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3° Cuad

El documento presenta metas educativas centradas en la lectura y escritura, promoviendo la producción de textos académicos y la comunicación lingüística. Incluye análisis de obras literarias como 'A la deriva' de Horacio Quiroga y 'La soga' de Silvina Ocampo, que exploran temas de lucha y tragedia. También se menciona la historia de 'Las Ratas del Cementerio' de Henry Kuttner, que aborda el conflicto entre un guardián y una colonia de ratas en un cementerio antiguo.

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3° Cuad

El documento presenta metas educativas centradas en la lectura y escritura, promoviendo la producción de textos académicos y la comunicación lingüística. Incluye análisis de obras literarias como 'A la deriva' de Horacio Quiroga y 'La soga' de Silvina Ocampo, que exploran temas de lucha y tragedia. También se menciona la historia de 'Las Ratas del Cementerio' de Henry Kuttner, que aborda el conflicto entre un guardián y una colonia de ratas en un cementerio antiguo.

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1

Metas de alcance

 Participar de situaciones de socialización de lo leído y lo escrito.


 Relacionar los textos leídos con otros lenguajes artísticos.
 Promover en los alumnos lecturas y producciones de textos
académicos/argumentativos sobre obras literarias leídas.
 Elaborar y llevar a cabo proyectos personales de lectura.
 Emplear la escritura para incidir en problemas comunitarios o personales.
 Acercarse al estilo de frecuentación de las prácticas de estudio con
acompañamiento del docente y compañeros.
 Mejorar su comunicación lingüística mediante la práctica (Producción de
discursos orales y escritos).

………………………………………………………………….

Firma del alumno

PRIMERA UNIDAD
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 Clases de palabras (CARPETA)
 Acentuación (CARPETA)
 Signos de puntuación (CARPETA)
 La narración
 Circuito de comunicación (CARPETA)
 Variedades lingüísticas (CARPETA)
 Cohesión y coherencia

LA NARRACIÓN

A la deriva - Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con
un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó
el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral;
pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un
dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó
el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o
tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la
pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante,
le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta
desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de
ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed
lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no
sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la
honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad
de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un
fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa.
Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente
del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río;
pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez
—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El
hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con
grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a

Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se
arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

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—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el
silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan
fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro
también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se
precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de
muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y
de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed
disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la
mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo.
Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú. El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia
llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en
TacurúPucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado
también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura
crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y
en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el
borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el
tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y
nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un
viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.

La soga – Silvina Ocampo

A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua,
tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron
hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del
fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó
en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora
podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés
para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para
los reos, después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se
retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de
Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de
evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la
soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría
Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran
podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”
La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de
ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y
desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se
demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los
discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera

dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor.
Si alguien le pedía:
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–Toñito, préstame la soga.
El muchacho invariablemente contestaba:
–No.
A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola,
deshilachada, parecía de dragón. Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.
¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las casas, en las tiendas, en los
museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua. La bautizó con el
nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula
obedecía.
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita
sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el
mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la
soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el
pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.
Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo despeinado, enroscada
junto a él, lo velaba.

Las Ratas del Cementerio


Henry Kuttner

El anciano Masson, guardián de uno de los más antiguos cementerios de Salem, mantenía una verdadera
guerra con las ratas. Varias generaciones atrás, se había instalado en el cementerio una colonia de ratas
enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición
del guardián anterior, decidió aniquilarlas. Al principio colocaba trampas y veneno cerca de sus
madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Las ratas seguían allí.
Sus hordas voraces se multiplicaban, infestando el cementerio. Eran grandes, aun tratándose de la especie
mus decumanus, cuyos ejemplares llegan a los treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola,
pelada y gris. Masson las había visto grandes como gatos; y cuando los sepultureros descubrían alguna
madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas pútridas cavernas cabía tranquilamente el cuerpo
de un hombre. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de
transportar cargamentos muy extraños.
Masson se asombraba a veces de las proporciones enormes de estas madrigueras. Recordaba ciertos
relatos fantásticos que había oído al llegar a la decrépita y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que
hablaban de una vida embrionaria que persistía en la muerte, oculta en las perdidas madrigueras de la
tierra. Ya habían pasado los tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos
orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las
tenebrosas mansiones de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según
se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a
la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos
cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.
En cuanto a estos roedores, Masson les tenía asco y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes
agudos y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de
ratas. Había escuchado rumores sobre criaturas espantosas que moraban en lo profundo, y que tenían
poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados.
Según afirmaban los viejos, las ratas eran mensajeras entre este mundo y las cuevas que se abrían en las
entrañas de la tierra. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin
de celebrar festines subterráneos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma
alegórica, un horror impío; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás
salieron a la luz del día.
Masson no hacía caso de estos relatos. No tenía trato con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por
mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema tal vez iniciasen una
investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas tumbas. Ciertamente hallarían ataúdes perforados y
vacíos que atribuirían a la voracidad de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con
mutilaciones muy comprometedoras para Masson.

Los dientes postizos suelen hacerse de oro, y no se los extraen a uno cuando muere. La ropa,
naturalmente, es diferente, porque la empresa de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño
sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con
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algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles
demasiado su procedencia. Hasta ese momento, Masson se las había arreglado para que no haya
investigaciones. Negaba tajantemente la existencia de las ratas, aun cuando éstas le hubiesen arrebatado
el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos
saqueado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el
ataúd. El tamaño de aquellos agujeros lo asombraba. Curiosamente, las ratas horadaban siempre los
ataúdes por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como si trabajasen bajo la dirección de algo
dotado de inteligencia.
Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última palada de tierra húmeda, y de
arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía semanas no paraba de caer una llovizna fría
y constante. El cementerio era un lodazal pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones
irregulares. Las ratas se habían retirado a sus cubiles; no se veía ni una. Pero el rostro flaco de Masson
reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera. Hacía
varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes
del muerto aún visitaban su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran,
por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado
la pala.
Desde la colina donde estaba el cementerio, se veían parpadear apenas las luces de Salem a través de la
lluvia. Sacó la linterna del bolsillo. Apartó la pata y se inclinó a revisar los cierres de la caja. De repente, se
quedó rígido. Bajo sus pies había notado un murmullo inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro.
Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una ira insensata, al
comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se le habían adelantado otra vez!
En un rapto de cólera, arrancó los candados del ataúd, insertó la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta
que pudo levantarla con las manos. Encendió la linterna y enfocó el interior del ataúd. La lluvia salpicaba el
blanco tapizado de raso: estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y
dirigió hacia allí la luz. El extremo del sarcófago había sido perforado, y el agujero comunicaba con una
galería, aparentemente, pues en aquel momento desaparecía por allí un pie fláccido, inerte, enfundado en
su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado sólo unos instantes.
Se agachó y agarró el zapato con todas sus fuerzas. La linterna cayó dentro del ataúd y se apagó de golpe.
De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y
excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.
Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver. Masson intentó
imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. Llevaba su revólver
cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver de una persona ordinaria,
Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera;
pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente
auténtica, y, sin pensarlo más, se enganchó la linterna al cinturón y se introdujo por el boquete. El acceso
era angosto. Delante de sí, a la luz de la linterna, podía ver cómo las suelas de los zapatos seguían siendo
arrastradas hacia el fondo del túnel. Trató de arrastrarse lo más rápido posible, pero había momentos en
que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.
El aire se hacía irrespirable por el hedor del cadáver. Masson decidió que, si no lo alcanzaba en un minuto,
regresaría. El terror empezaba a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Y
prosiguió, cruzando varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y
pegajosas. Dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le
hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección. Entonces
observó que el barro casi obstruía la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le reveló
en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un
hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las
criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era
demasiado estrecho para dar la vuelta.
El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y
retrocedió dificultosamente hasta allí. Introdujo las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a
avanzar desesperadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas. De repente, una puntada le
traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para
librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se
escabullían.
Al enfocar la linterna hacia atrás, lanzó un gemido de horror: una docena de enormes ratas lo observaban
atentamente, y sus ojos malignos parpadeaban bajo la luz. Eran deformes, grandes como gatos. Tras ellos
vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles
proporciones de aquella sombra. La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en
volver a acercarse furtivamente.

Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de carmesí. Masson forcejeó con su pistola,
consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los
pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse. El estruendo lo dejó sordo durante unos

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instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Guardó la pistola y
comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas,
que se le echaron encima otra vez. Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de
manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, y
no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron tanto.
Masson aprovechó la tregua para reptar lo más rápido que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera
señal de un nuevo ataque. Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme
rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a
otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr.
Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel
lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. Lo tomó por un
montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano. Se trataba de una momia
negra y arrugada, y vio, preso de un pánico sin límites, que se movía.
Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a poca distancia
del suyo. Era una calavera descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada
de una vida infernal. Tenía los ojos vidriosos, hinchados, que delataban su ceguera, y, al avanzar hacia
Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de
hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre. Cuando aquel horror estaba ya a punto de
rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, a sus pies, y el
confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de
avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las
manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo.
Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.
Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con la voracidad pintada en sus ojos.
Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarazarse de ellas: el pasadizo se
estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula
vacía. Pero había rechazado las ratas. Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada
en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la
piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel!
La tierra estaba empapada por la lluvia. Se enderezó y empezó a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las
ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético. La piedra
cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos. Se acercaban las ratas... Era el enorme ejemplar que había
visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último
tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel. La
piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron
algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró
desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!
Jadeando de terror, avanzaba mientras la tierra se desprendía. El túnel seguía estrechándose, hasta que
llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como
una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó
contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la
tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel
estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso. Al salirle al paso aquel ser
espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba
en un ataúd, en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su
extremo!
Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó
aliento, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría
excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?
Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror,
desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la
tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con
las uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...
Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos oculares. Parecía como si la
cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. De pronto, oyó los triunfales chillidos de las ratas.
Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió
histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró los ojos, sacó
su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas
taladrándole los oídos.

