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María: Madre de la Iglesia y Eucaristía

El documento aborda la relación entre María y la Iglesia, destacando que ella es la Madre de la Iglesia y modelo de santidad. Se enfatiza la importancia de María en la liturgia y la Eucaristía, describiéndola como 'Mujer Eucarística' que nos guía a una fe profunda y a cumplir la voluntad de Dios. Además, se reflexiona sobre cómo María nos invita a vivir una vida de oración y contemplación, siguiendo su ejemplo de aceptación y entrega a la voluntad divina.
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María: Madre de la Iglesia y Eucaristía

El documento aborda la relación entre María y la Iglesia, destacando que ella es la Madre de la Iglesia y modelo de santidad. Se enfatiza la importancia de María en la liturgia y la Eucaristía, describiéndola como 'Mujer Eucarística' que nos guía a una fe profunda y a cumplir la voluntad de Dios. Además, se reflexiona sobre cómo María nos invita a vivir una vida de oración y contemplación, siguiendo su ejemplo de aceptación y entrega a la voluntad divina.
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CURSO SOBRE MARÍA

CLASE 14 A.M.S.E
III. MARÍA Y LA IGLESIA
María y la Iglesia

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que María “es verdaderamente la Madre de los miembros (de Cristo)
porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza.
María, Madre de Cristo, es Madre de la Iglesia” (CEC #963).

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, que la estructura de la Iglesia “está totalmente ordenada a la santidad
de los miembros de Cristo” y que “María nos precede a todos en la santidad”, por lo cual “la dimensión
mariana de la Iglesia precede a su dimensión petrina” (ver CEC # 773), es decir, que el miembro más santo de
la Iglesia es María, antes que ningún otro, incluso antes que Pedro. Lo que dice san Pablo en Ef 5, 27 se le
aplica perfectamente. Ella es, en sentido espiritual, la Esposa santa e inmaculada.
“La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga. En cambio los fieles
cristianos se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a
María: en Ella, la Iglesia es ya enteramente santa” (CEC # 829).

“Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu
Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es ‘miembro
supereminente y del todo singular de la Iglesia, incluso constituye ‘la figura (typus) de la Iglesia” (CEC #
967)

María en la Liturgia

¿Qué es la liturgia? La acción cultual de la Iglesia.


En la Liturgia, la Iglesia le rinde un culto particular a María.
“La santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un
vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en Ella mira y exalta el fruto más excelente de la redención
y contempla con gozo, como en una imagen purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera
ser.” (CEC # 1172)

“La reordenación del Vaticano II...distingue entre solemnidades, fiestas y memorias, según la importancia
mayor o menor de la celebración.
En el año se celebran como solemnidades (Misa de precepto): Santa María, Madre de Dios (el 1 de enero); su
Asunción al Cielo (15 de agosto); su Inmaculada Concepción (el 8 de diciembre) y, en México, Santa María
de Guadalupe (12 de diciembre).
Otras Solemnidades (no Misa de precepto) son la Anunciación del Señor (25 marzo) y la Presentación en el
Templo (2 febrero).
Fiestas marianas: La Natividad de María (8 septiembre); y la Visitación (31 mayo).
Memorias obligatorias: María Reina (22 agosto); Virgen de los Dolores (15 septiembre); Virgen del Rosario
(7 octubre) y Presentación de María (21 noviembre).
Memorias libres: Nuestra Señora de Lourdes (11 febrero); Inmaculado Corazón de María (sábado sig. después
del Sagrado Corazón de Jesús); Nuestra Señora del Carmen (16 julio); Dedicación de la Basílica de Santa
María la Mayor (5 agosto).

La oración de María

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, que en la oración a María, “se alternan habitualmente dos
movimientos: uno que ‘engrandece’ al Señor por las ‘maravillas’ que ha hecho en su humilde esclava y por
medio de ella, en todos los seres humanos; el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de
Cont. curso sobre María 2
CLASE 14
MARIA EN LA LITURGIA

los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.”
(CEC # 2675).

“María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del
Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos en nuestra
intimidad a la Madre de Jesús, que se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella
y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. Y con ella está unida en la
esperanza” (CEC # 2679).

María, Mujer Eucarística.

