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Usada A La Romana - Sexo Salvaje - Sergio Abascal

El documento narra la historia de Ayla, una niña hermosa y talentosa que vive en un mundo marcado por la opresión del emperador Octavio, conocido por su crueldad y ambición de conquistar el reino de Erato. A medida que Ayla crece, se enfrenta a la realidad de su comunidad, que lucha por sobrevivir y escapar de la tiranía, mientras que su vida se entrelaza con la de los gladiadores y las atrocidades que estos cometen. La narrativa explora temas de amor, sacrificio y la búsqueda de un hogar en un entorno hostil.
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Usada A La Romana - Sexo Salvaje - Sergio Abascal

El documento narra la historia de Ayla, una niña hermosa y talentosa que vive en un mundo marcado por la opresión del emperador Octavio, conocido por su crueldad y ambición de conquistar el reino de Erato. A medida que Ayla crece, se enfrenta a la realidad de su comunidad, que lucha por sobrevivir y escapar de la tiranía, mientras que su vida se entrelaza con la de los gladiadores y las atrocidades que estos cometen. La narrativa explora temas de amor, sacrificio y la búsqueda de un hogar en un entorno hostil.
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USADA A LA ROMANA

Sexo Salvaje y Romance Oscuro con los


Gladiadores

Por Sergio Abascal

© Sergio Abascal 2022.


Todos los derechos reservados.
Publicado en España por Sergio Abascal.
Primera Edición.
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La Bestia Cazada
Romance Prohibido, Erótica y Acción con el Chico Malo Motero

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Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
1
Ayla era la menor de cuatro hermanos, todos varones, hasta que
finalmente el cielo premió a su madre con la niña más hermosa de
toda la aldea. Había perdido la cuenta de todas las oraciones que
había enviado a los dioses para que finalmente la premiaran con
una niña, ya que, aunque estaba orgullosa de todos sus hijos,
siempre había tenido la ilusión de tener a una hermosa niña de rizos
dorados, la cual, pudiese acompañarla a recoger vallas frutales al
bosque.
Parecía ser un sueño bastante minimalista, algo simple, pero era
algo que la madre de Ayla y deseaba con todas sus fuerzas, y
después de muchos años de intentos, finalmente había quedado
embarazada, sintiendo la incertidumbre de si finalmente se le había
cumplido el sueño. Cuando vio nacer a la chica, automáticamente
pensó en el nombre de Ayla. No sabía por qué, pero sentía que ese
era el nombre correcto que debía llevar aquella nena preciosa, la
cual, sostuvo en brazos sin poder contener las lágrimas.
Le había parecido fascinante el hecho de que Ayla no había nacido
llorando, de hecho, desde el primer momento en el cual se encontró
con su madre mostró una sonrisa de satisfacción, como si supiera
que había venido al mundo a ser la niña más amada y querida de
todo el planeta. Sus padres habían hecho lo posible para que fuera
así, Ayla debía sentirse protegida entre un grupo de hermanos que
la protegerían a capa y espada, un padre amoroso y trabajador que
hacía las labores de leñador en la aldea, y una madre dedicada que
prestaba sus servicios de cuidados a todos los que lo necesitaban.
Ayla fue bella desde el nacimiento, desde el primer segundo en que
llegó al mundo, todos tenían que ver con la hermosura de sus ojos
grises. Era una niña de cabello suave, dorado, con piel blanca y
tersa, con mejillas enrojecidas y pequeñas pecas que adornaban el
contorno de sus ojos. Parecía que no podía ser más hermosa, pero
conforme fueron pasando los años, la belleza de Ayla se hacía
mucho más notable, y todos, sabían que aquella niña había sido
bendecida por los dioses.
Los ancianos decían que esa niña había sido marcada por los
ángeles para cambiar el destino de aquel pueblo, aunque su futuro,
ya estaba definido por algunos acontecimientos que iban a ocurrir y
que no sería nada fáciles de afrontar. Ayla había llegado al planeta
para poner a prueba muchos aspectos de su personalidad, quizá,
este mundo no era lo suficientemente justo y bueno para recibir a
una niña tan espectacular, la cual, había sido una hija excepcional
durante toda su vida. Siempre fue obediente, dedicada y muy
responsable.
Sobre todas las cosas amaba a su familia y cada día le pedía a los
dioses que los mantuviera unidos, sanos, y fuertes, ya que, sería la
única manera de poder seguir adelante en medio de una misión que
tenía como único objetivo permanecer sanos, salvos y alejados del
peligro. Para resumir la vida de Ayla, solo podían tocarse tres
aspectos principales, uno de ellos, era el amor por sus animales, ya
que, desde muy pequeña, siempre había tenido a su disposición una
gran cantidad de animales que había conseguido domesticar.
Sus manos parecían tener un poder excepcional, ya que, siempre se
encontraba con animales salvajes en el bosque, y podía domarlos
con rapidez.
Esto, fascinaba a todo el mundo, ya que, se decía que Ayla tenía un
talento mágico, aunque simplemente se trataba de la confianza que
ella proyectaba al acercarse a estas bestias que sabía que no le
harían daño. Otro aspecto de su personalidad, era la capacidad de
servicio que tenía. Siempre estaba dispuesta ayudar a cualquiera
que lo necesitara, no tenía miedo a exponerse, no se sentía
vulnerable y siempre que pudiese sentirse útil, su corazón la llenaba
de una inmensa dicha.
La inquebrantable personalidad de guerrera que había desarrollado
parecía haberla heredado directamente de su abuelo, quien había
sido un soldado del emperador, pero el cual, había desertado para
proteger a su familia. Las cosas no habían sido sencillas durante los
últimos años, desde que el padre del emperador actual había
asumido el mando, todo había sido un completo caos y desorden.
No se tomaba en cuenta la justicia, no se valoraba la vida, no había
un respeto por la humanidad, así que, muchos de los pobladores se
habían visto obligados a escapar del reino.
A medida que pasaban los días, las cosas se tornaban mucho más
complicadas, así que, algunos soldados desertaban, otros eran
asesinados. Otros eran catalogados como traidores eran ahorcados
frente a todos para que escarmentaran y vieran cuáles serían las
consecuencias que sufrirían aquellos que le dieran la espalda al
imperio.
Esto, había definido la vida futura de Ayla, la cual, había nacido en
un asentamiento de sobrevivientes, los cuales, habían escapado del
reino de Astraea para tratar de tener una vida normal. Tenían que
moverse cada vez con más velocidad, ya que, su destino era llegar
a Erato y ser refugiados por el reino enemigo, a cambio de trabajos
y lealtad.
Ayla hacía amistad con las personas con mucha facilidad, era un
talento que iba en su sangre, ya que, su sonrisa, su honestidad, su
sinceridad y transparencia, hacían que las personas confiarán
rápidamente en ella, ella estaba feliz de prestar sus servicios sobre
todo, a los más ancianos, ya que, les llevaban alimento, cuidaba de
los enfermos, y se encargaba de realizar alguna de las labores
básicas en sus tiendas temporales, mientras llegaba el momento del
éxodo una vez más.
No había logrado familiarizarse con ningún espacio, Ayla no podía
decir que tenía un hogar fijo, así que, había definido que su lugar de
hábitat era el mundo. Podría ir a donde quisiera, siempre y cuando
se tratara de un lugar seguro, siempre estaba acompañada de su
familia, conocidos, amigos, personas que le habían visto crecer y
que se habían convertido también en parte de su familia. Podía
decirse que Ayla amaba a todos los que la rodeaban.
Si se veía desde una perspectiva muy básica, Ayla había tenido la
vida que muchos desearían, ya que, no tenía preocupaciones más
que la supervivencia, estaba rodeada de pasto fresco y verde, una
naturaleza que la arropada y le hacía sentir plena, conectada con el
universo, parte de un todo que la rodeaba, y lo más importante, es
que no sentía miedo en su interior.
Había escuchado muchas historias acerca de los gladiadores y
soldados, pero para ella simplemente eran figuras de autoridad muy
crueles, pero que nunca había visto en persona, para su fortuna.
Desde que era muy pequeña, había escuchado muchas historias
por parte de los ancianos e inclusive sus padres, quienes narraban
acontecimientos que involucraban a estos gladiadores. Solo podían
generar escalofríos en las pieles de aquellos que escuchaban tan
crueles hazañas.
No era casualidad el hecho de que hubiesen tenido que escapar en
múltiples oportunidades, no se trataba simplemente de miedo a la
nada, esos hombres eran asesinos, saqueadores, violadores, los
cuales, arrasaban con absolutamente todo lo que había en el
camino. Eran capaces de arrancarles los sueños a las personas,
matar sólo por placer y violar para satisfacer sus necesidades
sexuales.
Ayla no se preocupaba demasiado por la existencia de estos
soldados, ella estaba más preocupada por mantener a la comunidad
unida y sana, y cuando llegara el momento de viajar, que todo
estuviese en su lugar y preparado para evitar contratiempos. Esta
comunidad habitaban los límites de Astraea, un lugar que se había
hecho cada vez más grande debido a la invasión de las tropas ve
Octavio, el emperador más nefasto que había nacido jamás.
Este propio emperador decía que era el imperio más grande
conocido por el hombre, y este, trataba de ignorar el hecho, de que
había un imperio tan grande como el de él, aunque trataba de
opacarlo diciendo que eran débiles y frágiles. Octavio era un
emperador cruel y déspota a quien se le atribuía crímenes
inimaginables, tan solo pensar en las personas que había
asesinado, podía erizar la piel de cualquiera. Las personas sentía
más miedo que respeto hacia él, y aquello le satisfacía, ya que, era
precisamente esa emoción la que quería transmitir.
No quería que las personas sintieran admiración por él, quería que
cuando escucharan el nombre de Octavio, temblaran, que
experimentaran las sensaciones más escalofriantes, y se pusieran
de rodillas ante su poder. Todas las historias que se narraban sobre
este hombre, quedaban a veces cortas ante la crueldad que
emanaba de este personaje.
Era un asesino desalmado a quien le obsesionaba el poder, y sólo
utilizaba a los pobladores, esclavos o parte de su ejército, y aquellos
que no le eran muy útiles, simplemente eran asesinados,
descartados como si fueran rocas sin vida y sin ningún tipo de
significado.
Octavio había asistido a muchas batallas, había liberado tantas
guerras, que su cuerpo estaba lleno de cicatrices y marcas. No era
del tipo de emperador que enviaba sus tropas a morir, él siempre
peleaba junto a ellas, y de hecho, disfrutaba enormemente de matar
a sus enemigos.
Había muchos reinos conocidos en el pasado, pero ahora, solo
quedaba reducido todo a Astraea y Erato, dos lugares
completamente diferentes, que tenían políticas adversas, trataban a
las personas de maneras muy distintas, y esto había llevado a
muchos de los pobladores de Astraea a irse hacia Erato en busca
de una oportunidad de vida mucho más digna, o al menos,
simplemente para conservar su integridad física.
Aquellos que eran atrapados intentando escapar, eran llevados de
regreso al reino, los torturaban durante días, los asesinaban
públicamente, y aquellos que no eran asesinados, eran
incorporados en las tropas, y las chicas que eran útiles al rey eran
encerradas para ser utilizadas como objetos sexuales hasta que
estas lo aburrían.
En ocasiones, muchas de estas chicas eran entregadas a las tropas,
para que estos pudieran divertirse, era como una especie de trofeo
para toda la lealtad que estos mostraban, así, siempre se
mantendrían leales, contentos, comprometidos y felices, aunque la
dignidad, la inocencia, y las ganas de vivir de una chica inocente
fueron destruidas en medio de violaciones y a todos realmente
lamentables.
La principal obsesión del emperador Octavio era conquistar Erato,
un reino de una magnitud similar, el cual, era gobernado por el rey
Agnur, podría decirse que estos eran los dos hombres más
poderosos que habían nacido, y eran enemigos. Sus políticas eran
muy diferentes, y habían conseguido esos niveles de poder de
maneras tan distintas, que podía decirse que uno era un ángel y el
otro era un demonio.
Agnur era un emperador comprensivo y amoroso, con un reino
productivo y un desarrollo tecnológico bastante evolucionado. En
ese lugar, habitaban muchos de los que habían emigrado de Erato,
ya que, se habían abierto las puertas a muchas personas
desesperadas, que en busca de una oportunidad de supervivencia,
habían implorado ayuda al emperador Agnur. Este, sabía que tenía
una capacidad limitada en su territorio, no podía abrazar a
absolutamente todos los habitantes de Astraea, así que,
seleccionaba muy bien a quienes dejaba entrar.
Aquellos que no podían ingresar, quedaban vagando por el mundo,
tratando de escapar del poderío del emperador Octavio, pero este
imperio, no era ofensivo, no se especializaba en el ataque, no solía
enviar a sus tropas simplemente a morir de forma absurda en busca
de poder. A ellos no les interesaba asesinar a sus enemigos, de
hecho, en muchas ocasiones el emperador Agnur había intentado
establecer nexos con su principal enemigo, pero Octavio era muy
orgulloso como para doblegarse ante las propuestas de alguien que
se había establecido como su foco de atención para eliminar.
Siempre hablaba de Agnur, estaba obsesionado con él, quería
colgarlo frente a todos, y demostrar que él sería a partir de ese
momento el hombre más poderoso de la tierra, pero era algo
imposible, ya que, Agnur era un gran peleador, era mucho más
joven que Octavio, y adicionalmente, tenía una fuerza bélica que lo
protegía. Podría decirse desde alguna perspectiva, que estaba
completamente blindado, era inaccesible, y probablemente, Octavio
moriría antes de haber cumplido su sueño de poder conquistar las
tierras de Erato.
En tres oportunidades, Octavio había organizado tres ataques
fallidos en los que había perdido a una gran cantidad de tropas. Sus
consejeros le habían recomendado que dejara de lado esa idea tan
absurda de tratar de conquistar Erato, pero cada vez enviaba más
tropas, y el fracaso, había hecho que Octavio se tornara cada vez
más demente, obsesivo, y violento. No era fácil de manejar la
derrota, mucho menos cuando cientos de sus soldados más letales,
eran asesinados como si se tratara de hojas secas en un árbol, ya
que, no representaba ningún tipo de competencia para sus
adversarios.
Las tropas de Erato estaban muy bien adiestradas, entrenaban a
diario con técnicas que habían sido desarrolladas por ellos mismos,
así que, era un misterio para Astraea saber cuál sería el punto débil
que derrotaría a sus enemigos. Muchos de los pobladores sabían
esto, y por eso, buscaban desesperadamente el refugio en ese
lugar, y era uno de los lugares más soñados por aquellos que
escapaban de Astraea, aunque no era fácil de llegar.
Cuando Octavio caía en esos umbrales de humillación, se sentía tan
desesperado y frustrado que se dejaba consumir por la euforia de la
brutalidad, y toda esa ira era canalizada en contra de su pueblo. Era
en esas etapas cuando reclutaba a los jóvenes que cumplían 15
años de edad y los llevaba a su cuartel. Allí, eran torturados durante
largas semanas, poniendo a prueba su fortaleza, y aquellos que no
eran capaces de resistir, simplemente morían al no poder soportar
las duras pruebas que eran diseñadas por la mente enfermiza de
Octavio.
Eran entrenados como salvajes para defender la integridad del reino
de Astraea, y aquellos que no estaban dispuestos a dar su vida por
este lugar, simplemente eran descartados como si no tuviera ningún
tipo de importancia. Eran seres humanos, con espíritu, con un alma,
con sentimientos, pero para Octavio todo esto era absurdo, no lo
tomaba en cuenta, el único que importaba era él, el único que podía
ser adorado y valorado era él, el emperador más poderoso, y todos
debían ponerse de rodillas frente a él y rendirle pleitesía.
El escape no era sencillo, salir del reino de Astraea, era una tarea
bastante dura, ya que, debido a la gran cantidad de personas que
prefería huir, la seguridad se había duplicado año tras año. Pero
muchos preferían ser atrapados en ese intento de escape que
seguir viviendo bajo las demandas de un emperador tan psicópata,
el cual, simplemente sucumbiría ante su locura y dejaba escapar
toda esa ira en contra de sus pobres pobladores.
El pueblo donde había crecido Ayla, era precisamente uno de esos
asentamientos que habían tenido que movilizarse cada cierto tiempo
para tratar de sobrevivir. Las señales de la naturaleza habían sido
interpretadas cada vez para determinar cuando era el momento de
moverse. Ayla creció entre el miedo y la incertidumbre, pues
hablaban de aquellos soldados como si se trataran de bestias de 3
metros llenas de armaduras y armas letales. Pero en su corazón,
sabía que eran seres humanos, que por muy crueles que los
pintaran, probablemente encontraría alguno de ellos que sería un
ser humano y le perdonaría la vida.
Ayla tenía una perspectiva del mundo muy diferente al resto, tenía
esperanzas en que probablemente todo cambiaría, que ya no
tendría que escapar, y que lograría la libertad de su pueblo.
Guardaba muy celosamente estas esperanzas, ya que, cuando las
compartía con sus compañeros de juego, simplemente se burlaban
de ella y la señalaban como una loca. Decían que era una chica
llena de fantasías, la cual, no tocaba la tierra con sus pies, que
siempre estaba flotando entre sueños de colores y esto la enardecía
tremendamente.
