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Karl Liebknecht
¿Qué quiere la Liga Espartaquista?
Escrito: Discurso pronunciado en el Salón Festivo Sindicalista de
Hasenheide en Berlin el 23 de diciembre de 1918.
Historial de publicación: Apareció en Karl
Liebknecht, Ausgewählte Reden und Aufsätze, Berlin, 1952, págs.
505-520.
Fuente de la versión digital: Karl Liebknecht, "¿Qué quiere la
Liga Espartaquista?", El Porteño, 20 octubre 2017.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero 2020.
Lo que sobre todo es necesario en este momento es tener una idea clara de los
objetivos de nuestra política. Tenemos necesidad de una comprensión muy exacta
de la marcha de la revolución, darnos cuenta de lo que ha sucedido hasta aquí para
ver en que consistirá nuestra tarea futura.
Hasta aquí, la revolución alemana no ha sido más que un intento de poner fin a
la guerra y superar sus consecuencias. Por eso su primer acto fue concluir un
armisticio con las potencias enemigas y apartar a los líderes del antiguo régimen.
La tarea de todos los revolucionarios consiste ahora en reforzar y ampliar sus
conquistas. Vemos que el armisticio que el gobierno actual negocia con las
potencias adversarias es utilizado por estas para estrangular a Alemania. Esto es
contrario a los objetivos del proletariado, puesto que tal trato no es compatible con
el ideal de una paz digna y duradera.
El objetivo del proletariado alemán, como el del proletariado mundial, no es una
paz provisional, basada en la violencia, sino una paz duradera, basada en el
derecho. Esto no es lo que hace el gobierno actual, el cual, conforme a su
naturaleza, se esfuerza únicamente en concluir con los gobiernos imperialistas de
los países de la Entente una paz provisional. No quiere afectar a los fundamentos
del [Link] tanto el capitalismo sobreviva -y esto lo saben todos los socialistas
muy bien-, las guerras serán inevitables. ¿Cuáles son las causas de la guerra
mundial? La dominación capitalista significa la explotación del proletariado y una
ampliación creciente del capitalismo en el mercado mundial. Aquí se oponen
violentamente las fuerzas capitalistas de los diferentes grupos nacionales, y el
conflicto económico lleva inevitablemente al enfrentamiento de las fuerzas
militares, a la guerra.
Ahora se nos quiere arrullar con la idea de la Sociedad de las Naciones, que
debe conducir a una paz duradera entre los pueblos. Como socialistas, sabemos
perfectamente que tal organismo no es sino una alianza que no puede disimular su
carácter capitalista, que está dirigida contra el proletariado y es incapaz de
garantizar una paz [Link] concurrencia, que esta en la base de la sociedad
capitalista, significa para nosotros, socialistas, un fratricidio; por el contrario,
nosotros queremos una comunidad internacional de hombres. Unicamente el
proletariado aspira a una paz durable; jamás el imperialismo de la Entente podrá
dar esta paz al proletariado alemán. Este último la obtendrá de sus hermanos de
Francia, de América, de Italia. Poner fin a la guerra mundial mediante una paz
duradera y digna solo es posible gracias a la acción del proletariado internacional.
Esto es lo que nos enseña nuestra doctrina socialista básica.
Ahora, después de la inmensa mortandad, se trata en verdad de crear una obra
sólida. La humanidad entera ha sido lanzada al crisol ardiente de la guerra
mundial. El proletariado tiene el martillo en su mano para forjar un mundo nuevo.
No se trata solamente de la guerra y de los estragos que sufre el proletariado, sino
del régimen capitalista mismo, que es la verdadera causa de la guerra. Suprimir el
régimen capitalista es la única vía de salvación para el proletariado, la única que le
permitirá escapar a su sombrío destino. ¿Cómo puede ser alcanzado este objetivo?.
Para responder a esta pregunta, es necesario darse cuenta claramente de que
únicamente el proletariado puede, por su propia acción, liberarse de la esclavitud.
