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Cuentos Con Dilemas

El documento narra varias historias que ilustran lecciones de vida sobre la importancia de no juzgar apresuradamente a los demás y valorar lo que realmente importa. A través de anécdotas sobre una chica en un aeropuerto, un experto en gestión del tiempo, y actos de bondad, se enfatiza que hay cosas que no se pueden recuperar, como palabras y oportunidades. Se concluye con la idea de que debemos ser conscientes de nuestras acciones y cómo afectan a los demás, recordando siempre la importancia de servir desinteresadamente.

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Cuentos Con Dilemas

El documento narra varias historias que ilustran lecciones de vida sobre la importancia de no juzgar apresuradamente a los demás y valorar lo que realmente importa. A través de anécdotas sobre una chica en un aeropuerto, un experto en gestión del tiempo, y actos de bondad, se enfatiza que hay cosas que no se pueden recuperar, como palabras y oportunidades. Se concluye con la idea de que debemos ser conscientes de nuestras acciones y cómo afectan a los demás, recordando siempre la importancia de servir desinteresadamente.

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Las cuatro cosas que nunca se recuperan

Una chica estaba esperando su vuelo en un gran aeropuerto.

Como tenía mucho tiempo decidió comprar un libro y un paquete de galletas, para
descansar y leer en alguna sala del aeropuerto.

Se acababa de sentar cuando también lo hizo un hombre, dejando un asiento de por medio,
que abrió una revista y empezó a leer; quedando entre ellos las galletas.

Cuando ella tomó la primera galleta, el hombre también tomó una. Ella se sintió indignada,
pero no dijo nada; aunque pensó: "¡Qué descarado, que ganas me dan de darle un golpe
para que le escarmiente!".

Pero la cosa no quedó ahí. Cada vez que ella tomaba una galleta, el hombre también
tomaba una. Aquello la iba indignando tanto que no conseguía concentrarse ni reaccionar.

Cuando quedaba sólo una galleta, pensó: "¿qué hará ahora este cara dura?". Y entonces el
hombre, que pareció adivinarle el pensamiento, dividió la última galleta y dejó una mitad
para ella.

¡Ah, no! ... aquello ya era demasiado y se puso a bufar de rabia; por lo que cerró su libro,
recogió sus cosas y salió disparada hacia su sector de embarque.

Una vez en el avión y más calmada, al mirar dentro de su bolso se quedó de piedra: ¡Allí
estaba su paquete de galletas...intacto! ¡Qué vergüenza!
Sólo entonces se dio cuenta de su despiste y del juicio injusto que había hecho sobre un
comportamiento generoso.

En efecto, el hombre había compartido sus galletas sin sentirse indignado, ni nervioso o
alterado, y ya no había posibilidad de pedirle disculpas; pero sí de razonar:

¿Cuántas veces sacamos conclusiones apresuradas en nuestra vida, cuando debiéramos


observar mejor? ¿A cuántas personas encasillamos en estereotipos, sin darles tiempo a
explicar lo que quieren decir? ¿Cuántas oportunidades perdemos de quedar mejor?

En ese momento se le vino a la cabeza un consejo que le dio su ya fallecida abuela:

Recuerda siempre que existen cuatro cosas en la vida que nunca se recuperan:

* una piedra, después de haberla lanzado;


* una palabra, después de decirla;
* una oportunidad, después de haberla perdido; y
* El tiempo, una vez que ha pasado.

Piedras

Un experto asesor de empresas en Gestión del Tiempo quiso sorprender a los asistentes a
su conferencia. Sacó de debajo del escritorio un frasco grande de boca ancha. Lo colocó
sobre la mesa, junto a una bandeja con piedras del tamaño de un puño y preguntó:
- ¿Cuantas piedras piensan que caben en el frasco?

Después de que los asistentes hicieran sus conjeturas, empezó a meter piedras hasta que
llenó el frasco.
Luego preguntó:
- ¿Está lleno?

Todo el mundo lo miró y asintió. Entonces sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla.
Metió parte de la gravilla en el frasco y lo agitó. Las piedrecillas penetraron por los espacios
que dejaban las piedras grandes.
El experto sonrió con ironía y repitió:
- ¿Está lleno?

Esta vez los oyentes dudaron:


- Tal vez no.
- ¡Bien!

Y puso en la mesa un cubo con arena que comenzó a volcar en el frasco. La arena se
filtraba en los pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava.
- ¿Está bien lleno? preguntó de nuevo.
- ¡No!, exclamaron los asistentes.

