0% encontró este documento útil (0 votos)
804 vistas286 páginas

Pescar A Un Hombre Rico - Eleanor Rigby

Temperance Swansea, tras ser plantada en el altar, lleva una vida cínica y centrada en el trabajo familiar hasta que la llegada de Royce Hancock, un americano que busca casarse con su hermana, cambia su rutina. Royce, inicialmente sin intención de enamorarse, se siente atraído por Temperance y decide conquistarla, desafiando su resistencia emocional. A medida que sus corazones se enfrentan a la verdad, ambos deben confrontar sus miedos y secretos para encontrar el amor.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
804 vistas286 páginas

Pescar A Un Hombre Rico - Eleanor Rigby

Temperance Swansea, tras ser plantada en el altar, lleva una vida cínica y centrada en el trabajo familiar hasta que la llegada de Royce Hancock, un americano que busca casarse con su hermana, cambia su rutina. Royce, inicialmente sin intención de enamorarse, se siente atraído por Temperance y decide conquistarla, desafiando su resistencia emocional. A medida que sus corazones se enfrentan a la verdad, ambos deben confrontar sus miedos y secretos para encontrar el amor.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

¿Te atreves a descubrir cómo un hombre con arrestos conquista el corazón

cínico de una mujer herida?

Después de haber sido plantada en el altar, Temperance Swansea dedica sus


días a herir los sentimientos ajenos con su punzante ingenio y a llevar las
cuentas de la empresa de su padre… para el inmenso espanto de su madre,
quien no logra convencerla de probar suerte de nuevo en las lides del amor.
Pero la llegada del americano maleducado que pretende casarse con su
hermana supondrá un antes y un después en su rutina… y en su vida.
Royce Hancock cruza el Atlántico con un objetivo, y no es ni contraer
nupcias con una de las Swansea, ni mucho menos enamorarse perdidamente
de la hermana de su prometida. Sus planes quedan relegados a un segundo
lugar cuando se propone conquistar a la mujer huraña y fascinante que nunca
le entregaría su alma de forma voluntaria. Sobre todo cuando descubra los
secretos que ha estado guardando.
Pero, cuando llega la hora de la verdad, el corazón se rebela y decide ser
quien tiene la última palabra…

Página 2
Eleanor Rigby

Pescar a un hombre rico


Una mujer con el corazón roto conoce a un mentiroso
encantador
Las Swansea - 2

ePub r1.0
Titivillus 07.10.2024

Página 3
Título original: Pescar a un hombre rico
Eleanor Rigby, 2024
Diseño de cubierta: Elena Salvador

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Índice de contenido

Cubierta

Pescar a un hombre rico

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Página 5
Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Epílogo

Sobre la autora

Notas

Página 6
Para todas las mujeres que tienen miedo a amar.
No pasa nada.
Ya pasará

Página 7
Capítulo 1

Hyde Park, Londres


Octubre de 1825
—¿Cuál crees que era el propósito de la señora Swansea al mandarnos al
parque con el tiempo que hace? —balbuceó Faith, a la que le castañeteaban
los dientes.
Tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima del agudo silbido de la
«brisa fresca», como Wilhelmina Swansea había catalogado al aprendiz de
ciclón que amenazaba con enviarlas rodando de vuelta a casa.
Temperance, el doble de precavida que su hermana menor gracias a los
cuatro años más de experiencia en el mundo, había salido de paseo con un
capote de lana que la protegía del frío.
—Diría que ponernos en un apuro para que algún apuesto y gallardo
caballero acuda en nuestro rescate —meditó, aferrada al brazo de Faith con la
firmeza que requería mantenerse en vertical—, pero desde que tú estás
prometida y yo soy un caso perdido, no creo que fuera tan ingenua como para
marcarse esos objetivos.
Faith ladeó la cabeza hacia ella exagerando una mueca horrorizada. Con
una mano se aseguraba de que la cinta que mantenía el sombrerito atado bajo
la barbilla no se movía más de lo necesario.
—Por no mencionar que no debemos estar presentando nuestro aspecto
más adorable como para seducir a nadie. Se te ha deshecho el recogido.
Parece que te haya partido un rayo. —Señaló los dos tirabuzones rubios que
azotaban las mejillas arreboladas de Temperance.
—Basta con echar un vistazo al cielo para deducir que esa no tendría por
qué ser una exageración, sino una posibilidad muy factible. Inminente, diría
yo. —Apuntó con el mentón a los nubarrones que las escoltaban desde arriba

Página 8
—. Y no creas, Faith. Este viento agita nuestras faldas de una forma
tremendamente artística. ¿Recuerdas el dramatismo con el que los escultores
helenísticos daban forma a las vestiduras de sus creaciones? Somos una obra
maestra de la escuela de Rodas.
—Tú lo que eres es un colmo de pedantería… Y yo pronto seré un
cadáver con hipotermia —rezongó Faith, abrazándose. Temperance soltó una
carcajada que el viento no tardó en llevarse prestada—. No quiero ser yo la
que diga esto, pero intuyo que nuestra madre solo deseaba deshacerse de
nosotras. Ha perdido la esperanza contigo y ha decidido que es mejor
sacrificarte como Napoleón sacrificó a sus soldados en los páramos helados
de Rusia.
—¿Y yo soy el colmo de pedantería? —se mofó—. Dudo que Napoleón
los sacrificara adrede, de todos modos. Y no hay que ponerse apocalíptica,
querida. Quizá solo sea un modo original de ayudarme a encontrar marido.
—¿De veras? ¿Qué marido vas a encontrar aquí, si no hay un alma salvo
nosotras tres? —Gesticuló para señalar a la doncella, que las seguía por detrás
abrazada precariamente a su chal.
Temperance compadecía a la pobre criatura.
—Aquí ninguno, Faith, pero fíjate en que el viento sopla hacia el oeste, y
dicen por ahí que en Hampshire abundan los solteros elegibles.
Faith se rio.
—Con un poco de buena suerte, a lo mejor terminas aterrizando en los
brazos de alguno de ellos, y sin necesidad de pagar las diligencias del trayecto
vía terrestre.
—¡Exacto! —concluyó Temperance, sonriendo con orgullo.
Evitó corregir a su hermana, y solo porque era innecesario. Faith sabía
bien que no estaba en los planes de Temperance acabar en brazos de ningún
hombre en edad de merecer, ni por acción del viento, ni por la de su madre,
que era otra catástrofe natural con nombre propio. Aun así, esta romántica
idea figuraba en la agenda pública de la irreductible casamentera de
Wilhelmina. Ese era el único motivo por el que aceptaba pasear a diario por
los trescientos cincuenta acres del parque más famoso de la capital.
—Tu teoría explica qué haces tú aquí, pero no qué hago yo —retomó
Faith.
—La señora Swansea te necesitaba lejos para que no perturbaras su labor
de anfitriona. Estando en casa durante el ajetreo de los preparativos te las
habrías arreglado para que Wilhelmina Swansea no pudiera hacer justicia a

Página 9
sus planes: los de recibir con toda la pompa y boato imaginables al señor
Hancock.
—¡Solo es un empresario neoyorquino!
—¡Solo es tu prometido! —imitó Temperance en tono afectado, estirando
el brazo en un gesto amanerado para mostrar el anillo que no tenía en el dedo.
—Un prometido más de los últimos casi tres con los que han intentado
casarme —rezongó la hermana menor. Temperance decidió no profundizar en
el asunto y la dejó seguir hablando. No era como si Faith hubiera permitido
algún tipo de acotación al respecto—. Lo que quiero decir es que no necesita
que le reciban como si fuera un príncipe ruso.
—No lo necesita —aceptó Temperance. Luego recordó el elevado nivel
de histeria que había alcanzado su madre al dar órdenes a los criados, ansiosa
por mostrar su mejor cara al futuro marido de Faith, y suspiró—, pero es lo
que hará que madre se sienta bien consigo misma. La señora Swansea jamás
se queda a medias. Y, por otro lado, seguro que esperaba que el aire fresco te
ayudase a templar los nervios por su llegada.
Faith arrugó el ceño.
—Yo no estoy nerviosa en lo absoluto.
Temperance enarcó una ceja en su dirección. Esperaba desentrañar el
misterio de esas palabras pronunciadas con rencor, pero su hermana apartó la
vista y pegó la barbilla al pecho.
—Quizá… ¿estés ansiosa? —probó—. ¿O a la expectativa? O sientas
curiosidad. No creo que la visita del americano con el que llevas más de
medio año prometida te sea indiferente. Ni siquiera me es indiferente a mí —
agregó con ironía, intentando calarse la pamela en la cabeza. La mala suerte
había querido que ese día se decantara por los complementos menos
apropiados para sobrevivir a un vendaval.
¿Existía acaso un complemento apropiado para sobrevivir a un vendaval?
Tendría que preguntarle a su hermana Mercy, que era la inventora de la
familia.
—Oh, por Dios, no empieces a hablar de él. —Faith puso los ojos en
blanco—. Bastante hablaremos con él esta noche, y ya me ha quedado clara tu
opinión al respecto.
—No tiene que quedarte clara, tiene que quedar transparente. La
temporada pasada invertí mes y medio en burlarme del prometido de Mercy;
es lo justo que insulte al tuyo en idéntica medida, no vaya a ser que se me
acuse de tener favoritismos. Quiero que se me conozca por ser la hermana
equitativa.

Página 10
—No serías la equitativa, sino la grosera.
—Si Dios me dio el talento de señalar los defectos de la gente, no usarlo
me merecería el adjetivo de desagradecida.
—O el de bien educada —se mofó Faith.
Huelga decir que no tenía el menor interés en modificar uno solo de los
aspectos de la personalidad de su hermana, así le hubieran causado un
sinnúmero de neuralgias desde edades tempranas.
—Oh, vamos, si eres la primera que estaría encantada de que el océano
Atlántico se convirtiera en un abismo sin fondo; ¡cualquier cosa con tal de
que el señor Hancock no lo cruzara para besarte en el altar!
Las dos torcieron la boca a la vez al pensar en el beso del desconocido.
Por lo general, no era tan descabellado que una jovencita de diecinueve
años recién cumplidos se desposara con un hombre a quien no había conocido
personalmente. Era un matrimonio conveniente cuando el extraño poseía por
herencia la empresa textil que los Swansea expandieron a Nueva York más de
diez años atrás, como era el caso. Sin embargo, las seis hermanas Swansea
habían crecido en un ambiente edulcorado por el amor y la fraternidad, y
ninguna de las dos terminaba de hacerse a la idea de aceptar a un cualquiera
de origen neoyorquino en la familia. Sobre todo cuando el motivo
fundamental era no perder la parte del negocio —la mitad, ni más ni menos—
que había pertenecido a la rama secundaria de los Swansea de Portsmouth.
—¿Crees que será repugnante? —se planteó Faith, adoptando una actitud
recelosa.
—Tiene treinta y dos años —señaló Temperance—, así que por lo menos
sabemos que no será un repugnante carcamal. En todo caso, repugnante a
secas.
—«Repugnante» no necesita apellido. Es un nombre muy descriptivo que
se vale por sí mismo —suspiró—. ¿Por qué no mandó una maldita miniatura?
Podría hacerme una idea de su aspecto.
—En la noche, todos los gatos son pardos. —Le palmeó el hombro a
modo de consuelo. Debería haber imaginado que la pamela saldría disparada
en cuanto la soltara, porque eso fue justo lo que hizo—. ¡Maldición! ¡Mi
sombrero!
Temperance se desasió del brazo de Faith y se giró en redondo para salir
detrás de la escurridiza pamela. La buena noticia era que, precisamente a
causa del tiempo, no había demasiada concurrencia en Hyde Park y podía
permitirse enseñar las enaguas y los tobillos corriendo como una
endemoniada. La no tan buena era que la pamela volaba más rápido que las

Página 11
malas noticias, y no contenta con arrastrarse por la tierra, acabó posándose
con una delicadeza que se le antojó burlona sobre las aguas del Serpentine.
Para cuando Temperance se detuvo, estaba respirando con dificultad, se le
había soltado la melena rubia sobre los hombros y acusaba al elemento de la
discordia con una mirada hostil.
—¡De acuerdo! ¿Quién te necesita? —le espetó, extendiendo los brazos.
Se giró hacia Faith y la doncella, que habían corrido también tras ella—. No
se lo digáis a la señora Swansea. Tendrá la audacia de restregarme en mi
lecho de muerte que no me casé por haber correteado por Rotten Row.
Faith se quitó su propio sombrero por precaución y lo colocó junto a su
costado antes de ofrecerle el brazo.
—Tu secreto está a salvo conmigo… aunque siempre podrías haberle
reprochado de vuelta que es su culpa por mandarte a pasear con la que está
cayendo.
—A alguna de sus actividades propias de solteras debo acceder si
pretendo fingir que busco marido.
Ladeó la cabeza por encima del hombro para lamentarse por el sombrero
una vez más, pero una sonora zambullida la obligó a quedarse allí, inmóvil,
con la vista fija en el remolino bajo la superficie del lago que se había
formado de repente.
—¿Qué…?
Temperance se giró muy despacio, a tiempo para captar una cabeza
morena emergiendo junto a su pamela. Observó que dicha cabeza morena,
además de unos rizos negros llamativos incluso a la distancia, tenía manos
(usadas para rescatar el sombrero) y brazos con los que nadó de vuelta a la
orilla.
Al principio siguió cada movimiento con incredulidad, pero esos recelos
iniciales se transformaron en un único latido cuando la cabeza morena con
manos y brazos descubrió sus interminables piernas al pisar tierra.
—Creía que solo había monstruos acuáticos bajo la superficie de los lagos
escoceses —comentó Faith, guasona—, pero por lo visto no solo hay también
criaturas marinas inglesas, sino que son tan hospitalarias como sus
compatriotas. ¡Fíjate en eso! ¡Te trae de vuelta tu sombrero!
Temperance no la escuchó. No se movió ni para temblar por el frío que la
había sacudido de pronto. Permaneció donde estaba en una pose defensiva,
apretando todos los músculos como el soldado que esperaba el avance
inevitable y mortífero de su enemigo. Y el enemigo era una sombra poderosa

Página 12
y exuberante que, conforme se aproximaba, iba descubriéndose como un
hombre capaz de tocar la punta del cielo con solo levantar un dedo.
Tenía los ojos fijos en Temperance, y aunque no sonreía de forma
explícita, había una chispa de sorna en sus pupilas.
El instinto le pidió que retrocediera un paso cuando él se detuvo frente a
ella. Que el desconocido no agachara la cabeza en una reverencia era un signo
de rebeldía que hablaba por sí solo, y que contradijo la modestia con la que le
tendió la pamela.
—Me parece que esto le pertenece —pronunció con voz grave.

Página 13
Capítulo 2

Temperance no aceptó la pamela. Lo observó con un fondo de


desconfianza.
—Debe usted pensar que soy una mujer trivial, armando todo este
escándalo por un simple sombrero —dijo ella pausadamente. Él esbozó una
sonrisa que insinuó una hilera de dientes blancos. Estos brillaron en su rostro
aceitunado como la luna en la noche.
—Y usted debe de tomarme por un hombre más trivial aún si cree que me
preocupo de juzgar a las mujeres por las que son sus prioridades. En cualquier
caso… —La miró de una manera que le puso la piel de gallina—, no le he
dicho ni mi nombre ¿y ya le afecta lo que piense sobre usted?
—No le he dicho ni mi nombre ¿y ya le afecta lo que podría haber sufrido
por mi sombrero como para ir tras él? —contraatacó, irritada por su audaz
impertinencia. Los ojos de él rieron como si hubiera contado una anécdota
divertida—. Solo para dejarlo claro, señor, no. No me afecta en absoluto.
Él chasqueó la lengua y rodeó el borde de la pamela con las dos manos.
—Qué lástima. Me habría dado una excusa para presentarme. —No
esperó a que Temperance decidiera cómo le sentaba que estuviese sonriendo
de forma descarada y prosiguió—. Si se queda más tranquila, señorita, no es
precisamente en su trivialidad en lo primero que he pensado al verla.
Acompañó la respuesta de una mirada de ojos oscuros, dulces y a la vez lo
bastante sagaces para que sintiera que debía ponerse a resguardo.
Temperance tragó saliva.
—Deje que lo adivine: me ha mirado, me ha visto al borde del desmayo y
ha pensado que me desharía en agradecimientos por su heroicidad —dedujo
ella—; por eso se ha zambullido.
—¿Heroicidad? —Enarcó una ceja semioculta bajo el flequillo de
tirabuzones empapados—. La última vez que lo miré, el Serpentine era un

Página 14
lago de agua dulce, no la laguna Estigia. Le prometo que no tuve que burlar a
la muerte para rescatar su sombrero.
Temperance hizo un gesto con la mano a su espalda.
—Tendrá que vencer a los monstruos de las habladurías que habrá
levantado con su gesto. Aunque haya poca gente, la que queda paseando por
el parque se encargará de divulgarlo. ¿Eso tampoco le parece aterrador?
Él negó con naturalidad, sin pararse a pensarlo. Temperance admiró lo
poco que le costó decidir que le daba igual estar en boca de todos.
Era algo que no podía decir sobre sí misma.
—Siempre me ha hecho ilusión que hablen de mí. Significa que no les he
dejado indiferentes. —Y la miró de forma concisa y elocuente, dejando claro
que ella sería la última persona sobre la Tierra por cuya vida le gustaría pasar
sin pena ni gloria.
Temperance se puso en guardia de inmediato.
—Ya veo… No es usted un héroe frustrado, solo un hombre de tantos en
desesperada búsqueda de atención. Tan desesperado que se empapa por una
desconocida.
Lamentó las palabras que había usado en cuanto la media sonrisa del
héroe adquirió un tinte erótico.
—Si me dijera usted su nombre, señorita, ¿le parecería menos extremo mi
humilde rescate? Así dejaría de ser una desconocida para convertirse en
allegada y, por ello, merecería el detalle.
—Sería un humilde gesto si le hubiera apetecido darse un chapuzón y
rescatar mi sombrero le hubiese pillado de camino. ¿Era el caso?
—Puede que me apeteciera un chapuzón —cabeceó—, o hacer un poco de
ejercicio… O tener una excusa para acercarme a usted.
Temperance arqueó las cejas ante su osadía. La halagó tanto como
experimentó un fuerte rechazo hacia todo lo que representaba:
fundamentalmente, la masculinidad que a ella le fascinaba y la descarada
coquetería de un hombre seguro de sí mismo al que no le daba miedo
demostrar que se sentía atraído por una mujer.
—Vaya, vaya —masculló—. ¿Lo hace todo tan… a lo grande?
—Digamos que me gusta descubrir hasta dónde soy capaz de llegar por un
capricho.
Temperance no pudo seguir fingiendo que no se daba cuenta de que
estaba flirteando con ella. Inspiró hondo, tratando de no mostrarse afectada
por su encantadora desfachatez.

Página 15
—Pues si lo que quiere es llegar a mi corazón y pretende hacerlo
convirtiéndome en el centro de atención en Hyde Park, deje que le diga que
ha tomado el camino equivocado. —Aferró con firmeza el brazo de la
silenciosa pero atenta Faith—. A mí no me ha impresionado ni su proeza ni
los motivos detrás de ella. Por mí, puede quedarse el sombrero.
Se regocijó para sus adentros al comprobar que lo había sorprendido.
—¿Quedármelo?
—Lo que espera a cambio de entregármelo es mi gratitud, ¿no es cierto?
No pienso darle las gracias, así que cuente con mi pamela como
compensación por las molestias.
Él parecía perplejo, pero no tanto como divertido.
—¿No quiere su sombrero?
—No cuando la implicación de tomarlo es aceptar sus cumplidos.
—Comprendo. —Hizo una pausa trágica—. Está usted prometida.
Ella no ocultó su crispación.
—¿Por qué lo dice? ¿Solo si estoy prometida encajaría mis negativas?
—Solo si lo estuviera entendería su sofoco.
—No estoy sofocada.
—El que no está sofocado soy yo, señorita. Fíjese —extendió los brazos
—. Empapado de la cabeza a los pies.
Temperance lamentaría cinco segundos más tarde haber sucumbido a la
curiosidad de mirarlo de arriba abajo.
No llevaba una camisa almidonada ni el caro chaqué de un hombre rico,
lo que confirmaba la baja condición que ya había intuido tanto en su acento
como en sus extraños modales, caracterizados por faltas imperdonables en un
caballero que se preciara de serlo. Las prendas se ceñían a su recio cuerpo
como si quisieran exprimirlo, y le habría gustado no ser consciente de cómo
reaccionaba el suyo propio ante la visión de la clase de músculos
desarrollados que solo se veían en campeones de pugilismo. Había cierta
rebeldía en la manera en que la miraba, un reto abierto, un «atrévete
conmigo» tan descarado como irreverente hacia todo el que se dirigiera a él.
Temperance presentía que estaba ante una de esas raras piezas que no
encajaban en ninguna parte, inclasificables y fascinantes, y a las que todo
importaba un ardite… menos lo importante. Y averiguar qué era eso
importante por lo único que se molestaría se le antojaba como nada se le
había antojado antes. Salvo, quizá, retirar ese rastro estriado de agua dulce
que marcaba los afilados contornos de su rostro.

Página 16
Temperance estiró y dobló los dedos, consciente de que deseaba hacer
mucho más que acariciar su barbilla.
Él se dio cuenta de cómo lo estaba mirando y sonrió, vanidoso. A
Temperance no le cupo la menor duda de que esa había sido su intención
desde el principio: hacer que se percatara de su impresionante planta.
—¿No cree que merezca un poco de reconocimiento a pesar de todo? —
inquirió él en tono amable.
Temperance entrecerró los párpados, sintiéndose como pez fuera del agua.
—¿Qué quiere a cambio?
Él la castigó con un largo vistazo similar. Sintió que los ojos pardos
recorrían su cuerpo de un modo que la habría ruborizado si no hubiera sido
una mujer de mundo; una mujer que sabía mejor que nadie lo que había en la
mente de los hombres.
Y, aun así, no fue inmune a la turbadora sonrisa que esbozó como
respuesta.
—Por ahora, creo que con el sombrero de recuerdo me basta. —Lo agitó
una sola vez antes para avisar de que se lo llevaba. Su mirada se intensificó al
hacer una burlona genuflexión—. Pero algún día me cobraré el favor,
señorita. De eso no le quepa duda alguna.
»Por cierto… —agregó, metiendo la mano en el interior de su chaqueta.
Extrajo de un bolsillo secreto una fina cinta amarilla que se acercó a
entregarle y que Temperance no pudo rechazar por lo sorpresivo del gesto—.
Para que se ate el pelo y no provoque un accidente. Estoy seguro de que no le
gustaría que otro hombre acabara en el agua por andar despistado
admirándola.
Le guiñó un ojo y se marchó sin más, con el sombrero en una mano y la
curiosidad de Temperance en la otra.

Página 17
Capítulo 3

El mayordomo de la familia Swansea debía de estar acostumbrado a


recibir a los miembros de la unidad de toda clase de guisas, porque no se
inmutó al abrirle la puerta a un hombre empapado de la cabeza a los pies. Por
esta falta de expresión en el rostro joven del muchacho, el recién llegado
supuso que no se esperaba menos que un carácter excéntrico y una apariencia
fuera de lo común —aunque sí una entrada magistral— para el futuro marido
de la señorita Faith Swansea. Así lo dejó claro al deducir:
—Usted debe ser el señor Hancock.
El aludido sonrió para su coleto al tiempo que retiraba un rizo negro tizón
de la frente aún húmeda.
—Ese mismo debo ser.
—Por favor, pase. Bienvenido. Puede entregarme su sombrero y su gabán
si lo desea.
Ambos hombres dirigieron la mirada a la blanda mole de fieltro que
Royce sostenía entre los dedos como si estuviera esperando el momento
perfecto para abandonarla a su suerte. Los dos coincidieron con un
asentimiento cómplice en que sería mejor que el sombrero nunca volviera a
las manos de su dueño. El mayordomo lo tomó sin ánimo escrupuloso —si lo
hubiera hecho, a Royce no se le habría ocurrido juzgarlo— y enfiló hacia el
corredor con buen ritmo.
Así, sin mayor incidencia y para su perplejidad, se quedó solo en el
vestíbulo. Solo, excepto por la alfombra persa sobre la que goteaba su
humilde chaqueta remendada, el rico mobiliario caoba y las figuritas de
cerámica de Wedgwood y Spode que descansaban sobre la cómoda central,
un magnífico mueble de madera maciza.
No había esperado un interrogatorio sobre su aspecto de mendigo, pero
tampoco a un criado tan servicial. Ni tampoco habría imaginado que le

Página 18
resultaría tan fácil presentarse en una casa desconocida con nada más que lo
puesto y los beneficios que le reportaba su amplia experiencia como caradura,
lo que sin duda ayudaba en propósitos que, para su óptimo cumplimiento,
requerían de cierta labia. Pero eso se debía a que Royce, desde el embarque
en Nueva York —o, mejor dicho, desde que aprendió a muy temprana edad
que la vida era una zorra escurridiza—, se había dedicado a imaginarse en los
escenarios más truculentos y protagonizando las peores situaciones. Que sus
futuros suegros se llevaran una mala impresión de su ropa no entraba, ni de
lejos, en las diez peores que hubiera podido anticipar.
Claro que Royce se había visto incluso siendo apuntado con una pistola
nada más cruzar la puerta.
No descartaba que en un giro fatal de los acontecimientos pudiera darse el
caso.
Royce encogió un hombro, conformándose con la aburrida reacción del
servicio, y echó un vistazo a los techos altos de la mansión. Examinándolos
sin verlos en realidad, dio unos cuantos pasos desenfadados para revisar de
cerca las cerámicas exhibidas en el vestíbulo. También se topó con una caja
de cigarros barnizada con laca china y una serie de cucharillas caddy
ricamente decoradas con filigranas plateadas y firmadas por su creador.
Royce torció la boca con disgusto. El artista ya debía estar orgulloso de
haberse conocido si dejaba su sello hasta en un cubierto. Y ya debían ser los
Swansea una pareja de osados por ponerla a la vista. Royce no conocía a
mucha gente con semejantes ansias de reconocimiento público. Ese afán
exhibicionista con la riqueza propia solo lo mostraban los necesitados de
validación externa y los ordinarios sin gusto.
Sabía, por supuesto, que los Swansea tenían dinero para aburrir, pero
había creído ingenuamente que, por su origen trabajador, no les gustaría hacer
ostentación de ello.
Era evidente que le habían faltado datos.
Vivir en un barrio nuevo como Eaton Square siendo lo bastante rico para
permitirse una mansión en Belgravia podía verse como un signo de modestia.
A Royce le parecía ahora, en cambio, una estrategia de segregación para
revalorizar la zona y convertirlo con su sola presencia —y gracias a su
influencia sobre los de su clase— en el nuevo barrio de los boyantes.
Ningún humilde empresario plantaba en las narices de la visita su entera
colección de reliquias si no quisiera recordarle que este estaba muy por
debajo de su estrato social. De hecho, era un gesto de tal vanidad que, si
Royce no hubiera asistido a toda clase de despliegues arrogantes y le

Página 19
importaran esas bufonadas más allá de para forjarse una opinión despectiva
sobre el sujeto, le habría hecho ruborizarse de vergüenza ajena.
De todos modos, eso tenía también sus ventajas. Solo echó un rápido
vistazo por encima del hombro antes de tomar una de las figuras de porcelana
y guardársela en el interior de la chaqueta.
El señor Swansea no iba a echar de menos un ángel de cerámica. No
cuando ya tenía seis angelicales hijas a las que lucir en el vestíbulo.
Antes de que el diablo de las malas ideas le tentara a birlar la segunda
pieza, se asomó al pasillo con la esperanza de ver a alguna de las criaturas de
carne. Preferentemente a la esposa con la que se suponía que dormiría en unas
cuantas noches. Solo llegó a sus oídos, desde el salón principal, el respetuoso
anuncio del mayordomo y las exclamaciones de una voz aguda.
—¡Ya está aquí! ¡Dios santo! ¡Si todavía no me he acicalado ni hemos
terminado de adecentar las habitaciones!
—No creo que el señor Hancock vaya a revisarlas una a una para
cuestionar la higiene de la casa, querida —aportó un hombre. En su voz cálida
fluía una prolongada nota de diversión—. Y si la pusiera en tela de juicio,
sería un cerdo insolente y tendría que echarlo por ofender a mi señora.
—¡Ni siquiera bromee con eso! Ya puede ser un auténtico burro
americano que ha de prometerme que por mucho que pudiera llegar a
disgustarnos, ni usted ni ninguna de sus hijas intentarán espantarlo.
Royce apoyó el hombro en la pared del infinito pasillo y levantó las cejas.
—Conque un burro americano —sopesó en voz baja.
—Mi señora Swansea, puedo prometerle que no tengo ningún interés en
casar a mi hija con una bestia de cuatro patas. ¿Para qué ensañarse? Una
bestia de dos ya me parece castigo suficiente.
Otra voz femenina se hizo oír usando un tono franco y directo.
—¿Y es que acaso no aprendió usted nada de lo que puede conllevar
cruzar a una hembra humana con un animal? Piense en lo que engendró la
pobre Pasífae tras dormir con el Toro de Creta.
—¡Por el amor de Dios, Mercy! ¿Cómo hablas de la cama tan a la ligera?
¡Espero que te moderes en ese aspecto con el señor Hancock, o creerá que tu
hermana Faith es igual de desahogada!
El coro de risas femeninas que se levantó intrigó a Royce.
—Si pensara eso antes de conocerla, sería un hombre muy intuitivo —
aportó el hombre, que dedujo que se trataba del mismísimo Edison Swansea.
—No hace falta tener intuición para saber que Faith es una deslenguada
sin remedio. Solo un buen par de orejas —corrigió la presunta Mercy.

Página 20
—¡Oh, Faith! —exclamó la señora Swansea, como si de pronto acabara de
recordar de quién estaban hablando—. ¿Dónde está? ¿Sigue paseando con
Temperance?
—¿Paseando? —repitió Mercy—. Me parece un término muy amable
considerando los vientos que se han levantado. Vamos a tener que ir a
buscarlas en globo aerostático.
—¿Globo aerostático? —graznó la matriarca—. ¿Qué, en el buen nombre
de Dios, es eso?
—¿Nunca ha oído hablar de los hermanos Montpellier, madre? En torno a
1783, un gallo, una oveja y un pato pudieron volar en un globo de aire
caliente por Versalles gracias a su invención.
—Y en torno a 1825, una rubia impertinente y la que habría sido la señora
Hancock sobrevolaron Hyde Park a causa de los fuertes vientos del oeste con
la misma mala suerte —anunció el hombre, engolando la voz como un
pregonero medieval.
—Señor Swansea —se ofendió la parienta—, ¿cómo puede bromear con
la vida de sus hijas?
—Procuro ir en sintonía con las intenciones de mi esposa, que ha sido la
que, en primer lugar, las ha arrojado al parque para que se estrenen como
cometas.
—¿Y qué es una cometa ahora, si puede saberse? —se desesperaba la
dama.
—Benjamin Franklin la utilizó para investigar los rayos y así inventar el
pararrayos, que, como su propio nombre indica, para rayos —resolvió Mercy
—. También es un juguete popular en China.
—No estamos ni en China ni en Versalles, ¡ni tampoco en Creta con ese
toro tuyo! ¡Estamos en Inglaterra y hace un día estupendo! ¡Corre la brisa
ideal!
—Nadie dice lo contrario, querida. El matiz está en que es ideal para
morir, y creía que querías que Hancock se desposara con Faith, no condenarlo
a la viudedad con anticipación.
—¡Es verdad, el señor Hancock! ¡Ya está aquí! —recordó en ese
momento la señora Swansea, acompañando su afectada exclamación de una
palmada con la que sacó al vigilante Royce de su ensimismamiento—. ¿Por
qué se ha presentado tan pronto? ¡Un hombre debe llegar elegantemente
tarde!
—Si lo desea —empezó proponiendo el padre—, iré a decirle que se
marche y vuelva cuando pueda usted ponerlo a caer de un burro por no haber

Página 21
aparecido a su hora.
—No se le ocurra a usted darme mala fama diciendo todas esas tonterías
cuando le hagamos pasar.
Royce se preguntó de forma irónica cuándo llegaría el momento de la
ansiada presentación. ¿Se les había olvidado que aguardaba en el vestíbulo?
El señor Swansea puso voz a sus dudas.
—¿Y ha decidido ya en qué momento lo invitaremos a pasar? Propongo
esperar a cerciorarnos de que Faith ha sobrevivido al tifón. De lo contrario no
tendrá mucho sentido perder el tiempo con venias.
—Ese hombre es su futuro socio y representante empresarial en el Nuevo
Mundo, señor Swansea. Esté Faith o no, debe usted salir a darle la bienvenida.
—Quiere decir que debo salir yo antes para poder regresar y dar parte a
mi esposa de sus modales extranjeros, ¿me equivoco?
—No solo de sus modales; espero una detallada descripción de su aspecto
físico.
Royce se examinó de arriba abajo, todavía empapado hasta los calcetines,
y se regocijó en el morboso —e impaciente— deseo de conocer el veredicto
de la señora de la casa. Por lo menos sabía que no dejaba de ser un tipo bien
plantado incluso en circunstancias no tan ideales. La expresión de la criatura
con la que se había encontrado en el parque así se lo había aclarado.
Royce todavía sonreía satisfecho al evocar el brillo interesado en los ojos
de la joven.
Una muy interesante y aún más esquiva joven, cabía acotar. «Criatura»,
pensaba, atraído. «Mira que ponerte a la defensiva porque un hombre se
preocupe de devolverte tu sombrero… ¿Quién te ha hecho daño, mujer de
Dios?».
Inconscientemente se llevó la mano a la espalda, donde colgaba la pamela
que le había regalado. Un hermoso e indirecto gesto de gratitud que Royce se
había cuidado de catalogar como tal en voz alta para no enfurecerla más.
—Puedes preguntarle a Camden —decía Edison Swansea—. Él ya ha
visto al señor Hancock.
—No le pondría en el aprieto de hacerle hablar sobre la gallardía de un
hombre.
—¿Y a mí sí? No sé más de belleza masculina que él. Tendríamos que
enviar a Mercy.
—Yo tampoco sé nada de belleza masculina…
—Ni tampoco vas a saber nada de toros, globos o cometas —la amenazó
su madre.

Página 22
—… y soy una mujer casada —prosiguió, ignorándola.
—Una mujer casada con ojos. Yo también tengo marido y eso no ha
anulado mi capacidad de observación. ¡Ni mi derecho a opinar!
—Puedo dar fe de lo segundo. La bella señora Swansea tiene tantas
opiniones que no cabemos todos en la cama cuando le da vueltas a sus
pensamientos —fingió lamentarse el patriarca. Dejó ir un suspiro dramático
antes de levantarse y amortiguar el gruñido de su esposa con el sonido de sus
pasos.
Sospechando que pretendía asomarse al pasillo, Royce fue hacia allá sin
más dilación.
Cuanto antes empezara la aventura, antes terminaría.
Para el momento en que el señor Edison Swansea iba a cruzar el umbral,
Royce ya se había personado justo enfrente con muy poca paciencia y menos
educación aún. Pero el antiguo coronel y actual padre de familia no censuró
su aparición; sus cálidos ojos castaños lo recorrieron con una mirada guasona
que transmitía, si no simpatía, por lo menos el profundo placer que solo
otorgaba tener la razón.
—¿Lo ve, mi señora? —dijo, dirigiéndose a la petrificada Wilhelmina
Swansea y haciendo una clara referencia a sus prendas mojadas—. Si la brisa
ha conseguido tirar al señor Hancock del barco, es porque no era tan ideal
como usted decía. —A continuación dio un paso hacia delante, como si fuera
habitual que las visitas formaran un charco de agua bajo sus pies, y le tendió
la mano—. Bienvenido a Londres, señor Hancock.

Página 23
Capítulo 4

—¡Cristo redentor! —exclamó Wilhelmina, que en cuanto superó la


conmoción se aproximó a toda velocidad—. Mi pobre señor Hancock, ¿cómo
es posible que esté tan empapado? ¿Le ha llovido durante el camino?
¡Camden, deberías haberme avisado de la situación del invitado!
La señora Swansea se enzarzó en un parloteo del que era difícil distinguir
algunas palabras pronunciadas con un marcado acento del sur de Inglaterra.
Por lo que Royce sabía, había sido conocida como la fiel viuda del vicario
de Cornwall antes de que el señor Swansea, por alguna misteriosa razón que
sin duda esperaba desentrañar, decidiera convertirla en su esposa. La pareja
que hacían no sería insólita en absoluto si Edison fuera la clase de hombre
que elegía a la ligera a sus amantes, sus socios y sus estrategias militares, pero
se trataba del mítico héroe de las guerras napoleónicas que había conseguido
amasar un imperio textil sin parangón incluso en un mercado prácticamente
monopolizado por la China. Era evidente que le ponía minuciosa atención a
sus asuntos; nunca habría seleccionado a una esposa al azar. Debió de ver en
Wilhelmina algo lo suficientemente valioso para otorgarle su apellido, y
Royce se descubría muerto de curiosidad por averiguar cuál era la
revolucionaria cualidad.
No saltaba a la vista. Aunque quizá tuviera que ver con su atractivo físico,
pues no era ningún misterio que el hombre inglés medio se pirraba por una
delicada flor de invernadero. Wilhelmina, aparte de ser alta y delgada como
un junco, tenía la piel inmaculada de las vírgenes que no habían trabajado en
la vida. Como mucho tendría el dedo corazón algo abultado por la cantidad de
invitaciones a pomposas soirées que redactaría cada lunes por la mañana.
Royce no podría respetar al señor Swansea por su elección de novia si se
hubiera apoyado en criterios meramente estéticos. Lo único que le asqueaba
más que la vagancia humana, la romantización de la debilidad de espíritu y la

Página 24
creencia de que las mujeres eran criaturas sin otro propósito que languidecer
en una otomana, abanico en mano, era que estas aceptaran el papel impuesto
con vergonzosa sumisión y, para colmo, procuraran aparentarlo perpetuando
la imagen más que agotada de muñeca de porcelana. En Inglaterra se había
popularizado el rostro de los retratos románticos como el canon de belleza,
una representación de la dama frágil con mirada nostálgica que todas las
jóvenes trataban de emular empleando tratamientos novedosos, costosos y
seguramente corrosivos por su elevado contenido químico. Esa moda había
llegado a Nueva York como toda la cultura europea, pero allí eran pocas las
mujeres que se dejaban influenciar.
Por lo menos la señora Swansea tenía un par de ojos grandes y vivaces e
insinuaba una férrea voluntad al haberse propuesto impresionarlo con
disculpas de afectada anfitriona. No parecía representar del todo la hermosa
decadencia de las actrices de Drury Lane, aunque sí era fiel a su dramatismo
al hacer aspavientos como si fuera a caerse y necesitara mantener el
equilibrio.
Edison asistía al monólogo de brazos cruzados, mirando a la esposa con
una media sonrisa entre socarrona y afectuosa. Parecía ajeno al
pormenorizado examen que Royce acababa de hacerle a ambos, lo que no
quería decir que fueran poco perspicaces; solo que él había ido muy
preparado.
—Mandaré que le preparen un baño de inmediato —zanjó al fin.
—¿No debería preguntarle antes al señor Hancock si desea tomar un
baño? A lo mejor prefiere permanecer húmedo; con la poca brisa que corre,
puede estar sufriendo un calor insoportable —se mofó Edison.
Wilhelmina lo ignoró con la naturalidad de quien lo tenía ya por
costumbre.
—¿Dónde se hospeda? ¿Albany? Enviaremos a algún lacayo a conseguir
una muda limpia para la cena —le aseguró.
Royce compuso una mueca de moderada incomodidad. Cambió el peso de
pierna y miró a los ojos azules de la anfitriona.
—Mi intención era hospedarme en un hotel, pero no va a ser posible.
Tampoco dispongo de ropa limpia. —Ella pestañeó una vez. Esa fue toda su
interrogación. Royce suspiró—. Mucho me temo que no solo he corrido la
mala suerte de acabar en el agua. Desde que he puesto un pie en el muelle no
me han ocurrido más que desgracias. —Hizo una pausa, buscando las
palabras adecuadas—. Por lo visto, los tripulantes perdieron mi equipaje,
donde no solo guardaba las mudas para la semana; asimismo voló el dinero

Página 25
que traía. Doy gracias al cielo porque el pasaje de ida estuviera ya pagado, o
me habrían arrojado al agua con lo puesto por moroso.
—Y si no le arrojaron al agua porque no pagó sus cuentas, ¿por qué lo
hicieron? —quiso saber la joven de la voz amable, empleando un tono que le
resultó imposible interpretar como insolente—. Es obvio que terminó
chapoteando, por hache o por be. —Y lo abarcó con un ademán.
Royce se asomó por encima del hombro de Wilhelmina para mirar a la
muchacha que lo observaba con tanta curiosidad como sospecha. Mercy
estaba encinta, y no solo era perceptible en su figura levemente ensanchada;
también en el halo luminoso que la rodeaba, un regalo de la inexplicable
belleza de los milagros de la naturaleza.
—Ninguno de los hombres a bordo atentaron contra mí, pero nada más
plantarme en el muelle unos maleantes me quitaron lo que llevaba encima.
Peleé con ellos… —Enseñó sus nudillos amoratados. Obtuvo un gemido
ahogado de parte de la señora Swansea. Aquella mujer era el público perfecto
— y me tuve que rendir cuando me empujaron al agua.
—No tengo el placer de conocer a los rateros del muelle, pero me
sorprende que demuestren tan poca astucia metiéndose con un hombre de su
complexión.
Royce esbozó una sonrisa que por fuera era resignación y modestia y en el
interior se crispaba. La joven hablaba con desenfado, incluso con un deje de
petulancia científica, como si estuviera divagando acerca de teorías
matemáticas. Eso fue lo que le permitió no tomárselo como una ironía.
—No, no tiene el dudoso placer de conocerlos —cedió, acompañando sus
palabras de una leve genuflexión. Luego regresó a Wilhelmina—. Dicho esto,
aceptaré gustoso el baño que tan amablemente me ha ofrecido y esperaré a
que se seque lo que llevo puesto. En cuanto a mi precaria situación
económica, puedo recurrir a mis propias cuentas a través de un contacto. Me
mandarían el dinero en un par de semanas.
Aunque había decidido centrarse en la expresión compasiva de la señora
Swansea, no se perdió el gesto suspicaz con el que Mercy había atendido a su
relato. Uno muy similar al de Edison, que, sin embargo, fue rápido a la hora
de esbozar una sonrisa de aliento y palmearle la espalda.
—A eso lo llamo yo hacer una entrada magistral, Thomas —comentó
Edison—. Podemos llamarle por su nombre, ahora que es evidente que va a
pasar los próximos días bajo nuestro techo, ¿verdad?
—Firmo las cartas como Thomas R. Hancock por tradición, pero entre
amigos me llaman Roy. La erre es de Royce. —Miró a Edison de hito en hito

Página 26
—. ¿Está usted seguro de que mi presencia en la casa es apropiada dada la
naturaleza de mi visita?
—No lo es en absoluto, pero una pareja comprometida viviendo bajo el
mismo techo por un tiempo no sería lo peor que se ha visto. Procuraremos
darle una habitación en el ala opuesta a la de Faith, aunque confío en que sabe
usted muy bien lo que le conviene hacer y lo que no —dejó caer, mirándolo
con una mansa sonrisa en los labios y una advertencia en la mirada.
—Señor Swansea, no es necesario hacer esas impertinentes aclaraciones
—le reprendió Wilhelmina, que también había pasado a observar al señor
Hancock con cautela. No dejaba de ser un desconocido con intenciones de
habitar casa ajena totalmente de improviso. Aunque, más que preocupada, la
señora parecía tener prisa por arreglar la situación—. Acompáñeme. Habrán
preparado el baño en la antigua habitación de mi hija. Y hablando de hijas, no
he tenido la oportunidad de presentarle a Mercy Reynolds como Dios
manda…
La susodicha se levantó del asiento abrazada al vientre redondeado. Se
aproximó, en apariencia serena, y le tendió la mano para darle un apretón de
directivo que le dejó impresionado. Wilhelmina mascullaba por lo bajo la
poca vergüenza de las jovencitas de aquella familia al comportarse como
hombres; él, mientras, sostenía la mirada franca de la señora Reynolds, con la
que se quedó a solas una vez la anfitriona solicitó la ayuda de su esposo para
unos preparativos.
—Un placer —dijo Royce, sin amilanarse por la turbadora serenidad con
la que ella lo examinaba—. ¿Tendré el honor de conocer a su marido?
—En la cena de esta noche… siempre y cuando su querido hermano no lo
retenga por mucho tiempo. —Ladeó la cabeza, todavía intrigada—. Supongo
que se cayó en el muelle de los Docklands, donde atracan los barcos que
cruzan el Atlántico… ¿o me equivoco?
Esperó a que Royce asintiera para hacerlo ella también.
—Así es.
—Curioso.
—¿El qué, señora?
Mercy se encogió de hombros como si el asunto no fuera con ella.
—Que para haberse caído al mar, señor, no huele usted a salitre.

Página 27
Capítulo 5

Royce aún sonreía por el sagaz apunte de la señora Reynolds cuando entró
en el antiguo dormitorio de Faith. Era en la alcoba que había ocupado antes de
mudarse a la de Mercy, más ventilada y luminosa, donde el servicio había
dispuesto lo necesario para su anhelado baño.
Con «lo necesario» la señora Swansea se había empecinado en incluir un
par de criados. Le había costado Dios y ayuda convencerla de que podía
frotarse la espalda sin ayuda, un comentario que le había hecho torcer la boca
terriblemente escandalizada.
Apenas la conocía y ya había descubierto que Wilhelmina era uno de esos
elocuentes especímenes humanos que se comunicaban con interjecciones y,
cuando no, con un movimiento de cejas. En su educado silencio, Royce había
podido oír cómo criticaba las rudas costumbres americanas y la bajeza de su
innecesaria especificación. Él ya sabía lo que horrorizaba a la casta que
aspiraba a la nobleza: referencias al cuerpo, al acto, a lo que era natural en el
hombre… En definitiva, todo lo que a él le parecía interesante tanto para la
práctica como para conversar. Menos mal que supo antes de embarcar que no
encajaría nunca en ese ambiente y tampoco se había propuesto intentarlo, solo
durante el tiempo suficiente para lograr sus propósitos.
Royce comprobó la temperatura del agua humeante del baño y procedió a
desvestirse.
También se había percatado de la mirada de sospecha de Wilhelmina
Swansea al fijarse en su atuendo. Que estuviera mojado había evitado que le
prestara antes atención al hecho de que se cubría con prendas remendadas y
de muy baja calidad.
Al igual que los familiares de la anfitriona, Royce se había animado a
abochornarla por placer haciendo una aclaración que ponía de relieve su
clasismo:

Página 28
—Para un viaje tan largo prefería vestir cómodo —le había dicho—. Por
supuesto, pretendía cambiar mi atuendo por algo más formal para presentarme
ante la señorita Swansea.
El comentario había obtenido el resultado deseado: Wilhelmina se puso
colorada de vergüenza por lo que insinuaba.
—Lamento si he podido darle la impresión de… de que no aprobaba su
traje, señor Hancock —había tartamudeado ella, turbada porque hubiera leído
sus pensamientos—. Las circunstancias no le han acompañado y eso no es su
culpa, pero nadie aquí va a juzgarlo. Puede bajar a cenar con esto mismo si lo
desea. Presenta un aspecto… muy decente.
Royce se rio al recordar la preocupación de Wilhelmina y sus intentos por
solucionarlo.
Arrojó los zapatos al otro lado del dormitorio mientras se desabotonaba el
chaleco y revisaba, con una media sonrisa satisfecha, las prendas limpias que
reposaban sobre un sillón de cuero. El señor Swansea siempre había sido un
tipo estilizado y fibroso, por lo que habían tenido que pedirle a uno de los
robustos lacayos —a pesar de los reparos de la matriarca— que le prestara
una muda modesta pero limpia.
Mejor. Royce no se imaginaba luciendo un nudo Trone d’Amour en el
pañuelo de seda à la mode.
Ya desnudo, bordeó el biombo y se sumergió en la bañera, una estructura
de mármol tan ridículamente pequeña que casi se quedó encajado. Fue a
estirar el brazo para coger el jabón, pero justo se fijó en que junto a la pastilla
habían ido a parar algunos de los infinitos tesoros que guardaba en los
bolsillos. Entre ellos, la miniatura de Faith Swansea que la familia había
enviado antes de que se diera por formalizado el compromiso.
Prefirió rescatar la imagen de la muchacha antes que el jabón. Sostuvo el
enmarcado de oro entre los dedos, eso sí, con menos intriga de la que le había
suscitado en un primer momento, sobre todo por lo que entrañaba el gesto de
mandar una miniatura con el objetivo de convencer al interesado.
Los Swansea confiaban a ciegas en el atractivo de su hija, de eso no cabía
la menor duda.
Bajo el punto de vista de Royce, Faith Swansea no era bella, pero en
persona embrujaba a la vista. Y era meritorio que se hubiera percatado del
misterioso encanto de la muchacha cuando esa mañana solo había tenido ojos
para su acompañante.
Por supuesto que había reconocido a Faith. El retrato le hacía justicia, lo
que le permitió interceptarla en Hyde Park. Por ese motivo no había dudado

Página 29
en acercarse. No para presentarse de forma extraoficial, pues las inglesas se
echaban las manos a la cabeza por tan descarada libertad, sino para confirmar
su identidad y hacerse conjeturas.
No era que le importara un ardite su carácter. Contaba con no compartir
con ella el tiempo suficiente para padecer los que fueran sus defectos.
La fascinante mujer que la acompañaba era harina de otro costal.
Eran hermanas, sin duda. Había oído su conversación, descifrado sus
nombres y definido sus caracteres, pero no tenían nada que ver. La otra, la
que no sería suya, era alta y enérgica, y ya de lejos se notaba que hacía
especial hincapié en su brioso temperamento para ocultar un espíritu
profundamente femenino que, sin embargo, escapaba de ella como en una
llamada de socorro. Le había bastado mirarla a los ojos o, más bien, que ella
lo mirase a los ojos a él para saber que no veía el mundo como quería que
fuese ni como lo pintaban para el bello sexo, sino tal y como era, cruel y solo
a veces hermoso. Y por eso, porque ya despojada de inocencia sabía lo que le
esperaba y cómo protegerse, quiso ocultar de él una feminidad que ya estaba
viva en su melena de rizos dorados, en el movimiento de sus seductores labios
al reprocharle sus galanterías; en cómo el escote del vestido la acompañaba,
sufridor, cuando inflaba el generoso pecho para respirar.
Royce se mordió la lengua y soltó la miniatura. Solo era un retrato, pero le
parecía irrespetuoso excitarse con el recuerdo fugaz de una mujer teniendo la
imagen de otra en la mano.
Había bastado con evocar sus mejillas encendidas para endurecerse. Y por
extraño que pudiera parecer, dada su aversión a todo lo referente a Inglaterra,
esta vez no se torturó porque una inglesa inspirase tales sentimientos en él.
Temperance no era el ángel doliente de los cuadros del que le gustaba
burlarse, sino una fiera brava con curvas trepidantes. Una mujer real, con las
emociones siempre en carne viva y que fallaba estrepitosamente al tratar de
contener su expresividad.
Royce, desacostumbrado a pensar en mujeres —pero muy dado a los
flechazos de lujuria cuando una diosa fértil de leyendas prehistóricas se
cruzaba en su camino—, no habría dudado ni un segundo en seducirla allí
mismo si hubiera tenido la oportunidad. Pero como parecía improbable que
pudiera tomarla en ninguna parte, en su lugar se rodeó la tensa erección con la
mano y se acarició de arriba abajo. Mantuvo su rostro en el pensamiento y
para inspirarse imaginó sus manos, su desnudez, sus muslos abiertos para él
en una postura de entrega sublime.

Página 30
No se detuvo cuando oyó el chasquido de las bisagras de la puerta y el
frufrú apresurado de una falda; solo arrugó el ceño. Abrió la boca para repetir
que no necesitaba asistencia —al menos, no la asistencia para la que una
doncella podría haberse prestado voluntariosa—, pero la recién llegada habló
antes que él… que no para él.
—Maldita sea, juraría que lo había dejado aquí —masculló para sí.
Royce se incorporó en la bañera, sacudido por la familiaridad de la voz
grave, y entrecerró los ojos para ver a través de los agujeros del biombo. Una
mancha azul se movía de un lado para otro.
No le dio tiempo a plantearse si quería intervenir. La joven separó el
biombo para seguir buscando y se le desfiguró completamente la expresión al
toparse con Royce acomodado en la bañera igual que un paño al que hubieran
dejado secar al sol.
El asombro los sacudió a ambos, pero él pudo reponerse antes por la
inmensa satisfacción que lo estremeció.
—Me aventuro a decir, muy a mi pesar, que lo que andaba buscando no
era a mí.
El sonido de su voz, un tono neutro que no admitía burla, consiguió
despertarlas a ella y a su piel: el rubor le subió hasta la raíz de la melena
suelta.
Tardó un segundo en cubrirse la cara con una mano.
—¡Lo siento! —balbuceó, dándose la vuelta de forma precipitada y
protegiéndose detrás del biombo—. No sabía que estaba usted aquí.
Ese repentino —y, suponía, impropio de su personalidad— ataque de
timidez lo conmovió inexplicablemente. Sonreía cuando se ponía de pie,
desnudo, y se asomaba por el lado de la estructura de mimbre para susurrarle:
—Ahora que ya lo sabe, ¿qué puedo hacer para convencerla de hacerme
compañía?
La que ya conocía como Temperance pestañeó repetidas veces,
ensimismada en su incredulidad. No le dio tiempo a echar de menos el
carácter explosivo que había demostrado en Hyde Park. Lo sacó otra vez
dándose de vuelta de nuevo, quizá furiosa por su propia mojigatería y
hablando en tono brusco:
—¿Por qué querría que le hiciera compañía? Según se me ha comentado,
no requiere asistencia para el baño. Ha rechazado la ayuda que se le ha
ofrecido.
Royce enarcó una ceja.

Página 31
—Menciona que no requiero asistencia, lo que indica que estaba al tanto
de mi llegada, pero acaba de decir que no sabía que estaba aquí. ¿Es usted una
embustera o le ha fallado la memoria?
—Sabía que el invitado era un hombre incivilizado que alegaba ser
superior a todos nosotros y no necesitar manos extra para el baño. No sabía
que el invitado era usted —especificó, recalcando la última palabra como si
fuera idiota.
Le tentó dar un paso atrás para incitarla a admirarlo en todo su esplendor,
tal y como lo había mirado en Hyde Park, pero al final prefirió darlo hacia
delante.
—¿Y quién soy yo?
—Ya se lo he dicho. —Alzó la barbilla—. Un hombre incivilizado que…
—¿La respuesta corta? —la interrumpió.
—El descarado de Hyde Park.
—Lo que supongo que tiene unas implicaciones muy concretas para usted
considerando cómo me mira. Me gustaría conocer su opinión acerca del
mencionado descaro.
Esperó a que contestara apoyando el codo sobre el borde superior del
biombo, por encima de sus cabezas. Las gotas de agua que hacían su ruta en
dirección a las muñecas cambiaron el rumbo para perfilar sus músculos;
músculos a los que ella dirigió su atención un instante breve pero suficiente
para turbarla.
—¿Sabe? —retomó Royce, sin ocultar su regocijo—. No necesito ayuda
con el baño, pero quizá la requiera para vestirme.
Supo el exacto segundo en el que Temperance decidió no dejarse amilanar
por la situación. Recuperó ese tono suyo que parecía estar por encima del bien
y el mal.
—No la ha necesitado para desvestirse.
—Oh, eso… Debí acertar de pura suerte. No cuento con tener el mismo
ojo para la acción inversa; ya ni siquiera recuerdo la disposición de las
prendas.
—En ese caso será divertido verle bajar a cenar con los pantalones como
bufanda, señor.
—Desde luego que lo será. Los demás son mucho más impresionables que
usted y mi desnudez no pasará desapercibida.
—¿Le duele en el ego mi falta de agitación? —lo retó con la barbilla
alzada.
Royce ladeó la cabeza.

Página 32
—Me intriga, más bien.
—Eso es porque no sabe quién soy yo.
Royce sintió el peso de la miniatura de Faith Swansea en la mesilla junto
al jabón, palpitando en una nada sutil y sí indecente sugerencia.
Sonrió como un corderito.
—Gracias a este par de coincidencias que nos han juntado y a haber oído
su nombre por casualidad, sí, podría adivinar quién es usted. Eso solo me
legitimaría a estar con usted en estas circunstancias.
Moduló la voz para incitarla a evaluar las circunstancias en cuestión, y al
igual que junto al Serpentine, Temperance mordió el anzuelo: lo miró de
arriba abajo del mismo modo que la primera vez, solo que, en esta ocasión,
Royce estaba desnudo y excitado.
Nada que pudiera sorprender a la joven, por lo visto, pues lo único que
reveló sus sentimientos fue un chispazo de energía en su mirada determinada.
Por lo demás, se armó con una máscara granítica.
—Lo único que le legitimaría a estar conmigo en estas circunstancias sería
que yo fuera una criada.
—O que fuera usted mi futura esposa, lo cual no queda muy lejos de la
realidad.
Temperance perdió su seguridad un instante.
—¿Disculpe?
—Es usted más bella en carne y hueso si cabe, señorita Swansea. Como le
digo, no son estas las condiciones más propicias para ser presentado a mi
mujer —empezó con el equilibrio justo de seriedad e inocencia—, pero al
mismo tiempo creo que esta mojigatería es innecesaria cuando celebraremos
el aspecto más universal del matrimonio en apenas unas semanas. ¿No lo
cree… Faith?

Página 33
Capítulo 6

La reacción de Temperance Swansea no tuvo desperdicio.


Por lo general, Royce no se mostraba tan juguetón, especialmente cuando
se traía un negocio de gran calibre entre manos. Sin embargo, le había
resultado imposible no arriesgarse a crear la situación idónea para acercarse a
Temperance, incluso si en su nuevo papel de prometido confundido quedaba
como un tarugo de remate. Se había propuesto con un ahínco impropio de su
carácter robarle un beso a aquella fascinante criatura, y sospechaba que solo
fruto del engaño podría conseguirlo.
Pensaba ahuecar su rostro entre las manos y averiguar si recibiría sus
labios, tal y como había presentido que haría en su primer encuentro. Pero una
nueva presencia los alertó a ambos: el sonido de unas voces por el pasillo y el
giro del pomo de la puerta fueron toda la ventaja de la que dispusieron para
esconderse.
Royce, acostumbrado a tener que demostrar su agilidad para sobrevivir,
abrazó a Temperance por la cintura y la arrastró detrás del denso cortinaje.
Gracias al espejo del armario que quedaba justo enfrente, Royce pudo advertir
la entrada del mayordomo.
—¿Qué demonios ha…?
La queja de Temperance murió sofocada bajo la presión de la mano que
usó para cubrirle la boca. El tacto de sus carnosos labios lo agitó tanto como a
ella que la tocase.
—Le evito una situación incómoda.
Estuvo a punto de reírse al deducir lo que la mujer quería transmitir con
su caída de ojos.
Era difícil vérselas en una más incómoda de lo que ya lo estaba siendo.
—¿Señor Hancock? —llamó el mayordomo.

Página 34
Temperance, que había quedado pegada a su pecho, abrió los ojos como
platos y lo miró a caballo entre la perplejidad y el horror.
—¡Usted es el señor Hancock! —exclamó en voz muy baja.
—Creí haber dejado eso claro con mi sola presencia en el dormitorio,
señorita —respondió en el mismo tono, revisando con el rabillo del ojo los
movimientos del mayordomo—. Veo que su demostración de agilidad mental
en el parque solo fue casualidad. No parece tan avispada ahora.
—Usted tampoco denota una gran inteligencia. Para «evitarnos una
situación incómoda», podría haberme escondido yo sola y usted haber
enfrentado al mayordomo, no meternos aquí a los dos.
—Era una opción. Otra habría sido que nos encontrara abrazados. —
Estuvo cerca de romper a reír con amargura al ver su mueca de horror—.
Santo Dios, señorita Swansea, espero que supere su aversión a la idea de
tocarme o seremos un matrimonio un tanto… pintoresco.
—Se equivoca, señor. Seríamos un matrimonio inglés de lo más normal.
Y si me horroriza la idea es porque Camden es como mi hermano. Si me viera
aquí sería como si me cazara mi propio padre.
—Algo me dice que su padre se lo tomaría con sentido del humor. —
Sonrió de lado—. Y que no haya confirmado que sentiría repulsa al tocarme
puede interpretarse como todo lo contrario: lo encontraría agradable.
Temperance entornó los ojos con suspicacia.
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta hablar para comunicar sentimientos.
—Y parece que tampoco hace falta un cerebro para decir según qué
estupideces. ¿Cómo interpretaría esto que le acabo de decir? —Batió las
pestañas con coquetería emponzoñada.
—Como un pobre intento por desviar la conversación del tema
importante.
—¿El tema importante? —se burló—. Su interés por hablar de lo que me
excitaría no es ni remotamente trascendente, si se refiere a eso, y no recuerdo
que estuviéramos abordando algún otro asunto de relevancia gubernamental.
—El deseo de las mujeres siempre ha sido un asunto gubernamental,
señorita. ¿Político? Desde luego. ¿Religioso? También. Es crucial a la hora de
elaborar las normas sociales y ha sido la forja de la tradición romántica.
La vio presionar los labios para reprimir una sonrisa impotente.
—Me fascina cuando los hombres les dicen a las mujeres cómo es el
mundo que las maltrata —ironizó—. Yo no diría que el deseo femenino se
tenga en consideración a la hora de elaborar las normas sociales, señor

Página 35
Hancock; más bien se asume su ausencia y se legisla partiendo de la premisa
de que no importa. No hay cabida para el debate.
—Eso es cierto. A mí, desde luego, no me apetece debatirlo mucho más.
No verbalmente, al menos. —Se inclinó sobre ella, embriagado por la suave
textura de su vestido y la piel que podía intuir que se calentaba bajo este—.
Pero, como ya le digo, a mi estado sí le interesa cómo vive usted el deseo.
—Supongo que no se refiere al estado americano, sino a su estado físico
actual. —Lo dijo sin apartar la vista de sus ojos, manteniendo en todo
momento una actitud altiva y segura que amenazaba con deshacerse conforme
sus miradas iban adquiriendo nuevos matices.
—¿Señor Hancock?
Sonó tan cerca de la cortina que ambos se tensaron, y más por impulso
que por placer —aunque hubo placer en ello—, Royce afianzó su agarre y la
estrechó contra su cuerpo.
Los vestidos que estaban en auge, finas capas de muselina y corte
imperio, facilitaron que sintiera sus curvas apretadas. Su olor a agua de rosas
y sudor fue directo a su sistema como un veneno letal. Ella pareció leerle el
pensamiento, y sus ojos se encontraron en una mirada silenciosa incapaz de
reconocer un anhelo; uno demasiado poderoso para haber surgido en unos
segundos.
¿Era ese el flechazo del que hablaban los creyentes de Cupido? Porque
Royce sentía más bien que lo estaban quemando vivo.
«Le dije a su madre que no necesitaba ayuda con el baño», deletreó Royce
con los labios, con ningún otro objetivo que atraer su atención a la zona. La
necesitaba, por Dios; necesitaba contagiarla de su inexplicable excitación.
Consiguió que ella tragara saliva, perturbada con el movimiento de su
boca, antes de imitarlo.
«A mi madre solo se le pueden decir frases de dos palabras y sin
predicado oracional, o de lo contrario no las escucha».
«¿Como cuáles?».
«“Por favor”, “muchas gracias”, “todo riquísimo” y “está deslumbrante”.
Fórmulas de cortesía y piropos, en definitiva».
«¿Y qué oraciones sirven con usted?».
«Depende del propósito».
«Halagarla. Sospecho que no reaccionaría como su madre a ninguna de
las fórmulas de cortesía o piropos que me ha mencionado».
Acompañó el imperceptible susurro con una ceja arqueada.

Página 36
Lanzó una mirada veloz al lateral de las cortinas, fijándose, gracias al
espejo, en que el mayordomo se marchaba contrariado.
«No si vinieran de un hombre como usted, en cuyos labios suenan como
una ironía», deletreó ella en cuanto volvió a tener su atención.
Royce sonrió, incapaz de contener su febril entusiasmo por un solo
segundo más, y recorrió la línea de sus clavículas. Brillaban gracias a una fina
capa de sudor.
—Si no le gusta cómo suenan mis labios, quizá pueda convencerla cómo
saben.
Ella no se retiró tras la obvia amenaza. En cuanto Royce capturó su boca
entreabierta y rodeó con delicadeza su garganta, Temperance respondió de
forma indecisa —pero no por ello menos impulsiva—, como si se tratara de
un acto reflejo del que no sabía defenderse.
La dulzura con la que tanteó y exploró su boca casi logró que le pasara
desapercibida su más que evidente experiencia amatoria. Royce reconoció a
una absoluta pecadora en los delirantes roces de su lengua, en la tierna y
seductora succión de sus labios, en cada pequeño mordisco propinado en el
momento justo. No era la primera vez que besaba, y quizá por eso unos
efímeros segundos de contacto carnal pudieron sentirse tan agónicos y
desgarradores; tal vez por eso perduraron como huella en sus labios incluso
cuando ella se separó de forma abrupta y lo abofeteó.
A Royce le costó encajar su reacción.
—Enhorabuena —lo felicitó ella, respirando a bocanadas—. No ha
conseguido que me convenzan ni el sonido ni el sabor de sus labios, pero sí
que los quiera lejos de mí.
Royce, en absoluto afectado por su respuesta, habló con la misma fría
tranquilidad del principio.
—Deduzco con eso que en Inglaterra no sois asiduas a estas bienvenidas.
Así es como saludamos en América a nuestras mujeres.
—Debe de ser porque usted solo le da los buenos días a las mujeres de
saldo, señor, pero es muy bonito que consideren a sus cortesanas tan valiosas
en la sociedad como para denominarlas patrimonio nacional. «Nuestras
mujeres» —parafraseó, demasiado afectada para sonar del todo burlona.
—Solo consideramos valiosas a las que saben besar, y siguiendo ese
criterio tendría que tenerla a usted en un pedestal como el más preciado
tesoro.
—¿Me está llamando fulana?

Página 37
—La estaba llamando tesoro, pero ya que lo dice, no tiene nada que
envidiarle a las artes brujas de las especialistas del amor. Besa como un
demonio.
Lejos de ruborizarla o espolear su rabia, su comentario consiguió que
Temperance esbozara una sonrisa cínica.
—Es usted muy original a la hora de hacer… cumplidos.
—Me inspiro cuando sospecho que la mujer no se va a dar por
conquistada con las frases hechas más habituales.
—¿Me da por conquistada ya? Qué fácil debe de ser el amor en América.
Tal vez por eso el índice de natalidad se está disparando.
—Por eso y por los expoliadores de sus compatriotas, señorita Swansea.
Les gusta venir a hacer fortuna y de paso engendrar algunos bastardos.
—No debería ser tan duro con la cultura emprendedora inglesa. Usted
también ha venido a hacer fortuna aquí —le recordó—, ¿o es que la cultura
emprendedora americana sí le parece admirable, a diferencia de la nuestra?
—Se equivoca con lo de que estoy aquí para hacer fortuna. Nunca he sido
codicioso, y si hubiera venido buscando oro, para mañana ya habría concluido
la exploración. —La miró intensamente—. Me interesa más la cuestión de
hacer bastardos, ya que lo menciona. Especial hincapié en el «hacer», en el
placer de la mecánica, pues no me importa demasiado si se produce o no el
resultado.
Temperance parecía debatirse entre la ofensa y la carcajada. De cualquier
modo, estaba francamente asombrada por su inapropiada sinceridad.
—Nobles propósitos. Solo preocúpese de que a la compañera que elija
para los bastardos le interese lo mismo, no vaya a ser que acabe llevándose
una ristra de bofetadas en lugar de una colección de hijos ilegítimos. Ninguna
de las dos cosechas sería admirable, pero la primera representaría menos aún
a Inglaterra. Aquí somos de devolver las ofensas de forma verbal antes de
recurrir a la violencia física.
Los ojos de Royce brillaron con admiración. Su templanza al hablar en
unas circunstancias fuera de serie ante un desahogado desconocido en su traje
de Adán hacía sin duda honor a un nombre que ahora sabía que no le habían
puesto al azar.
Era perfecta.
—Usted tampoco representa nada de lo que entiendo por inglés, y es, no
obstante, lo que más me gusta en el mundo. No ha salido corriendo, no parece
afectada y tampoco me tiene miedo. Demasiado valor veo en una burguesa
mimada.

Página 38
Un destello malicioso oscureció la mirada de Temperance.
—¿A qué debería tenerle miedo, señor Hancock? No es usted el primer
hombre que me encuentro en paños menores, ni tampoco el primero que me
quiere entre sus brazos.
Y como si quisiera demostrarlo, lanzó una mirada valorativa y calculadora
al cuerpo masculino. Royce juraría que sus ojos, de fuego pese a ser del color
del agua, consiguieron evaporarle hasta la última gota que aún se deslizaba
por su piel. Jamás había sido víctima de un descaro semejante viniendo de
una joven respetable, y le pilló tan desprevenido que se le olvidó hasta
proteger su rostro de una expresión espontánea.
Se le secó la boca cuando ella se humedeció los labios al llegar a su
dolorida ingle, y sintió que caía en la más honda decepción, y en una extraña
fascinación a su vez, cuando le dijo:
—No está mal, aunque no veo nada por lo que merezca la pena sufrir el
oprobio de engendrar un bastardo. De hecho, hasta donde me alcanza la vista,
lo que veo es paradójicamente eso: un bastardo.

Página 39
Capítulo 7

Temperance respiraba agitada cuando entró en el dormitorio de Faith


olvidando llamar a la puerta. Como era de esperar, la joven novia había
obedecido, más por miedo a la muerte que por gusto, a las órdenes de su
madre: se arreglaba frente al tocador con la base de polvos de arroz en una
mano mientras su doncella personal, cepillo en mano, daba lustre a la melena
dorada.
Tan pronto como recuperó la voz, Temperance hizo el temido anuncio con
la necesaria solemnidad.
—El señor Hancock está aquí.
—Lo sé —gruñó Faith. Valoraba su aspecto a desgana, como si estuviera
acicalándose para ir a la cama. Es decir: donde nadie podría apreciarlo—. Por
eso he recibido la orden de no salir del dormitorio hasta brillar como un jaspe.
—Olvida esa orden y escucha esta sugerencia: no tienes que presentarte
ante el señor Hancock.
—¿Por qué? —replicó sin apartar la vista de su reflejo, aburrida—. ¿Ha
salido huyendo nada más conocer a tu madre?
—No hemos tenido esa suerte. Pero no hace falta que te conozca porque
en realidad ya te conoce.
Faith se giró hacia su hermana con el ceño fruncido. La doncella no
detuvo su labor, claramente manipulada por el espíritu tozudo y las órdenes
de Wilhelmina.
—¿Qué quieres decir con eso? —Enarcó una ceja—. ¿Nos hemos visto
antes?
—Así es. Hace alrededor de hora y media. Creo recordar que te referiste a
él como «un monstruo marino inglés», solo que tal y como delató su acento,
no creo que tenga de británicos ni los antecesores. A ese lo criaron los indios
del Salvaje Oeste.

Página 40
Faith abrió los ojos como platos. Dejó los polvos sobre el tocador con
tanta rapidez que cualquiera habría dicho que le habían dado un mordisco.
—¿Es el hombre del parque? ¿El encantador y galante atrevido que salvó
tu sombrero?
Temperance ladeó la cabeza, pensativa. El adjetivo de galante le venía
grande, pero atrevido era un buen rato, y en cuanto a encantador…
Dependería de la definición que cada uno tuviera de la palabra.
Como para Temperance los hombres encantadores eran tan bienvenidos
en su casa como los rateros o los fratricidas, desde luego entraba en la suya.
—¿Cómo ha sabido que yo era Faith?
—Eso es lo más gracioso de todo el asunto. No lo ha sabido. Me ha
confundido contigo.
—¿Cómo te iba a confundir conmigo? Le mandamos una miniatura y tú y
yo nos parecemos lo mismo que un huevo a una castaña.
Temperance se encogió de hombros como mil veces sus institutrices le
habían aconsejado que no hiciese.
—Tan miniatura sería que no la vio. O, a lo mejor, padre se equivocó y le
envió una mía. La cuestión es que me ha abordado en tu antiguo dormitorio
como si yo fuera su prometida.
—¿Qué quieres decir con «abordado»? —Sus ojos se convirtieron en dos
rendijas que la escrutaron con sospecha—. No eres muy dada a eufemismos y
el caballero ya parecía con toda la intención de devorarte en un lugar público.
En privado me puedo imaginar que no se habrá cortado un pelo.
En efecto, en privado no se había cortado un pelo.
—¿Alguna vez te ha fallado la intuición? Es escalofriante tu capacidad
para acertar al deducir la naturaleza de los hombres.
—Y la definí sin verlo siquiera —se regodeó, orgullosa de sus dones
sobrenaturales—. Un pálpito me dijo antes de que apareciese que no sería un
prometido al uso.
Temperance puso los brazos en jarras.
—¿Qué entiendes tú por «un prometido al uso»?
—Un prometido al uso sería inglés, habríamos bailado un par de veces
antes de comprometernos y yo por lo menos sabría de qué color son sus ojos
antes de la pedida de mano. Y si quieres que entremos en detalles, digamos
que un prometido perfecto para mí sería incorpóreo, carecería de conciencia y
debido a su carácter imaginario no tendría que tolerarlo.
Temperance se la quedó mirando, no tan aliviada como sobrecogida
porque hubiera confirmado sus presagios. Llevaba tiempo sospechando que

Página 41
Faith no era lo bastante valiente para confesarle a sus entusiastas padres que
en realidad no quería desposarse ni con un americano, ni con un inglés, ni con
un príncipe de ensueño que la llevara a un planeta con su nombre. Debían
saberlo todos, en realidad, porque aunque Faith solía hablar de cada uno de
sus conocidos con humor ácido y una curiosamente encantadora
condescendencia, incluidos sus familiares, había existido desde el comienzo
una clara inclinación hacia el desdén cuando mencionaba al señor Hancock.
—Bueno, lamento tener que informarte de que tu prometido actual no
podría ser de ninguna manera el de tus sueños: si no puedes obviar el obelisco
de Nectanebo III cuando vas al Museo Británico, no podrías tampoco ignorar
su corporeidad, que es de proporciones similares. Pero también cargo buenas
noticias: durante nuestra conversación he descubierto que, en efecto, carece
de conciencia (si la tiene, yo no la he visto) y no tendrás que tolerarlo por el
sencillo motivo de que no he desmentido que soy Faith Swansea.
Su hermana se giró hacia ella, todavía sentada en la butaca frente al
tocador, y le hizo un gesto a la silenciosa doncella para que detuviera su
labor.
Inmediatamente se cruzó de brazos.
—¿Por qué tengo la impresión de que nadie piensa desmentirlo en un
futuro cercano?
—En una casa llevada por Wilhelmina Swansea sería imposible sostener
por mucho tiempo un engaño de ese calibre, pero nada nos impide divertirnos
un rato. —Temperance sonrió, traviesa—. Di una sola palabra y bajaré yo en
tu lugar para entrevistarme con Hancock.
—¿Qué tipo de palabra? Se me ocurren dos: «estás» y «loca».
—Prefería un sencillo asentimiento, pero eso también me sirve.
Faith suspiró.
—Si hay alguien con menos interés que yo en bailarle el agua al
extranjero, juraría que esa eres tú, pero me parece que esto sería cruzar la
línea.
—No estaría cruzando ninguna línea que él no hubiera puesto en peligro
durante el baño.
—¡Durante el baño! —exclamó Faith, escandalizada—. ¿Quieres decir
que lo has…?
—Quiero decir que si no lo espanto antes de que formalicéis el
matrimonio, podrás estar tranquila: no hará falta que cierres los ojos y te tapes
la nariz durante la consumación.

