Liudad nodrigo
La Lateara! y la Liudad
por
Uon Maleo Hernández f eqa«
TOMU II
Salamanea MCMXXXV
i
CIUDAD RODRIGO
-
LA CATEDRAL y LA CIUDAD
POR
DON MATEO HERNÁNDEZ VEGAS
CANÓNIGO DE LA MISMA Y PROFESOR DEL SEMINARIO
orno
SALAMANCA
Imprenta Comercial Salmantina
Prior, número 19
Teléf. 1982
R .SUoS"
ES PROPIEDAD
DEL AUTOR
PUERTA CLAUSTRO CATEDRAL
•
CAPITULO I
Obra de la capilla mayor.—Contrato con García de la Puente.
Cambio de plan: Rodrigo Gil de Hontañón y el Negrete.—Dis-
cusiones en el Cabildo sobre hacer la giróla.—Apuros económi-
cos del Cabildo.—Protectores insignes de la obra: el Ayunta-
miento de Ciudad Rodrigo, el cardenal Tavera, el cardenal
Manrique, don Antonio del Águila.
Larga y complicada es la historia de la construcción de la ac-
tual capilla mayor. En 1539 ya amenazaba ruina la primitiva ca-
pilla, pues en Septiembre de aquel año se acuerda, para aislar
la parte ruinosa, «hacer una pared de piedra dentro, en la ca-
pilla mayor y poner, entretanto, el Sacramento en la capilla del
marqués.» Además, ya se pensaba en edificar la capilla nueva,
pues se había mandado cortar en el Pinar la madera necesaria
para la obra.
De las actas se deduce que, a fines de 1539 se había hecho con-
trato con un maestro de cantería; pero a principios de 1540 se tra-
taba de cambiar de plan, pues a 19 de Enero «vota el deán que si
se acuerda hacer de otro arte la capilla, que sea no alterando el
contrato y fianzas que tiene dadas el maestro de ella.» Este maes-
tro era el mirobrigense García de la Puente, a quien ya conoce-
mos, pues en los meses siguientes se habla de que cese la obra de
la capilla, pagando a García de la Puente el destajo de la obra
hecha.
Rodrigo Gil de Hontañón no aparece en escena hasta Abril del
mismo año, porque, a partir de esta fecha, se nos dan las siguientes
curiosas noticias: A 16 de Abril se pide por merced al racionero
Juan de la Muela, que «aposente en su casa e que le dé a comer a
costa de la iglesia a Rodrigo Gil, maestro de capillas.» ítem, que
el señor deán «envíe al mesón do están las bestias del dicho R.°
Gil, de su parte, que no le lleven maravedises algunos por la ce-
bada que gastare e que lo mandaban pagar a costa de la iglesia.»
8 Mateo H e r n á n d e z Vegas
A 30 de Abril se nombra comisión para gratificar a Rodrigo Gil
«la traza que hizo e la venida que vino desde Salamanca.» E l pa-
recer de los señores es que le den 25 ducados por la venida, esta-
da, vuelta y traza. A 1.° de Mayo se dan a Rodrigo Gil y a Negre-
te, maestros de cantería, 30 ducados, 24 para Rodrigo Gil y 6 pa-
ra el Negrete, por cuanto vinieron de Salamanca a esta ciudad a
ver la obra de la iglesia de ella e por la traza, que hicieron de la
dicha obra.
Gran trabajo costó hacer desistir a García de la Puente. Des-
pués de muchas comisiones y ofrecimientos, por fin, se firmó un
acta, fechada en 3 de Diciembre de 1540, en la que García de la
Puente, a petición del Cabildo, y por bien de paz, desistía del con-
trato que tenía firmado para hacer la capilla mayor, y el Cabildo
se obligaba a darle por ello 60 ducados. Sin duda por la misma ra-
zón, y para reducirle y compesarle, el Cabildo le había encarga-
do pocos meses antes, según hemos visto, la difícil y honrosa
construcción de la puerta del Viaje.
No terminaban con esto las dificultades y discusiones. Aún ad-
mitida la traza de Gil de Hontañón, faltaban muchos pormenores
de la obra, y sobre todo, elegir maestro que la ejecutara. E l pri-
' mero que habló de hacer trascoro fué el famoso magistral doctor
Barrientos.
A principios de 1541 se discutía larga y apasionadamente si la
obra había de hacerse a destajo o a jornal, con trascoro o sin él,
con veedores de la obra o no, y a qué maestro se había de dar.
Conviniendo todos en que este maestro había de ser famoso,
acuerdan, por fin, que se haga «a jornal y no a destajo, por la tra-
za de Rodrigo Gil, cerrada la capilla con Responsiones para el
trascoro, con veedores de la obra; y puesto que Rodrigo Gil había
hecho lajraza, que se le dé el cargo de ella, si se conciertan con él,
y no concertándose, a otro maestro que sea tal, y que se le dé sa-
lario para que venga a visitar la obra ciertos tiempos en el año, y
dé seguridad de la perpetuidad de ella.» En consecuencia, se da
comisión al deán y a Martín Gómez para que le envíen a llamar, le
paguen el camino y se concierten con él.
No debió cumplirse este acuerdo, o no se avinieron las partes,
pues todavía a 1.° de Agosto se comisiona al racionero Martín de
Castro para ir a Valladolid a buscar «un muy buen cantero por
cuatro reales diarios», cargo que acepta el racionero, jurando a
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 9
•
Dios y por las órdenes que recibió. Resultado de este viaje fué que
a 12 de Agosto dice Martín de Castro que sabe de un maestro cono-
cido y hábil que dará buenas fianzas y se obligará por la perpetui-
dad de la obra por tres reales diarios y 10.000 maravedises alano
cuando trabaje. (Recuérdese el contrato con Pedro Güemes).
Este maestro tan barato era, sin duda, el mismo Rodrigo Gil,
pues, pocos días después, 22 de Agosto, se nombra definitivamen-
te comisión para tratar con Rodrigo Gil de la obra de la capilla, ha-
ciendo los capítulos, señalando salario y gratificándole el camino.
Entretanto, se iba descombrando la capilla arruinada, y a 16
de Septiembre se manda aprovechar, si se puede, la cal y arena
que salieron de la capilla mayor, y si no se puede, que la saquen
de la ciudad juntamente con la tierra (1).
Faltan las actas de 1542, 43 y 45, que, sin duda, contendrían
noticias interesantes sobre la obra. Las de 1544 son unas cuantas
hojas sueltas y destrozadas. En ellas, a 21 de Enero, hay la si-
guiente curiosa referencia: Dice don Juan de Silva «que él nunca
entendió sino que la capilla de esta iglesia se oviese de hacer
acrecentándole syete o ocho pies, e que en lo del trascoro, que
por razón que el señor obispo quería que se hiciese (2), que por
cumplir con su señoría, se hiciesen ciertos apréntices e Respon-
siones, para cuando quisiesen hacer el trascoro, lo hiciesen, e que
agora vee que se gasta mucho dinero syn provecho, e que de la
obra que agora va trazada resulta e han de resultar pleitos e di-
ferencias e embarazos, asy por parte de la capilla del señor mar-
qués como de otras partes; que su parecer e voto es que la dicha
capilla se haga llanamente e bien hecha e sin gasto del trascoro,
como se platicó.»
A continuación se nombra comisión para concertar la sisa (3)
(i) OLa tierra, en efecto, se sacó de ía ciudad, formando con ella un
montículo a la salida de la puerta del Rey, frente al Caño del Moro, sobre
el cual pusieron una cruz que duró mucho tiempo. Probablemente ese mon-
tículo artificial es uno de los que existen todavía en el sitio indicado, que se-
ría aprovechado para terraplén del glasis en el siglo X V I I I . Inmediata a
este lugar estaba la iglesia de San Hipólito, vulgarmente San Polo.
(2) Se tiene que referir ja don Antonio Ramírez de Haro, aunque trasla-
dado a Calahorra en 1541, porque el sucesor don Francisco de 'Navarra no
tomó posesión hasta el .4 de Abril de 1544 (a la cual asiste como testigo Fe-
liciano de Silva).
(3) Se refiere a la sisa concedida por el Ayuntamiento para ayuda de
la obra, de la cual se hablará más adelante.
10 Mateo H e r n á n d e z Vegas
para la obra, y pocos días después, para comprar dos bueyes bue-
nos y una carreta.
En 1547 todavía no estaba cerrado el ábside, pues a 28 de
Enero se delega al maestrescuela para que «haga una ynvinción
para el crucero a fin de que de noche se pueda tapar.» A 30 de Di-
ciembre del mismo año se nombra comisión para ir a Salamanca
a consultar con Rodrigo Gil, ciertas cosas sobre la obra.
Aún no estaba acabada en 1549. De ello tenemos la prueba, en
que habiendo muerto a 31 de Julio el obispo don Juan de Aceves,
que mandaba enterrarse en la capilla mayor, se dice que, por no
estar acabada, se entierre provisionalmente en la de San Juan, a
mano derecha, y después se colocará junto a la de don Gonzalo
Maldonado.
A 22 de Noviembre ya se nombra comisión para enlosar, hacer
altar y gradas, y dorar la capilla. A 12 de Diciembre se escribe al
maestrescuela a Plasencia, diciéndole que la obra está acabada,
y que, si está allí Rodrigo Gil, se lo haga saber para que venga a
cobrar lo que se debe.
Por fin, a 16 de Diciembre, acabada la obra, se despide «con
buenas palabras» a Rodrigo Gil, maestro de capilla, pagándole lo
que se le debía.
Esto debe entenderse de la obra de cantería, pues, aún faltaban
detalles de ornamentación, y así se explica la diferencia entre es-
tas fechas tomadas de las actas y las que señalan las inscripcio-
nes, que citaremos después.
En cuanto a los detalles de ornamentación, ya en 16 de No-
viembre de 1548 se habían destinado 50 ducados que debía Martín
Gómez para las vidrieras de la capilla, poniendo la fábrica el
resto. Un año después, las vidrieras estaban colocadas, pero, no
estando conforme al contrato, se acuerda ir a Salamanca a ver las
del Colegio del Arzobispo; y a 10 de Enero de 1550, se había
hecho contrato nuevo, acordando gratificar al vidriero, si las ha-
cía muy buenas.
Faltaba también la obra de los doradores. Estos empezaron
en Enero de 1550; pero, después de haberles adelantado dinero el
Cabildo, se marcharon en Marzo, dejando la obra incompleta, co-
mo está todavía, lo que dio motivo a que el Cabildo enviase una co-
misión a Salamanca a hacer un requerimiento a Rodrigo Gil, para
que se cumpliera la escritura hecha, y la iglesia no se perjudicase.
C i u d a d Rodrigo. La C a t e d r a l y la C i u d a d 11
Todavía en Mayo se nombran veedores hasta que se acabe la
capilla, y a 27 de Junio se acuerda pintar los escudos de los obis-
pos, que están en la capilla mayor con su oro, como ya antes esta-
ba concertado con el pintor (se refiere a los de los obispos don
Alonso de Robles y don Gonzalo de Porres de Cibdad).
Con esto se dio por terminada la obra, y a esa fecha se refie-
ren las inscripciones siguientes: la del friso que corre en la parte
superior, dice: Benedic, Domine, domum istam, quam edificavimus
nomini tuo; venientium in locum istum exaudías preces in excelso
solio glorie tue; Domine, si conversus fuerit populus tuus et ora-
verit ad sanctuarium tuum exaudí preces in excelso solio glorie
tue. Año 1550 (1).
En el pie del altar mayor, y oculta hoy por un antiestético fron-
tal de madera, hay una monumental inscripción, que señala la fe-
cha precisa de la terminación de la obra, en esta forma: Perfec-
tum estopus hujus sacelli anno a partu Virginis Millessimo Quin-
gentessimo Quinquagessimo; sexto Calendas Julii.
De Rodrigo Gil de Hontañón no debieron quedar descontentos
en Ciudad Rodrigo, pues en más de una ocasión volvieron a con-
sultarle, no solamente el Cabildo, como hemos visto en la cues-
tión de traslación del coro, sino también las Justicias y Regimien-
to de la ciudad, como puede verse en las actas municipales: En
Junio de 1567 acuerda el Concejo que «vista por vista de ojos
la fuente de Caro-Cuesta (2), no hay más remedio que hacer la
puente de Valdenovillo (3) de piedra o de madera, según digan los
artífices.» Para ello, y para el puente principal, que, habiéndose
caído, se había hecho provisionalmente de madera, acuerda el
Consistorio llamar a Rodrigo Gil, estante en Salamanca, y a Pe-
dro de Ibarra, en Alcántara.
No consta que entonces viniera Rodrigo Gil; pero el no menos
famoso arquitecto Pedro de Ibarra sí estaba aquí el 11 de Julio,
pues el Concejo acuerda ir a las cinco de la tarde a ver la puente
de Valdenovillo, con Pedro de Ibarra.
(i) D« esta© palabras, tomadas del oficio d'e la Dedicación de la Iglesia
decía Cabello Lapiedra, que 'eran ¡ las. preces de la Consagración !
(2) Así sie llamó siempre «1 Nacedero. *
(3) Es lo que vulgarmente se llama la Puente del agua,, en Media v
fuentes.
12 Mateo H e r n á n d e z Vegas
También vio el puente principal, calculando su coste en 31.640
escudos. E l día 12 se le libran dos ducados por cada día de ida,
venida y estada, y se presenta el prior de Santo Domingo, pidiendo
que Pedro de Ibarra, artífice experto, vea, si es fácil, sin perjuicio
de la ciudad, poner algunos caños del agua de la Puente en el
arrabal de Santo Domingo, con beneficio del convento. E l 18 se
había marchado, dejando hecha la traza de la puente de Valdeno-
villo (1) y la de los Caños, para dar agua a Santo Domingo (2).
La obra del puente principal se difiere por entonces, pues era
tanto su coste, que hubo que suplicar a S. M . que autorizase el
repartimiento por los pueblos de Castilla (3).
Más adelante aparece también Pedro de Ibarra como arquitecto
de las obras de reparación del pontón de Sahugo (4).
Volviendo a la obra de nuestra capilla mayor, generalmente só-
lo se cuenta, como generoso donante, a don Juan Tavera, arzobispo
de Toledo y obispo antes de Ciudad Rodrigo. Sin negar la extraor-
dinaria esplendidez del eminente purpurado, que contribuyó a la
obra con 300 ducados, mereciendo por ello que el Cabildo manda-
se poner su escudo de armas en la parte exterior del ábside, no
deben pasarse en silencio otros no menos generosos cooperadores.
(i) Eista obra se empezó inmediatamente, 'siendo oficiales de ella Jua-
nes de Urríbari, Tomé de Tal osa, Sancho Gutiérrez y Andrés del Cerro. Se
hizo concierto con los dueñas de las heredades próximas para que no sufrie-
ran perjuicios. Entre otros señores, tenía en aquel sitio una viña con mora-
les y otres árboles, don Antonio de Cáceres Pacheco.
(2) Se hizo contrato con el prior Fr. Andrés de 'Pedrosa, quien algu-
nos meses después se presenta en el consistorio, diciendo que lleva gasta-
dos 763 ducados en la obra de llevar el agua a l a plaza de Santo Domingo,
y que no la puede acabar por falta de dineros. Pide corno limosna que se le
ayude.
(3) Y a se había recibido provisión de S. M . , mandando hacer informa-
ción sobre ello. La información se hizo alegando que la ciudad tenía pocos
propios (algunos acensuados), y matuchos gastos, y que La obra era tan ne-
cesaria, que este puente era el paso obligado para lia mayor parte de los lu-
gares de Castilla, de maniera que, isa no se reparaba, padecerían mucho el
comercio y las rentas de S. M . Por lo tanto, suplicaba el Concejo a S. M .
que autorizase el repartimiento por los pueblos de Castilla, así como esta
ciudad había contribuido por orden de S. M . para construir otros puentes
del reino.
(4) Era este puente el único en toda la tierra de Ciudad Rodrigo^ fue-
ra del puente principal de la ciudad, cuyas reparaciones corrían a cargo de
este Ayuntamiento, repartiéndose el coste entre La ciudad la tierra y las
villas exentas.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 13
Justo es consignar que el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo
fué el primero en acudir al llamamiento del Cabildo, ofreciendo
por medio de los regidores, Francisco de Chaves y Pedro de Cas-
tillejo, dos años de sisa, para la obra, cuando se acabara la que
el Ayuntamiento tenía puesta a la sazón (1). A 14 de Marzo de
1549 dio también la madera necesaria del Pinar de Azaba para
la obra.
El cardenal Manrique (don Pedro), obispo a la sazón de Cór-
doba, y antes de Ciudad Rodrigo, donó asimismo otros 300 du-
cados.
Tampoco debe omitirse la generosidad de nuestro don Anto-
nio del Águila, ya por este tiempo obispo de Zamora, que venía
con frecuencia a Ciudad Rodrigo y presidía los Cabildos, como
deán, que continuaba siendo. Aparte de otros cuantiosos donati-
vos, como el que había hecho en 6 de Mayo de 1541, de 200 duca-
dos de oro para ayuda de la custodia de plata que se proyectaba,
y de 80 varas de damasco para las doce capas de las procesiones,
a 29 de Septiembre de 1546, hallándose el Cabildo sin dinero para
proseguir la obra y tratando de vender 10.000 maravedises de ju-
ro al quitar, el deán-obispo, que presidía, dio prestados los 140.000
maravedises en que había de venderse, pagando, además, de sus
bienes, los 10.000 cada año, sin gasto ninguno para la fábrica.
Entonces anunció que, cuando se le devolvieran, haría cierta
limosna a la iglesia. En efecto; sin esperar a la devolución, a 3
de Febrero de 1548, estando también en Cabildo, declaró que ce-
día los 140.000 maravedises a la iglesia, con la sola carga de que,
al volver de llevar el viático a los enfermos, se continuase rezando
un Ave-María por el difunto deán don Francisco del Águila (que
ya la había dotado también) y por él.
Aun así, el Cabildo se vio en gravísimos apuros para terminar
obra tan costosa. En las actas constan los innumerables juros y
censos sobre las fincas de la iglesia, que se vio obligado a vender
en cantidades exorbitantes, y al fin, cuando estaba para terminar-
(i) 'Consistía la sisa (a La cual, como se ve por las actas, recurría nues-
tro Ayuntamiento coin lamentable frecuencia) en autorizar cierta disiminu-
ción en el peso o medida de los comestibles, sin disminuir el precio, co-
brando el Ayuntamiento a los vendedores el exceso correspondiente a la
parte sisada, para aplicarlo a sí mismo, o a otras necesidades como en el
caso presente.
14 Mateo H e r n á n d e z Vegas
se la obra, le fué preciso «ver qué iglesias del Obispado tenían di-
nero para prestarlo a la Catedral» (1).
La obra de Rodrigo Gil de Hontañón es, si no rica, airosa y
:.-;. • '<• /.;; r * ••:•••
.
.
BÓVEDA DE LA CAPILLA MAYOR
DE GIL DE HONTAÑÓN
elegante, a la vez que fuerte y sólida. Es de extraordinaria ampli-
tud y desahogo, y puede considerarse, lo mismo en el cuerpo in-
terior que en las bóvedas, dividida en dos tramos desiguales. El
primero está determinado por cuatro esbeltísimas columnas es-
triadas, de estrías macizas hasta la mitad, próximamente, de la al-
(i) Sólo consta que respondiese a este requerimiento la iglesia de Sa-
hugo, a la cual ©e pagó la cantidad prestada en 13 de Septiembre de 1560,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 15
tura y listeladas desde allí. Entre ellas se levantan dos altísimos
arcos ciegos, cerrados por feos paredones (no merecen otro nom-
bre), que, como veremos más adelante, estaban destinados a des-
aparecer.
El segundo tramo, que forma propiamente el ábside y casca-
rón, está determinado por otras cuatro columnas lisas. Todas las
columnas carecen de capitel, propiamente, dicho. Sobre las senci-
llas molduras, que semejan el astrágalo, corre en toda la extensión
de la capilla un friso, prolongación del collarino, en el cual se lee
la inscripción que hemos copiado antes. Sobre este friso, lo que
debió ser capitel se convierte en una cornisa o imposta corrida, de
sencillas molduras doradas, de la cual arrancan sobre cada colum-
na los nervios, que, dividiéndose y subdividiéndose, sostienen los
plementos de la complicadísima bóveda de crucería, que es la par-
te más interesante de la obra de Rodrigo Gil. Apóyase ésta en seis
formaletes ligeramente apuntados. En los dos primeros lunetos de
cada lado se abren sendas ventanas, dos al septentrión y dos al
mediodía, adornándose también con los escudos de la iglesia.
La bóveda es, como hemos indicado, la característica del esti-
lo de Rodrigo Gil, con todos los arcos o nervios de crucería liga-
dos entre sí por medio de otros secundarios, transversales, diago-
nales, terceletes, etc., difíciles de seguir con la vista, ni con la ima-
ginación. Las claves de la crucería se adornan generalmente con
florones o arandelas doradas o policromadas, habiendo quedado
otras sin pintar por la informalidad, como vimos, de los dorado-
res. En el primer tramo están policromados el Salvador y un co-
ro de ángeles, y en el segundo el escudo de la iglesia rodeado de
la Inmaculada, San Pedro, San Pablo, San Agustín, San Jerónimo,
San Gregorio, Papa, y San Ambrosio.
En el exterior, aparte de otros detalles, que notaremos en el ca-
pítulo siguiente, el friso está adornado de triglifos dóricos, rema-
tando el conjunto una balaustrada de la época (la corona de espi-
nas de los simbolistas), muy maltratada desde la guerra, que se
extendía por todo el crucero, y parece que el plan era, según Ca-
banas, extenderla por toda la nave central. Aún hay indicios de
que primitivamente la tuvo la nave lateral del mediodía.
•
•
!
VISTA GENERAL DE LA CIUDAD
CAPITULO II
Proyectos sobre el trascoro y giróla.—Pretensiones del mar-
qués de Cerralbo.—Fracasan las negociaciones cen el Cabildo.
Se desiste de la obra del trascoro.—Esto inspira la idea de cons-
truir la «Capilla de Cerralbo» fuera áz la Catedral.—Transfor-
maciones que ha sufrido la capilla mayor,—El retablo de plata.
Lámparas, alfombras, colgaduras, etc.
En la parte exterior de la capilla mayor son bien visibles los
apréntices y responsiones, de que hablaba el canónigo don Juan
de Silva, destinados a recibir los perpiaños de la giróla, cuando
la quisieran hacer.
También se echa de ver que los enormes contrafuertes, simple-
mente adosados al muro, y algunos sensiblemente despegados de
él, son provisionales y debían desaparecer al construirse la nave
absidal. Todo esto prueba que, indudablemente, se pensó en ha-
cer con el tiempo la giróla, que tanto realza la belleza de algunas
catedrales.
¿Se intentó alguna vez realizar este proyecto?
Esto nos obliga a tratar aquí las graves cuestiones, que en
aquel tiempo pasaron entre el Cabildo y don Rodrigo Pacheco,
primer marqués de Cerralbo, o, por mejor decir, con su hermano
el cardenal don Francisco Pacheco. Porque, si bien es cierto que
el nombre de éste no suena en estas cuestiones, y las negociacio-
nes las llevó personalmente solo el marqués, la verdad es que la
iniciativa, los proyectos y la costa de la obra eran del cardenal, y
con el fin de que sirviera para su enterramiento. Esto se explica
teniendo en cuenta que don Francisco Pacheco, a la vez que arzo-
bispo de Burgos y cardenal, era canónigo y arcediano de Ciudad
Rodrigo, y no querría ni imponer su voluntad ni pedir favor a sus
hermanos.
En Julio de 1567 se habla en el Cabildo, por vez primera, de la
capilla, que el marqués de Cerralbo pedía en el trascoro de la Ca-
18 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
.
tedral (1). Aunque la cita es un poco larga, hemos de trasladar ín-
tegra la respuesta del Cabildo, porque en ella se resumen todos sus
proyectos sobre el trascoro, y se explican algunas obras, que, he-
chas provisionalmente al construir la capilla, debían desaparecer
al construirse el deambulatorio; 18 de Julio de 1567. «Tratando de
qué concordia se deuia tomar con el muy Ule. señor don rrodri-
go Pacheco, marqués de Cerralvo, sobre razón de dalle sitio don-
de labre y edifique su capilla; pues para trascoro de la capilla ma-
yor desta Cathedral iglia es necesaria, la capilla que al presente
tiene su señora, e tratando e votando lo susodicho, se Resumye-
ron en darle por capilla la colateral que responde a el principio
del trascoro hacia la parte de la puerta de las Cadenas para que
la haga y edifique como bien visto le fuere tomando el suelo q allí
se pueda tomar y que el Sr. marqués labre la parte del trascoro
q responde a la pared de su capilla y a el arco de la dha capilla
mayor q a el presente está cerrado por la traza y orden que está
dada del dho trascoro, y que en este pedazo de trascoro q labra-
re pueda poner sus escudos en las paredes de su capilla, y que el
suelo que comprehendiere este pedazo que labrare el dho marqués
se mida por sepulturas y pague por cada una dellas qui°s Reales
y quede por suyo para que se pueda enterrar en el dho suelo
Raso quien el dho marqués quisiere Ponyendo Piedras Rasas con
armas y letreros sin que se levanten del suelo, y que estando todo
esto edificado, se abra el arco de la capilla mayor, que al presen-
te está cerrado, y no antes.»
Aún se insiste sobre el asunto a 21 de Julio, votando que «se
entienda que en las paredes de la iglesia (2) que salieren al cuer-
po de la iglesia no se pueda poner escudo alguno, sino solamente
en la bóveda de dicho trascoro y en la pared de la dha su capilla,
que de nuevo edificare, dentro y fuera, y no en otra manera.» Ade-
más, todos los señores declaran: 1.° Que el despejo de dicho
arco, cuando se abriere, sea, según y como es, de la Catedral;
2.° Que si algún peligro o sentimiento hiciere la capilla mayor o
algún arco o pared o bóveda de la iglesia, que el señor marqués
se obligue a remediar el daño.
(i) Se llamaba trascoro al deambulatorio o giróla, como recuerdo de
haber estado primitivamente el coro en el presbiterio.
(2) Se entiende de la capilla que «e había de construir,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la Ciudad 19
En los días sucesivos sigue tratándose largamente del mismo
asunto; y a 1.° de Agosto hay en el libro de actas un epígrafe que
dice: «Asiento de lo que pide el Sr. marqués de su capilla»; pero,
siguen dos hojas en blanco, privándonos aquel perezoso escriba-
no de conocer la voluntad e intenciones del señor marqués.
La giróla no solamente no se hizo, sino que dio ocasión a uno
de los innumerables pleitos, en que el Cabildo anduvo siempre
envuelto con los señores de Cerralbo (1).
Parece deducirse de las actas, que ocasionaron la ruptura las
limitaciones y cortapisas, que ponía el Cabildo sobre la forma de
los sepulcros y la colocación de los escudos de armas. .\
No debemos lamentarlo demasiado, pues, aunque ello fué causa
de que persistieran los paredones, que cierran los monumentales
arcos laterales, y que tan desairado papel hacen en la hermosa ca-
pilla, al fin, el trascoro hubiera sido un nuevo aditamento que des-
naturalizaría más el carácter primitivo de nuestra Catedral. Ade-
más, hubieran desaparecido las típicas capillas laterales y los se-
pulcros; por lo menos, el de don Alvar Pérez Osorio y doña Ma-
ría Pacheco, y, sobre todo, no se hubiera construido la capilla de
Cerralbo, principal ornamento de Ciudad Rodrigo, después de la
Catedral.
Que la erección del magnífico monumento herreriano fuera de
la Catedral, fué consecuencia del fracaso de las negociaciones con
el Cabildo, está fuera de duda. Además de ser constante tradición
en la ciudad, tradición, que asegura también que la poderosa fami-
lia pretendió levantar frente a la Catedral un monumento que le
hiciera sombra y aún que la excediera en magnificencia lo prueba
la fecha de la Bula de erección de la capilla.
Es verdad que la Insigne Capilla del Cardenal Pacheco (nom-
bre con que siempre se la designó, y que prueba quién era su ver-
dadero fundador) no se empezó hasta 20 años después de estos su-
cesos; pero también lo es que, aún no había pasado un año de la
ruptura entre el Cabildo y el marqués, cuando (27 de Agosto de
1568) se despachaba en Roma la Bula de San Pío V, autorizando al
ma g'ués don Rodrigo para convertir el oratorio particular de su
(i) Por aqivellos mismos días sostenía uno ya muy antiguo sobre los
diezmos con don Juan Pacheco, abuelo d>el marqués.
20 Mateo H e r n á n d e z Vegas
casa en una capilla e iglesia, con licencia del Ordinario (1). Se re-
currió, pues, a Roma inmediatamente después de la negativa del
Cabildo, y mientras se tramitaba el pleito sobre el asunto.
* Justo es consignar que estas diferencias nunca entiviaron las
relaciones de hermandad entre el Cardenal y el cabildo. Este, uná-
nimemente, dispensó siempre al cardenal la residencia, reservándo-
le todos los frutos y rentas de la prebenda, lo mismo cuando fué
simple canónigo desde 1553, que al ser nombrado arcediano de
Ciudad Rodrigo en 1572. Durante las discusiones sobre la capilla
del trascoro, se recibió aquí (4 de Agosto de 1567) la noticia del
nombramiento de primer arzobispo de Burgos a favor del carde-
nal, y el Cabildo se apresuró a darle el más cordial parabién, así
como entonces y antes y después recurrió constantemente a él en
todos los pleitos y cuestiones, que habían de resolverse lo mismo
enla corte real que en la pontificia.
Por su parte, el cardenal puede decirse que fué siempre el agen-
te de su cabildo en Roma, y que los auxilios de todo género al Ca-
bildo eran constantes. Aún estaban pendientes las graves cuestio-
nes de que hemos hablado (Diciembre de 1568), y el Cabildo es-
cribía al cardenal y a la señora marquesa regraciándole las mer-
cedes y limosnas que hacían a la Catedral.
Transformaciones que ha sufrido desde entonces la capilla ma-
yor. El presbiterio en su primitiva construcción era más estrecho
que en la actualidad. Habiéndose quejado de ello, así como de la
falta de sitial y dosel, el arzobispo, obispo don Agustín Alvarado
en 1780, tres años después, por la generosidad de una persona de-
vota, se amplió el presbiterio para los pontificales (no llegaba más
que hasta el eje de las columnas), se desvió del muro la mesa del
altar para poder pasar por detrás, y se compuso la escalerilla de
subida a los pulpitos, que era incómoda y expuesta.
El retablo de plata. Ya hemos dicho que, terminada la obra de
(i) Esta Bula se conserva en él archivo del convento de Santa Clara.
Viene dirigida al primer marqués don Rodrigo Pacheco, que había sido
Embajador de Felipe II en Roma, y a su esposa doña Ana de Toledo. E n
la exposición dice el Papa que los marqueses intentaban convertir el orato-
rio particular de su casa en una capilla e iglesia y tener en ella quamfiluri-
mas Reliquias que, cuando era embajador el marqués en Roma había ex-
traído con licencia de la Sede Apostólica, de las catacumbas e iglesias de
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 21
la capilla mayor en 1550, volvió a colocarse el precioso retablo de
cuadros de Gallego, que, a su vez, fué retirado a fines del si-
glo XVIII, para sustituirlo por el también malogrado retablo de
plata. Sólo como recuerdo, le dedicamos estas líneas.
Constaba de dos partes. Era la primera un tabernáculo que se
construyó para hacer oficios de tal, y después se acomodó para
servir de remate al retablo propiamente dicho. La primera noticia
de este tabernáculo es de 26 de Octubre de 1740.
Dos plateros de Salamanca, llamados Antonio (una vez se le
llama José) Rodríguez Figoroa y el italiano (Joaquín), se compro-
meten a hacer la obra aquí, y otro de Béjar quiere hacerla, pero
en aquella villa. El Cabildo trata con los dos primeros, que la ha-
rían, se dice en el acta, como no se encontrarían otros en España.
Comprendía tabernáculo, gradillas y frontal, todo de plata. Era
condición que lo habían de trabajar en esta ciudad y que no ex-
cediera su coste de sesenta a setenta mil reales. Poco después,
Enero de 1742, el tallista Luis, de Salamanca, presentaba dos tra-
zas para el cascarón del trono de Nuestra Señora del altar mayor.
A 8 de Agosto ya estaba acabado el frontal, que estaba primo-
roso, por lo cual se gratificó a José Figoroa con 750 reales. A 7
de Marzo de 1743 se tomó el desdichado acuerdo de deshacer la
custodia antigua, obra del mirobrigense Hernán Báez, para pro-
seguir la obra del tabernáculo, y a 14 de Agosto estaba éste aca-
bado, tan a satisfacción del Cabildo, que se daba también gratifi-
cación al platero Joaquín, de quien se hacen los mayores elogios.
Sin embargo, el italiano terminó por huir a Portugal, dejando
a su compañero Figoroa empeñado en bastantes cantidades, en-
tre otros con el Cabildo, que generosamente se las perdonó en
gran parte (1).
Del altar propiamente dicho no se habla hasta 1793. A 3 de
la Ciudad, por lo cual la capilla se ¡había de 'erigir bajo el título y advoca-
ción Omnium Sanctorum. E l 'Papa autoriza su erección y que se tenga en
ella el Santísimo, con licencia del Ordinario. Dada en Roma, a 27 de Agos-
to de 1568, y publicada en Ciudad Rodrigo por el Lie. Rodrigo Arias Gon-
zález, provisor del obispo don Andrés Pérez, a 7 de junio de 1574.
(1) Según Villar y Macíats (Historia de Salamanca), el artista que nues-
tras actas llaman el italiano, y una vez Joaquín, se llamaba don Lorenzo
Montemán y Cuseus, vivía en Salamanca hacía cuarenta añas y estaba ca-
sado con María Teresa de Benazes, natural de Fermoselle. Era natural de
22 Mateo Hernández Vegas
Octubre se trata de hacer «el altar mayor de plata, sirviendo el
cuerpo que hoy hace de tabernáculo, construyendo de nuevo las
demás partes necesarias, guardando con aquél la relación que exi-
ja el arte.» Para ello mandaron hacer uno o dos diseños
Por haber dado el Cabildo a S. M. 100.000 reales y toda la pla-
ta no necesaria para el culto, con motivo de la guerra, que amena-
zaba con Francia, se suspendió por entonces la obra, que debió
de terminarse entre los años de 1794 a 99 (faltan las actas de 1794
a 1804), pues en un Inventario de 1799 se le describe así: «Un re-
tablo de plata con varios sobrepuestos de bronce dorados a fuego
colocado sobre una gradilla de plata y sagrario de lo mismo; y
encima, por segundo cuerpo o remate está el que servía antes de
Tabernáculo, con una efigie de San Isidoro, de cuerpo entero, que
pesa de 26 a 28 libras de plata, y ocho saetines de lo mismo, para
colocar las luces necesarias en los días clásicos, a más de los
candeleros.»
Formaban parte, además, del rico retablo, según el citado in-
ventario: Un frontal, trabajado a medio relieve, con tres meda-
llones de la Asunción, Anunciación (1) y Visitación de Nuestra
Señora, una gradilla, los cuatro remates, y las imágenes de San
Pedro, San Pablo. La Fe y San Isidoro, a caballo, todo de plata.
Por esta descripción se ve cuan sin fundamento se dice que el
actual retablo es reproducción exacta de aquél. El retablo de plata
lesapareció en la invasión extranjera, juntamente con un número
incalculable, como puede verse en el mencionado inventarío, de
cruces, candeleros, cálices, fuentes, aguamaniles, incensarios, co-
pones, vinajeras, platillos, portapaces, crismeras, palmatorias, ce-
tros, etcétera, etc., sin contar las alhajas, acrecentadas en aquellos
últimos años, procedentes de los ricos pontificales de los señores
Alvarado, Molina Santaella y Cuadrillero.
Sicilia y pariente de los famosos grabadores de la Casa de la Moneda de
Roma, Hoto y Almeroni. L a causa de era huida a Portugal, añade el mismo
autor, fué que estando en Ciudad Rodrigo concluyendo el modelo de cera
de la) Anunciata, que había de ocupar el centro del frontal del altar mayor,
tuvo unas palabras con su compañero don Antonio Figueroa, buen cincela-
dor, de. las cuales resultó que don Lorenzo arrojó con enfado el modelo al
suelo, haciéndolo pedazos, por cuya irreverencia quisieron delatarlo al Tri-
bunal de la fe. Murió en Aímeid'á, a los sesenta y cuatro años. Era graba-
dor en hueco.
(i) Esta es la imagen cuyo modelo de cera tiró al suelo el italiano.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y La C i u d a d 23
El actual pobrísimo retablo fué construido provisionalmente en
1813, con la esperanza, claro es, de sustituirlo por otro más digno,
cuando mejoraran las circunstancias. Lo pintó y doró el mirobri-
gense Juan Benito.
La efigie de la Asunción, que ocupa el centro del retablo, fué
regalada para el de plata por el obispo Fr. Benito liria y Valdés,
y acomodada después en éste.
De los sepulcros de la capilla mayor, sólo dos merecen espe-
cial mención, aunque seguramente debieron sufrir importantes mo-
dificaciones en el siglo XVI: Son los de los obispos don Alonso de
Robles y don Gonzalo de Porres de Cibdad, de los cuales nos he-
mos ocupado en otro lugar. Otros muchos prelados tienen su se-
pultura en la capilla mayor, entre los cuales hay memoria de don
Alonso Manuel, don Juan I, don Diego de Muros, don Gonzalo
Maldonado, don Juan de Aceves, don Juan de Andaya y Sotoma-
yor, don Fr. Benito liria y Valdés, don Pedro Ramírez de la Pisci-
na y don José Tomás de Mazarrasa.
Pero todos estos sepulcros, la mayor parte con su epitafio y es-
cudo, han quedado cubiertos por el moderno entarimado, estando
visible solamente el del señor Mazarrasa, que es objeto de espe-
cial veneración para los mirobrigenses.
Las dos lámparas de plata de la capilla mayor fueron hechas
en Salamanca, en 1829. Costaron 10.966 reales, mas 200 reales
que se dieron a la tropa, que, por la inseguridad de los caminos
en aquel tiempo, vino escoltándolas. En 1837, por una de tantas
arbitrariedades y atropellos, como se han cometido con la Iglesia,
fueron llevadas con otras alhajas a la Diputación provincial de
Salamanca, que, después de muchas reclamaciones, las devolvió
abolladas y casi inservibles.
La alfombra antigua, que se usa en las solemnidades, pertene-
ció al obispo don Alfonso Molina y Santaella. A su fallecimiento
en 1784, la adquirió el Cabildo con otra más pequeña en 200 du-
cados.
Las colgaduras de damasco se trajeron de Valencia en 1831.
Costaron 8.869 reales, mas 400 que importaron los derechos; y
sustituyeron a otras más antiguas de damasco carmesí con rapa-
cejos de oro que había donado el señor Téllez en 1740, y desapare-
cieron con todos los tapices o mantas de pared de que tan fre-
cuente mención se hace en las actas.
.
CAPITULO III
El altar de alabastro.—Sepulcro de Pedro Fernández de Gata y
doña Aldonza de Caraveo.—Obras en otras iglesias de la ciu-
dad: San Pedro, San Agustín, Hospital de la Pasión.—Convento
de la Caridad
Altar de alabastro. Es la obra maestra de escultura moderna
en nuestra Catedral. Fué fundación de los nobles hijosdalgo Her-
nando de Chaves de Robles, regidor de esta ciudad, nombrado en
22 de Marzo de 1563 en el linaje de Garci-López, y su mujer doña
Juana Pérez Pinero.
Hernando de Chaves de Robles era descendiente de Alvaro
Alonso de Robles, padre del obispo don Alonso de Robles. Doña
Juana era hija del bailío don Juan Pinero, del hábito de San Juan
de Rodas, Comendador de la bailía de Trevejo y Valdespino, que
luego se dividió en dos. Fué también Comendador de Portomarín
y de Morentana y bailío de la Bóveda de Toro. Sirvió con gran va-
lor a los Reyes Católicos, hallándose en la batalla de Rávena y en
otras muchas contra los turcos, en una de las cuales quitó, a los
enemigos el Santísimo Sacramento, que llevaban robado de una
iglesia (1), por lo cual lleva el cáliz por blasón desús armas, co-
mo es de ver en los escudos de este mismo altar.
Doña Juana falleció a 16 de Agosto de 1568, abriéndose su tes-
tamento al día siguiente. Deja al Hospital de la Pasión 100.000 ma-
ravedises de juros, de ellos 6.000 para los enfermos de las camas,
y 94.000 para los convalecientes, despedidos por el médico por no
tener calentura, con el fin, dice, de que arrecien dándoles de co-
mer «aves, conejo, cabrito, perdiz e carnero e manjar blanco, por
manera que el que no pudiera comer carnero, que coma aves, y el
que no pudiera comer aves, que coma perdiz o conejo o cabrito o
manjar blanco o cualquier regalo que pidiera... y que les den vino
(i) Cabanas M . S.
26 Mateo H e r n á n d e z Vegas
para su salud, que sea buen vino blanco de rrobledillo y anejo»,
etcétera.
Dispone que se la entierre en la Catedral, «junto al arco de la
dotación de la capellanía que el dho Fernando de Chaves de Ro-
bles my señor y marido y yo dotamos en la misma sepoltura don-
de está enterrado.»
Esta sepultura está junto a la grada del altar, aunque hoy no
conserva señal alguna.
También manda que la entierre el Cabildo, que asistan todas
ALTAR DE ALABASTRO
las Ordenes de los monasterios y que se vista a 12 pobres de pa-
ño groscio. En cuanto a la misa diaria que ha de decirse en su al-
tar (a las diez en verano y a las once en invierno), mas las tres
de Navidad, et.c, señala las mismas heredades que constan en la
inscripción del altar, a saber: Media yugada de heredad en Galli-
mazo y 26.000 maravedises de renta de yerba en Sageras de Mal-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 27
varín y en el mismo Gallimazo; pero en el testamento dispone,
además, que los 26.000 maravedises se cumplan con otra media
yugada, que a la sazón tenía (la dotación se había hecho en 1559)
en Sageras, mas otra yugada y un tercio en Gallimazo, y si no bas-
tare, obliga otra yugada en Majuelos.
ítem, da 5.000 maravedises de censo que tiene sobre la mesa
capitular, un cáliz de plata con sus armas, un ornamento de ter-
ciopelo morado y otro negro, vinajeras, platillo y dos candeleros.
Después de muchas mandas, deja por heredero universal al
Hospital, con la siguiente carga, entre otras: «Tener siempre reno-
vadas sus armas y de su marido en el altar de alabastro, y avivar
las pinturas, y si en mi vida no se hubieran pintado las puertas
de dicho retablo, las hagan pintar de buena mano.» Afortunada-
mente, no hay señales de que las pinturas hayan sido nunca avi-
vadas, y aun puede dudarse que se hicieran las puertas de que ha-
bla la testadora, pues, aparte de no verse vestigios de ellas, un si-
glo después, en 20 de Marzo de 1654, daba licencia el Cabildo a
María Miranda para poner un velo en el altar del Descendimiento
de la Cruz, que llaman de alabastro, y «atento, añade, que es muy
rico y corre riesgo que lo hurten, se le da licencia para hacer unas
puertas grandes de celosía con llave.» Lñ testadora declara no te-
ner hijos y no saber firmar. En un codicilo hecho a 12 de Agosto
de 1568, hace aclaraciones relativas al cuarto de convalecientes (1).
Doña Juana vivía en el Campo de Flores (después Campo del
Barro y ahora plazuela de Cervantes), en una de cuyas casas pue-
de verse todavía su escudo (nueve flores de lis) con el de su ma-
rido (las cinco llaves de los Chaves y castillo y robles, de los
Robles).
Nada dicen las actas del entierro de doña Juana, a pesar de ha-
berlo hecho el Cabildo, sin duda, por tratarse en aquellos mismos
días de las honras, túmulo y sermón en las exequias del príncipe
don Carlos y coincidir también con el entierro y exequias del ca-
nónigo Gata; pero ya el 20 de Agosto se mandaba empezar a de-
cir la misa de diez, y pocos días después, informarse del valor de
Gallimazo y de todo lo demás tocante a la rica fundación.
E l retablo es un prodigio de composición y ejecución. Es de
(i) Todos los documentos citados se hallan en el archivo del Hospi-
tal de la Pasión.
28 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
alabastro finísimo y representa el Descendimiento de la Cruz, en
el que figuran como personajes principales el Señor, las tres Ma-
rías y San Juan; pero el artista quiso además poner de relieve el
contraste entre el amor de un Dios, que muere por los hombres, y
la indiferencia de los hombres ante el grandioso drama del Cal-
vario. Por eso, en segundo término, nos representa varias escenas
de hombres dedicados a sus negocios, al cuidado de sus hacien-
das, a ganarse la vida, enteramente ajenos a la muerte del Hom-
bre-Dios.
Bellísimas sobre toda ponderación son las figuras de la Vir-
gen y de la Magdalena y, sobre todas, la del discípulo amado,
cuya expresión de dolor y angustia conmueve profundamente. In-
dicios hay de que todo el retablo estuvo policromado, y sospecha-
mos que con el raspado de la pintura perdió expresión y senti-
miento la figura del Señor muerto, que, debiendo ser la principal y
más cuidada, es hoy, a nuestro juicio, muy inferior a las tres cita-
das. En lo que podemos llamar marco del cuadro se ven multitud
de esculturillas de ángeles, con sola la cabeza de niño alada, con-
forme a la nueva costumbre de la época, pinturas de varias esce-
nas de la Pasión y hermosos escudos de armas de los dos nobles
esposos.
Muchas opiniones hemos oído a personas inteligentes sobre el
autor del maravilloso retablo, y de lamentar es que doña Juana
Pérez Pinero, tan minuciosa y detallista en lo que se refiere a su
cuarto de convalecientes del Hospital, fuera tan sobria de palabras
en este punto.
Por nuestra cuenta, a falta de pruebas documentales, sólo
diremos que por los días, en que se construía el altar de ala-
bastro, trabajaba el fomoso Juan de Juni en Ciudad Rodrigo,
en la capilla que para su enterramiento erigió en el convento
de San Francisco don Antonio del Águila, obispo de Zamora y
deán de Ciudad Rodrigo, para la cual hizo, por lo menos, el mag-
nífico crucifijo que se conserva (1).
El retablo se acabó en 1560, según reza su inscripción. Por el
mismo tiempo, se concluía la capilla de los Águilas en San Fran-
cisco, pues en el mismo año murió don Antonio y ya fué enterra-
(i) Torvado.—El Crucifijo de Juan de Juni, (Archivo español de Ar-
te y Arqueología.)
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 29
do en ella, aunque quizá hubo que esperar a que se concluyera la
obra para darle sepultura, pues, habiendo fallecido en Zamora a
mediados del año 1560, no trajeron su cadáver a Ciudad Rodrigo
hasta el 13 de Enero de 1561.
Hemos advertido esto sólo para notar la contemporaneidad de
SEPULCRO DE PEDRO FERNÁNDEZ
DE GATA
retablo y de la capilla en que trabajó Juan de Juni. Por otra par-
te, el estilo de nuestro retablo, el movimiento y expresión de sus
figuras, el espíritu de independencia que domina en toda la com-
posición, la firmeza y seguridad del dibujo, y, sobre todo, el vio-
lento desplomamiento de la Virgen, no desdicen del estilo y carác-
ter distintivo del famoso imaginero.
Sepulcro de Pedro Fernández de Gata. Es el único, con el del
obispo don Domingo, que'respetó la incultura del siglo XVII. La
30 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
inscripción sepulcral está muy maltratada y a punto de desapare-
cer totalmente, por la humedad y la mala calidad de la piedra. Lo
que hoy se puede leer es lo siguiente: «Aquí yacen los señores
Pedro Fernández de Gata y Doña Aldonza de Caraveo su muger;
dotó y mandó hacer este arco y sepulcro Miguel Fernández de
Caraveo su hijo, canónigo que fué de esta iglesia...»