Se nos dice: la Asamblea Nacional es la vía que nos lleva a la libertad. Pero la
Asamblea Nacional no es otra cosa que la democracia política formal, no la
democracia que el socialismo siempre ha exigido. El carnet del voto no es la
palanca que puede levantar y voltear al régimen capitalista. Sabemos que un gran
número de países, por ejemplo, Francia, América, Suiza, poseen desde hace largo
tiempo esta democracia formal. Pero en estas democracias reina igualmente el
[Link] evidente que en las elecciones a la Asamblea Nacional, la influencia del
capital, su superioridad económica, se hará sentir en el más alto grado. Grandes
masas de la población se situarán, bajo la presión de esta influencia, en
contradicción con sus verdaderos intereses y darán sus votos a sus adversarios. Ya
por esta razón la elección de una Asamblea Nacional no será jamás una victoria de
la voluntad socialista. Es completamente falso creer que la democracia
parlamentaria formal crea las condiciones propias para la realización del
socialismo. Por el contrario, el socialismo realizado es la condición fundamental de
la existencia de una verdadera democracia. El proletariado revolucionario alemán
no puede esperar nada de la resurrección del antiguo Reichstag bajo la nueva
forma de Asamblea Nacional, puesto que esta tendrá el mismo carácter que la vieja
“boutique de bavardage” de la Koenigsplatz. Seguramente encontraremos allí a
todos los señores ancianos que se esforzaban antes y durante la guerra en decidir
de una forma tan fatal la suerte del pueblo alemán. Es igualmente probable que en
esta Asamblea Nacional los partidos burgueses tengan la mayoría. Pero incluso
aunque este no fuera el caso, incluso si la Asamblea Nacional tuviese una mayoría
socialista que decidiese la socialización de la economía alemana, tal decisión
parlamentaria quedaría como un simple pedazo de papel y se enfrentaría a una
resistencia encarnizada de parte de los capitalistas.
No es con el Parlamento y con sus métodos como se puede realizar el
socialismo; aquí el factor decisivo es la lucha revolucionaria del proletariado, ya
que solo el podrá fundar una sociedad según sus deseos. La sociedad capitalista no
es otra cosa que la dominación más o menos velada de la violencia. Esta sociedad
tiende ahora a volver a la legalidad del “orden” precedente, a desacreditar y a
anular la revolución que el proletariado ha hecho, a considerarla como una acción
ilegal, una especie de malentendido histórico. Pero el proletariado no ha soportado
en vano los mas pesados sacrificios durante la guerra; nosotros, los pioneros de la
revolución, no nos dejaremos anular. Permaneceremos en nuestro puesto hasta que
hayamos instaurado el reino del socialismo. El poder político del que el
proletariado se apoderó el 9 de noviembre le ha sido ya arrebatado en parte, y se le
ha arrancado, sobre todo, el poder de colocar en los puestos mas elevados de la
administración a hombres de su confianza. Incluso el militarismo, contra la
dominación del cual nos alzamos, vive todavía. Conocemos perfectamente las
causas que han conducido a desalojar al proletariado de sus posiciones; sabemos
que los consejos de soldados, al comienzo de la revolución, no comprendieron
claramente su papel. Se han deslizado en sus filas numerosos calculadores astutos,
revolucionarios de ocasión, cobardes que después del hundimiento del antiguo
régimen, para salvar sus existencias amenazadas, se han unido nuevamente. En
numerosos casos, los consejos de soldados han confiado a tales individuos puestos
importantes, haciendo así de la zorra el guardián del gallinero.
Por otra parte, el gobierno actual ha restablecido el antiguo Gran Estado Mayor
y ha entregado así el poder a los antiguos oficiales. Si ahora reina el caos por toda
Alemania, la culpa no incumbe a la revolución, que se ha esforzado en suprimir el
poder de las clases dirigentes, a las mismas clases dirigentes y el incendio de la
guerra alumbrado por estas. “El orden y la tranquilidad deben reinar” nos grita la
burguesía, y esta piensa que el proletariado debe capitular para que el orden y la
tranquilidad se restablezcan; que debe entregarse el poder en manos de los que,
bajo la mascara de la revolución, preparan ahora la contrarrevolución. Sin duda
que un movimiento revolucionario no puede deslizarse sobre un parquet encerado;
existen astillas y virutas en la lucha por una sociedad nueva, por una paz duradera.
