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MasmelaCarlos 1992 SpecimenDynamicum

En 'Specimen Dynamicum', Leibniz presenta una nueva ciencia de la dinámica, enfatizando la existencia de fuerzas naturales en la materia que van más allá de la mera extensión. Propone una distinción entre fuerzas primarias y derivadas, así como entre fuerza viva y muerta, y critica la comprensión tradicional de la mecánica. Su obra busca integrar conceptos antiguos y modernos para avanzar en la filosofía y la ciencia del movimiento.
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MasmelaCarlos 1992 SpecimenDynamicum

En 'Specimen Dynamicum', Leibniz presenta una nueva ciencia de la dinámica, enfatizando la existencia de fuerzas naturales en la materia que van más allá de la mera extensión. Propone una distinción entre fuerzas primarias y derivadas, así como entre fuerza viva y muerta, y critica la comprensión tradicional de la mecánica. Su obra busca integrar conceptos antiguos y modernos para avanzar en la filosofía y la ciencia del movimiento.
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SPECIMEN DYNAMICUM (1695)

Primera parte

Por: Gottfried Wilhelm von Leibniz*


Traductor: Carlos Másmela Arroyave

Desde que hablamos por primera vez de una nueva ciencia de la dinámica, la cual
debe aún fundamentarse, una serie de hombres destacados ha dado a conocer en diferen-
tes lugares sus intenciones de una exposición más detallada de esta doctrina Puesto que
nuestro tiempo aún no es suficiente para un libro, queremos por eso presentar aquí un
proyecto que al menos pueda dar ya alguna luz, y que quizás algún día nos sea restituido
con interés e interés compuesto, cuando sea logrado por hombres que, al servirse tanto de
una fuerza del pensamiento como de una sutileza de estilo, muevan a la manifestación de
sus opiniones. Su juicio es siempre deseado por nosotros y, como ha de esperarse, útil
para la realización de nuestra obra.

Hemos declarado en otro lugar que en las cosas materiales hay contenido algo que
se añade a la mera extensión y que incluso le precede, a saber, una fuerza natural, que ha
sido implantada por el creador en todas partes. Ella no consiste en aquella simple capaci-
dad, suficiente para la filosofía de escuela, sino que se caracteriza además por un ímpetu
o tendencia, el cual si no es contrarrestado por un ímpetu opuesto, llega a ser también
completa actividad. Esta tendencia se presenta a veces directamente a los sentidos y,
también allí donde no se manifiesta en la sensación, puede por doquier comprenderse su
existencia, como yo creo, en la materia a partir de los principios de la razón. Dado que
no se trata ahora de reducir esta fuerza a un milagro de Dios, tiene que suponerse
entonces que ha sido puesta por El mismo en los cuerpos, incluso, que constituye su
naturaleza más íntima; pues el obrar es la característica de las sustancias, la extensión, en
cambio, no significa otra cosa que la repetición constante o despliegue de una sustancia
ya supuesta, que tiene tendencia y resistencia, es decir, es imposible, por tanto, que la
extensión por sí sola pueda constituir la sustancia misma.

No hace al caso en este momento que toda actividad corpórea proceda del movi-
miento, y éste mismo tenga que ser deducido nuevamente de otro movimiento existente
ya antes en el cuerpo, o haya sido transmitido por una influencia externa sobre él; pues
tomado exactamente, nunca tiene el movimiento, así como tampoco el tiempo, una exis-

* Cfr. versión alemana: Speclmen dynamicum (1695), en: LEffiNIZ. G.W. Haupstschriften zur Grundle-
gung der Philosophie. Übersetzt von A. Buchenau, durchgesehen und mit Einleitungen und Erlauterungen
hrsg. von Emst Cassirer. Bd. I, Hamburg: Felix Meiner Verlag, Dritte erganzte Auflage, 1966, S. 256-272.