A pesar de estos datos, no carece de dificultad fijar la fecha de
la sepultura e inscripción y aun identificar los personajes que en
ella figuran. La dificultad nace: 1.°, de la repetición de unos mis-
mos nombres en las familias de los Gatas, Fernández y Caraveo,
enterrados todos en este ángulo de la iglesia; 2.°, de la caprichosa
elección de apellidos entre hijos de un mismo matrimonio; 3.°, de
la mala costumbre de citar las personas, lo mismo en las actas ca-
pitulares que en las municipales, unas veces por el primer apelli-
do y otras por el segundo; y 4.°, que en este caso, de ninguna ma-
nera convienen la fecha probable de la inscripción y sepultura y
la de la muerte de Pedro Fernández y doña Aldonza.
Desde 1509 aparece un canónigo, Miguel de Gata, que en 1522
pide una sepultura en el ángulo mencionado; en 1529 concierta con
el Cabildo una misa semanal al altar de San Miguel, y llega hasta
el año 1530.
En 1541 figura un Miguel Hernández de Gata, canónigo, pro-
visor, que en 1549 dota en el mismo altar dos misas semanales
perpetuas por su hermana, mujer de Diego del Águila, para lo cual
da dos casas en la calle que va del Campo de Flores al alcázar y
60.000 maravedises en dinero.
Pero en 1526, otro canónigo Gata (don Francisco, a quien se
llama, no sabemos por qué, arcediano de Ciudad Rodrigó) había
pedido sepultura «en la pared entre el altar de San Miguel y la
puerta principal», es decir, donde ahora está el arco y sepulcro»
por lo cual el Cabildo acordó consultar a canteros, si habría peli-
gro en romper la pared de la torre (1). El informe debió de ser en-
tonces desfavorable, porque el contrato se hizo, pero de manera
que la sepultura estuviera «en el suelo junto a la pared del altar
de San Miguel, entre la de su padre y la pared. Podrá poner una
laude con sus armas y letrero, y en lo alto de la pared un escudo
(i) Recuentes* que ^a torre de las campanas era La que está hoy sobre
la capilla del -Pilar,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 31
de piedra con sus armas, y que en la pared pinte la devoción que
quisiere, con tal que no ponga letrero.» No se trata, pues todavía
del actual sepulcro.
En 1553 aparece otro Miguel de Gata, de quien dicen las actas
que está preso con otros canónigos, aunque el Cabildo cree que
sin culpa.
Y, por fin, en 1566 Miguel Hernández de Gata, que bien pudie-
ra ser el mismo, pide para sepultura el arco de San Miguel, y el
Cabildo se lo concede por 100.003 maravedises «para enterrarse
solamente él y el canónigo Francisco Hernández de Caraveo, con
la condición que haga la escalera de la puerta de las Cadenas con
su pasamano (1). Podrá poner dentro de dicho arco armas y una
quinta angustia y letrero desde arriba abajo, con tanto que no sal-
ga de dicho arco.»
Se trata, pues, aquí del actual arco y sepulcro, y, según todas
las apariencias, éste es el canónigo de quien habla la inscripción,
aunque en ella se le llame Miguel Hernández de Caraveo, y este es
el que hizo el sepulcro para sus padres, aunque la concesión del
Cabildo fuera para él y para otro canónigo.
¿Quién era Pedro Fernández de Gata? De los Fernández de
Gata seglares no hallamos más mención en los los libros del
Ayuntamiento y de la Catedral, fuera de un Miguel Hernández de
Gata, que era regidor en 1547 (y que bien pudiera haber sido des-
pués canónigo, cosa no desusada en aquellos tiempos) y de Pe-
dro de Gata, que en Mayo de 1513 pedía dos sepulturas junto al
altar de San Miguel. Por extraño que parezca, éste es el Pedro
Fernández de Gata de la inscripción y del sepulcro construido
después de 1566.
En un libro de Capellanías, tratando de la de Pedro de Gata y
Aldonza de Caraveo, se habla de dos misas semanales al altar de
San Miguel. Las sepulturas estaban arrimadas a la peana de dicho
altar. Dejaron tres cuarticos de heredad con su casa en Castillejo
de Azaba. En 15 de Mayo de 1514 había fallecido Pedro de Gata,
pues el Cabildo nombra comisión para ajustar con sus herederos
y testamentarios la dotación de las dos sepulturas. Del enterra-
miento de la mujer de Pedro de Gata se habla a 10 de Enero de
(i) Y a hemois advertido que la •escalerilla que hay ahora para bajar al
atrio estaba antes a la entrada de la iglesia.
32 Mateo H e r n á n d e z Vegas
1528. Era doña Aldonza de Caraveo hija de don Juan de Caraveo,
alcaide del alcázar por Enrique IV, al cual, para premiar sus leales
servicios, los Reyes Católicos le hicieron merced, en cabeza de su
yerno Pedro de Gata, de un juro sobre las tercias del campo de
Yeltes. Resumiendo todo lo dicho, resulta que el arcediano Gata,
el canónigo Miguel Hernández de Gafa o de Caraveo, y tal vez
también el canónigo Francisco Hernández de Caraveo, eran her-
manos, hijos de Pedro Fernández de Gata y de doña Aldonza de
Caraveo; que los dos nobles esposos fueron enterrados en 1514 y
1528, respectivamente, en las dos sepulturas pedidas por Pedro de
Gata en el suelo, junto a la peana del altar de San Miguel; y que
posteriormente, el canónigo Miguel Hernández de Caraveo cons-
truyó el arco y sepulcro, no para sí y su hermano don Francisco,
como consta en el contrato con el Cabildo, sino para sus padres,
cuyos restos trasladó a la nueva honorífica sepultura. La obra de-
bió hacerse entre 1566, en que el Cabildo la autorizó, y 1568, en
que murió Miguel Hernández de Gata.
Aunque en la inscripción sepulcral se nombran los dos espo-
sos, en el mausoleo no figura más que la hermosa estatua yacen-
te de Pedro Fernández de Gata. En el fondo hubo un calvario, del
cual sólo se conserva el crucifijo, quedando vestigios de las dos
figuras desaparecidas, probablemente la Virgen y San Juan. Acom-
pañan escudos de los Gatas (león rampante o agatante y una es-
cala (1), de los Caraveos (cinco caras mirándose) y del matrimo-
nio, que reúne los blasones de las dos nobles familias (2).
Obras en otras iglesias de la ciudad. San Pedro. El siglo XVI
fué de gran actividad en construcciones de todas clases. Hablan-
do ahora solamente de las religiosas, y no haciendo mención aquí
de la capilla de Cerralbo, porque, principiada en este siglo, no se
terminó hasta cien años después, merece mencionarse la reedifica-
ción de la iglesia de San Pedro, cuyo ábside principal con su bó-
(i) Sobre «1 origen, genealogía y hazañas de les Gatas, oriundos de
Portugal, conserva curiosos documentos el ilustrado farmacéutico de Villa-
vieja, don José Fernández de Gata.
(2) Puede aseguranse que Pedro Fernández de Gata y doña Aldonza de
Caraveo tuvieron su casa solariega en la que ¡hacía esquina entre la actual
calle del Cardenal Pacheco y la plaza de San Salvador, pues en ella se ha-
lló el escudo del matrimonio, que el actual propietario, don Severmo Pache-
co, tuvo el buen acuerdo de colocar de nuevo en la fachada de la casa cons-
truida en el mismo sitio,
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 33
veda de crucería revela los últimos resplandores del arte gótico.
La capilla mayor fué costeada por Francisco Vázquez, llamado el
rico y el indiano, a quien hemos de citar en más ocasiones, así
como las laterales lo fueron por los Chaves y Maldonados, como
indican sus escudos.
San Agustín. Los agustinos se trasladaron del valle de Corte
de Angeles a la ciudad el 23 de Abril de 1530, ocupando el con-
vento nuevamente edificado en lo que había sido palacio de los
Garci-López de Chaves, grandes protectores de esta Orden reli-
giosa en Ciudad Rodrigo.
La magnífica iglesia no se empezó hasta después de estar ins-
talados los religiosos en su nueva casa, costeándola también los
Chaves casi al mismo tiempo que la de Villavieja, villa que com-
praron a Felipe II, con la protesta de Ciudad Rodrigo, que en vano
alegó sus privilegios de no ser enajenados de la Corona ni la ciu-
dad ni ninguno de sus pueblos. No consta la fecha en que empe-
zó la obra de la iglesia, pero debió ser por el año 1566, pues a 17
de Octubre de este año (1) se queja el Ayuntamiento de que la
plaza de San Pedro está muy embarazada con la piedra de San
Agustín, y manda retirarla (2).
A 21 de Julio de 1581, estaba para terminarse. Es interesante
la sesión del Concejo de ese día, pues en ella, además de darse
cuenta del estado de la obra, se nos da la grata noticia de haber
terminado los famosos bandos que tantos males habían ocasio-
nado en Ciudad Rodrigo. Garci-López de Chaves dice que «de
presente há de hacer la bóveda de su capilla de señor San Agus-
tín, e que para ello tiene necesidad de mucha cantidad de pinos
para cimbras e para otras cosas.» Añade que ya tenía intención
de pedirlos antes de que se quemara el pinar (3), y que ahora pide
que se le vendan 200 de los quemados. Contesta el corregidor (4),
(i) Actas municipales.
(2) Por estos mismos días se discutía con calor La cesión de la iglesia
de San Bartolomé la los agustinos. Por fin, se llegó a un acuerdo, cediendo
los religiosos todo el cuerpo de ¡la iglesia para plaza y calle y ornato del
Hospital de la Pasión, a cambio de una calleja sin salida que había entre
la iglesia y el convento. Más tarde los agustinos 'Cedieron la parte que que-
dó de esta iglesia al maestro ¡Palacios, para sus 'Colegios.
(3) E l mismo día se había dado cuento de haberse quemado gran parte
del pina 1 de Azaba.
(4) E r a don Jerónimo de Fuentes, cuyas relaciones con los regidores
34 Mateo H e r n á n d e z Vegas
que, estando presente el señor Garci-López, debe diferirse el asun-
to para otro consistorio, y Garci-López dice que se saldrá él, y
así lo hace. No contento con esto el corregidor, sigue diciendo que
«si a alguno de los presentes le toca alguna de las generales de la
ley, lo diga para mandarlo salir.»
Esta fué la ocasión de la importantísima declaración a que he-
mos aludido. Don Juan Pacheco (1), el eterno rival de los Garci-
López, dice estas memorables palabras, que nunca habían podido
pronunciarse en el Concejo de Ciudad Rodrigo: «Si alguna de las
generales de la ley es amistad o deudo dentro del cuarto o quinto
grado, puede su merced mandar salir a todos y proveer él sólo.»
Y fuera de ésa, sigue diciendo, no hay otra, pues aquí no hay más
que regidores de S. M. proveídos por él y por esta ciudad (2).
Antes de concluirse la iglesia de San Agustín, año 1576, ya se
disputaban el patronazgo de su capilla de Santa Catalina doña Ma-
ría Pacheco, viuda de Pedro Barba y el prior y frailes del conven-
to. Esta capilla, que luego se llamó del Santo Cristo de Burgos,
era la primera conforme se entra a manisquierda (3).
La iglesia de San Agustín es la última manifestación del estilo
gótico en Ciudad Rodrigo, con sus arcos de ojiva obtusa, su bóve-
habían llegado a ser muy tirantes, a causa, 'entre otras, de haber sido nom-
brado por Felipe II capitán general de esta frontera en la guerra con Por-
tugal, con 'preterición de hombres tan capaces y experimentad as como el
marqués de Gerralbo, que era uno 'de los regidores.
(i) N O podemos asegurar si este don Juan \Pacheco es el padre, el abue-
lo o un hijo del primer marqués, pues los tres del mismo nombre, y aun ha-
bía más, se sentaban a la sazón en el consistorio.
(2) Y a en Febrero de 1580, don Juan Pacheco de Toledo (éste sí es el
hijo del marqués, que fué después segundo marqués de Cerrailbo), había di-
cho en el ^consistorio que sabía de cierto que S. 'M. estaba informado (aun-
que no lo dicen, se deduce que sospechaban del corregidor) de que en esta
Ciudad había bandos y disensiones que estorbaban el real servicio, y que era
necesario desengañarle. Esto dio ocasión a que el Concejo escribiera al rey
una hermosísima carta, de la cual entresacamos los siguientes párrafos : E l
'servicio de V . M . «-tenemos tan en las entrañas, que por aver propuesto
en nuestro qonsistorio (suprimimos abreviaturas) don Juan Pacheco que le
avian dicho que V . M . esitaua y-nf orinado de que en esta Ciudad ay bandos
que ynpiden su servicio', se determinó en este particular suplicar a V . M . . . .
esté cierto V . M . que no ¡los ay, y cuando los ubiera, los vecinos della tienen
tan delante el servir a V . M . , que de nynguna otra cosa se tiene cuy dado
ni tendrá agora y siempre como V . M . lo berá por la experiencia, cuya Ca-
tólica y real persona guarde nuestro Señor, etc.»
(3) Archivo del Hospital de la Pasión, iLeg. 2, número 15.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 35
da de crucería, sus monumentales escudos del exterior y sus ente-
rramientos de los Chaves y de otros caballeros de la ciudad.
En el Hospital de la Pasión. También en el Hospital se hicie-
ron importantes obras en este siglo. En 1587 se dio principio a la
capilla mayor de la iglesia.
En Agosto de 1588 se habían gastado más de 800 ducados,
dándose por terminada a fines de 1589. Se hizo la bendición la
víspera de Navidad «de la iglesia, capilla mayor y cementerios del
corral desde la cruz fasta la puerta de Santiago». Por ausencia,
del obispo don Pedro Maldonado, la bendijo Fray Simón Núñez,
premostratense, abad de Segovia, diciendo la misa el famoso doc-
toral Gutiérrez, ayudándole el canónigo Isidro de Robles y el ra-
cionero Miguel de Chaves, y predicando el canónigo Rueda.
Trabajaron en esta obra los maestros Juan de la Puente, pro-
bablemente hijo del García de la Puente, que hizo la puerta del
Viaje, y Rodrigo de Ruesga, que quizá lo era del célebre cantero
García de Ruesga, que dio nombre a una calle del arrabal de San
Francisco (que lo conserva todavía) y, entre otras obras notables
ensanchó la puerta de Amayuelas, de la muralla.
En 1593 se construyó la portada del Hospital. Costó 400 duca-
dos, y parece que había maestros que la harían por 200.
También se hizo el cuarto de convalecientes para Cumplir la
voluntad de doña Juana Pérez Pinero, y el de peregrinos, según la
traza de'Juan de Segura, por haber sido incorporado a este Hos-
pital el de Lerilla (1).
Preciosas efigies tiene la iglesia del Hospital de la Pasión, ha-
a a
biendo desaparecido otras no menos famosas, como N. S. la An-
tigua, que era un cuadro, al cual se profesaba tan gran devoción,
que se sacaba en procesión en las grandes calamidades que afli-
gían a la ciudad, de lo cual podíamos citar varios ejemplos (2).
También ha desaparecido una preciosa imagen de San Macías.
(i) También se Le unió en ¡este siglo el de la Piedad.
(2) Así sucedió «1 día de Santa Ana, 26 de Julio de 15.8.8, para impetrar el
buen suceso de la jornada contra los infieles y reino de Inglaterra. E n las ac-
tas del Hospital se describe la procesión minuciosamente «para cuando otro
día y en otro tiempo se ofreciere volverse a hacer.» Asistió el obispo don Pedro
Maldonado, con todas las cofradías de la ciudad y arrabales, todos los curas
y beneficiados de las parroquias, con sus cruces, y los de las otras iglesias, el
Cabildo de la Villa, Niños de la doctrina, el corregidor don Francisco
36 •
Mateo H e r n á n d e z Vegas
Entre las existentes merece especial mención el hermoso cru-
cifijo colocado hoy sobre el altar mayor, obra del célebre Mitata,
que hizo también el de Bodón. A 3 de Mayo de 1543, se da cuen-
ta de que algunas señoras vecinas y comarcanas del Hospital,
entre ellas doña Aldonza de Caraveo, mujer del regidor Pedro
Rodrigo Pacheco, querían hacer un crucifijo grande, muy bueno
y primo, y un altar a la derecha del mayor (se refieren a la dis-
posición antigua de la iglesia), para colocarlo, y aun opinaban
CALVARIO DEL HOSPITAL DE LA PASIÓN
CRUCIFIJO DE MITATA
que, llamándose Hospital de la Pasión, debía estar el crucifijo en
el alta;' mayor y pasar al nuevo la imagen de Nuestra Señora la
Antigua.
No vuelve a hablarse del asunto hasta el 23 de Agosto de 1562,
en que se dice: «Como hay necesidad de hacer un crucifijo gran-
de y muy bueno para la iglesia, porque el que hay no está bien
de Moiscoso, alcalde mayor, regimiento y mucha gente. E n el patio del Hos-
pital se preparó un altar, en ©1 que estaba el cuadro de Nuestra Señora. Sa-
lió la procesión de la Catedral por las casas del obispo, casas del príncipe
don Iñigo de Mendoza y Campo del Barro. La cofradía recibió al Cabildo y
procesión en la plazuela de Francisco de Alba. Sacaron la Virgen cuatro canó-
nigos, siguiendo por junto a San Agustín, por estar embarazada con la obra
de la iglesia la calle (hoy desaparecida) que salía a la puerta de Santiago
Campo de San Pedro, calle de San Juan, Plaza y Catedral. A l llegar, se di-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 37
hecho y provoca poca devoción (1) y ahora hay en la ciudad un
oficial muy bueno, se le encarga, aprovechando el que hay como
más convenga.»
En efecto; a 29 de Agosto de 1563, <se dio petición por mi-
tata (en el original está en blanco
el espacio correspondiente al nom-
bre. Se llamaba Lucas y era en-
samblador italiano) maestro que
hizo el crucifijo para el dho Hos-
pital, en que pidió se le gratifica-
se el trabajo, por merescer mucho
más de los treinta y dos ducados
que se le habían prometido, e avián-
dose sobre ello platicado, se acor-
dó e mandó en el dho Cabildo que
se le den otros seis ducados más
de gratificación, atento que pares-
ció estar muy bueno y valer más
de lo que se le avia prometido, e
que se le había prometido gratifi-
cación» (2). De las imágenes de la
Virgen y San Juan, que acompa-
ñan a este Santo Cristo, así como SANTO CRISTO DE LA
de la preciosa escultura de Nues- EXPIRACIÓN, DE BODÓN
tra Señora del Buen Suceso, trataremos más adelante.
También está en esta iglesia el San Sebastián grande, imagen
de extraordinario mérito, que el Ayuntamiento disponía saliese en
procesión en circunstancias excepcionalmente graves. No consta
cuándo y por qué fué colocado en el Hospital.
jo la primera de las nueve misas. A l domingo siguiente, a las vísperas, fué
ia cofradía de la Vera Cruz y los frailes de San Francisco. E l mismo día en
la noche salió de San Sebastián una procesión de disciplinantes de los estu-
diantes y otras personas a la Catedral. E l lunes, la cofradía del Rosario, con
el convento de .Santo Domingo. E l miércoles, la cofradía de Nuestra Señora
de Gracia y San Nicolás, con el convento de San Agustín, y el mismo día
fué devuelta al Hospital con la misma solemnidad.
(i) Era, sin duda, el que •está hoy en la sacristía, que, efectivamente,
provoca poca devoción.
(2) Además de otras obras dudosas, consta que Mi tata hizo uno de los
crucifijos que estaban en la capilla de los Águilas, en San Francisco, el de
[a Expiración de Bodón y otro en Brozas.
38 Mateo H e r n á n d e z Ve gas
En el monasterio de la Caridad. En el año 1590 se construyó
el cuerpo de la iglesia, que existe en el día, el coro y la pila bau-
tismal. También se edificó entonces la portada de la iglesia, «que
es una gran fábrica; la qual hizo un lego, religioso, hijo de esta
casa, gran Maestro, del qual hay tradición murió de pesadumbre;
porque, acabada la obra, le dixeron estaba falsa; y como la hacía
a expensas del convento, fué mayor su sentimiento» (1).
Las estatuas que adornan la fachada no se pusieron hasta Oc-
tubre de 1670. Las hizo el francés Juan Faugera. Costaron 3.099
reales, que se pagaron en la siguiente forma: 480 reales que un re-
ligioso había ganado a juego prohibido; 940, que hizo de rol el es-
cultor; 770, que dieron algunos religiosos, y 909 que puso el con-
vento.
(i) Becerro del convento.
CASA DE LOS CASTROS
CAPITULO IV
La arquitectura civil en el siglo XVI.—Palacios y casas seño-
riales.—Casa de los Águilas Palacio de los Castros.—Id. de
los Moctezumas.—Id. del Príncipe.—Casa de los Cuetos.—Casa
del cañón, de los Gómez de Silva, de los Mirandas.—Casa «de
los Cuernos», de los Silvas.—Otras obras.
Preciso es reconocer que en la arquitectura civil de Ciudad
Rodrigo en el siglo XVI dominó un mayor gusto, más esmerada
ejecución y más acertada sujeción a los estilos entonces en boga
que en la arquitectura religiosa. Así lo revelan los innumerables
palacios y casas señoriales que aún quedan en nuestra ciudad,
a pesar de lá manía demoledora de los últimos tiempos, que pare-
ce no tienen otra misión que envidiar y completar la obra inicia-
da por los cañones de los enemigos de la patria.
Casi todas las casas antiguas que admiran los que visitan
nuestra ciudad, y le dan ese carácter aseñorado de hidalguía y
nobleza, poco menos que único ya en las ciudades modernas, per-
tenecen a esta época, y son fáciles de reconocer por dos elemen-
tos característicos: el marco, reminiscencia indudable del arrabaá
árabe, que encuadra puertas y ventanas; y el arco, generalmente
de medio puntó o adintelado, formado por dovelas de extraordi-
narias dimensiones, como si nuestros antepasados, grandes en
todo, hubieran querido unir a los primores del arte el recuerdo,
nunca olvidado, de la fuerza, grandeza y alardes de superioridad
de las construcciones ciclópeas. A tres tipos pueden reducirse
estas construcciones, que a la vez pueden servirnos de guía
para señalar tres épocas, bien caracterizadas, en que fueron
construidas. Pertenecen a la primera las casas y palacios que con-
servan elementos góticos, constructivos u ornamentales; a la se-
gunda, los edificios puramente platerescos; y a la tercera, los que
llamaremos de estilo severo, desprovistos de todo adorno, en con-
sonancia con la sencillez, llaneza y austeridad castellanas.
40 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Casa de los Águilas. Pertenece a la primera época esta casa,
cuya puerta se abre en el ángulo entre la antigua calle de San
Juan y el Campo del Trigo. Su carácter gótico es bien visible en
la portada y en otros miembros, aunque debe tenerse en cuenta
que algunos de éstos, en reciente restauración, se le han añadido
llevándolos del derruido convento de San Francisco y de su ca-
C A S A D E LOS AQUILAS
pilla de los Águilas. Es notable, y más aquí donde no abundan
los hierros artísticos, una reja plateresca.
Probablemente en esta casa vivieron los alcaides del alcázar,
don Diego y don Antonio del Águila, y en ella fué sitiado el úl-
timo por los comuneros de Ciudad Rodrigo, teniendo no poca
fortuna en poder huir de ella para hacerse fuerte en el alcázar
desde el cual los batió, como hemos visto.
Palacio de los Castros. Bellísimo, sobre toda ponderación es
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 41
este palacio (1), cuya fachada se conserva íntegra, por rara ca-
sualidad, aunque sin las torres que debieron adornarlo primitiva-
mente. Salvo algún ligero detalle gótico en la ornamentación, to-
do es del más puro y exquisito gusto plateresco, lo mismo en la
soberbia portada, flanqueada por columnas salomónicas, sobre
. . . . . . . . • . . . • : . !
PORTADA DE LA CASA DE LOS CASTROS
las cuales guardan la entrada leones soberbiamente esculpidos,
que en las primorosas ventanas, ornamentadas de manera irre-
prochable y delicadísima (2).
(i) Hoy de los condes de Montarco.
(2) Por esta sucinta descripción se verá cuan disparatadamente afirmó
42 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Palacio de los Moctezumas. Por su proximidad al de los Cas-
tros, y aunque perteneciente a épocas posteriores, y nada notable
por su mérito artístico, fuera de los escudos que lo adornan, ha-
cemos aquí mención del palacio de los Moctezumas, descendien-
tes del famoso emperador de Méjico. Vinieron los Moctezumas a
Ciudad Rodrigo por el matrimonio de una señora de este linaje,
doña Jerónima de Cisneros y Moctezuma con don Félix Nieto de
Silva, natural de esta ciudad, capitán de caballos, maestre de cam-
po, Caballero de la Orden de Alcántara, gobernador y capitán ge-
neral de Canarias, Oran y Mazalquivir, y primer marqués de Te-
nebrón (1). En uno de los descendientes de don bélix recayó más
tarde el marquesado de Cerralbo, y por eso estos marqueses lle-
van, entre otros apellidos ilustres, el de Moctezuma.
Este edificio, luego que faltó su primitivo destino, fué conver-
tido en Casa de la Tierra, o sea, en hospedaje y residencia de los
Sexmeros de los cinco Campos, en los frecuentes viajes y largas
estancias a que les obligaba su cargo. Últimamente fué adaptado
para Instituto de segunda enseñanza, que en estos días se ha tras-
ladado a lo que fué Parque de Artillería.
Palacio del Príncipe. Es otro hermoso ejemplar de estilo pura-
mente plateresco. Debe su nombre, así como lo debía también la
calle en que está (2), al príncipe de Mélito don Iñigo de Mendoza.
Fué don Iñigo marqués de Almenara y virrey de Aragón, y allí
murió, en un motín que hubo en Zaragoza. Casó en Ciudad Ro-
Cabañas (Hist. impresa) que cuando el conde don Rodrigo restaurador de
esta ciudad, vino a poblarla, «vivió en esta casa, que hoy pertenece al ma-
yorazgo de los Castras.»
(i) E S el autor de un libro muy raro (pues, aunque publicado, no se hi-
zo más que una tirada de 300 ejemplares), titulado ((Memorias de don Fé-
lix ¡Nieto de Silva, marqués de Tenebron, conde del Arco y de Guaro, mar-
qués de Villafiiel^ vizconde de Alba de Tajo, señor de Villanueva de Mesía
Y la Higueruela, alcalde y juez del iReal Soto de Roma, gobernador y ca-
pitán general, etc.» E l objeto del libro es publicar las misericordias de
Nuestra Señora de la Peña de Francia^ atribuyéndole todos los sucesos prós-
peros de su vida, aun lois más insignificantes. Es curiosísimo y muy digno de
leerse y meditarse. De él dijo Cánovas del Castillo, en el prólogo que puso a
la. única edición que se ha hecho, que hay en él uun no sé qué que impide
la duda y persuade el ánimo a dar al autor entero crédito. O el suyo es el
lenguaje de la verdad, o no se ha usado en este mundo jamás.»
(2) Uno de los mayores desaciertos en la moderna rotulación de calles
ha sido suprimir este nombre de uno de los personajes más ilustres de nues-
tra ciudad.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 43
drigo con doña Ana del Águila, señora y heredera de todos los
estados de la riquísima casa. Por ella fué don Iñigo de Mendoza
alférez mayor de la ciudad, pues este cargo estaba vinculado al
mayorazgo de los Águilas (1), que a la sazón era de doña Ana, la
PALACIO DEL PRINCIPE
cual había nombrado, hasta que ella se casara, a Martín de Cha-
ves de Robles. El matrimonio debió verificarse a principios de
1569, pues a 3 de Junio de este año ya presenta don Iñigo de Men-
doza en el Ayuntamiento la provisión real de alferezazgo mayor.
(i) A IO de Agosto de 1568, ®e copia literalmente en el acta del Ayun-
tamiento la provisión real de alférez mayor a favor de Martín de Chaves.
En ella dice Felipe II que él, por una provisión firmada por doña Juana en
15188, creó en Ciudad Rodrigo un oficio de alférez mayor perpetuo, del cual
hizo merced a don Antonio del Águila de Ocampo, concediéndole, entre
44 Mateo H e r n á n d e z Vegas
A partir de esta fecha, don Iñigo de Mendoza interviene eficaz-
mente en todas las grandes cuestiones del Municipio.
Su palacio es uno de los más hermosos edificios de la ciudad,
sobresaliendo en mérito la fachada, el patio, la escalera y el pre-
cioso artesonado.-En él se- hospedó, como veremos, la reina de
Inglaterra a su paso por Ciudad Rodrigo, a fines del siglo XVII.
En su capilla se conserva, entre otras valiosas esculturas, el pre-
cioso calvario que Juan de Juni hizo para la capilla de los Águi-
las, en el convento de San Francisco (1).
Habiéndose perdido el primitivo indulto de celebrar cada día
misa en esta capilla, el obispo don Fray Francisco Manuel de Zúñi-
ga Sotomayor y Mendoza, en visita pastoral de principios del si-
glo XVIII, la declaró entredicha; pero habiendo recurrido a Roma
el caballero don Antonio Matías del Águila, el Papa Clemente XI,
por Breve de 20 de Mayo de 1702, levantó el entredicho y autori-
zó la celebración de la misa, con la condición de cerrar la puerta
que conducía al interior del palacio (2).
De la misma época y estilo que los de Castro y del Príncipe, es
el antiguo palacio que sirvió de cuartel de la Colada, y que no sa-
bemos a qué familia perteneció. A pesar de las reformas y mutila-
ciones sufridas, conserva detalles de exquisito gusto plateresco, y
la gran cadena que le rodea en toda su extensión, símbolo, según
algunos, de haber gozado, el edificio del privilegio de asilo.
Casa de los Cuetos. Está en la Plaza Mayor, y conserva, a pe-
otras, la preeminencia de vincularlo -en el mayorazgo del Águila, que era
de doña María del Águila, su mujer, para cuya vinculación le sirvió con
3.000 ducados de los bienes y hacienda de dicho mayorazgo, con la, condi-
ción de que heredándolo mujer que no pudiese administrar el dicho oficio por
su persona, tuviese facultad de nombrar persona que lo sirviese hasta que
ella se casase. E n virtud de esta cláusula, sigue diciendo la provisión real,
habiendo sucedido ahora doña Ana del Águila en el mayorazgo, mientras
se casa, nombra a Martín de Chaves de Robles, etc. Por el matrimonio de
doña Ana con don Iñigo, cesó en el cargo Martín de Robles, y recayó en el
príncipe de Mélito.
(1) Esta casa fué la única que quedó ¡intacta en el bombardeo de 1810.
Así lo asegura un jefe francés que se alojó en ella. Escribió este jefe un es-
_ tudio sobre el sitio, y cuenta que la primera noche que durmió en ella ha-
llándose enfermo con altísima fiebre, le causaban terribles insomnios las
escenas del Quijote pintadas en uno® lienzos, que, por cierto, se conservan
todavía en uno de los, salones..
(2) Este ¡palacio pertenece hoy a don Rafael Be maído de Quirós, de la
casa marquesal de los Altares,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 45
sar de las muchas mutilaciones que ha sufrido, un muy raro friso
y otros elementos platerescos. A mediados del siglo XVI estuvo a
punto de desaparecer, al ensanchar la Plaza Mayor. A 20 de Mayo
de 1558, acordaba el Concejo tratar con Cristóbal de Cueto Meri-
no sobre la casa en que vivía el boticario Jerónimo Rodríguez,
para deshacerla y ensanchar la plaza, y sobre la manera de ad~
CALVARIO DE JUNI
quirir la del mismo Cristóbal, con el mismo fin. A 14 de Junio de
1566, se pedía provisión real para que la Ciudad pudiera tomar,
para ensanchar la plaza, todas las casas que había desde la cár-
cel para arriba, entre las cuales estaba comprendida ésta.
46 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Por fin, fué respetada. Al hacer la obra de la cárcel (1) y el en-
sanche de la plaza, en 1580, se hizo con soportales y pilares para
el mercado, de manera que los soportales con sus pilares y basas
no salgan del viaje de la esquina de la casa dz Hernando de Cue-
to (hijo y sucesor de Cristóbal de Cueto). Algunos regidores pro-
PATIO DEL PALACIO DEL PRÍNCIPE
ponían que se hicieran también portales «delante de las casas de
Hernando de Cueto, y sobre ellos unos corredores para que la
justicia y regidores vieran los toros y fiestas.»
Los Cuetos de Ciudad Rodrigo descendían de aquel don Alvar
Rodríguez Cueto, Caballero de la Banda, Adelantado del Reino ¿e
León, por los reyes don Pedro I y don Enrique II y héroe de la
toma de Viseo, que emparentó con los Pachecos por el matrimo-
(i) Estaba esta .cárcel «m el mismo -sitio en que después se edificó otra
nueva, que luego fué Audiencia, hoy caea particular y Central Telefónica.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 47
nio de su hija única doña María, con don Juan Pacheco, segundo
señor de Cerralbo.
Casa del Cañón. Ya hemos dicho que es la torre del antiguo
palacio de los Garci-López de Chaves (después Condes de Luque),
que edificaron su casa en este sitio, dejando la antigua a los agus-
tinos para edificar su convento. Descabezada la fortaleza, sus due-
ños conservaron la costumbre o privilegio de tener siempre en
ella un cañón montado, que algunos ancianos aseguran haber co-
nocido todavía, a lo cual debe su nombre, aunque hoy sólo queda
la cañonera, o más bien, tronera en que dicen que estaba coloca-
do. Único resto de lo que debió ser grandioso palacio, respetado
al levantar en sus solares El Porvenir, es hoy esta casa, que ade-
FRISO DE LA C A S A DE LOS CUETOS
más de los conocidos escudos de las cinco llaves de oro, conserva
delicados adornos platerescos, reveladores de la época en que fué
construida.
Casa de los Gómez de Silva. No lejos de la casa del cañón
está la de los Gómez de Silva, reducida hoy a panera. Complica-
dísima es la genealogía de los Gómez de Silva de Ciudad Rodri-
go, no por falta de datos, sino por la confusión que origina su
misma abundancia, con la repetición indefinida de unos mismos
nombres, que ocupan simultáneamente, o poco menos, cargos tan
incompatibles como regidores del Ayuntamiento y canónigos de
la Catedral. Durante todo el siglo, a los Gómez de Silva se les en-
cuentra en los documentos de todos los archivos, con tan fastidio-
sa frecuencia, que en algunos, como en el del Hospital, puede ase-
gurarse que llenan la mitad de los legajos. Escrituras de perte-
nencias, de testamento, de mejoras y donaciones propter nuptias,
de juramento, de renuncia de legítima, de fundaciones de capella-
nías, etc. etc., y siempre figurando los mismos nombres: Francisco
Gómez de Silva, Cristóbal Gómez de Silva y Alonso Gómez de
48 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Silva, y poco más. Además, Francisco Gómez de Silva, canónigo,
se dice hijo de Cristóbal Gómez de Silva, también canónigo, que
tiene otro hermano canónigo llamado Francisco Gómez de Silva,
sobrinos los dos del canónigo Francisco Gómez de Silva; en fin,
un verdadero geroglífico.
Algo de ello se explica, sabiendo que todos o la mayor parte
CASA DE LOS GÓMEZ DE SILVA
de los Gómez de Silva fueron canónigos, y todos o casi todos, es-
tuvieron antes casados y tuvieron numerosa familia.
La casa en cuestión se menciona en un documento de per-
tenencias de Posadillas, San Román y Cantarínas (1). Es una car-
ta de donación de unas casas en la Rúa nueva (2), esquina a la
1
(i) Hospiia . de la Pasión, Leg. 4, número 107.
(2) Se llamaba así o Rúa del Sol para distinguirla de la Rúa vieja, qive
después se llamó de La Tabernilla del vino blanco, o, abreviadamente, Ta-
bernilla, y ahora calle de Madrid.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 49
de los Gigantes, otorgada por Francisco Gómez de Silva, canóni-
go, a favor de Cristóbal Gómez, su hermano, también canónigo,
con la condición, entre otras, de que los sucesores habían de lle-
var el apellido Gómez y sus armas, que son flores de lis y un
aspa y flores de lis y un león, como están en la portada. Esta es
un bello ejemplar de casa castellana, sencilla y elegante, muy en
CASA DE LOS MIRANDAS
consonancia con el [Link] que por entonces dominaba en la
arquitectura.
Casa de los Mirandas (1). Es el tipo más acabado del tercer
período que hemos llamado severo, que prescinde de todo ador-
no, y cuya estética consiste en la regularidad de las líneas, con-
forme a los cánones de la escuela herreriana, que dominó en Es-
paña durante el reinado del austero Felipe II.
La severa fachada no presenta más adornos que el consabido
arrabaá y los escudos familiares primorosamente esculpidos. Dig-
no de especial atención es el alegre patio interior, formado por co-
lumnas de fustes monolíticos, en cuyos capiteles se representan
los atributos heráldicos de la mayor parte de la nobleza mirobri-
gense, enlazada con vínculos de parentesco con la no menos no-
(i) Hoy de don Clemente de Velasco.
50 Mateo H e r n á n d e z Vegas
ble familia de los Mirandas: Los Pachecos, Chaves, Robles, Cen-
tenos, Solís, Maldonados, Águilas y Osorios. Este patio es del si-
glo XVII.
Casa de los Cuernos. Está frente a la casa del cañón montado,
y sólo se conserva la portada. Bellísimo es el simbolismo que en-
cierra. Dos bustos (caballero y señora) encerrados en sendos me-
dallones circulares, de los cuales parten dos guirnaldas que van a
unirse a una calavera, situada en la parte superior.
E l significado es obvio: Simboliza el amor hasta más allá de
DETALLE DE LA C A S A DE LOS CUERNOS
la muerte; pero el pueblo confundió las guirnaldas con cuernos, y
dándole quizá la interpretación más malévola, pues no ha pecado
nunca de inocente, empezó a llamarla, y la ha llamado siempre, la
casa de los cuernos, y así figura en todos los documentos.
En 1650, pertenecía al arcediano de Camaces, don Francisco
de Carvajal, quien en esa fecha (27 de Mayo) la traspasa a la Ca-
tedral, la cual la vendió en 1660 al capitán Pedro Arias. En 1732
era del Hospital de la Pasión. Durante el sitio de los franceses la
habitó el canónigo don Manuel Correa, y se arruinó en el bom-
bardeo de los ingleses.
Casa de los Silvas. Abierta también en el ángulo de dos facha-
das, al sitio de las cuatro calles, es de fines del siglo XVI o de
principios del siguiente, a juzgar por los capiteles de sus colum-
nas, aunque es probable que haya sufrido reformas. Según el des-
linde de una casa (año 1497), que Alfón de San Román dejó a la
Catedral, y ésta vendió a don Juan de Silva, en esta casa, o en
otra más antigna, pero aproximadamente construida en el mismo
sitio, vivió el señor Tristán de Silva, y probablemente nació su
Ciudad R o d r i g o . La C a t e d r a l y la Ciudad 51
1
hijo Feliciano, el famoso autor de Amadis de Grecia. Desde en-
tonces fué la casa señorial de los Silvas. En ella vivía, en el pri-
mer/tercio del siglo XVII, don Diego de Silva, cuando ocurrió el
siguiente gracioso suceso, del cual fueron protagonistas los pre-
mostratenses de la Caridad: • ••*••
Parece que de mucho tiempo atrás estos religiosos aspiraban
a trasladar su residencia a la
c i u d a d , fundándose en lo
malsano de aquel sitio por la
proximidad al río, en la difi-
cultad de prestar asistencia
facultativa a los numerosos
enfermos, y, sobre todo, «en
la moltiíud de huéspedes que
acudían al dicho convento, a
quienes parecía forzoso, se-
gún leyes de Policía, convi-
dar e gastar con ellos gran
parte de la hacienda del con-
vento.» Ya en Julio de 1622,
su P. General había desesti-
mado la petición que el con-
vento le había hecho en este
sentido, mandándoles que
saneasen la casa edificando
piso alto. En efecto; a 5 de
Mayo de 1623, se concertó la
obra con dos maestros de CASA DE LOS SILVAS
Salamanca y uno de Ciudad
Rodrigo, que hicieron el segundo piso, bóvedas de las bodegas,
escalera, etc. Sin embargo, no se aquietaron por mucho tiempo
los religiosos, y a 26 de Junio de 1627, se presentaba el abad don
Juan Gómez en el Ayuntamiento, pidiendo consentimiento para
hacer la traslación, lo que el Concejo concedió de muy buen gra-
do. En su virtud, se decidió la comunidad a tratar el asunto con
el obispo don Juan de la Torre y Ayala; pero no había contado
con la mayor dificultad: Apenas el Cabildo, las parroquias y los
conventos de Santo Domingo, San Agustín y la Trinidad, tuvieron
noticia de lo que intentaban los premostratenses, se opusieron tan
52 Mateo H e r n á n d e z Vegas
resueltamente, que no omitieron medio para impedirlo. Siguiéron-
se a esto decretos favorables y adversos, apelaciones al metropo-
litano y a su Santidad, recursos al Consejo de Cámara, etc. etcé-
tera. Pero, entre tanto, una noche de los primeros días de la Se-
mana Santa de 1630, los religiosos, con el mayor sigilo, se trasla-
daron, sin que nadie lo advirtiera, «al sitio que llamaban las
quatro calles, en casa de don Diego de Silva.» Allí estuvieron tres
o cuatro días ocultamente, al cabo de los cuales se atrevieron ya
a hacer nombramientos y realizar otros actos significativos de
toma de posesión. Entonces fué cuando el pueblo se dio cuenta de
su presencia en aquel sitio, y atizado sin duda por las partes con-
trarias, promovió tales alborotos en las inmediaciones de la casa
y en toda la ciudad, profiriendo tan terribles amenazas contra los
invasores, que éstos, temerosos de mayores males, no tuvieron
más remedio que, de noche y sigilosamente, como habían venido,
volverse a su convento (1).
Otras obras de este tiempo. Aparte de estas obras de embelle-
cimiento de la ciudad, son innumerables las de utilidad pública
llevadas a cabo por el Ayuntamiento en el fecundo siglo XVI, al-
gunas de las cuales hemos mencionado ya incidentalmente. Ade-
más del ensanche de la Plaza Mayor, de que hemos hablado, me-
rece especial mención la obra del puente principal: Reedificado
por Fernando II al repoblar la ciudad y arruinado varias veces
por las temibles avenidas del Águeda, había sido reconstruido a
su costa por el noble caballero y alcaide de la fortaleza don Die-
go del Águila. También éste se arruinó en 1549, obligando al
Ayuntamiento a tratar con los sexmeros de la tierra y las villas
de señorío sobre el repartimiento para levantarlo (2). La obra se
(i) Becerro de la Caridad.
(2) Acta de 30 de Julio de 1549.—Habiendo llamado por requisitorias a
los procuradores de las villas de Fuenteguinaldo, E l Bodón, Robledillo,
Descargamiaría y Puñoenrostro, que son las que tienen vecindad con la Ciu-
dad, y hallándose presentes A.° Domínguez, Franco, de Cdbdad, Francisco Va-
lenciano y A.° Cañada, en nombre de dichas villas, se trató de la manera de
repartir los 800 ducades, que eran necesarios para la obra del puente. Se con-
viene, como era costumbre, que la tierra pague las dos terceras partes del
coste total, y la otra tercera se divida en otras tres, de las cuales pague una
la Ciudad, y dos las cinco villas, según su vecindario.
A 5 de agosto se acuerda principiar la obra, antes que vengan las aguas
nuevas, pues dos arcos están muy peligrosos^ y si se hace ¡ahora, costará
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 53
hizo, pero no debió quedar muy segura, pues a 6 de Julio de 1558
se dice que lo que se había hecho de madera en el puente princi-
pal se estaba arruinando. En efecto; en la noche del 3 de Diciembre
del mismo año, otra gran avenida destruyó toda la obra hecha (1).
Ya entonces fué necesario pensar en hacerla de cantería, lla-
mando para ello a los grandes maestros Rodrigo Gil de Hontañón
o Pedro de Ibarra, viniendo ^st^ último, que hizo la traza y calculó
el coste en 31.640 ducados, lo que obligó al Ayuntamiento a hacer
información y suplicar a S. M. que autorizase el repartimiento por
los pueblos de Castilla.
En Agosto de 1573, todavía estaba en el mismo estado, pero ya
se había recibido la real provisión, pues se habla de la forma de
hacer el repartimiento (la ciudad, Clero y villas de señorío, la ter-
cera parte; y la tierra, las dos terceras partes).
A 2 de Septiembre, en Junta del Concejo y los sexmeros, se
acuerda sacar el dinero de yunterías (2), y si no lo hubiera, tomar
cuatro o cinco mil maravedises a juros a cargo de yunterías, y que
se cortase la madera en Cabezagorda, que por ser de roble dura-
ría más. También esta obra fué llevada por el río a 26 de Diciem-
bre de 1626.
No mucho después se construyó la calzada que conduce a la
puerta de Santiago, al medio de la cual había una fuente que se
ha perdido. También ha desaparecido en nuestros días la inscrip-
ción que había en el muro que mira al puente, con las armas rea-
les, las de la ciudad y las del corregidor, la cual ya copió Caba-
nas, y decía: «La Ciudad de Ciudad Rodrigo mandó hacer esta
500.000 maravedises, y si se deja, 7.000 ducados, y como la Ciudad no tie-
ne dineros, es necesario pedirles prestados. Pedro Pacheco ofrece en el ac-
to 100.000 maravedises. Se manda venir a Miguel López, maestro de obras
de agua, se nombran veedores de la obra etc.
(1) A 9 de este urnas se habla de la gran necesidad que hay de pan por
la mucha a-plubia y la lleva de la puente.»
(2) Era un tributo, que cobraba la Ciudad, en virtud de ejecutorias an-
tiquísimas, de una fanega de cebada y oclhq celemines de trigo a todos los
yunteros de su tierra-; es decir, a todos los labradores que sembraban y co-
gían pan poco o mucho. Solía importar haista un cuento de maravedises, y
;
debía emplearse en obras de utilidad común.• Precisamente el asunto de que
se habla en el texto originó un largo pleito entre la Ciudad y los Sexmeros,
que terminó con una Concordia impuesta por Felipe II. (Véase el libro de]
Ayuntamiento, titulado Yunterías),
54 Mateo H e r n á n d e z Vegas
plaza y la calzada que sale de ella para la puerta de Santiago,
siendo Corregidor don Rodrigo Bazán. Acabóse a 14 de Octubre
del año de nuestro Redentor Jesucristo de 1590.»
Antes, en ti-empo del alcaide Diego del Águila, se había hecho la
calzada que va a la alameda de arriba, con los materiales de uno
de los dos torreones de argamasa y guijarro, que para su defensa
tenía primitivamente el puente.
Abastecimiento de aguas. Preocupación constante del Ayunta-
miento en este siglo fué el arreglo de la fuente de Caro-Cuesta o
Cara-Cuesta y la reparación del derruido acueducto romano para
abastecer de agua a la ciudad. De ello se trataba ya en Julio de
1547, en que se dispone que el maestre de la fuente, Juan Gonzá-
lez, vea la obra que es necesario hacer. En Abril de 1548 se comi-
siona a Pedro Pacheco para que haga provisionalmente la puente
de Valdenovillo, de que hemos hablado en otra ocasión, la cual
estaba terminada en 20 de Diciembre, pues en ese día la abadesa
y convento de Santa Clara piden que, «pues ya está acabada la
puente por donde viene el agua de cara-cuesta, se cumpla el con-
cierto hecho por el Consistorio y el convento en 21 de Febrero de
1545, de dar al convento un cañito de agua, pues padecen gran es-
tiridad y han gastado muchos dineros en hacer el encañado» (1).
En 1549, el Consistorio mandó que los aguadores vendieran la
carga a dos maravedises, sopeña de cien azotes. '
Ya hemos visto que después el puente del agua se hizo de can-
tería.