Nadie podía arrebatarle las esperanzas a Ayla, pero ella aún no
enfrentaba la verdadera realidad, había vivido rodeada de una
naturaleza hermosa, un entorno lleno de incertidumbre y
expectativas, pero que nunca le había hecho daño. Se llenaba de
una curiosidad tremenda cuando escuchaba las historias sobre
aquellos soldados asesinos, y en una ocasión, fue reprendida
duramente por su padre. Esta le había hablado sobre su necesidad
de encontrarse con esos soldados y conocer cuán malos eran.
Para ese momento, ya Ayla tenía 18 años de edad, y tenía la
capacidad de moverse de forma autónoma. Le debía respeto a sus
padres y lealtad a su pueblo, pero su espíritu aventurero,
comenzaba a crecer a un ritmo tremendo, y no había forma de
poder silenciar esas ganas de ir hacia el norte, y conocer aquello de
lo que tanto hablaban.
— ¡No vuelvas a decir algo tan estúpido, Ayla! Nunca debemos
acercarnos a los soldados del imperio. Octavio es un emperador
malvado, cruel, un asesino, ha matado a muchos de nuestros
familiares y ancestros. Su familia, son personas desalmadas que lo
único que buscan es humillar, mutilar y destruir todo lo que tocan.
— Sólo he escuchado historias tras historias. Todos temen algo que
mis ojos no han podido ver. ¿Cómo podría desarrollar mi propio
criterio si lo único que hago es escapar junto a un grupo de
cobardes? — Dijo Ayla.
— ¿Cómo te atreves a llamarnos cobardes? Somos sobrevivientes,
somos afortunados de no haber caído aún ante la maldad de un
emperador demente y psicópata, Ayla. ¿Cómo es que aún no lo
entiendes? — Dijo el decepcionado padre de la chica.
— Tiene razón, Padre. Nos han mantenido oculto durante muchos
años. Y lo agradecemos, pero no podemos vivir consumidos por el
terror para siempre. ¿Cuándo llegaremos a Erato? — Dijo uno de
los hermanos de la chica.
— ¡No seas insolente! ¿Cómo te atreves a ponerte de parte de
Ayla? Este es nuestro pueblo, es lo que conocemos, muchos adoran
a los dioses y tampoco los han visto, debemos temer a lo real, a lo
tangible, hemos crecido entre el miedo, sí, es verdad, pero esos
soldados son reales, he visto como matan y violan, saben que es
así. — Dijo el mayor de los hermanos.
— No dudo que existan, pero lo único que me llama la atención es
que los señalan a todos como verdaderos monstruos. No creo que
todos sean unas bestias salvajes como lo señalan. Es lo único que
pienso. — Dijo Ayla, al terminar su intervención.
— Este asentamiento ha crecido con bases establecidas en el amor
por nuestros semejantes. Hemos respetado cada lugar donde
hemos llegado, no hemos destruido la naturaleza, no arrasamos con
los recursos que nos provee nuestro entorno. El respeto, el amor y
la confianza, son nuestros valores más fuertes. Nada de esto es
practicado por el emperador, es un monstruo, es la única manera en
que puedo definirlo. — Dijo el padre de la chica, mientras limpiaba
algunas lágrimas de sus mejillas.
— Lamento mucho haberte ofendido, padre. ¡No fue mi intención! Es
sólo que ya estoy comenzando a cansarme de vivir de esta manera.
Te prometo que no volveré hablar de esa manera. Los amo a todos
y agradezco que hayan cuidado de mí hasta este momento, pero ya
tengo 18 años de edad, soy una adulta, y puedo valerme por mis
propios medios. Los apoyaré tanto como pueda, pero sólo siento
que no debemos seguir escapando. Quizá, es momento de enfrentar
a ese monstruo que tanto han nombrado, debemos estar
preparados. — Dijo Ayla.
El mayor de los hermanos de Ayla, era el encargado de llevar a
cabo las actividades de exploración. Él en compañía de algunos
cuantos más, recorrían a caballo los alrededores del asentamiento
que era establecido por el grupo de sobrevivientes. Se ubicaba en
los puntos más altos alrededor del lugar para Mantener un control
absoluto sobre el perímetro de la zona, de esta manera, podía
avisar a tiempo para que todos comenzaran a movilizarse cuando
veía movimiento de tropas cercanas. Pero con aquella persecución
constante, no iban a tardar demasiado en enfrentarse a sus
enemigos.
Las tropas avanzaban a un ritmo intimidante, y tarde o temprano,
podrían sus manos sobre estos pobres pobladores, los cuales ya
estaban cansados, muchos de ellos, ya no tenían la voluntad de
seguir adelante, y otros, simplemente quería morir definitivamente.
Eran un grupo de 40 habitantes, entre los cuales, había muchos
ancianos, los cuales, ya habían huido durante varios años y lo único
que querían era reposar hasta marcharse de este mundo.
No podía culparlos, ya sus pies no eran los mismos, no tenían la
misma energía para defenderse, y sus cuerpos estaban tan
desgastados, que tenían que ser asistidos por personas como Ayla
y su madre, las cuales, se encargaban de darle un poco de calidad
de vida a estos ancianos. Ellos se encargaban de contar historias,
dar consejos, y compartir sus conocimientos acerca del éxodo, lo
que hacía mucho más sencillo la emigración.
Su error más grande había sido quedarse estancados en aquel lugar
más tiempo de lo habitual, pues las tropas exploradoras y soldados
del emperador no parecían detenerse en la cacería de esos
asentamientos de cobardes que no eran capaces de asumir la
lealtad hacia el emperador Octavio. Estos eran manipulados de una
manera tan grave, que eran capaces de encontrarse con sus
propios familiares y asesinarlos simplemente por haber abandonado
el reino.
Estos soldados parecían ser máquinas asesinas que sólo habían
sido diseñadas para acabar con todo lo que había a su paso.
Cuando llegaban a un asentamiento, mataban, violaban, saqueaban
y robaban absolutamente todo lo que había, ya que, las órdenes del
emperador eran específicas. Todo lo que llevaban esas personas le
pertenecía al emperador, y por ende, sus tropas podían hacer uso
de ellos sin inconvenientes.
Era por esto, que los asentamientos no acumulaban demasiadas
pertenencias, viajaban ligero, se deshacían de la mayoría de sus
pertenencias, limpiaban el terreno para no dejar rastros de que
habían estado allí. Era muy organizados, habían logrado desarrollar
un sistema para evitar que los siguieran, pero solo era cuestión de
tiempo para que lo peor que se hubiese imaginado cualquiera de
estos habitantes ocurriera.
En sus 18 años de edad, Ayla había tenido una buena vida, había
encontrado parte de su personalidad aventurera, desarrolló aficiones
como la caza y la pesca, era una peleadora de alta clase, al menos
entre sus compañeros, ya que, siempre decía que debía estar
preparada para el momento en que llegaran las tropas enemigas.
Buscaba aprender de sus hermanos mayores todo lo que podía
sobre el manejo de la espada y cualquier herramienta que le sirviera
para defenderse, ante lo que, siempre tenía una larga barra de
madera sólida, la cual, utilizaba con una maestría tremenda.
Ayla, también había conocido el amor en ese lugar, aunque había
tratado de mantenerlo en secreto, ya que, si sus hermanos lo
descubrían, probablemente en lo que serían y terminarían moliendo
a golpes a su amado. Su primer amor se había llamado Castor, un
joven de 18 años que había crecido junto a ella como su mejor
amigo. Desde siempre, Castor había estado enamorado de los
cabellos rubios de Ayla, quien siempre le había ofrecido una
maravillosa amistad.
Castor moría por aquella sonrisa fascinante de dientes grandes y
blancos, de aquella voz maravillosa que cantaba suaves melodías
en la naturaleza mientras buscaban frutos secos o leña en el
bosque. Juntos habían acumulado una gran cantidad de recuerdos
hermosos, a Castor le encantaba pasar tiempo junto a ella, no
importaba lo que estuvieran haciendo, no importaba sí pasaban
horas frente al río sin decir una sola palabra, lo más valioso para él,
era poder pasar un poco de tiempo junto a Ayla, la cual, era el amor
de su vida, pero nunca había tenido el valor de confesárselo.
Sentía que se burlaría de él, que simplemente lo rechazaría, ya que,
habían crecido prácticamente como hermanos, pero en su pecho,
siempre había estado presente ese sentimiento puro y desgarrador
que lo hacía verla como la mujer más perfecta y adorable del
mundo. Castor era capaz de dar su vida por ella, eran muy amigos,
pero las cosas cambiaron aquella tarde, en la cual, un grupo de
señales comenzaron a indicar que todo estaba por cambiar.
Un jabalí apareció en el bosque de forma silenciosa, parecía ir a su
ritmo, no se percató de la presencia de Ayla y Castor, y cuando los
miró, este se puso hostil.
— ¡No muevas un solo músculo, Ayla! Sé que te encantan los
animales, pero este es más grande de lo habitual. Parece enojado,
así que, quédate tranquila. — Dijo Castor.
—Tranquilo, recuerda que puedo domar a cualquier animal... Estoy
segura de que esta no será una diferencia.
— ¡Ayla, por favor, no hagas nada tonto! No quiero que salgas
lastimada. — Dijo Castor, mientras la tomaba del brazo, tratando de
evitar que esta se acercara a la bestia.
— Sólo es un tierno jabalí que necesita un poco de cariño. Vamos,
deja el miedo a un lado, Castor. No pareces el hombre fuerte que
eres. — Dijo la chica.
Solo bastaba con verle los ojos a ese jabalí para poder entender que
aquella bestia no estaba en busca de amistad. No se trataba de uno
de esos encuentros inofensivos de Ayla con la naturaleza, aquella
bestia estaba dispuesta a destrozar absolutamente todo lo que
estaba su alrededor, inclusive a Ayla si esta se acercaba más de la
cuenta.
— No quiero dejarte sola en esto, pero ese jabalí es más grande
que cualquiera que haya visto jamás. Si nos toca, va a hacernos
mucho daño. — Dijo Castor.
Ayla estaba acostumbrada a tener un contacto bastante cercano con
la naturaleza, interactuaba de una manera mucho más cercana con
cualquier animal de lo que cualquiera de aquel asentamiento lo
hacía. Había tenido serpientes y felinos salvajes en sus manos, pero
en esta oportunidad, estaba segura de que las cosas saldrían bien.
Tenía una confianza en sí misma que era bastante admirable, pero
el miedo de Castor, tenía una razón de ser, y era el tamaño de
aquella bestia y la actitud curiosa que irradiaba.
— ¡Ven aquí, mi pequeño travieso! Sé que eres una criatura tierna y
tranquila. Ven aquí y te daré un poco de amor. — Dijo Ayla, mientras
se inclinaba y abría sus brazos.
Pero la bestia raspó el suelo con su pezuña, asumió una posición de
ataque, y comenzó a correr en dirección a Ayla y Castor de una
forma bastante violenta, lo que hizo que Castor tomar a Ayla de la
cintura y comenzará a correr en dirección opuesta a la bestia.
— ¡Corre tan rápido como puedas! Si ese animal nos alcanza nos
hará pedazos. — Dijo Castor.
Ayla había caído en cuenta de que realmente este chico le había
salvado la vida, o al menos había evitado que le hicieran daño.
Aquel jabalí corría con tanta fuerza, que estaba a punto de
alcanzarlos.
— Nunca había visto un animal tan enfurecido y violento. ¡Te lo juro,
es primera vez que veo a un jabalí tan endemoniado! — Dijo Ayla,
exhausta.
El animal estaba a punto de tocarles los pies, ya los iba a derribar,
pero Castor tomó una última decisión que sería determinante, tomó
a la chica de la cintura, y la jaló hacia un lado, cayendo ambos por
una pendiente, mientras el animal se quedaba en el borde, mirando
de una manera despectiva a la pareja.
Ambos rodaron durante muchos segundos, quizá cayeron unos 20
metros mientras sus cuerpos rodaban por el césped, la pendiente
era bastante inclinada, pero por suerte no había rocas ni árboles con
los cuales hacerse daño. Cuando llegaron finalmente a un punto de
reposo, ambos estaban exhaustos.
— ¿Te encuentras bien? — Preguntó Castor, mientras trataba de
recuperar el control de la situación, aunque estaba muy mareado.
— Creo que me lastime el tobillo, pero no es nada grave. — Dijo
Ayla, mientras mostraba cierta incomodidad en su rostro.
Mientras acariciaba su tobillo, Castor no pudo evitar mirarle la
pantorrilla a la chica, y acto seguido, comenzó acariciarle la pierna
hacia la parte superior. Ayla se quedó inmóvil al ver que el chico
había entrado en un trance diferente, s u mirada había cambiado,
sus pupilas estaban dilatadas y ella estaba nerviosa.
Las manos este chico comenzaron acariciar sus muslos, la falda
subió hasta la cintura, y Ayla experimentaba un vacío estomacal que
la dejó sin aliento. No eran necesarias las palabras, tan solo sus
ojos hablaban por ellos, y lo que estaba ocurriendo en ese
momento, era finalmente la liberación de todos los sentimientos y
deseos que había guardado Castor durante todo ese tiempo.
Ambos eran tan cercanos y se conocían tanto, que no era necesario
explicar lo que estaba por ocurrir, Castor estaba decidido a tenerla, y
ella había abierto sus muslos levemente, para dejar que este
reposara en el medio de ellos.
Su primer beso fue dulce, suave, tierno, involucraba muchos
sabores y sensaciones, dejándolos a ambos libres de hacer lo que
quisieran, ya que, finalmente habían roto esa barrera de la amistad
para pasar a lo que realmente los definía. Aquel fue el primer beso
de Ayla, la cual, sentía como los labios de Castor acariciaban los de
ella, presionaban su labio inferior, he inclusive, con leves mordidas y
juegos muy apasionados con sus lenguas, las cuales despertaban
una excitación tremenda.
Aquel contacto entre sus pieles se fue haciendo cada vez más
apasionado y la ropa comenzó a desaparecer de la escena. Cuando
Castor miró a su chica completamente desnuda, no pudo creer la
perfección que había en la anatomía de Ayla. Pezones delicados y
de color rosado, un pecho abultado, pero no demasiado grande, su
abdomen era plano, perfecto, cubierto de lunares, los cuales,
adornaban la piel blanca e inmaculada de una hermosa chica con un
coño rosado y virginal.
Era una clara señal acerca de la vergüenza que experimentaba.
Había sido vista desnuda por primera vez por un hombre, pero le
agradaba que fuera Castor. Cuando ella miró por primera vez
aquella polla flácida de Castor, sintió también mucha vergüenza,
sabía que iba a pasar algo trascendental que iba a transformar su
vida para siempre, así que, su corazón comenzó a bombear sangre
de una manera descomunal, mientras la adrenalina recorría desde
la punta de los dedos de sus pies hasta sus poros capilares en su
cabeza.
Castor era inexperto, también era virgen, no sabía muy bien cómo
funcionaban las cosas, pero en una situación como esa, sólo el
instinto podía dejar que todo fluyera de manera natural. Se subió en
medio de sus muslos, comenzó a besar su cuello, acariciaba sus
pechos, experimentó la textura de sus pezones mientras se paseaba
con su lengua de manera casi imperceptible. Trataba de ser lo más
sutil y delicado posible, ya que, aquel cuerpo explorado de una chica
virgen de 18 años, se estaba abriendo para él como una flor al
amanecer, y este iba a entrar en ella muy pronto.
Aquel encuentro comenzaría un evento lleno de complicidad, un
secreto que no podía revelar a absolutamente nadie, ya que, los
hermanos de Ayla enloquecerían si descubrían que su hermanita
menor había sido poseída por Castor. Hicieron el amor de manera
apasionada en medio de la naturaleza, formando parte de un todo
que los rodeaba. Se entregaron a una sesión apasionada en la cual
las caricias, los besos, las penetraciones suaves y exquisitas, fueron
los protagonistas.
Ayla no pensaba demasiado en el sexo, no era algo que le
preocupara, no estaba apurada por vivir esa experiencia, pero lo
último que imaginó es que lo haría con su mejor amigo. Todavía
había sido bastante romántico y sutil, tal y como ella hubiese
querido que ocurriera, y Castor, tuvo un desempeño memorable.
Ambos llegaron al orgasmo de manera simultánea, algo muy poco
habitual en estas primeras veces tan torpes e inexpertas.
Ambos estaban tan compenetrados y libres, que se dejaron caer el
uno sobre el otro, y disfrutaron de una sesión de sexo que los
convirtió en algo más que simples amigos. Tras el término de aquel
encuentro, ambos se vistieron y no podían creer lo que había
ocurrido.
— Por favor, de esto no diremos una sola palabra a absolutamente
nadie. — Dijo Ayla, mientras la timidez la invadía.
— No te preocupes... Seré tan discreto como una roca. Sólo dime
algo... ¿Te ha gustado?
— ¡Por dios, Castor! No seas inseguro. Claro que me ha gustado,
es sólo que no sé si estoy preparada para esto. Sabes,
constantemente nos estamos moviendo, el miedo, la incertidumbre.
No creo estar lista para una relación. — Dijo la chica.
