenemos que cerrar los postigos, no sea que el sol nos consuma.
Y así se cerró la colina.
Pero afuera las lagartijas corrían arriba y abajo del árbol rajado y una dijo
a la otra:
—¡Oh, cómo me gusta el viejo troll de Noruega!

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—Yo prefiero a los muchachos —dijo la lombriz, pero no veía, el pobre
bicho.

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LOS ZAPATOS ROJOS

Érase una muchachita muy linda y graciosa, pero tan pobre, que en verano
tenía siempre que ir descalza y en invierno con grandes zuecos, lo que
lastimaba horriblemente sus piececitos y los dejaba enrojecidos.
En la plaza de la aldea vivía la vieja zapatera, que, sentada en su escabel,
hizo, lo mejor que podía, un par de zapatos, cosiendo viejas tiras de paño rojo.
Eran bastante toscos, pero la zapatera los hizo con la mejor intención, para
dárselos a la muchachita. Ésta se llamaba Karen.
Tuvo los zapatos rojos y los estrenó precisamente el día que enterraron a
su madre. No eran lo que se dice una prenda de luto, pero no tenía otros. Así
es que se los puso en los pies desnudos, para seguir al pobre ataúd de paja.
Acertó en aquel momento a pasar un enorme y viejo carruaje en el que iba
una enorme y vieja señora. Vio a la muchachita y le dio pena, por lo que dijo
al sacerdote:
—Oiga, si me entrega la niña, me encargaré de ella.

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Y Karen pensó que todo era debido a los zapatos rojos, pero la señora dijo
que eran horrorosos y los mandó quemar. Karen tuvo vestidos limpios y
bonitos, aprendió a leer y a coser y la gente dijo que era encantadora, pero el
espejo le decía:
—Eres más que encantadora. ¡Eres preciosa!
Una vez la reina recorrió el país y llevó con ella a la princesa, su hija. El
pueblo se aglomeró ante el castillo y allí estaba también Karen, y la princesita
se asomó a una ventana con su vestido blanco. No llevaba cola ni corona, sino
preciosos zapatos rojos de tafilete. Eran mucho más bonitos que los que la
vieja zapatera había cosido para la pequeña Karen. ¡Nada en el mundo podía
compararse con unos zapatos rojos!
Karen llegó a la edad de la confirmación. Tuvo nuevos trajes, así como
nuevos zapatos. El zapatero más caro de la ciudad tomó la medida de sus
piececitos. Trabajaba en su propia casa, en la que había grandes vitrinas con
elegantes zapatos y relucientes botas. Constituían un espléndido espectáculo,
pero la vieja señora no veía bien, por lo que no le divirtió mucho. Entre los
zapatos había un par rojo, semejantes a los de la princesa; ¡qué bellos eran! El
zapatero también dijo que habían sido encargados para la hija de un conde,
pero que no le habían sentado bien.
—No hay duda de que son de charol —dijo la señora—. ¡Cómo brillan!
—¡Sí que brillan! —dijo Karen.
Le sentaban bien y los compraron; pero la vieja señora no se había dado
cuenta de que eran rojos, porque nunca le hubiera permitido a Karen ir a la
confirmación con zapatos rojos, como sucedió.
Todos la miraban a los pies y, cuando pasó por la nave hasta el altar,
pensó que incluso los viejos cuadros sobre las tumbas, los retratos de clérigos
y sus esposas, con rígidos cuellos y largas hopalandas negras, se fijaban en
sus zapatos rojos. Y sólo en ellos pensaba cuando el sacerdote le colocó su
mano en la cabeza y habló del santo bautismo, del pacto con Dios y de que
ahora en adelante empezaba la vida cristiana de persona adulta. Y el órgano
sonó con toda solemnidad, se elevaron las bellas voces de los niños y cantó el
viejo solista, pero Karen sólo pensaba en los zapatos rojos.
Por la tarde no hubo quien no le hubiera contado a la señora que los
zapatos eran rojos y ella dijo que eso estaba muy mal, que era impropio, y
que, a partir de entonces, cuantas veces fuera Karen a la iglesia, debería ir
siempre con zapatos negros, por viejos que fuesen.
El domingo siguiente era la comunión, y Karen miró los zapatos negros, y
luego los rojos, los volvió a mirar, y se los puso.

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Hacía un sol espléndido. Karen y la señora tomaron el sendero a través de
los trigales, donde había bastante polvo.
A la puerta de la iglesia se encontraba un viejo soldado con una muleta y
una barba asombrosamente larga, más roja que blanca, porque la verdad es
que era roja. Hizo una profunda reverencia y preguntó a la señora si le
limpiaba los zapatos. Y Karen alargó también su piececito.
—¡Qué preciosos zapatos de baile! —dijo el soldado—. ¡Agarraos bien
cuando bailéis! —y dio un golpe a las suelas con la mano.
Y la vieja señora dio al soldado unos céntimos y entró con Karen en la
iglesia.
Y todos los que estaban dentro se quedaron mirando los zapatos rojos de
Karen, hasta los retratos los miraban, y cuando Karen se arrodilló ante el altar
y colocó el cáliz de oro ante su boca, sólo pensaba en los zapatos rojos, como
si estuviesen nadando en el cáliz ante ella; y olvidó cantar el salmo y dejó a
un lado su padrenuestro.
Después salieron todos de la iglesia y la señora subió a su carruaje. Al
levantar Karen el pie para subir tras ella, el viejo soldado, que estaba al lado,
dijo:
—¡Qué preciosos zapatos de baile!
Y Karen no pudo impedir dar unos pasos de baile, y, una vez empezado,
las piernas siguieron bailando, era como si los zapatos hubieran tenido poder
sobre ellas. Bailó en torno a la esquina de la iglesia sin poderlo remediar. El
cochero tuvo que correr tras ella y, echándole mano, la subió al coche, pero
los pies siguieron bailando, de forma que la pobre anciana recibió furiosas
patadas. Al fin se quitó los zapatos y las piernas se apaciguaron.
Guardaron los zapatos en lo alto de un armario de la casa, pero Karen no
podía resistirse a echarles una mirada.
Un día la señora cayó enferma, decían que moriría pronto; había que
cuidarla y atenderla y no tenía a nadie más próximo que Karen. Pero se
celebraba un gran baile en la ciudad, Karen estaba invitada: miró a la señora,
que después de todo no podía vivir mucho tiempo, miró los zapatos rojos, y
pensó que ningún pecado había cometido, se puso los zapatos rojos, en lo cual
no había nada malo, pero luego se fue al baile y comenzó a bailar.
Pero cuando quiso ir a la derecha, los zapatos fueron bailando hacia la
izquierda y cuando quiso ir al fondo de la sala, los zapatos la llevaron a la
entrada, escaleras abajo, por la calle y fuera de la puerta de la ciudad. Bailar y
bailar, no podía hacer otra cosa, y entró bailando hasta lo profundo del bosque
sombrío.

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Algo brillaba en lo alto entre los árboles, y como parecía un rostro, creyó
que era la luna. Pero era el viejo soldado con la barba roja; estaba sentado,
cabeceaba y decía:
—¡Mira qué preciosos zapatos de baile!
Entonces se asustó y quiso sacarse los zapatos rojos, pero estaban
firmemente agarrados, y se arrancó las medias, pero los zapatos seguían
metidos en los pies, y siguió bailando: bailó por campos y praderas, a la lluvia
y al sol, de noche y de día, pero de noche era peor.
Bailó en el cementerio, al aire libre, pero los muertos allí no bailaban,
tenían algo mucho mejor que hacer. Hubiera querido sentarse junto a la fosa
común, donde crece la manzanilla amarga, pero para ella no había paz ni
reposo y, cuando entró bailando por la puerta abierta de la iglesia, vio un
ángel de larga túnica blanca, con unas alas que desde los hombros le llegaban
hasta el suelo, el rostro duro y serio y en la mano empuñaba una espada, muy
ancha y resplandeciente:
—¡Tienes que bailar! —dijo—. ¡Bailar con tus zapatos rojos hasta que te
quedes pálida y fría! Hasta que tu piel se arrugue como la de un esqueleto.
Bailarás de puerta en puerta y donde vivan niños llenos de orgullo y vanidad,
llamarás, para que te oigan y se asusten. ¡Baila, baila!
—¡Piedad! —gritó Karen.
Pero no oyó la respuesta del ángel, porque los zapatos la habían arrastrado
por la verja al campo, por caminos y sendas, baila que te bailarás.
Una madrugada pasó bailando por delante de una puerta que conocía bien.
El sonido de un himno llegaba de su interior, sacaban un ataúd adornado con
flores. Entonces comprendió que la señora había muerto y pensó que ahora se
encontraba abandonada por todos y maldita del ángel de Dios.
Baila que te baila, bailaba en la noche oscura. Los zapatos la arrastraban
sobre espinos y rastrojos, que la arañaban hasta sangrar. Fue bailando, más
allá del brezal, hasta una casita solitaria. Ella sabía que allí vivía el verdugo y
golpeó con los dedos en el cristal de la ventana y dijo:
—¡Salf! ¡Salf! No puedo entrar, porque estoy bailando.
Y el verdugo dijo:
—¿Es que no sabes quién soy? Les corto las cabezas a los malos y ahora
veo que mi hacha se estremece.
—¡No me cortes la cabeza —dijo Karen—, porque entonces no podré
arrepentirme de mi pecado! Pero córtame los pies con los zapatos rojos.
Y así confesó su pecado y el verdugo le cortó los pies con los zapatos
rojos; pero los zapatos se fueron bailando con los piececitos dentro, por los

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campos, hasta el bosque oscuro.
Y le hizo unas piernas de palo y unas muletas, le enseñó un himno que los
pecadores siempre cantan y ella besó la mano que había empuñado el hacha y
marchó por el brezal.
«Ahora ya he sufrido de sobra por los zapatos rojos —pensó—. Iré a la
iglesia, para que me vean.»
Y marchó decididamente a la puerta de la iglesia, pero, cuando llegó allí,
los zapatos rojos bailaban ante ella, y se asustó y se volvió.
Durante toda la semana estuvo muy desconsolada y lloró muchas y
gruesas lágrimas, pero, al llegar el domingo, dijo:
—¡Ya está bien! ¡Ya he sufrido y luchado bastante! Creo que soy tan
buena como muchos de los que se sientan muy estirados en la iglesia.
Y se decidió a ir. Pero no había pasado del portal, cuando vio delante de
ella bailar los zapatos rojos y se asustó y se volvió y en lo hondo de su
corazón se arrepintió de su pecado.
Y fue a casa del párroco y rogó si la podían tomar allí como criada: sería
diligente y haría cuanto pudiera, el salario no le preocupaba, le bastaba tener
un techo sobre la cabeza y estar en casa de gente honrada. Y la esposa del
pastor se apiadó de ella y la tomó. Y ella era aplicada y sensata. Se sentaba en
silencio a escuchar, cuando por las noches el párroco leía la Biblia en voz
alta. Todos los pequeños la querían, pero, cuando hablaban de adornos y de
pompas y de ser tan hermosa como una reina, ella negaba con la cabeza.
Al domingo siguiente fueron todos a la iglesia, y le preguntaron si iba con
ellos, pero ella miró tristemente, con lágrimas en los ojos, a sus muletas, y,
mientras los otros se fueron a oír la palabra de Dios, ella se retiró sola a su
cuartito. Era tan pequeño, que cabían una cama y una silla, y en ella se sentó
con su libro de salmos. Mientras lo leía con piadoso espíritu, el viento trajo
hasta ella los sonidos del órgano de la iglesia. Levantó su rostro cubierto de
lágrimas y dijo:
—¡Oh Señor, ayúdame!
Entonces resplandeció el sol y ante ella se alzó el ángel del Señor, de
blanca túnica, el mismo que aquella noche había visto a la puerta de la iglesia,
pero ya no empuñaba la afilada espada, sino una bonita rama verde, cuajada
de rosas. Tocó con ella el techo, que se elevó muchísimo, y donde había
tocado resplandeció una estrella de oro. Y tocó las paredes, que se abrieron, y
vio el órgano que seguía tocando, vio los viejos retratos de los clérigos y sus
esposas; los fieles, sentados en bancos adornados para fiesta, cantaban
salmos. La iglesia misma se había trasladado a la pobre muchacha en su

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estrecho cuartito, o quizá era ella la que había ido a la iglesia. Estaba sentada
en el banco de la familia del párroco y, cuando terminaron el salmo,
levantaron la cabeza, asintieron y dijeron:
—Hiciste bien en venir, Karen.
—Fue la Gracia —respondió la niña.
Y retumbó el órgano, y las voces de los niños en el coro sonaron llenas de
dulzura y de encanto. El sol caía, brillante y tibio, a través de las ventanas
sobre el banco de la iglesia en el que estaba sentada Karen. Su corazón se
llenó de tal modo de sol, de paz y de alegría, que estalló. Su alma voló por los
rayos del sol hasta Dios, donde nadie le preguntó por los zapatos rojos.

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LOS SALTADORES

Una vez la pulga, el saltamontes y el saltador[8] quisieron jugar a ver


quién daba el salto más alto; e invitaron a todo el mundo y a todo el que
quisiera asistir al espectáculo. Eran tres cabezas de chorlito y se presentaron
juntas.
—¡Muy bien! ¡Y yo daré a mi hija como esposa al que salte más alto! —
dijo el rey—. ¡Sería una mezquindad que esta gente saltara por nada!
Se presentó en primer lugar la pulga, tenía una cierta gracia y saludaba a
derecha e izquierda, dado que corría sangre de señorita por las venas y estaba
acostumbrada a visitar personas, y esto quiere decir mucho.
Luego se presentó el saltamontes, era un poco más pesado, pero muy
educado; llevaba puesto su uniforme verde, algo congénito; y además, se
decía que pertenecía a una antigua familia de Egipto, la cual en su patria
gozaba de alta reputación; lo habían cogido directamente en un campo y lo
habían metido en una casita de tres pisos hechos con cartas de la baraja, todas
las figuras vestidas, y que tenían la parte de los colores hacia dentro; había
una puerta y una ventana, esta última recortada en el pecho de la sota de oros.

