Unos Santos A Tu Edad - Luis Sanz Burata - EDIMAUX
Unos Santos A Tu Edad - Luis Sanz Burata - EDIMAUX
Unos santos
a tu edad
Tomado de la edición de
Editorial Vilamala
España, 1963
EDIMAUX
México 2023
PRESENTACIÓN
EL AUTOR
I
EL SANTITO DE
CHAQUETA Y PANTALÓN
•5•
He aquí, reproducida en su candorosa integridad, la
primera entrevista que un niño de 12 años, llamado Do-
mingo Savio, hijo de un modesto herrero de Riva de Chieri
(Piamonte, en Italia), tenía con el gran apóstol de la juven-
tud, San Juan Bosco. El mismo educador, en la preciosa
Vida que nos dejó de ese «santito de chaqueta y pantalón»,
nos la refiere en el capítulo séptimo de la misma.
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ir a Riva de Chieri para hallar trabajo. Concedióles allí
Dios Nuestro Señor este rico fruto de bendición, al que
bautizaron el mismo día de su nacimiento con el nombre
de DOMINGO, como si proféticamente hubieran querido
consagrarlo al Señor, como indica su mismo nombre.
Nuevos apuros económicos les obligaron también a
cambiar de población, yéndose para Murialdo, arrabal de
Castelnuovo, cuando Domingo sólo tenía cinco años.
Estaba dotado de inteligencia viva y despierta, memoria
feliz, firme voluntad, cualidades de las que usó para senti-
ficarse; y en esto radica su mérito.
A los cinco años ya sabía leer, y aprendió a ayudar a
Misa. Muchas veces, aun en invierno, llegaba a la iglesia
antes que el sacristán y el Cura, y hasta con nieve esperaba
en sus gradas; en una ocasión allí lo encontró el señor
Cura, arrodillado y cubierto de nieve. Y como le reprendie-
•7•
Tan precoz era su inteligencia que el Párroco lo admitió
a la Primera Comunión a los siete años, cuando entonces
lo usual era hacia los doce.
Merecen recordarse los propósitos que entonces hizo,
pues son la clave de su futura santidad: «Primero: me con-
fesaré con frecuencia y comulgaré todas las veces que me
lo permita el confesor. Segundo: quiero santificar los días
de fiesta. Tercero: mis amigos serán Jesús y María. Cuarto:
antes morir que pecar».
¡Antes morir que pecar! Con este propósito, metido
hondamente en su corazón, Domingo Savio avanza como
un abanderado, invitando a seguirle en pos de todas las
juventudes del mundo.
•8•
dea no daba para más cultura. «Si yo tuviera alas como un
pajarillo —decía Domingo— quisiera volar mañana y tarde
a Castelnuovo para seguir mis estudios.»
Alas no; pero once kilómetros sí que tendría que cami-
nar a los diez años para ir y volver dos veces al día de la
Escuela Municipal de la próxima villa de Castelnuovo,
unas veces con viento molestísimo y frío, otras veces con
un sol abrasador, otras con lluvia torrencial y otras entre
nubes de polvo.
Un día, una persona compasiva, viendo a Domingo irse
a las dos de la tarde, bajo los ardores de un sol achicha-
rrante, le dijo:
—Amiguito, ¿no tienes miedo de ir solo por el camino?
—No voy solo, señor. Mi Angel custodio me acompaña.
—Pues ha de ser pesado el viaje con tanto calor.
—Nada es pesado, cuando se hace por un Amo que sabe
pagar bien.
—¿Y quién es ese amo tan generoso?
—Dios Nuestro Señor, que paga hasta un vaso de agua
que se dé por amor suyo.
Pero, efectivamente, la fatiga era excesiva, y su salud se
resintió; por lo cual, su familia se trasladó a otro pueblo,
donde su hijo pudiera seguir los estudios con menor es-
fuerzo y sin esas caminatas.
Aquí dio, afortunadamente, con un buen maestro. Era
un sacerdote, llamado José Cugliero, amigo personal de
San Juan Bosco, el cual le dio a Domingo clase por algún
tiempo y luego fue quien le aconsejó al buen Carlos que le
confiara su hijo al Santo. Entonces tuvo lugar el hermoso
•9•
diálogo entre Domingo y San Juan Bosco, que hemos
puesto al principio de esta Vida.
La fina y certera intuición de aquel gran apóstol descu-
brió al punto la rica perla escondida en aquel chico, pali-
ducho y pobremente vestido, de doce años. Una página en-
tera, aprendida de memoria en seguida, le demostró al
Santo el notable talento de aquel muchacho; y también su
resuelta voluntad de ser sacerdote y santo le proporciona-
ron uno de los mayores y más íntimos consuelos de su
vida.
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la mortificación y la práctica de las más excelsas virtudes
eran su preocupación diaria.
Un día San Juan Bosco quiso obsequiarle con algo que
fuese de su agrado; pero dejó que hiciese él mismo la elec-
ción del regalo. «El regalo que le pido —interrumpió Do-
mingo— es que me ayude a ser Santo. Quiero entregarme
enteramente al Señor y para siempre.»
En otra ocasión en que el Director quería dar una mues-
tra de especial afecto a los niños de la casa, les invitó a que
le pusiesen en un papelito, lo que más ilusión les hacía
para ver de dárselo. Unos y otros pedían las cosas más ra-
ras y extravagantes. Domingo, en cambio, tomando un pa-
pel, escribió estas palabras: «Pido que salve mi alma y me
santifique».
Otro día, San Juan Bosco les explicaba el significado y
origen de algunas palabras. Preguntóle él al Santo:
—¿Qué significa el nombre de Domingo?
—Domingo —repuso San Juan Bosco— quiere decir en
latín: «del Señor».
—Vea usted —añadió luego— si tengo razón en pedirle
que me santifique; hasta el nombre dice que yo soy del Se-
ñor; luego yo debo y quiero ser santo, y no seré feliz mien-
tras no llegue a serlo.
HORROR A LA BLASFEMIA
¡Cuánto le disgustaba tener que oír alguna blasfemia!
Una vez, al volver del Colegio, oyó a un hombre, ya entra-
do en años, decir una terrible blasfemia contra Dios. Do-
mingo se estremeció de pavor, todo asustado; y en su inte-
rior, para desagraviar al Señor, repitió unas cuantas ala-
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banzas a Dios. Luego, acercándose con todo respeto al
blasfemo, le dijo:
—Oiga, buen hombre, ¿sabe usted dónde está el Orato-
rio de San Francisco de Sales?
—Niño, siento mucho no saberlo.
—Pues ya que no sabe esto, ¿no podría hacerme usted
otro favor?
—¿Cómo no? ¡De mil amores!
Domingo acercósele cuanto pudo al oído; y bajito (para
que otros no lo oyeran) le dijo:
—Usted puede hacerme un grandísimo favor; y es que
cuando se enfade no vuelva a blasfemar el santo nombre
de Dios.
—¡Bueno, niño! Tienes mucha razón: es un vicio maldi-
to que debo y quiero vencer a toda costa.
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garlos. Luego dijo al que había pronunciado el santo nom-
bre de Dios: «Ven conmigo, y no te pesará». Tomóle de la
mano, llevóle a la iglesia ante el altar e hízole arrodillarse a
su lado, diciéndole: «Pide perdón a Dias de la ofensa que
le has hecho nombrándole en vano». Y como el chico no
supiese decir el acto de contrición, lo rezó juntamente con
él, y luego añadió:
—Di conmigo estas palabras para reparar la injuria que
has hecho a Jesucristo: «¡Alabado sea Jesucristo, y que su
santo y adorable Nombre sea siempre bendito y alabado!»
Cuando se iba para vacaciones, no por esto dejaba de
ser allí apóstol de los demás. En seguida le rodeaban otros
chicos de su edad, a los que enseñaba a rezar, a hacer bien
la señal de la Cruz. Y distribuyéndoles entonces sus regali-
llos, les invitaba a estar atentos a sus preguntas sobre el
Catecismo o sobre sus propios deberes; y así, con tan bue-
nas mañas, conseguía llevar a muchos al Catecismo, al Ro-
sario, y a otras prácticas piadosas.
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algunos malvados para perder nuestras almas. ¿No os
avergonzáis de mirar tales cosas?
—Nosotros —replicó uno de ellos— las mirábamos so-
lamente para reírnos.
—Sí, sí; y así, riendo podéis caer en el infierno.
También en la modestia era verdaderamente ejemplar.
