Del Papel a la pantalla
El fin de los bisontes
Carlos Rehermann
La primera película “del oeste”, El gran asalto al tren, fue realizada por un operador de
Edison, Edwin Porter, en 1903. Dura poco más de diez minutos, emplea por primera
vez montaje paralelo, filmación de pantallas pre-filmadas y ruptura de la cuarta pared.
La película fue pionera en la articulación de algunas pautas del lenguaje
cinematográfico, al mismo tiempo que fundaba un género, el western. Los hermanos
Lumière produjeron un efecto sorpresa con su escena de llegada de un tren a la
estación, que impresionó a algunos espectadores (el mito es que muchos huyeron de
la sala de cine, creyendo que un tren irrumpía a través de la pantalla). Pero la toma
final de El gran asalto al tren, en la que el jefe de los bandidos dispara su arma varias
veces en dirección a la cámara no fue casual: fue deliberadamente planeada por Porter
para sobresaltar al público. En la escena anterior todos los bandidos habían muerto, de
manera que esa toma final no se vincula con la narración.
No conviene reírse de la inocencia de los espectadores de la época, puesto que se trata
de una toma que se ha venido repitiendo a lo largo de los últimos 120 años. La última
vez de manera trágica, cuando Alec Balwin mató a la directora de fotografía Halyna
Hutchins durante el ensayo de un rodaje en el que el actor apuntaba su arma hacia la
cámara. Más allá de cualquier duda, apuntar un arma hacia una cámara puede ser muy
peligroso y eso, inevitablemente, lo sienten los espectadores.
El western revisionista, a veces llamado anti-western, se opone a las películas y novelas
del género en las que hay una clara distinción entre buenos y malos. Si uno examina la
historia del cine se encuentra con que, curiosamente, aunque predominan en número
los westerns revisionistas, han sido las películas más maniqueístas, como las
protagonizadas por John Wayne, las que se han fijado como representantes del
género.
Este año se estrenó Butcher’s Crossing, un anti-western centrado en la caza masiva de
bisontes americanos a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Se basa en una novela
publicada en 1960 por un escritor que, a pesar de su escasa obra, es uno de los
grandes nombres de la literatura estadounidense de todos los tiempos.
John Williams, escritor
En 1973 un escritor que casi nadie conocía, John Williams, recibió el National Book
Award por su novela Augustus (traducida al español como El hijo de César). El premio
fue compartido con Quimera, de John Barth.
En esos años la literatura estadounidense más apreciada por la crítica producía
excrecencias, en ocasiones vistosas, de las neovanguardias de la posguerra. El
prestigioso premio, otorgado a un libro publicado el año anterior, inauguró la breve
costumbre de premiar dos autores que de alguna manera representaban dos
tradiciones dispares: el libro de Barth pertenecía a las “corrientes renovadoras” y el de
Williams recogía el protocolo clásico de la novela epistolar, sin ninguna novedad
formal. A partir del premio, Williams despertó cierta curiosidad en el público lector, y
los libreros comenzaron a buscar sus anteriores libros. Había apenas dos títulos:
Stoner, publicado en 1965, y Butcher’s Crossing, aparecido en 1960. Un tercero, escrito
cuando el autor era veinteañero, y publicado antes de 1950, estaba descatalogado y
Williams renegaba de él.
La escritura de Williams va directamente al grano, con engañosa sencillez. Su virtud es
que tras l lectura de unas pocas líneas uno se olvida de que está leyendo palabras, y se
encuentra buceando en un mar de almas. Así como sus compatriotas Barth, Gaddis o
Gass se cuelgan de trapecios rupturistas y hacen acrobacias formales, y Pynchon o De
Lillo extrañan la sustancia de ambientes y personajes y coquetean con los géneros
masivos sin desceñirse de ciertas restricciones formales, Williams sencillamente cuenta
una historia desde el principio hasta el final, como si fuera un inocente juglar de paso
por el pueblo.