Página 42
Faith no se ruborizó por la explícita referencia a la cama. Estaba al
corriente desde hacía tiempo —tanto que Temperance lamentaba haber
corrompido su inocencia juvenil— de que su hermana mayor conocía
suficientes secretos amatorios para hablar con impunidad. En una casa que
disponía de un taller de mecánica y un despacho de contabilidad a los que
daban uso un par de jóvenes más sabias que Salomón, semejante libertinaje ni
siquiera añadía extravagancia a su carácter.
Aunque, por supuesto, pocos podían juzgarla en su total excentricidad
porque solo Faith poseía esa íntima información.
—Entonces en la noche no todos los gatos son pardos —adujo, esperando
que la mayor retirara el comentario que había hecho durante el paseo—.
Algunos brillan en la oscuridad.
Temperance tragó saliva para aclararse la garganta y, esperaba, también
las ideas.
No se le ocurría mejor descripción de Royce Hancock que la de «gato
pardo»; ágil, astuto, taimado y tostado hasta en las zonas que por vergüenza
se ocultaban del sol. No le costaba imaginárselo tendido a la bartola,
estirándose igual que un perezoso felino durante los días de temperatura
agradecida. La imagen de Royce sonriendo ladino con los ojos entornados
para protegerse del dañino influjo del sol, como lo visualizaba despertando de
una apacible siesta veraniega, la estremeció de placer.
«Con un gato como ese sería un delito apagar las velas», le dieron ganas
de contestar.
En su lugar gesticuló dando a entender que se desentendía del asunto.
—Digamos que hay gatos que por comparación salen ganando.
Faith la escuchaba con especial atención y una expresión concentrada que
rayaba en el cálculo mental, como si estuviera traduciendo cada palabra a su
idioma materno.
—Vaya, vaya… Y eso que lo has visto mojado, cuando los gatos no están
muy favorecidos. Ahora que lo pienso, el señor Hancock debe ser el único
felino al que no solo le gusta sino que también le sienta bien chapotear.
Temperance evitó confirmar la apreciación de su hermana, aunque tenía
tan presente el seductor viaje de las gotas deslizándose por su vigorosa
corpulencia que no conseguía calmar del todo el sofoco.
—Aparte del agua, le gusta bastante llevar al límite sus flirteos. Parece
alegrarse de que sea su prometida, y por eso tal vez haya que demostrarle que
se precipitó al regocijarse tanto con la grata sorpresa.

Página 43
—¿Y no se lo demostraríamos más rápido si yo bajara a presentarme? Me
parece que disfrutarías de sobra con su decepción al verme.
—¿Decepción? ¡Al contrario! Si te viera aparecer se alegraría de que su
verdadera prometida sea incluso más hermosa que la farsante. Oh, vamos…
—Apoyó la palma en el tocador y se inclinó hacia su hermana, a la que le
susurró, sugestiva—: ¿Dónde ha quedado tu espíritu aventurero?
—Lo tomó la señora Swansea y desconozco dónde pueda haberlo dejado,
pero seguro que queda en un lugar demasiado elevado para rescatarlo.
—Menos mal entonces que soy más alta que tú, así puedo cogerlo por ti…
como ese otro montón de cosas a las que no llegas.
—¿Como cuáles?
—El valor de ser sincera, por ejemplo, que parece que de un tiempo a esta
parte no encuentras por ningún lado —soltó de sopetón. Su hermana se
mantuvo inexpresiva hasta que Temperance suspiró—. Faith, a mí no me
engañas. Sé que no solo te quejas por vicio. Reniegas total, completa y
absolutamente del matrimonio con el señor Hancock. Puedo imaginar tus
motivos y ten claro que los comparto.
Faith se mostró horrorizada, como siempre que Temperance o cualquiera
de sus familiares se atrevía a hablar sin tapujos de unos sentimientos que ella
aún no había decidido confesar.
—Temper…
La silenció levantando una mano.
—Si quieres deshacerte de tu prometido, este es el momento perfecto.
Tengo recursos de sobra para espantarlo antes de la cena de esta noche.
Madre no sabrá el porqué de su precipitada huida y tú podrás elegir un marido
que no venga de lo más parecido al infierno que existe.
—¿De lo más parecido al infierno? No me digas que el señor Hancock es
irlandés —ironizó para desviar el tema. Temperance sabía que lo único que
Faith odiaba más que casarse por conveniencia con alguien que no había
elegido era a un insistente pretendiente de Killarney. Faith suspiró,
melodramática—. Está bien, tienes razón. No deseo ese matrimonio más de lo
que deseo un disparo en el hombro. Pero eres una ingenua si piensas que
puedes cambiar los planes de la irreductible casamentera de tu madre.
Temperance se incorporó de nuevo y estiró el cuello.
—¿Eso crees? —Temperance sonrió orgullosa—. Tú solo siéntate y
observa.
—Tienes mucha fe, Temperance Swansea.

Página 44
—Sí que la tengo. Y también tengo la sangre de… ¿cómo la has llamado?
Ah, sí: la irreductible casamentera de mi madre. Creo que si sumamos esos
dos ingredientes las cosas solo pueden salir a pedir de boca.
Faith cabeceó y la señaló con el canto del cepillo.
—Que es un sinónimo de que salgan como a ti te gusta.
Temperance le guiñó un ojo, coqueta.
—Yo no lo habría dicho mejor.

Página 45
Capítulo 8

Wilhelmina Swansea había pasado por el dormitorio de Faith para


anunciarle, contagiada de ilusión juvenil, que el señor Hancock «aguardaba
impaciente su aparición» en el salón de visitas. Se adelantó para recolocarle
algunos graciosos tirabuzones y alisar las arrugas de su mejor vestido de
mañanas con manos nerviosas. Luego se marchó deseándole toda la suerte del
mundo.
La matriarca estaría ocupada comandando tareas domésticas mientras
Faith y Hancock intimaban. Por supuesto, con la pertinente carabina, que no
sería otra que la solícita doncella que había estado presente en la conversación
con Temperance: Hattie, una muchacha muda que había perfeccionado su
mirada afilada para recordarles sus modales a los pretendientes en exceso
cariñosos.
Edison Swansea siempre decía que ni un agente de Bow Street diría «las
manos donde pueda verlas» con mayor elocuencia que Hattie con uno de sus
vistazos fulminantes.
Apenas Wilhelmina había desaparecido con la errónea impresión de que
todo iría sobre ruedas, Temperance salió de su escondrijo con una sonrisa
irónica —¿cuánto más jugaría a las escondidas esa mañana?— y se dirigió
con seguridad a dicho salón de visitas. Hattie la acompañaba sin hacer
indeseadas apreciaciones, ni con labios ni con ojos. Mientras tanto, Faith
permanecería en su dormitorio mimando su vanidad o, en otras palabras,
alargando el proceso de acicalamiento hasta que la descubriera su madre.
Pero no había ni moros ni despiadadas casamenteras en la costa, lo que de
todos modos no atenuó el tonto nerviosismo que se había apoderado de
Temperance. Se dijo que se debía a las ansias de poner a aquel maleducado en
su lugar, que no era otro que un barco destino Nueva York, pero nada más lo
vio de espaldas observando uno de los retratos familiares de la casa tuvo que

Página 46
admitir, muy a regañadientes, que las cosquillas de anticipación tenían su
origen en cuestiones más complicadas.
Todas ellas inadmisibles ante y para sí misma.
Temperance entrelazó las manos en el regazo y se estiró, practicando una
pose de señorona arrogante que habría de espantarlo antes de que les sirvieran
el té.
—Es un placer conocerle por fin… con algo de ropa puesta. ¡Y esta
incluso está seca! Supongo que puedo considerarme afortunada por asistir a
semejante milagro.
Proyectó su voz con la insolencia que Wilhelmina se había esforzado
tanto por suavizar para convertirla en una jovencita digna de pretender. Todo
en vano: Temperance alzaba la barbilla y lo miraba como si fuera un vil
insecto. Ella era el gran Augusto, y Hancock nada más que la Cleopatra ya
inerte a sus pies.
O eso pensó, porque no pareció darse por aludido con el comentario.
Hancock se dio la vuelta despacio, las manos aún entrelazadas a la espalda, y
ladeó la cabeza para mirarla con regocijo. No era la Cleopatra inerte: era la
Cleopatra que había postrado al César, a Marco Antonio y ahora a ella
también. Había tenido la gentileza de ponerse un traje más apropiado para la
ocasión, un sencillo chaqué no especialmente elegante pero que le sentaba
como un guante.
—Yo diría que se consideró más afortunada cuando coincidimos durante
mi baño —repuso—. También es un placer para mí conocerla formalmente,
señorita Swansea, aunque creo que no estaremos en igualdad de condiciones
hasta que yo también me familiarice con su desnudez.
Hattie, que por desgracia sabía leer los labios, sufrió un repentino ataque
de tos que coloreó su rostro de un rojo preocupante.
—Mire lo que ha hecho —lo riñó Temperance, tratando de sustituir su
diversión por un sólido enojo—. Cada segundo que pasa es usted más
descarado. ¿Se ha propuesto superarse?
—No puedo permitir que se acostumbre a mi espontaneidad. La cultivo
para no dejar de sorprender a mi público.
La había sorprendido, sin duda. Y siguió sorprendiéndola al rodear uno de
los divanes de terciopelo verde y tomar asiento sin esperar que ella lo hiciera
antes.
Decidió que ese era un excelente momento para comenzar el sabotaje.
Temperance sonrió con frialdad y señaló su manera de sentarse.

Página 47
—Yo sería el público y usted sería el bufón, ¿no? —Imitó su recorrido
hacia el asiento con elegancia impostada. Si no lo espantaba con sus réplicas
mordaces, esperaba lograrlo con una exagerada superioridad que la asqueaba
incluso a ella—. Una cosa que no me ha sorprendido, por desgracia, son sus
modales americanos. Había oído hablar de que dejaban bastante que desear y
ha confirmado usted los rumores.
Esperaba contrariarlo con su flagrante falta de cortesía, pero él separó los
muslos y apoyó los codos sobre estos como si quisiera reivindicar su mala
educación.
No importaba que su expresión fuera serena. En sus ojos saltaba el orgullo
de un hombre que nunca se postraría de rodillas.
—¿Lo dice porque no le he hecho una reverencia y no he besado su
mano? —Enarcó una ceja negra tizón—. Después de haber besado sus labios
me habría parecido un retroceso en nuestra relación, y yo con usted solo
quiero subir puestos.
—¿En la escala social? No me cabe duda —le ladró—. Vayamos al grano,
señor Hancock. Hemos venido a discutir un matrimonio y a ello me dirijo:
accedió a casarse conmigo porque mi padre posee una de las grandes fortunas
de la burguesía londinense y ustedes, los arribistas neoyorquinos, solo piensan
en igualar o superar la grandeza de sus colonos, ¿me equivoco?
Se fijó en que la referencia a América como colonia le escocía en el
orgullo.
—¿Le parece sabio llamar «colonos» a los ingleses cuando el siglo pasado
se proclamó nuestra independencia?
—Recuerdo que estaban desesperados por independizarse, sí. Tanto que, a
la mínima de cambio, vuelven a Inglaterra para disfrutar de los privilegios que
esta ofrece mediante el matrimonio —se burló.
Él curvó los seductores labios en una media sonrisa insinuante.
—Si con «privilegios» se refiere a su compañía y su encanto tendrá que
disculparme por mi escaso patriotismo, pero no es mi culpa que en Nueva
York no haya mujeres como usted.
—Mujeres con mi dote, querrá decir.
El muy patán parecía disfrutar de lo lindo con sus reproches.
—Señorita Swansea, si me interesara el dinero de su padre, me habría
casado con él —soltó con toda naturalidad, escandalizándola en el proceso.
¿Acaso en América no estaba penada la sodomía, o le daba igual?—. La
prefiero a usted porque posee, digámoslo con sus palabras, uno de los grandes
atractivos de la burguesía londinense.

Página 48
—Que es el dinero —insistió Temperance.
Él no reaccionó. Solo se inclinó hacia delante para servirse el té como
solo un ordinario lo haría, sin cubrir la tapa de la tetera, sin verterlo
haciéndola bailar verticalmente y emitiendo el mismo ruido que un elefante
en una cristalería.
Temperance empezó a pensar que no conseguiría avergonzarlo con
vulgares referencias al efectivo. Tomó un rumbo distinto agregando:
—Porque no creo que se refiera a mi belleza. En la miniatura que le
enviaron no salgo muy favorecida.
Hancock esbozó una sonrisa que guardaba un secreto.
Se le antojó terriblemente atractiva y a la vez la puso en tensión.
—Es cierto que gana usted en persona. Diríase que vine buscando cobre y
encontré oro.
¿Ahora estaba diciendo que su hermana Faith no era ni de lejos tan
hermosa como ella? Tuvo que morderse la lengua para no revelar la verdad.
Podía tirarle a él de la suya durante un buen rato más hasta hacerle perder la
paciencia o, por lo menos, las ganas de llevarla al altar.
—No soy una admiradora de los halagos, así que si quiere tenerme en la
palma de su mano, haría bien en tomar otro camino.
—Tengo entendido que este matrimonio se llevará a cabo
independientemente de cómo me porte.
—¿Y por eso lleva portándose como un asno desde que puso un pie en la
capital? ¿Porque sabe que no habrá consecuencias? Para su información,
señor Hancock, su situación pende de un hilo. Tengo miles de pretendientes
en la capital entre los que elegir marido.
Hancock dio un largo trago al té como si estuviera vaciando el último
dedo de whisky. Dejó la taza sobre la mesilla, ignorando el platillo a juego y
hasta la bandeja de plata.
A Wilhelmina le daría una apoplejía.
—No me extrañaría que fuera usted popular en los salones, pero resulta
curioso que disfrutando de tantas atenciones en Londres haya tenido que
trasponer al otro lado del Atlántico para formalizar un compromiso. ¿Quería
demostrar que allí también la anhelarían locamente, o es porque, a diferencia
de aquí, en Nueva York no se considera solterona a una mujer con veintitrés
años?
Tenía que admitir que la afilada elocuencia de Hancock estaba haciendo
sudar la gota gorda a su intelecto, con el que el americano no solo podía
competir, sino que también tenía altas probabilidades de vencer. Hasta el

Página 49
momento se había estado divirtiendo con el intercambio de pullas metida en
su papel de insufrible burguesa con ínfulas, pero la mención de aquella
palabra, «solterona», consiguió que dejara de hacerle falta fingir la
indignación.
—Tengo diecinueve —mintió, envarada.
—Eso decían las cartas, señorita Swansea, pero usted aparenta como
mínimo unos tres o cuatro años más. Un detallito que a mí me es indiferente,
pero que a otro hombre podría haber echado atrás. ¿Quizá no solo a otro
hombre, sino a todos esos pretendientes que ha mencionado? —inquirió en
tono desenfadado, ocultando sus labios tras la taza de nuevo servida y
dedicándole una mirada que era la viva imagen de la inocencia.
—¿Está insinuando algo? Porque ya ha hablado sin tapujos en los previos
encuentros y me parecería hipócrita que ahora anduviera poniendo paños
calientes.
—Bueno, señorita Swansea, ahora estoy bien vestido y alimentado. No
esperará la misma vulnerabilidad por mi parte que cuando me encuentra
encajado en la bañera. —Temperance lo fulminó con la mirada—. Solo digo
—retomó Hancock, volviendo a dejar el sello de humedad de la taza sobre la
madera de la mesilla— que mentir al novio antes de la boda trae malos
augurios. Y que quizá, después de todo, no sea yo el interesado en escalar
posiciones sociales, sino usted en desposarse antes de que… Bueno, antes de
que se le complique.
—¿Está sugiriendo que soy demasiado mayor para usted?
—Para mí no, en absoluto. Y aunque lo fuera, estaría fascinado. Admiro
las piezas de coleccionista.
Temperance cerró las manos en dos puños. Tuvo que retirarlas del regazo
de su vestido y colocarlas a los lados de los muslos para que no se percatara
de su irritación.
—Entonces soy un fósil. Una momia. Una vieja —acotó con sequedad—,
pero rica. Ahí radica su interés.
—¿Por qué vieja? En todo caso, sabia —corrigió, sonriendo de lado—.
Aunque, claro está, no todos los hombres valoran esta cualidad en las
mujeres.
—¿Eso es lo que usted valora en la suya? ¿Sabiduría?
—Entre otras muchas.
—Ilumíneme —lo animó con ironía.
Él dejó vagar su mirada vívida por el techo unos segundos antes de
clavarla en Temperance, como si acabara de recordar que la inspiración no

Página 50
estaba en el aire en general sino en el que ella respiraba.
—Valoro los espíritus aventureros y que las mujeres tengan pocos
escrúpulos, si no ninguno, a la hora de mancharse las manos con tareas que
corresponden a estratos sociales inferiores. Aprecio la honestidad de palabra,
pero más aún la que se sobreentiende en los actos cuando uno es fiel a sus
principios, y aunque soy tan susceptible a la belleza como todo hijo de vecino,
no admiro tanto un rostro hermoso como la voluntad de carácter o la pasión
desinhibida, que son, en mi opinión, las verdaderas cualidades del encanto
femenino. De la humanidad, más bien. Por eso me resulta tan difícil hallarlo
entre muñecas de porcelana prefabricadas. Porque dígame, ¿cuántas mujeres
conoce que sean duras como el diamante y no se avergüencen de su deseo?
Nunca estuvo en sus planes contestarle verbalmente. La garganta se le
había secado, impidiéndole conjurar una respuesta que lo acusara de… ¿De
qué podría acusarlo, cuando una fibra secreta de su corazón había vibrado,
exultante, al escucharlo? Le costó deshacer el hechizo que había tejido como
una telaraña en torno a ella, pero consiguió reponerse con el corazón
acelerado a esa acertada descripción de sí misma y retomó su infame
propósito.
No podía permitir que la conmoviera un desconocido solo porque validara
e incluso celebrase la existencia de mujeres maltratadas socialmente como
ella.
—Conozco pocas, y yo no formo parte del grupo —declaró—. Sepa que
yo jamás me mancharía las manos con ningún trabajo que pudieran abordar
mis inferiores, y que no estoy interesada en aventuras que puedan poner en
riesgo mi buen nombre. La reputación es para mí lo primero, y la iglesia a la
que estoy adscrita me quiere temerosa de Dios y defendiendo mi castidad, por
lo que no encajo en ninguno de sus requerimientos.
Él la miraba sin ocultar su simpatía.
—¿Cuándo se adscribió a dicha iglesia? ¿Antes o después de besarme?
—Qué desvergonzado es usted. Es evidente que no compartimos ni la
religión ni las creencias.
—Pero compartimos el deseo de explorarnos.
—¡Deseo de explorarnos! —exclamó, fingiendo incredulidad—. Señor, si
lo que anda buscando es un compañero que emule su afán de búsqueda, le
invito a subirse al próximo barco hacia las Américas. Con suerte algún pirata
lo recluta para su tripulación.
—¿Y abandonarla a usted en tierra firme, mi bella temerosa de Dios, a
riesgo de que se muera de aburrimiento? Jamás me lo perdonaría.

Página 51
—He vivido de maravilla sin usted los últimos vein… diecinueve años.
No supondrá ninguna gran pérdida verle partir de regreso a su hogar. Aquí no
se le echará de menos.
—¿Cómo puede estar tan segura de que usted no lloraría mi ausencia?
Todavía no sabe lo que es estar sin mí.
—Tampoco sé lo que es estar con usted y no pretendo descubrirlo. Estoy
deseando que vuelva a las tierras bárbaras de las que ha salido.
Esperaba sacarlo de sus casillas con tan grosera referencia, pero él rompió
a reír.
—¡Tierras bárbaras! Señorita Swansea, si quiere ver bárbaros tendrá que
abrir un libro de historia medieval. Me temo que se extinguieron en la Europa
de Carlomagno.
Una nueva referencia cultural. ¿Quién diantres era ese hombre, que tenía
los mismos modales que un marino galés pero parecía haber estudiado en una
escuela de prestigio?
—Entonces debo estar ante el último de los vándalos, un ejemplar sin
precedentes.
—Me alegra que por fin nos estemos entendiendo.
—¿Entendiendo? Me parece que las barreras culturales nos están jugando
una mala pasada, señor Hancock. Por si no se ha dado cuenta, pretendo
romper este compromiso.
—¿Darme cuenta? ¿Cómo iba a darme cuenta de que pretende
despacharme con lo amable y atenta que ha sido conmigo? —Su cara de
asombro le resultó incluso cómica—. En las tierras salvajes de las que vengo
no hay nadie tan cortés como usted lo ha sido durante esta maravillosa
mañana.
Temperance apretó los labios. Solo para darse tiempo e imprimir
dramatismo a la escena, se alisó las arrugas de la falda y luego se puso en pie.
—Señor Hancock, no voy a casarme con usted —le aclaró con severidad
—. Me reservo para un hombre que me inspire, como mínimo, respeto y
admiración, dos sentimientos que usted no sabría ni cómo empezar a
despertar en una mujer de clase.
—Y ya veo que ese hombre se resiste a aparecer, porque lleva sus mejores
años de soltera perdiendo miserablemente el tiempo —indicó Royce,
poniéndose en pie también.
Aquello le dolió y consiguió que se pusiera a la defensiva. Pero antes que
furiosa, estaba anonadada. Sabía que era expresiva hasta límites frustrantes.
Por culpa de eso, su padre sabía de qué humor se había levantado con solo oír

Página 52
cómo bajaba la escalera principal. Sin embargo, que en una conversación de
veinte minutos un desconocido hubiera detectado su punto débil y supiera
cómo meter el dedo en la herida para desquiciarla no tenía que ver con su
involuntaria mímica. Solo podía significar que estaba tratando con un hombre
tan inteligente que sería sabio guardar las distancias.
—¡Prefiero perder el tiempo a perder del todo la cabeza, que es justo lo
que tendría que pasar para aceptar su mano! —exclamó, ofendida—. ¡No me
desposaría con un neoyorquino ni loca! ¡Y ahora puede marcharse a seguir
buscando la jovencita inglesa a la que desplumar, que no será…!
—¡Temperance Swansea! —gritó una voz femenina.
La sangre se le heló en las venas al oír a su madre. No, no a su madre: su
madre solía hablar frenética, dando traspiés con las palabras, como si llegara
tarde a alguna parte y a la vez necesitara ahorrarse el aliento. Esa que había
hablado debía ser, a juzgar por la entonación, una hidra de tres cabezas con el
veneno letal de un escorpión.
Temperance se ocultó cerrando los párpados. No solía tomarse en serio a
su madre, comportamiento temerario por el que era conocida en la familia,
pero sabía que aquella vez se había excedido hasta lo intolerable y
Wilhelmina no sería solo tajante al regañarla.
Oyó sus precipitados pasos y la afectada disculpa que ofreció a Hancock,
ignorando su presencia.
—Perdone la broma de mal gusto que le ha gastado mi hija. Temperance
es muy dada a este tipo de espectáculos dramáticos con la familia, lo que,
visto desde una perspectiva positiva, quiere decir que ya le considera parte de
ella. —Soltó una risilla que sonó como un instrumento desafinado—. Faith se
encuentra aún preparándose en su dormitorio. Por favor, acompañe a mi
marido y al resto de mis hijas en el salón principal mientras termina de
acicalarse. Yo… tendré unas palabras con esta joven.
Temperance se fijó en que su madre esbozaba una de sus terroríficas
sonrisas nerviosas. Sacar a Wilhelmina de sus casillas era el pan de cada día,
pero enfurecerla hasta el punto de hacerla temblar era una hazaña que solo
había logrado ella misma en una única ocasión: cuando le anunció, en medio
de los preparativos de la boda que jamás llegó a celebrarse, que su prometido
iba a desposarse con otra.
Y entonces ni siquiera fue su culpa.
Quedaba claro entonces que a Wilhelmina Swansea solo la ofendía
profundamente una cosa: los matrimonios frustrados. Y sobre eso

Página 53
Temperance sabía más que nadie, el que debía ser el motivo por el que su
madre se desesperaba con ella en especial.
—Por supuesto, señora —aceptó Hancock, recuperando una educación
nunca antes vista y sonriéndole para apaciguar sus ánimos crispados—. Pido
yo disculpas por haber confundido a mi prometida. Espero que a Faith no la
ofenda mi error de cálculo.
—¡Claro que no! Temperance y Faith son muy parecidas… Solo
físicamente, por supuesto, no se vaya usted a preocupar por su carácter. —
Soltó una risa aún más estremecedora. Esta vez sonó como el gemido de un
animal agonizante—. La doncella le indicará el camino al salón.
—Gracias.
Temperance pensó en intervenir para obligarlo a quedarse donde estaba,
aunque solo fuera para posponer unos minutos más la bronca que estaba al
caer. Usándolo de escudo humano, Wilhelmina no sería implacable.
Lo persiguió con la mirada sin ocultar su horror, un horror que a Hancock
o bien le pasó desapercibido o ignoró en pro de su venganza, que comenzó
cuando, al pasar por su lado, se detuvo un segundo para hablarle en tono
confidencial.
—De acuerdo, Temperance —le susurró al oído—. Usted no va a casarse
conmigo, pero eso es algo que ya sabía antes de tomar el barco. Ahora bien…
¿Qué hay de su hermana?

Página 54
Capítulo 9

Royce no era chismoso. Más bien precavido. Por eso, y por paradójico
que pudiera sonar, habría estado arriesgándose a ser descubierto si no pegaba
la oreja a la discusión.
El tono en que Wilhelmina se había dirigido a su hija habría sembrado el
pánico en el corazón del más valiente, tanto así que, incluso ya sentado a la
mesa para disfrutar de la temida cena familiar, seguía pensando en el
intercambio que había oído desde su escondrijo.
—¡¿Se puede saber en qué… diantres estabas pensando?! —había
exclamado Wilhelmina por lo bajini. Estaba furiosa, pero por lo visto no tanto
como para utilizar palabras malsonantes—. No hace falta que respondas,
porque ya lo sé. ¡No estabas pensando!
—¿Yo soy la que no piensa, madre? ¿Quién de las dos ha invitado a un
desconocido a pasar la noche en casa? Era mi deber ponerlo a prueba para
cerciorarme de que no era un aprovechado, un demente o…
—Y para ponerlo a prueba has decidido demostrar que tú eres la demente,
¿me equivoco? ¡Jurar es pecado, Temperance Swansea, pero como hayas
logrado tu propósito de espantar al señor Hancock…! ¡Te juro por lo que yo
más amo que no lo dejaré pasar!
—¿Qué es eso que más amas? No será tu hija Faith, porque haría falta
odiarla para unirla en matrimonio a semejante cazurro.
Royce había levantado las cejas, divertido.
«No es necesario que sigas manteniendo la farsa, Temperance. Ya no
estoy ahí».
—No creo que estés en posición de definir a nadie como un cazurro
cuando has quedado considerablemente peor. Dios mío, ¡qué vergüenza! —
Podía imaginar a Wilhelmina llevándose las manos a la cabeza—. No eres
consciente de lo que has hecho. Es un hombre adinerado, atractivo y

Página 55
conectado al negocio de tu padre. Y aunque fuera un ser aberrante, solo por
esto último le deberías respeto.
—Usted misma lo ha dicho. Está conectado al negocio de mi padre. ¿Por
qué quiere, además, que esté conectado a nuestra familia? Dios no castigará
dos veces, pero usted se empecina en que el horror sea doble.
—¿Por qué hablas de esa manera de él? Ni siquiera sabes si es o no
mañoso en cuestiones comerciales. Ha de serlo si el hermano de tu padre le
dejó en herencia la industria americana.
—Sí, sobre todo en cuestiones comerciales. ¿De verdad te parece que un
tipo con esos modales y esa bochornosa falta de carisma podría cerrar un
trato? Lo mejor que podría cerrar sería la puerta, ¡y con él detrás!
A esas alturas, Royce estaba empezando a preguntarse el porqué de tanto
desprecio vertido sobre él. Había querido pensar que Temperance le había
seguido la broma al presentarse como Faith y que su distante trato inicial en
Hyde Park y el dormitorio no era más que el modo en que las inglesas
protegían su honra de los deslenguados como él. Sin embargo, parecía de
veras asqueada por sus orígenes, y eso le repugnó más incluso que la posición
social o la nacionalidad de ella.
Incluso debía admitir que se sentía profundamente decepcionado.
Quizá, después de todo, sí se hubiera equivocado al asignarle un
temperamento concreto.
Curioso, porque él jamás se equivocaba captando la verdadera naturaleza
de la gente.
—Puede que no destaque por su impecable etiqueta —había aceptado
Wilhelmina, a regañadientes—, pero eso puede pulirse con una larga estancia
en Londres.
—¿Eso crees? ¿Que mudándose de ciudad se obrará un milagro? Señora
Swansea, por favor —ironizó—, ese hombre no es…
—¡Ese hombre es un maravilloso pretendiente! ¿Qué es lo que crees, que
los tipos como el señor Hancock caen del cielo?
«Señora, va a hacer que me ruborice».
—Ojalá lo hicieran. Así se abrirían la cabeza y dejarían de molestar.
—¡Basta de barbaridades, Temperance! ¡Pescar a un hombre rico es una
suerte con la que no todas las mujeres son bendecidas!
—Lo de pescar te ha quedado apropiado, porque ¿a que no sabes dónde lo
encontramos nadando por primera vez?
Royce tuvo que tocar a la puerta entornada del salón para evitar que
Temperance echara abajo la base de su coartada. Como fue de esperar, ambas

Página 56
sellaron sus labios un segundo antes de retomar y a la vez zanjar la
conversación.
—Entiendo que quieras lo mejor para tu hermana. Yo también lo hago. El
señor Hancock es rico, bien parecido y si resulta demostrar interés en Faith,
será perfecto para ella. Por favor te lo digo, Temperance; no dejes que tus
rencores y la opinión que tienes del casorio afecten a su futuro. No todos los
matrimonios que parten de una premisa tal como la conveniencia acaban…
La señora Swansea no llegó a finalizar la frase, pronunciada en un tono
comprensivo y hasta maternal que no habría imaginado viniendo de ella, ni
mucho menos después de la travesura de su hija.
En lugar de apaciguar a Temperance, consiguió encabritarla más. Royce
oyó sus pasos airados en dirección al pasillo a tiempo para retirarse
discretamente.
Ya en la mesa y rodeado de desconocidos, Royce le daba vueltas a los
supuestos rencores de Temperance Swansea, que en un arrebato de
inspiración divina se le presentaban como el verdadero motivo de su visita a
la mansión familiar.
Era consciente de lo ridículo de su repentino y hasta obsesivo interés en lo
referente a la mayor, que había resultado ser una arpía clasista y arrogante.
Aun así se decía, más para aplacarse que porque creyera a ciegas en ello, que
tan solo se trataba de la novedad. Se le pasaría en cuanto se concentrara en lo
que de veras era importante: la cena que tenía por delante, de la que, a juzgar
por las miradas que los comensales le dirigían, sospechaba que no saldría
ileso.
El clan Swansea no solo estaba compuesto por Edison, Wilhelmina y sus
seis hijas —de mayor a menor, y según se había informado, Temperance,
Mercy, Faith, Prudence, Charity y Hope—: al esperado recibimiento habían
sido invitados Atticus Richter, también conocido como lord Halifax; el
marido de Mercy, Chase; su idéntico gemelo y heredero de la baronía
Godolphin por siete minutos, de nombre Blaine Reynolds, y el administrador
y contable de apoyo de la empresa textil, Aidan Devine.
¿O era Aidan Reynolds y Blaine Richter? ¿Atticus Devine? Royce estaba
orgulloso de su memoria, pero eran tantas y tan variadas las voces que se
entremezclaban en una elevada conversación que resultaba imposible fijarse
en todos los detalles al mismo tiempo. Poseía la misma información de los
invitados que al entrar por la puerta.
Temperance era la del genio peligroso y la belleza inaudita, dos leyendas
que había podido confirmar en primera persona. El espíritu pragmático de

Página 57
Faith hacía su corazón inexpugnable, y su mente era un hervidero de
agudezas. Mercy ofrecía siempre una perspectiva científica sobre las materias
humanas, y con la humildad del que se ponía en manos de la tecnología y no
al revés. Esto la hacía ingeniosa y sorprendentemente inocente, como Royce
comprobó tras su interesante observación sobre la prensa de imprimir. Más
silenciosas y retiradas de la mayor parte de la conversación adulta debido a la
minoría de edad se encontraban Prudence, Charity y Hope. Cada una de ellas
hacía honor a su nombre. A pesar de tener solo diecisiete años, Prue había
sido prometida al duque de Arden, un hombre que aún no conocía. La
posición social del novio hubiera envalentonado a una muchacha más
vanidosa, pero al ser mencionado el nada desdeñable detalle de su posición,
pronunció con recato tan deliciosas palabras salpicadas de humildad y
agradecimiento que habría hecho sentir como un burro hasta al que más gentil
se creyera. A sus quince años, ya se veía en la mirada cándida de Charity que
antepondría la felicidad ajena a la propia, y la timidez que demostraba al
intervenir poco y concentrarse en su plato, si bien era un aspecto del carácter
frecuentemente castigado, le agregaba ternura a su conjunto.
Cualquiera hubiera dicho que el fuerte temperamento de los Swansea se
había concentrado en la primogénita y a partir de ahí había ido
manifestándose en menor medida en la descendencia. Sin embargo, la
pequeña Hope, aunque hiciera un alarde de los modales más finos, era puro
nervio: una preciosa criaturilla de catorce años con un afán de protagonismo
que podría haber rayado en lo impertinente pero que gracias a su belleza todos
estimaban adorable. El rasgo de comportamiento que hacía honor a su nombre
era la mirada esperanzada que dirigía entre bocado y bocado a lord Halifax, el
que era tan evidente que había convertido en el delirio amoroso de su infancia
que incluso a Royce le molestó que el marqués no le hiciera el menor caso.
En cuanto a los demás invitados, desconocía su carácter porque el señor
Swansea no había tenido la amabilidad de describírselos en una enternecedora
carta.
Esperaba pompa y boato para el recibimiento del prometido de Faith
Swansea, pero no que invitaran incluso a las amistades cercanas de la familia
para presentarlo como uno más del clan… o para incrementar el escrutinio al
que sería sometido.
Un hombre que no hubiera estado atento no se habría percatado de que el
patriarca esperaba hallarle un defecto imperdonable; de que ponía a prueba
sus respuestas exigiendo información con la que ya contaba gracias al
contacto epistolar mantenido a lo largo del año. Era una suerte que Royce

Página 58
recordara cada nimio detalle comentado en esas cartas, incluidos los rabitos
curvos de las eles, cierta mancha de café y un adorable «hola, señor Hancock,
encantada de conocerle» que la menor de la familia había garabateado en el
margen del pergamino en una ocasión.
—Señor Reynolds, siéntese a mi lado —indicaba Wilhelmina Swansea,
haciendo un gesto al caballero que conversaba con Mercy. Uno con el mismo
físico se adelantó dando un paso, pero la matriarca lo detuvo de una mirada
—. He dicho señor Reynolds, no lord Godolphin.
—¿Por qué no puedo sentarme a su lado? —rezongó el aludido, cruzado
de brazos—. ¿Acaso ese lugar predominante en la mesa queda reservado a los
valientes veteranos de guerra?
—No, milord. Ese lugar predominante queda reservado a los valientes que
han pasado por la vicaría, que son, también, mi marido y su hermano —le
respondió Wilhelmina, que pese a fingir de maravilla irritación, no engañaba
a nadie: según Royce había observado, todos parecían compartir el mismo
sentimiento hacia Blaine Reynolds.
Se trataba sin duda alguna del insufrible sujeto que llevaría a la ruina su
casta y su apellido, como tantos otros nobles emigrados a América para
rehacer la fortuna malgastada. Representaba la aristocracia más rancia solo
atusándose el cabello rubio y sonriendo como los tramposos del póquer,
sabiendo que de un modo u otro ganaría sin importar lo que hubiera en el
ruedo. Pero de alguna manera era a la vez un soplo de aire fresco, un
desvergonzado que, lejos de esconder sus defectos, los adornaba con su
expresividad y palabrería hasta sacarle una carcajada a su aturdido
interlocutor. Toda la sala se esforzaba por despreciarle y sin embargo era en
vano.
—Entonces jamás tendré el placer de sentarme a su lado, porque nunca
marcharé a ninguna de las dos guerras.
—¿El placer de sentarse a su lado? Ser desterrado a la otra punta de la
mesa solo es uno de los muchos beneficios de no estar casado —se burló el
señor Swansea, doblando la servilleta de tela con sus iniciales bordadas sobre
el regazo—. Créame, no quiere cenar al lado de una mujer que le censurará
con la mirada si come más de lo que es educado. Mi señora no soporta a los
bribones.
—Lo que explica que nunca siente a Blaine a su derecha —apostilló
Chase, dirigiendo una mirada a su hermano gemelo.
Este se puso una mano en el pecho, exagerando hallarse conmovido.
—«Bribón» debe de ser lo más bonito que me has llamado nunca.

Página 59
—Y no te dedico poemas más hermosos porque hay damas presentes.
—Por mí no se corten —habló Faith—. Los poemas que se dedican los
hermanos Reynolds son mis preferidos. Nunca he visto a dos personas aunar
tantísimos recursos literarios para simplemente decirle al otro lo idiota que es.
—Quién iba a decir que ni después de treinta años juntos resultarían
repetitivos —se animó Temperance—. Yo llevo veinte con mi hermana más
joven y ya me cansa a veces tener que pensar la broma antes de decirla.
—Es que hay que mantener viva la llama —comentó Chase, dedicándole
a su gemelo una sonrisa venenosa—. Mi hermano, al ser un apasionado
buscapleitos, nunca permite que falten las anécdotas a partir de las que
improvisar los reproches más ingeniosos.
Todos se echaron a reír menos Royce, que solo sonrió imaginando a lo
que el señor Reynolds se referiría. Estaba más pendiente de la copiosa cena
que habían servido, un banquete que ni su imaginación espoleada por el
hambre de los peores días podría haber concebido. La cocinera de la casa se
había esmerado preparando ensalada con chuletas de langosta, cochinillo
asado con guarnición de brócoli y patatas con salsa de manzana… y no quería
ni imaginar lo que serviría de postre.
Royce comía como un pajarillo, no tan preocupado por delatar sus
viciados modales a la mesa como por exteriorizar lo verdaderamente
abrumado que se sentía ante el festín. Por fortuna, no tenía apetito. Al menos,
su estómago no rugía de necesidad hacia las rebanadas de pan fresco que
servían con tenacillas. Solo se hacía notar cada vez que desviaba la mirada a
Temperance, que se llenaba el plato sin prestarle ninguna atención ni a él ni a
la censura de su madre.
Pese a su recién descubierto e imperdonable elitismo, la atracción hacia la
criatura le desbordaba. Iba ataviada con un espectacular vestido de raso azul y
llevaba la melena que ya había visto suelta esta vez recogida en un rodete
trenzado.
Le dio rabia tener que admitir que era tan terriblemente hermosa que no
imaginaría a su lado nada menos que un príncipe prusiano, y él ni siquiera era
lo bastante elegante para ejercer de lacayo.
«¿Qué son esos pensamientos tan ridículos?», se reprochó.
—La familia… —negaba el señor Swansea con la cabeza. Estaba justo
frente a él, presidiendo la cena en la otra punta de la mesa. Pese a la distancia,
Royce percibió el brillo juguetón de sus ojos cuando le preguntó—: ¿Qué hay
de usted, Hancock? ¿Tiene hermanos?

Página 60
Royce no era un hombre cristiano, pero creía que a Dios le costaba más
perdonar la mentira a cuantos más oídos hubiera ido dirigida. En parte por eso
lamentaba la infinita lista de invitados: para que su mentira llegara hasta
Edison, tuvo antes que informar a los comensales.
—Dos, señor. Oliver vive en Boston, donde sus suegros le dejaron una
casa bien ubicada, y Theresa aún reside con mis padres en Great Jones Street.
—¿Tienen una buena relación?
—No somos tan cercanos como los Reynolds o sus propias hijas, pero nos
vemos en fechas señaladas por el bien de nuestra madre.
—Debe de tener usted una vida muy solitaria.
Royce sonrió para sus adentros. Le costó engullir el siguiente bocado, y
todo para que le supiera amargo.
No podía ni empezar a imaginárselo. La sola mención a los hermanos, el
mero hecho de compartir mesa con una numerosa familia, activaba recuerdos
empolvados de rincones de su memoria que se negaba a reconocer que
existían.
No siempre había estado solo, por supuesto. Sabía lo que era llevar al
límite de su cordura a un hermano y sorprender a su propia imaginación con
nuevas formas de gastar una broma.
Dio un sorbo al vino y le sonrió al anfitrión.
—Juraría que compartí esta información con usted cuando charlábamos
mediante correo postal.
—¿De veras? —Entrelazó los dedos—. Tendrá que perdonar la mala
memoria de este viejo coronel. Debió de pasar desapercibido entre todos los
temas importantes que tratamos.
—Como el que me ha traído aquí, por ejemplo.
Faith Swansea se dio por aludida y alzó la barbilla para dedicarle una
mansa sonrisa que él correspondió.
Lo cierto era que no le habría desagradado en absoluto estar
comprometido con la tercera Swansea. Había tenido la oportunidad de charlar
con ella sobre banalidades antes de la cena y, además de bien educada e
inteligente, tenía sentido del humor e irradiaba un poderoso magnetismo al
que, por lo que se contaba sobre ella, ningún hombre era indiferente.
Por desgracia, Faith no era su hermana Temperance. Por eso no estaba del
todo satisfecho… y por eso también suspiraba de alivio.
Haber tenido derechos sobre Temperance habría sido un sueño realidad;
abandonarla después para atender sus responsabilidades, tal y como marcaban
sus objetivos, ya no se le hubiera antojado tan agradable.

Página 61
Como si hubiera leído sus pensamientos, Edison quiso saber:
—¿Qué le ha traído aquí?
Bajo esa sonrisa se ocultaba la verdadera pregunta: «¿Qué le ha traído
aquí en realidad?».

Página 62
Capítulo 10

—… Aparte de la curiosidad por los monumentos de los que gozamos en


esta ciudad, claro está —agregó el anfitrión.
—¿De qué monumentos estamos hablando? Porque las mujeres de esta
nación no tienen nada que envidiarle a las americanas —apuntó Blaine con
sorna.
—Desde luego, no tienen que envidiarle la nacionalidad —apostilló
Temperance, entretenida usando el cuchillo y el tenedor.
—¡Temperance! —la riñó Wilhelmina, poniéndose colorada hasta el
escote.
Royce decidió ignorar la provocación por el bien de todos.
Hope levantó la cabecita morena de su plato y se prestó a salvar el
momento tenso.
—¿Le gustan los monumentos, señor Hancock? —preguntó en voz muy
alta. Royce sospechó gracias a la poco disimulada mirada de soslayo que
dirigió a lord Halifax que el propósito de su participación era hacerse notar
ante él—. Porque si es así, le encantará visitar Montagu House. Hacen visitas
guiadas a grupos reducidos de interesados en historia y otras ciencias, y entre
muchas reliquias antiquísimas encontrará la cabeza de granito de
Amenhotep III. El señor Pepper la encontró en El Cairo hace más o menos
diez años y se expuso hace dos temporadas.
—Salt —corrigió Mercy—. El señor Henry Salt lo encontró en El Cairo,
así es.
Hope se puso del color de la grana.
—Bueno, sabía que tenía un apellido con nombre de condimento.[1] —
Halifax soltó una sola carcajada, que no le pasó desapercibida ni a Royce ni a
la joven Hope. Esta se ruborizó más aún y agregó, en tono pedante—: ¿Sabe
quién era Amentohep III?

Página 63
—Amenhotep —volvió a corregir Mercy afectuosamente.
—¿Lo sabes tú? —le preguntó Royce con educación.
—Era un faraón muy importante. También lo llamaban Amefonis.
—Amenofis —intervino Mercy.
A esas alturas, su hermana pequeña estaba tan colorada por la vergüenza
que parecía a punto de meter la mano en el buró de su padre para tachar el
nombre «Mercy» de la herencia.
—La cabeza de Amenhotep III lleva expuesta solo tres años, como bien
ha mencionado la señorita. Sigue siendo la novedad del museo —agregó
Halifax, dirigiéndose enseguida a Royce—, aunque por las mismas fechas su
majestad donó a la institución la inmensa biblioteca del rey Jorge III. Podrá
imaginarse la cantidad de espacio que habrá que hacer para que quepan
decenas de miles de libros, un espacio del que en la actualidad no disponen.
He oído que demolerán Montagu House para levantar una edificación
renacentista en la misma zona, así que si de veras es un seguidor de la
museología, señor Hancock, este es su momento para prestar una visita.
Dentro de poco comenzarán las obras y será demasiado tarde.
—Gracias por el aviso, lo tendré en cuenta.
—Podríamos ir mañana mismo. Si se anima a salir, cuente conmigo —
agregó Mercy.
—Y conmigo —se apuntó Edison, levantando la copa para señalarlo—.
No me perdería su expresión al admirar las reliquias de nuestra nación.
Porque no se perdería su expresión al admirar ni una sola cosa. Estaba
bajo vigilancia.
Si el señor Swansea fuera lo bastante idiota para abordarlo sin
miramientos y exigir la verdad acerca de las condiciones en las que había
aparecido, Royce podría ofenderse hasta dejarlo abochornado y explicarle
nuevamente que se debió a un cúmulo de terribles casualidades. Pero el señor
Swansea estaba versado en el arte de la estrategia bélica, por lo que no iba a
desvelar sus sospechas hasta no reunir pruebas y, al igual que el propio
Royce, no creía en el azar. Los hombres como ellos no creían en nada
intangible, en realidad.
Apenas había rebañado el primer plato cuando Faith, ubicada a su lado
gracias a las impecables tácticas de su madre, se limpió las comisuras de los
labios con la servilleta y le sonrió con sutileza.
—¿Lo encuentra todo de su gusto, señor Hancock? —preguntó en un tono
que les permitía aislarse de la conversación general.
—Más todavía, incluso.

Página 64
Ella asintió con la expresión distraída de alguien que habría llevado la
conversación por donde se había propuesto sin importar lo que hubiera
contestado.
—Eso me ha parecido a mí. Seguro que no esperaba que algunas cosas le
gustaran más de lo que lo hacen —dijo en tono amable, doblando de nuevo la
servilleta sobre su regazo—. Y yo tampoco, pero por sorpresas tan agradables
como esta estoy dispuesta a dejar de detestarlas todas en general.
—Qué curioso que una mujer que odia las sorpresas haya elegido como
prometido a un hombre al que no conocía. La sorpresa iba a estar servida sí o
sí.
—Bueno, señor Hancock… —Le hizo una interesante caída de ojos—.
Todavía no es del todo seguro que vaya a elegirlo. Es una de las decisiones
que nos queda pendiente tomar, entre otras.
—¿Como cuáles?
—Cuál será su papel aquí, por ejemplo.
«Vaya, y yo que pensaba que mi papel era el de su prometido», pensó con
ironía.
—Me da la impresión de que ya tiene alguna idea.
Faith enrolló el índice en uno de los tirabuzones que enmarcaban su
rostro.
—Temperance ha pasado por mi dormitorio antes de nuestra entrevista.
Me ha comentado que volvieron ustedes a encontrarse tras el primer tropiezo
casual en Hyde Park. Durante su baño —apostilló.
Royce comprendió de pronto su enigmática actitud.
Dejó los cubiertos con cuidado sobre el plato, cuidándose de expresar sus
verdaderos sentimientos al contestar en tono afectado:
—Lamento que la señorita se haya llevado una impresión desfavorable de
mí.
—Partiendo de que mi hermana no tiene una opinión favorable sobre
ningún hombre, a excepción de mi padre, naturalmente, creo que el hecho de
haberla impresionado ya habla bastante bien de usted.
—Si soy del todo honesto con usted, estoy convencido de haber causado
el efecto contrario. Uno muy negativo.
—Pero ha causado un efecto, señor Hancock. Es ahí a donde quería llegar.
Se percató de que la muchacha lo miraba calculadora, esperando una
reacción específica por su parte. Royce supo que, sin importar lo que dijera,
no conseguiría restarle importancia a lo sucedido. Aunque no pretendía
desposarse con ella y por lo tanto no le importaba lo que pensara de sus poco

Página 65
ortodoxos métodos de flirteo, era su deber mantener la farsa hasta el día de la
boda.
Manteniendo en mente el sacrificio, optó por la sinceridad.
—Me disculpo de antemano por las confianzas que me tomé…
Faith lo calló cubriéndole la mano con la suya.
—Me está malinterpretando —le dijo en voz baja, mirándolo a través de
las pestañas—. No quiero ningún cordero arrepentido. Le necesito tan
desvergonzado como se ha presentado.
Royce inspiró despacio y tragó saliva con mayor lentitud si cabía.
Creía haberlo visto todo en la vida, pero si Faith Swansea le estaba
proponiendo una relación ilícita o una noche de pecado tendría que quitarse el
sombrero.
—¿Qué me está pidiendo con exactitud?
Faith miró de soslayo a los familiares que, en el borde del asiento,
estudiaban la discreta interacción entre la pareja. De pronto sonrió, y Royce
se quedó anonadado por la brutal transformación.
La joven tenía un rostro agradable. Quizá «armónico» fuera la palabra
adecuada adoptando un lenguaje más técnico, pero nada del otro mundo. Sin
embargo, al sonreír creó el hechizo. Adquirió súbitamente una belleza
sobrecogedora que lo dejó aturdido.
Entendió de pronto cómo había conseguido conquistar a todo Londres:
repartiendo esas sonrisas en los salones, sonrisas que eran como flechas en
corazones al descubierto.
—Señor Hancock, no tengo la menor intención de casarme con usted —
confesó, apoyando una mano en su antebrazo y manteniendo la sonrisa. Desde
fuera parecería que habían hecho buenas migas—. Pero puede que su viaje no
haya sido en vano visto el interés demostrado en mi hermana y que para mi
sorpresa es correspondido.
Royce pestañeó.
—¿Y qué es lo que hago aquí, entonces?
—Usted lo sabrá mejor que yo. Está aquí para hablar de negocios, un tema
sobre el que no estoy muy versada. Discuta dichos negocios y, mientras
tanto…
—Supongo que aquí es donde viene el favor.
—Me parece que soy yo la que le hace el favor a usted al darle carta
blanca. —Faith desvió la vista a los cubiertos, con los que coqueteó
aparentando el nerviosismo de una debutante. Aquella mujer era terrorífica.
No tanto por su talento teatral, sino porque ni sus seres queridos eran capaces

Página 66
de reconocer que estaba fingiendo. Los familiares la miraban embelesados,
felices incluso de que todo fuera a pedir de boca—. No le estoy dando la
mano de mi hermana en matrimonio, pero creo que un hombre como usted
podría ayudarla a olvidar lo que ha sufrido.
La contrariedad abrió un surco en la frente de Royce.
—¿Sufrido? ¿A qué se refiere?
Faith alzó la barbilla y sonrió levemente sin mirarlo.
—Eso es algo que no me corresponde a mí contar. Finjamos que este
matrimonio sigue adelante, que nos llevamos bien, pero encárguese de
demostrarle a mi hermana que está interesado en ella.
Royce miró a su alrededor, perplejo. Acababan de mantener una
conversación de carácter privado en plena cena y no parecía que nadie se
había dado cuenta.
¿Era acaso la señorita Swansea la horma de su zapato?, ¿una diosa del
engaño?
—Aprovechando que hablamos en plata, ¿tiene idea de lo cruel que está
sonando ahora mismo? —bajó la voz—. ¿Cree que su hermana aceptará sin
más mis flirteos? ¿Que no se indignará si sabe que juego con ambas?
—Usted déjeme ese detalle a mí. —Curvó los labios en una sonrisa de
distinto matiz y ladeó la cabeza hacia él. Antes de que propusiera el tema,
supo que iba a regresar a la conversación banal. Así lo hizo, elevando el tono
—. ¿Y cómo dice que es la vida en Nueva York?
Royce se las apañó para adaptarse al giro drástico y contestó con la misma
cautela que había empleado para responder a sus preguntas.
Supuso que Faith estaba jugando con él; que su agudo padre lo ponía a
prueba a través de la novia. No le había prometido nada y se había mostrado
anonadado, por lo que su coartada no peligraba. Sin embargo, presentía que
aunque los Swansea tuvieran por acostumbrado tomar decisiones por
consenso, Faith operaba al margen de la unidad, y, para colmo, con una fría
serenidad impropia de una mujer tan joven.
Tenía que reconocer que la propuesta le tentaba. Incluso le aliviaba. Si
rompía un corazón menos al desaparecer con los bolsillos llenos y dejando
entre cero y ninguna explicación, mucho mejor.
Entonces entraron los sirvientes con el postre: un dulce denominado pastel
de nieve que Wilhelmina procedió a explicar paso a paso, como si lo hubiera
cocinado ella con sus propias manos.
Aunque a Royce le repugnaba el comportamiento de los burgueses casi
más que el de los aristócratas y no perdía de vista ni que estaba siendo

Página 67
juzgado ni que debía representar un papel concreto, habría mentido si dijera
que no se divirtió durante la velada. Los invitados saltaban de un tema a otro
con una facilidad pasmosa, hilando asuntos banales como podía serlo el
tiempo, la confitura del postre o las mejores zonas turísticas con cuestiones
metafísicas o verdaderamente trascendentales que se convertían en un
acaloradísimo debate: matemáticas, mecánica, física, filosofía… Y no solo los
hombres de la mesa opinaban sobre dichas materias. Mercy Reynolds y
Temperance —a veces también Faith o la pequeña Hope, desesperada por
hacerse notar para bien o para mal— intervenían con toda naturalidad, y eran
escuchadas hasta con más interés que los que se suponía que estaban en
posesión de la verdad absoluta.
A Royce no le pasó desapercibido el brillo de los ojos del señor Swansea
—codos apoyados en la mesa, mentón relajado sobre las manos entrelazadas
— al atender a las discusiones entre sus dos hijas mayores.
—¿Qué me dice? —le preguntó Faith llegado el declive de la velada—.
¿Es la tarta de su agrado?
Quizá porque estaba acostumbrado a lenguajes secretos o porque la joven
no daba lugar a dudas, Royce dedujo que le estaba preguntando algo
completamente diferente. Lanzó una mirada a Temperance, que, lejos de
ellos, conversaba haciendo grandes aspavientos con su hermana Mercy.
Royce se humedeció la comisura del labio.
—Es de mi agrado, sin duda.
Supo que Faith sonreía satisfecha incluso sin mirarla.
No sabía si aquello era una trampa o una gratificación divina por los
largos años de soledad y arduo trabajo. En cualquiera de los casos, acababa de
decidir que no se echaría atrás.
A fin de cuentas, a las señoritas no se les debía llevar la contraria.

Página 68
Capítulo 11

Tras la cena, los hombres tenían por costumbre retirarse a beber brandy y
discutir negocios en una sala diferente a la de las damas. Estas, por lo que
Royce entendía gracias a las lecciones de etiqueta que la señora Swansea iba
impartiendo sin darse cuenta, marchaban a otras distintas para charlar o bien
se aposentaban en sus respectivos dormitorios.
No obstante, el señor Swansea le había pedido que se reuniera con él en el
despacho para cuadrar el que sería el mejor día para visitar la fábrica de
hilados. Era un viaje obligado, pues tarde o temprano entrarían a debatir sobre
la herencia de su hermano menor, pero Royce sospechaba que no sería ese el
tema a tocar aquella noche.
No se había equivocado del todo. Cuando llegó al despacho y se asomó
por la rendija de la puerta, no fue a Edison a quien encontró encorvado sobre
el escritorio de trabajo. Temperance Swansea estaba inmersa en una acalorada
conversación sobre la hilandería del lino y los beneficios del algodón con el
contable. Llevaba el mismo vestido que había lucido para la cena, lo que
hacía de la escena algo atractivo por su carácter insólito.
Tocó a la puerta con los nudillos cuando detuvieron un momento la
charla. Apenas se percató de que se trataba de él, el señor Devine se puso en
pie y se apresuró a disculparse con una media sonrisa afable. El hombre debía
rondar los cuarenta años, y Royce tenía la ligera sensación de que con un
título nobiliario y un poco más de decisión a la hora de moverse, la señora
Swansea lo habría considerado un excelente candidato para el matrimonio con
alguna de sus hijas.
Por fortuna para Devine, la timidez le había servido de escudo para esa
guerra particular.
Apenas se hubo marchado, Temperance cerró el que tenía que ser el libro
de contabilidad y estiró la mano hacia un taco de cartas.

Página 69
No distinguió de lejos el tipo de baraja, aunque parecía francesa.
—Así que es por eso por lo que me quiere echar. —Esperó a que ella
despegara la vista del barajado y lo enfrentase, cosa que hizo con un
desinterés ofensivo para un hombre tan maravillado como él lo estaba—. No
soporta que parte de la empresa que levantaron los Swansea esté en manos de
un desconocido que no le cae bien. Sobre todo cuando es usted quien la
maneja.
Esperaba que lo negara. No era habitual que una mujer, por inteligente y
amada por su padre que fuera, se encargase de la contabilidad de un negocio
tan lucrativo. Pero una vez más demostró que la subestimaba inflando el
pecho y dirigiéndose a él con la clase de suficiencia que un hombre solo un
poco más carcomido por su propia vanidad habría despreciado. No así Royce,
a quien le complacía ver a una mujer sin miedo a hablar de sus logros y
cuánto se enorgullecía de cada uno de ellos. Algunos los conocía gracias a las
cartas intercambiadas con el señor Swansea, para el que la colaboración de su
hija en asuntos financieros suponía todo un honor.
—Se equivoca —desmintió en el acto—. Esa parte del negocio jamás ha
sido mía y jamás lo será porque no pretendo trasponer a Nueva York para
dirigir o tomar decisiones.
Royce cerró la puerta tras de sí. No le pasó desapercibido que Temperance
lanzaba una mirada veloz que rayaba en el nerviosismo hacia la única salida.
«Tan segura para algunas cosas y tan temerosa para otras», pensó él con
regocijo.
—Podría dirigir y tomar decisiones desde aquí —replicó, avanzando hacia
ella.
—Podría hacerlo si quisiera que la industria hilandera se fuera a pique en
América, pero eso no está en los planes de mi familia. Para que un negocio
local funcione bien es necesario vivir en la localidad en cuestión, comprender
la mentalidad de los trabajadores de la zona y tener presentes las exigencias
de la tierra.
—Inteligente apreciación. Pienso que además de estar presente, es
menester mancharse las manos. Pero en eso no estará tan de acuerdo… —
Retiró el butacón que había ocupado Devine y se sentó justo frente a ella—,
¿no?
Temperance levantó la vista de las cartas para enarcar las cejas.
—Si lo que está insinuando es que no me ocupo de mis propios asuntos,
señor Hancock, sepa que además de los míos me encargo de los de mis seres
queridos.

Página 70
—Puedo dar fe de ello. A eso se debía su espectáculo de esta mañana,
¿no? Le ahorraba a Faith Swansea el tedio de encargarse de su compromiso
interviniendo de forma inolvidable… aunque un tanto impostada, si me
permite una crítica constructiva.
Temperance empezó a exponer las cartas ante sí. Pretendía jugar al
solitario pese a tener compañía.
—¿No se lo creyó ni por un momento? —le preguntó, sin interés por
conocer la respuesta.
—¿Su cómica interpretación de señorita acaudalada y altanera? Ni por un
momento —confirmó, y le pareció que estaba confirmando a su vez todos los
temores de la mujer que lo miraba con cautela—, pero no porque sea usted
una pésima actriz, sino porque conozco la mayoría de los trucos. Si quiere, se
lo demuestro. —Hizo un gesto hacia las cartas—. Juguemos al póquer.
Ella le sonrió sin corazón.
—Lo siento, pero prefiero el solitario.
Una manera muy elegante de despacharlo. Demasiado elegante para
tratarse de Temperance Swansea, una mujer que no temía llamar a las cosas
por su nombre. Ahora que lo pensaba, tal vez estuviera haciendo referencia a
algo diferente. Quizá no quería estar sola únicamente en ese momento, sino
en general. Le daba la impresión de que jugar al solitario era una costumbre
nocturna que tenía, lo que resultaría bastante curioso teniendo en cuenta que
compartía vivienda con suficiente gente para divertirse en compañía.
Parecía que Temperance, aun siendo familiar, valoraba sus ratos de
introspección.
Por desgracia, Royce no pensaba desperdiciar ni un segundo que pudiera
disfrutar de su presencia. Entrelazó los dedos sobre el vientre y se echó hacia
atrás en el sillón hasta pegar la nuca al borde del respaldo.
—Retomaré entonces mi duda. ¿A qué se debió el espectáculo de esta
mañana?
—¿Se refiere al que usted protagonizó zambulléndose en el Serpentine?
—Enarcó una ceja—. Le tendrá que preguntar a su malvado gemelo.
—¿Mi malvado gemelo?
—A raíz de la inclusión de los Reynolds en nuestra familia hemos
empezado a denominar «malvado gemelo» a nuestros comportamientos
inapropiados.
—Deduzco que el gemelo perverso es Godolphin.
Ella exageró una mueca escandalizada.
—¿Cómo se le ocurre, si Godolphin es un caballero inofensivo?

Página 71
—¿Entonces? ¿A qué se debió su magnífica representación de todo lo que
odio?
—¿Qué le hace pensar que fue un teatrillo y no mi forma de ser?
—Le daré dos respuestas. Usted se queda con la que más le guste. —Hizo
una pausa—. La primera es que no se ha mostrado como nada parecido a una
arpía clasista en toda la cena, un ambiente en el que se sentía a salvo. Y la
segunda es que simplemente lo sé. Sé que usted no es así.
—¿Cómo está tan seguro?
—No lo estoy —reconoció con sencillez—. Solo quiero estarlo.
—¿Todo en su vida es una cuestión de fe absurda?
—Todo en mi vida gravita en torno a tomar la decisión que me dejará
dormir tranquilo.
Ella lo miró como si de pronto lo encontrara enternecedor.
—Uno debe de vivir muy cómodo en su cabeza.
—Está invitada a venirse cuando quiera —le ofreció con un guiño. Se
inclinó sobre la mesa—. No descarto la posibilidad de que sea una bruja, no
me malinterprete, pero la obviaré por el momento. Así no me sentiré culpable
por admirarla, que es lo que me importa: sentirme cómodo con el lugar en el
que deposito mis simpatías. Ahora vayamos por la segunda propuesta. ¿Tiene
algo en contra del amor?
Supo que la había sorprendido con la pregunta y decidió apuntarse un
tanto. Sospechaba que dejar a Temperance Swansea sin palabras era motivo
de orgullo y él se había prometido a sí mismo que no la dejaría indiferente.
Y no precisamente para complacer a su hermana.
—¿Qué relación ve entre el amor y mi deseo de barrerlo de mi casa?
—Tal vez no crea en Cupido, en la institución del matrimonio o no
soporte que sus hermanas hayan encontrado al hombre adecuado antes que
usted.
Temperance lo miró de soslayo con sorna.
—¿Ya se considera el adecuado para mi hermana?
—Me considero más que adecuado, aunque quizá no para ella. —Y le
dedicó otra mirada sugerente que la hizo sonreír, como si no se creyera del
todo su desfachatez.
—El adecuado para Faith no flirtearía conmigo.
—Desvía constantemente el tema —señaló, estirando la espalda para dar
la impresión de tomarse en serio el asunto—. ¿Por qué quiere echarme, si no
es porque meteré las manos en su negocio textil? ¿Es una de esas solteras por
elección que no soportan que sus familiares sean felices en un matrimonio?

Página 72
—¿Eso es lo único que se le ocurre? Su gran imaginación a la hora de
escandalizar a una mujer no parece alcanzar ningún otro ámbito
conversacional, señor Hancock.
—Bueno —empezó con brío—, también se me ocurre que se enamorara
de mí nada más verme y no pueda permitir que su hermana sea la afortunada
que me tenga de marido.
Temperance soltó una carcajada que sin embargo sonó cascada.
—Eso es lo más estúpido que he oído en mis veintitrés años de vida.
—Entonces sí tiene veintitrés.
—Años y razones para echarlo de aquí. Una pena que no sea tan listo para
deducirlas.
—Quizá no soy tan listo, pero usted es lo bastante paciente para revelar
dichas razones. Lleva quince minutos hablando conmigo y no parece tener
prisa por echarme. ¿Y si me ilumina?
Temperance dejó de darle la vuelta a las cartas y se lo quedó mirando.
Royce ya sabía que era bella. Era bella bajo el encapotado cielo
londinense, tan triste y sin gracia que parecía injusto que alguien como
Temperance permitiera que la colorease con sus grises plomizos. Era bella
iluminada por los carísimos candelabros que la señora Swansea había
repartido a lo largo de la mesa para la ocasión; la calidez de las sombras
ambarinas hacían refulgir los rasgos clásicos de su rostro y los contornos
mujeriles de su figura como si de una presencia divina se tratase. Pero era
excepcionalmente bella cuando estaba sola, porque solo así Royce podría
haberse dado cuenta de que ese era su sino. La noche, insinuada por el
descubierto ventanal a su espalda, enmarcaba su silueta con estrellas titilantes
y una tímida luna menguante. En la oscuridad, arrasada por el cansancio de un
día largo y brillando gracias al tímido ondular de un par de velas, ya no
parecía tan segura de sí misma o tan traviesa, ni tan todopoderosa. Parecía lo
que Royce sospechó que era realmente: solitaria de veras. O lo sería si debajo
de esa soledad hubiera calma en lugar de un conflicto que todavía le hacía
daño.
No estaba sola, pues. Estaba triste. Y la había incomodado con su
escrutinio. Ella misma se lo hizo saber soltando las cartas y arreglando uno de
los volantes de su vestido de noche. El ribeteado plateado del escote redondo
y de las pomposas mangas resaltaba el tono acerado de sus ojos marinos.
Era expresiva y a la vez inescrutable. La accesible orilla del mar y al
mismo tiempo el profundo océano.
—Mi hermana no quiere casarse con usted —reconoció al fin.

Página 73
—¿Por casualidad no quiere hacerlo por lealtad?, ¿porque usted se ha
prendado de mí? —la pinchó.
La curiosidad lo pinchó a él de vuelta al comprobar que, bajo la sonrisa
despectiva que ella esbozaba cuando insinuaba que podría unirse a un
hombre, latía un rechazo tajante. Incluso cierto miedo.
—Mi hermana no es una mujer romántica. No espera enamorarse del
hombre que la desposará, porque, créame, pretende casarse tarde o temprano
como entiende que es su deber. Pero no la convence que su pretendiente
sea…
—¿Americano? —completó, alzando una ceja.
—Entre otras cosas.
—¿Qué es lo que les molesta de mi procedencia tanto a usted como a su
hermana? ¿Que me haya ganado lo que tengo con sudor? ¿Que no intente
obtener el favor de un lord como vosotras las hijas de burgueses intentáis
desesperadamente ser damas?
Ella lo atravesó con un vistazo castigador.
—Que cabe la posibilidad de que se la lleve al otro lado del Atlántico,
donde estará lejos de su familia.
Royce lamentó haberse precipitado al hacer sus conjeturas en voz alta.
Debía relajarse, pero cuánto costaba bajar la guardia cuando toda su vida
había tenido que reivindicar su valía, y casi siempre en vano.
—Usted es burgués ahora que ha recibido una rica empresa en herencia,
en caso de que no se haya dado cuenta —le recordó Temperance, retomando
el juego. Volvió a su tono casual, que no perdía el deje sardónico—. ¿Qué va
a hacer al respecto, ya que tanto le tortura gozar de una cómoda situación
económica? ¿Flagelarse?
—No olvidar nunca de dónde vine.
—Tengo una ligera idea de cuál es dicho sitio. —Lo pronunció como si
tuviera en mente el alcantarillado de la capital—. Por curiosidad, ¿cuándo
pretende volver?
Royce esbozó una sonrisa suficiente y se pegó al respaldo del asiento.
—Cuando su hermana me lo diga alto y claro, cosa que no ha sucedido
aún y, de hecho, dudo que suceda. Hasta ahora ha sido muy atenta conmigo.
Temperance frunció el ceño, contrariada, y clavó la vista en un punto
perdido sobre el hombro de Royce. Él casi sonrió.
Acababa de poner la cara de alguien a quien le había salido mal un
cálculo.

Página 74
—No interprete la amabilidad como un signo de interés. Mi hermana no
es como yo. Tiende a mostrarse encantadora con los caballeros porque es lo
que le han enseñado. Qué sorpresa se llevará cuando se dé cuenta de que con
usted no merece la pena porque no es uno de ellos.
—Vaya, no soy uno de ellos… ¿Cómo es que su hermana aún no se ha
percatado de ello, con lo avispada que es?
—La impresionó el rescate del sombrero. Además, es usted el menos
desagradable a la vista de todos sus pretendientes, y eso equilibra la balanza a
su favor… por el momento. Como usted mismo ha dicho esta tarde, es tan
susceptible a la belleza como todo hijo de vecino.
Royce sonrió sin darse cuenta, conmovido por la cantidad de halagos que
habría tenido que sortear antes de contestar. Temperance no podía decir en
voz alta que era el más atractivo de sus perseguidores porque sospechaba, y
hacía bien, que Royce lo usaría para vanagloriarse.
—Escoge usted muy cuidadosamente sus palabras, ¿no es cierto?
—No quiero que me traicione la boca.
—¿Y cómo evitará que le traicionen los ojos?
En lugar de negar cómo lo miraba, Temperance le sonrió de vuelta. Creía
que lo irritaría con sus adorables ironías, pero se le antojó risueña y juguetona
cuando cerró los ojos a modo de respuesta no verbal.
Sus manos, mientras, seguían corrigiendo el lugar de las cartas por
instinto.
Royce la miró un segundo. Los voluptuosos labios en forma de corazón,
ofrecidos en un amago de sonrisa dulce; la media luna de sus pestañas
proyectando una sombra perfecta sobre sus pómulos elevados; el óvalo de la
cara, la cara de ensueño que le arrancó en ese momento el segundo pellizco de
cordura.
¿Cuántas veces podía Cupido intervenir hasta quebrar definitivamente la
voluntad de un hombre? Sentía que estaba cerca de descubrirlo.
Su mente racional le pidió que no se precipitase, pero su corazón
galopante de pronto se hallaba inexplicablemente conmovido. Se levantó
despacio, oyendo su respiración agitada, y apoyó las palmas de las manos
sobre las cartas para inclinarse hacia ella.
—Es una buena solución —dijo con voz ronca—, aunque no evitará que
la traicione yo.
La tomó de la barbilla y posó los labios sobre los de ella.
Al principio Temperance solo los separó, presumiblemente sorprendida.
Fue un gesto de sorpresa tan leve y frágil que le recordó al aleteo de una

Página 75
mariposa atrapada. Pero no estaba atrapada; podía marcharse cuando quisiera.
No lo supo o quizá no quiso hacerlo, porque permitió a Royce que separara su
boca con el punto de presión exacto y explorase de nuevo su deliciosa
humedad.
Royce no se aceleraba al seducir a una mujer. Prefería tomarse las
cuestiones del amor como lo que eran: un ejercicio de autocontrol para
contrarrestar el egoísmo impaciente con genuina pasión, una práctica de
generosidad hacia la amante. Le obsesionaba más que ella soñara esa noche
con él, esa y todas las sucesivas, a simplemente tomarla llevado por la clase
de deseo acaparador que causaba daños irreparables. Temperance tuvo que
apreciarlo, porque cuando se retiró no lo abofeteó de nuevo y, de hecho,
pareció demasiado turbada para hacer un comentario malintencionado.
—No pensé que habría de protegerme de usted —murmuró, clavando la
vista en las cartas. Levantó un as de corazones—. Una mujer nunca corre el
riesgo de que la traicione un hombre si se trata de uno en el que no confía.
Royce estiró el brazo para quitarle la carta de los dedos. Se la mostró.
—Pero una mujer siempre corre el riesgo de traicionarse a sí misma. Y en
usted y su autocontrol sí cree, ¿verdad? —Ladeó la cabeza y señaló el naipe
con la barbilla—. ¿No quiere recuperar su corazón?
Temperance se levantó, todavía aturdida, y le sonrió distante.
—¿Se supone que usted me lo puede devolver?
Podría haberle preguntado quién se lo había arrebatado en primer lugar y
por qué motivo. Pero en su lugar respondió con tacto y cierta coquetería:
—¿No ve que lo tengo en la mano?
Temperance no hizo el amago de quitárselo. En su lugar rodeó la mesa del
escritorio con un aire de dignidad inalcanzable que le hizo desearla aún más.
—Ahí puede quedarse —le dijo. Su voz le llegó lejana—. Puedo vivir sin
él.