COHESIÓN Y COHERENCIA

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Viaje al centro de un iceberg

Los icebergs son enormes bloques de hielo que se desprenden de los glaciares y
flotan sobre los océanos.
La mayoría nace en la Antártida y en Groenlandia.
¿De dónde surgen estas gigantescas masas de hielo que viajan por los océanos? La
explicación se encuentra en los glaciares que se forman en las regiones polares.
Debido a su peso y el efecto de la gravedad, se van desplazando por la superficie en
dirección al mar y, cuando llegan él, un fragmento se desprende. En el momento en
que una parte del glaciar se adentra en el agua y flota, el hielo se vuelve más
inestable y se abren grietas que, poco a poco y con la ayuda de las tormentas,
cambios de temperatura y movimientos tectónicos, llegan a la base del bloque y
provocan que se formen los icebergs. Una vez en el agua, la menor densidad del hielo
(900 kg/m3) en relación al mar permite que floten.

La mayor parte de los icebergs se originan en zonas cercanas a los polos y


posteriormente viajan a la deriva (a una velocidad media de 0,7 km/h) hacia latitudes
menos extremas empujados por las corrientes marinas, como la de Labrador, que
traslada los bloques de hielo procedentes de Groenlandia. Los icebergs pueden tener
una vida de hasta diez años antes de quedar derretidos (poco a poco se van
desgranando en pequeños trozos de hielo llamados growlers) y llegan a alcanzar
longitudes de decenas de kilómetros, aunque sólo una octava parte emerge a la
superficie. Esto, unido a su rumbo impredecible, los convierte en un peligro constante
para los barcos que navegan por las gélidas aguas de los polos.

La parte superior o masa emergente de los icebergs se compone de nieve poco


compacta que se va derritiendo rápidamente y que en ocasiones sirve de plataforma
para diferentes especies de aves, pingüinos, osos y focas. La parte sumergida, en
cambio, es un bloque de hielo duro, compacto y redondeado por la erosión del agua
que puede llegar a tocar el fondo marino, arrasando todo a su paso.

Fantasmas de estrellas: ¿cómo se forma un agujero negro? – Elsa Velasco

Gracias a las estrellas, en el vacío del cosmos hay luz. Pero son esas mismas estrellas las que, al final de
sus vidas, pueden convertirse en los objetos más oscuros del universo, que arrastran a sus entrañas a todo
aquello que ose acercarse demasiado a sus dominios. Nada puede escapar de ellos, ni siquiera la luz. Son
los agujeros negros, monstruos tan extremos que en su interior las leyes de la física como las conocemos
dejan de tener sentido.
La mayoría de agujeros negros son el fantasma de una estrella que agotó su energía. Pero no todas
acaban convertidas en uno. Ese es un destino reservado sólo las estrellas más grandes, las más masivas -

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nuestro sol se salvará de él-. “Para las estrellas de una masa a partir de cinco veces la del sol, es muy
probable que formen un agujero negro”, explica Manel Martínez, investigador en el Institut de Física d’Altes

Energies (IFAE) y líder de la comunidad de astronomía de rayos gamma de muy alta energía a nivel español.
A estos agujeros negros se les llama de tipo estelar, porque su masa es de la escala de las estrellas,
normalmente de entre 3 y 20 soles, señala María Santos-Lleo, jefa de operaciones científicas del satélite de
la Agencia Espacial Europea (ESA) XMM Newton.
(…)
Cuando el combustible de las grandes estrellas se agota, su masa colapsa por la atracción gravitatoria
hasta condensarse en un punto de densidad infinita, que deforma el espacio-tiempo hasta el punto que ni
la luz puede escapar
“No está tan claro cómo se forman este tipo de agujeros negros. Podría ser que se formasen a partir de
la primera generación de estrellas que surgieron cuando el universo se comenzó a expandir”, relata
Paredes. Probablemente no eran tan masivos al principio, pero crecieron al ir devorando todo el material
que los rodeaba: gas, estrellas, sistemas solares enteros, incluso agujeros negros de tipo estelar o, en el
caso de que chocaran dos galaxias, puede que otros gigantes de su tamaño. Otra posibilidad es que
inicialmente nacieran por el colapso de materia oscura, una sustancia desconocida pero que se sabe que
forma alrededor del 25% del universo, puntualiza Paredes.
En cualquier caso, esos leviatanes actuaron como la semilla a partir de la cual emergieron las galaxias
actuales. A su alrededor se arremolinó la materia que, más tarde, formaría los brazos espirales, las estrellas
y los planetas tal y como los conocemos. A día de hoy, las estrellas de la Vía Láctea siguen rotando en torno
al agujero negros supermasivo de su centro. Aunque no lo notemos, nosotros también.

TEXTO 2

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VARIEDADES LINGÜÍSTICAS

SEGUNDA UNIDAD
 Relato policial
 La noticia
 Crónica periodística
 La entrevista
 Argumentación
 Género dramático (CARPETA Y OBRA)

RELATO POLICIAL

El Crimen casi perfecto - Roberto Arlt

La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan,
permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre las

siete y las diez de la noche) detenido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente
de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de
aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un
momento del laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de
dosificación de mantecas en las cremas. Lo más curioso del caso es que aquel día los tres hermanos
almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de
traslucir su intención funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se
retiraron.
Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que servía hacía muchos años a la
señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa.
La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde. La
criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario pedido y el proceso de
acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en
las libretas donde llevaba anotadas las entradas y salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas
se encontraban sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso
de agua con whisky, y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A
continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó
sobre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.
Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente
en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio está cargado de
absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar
congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado.
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Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía
veneno. El agua que se agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido
depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de
un anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no
podía saber si la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno
de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.

El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a
aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba
distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba
mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar
ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas.
Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el whisky
de las botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante;
nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo,
después de algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio
comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario
significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo
comprobaba: ¿dónde se hallaba el envase que contenía el veneno antes de que ella lo arrojara en su
bebida? Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre
o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo.
Además había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres.
Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.
Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de
una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había
asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario, pero
estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado
caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces. El día del
“suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica,

con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa
alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y
comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que
una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte
beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.

La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores
groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento
judicial.

El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que
ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero,
llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente,
estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la
habitación donde quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en mi imaginación: ¿y si alguien
había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después
que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial, pero convenía verificar la hipótesis.

Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada
no revelaba mudanza alguna.
Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una

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enormidad) no policialmente, sino deportivamente. Yo estaba en presencia de un asesino sagacísimo,
posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible
de presumir en la nitidez de aquel vacío.
Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que
nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky
servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y
un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi
curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí apresuradamente a un
automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi cerebro. Entré en la
habitación donde estaba detenida, me senté frente a ella y le dije:
- Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin
hielo?
-Con hielo, señor.
-¿Dónde compraba el hielo?
- No lo compraba, señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba en pancitos.
– Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez. - Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta
ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.
Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida con el químico de nuestra oficina
de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios
pancitos de hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos
minutos pudo manifestarnos: - El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua
envenenada.

Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen.
El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito
congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens
preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el plato con hielo disuelto
se encontrara sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido a su
alta concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer
el periódico, hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se
hicieron esperar.
No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se
encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.

A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor Pablo, en
cuanto nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones,
abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol.
Había muerto de un síncope. En su armario se encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más
ingenioso que conocí.

El asesino es… - Daniel Salmoilovic

—¿Cómo va eso, Bernard? —preguntó el profesor Sisley.


—Una de cal y otra de arena. Como sabes, el mes pasado un grupo de
sicarios, que actuaban por cuenta del clan Armerina, emboscó el
automóvil de un «capo» rival, Carlo Minucci. Lo esperaron en un
camino rural, lo hicieron detenerse, lo bajaron del automóvil y lo
mataron de un limpio balazo en la nuca.
Bien, ayer logré atrapar a la banda completa de los cuatro que actuaron
en el crimen.
—Supongo que esa es la de cal. ¿Y cuál es la de arena?
—Que hoy he perdido a un valioso informante que tenía metido entre los
Armerina, que están cada vez más envalentonados. Para colmo de males, lo mataron justo cuando iba a
decirme quién de los cuatro pájaros que tengo presos es el que apretó el gatillo y ejecutó a Minucci.
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—Imagino que no has podido convencerlos a ellos mismos de que te lo digan.—¡Muy bien imaginado,
Sisley! En realidad, han hablado bastante, pero no puedo sacar nada en limpio de lo que han dicho; se
acusan mutuamente, eso es todo.
—¿Y qué pasó con el informante?
—Estábamos hablando por teléfono, le leí las declaraciones de los presos y me dijo: «Tres de los
muchachos le están mintiendo y uno dice la verdad. El asesino es...»; y ahí mismo escuché el balazo con
que lo mataron.
—A ver, léeme a mí también exactamente qué dijeron.
El comisario rebuscó entre sus notas y leyó:
—«Albertazzi afirma que Verduchi fue quien ejecutó al capo; Verduchi afirma que fue Marasso; Marasso
dice que Verduchi miente cuando dice que fue él; y Bardana declara que él no fue.» ¡Pura basura! ¿Qué va
a hacer uno con este hato de mentiras contrapuestas?
—Sin embargo, tu informante llegó a decirte que una de esas afirmaciones era verdad. En ese caso — y
espero que ahora ninguna bala venga a tronchar mi apacible vida— el asesino es...
¿Puede el lector deducir quién es el asesino?

Solución
EL ASESINO ES... Bardana. Explicación: Verduchi y Marasso se contradicen; por lo tanto, si uno miente el
otro dice la verdad, y viceversa. Así sabemos que el único veraz es uno de ellos dos. Por lo tanto Albertazzi
y Bardana mienten, y como Bardana dice que él no fue el asesino, pues sí fue.

El caso de las malditas huellas - Daniel Salmoilovic

Era curioso que cupiera tanto desorden en un recinto tan pequeño: los ladrones no habían dejado un
centímetro cuadrado sin revolver de aquella mínima joyería de la calle 47, en el corazón del llamado
Diamond District de Nueva York.
—Han dejado todo hecho un revoltijo, pero han realizado un trabajo limpio — dijo el comisario Cross al
profesor Sisley, que acababa de llegar—. Han desconectado la alarma y las videocámaras exitosamente,
han revuelto todo, han dejado todas las chucherías tiradas por aquí, y se han llevado sólo las piedras de
mayor valor. Trabajaron todo el tiempo con esos dos pares de guantes de goma amarillos que ves tirados
allí, donde los dejaron, y no hay caso de encontrar una huella digital. Ni un fragmento de una maldita
huella.

—Me extrañaba que tardaras tanto en empezar a maldecir —comentó brevemente el profesor Sisley.