Parece natural que sólo después de laciado el rizo posmoderno, cuando los lectores
captaron el truco y cambió, señalado amablemente por la veleta editorial, el sentido
del viento, Williams se haya hecho legible. Algo similar les había pasado a Melville y,
hace muy poco, a McCarthy, autores que podrían, con cierta facilidad, colocarse en
una misma tradición que Williams.
Los primeros libros de Melville, que relataban aventuras en mares lejanos, le dieron
fama, le calentaron la mano y lo hicieron famoso. Pero Moby Dick resultó
incomprensible. Tenía una forma extraña, desmesurada, llena de segmentos que no
narraban nada y que se parecían más a una enciclopedia de datos para naturalistas,
exhibía una ironía misteriosa y un humor que no hacía gracia a sus compatriotas. Fue
un fracaso que sumió a su autor en el olvido. La crítica comenzó a rehabilitarlo setenta
años después de la publicación de Moby Dick, y probablemente fue, como en otros
casos, el cine, con la película de 1956 dirigida por John Huston (guionada por Ray
Bradbury y el director), lo que contribuyó a dar difusión masiva a su gran novela. A lo
largo de los últimos cien años la novela se convirtió, con justicia, en “la gran novela
americana”.
McCarthy, mucho más recientemente, también le debe al cine una difusión que de
otra manera habría sido más lenta o tal vez ni siquiera habría ocurrido. Aunque publicó
regularmente y pudo sobrevivir de su escritura, modestamente, sobre todo a través de
becas, sólo fue a partir de fines de los años 90 del siglo pasado, cuando algunos de sus
libros se vendieron para servir de base a guiones de cine, que se produjo un aumento
de la difusión de su obra.
Butcher’s Crossing
Cuando Melville escribió su epopeya de balleneros, nadie pensaba en la extinción de
los mamíferos marinos, ni en que el aceite de ballena dejaría de tener valor de
mercado debido principalmente a la explotación de yacimientos de petróleo. No hay
en sus casi setecientas páginas el menor lamento por la masacre global, y, en tanto
enciclopedia bellenera, su frialdad para la descripción detallada de la matanza y el
descuartizamiento obligan, a un lector posterior a los horrores genocidas del siglo XX, a
un gran esfuerzo de abstracción para no colocar a Melville en el index de los asesinos
seriales.
La primera novela de Williams, Butcher’s Crossing, tiene puntos de contacto con Moby
Dick: trata de caza, de grandes animales, y de un cazador obsesionado con su presa. La
diferencia es que Williams la escribió en los años posteriores a la Segunda Guerra
Mundial, cuando los bisontes casi se habían extinguido. El libro se publicó en 1960, un
momento en el que no existía la sensibilidad por el ambiente que hoy es regla, pero el
aire de los tiempos estaba listo: el libro pionero del ecologismo, Primavera silenciosa,
de Rachel Carson, se publicaría dos años más tarde. (El arte siempre llega antes).
Se estima que a mediados del siglo XIX había sesenta millones de bisontes en las
praderas del medio oeste de Estados Unidos; la caza masiva, promovida por el “avance
civilizatorio” de los colonos, llevó a que, hacia fines del siglo, la población total sumara
apenas pocos cientos de animales.
Pero el exterminio de la especie del bisonte americano no es el centro de la novela. El
libro de Williams no podía leerse, hace sesenta años, en clave ambientalista. En esos
años los niños del mundo aun leían el libro de Buffalo Bill, célebre cazador de bisontes,
donde se celebraba la cantidad de animales que era capaz de matar un cazador en una
cabalgata de algunos minutos (69 fue el récord de Buffalo Bill, de donde obtuvo su
apodo William Cody).
Transcurrido el tiempo, Butche’s Crossing no deja de aumentar su provisión de sentido.