Por no cansar a los lectores, nos limitaremos a citar otras
obras importantes: Se plantaron las dos alamedas, se hizo el Pos-
tigo de San Pelayo, los dos puentes del Carazo (de Pedrotoro y de
la Caridad), la casa del tinte, las Carnicerías (2), la Alhóndiga, la
a
(i) E l Consistorio accede con estas condiciones: i . Que el caño sea
grueso, de una blanca ; 2..* Que el asiento y reparación de él sea a costa del
a
convento y a vista y voluntad del Consistorio ; 3. Que den fianzas legas
llanas y abonadas, y que, muerto un fiador, se nombre en seguida otro ; y
a
4. Que el agua sea prestada, de manera que el Consistorio pueda quitarla
cuando haya e¡scasez etc.
)
En parecidas condiciones se d:ó más tarde a Santo Domingo San Fran-
cisco, Santa Cruz, etc.
(2) Abriendo les cimientos para las Carnicerías (enajenadas en nuestro
tiempo para construir una casa particular), se hallaron los trozas de las co-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 55
cárcel, el reloj, la casa del Peso, la de los Niños de la Doctrina (1)
en San Vicente, la puerta de Santa María, de la muralla (Ama-
yuelas), se restauró la fuente de los Caños, en la calle de su nom-
bre, en el arrabal, y el arco de la puerta del Sol, y ayudó esplén-
didamente el Ayuntamiento para la gran custodia de la Catedral,
a la restauración de la iglesia de Santa Águeda, a la fundación
del convento de Cerralbo y a la traslación a esta ciudad de los
de la Trinidad y de las monjas de Sancti-Spíritus de Valdárrago.
También se hicieron pruebas para poner batanes en San Mi-
guel.
luinnas, armas de la ciudad, con su inscripción, que interpretó el maestro
Silva, y el Ayuntamiento las mandó poner junto al Consistorio el año 1557.
Derribadas para restaurar la Casa Consistorial, fueron colocadas hace pocos
años donde hoy están.
•(i) Fué fundación del niirobrigense don Francisco Oso rio, Limosnero
mayor de Carlos V y Felipe II. A 17 de Mayo de 1566, Pedro Barba Osorio,
sobrino y testamentario de don Francisco, presenta al Ayuntamiento la cláu-
sula del testamento, por la cual destina ó[Link] maravedises de juro sobre las
alcabalas de Salamanca, .más los 10.000 de intereses desde la muerte de don
Francisco, parca esta fundación. Después de varias tentativas para elegir si-
tio, el obispo ofreció al Ayuntamiento la casa, de la iglesia de San Vicente
que fué aceptada. Después ee estableció en ella la congregación de Nuestra
Señora de los Esclavos. Dada la índole de esta fundación, al crearse el Semi-
1
nario en el siglo X V I I I , le fueron adjudicadas sus rentas , juntamente con
la casa, que es al presente Casa social católica.
•
CAPITULO V
Prelados insignes del siglo XVI.—El cardenal Tavera: funda-
ción del convento de Santa Cruz.—Don Pedro Pacheco: su ac-
tuación en el Concilio de Trento.—Don Pedro Ponce de León:
traslación de los Trinitarios a la ciudad
A don Diego de Peralta, último prelado de que hicimos men-
ción, sucedieron: don Valeriano Ordóñez de Villaquirán, natural
de Zamora, que dio a los franciscanos, en 1502, la ermita de San-
ta Marina en Sobradillo, para fundar un convento; don Fran-
cisco de Bovadilla, que en 1510 autorizó a don Pedro Láza-
ro, cura de Robledillo y beneficiado de la ermita de Santa María,
en Alameda, para renunciar este último beneficio y cederlo perpe-
tuamente al convento de la Caridad, que tomó posesión de él en
el mismo año. A éstos siguió el franciscano Fr. Francisco Ruiz,
que dio a Ciudad Rodrigo la gloria de contar entre sus prelados
a uno de los cuatro primeros misioneros que predicaron el Evan-
gelio en el Nuevo Mundo. Era confesor del cardenal Císneros, y
había sido su secretario cuando éste fué provincial de Castilla.
Enviado por el cardenal a América con otros tres misioneros de
su Orden, en la segunda expedición de Cristóbal Colón, enfermó
en la Isla española, viéndose obligado a regresar a España con
una misión para el cardenal-gobernador. En 1511 fué nombrado
obispo de Ciudad Rodrigo, y en 1514 trasladado a Avila.
Donjuán Tavera. Fundación del convento de Santa Cruz. A
Fr. Francisco Ruiz sucedió don Juan Tavera, uno de los prelados
más insignes que ha tenido la Iglesia en España. Era hijo de una
hermana de Fr. Diego de Deza. Tomó posesión de este Obispado
en Octubre de 1514, y, siendo obispo de Ciudad Rodrigo, desem-
peñó, a la vez, la presidencia de la Cnancillería de Valladolid. Fué
después obispo de Osma, arzobispo de Santiago, presidente de
Castilla, cardenal, inquisidor general y arzobispo de Toledo. Don
Juan Tavera cedió al convento de la Caridad la parroquia de Ro-
58 Mateo H e r n á n d e z Vegas
bledillo, en 1516, expidiéndose la Bula de anexión por el Papa
León X en el mismo año. Por esto los premostratenses fueron en
adelante curas de esta parroquia, lo que ocasionó graves distur-
bios con el pueblo y con los prelados.
Sin embargo, el suceso más importante de su pontificado fué
la fundación del convento de Santa Cruz, de religiosas agustinas-
La iglesia de Santa Cruz, situada extramuros a la salida del
postigo de San Vicente, que después se llamó de Santa Cruz, ha-
bía 'sido antiguamente parroquial; perteneció después a los claus-
trales que tenían su convento en Palomar y a la sazón era de la
Catedral. Puestos, pues, de acuerdo el obispo y el Cabildo, la ce-
dieron en 1517 a doña Beatriz Pacheco, nobilísima dama mirobri-
gense, para esta fundación.
Era doña Beatriz hija de don Juan Pacheco, quinto señor de
Cerralbo, y de doña Catalina Maldonado, de noble familia de Sa-
lamanca. Educada con todo el esmero que a su rango correspon-
día, bien pronto se extendió por la ciudad y fuera de ella la fama
de su talento, de sus virtudes y de su hermosura, ya que la de sus
riquezas era sobradamente conocida en toda España; pero de un
modo especial la hacían el ídolo, aun de las clases más humildes
de la ciudad, icosa rara en la nobleza de aquel tiempo!, su senci-
llez, su afable trato y su caridad inagotable. Por otra parte, su
recogimiento era tal, que bien comprendían todos que su única as-
piración era encerrarse en el claustro para servir a Dios libremen-
te, lo cual no era muy fácil en aquella época de exagerada autori-
dad en los padres y de desmedido afán de sumar a la propia no-
bleza nuevos timbres por medio de ventajosos enlaces. Tal acon-
teció a doña Beatriz, quien, de la noche a la mañana, se halló
desposada, y después de seis meses de reverente resistencia, casa-
da y velada con un caballero noble y rico de nuestra ciudad (1).
La Providencia, sin embargo, se encargó de romper estos lazos,
y antes de un año de su casamiento, doña Beatriz era viuda.
Desde entonces ya no pensó más que en desembarazarse de
sus inmensas riquezas y acogerse al puerto seguro de la vida reli-
(i) Cabanas dice que éste caballero' ©e llamó don Juan de Almaxaz a
quien considera co-fundador del convento de Santa Cruz, y que no tuvie-
ron sucesión ; según otros documentos, se llamó don Fernando López de Ba-
raona, y tuvieron a don Iñigo, que fué caballero de la Orden de Alcántara.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 59
giosa. Pidió y obtuvo, como dijimos, la iglesia de Santa Cruz, y
sin pérdida de tiempo, empezó la construcción de un suntuoso
convento en forma de cruz, y dispuesto de manera que la nueva
iglesia ocupase el sitio de la antigua (1). El resto de su hacienda,
lo empleó en dotar convenientemente el convento. A los seis me-
ses de su viudedad estaba totalmente acabado, determinadas las
bases de vida religiosa, conforme a la regla de San Agustín, y de
vida económica para asegurar su subsistencia, y señalado el día
para la dedicación del templo.
Solemnísima fué la fiesta de aquel día. Reunidas en la Catedral
las nuevas religiosas, presididas por su fundadora, se organizó la
procesión al convento. Iban el obispo, acompañado del Cabildo y
Clero de la ciudad, las religiosas, y en medio de ellas doña Beatriz,
que no podía reprimir lágrimas de gozo y ternura; luego toda la
nobleza de Ciudad Rodrigo, entre gozosa y triste, por el extraño su-
ceso, y por último, todo el pueblo, que profesaba a doña Beatriz
entrañable afecto.
En el acto quedaron instaladas las religiosas en la nueva casa,
todas contentísimas, y más que todas, la ilustre fundadora. Seis
meses estuvo doña Beatriz de novicia, al cabo de los cuales, veni-
do el Breve de Roma, hizo la profesión, siendo nombrada priora
en el acto mismo, de manera que en poco más de dos años fué,
como observa un biógrafo, doncella, desposada, casada, viuda,
novicia, profesa y priora.
Su vida fué siempre, como era de esperar, ejemplarísima. Sin
embargo, murió de muerte violenta, pues fué envenenada por una
esclava suya, a quien había prometido la libertad en su testamen-
to. Murió el 3 de Junio de 1572.
En este convento se educaron durante muchos siglos las jóve-
nes de la nobleza mirobrigense; en él figuran muchas y muy no-
bles religiosas naturales de nuestra ciudad; y de él salieron las
fundadoras de otros conventos muy principales, como el de las
Descalzas Mercenarias de Madrid.
(i) Por una feliz coincidencia se conserva el plano del desaparecido con-
vento. Don Ángel de Castellanos y Estrada, uno de los oficiales que se ha-
llaron en la defensa' del convento en la memorable noche del 23, de Junio
de 1810, escribió en verso los principales hechos de la heroica defensa, acom-
pañándolos con el plano del edificio. E l libro no se ha publicado, pero de él y
del plano poseemos una copia exacta.
60 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Por fin, corrió la suerte de otros conventos de Ciudad Rodrigo,
pues de él apenas quedan visibles los cimientos en el glasis y en
las fincas próximas. Incendiado por los franceses en la noche del
23 de Junio, y totalmente arruinado después, ya no fué posible re-
pararlo, y las monjas tuvieron que acogerse al convento de Agus-
tinas Recoletas de Sanfelices de los Gallegos, cumpliéndose así la
predicción que se dice había hecho «la Madre Trinidad», religiosa
de aquel convento.
A don Juan Tavera sucedió don Pedro Portocarrero, trasladado
a Granada en 1525 (1), y a éste, don Gonzalo Maldonado, natural
de Ciudad Rodrigo, colegial del Mayor de San Bartolomé de Sa-
lamanca, embajador en varias cortes del emperador Carlos V,
quien, además, le nombró procurador general de la armada en su
viaje para coronarse emperador. A su regreso a España, premió
los grandes servicios de don Gonzalo, nombrándole ministro to-
gado del Consejo de Indias, y en 1525, obispo de Ciudad Rodrigo.
Se dice que a su consagración asistió su madre, que tenía 116
años. Nombrado después arzobispo de Tarragona, no llegó a to-
mar posesión, pues falleció en nuestra ciudad a 29 de Junio de
1530, según la inscripción de su sepultura, hoy oculta, junto a la
escalera del pulpito de la Epístola. En el último año de su ponti-
ficado tuvo lugar, según hemos referido, la traslación de los agus-
tinos a la ciudad.
Siguióle el gran prelado don Pedro Fernández Manrique, hijo
de los marqueses de Aguílar, don Luis Manrique Fernández y
doña Ana de Pimentel, que siendo después arzobispo de Sevilla,
cardenal e inquisidor general, desempeñó arduas comisiones en-
cargadas por el Papa y el emperador. Ya hemos visto que contri-
buyó espléndidamente a la erección de la capilla mayor. Sucedió-
le don Pedro Pacheco, que merece atención especial por nues-
tra parte.
Don Pedro Pacheco. Su brillante actuación en el Concilio de
Trento. Don Pedro Pacheco no nació en Ciudad Rodrigo, como
podía sospecharse por su apellido, ni era de la casa de Cerralbo,
(i) De don 'Pedro Portocarrero hay en las actas un contrato original,
con su firma, la de Alexandre de Canova y la de dos canónigos, que contie-
ne el concierto con Alejandro de Cánovas, vecino de Salamanca, para impri-
mir 500 breviarios a nueve reales uno (2 de Junio de 1525.)
)
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 61
1
sino de la de Escajona; pero, al fin, de aquí descendía, y la Provi-
dencia le trajo a Ciudad Rodrigo a gobernar, como obispo, el so-
lar de sus mayores. Nació en el último año del siglo XV o prime-
ro del XVI. Era hijo de don Alfonso Téllez Girón, segundo señor
de la Puebla de Montalván, que era hijo de don Juan Pacheco Gi-
rón, primer duque de Escalona, hijo de doña María Pacheco, hija
de Juan Fernández Pacheco, hijo de Diego López Pacheco, tan co-
nocido y tantas veces citado en la historia de Ciudad Rodrigo. Es
decir, que era don Pedro cuarto nieto de aquel Diego López Pa-
checo, que se avecindó en Ciudad Rodrigo, después de haber dado
muerte a doña Inés de Castro en Portugal, y fué tronco común de
las nobilísimas casas de Cerralbo y de Villena y Escalona.
Después de hacer sus estudios en Salamanca, de cuya Univer-
sidad fué más adelante benemérito reformador, fué nombrado ca-
nónigo y luego deán de Santiago, y poco después, a los treinta
años de edad, obispo de Mondoñedo.
Dicen sus biógrafos (aunque de ello nada se trasluce en las ac-
tas capitulares) que por aquel tiempo no vivían en la mayor armo-
nía el obispo y el Cabildo de Ciudad Rodrigo. No debían ser de
muy poca monta las diferencias ni ventilarse con mucha cautela,
cuando llegaron a noticia del emperador, que se vio obligado a
trasladar al obispo, buscando para Ciudad Rodrigo un hombre de
probada prudencia y energía. A pesar de sus pocos años, ninguno
pareció tan apropósito como el obispo Pacheco, y en verdad, no
defraudó la confianza del emperador. No entra en nuestro plan se-
guir paso a paso su vida apostólica en Ciudad Rodrigo, que, por
otra parte, escriben con gran extensión todas las biografías ecle-
siásticas; sólo sí notaremos, en cuanto a sus relaciones con el Ca-
bildo, que era el punto dificultoso, que éstas debieron ser muy
cordiales, pues habiendo acordado el Cabildo en 10 de Diciembre
de 1526, que no se pusieran en las naves del claustro que se esta-
ban haciendo, más armas que las del obispo Portocarrero y las de
la iglesia, lo cierto es que el único escudo que se colocó en ellas,
fué el del obispo don Pedro Pacheco.
Sin embargo, la página más brillante de su historia es la que
escribió en el Concilio de Trento. Tan alto concepto tenía de él, el
emperador, que entre tantos obispos y teólogos españoles como
asistieron a la célebre asamblea, a Pacheco encargó de llevar la
voz de España, mandando que todos le consideraran como om~
62 Mateo H e r n á n d e z Vegas
nium corypheum et antesignanum, según expresión de Alfonso de
Castro.
a a a a a
Asistió a las sesiones 3. , 4. , 5. , 6. y 7. Ya en la primera
apertura, cuando se trató de diferir y aun de suspender o trasladar
el Concilio, por su proximidad a Alemania, el cardenal Pacheco,
por dos votos de mayoría, y contra el parecer del cardenal del
Monte, después Papa, con el nombre de Julio III, que sostenía la
prórroga indefinida, consiguió que se fijara fecha para la sesión
siguiente.
Pero sobre todo, a él cabe la gloria de que a instancias suyas
se redactase el famoso decreto que, al hablar de la propagación
del pecado original, excluía expresamente a la Santísima Virgen,
preparando así el camino para la definición dogmática de la In-
maculada Concepción, a mediados del siglo XIX.
Tanto empeño puso y tan decisiva fué su influencia en este
punto, que un prelado, a la sazón ausente, cuando supo la forma
en que se había redactado el decreto, pronunció despechado aque-
llas palabras que se han hecho célebres: In hoc decreto Concilium
pachequizcuit. En este decreto el Concilio Pachequizó. Este bar-
barísmo fué el mayor elogio que se pudo hacer del prestigio y au-
toridad del Cardenal don Pedro Pacheco, entre los padres de la
más sabia asamblea, que ha habido en el mundo.
Alfonso de Castro, que había dedicado las dos primeras edicio-
nes de su monumental obra Adversus haereses y De justa haere-
ticorum punitione, a otro Cardenal, también antes obispo de Ciu-
dad Rodrigo, don Juan Tavera, dedicó la tercera a nuestro don
Pedro Pacheco, porque no hallaba en España, dice, quien le igua-
lara en ciencia, en prudencia, en nobleza y en santidad de vida.
De Ciudad Rodrigo, después de breve, pero fecundo pontifica-
do, fué trasladado don Pedro Pacheco sucesivamente a Pamplona,
Jaén, Sigüenza y Burgos, cuya Silla había de elevar algunos años
más tarde a metropolitana otro cardenal, hijo ilustre de Ciudad
Rodrigo.
Don Pedro fué también virrey de Ñapóles e inquisidor general
en Roma, donde murió año de 1560.
Sucedió don Antonio Ramírez de Haro. A 12 de Diciembre de
1539, el bachiller Miguel Gómez presenta en el Cabildo poder para
la posesión y propone que, estando para venir el nuevo obispo, se
siga la costumbre de que los prebendados, capellanes, etc., hospe-
Ciudad R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 63
den a sus familiares. E l Cabildo protesta de que tal costumbre
haya existido; y si alguno lo ha hecho o hace, es graciosamente,
y no de otra manera.
En su tiempo comenzó la obra de la capilla mayor. A 14 de
Septiembre de 1541, declara el Cabildo la vacante, por comunicar
don Antonio Ramírez de Haro haber sido trasladado a Calahorra.
Don Francisco de Navarra. Aunque de este obispo no hacen
mención algunos episcopologios, es indudable su pontificado,
pues a 4 de Abril de 1544, dicen las actas: «Jura a las puertas de
la iglesia el obispo don Francisco de Navarra», citándose como
testigo, entre otros señores del pueblo, a Feliciano de Silva. A 10
de Abril del año siguiente, preside el Cabildo el obispo don Fran-
cisco de Navarra. En 24 de Septiembre de 1546 mandó el Cabildo
hacer la capilla mayor de la iglesia de Sancti-Spíritus y la iglesia
de Bocacara. Fué promovido a Badajoz y después a Valencia.
. T Don Juan de Aceves. La primera noticia de este prelado es de
Septiembre de 1546, en que Juan de Villodas presenta al Cabildo
el nombramiento de provisor y vicario, firmado en Burgos por el
obispo don Juan de Aceves. En su tiempo se nombraron curas
por el Cabildo, para Bocacara y Gavilán. Falleció el 31 de Julio
de 1549, aceptando el Cabildo el mismo día la manda que hizo
para ser enterrado en la capilla mayor, junto a la sepultura de don
Gonzalo Maldonado, y por no estar acabada, se le enterró provi-
sionalmente en la de San Juan. A 9 de Agosto, Luis Martínez, tes-
tamentario del obispo, manifiesta al Concejo que están a su dis-
posición mil fanegas de trigo que el difunto obispo había dejado
a la ciudad para pobres. E l Concejo nombra regidores que lo re-
ciban, pero que no sea añejo (1).
Don Pedro Ponce de León. Traslación de los trinitarios a la
ciudad. Es uno de los prelados que más han honrado la diócesis
de Ciudad Rodrigo. Era natural de Córdoba e hijo de los marque-
ses de Priego. Hizo sus estudios en Salamanca, terminados los
cuales obtuvo seguidamente una plaza en la suprema Inquisición.
(i) Actas municip.—También al Hospital dejó 200 fanegas de trigo,
que hubo dificultades para cobrar, porque «el colector del Papa tenía embar-
gados todos los bienes del obispo, porque no tenía licencia del Papa para
testar.» A l fin, se cobraron en Lumbrales. A la Catedral legó una gran can-
tidad en dinero.
64 Mateo H e r n á n d e z Vegas
A 13 de Agosto de 1550, el doctor don Antonio Nieto, de la dióce-
sis de Palencia, presentaba al Cabildo, juntamente con su nom-
bramiento de provisor, la Bula de nombramiento de obispo a fa-
vor de don Pedro Ponce de León, y la provisión real, firmada por
el rey y la reina de Bohemia. Hizo su entrada solemne y juramen-
to el 30 de Noviembre. En la primavera de 1552, ya estaba en
Trento, pues allí firma la carta de provisión de una media ración
en esta Catedral, a favor de su provisor don Antonio Nieto, que
toma posesión el 17 de Mayo. En Trento, fué uno de los prelados
que protestaron contra la segunda suspensión del Concilio.
En Julio de 1553 estaba en la ciudad, y a él recurre el Cabildo,
consultando sobre un asunto enojosísimo: Había venido a Ciudad
Rodrigo un juez pesquisidor que había puesto presos al canónigo
Perálvarez Pacheco y al racionero Porras por cierto delito en que
parecía no tener culpa (1). Consulta, pues, el Cabildo a su señoría,
que al presente estaba en la ciudad, si sería conveniente enviar a
suplicar a Su Alteza y a su Real Consejo por el agravio que se
hace al obispo y a la inmunidad de la Iglesia- E l parecer del obis-
po es que vayan dos señores a querellarse.
A 14 de Agosto del mismo año se da licencia al provisor, doc-
tor Antonio Nieto, para acompañar al obispo en la visita del obis-
pado, «con tal que el señor provisor procure que las iglesias que
tienen dinero lo presten a la Catedral», que había qnedado agota-
da con la obra de la capilla.
Durante su pontificado, año 1554, se establecieron en la ciudad
los religiosos trinitarios, que desde muy antiguo tenían su con-
vento en el pueblo de Barquilla, de este obispado. Con la protesta
del Cabildo y de los franciscanos por su proximidad a la Catedral
y a San Francisco, fundaron en la iglesia de San Silvestre, situada
cerca de los muros, entre la puerta nueva (Amayuelas) y la del
Rey, en el sitio llamado San Albín, por estar junto a la iglesia de
este título. La malquerencia llegó hasta el punto de que en No-
viembre de 1561 el Cabildo acordaba prohibir a los trinitarios que
(i) Era muy común •en aquel tiempo que estuvieran presos algunos ca-
nónigos. (Poco antes de ©Sitos sucesos estaba preso en la Corte el chantre
don Diego de Baeza, a quien «un ejecutor, con vara, llevó preso a la Cnan-
cillería sin culpa», y poco después lo estaba en Ciudad Rodrigo el canóni-
go Miguel de Gata, también «sin culpa».
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y La C i u d a d 65
predicasen en la Catedral. En Abril de 1567 estaban instalados
aquí, pues el Cabildo nombraba comisión para escribir al provin-
cial de los trinitarios y al Capítulo general que se celebraba en Ta-
layera, «cerca del mudarse a el monesterio nuevo de Sanctalvin,
para que se vuelvan a su casa.» En último término, si esto no po-
día ser, pedía el Cabildo que «enviasen predicador que sea tal
para el pulpito de esta iglesia.»
También el Ayuntamiento, que en 1566 había dado 50 pinos
para la obra del convento de San Albín, poco después daba comi-
sión al marqués de Cerralbo y a don Félix Nieto, para hablar al
provincial de la Trinidad y significarle «la voluntad que la ciudad
tiene a su venida... pero que el sitio de San Albín no es conve-
niente porque es en perjuicio de la Catedral y San Francisco, y
que la ciudad querrá más sea su venida a otra parte.» Y a 19 de
Abril de 1567 acordaba escribir al Capítulo provincial que el mo-
nasterio de la Trinidad se pase a su sitio (a Barquilla) o a otra
parte cómoda, por estar tan junto a la iglesia mayor y al monas-
terio de San Francisco «e metido en parte donde no está có-
modo.»
Por estas razones y por no poder dar al convento la amplitud
necesaria, porque el sitio era vinculado y no podían enajenarlo
sus poseedores, al fin los trinitarios se trasladaron al sitio que
por ellos se llamó después la Trinidad vieja, camino de la Cruz
Tejada, donde en nuestro tiempo se ha levantado el convento de
religiosas carmelitas.
Tampoco allí estuvieron mucho tiempo, terminando por edi-
ficar un buen convento en lo que es hoy ferial de caballe-
rías.
Por estar tan próximo a las murallas, dispuso Herrasti, víspe-
ras del sitio, que fuera demolido, construyendo con sus materia-
les el inmediato rebellín de San Andrés, a la salida de la Puerta
del Sol.
Entre otros hombres ilustres que tuvo el convento de la
Trinidad de Ciudad Rodrigo, ocupa el primer lugar San Simón
de Rojas.
Por no alargar demasiado este capítulo omitimos las gravísi-
mas discordias y ruidoso pleito, que el obispo Ponce de León tuvo
con los premonstratenses de la Caridad sobre la provisión del cu-
rato de Robledillo y la visita de la parroquia de San Blas, sita en
66 Mateo H e r n á n d e z Vegas
el monasterio (1). Quizá fueron la causa del traslado del obispo a
Plasencia, en 1559.
MONASTERIO DE LA CARIDAD
(I) E l Becerro de la Caridad trata de las das cuestiones con
todia extensión.
CAPITULO VI
Don Diego de Covarrubias.—Don Diego de Simancas: Trasla-
ción de las monjas de Valdárrago a la ciudad.—Don Bernar-
do de Sandoval y Rojas.—Don Pedro Maldonado.—Don Mar-
tín de Salvatierra.—Primer Sínodo Civitatcnse.
Fundación de las Descalzas.
Aquí menciona Menéndez Pelayo (1) un obispo de Ciudad Ro-
drigo, el maestro don Pedro de la Galla, a quien llama domeñador
de los feroces conquistadores del Perú, y dice que asistió al auto
de fe celebrado en Valladolid en 21 de Mayo de 1559. Ni el más
leve vestigio se halla de este prelado en los documentos de aquel
tiempo, ni es fácil darle cabida en el episcopologio, pues traslada-
do don Pedro Ponce en 1559, a mediados de 1560 ya figura como
obispo don Diego de Covarrubias. Seguramente sería electo, y,
por razones, que ignoramos, no llegaría a tomar posesión, y me-
nos a residir.
Don Diego de Covarrubias y Leiva. No solamente es el prela-
do más insigne que ha tenido la diócesis civitatense, sino una de
las glorias más ilustres del episcopado español y de la Iglesia
universal. Natural de Toledo, hizo sus estudios en el mayor de
Oviedo de Salamanca, granjeando, desde luego, tal fama de sabio,
que, apenas terminados, fué nombrado catedrático de la Univer-
sidad y, seguidamente, oidor de la Cnancillería de Granada y
obispo de Ciudad Rodrigo.
Residiendo ya en nuestra ciudad fué nombrado por Felipe II
visitador y reformador de la Universidad de Salamanca, redactan-
do, como tal, el nuevo plan de estudios, causa principal de la fama
que la Universidad salmantina alcanzó entonces en España y en
todo el mundo civilizado.
Asistió al Concilio de Trento nuevamente convocado por
(i) Heterodoxos.
68 Mateo Hernández Vegas
Pío IV, en el cual se distinguió tanto por su ciencia, que los Pa-
dres le encomendaron, juntamente con don Antonio Agustín, la re-
dacción del decreto final de observantia Concilii. Entre las firmas
de los Padres del Concilio se lee con el natural orgullo: Didacus
Covarrubias, civitatensis. En 1564 fué promovido a Segovia, en
1572 nombrado presidente del Consejo de Castilla, y en 1577 para
el obispado de Cuenca, del cual no llegó a tomar posesión, por fa-
llecer en Madrid a 27 de Septiembre.
En las actas capitulares consta que aún no había venido a
Ciudad Rodrigo a mediados de 1560, y ya el Cabildo le había con-
sultado un asunto grave y enojoso que traía entre manos: La cues-
tión de la predicación de los religiosos en la Catedral, que a dia-
rio ocasionaba conflictos al Cabildo y discordias entre los cinco
conventos, que aspiraban a ese honor. A 2 de Agosto acuerda el
Cabildo escribir al obispo «que tiene por bien la orden que há
dado con los frailes y monasterios de esta ciudad, con tal que el
canónigo de la Magistral (era ya el doctor Palacios), entre en ta-
bla con los maestros.» A fines de dicho año, estando ya en la ciu-
dad, arregló otras cuestiones no menos importantes, como fijar
los derechos y obligaciones de las tres canonjías de oficios que
existían entonces, establecer el régimen económico de la Catedral,
dar normas para los gastos de fábrica, etc. Capítulos que presen-
tó escritos de su propia mano y firmó el Cabildo a 16 de Di-
ciembre.
A 4 de Agosto de 1561, estando ausente, mandó otros capítu-
los sobre asuntos, que no se especifican. A 6 de Febrero de 1562
asiste al Cabildo para despedirse y ofrecerse, pues marchaba a
Trento. Estando ya en Segovia regaló a la Catedral un dosel. Sus
cargos y ocupaciones no le impidieron escribir multitud de obras
que le merecieron el título de el mayor jurisconsulto de su tiempo.
Don Diego de Simancas. Traslación a la ciudad de las monjas
de Valdárrago. Don Diego de Simancas, sucesor de Covarrubias,
fué también prelado de gran erudición, como lo demuestran sus
obras Instrucciones católicas, De primogenitis Hispaniae y De re-
pública. Fué nombrado obispo de Ciudad Rodrigo a principios de
1565, pues a 22 de Marzo acuerda el Ayuntamiento darle el para-
bién del Obispado (1), y a 10 de Mayo de 1566 había llegado a la
¡i) En la Catedral no hay actas de estos años.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la Ciudad 69
ciudad, pues el mismo Ayuntamiento manda «que se visite al obis-
po de parte de la ciudad, y se le dé el para bien venido.» Durante
estos años se celebró en Salamanca el Concilio provincial del Ar-
zobispado de Santiago, para la admisión y ejecución del Concilio
de Trento, para el cual dio poder nuestro Concejo al procurador
general y al doctor Moya, mandando después también al regidor
don Juan Pacheco. Asistió a este Concilio nuestro don Diego de
Simancas, y al regresar a Ciudad Rodrigo, pensó en tener también
aquí sínodo diocesano. Así se deduce de las actas municipales que
a 3 de Julio de 1566, dicen: «Como en esta ciudad se trata de te-
ner sínodo, al cual conviene que asista la ciudad y tierra, como
otras veces (1), y por parte del obispo pudiera haber inconvenien-
te, conviene hacer averiguaciones sobre lo que se acostumbra en
otras ciudades y acudir con ello al Consejo de S. M.» etc. Desde
1566 ya hay actas del Cabildo, y en ellas se habla también del pró-
ximo sínodo diocesano; pero lo cierto es que por entonces no llegó
a celebrarse.
Don Diego de Simancas asiste varias veces a presidir los Ca-
bildos, y a 23 de Enero de 1567, habiendo nombrado días antes
provisor y vicario general al palentino Lie. Luis Picado, «asiste el
obispo, quien se despide del Cabildo para Roma, por mandado del
Rey don Felipe sobre el negocio del Arzobispo de Toledo.»
Había sido acusado el arzobispo, Fray Bartolomé Carranza,
de verter proposiciones heréticas, y cabe a nuestra ciudad la glo-
ria de haber sido elegidos para formar parte del tribunal, que de-
bía examinar la causa en Roma, el obispo de Ciudad Rodrigo y
el cardenal Pacheco, arzobispo de Burgos, hijo de Ciudad Rodri-
go. Estando en Roma, les escribió varias veces el Cabildo, reco-
mendándoles asuntos graves, como la cuestión del Breve de in-
gressu chori, intimado por aquellos días, por el cual se prohibía
a los Comendadores y caballeros de título asistir a los oficios en
el coro y tener en él sitiales, estrados, alfombras, etc., lo que era
en perjuicio y contra las costumbres de esta Catedral. Además, en
aquellos mismos días, obedeciendo órdenes del arzobispo de Se-
villa, Inquisidor general, se había dado posesión de la canonjía
vacante por muerte de Cristóbal de Lugones, al Santo Oficio de
(i) N O consta que antes se hubiera celebrado aquí sínodo diocesano.
70 Mateo H e r n á n d e z V e g a s
Valladolid (1), que exigía también el préstamo de Bodón, a lo cual
se oponía el Cabildo, por no estar a la sazón vacante.
Por último, se ventilaba entonces con gran calor la famosa
cuestión de las medias anatas, quindenios, etc. Para todo ello
acudía con frecuencia el Cabildo «al cardenal Pacheco y al obispo
de esta ciudad, estantes en Roma.»
Don Diego de Simancas fué promovido a Zamora y de allí a
Badajoz, siendo después enviado por Felipe II de virrey a Ñapóles.
A 6 de Octubre de 1568, escribía el Cabildo al obispo nuevo
elegido para Ciudad Rodrigo.
Traslación de las monjas de Valdárrago. Durante el pontifica-
do de don Diego de Simancas, y para cumplir las disposiciones
del Concilio de Trento, fueron trasladadas a esta ciudad las reli-
giosas terceras de San Francisco, del convento de Sancti Spíritus
de Valdárrago. En otro lugar hemos apuntado el origen de este
convento, que estaba situado en término de Descargamaría, a la
derecha de la bajada del puerto antiguo, cerca del sitio que aque-
llos pueblos llaman por donaire, a causa de su extraordinaria pro-
fundidad, la Media Fanega. El canónigo-cardenal enviado por San
Francisco para fundar el convento de Nuestra Señora de los An-
geles equivocó el sitio, y, creyendo que éste era el designado por
el santo, empezó por edificar en él una humilde casita, en donde
se entregó a tales penitencias, que pronto la fama de su santidad
voló por los pueblos vecinos, principalmente Descargamaría y
Robledillo, acudiendo varias devotas mujeres a oir sus consejos
y ponerse bajo su dirección espiritual.
Muy pronto fué necesario aumentar el número de casas, o más
bien chozas, para guarecerse de la intemperie, en aquel sitio muy
extremada.
Convencido después el santo penitente por una conversación
que oyó a dos cabreros, que no era aquel el sitio de Meancera,
elegido por San Francisco, sino que estaba al otro lado de la sie-
ra de enfrente, abandonó la pobre casa construida por sus pro-
pias manos y se trasladó al fragoso lugar donde dio principio al
famoso convento de los Angeles.
Sin embargo, aquellas piadosas mujeres no quisieron ya aban-
donar la vida común y creciendo cada día en número y en virtu-
(i) Más tarde este canonjía la poseyó la inquisición de Llerena.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 71
des religiosas, obtuvieron, andando el tiempo, el necesario rescrip-
to pontificio para vivir bajo la regla de San Francisco, convirtién-
dose aquellas pobres chozas en el convento de Sancti-Spíritus de
Valdárrago (nombre que llevan los pueblos situados a orillas del
Arrago). Este convento, con los demás de San Francisco, fué
siempre, sin duda por su pobreza, objeto de especial predilección
por parte del Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, hallándose con
mucha frecuencia acuerdos como éste: «10 de Marzo de 1458-Es-
tando dentro en la craustra de Sant Juan se acuerda dar en ali-
mosna doscientos maravedises para pescado esta cuaresma a las
freylas de Sant espus de Valdárrago.» etc. A veces la alimosna era
tan graciosa como esta: 9 de noviembre de 1459: «Se dá licencia a
las freylas de Valdárrago para que cuando vinieren por sus per-
sonas a la ciudad puedan traer para su beuer fasta un cántaro o
cántaro y medio de vino cada una.» Cuando el Concilio de Trento
mandó que los conventos de monjas se trasladasen a los pobla-
dos, en Ciudad Rodrigo el primero que exigió el traslado de estas
religiosas a la ciudad fué el Ayuntamiento. Aún no había venido
a residir el obispo don Diego de Simancas, y ya el Ayuntamiento
le escribía «para que haga venir a esta ciudad, conforme a lo acor-
dado, el monasterio de Sancti-Spíritus de Valdárrago.»
Para fundar en la ciudad, les cedió sus propias casas Francis-
co Vázquez, llamado el Rico, o el Indiano. Estaban estas casas a
la derecha, saliendo por el postigo de San Pelayo, en el mismo si-
tio donde había estado la antigua iglesia parroquial de San Pela-
yo, que dio nombre a esta puerta, que después, por la proximidad
de este convento, se llamó de Sancti-Spíritus (1).
La bendición del nuevo convento tuvo lugar el último día de
Junio de 1566, pues el 28 del mismo nombra el Cabildo comisión
para acompañar al obispo don Diego de Simancas, a la bendición
del monasterio e iglesia de Sancti-Spíritus, en las casas de Fran-
(i) Sin embargo, la actual puerta de San Pelayo o de Sancti-Spíritus
no >es el antiguo postigo de San 'Pelayo. Este estaba abierto en el muro, fren-
te a la iglesia de San Pedro, y tuvo siempre mala fama, no solamente por-
que fué en tiempos antiguos la -puerta de los judías, sino también porque a
causa de su estrechez y obscuridad y por la soledad y abandono del sitio,
«se hacen (decía el procurador general a 7 de Diciembre de 1569), muchas
ofensas al Señor.» Condenado por estas u otras causas -este postigo, sólo
quedó l a puerta abierta en los fosos, que heredó los dos nombres de la antigua.
72 Mateo H e r n á n d e z Vegas
cisco Vázquez, el domingo último de Junio. Posteriormente, como
veremos, fundaron su convento intramuros (1).
Abandonado por las monjas el convento de Valdárrago, lo ocu-
paron seguidamente los frailes de la provincia franciscana de San
Gabriel, que ya estaban en posesión de él a 15 de Octubre de 1568,
pues en esa fecha acuerda el Cabildo darles una limosna para há-
bitos. Aquel sitio y convento fué comprado a las monjas por do-
ña Isabel de Trejo, la bella mal maridada, que lo donó a los frai-
les descalzos de San Francisco. De aquel edificio de tantos recuer-
dos no quedan hoy los más leves vestigios.
Don Andrés Pérez. A don Diego de Simancas sucedió don An-
drés Pérez, natural de Cervatos de la Cueva. Había sido catedrá-
tico de Prima en la Universidad de Valladolid, y ya obispo de Ciu-
dad Rodrigo, fué nombrado del Consejo de S. M. y Oidor de la
Santa y general Inquisición. Tomó posesión del Obispado el día de
San José, de 1569, tomándola en su nombre su provisor Rodrigo
Arias González, que luego fué, como hemos dicho, el primer peni-
tenciario (2). Hizo el juramento a 21 de Septiembre, siendo testi-
gos don Rodrigo Pacheco, marqués de Cerralbo, el Comendador
don Antonio del Águila de Ocampo, don Iñigo de Mendoza, prín-
cipe de Mélito y magistro Ferdinando de Silva, bonarum Huera-
rum proffessore. Falleció en esta ciudad el año 1583, y fue llevado
a enterrar a su pueblo natal, en la capilla de San Ildefonso, cons-
truida por él. En su tiempo, año 1577, se trasladaron los trinitarios
al nuevo convento, cerca de los muros, entre las puertas del Sol y
(i) En -el convento de Santa Clara ee conserva un curioso documento,
que perteneció al de Sancti-Spíritus. Es un privilegio del 'Concejo de Ciu-
dad Rodrigo a este convento, de tener libres de todo pecho y tributo dos cria-
dos (el mayordomo y otro). Lo concede «a vos la abadesas e f relias y con-
vento, poique seades tenudas de rrogar a Dios por la vida y honra y sa-
lud de ñro Señor el iRey y de ñra la Rreina y de los Infantes. E otrosy
por la pro y honrra y guarda «y deferid i miento desta dicha cibdat.» Ante
Juan de Chaves, en Ciudad Rodrigo, a 22 de Agosto de 1420.
Probablemente también perteneció a este convento otro documento del
mismo archivo, firmado por el notario público de Aldárrago, en Robledillo,
13,89, y una escritura de compra de hacienda en el Olmo, L a Encina y Bo-
dón, a favor de Juan Mateos, el mozo fijo de Juan Mateos, el viejo, de La
Elguijuela del Viezo, que es seguramente la que llamamos hoy Herguijuela
de Ciudad Rodrigo.
(2) Por primera vez se copian en las actas el poder, las Bulas y la Cé-
dula Real.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 7
del Conde, quedando la iglesia de la Trinidad Vieja como ermita,
con el título de Nuestra Señora del Gozo.
De don Pedro Vélez de Guevara, sucesor de don Andrés Pé-
rez, no hay más noticias que las que s¿ deducen de las actas del
Hospital de la Pasión, aunque sin citar su nombre. En Mayo de
1584, se habla en ellas de consultar al obispo, como tan gran le-
trado, sobre el pleito que traía el Hospital con Juan de Chaves, so-
bre cumplir el testamento de doña Juana Pérez Pinero, y en Di-
ciembre del mismo año se dice que había muerto el obispo, en cu-
yas manos estaba el asunto.
Sucedió don Bernardo de Sandoval y Rojas, nieto de los con-
des de Lerma, obispo que fué después de Pamplona y Jaén, carde-
nal, arzobispo de Toledo, Consejero de Estado, Inquisidor general
y gran protector de Cervantes. Bautizó en Valladolid al príncipe
don Felipe.
En Ciudad Rodrigo pretendió en Julio de 1586 visitar el Hospi-
tal, a lo que se opuso la Junta, presentando la Bula de exención.
Entonces el obispo no solamente desistió de hacer la visita, sino
que ha sido el único prelado que figura en las listas de cofrades
del Hospital, cargo que principió en 30 de Agosto de 1587, cum-
pliendo personalmente con toda puntualidad sus entonces no es-
casas obligaciones.
Más grave fué el conflicto con las Dueñas Comendadoras de
Santiago. Estuvo este convento, como ya indicamos, en el sitio
que llamaban Piélago de las monjas, donde todavía se ven, en
parte, sus cimientos. Pero expuesto, por su proximidad al río, a
las temibles avenidas del Águeda, al pasarse los agustinos a la
ciudad, las monjas comendadoras de Santiago abandonaron este
sitio y ocuparon el que dejaban los agustinos en el valle de Corte
de Angeles. Dispuesto, pues, Sandoval y Rojas, a hacer cumplir
los mandatos del Concilio de Trento, relativos a la clausura de las
religiosas, obligó a su cumplimiento a todos los conventos del
Obispado. Sólo las comendadoras se resistieron, en tanto grado,
que, después de muchos altercados con el obispo, prefirieron aban-
donar el convento e incorporarse al de Sancti-Spíritus de Salaman-
ca, del cual era filial el de Ciudad Rodrigo (1).
(i) 'Preciso es advertir que también nuestro Ayuntamiento había halla-
do dificultades para el cumplimiento de este decreto. A 2 de Septiembre de
74 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
Se suele decir en los episcopologios que don Bernardo Sando-
val fué trasladado de Ciudad Rodrigo en 1589. Es un error, pues
en Julio de 1588 ya estaba de obispo en nuestra ciudad don Pedro
Maldonado, y asistía a la procesión de Nuestra Señora la Antigua,
del Hospital, que hemos descrito en otro lugar.
Don Pedro Maldonado era natural de Gajates, Obispado de Sa-
lamanca. A 13 de Julio de 1590, el alcalde del Hospital da cuenta
de un mandamiento del obispo don Pedro Maldonado, por el cual,
en virtud de Breve Apostólico y Provisión reales, reduce y agrega
el Hospital de Lerilla al de la Pasión, con todos sus bienes y ren-
tas. Se obedece y acepta el mandamiento. El licenciado Francisco
García Guillen y el licenciado Escobar, alcalde y mayordomo, res-
pectivamente, del Hospital de Lerilla, que estaban presentes, mani-
fiestan que están prontos a hacer la entrega de bienes y cuentas.
En el acto se acuerda trasladar a Nuestra Señora de Lerilla a la
Pasión y ponerla en altar de la Magdalena (1).
Don Martín de Salvatierra. Fué primero obispo de Segorbe,
donde su vida estuvo muchas veces en peligro, por el odio que le
profesaban los moriscos, cuyas costumbres intentó reformar. No-
ticioso de ello Felipe II, le trasladó a Ciudad Rodrigo a fines de
1591. Lo primero que hizo el celosísimo prelado, fué tratar de la
celebración del primer sínodo diocesano civitatense. A 2 de Abril
de 1592, ya publicó el Edicto de convocatoria; a 5 del mismo mes,
el secretario del obispo, don Medel Pérez de Olarte lo leyó al ofer-
torio de la misa al deán y Cabildo; el día 7 fijó los edictos en
las puertas principales de la Catedral. Principió el sínodo el 19 de
Abril en la Catedral, con un sermón del magistral, maestro Pala-
cios, una exhortación del obispo leída por el secretario, las leta-
nías y demás preces del Pontifical. A las 2 de la tarde del mismo
día, congregados en la capilla de la Librería del claustro, después
de una plática del obispo, recomendando a todos mucho amor y
1566 se dice en el acta correspondiente : (¡Visto el motu pro frió que trata de
la clausura y encerramiento de las monjas, se acuerda que, aunque santísi-
mo, además de los inconvenientes generadles, tiene para esta ciudad el de que
en ella hay tres monasterios de monjas, en que son recogidas y amparadas
las hijas de los vecinos de ella. Y como ya no hay tiempo de que vaya un ca-
ballero a Segovia, se escriba a Salamanca, para que en nombre de esta ciu-
dad se pida a S. M . que modere su rigor», etc.
(1) E l Hospital de Lerilla estaba, aproximadamente, donde atora el
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 75
caridad, se acusó la rebeldía a los que, citados, no habían asistido,
que fueron: el P. Fr. Alonso Martínez, vicario y cura de la villa de
Sahelices el Chico; Francisco Miguel, beneficiado de Ituero; Juan
Rodríguez, beneficiado de las Casillas; el doctor Prieto de Aldana,
beneficiado de Ponseca, y Matías Alonso, beneficiado de las
Helges.
De los asistentes, sólo citaremos aquellos cuyos cargos o be-
neficios no existen hoy: El abad de la Caridad, el abad del Cabil-
do de la ciudad, el prior de San Juan, el beneficiado del Espíritu
Santo, el beneficiado de Villar de Rey, el beneficiado de Santo
Tomé, el beneficiado del Villar, el beneficiado de San Miguel de
Caldillas y el cura de Sepúlveda. Por el Cabildo, asistieron el deán
don Martín Gómez de Avila y los canónigos licenciado Rodrigo
Arias y licenciado Gómez Xuáres del Castillo, reuniéndose entre
todos unos setenta.
El sínodo civitatense, además de ser un monumento de ciencia
teológica, canónica y disciplinar, es importantísimo bajo el punto
de vista histórico, pues nos ofrece un cuadro completo, aproban-
do unas y reprobando otras de las costumbres, fiestas, diversio-
nes, etc., que dominaban entonces en la diócesis.
En Octubre de 1592, quiso don Martín de Salvatierra visitarla
hacienda y cuentas del Hospital de la Pasión, oponiéndose, como
siempre, la Junta, que dio poder para ello a los cofrades Hernan-
do de Chaves y Gonzalo Maldonado de Soria, estantes en Corte.
De mayor estrépito y escándalo fué el intento de visitar la pa-
rroquia de San Blas de la Caridad y de quitar a estos religiosos
el derecho de nombrar cura de su Orden para Robledillo. E l es-
pectáculo no pudo ser menos edificante. Los religiosos cerraron la
puerta de la iglesia al presentarse el obispo a hacer la visita; éste
quitó las licencias, no solamente al cura de la parroquia, sino a
todos los religiosos de la casa; recurrieron éstos al metropolitano,
que amenazó al obispo con la pena de suspensión y entredicho;
apeló el obispo a Roma, donde no fué admitida la apelación, y
después, por vía de fuerza, al Supremo Consejo, con cuya resolu-
Asilo de ancianos desamparados. Su fin era acoger peregrino®, principal-
miente licenciados y 'estudiantes. Su unión al de la Pasión obligó a éste a
hacer el cuarto de peregrinos. Existió éste en la parte delantera del 'edifi-
cio, donde solían vivir los capellanes. Hizo la traza Juan de Segura.
76 MatcoHcrnándczVegas
ción el obispo visitó la parroquia a 13 de Mayo de 1601. Análo-
gos incidentes ocurrieron en el asunto de Robledillo (1).