Al entregar a los generales el Alto Mando del ejército para proceder a la
desmovilización, el gobierno ha hecho esta más difícil. Sin duda que la
desmovilización seria mas ordenada si se hubiese confiado a la libre disciplina de
los soldados. Por el contrario, los generales, armados con la autoridad del gobierno
del pueblo, han intentado por todos los medios suscitar entre los soldados el odio
hacia el gobierno. Por propia decisión, los generales han disuelto los consejos de
soldados, prohibido desde los primeros días de la revolución la bandera roja y ha
hecho quitar esta bandera de los edificios públicos. De esto es responsable el
gobierno, que, para mantener el “orden” de la burguesía, ahoga a la revolución en
sangre.
Osadamente se afirma que somos nosotros los que queremos el terror, la guerra
civil, la efusión de sangre; osadamente se nos sugiere que renunciemos a nuestro
trabajo revolucionario, a fin de que el orden de nuestros adversarios sea
restablecido. No somos nosotros los que queremos la efusión de sangre, pero si es
cierto que la reacción, en cuanto tenga la menor posibilidad, no dudará ni un
instante en ahogar la revolución en sangre. Recordemos la crueldad y la infamia de
la que es culpable la reacción, y no hace tanto tiempo aun. En Ucrania se ha
entregado a un trabajo de verdugo; en Finlandia ha asesinado a millares de obreros.
Esta es la labor sangrienta del imperialismo alemán, cuyos portavoces nos acusan
hoy en la prensa calumniosa, a los socialistas, de querer el terror y la guerra civil.
¡No! Nosotros queremos que la transformación de la sociedad y de la economía se
produzcan en el orden. Si ha de haber desorden y guerra civil, la responsabilidad
será únicamente de los que siempre han reforzado y ampliado su dominación y su
provecho por las armas y quieren hoy poner al proletariado bajo su yugo. No es a
la violencia y a la efusión de sangre a lo que llamamos al proletariado, sino a la
acción revolucionaria enérgica, para poner en marcha la reconstrucción del mundo.
Llamamos a las masas de soldados y de proletarios a trabajar vigorosamente para
la formación de los consejos de soldados y obreros. Los llamamos a desarmar a las
clases dirigentes y a armarse ellos mismos, para defender la revolución y asegurar
la victoria del socialismo. Solamente así podremos asegurar la vida y el desarrollo
de la revolución en interés de las clases oprimidas. El proletariado revolucionario
no debe dudar un solo instante en apartar a los elementos burgueses de todas las
posiciones políticas y sociales; debe tomar el mismo el poder en sus manos. Sin
duda, tendremos necesidad, para conducir con éxito la socialización de la vida
económica, de la colaboración de los intelectuales burgueses, de los especialistas,
de los ingenieros, pero estos deben trabajar bajo el control del proletariado. De
todas nuestras acuciantes tareas, ninguna ha sido emprendida por el gobierno
actual. Por el contrario, el gobierno ha hecho todo lo posible por frenar la
revolución. Y ahora nos enteramos que con la colaboración del gobierno se han
formado en el campo consejos de campesinos, en esta capa de la población que
siempre ha sido el adversario mas retrogrado y encarnizado del proletariado, en
particular del proletariado rural.A todas estas maquinaciones, los revolucionarios
deben oponerse enérgicamente; deben hacer uso de su poder y orientarse
resueltamente en la vía del socialismo. El primer paso en este sentido consistiría en
poner todos los depósitos de armas y toda la industria de armamentos bajo el
control del proletariado. A continuación, las grandes empresas industriales y
agrícolas deben ser transferidas a la colectividad. No cabe la menor duda de que