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—Yo canto muy bien —dijo el saltamontes—, por este motivo dieciséis
grillos que no saben hacer otra cosa que chillar desde que nacieron, pero que
no han tenido jamás una casita de cartas de baraja, al oírme, se han quedado
mucho más delgados de rabia.
Una y otro, la pulga y el saltamontes, no paraban de dar a conocer sus
habilidades, y decían que podían casarse con una princesa.
El saltador no dijo una palabra, por lo que se rumoreó que seguramente
pensaba más que los otros; el perro de corte, una vez que lo husmeó,
garantizó que era de buena familia. El viejo consejero, que a fuerza de no
decir una palabra había conseguido tres condecoraciones, sabía con certeza,
dijo, que el saltador tenía virtudes proféticas, o sea, se podía conocer por su
espalda si el invierno iba a ser crudo o benigno, y esto en realidad nunca se
puede conocer por la espalda de quien escribe el calendario zaragozano.
—¡Muy bien, yo no digo nada! —cortó el viejo rey—. ¡Lo que pienso me
lo guardo!
Había que comenzar con los saltos. La pulga saltó tan alto, que nadie la
vio, por lo que todos dijeron que no había saltado, y esto era una mezquindad.
El saltamontes saltó poco más o menos la mitad de la pulga, pero cayó
encima del rey, el cual le llamó grosero.
El saltador se quedó mucho tiempo parado y pensando; estuvo tanto
tiempo así, que ya la gente creía que no sabía saltar.
—Espero que no esté enfermo —dijo el perro de corte, y lo husmeó de
nuevo. «¡Rutch!», dio un pequeño salto de lado y cayó en el regazo de la
princesa, que estaba sentada en un escabel bajo de oro.
El rey dijo:
—El salto más alto es llegar hasta mi hija. La astucia estaba en esto, pero
para entenderlo hay que tener cabeza, y el saltador ha demostrado tenerla.
Y así le dieron la mano de la princesa.
—Sin embargo yo he saltado más alto que los demás —dijo la pulga—.
En el fondo no me importa que la princesa se case con un esternón de ganso
que tiene un palillo y pez. Yo he saltado más alto que los demás, aunque en
este mundo se necesita volumen para que te vean.
La pulga se enroló en la legión, donde parece que murió.
El saltamontes se metió en una zanja para pensar cómo van las cosas por
el mundo, y también dijo:
—¡Se necesita volumen! ¡Se necesita volumen! Luego cantó su canción
melancólica, y precisamente de ahí hemos sacado este cuento, que podría ser
verdad, aunque lo hayamos escrito.

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LA PASTORCITA Y EL DESHOLLINADOR

¿Has visto alguna vez un armario de madera viejo de veras, negro de puro
viejo, y tallado con follajes y arabescos? Pues justo uno así había en una sala.
Había sido de la bisabuela y estaba tallado con rosas y tulipanes de arriba
abajo, que formaban raras espirales, entre las cuales asomaban cabecitas de
ciervos con muchos cuernos. Pero en medio del armario había tallado un
personaje de cuerpo entero, que al verlo hacía reír; no se puede decir que él
riese, apenas sabía sonreír. Tenía patas de cabra, cuernos en la frente y una
larga barba. Los niños de la casa le llamaban siempre
Generalcomandantesargento Pata de Cabra: era muy difícil de pronunciar,
pues no hay muchos que tengan ese título; tallar una figura así no era cosa de
todos los días. Bueno, el caso es que allí estaba y miraba sin cesar a la mesa
que estaba bajo el espejo, porque en ella había una encantadora pastorcita de
porcelana, cuyos zapatos eran dorados, el vestido atado graciosamente con
una rosa roja; tenía un sombrero dorado y un bastón de pastor. Era una
delicia. Junto a ella había un pequeño deshollinador, negro como el carbón,

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aunque también de porcelana; estaba tan limpio y curioso como cualquier
otro, porque deshollinador era sólo de nombre. El artista lo mismo pudo haber
hecho de él un príncipe.
Allí estaba, tan gracioso, con su escalera y un rostro tan blanco y
sonrosado como una muchacha, lo cual era un error, porque bien podía haber
estado un poquito tiznado. Estaba muy cerca de la pastora; los dos habían sido
colocados allí y al estar juntos se habían hecho novios. Hacían una buena
pareja, eran jóvenes, de la misma porcelana e igual de quebradizos.
Junto a ellos había una figura tres veces mayor: un viejo chino, que decía
sí con la cabeza. Era también de porcelana y decía ser abuelo de la pastorcita,
aunque no podía demostrarlo. Pretendía tener autoridad sobre ella y por lo
tanto había cabeceado afirmativamente al Generalcomandantesargento Pata
de Cabra cuando éste pidió la mano de la pastorcita.
—¡Vaya marido! —dijo el viejo chino—, un marido que casi estoy por
creer es de caoba, que te hará Generalcomandantesargenta. Tiene todo el
armario lleno de cubiertos de plata, además de las joyas que tiene en cajones
secretos.
—¡No quiero ir al armario oscuro! —protestó la pastorcita—. He oído que
guarda en él once mujeres de porcelana.
—¡Entonces tú serás la número doce! —dijo el chino—. ¡Esta noche, en
cuanto cruja el viejo armario, tendremos boda, tan cierto como soy chino! —
Dijo sí con la cabeza, y se durmió.
Pero la pastorcita miró a su novio, el deshollinador de porcelana, y se
echó a llorar.
—Te voy a pedir —dijo ella— que huyas conmigo por el mundo, porque
aquí no podemos quedarnos.
—Haré lo que tú quieras —dijo el pequeño deshollinador—. Vámonos
ahora mismo, pienso que podré mantenerte con mi oficio.
—Quisiera haber bajado ya de la mesa —dijo ella—. No estaré tranquila
hasta encontrarme en el ancho mundo.
Y él la consoló y le enseñó dónde debía poner su piececito para bajar por
la pata de la mesa: agarrándose a los bordes tallados y al follaje dorado.
También usó su escalera y por fin se encontraron en el suelo. Pero, cuando
miraron al viejo armario, vieron que se había organizado una gran alarma: los
ciervos esculpidos alargaban las cabezas, levantaban la cornamenta y torcían
los cuellos, el Generalcomandantesargento Pata de Cabra daba saltos y gritaba
al viejo chino:
—¡Qué se escapan, que se escapan!

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Entonces les entró miedo y saltaron rápidamente al cajón que había debajo
de la ventana.
Allí había tres o cuatro barajas incompletas y un pequeño teatro de
muñecas, que había sido instalado lo mejor posible. Había función y todas las
damas, tanto de diamantes y de corazones como de tréboles y de picas,
estaban sentadas en primera fila y se abanicaban con sus tulipanes y detrás
estaban de pie todos los reyes, mostrando que tenían cabeza tanto arriba como
abajo, como tienen los naipes. La comedia trataba de una pareja que no podía
casarse, lo que hizo derramar lágrimas a la pastorcita, porque le recordaba su
propia historia.
—No puedo resistirlo —dijo—, tengo que salir del cajón.
Pero, cuando estuvo en el suelo, y miró a la mesa, el viejo chino se había
despertado y sacudía todo el cuerpo, porque en vez de piernas tenía una bola.
—¡Qué viene el viejo chino! —gritó la pastorcita, y tanto pavor le entró,
que cayó en tierra sobre sus rodillas de porcelana.
—¡Tengo una idea! —dijo el deshollinador—. Gateemos y metámonos en
el ánfora de los perfumes[9], que hay en el rincón. Allí podremos tendernos
entre rosas y lavanda y echarle sal en los ojos cuando venga.
—¡Es inútil! —dijo ella—. Además sé que el viejo chino y el ánfora han
sido novios y siempre queda algo de cariño. No, no queda más remedio que
marcharnos por el mundo.
—¿Te atreves de verdad a ir conmigo por el mundo? —preguntó el
deshollinador—. ¿Te das cuenta de lo grande que es y que quizá no
regresemos nunca?
—Sí, lo sé —dijo ella.
Y el deshollinador la miró muy serio y dijo:
—Mi camino va a través de la chimenea. ¿Te atreves de verdad a subir
conmigo por la estufa, a través del cilindro y del tubo? Hasta salir a la
chimenea; allí sé cómo arreglármelas. Subiremos tan alto, que nadie podrá
alcanzarnos y allí arriba hay una apertura, que da al mundo.
Y la llevó a la puerta de la estufa.
—¡Qué negro está! —dijo ella, pero le siguió a través de la estufa y del
tubo, que estaba oscuro como boca de lobo.
—Ahora hemos llegado a la chimenea —dijo él— y, ¡mira, mira!, ¡allá
arriba brilla la estrella más hermosa!
Y era de verdad una estrella del cielo la que brillaba justo encima de ellos,
como si quisiera señalarles el camino. Y ellos se arrastraron y subieron —era
una subida horrorosa, alta, alta. Pero él subía delante, le ayudaba y sostenía, y

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señalaba los mejores sitios donde podía poner sus piececitos de porcelana y
así subieron hasta alcanzar el borde de la chimenea y se sentaron en él, porque
estaban muy cansados, como es de suponer.
El cielo con todas sus estrellas se extendía sobre ellos y todos los tejados
de la ciudad estaban abajo. Podían mirar lejos, muy lejos, por el mundo; la
pobre pastora nunca lo había imaginado tan grande. Inclinó su cabecita en el
hombro de su deshollinador y lloró tanto, que el oro se corrió de su cinturón.
—¡Es demasiado! —dijo—. ¡No puedo resistirlo! El mundo es demasiado
grande. Ojalá me encontrara otra vez en la mesita bajo el espejo. Nunca seré
feliz si no vuelvo. Te he seguido hasta el ancho mundo, ¡bien puedes ahora
acompañarme a casa de nuevo, si te importo algo!
Y el deshollinador le habló cargado de razones, le habló del viejo chino y
del Generalcomandantesargento Pata de Cabra, pero ella sollozaba con tanta
pena y le besaba de tal forma, que su pequeño deshollinador no tuvo más
remedio que acceder, aunque fuese un disparate.
Y entonces se deslizaron de nuevo con grandes apuros a través de la
chimenea y bajaron por la estufa y el tubo, lo que no era nada agradable, hasta
que se encontraron en la estufa oscura. Espiaron por la puerta para saber lo
que ocurría en la sala. Todo estaba en silencio; salieron, ¡ay! El viejo chino
estaba en el suelo. Se había caído de la mesa, cuando trataba de perseguirles,
y yacía roto en tres pedazos. Las espaldas se habían partido en un trozo y la
cabeza había rodado a un rincón. El Generalcomandantesargento Pata de
Cabra estaba donde siempre había estado y meditaba.
—¡Qué horror! —dijo la pastorcita—. El abuelo se ha hecho trizas por
culpa nuestra. ¡No podré sobrevivir a ello! —y se retorcía las manecitas.
—Se le puede recomponer —dijo el deshollinador—. ¡Se le puede pegar
estupendamente! No te desesperes. Cuando le encolen la espalda y le unan
con un hierro la cabeza con el cuello, quedará como nuevo y nos podrá decir
muchas impertinencias.
—¿Tú crees? —dijo ella. Y gatearon a lo alto de la mesa, donde antes
habían estado.
—Bueno, ya estamos aquí de nuevo —dijo el deshollinador—. ¡Nos
podíamos haber ahorrado todas las molestias!
—¡Con tal que pudiéramos recomponer al viejo abuelo! —dijo la
pastorcita—. ¿Costará mucho?
Y recompuesto quedó. La familia le hizo pegar la espalda; unieron con un
hierro la cabeza con el cuello y quedó como nuevo, pero no podía dar
cabezadas.

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—¡Qué orgulloso se ha vuelto desde que se hizo trizas! —dijo el
Generalcomandantesargento Pata de Cabra—. ¡Pues no creo que sea como
para enorgullecerse! ¿Me voy a casar con ella o no?
Era emocionante ver como miraban al viejo chino el deshollinador y la
pastorcita, tenían miedo de que dijera que sí con la cabeza. Pero no podía y le
resultaba molesto contarle a un extraño que tenía un hierro en el cuello. Con
lo que las figuras de porcelana permanecieron unidas, bendijeron el hierro del
abuelo y se quisieron hasta que se hicieron pedazos.

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EL VIEJO FAROL

¿No conoces la historia del viejo farol? No es muy amena, pero bien
puede oírse al menos una vez. Era un buen viejo farol, que se mantenía en
servicio desde hacía muchos, muchísimos años, pero ahora debían jubilarlo.
Era la última noche que estaba en el poste para iluminar la calle y sentía un
poco la sensación de ser un viejo comparsa de ballet, que danza por última
vez y sabe que al día siguiente tendrá que quedarse en el desván. El farol tenía
mucho miedo al mañana, porque tenía que comparecer por primera vez en el
Ayuntamiento, delante del Consejo de los «Treintaiséis», quien juzgaría si
todavía era apto para el servicio o no, y entonces establecerían si enviarlo a
iluminar un barrio de la periferia o una fábrica en los alrededores; tal vez lo
enviarían sin más a una fundición y harían de él otra cosa, pero una duda le
atormentaba: ¿le quedaría en tal caso el recuerdo de haber sido un farol de