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tencia propi~ ya ·que no posee partes coexistentes; por tanto, no existe nunca como un
todo. Y así, no se halla nada real en él mismo, salvo la realidad del estado momentáneo
que hay que determinar en virtud de la fuerza y su ímpetu según el cambio. En ello es
aprehendido por tanto todo lo existente en la naturaleza material fuera del objeto de la
geometría o de la extensión. Finalmente, esta interpretación hace justicia tanto a la ver-
dad como a la doctrina de los antiguos. Nosotros poseemos ya reivindicaciones modernas
del átomo de Dem6crito, de las ideas de Platón, de la serenidad de los estoicos, la cual
debe originarse en la comprensión de la mejor constitución posible de las cosas. También
ahora se trae a conceptos comprensibles la doctrina tradicional de los peripatéticos sobre
las formas o entelequias, la cual siempre fue considerada con razón como enigmática y
aprehendida con poca claridad por los mismos autores. Creemos por lo tanto que el
reconocimiento de esta ftlosofía durante siglos no puede dejarse de lado, sólo que ella
requiere de una aclaración, hasta donde eso sea posible, que la haga unánime en sí
mism~ y dé explicaciones y ampliaciones a través de nuevas verdades.

Este método de investigación corresponde comúnmente, según me parece, al tino


del maestro como al estímulo de quien aprende. Sólo así puede evitarse el triunfo del
simple intento de destrucción sobre el esfuerzo por una construcción real, así mismo, que
aquí y allá vacilemos inseguros y a la deriva como el viento, entre los permanentes
cambios de las doctrinas propias de los espíritus audaces. Sólo de este modo puede
lograrse que la humanidad ponga freno ftnalmente a la pasión de las sectas, aguijoneada
por búsquedas vanidosas de lo novedoso, y avance con paso seguro hacia los últimos
principios, y de acuerdo con proposiciones determinadas sólidamente -en filosofía no
menos que en la matemática-. Pues los escritos de hombres eminentes de antiguos y
nuevos tiempos contienen en general, prescindiendo de sus polémicas tan agudas contra
otros pensadores, mucha verdad y bien, lo cual merece ser buscado y ordenado en la
estima común del saber. Es preferible dedicarse a esta tarea que desperdiciar el tiempo en
críticas, ¡con las que precisamente se sacriftca solo su vanidad! Al menos hallo gusto en
ello, pese a algunos descubrimientos propios nuevos que hice -y en realidad con tanto
éxito que los amigos me han insinuado frecuentemente dedicarme solo a ellos- y tam-
bién a pesar de la mayoría de las producCiones desconocidas, y sé estimarlas según su
valor, aun cuando en diferentes grados; quizás porque en una muy variada actividad he
aprendido a no despreciar nada. Sin embargo, retornemos ahora a nuestro camino.

La fuerza activa -se la puede caracterizar como virtud (virtus)- es de doble tipo.
Se presenta primero como fuerza primitiva, propia de toda sustancia corpórea en sí
-puesto que según creo, la naturaleza de las cosas no permite ningún cuerpo com-
pletamente en reposo-, pero también como fuerza derivada. Esta es a su vez una limita-
ción de la fuerza primitiva, ya que resulta de la acción recíproca de los cuerpos de una
manera múltiple. La fuerza primitiva, que no es otra cosa que la primera entelequia
[Link] 11 7tpCJYtl'l corresponde al alma o a la forma sustancial; pero justamente por
esa razón pertenece también solo a las causas generales, las cuales son insuficientes para
la explicación de los fenómenos. Me adhiero por eso a quienes se dirigen contra la

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aplicación de las formas en la investigación de las causas propiamente dichas y las
particulares de las cosas sensibles. Quisiera acentuar esto, no precisamente a fm de caer
en la sospecha de reconocer nuevamente en las formas su antiguo derecho para procurar-
nos las fuentes de las cosas, como si quisiera honrar al mismo tiempo las pendencias
escolásticas. El conocimiento de las formas no puede prescindir, a pesar de todo, de la
verdadera filosofía. Nadie debe creer tampoco haber comprendido completamente la na-
turaleza del cuerpo, si no ha prestado atención a ello y no se ha dado cuenta de que el
burdo concepto de la sustancia corpórea es incompleto e incluso falso. Este concepto,
que tan solo es tomado de la percepción sensible, fue introducido solamente desde hace
algunos años de manera inconsiderada en virtud de un mal uso de la filosofía corpuscu-
lar, en sí sobresaliente y completamente verdadera. Esto también resulta del hecho de no
excluir la completa inmovilidad o el reposo absoluto de la materia; además, no encierra
en sí principios que puedan hacer comprensibles las reglas y las leyes de la naturaleza,
válidas para la fuerza derivada.