En su Carta Encíclica sobre la Eucaristía, san Juan Pablo II dedicó un capítulo entero a María, llamándola:
'Mujer Eucarística'. Vale la pena comentar cada uno de los seis apartados de dicho capítulo (el VI).

53. Dice JPII que si queremos descubrir la riqueza de la relación que hay entre la Iglesia y la Eucaristía, es
necesario tener presente a 'María, Madre y modelo de la Iglesia'.
María es Madre de la Iglesia desde el momento en que Jesús se la encomienda al discípulo amado, desde la
cruz (ver Jn 19, 25-27;)
Una mujer con una vocación maternal tan grande que la llevó a ser Madre de Dios, no podía quedar con una
maternidad truncada en su vida terrena posterior a la Muerte y Resurrección de su Hijo.
Jesús renueva, por así decirlo, su vocación a ser madre y la hace madre de todos.
Uno puede sólo imaginar el cariño maternal con que habrá acogido a los apóstoles en ese Viernes Santo en
que cada uno habrá tenido mucho que llorar arrepentido, mucho de qué avergonzarse; y también puede uno
imaginarla compartiendo con ellos el gozo inefable de la Resurrección del Señor; y su manera serena y
sencilla de orar como una más en medio de ellos.
María Madre de Dios y Madre nuestra, es modelo de la Iglesia porque se reconoce esclava del Señor, porque
tiene a Jesús en su seno, porque vive para que se cumpla en ella lo que el Señor quiera.
Dice JPII que en la Carta apostólica 'Rosarium Virginis Mariae' presenta a María como la Maestra que nos
enseña a contemplar el rostro de Cristo.
Enfatiza su Santidad el aspecto contemplativo de María. Vale la pena ahondar en esto: solemos considerar que
contemplar es simplemente un mirar algo con arrobamiento, pero es muchísimo más que eso. La
contemplación a la que se refiere JPII no queda a nivel de ojos, sino que baja al corazón e inunda toda la vida.
Es oración contemplativa que ve penetrando los rasgos interiores de Aquel que se contempla para hacerlos
propios, para permitir, como en un pantógrafo que lo que la mirada va delineando por fuera, se vaya también
dibujando por dentro...
Vivimos a la carrera, sin tiempo para detenernos a contemplar. Lo único que 'contemplamos' de manera
superficial y plana es la pantalla del cine o la televisión. JPII nos invita a hacer un alto y acercarnos a María
contemplativa, a sintonizarnos, por así decirlo, en su misma frecuencia y aprender a contemplar a Jesús como
Ella...

Dice que en los 'misterios de la luz', que añadió a los otros tres misterios del Rosario (gozosos, dolorosos y
gloriosos), incluyó la Institución de la Eucaristía porque considera que María nos guía hacia este Santísimo
Sacramento, pues aunque los Evangelios no mencionan que ella estuviera presente en la Última Cena, se sabe
que sí oraba junto a los Apóstoles (ver Hch 1,14), y seguramente participaba con los primeros cristianos, de la
celebración de la Eucaristía. Aclara JPII que no sólo porque María comulgara la llama 'mujer eucarística',
sino por la actitud interior que ella tuvo toda su vida.
Cont. curso sobre María 3
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MARIA EN LA LITURGIA

REFLEXIONA:
En su libro ‘María’, el padre Félix de Jesús Rougier MSpS dice que seguramente en casa donde vivían san
Juan y la Virgen María había un Sagrario para Jesús Sacramentado, “el lugar más santo de la tierra durante los
primeros años de la Iglesia” (p. 207)
Dice el padre Félix que “la adoración al Santísimo Sacramento era para Ella no sólo un consuelo inefable por
la presencia de su Divino Hijo, sino sobre todo el cumplimiento de un deber sagrado y el coronamiento de su
vocación incomparable. (p. 208).
Se pregunta el padre Félix: “¿Qué hacía la Virgen Santísima ante el Sagrario? ¿En qué pensaba? ¿Qué decía a
su Jesús Sacramentado?”
Y responde: “Haría lo que en Belén ante el pesebre: lo que en Nazaret cuando, descansando un momento,
miraba a Jesús trabajando: lo adoraba, lo amaba y se mantenía en espíritu postrada a sus pies.”