esta transformación socialista de la producción, dado el grado de centralización de
esta rama de la economía, puede ser realizada bastante rápidamente. Por otra parte,
poseemos un sistema de cooperativas muy desarrollado, en el cual esta interesada
igualmente y sobre todo la clase media. Esto también constituye un factor
favorable para la construcción eficaz del socialismo. Sabemos perfectamente que
esta socialización será un proceso de larga duración; no disimulamos las
dificultades a las que nos enfrentamos en esta tarea, sobre todo la situación
peligrosa en que nuestro pueblo se encuentra actualmente. Pero ¿quien puede creer
seriamente que los hombres pueden elegir a su gusto el momento propicio para una
revolución y para la realización del socialismo?. ¡La marcha de la historia no es
esa precisamente! No se trata de decir: ni hoy ni mañana nos conviene la revo
lución; será pasado mañana, cuando nuevamente tengamos pan y materias primas y
nuestro modo de producción capitalista este en plena marcha, será entonces cuando
estaremos dispuestos a discutir la construcción del socialismo. No, esta es una
concepción falsa y ridícula de la naturaleza de la evolución histórica. No se puede
elegir el momento propicio para una revolución ni transferir esta revolución a una
fecha que nos convenga. Pues las revoluciones no son en el fondo otra cosa que
grandes crisis sociales elementales, cuyo estallido y desarrollo no dependen de
individuos aislados y que, pasando por encima de sus cabezas, se descargan como
formidables tormentas. Ya Marx nos enseñó que la revolución social debe
producirse en el curso de una crisis del capitalismo. Y bien, esta guerra es
precisamente una crisis, por ello ha sonado la hora del socialismo. En la víspera de
la revolución, en el curso de la famosa noche del viernes al sábado, los dirigentes
de los partidos socialdemócratas dudaban de que la revolución era inminente; no
querían creer que el fermento revolucionario en las masas de soldados y obreros
había progresado hasta tal punto. Pero cuando percibieron que había comenzado la
gran batalla acudieron todos; si no, habrían corrido el riesgo de ser desbordado por
el movimiento. Ha llegado el momento decisivo. Estúpidos y débiles serán los que
lo consideren inoportuno y lamenten que haya llegado precisamente ahora. Todo
depende de nuestra resolución, de nuestra voluntad revolucionaria. La gran tarea
para la que nos hemos preparado desde hace tanto tiempo exige ser cumplida
ahora. ¡La revolución está ahí, debe ser desencadenada! No se trata de preguntarse
quien, sino como. La cuestión esta planteada, y dado que la situación en que nos
encontramos es difícil, no podemos decir que este no es el momento de hacer la
revolución. Repito que no desconocemos las dificultades del momento. Ante todo,
somos conscientes de que el pueblo alemán no tiene ninguna experiencia, ninguna
tradición revolucionaria. Pero, por otra parte, la tarea de la socialización esta
esencialmente facilitada al pueblo alemán por toda una serie de circunstancias. Los
adversarios de nuestro programa nos objetan que, en una situación tan amenazante
como es la de hoy, tan preocupados por el paro, por la escasez de artículos
alimenticios y materias primas, es imposible emprender la socialización de la
economía. Pero ¿acaso el gobierno de la clase capitalista, como consecuencia de
una situación por lo menos tan peligrosa, no ha tornado medidas extremadamente
enérgicas que han transformado por completo la producción y el consumo? Y todas
estas medidas han sido tomadas para servir los fines guerreros, en interés de los
militaristas y de las clases dirigentes, para permitirles subsistir.