Página 76
Capítulo 12

—¿Se puede saber por qué no intentas deshacerte de él?


Había pasado toda la mañana pensando en la mejor forma de abordar el
asunto. Aunque Faith no pareciera haber desarrollado sentimientos hacia su
prometido y Temperance no fuese conocida por su comedimiento, se le
ocurría que aquel era un tema delicado que requería tacto. Al final había
obviado sus propias reservas y optado por cortar de raíz.
Era Faith, por el amor de Dios. Podría encajar una pregunta directa y una
confesión sobre lo sucedido el día anterior. Por eso había entrado como un
abanto en el dormitorio al tiempo que Faith iba a abandonarlo para unirse a la
familia en la visita al Museo Británico. La curiosidad hacia Thomas Royce
Hancock era tal que varios de los Swansea se habían unido a la expedición
con la excusa de iluminarlo con sus vastos conocimientos. Menuda sería su
decepción cuando se dieran cuenta de que el Museo Británico disponía de
guías explicativas, por no mencionar que Hancock no era idiota y deduciría lo
que en realidad se proponían: espiar a la pareja.
—Buenos días a ti también, Temperance —respondió Faith, desplegando
el abanico y batiendo las pestañas con ironía en su dirección.
La hermana se lo arrebató y volvió a cerrarlo de un movimiento brusco.
—Ni siquiera hace calor. Vamos a entrar en noviembre, en el caso de que
no te hayas enterado.
—Gracias por la información. Ahora ¿serías tan amable de indicarme el
porqué de tu mal humor? De eso sí que no termino de enterarme.
Temperance se mordió el interior de la mejilla.
—Ayer me dijiste que no querías casarte con Hancock, y Hancock me
comentó que te habías mostrado adorable con él. ¿Ves el problema?
—Veo tu ceño fruncido, así que me puedo imaginar que hay uno. No será
el destino que hemos elegido para mi primera cita oficial, ¿verdad? Porque a

Página 77
mí las antiguallas me aburren y tú te diviertes como una niña dando tumbos
por Montagu House.
Temperance se obligó a serenarse para no parecer tan irritada. Ni ella
misma comprendía muy bien el origen de su inquietud, que sentía que estaba
disfrazando de preocupación hacia su hermana cuando en realidad el motivo
no era ni de lejos tan generoso.
Faith suspiró.
—¿Y qué si soy amable con Hancock? —soltó.
—Que por lo visto a los americanos los tratan tan mal que confunden la
amabilidad con la coquetería. A no ser que estuvieras coqueteando con él de
veras, lo cual, insisto, no comprendo. ¿Acaso te ha conmovido su inexistente
labia, o tiene algo que ver que, a diferencia del resto de tus pretendientes, no
esté manco y no escupa al hablar?
—Que no escupa al hablar sin duda ha colaborado para que me caiga
mucho mejor, no voy a mentirte.
Temperance aguardó el «pero» con impaciencia.
Lamentablemente no llegó.
—¿Y?
Faith se encogió de hombros y pasó por su lado con actitud enigmática.
La tentó agarrarla del intrincado moño y meterla a la fuerza en el dormitorio
para soltarle una fresca. En su lugar la agarró del brazo y la metió en el
dormitorio para soltarle la misma fresca. Era importante no despeinar su
magnífico recogido romano.
Quizá sí tenía algo de tacto, después de todo.
—¿Ya está? ¿Eso es todo? ¿No te quieres casar y a los quince minutos te
parece fabuloso?
—Nunca me ha parecido fabuloso, pero tampoco lo contrario. Era reacia a
intimar con él cuando no conocía sus intenciones, y también me echaba para
atrás que viniera de Nueva York, pero como muy bien has indicado, es
atractivo.
Temperance se cruzó de brazos.
—Yo no he dicho que sea atractivo.
—Por supuesto que no. Tales palabras jamás saldrían de tus labios. —
Alzó una mano con la misma actitud que si tuviera que amansar una fiera.
—No me creo que te haya convencido que no tenga el rostro desfigurado.
Si fuera por belleza, nuestro joven mayordomo te habría hecho enloquecer de
amor.

Página 78
—¿Quién ha dicho nada de amor? —bufó. Faith se puso una mano en la
cadera, perdiendo momentáneamente la pose de estirada que había hecho bien
en copiar de sus sabias institutrices—. Es conveniente. Para padre, para madre
y también para mí. Solo una cosa podría arrebatarme la ilusión y conseguir
que me enemistara con la familia echándolo a patadas, y es que flirteara con
otra mujer mientras me pretende.
Temperance notó que se le formaba un nudo en la garganta. Su hermana
había sonado firme y segura al poner sus condiciones, y eso dejaba un
doloroso peso sobre sus hombros… porque eso era justo a lo que Royce
Hancock se dedicaba en sus horas libres. ¡Con nada menos que su hermana!
Si el muy descarado pensaba que iba a callarse por el bien de Faith o que
no correría el riesgo de dirigir todo su odio a ella misma por ser la portadora
de la mala noticia, entonces no la conocía en absoluto.
Puso los brazos en jarras.
—Flirtea con otra mujer mientras te pretende —resolvió sin más.
Faith dejó de arreglarse el bordado del escote y la miró con una sonrisa
incrédula.
—¿Con qué mujer? No ha podido darle tiempo. No ha conocido a otras
aún.
—¿Estás diciendo que no consideras mujeres a tus hermanas? O peor: que
no son lo bastante bonitas para atraer a Hancock.
—Mercy está casada, Prudence está prometida con nada menos que un
duque, Charity apenas abre la boca y Hope tiene acaba de cumplir catorce
años. Eso solo deja a… —Faith se calló de golpe y miró a su hermana con los
ojos redondos. Fue apenas un instante, porque enseguida sonrió—. Si dices
que ha flirteado contigo es porque no sabía entonces que eras Temperance. Tú
misma fingiste ser Faith, ¿recuerdas?
—Créeme, estaba muy seguro de quién era quién cuando me besó en el
despacho.
Faith apretó los labios. Toda la sangre había huido de su rostro.
—Recuérdame que jamás te escoja para dar las malas noticias —masculló
por lo bajo.
—Disculpa —ironizó—, no sabía que tuvieras sentimientos por el
despreciable yanqui.
—Y no los tengo, pero nunca es agradable que… —Negó con la cabeza,
reacia a creerla—. ¿Lo viste con intenciones de seguir flirteando contigo?
—No me dijo nada similar a «mañana más y mejor», si es lo que me estás
preguntando. Pero si demostró ese descaro la misma noche que te conoció,

Página 79
¿qué crees que te espera en un matrimonio? Faith, no puedes confiar en los
hombres. Menos aún en los que todavía no sabes qué buscan.
—Creía que había buscado tus labios. Eso ya es una pista importante.
Temperance suspiró y le puso las manos sobre los hombros.
—Lo siento, pero tenía que decírtelo.
—Tranquila, te lo agradezco. Preferiría que me enterraran soltera a
casarme con un simpatizante del adulterio. Puede que no busque amor, pero
difícilmente toleraría una falta de respeto. No soy la hija de un aristócrata. No
tengo por qué acostumbrarme a que mi marido me engañe —mascullaba por
lo bajo, no tan ofendida como contrariada.
Temperance se mordió el labio para no interrumpir su desahogo con la
pregunta que le quemaba por dentro.
Al final tuvo que hacerla de todos modos.
—¿Entonces? ¿Vas a salir ahí fuera y lo vas a rechazar como llevas
queriendo hacer desde que te anunciaron este matrimonio?
—¿Qué? ¡Claro que no! —exclamó, mirándola como si se hubiera vuelto
loca. Entonces fue ella la que cogió del brazo a Temperance y la guio hasta el
borde de la cama, donde la obligó a sentarse—. ¿Qué crees que me diría
madre si supiera que pretendo romper el compromiso solo porque ha
coqueteado inocentemente contigo?
—¿Inocentemente? Ese coqueteo no era inocente; era culpable de todos
los cargos. —Faith torció la boca—. Vamos, el señor y la señora Swansea te
eligieron a ti como futura señora Hancock porque saben que no te interesa
casarte por amor, pero jamás te obligarían a pasar por el altar con un hombre
que no fuera de tu gusto.
—Lo sé, pero siento cierta responsabilidad. Ese hombre tiene la mitad de
la empresa de los Swansea, ¿lo entiendes?
Temperance puso los ojos en blanco.
—Por supuesto que lo entiendo. Resulta que es la mitad de la empresa que
no manejo.
—¿Y no te gustaría manejar la otra parte también una vez me casara con
él?
—Me gustaría más ahorrarme el momento de escuchar vuestros votos
matrimoniales.
—Entonces ayúdame a librarme de él de forma que ni padre ni madre se
sientan decepcionados. De hecho, ayúdame para que sean padre y madre los
primeros interesados en mandarlo de regreso a Nueva York.
Los ojos de Temperance se convirtieron en una fina línea azul.

Página 80
—¿Cómo se supone que voy a ayudarte a decirle que no a tu prometido?
Eres consciente de que ya no hay manera de que me haga pasar por ti,
¿verdad?
—Ni falta que hace. Tú eres el elemento de la discordia, y por eso debes
ser la que me saque de este apuro.
—¿Yo, el elemento de la discordia? —Se señaló con el dedo—. ¿Qué es
él entonces?
—No me malinterpretes. Temper… —Apoyó una mano sobre su vestido y
clavó en ella una mirada de auxilio—. Tienes que seducirlo para que rompa el
compromiso conmigo.
Temperance ni siquiera pestañeó.
—¿Cómo dices?
—Si lo rompe él, las culpas no caerán sobre mí —insistió—. Dios sabe
que detesto el papel de víctima, pero no estamos en plena temporada y nadie
conoce a Royce, así que al final quedará entre nosotros.
—¿Cómo voy a seducir a tu prometido? ¿Has perdido la cabeza?
—En todo caso la decencia. —Le dio una palmadita en el muslo—.
Vamos, Temper, es obvio que siente fijación por ti. No solo se ha notado en
ese beso que te robó anoche, sobre el que no puedo emitir juicio, sino también
cuando coincidisteis en Hyde Park. ¿O acaso has olvidado la intensidad con la
que te miraba?
¿Cómo iba a olvidarlo, si todo apuntaba a que se convertiría en su pan de
cada día? Si solo la hubiera mirado intensamente esa vez, Temperance no
habría visto inadecuada o peligrosa su proposición. Es más: habría aceptado
en el mismo momento, dispuesta como siempre a jugarse el pescuezo a
cambio de unos minutos de diversión. Pero no era solo el pescuezo lo que
estaba en riesgo en esta ocasión, y Temperance podía intuirlo. Aquel hombre
era más listo que el hambre y sabía qué negativas podía saltarse a la torera
porque en el fondo escondían un deseo inadmisible.
—Yo no lo he hecho —prosiguió Faith, segura de sí misma—. Tienes que
conseguir que se enamore de ti y rompa nuestro compromiso para hacerte a ti
la misma propuesta.
—¿Enamorarlo? No exageres —bufó, anonadada—. ¿No bastaría con que
padre o madre nos cazaran en una situación comprometida y dieran la voz de
alarma?
—Si te cazaran en una situación comprometida con él, te obligarían a
desposarlo; sobre todo la señora Swansea, que lleva queriendo verte con velo
desde que te sostuvo en brazos por primera vez. Y tengo entendido que no

Página 81
deseas casarte —arqueó las cejas—. ¿Qué es lo que puedes perder? En el peor
de los casos supongo que no lo conseguirías, pero entonces, qué remedio, me
encargaría yo de anular el compromiso. O… supongo que también cabría la
posibilidad de que te enamorases de él y no te correspondiera —agregó,
pensativa. Se perdió la mirada horrorizada que Temperance le dirigió,
ocupada como estaba acariciando el dosel aterciopelado que recogía uno de
los postes de la cama—, pero como tú bien has mencionado, es un americano
maleducado y atrevido al que no consideras en absoluto digno de tu afecto.
¿Me equivoco?
—Jamás te has equivocado menos —se apresuró a contestar, tan aturdida
que no vio que Faith la observaba con especial atención.
Su hermana sonrió, conforme.
—En el mejor de los casos, conseguirías librarme de un desvergonzado
sin defraudar a la familia y, para colmo, podrías darte por satisfecha al haberte
vengado de todos los mujeriegos del mundo.
Temperance no se movió.
—No soy seguidora de vengarme de un hombre por lo que hizo otro por
muy similares que sean sus actitudes.
—¿Similares? Son idénticas. Riversey también se dedicó a los poemas y
los besos furtivos estando prometido. Es el momento perfecto para vengarte
de este despreciable comportamiento. Por las dos —agregó.
Expuesto de esa manera, el plan parecía ofrecer ventajas de toda clase.
Pero Temperance vacilaba, reacia a confiar como Faith en su rotundo éxito.
Tenía el presentimiento de que estaban descuidando el nada desdeñable hecho
de que Royce Hancock era encantador de un modo insoportable. Pero ¿cómo
iba Temperance a admitir ante nadie que, aunque el despecho le hubiera
podrido el corazón, entre los yermos quedaba aún terreno fértil más que
suficiente para que germinara nuevamente el afecto?
No podía hacerlo.
Por el contrario, el margen de error la impulsaba por orgullo a demostrar
que sería imposible caer en su propia trampa. Que todo el amor que pudiera
llegar a sentir quedaba reservado a su familia y nadie más podría entrar en esa
exuberante parcela de su alma.
Ni mucho menos un idiota con perversas intenciones.
Temperance examinó a su hermana con ojo crítico, meditando aún la
respuesta.
—Qué rápida has sido ofreciendo esta alternativa.

Página 82
—Soy muy perspicaz, Temperance, lo que pasa es que a tu lado no suelo
destacar por esta virtud. Tu sagacidad eclipsa la mía. —Encogió un hombro,
inocente—. ¿Qué me dices? ¿Me ayudarás?
Temperance suspiró.
—Todo sea por evitar un matrimonio indeseado.
Quedaba por descubrir quién lo deseaba menos: si Faith o ella misma.

Página 83
Capítulo 13

Royce tuvo que aguantar una carcajada fuera de lugar cuando, a la entrada
de Great Russell Street, el magnífico Museo Británico de Bloomsbury le
obligó a descolgar la cabeza para apreciarlo en su totalidad. Mercy y Chase
Reynolds, al igual que Halifax, Temperance y Faith Swansea aguardaban la
reacción del invitado con el aliento contenido.
Casi lamentó no poder defraudarlos con una inapropiada apreciación que,
a posteriori, en su ausencia, fuera muy comentada en la mesa. Y no en buenos
términos.
—En Nueva York el edificio más alabado no es ni la mitad en tamaño o
gloria que este —dijo en su lugar. No era del todo falso—. ¿Fue construido
para albergar las reliquias que se mencionan en el programa?
—No. Perteneció al segundo duque de Montagu hasta que el barrio se
convirtió en una zona de clase media —contestó Halifax, admirando el
edificio con tanto orgullo que parecía que lo hubiera levantado él piedra a
piedra—. Entonces abandonó Bloomsbury para mudarse a Whitehall y cedió
la mansión para que se convirtiera en museo.
Royce reprimió a tiempo una sonrisa irónica. Conque su excelencia había
encontrado el barrio demasiado proletario para su exquisito gusto… Esperaba
que aparte de la zona no le hubiera desagradado también la inmensa
construcción o que, por lo menos, si la había abandonado, hubiese sido con el
propósito de adquirir una vivienda más humilde. Royce hubiera preferido no
deslumbrar a sus invitados con una fachada principal de diecisiete bahías, dos
plantas principales más un sótano y un techo abuhardillado con ¡cómo no!
una cúpula central de palacio renacentista. No solo habían emulado la
arquitectura francesa del siglo anterior, sino que también tuvieron el buen tino
de decorar el interior con obras de artistas del mismo origen.

Página 84
A pesar de que hacía unos cuantos años desde que Montagu House había
sido abandonada por su dueño, aún olía a clase alta. Las entradas a la
exposición quedaban restringidas a personajes conectados con los
renombrados miembros que se habían encargado de convertir el museo en lo
que era. A Halifax, que formaba parte de la prestigiosa Royal Society y para
colmo era marqués, no le había costado conseguir una visita guiada entre las
antiguas maravillas para él y sus amistades.
Una vez más, Royce pensó con ironía en lo maravilloso que era tener
dinero.
Y en lo poco que se identificaba con sus acompañantes.
Lo único que aplacó sus ánimos revolucionarios fue ver a Temperance
hacerse enseguida con un programa del museo que por lo visto no se les había
ocurrido imprimir hasta hacía un par de décadas, cuando la exposición llevaba
setenta años en activo. Le resultó adorable verla acercarse las letras a los ojos
y leer con ansiedad lo que, según había comentado Halifax por lo bajo, ya se
sabía de memoria.
—Temperance ha visitado el Museo Británico más veces que Almack’s
—se rio Halifax, mirándola con afecto—. Si no estuviera prohibido
deambular por las calles a horas intempestivas, se habría quedado a dormir a
las puertas.
Temperance lo escuchó y se dio la vuelta para responderle.
—¿Y te extraña? Por lo menos el discóbolo de Mirón no me perseguiría
por diciéndome que tengo que casarme.
—A no ser que tu madre se las hubiera apañado para que la reclutaran
como reliquia —agregó Halifax, con una mano en el interior del gabán.
—¿Estás llamando vieja a mi madre?
—Estoy diciendo que tu madre es capaz de cualquier cosa con tal de
cumplir sus objetivos. Sé que si me quedo de pie junto a ella demasiado rato
acabaré con una novia entre mis brazos.
—No te vendría nada mal —se metió Faith—. Así estarías entretenido y
no podrías usarlos para abrazar por aburrimiento a mujeres que no te
convienen.
Halifax enarcó una ceja negra.
—Solo abrazo a las Swansea.
—¡Exacto! —aplaudió Temperance—. Mujeres que no te convienen.
La hermana mayor se alejó de la conversación, sabiendo tan bien como ya
empezaba a aprender Royce que si uno quería cortar la cháchara de un grupo

Página 85
de Swanseas debía poner tierra de por medio. Fue lo que él mismo hizo
siguiendo disimuladamente a Temperance hacia uno de los pasillos contiguos.
—¿Me permitirá echar un vistazo al programa? A estas alturas ya debe
habérselo estudiado de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Temperance ladeó la cabeza hacia él. Apenas hacía una hora desde que
habían abandonado Eaton Square y su moño ya había empezado a deshacerse.
Tenía una de esas melenas densas e indómitas que se rebelaban contra toda
constricción.
Igual que ella.
—He visto la cara que ha puesto al ver Montagu House —le dijo,
enarcando una ceja—. ¿Qué es lo que podría interesarle del museo?
Royce metió las manos en los bolsillos de su chaqueta prestada.
—Todo lo que usted pueda contarme.
Temperance suspiró, como si la mera idea de transmitir sus conocimientos
la aburriera sobremanera. ¿A quién pretendía engañar? Estaba desesperada
por compartir cuanto sabía.
—El museo consta de los ochenta mil artículos de la colección privada del
médico y naturalista Hans Sloan, entre ellas antigüedades de América y
civilizaciones ya extintas, libros, manuscritos originales y dibujos de Durero.
Consta además de la biblioteca de Robert Cotton, el anticuario de Robert
Hanley, los objetos del embajador británico en Nápoles sir William Hamilton,
antigüedades egipcias, la colección de esculturas griegas, cortesía de
Townely, y las donaciones de mármol del conde de Elgin.
Royce asintió. Cuando habló de nuevo, lo hizo con calma.
—Y de todas esas piezas, ¿cuántas fueron robadas?
Temperance pestañeó una vez.
—¿Perdón?
—A juzgar por los adjetivos agregados a las colecciones (griego, egipcio,
americano), yo diría que el noventa por ciento de las piezas expuestas en el
Museo Británico —recalcó con ironía— son fruto de años y años de
descarada usurpación.
—¿Por qué ha pronunciado «británico» con ese tono?
—Porque lo único que tiene de inglés es el nombre.
Temperance se ruborizó como si hubiera robado dichos artículos ella
misma.
—¿Cómo se atreve?
—¿Cómo se atrevieron ustedes? —contraatacó sin alterarse.

Página 86
Temperance pareció abrir la boca para insultarlo en todos los idiomas que
conocía, pero debió verlo firmemente convencido de lo que decía, porque
optó por argumentar su defensa.
—Sabrá que durante los conflictos bélicos cualquier objeto de valor puede
ser requisado como botín de guerra. La derrota de Napoleón durante la batalla
de Aboukir, por ejemplo, nos permitió acumular una muy decente colección
de recuerdos egipcios.
—¿Siguen en guerra con Egipto?
—No.
—¿Y por qué no los devuelven?
—¿Devolverlos? —Soltó una carcajada incrédula—. En primer lugar, no
nos los han pedido… que yo sepa. En segundo lugar, no se lo devolveremos
por una sencilla razón, y es que al igual que no se puede recobrar la vida de
los muertos o restituir el esplendor de antaño a un edificio en ruinas, tampoco
se entrega lo que una vez se tomó. —Lo miró de forma extraña—. Tiene
usted una visión muy romántica de la guerra, señor Hancock.
—Y usted es implacable defendiendo el expolio.
Temperance se palmeó el muslo con la mano que sostenía el programa
igual que una niña en plena rabieta.
—¡No hemos expoliado nada!
—Me parece que los griegos no estarán de acuerdo con usted, como
tampoco lo estamos los americanos sobre lo que nos habéis arrebatado.
—¿«Habéis»? ¿Qué le han arrebatado a usted? ¿Y quién, si puede
saberse? —se burló.
—Todavía nada, pero presiento que volveré a Nueva York sin la cordura
por culpa de una mujer perversa.
Lejos de darse por halagada, Temperance entrecerró los ojos con
desconfianza.
—No se nos ocurriría exponer tal cosa en el museo, descuide.
—¿A la mujer perversa? —Enarcó una ceja—. Pues qué manera tan necia
de perder dinero. Exponiéndola se harían ustedes de oro. Así podrían pagar al
estado egipcio, griego y americano por lo robado.
Temperance apretó los labios, indignada, y se dio la vuelta para regresar
con su hermana.
Tal vez no fuera aquella la mejor manera de convertirse en la persona
preferida de la señorita Swansea, pero renunciar a la diversión que le
reportaba provocarla quedaba fuera de toda cuestión.

Página 87
En cuanto se hubo asegurado de que el grupo entraba a una de las salas
precedido por el guía asignado, dejando a Faith y a Temperance susurrando
en la boca del pasillo, Royce se metió una mano en el bolsillo y se acercó con
aire distraído.
Aunque era más que notable que Temperance estaba desesperada por
iniciar la ruta, permaneció junto a Faith como por lo visto era su obligación.
Tras echar un vistazo a su prometida, confirmó que no estaba ni de lejos tan
interesada en el pasado como su hermana mayor.
—Ahora que contamos con la compañía de Temperance podemos iniciar
la visita —anunció Faith. Se habría mostrado más entusiasta si la visita
hubiera sido a la Plaza de la Concordia, y el destino, la guillotina—. Ya sabrá
que necesitamos una carabina, señor Hancock.
—Sé que la necesitamos, pero no en qué consiste el oficio. Si no les
importa iluminarme… ¿Para qué inventaron dicha… figura? —Hizo un vago
gesto en dirección a Temperance, que hasta el momento había estado
inspeccionando con ojo crítico el programa de la exposición para no tener que
enfrentarlo.
—Para guardar las formas —respondió Faith con educación, las manos
entrelazadas con la pulcritud de una santa sobre el regazo.
—Conque guardar las formas. ¿Me está diciendo que la presencia de su
hermana le asegura que voy a comportarme?
—Así es, siempre y cuando sea usted un hombre que teme el escándalo
público.
—Yo no apostaría por eso —masculló Temperance por lo bajo, hundiendo
la nariz en el programa.
Royce ocultó una sonrisa de satisfacción que Faith estaba luchando por no
copiarle.
—¿Y si no respetara las normas? ¿Qué podría hacer la señorita Swansea si
decidiera besar a su hermana? No podría separarnos.
—Claro que podría. En primer lugar, porque yo no le permitiría besarme
—intervino Faith, demasiado relajada dado el cariz de la conversación—. Y
no va usted a forzarme, ¿a que no?
—No, claro que no, pero en este supuesto que estoy proponiendo sería
capaz de todo.
—Y fuera de él también —masculló de nuevo la hermana mayor. Levantó
la barbilla para responderle a Royce—. Yo no temo al escándalo público,
señor Hancock, así que si besara a mi hermana gritaría o le golpearía.
—¿Dónde?

Página 88
—¿Cómo que «dónde»? ¿Qué pregunta es esa?
—Una muy importante. Si me golpeara en la mejilla, por ejemplo, creo
que correría el riesgo. Si se decantara por una zona más sensible, una que no
es educado decir en voz alta…
—Vaya, empieza a descubrir que hay cosas que no es educado expresar
—ironizó Temperance—. Le golpearía donde más le doliera. ¿Ha terminado
con su experimento? ¿Podemos entrar de una vez al museo?
—Por supuesto. —Royce miró de reojo a Faith, que mantenía la
compostura de forma admirable—. ¿Y si besara a otra mujer? ¿La carabina de
la señorita Swansea sirve para proteger a todas las damas de la sala?
Temperance se giró hacia él con una mueca tan cómica que le costó no
echarse a reír. Faith no controló tan bien esa vez sus emociones y tuvo que
darse la vuelta para cubrirse la boca.
—¿Qué demonios dice? —le espetó de mal humor—. No tendría ningún
sentido que hiciera tal cosa.
—¿Ah, no? Vaya, discúlpeme. Me temo que no entiendo las costumbres
inglesas.
—Con suerte no se quedará el tiempo suficiente para tener que
descifrarlas —rezongó por lo bajini, enfilando por fin hacia el pasillo.
Apenas puso suficiente distancia entre ellos para no escuchar su
conversación, Faith soltó una carcajada.
—Si Temper supiera lo que se acaba de parecer a su madre… —Negó con
la cabeza. Mientras se echaba el chal sobre los delicados hombros, miraba a
Royce de reojo—. ¿Estas provocaciones forman parte del plan de conquista?
Porque no parece que sacarla de sus casillas esté funcionando, y le aseguro
que tampoco lo hará en el futuro. De ser esta la técnica adecuada, la habrían
enamorado todos los idiotas que han pasado por su vida.
—Hay maneras y maneras de sacar a una mujer de sus casillas —contestó,
cauteloso. Emprendió la marcha, no sin antes ofrecerle el brazo a Faith.
Esta apoyó la mano sin que apenas la notara.
—¿Y no se le ha ocurrido que quizá surta más efecto ser amable y atento?
—¿A usted le parece que su hermana es la clase de mujer a la que se
conquista con un puñado de halagos manidos?
Faith hizo una mueca que habló por sí sola.
—Puede que tenga usted razón.
Como si se hubiera dado cuenta de que había dejado la cacerola en el
fuego, Temperance apareció de repente jadeando por el esfuerzo de haber

Página 89
rehecho sus pasos corriendo. Se colocó al lado de su hermana, aferrándola
con una mano posesiva, y le lanzó una mirada de advertencia a Royce.
—Espero que no la haya besado en mi ausencia.
—No se lo pondría tan fácil a la carabina. Si me promete que gritaría en
caso de propasarme, procuraría darle trabajo haciéndolo en su presencia.
—Qué atento es usted, señor, procurando que yo también me divierta.
Royce hizo una reverencia.
—Hago lo que puedo para hacerla sonreír, señorita Swansea.
Solo para castigarlo, Temperance le negó tanto la sonrisa como la mirada,
pero el rechazo de esto segundo solo fue un acto de supervivencia; había visto
brillar en el fondo de sus ojos una diversión que se tenía prohibida.
—Pues ponga un poco más de empeño, señor Hancock, porque no lo está
consiguiendo.

Página 90
Capítulo 14

—Atticus, necesito que me digas cómo se seduce a un hombre.


Hasta el momento, el marqués de Halifax había estado admirando con los
dedos entrelazados a la espalda la última adquisición del museo: la
mencionada cabeza de granito de Amenhotep III que el señor Pepper, como
Hope lo había bautizado y todos habían acordado referirse a él a partir de
entonces para no contrariarla por su equivocación, había robado de El Cairo.
No podía darle la razón al señor Hancock en discusiones tan peliagudas
como las que denunciaban los abusos de poder de su estimada nación, pero
debía reconocer que Henry Salt había considerado legítimo meter la mano en
un almacén y llevarse lo que se le había antojado. Era una lástima que
Temperance predicara con la forma de proceder del señor Pepper, porque ella
también hacía y decía lo que se le cantaba sin meditar sobre las
consecuencias.
La cara de pasmo de Atticus podía dar fe de ello.
—En el nombre de Dios, Temper. ¿Por qué me preguntas eso a mí?
—Porque eres mi único amigo, para mi inmensa desgracia.
Atticus se giró hacia ella con las cejas enarcadas.
—Conque para tu inmensa desgracia.
—Siempre puedo pedirle consejo a mi padre, pero teniendo en cuenta que
se casó con una mujer religiosa, me parece que no conseguiría emular las
virtudes que le hicieron caer rendido.
Sin ocultar su irreverente diversión, Atticus se cruzó de brazos.
—¿Qué te hace pensar que a mí no me atraen las mujeres religiosas?
—Que de ser así, la iglesia anglicana ya te habría excomulgado. O como
mínimo te habrías visto envuelto en un escándalo.
Atticus esbozó una sonrisa juguetona.

Página 91
—Si hay una cualidad que define a las mujeres religiosas, es que no son
escandalosas.
Temperance torció la boca hasta deformarse la cara y lo empujó por el
hombro.
—Me repugnas.
—¿Yo te repugno? Según veo, tus intenciones no son muy diferentes de
las que tengo yo cuando me acerco a una mujer.
—Descuida, también me repugno por estar siquiera barajando la
seducción.
—¿Por qué la barajas, pues?
—Porque mi hermana me ha pedido un favor.
—¿No debería tu hermana pedirle consejo amoroso a tu madre, que es la
que se encarga de explicarle a la novia cómo ha de… proceder en la noche de
bodas?
—Creo que la palabra que buscabas es procrear.
—Por el amor de Dios, Temperance. —Lanzó una plegaria al techo—. En
lo que a mí respecta, no sé nada de procrear. Pregúntale a quienes hayan
procreado.
—No me digas que eres puro en cuerpo y alma.
Atticus la miró de reojo con aire misterioso.
—¿Puedes demostrar lo contrario?
—Seguro que si me pongo a buscar acabaré dando con algún bastardo de
ojos azules que sirva de prueba irrefutable. Pero no tengo tanto tiempo.
Necesito ayuda.
Atticus sacudió la cabeza, como siempre contrariado por los principios
que las Swansea le obligaban a pasar por alto. Al mismo tiempo le era
imposible disimular su fascinación. Aquel era su sino: tolerar que un grupo de
jovencitas burguesas se burlara de su buena educación con proposiciones y
aventuras rocambolescas a cambio de una más que justa cuota de diversión.
Temperance no era la única que disfrutaba llevándolo al límite, aunque cada
vez era más complicado escandalizarlo. El rígido marqués de Halifax,
incomparable en porte y comportamiento en los salones donde ocultaba su
lado travieso para dar a la disciplina y la elegancia el lugar privilegiado que
tenían en la vida aristocrática, se estaba acostumbrando al carácter de sus
vecinas.
—Si Faith le pidiera a mi madre que sedujera a Hancock para romper el
compromiso, la mandaríamos a la tumba con las peores palabras imaginables
haciendo eco en sus sensibles oídos. Y entonces tú te sentirías culpable —

Página 92
insistió en voz baja—. ¿Y bien? ¿Cómo se supone que se seduce a un
hombre?
Atticus solo pestañeó una vez, arrebatándole el placer de verlo tan atónito
como en el fondo debía estar.
—¿Qué esperas que te conteste? Nunca he sido seducido. En estas
cuestiones me gusta ser el sujeto activo.
Temperance estuvo a punto de hacer un comentario que podría haberle
costado el afecto de su hermana pequeña.
Desde luego que el papel activo era su preferencia, pues Hope lo había
convertido en el objeto pasivo de su delirante pasión juvenil y no parecía que
a Atticus le importara un ardite. Era una lástima que la benjamina estuviera
aún en sus tiernos catorce años o Temperance podría haberlo manipulado
sutilmente para que cayera en sus redes. Ni la señora Swansea ni ella misma
podrían imaginar pareja más destacada por atractivo y modales que la del
marqués de Halifax y Hope Swansea.
Temperance no era una abanderada de los matrimonios por conveniencia,
pero si ninguno de los dos quería eclipsar a su pareja en el futuro, tendrían
que desposarse el uno al otro. El único rostro capaz de competir con las
facciones angulosas dignas de príncipe de Atticus, con sus penetrantes y
vívidos ojos del azul original y su densa cabellera negra era el más dulce y
femenino de su hermana pequeña, a la que los jóvenes estudiantes de arte ya
observaban durante sus paseos con embeleso.
—¿Y no podrías esforzarte para ayudar a una amiga?
—¿Qué clase de amigo sería si arriesgara la reputación de mi amiga?
—El amigo de Mercy, por ejemplo. —Solo arqueando la ceja en el ángulo
exacto le recordó que su hermana había cometido ilegalidades de sobra para ir
derecha a la horca… y gracias a él. Atticus no tuvo la decencia de
avergonzarse—. Voy a empezar a pensar que sientes devoción por ella y las
demás solo te entretenemos ahora que está casada.
—En absoluto. Ya sabes que tú eres mi Swansea preferida. —Le dedicó
una sonrisa radiante y le dio una palmadita en el dorso de la mano, que
reposaba sobre el volumen de la falda—. Dicho esto, por lo que he podido
observar, no vas a tener que ocuparte confeccionando un elaborado plan de
conquista. Al señor Hancock se le ve maravillado con el modo en que intentas
sacarle de sus casillas.
—No creas que pasa más de dos segundos fuera de dichas casillas. Es
bochornosa la facilidad que tiene para desmontar cada una de mis respuestas.
Atticus la miraba con una media sonrisa que parecía saber más que ella.

Página 93
—Debe resultarte injusto. Años preparándote con una tropa de hermanas
para ser imbatible en el arte de la discusión, y todo para que un hombre te
derrote sin abrir la boca.
—Pensaba que el plan de madre era que ejercieras de carabina en nuestra
visita, pero no me extrañaría que hubiera confabulado a la vez para que te
dedicaras a flirtear con Atticus —intervino la irritada voz de Faith, que
apareció esperando una explicación—. No sé a quién tiene más ganas de casar
con una Swansea, si a Hancock o a Halifax. Y tampoco sabría decir quién
tiene menos ganas de casarse conmigo de esos dos.
—Yo me casaría contigo si alguna hecatombe nos convirtiera en la única
pareja sobre la tierra —la apaciguó Atticus, haciendo una reverencia.
Faith se la devolvió, burlona.
—Entonces ya me pones en duda. Habría jurado que es Hancock al que le
cuesta tanto soportarme que no se uniría a mí ni en caso de erosión —bufó,
dándose aire con el abanico. La mirada que le dirigió a Temperance fue un
grito de auxilio—. Es incapaz de seguir una conversación banal y yo no sé
responder ni la mitad de las preguntas técnicas que me hace. Por favor, ¿no
puedes librarme de él por un rato?
Temperance dudó al principio, condicionada por la opinión que tenía de la
elocuencia de su hermana.
—¿Que no sabes responder ni la mitad de las preguntas técnicas que te
hace? —repitió, burlona—. ¿Eso me lo ha dicho la clase de mujer instruida y
de mente ágil que en la misma velada deja asombrado al embajador italiano
hablándole su propia lengua, rescata de la paralizante timidez a algún recién
llegado con tacto y paciencia y consigue que un malhumorado y aun así
solicitado duque le ruegue que le permita mantener contacto epistolar en el
futuro?
Faith le devolvió la mirada desafiante.
—Será que hoy no estoy inspirada. O que, a diferencia de al embajador
italiano o al duque de Essex, no me interesa impresionar a mi acompañante.
—Te conduces por las conversaciones con una facilidad y elegancia que
parece que te las estudies la noche de antes —se empecinó Temperance,
sospechando—. No creo que se te resista la charla con Hancock. Solo es un
ser humano y tú los dominas a todos. Especialmente a los de la raza cruel.
—¿Con «raza cruel» te refieres a los americanos o a los hombres en
general? —inquirió Atticus. Viendo que las hermanas seguían midiéndose
con la mirada, suspicaces, intervino en favor de la que en teoría no era su
predilecta—: Estoy de acuerdo con que Faith habla por los codos y suele

Página 94
resultar encantadora, pero cuando se bloquea es el ser vivo más insoportable
de la faz terrestre.
—Gracias, Atticus. Eres adorable.
—Eso suelen decir las mujeres que intentan seducirme —respondió,
mirando a Temperance con intención. Esta solo suspiró, expresando que daba
su brazo a torcer y que el consejo velado de Atticus era peor que lamentable.
Faith, por su parte, sonrió feliz de haber entendido con su gesto resignado
que la relegaba de toda responsabilidad.
Tan pronto como su hermana se distrajo con Halifax, Temperance se
aproximó al inmerso Hancock como si estuvieran tirando de ella en la
dirección contraria. El americano observaba concentrado la Piedra Rosetta, la
indiscutible joya de la corona de la colección, hasta que notó su cercanía y
pidió, sin mirarla, que le describiera algunas características de la pieza.
Aun sintiendo devoción por la Piedra Rosetta, Temperance procuró
contestar a desgana.
Le costó.
Estaba empezando a cansarse de fingir que encontraba tediosa la
interacción con él. Bien podía no sentirse especialmente cómoda en compañía
masculina, pero tampoco era partidaria de andar de morros todo el día. Sobre
todo con alguien que le parecía digno de su atención.
—Es un fragmento de un decreto de Ptolomeo V. Se ha tardado alrededor
de veinticinco años en descifrar su contenido.
—Más se está tardando en descifrar a las mujeres, y eso que las
descubrimos antes.
Su comentario la divirtió. Siguiendo las indicaciones de su hermana —
alejarla de él y entretenerlo un rato—, echó a andar hacia el pasillo que daba a
la sala contigua.
Sin detener el paso, lo miró de soslayo.
—Yo en su lugar no me torturaría por eso, señor Hancock. Hay saberes
demasiado complejos para las estrechas mentes de algunos hombres.
—Yo no diría saberes, sino mujeres —corrigió, entrelazando las manos a
la espalda—. Como en todo, las hay más difíciles que otras.
—Estoy de acuerdo. Solo el código para entender a Wilhelmina Swansea
ocuparía un tomo entero.
—Puede que esté lejos de entenderla, pero puedo ver por dónde va.
Temperance, Mercy, Faith, Prudence, Charity y Hope[2] —recitó Royce—.
Ahí podemos ver un patrón: parece que su madre fundamenta sus sólidos
principios en las virtudes cardinales y teologales.

Página 95
—Mi madre se fundamenta en las teologales; su marido fue el que se
decantó por las cardinales para bautizar a sus hijas mayores.
—¿Las virtudes cardinales? ¿Dónde están, pues, la justicia y la fortaleza?
Ella sonrió.
—Ambas están en cada una de nosotras. De todos modos, a mi madre no
le habría importado agregarlas como hijas a la familia, de eso estoy segura.
Considera a su descendencia la razón de su existir.
»Mi padre dice —prosiguió, sin darse cuenta de que se había dejado tirar
de la lengua— que mi madre no es tan religiosa como solía, y ella sostiene
que eso se debe a la mala influencia del señor Swansea. Sea como sea, no me
quiero imaginar cómo era antaño. Todavía nos obliga a recitar las cualidades
que alaba Dios y que espera que representemos.
—¿Que serían…?
—En la Biblia hay constancia de cómo ha de ser una mujer virtuosa. «Ella
es digna de confianza, alentadora, trabaja diligentemente; es fuerte, está bien
preparada, es generosa, valiente, ingeniosa, sabia y bien pensada. Pero lo más
importante —alzó la voz y mantuvo el suspenso un segundo— es que teme al
Señor».
Royce soltó una carcajada, encantado con su teatralidad.
—Sus cosas tiene usted en común con la mujer bíblica virtuosa, señorita
Swansea…
Temperance lo advirtió con la mirada.
—No se atreva a insultarme.
—… pero creo que deberían haberla llamado Temper[3] a secas.
—El temperamento no es una cualidad religiosa.
—Es cierto. —Se detuvo y ella también frenó su caminada por inercia.
Hancock se inclinó hacia ella—. Es una cualidad del demonio porque calienta
la sangre de los hombres.
Temperance procuró contestar con desenfado, ignorando las cosquillas en
el vientre.
—Si se refiere a que los hago arder de indignación, estoy de acuerdo. Y
orgullosa de ello.
—Estoy convencido de que ha debido de hacerlos arder, pero en el
impotente deseo de tenerla —retomó Hancock unos agradables segundos de
complicidad después, y con tanto tacto que Temperance debería haber
imaginado que una pregunta peligrosa estaba al caer—. ¿Por qué ninguno de
ellos cumplió ese deseo, señorita Swansea? ¿Por qué no está usted casada?

Página 96
Temperance mantuvo la pose sin apenas respirar, temiendo que aquello
demostrara su debilidad. Desvió la mirada a los guantes que llevaba y tiró de
los extremos fingiendo arreglar los delicados volantes de encaje.
—No estoy interesada en el matrimonio.
—¿Por alguna razón especial?
—Ninguna que quiera compartir con usted.
—Vamos a ser cuñados, señorita Swansea. Quizá deba empezar a
compartir conmigo algo más que un reproche.
—Nuestra relación de parentesco aún está por verse, señor Hancock.
Temperance se dio la vuelta despacio, aferrando su ridículo con las dos
manos, y enfiló hacia el extremo contrario del oscuro pasillo con ninguna otra
intención que huir de él. Se había comprometido a vigilar al americano y
proteger a Faith y le parecía que, al final, la expuesta al peligro y en situación
de vulnerabilidad había sido ella.
Apenas contó unos pasos hacia la sala próxima, notó que uno de sus
zapatos dejaba de recogerle el pie. Lo ignoró en un principio, pero cuando el
zapato decidió quedarse atrás, tuvo que detenerse con el ceño arrugado.
Observó la hebilla suelta del broche y luego levantó la mirada hacia Royce,
cuyos ojos apuntaban en la misma dirección.
—Parece que una parte de usted se resiste a alejarse de mí, Cenicienta.
Temperance habría entregado su alma por unos minutos más a la
defensiva, pero la referencia unida a su cálida sonrisa la desinflaron
irremediablemente.
Se rindió, y si esto la frustró, dudó que Hancock lo hubiera notado.
—Mis zapatos no son una parte de mí, señor Hancock.
—Muy pocas mujeres pueden decir eso.
Temperance intentó no sonreír.
—Tengo aguja e hilo en mi ridículo por si acaso.
—Una joven previsora. —Sacó la mano de su propio bolsillo y le mostró
un ovillo de hilo blanco, otro negro y un par de agujas—. Yo también he
venido armado.
La sonrisa finalmente escapó de sus labios, hartos de la represión.
Puso los brazos en jarras.
—Una cinta cuando a una señorita se le vuela el sombrero y ahora aguja e
hilo. Parece que siempre está usted preparado.
—Y listo para la acción. ¿Me permite?
—No, yo me encargaré.
—Sería más cómodo para mí.

Página 97
—Está usted bastante más lejos del suelo que yo como para que
arrodillarse le resulte cómodo, señor Hancock.
—Pero ningún vestido me dificultará agacharme. Si no tiene nada más
que decir…
Sí que tenía mucho más que decir, pero no lo hizo porque algo dentro de
ella ardió al verlo arrodillarse.
Era un gesto carente de intenciones, solo un acto caritativo, y aunque
hubiera tenido algún matiz íntimo, Temperance se habría reído. Eran pocos
los hombres que seguían la costumbre medieval de realizar pronunciadas
genuflexiones a la hora de declarar sus sentimientos. Pero todo lo que tenía la
menor relación con el amor o el matrimonio la turbaba: incluso más que el
hecho de que Hancock le estuviera levantando el dobladillo del vestido y
tomara su tobillo con delicadeza para coser.
No podía verlo con claridad desde donde estaba, y tampoco le apetecía
enfrentarlo, pero le pareció que hacía un buen trabajo.
Aquel hombre, aparte de un incordio, era una caja de sorpresas.
Y no todas ellas negativas.
Temperance apoyó la espalda en la pared del abandonado pasillo mientras
Hancock hacía lo propio. Al principio fingió que su honra le preocupaba
mirando a un lado y al otro del corredor con gesto mortificado, pero a la
primera sonrisa oculta de Hancock supo que no tenía credibilidad alguna.
Entonces suspiró, tiró un poco más de la falda y alzó más el empeine estirado
para facilitarle la tarea.
—Podríamos haberlo hecho de muchas otras maneras —comentó
Temperance.
Él la miró a través de las pestañas; las densas y tupidas pestañas negras a
las que debía agradecer que atenuaran el efecto de su mirada, oscura como el
pecado, y que volvía a despertar incómodos sofocos en ella.
—Podríamos. Pero me parece que ni a usted ni a mí nos gusta el camino
fácil.
Sabiendo que se le complicaría aguantar la sonrisa relajada, Temperance
optó por un gesto inexpresivo y apoyó las palmas de las manos también en la
pared, lamentando que no le sirviera para agarrarse y desahogar una
frustración que la tenía desconcertada. No porque las emociones le fueran
desconocidas, sino porque se había jurado que no volvería a experimentarlas.
Antes se arrancaría el corazón con sus propias manos.
Pero allí estaba, admirando la silenciosa dedicación de Hancock. Tenía
unas manos grandes y rudas, unas manos que no se correspondían en absoluto

Página 98
con las que imaginaría en un nuevo rico neoyorquino de tantos que había
tratado en los salones. Eran las manos de un trabajador de fábrica, de un
hombre que sabía lo que era responder ante un superior, que había aprendido
cuándo merecía la pena usarlas para hacer daño y cuándo para tratar con
delicadeza a una mujer.
Resultaba impactante ver a un hombre como él ejerciendo las labores de
una costurera.
—Mi madre cosía —le explicó, mirándola de soslayo—, y a mí me gusta
aprender de mi entorno todo lo que se me pueda enseñar.
Temperance ladeó la cabeza.
—¿Por qué siento que espera que yo le enseñe algo?
—Ya me ha enseñado su tobillo, señorita Swansea. —Y sonrió, bravucón.
Ya con el broche en su sitio, Hancock rodeó su talón con la palma de la mano,
lenta y amorosamente, y subió los dedos por su pantorrilla sin perderse su
expresión. Temperance notó un hormigueo ahí donde sus yemas hicieron
presión, ya sobre la media—. Si fuera un romántico, creo que con eso me
daría por satisfecho.
—Pero como no lo es, no se da por saciado, ¿verdad?
Temperance aguantó la respiración viéndolo negar despacio con la
cabeza. No saber hacia dónde se dirigía su mano le aceleró el pulso. La sentía,
eso seguro; sentía sus dedos trepando por la pantorrilla, subiendo hasta
acariciarle la corva de la rodilla.
¿A dónde había ido su sentido común? Dios sabía que nunca había sido
conocida por su pragmatismo, por su racionalidad o por defender a capa y
espada lo socialmente correcto, pero incluso ella misma se veía fuera de sus
cabales. Lo estaba mirando a los ojos en silencio cuando debería haberle
espetado que se detuviera.
—Tenía que asegurarme de que la media se quedaba en su sitio, señorita
Swansea.
—Es usted muy… atento.
—Sí que lo soy. —Sintió que su mirada la quemaba—. Presto atención a
las cosas bonitas… que suelen ser también las cosas que me gustan.
Una carcajada incrédula se le atascó en la garganta.
—¿No le da vergüenza comportarse de este modo? Está prometido a mi
hermana.
—Ninguna de las personas aquí presentes se ha tomado ese compromiso
en serio en ningún momento. Pero si lo hiciéramos, una promesa no me ata
del todo. En lo que a mí respecta, aún soy un hombre libre.

Página 99
—Libre para comportarse como le venga en gana, ¿verdad?
La acució la necesidad de castigarlo por su infame flirteo, y sin embargo
lo único que hizo fue levantar el pie hasta tocar su barbilla sombreada con la
punta del zapato. Hancock alzó las manos, rendido, y sonrió de tal forma que
le dio un vuelco el corazón.
Estiró la pierna para obligarlo a incorporarse muy despacio, hasta que los
límites de la flexibilidad y el decoro la obligaron a volver a poner el pie en el
suelo. Temperance se agachó para tomarlo del mentón como a un niño
rebelde al que hubiera que dejarle muy clara una lección, y lo acercó a ella
tirando con suavidad.
El tacto áspero de su barba la hizo vacilar un segundo, ese mismo segundo
que a Hancock le tomó desviar la vista a sus labios.
—¿Quiere saber por qué no estoy casada? —susurró, tan cerca de él que
sus alientos se mezclaban—. Porque ningún hombre quiere en su vida a una
mujer con valor para vengarse cuando piensa que no ha sido bien tratada.
—No creo que ese sea el motivo de su soltería.
—¿Y cuál cree que es? Me parece que lo sé.
—¿Sí? —Arqueó la ceja.
—Proviene de la dicotomía de la mujer santa y la mujer impura —
resolvió—. A juzgar por cómo se dirige a mí, pensará que no soy buen
material de esposa. Solo una mujer con la que flirtear, a la que manosear en
un pasillo y luego abandonar. —No pudo evitar que se le quebrara la voz. Se
apartó de él para que no viera su semblante ensombrecido—. No sé qué le ha
dado la impresión de que estoy dispuesta a ser tratada como una cualquiera,
señor Hancock, pero sepa aquí y ahora que no voy a ser su fuente de diversión
mientras llega el día de su boda.
Aprovechó que lo había aturdido con su reacción para escabullirse con la
espalda recta.
«No, desde luego que no voy a serlo otra vez».

Página 100
Capítulo 15

Uno de los secretos de Royce Hancock vivía en una casa de alquiler en


Half Moon Street. Pero no lo pagaba: de esa gestión se encargaba su
cuidadora, la señora Roberta Higgins, una comprometida feligresa que se
ganaba el pan cosiendo en la sastrería del señor Hallywell, el más reputado de
los confeccionadores de Londres. No solo por su innegable talento o porque el
señor Swansea tuviera un convenio con su establecimiento para que vistiera a
sus seis hijas, las seis burguesas que para horror de la alta sociedad decidían
lo que estaba en boga; también por los generosos honorarios que ofrecía a sus
trabajadores. Por lo menos, el de la señora Higgins le permitía alimentar a las
cuatro bocas que allí habitaban.
Si había algo que Royce respetaba profundamente —y no consideraba que
existieran muchas cosas en el mundo dignas de su consideración—, esos eran
sus secretos. Pero a ese secreto concreto, además de dedicarle cada minuto
que podía escabullirse de sus obligaciones para con los Swansea, lo mimaba
todo cuanto podía.
Nada más la encantadora señora Higgins le indicó dónde se encontraba,
Royce enfiló hacia la salita con seguridad.
—Te he traído un regalo —le anunció apenas cruzó el umbral.
No esperó un sentido abrazo de agradecimiento. Al pasar por delante del
diván donde su secreto tejía sin grandes resultados, le dejó sobre el regazo
una carísima pamela y a continuación se sentó enfrente a tiempo para admirar
cómo se le iluminaba la cara.
Su «secreto», para ser de tamaño reducido y vestir con la discreción del
luto, lo había metido en un problema de dimensiones inimaginables que,
como llegara a conocerse, arruinaría más de una vida. Pero cualquiera se
arriesgaría a verla truncada por la morena pecosa que reservaba sus
exacerbados odios al punto de cruz.

Página 101
Clodagh examinó el regalo fingiendo desinterés, como si a esas alturas
Royce no supiera ya que jamás sería inmune a la generosidad de sus amigos y
admiradores. Él entraba solo en la primera categoría, pero cuando se colocó la
pamela de Temperance en la cabeza y posó para que diera su veredicto, tuvo
que reconocer que quizá en otro tiempo se habría unido a su interminable lista
de enamorados.
No muchos años atrás, la joven había conseguido acumular los afectos de
suficientes caballeros para formar una legión, además de ramos de flores y
montones de invitaciones a toda clase de eventos inolvidables. Pero como al
final de día Clodagh era Clodagh, una mujer sin padre y sin un «lady» que
precediera su nombre, siempre le había faltado lo más importante para una
mujer en urgente necesidad de protección: una propuesta.
Una matrimonial, naturalmente. Las del tipo atrevido jamás le habían
escaseado.
De hecho, fue una de esas proposiciones atrevidas la que la había llevado
a donde estaba: recluida en la vivienda de la señora Higgins hasta que el
resultado de su prolongada aventura con el hombre equivocado fuera
menos… ¿cómo lo diría?
Visible.
—Precioso sombrero —acotó con su marcado acento irlandés. Tenía una
vocecilla aguda del todo entrañable; por eso resultaba tan gracioso que casi
siempre entonara burlas o reproches—. ¿Para qué pretendes que me lo ponga?
¿Para dormitar en el desván? Podría sentarme frente a la ventana con él
puesto y desearle los buenos días a los viandantes.
Royce se hizo el ofendido.
—Encima que me he tomado la molestia de hacerte un regalo…
—Y sería un detalle adorable si no estuviera convencida de que se lo has
robado en un descuido a una dama. —Clodagh enarcó las cejas oscuras.
Intentaba mantener una pose seria, pero en sus ojos verdes chispeaba la
diversión—. Solo dime si dicha dama sufrió algún daño en el proceso.
Royce bufó y se echó hacia atrás para cruzar el tobillo sobre la rodilla.
—Parece que no me conoces. Ninguna dama sufre jamás el menor daño.
—A excepción del que conlleva no volver a verte —apuntó con
sagacidad. Reposó la pamela sobre el regazo y acarició el lazo de seda malva
que la envolvía—. Gracias, Roy, pero habría preferido que me regalaras una
vivienda propia. O que me trajeras un aguinaldo para buscarme yo la vida.
—Gracias por recordarme que tenemos que discutir el tema económico…
—Royce fue a meter la mano en el bolsillo. Se le escapó una carcajada al ver

Página 102
que Clodagh utilizaba la pamela para protegerse el rostro—. ¿Qué diablos
haces?
Exagerando una mueca de pavor, la joven se asomó por un lado del ala del
sombrero.
—Esos bolsillos son una caja de sorpresas. Nunca sé si vas a sacar tu
dedal de la suerte, una pistola cargada o un montón de chucherías.
—¿Qué preferirías que sacara de todo eso? —inquirió, curioso.
—Las chucherías, naturalmente.
—Podrás comprártelas con lo que voy a darte.
Royce disolvió las dudas exhibiendo una bolsa anudada. Se la arrojó
esperando que la captara al vuelo. Los reflejos de Clodagh no lo
decepcionaron. La muchacha tiró del cordón para echar un vistazo al
contenido, nada menos que quince libras, ocho chelines y cinco peniques.
—¿Qué es esto? ¿Ahora eres asaltador de caminos?
—Tengo un poco más de clase que eso, si no te importa. No he
conseguido todo lo que podría haber sacado, pero si hubiera vendido las
piezas a un usurero de renombre habría levantado sospechas. —Y agregó,
más para sí mismo—: El ángel en cuestión parecía una de esas reliquias
únicas que pueden señalarte como ladrón con solo sacarlas del bolsillo.
—Oh, Dios. No me digas que has metido la mano donde no debes.
Su semblante se ensombreció al recordar las caricias prodigadas a
Temperance, cuya indignación llevaba haciéndole sentir culpable desde hacía
días.
—He metido las manos donde no debo muchas veces, pero es posible que
esta vez me haya excedido. Me he tomado muchas libertades incluso para
tratarse de mí —murmuró en voz baja.
Clodagh no se percató de la preocupación que empañaba su comentario, y
fue mucho mejor así. Una mujer encerrada en el mismo salón las veinticuatro
horas del día, aunque dicho salón estuviera decorado con gusto y la anfitriona
lo hubiera equipado de todo lo necesario para entretenerla, era una mujer que
se divertiría de lo lindo con un chismorreo de carácter romántico.
—¿A quién se lo has robado?
—¿El qué? Las cucharas de porcelana china las encontré por casualidad
en el almacén donde los encargados del Museo Británico estaban
inventariando las nuevas adquisiciones. No creo que las echen de menos: me
he llevado lo que aún no estaba anotado. Según el usurero que me atendió,
que por lo visto es galés y le pareció que mi acento inglés era «una delicia»,
las cucharillas pertenecían a la vajilla Jizhou.

Página 103
—Siempre se te ha dado bien imitar el acento inglés —meditó, meneando
la bolsa—. ¿Cuánto te han dado por ellas?
—Cuatro libras por cada una. Podría haber presionado más, pero hubiera
quedado como un tacaño de remate y no quería que pensara eso de mí. O al
menos eso es lo que los señores no quieren que piensen de ellos. —Sonrió,
satisfecho con su hazaña, y se repantigó para abrazar el respaldo del sillón—.
El ángel que te he dicho, por otro lado, lo saqué de la casa de los Swansea.
Clodagh descolgó la mandíbula.
—¡¿Qué?! ¡¿Le has robado a los Swansea?!
Royce rompió a reír.
—¿Te preocupa más que le robe a un puñado de ricos de Eaton Square
que al Imperio británico?
—Soy irlandesa, Roy. El Imperio británico me importa un comino —le
espetó como si fuera idiota—. Pero de todos modos, ese comportamiento tuyo
deja mucho que desear.
—¿Acaso robarle a un ladrón no es una manera de hacer justicia?
—No voy a discutir por el Imperio británico. Es culpable de todos los
cargos. Pero ¿qué te han robado los pobres Swansea?
—¿Pobres? Pésima adjetivación, querida. Se nota que no has estado en su
casa.
—¡Son tus anfitriones, Royce! —le regañó—. ¿Acaso no te parece
suficiente con mentirles? ¿También los tienes que desvalijar?
Aparentemente no, Royce no tenía suficiente con dichos delitos. Aparte
de embustero, farsante y ladrón, se había convertido a ojos de Temperance
Swansea en un hombre que no merecía ninguna confianza. En nada más que
un aprovechado, cosa que desde luego era pero hubiera preferido que no
descubriese.
Al menos, no con el fin de considerarlo un defecto.
—Ya sabes que siempre he sido más ambicioso de lo conveniente —
respondió, contrito. Clodagh puso los ojos en blanco y apartó el amago de
bordado para cruzarse de brazos.
Estuvo a punto de preguntarle qué diantres estaba intentando coser, pero
estaría tensando la cuerda. Clodagh era muy sensible a esa clase de críticas.
—¿No puedes conseguir dinero de forma honrada? Nunca he apoyado que
te dedicaras a actividades delictivas para costearte caprichos, pero ahora que
lo haces por mí no puedo permitir que sigas arriesgándote. Me pesa la
conciencia.

Página 104
—¿Y qué piensas hacer para evitarlo? ¿Lo que hacen todas las solteras de
la alta sociedad?, ¿pescar a un hombre rico que te mantenga?
En los ojos verdes de Clodagh brilló el desafío.
—¿Acaso me verías incapaz? —En lugar de responder, Royce dirigió una
lenta y elocuente mirada a su vientre. Veintiséis semanas de gestación no
pasaban desapercibidas, ni mucho menos en una jovencita de metro cincuenta
—. Ah, así que desconfías de mis capacidades por este… pequeño
inconveniente.
—De nuevo, pésima adjetivación. Yo no llamaría «pequeño» a algo que
ocupa tanto espacio.
—Ese no ha sido un comentario muy caballeroso —le señaló sin rastro de
ofensa. Pese a todo, eran raras las ocasiones que renunciaba a una réplica
impertinente si esta le permitía reivindicar su valía—. Solo para que conste,
no tendría ningún problema en encontrar un marido mañana mismo. Y no
cualquiera, sino uno que me amara locamente y estuviera dispuesto a darle un
apellido a este pequeño incordio.
—¿«Pequeño» otra vez? Veo que insistes en cometer errores de
denominación —se burló—. No dudo que podrías conquistar a un hombre con
un batir de pestañas, pero no te hace falta ningún marido.
—¿Por qué?
—Porque te recuerdo que ya tienes a uno delante.

Página 105
Capítulo 16

Clodagh ni siquiera se molestó en escandalizarse como lo hizo la primera


vez que oyó, en sus propias palabras, «tamaño disparate». Solo volvió a poner
los ojos en blanco, el que por razones de extrema frecuencia empezaba a
parecer un síntoma del embarazo, y aireó la mano como si no tuviera tiempo
para escuchar sandeces.
—No seguirás pensando en serio que voy a tomarte como esposo.
—Si no quieres que tu hijo sufra las consecuencias de ser llamado
bastardo y yo me vea en la obligación de vengar mi ego maltrecho tras el
rechazo, tendrás que hacerlo. Sé que no soy rico… —continuó con
grandilocuencia, poniéndose una mano en el pecho.
—Oh, ¡por el amor de Dios! ¡No empieces de nuevo con eso!
—Sé, también, que no soy el más atractivo de los hombres —prosiguió.
Con cada palabra, su entonación iba haciéndose más teatral.
Se levantó del asiento para arrodillarse ante ella y tomarla de las manos
con fervor.
—De los hombres quizá no, pero eres el más atractivo de los burros sobre
dos patas —bufó.
Pero sonreía de oreja a oreja.
—Sé que no tengo mucho que ofrecer…, mas tendrás mi amor —se
declaró con fervor—. Mi amor puro, cortés y…
—Fraternal. Tu amor puro, cortés y fraternal —zanjó Clodagh, ya sin
ánimos bromistas. Lo obligó a ponerse en pie de nuevo tomándolo de la mano
y tirando con impaciencia.
La señora Higgins los encontró unos instantes después en pleno acto de
vasallaje. El brillo en sus pequeños ojos grises les advirtió que había
interpretado la escena a su gusto. Y «al gusto» de una religiosa costurera
quería decir en plena pedida de mano.

Página 106
—¡Oh! ¡Siento muchísimo haber interrumpido en un momento tan
importante!
—¿Importante? Ah, no, nada de eso, señora Higgins. Roy me estaba
revisando los tobillos. No me ha creído cuando le he dicho que el embarazo
me los ha hinchado hasta duplicar su tamaño, y sabe que no me gusta que me
tomen por mentirosa.
Royce tuvo que ahogar una carcajada.
Clodagh ofendida porque la acusaran de ser lo que era, nada más y nada
menos.
Era el colmo de la desfachatez.
La señora Higgins no se percató de la ironía.
—Una dama no debería enseñarle los tobillos a su pretendiente —señaló,
consternada.
Royce y Clodagh intercambiaron una mirada cómplice en cuanto
pronunció aquella palabra.
«Pretendiente».
No les había quedado otro remedio que contarle aquella patraña a la
señora Higgins para apelar a su benevolencia. Aparte del futuro marido de
Clodagh, Royce era, a los ojos de la anfitriona, el gran amigo del difunto —e
inventado— señor Kepner. En vida, Kepner había amado tanto a su señora
irlandesa y al fruto de sus entrañas que le había obligado a prometer que,
apenas lo enterraran, se casaría con ella para que no le faltara de nada.
Al serle transmitida la historia, la señora Higgins insistió en que debían
celebrar la boda con la mayor celeridad posible, pero Clodagh se escudaba en
que «no podía hacerle tal cosa a su queridísimo amigo», sobre todo sabiendo
que él amaba en secreto a otra mujer. La otra mujer, por supuesto también
inventada, era una joven noble que quedaba totalmente fuera de su alcance.
Pero siendo este papel —el de enamorado sin esperanzas y con el alma en una
encrucijada por la promesa a un viejo amigo— con el que Royce más había
destacado entre los muchos que llegó a interpretar, no era de extrañar que el
merecido ultimátum de la señora Higgins estuviera demorando en llegar.
Era una sierva de Dios, pero mucho antes se consideraba una romántica
empedernida que soñaba con que al final hallaran el modo de ser felices, fuera
juntos o por separado.
—He traído una bandeja de té. —Señaló el juego de tazas y teteras con un
movimiento de cabeza—. ¿Se siente de humor para probar unos deliciosos
bollos de jengibre?
—Yo siempre estoy de humor para comer bollos, señora Higgins.

Página 107
Clodagh puso los ojos en blanco, pero acabó mirando con afecto a Royce
y apostillando:
—Al contrario que a la inmensa mayoría de enamorados, que pierden
peso cuando les chupa la sangre ese bicho perverso llamado amor, Negan no
ha dejado de comer desde que cayó por su dama.
La señora Higgins acomodó la bandeja y tomó asiento frente a la pareja
para hacer los honores con una sonrisa mansa.
—Ah… La famosa dama. Clodagh evita mis preguntas al respecto
constantemente. Parece más interesada en proteger su intimidad que usted
mismo, capitán Truman. ¿Jamás me dirán quién le quita el sueño?
—Algún día… —Se fijó en que más allá de la decepción por la negativa,
en el gesto comprensivo de la señora Higgins brotaba la desconfianza.
Dispuesto a cualquier cosa con tal de seguir teniéndola engatusada, Royce se
oyó diciendo sin pensar—: Qué demonios. Se lo diré ahora. Se trata de
Temperance Swansea.
Clodagh giró la cabeza hacia él con un gesto muy elocuente.
«¿Cómo se te ocurre?», le reprochaba en silencio.
—¿Temperance Swansea? —repitió la señora Higgins. Solo tuvo que
pestañear deprisa y forzar una mueca neutral para que Royce se diera cuenta
de que no alababa su gusto. Tensos segundos después, Royce lamentaba su
impetuosidad y la señora Higgins decía—: Bueno… No es hija de ningún
aristócrata, pero comprendo por qué la considera una fruta prohibida.
—¿Conoce a los Swansea?
La pregunta sorprendió a la señora Higgins.
—Todo el mundo conoce a los Swansea. Especialmente a la señorita
mencionada.
—¿Por qué motivo?
Clodagh soltó una de sus encantadoras carcajadas.
—No preste atención a nada de lo que este amante desesperado le diga,
señora Higgins —dijo, palmeándole el regazo—. Parece que no se entera de
lo que sucede en esta ciudad, pero en realidad lo que pasa es que es un
hombre enamorado. Vive en su propio mundo y allí no llegan los defectos de
la amada.
Royce comprendió con su respuesta que se le escapaba información sobre
Temperance; información básica de la que era conocedora incluso la discreta
señora Higgins. No obstante, esta se dio por satisfecha con el comentario de
Clodagh y asintió, comprensiva.

Página 108
—Negan es, además, un hombre sin prejuicios —prosiguió—. A
diferencia de los morbosos que hicieron circular toda clase de rumores sobre
las razones detrás del escándalo, que la señorita Swansea fuera abandonada en
el altar por su adorado prometido no ha afectado un ápice a su opinión sobre
ella. ¿Verdad, Negan? —insistió Clodagh al ver que Royce se sumía en un
silencio fúnebre—. Para ti, la señorita Swansea sigue siendo una criatura sin
mácula.
Él apenas cabía en su asombro. Pero no era la sorpresa lo que le había
paralizado, sino el bochorno y el desprecio hacia sí mismo. Ahora comprendía
el modo en que Temperance había reaccionado en Montagu House. Sabía lo
suficiente sobre el amor para resistirse a vivir de nuevo determinadas
sensaciones, lo que explicaba que estuviera a la defensiva, y también la
habían victimizado hasta tal punto que interpretaba las atenciones masculinas
como un peligro.
Esa era la herida, entonces. Una herida digna de ser llamada herida, y que
por extensión le convertía a él en un patán digno de ser llamado exactamente
eso: patán.
Royce negó con la cabeza.
—Debe de haberle afectado que se lo recuerde —le decía Clodagh a
Roberta en voz baja—. Negan aún no perdona a Riversey por el terrible daño
que infligió a la señorita Swansea. Por su culpa es la más inaccesible de todas
las mujeres del reino. Sabrá, señora Higgins, que la señorita Swansea se juró
no volver a prometerse en matrimonio. Antes preferiría morir con su apellido
de soltera.
—Es comprensible. Semejante humillación habría acabado con una mujer
más fuerte.
—Pero no la hay —murmuró Royce—. No existe mujer más fuerte.
Incluso un burro americano como él, el apodo con el que la señora
Swansea había tenido la gentileza de bautizarlo, era consciente del impacto
social que tenía un escándalo de semejantes proporciones. La ruptura de un
compromiso, aunque fuera en buenos términos, ya levantaba algunas cejas en
la sociedad londinense y marcaba de por vida a la mujer: se entendía que
debía de poseer un defecto imperdonable y sus antiguos pretendientes
decidían abandonar el barco. Pero ser plantada en el altar con el vestido
puesto y el ramo en la mano era mucho más que un desprecio; mucho más
que una venganza bíblica. Suponía matar social y emocionalmente a una
criatura.
Clodagh le sonrió con calidez al verlo contrariado.

Página 109
—No, no la hay. —Aceptó la taza que Roberta le tendió y dio un sorbo—.
Señora Higgins, ¿sabe qué iría muy bien con el té? Esas pastas que trajo ayer
el señor Higgins de su visita a los Galloway.
—¡Oh! ¡Tienes razón!
—Iré por ellas.
Clodagh solo tuvo que hacer el amago de levantarse para que Roberta
pusiera el grito en el cielo y se negara en rotundo a que arriesgara su estado
de buena esperanza. Ella misma se ofreció a bajar, y tan pronto como había
desaparecido por el pasillo, Clodagh se giró hacia el presunto y aturdido
Negan.
—¿En serio? ¿La señorita Swansea? —masculló, ruborizada como solo
una irlandesa de piel lechosa y pecas como chispas de fuego podía
ruborizarse: de forma tan notable que Royce casi empezó a sudar por el calor
que despedía.
—¿Cuánto va a tardar en traer las pastas? ¿Tres minutos? ¿Crees que en
tres minutos habrás empezado siquiera a insultarme todo cuanto necesitas
para quedarte en paz?
—Devoré esas pastas ayer por la noche. Por lo menos pasará quince
minutos buscándolas y otros veinte riñendo al señor Higgins por no haber
dejado ni las migajas. —Clodagh se dobló sobre el vientre abultado tanto
como se lo permitió la física para continuar farfullando—: ¿En serio, Roy?
¿No podrías haber elegido una dama que se aleje un poco más de tu actual
residencia? Te recuerdo que la señora Higgins trabaja para el Lyndon
Hallywell, y el señor Hallywell es muy cercano al señor Swansea, y el señor
Swansea…
—Es muy cercano a la señorita Swansea, sí.
—¿En qué estabas pensando?
—En sonar lo más creíble posible.
—¿En lo más creíble posible? ¿Qué se supone que significa eso? Royce,
creo que no eres consciente del riesgo que… —Su voz se fue apagando
conforme fue asimilando la respuesta. Solo entonces, Clodagh resumió su
tormento como la mujer perceptiva que era—: No me lo puedo creer. Es
verdad, ¿no?
—¿El qué?
—Has caído en las redes de Temperance Swansea —anunció en tono
solemne—. La conociste a la par que a tu prometida y te dejó obnubilado.
Tiene sentido.

Página 110
Como no sabía si irritarse o confesar su admiración, Royce la miró de
ambas formas: irritado y fascinado.
—¿Eso has deducido de seis palabras que he dicho?
—Y mucho más que no pienso decir en voz alta por miedo a herir tu
hombría, porque es obvio que me he dado cuenta antes que tú.
Royce desechó su comentario a la vez que daba un mordisco al bollito.
—Pamplinas. —Hizo una pausa para masticar—. Me di cuenta de mi
deslumbramiento en el preciso instante en que ocurrió, y no me causa rubor
decirlo.
—¿No te causa…? —repitió, atónita—. ¿Siquiera puedes empezar a
imaginarte la temeridad que es admitir los sentimientos ante uno mismo?
Después de eso llegan los deseos, y las expectativas, y los planes… y la
frustración cuando no se es correspondido.
—No tengo que preocuparme por nada. Que sea imposible me disuadió
desde el principio.
—¿Por qué es imposible?
—Porque me voy a casar contigo —repitió cansinamente.
Clodagh se puso de pie para apuntarlo con el dedo de los regaños. Le
pareció hasta cierto punto adorable, incluso conmovedor, que la muchacha
creyera su estatura o su presencia tan intimidatoria como para silenciarlo.
—Vamos a poner fin a este sinsentido aquí y ahora. Te lo dije cuando se
te ocurrió el disparate y te lo voy a repetir: no pienso casarme con ningún
hombre del que no esté enamorada.
Royce soltó el bollito sobre el plato, desganado.
—Debería darte vergüenza quitarme el apetito cuando, para variar, puedo
merendar en condiciones.
—No estoy bromeando, Roy. La convivencia ya demostró ser dura
cuando compartí lecho con alguien a quien amé. No me quiero ni imaginar lo
desgraciada que sería en un matrimonio si, al final del día, después de las
desavenencias, no me pudiera refugiar en el consuelo de amar a mi
compañero.
—Ya amas a tu compañero. Quizá no me quieras como quisiste a Jerry,
quizá nunca lo hagas, pero te preocupas por mí como yo me preocupo por ti,
y… Por el amor de Dios, ¿siquiera estamos debatiendo esta cuestión? ¡Baja
de las nubes! —Extendió los brazos—. ¡No puedes permitirte el amor en tus
circunstancias!
Clodagh lo miraba con los ojos empañados y sin enfocar la vista, como si
acabara de ver todas sus esperanzas haciéndose añicos.