Nunca volvía la cabeza de un lado para otro, como acos-
tumbran hacerlo ciertos niños; ni fijaba la mirada en el
rostro de mujeres. Pasó algunas veces cerca de espectácu-
los públicos, que sus compañeros contemplaban curiosa-
mente; pero él no los miraba. Por lo cual, en cierta oca-
sión, le riñó un compañero, diciéndole:
—¿Pues para qué tienes ojos, si no te sirves de ellos para
mirar estas cosas?
—Quiero que me sirvan —respondió— para contemplar
el rostro de nuestra celestial Madre María, cuando con la
gracia de Dios sea digno de ir a verla en el Cielo.
Otro día unos compañeros lo llevan a bañarse en el río,
pero allí se meten en el agua sin vestido alguno. Cuando él
ve aquello, hace propósito de no volver más. Y cuando
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ellos insisten, él les pone la condición de pedir permiso a
los padres. Ha visto que hay un doble peligro: uno para el
cuerpo, y otro para el alma. Y a tales baños no volvió.
• 16 •
coger la vista cuando rezaba en la clase, en el estudio o en
el recreo.
En su fervor, se había propuesto ayunar todos los sába-
dos a pan y agua en honor de la Virgen; pero se lo impidió
su confesor. Quería ayunar durante la Cuaresma, y tam-
bién se lo impidió; porque temía por su delicada salud.
¿Qué hacer, pues? Viendo que no podía mortificarse en la
comida, pensó en mortificarse de otros modos. Durante el
invierno se abrigaba poco.
En la cama ponía piedrecillas; y también en los zapatos.
Se privaba de gustos y caprichos. ¡Piensen en Domingo
Savio esos niños, siempre mimosos y regalados, que no sa-
ben tolerar la más insignificante molestia!
Mas, la principal penitencia de Domingo era corregir su
mismo carácter y vencer sus propios defectos. Porque no
se crea que la santidad resultaba fácil para él. De él decía
su director, San Juan Bosco: «Domingo sabe moderar len-
gua y bilis». Se refería, con ello a su genio fácilmente vivo e
irascible.
FUERTES ARAÑAZOS
Uno de sus compañeros —más tarde, Monseñor F. Vas-
chetti— cuenta que un día, en el primer año en que estaba
Domingo en el colegio, le gastó una broma algo pesada, y
el recién llegado se encendió y le dio fuertes arañazos; pero
que después, serenado, lleno de pena, le pidió perdón y le
dio satisfacción.
Otro compañero suyo —el doctor Cerrutti —atestigua:
«A mí me pareció siempre que el natural de Domingo era
irascible, y que esa calma, ese equilibrio, ese dominio de sí
mismo que tenía, era efecto del gran esfuerzo y del gran
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trabajo que sobre sí
mismo había realiza-
do».
Y tan grande fue el
dominio, que llegó a
lo heroico, y lo de-
muestran hechos
como éste: un día re-
prendió a un sobrino
del famoso político
Urbano Rattazzi, por
una falta grave que
había cometido. El
chico acostumbra-
doala violencia, se
revolvió contra Domingo, y lo molió a coces y a puñetazos.
Domingo hubiera podido volverse contra él, porque era
mayor y más fuerte entonces. Se puso rojo como un toma-
te; pero se contuvo y se contentó con decirle: «Te perdono;
has hecho muy mal. No lo hagas con otros, porque te pue-
de costar caro». Aquel ejemplo de nobleza cristiana debió
influir no poco sobre el orgulloso muchacho, porque éste
empezó a suavizarse, y a su debido tiempo San Juan Bosco
lo devolvió a su familia hecho un verdadero caballero cris-
tiano.
SANTIDAD ALEGRE
Y todo esto realizado con la sonrisa en los labios, con un
espíritu de franca alegría. La alegría es, en el sistema edu-
cativo de San Juan Bosco, condición esencial de vida y de
apostolado.
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Santidad y alegría, o «santidad alegre». «¿No sabes —le
decía Domingo a un compañero recién llegado al colegio y
un poco melancólico— que aquí nosotros hacemos consis-
tir la santidad en vivir alegres, en el cumplimiento de
nuestros deberes?»
En premio, nuestro Señor se dignó favorecerle con es-
peciales gracias, como éxtasis y visiones.
Un día de comunión no aparece en el salón de estudio,
ni en el desayuno, ni en la clase, ni en la comida. Avisan a
San Juan Bosco. Y éste lo encuentra arrobado ante el Sa-
grario, en el trascoro de la iglesia, algo levantado del suelo,
después de haberlo buscado inútilmente por toda la casa.
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«¡PRONTO! PÓNGASE EL SOMBRERO...»
La ciudad es presa del cólera morbo. Se cuentan por mi-
les los enfermos. Mueren cada día a centenares. Llegan a
faltar los médicos y enfermeros. San Juan Bosco se pone al
servicio de los apestados e invita a sus selectos a acompa-
ñarlo en la arriesgada y penosa empresa. Les promete, eso
sí, que si se conservan siempre en gracia de Dios, ninguno
se contagiará de la peste. Los chicos se prodigan como hé-
roes; son enfermeros maravillosos. Hay días en que traba-
jan hasta 16 y más horas, Uno de ellos es Domingo. ¡Y no
tiene sino catorce años!
Una mañana de aquellos días le dice al santo Director:
«¡Pronto! Póngase el sombrero y venga conmigo, que se
ofrece ocasión de hacer una buena obra». El santo obede-
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radiante al mismo tiempo, exclamando: «Gracias a Dios
que ha venido. Mi marido está moribundo. Tuvo la desgra-
cia de dejarse engañar por los protestantes; pero ahora
quiere morir bien y salvarse». San Juan Bosco entra, con-
fiesa al moribundo, recibe su abjuración, pide los Santos
Óleos y ayuda a bien morir aquella alma arrepentida.
Al volver a casa el santo director le pregunta quién le
había advertido aquella necesidad. El angelical muchacho
eleva la mirada al cielo, y conmovido llora; por lo cual, San
Juan Bosco ya no insistió.
¿Y qué decir de su devoción a la Santísima Virgen? Ya
hemos indicado algunos pormenores sobre la misma. En la
Vida de Domingo que escribió su director hay dos capítu-
los, especialmente, sobre la organización de la «Compañía
de la Inmaculada», grupo de muchachos piadosos institui-
do por Domingo, para honrar a su Reina y Madre, declara-
da Inmaculada por el Papa Pío IX en aquel año de 1854.
Domingo escribió su Reglamento nueve meses antes de
morir.
• 21 •
be. Suplica a su padre que le haga la recomendación del
alma y le rece las Letanías de la Buena Muerte, que com-
puso su Director. Al terminarlas de rezar, exclama:
—Papá, ¡qué cosas más bellas estoy viendo! La Virgen
viene por mí, a buscarme. Cantaré eternamente las ala-
banzas del Señor.
Y así, santamente muere. Pocos días después se le apa-
rece para decirle que está en el cielo y que ruega por él y
por toda la familia. También se le aparece a San Juan Bos-
co, rodeado de multitud de niños y jóvenes, tremolando
una bandera...
¡Eran los primeros frutos de la gran obra salesiana en el
cielo!
• 22 •
II
EL ACÓLITO MÁRTIR DE LA
EUCARISTÍA
San Tarsicio
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en color rojo, los nombres de los difuntos, y debajo, algu-
nas inscripciones que expresaban dulce y resignada triste-
za y afectuosa memoria, testimonios de la fraternidad cris-
tiana y de la esperanza en la resurrección, tales como:
«Duerme en la paz», «La luz eterna brille para ti», «En el
sueño de la paz y de la luz, vive en el Señor».
Al final el pasadizo o corredor se veía más iluminado,
allí se ensanchaba y aparecía una sala más espaciosa lla-
mada Triclinium, donde se celebraban los ágapes, que
eran una especie de cenas de hermandad cristiana, donde
reinaba sobre todo la mutua caridad. En los muros podían
verse pinturas de asuntos de la Sagrada Escritura, y en el
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como sucesor del Pontífice Esteban, ejecutado poco antes
por los perseguidores.
• 26 •
¿HAY ALGUIEN QUE SE SIENTA CON VALOR?
Al terminar la ceremonia, el Papa Sixto, con voz entre-
cortada por la emoción, dedicó un recuerdo a los cristianos
encarcelados que al día siguiente habían de morir despe-
dazados por las fieras en el Coliseo, pidiendo oraciones por
ellos para que supiesen soportar el martirio en el momento
crítico, y puso fin a su exhortación con estas palabras:
«¡Qué valor no les comunicaría en la lucha si pudiesen re-
cibir el sacrosanto cuerpo de Jesucristo! ¿Hay alguien en-
tre vosotros, hijos míos, que se sienta con valor para pene-
trar en aquellas mazmorras y llevar a nuestros hermanos
en la fe el Pan de los fuertes?»