Las medidas de economía de guerra no han podido ser aplicadas más que
gracias a la autodisciplina del pueblo alemán; en su tiempo, esta autodisciplina
estaba al servicio del genocidio y era contraria a los intereses del pueblo. Ahora
debe servir a losintereses del pueblo y ser utilizada para transformaciones mucho
mas profundas que jamás hayan sido conocidas. Al servicio del socialismo, esta
autodisciplina creara la socialización. Precisamente son los social-patriotas los que
han calificado estas medidas económicas de socialismo de guerra, y Scheidemann,
celoso defensor de la dictadura militar, las defendió con entusiasmo. Pues bien,
nosotros debemos considerar este socialismo de guerra como una transformación
de nuestra vida económica, que preparará la vía de la realización de la verdadera
socialización bajo el signo del socialismo. El socialismo es inevitable, y debe venir
precisamente porque es necesario superar el desorden del que se lamentan tanto
actualmente. Pero este desorden es insuperable en tanto continúen en sus
posiciones las fuerzas económicas y políticas del capitalismo; ellas son las que han
provocado el caos. Hubiese sido deber del gobierno intervenir y actuar rápida y
enérgicamente. Pero este no ha hecho avanzar ni un paso a la socialización. ¿Qué
ha hecho para resolver el problema del aprovisionamiento de la población? El
gobierno ha dicho al pueblo: “Es necesario que seas prudente y que te conduzcas
convenientemente, entonces Wilson te enviara alimentos”. Esto es lo que nos dice
día tras día la burguesía, y la que no hace aun unos meses no encontraba palabras
suficientemente injuriosas para cubrir de cieno al Presidente de los Estados
Unidos, se entusiasma ahora con él y cae a sus pies llena de admiración -a fin de
recibir de el alimentos-. Si, efectivamente, Wilson y sus amigos puede ser que nos
ayuden, pero solamente en la medida en que esta ayuda corresponda a los intereses
del capitalismo de la Entente. Ahora, todos los enemigos declarados o disimulados
de la revolución proletaria se apresuran a glorificar a Wilson como un amigo del
pueblo alemán; mas este Wilson humanitarista ha aprobado las crueles condiciones
del armisticio impuestas por Folch y contribuido a aumentar hasta el infinito la
miseria del pueblo. No, nosotros no creemos ni un solo instante, nosotros,
socialistas revolucionarios, en las mentiras del humanitarismo de Wilson, el cual
no hace ni puede hacer otra cosa que representar de forma inteligente los intereses
del capitalismo de la Entente. ¿A quien sirven, en realidad, las mentiras de la
burguesía y de los social-patriotas?. Sirven para persuadir al proletariado a que
abandone el poder que ha conquistado por la revolución. Nosotros no caeremos en
la trampa. Colocamos nuestra política sobre el suelo de granito del proletariado
alemán, sobre el suelo de granito del socialismo internacional. No conviene ni a la
dignidad ni a la tarea revolucionaria del proletariado que nosotros, que hemos
comenzado la revolución social, confiemos en la benevolencia del capital de la
Entente; nosotros contamos con la solidaridad revolucionaria y la combatividad de
los proletarios de Francia, de Inglaterra, de Italia y de América. Los pusilánimes y
los incrédulos desprovistos de todo espíritu socialista nos dicen que somos locos al
esperar que estalle una revolución en los países vencedores en la guerra. ¿Qué es lo
cierto?. Claro está que sería estúpido pensar que en un instante, a una orden, la
revolución va a estallar en los países de la Entente. La revolución mundial, nuestro
objetivo y nuestra esperanza, es un proceso histórico bien complejo para que
estalle golpe a golpe en unos días o en unas semanas. Los socialistas rusos han
previsto la revolución alemana como consecuencia necesaria de la revolución rusa,
pero un año después de que esta revolución estallara todo esta en calma en
Alemania, hasta que al fin suene la hora. Es comprensible que en estos momentos
reine en los pueblos de la Entente una cierta embriaguez de triunfo. La alegría
producida por el aplastamiento del militarismo alemán, por la liberación de Francia
y Bélgica es tan grande que no debemos esperar, por el momento, un eco
revolucionario por parte de la clase obrera de nuestros antiguos enemigos. Por otra
parte, la censura existente todavía en los países de la Entente impondrá
brutalmente silencio a quien llamara a unirse al proletariado revolucionario.