En tiempo de este prelado, aunque ya en los primeros años del
siglo XVII, tuvo lugar la fundación del convento de Franciscas
Descalzas de esta ciudad. Se debió la fundación a doña Catalina
Enríquez, hija de don Rodrigo Pacheco y de doña Ana de Toledo,
primeros marqueses de Cerralbo, que habiendo profesado en las
Descalzas de Trujillo, vino, en 1604, a tomar posesión de unas
casas junto a la iglesia de San Isidoro, de que le había hecho do-
nación doña Inés Pacheco de Silva, viuda de don Rodrigo Maldo-
nado. En ellas fundó el convento de Descalzas, siendo una de las
primeras monjas la misma doña Inés Pacheco.
E l obispo don Martín le cedió también la iglesia de San Isido-
ro, que, aunque parroquial, hacía más de ochenta años que no
tenía feligreses.
Don Martín de Salvatierra murió en 1604, siendo enterrado
en la iglesia de San Salvador, como había dispuesto en su tes-
tamento (2).
(i) Vid., el Becerro de la Caridad.
(2) Estaba «sita iglesia, qu>e había .sido antiguamente .parroquial, en lo
que es hoy plazuela de su nombre, muy cerca del Palacio Episcopal. Arrui-
nada a causa de las guerras, quedó reducida a ermita. Para su conserva-
ción le dejó don Martín de Salvatierra 20 ducados de renta pero aún así
se arruinó en 1617, siendo restaurada por el obispo don Jerónimo Ruiz de
Caimargo, para desaparecer definitivamente en tiempos no muy lejanos.
En 1584, don Bernardino del Águila, deán, y el doctor Gutiérrez, docto-
ral, vendieron al canónigo don Hernando de Miranda las casas que el Ca-
bildo tenía al campo de San Salvador, con la condición de que el compra-
dor las demoliera, para dar mejor vista a la Catedral y hermosear la plaza.
(Archivo de don Clemente de Velasco). Con l a desaparición posterior de la
iglesia, quedó formada la actual hermosa plazuela de San Salvador.
CAPITULO VII
Prebendados ilustres del siglo XVI.—Cuatro deanes de la casa
de los Águilas: don Francisco, deán y abad perpetuo de la Cari-
dad; don Antonio, deán y obispo; don Bernardino, fundador de
la Piedad, y don Alonso, que obtiene dispensa para casarse.—
Fr. Francisco Pacheco.—Fr. Gonzalo Maldonado.—El venera-
ble Centenares.
El siglo XVI, fecundo en todo lo grande, lo fué también en
hombres eminentes en nuestra Catedral. Ya hemos citado varios;
ahora recordaremos, o mencionaremos por primera vez, algunos
nombres de los más ilustres.
Sabido es que el deanato estuvo como vinculado más de cien
años en la noble casa de los Águilas, como otras dignidades o ca-
nonjías lo estuvieron en las familias de los Pacheco, Chaves, Sil-
vas, Mirandas, etc. El procedimiento no podía ser más sencillo y...
hábil: el deán o canónigo propietario, con licencia del Cabildo (1)
y Bula pontificia, nombraba coadjutor suyo con derecho de fu-
tura sucesión, estalo en el coro en sus ausencias, etc., a un pa-
riente, generalmente hermano o sobrino. Con ello se conseguían
dos cosas: primero, no perder en las frecuentes ausencias las ricas
distribuciones y pitanzas, pues las ganaba el coadjutor asistente;
y segundo y principal, que al fallecer o renunciar el propietario,
automáticamente sucedía el coadjutor en la prebenda, que de esa
manera se perpetuaba y vinculaba en la familia.
El primer deán de la familia de los Águilas fué don Francis-
co del Águila, hijo del famoso don Diego del Águila, alcaide del
alcázar, a quien tantas veces hemos mencionado. El nombre del
deán don Francisco, ya aparece en la inscripción que tenía el re-
tablo de Fernando Gallego (1480-1488), y en el contrato con Ro-
(x) Solamente pana Las canonjías de oficio no daba el Cabildo esa l i -
cencia, pues había sido ¡elegida la fersona for su pericia,
78 Mateo H e r n á n d e z Vegas
drigo Alemán en 1498. Antes de él solamente se mencionan en las
actas (principian en 1443) los deanes Alfón Fernández y Luis Váz-
quez de Mella (1). Las noticias que hay de él en las actas son: En
Diciembre de 1493, se venden al deán don Francisco del Águila,
en 90.000 maravedises, las casas que habían sido del canónigo
Juan de Valladolid, en la calle de la Puerta del Rey (2).
En Enero de 1497, pronuncia una sentencia en el pleito que te-
nían los vecinos de Carpió y los de Aldeanueva de Azaba, sobre
la pertenencia de ciertas tierras. E l deán poseía* además, una ca-
nonjía que tenía los anejos de Puenseca y Aldeanueva.
Don Francisco del Águila fué a la vez Abad perpetuo (comen-
datario) del monasterio de la caridad desde 1488. En su tiempo,
año 1493, se fundó en el convento la cofradía de San Blas, «para
salud de las almas e para honra de los cuerpos». También es tra-
dición que durante su abacia se hizo el crucero de la iglesia anti-
gua, por lo cual mandó poner sus armas debajo de las pechinas;
pero dicen que, por haber hecho la obra a expensas del convento,
se las picaron después.
Don Francisco del Águila murió el 25 de Julio de 1507: Obiit,
decían los Obituarios del convento, D. Franciscus del Águila,
olim Abbas huj'us ecclesiae, et Decanus Civitatensis.
El Becerro cita una Bula de Julio II, contra ciertos religiosos
que tomaron bienes de esta casa y mudaron un testamento de don
Francisco del Águila.
Sucedióle en el deanato don Antonio del Águila, que gozó tam-
bién una pensión sobre la abadía de la Caridad, quizá dejada por
el antecesor, pues en los papeles del convento sólo se lee: «Bulla
pensíonis super fructibus istius Abbatiae Civitaten. in favorem
Illmi Dni Antonii del Águila, istius cathedralis Eccae civitaten-
Decani et Epi. Zamorens.»
Era don Antonio del Águila hijo de don Antonio del Águila,
alcaide de la fortaleza, hermano del anterior deán don Francisco.
No consta que don Antonio fuera coadjutor de su tío, pero sí que
(i) Este fué recibido el n de Junio de 1445, y en el mismo día, Andrés
González Delgado, cuñado del anterior deán, Alfón Fernández, se obliga
a pagar ida yantar» del recibimiento del deán Luis Vázquez ó 500 marave-
dises por 'ella.» (Desde 1445 a 1493, faltan actas.)
(2) La que está hoy entre la Catedral y el Seminario.
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 79
le siguió inmediatamente en la dignidad, en la cual se reveló pron-
to por su talento y prudencia, que le granjearon el respeto y apre-
cio del Cabildo, encomendándole personalmente todos los asun-
tos graves. Ya hemos visto con qué tacto procedió en la difícil
cuestión de los comuneros, bajo la presión, por una parte, del po-
der y autoridad de su padre, el alcaide, acérrimo partidario del
poder real, y, por otra, del Cabildo y de los Pachecos afectos a la
causa popular.
Poco antes de estos sucesos, en 1518, y por causas que igno-
ramos, el Cabildo estaba puesto en entredicho por el obispo don
Juan Tavera, y se había declarado poco menos que en franca re-
beldía, pues a 18 de Marzo manda que, a pesar de estar en tiempo
de entredicho, «se tengan los maitines y se toquen las campanas
como cuando no lo hay.» En tan graves circunstancias, sólo al
deán se comisiona para que «vaya a besar las manos al arzobis-
po y a pedirle que les dé juez sin sospecha en lo del entredicho.»
A 4 de Noviembre de 1519, gracias a los buenos oficios del
deán, se había resuelto satisfactoriamente la cuestión, y por eso se
le da comisión «para besar las manos al señor arzobispo, por la
merced de resolver la cuestión entre ellos y su obispo.» A 4 de Ju-
nio de 1520, le delegan y dan poder para ir a la Congregación en
nombre del Cabildo; en Septiembre de 1522, el obispo, que lo era
todavía don Juan Tavera, le nombra su familiar (1). También lo
fué del sucesor don Pedro Portocarrero.
En su tiempo, se hicieron importantes constituciones: Se nom-
bró comisión, para informarse cómo se tañía el órgano en las de-
más iglesias del reino para hacerlo aquí lo mismo; se concedieron
15 y 5 días, respectivamente, para las romerías de Guadalupe y
Peña de Francia; se prohibió la asistencia a bodas, bautizos y
mortuorios (esto en ausencia y con la protesta subsiguiente del
deán), vestirse de máscara, jugar cañas, andar a caballo en días de
regocijo público; se imprimieron los breviarios, se empezó la parte
nueva del claustro, se ordenaron todas las disposiciones antiguas
sobre el estudio, sobre los que eran molestados por Roma, etc., etc.
(i) A l proponerlo don Antonio en Cabildo pidiendo la aceptación de
éste, el canónigo Villalobos, entusiasmado, prorrumpió en este disparate :
¡ Non solum-pedes,sed manus et caput! E n cambio, algunos contradijeron
porque el nombramiento les parecía hecho fraúdalosámente,
80 Mateo H e r n á n d e z Vegas
A 13 de noviembre de 1525, se autoriza al deán para nombrar
coadjutor a su sobrino don Bernardino del Águila, en la forma que
lo conceda S. S., es decir, con estalo en coro y voto en ausencia
del propietario. Sin embargo, don Bernardino no tomó posesión
hasta el 18 de Abril de 1530, día en que don Antonio presentó en
Cabildo la Bula de coadjutoría. A esta posesión asistió el obispo
don Gonzalo, que murió dos meses después (1).
No consta cuándo fué nombrado don Antonio obispo de Guá-
dix, pero en Octubre de 1531 ya figura don Bernardino como deán,
pues, como a tal, le da el Cabildo en esa fecha licencia para estu-
dio. La primera vez que se presenta en Cabildo, como deán y obis-
po de Guádix, es a 7 de Abril de 1541, asistiendo todo este mes y
gran parte del de Mayo. En esos días hizo la donación de 200 du-
cados de oro para ayuda de una custodia de plata, y de 80 varas
de damasco para 12 capas, y dio poder a don Bernardino y a Her-
nando de Jaque, regidor, para optar en su nombre los préstamos
anejos, cuando vacaren.
Vuelve a presidir el Cabildo de 9 de Abril de 1544.
Poco más de dos años después era obispo de Zamora, pues,
como tal, asiste al Cabildo de 29 de Septiembre de 1546 y presta,
como dijimos en otra ocasión, los 140.000 maravedises necesarios
para continuar la obra de la capilla mayor. Entonces estuvo más
de un mes en la ciudad, y a petición suys se restableció, en Cabil-
do de 25 de Octubre, la constitución de que el cura de la Catedral,
al llevar o traer el Viático a los enfermos, encomendase a Dios el
alma del deán viejo (don Francisco del Águila, que había dejado
una fundación con ese fin). También se halla presente a 3 de Fe-
brero de 1548, y, entonces, hace donación de los 140.000 marave-
dises prestados antes con la única carga de un Avemaria por don
Francisco y por él al volver de llevar el Viático.
A 16 de Febrero de 1551 ofrece plata para lámparas, sin que
se exprese si estaba presente.
(i) Con motivo de -esta vaciante, aparece aquí un personaje, indudable-
mente de 'Ciudad Rodrigo, de quien no tenemos más noticias que las que sie
consignan en las actas : A 29 de' Agosto de 1530 se da poder y licencia para
ejercer actos pontificales, al muy reverendo padre y señor Fray Francisco
de TrejOj obispo de Troya, que presente estaba. E l poder y licencia serán
revocables, a voluntad del Cabildo. Se lie darán 200 ducados de salario ca-
da año, de buen oro y peso, de los frutos de la Obispalía, sin ningún dere-
cho a la propiedad y posesión del Obispado.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 81
A 24 de Julio de 1560, el deán don Bernardino pide empezar la
residencia de año y día, y otro día del mismo mes toma posesión
del deanato y canonjía (que, hasta entonces, había tenido en coad-
jutoría), por haber fallecido el deán propietario, su tío don Anto-
nio del Águila (1).
Su cuerpo no fué traído a Ciudad Rodrigo hasta Enero de
1561, quizá, como indicamos en otro lugar, por no haberse con-
cluido hasta entonces su capilla del convento de San Francisco.
A 13 de Enero dice el acta capitular: «Entierro del obispo de Za-
mora: Como ha sido deán de esta iglesia, benemérito de cualquier
honra, y por algunas buenas obras que ha hecho a esta iglesia y
fábrica y buen deseo de su servicio y aumento, habiendo manda-
do enterrarse en la capilla que mandó hacer en San Francisco,
acuerdan ir al dicho monasterio a celebrar los oficios y hacer las
honras del enterramiento.» Sin embargo, algunos señores (no se
citan sus nombres, pero puede asegurarse a qué linaje pertene-
cían) opinaban que no debía irse, si no se traía el cuerpo primero
a la Catedral y después al convento.
A pesar de su generosidad, don Antonio del Águila no halló
buena acogida en las gestiones realizadas en su pueblo para su
enterramiento, sin duda por los funestos bandos, que todavía lle-
vaban los odios hasta más allá de la muerte. Ya en 1549 había in-
tentado hacer una dotación para su sepultura en la capilla mayor
de la Catedral. E l Cabildo, para tratar de la proposición, empieza
por mandar salir a su sobrino el deán coadjutor, y no se habla
más del asunto: prueba evidente de que la propuesta fué re-
chazada.
Más graves consecuencias trajo la misma petición hecha años
después al Hospital de la Pasión, pues con ese motivo y por tra-
tarse de uno de los miembro más conspicuos de la poderosa fa-
milia de los Águilas, se pusieron una vez más de manifiesto las
(i) A 3 de Julio el Concejo de Ciudad Rodrigo había tenido la aten-
ción de dar licencia al famoso doctor Bares, «para ir a visitar al señor Obis-
po de Zamora, que está de peligro de muerte». Gran fama debía tener nues-
tro doctor B'arés, pues con frecuencia era llamado para asistir a los más
ilustres personajes. ¡Poco después de su visita a Zamora, en Octubre del
mismo año, don Juan ¡Pacheco, en nombre de la duquesa de Alba, pedía al
Concejo y obtenía una licencia de treinta días, para que el doctor Bares fue-
ra a curar a doña Beatriz de Toledo, marquesa de Astorga.
82 Mateo H e r n á n d e z Vegas
discordias, mal disimuladas entre los dos linajes, llegando a oca-
sionar un rompimiento entre los individuos mismos de la Junta,
entonces muy numerosa, ligados también todos con uno de los
dos bandos por vínculos de parentesco o amistad.
Había pedido el obispo de Zamora lugar para su sepultura en
la iglesia del Hospital, ofreciendo por ella cierta limosna para los
pobres enfermos. Era alcalde del Hospital don Juan Pacheco (1).
Extractamos brevísimas notas de las actas: 17 de Abril de 1560: Se
leen los capítulos presentados por el obispo de Zamora—La ma-
yor parte opina que deben admitirse; el alcalde, don Juan Pacheco,
que no—Los primeros piden votación, y el segundo dice que no ha
lugar. No obstante votan 46, y el alcalde no los admite—Los pri-
meros nombran comisión para pedir al obispo que acreciente la
limosna, y el alcalde protesta ante notario para descargo de su
conciencia. 3 de Mayo—Se lee la respuesta del obispo de Zamora,
que no acepta las enmiendas—Sin embargo, la mayor parte cree
que debe aceptarse desde luego, y después de grandes voces con
don Juan Pacheco, se conviene en que se le saque todo lo que se
pueda. 4 de Junio—Se trata del salario que el obispo de Zamora
deja en su memoria para un médico y un cirujano—Don Juan Pa-
checo dice que se acepta si su señoría accede a que, si quieren cu-
rar gratis, quede a beneficio del Hospital; si no accede, él se exo-
nera de todo. 5 de Junio. Asisten 50 hermanos—En efecto; don
Juan se ha exonerado del cargo—Se le manda una comisión, invi-
tándole a juntarse con los demás, para seguir tratando del asunto.
Contesta que no viene, porque se ha juntado el Cabildo sin su vo-
luntad y por otras causas—En vista de la inobediencia de don
Juan, y de que lo hacía para desbaratar dicho Cabildo, por gran
mayoría se elige alcalde a Alonso Meléndez, con la consiguiente
protesta de los contrarios.
(i) Por aquellos días figuran en las documentos, con el nombre y úni-
co apellido de Juan Pacheco, Juan Pacheco (Osorio), Juan Pacheco, (Maldo-
nado) Juan Pacheco (el Caballero), Juan Pacheco (el Corcobado), Juan Pa-
checo (Enríquez), Juan ¡Pacheco (el de la Plaaa), Juan Pacheco (del cam-
po de Flores), etc., etc. Aunque no es fácil distinguirlos siempre, el alead-
de del Hospital en esta ocasión era, seguramente, don Juan Pacheco Oso-
rio, abuelo del cardenal y del primer marqués, anciano que sobrevivió a da
mayor parte de sus hijos, aunque no murieron jóvenes, y representó, como
jefe, a da familia durante casi todo el siglo X V I ,
C i u d a d Rodrigo. La C a t e d r a l y la C i u d a d 83
A pesar de todo, la memoria del obispo de: Zamora no fué acep-
tada, ni se vuelve a hablar de ella.
Entonces, y cuando ya le faltaban contados días de vida, don
Antonio recurrió al convento de San Francisco, donde, por fin,
halló el ansiado reposo para sus restos mortales.
El epitafio, que copió Cabanas, decía: «Esta capilla mandó ha-
cer don Antonio del Águila, obispo de Zamora, a gloria de Dios,
para que en ella encomienden él alma del emperador Carlos V y
la suya y sus deudos, y las que fueren a su cargo y de su iglesia,
que per misericordiam Dei requiescant in pace.» Este sepulcro,
como otros muchos, está hoy, no ya abandonado, sino indecoro-
samente profanado. >
Don Bernardino y don Alonso del Águila. De don Bernardino
ya dijimos que en 1547, siendo todavía deán coadjutor, había fun-
dado, con otros canónigos y con el doctor Láinez, famoso médico,
eJi Hospital de la Piedad, extramuros, para enfermos contagiosos,
que; no eran admitidos en el de la Pasión.
A principios de 1566 (faltan actas de los tres años anteriores)
ya aparece como deán coadjutor su hermano don Alonso del
Águila, y, en adelante, cada uno firma las actas de los Cabildos a
que asiste. Desde principios de este año don Bernardino está en
Salamanca, con motivo del Concilio provincial.
Durante estos años, el Cabildo hace gracia de 2.000 tejas paga-
das en el tejar de Espeja, para la iglesia y ermita de San Cristó-
bal de la Cuesta del Águila; se acaban las andas del Santísimo,
obra del platero mirobrigense Hernán Báez; se trata un ruidoso
pleito con doña Melisenda sobre los rediezmos de San Román, en
el tiempo en que fué feligresa; se dio posesión de una prebenda a
don Juan de Chaves Pinero, en nombre del mirobrigense maestro
Antonio J3arba Osorio, estante en Curia romana, como secretario
deja Curia de S. M . y de la Embajada; se toma en arriendo el ca-
nonicato del Santo Oficio, sin el anejo por tres años, en 160.000
maravedises puestos en Vaüadolid, etc. '.>... >
En Noviembre de 1568 ocurrió en la Catedral un grave albo-
roto por los asientos de dos nobles señoras, doña Antonia de Sil-
va, mujer de don Antonio de Cáceres (de los Pachecos), y doña
Juana, mujer del comendador don Antonio del Águila (de los Gar-
ci-López). En el alboroto intervinieron, y a consecuencia de él fue-
ron presos, el tesorero y el deán don Alonso. E l Cabildo, contra su
84 Mateo H e r n á n d e z Vegas
costumbre, envió al punto una comisión a la cárcel: 1.°, para re-
prenderles y significarles el sentimiento del Cabildo; 2.°, para
advertiles que ni el provisor ni el corregidor pueden señalar
lugares en la Catedral a nadie; y 3.°, para avisarles que las
señoras doña Antonia y doña Juana, pues fueron la causa del
conflicto, se abstengan de entrar en la iglesia, mientras esto se de-
termina.
Quizá este incidente acabó con la poca resignación y con la dé-
bil vocación, si alguna tenía, del deán don Alonso del Águila, im-
pulsándole a tomar una resolución que hoy escandalizaría a todo
el pueblo fiel, y entonces apenas llamó la atención de las gentes.
No podemos fijar la fecha por las muchas lagunas de las actas ca-
pitulares; pero ello sucedió no mucho después del suceso que aca-
bamos de narrar, aunque siendo ya don Alonso deán propietario
y estando ordenado de orden sacro. Lo cierto es que, por unas u
otras causas, don Alonso marchó a Roma a pedir dispensa para
casarse, alegando que le habían obligado por fuerza a ordenarse
(1). El Papa, hechas las pruebas competentes, lo tuvo a bien, con la
condición de que dispusiese en el espacio de pocas horas de to-
das sus prebendas. Eran éstas el deanato de Ciudad Rodrigo, una
canonjía en la misma Catedral y el arcedianato de Alcaraz, en To-
ledo. Dio, pues, el deanato al mirobrigense don Martín Gómez de
Avila, que a la sazón se hallaba pretendiendo en la Corte romana
y que lo disfrutó muchos años, y la canonjía de esta ciudad a un
criado suyo llamado Arguello, sin que se exprese a quién dio el
arcedianato de Toledo.
De esta manera salió el deanato de la familia de los Águilas,
después de cien años. Pero su anómala provisión dio lugar a una
situación desairada del deán de Ciudad Rodrigo, porque desde en-
tonces el deán no fué canónigo, y, por lo tanto, no tenía voto en la
provisión de prebendas, situación que, provisionalmente, solía re-
mediarse, como hizo don Martín, pidiendo el deán a un canónigo
coadjutoría de su canonicato, y obteniendo Bula Pontificia para
asistir simul con el propietario.
(i) Casualmente ¡<x conserva en este Archivo la Bula, en que se Le había
dispensado, para ordenarse y obtener prebendas j dignidades, de la irregu-
laridad ex defectu natalium (era hijo equitis professi el solutae). (Veas* al
fin de este volumen la reproducción fotográfica de este documento.)
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a Ciudad 85
De don Alonso del Águila apenas vuelve a hacerse mención
en los documentos; sólo en las actas del Hospital se alude a su
vuelta de Roma: A 27 de Diciembre de 1588, se da cuenta de que
don Alonso del Águila había traído de Roma un jubileo por diez
años (no fué posible por más tiempo), que podía ganarse el día de
la Encarnación y de la Magdalena, aun por los no cofrades, y se
acuerda ir a besar las manos a don Alonso.
Fray Francisco Pacheco. Es uno de los hombres que más han
honrado el Cabildo de Ciudad Rodrigo, por su cuna, por sus vir-
tudes y por su ciencia. Era hijo de don Juan Pacheco Osorio,
quinto señor de Cerralbo, de quien tantas veces hemos hablado, y
de doña Catalina Maldonado, hermano, por lo tanto, de don Juan
Pacheco, padre del cardenal y del primer marqués. Canónigo des-
de muy joven y destinado a los más altos cargos por el lustre de
su casa, por su virtud y por su extraordinario talento, renun-
ció al mundo, juntamente con la prebenda, y vistió el sayal fran-
ciscano, dando en el claustro, como era de esperarse, grandes
ejemplos de austeridad, humildad y penitencia. La santidad de
su vida llegó a noticia de doña Isabel, mereciendo el alto honor
de que la gran reina le eligiese para dirigir su conciencia, como
confesor.
Fray Gonzalo Maldonado. También de ilustre familia mirobri-
gense y también canónigo de esta Catedral, fué el penitensísimo
don Gonzalo Maldonado. Renunciada la prebenda, tomó asimis-
mo el hábito de San Francisco en el convento de esta ciudad, lle-
gando, a pesar de su resistencia, a ser guardián de él y de otros
conventos y varias veces definidor. Con grande cautela, ocultó
siempre sus prodigiosas penitencias y los favores extraordinarios
que recibía del cielo; pero al morir, se descubrieron en su cuerpo
las profundas llagas causadas por el cilicio que continuamente
traía, y en los funerales que se hicieron en este convento, quiso
Dios hacer patente la santidad del humilde franciscano con un
raro suceso, que por todos fué tenido por prodigioso. Dícese que
en el oficio de honras habían rivalizado el convento y la familia
del difunto en poner un número no común de hachas en el túmu-
lo, y que terminado el funeral, se halló no haber llegado el gasto
a una libra de cera.
El venerable Centenares. ¡Decus patriae, Capituli ornamen-
tumi Así se le llama en la honrosa inscripción que acompaña a
86 Mateo H e r n á n d e z Vegas
su retrato, colocado hoy en la antesacristía (1). [Honor de Ciudad
Rodrigo, su patria, y ornamento de su Cabildo!'No ¡merecía, en
verdad, este hombre insigne que uno y otro lo tuvieran en tan in-
justo olvido.
,:... . ..
: . . ' •• ' • • ' • . : . • • " • •'.:
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..'•..'.':•'.,, . " • : . . . "'...' , ; . ':•<•>: J • .. • :.• . . . . •:.,. .
E L VENERABLE CENTENARES
(I) Como esta, inscripción resume toda su vida la transcribimos inte-, ;
gra: «Venerabilis St'ephanus de Centena-res, Mirobrigensis, pktate doctri-,
na, genere insignis, Catíholico Regi Ferdinaindo Familiaris carissimus, ab eo-
dem hujus Almae Ecelesiae Canonicatus donatus fuit, quem aiesignavit. Pa-
triae Episcoipus, clero ac populo plaudente, renuntiatus, infulae [Link].
comstantiesime recussavit. Apud Marianos montes in Baethica diu cornmo-
raituSj illarum, gentium stetit Apcistolus indefesisus. Annos natus undeocto-
ginta t&ecessit in Monasterium Tardonens-e, ubi Basilianum institútúm pro-
fessus, olarus signis, mteritis plenus in ©enectute boira migravit ad *Domi-
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 87
Debemos empezar advirtiendo que por acomodarnos al uso co-
mún continuamos llamándolo Centanares, aunque en las actas ca-
pitulares se le llama siempre, y así se firma él con su clara y her-
mosa letra, Esteban Pacheco Centenales, Esteban Centenales, o
sencillamente Centenales (2).
Esteban Pacheco Centenares nació en Ciudad Rodrigo de no-
bles padres a principios del siglo XVI. Desde muy niño llamó la
atención por su clara inteligencia, por su afición a los estudios
más abstrusos, entre los cuales cuentan la astrología, y sobre todo,
por su inocencia y simpática infantilidad, que fué siempre la nota
característica de su vida y le hizo el ídolo de cuantos le conocie-
ron y trataron.
Conforme a las costumbres de aquellos tiempos entre las fami-
lias de cierto rango, muy común en Ciudad Rodrigo, como tendre-
mos ocasión de observar, pronto fué llevado a la Corte para ser
educado al lado de los reyes, siendo al punto admitido por sus be-
llas prendas, como paje del rey católico don Fernando, de quien
fué desde entonces carísimo familiar. No era, en verdad, la Corte,
la mejor escuela para un joven tan inocente y sencillo como el pa-
jecillo mirobrigense; pero, como otro Gonzaga, supo pasar por el
fuego, sin quemarse sus alas de ángel.
Se afirma en la inscripción de su retrato que don Fernando le
dio la canonjía de Ciudad Rodrigo, como premio de sus servicios.
Nosotros, ateniéndonos a las actas capitulares, única fuente his-
tórica en esta materia, aunque no tan clara y permanente como
fuera de desear, no le hallamos de canónigo hasta 1549, cuando
ya hacía más de treinta años que había fallecido el rey católico.
A 22 de Abril de 1549, toma posesión Esteban Pacheco (que
más adelante se llama Centenales) de la canonjía que poseía su
hermano Perálvarez Pacheco. Claro es que conforme a la costum-
bre o corruptela entonces en uso, Perálvarez Pacheco presenta al
mismo tiempo Bula de reservación de frutos y regreso a la misma
num X X I I I Ka'l. Jun., ann. salutis MtDiLXXIX. Decus patriae Capitula
ornamentum.»
(2) E l apellido Centenares o Centenales no se registra en el nobiliario
mirobrigense hasta el año 1459, en que figura un Pedro de Centenales- en
cambio, es muy ilustre -el de Centeno. Suponemos que aquél es derivado de
este.
88 Mateo H e r n á n d e z Vegas
canonjía. Esta es la causa de que el nombre de Esteban no apa-
rezca más que en caso de ausencia de su hermano, como en 1550,
en que Perálvarez fué en peregrinación a Jerusalén con los tam-
bién canónigos Pedro Pacheco y Martín Gómez, y en 1553 en que
Perálvarez estaba preso.
Poco sabemos de su vida de canónigo, si no es su intervención
en comisiones, votaciones y otros actos capitulares; pero sí cons-
ta que él y su hermano tomaron en traspaso al Cabildo el Hospital
de la Catedral, para dedicarse al ejercicio de la caridad, en el cui-
dado espiritual y corporal de los enfermos. Perálvarez Pacheco
falleció a 10 de Noviembre de 1568. Pocos meses antes debió re-
nunciar definitivamente la canonjía, pues a 30 de Agosto ya se di-
ce que Burgos Pacheco, es canónigo coadjutor del señor canónigo
Pacheco Centenales.
Desde esta fecha tampoco vuelve a hacerse mención de don
Esteban, y en ella, por lo tanto, empieza la última etapa de la vida
de Centenares, a la que debe la fama de virtud y santidad de que
gozó en aquel tiempo, y que fué transmitida a la posteridad aso-
ciada con la de aquel apóstol que se llamó Juan de Avila, que hoy
veneramos en los altares.
Cuando don Esteban salió de Ciudad Rodrigo, sin dar cuenta
a nadie de sus proyectos, era voz común en el pueblo que iba a
embarcarse para las Indias, que eran por aquellos días la obse-
sión de gran parte de los españoles y de todos los mirobrigenses.
iHabían visto salir en pocos años a tantos hijos de Ciudad Rodri-
go en busca del vellocino de oro! [Se contaban tantos casos de
fabulosas riquezas, acumuladas como por encanto en un decir Je-
sús! iEran ya tantos los que habían vuelto y vivían en el pueblo
con el nombre de indianos, que era sinónimo de ricos!
Y así era la verdad. El canónigo Centenares salía de aquí con
ánimo de embarcarse para las Indias, pero no para ganar oro y
plata, que para eso no hubiera renunciado su rica prebenda, sino
para realizar su sueño dorado de ganar almas, predicando la fe
de Jesucristo en aquellas tribus salvajes.
Pero el hombre propone y Dios dispone. Apenas llegó a Anda-
lucía, oyó hablar de aquel prodigio de santidad, que todos llama-
ban ya el apóstol de Andalucía, el humildísimo P. Juan de Avila.
Decidióse, pues, a visitarle, comunicarle sus pensamientos y pe-
dirle consejo. Recibióle el P. Avila como los santos reciben a
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 89
todos, justos y pecadores; pronto comprendió su despejada inteli-
gencia, su alma candorosa, su docilidad, la pureza de su intención,
y suavemente le retuvo en su compañía, procurando acabar de
formar su espíritu, modelar conforme a sus planes, aquella masa
blanda y dócil.
Cuando lo hubo logrado, tomando de la mano a su nuevo dis-
cípulo, llevóle un día a la playa, habitada por un verdadero aduar
de pescadores rudísimos, poco menos salvajes que los del nuevo
mundo, y dirigiéndose a él, le dijo: Hermano Esteban, he ahí sus
Indias.
4
El hermano Esteban no vaciló un sólo momento. Contento co
mo un niño con su nueva canonjía, se dedicó en cuerpo y alma a
civilizar y ganar para Dios aquel pueblo semisalvaje, cuya única
ciencia y única religión y único Dios, eran sus almadrabas. Cons-
truyó de juncos y hojas de pitera una choza que le servía de ca-
pilla, y otra aún más pobre para él. Pasaba gran parte de la noche
en oración, y todo el día en el estudio, la enseñanza de las prime-
ras letras y de los rudimentos de la doctrina cristiana y en la ad-
ministración de los Sacramentos. Cuentan, sin embargo, que no
acertaba a desprenderse del todo de sus aficiones astrológicas, y
que solía mezclar con sus enseñanzas de religión algunas explica-
ciones sobre la ciencia de las estrellas.
Ya el P. Avila le había llamado al orden, diciéndole: Hermano
Esteban, almas, almas y menos astrología.
Pero un día, persiguiendo una gran culebra, ésta se guareció
entre un poco de paja que estaba cerca de su choza. Creyó el buen
hermano que el medio más expedito era prender fuego al montón
de paja, y tan embebido estaba en la operación, que no observó
que el fuego había prendido en la choza, que en pocos segundos
quedó reducida a cenizas con todo su pobrísimo ajuar. ¿Cuál no
sería su asombro, cuando al revolver después los escombros de la
choza, halló que todos los libros de religión estaban intactos, y
que todos los de astrología habían sido devorados por las llamas?
Lo tomó como un aviso del cielo, dio gracias a Dios, y desde
aquel momento no volvió a hablar de astrología.
Dos años, aproximadamente, hizo nuestro Centenares esta vida
de misionero y apóstol. Las almadrabas tuvieron el fin que solían
tener en aquel tiempo la mayor parte de los poblados del litoral
del Mediterráneo. Una noche, los corsarios de Dragut, alfanje en
90 Mateo H e r n á n d e z Vegas
mano, se lanzaron como fieras sobre las almadrabas; robaron,
quemaron, mataron, hicieron prisioneros a hombres, mujeres y ni-
ños. Al amanecer, el poblado de las almadrabas no existía. El
P. Centenares nunca supo o quiso decir cómo se salvó.
Lo cierto es que a los pocos días se le halla en lo más intrin-
cado de la sierra llamada de don Martín, dispuesto a hacer vida
solitaria y penitente, ignorado del mundo y viviendo sólo para
Dios.
Tampoco esta vez se lograron sus deseos. Poco tiempo llevaba
en esta vida de penitentísimo ermitaño, cuando recibió la indica-
ción del P. Avila, que para él equivalía a una orden expresa, jun-
tamente con el ruego del obispo de Córdoba y de la marquesa de
Priego, de trasladarse a otras Indias, que nada tenían que envi-
diar a las almadrabas en pobreza, en incultura y en la absoluta
carencia de toda idea religiosa y moral.
Eran las entrañas de Sierra Morena, habitadas por pastores,
potreros, colmeneros, etc., sin trato ni comunicación y casi sin no-
ticia del mundo civilizado. Aquí el celo apostólico, los trabajos,
los sufrimientos, el heroísmo del P. Centenares, llegaron al grado
sublime a que no suelen llegar más que los grandes santos. E l
mundo los desconoce, pero Dios se encargó de manifestarlos, a
veces, con verdaderos milagros: Una noche llamaron a la puerta
de la miserable choza del P. Centenares dos jóvenes, pidiéndole
fuera a confesar y dar el Viático a un enfermo que agonizaba en
otra choza muy lejana. Hízolo así con toda presteza el caritativo
Padre, auxiliando al moribundo hasta que exhaló el último suspi-
ro, y acompañado a la ida y a la vuelta por los dos amables y
simpáticos jóvenes. Cuando de vuelta a su pobre capilla y cerra-
do el tabernáculo, quiso darles las gracias por su atención y feli-
citarles por su devoción y recogimiento, los jóvenes habían des-
aparecido.
Mucho dio que pensar el caso al humildísimo P. Centenares, y
aún se aventuraba a sospechar lo que podía ser; pero, rechazando
el pensamiento como una tentación, se decidió a consultarlo, como
acostumbraba, con su santo maestro el P. Avila.
Cuando se disponía a ponerlo por obra, hé aquí que recibe car-
ta del maestro, en la que le decía: No tiene que dudar, hermano
Centenares, los dos mancebos eran dos ángeles de los que acom-
pañan siempre al Santísimo Sacramento.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 91
Esta fué quizá la ultima carta y el último aviso que nuestro ve-
nerable recibió de su santo maestro, que falleció en 10 de Mayo
r
de,1569. ''" ,\ ,
Una gran turbación, mejor dicho, el mayor disgusto de su vida
esperaba a nuestro anacoreta en aquella inhospitalaria soledad,
que a él le parecía una feliz Arcadia. Acababa de quedar vacante
la silla episcopal de su pueblo, Ciudad Rodrigo, por traslado a Ba-
dajoz del gran prelado don Diego de Simancas, y los mirobrigen-
ses, que habían conocido de cerca la ciencia y virtud del canóni-
go don Esteban y tenían noticia de su prodigiosa vida en las es-
cabrosidades de Sierra Morena, acudieron a Felipe II manifestán-
dole sus ardientes deseos de que fuera elegido para regir su igle-
sia. Túvolo a bien el severo monarca, y ni corto ni perezoso, en-
vió al punto sus letras al solitario de Sierra Morena.
Increíble fué la turbación y espanto del humilde y sencillo ana-
coreta. [El, que no se había creído digno de la muceta de canóni-
go! ¡El, que apenas servía para enseñar a rústicos cabreros! ¡Im-
posible! Y como ya no podía pedir consejo a su santo maestro, su
respuesta fué categórica, de una vez para siempre: Agradecía la
merced, pero jamás aceptaría tan alta dignidad.
Unos ocho años empleó Centenares en esta vida de misione-
ro, al cabo de los cuales, encorvado por el peso de la edad, enfla-
quecido por los rigores de la penitencia y agotado por los traba-
jos del cuerpo y del espíritu, recibió como un regalo del cielo la
orden del arzobispo de Sevilla de retirarse al monasterio de Tar-
dón, cenobio levantado por entonces en lo más escabroso de Sie-
rra Morena por unos cuantos santos varones, deseosos de entre-
garse a las más ásperas penitencias, totalmente apartados del co-
mercio humano.
Era una felicidad, con la que no se había atrevido a soñar si-
quiera: ¡Morir en religión! Porque el monasterio tardonense había
sido aprobado recientemente por Su Santidad Pío V y puesto bajo
la regla de San Basilio, que sus moradores observaban con todo
rigor, bajo la dirección de otro discípulo del P. Avila, el P. Mateo
de la Fuente.
Alegre como un niño solicitó, ¡a los setenta y siete años! ser
admitido como novicio, haciendo después su profesión religiosa; y
a los dos años, a los setenta y nueve de edad y setenta y nueve del
siglo XVI, clarus signis, meritis plenus, in senectute bona migra-
92 Mateo H e r n á n d e z Vegas
vit aá Dominum. En el mismo año, tres meses después, moría en
Burgos su próximo pariente y paisano, el eminentísimo cardenal
Pacheco, que será objeto del capítulo siguiente, con el cual ter-
minamos la lista de prebendados ilustres del siglo XVI, pues del
maestro Palacios y de otros ya hemos dicho lo suficiente, y el
doctor Gutiérrez tiene su propio lugar en el siglo XVII.
CAPITULO VIII
El cardenal don Francisco Pacheco de Toledo.—Su nacimiento
y estudios.—Marcha a Italia.—Es nombrado canónigo y des-
pués arcediano de Ciudad Rodrigo.—Cardenal y obispo de Bur-
gos.—Arzobispo de la misma ciudad.—El cardenal Pacheco en
Ciudad Rodrigo.—El cardenal Pacheco, diplomático
El cardenal Pacheco es, sin duda, la estrella de primera magni-
tud en el cielo de la Catedral y ciudad mirobrigense. Ya que su
pueblo no ha sabido o no ha querido honrarle como merece (1),
no haremos nosotros demasiado dedicándole un capítulo íntegro
de este libro.
Nació don Francisco en Ciudad Rodrigo en principios del si-
glo XVI. Fué hijo de don Juan Pacheco y doña Ana de Toledo, hija
del Comendador mayor don Fernando de Toledo, Señor de las
Villorías. Su padre don Juan era hijo de don Juan Pacheco (Oso-
rio) a quien tantas veces hemos citado, quinto señor de Cerralbo,
y de doña Catalina Maldonado, y aunque, como primogénito, de-
bía suceder en el señorío y estados de Cerralbo, no llegó a here-
darlos, pues no sobrevivió a su padre, como también hemos ad-
vertido ya, pasando, por consiguiente los derechos directamente
del abuelo al nieto don Rodrigo.
Privilegiada fué la prole de don Juan Pacheco y de doña Ana
de Toledo. Tuvieron a don Rodrigo Pacheco, primogénito, sexto
señor y primer marqués de Cerralbo, gobernador de Galicia, em-
bajador en Roma y capitán general de la frontera de Ciudad Ro-
drigo; al segundogénito don Francisco Pacheco y Toledo, objeto
de este artículo; a don Fernando de Toledo, maestre de campo del
tercio de Ñapóles, muerto gloriosamente en el asalto de la ciudad
de África, como dijimos al hablar de su enterramiento en la capi-
(i) 'Recientemente se ha puesto su nombre a una calle,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 95
lia del Oriente; a don Alvaro Pacheco, del hábito de San Juan; a
don Jerónimo Pacheco, del mismo hábito, muerto también en el
campo de batalla, y a doña Catalina de Toledo Pacheco, religiosa
en el convento de Santa O u z , de Ciudad Rodrigo.
Inclinado desde luego don Francisco al estado eclesiástico,
hizo sus estudios con gran lucimiento en la ya entonces florecien-
te Universidad de Salamanca, y, apenas recibida la investidura
sacerdotal, marchó a Italia, con objeto de ampliar sus estudios al
lado de su hermano mayor el embajador don Rodrigo. Fijó su re-
sidencia en Roma, pero el afán de saber le hizo visitar las princi-
pales ciudades de Italia.
En Florencia estaba cuando dio poder en 1553, para tomar
aquí posesión de una canonjía, según acta que extractamos: 6 de
Noviembre de 1553—Toma posesión don Francisco Pacheco. E l
canónigo don Antonio de Lugones, clérigo civitatense, en virtud
de poder que tiene del señor don Francisco Pacheco, firmado en
la ciudad de Florencia a 8 de Agosto de 1553, presenta una Bula
y Letras apostólicas del Papa Julio III de 15 de las Kalendas de
Junio de 1552, de colación y provisión en dicho don Francisco de
la canonjía y prebenda, con sus anejos que poseía don Pedro Pa-
checo, por simple resignación hecha por éste en manos de S. S. y
en favor de dicho don Francisco Pacheco. A continuación presen-
ta Letras apostólicas del mismo Papa y fecha cometidas al Cabil-
do y canónigos, para que le den posesión. Sigue la toma de pose-
sión, con las solemnidades de costumbre.
Y para que no faltase la costumbre inveterada, que hoy ape-
nas podemos creer, a continuación el canónigo Pedro Pacheco,
que había resignado simplemente la canonjía en manos de Su
Santidad, presenta una Bula del mismo Julio III del 15 de las K a -
lendas de Junio de 1552, es decir, del mismo día en que se había
despachado la anterior, de reservación del nombre de canónigo,
estallo, voz, frutos y regreso de todo lo demás que pertenece acti-
ve et pasive a dicha canonjía. Es decir, que el canónigo Pedro
Pacheco continuaba siendo tan canónigo como antes, y el nombra-
miento y posesión de don Francisco no tenía más efectos que su-
ceder automáticamente en la prebenda cuando don Pedro fallecie-
ra o renunciara de nuevo.
Así fué en efecto; no se le vuelve a considerar como tal canó-
nigo hasta Junio de 1561, en que, muerto don Pedro, y siendo ya.
96 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
don Francisco cardenal, empieza a figurar entre los ausentes, en
todos los Cabildos, «el Reverendísimo cardenal don Francisco
Pacheco».
Pronto fué conocido nuestro don Francisco en Roma por el Su-
mo Pontífice Pío IV, quien llegó a estimar tanto su talento, virtud
y prendas de carácter, que en la segunda creación que hizo en
1561 le nombró cardenal con el título de Santa Cruz de Jerusalén,
dignándose imponerle el birrete por sus propias manos.
También fué honrado con el título de Protector de España y
de la Inquisición y después nombrado obispo de Burgos, sede que
en su tiempo fué elevada a metropolitana, gracias a sus trabajos
y legítima influencia, siendo él, por consiguiente, su primer ar-
zobispo.
Muerto Pío IV, Pacheco asistió al cónclave en que fué elegido
Papa con el nombre de Pío V el cardenal Alejandrino, sucediendo
el caso honrosísimo de que el cardenal Alejandrino, después San
Pío V, diera públicamente su voto a nuestro cardenal Pacheco.
Uno de los temas del famoso certamen literario celebrado con mo-
tivo de la consagración de la capilla de Cerralbo, en el siglo XVII,
era que «el voto de San Pío V había honrado más al cardenal Pa-
checo, que si hubiera ceñido la tiara con el voto de todos los de-
más cardenales.»
El cardenal Pacheco en Ciudad Rodrigo. En medio de los
triunfos no olvidaba el ilustre hijo de Ciudad Rodrigo el pueblo
que le había visto nacer, la Catedral en que había obtenido la pri-
mera dignidad eclesiástica, la casa señorial en que había nacido,
había pasado su niñez y primera juventud, y vivían sus ancianos
padres y nobles hermanos.
El afecto del cardenal Pacheco a su pueblo bien demostrado
está, con haberle confiado el honroso cargo de guardar para siem-
pre en soberbio mausoleo sus mortales restos; pero quiso también
demostrárselo en vida, haciéndole testigo y participante, apenas
elevado a la dignidad cardenalicia, de su triunfo y de su gloria.
El pueblo, a la verdad, tampoco anduvo remiso en manifestar
a tan preclaro hijo su satisfacción y legítimo orgullo. No bien
hubo llegado a Ciudad Rodrigo la noticia de su nombramiento, el
Concejo, justicia y regidores en Consistorio de 20 de Marzo de
1561, acuerdan mandar a Roma al regidor Diego Sánchez de Paz,
para que «en nombre de la Cibdad con una carta suya de crehen-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 97
co co
cia bysytc al señor Cardenal don Fr. Pa. dándole el parabién
del Capelo, en nombre de la Cibdad.» Escribiría la carta el regi-
dor don Antonio de Cáceres Pacheco, firmándola él mismo y no
el escribano, para mayor solemnidad.
Mucho debió complacer al eminente Purpurado esta prueba de
afecto, y más aún tan rara unanimidad de pareceres en una época
en que él sabía que una petición, un requerimiento, una palabra
de uno de los bandos eran inexorablemente rebatidos por el bando
contrario.
Quizá esto le decidió a visitar cuanto antes su pueblo.
A fines de Junio ya se sabía que el cardenal venía a Ciudad
Rodrigo, pues en Consistorio del día 30, se acuerda «que la Ciu-
dad salga a recibir al Cardenal e se junten en las casas del con-
sistorio con el señor Corregidor y oficiales de la Ciudad para el
día que viniere.»
Debió de llegar aquí en los primeros días de Julio, pues cons-
ta que el día 5 ya estaba en la ciudad, y que ese día tenía dispues-
to el Concejo obsequiarle... ¿con qué dirán nuestros lectores?..
Con una corrida de toros en la Plaza Mayor.
Pero lo curioso es, que el sabio cardenal, el sesudo diplomáti-
co, el hombre que estuvo a punto de ceñir la tiara, no sólo aceptó
complacido el obsequio, sino que (al fin era de Ciudad Rodrigo),
quiso ver la fiesta desde los corredores del Consistorio. «Por
quanto, dice el acta de aquel día, se tenía acordado de correr to-
mo c0 co
ros por la benida del R . Cardenal don Fran. P. de Toledo, y
a ma
porque Su. S. R. se quiere venir a las casas del C.° de la dha
Cibdad pa ver la fiesta, se manda al may." que haga adereszar las
casas del Consistorio y que tenga colación para que se le dé... E
para lo susodicho se comete a los señores don Antonio del Aguí-
la e Diego Sánchez de Paz» (ambos de los Garci-López).
No conocemos detalles de aquella corrida, que sin duda sería
famosa, aunque no rara, pues en aquel tiempo en Ciudad Rodrigo
se corrían toros (siempre en la Plaza Mayor), todos los días de
fiesta en el verano, y con cualquier pretexto en el resto del año (1).