—¿Quieres que maldiga un poco más? Puedo hacerlo: realmente no tengo por dónde empezar. Parece
evidente que no ha sido un maldito empleado de la joyería, porque si no los ladrones no hubieran tenido
que revolver tanto; en los pocos segundos que la maldita cámara llegó a filmar, los dos delincuentes
aparecen cubiertos con pasamontañas; no son muy altos ni muy bajos, ni tienen ninguna maldita seña que
me sirva para identificarlos. ¿Está bien así?
—Muy bien —respondió alegremente Sisley—. ¿Sospechosos?
—Varios —dijo el comisario Cross—. Tengo en la ciudad, entre residentes y visitantes, a unos veinte o

treinta experimentados ladrones de joyas, pero malditas las ganas que tengo de investigar las coartadas de
todos ellos.
—No hará falta — dijo el profesor—. Mira, no creo que este sea un trabajo de tus delincuentes muy
experimentados; podemos encontrar unas buenas huellas digitales por aquí.
—¿No te digo que no hay ninguna? Mira los mostradores, las joyas descartadas, la alarma, las puerta, los
interruptores de luz... todo cubierto de polvo detector, y ni una maldita...
—Hay un lugar que, según veo, no has investigado, y donde probablemente haya unas huellas bien
marcadas.
El comisario Cross miró alrededor, y de pronto cayó en la cuenta de dónde podían estar las malditas
huellas. Sonriendo, volvió a tomar el frasco de polvo detector y se dispuso al trabajo.
¿De qué se ha dado cuenta el comisario Cross? ¿Dónde le falta buscar?
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LA NOTICIA

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“No tengo ni idea del ChatGPT y tampoco si mis alumnos lo
usan”. “Yo me enteré en noviembre por mi sobrino y lo empecé
a probar por mi propia cuenta”. “Aún no sé cómo incorporarlo al
aula, pero los pibes seguro que lo están usando”. “Acá ni llegó,
¿no se están adelantando un poco con la pregunta?”. “La
escuela no nos habla del tema y en sala de profesores se lo
debate como el apocalipsis”. “La primera jornada docente fue
para hablar de este tema y estamos tratando de poner reglas
institucionales para usarlo en el aula”. “Yo lo estoy probando
para preparar clases, pero en la escuela es como si no existiera”.
“Lo traje al aula, lo hablamos y lo estamos usando”.
(…)
En efecto, para los docentes la aparición de la inteligencia artificial es un gran desafío no solo porque
tienen que aprender cómo funciona, sino también porque deben saber enseñar su uso. “Las personas
mejor formadas van a tener una ventaja competitiva porque van a tener la capacidad de atravesar ese
archivo que las tecnologías tienen y ponerlo en juego en la interpretación de la vida social y la vida
tecnológica. Van a poder detectar cuándo tienen errores, cuándo no, cuándo trae citas, cuándo no”, agrega
Flavia Costa, especialista además en tecnología, cultura y sociedad. Autoridades educativas y formadores
de docentes tendrán también que diseñar nuevos programas que incluyan estas herramientas.

LA ENTREVISTA

Entrevista a Leo Messi


POR lavoz.cat - 28 mayo 2008

Leo Messi, un joven, una estrella del fútbol. Sencillo, tímido, simpático, tranquilo, agradable…

Un chico de 20 años que a pesar de ser un personaje mediático es él mismo. Casero, familiar y sincero, así
nos pareció Leo Messi. El crack no existía. Éramos dos jóvenes hablando de aficiones, sueños, objetivos y
gustos. Hablando de nostalgia y de tradiciones argentinas demostraba que, a pesar de todo, tiene los pies
en la tierra. Es uno de los mejores jugadores del mundo entero, pero a la vez es uno más.

E: -Eres un ídolo de los niños. ¿Qué mensaje les dirías?


Siempre hay que tener una actitud positiva, y los sueños se pueden hacer realidad con mucho trabajo y
esfuerzo.

E: - ¿Cómo te sientes con este final de Liga?


Estoy contento porque termina la Liga, pero triste porque ha sido un mal año para el Barça.

E: - ¿Qué es lo que más echas de menos de Argentina?


Mi barrio, mi ciudad Rosario de Santa Fe, mi colegio de la infancia a quienes ayudo ahora desde mi
Fundación y también a mis amigos de toda la vida. También las empanadas de mi madre.

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E: - ¿Cómo haces para tener los pies en la tierra, con pocos años has llegado muy lejos?
Siempre con mi familia y con mis amigos de siempre. Siempre teniendo claro adonde uno quiere llegar
trabajando.

E: - ¿Cómo es tu relación con Ronaldinho?


Es muy buena, hace cuatro años que estamos juntos, es un buen amigo. Cuando llegué al primer equipo, él
me ayudó mucho, es un excelente compañero y una gran persona.

E: - ¿Qué te gustaría hacer si no fueras futbolista?


Siempre me hacen esta pregunta, y no tengo una respuesta, era mal estudiante, siempre me gustó el
fútbol, desde muy pequeño, y llegué al Barça con 13 años.

E: -¿Qué aspiraciones tienes tanto en el terreno profesional como personal?


Tratar de ganar la mayor cantidad de títulos posibles y crecer como persona, como ser humano.

Muchas gracias, Messi, por tu simpatía y la buena predisposición que mostraste con La Voz. ¡Eres grande,
pibe!

La cantante, que está de gira en España, habló de todo


10 de noviembre de 2023 - EL PAIS

Si no fuera por lo que se comenta en los pasillos del hotel, nadie diría que a Emilia Mernes (Nogoyá,
Argentina, 27 años) le duele la panza. Algo le cayó mal, pero comparece segura, con aplomo, luciendo esa
madera de estrella que ha hecho de ella una de las cantantes del momento (…)

–¿Cómo es la vida de una superestrella?

–¡Superestrella es un título muy grande! Siento que todo lo que pasa es consecuencia del trabajo y el
sacrificio de muchos años. Gracias a Dios soy afortunada, qué te puedo decir: es una vida ajetreada. Pero
con lo bueno y lo malo... no dejo de elegirla.

–.mp3, el título del álbum lleva a los primeros 2000. A las descargas, a la nostalgia...

–Es lo que crecí escuchando. Mis primeros recuerdos fueron con mp3. Quería traer ese concepto a la
actualidad: hay muchos chicos que me siguen que no tienen ni idea de qué era eso, cómo se reproducía la
música en ese momento. Para mí, era la época dorada de la música. Admiro mucho esa era del pop.

–Entonces costaba más conseguir canciones.

–¡Tenías que piratearlo todo!

–Ahora todo está a un clic de distancia. Eso es cómodo, pero ¿creés que las cosas tienen menos peso?

–Es más fácil sí, también hay más oferta... va todo muy rápido. Estamos en un momento muy difícil
también para los artistas, eh. Todo el tiempo nos demandan que las canciones pasan de moda rápido, que

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no perduran, antes era muy distinto: la venta, la comunicación, no había redes sociales, pero qué voy a
hacer. Este es el mundo que me tocó.

–Tu novio es otra estrella ascendente, Duki. ¿Es duro vivir una relación escrutada hasta el milímetro?

–Sí, pero a la vez siento que para nosotros es fácil porque, al llevar la misma vida, nos acompañamos y nos
entendemos. Si tuviera una relación “normal” no sé si nos hubiésemos sincronizado así. Preservamos lo
importante para nosotros y, bueno, mostramos lo que queremos mostrar.

–Componés. Es interesante ver cómo hay una voluntad en los cantantes de hoy por domar las palabras,
por adueñarse de ellas. Muchos hacen muy buenas letras.

–Siento que en este álbum pude sacar muchas cosas que tenía dentro y he querido contarlo de una forma
no tan convencional. No quiero que escuches frases armadas poéticas que venían escritas en los libros,
trato de expresar las cosas como yo lo diría realmente. Mis miedos más profundos, mis momentos más
vulnerables, mis tristezas... pero también mis momentos de poderío, de felicidad. Y luego, me gustan las
baladas. Me fascinan esos momentos en el show donde se apagan las luces y estoy yo con mi banquetita y
el micrófono, y puedo sacar todo para fuera.

–¿Quiénes son tus referentes de la generación mp3?

–Missy Elliott, Gwen Stefani, Avril Lavigne, Beyoncé, Rihanna, Christina Aguilera, Britney, Pink... todas me
inspiraron muchísimo.

–¿Qué importancia tienen las redes sociales para un artista hoy?

–La verdad es que estoy muy pendiente. Sé que es mi herramienta de trabajo. Trato de mostrar lo que soy
como persona y a la vez de vender lo que soy como artista. Tiene su parte buena y su parte mala: recibís
amor, y algunas críticas que pueden atravesarte. Tenés que estar bien preparado psicológicamente.

–¿Esas críticas llegan a doler? ¿Aunque sean de un desconocido?

–Antes me afectaban mucho más. Lo traté en terapia bastante. Hubo un punto en que yo era
muy hateada en las redes, y me empecé a creer todo lo que la gente me decía. Tuve que hacer un trabajo
grande de autoestima y seguridad. Hay comentarios críticos de fans con buena onda, buena energía, que
de verdad que son constructivos, y los tomo. Los otros, no dejo que me traspasen.

–Hablás de vender lo que sos como artista en redes. En eso es importante el look. No puedo resistirme a
preguntar por tu sello personal: las joyas bajo tus ojos.

–Los brillos los uso desde 2018 que empecé como solista. No los he creado, claro, pero ya me identificás
con ellos. Quizás no recordabas mi nombre, pero recordabas que soy la chica de los brillitos en los ojos.
Buscaba un sello y lo encontré. Gracias por entrevistarme.

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CRÓNICA PERIODÍSTICA

ARGUMENTACIÓN

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Sobre la privacidad en lasredes sociales
El uso masivo de las redes sociales ha planteado importantes interrogantes acerca del uso de
nuestros datos privados por parte de las empresas que manejan estas herramientas digitales.

El reciente escándalo de Cambridge Analytica y la filtración de los datos que hizo de Facebook
ha encendido, una vez más, la alarma sobre el verdadero uso de nuestros datos personales que
pueden hacer este tipo de empresas.

¿Qué tan seguros están nuestros datosallí? Al parecer no tanto.

La privacidad en lasredes parecía no ser un tema importante para muchaspersonas, o mejor


dicho, era un asunto que no parecía preocupar a muchos.