— ¿Y cuáles son tus planes? En algún momento tendrás que
reproducirte, nuestra aldea debe crecer. No digo que tengas que
hacerlo conmigo, ¿pero qué otros planes tenemos en el estilo de
vida que tenemos? No hay mucho para elegir, tú misma lo has dicho
en muchas ocasiones, somos cobardes escapando de algo que no
conocemos. Quizás, este es nuestro destino y debemos aceptarlo.
— Dijo Castor.
— No lo sé, simplemente me niego a vivir un estilo de vida tan
simple y básico.
Dentro de Ayla, crecía un espíritu aventurero que ella no podía
silenciar, y después de aquella conversación, decidieron volver a la
aldea. Todo estaba en normalidad, pero Ayla Miró un halcón
sobrevolar el lugar, ante lo que, tuvo un mal presentimiento. Nunca
había visto aquella ave por la zona, ante lo que, se lo comentó a su
padre, y este, actuó de una manera inesperada.
Su preocupación fue evidente, y alertó a todos que debían huir, que
debían preparar todo para comenzar a moverse. Se preocupó de
que su hijo y los otros exploradores no hubiesen llegado a tiempo
para avisarles acerca de la presencia de soldados cercanos del
emperador Octavio.
Cuando comenzaron a moverse, fue muy tarde, ya que, fueron
buscados por docenas de soldados a caballo, los cuales, tenían
lanzas y espadas en sus manos, los cuales, redujeron rápidamente
al grupo de emigrantes. Cuando la ciudad fue saqueada, Ayla fue la
primera en ser tomada, colocaron grilletes y cadenas en sus manos
y cuello, era una campesina convertida en esclava desde ese
momento. Castor trató de defenderla, pero una espada perforó su
abdomen sin piedad.
Ayla por primera vez se encontraba con aquellos monstruos que
tanto había imaginado, y que ahora eran reales. Deseó con todas
sus fuerzas que aquello fuera una pesadilla, pero la realidad era
más cruda que cualquier imagen que hubiese creado en su cabeza.
A partir de ese momento, su destino comenzaba apuntar hacia una
dirección completamente distinta. Ella fue tomada por el grupo de
salvajes asesinos, y aunque hubiese querido morir, acababa de ser
secuestrada por los soldados del emperador, los cuales, habían
finalmente limitado a un nuevo grupo de rebeldes.
No se imaginaba cómo era que todo había ocurrido tan rápido, el día
había amanecido con un hermoso y radiante sol. El aire cálido le
había despertado en su tienda, y sus pies descalzos habían sentido
la deliciosa sensación del musgo fresco. De pronto, había pasado
de estar en el paraíso a ir directamente al infierno.
2
Franco siempre había sido uno de los hombres más fieles al
emperador Octavio, uno de sus gladiadores más poderosos, tuvo
que ascender desde la mugre hasta convertirse en uno de los
hombres más afamados. No se había endiosado, mucho menos
había adquirido las ínfulas de poder que su líder, se había ganado
absolutamente todos los méritos gracias al trabajo duro que había
dedicado a cada una de las etapas.
Franco había llegado al mundo entre guerreros y guerreras, su
padre y su madre habían peleado a la orden del emperador, así que,
siempre estuvo rodeado de guerras, batallas, espadas y escudos.
Siempre se caracterizó por ser rápido, audaz, inteligente, y un
estratega por naturaleza.
Muchos decían que parte del éxito de Franco se debía al hecho de
que no experimentaba el miedo. Esta era una emoción que era
imposible de experimentar por Franco, o al menos, este era uno de
tantos mitos que se habían tejido en torno a este guerrero de 1
metro 90. No solo su apariencia era intimidante, la manera en que
se desplazaba por el campo de batalla, era como una especie de
trueno intimidando a absolutamente todos a su alrededor.
Tenía una maestría envidiable con la espada, sus movimientos
parecían ser una corografía letal que era capaz de reducir a
cualquiera de sus adversarios sin importar su tamaño o habilidades.
Desde muy joven, siempre había sido destacado entre sus
compañeros, ya que, estaba convencido de que se convertiría en el
mejor peleador de Astraea. Esta, era una misión que se había
trazado el mismo, y no tenía ninguna obligación de serlo, pero
quería destacar, no quería seguir viviendo bajo los esquemas del
común, no quería terminar siendo un simple campesino que
cosechara patatas para el emperador.
Su convicción lo había llevado lejos, lo había hecho crecer de una
manera tan vertiginosa, que había conseguido codearse con el
emperador como uno más de sus hombres de confianza. Franco era
el líder de batallas, maestro de combate para muchos de los
jóvenes, y a sus 30 años de edad, había peleado en más de 80
batallas que habían sido ganadas en su totalidad.
Sus méritos eran totalmente válidos, no se trataba simplemente de
un movimiento de influencia, no se trataba de ser un lame botas del
rey. Todo lo que había conseguido, lo había logrado a costa de
esfuerzo, mucha dedicación, y una entrega en cuerpo y alma a
absolutamente todas las misiones que le eran asignadas.
No era sencillo, constantemente se encontraba arriesgando su vida,
ponía el pellejo en juego en cada una de las contiendas en las que
se involucraba. Pero esto, no sólo había llevado a Franco al
ascenso, lo había puesto en boca de todos, siendo una celebridad
en Astraea, ya que, era uno de los peleadores líderes que todos
adoraban.
Los más pequeños querían ser como Franco, las mujeres, adoraban
a este hombre y constantemente trataban de seducirlo para tenerlo,
pero este, tenía una personalidad bastante cerrada, y de hecho, se
había vuelto mucho más complicada su manera de ver el mundo,
después de haber afrontado uno de los terribles eventos que opacó
su vida, pintando su mundo de color gris.
Era una celebridad del imperio, muchos utilizaban su imagen para
proyectar confianza al resto de sus peleadores, invitaban a Franco a
los entrenamientos, y este, era enviado a gran parte de las batallas
que definían la conquista de nuevos territorios. Era admirado y a
Lavado como si fuera un dios, pero a pesar de su vida llena de
seguidores y mucha fama, Franco era consumido por un rencor que
lo invadía día y noche.
Todo radicaba en haber perdido a su esposa Aurora, a quien había
amado con toda su alma, no había un sentimiento más poderoso
que el que él pregonaba hacia su esposa, pero esta, había
desaparecido extrañamente en condiciones inexplicables que
absolutamente nadie podía confirmar.
Franco y Aurora se habían conocido cuando tenía 16 años de edad,
y desde ese momento, el amor había surgido instantáneamente.
Fueron inseparables durante largo tiempo, se casaron cuando
cumplieron 19 años de edad, y aunque no habían podido tener hijos,
se habían compenetrado de una manera tan fuerte, que eran casi
inseparables.
Franco agradecía cada día por tener la oportunidad de tener a una
mujer tan espectacular, no sólo a nivel de belleza, la cual, era
bastante destacada, sino que, también era un verdadero soporte
para el guerrero. Le proporcionaba el amor más genuino, la
comprensión absoluta que requería un hombre con una vida tan
complicada, y siempre era un desahogo inmejorable en el ámbito
sexual.
A pesar de que no habían podido convertirse en padres, aunque lo
habían intentado en muchas ocasiones, la comunicación entre ellos
era magnífica, no necesitaban las palabras para entenderse, se
compenetraban, se complementaban, eran uno solo, Franco estaba
seguro de que había encontrado su alma gemela, y la cuidaba como
si fuese el tesoro más preciado. Fue por esto, que la amargura
había comenzado a definir la vida del radiador después de que esta
mujer hubiese desaparecido, y hubiese dado pie a una gran
cantidad de rumores que comenzaron a crecer lentamente en torno
a la mujer.
Franco no estaba dispuesto a convertirse en la burla de todos,
muchos creaban comentarios mal infundados, los cuales decían que
esta mujer se había marchado con otro hombre. Pero Franco, sólo
sentía unas ganas increíbles de rebanarle la garganta a cualquiera
que digiera este tipo de falacias, las cuales, estaban enfocadas
simplemente en destruir la reputación del soldado.
Él nunca había presionado a Aurora para absolutamente nada,
jamás había intentado manipularla, el amor y la relación que había
surgido entre ellos, había sido completamente genuina,
transparente, sincera e inofensiva. Ninguno de los dos se había
sentido amenazado jamás, mucho menos había intentado manipular
al otro para que las cosas se desarrollaran y la balanza se inclinara
en una sola dirección.
Para Franco era una verdadera tortura pensar en todo lo que había
ocurrido, y no poder dar una explicación lógica a la desaparición de
la mujer que más amaba. Cuando los rebeldes declararon la guerra
en el este, Franco fue enviado al frente de esta batalla para que
liberar a sus tropas. Su presencia era determinante, ya que, estos
rebeldes contaban con una fuerza bélica bastante intimidante, por lo
que, no podía arriesgarse a perder.
Octavio detestaba las derrotas, y generalmente, los líderes de las
tropas, eran quienes pagaban las consecuencias de estas derrotas.
Él peleaba hombro a hombro junto a los líderes, pero en esta
oportunidad, había confiado plenamente en Franco, quien se había
encargado de hacer que estas agrupaciones de rebeldes
retrocedieran lentamente, proporcionándole una vez más la victoria
al imperio de Astraea.
Había durado tres meses lejos de casa, y se había despedido de su
amada Aurora de la única manera en que sabía, haciéndole el amor
de la manera más apasionada para que esta no lo olvidara durante
todo ese tiempo.
La manera en que esta pareja interactuaba en el ámbito sexual, era
única, o al menos, era la que a ellos les fascinaba. Ambos tenían
una compenetración envidiable, parecía ser parte de una danza que
los unía de una forma tan genuina y sincera, que no había forma de
que ese vínculo pudiese interrumpirse bajo ninguna circunstancia.
Para Franco, era un verdadero espectáculo mirar el cuerpo de su
esposa desnudo. Aunque había tenido la posibilidad de estar con
muchas más mujeres, Franco se había dedicado únicamente a
Aurora, ella era su templo, su único objeto de adoración, no creía en
dioses, pero si creía en el amor profundo, y sabía que la única
persona que era capaz de proporcionarle ese sentimiento, era su
esposa Aurora.
Franco estaba tan enamorado de ella, que despertaba la envidia de
muchas mujeres, pero también la curiosidad de muchos hombres,
ya que, no sabían cómo era posible que un hombre fuese capaz de
cosechar un sentimiento tan puro en su corazón que lo hiciera
rechazar a otras mujeres.
La mayoría de los hombres que rodeaban a Franco, eran
promiscuos, y constantemente querían follar a todas las mujeres
que tenían la posibilidad de hacerlo, pero Franco, solo tenía ojos
para su esposa, no necesitaba el sexo con nadie más. Para él, el
cabello rubio, la piel blanca y los ojos grises de su mujer, eran su
objeto de adoración. Eran un complemento, dos piezas de
rompecabezas que encajaban perfectamente, Franco estaba
enamorado de cada detalle del aspecto de su mujer, sobre todo de
ese lunar ubicado en la parte superior de su labio, el cual, la hacía
ser tan deseable y sensual.
El amor de Franco por Aurora, rayaba en la obsesión, no había
momento en que no pensara en ella. Cando se encontraba alejado
de casa, lo único que necesitaba, era volver a regresar para
encargarse de darle placer y cariño a su mujer. Los periodos de
descanso, cuando no había guerras, cuando no había batallas en el
coliseo, y cuando no había entrenamientos, este pasaba horas
completamente desnudo entre los brazos de Aurora, la cual, lo hacía
perderse en su aroma, ese néctar adictivo que emanaba de su
cuerpo en medio de sesiones de sexo apasionadas.
Consideraba que no había una sola mujer en el mundo, cuya belleza
pudiera ser comparada con la de ella, estaba totalmente seguro de
que era el hombre más afortunado. Pero de la manera más cruel
Franco descubriría en el futuro que no había un lugar en el que
pudiera resguardar su tesoro más preciado. Lo que más amaba, lo
que más adoraba en toda la tierra, era la compañía de Aurora. Pero
esta, de pronto se había esfumado como si se tratara de un ave que
había emprendido vuelo en una dirección desconocida y que nadie
más había vuelto a ver.
No era lo mismo tener noticias reales de lo ocurrido, quizá, si
hubiesen informado sobre la muerte de su mujer, probablemente se
hubiese encontrado su cuerpo sin vida en su cabaña, al menos
tendría una razón por la cual afligirse, llorar y derrumbarse. Pero lo
único que había encontrado, era preguntas sin respuestas, una gran
cantidad de misterios, y una incertidumbre que lo carcomía,
haciendo que su mundo comenzar a desplomarse en pequeñas
piezas tan diminutas que Franco no notaba la diferencia entre un día
y otro.
El tiempo comenzó a hacerse irrelevante, no prestaba atención a
sus entrenamientos, su musculatura comenzó a hacerse menos
intimidante debido a que no asistía de los entrenamientos con la
misma frecuencia. Poco a poco, Franco se dio cuenta de que el
factor motivador principal de cada día, era Aurora, y al no tenerla,
simplemente quería quedarse tendido en la cama, mirando el techo,
mientras esperaba a que una nueva señal llegara.
Su regreso de la guerra, fue uno de los eventos más dolorosos, ya
que, completamente excitado, dispuesto a devorar el cuerpo de su
mujer, había entrado a su cabaña, pero Aurora no estaba. No hubo
rastro de ella, y muchos aseguraban que esta se había ido de
Astraea. Esta era una afirmación completamente absurda, ya que, le
había prometido a su esposa que volvería muy pronto, que lo
esperara, y ella, como lo había hecho en tantas ocasiones, también
había asegurado que lo esperaría, y que lo recibiría con una
sorpresa diferente como lo hacía en cada oportunidad.
Ambos eran fanáticos del sexo, y les encantaba probar cosas
nuevas, para ella, ser parte de dinámicas distintas, dejarse atar a las
columnas de la cabaña, permitir que Franco la azotara, y la
convirtiera en su sumisa, era algo que la excitaba tanto, que aquello
se convertía en una sesión de orgasmos casi inagotables. Aquella
pieza de un tesoro invaluable había desaparecido. Aurora se había
marchado, nunca lo había hecho en el pasado, jamás había
desaparecido de la vida de Franco de una manera tan repentina, y
esto, comenzó a ser que la mente de Franco se trastornara.
Ese mito que había crecido en torno al guerrero de que este hombre
no sentía miedo, comenzó a desaparecer lentamente, ya que, esta
situación había expuesto la parte más frágil de Franco. Había visto
mucha sangre en los campos de batalla, había enfrentado a la
muerte mientras peleaba con feroces guerreros apunta de espada y
lanzas. Había estado muy cerca de la muerte, este estaba
consciente, pero nunca había experimentado tanto miedo como el
que sentía al imaginar que no volvería a ver a Aurora.
El dolor, era como una especie de ácido que corría por sus venas y
quemaba cada partícula de este hombre desde lo más profundo de
su ser. No era un dolor que pudiese sanar con absolutamente
ninguna medicina. No había ningún tratamiento que pudiera
apaciguar esa desesperación que lo consumía hasta el fondo de su
cerebro, hacía que su corazón se redujera enormemente, y que su
estómago no experimentara ningún tipo de apetito.
La desolación, el aislamiento, la tristeza y la ruina comenzaron a ser
parte característica de Franco, quien no podía permitir que su vida
comenzar a derrumbarse de una manera tan absurda, no se había
dado cuenta de que gran parte de su felicidad dependía
enteramente de Aurora, pero se había marchado, y absolutamente
todos a su alrededor, trataban de hacerle entender que había un
camino para seguir, que debía continuar, y que si se derrumbaba,
defraudaría a Aurora donde quiera que estuviera.
Franco le había pedido autorización al emperador para salir a
buscarla, pero el emperador Octavio se negó.
— No puedo permitir que pongas en riesgo la estabilidad del reino
simplemente por buscar a una mujer. Tenemos tantas chicas
disponibles en nuestro imperio, y tú estás obsesionado con una
ingrata que probablemente consiguió aún mejor amante con quien
divertirse. — Dijo el despiadado emperador.
— Mi señor, siempre le he mostrado respeto, he entregado toda mi
vida al imperio, y he demostrado lealtad en todo momento. Pero por
favor, no vuelva a repetir algo similar, ya que, pondré en duda todo
el respeto que siento hacia usted. — Dijo el enardecido Franco.
— Aunque en parte tienes razón, no puedes asumir que Aurora es la
víctima en todo esto. Es una situación llena de dudas, interrogantes
y mucha confusión. Entiendo que estás pasando por un momento
muy difícil, pero no puedo permitir que te marches hacia lo
desconocido en busca de algo que puede llevarte al colapso
absoluto, Franco.
— Aurora es mi esposa, señor. Y aunque entiendo que usted jamás
se ha interesado por tener una esposa, no debe juzgar los
sentimientos de otros como si fueran los suyos. Yo amo
profundamente a Aurora, y sé que lo que le ocurrió, no es algo
simple. ¡Debo buscarla!
— Todas las mujeres son insignificantes, Franco. Le estás dando
importancia solo a una, pero yo puedo proveerte el placer de
muchas de ellas.