Tampoco consta si en aquella ocasión solemne se logró (suprema
(i) Cuando en oste siglo ©1 'Papa prohibió las corridas en coso cerrado }
los mirobrigenses discurrieron mil subterfugios piara no privarse de su di-
versión favorita. E l imás común fué cerrar todas las puertas de la muralla,
98 Mateo H e r n á n d e z Vegas
aspiración de los mirobrigenses de entonces) encerrar el toro del
Tenebrón, que tenía fama de ser el más bravo de la comarca.
Lo cierto es que la corrida se celebró, y con asistencia del car-
denal, pues el 11 de Julio algunos regidores que no se habían ha-
llado presentes se consideraron obligados a manifestar su con-
formidad con todo lo hecho, y aprobar que se libraran los siete
mil y tantos maravedises que se gastaron en la colación al car-
denal.
Tampoco podía éste olvidar que era canónigo de la Catedral y
que debía al Cabildo la atención de acudirle con los frutos de la
prebenda, estando ausente. No consta en las actas capitulares, pe-
ro de ellas se deduce que debió de asistir, desde luego, a coro o a
algún Cabildo, pues en el de 4 de Agosto se dice: «De petición del
mo c0
Illss. Cardenal don Fran. Pacheco, tuvieron por bien de decir
una myssa con su vigilia cantada por los defuntos deudos del
dho señor Cardenal e que el dho off.° tuvieron por bien de lo ha-
cer gratis y sin cosa alguna ni premio, atiento que querían hacer
esto por quanto el dho señor Cardenal podía aprovechar la mesa
capitular y fábrica de la iglia así en Roma como en otra parte,
ítem, mandaron que el dho off.° y missa se diga de canto de órga-
no y que se haga en día que no aya fiesta solemne.... y que aya sus
cuatro caperos.»
El cardenal estuvo en Ciudad Rodrigo más de dos meses, pues
en 13 de Septiembre se advierte: (Después de empezado el Cabil-
1 5 me co
do) «aquí vino el Illss. " y Rss. señor Cardenal Don Fran. Pa-
checo, canónigo en esta iglesia e se sentó en su lugar de canóni-
go e después tomó el q los señores Dean y Cab.° le mandaron po-
ner y dar como a tal Cardenal.»
Al día siguiente, 14 de Septiembre, salió para Roma. Así se ad-
vierte en el Cabildo de ese día, en el cual se trata el asunto impor-
tantísimo de la canonjía del cardenal: Había propuesto, dicen, el
señor cardenal que, si era a contento del Cabildo, dispondría de
su canonicato a favor de otra persona, y si no, no. Deliberando
y correrlos por las calles, a veces de noche y con luminarias en los cuernos.
E n una de estas ocasiones, un toro acosado se metió en el alcázar, dándose
el caso -curioso de que el alcaide, considerándolo como prisionero suyo, se
negó a entregarlo, lo que ocasionó un largo pleito con el Ayuntamiento.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 99
sobre ello, dicen que conviene que siga siendo canónigo, porque
el Cabildo y Clero del Obispado tienen necesidad de una persona
que trate sus negocios en Roma, Son, pues de parecer que siga
durante cuatro años, en los cuales le dan licencia y ganará como
los demás prebendados que están con licencia, y que en ese tiem-
po puede disponer de su canonicato. Sin embargo, el asunto que-
dó por entonces indeciso. Después debió acordarse en firme, pues
en todos los Cabildos continúa figurando, entre otros canónigos
ausentes, el cardenal Pacheco.
No fué esta la única visita que el cardenal hizo a su pueblo.
Aquí estaba en Diciembre de 1575; por cierto que algo grave de-
bía haber ocurrido con el Ayuntamiento de la ciudad (quizá cues-
tiones de etiqueta, de que tanto se pagaban aquellos graves varo-
nes), pues no solamente no se habla de que saliera a recibirle, y
menos que le obsequiara, aunque fuera con corridas de toros, sino
que en sesión de 16 de Diciembre, «acordóse este día que nyngún
cauallero del qr.° (Consistorio) vesite al Cardenal en nobre de la
Cibdad syn horden della.» Y a continuación, «acordóse ql señor
or
Correg. juntamente con los señores don Ant.° nyeto de Silba e
do
Fr. de Corbalán e myn de myranda maldonado e Diego de
a or al
Herr. manzanedo con el Pr. gen. vayan a vesitar al Cardenal
co or
Pa. mañana sábado a la hora que abysare el S. Xpval de Cue-
to en nobre desta Cibdad.»
En el Cabildo no hay actas por estos años.
Antes de esta fecha el cardenal había sido nombrado arcedia-
no titular o de Ciudad Rodrigo. El primero que obtuvo esta digni-
dad, la más moderna de los tres arcedianatos, fué don Gabriel
Hernández de Caraveo, el cual, por Bulas despachadas en 1551,
la resignó en su hermano don Alvaro de Caraveo; pero éste no
quiso tomar posesión, mientras viviera su hermano; y por eso du-
rante estos años no se hace mención de ninguno de los dos. Don
Gabriel murió en Septiembre de 1569, y acto seguido tomó pose-
sión don Alvaro. Como esta dignidad no tenía entonces aneja ca-
nonjía, ni, por lo tanto, voto en Cabildo ni en la provisión de pre-
bendas, don Alvaro la resignó en el cardenal Pacheco en 1572, el
cual anejó la dignidad y el canonicato, dando más tarde los dos a
su sobrino don Diego Pacheco, hijo de don Rodrigo, primer mar-
qués de Cerralbo.
El cardenal Pacheco, diplomático. Con el titulo Cardenales di-
100 Mateo H e r n á n d e z Vegas
plomáticos. El cardenal Pacheco, primer arzobispo de Burgos—
publicaba un periódico de Madrid, en Abril de 1923 (1) un artícu-
lo, en el que su autor, el conde de Doña Marina, se lamentaba de
que un corresponsal de Roma, encomiando la labor del cardenal
Belloch, y haciendo notar los precedentes del mismo género que
ofrecía la Sede burgalesa, hablara del insigne converso Santa Ma-
ría, y que no hiciera siquiera mención dd no menos insigne car-
denal Pacheco.
Con mayor razón podemos nosotros lamentarnos en nombre
de Ciudad Rodrigo, de esa y otras parecidas omisiones.
Talento, prudencia, habilidad, tacto exquisito, saludable suspi-
cacia, constancia a toda prueba, acendrado patriotismo, todas las
prendas que forman un excelente diplomático, se hallaban en gra-
do eminente en el ilustre cardenal mirobrigense. De la fortuna de
sus gestiones, sin la cual dicen que no hay diplomático grande,
baste decir que sólo él puede gloriarse de haber concebido, prepa-
rado, organizado y llevado a feliz término, la más alta ocasión que
vieron los siglos pasados, los presentes y esperan ver los ve-
nideros.
La victoria de Lepanto se debe, tanto como al valor y pericia
militar de don Juan de Austria, al talento diplomático del carde-
nal Pacheco.
El turco amenazaba, como de costumbre, y tenía en perpetua
alarma a toda la cristiandad. E l nublado iba a descargar ahora
sobre la antes poderosa y a la sazón débil y empobrecida repúbli-
ca de Venecia. Selim II, tan buen aficionado a los ducados de Ve-
necia, como a los vinos de Chipre, ambicionaba la posición de es-
ta riquísima isla, y se disponía a arrebatarla de grado o por fuer-
za, de manos de la Señoría.
¿Qué resistencia podía oponer la destronada reina del Adriá-
tico, al formidable poder marítimo y terrestre del Gran Turco.?
En vano, además, volvería los ojos a la mayor parte de las na-
ciones cristianas: Inglaterra, Francia, Austria, Portugal, o a los
demás pequeños Estados de Italia. Harto hacían con vivir, defen-
diéndose con los enemigos interiores.
No quedaban más que Roma y España, Pío V y Felipe II, que
(i) El Universoj nnim. de 20 <Ie Abrií,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 101
por cierto nada tenían que agradecer a la orgullosa y poco formal
república. E l Papa aceptó, desde luego, y aun se ofreció a servir
de mediador con el monarca español.
Tratándose de una guerra contra infieles, Felipe II no podía
negarse; pero, sagaz y prudente, bien penetrado de la magnitud de
la empresa y profundo conocedor del enemigo... y de los amigos,
tenía que pensarlo mucho, y tomar, según su costumbre, grandes
precauciones. Después de madura reflexión, todas se redujeron a
una sola: Enviar a Roma al cardenal Pacheco, con amplísimos po-
deres, empeñando, quizá por única vez en su vida, su real palabra
de dar por bueno todo lo que su embajador extraordinario acor-
dara con Roma y con Venecia. ¡Tal era el concepto que el suspi-
caz y prudente monarca tenía de su representante!
Ardua era la labor de éste: Habérselas con los embajadores
del Dux de Venecia y con cinco cardenales de la Corte Pontificia
los más hábiles diplomáticos del mundo; descubrir intenciones
ocultas; desbaratar planes secretos, aunar pareceres distintos, con-
ciliar encontrados intereses, ordenar al fin común fines partícula-
res, no siempre legítimos y desinteresados; y todo ello sin men-
gua del poderío español, de la fe española, de la regía confianza
en él depositada.
Quería Venecia, como iniciadora de la Liga, imponer condicio-
nes; el Papa quería recabar ese derecho, como Jefe de la cristian-
dad; el español defendía que poner condiciones tocaba a su se-
ñor, que era quien nada ganaba y más tenía que perder en la em-
presa. Venecia, como el portugués del cuento, proponía que la L i -
ga se concretara a sacarla a ella del atolladero de Chipre; Pache-
co, que había de ser permanente y contra todos los enemigos del
nombre cristiano. Roma y Venecia aspiraban a nombrar generalí-
simo de las fuerzas confederadas; exigía el cardenal Pacheco que
fuera don Juan de Austria, hermano de Felipe II. Los venecianos
sólo querían obligarse bajo la fe de su palabra; el español no se
fiaba de palabras y exigía la firmeza y santidad del juramento,
con la sanción de todas las censuras de la Iglesia.
Y en estas diferencias el tiempo pasaba, el peligro urgía, me-
nudeaban las conferencias, se ahondaban las disensiones, se re-
petían los altercados, llegando a temerse un rompimiento de-
finitivo.
A l fin venció el cardenal Pacheco. Su talento, su prudencia, su
102 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
férrea voluntad, sostenidos por el convencimiento del poder de su
patria y de su rey, se impusieron en todos los puntos discutidos,
y nuestro cardenal quedó encargado de redactar y escribir por sí
solo los capítulos de la famosa Liga contra el Turco. El honor de
España estaba a salvo, y bien servido el gran Felipe II.
Aquel día se salvó también la cristiandad. Sólo faltaba que
don Juan de Austria ejecutara los planes del cardenal Pacheco.
¡El cardenal Pacheco y don Juan de Austria! He ahí los dos hé-
roes de Lepanto: El político y el guerrero, la cabeza que organiza
y el brazo que ejecuta.
Pero don Juan de Austria ocupa en la historia el lugar que le
corresponde; el cardenal Pacheco, espera todavía los aplausos de
la posteridad. Ciudad Rodrigo, Burgos, España, Venecia, Italia, la
cristiandad toda, tienen con él una deuda que no sabemos que na-
die haya pensado en pagar.
De vuelta a España, el cardenal Pacheco se dedicó en cuerpo
y alma a gobernar su diócesis de Burgos, distinguiéndose princi-
palmente por su inagotable caridad para con los pobres, entre los
cuales repartía sus cuantiosas rentas, mereciéndole especial afec-
to y compasión, los que de la opulencia habían venido a la mise-
ria. En Burgos murió lleno de méritos a 23 de Agosto de 1579,
siendo traído a Ciudad Rodrigo su cuerpo, que fué enterrado en
la capilla de los Pachecos, en la Catedral, hasta que fuera cons-
truida la capilla de Cerralbo, de la cual trataremos a su tiempo.
CAPITULO IX
Otros mirobrigenses ilustres del siglo XVI.—Escritores: Feli-
ciano de Silva.—Feliciano de Silva y Cervantes.—Ascendencia
y descendencia de Feliciano.—Sus obras.—Otros escritores mi-
robrigenses de libros de caballerías.—Ambiente local propicio.
Feliciano de Silva. Nuestro famosísimo Feliciano de Silva
debe gran parte de su celebridad a Cervantes, que en el primer ca-
pítulo de su obra inmortal lo clavó en la picota, haciéndole prin-
cipal responsable de la locura de su héroe. [Dichosa suerte, deci-
mos nosotros, la de nuestro paisano, que transtornando el juicio
de un sosegado hidalgo de los de lanza en astillero, adarga anti-
gua, rocín flaco y galgo corredor, convirtíéndole de Alonso Quija-
no el Bueno en don Quijote de la Mancha, dio al mundo el más
sublime loco que en él ha habido, y a la literatura, el libro que más
penas ha quitado, más honesto esparcimiento ha dado al espíritu
y más fiel retrato nos ha dejado de la España grande, caballeres-
ca, idealista, quijotesca, de los siglos que pasaron para no volverl
De todos los libros de caballerías, dice Cervantes, ningunos pa-
recían tan bien a nuestro hidalgo «como los que compuso el fa-
moso Feliciano de Silva; porque la claridad de su prosa y aque-
llas entricadas razones suyas, le parecían de perlas, y más cuando
llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en
muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi
razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón
me quejo de la vuestra fermosura.» Y también cuando leía:.... «los
altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas
os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece
la vuestra grandeza.»
No es extraño que con estas razones del escritor mirobrigense
perdiera el pobre caballero el juicio, y se desvelara por entender-
las y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las enten-
diera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.
104 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
No se crea, sin embargo, que Feliciano de Silva fué el inven-
tor de esta clase de literatura. «Estos pueriles retruécanos y hue-
ras naderías, advierte Rodríguez Marín, andaban ya en la literatu-
ra amatoria peninsular antes que Feliciano de Silva los extrema-
se en sus libros.» «Y antes, añade, que el novelador de Ciudad
Rodrigo escribiese en el capítulo IV de la Crónica de Florisel: El
fuego de Lúcela me abrasa, templando su fuerza con la fuerza de
mayor fuerza que la muerte de mi Niquea me hace, había escrito
Cartagena:
«Su fuerza que fuerza mi fuerza por fuerza
m'esfuerza que fuerce mi mal no diciendo.»
Cervantes no vuelve a citar por su nombre a Feliciano de Sil-
va en el Quijote; pero, como se dice vulgarmente, no le deja de la
mano en toda la inmortal novela, ora condenando al fuego todos
sus libros en el donoso y grande escrutinio de la librería del inge-
nioso hidalgo, ora ridiculizando los nombres y los hechos de sus
más famosos personajes, ota remedando el estilo y las endia-
bladas y revueltas razones del autor, exactamente lo mismo que,
siglos después, había de hacer el P. Isla en el Fray Gerundio de
Campazas, con nuestro Soto y Mame y el mirobrigense Flo-
rilegio.
La biografía de Feliciano de Silva es poco menos oscura que
su estilo. Y no es porque su nombre no aparezca a cada paso en
toda clase de documentos; al contrarío, puede asegurarse que el
señor Feliciano era en Ciudad Rodrigo, como diríamos ahora, muy
popular, pues se le encuentra en todas partes: En el Ayuntamien-
to, como regidor; en los tribunales, como arbitro (oficio para el
cual debía tener condiciones excepcionales); en los testamentos y
particiones, como perito; en las posesiones de canonjías, como tes-
tigo; ¿qué más, si hasta se da el caso de que, siendo lego, el Cabil-
do le nombra representante suyo en el Concilio de Salamanca?
Pero todos estos documentos se concretan a señalar su presen-
cia, y, cuando más, a citar el nombre de sus padres, Tristán de Sil-
va y doña Mayor de Guzmán, o el de su esposa, la señora Gracia.
Sólo un documento del Hospital de la Pasión, nos da alguna luz
en el asunto. Es un curioso testimonio autorizado, dado por Do-
mingo Rodríguez, escribano real de Sequeros, en el convento de la
Casa Baja, a 9 de Mayo de 1725, a petición de don Fernán Gómez
de Silva y Guiral, vecino de Ciudad Rodrigo, en virtud de una pro-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 105
visión real. El escribano da testimonio de que en el convento de la
Casa Baja había una escritura de venta que pasó ante Domingo
Fernández, escribano de Ciudad Rodrigo, a 24 de Enero de 1511,
otorgada por Feliciano de Silva, regidor de Ciudad Rodrigo, y por
Juan de Silva y doña María de Guzmán, de toda la parte que les
cupo en Villar de Rey, por herencia de su padre Tristán de Silva,
en precio de 372 maravedises (1).
Lacónico en demasía es el citado testimonio, pues no tiene más
que una hoja; pero aun así, nos es úíil para tejer la genealogía de
Feliciano. En efecto; cita dos hermanos de Feliciano, don Juan de
Silva y doña María de Guzmán (ya veremos que eran tres); de él
se deduce también que el abuelo de Feliciano, Fernando de Silva,
poseía todo Villar de Rey, y que tuvo cuatro hijos: Tristán, Juan,
Pedro y Alonso, cada uno de los cuales heredó un cuarto de Vi-
llar de Rey. El cuarto heredado por Tristán de Silva, y después
por sus hijos Feliciano, Juan y María, es el que se vende por la
escritura que existía en la Casa Baja.
Pero Fernando o Hernando de Silva es un personaje muy co-
nocido en la historia de Ciudad Rodrigo. Luego ya podemos de-
terminar la genealogía en esta forma: Feliciano de Silva tuvo tres
hermanos: Tristán de Silva, el mayor, que de muy joven pasó a
las Indias, y había muerto en 1511, fecha de la escritura citada,
por lo cual no se menciona en ella; seguía en edad Feliciano, des-
pués Juan, que, como hemos visto en otro lugar, fué canónigo de
Ciudad Rodrigo, por renunciar en él la prebenda su tío don Juan
(i) N O se dice en la escritura el nombre del comprador de Villar de
Rey ; pero de documentos posteriores consta que .pertenecía a los Herreras,
v que hubo graves disturbios entre éstos y el Ayuntamiento sobre el dere-
cho de cortar l e ñ a : A 13 de iDiciembre de 1563 expone el corregidor que
la ciudad tiene derecho a cortar en Villar de !Rey, y que «don Diego de He-
rrera, señor, que se llama de dicho lugar, por dos veces, con gente y ma-
no armada, de pie y de a caballo, con arcabuces, ballestas y otras armas,
los ha echado del término, quitándoles bestias, carretas, aparejos etc., y con
temeraria osadía les decía : anda y desid a la cibdad de cibdad R.° que yo
lo hago...»
E n vista de ello, imanda el corregidor que «mañana, miércoles», todas
les que quieran ir a cortar a los montes de Villar de Rey, vayan, y que pa-
ra ampararlos, irán con él todos los regidores, excepto los impedidos, bajo
la pena de medio año de destierro y 10.000 ¡maravedises, etc. También dis-
pone que se lleve comida y cebada y todo lo que convenga, a costa de l a
ciudad.
106 Mateo H e r n á n d e z Vegas
de Silva (1), mediando con el Cabildo Feliciano; y María de Guz-
mán, que equivocadamente llaman algunos Aldonza, la cual casó
con su sobrino Hernán Nieto de Silva, de cuyo matrimonio nació
don Diego de Guzmán de Silva, cardenal, embajador de Felipe II
en Inglaterra y Venecia y restaurador de la desaparecida iglesia
de San Isidoro, donde fué enterrado.
Feliciano de Silva fué hijo de Tristán de Silva, regidor de Ciu-
dad Rodrigo y poseedor del señorío y mayorazgo de los Silvas,
en esta ciudad, y de doña Mayor de Guzmán, hija de don Gonza-
lo Mexía de Virués, regidor de Segovia, y de doña María de Guz-
mán. Tristán de Silva, padre de Feliciano, tuvo tres hermanos:
Juan, Pedro y Alonso, el primero de los cuales fué canónigo de
Ciudad Rodrigo y resignó la canonjía en su sobrino Juan.
Tristán de Silva fué hijo de Hernando de Silva, llamado el Va-
leroso, corregidor y justicia mayor de Ciudad Rodrigo, por nom-
bramiento de Enrique IV, señor de parte de las tercias de la Mo-
rana de Avila, que casó con doña Catalina de Ulloa, de la casa
de los marqueses de la Mota.
Hernando de Silva fué hijo de otro Tristán de Silva, que casó
con doña María López Pacheco, hermana de los famosos Esteban
Pacheco, primer señor de Cerralbo, y Marina Alfonso, la Corona-
da, por lo cual los Silvas de Ciudad Rodrigo figuraron siempre en
el linaje de los Pachecos.
Y, por último, este Tristán de Silva era hijo de Arias Gómez de
Silva y de doña Leonor de Fonseca, oriundos de Portugal, en cu-
ya ciudad de Chaves fué Arias Gómez alcaide mayor.
Pocas noticias tenemos de la mujer de Feliciano, lo cual no es
de extrañar, pues se sospecha que era de abolengo judío. Sólo dos
veces hemos visto su nombre, las dos en documentos del Hospi-
tal de la Pasión: En el acta de 3 de Mayo de 1561, son admitidas co-
fradas «las señoras Gracia, mujer que fué del señor Feliciano de
Silva, difunto, y doña Aldonza de Silva, su hija.» Y en el legajo III,
(i) 27 de Septiembre de 1518.—«Entran 'en Cabildo los señores Hernán
'Nieto de Silva y Feliciano de Silva y dicen que don Juan de Silva quiere
resignar -su canonicato en don Juan de Silva de Guzmán.» Lois señores acep-
tan : 23 de .enero de 1520. ¡Se da posesión .a Juan de Silva, de 'Guzmán. Son
testigos Feliciano de Silva de Gunmán^ su hermano ©te. E l Hernán Nieto
de 'Silva era cuñado de Feliciano y de don Juan.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la Ciudad 107
número 62, se halla una «carta de pago otorgada por doña María
de Silva (hija, como veremos, de Feliciano) mujer de don Fadrique
de Toledo, clavero de Alcántara, difunto, a favor de Diego Pache-
co de la Puebla de 28.000 maravedises, principal de un censo de
2.000, por cuanto habían sido entregados por éste a su sobrina
Gracia, mujer que fué de Feliciano de Silva. Año 1564.»
Aparte de esto, los dos documentos son interesantes, pues nos
hablan de dos hijas de Feliciano de Silva, con lo que se aclara al-
go lo de su descendencia, también oscura y problemática. Comun-
mente, sólo se hace mención de un hijo y de una hija, de la cual
hasta confunden el nombre. Del hijo no hay noticias en estos ar-
chivos, pero consta por la historia que se llamaba Diego de Silva,
que muy joven pasó a las Indias, distinguiéndose en la conquista
de Cuzco, donde fué Alcalde ordinario con Francisco de Carvajal,
apadrinó en la Confirmación al Inca Garcilaso e intervino acti-
vamente en las luchas que desgarraron al Perú.
A la hija, que casó con don Fadrique de Toledo, suelen llamar-
la doña Blanca de Silva. Nosotros, con el documento citado a la
vista, podemos acreditar que su nombre era doña María de Silva.
De cualquiera manera, no deja de causar extrañeza que, ha-
biendo contraído matrimonio Feliciano de Silva, con una mujer de
probable origen judío, una hija suya casara tan ventajosamente,
que llegara a emparentar nada menos que con la familia real espa-
ñola. Porque don Fadrique de Toledo, Clavero de Alcántara, era
hijo de don Fernando de Toledo (primo hermano del Rey Católi-
co) y nieto de don Garci Alvarez de Toledo, primer duque de Al-
ba, y de doña María Enríquez, hermana de doña Juana, reina de
Aragón, madre del Rey Católico.
Aún se explica menos este matrimonio de la hija de Feliciano,
cuando se ve que el hijo mayor de él (de cinco que tuvieron), don
Fernando de Toledo y Silva, a pesar de haber sido capitán en Flan-
des y Castellano de Pavía y Perpiñán, al hacer las pruebas para
cruzarse Caballero de Santiago, no le fueron admitidas por no ha-
ber podido acreditar su limpieza de sangre.
Además de la Segunda Celestina, obra francamente obscena,
mucho más que la Primera Celestina o Tragicomedia de Calixto
y Melibea), escribió nuestro Feliciano de Silva los siguientes li-
bros de caballerías, que fueron el cuotidiano alimento espiritual
de los españoles del siglo XVI: Amadis de Grecia, Lisuarte de Gre-
108 Mateo H e r n á n d e z Vegas
cía, Florisel de Niquea y Rogel de Grecia; es decir, todos los de
linaje de Amadis, a los cuales se refería el cura en el famoso es-
crutinio, diciendo: «Vayan todos al corral; que a trueco de quemar
a la reina Pintiquinestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas y a
las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos
al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero an-
dante» (1).
No es nuestro ánimo, ni vendría aquí muy a cuento, juzgar la
obra literaria del célebre novelista mirobrigense. Simples narra-
dores de historia, nos limitamos a indicar la parte que tuvo en la
vocación literaria de Feliciano de Silva, el ambiente legendario y
caballeresco que por aquellos días se respiraba en el pueblo que
le vio nacer.
Porque no se crea que Feliciano de Silva fué el único mirobri-
gense que escribió libros de caballerías. Ciudad Rodrigo, respon-
diendo a sus tradiciones de raza, a sus sentimientos caballeres-
cos, a sus bandos y continuas luchas a mano armada y a su cos-
tumbre de celebrar frecuentes torneos y juegos de cañas, que a
veces se volvían lanzas (2), fué extraordinariamente fecundo en li-
(i) Rodríguez Marín ilustra con eruditas notas todas 'estas alusiones.
(2) (Los torneos se hacían siempre en la Plaza Mayor. Eran tan frecuen-
tes y comunes a todas las clases sociales, que en ocasiones hubo que tomar
precaucionéis para que ¡ los canónigos ! no tomaran parte en ellos. Repeti-
remos una cita : Cabildo de 23 de Junio de 1525 : ((Se prohibe al chantre,
Juan de Silva de Guarnan (hermano de Feliciano) y Cristóbal Fernández, y
a todos los demás del Cabildo, que sean mascarais y jueguen cañas, sopeña
de 100 ducados. Y como se ha publicado que -el día de La Magdalena ha
de (haber máscaras y juegos de cañas, se manda que aquel día asistan todois
a vísperas para que se vea que no van.»
No eran los Silvas los menos aficionados a ser mantenedores de torneos.
E n sesión del Ayuntamiento de 30 de Mayo de 1561, se acuerda ((que el se-
ñor Cristóbal de 'Cueto haga hacer un cadahalso, en que estén los (señores
Regidores e los Jueces para un palenque..., para el día del torneo que har
cen los ¡señores don ¡Diego 'de -Silva e don Félix de Silva, que son mam te-
nedores del torneo», etc.
También eran frecuentes los alardes : iLais condiciones eran (Enero de
1460) : «El caballo no ha de haber traído albarda y debe valer 1.500 mara-
vedises. Se han de presentar con corazas buenas, armadura de cabeza, lan-
za y espada, sopeña de mo gozar de tal alarde y fincar por pecheros.»
(De tal manera se subordinaba todo a la idea de lucha, que cuando Ro-
ma prohibió las corridas de toros, nuestro Ayuntamiento alegaba, como ra-
zón suprema, la necesidad de conservarlas para adiestrarse en ellas para los
tórneos y para l a guerra.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 109
tcratura caballeresca, tanto, que aquí se engendraron las dos más
numerosas familias de caballeros andantes, la de los Amadises de
Grecia y la no menos famosa y dilatada de los Palmerines.
Pero antes que Feliciano de Silva diera a luz el Amadís de
Grecia y todos los demás del linaje de Amadís, ya se había escri-
to en Ciudad Rodrigo, y se había impreso en 1511, por lo menos,
la primera parte del Palmerín, que se había de reimprimir ocho ve-
ces antes de terminar el siglo. El Palmerín comprende dos libros:
Libro del famoso caballero Palmerín de Oliva y Libro segundo
del emperador Palmerín... en que se cuentan los hechos de Prima-
león y Polendos, sus hijos. El segundo libro se suele llamar el
Primaleón.
En el primer libro no se dice quién sea su autor, pero en el
prólogo al Primaleón se afirma que uno y otro son obra del mis-
mo ingenio, y se añade que ambos «fueron trasladados del griego
en nuestro lenguaje castellano e corregidos y enmendados en la
muy noble cibdad de Ciudarrodrigo por Francisco Vázquez vezi-
no de la dicha cibdad.»
No obstante esta terminante afirmación, algunos dicen que, por
lo menos, el Primaleón es obra de una dama natural de Augustó-
briga. Sabiendo que Augustóbriga es Ciudad Rodrigo, y que Ca-
talina Arias, natural de Ciudad Rodrigo y mujer de Pedro Váz-
quez, publicó, según Cabanas, «un libro muy curioso de caballe-
rías», y teniendo en cuenta la probable afinidad de Catalina Arias
y Francisco Vázquez, no es difícil conciliar las dos opiniones, ad-
mitiendo que uno de los dos próximos parientes, quizá cuñados,
escribió el Palmerín, y otro el Primaleón, o que los dos colabora-
ron en ambos libros.
Al Palmerín de Oliva y al Primaleón, sucedió la historia de otro
caballero andante de la misma familia, llamado don Polindo, y a
ésta, la muy célebre de don Palmerín de Ingalaterra, escrita, según
Cervantes, por un discreto rey de Portugal.
El juicio de Cervantes sobre el Palmerín de Oliva, no es más
favorable que el de Amadís de Grecia. «Y abriendo otro libro, vio
que era Palmerín de Oliva lo cual, visto por el licenciado, dijo:
Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aún no queden de
ella las cenizas». Bien distinto juicio hace del Palmerín de In-
glaterra.
Pues bien; todos estos libros, que con todas sus extravagan-
110 Mateo H e r n á n d e z Vegas
cias, eran una pintura fiel de las costumbres españolas, andaban
a fines del siglo XV y principios del XVI en manos de todos; to-
dos eran leídos y releídos en aquellos aventureros tiempos, con-
tribuyendo a formar y redondear el carácter español, del cual el
hidalgo manchego no es más que el tipo ideal.
Bien puede, pues, asegurarse, que por efecto de estas lecturas,
tan en consonancia con sus tradiciones, con su carácter y con su
espíritu caballeresco, Ciudad Rodrigo en aquellos tiempos estaba
lleno, como diría Cervantes, de encantamientos, pendencias, bata-
llas, desafíos, heridas, amores, tormentas y disparates imposibles.
En ese ambiente, con el terreno abonado, quizá para aprender
a leer en los libros de caballerías, vino al mundo Feliciano de Sil-
va, ese espíritu dominaría en la vida de familia, esas aventuras se
comentarían en la vida social.
¿Qué extraño es que se desbordase su ardiente y soñadora
imaginación, llevándole a los más inconcebibles extravíos?
Dichosos extravíos, que dieron ocasión a que se escribiera el
libro que es orgullo de España y envidia de las naciones extran-
jeras. Si en Ciudad Rodrigo no se engendró el Quijote, Ciudad
Rodrigo dio ocasión para que se engendrara, como dio pretexto
para que se engendrara el otro libro famoso, digno compañero
del Quijote, que se llama Fray Gerundio de Campazas. Sin Feli-
ciano de Silva, no existiría el Ingenioso Hidalgo, como sin Soto
Marne no existiría el Fray Gerundio; si el don Florisel de Niquea
del primero trastornó el juicio de Quijano el Bueno, el Florilogio
del segundo acabó de trastornar el de Fray Blas y el de su apro-
vechado discípulo Gerundio de Campazas, alias Zotes.
No todo, sin embargo, es reprensible en la obra literaria de
nuestro famoso paisano. Prueba de ello es que, si fué ridiculizada
por la fina sátira de Cervantes y por la menos fina y más punzan-
te de don Diego Hurtado de Mendoza, en cambio, al decir de los
eruditos, influyó notablemente en las creaciones de muchos emi-
nentes literatos, nacionales y extranjeros, sin excluir a Shakes-
peare. (1)
(i) Si hemos de dar fe al testimonio de don Diego Hurtado de Mendoza,
Feliciano vivió .desahogado y aun. rico, con el producto de sus numerosas
obráis ; pero seguramente se equivocó el feroz enemigo de Feliciano al echar-
le en icana que no había hecho más viajes que de -Ciudad iRodrigo a Valla-
dolad. Disfrazado don Diego bajo el 'seudónimo del Bachiller de Arcadia,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 111
Aparte de esto, Feliciano de Silva figura entre las Autoridades
de la lengua.
dice al capitán Pedro de Salazar : «Veis a Feliciano de Silva, que em toda
su vida isalió más 'lejos que de Ciudad Rodrigo a Vailadolid, criado entre
daraiydae y nereydas, metido en aquella su'torre del universo... y con todo
eso tuvo de comer y aun de cenar • y vos, que habéis andado, visto, hecho
y peleado... más que todo junto el ejército, no tenéis ni aún de almorzar.»
Decimos que se equivocó don 'Diego porque consta que Feliciano, en su
juventud sirvió de paje a don Juan Alonso de Guzmán el Bueno, sexto du-
que de Medina-Sidonia, y, ya más entrado en años, por los de 1540, vivía en
Sevilla al servicio de aquel magnate, y se cuenta que en vísperas de San-
ta Ana, pasando la duquesa de Medina-Sidonia, doña Ana de Aragón, por
el puente de Sevilla, cayó al río con toda su comitiva, de resultas del hun-
dimiento de aquél. Ahogáronse catorce doncellas y dueñas de la servidum-
bre de la duquesa, que hubiera tenido igual suerte, a no haber llegado Fe-
liciano de Silva, nadando hasta ella, y asid ola de una de las mangas, has-
ta que un barquero la recogió en su esquife,
CAPITULO X
Cristóbal de Castillejo.—Su patria.—Sale de aquí a los quince
años.—Hermanos y sobrinos.—Paje del archiduque Fernando.
Secretario del rey de Romanos—Sus obras.—Su muerte.—Su
sobrino Juan de Castillejo, secretario también del rey de Ro-
manos.—Vuelve a Ciudad Rodrigo.—Su muerte.—Otros escri-
tores de este siglo. —Diego Núñez de Alba. —Don Antonio de
Cáceres Pacheco.—Francisco de Guzmán.—El
cirujano Juan Alvarez
Nuestros Cristóbal de Castillejo y Fray Diego González (el
dulcísimo Delio), no solamente son dos glorias de Ciudad Rodri-
go, sino también de la literatura y de la poesía castellana, y aún
pudiéramos decir de la literatura universal.
Con singular complacencia tratamos ahora del primero, y tra-
taremos a su tiempo del segundo, porque ellos demuestran que, si
hemos tenido un Feliciano de Silva y un Soto Mame, que con sus
libros de caballerías y sus disparatados sermones han corrompi-
do el habla castellano, al mismo tiempo o inmediatamente des-
pués han surgido también en Ciudad Rodrigo los dos poetas más
españoles de los siglos XVI y XVIII, los dos escritores más aman-
tes de la pureza de nuestra lengua, que es también una forma del
amor a la independencia de la patria, que aprendieron en el pue-
blo que les vio nacer.
No se crea que vamos a caer en la tentación de descubrir y
presentar al excelso poeta, representante y mantenedor en la pri-
mera mitad del siglo XVI de la escuela poética tradicional, casti-
za, eminentemente española y castellana, contra los innovadores
extranjeros o extranjerizantes de aquella época.
Aparte de ser bien conocido en el mundo de las letras, recien-
temente ha hecho una hermosa edición de todas sus obras, ilus-
trándola con toda la competencia de verdadero erudito y con todo
el cariño de amante hijo de Ciudad Rodrigo, otro mirobrigense
6
114 Mateo H e r n á n d e z Vegas
ilustre, don Jesús Domínguez Bordona, director de la Biblioteca de
Palacio, quien ha publicado, además, otros varios trabajos encami-
nados a destacar la personalidad literaria de nuestro famoso pai-
sano.
A nosotros sólo nos incumbe recoger y zurcir, los escasísimos
datos desperdigados en estos archivos, relativos a la biografía de
Cristóbal de Castillejo, o por mejor decir, a su familia; pues Cris-
tóbal, que salió casi niño de su pueblo y nunca volvió a él, apenas
dejó en Ciudad Rodrigo vestigios de su existencia.
Nació, pues, Cristóbal de Castillejo en Ciudad Rodrigo. En el
«Diálogo entre el autor y su pluma», dice ésta:
Ya pues, sabéis que lo sé,
perdonadme, lo que os digo,
y poned a cuenta que,
siendo de Ciudad Rodrigo,
do la corte nunca fué,
conversáis entre señores,
y a mi causa habéis venido,
no sólo a ser conoscido
de reyes y emperadores,
mas, cierto, favorescido (1).
Ignoramos el año de su nacimiento; pero, habiendo muerto en
1550, ya bastante anciano y achacoso, podemos conjeturar que se-
ría por los años de 1480 a 1490, poco más o menos por los años
en que debió de nacer Feliciano de Silva. De las expresiones del
poeta, en que se dice criado «en casa ajena» y haberse hallado en
la Corte «so ajeno poder y mando», han deducido algunos bió-
grafos que ya entonces sería huérfano. Quizá lo sería, pero las
frases citadas lo mismo pueden ser verdaderas, siendo huérfano,
que viviendo sus padres.
Y con esto, confesada queda también nuestra ignorancia acer-
ca de los padres y demás antepasados de Cristóbal, de los cuales
no hallamos más vestigios que la existencia del apellido, compro-
bada por el nombre de una calle, pues, desde muy antiguo, la ac-
tual calle de Talavera llevaba el nombre de calle de la Bodega de
Castillejo.
Hemos de conformarnos, pues, con las noticias, no muchas ni
(i) Apro'pósito de si la corte estuvo o no alguna vez en Ciudad Rodri-
go, citamos en otro lugar estos versos, con alguna ligera variación. Ahora
los copiamos de la edición de Domínguez Bordona,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 115
muy claras, relativas a sus hermanos y sobrinos. El único docu-
mento que nos da alguna luz en el asunto, es el acta de 27 de Di-
ciembre de 1544 del Hospital de la Pasión: «Se da cuenta de que
un Juan de Castillejo, sobrino de Pedro de Castillejo, difunto, que
está en el reino de Hungría, tenía en esta ciudad y término cierta
hacienda que quería dar al Hospital, la cual tenía Francisco de
Castillejo, su primo». Se nombra comisión para hablara éste.
No es gran cosa, pero unamos estos datos a los poquísimos
que nos dan los biógrafos: Cristóbal, nos dicen, tuvo un hermano
llamado Pedro, casado con Isabel de Manzanedo, mas otro herma-
no y una hermana de nombres desconocidos; la hermana fué ma-
dre de Antonio Veraguez y Castillejo, obispo de Trieste. Hijos de
Pedro e Isabel fueron Francisco y Beatriz, ésta monja. También fué
sobrino de Cristóbal, Juan de Castillejo, que le sucedió en el car-
go de secretario del rey de Romanos. Este es el Juan de Castillejo,
de quien habla el acta del Hospital y de quien daremos más ade-
lante algunas otras noticias, pues volvió a Ciudad Rodrigo y aquí
murió. Era sobrino de Cristóbal y de Pedro de Castillejo, hijo, por
consiguiente, de otro hermano que no se nombra; en cambio se ha-
ce mención expresa en el acta de su primo Francisco de Castille-
jo, hijo de Pedro. Diremos lo poco que sabemos de algunos de es-
tos personajes:
Pedro de Castillejo. La primera vez que se hace mención de es-
te hermano de Cristóbal, es en el acta capitular de 19 de Abril de
1518, en la que se presenta a Pedro de Castillejo haciendo gestio-
nes con el Cabildo para que se dé, como se hizo, libre de pensión,
a Pedro Altamirano, que había servido antes el mismo cargo, la
media prebenda de maestro de capilla. Era regidor en 1541, y en
30 de Julio se presenta en Cabildo con Francisco de Chaves a dar
contestación a la embajada del Cabildo, en la que pedía ayuda
para la obra de la capilla mayor, diciendo «que en cuanto se aca-
be la sisa que ahora está puesta», ofrece el Ayuntamiento la mis-
ma por dos años para dicha obra. Murió en Abril de 1544, pues a
15 de dicho mes se «concede sepultura a Pedro de Castillejo, por
50.000 maravedises». Como se ve, coincide con el acta del Hospi-
tal, que en Diciembre del mismo año ya habla de Pedro de Casti-
llejo, difunto.
Luis de Castillejo. Suena por primera y única vez este nombre
en las actas capitulares de 1519. Es, por consiguiente, contempo-
1Í6 Mateo H e r n á n d e z Vegas
raneo de Pedro de Castillejo. ¿Será éste el otro hermano de Cris-
tóbal y Pedro, que no suele nombrarse, padre, por lo tanto, del se-
aetario Juan de Castillejo! Hay el inconveniente de que este Luis
de Castillejo es capellán del Cabildo, y se habla de él en el acta
con motivo de renunciar su capellanía, que se da a Antón de Ar-
guello, renuncia que el Cabildo acepta agradecido, hasta el punto
de prometer que le enterrará como si muriera beneficiado.
No es dificultad insoluble, pues ya hemos visto que era harto
frecuente en aquellos tiempos ordenarse y obtener beneficios, al
quedar viudos con hijos (recuérdense los Gómez de Silva y otros),
y no más raros los casos de beneficiados y aun prebendados (re-
cuérdese el ejemplo del deán don Alonso del Águila), que pose-
yendo beneficios sin estar ordenados de orden sacro, los resigna-
ban para casarse. Y sin admitir esta caritativa interpretación,
siempre nos ha parecido muy sospechoso el silencio, mejor dicho,
la sistemática ocultación del nombre y condición de los padres de
Juan de Castillejo. Es extraño que en el acta del Hospital se de-
termine la personalidad de Juan de Castillejo, ausente en Hungría,
con las palabras sobrino de Pedro de Castillejo, difunto. ¿Por qué
no se cita, como parecía natural, al padre, en lugar del tío?
Francisco de Castillejo, hijo de Pedro de Castillejo. Es regidor
por los años de 1547 a 1562. A 23 de Julio de 1547 se nos da en el
acta del Ayuntamiento la apreciable noticia de que es cuñado de
Juan Pacheco. No se dice de qué Juan Pacheco se trata, de los mu-
chos que por aquel tiempo llevaban este nombre. De cualquiera
manera, era de la familia más linajuda de Ciudad Rodrigo. Proba-
blemente, por las razones que diremos después, eran cuñados por
estar casado Juan Pacheco con una hermana de Francisco de Cas-
tillejo, de lo cual se deduce que, además de la hermana monja de
que hablan los biógrafos, tuvo Francisco de Castillejo, por lo me-
nos, otra hermana casada.
Francisco de Castillejo forma parte en Noviembre de 1547, de
la comisión encargada de amojonar el terreno, según el primer
proyecto, para el Hospital de la Piedad; en Enero de 1549, vota
con el marqués de Cerralbo sobre el destino que se había de dar
a la madera del Pinar de Azaba, que se había quemado; en Agos-
to del mismo año, es nombrado con otros regidores veedor de la
obra del puente principal; y en Mayo de 1558, es comisionado con
Rodrigo Nieto de Silva, Juan Maldonado, Antonio de Cáceres y el
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 117
teniente de Corregidor, para recopilar las Ordenanzas de la ciu-
dad con dos reales cada día de salario.
Probablemente murió en 1562, pues a 4 de Diciembre de este
año le sucede en el cargo de regidor Francisco de Castillejo Mal-
donado, que, si es hijo suyo, como era práctica común en la su-
cesión de regidurías, pfobaría que Francisco de Castillejo estuvo
casado con una señora de apellido Maldonado. Este es regidor
hasta el 21 de Noviembre de 1567, en que renuncia, sucediéndole
Martín de Miranda.
Francisco de Castillejo, padre, fué alcalde del Hospital el año
de 1554.
En las listas de cofrades del mismo aparecen más tarde Juan
Pacheco de Castillejo, Antonio Pacheco de Castillejo y Luis Pa-
checo de Castillejo. El último murió siendo alcalde en 1598. Sin
fiar del todo en los apellidos, pues sabemos lo arbitraria que era
su elección en aquel tiempo, los tres deben ser hermanos, hijos del
matrimonio a que nos hemos referido antes de Juan Pacheco, con
una hermana de Francisco de Castillejo.
Por último, en 1559 figura como cofrade, propuesto por Juan
Pacheco, un Cristóbal de Castillejo que se dice yerno de Matura-
na. Puede ser hijo de Francisco, propuesto por su tío Juan Pacheco.
Resumamos ahora, brevísimamente, la vida de Cristóbal de
Castillejo fuera de Ciudad Rodrigo.
Aunque de casta de hidalgos, debió poco favor a la fortuna.
En Aula de cortesanos (1), que indudablemente contiene la auto-
biografía de Cristóbal, dice éste, representado por Lucrecio:
Yo, pobre gentil hidalgo,
de bienes desguarnecido,
si por mí mesmo no valgo,
siempre viviré corrido
La pobreza, y quizá la horfandad, le obligaron a salir de su
patria, apenas cumplidos los quince años, con intención, según al-
gunos, de servir como soldado, lo que no es probable, porque
además de impedirlo la poca edad, él mismo, en el poema citado,
de los ocho estados que enumera, que se pueden elegir para vivir
y medrar, excluye el del soldado con otros siete.
(i) Con este título publica Domínguez Bordona el poema que antes E*
había impreso, con el Diálogo de la vida de corte.
118 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Y no veo
para cumplir mi deseo,
pensando en ello despacio,
sin andar por mas rodeo,
sino acogerme a palacio
de algún rey
o príncipe de mi ley,
gran señor o gran prelado,
sometiendo como el buey,
mi cabeza a su mandado.
Entró, pues, en el palacio del Rey Católico, sirviendo de paje
a su nieto el archiduque Fernando, que luego debía de ser rey de
Bohemia, de Romanos y de Hungría. En el año 1515, aproximada-
mente, ingresó, y a su tiempo hizo la profesión, en el monasterio
cisterciense de S>mta María de Valdeiglesias, del cual salió para no
volver, diez años después, por causas que ignoramos. Por esta ra-
zón, añadida a su conducta excesivamente despreocupada y libre
y al carácter general de sus poesías, «mezcla extraña de devoción
y lubricidad» (1), el ex-fraile ha sido calificado de clérigo decidor
y nocherniego, y sus obras fueron mutiladas en muchos pasajes
por el Santo Oficio. Sin defenderle, su vida y su conducta moral
y religiosa se compendían en estos cuatro versos con que termina
el proemio de La invención déla Cruz:
Y pues Cristóbal me llamo (2)
Valme, Cristo, y sé comigo,
que aunque sé que no te sigo
sabes que no te desamo.
Del monasterio salió para la Corte de don Fernando, ya en-
tonces rey de Bohemia, Corte que no abandonó ya, como secreta-
rio del rey, aunque quejándose siempre de sus glorias vanas, de
la ingratitud de los príncipes, del favor que gozaba la adulación,
del poco medro logrado, etc., etc. En 1530 Carlos V le concedió
una pensión de 500 ducados sobre el Obispado de Avila, y des-
pués otra de 300 sobre el de Córdoba. En 1534 fué nombrado con-
sejero del rey, y en 1536 obispo de Horbacia, cargo que tuvo el
talento y la delicadeza de no aceptar.
Murió el 12 de Junio de 1550, siendo enterrado en Wiener
Neustadt, a tres jornadas de Viena. (3)
(i) Domínguez Bordona, Prólogo a las obras de Castillejo.
(2) Cristóbal, significa el que lleva consigo a Cristo.
(3) 1N0 podemos menos de admirax 1a ligereza de, Cabanas, ai afumar
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 119
Cristóbal de Castillejo fué harto parco en aludir a Ciudad Ro-
drigo y a cosas de esta tierra. Exceptuada la terminante declara-
ción de su nacimiento, sólo es clara la mención de la Peña de
Francia en la canción a Nuestra Señora de Monserrate:
También hacéis vuestra estancia
en Guadalupe, en las breñas,
y así en la Peña de Francia;
La glosa de la Bella mal maridada de Castillejo, es muy pro-
blemático que aluda a la Bella mal maridada de Ciudad Rodrigo.