Cien miradas suplicantes se dirigieron hacia él. El mo-
mento es de gran expectación. La misión es arriesgada y
comprometida. Antes que los ancianos, mujeres o jovenci-
tas cubiertas de blancos velos puedan solicitarlo, el acólito
Tarsicio extiende sus manos suplicantes, arrodillándose
delante del Pontífice.
—¿Tú te atreves, hijo mío? —le preguntó éste.
—«¿Por qué no, Padre? —respondió Tarsicio—. Nadie
sospechará de mis pocos años.
• 27 •
Tarsicio recibía todos los días la Sagrada Comunión, de
la cual sacaba un ardiente amor al prójimo y una fuerza
heroica.
Mas aquel día había comulgado con especial fervor, y
hasta le había pedido al Señor la gracia de ser él también
mártir. Tenía apenas once años. Todos en la comunidad
cristiana de Roma conocían su fe y su piedad. Era un pe-
queño héroe, incapaz de acobardarse ante la furiosa perse-
cución. Cuando los esbirros imperiales habían penetrado
en la catacumba de Lucina, él estaba allí, y sus ojos infanti-
les presenciaron la trágica y violenta escena de la degolla-
ción del Papa Esteban en el mismo momento en que co-
mentaba el Evangelio a los fieles. El altar fue también la
mesa del sacrificio de su vida para el augusto celebrante.
Las pupilas de Tarsicio retenían aquel espectáculo san-
griento, y con su imaginación recordaba la barba blanca
del venerable anciano enrojecida en su propia sangre. Pero
aquello, lejos de asustarle, le había dado aún mayor coraje,
y había sido para su alma infantil y generosa una brillante
lección para su papel de mártir.
• 28 •
Una fuerte emoción se apoderó de la devota asamblea
de fieles. Las miradas de todos se dirigieron hacia Jesús
Sacramentado que iba a depositarse en tan inocentes ma-
nos, y todos a una exclamaron en su interior: «Señor, sál-
vale».
—Bien —dijo el Pontífice—. Aquí tienes, hijo mío, el
Cuerpo de Jesucristo. Que sus ángeles te acompañen.
Dichas estas palabras, colocó el Pan sagrado dentro de
un coponcito o caja metálica (como solía hacerse siempre
que era llevado el Viático a algún enfermo o a los encarce-
lados en tiempo de persecución) y lo colgó del cuello del
adolescente. Tarsicio cruzó con reverencia las manos sobre
su corazón purísimo, que se abrasaba en llamas de santo
amor al ponerse en contacto con Jesús, mientras su rostro
reflejaba un gozo inefable; y, entre la emoción de los pre-
sentes, que de rodillas le contemplaban admirados, salió
de las catacumbas.
• 30 •
Pero él corría sin saludar a nadie; corría gozoso y orgu-
lloso por el gran honor y privilegio singular de llevar a Je-
sús Sacramentado entre sus infantiles manos. Ya estaba
cerca del Foro, y junto al Foro se abría la cárcel. ¡Oh, qué
consuelo iba a llevarles a tantos hermanos en la Fe, apre-
sados por odio a Cristo, en vísperas de su martirio! ¡Y este
consuelo inmenso era él quien lo llevaba! No le cabía en la
cabeza a Tarsicio ser tan privilegiado instrumento, porta-
dor del mismo Dios sacramentado.
• 31 •
—Ha de ser ahora, quieras o no.
—Os lo pido por lo que más queráis: ¡soltadme!
—¡No hay juegos que valgan!
Y uno por acá y otro por allá, lo sacuden brutalmente,
hasta que al darse cuenta ellos de que no emplea las ma-
nos para defenderse, les asalta una sospecha, y maltratán-
dole con la mayor crueldad, le preguntan:
—¿Qué guardas aquí tan escondido? ¡Ea! Separa en se-
guida los brazos; queremos ver qué llevas.
Tarsicio, aterrado, quiere echar a correr. Es tarde; los
muchachos le agarran, tiran de él, le empujan y fuerzan a
que suelte las manos; pero él se resiste como un héroe, y a
cada intimación para que suelte los brazos responde, mi-
rando al cielo:
—¡Jamás, jamás!
Muy pronto la gritería de los pequeños verdugos llama
la atención de los que cruzan la calle. Un numeroso grupo
de personas se detiene, y formando corro alrededor de los
muchachos, contempla impasible la escena. En esto, al-
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guien que pasa por allí en aquel momento reconoce a Tar-
sicio como a uno de los niños cristianos, y cuando la gente
pregunta qué es lo que pasa, él responde con toda refinada
malicia:
—¡Bah! Es un asno que lleva los misterios.
Así llamaban los paganos, por burla, a los seguidores de
Cristo, es decir, a los cristianos.
• 33 •
Asistido de una fuerza sobrenatural, permanecía con los
brazos cruzados sobre el pecho, mientras levantaba el co-
razón y los ojos a Dios, a quien ofrecía la vida para que se
salvase aquel tesoro inestimable.
Antes de darse por vencidos los agresores, y antes de
dejar el cuerpo ensangrentado y moribundo de Tarsicio,
quisieron separarle los brazos y descubrir el objeto miste-
rioso que les había inducido a martirizarlo de aquel modo.
Mas, todo fue inútil: por mucho que se esforzaron, las ma-
nos del mártir no pudieron ser separadas. Jesús quiso glo-
rificar así el comportamiento heroico de su atleta y per-
manecer oculto a los ojos de aquellos miserables, evitando
de este modo sus ultrajes.
• 34 •
El bravo centurión, al oír
estas palabras, hace una pro-
funda reverencia y levanta del
suelo con doblado respeto el
cuerpo del mártir, sagrario vi-
viente de Jesús Sacramentado.
En los brazos seguros y amo-
rosos del intrépido soldado,
diríase que Tarsicio reposa
santamente, con la cabeza lle-
na de heridas y reclinada en la
espalda de Cuadrado; pero
conservando siempre sus bra-
zos fuertemente cruzados sobre el pecho.
Cuando presentaron la dulce carga ante el Pontífice Six-
to II, le dijo el grupo de cristianos que escoltaba aquella
pequeña procesión funeraria:
—Padre, he aquí, junto con el cuerpo muerto de Tarsi-
cio, el Cuerpo vivo de Jesucristo, que él ha salvado intacto
a costa de su vida.
• 35 •
sagrado que contenía, y levantando al cielo sus ojos lloro-
sos de emoción, exclamó:
—Señor, a Ti que eres admirable en tus Santos, sea
aceptable el sacrificio de esta víctima inocente.
• 37 •
III
EL LIRIO DE POLONIA
• 39 •
DESMAYADO, CAÍA POR TIERRA
Un anciano testigo declaraba que «aun siendo muy
niño, era Estanislao tan modesto y devoto y se veía en él
tanta virtud que maravillados sus padres le tenían en gran
opinión, y nosotros —dice— desde entonces concebimos la
más alta esperanza sobre su santidad».
Su mismo ayo, don Juan Bilinski, a quien se había con-
fiado su educación, reconocía que antes aprendía de él que
tenía necesidad de corregirle y enseñarle en la piedad.
Tan delicado era su corazón y tanta su inocencia de án-
gel que si por descuido se deslizaban en su presencia algu-
nas palabras inconvenientes, aun sin entender el sentido
de ellas, en seguida se teñían sus mejillas de carmín, le-
vantaba sus ojitos al cielo, y desmayado caía por los suelos.
Esto motivó a su cristiano padre, el senador don Juan de
Kostka, comandante de Zakrotzin, a mirar por Estanislao
cuidadosamente y a prohibir que delante de él se dijesen
tales palabras.
Tranquilos deslizábanse en el castillo de Rostkow los
días de su infancia al lado de sus padres y hermanos; pero
llegaba a toda prisa el momento en que tanto él como su
• 40 •
hermano Pablo habrían de dejar el abrigado seno familiar.
Allí habían aprendido los primeros rudimentos de gramá-
tica; pero, dado que en Polonia no se hallaban entonces
centros de enseñanza que satisficiesen las nobles aspira-
ciones que sobre sus hijos tenía don Juan de Kostka, pensó
en enviarlos al colegio imperial que los Padres Jesuitas
habían fundado en Viena, para que allí se educasen en vir-
tud y letras. Grande fue la pena de sus padres y hermanos
al verlos partir, despidiéndoles con más lágrimas que pa-
labras. ¡Quién había de decirles que nunca jamás volverían
a ver a Estanislao!
