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Interpersonal

El documento aborda la importancia de las relaciones interpersonales en la construcción de la personalidad moral, destacando que las personas son responsables de su propia vida pero también dependen de los demás para su desarrollo. Se presentan tres tipos de relaciones: reificante, de asociación y personal, siendo esta última la más adecuada para el crecimiento personal. Además, se discute el modelo dialógico de Jürgen Habermas y sus limitaciones, proponiendo que el diálogo debe basarse en la dignidad de la persona y la asimetría en las relaciones humanas.
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Interpersonal

El documento aborda la importancia de las relaciones interpersonales en la construcción de la personalidad moral, destacando que las personas son responsables de su propia vida pero también dependen de los demás para su desarrollo. Se presentan tres tipos de relaciones: reificante, de asociación y personal, siendo esta última la más adecuada para el crecimiento personal. Además, se discute el modelo dialógico de Jürgen Habermas y sus limitaciones, proponiendo que el diálogo debe basarse en la dignidad de la persona y la asimetría en las relaciones humanas.
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LA RELACIÓN INTERPERSONAL

Cada persona está llamada a ser autora de su propia vida, y en esto, en la edificación de la
propia personalidad moral, viene a consistir eminentemente la vida moral. La
responsabilidad de cómo es cada persona es sobre todo de la propia persona, y por eso es
persona la persona: porque es suya, porque ha de apropiarse su realidad, y se puede decir que
ésta, en cierto modo, le pertenece. Pero la persona no es autosuficiente. Como es menesterosa
y limitada, necesita de las cosas y, muy especialmente, de las demás personas. Las otras
personas son para cada persona apoyo, fuente de posibilidades –ayudan a encontrar un
sentido para vivir, aportan valores, y su propia visión del mundo-, y, también impulso para
enfrentarse a la vida y a la propia edificación personal. Esto es posible porque la persona es
un ser necesariamente abierto a los demás.
La relación con los demás se da según el tipo de apertura al otro que se tenga. Caben, así,
varias formas de considerar al otro. Podemos considerarlo:
 Como cosa, es decir, como medio o instrumento para mis fines.
 Como socio, esto es, como alguien con quien colaboro en función de alguna necesidad
mutua, pero teniendo con él un trato impersonal debido a que, en el fondo, no me
interesa como persona.
 Como persona, como fin en sí mismo, como alguien a quien acojo, alguien que me
importa; como alguien a quien me entrego, con el horizonte puesto en el deseo de que
sea quien está llamado a ser. Sólo en este caso es posible el crecimiento personal, pues
los dos que se encuentran tienen la intención de salir de sí mismos para entrar y
ponerse en el punto de vista del otro, y tomarse mutuamente de modo estable y fiel.

A estos tres tipos de apertura al otro corresponden tres tipos de relación:

1. Relación reificante, en la que se toma a las personas como medio o instrumento para
los fines de cada uno. Se trata de una relación en la que alguno de los dos, o los dos,
pretenden ante todo recibir, y toman al otro como instrumento para sus necesidades.
Dice Emmanuel Mounier: “yo trato al prójimo como un objeto cuando lo trato como a
un ausente, como un repertorio de informaciones para mi uso, o como un instrumento
a mi disposición; cuando lo catalogo sin apelación” (El personalismo, en OO CC, p.
477). Así se reduce al otro a mero utensilio para los propios intereses. No se comparte
con él nada personal, aunque sí se compartan objetos y circunstancias externas (un
pupitre, un viaje, una cuenta corriente, un trabajo, una casa, un perro…). A veces, el
otro interesa sólo por lo que ofrece, y en un único aspecto: profesional, sexual,
deportivo…. Estas relaciones suelen deshacerse cuando el otro ya no es necesario, o
cuando deja de responder a las expectativas e intereses que suscitaba. Puede ocurrir
que sea sólo uno quien cosifique al otro o a los otros, y que éstos traten al primero
como persona o como socio. En este caso, se da una relación parasitaria, en la que uno
siempre pretende recibir y nunca dar, mientras que el otro está habitualmente en
actitud de donación (el androcentrismo de de las culturas latinas –vulgar machismo-
puede responder a este modelo). En cualquier caso, esta relación supone una
objetivación del otro, un tomarle en su exterioridad, y no precisamente por lo que es, y
mucho menos aún por lo que está llamado a ser. És la antítesis de una relación
personal.