El mirobrigense Domínguez Bordona sospecha esta alusión, por-
que en un manuscrito anónimo titulado Floresta española, se
dice, hablando de Ciudad Rodrigo, que en el monasterio de San
Agustín zstá enterrada la hermosísima doña Beatriz de Trejo, a
quien don Diego de Jerez, deán de Plasencia, dedicó las primeras
coplas de la bella mal maridada.
Es verdad que en Ciudad Rodrigo hubo una señora famosa
por su nobleza y más todavía por su extraordinaria hermosura,
doña Beatriz de Trejo, a quien llamaron la bella mal maridada,
porque, casada con el noble caballero Juan de Chaves de Herre-
ra, éste la hacía objeto de malos tratos, que transcendían a toda
la ciudad, a causa de que no lograba sucesión. Decidida ya la se-
ñora a librarse de vida tan infeliz, encerrándose en el convento
de Santa Clara, tuvo la dicha de sentirse en cinta y dar a luz un
hermoso niño, que fué el Garci-López de Chaves, que tantas ve-
ces se cita después como jefe de esta casa y sostenedor de los an-
tiguos bandos con los Pachecos. Desde entonces, Juan de Chaves
estimó como debía a su bella esposa. También es verdad que
doña Beatriz de Trejo, mandó enterrarse en la iglesia de San
Agustín.
Con todo, es difícil que Cristóbal de Castillejo tuviese noticia
de la bella mal maridada de su pueblo natal, porque esta señora
vivió muy en la segunda mitad del siglo XVI. En 1566 compraba a
las monjas de Sancti-Spírítus el convento que dejaban en Valdá-
rrago para regalarlo a los franciscanos descalzos.
Además, se enterró en San Agustín, que no se concluyó hasta
que Cristóbal vino a morir a Ciudad Rodrigo, estando 'enterrado en la Ca-
ridad, como consta de su epitafio. No tiene más 'disculpa que isi acaso con-
fundió con él otro Cristóbal de (Castillejo, de quien hemos hecho mención.
120 Mateo H e r n á n d e z Vegas
1590, aproximadamente. Debe, pues, suponerse que cuando murió
Cristóbal en 1550, apenas tendría edad doña Beatriz para contraer
matrimonio.
El tema de la bella malmaridada es uno de los tópicos más re-
petidos, más populares y más antiguos de la literatura española.
El mismo Domínguez Bordona cree que en la Transfiguración
de un vizcaíno, gran bebedor de vino, los versos
Fué devoto en demasía,,
especial de San Martin,
y de los montes del Rín,
y valle de Malvasía,
se refieren a San Martín de Trevejo, en nuestra diócesis; y
añade que en lo antiguo, este pueblo se llamó San Martín de los
Vinos, por la excelente calidad y abundancia de los suyos, que
competían con los del vecino lugar de las Eljas, de donde se ori-
ginó el refrán que cita Correas: El vino de las Eljas me escalien-
ta las orejas.
De propósito hemos reservado para el fin de este capítulo las
noticias escasas, pero seguras y de más interés local, que tenemos
del sobrino de Castillejo, Juan de Castillejo, que en los documen-
tos de Ciudad Rodrigo se llama por autonomasia el Secretario
Castillejo.
Sin que sepamos la causa (quizá lo fuera la compasión y lásti-
ma que inspira el llamarse hijo ilegítimo o algo peor), fué el sobri-
no predilecto del poeta, tanto, que apenas tuvo edad para ello, le
llevó consigo a Hungría, dándose tan buena maña tío y sobrino,
que poco después éste era también secretario del rey de Romanos.
Cristóbal le dedicó el Diálogo entre la Adulación y la Verdad en
1545, y en la misma fecha, hallándose ya viejo y achacoso, le en-
comendó la administración de su menguada hacienda.
Muerto su tío, Juan se desengañó más pronto de la vanidad de
la vida de la corte o más pronto consiguió las ventajas que le per-
mitieran una vida buena y descansada, sueño dorado de su tío,
que no pudo realizar. Ya en vida de éste, año 1545, había manifes-
tado, según hemos advertido, que quería dar al Hospital la ha-
cienda que tenía en esta ciudad y su término y que estaba en po-
der de su primo Francisco de Castillejo: Prueba de que en Hun-
gría no tenía apuros económicos.
Seis años después de la muerte de su tío ya estaba en Ciudad
Rodrigo: A 30 de Agosto de 1556 es admitido de cofrade en el Hos
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 121
pital el secretario Castillejo, vecino de esta ciudad. Ya debía lle-
var algún tiempo en ella, pues se advierte en el acta que es recibi-
do por excusado, «en atención a las grandes limosnas que hace al
Hospital, y que tiene propósito de hacerlo así e mejor cada día».
Grandes, en efecto, debían ser éstas, pues se le conceden privile-
gios que se negaron por aquel tiempo al marqués de Cerralbo, cu-
yas limosnas eran también cuantiosas (1). Se añade: «Si no qui-
siere ser excusado, como los demás caballeros, también se le ad-
mite.»
Poco tiempo disfrutó el secretario Castillejo de esta vida reti-
¡
rada y tranquila. A 28 de Agosto de 1558 s ¿ daba en la junta del
Hospital la noticia de que había fallecido aquel mismo día, y se
nombra comisión para aceptar la manda y limosna que dejaba en
el testamento y en una memoria. La manda era de 2.000 ducados,
que se cobraron en dinero, con el cual se compraron media yuga-
da en Marialba y 90.000 maravedises de renta en Aldeanueva del
Arenal.
El Hospital correspondió dignamente disponiendo, desde luego,
que se le dijera una misa perpetua el martes de Pascua del Espí-
ritu Santo, con asistencia de todos los cofrades; y más tarde, en
1562, a propuesta de Diego Miranda, el Rico, y previa consulta
con el maestro Palacios, se acordó que, además de la misa, se le
hiciera una memoria perpetua «el día de San Agustín en que mu-
(i) E n Junta de 20 de Abril de 1544, un cofrade dice que bien saben
que el -señor marqués de Oerralbo ¡había tenido mucha voluntad de ser her-
mano de la cofradía, y que no lo habían querido recibir, sino con la condi-
ción de que fuese, excusado y no tuviese voto, como los otros caballeros, de
lo cual él se había resabiado y no daba limosna, y aún decía que la estor-
baría. Añade que sus mercedes debían de recibirle, y aún enviar a discul-
parse, pues bien sabían la persona que era y Ja limosna y provecho, que el
Hospital habría de él. ((Sin embargo, contestan, que se holgarían mucho de
ello, con tal qtie sea excusado como los otros caballeros, y si no quiere sel
excusado, que nombre un cofrade que pague las penas, cuando él no asista.
(No deja de ser gracioso el remedio : Como les caballeros solían alegar sus
exenciones, entre otras la de pagar multas, se le exige que nombre a otro
¡ a quien se pueda ¡multar, cuando el marqués no asista !). En aquel tiem-
po los hermanos del Hospital tenían la obligación estricta de asistir, sope-
ña de multa, a los Cabildos y a los entierros de les pobres del Hospital,
siempre, y a la visita de ios enfermos y a pedir limosna con l a taza por la
ciudad y arrabales, cuando les correspondía por turno.
Los excusados pagaban una cuota semanal, y podían asistir a los Cabil-
dee, pero sin voto.
122 Mateo H e r n á n d e z Vegas
rió con diáconos, bulto, tumba, hachas y asistencia de todos los
cofrades con pena de multa», y que después de la misa, el alcalde
diga que aquella misa es por el ánima del Secretario Juan de Cas-
tillejo, recordando sus buenos hechos, etc.
Los papeles del Hospital nada dicen del sepulcro de Juan de
Castillejo. Si Cabanas no se equivocó, como en el del poeta, fué
enterrado en el convento de Santo Domingo, donde se conserva-
ba su epitafio.
No terminaremos este capítulo sin mencionar siquiera otros es-
critores de este siglo, según los cita Cabanas, pues nosotros no
hemos logrado ver sus obras.
Don Diego Núñez de Alba, que sirvió como soldado al César,
escribió y publicó los Diálogos sobre las guerras de Carlos V en
Alemania.
Don Antonio de Cáceres Pacheco, de quien tan frecuente men-
ción se hace en las actas municipales, escribió un libro titulado
De Pretura urbana, y otro In haeresiarcam Mart. Lut. et sect.
Francisco de Guzmán, coronel, cronista de Felipe II, hijo de
don Juan Gómez de Silva, arcediano y canónigo, compuso el li-
bro Triunfos de Guzmán.
Juan Alvarez, cirujano, compuso el Ramillete de Flores qui-
rúrgicas.
CAPITULO XI
Más mirobrigenses ilustres del siglo XVI.—Familia de los Pa-
checos.—Compendio de su genealogía desde que aparecen en
Ciudad Rodrigo.—Otros personajes famosos de la misma fami-
lia.—Rodrigo Pacheco, ballestero mayor de Enrique IV.—Doña
María Pacheco—Don Juan Pacheco (Osorio).—Don Juan Pa-
checo (Maldonado).—Don Rodrigo Pacheco, primer marqués
de Cerralbo.—Don Juan Pacheco, segundo marqués
Tarea imposible sería solamente citar los nombres de los mi-
robrigenses ilustres del fecundísimo siglo XVI. Sólo haremos
mención de los principales, de que tenemos noticia, procurando
agrupar, cuando sean numerosos, los de la misma familia, para
evitar confusión. De justicia corresponde el primer lugar a los
Pachecos de Ciudad Rodrigo, pertenecientes a la nobilísima casa
de Cerralbo, que puede decirse que llenan la historia de nuestra
ciudad durante más de doscientos años. Muchos hemos citado ya.
Aquí resumiremos su genealogía desde que aparecen en Ciudad
Rodrigo, notando los más famosos, y deteniéndonos algún tanto
más en aquellos de quienes no ha habido ocasión de hablar has-
ta ahora.
El tronco de los Pachecos de Ciudad Rodrigo es Diego López
Pacheco, llamado el Grande, a quien se culpó de la muerte de
doña Inés de Castro, en Portugal.
Hijo de Diego López Pacheco fué el famoso Esteban Pacheco,
héroe de la leyenda de doña María Adán, de cuyo matrimonio con
Inés Pérez no debió haber descendencia, por lo menos masculina,
por las razones que diremos.
Más importancia tienen para la genealogía otros dos hijos de
Diego López Pacheco, a saber: don Juan Fernández Pacheco,
guarda mayor del rey don Juan I de Portugal, de quien descien-
den los Pachecos, marqueses de Villena, duques de Escalona; y
don Lope Fernández Pacheco, de quien descienden los Pachecos de
124 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
Ciudad Rodrigo. Este era señor de la villa de Monzón, que ven-
dió al rey de Portugal, para establecerse definitivamente en nues-
tra ciudad.
Hijo de Lope Fernández Pacheco fué Esteban Pacheco, primer
señor de Cerralbo, por merced de Enrique II de Castilla. Esto
prueba, como dijimos, que el primer Esteban Pacheco no tuvo des-
cendencia masculina, pues sería muy extraño que, habiendo gana-
do en el famoso lance con los Garci-López, con la mano de Inés
Pérez la propizdad y posesión de Cerralbo, y teniendo hijos varo-
nes, recayese el señorío, mero mixto imperio, en un sobrino suyo.
Lope Fernández Pacheco fué, además, padre de Marina Alfonso,
la Coronada; de Alfonso López Pacheco, comendador mayor de
Alcántara, y de doña María López Pacheco, que casó con Tristán
de Silva, de cuyo matrimonio nació Hernando de Silva, el Valero-
so, abuelo de Feliciano de Silva.
Esteban Pacheco fué padre de don Juan Pacheco, segundo se-
ñor de Cerralbo, que casó en Ciudad Rodrigo con doña María, hija
única y heredera de Alvar Rodríguez Cueto, Adelantado de Castilla
y Caballero de la Banda, a quien tantas veces hemos citado.
De este matrimonio nacieron doña Teresa Pacheco, que casó
con don Juan Alfonso de Pimentel, de quien descendían los seño-
res de Sierra Leona, y don Esteban Pacheco, tercer señor de Ce-
rralbo, montero mayor de los reyes don Juan II y don Enrique IV,
que, como hemos visto, fué enterrado en Ciudad Rodrigo, junto a
la puerta del coro, en la nave de los Pachecos.
Con este Esteban Pacheco se extingue por vez primera la línea
masculina de los señores de Cerralbo, pues habiendo contraído
matrimonio con doña Inés de Monroy, de la casa de los condes de
Deleitosa, no tuvieron más que una hija, la famosa doña María
Pacheco, cuarta señora de Cerralbo, que casó con don Alvar Pé-
rez Osorio, de la nobilísima casa de Astorga.
También nosotros interrumpimos aquí el hilo de la historia,
porque reclama nuestra atención un personaje cuyo nombre ha-
llamos a cada paso en los documentos, desde mediados del si-
glo XV, y del cual, a pesar de su importancia, no hacen mención las
historias de Ciudad Rodrigo ni los genealogistas de la casa de Ce-
rralbo, sin duda por no ser de la línea recta ni figurar entre los su-
cesores y herederos del señorío. Se llama Rodrigo Pacheco, ba-
llestero mayor de Enrique IV.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 125
¿Quién es Rodrigo Pacheco? ¿Pertenece a la casa de Cerralbo?
La primera referencia nos la proporcionó una escritura de venta
de la mitad del lugar de Agusejo (hoy Abusejo), otorgada en 1466
por doña María de Monroy, a favor de Rodrigo Pacheco y su so-
brina doña María Pacheco, mujer de Alvar Pérez Osorio, señores
de Alberguería. Vimos después una Real Provisión de Enrique IV,
fechada en 1458, confirmando la elección de regidor de Ciudad Ro-
drigo hecha por el linaje de los Pachecos a favor de Rodrigo Pa-
checo, su ballestero mayor, por muerte de su hermano Esteban
Pacheco, montero mayor del mismo rey (1).
Es, pues, Rodrigo Pacheco hermano de Esteban Pacheco, ter-
cer señor de Cerralbo y tío carnal de doña María Pacheco, cuarta
señora.
Completemos estos datos con los que. nos proporcionan los li-
bros de Acuerdos del Ayuntamiento, verdadera mina de noticias
para la historia de Ciudad Rodrigo. Son tan hermosas y retratan
tan al vivo las cristianas costumbres del Concejo mirobrigense las
actas de aquella época, que no dudamos en copiar largos párrafos
de ellas.
Sábado, 26 de Agosto de 1458: «Dentro en las casas del Con-
sistorio (suprimimos muchas abreviaturas) e estando ay presen-
tes el bachiller Pero González de Arévalo, alcalde en la dha cibdad
e Alonso Pacheco e Ferrand Pacheco e Pero Pacheco e Alonso
González, Regidores en la dha cibdad en el linaje de los Pachecos
e García de Chaves e Juan de Paz, Regidores en el linaje de Gar-
cía López. E luego los dhos Regidores del dho linaje de los Pa-
checos dixeron que por quanto ayer viernes que fueron veynte e
cinco días de Agosto nuestro señor ovo llevado desta present vida
a Estevan Pacheco Regidor en el dho linaje de los Pachecos e va-
cara su oficio por su muert, por ende.... E luego todos juntos los
Regidores del dho linaje de los Pachecos nombraron al dho oficio
a Rodrigo Pacheco su hermano. Al qual todos juntos los dhos Re-
gidores de ambos los dhos linajes elegieron al dho oficio.»
En el mismo día se despachó petición al rey para la confirma-
ción del nombramiento.
Viernes, 19 de Enero de 1459: «Paresció Rodrigo Pacheco, fijo
(i) Amboe documentos son del Archivo municipal,
126 Mateo H e r n á n d e z Vegas
de Juan Pacheco cavallero defunto, que Dios aya, e presentó....
una carta de nuestro señor el Rey (la Provisión a que nos hemos
referido antes).... E luego los dhos Concejo, Justicia, Regidores di-
xeron que obedecían la dha carta con la mayor Reverencia que po-
dían. E cerca del complimyento della dixeron que fasyendo el dho
Rodrigo Pacheco el Juramento e solemnidad contenido en la dha
carta que estavan prestos para lo Rescebir. E luego el dho alcalde le
tomó Juramento sobre la señal de la qrus e por las palabras de los
santos evangelios en forma devida para que bien e leal e verdade-
ramente usaría del dho oficio de Regimyento e procuraría el buen
Regimyento de la dha Cibdad e su tierra... e que si lo asy fecyese
que Dios padre poderoso le ayudase en este mundo al cuerpo, e
en el otro al alma; salvo, que lo condenase como aquel que se per-
jurava en su santo nombre en vano, e luego el dho Rodrigo Pa-
checo fizo el dho Juramento e Respondió a él e dixo: sy juro e
amén» (1).
La significación e importancia de Rodrigo Pacheco ante el rey
y en la historia de Ciudad Rodrigo puede ya colegirse de su car-
go de Ballestero mayor del rey, poco menos honorífico, y desde
luego de más confianza que el de montero mayor que había teni-
do su hermano Esteban Pacheco, a quien sucedió en el cargo de
regidor de Ciudad Rodrigo. Pero el hecho que vamos a referir (no
recogido, como tantos otros, por los historiadores de nuestra ciu-
dad), demuestra aún más claramente la confianza que inspiraba a
su rey y el predominio que llegó a tener en Ciudad Rodrigo en una
(i) N O «xtrañará tanta fe al que haya leído la invocación que encabe-
za este mismo libro de Acuerdos : «En «1 nombre de di oís e día bien aven-
turada Santa mya su madre Reyna dios cieos madre de piadad >e de con-
solación 'este íes «1 Registro dios fechos del concejo de cibdad Rodgo q pa-
saron por ant my garcia al vares, escriuano e not." público dios Fechos di
dho concejo nro Señor el Rey deste presente año d i Nascimy, de nro Sal-
vador Jhu Xpo de myll e qt.° cientos e cinquenta e ocho años. A servicio
de dios al ql plega de dar buenos temporales en este 'Reyno e vitoria A ñro
Señor el IRey contra sus enemigos. Amén.»
Así ise .comprende que tomaran acuerdos como éste : 3 de Febrero de
1548 : K(Que era janato e bueno que se hiciese un crocifijo e imagen de nrá
Señora, con su altar, en que se orase e rezase primero que se juntasen a
hacer sus oficios e porque los hiciesen conforme a derecho, e mirasen pri-
meramente quien estaba delante, porque no hiciesen lo que no debiesen co-
mo no lo avian hecho.»
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 127
época en que tantos hombres ilustres la honraban y ennoblecían.
Para entender su significación, es preciso recordar:
1.° Que así como se repartían entre los dos linajes los oficios
mayores y menores, así también se sorteaban de tiempo en tiem-
po las llaves de las puertas de la ciudad. El último sorteo se había
hecho en 13 de Enero de 1458, y habían cabido a los Pachecos las
llaves de las puertas del Rey y del Sol, y a los Garci-López las del
Conde y del Postigo (la actual de Amayuelas).
2.° Hay en el archivo municipal (1) copia de una carta sin fe-
cha, pero que debe ser de esta época, pues es contestación de la
ciudad a una Provisión de Enrique IV, por la cual sabemos que
poco antes los portugueses habían tomado a Ciudad Rodrigo por
sorpresa, suceso que tampoco mencionan nuestras historias. Como
el rey habla de la necesidad de guardar esta ciudad, y la ciudad
contesta que el enemigo entró en ella por engaño, no por falta de
centinela, parece lógico deducir que sospechaba el rey que había
habido negligencia, o falta de vigilancia, por parte de algunos de
sus guardadores.
Los acontecimientos posteriores nos autorizan para creer que
los portugueses entraron por alguna de las puertas, cuyas llaves
estaban encomendadas a los Garcí-López, y que la noticia llega-
ría hasta el rey por oficiosidad de sus eternos rivales. En estas
circunstancias tuvo lugar lo que vamos a referir.
Era el 4 de Mayo de 1459 (pocos meses después de ser regidor
Rodrigo Pacheco), viernes, día de Consistorio ordinario; pero
aquel día el Ayuntamiento no se celebraba, como era uso y cos-
tumbre, en las casas del Consistorio, ni en el claustro o iglesia de
San Juan, sino ¡cosa rara! en la muralla.
Estando, pues, juntos los caballeros regidores de uno y otro li-
naje, Rodrigo Pacheco «presentó e leer fizo una cédula de nuestro
señor el Rey firmada de su nombre, su thenor de la qual es este
que se sigue (suprimimos abreviaturas y ponemos las notas orto-
gráficas necesarias para su inteligencia):
EL REY
Rodrigo Pacheco, yo embio a esa tierra a facer algunas cosas
complideras a mi servicio al Comendador Johan de Seguino my
(i) Leg. 25 Sección de cosas de guerra.
128 Mateo H e r n á n d e z Vegas
vasallo. Yo vos mando que le dedes fee a lo que de tny parte vos
dirá, e aquello pongades en obra, dándole todo fauor e ayuda por
vuestra persona e con la más gent que pudierdes para faser las
cosas que le yo mando, de guisa que my servicio sea guardado.
De la villa de Ayllón diez e siet de abril de cinquenta e nueve.—
Yo el Rey.»
Profundísima impresión debió de causar la real cédula en
aquellos nobilísimos varones, pues era lo que entonces se lla-
maba una carta de creencia, es decir, un documento en que el rey
avisaba a Rodrigo Pacheco que eran tan graves los asuntos de
que había de hablarle, que, no atreviéndose a confiarlos al papel,
le mandaba que diese entera fe a lo que de palabra le dijera un
emisario de la real confianza.
¿Cuáles eran esos asuntos? Afortunadamente, el Comendador
Juan de Leguino no pudo venir personalmente a Ciudad Rodrigo,
y gracias a esta circunstancia sabemos algo de su reservada mi-
sión, pues se vio obligado a escribir una carta a Rodrigo Pacheco,
leída aquel mismo día en el consistorio, en la que, entre otras co-
sas le decía: «La qreencia especial, señor, es que myredes e en-
tendays por la guarda desa cibdad para el servicio del Rey asy en
velas como en Rondas e en las otras cosas que entendierdes que
su servicio sea.»
El rey encomendaba la guarda y defensa de la ciudad a Rodri-
go Pacheco, con independencia de los Garci-López, tal vez por-
que desconfiaba de éstos.
Sólo conociendo el exagerado amor propio de aquellos orgu-
llosos nobles, podemos formarnos idea de cómo sentirían el gol-
pe los poderosos Garci-López, y más, cuando Rodrigo Pacheco, el
afortunado rival, en nombre y representación del rey, «dixo que
pedía e requería que posiesen buen Recabdo en la dicha Cibdad
porque estoviese a servicio de dicho señor Rey, ca él dixo que es-
taua presto para se juntar para ello con ellos, e que pusiesen en
la dicha Cibdad sus velas e Rondas e guardas de puertas, protes-
tando que sy asy luego lo non feciesen e algund deseruicio o dap-
ño veniese a la dicha cibdad, que ellos e sus bienes fuesen a ello
obligados e cayese sobre ellos e non sobre él.»
Duro era el trance para los humillados rivales, pero se trataba
del servicio del Rey. No resistimos la tentación de copiar todavía
el párrafo final de la histórica sesión de aquel día:
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 129
Todos a una «dixeron que non consentiendo en sus protesta-
ciones que estauan prestos para lo faser asy como él dicía e de
poner el tal Recabdo en la dicha cibdad por quel seruicio del di-
cho señor Rey fuese guardado. E por mayor firmeza e seguranza,
todos los dichos Justicias e Regidores fecieron luego pleyto e ome-
naje en manos del dicho Rodrigo Pacheco, e el dicho Rodrigo Pa-
checo en manos del dicho García de Chaves (1) como buenos fi-
josdalgo segund costumbre de españa una e dos e tres veces, una
e dos e tres veces, una e dos e tres veces, todos de guardar esta
dicha Cibdad e su tierra a servicio de dicho señor Rey... Lo qual
juraron sobre la señal de la qruz e por las palabras de los Santos
Evangelios en forma deuida sopeña de perjuros.»
Aquel mismo día se pusieron centinelas a las puertas de la
ciudad; el martes, 8, se dieron 120 maravedises a un escudero de
Rodrigo Pacheco, porque llevara cartas del Concejo al comenda-
dor Juan de Seguino al Abadía (2), y en las cuentas de todo el año
figuran importantes partidas para reparos de la cerca, construc-
ción de puertas nuevas, gastos de cerrojos para ellas, etc.
Queda, pues, probado que Rodrigo Pacheco era persona de re-
levante mérito y no digna de permanecer en el olvido.
Reanudemos la genealogía de los Pachecos, señores de Cerral-
bo: Dijimos que Esteban Pacheco, tercer señor de Cerralbo, no
tuvo descendencia masculina, sino una hija llamada doña María
Pacheco.
Hay nombres que parecen vinculados a grandes personajes.
¿Quién no conoce a las heroínas españolas que en aquel tiempo
llevaron el glorioso nombre de María Pacheco? Una de ellas, no
inferior a las demás en lo ilustre de la cuna, ni en virtudes, ni en
belleza, ni en hacienda, es la noble dama mirobrígense, hija de Es-
teban Pacheco, cuarta señora de Cerralbo.
Ya [por entonces, la casa de Cerralbo era una de las más ilus-
tres, ricas y poderosas de la monarquía española. A las muchas
riquezas que sus progenitores habían traído de Portugal y a las
allegadas aquí por medio de ventajosos enlaces, se habían unido
las procedentes de la munificencia de los reyes, y principalmente
(i) Era el jefe de los; Garci-iJLópez.
(2) Este Concejo se celebró en la capilla de San Pedro de Santa Ma-
ría (capilla de loe Pachecos, en la Catedral.)
130 Mateo H e r n á n d e z Vegas
de las mercedes enriqueñas, entre las cuales deben contarse las
ricas heredades que, por donación del mismo don Enrique II, ha-
bía gozado vitaliciamente en Ciudad Rodrigo el canciller don Ra-
món García, enterrado, como hemos visto, en la Catedral.
Y, como si esto fuera poco, el famoso maestre, arbitro de los
destinos de España en aquel tiempo, don Juan Pacheco, tío de
doña María, aunque perteneciente a la rama de Villena, fundó pa-
ra su sobrina un riquísimo mayorazgo, si bien con la condición
expresa de que los descendientes herederos habían de llevar siem-
pre, como primer apellido, el de doña María.
Dura, aunque no nueva, era la condición para aquellos tiem-
pos que tanto se pagaban de la propia alcurnia; pero era tal en
toda España la fama del talento, de las virtudes, de la hermosura
y de las riquezas de doña María Pacheco, que no dudó en pedir
su mano un caballero llamado don Alvar, o Alvaro Pérez Osorio,
hijo de don Juan Alvarez Osorio, de la nobilísima casa de los
marqueses de Astorga.
Don Alvar aparece ya como regidor de Ciudad Rodrigo, en
1473. Entre los hijos de este matrimonio, se citan: don Juan Pa-
checo, que heredó el señorío; don Francisco, don Esteban, don
Pedro, caballero de Santiago, comendador de Peñausende y se-
ñor del lugar de Manzano, padre que fué de don Juan Pacheco,
llamado el Caballero, de quien tan frecuente mención se hace en
los documentos del siglo XVI, y doña Inés, que casó con un Gar-
ci-López de Chaves, poniendo fin a la rivalidad entre las dos fa-
milias.
Doña María Pacheco y don Alvar Pérez Osorio están enterra-
dos, como ya hemos dicho, en la capilla de los Pachecos de la
Catedral, donde se ven aún sus dos estatuas orantes.
Primogénito de doña María Pacheco y de don Alvar Pérez
Osorio fué, como dijimos, don Juan, quinto señor de Cerralbo,
quien, en conformidad con las capitulaciones matrimoniales im-
puestas por el maestre don Juan Pacheco, se llamó don Juan Pa-
checo Osorio. Don Juan alcanzó una vida extraordinariamente
larga.
Fué siempre regidor de Ciudad Rodrigo, y desde mediados del
siglo XVI, se nombraba otro regidor coadjutor por la mucha edad
de don Juan. Fué también corregidor de Rosano, Montecervino y
Ñola, en el reino de Ñapóles. Probablemente este don Juan Pache-
Ciudad R o d r i g o . La Catedral y la Ciudad 131
co es el que se hizo fuerte en la torre de la Catedral contra el al-
caide del alcázar en la guerra de las Comunidades.
Casó en Salamanca con doña Catalina Maldonado, hija de los
nobilísimos don Rodrigo Arez Méndez Maldonado, Caballero del
hábito de Santiago, del Consejo de los Reyes Católicos, y de doña
María Alvarez Maldonado, descendientes ambos de aquel don
Juan Arias Maldonado, que en tiempo de Alfonso XI donó a la
iglesia de Salamanca la villa de Buenamadre, con otros lugares.
Entre sus hijos se cuentan: Don Juan Pacheco, hijo mayor y
heredero del señorío, aunque no llegó a heredarlo; don Antonio
Pacheco, cuyo hijo don Juan Pacheco fué regidor de Ciudad Ro-
drigo y corregidor de Málaga. Durante su regiduría desempeñó
las más importantes comisiones del Concejo, por la buena mano
que tenía para los negocios. Se despidió del Concejo para ir a
Málaga el día 3 de Abril de 1573, perdonando a la ciudad, por los
descuidos y negligencias, dice, que pudiera haber tenido, los 72.000
maravedises que le debía de la ida a Madrid en el asunto del en-
cabezamiento de las alcabalas. Los treinta y tantos mil maravedi-
ses, continúa diciendo, sobre que había habido pleito entre él y la
ciudad, los abonaría en una libranza sobre el rentero de Cantarí-
nas, que los pagaría el año 74. En cambio, la ciudad le perdona
los 34.000 maravedises que debía de la alcabala de Campildue-
blo (1). Don Juan Pacheco murió sin contraer matrimonio, por lo
cual su hacienda y mayorazgo se incorporaron al tronco de los
señores de Cerralbo.
Hijos de don Juan Pacheco y doña Catalina Maldonado fueron
también: el ya mencionado Fray Francisco Pacheco, que siendo
canónigo de Ciudad Rodrigo, vistió el sayal franciscano, llegando
por su ciencia y virtudes al difícil y honroso cargo de confesor de
Isabel la Católica; doña Inés Pacheco, que casó en Ciudad Rodri-
go con don Antonio Nieto de Silva, señor de Bañobárez y Villa-
vieja, por cuyo matrimonio, andando el tiempo, la casa y estados
(i) Se trata de las -alcabalas que debía pagar don Juan por haber ven-
dido al marqués de ¡Cerralbo un cuarto de Campilduero, en 1562. Entonces
se hizo entre la ciudad y don Juan un concierto, que se consultó con el ma-
gistral Palacios contestando éste que ¡era conforme a conciencia. 'Pocos días
amibas, por gestiones de don Juan en Madrid, había arriendado la ciudad las
tercias y .alcabalas de la tierra de Ciudad .Rodrigo en 1.600.000 maravedises.
132 Mateo H e r n á n d e z Vegas
de Cerralbo vinieron a recaer en los Nieto de Silva, también de
nuestra ciudad; doña María Pacheco, que casó en Ciudad Rodri-
go con el noble caballero don Francisco del Águila (1); y final-
mente, doña Beatriz Pacheco, fundadora del convento de Santa
Cruz, de quien hemos hablado extensamente en otro lugar.
La casa de Cerralbo había llegado a su apogeo. A partir de
este tiempo sus personajes adquieren tal relieve, que no caben en
la historia local y rebosan de ella, para ocupar honroso puesto en
la general de España.
Don Juan Pacheco, hijo primogénito y heredero de don Juan
Pacheco y de doña Catalina Maldonado, contrajo matrimonio con
doña Ana de Toledo, hija del comendador mayor don Fernando
de Toledo, señor de las Villorías. No murió joven; pero aun así,
no alcanzó en días a su padre don Juan ni, por lo tanto, pudo he-
redar el señorío de Cerralbo, que pasó directamente del abuelo al
nieto don Rodrigo.
Don Juan Pacheco debe su fama a su numerosa e ilustre prole:
Tuvo a don Rodrigo Pacheco, primer marqués; a don Francisco
Pacheco, cardenal y primer arzobispo de Burgos; a don Fernando
de Toledo, maestre de campo del tercio de Ñapóles, muerto glorio-
samente en la toma de la ciudad de África; a don Alvaro y don
Jerónimo Pacheco, caballeros del hábito de San Juan, también
soldados valerosos, y a doña Catalina de Toledo, que otros lla-
man doña Ana, religiosa en el convento de Santa Cruz, de Ciudad
Rodrigo, muchas veces priora, y muy querida de los mirobrigen-
ses de aquel tiempo por su talento y virtudes.
Cada uno de estos personajes sería digno de una extensa bio-
grafía. De los más eminentes hemos tratado ya en otras ocasiones,
y en cuanto a los demás nos tenemos que limitar a decir dos pa-
labras de don Rodrigo, primer marqués de Cerralbo.
(i) Por una. escritura de dotación de sepultura, que se conserva en el
Archivo del Cabildo de l a villa (parroquia de San Andrés), sabemos dónde
estuvo el sepulcro de doña María Pacheco. E n dicho documento, doña Ma-
ría López Pacheca, emparentada' también con esta 'familia, dota «una sepul-
tura questá frontero e junto a la puerta del coro, que sale frontero' de la
puerta de la torre, debajo, del arco de doña María Pacheco, mujer que fué
de don Freo, del Águila, qtie hestá en la -pared del coro de la dha yglesia.»
Se refiere a la torre antigua, cuya puerta estaba donde se hizo después la
capilla del Pilar. En l a pared del coro no quedan vestigios de este sepulcro.
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 133
Don Rodrigo Pacheco, hijo primogénito de don Juan Pacheco
(Maldonado) y de doña Ana de Toledo, sucedió, como hemos di-
cho, en el señorío a su abuelo don Juan Pacheco (Osorio). Desde
muy joven sirvió al emperador Carlos V, con tanto valor, pericia
y lealtad, que el César se creyó obligado a premiar sus servicios
con la merced de título de Castilla bajo la denominación de mar-
qués de Cerralbo.
Varias veces fué regidor de Ciudad Rodrigo (1). Fué también
gobernador del reino de Galicia y embajador en Roma, en cuyo
tiempo, con autorización pontificia, sacó de las catacumbas y de
otros lugares las innumerables reliquias, que donó después a la
capilla de Cerralbo.
Suelen decir también que fué capitán general de la frontera de
Ciudad Rodrigo durante la guerra con Portugal. Con el testimo-
nio irrecusable de las actas municipales de aquel tiempo, podemos
asegurar que el capitán general de esta frontera en aquella gue-
rra, por nombramiento de Felipe II, fué el corregidor de Ciudad
Rodrigo don Jerónimo de Fuentes; y aun sospechamos que este
nombramiento fué la causa principal de las gravísimas desavenen-
(i) iNo ise extrañe, que, siendo las regidurías perpetuas, digamos, que
el marqués fué varias veces regidor, porque era costumbre len aquel tiem-
po, y en cuanto al marquéis de Cerralbo. pudiéramos citar -numerosos casos,
que, cuando un regidor sobre todo isi era jefe de linaje, ise ausentaba de la
ciudad, sin duda para no perder influencia y votos en el Concejo-, renun-
ciaba el regimiento, que en el acto, y en virtud de provisión real obtenida
de antemano, se daba a un hijo, hermano o amigo del •renuncianite, quien, a
su vez, resignaba el cargo cuando el personaje volvía a l a ciudad, para que
éste con nueva provisión real, se posesionara de nuevo- -del -cargo renun-
ciado, repitiéndose esta operación, respecto del marqués, en todas Las au-
sencias a que sus cargos le obligaban.
Fué recibido regidor por primera vez en 1547. Dice el acta : «Cómo se
rrecibió for rrdr el Sor. marqués de cerralijo. E n l a noble Cibdad de 'Cib-
dad R.° a veynte e -ocho días -del mies de Octubre de mili e qui°s e quarenta
e siete Años estando -en C." los señores C.° Juste e Res. de la dha ciudad
R.° syendo llamados los absenté®; e presentes espalante, el muy mageo. se-
ñor Di.° de bargas [Link] en la dha •cibdad por su mt. e los señores Po
Res. paco, -e Sancho de Lugones e franco, de .melgar e g.° de gorbalán e
he mando de Xaque e imyguel de -cara veo Res. pareado en el dho C.° el ylle
-señor marqués -de cerralvo -e presentó una pobysyon de que fué (Resabido por
Regidor e leyda se obedesció y el dho Sr. marqués juró todo lo Codo, en la
dha [Link]ón e de guardar todo lo- demás que» [Link] a jurar...»
134 Mateo H e r n á n d e z Vegas
cias entre el corregidor y los regidores, ya entonces unidos todos
por los lazos de la amistad o deudo. (1)
Don Rodrigo casó con doña Ana, hija de don Diego Enríquez
de Guzmán y de doña Leonor de Toledo, condes de Alba de Liste,
y fueron sus hijos: don Antonio, que murió joven; don Juan, que
heredó el título por muerte del primogénito; don Diego, en quien
su tío el cardenal Pacheco resignó la canonjía y arcedíanato de
Ciudad Rodrigo; don Francisco, que fué deán de Coria; doña Leo-
nor de Toledo, que después de haber sido dama de la reina doña
Isabel, profesó en las Reales Descalzas de Madrid; y doña Catali-
na Enríquez, que, como ya hemos dicho, tomó el hábito de las
Descalzas en el convento de San Antonio de Trujillo, viniendo
después a fundar el de Descalzas de San Isidoro, en Ciudad Ro-
drigo.
Don Juan Pacheco, segundo marqués de Cerralbo, lo mismo
que sus hermanos don Antonio, don Diego y don Francisco, fue-
ron regidores de Ciudad Rodrigo casi desde niños, por lo cual
hubo que nombrar coadjutores que sirvieran la regiduría por
ellos. Así consta del acta de 18 de Noviembre de 156,4, en la que
«es recibido regidor por renuncia de don Juan Pacheco (el segun-
do marqués) su hermano don Diego Pacheco (el que después fué
canónigo de Ciudad Rodrigo), y por su poca edad, la servirá
Cristóbal de Cueto Merino.» En el mismo día es recibido regi-
dor «don Francisco Pacheco (el que fué deán de Coria) por re-
nuncia de don Antonio Pacheco, su hermano (el que murió en la
juventud), y por su menor edad, la servirá don Antonio de Cáce-
res Pacheco.
Don Juan Pacheco, de cuya intervención en todos los asuntos
importantes del Concejo de Ciudad Rodrigo hay pruebas en las
actas, fué también valeroso soldado y capitán de caballos en Flan-
des. Nombrado por Felipe II gobernador y capitán general de Ga-
licia, como su padre, defendió bizarramente la Coruña de un ejér-
cito de 22.000 ingleses enviados por su reina Isabel, obligándoles
a levantar el sitio y a retirarse con grandes pérdidas. Nombrado
capitán general de los Países Bajos, murió en el momento de dispo-
nerse a embarcar en el puerto de Colibre.
(i) Vid. Acta municipal de 21 de Julio de 1581.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 135
De su matrimonio con doña Inés (1), hija de don García de To-
ledo Osorio, marqués de Villafranca, tuvo a don Rodrigo, que he-
redó el título; a don Juan; a doña Francisca, monja descalza en
Madrid; a doña Ana de Toledo, que profesó en el de Santa Cruz
de Ciudad Rodrigo; a doña Victoria Pacheco Coloma, que casó
con el primogénito de los condes de Ciruela; y doña Jerónima de
Toledo, monja en la Concepción Jerónima de Madrid.
Del sucesor don Rodrigo Pacheco, tercer marqués y también
gobernador de Galicia, aparte de pertenecer ya al siglo XVII, diji-
mos lo suficiente al tratar de su sepulcro en la capilla del Oriente
o de los Pachecos.
(i) 'Debió de casarse por el año 1574, pues en «1 acta de 23 de Abril,
casi enteramente ¿legible, se habla de visitar a una persona, que había ve-
nido... con la señora doña Inés.
CAPITULO XII
Más Pachecos célebres.—Pedro Pacheco, capitán en Flandes.—
Otro Pedro Pacheco, también capitán en Flandes, de quien ha-
ce un extraordinario elogio el duque de Alba.—El capitán don
Juan Pacheco Maldonado, compañero de Legazpi en las Filipi-
nas: Rica fundación en el Hospital.—Regala la preciosa Virgen
del Buen Suceso, de marfil.—Noticias que nos
da de su vida en el testamento
Además de los citados, se hallan a cada paso en toda clase de
documentos multitud de personajes que, llevando el mismo ape-
llido, no es fácil entroncarlos en la casa de Cerralbo, sobre todo
por la omnímoda libertad, como hemos tenido ocasión de ver, en
elegir el apellido del padre, o de la madre, u otros distintos. Sin
contar los nombres de canónigos, regidores, procuradores gene-
rales, escribanos, notarios, hermanos del Hospital, etc., raro será
el documento de este tiempo en que no aparezca el apellido Pa-
checo. Algunos de ellos ya fueron mencionados por Cabanas, que
pudo conocerlos personalmente, pues no pocos vivieron en su
tiempo.
De un Pedro Pacheco dice que siendo simple soldado en Flan-
des, S. M. le hizo capitán y le mandó venir a Ciudad Rodrigo a
levantar gente, con la cual volvió a Flandes y al frente de ella
hizo la guerra durante muchos años. Por tan señalados servicios
Felipe II le hizo merced de 200 maravedises de renta anual sobre
las alcabalas de esta ciudad. Desde Flandes concertó su matrimo-
nio con su prima hermana doña Isabel Pacheco, también natural
de Ciudad Rodrigo, y se dirigió personalmente a Roma a impetrar
la dispensa. Tan célebre se había hecho por su valor, que el Papa
Sixto V le recibió con muestras de grande afecto y le concedió la
dispensa gratuitamente. Al regresar a Ciudad Rodrigo para casar-
se, sucedió que en Milán quisieron sus amigos festejarle con una
escaramuza militar, en la cual, sin que se supiese por quién fué
138 Mateo H e r n á n d e z Vegas
disparado, murió de un tiro de arcabuz. Más famoso aún fué por
el mismo tiempo otro Pedro Pacheco, también mirobrigense, que
después de haber peleado valerosamente como capitán en Italia,
pasó a Flandes, donde hizo tales proezas, que el duque de Alba
le presentó a besar la mano a Felipe II, diciéndole: «que si tenía
los estados de Flandes, era por Pedro Pacheco.»
Juan Pacheco, gobernador de Gaeta, fué cautivado por los mo-
ros, que le destinaron al remo, y al poco tiempo, a fuerza de valor
y pericia, se alzó con la galera en que remaba, libertándose a sí y
a todos los cautivos cristianos que en ella iban.
Jerónimo Pacheco fué alférez de una compañía de caballos en
la guerra de Francia. Juan Pacheco fué paje de Felipe II; Alonso de
Robles Pacheco, capitán en Sicilia.
Sin embargo, entre todos merece un puesto de honor el capitán
don Juan Pacheco Maldonado, a quien Cabanas dedica solamente
estas cuatro palabras: «don Juan Pacheco Maldonado, poblador y
conquistador de ellas» las Filipinas (1).
La historia general de España tampoco ha sido más justa con
este ilustre mirobrigense, compañero y brazo derecho de Legazpi
en el descubrimiento y conquista de las Islas Filipinas. Nosotros,
además, tenemos que proponerlo como modelo de mirobrigenses
amantes de su pueblo, aunque su pueblo apenas tenga noticia de
su vida, hazañas y virtudes.
Por todo ello, trataremos de él con alguna mayor extensión,
para lo cual disponemos de preciosos materiales en documentos
pertenecientes al archivo del Hospital de la Pasión.
Es el primero (2) unas escrituras, que no tienen relación con la
hacienda del Hospital, pero que para nosotros no carecen de inte-
rés, porque son un delicado recuerdo que don Juan dedica a su
patria chica, de la cual estaba ausente hacía muchos años. Dice,
en efecto, que las envía desde Méjico al Hospital de Ciudad Rodri-
go para que se vea en su pueblo cómo empleaba las cuantiosas
(i) E S extraño que el benemérito historiador de Ciudad Rodrigo fuera
tan parco al hablar del capitán don Juan 'Pacheco Maldonado, pues fue-
ron contemporáneos ; y aunque éste residía en Méjico, no pudo menas aquél
de odr hablar muchas vece® de su gloriosa historia, y especialmente de las
'espléndidas donaciones que hacía en Ciudad Rodrigo, alguna de las cua-
les menciona en otros lugares de su obra impresa en esta ciudad.
u
(2.) SLeg. 2. número 47.
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 139
riquezas que Dios le había dado. (Ya entonces tenía hecha una ri-
quísima fundación en este Hospital). Son: 1.° Escritura de funda-
ción de vínculo y mayorazgo otorgada por el capitán don Juan
Pacheco, a favor de su sobrino don Baltasar Pacheco, residente
también en Méjico; 2.° Escritura de fundación de una capellanía y
dotación para dos monjas en el monasterio de San Lorenzo de
Méjico; 3.° Escritura de fundación de misas en el mismo monaste-
rio; 4.° Escritura de aceptación por el convento. Todas ellas lle-
van la fecha de 13 de Diciembre de 1613, y tan presente tiene siem-
pre al pueblo que le vio nacer, que al principio de todas ellas (y
en todos los documentos suyos que hemos visto), jamás se olvida
de decir que es natural de Ciudad Rodrigo, en los reinos de Cas-
tilla, e hijo de Francisco Fernández Pacheco y de doña Elvira de
Soria (1).
Más importantes para nuestro asunto son las bellísimas cartas
que escribía al Hospital desde Méjico, y que la Junta tenía el ex-
celente acuerdo de copiar íntegras en las actas, juntamente con
las respuestas, tan hermosas como aquéllas.
En la primera que se recibió aquí de la China el 7 de Septiem-
bre de 1603, firmada en Méjico a 20 de Marzo del mismo año, ofre-
ce el señor don Juan Pacheco Maldonado 14.000 pesos para 12 ca-
mas (6 para hombres y 6 para mujeres), donde se ponga su letrero
y armas y se diga una capellanía. En ella da algunas noticias de
su familia, pues dice que tiene noticia del bien que hace el Hospi-
tal por cartas que recibía de su hermano Diego Fernández (que
esté en gloria) cuando era mayordomo y diputado. Añade que ya
había escrito una y muchas cartas a su hermana doña Isabel (que
esté en gloria) y a Hernando Arias Guiral, y está espantado de los
inconvenientes que le dicen que hay; que, además, había mandado
a Ciudad Rodrigo con el mismo fin al capitán Francisco Carvajal
y al P. Gaspar Gómez (S. J.) y que sabe que estuvieron en Ciudad
Rodrigo, pero no le han escrito. Termina diciendo que no sabe qué
inconveniente puede haber en lo que propone, pues es mucho más
ventajoso que la manda de doña Juana Pérez Pinero, de gloriosa
memoria, etc.
(i) Don Francisco Fernández o Hernández Pacheco, era cofrade del
Hospital por el año 1542.
140 Mateo H e r n á n d e z Vegas
La Junta asegura que es la primera noticia que tiene y acepta
agradecida la espléndida oferta (1).
Desde esta fecha las cartas del capitán y las contestaciones de
la Junta del Hospital se repiten con gran frecuencia, hasta ultimar
todos los detalles de la rica fundación, que vino a ser de 20.000
pesos para el sostenimiento de 12 camas, mas la fundación de una
capellanía y la dotación de cuatro doncellas pobres.
Aún había de hacer don Juan Pacheco al Hospital otro regalo
de incalculable valor: es la preciosísima escultura de la Virgen,
de marfil, llamada aquí Nuestra Señora del Buen Suceso, enviada
por el capitán desde Méjico, y cuyos caracteres artísticos revelan
claramente su procedencia.
La primera noticia que se tuvo aquí del donativo fué a 3 de
Mayo de 1615, en que se recibió carta de don Juan Pacheco, anun-
ciando que mandaba una caja e imagen (la cual, según noticias
particulares comunicadas por el alcalde, estaba ya en Sanlúcar).