Página 111
—Pensaba que si algo podían permitirse los pobres era el amor —musitó.
—Pero nosotros no seremos pobres nunca más. —Esperó a que se
recuperara, pero viendo que no decía nada, la atrajo hacia sí cogiéndola de la
mano—. He venido a Inglaterra para sacarte de este apuro y no pienso volver
a casa hasta haberlo conseguido, así que ve haciéndote a la idea. —Le apretó
los dedos, esperanzado, y le recordó marcando cada palabra—: Voy a reunir
todo el dinero que pueda, sea mediante estafa, hurto o trabajo duro, me da
igual el método, y voy a darle a esa criatura, además de la vida digna de la
que yo mismo gozaré, un apellido. No va a vivir el infierno que tú has estado
sufriendo, Clodagh.
—¿Y cómo piensas darnos tu apellido si necesitas desposar a Faith para
que te entreguen su dote? Puedes robarles hasta la cubertería de plata, que, al
final, esos escasos chelines se agotarán… a diferencia de la fortuna que te
pagarían por casarte con la Swansea.
Royce le dio un beso en la frente.
—No te preocupes por eso. Tengo un plan.
—Yo también tengo un plan, pero no querrás escucharlo porque pensarás
que no es tan brillante como el tuyo.
Royce suspiró, a caballo entre la ternura y la exasperación. Eran las dos
emociones que la terquedad de Clodagh solía despertar.
En él y en cualquier otro ser con sangre en las venas.
—Dime.
—No te cases con Faith. No quiero que le rompas el corazón a nadie… y
tampoco te lleves su dote.
—¿Y qué quieres que haga?
—Cásate con Temperance —resolvió—. Cuéntale quién soy, dónde estoy
y lo que me ha pasado. Aprovecha que su padre es un hombre honrado que
jamás le daría la espalda a las dificultades de su generoso yerno. Estaríamos
haciendo lo mismo, solo que sin arruinarle la vida a nadie.
—Estás depositando demasiada confianza en un puñado de ricos. Tú y yo
sabemos cómo se las gasta esa gentuza. No en vano hemos trabajado toda la
vida para ellos.
—No creo que los Swansea sean así. La señora Higgins habla maravillas
de ellos, y si los rumores que han llegado a esta casa no me engañan, no
tienen ni una fibra de maldad en el cuerpo. Es más: destacan por ser
especialmente particulares en todos los aspectos.
Royce negó con la cabeza.

Página 112
—No puedo arriesgarme tanto —murmuró tras un rato de deliberación—.
Sois la única familia que me queda.
—Por eso mismo tienes el deber de aumentarla por tu cuenta, Roy. —Le
acarició la mejilla con los dedos—. No puedes conformarte con nosotros.
—Como si fuerais poca cosa.
—No lo somos, pero fui la mujer de otro hombre y este niño no es tuyo.
¿Es que no deseas una esposa propia, un hijo que sea carne de tu carne?
Porque yo quiero un hombre que me ame. Y sé que está ahí, en alguna parte.
Sé que existe.
La seguridad con la que hablaba le conmovió, y no pudo resistirse a
abrazarla con cuidado de no aplastar al tercero en discordia.
La vida se había ensañado con ella desde el día en que nació y, aun así,
era tan optimista y confianzuda que no le extrañaba que al principio la
tomaran por una jovencita sin sesera. Pero la verdad era que la esperanza, por
absurda y dañina que pudiera parecer en según qué casos, florecía sobre todo
en los jardines descuidados, en el corazón de las ciudades; ahí donde en teoría
era imposible. Brotaba como las malas hierbas y nunca de forma sensata,
rompiendo el asfalto si era necesario. Royce tenía que respetar su forma de
pensar porque en el fondo él se sentía igual de positivo acerca de una vida que
tal vez no llegara jamás, pues por el simple hecho de haber nacido pobre
llevaba todas las de perder.
Royce solía pensar que la experiencia le había endurecido el corazón, pero
al cruzarse con Temperance Swansea se dio cuenta de que solo había estado
descansando y cogiendo aliento para echar la carrera más dura y exigente de
todas.
—Una mujer herida no es asunto menor —concluyó tras un rato de
meditación.
Clodagh le dio su conformidad con un cabeceo.
—De hecho, de una mujer herida nació el arte del envenenamiento —
apostilló. Al ver que Royce no había comprendido la referencia, tuvo que
añadir—: ¿Giulia Tofana? ¿No? ¿Has probado a leerte un libro alguna vez en
tu vida…? —Se encomendó a la ayuda divina lanzando una mirada
exasperada al techo y volvió a tomar asiento—. En fin. Herida más o herida
menos, cuéntame cómo es.
—No sé si tengo tiempo para una descripción pormenorizada. Me espera
un viaje a Portsmouth en las próximas horas.
—Entonces disponemos de horas, no seas tacaño. He oído tantas leyendas
sobre Temperance Swansea que estoy deseando obtener un relato de primera

Página 113
mano. ¿Cómo la conociste?
Royce se dejó contagiar de la naturalidad de Clodagh y fingió, esta vez
por placer y no por supervivencia, que era solo un hombre visitando a una
vieja amiga. Pero ella no era una vieja amiga. Era una nueva amiga, y no
respondía a la descripción de mujer corriente. En realidad era una bastarda
embarazada de un hombre que falleció antes de darle su nombre, y él tampoco
era simplemente un hombre. Era un farsante y un impostor. Un farsante y un
impostor que encima había cometido un error garrafal, uno imperdonable
entre los de su oficio.
Se había prendado de uno de sus objetivos.

Página 114
Capítulo 17

El señor Swansea debía de ser uno de los pocos burgueses a los que no les
importaba tanto el dinero como el proceso de producción. Cuando Hancock le
preguntó por qué había elegido la industria textil para emprender, Edison
había contestado que «le gustaban más los barcos que las telas, pero detestaba
la competitividad entre los empresarios navieros y así siempre podría
sorprender a su mujer con un trapo nuevo».
Aunque Edison fuera un enamorado de su trabajo, dos terceras partes de
su corazón seguían perteneciendo a su inmensa familia, otra empresa que
había levantado con aún más esfuerzo y sudor y que, aunque le reportaba
muchos menos beneficios económicos, prefería sobre todas las cosas. Por eso
había antepuesto el visto bueno de Faith a la visita a la fábrica que debieron
haber programado para el segundo día de visita del señor Hancock: si la novia
no estaba conforme con su prometido, Edison veía una pérdida de tiempo
incluirlo en sus proyectos.
Ni su esposa ni Temperance opinaban lo mismo. El problema central y
causa principal de la boda era que Hancock dirigía la misma empresa en
Nueva York y, sin importar la formalización del compromiso o la ruptura de
este, tendrían que estar en contacto con relativa frecuencia. El señor Swansea
se comportaba como si esto fuera un mal menor, pero la propiedad de
Hancock era un pensamiento recurrente entre los muchos que agobiaban a
Temperance por las noches. Incluso si conseguía deshacerse de Thomas
Royce Hancock, aún cabía la posibilidad de cruzárselo en sus viajes a las
afueras de Portsmouth, donde la hilandería de lino y algodón de Edison
Swansea llevaba un cuarto de siglo en pie. Y si eso era así, ¿de qué le serviría
quitarlo de en medio por el bien de su paz mental, si coincidirían de todos
modos?

Página 115
—Tu silencio me da escalofríos —comentó su padre en voz baja, con
cuidado de que el resto de los invitados a la visita no le escucharan—. Algo
debe de estar tramando Temperance Swansea cuando no se le ocurre una
inteligente apreciación para romper el silencio.
Temperance apartó la vista del río Avon para fijarse en la pareja que los
seguía de cerca. Hancock, acompañado de Mercy Reynolds, estudiaba la
construcción de la fábrica y recibía la sabiduría de su guía con semblante
inexpresivo.
—La señora Swansea dice que he nacido con el grave defecto de la
contradicción. Hablo cuando debo callar y guardo silencio cuando se espera
una reacción por mi parte. —Miró a su padre de soslayo—. ¿Qué reacción
está esperando usted?
—Espero tu veredicto sobre el señor Hancock. Tengo mi propia opinión
acerca de lo que te parece: no terminas de congeniar con él. Pero me gustaría
que me lo confirmaras.
Temperance le guiñó un ojo.
—Es evidente de quién heredé mi perspicacia.
Edison sonrió y le pasó el brazo por los hombros. Sus cálidos ojos
castaños apuntaron a la lejana figura de Hancock, y entonces se estrecharon
en una franja.
—Yo también tengo que decidir aún si me gusta. Es un tipo de lo más
misterioso.
Temperance se giró completamente hacia él.
—¿A qué te refieres con «misterioso»?
—A las circunstancias en las que apareció, que no cuadran en absoluto
con la clase de hombre que es. El otro día no encontraba la llave del cajón del
escritorio y sacó una ganzúa del bolsillo de la chaqueta para abrirla por mí. Y
por lo que tengo entendido, a una atractiva señorita se le rompió el zapato y
fue presto a atenderla con aguja e hilo. Está preparado para todo —resolvió
—. ¿Cómo consiguieron entonces robarle y arrojarlo al agua un grupo de
maleantes?
Su padre, siempre tan galante; dispuesto a ofrecerle una cómoda salida en
la misma conversación que le había servido de excusa para lanzar su
advertencia preferida: «Yo lo sé todo».
—¿Robarle y arrojarlo al agua? —preguntó Temperance con aire
inocente.
—¿No conoces la historia? Desde luego sería digno de formar parte de la
familia solo por su gran entrada. No podría casar a Faith con un hombre que

Página 116
no supiera causar una profunda impresión en los demás.
Temperance ocultó una sonrisa amarga. Le irritó que Hancock, en efecto,
cumpliera el más importante de los requisitos, aunque solo fuera porque a ella
sí le había causado una importante impresión.
—¿Eso es todo lo que le pide a su futuro yerno?
—Eso y el negocio de mi hermano pequeño, naturalmente.
Temperance levantó la barbilla hacia él.
—¿Le echa de menos? Al tío Humphrey.
—Se marchó de Inglaterra hace veinte años. Llevábamos tanto tiempo
alejados el uno del otro que su muerte solo ha confirmado lo que yo ya sabía:
no iba a volver a verlo. —Meneó la cabeza como si acabara de recordar una
melodía pegadiza, gesto que hacía para restarle hierro a todo asunto
susceptible de abatir los ánimos. Luego miró a su hija con esos ojos en los
que permanentemente chispeaba la simpatía—. Te habría gustado.
—¿De verdad? ¿Por qué, aparte de porque a los dos nos gusta controlar lo
que a usted le pertenece por derecho?
Edison soltó una carcajada.
—Tenía un temperamento de temer.
—Prefiero hablar de mi temperamento como uno que obedecer. Pero no
desvíe el tema, quiero saber cuál es esa historia sobre las circunstancias en las
que Hancock se presentó.
Su padre la complació describiendo con pelos y señales —y ánimo de
juglar— las características de su magistral entrada. Lamentó habérsela
perdido, aunque lo más probable fuera que su padre, fantasioso para las
historias, hubiese adornado algunos detalles. De todos modos, si Temperance
hubiera estado presente habría desvelado el verdadero motivo de su ropa
empapada, que no era otro que su intención de hacerse el galán. Y entonces…
Entonces Temperance se habría dado cuenta de que en el mejor de los
casos sería un mentiroso y un aprovechado. En el peor —y debía admitir que
esto la turbaba—, un impostor.
Se giró para inspeccionar el tema de la tarde. Esta vez no le importó que
Hancock se diera cuenta de su escrutinio en el camino hasta la entrada de la
fábrica. Examinó su chaqué prestado, los rizos que le acariciaban las orejas y
el sombreado de la barba.
Siempre había pensado que tenía un aspecto más hispano que americano.
Si podía mentir acerca del motivo por el que sus zapatos estaban empapados
para disfrutar de una larga estadía en Eaton Square, quizá también lo hubiera
hecho sobre su origen.

Página 117
La cabeza de Temperance trabajaba a toda velocidad, por un lado feliz de
haber hallado un motivo más para largarlo y por otro relativamente
decepcionada no haber dudado ni por un instante de que un desvergonzado de
su calaña pudiera ser, a su vez, un embustero.
El señor Swansea y Hancock se internaron en la fábrica y comenzó la
explicación del proceso de hilatura y el uso de la nueva maquinaria sin
desmerecer el impecable trabajo de los asalariados. Mientras, Temperance
sometía a juicio cada uno de sus movimientos y tramaba formas de hacerle
confesar qué diantres se proponía.
A pesar de que el señor Swansea estaba sentando cátedra sobre uno de los
temas predilectos de su hermana —las incorporaciones de patentes mecánicas
que favorecían la producción—, Mercy decidió rezagarse tan pronto como se
percató de que Temperance no estaba pendiente.
Pronto sintió su mirada clavada en la nuca.
—¿Hay algún problema? —le preguntó, entrelazando los dedos sobre el
regazo—. Miras al señor Hancock como si estuvieras deseando que se
tropezara.
—¿Se te ocurre una manera más justa de mirarlo?
—Se me ocurre una más educada, pero sospecho que consideras que no se
lo merece.
Temperance puso los brazos en jarras aprovechando que los socios las
habían adelantado.
—¿Por qué nadie me dijo que se presentó diciendo que le habían robado?
—Porque para cuando llegaste a madre ya se le había olvidado, y sabes
que padre se prohibió hace mucho tiempo hablar de temas desagradables. Es
su norma.
—No se prohíbe hablar de temas desagradables; se prohíbe hablar de
cualquier tema de forma desagradable —corrigió—. ¿Qué norma tienes tú
para ocultarme información, pues? ¿Por qué no me lo dijiste?
Mercy encogió un hombro.
—Porque no me creí su historia ni por un segundo.
Temperance levantó las cejas.
—Vaya, no te la creíste. Y aunque solo fuera por eso, ¿no te pareció que
sería importante compartirlo conmigo?
—Antes tenía que hacer mis propias conjeturas, y si lo hubiera comentado
contigo, al día siguiente habríamos tenido a Hancock en la cárcel, acusado de
intento de… —Se quedó pensativa—. No sé qué se te habría ocurrido después

Página 118
de mucho elucubrar, pero algo terrible habrías improvisado sin reparos por
ponerlo en un aprieto.
—Mer, es muy posible que ese hombre…
—Ese hombre ¿qué?
Temperance entrecerró los ojos. Esperó a que su padre y Hancock
avanzaran algo más entre las hileras de maquinaria y la conversación pasara
del desarrollo técnico textil a la competencia.
Entonces ladeó la cabeza hacia Mercy.
—¿Qué se te ocurre a ti que justifique esa entrada sospechosa? Podría
haber sido casualidad, por supuesto, pero dijo que había atracado en los
Docklands y los barcos que llegan del oeste atracan en el oeste —le recordó
—. En Bristol, quizá. Y eso por no mencionar sus modales.
—Pensaba que todos estábamos de acuerdo en que el asunto de la etiqueta
era un problema relativo a su origen americano.
—He tratado con unos cuantos americanos a lo largo de mi vida y sí,
estaban orgullosos de su… original modo de hacer, decir y pensar, pero
ninguno tiene esas manos callosas. A veces nos sorprende con todo un
despliegue de modales impostados, y en otras ocasiones parece que se le
olvida hasta cómo coger el cubierto. ¿No te parece sospechoso?
—Es un hombre particular —adujo con prudencia.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Eres la inteligente de la familia,
Mercy. No me decepciones ahora.
—Una cosa es ser inteligente y otra cosa es ser leída.
—Una cosa es ser inteligente, otra cosa es ser leída y luego está este
adjetivo: «pedante». A veces eres todas esas cosas a la vez. ¿Y bien?
—¿De veras quieres saber lo que pienso?
—No estaría mal.
Mercy suspiró.
—Creo que Hancock es un hombre desconfiado y no tiene ningún interés
en casarse con Faith, pero aceptó la amable invitación a Inglaterra para juzgar
por sí mismo el valor de lo que podría ser suyo, tanto nuestra hermana como
la asociación empresarial. Opino que, para formarse una imagen más
completa del cuadro, fingió perder su equipaje para observar a los Swansea en
su… hábitat natural. Estoy segura de que mintió nada más poner un pie en la
casa, pero no tiene por qué ser un maleante como parece que sugieres. Yo
diría más bien que nos está poniendo a prueba, lo cual es muy inteligente por
su parte.
Temperance torció la boca.

Página 119
—Tu explicación prácticamente legitima su presencia en nuestra casa. No
me sirve.
—No necesitas convencerte de que su presencia es ilegítima para no
enamorarte de él, Temper. Creo que el hecho de que sea el prometido de Faith
es suficiente.
Temperance se quedó de una pieza.
—¿De qué estás hablando?
—No lo sé muy bien —admitió, dudosa—. Yo no he visto nada extraño,
pero la otra noche Chase me dijo que había visto cierta complicidad entre
Hancock y tú. Él es quien se da cuenta de esos detalles.
Temperance forzó una risotada.
—¿Tu marido no tiene nada mejor de lo que hablar cuando os metéis en la
cama?
—Me lo contó mientras cenábamos. Obviamente, en la cama no hablamos
de ti. Sería extraño.
—Mercy…
—¿Es verdad? Te has puesto a la defensiva, así que debe serlo.
El señor Swansea se giró en ese momento para preguntar:
—Mercy, ¿podrías recordarme quién fue el lumbreras gracias al que ahora
disponemos de la maravillosa Mule Jenny?
—Samuel Crompton —respondió sin pensarlo—. Y el telar mecánico,
otra de nuestras mejores adquisiciones, corrió a cuenta del clérigo Edmund
Cartwright.
—Pero estamos reemplazando el telar mecánico por el de Jacquard —
agregó Temperance. Hancock dejó de prestar atención a la labor de uno de los
empleados y la miró con interés—, que apenas tiene veinte años y funciona
muy bien gracias a su automatismo.
—Veinticuatro años —corrigió Mercy—. Jacquard lo desarrolló en 1801.
—¿Cómo sabes que son veinticuatro? —la pinchó—. A lo mejor lo
desarrolló en diciembre de 1801, y todavía estamos en noviembre. Eso suma
veintitrés años y once meses.
—Es improbable que desarrollara nada en diciembre. Era un caballero
muy familiar y estoy segura de que durante las festividades navideñas cenaba
con su mujer.
—¿Sabe incluso que estaba casado? —se maravilló Hancock—. Es usted
una máquina de recopilación de datos, señora Reynolds.
Temperance puso los ojos en blanco e intervino.

Página 120
—La cuestión es que, independientemente de cuándo data el dichoso
instrumento, nosotros no lo adquirimos hasta un tiempo después porque
necesitó unos cuantos arreglos y era bastante cara. La sustitución de energía
humana por esta efectiva maquinaria ha favorecido al sistema fabril en las
hilaturas. Con máquinas de hilar, fuentes de energía hidráulica y una buena
dirección, ya tienes este resultado.
Con un ademán, Temperance abarcó el interior de la fábrica. La seguridad
con la que había hablado se convirtió en una especie de orgullo infantil
cuando Hancock sonrió en su dirección.
«No necesitas convencerte de que su presencia es ilegítima para no
enamorarte de él, Temper», resonó la voz de Mercy en algún rincón de su
cabeza. Tuvo que sacudirla para alejar aquella estupidez de la mente.
—Ojalá hubiera gente en América solo la mitad de capaz que usted. —
Hancock se giró hacia el señor Swansea—. Con hijas así no le hará falta
contratar a nadie.
—Si fueran hijos, no, no me haría falta. Pero debido a la naturaleza
femenina de las criaturas, mi esposa prefiere que bailen en Almack’s a que
trabajen en Portsmouth.
—Y es justo porque su opinión es la única que cuenta que no estamos
trabajando en Portsmouth —agregó la hermana mayor.
Hancock se echó a reír.
Temperance había percibido un ligero cambio en su actitud. Llevaba toda
la mañana desplegando su encanto y lanzándole miradas furtivas que le
ponían el vello de punta. Suponía que era su manera de pedir disculpas por el
modo en que se propasó en el Museo Británico, pero Temperance juraría que
el brillo de sus ojos sugería algo más.
—Es una lástima que no haya tenido ningún hijo varón —comentó
Hancock.
—En absoluto. Todas las aficiones que pudiera haber compartido con un
hijo son las que debato con mis hijas mayores. ¿Por dónde íbamos? —retomó
Edison, dándose la vuelta—. Ah, ya, John Marshall. Es el propietario de
Marshall’s Mills, la hilandería de lino de Leeds, y mi principal competidor.
No soy un hombre de grandes rivalidades. La guerra puede suavizarte el
impulso primitivo de destacar sobre tus iguales o eliminarlo por completo, y
en mi caso sucedió, afortunadamente, lo segundo. Sin embargo, el señor
Marshall me ha puesto fácil detestarlo por las condiciones en las que trabajan
sus asalariados. Pese a las numerosas críticas en periódicos locales, entre ellos
suele haber niños…

Página 121
Contrariada por las últimas nuevas, Temperance abandonó la fábrica y
decidió dar una vuelta por los alrededores. Habían asentado la fábrica sobre
una antigua construcción a orillas del río Avon para facilitar el necesario
trabajo hidráulico, para el cual contaban con un par de molinos y una máquina
de agua. Más allá de la fábrica se podía admirar la vastedad de las afueras de
Portsmouth. Se tardaba en torno a cinco horas en viajar de la capital a la zona
oeste de la costa, pero era un trayecto que a Temperance se le hacía llevadero
gracias a la presencia de su padre. Al igual que ella, al señor Swansea no le
importaba hacer una visita veloz a sus instalaciones para regresar el mismo
día. Apenas pasarían un par de horas para asistir a la cena en Londres esa
misma noche. La jornada siguiente habían programado otras actividades que
convencerían a Hancock de que Inglaterra era una potencia incomparable.
Temperance estaba segura de que se quedarían en el intento, porque parecía
que lo único que Hancock encontraba fascinante de aquellos lares era a ella.
Bordeaba el edificio con el ceño fruncido cuando escuchó un gimoteo
débil. Al principio pensó que lo habría confundido con el rumor del molino,
pero en cuanto pasó por el embalse que acumulaba el agua del río se dio
cuenta de que su primera intuición había sido la acertada: un muchacho
chapoteaba con el agua al cuello.
Temperance lanzó un grito ahogado y se aproximó a la orilla con las
faldas agarradas.
—¿Jimmy? ¿Eres tú?
—¡S-s-señorita Swan… Swan… Swansea! —balbuceó la criatura, tan
pálida por la temperatura del agua que debían de habérsele congelado hasta
las pestañas.
Daba brazadas sin fuerza.
—¡Jimmy! ¿Puedes salir de ahí tú solo?
—¡No… no sé n-n-nadar, seño… señorita!
—¡Dame un momento!
Temperance miró alrededor en busca de una rama que extenderle antes de
decidir que sería en vano. Con el corazón a punto de salírsele por la boca,
arrojó el chal al suelo y se tiró al agua. Gritó apenas emergió, sacudiendo la
cabeza. El frío la paralizó un instante, pero al ver a Jimmy con los ojos fuera
de las órbitas y tiritando como un enfermo se obligó a nadar hacia él.
—Por el amor de Dios, Jim…
Lo agarró del brazo con fuerza y tiró de él para alejarlo del molino.
Aprovechó que no estaba del todo congelada para nadar hacia la orilla.

Página 122
—¿Qué diantres hacías aquí? —le espetó—. ¿Tienes idea de lo peligroso
que es meterse en estas aguas, especialmente a mediados de noviembre?
Ella sí que tenía una idea, y aun así se había metido.
Menudo ejemplo estaba dando.
—Est-t-t-taba intent-t-t-tando arreglar el m-molino, señorita —balbuceó el
muchacho, abrazado a los hombros. Temperance sintió lástima por él. Debía
de haberse pasado un buen rato chapoteando. Tenía un aspecto insalubre—.
Parece que las algas que c-c-crecen bajo el agua lo han at-t-t-tascado…
—Sí, suele pasar, pero el que debe encargarse de desatascarlo no es el
muchacho que no sabe nadar —bufó—. ¿Quién ha tenido la brillante idea?
—P-P-Payton, señorita.
Temperance lanzó una plegaria silenciosa al cielo y luego miró el molino
varado con cara de circunstancia. No podía quedarse así.
—Yo me encargaré. De Payton también, como es natural. Ahora vete. —
Y lo empujó hasta que Jimmy consiguió encaramarse a la orilla.
Ya arrodillado sobre tierra firme, a la que se agarró como si hubiera
sobrevivido a un naufragio, pareció percatarse de que dejar a su patrona en el
agua no era lo más apropiado.
—Pero señorita…
—Nada de «señorita». Ya has hecho suficientes tonterías por hoy. ¿Qué le
habríamos dicho a tus familiares si te hubiera pasado algo? —lo regañó,
tratando de obviar que el frío empezaba a calarle los huesos. Se impulsó con
energía desde el fondo, compleja tarea con las enaguas tirando en la dirección
opuesta, y se colgó del molino para activarlo con su propio peso—. Vamos,
busca ahora mismo una lumbre en la que refugiarte y quédate allí hasta que
entres en calor. Pero tráeme a alguien grande que me ayude a poner esto en
marcha.
—Sí, s-s-señorita. ¿A q-q-quién? ¿Llamo a s-s-su pa… p-p-padre?
—No creo que vaya a ser necesario —intervino una voz grave.
Temperance alzó la barbilla con un nudo en el estómago: Hancock estaba de
pie en la orilla, la chaqueta a sus pies, y se aflojaba el pañuelo del cuello para
intervenir—. Alguien grande se presenta voluntario para la aventura.

Página 123
Capítulo 18

No se le ocurrió una excusa lo bastante rápida para descartarlo. Y, en


realidad, sería una pésima idea teniendo en cuenta lo calamitoso de la
situación. Empezaba a entumecerse por la baja temperatura del agua y no
estaba tirando faroles cuando decía que necesitaba una mano amiga. El
problema era que Royce Hancock no tenía una fibra de amistoso en el cuerpo
que zambulló en el agua y nadó a grandes brazadas para llegar a ella. Era todo
sensualidad y provocación, e incluso con el agua hasta el pecho, Temperance
sintió que sus pensamientos tomaban sendas peligrosas al retener la imagen
de la ropa ceñida a su torso.
—¿Cuál es el problema?
Temperance pestañeó, perpleja.
—El problema es que no quería chapotear sola. ¿A usted qué le parece?
—rugió—. El molino ha decidido tomarse un descanso. Jimmy me ha dicho
que las algas del fondo lo han varado, pero lo cierto es que por muy frondosa
que sea la vegetación es improbable que detuviera el movimiento.
Royce la miró. A Temperance le vino a la cabeza un comentario lejano
que había hecho su hermana hacía ya tiempo: uno sobre gatos pardos a los
que les sentaba bien mojarse.
—¿Y qué es lo que sugiere hacer?
—Pues visto que mi peso no basta para reactivarlo, creo que deberíamos
buscar el origen del problema…
Antes de que terminara de hablar, Hancock se encaramó al mismo saliente
del molino del que Temperance estaba colgada y mantuvo su peso en vilo
durante unos segundos.
—¿Qué hace? ¡Ya ve que el peso no basta, y si lo fuerza al final solo
conseguirá que se parta en dos!

Página 124
Temperance cerró la boca en cuanto el mecanismo se puso en marcha.
Tan pronto como la magia se hizo, Hancock soltó el resalte que le había
servido de apoyo y puso los pies en el suelo del fondo. El agua apenas le
cubría por encima del ombligo, dejando a la vista las prendas empapadas que
se ceñían a los músculos como una segunda piel.
Se obligó a apartar la mirada enseguida.
—De todos modos quiero averiguar qué lo estaba bloqueando, porque si
volviera a suceder y otro asalariado decidiera hacerse el héroe metiéndose
en…
—Hay veces que los molinos hidráulicos se paran porque la inercia no es
suficiente para mantenerlos en movimiento. No tiene por qué haber nada que
lo bloquee; si lo hubiera habido, la madera se habría partido. Dicho esto —
prosiguió, ladeando la cabeza—, me gustaría disculparme por la manera en
que me dirigí a usted durante nuestro último encuentro.
Temperance lo fulminó de un vistazo, todavía con las manos agarradas al
molino.
—¿Le parece que este es el momento oportuno para charlar?
Hancock la miró de arriba abajo, y solo entonces Temperance fue
consciente de las vergonzosas consecuencias que traía estar empapada ante un
hombre. Ese día había tenido el mal tino de estrenar un vestido de un azul
muy pálido, y no importaba que la tela fuera gruesa, porque no hubo ni una
sola parte de su cuerpo que no quedara expuesta.
—Sería el momento apropiado para otro tipo de actividades, pero es usted
una dama y no voy a decir a cuáles me refiero. ¿Acepta entonces mis
disculpas?
—¿Me pide perdón por propasarse en la misma oración en que vuelve a
insinuarse? Tiene usted una cara muy dura, señor Hancock. Me haría un favor
si se fuera al diablo.
La vehemencia de la respuesta plantó una sonrisa en su rostro atezado.
—Me parece que si quiere salir de aquí sería oportuno que no me fuera a
ninguna parte.
—¿Qué se cree?, ¿que necesito su ayuda?
Se dio la vuelta con la intención de salir del agua, pero aunque intentó dar
una brazada para dirigirse a la orilla, no pudo moverse. Pensó que Hancock la
había agarrado para obligarla a mantener una conversación de la que
renegaría hasta que ambos perdieran la paciencia. Y no. Pronto se dio cuenta
de que el vestido se había enganchado con Dios sabía qué.
Temperance gruñó en voz alta.

Página 125
—¡Lo que me faltaba!
Oyó la risa sofocada del señor Hancock.
—Deje que la ayude.
—¿Qué piensa hacer? A ver si lo adivino: quitarme el vestido. Rápido,
eficaz y encima disfrutaría del proceso.
—No disfrutaría humillándola frente a los trabajadores de su padre,
porque después de quitarle el vestido tendría que salir del agua y enfrentarse a
la opinión popular. Intentaré desenredarlo.
—¿Y con qué piensa desenre…?
La dejó con la palabra en la boca al sumergirse. Temperance se quedó
inmóvil con la mano apoyada en la base de madera del molino hidráulico.
Esperó con el corazón bombeándole en los oídos y temblando de frío a que se
hiciera notar poniendo una mano en su tobillo o rozándole el muslo, pero lo
único que sintió fue un tirón en la parte del vestido que la tenía inmovilizada.
Agachó la barbilla para buscar su cabeza morena entre las sombras del agua,
pero las ondas de la superficie y la oscuridad del fondo le impidieron
localizarlo.
Emergió unos segundos después: los rizos pegados a la frente, a las
sienes, y los ojos algo enrojecidos.
—Me parece que vamos a tener que cortar, señorita Swansea. —Ella
debió de hacer una mueca muy cómica, porque Hancock volvió a reírse—. No
voy a serrarle la pierna, descuide, pero es posible que tirando me lleve una
fila de volantes.
—¿Se cree que me importa perder una fila de volantes? —gruñó—.
Comparado con perder la vida por culpa de la hipotermia, me parece un buen
trato.
—Lo tomaré como que me da su beneplácito.
—Pero ¿qué va a hacer? ¿Con qué piensa cortarlo?
Hancock coló la mano bajo el lateral de la chaqueta empapada. Cuando
sacó una pequeña navaja plegable de a saber dónde, Temperance imaginó que
habría recurrido a sus misteriosos bolsillos internos.
—¿Qué más tiene ahí? —preguntó, acuciada por la curiosidad.
—¿De veras quiere que le muestre ahora mi montón de chatarra? —Ante
el silencio de Temperance, no le quedó otro remedio que aceptar el reto—.
Cuando estemos fuera del agua le dejaré investigarlo por sí misma.
—Estupendo. Pero que quede claro que si sacara el santo grial no me
sorprendería un ápice.

Página 126
—Si tuviera el santo grial en los bolsillos, señorita, no creo que estuviera
aquí.
Dicho eso, volvió a sumergirse.
Esa vez sintió algo más aparte de una sólida presencia nadando en sus
proximidades. Notó que el vestido que flotaba alrededor de sus tobillos dejaba
de protegerla. Al notar el frío entre las piernas se temió lo peor, y confirmó lo
que había sospechado cuando Hancock emergió con una importante cantidad
de tela.
—¡Ha dicho una fila de volantes! —le espetó. Se llevó la mano a la
mandíbula y la manipuló, avergonzada: había balbuceado al responderle,
señal de que iba perdiendo la sensibilidad por culpa de la temperatura.
—Lo lamento.
—No lo lamente tanto y piense en soluciones. No puedo salir así del agua.
—Le dejaré mi chaqueta y se lo explicaremos a su padre tal y como ha
sucedido.
Temperance abrió la boca para maldecirlo en todos los idiomas conocidos,
pero al mirarlo a los ojos halló el refugio para no caer en la histeria, una
calma y una seguridad tales que dejó de notar los miembros ateridos. Un
sorpresivo cosquilleo interno la invadió desde el ombligo hasta la garganta,
donde el calor le impidió formular respuesta.
Hancock extendió los brazos para que se aferrara a ellos y Temperance no
vaciló, de pronto con la mente en blanco. Dejó que él la rodeara como al
objeto más valioso del naufragio y la guiara, sin dejar de apretarla contra su
costado, a la orilla oculta tras el molino.
Hacía pie y sabía nadar. Podría haber interrumpido el silencio exigiendo
que apartara sus manos de ella. Pero imaginó que se arrepentiría de haber
perdido la oportunidad de sentir su cercanía e incluso se arrimó más,
temblorosa y tan emocionada que parecía que la hubiera salvado de una bestia
inmortal y no de un patético accidente.
Hancock la tomó por la cintura para sacarla del embalse. No pareció notar
que pesaba el doble por culpa de las prendas mojadas. Temperance se sintió
etérea y femenina cuando la depositó en la orilla como si no quisiera que se
rompiese. Segundos después, el hombre de las extremidades infinitas se
incorporaba con la misma expresión que si hubiera hecho aquello mil veces
antes. Su comodidad enfrentando situaciones que se salían de lo habitual hizo
brotar la duda que su padre había sembrado en ella, y mientras dejaba que él
la ayudara a ponerse en pie, balbuceó:
—¿Por qué parece que ningún problema le viene grande?

Página 127
—Porque por si no se ha dado cuenta, soy un hombre grande. Estos
problemas están hechos a mi medida.
Temperance no sintió la sonrisa. Notaba las facciones acartonadas por el
frío, igual que las piernas. Le costó tanto mantener el equilibrio cuando puso
los pies en tierra que tuvo que aferrarse a los hombros masculinos para no
caer redonda.
Hancock la abrazó por la cintura y la apoyó en su pecho.
—Es usted un desvergonzado y un arrogante.
—Y usted se convertirá en una estalactita como no se quite el vestido. Iré
a buscar ayuda.
—No. —Lo detuvo abrazándolo de vuelta, gesto que los sorprendió tanto
a ambos que no dijeron nada durante unos segundos. Solo se miraron entre
incrédulos y nerviosos—. No quiero que mi padre me vea. Se preocupará sin
necesidad, y a lo mejor se le ocurre casarnos para evitar un escándalo. Hay un
cobertizo aquí cerca donde podremos encontrar mantas.
—¿Un cobertizo? —Enarcó las cejas—. ¿Se está usted prestando a
quedarse a solas conmigo en un espacio cerrado?
—Así es. —Sus dientes castañetearon—. Fíjese a lo que me expongo con
tal de sobrevivir.
—Y tanto a lo que se expone. Me parece que se fía usted demasiado de
mí.
«Si él supiera que de quien menos me fío es de mí», pensó con amargura.
—Me arriesgaré. Mi integridad física peligraría bastante más si mi madre
me viera en estas fachas.
Hancock sonrió y, en lugar de ofrecerle su chaqueta como había
prometido al principio, se agachó para alzarla en brazos. Temperance se
mordió la lengua para no gritar y se aferró enseguida a su cuello para
mantener el eje.
—En ese caso estaré encantado de ser su héroe.

Página 128
Capítulo 19

El cobertizo funcionaba como almacén de maquinaria y retiro para


almorzar o descansar de la jornada, por lo que allí se amontonaban algunos
efectos personales, como mantas y prendas de ropa —además de carretas y
ruedas de repuesto—, entre miles de utensilios a los que no prestó atención.
Temperance tenía la llave que lo abría y solía colgársela al cuello cuando
rondaba la fábrica, por lo que no tuvo problema para acceder ni tampoco para
bloquearle el paso a quien quisiera entrar. Solo meter la llave en la cerradura
le costó un gran esfuerzo: le temblaban las manos y no sentía las puntas de los
dedos, pero si aquella hubiera sido la única inconveniencia no se habría
preocupado hasta el extremo. El problema mayor era que tampoco se sentía
inquieta porque fuera a encerrarse con Royce Hancock, sino todo lo contrario.
Una inoportuna excitación que no tuvo valor para despreciar mantenía su
cuerpo lo bastante caliente para no desmayarse de frío.
¿Dónde habían quedado sus sospechas acerca de las rastreras intenciones
del americano? O sus propias reticencias hacia los hombres como él, dicho
fuera de paso. Hombres capaces de alterar su sistema con una simple mirada.
Los recelos estaban ahí, dentro de ella, pero se iban extinguiendo como lo
hacía a su vez el poco calor que conservaba.
Hancock la llevó en brazos hasta la chimenea apagada.
—¿Me perdona por hacerla quedar como una damisela en apuros? Tengo
la impresión de que si por algo pudiera odiarme, sería por eso mismo.
Si por algo pudiera odiarlo, pensaba Temperance con tristeza y
resignación, sería por no tener las fuerzas ni la vergüenza para odiarlo en lo
absoluto. No había hecho otra cosa que intentarlo desde que había aparecido,
y ni por su desfachatez, ni por la continua falta de respeto hacia su hermana,
ni por las libertades que se tomaba con ella, había conseguido algo distinto de
aborrecer cómo su cuerpo traicionero se sentía atraído hacia el masculino. Era

Página 129
una bomba de calor de la que le dolió alejarse cuando la depositó sobre las
mantas apiladas.
Le dirigió una mirada indescifrable mientras él buscaba carbón para la
lumbre.
Si tan solo supiera que le costaba repudiar el papel de damisela en apuros
cuando la apretaba contra su costado como lo había hecho al trasladarla…
Temperance se despreciaba por lo ilegítimo de sus sentimientos y, al mismo
tiempo, se alegraba de que experiencias del pasado no la hubieran convertido
en una desalmada. Riversey debería haberse llevado consigo hasta la última
chispa de pasión capaz de prenderla, pero la sangre de los Swansea era más
poderosa que la humillación, la deslealtad o la vida misma, y latiría en ella
eternamente como latía en toda su familia; elevando el deseo de amar sobre el
sentido común y fortaleciendo el talento de hacerlo bien.
Temperance observó en completo silencio que el fuego recién prendido se
reflejaba en las duras facciones de Hancock. Tenía el perfil de un general
romano. No podía sacarse la imagen de Marco Antonio de la cabeza cuando
lo miraba de reojo, procurando que no se diera cuenta del escándalo que
suponía sentir curiosidad hacia él. Solo que Marco Antonio había sido
descrito como una víctima de la impulsividad y lo visceral, dueño de un
corazón lo bastante grande para entregar la mitad a Cleopatra y la otra parte a
su imperio y que por un tiempo ambos se dieran por satisfechos.
Hancock era más bien calculador, parecía siempre presto para la acción y
tenía la sensación de que su envidiable control sobre sí mismo le impediría
echar a perder los que fueran sus planes por un mínimo cupo de placer.
Se preguntaba cuál sería su secreto, ese que le pareció intuir en el juego de
sombras reflejado en su rostro cuando ladeó la cabeza hacia ella.
Temperance encontró enseguida una excusa para justificar su examen.
—No se crea que no me he dado cuenta de que ha sacado fósforos de
fricción y una caja de yesca para encender el fuego. Puede que no tenga el
santo grial, pero parece que sí lo necesario para salvar a una mujer.
—Mis bolsillos están aquí. —Extendió un brazo, recostado junto a la
chimenea—. Venga a confirmar su teoría.
Temperance aceptó el reto sin reservas. Se incorporó con dificultad, y
apenas obtuvo su asentimiento, infiltró la mano en el interior de la chaqueta.
—Veamos… Una ganzúa. —Se la mostró como si no supiera ya que
estaba allí—. Tabaco de mascar, una lupa… Esto que estoy palpando parece
una moneda, así que no lo sacaré. ¿Polvo de rapé? Vaya, señor Hancock…
Yo no llamaría chatarra a todo lo que acumula.

Página 130
—Todo está ahí por si acaso. —La tomó de la muñeca y se la acarició con
la yema del pulgar—. ¿Por qué no se ha quitado usted la ropa aún?
Si esperaba que respondiera alguna mojigatería similar a «espero a que se
dé la vuelta», no lo obtendría de parte de Temperance.
Aunque hubiera fingido todos los caracteres imaginables —en su
presencia había sido una clasista irritable, una descarada sin escrúpulos—,
Temperance sabía que él conocía las motivaciones de su hacer y, por ende, su
verdadera esencia. Sabía que ya había estado desnuda ante un hombre, sabía
que Temperance entendía el amor y el dolor. Sabía de sus intimidades porque
Hancock lo sabía todo sobre cualquiera en quien decidiera posar sus ojos, y
los suyos llevaban tanto tiempo sobre ella que lo extraño hubiera sido que no
la hubiese descifrado aún.
No había nada que descifrar, de todos modos. Temperance había sido el
hazmerreír de Inglaterra durante años y Hancock conocería el escándalo en
que se vio envuelta, aunque por una vez hubiera sido lo bastante caballeroso
para no mencionarlo.
Viendo que no hacía nada, en parte porque el silogismo la había absorbido
y en parte porque no podía moverse, Hancock se prestó a ayudarla. En
silencio, se arrodilló ante ella y esperó a que asintiera con la cabeza para
retirarle los zapatos en primer lugar; luego siguieron las medias, que deslizó
por su piel como si temiera que sus piernas fueran a deshacerse.
—¿Usted no tiene frío? —murmuró. Se había quedado obnubilada con la
visión del americano sacándole las medias empapadas y frotando las
pantorrillas desnudas para devolverle la sensibilidad en la piel.
Hancock la miró con una sonrisa que se le antojó tierna.
—¿Cómo iba a tenerlo en su compañía?
—En mi compañía debería morir de hipotermia, señor Hancock. Por si no
se ha dado cuenta, intento ser fría con usted.
—«Intentar» es el verbo adecuado. No lo consigue. —Hizo una pausa
para mirarla, seguramente esperando que se quejara o lo maldijera por
exponer de ese modo su gran debilidad. Sin embargo, Temperance aceptó la
derrota con deportividad, y él agregó—: Usted misma dijo que acostumbra a
hervir la sangre de los hombres. Una mujer volcánica y temperamental no
puede dejar a nadie helado.
—Pues el volcán se ha apagado, porque no siento el cuerpo.
Hancock le acercó un puñado de mantas de lana dobladas.
—Desnúdese y cúbrase con esto. Estaré esperando fuera.

Página 131
—¿Fuera? ¿Al otro lado de la puerta es como piensa desabrochar los
corchetes del vestido?
Hancock enarcó las cejas a la espera de que le asestara el golpe que solía
seguir a una coquetería. Pero ella acompañó su respuesta de una mirada
incitante, y él aceptó la invitación armándose con un gesto inexpresivo.
Temperance supo que la situación estaba por encima de su autocontrol:
detectó el temblor en sus dedos un segundo antes de situarse a su espalda y
desanudar los lazos.
Esperaba que tardara un minuto a lo sumo. Imaginaba estar ante un
mujeriego acostumbrado a los corsés y las enaguas, pero o bien no era tan
avezado en asuntos amatorios como había anticipado o se estaba demorando
adrede para paladear el excitante silencio. Temperance lo escuchaba respirar
muy cerca de su oído.
El vestido cayó a sus pies: un despojo de tela que no podría reutilizar.
Temperance se quedó mirando la lana celeste solo para no tener que enfrentar
a Hancock y pensar en su próximo movimiento. Él se hizo cargo de la
decisión tirando también de los lazos del corsé, las enaguas y toda la
parafernalia que la salvaba de la desnudez.
—Esto también está mojado —susurró como toda justificación.
Temperance solo tragó saliva y asintió, absorbida por la deliciosa
conmoción que suponía su cercanía. Hancock había dado un paso hacia
delante y la rodeaba con los brazos desde atrás, completamente pegado a su
espalda, para desabotonar la abertura delantera del corsé.
Suspiró aliviada al ver sus pechos liberados. Se habría ruborizado al
saberse en cueros ante él, pero la sangre todavía no llegaba a sus mejillas.
Toda esta empezaba a concentrarse entre los muslos, que una corriente de aire
limpio rozó tan pronto como el resto de las prendas cayeron a sus pies.
De pronto ya no hacía frío. De pronto estaba ardiendo, y el silencio que
reinaba en el cobertizo bombardeaba su mente con imágenes del todo
indecorosas.
—Señorita Swansea… —musitó Hancock. La fragilidad en su tono era tal
que se quebró; sonó como el gemido agónico de una presa herida.
Temperance se tensó hasta que se le agarrotaron los dedos de los pies—.
Señorita Swansea, debe saber que yo…
El gruñido que barbotó de su garganta no fue humano. Sus labios dejaron
de moverse, y Temperance lo supo porque los sintió pegados a su nuca, al
cuello helado que empezó a derretir con besos perezosos. Ya a su merced,

Página 132
Temperance cerró los ojos para disfrutar en secreto de lo que nunca podría
admitir en voz alta.
A veces le gustaba que la desearan. A veces deseaba gustarle. No a los
hombres, sino a él. Y quizá no «a veces», sino constantemente.
Las manos de Hancock rodearon sus pechos. Parecía que él hubiera salido
del infierno en lugar de un embalse de agua helada: la fricción de sus palmas
contra los pezones encogidos, casi agrietados por el frío, la hicieron entrar en
calor poco a poco. Temperance bajó la mirada para observar cómo la tocaba,
cómo sus manos morenas se deleitaban apretando y acariciando una zona tan
sensible para ella. Se mordió el labio para no gemir, pero acabó suspirando y
aquello fue más de lo que Hancock pudo soportar. Lo sintió pegarse a ella, y
entre la ropa fría que le humedeció la espalda notó su erección contra la baja
espalda.
Estuvo a punto de pedirle que se detuviera, porque estaría mintiendo si
dijera que no pensaba en lo sospechoso de su aparición; que no se preguntaba
qué pensaría Faith sobre lo que estaba pasando. Pero no lo hizo porque no
importaba quién fuera Royce Hancock, solo importaba la verdad de su calor
humano, y porque entre los planes de Faith siempre estuvo que algo parecido
a aquello sucediera: que lo sedujera. Tal vez no de un modo tan explícito, tal
vez sin cruzar límites infranqueables, pero era tarde para ponerle freno.
Temperance apoyó la cabeza en su hombro y la ladeó para hacerle más
sencilla la travesía de besos, iniciada en la clavícula y con el tan anhelado
destino: sus labios. Sintió las cosquillas de su barba incipiente contra la piel,
que seguramente estaría dejando un rastro rojizo. Temperance gimió y se dio
la vuelta cuando creyó que estaría preparada para mirarlo a los ojos.
Había sobreestimado su propio aplomo, porque sus convicciones se
tambalearon al borde del abismo de la locura cuando se vio reflejada en su
mirada oscura. Allí iban a morir todos los pecados del mundo, y ella jamás
había sido virtuosa porque nunca lo quiso. Esto no quería decir que estuviera
orgullosa de sus errores, pero al ver su propia lujuria mezclada con la de él en
dos pupilas hambrientas, la sintió honesta y hasta hermosa; algo que debía
suceder si algún día quisiera decir que se había sentido completa.
Temperance le recorrió la cara con los dedos. Las facciones marcadas, las
cejas pobladas, la línea de las pestañas; acarició con la yema del meñique esa
línea que dividía su barbilla, ese hoyuelo masculino de la perdición. Era un
hércules atractivo y maravilloso, y por cómo la estaba mirando parecía que él
tenía una opinión similar sobre ella.

Página 133
Sin apartar la vista de su rostro, Royce le quitó las horquillas del moño
una a una. Dos ojos intrigados y radiantes la escrutaban calculadoramente;
parecía querer memorizar la aleatoria disposición de sus pecas, comprobar su
vital respiración e incluso leer sus pensamientos. Temperance pensó que la
decepcionaría si hablaba en ese momento, que rompería el hechizo en el que
necesitaba hallarse inmersa para dejarse llevar, pero su voz ronca la partió de
deseo cuando dijo:
—Creo que las mujeres ricas lleváis tantas horquillas para que solo por
pereza desistamos de nuestro deseo de amaros.
Temperance se puso de puntillas y le recorrió los labios con la yema del
índice.
—Un hombre que comete el pecado de la pereza no merece caer en el de
la lujuria.
Hancock hundió los dedos en su melena liberada. La mantuvo pegada a su
rostro, a su nariz; respirando a grandes bocanadas, como si quisiera llenarse
los pulmones de ella. Estaba tenso y sobrepasado por la oleada de pasión que
Temperance había inspirado en él solo entreabriendo la boca.
—Llevo cometiendo ese grave pecado desde que la vi por primera vez —
murmuró con vehemencia—. En mi mente le hago el amor incluso cuando
estoy dormido. Domine mi raciocinio o me halle a la deriva del sueño, usted
aparece para tentarme. Y nunca consigo reprimirme.
Su confesión le cerró los ojos como los cerraba la degustación de un
manjar delicioso. Temperance se estremeció, sacudida por el escándalo de sus
palabras prohibidas y a la vez arrebatada de pasión. Llevó las manos a su
camisa y se la sacó por la cabeza sin que él pusiera resistencia. La visión de
su torso amplio y velludo envió una nueva corriente de placer por todo su
cuerpo. Era más grande incluso, la viva imagen del poder masculino.
Hancock la besó, y ese beso no tuvo nada que ver con el primero,
explorador y sorpresivo para ambos por las emociones que disparó, o con el
segundo, tomado a traición para aturdirla y robarle un pedacito más de su
limitada cordura. Ese beso aulló desesperación, y podría haberla absorbido en
su espiral de fuego si sus manos no la hubieran hecho consciente de su
corporeidad recorriéndola con impaciencia. Mientras ella intentaba quitarle el
pantalón, Hancock lamía y mordisqueaba sus labios cada vez más blandos,
cada vez más desinhibidos al suspirar, y seguía el circuito moldeado de sus
curvas para despistarla. Así le sorprendió cuando él llegó al triángulo de vello
oscuro y palpó en busca de la nada tímida humedad que revelaba ya sin
juegos cuánto lo deseaba.

Página 134
—Usted tampoco es indiferente a mí —le susurró, prodigando caricias
circulares al botón de placer central—. Dígamelo. Dígame que también me
necesita.
Temperance se aferró a sus hombros con las uñas. No sabía si cerrar las
piernas para detenerlo o separarlas más aún. Sentía que no podría aguantar su
propio peso por mucho más tiempo si las caricias continuaban, y, por
supuesto, continuaron incluso cuando internó dos dedos en su cuerpo.
—Señor…
—Royce —le pidió—. Quiero que diga mi nombre aunque solo sea una
vez.
—Royce —repitió, agarrada a él con pánico a desfallecer entre sus brazos.
—Dígamelo —insistió, con la boca pegada al cartílago de su oreja. Ya no
había una sola parte de ella que no estuviera ardiendo—. Dígame cuánto me
anhela.
—Le deseo —admitió. Y no salió de sus labios como una tortura o una
condena, sino con alivio, con verdadera alegría. Pese al miedo y lo que fluía
en contra, adoraba desearlo porque significaba que no había perdido el
corazón para siempre en la primera apuesta—. Le deseo más que nada en este
mundo.
Royce sonrió pegado a su mejilla. Lo sintió como sentía sus manos entre
las piernas y como aún latían sus besos en las zonas cutáneas por la que
habían causado estragos. Solo entonces, como recompensa, la tomó en brazos
y la tendió sobre el montón de mantas. Ni todas estas, pegadas a su piel
sudorosa, consiguieron igualar la intensa mirada que él le dirigió al
arrodillarse ante ella: aquello fue en realidad la causa de que entrara en
combustión.
Le separó las piernas despacio, acariciando y besando sus rodillas, las
pantorrillas, los empeines. Temperance se sabía desnuda y expuesta a su
mirada, pero no podía pensar en ella cuando en el rostro de él llameaba la
verdadera necesidad. Entonces trepó por su cuerpo tal y como Dios lo trajo al
mundo, y clavó en Temperance una mirada que supo que la perseguiría allá
donde fuera.
—No piense que solo me carcome la lujuria como a tantos inmorales —
habló en tono suplicante, arrasado por algo que parecía dolerle—. He
experimentado el deseo antes, sí, pero jamás me ha devorado de este modo.
Siento que otro respira por mí cuando estoy con usted.
Temperance tuvo que tragar saliva antes de hablar.
—¿Por qué me dice esto?

Página 135
—Porque me aterra que pueda pensar que lo que está pasando no es más
que una treta mía para obtener placer, que solo busco mi satisfacción.
Arriesgo toda mi vida por esto, Temperance. —Le retiró un mechón de la cara
amorosamente—. Y no me importa. Ni mi vida vale tanto.
Más tarde, Temperance entendería su confesión como una referencia al
matrimonio con Faith. Pero en ese momento no le buscó sentido.
Ojalá hubiera encontrado la voz para pedirle que se ahorrara las palabras
bonitas. Toda la vida había fingido que no las necesitaba cuando en el fondo
solo estas podrían ayudarla a perdonarse su libertinaje. Pero también serían
las que la atormentarían cuando antes de entregarse al sueño recordara retazos
de la escena. Recordaría que vio devoción en los ojos de Hancock, como la
vio una vez en los de otro hombre, desleal y malicioso, y se preguntaría por
qué la fingieron. O por qué, si no la fingieron, se desvaneció tan deprisa. O
por qué, si no la fingieron, no demostraron su amor con algo más duradero
que el placer carnal… Como una promesa que estuvieran preparados para
cumplir.
Pero en los ojos de Royce había más que una promesa. Temperance
todavía no sabía qué era ni qué podía valer más que eso, y tampoco quiso
descubrirlo cuando él la cubrió con su cuerpo de acero y se insertó en ella.
Temperance cerró los ojos para resistir a la primera punzada de dolor, que
desahogó abrazándolo por los hombros y clavándole las uñas; marcando de
alguna manera al hombre que nunca sería suyo, que después de aquello se
levantaría y la abandonaría como hizo el otro. Pero mientras durase, se
entregaría a su ritmo y a la nube de calor que la alejaba de la realidad, a sus
besos devotos en las mejillas y el pecho, a las embestidas salvajes que la
hacían rebotar y la obligaban a buscar un agarre más firme. Tan firme como la
determinación de Royce a robarle suspiros. Se los robó, sin duda, se los robó
hasta que se retorció de placer y se vio a sí misma sollozando, pidiendo más,
arañándole la espalda y tirándole de los rizos de la nuca. Le temblaban las
piernas cuando no las usaba para apretarlo por la cintura para inmovilizar el
movimiento rítmico, certero y delirante que la empujaba cada vez más a un
éxtasis que nunca creyó volver a experimentar. Pero el éxtasis surgió entre sus
muslos como si no hubiera habido una primera vez, como si esa fuera la
noche del estreno.
Se arqueó poseída por un arrebato tan poderoso que pensó que aquello
solo podía suceder una vez en la vida, un clímax que la vació de pensamientos
y la abandonó a una serie de espasmos que se prolongaron durante una
eternidad. Pero incluso sobrecogida por el orgasmo, se dio cuenta de que él

Página 136
salía de su cavidad y le hacía cosquillas con la erección bajo el ombligo para
descargarse sobre su vientre.
Temperance lo observó entre confusa y maravillada. No supo por qué,
pero le produjo una extraña y prohibida satisfacción que la manchara.
Sus ojos se encontraron un segundo entre el frenesí, ambos haciendo tanto
ruido al respirar que les extrañó que no los hubieran descubierto aún. En lugar
de contestar, Royce se inclinó sobre ella flexionando los robustos brazos que
la acorralaban y esperó a que separara los labios para acariciarle la lengua con
la suya. Temperance se estremeció por el carácter sucio que adquirió el beso,
un beso que la humedeció y la relajó hasta separar completamente las piernas
y hacerla alzar las caderas para rozarse con su miembro.
—Sabía que eras un torbellino de pasión desenfrenada —susurró él.
Era el cumplido más extraño que le habían hecho nunca, pero Temperance
se creció. Le acarició la barbilla para acercarlo a ella y recorrió su boca
entreabierta por el asombro con la punta de la lengua, más desesperada que
antes por familiarizarse con su carne, con su sudor, con todos sus fluidos.
—No le he dado permiso para tutearme —respondió ella, sujetándolo aún
por el mentón.
Él sonrió, y aquella sonrisa se le clavó en lo más hondo.
—¿Y para qué tengo permiso? —Atrapó uno de sus pechos con la mano y
pellizcó el pezón, haciéndola gemir lastimosamente—. Por ahora podría
conformarme con poseerla entera si solo dejara fuera su nombre de pila.
Temperance lo abrazó por el cuello y esperó a que se relajara para rodar
con él. Apenas se había posicionado a horcajadas sobre sus caderas, las
manos de Royce volaron veloces a sus caderas.
La asió con la misma firmeza con que la miraba.
—¿Quiere arriesgarse a que nos encuentren?
—No lo harán.
Por lo menos no lo harían los Swansea. Los remordimientos, en cambio,
estarían esperándola para asaltarla tan pronto como saliera del cobertizo,
como la escolta indeseada que eran.
Por miedo a enfrentar la realidad y a que Royce la decepcionara
haciéndola revivir una pesadilla que era demasiado débil para no buscar con
los labios y con el cuerpo, decidió quedarse donde estaba un rato más. Apoyó
las palmas en el cálido pecho de Royce y se inclinó para volver a besarlo. Él
le rodeó la nuca con la mano y la acercó más, y con esa cercanía, Temperance
puso distancia con todo lo que la aterraba.

Página 137
Capítulo 20

Royce no solo estaba acostumbrado a aparentar. Disfrutaba enormemente


tanto de los beneficios que gozar de varias identidades solía reportar como del
proceso para hacerlo creíble. Además, los únicos dos conocidos que sabían de
su gusto por el teatro coincidían en que habría sido un destacado intérprete si
se lo hubiera propuesto, porque se le daba de maravilla. Sin embargo, cuando
le tocó regresar a Londres y fingir ante los Swansea y sus allegados que no
había probado las maravillas de Temperance, quiso, por primera vez desde la
primera farsa, quitarse el disfraz y proclamar a los cuatro vientos quién era y
lo que quería. Y no solo porque un impostor jamás merecería a una mujer
honesta en sus pasiones —el hombre humilde que se escondía bajo la cuidada
fachada tampoco, aunque no por razones de tipo moral sino más bien
económico—, sino porque empezaba a cansarse del juego.
Ser Royce Hancock y ser el señor Truman, es decir: ser cualquier hombre
que se le antojara imitar, era lo mismo que no ser nadie. Y aunque ser «nadie»
era lo más apropiado para pasar desapercibido, ya no entraba en sus planes
marcharse sin haber dejado huella en la vida de Temperance.
Lamentablemente, no solo su integridad dependía de llevar la pantomima
hasta el final. Tenía suerte de que Clodagh no abandonara nunca su
pensamiento, o de lo contrario se habría quitado la máscara tan pronto como
regresaron a Eaton Square. O en el Royal Coburg Theatre, donde por petición
de Faith Swansea disfrutarían de una burletta operística en dos actos: una
velada escénica que por su carácter dramático iba a juego con los propósitos
de Royce.
Aunque la actuación formaba parte de varios de sus talentos, jamás había
asistido al teatro. Y por lo visto tendría que olvidarse de acudir a los dos
fenómenos londinenses, Drury Lane y Covent Garden, porque los Swansea
preferían colaborar con los circuitos menos beneficiados por culpa de la ley

Página 138
de licencias[4]. Los olvidados salones a lo largo del Strand, que tenían
prohibidas las exhibiciones de libretos shakespearianos o tragedias clásicas de
Inglaterra —lo que estaba en boga en el momento—, ofrecían
representaciones de la misma calidad por precios asequibles y sin tanto
relleno, pues para cumplir la ley adaptaban escenas dramáticas y agregaban lo
que más divertía el público: interludios musicales y parodias cómicas.
—No piense usted que el Coburg, por ser un teatro menor, no ofrece las
mismas comodidades que cualquier otro de alto rango. De hecho, al ser más
pequeño es más fácil concentrarse en la representación y olvidarse por
completo de tener que relacionarse en los entreactos —le explicaba Faith, a la
que llevaba del brazo hacia el palco para sostener la pantomima—. Y por si
fuera poco, el nuevo director, el señor Davidge, está negociando con el
afamado Edmund Kean una posible interpretación de seis obras de
Shakespeare en una noche.
—¿Debería sonarme el nombre del señor Kean?
—Es el más grande de los actores de nuestra tierra, señor Hancock.
Cuando interpretó a Sir Giles Overreach en Nuevo modo de pagar deudas
antiguas yo tenía solo once años y no me estaba permitido asistir al teatro,
pero me habría maravillado verlo en uno de sus papeles más alabados. Podría
haber conseguido una citación privada con él porque conoció a mi abuelo
paterno cuando coincidieron en Portsmouth y se llevaban de maravilla.
—Parece que le gusta a usted el teatro —comentó Royce sin mucho
interés, admirando los ricos ornamentos de la falsa bóveda, uno de tantos
detalles de la riqueza decorativa de los edificios de Londres.
—No me gusta mucho más que a usted —le contestó Faith, distrayéndolo
momentáneamente de su inspección. Ladeó la cabeza para mirarla con una
ceja enarcada.
El pánico le pellizcó el pecho al verse reflejado en los ojos avispados de la
muchacha.
—¿Qué quiere decir con eso?
Ella se encogió de hombros con gracilidad.
—Solo digo que ha debido bordar su papel si mi hermana lleva inquieta
desde que regresaron de la fábrica. —Hizo una pausa, dudando cómo expresar
la duda que flotaba entre los dos—. No habrá cruzado la línea, ¿verdad?
Royce compuso una sonrisa amable y palmeó el dorso de la mano
femenina que reposaba en su antebrazo.
—Naturalmente no, señorita.
—Es un alivio.

Página 139
La intervención repentina de Temperance les obligó a callar.
—¿Has leído el panfleto? —le preguntó a Faith, aireando el folleto
informativo—. Por lo visto la estrenaron en Eszterháza hace cincuenta años.
L’infedeltà delusa[5].
Royce aguantó la respiración al ver el movimiento de sus labios
pronunciando en italiano. Enseguida se rio de sí mismo para sus adentros,
amargado por la velocidad a la que sus sentimientos iban creciendo.
—Dígalo de nuevo, por favor —pidió con voz ronca.
Temperance se giró hacia él y lo miró como si acabara de darse cuenta de
que estaba allí. Un brillo en sus ojos le hizo cómplice de sus fogosos
recuerdos, unos que, siendo la mujer más fuerte y obstinada de Inglaterra, no
iba a permitir que condicionaran su actitud hacia él.
—L’infedeltà delusa —repitió despacio, marcando la «ele» con un
movimiento de lengua que le puso en un aprieto—. Ahora diga usted el título
en inglés, Deceit Outwitted. Nos podríamos reír con su acento americano más
incluso que con mi patético italiano.
—Deceit Outwitted. —La complació. Sonrió de vuelta al verla sonreír
satisfecha—. Un título muy sugerente. ¿Sabe de qué va la obra, señorita
Swansea?
—De lo mismo que la mayoría —intervino una voz masculina. Royce
ladeó la cabeza hacia el recién llegado, un moreno esbelto con acento irlandés
que contrarió su apostura aprendida y la decencia de sus modales en el exacto
momento en que posó su mirada lasciva en Faith Swansea—: cuitas
familiares, amantes que se disfrazan para conseguir lo que quieren y ataques
de celos.
Royce advirtió que Faith se tensaba con su aparición.
—Usted debe estar familiarizado con el asunto de los disfraces, señor
Burton —le dijo la joven, sin ocultar cuánto la había irritado su maleducada
interrupción—. Sabrá que ponerse un frac no basta para hacerse pasar por
caballero; no si aborda a un par de damas sin haber sido convidado a la
conversación.
—No sabía que un hombre necesitara pedir permiso para hablar. De todos
modos, sí que me identifico con un tópico dramático: como todo hombre, soy
susceptible a los ataques de celos. —Desvió la vista de la tensa Faith a Royce,
al que examinó con la mirada calculadora que solo podía corresponder a un
hombre de mente privilegiada—. Me parece que no hemos sido presentados.
En vista de que su hermana no pensaba hacer los honores, Temperance
intervino por ella con su descarado sentido del humor:

Página 140
—El señor Desmond Burton, más rico que Creso gracias a su talento para
saber dónde depositar el dinero para que florezca como el árbol de Midas. Es
el propietario de la industria que proporciona hornos y productos de ferretería
a los fabricantes y, además de contar con algunas minas de carbón y cobre en
el sur de Inglaterra, invierte en los únicos proyectos tecnológicos que salen
adelante con óptimos beneficios. —Hizo una pausa para girarse hacia Burton
—. Este es el señor Royce Hancock. La obra de su vida ha sido
comprometerse con mi hermana.
Burton ni siquiera se molestó en darle credibilidad a su sonrisa de
felicitaciones, aunque la enhorabuena jamás llegó.
—De eso no me cabe la menor duda. ¿Existe fecha para el día del enlace?
—Es muy probable que me case el día que más ocupado esté usted —le
soltó Faith.
—En ese caso ya me dará usted una alegría: librarme de mis obligaciones
durante un rato.
—Me temo que la lista de invitados está completa.
—Puedo quedarme de pie junto a la puerta de entrada, no será necesario
que haga sitio en la iglesia.
Faith entrecerró los ojos con aire conflictivo. Royce y Temperance
aprovecharon para mirarse cómplices.
—¿Qué interés tiene usted en ver cómo me caso?
Royce tuvo que reconocer que Faith no había exagerado al envararse en
presencia del recién llegado. La miraba como un hombre no debía mirar a una
dama impresionable ni siquiera en la intimidad del dormitorio, y aunque Faith
no era en absoluto una muchacha asustadiza, era obvio que la sobrepasaba su
cercanía.
—Le aseguro que no tengo ninguno, señorita. Pero si no lo veo no me lo
creeré.
Faith tragó saliva, y como esta misma hacía cuando Temperance se
encontraba en apuros, la hermana mayor salió al rescate honrando su espíritu
fraternal.
—¡El argumento de la obra! —recordó de pronto, chasqueando los dedos
—. Verán: Filippo quiere casar a su hija Sandrina con el acaudalado Nencio,
pero Sandrina está enamorada de Nanni, que por supuesto la corresponde pero
no puede permitirse una boda por su condición de granjero. Como no hay
modo de hacer que Filippo dé su brazo a torcer, Nanni promete vengarse de él
y casarse con Sandrina de todos modos; le ayuda su hermana Vespina, que a

Página 141
su vez ama a Nencio… y creo que lo demás deberemos descubrirlo durante la
burletta.
Royce enarcó las cejas con humor al reconocer las similitudes entre el
argumento y su situación.
—A veces la realidad supera a la ficción —comentó—. ¿Cree que habrá
un final feliz?
—Espero que lo haya para Vespina y para Sandrina, a las que de ninguna
manera debería afectarles lo que el padre de una y el hombre que se interpone
entre ambas deseen para su futuro.
Royce encajó con elegancia la pulla, pero Burton corrigió:
—En realidad he asistido a previas representaciones, por lo que conozco
el final y puedo afirmar que, para variar respecto de las tragedias a las que
estamos acostumbrados, Nanni desposa a su adorada Sandrina, Vespina se
casa con Nencio y Filippo queda escarmentado.
—Una lástima que en estos casos la realidad no se parezca a la ficción —
comentó Temperance, mirando a Royce con un amago de sonrisa que
ocultaba su frustración; una frustración compartida que deseó desahogar con
ella a solas.
Tuvo que renunciar a tal placer permaneciendo donde debía estar, junto a
su prometida temporal y al impresentable que esperó su momento para decir:
—En todas las historias del mundo, reales o ficticias, hay un Nanni capaz
de cualquier cosa para conseguir lo que quiere.
—¿No ha oído lo que ha dicho mi hermana? —Faith enarcó una ceja—.
La historia no trata de la obstinación de Nanni, sino del afecto mutuo. Si el
protagonista recurre a la venganza es porque sabe que Sandrina lo ama. En el
caso de no amarlo, Nanni no sería un héroe, sino un pretendiente latoso e
impertinente.
—Existen muchas formas de amar, señorita Swansea, y usted debería
saberlo mejor que nadie —le replicó, mirándola fijamente—. Las Sandrinas
del teatro hacen notar su amor y desesperación con alto dramatismo por
exigencias del guion, pero las Sandrinas del Londres real acostumbran a negar
sus sentimientos por respeto al decoro… lo que no significa que sean
indiferentes a sus pretendientes… ¿cómo era?, ah, sí, latosos e impertinentes.
Faith se ruborizó de indignación.
—Ya veo que sabe usted lo suficiente sobre «las Sandrinas» para sentar
cátedra. ¿Por qué no comparte su sabiduría con el resto de los asistentes y
deja que mi prometido y yo descubramos la representación por nuestra
cuenta?

Página 142
Faith tiró del brazo del divertido Royce, instándolo a alejarse del elemento
conflictivo. A juzgar por la media sonrisa que Burton esbozó, ninguna
descripción podría haberle sentado mejor: disfrutaba enormemente creando
conflicto.
—Ha sido un placer verla, señorita Swansea —le dijo antes de que se
alejaran por el pasillo—. Como siempre.
Ella cerró los ojos como si lo necesitara para contener una mala palabra.
—Cada día que pasa odio más el teatro —masculló Faith, aumentando el
ritmo de la huida—. Ese hombre no se perdería una puesta en escena ni
aunque una neumonía lo postrara en la cama.
—Puede que sea un amante del teatro, pero me parece que lo que no
quiere perder es la oportunidad de cruzarse con usted.
—Ni lo insinúe —espetó, furiosa. Faith echó un vistazo por encima del
hombro para asegurarse de que no la perseguía con su escandalosa mirada. Lo
que vio no debió gustarle, porque su gesto se torció en una mueca.
Frenó de golpe y jadeó, ofendida.
—Dios santo. ¿Qué está haciendo él aquí?
—¿El señor Burton? —Casi lo canturreó. Por algún extraño motivo,
Desmond Burton le había caído en gracia—. Si ya ha disfrutado de esta
burletta como ha dicho, diría que ha venido para disfrutar de algo distinto. De
su irritación, por ejemplo.
—No hablo de Burton —masculló sin moverse.
Por curiosidad, Royce siguió la beligerante mirada con la que Faith
esperaba calcinar a su objetivo. No reconoció al caballero que agachaba la
cabeza en señal de reconocimiento a sus interlocutores, como tampoco a la
diminuta mujer prendida de su brazo como un complemento más del
aristocrático atavío.
No obstante, al fijarse en cómo Temperance palidecía al localizarlo en el
pasillo, dedujo de quién se trataba.
—¿El caballero del frac? —preguntó Royce con inocencia—. ¿Le
conoce?
—Lord Riversey. —Masticó las sílabas con desdén—. Un ser
despreciable. ¿Qué diantres ocurre hoy? ¿Es que prometieron descontarle la
mitad del precio de las entradas a todos los indeseables de Inglaterra que
quisieran asistir a la función?
Royce se fijó en él con disimulo.
Le decepcionó que la apasionada Temperance, ejemplo de lo
extraordinario, hubiera caído a los pies de una réplica de noble lampiño que

Página 143
parecía haber nacido con el frac puesto. Era bien parecido y su institutriz le
había inculcado las buenas maneras esperadas en un hombre titulado, eso
podía concedérselo, pero se notaba ya a leguas que la gentileza con la que
trataba a sus conocidos era fingida. Royce pensó con ironía en que aunque no
contara con las virtudes de la nobleza inglesa, por lo menos compartía con
ella el mayor de sus defectos: una vida de apariencias que no se correspondían
con la realidad. No le costaba imaginar a aquel fantoche cautivando a la más
fiera de las mujeres solo apelando a su sensibilidad escondida y luego
guiándola a un jardín oscuro para tomar lo que se le antojara.
Royce lamentó tener también en común con Riversey aquel despreciable
detalle. A fin de cuentas, él había aprovechado la debilidad de Temperance
para seducirla cuando no podía ofrecerle más que placer y un corazón
encadenado. La diferencia radicaba en que Riversey parecía orgulloso de sí
mismo mientras a él se lo llevaban los demonios cada vez que miraba al
objeto de su obsesión.
Ella no lo miraba a él esta vez. Miraba en dirección a Riversey, inmóvil
como una estatua y tan pálida que no le extrañó que el señor Swansea se
posicionara disimuladamente a su lado para sostenerla en caso de desmayo.
Royce observó con el corazón encogido que Temperance murmuraba algo
parecido a una disculpa y abandonaba el acceso al palco antes de que
Riversey la localizara.
Un segundo después, Faith soltaba su brazo y daba un paso en dirección a
su hermana.
Royce la detuvo estirando un brazo.
—Deje que yo me encargue —le sugirió en voz baja—. Usted disfrute de
la función.
—¿Cómo voy a disfrutar de la función cuando ese canalla anda en el
palco de al lado?
—Inténtelo. Por su hermana —agregó—. Alguien va a tener que fingir
que todo va sobre ruedas, señorita Swansea. Si algo me ha enseñado mi breve
estadía en Londres, es que es importante evitar las habladurías.
Faith apretó los labios, sabiendo que no podía replicar su planteamiento.
—También sabrá que, si le encuentran a solas con mi hermana, se
propagarán rumores aún más injustos sobre Temperance.
—Si es cierto que las burlettas apenas cuentan con dos actos, no les dará
tiempo a echarnos de menos.
Dicho aquello, dejó a la señorita Swansea en el palco de la familia y enfiló
al pasillo con la excusa de saludar a un viejo conocido.