2. Relación de asociación, en la que se colabora con el otro en función de una necesidad


mutua, pero tratándole de modo impersonal, sin que de verdad importe como persona.
Aquí se trata al otro de modo reductivo, según su función; se le trata etiquetándolo.
Dentro de este tipo de relaciones, pueden considerarse las relaciones de la persona con

1
lo social, en general, con lo personal objetivado, por así decir. Estas relaciones son las
que, de un modo objetivo, transmiten a la persona una tradición cultural y una
cosmovisión determinada, mediante la socialización y la educación.

3. Relación personal, en la que cada uno toma a la persona del otro como fin en sí
mismo, como alguien a quien acojo y a quien me entrego, para contribuir a que vaya
siendo quien verdaderamente está llamado a ser. Esta es la relación fundamental para
la persona. De hecho, son los otros, presentes en el transcurso de la vida de la persona
desde el principio, quienes le proporcionan alimento, cuidados, recursos, educación…
Con quienes aprende, vive y crece. Y seguirán siendo una gran ayuda por su
acompañamiento, de modo especialmente relevante en las relaciones de amistad y de
pareja, en el matrimonio y en la familia, instituciones estas últimas en las que el yo y
el tú se transforma en nosotros, pero sin que se escindan el yo y el tú.

Las personas significativas que tejen el entramado de cada vida humana son indispensables
para la realización personal. La vida personal está más allá de los límites de lo meramente
individual. Es la relación interpersonal, la relación yo-tú, la que corresponde a las personas
como tales, la apropiada para el ser personal, porque corresponde ciertamente a su ser
intencionalmente abierto, que es el único donde puede realizarse en plenitud el proyecto
personal.
En este sentido, parafraseando el célebre cogito ergo sum cartesiano, dirá Carlos Díaz,
filósofo personalista: amor, ergo sum (soy amado, luego existo).

El encuentro yo-tú

 La persona está radicalmente abierta a los demás. Y es en este sentido en el


que Martin Buber afirmará que el acontecimiento fontanal (radical) de la
vida personal es la relación y el encuentro: “Toda vida verdadera –escribe−
es encuentro”1 (p. 13) … “Relación es reciprocidad. Mi “tú” me afecta a mi
como “yo” le afecto a él. Vivimos inescrutablemente incluidos en la fluyente
reciprocidad universal… Al principio está la relación” (p. 16). Buber viene a
afirmar que el encuentro con un tú es fuente del yo: “El ser humano se torna
yo en el tú” (p. 32). De este modo, el acontecimiento humano básico no es el
“yo”, como lo ha querido toda la filosofía “egológica” desde Descartes, sino
el yo-tú. “Yo-tú”, dice Buber, es una palabra básica, porque es una palabra
que se pronuncia desde el ser y funda un modo de existencia: la existencia
personal.

 El encuentro consiste en una experiencia interpersonal radical, en la que dos


personas se hacen radicalmente presentes de modo significativo,
acogiéndose mutuamente, de manera que entre ellas se establece una
relación fecunda.

 En el encuentro, cada una de las dos personas que se encuentran toma a la


otra como persona; y esto quiere decir que su principal deseo es que su
interlocutor pueda llegar a ser quien está llamado a ser; es así como las
personas se ofrecen mutuamente su riqueza personal: sus cualidades, sus
inquietudes, su tiempo, su ser…

1
Martin Buber, Yo y tú, Caparrós editores, colección Esprit nº 21, Madrid, 1993, p. 13. Hay edición más reciente
en la editorial Herder.

2
 El otro se me hace presente como presencia que me interpela. En el
encuentro, el otro me invita a destronarme, me pide que abandone una
centralidad exclusiva, que deje de ser el centro.

 En relaciones más personales, como el amor o la amistad, el yo y el tú se


comprometen en el “nosotros”. De manera que la autonomía del ser humano
es, en ambos casos, autonomía con referencia al otro.

 Pero el yo y el tú son disimétricos, desemejantes. Y eso es así en cualquier


caso, pero todavía más en la relación varón-mujer. Naturalmente, la
dignidad personal, así como la igualdad en derechos y oportunidades entre el
varón y la mujer, se sobreentienden (la dignidad es la misma).