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una calle de la ciudad? En cualquier caso, le separarían del sereno y de su
mujer, a quienes él consideraba como su familia. Él se había convertido en
farol de la calle cuando al otro le habían nombrado sereno. Su mujer, por
aquel entonces, tenía sentimientos aristocráticos, y sólo al atardecer pasaba
delante del farol y lo miraba, nunca de día. Pero en los últimos años, cuando
ya los tres eran viejos, el sereno, su mujer y el farol, la mujer del sereno lo
cuidaba también a él, había quitado el polvo de la lámpara y había echado
aceite. Los dos cónyuges eran gente honrada y nunca habían quitado ni una
gota de aceite al farol. Aquélla era la última noche que pasaba en la calle. Al
día siguiente comparecería en el Ayuntamiento. Eran dos pensamientos muy
negros para el farol, ¡ya podemos imaginar la luz que podía dar! Pero había
otros pensamientos que le inquietaban: había visto muchas cosas, a muchas
había iluminado y seguramente los «Treintaiséis» no podían contar tantas,
pero él no lo decía, él era un viejo farol magnánimo y no quería ofender a
nadie, y menos a la autoridad. Se acordaba de muchísimas cosas, y de vez en
cuando le relampagueaba dentro una llama, y entonces sentía como una
sensación de que alguien le recordaría siempre. En aquel instante se acordó de
un magnífico muchacho. —¡Sí, hace muchos años! Llegó con una carta, una
hoja de papel de color rosa pálido, preciosa, muy bonita, con su borde de oro;
las letras eran graciosas, de mano femenina; la leyó dos veces, la besó y luego
me miró a mí con dos ojos que decían: ¡Soy el hombre más feliz del mundo!
¡Oh! Solamente él y yo sabíamos lo que estaba escrito en la primera carta de
su novia. También recuerdo otros dos ojos —¡no entiendo cómo se puede
saltar de un pensamiento a otro!— Hubo en esta calle un magnífico funeral: la
hermosa y joven mujer yacía en el ataúd, encima del carro de terciopelo.
¡Cuantas flores y coronas! Las incontables antorchas despedían una luz tan
fuerte que estaba aturdido. La acera estaba llena de gente y todos seguían el
carro, pero, cuando perdí de vista las antorchas y miré en derredor, todavía
había una persona apoyada en mi poste y lloraba. ¡Nunca olvidaré aquellos
doloridos ojos que miraban hacia mí!
Muchos pensamientos atravesaban, pues, la mente del viejo farol, que
aquella tarde lucía por última vez. El centinela que abandona la guardia sabe
por lo menos quién va a sustituirle y puede decirle dos palabras, pero el farol
no sabía quién sería su sucesor; y bien hubiera podido darle algunas
sugerencias sobre el tiempo húmedo y lluvioso, hasta qué línea de la acera
llegaba la claridad de la luna y de qué parte soplaba el viento.
A la orilla del arroyo estaban tres tipos que se habían presentado al farol
pensando que le correspondería a él designar a su sucesor; uno era una cabeza

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de arenque, que, al brillar en la oscuridad, pensaba que con ella se conseguiría
un buen ahorro si la colocaban en lugar del farol. El segundo era un trozo de
madera carcomida, que brilla un poco, en cualquier caso, más que un bacalao,
como dijo él mismo; además, era lo único que quedaba de un árbol que fue
una vez el orgullo de todo el bosque. El tercero era una luciérnaga; el farol no
sabía de dónde había venido, pero allí estaba y también ella brillaba; sin
embargo, el trozo de madera carcomida y la cabeza de arenque juraron que
sólo sabían iluminar en alguna época del año y que por tanto no debía
tenérseles en cuenta.
El viejo farol les dijo que ninguno de ellos alumbraba lo suficiente para
hacer de farol, pero ninguno de los tres quiso creerlo, y, cuando supieron que
no le correspondía a él designar a su sucesor, dijeron que se alegraban mucho,
porque él estaba ya muy decrépito para hacer la elección.
En aquel momento llegó el viento desde el ángulo de la calle, sopló en el
respiradero del viejo farol y dijo:
—¿Pero es verdad lo que he oído, que mañana te marchas? ¿Es la última
tarde que te veo? ¡Ah!, en ese caso te haré un regalo. ¡Te soplaré en el cráneo,
para que no sólo recuerdes perfectamente todo lo que has visto u oído, sino
también para que seas tan lúcido que veas todo lo que se lea o hable delante
de ti!
—¡Pero eso es demasiado hermoso para mí! —dijo el viejo farol—. ¡Te lo
agradezco infinitamente! Bueno, ¡con tal de que no me fundan!
—¡Por ahora no sucederá! —dijo el viento—. Y ahora voy a avivar con
mi soplo tu memoria; ¡con muchos regalos como éste, tendrás una vejez feliz!
—¡Con tal de que no me fundan! —dijo el farol— ¿También en ese caso
me aseguras que conservaré la memoria?
—¡Viejo farol, sé razonable! —dijo el viento y sopló. En aquel instante
asomó la luna—. ¿Qué le dará usted? —preguntó el viento.
—¡Yo no doy nada! —dijo aquélla—. ¡Estoy en cuarto menguante, ya lo
ve, y los faroles no me han alumbrado nunca, mientras que yo algunas veces
he funcionado en su lugar!
Y la luna se retiró tras las nubes, pues no quería que la molestaran.
Entonces, sobre el respiradero, cayó una gota de agua, como una gotera,
aunque ella dijo que venía de las nubes, y que era un regalo, acaso el mejor.
—Yo penetro en ti y tendrás el poder, cuando lo desees, de enmohecerte
en una sola noche, y así te corromperás del todo y te convertirás en polvo.
Pero aquello al farol le pareció un mal regalo, lo mismo que al viento.

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—¿Quién ofrece más? ¿Quién ofrece más? —sopló cuanto pudo el viento.
Cayó entonces una luminosa estrella, que ardió por una línea larga.
—¿Qué ha sido eso? —gritó la cabeza de arenque—. ¿No habrá caído una
estrella? ¡Si no me equivoco, ha ido a parar al farol! Pero si hasta personajes
tan altamente situados buscan un empleo, ¡bien podemos largarnos!
Y así lo hizo, y los demás con ella, pero el viejo farol resplandeció de
repente con una luz extrañamente intensa.
—¡Ha sido un espléndido regalo! —dijo—. ¡Las brillantes estrellas, que
tanto me han gustado siempre, y que brillan como nunca he sabido yo hacerlo,
aunque fuera mi mayor aspiración, se han fijado en mí, pobre viejo farol, y
han enviado aquí abajo una a traerme un regalo en virtud del cual todo cuanto
veo o recuerdo lo podrán ver también aquéllos a quienes amo! ¡Ésta es la
verdadera alegría, pues, mientras uno no puede comunicarse con los demás, la
alegría es imperfecta!
—¡Es un pensamiento que te honra! —dijo el viento—, pero tal vez tú no
sepas que necesitas una vela de cera. ¡Si no se enciende dentro una vela de
cera, nadie verá nada, a pesar de tu virtud! Las estrellas no han pensado en
esto, pues ellas creen que todo lo que brilla tiene al menos una vela de cera.
¡Pero ahora estoy cansado! —dijo el viento—. ¡Voy a acostarme! —Y así lo
hizo.
El día siguiente, bueno, el día siguiente podemos saltárnoslo; la tarde
siguiente el viejo farol estaba en un butacón. ¿Dónde? En casa del viejo
sereno. Éste había pedido a los «Treintaiséis» del Consejo quedarse, como
premio a su largo y fiel servicio, con el viejo farol; aquéllos se rieron cuando
lo pidió, pero se lo dieron, y ahora el farol estaba en el butacón, junto a la
estufa, y, de verdad, parecía que había crecido después de aquellos sucesos,
pues llenaba todo el butacón. Los dos ancianos estaban sentados a la mesa y
de vez en cuando miraban afectuosamente al viejo farol. De buena gana le
habrían acercado a la mesa. Vivían en un piso bajo, dos banzos bajo la calle, y
había que atravesar un vestíbulo empedrado para llegar a la sala; pero hacía
calorcillo, pues habían colocado tiras de tela en las hendiduras de la puerta, y
la casa estaba limpia y ordenada, con cortinas alrededor de la cama y en las
ventanitas, y había dos raros tiestos en el alféizar. Se los había traído de las
Indias orientales u occidentales Christian, el marinero, y tenían forma de
elefantes de arcilla a los que les faltaba la espalda, pero en su lugar había
tierra; en uno crecían magníficos puerros, y era el huertecillo de los dos
ancianos, y en el otro un espléndido geranio en flor, y era su jardincito. De la
pared colgaba un cuadro a color, que representaba el «Congreso de Viena»,

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en el que aparecían los reyes y emperadores reunidos. Un reloj de pared, con
grandes péndulos, hacía tic tac, cada vez más de prisa, pero mejor así que
demasiado despacio, decían los ancianos. Cenaron y mientras tanto el viejo
farol permaneció, como hemos dicho, en el butacón junto a la estufa. Al farol
le parecía que el mundo estaba al revés. Pero, cuando el sereno le miró y
comenzó a hablar de la vida que habían pasado juntos, entre la lluvia y la
bruma, en las claras y cortas noches de verano, o cuando remolineaba tanto la
nieve que daba gusto entrar al piso bajo, todo volvió a su sitio para el viejo
farol, que lo veía todo como si todavía estuviera sucediendo. ¡Ah, qué bien le
había soplado dentro el viento!
Los dos ancianos eran muy listos y trabajadores. No perdían un minuto. El
domingo por la tarde cogían un libro, casi siempre de viajes, y el anciano leía
en voz alta sobre África, sobre los grandes bosques y los elefantes que corrían
libremente; la anciana estaba muy atenta y miraba de vez en cuando a los dos
elefantes de arcilla, que eran tiestos.
—¡Casi no puedo imaginármelo! —decía.
Entonces el farol deseó ardientemente que hubiera en casa una vela de
cera y que se la pusieran dentro, para que ella viera con claridad, como lo veía
él, los altos árboles y las tupidas ramas entrelazadas, a los hombres negros
desnudos a caballo, las manadas de elefantes, que con su anchas patas
aplastaban el césped y las cañas.
—¡Para qué valen todas mis virtudes si no hay una vela de cera! —
suspiraba el farol—. ¡Sólo tienen candiles de aceite y torcidas y velas de sebo,
pero no valen!
Un día apareció un paquete de velas de cera usadas; gastaron los trozos
más largos, y la anciana empleó los más cortos para encerar el hilo de coser.
Ahora había velas de cera, pero a nadie se le ocurría colocar una dentro del
farol.
—¡Aquí estoy con todas mis virtudes! —dijo el farol— ¡Todo lo tengo
dentro de mí, pero no puedo compartirlo! ¡No saben que podría transformar
estas paredes blancas en los más espléndidos tapices, en verdes bosques, en
todo lo que pudieran desear! ¡No lo saben!
El farol limpio y bruñido estaba en un rincón hacia donde atraía las
miradas, y la gente solía decir: ¡Es un trasto viejo! Pero los dos ancianos no
hacían caso; tenían mucho cariño al farol.
Un día, que era el cumpleaños del viejo sereno, la anciana se acercó al
farol con una sonrisa extraña y dijo:
—¡Quisiera encenderlo para su fiesta!

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Y el farol crujió en su techo de lata, pues pensó: «¡Ahora verán sus ojos!».
Pero ella puso dentro de él aceite, no la vela de cera, y ardió toda la tarde,
sabiendo que el don que había recibido de las estrellas, el más hermoso don,
sería en esta vida un tesoro muerto para siempre. Y entonces soñó —cuando
uno tiene semejantes virtudes también puede soñar— que los dos ancianos
habían muerto y él había terminado en una fundición, estaba tan angustiado
como cuando tenía que presentarse en el Ayuntamiento al juicio de los
«Treintaiséis», pero, aunque tuviera el poder de enmohecerse y convertirse en
polvo apenas lo deseara, no lo hizo, entró en el horno y se convirtió en un
magnífico candelabro en el que se podía colocar una vela de cera; tenía la
forma de un ángel con un ramo de flores y en el medio se colocaba una vela
de cera. Colocaron el candelabro en un escritorio verde, en una habitación
muy acogedora: había muchos libros, bonitos cuadros en las paredes; era la
habitación de un poeta; todo lo que pensaba y escribía tomaba vida en torno a
él, y la habitación se convertía en profundos y sombríos bosques, en prados
bañados por el sol donde la cigüeña paseaba con imponente gravedad, o bien
en el puente de una nave sobre un mar en tempestad.
—¡Qué virtudes hay en mí! —dijo el viejo farol despertándose—. ¡Casi,
casi desearía que me fundieran! ¡Pero no debe suceder mientras vivan los
viejos! ¡Ellos me quieren como soy! ¡En el fondo soy como un hijo, me han
limpiado y me han echado aceite! Y me encuentro aquí tan bien como el
«Congreso de Viena» que es algo muy aristocrático.
Y desde entonces tuvo mayor serenidad, y se lo merecía, ¡pobre viejo
farol!

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LOS VECINOS

Se habría podido creer que algo había ocurrido en el estanque, mientras


que todo estaba como antes. Los patos, que de costumbre estaban tranquilos y
felices en el agua (algunos con la cabeza bajo el agua, como suelen hacer), de
repente se pusieron a nadar todos hacia la orilla: se veían en el barro las
huellas de sus patas y se oía desde lejos su griterío. El agua estaba removida;
poco antes era transparente como el cristal, y se reflejaban en ella los árboles,
los matorrales cercanos a la orilla y la vieja casa de campo, con su techumbre
agujereada y el nido de la golondrina. El primero que se reflejaba era el gran
rosal cargado de flores, que se doblaba desde la pared hasta casi tocar el agua,
en la que se reflejaba como si fuera un paisaje pintado, aunque al revés; si se
movía el agua, una imagen se ponía encima de otra y desaparecía el cuadro.
Dos plumas que los patos habían perdido al escapar se balanceaban, y de
repente parecieron volar, como si se hubiera levantado viento, pero no era así
y pronto se detuvieron, el agua volvió a quedarse transparente como el cristal
y se pudo reflejar de nuevo el tejado con el nido de golondrina y el rosal:

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todas las rosas se reflejaban, una a una, y eran verdaderamente espléndidas,
pero no lo sabían, pues nadie se lo había dicho. El sol brillaba entre los
delicados pétalos, cargados de perfume, y todas las rosas sentían lo que
nosotros sentimos en los momentos de felicidad.
—¡Qué hermosa es la vida! —exclamaba cada una de las rosas—. Mi
único deseo sería besar el sol, tan cálido y luminoso. También querría abrazar
esas rosas del agua, que tanto se nos parecen, y me gustaría besar aquellos
pajarillos que están allá abajo en sus nidos. También los hay encima de
nosotros: mira cómo sacan su cabecita y pían débilmente; a diferencia de su
padre y de su madre, no tienen plumas. ¡Tenemos buenos vecinos, tanto arriba
como abajo! ¡Oh, qué hermosa es la vida!
Los pajarillos de arriba y los de abajo (los de abajo, claro, eran solamente
el reflejo en el agua) eran gorriones: su papá y su mamá, que también eran
gorriones, habían ocupado un nido vacío de golondrina del año anterior y se
habían instalado como en su propia casa.
—¿Son patitos esos que nadan? —preguntaron los gorrioncillos al ver las
plumas que flotaban en el agua.
—Cuando preguntéis algo, sed razonables —les replicó su madre—. ¿No
veis que son plumas, trozos vivos de vestido, igual que las que tengo yo y
como las que un día tendréis vosotros, aunque las nuestras son más elegantes?
Pero quisiera tenerlas aquí arriba, en nuestro nido, pues dan calor. ¡No sé qué
ha podido asustar a los patos! Ha debido pasar algo en el agua; ciertamente no
por mi causa, aunque haya gritado pío, pío algo fuerte. Deberían saberlo esas
cabezotas de las rosas, pero nunca saben nada, no saben más que mirarse y
dar olor. ¡Qué harta estoy de estos vecinos!
—¡Mira qué graciosos pajarillos allá arriba! —bisbiseaban entretanto las
rosas—. ¡Ya quieren empezar a cantar! ¡Todavía no pueden, pero un día u
otro lo conseguirán! ¡Qué alegría para ellos! ¡Es gratísimo tener unos vecinos
tan alegres!
Y entonces llegaron al galope dos caballos que venían a abrevar: sobre
uno cabalgaba un joven campesino, que se había quitado toda la ropa, excepto
un sombrero negro de largas alas. El muchacho se metió hasta el punto más
profundo del estanque silbando como un pájaro, y, cuando pasó delante del
rosal, cogió una rosa y se la puso en el sombrero; luego se alejó con su
caballo, seguro de tener el mejor adorno del mundo. Las otras rosas siguieron
con la mirada a su hermana, preguntándose dónde iría, pero ninguna lo sabía.
—¡Me encantaría irme por el mundo —se confiaban entre sí—, pero se
está tan bien en nuestro rinconcito verde! De día el sol es muy caliente, y de