Página 144
Debía admitir que aquel no fue el mejor de sus pretextos, pero los
Swansea estaban tan inquietos por la cercana presencia de Riversey que ni
siquiera lo escucharon. Mientras buscaba por los desiertos pasillos entre
palcos un vestido verde apagado, se preguntaba si sería aquello lo que
acabaría con la paciencia de Wilhelmina, que ya pendía de un hilo. La había
visto tan tiesa en su asiento, con los ojos saltones buscando entre las butacas a
su hija mayor, que temió que Riversey consiguiera lo que ni su prole había
logrado: que le diera un síncope.
Los encargados del teatro se ocuparon apagando las luces y acomodando a
los pocos que quedaban por sentarse. Gracias a las murmuraciones de los
asistentes que tuvo que sortear para seguir la estela del vestido de
Temperance, visible entre las sombras, se enteró de que las estrellas de esa
noche serían Marco Coltellini y Joseph Haydn, encargados del libreto italiano
y la música, respectivamente.
En realidad no le vendría mal atender a la función para ampliar los
conocimientos artísticos de sus personajes de alta cuna; las referencias
culturales eran lo que siempre le daba credibilidad. Pero pensó que nadie allí
esperaba a un americano ilustrado, si es que tales cosas cuadraban
lógicamente en una misma oración, así que una vez más eligió a Temperance
Swansea antes que a su deber.
Y no se arrepintió.

Página 145
Capítulo 21

La había visto. Sus miradas habían coincidido un segundo por pura


casualidad: Temperance había apartado la vista de la discusión entre Burton y
su hermana y, al girarse, había ido a parar al rostro que conocía muy bien. Ese
rostro impertérrito y libre de toda culpa que la obligaba a retirarse como si
ella hubiera cometido algún delito, como si hubiera sido Temperance la que
sacó todo el partido que pudo de una situación beneficiosa y luego incumplió
sus promesas.
Cada día que le tocaba enfrentar un evento de temporada, ya fuera un
baile de apertura, un paseo nocturno por Vauxhall o una visita a la ópera,
Temperance se juraba ante el espejo que si la buenaventura decidía hacerlos
coincidir, lo enfrentaría con la cabeza alta. Pero cada una de las veces que
coincidieron en los pasados tres años, siempre por accidente, se había
traicionado a sí misma desapareciendo de escena. No soportaba saberse el
centro de atención, y todos los invitados a la que fuera la velada parecían
cortar sus conversaciones y concentrarse en sus próximos movimientos para
estirar un chisme que ya debería haber perdido su interés.
Pero ¿cómo iba a perderlo, si Riversey se paseaba del brazo de la mujer
con la que había huido a Gretna Green y ella llevaba medio lustro sin bailar
con un hombre porque todos la consideraban una apestada? No podía
permanecer allí actuando como si el mundo no se le hubiera desmoronado una
vez, soportando miradas entre compasivas y curiosas de gente a la que
detestaba profundamente. Quería ser lo bastante fuerte y decidida para
tolerarlo, honrar su carácter y no defraudar a su familia, que no tenía nada de
lo que avergonzarse, pero en el fondo de su corazón sentía que jamás dejaría
de culparse por haberlos puesto en el punto de mira.
Temperance sorteó las parejas de amantes del teatro con una falsa sonrisa
en los labios.

Página 146
Por Dios, ¿por qué estaba allí? En invierno, los acaudalados se
aposentaban en sus palcos del recién reconstruido Drury Lane o bien en
Covent Garden; los pudientes y orgullosos de serlo con títulos nobiliarios no
trasponían hasta las afueras del área metropolitana para disfrutar de una obra
que ni siquiera destacaba en calidad. De hecho, ese era el motivo por el que
los Swansea preferían asistir a las representaciones del Coburg, el anfiteatro
de Astley, el Sans Pareil y otros espacios sin licencia ubicados a lo largo del
Strand. Estaban menos concurridos y las posibilidades de tropezar con aquel
indeseable eran prácticamente nulas.
¿Por qué había tenido que invadir una zona neutral? Como si no estuviera
ya lo bastante trastornada por lo sucedido en Portsmouth, encima debía
preocuparse porque Riversey decidiera robarle el protagonismo a los actores
llevando a cabo la interpretación de su vida. No habría sido la primera vez
que fingía alegrarse de verla y se acercaba a saludarla con un descaro
vergonzoso, como si se tratara de una vieja amistad.
Cuando consideró que estaba lo bastante lejos de su palco, Temperance
detuvo la caminata en medio del pasillo y se apoyó al lado de las cortinas de
terciopelo que daban a unos asientos vacíos. Ahí inspiró hondo y cerró los
ojos, esperando serenar así los precipitados latidos de su corazón.
—Supongo que ahora que el señor Burton nos ha destripado el final de la
obra no tiene mucho sentido que nos sentemos a verla.
Dio un respingo al reconocer la voz de Royce, que se propagó en la
oscuridad como un mandato providencial. Temperance no se movió de donde
estaba, solo lo miró de soslayo.
La suya no era una presencia más bienvenida, aunque por razones
totalmente distintas.
—¿Qué hace aquí?
—Hacerle compañía. —Sintió que la escrutaba con interés clínico—.
Parece que algo la ha perturbado.
Temperance buscó y rebuscó una ingeniosa respuesta que lo espantara
antes de que sus intensas emociones se hicieran visibles, pero las fuerzas solo
le alcanzaron para negar con la cabeza. No se dio cuenta de que avanzaba
hacia ella porque volvió a cerrar los ojos y se pasó una mano temblorosa por
la mejilla, temiendo descubrirla húmeda o ardiendo por la rabia.
—¿Señorita Swansea?
—Por favor, déjeme sola.
—Me parece que eso es lo último que necesita.

Página 147
Temperance dejó de buscarse las lágrimas con dedos torpes y se cubrió la
cara con ambas manos, superada.
Hacía años que no lloraba cuando Riversey hacía acto de presencia.
Consideraba que había entregado su corazón roto a cambio de mantener el
despecho que la ayudaría a ponerse por encima de él. Pero había aparecido en
el peor momento para traer recuerdos enterrados a su memoria; recuerdos que
para su inmensa desgracia guardaban sus similitudes con la imprudente
aventura que había iniciado con Royce.
Sintió que unas manos le rodeaban las muñecas para apartárselas del
rostro. Se negó a abrir los ojos para ver el gesto compasivo o, peor aún,
burlón de Royce Hancock. ¿Cómo reaccionaría al saberla débil, al comprobar
que su temperamento era en realidad una coraza protectora? Seguramente se
sentiría decepcionado.
Pero si se sintió así no lo demostró, porque apaciguó su corazón
encabritado con el dulce roce de sus labios en las mejillas. Como las alas de
una mariposa o la caricia de un sol intenso, exploraron su rostro en busca de
lágrimas traicioneras que retirar antes de que su dueña pudiera avergonzarse.
Temperance no se movió ni dijo nada, sospechando que a la primera palabra
su garganta se quebraría y no podría evitar un llanto desconsolado. Pero su
cercanía la calmó, y la genuina simpatía que su corazón había albergado hacia
él desde el primer segundo, unido al deseo y el afecto que la hacía arder de
celos al verlo junto a su hermana, la instaron a alzar la barbilla y besarlo con
los labios entreabiertos.
No hubo beso en realidad. Royce flirteó rozándola con la boca,
repartiendo imperceptibles besos en el arco de Cupido y las comisuras, en la
barbilla y bajo la esquina de la nariz.
—Yo también odio el teatro, señorita Swansea —le susurró—, pero no
hay necesidad de ponerse así.
Ella soltó una carcajada ahogada que terminó en un suspiro.
—Pídame que la rescate y me la llevaré a donde me pida. Seguro que
hallo el modo de tranquilizarla.
Lo dudaba bastante. Al tiempo que la calmaba, provocaba en ella
sentimientos ilegítimos y peligrosos; esos sentimientos que la habían tenido
despierta toda la noche, ardiendo por culpa de recuerdos pecaminosos que
habrían de permanecer en secreto, y con el alma en vilo por lo que sabía que
sucedería a continuación.
La abandonaría.
—¿Interrumpo?

Página 148
Temperance abrió los ojos de golpe y separó a Royce de un empujón poco
disimulado en el hombro. El estómago le dio un vuelco al reconocer en la
parcial oscuridad la figura de un caballero distinguido para su público y
despreciable para quien realmente lo conociera.
—Riversey, si no me equivoco —saludó Royce.
Habló con tal desenfado que a Temperance no le extrañó que el noble
enarcara las cejas, confuso; como si no estuviera seguro de haberlos cazado
en pleno encuentro amoroso.
—Así es. No tengo el placer de conocerle… señor.
Para asombro de Temperance, que de no haber sido por el apoyo de la
pared se habría desvanecido, Royce extendió la mano y se presentó:
—Capitán Negan Truman, milord. Lamento que nos tengamos que
conocer en estas circunstancias, en las que apenas nos vemos las caras.
—La oscuridad no es lo más llamativo de las… circunstancias, capitán.
—Si con «llamativo» quiere decir «vergonzoso», milord, estoy de
acuerdo: lo que más inapropiado me parece es que se haya creído en el
derecho de acercarse a la señorita Swansea.
Temperance no pudo ver del todo la expresión de Riversey, pero lo
conocía de sobra para imaginarse una mueca de asombro.
—¿Disculpe?
—Me parece que me ha oído de maravilla. —Dio un paso hacia delante
con actitud de boxeador, listo para el combate—. Hechas ya las
presentaciones, le invito a volver a su palco.
—Le agradezco la invitación, pero regresaré cuando me convenga.
Royce se rio sin pizca de humor.
—Oh, ya le advierto que nunca le ha convenido más desaparecer que en
este preciso instante. Puede preocupar a su esposa tardando en regresar… o
puede asustarla apareciendo a la salida de la función con un ojo morado.
Usted decide.
Temperance se quedó de una pieza.
—¿Cómo se atreve?
—No, Riversey. ¿Cómo se atreve usted? ¿Qué esperaba hallar al vagar
por el pasillo? Si lo que buscaba es lo que creo que efectivamente andaba
buscando, le aseguro que no va a encontrar nada de provecho.
Temperance sintió que Riversey desviaba la mirada hacia ella.
—Estoy de acuerdo con usted, capitán. No veo nada provechoso ni digno
de mi atención en este cuadrante del corredor.

Página 149
Royce apenas esperó a que terminara la oración para agarrar a Riversey
del impoluto frac, que tendría que pararse a ajustar antes de volver al palco
después de que Royce lo sacudiera. Temperance se llevó una mano a la boca
para no gritar.
—Yo en su lugar cuidaría mis palabras —siseó.
El hecho de que Riversey no respondiera y desapareciera balbuceando por
lo bajini tan pronto como Royce lo soltó fue indicativo de que lo había
asustado. Temperance también tardó en reaccionar, y cuando asimiló lo
ocurrido no se abalanzó sobre Royce para agradecerle la intervención. Por el
contrario, se giró hacia él como un torbellino.
Sus ojos relucían de indignación.
—¿Por qué demonios ha fingido pretenderme?
—Para proteger su honra. —Pareció divertido al preguntar—: ¿Le
preocupa más mi falsa identidad que la integridad de Riversey? Me parece
que mi mentira es inofensiva en comparación con lo que le habría hecho si no
hubiera estado usted presente.
—¿Inofensiva? ¿Cuánto cree que tardará en descubrir que no existe ese
capitán?
—Nunca lo descubrirá porque no se atreverá a comentar lo ocurrido con
nadie que sepa que no existe. No si no quiere humillarse a sí mismo, y parece
la clase de idiota al que le importa más su reputación que ninguna otra cosa.
Temperance seguía meneando la cabeza, incrédula.
—Dios santo, ¿a qué ha venido eso? ¿Capitán Negan Truman?
Royce encogió un hombro.
—Entre usted y yo, me gusta jugar a ser cualquiera menos quien soy.
—Ha perdido usted la cabeza. Riversey no guardará silencio. Descubrirá
que es el prometido de mi hermana y me avergonzará públicamente… otra
vez. Y eso no me importa tanto como que llegará a oídos de mis padres, a
oídos de Faith, y se sentirán solo defraudados en el mejor de los casos.
—Dígame una cosa. ¿Cómo va a descubrir que soy el prometido de su
hermana si no me ha visto la cara?
Su respuesta y la sonrisa que Royce esbozó consiguió que sellara los
labios, dejándole una extraña sensación de levedad en el estómago.
—En cuanto a su padre y su hermana… A veces es usted tan inocente que
me conmueve —confesó en tono íntimo. Dio el último paso hacia ella,
salvando esa distancia que necesitaba para mantener la compostura, y le
acarició el pómulo con los nudillos—. ¿De veras cree que queda una sola
persona en esta ciudad que no sepa que estoy loco por usted?

Página 150
—¿Cómo?
—Y todos se comportan como usted lo hace, por otro lado —prosiguió,
ignorándola—. Se hacen los locos. Veo que es algo que viene de familia, o
quizá tenga su base en la actitud indiferente que acostumbran a tomar los
ingleses en estos casos. Mirar para otro lado es más sencillo, ¿no?
Temperance retrocedió.
—El único loco aquí es usted. —Le tembló la voz—. Cómo puede
decirme eso…
—¿Cómo puede usted negarlo? —Sacudió la cabeza—. Comprendo que
un rechazo nunca es agradable, pero ¿no se cansa de vivir a la sombra de sus
miserias personales, condicionada por lo que sucedió hace años? No se casó
con un palurdo almidonado, de acuerdo. ¿Y qué? —Metió una mano en el
bolsillo interno de la chaqueta—. ¿Es tan importante?
Temperance lo miró a caballo entre el asombro y el horror. No dio crédito
a la simplicidad con la que expuso un dolor que solo se había atrevido a
expresar tras la comodidad del sarcasmo y al que el resto de las veces se
aferraba para protegerse.
Debería haber imaginado que conocería su historia. Era información que
no escapaba a un solo alma en toda Inglaterra. Aun así, le intimidó que
hubiera sabido todo ese tiempo que había sido cruelmente abandonada.
—Es usted un insensible —consiguió formular.
—Y usted a veces es insufrible, señorita Swansea.
—Me parece una pésima elección de adjetivo dado que acaba de recalcar
cuánto me gusta sufrir.
—He dicho que es usted insufrible, no una sufridora nata. Aunque, ahora
que lo pienso, lo segundo tampoco le va del todo mal.
—Váyase al diablo.
Se dio la vuelta con la intención de plantarlo en el pasillo, furiosa, pero
Royce la agarró del brazo con una firmeza que no daba lugar a equívocos: no
dejaría que se moviera sin haber oído lo que quería decirle.
Tiró de ella hasta que su espalda dio con el pecho de él. Lo siguiente que
sintió fueron sus labios pegados al cartílago de la oreja.
—No voy a permitir que huya de un hombre que debería agachar la
cabeza al verla, y no por los remordimientos que deberían impedirle dormir,
sino porque ya ni siquiera merece admirar su imagen —le dijo en tono de
advertencia—. No tiene usted absolutamente nada de lo que avergonzarse
salvo, quizá, de haber amado a un dandi del que se habría aburrido al tercer

Página 151
día de matrimonio. ¿De veras pensó en algún momento que ese sería hombre
para usted?
Temperance se creció al escucharlo, pero no permitió que supiera que sus
palabras la habían calado como un bálsamo reparador. Se soltó de su brazo
con un gesto tan brusco como el que hizo para mirarlo y le espetó:
—¿Y quién sería hombre para mí? ¿Usted, un hombre cuyo
comportamiento poco se diferencia del de Riversey? Supo desde el principio
que era una mujer impura y por eso se ha tomado las confianzas que le han
parecido, porque con mi experiencia no pondría resistencia ni me
escandalizaría con su descarado flirteo. ¿Me equivoco? —No le dejó
responder y lo obligó a retroceder empujándolo una sola vez por el pecho—.
Le recuerdo que usted solo se salva porque no me prometió matrimonio en
ningún momento, pero al final del día, a quien pretende desposar no soy yo. Y
puede imaginarse el lugar en el que me deja eso.
—¿Quién dice que no?
Temperance pestañeó una vez, de pronto desorientada.
—Que no ¿qué?
—Que no pretenda casarme con usted.
Dejó correr los segundos que le hicieron falta para asimilar sus palabras.
—¿Disculpe?
—La cuestión aquí es unificar la empresa de modo que la fábrica de
Nueva York y sus beneficios vuelvan a estar bajo el mando de los Swansea,
cosa que solo será posible si el actual propietario se casa con una de las hijas
del patriarca. Yo diría que para lograr ese propósito no importa quién sea la
novia mientras se apellide Swansea.
Temperance intentó ocultar su asombro bajo capas de indiferencia, pero
incluso ella era consciente de su propia aprensión. El estómago le dio un
vuelco, no supo si por la repentina alegría que hablaba a las claras de sus
sentimientos hacia Royce o porque despreciaba lo que pretendía hacerle a
Faith. No le partiría el corazón a su hermana porque no había desarrollado el
menor afecto hacia el americano y, de hecho, celebraría la ruptura del
compromiso y luego prometería cederle su postre durante el resto de su vida
por haberla ayudado a conseguirlo. Sin embargo, sospechaba que los
chismosos de Londres hablarían como hablaron cuando ella cruzó el umbral
de la iglesia y solo halló a su madre con los ojos llenos de lágrimas.
Aquello era una victoria, se quiso convencer. El plan de Faith había salido
a pedir de boca… salvo por un pequeño e insignificante detalle, que era que
una parte de Temperance quería incitarlo a convertir su insinuación en una

Página 152
propuesta formal. Una que, a la par que deseaba aceptar, hacía que se
estremeciera de pánico.
—No continúe por esa línea —murmuró—. No deseo escucharle.
—¿Por qué no? De todas las cosas, la verdad es lo que menos miedo
debería darle.
—¿La verdad? —Alzó la barbilla, sabiendo que se arrepentiría en cuanto
Royce reconociera el brillo de las lágrimas en sus ojos. Aunque intentaba con
todas sus fuerzas no dejarse arrastrar por las emociones, estas la sobrepasaron
—. Un hombre es físicamente incapaz de ser sincero cuando habla de
sentimientos.
—Y para hacer tal aseveración se basa en la pésima imagen que le dio un
canalla encorbatado. ¿Sabe, señorita? —Ladeó la cabeza—. Debería hallar a
otro pretendiente para contrastar sus hipótesis, así poseerían un mínimo
fundamento.
—Tengo justo delante a dicho pretendiente, señor Hancock, solo que es el
de mi hermana. Y justo por este motivo es incluso más obvio por qué no
puedo confiar en sus promesas. —Tragó saliva—. No pienso volver a pasar
por la humillación a la que Riversey me expuso, ni mucho menos por alguien
vinculado a mi hermana. Si algo respeta a mi familia, le pido que rompa el
compromiso con Faith y se marche de aquí, y que deje de burlarse tan
cruelmente de mí con sus tonterías matrimoniales o, dicho de otro modo, lo
que por tanto tiempo me ha… me ha…
Debería haberse marchado en el preciso momento en que supo que
rompería a llorar, pero se rebeló contra la vergüenza que habría de sentir
dando rienda suelta a su vulnerabilidad. Así, se obligó a quedarse allí para que
él y todo el que quisiera mirar se diera cuenta de cuánto dolía la traición.
Especialmente Royce, al que sabía que jamás podría perdonarle que repitiera
las amorosas palabras que Riversey una vez le dedicó para posteriormente
actuar del mismo modo.
Pero no actuó del mismo modo apartando la mirada. En su lugar la abrazó,
y en la calidez e inmensidad de su abrazo halló una paz inusitada. Se sintió
protegida y respetada, dos sensaciones que creyó que no volvería a
experimentar con un hombre. Dos sensaciones que solían desaparecer tan
pronto como ponía un pie fuera de su hogar, que era a su vez un refugio.
Temperance se aferró a sus hombros y dejó que él la ocultara con su
cuerpo, enterrándola a la vez en el cortinaje del palco.
—Tú no sabes cómo se siente —balbuceó con un hilo de voz—. No sabes
lo que es llegar a la iglesia creyendo que en el altar estará esperándote un

Página 153
hombre al que amas, el hombre que configuró tus sueños de futuro hasta
hacerlos a su imagen y semejanza, y que luego… —Cerró los ojos con fuerza,
como si así pudiera ahuyentar el recuerdo—. Nunca recibí una explicación
que pudiera apaciguarme. Si tan solo me hubiera citado en la clandestinidad,
antes o después de su huida, para decirme que la amaba a ella y casarse
conmigo le habría herido de muerte… podría perdonarlo y dejar de
mortificarme. Pero no tuvo esa cortesía.
—No fue tu culpa, Temperance —susurró, pegado a su oído. Le
acariciaba lenta y rítmicamente la nuca expuesta gracias al recogido—. No
puedes vivir esperando la disculpa de un intento de hombre. Los mezquinos
nunca se lamentan porque no creen haber obrado de forma injusta.
Temperance alzó la barbilla y buscó sus ojos entre las sombras.
—¿Tú te lamentas? —murmuró.
—¿Por qué? —Pausa—. ¿Por lo que pasó entre nosotros? Sé que esperas
que diga que así es, pero es algo de lo que nunca podría arrepentirme.
Temperance se obligó a pensar en su hermana y no en cómo la conmovía
la sinceridad de sus palabras. Trajo a su mente a Faith suplicando que apartara
a Royce Hancock de su camino, y eso la motivó a retarlo:
—Demuéstramelo. Demuestra que no te arrepientes rompiendo el
compromiso con mi hermana.
Sintió que él la estaba evaluando.
—¿Cuánto tiempo me das para demostrarlo?
—Una semana —dijo sin pensar.
—Una semana —repitió Royce—. Solo si me prometes que serás mía una
vez hayan transcurrido esos siete días.
El corazón le dio un vuelco.
No podía prometerle tal cosa cuando no pensaba cumplirla, pues
contradiría el compromiso que se impuso a sí misma de no casarse jamás.
Tampoco podía confiar en que Royce deseara de veras estar a su lado, aunque
una parte de sí misma le dijera, y no sin razón, que carecía de motivos para
engañarla. A fin de cuentas, ya había obtenido de ella lo que Riversey quiso y
por lo único por lo que pretendió llevarla al altar. Era obvio que Royce
hablaba desde la obsesión que una vez hizo enfermar de algo similar al amor
a su previo pretendiente, pero ¿cuánto tardaría en romperse el hechizo esta
vez? Porque se rompería, y lo haría justo cuando Temperance se
acostumbrara a su presencia.
Sabía que no podría soportar algo así, pero sabía también que no abocaría
a su hermana a un matrimonio no deseado… y en el fondo, el rencor había

Página 154
echado raíces tan amargas en su corazón que una parte de ella ansiaba
prestarse a mentir: mentir como le mintieron una vez.
Cogió aire y procuró sonar sincera al decir:
—Te lo prometo.

Página 155
Capítulo 22

Temperance no conseguía concentrarse en la lectura. No porque le


resultara tremendamente tedioso el manual de blanqueo, tinte e impresión que
le serviría para iniciarse en las nuevas técnicas empleadas en el negocio,
aunque por supuesto esta era una de las causas. Era porque sus hermanas no
dejaban de hablar de una cuestión que llevaba haciéndola sudar desde hacía
años, el que a la vez era el tema preferido entre las mujeres casaderas.
Temperance no formaba parte de la conversación sobre el matrimonio, pero
sus oídos eran más sensibles al asunto desde que Royce había aparecido en
escena y no podía evitar pegar la oreja al debate.
—¿Por qué no me dejáis acompañaros al sastre? Yo también quiero
vestidos nuevos —se quejaba la pequeña Hope, sentada en la alfombra con
una cuartilla de dibujo sobre la falda.
Faith levantó la mirada del bordado con gesto sombrío.
—Créeme, no quieres la clase de vestidos que Prue y yo vamos a
comprarnos.
—¿Por qué? —intervino Charity—. ¿Vais a mandar hacer vestidos
horribles?
—Vamos a mandar hacer vestidos de mujer casada —corrigió Faith. Hizo
una mueca cómica—, lo que es considerablemente peor que un vestido solo
horrible.
—¡Pero los vestidos de mujer casada son los más bonitos! —rezongó
Hope—. Son de todo tipo de colores. Mercy tiene uno violeta que le sienta
como un guante. Y otro verde esmeralda. ¡Y el azul celeste que brilla es
precioso!
—Lo que tu hermana quiere decir —intervino Prudence— es que teme los
vestidos por la implicación de llevarlos. Con ellos te diferencias de las
debutantes y declaras que estás fuera del mercado. Lo que no entiendo es de

Página 156
dónde sale ese temor, porque hasta donde yo sé, lleva queriendo dejarle claro
a todo el mundo que no está en venta desde que la presentaron en sociedad.
—¿A todo el mundo… o a todos los caballeros de Irlanda que la han
estado pretendiendo sin descanso? —Se animó a intervenir Temperance,
cerrando el libro sobre el regazo.
Tanto ella como Prudence, sabiendo de antemano cuál sería la reacción de
su hermana, dirigieron una mirada ansiosa a Faith. Tal y como esperaban,
pues rara vez defraudaba en esos casos, un surco profundo arrugó su frente.
—Burton no es mi pretendiente por una sencilla razón: los pretendientes
entienden que cualquiera podría disputarles su lugar preferente y por ello se
esfuerzan por impresionar a la dama. Burton, en cambio, considera que ya
goza de todos los derechos de un marido, de todos los de un amante, de todos
los de un amigo… En pocas palabras, se cree mi amo y señor. Y tu dueño no
tiene por qué pretenderte.
—Puede que no sea dueño de tu cuerpo o de tu alma, pero desde luego es
dueño de mi admiración —admitió Prudence con una pequeña sonrisa—. Hay
que tener agallas para creerse soberano de una Swansea.
—Hay que tener cara —corrigió Faith, meneando la cabeza de mal
humor.
—Desde luego, cara no le falta. Es un hombre muy apuesto —meditó
Prudence. Lanzó una mirada pensativa al techo—. Me pregunto si mi marido
será solo un tercio de lo atractivos que resultan el señor Hancock y el señor
Burton.
—¿Qué importa la belleza en esta cuestión? Debería preocuparte que no
resulte ni la mitad de sinvergüenza que ese par de truhanes. —Faith suspiró
como si no le pagaran suficiente por oír sandeces—. ¿No es curiosa la
tendencia de esta familia a casar a las jóvenes con caballeros que no han visto
previamente?
—«Curiosa» es la palabra —acordó Prudence—. Es lo predominante entre
mis emociones. Me muero de curiosidad por saber cómo es Christian.
—¿No lo conoces y ya lo llamas por su nombre de pila? —Temperance
enarcó una ceja—. Yo que tú no esperaría forjar semejante complicidad con el
duque de Arden. He conocido a un par de duques a lo largo de mi vida y son
los únicos hombres a los que imagino poniéndose rojos de rabia si no les
haces una reverencia hasta tocar el suelo con la nariz.
—Voy a ser su esposa y, por ende, la duquesa de Arden. No tendría
sentido que me obligara a hacerle reverencias.
—Duquesa de Arden —repitió Hope, admirativa.

Página 157
—Podría obligarte a hacer otro tipo de cosas desagradables —insistió
Temperance—. No lo conoces. A lo mejor tiene ochenta y cuatro años y te
necesita como apoyo para bajar las escaleras.
—Su excelencia cumplió veinticinco años el pasado marzo.
—Es joven —aceptó Faith—, y a lo mejor también es manco. O cojo. O
babea.
—Es un duque —recalcó Charity—. Si es cojo, por lo menos tendrá un
bastón de oro.
Temperance rompió a reír.
—No tiene por qué, Cherry. Puedo hacerte una lista de todos los
aristócratas venidos a menos en el último cuarto de siglo. Si tuvieran un
bastón de oro, lo habrían empeñado hace mucho tiempo.
—¿Está el duque de Arden en esa lista de nobles arruinados? —quiso
saber Charity, con los ojos muy abiertos. Temperance y Faith intercambiaron
una mirada rápida antes de menear la cabeza al unísono. Fue la hermana
mayor la que entró en detalle.
—Así es. Pero has de saber, Cherry, que cuando la ruina alcanza a un
duque, lo último que pierde es el orgullo.
—Por lo que es posible que, además de pobre, manco, cojo sin bastón de
oro y baboso, sea un engreído insoportable —concluyó Faith—. Cosa que yo
no considero un defecto siempre y cuando el engreído en cuestión tenga
motivos para reivindicar su superioridad. Habrá que ver a su excelencia antes
de emitir juicio.
Prudence dejó de coser y miró a sus hermanas mayores alternativamente.
—Creo que deberíais alegraros de que no esté nerviosa ni preocupada en
lugar de comportaros como si quisierais arruinar mi boda.
—Cariño, vas a casarte por poderes porque Christian ni siquiera pretende
volver de Rusia para darte el sí —le recordó Temperance—. Creo que tu boda
ya está arruinada, y es enteramente su culpa.
—Y arruinarle la boda a una mujer no es como arruinar un soufflé —
agregó Faith—. Según he oído decir a mis amigas casadas con auténticos
energúmenos, lo único que compensa el horror del matrimonio es la
celebración de los votos.
Prudence volvió a concentrarse en el cosido como si no hubiera oído ni
una palabra.
Temperance y Faith se divertían sacando de quicio a sus hermanas. Era a
lo que se dedicaron desde que descubrieron que alterar a sus allegados era lo
que mejor se le daba. Ahí donde Hope estallaba enseguida por su carácter

Página 158
protagonista y su sensibilidad infantil, Charity se enfurruñaba y durante días
las ignoraba como si no existieran, cosa de la que se percataban demasiado
tarde para disculparse porque igualmente era de pocas palabras. Mercy no era
dada a discusiones acaloradas, pero para contrariarla bastaba con
interrumpirla cuando se traía algún proyecto entre manos, robarle las
herramientas del taller o cambiarle las piezas de sitio. Todas tenían en común
que eran susceptibles a las jugarretas de las dos traviesas… pero Prudence
nunca había caído en sus provocaciones.
Nadie sabía de dónde había salido la comedida y pacificadora Prudence,
porque el histerismo de Wilhelmina era conocido a lo largo y ancho de
Inglaterra y la furia de su padre, aunque infrecuente, podía hacer temblar y
hasta partir la tierra en dos. A pesar de tener solo diecisiete años, parecía
lógico que hubiera sido de las primeras en comprometerse, porque su
madurez a menudo dejaba a Wilhelmina boquiabierta e incluso ruborizada por
la vergüenza; en muchas ocasiones Prudence dejaba en evidencia el
infantilismo de los demás siendo simplemente ella misma, paciente y discreta.
Desde luego, si una Swansea podía desposar a un hombre sin conocerlo y
que en lugar de presentarse en la iglesia mandaría a un apoderado que lo
hiciera por él, esa sería ella: tan agradecida e indulgente que todavía tendría el
valor de recibirlo en el lecho conyugal con un «me alegro de que hayas
decidido honrarme con tu presencia».
—Solo intentamos prepararte para lo peor —se quejó Temperance—. Las
caídas duelen lo suficiente para matarte cuando estás a bordo de tus altas
expectativas.
—Pero apenas las sientes si tienes los pies en la tierra —corroboró Faith.
—Pues yo creo que solo quieres compartir tu frustración por la boda que
no deseas celebrar. Encontrar en mí a una aliada —dijo Prudence, mirando a
Faith—. Entiendo que no estés satisfecha con la manera en que tu
compromiso se ha dado, pero eso no significa que a mí la conveniencia
matrimonial me suponga un problema. Además: si te han prometido a un
acaudalado americano es porque no te ha convencido ninguno de los
acaudalados ingleses que no se cansan de revolotear a tu alrededor.
Faith se cruzó de brazos.
—¿Qué acaudalados ingleses, si no es mucho preguntar? Una cosa es que
disfruten charlando conmigo y otra muy distinta es que estén por la labor de
echarme el lazo.
Por desgracia, tenía toda la razón. Los solteros del país podían llegar a las
manos para convertirse en el afortunado que le sirviera el ponche, pero a

Página 159
ninguno le importaba tan poco su reputación como para pedirle matrimonio.
—Creo que quería decir «acaudalados irlandeses» —corrigió
Temperance. Faith la fulminó con la mirada.
—Eres una latosa y una impertinente.
—Y encima soy tu hermana. Dios te pille confesada.
—¿Qué me sugerís entonces? —Acabó suspirando Faith—. ¿Que acepte
la mano de Burton?
—No puedes aceptar ni rechazar una mano que no te han tendido —acotó
Prudence—. El señor Burton no te ha hecho ninguna propuesta, ¿me
equivoco?
Temperance se mordió el labio para aguantar una sonrisa.
—Ninguna respetable —murmuró.
Faith enrojeció.
—No, no me ha hecho ninguna propuesta. ¡Y menos mal! Si a ese
impresentable se le ocurriera entrar por la puerta y proponerme matrimonio,
lo mandaría al diablo —declaró con seguridad.
Para la sorpresa de algunas y la diversión de otras, el mayordomo se
personó bajo el umbral con una mano a la espalda y un anuncio que hacer.
Todas contuvieron el aliento al ver el surco en el ceño de Camden, que para
ser un miembro del servicio se tomaba la libertad de mostrar su desacuerdo
cuando le parecía que un recién llegado podía haberse ahorrado la visita.
—Como el invitado sea el señor Burton voy a echarme a reír —juró
Temperance.
—Como sea él y venga a pedirme matrimonio, entonces me reiré yo —
replicó Faith.
—No va a tener esa suerte, señorita Swansea —se lamentó Camden—.
Lord Riversey solicita audiencia con usted.
La sonrisa se agrietó en los labios de Temperance.
—Vaya por Dios —gruñó Faith—. Parece que este par de impresentables
son intercambiables. A ese lo mandaría al diablo también.
Temperance, que se había quedado momentáneamente aturdida en el
asiento, se apresuró a alisar las arrugas de su sencillo vestido de mañanas.
—No será necesario. —Se levantó con dificultad, como si un cordón
invisible estuviera tirando de ella en la dirección contraria—. Creo que cada
una ha de lidiar con su propio impresentable por separado.
—Si cada una tiene uno, ¿cuál es el mío? —quiso saber Hope, mirando a
sus hermanas de forma alternativa. Parecía decepcionada por no haber sido
bendecida con el dudoso honor.

Página 160
—Eso habrá que verlo cuando crezcas, cariño, pero no creas que te
salvarás —le dijo Faith—. A todas las mujeres le salen granos, solo que
algunos no aparecen en la cara sino en zonas peores.
Hope hizo una mueca.
—Yo no quiero que me salgan granos.
—¿De veras vas a reunirte con él? —intervino Charity, incorporándose.
Se quedó a camino entre levantarse para escoltarla y volver a sentarse,
esperando una señal para actuar—. ¿No deberíamos echarlo?
—Sería un placer —admitió el mayordomo, sonriendo con amabilidad.
Temperance le devolvió el gesto.
—Supongo que podríamos recibirlo aquí. Mary y Olivia aún están
limpiando el polvo del salón de visitas, ¿verdad?
—Así es. Milord espera en el recibidor.
—¿Le has hecho esperar en el recibidor? —Temperance se contuvo para
no reír—. Eres un mayordomo perverso. ¿Dónde están tus modales para con
la nobleza?
—Mis modales están a la altura de los del invitado.
—Entonces comprendo que lo hayas plantado en la entrada —ponderó—.
Dile que puede pasar, pero que ya sabe cuáles son las reglas de esta casa.
Antes ha de saludar a todas las Swansea, como dicta la buena educación.
Aunque el mayordomo no las tenía todas consigo, obedeció como era su
deber y regresó unos minutos después con el noble pisándole los talones. Para
el momento en que entró o hizo el amago —pues se retiró como si hubiera
dado con una puerta invisible al ver a las hermanas en su sitio—, se había
formado un tenso silencio en el salón.
Temperance incluso aguantaba la respiración.
—Señoritas —saludó él, asintiendo con la cabeza. Todas ellas
correspondieron el gesto con mayor o menor ánimo.
—Buenos días, milord —exclamó una animosa Faith—. ¿Qué le trae por
aquí?
Riversey aparentaba hallarse entre amigos con una envidiable expresión
serena. Temperance esperaba estar a la altura de su talento interpretativo, o
por lo menos no ser muy obvia respecto a cómo se sentía en realidad. Los
nervios la estaban devorando, y no tanto por la indeseable visita como por el
que sospechaba que era el motivo.
—Estaba paseando por la zona cuando he decidido pasar a saludar a la
señorita Swansea.

Página 161
—Vaya, me sorprende que recuerde la dirección de los Swansea —
comentó Faith—, porque me suena que un día no hace mucho tiempo se le
olvidó que tenía una cita aquí.
—¿Se le olvidó que tenía una cita aquí? —repitió Prudence con inocencia
—. Ah, bueno, entonces fue un fallo de memoria. Pobre de milord. ¡Y yo
pensando que solo se equivocó dando órdenes al lacayo! Hay que ser
verdaderamente inútil para llevarle por error a Gretna Green cuando el destino
es la iglesia de aquí al lado, ¿no es cierto?
—Más que un error lo considero un… pequeño giro en los
acontecimientos.
—Pues para ser solo «pequeño», milord, ese giro puso unas cuantas vidas
del revés —le recordó Charity, perforándolo con una mirada hostil—. A lo
mejor debería haber hecho otro tipo de visita para ocupar el tiempo de su
paseo.
—Lo cierto es que no podía visitar a otra persona. —Miró a Temperance
con gesto inexpresivo, aunque ella lo conocía de sobra para saber que le
estaba pidiendo auxilio—. Tengo que hablar con la señorita Swansea.
—Ya está hablando con ella —repuso Hope—. Con ellas, en realidad, las
únicas que tienen razones para recibirle en su salón.
—Hay que tener valor para presentarse en esta casa sin invitación y
exigiendo una audiencia con mi hermana —ladró Faith, ya sin miramientos
—. Si mi padre estuviera aquí, le habría arrojado el guante.
—Ya basta —intervino Temperance. No por piedad, sino por miedo a que
Riversey decidiera defenderse de los ataques de Faith contándole lo que había
presenciado en el Coburg. Por supuesto, a Faith le importaría un bledo su
ilícita relación con Hancock, pero el resto de sus hermanas no comprenderían
el motivo de la conspiración y se sentirían traicionadas por no haber sido
informadas antes—. Agradezco vuestras interesantes propuestas de
conversación, pero puedo darle coba al invitado sin vuestra ayuda.
»Acompáñeme al salón de visitas, milord. Creo que el territorio será
menos hostil… —Lo miró de reojo—, pero no puedo prometerle nada.

Página 162
Capítulo 23

Temperance procuró no mirar a Riversey mientras encontraba la mejor


postura en el diván. Habían pasado al salón de visitas con la obligada
compañía de Hattie, la joven sordomuda, el tipo de criada más apropiado para
reuniones en las que claramente se iba a charlar de asuntos privados. Riversey
no era la clase de hombre que hacía visitas por cortesía, y algo terrible debía
haber sucedido para que hubiera tenido la desfachatez de presentarse.
Al alzar la vista en su dirección confirmó sus sospechas.
Riversey tampoco destacaba por su expresividad, pero Temperance tenía
una memoria privilegiada que le había permitido recordar lo que significaba
que cruzara el tobillo a la altura de la rodilla y lo meneara con impaciencia.
No se encontraba en su mejor momento, y aunque era suficientemente
rencorosa para gozarse la incomodidad de un enemigo, no fue eso en lo que
pensó. Pensó en que toda la culpa de su atractivo la seguían teniendo los ojos
verdes y la mandíbula firme, en que sus buenas maneras seguían superando
las rencillas pasadas en orden de importancia y en todas las emociones que su
presencia le suscitaba.
La mayoría negativas, pero sobrevivían unas cuantas neutrales como la
curiosidad.
Fue él quien inició la conversación.
—Ya que sus hermanas han tenido el tino de referirse al vínculo que nos
unió en el pasado, creo que obviar lo que flota entre nosotros durante esta
conversación sería craso error.
—¿Qué quiere decir? —Se le escapó una nota de sarcasmo—. ¿Va a
pedirme perdón por haberme plantado en el altar? ¿No le parece que es un
poco tarde para eso?
—No he venido a disculparme antes por las… —Vaciló, dudando sobre el
adjetivo a elegir— precipitadas y egoístas decisiones que tomé en el pasado

Página 163
por una sencilla razón. La misma noche que regresé de Gretna Green, su
padre me visitó para advertirme que no volviera a acercarme a usted jamás.
Me dijo que no me había retado a duelo porque por mi posición social podría
haberlo desdeñado sin miramientos, además de porque conocía sus
sentimientos hacia mí y sospechaba que usted jamás le perdonaría si supiera
que me había hecho daño.
—Esa pudo haber sido la primera vez que mi padre se equivocó —dijo sin
moverse, con la barbilla alta—. Le habría perdonado en el acto.
Riversey la observó por unos segundos, intentando averiguar si bromeaba.
Aunque no le gustó la verdad, prosiguió meneando la cabeza, incómodo con
sus recuerdos, con la escena o con ambos.
—No obstante, el señor Swansea agregó que no le importaría arriesgarse a
ser víctima de su odio eterno, e incluso a ir a la propia cárcel, si me atrevía a
dirigirle la palabra de nuevo; un atrevimiento que me saldría por el alto precio
de un balazo en el cráneo.
Temperance no movió ni una pestaña, entumecida por el relato.
—¿Todo eso es textual? —inquirió un rato después, cuando creyó haberlo
asimilado.
—Así es. Las palabras del señor Swansea me han acompañado estos años
como un cabestrillo o un bastón, pues eran el recordatorio de una herida que
jamás conseguiría sanar. Nunca olvidaré la hostilidad de nuestra entrevista
como lamentablemente tampoco olvidaré nunca el daño que le hice, señorita
Swansea.
Temperance sacudió la cabeza para disuadirse de preguntar en qué
términos la recordaba. Por mucha curiosidad que le suscitara averiguar si a
ojos de Riversey era una víctima, una gran oportunidad que había
desperdiciado o una pobre miserable, antes necesitaba saber de dónde había
sacado el valor para presentarse en su casa.
Así se lo preguntó.
—Conociendo a mi padre, que jamás ha hablado en vano, la amenaza
seguirá en pie a día de hoy. ¿Por qué se ha arriesgado tanto viniendo hasta
aquí, entonces? ¿Acaso lo que tiene que decirme merecería un disparo?
—Me temo que el mal causado por el que me tendría merecida una bala
no puede compararse a ningún otro que pueda improvisar ahora. Aunque lo
intentara, sospecho que me sería imposible hacerle más daño. —Y la miró
con intención, esperando que ella lo confirmara.
Se negó a darle el gusto.

Página 164
—Usted ya no es tan importante para mí, milord. Nunca he permitido que
tuviera un lugar de honor en mi vida. Ahora dígame qué le ha traído hasta
aquí.
—Aparte de la debida disculpa —empezó con tiento—, quería que supiera
que lo que presencié hace algunas noches en el Coburg morirá conmigo.
Temperance suspiró para sus adentros.
Por supuesto que había decidido visitarla por aquel motivo.
—¿A qué se refiere con lo que presenció?
—A su idilio con el señor Royce Hancock, que hasta donde sé es el
prometido de su hermana. —Alzó la mano—. Por favor, señorita Swansea, no
interprete la mención de su identidad como un reproche. Solo quería hacerle
saber que reconocí al caballero antes que su mentira.
—Guarde cuidado. Usted no está en posición de reprocharme o de
avergonzarme con ninguna clase de acusación.
Riversey aceptó con la pulla con deportividad y dejó que unos segundos
de silencio suavizaran la rigidez de la atmósfera.
—Sepa que cuenta con mi absoluta discreción. Me jacto de conocerla lo
suficiente para haber imaginado que no dormiría usted tranquila sabiendo que
alguien podría delatarles; de ahí mi visita.
—No sé si lo suficiente, pero es obvio que me conoce en ese sentido. —
Le concedió—. Le daría las gracias, pero estará de acuerdo conmigo en que
un agradecimiento de mi parte hacia su señoría sería, cuanto menos, un acto
cargado de ironía.
—Por supuesto que no. He venido a inmolarme, señorita. —Probó a
sonreír con humildad, una virtud que nunca antes habría creído posible en un
hombre de su posición y carácter—. Un agradecimiento estaría de más.
Temperance asintió, procurando no exteriorizar la desorientación que la
embargaba. Siempre supo que podría manejar al bromista y altivo Riversey
que había conocido y que trató durante lo que duró el compromiso. No
obstante, no tenía ni idea de cómo afrontar a un hombre que no le hacía burla
y no la juzgaba al mirarla.
Odiaba ser consciente de que tanto Riversey como sus allegados la habían
herido de tal manera que desconocía el modo de proceder cuando no estaba
siendo atacada. Riversey le asestó un golpe fatal con su rechazo y su
indiferencia, pero la pandilla de aristócratas que se distrajo con la miseria de
su compromiso abortado y hasta halló diversión en su posterior caída como
casadera fue quien la mató. O quien había estado a punto de lograrlo.
Se humedeció los labios.

Página 165
—Debió usted pensar que no he aprendido la lección —dijo sin pensar—.
Que la noche del Coburg confirmé todo lo que siempre pensó: que soy una de
esas mujeres a las que no merece la pena echar el lazo porque ya se entregan
sin reservas antes de pasar por el altar.
Riversey se mostró horrorizado.
—Jamás he pensado eso de usted.
—Es lo que sus actos dieron a entender, así que en realidad es irrelevante
si cruzó o no su mente. Usted sabrá igual de bien que yo cuáles eran las
apuestas más populares sobre su abandono. Una de ellas debía ser cierta,
claro, y la mencionada es por la que yo aposté. Supongo que la preferí a las
demás.
—¿Por qué elegir ese entre todos los rumores, que era con diferencia el
más cruel?
—Porque es el que tenía más sentido. A fin de cuentas partía de una
premisa verdadera; yo ya no era un misterio para usted. —Lo miró con fijeza,
tratando de llevar aire a sus pulmones desinflados—. Dímelo, Oliver. Dejó de
tener sentido hacerme tu esposa en cuanto me hiciste tu mujer, ¿verdad?
Riversey cambió de postura, estirando todo el tiempo del que disponía
para responder.
—Había olvidado lo franca que eres —murmuró—. A veces conseguías
que me ruborizara.
—No voy a mantenerte en este salón por mucho más tiempo si tu
propósito es recordar viejos tiempos.
Riversey dejó de jugar con la hebilla del zapato que todavía tenía apoyado
sobre la rodilla y la enfrentó con la misma franqueza que había alabado en
ella.
—No, Temperance. No fue por eso.
—¿Entonces? —insistió. Trajo a su mente todos los rumores que habían
circulado por los salones—. ¿La amas de veras, a lady Georgiana? ¿Es porque
no soy una dama… o porque no parezco una dama? ¿Mi dote era
insuficiente? ¿Mis contactos te parecieron escasos?
Riversey estiró la espalda y recorrió cada una de las formas del estampado
de la alfombra antes de volver a mirarla. En sus ojos verdes brillaba una
emoción intensa que la estremeció.
No era la que esperaba ver.
—Lady Georgiana me importa… ahora. El afecto es algo que hemos ido
construyendo con tiempo y paciencia, y que en mi caso ha sido toda una
odisea porque mi corazón ya tenía dueña.

Página 166
»Tal vez no lo entiendas, Temperance; yo miro atrás y tampoco alcanzo a
comprender qué fue lo que me entró en el cuerpo aquella mañana. Solo sé que
me levanté temblando, asustado, sabiendo que pondría mi vida en manos de
una mujer que podría destrozarla y en las mías quedaría la obligación de
contener a una joven ingobernable.
—No me querías lo suficiente —atajó con sequedad.
—Te quería más de lo que entraba en mis planes. Más de lo que un
hombre como yo puede permitirse amar —corrigió—. Mi padre organizó ese
matrimonio porque todos los Riversey tienen algo en común: se casan con
mujeres que les convienen y que jamás interferirán en sus asuntos.
»Conoces mi historia y sabes que el amor es repudiado en mi familia, que
el afecto es lo más cercano a ello que nos permitimos experimentar y solo
porque no nos limita, porque alguien por quien solo te preocupas no acapara
tu pensamiento, no trastoca tu alma, mientras que alguien a quien amas te
arruina para siempre.
Temperance se estremeció, y no de repugnancia o por la incredulidad,
sino porque a diferencia de lo que Riversey había advertido, sí que lo
entendía.
Ella estaba arruinada para siempre. Y sabía ahora mejor que nadie lo que
era huir de lo querido por miedo al descontrol.
—Me asusté —resumió, aunque no habría hecho falta porque Temperance
lo entendió—. Y mentiría si dijera que no me he arrepentido en ningún
momento de haber huido, porque lo hago. Pienso en ti cada segundo del día y
cuando al coincidir te observo de lejos no es para regodearme en lo que hice o
para demostrar que quedamos en buenos términos. Lo hago porque eres
superior a mis fuerzas. ¿Lo entiendes, Temper? Eres y has sido siempre
superior a mis fuerzas, y un hombre que será duque no puede flaquear.
—Es una excusa estúpida —balbuceó ella, ahuyentando las lágrimas con
pestañeos cortos e imprecisos—. ¿No podrías haberte asustado un día antes, al
menos, cuando no llevara puesto el vestido de novia? ¿No podrías haberte
asustado mejor dos meses antes, cuando no me hubiera arruinado ante los
demás; cuando habrías ahorrado sufrimiento a mi familia? Nos las arreglamos
para que esto no afectara por completo a mis hermanas, pero ahora no pueden
casarse con hombres que conozcan durante la temporada porque saben quién
es Temperance Swansea. Mi hermana Faith ha tenido que buscar marido en
Nueva York y mi hermana Prudence se casará por poderes con un hombre al
que tampoco conoce.

Página 167
—He oído que ese hombre es el duque de Arden. No es en absoluto un
mal matrimonio.
—No lo es, pero jamás habría tenido lugar si su padre no le hubiera
debido un favor al mío. ¿Y por qué Gretna Green? ¿Tenías que dar la imagen
de que estabas tan desesperado por huir de mí que hasta estabas dispuesto a
casarte en Escocia sin el beneplácito de tu padre?
—Tenía que alejarme de ti, casarme con ella antes de cambiar de
opinión… y solo en el camino la cambié diez veces.
—No te creo. Tuviste que tener el viaje programado. Tenías que saber que
lo harías para tenerlo listo. Al menos lady Georgiana sabía que había una alta
posibilidad de que me abandonaras y la eligieras para embarcarte en esa
aventura.
—Lady Georgiana es una amiga de la infancia, ya lo sabes, y resulta que
me ha querido desde que puede recordar. Te aseguro que no lo sabía, y yo
tampoco. Tenía que casarme, insisto, y ella aceptó hacerlo apenas se lo
propuse esa misma mañana.
—Me voy a reservar mi opinión sobre la absoluta falta de respeto que lady
Riversey tuvo hacia mí al no pensar siquiera en rechazarte.
Riversey suspiró.
—Sé que mis disculpas jamás serán suficientes, como tampoco las suyas,
pero te pedimos perdón de nuevo.
La tentó decirle que, de nuevo, era su intención rechazarlo. Temperance
era una mujer rencorosa y Riversey lo sabía: ¿cómo no iba a saberlo, si
independientemente del resultado del compromiso, se amaron con cobardía y
disfrutaron de todo el tiempo del que dispusieron para conocerse el uno al
otro? Temperance jamás se había permitido pensarlo para no meter el dedo en
la llaga, pero a diferencia de Riversey ella estaba convencida de que su
matrimonio podría haber funcionado. Solo funcionado, porque como él había
dicho —y no sin razón—, ella era ingobernable y la vida de noble sin
responsabilidades empresariales la habría acabado desesperando.
—Al menos ahora sé que soy inolvidable —dijo tras unos segundos de
meditación.
Riversey evitó sonreír para no dar la impresión de que entendía su
comentario como una invitación a la amistad. Pero la simpatía se reflejó en su
mirada clara.
—Tendrás que esconderte si me quedo viudo, porque no dudes que te
perseguiré como un colegial.
Temperance jadeó, indignada.

Página 168
—Eres un sinvergüenza. Si te atrevieras a perseguirme después de todo,
sería yo la que se armaría con pistola y guantes y se las vería contigo al
amanecer.
—Estaría encantado de acudir a tu encuentro. A fin de cuentas, una cita
con Temperance Swansea es una cita con Temperance Swansea. No importa
si hay pistolas por medio.
Lo odió por incitarla a sonreír de vuelta, por recordarle por qué se había
enamorado de él como una ilusa: rápido y cegada por las esperanzas de
futuro.
Temperance culpó primero a su encanto aristocrático, algo que no
comprendía y justamente por no comprenderlo le maravilló tanto, y luego
pasó a lamentar que el amor la hubiera engatusado siendo tan joven. Pero
ahora se daba cuenta de que ni los diecinueve años ni la gallardía de Riversey
habían tenido nada que ver. Los enamoramientos obsesivos jamás tenían una
verdadera razón de ser, eran una enfermedad que atacaba la sangre sin
importar la condición del contagiado. En su caso, a la obsesión no le importó
que fuera firme y resistente, porque la derrumbó de todos modos.
Aunque por dentro se sentía más débil que nunca, Temperance se puso de
pie con energía renovada. Riversey la imitó a desgana, como si quisiera
posponer el momento de la marcha.
—Será mejor que te marches antes de que mi padre se entere de que estás
aquí, aunque con lo que a mis hermanas les gusta hablar no descarto que ya lo
hayan informado.
—Si lo hubieran informado, no estaría en posición vertical —apuntó con
sabiduría—. Estarían cargando mi cuerpo inerte para que lo reconociera mi
esposa.
—Un espectáculo al que asistiría con gran placer.
Riversey aceptó el comentario con resignación. Temperance pretendía
pasar por su lado para abrir la puerta y despedirlo: ella no se movería de allí,
puesto que necesitaba un rato sola para asimilar cada frase pronunciada y
para, quizá, llorar lo que había estado reprimiendo. Pero Riversey la detuvo
antes de que extendiera el brazo hacia el pomo de la puerta y tomó su mano
con delicadeza.
Fue a recordarle que no debía tocarla cuando no llevaba guantes si no
quería que la doncella lo acusara de extralimitarse, pero se calló a tiempo.
Había acariciado su piel desnuda en cientos de ocasiones; la había besado de
modos que tendrían que estar prohibidos y recorrido con los labios su cuerpo
entero. Sería una niñería pedirle que se retirase, sobre todo cuando en el fondo

Página 169
su herida vanidad necesitaba ese beso de despedida. Lo necesitaba para
recordar que él estaría sufriendo cada día por todo lo que ella empezaba a
olvidar.
La abrasó con una mirada que contenía en vano un deseo ahora vetado, y
depositó un beso cálido en el dorso de su mano.
—¿Aceptaría un consejo viniendo de mí, señorita Swansea? —le preguntó
en voz baja.
—No me voy a tapar los oídos.
—Se libró de un amor cobarde cuando aquel día me marché de Londres.
Pase lo que pase, por favor: no cometa el error de aceptar la mano de otro
hombre al que le dé miedo quererla.
—Mucho me temo que no es tan fácil reconocer a un hombre al que le
aterran sus sentimientos. Todos tenemos miedo, Riversey. Yo también lo
tenía. Pero aprendemos a vivir con él.
—No todo el mundo, señorita Swansea. Me partiría un rayo antes que
arrojarla a los brazos de otro, pues soy tan egoísta que me gustaría arruinarla
para todo el mundo… pero me dio la impresión de que ese hombre que me
agarró del pescuezo el otro día es lo bastante valiente.
—Lo bastante valiente ¿para qué?
—Para hacer lo que quiera. Y todo hombre que tenga el valor de hacer lo
que quiera y no sea demasiado obtuso, elegirá hacerlo con usted de
compañera.
Se despidió de ella con un asentimiento de cabeza. No esperó a que le
respondiera: cruzó el umbral con paso ligero, casi diría que satisfecho, y
desapareció de su vista. Temperance se apresuró a colgarse del marco de la
puerta para verlo marchar… o, mejor dicho, para asegurarse de que ningún
polizón travieso o vengativo ponía trabas a su salida. No vio a Faith poniendo
zancadillas ni a Prudence haciendo comentarios todo lo malintencionados que
podían serlo viniendo de ella, pero Riversey apenas había pasado por delante
de las escaleras que daban al piso superior cuando el señor Swansea, silbando
distraídamente mientras leía el titular del periódico enrollado como un
catalejo, saltó el último escalón. Riversey no se dio cuenta de su aparición,
pero Edison, con sus hiperdesarrollados sentidos de soldado, alzó la barbilla
apenas hubo dado tres pasos y miró en dirección a Riversey.
Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Temperance vio la vida pasar
por delante de sus ojos cuando Edison se recolocó muy despacio las gafas.
—No se mueva de ahí, señor Swansea. —Pareció rezar al susurrarlo—.
No se mueva.

Página 170
Paralizada por el pánico, observó que Edison miraba a un lado y a otro,
desorientado, antes de clavar en ella una mirada de advertencia. Armándose
de paciencia con una honda inspiración, señaló con el pulgar la espalda de
Riversey y preguntó amablemente:
—¿Qué hacía ese hijo de puta en mi pasillo?

Página 171
Capítulo 24

Entre todas las excursiones familiares que existían para disfrutar del
tiempo reunidos, ir de compras era la única que para Temperance suponía un
sacrificio. En general, despreciaba toda actividad que conllevara la menor
interacción social, y Dios sabía que los barrios comerciales de moda eran
centros neurálgicos de chismorreo, más recomendados para ver y ser visto
que el propio Almack’s o Hyde Park.
En cualquier otra circunstancia habría rechazado el viaje solo para
ahorrarse la vergüenza de acompañar a dos novias ansiosas por gastar una
pequeña fortuna en el ajuar. Ni los dependientes contendrían la lástima hacia
ella por lo que podría haber sido tres años atrás. Pero antes muerta que
soportar una mañana a solas con sus pensamientos tras la visita de Riversey,
que la había dejado de un humor extraño.
Se había imaginado encerrada en su dormitorio, descomponiendo cada
una de sus frases palabra por palabra, en busca del truco o la mentira que
mantendría vivo el odio, lo que durante tanto tiempo había sido su coraza
protectora. Para cuando sus hermanas hubieran regresado a Eaton Square,
Temperance ya se habría arrancado hasta el último pelo de la cabeza por la
desesperación; y si alguno le hubiera quedado, escucharlas quejarse sobre sus
pies hinchados y el cansancio de una tarde entera pateándose Bond Street
hubiera terminado de enloquecerla.
Por el bien de su estado mental, había sido mejor apuntarse a la aventura
de sastrería, que al final no resultó tan entusiasta como habría imaginado. La
única con ánimo risueño era su madre, y conforme fue avanzando la tarde en
compañía de un par de novias sin ilusión, hasta Wilhelmina acabó suspirando
de aburrimiento en la mercería de Bond Street. Prudence honraba su nombre
moderando la emoción hasta rayar en la apatía, y Faith ni se molestaba en
ocultar que detestaba su estatus de prometida.

Página 172
—No parece que esté habiendo resultados en cuanto al cometido que te
encomendé —le dijo a Temperance en un momento dado, sin mirarla.
Estiraba la mano hacia las cintas de exposición, colgadas como tiras de
beicon. Temperance se aseguró de que Wilhelmina estaba ocupada
lamentándose con la dependienta por la actitud desidiosa de sus hijas y se giró
hacia Faith.
—Hago lo que puedo. Tampoco es que haya una cuenta atrás.
—No habrá cuenta atrás, pero una cosa sí sé seguro y es que los días
siguen pasando.
—Ni siquiera hay fecha para la boda, Faith, haz el favor de relajarte.
—No había fecha para la boda. Ahora sí, y dentro de un par de días se
publicarán las amonestaciones. —Enarcó las cejas—. ¿Vas a esperar a que
esté cruzando la iglesia con el velo puesto para espantar a Hancock? Porque
una cosa te digo, Temper; una vez se anuncie la fecha de la boda no voy a
romper el compromiso. Puede que me esté aferrando a mi soltería con garras
y dientes, pero hay límites que no cruzaría y ese es uno de ellos. No se me
ocurriría pasar por la humillación de rechazarlo cuando la boda estuviera
preparada.
Temperance apretó los labios.
—Conque una humillación, ¿eh?
Faith abrió la boca sin emitir sonido, por un momento sin saber qué decir.
—Sabes que no… No te lo lleves al terreno personal, Temper.
—¿Cómo quieres que no me lo lleve al terreno personal?
—No estaba hablando de ti ni de lo que ocurrió, sino de mí…
—Porque en mi caso no es una humillación y en el tuyo sí. ¿Cómo
explicas eso?
—Bueno, a ti nunca te ha importado lo que dijeran de ti. Yo soy más
susceptible a la opinión popular.
—¿Eso crees? —Se le escapó una nota de decepción—. ¿Que no me
importa que hablen de mí en pésimos términos? ¿Que me es indiferente que
se rumoree que poseo defectos imperdonables, aunque no salten a la vista, y
que Riversey se libró de una mujer que es lo más cercano a un castigo divino?
Faith la miraba horrorizada.
—Si alguna vez te ha dolido algo más que la traición de Riversey, no me
consta. Por si no te has dado cuenta, no soy adivina.
—No hace falta ser adivina para deducir el motivo por el que rechazo
prácticamente todas las invitaciones a eventos populares y, cuando acudo,
procuro pasar desapercibida. Con ser un poco avispada es suficiente.

Página 173
—¿Ahora me estás acusando de idiota?
—No, te estoy acusando de egocéntrica —espetó. Tuvo que bajar la voz al
ver que una clienta las miraba por el rabillo del ojo—. ¿Cómo tienes el
descaro de increparme que tu compromiso siga adelante cuando es tu deber y
el de nadie más rechazar a Hancock? ¿Siquiera eras consciente de lo que me
estabas pidiendo? Estás comportándote como Riversey, Faith. No tienes valor
para encargarte de tus propios asuntos. Si él no rompe el compromiso, ¿qué
harás? ¿Fugarte con alguien?
Soltó una disimulada carcajada llena de amargura y se dio la vuelta.
—Espera, Temper, no te enfades. —Faith la retuvo cogiéndola de la mano
—. ¿Por qué estás tan susceptible? ¿Es por la visita de Riversey?
Sincerarse quedaba fuera de toda cuestión, tanto como temía confesar en
voz alta que había cruzado límites inexpugnables… otra vez. No por miedo a
un juicio que no llegaría, sino preocupada por lo que ser honesta consigo
misma podría conllevar.
—Como travesura era divertido flirtear con Hancock, pero conforme
pasan los días se vuelve cada vez más grotesco y no pienso participar en un
escándalo de bodas canceladas a última hora. Supongo que yo tampoco estoy
dispuesta a sufrir una humillación; ya cubrí el cupo hace tiempo.
»De todos modos —agregó, aferrando su ridículo—, te alegrará saber que
Hancock me insinuó hace unos días que se encargaría de disolver vuestro
compromiso. No te lo he dicho porque lo más probable es que no tenga la
menor intención de cumplir su promesa: a la vista está que mi intuición no
fallaba, porque la boda sigue adelante.
—¿Qué? ¿Qué te dijo exactamente? —Se mordió el labio—. Temper, lo
siento… Es solo que estoy muy nerviosa. Me hice rápido a la idea de que no
me casaría con él y ahora que veo que la fecha se acerca estoy empezando a
darme cuenta de que hay una alta posibilidad de acabar convirtiéndome en la
señora Hancock. Y sabes que no soy de las que encajan la derrota con
deportividad.
—No, no lo eres. He jugado contigo a las cartas alguna que otra vez como
para saberlo. Pero esta no es mi guerra, Faith, es la tuya. Cometiste un error
poniendo todo el peso de tu futuro sobre mis hombros, sobre todo sabiendo
que mis hombros ya han cargado suficiente.
—Insisto en que lo lamento.
—Bueno, no tengo tiempo para lamentos. Dile a madre que volveré a casa
caminando.
—¿Caminando? ¿Sola? La gente hablará, Temper…

Página 174
—La gente ya habla. Moverme sola por la ciudad y a cara descubierta no
sería la peor de las humillaciones —replicó con ironía.
No se quedó a ver el ceño ominoso que ensombreció el rostro de su
hermana. Salió de la tienda acompañada del alegre tintineo de una campanilla
y suspiró cuando el aire fresco de noviembre le acarició la cara. Unos
segundos después, echó a andar sin prestar mucha atención a las coordenadas
de la casa familiar. No tenía la menor intención de regresar tan pronto con sus
hermanas pequeñas, que exigirían todo género de detalles sobre el periplo
comercial.
Cuando llevaba ya un rato caminando, procurando mantener la mente en
blanco para no verter más veneno sobre Faith del que habían escupido sus
reproches, empezó a relajarse: a fijarse en los edificios que la rodeaban, los
viandantes con los que se iba cruzando. Se dio cuenta de que había pasado la
zona rica de Londres y se internaba en un bien considerado barrio de
trabajadores. En aquellos lares destacaba incluso más por el vestido que
llevaba, pero sorprendentemente ninguno de los transeúntes con los que se
cruzó de cara fueron tan maleducados como para mirarla más de tres
segundos y murmurar por lo bajo. La gente de clase obrera tenía cosas más
importantes de las que preocuparse, pensaba.
Al enfocar la vista y abandonar por un momento sus pensamientos,
interceptó entre los peatones a uno cuya forma de andar se le antojó conocida.
No solo la manera en que se movía, sino también su destacable planta: era un
hombre que sobresalía en altura respecto a los demás y que a diferencia del
resto no parecía preocupado por llegar tarde. Temperance apretó el paso con
la intención de alcanzarlo, pero al recordar que se encontraban muy alejados
de Eaton Square, un extraño presentimiento la obligó a detenerse.
Recordó las sospechas que Mercy había compartido con ella, sospechas
que Temperance enterró para entregarse al placer sin reservas, y enseguida
entró en tensión.
Royce estaba relajado, no parecía ir a ninguna parte: de hecho, durante la
primera media hora de disimulada persecución, lo vio detenerse en puestos
ambulantes para examinar las piezas artesanales en venta y ante algunos
edificios municipales, como si estuviera dando un paseo de reconocimiento.
Sin embargo, el hecho de que algunos vendedores lo saludaran como si lo
conocieran y la facilidad con la que se movía por un barrio que los Swansea
no le habían llevado a conocer espolearon su ánimo vigilante.
Lo siguió durante media hora más a una distancia prudente, arrebujada en
su prenda de abrigo y con la barbilla pegada al pecho para que, si se diera la

Página 175
vuelta, no la reconociera.
Sabía que llegaría a alguna parte, sabía que tenía un destino, y creyó que
el destino era el callejón en el que se internó apenas empezó a caer la tarde…
pero aquella solo fue una treta.
Temperance apenas había torcido a la derecha para seguir sus huellas
cuando él se dio la vuelta repentinamente y la cogió del cuello. En un abrir y
cerrar de ojos se vio aplastada contra su cuerpo y la pared.
Jadeó más por el sorpresivo agarre que porque estuviera aplicando fuerza.
—¿Por qué demonios me está siguiendo, señorita? —siseó en su oído.
Aunque había modulado el tono para amedrentarla, Temperance cerró los ojos
y tembló seducida por la caricia de su aliento. Él lo notó y, además de
relajarse, se pegó más a ella.
—¿Cómo ha sabido que le seguía?
—Va vestida como una princesa por un barrio obrero. No soy el único que
se ha debido dar cuenta de que desentona. Si me acepta un consejo… —
Acarició su cuello con el pulgar antes de soltarla—, para la próxima vez
consígase un disfraz más apropiado.
—No era mi intención seguirle. Le he encontrado por casualidad.
—No me diga. ¿Y tanto me echaba de menos que su primer impulso ha
sido iniciar una persecución? ¿Por qué me estaba espiando?
Temperance pensó que sería una idiotez convencerlo de lo contrario y
simplemente contestó:
—Está usted comportándose de forma extraña y esperaba descubrir qué es
lo que se propone.
Royce ladeó la cabeza.
—¿Qué cree que me propongo?
—Solo usted lo sabe, pero me parece muy sospechoso su merodeo.
—Soy un extranjero en una de las capitales europeas; ¿qué tiene de
sospechoso que pasee por la ciudad?
—Me creería su afán turístico si no estuviera usted moviéndose por
barrios sin ningún interés cultural.
—¿Por qué no me deja decidir lo que tiene interés cultural y lo que carece
de él? Lo que una burguesa estima digno de atención no tiene por qué ser lo
que a un hombre como yo le parecería interesante. —Entrecerró los ojos—.
Aunque viendo cómo me mira, creo que celebro lo que ahora mismo parece
de su agrado.
—No sabe cuánto se equivoca si piensa que me agrada su
comportamiento. ¿A dónde se dirigía? Porque sé que se dirigía a alguna parte.

Página 176
Un hombre capaz de meterse en callejones abandonados sabiendo que no dará
con un muro es un hombre que conoce esos callejones, y los conoce porque
ha hecho este camino antes. Solo daba vueltas sin sentido para despistarme
porque sabía que le estaba siguiendo.
Royce alzó las cejas.
—Mejor dicho, una mujer capaz de hacer esas deducciones es una mujer
culpable de todos los cargos de los que acusa. Usted ha debido dar vueltas sin
sentido para despistar si está tan convencida de que hago lo mismo.
—No me enrede, Hancock. Estoy al límite de mi paciencia. Sé que
esconde algo, y si no lo descubro hoy, tenga por seguro que lo haré otro día.
Esperaba que se burlara de ella, que rompiera a reír y le preguntara por
qué diantres se creía tan lista… o, por lo menos, más lista que él. Sin
embargo, un chispazo de orgullo prendió la mirada de Royce, que pronto se
hizo imposible de sostener.
—Muy bien. Acompáñeme.

Página 177
Capítulo 25

Se podía imaginar la cara de espanto de Clodagh —y la de asombro de la


señora Higgins— cuando apareciera acompañado de la señorita Swansea.
Había marcado unas reglas muy claras en su primera visita y una de ellas era
mantener un perfil bajo, alejar a los Swansea todo lo posible de su identidad
alternativa. Lamentablemente, tenía la sospecha de que mintiendo a
Temperance solo estaría espoleando su curiosidad, y si algo había aprendido
tras treinta y tres años burlando la verdad con sus trapacerías, era que la mejor
manera de ocultar un secreto era poniéndolo a la vista.
El señor Higgins abrió la puerta con su característica sonrisa tranquila. No
reconoció a la señorita Swansea; debió imaginar que se trataba de una amiga
de Clodagh, porque no hizo ni una pregunta y solo le estrechó la mano a
Royce antes de señalarle el pasillo. Clodagh «estaba donde siempre».
Ese día el señor Higgins debía estar de buen humor: tres palabras eran
muchas más de las que solía pronunciar.
Le ofreció el brazo a Temperance para escoltarla a la salita. La insólita
circunspección de la joven le dio tiempo para poner en orden sus ideas. Sabía
que no corría verdadero peligro: la señora Higgins seguía trabajando a esas
horas, el único motivo por el que había cedido a meter a Temperance en la
boca del lobo. No obstante, si algo caracterizaba a la muchacha, era su
espontaneidad. Solo Dios sabía cómo reaccionaría a su verdad a medias,
también medianamente escandalosa.
Royce tocó a la puerta. La voz aguda de Clodagh lo invitó a pasar.
El simple hecho de que hubiera una mujer al otro lado tensó a
Temperance. Lo percibió sin necesidad de mirarla, solo por cómo apretó su
brazo con los dedos que lo rodeaban.
Royce giró el picaporte con energía y procuró no apartar los ojos de
Temperance durante la presentación.