Igualmente es necesario no olvidar que la política de traición criminal de los
social-patriotas ha tenido por resultado romper durante la guerra los lazos
internacionales del proletariado. De hecho, ¿qué revolución esperamos nosotros de
los socialistas franceses, ingleses, italianos y americanos?. ¿Qué objetivo y qué
carácter debe tener esta revolución?. La del 9 de noviembre se impuso como tarea,
en su primer estadio, el establecimiento de una república democrática y tenía un
programa burgués. Nosotros sabemos muy bien que esta revolución no ha ido más
lejos: ha llegado al estadio actual de su desarrollo. Pero no es una revolución de
este género la que esperamos del proletariado de los países de la Entente, por la
siguiente razón: Francia, Inglaterra, América e Italia gozan, desde largo tiempo,
desde decenios e incluso siglos, de estas libertades democráticas por las que nos
hemos batido nosotros el 9 de noviembre. Estos países tienen una Constitución
republicana, precisamente la que la Asamblea Nacional tan ensalzada debe, en
primer termino, concedernos, pues la realeza en Inglaterra e Italia no es mas que un
decorado sin importancia, una simple fachada. Así, nosotros no podemos pedir al
proletariado de otros países que desencadenen la revolución social en tanto que
nosotros no la hayamos desencadenado. Corresponde a nosotros dar el primer
paso. Cuanto más rápida y más enérgicamente dé el proletariado alemán el buen
ejemplo, más rápida y más enérgicamente nos seguirá el proletariado de los países
de la Entente. Pero para que este gran proyecto del socialismo se realice, es
indispensable que el proletariado conserve el poder político. Ahora no puede haber
duda: lo uno o lo otro. O el capitalismo burgués se mantiene y continúa haciendo la
felicidad de la humanidad con su explotación y su esclavitud asalariada y el peligro
permanente de guerra que representa, o el proletariado toma conciencia de su tarea
histórica y de sus intereses de clase y se decide a abolir definitivamente toda
dominación de clase. Los social-patriotas y la burguesía se esfuerzan en desviar al
proletariado de su misión histórica, presentándole un cuadro horrible de los
peligros de la revolución y describiéndole con los colores más sombríos la miseria,
la ruina y las perturbaciones que acompañarían a la transformación de las
condiciones sociales. ¡Pero esta negra pintura es trabajo perdido!. Las mismas
condiciones, la incapacidad en que se encuentra el capitalismo de restablecer la
vida económica que el mismo ha destruido, es lo que impulsa ineluctablemente al
pueblo hacia la vía de la revolución social. Si consideramos los grandes
movimientos huelguísticos de los últimos días, veremos claramente que, incluso en
plena revolución, el conflicto entre la patronal y los asalariados continúa vivo. La
lucha de clase proletaria proseguirá tanto tiempo como la burguesía se mantenga
sobre las ruinas de su antigua dominación, y esta lucha no se detendrá más que
cuando la revolución social haya triunfado.
Esto es lo que quiere la Liga Espartaco. Ahora se ataca a los miembros de
Espartaco por todos los medios imaginables. La prensa de la burguesía y de los
social-patriotas, desde el Vorwarts hasta la Krezzeitung, rebosan de mentiras
vergonzosas, de las mas escandalosas deformaciones y de las peores calumnias.
¿De qué se nos acusa? De proclamar el terror, de querer desencadenar una
espantosa guerra civil, de prepararnos para la insurrección armada; en una palabra:
de ser los perros sangrientos mas peligrosos y sin conciencia que haya en el
mundo: mentiras fáciles de desenmascarar. Cuando al comienzo del conflicto
mundial yo agrupaba en torno mío a un pequeño grupo de revolucionarios
valientes y decididos a luchar contra la guerra y la embriaguez guerrera, se nos
atacó por todas partes, se nos acorraló y se nos mandó a prisión. Y cuando yo
manifestaba abiertamente y en voz alta lo que entonces nadie se atrevía a decir y
que muy pocos querían admitir, a saber: que Alemania y sus jefes políticos y
militares eran responsables de la guerra, se me acusó de ser un vulgar traidor, un
agente pagado por la Entente, un sin-patria que quería la ruina de Alemania.