— No quiero a otra mujer, mi señor. Entienda que probablemente en
este momento Aurora me necesite. Posiblemente esté en peligro,
quizá alguien se la ha llevado en contra de su voluntad. Entonces,
¿cuál es mi trabajo como esposo? ¿Cómo puedo estar tranquilo si
no puedo protegerla?
— Todas esas suposiciones e historia se las has inventado tú en tu
cabeza. Hasta donde sé, y hasta donde conozco la situación, esa
mujer simplemente desapareció. No dejó ni siquiera una nota escrita
para darte razones de su paradero. Has encontrado La cabaña en
perfectas condiciones. Entonces, ¿por qué asumes que lo que le ha
ocurrido es algo malo? Como sabes que no simplemente se marchó
porque estaba cansada del encierro, de tus ausencias, de tu rutina.
Entiendo que Aurora no se adaptaba a ti, posiblemente, eso generó
una ruptura en ella.
Octavio parecía una serpiente venenosa incrustando su veneno en
la mente de Franco. Sus palabras sembraban duda en el guerrero, y
este, por primera vez, sintió que probablemente tenía que darle una
oportunidad a las suposiciones de otros, ya que, parecía estar
completamente cegado por la idea de encontrar a su mujer.
El emperador, para poder calmar el dolor y la desesperación de
Franco, organizó una orgía masiva en su honor, en la cual, podría
disfrutar de cinco mujeres de las más serviciales, obedientes y
desearles de todo el imperio. Esto, al menos silenciaría un poco
esos gritos de dolor que ensordecían a Franco, quien sentía que
aquello era absurdo, pero no podía rechazar un gesto del
emperador como ese.
— No creo que sea necesario, mi señor. Creo que ni 1000 mujeres
podrían apaciguar este dolor que siento. Lamento que no haya
accedido a mis demandas. He demostrado siempre lealtad y entrega
al imperio, pero veo que no necesariamente eso será retribuido. Si
tengo su autorización, me retiraré.
— No veas las cosas desde un punto de vista tan extremo, Franco.
Te admiro, te respeto y te considero uno de mis hombres de
confianza o más cercanos. Créeme, lo que estoy haciendo, es por ti,
quiero que superes este momento tan difícil. Te entregaré cinco de
mis mejores mujeres, ellas harán por ti todo lo que quieras, te harán
olvidar el dolor y te sentirás mucho mejor.
Franco vio como aquellas hermosas mujeres con muy pocas
vestiduras, aparecieron en la escena, custodiadas por los soldados.
Este fue guiado hacia una de las habitaciones privadas del
emperador, y allí, sobre una cama enorme de sábanas blancas, fue
agasajado por estas hermosas chicas, las cuales, eran una más
sexy que la otra. Dos de ellas, se ubicaron en sus muslos,
comenzaron a desnudarlo, y cuando se encontraron con aquella
enorme polla de 19 cm que poseía Franco, comenzaron a
chupársela lentamente, mientras se lo compartían.
Dos de las otras chicas, mostraron sus pechos desnudos ante él,
ante lo que la cercanía de sus tetas al rostro de Franco, este
comenzó a masajearlas, y a besarlas lentamente. Una de ellas era
rubia con el cabello lacio hasta la cintura, una pelirroja excitante de
cabello ondulado, y una morena de cabello frondoso y labios
carnosos, que no se había Contenido ante sus ganas de besar a
gladiador.
Fue una experiencia muy gratificante, ya que, mientras dos de las
chicas compartían su polla entre besos y lenguas juguetonas, otras
dos dejaban que este le devorara las tetas, pero cuando Franco ya
estaba dispuesto a follar de verdad, apartó a todas las chicas, he
hizo una seña con su mano a la pelirroja que se masturbaba cuyo
coño estaba húmedo y palpitante.
Esta se ubicó sobre él, y comenzó a cabalgarlo suavemente,
mientras su polla se incrustaba hasta el fondo de aquella exuberante
chica de vientre plano y caderas anchas. Las manos de Franco
parecían bastante ocupadas estimulando los coños de sus otras dos
compañeras. Las más atrevidas, lamía los dedos de sus pies,
mientras la otra, se ubicaba justo sobre su rostro, haciendo que este
le devorara el coño mientras la pelirroja hacía movimientos salvajes
sobre su pene, amenazando con quebrarlo en dos partes.
Hizo acabar a la pelirroja, y cuando se concentró en ella le apretó
las tetas con fuerza con sus robustas manos, y comenzó embestirla,
mientras su clítoris se frotaba con la piel de aquel hombre. Tenía
toda aquella enorme polla perforándole su rico coño, mientras la
chica, deliraba de placer. Tras dejarla con un orgasmo magnífico de
completamente exhausta, Franco sube y coge entre los muslos de
una de las chicas de piel oscura, comenzó a devorarle el coño, le
metía la lengua hasta lo más profundo de su vagina, mientras dos
de las chicas, aún ansiosas por su dosis de placer, le chupaba la
polla simultáneamente.
Parecía ser una competencia de orgasmos, y determinar cuál de
todos era el siguiente en terminar, pero Franco aún tenía mucha
energía y se había propuesto el reto de complacerlas a todas.
Después de movimientos magistrales con su lengua, y
penetraciones con su dedo que llegaban hasta el fondo de aquel
jugoso coño de labios pronunciados, hizo explotar a la chica de piel
oscura.
Esta masajeaba a sus tetas, y hacía que el sudor que emanaba de
sus poros fuesen esparcidos por todo su cuerpo, mientras la mía
sus labios, y sentía que las lágrimas brotaban por sus ojos ante la
perfección de aquel orgasmo.
Franco ya había cubierto a dos chicas de las cinco que le habían
proporcionado placer. Estas habían quedado exhaustas, así que,
ellas se abrazaron a un lado de la cama mientras acariciaban sus
pieles mirando como Franco complacía a las otras tres restantes. A
la chica de piel blanca y cabello lacio rubio hasta la cintura, la ubicó
a cuatro patas, y se colocó detrás de ella, insertándole su dedo
pulgar en el culo, mientras la penetraba con su polla en su coño.
Esta, se masturbaba el clítoris mientras recibía las penetraciones de
este hombre, el cual, estuvo a punto de correrse en dos ocasiones,
ya que, aquel coño estaba tan caliente y ajustado, que le recordaba
el de Aurora. Pero no fue sino hasta que le propinó un par de
nalgadas aquella mujer y le tomó el cabello, que despertó sus
sensaciones más extremas, haciendo que esta se corriera para él,
mientras todo su cuerpo se estremecía.
Cada orgasmo había sido distinto, y Franco estaba dispuesto a
terminar la tarea con las dos restantes. Las ubicó una al lado de la
otra con sus piernas bien abiertas, y mientras le metía los dedos en
el coño a cada una de ellas, sus dedos pulgares estimulaban los
clítoris de ambas chicas, las cuales, comenzaron a besarse
apasionadamente mientras recibían la estimulación de este sujeto.
Las hizo correrse a ambas a la vez, algo que mostraba la maestría
de los dedos de Franco, el cual, parecía ser una máquina
proveedora de placer.
Colocó a las cinco chicas justo frente a él de rodillas, mientras
sacudía su enorme pene, masturbándose para hacer que estas
recibieran una descarga de leche en sus caras. Algunas de ellas
dejaban que sus lenguas se mostraran, otras chupaban las bolas del
marido, alguna acariciaba sus muslos, otra sujetaba las nalgas del
hombre, masajeándolas para que este sintiera una excitación mucho
más extrema.
Ellas apretaban sus tetas, dejaban caer gotas de saliva sobre sus
pechos para lubricarlo, y finalmente, Franco dejó estallar aquella
polla, expulsando chorros de leche que alimentaron a sus zorras
ansiosas y hambrientas.
Una vez satisfecho, Franco ordenó que las chicas abandonaran la
habitación. Estas, aún con sus rostros llenos de semen,
abandonaron el lugar completamente desnudas, mientras Franco
quedaba completamente tendido y exhausto en la cama. Acariciaba
su adolorida polla, la cual, había tenido que satisfacer a las cinco
mujeres, pero había cubierto la cuota y así se sentía poderoso
nuevamente.
Aunque la oferta no había sido nada atractiva en un principio para
Franco, finalmente había quedado muy satisfecho y agradecido con
el emperador. Pero esto no quitaba de su mente los múltiples
pensamientos que le aseguraban que su esposa no lo había
abandonado. Volvió a las rutinas de entrenamiento y poco a poco la
normalidad comenzó a regresar a su vida.
Muchos rumores habían comenzado a crecer, asegurando que
Aurora se había enamorado de un rebelde y había escapado junto a
él, pero Franco no daba crédito a comentarios tan absurdos. Otros
decían que se había tirado al lago ante la depresión porque habían
surgido rumores que corrían alrededor de la muerte de Franco.
Cuando este se encontraba en la guerra, supuestamente algunos
comentarios llegaron a los oídos de Aurora que aseguraban que
Franco había muerto tras ser atravesado con una lanza en el campo
de batalla. Esto, llevaba a un triste Franco a sentarse durante largas
horas en el lago a realizar preguntas en voz baja tratando de
encontrar una señal de Aurora, pero no podía creer que su mujer
subiese quitado la vida de una manera tan abrupta sin haber visto
su cuerpo antes.
Lo cierto es que muchas historias habían comenzado a tejerse
alrededor de Aurora y Franco, pero ninguna de estas suposiciones o
rumores parecían satisfacer a Franco. Este intuía que había algo
más profundo y oscuro alrededor de esa situación que podría
involucrar influencias más grandes de las que él podía dominar.
Franco había disfrutado de aquella orgía que Octavio le ofreció, y
folló a aquellas mujeres hasta dejarlas muy complacida, pues era
muy varonil, musculoso, fuerte, seguro de sí mismo y con una
valentía que comenzaba a desmoronarse, pues temía por el
paradero de Aurora. Habían pasado dos años desde la desaparición
de su mujer, y ya las heridas habían comenzado a sanar
parcialmente.
Se decía que Franco finalmente ya había recuperado nuevamente
su espíritu, y que todo aquel infierno que había atravesado sólo
había hecho que este aflorara con mucho más poder, más fuerte, y
decidido a romper todos los rumores y mitos que se habían tejido
alrededor de él y su esposa. Aunque Franco pensó que se había
olvidado de Aurora, y que su mente ya estaba ocupada en nuevos
asuntos, se dio cuenta de que todo estaba fresco cuando se
enfrentó a una nueva prueba del destino.
La vida le estaba jugando una mala broma cuando se encontró por
primera vez con una belleza similar a la de Aurora. No pudo creer lo
que vio cuando miró pasar a aquella nueva esclava que sería
presentada ante el emperador Octavio aquella tarde. La chica
caminaba con grilletes en su cuello y muñecas, con cadenas tan
pesadas que la hacían encorvar, estaba agotada, había caminado
durante muchos kilómetros y apenas le habían dado agua para que
no se desmayara.
Cuando Franco vio esa mujer le recordó a su esposa, y de hecho,
no le dio crédito a sus ojos, pues era muy parecida, después de dos
años de traumas difíciles de superar, ahora se estaba enfrentando
una situación que lo hacía dudar nuevamente de su cordura. La
chica fue presentada ante el emperador, el cual, se mostró bastante
impresionado ante la belleza de Ayla.
— ¡Bienvenida a casa! Me imagino que eres una de las rebeldes
mal agradecidas que ha escapado de mi reino. ¡Eres muy hermosa!
Dime tu nombre. — Dijo Octavio, mientras se acercaba a la chica.
— Soy Ayla... Y este no es mi hogar. Mi hogar lo han destruido tus
hombres, mataron a mi familia, destruyeron todo lo que podía llamar
hogar.
— Aquí tendrás un lugar mucho más cómodo, digno de alguien tan
hermosa como tú. ¡Que linda eres! ¡Me encantas! — Dijo Octavio,
mientras acariciaba la mejilla de la enardecida Ayla.
Era evidente que en su rostro se mostraba la rudeza y fiereza de
una chica decidida, pero era precisamente ese tipo de mujer que le
encantaban a Octavio, ya que, podría domar a una fiera salvaje.
— ¡Por favor, déjenos solos! Veremos de qué está hecha esta
deliciosa jovencita. — Dijo el emperador, mientras dejaba caer su
bata al suelo. Quedando completamente desnudo.
Aquel era un hombre con sobrepeso, ya con una edad avanzada,
pero cuyo apetito sexual siempre estaba al límite para poder
complacer a sus amantes. Este se acercó a ella y comenzó a
desnudarla, despojándola de todas sus ropas, y aunque sabía que
estaba sucia, había un morbo tremendo que se despertaba en la
mente del emperador, ya que, le encantaba ese olor intenso de las
chicas cuando pasaban varios días sin tomar un baño.
Quizá, lo hacía sentir más orgánico, más real, así que, cuando la
miró desnuda y contempló su coño cubierto de un bello fino y
delicado, y sus tetas voluptuosas así con pezones rosados, el
emperador comenzó masturbarse, acercándose a ella lentamente, y
obligándole a que esta se pusiera de rodillas.
Cuando su polla ya estaba erecta y dura para metérsela en la boca
a Ayla, esta se puso de pie, y utilizó uno de sus propios grilletes
para cortar la cara del emperador. Este, no dudó en tomarla del
cabello y lanzarla al suelo con una violencia tremenda que casi hace
que la chica estrellara de su cráneo contra la superficie del suelo.
— ¡Maldita! ¿Cómo te atreves a atacarme?
— Vuélveme a poner una mano encima, gordo asqueroso, y te juro
que te arrancaré la polla. — Dijo Ayla, con una adrenalina tremenda
corriendo por todo su cuerpo.
— ¡Me gustan las salvajes como tú! Pero no voy a gastar energía en
ti. Creo que te mereces algo acorde a tu ímpetu y espíritu. Veamos
si eres capaz de actuar de la misma manera con mis gladiadores.
Ayla no tenía la menor idea de lo que estaba por venirle, pero el
emperador sí tenía muy claras cuáles eran sus intenciones, pues
entregaría a la chica para que fuera violada directamente por sus
guerreros más feroces. Ella iba a conocer el infierno desde ese día,
pues fue enviada a la plaza de entrenamientos.
Bajo este edificio había barracas en las cuales encerraban a las
esclavas sexuales para el desahogo sexual de los peleadores. Ellos
podían servirse de estas mujeres cuando así lo desearan, se
turnaban de una manera bizarra y retorcida para follar a estas
mujeres hasta que acabaran con sus espíritus y ya eran
completamente inservibles. Acto seguido, eran lanzadas a los tigres
y los leones, los cuales se alimentaban del cuerpo vivo de estas
chicas que no tenían ya ni fuerzas para defenderse.
Ayla tenía demasiado orgullo para implorarle al emperador que no le
hiciera daño, así que, simplemente aceptó su destino. Fue llevada a
las barracas y atada a grilletes y cadenas que la inmovilizaban,
manteniéndola en la posición justa, y completamente desnuda para
hacer el objeto sexual de estos salvajes desalmados.
El primero que había ganado el privilegio de tenerla era Severo, uno
de los hombres más grandes intimidantes bajo las órdenes del
emperador. Era el peleador más fuerte, generador de
entretenimiento para las masas en los espectáculos del coliseo. Él
bajó a las barracas después de una larga sesión de entrenamientos,
con su cuerpo sudado, maloliente, y con una adrenalina y euforia
tremenda, iba a drenar toda esa energía con la chica. Se presentó
frente a una aterrorizada chica, la cual, tuvo que entregarse a él al
no poder defenderse.
Fue follada por Severo de una manera violenta, mientras este se
sujetaba de sus caderas, incrustándole la polla hasta el fondo de su
coño mientras rebotaba contra sus nalgas. Aquel hombre,
sujetándose a sus tetas, movía su cadera, metiéndole la polla y
sacando la una y otra vez de una manera tan rápida, que Ayla ni
siquiera podía respirar. Finalmente, le extrajo la polla y disparó su
descarga de leche sobre sus nalgas, respirando profundamente
mientras se hallaba satisfecho de haber disfrutado del cuerpo de
una jovencita tan obediente.
Ayla ni siquiera había llorado, simplemente había mordido sus
labios, cerró fuertemente sus ojos y apretó las cadenas con sus
manos, mientras resistía aquel infierno que le había hecho vivir
Severo. Aquella solo sería la primera de muchas experiencias que
venían en el futuro, no se imaginaba si sería capaz de resistir aquel
infierno. De nuevo volvía a imaginar a su familia, y hubiese preferido
morir asesinada en aquella aldea de sobrevivientes, en lugar de
estar afrontando ese destino que la vida le había preparado.
Cuando Severo abandonaba las barracas, se encontró con Franco,
quien lamentó no haber podido llegar a tiempo, ya que, recién se
había enterado de que la chica había sido enviada a las barracas.
— ¡Suerte, esa chica es toda una delicia! Me he servido de ella con
mucho gusto. ¡Disfrútala! — Dijo Severo, mientras le hablaba a
Franco pensando que era el siguiente en follarla.
Ese día, Franco conoció a Ayla, quien estaba completamente
devastada, y había sucumbido ante el llanto.
— ¿Eres tú el siguiente? Vamos, hazlo rápido. Mientras más rápido
lo hagas, menor sufrimiento para mí. — Dijo la chica, entre sollozos.