Tenía entonces trece años.
• 41 •
y dibujaba claramente la inocencia y la limpieza de su alma
pura. Por esto le queríamos todos tan de corazón».
Luego que llegó al Colegio, pidió ser admitido en la
Congregación de la Santísima Virgen, que allí había, y
poco después eligió confesor fijo, prudente y santo con
quien comunicar las cosas de su alma; porque sabía que
siempre es cosa buenísima para un joven contar con un
amigo fiel, experto y desinteresado que le aconseje en el
camino de la vida.
Los congregantes le miraban como a un ángel queridí-
simo de la Virgen María. Un día mientras cantaban la Sal-
ve, le vieron arrobado y suspenso en el aire, despidiendo
de su rostro suavísimos rayos de luz. Todos, al verlo, ex-
clamaron: «Es un santo, es un santo». Cuando luego Esta-
nislao volvió en sí, al darse cuenta de que sus compañeros
se habían dado cuenta de su arrobamiento, le salieron los
colores en la cara, quedando con mayor desprecio de sí
mismo y más estima de los demás y delicadeza en su trato.
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do y estimado de sus compañeros! ¿No te gustaría que los
tuyos dijeran de ti que eres OTRO ESTANISLAO?
EN CASA DE UN HEREJE
Mas, si todos querían a Estanislao, uno había en cambio
que por envidia le miraba con recelo y menosprecio: era su
propio hermano Pablo. Cuando murió el católico Empera-
dor Ferdinando, su hijo Maximiliano no heredó con la co-
rona los mismos sentimientos que tenía su padre para con
los Jesuitas, y allá por el mes de marzo de 1565 tuvieron
que abandonar el edificio donde moraban tantos jóvenes
selectos de las mejores familias del Imperio. La desbanda-
da fue general, y Pablo —deseoso de una mayor libertad y
soltura— buscó refugio en el lujoso palacio de un protes-
tante, y allí obligó a vivir a su hermano Estanislao, sin nin-
gún miramiento a su fe y a su virtud.
¡Pobre Estanislao, verse en casa de herejes, y encima
reñido siempre por su hermano Pablo, por su ayo Bilinski
y todos los demás! ¡Sus padres que le habían enviado a
Viena, tan lejos, precisamente para salvarle de la herejía!
Además, las conversaciones que allí oía, sin poderlo evi-
tar, eran siempre contra lo que él más amaba: contra la
Eucaristía y contra la Madre de Dios. ¡Y cuánta pena había
de sentir al ver que aquellos a quienes más amaba —como
su hermano y su ayo—, iban cediendo cobardemente día
tras día en puntos tan capitales de la Religión. A pesar de
sus quince años, Estanislao seguía amable, candoroso, su-
frido, como roca inconmovible, resistiendo los embates y
oleadas que caían sobre él para que abandonase su fe y se
entregase a los vicios y placeres.
• 43 •
Pero, cuanto más edificante y ejemplar era su conducta,
tanto más se exasperaba su hermano Pablo, que lo tomaba
como una silenciosa reprensión de su perverso comporta-
miento. Si quería ir a comulgar, su hermano se lo impedía,
teniendo que hacerlo muy de mañanita, sin que se entera-
se. Si era sobrio en el comer y se retiraba a estudiar, le
censuraba de melindroso y descortés.
GOLPES Y PALIZAS
Cada día que pasaba arreciaba la tormenta. Halagos,
promesas, burlas, persuasiones falsas, máximas perversas,
todo se empleó para vencer a aquel pequeño héroe, tanto
más admirable cuanto de más cortos años. Estanislao
triunfaba... pero a costa de golpes, empujones, injurias,
gritos soeces. No era raro verle tendido en el suelo, y a Pa-
blo, hecho una furia, poner sus manos en él, cocearle ho-
rrorosamente con los pies, y tomando un recio palo gol-
pearle con saña hasta saciarse o sentirse rendido de can-
sancio.
• 44 •
Acudían a veces el ayo y criados, y comenzando por re-
prender los arrebatos del hermano mayor, acababan por
echar a Estanislao toda la culpa, llamándole orgulloso y
desobediente, que les quería enseñar a ser buenos cristia-
nos cuando aún no había empezado a obedecer. Que no
estaba reñida la virtud con el buen humor, y que aquella
casa no había de ser un convento sino una reunión de muy
alegres jóvenes, amigos de toda clase de placeres y diver-
siones mundanas, gozando de la vida como ellos hacían.
Callaba el santo mártir ante estas necedades, y decía con
sencillez para sus adentros que «él no había nacido para
las cosas de este mundo sino para las del cielo», y lo ofre-
cía todo por Dios.
• 45 •
ruegos. Acudió entonces con fervorosa oración a la Santí-
sima Virgen y a Santa Bárbara, Patrona de la Congregación
mariana de su añorado colegio. Lo que pasó luego, lo reve-
ló su mismo ayo Bilinski años más tarde en el proceso del
Santo: «Estaba yo velándole, cuando se me vuelve Estanis-
lao y transfigurado me dice: Arrodillaos, arrodillaos, que
entra Santa Bárbara con dos ángeles trayéndome la Co-
munión. Y dicho esto, se quedó en una posición tan reve-
rente que me conmovió. Esto lo vi, y lo sentí yo, y estoy
bien cierto que él no desvariaba».
• 46 •
DEJÓLE EN SUS BRAZOS AL NIÑO JESÚS
El curso de la enfermedad seguía agravándose, y Esta-
nislao se moría. Mas he aquí que mientras dormían los que
le velaban (pues ya llevaban muchas noches en vela y el
sueño les rendía), estando él en oración a Dios vio rasgarse
los cielos e inundarse la habitación de celestes resplando-
res. Era la Santísima Virgen, la Soberana Emperatriz del
Cielo, que se le aparecía llevando al Niño Jesús en sus ma-
ternales brazos. Estanislao quedó como asombrado; pero
• 47 •
mío; ya estás completamente curado. Acuérdate ahora que
nuestra voluntad es que entres cuanto antes en la Compa-
ñía de mi Hijo Jesús».
• 48 •
ligioso jesuita, lo consultó con el padre Francisco Antonio,
portugués, que había recorrido varios países y se hallaba
entonces en Viena. Éste, después de madurarlo muchos
días y encomendarlo al Señor en la Santa Misa, al fin dio
su aprobación al plan atrevido de Estanislao: escapar de
Viena, como fugitivo, y andar peregrinando hacia Roma
hasta encontrar una casa de la Compañía de Jesús en que
quisieran admitirle.
• 49 •
gustar el Pan de los Ángeles. Pero, Jesús le aguardaba para
distinguirle con otra fineza de su regalada bondad, y, de
pronto, con gran admiración de su compañero, se quedó
como extasiado y envuelto en una nube de ángeles, uno de
los cuales le puso en la boca la Sagrada Hostia, dejando a
nuestro santo peregrino inundado en un mar de delicias
celestiales. Dióle esto nuevo ánimo para proseguir su ca-
mino, mendigando un mendrugo de pan por los pueblos
donde pasaba, y durmiendo a cielo raso cuando no encon-
traba algún mal albergue donde refugiarse. No dejaba de
ser esto heroico en un jovencito delicado, descendiente de
nobles, senadores y reyes; pero todo le parecía poco con tal
de verse religioso.
• 50 •
ñía, alquilaron un coche de caballos que, a todo galope, se
presentó a la vista de los dos peregrinos. Pero, ¡oh milagro
del celo!, por más que el cochero espoleaba a los caballos
para que les dieran alcance, los animales se pararon de re-
pente sin poder dar un paso, negándose terminantemente
a seguir adelante. Al fin, se convencieron de que era impo-
sible perseguir al fugitivo Estanislao, regresando seguida-
mente a Viena para dar cuenta de lo sucedido a su padre
en Polonia.
Cuando llegaron a Dilinga, el Provincial alemán, San
Pedro Canisio, con gran amor de padre e intuición de san-
to, acogió al joven candidato; y viéndole cansado y débil de
fuerzas, para probar su vocación al mismo tiempo, le tuvo
un mes en el Convictorio de San Jerónimo, en calidad de
criadito de los colegiales. ¡El que pertenecía a una de las
más poderosas, nobles y ricas familias de Polonia, trocado
en criado de los demás! Pero, humildísimo como era,
desempeñó el nuevo oficio a las mil maravillas, siendo el
encanto y edificación de todos por su prontitud, listeza y
amabilidad.
