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5060-El Presidente Schreber

El documento es un análisis psicoanalítico de Sigmund Freud sobre el caso de Daniel Paul Schreber, un ex presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde que sufrió de paranoia. Freud examina las memorias autobiográficas de Schreber para explorar el mecanismo paranoico y su relación con el complejo paterno. La obra se presenta en una edición que incluye traducciones, comentarios y notas que enriquecen la comprensión del texto original.

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5060-El Presidente Schreber

El documento es un análisis psicoanalítico de Sigmund Freud sobre el caso de Daniel Paul Schreber, un ex presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde que sufrió de paranoia. Freud examina las memorias autobiográficas de Schreber para explorar el mecanismo paranoico y su relación con el complejo paterno. La obra se presenta en una edición que incluye traducciones, comentarios y notas que enriquecen la comprensión del texto original.

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EL PRESIDENTE SCHREBER

El presidente Schreber

3
SIGMUND FREUD

4
EL PRESIDENTE SCHREBER

El presidente Schreber
Puntualizaciones psicoanalíticas
sobre un caso de paranoia
(Dementia paranoides) descripto
autobiográficamente

Sigmund Freud
Traducción directa del alemán de José L. Etcheverry

Prólogo de Jacques André

Amorrortu editores
Buenos Aires - Madrid

5
SIGMUND FREUD
El título original en alemán de la presente obra de Sigmund Freud, cuyos
derechos se consignan a continuación, figura en la página 41.
© Copyright de las obras de Sigmund Freud, Sigmund Freud Copyrights Ltd.
© Copyright del ordenamiento, comentarios y notas de la edición inglesa,
James Strachey, 1958
© Copyright de los prólogos, notas y agregados de la edición francesa, Pres-
ses Universitaires de France, 1995
© Copyright de la edición castellana, Amorrortu editores S.A., Paraguay
1225, 7° piso - C1057AAS Buenos Aires, 1976, 2012
Amorrortu editores España S.L., C/López de Hoyos 15, 3° izq. - 28006 Madrid
www.amorrortueditores.com
Traducción directa del alemán de las obras de Sigmund Freud: José Luis
Etcheverry
Traducción de los comentarios y notas de James Strachey: Leandro Wolfson
Traducción de los prólogos, notas y agregados de la edición francesa: Horacio
Pons
Asesoramiento: Santiago Dubcovsky y Jorge Colapinto
Corrección de pruebas: Rolando Trozzi y Mario Leff
Publicada con autorización de Sigmund Freud Copyrights Ltd., The Hogarth
Press Ltd., The Institute of Psychoanalysis (Londres) y Angela Richards.

La reproducción total o parcial de este libro en forma idéntica o modifica-


da por cualquier medio mecánico, electrónico o informático, incluyendo fo-
tocopia, grabación, digitalización o cualquier sistema de almacenamiento
y recuperación de información, no autorizada por los editores, viola dere-
chos reservados.
Queda hecho el depósito que previene la ley n° 11.723.
Industria argentina. Made in Argentina.
ISBN 978-950-518-881-9
ISBN 978-2-13-054828-7, París (edición francesa)

Freud, Sigmund
El presidente Schreber. Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de pa-
ranoia (Dementia paranoides) descripto autobiográficamente. - 1ª ed. - Buenos
Aires : Amorrortu, 2015.
160 p. ; 21x12 cm.
Traducción de: José Luis Etcheverry
ISBN 978-950-518-881-9
1. Psicoanálisis. I. Etcheverry, José Luis, trad. II. Título.
CDD 150.195

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, provin-
cia de Buenos Aires, en septiembre de 2015.
Tirada de esta edición: 3.000 ejemplares.