De manera semejante, también la fuerza pasiva es de un doble tipo, a saber, primi-


tiva o derivada. La fuerza primitiva del soportar o del resistir constituye el principio
llamado usualmente primera materia por la filosofía de escuela, si se interpreta correc-
tamente esta expresión. Ella hace que un cuerpo no sea penetrado por otro sino que le
oponga resistencia y por así decirlo, sea afectado de una cierta inercia, de tal modo que el
impulso que él conserva atenúa algo la fuerza del cuerpo que obra sobre él. La fuerza
derivada del soportar se muestra luego de manera múltiple en la segunda materia. Sin
embargo, quisiéramos dejar de lado por el momento los supuestos generales y primitivos,
y luego de comprobar que todo cuerpo actúa gracias a su forma, que se comporta pade-
ciendo gracias a su materia y ofrece resistencia, pasaremos a la segunda tarea: investigar
la doctrina de las fuerzas derivadas y las resistencias, por tanto, el caso en el que los
cuerpos ejercen entre sí un ímpetu o múltiples obstáculos mediante sus diferentes tenden-
cias. Con estas fuerzas derivadas se relacionan ciertamente las leyes de la acción, cog-
noscibles tanto por la razón como acreditadas por la sensación misma en los fenómenos.

La fuerza derivada que estriba en la acción real y la reacción de los cuerpos, la


pensamos ahora aquí siempre en conexión con el movimiento -como movimiento de
lugar- y por su lado, orientada de nuevo hacia la continuación del movimiento de lugar;
pues reconocemos que sólo a través del movimiento de lugar pueden aclararse todos los
restantes fenómenos materiales. Ahora bien, movimiento es el continuo cambio de lugar
y requiere por tanto de tiempo. El sujeto movible posee entre tanto, así como le corres-
ponde en el tiempo un determinado movimiento, también una determinada velocidad en
cada momento, que es tanto mayor cuanto un espacio cada vez más grande sea recorrido
en un tiempo siempre más pequeño. La velocidad con la cual copensamos al mismo
tiempo una determinada dirección, la llamamos tendencia (conatus), mientras que por
ímpetu (impetus) entendemos el producto de la masa del cuerpo por su velocidad; por
tanto, la magnitud que los cartesianos caracterizan usualmente como cantidad de movi-
miento, hay que entenderla como magnitud del movimiento momentáneo. Expresado más

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exactamente, se presenta sin embargo la verdadera cantidad del movimiento, pues ésta es
una existencia en el tiempo, como integral de los ímpetus individuales que corresponden
a lo movible durante una determinada duración de tiempo, con igual o cambiante intensi-
dad. De todos modos, en la polémica con los cartesianos hemos seguido su manera de
exposición. Sin embargo, en el uso del lenguaje científico, podemos distinguir bien un
incremento que ha sucedido ya o que debe suceder aún, del incremento que entra justa-
mente sólo ahora, y caracterizar éste como incremento o elemento del incremento. Pode-
mos hacer igualmente la distinción entre el acto momentáneo de la caída y el camino
recorrido ya en la caída. Del mismo modo, distinguimos también el elemento del movi-
miento presente, instantáneo, de aquel movimiento que se extiende sobre una determina-
da duración de tiempo y podemos destacarlo como movimiento (motio ). Después tendrá
que caracterizarse más exactamente como cantidad de movimiento, lo que comúnmente
se llama magnitud de movimiento. Y aunque no queremos crear dificultades a causa de
las palabras, en caso de que solo haya sido dada una explicación clara de ellas, tenemos
por supuesto, en tanto esto no suceda, que referirnos a ellas con mucho cuidado para no
dejamos engañar por su ambivalencia.

Como además el cálculo del movimiento que se extiende sobre un determinado


tiempo, resulta de la suma de infinitos múltiples ímpetus, surge así también el ímpetu
mismo -aun cuando es algo momentáneo- a partir de una serie sucesiva de múltiples
acciones, ejercidas sobre uno y el mismo movible. Así mismo tiene con ello un detenni-
nado elemento desde el cual él resulta a través de su repetición infmita ( ...)La tendencia
es por tanto de doble tipo y puede distinguirse la tendencia (sollicitatio) más elemental,
infinitamente pequeña, del ímpetu mismo, que se origina a partir de su pennanente repe-
tición y continuación. Sin embargo, no pienso con ello que estas esencialidades matemá-
ticas se encuentren realmente así en la naturaleza de las cosas, sino que las considero
como un medio de lo abstracto-matemático, del cálculo exacto.