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noche el cielo brilla aún con más esplendor: ¡podemos verlo a través de todos
los agujeritos que hay!
Eran las estrellas, pero ellas las confundían con agujeritos. ¡No sabían otra
cosa!
—¡Nosotras animamos la casa! —cantó mamá gorriona—. ¡Los nidos de
golondrina traen suerte, dice la gente, y por eso están contentos de tenernos
aquí! ¡Pero esos vecinos! Un rosal como ese, que cubre toda la pared, produce
humedad; un día u otro lo cortarán, y plantarán trigo. Las rosas sólo sirven
para que las miren y las huelan, y, al máximo, para ponérselas en el sombrero.
Todos los años, lo sé porque me lo dijo mi madre, se caen, y la campesina
espolvorea sal encima: las llaman con un nombre francés que no sé
pronunciar y que no me importa, y las echan al fuego cuando quieren tener un
buen perfume. ¡En eso consiste su vida: sólo valen para los ojos y la nariz!
¡Ahora, ya lo sabéis también vosotros!
Por la noche, cuando los mosquitos comenzaron a danzar en el aire
caliente, y las nubes se volvieron rojizas, vino el ruiseñor y cantó para las
rosas: cantó que la belleza es como un rayo de sol en el mundo y que es
eterna. Pero las rosas creyeron que el ruiseñor lo cantaba refiriéndose a sí
mismo, algo fácil de pensar. No se les ocurrió pensar que el canto iba dirigido
a ellas, pero se alegraron e imaginaron que tal vez también los gorrioncillos
que estaban allá arriba se podrían convertir en ruiseñores.
—Hemos entendido muy bien lo que cantaba el pájaro —dijeron los
gorrioncillos—. Sólo una palabra no hemos comprendido: ¿Qué es la
«belleza»?
—No es nada —respondió mamá gorriona—. Es una apariencia. Arriba,
en el castillo, donde las palomas tienen una casa para ellas solas y donde
todos los días se esparcen en el patio para ellas guisantes y granos, yo he
comido con ellas, y antes o después comeréis también vosotros (dime con
quién andas y te diré quién eres); allá arriba en el castillo, digo, hay dos
pájaros de cuello verde y un penacho en la cabeza; su cola puede extenderse
como si fuera una gran rueda con todos los colores posibles e imaginables,
hace daño a los ojos cuando se la mira. Los llaman pavos reales y son «la
belleza»; pero, si los desplumaran un poco, serían igualitos que nosotros. ¡Los
hubiera picoteado, pero son tan grandes!
—¡Yo los picotearé! —exclamó el gorrión más pequeño, que todavía no
tenía ni una sola pluma.
En la vieja casa vivía una joven pareja de campesinos: se querían mucho,
eran muy activos y trabajadores, y en su casa todo estaba tan limpio y

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ordenado que daba gusto verlo. Un domingo por la mañana la joven esposa
salió de casa y cogió unas rosas muy hermosas, las puso en un jarrón de
cristal lleno de agua y lo colocó sobre el aparador.
—¡Ahora sé que es domingo! —exclamó el marido besando a su graciosa
mujercita, y luego se sentaron los dos, uno junto a la otra, y leyeron un salmo
cogidos de la mano, mientras el sol iluminaba con sus rayos, a través de la
ventana, las hermosas rosas y a los jóvenes esposos.
—¡Estoy harta de este espectáculo! —exclamó mamá gorriona, que desde
su nido miraba al interior de la habitación, y echó a volar.
Al domingo siguiente hizo lo mismo, pues todos los domingos se
colocaban rosas frescas en el jarrón, y el rosal florecía siempre con todo su
esplendor; los gorriones, que ahora ya tenían plumas, hubieran deseado irse
volando con su madre, pero ella ordenó:
—¡Vosotros quedaos aquí! —y ellos no se movieron.
Y así mamá gorriona voló lejos, pero, no se sabe cómo, quedó apresada en
un lazo escondido en una rama. Las crines de caballo se le apretaron en torno
a la patita con tanta fuerza como si se la cortaran. ¡Qué suplicio! ¡Qué miedo!
De un salto, los chicos cogieron el pájaro y lo apretaron con violencia.
—¡No es más que un gorrión! —exclamaron, pero no lo soltaron y se lo
llevaron a casa, y cada vez que gritaba le daban un golpe en el pico.
En casa había un viejo que sabía hacer jabón para lavarse y jabón de
afeitar, en forma de bola o en forma de cuadrados. Era un alegre vagabundo y,
cuando vio el gorrión que los chicos habían pillado y del que, según ellos, no
sabían qué hacer, dijo:
—¡Ahora veréis qué belleza!
Al oír estas palabras, mamá gorriona se estremeció. De su cajita, en la que
tenía los colores más bonitos, aquel hombre sacó purpurina dorada, mandó a
los chicos a buscar un huevo y tomó la clara; la esparció sobre el pájaro y
aplicó encima la purpurina, con lo que mamá gorriona quedó dorada de arriba
abajo, pero a ella no le importaba aquella elegancia. Temblaba como una
hoja. El hombrecillo del jabón arrancó un trozo de tela roja del forro de su
vieja chaqueta, lo recortó en forma de cresta de gallo y lo pegó en la cabeza
del pájaro.
—¡Ahora veréis cómo vuela el pajarito de oro! —exclamó, y soltó el
gorrión, que voló hacia la luz del sol, con un miedo de muerte. ¡Cómo
brillaba! Todos los pájaros, incluso una gorda corneja, que ya no era joven, se
asustaron ante aquella aparición; a pesar de todo volaron detrás para ver de
qué pájaro se trataba, tan elegante y distinguido.

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—¿De dónde eres? ¿De dónde eres? —gritaba la corneja.
—¡Detente un momento! ¡Detente un momento! —rogaron los gorriones,
pero no tenía ninguna intención de pararse y, llena de angustia y de miedo,
voló hacia casa. Parecía que iba a desplomarse de un momento a otro, y
mientras tanto seguían llegando nuevos pájaros, grandes y pequeños, y
algunos se pusieron muy cerca, para poder picotearla.
—¡Mira, mira! —gritaron todos.
—¡Mira, mira! —gritaron los gorrioncillos, cuando se acercó al nido—.
¡No cabe duda de que es un pequeño pavo real! Tiene todos los colores, y
hace daño a la vista, como decía mamá. ¡Pío! ¡No cabe duda de que es la
belleza! Y comenzaron a golpearla con sus pequeños picos, y no pudo entrar
en el nido; ella, por su parte, estaba tan asustada, que no podía decir ni «pío»,
cuanto menos «¡Soy vuestra mamá!». Empezaron a picotearla los demás
pájaros, con lo que mamá gorriona perdió todas las plumas y cayó sangrando
al rosal.
—¡Pobre animalito! —exclamaron las rosas—. ¡Ven! ¡Te esconderemos!
¡Apoya tu cabecita en nosotras!
Mamá gorriona volvió a abrir las alas, las apretó de nuevo contra sí y
murió, en casa de sus vecinos, las hermosas rosas frescas.
—¡Pío! —dijeron los gorrioncillos en el nido—. ¡No sabemos qué ha
pasado a mamá! ¡Esperemos que no nos haga la jugarreta de tener que
arreglárnoslas por nuestra cuenta! ¡De todos modos, nos queda como herencia
la casa! Pero ¿para quién será cuando tengamos familia?
—¡Será para mí! ¡No voy a teneros aquí cuando tenga mujer e hijos! —
declaró el más pequeño.
—¡Yo tendré, con toda seguridad, más mujeres e hijos que tú! —replicó el
segundo.
—¡Pero yo soy el mayor! —exclamó el tercero. Y empezaron a discutir,
sacudiendo las alas y picoteándose, hasta que se echaron fuera del nido.
Cayeron al suelo, rabiosos: tenían la cabeza caída hacia un lado y los ojos
vueltos hacia arriba. Es su forma de mostrar su enojo.
Habían recibido alguna lección de vuelo, por lo que se ejercitaron un poco
más y al final se pusieron de acuerdo en que, para reconocerse, cuando se
encontraran por el mundo, dirían «pío» y escarbarían tres veces en el suelo
con la patita izquierda.
El pequeño, que se quedó en el nido, se echó todo lo largo que era. Ahora
el dueño de la casa era él, aunque no le duró mucho. Durante la noche, unas
llamas penetraron por las ventanas y subieron hasta el techo, la paja seca se

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quemó y ardió toda la casa, y el gorrión quedó aprisionado. En cambio, la
joven pareja, felizmente consiguió escapar.
Cuando a la mañana siguiente el sol se elevó en el horizonte y todo
pareció refrescado, como tras un benéfico sueño nocturno, de la vieja casa no
quedaban más que negras vigas carbonizadas, apoyadas a la chimenea, única
dueña del campo. Salía todavía mucho humo de las ruinas, pero por la parte
de delante florecía el rosal con toda su frescura, y las ramas y las flores se
reflejaban en el agua transparente.

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—¡Mira qué hermosas rosas crecen delante de aquella casa quemada! —
gritó un hombre que pasaba por allí—. ¡Qué bonito cuadro, no quiero
perdérmelo! Y al decir esto, sacó del bolsillo un cuaderno de hojas blancas,
cogió el lápiz (era pintor) y dibujó las ruinas humeantes, las vigas
carbonizadas y la chimenea, que se inclinaba cada vez más; pero en primer
plano estaba el precioso rosal florecido, era algo encantador: si no hubiera
sido por él, no habría hecho el dibujo.
Aquel mismo día, algo más tarde, pasaron dos de los gorriones allí
nacidos.
—¿Dónde está la casa? —gritaron—. ¿Dónde está el nido? «¡Pip!» ¡Todo
se ha quemado, y nuestro hermano, que era tan fuerte, también se ha
quemado! ¡Esto le ha pasado por quedarse con el nido! ¡Pero las rosas se han
salvado! ¡Míralas, con sus hermosas mejillas rojas! ¡No se han puesto de luto
por la desgracia del vecino! ¡No las volveré a dirigir el saludo! ¡Todo me
parece ya tan feo! —gritaron los dos y emprendieron el vuelo.
Muy avanzado el otoño, hubo un día de sol tan espléndido, que bien se
podía pensar que era un día de verano. En el patio delante de la escalinata del
castillo todo estaba seco y limpio, y las palomas negras, blancas y grises
paseaban de arriba a abajo y cambiaban de color con los reflejos del sol. Las
viejas madres decían a las jóvenes palomas mientras se hinchaban:
—¡En grupo! ¡En grupo! —porque así hacían mejor conjunto.
—¿Qué son esas cositas grises que saltan entre nosotras? —preguntó una
vieja paloma, que tenía los ojos inyectados de rojo y de verde—. Tan grises,
tan grises —decía.
—¡Son gorrioncillos, buenos animalitos! ¡Como hemos tenido siempre
fama de personas piadosas, deberíamos dejarles picar! No hablan, ¡y son tan
graciosos cuando escarban con la patita!
Claro que escarbaban, y lo hicieron tres veces con la pata izquierda; luego
dijeron «pip» y se reconocieron: eran tres gorriones de la misma nidada.
—¡Qué bien se come aquí! —exclamaron.
Entretanto las palomas iban una tras otra con el pecho hinchado, pero sus
pensamientos se los guardaban para ellas.
—¡Mira cómo se hincha esa paloma! —se decía una a otra—. ¡Mira cómo
engulle los guisantes! ¡Cuánto traga! ¡Y siempre los mejores! Gur, gur. ¡Mira
cómo se va quedando calva! ¡Qué malo es ese animalillo! Gur, gur, gur.
Mientras decían esto, todas tenían los ojos destellantes de maldad.
—¡En grupo, en grupo! ¡Tan grises, tan grises! ¡Gur, gur, gur!
Siempre la misma canción, y dentro de mil años seguirá todo igual.