— No, no estoy aquí para hacer esta aberración... Estoy aquí para
ayudarte.
— ¿Por qué harías eso? No me conoces.
— En algún momento tendré la oportunidad de explicarte. Pero por
ahora, quiero que estés consciente de que hay una esperanza. Vas
a salir de aquí, sólo no te quiebres. ¡No sucumbas ante la
desesperación, voy a ayudarte!
Franco se marchó, totalmente decidido a convertirse en el héroe que
dejaría ir a Ayla de aquel lugar infernal que probablemente le haría
compañía en su mente durante largos años como uno de los lugares
más aterradores y traumáticos. Para Franco, era impresionante el
parecido que tenía esta chica con su esposa. Le prometió que la
haría libre y le aseguro que nadie más tocaría su cuerpo sin su
consentimiento.
Franco se presentó frente al emperador Octavio esa noche mientras
disfrutaba de la cena.
— ¡Bienvenido, Franco! Siéntate y comparte un poco de este manjar
junto a mí. — Dijo Octavio.
— Lamento rechazar su invitación, mi señor, pero he venido con
otras intenciones. Me gustaría pedir la liberación de una de las
esclavas.
— ¿Cuál de ellas?
— Ayla, mi señor.
— No, ella merece estar allí. ¿Ves una cicatriz en mi rostro? Eso me
lo ha hecho esa zorra. Debe estar ahí abajo sufriendo los peores
infiernos, antes de que su cuerpo sea devorado por los leones.
Franco sintió un poco de gracia al saber que esa cicatriz se la había
hecho Ayla, pero esto haría un poco más difícil la tarea de liberarla.
— Renunciaré a mi puesto como líder de las tropas si no accede a
mis demandas, mi señor.
— ¿Cuál es tu interés en esa chica? ¿Apenas y acaba de llegar y ya
la quieres para ti solo? ¿Acaso no te complacen las orgías que
organizo periódicamente para ti?
— ¡Quiero a la chica! Y esas son mis condiciones.
— Ahora entiendo, puedo recordar esos ojos grises de esa jovencita
insolente. ¿Acaso te recuerda a Aurora?
Franco se vio confrontado, y no pudo decir una sola palabra, pero
sabía que aquel hombre estaba jugando con su mente.
— Franco, te tengo mucha estima, y creo que es momento de que te
revele algo que he descubierto recientemente. Severo es quien ha
ayudado a Aurora a fugarse, según mis fuentes. No puedo permitir
que tomes cartas en el asunto, pero si puedo arreglar una pelea en
el coliseo, la cual, si ganas, te entregaré a la esclava Ayla.
— ¿Severo? ¿Él sabe en donde está Aurora?
— Eso no podría asegurártelo... Pero él es el único que puedes
responderlo. Si le ganas en el coliseo, te daré respuestas, y acto
seguido tendrás que matarlo. Esas son mis condiciones para
entregarte a la esclava.
El emperador no estaba convencido de si cumpliría su palabra, pero
en los ojos de Franco pudo ver la convicción de que estaba
dispuesto hacer cualquier cosa por tener a Ayla. El emperador tenía
al guerrero en sus manos.
3
Franco empuñaba su espada frente a Severo, quien estaba
dispuesto a todo por demostrar que era el guerrero más letal de todo
Astraea. Este hombre, había eliminado a muchos guerreros, su
espada se había manchado de sangre en múltiples oportunidades,
terminando con la vida de sus contendientes mientras la mirada de
todos quedaba estupefacta ante la brutalidad de la manera en que
este peleaba.
Había que estar realmente loco para meterse a una arena junto a
Severo. Este hombre era un verdadero demonio, un monstruo
musculoso, el cual, estaba dispuesto a cegar la vida de cualquiera
que lo retara. Su contextura era la de un toro, con un tamaño de 2
metros, era intimidante, y hacía generar escalofríos en sus
contendientes.
Aunque la mayoría de estas peleas eran arregladas por el
emperador, quien sólo quería ver un espectáculo de sangre, y en
esta oportunidad todo había sido diferente, Franco estaba dispuesto
a hacer cualquier cosa por ayudar a Ayla. Ella era una chica
inocente que había caído en las manos equivocadas, había estado
en el lugar equivocado y tuvo un destino que no era el justo.
Franco estaba nublado totalmente por la necesidad de ayudar a esta
chica, no había forma de que alguien pudiese hacerlo cambiar de
parecer, y un combate contra Severo, sólo podría llevarlo a un
escenario, o sobreviví a él, o tenía que matar al guerrero.
Enfrentarse a ese guerrero tan intimidante, no sería una tarea
sencilla, ya que, Severo era un peleador profesional, cada día se
enfrentaba a los guerreros más poderosos del lugar, y
constantemente se encontraba entrenando para hacer el más
imbatible de Astraea.
Franco por su parte tenía una doble motivación que lo impulsaba a
entrar a ese combate, primero debía vengar a Ayla por haber sido
abusada por este hombre, y segundo, quería ofrecerle libertad,
tranquilidad y paz. El hecho de que fuera ella quien marcara el
rostro del emperador, había generado un profundo interés por parte
del guerrero. Él sabía que esa chica tenía un espíritu que sería
quebrantado con facilidad mientras estaba encerrada en aquellas
barracas.
Franco tenía que aceptarlo, desde que había perdido a su esposa
Aurora, absolutamente nada le había generado una motivación tan
fuerte para luchar como lo que había hecho Ayla con él. Lo más
impresionante es que no había interactuado con ella, no había
intercambiado palabras, mucho menos había tenido la oportunidad
de conocerla, ya que, en medio de su encierro, las condiciones eran
bastante limitadas.
Pero tan solo recordar aquellos ojos grises, motivaban a Franco a
dar el todo por el todo, tenía que hacer tanto como podía para poder
conseguir a la libertad de la chica, ya que, ella necesitaba recuperar
esa libertad que le habían arrebatado los hombres del emperador.
Había algo creciendo en el interior de Franco que no sabía cómo
definirlo, era un interés muy fuerte que estaba enfocado
exclusivamente en Ayla, quizá estaba cegado por su aspecto,
probablemente, esa mirada tierna e inocente que irradiaba la chica
lo había cautivado y lo estaba motivando a ser algo completamente
loco, ya que, entrar a un combate a muerte simplemente para ganar
la libertad de una extraña, no parecía ser algo muy lógico.
Las marcas que habían comenzado a quedar en la vida de Ayla, no
serían fáciles de borrar, ya que, el hecho de ser abusada por un
gladiador, y torturada psicológicamente en medio del encierro era
algo con lo que tendría que lidiar Franco posteriormente, pero
primero tenía que encargarse de proveerle la libertad, esa era la
misión principal, y era eso lo que iba a conseguir, por lo que, en los
días siguientes, Franco se dedicó a entrenar arduamente, ya que,
Severo no sería un contendiente sencillo de derribar.
Franco no era un hombre tonto, una parte de él sabía que el
emperador probablemente no cumpliría su palabra, sabía que
Octavio era un hombre que engañaba a los inocentes, manipulaban
las situaciones para él siempre sacar un beneficio, y no iba a ser
algo simplemente por ayudar a Franco. Liberar a la chica no sería
tan sencillo, él tendría que generarle algún tipo de beneficio al
emperador, pero aún no sabía lo que le esperaba.
Franco había crecido en Astraea, nunca había sentido la necesidad
de escapar de allí, defendía a los más débiles, y se preguntaba por
qué la mayoría de las personas escapaban arriesgando sus vidas
hacia Erato. Se preguntaba si realmente la calidad de vida y la
manera en que hacían las cosas en aquel reino enemigo eran tan
buenas como las personas aseguraban. Los más viejos, decían que
en alguna oportunidad tuvieron la oportunidad de visitar Erato, y
deseaban con todo el anhelo de sus espíritus, poder regresar a ese
lugar.
Octavio había hecho que todo fuera desesperación, desolación y
caos en Astraea, ya que, no gobernaba, había dejado que sus
soldados tomaran el control de todo, así que, este se divertía en sus
asuntos, mientras los arbitrarios soldados que estaban bajo la
sombra de este emperador, hicieran cosas nefastas, como
violaciones, ratos, secuestros, sin que no hubiera una sola
consecuencia.
Franco no respaldaba este tipo de acciones, de hecho, castigaba a
aquellos que eran capturados por él en persona. No podía permitir
que las personas siguieran pensando que las tropas estaban
plagadas de psicópatas y asesinos, pero eran muy contados los
hombres que podían sacarse de esa bolsa llena de ratas,
violadores, y enfermos sedientos de violencia.
Uno de los hombres que más conocía Octavio era Franco, y por
eso, sabía que a este no le gustaba en lo absoluto que le dijeran lo
que tenía que hacer. Cuando alguien trataba de coaccionarlo,
presionarlo o manipularlo, siempre afloraba lo peor del emperador,
por lo que, Franco se estaba arriesgando a ver una cara de Octavio
que no quería ver surgir nuevamente. Nadie había obligado a
Franco a entrar en esa dinámica, el mismo por cuenta propia, había
tratado de conseguir una oportunidad para Ayla, la cual, hasta ese
momento se encontraba encerrada en las barracas, esperando a
que su destino finalmente fuera definido en una batalla que había
solicitado el propio guerrero.
Octavio esperaba paciente a que se llevara a cabo la pelea, tanto
Franco como Severo, entrenaban arduamente para dar un
espectáculo a todos los presentes. Mientras ese combate se
organizaba, la incertidumbre invadir a la mente de Ayla, la cual, con
grilletes en sus muñecas y cuello, no se imaginaba si realmente
tendría una posibilidad de sobrevivir a un evento tan nefasto como el
que estaba por llevarse a cabo.
Había descubierto que el emperador era un desalmado que no tenía
ningún tipo de empatía por la humanidad, este era capaz de
generarle el dolor más profundo a las personas que no estaban de
acuerdo con él. Quienes no se ponían de rodillas para obedecerlo,
debían ser castigados y afrontar los peores sufrimientos para que
entendieran que el superior era él. Desde cualquier perspectiva,
Octavio podía ser señalado como un demente, no tenía ningún tipo
de sentimientos empáticos por nadie, tenía un amor propio muy
profundo, y el único que satisfacía era a él mismo.
No importaba cuáles eran los caprichos más retorcidos que pasaron
por la mente del emperador, todos debían ser complacidos sin
ningún tipo de réplica. Cuando el combate finalmente se iba a
realizar, Ayla fue sacada de las barracas para contemplar la batalla.
Se había corrido la voz por todo el lugar que aquella batalla entre los
dos peleadores más poderosos de Astraea, tenía como único
objetivo la liberación de una esclava que se había ganado el
corazón de Franco.
De esta manera, captarían el interés de muchos más presentes, los
cuales, se darían cita en aquel Coliseo pagando un gran tributo para
poder ver la pelea más importante de todos los tiempos. Tanto
Severo como Franco, eran dos peleadores que eran admirados, y
los cuales, nunca se imaginaron que se verían juntos en una arena
para enfrentarse. Se sabía que aquellos combates debían terminar
con la muerte, y pensar tan sólo en que uno de los dos caería
derrotado, era casi impensable para las personas.
Podía decirse que eran los dos héroes de Astraea, dos guerreros
invaluables que eran admirados por todos, por razones diferentes,
eso sí, ya que, mientras uno era un muro de maldad y hecho
exclusivamente para matar, el otro era un guerrero justo, el cual,
siempre tomaba muy en cuenta sus valores antes de utilizar su
espada.
El anuncio dramático de que una esclava había enamorado a
Franco y lo había llevado a retar a uno de los peleadores más
letales de Astraea, había llamado la atención de todos sus
habitantes. Estos veían en este evento, una mínima posibilidad y
una esperanza proyectada en Ayla, ya que, si esa esclava podía ser
liberada, al menos todos tenían una esperanza en un corazón puro y
valiente como el de Franco. Todos los asistentes tuvieron que pagar
una gran cantidad de monedas para poder ingresar al coliseo.
Muchos, utilizaron sus ahorros para poder ser parte de un evento
histórico, el cual, iba a marcar un antes y un después en la vida de
muchos involucrados. Este evento no sólo significaba la muerte de
uno de los gladiadores como ocurrió en la mayoría de los casos,
también involucraba la libertad de una esclava, el levantamiento de
un guerrero y su espíritu, y la debilidad de un emperador, el cual,
sabía que Franco no debía ganar, así que, por eso había arreglado
aquella pelea, nadie le había ganado a Severo en ninguna
circunstancia, así que, toda la ventaja parecía estar a favor del
emperador Octavio.
Mucho se hablaba sobre la demencia en la que había caído este
líder, y aquellas últimas decisiones que había tomado, no tenían
lógica en absoluto. Sus comportamientos eran violentos, había
arrebatos de locura que terminaban en golpizas brutales en contra
de algunos de sus soldados, los cuales, no cumplían con sus
órdenes. Eran castigados por las propias manos del emperador.
No había forma de que pudieran responder, si alguien era capaz de
hacerle daño a este monarca, fácilmente enfrentaría la peor muerte
posible. Ayla era la única que había sido capaz de herir al líder con
uno de sus grilletes, el cual, al tener un filo inadecuado, había
conseguido generar un corte limpio en la mejilla derecha del
emperador, dejando una cicatriz que lo acompañaría hasta la
muerte.
Este hecho, había disparado la furia del emperador, quien no había
querido ver morir a la chica, pero si había disfrutado de enviarla a
los peores sufrimientos. Había gran duda en la mente del emperador
al no saber qué era lo que había despertado la motivación de
Franco, sabía que la chica tenía un parecido impresionante con su
ex esposa. Pero no podía ser tan básico como para simplemente
enamorarse de alguien por un parecido físico.
Ayla estaba muy débil, ya que, no había comido bien en muchos
días, solo recibía las obras de los soldados, pedazos de huesos de
pollo y cerdo, que apenas tenía un poco de carne. Sentía un
profundo asco al tener que comer la comida que otros habían tirado
a la basura. Era repulsivo el trato que le daban, pero era una
esclava, y tenía que ajustarse a ese tipo de tratos, no sabía cuánto
tiempo duraría, y caer en la desesperación, solo la llevaría al
colapso más rápido.
Ella no estaba allí de paseo, no había ido al reino de Astraea como
una turista, estaba allí como una prisionera y debía cumplir las
órdenes del emperador, o de lo contrario, sería sometida a los
peores sufrimientos, como estaba siendo demostrado. Ayla había
descubierto en carne propia porque la mayoría de las personas se
escapaban de ese lugar. Ese hombre era un demente, un psicópata,
e iba a hacer lo posible por cobrar venganza cuando tuviera la más
mínima oportunidad.
El pequeño acto que había tenido dejarle una marca en el rostro, era
tan solo una pequeña victoria que Ayla sentía que había logrado, al
menos, dejando una marca como él lo había hecho él en el alma de
la chica. Octavio había asesinado a su familia, había matado a sus
amigos, destruyó el asentamiento en el cual la chica había crecido,
ella no merecía algo así, así que, había retribuido con una herida al
emperador, parte de lo que muchos en el pasado hubiesen querido
hacer.
Cuando la pelea inició, Franco fue golpeado brutalmente por
Severo, quien parecía desde un principio que ganaría la pelea con
mucha facilidad. Esto dejó muy satisfecho a Octavio, el cual, sabía
que su plan iba a funcionar, no iba a ser tan sencillo, pero al menos,
se quitaría de encima a alguien que había comenzado a opacarlo.
En las calles, comenzaban a correrse rumores acerca de Franco, el
cual, podría ser la posibilidad de ser libres definitivamente.
Durante muchas décadas, se había estado esperando a alguien que
fuera capaz de rebelarse en contra del emperador, los ancianos,
hablaban sobre la llegada de un espíritu joven que llegaría para
dejar en ridículo al emperador alguna vez, y tendría el valor
suficiente para someterlo. Muchos habían muerto esperando a que
esa realidad llegara, pero bastó con este acto lleno de sinceridad,
honestidad y buen corazón por parte de Franco para que las
esperanzas de muchas personas comenzaran a crecer nuevamente.
Franco fue golpeado brutalmente en los costados, en el rostro, era
derribado con mucha facilidad, pero este se protegía con su escudo,
y realizaba movimientos muy ágiles, ya que, esa era su ventaja, la
velocidad. En comparación con Severo, tenía un peso bastante
menor, así que, la movilidad de este le permitía esquivar con mucha
destreza algunos de los ataques de este peleador.
Ayla no entendía por qué Franco había tomado la determinación de
ayudarla, no lo conocía, jamás lo había visto, pero miraba con ojos
de preocupación la manera en que este arriesgaban su vida por ella.
Era un grave error depositar sus esperanzas en algo así, pero era la
primera vez que estaba atravesando por un evento como este, y
tenía que aferrarse a ese tirano de esperanza que aún permanecía
en su corazón.
Los largos días de oscuridad que estuvo encerrada en las barracas,
estaban quebrantando su espíritu, le estaban arrebatando toda la fe,
y la estaban convirtiendo en una sumisa que tarde o temprano
reclamaría Octavio para seguir jugando al líder inquebrantable.
Desde la perspectiva de Ayla, Franco era como un ángel peleador
que había descendido desde los cielos para ayudarle a salir de ese
lugar tan infernal.