Aquí resulta por tanto una nueva y doble distinción de la fuerza: la una -a propó-
sito la caracterizo también como fuerza muerta- contiene tan solo el elemento de la
fuerza, porque en ella no es dado aún el movimiento mismo, sino únicamente el estímulo
para el movimiento, como con una piedra en la honda que busca alejarse en dirección de
la tangente, aunque es retenida por el cordón al que se halla sujeta. La otra fuerza, por el
contrario, la llamo también fuerza viva, es la común, con la que es dado al mismo tiempo
un movimiento real. Un ejemplo para la fuerza muerta es la fuerza centrífuga, además la
gravedad o fuerza centrípeta; también la fuerza a través de la que un cuerpo elástico en
tensión busca reproducir su estado originario, pero en el choque -sea que proceda de un
cuerpo pesado que se ha movido hacia adelante por algún tiempo o también de un arco
tensionado que toma poco a poco su fonna anterior, o de alguna causa semejante- la
fuerza viva es existente, originada a partir de infinitas acciones múltiples de la fuerza
muerta pennanentemente continua. Eso quiso decir también Galilei cuando llamó la fuer-
za del choque, con una expresión bastante enigmática, infinitamente grande, en tanto es
comparada con la simple tendencia de la gravitación. Aunque entretanto el ímpetu o la

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velocidad de un cuerpo está permanentemente en conexión con la fuerza viva, ambas no
son empero, como se anota posteriormente, idénticas.

La fuerza viva de un sistema de cuerpos puede comprenderse por su parte de doble


manera, a saber, como fuerza total o parcial; esta última es, o bien fuerza relativa o
directiva, según sea ejercida simplemente entre las partes o relacionada con el sistema
total. La fuerza relativa apropiada para las partes, es aquella a través de la cual los
cuerpos pueden obrar entre sí de manera cambiante dentro de un determinado sistema
total, mientras que en virtud de la fuerza directiva el sistema mismo puede ejercer accio-
nes externas. Yo la caracterizo como fuerza directiva porque la conservación de la direc-
ción se fundamenta totalmente en esta fuerza parcial. Solo ella permanecería si se pensa-
ra que el sistema se solidificaría repentinamente por completo a través de la supresión del
movimiento relativo de las partes entre sí. La fuerza absoluta total se compone por tanto
del producto de la fuerza relativa y directiva, lo cual puede aclararse, sin embargo, mejor,
por las reglas indicadas posteriormente.

Hasta donde se sabe, los antiguos solo conocieron una ciencia de la fuerza muerta
y ésta es la que comúnmente se designa como mecánica Ella trata de la palanca, de los
vientos, de las superficies oblicuas -a las que pertenecen la cuña y el tomillo- sobre el
equilibrio de los cuerpos fluidos y problemas semejantes, con lo cual se habla solo incipiente-
mente de contraimpulso de los cuerpos, no de ímpetu, que ellos han logrado ya mediante su
actividad. Aun cuando ahora las leyes de la fuerza muerta pueden trasponerse de cierta
manera a la viva, es preciso tener con ello mucho cuidado. Se tiende aquí ciertamente al error
de confundir la fuerza totalmente general con el producto de la masa y de la aceleración,
puesto que se vio que la fuerza muerta es proporcional a estos dos factores. Esto concierne
entre tanto, tal como se anotó arriba, a una completa particularidad, según la cual, por
ejemplo en el caso de los cuerpos pesados -inmediatamente al comienzo del movimiento----
los caminos o los espacios recorridos son proporcionales a las velocidades, en tanto son aún
infinitamente pequeños o magnitudes elementales. Si ha sucedido sin embargo un progreso
(finito) una vez y surge una fuena viva, entonces las velocidades obtenidas mediante la caída
no son más los espacios recorridos -según los cuales, como ha sido ya probado anterior-
mente y se probará aun más tarde, hay que medir la fuerza- sino sólo proporcionales a sus
elementos. A pesar de haberse servido de otro nombre y por supuesto de otro concepto,
Galileo ha acometido primero la doctrina de la fuerza viva y explicado primero el origen del
movimiento de la caída a partir de la aceleración de los cuerpos pesados. Descartes distinguió
correctamente la velocidad y la dirección y reconoció qUJe en el choque recíproco de los
cuerpos entra el resulltado en el que el cambio del estado anterior deviene mínimum. Sin
embargo, este minimum mismo no lo indicó correctamente, puesto que dejó cambiarse sola-
mente la dirección o la velocidad, mientras que por supuesto tendría que haberse determinado
el cambio total por la co-acción común de ambos factores. Cómo empero fuera eso posible,
no pudo comprenderlo, pues para él, quien en esta investigación se dirigió más a la diferencia
conceptual que a la real, dos cosas tan heterogéneas tendrían que ser válidas como completa-
mente incomparables e incompatibles. Hay que callar sobre otras fallas de su doctrina.