El retrato del cazador obsesionado con acabar hasta el último de los animales que
tiene a la vista, incluso si no será capaz de transportar los cueros, el carácter
radicalmente pragmático del trabajador que contrata para desollar a los animales, y la
pasividad del personaje a través de cuyos ojos se presencian los acontecimientos de la
historia, maravillado ante la personalidad del cazador, e incapaz de poner un límite a
su locura, dan cuenta precisa de las profundas causas del desastre global que pueden
causar los seres humanos. Williams, muy probablemente, no pensaba en catástrofes
ambientales, sino en las mentalidades de sus personajes. Como Melville, a veces da la
impresión de que la muerte de todos esos animales lo tiene sin cuidado, que las
muestra sólo para dar cuenta de unas mentalidades. Y acierta: Rachel Carson y su DDT
explican muy poco; apenas denuncian; Williams, en cambio, que no derrama ni una
lágrima retórica por los bisontes caídos, explica un mundo. El mundo en el que los
bisontes han sido exterminados.
En la pantalla
Este año, sesenta años después de aparecido el libro, se estrenó una adaptación para
cine de la novela de Williams. Su director y productor, Gabriel Polsky, un hijo de
emigrados soviéticos dedicado a la realización de documentales, había dirigido una
sola película de ficción (The Motel Life, 2012), y formó parte del equipo de producción
de Bad Lieutenant (2009), de Werner Herzog, donde trabó relación con el protagonista
de Butcher’s Crossing, Nicholas Cage. Sobre un guion que respeta la trama del libro
aunque no resiste introducir rasgos del Hollywood más convencional en el tratamiento
de los vínculos entre los personajes, Polsky hace una sobria puesta en escena que
aprovecha, como buen western, los extraordinarios paisajes del medio oeste
norteamericano, fotografiados a lo largo de las cuatro estaciones.
Cuando Williams entregó su manuscrito a una editorial, rápidamente lo aprobaron
para integrarlo a una colección de westerns. Williams se negó: pretendía que sus
lectores no se limitaran a los fanáticos del género. La editorial aceptó y lo publicó sin
etiqueta, pero las ventas fueron escasas.
La historia está contada desde el punto de vista de un joven universitario de Boston
que quiere conocer la vida de las tierras salvajes. El parentesco con el Ismael de Moby
Dick es muy claro, a pesar de que Williams elige un narrador en tercera persona:
cuando Ismael se sentía acosado por el sinsentido de la vida y comenzaba a pensar en
el suicidio, se lanzaba a recorrer “la parte acuosa del mundo”. Will, el joven
protagonista de Butcher’s Crossing, se arroja a la pradera, luego de una vida civilizada y
unos estudios universitarios promovidos por un padre religioso. Pero, a diferencia de la
novela de Melville, Butcher’s Crossing es una franca bildungsroman, una novela de
aprendizaje explícitamente autoproclamada.
En la novela, los cuatro personajes de Butcher’s Crossing pasan meses en una situación
difícil, con altibajos en su vínculo, pero no hay un conflicto que explote dentro del
grupo. La película, en cambio, no confía en que sus públicos acepten un western sin
personalidades violentas y asesinas, y busca, con cierta ansiedad, cumplir con los
mandatos de las escuelas de guion. Afortunadamente la composición de Cage como
Miller, el líder de la partida, es controlada, porque ha leído el libro y sabe que no es
Ahab (porque también ha leído Moby Dick), y hay acuerdo en el equipo acerca de la
necesidad de mantener un pulso contenido.
Williams fue toda su vida docente universitario. Fue editor de una antología de poesía
estadounidense, él mismo publicó dos libros de poesía y cuatro novelas. Nunca vivió
de las ventas de sus libros. En 1966, en una conferencia, expuso su preferencia por lo
que llamó “plain style”, es decir, un estilo llano, claro, simple, liso. Apropiándose de
esa simple mención suya, su colega Dan Wakefield lo presenta, en un artículo de la
revista literaria “Ploughshares” de 1981, como “plain writer”, probablemente la mejor
forma de definirlo como autor. El mayor éxito de la película sería acarrear lectores a
los tres libros de este notable autor del siglo XX.