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POSMODERNIDAD

Tras la muerte de Franco en 1975, la literatura española experimenta una transformación significativa, marcada por la desaparición de la censura y una narrativa más libre y experimental. Se destacan corrientes posmodernas, como la novela de la memoria y la novela histórica, que exploran el pasado y la subjetividad, así como un auge en la novela negra que refleja la realidad sociopolítica de la época. Autores como Almudena Grandes, Javier Cercas y Manuel Vázquez Montalbán son representativos de esta diversidad y riqueza formal en la narrativa contemporánea.

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POSMODERNIDAD

Tras la muerte de Franco en 1975, la literatura española experimenta una transformación significativa, marcada por la desaparición de la censura y una narrativa más libre y experimental. Se destacan corrientes posmodernas, como la novela de la memoria y la novela histórica, que exploran el pasado y la subjetividad, así como un auge en la novela negra que refleja la realidad sociopolítica de la época. Autores como Almudena Grandes, Javier Cercas y Manuel Vázquez Montalbán son representativos de esta diversidad y riqueza formal en la narrativa contemporánea.

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Tras la muerte de Franco en 1975, España atraviesa un proceso de

transformación política, social y cultural que marca profundamente su


literatura. La llegada de la democracia trae consigo una apertura a nuevas
influencias, tanto extranjeras como nacionales, que desembocan en una
narrativa más libre y experimental. La censura desaparece, y con ella la
necesidad de metáforas veladas o subterfugios narrativos para sortear las
restricciones del régimen. En este contexto, la literatura se vuelve más
diversa, reflejando tanto la incertidumbre de la transición como la pluralidad
de voces que configuran la sociedad contemporánea.
La novela española posterior a 1975 se inscribe dentro de las corrientes de
la posmodernidad, un movimiento que cuestiona las grandes verdades y los
relatos totalizadores propios de la modernidad. La fragmentación, la
intertextualidad y la hibridación de géneros se convierten en rasgos
característicos de la narrativa de este período. La literatura deja de buscar
una representación fiel de la realidad y se abre a múltiples perspectivas, en
ocasiones combinando elementos de la historia con la ficción o mezclando
registros elevados con referencias a la cultura popular.
Uno de los rasgos más notables de la narrativa posfranquista es el auge de
la novela de la memoria. Durante décadas, la Guerra Civil y la dictadura
fueron temas silenciados, pero a partir de los años ochenta y noventa,
numerosos escritores recuperan estas cuestiones desde una óptica
personal. Almudena Grandes, con obras como "El corazón helado",
construye relatos que rescatan la memoria de quienes fueron silenciados
por la historia oficial. De forma similar, Javier Cercas en "Soldados de
Salamina" juega con la frontera entre la realidad y la ficción para
reexaminar episodios del pasado español. En este contexto, también
destaca Julio Llamazares, cuya obra "La lluvia amarilla" retrata la
despoblación rural y la melancolía del pasado a través de una prosa
evocadora y poética.
Otro fenómeno destacable es el incremento de la novela histórica, que no
solo recupera el pasado con fines documentales, sino que también lo
resignifica a través de la ficción. Antonio Muñoz Molina, en "El jinete polaco",
teje relatos en los que la historia se entrelaza con las emociones y la
subjetividad de los personajes.
En términos formales, la literatura posterior a 1975 se caracteriza por la
experimentación y la ruptura con la linealidad narrativa. Autores como Javier
Marías, en "Corazón tan blanco", despliegan estructuras narrativas
complejas, con narradores poco fiables y tramas construidas sobre el juego
de la digresión y el suspense. En la misma línea, Enrique Vila-Matas en
"Bartleby y compañía" introduce una narración fragmentada que dialoga
con la tradición literaria y cuestiona la propia naturaleza del acto de escribir.
La auto ficción, la intertextualidad y la ironía son elementos recurrentes en
su obra, reflejando una de las principales características de la narrativa
posmoderna: el cuestionamiento de la realidad y la autorreferencialidad.
Francisco Umbral, por su parte, con "Mortal y rosa", ofrece una obra
introspectiva y lírica que transita entre la memoria personal y la reflexión
literaria, demostrando la versatilidad estilística de la narrativa
posfranquista.
Junto a estos nombres, la literatura española posterior a 1975 también da
cabida a voces que exploran el realismo sucio y la cotidianidad de la España
contemporánea. Ray Loriga, en "Héroes", adopta un tono descarnado,
próximo a la cultura del desencanto y la estética underground. Su estilo
directo y minimalista refleja una generación que encuentra en la literatura
una forma de expresar su alienación.
Del mismo modo, Lucía Etxebarria, en "Amor, curiosidad, Prozac y dudas", y
Rosa Montero han desarrollado una narrativa que centra su mirada en el
papel de la mujer en la sociedad.
Por otro lado, la novela negra experimenta un gran auge en estas décadas.
Manuel Vázquez introduce en "Pepe Carvalho" un detective que, más allá de
resolver crímenes, funciona como una mirada sociopolítica a la España de la
Transición y la democracia. Su estilo ha influido en numerosos escritores del
género, como Lorenzo Silva, han sido un referente en la literatura policiaca
contemporánea. Eduardo Mendoza también destaca en este género con su
célebre "La verdad sobre el caso Savolta", considerada una de las primeras
novelas que reflejan la transición democrática.
La narrativa española posterior a 1975 se caracteriza, por tanto, por su
diversidad y riqueza formal. La experimentación con los narradores, la
mezcla de géneros y la relectura del pasado conviven con la exploración de
la subjetividad y los límites entre realidad y ficción.

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