 Uno de los resultados del encuentro interpersonal es que el yo se descubre a


sí mismo como irremisiblemente responsable del otro. Así lo expresa
Lévinas: “El sujeto es responsable de su responsabilidad, incapaz de
sustraerse a ella sin guardar la huella de su deserción. El sujeto, antes de ser
intencionalidad, es responsabilidad” (Humanismo del otro hombre, p. 72).

 La estructura del encuentro viene dada por el diálogo. El diálogo no es algo


que dos personas hacen, sino un modo de ser de dos personas en mutua
presencia y referidos el uno al otro. Es la realización de la apertura
interpersonal, el exponerse una persona a otra, dirigiéndose mutuamente su
ser de personas. Por eso, el diálogo no consiste ni en charla, ni en
habladuría, ni en discusión. Es comunicación interpersonal. Y puede suceder
mediante la palabra, pero también puede darse sin ella: la mirada, el gesto, la
cercanía, el abrazo… Gestos que pueden ser más elocuentes que las
palabras.

Dialogar no es contarse cosas, no es intercambiar información, y todavía menos, un


monólogo entre dos en el que cada uno habla de lo suyo, sin interesarse de verdad por
lo que dice el otro; no es quedarse en lo superficial, sino abrirse al otro desde lo más
hondo y hacerle partícipe de lo que soy (y viceversa).
Es el diálogo –verbal, gestual, factual…- el que despliega y permite el encuentro. En el
diálogo, en el encuentro se da lo que Martin Buber denominaba “esfera del entre”, de
lo interhumano, de “estar-dos-en-recíproca-presencia”. Lo que define el diálogo es que
el diálogo instaura o realiza cierta forma de comunión. Por ello afirmará Buber que
“sólo puedo mostrar lo que pienso en acontecimientos que desemboquen en una
verdadera transformación de la comunicación en comunión, y, por tanto, en una
encarnación de la palabra dialógica” (Buber, “Diálogo”, en Obras completas, p. 22).
Es la diferencia entre lo social (no hay relación interpersonal) y lo comunitario. La
persona está llamada a construir espacios de vida común con otras personas.

El modelo dialógico de Jürgen Habermas

Jürgen Habermas es un autor conocido por su estudio del diálogo (en el siglo XX y en
nuestros días), entendiendo el diálogo como encuentro interpersonal y fundamento del mundo
de lo humano. En el ámbito de las relaciones interpersonales, propone Habermas su utopía
basada en la comunicación: el de una situación ideal de habla. Se trata de fundar la relación
mediante un diálogo, para buscar el bien común mediante una óptima comunicación.

3
La situación ideal de habla es aquella en la que, en igualdad, todas las personas dialogan y
están firmemente comprometidas en la búsqueda de un consenso que pudiese ser aceptado por
todos. Se trata, por tanto, de un diálogo en el que todos los participantes, que son los
interesados, sin excluir ninguno, estuviesen en situación de simetría.
Ahora bien, el consenso por sí mismo no conduce a la verdad. Conviene que este consenso
esté sometido a ciertas condiciones objetivas, a ciertas exigencias que son las que determinan
que ese diálogo sea emancipatorio e ideal. Y esas condiciones son las estipuladas por la
pragmática universal.

En el lenguaje es donde encuentra Habermas el criterio objetivo que sea el fundamento de


toda acción comunicativa. El lenguaje, en cuanto realidad objetiva compartida por los
hablantes, tiene sus propias reglas de funcionamiento. El modo en que, de hecho, se emplea
en la comunicación, esto es, la pragmática, establece los criterios de cómo tiene que ser la
comunicación, es decir, de cómo será la racionalidad comunicativa.
Según esta pragmática, para que haya comunicación tiene que haber consenso tácito sobre los
criterios de validez del habla, es decir, sobre unas condiciones sin las que no podría haber
entendimiento, y que son las que permiten conjugar los intereses de las personas. Estos son
para Habermas los criterios de validez del habla:

- Los hablantes deben pretender que lo que dicen se entienda, que sea
inteligible.
- Los hablantes deben pretender que lo que dicen sea verdadero.
- Los hablantes deben pretender que lo que dicen sea gramaticalmente correcto.
- Los hablantes deben pretender decir la verdad, es decir, ser veraces.