6
EL PRESIDENTE SCHREBER

Índice general

9 Características de esta edición


11 Lista de abreviaturas

13 Prólogo, Jacques André

39 Puntualizaciones psicoanalíticas
sobre un caso de paranoia (Dementia
paranoides) descripto autobiográficamente
(1911 [1910])

41 Nota introductoria
41 Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso
de paranoia (Dementia paranoides) descripto
autobiográficamente

53 [Introducción]
57 I. Historial clínico
83 II. Intentos de interpretación
111 III. Acerca del mecanismo paranoico

135 Apéndice (1912 [1911])

139 Bibliografía e índice de autores


147 Índice alfabético

7
SIGMUND FREUD

8
EL PRESIDENTE SCHREBER

Características de esta edición

La selección de escritos de Sigmund Freud de la que forma


parte este libro se basa, esencialmente, en la edición de sus Obras
completas publicada por nuestro sello editorial, entre 1978 y
1985, en 24 tomos, cuyos textos reproduce exactamente. Esta
nueva versión —que en cada volumen presenta uno de los traba-
jos de mayor relevancia del autor austríaco, o bien reúne escritos
más breves referidos a la misma temática— se ve enriquecida
por el significativo aporte de un equipo de especialistas que tuvo
a su cargo la publicación de las obras completas de Sigmund
Freud en lengua francesa, bajo la dirección de André Bourguig-
non, Pierre Cotet y Jean Laplanche. Cada libro comienza con un
pormenorizado prólogo de uno de aquellos, en el cual se exponen
análisis, reflexiones y comentarios sobre la obra o temática tra-
tada y se entrecruzan referencias a otros trabajos de Freud; y en
los propios textos de este se introducen notas a pie de página con
apuntes lexicográficos, históricos, literarios, etc. En algunos vo-
lúmenes se incorporan, asimismo, breves textos inéditos.

Esta edición incluye: 1) Los escritos de Sigmund Freud, tra-


ducidos directamente del alemán por José Luis Etcheverry1 y
cotejados con The Standard Edition of the Complete Psychologi-
cal Works of Sigmund Freud,2 edición a cargo de James B. Stra-

1 La primera recopilación de los escritos de Freud fueron los Gesammelte

Schriften (Viena: Internationaler Psychoanalytischer Verlag, 12 vols., 1924-


34), a la que siguieron las Gesammelte Werke (Londres: Imago Publishing
Co., 17 vols., 1940-52). Para la presente traducción se tomó como base la
4ª reimpresión de estas últimas, publicada por S. Fischer Verlag en 1972;
para las dudas sobre posibles erratas se consultó, además, Freud, Studien-
ausgabe (Francfort del Meno: S. Fischer Verlag, 11 vols., 1969-75).
2 Londres: The Hogarth Press, 24 vols., 1953-74.

9
SIGMUND
C FREUD DE ESTA EDICIÓN
ARACTERÍSTICAS

chey. 2) Comentarios de este último previos a cada escrito. 3)


Notas a pie de página de Strachey (entre corchetes, para diferen-
ciarlas de las de Freud), en las que se indican variantes en las di-
versas ediciones alemanas de un mismo texto; se explican ciertas
referencias geográficas, históricas, literarias, etc.; se consignan
problemas de la traducción al inglés, y se incluyen gran número
de remisiones internas a otras obras de Freud. 4) Notas a pie
de página entre llaves (identificadas con un asterisco en el cuer-
po principal), que se refieren, las más de las veces, a problemas
propios de la traducción al castellano. 5) Intercalaciones entre
corchetes en el cuerpo principal del texto, que corresponden
también a remisiones internas o a breves apostillas que Strachey
consideró indispensables para su correcta comprensión. 6) Inter-
calaciones entre llaves en el cuerpo principal, ya sea para repro-
ducir la palabra o frase original en alemán o para explicitar cier-
tas variantes de traducción (los vocablos alemanes se dan en no-
minativo singular o, tratándose de verbos, en infinitivo). 7) Bi-
bliografía general, al final de cada volumen, de todos los libros,
artículos, etc., en él mencionados. 8) Índice alfabético de auto-
res y temas, al que se le suman, en ciertos casos, algunos índices
especiales (p. ej., «Índice de sueños», «Índice de operaciones fa-
llidas», etc.).
Las notas a pie de página de los traductores franceses apare-
cen separadas de las correspondientes a Freud y Strachey y a la
traducción castellana, y con numeración independiente (el nú-
mero respectivo se consigna entre paréntesis tanto dentro del
texto como en la nota propiamente dicha).
Antes de cada trabajo de Freud, se mencionan sus sucesivas
ediciones en alemán y las principales versiones existentes en cas-
tellano.3

3 A este fin, entendemos por «principales» la primera traducción (crono-

lógicamente hablando) de cada trabajo y sus publicaciones sucesivas dentro


de una colección de obras completas. En las notas de pie de página y en la bi-
bliografía que aparece al final del volumen, los títulos en castellano de los
trabajos de Freud son los adoptados en la presente edición. En muchos ca-
sos, estos títulos no coinciden con los de las versiones castellanas anteriores.