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Los gorriones comieron cuanto quisieron, escucharon, trataron de
permanecer en grupo, pero aquello no les iba. Como estaban ya llenos, se
alejaron de las palomas e intercambiaron sus pareceres sobre ellas; luego se
deslizaron dentro del jardín, por debajo de la puerta, y como la puerta del
salón estaba abierta, uno traspasó el umbral saltando. Como tenía la tripa
llena era atrevido.
—¡Pip, pip! —dijo—. ¡Me atrevo a entrar!
—¡Pip, pip! —dijo el otro—. ¡Yo también soy atrevido, más que tú!
Y al decir esto, saltó dentro del salón. No había nadie, y el tercer pájaro lo
vio perfectamente, por eso se aventuró más adentro que los demás, diciendo:
—¡O en medio de la habitación o nada! ¡Pero qué nido humano es éste!
¡Qué orden más raro! ¡Mira qué cosas!
¡Precisamente delante de los pájaros florecían las rosas que se reflejaban
en el agua, y las vigas carbonizadas se apoyaban en la chimenea derruida!
¡Qué raro! ¿Cómo se las habían arreglado para llegar al salón del castillo?
Los tres gorriones pensaron volar por encima de las rosas y de la
chimenea, pero chocaron contra una pared lisa: era una pintura, un grande y
bonito cuadro que el pintor había trazado apoyándose en el bosquejo tomado.
—¡Pip, pip! —dijeron los gorriones—. ¡No es nada! ¡Es sólo una
apariencia! ¡La belleza es así! ¿La entiendes tú? Yo no.
Luego levantaron el vuelo, porque en el salón estaba entrando gente.
Pasaron años y pasaron días, las palomas habían arrullado muchas veces,
por no decir murmurado, ¡malvados animalillos! Los gorriones habían
padecido mucho frío durante el invierno y habían vivido como grandes
señores en verano, y todos tenían novia o estaban ya casados, si así se puede
decir. Tenían hijitos, y cada cual pensaba que los suyos eran los más guapos e
inteligentes. Unos volaban por aquí y otros por allá, pero, cuando se
encontraban, se reconocían por su «pip» y porque escarbaban tres veces en el
suelo con su patita izquierda. La gorriona más anciana era ya una vieja
solterona, sin nido y sin hijos, y su mayor deseo era conocer una ciudad, por
lo que una vez voló hasta Copenhague.
Había allí una gran casa de muchos colores, cerca del castillo y del canal,
en el que flotaban muchos barcos cargados de miel y de vajilla. Las ventanas
eran más anchas por abajo que por arriba, y a los gorriones que miraban
dentro cada habitación les parecía el fondo de un tulipán, con todos los
colores y los arabescos posibles e imaginables. Dentro del tulipán había
hombres blancos, todos de mármol; había alguno de yeso, pero mármol y
yeso son lo mismo a los ojos de un gorrión. Junto a la casa había un carro de

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metal guiado por la diosa de la Victoria, también de metal. Era el museo
Thorwaldsen[10].
—¡Cómo brilla! ¡Cómo brilla! —exclamó la señora gorriona—. ¡Eso es,
sin duda, la belleza! ¡Pip! ¡Pero es más grande que un pavo real!
Todavía recordaba, desde los tiempos de su infancia, cuál había sido para
su madre el mayor ejemplo de belleza. Y voló al patio: era realmente
espléndido; alrededor de las paredes estaban pintadas palmas y ramas verdes,
y había en medio un gran rosal en flor. Sus frescas ramas, cargadas de rosas,
colgaban sobre una tumba, y ella se posó encima, porque vio muchos
gorriones: «¡Pip!», y escarbó tres veces en el suelo con la patita izquierda.
Había repetido muchas veces aquel saludo, un año tras otro, un día tras otro, y
nadie la había entendido, porque los que se separan no se encuentran todos los
días. Aquel saludo se había convertido para ella en una costumbre, pero ese
día dos viejos gorriones y un jovencito respondieron: «¡Pip!», y escarbaron
tres veces en el suelo con su patita izquierda.
—¡Mira quién se ve! ¡Buenos días! ¡Buenos días!
Eran tres viejos gorriones del nido y un joven de la familia.
—Aquí teníamos que encontrarnos, precisamente —exclamaron—. Es un
lugar muy fino, pero no hay mucho que comer. ¡Es la belleza! ¡Pip!
Salió mucha gente de las salas que encerraban las espléndidas figuras de
mármol y todos se acercaron a la tumba donde se encontraba sepultado el
gran maestro que había esculpido todas aquellas estatuas, y se detenían con el
rostro radiante ante la tumba de Thorwaldsen. Algunos recogían los pétalos
de rosa caídos para guardarlos como recuerdo. Era gente venida de lejos:
llegaban de la gran Inglaterra, de Alemania y de Francia. Una señora muy
guapa cogió una rosa y se la colocó en el pecho. Los gorriones pensaron
entonces que las rosas fueran las dueñas y que toda aquella casa se había
construido para ellas. A decir verdad, pensaban que se trataba de una casa
exagerada, pero, en cualquier caso, visto que toda aquella gente tenía gran
consideración por las rosas, no quisieron ser menos.
—¡Pip! —dijeron y escarbaron en el suelo con la patita mirando con el
rabillo del ojo a las rosas; no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que
aquellas rosas eran sus vecinos de otros tiempos.
El pintor que había dibujado el rosal junto a la casa quemada había luego
obtenido permiso para quitar el rosal de donde se encontraba, y, dado que no
había rosas más hermosas que aquéllas, se las había dado al arquitecto de la
casa, quien las había plantado en la tumba de Thorwaldsen, donde ahora

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florecían como verdaderas imágenes de la belleza, ofreciendo aquellos rojos
pétalos perfumados como recuerdo para llevar consigo a lejanos países.
—¿Habéis encontrado un sitio aquí en la ciudad? —preguntaron los
gorriones.
Las rosas dijeron que sí con la cabeza: habían reconocido a sus vecinos de
otro tiempo y estaban felices de verlos.
—¡Qué placer poder vivir y florecer, reencontrar a los viejos amigos y ver
todos los días alrededor caras alegres! ¡Aquí todos los días son fiesta!
—¡Pip! —dijeron los gorriones—. ¡Son los viejos vecinos! ¡Nacieron
junto al estanque! ¡Pip! ¿Cómo han recibido tantos honores? ¡Hay gente que
hace fortuna mientras duerme! No podemos entender qué tiene de bello una
mancha roja como ésta.
—¡Mira un pétalo ajado! —dijo uno—. ¡Yo lo veo bien! —y se pusieron a
picotearlo hasta que se cayó, mientras el rosal estaba más fresco y más verde
que nunca; y las rosas perfumaban al sol en la tumba de Thorwaldsen,
uniendo su belleza a su nombre inmortal.

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EL PEQUEÑO TUK

Sí, era el pequeño Tuk; la verdad es que no se llamaba Tuk, pero, cuando
aún no sabía hablar, él mismo se había dado el nombre de Tuk, que, está bien
saberlo, debía significar Carlos.
Tenía que cuidar de su hermanita Gustave, mucho más pequeña que él;
además tenía que estudiar la lección, pero no querían ir de acuerdo las dos
cosas. El pobre muchacho estaban sentado con su hermanita en las rodillas y
cantaba todas las canciones que sabía, y de vez en cuando miraba de reojo al
libro de geografía que tenía abierto delante; tenía que aprenderse de memoria
para el día siguiente todas las ciudades de la provincia de Selandia y recordar
todos los datos históricos sobre las mismas.
Finalmente, su madre regresó a casa. Cogió a la pequeña Gustave, y Tuk
corrió a la ventana y leyó tanto, que se le salían los ojos, pues caía la tarde y
el día cada vez estaba más oscuro, pero su madre no podía permitirse el lujo
de comprar velas.
—¡Está pasando la vieja lavandera de la callejuela! —dijo la madre, que
miraba fuera por la ventana—. ¡Viene de la fuente con el balde lleno de agua,

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y no puede con el alma! ¡Sal deprisa, pequeño Tuk! ¡Sé amable y ayuda a esa
pobre mujer!
Tuk se levantó y bajó a ayudarla, pero, cuando regresó a casa, la noche era
cerrada, no había velas, y tuvo que meterse a la cama. Era una vieja camita
plegable, y él seguía pensando en la lección de geografía: la provincia de
Selandia y todo lo que había contado el maestro. No había más remedio que
estudiar, pero ahora era imposible. Puso el libro de geografía debajo de la
almohada, pues había oído decir que esto ayudaba a recordar la lección,
aunque poco cabía esperar.
Seguía pensando y repensando en lo mismo; de repente, sintió como si
alguien lo besara en los ojos y los labios, dormía y se despertaba; le parecía
ver los ojos dulces de la lavandera, que le miraba y le decía: «¡Sería una pena
que no supieras la lección! ¡Tú me has ayudado a mí y ahora yo te ayudo a ti
y el Señor estará siempre contigo!»
El pequeño Tuk sintió que el libro le hacía cosquillas en la cabeza.
—Coco, coco, cocodé —era una gallina, que venía de la ciudad de Kjøge
—. ¡Soy una gallina de Kjøge!
Luego dijo los habitantes que tenía la ciudad, le habló de la batalla que
había tenido lugar, aunque ésta se la podía saltar.
«¡Crib, crab, bum!» Algo se cayó al suelo; se acercó un pájaro de madera:
el papagayo del tiro a pichón de Praesto. Dijo que allí había tantos habitantes
cuantos agujeros que tenía en su cuerpo, y añadió con orgullo:
—¡Thorwaldsen vivía a dos pasos de mi casa! ¡Bum! ¡Estoy echado en
buena posición!
El pequeño Tuk no estaba tumbado; de repente se vio a caballo. Corría a
galope. Un jinete, elegantemente vestido, con un brillante penacho y un airón
flotante, la llevaba delante montado a caballo y atravesaban el bosque para
ganar la antigua ciudad de Vordinborg, que era muy grande y animada. El
castillo real tenía altas torres y sus ventanas iluminadas se veían a mucha
distancia; en todas las salas se oían bailes y cantos; el rey Valdemar dirigía las
danzas con las jóvenes damas de la corte, pomposamente ataviadas.
Llegó el alba y, cuando apareció el sol, desapareció la ciudad, el castillo
real y todas las torres, una tras otra, excepto una que todavía se yergue en la
cima donde estuvo asentado el castillo, y ahora la ciudad era muy pequeña y
muy pobre, los chicos pasaban con los libros de la escuela bajo el brazo y
decían:
—¡Dos mil habitantes! —y no era verdad, pues en realidad no eran tantos.

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Y el pequeño Tuk se encontró de nuevo en su cama; soñaba y no soñaba;
pero había alguien junto a él:
—¡Pequeño Tuk! ¡Pequeño Tuk! —decía la voz; era un marinero, un
pequeño personaje, podía ser un alumno de la escuela naval—. ¡Te traigo
muchos y afectuosos saludos de Corsør, una ciudad en expansión! Una activa
ciudad, que tiene piróscafo y diligencia para el correo; en un tiempo todos
decían que era feísima, pero eso es una opinión anticuada. «Estoy sobre el
mar», dijo Corsør, «tengo una carretera y hermosos y grandes parques, y aquí
nació un poeta muy divertido[11], no todos lo son. Quería mandar un barco a
dar la vuelta al mundo, luego renuncié, aunque lo podía hacer; además, tengo
el aire muy perfumado, ¡junto a mi puerta florecen las rosas más bonitas!».
El pequeño Tuk las veía, pero luego el verde y el rojo se fundieron ante
sus ojos, y cuando volvió la tranquilidad entre los colores, apareció una colina
llena de árboles, situada muy cerca de un claro fiord; allá arriba había una
hermosísima iglesia antigua con dos altas y puntiagudas torres. De la colina se
precipitaban anchos borbollones de agua con un fragor de cascada, y al lado
se sentaba un viejo rey con corona de oro sobre sus largos cabellos. Era el rey
Hroar de las Fuentes; esto tenía lugar en la ciudad de Roskilde, como la
llaman hoy. En lo alto de la colina todos los reyes y reinas de Dinamarca
entraban en la iglesia agarrados de la mano y todos con corona de oro; tocaba
el órgano y las fuentes murmuraban dulcemente. El pequeño Tuk veía todo y
todo lo oía.
—¡No te olvides de los «Estados Generales»! —le gritó el rey Hroar.
Todo desapareció de repente. ¿A dónde habían ido? Era como si hubieran
pasado la página de un libro. Ahora apareció una vieja, era una escardadora.
Venía de Sorjer, donde la hierba crece en la plaza del mercado. Llevaba un
delantal de tela gris en la cabeza y le caía por la espalda; el aire era tan
húmedo, que debía haber llovido.
—¡Es verdad que ha llovido! —dijo, y luego recitó trozos cómicos,
recogidos de las comedias de Holberg[12], también conocía al rey Valdemar y
al obispo Absalón; pero de improviso se acurrucó, meneó la cabeza y pareció
que iba a dar un salto:
—¡Coax! —dijo— el lago está tranquilo y el agua es profunda. ¡En Sorø
se está tan bien como en una tumba!
De repente era una rana —¡Croac!— y luego se convertía de nuevo en una
anciana.
—¡Hay que vestirse según el tiempo! —dijo—. ¡Es húmedo, es húmedo!
¡Mi pueblo es como una botella, a la que se entra por el cuello y por allí se

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debe salir! Una vez tuve siluros en el fondo de la botella, pero ahora tengo
hermosos muchachos rubios que se dedican a la sabiduría: ¡griego! ¡griego!
¡hebreo! ¡Coax!
Parecía oír cantar a las ranas, cuando ella hablaba, o era como chapotear
en la charca con las botas. Siempre el mismo ruido, tan monótono y aburrido,
tan aburrido que el pequeño Tuk cayó en un profundo sueño, y era
precisamente lo que necesitaba, dormir.
Pero también mientras dormía tuvo un sueño, o quién sabe lo que era: su
hermanita Gustave, de ojos azules y cabellos rubios ensortijados, se había
convertido de repente en una bonita muchacha, y aun sin alas sabía volar, y
volaron juntos sobre Selandia, sobre los verdes bosques y las aguas azules.
—¿Oyes al gallo, pequeño Tuk? ¡Quiquiriquí! ¡Vuelan las gallinas de la
ciudad de Kjøge! ¡Tú también tendrás un gallinero grande, muy grande, y no
sufrirás hambre ni miseria! ¡Darás en el blanco cuando apuntes y serás un
hombre rico y feliz! Tu casa se levantará como las torres del rey Valdemar y
estará suntuosamente adornada de columnas iguales a las que había en el
estudio de Torwaldsen a dos pasos de Praesto, ¿lo recuerdas, verdad? Tu
nombre famoso llegará a todos los países del mundo, como el buque que
hubiera tenido que zarpar de Corsør, y a la ciudad de Roskilde. «Recuérdate
de los Estados Generales», dijo el rey Hroar; tendrás que hablar bien, de
manera inteligente, pequeño Tuk, y, cuando un día bajes a la tumba, dormirás
tranquilo.
—¡Como si durmiera en Sorø! —dijo Tuk, y se despertó.
Era una clara mañana y no recordaba absolutamente nada de su sueño,
pero tampoco tenía que hacerlo, pues no es necesario saber lo que va a
suceder.
Y saltó de la cama, leyó el libro de geografía y en seguida aprendió la
lección. La lavandera se asomó a la entrada, le saludó y le dijo:
—¡Gracias por lo de ayer, querido niño! ¡El Señor escuche tu mejor
sueño!
El pequeño Tuk no sabía qué había soñado, ¡pero el Señor sí lo sabía!