Página 178
—¡Oh! —exclamó Clodagh, poniéndose de pie con torpeza. La barriga
puso trabas a su agilidad, pero consiguió hacer una rápida reverencia—. No
sabía que vendrías acompañado.
—Clodagh, esta es la señorita Temperance Swansea. Señorita Swansea…
le presento a mi querida Clodagh.
La muchacha se recuperó enseguida de la sorpresa de ver allí a una
Swansea. Le sonrió con la dosis justa de humildad, añadiendo un deje de
cansancio al posar la mano sobre el vientre redondo. Temperance, por su
parte, se había quedado petrificada. Aguantó un segundo frente a la
embarazada: uno, dos, tres y hasta cuatro. Al llegar el quinto, soltó el brazo de
Royce de un tirón y se dio la vuelta para salir de allí como alma que llevaba el
diablo.
Clodagh suspiró y se cruzó de brazos.
—¿A qué ha venido eso de «mi querida Clodagh»? ¿Tenías que torturarla
con la doble interpretación?
Royce se mordió la lengua para no soltar una carcajada.
—Si conocieras a esta mujer como yo la conozco, comprenderás que la
única forma de torcer su voluntad a ocultar sus sentimientos es mediante
jugarretas como esta.
—No me gustaría ser el objeto de tus pasiones, Roy. —Se dejó caer en el
diván de nuevo—. Estaré esperando a que termines de apaciguarla para
escuchar qué te pasó por la cabeza cuando creíste que sería buena idea traerla.
Royce le guiñó un ojo y salió en pos de Temperance, que todavía cruzaba
el pasillo sin una dirección muy clara. La vio girar el primer picaporte que
encontró a mano derecha e internarse en la que resultó ser la sala de visitas,
cuya entrada habría tenido de pronto vetada si no hubiera usado el tobillo
como palanca antes de que cerrase la puerta.
—Si está pensando que es una amante secreta o que dará a luz un hijo
mío, se equivoca.
Temperance no se movió de donde estaba, inmóvil en medio de la
pequeña salita. Cuando se dio la vuelta lo hizo de sopetón, sin ocultar las
lágrimas de espanto que humedecían sus ojos azules.
—Ha dicho «mi querida Clodagh». ¿Cómo quería que lo interpretara?
—Como que la aprecio. Como que es querida por mí.
—Sabrá que «querida» tiene dos significados distintos.
—Y usted, por no perder la costumbre de pensar lo peor de mí, ha optado
por el que me deja como un canalla.
Temperance hizo una pausa para respirar hondo.

Página 179
—¿Quién es Clodagh, pues?
No le pasó desapercibida la nota de ansiedad que le fue imposible
contener. Veía con tal claridad el dolor que las precipitadas conclusiones le
habían provocado que se sintió conmovido, y por ese mismo motivo lamentó
tener que mentirle.
—Es la mujer de un amigo al que perdí a manos de una enfermedad.
Cuando llegué a Inglaterra me enteré de la muerte de este y de la existencia de
su familia, y eso que los ingleses llamáis «honor» me hizo venir a conocerla.
Como ve, Clodagh vive cómodamente con la señora Higgins y su marido.
—Pero ella no está casada —murmuró Temperance.
—No. Mi amigo pretendía desposarla, pero la enfermedad se lo llevó
antes. La situación de Clodagh es complicada, pero una vez la conozca se
dará cuenta de que tenerle compasión sería ridículo. Apenas dé a luz a la
criatura, los hombres volverán a disputarse su atención como antaño.
Sabía que aquello era mucho suponer. Una mujer podía destacar en
encanto y belleza sobre toda la población femenina, que al final del día, un
pecado como el de Clodagh difícilmente sería perdonado. Ningún insensato la
tendría en cuenta para el matrimonio a no ser que dicho insensato
desconociera su papel de madre y su historia de amancebamiento. Ocultar lo
segundo no solo era plausible, sino obligatorio, y lo primero solo se le
dificultaría si Clodagh no fuera una experta del engaño. Por fortuna, lo era. El
papel de jovencita virginal ni siquiera sería un reto para ella, pues lo había
interpretado en ocasiones.
Nada de esto importaba a Temperance, sin embargo. A juzgar por su
expresión, en la que poco a poco se iba disolviendo el pánico de la primera
sospecha, estaba demasiado preocupada por los sentimientos que su reacción
había revelado como para compadecer a Clodagh.
Movido por la ternura, Royce se acercó a ella y ahuecó su rostro entre las
manos.
—Tengo la sensación de que lo que le ha horripilado de sus conjeturas no
ha sido tener que informar a su hermana.
—¿No me cree lo bastante empática para dolerme por Faith en el caso de
que Clodagh hubiera sido su amante embarazada?
—Por supuesto que sí, pero se estaba doliendo por sí misma —susurró,
acariciándole la mejilla con el pulgar—. Está familiarizada con los celos y la
traición; solo le sorprende que sea yo quien le despierta dichos sentimientos,
¿no es cierto?
Temperance negaba con la cabeza, sin mirarlo.

Página 180
—Si fueran celos… —empezó, sin credibilidad alguna—, ¿no cree que ya
los habría experimentado hacia mi hermana, que es la que se casará con
usted?
—No, porque sabe bien que no amo a su hermana y que su hermana no
me ama a mí… tan bien como sabe que todavía hay tiempo para anular el
enlace. Anular el embarazo de una amante, por otro lado, sí habría sido
complicado. En el caso de ser cierto le habría dolido como una traición.
Esperó a que su retorcido intelecto se las ingeniara para elaborar una
réplica brillante, pero no había forma de negar lo evidente. Temperance
seguía temblando, cada vez más, incluso, y la máscara de terror había vuelto a
eclipsar su belleza con un nuevo cariz. Ahora le horripilaba algo
completamente distinto pero igual de peligroso: cómo los celos la habían
apuñalado a traición.
La vio humedecerse los labios y todo su cuerpo se agitó en respuesta.
Esperaba que estuviese buscando la forma de confesar el descubrimiento:
esperaba, y no podía creerse cuán necesitado estaba de escucharlo, que
Temperance le dijera que lo amaba. Pero pese a ser una mujer formidable,
colosal, había palabras que incluso a ella la desbordaban.
No lo admitió, pero tampoco hizo falta, porque sus labios hablaron de
forma aún más elocuente cuando se lanzó a besarlo encabritada y mandona,
como ella era, pero detrás de ese beso implacable que inmediatamente lo puso
en un aprieto se hallaba la vulnerabilidad que a él tanto le maravillaba. Fue
esa vulnerabilidad lo que le permitió tomar las riendas e imponerse a la
impaciencia de su beso para marcar un ritmo aún más desesperado. Royce la
empujó hasta apoyarla en la pared y sin perder ni un minuto tiró de sus faldas
hacia arriba hasta tener la densa tela apretada en dos puños.
No podía hacerle el amor allí mismo. Aunque en incontables ocasiones
hubiera faltado a la confianza de su familia y para sus adentros los hubiera
considerado poco más que altivos usureros de clase media, a ella en concreto
no podía faltarle el respeto de aquella manera, levantándole la falda en casa
ajena con la alta posibilidad de que los interrumpieran. Pero se encargó de
hacerle saber con besos ardientes y devotas caricias, besos infinitos y
atrevidas caricias, que pronto estaría dentro de su cuerpo… y que la espera
estaba volviéndolo loco.
Royce recordó las palabras sobre compromiso que pronunció en el
Coburg y lo que las inspiró: la posibilidad que Clodagh planteó de cambiar de
novia. Convertir a Temperance en su esposa y seguir su plan al pie de la letra
sería impensable por un sencillo motivo, y era que nunca usurparía su dote

Página 181
para luego romperle el corazón. Pero si le daba un voto de confianza, una
confianza que había demostrado merecer… Si demostraba comprender el
porqué de sus numerosas identidades, de sus motivaciones… Si la desposaba
de veras con su nombre y usaba la dote de su esposa conociendo esta a dónde
iría dirigido un amplio porcentaje, quizá sustituir una Swansea por la que
amaba no sería mala idea.
Royce se separó un segundo para admirar su rostro congestionado, su
mirada nublada por el deseo, las mejillas arreboladas. La viva imagen de la
pasión enloquecedora que solo una mujer en el mundo le había hecho
experimentar. Una que sabía que jamás encontraría en ninguna otra parte, y
que se arrepentiría de haber perdido por una responsabilidad que podía
cumplir a través de un método distinto.
Le rozó la mejilla con los nudillos, todavía conmovido por las lágrimas
que había visto aflorar en sus ojos al pensar que su corazón pudiera tener
dueña. Soltó sus faldas y le arregló el escote con mimo mientras ella
recuperaba el aliento, mientras sus pupilas ansiosas espiaban cada
movimiento, preguntándose por qué se detenía.
Solo cuando estuvo presentable, Royce volvió a besarla. Fue el beso que
le sirvió para reafirmarse en su propósito, para confirmar que esa era la boca
creada a su medida. No se separó hasta que le ardió la ingle y Temperance se
hubo estremecido entre sus brazos.
Entonces, apoyó la frente en la de ella y dijo:
—Cásese conmigo.

Página 182
Capítulo 26

Temperance dio un paso atrás, conmocionada.


—¿Cómo ha dicho?
Él no tuvo la gentileza de proporcionarle el espacio que necesitaba para
digerir su propuesta. Avanzó los mismos pasos que ella había retrocedido,
seguramente sabiendo que solo con su cercanía conseguiría nublarle el juicio.
Así fue como sucedió: Temperance aún se acostumbraba a la huella de sus
labios como para encima procesar la sorpresa.
—Le he dicho que se case conmigo, y lo digo en serio —respondió Royce
—. ¿Qué es lo que tanto la sorprende? Recuerdo que en el Coburg le advertí
que mi propósito era hacerla mía, y usted me prometió que lo sería una vez
rompiera el compromiso con su hermana.
—En el Coburg tuvimos una conversación abstracta, no nos hicimos
ninguna promesa. ¡No es lo mismo confesar un sentimiento que actuar
conforme a él!
—Cuando yo confieso un sentimiento, me estoy comprometiendo; no
siento nada si no pretendo hacer algo con ello. En lo que a mí respecta, soy
suyo a ojos de Dios y a ojos de sus instituciones desde que me regaló su
sombrero.
Temperance negaba con la cabeza, horrorizada.
—¿Mi hermana sabe que iba a pedirme matrimonio?
—No lo creo. Ni yo mismo lo sabía treinta segundos atrás. Es decir…
Sabía que acabaría sucediendo, tarde o temprano, pero no que sería más
temprano que tarde.
—¿Cómo puede hablar con tanta tranquilidad? ¿Se cree que este es el
modo en que se hacen las cosas? —Puso los brazos en jarras—. No puede
pedirme matrimonio estando comprometido con otra mujer. ¿Se ha vuelto
loco?

Página 183
—No estoy loco. Si acaso soy un poco desordenado y no destacaría por
mi sentido de la oportunidad —con un cabeceo reconoció sus defectos—,
pero si me da una respuesta afirmativa, ahora mismo me presentaré ante el
señor Swansea y le diré lo que considere.
—¿Y qué hay de Faith? ¿A ella no se molestará en ponerla al corriente?
—Naturalmente, aunque no creo que le sorprendiera el cambio de novia.
La única que ha tenido el valor de sorprenderse por la declaración de mis
afectos ha sido usted, señorita. Sospecho que los demás solo fingirán hallarse
consternados.
Con un par de airados aspavientos, Temperance dejó claro que apenas
cabía en su desconcierto.
—¿Por qué demonios se comporta como si esto no fuera un escándalo? —
Alzó la voz—. ¡Yo misma he sido el hazmerreír de Londres durante años
porque un hombre decidió cambiar de prometida como si tal cosa! ¿Cree que
voy a permitir que humille a mi hermana?
—Antes de meternos en los escabrosos efectos colaterales que mi decisión
pueda tener en los demás… ¿podría por favor decirme qué es lo que usted
quiere?
Royce hizo bien en apelar directamente a sus sentimientos, porque a
Temperance no se le habría ocurrido pensar en ellos. O, mejor dicho, habría
preferido ignorarlos tanto como se lo permitiera la indignación, porque se
encontraban a punto de desbocarse.
En el transcurso de media hora, Temperance había creído a Royce capaz
de concebir con un hada irlandesa y, a raíz de la falsa suposición, había
sufrido un ataque de celos que le había nublado la razón. Pero apenas hubo
recuperado la conciencia, había llegado a la terrorífica conclusión de que solo
existía un motivo por el que una mujer reaccionaría de semejante manera a
una noticia así. Temperance estaba enamorada de Royce. Y si eso ya era
preocupante per se, que Royce hubiera pedido su mano resultaba
directamente aterrador.
Retrocedió otro paso más, sobrepasada. Negaba con la cabeza, reacia a
permitir que la idea anidara en su mente.
No podía creerse que hubiera ocurrido otra vez. Se había jurado no volver
a caer por un hombre y se había prometido defender su condición de paria
rechazando cualquier propuesta matrimonial. Sabía cuándo empezó todo y
sabía que tendría que haberlo detenido. Estaba furiosa consigo misma por no
haber protegido sus intereses, y la ofendía sobremanera que aquel idiota

Página 184
siquiera pensara que daría la espalda a su compromiso personal por algo tan
insulso y traicionero como el amor.
Pestañeó, sabiendo que no podría reprimir el llanto impotente. Odió
dejarse ver como una chiquilla frágil y temblorosa ante Royce, pero debía
aclarar el asunto antes de que se atribuyera la victoria.
—Quiero que se vaya —dijo en voz alta, convencida—. Quiero que tome
el primer barco destino América que vea en el muelle, o que alquile un
carruaje hasta el puerto de Bristol; no me importa, pero quiero perderle de
vista. Claramente no merece a mi hermana, y yo no me casaría con usted ni
borracha.
Tal y como había temido, Royce ni se inmutó. Tan solo enarcó una ceja.
—Me disculpo de antemano por ser el portador de una noticia que sé que
la turbará, pero siento que ha de tenerla en cuenta para tomar la decisión
correcta. Señorita Swansea —lo pronunció casi con lástima, como si de veras
fuera a dar una mala noticia. Entrelazó los dedos a la espalda con diplomacia
—, está usted enamorada de mí. Enamorada hasta las manos. Por lo tanto, si
me rechaza va a ser profundamente infeliz.
»Pero como ha demostrado en incontables ocasiones que su propia
felicidad le importa un bledo, apelaré a la de quienes sí le importan: su
familia. Su infelicidad, señorita Swansea, contagiará a todos los que la
rodean, y entonces además de desgraciada se sentirá culpable. ¿Eso es lo que
desea? ¿Sembrar la amargura a su paso?
Temperance aguantaba la respiración.
—Es usted un insolente, y quizá el más grosero de los hombres. ¿Cómo se
atreve a ponerse mis supuestos sentimientos en la boca?
—Si no se esforzara tanto en ocultar sus verdaderos sentimientos, no
habría tenido el mal gusto de mencionarlos.
—Mis verdaderos sentimientos —repitió con ironía—. Usted qué sabrá.
Se sentía acorralada, y eso ni siquiera era lo peor porque podía abrir la
puerta y marcharse. Lo preocupante era que, aunque lo hiciese, sus palabras y
su rostro la perseguirían para cumplir la maldición que le había conjurado.
Sería infeliz porque una parte de ella, la que no estaba asustada, no deseaba
huir de él.
—Sé, por ejemplo, el motivo de que me mire como si le hubiera puesto un
cuchillo en el pescuezo. Comprendo que mi espontaneidad la ha cazado con la
guardia baja y su primer impulso siempre es defenderse, pero no la estoy
atacando, señorita Swansea —aclaró con paciencia—. Es natural que vea mi
propuesta como una afrenta debido al recuerdo que guarda sobre las bodas, y

Página 185
está en todo su derecho de mostrarse reticente en un primer momento, pero
por favor, piense de forma racional.
Lejos de suavizar la tensión que la tenía al borde del desvanecimiento,
Temperance se envaró aún más.
—¿Que piense de forma racional? No me trate como si estuviera loca.
—No está loca, pero tampoco piensa con claridad. Vive con un ejemplo
de que un matrimonio puede funcionar, de que dos personas pueden amarse
incluso veinticinco años después de su unión. Si alguien debería creer en el
romanticismo, esa es usted.
»Por no mencionar que yo nunca, e insisto, nunca —recalcó, mirándola
intensamente— la abandonaría.
Temperance se estremeció.
No se le ocurrió una forma inteligente de rebatir sus argumentos, y verse
torpe y a merced de un hombre ante el que era débil la empujó a pensar en
maneras menos ortodoxas de disuadirlo.
—La conozco mejor de lo que se conoce a sí misma —prosiguió—. Puede
perder el tiempo maldiciendo mi astucia o puede aceptarlo y hacer algo al
respecto. Es tarde para cambiarlo. Me quiere, yo la adoro a usted (aunque sea
un animal tozudo) y me pasaré toda la tarde repitiéndolo si así consigo hacerla
entrar en razón.
Temperance forzó una risotada maliciosa al dar con la clave que lo haría
huir en desbandada.
—Si tan astuto se considera, ¿por qué no ha visto lo que había detrás de
mi comportamiento? Y con «lo que había detrás» me refiero a mis objetivos,
que me parece que le harán cambiar de opinión sobre lo que con tanto ahínco
sostiene.
—¿Sus objetivos? ¿Se refiere al de no dejarse enamorar? Parece que le
salió el tiro por la culata.
—No, señor Hancock, me refiero al de alejarlo de mi hermana —espetó,
envalentonada—. ¿Por qué se cree que me acercaba a usted? ¿Por qué se cree
que he permitido que me bese y me acaricie y he fingido placer cada una de
las veces? Faith no le quiere como marido y respeta demasiado a mis padres
para hablar con claridad de sus sentimientos. Ya en el parque se dio cuenta de
que usted sentía cierta debilidad por mí y me pidió que lo sedujera para que
rompiera el compromiso. Solo así la culpa recaería en usted. Así que no,
señor Hancock. No me ha salido el tiro por la culata. Yo diría que todo ha
salido a pedir de boca.

Página 186
»Mi negativa poco tiene que ver con ningún miedo al compromiso. Si
estoy en esta habitación con usted es para que no esté en la misma habitación
que mi hermana. Desde el principio solo he buscado maneras de
desprestigiarlo ante ella, y al ver que no servían, me decanté por la vía que
parecía más sencilla dado su embeleso: entretenerlo para apartarlo de su
camino.
No se alegró viendo cómo su sonrisa suficiente se iba evaporando, y
menos aún disfrutó borrando el brillo jovial de sus ojos negros. Su mirada se
tornó incrédula, cautelosa.
—Mientes —adujo.
Temperance se esforzó por aparentar tranquilidad bajando los hombros y
mirándolo inexpresiva. Por dentro, el ardor de la mentira la estaba quemando.
Notaba un acceso de bilis en la boca del esófago, señal de que debía detenerse
y disculparse por su crueldad, pero el instinto de supervivencia que había
desarrollado a lo largo de años de soledad acabó pesando más.
—No lo hago, y usted lo sabe. Desde el primer numerito hasta el último,
incluyendo las escenas que creía destinadas a espantarlo, han sido elaboradas
a conciencia para postrarlo a mis pies. Yo también me jacto de conocerlo un
poco, señor Hancock, y ya en Hyde Park me di cuenta de que a un hombre
como usted solo lo podría conquistar una mujer que le diera una de cal y otra
de arena. Una mujer que se lo pusiera difícil.
Temperance sudaba y le temblaban las manos al hablar, síntomas del
pánico. Al ver el dolor ensombrecer su rostro moreno, se preguntó si seguía
teniendo miedo a que no la creyera e insistiera en arrastrarla al compromiso o
si este había mutado a la preocupación de hacerle daño.
—Realmente haría cualquier cosa por su familia. —Fue todo lo que
Royce dijo, con una voz hueca que le puso la piel de gallina. Ella asintió sin
respiración.
—Cualquier cosa. Así que si algo se aprecia a sí mismo, haga el favor de
recoger los bártulos que trajera consigo y regresar a su tierra. Aquí no hay
nada para usted, señor Hancock.
Royce le sostuvo la mirada.
—¿Esa es su última palabra? Piénselo bien antes de responder, porque si
me voy… no volveré.
Temperance procuró no exteriorizar su desconsuelo. Estaba tan cegada
por el pasado que apenas se dio cuenta de que hablaba en serio. Solo se veía a
sí misma, a una Temperance más joven, cruzando el umbral de la iglesia con
el corazón latiéndole encabritado. Segundos después, esa misma Temperance

Página 187
pensaba en lo útil que había resultado el velo para ocultar sus lágrimas de
impotencia. Era una prenda hecha para novias infelices, y con el tiempo se
había convencido de que no existía otra clase de novia. Todas las esposas
compartían el mismo aciago destino, antes o después: el de ser insuficientes
para sus maridos.
—Es mi última palabra.
Habría jurado que lo decepcionaría, pero en lugar de derrotado, pareció
crecerse. Temperance lo vio cuadrar los hombros y asentir con la cabeza,
inexpresivo, y cómo una emoción intensa y desconocida iba matizando su
mirada penetrante.
—De acuerdo, señorita Swansea. Ya ha tomado su decisión.
»Pronto tendrá noticias de la mía.

Página 188
Capítulo 27

Cuando Royce dijo que tendría noticias suyas, Temperance no imaginó


que aparecería en Eaton Square para anunciarlas él mismo. Era de suponer
que ni siquiera Royce sería tan maleducado como para borrarse del mapa sin
las pertinentes despedidas. Por eso Temperance prefirió curarse en salud y
marcharse al día siguiente a Portsmouth con su padre para ejercer de
supervisora… y para huir de sus sentimientos, que como era natural, no le
dieron tregua y la atormentaron todo el fin de semana.
Aunque la distancia no la ayudó a desprenderse de la culpabilidad o la
amargura, por lo menos le permitió ahorrarse la puesta en escena que habría
tenido que practicar para presentarse ante sus familiares —y ante él— como
si tal cosa. Temperance necesitaba unos días sola, o al menos ocupada con
problemas cuya solución requeriría su destreza y no un sacrificio emocional;
con cuestiones sobre las que podía ejercer cierto control y no tan abstractas
como el enamoramiento. Le haría falta hacer acopio de fuerza para
incorporarse a la vida que hasta el momento había llevado sin que nadie
sospechara del vacío que ahora la dominaba… y también sentía que debía
llorar un luto, el de la pérdida de lo que no había tenido.
Si algo se le daba bien a Temperance Swansea, aparte de mantener sus
sentimientos ocultos tras el velo de las apariencias y revolcarse en las
miserias que como madrina del rencor coleccionaba, era consolarse: a fin de
cuentas, jamás había permitido que nadie le diera una palmadita de apoyo o
amenazara con derrumbarla con un puñado de palabras de aliento. Estaban
ella sola y su conciencia, y aunque su conciencia fuera terca y no se dejara
seducir por los argumentos de Temperance, esto no quería decir que dichos
argumentos carecieran de solidez.
Temperance se había repetido en las últimas cuarenta y ocho horas que
había hecho lo correcto. En el caso de haber aceptado su propuesta, habría

Página 189
tenido que marcharse a Nueva York, cosa inadmisible cuando la tropa
familiar que era su razón de vivir no se movería de Londres; además, el
cambio de novia habría provocado un escándalo y ella habría estado de nuevo
en el punto de mira. Por no mencionar que a su madre podría haberla matado
el disgusto.
No, por supuesto que no podría haberse casado con él. Aparte de su férrea
voluntad a no volver a entregar su corazón y su más que comprensible pánico
a los velos, Temperance no podía arrojar de nuevo a su familia al escándalo.
Era consciente de que no tuvo la culpa de que Riversey hiciera gala de una
cobardía imperdonable, pero quién hubiera sido el causante del revuelo era
indiferente. Seguía sin restar importancia a que los perjudicados habían sido
los Swansea al completo.
Temperance no se cortaba un pelo a la hora de instruir a sus hermanas en
los valores que proporcionaba la soltería —libertad, la más reseñable—, pero
sabía que la vida de una joven sin marido era diez veces más dura que la de
una esposa y odiaba haber perjudicado sus opciones como casaderas. En el
caso de desear un esposo —y todas lo deseaban a excepción de ella—, sus
hermanas tenían derecho a poder optar al matrimonio con todas las de ganar,
y había ciertos partidos ya impensables para las Swansea porque una de ellas
fue incapaz de mantener el interés de su prometido.
Solo de pensarlo la invadía un primitivo impulso guerrero, y solo podía
pensarlo, jamás compartirlo en voz alta. No porque despreciara la compasión
y no quisiera perder el respeto de sus hermanas, sino porque las conocía y
sabía con seguridad que, de conocerse su tristeza e impotencia, contagiaría la
casa de un ánimo lúgubre que haría imposible la convivencia.
El fin de semana en Portsmouth le sirvió para convencerse de que debía
olvidar a Royce Hancock. Pero si ya era tarea compleja, se dio cuenta de que
se le complicaría en cuanto regresó a Eaton Square junto a su padre y la
señora Swansea la recibió con una sonrisa de oreja a oreja.
Wilhelmina solo sonreía por dos motivos. Uno de ellos era para ocultar su
incomodidad. El otro era porque una boda se acercaba. Y por si la jovialidad
de la matriarca no hubiera sido pista suficiente, al reconocer la corpulencia de
Royce Hancock y su voz grave proveniente del pasillo Temperance empezó a
marearse.
Soltó el ridículo que hasta el momento había estado sosteniendo antes de
que el sudor lo hiciera resbalar.
—¡Justo a tiempo, Temperance! —exclamó Wilhelmina—. ¡Corre, sube a
tu dormitorio y cámbiate! Tienes que estar presentable para esta noche. Y

Página 190
usted, señor Swansea, haga el favor de acompañarme. Un baño caliente le
espera.
—¿Un baño caliente? ¿Tan mal huelo? —Edison fingió consternación
apoyando una mano en el pecho—. Supongo que ese es el motivo por el que
no me ha recibido con un beso.
En cualquier otro momento, Temperance habría disfrutado del
intercambio entre sus padres. Pero ver a Faith bajando las escaleras con el que
era su vestido más elegante, enjoyada y bien peinada, hizo que las palabras
salieran a trompicones de sus labios.
—¿Qué es lo que pasa esta noche? ¿Por qué tengo que estar presentable?
—Una joven de tu edad debe tener buen aspecto siempre, Temperance. Y
¿cómo es que no lo sabes? Ayer por la mañana se publicaron oficialmente las
amonestaciones, y hoy celebramos en familia el compromiso entre el señor
Hancock y tu hermana.
Aunque su madre retomó la serie de aspavientos con los que invitaba a
pasar a los recién llegados, Temperance no se pudo mover de donde estaba.
Las voces se tornaron un ruido lejano, indescifrable, pero oyó a la perfección
el sonido de las zapatillas de Faith al saltar el último peldaño. Temperance
buscó su mirada sin saber que era la viva imagen del espanto, y su hermana
enarcó una ceja como si no comprendiera su actitud.
Faith rodeó a Wilhelmina para envolver a su padre con los brazos y
saludarlo efusiva. Temperance asistió a la escena como si no estuviera allí,
como si hubiera dejado de ser una presencia corpórea. Edison la felicitó,
distraído, y ella le sonrió y empezó a contarle una anécdota divertida que
había protagonizado Prudence en su ausencia.
—Faith. —Se oyó llamarla. Ella se giró, expectante—. Tenemos que
hablar.
—Por supuesto.
No pareció darse cuenta del tipo de conversación que las esperaba; o eso o
no imaginaba que pudiera tornarse peliaguda y compleja como Temperance
se estaba temiendo.
Aunque conocía la facilidad de mentira que permitía a Faith ocultar sus
verdaderas emociones, se estaba mostrando tan satisfecha con la futura boda
que, para cuando llegaron al salón, a Temperance ya le dolía la cabeza de
pensar en posibles causas.
La elección de novio jamás la había convencido. ¿Por qué de pronto sí?
Apenas estuvieron a solas en el salón, Temperance cerró la puerta sin
energía. Esperó unos segundos de espaldas a su hermana, pensando en la

Página 191
mejor manera de abordar el asunto. No para que Faith no se sintiera atacada,
sino para no revelar la honda decepción que le había formado un nudo en la
garganta.
Se dio la vuelta. Parecía que de pronto hubiera contraído una enfermedad
degenerativa: los pasos que dio hacia Faith fueron inseguros, y se sentía tan
débil que apenas podía respirar.
—¿Ya se han publicado las amonestaciones? —Le tembló la voz—.
¿Cuándo ha sido eso? ¿Por qué has obrado a mis espaldas?
Faith levantó las cejas.
—¿Obrado a tus espaldas? Eres consciente de que las amonestaciones se
publican en el periódico y se cuelgan en la puerta de la iglesia, ¿no? No
estaba ocultando nada a nadie, precisamente.
—Sabes que no es eso a lo que me refiero. Se suponía que contabas
conmigo, se suponía que íbamos a deshacernos de Hancock, se suponía…
—Yo también suponía muchas cosas, Temper, pero cuando vi que te
marchabas a Portsmouth de vacaciones apenas fijamos la fecha de la boda,
dejé de perder el tiempo barruntando y concluí que tenía que encargarme sola
de esto.
—Y has decidido encargarte de ello aceptando su mano. Después de todo
lo que he hecho para que no tuvieras que sacrificarte…
—¿Todo lo que has hecho? ¿Te refieres a humillarlo por ser americano y
librarme de conversar con él en el Museo Británico? —Faith se cruzó de
brazos—. No voy a ser tan desagradecida como para someter a juicio tus
métodos de… cortejo. Seguro que estabas convencida de que funcionaría.
Pero si no ibas a tomártelo en serio, Temperance, podrías habérmelo dicho en
lugar de comprometerte.
Ni siquiera se le ocurrió una réplica. No había ni un solo argumento
coherente en su cabeza, únicamente una batería de preguntas retóricas que
solo Royce podría responder.
—¿Por qué te casas con él? —balbuceó—. ¿Por qué?
—Porque me lo ha pedido como Dios manda. Ha expuesto todas las
ventajas de un matrimonio con él, ha sido franco respecto a sus defectos y
hemos negociado los aspectos que me preocupaban, como en qué país
fijaríamos nuestra residencia.
—¿Y?
—Viviremos en Nueva York durante el otoño y el invierno y acudiremos
a Londres para la temporada. El señor Hancock ha tenido en cuenta mi gusto
por las soirées y mi deseo de no perder el contacto con mi familia.

Página 192
Temperance miraba a su hermana y no la reconocía. El rencor no
terminaba de germinar dentro de ella porque Faith no podía saberlo; no podía
imaginarse que la noticia de su boda le había caído como un cataclismo y con
el mismo resultado: la devastación absoluta. Sin embargo, la fría seguridad
con la que Faith planteaba su matrimonio, ese pragmatismo que a veces había
admirado y hasta envidiado, se le antojaban ahora síntomas de la malicia.
—¿Ya está? —musitó—. ¿Así de sencillo?
—No ha sido sencillo. El problema fundamental era que no lo conocía y
no sabía qué esperar de él, pero ya resueltas todas las incógnitas no me ha
desagradado el resultado. ¿Por qué reaccionas así? ¿No te alegras?
—¡No! —gritó. Faith respingó y dio un paso atrás, pero Temperance no se
disculpó—. ¡Claro que no me alegro! ¡No puedes casarte con él!
Faith la miró con una mezcla de aprensión y cautela.
—¿Por qué no?
—Porque esos métodos que usé para atraerlo y que tanto te han
disgustado sí que dieron resultado. Conseguí que me pidiera matrimonio, solo
que lo rechacé y por lo visto el muy miserable se ha atrevido a volver por ti
para no regresar a Nueva York sin una señora Hancock —espetó de corrido.
Su temperamento había despertado y ahora cubría sus mejillas de un rojo
llamativo—. ¿Cómo vas a casarte con un hombre para el que no eres la
primera opción? ¿Cómo vas a ser un repuesto cuando tienes pretendientes
aquí, ricos y bien parecidos, que matarían por ti?
Faith escogió el peor momento para hacerse con la máscara granítica que
impedía reconocer ningún tipo de emoción. Permaneció de pie en el salón,
con las manos entrelazadas en el regazo.
—¿Cuándo sucedió eso que mencionas?
—Hace días. Días que se pueden contar con un puñado de horas.
—¿Y me lo dices ahora, cuando hemos empezado los preparativos y ya
todo el mundo sabe que me caso? —Faith hablaba con calma y en tono
pausado, pero sus ojos echaban chispas—. ¿Esperabas que lo adivinara
cuando ni siquiera estabas en casa, o que interpretara tu improvisado viaje a
Portsmouth como lo que era: una forma de huida?
—No, pero esperaba que rompieras el compromiso como dijiste que
harías si no conseguía que Hancock lo hiciese por ti. ¡O que por lo menos
esperases noticias mías antes de dar el sí!
Faith negó con la cabeza. No parecía reacia a creerse lo que decía, más
bien decepcionada porque hubiera destruido su felicidad preconyugal con una

Página 193
innecesaria confesión. Dejó claro que eso era justo lo que pensaba al
responder:
—¿Qué sentido tiene que me lo digas ahora? Te lo dije, Temper. No voy a
pasar por la humillación de cancelar el compromiso ahora que lo sabe todo el
mundo.
—Oh, ¿prefieres la humillación de saber que tu marido te eligió por
descarte?
—Él tampoco fue mi primera opción. No lo habría sido de haberse dado
otras circunstancias. Por si no te has dado cuenta, Temperance, no podría
casarme con un duque o un gran empresario porque nuestra reputación nos
precede. Hancock es lo mejor que podría conseguir.
—Y un cuerno. Burton es mil veces más rico, mil veces más británico y
mataría por ti, estoy segura.
—¿Por qué demonios quieres arrojarme ahora a los brazos de ese
descarado? —espetó, irritada—. Prefiero un hombre que no me quiere a un
hombre que tiene el mal gusto de evidenciar su fascinación de forma
humillante.
Temperance notaba el corazón a punto de salírsele del pecho. No se le
ocurría nada mejor que decir, no se le ocurrían argumentos distintos a
confesar sus sentimientos y esperar que Faith se apiadara de ellos. Solo quería
gritar, zarandearla por los hombros. Y su hermana, a pesar de haber aprendido
muy joven que las emociones no eran buenas aliadas, supo reconocerlas en su
semblante, porque de pronto dijo:
—Dame una buena razón para romper el compromiso. Si me la das,
Temper, me reuniré ahora mismo con Hancock y lo despediré con la mejor
excusa que se me ocurra.
—¿Qué buena razón esperas? —preguntó enseguida, ansiosa por darle lo
que pedía.
Estuvo a punto de preguntarle si no era suficiente que la amara a ella, pero
no tardó en caer en la cuenta de que si Hancock había sido capaz de hacer
aquello, no debía quererla como había repetido insistente y apasionadamente.
Se dio cuenta de que pese a su reticencia a confiar en él, había creído a ciegas
que su afecto era real. Su ingenuidad la avergonzó tanto que se quedó sin
palabras.
Y mientras, Faith la miraba tan tensa como ella misma, como si esperase
que ocurriera una catástrofe o, por el contrario, se diera un milagro.
—Dímelo tú. ¿Qué buena razón podría haber?

Página 194
Temperance dirigió las manos a su rostro para entregarse a la
desesperación, pero en el último momento recordó que debía guardar las
formas y solo se masajeó las sienes.
—Por favor, Faith. No te cases con él.
Faith bajó la guardia.
—¿Por qué?
—No puedo… decirlo. —La lengua se le quedó pegada al paladar—.
Simplemente no lo hagas.
—No puedo renunciar a mi única esperanza de casarme solo porque me lo
pidas. Necesito que me des una razón. Una garantía de que hago lo correcto.
Temperance decidió que confesaría lo que callaba y que había negado con
crueldad ante Royce. Estuvo segura de hacerlo, pero apenas hubo alzado la
barbilla, el miedo la paralizó y fue incapaz de despegar los labios.
Se odió por no confiar en Faith lo suficiente, por no confiar en nadie; odió
a Riversey por haber destruido su fe, esa fe en todas las cosas que permitía a
un ser humano levantarse por la mañana con optimismo, sin la sospecha de
que alguien acecharía en la esquina con un propósito perverso. Odió que la
infame incredulidad en la que vivía afectara incluso a sus seres queridos. Odió
que la inseguridad le sellara los labios hasta cuando se estaba jugando la vida.
Temperance se rindió. Se acordó de las palabras de Riversey, de cómo él
mismo condenó su cobardía, y por primera vez en años sintió que lo entendía
y podía perdonarlo. Ella eligió exactamente lo mismo al tragar saliva y decir:
—Espero que seáis muy felices.

Página 195
Capítulo 28

—¿Eso dijo? —había preguntado Royce tan pronto como fue informado,
perplejo. Faith meneó la cabeza en sentido afirmativo, con la mirada perdida
en el papel de pared del salón. También recorría con un dedo, distraída, las
formas geométricas del dibujo—. No me lo puedo creer. Su hermana es más
terca que quien inspiró el término.
—A lo mejor no está tan enamorada de usted como cree.
—No contemplo esa posibilidad, y usted tampoco o de lo contrario no se
habría prestado a esta…
—¿Locura? —propuso, enarcando la ceja.
—Puede llamarlo como quiera. El caso es que si ni esto sirve para
espabilarla…
—Ah, no, no. —Faith dejó de entretenerse con la pared y se cruzó de
brazos. Le lanzó una mirada de advertencia—. Esto tiene que servir para
espabilarla, señor Hancock, porque ya le he dejado claro que esa boda no se
producirá bajo ningún concepto.
—Tranquila, señorita Swansea. Tal y como prometí, no estaremos casados
más que un par de días. —Esperó a que respondiera, a que se quejase, a que
lamentara las consecuencias de aquel plan absurdo (así lo había definido
Clodagh con mucha sabiduría). Pero no lo hizo y eso llenó a Royce de dudas
—. No es tarde para preguntarle de nuevo si está segura. Creo que con que me
odie una Swansea tengo suficiente. No necesito que también usted me
maldiga por haber hecho de su vida un infierno.
—Mi vida jamás sería un infierno.
—Por supuesto que no. Tiene una familia que la adora, así que nunca
estará sola y parece que tampoco pasará fatigas económicas. Pero en el
ámbito matrimonial, tengo entendido que asuntos como este marcan de por
vida a una casadera.

Página 196
Faith lo miró como si sus escrúpulos le pareciesen ridículos. A él también
se le antojaba de un alto grado de cinismo que solo entonces, cuando ya no
podían dar un paso atrás, se estuviera preocupando por los efectos colaterales
de sus planes.
—Señor Hancock, no se preocupe por mi futuro. Me casaré, de eso no le
quepa duda alguna, y me casaré bien. De hecho, me casaré por encima de mis
posibilidades.
—No sé si admirar su seguridad o acusarla de ingenua.
—No soy especialmente bonita, hay unas cuantas debutantes con una dote
similar a la mía y estas jovencitas no provendrán de familias con un par de
escándalos a cuestas… pero sé jugar muy bien mis cartas.
Royce no tuvo que decidir si creerla o no. Simplemente lo hizo, atraído
por su serenidad. Ya le había demostrado que era dueña única y absoluta de
su vida, y quizá también de la de alguien más. Aquella muchacha jamás
perdía la compostura, y algo le decía en su fuero interno que no solo jugaba
bien sus cartas, sino que ella ponía las reglas el juego y las modificaba si así
le convenía.
—De todos modos no me negará que se está arriesgando, y encima a costa
de confiar en lo que le dice un hombre que conoce más bien poco.
—A usted le conozco lo suficiente —corrigió—, y a mi hermana la
conozco mejor de lo que ella se conoce a sí misma. Sé que está enamorada de
usted, y sé que no haría nada al respecto si no la pusiéramos contra las
cuerdas.
—¿No se siente culpable?
—¿No se siente culpable usted?
Royce tenía que reconocer que no tanto como debiera. Herir a un ser
amado como sabía que había herido a Temperance bien merecía una cuota de
remordimiento, y sin duda la estaba cumpliendo, pero al mismo tiempo sentía
que se cobraba la crueldad con la que Temperance lo había despachado. Si no
hubiera estado convencido en un alto porcentaje de que, aunque no mentía al
decir que su objetivo era interponerse entre Faith y él —como posteriormente
le confirmó Faith— tampoco estaba siendo del todo honesta, Royce podría
haber tirado la toalla. Podría haberse llenado de odio y despecho, y a juzgar
por la intensidad de sus sentimientos, habría vivido el resto de sus días en el
más alto pico de la amargura. Y eso no podía perdonárselo, o no con
facilidad.
No obstante, debía admitir que el modo en que pretendía llamarle la
atención era un castigo bastante más despiadado que el pecado que ella había

Página 197
cometido.
Al ver que no respondía, Faith decidió intervenir.
—No puedo permitir que Temperance se arrepienta de su cobardía toda la
vida. Si tengo que hacerla sufrir dos semanas para que sea asquerosamente
feliz el resto de su existencia, así sea.
Desde esa conversación habían transcurrido, en efecto, dos semanas, y
como era lógico dado que el tiempo no pasaba en vano y cada día contaba,
Royce había dejado de sentirse tan optimista respecto a Temperance. La joven
había decidido pasar más tiempo en Portsmouth y visitando a su reducido
grupo de amistades, por lo que eran pocas las oportunidades de las que Faith y
él disponían para hacerla entrar en razón.
Ambos habían convenido que, dado el carácter incendiario y la poca
paciencia de Temperance, lo más lógico sería apelar a los celos pero sin darle
en ningún momento motivos para pensar que se amaban. Una de las escasas
ocasiones en las que Royce sintió que de veras había esperanza fue cuando
una tarde entró en el salón y observó que Wilhelmina se encargaba del
afeitado de Edison.
Por lo visto era una costumbre familiar estar presente como quien asistía a
un espectáculo, y ciertamente lo era, porque el señor Swansea le ponía tan
difícil la tarea a su esposa —se movía de repente, le robaba besos que la
hacían exclamar con impaciencia, ponía las manos donde no debía— que
parecía que uno presenciara un juego de malabares. Royce, que desde que
había entrado en la sala solo tuvo ojos para la distante reina del hielo que leía
junto a la ventana, se sorprendió muy pronto embelesado con la escena.
No era el único: todas las Swansea, incluida Temperance, los miraban sin
poder ocultar la diversión. Aunque Temperance, como no le costó reconocer,
más que al borde de la risa parecía melancólica. Cuánto le hubiera gustado
levantarse y prometerle que le daría momentos como aquel cada día que
pasaran juntos, pero entonces Temperance no habría dudado en reprenderlo
duramente cuando no abofetearlo.
Mientras Wilhelmina demostraba la destreza adquirida con el más travieso
de los clientes, Royce sonreía burlón para sus adentros al recordar el día que
conoció a los Swansea. Entonces no había dado un duro por ellos. Cuánto se
equivocó entonces. Si fuera un hombre de arrepentimientos o que pusiera voz
a sus problemáticas opiniones, habría tenido que disculparse. No solo por su
baja opinión de la familia, sino también por haber estado cerca de estafarlos.
—Señor Hancock, usted lleva también una barba muy crecida —señaló
Edison. Bajo su sonrisa de oreja a oreja chorreaba la espuma de afeitar—.

Página 198
¿No sabe que en esta casa no aceptamos a los greñudos?
—¿Qué piensa hacer al respecto? ¿Prestarme las diestras manos de su
esposa?
—No se refiera a las manos de mi esposa con ese desahogo, Hancock. Soy
un hombre celoso.
—Pues después del espectáculo que acabo de gozarme no pienso
conformarme con la destreza de un ayuda de cámara. —Se cruzó de brazos,
retando al divertido Edison—. Yo también quiero cuidados femeninos.
Antes de dirigir una mirada elocuente a Faith, procuró barrer la habitación
para comprobar que Temperance se había tensado. Incluso él se sintió
incómodo cuando Faith, sabiéndose elegida, se levantó con toda naturalidad y
le indicó dónde sentarse. Tan pronto como Royce adoptó la postura apropiada
y Faith mojó la brocha en la espuma para afeitarlo, él miró de soslayo al
punto desde el que Temperance los observaba. Nada de horror o desprecio,
nada notable a primera vista, el que era el único de sus insípidos consuelos:
no la veía sufrir. Que Temperance callara cuando debía hablar y solo hablara
para ser impertinente era la base del problema, pero ser incapaz de discernir el
dolor gracias a sus dotes interpretativas le hacía menos insoportable el
proceso de llevarla al límite. Y sin embargo, aunque permaneciera sentada
como si no le importase su cercanía con Faith, Royce sentía que estaba
cometiendo algo poco menor que un delito. Imaginaba lo que ella debía estar
pensando y se lamentaba.
Si aquello no fuera puro teatro —y para Temperance era la realidad—,
Royce estaría protagonizando una escena tan retorcida y morbosa que se le
habría revuelto el estómago. Incluso en un momento dado pensó en recular,
atormentado. Había tenido entre sus brazos a Temperance. ¿Cómo podía
siquiera hacerla pensar que pronto sería su hermana quien ocuparía su lugar,
después de todo lo que había sufrido a manos de Riversey? ¿Cómo podía ella
estar tan segura de que se había rendido? Estaba furioso con Temperance, con
su testarudez supina, y al mismo tiempo no podía salvo admirarla: semejante
cabezonería rayaba en la estupidez, como muy bien había mencionado Faith,
pero Royce la encontraba incluso portentosa. Si solo pudiera de algún modo
convencerla de dedicar ese empeño que ponía a esconderse a algo menos
dañino para ambos…
En todo esto pensaba cuando esa mañana, no tan seguro de que fuera a
ganar la guerra, se dirigía a Half Moon Street para poner a Clodagh al tanto
de sus avances… que eran ningunos.

Página 199
Como era natural, Clodagh estaba informada —y muy orgullosa— de que
tal y como ella misma sugirió al principio, Royce pretendía casarse con
Temperance. A toda costa. Y si para ello debía demostrarle que le daría más
miedo perderlo para siempre que revivir su peor pesadilla volviendo a desfilar
por la iglesia, así lo haría. Incluso si no lo perdonaba jamás. Ninguna medida
menos drástica obtendría resultado si debía tumbar el orgullo y la terquedad
de Temperance Swansea.
Aunque Clodagh había mostrado su desacuerdo, pues consideraba las
especificaciones del plan grotescas y de un sadismo truculento —en eso
Royce le daba la razón—, esperaba resignada su resolución. Y así esperaba
encontrarla, aguardando con falsa paciencia y a solas con sus pensamientos a
que le trajeran una buena noticia… pero para empezar, no estaba sola.
La mano que había girado el picaporte se quedó suspendida en el aire al
ver a Temperance sentada frente a Clodagh. Por un momento creyó que la
muchacha le habría desvelado sus objetivos a la señorita Swansea, pero de
haber sido así se habría levantado en el acto para abofetearlo sin miramientos,
y no parecía ni por la labor de saludarlo.
Lo miraba, eso sí. Negarle la mirada cuando sabía poner a su servicio un
desprecio efervescente como ese le valdría el apodo de compasiva, y
Temperance no iba a tener compasión por él jamás.
En parte por eso la quería.
—Señorita Swansea —dijo Royce, que pese a lo enigmático de su
presencia se alegró de verla más de lo que habría sido prudente—. ¿Se quedó
con ganas de tratar a Clodagh el otro día?
—Sentí la necesidad de contrastar la información que me dio —le
contestó sin entonación—. Puede que también quisiera asegurarme de que no
la había hecho desaparecer. Para tener la conciencia tranquila, ya sabe.
—¿Por qué iba a hacerla desaparecer? —se mofó. Entró en el salón y
tomó asiento junto a Clodagh, que lo saludó con una cálida sonrisa y una
mirada cautelosa—. No sería muy sencillo en su estado.
—Quizá por si le contaba a mi hermana que anda usted ocultando a una
embarazada bajo un nombre falso. Aunque claro, con borrar a Clodagh del
mapa no bastaría: la señora Higgins, aunque crea que se apellida Truman,
también podría delatarlo.
Le irritó que tuviera la desconsideración de mencionar aquello ante
Clodagh, que no necesitaba preocuparse por nada más que ella misma. No
obstante, el modo en que la irlandesa miraba a la invitada —y el modo en que
esta le devolvía la mirada— daba a entender que se habían entendido en la

Página 200
conversación previa. Clodagh hasta parecía de acuerdo con el rastrero
proceder de la señorita Swansea, que naturalmente resultaba comprensible
dado el aún más rastrero proceder de los mentirosos de su entorno.
—¿Qué está intentando decirme? Si intentara ocultar a Clodagh, señorita,
no la habría escoltado hasta esta misma vivienda el día que decidió seguirme.
—Me parece que ese día no le quedó más remedio si no quería levantar
sospechas.
—¿A dónde quiere llegar?
Se estremeció tan pronto como sus ojos entraron en contacto con los de él:
unos ojos sombreados por las ojeras de noches sin dormir e inyectados en
sangre. Royce jamás creyó que vería belleza en el modo que una mujer tenía
de dolerse, pero allí estaba ella, regia en su asiento, en el papel de la monarca
altiva y segura que no era. Aunque Clodagh estaba presente, sabía que se
haría la muda y la sorda si así lo requería la charla, y Royce no pudo evitar
emocionarse al caer en la cuenta de que por fin, tras dos semanas evitándolo,
estaba en la misma habitación con Temperance.
—Podría haberle delatado ante Faith —le dijo—. Y quería que supiera
que si no lo hice, si no le dije que esconde usted a una joven embarazada, no
es porque esté de acuerdo con que se salga con la suya. Es porque ella no
merece pagar por los tejemanejes que se lleva trayendo entre manos desde
que apareció.
—Ambos conocemos lo suficiente a su hermana para saber que Clodagh
no la espantaría. La señorita Swansea posee un buen corazón, al igual que
usted misma y el resto de su familia.
Temperance parecía tener delante a otro hombre al sostenerle la mirada.
—¿Y no le parece que precisamente por ser gente buena merecemos que
nos libre de su presencia? Le pedí que nos dejara en paz —le recordó—. Pero
por supuesto tuvo que quedarse, seguir adelante con la boda y arruinar tanto
las posibilidades de mi hermana de ser feliz con un hombre que de veras la
ame como mi relación con ella.
—¿Su relación con ella? —Su corazón dejó de bombear sangre,
sospechando que justo de aquel comentario podría sacar la deseada confesión
—. ¿Cómo podría yo interponerme entre dos mujeres que se aman con
locura?
La incomodó. Lo supo por cómo desvió la mirada un instante a las arrugas
de la falda antes de decidir que no tenía respuesta para eso.
El amor la hacía débil, y le gustaba tan poco que se acabó levantando para
batirse en retirada.

Página 201
—Ha sido un placer conocerla —le dijo a Clodagh con una sonrisa volátil
—. Espero verla pronto, y si existiera la oportunidad, conocer también al
pequeño.
—Cuente con ello, señorita Swansea. Cuanto más arropado se sienta el
bebé, mejor.
Temperance asintió frenética, denotando la prisa que tenía por salir de allí.
El ligero surco en su frente resolvió la duda que había acompañado a Royce
desde su aparición: Clodagh no le había dicho la verdad. Temperance se iba
con las manos vacías, si acaso con un puñado de anécdotas de la infancia de
Clodagh y descripciones de sus muy amadas vastedades irlandesas.
Royce no lo dudó y se levantó a su vez para seguirla, incapaz de
contenerse. La distancia no había servido para mermar la angustia; por el
contrario, sintió que la agonía le cerraba la garganta al verla cruzar parte del
pasillo. Solo se marchaba de Half Moon Street, pero la imaginación le jugó
una mala pasada y se imaginó, no muy lejos de la realidad, que a cada paso
que daba hacia la puerta estaba más lejos de convencerla.
Royce la cogió de la muñeca. Por la poca resistencia que ofreció y la
laxitud de su cuerpo supo que se había resignado de antemano a que la
siguiera.
—No ha respondido mi pregunta —susurró, sin soltarla. Sus dedos
reconocieron enseguida la piel que tocaban y con el pulgar recorrió las líneas
de su mano. Ella no contestó tampoco entonces, a lo que él, envalentonado,
resolvió—: Así que no creo que le importe que yo la responda por usted. No
podrá mirar de la misma manera a su hermana porque cuando la mire verá el
amor que ha perdido.
—El amor que casi perdí —corrigió—: el de Faith. Estuve cerca de
convertirme en su enemiga cuando intenté advertirla de que se casaba con un
desvergonzado, un hombre mentiroso, cruel y malvado cuyas intenciones aún
por definir no podrían ser en modo alguno positivas ella.
—Soy culpable de cada defecto que me achaca, pero todos ellos la
convierten a usted en la horma de mi zapato. ¿Usted no es una embustera,
acaso? —Ladeó la cabeza—. ¿No fue cruel y malvada al manipularme por
diversión?
—¿Cómo puede siquiera comparar tal cosa con casarse con mi hermana
porque yo le rechacé?
—¿Qué es lo que la irrita exactamente de eso que acaba de decir? Su
hermana está al corriente de mis sentimientos y no le desagradan: de hecho, lo
prefiere así, prefiere no recibir amor como tampoco experimentarlo. Insisto,

Página 202
¿qué es lo que tanto la ofende de que me case con otra mujer si usted ya
aclaró que no me ama?
Temperance solo negó con la cabeza, suponía que para ganar tiempo o
distraer la atención. Decidió aflojar la mano con la que la mantenía inmóvil
en el sitio y también suavizar el tono, sabiendo que estaba cerca de explotar.
—Tal y como yo lo veo, puede librarse del cargo de embustera —retomó
él—. Bastaría con que admitiera estar enamorada de mí. Solo así volvería a
ser honesta, aunque también la haría incluso más cruel de lo que yo
pensaba… porque indicaría que no solo fue perversa conmigo al mentirme
aquel día, en esta misma vivienda: significaría que también se porta mal
consigo misma. Y puedo permitir que me maltrate, pero no podría perdonar
que se hiciera infeliz.
Temperance lo fulminó con la mirada.
—Si tanto le pesa mi infelicidad, empiece por ocuparse de quien la causó
en primer lugar.
—Tengo justo delante al sujeto, señorita Swansea.
—Entonces no ha debido enterarse de cuál es el problema.
Se soltó tirando del brazo y se encaminó hacia la puerta con más decisión.
A Royce se le ocurrió en ese momento que después de todo no se marcharía
sin lo que había ido a buscar: razones para odiarlo, pues solo el odio podría
contrarrestar el despecho y el dolor de la pérdida. Ofuscado por cómo las
cosas parecían írsele de las manos, la siguió a grandes zancadas y le bloqueó
la puerta colocando una mano justo sobre su cabeza.
Ella no se movió, lo que aprovechó para inclinarse hacia la nuca y rozarle
el lateral de la garganta con los labios.
—Está usted a tiempo de detener todo este sinsentido —susurró contra su
cuello—. Solo pídamelo… y seré suyo.
Debería haber imaginado que Temperance no interpretaría el comentario
como una conmovedora galantería. De hecho, desde el momento en que la
había visto sentada frente a Clodagh supo, de alguna manera, que se
marcharía de Half Moon Street severamente perjudicado. Temperance giró
sobre sus talones de inmediato y clavó en él una mirada que podría haberlo
convertido en un charco a sus pies; una mirada que conjugaba tantísimas
emociones que no supo con cuál quedarse, y tampoco habría podido elegir la
predilecta. Sin decir nada, Temperance le soltó una bofetada que resonó por
todo el pasillo. Se quedó donde estaba solo un segundo más, un segundo que
podría haber sido una hora, para que no le cupiera la menor duda de cuánto lo
odiaba.

Página 203
Inmediatamente después se marchó, dejándolo solo y a oscuras en medio
del corredor.

Página 204
Capítulo 29

Fue una suerte que la señora Swansea lograra disuadir a Faith de celebrar
una boda al aire libre, porque el temido día se presentó nuboso y plomizo, a
juego con el humor huraño con el que Temperance se había levantado. Desde
que había abierto los ojos esa mañana —manos entrelazadas sobre la colcha y
vista perdida en el techo— la había acompañado una insólita sensación de
levedad, como si su mente hubiera decidido escindirse de la realidad; aislarla
con el único fin de protegerla del gran error que los novios estaban a punto de
cometer.
Temperance había pasado las horas posteriores al desayuno cumpliendo
las órdenes que la sargento de su madre daba a todo el que tuviera la mala
idea de cruzarse en su camino. Había puesto los crisantemos en agua, había
ayudado a Hattie a colocar perlas en el recogido trenzado de Faith y, por
supuesto, se había acicalado para asistir a la boda en una desconocida e íntima
parroquia de barrio.
En un principio habían barajado la posibilidad de celebrarla en St
George’s. Se encontraba a un tiro de piedra de Oxford Circus, una zona
céntrica pero poco transitada en esas fechas. Todo miembro de la sociedad
que deseara dar pompa y boato a sus futuras nupcias celebraba allí una boda
multitudinaria. Al menos mil parejas debían haber pronunciado sus votos al
final de la bóveda de túnel en los últimos ochenta años, incluidos personajes
tan renombrados como un secretario principal de la Cámara de Comunes, un
canciller del Exchequer y todos los vizcondes Stopford hasta la fecha. Sin
embargo, allí fue donde podría haberse oficiado la ceremonia entre
Temperance y Riversey. Después de cómo resultó todo —en un novio fugado
— hubiera sido irrespetuoso y hasta habría traído mala suerte que no hubiesen
buscado una alternativa.

Página 205
Temperance no solo asistió a Faith para que los periódicos la describieran
como la novia más bella de la temporada invernal. También compartió
carruaje con ella hasta la parroquia. Estaba tan sumida en su propia
ensoñación, en la total y absoluta certeza de que solo estaba viviendo una
pesadilla, que logró mantener la compostura e incluso sonreír con relativo
entusiasmo cada vez que consideró que era lo que se esperaba de ella. En su
cabeza nada de lo que estaba sucediendo o estaba a punto de suceder era real,
y aunque en su fuero interno sospechaba que ese falso convencimiento
multiplicaría el dolor una vez diera con la cruda verdad, se dejó llevar.
Prolongó el cómodo letargo hasta que la señora Swansea la invitó a bajar del
carruaje y reunirse con el puñado de invitados que esperaban en la iglesia.
A primeros de diciembre, Londres estaba desierto. No parecía el mismo
que refulgía y parecía no dormir durante la temporada social. Todos los
aristócratas y acaudalados que quisieran destacar por estas dos características
abandonaban la capital tan pronto como concluían las sesiones
parlamentarias. Lo primero que un nuevo rico hacía apenas recibía su primera
invitación a una velada de alto estanding, era adquirir una de esas mansiones
de campo con parcela y siglos de antigüedad en las que pasar los inviernos.
Pero el señor Swansea estaba totalmente en contra de esta práctica, por lo
menos cuando el objetivo era darse ínfulas, y residía en Londres todo el año.
De hecho, aseguraba preferir la ciudad cuando estaba desierta. Al pasear se
dejaba seducir por la falsa creencia de que Londres era todo suyo.
Y sin duda pareció todo suyo, porque en la iglesia se habían congregado
las únicas diez personas que quedaban en la ciudad: diez invitados de honor
sin los que hubiera sido imposible celebrar el enlace. Las tres hermanas
menores, la única casada, el marido de esta, el hermano gemelo de dicho
marido, un vecino que había decidido no marcharse al campo para asistir a la
boda y el señor y la señora Swansea. Temperance era la número diez, y estaba
tan entumecida que no habría sabido decir los nombres de pila de ninguno de
los presentes.
Temperance no se sentía Temperance. Era una muchacha con un adorable
vestido de lana y organza, una muchacha invitada a una boda, pero no
recordaba —o se negaba a recordar— quiénes iban a casarse: en su corazón
había un vacío inmenso, y en su cabeza, un agujero negro.
Oía a la gente hablando a su alrededor, pero no conseguía concentrarse
para entender lo que estaban diciendo y ni mucho menos para intervenir en la
conversación… Hasta que sintió que alguien le ponía una mano sobre el
hombro.

Página 206
Dio un respingo tal que el desconocido enseguida la retiró. Se topó con un
par de ojos azules que la escrutaban con cautela.
—¿Qué haces de pie aquí en medio? —Aun habiéndolo dicho bajando el
tono, la voz de Atticus se propagó por la nave central creando un eco que a
Temperance se le antojó escalofriante. Notó que le ofrecía el brazo—. Ven,
siéntate conmigo al fondo. ¿Te encuentras bien, Temper?
Temperance despegó la lengua del paladar. No reconoció su voz, y sintió
que sus labios se movían sin que ella lo hubiera ordenado.
—¿Por qué no me iba a encontrar bien?
—Porque estás pálida como un muerto y sudas tanto que puedo percibirlo
incluso a través de los guantes. ¿Puedo ofrecerte un vaso de agua? No sabría
de dónde sacarlo, pero…
—No, gracias. Estoy de maravilla.
Atticus enarcó las cejas con ironía.
—¿«No, gracias»? No me has dado las gracias en tu vida. ¿Qué ocurre?
—Siempre hay una primera vez. —Sus labios, todavía desconocidos,
todavía ocupando un rostro por el que no sentía que corriera la sangre,
esbozaron una sonrisa que pareció más una mueca—. Creo que este sería un
excelente momento para darte las gracias por todas las veces que no lo he
hecho. Gracias, Atticus, por ser un amigo de primera para mis hermanas y
para mí.
—Una vez me dijiste que solo confesarías cuánto me aprecias en tu lecho
de muerte. ¿Debo interpretar con esto que es la última vez que nos vemos?
El estómago se le revolvió. Dejó que corriera el silencio mientras Atticus
la llevaba —o guiaba ese cuerpo ajeno en el que estaba encerrada— hasta los
asientos elegidos. No era el que le correspondía: Atticus la había alejado de
las primeras banquetas, y a juzgar por su gesto preocupado, diría que con el
fin de tranquilizar sus nervios. Antes estaba serena, pero había empezado a
temblar en el preciso momento en que hizo mención a su lecho de muerte.
Todavía no había vuelto en sí misma, y sin embargo, Temperance tuvo la
repentina certeza de que así era, de que se estaba muriendo y lo descubría
cuando era tarde para enmendarlo.
—Atticus —murmuró, con la mirada perdida en el fondo de la iglesia. El
vicario esperaba en el altar con las sagradas escrituras reposando sobre las
palmas abiertas; oía a sus padres susurrando en la primera banqueta y al
organista practicando algunas notas sueltas con todo el disimulo del que era
capaz—. Atticus…
—¿Qué te pasa? Me estás asustando, Temper.

Página 207
Atticus sacó del bolsillo interior del frac un pañuelo. En lugar de
ofrecérselo —tampoco podría haberlo aceptado: sus puños crispados
aferraban la tela del vestido—, le secó el sudor de la frente igual que a una
enferma. Temperance estaba a punto de confesar qué era lo que la tenía
desorientada cuando su rostro habló por sí solo.
Cuando las puertas de la iglesia se abrieron y el novio entró con
seguridad, sus pasos creando un eco ensordecedor en las monumentales
paredes del edificio, Temperance se estremeció visiblemente. Pero no estuvo
perdida hasta que no se giró hacia él y sus ojos coincidieron un segundo. Solo
entonces, al tropezar con la mirada sólida de Royce, Temperance permitió que
su garganta desahogara en un débil gemido la desesperación que la estaba
carcomiendo.
Ya no podía negarlo más. Estaba en la boda de su hermana y el hombre al
que amaba, un hombre al que había tenido que rechazar porque ocupar el
lugar de novia no solo habría desequilibrado su psiquis hasta sumirla en la
conmoción: el lugar de la novia la habría asfixiado de pánico.
Pero eso no suponía un consuelo ya. Recurrió a todas las excusas que
había amontonado para ocultarse del despecho y el dolor: Royce se llevaría a
su esposa a Nueva York. Royce no amaría a su esposa para siempre. Royce
no era un sujeto fiable, era un hombre que ocultaba a una embarazada y cuyo
misterioso comportamiento tenía su razón de ser. Una razón que desconocía y
que debería haber bastado para mantenerlos alejados.
Nada de eso servía.
Se giró hacia Atticus pestañeando rápido, conteniendo las lágrimas.
—Tienes que detener esta boda.
—¿Qué? ¿Detener la boda? —Atticus exhaló sin humor—. Eso es lo que
tú has estado intentando desde que el señor Hancock desembarcó, y no parece
que haya funcionado. ¿Qué te hace pensar que yo lo conseguiré?
—Eres marqués. Tienes más credibilidad que yo.
—Puede que la tenga de cara a la sociedad, pero si Hancock y Faith no te
han escuchado a ti, conmigo directamente se harán los sordos.
—Atticus, por favor.
—¿Qué quieres que haga? —rezongó por lo bajini, ofendido—. Entiendo
que el sujeto no sea santo de tu devoción, pero ese no es motivo justificable
para…
—Estoy… —interrumpió—. Él y yo… Tienes que entender que le…
Aunque no consiguió pronunciar las palabras, no fue necesario. Atticus
era bastante avispado y ella, por definición, siempre había sido muy

Página 208
elocuente. Enseguida la exasperación del marqués fue sustituida por una
mueca compasiva que tensó el nudo en su garganta.
—Por el amor de Dios, Temperance. Solo tú serías capaz de decir algo así
en la misma boda. ¿No podrías habérselo contado a tu hermana en el
momento en que te diste cuenta? O, quizá, hace una media hora, cuando aún
no hubiera abandonado Eaton Square y fuera extremadamente descortés
mandar a todos los invitados a casa.
Temperance no supo qué decir. Era un reproche tan legítimo como el que
ella misma había pronunciado contra Riversey unas semanas atrás. Le costaba
creer que después de tantos años alimentando un odio ciego fuera capaz de
comprender sus motivaciones, la cobardía que le había impulsado a huir.
Estaría siendo tan egoísta y cruel como él si se levantara tal y como se lo
pedía el cuerpo e impedía la boda… y estaría causando un escándalo de
idénticas proporciones. Incluso era posible que trajera consecuencias aún
peores a su hermana y al resto de la familia.
En ese momento, el organista llenó la iglesia de notas musicales y el
portón de acceso se abrió para anunciar la esperada llegada. La novia
escondida tras el velo y el padre a cara descubierta, más pensativo que
orgulloso, cruzaron el pasillo tomados del brazo. Temperance no solo logró
enfocar la vista, sino que no pestañeó en todo el paseo, como si fuera la
primera vez que viese a Faith con su precioso vestido de organza verde pálido
y el translúcido velo hasta el pecho. Atticus, que había resultado ser inútil
para planes arriesgados de última hora —tanto como ella misma—, le ofreció
un consuelo igual de ineficaz tomándola de la mano. Pero tratándose del
marqués de Halifax, que se sentía incómodo con cualquier muestra de afecto
—especialmente con las espontáneas—, debía valorar el gesto y verlo como
lo que era: una verdadera prueba de que contaba con él para pasar el mal
trago.
—No me vendría mal a mí llevar otro velo para que no me vean llorar —
murmuró—. El mío lleva metido en el fondo de mi armario tres años, creo
que habría sido hora de desempolvarlo.
Atticus sonrió con tristeza.
—Si crees que va a ser superior a ti… Me mataría antes de convertirme en
la mente pensante que inspira la chifladura en las Swansea, pero me parece
que no sería tan escandaloso que te opusieras a la boda. A fin de cuentas,
estamos en familia. ¿Quién tendrá el mal gusto de compartirlo con los
chismosos? Ni Godolphin es tan descarado.

Página 209
—No puedo hacer eso —murmuró, admirando la esbelta figura de su
hermana ya en el altar. El estómago se le revolvió al verla tomar las manos de
Royce—. Arruinaría a Faith. Y antes me arruino yo diez veces. Mil veces. Un
millón de veces.
—Intuyo con eso que Faith desconoce la naturaleza de tus sentimientos
hacia Hancock.
—Me he esforzado por desconocerlos yo misma. Y no he tenido mucha
suerte.
Temperance se tensó en cuanto el vicario concluyó el sermón
introductorio y se dirigió a la pareja para que repitieran los votos. El corazón
empezó a latirle al borde del infarto, y se oía respirar profusa e
irregularmente, como un caballo desbocado. Pensó de veras en levantarse e
interrumpir, pero luego ¿qué? Tanto en el peor como en el mejor de los casos,
e independientemente de en qué resultara su romance con un hombre tan
despreciable como para casarse con su hermana, Faith quedaría más arruinada
incluso que antes, y de nuevo por culpa de su hermana mayor. Estaba contra
la espada y la pared, y la fuerza de sus sentimientos la había arrasado hasta
dejarla exhausta, sin valor suficiente para detener aquella locura.
Cuando Royce recitaba con su voz profunda las palabras de rigor, el
portón se abrió de nuevo. Pasó desapercibido para la mayoría de los
presentes, pero no para Temperance. Ladeó la cabeza en busca de esa
aparición estelar que cambiaría el curso de los acontecimientos, y la
esperanza la pellizcó al reconocer al atractivo señor Burton. Pero así como la
ilusión había aparecido, se esfumó. Burton no hizo el ademán de cruzar la
iglesia y gritar su oposición. Por el contrario, apoyó la espalda contra uno de
los pilares distribuidos por la nave y se cruzó de brazos. Vestido sin florituras,
con sus sobrios colores habituales, parecía que la boda le hubiera pillado en
su camino de regreso a casa y se hubiera asomado para matar el tiempo.
—Creía que no estaba usted invitado —le dijo Temperance en voz baja,
aprovechando que no quedaba muy lejos.
Burton la miró de soslayo.
—Y no lo estoy, pero este es un edificio público. —Devolvió la vista a la
pareja.
Habría sido imposible averiguar lo que estaba pensando. Si acumulaba
odio hacia Faith, si por el contrario la tensión de su cuerpo se debía a un bien
controlado ataque de celos o si al que estaba despreciando era a sí mismo por
no haber intervenido a tiempo.
—Me cuesta creerlo —comentó Burton.

Página 210
—¿El qué? ¿Que mi hermana se esté casando? —Temperance apretó los
labios. Aun sabiendo que llamaría la atención, se puso en pie y rodeó las
banquetas de madera para encararlo—. ¿Sabe, Burton? Si hubiera sido un
hombre de verdad, habría impedido esto cuando aún era posible. Pero mi
hermana tenía razón, como siempre. Está tan seguro de ser su dueño que nada
le preocupa. Nunca se habría molestado en hacerle una propuesta matrimonial
como Dios manda.
Burton enarcó las cejas, sorprendido por el arrebato. Pero aunque parecía
haber asimilado más o menos las palabras de Temperance, no estaba
concentrado en ella, sino en la escena nupcial. La misma que la propia
Temperance había decidido ignorar dándole la espalda deliberadamente, en
un último y desesperado gesto por sobrevivir.
—Puedo aceptar ese insulto hacia mi hombría viniendo de usted, pero
solo porque usted se comporta como un hombre por todos los varones de
Londres —dijo Burton con esa voz de serpiente suya—. Pero usted también
podría haber impedido esto, señorita Swansea. Es obvio que le molesta
incluso más que a mí.
—¿Más que a usted? No me haga reír. Está enamorado de mi hermana.
Siempre lo ha estado y jamás ha tenido el coraje de hacer algo al respecto.
Burton sonrió, incrédulo.
—¿Enamorado de su hermana? ¿Qué demonios le hace pensar eso?
Temperance vaciló por vez primera.
—¿No la quiere?
—Señorita Swansea, un hombre puede sentir muchas cosas por una mujer.
Un hombre como yo, por otro lado, puede sentirlas todas excepto el amor. —
Sonó burlón—. Su hermana conoce muy bien el carácter de mis sentimientos
hacia ella. Los considera indecentes, y lo cierto es que estoy totalmente de
acuerdo con dicha consideración. Por fortuna, la indecencia y el matrimonio
son compatibles tanto juntos como por separado.
Temperance descolgó la mandíbula, y aunque por un lado despreció el
desahogo con el que Burton estaba admitiendo querer a su hermana para
cumplir fantasías carnales, por otro se alegró de que le proporcionara una
necesaria distracción.
Arrugó el ceño al comprender lo que daba a entender: que con o sin
marido, Burton tomaría de Faith lo que se le antojara.
—Si no le importa que se esté casando, ¿qué hace aquí, entonces?
Burton clavó los ojos en Faith, que pareció darse cuenta entonces de su
presencia. El velo ya había sido retirado, lo que significaba que había

Página 211
terminado de pronunciar sus votos. Y así fue como Temperance pudo ver con
claridad la mirada desafiante que le dirigió a Burton. Una airada y convencida
que parecía decir «ya no tiene poder sobre mí», pero que se tornó insegura al
ver cómo él le sonreía, canalla, y se doblaba en una reverencia burlona.
—He venido porque me quedó la vaga impresión de que su hermana cree
estar librándose de mí al pasar por el altar. Debía aclararle que su matrimonio
no me intimida en lo absoluto, y recordarle que sigo estando a su disposición.
Su respuesta la turbó sobremanera. No solo por la fría tranquilidad con la
que lo dijo, que habría estremecido de pavor al que hubiera sido su objetivo
—ahora entendía lo reacia que su hermana había sido siempre a interactuar
con él—, sino porque la hizo imaginarse ocupando el lugar que Burton
ansiaba ostentar: el de amante de un cónyuge. Amante de Royce.
Tan pronto como la infame posibilidad se paseó por su cabeza,
Temperance la atrapó y la aplastó con sus propias manos, avergonzada.
¿Cómo podría siquiera plantearse aceptar un puesto menor? A diferencia de
Burton, debía hacerse a la idea de que había perdido a Royce para siempre, y
no existiría entre ellos nada más que una decente relación de cuñados.
—¿Es que no siente respeto alguno hacia la institución? —le preguntó,
asombrada.
—Hacia ninguna de ellas.
—¿Y tampoco hacia los deseos de mi hermana, que obviamente no se
corresponden con los suyos?
Clavó en ella sus ojos verdes. Un verde tan vívido e intenso que resultaba
cegador.
—Eso sí me importa más. Por eso sigo esperando, señorita Swansea. Es
más de lo que he hecho por nadie.
—Me alegro de que mi hermana le esté inculcando el valor de la
paciencia, señor Burton. Me temo que es lo único que conseguirá de ella.
Burton meneó la cabeza distraído.
Parecía que ninguna argumentación le calaba, que nada podría modificar
sus esquemas de pensamiento y menos aún doblegar su voluntad… y así era,
ni más ni menos. Aquel era el mismo hombre que había huido de una Irlanda
arrasada por la pobreza para instalarse en el corazón de Inglaterra y alzarse
como uno de esos despreciables hombres ricos a los que ningún noble con
instinto de supervivencia le tosería.
Temperance sacudió la cabeza y regresó a las banquetas antes de que el
descarado dijera algo escandaloso; algo por lo que mereciera un grito o una
bofetada. Y tan pronto como estuvo sentada de nuevo junto a Atticus, con la

Página 212
mirada fija en la pareja que se tomaba del brazo y bajaba del altar, las
fantasías de Burton dejaron de actuar como velo de la realidad. Esta cayó
sobre ella con el peso de una losa, impidiéndole respirar mientras duró el
paseo del matrimonio hacia la salida de la iglesia.
—Se han casado. —Se oyó decir, hueca—. Se han casado.
Atticus, incómodo a su lado, no hizo ninguna apreciación. Aquello era lo
único que podía decirse al respecto, y sería mejor que nadie hiciera ningún
tipo de valoración o avivarían el familiar sentimiento que resurgía con más
fuerza en el corazón de Temperance. Allí anidaba ya el dolor junto al amor
inmerecido y ahora platónico, la decepción, el odio puro y la pena más
honda… pero lo que afloró y se intensificó hasta nublarle la vista cuando miró
a Royce a los ojos fue el despecho. Un despecho afilado con forma de puñal
que amenazó con desangrarla mientras los veía salir.
El destino de la pareja era una nueva vida. El destino de Temperance, si
alguna vez conseguía levantarse del asiento, sería el infierno.