REFLEXIONA:
Imagina a María entrando a una Iglesia, ¿hacia dónde crees que se dirigiría? Obviamente hacia el Sagrario.
La atraería poderosamente la Presencia de su Hijo, querría a toda costa estar ahí con Él, junto a Él.
Pide a María que te ayude a tener y a compartir con otros Su mismo amor, su anhelo intenso de cercanía con
Jesús.

54. Plantea JPII que como el misterio de fe de la Eucaristía nos obliga a confiar completamente en la palabra
de Dios, pues nuestro entendimiento no alcanza a comprender, María puede ser nuestro apoyo y nuestra guía,
pues ella supo acoger la Palabra de Dios con fe total, y ella nos invita a hacer lo mismo.
Dice JPII que la Eucaristía 'supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono
a la palabra de Dios' y propone que para lograrlo aprendamos de María que supo aceptar con fe total lo que se
le anunció, lo que se le fue presentando.
María es 'Mujer Eucarística' porque tiene lo que se necesita en primer lugar para recibir la Eucaristía: fe total,
aceptación plena, un decir 'sí' al Señor sin anteponer resistencias, temores, inquietudes. Cuando la razón no
alcanza, cuando la lógica humana se estrella ante la realidad divina, hace falta saber decir sí como María,
saber estar en paz ante aquello que no alcanzas a comprender, que te supera...
Cuando se obedece el mandato de Jesús de '¡Haced esto en conmemoración mía!', se obedece también lo que
María pidió en las bodas de Caná: 'Haced lo que Él os diga' (Jn 2, 5).
Parece como si María nos pidiera que no dudemos de que si Jesús fue capaz de transformar el agua en vino,
"es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre", entregándose a nosotros, como
verdadero 'Pan de vida'.
María nos enseña no sólo a escuchar al Señor sino a hacer lo que nos pide.
Ella, la siempre dispuesta a cumplir Su voluntad, nos invita a hacer lo mismo, no como a veces hacemos, con
resignación o a regañadientes, sino con la profunda convicción de que hacer lo que Él pida es siempre lo
mejor, que la voluntad del Señor nos da la vida...
Recordemos que en las bodas de Caná, ella pide a los sirvientes que hagan lo que Jesús diga, justo cuando Él
acaba de dar a entender que no planeaba intervenir en ese asunto. Cuando ella pide: 'hagan lo que les diga' no
sabe si lo que Él va a decirles es que no hagan nada, o si les pedirá que hagan algo inesperado o
desconcertante. Lo que sí sabe es que Jesús hace siempre lo mejor y que en ese sentido, el mejor camino para
nosotros es hacer lo que nos pida.

REFLEXIONA:
María, Mujer Eucarística nos invita a hacer lo que nos pide Jesús, y esto no sólo se cumple comulgando (es
decir, respondiendo al mandato de 'haced esto en conmemoración mía'), sino que, al comulgar, pedirle al
Señor que nos transforme desde dentro para saber conformar nuestra vida a Su voluntad. Que cuando lo
recibamos sepamos como María, no sólo llevarlo en nuestro seno, sino amoldarnos enteramente a Él...
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MARIA EN LA LITURGIA

