Se ha adentrado la noche.
El cine me traslada a la historia mâs antigua del conde Dracul, el empalador: Vlad
Tepes o toda una generación de depravados que el tiempo ha conjuncionado en uno. Las ruinas de su castillo
en Targoviste siguen alli, una torre que mira al pasado, con ventanas como ojos que esperan a los turcos. Y el
bosque, los árboles que añoran las manos que los hacen agudas picas para empalar. Bram Stoker escribe sus
fantasías de inglės, pero al fondo de lo que ha inventado, las rocas de Targoviste hablan en verdad de miedo.
En el siglo XV un manto de sangre se habia extendido por Europa Oriental. Y Vlad Tepes no fue la excepción,
es la modernidad la que lo ha hecho único. Basta leer a Alejandra Pizarnik, en "La condesa sangrienta", para
afirmar un tiempo enfermo, o al escritor rumano norteamericano Andrei Codriescu que escribia el año
pasado sobre la misma Erzebet Bathory, la criminal condesa que se bañaba en sangre, inventora de suplicios.
Erzebet fue finalmente descubierta, pero, perteneciente a una de las familias más influyentes de Hungria,
sólo se la condenó al encierro. Envejeció en su castillo, de puertas lapidadas, sin ver nunca más seres
humanos, sin jovencitas en las cuales ejercer su hechiceria tratando de aprehender lo intocable, la eterna
belleza. La soledad del torturador: de la princesa, de Dracul, en un grabado alemån, que almuerza llorando
mientras sus sirvientes empalan y mutilan alrededor suyo a los prisioneros.
Se ha adentrado la noche. El cine me traslada a la historia mâs antigua del conde Dracul, el
empalador: Vlad Tepes o toda una generación de depravados que el tiempo ha conjuncionado en
uno. Las ruinas de su castillo en Targoviste siguen alli, una torre que mira al pasado, con ventanas
como ojos que esperan a los turcos. Y el bosque, los árboles que añoran las manos que los hacen
agudas picas para empalar. Bram Stoker escribe sus fantasías de inglės, pero al fondo de lo que ha
inventado, las rocas de Targoviste hablan en verdad de miedo. En el siglo XV un manto de sangre se
habia extendido por Europa Oriental. Y Vlad Tepes no fue la excepción, es la modernidad la que lo
ha hecho único. Basta leer a Alejandra Pizarnik, en "La condesa sangrienta", para afirmar un
tiempo enfermo, o al escritor rumano norteamericano Andrei Codriescu que escribia el año pasado
sobre la misma Erzebet Bathory, la criminal condesa que se bañaba en sangre, inventora de
suplicios. Erzebet fue finalmente descubierta, pero, perteneciente a una de las familias más
influyentes de Hungria, sólo se la condenó al encierro. Envejeció en su castillo, de puertas
lapidadas, sin ver nunca más seres humanos, sin jovencitas en las cuales ejercer su hechiceria
tratando de aprehender lo intocable, la eterna belleza. La soledad del torturador: de la princesa,
de Dracul, en un grabado alemån, que almuerza llorando mientras sus sirvientes empalan y
mutilan alrededor suyo a los prisioneros.