La manera en que peleaba Franco era mucho más rápida y precisa,
con mucho más técnica y estrategia, pero Severo era salvaje,
violento, y embestía con una fuerza que partiría a Franco en dos si
uno de esos golpes llegaba a alcanzarlo con toda la brutalidad en
alguno de sus costados.
En el rostro de Franco, podía verse claramente el sufrimiento que
este estaba experimentando, pero una y otra vez se ponía de pie,
demostrando el guerrero que era. Parecía estar hecho de acero,
pero un contendiente como Severo, no era fácil de vencer, así que,
dependía de su energía, estrategia en inteligencia, ya que, el estilo
de pelea de su adversario era simplemente brutalidad y violencia.
Los movimientos de Franco tenían como objetivo agotar a Severo,
pero hicieron que Octavio se aburriera. Este, veía que no había
sangre, no había acción, simplemente un guerrero desgastado, y
otro que estaba esperando el momento adecuado para asestar el
golpe letal. Desde la perspectiva del emperador, Franco no debía
ganar esa pelea, se estaba convirtiendo en alguien molesto, era una
espina en su pie, era un futuro líder para los rebeldes y no podía
permitir que eso siguiera ocurriendo.
Es decir, el objetivo principal del emperador, era tener a Franco
muerto, prefería perder a uno de sus guerreros más valiosos que ver
nacer a un nuevo enemigo. La decisión de Octavio fue clara, ordenó
que se libraran un par de leones encadenados, los cuales reducían
el espacio de combate. Esto impulsaban los peleadores a juntarse
cada vez más, el perímetro de ataque se hacía más reducido y los
juntaba obligándolos a que estos combatieran en lugar de esquivar
los ataques una y otra vez.
Aquello no había sido parte del acuerdo, Franco, miró directamente
al rostro de Octavio, el cual comenzó a sonreír de satisfacciones al
ver que la acción iba a multiplicarse muy pronto. Los leones no eran
parte de las exigencias de Franco para que ella pelea, sabía que
Todo se pondría en su contra muy pronto, y si no peleaba con
cuidado, entonces fácilmente sería derrotado por Severo. Aquel
movimiento por parte del emperador había sido una completa
desventaja para el luchador, ya que, era un peleador que utilizaba
su espacio para evasión y el ataque.
Entre tantos ataques su recurso se rompió, y en uno de los
movimientos de Severo, había perdido su espada, por lo que, ya
sólo dependía únicamente de su inteligencia.
— Severo, sabes que esta pelea no va a terminar sin uno de los dos
muertos. La razón por la que estoy aquí, es para saber dónde está
Aurora. Sé que tú sabes adonde fue. ¡Vamos, dímelo antes de que
todo empeore! No quiero morir sin saber a donde fue.
— No tengo la menor idea de lo que hablas, Franco, además, esto
es un combate a muerte, cierra la puta boca y pelea, cobarde. —
Dijo el guerrero, antes de atacar brutalmente a su enemigo.
— Sabes muy bien que no tengo nada en tu contra. Pero Octavio
me dijo que tú ayudaste a Aurora a escapar de Astraea. ¡Dime a
donde fue!
— No estoy aquí para conversar, Franco. Tenemos que dar un
espectáculo, pelea a muerte, a eso hemos venido. — Dijo Severo,
mientras se veía obsesionado con la idea de eliminar a su
contrincante.
Pero al no tener ningún tipo de respuesta por parte de su
adversario, Franco estaba a punto de enloquecer, él había llegado
allí con un único objetivo, así que, lo iba a cumplir bajo cualquier
circunstancia. El hecho de no tener ningún tipo de información por
parte de Severo, enardeció a Franco, quien pasó debajo de sus
piernas, golpeó la parte interna de su rodilla y quebró su pierna
derecha.
Cuando Severo cayó adolorido al suelo, estuvo vulnerable ante
cualquier ataque de Franco, quien golpeó con sus puños
fuertemente a los lados de su cabeza, aturdiéndolo y dejándolo
bastante confundido. Esto puso nervioso al emperador, quien se
puso de pie para observar con detalle lo que estaba ocurriendo.
Franco le dio una última oportunidad a Severo para que hablara,
pero este no tenía la menor idea de donde estaba Aurora.
— Sigues preguntándome por Aurora, pero no puedo decirte nada al
respecto. Hice una promesa, y tengo lealtad sobre todas las cosas.
— Dijo el confundido Severo.
— Entonces sí tienes algo que ver. Te mataré ahora mismo y sabes
que va a ocurrir. ¡Sólo dime qué pasó!
— Aurora fue violada por Octavio, y fui yo quien se encargó de
desaparecer el cuerpo. Lo lancé a los leones para que estos se
alimentaran. No fue una decisión propia, Franco… Fue una orden
del emperador. — Dijo el guerrero, mientras se resignaba a morir.
Aquellas habían sido órdenes del emperador, pero en parte, Severo
también era culpable, ya que estaba involucrado en aquella
situación. Franco, consumido por el odio, tomó la espada del
gladiador, y se le enterró en la garganta, matándolo ante todos,
manchando la arena de sangre una vez más.
Hubo preocupación en la mirada del emperador, quien sabía que
algo extraño estaba surgiendo en su entorno. La esperanza de los
habitantes parecía estar depositada en Franco, quien levantaba su
espada señalando al emperador. Aunque todos creyeron que se
trataba de un saludo, realmente Franco estaba enviando una señal
a Octavio indicando que este sería el próximo en morir bajo su
espada.
Ayla fue entregada a Franco, quien la llevó a su cabaña, sanó las
heridas de su muñeca y cuello, cuidándola por más de un mes.
Durante ese tiempo, hablaba muy poco, ya que, Ayla mostraba
timidez, ayudaba con las labores de la casa, y mantenía todo limpio.
Pero en una oportunidad, Franco la encontró llorando, y supo que
era el momento de comenzar a indagar acerca de quién era
realmente la chica.
Había respetado su espacio, había tratado de comprenderla, ya que,
esta había atravesado por episodios muy difíciles y probablemente
los estaba superando. Pero al verla llorando de una manera tan
desgarradora, supo que tenía que apoyarla, no podía dejarla sola e
ignorar un momento tan delicado como ese.
— ¿Te encuentras bien, Ayla? ¿Por qué lloras?
— Lo siento, mi señor. No fue mi intención molestarlo. Me imaginé
que mis llantos no eran tan ruidosos. ¡Lo siento por haberlo
molestado! — Dijo la tímida chica.
— Te he dicho muchas veces que dejes de llamarme de esa
manera. No tienes que obedecer a nadie, no debes rendirle pleitesía
a nadie. Pronto serás libre, libre como lo eras antes de que te
trajeran a Astraea.
— ¿Por qué sigues tratándome con tanta gentileza, Franco? ¿Por
qué soy tan especial para ti? — Preguntó Ayla, mientras limpiaba
sus lágrimas.
— Eso no es importante... Lo verdaderamente importante en este
momento, es que tienes una oportunidad de ser feliz, no la pierdas.
Eres una mujer hermosa, dulce, inteligente y especial, y haré lo
posible por regresarte la felicidad a la mirada. — Dijo Franco,
mientras acariciaba su mejilla.
Aquel gesto de cariño, el único que había recibido en mucho tiempo,
la llenó de muchas ganas de vivir, se sintió agradable, sintió un calor
que la recorrió totalmente, dejándola muy satisfecha y complacida.
— Tengo miedo, el emperador Octavio está obsesionado conmigo, y
cada noche tengo pesadillas en las que imagino que entra en un
grupo de hombres, te asesinan y me secuestran para llevarme de
nuevo a las barracas o simplemente a ser poseída una y otra vez
por el emperador.
— Tengo que confesarte que también pienso lo mismo en muchas
ocasiones. Pero para que esos miedos desaparezcan, tenemos que
terminar con todo esto, arriesgar nuestras vidas, y darlo todo para
acabar con la hegemonía de Octavio.
Franco tenía un plan en mente, pero sabía que el momento correcto
para hablarlo, sería en la mañana. La chica estaba muy agitada, se
sentía triste, pero la conversación con Franco la tranquilizó
progresivamente.
Este preparó para ella un té de hierbas, e hizo que la chica se
tranquilizara mucho, abriéndose para él mientras le contaba algunas
anécdotas sobre su vida pasada. Ella le comentó cuán hermosos
eran los territorios que habían sido recorridos por su familia mientras
trataban de escapar de las tropas de Astraea.
Franco simplemente se imaginaba todos esos lugares al ser
descritos con tanto detalles por la chica, la cual, claramente
irradiaba una necesidad de volver a tener ese estilo de vida. Ella
necesitaba afecto, necesitaba amor, y Franco estaba dispuesto a
proporcionarlo. Esa noche cuando se despidieron para ir a dormir,
ella le dio un beso en la mejilla agradeciéndole a Franco por lo que
había hecho, ambos sintieron algo magnífico, un sentimiento
poderoso que los invadió.
Franco acarició su cabello, y le regresó el beso a la chica también
en la mejilla, pero luego de ese contacto de sus pieles, ninguno de
los dos pudo volverse a controlar. Franco se desplazó desde la
mejilla hasta los labios de Ayla, quien permitió que este hombre la
besara de una manera tan romántica y dulce, como la que nunca
antes había sentido.
— No te liberé ni te traje a casa para esto. Quiero que estés
consciente de ello... — Dijo Franco.
— Lo sé, pero durante el tiempo que estado aquí, me he sentido
muy cómoda a tu lado. Eres un hombre bueno, gracias por hacerme
libre.
Ayla volvió a besarlo apasionadamente, y esta vez se abrazó a su
cuello mientras Franco le rodeaba con sus brazos fuertes. Las velas
que iluminaban la cabaña ese día se apagaron, y ambos se
entregaron a una sesión apasionada de romance y erotismo, donde
hicieron el amor por primera vez.
4
Franco recorría el cuerpo de Ayla de una manera majestuosa, desde
las puntas de sus dedos de los pies, hasta sus rodillas. Aquel
hombre se dedicaba a generar pequeños besos delicados, que eran
como pequeñas gotas de rocío cayendo delicadamente sobre las
hojas de una planta durante las primeras horas de la mañana.
Con solo cerrar sus ojos, Franco sucumbía ante la perfección del
aroma natural que despedir a la piel de la chica, la cual, relajada en
el suelo de aquella cabaña, se entregaba a unos estímulos que eran
generados por un hombre que la deseaba con todas sus fuerzas.
Desde que había llegado a ese lugar, simplemente había recibido
malos tratos y torturas, pero bastó con haber llegado a la vida de
Franco para convertirse en el objeto de caricias, comprensión,
ternura y respaldo.
Ayla tenía que aceptarlo, nunca se había sentido tan protegida en
ninguna parte como desde el momento en que se había encontrado
con Franco, quien fue capaz de poner en riesgo su vida para
garantizar su seguridad. Por el momento, Franco descansó de su
obsesión por cobrar venganza, durante las siguientes horas, había
sido únicamente para Ayla, su entrega fue absoluta, su devoción
única, y lo único que tenía en mente, era generarle una combinación
de satisfacción y placer.
Quería que cada caricia fuese especial, dedicarse a cada estímulo
durante el tiempo que fuese necesario para que Ayla viviera una
experiencia inolvidable. Tenía que borrar todas las huellas del
pasado, no le importaba cuántos hombres habían tenido su cuerpo
en el pasado, lo único importante y verdaderamente necesario en
ese momento, era hacerla sentir feliz.
Aunque para muchos la felicidad era difícil de alcanzar, para Ayla, la
felicidad estaba representada por algo simple, ser libre. Le hubiese
encantado volver a ver a su familia, hubiese querido volver a
abrazar a sus padres, y sentirse protegida por sus hermanos, pero
tampoco podía aferrarse a ideas imposibles que sólo la paralizaban
gracias a lo que había ocurrido gracias al emperador, que había sido
nefasto, pero las casualidades de la vida, en ocasiones llevan a
caminos diferentes a Los que inicialmente se esperaba.
Desde un primer momento, Ayla pensaba que su vida estaría
definida por la desgracia de la desdicha, bastaba con mirar a su
alrededor y ver toda la destrucción que se estaba generando en
torno a ella, no tenía forma de controlar nada en lo absoluto, pero
tras la llegada de Franco a su existencia todo comenzó a
normalizarse, un poco de esperanza comenzó a crecer en su pecho,
y ahora podía ver con ojos propios, que la fe podía llevarla a donde
ella quisiera.
No había dejado de creer en que podría salir de esa situación, no
hubo nada que pudiese quebrantar el espíritu de Ayla, la cual, creía
ciegamente en todo lo que le proponía Franco, quien ahora estaba a
punto de dar el paso final hacia un camino lleno de un futuro
prometedor y brillante. Pero esto llevaría trabajo, esfuerzo y mucho
riesgo.
Mientras los besos de Franco recorría sus pantorrillas y rodillas, sus
manos robustas acariciaban sus muslos, masajeando suavemente
la zona y proporcionando una sensación increíble que dibujaba una
sonrisa espectacular en el rostro de Ayla.
Respiraba con tranquilidad, se tomaba las cosas con calma, toda la
satisfacción que le generaba este hombre, debía ser entregada en
las dosis correctas, ya que, no sabía si tendría la oportunidad de
volver a experimentar algo así. Ayla dudaba de si era correcto
entregarse a Franco, ya que, este hombre era parte de las tropas
del emperador, no sabía si debía confiar en él.
Pero sólo bastaba con mirarlo a los ojos y podía ver como aquella
luz irradiaba mostrando a un hombre que era totalmente gentil,
diferente al resto. Aunque era un asesino en el campo de batalla,
dejaba a un lado a esa personalidad hostil y violenta cuando llegaba
a casa.
Franco podría convertirse en el hombre perfecto que acompañaría a
la chica a partir de ese momento en el largo viaje de la vida, pero
ella no esperaba hacerse si esperanzas con un hombre así, el cual,
en cualquier momento podría ser enviado al campo de batalla y se
lo arrebatarían, resultado de una forma literaria, como todo lo que
hacía Octavio.
Lo que no sabía Ayla, era que Franco tenía planes específicos que
involucraban la erradicación para siempre del poder de este
emperador, el cual, había perjudicado al hombre más peligroso que
podía afectar.
Octavio, estaba enamorado profundamente de Aurora, y el no poder
controlar esa obsesión, había ordenado que la chica fuera llevada
ante él para poder complacer sus deseos. Aurora fue violada por el
emperador, y ya está, ante sus constantes intentos de resistencia,
había sido golpeada en múltiples oportunidades por aquel hombre.
Finalmente, había logrado someterla, ya que, esta no resistiría
demasiado a los múltiples golpes brutales que este le había
propinado.
Octavio era un hombre psicópata y demente, no tenía control sobre
la violencia que dejaba salir cuando enloquecía, así que, sus golpes
brutales terminaron generando una hemorragia interna que terminó
matando a la mujer. En un principio la había amenazado acerca de
su silencio, si le decía algo a Franco, el emperador no dudaría en
asesinarla a ella y al soldado, ante lo que, esta debía mantenerse
callada.
Pero fue una gran sorpresa para emperador, ver como Aurora moría
ante sus ojos al no poder resistir las heridas. Utilizó a uno de sus
secuaces más cercanos y fieles, Severo, para desaparecer su
cuerpo, quien le había lanzado a los leones para que estos se
alimentaran y no dejarán una sola huella de ella.
Durante mucho tiempo, Franco se estuvo haciendo preguntas
acerca del paradero de su mujer, habían destruido su reputación, su
imagen había sido completamente distorsionada, muchos rumores
habían tejido en torno a Aurora, pero finalmente tenía la respuesta
sobre lo que había ocurrido. Franco no iba a dejar que las cosas se
quedaran así como tenía que darle una lección al emperador, y lo
peor que podía hacerle era arrebatarle el poder. Si le daba la
oportunidad le quitaría la vida con sus propias manos.
Pero en ese momento, los pensamientos de sangre y violencia no
colmaban la mente de Franco, ya que, habían sido sustituidos por
un profundo deseo que experimentaba hacia Ayla. Recorrió cada
milímetro de su cuerpo con besos y suaves caricias, las cuales
servían como una especie de analgésico para borrar muchas de las
huellas que habían quedado sobre su piel con las torturas y castigos
generados desde su captura.
Por primera vez en mucho tiempo, Ayla se sentía amada, y al ver
como este hombre recorría su piel con besos suaves, llenos de
ternura y pasión, se fue entregando él y abriéndose sin ningún tipo
de resistencia. De Franco irradiaba el sentimiento más puro y
sincero que la chica hubiese experimentado jamás. Cuando este
hombre se ubicó en el medio de sus muslos, y se encontró con
aquel coño rosado, delicado y jugoso no se limitó en proveerle el
placer que Franco sabía cómo entregar.
Su lengua realizó suaves lamidas sobre la superficie de su coño,
humedeciéndolo, generando una combinación entre fluidos que eran
un lubricante entre los espesos jugos de la chica combinados con la
saliva calidad de este hombre. Realizaba movimientos suaves sobre
su clítoris, su dedo pulgar frotaba suavemente mientras calentaba
más y más a Ayla, la cual, no podía resistir más la tentación de
acceder a su primer orgasmo.