Transcurrido un mes, el santo provincial, participando
también de la idea del provincial austríaco de que era difí-
cil y arriesgado admitir contra la voluntad paterna a aquel
joven de tan poderosa e importante familia polaca, por ha-
llarse aún allí demasiado al alcance de las furias del señor
de Rostkow, resolvió enviarlo con una carta de recomen-
dación directamente al mismo Padre General de la Com-
pañía de Jesús, que lo era a la sazón nada menos que otro
santo, San Francisco de Borja, el cual también había re-
nunciado a la dignidad de virrey de Cataluña y ducado de
Gandía para vestir la humilde sotana de jesuita. Al mismo
tiempo le mandaba a dos religiosos jesuitas, los cuales
• 51 •
acompañarían al joven Estanislao en aquel largo y penoso
camino a través de los nevados y escarpados montes alpi-
nos.
• 52 •
suita ya había volado al cielo para recibir la recompensa de
sus méritos. ¡Cuán maravillosos son los caminos de Dios!
Si se hubieran cumplido los deseos paternos, es muy pro-
bable que Estanislao no estaría en los altares, ni que hu-
bieran gozado tampoco los padres mucho tiempo de su
hijo, al morir en tan temprana edad.
• 53 •
basto delantal y envuelto en esa sotana raída». Sonrióse el
Cardenal y hablóle afectuosamente unos momentos, que-
dando muy edificado de la humildad de aquel joven novi-
cio.
Su puntual obediencia admiraba a todos y conocían su
máxima: «Más vale hacer cosas pequeñas por obediencia
que obrar milagros por propia voluntad». Como la rosa
despliega sus pétalos al primer beso del sol de la mañana,
así el alma de Estanislao vivía siempre en íntima unión
con Dios; y tan intenso era el fuego que le abrasaba, que se
inflamaba todo su rostro despidiendo rayos de luz, y era
forzoso desabrocharle el pecho y aplicarle paños mojados
en agua fría para templar su ar-
dor e impedir que se ahogase.
Un día de invierno, al verle un
Superior por la huerta, le contes-
tó: «Busco respirar un poco; al
salir de la oración, mi pecho se
abrasa». Y así había de ser, por-
que como él no ponía medida a
Dios en nada, también Nuestro
Señor se le entregaba sin medi-
da.
• 54 •
no podía por menos de amar a la Reina de las vírgenes y a
la Toda Pureza.
Se acercaba el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la
Virgen. No sabía qué ofrecerle a su querida Reina y Madre.
En esto, vino a Roma San Pedro Canisio e hizo una plática
a todos los jesuitas, a la cual también asistió Estanislao.
Sintió él inflamarse su corazón, y pensando en la gran di-
cha que sería desprenderse de este mundo, pidió a la Vir-
gen, por intercesión de San Lorenzo, la gracia de juntarse a
ella en su gran fiesta en el cielo. Para ello, comulgó con
gran fervor el 10 de agosto, fiesta del diácono mártir, lle-
vando sobre su pecho la carta en que le pedía morir el día
de la Asunción. A tanto amor, la Virgen accedió; y al atar-
decer de aquel mismo día cayó enfermo para no levantarse
más. Estanislao iba explicando a todos que moriría el día
de la Virgen y con la sotana de jesuita, su sueño dorado.
• 55 •
Agravándose el día 14, acordaron darle los últimos sacra-
mentos.
El momento de darle el santo Viático fue emocionante
para toda la Comunidad. Todos lloraban de fervor y de
pena viendo morirse a aquel angelito, pues entendían que
era como el ensayo que hacía de sus alas para emprender
su vuelo al cielo. Había logrado lo que deseaba: tener en su
pecho a su Jesús, único imán de sus amores. Ahora no ce-
saba de besar una estampita de la Virgen y el santo crucifi-
jo.
Era la mitad de la noche del 14 al 15 de agosto cuando el
enfermo estaba tranquilo, con una paz envidiable y sin
asomos de próxima agonía, con una sonrisa en los labios,
mirando al cielo en suavísimo éxtasis y apretando sobre el
pecho el santo Rosario. De pronto, brillan sus ojos con
nuevo fulgor, sonríen sus labios y hace señas a los presen-
tes para que reverencien a la Virgen que viene a buscarle, y
así se queda dulcemente dormido. ¡El ángel de Polonia ha-
bía volado al cielo!
• 56 •
IV
VENCEDOR DE LOS
TORMENTOS
San Venancio
• 57 •
Entonces, molestado An-
tíoco, apela a las amenazas.
Ante la estatua del dios Júpi-
ter, unos le presentan incien-
so al muchacho para que lo
ofrezca, mientras otros mue-
ven las cadenas y levantan las
varas para golpearle. Invitado
a quemar incienso ante el ído-
lo pagano, so pena de ser apa-
leado y encadenado, respon-
de:
—No. Haz de mí lo que quieras. Escrito está: Adorarás a
un solo Dios y a Él solo servirás. Éste es el precepto del
Señor, y estoy decidido a obedecerle.
—Pronto veré hasta dónde llega tu constancia —le repli-
ca el Prefecto.
Luego manda que le apaleen; pero de modo que no
muera, para hacerle así padecer más. Pero el jovencito Ve-
nancio piensa que Jesús fue azotado como él, y esto le da
fuerza para resistir. Pronto su cuerpo queda hecho una lla-
ga, y Venancio tan abatido que el Prefecto ordena que lo
lleven a la cárcel para que allí acabe de morir.
• 58 •
—Mira de qué modo Júpiter, siempre piadoso y benigno
te ha curado milagrosamente; ahora, pues, quémale in-
cienso. —Estás equivocado si crees que fue Júpiter: quien
me ha salvado. No hay más Dios que el Dios de los cristia-
nos, que es el único Dios verdadero.
—Si tal es tu Dios, veamos cómo te salva de otros tor-
mentos —replicó enfurecido Antíoco.
Mandó entonces que con antorchas encendidas fuera
abrasado su cuerpo hasta morir ahogado por el humo. Así,
lo ejecutan los verdugos con refinada crueldad ; y al cabo
de varias horas ya creen dejarle bien asado por el fuego y
asfixiado por el humo. Antíoco puede celebrar ya su victo-
ria.
• 59 •
sus cadenas! La luz de la fe iluminó entonces el alma del
oficial, y eso le movió a abrazar la fe cristiana y a morir
más tarde también como mártir, en defensa de Cristo.
Cuando Antíoco supo que aún vivía Venancio, su sor-
presa fue enorme. Nuevos halagos, mezclados de amena-
zas para hacerle renegar de su fe cristiana. Todo inútil. En-
tonces manda a los verdugos que le rompan los dientes
con piedras, que le aplasten las mandíbulas y que le azoten
horriblemente, y luego echen su cuerpo al pudridero hasta
que expire allí, vigilándole bien. Mas ¡nuevo milagro del
cielo! Los mismos ángeles que habían velado por él, le
asisten ahora y sacan aquel cuerpo casi sin vida de aquel
lugar infamante, y lo llevan a otro sitio, a corta distancia,
donde el santo mártir se repone de su martirio.
• 60 •
LOS LEONES LAMEN SUS PIES
Corren a avisar a Antíoco de lo sucedido; y ahora manda
echar a Venancio a las fieras. Mas, los leones, olvidados del
hambre y de su natural ferocidad, comenzaron a lamer los
pies del mártir Venancio con tanta mansedumbre y fiesta,
como si fuesen corderitos y no leones. ¡Estupendo mila-
gro!
• 61 •
Furioso el Prefecto ordena nuevos tormentos para el in-
trépido Venancio: que le arrastren por espacio de dos ho-
ras sobre unos campos cubiertos de espinos.
Su cuerpo, semidesnudo queda arañado horriblemente
por unos cardos salvajes y manando sangre; pero no ha
llegado aún la hora de la eternidad para Venancio.
• 62 •
Viendo finalmente Antíoco que continuando así, cada
día crecía más y más el número de los cristianos y era ma-
yor su descrédito y el de los dioses paganos, mandó cortar-
le la cabeza a él y a otros muchos a quienes este heroico
muchacho Venancio, de catorce años, había convertido a la
fe.
• 63 •
V
MARQUESITO, PAJE Y NOVICIO
• 64 •
mil soldados de infantería italianos, los cuales se adiestra-
ban en ejercicios militares, Aquel espectáculo de simula-
cros de batalla debía grabarse hondamente en la retina del
príncipe niño, que es lo que quería su padre, el Marqués.