Bien, dijo, y cogió una jarra de agua de un litro que comenzó a verter en el frasco. El frasco
aún no rebosaba. - Bueno, ¿qué hemos demostrado?, preguntó.
Un alumno respondió:
- Que no importa lo llena que esté tu agenda, si lo intentas, siempre puedes hacer que
quepan más cosas.
- ¡No!, concluyó el experto: lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las
piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después. ¿Cuáles son las piedras
grandes en tu vida? ¿Tus hijos, tus amigos, tus sueños, tu salud, la persona amada?
¿O son tu trabajo, tus reuniones, tus viajes de negocio, el poder o el dinero? La
elección es tuya. Una vez te hayas decidido..., pon esas piedras primero. El resto
encontrará su lugar.

La pregunta más importante

Durante mi segundo semestre en la escuela de enfermería, nuestro profesor nos dio un


examen sorpresa. Yo era un estudiante consciente y leí rápidamente todas las preguntas,
hasta que leí la última:
"¿Cuál es el nombre de la mujer que limpia la escuela?"
Seguramente esto era algún tipo de broma. Yo había visto muchas veces a la mujer que
limpiaba la escuela. Ella era alta, cabello oscuro, como de cincuenta años, pero, ¿cómo iba
yo a saber su nombre?
Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco.
Antes de que terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si la última pregunta
contaría para la nota del examen. "Absolutamente", dijo el profesor. "En sus carreras
ustedes conocerán muchas personas. Todas son importantes. Ellos merecen su atención y
cuidado, aunque solo les sonrían y digan: '¡Hola!'

Nunca olvidé esa lección. También aprendí que su nombre era Dorothy. Todos somos
importantes.

Auxilio en la lluvia

Una noche, a las 11:30 p.m., una mujer afroamericana, de edad avanzada estaba parada en
el acotamiento de una autopista de Alabama, tratando de soportar una fuerte tormenta.
Su coche se había descompuesto y ella necesitaba desesperadamente que la llevaran.
Toda mojada, ella decidió detener el próximo coche. Un joven blanco se detuvo a ayudarla,
a pesar de todos los conflictos que habían ocurrido durante los 60. El joven la llevó a un
lugar seguro, la ayudó a obtener asistencia y la puso en un taxi. Ella parecía estar bastante
apurada. Ella anotó la dirección del joven, le agradeció y se fue.
Siete días pasaron, cuando tocaron la puerta de su casa. Para su sorpresa, un televisor
pantalla gigante a color le fue entregado por correo a su casa. Tenia una nota especial
adjunta al paquete. Esta decía: "Muchísimas gracias por ayudarme en la autopista la otra
noche. La lluvia anegó no sólo mi ropa sino mi espíritu. Entonces apareció usted. Gracias a
usted, pude llegar al lado de la cama de mi marido agonizante, justo antes de que muriera.
Dios lo bendiga por ayudarme y por servir a otros desinteresadamente. Sinceramente: La
Señora de Nat King Cole.

No esperes nada a cambio y lo recibirás.


Siempre recuerda aquellos a quienes sirves

En los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de 10 años entró en un
establecimiento y se sentó a una mesa. La mesera puso un vaso de agua en frente de él.
"¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con almendras?" preguntó el niño. "Cincuenta
centavos", respondió la mesera. El niño sacó su mano de su bolsillo y examinó un número
de monedas. "¿Cuánto cuesta un helado solo?", volvió a preguntar.
Algunas personas estaban esperando por una mesa y la mesera ya estaba un poco
impaciente. "Treinta y cinco centavos", dijo ella bruscamente. El niño volvió a contar las
monedas. "Quiero el helado solo", dijo el niño. La mesera le trajo el helado, y puso la cuenta
en la mesa y se fue.
El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue. Cuando la mesera volvió, ella empezó a
limpiar la mesa y entonces le costó tragar saliva con lo que vio. Allí, puesto ordenadamente
junto al plato vacío, había los treinta y cinco centavos y... veinticinco más... su propina.

Jamás juzgues a alguien antes de tiempo.

Donando sangre

Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un Hospital de Stanford, conocí a
una niñita llamada Liz quien sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de
recuperarse aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien
había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado los
anticuerpos necesarios para combatirla. El doctor explicó la situación al hermano de la niña,
y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Yo lo vi dudar por solo un
momento antes de tomar un gran suspiro y decir: "Si, lo haré, si eso salva a Liz."
Mientras la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la de su
hermana, y sonriente mientras nosotros lo asistíamos a él y a su hermana, viendo retornar
el color a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su sonrisa
desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa: "¿A qué hora empezaré a
morirme?"
Siendo solo un niño, no había comprendido al doctor; él pensaba que le daría toda su
sangre a su hermana. Y aun así se la daba.

Da todo por quien ames.

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