Que, de malo, de hecho, nos puede ocurrir, ¿sentadosfrente al ordenador o utilizando el móvil
para acceder a esa aplicación o página donde compartimosdía a día nuestrasexperiencias? Al no
cuidar nuestra privacidad, estamos dejando que violenten un derecho muy personal.

¿Cómo podemos proteger ese derecho? La protección de la privacidad digital tiene dos vertientes
o dos caras: por un lado, está la estructura que nosproporciona el medio que utilizamos. Esa
estructura escapa de nuestras manos. Es decir, no podemos controlar cómo lasgrandes empresas
como Facebook o Twitter controla losdatos que les proporcionamos para el uso de sus respectivas
plataformas. Por otro lado, está el tipo de información que sí está a nuestro alcance: nuestro perfil
personal y nuestro círculo de amigos. Es dicha información la que debemos saber controlar y no
necesariamente andar «compartiendo todo». Las redes socialesno son lugares cien por ciento
seguros, por más que en nuestros contactos o red de amigossolo estén personas que realmente
conocemos.

La única alternativa: la participación – Ignacia Fuentes

Ante la crisis social, económica y política por la que está atravesando nuestro país, ha llegado el
momento de que todos los ciudadanos reflexionemos acerca de cuáles son las alternativas para no quedar
sumergidos en un quietismo destructor.
Si analizamos la historia de los pueblos, podemos encontrar múltiples maneras de reaccionar frente a
una situación límite. Ellas pueden ser: la violencia, la participación con propuestas, la evasión a otras
realidades, la indiferencia, la crítica sin sustento, la resignación, la mística y muchas más.
Considero que la opción viable es que todos comencemos a despertar dispuestos a asumir una actitud
solidaria y a participar, de todas las formas posibles, en comisiones vecinales, clubes, asociaciones, grupos
de amigos, ámbitos familiares, laborales y académicos.
¿Por qué la participación es una urgencia social? Porque es la única garantía para legitimar el sistema
democrático, porque es una alternativa superadora de la violencia, porque a través de ella la crítica se
vuelve constructiva y se convierte en propuesta, porque nos salva de la locura que produce la impotencia,
porque nos rescata de la inacción que produce la indiferencia y es el mejor antídoto contra el veneno de la
resignación.
Participar es nuestra obligación ética frente a las nuevas generaciones, controlando y condenando social y
políticamente el accionar de ciertos dirigentes políticos, gremiales, empresariales y judiciales que, con
perversa indiferencia frente al dolor, continúan vulnerando el derecho constitucional de todo ciudadano
para trabajar, educarse, cuidar su salud, y vivir con dignidad.

ABORDAJE DE ESI

19
El ladrón Alberto Barrio - Ángel Bonomini

Alberto Barrio fue ladrón. Tenía nueve años y siempre lo mandaban al almacén de Las Heras y Azcuénaga.
Una mañana fue a comprar una latita de azafrán. El almacén estaba desierto. Había olor a
lavandina y a garbanzos, a jabón y a queso, un olor mezclado y limpio y, aunque afuera la mañana brillara
amarilla de sol, allí parecía la hora de la siesta por las cortinas de lona que cuidaban las sombras y el fresco.
Como en una tarea secreta, don José apilaba con geométrica precisión una torre de tabletas de chocolate
Águila. Ante la mirada estupefacta de Barrio levantaba una torre hueca de amarga delicia,
edificio que no guardaba otro tesoro que el de sus propios muros.
Al día siguiente volvió al almacén. Había mucha gente y aceptó con gratitud la espera. Primero contempló
la torre. Después se acercó a ella. Por último la tocó. Sintió un súbito escalofrío cuando sus dedos,
involuntariamente, comprobaron que una tableta estaba suelta. Era fácil sacarla sin que la torre se
derrumbara. Lo atendieron, pagó y se fue.

La batalla duró un mes. La fascinación y la ceguera del peligro lo pasearon por el placer y la angustia. A
veces, sentía el secreto como una riqueza. A veces, se le resolvía en catástrofe: lo sorprendían
robando, lo perseguían, lo apresaban, no volvía a ver a su madre ni a sus hermanos, le ponían un uniforme
y lo condenaban a soledad y silencio.
Sucesivas correcciones de su conducta lo convirtieron en presidiario, en beatífico renunciante a la
tentación, en gozador exclusivo del chocolate, en dadivoso repartidor de barritas entre sus hermanos.
Creyó –con confusión– que pensar el mal era igual que ejercerlo, que la tentación era el pecado mismo.
Que después de haberlo pensado, robar o dejar de hacerlo no modificaba su responsabilidad. No
desestimó la posibilidad de que adivinaran su proyecto y lo arrestaran.
Durante un mes, cada día, vio la pila, se cercioró de la presencia de la tableta suelta, leyó en la cobertura la
incomprensible aseveración de que el peso neto era de media libra, hizo sus compras y regresó
a su casa. No llevársela era casi tan terrible como robarla. Elaboró varios planes: emplear una bolsa; valerse
del amplio bolsillo del impermeable; usar una tricota. Visitó febrilmente una serie de horrores: don José lo
veía por un espejo cuando ponía el paquete en la bolsa; o se le caía del bolsillo del impermeable; o una
mujer lo delataba al verlo cometer el robo. Y así lo cometió una y mil veces sin soslayar la delectación del
riesgo que lo hacía dar bruscos saltos en la cama mientras robaba y volvía a robar la golosina. Y una y mil
veces desechó la horrible idea para recobrar la calma que le permitiera la tregua del sueño.
En el colegio empezó a dibujar torres octogonales que guardaban su secreto. Con delirante fantasía llegó a
verse escondido detrás del mostrador durante una noche entera, concretar el robo y no tener
después cómo salir del negocio. Para ese momento, denunciada su ausencia, la policía lo buscaba. Hasta
que de pronto un vigilante entraba en el almacén y bajo el poderoso foco de la linterna policial era
sorprendido con el chocolate en la mano. Y vuelta otra vez la odiada y temida prisión con el uniforme y la
soledad.
Una mañana, la madre repitió el encargo: una latita de azafrán El Riojano. La reiteración del hecho, sumada
a la fortuita coincidencia de que ese día también había un sol muy pleno, se le manifestó a Barrio al
principio como un signo inextricable. Pronto lo interpretó como el fin de su condena: debía robar la tableta.
Pidió el azafrán. No estaban sino el almacenero y él en el local. Barrio se encontraba junto a la pila y pensó
fugazmente que almacén debería llamarse el lugar donde se encuentra el alma. El viejo se
agachó detrás del mostrador. Barrio tomó la tableta y la largó por la abertura de su camisa. El paquete se
deslizó contra su pecho y quedó retenido por el cinturón. En el momento en que el objeto robado recorría
su piel, el almacenero se levantaba. “¿Qué más?”, preguntó el hombre. “Nada más”, respondió el ladrón.
Con las piernas flojas, que no obedecían a su voluntad sino a su
costumbre, salió del almacén. Se metió en su casa. Desde la puerta de la calle hasta la de su departamento
se alargaba un estrecho y profundo corredor. También por allí lo llevaron de memoria sus piernas. Apenas
aceptó la realidad de que el corredor estuviera desierto cuando, antes de meterse en el departamento, se
volvió seguro de ver a los mil veces imaginados vigilantes.
Entregó el azafrán a su madre y se encerró en el baño. Primero se lavó las manos y la cara. No quiso mirarse
en el espejo por miedo de haber cambiado de rostro. Se sentó en el borde de la bañadera y sacó el paquete
que se había calentado por el contacto con su cuerpo. Lo abrió cuidadosamente. Primero, la cobertura

amarilla que ostentaba la imagen de un águila con las alas desplegadas, después el papel plateado. Pero no
había chocolate. Era una tableta de madera.
20
La fiesta ajena – Liliana Heker

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada
tener quedarle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te
creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el
cumpleaños.
–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.
–Los ricos también se van al cielo–dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las
mejores alumnas de su grado.
–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo
que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
–Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la
limpieza.
Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había
en esa casa. Y la gente también le gustaba.
–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a
traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las
caderas.
–¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además, le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas
simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso
palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que
nada en el mundo.
–Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído,
pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de
Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le
quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole,
y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
–Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme.
Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de
Rosaura.
–Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico
que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba
a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: 'Vos sí pero
ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera
tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con
mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: "¿Te parece que vas a poder con
esa jarra tan grande?". Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del
moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
–¿Y vos quién sos?
–Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.
–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y
a vos no te conozco.
–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes

juntas.
–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.
21
– Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.
–Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?
-No.
–¿Y entonces, de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
–Soy la hija de la empleada –dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y
listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su
vida se iba a animar a decir algo así.
–Qué empleada–dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?
–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.
–¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a
servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
– Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de
oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la
pudo agarrar.
Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en
su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le
había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le
vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí". Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que
tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y
muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba
lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba
pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las
cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta
una carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a
hacer desaparecer.
–¿Al chico? –gritaron todos.
–¡Al mono! –gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con
mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.
–¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que
no había espías.
–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el
mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció
otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura
volviera a su asiento, el mago le dijo:
–Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
– Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: "Muchas gracias, señorita condesa".
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo
el tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del mono". Pero no. Estaba

contenta, así que le contó lo del mago.


Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
22
–Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta. Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la
señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito".
Ahí la madre pareció preocupada.
–¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.
–Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le
explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban
antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un
yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz
que le decía: "Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no
tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio, le dijo:
–Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa
celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y
el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la
bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura.
La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
–Qué hija que se mandó, Herminia.
Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la
señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no
llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en
la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes.
–Esto te lo ganaste en buena ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba
sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su
mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la
perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

Los ojos de Celina - Bernardo Kordon

En la tarde blanca de calor, los ojos de Celina me parecieron dos pozos de agua fresca. No me retiré de su
lado, como si en medio del algodonal quemado por el sol hubiese encontrado la sombra de un sauce. Pero
mi madre opinó lo contrario: “Ella te buscó, la sinvergüenza”. Éstas fueron sus palabras. Como siempre no me
atreví a contradecirle, pero si mal no recuerdo fui yo quien se quedó al lado de
Celina con ganas de mirarla a cada rato. Desde ese día la ayudé en la cosecha, y tampoco esto le pareció
bien a mi madre, acostumbrada como estaba a los modos que nos enseñó en la familia. Es decir, trabajar
duro y seguido, sin pensar en otra cosa. Y lo que ganábamos era para mamá, sin quedarnos con un solo peso.
Siempre fue la vieja quien resolvió todos los gastos de la casa y de nosotros. Mi hermano se casó antes que
yo, porque era el mayor y también porque la Roberta parecía trabajadora y callada como una mula. No se
metió en las cosas de la familia y todo siguió como antes. Al poco tiempo ni nos acordábamos que había una
extraña en la casa. En cambio con Celina fue diferente. Parecía delicada y no resultó muy buena para el
trabajo. Por eso mi mamá le mandaba hacer los trabajos más pesados del campo, para ver si aprendía de una
vez.