Con toda idea, en los días que se hacía la revista militar,
hacía ir a su hijo Luis delante de las escuadrones puestos
• 65 •
qués durmiendo la siesta en.su tienda de campaña y tam-
bién durmiendo otros soldados, sin que algunos de éstos lo
advirtiesen se fue a donde ellos tenían la pólvora en sus
frascos o cuernos, cogió suficiente cantidad, y él a sus solas
cargó un pequeño cañón que había en la muralla del casti-
llo, apretó la carga con la escobilla (tal como lo veían hacer
a los artilleros) y cuando creyó tener su travesura a punto,
dióle fuego. El efecto fue instantáneo y fulminante. Un
gran estampido oyóse en seguida en el campamento, con la
consiguiente alarma de la tropa y de su padre, que asusta-
do, salió de su tienda a ver qué ocurría. Pero, el susto ma-
yor se lo llevó el mismo chico, al ver que con la fuerza del
estampido poco faltó para que, al retirarse con ímpetu el
• 66 •
sin reparar en la malicia de esas palabras, comenzó a pro-
nunciarlas con sus inocentes labios, hasta que un día su
ayo, don Francisco el Turco, le riñó por esto. La corrección
de Luis fue radical.e inmediata, pues desde aquella hora
nunca más se le oyó decir tales palabras; y si alguna vez las
oía en labios de los demás, en seguida bajaba los ojos de
vergiienza o volvía la cara a otra parte.
He aquí los dos pecadillos que Luis durante toda su vida
lloró amargamente: quitar aquella pólvora a los soldados
para cargar aquel cañón, y pronunciar aquellas palabras,
cuyo significado no comprendía en tan tierna edad. ¡Deli-
cadísima conciencia la de este maravilloso ejemplar de
santidad juvenil!
DE CORTE EN CORTE
Al llegar Luis a la edad de los siete años, Dios le dio tal
luz y gracia que mientras su padre cada vez le animaba
más a educarse como un noble y militar, haciéndole fre-
cuentar las más concurridas y vistosas cortes palaciegas de
entonces y alternar así con la Nobleza (con la que estaban
unidos por tantos lazos), él por su parte iba cobrando de
día en día una mayor repugnancia a toda esa vida munda-
na y vana.
Es realmente maravilloso cómo pudo conservarse intac-
to aquel lirio inmaculado en medio de tantos peligros,
pues ya desde su niñez estuvo en medio del tráfago de las
Cortes: nacido y criado en la de su padre, después de mu-
chos años en la del gran
Duque de Florencia, en la del Duque de Mantua y en la
del Rey de España finalmente. Obligado a tratar siempre
con príncipes y señores, paje de altas damas de la Corte,
• 67 •
entre fiestas y devaneos, en medio de tantas ocasiones y
tentaciones como fácilmente llevan consigo; y sin embar-
go, ¡conservando siempre pura y limpia la blanca vestidura
de la inocencia bautismal!
• 68 •
lengua latina y también la toscana. En las fiestas iba a pa-
lacio, y tal vez ¡jugaba algún juego honesto, más por obe-
decer a su ayo que por gusto suyo. Y refiere la Duquesa de
Mantua que cuando su hermana (que después fue Reina
de Francia) y ella, siendo niñas, convidaban a Luis para
que jugase con ellas en el jardín o en palacio, él les decía
que no le gustaban aquellos juegos, y que más disfrutaría
en hacer altares u otra cosa semejante de devoción.
VOTO DE CASTIDAD
Allí empezó a crecer lo-
zana y pujante la devoción
a la Santísima Virgen.
Cuando hablaba de ella
parece que se derretía y
deshacia de pura ternura.
Ayudóle mucho a fomentar
tal devoción la veneración
que existe en Florencia a
Nuestra Señora de la
Anunciada (santuario fa-
moso), y un librito del Pa-
dre Loarte, jesuita, sobre
los misterios del Rosario. Levéndolo un día le vino al pen-
samiento que lo más agradable a María sería imitar cuan-
do fuera posible su virginal pureza. Y así, un día, estando
ante la imagen de Nuestra Señora de la Anunciada hizo
voto de perpetua castidad, siendo en esta virtud tan deli-
cado que ya no quiso que le vistiese o desnudase su ayuda
de cámara; y desde aquella edad se impuso la mortifica-
ción de no mirar jamás a la cara a mujer alguna.
• 69 •
Aquel acto heroico de su voto de castidad le mereció
tantas gracias del cielo, que según afirman sus confesores
—entre los que estaba el cardenal San Roberto Belarmino,
jesuita— no sintió desde entonces el menor estímulo car-
nal contra la santa pureza; lo cual, en un temperamento
sanguíneo y de viveza extraordinaria como tenía él, ha de
tenerse como un verdadero prodigio y singular privilegio.
Había estado Luis en Florencia más de dos años cuando
su padre fue nombrado gobernador de Monferrato por el
serenísimo Duque de Mantua, pariente suyo. Con dicho
cargo, Luis pasó a la Corte de aquel Duque; pero tampoco
le deslumbró aquí el lujo de riquezas y placeres. Por el
contrario, halló oportunidad para empezar a pensar en la
renuncia del derecho al marquesado de Castellón en favor
de su hermano Rodolfo; para lo cual vino a punto una se-
ria enfermedad que padeció Luis en los riñones y que le
obligaron a someterse a una rigurosa dieta, por consejo de
los médicos.
• 70 •
dico, luego lo adoptó por devoción hasta hallarle gusto en
aquel ayuno; pero, cuanto fue de provecho para remediar
su dolencia de los riñones —de la que ya no padeció más
en adelante—, tanto le hizo daño para el estómago, el cual,
del demasiado ayuno vino a debilitársele de suerte que,
después, cuando quiso comer, ya no le digería los manja-
res.
Por todo ello Luis, que a los once años era de comple-
xión más bien rolliza, vino a quedar muy enjuto y delgado
de carnes con una debilidad general de todo su organismo.
Mas, por otra parte esto le dio pie para poder ausentarse
de muchas fiestas y regocijos de la Corte de Mantua, so
pretexto de su delicada salud; lo que aprovechaba para de-
dicarse más en su retiro a la oración con Dios, a la lectura
de la vida de los Santos, y al estudio del latín con vistas a
tomar estado eclesiástico.
• 71 •
el aire natal le iba a Luis mejor
que en Mantua. Allá se fueron los
dos hermanos; siendo recibidos
con la natural alegría sobre todo
por la madre, que los añoraba ya,
después de tan larga ausencia.
Por el mes de julio de 1580, sien-
do entonces arzobispo de Milán el
Cardenal San Carlos Borromeo, al
visitar la diócesis de Brescia, llegó
a Castellón. Fuéle a visitar Luis; y preguntándole el santo
Cardenal si ya comulgaba, al decirle Luis que no, descu-
briendo la pureza de su alma y los tesoros de gracia que
encerraba, no sólo le dijo que comulgase sino que le exhor-
tó a que lo hiciese muy a menudo. Él mismo le dio la Pri-
mera Comunión, y sólo los ángeles son capaces de com-
prender con qué amor y devoción recibió a Jesús Sacra-
mentado el santo niño de manos de otro Santo, tan precla-
ro. Después, siempre que comulgaba, empleaba tres días
para prepararse y otros tres en dar gracias.
Con la plenitud de gracias eucarísticas, brotaban y cre-
cían lozanas en su alma todas las virtudes. Notable era su
caridad para con los pobres y necesitados, a quienes invi-
taba a ir a su palacio y repartía raciones de comida, con
gran contento de todos. Muchos exclamaban, agradecidos:
—¡Dios bendiga al bondadoso marquesito! ¡Nuestro
marquesito es un ángel!
Si sabía que existía alguna discordia entre los criados de
la casa, procuraba apaciguarla. Si oía a alguno blasfemar o
decir malas palabras, le reprendía. Si sabía de alguno que
• 72 •
no observaba buena conducta moral, le avisaba y procura-
ba su enmienda.
En cuanto a penitencias, además de sus frecuentes ayu-
nos, se golpeaba con cordeles anudados y disciplinas hasta
salpicar de sangre el techo de su cuarto. Dormía muchas
veces en el duro suelo. No teniendo cilicios, se ataba un
cinto cuajado de estrellitas de espuelas. Ni en lo más crudo
del invierno se arrimaba al fuego para calentarse, ni usaba
guantes en las manos a pesar de las grietas y sabañones; y
algunas noches se levantaba medio desnudo y pasaba así
muchas horas en oración.
• 73 •
mitad de la corriente de pronto se oyó un chasquido, que-
brándose y partiéndose materialmente en dos piezas. El
susto fue indecible.
La parte delantera, en que quedó Rodolfo, estaba atada
a los caballos, y así pudieron tirar de ella, no sin gran tra-
bajo y peligro, hasta sacarla a la ribera, donde ya las otras
carrozas que iban delante habían pasado.