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LA GOTA DE AGUA

Seguramente conoces una lupa, una especie de monóculo que hace todo
cien veces más grande de lo que es, ¿verdad? Sí, poniéndolo delante de los
ojos, se mira una gota de agua del estanque, se advierten mil extraños
animalitos que de lo contrario nunca se ven en el agua; pero allí están y son
de verdad. Parece como si viéramos un plato de cangrejillos que saltan unos
sobre otros. Son tan voraces, que se arrancan entre sí brazos y piernas, partes
de atrás y partes del costado; con todo, a su modo, están contentos y felices.
Había una vez un anciano a quien todos llamaban Bulle-hormiguea,
porque ése era su nombre. Siempre quería tener lo mejor, y, cuando no lo
conseguía recurría a la magia.
Un buen día estaba sentado con su lupa delante de los ojos observando
una gota de agua recogida en una charca.
¡Qué bulle-hormiguea había allí dentro! Los mil animalitos saltaban,
zancadilleaban, se abrazaban y se devoraban entre sí.

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—¡Esto es atroz! —exclamó el viejo Bulle-hormiguea—. ¡Es posible que
no se consiga hacerlos vivir queriéndose y en paz y que cada uno se ocupe de
sus asuntos! Piensa que te piensa no dio con la solución, por lo que tuvo que
recurrir a la magia. ¡Voy a teñirlos, así se podrán, al menos, ver mejor! —
dijo, y dejó caer sobre la gota de agua una gotita que parecía vino rojo, pero
era sangre de bruja, de la mejor calidad, de dos sueldos, y así, todos aquellos
extraños animalitos se tiñeron de color rosa: parecían una ciudad de pieles
rojas desnudos.
—¿Qué tienes ahí? —le preguntó otro anciano mago, que no tenía
nombre, y eso era lo que le distinguía.
—Si lo adivinas —respondió el viejo Bulle-hormiguea—, te lo regalo,
pero no es fácil acertar si uno no lo sabe con anterioridad.
Y el mago que no tenía nombre miró a través de la lupa: parecía una
ciudad, llena de gente que corría de un lado para otro completamente
desnuda.
Era para ponerle a uno los pelos de punta, pero lo más espantoso era ver
cómo luchaban y se empujaban unos a otros, cómo se pellizcaban y se
punzaban, cómo se mordían y se agarraban. Quien estaba debajo quería
ponerse encima, y quien estaba encima terminaba debajo.
—¡Mira¡¡Mira! Sus piernas son más largas que las mías. ¡Paf! ¡Fuera!
Había uno que tenía un chichón detrás de la oreja, un pequeño e inocuo
chichón, pero le dolía, y por este motivo debía sufrir aún más. ¡Y lo
despedazaron, lo tiraron, lo devoraron por el pequeño chichón; En otro sitio
había uno parado y tranquilo, como una niña inocente, deseoso únicamente de
paz y de tranquilidad, pero lo empujaron, lo zarandearon de acá para allá, lo
despedazaron y se lo comieron.
—¡Qué divertido! —exclamó el mago.
—¿De qué piensas que se trata? —le preguntó Bulle-hormiguea—. ¿Has
adivinado?
—No es difícil —respondió aquél—. Es Copenhague o alguna otra gran
ciudad, pues todas vienen a ser iguales. ¡Una gran ciudad, no hay duda!
—Es una gota de agua de una charca —sentenció Bulle-hormiguea.

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LA FAMILIA FELIZ

La hoja verde más grande que hay en nuestro país es seguramente la


fárfara. Si se la pone uno delante hace de delantal, y si se la pone en la cabeza
cuando llueve, cubre casi como un paraguas. Una hoja de fárfara nunca crece
sola, sino que donde crece una crecen muchas, y esta maravilla se la comen
los caracoles. Los grandes caracoles blancos que antaño las personas
distinguidas condimentaban y se los comían diciendo:
—¡Oh… qué delicia! (y estaban convencidos que eran buenos); vivían de
hojas de fárfara que se sembraban para ellos.
Érase una vez un viejo castillo en el que ya nadie comía caracoles, se
había extinguido la raza, sin embargo, no habían desaparecido las hojas de
fárfara. Invadían pasillos y todos los rincones del jardín. No se lograba
controlarlas, era un bosque de fárfaras. Si aquí o allá no hubiera crecido un
manzano o un ciruelo, no cabría pensar que se encontraba uno en un jardín,
pues sólo se veían hojas de fárfara. Entre ellas vivía la última pareja de
caracoles, viejos decrépitos.

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Ni siquiera ellos sabían los años que tenían, pero se acordaban de que
habían sido muchos, de que eran de origen extranjero y de que habían
plantado el bosque para su familia. Nunca habían salido de allí, pero sabían
muy bien que en el mundo existía algo llamado castillo y que allí los habían
cocinado y luego, una vez que se volvían de color negro, iban a parar a una
fuente de plata. No sabían lo que pasaba a continuación. No podían
imaginarse lo que suponía que los cocinaran y los colocaran en una fuente de
plata, pero pensaban que era algo extraordinario y, sobre todo, muy elegante.
Ni el topo, ni el sapo, ni la lombriz sabían responder a sus preguntas, pues a
ninguno de ellos le habían cocinado y colocado en una fuente de plata. Que
los viejos caracoles blancos fueron los más distinguidos del mundo era algo
requetesabido, y también que el bosque existía para su uso y consumo, y que
el castillo estaba allí únicamente para que los pudieran cocinar y colocar en
una fuente de plata.
Llevaban una vida muy solitaria y feliz; como no tenían hijos, habían
adoptado a un caracolillo vulgar y lo habían alimentado como si fuera suyo,
pero el pequeño no crecía, pues era de raza vulgar. Los viejos, sobre todo
mamá caracol, creían verlo crecer, y mamá caracol preguntó a su marido si no
se daba cuenta de ello. La dijo que lo notaría tocando la concha del
caracolillo; papá caracol la tocó y se convenció de que la vieja tenía razón.
Un día llovió torrencialmente.
—¡Escucha el tam-tam sobre las hojas de fárfara! —dijo papá caracol.
—¡Llegan hasta aquí las gotas! —respondió mamá caracol—. Corren tallo
abajo. ¡Ya verás cómo se empapa todo! Estoy contenta de tener nuestra propia
casa y de que también el pequeño tenga la suya. La vida nos ha dado más que
al resto de las criaturas. ¡Somos seres privilegiados en este mundo! ¡Nacemos
ya con casa, y han plantado para nosotros el bosque de hojas de fárfara! ¡Me
gustaría conocer hasta dónde llega y qué hay más allá!
—¡Más allá no hay nada de nada! —declaró papá caracol—. En ninguna
parte se puede estar mejor que aquí, y yo no deseo otra cosa.
—¡Pero yo sí! —replicó mamá caracol—. Me gustaría ir al castillo y que
me cocinaran y colocaran en una fuente de plata, como nuestros antepasados.
¡Seguro que merece la pena, créelo!
—Tal vez el castillo se haya derrumbado —farfulló papá caracol—, o el
bosque de fárfara lo haya cubierto, y la gente no pueda salir. Por otra parte, no
hay prisa, pero tú vas siempre corriendo como una loca y el pequeño
comienza a hacer lo mismo; hace ya tres días que se encarama por aquel tallo.
¡Me da vértigo al verlo!

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—No debes preocuparte —le aseguró mamá caracol—, se encarama con
mucha prudencia y ya verás las satisfacciones que nos dará; nosotros somos
viejos y no tenemos más esperanza en la vida. ¿No has pensado, más bien,
dónde podríamos encontrarle una esposa? ¿No crees que allá lejos, en la otra
parte del bosque, podría haber alguno de nuestra raza?
—Claro que hay todavía caracoles negros —respondió papá caracol—, los
negros caracolazos sin cáscara, pero son muy vulgares y cargados de
pretensiones. Podríamos encargárselo a las hormigas, que corren
constantemente para adelante y para atrás como si tuvieran algo que hacer:
seguramente ellas encontrarían una esposa para nuestro caracolito.
—Conozco una que es un encanto —dijo una hormiga—, pero me temo
que no sea posible, porque se trata de una reina.
—¡No importa! —exclamaron los ancianos—. ¿Tiene casa?
—¡Tiene un castillo! —respondió la hormiga—. El más hermoso castillo
que una hormiga haya podido tener, con setecientos pasillos.
—Muchas gracias —dijo mamá caracol—. ¡Nuestro hijo no habitará en un
hormiguero! Si no conoces algo mejor, daremos el encargo a los mosquitos
blancos, que vuelan siempre, cuando llueve y cuando hace buen tiempo, y
conocen el bosque de las hojas de fárfara de punta a rabo.
—¡Hay una esposa que le iría bien! —manifestaron los mosquitos blancos
—. A cien pasos de hombre, en una mata de grosella, hay posada una
caracolita con su correspondiente casa, solita, en edad para casarse. ¡Está a
cien pasos de hombre de aquí!
—¡Dile que venga! —ordenaron los ancianos—. Él es el dueño de todo un
bosque y ella sólo tiene una mata.
Los mosquitos se acercaron a la caracolita casadera. Tardó ocho días en
llegar, buen síntoma, pues así podía verse que era de buena raza.
Se celebró la boda. Seis luciérnagas alumbraron lo mejor que pudieron,
por lo demás fue una ceremonia muy íntima, pues los dos ancianos no podían
soportar la confusión y el ruido. Mamá caracol pronunció un discurso
encantador; papá caracol estaba muy conmovido para hablar. Les dieron en
herencia todo el bosque de fárfara, declarando, como siempre habían dicho,
que era el más bonito del mundo, y que, si vivían honradamente y como se
debe, y se multiplicaban, un buen día se encontrarían en el castillo con sus
hijos, que los cocinarían y los colocarían bien negros en una fuente de plata.
Terminado el discurso, los ancianos se retiraron a su casa y no volvieron a
salir: dormían. El joven matrimonio reinó en el bosque y tuvo muchos
herederos, pero nunca fueron cocinados ni fueron a parar a una fuente de

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plata, por lo que dedujeron que el castillo se había derrumbado y que la raza
humana se había extinguido. Nadie les dijo lo contrario: no se podía dudar de
que fuera verdad. La lluvia sacudía las hojas de fárfara para divertirlos con su
tam tam y el sol brillaba para dar color a su bosque. Y fueron muy felices, y
también fue feliz toda la familia.

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EL CUELLO POSTIZO

Había una vez un caballero muy elegante, cuyo patrimonio consistía


sencillamente en un calzador y un peine; sin embargo poseía el cuello más
bonito del mundo. Os voy a contar su historia.
Este cuello había llegado a la edad en que uno piensa casarse, y un buen
día se vio en la colada junto a una liga.
—¡Caramba! —dijo el cuello—. ¡En mi vida he visto a nadie tan esbelta y
fina, tan dulce y graciosa! ¿Puedo saber vuestro nombre?
—¡No os lo diré! —contestó la liga.
—¿Dónde vivís? —preguntó el cuello.
La liga, que era muy tímida, encontró la pregunta harto indiscreta.
—¡Vos, no cabe duda, sois un cinturón! —dijo el cuello—. ¡Un cinturón
íntimo! ¡Me doy cuenta, gentil señorita, que sois a la vez útil y elegante!
—¡Cómo os atrevéis a hablarme! —dijo la liga—. ¡No creo haberos dado
pretexto!

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—¡Oh! ¡Cuando alguien es tan bonita como vos —añadió el cuello— se
multiplican los pretextos!
—¡Os ruego que no os acerquéis! —dijo la liga—. ¡Tenéis un aspecto tan
viril!
—¡También soy un elegante caballero! —dijo el cuello—. ¡Tengo un
calzador y un peine!
No era verdad: aquellos objetos pertenecían a su dueño, pero él presumía
de ellos.
—¡No os acerquéis! —dijo la liga—. ¡No estoy acostumbrada a tanta
familiaridad!
—¡Melindrosa! —dijo el cuello. Lo recogieron de la pila, lo almidonaron,
lo colgaron en una silla al sol y finalmente fue a parar a la mesa de planchar.
Y llegó la plancha bien caliente.
—¡Señora! —dijo el cuello—. ¡Viudita graciosa! ¡Estoy ardiendo! ¡Ya no
soy yo, me vuelvo loco, su fuego me abrasa! ¡Oh! ¡Pido su mano!
—¡Pedazo de trapo! —respondió la plancha, y pasó por encima de él con
rabia, pues creía ser una locomotora que corría sobre los raíles arrastrando los
vagones.
—¡Pedazo de trapo! —dijo nuevamente.
El cuello estaba un poco deshilachado en las puntas, y por eso llegaron las
tijeras para cortar los hilachos.
—¡Oh! —exclamó el cuello—. ¡No cabe duda de que sois una primera
bailarina! ¡Qué bien os movéis! ¡Nunca había visto nada tan gracioso!
¡Ningún ser humano sabría imitaros!
—¡Ya lo sé! —respondieron las tijeras.
—¡Merecerías convertiros en condesa! —dijo el cuello—. ¡Sólo tengo un
elegante caballero, un calzador y un peine! ¡Ojalá tuviera un condado!
—¿Os estáis declarando? —exclamaron las tijeras montando en cólera y
asestándole un tijeretazo, que le dejó hecho una pena.
—¡No me queda más remedio que pedir la mano del peine! ¡Es algo
extraordinario que conservéis todos vuestros dientes, mi encantadora señorita!
—dijo el cuello—. ¿Nunca pensasteis en el noviazgo?
—¡Oh, sí! —dijo el peine—. ¿Nunca os lo había dicho? ¡Soy la novia del
calzador!
—¡Novia! —exclamó el cuello—. No le quedaba nadie a quien pedir la
mano, por lo que adoptó un aire de desprecio.
Pasó mucho tiempo y el cuello fue a parar a una fábrica de papel, a una
caja donde había una asamblea de trapos, los más finos por una parte y los

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más corrientes por otra, como exige un trabajo bien hecho. Todos tenían
mucho que contar, pero mucho más el cuello, que era un fanfarrón.
—¡He tenido un montón de novias! —decía el cuello—. ¡No me dejaban
en paz! ¡Yo, claro está, era un elegante caballero almidonado! ¡Tenía un
calzador y un peine que no usaba! ¡Quién me hubiera visto entonces, cuando
estaba bien planchado! ¡Nunca olvidaré a mi primera novia, un cinturón! ¡Era
tan bonita, dulce y gentil…! ¡Se arrojó a un cántaro de agua por mi amor!
¡También una viuda ardió por mí, pero yo la abandoné y se volvió de color
negro! ¡Una primera bailarina me hizo esta cicatriz que tengo! ¡Era feroz! Mi
peine se enamoró de mí y perdió todos sus dientes por amor. ¡He tenido un
montón de aventuras! Pero lo que más siento es la liga, es decir, el cinturón
que se arrojó al cántaro. ¡Tengo un peso en la conciencia y necesito realmente
convertirme en papel blanco!
Así sucedió. Todos los trapos se transformaron en papel blanco, pero el
cuello se convirtió precisamente en este trozo de papel blanco que tenemos
delante y en el que esta historia está impresa precisamente porque él se había
desvergonzadamente jactado de cosas que nunca habían sucedido. Y nosotros
debemos estar atentos a no comportarnos de ese modo, pues puede suceder
que también nosotros terminemos en una caja de trapos para transformarnos
en papel blanco sobre el que alguien imprima un día nuestra historia, hasta la
más secreta, tal vez hasta con el deber de ir por ahí contándola, igual que le
sucedió al cuello.