Para peor a Celina se le ocurrió que como ya estábamos casados, podíamos hacer rancho aparte y
quedarme con mi plata. Yo le dije que por nada del mundo le haría eso a mamá. Quiso la mala suerte que la
vieja supiera la idea de Celina. La trató de loca y nunca la perdonó. A mí me dio mucha vergüenza que mi
mujer pensara en forma distinta que todos nosotros. Y me dolió ver quejosa a mi madre. Me reprochó que
yo mismo ya no trabajaba como antes, y era la pura verdad. Lo cierto es que pasaba mucho tiempo al lado de

Celina. La pobre adelgazaba día a día, pero en cambio se le agrandaban los ojos. Y eso justamente me
gustaba: sus ojos grandes. Nunca me cansé de mirárselos.
23
Pasó otro año y eso empeoró. La Roberta trabajaba en el campo como una burra y tuvo su segundo hijo.
Mamá parecía contenta, porque igual que ella, la Roberta paría machitos para el trabajo. En cambio con
Celina no tuvimos hijos, ni siquiera una nena. No me hacían falta, pero mi madre nos criticaba. Nunca me
atreví a contradecirle, y menos cuando estaba enojada, como ocurrió esa vez que nos reunió a los dos hijos
para decirnos que Celina debía dejar de joder en la casa y que de eso se encargaría ella. Después se quedó
hablando con mi hermano y esto me dio mucha pena, porque ya no era como antes, cuando todo lo
resolvíamos juntos. Ahora solamente se entendían mi madre y mi hermano. Al atardecer los vi partir en el
sulky con una olla y una
arpillera. Pensé que iban a buscar un yuyo o un gualicho en el monte para arreglar a Celina. No me atreví a
preguntarle nada.Siempre me dio miedo ver enojada a mamá.
Al día siguiente mi madre nos avisó que el domingo saldríamos de paseo al río. Jamás se mostró amiga de
pasear los domingos o cualquier otro día, porque nunca faltó trabajo en casa o en el campo. Pero lo que más
me extrañó fue que ordenó a Celina que viniese con nosotros, mientras Roberta debía quedarse a cuidar la
casa y los chicos.

Ese domingo me acordé de los tiempos viejos, cuando éramos muchachitos. Mi madre parecía alegre y
más joven. Preparó la comida para el paseo y enganchó el caballo al sulky. Después nos llevó hasta el recodo
del río. Era mediodía y hacía un calor de horno. Mi madre le dijo a Celina que fuese a enterrar la damajuana
de vino en la arena húmeda. Le dio también la olla envuelta en arpillera:
–Esto lo abrís en el río. Lavá bien los tomates que hay adentro para la ensalada.
Quedamos solos y como siempre sin saber qué decirnos. De repente sentí un grito de Celina que me puso
los pelos de punta. Después me llamó con un grito largo de animal perdido. Quise correr hacia allí, pero
pensé en brujerías y me entró un gran miedo. Además, mi madre me dijo que no me moviera de allí. Celina
llegó tambaleándose como si ella sola hubiese chupado todo el vino que llevó a refrescar al río. No hizo otra
cosa que mirarme muy adentro con esos ojos que tenía y cayó al suelo. Mi madre se agachó y miró
cuidadosamente el cuerpo de Celina. Señaló:
–Ahí abajo del codo.
–Mismito allí picó la yarará–dijo mi hermano.
Observaban con ojos de entendidos. Celina abrió los ojos y volvió a mirarme.
–Una víbora –tartamudeó–. Había una víbora en la olla.
Miré a mi madre y entonces ella se puso un dedo en la frente para dar a entender que Celina estaba loca.
Lo cierto es que no parecía en su sano juicio: le temblaba la voz y no terminaba las palabras, como un
borracho de lengua de trapo. Quise apretarle el brazo para que no corriese el veneno, pero mi madre dijo
que ya era demasiado tarde y no me atreví a contradecirle. Entonces dije que debíamos llevarla al pueblo en
el sulky. Mi madre no me contestó. Apretaba los labios y comprendí que se estaba enojando. Celina volvió a
abrir los ojos y buscó mi mirada.
Trató de incorporarse. A todos se nos ocurrió que el veneno no era suficientemente fuerte. Entonces mi
madre me agarró del brazo.
–Eso se arregla de un solo modo –me dijo–. Vamos a hacerla correr.
Mi hermano me ayudó a levantarla del suelo. Le dijimos que debía correr para sanarse. En verdad es difícil
que alguien se cure en esta forma: al correr, el veneno resulta peor y más rápido. Pero no me atreví a
discutirle a mamá y Celina no parecía comprender gran cosa. Solamente tenía ojos –¡qué ojos!– para
mirarme, y me hacía sí con la cabeza porque ya no podía mover la lengua.

Entonces subimos al sulkyy comenzamos a andar de vuelta a casa. Celina apenas si podía mover las
piernas, no sé si por el veneno o el miedo de morir. Se le agrandaban más los ojos y no me quitaba la mirada,
como si fuera de mí no existiese otra cosa en el mundo. Yo iba en el sulky y le abría los brazos como cuando
se enseña a andar a una criatura, y ella también me abría los brazos, tambaleándose como un borracho. De
repente el veneno le llegó al corazón y cayó en la tierra como un pajarito.

La velamos en casa y al día siguiente la enterramos en el campo. Mi madre fue al pueblo para informar
sobre el accidente. La vida continuó parecida a siempre, hasta que una tarde llegó el comisario de Chañaral

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con dos milicos y nos llevaron al pueblo, y después a la cárcel de Resistencia. Dicen que fue la Roberta quien
contó en el pueblo la historia de la víbora en la olla. ¡Y la creímos tan callada como una mula! Siempre se
hizo la mosquita muerta y al final se quedó con la casa, el sulky y lo demás.

Lo que sentimos de veras con mi hermano fue separarnos de la vieja, cuando la llevaron para siempre a
la cárcel de mujeres. Pero la verdad es que no me siento tan mal. En la penitenciaría se trabaja menos y se
come mejor que en el campo. Solamente que quisiera olvidar alguna noche los ojos de Celina cuando corría
detrás del sulky.

El club de los perfectos - Graciela Montes

Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en
Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla.
Como la historia esa del Club de los Perfectos.
Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.
Algunos de ustedes preguntarán quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los
Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos.
Por ejemplo, los Perfectos no son gordos pero tampoco son flacos.
No son demasiado altos, y mucho menos petisos.
Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas.
Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima.
No son miedosos. Ni confianzudos.
No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.
Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y jamás hablan con la boca llena.
Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos. Es más, eran muy pocos. Tan
pocos que había calles, como Agustín Alvarez, donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero -
pocos y todo- decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta
charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos.
El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social
Juan B. Justo.
El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses
porque los sábados por la tarde se jugaban los partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.
El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían
ponerse de novios se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.
Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.
Para empezar no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y
una verja alta de rejas negras. Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, sólo
palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas.
Los sábados por la noche los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes.
Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos.
Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y
educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas.
Ni celos. Ni frío.
Tan diferentes eran, que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos.
Bueno, visitar es una manera de decir porque al Club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás
miraban de afuera.
Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa
Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B.
Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos.
Los floridenses se apretaban todos junto a la verja. Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba
doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que
era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se
comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los
dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había
viento.

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Los sábados por la noche el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso
que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.
Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa,
perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que
tenía que pasar.
Pasó una cucaracha.
Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el
mantel almidonado y empezó a caminar, perfectamente serena, por entre los platos.
El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha
se acercaba, pacíficamente, hacia su plato.
El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque voló la silla, empujó con el codo el plato
decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de
vestido blanco.
La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa,
desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato.
Los Perfectos en cambio sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban
pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones. Había algunos que
lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.
El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena,
parsimoniosa, la machita negra y lustrosa proseguía su camino.
Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se agolpaban para ver mejor, los de la
primera fila les pasaban noticias a los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo alto
de la verja y empezó a transmitir los acontecimientos:
―El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda. Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae
sobre la Perfecta del Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la peluca. Se arroja al suelo y
camina en cuatro patas tratando de recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el
equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea ruidosamente contra la pata de la mesa…
Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron abandonando la casa de la calle
Warnes. Los floridenses los miraban salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros
parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente gordos. Y todos, uno por uno, estaban
muertos de miedo.
A los floridenses más burlones les daba un poco de risa.
Los floridenses más comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas no era tan malo
estar de este lado de la reja.
De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los Perfectos.
Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que fueron sus socios llegan cansados y
hambrientos del Deportivo Santa Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo.
Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen malvones.
Y parece que así es mucho mejor que antes.

Salsa Carina - Claudia Piñeiro

Se detiene frente a la góndola de conservas. Quiere hacer una rica salsa, la mejor que haya hecho. Aunque
sea la misma de siempre. No cocina bien, pero sabe que preparando buenos acompañamientos cualquier
plato mejora. Tres recetas alternó hasta el hartazgo en estos veinticuatro años de matrimonio. Veinticuatro
años. Salsa de champiñones para las carnes, crema de puerros para los pescados y salsa Carina, de tomate,
para las pastas. Se había apropiado de una receta de un viejo libro de cocina y la había rebautizado con su
propio nombre. Una mentira piadosa. No sabe qué sería una mentira «impiadosa», cuando ella miente lo
hace por piedad. Se agregan al tomate vegetales picados en trozos muy pequeños: zanahorias, puerro,
alcaparras. Ya los había cortado esa mañana, lo estaba haciendo cuando apareció Arturo en la cocina. Como
todos los primeros sábados de cada mes, vendrían sus hijos, Marcela y Tomás, que ya vivían solos. Luego de
varios desencuentros habían llegado a ese arreglo: el almuerzo del primer sábado del mes era sagrado. Por
eso su asombro cuando Arturo le dijo que la dejaba. Nada habría cambiado si lo dejaba para después de
comer. O sí Carina elige dos latas de tomate y las pone dentro del carro donde ya están el frasco de
alcaparras, dos botellas del vino tinto que le gusta a Arturo y las cajas de ravioles. Mira las latas dentro del

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chango, levanta una y, después de inspeccionarla, la descarta porque tiene una pequeña abolladura. La
cambia por otra. Por qué escoger una lata abollada si la cobran igual que las sanas. Recuerda una frase que
solía usar Arturo: que no te den gato por liebre. Pobre Arturo. Va hacia la línea de cajas, se para en aquella
donde hay menos hombres. Los hombres hacen mal las compras, piensa, cargan de más y cuando pasan por
la caja dudan, se dan cuenta de que no pesaron las verduras, van a buscar algo que se olvidaron. Arturo
nunca hizo las compras. Ni ella le reclamó. Ella no le ha reclamado nada en veinticuatro años de matrimonio.
Él tampoco hasta esa mañana. Aunque lo de Arturo tampoco fue un reclamo. Reclama quien pide un cambio,
una modificación. Él apenas informó, dijo pero no pidió nada. Ojalá hubiera pedido.