No debían ser exactos estos informes (2), pues más de dos años
después, a 5 de Noviembre de 1617, el mismo día en que se reci-
bía el testamento del capitán, se leía una carta de éste a Hernando
Arias Guiral, en la que le avisaba que enviaba a este Hospital
a
«una imagen de nuestra S. , de marfil, con Alvaro de Paz, natu-
ral de esta ciudad.» Se añade, «que por no aber llegado el dho Al-
varo de Paz a esta ciudad, la dejó en la ciudad de Sevilla en po-
der del comendero y que es de valor y estima.» Aquel mismo día
(i) E n la contestación a 'asta carta dice la Junta (¡que toda la nobleza
de /Ciudad Rodrigo tiene puestas Los ojos en este Hospital», y ¡añade una
curiosa tradición, que no ¡bailamos consignada en ninguno otro documento
del benéfico •establecimiento. La copiamos literalmente : «En esta ciudad,
dice, se tiene la buena fe de que esta santa casa há de venir en gran au-
mento, entre otras cosas, con ocasión de una Propihetia del pro-
íheta Egeas, cap." 7 y final que ©e halló en un hedificio della,
derrocando unos oimientos viejos escripia en una tabla muy rreparada
para que durase y se pudiese leer en tiempos venideros que decía : Magna
erit gloria do mus istius novisime flus quam ftrime dicit dns exercitum in
hoc-loco dabo ftacem dicit dominus eívercilum.»
¡La tabla, puesta sin duda al construirse el Hospital en el siglo X V , alu-
día a la circunstancia de haber sido antes aquel sitio sinagoga de los judíos.
(2) Quizá se trate de otra imagen distinta que no exista en la actua-
lidad.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 141
se encargó a Alvaro de Miranda y a Pedro Rodrigo Pacheco que
hicieran las diligencias para cobrarla y traerla al Hospital.
El documento más importante es el testamento del capitán, por-
que, aparte de otros detalles, hace en él sucinta relación de la par-
te que tuvo en el descubrimiento y conquista de las Filipinas en el
siglo XVI, razón por la cual le hemos incluido entre los mirobri-
genses ilustres de este siglo.
Hizo testamento cerrado en Méjico, a 26 de Noviembre de 1616,
y en las diligencias para su apertura, a 9 de Junio de 1617, el es-
cribano real, Juan Pérez de Rivera, da
fe de que «oy día de la fecha de esta a
ora de las cinco de la tarde poco más
vide en las casas de su morada muerto
naturalmente a lo que parecía encima de
una cama al capitán don Juan Pache-
co Maldonado...» Copiamos literalmen-
te algunas cláusulas: «El capitán Juan
Pacheco Maldonado, vecino que soy
desta Ciudad de México de la Nueva
España, natural que soy de Ciudad Ro-
drigo en los rreynos de Castilla, hijo
legítimo de Francisco Fernández Pa-
checo y de doña Elvira de Soria, di-
funtos, vecinos que fueron de la dha
ciudad Rodrigo, estando sano aunque
con algunos achaques de gota y en mi
libre juicio...» Se manda enterrar «en la
capilla y entierro que tengo en la ygle-
sia de la casa profesa de la Compañía
de Jesús desta Ciudad con el ávito de
nuestra señora del Carmen.» Que le
acompañen los curas de la Catedral y
doce sacerdotes, en memoria de los do-
ce apóstoles, los niños del Colegio de
IMAGEN DE MARFIL
San Juan de Letrán y algunos religio-
HOSPITAL DE LA PASIÓN
sos, sin otra pompa, y que lo lleven los
hermanos de Juan de Dios. Era cofrade del Carmen, de Juan de
Dios, del Santísimo, del Rosario, de Nuestra Señora del Tránsito,
del Santísimo nombre de Jesús, de la Soledad, de la Benedicta (en
142 Mateo H e r n á n d e z Vegas
la iglesia de la Concepción) y del Salvador. Después de varías
mandas en dinero, alhajas, cuadros, etc., y de declarar que estu-
vo casado con doña Teresa Salcedo Legazpi, difunta (lo cual de-
muestra que llegó a emparentar con el famoso conquistador),
dice que por muerte de su hermano mayor, Diego Fernández
Pacheco, sucedió él en el vínculo de Villar de Rey, y tuvo por
bien que lo gozase Pedro Rodríguez Pacheco, hijo de su her-
mano Gonzalo Rodríguez Pacheco; para después de su muerte
nombra sucesor a Francisco Fernández Pacheco, estante también
en Méjico, hijo de Antonio Fernández Pacheco, su hermano me-
nor, que falleció en Ciudad Rodrigo. Aumenta la manda al Hospi-
tal hasta 20.000 pesos, de los cuales había enviado ya 2.000, y los
18.000 restantes mas 1.500 para los gastos los entregaría al Prepósi-
to de la Compañía y al Contador Pedro de los Ríos. Declara que
en el mayorazgo y vínculo de Méjico nombra sucesor a Baltasar
Pacheco Caraveo, residente en Méjico, hijo de su hermana doña
María Pacheco, y habla de la fundación y capellanía de la iglesia
de San Lorenzo.
Lo que más nos interesa son los párrafos siguientes: «Por
cuanto yo he servido a su magestad muchos años, y serví en el
descubrimiento y pacificación de las Islas Filipinas del Poniente
con el Adelantado Miguel López de Legazpi en las ocasiones de
mar y tierra que se ofrecieron con la fidelidad que fué justo sir-
viendo de capitán y maestre de Campo en las dichas Islas de don-
de fuy a corte de su magestad con un presente y joyas y muestras
de aquella tierra que Guido de la Vazarris, Gobernador de las di-
chas Islas envió a su magestad dándole cuenta de las cossas y
estado de aquella tierra para cuyo efecto fuy elegido por el dicho
Gobernador para dar a su magestad entera rrelación y cuenta de
todo, y habiendo parecido ante su rreal persona, y enterado de to-
do lo que a mi cargo fué con entera satisfacción, su magestad fué
servido de proveer por Gobernador de las dichas Islas Filipinas a
don Gonzalo Ronquillo para que llevase a ellas cantidad de gente
casados y solteros, y su magestad me nombró por maestre de Cam-
po de la dha gente, y por mi. hórden se hizo el viaje por Panamá,
y aunque en él, por malos temporales, suscedieron algunas des-
gracias y falta de gente, se hizo el viaje con mucha brevedad, lle-
vando la gente a las dichas Islas Filipinas y yendo yo ansimismo
por almirante, donde aviendo llegado a las dichas Islas serví en
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 143
ellas de nuevo a su magestad con mi persona y hacienda en todas
las ocasiones de mar y tierra que se ofrecieron, como todo
consta por ynformaciones y recaudos fechos de mi pedimiento
sobre los dichos mi servicios que están prestados en el rreal
consejo de Indias, y habiéndome dado los gobernadores de las
dichas Islas en satisfacción de mis servicios encomienda de Indios
que rrentaban más de quatro mili pesos en cada un año, y sin-
tiéndome falto de la vista vine a esta nueua españa por el
año pasado de noventa y nueve por cuya causa hice dexa-
ción de la dicha encomienda de yndios en caueza de su ma-
gestad como todo consta por testimonios y otros recaudos que es-
tán presentados por mi parte en el rreal consejo de Indias, y por
dichos mis servicios y méritos, en mi nombre se ha suplicado a
su magestad me haga merced de honrar mi persona con uno de
los quatro ávitos délas hórdenss militares, y fué su rreal volun-
tad servido mandar librar cédula para que el conde de Monterrey
virrey que fué desta nueva españa hiciese las averiguaciones e
ynformaciones que en al caso se suelen y acostumbran hacer y so-
bre todo diese su parecer, el cual lo dio y enbió al rreal consejo
de Indias con las diligencias que hizo, y por haber estado muy de
hordinario enfermo de la gota y ciego no econtinuado en suplicar
a su magestad me haga la dicha merced, y atento que yo no ten-
go hijos que para después de mis días puedan representar por
mi mis méritos y servicios para que en ellos se pueda verificar
la dicha merced, y porque don Baltasar Pacheco Caraveó mi sobri-
no, hijo legítimo de Alvaro Caraveo y de doña isabel Pacheco mi
hermana legítima, a quien primeramente tengo llamado y señala-
do en el vínculo y mayorazgo que tengo ynstituydo y fundado so-
bre mis haciendas en esta nueva españa es persona benemérita
y en quien concurren calidades para que en mi nombre pue-
da conseguir la dicha merced», etc.
Testamentarios: E l P. Guillermo de los Ríos, jesuíta; el P. Pre-
pósito, el contador Pedro de los Ríos, Eugenio Vargas y Baltasar
Pacheco.
Heredero: Don Pedro Rodríguez Pacheco, hijo de Gonzalo Ro-
dríguez Pacheco, mi hermano mayor, que sucedió en el mayo-
razgo de los padres y abuelos; y si hubiera muerto doña Antonia
Pacheco, su hija, con la obligación de que desempeñen el ma-
yorazgo y quiten todos los censos cargados sobre Fresno, Po-
144 Mateo H e r n á n d e z Vegas
rra (1) y Fuenlabrada, y si no lo hacen dentro del primer mes, va-
ya la hacienda al Hospital de la Pasión.
(i) Porra es hoy Casablanca.
CAPITULO XIII
Los Centeno.—Hernán Centeno.—Diego Centeno, compañero
de Pizarro en la conquista del Perú: Levanta la bandera de la
autoridad real contra Gonzalo Pizarro.—Se apodera del Cuz-
co.—Batalla de Huarina.—Pizarro es hecho prisionero en Xa-
quixaguana y entregado a la custodia de Centeno.—Conducta
generosa de éste con Pizarro y Carvajal.
Otro mirobrigense ilustre
Los caballeros de este apellido, de la más rancia nobleza miro-
brigense, señores de Peñaparda, Robleda, Payo, Eljas, Trevejo y
Agallas, se distinguieron principalmente como valerosos soldados.
En el acta más antigua del Ayuntamiento (13 de Enero de 1458)
ya aparece como Regidor un Diego Centeno, que más adelante es
nombrado pactador del Ayuntamiento (1). Por el mismo tiempo
vivía un Francisco Centeno, padre de Perálvarez Centeno, a quien
el Cabildo arrendaba en 1499 la tierra del Muladar. Perálvarez
Centeno tuvo, entre otros hijos, a Hernán Centeno, primer indivi-
duo de esta familia, cuyos hechos han llegado a nuestra noticia
por haber hecho mención de él el famoso obispo de Mondoñedo,
don Antonio de Guevara, quien, con sus falsos informes sobre el
ilustre mirobrigense, dio lugar a que a mediados del siglo XVI se
abriera en Ciudad Rodrigo una información para desmentirle.
Hernán Centeno nació a fines del siglo XIV o principios del XV,
y tuvo otro hermano mayor, llamado Alonso Centeno, que he-
redó el mayorazgo y señoríos de la familia, dedicándose él, como
era costumbre, al ejercicio de las armas. La ocasión no podía ser
más propicia. Ardía por entonces la guerra con Portugal, cuyo rey
don Alfonso corría nuestra comarca, causando los atropellos y
desmanes que en otro lugar hemos referido. Hernán Centeno fué
(i) A I I de Julio de 1459 se dan 600 maravedises a Alvaro, 'escudero
de 'Diego Centeno, por el caballo que le mató el alcaide de Cerralbo
10
146 Mateo H e r n á n d e z Vegas
de los primeros mirobrigenses que se declararon en favor de do-
ña Isabel, con tal valor, pericia y lealtad, que muy pronto sus ha-
zañas llegaron a oídos de los Reyes Católicos, quienes para pre-
miar sus servicios y a la vez defender esta frontera por la parte de
la Sierra de Gata, le nombraron alcaide de las fortalezas de Eljas
y Rapapelo (1).
Como tal alcaide, prestó aún más señalados servicios a los Re-
yes Católicos. En la lucha titánica que sostenían éstos con la or-
gullosa nobleza y con los rebeldes señores de fortalezas y casti-
llos, Hernán Centeno entregó espontáneamente los fuertes que
mandaba a Diego del Águila, alcaide del alcázar de Ciudad Rodri-
go y fervoroso defensor del poder real en toda esta comarca. Por
tan importante servicio, doña Isabel, en carta fechada en Medina
del Campo en 1481, le asignó una pensión de 30.000 maravedises
durante su vida y la de su hijo Francisco Centeno, sobre las en-
comiendas de Trevejo y Eljas, y cuando más adelante Hernán
Centeno fué a besar la mano a los reyes en Medina, éstos le reci-
bieron con muestras extraordinarias de afecto, colmándole de
mercedes.
Don Antonio de Guevara, con su acostumbrada ligereza, afir-
mó que después de estos sucesos Hernán Centeno había sido
ahorcado. Con este motivo, a petición de sus descendientes, se
abrió una información en Ciudad Rodrigo el año 1544, por la cual
sabemos algo de los últimos años de Hernán Centeno. Ya de edad
avanzada, se fué a vivir al Acebo, donde se puso perlático. El du-
que de Alba, don Fernando, que residía en Coria y le tenía en
grande estima, le hizo trasladar a su palacio, para lo cual se em-
plearon 16 hombres que le llevaron en un lecho con grandes pre-
cauciones. Allí murió casi centenario en Agosto de 1496, y su cuer-
po fué traído a Ciudad Rodrigo por su hijo Francisco Centeno, pa-
ra darle sepultura en la capilla de la familia en el convento de San
Francisco. Entre otros escudos, aún se ve en los muros del derruí-
do convento el de los Centenos, que son manojos de espigas.
Ya en pleno siglo XVI, se hizo famoso el maestre de campo
Antonio Centeno, del hábito de San Juan, comendador de Tocina,
que se halló en todas las guerras de aquel tiempo.
(i) Este fuerte ¡se llamó desde entonces de Hernán o Fernán Centeno y
así llaman todavía cus ruinas.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 147
En las Filipinas se distinguió notablemente el capitán don Fer-
nando Centeno Maldonado.
Otro Antonio Centeno fué capitán de infantería y arcabuceros,
después maestre de campo y gobernador de las Islas Terceras.
Mandando un tercio luchó en el Piamonte, Flandes, Francia, In-
glaterra y Portugal.
Sin embargo, entre todos descuella honrosamente el famoso
mirobrigense que la historia general de España cuenta entre los
grandes descubridores y conquistadores del siglo XVI y es modelo
de amor a la patria, de entereza en sufrir por ella, de inquebran-
table lealtad a su rey: Diego Centeno.
Diego Centeno nació en Ciudad Rodrigo a principios del
siglo XVI. Descendía por línea materna del viejo Hernán Cente-
no, como hijo que era de Diego Caraveo y de Marina .Centeno,
probablemente hija de Hernán.
Muy joven (1) se alistó en la expedición de Francisco Pizarro,
al Perú. Tuvo muy estrecha amistad con el hermano del conquis-
tador Gonzalo Pizarro, a cuyo lado luchó muchos años, cubrién-
dose de gloria y templando su espíritu y endureciendo su cuerpo
para las grandes pruebas que le esperaban. Conocida es la ambi-
ción y la deslealtad de Gonzalo Pizarro, que le llevaron al extre-
mo de ser traidor a su soberano, soñando con coronarse rey del
Perú. Esta fué la causa del rompimiento entre los dos amigos y el
principio de los grandes sufrimientos, que pusieron a prueba el
temple de alma y la heredada lealtad del insigne mirobrigense.
Diego Centeno fué el primero entre tantos valentísimos y glo-
riosos guerreros que levantó el estandarte de la rebelión contra
su antiguo amigo, o, por mejor decir, como observa Prescott, el
de la lealtad a su soberano. He aquí cómo describe este autor los
primeros incidentes del glorioso levantamiento: «Diego Centeno
habíase apoderado de La Plata y hecho cundir el espíritu de insu-
rrección por toda la vasta provincia de Charcas. Carvajal, que fué
(i) Sin embargo, ya estaba casado en esta ciudad, [Link] su esposa
habla el siguiente acuerdo del Cabildo de 21 de Mayo de 1529, que es lásti-
ma que no sea más expresivo en cuanto a la gracia a que se refiere : «Se
hace gracia a la muger de Diego Centeno por nueve años, como la tenía
su marido.» De esto se deduce que ya en esta fecha estaba ausente el ma-
rido.
148 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
enviado contra él desde Quito, pasó por Lima, llegó al Cuzco, y
tomando allí algunos refuerzos, se dirigió rápidamente al distrito
sublevado. Centeno, no atreviéndose a combatir en campo abier-
to con tan formidable adalid, se retiró con sus tropas a la espe-
sura de la sierra. Carvajal le persiguió con la obstinación de un
perro de presa por montes y desiertos, por bosques y barrancos
peligrosos, sin dejarle respirar ni de día ni de noche. Durante es-
ta terrible persecución, que continuó por más de doscientas le-
guas en un país salvaje, Centeno se vio abandonado de la mayor
parte de sus parciales. Los que caían en manos de Carvajal, eran
irremisiblemente condenados a muerte, porque este inexorable je-
fe no tenía compasión para nadie.
Al fin, Centeno, con un puñado de los suyos llegó a las orillas
del Pacífico; y allí, dispersándose todos, trataron de ponerse en
salvo, cada cual por su camino. Centeno se refugió en una cueva
de la montaña, cerca de Arequipa, a donde secretamente le lleva-
ba el alimento un curaca indio, hasta que llegó la época de des-
plegar de nuevo el estandarte de la lealtad.
Sucedió esto apenas tuvo noticia Centeno de la llegada al Perú
del famoso La Gasea, tan hábil diplomático y valiente guerrero,
como humilde clérigo. Al punto salió de su cueva, donde había es-
tado un año, y reuniendo un corto número de partidarios, cayó de
noche sobre el Cuzco, se hizo dueño de esta capital, derrotándola
guarnición que la custodiaba y proclamó en ella la autoridad real.
Poco después marchó a la provincia de Charcas, donde se le unió
el oficial de Pizarro, que mandaba en La Plata, y, combinadas sus
fuerzas en número de mil hombres, tomaron posiciones a orillas
del lago Titicaca, aguardando la ocasión de dar la batalla a su an-
tiguo jefe.
Pronto se le ofreció la ocasión. Pizarro, abandonado de la ma-
yor y mejor parte de los suyos, se había decidido a huir del Perú
y refugiarse en Chile, donde pensaba rehacerse y emprender de
nuevo la conquista del país en que había dominado como señor
absoluto. Pero para realizar este plan había de pasar por eleva-
das montañas, cuyos desfiladeros estaban tomados por Diego
Centeno, con fuerzas superiores a las suyas. El ambicioso con-
quistador tuvo que sufrir la humillación de despachar un emisario
a Centeno, recordándole su antigua amistad, exponiéndole su ac-
tual crítica situación y su propósito de abandonar el Perú, y ro-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a Ciudad 149
gándole le permitiese libre paso por las montañas. Con no menos
corteses razones le respondió Centeno que «estaba pronto a ser-
vir a su antiguo jefe en todo lo que fuese compatible con su ho-
nor y con la obediencia que debía al soberano; pero que habiendo
tomado las armas en favor de la causa real, no podía, sin faltar a
su obligación, acceder a lo que le pedía.» Terminaba empeñando
su palabra de honor de influir en su favor con el gobierno de la
metrópoli. Irritado Pizarro con esta contestación, se decidió a ju-
gar la última carta, apelando al recurso de las armas.
Era el 26 de Octubre de 1547. Los dos rivales se hallaban fren-
te a frente en las llanuras de Huarina, terreno defendido por un
lado por una colina de los Andes, y por otro, por el lago Titicaca.
Las fuerzas de Centeno se componían de unos mil hombres: entre
ellos unos doscientos cincuenta de caballería, que eran la flor de
las lanzas del Perú, bien montados y equipados, y muchos de ellos
personas de ilustre linaje; en cambio la infantería, esto es, la ma-
yor parte de su ejército, estaba formada por tropas irregulares, re-
clutadas apresuradamente, y sin instrucción ni disciplina militar.
Las fuerzas de su rival no llegaban a la mitad, pero estaban for-
madas por un admirable cuerpo de arcabuceros, instruidos y dis-
ciplinados por el tan feroz como inteligente Carvajal. Para mayor
desgracia, Diego Centeno hacía una semana que se hallaba ataca-
do de pleuresía, y el día antes había sido sangrado dos veces. No
pudiendo, pues, sostenerse a caballo, se vio precisado a dejarse
conducir en una litera, para revistar sus tropas momentos antes
de entrar en batalla; pero ni esta operación pudo concluir, enco-
mendándola a Solano, obispo del Cuzco, y retirándose él lejos del
lugar del combate.
No es nuestro ánimo describir la famosa batalla de Huarina,
pues lo hacen con toda minuciosidad todos los historiadores de
la conquista del Perú.
Como era de preveer, la caballería de Centeno escribió en aque-
lla acción una de las páginas más brillantes de aquella guerrra;
pero la Infantería fué completamente derrotada. Más de trescien-
tos cincuenta hombres quedaron muertos en el campo, siendo ma-
yor el número de heridos, de los cuales muchos se hallaron muer-
tos al día siguiente por la intemperie y falta de asistencia; de los
fugitivos, los que cayeron en manos del cruel Carvajal, fueron in-
mediatamente ejecutados.
150 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Centeno pudo salvarse internándose, a pesar de su grave enfer-
medad, en la sierra inmediata, y llegando, después de mil penali-
dades, a Lima, donde logró también hallar refugio el obispo de
Cuzco. Centeno había perdido en la batalla, además de la mayor
parte de sus hombres, un botín de un millón cuatrocientos mil
pesos.
Sin embargo, la fortuna se cansó pronto de favorecer al desleal
Gonzalo Pizarro, y sus días estaban contados. No mucho después,
abandonado de los suyos, era vencido y hecho prisionero en Xa-
quixaguana, donde se halló otra vez frente a frente de nuestro
Diego Centeno, ya repuesto de su enfermedad. Reducido a prisión,
fué encomendada su custodia a Centeno, «que había pedido este
encargo, dice en su elogio Prescott, no por un deseo innoble de
venganza, pues parece que era generoso, sino con el honrado pro-
pósito de prestar al prisionero todos los consuelos que pudiese.
Así Pizarro, aunque tenido en estrecha guarda, fué tratado con la
deferencia debida a su clase, y obtuvo de Centeno cuanto quiso,
excepto su libertad.»
No fué menos noble la conducta del ilustre mirobrigense con
el cínico Carvajal, a quien nada tenía que agradecer y que tantas
veces le había perseguido, ardiendo en deseos de darle muerte:
Hecho también prisionero por sus mismos soldados, que le llena-
ban de injurias y maldiciones y le amenazaban con actos de vio-
lencia al acercarse a los reales del presidente la Gasea, Centeno
reconvino a la soldadesca y la obligó a apartarse. Entonces Car-
vajal le dijo: Señor, ¿quién es vuestra merced que tanta merced
me hace?, a lo cual Centeno respondió: Qué, ¿no conoce vuestra
merced a Diego Centeno? No era hombre Carvajal (1) para agra-
decer favores ni aun para olvidar en aquella hora suprema su ci-
nismo y mordacidad, y así, con sarcasmo, aludiendo a la reciente
derrota de Huarina, contestó a Centeno: «Por Dios, señor, que
como siempre vi a vuestra merced de espaldas, que agora tenién-
dole de cara no le conocía.»
Francisco Carvajal y Gonzalo Pizarro fueron condenados a
muerte y sus cabezas clavadas en altos postes cerca del Cuzco.
La generosidad de nuestro Diego Centeno para sus antiguos ami-
(i) Bien lo demostró poco después, muriendo poco menos que como
gentil.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 151
gos llegó hasta más allá de la muerte. Centeno, dicen los historia-
dores, salvó hasta la ropa de Pizarro, rescatándola del verdugo, a
quien pertenecía, y le hizo enterrar con su lujoso traje, en la capi-
lla del convento de Nuestra Señora de la Merced, en el Cuzco.
Para gloria de Ciudad Rodrigo hemos de citar aquí otro hecho
honroso, relacionado con este mismo asunto: Otro mirobrigense
ilustre, llamado Gómez Chaves, también valeroso soldado en el
Perú, contraviniendo las rigurosas órdenes del virrey la Gasea y
con evidente riesgo de su vida, quitó del rollo las cabezas de Car-
vajal y Pizarro para darles sepultura en un convento. Conocidos
los generosos sentimientos de Diego Centeno, quizá los dos va-
lientes paisanos obraron de común acuerdo,
La Gasea premió espléndidamente de un modo especial a los
que habían sacrificado su amistad con Pizarro, por defender la
legítima autoridad real, entre los cuales era el primero y el más
decidido y el más tenaz nuestro Diego Centeno. Entre otras ven-
tajas y preeminencias le nombró jefe de la expedición al Río de
la Plata, que no pudo llevar a cabo por haber sido envenenado en
un festín, un año después de la muerte de Gonzalo Pizarro.
Dicen algunos que su cuerpo fué traído a enterrar en la capi-
lla que los Centenos tenían en el convento de San Francisco; pero
esto no consta en ninguno de los documentos que hemos visto.
CAPITULO XIV
Los Mirandas: Martín, Francisco, Alonso y Sebastián de Miran-
da.—Xaques, Chaves, Osorios, Manzanedo, etc.—Religiosos
insignes: Franciscanos, clarisas, descalzas, premostratenses,
etcétera.—Artes e industrias: Maestros de cantería, pintores,
plateros.—Hernán Báez.—Bordadores: Los
Cadinamos, Guadamaciles, etc.
Continuamos el asunto de los capítulos anteriores, aunque li-
mitándonos casi a citar nombres, por no hacer interminable esta
relación.
De la noble familia de los Mirandas hay noticias más particu-
lares de los siguientes: Martín de Miranda, hijo de Martín de Mi-
randa y de Uzenda Núñez, fué valeroso capitán en las guerras
de Italia, sargento mayor y capitán de caballos en Alemania, sien-
do su bandera la primera que ondeó sobre los muros en el asalto
de Teudal. Sirvió después al rey de romanos, don Fernando, en
Hungría, y al volver a Italia, fué hecho cautivo por los turcos, que
le destinaron al remo, del cual se libertó aleándose con la galera,
como había hecho su paisano Juan Pacheco, en ocasión semejan-
te. Por fin, tomó el hábito de capuchino en Roma, con el nombre
de fray Ángel de Ciudad Rodrigo, de donde volvió a España, mu-
riendo santamente en el convento de Brozas, cuando ya estaba
elegido guardián de la casa de Badajoz.
Francisco de Miranda, hermano del anterior, fué también ca-
pitán en tiempos de Felipe II. Por sus relevantes servicios le dio
el rey una renta de 400 ducados, encomendándole la defensa de
esta frontera en la guerra de sucesión al trono de Portugal. Murió
en esta ciudad.
Alonso de Miranda, hijo de Diego de Miranda, hermano de los
dos anteriores, fué asimismo valentísimo capitán en Flandes, y sir-
vió a las órdenes de don Juan de Austria. Por mandado del rey
154 Mateo H e r n á n d e z Vegas
vino a levantar gente en Badajoz, con la cual embarcó en Carta-
gena y volvió a Flandes, muriendo en Namur.
Sebastián de Miranda, hermano de Alonso, fué alférez de una
compañía, y murió en el asalto de Maestric.
De otro Alonso de Miranda hay memoria en el Hospital de la
Pasión, donde fundó una capellanía. Fué capitán en Chile.
Los Xaques. Se hicieron famosos en Filipinas. Antonio deXa-
que, por cuyo arrojo se ganó una de las ciudades, aunque murien-
do en el asalto, y su hermano Alonso de Xaque, que quedó mal
herido. Los dos hermanos fueron los primeros en escalar el muro.
Hijo de Alonso de Xaque fué Miguel de Xaque de los Ríos y Man-
zanedo, por cuya razón hacemos mención aquí de él, aunque per-
tenece ya al siglo XVII. Vivió en tiempo de Cabanas, el cual dice
que «sirvió de capitán en las islas Filipinas el año 1621, y fué
quien sugirió a Felipe IV para sacar de la China todos los años
5.000 pacas de seda cruda, que son 6.500 quintales españoles, los
cuales valen a S. M. cada año 3.003.030 de pesos fuertes, horros
de toda costa; siendo éste el más considerable ingreso que tiene
la corona en todas las islas Orientales y Occidentales.»
Don Fernando de Xaque fué alférez de gran renombre en Sici-
lia, y murió de muerte violenta en esta ciudad (1).
(i) Cabanas dice que murió en un duelo. 'De un curioso documento
que conserva en su archivo don Jesús Sánchez Arjona, se deduce que fué
muerto a traición. Es una querella ante el rey, elevada por doña Aldonza
de Chaves, viuda, madre de don Fernando Rodríguez de Xaque, contra
don Francisco de Caraveo y don Baltasar Vázquez y sus criados. E n ella
se expone que don Fernando era' heredero del mayorazgo de los Xaques,
persona de muchas partes, nobleza y valor, de las principales de la ciu-
dad, a quienes todos amaban, por ser muy -afable y cortés y de buena vida y
costumbres. Era alférez reformado del reino de Sicilia y había prestado
grandes servicios a S. M . , por 'mar y tierra.
E l día 30 de Octubre de 1619, don Francisco de Caraveo, fingiéndose
amigo, y .después de haber paseado por las calléis -de la ciudad, le sacó all
campo familiarmente con engañéis, llevando en celada iy encubiertos, a don
Baltasar Vázquez y a sus criados y otras personas ; y llevándole detrás de
las. tapias del convento de San Francisco, que es parte yerma y despobla-
da, estando don Fernando salvo y seguro, de improviso don Francisco y
loe demás, que le iban haciendo espaldas, le dieron muerte a traición dán-
dole nna estocada por detrás de ,1a oreja que le había salido a la boca y
otras muchas cuchilladas por el rostro, de que luego murió. Don Francis-
co y don Baltasar se retrajeron al convento de San Francisco.
Continúa la madre querellándose contra el corregidor (era don Fran-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 155
Los Chaves. Hemos hecho ya mención de Luis de Chaves, al-
caide de la fortaleza de Trujillo, puesto por el maestre de Alcán-
tara don Diego de Monroy, a quien fueron a ayudar contra los
reyes católicos ciento e cinquenta fijosdalgo notorios de Cibdá-
Rodrigo. También referimos las hazañas de Gómez Chaves, qui-
tando del rollo las cabezas de Carvajal y Pizarro. Fué gobernador
de una de las más importantes ciudades del Perú, y tuvo un hijo
llamado Luis Chaves y Téllez, también valeroso soldado. Entre
otros muchos que pudiéramos citar, pues sus nombres se hallan
a cada paso en toda clase de documentos, son famosos:
Martín de Chaves de Robles. Ya vimos que, a 10 de Agosto de
1568 había jurado el cargo de alférez mayor de la ciudad, para el
cual había sido nombrado por Felipe II, mientras se casaba doña
Ana del Águila, en cuyo mayorazgo estaba vinculado. En su ju-
ventud fué paje de las infantas doña María y doña Leonor, hijas
de don Manuel, rey de Portugal, el cual le profesaba tanto afecto,
que le concedió el raro privilegio de poner en su escudo las cinco
quinas del escudo real portugués.
Don Juan Arias de Chaves fué gentilhombre de boca de Feli-
pe II y alférez en Chile.
Don Diego de Chaves se distinguió por su valor como capitán
en las Filipinas.
Don Hernando de Chaves fué abad perpetuo de la Caridad, des-
cisco López de Arriaga), porque no hizo más que ir al convento, y en cuan-
to los frailes Le dijeron que no podía entrar, desistió de más averiguacio-
nes, antes encontrando .después en la calle a don Baltasar, no hizo más que
quitarle la daga y espada, comprometiendo así la paz de la ciudad, fomen-
tando los bandos y dando lugar a que los culpados ñuyeran a (Portugal. Lo
mismo, añade, había hecho en otras quince muertes ocurridas en poco tiem-
po en la ciudad. Todo porque don Francisco era hijo de don Antonio de Ca-
ra veo, íntimo amigo del corregidor, a quien imponía ¡su voluntad. Y tam-
bién don Antonio era -cómplice, porque, el mismo día de la muerte, se le vio
andar por el sitio en que ocurrió, y se retrajo a la iglesia-. A l principio el
!
corregidor le prendió, pero le dio su casa por cárcel. Don Francisco era
de mala vida, inquieto y revoltoso. Don Baltasar .era hijo de Francisco
Vázquez, el RicOj de quien hemos hablado en otras ocasiones. Para esta
muerte y otras dos ocurridas por aquellos días de arcabuzazos, fué nombra-
do juez especial don Alonso de la Plata Castellanos, y escribano receptor
don Fernando del Yermo, corregidor de Madrigal. iBaltasar Vázquez era
dueño de Valverdejo y de parte .de Alcazarén. Fué condenado a destierro
multas, etc.
156 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
de 1531, en que murió don Alonso de Herrera, hasta 1548, en que
falleció el mismo don Hernando o Fernando de Chaves. Don Her-
nando solicitó y obtuvo de S. S. que los abades fueran trienales,
si bien fué todavía abad perpetuo su sucesor don Fernando de
Gata. En su tiempo se concedió a los premostratenses que pudie-
ran rezar los maitines en las primeras horas de la noche o antes
de la salida del sol. Le disputó la abadía otro mirobrigense, Fray
Francisco de Ledesma, también profeso de la Caridad, quien ha-
biendo sido condenado a perpetuo silencio, perdió la resignación
y apostató de la religión premostrateuse, y después de muchas pe-
nalidades, vino a morir arrepentido en esta ciudad, a 19 de Agos-
to de 1556. Don Hernando edificó el claustro (antiguo) de la Ca-
ridad y compró a doña Catalina de Xaque, en 1535, unas casas
con corrales y vergel en el arrabal de San Francisco, que desde
entonces se llamaron Casas del Abad, las cuales convirtió en en-
fermería para los religiosos, que antes había estado en la calle de
Cadimus. Hizo también el retablo mayor y el órgano grande.
Francisco Osorio. A 17 de Mayo de 1566, Pedro Barba Osorio
presentaba en el Ayuntamiento (1) como testamentario de su tío
Francisco Osorio, capellán y limosnero mayor de S. M., la cláu-
sula por la cual destinaba 60.000 maravedises de juro sobre las
alcabalas de Salamanca, mas 10.000 maravedises de intereses des-
de la muerte de don Francisco, para fundar la Casa de los niños
de la doctrina. El Ayuntamiento, en efecto, fundó la Casa de los
niños de la doctrina en la antigua parroquia de San Vicente (que
le cedió el obispo), que después se llamó de Nuestra Señora de
los Esclavos. Esta fundación fué adjudicada al Seminario, en cuyo
archivo están los documentos. Don Francisco Osorio fué limos-
nero mayor de Carlos V y Felipe II. Fundó también la capilla de
Santiago en los agustinos calzados, de Madrid, donde está en-
terrado.
El Licenciado Juan Alonso Suárez, regidor de Ciudad Rodrigo,
fué fiscal del Consejo real y presidente del de Hacienda en Ña-
póles.
El doctor don Félix de Manzanedo, de quien ya hemos hecho
mención, fué oidor de la Real Audiencia de Valladolid, en cuyo
(i) Acta municipal de «se día.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y l a C i u d a d 157
cargo prestó grandes servicios al Ayuntamiento de Ciudad Rodri-
go. Estando en esta ciudad a 25 de Septiembre de 1562, el Ayun-
tamiento le obsequiaba con «una docena de capones y un par de
pemiles de tocino y una docena de perdigones, y si no se hallan
éstos, dos arrobas de vino blanco de Robledillo, porque entiende
en los negocios de la ciudad de Valladolid» (1). Habiendo enviu-
dado, se hizo clérigo y ganó por oposición la doctoral de esta Ca-
tedral.
Su hijo, el doctor don Alonso de Manzanedo, fué también casa-
do, y después doctoral de Calahorra, Comisario del Santo Oficio,
Inquisidor de Barcelona y Auditor de la Rota.
Don Diego Botello Maldonado y el licenciado Miguel Guerre-
ro, fueron Oidores de Valladolid.
El licenciado Pero-López Sierra, Inquisidor de Sevilla, y murió
electo obispo de Charcas. Su sepulcro estaba en la antigua iglesia
de San Andrés, según Cabanas, que lo vio.
El licenciado Pero-López de Mora, catedrático de Salamanca e
Inquisidor de Zaragoza.
Antonio Barba, hijo de Hernán Barba, corregidor de Burgos y
adelantado mayor de Castilla, fué abad de San Angelo en Sicilia,
arcediano de Villaviciosa, canónigo de Oviedo y Oidor del Real
Consejo de Ñapóles. Tuvo un hermano llamado Hernán Barba,
del hábito de San Juan, que murió de una flecha en una batalla
con los turcos. Otro Miguel Barba, descendiente de éstos, fué del
hábito de San Juan, comendador, y murió en Zamora, de donde le
trajeron a enterrar en la capilla de la Salud, del convento de San
Francisco.
Otros muchos se distinguieron como soldados, entre los cuales
cita Cabanas a los siguientes: Juan Sánchez de Robles, que sirvió
a la corona veintidós años en las guerras de Flandes, Francia y
Alemania, en las que ganó las más altas recompensas, merecien-
do ser sargento mayor del tercio de Lombardía. Fué después re-
gidor de esta ciudad, en la que murió, siendo enterrado en San
Francisco. García de Soria, que sirvió a don Fernando el Católi-
co como capitán en las conquistas de Granada y Ñapóles. Don
Cristóbal de Aguilera, capitán de peones en Bretaña y cabo de
(i) Acta municipal.
158 M a t e o H e r n á n d e z Vegas
cinco compañías en Flandcs, que murió en el sitio de Celleque.
Don Alonso López, capitán en Ñapóles a las órdenes del Gran Ca-
pitán, que adquirió y mandó a la Catedral la preciosa reliquia del
brazo de San Genuario. Don Alonso de Mercado, capitán de ya-
bras y pinazas en las costas de Guipúzcoa. Alonso Osorio, del há-
bito de Alcántara, comendador de Ceclavín. Juan Osorio de ülloa,
del hábito de Santiago, maestre de campo. Don Fernando de Cor-
balán, del hábito de San Juan, comendador de Almazán. Don An-
tonio y don Diego Maldonado, del mismo hábito, y lo mismo Die-
go Cueto y Bernal Guiral, llamado el Ciego, comendador de Pe-
ñalén. El capitán Olivares, que fué a Chile con una compañía,
toda de gente de este país, llevando por alféreces a los también
mirobrigenses Juan Arias de Chaves y Alonso Suárez. El doctor
Antonio Arias, gobernador de las Canarias, que defendió valero-
samente contra los ingleses. Su sobrino don Luis Meléndez, que
se distinguió notablemente en Berbería y fué después teniente ge-
neral en las Canarias. Jerónimo Meléndez, del hábito de San Juan,
capitán en Flandes, «prestó relevantes servicios, por los cuales
Felipe II le asignó 30 escudos de ventaja en Sicilia, premio que ni
aun a hijos de grandes se concedía en aquel tiempo, y además el
Papa Gregorio X le honró mucho, regalándole, entre otras cosas,
una preciosa cadena de oro de valor de 600 escudos» (1).
El capitán Lumbrales, siendo simple soldado, defendió tan he-
roicamente contra el ejército del conde Ludovico la villa de Valen-
ciana, en Flandes, que sólo quedaron vivos de la guarnición otros
cinco con él. El duque de Alba le ascendió en el acto a capitán,
viniendo a morir después en otra batalla contra el mismo enemigo.
Alonso Villafañe y Quiñones fué capitán de infantería española.
Juan Mangas, capitán de caballos en Milán. En las Filipinas se hi-
cieron famosos, entre otros ya citados, don Juan Picado, maestre
de campo; don Juan de Caraveo, sargento mayor; don Diego de
Chaves y don Cristóbal Guiral, capitanes; don Antonio de Cara-
veo, alférez, etc., etc.
RELIGIOSOS INSIGNES
En este punto hemos de ceñirnos aún mucho más, pues sería
necesario un gran volumen para citar sólo los nombres de tantos
(i) Cabanas.
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 159
religiosos y religiosas como han florecido en los conventos de la
ciudad y diócesis. Mencionaremos solamente algunos de ellos
sin orden determinado de tiempo ni de conventos, y aun incluyen-
do algunos de siglos posteriores, para no tener que volver sobre
el asunto.
Uno de los más célebres, por hacerse mención de él en el Mar-
tirologio de la orden de San Francisco, es fray Cristóbal Cataneo,
del convento de San Francisco de Ciudad Rodrigo, varón de vida
tan austera y penitente, que ayunaba siete cuaresmas en el año,
generalmente a pan y agua, y mortificaba constantemente su cuer-
po con un aro de hierro, por lo cual mereció ver y conversar fa-
miliarmente con Jesucristo en la hora de la muerte, ocurrida el 15
de Abril, día de Viernes Santo de 1530.
Fray Antonio de Linares, que Cabanas llama fray Pedro, fué
maestro de novicios en el mismo convento. Era tan eminente san-
tidad, que toda la ciudad le llamaba el santo Linares. Tuvo don de
profecía, y anunció veintiocho años antes que se verificara, la fun-
dación de las religiosas descalzas, cerca de la iglesia de San Isi-
doro, a la puerta del Conde, pues «vio a los espíritus malignos
discurrir por aquella parte de la muralla, dando aullidos y hacien-
do grandes sentimientos por la guerra que Dios había de hacerles
desde aquel sitio»; y al canónigo don Isidoro de Robles, dueño de
aquellas casas, le dijo: «Estime mucho la casa en que vive, que ha
de ser un gran santuario en que Dios se sirva.» También predijo
el día de su muerte, acaecida el 26 de Enero de 1577. Fué enterra-
do en la capilla mayor de su convento. Su cabeza fué encerrada
en una caja, y era llevada a los enfermos.
No menos famosos fueron en aquel tiempo en el mismo con-
vento Fray Francisco Cordero, Fray Melchor Gómez y Fray
Francisco Cuadrado. El último murió en Robleda, a donde había
ido a pedir limosna, y en su iglesia está enterrado. Sintiéndose en-
fermo y conociendo estar cercana su muerte, pidió al párroco los
Santos Sacramentos y suplicó que le dejasen solo. A altas horas
de la noche se vio su habitación bañada de luz, que iluminaba
todo el pueblo; y atraídas las gentes por el prodigio, penetraron
en la habitación, hallándole sin vida, de rodillas, con la vista le-
vantada al cielo y apretando la cruz entre sus manos.
En el convento de Santa Clara hay memoria de la santa vida
de las dos abadesas hermanas, sor Beatriz del Águila y sor Isa-
160 Mateo H e r n á n d e z Vegas
bel del Águila, hijas de don Diego del Águila, alcaide del alcázar,
y tías carnales del obispo de Zamora, don Antonio del Águila (1).
Doña Beatriz fué abadesa cincuenta años, y murió en 1535, suce-
diéndole su hermana. En una carta enviada desde Alejandría por
Fray A. Sevillano, natural de Ciudad Rodrigo, tomando la noticia
del Martirologio de la Orden, de Wadingo, etc., dice que el sepul-
cro de esta abadesa estaba en la capilla mayor, al lado del Evan-
gelio, con una efigie de mármol, y en el muro el correspondiente
epitafio. Hoy nada de esto existe.
También han sido tenidas en gran veneración la madre Bello-
sa, la madre Francisca del Espíritusanto y la madre María d?
Chaves, de la ilustre familia de este apellido; pero la más célebre
por «sus virtudes y milagros» (son palabras del Martirologio fran-
ciscano) es la madre Hadabona, cuya muerte fija el Martirologio
a 3 de Septiembre de 1539. La santidad de su vida, divulgada por
toda la ciudad, se hizo más patente con dos milagros ocurridos a
su muerte. Fué el primero, según refieren las crónicas de la Or-
den, que al tiempo de morir, las campanas tocaron por sí solas;
y el segundo, que, habiendo fallecido en el palacio episcopal, adon-
de habían sido trasladadas las religiosas con motivo de una gra-
ve epidemia desarrollada en el convento (distinta de la que hemos
referido en otro lugar), y alegando el Cabildo derecho a darle se-
pultura en la Catedral, contra la voluntad de los franciscanos,
acordó el obispo que la caja que encerraba el cadáver fuera colo-
cada sobre una cabalgadura y que a ésta se la dejase marchar li-
bremente. La cabalgadura, seguida de mucha gente del pueblo, se
dirigió espontáneamente al convento de Santa Clara, parando a
la puerta de la iglesia. Según la carta antes citada, el sepulcro es-
taba in medio eclesiae choro y sobre él lapídea imago.
Del convento de Descalzas, merecen especial mención primera-
mente su penitente y humildísima fundadora y primera abadesa
sor Catalina de la Madre de Dios, que en el mundo se llamó doña
(i) Las Águilas de Ciudad Rodrigo fueron insignes protectores de los
conventos de San Francisco y Santa 'Clara. En la información hecha a fi-
néis del siglo X V I I I con motivo de una ejecutoria de Carlos IV, confir-
mando la exención del convento de Santa Clara de les derechos de millo-
nes, sisas y alcabalas, se afirma que el convento se sostenía principalmen-
te con las limosnas, que habían dejado anualmente doña Antonia del Águi-
la y don Antonio del Águila, obispo de Zamora (archivo del convento).
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 161
Catalina Enríquez Pacheco, hija de don Rodrigo, primer marqués
de Cerralbo, como ya hemos dicho. Criada con todo el regalo y
fausto de una de las casas más nobles de España, renunció a todo
desde su más tierna edad, para tomar el hábito en el monasterio
de Santa Isabel de Alba de Tormes, pasando después, deseosa de
mayor perfección, al de franciscas descalzas de Trujillo, de donde
vino a fundar el de su pueblo natal. La crónica cuenta un suceso
prodigioso ocurrido en sus funerales, con el cual quiso Dios ma-
nifestar la santidad de su vida: Dice que, habiéndose celebrado
éstos con todo el aparato y riqueza que exigía su condición y el
rango de su familia, las velas que ardieron alrededor del túmulo,
en incalculable número, a semejanza de la zarza de Oreb, no se
consumieron ni perdieron un quilate de peso.
Entre las fundadoras de este convento debe contarse también
la noble señora mirobrigense doña Inés Pacheco y Silva, viuda
de don Rodrigo Maldonado. Habiendo enviudado, siendo todavía
joven, decidió dar la casa en que vivía junto a la iglesia de San
Isidoro, para fundar un convento en que recogerse ella misma pa-
ra servir a Dios. Después de varias dificultades por parte de las
carmelitas descalzas, que llegaron a obtener licencia del Consejo
real para fundar en aquel sitio, y de los religiosos carmelitas, que
también deseaban fundar en Ciudad Rodrigo (1), al fin se cumplió
la voluntad de Dios, manifestada dos años antes a la niña Se-
bastiana, de quien hablaremos luego, fundándose el convento
(i) N O fué ésta La única tentativa de los carmelitas para establecerse
en nuestra ciudad. Muchos años después, en 1694, hallándose reunidos los
canónigos a 13 de Diciembre, «entran en Cabildo les prelados de Las cuatro
órdenes mendicantes de la ciudad y piden que éste niegue la licencia que
solicitan los Carmelitas Descalzos para hacer aquí nueva fundación.» En
el acta se copia la petición de éstos, suscrita por Fr. Francisco de Sia<n A l -
berto, prior del Burgo de Osma, en nombre del general Fr. Juan de la
Anunciación. Para pro-bar que no perjudicarían a las órdenes mendicantes,
dicen que se obligan a hacer teda l a fábrica a su costa, y que para el sus-
tento de doce religiosos cuentan con 3.000 ducados, que el tesorero de esta
Catedral, don Pedro Zamora, tiene impuestos en una memoria, más 37.500
maravedises de renta que el Desierto de Batuecas tiene sobre las alcabalas
de esta ciudad, más 26.000 reales de un censo que en Ríe-seco tiene el con-
vento de Burgo de Osma, etc. En vista de ello, el Cabildo dio su licencia ;
pero tales debieron ser las dificultades y oposición de las demás órdenes
religiosas, que tampoco esta vez lograron sus deseos los carmelitas des-
calzos.