55. Reflexiona JPII en que María ha tenido fe en la Eucaristía incluso antes de la Última Cena, al haber
aceptado que en su seno se encarnara el Hijo de Dios.
Los santos suelen enfatizar mucho la preparación que conviene tener antes de participar en la Eucaristía. Esta
frase del Papa nos da una pauta muy grande: María aceptó que en su seno se encarnara el Hijo de Dios, con
toda la responsabilidad que ello implicaba.
Antes de comulgar debíamos preguntarnos si de veras nos estamos disponiendo a que el Hijo de Dios se
encarne también en nosotros, a que entre en nosotros y nos transforme la vida y, a través de nosotros,
transforme la vida de los que nos rodean...
Conchita de Armida decía que cuando comulgaba sentía que comulgaba el sol: que su luz irradiaba a través de
ella. Al comulgar debíamos preguntarnos si nos damos cuenta de que estamos comulgando al 'sol que nace de
lo alto', a 'la luz que brilla en las tinieblas'.
Comenta JPII que aunque la Eucaristía nos hace presentes la Pasión y Resurrección de Jesús, al mismo tiempo
no es posible dejar de relacionarla con la Encarnación, es decir, con el hecho de que María concibiera al Hijo
divino, "incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre", lo que en cierta medida sucede en todo
creyente que recibe, al comulgar, el cuerpo y la sangre del Señor.
María recibe el cuerpo de Cristo en su seno, engendrado por obra del Espíritu Santo. Nosotros, cuando
comulgamos, recibimos también en nuestro interior, el cuerpo de Cristo presente en la Eucaristía por obra del
Espíritu Santo.
Nos hace ver JPII cómo hay una gran relación entre ese 'hágase en mí' que pronunció María ante el Ángel, y el
'amén' que cada fiel pronuncia cuando se dispone a recibir el cuerpo del Señor.
María es la llena de gracia porque está totalmente abierta a que se cumpla en ella lo que el Señor quiera.
Hágase en mí.
Cuando pronunciamos 'Amén' al comulgar, no sólo estamos respondiendo que sí es el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, sino también que sí lo aceptamos, que sí lo recibimos, que sí nos abrimos totalmente a recibirlo y a
dejar que nos inunde, que nos mueva, que nos transforme.
Cada Amén pronunciado con todo el corazón nos abre a la gracia, como María...
A María se le pidió creer que por obra del Espíritu Santo recibió en su seno al Hijo de Dios (ver Lc 1, 30.35).
A los creyentes hoy se nos pide creer que por obra del Espíritu Santo recibimos al mismo Jesús, Hijo de Dios
e Hijo de María, "presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino".
En la Anunciación se le dice a María que el Espíritu Santo hará que reciba en su seno al Hijo de Dios. En la
Plegaria Eucarística ese mismo Espíritu Santo transforma el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo,
para que podamos recibirlo nosotros también.
La fe en esta Presencia Real de Cristo en la Eucaristía nos hace tener la absoluta seguridad de que Cristo está
ahí, para que podamos contemplarlo, adorarlo, recibirlo y llevarlo a los demás.

Comenta JPII cómo en la Encarnación se vislumbra lo que en adelante sería la fe de la Iglesia en la Eucaristía.
Con alma de poeta nos muestra cómo en la llamada 'visitación', María, que lleva en su seno al Señor, se
convierte en el primer tabernáculo (es decir, sagrario en el que se guarda la Eucaristía), "donde el Hijo de
Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como 'irradiando' su luz a
través de los ojos y la voz de María".
María acude presurosa, apenas se entera de la situación de su prima.
Pidamos a María tener una vocación de servicio como la suya: sencilla, sin resistencias, pronta, humilde.
María lleva a Jesús al encuentro de otros.
Pidámosle nos ayude a llevar a Jesús para que otros salten de gozo, para iluminar con ese sol, a los que están
en tinieblas y en sombras de muerte...
María 'irradia' a Jesús, según dice bellamente el Papa.
Pidámosle ayuda para llevar a Jesús en nuestra mirada, paciencia, comprensión, sonrisa, espíritu de servicio,
humildad, capacidad para perdonar, para tolerar a otros, etc.
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MARIA EN LA LITURGIA

Nos lleva luego el Papa con la imaginación a Belén y nos señala cómo la mirada de adoración de María
cuando contemplaba a Jesús recién nacido en sus brazos, es el modelo de amor que debe inspirarnos en cada
comunión eucarística.

REFLEXIONA:
¿Con qué actitud te acercas a comulgar?, ¿con la misma actitud arrobada con que María lo contemplaba?
JPII nos invita a aprender de María a quedarnos en amorosa contemplación de Jesús que viene a nosotros en la
Comunión.

56. Nos comenta JPII cómo durante toda la vida de María junto a Cristo, y no solamente el momento en el
Calvario, ella vivió el sacrificio de su Hijo, la entrega total que sucede en la Eucaristía; que el anciano Simeón
le anunció que una espada le traspasaría el alma (ver Lc 2, 34. 35), y que conforme se fue preparando para el
día de la muerte de Jesús, María vivió "una especie de 'comunión espiritual', es decir, que se mantuvo siempre
unida a Cristo, como la vemos al pie de la cruz y también en la Eucaristía que celebraban los apóstoles.
No perdemos la dimensión de que este Jesús que podemos comulgar a Jesús porque entregó Su vida por
nosotros. Comulgar a Jesús es saber que nos invita a acompañarlo a la cruz.