La última mujer delante de ella avanza y empieza a descargar sus compras. Carina mira la hora. A pesar de
que le llevó tiempo limpiar la cocina, va a llegar bien. Los chicos no vendrán antes de las dos. Le dijo a Arturo:
«¿Y qué les digo a los chicos?». «Yo les voy a explicar», le contestó él, «después». Sí, claro, Arturo siempre
después. Pero antes ella tendría que enfrentarlos y decirles por qué su padre había faltado al almuerzo de
todos los primeros sábados. Trató de convencerlo de que se fuera después de comer. Pero él dijo que no, que
ya tenía la valija lista. La valija, hasta había hecho una valija. Ese no fue el punto, ni la valija lista, ni el
almuerzo al que no se quedaría. Hasta ahí ella estaba aturdida, pero entera. Él agregó que lo estaban
esperando. Otra mujer. Y ese tampoco fue el punto porque siempre hay otra mujer. Pero entonces ella quiso
saber qué. No le importaba ni quién ni por qué ni cómo. Qué. «¿Cómo qué?», preguntó él. Carina le explicó:
«¿Qué cosa de mí te hizo buscar otra mujer, alejarte?». Él habló de generalidades, el tiempo que pasa, el
amor que se desvanece, la cotidianeidad que arrasa con lo que se ponga delante. Fue ambiguo y ella no
estaba para ambigüedades. Así que insistió: «Qué». No lo dejaría ir sin que él diera un motivo concreto. Se lo
advirtió. Lo amenazó. «Si no me decís qué, no te vas». Y por fin él dijo, para que lo dejara ir: «Tu olor, olés
raro, olés mal». Ella sintió un hachazo en el cuerpo. Lo miró perturbada y tal vez él sintió que debía ser más
explícito aún, porque agregó: «Huele mal tu aliento, tu piel, tu pelo». Esa confesión fue la que cortó el hilo
que retiene a las personas para que no pasen del deseo al acto. Así como ella sintió un hachazo en el cuerpo,
tuvo el deseo de que un hachazo lo atravesara a él. Todavía empuñaba la cuchilla con la que acababa de
cortar los vegetales. Y el hilo se había roto.

Carina paga la cuenta, mete las bolsas en el chango y va al estacionamiento. No puede recordar dónde dejó
su auto. Recorre la playa en un sentido y en otro. Un cuidador se le acerca: «¿La ayudo? No se inquiete, le
pasa a mucha gente». Pero ella claro que está inquieta, porque tiene que ir a su casa, terminar la salsa,
decirles a sus hijos que su padre no almorzará con ellos. No quiere que ese hombre la acompañe. Él le pide
las llaves, casi que se las saca de las manos. El cuidador apunta a un lado y al otro hasta que por fin oyen el
sonido de una alarma que se desactiva y ven luces titilando a unos metros de ellos. Carina da las gracias y se
dispone a irse, pero el hombre no deja tampoco que empuje el carro. Carina prefiere no gastar su energía en
impedir que el hombre lo haga. De inmediato se arrepiente, mientras avanzan puede ver el hilo de sangre
que chorrea del baúl. Mira al cuidador; él malinterpreta la mirada: «La ayudo a cargar». Ella sabe que es en
vano negarse. «En el baúl no, cargue todo en el asiento de atrás», dice, y se para sobre una pequeña mancha
en el piso, ahí donde siguen cayendo las gotas. El hombre baja la mirada: «¿Qué pasó, señora?». Carina se
inquieta, qué pretende ese hombre, ella no puede confesar. Evalúa las alternativas de lanzar el carro sobre él
y salir corriendo o de volver a usar la cuchilla que lleva en la cartera. Pero entonces el hombre se sonríe y
agrega: «Se ve que estaba muy distraída esta mañana», mientras señala los pies de Carina.

Recién entonces ella nota que lleva puesto un zapato marrón y otro negro.

Juan Darién - Horacio Quiroga


Aquí se cuenta la historia de un tigre que se crió y educó entre los hombres, y que se llamaba Juan Darién.
Asistió cuatro años a la escuela vestido de pantalón y camisa, y dio sus lecciones correctamente, aunque era
un tigre de las selvas; pero esto se debe a que su figura era de hombre, conforme se narra en las siguientes
líneas.
Una vez, a principio de otoño, la viruela visitó un pueblo de un país lejano y mató a muchas personas. Los
hermanos perdieron a sus hermanitas, y las criaturas que comenzaban a caminar quedaron sin padre ni
madre. Las madres perdieron a su vez a sus hijos, y una pobre mujer joven y viuda llevó ella misma a enterrar
a su hijito, lo único que tenía en este mundo. Cuando volvió a su casa, se quedó sentada pensando en su
chiquillo. Y murmuraba:

27
—Dios debía haber tenido más compasión de mí, y me ha llevado a mi hijo. En el
cielo podrá haber ángeles, pero mi hijo no los conoce. Y a quien él conoce bien es a mí, ¡pobre hijo mío!
Y miraba a lo lejos, pues estaba sentada en el fondo de su casa, frente a un portoncito donde se veía la
selva.
Ahora bien; en la selva había muchos animales feroces que rugían al caer la noche y al amanecer. Y la pobre
mujer, que continuaba sentada, alcanzó a ver en la oscuridad una cosa chiquita y vacilante que entraba por la
puerta, como un gatito que apenas tuviera fuerzas para caminar. La mujer se agachó y levantó en las manos
un tigrecito de pocos días, pues aún tenía los ojos cerrados. Y cuando el mísero cachorro sintió contacto de
las manos, runruneó de contento, porque ya no estaba solo. La madre tuvo largo rato suspendido en el aire
aquel pequeño enemigo de los hombres, a aquella fiera indefensa que tan fácil le hubiera sido exterminar.
Pero quedó pensativa ante el desvalido cachorro que venía quién sabe de dónde y cuya madre con
seguridad había muerto. Sin pensar bien en lo que hacía llevó al cachorrito a su seno y lo rodeó con sus
grandes manos. Y el tigrecito, al sentir el calor del pecho, buscó postura cómoda, runruneó tranquilo y se
durmió con la garganta adherida al seno maternal.
La mujer, pensativa siempre, entró en la casa. Y en el resto de la noche, al oír los gemidos de hambre del
cachorrito, y al ver cómo buscaba su seno con los ojos cerrados, sintió en su corazón herido que, ante la
suprema ley del Universo, una vida equivale a otra vida...
Y dio de mamar al tigrecito.
El cachorro estaba salvado, y la madre había hallado un inmenso consuelo. Tan grande su consuelo, que vio
con terror el momento en que aquél le sería arrebatado, porque si se llegaba a saber en el pueblo que ella
amamantaba a un ser salvaje, matarían con seguridad a la pequeña fiera. ¿Qué hacer? El cachorro, suave y
cariñoso—pues jugaba con ella sobre su pecho era ahora su propio hijo.
En estas circunstancias, un hombre que una noche de lluvia pasaba corriendo ante la casa de la mujer oyó
un gemido áspero—el ronco gemido de las fieras que, aún recién nacidas, sobresaltan al ser humano—. El
hombre se detuvo bruscamente, y mientras buscaba a tientas el revólver, golpeó la puerta. La madre, que
había oído los pasos, corrió loca de angustia a ocultar el tigrecito en el jardín. Pero su buena
suerte quiso que al abrir la puerta del fondo se hallara ante una mansa, vieja y sabia
serpiente que le cerraba el paso. La desgraciada mujer iba a gritar de terror, cuando la serpiente habló así:
—Nada temas, mujer—le dijo—. Tu corazón de madre te ha permitido salvar una
vida del Universo, donde todas las vidas tienen el mismo valor. Pero los hombres no te comprenderán, y
querrán matar a tu nuevo hijo. Nada temas, ve tranquila.
Desde este momento tu hijo tiene forma humana; nunca lo reconocerán. Forma su
corazón, enséñale a ser bueno como tú, y él no sabrá jamás que no es hombre. A menos... a menos que
una madre de entre los hombres lo acuse; a menos que una
madre no le exija que devuelva con su sangre lo que tú has dado por él, tu hijo será siempre digno de ti. Ve
tranquila, madre, y apresúrate, que el hombre va a echar la puerta abajo.
Y la madre creyó a la serpiente, porque en todas las religiones de los hombres la serpiente conoce el
misterio de las vidas que pueblan los mundos. Fue, pues, corriendo a abrir la puerta, y el hombre, furioso,
entró con el revólver en la mano y buscó por todas partes sin hallar nada. Cuando salió, la mujer abrió,
temblando, el rebozo bajo el cual ocultaba al tigrecito sobre su seno, y en su lugar vio a un niño
que dormía tranquilo. Traspasada de dicha, lloró largo rato en silencio sobre su salvaje hijo hecho hombre;
lágrimas de gratitud que doce años más tarde ese mismo hijo debía pagar con sangre sobre su tumba.
Pasó el tiempo. El nuevo niño necesitaba un nombre: se le puso Juan Darién.
Necesitaba alimentos, ropa, calzado: se le dotó de todo, para lo cual la madre trabajaba día y noche. Ella
era aún muy joven, y podría haberse vuelto a casar, si hubiera querido; pero le bastaba el amor entrañable
de su hijo, amor que ella devolvía con todo su corazón.
Juan Darién era, efectivamente, digno de ser querido: noble, bueno y generoso
como nadie. Por su madre, en particular, tenía una veneración profunda. No mentía jamás. ¿Acaso por ser
un ser salvaje en el fondo de su naturaleza? Es posible; pues no se sabe aún qué influencia puede tener en
un animal recién nacido la pureza de un alma bebida con la leche en el seno de una santa mujer.
Tal era Juan Darién. E iba a la escuela con los chicos de su edad, los que se burlaban a menudo de él, a
causa de su pelo áspero y su timidez. Juan Darién no era muy inteligente; pero compensaba esto con su gran
amor al estudio.