La otra mitad, en que estaba Luis con su ayo, quedó er
peor situación; pues al arrastrarla la corriente la llevó con
gran furia un buen trecho, y si volcaba a cualquier lado pe-
recería Luis ahogado. Mas, la divina Providencia quiso que
se atravesase un grueso tronco de árbol que arrastraba la
corriente; y, al detenerse aquel pedazo de carroza allí, dio
tiempo a que un hombre, práctico en aquellos pasos, mon-
tado en un caballo por entre la corriente del río salvara a
Luis; y después, en un segundo intento, a su ayo.
• 74 •
Estuvo Luis en Casal de Monferrato más de medio año,
tiempo que él aprovechó para frecuentar los Conventos de
Padres Barnabitas y Capuchinos que había en dicha pobla-
ción y consultarles sus cosas del espíritu. Terminado el go-
bierno de Montferrato de su padre, regresaron todos a
Castellón.
FUEGO EN SU CAMA
Aquí le salvó de nuevo la vida la divina Providencia;
pues, habiéndose acostado un día más pronto que de ordi-
nario por dolerle fuertemente la cabeza, de pronto desper-
tó, acordándose que no había rezado los siete Salmos peni-
tenciales, y mandó a un criado que le trajese una vela en-
cendida para poder rezarlos, y despidióle luego. Rezó sus
Salmos, y vencido de la fuerza del dolor y del sueño, se
• 76 •
baban a veces por el cerrojo de la puerta de su cuarto,
pasmados de verle arrodillado orando largo rato o azotan-
do sus carnes hasta manar sangre.
Estando en Madrid decidióse a entrar en la Compañía
de Jesús, al oír claramente la invitación que para ello le
hizo la Santísima Virgen, mientras él estaba arrodillado
ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, que
se veneraba en el Colegio Imperial. Mas, ¿cómo lograr el
permiso de su padre? He aquí la dura batalla que le aguar-
daba.
No hubo vocación más examinada ni mejor probada.
Todos los recursos entraron en juego para apartarle de su
idea de ser religioso. Lágrimas, halagos, amenazas. Llevá-
ronle por las Cortes de los príncipes de Italia. Llamaron a
personalidades para que le hablasen. Todo inútil.
• 77 •
—Mucho te engañaste si creíste que yo consentiría en tu
determinación. Pensarás en eso cuando tengas 25 años.
Contrariado Luis ante tan súbito cambio de su padre,
con aquella ingenuidad que siempre ganaba los. corazones
de todos, de rodillas ante él y llorando, le importunó de
esta manera:
—Padre y señor mío: yo me pongo totalmente en manos
de Vuecencia para que disponga de mí a su gusto; pero yo
le he de manifestar que Jesucristo me llama a su Compa-
ñía, y que en resistir a tal llamamiento os oponéis a la vo-
luntad de Dios.
Hicieron impresión tales palabras en el corazón del
Margués ; echóle los brazos al cuello, bañóle en lágrimas y
teniéndole abrazado largo rato al fin pudo exclamar:
—Hijo mío, me has abierto una herida en el corazón,
que manará sangre por mucho tiempo. Yo te amo y lo me-
reces. Tenía fundadas en ti todas las esperanzas de la fami-
• 78 •
lia; pero pues estás tan cierto de que Dios te llama a la
Compañía, yo no te detengo. Ve, hijo mío, a donde te llama
el Señor.
Dicho esto, retiróse el Marqués, deshecho en amargo
llanto. Realmente perdía lo mejor de su casa. Don Ferrante
se hallaba enfermo de gota y achacoso, entrampado en
muchas deudas a causa de su mal vicio de jugarse dinero y
bienes en jugadas de azar. Rodolfo, al que traspasaba Luis
el marquesado de Castellón, se comportaría luego con sus
súbditos como un verdadero tirano hasta perecer asesina-
do, víctima de sus enemigos.
• 79 •
Una vez libre de estos lazos materiales, Luis se despojó
también de todos sus vestidos cortesanos, y se vistió aquel
otro hábito clerical, sencillo y humilde, que enterneció a
todos los presentes, especialmente a su padre. Después de
pedirle la bendición paterna, alejóse Luis, camino de
Roma, en compañía de los ilustres acompañantes. Detúvo-
se en Ferrara para saludar a la Duquesa Margarita de Gon-
zaga, tía suya; y una vez en Roma fue a visitar primero al
ilustrísimo Patriarca don Escipión de Gonzaga, preclaro
Príncipe de la Iglesia, el cual le acompañaría en la ceremo-
nia de su ingreso en el Noviciado de San Andrés, que los
jesuitas tenían en el barrio romano de Montecavallo, cele-
braría la santa Misa y le daría la comunión de su mano;
todo esto el 25 de noviembre de 1585, cuando Luis tenía 17
años.
También visitó a los Cardenales De la Róvere, Farnesio,
Alexandrino, Este y Médicis, todos ellos emparentados con
la casa de los Gonzaga; y finalmente fue recibido en au-
diencia por el Papa Sixto X, a quien le entregó unas cartas
de su padre. El Papa, que ya tenía noticias de la heroica y
tenaz vocación de Luis, le hizo muchas preguntas y en par-
ticular si había pensado bien los deberes, obligaciones y
sacrificios que impone la vida religiosa; a lo que contestó
que sí, que mucho tiempo hacía que lo tenía todo bien
pensado. Dióle entonces su bendición, alabando su resolu-
ción y fervor y despidiéndole con muchas muestras de
amor.
• 80 •
cibió con aflicción, pero también con santa conformidad y
viendo en ello claramente la voluntad de Dios. Porque,
¿qué habría sido de la vocación religiosa de Luis, si su pa-
dre hubiera fallecido tres meses antes? ¿Hubiera podido
dejarse el marquesado? Además el marqués, una vez se
hizo religioso Luis, mudó de vida: dejó su afición al juego;
todas las noches hacía que delante de su cama (en la que
estaba por la enfermedad de gota) le pusiesen un crucifijo
que había dejado su hijo, y allí rezaba los siete Salmos pe-
nitenciales. También hizo confesión general, y en su últi-
mo trance le asistió a bien morir el Padre General de los
Franciscanos, que lo era entonces fray Francisco de Gon-
zaga, su pariente. Mucho lograrían en todo ello las fervien-
tes oraciones del joven novicio Luis por el alma de su pa-
dre, de quien se había separado con tanta pena.
Durante su noviciado, Luis fue un modelo ejemplarísi-
mo de virtud y cumplimiento de las Reglas de la Compa-
ñía. Pedía muy a menudo ir por las calles de Roma con un
vestido remendado y su saco o alforja al hombro, pidiendo
limosna, sin avergonzarse de ello. Mucho le gustaba tam-
bién enseñar la Doctrina a los pobres y labradores. Alguno
de los Cardenales o Prelados que le conocían, al verle tan
• 81 •
gustoso en aquellas obras de cari-
dad, hacían parar su coche por
verle y oírle.
Era tan dado a la oración, que
parece que vivía en ella; y tan
arrobado y tan unido con Dios,
que aseguró que todas las distrac-
ciones que había tenido en seis
meses, no llegarían al tiempo de
un Ave María. Mas, para lograr
esto se había esforzado en luchar mucho, a fin de no dis-
traerse un solo momento siquiera durante una hora de
meditación.
De solamente oír hablar de Dios se le encendía la cara, y
cuando oraba delante del Santísimo Sacramento, que era
muy frecuentemente, parecía un abrasado serafín en carne
mortal.
Luego de estar medio año en Nápoles, a donde le envia-
ron los Superiores para aliviar un obstinado dolor de cabe-
za que le aquejaba, y de enviarlo también a Mantua para
que devolviera la paz entre
sus parientes, enemistados
entre sí por pleitos familia-
res, empezó a cursar Teolo-
gía con notable ventaja.
VÍCTIMA DE LA CARIDAD
Mas, en el año 1591 se de-
claró una terrible peste en
Roma. Las gentes morían a
millares. Luis pidió que le
• 82 •
dejasen auxiliar a los enfermos pobres, lo que realizó con
increíble heroísmo y exposición de su vida. Tanto auxilió a
los apestados, que víctima de la caridad, al fin él mismo
contrajo también el mal. Al darse cuenta del contagio, su
alegría no tuvo límites. No obstante, resistió aún tres me-
ses, que fueron un prolongado martirio para aquella alma
que deseaba unirse con su Amado. Sosteniéndose apenas,
recibió el santo Viático de rodillas; y como si tuviese reve-
lación del día de su muerte, se puso a cantar el Te Deum y
besando tiernísimamente el Crucifijo, entregó su angelical
alma al Creador el 21 de junio de 1591, contando veintitrés
años de edad.