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EL LINO

El lino estaba en flor; sus flores son azules y hermosas, delicadas como
las alas de una pavesa y aún más. El sol resplandecía sobre el lino y las nubes
de lluvia lo regaban, y esto era tan bonito para el lino como es, por ejemplo,
para un niño que lo lave y seguidamente lo bese su mamá; así resulta mucho
más guapo; también el lino se volvía más hermoso.
—¡La gente dice que estoy muy bien —decía el lino—, que me hago alto
y hermoso, que llegaré a ser espléndida pieza de tela! ¡Ah, qué feliz soy!
¡Nadie hay más feliz que yo! ¡Estoy bien y llegaré lejos! ¡Cuánto me alegra el
sol y qué bien sabe la lluvia, y cómo alivia! ¡Soy inmensamente feliz, más
feliz que nadie!
—¡Sí, sí! —dijeron las estacas de la empalizada—. ¡Tú no conoces el
mundo, pero nosotras sí, y ya tenemos los nudos de las tribulaciones! —y
chirriaban que daba lástima:

¡Chip! ¡Chap! ¡Chirria!


¡Tapachirria!
¡Acabó la historia!

—¡Eso no es verdad! —dijo el lino—. ¡Mañana resplandecerá el sol, la


lluvia asienta bien, yo me siento crecer, me siento en flor! ¡Soy el más feliz
del mundo!
Pero un día llegó alguien que, tras agarrar al lino por el penacho, lo
arrancó con sus raíces. ¡Cómo dolía! Luego lo metieron en el agua, como si

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fueran a ahogarlo, y seguidamente en el fuego, como si fueran a asarlo. ¡Qué
dolor más atroz!
—¡No va a estar uno siempre bien! —dijo el lino—. ¡Quien no prueba no
aprende!
Pero fue de mal en peor. El lino se vio roto, triturado, apaleado, escardado
o qué sé yo cómo se dice. Luego fue a parar a la rueca, y chirria, chirria, era
imposible ordenar los pensamientos.
«¡He sido muy feliz! —pensaba en su sufrimiento. ¡Debo estar contento
por lo bien que lo he pasado! ¡Contento! ¡Contento! ¡Ah!» Lo mismo dijo
cuando estuvo en el telar. Por fin se convirtió en una bonita pieza de tela.
Todo el lino, hasta la última fibra, se transformó en una sola pieza.
—¡Es extraordinario! ¡Nunca lo había imaginado! ¡Me acompaña la
suerte! ¡Ah, sí! Las estacas de la empalizada creían sabérselas todas cuando
decían:

¡Chip! ¡Chap! ¡Chirria!


¡Tapachirria!
¡Acabó la historia!

¡La historia no acabó! ¡Apenas ha comenzado! ¡Es maravilloso! ¡He


sufrido un poco, no lo niego, pero en compensación he llegado a ser algo!
¡Soy el ser más feliz del mundo! ¡Soy fuerte, suave, soy blanco y grande!
¡Soy distinto a una simple planta, aunque sea en flor! ¡Nadie entonces se
preocupaba de mí, y sólo tenía agua cuando llovía! Ahora me atienden con
todo cuidado: todas las mañanas me da la vuelta la criada y todas las tardes
me duchan; hasta la mujer del pastor me ha elogiado, ¡ha dicho que soy la
pieza más bonita del pueblo! ¡Es imposible ser más feliz!
Llevaron la tela a casa y cayó entre las tijeras. ¡Cómo cortaban, cómo
despedazaban, y cómo pinchaba la aguja, pues también conoció a ésta! ¡No
era un placer! Y la tela se convirtió en doce piezas de tela blanca, de las que
nadie se atreve a nombrar, pero que todos deben tener. Eran doce piezas de su
tela.
—¡Ahora, por fin, ya soy algo! ¡Éste es mi destino! ¡Un destino bendito!
Soy útil a la gente, y eso es lo que hace falta; es lo que produce la verdadera
satisfacción. ¡Ahora somos doce piezas, pero seguimos siendo un conjunto,
somos una docena! ¡Qué grande es mi destino!
Pasaron los años y al final ya no aguantaban más.

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—¡Quieras o no, siempre se llega al final! —dijeron todas las piezas—.
¡Me hubiera gustado resistir todavía, pero no se puede pretender lo imposible!
Las hicieron girones; pensaron que todo había acabado, pues las
trituraron, maceraron, cocieron y otras cosas que ni ellas mismas sabían, y
luego se convirtieron en un estupendo papel blanco, muy fino.
—¡Qué sorpresa! ¡Qué magnífica sorpresa! —decía el papel—. ¡Ahora
soy más fino que antes, se puede escribir sobre mí! ¡Quién sabe lo que
escribirán! ¡Qué suerte la mía!
Escribieron en él las historias más bonitas del mundo, y la gente las
escuchaba atentamente, porque todas ellas eran bonitas y verdaderas, y hacían
a los hombres mejores y más sabios; ¡aquellas palabras habían venido como
una bendición del cielo sobre el papel!
—¡Es más de lo que soñaba, cuando era una pequeña flor del campo!
¡Cómo iba a imaginar que un día llegaría a difundir alegría y saber entre los
hombres! ¡No puedo entenderlo! ¡Pero es así! ¡El Señor sabe muy bien que yo
no he hecho nada, excepto lo que estaba obligada a hacer con mis humildes
cualidades para existir! Él, por el contrario, me lleva de alegría en alegría, y
cada vez que pienso: «¡Acabó la historia!», tiene lugar el salto a una
existencia más elevada y mejor; claro, ahora me harán viajar, daré vueltas por
el mundo para que todos los hombres puedan leerme. ¡Es lo más probable!
¡Un tiempo tuve flores azules y hoy, por cada flor, tengo pensamientos muy
hermosos! ¡Nadie hay más feliz que yo en este mundo!
Pero el papel no recorrió el mundo, terminó en una tipografía, donde
imprimieron lo que estaba escrito en el papel y lo recogieron en un libro, más
aún, en muchos centenares de libros, para que muchas personas pudieran
sacar de ellos algo provechoso y divertido; si, por el contrario, el manuscrito
(papel) hubiese dado vueltas por el mundo se habría estropeado a medio
camino.
«¡Es, sin duda, la decisión más prudente! —pensaba el papel escrito—.
¡No lo había pensado! ¡Así yo me quedo en casa reverenciada como una
abuela! Escribieron en mí, sobre mí dejó caer la pluma las palabras. ¡Yo me
quedo aquí y los libros circulan! ¡Ahora comienza a funcionar la máquina!»
Hicieron un paquete y lo pusieron en el estante.
—¡Es útil contemplar la propia obra! —dijo el papel—. Y es más que
justo que nos detengamos a meditar sobre lo que está encerrado en nuestra
misma alma. ¡Sólo ahora veo claramente dentro de mí! ¡El verdadero
progreso consiste en conocerse a sí mismos! ¿Qué ocurrirá ahora? ¡Se dará un
paso adelante, siempre adelante!

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Un día metieron el papel en la lumbre, pues no se podía vender al
comerciante para envolver azúcar y mantequilla. Todos los niños de la casa
acudieron, porque querían verlo mientras ardía, querían ver las chispas rojas
en medio de las cenizas, que parecen ir lejos y que inesperadamente se apagan
una a una, y son como los niños que van saliendo uno a uno de la escuela, y la
última chispa es el maestro; ellos siempre creen que se ha ido ya, pero sale un
poco después que ellos.
Todo el papel estaba enrollado en el fuego. ¡Huy! ¡Qué rápido ardió!
—¡Huy! —dijo.
En un abrir y cerrar de ojos se vio en llamas; voló muy alto, como nunca
el lino lo había hecho con sus florecillas azules, y resplandeció más que lo
hizo la tela blanca; las letras escritas se volvieron rojas de repente, y se
incendiaron todas las palabras y todos los pensamientos.
—¡Ahora voy derecha hacia el sol! —dijo una voz en la llama.
Era como si lo dijeran mil voces al mismo tiempo, y a través de la
chimenea la llama escapó, e invisibles los ojos de los hombres, pues eran más
sutiles que la misma llama, flotaron en el aire seres minúsculos, y eran tantos
cuantas habían sido las flores del lino. Eran más sutiles que la llama que los
había producido, y cuando se apagaron y sólo quedó ceniza oscura, danzaron
una vez más antes de posarse; luego sólo se vieron sus huellas, las chispas
rojas.
Los niños salieron de la escuela y a la cola iba el maestro. Era un
espectáculo divertido, y los niños cantaban alrededor de la ceniza apagada:

¡Chip! ¡Chap! ¡Chirria!


¡Tapachirria!
¡Acabó la historia!

Pero cada uno de los seres invisibles decía:


—¡Nunca acaba la historia! ¡Esto es lo más hermoso! ¡Yo lo sé, y por eso
soy el ser más feliz del mundo!
Los niños, sin embargo, no lo veían y no lo entendían, algo muy
razonable, pues los niños no tienen por qué saberlo todo.

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UNA HISTORIA

Los manzanos del jardín estaban en flor, se habían apresurado en tener


flores antes que hojas verdes. Los patitos estaban en el patio, y el gato lamía
el sol que le daba en la patita. Si se miraba hacia el campo, se veía cubierto de
un verde espeso. Se oían los gorjeos y trinos de los pájaros, como si fuera
fiesta, y tenían razón, pues era domingo. Tañían las campañas y la gente iba a
la iglesia en traje de fiesta, con cara sonriente. Todo transpiraba alegría; era
un día cálido y apacible como para hacer exclamar: «¡Nuestro Señor muestra
una infinita bondad con los hombres!»
Sin embargo, en la iglesia, desde el púlpito, el pastor hablaba en voz alta y
airada; decía que los hombres eran impíos y que sufrirían el castigo de Dios, y
que, cuando murieran, los malos irían al infierno, donde arderían eternamente,
y añadió que allá abajo sus tormentos no terminarían nunca y que nunca se
apagaría el fuego: nunca tendrían paz y descanso. Era espantoso oír todo eso,
y lo decía con mucha seguridad. Describió el infierno como una sima
pestilente en la que se vertían todas las inmundicias de este mundo, en la que
no corría ni un hilo de aire sino únicamente la ardiente llama sulfúrea y en la
que no hay fondo sino que se sigue siempre bajando en medio de un eterno
silencio. Era terrible oírlo, pero aquellas palabras le salían del corazón y todos
los fieles de la iglesia estaban aterrados.
Fuera de la iglesia todos los pajarillos cantaban muy alegres y el sol
brillaba muy cálido; parecía que las florecillas murmuraban: «Dios es
infinitamente bueno con todos». Sí, fuera de la iglesia se respiraba lo
contrario de las palabras del pastor.

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Por la noche, cuando iba a acostarse, el pastor vio que su mujer
permanecía sentada, absorta en sus pensamientos.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—¿Que qué me pasa? —respondió ella—. No logro comprenderlo, no
consigo convencerme de lo que has dicho, que haya tantas personas impías y
que éstas tengan que arder eternamente. ¡Ay, es tan larga la eternidad! Yo soy
sólo una pobre pecadora, pero no podría soportar ver al peor malhechor
ardiendo eternamente. ¿Cómo lo va a permitir Nuestro Señor, que es
infinitamente bueno y sabe que el mal está tanto dentro como fuera de
nosotros? No, no puedo pensarlo, por mucho que tú lo digas.
Era otoño, las hojas caían de los árboles y el serio y severo pastor estaba
sentado a la cabecera de una moribunda, una anciana creyente piadosa, que
iba a cerrar los ojos para siempre: era su mujer.
—Si alguien debe encontrar paz en la tumba y gracia ante Dios, eres tú —
dijo el pastor. Juntó sus manos y pronunció un salmo bendiciendo a la difunta.
La llevaron a la tumba; dos lágrimas gruesas resbalaron por las mejillas
del hombre severo, y en el presbiterio todo estaba vacío y en silencio, el sol
de la casa se había apagado, ella ya no estaba.
Era de noche y un viento frío sopló por encima de la cabeza del pastor;
abrió los ojos y le pareció que la luna resplandeciera en su habitación, pero no
era la luna, era una criatura que estaba delante de su cama. Vio el fantasma de
su mujer muerta, que lo miraba con profunda tristeza, como si quisiera decirle
algo.
Él se incorporó y tendió los brazos hacia ella.
—¿Tampoco a ti se te ha concedido la paz eterna? ¿Sufres? ¡Tú, la mejor
de todas, la más devota!
Y la muerte inclinó la cabeza en señal de afirmación y puso la mano en el
pecho.
—¿Y no podré yo conseguirte la paz en la tumba?
—Sí —fue la respuesta.
—¿Cómo?
—Dame un cabello, un solo cabello quitado de la cabeza del pecador a
quien está destinado el fuego eterno, a quien Dios arrojará al infierno, para
que sufra un suplicio eterno.
—¡Es fácil rescatarte, mujer pura y devota! —exclamó él.
—¡Entonces, sígueme! —le invitó la muerta—. Me han concedido esa
posibilidad. Te desplazarás junto a mí hasta donde te conduzca tu
pensamiento: invisibles a los hombres, entraremos en sus más secretos