Franco se encargaba de separarle los labios vaginales, mientras su
lengua se insertaba en su coño explorando suavemente sus
sabores, su textura, y la profundidad a la que podía llegar mientras
su boca alimentaba el placer de la chica, la cual, experimentaba un
calor descomunal en su interior, pues la maestría con la que la
complacía Franco, era admirable.
Ayla tomó las muñecas de Franco, y las ubicó sobre sus tetas,
estando allí, Franco comenzó a masajearlas mientras le
proporcionaba un placer majestuoso e inolvidable en su coño. Sus
muslos estaban bien abiertos, Ayla sujetaba sus piernas para
mantenerlas suspendidas, mientras su coño le daba acceso
absoluto a este caballero.
Mientras más profundo llegaba su lengua, mayor era el placer, así
que, Ayla no podía esperar al momento exacto en el cual, finalmente
comenzarían las penetraciones de una polla que se había
imaginado varias veces. Pero no se imaginaba realmente que era
más grande de lo que sus fantasías proyectaban.
Teniendo a un hombre tan apasionado, de piel dorada, músculos
enormes, manos robustas, rostro masculino y una actitud de
caballero, sentía que no podía pedir nada más al universo. La
libertad comenzó a ser una de sus necesidades menos deseadas,
ya que, si tenía la oportunidad de pasar el resto de la eternidad junto
a un hombre como Franco, entonces no necesitaba ir a ninguna otra
parte.
La chica disfrutaba de aquella sesión de sexo oral, y en medio de
espasmos violentos, finalmente llegó a su primer orgasmo. Franco
se sintió satisfecho al ver como la chica se retorcía de un lado al
otro, pidiéndole por favor que parara, pero este, siguió chupando su
clítoris, estimulándola de una manera magnífica, introduciéndole su
dedo medio en el coño, y preparándolo para la entrada de su gran
pene.
El hombre se tendió en el suelo, se deshizo de sus ropas, cuando
Ayla vio aquel pene flácido de casi 20 centímetros, se quedó
estupefacta, era más grande de lo que ella imaginaba, ni siquiera
sabía si sería capaz de resistir aquellas penetraciones, pero tenía
que retribuirle mucho a Franco, y la manera más efectiva de pagarle
todo lo que había hecho, era a través del placer. Ella también se
tomó su tiempo para conocer la anatomía de este hombre, mientras
Franco estaba tendido en el suelo sintiendo como las manos de Ayla
recorrían toda su anatomía.
Masajeó sus muslos, acaricio su polla, le rozó los testículos, hizo
que su pene estuviese erecto y finalmente llegó hasta su pecho,
generando un masaje delicioso con sus delicadas manos. Una vez
allí, Ayla se sentó sobre su polla, la presionada con su coño,
abrazándolo con sus labios vaginales, mientras esa sensación de
fricción los hacía delirar ambos.
Las manos de Franco reposaban firmemente sobre los muslos de la
chica, impulsándolo para que esta se moviera suavemente,
generándole un placer descomunal que lo harían correrse tarde o
temprano. Este estaba ansioso de poder estar dentro de ella, pero
tenía que tener paciencia, ya que, había esperado mucho tiempo
para vivir algo así, así que, era simplemente cuestión de disfrutar.
Ayla estaba dudosa, no sabía realmente si estaba preparada para
un evento como ese, nunca había tenido a un amante con una polla
tan grande, así que, se sentían que mirada al imaginar un objeto tan
grande incrustándose en su tierno y delicado coño. A pesar de que
no era virgen, había tenido muy contadas experiencias sexuales, así
que, sentía que en cada oportunidad que estaba con un hombre, era
como la primera vez.
Era la oportunidad de borrar todos los recuerdos traumáticos que
había dejado Severo cuando abusó de ella. Era momento de dejar
atrás los intentos de violación que hubo en su captura, como el
emperador trató de poseerla, y todos los recuerdos malditos que
había acumulado Ayla a lo largo de su travesía. No había tenido una
vida sencilla, todo la había cambiado drásticamente, sometiendo la
apruebas drásticas que habían puesto su espíritu al límite.
De alguna u otra manera, Ayla comenzaba a entender que el
universo le había puesto a prueba sometiéndola a unos eventos que
si resultaban catastróficos, pero que la estaban preparando para
encontrarse con un hombre realmente especial. Franco tenía todo lo
que ella deseaba, de hecho, era el hombre perfecto, todo lo que una
mujer necesitada, era cumplido por este hombre. Tenía acceso a
influencias, tenía un cuerpo descomunalmente atractivo, era muy
caballeroso, y adicionalmente la hacía sentir protegida y
comprendida.
Cuando Ayla estuvo finalmente preparada y lista para acceder al
placer que podía proveerle este hombre, sujetó la polla entre sus
delicadas manos y comenzó a metérsela en el coño. Era algo
celestial, estos dos cuerpos finalmente se estaban conectando de
una manera genuina, y no iban a parar hasta alcanzar la locura
absoluta. A medida que aquella polla entraba en su ajustado coño,
Ayla gemía con más fuerza, se aferraba con fuerza a las manos de
este hombre, el cual, dejaba que ella misma se propinara aquella
penetración a su propio ritmo.
No tenían por qué acelerar la situación, no era necesario, nadie los
estaba presionando, no había nada que pudiese interrumpir aquel
encuentro, mientras ambos estuvieran decididos a que Aquello
pasara, nada podría salir mal. Ayla se aferró fuertemente a las
manos de este sujeto, el cual, entrelazadas sus dedos con los dedos
de la chica, como una señal de que todo estaría bien siempre y
cuando ambos tuvieran buena comunicación.
Ella finalmente se soltó y comenzó a disfrutar de aquel encuentro sin
miedos, sin temores, sin dudas. Todo lo que le podía proporcionar
Franco le hacía sentir respaldada, aquel hombre, definitivamente era
su alma gemela, y no podía dejarlo ir, así que, una manera de
ganarlo, sería proporcionándole el placer más excepcional que
cualquier ser humano pudiese experimentar.
Cuando la totalidad de aquella polla estuvo insertada en el coño de
la chica, esta simplemente no podía creer que finalmente había
conseguido soportar aquella penetración tan profunda exquisita que
le había generado este hombre, se trataba de una polla gruesa,
dura, larga, la cual, se había abierto espacio en aquella diminuta
cavidad, haciendo un trabajo excepcional garantizándole el placer
que ella requería.
La cabeza de aquella enorme polla, friccionaba contra cada una de
las células y terminaciones nerviosas de su coño. Las paredes
vaginales de aquella chica, eran estimuladas a la perfección, ambos
parecían estar hechos a la medida el uno para el otro, disfrutando
de una interacción que cada vez acumulaba más fluidos y más calor.
El sudor se hizo presente en la escena, y las gotas de esta solución
salina que corría por la frente de la chica, era derramada sobre el
cuerpo de Franco, mientras ambos, muy agitados, hacían una
especie de ritual de compenetración, que los comunicaba de una
manera mucho más eficiente que las palabras.
Toda la tentación que hubo durante su tiempo viviendo juntos, todos
los momentos de incomodidad, las fantasías que habían despertado
y los sueños húmedos que habían tenido, finalmente se habían
hecho realidad en un encuentro en el cual, ambos trataban de dar lo
mejor de sí mismos para proveerle a su amante acceso a un placer
maravilloso, inmejorable, y podría decirse que hasta transformador.
Ninguno de los dos volvería a ser el mismo después de reyes, de
eso no cabía la mejor duda, ya que, Franco no necesitaría otro
cuerpo, nunca más volvería a buscar a otra mujer, y Ayla, había
encontrado al hombre que llenaba todo sus espacios de una manera
tan deliciosa. No podría compararlo con nada que conociera. Su
experiencia fue tan placentera, que sus orgasmos no se hicieron
esperar.
Ambos se corrieron al mismo tiempo, gritaban en medio de una
experiencia llena de erotismo, en la cual, ambos perdieron el sentido
mientras Franco expulsaba todos sus fluidos en el interior de la
cavidad vaginal de la chica. Mientras sentía como este hombre
disparaba aquellas descargas de leche en su coño, Ayla no podía
controlarse, sus uñas se incrustaron en la carne de aquel hombre,
mientras sus movimientos eran dignos de una demente. Su cadera
realizaba movimientos circulares, mientras su coño simplemente se
friccionaba contra aquel grueso pene, el cual fue vaciado en su
totalidad.
Ambos reposaron tranquilos y relajados el uno sobre el otro,
mientras se abrazaban y sus corazones latían casi a una frecuencia
igual. Estaba muy agitados, cansados, pero felices, Hubo mucho
romanticismo después de un acto que se había consolidado de una
manera exitosa. No había nada de traumático, no había nada de
nefasto en aquel encuentro que había sido mágico y renovador, que
le había dado esperanzas a Ayla de tener una vida normal en el
futuro junto a este hombre. Él iba a darlo todo por garantizarle esa
libertad que ella tanto deseaba.
Franco no estaba seguro de si lo lograría, pero tenía la convicción
de que sabía cuál era la solución para todo eso. Para poder cumplir
esta meta, tenía que pasar por encima de muchas personas,
aplastar muchas cabezas, patear muchos traseros, y acabar con
Muchas vidas. Pero a pesar de que sabía que era un camino difícil
de recorrer, entendía que no estaba solo, una parte de las tropas
estaban inconformes con la forma en que el emperador estaba
actuando.
Sabían que era un hombre demente e injusto, que estaba acabando
con el pueblo que lo sabía visto crecer. Quien iba a detonar ese
movimiento en contra de Octavio, era Franco, pero iba a disfrutar de
esa noche como si en su cabeza no hubiese una tormenta. Disfrutó
abrazado al cuerpo de Ayla hasta el amanecer, y cuando ambos
despertaron, este finalmente le reveló cuáles eran sus planes.
— Finalmente has despertado, cariño. Hoy es el gran día. Te he
traído una taza de té caliente. Relájate, cálmate y escúchame muy
bien. — Dijo Franco.
— Te ves preocupado, Franco. ¿Ocurre algo? ¿No te gustó lo que
pasó anoche?
— No tiene nada que ver con eso, cariño. Lo que ocurrió entre
nosotros simplemente fue mágico. Lo que voy a contarte, es un
secreto que no debe salir de aquí. Prométeme que no sucumbirás
ante el miedo, y vas a confiar en mí. — Dijo Franco.
— He confiado en ti desde el momento en que nos conocimos. No
he dudado de una sola palabra que me has dicho. ¿Pero qué es lo
que te preocupa? ¿Qué tienes en mente?
— El reinado de Octavio tiene que terminar. Pero para que eso
ocurra, necesito de tu colaboración.
— Haré lo que me pidas. Estoy de acuerdo contigo, ese salvaje
debe ser eliminado. Tiene que pagar todo lo que ha hecho. — Dijo
Ayla.
Franco comenzó a revelarle el plan a la chica, y mientras más
avanzaba con los detalles, más miedo experimentaba la joven, la
cual, sería el eje principal de un plan que era muy arriesgado.
Franco ofrecería a Ayla como ofrenda al emperador, algo que era
muy habitual entre los soldados. Cuando estos encontraban a una
esclava que era lo suficientemente complaciente, sumisa, sexy,
complaciente y dedicada, se la ofrecía el emperador como un
regalo, ya que, cuando una mujer era excepcionalmente bella y
buena en la cama, el emperador merecía gozar de ese privilegio.
Eso era precisamente lo que había ocurrido con Aurora.
Era una mujer perfecta, todos lo comentaban, muchos lo sabían,
pero Franco no había querido entregársela el emperador, este había
tenido que tomarla por sus propios medios cuando tuvo la
oportunidad, y todo había salido muy mal para él. Esta vez, Franco
haría lo correcto, le entregaría a la chica del emperador para que
este se complaciera con su cuerpo, Era un regalo que no podía ser
rechazado.
Pero esto, tenía como finalidad, introducir a Ayla en la propiedad del
líder, y que esta dejarse absolutamente todo desbloqueado para que
Franco pudiese acceder fácilmente.
Ella sería su informante, ya que, sé sabía que el emperador cuando
tenía sus encuentros sexuales, llevaba A sus amantes a una
habitación desconocida de su gran palacio. Ayla se encargaría dejar
señales para que Franco los encontrara, y esto, finalmente daría
punto final a la historia de Octavio.
El emperador recibió la visita de Franco aquella mañana, quien
finalmente, se sintió Agradecido ante la propuesta de Franco y la
demostración de una lealtad absoluta.
— Mi señor, en señal de agradecimiento por todo lo que has hecho
por mí. Quiero entregarte a Ayla. Ella valió cada gota de sudor y
cada gota de sangre derramada. Esa chica es una joya, así que,
quisiera ofrendártela. — Dijo Franco.
Ni siquiera podía creer que estaba produciendo estas palabras ante
un emperador enfermo, psicópata y demente, pero era parte del
juego, y tenía que seguirlo al pie de la letra, o de lo contrario, nada
funcionaría.
— ¡Me sorprendes, Franco! Siempre supe que esa chica era
especial, me imaginé que te obsesiona harías con ella de la misma
manera que lo hiciste con Aurora. Pero me parece muy adecuado
que me permitas disfrutar de ella.
Franco sintió náuseas, tenía unas ganas increíbles de traspasar con
su espada el abdomen del emperador, pero en ese momento estaba
rodeado de soldados y estos lo protegerían.
Acto seguido, Ayla fue invitada entrar a la habitación. Esta, llevaba
un vestido de seda blanco perfecto, estaba entallado su cuerpo, y
con sus pies descalzos y su cabello recogido en un moño con flores,
la chica era el regalo perfecto.
— Ya no Luces como una salvaje, mi hermosa Ayla. ¡Bienvenida a
mi palacio una vez más! Espero que esta vez no haya un incidente
entre nosotros.
— Mi Señor, lamento mi comportamiento inadecuado la última vez
que nos vimos. Prometo que esta vez seré obediente. — Dijo la
chica, con un tono de voz bastante Sensual.
Aquello éxito de una manera tal al emperador Octavio, que este
ordenó automáticamente a todos sus soldados que abandonaron el
lugar, agradeció a Franco, y desde ese momento comenzaría a
planear su encuentro para la noche. Se quedó acompañado de Ayla,
conversando con ella mientras indagaba acerca de cuáles eran sus
manjares favoritos, cuál era su bebida favorita, como le gustaría que
ocurriera aquel encuentro, pues la complacería como a su reina.
El emperador disfrutaba de la compañía de la chica durante toda la
tarde. Mientras está, experimentaba una ansiedad tremenda el no
saber cómo saldrían las cosas. Si el plan que había atrasado Franco
resultaba, entonces ese sería el último día en que el emperador
Octavio seguiría haciendo su voluntad maligna en la tierra.
Ayla tenía pequeños listones de hilos rojos, los cuales, sería
abandonados en diferentes puntos del castillo, lo que definiría la ruta
que debía seguir Franco cuando llegara durante las horas de la
noche.
Así se había hecho, y la chica, había dejado aquellos pequeños
listones de hilo rojo tirados a medida que era llevada hacia la
habitación especial del emperador. Está se encargó de dejar
desbloqueada la puerta sin que el emperador se diera cuenta, este
había tirado la llave sobre el picaporte, pero esta, sin que este se
diera cuenta, y en medio de caricias y roces sexuales, desbloqueo la
puerta para que Franco pudiera entrar sin problemas.
Aquel hombre se desnudó para la chica, Ayla también recibió
órdenes de que se quitara sus vestimentas. Ambos compartieron
una copa de vino sin llevar una sola prenda de vestir, y acto
seguido, aquel hombre la tomó entre sus brazos pegándole a su
cuerpo para poseerla.
Ayla se encontraba temerosa, ya que, no sabía si Franco llegaría a
tiempo, ya que, Octavio terminaría poseyéndola antes de que ella
pudiese hacer nada. Pero cuando aquel hombre finalmente perdió la
cabeza y comenzó a toquetear a la chica de una manera sugerente,
esta no pudo resistirse y lo empujó.
— Pensé que habías dicho que serías obediente. ¡No quiero tener
una disputa contigo! Franco fue quien te traicionó y te entregó como
una ofrenda. ¡Ahora debes complacerme! — Dijo Octavio.
— Lo siento, mi señor. Han sido los nervios. Prometo que no volverá
a pasar. — Dijo la chica, mientras bajaba la mirada.
Pero antes de que finalmente Octavio pudiera poner las manos
sobre la chica mientras este acariciaba su polla, la puerta se abrió
abruptamente y una lanza se incrustó en el muslo izquierdo del
emperador. Este cayó de rodillas, y antes de que pudiera gritar, Ayla
tapó su boca con sus manos, lanzándolo al suelo mientras Franco
entraba rápidamente y cerraba la puerta.
— ¡Así quería tenerte, hijo de perra! Espero que disfrutes de tus
últimos minutos en este mundo. Hoy vas a morir de la misma
manera en que murieron muchos inocentes por tu orden.
Los ojos de Octavio transmitía un terror tremendo, era precisamente
ese el miedo que Franco quería que este hombre experimentara, ya
que, este había castigado muchos inocentes a lo largo de la historia.