Recordamos en el Evangelio según San Lucas que en una ocasión, no quisieron recibir a Jesús en un pueblo
de samaritanos, porque supieron que 'iba hacia Jerusalén'.
Así solemos reaccionar nosotros. Nos gusta recibir al Hijo de Dios que hace maravillas, pero al que muere, al
que nos pide que aprendamos a morir con Él ya no nos gusta.
JPII no nos permite olvidar esta dimensión sacrificial de la Eucaristía, y que cuando comulgamos estamos
también diciendo 'hágase en mí' a ese llamado de Jesús a seguirlo no sólo cuando predica bonito o hace
milagros, sino cuando camina hacia el Calvario en Jerusalén.

Desde su alma de hombre profundamente sensible, nos invita JPII a preguntarnos qué sentiría María cuando
oía a Pedro o a Juan o a alguno de los apóstoles pronunciar las palabras que Jesús dijo en la Última Cena:
'Éste es mi cuerpo, que es entregado por vosotros' (ver Lc 22,19), pues el cuerpo del que hablaban, ¡era el que
Ella llevó en su seno! Supone que para María, el recibir la Eucaristía era como volver a acoger en su regazo
ese corazón que latió al mismo tiempo que el suyo, y también revivir todo lo que sintió cuando estuvo al pie
de la Cruz.
En cada Eucaristía, María debe haber recordado esos momentos en que tuvo entre sus brazos el bultito aquel
de Jesús recién nacido y todo era luz de estrellas y canto de ángeles, y también cuando tuvo entre sus brazos a
Jesús herido y muerto, y ya no brillaba el sol. Comulgar para ella era acoger ambos momentos en su corazón,
aceptar la promesa de vida en ambos, aceptar la entrega y sacrificio que significaron tanto la Encarnación de
Jesús como Su Muerte.
En cada Eucaristía María reiteraba un sí que iba, ininterrumpido como un puente, desde la Encarnación hasta
la Muerte de su Hijo.

57. Reflexiona JPII en que cuando celebramos lo que Cristo realizó con Su Pasión y Muerte, celebramos
también lo que hizo con su Madre para beneficio nuestro: confiarla a su discípulo y, en él, entregarla a cada
uno de nosotros. "¡He aquí a tu madre!" (Jn 19, 27). Por lo tanto, recibir la Eucaristía implica recibir también
este regalo, tomar a María como Madre, aprender de ella, dejarnos acompañar por ella. Nos hace notar que
como María es Madre de la Iglesia, está presente en todas nuestras celebraciones de la Eucaristía, según
reconocen, desde la antigüedad, tanto las Iglesias de Oriente como las de Occidente.
El Señor no quiso dejarnos solos: nos regaló a Su Madre y nos regaló a la Iglesia.
Es interesante hacer notar que lo que se dice de María, se puede aplicar a la Iglesia.
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MARIA EN LA LITURGIA

58. Propone JPII que leamos el Magnificat teniendo en mente la Eucaristía, pues ésta es, como el canto de
María, alabanza y acción de gracias.

REFLEXIONA:
Qué hermoso que al comulgar 'tu alma se alegre en Dios tu Salvador porque ha puesto los ojos en tu
humillación, en tu nada, porque el Creador de todo cuanto existe, condesciende a venir a ti.
Qué bello que te regocijes al comulgar dándote cuenta de que el Señor ha hecho también grandes cosas en ti, y
que experimentes Su misericordia infinita, Su infinito afán de saciar tu hambre al grado de darse a Sí mismo
por alimento tuyo...
Se nos invita a revisar la manera como comulgamos y como reaccionamos después de comulgar. Qué pena
que lo hagamos sin pensar, como un acto rutinario, dejando que la mente se distraiga con los mil pendientes
que tenemos que resolver después.

JPII sacó su fuerza extraordinaria de la oración y de la presencia continua de Dios en su vida, y en este
documento nos invita a hacer lo mismo.
Nos hace ver cómo María alaba al Padre 'por' Jesús, pero también 'en' Jesús y 'con' Jesús (lo cual nos recuerda
las palabras que cierran la Plegaria Eucarística en Misa: 'Por Cristo, con Él y en Él...), una actitud que él
califica de 'eucarística'.
Estas palabras podrían ser el lema con el que emprendamos cada nueva jornada: hacerlo todo por Jesús
(buscando cumplir Su voluntad); con Jesús (tomados firmemente de la mano para no tropezar ni caer ni
alejarnos de Él) y en Jesús (porque en Él vivimos, nos movemos y somos, y en cada Eucaristía, entramos a
participar de lo que Él es).