10
EL PRESIDENTE SCHREBER

Lista de abreviaturas

(Para otros detalles sobre abreviaturas y caracteres tipográ-


ficos, véase la aclaración incluida en la bibliografía, infra, pág.
139.)

AE Freud, Obras completas (24 vols.). Buenos Aires:


Amorrortu editores, 1978-85.
BN Freud, Obras completas. Madrid: Biblioteca Nueva.*
EA Freud, Obras completas (19 vols.). Buenos Aires: Edi-
torial Americana, 1943-44.
GS Freud, Gesammelte Schriften (12 vols.). Viena: In-
ternationaler Psychoanalytischer Verlag, 1924-34.
GW Freud, Gesammelte Werke (18 vols.). Volúmenes
1-17, Londres: Imago Publishing Co., 1940-52; vo-
lumen 18, Francfort del Meno: S. Fischer Verlag,
1968.
OCP Freud, Œuvres complètes Psychanalyse (21 vols.).
París: Presses Universitaires de France, 1988-.
RP Revista de Psicoanálisis. Buenos Aires: Asociación Psi-
coanalítica Argentina, 1943-.
SA Freud, Studienausgabe (11 vols.). Francfort del Me-
no: S. Fischer Verlag, 1969-75.

* Utilizaremos la sigla BN para todas las ediciones publicadas por


Biblioteca Nueva, distinguiéndolas entre sí por la cantidad de volúmenes:
edición de 1922-34, 17 vols.; edición de 1948, 2 vols.; edición de 1967-68,
3 vols.; edición de 1972-75, 9 vols.

11
SLIGMUND FREUD
ISTA DE ABREVIATURAS

SE Freud, The Standard Edition of the Complete Psy-


chological Works (24 vols.). Londres: The Hogarth
Press, 1953-74.
SKSN Freud, Sammlung kleiner Schriften zur Neurosenlehre
(5 vols.). Viena, 1906-22.
SR Freud, Obras completas (22 vols.). Buenos Aires. San-
tiago Rueda, 1952-56.
Vier Krankenge- Freud, Vier psychoanalytische Krankenge-
schichten schichten. Viena, 1932.

12
EL PRESIDENTE SCHREBER

Prólogo
Jacques André

«Me resultaría extraño que me mostraran a alguien que,


puesto ante la alternativa de volverse loco sin dejar su
porte masculino, o convertirse en mujer pero de sano
juicio, no se inclinara por la segunda solución».
Daniel Paul Schreber,
presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde

El 14 de abril de 1911, en el asilo de Leipzig-Dösen, moría


Daniel Paul Schreber. En el primer número del Jahrbuch de
ese mismo año aparecía el estudio de Freud, su «Presidente
Schreber». La cercanía en el tiempo entre esos dos aconteci-
mientos no hace sino poner más de manifiesto una de las ca-
racterísticas de esta obra freudiana: la de haber sido concebi-
da sobre la sola base del análisis de las Memorias del ex pre-
sidente de cámara de la Corte de Apelaciones de Dresde, sin
que el psicoanalista se reuniera jamás con su «enfermo de los
nervios». De ese modo, Schreber es para Freud el relevo in-
mediato de Leonardo da Vinci1 —los ensayos dedicados a
ellos tienen no pocos vínculos entre sí—, quien, también él,
acaba de posar in absentia «para un pequeño psicoanálisis».2
Freud tuvo la idea de ponerse en contacto con ese «maravi-
lloso Schreber», pero la desechó sin más: «Como el hombre

1 Sigmund Freud, Un souvenir d’enfance de Léonard de Vinci (1910),

OCP, 10 {Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci (1910c), AE, 11}.