Hubiera sido más cómodo para nosotros callar o hacer coro con el chauvinismo y
el militarismo. Pero nosotros preferimos decir la verdad, sin preocupamos del
peligro a que nos exponíamos. Ahora todos, e incluso los que entonces se
desencadenaron contra nosotros, comprenden que teníamos razón. Ahora, después
de la derrota y de los primeros días de la revolución, los ojos del pueblo se han
abierto y el pueblo comprende que fue precipitado a la desgracia por sus príncipes,
sus pangermanistas, sus imperialistas y sus social-patriotas. Y ahora que de nuevo
elevamos la voz para mostrar al pueblo alemán la única vía que puede llevarlo a la
verdadera libertad y a una paz duradera, los mismos hombres que entonces nos
difamaron, a nosotros y a la verdad, reemprenden la misma campaña de mentiras y
de calumnias.
Pero estos podrán babear y aullar tanto como quieran y correr tras de nosotros
como perros rabiosos: seguiremos imperturbablemente nuestro recto camino, el de
la revolución y el socialismo, y nos diremos: “!Muchos enemigos, mucho honor!”
Pues sabemos muy bien que los mismos traidores y criminales que en 1914
engañaron al proletariado alemán, prometiéndole la victoria y la conquista,
pidiéndole que se mantuviera “hasta el fin” y pactando la vergonzosa unión
sagrada entre el capital y el trabajo; los mismos que intentaron ahogar la lucha
revolucionaria del proletariado y reprimido cada huelga como huelga salvaje con la
ayuda de su aparato sindical y de las autoridades: estos son los que ahora, en 1918,
hablan de nuevo de la tregua nacional y proclaman la solidaridad de todos los
partidos para la reconstrucción de nuestro Estado. A esta nueva unión del
proletariado y la burguesía, a esta traidora continuación de las mentiras de 1914
servirá la Asamblea Nacional. Esta será su verdadera tarea: con su ayuda se
proponen ahogar por segunda vez la lucha de clase revolucionaria del proletariado.
Pero nosotros sabemos que, en realidad, detrás de la Asamblea Nacional esta el
viejo imperialismo alemán, el que a pesar de la derrota de Alemania no ha muerto.
No, no ha muerto y, si pervive, el proletariado no recogerá los frutos de su
revolución. Esto no debe ser. El hierro esta todavía caliente, y nos falta forjarlo.
¡Ahora o nunca!. O bien caemos en el viejo pantano del pasado, del que intentamos
salvarnos con un impulso revolucionario, o bien proseguiremos la lucha hasta la
victoria, hasta la liberación de toda la humanidad de la maldición de la esclavitud.
Para que podamos acabar victoriosamente esta gran obra -la tarea mas
importante y mas noble que jamás se haya planteado la civilización humana-, el
proletariado alemán debe instaurar su dictadura. ■
Anexo
PROGRAMA DE LA LIGA ESPARTACO
MEDIDAS INMEDIATAS PARA ASEGURAR LA REVOLUCIÓN
Primera: Desarme de toda la policía, de todos los oficiales, de todos los
soldados no proletarios. Desarme de todos los individuos pertenecientes a las
clases dominantes.
Segunda: Incautación por los Consejos de obreros y soldados (C.O.S.) de todas
las armas y municiones, así como de todas las fábricas de armas.
Tercera: Armamento de toda la población adulta proletaria masculina para
formar una milicia obrera. Creación de una Guardia Roja de proletarios, como
parte activa de la milicia, para proteger a la Revolución contra los atentados y
maquinaciones contrarrevolucionarios.
Cuarta: Abolición del derecho de mando de los oficiales y suboficiales.
Abolición de la ciega obediencia militar, sustituyéndola por la espontánea
disciplina de los soldados. Nombramiento de los superiores por los mismos
soldados, con derecho a revocación. Abolición de los tribunales militares.
Quinta: Alejamiento de los oficiales y suboficiales de todos los Consejos de
soldados.
Sexta: Sustitución por hombres de confianza de la C.O.S. de los funcionarios
políticos y autoridades del antiguo régimen.
Séptima: Institución de un Tribunal revolucionario encargado de juzgar a los
principales responsables de la guerra, a los dos Hohenzollerns, Ludendorff,
Hindenburg, Tirpitz y a sus cómplices, y a todos los conspiradores de la
contrarrevolución.