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Honoratius Fabri, Marcos Marci, Joh. Alph Borelli, Ignatius Baptista Pardies, Clau-
dius Dechales y otros hombres sagaces han mostrado valiosos trabajos en la ciencia del
movimiento. Ninguno de ellos, sin embargo, ha evitado errores fundamentales. Huygens,
quien ha brindado a nuestro tiempo tan excelentes descubrimientos. ha logrado llegar
también en este punto, hasta donde sé, primero a la clara y pura verdad y ha evitado
carencias y falsas conclusiones en esta doctrina mediante sus reglas, las cuales han sido
publicadas hace ya largo tiempo. Las mismas reglas han sido logradas también por Wren,
Wallis y Mariotte, hombres quienes no obstante, en diferente medida, son de gran signifi-
cado en este campo. Sin embargo, respecto a las causas no reina ningún acuerdo. Por eso,
entonces, los conocedores más sobresalientes tampoco han logrado llegar a las mismas
conclusiones. Las verdaderas fuentes de esta ciencia no han sido aún, según parece,
abiertas hasta ahora. Igualmente la proposición, que me parece ser segura, no es recono-
cida aún en general, a saber, que la repulsión o la reflexión resulta solo de la fuerza
elástica, es decir, de la resistencia de un movimiento interno. Por cierto, el concepto
mismo de las fuerzas no ha sido nunca correctamente explicado antes de nosotros. Una
situación que ha dado que hacer a los cartesianos y a algunos otros, pues no pudieron
comprender que la suma del movimiento o de la velocidad -considerados por ellos
como cantidad de las fuerzas- podía después del choque ser otra que antes, porque con
ello parecía cambiar también la cantidad de la fuerza.

Siendo yo aún bastante joven y en un tiempo en el que con Demócrito, y con


Gassendi y Descartes, quienes en esto eran sus seguidores, supuse la naturaJeza del
cuerpo solo en la masa inerte, llegué a la idea de publicar un libro con el título
Hypothesis Physica, en el que oponía la teoría tanto del movimiento abstracto como
del concreto; un escrito, que hasta donde veo, lejos de su insignificante mérito, ha
encontrado aprobación en muchos hombres ilustres. Bajo el supuesto de semejante
concepto de cuerpo, afirmé la tesis de que todo cuerpo que choca tiene que transmitir
su tendencia, progresar hacia el cuerpo contra el cual se pone en marcha y se le
opone inmediatamente en cuanto tal. Pues, puesto que en el momento del choque
busca continuar su movimiento y arrastrar consigo el cuerpo que se le opone, y este
ímpetu -a causa de la indiferencia del cuerpo frente al movimiento o el reposo, que
supuse en aquel entonces- tiene que llegar a la completa acción, si no es contrarres-
tado por una tendencia contraria; es más, si debe tener igualmente su resultado en
este caso, el cual resulta luego solo de la composición de las diferentes tendencias,
no se permitiría por lo visto señalar ningún principio del porqué el cuerpo que se
pone en marcha no logra completamente la acción a la que él tiende, por qué, por
tanto, al que se opone, no debe comunicar completamente su tendencia hacia adelan-
te, de tal modo que su movimiento se componga de su anterior tendencia y de la
nueva, la cual él recibe desde fuera. Si se piensa con ello el cuerpo, solo bajo concep-
tos matemáticos como magnitud, forma, lugar y su cambio, y se permite entrar el
cambio solo en el momento del choque, sin tomar en consideración conceptos metafí-
sicos, sin admitir por tanto la fuerza actuante, que concierne a la forma, la inercia y
la resistencia, que toca a la materia -con otras palabras: si se tiene que determinar el