Pero además de estas exigencias pragmáticas, el diálogo, según la ética del discurso, debe
cumplir otras condiciones:

a) Todos los seres son capaces de comunicarse con interlocutores válidos.


b) Toda persona afectada por una norma debe poder participar en el diálogo.
No se debe excluir a nadie.
c) El diálogo debe atenerse a una serie de reglas:
- Simetría entre los interlocutores: todos los hablantes deberán tener la
misma oportunidad de intervenir en el diálogo, y ser respetados por
igual en sus opiniones.
- Cualquiera puede introducir cualquier afirmación, siempre que la
justifique.
- Cualquier persona puede problematizar cualquier afirmación.
- Cualquier persona puede expresar libremente sus deseos, actitudes y
necesidades.
- Nadie puede ser coaccionado.

d) Sólo resulta aceptable aquella norma cuya formulación y consecuencias


puedan ser universalmente aceptadas o, al menos, por todos los afectados
por la misma (Resulta patente la semejanza con el imperativo categórico
kantiano).

4
El modelo dialógico personalista

La aportación del filósofo de la Escuela de Frankfurt, quien lleva a cabo un significativo


acercamiento respecto de las condiciones que debe tener todo diálogo, presenta, sin embargo,
una importante limitación: la que se refiere a un diálogo ideal, en el que todos los
interlocutores pueden participar libremente en igualdad y simetría. Y es que las cosas, en
realidad, no son ni suceden así: No hay simetría, por ejemplo, entre los miembros de una
familia, ni todos tienen la misma capacidad de intervenir ni las mismas oportunidades.
[Otra objeción que se le podría hacer a la ética del discurso, objeción más radical,
filosóficamente hablando, consiste en su reducción del concepto de persona. Para la ética del
discurso sólo son personas aquellas que tienen capacidad de comunicarse como interlocutores
válidos. Según esto, ni el enfermo en estado de coma, ni el bebé, ni un demente, serían
personas, lo cual es una conclusión inaceptable]. Por otro lado, la ética del discurso tampoco
fundamenta la afirmación de que toda persona pueda ser un interlocutor válido. ¿En función
de qué, puede toda persona participar en un diálogo? ¿Por qué toda persona debe ser
escuchada, puede “problematizar”, afirmar o expresar lo que quiera, tratándose de
determinada materia, o en general? ¿Por qué no se le puede impedir a nadie hacer todo esto o
coaccionar? Si no hay detrás una antropología explícita que fundamente la dignidad de la
persona, no será posible justificar todo esto que, a modo de hipótesis, supone Habermas y su
ética discursiva…]
Del mismo modo, tendremos que reconocer disimetría en la relación “mujer-hombre”,
“padres-hijos”, “alumno-profesor”, así como en el diálogo “Norte-Sur” a nivel mundial, en el
diálogo “terapeuta-paciente” … ¿Cómo resolver los conflictos interpersonales donde, de
hecho, no hay ninguna simetría fáctica o empírica entre los interlocutores? La postulación de
la simetría no es sino la manifestación de un radical idealismo. Para Habermas o Apel, no es
la persona real la que fundamenta el diálogo, sino un sujeto trascendental semejante al
kantiano. Por eso tienen que suponer la simetría entre interlocutores, pues reconocer la
disimetría supondría admitir que hay diversidad de sujetos. La diferencia interpersonal queda
así eliminada. Y es aquí donde funda su crítica Lévinas, pues no puede aceptar que el otro sea
considerado lo mismo (si así fuera, equivaldría a la no consideración del otro). En la
modernidad, escribe Lévinas, “la filosofía insiste en absorber todo Otro en lo Mismo y en
neutralizar la alteridad” (Humanismo del otro hombre, p. 37).
Lo anterior, en realidad, impide pasar del logos al dia-logos, es decir, impide la auténtica
relación interpersonal. Si, en última instancia, lo que da validez y coherencia a un conjunto de
datos o hechos es una constelación de categorías racionales, incluso si se incluye la propia
persona como categoría racional, esa coherencia viene ya dada por su razón, sea ésta la de un
sujeto trascendental o, incluso, la de un sujeto empírico. Y de este modo el solipsismo está
servido: el diálogo, o es innecesario porque la razón autónoma se basta a sí misma, o es
imposible porque la razón no tiene ventanas…