162 Mateo H e r n á n d e z Vegas
de franciscas descalzas en esta casa y en la del canónigo don Isi-
doro de Robles, y pasando en ella el resto de su vida, entregada a
la oración y penitencia doña Inés Pacheco y Silva. En él se dis-
tinguieron por su vida observante y humilde sor María del Espí-
ritusanto, que mereció tener revelación de la hora de su muerte;
sor Catalina de la Asunción, a quien se apareció, para confortar-
la en sus tribulaciones, la primera abadesa, ya difunta, sor Cata-
lina de la Madre de Dios, y, sobre todas, sor Sebastiana del Espí-
ritusanto, la niña a quien antes nos hemos referido.
Nació Sebastiana en Ciudad Rodrigo, a 20 de Enero de 1596.
Era hija de Francisco Vaca, oriundo de León, y de María Hermo-
so, natural de Sanfelices de los Gallegos, vecinos de Ciudad Ro-
drigo. Educada por sus padres en el santo temor de Dios, desde
muy niña empezó a recibir favores tan extraordinarios del cielo,
que sin llegar a conocer lo que era el pecado, gustó las inefables
delicias con que Dios suele recrear a las almas privilegiadas. Sie-
te años tenía cuando en uno de sus frecuentes arrobamientos, vio
en espíritu a las futuras fundadoras del convento de Descalzas,
acompañadas de San Francisco y Santa Clara, que la invitaban a
seguirlas. Contó a sus padres la visión, procurando describir lo
mejor que pudo el hábito que vestían, y manifestando su firme re-
solución de vestirlo ella misma. Los padres, por complacerla, la
llevaron al convento de Santa Clara; pero apenas hubo visto la
niña a estas religiosas, dijo resueltamente que no era aquel el tra-
je que ella había visto. Cuando dos años después llegaron a Ciu-
dad Rodrigo las fundadoras de las Descalzas, Sebastiana excla-
mó al verlas: «Este es el hábito que yo vi.»
Entró, pues, en esta religión, entregándose enteramente a la
oración y a la penitencia, siendo su vida una continuada serie de
prodigios, que refiere el cronista Fr. José de Santa Cruz. Se le
apareció más de una vez la Santísima Virgen, vio en cierta oca-
sión en la Hostia, al comulgar, a Jesucristo con la cruz, bañado
en sangre, y en un éxtasis le manifestó el Señor estar muy irrita-
do por los pecados de Ciudad Rodrigo y determinado a enviar
grandes castigos. Con este motivo, sor Sebastiana y la comunidad
redoblaron las oraciones y penitencias, hasta que la Santísima
Virgen prometió a sor Sebastiana interceder con su Hijo, para que
revocara la sentencia. A este propósito refiere el citado cronista,
«que aquel mismo año que fué el de 1633 a diez y siete de noviem-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 163
bre pareció venirse abajo el cielo con una furiosa tempestad: ca-
yeron muchas centellas y arruinaron edificios; mas ninguna per-
sona peligró en fe de que había suspendido a la ira la misericor-
dia.» Murió sor Sebastiana tan santamente como había vivido, a
14 de Febrero de 1647.
Fr. Antonio de Ciudad Rodrigo, religioso descalzo, fué gran
misionero en las Indias, donde hizo innumerables conversiones.
Vino a España en 1529 a suplicar protección al emperador para
los indios, volviendo allá con las cartas de Carlos V y muchos
religiosos de su Orden. Fué después obispo de Nueva Galicia, y
pasado algún tiempo, renunció la mitra, retirándose al convento
de San Francisco, de Méjico, donde murió en 1553 y es venerado
por santo.
También fué religioso descalzo Fr. Francisco de Ciudad Ro-
drigo, natural de Martiago. Fué gran predicador y varón de ex-
traordinaria virtud. Murió en 1554, en el convento de Nuestra Se-
ñora de los Angeles, después de haber sido muchas veces guar-
dián. Tuvo don de profecía.
De la misma Orden fué Fr. Cipriano de Villamiel, que murió
en 1573 en el convento del Hoyo, donde fué enterrado, hallándose
su cuerpo incorrupto varios años después. Se cuentan muchos mi-
lagros obrados por su intercesión.
Franciscano descalzo fué también Fr. Juan Chaves, de noble
linaje de Ciudad Rodrigo, custodio de la provincia de San Gabriel.
Asistió al capítulo general de Roma, en 1571, muriendo poco des-
pués en España con gran fama de santidad.
Fr. Antonio de Paz, natural de Ciudad Rodrigo, también teni-
do por santo, fué guardián del convento de Villanueva del Fresno.
Fr. Juan de Miranda, provincial de la provincia de San Miguel.
Fr. Antonio de Estrada, de Ciudad Rodrigo, «varón eminente
en santidad, dice Cabanas, como lo demuestra el milagro de ha-
berle Dios libertado la vida y quedar enteramente sin lesión al
arruinarse de todo punto su celda.»
Fr. Juan de Ciudad Rodrigo, provincial de la de San Miguel,
muerto en olor de santidad.
Fr. Pedro Guinaldo, también de esta ciudad y provincial de la
misma de San Miguel.
Ya de la segunda mitad del siglo XVII fué el famoso P. Juan
de Albín, natural de Gallegos de Argañán. Tomó el hábito de San
164 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Francisco en el convento de nuestra ciudad, y llegó, por su talen-
to y virtudes, a general de toda la Orden. Murió en el colegio de
la Biemparada de esta provincia de San Miguel, «dejándose ver al
tiempo de expirar un gran resplandor que bañó la celda en que es-
taba.» Siendo general de la Orden, vino a Ciudad Rodrigo en Oc-
tubre de 1692, y era tal su fama, que el Cabildo, por rara excep-
ción, acordó visitarle, y a la entrada en el convento, tocar las
campanas. Por la noche hubo luminarias en las calles.
El venerable Marcos Cuneo. Nació en Wertheim, de Alemania,
de padres católicos, el año 1618. Sus padres, de la más antigua no-
bleza alemana, le dedicaron al estudio en el colegio que la Com-
pañía de Jesús tenía en aquella ciudad, en el cual hizo en breve
tiempo tan grandes progresos, que salió consumado maestro en
los idiomas hebreo, griego y latino, así como en toda clase de le-
tras humanas. Muertos sus padres cuando apenas tenía veinte
años, se dirigió a Roma, con el doble fin de satisfacer su devoción
y de completar sus estudios, en ocasión que se alistaban allí mu-
chos alemanes en las banderas de España, para pelear en la guerra
que nuestra nación sostenía con Portugal. No era esa la vocación
de nuestro joven; pero los ruegos, las amenazas y en último térmi-
no la fuerza y la violencia de sus compatriotas, le obligaron, a pe-
sar de sus protestas, a alistarse como soldado y venir a España.
Pronto conoció el joven Cuneo los peligros de la profesión mi-
litar, y buscó ocasión de trocarla por la milicia religiosa. Hallán-
dose, pues, alojado en la villa de Hornachos, se dirigió al con-
vento de San Francisco, donde pidió con humildad el hábito de la
religión seráfica, y conocidas sus prendas de virtud y ciencia, al
punto le fueron despachadas las letras por el provincial, que a la
sazón visitaba aquel convento, para tomar el hábito en el de San
Francisco, de Ciudad Rodrigo.
Imposible es seguirle en la rápida carrera hacia la perfección
en la escuela del noviciado. En los primeros tiempos de novicio
ya escribió en elegantes dísticos la Cartilla para instrucción de
novicios, que publica la crónica de la Orden. Hecha la profesión,
en el capítulo celebrado en Ciudad Rodrigo, a 17 de Octubre de
1650 (1), se le honró con las patentes de predicador y confesor;
(i) E l día 14 del mismo mes y año había anunciado &1 Cabildo «1 con-
vento de San Francesco, que vendría en procesión a la Catedral pana dar
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 165
no mucho después fué nombrado lector de Artes, cargo que des-
empeñó en el convento de Trujillo; luego, maestro de estudiantes
en Plasencia, donde ganó el primer premio, cantando en 845 ver-
sos heroicos las glorias de la antiquísima Ambracia, en el certa-
men literario celebrado en honor de los santos mártires Basileo y
Epitacio. A petición suya, fué portero del convento de Cáceres y
después, maestro de teología en Cáceres y Ciudad Rodrigo, cargos
que renunció para dedicarse a la conversión de muchos luteranos
y calvinistas alemanes, acantonados en la frontera de Portugal, con
motivo de la guerra. Esto, a instancias del obispo de Coria, don
Frutos de Ayala, magistral y deán que había sido de Ciudad Rodrigo.
Los triunfos que consiguió entre los herejes alemanes y aun
entre los soldados compatriotas católicos, que escudados con la
ignorancia del idioma, habían abandonado toda práctica religio-
sa, son incontables.
Por fin, desconfiado de sí mismo y de los aplausos y aclama-
ciones que estos triunfos le ganaban en el pueblo, deseoso de en-
tregarse por completo a la oración y a la vida contemplativa, se
retiró al convento de San Martín de Trevejo. Allí su vida fué más
del cielo que de la tierra. Allí, purificado con acerbísimas enfer-
medades, recreado con particulares favores de la Santísima Vir-
gen, y habiendo predicho el día y la hora de su muerte, murió a las
dos de la mañana del día de la Asunción, de 1674. Su cuerpo fué
enterrado en la iglesia, al lado de la Epístola, debajo de la cre-
dencia, donde cinco años después, al enterrar a otro religioso, fué
hallado enteramente incorrupto y despidiendo maravillosa fragan-
cia. El pueblo de San Martín conserva vivo el recuerdo de las vir-
tudes y santa vida del P. Cuneo.
En el monasterio de la Caridad descuellan, entre otros hom-
bres célebres, don Hernando, o Fernando de Villafañe, natural de
Ciudad Rodrigo, abad del monasterio en los años de 1566-1569, ha-
gracias por la elección de provincial, y pedía licencia para decir misa en
el altar mayor. E l Cabildo dio la licencia, pero ello dio ocasión a una cues-
tión de etiqueta, muy propia en aquellos tiempos. La procesión se hizo el
día 16 ; y al día siguiente (el mismo en que ee celebró el capítulo), protes-
taba el Cabildo porque en la misa don Francisco del Águila, poseedor del
mayorazgo de los Águilas y patrono del convento, niño de trece años, ¡ se
había sentado en una silla en la capilla mayor, junto a la reja, al lado de
la Epístola, siendo la capilla de patronazgo real, donde nadie pone silla ni
se sienta !
166 Mateo H e r n á n d e z Vegas
biendo hecho la profesión en 1549. En su tiempo tuvo lugar la fa-
mosa cuestión de la anexión de los monasterios de los premos-
tratenses de España a la Orden de San Jerónimo, en virtud de un
Breve de San Pío V, a instancias de Felipe II. Para ejecutar la
anexión del de la Caridad, vinieron a Ciudad Rodrigo dos padres
Jerónimos en Diciembre de 1567; pero el abad don Hernando, pa-
ra no autorizarla, huyó a Portugal, de donde regresó a principios
del año siguiente, cuando ya los Jerónimos habían tomado pose-
sión de esta casa.
Apenas llegado a esta ciudad, le prendieron, poniéndole, para
más seguridad, en los aposentos más altos del palacio episcopal,
clavando las ventanas y con guardas a las puertas. A pesar de tan
minuciosas precauciones, el abad, con el auxilio de unas tenazas
que le introdujeron en un cántaro de agua, desclavó las ventanas,
y atando las sábanas de la cama y los manteles del refectorio, se
descolgó una noche con el mayor sigilo, y puesto de acuerdo con
otro religioso llamado Fr. Juan Domínguez, también hijo de la mis-
ma casa y natural de Ciudad Rodrigo, vestidos de seglares, se di-
rigieron a Roma, adonde llegaron venciendo mil dificultades, pues
Felipe II, noticioso del caso, había mandado tomar todos los ca-
minos. Allí pusiéronse los hábitos de su religión, y recibidos por
el Papa, consiguieron buleto por el cual se revocaba la anexión de
la Orden del Premostré a la de San Jerónimo. E l abad de la Cari-
dad había libertado su casa y todas las de la Orden en España.
Por tan señalado servicio mereció más tarde ser general de toda
la Orden.
E l P. Juan Gómez Casasola profesó en la Caridad el 29 de Fe-
brero de 1603. Fué dos veces abad. En la primera, 1627-1630, ocu-
rrieron los famosos sucesos que hemos referido en otro lugar, de
la traslación de los premostratenses a la ciudad; en la segunda,
1636-1639, cuenta el Becerro, sin dar más explicaciones, el extra-
ño caso del obispo de Ciudad Rodrigo y electo de Zamora, don
Juan de la Torre y Ayala, fallecido en 11 de Septiembre de 1638,
que fué enterrado en el monasterio por vía de depósito.
E l P. Casasola murió el 8 de Mayo de 1643. Según los Obitua-
rios del convento, fué Vicario general, abad del Colegio de Sala-
manca y de Santa María de los Huertos, tres veces Definidor, Pre-
dicador general perpetuo, etc., y añaden: «In omni scientia et fa-
cúltate eminens, praecipue in exponendis Sacris Scripturis; qui,
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la C i u d a d 167
post multos infirmitatis labores perpessos multa, erudita manu-
scripta relinquens.»
Entre los eruditos manuscritos del P. Casasola, se cuenta, y por
esta razón hemos hecho mención especial de este religioso, una
Historia de Ciudad Rodrigo, que se ha perdido. E l cronista del
monasterio afirmaba que se hallaba citada por algunos escritores,
y que el obispo de Ciudad Rodrigo, Fr. Benito Uría y Valdés le
aseguró haberla leído en Asturias.
Don Juan Pérez Galavís. Era natural de Robledillo y profesó
en este monasterio de la Caridad. Fuit homo misus a Deo, dice el
Obituario, conspicuo en su religión, gran celador de. su Orden, de
maravillosa circunspección, de ciencia eminente, de arrebatadora
elocuencia, por la cual mereció el nombre de elegantísimo Cicerón
y nuevo Crisóstomo, verdadero literato y Mecenas de literatos. Sin
concluir sus cursos literarios, fué elegido abad de Sancti-Spíritus
de Avila y sucesivamente lector jubilado, maestro de Teología,
General de toda la Orden, etc. Finalmente fué nombrado arzobis-
po de la Isla de Santo Domingo y Primado de las Indias, y des-
pués de haber gobernado esta iglesia ocho años, fué trasladado al
Arzobispado de Santa Fe de Bogotá, donde murió a 13 de Noviem-
bre de 1740.
El venerable Federico García. Resumiremos todo lo posible la
vida admirable de este premostratense, pues con toda extensión la
escribió el Iltmo. Illana, sabio cronista de la Orden. Era natural de
Santo Tomé de Rozados, y se llamó en el siglo don Blas García.
Se hizo la información de vita et moribus y el examen de suficien-
cia en 1601. Hizo la profesión en esta casa de la Caridad el 23 de
noviembre de 1603.
En 1609, en vista de los disturbios ocurridos en Robledillo en
tiempo del anterior vicario premostratense, enviaron los superio-
res con este cargo al P. Federico García, como sujeto el más apto
para apaciguar los ánimos y conciliar las voluntades de todos.
Desempeñó este cargo hasta 1622, en que marchó a Madrid, de
donde volvió a los quince meses a Robledillo, para ejercer de nue-
vo el ministerio, aunque por poco tiempo, pues no mucho después
se hallaba otra vez en la Corte, sin que la crónica nos diga cuál
fué el objeto de estos viajes.
Murió en Madrid, a 5 de Julio de 1630. De la santidad de su
vida dan testimonio los Obituarios de la Caridad: «Obiit, dicen,
168 Mateo H e r n á n d e z Vegas
Fr. Federicus García, Sacerdos hujus domus; vir in Theología
eruditissimus etin omni virtute celebris. Obiit Matriti, et ubique
vixit, mérito Sanctus appellatus.» Al margen de uno de dichos Obi-
tuarios se lee el siguiente elogio: Félix domus et religio tanto Fi-
lio. El citado Illana le llama: Hijo y legítimo heredero de las vir-
tudes del gran Norberto, modelo de penitencia, mortificación, re^
ligiosa pobreza, asidua contemplación, operario fiel y prudente, et-
cétera.
ARTES E INDUSTRIAS ARTÍSTICAS
No hemos de terminar este largo capítulo, y con él el glorioso
siglo XVI, sin hacer mención también de algunos artistas, o más
bien, modestos artesanos u oficiales, cuyos nombres nos han trans-
mitido los documentos, y que quizá hayamos citado ya inciden-
talmente.
Entre los maestros de cantería, y ya hemos visto que así se
llamaban modestamente los más grandes arquitectos, como Pedro
de Güemes, merece citarse Pedro Moro, que construyó la antigua
sala capitular y demás capillas del claustro, y aun remató la obra
del claustro, antes de entenderse el Cabildo con Pedro de Gúemes,
interviniendo también en el remate los canteros Juan Pérez y Fran-
cisco de las Viñas y el carpintero Esteban Sánchez. El citado
Juan Pérez hizo también la antigua pila del bautismo por 20.000
maravedises, 10 cuartillos de vino y 10 fanegas de trigo.
Martín de tlreta labró una pila que había en el claustro, y que
no sabemos qué destino tuvo.
De más altos vuelos fué García de la Puente, autor de la fa-
mosa puerta del Viaje, que se atrevió a rematar y aun empezó a
construir la capilla mayor, costando al Cabildo trabajo y dinero
hacerle desistir, para encargarla a Rodrigo Gil de Hontañón. Quizá
era hijo de éste un Pedro de la Puente, que en el año 1547 figura
como aparejador, y tal vez descendiente de éstos, Juan de la Puen-
te, que en 1589 construyó la capilla mayor de la iglesia del Hos-
pital de la Pasión. Otro García de la Puente hizo la antigua cár-
cel en 1580.
Entre los maestres de la fuente de Caro-cuesta o Cara-cuesta,
aparece en 1547 el maestre Juan González, sucediéndole Francisco
González, a quien el Ayuntamiento acuerda en 1558 darle real
y medio cada día que trabaje, y cuando muera la viuda de maes-
C i u d a d R o d r i g o . La C a t e d r a l y la Ciudad 169
tre Juan, se le dará también la casa en que vive. A éste sucede otro
maestre Juan, que en 1561 hizo el caño para dar agua al conven-
to de Santa Clara.
El cantero de las Carnicerías, que hemos visto desaparecer en
estos últimos años, se llamaba Francisco Martín, y las hizo tan a
satisfacción del Ayuntamiento, que acordó pagarle «la demasía
de los pilares e ser de piedra berroqueña de la cantera de San
Juan» (1).
El más famoso de los maestros de cantería del siglo XVI, es
García de Ruesga, que dio nombre a la calle de Ruesga, en el arra-
bal de San Francisco. Hizo la alhóndiga (con piedra de la cantera
de la puerta del Conde) en 1559; la obra del puente principal, cuya
piedra se trajo de Villar de Rey, en 1560, con los escudos; abrió la
puerta de Amayuelas, que era un postiguillo bajo y estrecho lla-
mado de Santa María, en 1563; y en el mismo año la cárcel nue-
va. Por la obra del puente le mandó prender el Ayuntamiento, por
haberse ido a Espeja y no traer la piedra a tiempo. Un Rodrigo
de Ruesga trabajó con Juan de la Puente en la capilla mayor del
Hospital.
En 1565 se hizo nueva obra en el puente, la cual fué encomen-
dada a S°. Gutiérrez y Domingo de Castro.
Ya vimos que el famoso arquitecto Pedro de Ibarra hizo la tra-
za de la puente de Valdenovillo en Mediasfuentes y dirigió la res-
tauración del Pontón de Sahugo. En la puente de Valdenovillo tra-
bajaron como oficiales Juanes de Urríbari, Tomé de Tolosa, San-
cho Gutiérrez y Andrés del Cerro. También trabajaba en ella Gar-
cía de Ruesga cuando murió, en 1568, y la acabó Urríbari en 1576.
En el Hospital de la Pasión hizo la traza del cuarto de pere-
grinos en la delantera del edificio (por la anexión del hospital de
Lerilla) y de la portada principal, Juan de Segura, siendo oficial
Alonso Rodrigo, en 1595. El teatro que se construyó en 1601 fué
dirigido por Rodrigo Alonso.
Entre los pintores se cita a Solórzano en 1560, a Francisco
Díaz en 1592 y a su hijo Jerónimo Díaz en 1601, sin que se haga
la más ligera alusión a sus obras.
Una de las industrias artísticas más pujantes de Ciudad Ro-
drigo en el siglo XVI fué la Platería. Así lo prueba el gran núme-
(i) Las canteras de San Juan, que tanto se citan y ponderan en toda
170 Mateo H e r n á n d e z Vegas
ro de plateros que se mencionan y el haber dado nombre a la ca-
lle de la Plata (la actual de la Granadilla). Entre los más notables
figuran Santos, Bretón y Hernán Bote. E l platero Santos debía de
tener otras muchas habilidades, pues en las honras del emperador
libra el Ayuntamiento a Méscua 2 ducados por escribir los epita-
fios del túmulo, y 12 ducados a Santos, platero, por lo que traba-
jó en el túmulo; y en las del príncipe don Carlos, da a Santos, pla-
tero, 12 ducados por las trazas y pintaras del túmulo.
Sin embargo, el más famoso, por haber hecho las andas y cus-
todia de plata de la Catedral, fué Hernán Báez. Se hizo el contra-
to en 1560. Nada podemos decir de su traza y estilo, sino que de-
bía ser semejante a la de Badajoz, pues en el mismo año se da co-
misión al canónigo Pedro Núñez de Jaque para que vaya a Bada-
joz y lleve l a muestra de la traza hecha aquí y la coteje con la de
aquella Catedral. De su riqueza, dan idea las grandes cantidades
de recado de plata y de dinero, que va entregando el Cabildo, el
tiempo que se empleó en ejecutarla, pues no se concluyó hasta
1567, y la espléndida gratificación de más de 109 ducados, que en
agradecimiento dio el Cabildo al artista. Desgraciadamente, esta
joya fué deshecha para el malogrado retablo de plata.
Ciudad Rodrigo fué en el siglo XVI uno de los grandes centros
de bordadores, no inferior a los famosos de Madrid y el Escorial.
Su especialidad, en la cual no tuvo rival en aquel tiempo, fué el
torzal de oro, o sea el bordado de cordoncillo de oro, que llegó a
adquirir tanta fama, que en España y fuera de ella no se conocía
por otro nombre que el de obra de Ciudad Rodrigo. Es de origen
árabe.
Entre los bordadores o brosladores, como se llamaban enton-
ces, notables de aquel tiempo, sólo hay memoria de los Cadina-
mos, padre e hijo. E l primero llamado Juan era familiar del Santo
Oficio en 1559 (1); y en 1566 su nombre aparece asociado al de
otro broslador, del cual no se dan más señas que llamarlo yerno
de Pérez (2).
clase de documentos, .estaban en lo que llamamos ahora Huerta del Piojo
(antes de Almaraz), y se llamaban así porque esta huerta era propia de una
Obra pía fundada en la parroquia de San Juan por Esteban Sánchez, al-
guacil mayor de Ciudad Rodrigo.
(i) Actas municipales.
(2) Actas capitulares.
Ciudad Rodrigo. La C a t e d r a l y la C i u d a d 171
El hijo se llamaba Pedro de Cadinamos. De sus obras, sólo po-
demos adjudicarles con certeza la preciosa manga del Hospital de
la Pasión, pues en el año 1610 la Junta acuerda «pagar a Pedro de
Cadinamos la manga de la cruz, como se ajustó con su padre». En
1615 Pedro de Cadinamos figura como cofrade del Hospital.
Nada podemos decir, aun sabiendo que fué una de las indus-
trias que más gloria dieron a nuestra ciudad, de los guadamaciles
o cueros artísticos de Ciudad Rodrigo, que, según testimonio de
los autores que de esto tratan, llegaron a competir con los famo-
sos de Córdoba. Sólo sabemos por las actas municipales, que la
casa del tinte fué construida en 1558 a orillas del río, en Santa
Águeda; y por la historia, que fué totalmente destruida por. los
franceses.
En 1568, trató el Ayuntamiento de traer maestros para el obra-
je de paños finos. Vino, en efecto, el pañero Miguel Sánchez, y con
él fué el Ayuntamiento a San Miguel, para elegir sitio donde poner
el batán, y aun llegó a hacerse concierto con él en 1578; pero no
se habla más del asunto.
El iluminador de los libros de coro, en 1532 se llamaba Mar-
tín Pérez.
Un librero, Cristóbal Pérez, en 1557; y el mismo nombre tenía
el vidriero de la Catedral en 1566.
Juan dé Losa hizo los facistoles primitivos en 150).
ANTIGUA CASA CONSISTORIAL
CAPITULO XV
Escasez de noticias durante casi medio siglo.—El doctoral Gu-
tiérrez.—Sus obras.—Cabanas: Libros que escribió sobre la his-
toria de Ciudad Rodrigo.—Una familia de artistas: Los Reme-
sales, Juan, Alonso y José.—¿Quedan en Ciudad Rodrigo obras
del escultor Juan de Remesal?—El Consistorio.
La falta casi total de actas capitulares durante los primeros
cuarenta años, nos priva de la principal fuente histórica de nuestro
modesto trabajo. Por otra parte, la infausta guerra de Portugal,
que arruinó para muchos años toda esta comarca, llena de tal ma-
nera la segunda mitad del siglo, que ni Ciudad Rodrigo pudo pen-
sar en otra cosa que no fuera la defensa de la ciudad y de toda la
frontera, ni nosotros hallamos apenas otra materia propia de la
historia, que preparativos de guerra, luchas continuas, victorias y
derrotas, temores y esperanzas.
Excusado será decir, sabiendo que el arte de la guerra es el ma-
yor enemigo de las bellas artes, que durante este siglo, son muy
contadas las obras artísticas de todo género que hallaremos en
Ciudad Rodrigo.
Todo ello nos obliga a ser muy breves en la historia del funes-
to siglo XVII.
Ya bien entrado el siglo murieron algunos de los hombres emi-
nentes que habían ilustrado con su ciencia y sus virtudes los últi-
mos años del siglo de oro de nuestra patria. Entre otros que he-
mos citado ya, merece especial mención el sapientísimo doctor don
Juan Gutiérrez, cuya gloria se extendió en aquel tiempo más allá
de las fronteras de España, y cuyas obras consultan aún hoy los
verdaderos sabios. Era natural de Plasencia y vino a Ciudad Ro-
drigo por el año 1576 a oponerse a la canonjía doctoral, vacante
a la sazón por muerte del no menos ilustre doctor don Félix de
Manzanedo, natural de Sanfelices. La partida de defunción del
doctor Gutiérrez, que, por fortuna, se conserva en un libro destro-
176 Mateo H e r n á n d e z Vegas
zado y casi completamente ilegible, hace, contra costumbre, un
gran elogio del doctor fallecido: «Viernes, dice, a quatro dias del
s
mes de Mayo de 1618 a. a la ora del mediodía poco más o menos
or 0
falleció el famoso y dottísimo D. Juan Gutiérrez que fué can. de
ta s
la Dottoral desta S. yglia Cathedral más de quarenta y dos a. ».
Añade que ganó la doctoral en concurso, entre otros sabios opo-
r
sitores, con el gran D. Diego de Sahagún Villasante, que era ya
entonces catedrático de la insigne universidad de Salamanca, y
después lo fué de la cátedra de Prima de cánones. Otorgó el doc-
tor Gutiérrez testamento en esta ciudad, y en él pide y suplica a
los señores deán y Cabildo que lo entierren en esta santa iglesia,
y que con el Cabildo acompañen su cuerpo los cuatro conventos
de frailes, dominicos, franciscanos, trinitarios y agustinos. Dejó
misas y mandas pías en esta Catedral y en Plasencia, en la sepul-
tura de sus padres.
Al margen de la partida, de letra distinta, dice: «Escribió en de-
recho los tomos siguientes:
1.° Libro 1.° y 2.° Practicarum.
2.° Libro 3.° Practicarum.
3.° Libro 4.° Practicarum.
4.° Repetitiones, Allegationes et Consilia.
5.° Libro único de Matrimonio.
6.° Tres partes en un tomo De Tutellis.
7.° Un tomo de Juramento.
8.° Otro de Gabellis.
9.° Libro 1.° y 2.° Canonicarum.
10. Y el postremo de Delictis.»
«En todos los cuales, termina la nota, siempre lleva, defiende
y sigue las opiniones más seguras, comunes y prácticas.»
Entre los pocos retratos que se conservan en la Catedral, está
el del doctor Gutiérrez, en la antesacristía.
A 7 de Octubre de 1627 murió Cabanas, el benemérito histo-
riador de Ciudad Rodrigo. Está enterrado frente al altar de la
Concepción. Don Antonio Sánchez Cabanas era natural de Cáce-
res, y vino a nuestra Catedral como capellán de coro, con el car-
go de cantor, que desempeñó con el entusiasmo que demuestran
sus palabras, ya copiadas en otra ocasión: «Los que ahora tene-
mos este ministerio, que es oficio de ángeles, procuramos con
nuestras voces alabar y reverenciar a este divino Señor, que es
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 177
Dios y a su Madre Santísima, para que a él y a ella merezcamos
ver en los cielos por siempre jamás. Amén.»
Con el estudio y práctica de la música simultaneó su afición
favorita, que era el estudio de las antigüedades, en las cuales fué
tan erudito, que escribió varias obras, que no han llegado hasta
nosotros.
Sin embargo, el monumento de inestimable valor para los mi-
robrigenses es su Historia de Ciudad Rodrigo, o por mejor decir,
sus historias, pues escribió más de una, aunque no es fácil hoy
determinar el número de ellas, prioridad de tiempo y materias que
comprenden. Parece que primeramente escribió como una histo-
ria compendiada, eclesiástica, civil y militar de Ciudad Rodrigo,
que es la que en el siglo pasado publicó Verdi y reprodujeron en
folletón varios periódicos de la ciudad, sin que ninguno dijera
dónde paraba el original. Con ella publicaron el Manifiesto de
don José María del Hierro y la Relación histórica del sitio del ge-
neral gobernador don Andrés Pérez de Herrasti. Cabanas escri-
bía este compendio por el año 1618, pues hablando en él del deán
don Martín Gómez de Avila y de su coadjutor don Alonso de Sa-
maniego, termina con esta frase: «Viviendo ambos en el presente
año de 1618.» Además, no da de ningún otro prebendado noticias
posteriores a este año. No será necesario advertir que el incluir
en la relación de escritores al mismo Cabanas, y sobre todo a
Fr. Diego González, del siglo XVIII, y al autor de la Apología del
Asno, del XIX, es obra del poco escrupuloso editor.
Posterior a ésta es, indudablemente, la Historia civitatense,
cuyo original se conserva en la Biblioteca Nacional, de la que te-
nemos una copia, que debemos a don Clemente de Velasco. Es la
historia eclesiástica de Ciudad Rodrigo, y sólo comprende hasta
el reinado de don Juan II. Es de inapreciable valor documental,
pues, gracias a ella, tenemos noticia y copia de tantos valiosos
privilegios como en su tiempo poseía nuestro archivo y hoy han
desaparecido. Esta historia se escribía en los últimos años de la
vida de Cabanas, pues en ella se añaden noticias posteriores a
1618, en que se escribió el compendio; y precisamente del deán
don Martín Gómez de Avila, que allí se decía vivir en el presente
año de 1618, se advierte en ésta: «Este año 1627 murió don Mar-
tín Gómez Dávila a 28 de Abril.» Cabanas murió en Octubre del
mismo año. Sin embargo, no dejaremos de hacer notar que tam-
12
178 Mateo H e r n á n d e z Vegas
bien en esta historia alguna mano extraña añadió algo a lo escri-
to por su autor, pues del arcediano de Camaces, doctor Gonzalo
Alonso, se dice que tomó posesión a 20 de Noviembre de 1627,
cuando ya había muerto Cabanas.
Además de estas dos, hay, según referencias, en la Biblioteca
de Palacio, otra historia manuscrita de Ciudad Rodrigo, escrita
también por Cabanas, de la cual no hemos logrado copia. Parece
que es más extensa, y quizá sea compuesta por la unión de las
dos referidas.
Aparte de esto, consta que antiguamente corrían en esta ciu-
dad multitud de copias, muy diferentes entre sí, de todas estas his-
torias, pues cada copiante tomaba de ellas lo que más interesaba
a su propósito. E l cronista de la Caridad refiere que vio en su
tiempo (principios del siglo XIX) un traslado que poseía el canó-
nigo don Manuel Blanco, otro del obispo Fr. Benito liria y Val-
dés, una copia completa de don Francisco del Águila, hermano del
marqués de Espeja, y otra de don José de Miranda, que se había
sacado del manuscrito que se guardaba en la librería del conven-
to de la Caridad. Todas ellas, dice, discrepaban notablemente en-
tre sí. Los originales de Cabanas serían fáciles de reconocer, co-
tejándolos con su clara letra, que se conserva en documentos de
este archivo, principalmente en un libro de Acuerdos de la Con-
gregación de capellanes, cuyas actas escribió varios años, como
secretario de ella.
Basten estas breves líneas para rendir tributo de admiración y
gratitud al modesto primer historiador de Ciudad Rodrigo, al cual
habrá que recurrir siempre, pues pudo disponer de documentos,
hoy desgraciadamente perdidos.
Una familia de artistas. Esta es la ocasión de dar a conocer
una familia de ilustres artistas mirobrigenses, tan injustamente ol-
vidados y desconocidos en su pueblo, que ninguno de sus histo-
riadores, incluyendo a Cabanas, en cuyo tiempo vivieron, se ha
dignado mencionarlos. Son los Remésales (1). No abundan en es-
(i.) 'Las noticias relativas a los trabajos del escultor Juan Remesal en
Sevilla, tomadas del Diccionario de 'Gastoso y de la obra Retablos y es-
culturas de traza sevillana... de don Celestino López Martínez, nos han
sido proporcionadas por el ya citado amigo nuestro y entusiasta mirobri-
gensie, director de la Biblioteca de 'Palacio, don Jesús Domínguez Bor-
dona,
Ciudad R o d r i g o . La Catedral y la Ciudad 179
tos archivos los datos acerca de esta familia, pero sí hay los su-
ficientes para comprobar su existencia y profesión, ya que no para
conocer su mérito artístico. E l más famoso, por haber trabajado
en Sevilla y haber estado en relaciones con todos los grandes ar-
tistas de su tiempo, es el escultor Juan Remesal. E l documento
más importante para su genealogía es su testamento, otorgado en
Sevilla a 24 de Marzo de 1636. En él manifiesta que fué hijo legí-
timo de Santiago Fernández y de Francisca de Remesal, naturales
de Pobladura, cerca de Alcañices. No dice, ni nosotros hemos po-
dido averiguar por los libros de las parroquias de la ciudad, si
también sus padres vinieron a Ciudad Rodrigo y él nació aquí, o
si nació en Pobladura, viniendo más tarde sólo o con sus padres.
Lo único cierto, según el testamento, es que casó en Ciudad Ro-
drigo con Isabel de Manzanedo, de distinguida familia mirobri-
gense, veintiún años antes de la fecha del testamento, o sea en
1615. Isabel llevó en dote al matrimonio 230 ducados y otros
bienes.
Declara que, entre otros bienes que tenía en Pobladura y en di-
nero, tuvo también algunos en Ciudad Rodrigo; pero que en 23 de
Marzo de 1632 había otorgado poder al presbítero Diego Sánchez
Párraga, vecino de Ciudad Rodrigo, para que los cobrara de Alon-
so de Remesal, pintor de imaginería, y de Alonso Balbas, vecinos
de Ciudad Rodrigo, en cuyo poder los dejó cuando se fué de esta
ciudad a la de Sevilla, y que, cobrados y vendidos, dé la cantidad
en limosna a Nuestra Señora de los Esclavos, que está en la igle-
sia de San Vicente de dicha ciudad.
Gestoso no conoció de Juan Remesal más obras que los pies y
manos de dos figuras para el monumento de la Catedral de Sevi-
lla y la cabeza de la figura de Isaac, por todo lo cual cobraba en
27 de Marzo de 1628 la suma de 8.500 maravedises; pero don Ce-
lestino López Martínez ha descubierto recientemente un gran nú-
mero de esculturas suyas, que le colocan entre los mejores maes-
tros sevillanos del primer tercio del siglo XVII. Entre ellas mere-
cen especial mención el retablo de la iglesia de Aracena, cuya par-
te pictórica corrió a cargo de Pablo Legot, y el de la iglesia de
Santa Inés de Sevilla, del que, por muerte de Juan de Mesa, con
quien se había contratado, hubo de encargarse Remesal, en cola-
boración con Francisco de Ocampo. Aún es más significativo el
hecho de que el erudito autor citado adjudica a Juan de Remesal
180 Mateo H e r n á n d e z Vegas
•
la iglesia del Cristo del Gran Poder, de Sevilla, hasta ahora atri-
buida a Martínez Montañés.
Hemos visto que Juan Remesal cita en su testamento a Alonso
de Remesal, pintor de imaginería y vecino de Ciudad Rodrigo, en
la fecha del testamento (1636). Por este y otros datos podemos
asegurar que el pintor Remesal, indudablemente pariente del es-
cultor, aunque ignoramos en qué grado, no salió de Ciudad Ro-
drigo. De él se habla en la partida de defunción de una hija, exce-
sivamente lacónica, como todas, y por contera rasgada en parte,
pero que aun así prueba que no hemos exagerado al hablar de
una familia de artistas. La partida (1) dice así: «Lunes 20 de Julio
a
de 1620, falleció Ju. de Velasco, muger de (el nombre en blanco)
0
Escobar hija de Al. de Remesal su maestro. No hizo testamento
porque eran sus padres vivos, y falleció sin hijos. Enterróse en
ta
esta sa. Iglia delante del altar del cura donde estaba enterrado
(rota la hoja) Velasco también pintor su abuelo de madre.»
De estos descosidos datos se deduce que el pintor Alonso de
Remesal estuvo casado con una señora de apellido Velasco, ape-
llido que llevó la hija de ambos, Juana; que Juana de Velasco, ca-
sada con un Escobar, fué también pintora, discípula de su padre
Alonso de Remesal, y que también fué pintor Velasco, abuelo de
Juana por parte de madre.
Algunos años después aparece en los documentos de la Cate-
dral otro pintor llamado José Remesal, sin duda descendiente de
esta familia: En 1663 se dan a Diego Hernández y José Remesal,
pintores, 1.156 maravedises por el escudo y piedra del señor obis-
po y pintar los cirios. El mismo año murió José Remesal, pues a
15 de Junio admitía el Cabildo la dotación de sepultura de José Re-
mesal, pintor, delante del altar de San Antón.
¿Quedan en Ciudad Rodrigo obras de los Remésales, en espe-
cial del famoso escultor, Juan de Remesal? Documentalmente na-
da podemos afirmar, y, por otra parte, nos falta el principal ele-
mento de juicio, que es el estudio de las obras indudables suyas y
su comparación con las que aquí pudieran atribuírsele. En la Ca-
tedral, por razón del tiempo, aunque no consta la fecha fija en que
fueron hechas, solamente pudieran atribuírsele el Santo Cristo del
(i) Libro de difuntos de La Catedral, coleccionado recientemente con
hojas que andaban sueltas, rasgadas y comidas por la humedad.
Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad 181
Oriente y el del Enlosado. La elección de sepultura de José Reme-
sal delante del altar de San Antón, y, por lo tanto, frente al del En-
losado, pudiera ser un indicio de respeto a la memoria de sus as-
cendientes. Con más fundamento pueden adjudicárseles tres imá-
genes del Hospital de la Pasión, pues puede asegurarse que fue-
ron hechas en Ciudad Rodrigo y consta la fecha fija en que fueron
labradas y pintadas. La primera es una imagen, hoy desaparecida,
de San Maclas, santo al cual se dio siempre en el Hospital fervo-
•"--""
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C A S A CONSISTORIAL RESTAURADA
roso culto. A 2 de Marzo de 1603 da cuenta el alcalde de «estar
hecha la imagen de San Maclas», y a 15 de Febrero de 1604 esta-
ba pintada, como si dijéramos terminada la obra del escultor y
del pintor de imaginería. Que la obra se había hecho en Ciudad
Rodrigo lo prueba el acuerdo del mismo día de trasladarla en pro-
cesión desde el Sepulcro o San Agustín al Hospital, con asistencia
del convento de San Agustín y del Cabildo de la villa.
Por los mismos días, 27 de Diciembre de 1603, se da cuenta
a a
«de estar hechas las imágenes de N . S. y San Juan Evangelista,
de bulto, para el altar mayor.» Estas dos imágenes existen en la
actualidad en el altar mayor, a los lados del precioso Crucifijo del
famoso ensamblador Lucas Mitata. Son dos hermosas esculturas,
no indignas del gran artista Juan de Remesal.
182 Mateo H e r n á n d e z Vegas
También pudo trabajar este escultor en la obra del Consisto-
rio, que se construyó en su tiempo. Ostenta este bello edificio tan
marcados los caracteres de la época en que fué levantado, que
nos releva de toda descripción. Restaurado en nuestros días, pu-
blicamos los fotograbados del estado antiguo y del actual, para
que los lectores juzguen si fué acertada la restauración.
CAPITULO XVI
Prelados del siglo XVII.—Don Pedro Ponce de León.—Don An-
tonio Idiázquez.—Don Jerónimo Ruiz de Camargo.—Don Agus-
tín Antolínez.—Don Martín Fernández Portocarrero. —Don
Juan de la Torre.—Don Diego de Alarcón.—Don Juan Pérez.—
Don Diego de Riquelme.—Don Antonio Castañón.—Fr. Miguel
de Cárdenas.—Fr. Alonso de los Ríos.—Don Juan de Andaya.—
Don Sebastián Catalán.—Fr. José González.—Fr. Francisco de
Zúñiga.—Prebendados eminentes
A don Martín de Salvatierra, fallecido en 1604 y enterrado en
la iglesia hoy desaparecida de San Salvador, sucedió don Pedro
Ponce de León, religioso dominico, que gobernó esta diócesis has-
ta 1609, en que fué trasladado a Zamora y de allí a Badajoz. Creó
una de las capellanías mayores de la Catedral, que había de ser
proveída por el obispo, intentó quitar a las descalzas la iglesia de
San Isidoro, que su antecesor les había dado, y tuvo altercados en
1607 con la Junta del Hospital, por los sermones de la casa, que
el alcalde, siguiendo la costumbre y con el beneplácito del obis-
po, había encomendado a unos teatínos, y que el P. Fr. Juan Lu-
cas, compañero y confesor de S. S. pedía para sí. Al excusarse el
alcalde, el confesor convenció al obispo, el cual negó la licencia
dada, quitó las licencias al cura, amenazó con visitar el Hospital,
etcétera, etc.
Para sustituirle fué nombrado don Juan de la Cruz, de tan avan-
zada edad, que murió antes de recibir las Bulas de Roma, siendo
elegido a mediados de 1612 don Antonio Idiázquez Manrique. Este
prelado estuvo aquí sólo un año, el cual pasó entre graves pleitos
con los regidores y con el Hospital, por lo cual fué trasladado a
Segovia. Tenía el obispo de Ciudad Rodrigo, desde tiempos muy
antiguos, el privilegio de llevar en su compañía alguacil con vara
alta de autoridad. En tiempos de este prelado, dos regidores de la
ciudad, creyendo sin duda que esta preeminencia era en desdoro
184 Mateo H e r n á n d e z Vegas
del Consistorio, justicias y regidores, quebraron públicamente la
vara del alguacil del obispo, lo cual originó un litigio, en el que
los regidores fueron condenados.
No salió tan bien librado el señor Idiázquez en el pleito con el
Hospital. A 23 de Septiembre de 1612 se da cuenta en la Junta de
que el «obispo don Antonio Idiázquez Manrique se había pre-
sentado el mismo día (domingo) a visitar el Hospital, cosa nueva,
pues, aunque lo había intentado don Martín de Salvatierra, había
tenido que desistir, porque el Hospital estaba administrado y sus-
tentado por la gente más noble de la ciudad, y, además, el único
patrono era S. M.» Se acuerda, pues, no consentirlo, y en caso ne-
cesario, seguir el pleito a costa del Hospital.
El obispo se niega a oír a la Junta y, en vista de ello, ésta en-
trega los libros al procurador Isidro Hernández, para principiar
el litigio. Acto seguido se recibe un mandamiento del obispo en
virtud de santa obediencia y bajo pena de excomunión mayor para
que en cuatro horas se reúna la Junta y revoque el acuerdo de se-
guir el pleito a costa del Hospital. Obedece la Junta en cuanto a
este punto, reservándose seguir su justicia, y, en efecto, a 27 de
Diciembre se acuerda seguir el pleito a costa del Hospital, y si
éste estuviera necesitado, a costa de los cofrades, que se obligan
a la paga. Con esto terminó el pleito por esta vez (1).
Copiamos del Becerro de la Caridad: «En el mes de Abril de
1614, salió este Convento—se presume que fuese el día 4—(2) diri-
giéndose en procesión al de las Monjas Descalzas de Ciudad Ro-
(i) No sabemos si fué consecuencia de estos altercados con el obispo,
ni si estaba aquí todavía el burlado don Antonio Idiázquez , creemos que
sí, La siguiente misteriosa noticia que se lee en una de las: actas de prin-
cipios de 1614 : Habla el alcalde (era el doctor don Martín de Escobar)
de la diferencia que ha habido en esta casa en razón de la Congregación,;
por decir que del dormitorio -de la enfermería de las mujeres se había
parecido una luz estando en la Congregación. Que por ello él (ha estado
detenido en casa y el cura preso en la cárcel. Que hoy se ha leído un edic-
to en la Catedral para que no 'entren en los dormitorios ningunas ¡muje-
res, y que no se les cierre puertas y otras cosas.» Se nombra una comisión
para hablar al obispo, y se advierte en la misma acta que la Congrega-
ción se comenzó a frecuentar en este Hospital sin asiento con la cofradía •
y que conviene que la haya, pero que se sepa lo que puede hacer, etc. (Ig-
noramos de qué Congregación se trata, pues ni antes ni después se hace
más mención de ella en las actas del Hospital.)
(2) Fiesta de San Isidoro.
C i u d a d R o d r i g o , La C a t e d r a l y la C i u d a d 18
drigo a decir misa y Sermón en él contra la voluntad del Vicario
General de la Orden de S. Francisco y de la Abadesa y Monjas
de dho Convento; de lo qual se querelló la Religión de S. Fran-
cisco, y se siguió pleito en el Tribunal del señor Nuncio.» Parece
que fué el Ayuntamiento el que dio motivo a este pleito, por sos-
tener su pretensión de que a las fiestas de las descalzas había de
ir predicador de la Caridad. Hemos querido advertir esto, porque
fué el principio de otro pleito más famoso, de que hablaremos a
su tiempo, sobre el derecho de predicar el sermón de San Isidoro.
Sucedióle en 1614 el gran prelado don Jerónimo Ruiz de Ca~
margo, natural de Burgos, bien conocido en España por su ex-
traordinaria erudición. Escribió el Nuevo Catálogo de libros ve-
dados, con su expurgatorio, y tres tomos sobre los salmos de Da-
vid, que quedaron inéditos. Prohibió bajo pena de excomunión
mayor y 50.000 maravedises para gastos de guerra, a los alcaldes
y mayordomos del Hospital que hiciesen rebajas y esperas inde-
bidas a los censualistas y deudores, por lo cual el Hospital esta-
ba defraudado en más de un cuento y ciento y veinte mil marave-
dises (1). De este obispo hace mención la clónica de la Caridad,
porque en este tiempo se publicó la declaración de la Congrega-
ción de cardenales sobre los oratorios, en que no debía decirse
misa. Con este motivo, a petición del convento, dio el prelado su
decreto de 29 de Marzo de 1616, declarando que las iglesias de
Macarro, la Granja y Santa María de Alba, en la Alameda, no es-
taban incluidas en la prohibición, porque de tiempo inmemorial
tenían su campana y ornamentos, y un religioso de esta cas