Señala cómo al tiempo que María recuerda las maravillas que Dios ha hecho en la historia, proclama la mejor
de todas: la que nos traería la salvación. Afirma que cada vez que el Hijo de Dios se hace presente en la
'pobreza' del pan y el vino, se 'derriba del trono a los poderosos' y se 'enaltece a los humildes' (ver Lc 1, 52) y
se anuncia el cielo nuevo y la tierra nueva.

Insiste el Papa en que nadie como María para ayudarnos a vivir mejor la Eucaristía, pues, concluye gozoso,
este don extraordinario "se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María ¡toda ella un magnificat!"
Pidamos a María que nos conceda saber mantenernos como ella, abiertos a la gracia y siempre gozosos:
agradeciendo y alabando a Dios por el inigualable regalo de poder recibirlo en la Eucaristía y llevarlo a los
hermanos, no sólo en nuestro relicario, sino en nuestro corazón.

Vivir la Eucaristía con María

Nuestra participación en la Eucaristía se enriquece enormemente si la vivimos con la ayuda de María.


Considera, por ejemplo:

Ritos iniciales
Cuando el celebrante dice: ‘El Señor esté con ustedes’, podemos pedirle que nos ayude a abrirnos a Su
presencia como Ella se abrió. Que nos alegremos siempre sabiendo que el Señor está con nosotros.
En el Acto Penitencial, Ella intercede por nosotros pecadores ante Dios nuestro Señor.
En el Gloria, le pedimos nos ayude a imitarla en su aprecio y alabanza de las maravillas de Dios, como Ella
hizo en el Magníficat.
Cont. curso sobre María 7
CLASE 14
MARIA EN LA LITURGIA

Liturgia de la Palabra
A Ella, que dio a luz al Verbo, le pedimos que nos ayude a acoger Su Palabra, a abrirnos a la escucha; que
ruegue por nosotros ante Dios para que nos dé, como a Ella, oídos de discípulo.
Que aprendamos de Ella a meditar la Palabra, guardarla en el corazón, vivirla y comunicarla.

Liturgia de la Eucaristía
En la Presentación de las Ofrendas, le pedimos nos ayude a reconocer, como Ella, que todo lo que somos y
tenemos se lo debemos a Dios, y a ofrecérselo humilde y amorosamente como ofrenda.
“A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están
ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el Sacrificio Eucarístico en comunión con la santísima Virgen
María y haciendo memoria de ella, así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con
María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo” (CEC # 1370).
En la Plegaria Eucarística nos acogemos a su intercesión.
Rezamos el Padrenuestro con la conciencia de que Dios es nuestro Padre y Ella nuestra Madre.
En la Comunión le pedimos que ruegue por nosotros para que sepamos acoger a Jesús con el mismo amor y la
misma disponibilidad con que Ella lo acogió en su seno.

Ritos de despedida
Le pedimos que nos acompañe, que camine con nosotros por la vida, a Ella, la primera evangelizadora, la
primera misionera cristiana de la historia, le rogamos que interceda por nosotros para que sepamos salir a
llevar a Cristo a los demás.

REFLEXIONA:
“No es tanto la Iglesia la que nos da a María, cuanto María quien nos da a la Iglesia. Con más precisión: en
cuanto Madre de la Iglesia, María nos da a su Hijo divino a través de la Iglesia, y a través de la Iglesia suscita
nuevos hermanos y hermanas para Cristo” (Hahn, p. 129).
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, que hay que volver la mirada hacia María “para contemplar en ella lo
que es la Iglesia en su misterio, en su ‘peregrinación de la fe’, y lo que será al final de su marcha, donde le
espera, ‘para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad’, ‘en comunión con todos los santos’, aquella a
quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre” (CEC #972).

REFLEXIONA:
Haz Lectio Divina (dedicar unos minutos a leer detenidamente; otros a meditar lo leído, y otros a orar,
dialogando con María sobre lo leído y meditado), con las oraciones y Lecturas de la Misa de alguna de las
cuatro Solemnidades dedicadas a María.

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