28
Así las cosas, cuando la criatura iba a cumplir diez años, su madre murió. Juan Darién sufrió lo que no es
decible, hasta que el tiempo apaciguó su pena. Pero fue en adelante un muchacho triste, que sólo deseaba
instruirse.
Algo debemos confesar ahora: a Juan Darién no se le amaba en el pueblo. La gente de los pueblos
encerrados en la selva no gustan de los muchachos demasiado generosos y que estudian con toda el alma.
Era, además, el primer alumno de la escuela. Y este conjunto precipitó el desenlace con un acontecimiento
que dio razón a la profecía de la serpiente.
Aprontábase el pueblo a celebrar una gran fiesta, y de la ciudad distante habían
mandado fuegos artificiales. En la escuela se dio un repaso general a los chicos, pues un inspector debía
venir a observar las clases. Cuando el inspector llegó, el maestro hizo dar la lección al primero de todos: a
Juan Darién. Juan Darién era el alumno más aventajado; pero con la emoción del caso, tartamudeó y la
lengua se le trabó con un sonido extraño. El inspector observó al alumno un largo rato, y habló en seguida
en voz baja con el maestro.
—¿Quién es ese muchacho?—le preguntó—¿De dónde ha salido?
—Se llama Juan Darién—respondió el maestro y lo crió una mujer que ya ha muerto; pero nadie sabe de
dónde ha venido.
—Es extraño, muy extraño...—murmuró el inspector, observando el pelo áspero y el reflejo verdoso que
tenían los ojos de Juan Darién cuando estaba en la sombra.
El inspector sabía que en el mundo hay cosas mucho más extrañas que las que nadie puede inventar, y
sabía al mismo tiempo que con preguntas a Juan Darién nunca podría averiguar si el alumno había sido antes
lo que él temía: esto es, un animal salvaje. Pero así como hay hombres que en estados especiales recuerdan
cosas que les han pasado a sus abuelos, así era también posible que, bajo una sugestión hipnótica, Juan
Darién recordara su vida de bestia salvaje. Y los chicos que lean esto y no sepan de qué se habla, pueden
preguntarlo a las personas grandes.
Por lo cual el inspector subió a la tarima y habló así:
—Bien, niño. Deseo ahora que uno de ustedes nos describa la selva. Ustedes se han criado casi en ella y la
conocen bien. ¡Cómo es la selva? ¿Qué pasa en ella? Esto es lo que quiero saber. Vamos a ver, tú—añadió
dirigiéndose a un alumno cualquiera—. Sube a la tarima y cuéntanos lo que hayas visto.
El chico subió, y aunque estaba asustado, habló un rato. Dijo que en el bosque hay árboles gigantes,
enredaderas y florecillas. Cuando concluyó, pasó otro chico a la tarima, después otro. Y aunque todos
conocían bien la selva, respondieron lo mismo, porque los chicos y muchos hombres no cuentan lo que ven,
sino lo que han leído sobre lo mismo que acaban de ver. Y al fin el inspector dijo:
—Ahora le toca al alumno Juan Darién.
Juan Darién dijo más o menos lo que los otros. Pero el inspector, poniéndole la mano sobre el hombro
exclamó:
—No, no. Quiero que tú recuerdes bien lo que has visto. Cierra los ojos.
Juan Darién cerró los ojos.
—Bien—prosiguió el inspector—. Dime lo que ves en la selva.
Juan Darién, siempre con los ojos cerrados, demoró un instante en contestar.
—No veo nada—dijo al fin.
—Pronto vas a ver. Figurémonos que son las tres de la mañana, poco antes del amanecer. Hemos concluido
de comer, por ejemplo... estamos en la selva, en la oscuridad... Delante de nosotros hay un arroyo... ¿Qué
ves?
Juan Darién pasó otro momento en silencio. Y en la clase y en el bosque próximo
había también un gran silencio. De pronto Juan Darién se estremeció, y con voz lenta, como si soñara, dijo:
—Veo las piedras que pasan y las ramas que se doblan. .. Y el suelo. .. Y veo las
hojas secas que se quedan aplastadas sobre las piedras...
—¡Un momento!—le interrumpe el inspector—Las piedras y las hojas que pasan,
¿a qué altura las ves?
El inspector preguntaba esto porque si Juan Darién estaba "viendo" efectivamente lo que él hacía en la
selva cuando era animal salvaje e iba a beber después de haber comido, vería también que las piedras que
encuentra un tigre o una pantera que se acercan muy agachados al río pasan a la altura de los ojos. Y repitió:
—¿A qué altura ves las piedras?
Y Juan Darién, siempre con los ojos cerrados, respondió:

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—Pasan sobre el suelo. . . Rozan las orejas. . . Y las hojas sueltas se mueven con el aliento... Y siento la
humedad del barro en...
La voz de Juan Darién se cortó.
—¿En dónde?—preguntó con voz firme el inspector—¿Dónde sientes la humedad
del agua?
—¡En los bigotes!—dijo con voz ronca Juan Darién, abriendo los ojos espantado.
Comenzaba el crepúsculo, y por la ventana se veía cerca la selva ya lóbrega.
Los alumnos no comprendieron lo terrible de aquella evocación; pero tampoco se rieron de esos
extraordinarios bigotes de Juan Darién, que no tenía bigote alguno. Y no se rieron, porque el rostro de la
criatura estaba pálido y ansioso.
La clase había concluido. El inspector no era un mal hombre; pero, como todos los hombres que viven muy
cerca de la selva, odiaba ciegamente a los tigres; por lo cual dijo en voz baja al maestro:
—Es preciso matar a Juan Darién. Es una fiera del bosque, posiblemente un tigre.
Debemos matarlo, porque si no, él, tarde o temprano, nos matará a todos. Hasta
ahora su maldad de fiera no ha despertado; pero explotará un día u otro, y entonces nos devorará a todos,
puesto que le permitimos vivir con nosotros. Debemos, pues,
matarlo. La dificultad está en que no podemos hacerlo mientras tenga forma humana, porque no
podremos probar ante todos que es un tigre. Parece un hombre, y con los hombres hay que proceder con
cuidado. Yo sé que en la ciudad hay un domador de fieras. Llamémoslo, y él hallará modo de que Juan Darién
vuelva a su cuerpo de tigre. Y aunque no pueda convertirlo en tigre, las gentes nos creerán y podremos
echarlo a la selva. Llamemos en seguida al domador, antes que Juan Darién se escape.
Pero Juan Darién pensaba en todo menos en escaparse, porque no se daba cuenta de
nada. ¿Cómo podía creer que él no era hombre, cuando jamás había sentido otra cosa que amor a todos, y
ni siquiera tenía odio a los animales dañinos?
Mas las voces fueron corriendo de boca en boca, y Juan Darién comenzó a sufrir sus efectos. No le
respondían una palabra, se apartaban vivamente a su paso, y lo seguían desde lejos de noche.
—¿Qué tendré? ¿Por qué son así conmigo?—se preguntaba Juan Darién.
Y ya no solamente huían de él, sino que los muchachos le gritaban:
—¡Fuera de aquí! ¡Vuélvete donde has venido! ¡Fuera!
Los grandes también, las personas mayores, no estaban menos enfurecidas que los muchachos. Quién sabe
qué llega a pasar si la misma tarde de la fiesta no hubiera llegado por fin el ansiado domador de fieras. Juan
Darién estaba en su casa preparándose la pobre sopa que tomaba, cuando oyó la gritería de las gentes que
avanzaban precipitadas hacia su casa. Apenas tuvo tiempo de salir a ver qué era: Se apoderaron de él,
arrastrándolo hasta la casa del domador.
—¡Aquí está!—gritaban, sacudiéndolo—¡Es éste! ¡Es un tigre! ¡No queremos saber nada con tigres!
¡Quítele su figura de hombre y lo mataremos!
Y los muchachos, sus condiscípulos a quienes más quería, y las mismas personas viejas, gritaban:
—¡Es un tigre! ¡Juan Darién nos va a devorar! ¡Muera Juan Darién!
Juan Darién protestaba y lloraba porque los golpes llovían sobre él, y era una
criatura de doce años. Pero en ese momento la gente se apartó, y el domador, con grandes botas de charol,
levita roja y un látigo en la mano, surgió ante Juan Darién.
El domador lo miró fijamente, y apretó con fuerza el puño del látigo.
—¡Ah!—exclamó—¡Te reconozco bien! ¡A todos puedes engañar, menos a mí! ¡Te
estoy viendo, hijo de tigres! ¡Bajo tu camisa estoy viendo las rayas del tigre! ¡Fuera la camisa, y traigan los
perros cazadores! ¡Veremos ahora si los perros te reconocen como hombre o como tigre!
En un segundo arrancaron toda la ropa a Juan Darién y lo arrojaron dentro de la jaula para fieras.
—¡Suelten los perros, pronto!—gritó el domador—¡Y encomiéndate a los dioses de
tu selva, Juan Darién!
Y cuatro feroces perros cazadores de tigres fueron lanzados dentro de la jaula.
El domador hizo esto porque los perros reconocen siempre el olor del tigre; y en
cuanto olfatearan a Juan Darién sin ropa, lo harían pedazos, pues podrían ver con sus ojos de perros
cazadores las rayas de tigre ocultas bajo la piel de hombre.
Pero los perros no vieron otra cosa en Juan Darién que el muchacho bueno que quería hasta a los mismos
animales dañinos. Y movían apacibles la cola al olerlo