Página 213
Capítulo 30

A Royce jamás se le habría ocurrido que cruzaría el umbral del dormitorio


nupcial con una esposa enfurruñada y el único deseo de dormir a pierna
suelta. Claro que, si le hubieran preguntado cómo había imaginado su boda
siendo niño, por muy loca que hubiera sido su imaginación no habría podido
concebir tal despropósito. Por lo menos Faith le acompañaba en el
sentimiento. Al igual que él, sentía que el engaño había sido en vano.
Si algo positivo podía salvar de aquel día, era el almuerzo y la cena que
habían servido para diez comensales en la mansión de Eaton Square: la
misma en la que pasarían la noche debido a los «problemas que Royce había
tenido para contactar con su administrador americano».
La señora Swansea empezaba a sospechar de su falta de efectivo y de las
innumerables trabas que ponían sus socios en Nueva York para hacerle llegar
una cantidad simbólica pero suficiente para alquilar una casa. El señor
Swansea, en cambio, parecía complacido porque su hija durmiera bajo su
techo —en su misma habitación, en realidad— una vez más.
Royce fingió examinar la habitación en cuestión con interés. Faith fue
directa al tocador, donde fue depositando los pendientes, los ornamentos del
recogido y las perlas estrenadas para la ocasión. Sus movimientos airados le
hicieron saber que estaba furiosa, y como Royce había aprendido que ante la
furia de las Swansea todo el mundo era impotente, solo se sentó en el borde
de la cama y esperó a que una gran idea lo iluminara.
En lugar de una gran y luminosa idea, lo embargó el pesimismo que había
estado esquivando a duras penas durante el día. Pero sí sintió que lo partía un
gran y luminoso rayo.
—¿Le importa si me pongo cómodo? —preguntó Royce, señalando el
zapato que ya había apoyado sobre la rodilla.
Faith se giró enérgicamente hacia él con una mueca que se le hizo cómica.

Página 214
—¡Por supuesto que me importa! ¿Qué pretende, desnudarse ante mí?
—No sabía yo que fuera usted una mojigata, señorita Swansea.
—Señora Hancock, no se le olvide —replicó con rencor—. Y creo que
aunque no he dado impresión de mojigata en ningún momento, tampoco
parezco todo lo contrario. ¿De qué se sorprende tanto, entonces?
—Bueno, suponía que una muchacha capaz de llamar la atención de un
depredador como el señor Burton no tendría reparo en mostrarse romántica
con su pretendiente preferido. Cosa que no juzgaría, que conste. —Alzó las
manos.
Faith estaba cada vez más molesta.
—¿Qué quiere decir con eso? ¿Insinúa que Burton me molesta porque le
di esperanzas? Señor Hancock, hay hombres que no necesitan ninguna clase
de incentivo para perseguir a una mujer. A veces solo quieren darse el gusto
de cazar a una presa difícil.
—Sí, tiene usted razón. Discúlpeme.
Faith negó con la cabeza, como queriendo deshacerse de un pensamiento
desagradable, y empezó a tirar de los cajones de mal humor para depositar
todo género de frascos y potingues sobre el tocador. Royce dejó de pelearse
con el zapato y se la quedó mirando con un suspiro resignado a punto de salir
de sus labios.
—A mí tampoco me alegra esta situación, señorita.
Faith clavó la vista en él a través del espejo, cruzada de brazos.
—¿Y qué pensamos hacer para remediarla? Porque si Temperance no se
levantó en medio de la iglesia para detener la boda, no creo que vaya a
levantarse ahora, en medio de la noche, e impedirnos consumar.
—Eso está por ver. Me parece que el asunto de la consumación la haría
llegar al límite.
—¿No me ha oído? Estamos casados, Hancock. Ya hemos llegado al
límite. No hay nada más allá del límite, ¿entiende? —le explicó, despacio y
molesta. Hizo los mismos elocuentes aspavientos que se utilizaban para
comunicarse con desconocidos de habla extranjera.
—Claro que lo hay. Y si no, recuerde que esto no es para siempre. Antes
de que le dé tiempo a enfadarse de nuevo, ya estará cada uno en su propia
casa.
Faith desvió la mirada. Se mordió el labio para no chillar desesperada.
En poco tiempo, Royce había llegado a conocerla tan a fondo como su
introversión lo permitía. Faith podía ser parlanchina, juguetona y, a simple

Página 215
vista, una jovencita hueca que entendía de maravilla cuál era su lugar en el
mundo, pero había mucho más allá de su fachada.
Sintió que estaba en la obligación de confortarla y así lo hizo: se levantó
de la cama y fue a abrazarla.
Al principio la sintió tensa, incluso balbuceó algo parecido a «qué hace» y
«aléjese de mí», pero apenas la estrechó contra su cuerpo, ella se relajó y dejó
ir un suspiro.
—No sé qué voy a hacer si esto no funciona. He arriesgado mi vida, mi
futuro y también el futuro de mis hermanas para que Temperance no sea
infeliz. —Hizo una pausa y pegó la boca a su hombro—. Es mi preferida,
¿sabe? Temper.
—También es la mía.
Faith se rio, seguramente contra su voluntad, y Royce la acompañó con
pies de plomo. Tan inmersos estaban en sus risas que no se percataron de que
alguien abría la puerta y asomaba la cabeza para espiar a la pareja. Una
cabeza rubia que enseguida se llenó de ideas conspiranoicas y sabotajes
estratégicos que no tardaría en poner en práctica.
Royce se separó de Faith al mismo tiempo que la puerta se abría de golpe
y una Temperance con una sonrisa venenosa aparecía bajo el umbral.
—Lo siento, ¿interrumpo algo? —preguntó con tacto.
Royce se giró hacia ella. Le costó Dios y ayuda mantener un rictus serio,
incluso molesto porque se hubiera dado permiso para entrar.
—Sí, señorita Swansea. La noche de bodas.
—Tonterías —espetó Faith, que se apresuró a avanzar hacia la puerta—.
¿Qué ocurre? ¿Puedo ayudarte en algo?
—Ah, no, no, es solo que la cocinera ha hecho un delicioso pastel de
albaricoque y se me ha ocurrido que os gustaría probarlo antes de continuar
con la noche de bodas —recalcó con retintín, lanzando una mirada furiosa a
Royce. Él fingió no percatarse y le pasó una mano por la cintura a Faith, que
se tensó en el acto.
—La verdad es que no tenemos hambre, pero se agradecen sus buenas
intenciones —respondió con la misma ironía, acompañándola de una sonrisa
zafia. Faith intentaba zafarse de su brazo, pero él la tenía bien agarrada—.
¿Algo más, señorita Swansea?
Royce dedujo por la serie de colores que fueron tiñendo su rostro que no
había pensado en un plan alternativo. Con los puños apretados junto a las
caderas, masculló entre dientes:
—No, eso es todo.

Página 216
Solo entonces permitió que Faith se apartara de él. Así pudo avanzar un
par de zancadas, agarrar el pomo de la puerta y cerrarla con una sonrisa
cortés, dejando a Temperance con un palmo de narices y el consuelo de un
frío:
—En ese caso, buenas noches, señorita Swansea.
Nadie habló en los treinta segundos que siguieron. Aunque las bisagras
hubieran emitido el pertinente chasquido, no oyeron los pasos airados de
Temperance por el pasillo hasta un buen rato después. Y hasta que no se
hubieron extinguido, Faith no bufó sonoramente y espetó en voz baja:
—¿Por qué demonios me ha abrazado por la cintura? ¿Es que se ha
propuesto que mi hermana me odie?
—Se lo he dicho; hay que llevarla al límite. Fíjese en lo celosa que estaba.
Faith torció la boca al ver la sonrisa bobalicona que Royce solo se habría
atrevido a esbozar en confianza. Volvió a suspirar, cansada, y se dejó caer
sobre el borde de la cama.
Entonces fue ella la que empezó a quitarse los zapatos.
—¿Que esté celosa es acaso indicativo de algo nuevo, algo que no
supiéramos? No estamos en esta situación porque Temperance no lo ame, con
todos los síntomas que eso conlleva, sino para que sea capaz de admitirlos.
—¿Qué esperaba, que entrara con una pistola para dejarme viudo y
casarse conmigo?
—No, pero no habría estado mal que en lugar de ofrecernos pastel de
albaricoque hubiera dicho: «Buenas noches, resulta que estoy enamorada de
tu marido». A lo que yo le habría respondido: «Estupendo, entonces podemos
detener la farsa».
—¡Shh! ¡No lo diga tan alto! —la regañó, exclamando en voz baja. Negó
con la cabeza al tiempo que se arrodillaba ante Faith, que tenía problemas
sacándose los zapatos—. Poco a poco, señorita Swansea. Ya verá que en el
transcurso de la noche tocará a nuestra puerta más de una vez, y con excusas
más creíbles que el supuesto pastel de albaricoque.
—Deberíamos haberla acompañado. Me apetece una porción de pastel de
albaricoque.
Mientras la descalzaba, Royce exhaló una especie de risa y meneó la
cabeza.
—A mí me parece que deberíamos haber bajado solo para confirmar que
la cocinera no ha hecho ningún pastel.
Faith sonrió de vuelta muy a su pesar. Y tal y como Royce había
anticipado, la puerta volvió a abrirse de sopetón.

Página 217
Royce no se movió de donde estaba, más que dispuesto a dar la impresión
equivocada, pero no fue Temperance la que se asomó. Era la discreta aunque
segura Prudence, todavía vestida. No le pasó desapercibido que evaluaba con
la mirada la postura de la pareja antes de aclararse la voz.
—¿Prue? —Faith pestañeó—. ¿Qué pasa?
—Oh, nada. Lamento la interrupción. Es que… no puedo encontrar mi
cepillo, y sabes que tengo que domar este pelo mío antes de dormir para no
despertar mañana con la melena de un león. ¿Me podrías prestar el tuyo?
—Por supuesto que sí. Tómalo, está sobre el tocador.
—¿Tú no lo vas a necesitar?
—Tengo varios. —Enseguida frunció el ceño, como si acabara de
recordar que no solo ella disponía de cepillos de sobra; también su hermana, a
la que enseguida miró con sospecha.
—De todos modos no me sentiría cómoda llevándomelo. Me peinaré aquí,
si no te importa.
Faith pestañeó una vez. Fue a decir algo, pero Royce captó su atención
tomándola de la mano y procuró ocultarse de Prudence para susurrar:
—Deje que se quede. Verá que tardará más en cepillarse el pelo que
Napoleón en llegar a Rusia.
—Pero es un escándalo que una jovencita de su edad se desmelene delante
de un hombre.
—Procuraré mirar lo mínimo posible.
Faith lo sopesó. Tuvo que estar de acuerdo con la estrategia que
insinuaba, porque se giró hacia Prudence y le indicó que podía desenredarse
el cabello tranquilamente; ella esperaría.
Y esperó. Ambos esperaron más de media hora a que se deshiciera del
recogido. Empleó solo quince minutos para colocar las agujas y los
ornamentos del peinado alineados a la perfección, y luego se entregó a un
agradable masaje de cuero cabelludo que se extendió hasta bien entrada la
medianoche. Para cuando llegó el momento de cepillarse el pelo, Faith y
Royce estaban tan aburridos que la primera había propuesto ir a buscar una
baraja de cartas. Royce estuvo de acuerdo, y fue una excelente idea, porque
Prudence dedicó otra eternidad a lustrar su cabello oscuro.
Les dio tiempo a echar tres partidas de brisca.
—Muchas gracias —dijo Prudence, sin un ápice de vergüenza.
—Cuando quieras —respondió Faith con ironía.
Apenas Prudence hubo cerrado la puerta, Faith puso los ojos en blanco y
descolgó la cabeza hacia atrás.

Página 218
—Por el amor de Dios, ¿qué ha sido eso?
—Me parece que ha sido su hermana mayor utilizando a las más pequeñas
como espías.
—Se ha propuesto arruinarnos la noche de bodas, de eso no cabe duda —
meditó, todavía entretenida con su abanico de cartas—. Yo creo que con la
odisea de la melena de Prudence ya nos habrá castigado suficiente.
—¿Eso cree de veras?
Faith se lo pensó.
—No, lo cierto es que no. ¿Le importa si yo también me deshago del
moño? Ver a mi hermana mimárselo durante una hora y media me ha creado
cierta necesidad.
—Por supuesto —se rio Royce—. Deje que la ayude.
Como si Temperance estuviera mirando a través de la cerradura de la
puerta, la siguiente en llegar apareció en cuanto retiró la primera aguja. Esta,
fuera quien fuese, tuvo la gentileza de llamar primero a la puerta.
—Adelante.
Charity se asomó aferrada al cierre de su batín con la mojigatería propia
de las jovencitas.
—¿Podemos hacer algo por usted? —preguntó Royce, atento a la que
fuera la siguiente excusa.
—Es que… he tenido una pesadilla. —Agachó la barbilla, avergonzada.
Incluso se ruborizó hasta la raíz del pelo, cosa que Royce achacó más a la
fatiga de interrumpir a la pareja por orden de su hermana mayor que al hecho
de comportarse como una niña asustadiza—. ¿Puedo quedarme con vosotros
un rato? Solo serán unos minutos, hasta que me relaje.
—¿No hay nadie más en la casa a quien pueda recurrir? —preguntó
Royce sin miramientos, a sabiendas de que le transmitiría a Temperance el
mensaje alto y claro—. ¿Quizá… su hermana mayor?
Charity se ruborizó más aún, señal de que la había cazado.
—La verdad es que no.
—En ese caso, adelante. Únase a nosotros. A fin de cuentas ya habíamos
sacado las cartas.
Faith ocultó una risotada frotándose la nariz. Justo después se acomodó
sobre la alfombra, tal y como Charity sugirió para tener más espacio, y tomó
la baraja para repartir un puñado a cada uno.
Royce sabía que su sonrisa divertida estaba siendo juzgada por Charity.
Se preguntó si la muchacha sería lo bastante imaginativa para dar parte a
Temperance sobre su aire risueño con una historia que la pusiera de mal

Página 219
humor. La verdad no era otra que la siguiente: había previsto una noche de
bodas aburrida y tormentosa, pero Temperance estaba tan presente en ese
dormitorio que debía admitir que se lo estaba pasando en grande.
Aunque conocía a Temperance lo suficiente para saber que estaría
echando chispas, y le preocupó genuinamente lo que estuviese pensando.
Cuando hubieron transcurrido dos largas horas, Charity abandonó el
dormitorio muy agradecida y más relajada. Royce la vio marchar con una
media sonrisa haciéndole cosquillas en los labios.
—¿Sabe, señorita Swansea? Si de veras tuviera la menor intención de
cumplir mis deberes conyugales, estaría muy, muy enfadado ahora mismo. —
Faith se mordió la lengua para no reír—. Y le importe o no, pienso quitarme
al menos la chaqueta, el chaleco y el pañuelo del cuello. No estoy
acostumbrado a todos estos formalismos.
—Pues yo ahora me arrepiento de haberme soltado el pelo. Sospecho que
vamos a recibir más visitas que el rey durante sus sesiones de audiencias, y
eso sí que requiere cierta formalidad.
Le tocó a Royce soltar una carcajada.
—¿Qué le habrá dicho su hermana a las demás para que se presten a esto?
—Seguramente las haya extorsionado… o les habrá prometido algún
jugoso premio. —Encogió un hombro—. Tenga en cuenta que mis hermanas
son demasiado pequeñas para saber que en la noche de bodas se da… Bueno,
desconocen que la pareja necesita intimidad. He oído decir a mi madre unas
cuantas veces que no tendrá esa conversación con ellas hasta que llegue el
momento.
Royce se puso de pie para deshacerse de la molesta chaqueta. La arrojó
sobre la cama, cansado, y deshizo el nudo del pañuelo. Al sentir el cuello libre
desde esa mañana —desde la cual parecían haber transcurrido veinte años—,
gimió en voz alta. Debería haber imaginado que cualquier sonido sospechoso
alertaría a la vigilante, porque unos segundos después se abrió la puerta.
Era la pequeña Hope envuelta en su camisón. Se frotaba un ojo con el
puño cerrado, señal de que acababa de despertarse.
No esperó a que le preguntaran cuál era la urgencia para manifestarse.
—Oye, Faith, me ha dicho Temperance que venga a preguntarte si me
puedes prestar uno de tus cojines. Dice que estoy resfriada desde esta tarde y
sería mejor para mí dormir con la cabeza elevada.
Faith y Royce intercambiaron una mirada y luego volvieron a fijarse en
Hope. No era tan pequeña como para no entender la ironía, por lo que debía

Página 220
estar todavía demasiado somnolienta para asimilar el porqué de las órdenes de
su hermana.
—Claro que tengo un cojín. Deja que vaya contigo al dormitorio.
—Temper me ha dicho también que me duele la cabeza. ¿O el estómago?
Algo me duele —reconoció Hope con los ojos cerrados, apoyada en el marco
de la puerta.
Faith volvió a mirar a Royce con una especie de sonrisa exasperada y
cogió de la mano a su hermana menor para perderse en el pasillo.
Royce se quedó mirando la puerta abierta esperando ver aparecer al
siguiente en desfilar, pero siendo un hombre de acción no podía quedarse
sentado mientras trataban de sabotear su sabotaje. Se quitó el chaleco, se
arrugó la camisa y se despeinó los rizos. Ya listo y con una media sonrisa
perversa, se dirigió a las escaleras.
Le hubiera gustado sorprenderse al reconocer el bulto de algodón blanco
que halló agazapado en uno de los peldaños, vigilando con el cuello tenso la
puerta del dormitorio… pero así era tal y como la había imaginado en su
propósito de espionaje. Temperance no esperaba que la pillaran con las manos
en la masa, porque respingó al saberse descubierta y en su precipitada huida
escaleras abajo tropezó con el dobladillo del camisón, con el consecuente
resbalón por un par de peldaños.
Al principio Royce se rio con su torpeza, pero al oírla gimotear de dolor
se le cortaron las ganas de divertirse. Bajó corriendo las escaleras y la cogió
de la mano con la que se había agarrado el tobillo.
—Seguro que no hace falta que le diga que todo mal comportamiento
recibe su castigo.
Temperance levantó la mirada del presumiblemente torcido tobillo y le
robó la respiración al hacerle cómplice de su dolor. Tenía los ojos llenos de
lágrimas que corrían desbordadas por sus mejillas.
—Temper… —murmuró él, ahuecándole el rostro con las manos—. No
llores.
Temperance reaccionó como había imaginado, y si no lo hubiera hecho lo
habría defraudado: le soltó un manotazo con violencia desmedida que obtuvo
más de lo que quería. Aparte de mascullar una maldición, Royce se llevó la
mano derecha a la izquierda, donde había recibido el golpe.
—¡Pues claro que lloro! ¿No ve que me he torcido el tobillo? ¡Y por su
culpa casi me abro la crisma!
—¿Mi culpa? Yo no soy el que custodiaba el lecho conyugal de dos recién
casados con actitud vigilante. ¿Qué espera, oír un grito de dolor o pedidos de

Página 221
auxilio? Ya debería saber, señorita Swansea, que cuando hago el amor soy
muy cuidadoso.
Se arrepintió de haberlo dicho en cuanto un nuevo puchero arrugó sus
labios. Le soltó un nuevo manotazo, este más débil.
—Es usted asqueroso. Váyase al diablo —le gruñó entre sollozos. Se
levantó aferrándose a la barandilla de la escalera e hizo el amago de bajar,
pero Royce la detuvo pegándola a su costado.
—¿Así es como va a ser, señorita Swansea? —le susurró—. ¿Va a pasar
cada noche de su vida en vela, pegada a la puerta del dormitorio de su
hermana para intervenir en cuanto deje de escuchar dos voces conversando?
¿Va a establecer guardias para que no nos dejen solos ni un segundo?
Habría seguido pinchándola, pero se apiadó al sentirla temblorosa.
Temperance no lo miró al decir:
—Solo quiero protegerla de usted. No quiero que le haga daño como me
lo ha hecho a mí.
—Yo no te he hecho daño, Temperance. Te lo has hecho tú y nadie más
que tú. Incluso si no hubiera sido con tu hermana, me habría terminado
casando con una mujer. Tú y yo no nos parecemos en eso; un rechazo nunca
ha puesto en pausa mi vida y no iba a hacerlo ahora, aunque la mujer que
quisiera fuese otra.
Royce cerró los ojos y acercó la nariz a su melena suelta, que le hacía
cosquillas en la cara y en el triángulo de pecho descubierto. Inhaló,
empapándose los pulmones de la fragancia afrodisíaca que impregnaba su
piel.
—Mi intención no era hacerte daño, pero no me has dejado elección —
prosiguió en voz baja—. Tomaste tu decisión, te lo recuerdo, y a raíz de ello
tuve que organizar mi vida. Y créeme, es la primera vez (y espero también la
última) que dispongo y ordeno mi vida en función de los deseos de alguien
distinto a mí.
—Si de veras hubieras ordenado tu vida en función de mis deseos —
murmuró unos segundos después, respirando irregularmente—, no me habrías
hecho esto.
—¿Qué te he hecho, Temperance?
Ella se zafó de su brazo con el habitual quiebro violento, uno innecesario
porque la habría dejado ir mucho antes de que rompiera a llorar con más
ganas. Por supuesto, aprovechó la excusa del tobillo para justificar su
sensibilidad y exageró un saltito renqueante al emprender la huida.
—Temperance…

Página 222
—Yo que usted me acomodaría en el dormitorio de invitados —le
advirtió.
—¿Por qué? ¿Quién va a ser el siguiente en aparecer? No me extrañaría
que consiguiera levantar al marqués de Halifax de la cama, pero buena suerte
convenciéndolo de llamar a mi puerta. Los hombres respetan algo más estas
cuestiones.
—No me subestime.
Royce suavizó la expresión.
—Jamás, señorita Swansea. Confío en su carácter más que en ninguna
otra cosa en el mundo. Pero sabrá que incluso si impide la consumación esta
noche, nos esperan otras muchas por delante.
—Si Sherezade pudo alargar una noche hasta convertirla en mil más, yo
puedo hacerle sufrir durante un millón —le aclaró, aferrada con la mano a la
barandilla.
Mirándolo un par de escalones más abajo con el camisón y las lágrimas
secas en las mejillas debería haber ofrecido un aspecto frágil y poco
apetecible, pero Royce tuvo que plantar bien los pies en el suelo para no
abalanzarse sobre ella y borrar a su manera la mueca torcida de los tiernos
labios femeninos.
Temperance le sostuvo la mirada unos segundos más, retándolo a replicar,
pero Royce se dio por vencido alzando las manos. Ella tragó saliva y asintió,
como convenciéndose, y desapareció escalera abajo.
Royce suspiró.
—Durante un millón de años, no de noches —murmuró para sí—. Podrías
hacerme sufrir durante un millón de años.

Página 223
Capítulo 31

Temperance había pasado toda la noche vagando por el ala de los


dormitorios. Aunque a las cuatro de la madrugada dejaron de escucharse
voces y le llegaron los ronquidos de Royce a través de la puerta, no corrió el
riesgo de irse a la cama. Se quedó montando guardia allí mismo, con la
espalda pegada a la pared. Solo giró el picaporte una vez para comprobar que
los dos se habían entregado al dulce abrazo de Morfeo, su hermana en la cama
que le correspondía y Royce acurrucado en un diván estrecho que le obligaba
a encoger las piernas. Esto la alivió en parte, pero no pensó ni por un segundo
en acostarse. Siempre cabía la posibilidad de que Royce despertara en mitad
de la noche y molestara a Faith para consumar el matrimonio, cosa que
Temperance se había propuesto evitar.
A esas alturas poco le importaba que sus hermanas se preguntaran el
porqué de su errático comportamiento. No pensaba responder preguntas
impertinentes —mas apropiadas, dado el cariz de sus ruegos—, pero tampoco
perdería el tiempo desmintiendo las conclusiones a las que llegaran. Por lo
pronto, Prudence llegó esa noche a una que no tardó en transmitirle.
—Cuando he entrado Hancock le estaba quitando los zapatos a Faith —le
había comunicado, mesándose la trenza recién hecha con gesto de sospecha
—. Y se estaban riendo.
—Conque se estaban riendo —masculló Temperance para sí misma—. No
sé qué demonios encontrarán divertido, porque lo único cómico de toda esta
situación es la pareja que hacen.
—¿No te parece que sean un buen equipo? A mí me da la impresión de
que se entienden.
—Se entienden porque hablan el mismo idioma. Los dos carecen de
vergüenza.

Página 224
—No es que tú andes muy sobrada de esta, tampoco. —Prudence enarcó
una ceja, y aunque era conocida por no hacer preguntas con la insolencia de
las hermanas mayores, se arriesgó a agregar—: ¿Vas a explicarme por qué me
has obligado a interrumpir un momento íntimo? Puede que madre no me haya
explicado bien lo que sucede en la noche de bodas, pero no hace falta ser un
lince para saber que no requiere la presencia de nadie más que los dos
cónyuges.
—Te he obligado a ti porque Atticus no sirve para nada.
Y eso en parte era cierto. Durante la cena familiar, a la que estuvieron
convidados los asistentes a la boda y al almuerzo posterior, Atticus se había
mostrado más reacio que nunca a colaborar con ella en una empresa de
dudoso beneficio. Quizá Temperance se hubiera excedido atreviéndose a
proponerlo en pleno banquete, pero no podía probar bocado cuando su mente
había decidido anticiparse a lo que ocurriría esa noche.
—Tienes que entenderlo —había mascullado en su oído.
—Hace tiempo que entendí que las Swansea sufrís un severo desequilibrio
mental, Temper, pero que lo sepa no significa que esté dispuesto a dejarme
contagiar. Olvídalo —zanjó de inmediato, concentrado en cortar con cuchillo
y tenedor (y con ensañamiento, como si estuviera rebanando a la propia
Temperance) el faisán a la crema.
—Es un pequeño favor de nada.
—Meterme en el dormitorio de Hancock y su esposa no me parece un
«pequeño favor de nada».
—Entonces no te metas. Puedo pensar algo mejor.
»Secuestra a Faith —propuso—. Dile que te enamoraste de ella en cuanto
la viste, que desde el principio tu intención de intimar con nuestra familia se
debió al deseo de estar más cerca de ella y que no te has atrevido a confesar
tus sentimientos hasta ahora porque… porque…
—¿Porque…?
—Pues porque eres un gran cobarde.
—No me digas. Yo soy el cobarde —había ironizado.
—O porque tu padre, al que juraste honrar, jamás hubiera aceptado que te
casaras por debajo de tus posibilidades.
Atticus ladeó la cabeza hacia ella con los párpados entornados.
—Lograría superar al adorado señor Darcy declarándome con esos
lamentables argumentos.
—Si no te convence, dile que lo hiciste por Hope.
—¿Por Hope? ¿De qué diantres estás hablando?

Página 225
—Dile que te diste cuenta de que Hope siente cierta fijación por ti y no
querías romperle el corazón a su hermana pequeña. O mejor dicho: no querías
que su hermana pequeña la odiara por haberle robado a su querido marqués.
—Tienes una imaginación desbordante.
—Es muy creíble, Atticus. Hope es la perfecta coartada.
—Tu hermana pequeña tiene trece años. Si estuviera enamorado de una
mujer, no me detendría el delirio infantil de una niña que se ha obsesionado
conmigo como podría haberse encaprichado de un caballito de madera. Y
Faith me conoce sobradamente para saberlo.
—Por Dios, Atticus, ¿por qué no quieres colaborar?
Atticus ahogó un suspiro exasperado y dejó los cubiertos sobre el plato
con cuidado. Se giró hacia ella, las manos apoyadas en el regazo, y la
disuadió por completo con una mirada afligida.
—Temper, si existiera un remedio definitivo para salvar la situación, no
dudes que te lo ofrecería en bandeja de plata. Pero lo que propones carece de
sentido porque, en primer lugar, Faith no se fugaría conmigo…
—Quizá no, pero si mi madre se enterase estaría de acuerdo en que
cambiara al ricachón por el aristócrata.
—… y en el mejor de los casos —prosiguió—, si Faith nos sorprendiera
dejándose arrastrar por un impulso romántico que todos sabemos que no
posee, la huida solo serviría para alejarla de Hancock una noche. Y una noche
no sería suficiente para ti.
Temperance tuvo que darle la razón a regañadientes. Resignada a la
inutilidad de Atticus, se había girado hacia el otro lado de la mesa y
empezado a susurrarle a Charity otro plan. Con las mismas fugas, sí, pero que
le había servido para salir del paso. Estaba exultante: creía haberlos
mantenido alejados durante la noche. Pero cuando a la mañana siguiente bajó
a desayunar y los encontró solos, ojerosos y charlando en voz baja, se le
ocurrió que se las habrían apañado para cumplir sus deberes conyugales.
Royce no dejaba de ser un hombre con pulsiones poderosas, irreprimibles, y
su hermana Faith tenía tan interiorizadas sus obligaciones como mujer que
habría cedido.
Claro que habría cedido, porque nada la detenía.
Apenas se dieron cuenta de que acababa de entrar. Estaban sumidos en
una agradable conversación a la que Temperance no fue invitada.
—¿Te gusta patinar? —le preguntaba Royce, sonriendo afectuosamente.
Faith tragó rápido lo que estaba masticando y asintió con una leve sonrisa.
Temperance los miró sin darse cuenta de que palidecía.

Página 226
¿Se tuteaban? Ni sus padres se llamaban de tú salvo en contadas
ocasiones, y estaba segura de que matarían el uno por el otro. Ella tampoco
había tuteado en prácticamente ningún momento a Royce, y había compartido
con él mayores intimidades que un vínculo institucional. Su lado saboteador
no tardó en recordarle que dichas intimidades no solo no estaban reconocidas
a ojos de Dios o el Estado, sino que ambos las castigaban con el ostracismo y
el infierno. Pero Temperance se enfureció de todos modos al seguir
escuchándolos.
—Sunfish Pond es el lugar ideal —prosiguió Royce, con una media
sonrisa nostálgica—. Allí iba con mis padres cuando era niño; también para
cazar anguilas, peces luna y platija en el arroyo que lo alimenta, Kip’s Bay.
Aunque en temporada estival se seca, en sus épocas de corrientes se desborda
por las calles treinta y uno y treinta y tres y a veces ocurre una catástrofe que
obliga a los vecinos a recurrir a los barcos para llegar a las avenidas…
Temperance apretó los puños bajo la mesa. Además de tutearla, le hablaba
de su tierna infancia. A ella no la había bendecido con historias para el
recuerdo. Quizá porque no le dio la suficiente confianza, o tal vez porque no
la creía digna de escuchar sus batallitas personales.
—Como el río Nilo —meditó Faith, escuchándolo con la barbilla apoyada
en la mano—. ¿No han pensado los vecinos en hacer como los egipcios y
aprovechar las subidas y desbordamientos para la cosecha?
—No es tan sencillo. El caso es que es un sitio precioso. La llevaré en
cuanto lleguemos a Nueva York —decidió, palmeando el borde de la mesa—.
Y también a Mount Vernon Hotel, para que no sienta que ha dejado la riqueza
de Londres para convertirse en una provinciana.
Faith se rio de un modo que revolvió el estómago de Temperance.
—No sea injusto. Jamás he sentido eso. Y tampoco he estado nunca en un
hotel.
—Pues Mount Vernon le gustará. Tiene comodidades de primera clase:
salón femenino, taberna masculina… A los neoyorquinos les gusta pasar por
allí para disfrutar de licores y limonadas, conciertos y paseos a caballo. Y no
le tememos al atardecer como los ingleses; hay días que la diversión no
concluye hasta las siete y media.
Debería estar furiosa porque compartiera anécdotas de su pasado e
información turística con su hermana, pero aquello solo la entristeció. La
entristeció más de lo que sería capaz de admitir ante sí misma. Lo había
atendido con el mismo interés que Faith, aunque disimulando, fascinada por
la calidez que alumbraba su rostro al hablar de la tierra que le había visto

Página 227
nacer. Se sintió terriblemente culpable al recordar cómo se había burlado de
sus orígenes, cómo los había usado contra él como si fuese algo de lo que
avergonzarse cuando estaba más que orgulloso. Se preguntó —y con las
preguntas condicionales sospechaba que llegaría el verdadero dolor, ese que
barrería el despecho y la convertiría en un alma en pena— si Royce le habría
confiado su feliz infancia y su amor hacia la patria si Temperance se hubiera
mostrado menos incendiaria. Debería estar rabiando, detestándolo por haber
elegido a Faith sin tener en cuenta cómo recibiría ella la noticia; cuán gris
sería el resto de su vida… pero en el fondo solo sentía un doloroso vacío que
le rogaba que se levantara y defendiera sus sentimientos. Su derecho a ser
feliz… Aunque ya fuera imposible.
—¿Estás insinuando que en Londres nos vamos a dormir pronto? Porque
yo ayer no concilié el sueño hasta las seis de la mañana —le recordó Faith. La
mirada plagada de secretos que le dirigió a Royce turbó a Temperance, que se
removió en el asiento con el corazón a punto de salírsele del pecho.
Tenía que salir de allí.
Volvió a apoyar las manos sobre la mesa con la intención de huir de la
complicidad de la pareja, pero Royce inmediatamente agregó:
—Pero eso no fue nuestra culpa. No habríamos pospuesto nuestras
obligaciones si no nos hubieran entretenido durante parte de la noche.
«Pospuesto nuestras obligaciones». Aquella fue la gota que colmó el vaso.
Temperance se puso en pie de golpe. La silla habría salido propulsada
hacia atrás si no hubiera pesado más que ella, pero solo el chirrido alertó a la
pareja.
—¡Ya basta! —La voz se le quebró al gritar.
Royce levantó las cejas.
—¿Qué ocurre?
—¿Que qué ocurre? Ocurre que no aguanto más. Ocurre que…
Justo iba a dejar salir lo que llevaba tiempo oprimiéndole la garganta, pero
su padre eligió ese mismo momento para intervenir. Temperance podría
haberlo interpretado como una señal divina, un «será mejor que te controles»;
sin embargo, la señal era más bien humana, porque a su padre, además de
Wilhelmina, le acompañaba la sombra de un hombre.
—Tenemos visita —anunció—. Y tenemos también un problema.
—¿Qué problema? —quiso saber Faith.
—¿Qué visita? —inquirió Royce.
—Considero que ambas cosas se solapan, pero decídmelo vosotros. Acaba
de aparecer un hombre que asegura ser Thomas R. Hancock. Y dice que su

Página 228
apodo es «Tommy», no «Royce» —acotó el señor Swansea, mirando con
gravedad y por encima de los anteojos a los comensales.
Temperance no pudo ni mover la cabeza hacia Royce. La mente se le
quedó en blanco, y sus ojos permanecieron fijos en los de su padre, que
enseguida hizo un gesto hacia alguien escondido en el pasillo para que entrara
en el comedor. Ese alguien, un hombre en la treintena de ralo cabello rubio y
rostro atezado, apareció con una mano a la espalda y una pequeña sonrisa
circunstancial.
Esta sonrisa se transformó en una mueca de asombro al cruzar miradas
con el impostor.
—¿Royce? ¿Qué estás haciendo aquí, amigo?
Royce, que parecía haber esperado aquel momento toda su vida, se
levantó para darle la bienvenida con un apretón de manos y una sonrisa.
—Me temo que la respuesta a eso no va a gustarte, Tommy.
—No nos gustará a ninguno si dicha respuesta es «robar a la novia» —
repuso Edison Swansea, que al igual que Royce manejaba el asunto con pies
de plomo y una paciencia sorprendente. Faith tampoco parecía sorprendida:
solo miraba al presentado como señor Hancock con gesto aprensivo, como si
hubiera pedido uvas y le hubiesen servido pasas.
—Bueno, técnicamente no la he robado. Sigue aquí. Y en lo que respecta
al matrimonio… —Royce miró de soslayo a Temperance, advirtiéndola de
que le interesaría oír aquello—, dado que toda la burocracia corrió a cuenta
del señor Hancock y yo no soy el señor Hancock, diría que tampoco es excusa
para llevármela. La boda no es válida.
—¡Que la boda no es válida! —exclamó Wilhelmina, abriendo tanto los
ojos que todos allí hicieron ademán de incorporarse y acercarse con los brazos
extendidos para agarrarla—. Y si usted no es el señor Hancock, ¿quién es?
—Quién es lo discutiremos luego —decretó Edison, girándose para
señalar el pasillo con un gesto elegante—. Todo lo que necesito saber para
llevarlo a rastras a mi despacho y tener una agradable conversación es que ese
no es su apellido. Si no le importa…
Royce meneó la cabeza en sentido afirmativo y se dirigió a donde el señor
Swansea indicaba.
—En absoluto. —Al pasar por el lado de la catatónica Wilhelmina y el
ceño fruncido del señor Hancock, Royce sonrió—. Me alegro de verte,
Tommy.
—Creo que… lo mismo digo. —Vaciló.
—Espero que no te marearas durante el viaje.

Página 229
El verdadero señor Hancock pareció despertar del trance y sacudió la
cabeza, asombrado con su poca vergüenza.
—No irás a decirme que has venido en mi lugar porque sabes que me
aterran los barcos. De ser así, supongo que habrías tenido el detalle de
avisarme para que no hiciera el viaje de todos modos.
Royce se limitó a palmearle la espalda. El señor Swansea, una rezagada
pero furiosa Wilhelmina y el acusado desaparecieron camino del despacho. El
señor Hancock se quedó donde estaba, rascándose las pronunciadas entradas.
—Entonces… ¿no va a haber boda? —preguntó, mirando a la muchacha
que no se había movido de su asiento. Su deje esperanzado advirtió a las
presentes de que no le importaría en absoluto cumplir con su deber.
Faith, en cambio, bufó y lanzó una plegaria al techo antes de imitar al
acusado y a sus padres desapareciendo. Se levantó, soltó la servilleta sobre el
plato y salió de allí dando airados pisotones.
Temperance, por su parte, que jamás había creído posible desaparecer en
el asombro, se quedó mirando al señor Hancock con la mandíbula
desencajada. Este, uno de esos hombrecillos por los que sería difícil sentir
algo más que simpatía, lanzó un suspiro y le confesó:
—Yo también habría reaccionado así. Después de Royce, sería un milagro
que quisiera conformarse conmigo.

Página 230
Capítulo 32

Nada más tomó asiento en el butacón presidencial del despacho, Edison


Swansea miró con gravedad al impostor y dijo:
—Entiendo que la «R» no era de Royce.
—No —respondió con tiento, sin moverse de donde estaba: inmóvil frente
al escritorio como un niño castigado—. El señor Hancock se llama Thomas
Reuben.
Edison lo invitó a confesar enarcando una ceja.
—¿Y usted se llama…?
—Royce Hanson.
—Bueno. —Palmeó el borde de la mesa y miró a la estupefacta
Wilhelmina, de pie a su lado con las manos retorcidas en el regazo—. No nos
costará acostumbrarnos al Hanson respecto del Hancock si deseamos
conservarle, ¿no le parece, señora mía? De hecho, Hanson me parece bastante
más elegante que Hancock. No es lo mismo ser «el hijo de Han» que… —
Movió la mano en ademán explicativo— Ya sabe.[6]
Royce estuvo tentado de soltar una carcajada. La anfitriona aprovechó esa
broma de mal gusto para salir del estupor en el que había caído tras la noticia.
Miró horrorizada a su marido.
—¿«Conservarle»? ¿Siquiera se lo está planteando? ¡Este hombre ha
arruinado la vida de mi hija!
Edison se mesó la barbilla, examinando a Royce como lo hizo cuando
apareció empapado: con una mezcla de simpatía y curiosidad que raras veces
entrañaba nada negativo.
—Primero habría que escuchar su historia. Parece que el señor Hanson —
lo recalcó con especial ímpetu— tiene una inenarrable aventura para nosotros.
Podría empezar contándonos quién es usted y por qué está aquí. Me imagino
que su intención era timarnos.

Página 231
—No va muy desencaminado.
Wilhelmina lanzó una exclamación ahogada y le soltó un mamporro a su
marido en el hombro. Este fingió retorcerse de dolor.
—¡Debería usted retar a duelo a este rufián!
—Si tuviera que retar a duelo a todos los rufianes de este país, derramaría
más sangre que durante las guerras napoleónicas.
—¡Pues adelante! ¡Tiene mi beneplácito!
El señor Swansea se giró hacia su mujer con una teatral mueca de
asombro.
—Parece mentira que nuestros amigos la tengan a usted como la
misericordiosa de los dos. «Más bien, sean bondadosos y compasivos unos
con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en
Cristo», Efesios, capítulo cuatro, versículo treinta y dos.
Wilhelmina se envaró.
—«Y cualquiera que no cumpliere la ley de tu Dios, y la ley del rey,
prestamente sea juzgado o a muerte, o a destierro, o a confiscación de bienes,
o a prisión» —citó—. Libro de Esdras, capítulo siete, versículo veintiséis.
El señor Swansea enarcó las cejas y se acomodó como lo haría un jugador
de cartas tras haber sido retado con una suculenta puja.
—«No juzguen, y no se les juzgará. No condenen, y no se les condenará.
Perdonen, y se les perdonará», San Lucas, capítulo seis, versículo treinta y
siete.
Wilhelmina apretó la mandíbula.
—«Si alguien peca inadvertidamente e incurre en algo que los
mandamientos del Señor prohíben, es culpable y sufrirá las consecuencias de
su pecado», Levítico, capítulo cinco, versículo diecisiete. —Le lanzó a Royce
una mirada beligerante, que este sin embargo no pudo tomarse en serio al ver
a Edison aguantando la risa.
—«Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: —Señor, ¿cuántas veces tengo
que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? —No te
digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces —le contestó Jesús
—», San Mateo, capítulo dieciocho, versículos veintiuno y veintidós.
—«Todos los que han pecado conociendo la ley, por la ley serán
juzgados», Romanos, capítulo dos, versículo doce —respondió enseguida,
envalentonada.
—«Este señor no ha matado a nadie y a juzgar por la reacción de Faith,
parece que nuestra muchacha estaba de acuerdo. Es de buen nacido dejar que

Página 232
un acusado se explique antes de emitir sentencia», Edison Swansea,
argumento número uno.
Royce soltó una carcajada al ver el gesto contrariado de Wilhelmina, que
decidió no responder. Edison suspiró, decepcionado porque se hubiera
acabado el enfrentamiento, y retomó la cuestión con buen ánimo.
—El verdadero señor Hancock ha parecido sorprendido de encontrarle
aquí, por lo que presupongo que se conocen. ¿A él también intentó sacarle los
cuartos casándose con su hija, o estaba al tanto de lo que se proponía?
¿Llegaron a alguna especie de acuerdo?
—Nada de eso, señor Swansea. Hancock no tenía la menor idea de que
vendría en su lugar. —Inspiró hondo—. Mi patrón había programado el viaje
a Inglaterra para la semana en la que yo aparecí, pero contrajo la gripe por
esas fechas y se complicó tanto que el médico le recomendó quedarse en
cama en torno a quince días. Supongo que solo empeoró, porque ha demorado
en aparecer más de lo que esperaba.
—¿Y vino hasta aquí para asegurarse de que Faith no se quedaba sin
novio en el caso de que Hancock no se recuperara? ¿O solo vino a
transmitirnos su estado de salud? —Se mofó.
—Lo cierto es que vi mi oportunidad muy clara. El señor Hancock
siempre ha confiado en mí lo suficiente para tenerme al tanto de sus visitas a
Inglaterra, sus asuntos económicos y su correo. A fin de cuentas, tanto él
como yo fuimos contratados como simples peones en la fábrica antes de que
el difunto señor Swansea ascendiera al señor Hancock por méritos propios.
Nuestra amistad se remonta a diez años vista.
—Tienen confianza de sobra para hacerse pasar el uno por el otro,
entonces —se burló—. ¿Sabe, Hanson? Un hombre que miente a los
desconocidos por los que sospecho que son unos motivos más o menos
legítimos podría merecer una segunda oportunidad, pero uno que traiciona a
sus amistades no podría ser bienvenido en esta casa en modo alguno.
—Valoro la amistad, señor Swansea. Pero valoro más la vida, y se trataba
de una cuestión de vida o muerte.
El ceño de Edison se relajó visiblemente. Incluso la rigidez de Wilhelmina
pareció suavizarse al empezar a sospechar que el sinvergüenza podría tener
una buena excusa.
—Le escucho.
Royce se adelantó hasta el sillón más próximo y tomó asiento sin que los
anfitriones lo invitaran. Lo arrastró hacia delante para quedar lo bastante

Página 233
cerca de Edison para que su mirada fija resultara convincente, aunque esta vez
no necesitaba parecer honesto. La verdad, la única, le allanaría el camino.
—Como le he dicho, no era raro que metiera la mano en el correo de
Hancock. Soy quien se encargaba de llevar sus cartas a la correspondiente
oficina postal (así fue como desapareció aquella que explicaba que su viaje se
retrasaría), y algunas respuestas suyas se las leía en voz alta mientras él hacía
otra cosa. Así fue como me enteré de que estaban dispuestos a entregarle la
mano de su hija para unificar el negocio, o por lo menos estrechar relaciones.
»Al principio me fue indiferente. Solo le di mi opinión de amigo sobre la
propuesta. Era su asunto y yo no tenía por qué intervenir. Pero más adelante
recibí mi propio correo, cartas con malas noticias que requerían acción
inmediata, y la forma más rápida de resolverlo que se me ocurrió fue
adoptando la identidad de Hancock. Y lo cierto es que su enfermedad me vino
de perlas para tomar el barco en su lugar.
—¿De qué malas noticias estamos hablando?
—Mi hermano menor, Jerry, murió a manos de una banda armada en la
zona portuaria de Liverpool. —Hizo una pausa para mantener el tono—.
Siempre fue un muchacho problemático. Le gustaba apostar, trabajaba lo
mínimo posible y no tomaba las necesarias precauciones cuando se enrolaba
en aventuras amorosas. Murió dejando numerosas deudas a sujetos
indeseables y una mujer embarazada con la que vivía amancebado, porque,
por supuesto, casarse con ella nunca estuvo en sus planes.
Edison escrutó su rostro. Le pareció que no buscaba la mentira, sino el
dolor por la pérdida.
—Le acompaño en el sentimiento. Parece que perdimos un hermano a la
vez, Hanson.
—Lo siento mucho, señor —agregó Wilhelmina.
Royce le sonrió, distante, aunque a la vez divertido por la extraña
educación inglesa que tan bien aprendida tenía. Sin duda era un farsante, pero
era el deber de toda anfitriona dolerse por las que fueran las desgracias del
invitado.
—De todo esto me informó su señora, Clodagh —prosiguió—. Es una
muchacha humilde a la que consiguió engatusar para huir con él. Cloud
todavía recuerda a mi hermano como un buen hombre que tomó las
decisiones equivocadas… Pero esa es otra historia. Digamos que me contactó
por casualidad, porque puso mal mi dirección y Jerry, que era un mentiroso
experimentado, apenas había mencionado un hermano que vivía en Nueva
York.

Página 234
»Jerry y yo nunca nos llevamos bien, pero seguía siendo mi sangre y
jamás me habría perdonado dejar a Clodagh y a su hijo en la estacada. A fin
de cuentas, seré el tío de la criatura.
—Por lo que decidió ocupar el lugar de Hancock, casarse con Faith y
utilizar la dote tanto para sufragar las deudas de su hermano como para darle
una vida digna a la señorita —dedujo Edison.
—Siendo del todo sincero, señor Swansea, no pretendía casarme con
Faith. Lo haría, por supuesto, pero con un nombre falso. El matrimonio sería
nulo por este motivo y yo podría marcharme soltero y con el dinero para
desposar a Clodagh y darle al niño el apellido de su padre. Y, obviamente, la
señorita Swansea podría casarse de nuevo.
—Casarse de nuevo —repitió Wilhelmina, ofendida—. Es evidente que
no comprende usted las implicaciones de lo que ha hecho. Mi hija no podrá
casarse de ninguna manera una vez estalle el escándalo, y es muy probable
que tampoco lo consigan el resto de sus hermanas.
Edison le pidió que reservara la reprimenda para luego con un educado
gesto de mano.
—Veo que no ponderó la complicación más habitual en estos casos —
retomó el patriarca—. Los sentimientos podrían haberle jugado una mala
pasada, señor Hanson. Podría haberle roto el corazón a mi hija y eso bien
habría merecido que nos viéramos armados al amanecer.
—Habría estado en todo su derecho de dispararme. No crea que en
América resolvemos los conflictos y las deudas de honor de un modo más
pacífico. Pero en este caso no pude ser más afortunado, porque la señorita
Swansea me aclaró desde el primer día que jamás se casaría conmigo.
Edison miró a la boquiabierta Wilhelmina al borde del ataque de risa.
—¿Ha oído eso, mi señora? Parece que no hay un alma en esta casa que
no haya obrado a nuestras espaldas.
»Antes de que mi esposa sufra un soponcio, Hanson, dígame si alguien
más ha tenido motivos ocultos para actuar como lo ha hecho.
—Su hija mayor, Temperance. Por lo visto, le prometió a la novia que se
libraría de mí a toda costa.
—Pero eso es el pan de cada día. De Temperance uno espera cualquier
cosa. —Se encogió de hombros y movió las manos en un gesto indiferente—.
¿Hay algo más que crea que debo saber?
—No, señor Swansea.
—Supongo que no fue usted el que se las apañó para que el señor
Hancock estuviera indispuesto en la fecha de partida a Inglaterra, y que en

Página 235
ningún momento se planteó secuestrar a la novia o estrangular a los
anfitriones mientras dormían.
—Jamás le he puesto la mano encima a un ser humano, señor Swansea,
pero es posible que le robara una de las figuritas de la entrada. Clodagh
necesita dinero. Vive de la caridad de la señora Roberta Higgins, cuyo trabajo
de costurera, aunque razonablemente bien pagado, no da para sufragar los
gastos de una embarazada con antojos.
—¡Sabía que faltaba una figurita! —exclamó Wilhelmina, empujando por
el hombro a Edison—. ¡Y usted me dijo que exageraba, o que algún criado la
habría roto limpiando el polvo!
—Señora Swansea, por Dios, ni siquiera sé a qué figurita se refiere porque
ni yo ni nadie pasa tanto tiempo en el recibidor como para fijarse. Además,
¿dónde ha quedado su generosidad cristiana? ¿No le parece que la figurita
habrá ido a parar a un lugar mejor si el dinero ha sido utilizado para la
supervivencia de una pobre embarazada?
—¡Por supuesto que sí! ¡Pero eso no quita que el señor Hanson haya
incumplido el séptimo mandamiento!
No cupo la menor duda de qué opinaba Edison sobre los mandamientos
cuando bufó y dijo:
—Con que rece un par de padrenuestros yo ya me daría por satisfecho.
Ahora bien: tengo que asegurarme de que no está incumpliendo el octavo, y
para eso necesitaría que me llevara a conocer a la señorita en cuestión. Sobre
todo porque, si vamos a ayudarla, al menos a mí me gustaría saber que podría
reconocerla si me la cruzara.
Royce se controló para no deshacerse en agradecimientos y disculpas.
Más de lo segundo, considerando que había rechazado los planes honestos de
la visionaria Clodagh por culpa de un prejuicio que ahora resultaba
infundado. En América, los ricos jamás habían movido un dedo por él. Jamás
habían movido un dedo por nadie, ni siquiera por ellos mismos. Disponían de
un servicio compuesto por más de una docena de criados que se encargaban
de servirles las veinticuatro horas del día. Pero por lo visto había un par de
excepciones a la regla de egoísmo imperante, solo que vivían en el continente
opuesto.
—Veo que le he sorprendido —dijo Edison, evaluándolo con curiosidad
—. Cualquiera diría que ha pasado el último mes en una casa de tacaños e
insensibles, señor Hanson. ¿Esperaba que le diéramos la espalda a una
víctima de las circunstancias como lo es su cuñada?

Página 236
Royce agachó la cabeza por primera vez desde que había puesto un pie en
tierras anglosajonas.
—Lo lamento, señor Swansea. Debo admitir que toda la vida he albergado
cierto resquemor hacia la clase alta, y no tanto hacia los aristócratas como a la
burguesía. Suponía que los pudientes sin título de Inglaterra serían clasistas y
altivos como los que ahora abundan en Nueva York.
—Hace mucho que no visito Nueva York, pero me parece que idiotas hay
en cada rincón del planeta, señor Hanson.
—Por supuesto. Pero allí los «hombres hechos a sí mismos» se creen más
legitimados incluso que los propios nobles de cuna para despreciar a la clase
baja.
—Esto es muy interesante —meditó Edison, apoyando la barbilla en la
palma de la mano—. ¿No le parece que la fortuna de un burgués es
notablemente más meritoria que la herencia de un aristócrata?
—Ninguna gran fortuna es meritoria, señor Swansea, si solo las hay
heredadas y amasadas a través del sudor ajeno. Con el debido respeto, todo el
dinero que usted posee lo han ganado sus trabajadores por usted. Puede que
lleve la batuta, pero el peso lo cargan otros, y lo demuestra que gane dinero
incluso cuando duerme; que incluso ahora esté haciendo negocios cuando se
divierte entrevistando al polizón que se infiltró en su casa.
Debería haber imaginado que un hombre capaz de reírse ante una
situación tan peliaguda no se tomaría como una afrenta que diera su opinión
sobre el sistema. Y aun así, le sorprendió que Edison le sonriera con simpatía
y hasta cabeceara en señal de conformidad.
—Mi marido es un hombre muy honrado —soltó Wilhelmina de repente,
a la defensiva—. No sé por qué se atreve a insinuar que abusa de sus
empleados.
Edison la calmó tomándola de la mano y llevándosela a los labios.
—No me ha insultado, querida. Solo ha señalado con mucho tino lo que
perpetúa la desigualdad social. —Ladeó la cabeza—. Es usted un hombre
increíblemente inteligente y con un don de gentes como jamás he visto otro.
Me extrañó desde el principio que no fuera el señor Hancock porque no me
cabe duda de que, si hubiera sido más avispado, mi hermano le habría cedido
a usted su fortuna.
—El difunto señor Swansea me conocía muy bien, me temo, y sabe cómo
me las apaño para resolver mis problemas. Aunque siempre me apreció a su
manera, le incomodaba mi forma de ver a los ricos y mi tendencia a hacerme
pasar por quien hiciera falta para lograr mis propósitos, una costumbre

Página 237
heredada del zafio de mi padre. No me consideraba un tipo de fiar, y le
sobraban razones para pensarlo. Por eso eligió a Hancock, un hombre
prudente y honrado…
Se detuvo en cuanto asimiló una posible interpretación de la previa
respuesta de Edison.
—Espere, ¿a qué se ha referido con que le extrañó desde el principio que
no fuera el señor Hancock? —Arrugó el ceño—. ¿Lo sabía?
—Por supuesto que lo sabía. Tenía usted todos los cabos atados, pero
ningún hombre con la honorable intención de casarse con una Swansea se
habría dedicado a flirtear descaradamente con otra. Por lo que… sí que se le
complicó el aspecto sentimental, señor Hanson. Pero como ya le he dicho, es
usted muy inteligente. Quizá más que yo —admitió con humildad—. Pero yo
tengo más años de experiencia.
—¿Más años de experiencia en general, o tratando con tipos como yo?
—Más años siendo un tipo como usted: un granuja que no solo cree que
todo vale, sino que además lo demuestra. —Royce soltó una carcajada que
supo que comentarían los curiosos que debía haber pegando una oreja a la
puerta. El señor Swansea se levantó, visiblemente satisfecho con la audiencia
—. Ha sido un placer conocerle, Hanson. Por favor, no olvide que pretendo
entrevistarme con Clodagh. Y pretendo hacerlo pronto, mañana mismo si
fuera posible. Antes de que a un hombre de recursos como usted le diera
tiempo a encontrar a una pobre embarazada que desempeñara el papel.
—Si mi historia no le cuadra, puede contrastarla con la que le contará el
señor Hancock. Él sabe quién soy, quién era mi familia y qué problema me
esperaba en Inglaterra.
—No dude que lo haré. Puede retirarse.
Royce se puso en pie también y le hizo una torpe venia a la señora
Swansea, a la que no se veía del todo cómoda pero tampoco con la intención
de oponerse a los negocios. Se dio la vuelta para salir a enfrentar el resto de
reproches que lloverían de parte del resto de la familia, o por lo menos de
Faith y Temperance. Pero no llegó a cruzar el umbral, pues nada más rozó el
picaporte con los dedos, miró por encima del hombro un segundo antes de
volver a girarse con los hombros cuadrados.
—¿Puedo preguntarle algo, señor Swansea?
Edison dejó de conversar en voz baja con su mujer, a la que le sonreía
afectuoso, y lo miró expectante. Le pareció que el patriarca acababa de
prometerle a su esposa que «lo solucionaría, como siempre, ya que era un
hombre resolutivo».

Página 238
—Adelante, aunque sospecho que no va a ser una pregunta inocente.
—No es inocente, pero sí genuina. —Inspiró hondo—. ¿Me daría su
bendición para casarme con su hija Temperance?
Edison no mostró el menor signo de asombro. En su lugar rompió a reír.
—¿Qué le parece tan gracioso? —espetó Wilhelmina, empujando a su
marido por el hombro—. ¡No se toma usted nada en serio!
—Dios me libre de tomarme nada en serio, señora, o me habría matado un
disgusto hace mucho tiempo. —Miró al techo, exagerando su exasperación.
Luego enfrentó a Royce, una sonrisa de hilaridad asomando a sus labios—.
Hay que tener valor para pedir la mano de mi otra hija después de haber
traicionado mi confianza.
Volvió a reír con ganas, y tan pronto como se recuperó, lo miró con
simpatía.
—Por supuesto que tiene mi beneplácito, señor Hanson.
—¿Qué? —jadeó Wilhelmina, conmocionada. No superaba en asombro al
propio Royce, que había preparado una serie de razones en su defensa en caso
de que Edison se negara en rotundo.
—¿Qué tiene usted en contra de casar a Temperance? Pensaba que era el
sueño de su vida, señora. Como ya sabe, es un placer para mí ser quien
satisface todos sus anhelos.
—¡Pero no con él! ¿Siquiera Temperance lo ama? —preguntó, alarmada.
El señor Swansea le hizo una graciosa caída de ojos.
—Señora mía, no se entera usted de nada. ¿Y desde cuándo le importa que
sus hijas conozcan el amor?
Wilhelmina vaciló, insegura.
Era curioso que aquel perfil de cristiana empedernida con modales
aristocráticos le cayera simpático a un hombre con las ideas de Royce. Desde
el principio se había burlado de su afectación y sospechaba que lo haría
siempre, pero del mismo modo que su marido: con un profundo conocimiento
de la mella que la educación recibida había hecho en ella, el necesario respeto
hacia su modo de sobrellevar las dificultades y con una inusitada ternura en lo
absoluto condescendiente. Se sintió afín al señor Swansea al entender la
contrariedad de la anfitriona, que había sido convencida de que los valores del
matrimonio eran otros y de que la felicidad de la mujer no podía sino
vincularse a la sagrada institución, y de ahí su obsesión por casar a las
pequeñas y procurar que el amor no fuera un obstáculo.
De todos modos, parecía que su propio y excepcional matrimonio a veces
trastocaba sus férreas convicciones, porque murmuró:

Página 239
—Quiero hombres buenos para todas mis hijas, pero si se trata de
Temperance… En su caso creo obligado que su marido la ame por todo lo que
no lo hizo lord Riversey.
—Estamos de suerte entonces, señora Swansea, porque este pretendiente
de aquí la quiere tanto que me extraña que no se haya dado usted cuenta.
Wilhelmina pestañeó hacia Royce todavía dudosa.
—¿Es eso cierto? —Siguió vacilando aun a pesar de haber obtenido el
asentimiento de Royce. Vio el dilema en sus ojos claros: no quería un
impostor en la familia, eso era obvio, pero a su parecer era mejor desposar a
un mentiroso que quedar soltera—. Bueno… considero que antes de
precipitarnos habría que contrastar esa historia que el señor Hanson nos ha
confiado.
—Por supuesto. No le he dado mi bendición para que se case con ella en
los próximos quince minutos. De hecho, solo le he dado mi bendición para
que se lo pregunte. —Arqueó las cejas hacia Royce—. Como su madre ha
señalado unas cuantas veces sin mucho tacto, mi hija ya es mayorcita para
tomar decisiones por sí misma.
Royce no cabía en su asombro.
—¿Así de fácil?
—¿Fácil? Necesitará toda la suerte del mundo de su parte, señor Hanson.
Yo solo le doy un intento para que Temperance dé su brazo a torcer. Si su
terrible tozudez persiste, tendrá que marcharse.
—¡Pero Edison! —le increpó Wilhelmina—. ¡Le he pedido que no se
precipite! ¡No puede darle su entera bendición sin más!
—¿Y qué le hago yo si su hija quiere a un impostor? —Extendió los
brazos—. Por el amor de Dios, señora Swansea. Vio cómo Temperance
parecía al borde de la apoplejía en esa boda. Si hubiera visto su rostro en
circunstancias aisladas, habría jurado que asistía al funeral de su madre.
¿Duda de veras que el señor Hanson vaya a ser aceptado?
Wilhelmina apretó los labios.
—Bueno, señor —intervino Royce—, la verdad es que ya fui rechazado
una vez.
Edison alzó la barbilla y la apoyó en los nudillos para mirar a su esposa
con aire soñador.
—Eso son minucias. Mi señora me rechazó cinco, y gracias a Dios que no
me rendí.
—¡Era diferente! —rezongó la aludida.

Página 240
—Usted era viuda y Temperance aún llora un rechazo. Las diferencias son
inapreciables. —Volvió a mirar a Royce, que no ocultaba su fascinación por
el curioso matrimonio—. Será bienvenido a esta casa tan pronto como
conozca a Clodagh y Temperance decida dejar de ser un animal tozudo.
—¡No hable así de su hija!
—Fue usted la que le puso ese apodo.
Antes de que la discusión se acalorase, Royce aprovechó para escabullirse
fuera del despacho. Por lo que había entendido, no disponía de mucho tiempo
para hacer que «el animal tozudo» entrara en razón, y sentía que en aquella
carrera a contrarreloj, cada segundo era crucial.
Tal y como había imaginado, nada más abrir la puerta de un brusco tirón,
una serie de figuras femeninas envueltas en muselina y tafetán estuvieron a
punto de caer amontonadas a sus pies como piezas de dominó. Royce se
habría echado a reír al verlas tratando de mantener el equilibrio, agarrándose
las unas a otras, pero la alejada presencia de Temperance junto a la escalera le
cambió rápidamente la cara.
Lo estaba mirando con los ojos enrojecidos por el llanto, que contenía a
duras penas, y a juzgar por su gesto sombrío, había escuchado lo mismo que
las curiosas.
Tal y como habría hecho una presa en presencia de su depredador,
Temperance se dio la vuelta y se apresuró a desaparecer por el pasillo en el
momento en que Royce avanzó un paso. Afortunadamente, Royce no llevaba
falda y tenía las piernas bastante largas, así que no le costaría alcanzarla en su
huida hacia la entrada.
Otro asunto distinto sería convencerla, menester para el que poco le
serviría dar grandes zancadas.

Página 241
Capítulo 33

Royce persiguió a la escurridiza Temperance en su camino a la puerta


trasera. Para ello tuvo que bajar las escaleras que daban al sótano, cruzar el
pasillo de las habitaciones del servicio y sortear los numerosos obstáculos
humanos que abundaban en la cocina. Temperance debía estar acostumbrada
a pulular por allí, porque mientras Royce casi causó un accidente empujando
sin querer a una ayudante de cocina, Temperance y su pomposo vestido se
abrieron camino como Moisés en las aguas. La alcanzó justo cuando salió al
modesto jardín trasero —y poco frecuentado, a juzgar por el abandono de las
malas hierbas y los maceteros vacíos—, una parcela al aire libre en la que
habían amontonado sacos de patatas.
Apenas Temperance se detuvo, sin saber en qué dirección doblar, Royce
le cerró el paso adelantándose con las manos alzadas.
—No me parece que este sea momento de enfadarse. —Intentó calmarla.
Como era de esperar, logró el efecto contrario.
—Ah, ¿no? ¡Has fingido tu matrimonio! —exclamó, desorientada. De
inmediato agregó, más furiosa aún—: ¡Y tu identidad!
—Solo son minucias. No he fingido lo verdaderamente importante, que es
que te quiero. —Los dos fruncieron el ceño a la vez—. ¿Es tarde para
retirarlo? En mi cabeza no sonaba tan ridículo.
Temperance se estremeció.
—Vete al diablo, seas quien seas.
—¡Espera! Tú has fingido que no me amabas, en cambio, lo que me ha
obligado a espabilarte…
—¿Espabilarme? —repitió de una pieza—. Por tu bien, también voy a dar
eso que acabas de decir como retirado. ¡Y que sepas que estás loco si crees
que pienso amarte después de esto!
—Me temo que eso no es una decisión que puedas tomar.

Página 242
—Por supuesto que puedo. Eres un mentiroso y… ¿Y qué más? ¿Quién se
supone que eres? —Lo miraba sin dar crédito—. ¿A qué te dedicas?
El impulso de mentir para darse una importancia de la que carecía era más
fuerte que el propio Royce, pero se controló y estiró el cuello para darle la
verdad que pedía; que merecía.
—Soy Royce Hanson y trabajaba en la fábrica de hilatura para el señor
Swansea, en eso no he mentido… aunque no era lo único que hacía para
ganarme la vida y mis amigos me llaman Roy. También lo hacían mis
padres… y el hermano que perdí, Jerry. Te sonará familiar, pues es el mismo
Jerry que dejó a Clodagh en las condiciones en las que la encontré.
—¿Te refieres a embarazada? —ironizó, pero aunque se puso a la
defensiva no pudo engañarlo por los ojos; toda su expresión se suavizó con la
mera mención a Clodagh, a la que le dio la impresión de que comprendía a un
nivel para el que ninguna otra mujer estaba preparada.
—Y muerta de miedo. La gentuza con la que mi hermano Jerry se
codeaba y que se encargó de que no volviera a ver la luz del sol no hace
distinciones. Si consideraban que Clodagh podía sufragar las deudas que Jerry
dejó, irían tras ella del mismo modo que lo hicieron con él.
Temperance bajó la guardia. Se frotó la boca, de pronto nerviosa.
—¿Se supone que viniste a ocupar el lugar del señor Hancock para…
vengarte? ¿Es cierto que tu hermano fue asesinado?
—No lo sé. Es probable. Siempre se movió en ambientes muy
problemáticos. Al principio mi objetivo era descubrirlo, pero cuando supe de
Clodagh me di cuenta de que había asuntos más importantes que requerían
que mantuviera la cabeza fría. Para hacer justicia tendría que meterme en la
boca del lobo, mezclarme con toda clase de maleantes, y Clodagh necesita
protección, necesita una vida tranquila… Se trata de mi sobrino, Temper, y
estaba dispuesto a casarme con ella para darle mi apellido.
La disposición a escuchar y comprender que había visto en su semblante
cauteloso desapareció con la palabra «casarme».
Temperance cerró los ojos un instante.
—¿Y cómo encajábamos los Swansea en tus planes de matrimonio con
Clodagh?
—Depende de con qué Swansea estemos hablando. —Dio un paso hacia
delante, esperando que no rechazara su cercanía y entrara en razón.
Temperance no se movió, pero porque la conmoción seguía teniéndola
atrapada—. El señor Swansea tenía el papel de inversor; sería el que me haría
entrega de la dote de Faith, con la que yo podría huir para darle a Clodagh y

Página 243
al niño la vida que necesitan. El rol de Faith, como digo, sería el de novia
arruinada. En cuanto al tuyo… No te di ninguno, pero de pronto te alzaste con
la función de protagonista. No sería justo decir que lo arruinaste
absolutamente todo, porque he llegado a apreciar a tu hermana y respeto a tu
padre, pero fuiste la clave para que cambiara el rumbo del futuro.
Temperance lo miraba con los labios entreabiertos y los ojos húmedos.
—¿Y me lo dices así, como si no fuera una auténtica aberración?
—Quiero ser honesto contigo…
—No estás siendo honesto, puesto que te presentaste con una cadena de
mentiras. Lo que estás haciendo es redimirte, y déjame decirte que es un poco
tarde para eso. Ibas a aprovecharte de mi familia, ibas a humillar
públicamente a mi hermana del mismo modo que me humillaron a mí, ibas
a… —El horror se adueñó de su expresión—. ¿Cómo te atreves siquiera a
intentar ganarte mi perdón?
—Tu hermana y yo llegamos a un acuerdo beneficioso el mismo día que
llegué a Inglaterra. Todos nos hemos aprovechado de todos, Temperance; ella
de tu debilidad por mí para deshacerse de un matrimonio indeseado y curar tu
despecho, yo de la hospitalidad de los Swansea, y tú de mi más que evidente
deseo por tenerte. Esa es la verdadera cadena de mentiras, además de la que te
he expuesto.
»Y ahora… —Tomó su mano con cuidado, dándole tiempo para retirarla
si eso era lo que quería. Temperance no lo hizo: no se movió cuando le
acarició el dorso con el pulgar y se lo llevó a los labios—. Ahora que ya sabes
lo que es perderme y has descubierto que no lo soportas, ¿no quieres hacer
nada al respecto?
—¿Qué te hace pensar que quiero a mi lado a un hombre embustero y
manipulador? —Sus ojos se humedecieron de nuevo, pero rechazó su propia
debilidad pestañeando de prisa y creciéndose con falso orgullo—. ¿Un
hombre capaz de romperme el corazón por gusto?
—¿Por gusto? Jamás habrías aceptado que me quieres, Temperance. No si
no te hubiera demostrado cuánto lo haces. Todo el mundo necesita que le den
un toque de atención, y no sabes cuánto lamento que tú seas una de esas
mujeres a las que les hace falta una auténtica hecatombe para dar el brazo a
torcer.
Temperance se mordía el labio para no romper a llorar.
—¿Para eso no podrías simplemente haberte marchado a Nueva York?
—¿Y arriesgarme a que jamás vinieras a buscarme? Habrías podido vivir
sabiendo que te amaba al otro lado del océano, sabiendo que te esperaba,

Página 244
sabiendo que tenías la posibilidad de arrepentirte y que yo te abriera mis
brazos como si no me hubieras echado a cajas destempladas. Pero no hubieras
soportado tenerme enfrente, atado a tu hermana y representando cuanto habías
perdido; lo has demostrado esta misma mañana. Antes de que llegara
Hancock, te levantaste y nos gritaste que habías tenido suficiente.
—Eres el hombre más cruel que he conocido jamás. Si piensas que voy a
perdonarte como si tal cosa, estás rotundamente equivocado.
—No pienso que vayas a perdonarme como si tal cosa, pero creo que
deberás hacerlo para que dejemos de perder el tiempo.
—Para que dejemos de perder el tiempo y para dar a entender que me es
indiferente el daño irreversible que sufrirá la reputación de mi hermana, ¿no?
Ese matrimonio no es válido, Royce. El hecho de que haya sucedido en
diciembre y no hubiera testigos dispuestos a hablar no evitará que esto se
convierta en el escándalo del año… y de la temporada próxima si me apuras.
Las amonestaciones están ahí, probando que una vez Faith estuvo
comprometida contigo. ¿Quién crees que querrá casarse con ella ahora?
¿Quién crees que querrá casarse con alguna de mis hermanas?
—Tengo una vaga idea sobre quién podría querer casarse con Faith… y
una mucho más definida sobre quién quiere desposarte a ti. En cuanto a tus
dos hermanas pequeñas, no creo que tengan problema. Las habladurías se
habrán relajado para cuando sean presentadas en sociedad.
Temperance negaba con la cabeza.
—Eso no funciona así.
—Tal vez eso no, pero ¿cómo ha funcionado mi plan, por macabro y cruel
que fuese? Aparte de odiarme como no dudo que me merezco, ¿no has temido
perderme? —Le acarició el óvalo de la cara—. ¿No hay ni una pequeña parte
de ti que se alegre de haberme recuperado?
Temperance apretó la mandíbula, un gesto de gran elocuencia que Royce
celebró con una sonrisa de alivio. Al principio meneó la cabeza, resistiéndose
a la verdad —no sería la mujer que amaba si no lo hiciera, si no luchara
contra sus sentimientos por el simple hecho de encontrarlos injustos—, pero
volvió a sentirse superada y apoyó la frente en el pecho de Royce. Él no tardó
en rodearla amorosamente con los brazos, al tiempo que miraba al cielo
agradeciendo en silencio la vulnerabilidad de su mujer.
La paz del abrazo duró poco. Enseguida Temperance recuperó el ánimo
guerrero y lo empujó por el pecho. No consiguió hacerle retroceder, y aquello
la frustró tanto que volvió a usar las manos para alejarlo, esta vez con más
ganas. En un abrir y cerrar de ojos, Temperance alzó las armas de nuevo y

Página 245
empezó a desahogarse a través de una serie de manotazos, empujones y
golpes en el pecho que fueron aumentando en intensidad y rabia hasta
provocarle punzadas de dolor.
Intentó agarrarla de las muñecas.
—Temper, me estás haciendo daño.
—¡Tú sí que me has hecho daño, idiota! —le gritó, fuera de sus cabales
—. ¡¿En qué demonios estabas pensando?! ¡¿Tienes idea de por lo que me has
hecho pasar?! ¡Te odio!
—No, no me odias. —Atrapó al fin sus manos violentas y entrelazó los
dedos con los de ella—. Odias que en tan poco tiempo haya conseguido
conocerte tan bien.
Royce se arriesgó a buscar sus labios para confirmar que aún lo quería…
y los encontró a la vez que la ansiada respuesta. Temperance correspondió su
beso temblando como una hoja, tan furiosa que convirtió el amoroso contacto
en un choque de titanes, en un intento de castigo. Le mordió el labio inferior
con tanta fuerza que Royce masculló una maldición; lo sintió entumecido e
insensible, pero no por eso se separó. Por el contrario, la tomó más ansioso,
aferrándola por la cintura para que no se moviera del sitio. Determinado a
relajar su rigidez y ablandarle los labios hasta que pronunciaran las palabras
que necesitaba, exploró su boca como tantas veces antes, el corazón encogido
y una sonrisa de alegría a punto de entorpecer sus propósitos. Ella suspiró
entre aliviada y ofendida cuando bordeó su escote con dedos atrevidos y tomó
uno de sus pechos. Pero tan pronto como el sopor del auténtico deseo se
adueñó de su cuerpo, Temperance se rebeló contra él y mostrando la fuerza de
voluntad que le maravillaba y desesperaba a partes iguales, se separó.
—Estás loco si piensas que voy a recompensarte después de todo —le
gruñó, pasándose el dorso de la mano por la boca hinchada.
—Haz lo contrario, entonces: castígame hasta darte por satisfecha. Pero
tarde o temprano tendrás que venir a buscarme porque…
—¡No! —le cortó, mirándolo incrédula—. ¿Qué demonios te has creído?
¿Que puedes presentarte con un nombre falso, con la intención de arruinar y
estafar a mi familia, casarte con mi hermana y luego irte de rositas? ¿Acaso
piensas que soy un alma misericordiosa y que podría olvidar todo lo que ha
sucedido solo porque tenías un buen motivo?
—No lo pensaba. Más bien lo esperaba —confesó, aturdido.
Habría sido un ingenuo si hubiera imaginado a Temperance reaccionando
de otra manera. Sabía que la enfurecería, que arremetería contra él y que

Página 246
tendría que jugar muy bien sus cartas para atraerla de nuevo y así encontrara
sugerente la posibilidad de perdonarlo.
Sí que había pecado de inocente al final. Las chispas que lanzaban los
ojos de Temperance no eran los de un enfado corriente. La suya no era una ira
fácil de apagar. Debía haber alivio bajo la amalgama de emociones
miserables, pero Royce no acertaba a verlo ya.
—Pues más te vale estar esperando bajo techo, Hanson, porque pasarán
las cuatro estaciones —le espetó con vehemencia—. No quiero volver a verte.
Pareció sorprendida además de desorientada al escucharse a sí misma,
como si no se hubiera creído capaz de decirlo. Saberse con el valor de
expresarse le dio fuerzas para continuar, disfrazando sus emociones con una
expresión distante que la situaba muy lejos de allí.
—He lidiado con suficientes mentirosos y con las consecuencias de sus
embustes unas cuantas veces en mi vida, y de ninguna manera podría
perdonar los tuyos. Has cruzado una línea que ningún hombre de buen
corazón y que me amara de veras cruzaría jamás. —Le tembló la barbilla—.
Eres un auténtico desalmado, alguien capaz de idear y lanzarse a la mayor de
las crueldades sin despeinarse. Si crees que no haré todo cuanto esté en mi
mano para sacar de mi corazón a alguien que no merece estar ahí… es que no
me conoces en lo absoluto.
Royce la escuchó sin pestañear, sin llevar aire a sus pulmones, sin estirar
el brazo para alcanzar a la cada vez más inalcanzable Temperance. Aunque
esperó que apareciera la sensación de impotencia que solía embargarlo
cuando presenciaba una injusticia, esta nunca se presentó. Veía en la
trastocada Temperance, en sus ojos salpicados de lágrimas de incredulidad y
decepción, la respuesta que después de todo merecía.
Temperance no era una mujer a la que se le pudiera hacer daño. Debería
haberlo sabido.
—¿Esa es tu última palabra? —preguntó, en blanco.
—No. Estas son mis últimas palabras. —Inspiró hondo y apoyó la mano
en la barandilla que subiría de nuevo a las cocinas—: Buen viaje.