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rincones, y tú tendrás que señalar con mano segura quién está destinado al
suplicio eterno, y eso antes de que cante el gallo.
En seguida, como transportados por el pensamiento, se encontraron en la
ciudad, y en las paredes de las casas brillaban con letras de fuego los nombres
de los pecados capitales: soberbia, avaricia, gula, lujuria… en pocas palabras,
todo el arco de los siete colores del pecado.
—Sí, ahí dentro, como creía, como me imaginaba —dijo el pastor—,
viven los que están destinados al fuego eterno.
Se encontraron ante un portal magníficamente iluminado: la larga
escalinata estaba adornada con tapices y flores, y en los salones se oía música
de baile. Delante del portal estaba el vigilante vestido de seda y terciopelo,
que tenía en su mano un bastón de plata.
—¡Nuestro baile sólo es comparable con el del rey! —dijo volviéndose
hacia la muchedumbre amontonada en la calle; se veía relucir de la cabeza a
los pies lo que pensaba: «¡Desgraciada gentuza, parada ante la puerta con los
ojos abiertos, a mi juicio sois todos unos canallas!».
—Ésa es la soberbia —dijo la muerta—, ¿lo ves?
—¿Ése? —preguntó el pastor—. Ése es un estúpido, un tonto; no lo
condenarán al fuego y al suplicio eterno.
—¡No es más que un tonto! —oyó que resonaba a través de todo el
palacio de la soberbia; todos los que había dentro eran tontos.
Luego entraron a vuelo entre las cuatro paredes desnudas del avaro, donde
un viejo delgadísimo, temblando de frío, hambriento y sediento, se agarraba
con todos los pensamientos a su dinero. Lo vieron saltar de su yacija, como
cogido por la fiebre, y quitar un ladrillo de la pared: detrás había monedas de
oro en el fondo de un calcetín; tocó su gabán andrajoso dentro del cual
estaban cosidas monedas de oro, mientras sus húmedos dedos temblaban.
—¡Está enfermo, delira, tiene un triste delirio envuelto en angustia y
malos sueños!
Los dos se alejaron velozmente y se detuvieron junto a los camastros de
los criminales que dormían, unos junto a otros, en una larga fila. Uno de ellos
se despertó del sueño, como una fiera, dio un grito horrible, empujó con los
codos a su compañero y éste se revolvió, medio dormido:
—¡Cierra esa bocaza, animal, y duerme! ¡Todas las noches lo mismo!
—Todas las noches —repitió el otro—, sí, viene todas las noches, grita y
me atormenta. Ciego de ira, he llevado a cabo más de un delito, he nacido
iracundo, y esto me ha traído aquí por segunda vez, pero si he hecho mal,
ahora sufro mi castigo. Una cosa no he confesado. La última vez que salí de

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aquí, al pasar por la alquería de mi amo, sentí que me hervía la sangre
pensando en algunas cosillas, por lo que froté una cerilla contra la pared y la
acerqué al tejado de paja. Todo se quemó, ardió como yo ardo de ira. Yo
mismo ayudé a salvar los animales y los enseres. Ningún ser vivo murió,
excepto un par de pichones que volaron hacia las llamas, y el perro, atado con
la cadena. No pensé en él. Oí sus aullidos, y todavía hoy los oigo cuando
quiero dormirme, y si me duermo viene el perro, enorme y con mucho pelo,
se detiene junto a mí y ladra, me aplasta, me ahoga… ¡Pero oye lo que voy a
contarte! ¡Tú puedes roncar, roncas toda la noche, y yo no lo consigo ni
durante un cuarto de hora!
Los ojos de aquel iracundo se inyectaron de sangre, se lanzó sobre su
compañero y lo golpeó en la cara con el puño cerrado.
—¡El malvado Mads ha vuelto a enloquecer! —exclamaron todos los
demás—; lo agarraron, lucharon con él, lo doblaron de tal modo, que le
metieron la cabeza entre las rodillas y seguidamente lo ataron bien fuerte,
parecía que la sangre iba a saltársele por los ojos y por todos los poros de un
momento a otro.
—¡Que lo matáis! —gritó el pastor—. ¡Pobre hombre!
Y mientras tanto alargaba una mano para defender a aquel pecador, que
harto sufría ya en esta tierra. La escena cambió; los dos volaron a través de
ricos salones y míseros cuartuchos, la lujuria, la envidia y todos los pecados
capitales pasaron delante de ellos, mientras un arcángel enumeraba los
pecados y pronunciaba la defensa de los pecadores: era algo bien mísero
delante de Dios, pero Dios lee en los corazones, Él lo conoce todo, conoce el
mal que viene de dentro y el que viene de fuera, El que es la Gracia, el amor
supremo. La mano del pastor tembló, no se atrevió a extenderla para arrancar
de la cabeza del pecador un cabello. Y de sus ojos brotaron lágrimas,
verdadera fuente de Gracia y de Amor que apaga el eterno fuego infernal.
Entonces cantó el gallo.
—¡Dios misericordioso! ¡Dale en la tumba la paz que yo no he podido
conseguir para ella!
—Ahora tengo paz —aseguró la difunta—. Eran tus duras palabras, tu
negra concepción humana de Dios y de sus criaturas las que me traían hacia
ti. Aprende a conocer a los hombres; también en los malvados existe una
parte divina, y ésa que triunfará y apagará el fuego del infierno.

***

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Un beso cerró la boca del pastor y alrededor de él brilló una luz: el
luminoso sol de Dios entraba en la habitación donde su mujer, viva, dulce y
amorosa, le despertaba de un sueño que Dios le había enviado.

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¡HAY DIFERENCIA!

Era el mes de mayo, soplaba todavía un viento frío, pero la primavera


había llegado, decían los árboles y las zarzas, los campos y los prados; por
todas partes brotaban flores, hasta en el seto vivo, donde la primavera contaba
su historia, que hablaba de un pequeño manzano, no mayor que un ramito,
fresco y en flor, cubierto de delicados capullos rosa a punto de abrirse; él
sabía que era muy hermoso, porque lo sabe la linfa como lo sabe la sangre, y
por eso no se sorprendió aquel manzano cuando la carroza de sus dueños se
detuvo en la calle, exactamente delante de él, y la joven condesa dijo que el
manzano era lo más lindo del mundo, que era la primavera misma en su más
suave encarnación. Cortaron la rama y ella la sostuvo en su mano delicada y
la protegió con la sombrilla de seda, seguidamente partieron hacia el castillo,
donde había salas con altos techos y habitaciones ricamente adornadas;
blancas cortinas luminosas se hinchaban dulcemente en las ventanas abiertas,

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y en los tiestos transparentes había espléndidas flores; en uno de aquellos
tiestos, que parecía estar hecho de nieve recién caída, colocaron la rama de
manzano, juntamente con ramas frescas y muy tiernas de haya: era una delicia
mirarlos.
Y la rama se sintió orgullosa, cosa, en el fondo muy humana.
En la casa se reunían distintas clases de personas, y, según la
consideración de que gozaban, se atrevían o no a manifestar su admiración;
algunos no dijeron nada, otros dijeron demasiado y el manzano comprendió
que entre los hombres había la misma diferencia que entre las plantas.
«¡Algunos fueron creados para adornar, otros para utilidad; de algunos, en fin,
se podría prescindir!»
Como se encontraba junto a la ventana abierta, mirando hacia el jardín y
el campo, no le faltaron flores y plantas que examinar y sobre las que meditar.
Había plantas ricas y plantas pobres, algunas hasta miserables.
—¡Pobres hierbas repudiadas! —dijo la rama de manzano—. ¡Sin duda
hay diferencia! Qué desgraciadas se considerarán esas criaturas, si, por
casualidad, sienten lo que yo o mis semejantes. ¡Sin duda hay diferencia, y es
justo que así sea, pues si no seríamos todos iguales!
Y la rama del manzano miraba compasivamente, especialmente a una flor
que abundada en los campos y junto a las zanjas; nadie las recogía para
formar un ramo, eran demasiado vulgares; hasta crecían entre una piedra y
otra, crecían por todas partes como la grama y tenían un nombre feo, pues se
llamaban dientes de león.
—¡Pobre planta despreciada! —dijo la rama de manzano— ¡Tú no tienes
la culpa de estar hecha así, si eres tan vulgar y se te ha puesto ese nombre tan
feo! Sin embargo, entre las plantas pasa como entre los hombres, tiene que
haber diferencia.
—¿Diferencia? —dijo el rayo del sol besando el ramo de manzano
florido, pero besó también los dientes de león amarillos del campo, y todos
los hermanos de rayo del sol besaron a todas las flores, ricas y pobres.
¡La rama de manzano no había pensado nunca en el amor infinito del
Señor hacia todo cuanto en él vive y se mueve, no había pensado nunca en las
cosas hermosas y buenas que pueden estar escondidas pero no olvidadas, y
esto, en el fondo, era más que humano!
El rayo de sol, los rayos de luz sabían más.
—¡Tú no miras lejos, no ves las cosas con claridad! ¿Cuál es la hierba
despreciada que más compadeces?

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—¡Los dientes de león son amarillas! —dijo la rama de manzano—.
Nadie los recoge en un ramo, todos los pisan, hay muchos y, cuando se
vuelven semilla, vuelan por los caminos como hilos de algodón cortados muy
finos y se pegan a los vestidos de la gente. ¡Es grama! ¡Es necesario que sea
así! ¡Pero en realidad yo estoy muy contento de no ser como ella!
Apareció en el campo un tropel de niños; el más pequeño era tan
minúsculo, que lo tenían en brazos; le dejaron en la hierba, entre las flores
amarillas, y se puso a reír y gritar de júbilo; movía las piernas y daba vueltas
por aquí y por allá, cogió las flores amarillas y en su dulce inocencia las besó.
Los niños algo mayores, en cambio, agarraban las flores por el tallo hueco, lo
doblaban para hacer un nudo y así se convertían los tallos en largas cadenas:
una para ponerse en el cuello, otra en los hombros, otra en el talle, en el pecho
y en la cabeza; era un aderezo de guirnaldas verdes. Los niños mayores
cogían delicadamente las plantas ya florecidas por el tallo, que sostenía
aquella admirable corona de semillas en forma de hilitos, aquella leve,
mórbida flor de algodón, pequeña obra maestra de finísimas y tiernas plumas,
la acercaban a la boca y luego intentaban con un soplido hacer que se
desprendieran todas las plumas. La abuela les había dicho que, si lo
conseguían, tendrían un traje nuevo antes de terminar el año.
La flor despreciada se convertía en profeta en esta ocasión.
—¡Mira —dijo el rayo de sol—. ¿No ves su hermosura? ¿No ves su
poder?
Llegó al campo una anciana, que se puso a excavar con un cuchillo sin
punta y sin mango alrededor de la raíz de la flor para llevársela; se prepararía
café con aquellas raíces y el resto lo llevaría a la farmacia para ganar un
dinerillo.
—¡Pero la belleza es algo más elevado! —dijo la rama de manzano—.
¡Sólo los elegidos entran en el reino de la belleza! ¡Hay diferencia entre
planta y planta como hay diferencia entre hombre y hombre!
El rayo de sol habló del amor infinito de Dios, muy evidente en las cosas
creadas, por todo lo que tiene vida, y del reparto justo en el tiempo, y, en la
eternidad.
—¡Sí, ésa es vuestra opinión! —dijo la rama de manzano.
Entró gente en la habitación, entró también la joven condesa, la que había
colocado con tanta gracia la rama de manzano en el tiesto transparente
iluminado por el sol; llevaba una flor en la mano, o tal vez algo distinto,
escondido entre cuatro grandes hojas que lo envolvían como en cucurucho
para que no lo dañara una ráfaga de viento o una corriente de aire, y lo llevaba

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con más delicadeza todavía que la empleada con la preciosa rama de
manzano. Poco a poco se fueron separando las grandes hojas y apareció la
suave corona de semillas en forma de hilitos, del diente de león amarillo, tan
despreciado. Ella había recogido esta flor delicadamente y la había llevado a
su casa con el máximo cuidado, para que ninguna de las finísimas plumitas
que forman su figura de niebla y que son tan frágiles desapareciera. Ahora,
estaba allí intacta y espléndida; ella admiraba su hermosa forma, su suave
esplendor, su singular estructura, aquella admirable gracia destinada a
dispersarse al viento.
—Mirad, ¡qué maravillosa belleza le ha dado el Señor! —decía—. Quiero
pintarla junto a la rama de manzano; todos consideran muy hermosa la rama
de manzano, pero esta pequeña flor no ha recibido menos de Dios, aunque de
otra manera. Son muy diferentes, pero las dos pertenecen al reino de la
belleza.
Y el rayo de sol besó la flor humilde y besó la rama de manzano en flor,
cuyas hojas parecieron sonrojarse un poco.

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Notas

Página 134
[1]Nyboder (literalmente, nuevas viviendas). Barrio cercano al antiguo puerto
de Copenhague, construido en el siglo XVII por Cristián IV para vivienda de
los marinos. Aún hoy constituye un pequeño barrio de casitas amarillas de un
solo piso. <<

Página 135
[2]Frederiksberg. Palacio y jardines, antigua residencia real en los siglos XVIII
y XIX. <<

Página 136
[3] Los colores del Dannebrog, pabellón nacional danés desde el siglo XVIII.
<<

Página 137
[4] La sílfide tiene la espalda hueca. <<

Página 138
[5]Personajes sobrenaturales, que viven en las iglesias y cementerios, y que
son presagio de muerte o cementerio. <<

Página 139
[6] La frase tiene también el sentido: «Eligió una mujer como crédito». <<

Página 140
[7]Hay en este cuento numerosas alusiones a las conocidas diferencias entre
Dinamarca y Noruega; en este caso, a la oposición entre el suelo llano,
levemente ondulado de la primera, y lo abrupto y montañoso de Noruega. <<

Página 141
[8]Juguete hecho con el esternón del ganso, al que se le pega con un poco de
pez un palillo, que funciona como muelle. <<

Página 142
[9]Un jarrón en el que se conservaban entre sal los pétalos de rosa, que luego
se quemaban en la chimenea para perfumar el ambiente. <<

Página 143
[10] Famoso escultor danés (1770-1844). <<

Página 144
[11] Karl Bagger, poeta danés contemporáneo y amigo de H. C. Andersen. <<

Página 145
[12] Holberg, conocido comediógrafo danés (1684-1754). <<

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