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—¡Devóralo! ¡Es un tigre! ¡Toca! ¡Toca'—gritaban a los perros—Y los perros ladraban y saltaban
enloquecidos por la jaula, sin saber a qué atacar.
La prueba no había dado resultado.
—¡Muy bien!—exclamó entonces el domador—Estos son perros bastardos, de casta de tigre. No le
reconocen. Pero yo te reconozco, Juan Darién, y ahora nos vamos a ver nosotros.
Y así diciendo entró él en la jaula y levantó el látigo.
—¡Tigre!—gritó—¡Estás ante un hombre, y tú eres un tigre! ¡Allí estoy viendo, bajo tu piel robada de
hombre, las rayas de tigre! ¡Muestra las rayas!
Y cruzó el cuerpo de Juan Darién de un feroz latigazo. La pobre criatura desnuda lanzó un alarido de dolor,
mientras las gentes, enfurecidas, repetían.
—¡Muestra las rayas de tigre!
Durante un rato prosiguió el atroz suplicio; y no deseo que los niños que me oyen vean martirizar de este
modo a ser alguno.
—¡Por favor! ¡Me muero!—clamaba Juan Darién.
—¡Muestra las rayas!—le respondían.
Por fin el suplicio concluyó. En el fondo de la jaula arrinconado, aniquilado en un rincón, sólo quedaba su
cuerpecito sangriento de niño, que había sido Juan Darién.
Vivía aún, y aún podía caminar cuando se le sacó de allí; pero lleno de tales sufrimientos como nadie los
sentirá nunca.
Lo sacaron de la jaula, y empujándolo por el medio de la calle, lo echaban del pueblo. Iba cayéndose a cada
momento, y detrás de él los muchachos, las mujeres y los hombres maduros, empujándolo.
—¡Fuera de aquí, Juan Darién! ¡Vuélvete a la selva, hijo de tigre y corazón de
tigre! ¡Fuera, Juan Darién!
Y los que estaban lejos y no podían pegarle, le tiraban piedras.
Juan Darién cayó del todo, por fin, tendiendo en busca de apoyo sus pobres manos de niño. Y su cruel
destino quiso que una mujer, que estaba parada a la puerta de su casa sosteniendo en los brazos a una
inocente criatura, interpretara mal ese ademán de súplica.
—¡Me ha querido robar a mi hijo!—gritó la mujer—¡Ha tendido las manos para
matarlo! ¡Es un tigre! ¡Matémosle en seguida, antes que él mate a nuestros hijos!
Así dijo la mujer. Y de este modo se cumplía la profecía de la serpiente: Juan
Darién moriría cuando una madre de los hombres le exigiera la vida y el corazón de hombre que otra
madre le había dado con su pecho.
No era necesaria otra acusación para decidir a las gentes enfurecidas. Y veinte
brazos con piedras en la mano se levantaban ya para aplastar a Juan Darién cuando el domador ordenó
desde atrás con voz ronca:
—¡Marquémoslo con rayas de fuego! ¡Quemémoslo en los fuegos artificiales!
Ya comenzaba a oscurecer, y cuando llegaron a la plaza era noche cerrada. En la plaza habían levantado un
castillo de fuegos de artificio, con ruedas, coronas y luces de bengala. Ataron en lo alto del centro a Juan
Darién, y prendieron la mecha desde un extremo. El hilo de fuego corrió velozmente subiendo y bajando, y
encendió el castillo entero. Y entre las estrellas fijas y las ruedas gigantes de todos colores, se vio allá arriba
a Juan Darién sacrificado.
—¡Es tu último día de hombre, Juan Darién! clamaban todos—¡Muestra las rayas!
—¡Perdón, perdón!—gritaba la criatura, retorciéndose entre las chispas y las nubes
de humo. Las ruedas amarillas, rojas y verdes giraban vertiginosamente, unas a la derecha y otras a la
izquierda. Los chorros de fuego tangente trazaban grandes circunferencias; y en el medio, quemado por los
regueros de chispas que le cruzaban el cuerpo, se retorcía Juan Darién.
—¡Muestra las rayas!—rugían aún de abajo.
—¡No, perdón! ¡Yo soy hombre!—tuvo aún tiempo de clamar la infeliz criatura. Y tras un nuevo surco de
fuego, se pudo ver que su cuerpo se sacudía convulsivamente; que sus gemidos adquirían un timbre
profundo y ronco, y que su cuerpo cambiaba poco a poco de forma. Y la muchedumbre, con un grito salvaje
de triunfo, pudo ver surgir por fin, bajo la piel del hombre, las rayas negras, paralelas y fatales del tigre.
La atroz obra de crueldad se había cumplido; habían conseguido lo que querían. En vez de la criatura
inocente de toda culpa, allá arriba no había sino un cuerpo de tigre que agonizaba rugiendo.

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Las luces de bengala se iban también apagando. Un último chorro de chispas con que moría una rueda
alcanzó la soga atada a las muñecas (no: a las patas del tigre, pues Juan Darién había concluido), y el cuerpo
cayó pesadamente al suelo. Las gentes lo arrastraron hasta la linde del bosque, abandonándolo allí para que
los chacales devoraran su cadáver y su corazón de fiera.
Pero el tigre no había muerto. Con la frescura nocturna volvió en sí, y arrastrándose presa de horribles
tormentos se internó en la selva. Durante un mes entero no abandonó su guarida en lo más tupido del
bosque, esperando con sombría paciencia de fiera que sus heridas curaran. Todas cicatrizaron por fin, menos
una, una profunda quemadura en el costado, que no cerraba, y que el tigre vendó con
grandes hojas. Porque había conservado de su forma recién perdida tres cosas: el recuerdo vivo del
pasado, la habilidad de sus manos, que manejaba como un hombre, y el lenguaje.
Pero en el resto, absolutamente en todo, era una fiera, que no se distinguía en Lo más mínimo de los otros
tigres.
Cuando se sintió por fin curado, pasó la voz a los demás tigres de la selva para que esa misma noche se
reunieran delante del gran cañaveral que lindaba con los cultivos. Y al entrar la noche se encaminó
silenciosamente al pueblo. Trepó a un árbol de los alrededores y esperó largo tiempo inmóvil. Vio pasar bajo
él sin inquietarse a mirar siquiera, pobres mujeres y labradores fatigados, de aspecto miserable; hasta que al
fin vio avanzar por el camino a un hombre de grandes botas y levita roja.
El tigre no movió una sola ramita al recogerse para saltar. Saltó sobre el domador; de una manotada lo
derribó desmayado, y cogiéndolo entre los dientes por la cintura, lo llevó sin hacerle daño hasta el juncal.
Allí, al pie de las inmensas cañas que se alzaban invisibles, estaban los tigres de la selva moviéndose en la
oscuridad, y sus ojos brillaban como luces que van de un lado para otro. El hombre proseguía desmayado. El
tigre dijo entonces:
—Hermanos: Yo viví doce años entre los hombres, como un hombre mismo. Y yo
soy un tigre. Tal vez pueda con mi proceder borrar más tarde esta mancha. Hermanos: esta noche rompo el
último lazo que me liga al pasado.
Y después de hablar así, recogió en la boca al hombre, que proseguía desmayado, y trepó con él a lo más
alto del cañaveral, donde lo dejó atado entre dos bambúes.
Luego prendió fuego a las hojas secas del suelo, y pronto una llamarada crujiente ascendió. Los tigres
retrocedían espantados ante el fuego. Pero el tigre les dijo:
"¡Paz, hermanos!", y aquéllos se apaciguaron, sentándose de vientre con las patas cruzadas a mirar.
El juncal ardía como un inmenso castillo de artificio. Las cañas estallaban como bombas, y sus gases se
cruzaban en agudas flechas de color. Las llamaradas ascendían en bruscas y sordas bocanadas, dejando bajo
ella lívidos huecos; y en la cúspide, donde aún no llegaba el fuego, las cañas se balanceaban crispadas por el
calor.
Pero el hombre, tocado por las llamas, había vuelto en sí. Vio allá abajo a los tigres con los ojos cárdenos
alzados a él, y lo comprendió todo.
—¡Perdón, perdóname!—aulló retorciéndose—¡Pido perdón por todo!
Nadie contestó. El hombre se sintió entonces abandonado de Dios, y gritó con toda su alma:
—¡Perdón, Juan Darién!
Al oír esto, Juan Darién alzó la cabeza y dijo fríamente:
—Aquí no hay nadie que se llame Juan Darién. No conozco a Juan Darién. Éste es un nombre de hombre, y
aquí somos todos tigres.
Y volviéndose a sus compañeros, como si no comprendiera, preguntó:
—¿Alguno de ustedes se llama Juan Darién?
Pero ya las llamas habían abrasado el castillo hasta el cielo. Y entre las agudas luces de bengala que
entrecruzaban la pared ardiente, se pudo ver allá arriba un cuerpo negro que se quemaba humeando.
—Ya estoy pronto, hermanos—dijo el tigre—. Pero aún me queda algo por hacer.
Y se encaminó de nuevo al pueblo, seguido por los tigres sin que él lo notara. Se detuvo ante un pobre y
triste jardín, saltó la pared, y pasando al costado de muchas cruces y lápidas, fue a detenerse ante un pedazo
de tierra sin ningún adorno, donde estaba enterrada la mujer a quien había llamado madre ocho años. Se
arrodilló—se arrodilló como un hombre—, y durante un rato no se oyó nada.
—¡Madre!—murmuró por fin el tigre con profunda ternura—Tú sola supiste, entre todos los hombres, los
sagrados derechos a la vida de todos los seres del Universo,

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Tú sola comprendiste que el hombre y el tigre se diferencian únicamente por el corazón. Y tú me enseñaste
a amar, a comprender, a perdonar. ¡Madre!, estoy seguro de que me oyes. Soy tu hijo siempre, a pesar de lo
que pase en adelante pero de ti sólo. ¡Adiós, madre mía!
Y viendo al incorporarse los ojos cárdenos de sus hermanos que lo observaban tras la tapia, se unió otra vez
a ellos.
El viento cálido les trajo en ese momento, desde el fondo de la noche, el estampido de un tiro.
—Es en la selva—dijo el tigre—. Son los hombres. Están cazando, matando, degollando.
Volviéndose entonces hacia el pueblo que iluminaba el reflejo de la selva encendida, exclamó:
—¡Raza sin redención! ¡Ahora me toca a mí!
Y retornando a la tumba en que acaba de orar, arrancóse de un manotón la venda de la herida y escribió en
la cruz con su propia sangre, en grandes caracteres, debajo del nombre de su madre:
Y JUAN DARIÉN
—Ya estamos en paz—dijo. Y enviando con sus hermanos un rugido de desafío al pueblo aterrado,
concluyó:
—Ahora, a la selva. ¡Y tigre para siempre!

EXTRAS…

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34
RECORTAR

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BIBLIOGRAFÍA

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