Octava: Confiscación inmediata de todos los géneros alimenticios para
asegurar la alimentación del pueblo.
MEDIDAS POLÍTICAS Y SOCIALES
Primera: Abolición de todos los Estados y creación de una República socialista
alemana unida.
Segunda: Abolición de todos los Parlamentos y Concejos comunales, y
asunción de sus funciones por parte de los Consejos de obreros y soldados, de sus
órganos y Comités.
Tercera: Elección de Consejos de obreros en toda Alemania por todos los
obreros adultos, de ambos sexos, en las ciudades como en el campo. Elección de
Consejos de soldados por los soldados, excluyéndose a los oficiales. Derecho de
los obreros y soldados, a revocar en cualquier momento a sus representantes.
Cuarta: Elecciones de delegados de los C.O.S. en toda Alemania para el
Consejo central de los mismos, el cual deberá elegir el Comité ejecutivo, que será
el órgano supremo del poder ejecutivo y legislativo.
Quinta: Convocatoria del Consejo central, por lo menos cada tres meses -
procediendo cada vez a nueva elección de delegados-, para ejercer la inspección
sobre la actividad del Comité ejecutivo y para establecer una viva vigilancia entre
la masa de los C.O.S. y su supremo órgano gubernativo. Derecho de los C.O.S.
locales a revocar, en todo momento, a sus representantes en el Consejo central,
siempre que éstos no actúen conforme a los deseos de sus mandatarios. Derecho
del Comité ejecutivo a nombrar y deponer a los comisarios del pueblo, así como a
las autoridades y a los empleados.
Sexta: Abolición de todas las diversas clases, títulos y órdenes caballerescas.
Completa igualdad jurídica y social de ambos sexos.
Séptima: Legislación social radical: acortamiento de la jornada de trabajo para
evitar la desocupación, teniendo en cuenta el debilitamiento físico de los obreros a
causa de la guerra. Duración máxima del trabajo, seis horas.
Octava: Inmediata y radical transformación de la legislación sobre
alimentación, habitaciones, higiene, instrucción, en el sentido y según el espíritu de
la revolución proletaria.
POSTULADOS ECONÓMICOS INMEDIATOS
Primero: Confiscación de todos los patrimonios y rentas dinásticas en
beneficio de la colectividad.
Segundo: Anulación de las deudas del Estado y demás deudas públicas, así
como de todos los empréstitos de guerra, a partir de las suscripciones de una
cuantía determinada, que deberá fijarse por el Consejo central de los C.O.S.
Tercero: Expropiación del terreno de todas las grandes y medianas haciendas
agrícolas, bajo una dirección central, en toda Alemania. Las pequeñas propiedades
agrícolas quedarán en posesión de sus dueños hasta su espontánea adhesión a las
Cooperativas socialistas.
Cuarto:Expropiación por la República de todos los Bancos, minas, ferrocarriles
y todas las grandes empresas industriales y comerciales.
Quinto: Confiscación de todos los patrimonios, a partir de una cuantía que será
fijada por el Consejo central de los C.O.S.
Sexto: Asunción de todos los medios públicos de transporte por parte de la
República de los Consejos.
Séptimo: Elección de Consejos en todas las fábricas, los cuales, de acuerdo con
los Consejos de obreros, regularán los asuntos internos de dichos establecimientos,
las condiciones de trabajo, vigilando la producción para asumir, finalmente, la
dirección de ésta.
Octavo: Nombramiento de una Comisión central de huelgas, la cual, con una
continua cooperación de los consejeros de las fábricas, asegurará a los
movimientos huelguísticos que s
e inicien una única dirección en toda Alemania, una orientación socialista y el
más eficaz auxilio por parte del poder políticos de los C.O.S.
FINES INTERNACIONALES
Inmediata reanudación de relaciones con los Partidos socialistas de los demás
países para establecer la Revolución socialista sobre bases internacionales y
constituir y asegurar la paz por medio de la fraternización internacional y del
levantamiento revolucionario.”