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resultado del choque necesariamente sólo por la composición geométrica de las velocida-
des, de ello resulta, como lo mostré, la consecuencia de que también la velocidad del
cuerpo más pequeiio debe trasponerse totalmente a uno aún más grande que encuentre.
Un cuerpo en reposo, tan grande como pueda ser, sería arrastrado en consecuencia por
todo otro cuerpo más pequeiio aún que lo choque, sin que éste sufra el más pequeiio
retraso, dado que en dicho concepto de materia no puede hablarse de ninguna resistencia,
sino solamente de una indiferencia frente al movimiento. No habría entonces ninguna
dificultad en mover de un sitio un cuerpo en reposo, grande o pequeiio. Habría una
acción sin reacción y toda determinación numérica de la fuerza tendría que terminar,
porque todo podría ser efectuado por todo. En vista de que ahora éstas y otras consecuen-
cias semejantes son contrarias al orden de las cosas y contrarían los principios de la
metafísica auténtica, creí en aquel entonces y, en realidad correctamente, que el creador
de las cosas se ocupó, en su sabiduría, por una disposición de su sistema, que las conse-
cuencias que tendrían que producirse en sí y según las puras leyes geométricas del
movimiento, se evitarían en la realidad.

Pero luego, puesto que me dirigí más exactamente al fundamento del asunto,
conocí en qué radica la explicación sistemática de las cosas y observé que mi antigua
definición del concepto de cuerpo era insuficiente. Encontré de ahora en adelante y
justamente en ello, prescindiendo de otros argumentos, la confirmación de que aún
otro principio debe basarse en el cuerpo, fuera de la magnitud y la impenetrabilidad,
a partir del cual pueda derivarse la consideración de las fuerzas. Sólo si se unen sus
leyes m-etafísicas con las leyes de la extensión se producen las reglas sistemáticas del
movimiento, tal como quisiera llamarlas: todo cambio se realiza continuamente, a
toda acción corresponde una reacción, y la nueva fuerza puede originarse en otra
posición sólo por disminución de la fuerza. El cuerpo que arrastra consigo otro, tiene
siempre que padecer por tanto un retraso de éste, de tal manera que en la acción no
hay contenida ni más ni menos fuerza que en la causa. Dado que esta ley no puede
deducirse del concepto de la masa (simplemente extensa), tiene que servirle entonces
necesariamente de base otro principio inmanente de los cuerpos, a saber, la fuerza
misma que se conserva siempre con la misma cantidad, aun cuando ella se reparte en
diferentes cuerpos. De aquí extraje la conclusión de que además de los puros princi-
pios matemáticos, pertenecientes a la intuición sensible, tienen que ser válidos aun
principios metafísicos, los cuales son aprehensibles sólo en el pensamiento, y que al
concepto de la masa material tiene que agregarse un principio superior, de cierto
modo formal. Pues no todas las verdades que se relacionan' con el mundo corporal
pueden comprobarse a partir de simples axiomas aritméticos o geométricos, por lo
tanto de axiomas de lo más grande y de lo más pequeiio, del todo y de la parte, de la
forma y del sitio, sino que deben aiiadirse otros sobre la causa y el efecto, la activi-
dad y el soportar, para dar cuenta del orden de las cosas. Si caracterizamos ahora este
principio como forma, como ev-re"-'xeux, o como fuerza, para nada importa si recor-
damos de que sólo en el concepto de las fuerzas se encuentra una explicación com-
prensible.

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Pero si hay algunos hombres ilustres que observan las carencias del concepto domi-
nante de materia, y recurren de nuevo al Deus ex machina y niegan toda fuerza inde-
pendiente y toda actividad a las cosas, no puedo estar de acuerdo con ellos. Pues aunque
han demostrado de manera excelente que, tomado con rigor metafísico, no puede haber
ninguna acción de una sustancia creada sobre otra y, aun cuando. como también lo
admito con gusto, todas las cosas surgen constantemente de una continua actividad crea~
dora de Dios, sin embargo, el fundamento para alguna verdad de la naturaleza no hay que
buscarlo nunca, como creo, inmediatamente en la actividad o en la voluntad de Dios.
Más bien, Dios ha infundido permanentemente propiedades y determinaciones a las cosas
mismas, con base en las cuales pueden aclararse todos sus predicados. Seguramente él no
ha creado solo los cuerpos sino también las almas a las que corresponden las entelequias
originarias; todo esto es probado, sin embargo, en otro sitio a partir de sus propias y
profundas fuentes. y principios.