Amarraron al hombre con cadenas, lo cubrieron con una sábana
blanca, y cuidadosamente lo fueron trasladando hacia el Coliseo,
donde se guardaban los leones hambrientos que eran utilizados
para los combates. Sin que nadie los mirara, este hombre fue
lanzado a los leones para ser devorado vivo por aquellas mismas
bestias que había alimentado tantas veces con la carne de
inocentes.
Octavio murió aquella noche amordazado y encadenado sin poder
defenderse. Fue víctima de sus propias políticas, y finalmente,
Franco había cobrado venganza por lo que había hecho, y Ayla
había pagado con la misma moneda al hombre que le había
arrebatado todo.
Los leones devoraron el 90% del cuerpo del emperador, pero
cuando estos estuvieron satisfechos y se marcharon a sus jaulas,
Franco entró a la arena, tomó la cabeza mutilada de Octavio, y la
envolvió en la misma sábana blanca en la cual había sido trasladado
el monarca.
A la mañana siguiente, Franco convocó a todos en la plaza principal,
y ante la mirada estupefacta de todos, mostró la cabeza de Octavio,
quien había sido reportado como desaparecido desde horas muy
tempranas. Se hablaba de un complot, de tracción, pero lo que
realidad esperaban todos, era que ese hombre no volviera aparecer.
— Pueblo de Astraea, aquí está la cabeza de su torturador, del
emperador más cruel que haya conocido esta tierra. Su mandato ha
terminado, y cualquiera que esté a favor de ese asesino, puede dar
un paso adelante, y se enfrentará a mí a muerte.
Nadie avanzó, de hecho, todos mostraban un rostro de felicidad
ante lo ocurrido.
— Ya nadie más tendrá que escapar. Nadie más tendrá que
separarse de sus familias. Nadie más tendrá que temer por su
futuro. ¡Somos libres, Astraea! — Gritó Ayla.
Todos levantaron sus manos y celebraron con júbilo lo que había
ocurrido. Finalmente, el yugo de Octavio había caído, y Franco y
Ayla eran los precursores de un evento que parecía ser imposible
que se materializara.
Todo ese día, las personas bebieron tanta sidra como pudieron,
injirieron los manjares más deliciosos posibles, y quemaron el
castillo de Octavio, ya que, ese era un símbolo de arbitrariedad, de
autoritarismo, de muerte y violencia.
Acto seguido, decidieron nombrar como siguiente emperador a
Franco, ya que, era un hombre de corazón noble el cual debía
liderar a su pueblo hacia el júbilo y el éxito. Él aceptó el puesto, pero
dijo que antes debía cumplir con un sueño. Antes de asumir el
liderazgo que lo ataría a una gran responsabilidad como el cuidado
y protección de Astraea, había viajado durante meses junto a Ayla
para conocer todos esos lugares tan hermosos que ella le había
descrito en sus historias.
Conectarse con la naturaleza, estar rodeados de un mundo dócil e
inofensivo, los hacía sentir tranquilos y felices. Astraea y Erato
establecieron lazos de alianza, un tratado de paz, y nunca más hubo
batallas mortíferas. Los ejércitos eran utilizados para prestar
servicios al pueblo Y apostar a la evolución de la civilización.
Franco era un nuevo emperador inteligente y amoroso, el cual, fue
admirado por cada uno de los pobladores. Junto a él, gobernó su
reina Ayla, la cual, había pasado de ser una simple campesina a
convertirse en una esclava, y el destino le convirtió en la reina de
Astraea, era la reina más hermosa conocida jamás, una reina de
cabellos amarillos y rojos y grises que había conocido el infierno.
Pero que ahora se encontraba en la cúspide del poder sirviendo a
su pueblo como una reina amorosa y comprensiva.
NOTA DEL AUTOR
Espero que hayas disfrutado del libro. MUCHAS GRACIAS por
leerlo. De verdad. Para nosotros es un placer y un orgullo que lo
hayas terminado. Para terminar… con sinceridad, me gustaría
pedirte que, si has disfrutado del libro y llegado hasta aquí, le
dediques unos segundos a dejar una review en Amazon. Son 15
segundos.
¿Por qué te lo pido? Si te ha gustado, ayudaras a que más gente
pueda leerlo y disfrutarlo. Los comentarios en Amazon son la mejor
y prácticamente la única publicidad que tenemos. Por supuesto,
quiero que digas lo que te ha parecido de verdad. Desde el corazón.
El público decidirá, con el tiempo, si merece la pena o no. Yo solo sé
que seguiremos haciendo todo lo posible por escribir y hacer
disfrutar a nuestros lectores.
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Capítulo 1
Cuando era adolescente no me imaginé que mi vida sería así,
eso por descontado.
Mi madre, que es una crack, me metió en la cabeza desde
niña que tenía que ser independiente y hacer lo que yo quisiera.
“Estudia lo que quieras, aprende a valerte por ti misma y nunca
mires atrás, Belén”, me decía.
Mis abuelos, a los que no llegué a conocer hasta que eran
muy viejitos, fueron siempre muy estrictos con ella. En estos casos,
lo más normal es que la chavala salga por donde menos te lo
esperas, así que siguiendo esa lógica mi madre apareció a los
dieciocho con un bombo de padre desconocido y la echaron de
casa.
Del bombo, por si no te lo imaginabas, salí yo. Y así, durante
la mayor parte de mi vida seguí el consejo de mi madre para vivir
igual que ella había vivido: libre, independiente… y pobre como una
rata.
Aceleramos la película, nos saltamos unas cuantas escenas y
aparezco en una tumbona blanca junto a una piscina más grande
que la casa en la que me crie. Llevo puestas gafas de sol de Dolce
& Gabana, un bikini exclusivo de Carolina Herrera y, a pesar de que
no han sonado todavía las doce del mediodía, me estoy tomando el
medio gin-tonic que me ha preparado el servicio.
Pese al ligero regusto amargo que me deja en la boca, cada
sorbo me sabe a triunfo. Un triunfo que no he alcanzado gracias a
mi trabajo (a ver cómo se hace una rica siendo psicóloga cuando el
empleo mejor pagado que he tenido ha sido en el Mercadona), pero
que no por ello es menos meritorio.
Sí, he pegado un braguetazo.
Sí, soy una esposa trofeo.
Y no, no me arrepiento de ello. Ni lo más mínimo.
Mi madre no está demasiado orgullosa de mí. Supongo que
habría preferido que siguiera escaldándome las manos de
lavaplatos en un restaurante, o las rodillas como fregona en una
empresa de limpieza que hacía malabarismos con mi contrato para
pagarme lo menos posible y tener la capacidad de echarme sin que
pudiese decir esta boca es mía.
Si habéis escuchado lo primero que he dicho, sabréis por qué.
Mi madre cree que una mujer no debería buscar un esposo (o
esposa, que es muy moderna) que la mantenga. A pesar de todo, mi
infancia y adolescencia fueron estupendas, y ella se dejó los
cuernos para que yo fuese a la universidad. “¿Por qué has tenido
que optar por el camino fácil, Belén?”, me dijo desolada cuando le
expliqué el arreglo.
Pues porque estaba hasta el moño, por eso. Hasta el moño de
esforzarme y que no diera frutos, de pelearme con el mundo para
encontrar el pequeño espacio en el que se me permitiera ser feliz.
Hasta el moño de seguir convenciones sociales, buscar el amor,
creer en el mérito del trabajo, ser una mujer diez y actuar siempre
como si la siguiente generación de chicas jóvenes fuese a tenerme
a mí como ejemplo.
Porque la vida está para vivirla, y si encuentras un atajo…
Bueno, pues habrá que ver a dónde conduce, ¿no? Con todo, mi
madre debería estar orgullosa de una cosa. Aunque el arreglo haya
sido más bien decimonónico, he llegado hasta aquí de la manera
más racional, práctica y moderna posible.
Estoy bebiendo un trago del gin-tonic cuando veo aparecer a
Vanessa Schumacher al otro lado de la piscina. Los hielos tintinean
cuando los dejo a la sombra de la tumbona. Viene con un vestido de
noche largo y con los zapatos de tacón en la mano. Al menos se ha
dado una ducha y el pelo largo y rubio le gotea sobre los hombros.
Parece como si no se esperase encontrarme aquí.
Tímida, levanta la mirada y sonríe. Hace un gesto de saludo
con la mano libre y yo la imito. No hemos hablado mucho, pero me
cae bien, así que le indico que se acerque. Si se acaba de
despertar, seguro que tiene hambre.
Vanessa cruza el espacio que nos separa franqueando la
piscina. Deja los zapatos en el suelo antes de sentarse en la
tumbona que le señalo. Está algo inquieta, pero siempre he sido
cordial con ella, así que no tarda en obedecer y relajarse.
—¿Quieres desayunar algo? –pregunto mientras se sienta en
la tumbona con un crujido.
—Vale –dice con un leve acento alemán. Tiene unos ojos
grises muy bonitos que hacen que su rostro resplandezca. Es joven;
debe de rondar los veintipocos y le ha sabido sacar todo el jugo a su
tipazo germánico. La he visto posando en portadas de revistas de
moda y corazón desde antes de que yo misma apareciera. De
cerca, sorprende su aparente candidez. Cualquiera diría que es una
mujer casada y curtida en este mundo de apariencias.
Le pido a una de las mujeres del servicio que le traiga el
desayuno a Vanessa. Aparece con una bandeja de platos variados
mientras Vanessa y yo hablamos del tiempo, de la playa y de la
fiesta en la que estuvo anoche. Cuando le da el primer mordisco a
una tostada con mantequilla light y mermelada de naranja amarga,
aparece mi marido por la misma puerta de la que ha salido ella.
¿Veis? Os había dicho que, pese a lo anticuado del
planteamiento, lo habíamos llevado a cabo con estilo y practicidad.
Javier ronda los treinta y cinco y lleva un año retirado, pero
conserva la buena forma de un futbolista. Alto y fibroso, con la piel
bronceada por las horas de entrenamiento al aire libre, tiene unos
pectorales bien formados y una tableta de chocolate con sus ocho
onzas y todo.
Aunque tiene el pecho y el abdomen cubiertos por una ligera
mata de vello, parece suave al tacto y no se extiende, como en otros
hombres, por los hombros y la espalda. En este caso, mi maridito se
ha encargado de decorárselos con tatuajes tribales y nombres de
gente que le importa. Ninguno es el mío. Y digo que su vello debe
de ser suave porque nunca se lo he tocado. A decir verdad, nuestro
contacto se ha limitado a ponernos las alianzas, a darnos algún que
otro casto beso y a tomarnos de la mano frente a las cámaras.
El resto se lo dejo a Vanessa y a las decenas de chicas que se
debe de tirar aquí y allá. Nuestro acuerdo no precisaba ningún
contacto más íntimo que ese, después de todo.
Así descrito suena de lo más atractivo, ¿verdad? Un macho
alfa en todo su esplendor, de los que te ponen mirando a Cuenca
antes de que se te pase por la cabeza que no te ha dado ni los
buenos días. Eso es porque todavía no os he dicho cómo habla.
Pero esperad, que se nos acerca. Trae una sonrisa de
suficiencia en los labios bajo la barba de varios días. Ni se ha
puesto pantalones, el tío, pero supongo que ni Vanessa, ni el
servicio, ni yo nos vamos a escandalizar por verle en calzoncillos.
Se aproxima a Vanessa, gruñe un saludo, le roba una tostada
y le pega un mordisco. Y después de mirarnos a las dos, que hasta
hace un segundo estábamos charlando tan ricamente, dice con la
boca llena:
—Qué bien que seáis amigas, qué bien. El próximo día te
llamo y nos hacemos un trío, ¿eh, Belén?
Le falta una sobada de paquete para ganar el premio a
machote bocazas del año, pero parece que está demasiado
ocupado echando mano del desayuno de Vanessa como para
regalarnos un gesto tan español.
Vanessa sonríe con nerviosismo, como si no supiera qué
decir. Yo le doy un trago al gin-tonic para ahorrarme una lindeza. No
es que el comentario me escandalice (después de todo, he tenido mi
ración de desenfreno sexual y los tríos no me disgustan
precisamente), pero siempre me ha parecido curioso que haya
hombres que crean que esa es la mejor manera de proponer uno.
Como conozco a Javier, sé que está bastante seguro de que
el universo gira en torno a su pene y que tanto Vanessa como yo
tenemos que usar toda nuestra voluntad para evitar arrojarnos sobre
su cuerpo semidesnudo y adorar su miembro como el motivo y fin
de nuestra existencia.
A veces no puedo evitar dejarle caer que no es así, pero no
quiero ridiculizarle delante de su amante. Ya lo hace él solito.
—Qué cosas dices, Javier –responde ella, y le da un
manotazo cuando trata de cogerle el vaso de zumo—. ¡Vale ya, que
es mi desayuno!
—¿Por qué no pides tú algo de comer? –pregunto mirándole
por encima de las gafas de sol.
—Porque en la cocina no hay de lo que yo quiero –dice Javier.
Me guiña el ojo y se quita los calzoncillos sin ningún pudor. No
tiene marca de bronceado; en el sótano tenemos una cama de rayos
UVA a la que suele darle uso semanal. Nos deleita con una muestra
rápida de su culo esculpido en piedra antes de saltar de cabeza a la
piscina. Unas gotas me salpican en el tobillo y me obligan a encoger
los pies.
Suspiro y me vuelvo hacia Vanessa. Ella aún le mira con cierta
lujuria, pero niega con la cabeza con una sonrisa secreta. A veces
me pregunto por qué, de entre todos los tíos a los que podría tirarse,
ha elegido al idiota de Javier.
—Debería irme ya –dice dejando a un lado la bandeja—.
Gracias por el desayuno, Belén.
—No hay de qué, mujer. Ya que eres una invitada y este
zopenco no se porta como un verdadero anfitrión, algo tengo que
hacer yo.
Vanessa se levanta y recoge sus zapatos.
—No seas mala. Tienes suerte de tenerle, ¿sabes?
Bufo una carcajada.
—Sí, no lo dudo.
—Lo digo en serio. Al menos le gustas. A veces me gustaría
que Michel se sintiera atraído por mí.
No hay verdadera tristeza en su voz, sino quizá cierta
curiosidad. Michel St. Dennis, jugador del Deportivo Chamartín y
antiguo compañero de Javier, es su marido. Al igual que Javier y yo,
Vanessa y Michel tienen un arreglo matrimonial muy moderno.
Vanessa, que es modelo profesional, cuenta con el apoyo
económico y publicitario que necesita para continuar con su carrera.
Michel, que está dentro del armario, necesitaba una fachada
heterosexual que le permita seguir jugando en un equipo de Primera
sin que los rumores le fastidien los contratos publicitarios ni los
directivos del club se le echen encima.
Como dicen los ingleses: una situación win-win.
—Michel es un cielo –le respondo. Alguna vez hemos
quedado los cuatro a cenar en algún restaurante para que nos
saquen fotos juntos, y me cae bien—. Javier sólo me pretende
porque sabe que no me interesa. Es así de narcisista. No se puede
creer que no haya caído rendida a sus encantos.
Vanessa sonríe y se encoge de hombros.
—No es tan malo como crees. Además, es sincero.
—Mira, en eso te doy la razón. Es raro encontrar hombres así.
–Doy un sorbo a mi cubata—. ¿Quieres que le diga a Pedro que te
lleve a casa?
—No, gracias. Prefiero pedirme un taxi.
—Vale, pues hasta la próxima.
—Adiós, guapa.
Vanessa se va y me deja sola con mis gafas, mi bikini y mi gin-
tonic. Y mi maridito, que está haciendo largos en la piscina en modo
Michael Phelps mientras bufa y ruge como un dragón. No tengo muy
claro de si se está pavoneando o sólo ejercitando, pero corta el
agua con sus brazadas de nadador como si quisiera desbordarla.
A veces me pregunto si sería tan entusiasta en la cama, y me
imagino debajo de él en medio de una follada vikinga. ¿Vanessa
grita tan alto por darle emoción, o porque Javier es así de bueno?
Y en todo caso, ¿qué más me da? Esto es un arreglo moderno
y práctico, y yo tengo una varita Hitachi que vale por cien machos
ibéricos de medio pelo.
Una mujer con la cabeza bien amueblada no necesita mucho
más que eso.

Javier
Disfruto de la atención de Belén durante unos largos. Después
se levanta como si nada, recoge el gin-tonic y la revista insulsa que
debe de haber estado leyendo y se larga.
Se larga.
Me detengo en mitad de la piscina y me paso la mano por la
cara para enjuagarme el agua. Apenas puedo creer lo que veo.
Estoy a cien, con el pulso como un tambor y los músculos hinchados
por el ejercicio, y ella se va. ¡Se va!
A veces me pregunto si no me he casado con una lesbiana. O
con una frígida. Pues anda que sería buena puntería. Yo, que he
ganado todos los títulos que se puedan ganar en un club europeo (la
Liga, la Copa, la Súper Copa, la Champions… Ya me entiendes) y
que marqué el gol que nos dio la victoria en aquella final en Milán
(bueno, en realidad fue de penalti y Jáuregui ya había marcado uno
antes, pero ese fue el que nos aseguró que ganábamos).

La Mujer Trofeo
Romance Amor Libre y Sexo con el Futbolista Millonario
— Comedia Erótica y Humor —
Ah, y…
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