Se ha adentrado la noche. El cine me traslada a la historia mâs antigua del conde Dracul, el
empalador: Vlad Tepes o toda una generación de depravados que el tiempo ha conjuncionado en
uno. Las ruinas de su castillo en Targoviste siguen alli, una torre que mira al pasado, con ventanas
como ojos que esperan a los turcos. Y el bosque, los árboles que añoran las manos que los hacen
agudas picas para empalar. Bram Stoker escribe sus fantasías de inglės, pero al fondo de lo que ha
inventado, las rocas de Targoviste hablan en verdad de miedo. En el siglo XV un manto de sangre se
habia extendido por Europa Oriental. Y Vlad Tepes no fue la excepción, es la modernidad la que lo
ha hecho único. Basta leer a Alejandra Pizarnik, en "La condesa sangrienta", para afirmar un
tiempo enfermo, o al escritor rumano norteamericano Andrei Codriescu que escribia el año pasado
sobre la misma Erzebet Bathory, la criminal condesa que se bañaba en sangre, inventora de
suplicios. Erzebet fue finalmente descubierta, pero, perteneciente a una de las familias más
influyentes de Hungria, sólo se la condenó al encierro. Envejeció en su castillo, de puertas
lapidadas, sin ver nunca más seres humanos, sin jovencitas en las cuales ejercer su hechiceria
tratando de aprehender lo intocable, la eterna belleza. La soledad del torturador: de la princesa,
de Dracul, en un grabado alemån, que almuerza llorando mientras sus sirvientes empalan y
mutilan alrededor suyo a los prisioneros.
Se ha adentrado la noche. El cine me traslada a la historia mâs antigua del conde Dracul, el
empalador: Vlad Tepes o toda una generación de depravados que el tiempo ha conjuncionado en
uno. Las ruinas de su castillo en Targoviste siguen alli, una torre que mira al pasado, con ventanas
como ojos que esperan a los turcos. Y el bosque, los árboles que añoran las manos que los hacen
agudas picas para empalar. Bram Stoker escribe sus fantasías de inglės, pero al fondo de lo que ha
inventado, las rocas de Targoviste hablan en verdad de miedo. En el siglo XV un manto de sangre se
habia extendido por Europa Oriental. Y Vlad Tepes no fue la excepción, es la modernidad la que lo
ha hecho único. Basta leer a Alejandra Pizarnik, en "La condesa sangrienta", para afirmar un
tiempo enfermo, o al escritor rumano norteamericano Andrei Codriescu que escribia el año pasado
sobre la misma Erzebet Bathory, la criminal condesa que se bañaba en sangre, inventora de
suplicios. Erzebet fue finalmente descubierta, pero, perteneciente a una de las familias más
influyentes de Hungria, sólo se la condenó al encierro. Envejeció en su castillo, de puertas
lapidadas, sin ver nunca más seres humanos, sin jovencitas en las cuales ejercer su hechiceria
tratando de aprehender lo intocable, la eterna belleza. La soledad del torturador: de la princesa,
de Dracul, en un grabado alemån, que almuerza llorando mientras sus sirvientes empalan y
mutilan alrededor suyo a los prisioneros.
Se ha adentrado la noche. El cine me traslada a la historia mâs antigua del conde Dracul, el
empalador: Vlad Tepes o toda una generación de depravados que el tiempo ha conjuncionado en
uno. Las ruinas de su castillo en Targoviste siguen alli, una torre que mira al pasado, con ventanas
como ojos que esperan a los turcos. Y el bosque, los árboles que añoran las manos que los hacen
agudas picas para empalar. Bram Stoker escribe sus fantasías de inglės, pero al fondo de lo que ha
inventado, las rocas de Targoviste hablan en verdad de miedo. En el siglo XV un manto de sangre se
habia extendido por Europa Oriental. Y Vlad Tepes no fue la excepción, es la modernidad la que lo
ha hecho único. Basta leer a Alejandra Pizarnik, en "La condesa sangrienta", para afirmar un
tiempo enfermo, o al escritor rumano norteamericano Andrei Codriescu que escribia el año pasado
sobre la misma Erzebet Bathory, la criminal condesa que se bañaba en sangre, inventora de
suplicios. Erzebet fue finalmente descubierta, pero, perteneciente a una de las familias más
influyentes de Hungria, sólo se la condenó al encierro. Envejeció en su castillo, de puertas
lapidadas, sin ver nunca más seres humanos, sin jovencitas en las cuales ejercer su hechiceria
tratando de aprehender lo intocable, la eterna belleza. La soledad del torturador: de la princesa,
de Dracul, en un grabado alemån, que almuerza llorando mientras sus sirvientes empalan y
mutilan alrededor suyo a los prisioneros.