Aunque supongo además un principio activo en los cuerpos en general, que es


superior a los simples conceptos materiales y en cierto modo puede llamarse un principio
de la vida, no soy empero de la opinión de Henry More y de otros hombres ilustrados por
la religiosidad y el espíritu, quienes para la interpretación de los fenómenos mismos
toman en consideración una fuena vital originaria o un principio hilárquico. ¡Como si
todos los sucesos de la naturaleza no se dejasen explicar mecánicamente y como si
aquellos que al intentar dicha explicación, negando todas las realidades incorpóreas en
general, fuesen por eso sospechosos de irreligiosidad! O ¿sería necesario fijar inteligen-
cias con Aristóteles en las constelaciones circulares o, lo que por cierto es tan cómodo
como infructífero, dejar brotar los elementos a través de su forma hacia arriba y hacia
abajo? Yo no estoy de acuerdo con ellos y esta filosofía me gusta tan poco como la
doctrina de algunos teólogos, quienes estaban completamente convencidos de que los
truenos y la nieve procedían de Júpiter mismo, y todos aquellos que al investigar las
causas más indicadas, fueron acusados de ateísmo. La mejor condición con la que de
igual manera se satisface tanto la religión como la ciencia, está según mi opinión, en que
se reconozca la posibilidad de derivar todos los fenómenos corpóreos de las causas que
obran mecánicamente, y se comprenda al mismo tiempo que las propias leyes mecánicas
proceden en su generalidad de principios más altos y que se necesita por lo tanto aquí de
una causa más alta que actúe, la cual solo sirve, sin embargo, para la fijación de los
principios generales y, por consiguiente, de los principios más distantes. Pero una vez
fijado esto con seguridad, cuando se trata de las causas más próximas y particulares,
entonces no admitimos más las almas o las entelequias, tan poco como las facultades
ociosas o las simpatías inexplicables. Pues la causa activa primera y más general que
actúa no puede mezclarse en el tratamiento de los problemas singulares; excepción hecha
de una consideración de los fines, que la sabiduría divina ha seguido en el orden de las
cosas a fin de no permitir o dejar pasar ninguna oportunidad para su elogio y alabanza.

De hecho (como lo he mostrado en un ejemplo de la óptica, al que el conocido


Molyneux da completa aprobación en su Dióptrica) las causas finales mismas permiten

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aplicarse con gran utilidad en los problemas físicos particulares, no solo para despertar en
nosotros la admiración por la belleza de la obra divina, sino también a fin de prever a
veces un resultado por este camino, el cual no lograríamos por el camino de las causas
actuantes o solo con certeza hipotética. Sobre este uso del principio final quizás los
filósofos no han prestado hasta ahora suficiente atención. En general hay que atenerse al
hecho de que todos los acontecimientos pueden explicarse de una doble manera: por el
reino de la fuerza o de las causas actuantes y mediante el reino de la sabiduría o las
causas finales: que Dios ha creado como un arquitecto los cuerpos como simples máqui-
nas según las leyes matemáticas de la magnitud, pero que las ha determinado no obstante
para uso de las almas. Pero él domina sobre las almas, aptas para la razón, como sobre
sus ciudadanos, quienes con ·él mismo forman una especie de comunidad, como una
especie de príncipe, de padre que gobierna según las leyes morales del bien y conduce
todo hacia su gloria. Así se compenetran estos dos reinos en todas partes, pero sin que se
confundan y perturben nunca sus leyes, de tal modo que siempre se realice lo mejor al
mismo tiempo en el reino supremo de la fuerza y en el de la sabiduría Nuestra intención
en este punto se limita, sin embargo, a fijar las reglas generales de las fuerzas actuantes,
para poderlas emplear luego en la explicación de las causas particulares que actúan.

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