Página 247
Capítulo 34

Clodagh observaba a su visita de hito en hito, rígida como un palo de


escoba en su lugar de preferencia: el centro del modesto diván que a esas
alturas ya debía haber acostumbrado a la forma de su falda. El señor Swansea
llevaba un buen rato mirándola a su vez. Parecía esperar que de un momento a
otro se le cayera la panza abultada o se le olvidara el acento irlandés. Clodagh
debió de resultar convincente, porque necesitó menos de quince minutos de
silencio —mesándose la barba y dando lentas caladas a su pipa— para decidir
que no era una impostora.
—Por favor, no interpreten esto como una grosería de mi parte, pero me
siento como una de esas raras especies que exponen en los zoos —dijo
Clodagh al fin con su tono cantarín, arrancando enseguida una sonrisa tierna
al único desconocido de la sala. La señora Swansea, también desconocida,
llevaba sonriéndole desde que la había visto. Así, Royce había descubierto
que sentía debilidad por ella—. Solo soy una mujer embarazada, señor. Si ha
tenido usted seis hijas, ha debido ver al menos media docena de panzas
abultadas antes de conocerme.
Luego fulminó con la mirada a Royce, al que llevaba toda la mañana
reprochándole que la hubiera convertido en el centro de atención de un par de
ricos en los que todavía no confiaba.
—Bueno, señorita, tenía que conocerla personalmente para asegurarme de
que Hanson no mentía sobre su existencia, su estado, su origen y todos esos
aspectos de la identidad de alguien sobre los que tiene tendencia a inventar —
expresó Edison con educación, sin apartar la mirada de la joven—.
Confirmada toda esta información, me parece que podríamos empezar a
pensar soluciones. Tengo entendido que no tiene usted apellido, señorita.
—Eso se debe a que no tuve padre, señor —ironizó. Edison se mostró
encantado con su respuesta, pero no así la señora Swansea, que suspiró,

Página 248
compadeciéndola, y murmuró algo parecido a «pobre ángel mío».
—¿Y le gustaría tener algún familiar masculino de referencia? Ya sabe…
un hombre al que apelar cuando se le presenten problemas de este calibre. No
digo ya un padre, sino quizá… ¿un tío? Ninguna de mis seis hijas se ha
quejado de mi labor como ejemplo modélico.
Clodagh lo miró con desconfianza.
—¿Qué está proponiendo exactamente?
—¿De qué parte de Irlanda es usted? —intervino de pronto Wilhelmina.
Clodagh se mostró mucho más receptiva al dirigirse a la señora, a la que había
correspondido en simpatías ya a primera vista. Curioso para los dos hombres
presentes, a los que les parecía insólito que una cristiana prejuiciosa no
condenara la mancebía de Clodagh, como tampoco la muchacha,
condescendiente con todo inglés al que apelara, se mostrara encantada con
ella.
—De Bré.
—Costa este sureña —murmuró Wilhelmina—. Mis familiares lejanos
irlandeses emigraron de Belfast hace unos cuantos años. Podríamos hacerla
pasar por una sobrina mía, aunque tendría que aprender a imitar el acento de
la costa este norteña. ¿No le parece a usted una posibilidad, señor Swansea?
Podríamos cuidar de ella sin que nadie se atreviera a juzgarla.
—No creo que tuviera problemas con el asunto del acento, pues por lo que
el señor Hanson me ha confiado, parece que la señorita posee el mismo
talento interpretativo que su cuñado.
—Yo no diría que el mismo. Mentir se me da incluso mejor.
Edison soltó una carcajada.
—Estupendo. Podemos mantener esa coartada como una posibilidad, pero
no creo que ninguno de los primos de la señora Swansea estén dispuestos a
fingir tener una esposa.
»Yo había pensado en algo no muy diferente. En ambos casos tendría que
hacer de la mentira su forma de vida.
Clodagh miró al patriarca con seriedad.
—Lo que sea para proteger a mi hijo.
—Me alegra oír eso. Ahí va mi propuesta, señorita: a partir de hoy será
usted Clodagh Swansea, la viuda de mi hermano fallecido. Ha viajado a
Inglaterra con el señor Hancock para que su familia política se encargue de
usted, y no nos ha acompañado a ningún evento público debido a su
condición.
Royce hizo una mueca.

Página 249
—¿Cree que resultará creíble? Todo Nueva York conocía al señor
Swansea como el soltero empedernido, y el servicio de su casa podría iniciar
el rumor muy bien fundado de que Clodagh no apareció conmigo…
—El servicio de mi casa está perfectamente adiestrado, señor Hanson —
replicó Wilhelmina, ofendida por la insinuación—. Aprecian a la familia y
son discretos con los asuntos peliagudos. No se atreverían a ponernos en un
aprieto.
—Además —agregó Edison—, estamos hablando del verdadero señor
Hancock, no de usted. El señor Hancock apareció hace dos días y se hospeda
en un hotel. Podríamos invitar a Clodagh a la casa hoy mismo y contratar a
una doncella que hubiera servido de carabina durante el viaje sin necesidad de
mentir a los criados.
»Resuelto este tema, pasamos al asunto de si sería creíble. A mi hermano
se le conocía como el soltero empedernido porque perdió a su esposa hace
una década.
Royce pestañeó.
—¿Disculpe?
—¿No corrieron por allí los rumores de que el señor Swansea estuvo
casado antes de convertirse en el personaje más influyente de la ciudad?
—Es posible que escuchara algún chisme al respecto —meditó Royce,
tras un buen rato de meditación—, pero nunca presté atención porque el
propio señor Swansea se mostraba desencantado con las mujeres.
—Pues el chisme es cierto, señor Hanson. Cuando apenas tenía veintidós
años, mi hermano llevó al altar a una muchacha que había estado casada
anteriormente. Tuvo que mantener la relación en secreto por razones obvias.
Que un hombre con su fortuna y que empezaba a labrarse un nombre en el
negocio textil hubiera desposado a una divorciada americana era una
vergüenza, pero tampoco estuvo dispuesto a renunciar a ella. Nunca superó la
muerte de su querida señora Swansea, que ocurrió tan solo unos meses
después de la boda, y de ahí su decisión de no volver a pasar por la vicaría.
Por lo que me hizo saber en sus cartas, siempre sintió que fue el secretismo y
la impresión de que su marido se avergonzaba de ella lo que la hizo enfermar.
»Dicho esto, me parece que la coartada es más que creíble. Aunque, por
supuesto, dicha señora Swansea tenía por lo menos diez años más que usted.
—Miró a Clodagh—. Una minucia que no hará la historia menos verosímil.
—Si me está permitido dar una opinión —intervino la aludida—, creo que
me sería más sencillo imitar un acento de Belfast que el americano. Veo
mucho más arriesgado lo que me propone, señor Swansea. Si su hermano era

Página 250
una celebridad en Nueva York, es probable que me encuentre a un viejo
amigo que le conociera durante mi estancia en Londres… y entonces mi
coartada no sería creíble.
—Voy a tener que salir en defensa del señor Swansea —habló Royce—.
Si algo caracterizaba a mi difunto patrón, esa era la discreción con la que
llevaba sus asuntos personales. Bien podría haber estado casado, o separado,
y nadie lo habría sabido. Ni siquiera quienes trabajaron a su lado durante una
década, como el señor Hancock o yo mismo.
—Además de que nuestra intención es que encuentre usted un marido.
Una vez lo halle, dejará de ser la señora Swansea para convertirse en la señora
del caballero en cuestión —dijo Wilhelmina. Edison sonreía cada vez que su
mujer se dirigía a Clodagh, entre divertido y arrebatado de ternura por cómo
modulaba su voz con el propósito de hacerla sentir comprendida—. Apenas
mantendrá dos meses la farsa de la viudedad.
—¿Qué le parece? —quiso saber Edison, obligado a espolear a la joven al
ver que se había quedado en silencio—. Esta mentirijilla le daría un apellido,
una familia, un techo y, pronto, un nuevo marido. Respecto a esto, quiero
recalcar que no la obligaremos a casarse para que ese niño tenga un padre,
puesto que el apellido de mi hermano le abriría más puertas que ningún otro.
Sin embargo, una vez sea una respetable viuda con un niño de su primer
matrimonio, tendremos que presentarla en sociedad, y con ningún otro fin que
casarla. Es la condición que, como ya ha visto, mi esposa ha puesto a su
inclusión en la familia.
Clodagh cabeceó con una resignación que a Royce se le antojó insólita. La
muchacha raras veces se rendía cuando se trataba de defender sus intereses, y
un ejemplo de esto era cuántas veces se había negado a un matrimonio con el
propio Royce, que debido a su origen americano y su relación amistosa, le
desagradaría mucho menos como esposo que un pomposo inglés. O al menos
eso había pensado. Ahora veía que, o bien Clodagh tramaba para sus adentros
un plan diferente, o había aceptado de una vez por todas lo que Royce le
había tenido que recordar con amargura: no estaba en posición de rechazar
una mano tendida. Tenía que pensar en las ventajas que traería y darle una
mejor vida al niño que crecía en sus entrañas.
—¿Podré elegir yo a mi marido? —preguntó al final—. Porque no pienso
casarme con alguien que no ame.
Royce puso los ojos en blanco, dándola por perdida.
Era obvio que no, no había dado del todo su brazo a torcer.

Página 251
—Podrá elegirlo dentro de los solteros elegibles que mi esposa le señalará
—especificó Edison. Wilhelmina apoyaba sus palabras con asentimientos
convencidos—. Como comprenderá, señora Swansea, no podemos permitir
que vuelva a elegir al pretendiente equivocado. Se casará con alguien que le
convenga, que pueda proporcionarle las comodidades que tanto su hijo como
usted merecen y que la trate con el debido respeto. ¿Es suficiente para usted?
Royce miraba a Edison sin ocultar su admiración.
Un descarado polizonte se había infiltrado en su casa con viles intenciones
y burlado a su familia en el proceso de conseguir lo que quería y, sin
embargo, allí estaba el caballero de actitud: ofreciéndole a su secreto no solo
una vida con la que jamás se habría permitido soñar, sino preocupado por si
condiciones del acuerdo le parecían en exceso restrictivas.
La experiencia, esa que tanto le había enseñado sobre el carácter de los
hombres —en especial, de los hombres como Swansea—, le animaba a
desconfiar de la oferta. Pero Royce no quiso sospechar de la existencia de un
motivo oculto por un motivo: de los dos, el que se había presentado mintiendo
y con el propósito de herir inocentes, era él, no el empresario acaudalado.
Quiso fiarse por primera vez del latido optimista de su instinto, que le
decía que Edison Swansea era simple y llanamente un buen hombre.
—Supongo que no puedo aspirar a nada mejor, pero me gustaría que mis
sentimientos se tuvieran en cuenta a la hora de elegir al que fuese mi marido
—insistió.
—Se tendrán en cuenta, no lo dude. Pero por mi parte —especificó
Edison, divertido—. No creo que a mi esposa le inquieten los desvelos del
corazón de nadie si un noble da un paso adelante y le propone matrimonio.
Wilhelmina apretó los labios.
—Haremos cuanto sea posible para que todo el mundo sea feliz con el
futuro enlace —le aseguró la señora Swansea, a la que parecía preocuparle
perder la simpatía de Clodagh. Pero esta comprendía su hacer, o al menos
estaba dispuesta a someterse a sus normas, porque solo asintió distraída—.
¡Maravilloso! En ese caso, ¿por qué no subimos a la que sea su habitación y
la ayudo a preparar sus baúles?
La señora Swansea se levantó hecha un manojo de nervios y ayudó a la
embarazada a incorporarse, como si en lugar de una criatura albergara en sus
entrañas algún tipo de tumor maligno y no pudiera valerse por sí misma.
Royce observó que se marchaban, una más que encantada con las atenciones
que le prodigaban y la otra sin apenas caber en sí de gozo. Cuando se quedó a

Página 252
solas con Edison y lo cazó mirando a la puerta con una media sonrisa tierna,
no pudo resistirse a admitir:
—Hubiera jurado que su esposa despreciaría a Clodagh en cuanto la viera.
—Eso es porque no es usted tan avispado como se cree, o por lo menos se
le resiste la lectura de la psique femenina cuando se trata de una mujer que no
le interesa.
—Es posible —aceptó Royce, a punto de reír—. Pero no puede culparme
por haberla juzgado. Los cristianos no perdonan las relaciones
extramatrimoniales.
Edison se acarició los labios con el extremo de la pipa de madera,
intentando sin éxito ocultar una sonrisa que hablaba por sí sola. Era la sonrisa
de un canalla, pero uno que respetaba demasiado a su mujer para admitir en
voz alta que no era tan virtuosa como todos creían. A Royce no le costó
deducir que la señora Swansea se había saltado algunas de sus propias
normas, quizá durante el cortejo de su ahora marido.
—Mi señora tiene tan bien aprendida la teoría que a veces puede parecer
inflexible cuando se trata de aplicar la ley de Dios. Pero en la práctica es
incapaz de juzgar a una criatura en situación de necesidad.
»Además…, podría decirse que ha visto a Clodagh como un regalo caído
del cielo. Hace tan solo unos meses casó a Mercy, una de sus hijas mayores.
Aunque ella no lo admitiría jamás, la echa tanto de menos que se echa a llorar
cada vez que ve el dormitorio vacío. Está entusiasmada con la idea de agregar
a otra Swansea a la familia, a la que no dude que querrá como a su propia
sangre.
Royce cambió de postura en el asiento y se quedó mirando la expresión de
Edison. La curiosidad que le había picado apenas lo vio interactuar por
primera vez con su esposa volvió a atacarle, sobre todo al comprender que la
calidez que suavizaba sus rasgos al hablar de ella no era fingida, sino el más
obvio síntoma de afecto verdadero.
—Con el debido respeto, señor Swansea… —empezó él.
Edison levantó las cejas hacia Royce y soltó una carcajada.
—Oh, no. Esa oración solo precede algo ofensivo.
—Solo me preguntaba cómo es posible que un hombre tan… peculiar
como usted decidió casarse con una mujer que… —Buscó las mejores
palabras para definirla— representa los valores habituales que se le exigen a
una esposa. La maternidad, la religión y el decoro, por nombrar tres.
Edison enarcó las cejas.
—¿No le parecen valores muy dignos y necesarios?

Página 253
—Por supuesto. Lo que me extraña es que a usted se lo parezcan, siendo
tan… desenfadado. ¿Cómo es que la señora Swansea no le vuelve loco?
Edison se echó a reír de nuevo.
—Oh, ya lo creo que me vuelve loco. El día que deje de hacerlo tendré
que abandonarla, y qué mal lo pasará, porque todavía no se ha dado cuenta de
lo mucho que me adora. —La íntima sonrisa que esbozó hizo que Royce se
sintiera fuera de lugar, como si acabara de asomar la cabeza bajo la puerta del
dormitorio de la pareja y los hubiera hallado abrazados—. De todos modos, es
verdad que yo era un tipo muy solicitado. Sigo recibiendo todo tipo de
propuestas de parte de algunas mujeres sin escrúpulos, sin marido o sin
ninguna de las dos cosas. ¿Lo que me pregunta es por qué la elegí a ella entre
todas?
—Sí, esa es la forma educada de hacer la pregunta.
Edison miró alrededor, buscando la respuesta adecuada en el humilde
decorado del salón. Suspiró hondo, sumido en sus pensamientos, y luego dijo:
—Usted sabe que yo fui a la guerra, ¿verdad? —Esperó a que asintiera.
Edison le dio una calada a la pipa y expulsó el aire con resignación—. Sí,
desgraciadamente lo sabe todo el mundo y no dejan de mirarme como si
hubiera matado a Napoleón con mis propias manos.
»Bueno, aparte de que a mi mujer eso no la impresiona, porque nada en
esta vida la impresiona…
Edison sacudió la cabeza, como si hubiera tomado el camino equivocado.
—Es difícil darle un solo motivo por el que es la indicada. Seguro que
usted se siente como yo; le costaría escoger una razón. Pero la hay. Denme
unos segundos.
Royce hizo un gesto con la mano para que se tomara todo el tiempo del
mundo. Su curiosidad podía esperar, y esperó: esperó a que Edison volviera
en sí mismo tras una especie de trance.
—Cuando volví de la guerra, señor Hanson…, y me refiero a la guerra
anglo-española, la que culminó en 1802, nada me parecía lo bastante
importante. Las normas, la educación, el buen vestir, el buen comer, la buena
conversación… —Meneó la mano que aguantaba la pipa—. Tonterías sin
sentido. Cuando has visto morir a doscientos compañeros en el Cabo de San
Vicente, el sentido de las cosas empieza a desvanecerse, ves la belleza de la
vida desde un catalejo empañado, de lejos, desde donde no puedes participar.
Pero Wilhelmina se enfadaba tanto por esas pequeñeces, respetaba tantísimo
las tradiciones, los deberes; le importaba tanto la vida de los demás, que
regresé. El simple hecho de que la ofendiera que la tomara de la mano sin

Página 254
guantes, que hablara en público sobre el dinero o no tuviera reparos en
confesar mis sentimientos me ayudó a regresar de verdad, en cuerpo y
espíritu, y entender que habría esperanza en la vida mientras hubiera mujeres
como ella. Mujeres que le dan su sentido a las trivialidades que convierten la
existencia humana en algo más complejo que una cuestión de supervivencia:
mujeres que se toman en serio la vida, que la ven como algo que honrar y no
resentir, como algo que ganarse y no por un campo minado por el que pasar
de puntillas.
»Dicho de otro modo, la elegí porque los que tenemos la cabeza en las
nubes necesitamos que nos pongan los pies en la tierra. Ella camina por el
mundo real por mí y yo de vez en cuando le pido que mire más alto. —Se
llevó la pipa a los labios.
Royce sonrió, melancólico.
—Si Clodagh estuviera aquí, habría suspirado. Y también me habría
reprochado que la quisiera privar de que un hombre enamorado hablara de
ella en esos términos.
—Hubiera sido un digno reproche —replicó Edison.
—Amar a alguien no es tan sencillo como lo plantea, señor Swansea. Y si
no, míreme. Cuando le pedía a Clodagh que se olvidara de encontrar al
marido perfecto, estaba librándola de padecer mi angustia.
—Dudo que la señorita sea tan obtusa como para buscarse la angustia que
usted se ha ganado a pulso.
—Así es —intervino la aludida, que acababa de parecer bajo el umbral
acompañada de la señora Swansea. Se dirigió al señor Swansea con
solemnidad y dijo—: Acepto su amable oferta, señor. Ser una Swansea es
mejor que ser una bastarda.
Edison soltó una carcajada.
—Me alegra que lo piense. Y me complace más aún darle la bienvenida a
nuestra modesta familia. —Luego ladeó la cabeza hacia Royce, y su sonrisa
adquirió un matiz irónico—. Espero poder hacer lo mismo con usted pronto,
señor Hanson.
Royce recordó las crudas palabras con las que Temperance le había
despedido y le ofreció, en respuesta a sus palabras de aliento, una sonrisa
circunstancial. Esa noche había dormido en el cuarto de invitados de la casa
de la señora Higgins —que a diferencia de Temperance, lo había perdonado
por sus mentiras— para poner la necesaria distancia con la mayor de las
Swansea. Pese a haber descubierto el mismo pastel que Temperance Swansea
—aunque a la señora Higgins pudieron contárselo sentados en el sofá, con un

Página 255
delicioso té por medio—, Roberta se lo había tomado con bastante más
filosofía.
—Me temo que eso ya no está en mi mano, señor Swansea —reconoció,
levantándose como si le dolieran los huesos. Se palmeó los muslos sin energía
—. Ahora que sé que Clodagh queda en buenas manos, regresaré a Nueva
York.
Edison enarcó una ceja.
—De ninguna manera.
Royce pestañeó una vez.
—¿Disculpe?
—La primera reacción de mi hija es odiar, gritar, reprochar o herir con su
punzante ironía, pero en cuanto pasan unas horas y se le ha templado la ira,
razona. Sigue una travesía emocional diferente al resto del mundo, porque
tiene el alma en conflicto y todavía no ha aprendido a manejarla. Nadie sabe
cómo aguantar cenizas al rojo vivo con las manos desnudas, a decir verdad…
Salvo usted. —Levantó las cejas—. Y por eso le prohíbo que abandone tan
pronto. Solo ha pasado un día; no espere que Temperance supere sus rencores
en veinticuatro horas.
Royce sacudió la cabeza, incrédulo. Clodagh los miraba con atención. No
dejaba de ser la primera interesada en que Royce se uniera a la familia de la
que ella iba a empezar a formar parte, una que no conocía y hacia la que
sentía las debidas reticencias por su naturaleza desconfiada.
—¿Por qué querría usted a un impostor en la familia, señor Swansea?
—No quiero a un impostor en la familia, Hanson. Quiero a un hombre
capaz de hacer cualquier cosa por lealtad a su sangre y a lo que cree correcto.
Un hombre que predique las ideas que yo mismo promuevo. Para mí el fin
siempre justifica los medios.
—Lamento que su hija no haya heredado eso de usted.
—Por supuesto que lo ha heredado. —Sonrió, satisfecho—. Solo
tendremos que recordárselo.

Página 256
Capítulo 35

Después de la tormenta siempre llegaba la calma. Y la tormenta de aquella


mañana había caído en forma de acusaciones que la señora Swansea,
conmocionada por los recientes acontecimientos, había arrojado sobre su hija
Faith. Temperance hubiera preferido retirarse a su dormitorio, donde estaría a
salvo de que los reproches la alcanzaran. Sin embargo, y pese a estar furiosa
con su hermana, era su deber permanecer a su lado para ofrecer aunque fuera
su apoyo silencioso. Sin embargo, una vez Wilhelmina se hubo cansado de
maldecir y concluyó el rapapolvo depositando nuevamente toda la esperanza
del futuro de las Swansea en la más pequeña de las hermanas —¿qué harían
sin Hope?—, le tocó el turno a Temperance.
Para sorpresa de ambas, Wilhelmina no alzó la voz al tomar asiento frente
a la hermana mayor. De hecho, su expresión mansa y quizá algo aprensiva
sirvió para advertirla de que lo que estaba por llegar no le gustaría. Lo único
capaz de dibujar el pavor en el rostro de su madre era la expectativa de una
charla sentimental donde ella sería el sujeto activo.
—El señor Hanson ha pedido tu mano.
—La tendrá —respondió Temperance con seguridad— si y solo si la
acepta en forma de bofetada.
Wilhelmina suspiró.
—No guardo la menor esperanza de que me facilites esta conversación.
Hablar contigo nunca es sencillo, pero menos aún cuando se trata de
cuestiones del corazón.
—¿Qué tiene que ver el corazón con el señor Hanson? —Exageró
asombro—. ¿Hemos descubierto que tiene uno?
—Por lo visto, lo tiene y es para ti.
Temperance odió cómo se le aceleró el pulso. Ni siquiera unos días
después de la última discusión, y tras haberse convencido de que era, en

Página 257
efecto, aún peor pretendiente que Riversey, había logrado desarrollar la
necesaria inmunidad frente a sus supuestos sentimientos.
—No me interesa esa chatarra —articuló con desprecio. Si ignoró el
suspiro de cansancio que emitió Faith, que seguía ahí donde su madre la había
enterrado en reproches, fue por ser fiel a su decisión de hacía un par de días:
no hablarle bajo ninguna circunstancia.
—Temper —habló Wilhelmina, cambiando de postura. Entrelazó los
dedos de las manos y ahí buscó el modo más diplomático de llevar el asunto
—. Nunca he hablado de ciertas particularidades de mi primer matrimonio
porque lo considero una falta de respeto al señor Swansea, pero… Bueno…
Has de saber que yo apreciaba al señor Cabot, y que su repentina pérdida dejó
en mí un inmenso vacío.
Temperance corrió el riesgo de bajar la guardia y observó a su madre con
una mezcla de cautela y asombro. No sabía a qué se debía esa sorprendente
muestra de vulnerabilidad, ese recuerdo del pasado. Wilhelmina Swansea era
el ejemplo de señora bien que consideraba una descortesía atroz hacer
mención a los sentimientos, y ya ni hablar de la expresión de emociones. Una
confesión de ese calibre era tan rara de presenciar que a Temperance ni
siquiera se le ocurrió interrumpirla, como tampoco a la catatónica Faith.
Wilhelmina seguía mirándose las manos.
—Juré que no volvería a desposar a un hombre. No solo porque él me
pidió de forma expresa que honrara su memoria ni porque no estuviera tan
bien visto que la viuda de un vicario volviera a contraer matrimonio. Digamos
que estaba decidida a sobrellevar ese dolor durante el resto de mi vida pese a
tener solo dieciséis años cuando me vestí de negro por vez primera.
—Pero siempre dice que no amaba al señor Cabot —intervino Faith con el
ceño arrugado.
Wilhelmina jadeó, indignada.
—¡Jamás he dicho tal cosa!
—Es cierto —acotó Temperance—. Lo dice padre. Y con mucha
convicción.
—¡Qué sabrá el señor Swansea de los que fueran mis sentimientos! —
estalló, ruborizada—. El señor Cabot era un modelo espiritual, un hombre
íntegro, respetable y digno de admiración; un esposo comprensivo y
generoso…
—Nada que ver con lo que le gusta decir de padre —comentó
Temperance con sorna—, solo referencias a su falta de vergüenza, a la culpa
que carga de que sus hijas nacieran con tan particulares rarezas…

Página 258
—Déjame hablar, Temperance —interrumpió Wilhelmina, seria. Fue esa
expresión en su rostro la que la disuadió de intentar dotar la charla de un aire
jocoso—. No pienso expresar en voz alta los que fueran mis sentimientos por
el señor Cabot. Jamás pronunciaré una sola palabra negativa contra aquellos
que ya no están para defenderse. Y en cualquier caso, este no era el asunto
que estábamos debatiendo, sino el estado en que me encontraba cuando
enviudé.
»Vuestro padre apareció apenas unos meses después. La pérdida era
reciente y yo estaba muy comprometida con mi labor de viuda del vicario. El
señor Swansea me parecía un descarado insoportable. Siempre había
detestado a los seductores, a los irresponsables y a los caraduras y él tenía
todos estos defectos.
—Veo que contra los vivos sí vamos a cargar —murmuró Faith.
Temperance se resistió a girarse hacia ella para compartir una sonrisa
cómplice.
—Pero es cierto que, de no haber acarreado con la pena de la primera
decepción… habría aceptado la primera de sus propuestas matrimoniales —
prosiguió, mirando a Temperance—. Conocéis la historia. Sabéis que vuestro
padre no llevó a cabo un cortejo respetable, que se saltó todas las normas que
yo entiendo necesarias para llegar a mí, muchas de ellas ilegales, impensables
y que me ponían entre la espada y la pared. Durante mucho tiempo consideré
injustificables e insultantes sus métodos de conquista. Pero al final me di
cuenta de que…
Faith y Temperance se inclinaron tanto hacia delante, ansiosas por la
conclusión, que estuvieron a punto de caerse del asiento. Estaban a punto de
presenciar el milagro de la centuria: la señora Swansea admitiendo por fin que
su marido no era una molestia, sino una bendición. O al menos eso creyeron,
porque Wilhelmina no dio su brazo a torcer y se mantuvo estoica cuando
volvió a mirarlas.
—Me di cuenta de que sería un buen marido para mí —resolvió—, pues
me conocía y entendía mis sentimientos.
Temperance estuvo a punto de poner los ojos en blanco. Si no se quejó en
voz alta de la falta de romanticismo de su madre fue porque ella misma tenía
una reputación que mantener. Las Swansea no eran mujeres sentimentales a
excepción de la pequeña Hope, que con sus ensoñaciones y delirios
compensaba la vena falta de romanticismo que sin duda la mayoría había
heredado de Wilhelmina. Y sin embargo, ¡cuánto le habría gustado que su

Página 259
madre confesara lo que todos allí ya sabían! Aunque solo fuera para lograr el
propósito que claramente se había marcado: conmoverla.
—A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera sido fiel a mi
convicción inicial… y no me gusta el escenario que imagino. Tampoco me
gusta el escenario que imagino para ti, Temperance, si renuncias a esta
oportunidad con el señor Hanson.
Temperance había sabido desde el primer momento qué esperaba su
madre al hacer el hercúleo esfuerzo de hablar de sí misma. No había nada tan
maleducado como un monólogo sentimental, y quizá por la falta de práctica le
había salido el tiro por la culata: era difícil tocar una fibra sensible cuando se
narraba una historia con la espalda rígida y gesto severo. Pero esa fibra
sensible de Temperance llevaba tanto tiempo tocada que algo se removió
dentro de ella, por no mencionar que agradecía de corazón el esfuerzo de su
madre.
—Si el señor Hanson fuera como mi padre, no le habría echado a patadas.
—¿Crees que hay mucha diferencia entre uno y otro? Tu padre está
fascinado con Hanson porque le recuerda a su juventud.
—¿Mi padre se casó con otra mujer? ¿Se presentó con otro nombre?
—No, pero…
Temperance la cortó sacudiendo la cabeza.
—¿Tan lejos está dispuesta a llegar para casarme? ¿Va a recurrir al afecto
que siento por mi padre y hasta me va a arrojar a los brazos de un impostor?
—Según he entendido, no te arrojo a los brazos de un impostor, sino a los
de un hombre enamorado y que parece que correspondes.
Temperance apartó la mirada.
—Temperance, sé que tienes miedo. Yo también estaba aterrada —
admitió con dificultad—. La intensidad de las emociones que solo puede
experimentar una mujer es tal que a veces abruma y en ocasiones incluso
paraliza. Pero no puedes permitir que te paralice para siempre. Al menos, yo
no puedo permitir que lo hagas.
—¿Y qué va a hacer al respecto? ¿Obligarme a casarme con alguien que
desprecio?
La dura expresión que le ganó el pulso a la permanente afectación de su
madre consiguió estremecer a Temperance. Wilhelmina la estaba mirando con
esa honda y vehemente tristeza que solo se podía sentir por los seres amados
que se estaban perdiendo, o bien a manos de la muerte física o por culpa de la
muerte espiritual. Temperance sabía que sus últimos latidos perecerían si
dejaba que Royce se marchara, que era su segunda y última oportunidad para

Página 260
ser feliz con un amor. Y su madre la entendía porque había sido ella, pero no
podía hacer nada para cambiar su opinión.
Así pues, Wilhelmina se levantó y abandonó el salón envuelta en un
silencio de difuntos. La señora Swansea, que era un manojo de nervios
histéricos y siempre tenía una palabra en la boca con la que ametrallar los
oídos de sus interlocutores, se marchaba callada y vencida. Entonces,
Temperance sí que se estremeció, pero no quiso dejarse aplastar ni por la
compasión ni por la duda, que de todos modos permanecieron en ella mientras
meditaba acerca de lo que le había contado. Wilhelmina sabía lo que era que
la muerte le arrebatara a un ser querido y se le presentara una oportunidad aún
mejor, pero no tenía la más remota idea de cómo se sentían dos traiciones
consecutivas a manos de hombres que había amado.
Temperance barrió el silencioso salón con la mirada. Faith no había
podido ni levantarse del asiento después de la reprimenda que su madre le
había soltado antes de referirse a la hermana mayor. Se había quedado donde
estaba, encajada en un sillón orejero del salón donde la familia solía ver la
tarde caer. Y ahora Temperance, justo enfrente, había decidido enfrentarla sin
pestañear para dar por terminado el asunto de Royce Hanson. Un asunto que
empezó y pretendía concluir por Faith Swansea, la única y verdadera
hilandera del embrollo.
No esperaba una disculpa ni tampoco una explicación, más bien el
milagro de que a su expresión aflorase un mínimo arrepentimiento. No
obstante, Faith estaba tranquila, lo que confirmaba las insinuaciones de
Royce: Faith se había aliado con él y supo y aceptó desde el principio las
terribles consecuencias que una boda falsa traería.
—Bueno —empezó Temperance, rompiendo el silencio. Faith apartó la
vista del libro que había empezado a leer tras la salida de Wilhelmina y la
confrontó con esa amabilidad distante que a veces desconcertaba a sus
propios padres—. ¿Debo referirme a ti como señora Hancock, o volvemos al
Swansea original?
—Puedes referirme a mí como estás deseando llamarme: «vil traidora» o
«miserable manipuladora». Desde luego lo prefiero a «señora Hancock» y
sucedáneos.
Temperance se cruzó de brazos.
—Me sorprende que a madre no se le haya ocurrido la solución más
práctica y sencilla para que todo este escándalo se reduzca a nada: Thomas
Hancock se casó contigo por poderes a través de Royce Hanson en una
ceremonia íntima porque no llegó a tiempo para la fecha de la boda. Estarías

Página 261
casada con un tipo calvo y al que le sacas alrededor de veinte centímetros, sí,
pero es lo mínimo que mereces después de la que has armado.
—Coincido contigo en que me lo merezco. Cometí un grave error al creer
que mi hermana mayor me salvaría del matrimonio con Hanson deteniendo la
ceremonia antes de los votos.
—Oh, ¿esperabas que yo te salvara? ¿Desde cuándo eres una dama en
apuros?
—No era la dama en apuros, Temperance, era tu rival —especificó—.
Veo que estaba suponiendo demasiado al verte capaz de destruirme.
Muy despacio, Temperance se fue inclinando hacia delante.
—¿Quién demonios es Royce Hanson y por qué iba yo a pasar por encima
de mi hermana para quedarme con él? Si no detuve esa boda fue porque…
—Porque eres una cobarde —interrumpió severamente, dejando a
Temperance pasmada—, y ni en situaciones extremas consigues reunir el
valor para proteger tu corazón. Lo lamento si no me aferro al tacto que ha
tenido madre para hablar contigo, pero esta es la verdad. No tienes instinto de
supervivencia alguno, ha quedado demostrado, y eso es justo lo que nos ha
llevado a ser crueles contigo. ¿O ibas a decir que no frenaste la locura porque
no estás enamorada de él?
—No la frené porque ya tuvimos suficientes proyectos de novia abortados
conmigo, y a diferencia de ti, a mí me importa cómo esto afecte al futuro de
mis hermanas.
Faith sonrió sin humor.
—Despierta, Temperance. La contabilidad de la empresa y el
egocentrismo que viene con la autocompasión te han absorbido tanto que no
te has dado cuenta de que el futuro de nuestras hermanas lleva afectado toda
la vida y mi escándalo no hará que empeore mucho más.
»Prudence se va a casar con un hombre por la deuda de honor que su
padre contrajo con el nuestro. Yo tenía que olvidarme de recibir propuestas
decentes de parte de hombres con nobles intenciones y por eso se me
prometió a Hancock… y te recuerdo que Mercy no se habría casado con el
señor Reynolds si no hubiera habido un escándalo por medio. No importa
cuán adorables sean; Charity y Hope también se casarán siguiendo estos
criterios.
Temperance apartó la mirada. En cualquier otro momento habría hecho un
comentario ácido e irreverente, como tenía por acostumbrado cada vez que la
afectada reputación de las Swansea salía a la luz. No obstante, la culpabilidad
la pinchó y tuvo que quedarse en silencio.

Página 262
Faith se dio cuenta de esto y enseguida hizo la pertinente aclaración.
—Que conste que solo he señalado los hechos objetivos. Hechos objetivos
por obra y gracia de Riversey. No estoy acusándote del triste futuro
matrimonial de las Swansea…, solo del tuyo, del que te has encargado de
forma pésima.
—¿Te parece que haya gestionado de forma pésima mi futuro al decidir
librarme de un hombre mentiroso? —espetó, esperando convencerse a sí
misma.
—Es una lástima que te hayas enamorado de un hombre mentiroso, estoy
de acuerdo, pero también es muchas otras cosas por las que no le estás
concediendo crédito alguno. Y creo que deberías hacerlo teniendo en cuenta
que una separación definitiva podría volverte loca.
—Esta ni siquiera es la conversación que pretendía mantener contigo.
—Estoy segura de que tampoco son esos los sentimientos que pretendías
desarrollar por Royce, pero aquí estamos.
—¿Qué sentimientos? —balbuceó, sabiendo que no tenía credibilidad
alguna.
—Por favor, Temper. —Puso los ojos en blanco—. Vi que había algo
entre vosotros en el preciso momento en que os mirasteis en el parque. Si no
hubiera aparecido presentándose como Hancock, te puedo asegurar que lo
habría buscado por cielo y tierra para volver a cruzar vuestros caminos.
Temperance la escuchó con la espalda rígida. Formuló una expresión
sarcástica y se preparó para replicarle cualquier cosa que pudiera
avergonzarla, pero ya debería haber sabido que su hermana estaba muy por
encima de los sentimientos religiosos y, por ende, bastante lejos de
experimentar culpabilidad alguna.
—Ya veo que todo esto solo era una manera macabra y sádica de echarme
una mano. ¿Sabes qué? No necesitaba tu ayuda para redescubrir el amor.
—No, claro que no, pero porque te habías resignado a dedicar el resto de
tu vida a lamerte las heridas para luego volvértelas a abrir. Caíste en un ciclo
de autocompasión que de haberse prolongado unos años más habría
terminado convirtiéndote en una alimaña muy diferente a la hermana que
quiero y admiro. ¿Y esperabas que me quedara quieta, que asistiera en
silencio a tu degeneración?
—Ahora te tocará asistir en silencio a mi venganza, que será la de no
dirigirte la palabra hasta que consiga olvidar lo que has hecho.
—Es una absoluta barbaridad decir que todo esto lo hice por ti, porque sé
de buena tinta el dolor que te ha causado, pero ¿cómo si no ibas a despertar?

Página 263
¡Estabas dispuesta a dejarle ir, y a odiarme para siempre por habértelo
arrebatado sin ni siquiera haberme contado que le querías!
Temperance la enfrentó, ya sin paciencia. Unas lágrimas ácidas le
quemaban las córneas, y la rabia subía por su estómago como lava por un
volcán.
—Cuando repito «lo que has hecho» y hablo de lo que me enfurece de la
situación no me refiero a lo que me has hecho a mí, Faith. Me refiero a lo que
te has hecho a ti misma. ¿Cómo demonios te has atrevido a arruinarte la vida
para que yo no me la arruine a mí? ¿Quién crees que va a casarse contigo
ahora, quién crees que te invitará a bailar? Todas las ventajas que tanto
disfrutabas de tu condición de casadera se han acabado.
Faith enarcó las cejas.
—Disculpa, pero me ha parecido apreciar en eso que has dicho que me
podría importar más valsear con desconocidos que la felicidad de mi
hermana. Yo no tengo ningún pretendiente al que me duela perder, Temper,
pero tú sí. Aunque si tan culpable te sientes, voy a aprovecharme de ello para
decirte que, si algo me aprecias, si algo lamentas mi situación, puedes
compensarme haciendo que no haya sido en vano. Haz el favor de levantarte e
ir a buscar a Royce.
Temperance se esforzó para no soltar una carcajada amarga.
—Vosotros dos tenéis una mente muy retorcida.
—Adaptamos el plan al maquiavelismo de la víctima, querida. Si no
hubieras sido más difícil que encontrar una aguja en un pajar, Royce se habría
limitado a comprarte flores y pedirte matrimonio.
—Al final todo siempre es culpa mía —ironizó Temperance.
—No lo interpretes así. —Faith se la quedó mirando con la cabeza
ladeada y una media sonrisa resignada—. Temper, sé que Royce no destaca
por su sentido de la ética. Entrar en la vida de una mujer mediante embustes y
fantasías tampoco es lo ideal. Pero ¿realmente sentías lo que le dijiste? ¿De
veras vas a permitir que se vaya?
Temperance pareció salir de un trance espiritual.
—¿Cómo? ¿Irse? Irse ¿a dónde?
—A Nueva York. Le dijiste que se marchara —le recordó—, y esta vez ha
decidido obedecer. A fin de cuentas, nada le retiene aquí desde que declaraste
con la crueldad que tanto criticas que no podrías amar a un desalmado.
Temperance se mordió la lengua. Había hablado desde la estupefacción,
desde la ira y la vulnerabilidad que el precipitado desarrollo de los
acontecimientos había desbordado dentro de ella. Tanto así que tenía borroso

Página 264
el momento de los reproches. Apenas recordaba el rostro descompuesto de
Royce, pero ni una de las palabras que había utilizado como arma contra él.
—Quizá me excediera —admitió a regañadientes.
—¿«Quizá»? Temperance, puede que ese hombre haya mentido en todos
los aspectos que le rodean, pero ha sido honesto desde el principio sobre sus
inclinaciones. ¿De veras piensas que es como Riversey? Porque sé que
renegabas de tus sentimientos por ese motivo y por ningún otro… aparte de
porque no eres tan ajena al escándalo como nos has hecho creer.
Al ver a Temperance arrugar el ceño, Faith esbozó una sonrisa tierna que
la desorientó. De pronto parecía ella la hermana mayor, y cómo no:
Temperance, tan impetuosa y reservada respecto a sus sentimientos, tenía
unas cuantas lecciones sobre mesura que aprender de Faith, una mujer que
tenía total y absoluto dominio sobre sí misma.
—¿Qué pensabas? —Sonrió Faith—. ¿Que podías mentirle a tu familia?
Todos hemos sabido desde el principio qué te torturaba y por qué te sentías
culpable. Y déjame decirte que nos parecía bastante ofensivo que nos creyeras
capaces de guardarte rencor porque la sociedad decidiera convertirnos en la
comidilla. No puedes ocultarle algo que te pesa tanto a quienes han crecido
contigo.
Temperance le sostuvo la mirada a su hermana, decidida a no dejarse
amilanar porque hubiera expuesto su secreto.
—No lo ocultaba. Simplemente no quería hablar de ello. Hay temas de
conversación mucho más agradables con los que entretenerse durante el
almuerzo, ¿no te parece?
—No soy ninguna entusiasta de las charlas corazón a corazón, pero lo que
me parece es que no hablamos de ello lo suficiente. De ahí que ahora estés
dispuesta a dejarlo marchar. Has acumulado tanto rencor y culpabilidad que
no te queda espacio dentro para quererlo.
—No pienso dejarlo marchar. —Se oyó replicar.
Faith levantó las cejas.
—Ah, ¿no?
—Naturalmente que no. —Se levantó con la barbilla alta y puso los
brazos en jarras—. Como bien has mencionado, no puedo permitir que hayas
sacrificado tu reputación en vano.
—Oh, por el amor de Dios. —Puso los ojos en blanco—. Intenta no
presentarte allí como si yo hubiera tomado la decisión de perdonarlo por ti y
tú solo siguieras unas órdenes que no te han convencido del todo.
—Royce no me querría si fuera más obvia que eso.

Página 265
—¿Quieres decir que no vas a darle el placer de oírte decir que lo sientes
y estás enamorada?
—En lo que a mí respecta, no sabrá que estoy enamorada hasta que
demuestre lo contrario.
Faith negó con la cabeza, divertida. Volvió la vista al libro, que abrió por
la página en la que se había quedado. Acarició la esquina del lomo como si
estuviera doblado. Cuando Temperance se acercó a ella para robarle un beso
rápido en la raíz del pelo, se dio cuenta de que estaba leyendo una novela de
Jane Austen.
Enarcó las cejas, sorprendida por su elección, pero no hizo ningún
comentario al respecto.
—¿A qué debo esta muestra de afecto? —preguntó Faith—. ¿Es ya año
bisiesto?
—Con él pretendía mostrar misericordia… por si no te había quedado
claro que perdono que te casaras con el hombre de tu hermana.
—Estupendo. Este es mi gesto. —Faith estiró el cuello para besarle la
mejilla de vuelta—. Con él perdono que esa hermana me obligara a casarme
con su hombre. Aunque no ha sido tan terrible. He vivido unas agradables
veinticuatro horas de matrimonio, experiencia que me servirá para entender lo
que se siente. A fin de cuentas, dudo que lo experimente de nuevo.
—No me lo recuerdes.
—Te lo he recordado para que te apresures. El barco debe estar por
zarpar.
Temperance abrió los ojos.
—¿Cómo? ¿Cuándo sale?
—A la hora del almuerzo. —Faith entrecerró los ojos sobre el reloj de
pared—. Lo que quiere decir que tienes unos veinte, veinticinco minutos para
llegar a los Docklands. Y estamos bastante lejos.
—¡¿Por qué demonios no me lo has dicho antes?! —exclamó, agarrándose
las faldas para galopar libremente hacia la puerta.
No vio que Faith encogía los hombros con una media sonrisa en los
labios. Pasó una página, distraída, y murmuró para sí:
—Porque iba siendo hora de que fueras tú la que corriera detrás de él.

Página 266
Capítulo 36

Royce miró alrededor una última vez, inhalando el aroma a humedad que
le acompañaría durante todo el trayecto a Nueva York. Acabó sonriendo con
ironía. Había llegado a Inglaterra hacía menos de dos meses, despreciando
todo lo relativo a la potencia y con una idea más que negativa sobre la
ciudadanía cosmopolita. Se marchaba con el corazón resquebrajado y un
fuerte sentimiento de melancolía, pero también con una lección bien
aprendida.
En su precipitada llegada, los planes del César de llegar y vencer le habían
impedido apreciar la organización del puerto de Londres. Ahora observaba los
canales paralelos y los enormes navíos preparados para una larga travesía a la
India sin disimular su fascinación; el muelle de importación, el muelle de
exportación y el canal de la ciudad, construido por la Corporación de la
Ciudad de Londres. Los barcos desplegaban las velas en cada una de las
dársenas durante una mañana no tan perfecta para embarcarse. Soplaba el
viento dirección oeste, pero esto parecía afectar exclusivamente al ondear de
las velas, porque las aguas permanecían en calma.
—Nunca pensé que diría esto —le dijo a Hancock—, pero me parece que
voy a echar de menos Londres.
Su viejo compañero y ahora patrón lo miró con sorna.
—A mí no me ha dado tiempo a tomarle afecto. Pero estoy seguro de que
volveré si no intentas de nuevo evitarlo.
Royce se rio y le palmeó la espalda, celebrando que aquello hubiera
quedado como una anécdota. Hancock no era un hombre de rencores y al final
no había salido perjudicado. De hecho, había tenido la oportunidad de charlar
con el señor Swansea sobre las cuestiones de tipo comercial y económico que
quedaban por resolver, por lo que el verdadero motivo del viaje había
quedado cubierto. Respecto al asuntillo matrimonial… No había tenido tanta

Página 267
suerte convenciendo a la señorita Swansea de desposarlo para evitar un
escándalo. Faith había terminado cansada de conspiraciones y estratagemas
para salvar su reputación y, con esa cortesía que dejaba a los hombres o bien
embelesados o fríos como un témpano, había invitado a Hancock a regresar a
su tierra en la inestimable compañía de su impostor.
Por lo que Royce sabía, su amigo Hancock lo había intentado todo para
disuadirla, haciendo especial hincapié en lo provechoso que sería para salvar
su nombre. A fin de cuentas, lo único que declaraba a Faith como mujer
casada eran las amonestaciones con el nombre del empresario, y nadie con
poder para iniciar un rumor sabía cuál era el aspecto del susodicho. Pero a
Faith no le había interesado Thomas Hancock. Una verdadera lástima, porque
a Thomas Hancock, como a cualquier pobre diablo con dos ojos funcionales
en la cara, sí que le había interesado la muchacha.
Ambos regresaban a la tierra de las oportunidades con las manos vacías y
el corazón perjudicado… uno más que el otro. Pero sin rencor alguno, eso sí,
solo con una anécdota rocambolesca que haría las delicias de las futuras
reuniones entre amigos que se darían en la ciudad. Hancock había nacido
humilde y Royce estaba convencido de que el señor Swansea le había
entregado su empresa en herencia porque así permanecería, modesto y
prudente. Si bien cualquier tipo de su posición habría tomado la suplantación
de Royce como un insulto o un atrevimiento imperdonable, Hancock había
reducido su reacción a una buena reprimenda y a un par de semanas de
labores no remuneradas. Y había pronunciado sus dos condiciones con cierta
aprensión, para nada orgulloso de tener que vengarse de su querido amigo.
Royce había tenido que reírse cuando le preguntó, ofendido, por qué diantres
no le había contado los que eran sus planes. La cuestión no se había alargado
mucho. Ambos sabían que la honorabilidad de Hancock habría pesado más
que la amistad y le hubiera parado los pies antes de llevar a cabo la
usurpación de identidad.
—Sigo pensando que deberías quedarte —le dijo Thomas—. Ya tienes el
visto bueno del señor Swansea, y quizá la señorita Swansea cambie de
opinión.
—Si cambia de opinión, ya sabe dónde estoy.
Se negaba a insistir una sola vez más. Confiaba en que a Temperance le
hubiera quedado meridianamente claro quién era él y a cuánto estaba
dispuesto, y por tanto supiera que jamás cruzaría la línea de la tenacidad a
riesgo de que lo considerara un pretendiente latoso. Aquella era su última
demostración de afecto: se marchaba porque se lo había pedido. Estaba

Página 268
dispuesto a complacer los que eran sus deseos incluso si contrariaba los suyos
propios. Incluso si en realidad no deseaba verlo partir. Incluso si ni él quería
irse.
Le dio otra palmada en la espalda a Hancock, esta más resignada, y le
señaló el barco que zarparía a las Américas en cuestión de minutos. El
capitán, erguido sobre la rampa de acceso, hacía los últimos llamados para
iniciar la ruta. Pero no fue el capitán el que lo llamó por nombre, y de hecho,
quien gritó para llamar su atención ni siquiera se encontraba a bordo del navío
en cuestión.
Royce se giró en dirección a la voz, curioso. No le costó localizar a la
mujer que decía su nombre. Se había formado un revuelo en torno a ella y
también a los pies del barco en el que se había infiltrado.
Pestañeó repetidas veces para espantar el sueño. Pero el sueño permaneció
allí, vívido, desarrollándose ante sus ojos como no habría creído posible. La
reconocía por la forma de andar, por la manera en que los mechones más
cortos de su pelo, reacios a recogerse en el sencillo rodete, apuntaban en todas
direcciones. Todos los marineros a bordo la miraban sin saber muy bien si
intervenir, algunos apostados en proa y la mayoría ocupados levantando y
moviendo cajas.
—¡Royce! —gritaba, y gritaba tan alto que llegó a sus oídos—. ¡Royce!
Él no pudo reaccionar, pero uno de los pasajeros, abrazando el arca de
víveres, lo hizo en su lugar dejando en el suelo la carga y cogiéndola del
brazo. Imaginó que la conversación entre ellos se desarrollaría de manera
parecida a:
—Señorita, ¿qué hace aquí? ¿Cómo ha subido?
—¿Qué espera que le responda a eso? ¿Que he desplegado las alas y he
aterrizado junto al timón? He subido por la rampa, y ahora suélteme. Estoy
buscando a alguien.
—¿A quién? ¿Cuál es su nombre?
—Royce Hanson, aunque puede que no sea ese el apellido que conste en
su lista de pasajeros. De hecho, tal vez haya mentido también con el nombre.
Es… —La vio levantar la mano, seguramente intentando abarcar su exacta
complexión— más o menos así de alto, fornido, rizos negros… Es un hombre
incapaz de pasar desapercibido.
El marinero barrió el barco con la mirada.
—Los que ve a bordo son los que viajarán, y no parece haber nadie que
cumpla la descripción. Es posible que se haya confundido de barco, señorita,

Página 269
y si no, no tenemos tiempo para ayudarla. Le recomiendo bajarse antes de que
leven anclas o se verá en una situación muy comprometida.
Temperance se deshizo del brazo con el que la había estado sujetando y
volvió a llamarlo por su nombre, recorriendo el barco cada vez más agitada.
Royce reaccionó inmediatamente después, levantando una mano, luego la otra
y al final usando las manos para proyectar su voz por encima del barullo del
puerto. Tan pronto como Temperance oyó el grito, levantó la barbilla y pese a
la distancia supo que había clavado los ojos en él.
Momentos después, momentos en los que Royce olvidó cómo llevar aire a
los pulmones, el mismo y solícito marinero seguía a Temperance para
ayudarla a bajar del barco. Royce se dijo que sería ridículo molestarse porque
la tomara en brazos para salvar con comodidad una altura de metro y medio,
pero si olvidó el detalle del marinero confianzudo fue porque verla avanzar
hacia él rápido vació su mente de pensamientos superfluos.
Temperance recorrió una distancia de medio kilómetro trotando sin
aliento. Despeinada como siempre, con las mejillas ruborizadas por el
esfuerzo y unos ojos que brillaban como zafiros en el rostro más bello de la
cristiandad. El amor volvió a estremecer a Royce, y esta vez casi lo quebró de
satisfacción y agradecimiento. Él, que no creía en lo incorpóreo, bendijo a
Dios en silencio cuando ella se detuvo, jadeante, a unos pasos de distancia.
Los dos se miraron en silencio, cautelosos. Royce se obligó a permanecer
en el sitio, agarrotando y estirando los dedos. Pensó que no podría sobrevivir
a los nervios y se obligó a planear diez maneras de acercarse y suplicarle que
le dijera que estaba allí con buenas noticias. Pero finalmente fue Temperance
la que avanzó, segura, y le sorprendió extendiendo la mano. En sus ojos había
afecto, esperanza y alegría, unidos para contrarrestar el miedo aún latente. Su
voz sonó tan vulnerable como intentaba parecer neutral al decir:
—Soy Temperance Swansea. Y debe saber, señor, que no me gustan los
embusteros ni los farsantes; que amo mi tierra, aun con sus defectos, y
protegería a mi familia con mi vida. Que, si una doncella no se encargara de
cuidar mi aspecto, jamás estaría presentable. Que conozco los entresijos más
complejos de la contabilidad, que me gusta la sensación de libertad que me
reporta saber que podría vivir por mis propios medios, y que… —Su voz se
quebró y sollozó al extender los brazos—. Y que no tengo la menor idea de
cómo ser la esposa de nadie.
»Ojalá pudiera decirle que soy valiente, pero el amor me aterraba y me
paralizaba incluso porque hacía conmigo lo que quería. —Lo miró con
intención y dio un paso hacia delante con la palma extendida—. He

Página 270
descubierto, no obstante, que es cuestión de girar las tornas y ser yo la que
haga lo que quiere con él. Y lo que quiero es, ahora que ya me conoce,
conocerle yo a usted.
Royce le sonrió con dulzura. Aceptó la mano que le había tendido, esa
mano que decretaba una tregua y al mismo tiempo le ofrecía una segunda
oportunidad. Sin disculpas, sin más reproches. Solo un nuevo comienzo,
mucho más de lo que él habría esperado.
La estrechó con la misma profesionalidad que se sellaba un acuerdo.
—Mi nombre es Royce Hanson y actualmente no soy más que eso —
lamentó sin pena alguna—, pero todo lo que aspiro tener y en los que deseo
convertirme lo tengo justo delante de mis narices.
Temperance dejó a un lado la cautela inicial y le sonrió. Tiró de su mano,
con la suerte de que Royce se dejara llevar y ella pudiera rodearle el cuello
con el brazo.
—Es un placer conocerle, señor Hanson —le susurró con voz temblorosa,
sacudida por las emociones—, y confío en que también será un placer amarlo.

Página 271
Epílogo

Una joven dama, no tan joven a ojos de la sociedad y, en realidad, indigna


del segundo apelativo por su falta de orígenes aristocráticos, paseaba con su
pretendiente preferido por el conocido Hyde Park: el mismo lugar donde
había tropezado con él una vez hacía no mucho tiempo. A la relativamente
joven señorita no le gustaban las habituales zonas de recreo para lucir a sus
conquistas, o por lo menos estos paseos solían sumirla en el tedio absoluto
antes de que el ingenioso pretendiente se las apañara para sorprenderla.
Aunque ¿cómo no iba a ser ingenioso el hombre de las tres identidades; el
atrevido, carismático y avispado galán que había conseguido que la esquiva
Temperance Swansea se dignara a formar parte de un cortejo con todas las de
la ley?
Los escoltaba la doncella de rigor a un par de pasos de distancia, y, como
estaba sorda, tenía la suerte de no participar en su lluvia de ideas
conspiradoras. Aun así sonreía, porque entendía a las mil maravillas el
lenguaje corporal y todo en aquel par de cuerpos que paseaban del brazo
indicaba entendimiento y complicidad.
—Solo creo que sería muy inteligente de nuestra parte anunciar que se
publicó el nombre equivocado en las amonestaciones y fingir que nos
casamos tú y yo —resolvió el apuesto caballero, que no era tan apuesto como
impresionante y la única característica que compartía con los caballeros era el
género—. Pusieron Faith en lugar de Temperance Swansea.
—¿Y también se equivocaron con tu nombre? Supuestamente Faith
Swansea y Thomas Hancock se casaron aquel día. No hay modo alguno de
expandir el rumor de que los novios en realidad fueron Temperance Swansea
y Royce Hanson. Además… Todo el mundo sabía que Faith estaba prometida
con Hancock, por lo que será mejor que nos ciñamos al plan de mi padre.
—Que es…

Página 272
—Se publicaron las amonestaciones antes de que Hancock llegara a
América, y una vez arribó a nuestras costas, Faith se dio cuenta de que no
estaban hechos el uno para el otro y canceló la boda justo a tiempo.
»Dicho de otro modo, le espantó descubrir que si el heredero nacía alto y
atractivo tendría que dar numerosas explicaciones a su marido… lo cual no se
aleja mucho de la realidad, dicho sea de paso. El señor Hancock no le entró
por los ojos que se diga.
—Así solo conseguirás que vean a tu hermana como una burguesa altiva y
superficial que se tiene en altísimo concepto. Tan alto que nadie puede
alcanzarla.
—Es cierto que esto espantará a gran parte de los caballeros de la capital
durante la próxima temporada —reconoció Temperance, cabeceando—, pero
siempre hay alguno que otro aún más altivo y superficial que se propone
alcanzar lo inalcanzable a modo de reto personal.
—Qué bien calada tienes la naturaleza de los hombres.
—Últimamente paso demasiado tiempo con uno. —Le dio una palmadita
en el antebrazo—. ¿Te parece factible?
—Sí…, salvo por el hecho de que esa boda se celebró, y aunque asistieron
familiares que ocultarán el secreto sin necesidad de sobornos o chantajes…
—El señor Desmond Burton, que tuvo la infame idea de infiltrarse, no
puede considerarse familia… por mucho que él se comporte como si lo fuera
—completó Temperance—. No creo que sea necesario sobornar o chantajear
a Burton. No le haría daño a mi hermana a propósito, y no lo digo porque
confíe en su esencia fundamentalmente bondadosa (de la que sin lugar a
dudas carece), sino en su carácter pragmático. Sabrá que no existirá modo de
conquistarla si recurre a triquiñuelas capaces de arruinar a los Swansea.
Ladeó la cabeza hacia Royce y sonrió.
—¿Sabes? Es muy divertido tramar contigo. Ahora entiendo por qué mi
hermana conspiró tanto con tu ayuda.
Royce soltó una carcajada.
—Me alegra que ahora lo veas con buenos ojos.
—Siempre veo con buenos ojos que algún conocido o posible añadido a la
familia se lleve bien con mis hermanas. Con las seis —agregó, meneando la
cabeza con una sonrisa incrédula. En su mente apareció la última
incorporación, una adorable irlandesa con carácter—, mención especial a la
baronesa. Aún no me puedo creer que Clodagh se haya casado con un
aristócrata.

Página 273
—Créeme: ella tampoco —ironizó Royce—. Pero no parece muy
descontenta.
—Quizá el novio tenga alguna utilidad e incluso sea digno de afecto,
después de todo.
Royce la miró de reojo.
—No sé por qué siento que esa es la descripción más agradable que el
futuro novio de la señorita Swansea podría esperar que esta hiciera sobre él.
Temperance arqueó una ceja.
—Y yo no sé por qué siento que me están proponiendo matrimonio.
¿Futuro novio? —repitió con sorna—. Si alguien quiere casarse conmigo, va a
tener que pedírmelo.
Dicho aquello, que salió de sus labios sin haberlo pensado, Temperance se
adelantó unos cuantos pasos con la barbilla muy alta. Quiso un golpe de
viento que el sombrero que llevaba, perjudicado por el tiempo y la violencia
de las ventiscas que había tenido que soportar, intentara volar por libre en
brazos de la brisa. Temperance fue a pedir ayuda a gritos, pero no fue
necesario. Royce interceptó el sombrero al vuelo y se lo devolvió con una
media sonrisa.
Temperance examinó el complemento, observando que el extremo de uno
de los lazos se había descolgado del borde.
—Estupendo, se ha vuelto a romper. Ahora no podré atármelo bajo la
barbilla.
—Tienes muchos problemas con los sombreros, por lo que veo. ¿Será que
no pueden soportar el tamaño de tu maravilloso cerebro? ¿O eres tan
cabezona que huyen de ti por supervivencia?
Temperance soltó una carcajada.
—Yo diría más bien que es imposible contener todas mis ideas en el
mismo espacio. Se me ocurre ahora mismo, por ejemplo, que seguramente el
señor Hanson tenga algo en sus bolsillos con lo que salvarme el día.
Royce dejó de andar y se posicionó a su lado con la misma disposición del
primer día. Diligente como un soldado pero sonriendo con rebeldía, se llevó
la mano al mágico y curioso bolsillo y comenzó a sacar una serie de artefactos
que dejaron a Temperance maravillada.
—No creo que el pequeño espejo te sirva.
—Podría hacerlo —le dijo, coqueta. Giró el desmadejado sombrero entre
los dedos—. Tengo que ver si estoy presentable para mi pretendiente.
—Para eso no necesitas el espejo. Tu propio pretendiente puede asegurar
que estás más que deslumbrante. Pero aquí lo tienes. Me harías un favor si

Página 274
fueras sosteniendo todo lo que hay por aquí hasta que dé con el alfiletero.
Creo que bastará con un par de alfileres para hacerlas de solución temporal.
Temperance extendió la mano y aceptó el pequeño espejo, en el que
observó que ciertamente estaba deslumbrante: las mejillas enrojecidas por las
bajas temperaturas y los continuos halagos de Royce le sentaban de maravilla.
—Reloj de bolsillo… —murmuró Royce, concentrado palpando sus
pertenencias. Temperance lo aceptó también cuando se lo tendió—. Un
pañuelo bordado, un dedal de la suerte que heredé de mi madre, la cruz de
plata de mi padre, un cordón, polvos neurálgicos…, ¿puedes con todo?
Estupendo, porque sigue. Un anillo de compromiso, un lápiz…
Temperance dejó de reírse por verse con las manos llenas en cuanto la
alianza entró a formar parte de la chatarra. Solo que no era chatarra en
absoluto. Se trataba de un anillo de oro con una piedra de zafiro tallada en
forma de diamante.
Temperance la observó entre aprensiva, desconcertada y al borde de la
emoción.
—¿Llevas un anillo de compromiso en los bolsillos? ¿En qué situación
esperas verte envuelto como para requerir la ayuda de este tipo de joya?
—Bueno, los relojes sirven para consultar la hora. Nunca sabes cuándo
vas a tener que ofrecerle un pañuelo a una señorita ni cuándo te sobrevendrá
una migraña insoportable. A veces uno necesita anotar algo en alguna parte
para que no se le olvide. Tanto en todos estos casos como en el del anillo, es
cuestión de esperar a que se presente la oportunidad ideal para hacer uso de
él.
Temperance levantó el anillo entre los dedos índice y pulgar.
—¿Y cuándo se va a presentar la oportunidad de sacar esto? A veces te he
pedido que me prestes un pañuelo. ¿Esperas que te pida que me hagas entrega
de un compromiso matrimonial?
Royce la miró con una mezcla de ternura y sorna.
—Hasta hace poco no me habría sorprendido que me lo pidieras con el
mismo propósito para el que usarías un pañuelo: para sonarte la nariz. —
Temperance soltó una carcajada y cabeceó, aceptando la pulla. Él continuó
hablando—. Ya sabes cuáles son mis sentimientos y mis objetivos, pero por
violenta que pueda ponerse la señora Swansea, no voy a dar un paso más
hasta que tú quieras llevarlo puesto. —Y con un golpecito de barbilla marcó
la dirección del anillo.
Temperance no ocultó una media sonrisa divertida, pero se alegró de
poder reservar para ella la verdadera sensación que le había suscitado su

Página 275
humilde confesión. A la par que ligeramente intimidada, la había sobrevenido
la muy positiva y apropiada ilusión.
Con el objetivo de conocerse, Royce se había ofrecido a pretenderla como
nada más y nada menos que lo que era: un hombre humilde de origen
neoyorquino con una madre costurera, un padre ladronzuelo y un hermano sin
escrúpulos. Un hombre que sabía utilizar los vacíos de la ley y las debilidades
del ser humano en el beneficio de quienes lo necesitaban, jamás en el propio.
Un hombre que la amaba y estaba dispuesto a permitir que ella llevara la voz
cantante, la que, a sus ojos, era la única forma con la que un tipo de naturaleza
dominante podría demostrar que respetaba sus deseos. Esa vez todo se haría a
su manera.
Royce había esperado con paciencia y sin mencionar el tema que luego la
señora Swansea machacaba, y es que era impropio pasear con un hombre por
muy vacío que estuviera Londres si no había un compromiso por medio. Y
seguía siendo paciente, pero Temperance vio esa vez en sus ojos el brillo de la
esperanza, la misma que había brotado en su estómago al ver el anillo.
Siempre supo que, el día que estuviera preparada, lo sabría. Aunque fuera
imposible borrar el miedo al abandono, ese que acompañaba incluso a las
muchachas más optimistas en asuntos tan delicados como lo era el romance,
no habría lugar para las dudas. Temperance se alzaría victoriosa en una guerra
de condicionales pesimistas y estaría segura de los sentimientos de su
compañero. Y parecía que ese día acababa de llegar.
Sin decir palabra, Temperance se colocó el anillo en el dedo anular y
estiró la mano para admirarlo, pensativa. Luego se dirigió a Royce, que se
había quedado catatónico, y le sonrió.
—¿Le importa a tus bolsillos si a partir de ahora lo llevo en mi dedo? Solo
hasta que me entregues la alianza oficial; entonces se lo devolveré.
Royce correspondió su sonrisa entusiasta. Entrelazó los dedos con los de
ella, el zafiro contrastando con la palidez de su piel, y se llevó la mano de
Temperance a los labios.
La besó devotamente, sin dejar de mirarla.
—Por supuesto que no les importa. Por si no lo sabes, mis bolsillos
quedan a partir de hoy a tu entera disposición —declaró, sacando la mano del
interior del bolsillo con un par de alfileres entre los dedos. Mientras hablaba,
ajustó la cinta descosida al borde del sombrero—. Puedes aprovecharte de
ellos y desvalijarlos cuanto desees.
—Estupendo. —Temperance elevó el rostro hacia él y apoyó la palma
sobre su corazón, ahí donde escondía gran parte de su socorrida chatarra—.

Página 276
Porque sospecho que dentro de unos meses no me vendrá mal guardar ahí mis
propios enseres. Como, por ejemplo… —Deslizó la mano por su pecho—, un
sonajero.
No había esperado una reacción sobreactuada de Royce, que sabía
mantener el control sobre sí mismo incluso en situaciones que escapaban a su
manejo. Aquello era, sin lugar a dudas, lo que más le gustaba de él; no era en
exceso romántico o grandilocuente en sus gestos de afecto. No obstante,
tampoco habría imaginado que seguiría su broma con naturalidad.
—Así que te casas conmigo solo porque estás embarazada, y no porque
por fin hayas aceptado que estás enamorada de mí.
Temperance se encogió de hombros, a punto de soltar una carcajada, y se
dio la vuelta para retomar el paseo.
—Así son las cosas, señor Hanson. O las toma o las deja.
Royce la abrazó por detrás, procurando rodear su cintura todavía estrecha
con dos palmas protectoras. No presionó: solo recorrió el vientre con los
dedos de una mano, inspeccionando, y apoyó el mentón en su hombro.
Temperance ladeó la cabeza, huyendo de las cosquillas que le hizo la
barba incipiente.
—Las tomaré tal y como son —susurró—, porque dejarlas… Eso jamás.

Página 277
ELEANOR RIGBY es el seudónimo bajo el que escribe una andaluza amante
de las letras. Nació un mes de enero en la ciudad de García Lorca. Ha
estudiado, por nueve años, la modalidad de Danza Española en el
Conservatorio Profesional de Danza Reina Sofía, y actualmente asiste a clases
de Historia en la Universidad de Granada.
Escribe novela romántica desde que tiene memoria, por inspiración de
grandes autores y autoras como Lisa Kleypas, Patrick Rothfuss y Lena
Valenti. Esta pasión por las letras la llevó a firmar su primer contrato con
Selecta a los dieciocho años.
En 2019, su novela El diablo también se enamora fue elegida como ganadora
del Premio Vergara.

Página 278
Notas

Página 279
[1] En inglés, «pepper» significa pimienta, y «salt», sal. <<

Página 280
[2] Templanza, piedad, fe, prudencia, caridad y esperanza. <<

Página 281
[3] Temperamento en inglés. <<

Página 282
[4]La Ley de Licencias, vigente desde comienzos del siglo XIX hasta que se
promulgó la Ley de Teatros (1843) prohibía que teatros menores
representaran en el período de invierno las obras más afamadas. Solo Drury
Lane y Covent Garden poseían las licencias de libretos de Shakespeare,
entre otros. <<

Página 283
[5] La infidelidad burlada (1773). <<

Página 284
[6]En inglés, «cock» es un término vulgar que hace referencia a las partes
nobles de un hombre. <<

Página 285
Página 286

También podría gustarte