Para que sea posible el diálogo, se impone el realismo metafísico: la dimensión dialógica no
se puede basar en el logos, sino en la apertura ontológica de la persona a los demás. Y en
esta apertura se descubre que la persona no es otro yo, sino otro desemejante: un tú. El
diálogo está transido de disimetría. Es precisamente en la distinción entre los que dialogan
donde se fundan las condiciones más profundas y radicales del encuentro dialógico, que
responde a la puesta en acción de las estructuras interpersonales

a) Que la persona sea capaz de salir de sí misma, de sus esquemas conceptuales


previos sobre el otro y sobre el tema de diálogo. Las actitudes egocéntricas han de
quedar desterradas, porque impiden atender al otro. Por esto, el diálogo exige
humildad, es decir, aceptar que sólo se tiene una parte de verdad y renunciar a
decir siempre la última palabra. Por otra parte, sólo quien se autoposee (quien es

5
dueño de sí, en grado suficiente para poder salir de sí) puede salir de sí mismo, al
encuentro con el otro.
b) Que la persona se ponga en el punto de vista del otro; esto es, que los que dialogan
traten de entenderse, abriéndose cada uno a la riqueza del otro.
c) Que la persona se ponga a la escucha del otro, sin encerrarse cada cual en su idea.
Se trata de escuchar activamente, sin juzgar, sin condenar, disculpando siempre,
tratando siempre de comprender. Se trata de abrirse al otro tal cual es, respetándole
y no pretendiendo que sea como yo quiero que sea. Escuchar al otro es demorarse,
detenerse, pararse en él.
d) Que la persona permita ser interpelada por el otro. El diálogo sólo existe en la
medida en que uno reconoce al otro y está abierto a ser interpelado por él. Somos
interpelados por el otro en su radical disimetría. Así, la presencia del otro no es
algo que sucede en mi vida, sino que me sucede y me interpela, lo que quiere decir
que me saca de mí. Cabe que nos neguemos a ser interpelados, que es lo que
sucede cuando seguimos considerando al otro por lo que nosotros creemos que es
o por lo que queremos que sea.
e) Que la persona responda al otro. Si el otro es alguien que “me sucede” y que me
interpela, no tengo más remedio que responder ante él. El otro me descentra y me
llama a dar respuesta a su presencia. Pero esta respuesta no puede venir dada por
los hábitos o las recetas. El otro no es un caso ante el que yo pueda poner en
marcha un protocolo de actuación aprendido. Ante el otro que me interpela,
adquiero responsabilidad.

Por tanto, el diálogo supone que el otro no se aviene a mis esquemas conceptuales previos o a
mis prejuicios, que las cosas no ocurren con el otro como tienen que ocurrir, sino que el otro,
en su sorpresiva diferencia, se presenta tal como es y me interpela. Y, ante esta interpelación,
respondo. Si, ante mi presencia, el otro, desde lo que él es, hace lo mismo, quedan puestas las
bases del dinamismo del diálogo. De este modo, en el diálogo, cada uno considera a los demás
como personas, y a cada uno como esta persona, abriéndose y orientándose uno a otro, con
deseo de reciprocidad. Esta reciprocidad dialógica tiene una estructura bien definida: salir de
uno mismo, ponerse en el punto de vista del otro, escuchar al otro, dejarse interpelar por él y
responder. El resultado de este dinamismo es la reciprocidad de donación y aceptación del
otro.

Abrirme al otro, en el seno de un encuentro dialógico, significa aceptarle tal cual es. Y eso
supone que le acepto como persona (y que renuncio a tomarle como instrumento, como cosa,
como socio, o por el papel social que desempeña). En segundo lugar, supone que le acepto
como siendo esta persona, es decir, no de un modo impersonal, como una persona cualquiera,
sino como persona concreta, con este rostro concreto que me está aconteciendo.

Comprender al otro, para Buber, es comprenderlo “en su totalidad, unidad y exclusividad”; en


su totalidad personal, y no reducido a ninguno de sus elementos psíquicos, corporales o
sociales. Es asimismo descubrir su insondabilidad, descubrir que es un misterio inagotable, y,
por supuesto, que es inetiquetable. Sólo empatizando con él, descentrándome en él,
exponiéndome a él, es como podré intuirle como persona, como totalidad, unidad y
exclusividad. Si él hace lo mismo conmigo, entonces es cuando surge el encuentro fecundo y
personalizante.

Llamar al otro por su nombre. Y, además, buscar consolidarle en esa identidad suya, para
que sea verdaderamente él.

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