Su piadosa madre, la Marquesa, vivió todavía lo bastan-
te para tener el consuelo de ver a su hijo beatificado —
treinta años más tarde— en 1621 por el Papa Gregorio XV.
Finalmente Benedicto XIII en 1726 lo canonizó.
• 83 •
VI
EL MONAGUILLO CRUCIFICADO
• 84 •
Mas, al abrazar la madre a
su recién nacido quedó mara-
villada y sorprendida al reco-
nocer los instrumentos de la
Pasión del Salvador. Una cruz
roja se destacaba sobre los
jazmines de su carne infantil;
una cinta de carmín se oculta-
ba bajo la corona de oro de sus
cabellos.
Esto y las piadosas inclina-
ciones que descubrían en el
tierno infante, indujeron sin duda a don Sancho y a doña
Isabel a consagrar a Dios el fruto de su matrimonio, y es
tradición que, al llegar Dominguito a la edad de seis años,
pusiéronle a servir en la Iglesia Catedral de la Seo, entre
los infantes o monaguillos de coro.
Sobresalía entre sus compañeritos por su modesta com-
postura y su angelical piedad. De tal modo se lo había to-
mado en serio, que estaba contentísimo de servir al altar,
con un espíritu y fervor dignos del joven Samuel. Ayudaba
a Misa con la gracia con que hubiera podido ayudar San
Juan Evangelista. Cuando en las procesiones llevaba los
cirios, se diría que la verdadera luz brillaba en su frente.
Cuando tocaba la campanilla, parecía como si hubiera
aprendido a tocarla en la misma Gloria.
• 85 •
ecos y añoranzas de un mundo donde no existe el pecado.
Tan pronto mezclaba su voz angelical en los cantos a la
Reina de los cielos, como balanceaba el incensario delante
del altar, como presentaba el agua y el vino para el santo
sacrificio de la Misa. En aquellos momentos en que veía
inmolarse al divino Crucificado del Calvario, levantaría su
corazoncito al cielo, uniéndolo al fragante olor del incien-
so, gozoso de ofrecer al Señor este interior sacrificio hasta
tanto que pudiese ofrendarle todo su cuerpo como hostia
viva.
Los ratos que
le quedaban li-
bres, Dominguito
bajaba al claustro
y allí (a la sombra
de las arcadas o
entre los arbustos
del jardín capitu-
lar) charlaba, ju-
gaba y corría con
sus compañeritos
de coro, hasta
que llegaba el ca-
piscol o el maes-
tro de canto para
llamarles a las tareas cotilianas.
Era entonces la hora del estudio. Dominguito se esfor-
zaba por retener en su memoria los Salmos; aprendía a
leer, a contar, a escribir; empezaba a desbrozar las prime-
ras dificultades de la gramática latina, y se esforzaba con
particular deleite en la música de la Iglesia. Esta era su
vida, mañana y tarde.
• 86 •
CADA DÍA PASABA POR EL BARRIO JUDÍO
Todo un barrio entero de Zaragoza ocupaban entonces
los judíos, cuyo número era muy considerable. Domingui-
to conocía bien aquellas calles de la Verónica, de los Calli-
zos, de la Sartén, del Cíngulo, de los Graneros, habitadas
por muchos judíos. Como le resultaba el camino más corto
entre la Seo y su casa, Dominguito solía pasar cada día por
ese barrio, entonando en medio del silencio de la noche
cantos de alabanza a la Madre de Dios y a los Santos.
Aquello podía significar un desafío, y así lo tomaron efecti-
vamente los habitantes del barrio. Por las estrechas venta-
nas asomaban caras con aire de curiosidad y creciente irri-
tación.
En esto, un día sonó la hora trágica para el inocente y
descuidado monaguillo. Por aquellos mismos años escribía
el rey Alfonso el Sabio: «Oímos decir que los judíos hicie-
ron y hacen el día de Viernes Santo memoria de la Pasión
de Nuestro Señor, robando niños y poniéndolos en la cruz;
o haciendo imágenes de cera y crucificándolas, cuando no
pueden hacerse con niños».
Precisamente por aquel entonces la Aljama o sinagoga
de los judíos había publicado «que el que le presentaré un
niño cristiano lo eximiría de las penas y tributos».
No faltó en seguida el voluntario que se prestara al cri-
minal secuestro. Era un miércoles (31 de agosto de 1250),
al oscurecer, cuando Moisés Albayucet —que llevaba varios
días espiando y al acecho— apostado en una esquina junto
con otros cómplices suyos, al ver pasar a Dominguito
como de costumbre, cantando, por aquellas callejas, se le
abalanzó encima cubriéndole en el acto con un gran lienzo
y arrastrándole, con su mano que le oprimía el cuello, ha-
• 87 •
cia donde aguardaban sus cómplices. Era inútil toda resis-
tencia. Tapáronle la boca, vendáronle con un pañuelo los
ojos, y a las pocas horas se hallaba ante una numerosa
reunión de personas.
Al principio, el niño lloró todo lo que puede llorar un
niño en estos casos. «Jesús, Jesús» y «Madre mía» eran
sus angustiosas exclamaciones. Después pensó en la cruz
de su cuerpo y en la del escudo de su casa paterna, y ofre-
ció generosamente a Jesucristo su vida.
Ahora empezaba la trágica escena. Las Actas del marti-
rio lo describen con estas sobrias palabras: «Arrimáronle a
una pared, renovando furiosos en él la Pasión del Divino
Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos
sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y
cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan
enorme maldad, lo envolvieron y ataron a un lío, y lo ente-
rraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche».
• 88 •
ANGUSTIA EN LA CASA PATERNA
Las manos y la cabeza del martirizado niño se las quedó
Albayucet, como trofeo de su hazaña, regalando el tronco a
los otros cómplices suyos. Temeroso de la justicia, Albayu-
cet echó las manos y la cabeza en el pozo de la misma casa
donde se había consumado el sacrificio. Los otros se lleva-
ron el tronco en un saco afuera de la ciudad, en la con-
fluencia del río Huerva con el Ebro.
—Al río, al río —decían para sí, mirando en torno suyo
para no ser descubiertos—. ¡Que la corriente del agua se lo
lleve para que nadie se entere!
Mas, Dios velaba por la gloria de aquel angelito crucifi-
cado. Las noches siguientes, llantos en casa del Notario
don Sancho, angustia, inquietud en toda la ciudad; y en un
patio del barrio judío, junto a un pozo profundo, un perra-
zo negro que no cesaba de lanzar ladridos. Era el perro del
Notario don Sancho. Sólo él podía hacerle callar. Entonces
hicieron vaciar el pozo, y en el fondo aparecieron las dos
manitas taladradas y la cabeza coronada de espinas.
• 89 •
LA LUZ MISTERIOSA EN EL RÍO
Después, unos pescadores que cruzaban el río Ebro vie-
ron una luz misteriosa; se acercaron a ella, y en medio de
aquellos resplandores sacaron el cuerpo magullado, trun-
cado y agujereado por las navajas y puñales. Todo estaba
descubierto.
La ciudad entera se conmovió ante tales prodigiosos ha-
llazgos. Nada digamos de los apenadísimos padres, los
cuales reconocieron en aquellos mutilados miembros al
amado hijo que habían perdido, y se acordaron de aquellas
misteriosas señales en el cuerpo recién nacido de Domin-
guito, entendiendo ahora bien su significado. Mas ahora
estaban cristianamente resignados, y aun gozosos, por ha-
ber tenido la gloria de tener un hijo mártir.
• 90 •
del niño mártir desde la iglesia de San Gil a la Catedral,
donde aún hoy día se conservan en una capilla a la derecha
en una urna de alabastro, recubierta de cristal. Desde allí
derrama sus favores y milagros, como patrón de los escola-
res y especialmente de los monaguillos. Y uno de los pri-
meros milagros que obró fue la conversión a la fe cristiana
de su principal verdugo: Moisés Albayucet. Éste veía siem-
pre, aun en sueños, la mirada del niño muerto, la cual
cada vez se le ahondaba más en su imaginación hasta que
al fin confesó públicamente su pecado; y una vez instruido
en la fe cristiana, fue bautizado.
• 91 •
ÍNDICE
Presentación ...............................................................3
VI EL MONAGUILLO CRUCIFICADO
Santo Dominguito de Val .......................84
• 93 •
Este publicación se terminó de imprimir
el 15 de julio del 2023,
Fiesta de San Enrique.