El pequeño Alejandro
Alejandro tenía diez años y vivía en un pequeño barrio donde las calles de tierra
parecían extenderse tanto como sus sueños. Su padre había fallecido en un accidente
cuando él tenía cinco años, dejando a su madre sola con él y su hermana Sofía, de
apenas tres. Aunque la ausencia de su padre era un dolor constante, Alejandro aprendió
temprano que quedarse quieto no cambiaría nada.
Su madre, doña Rosa, trabajaba como costurera, cosiendo día y noche para poder pagar
el techo sobre sus cabezas. Cada noche, mientras remendaba ropa con sus manos
agrietadas, le decía:
—Hijo, recuerda: lo que hoy parece difícil, mañana será solo un recuerdo. Pero
necesitas ser valiente.
Alejandro tomó esas palabras como un mantra.
A diario, iba a la escuela con un cuaderno tan desgastado que apenas se mantenía unido,
pero nunca dejó de escribir en él con esmero. Durante los recreos, mientras sus
compañeros jugaban, él revisaba sus apuntes. No porque no quisiera jugar, sino porque
sabía que el conocimiento era su única salida. Sin embargo, también sufriría. A menudo,
algunos niños lo señalaban:
—¡Mira esos zapatos! Parecen hechos de cartón.
Aunque esas burlas le dolían, nunca lo demostraron. Llegaba a casa con la cabeza en
alto y dedicaba sus tardes a ayudar a su madre. Para ganar algo de dinero, vendía dulces
en la esquina de la plaza después de clases. Sofía siempre lo acompañaba, y juntos
soñaban en voz alta:
—Cuando sea médico, tendré una gran casa y te compraré el pastel más grande que
puedas imaginar, Sofía.
Pero la lucha no era solo externa. Una noche, mientras hacía su tarea a la luz de una
vela, el cansancio lo venció. Doña Rosa lo encontró dormida sobre su cuaderno, con
lágrimas secas en su mejilla. Esa imagen la conmovió profundamente, y al día siguiente,
decidió pedir ayuda. Fue con la maestra de Alejandro, la señora Marta, y le contó su
situación.
La señora Marta, conmovida por el relato y el potencial de Alejandro, contactó a una
organización local que otorgaba becas a niños con talento en condiciones difíciles.
Gracias a esa ayuda, Alejandro recibió no solo una beca, sino también zapatos nuevos,
útiles escolares y la oportunidad de asistir a una mejor escuela.
Al principio, adaptarse no fue fácil. Alejandro se sintió fuera de lugar entre niños que
parecía tenerlo todo, pero nunca olvidó quién era ni por qué estaba allí. Su dedicación lo
convirtió en uno de los mejores estudiantes. Años después, logró ingresar a la
universidad de medicina, donde estudió incansablemente mientras trabajaba por las
noches como ayudante en una clínica.
Cuando se graduó, Alejandro regresó a su barrio. En lugar de fortuna en otro lugar,
decidió construir una pequeña clínica donde asistiría a todos sin importar si podía pagar.
Los días más felices eran aquellos en que los niños entraban corriendo, diciendo:
—¡Doctor Alejandro, gracias por curar a mi abuelita!
Un día, mientras revisaba a un paciente, Sofía, ahora una joven maestra, llegó con un
pastel grande entre las manos. Sonriendo, le dijo:
—Prometiste comprarme un pastel cuando fueras médico, pero yo decidí traértelo
porque cumpliste mucho más que eso.
Alejandro abrazó a su hermana con lágrimas en los ojos. Había luchado y ganado, no
solo para sí mismo, sino para toda su comunidad.