2 Sigmund Freud, carta del 11 de noviembre de 1909 a Carl Gustav Jung,

en Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, Correspondance (1906-1914), París:


Gallimard, 1992, pág. 342 {Correspondencia, Madrid: Taurus, 1979}.

13
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

todavía vive, pensé en dirigirme a él en procura de algunas in-


formaciones (por ejemplo, la fecha de su casamiento) y rogar-
le su asentimiento para trabajar sobre su historia. Pero creo que
es demasiado arriesgado».3 El proyecto de entrar en contacto
incumbe a la investigación histórica, no a la terapéutica. A es-
te respecto, Freud se ha resignado hace ya tiempo: abundante
en enseñanzas para el progreso de la teoría psicoanalítica, el
paranoico está, en cambio, cerrado a las virtudes de la cura.
Aquello que Freud renuncia a conocer por sus propios
medios lo esperará de Stegmann, un psiquiatra de Dresde que
le transmite algunos datos, sobre todo con referencia al padre
del enfermo (cf. infra, 101, n. 21). La escasez de las informa-
ciones con que cuenta podría inducirlo a error. Casi nunca
sucede así, ni siquiera cuando corre el riesgo de la conjetura,
como en lo atinente a la edad del hermano (pág. 100). La úni-
ca afirmación que la ignorancia del contexto vuelve frágil es
la que se refiere a la «suerte de curación» de Schreber tras su
salida del asilo de Sonnenstein en 1902. La remisión parece
haber sido muy relativa,4 y no evitó una última internación,
desde noviembre de 1907 hasta la muerte del paciente.
La investigación histórica es uno de los principales cami-
nos que tomarán la crítica y el comentario posfreudianos del
caso Schreber, una investigación vigorosamente orientada
por la tesis del propio Freud y el lugar central asignado por
ella al complejo paterno. Más allá del trabajo de interpreta-
ción que descubre la figura paterna detrás de sus diferentes
apariciones (Flechsig, Dios, el sol), Freud hace una sucinta
mención de la persona misma del padre, a quien llama Daniel
«Gottlieb» (jugoso lapsus, en lugar de «Gottlob»: según la

3 S. Freud, carta del 1º de octubre de 1910 a Jung, en ibid., pág. 458.


4 Debemos a Franz Baumeyer, «Le cas Schreber», en Luis Prado de Olivei-
ra (ed.), Le cas Schreber: contributions psychanalytiques, París: Presses Uni-
versitaires de France, 1979, págs. 171 y sigs. {«El caso Schreber», en Oscar
Masotta y Jorge Jinkis (eds.), Los casos de Sigmund Freud, 2, El caso Schre-
ber, Buenos Aires: Nueva Visión, 1972}, la revelación de las historias psi-
quiátricas del presidente Schreber.

14
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

etimología, «Gottlieb» es «amor de Dios», «querido de Dios»)


Moritz Schreber, médico, educador, fundador de la gimnasia
terapéutica; en suma, un apasionado del alma y el cuerpo, y
de la puesta en forma de una y otro.
Aunque Freud podría haber leído el manual de gimnasia
médica casera que cita (pág. 101), no parece haberse tomado
el trabajo de hacerlo. Otros se encargarán tras él de la tarea:
el mérito de ser el primero en este camino le corresponde a
William G. Niederland.5 El resultado de las investigaciones
de los distintos autores es muy impresionante y converge en
una misma pregunta: ¿Cuál de los dos está más loco: el padre
o el hijo? Enterarse, por los testimonios psiquiátricos, de que
el padre tenía obsesiones y tendencias homicidas es poca cosa
en comparación con lo que revela la lectura de sus obras. En
ellas se trata siempre del arte y el modo de «adueñarse del ni-
ño para siempre». Página tras página, la severidad se codea
con el sadismo, y ambos engloban en un mismo movimiento
el cuerpo y la mente. Ese padre, que debía de saber a su ma-
nera que desear es hacer, enseña que es más conveniente cas-
tigar la intención que la acción. La meta es procurar que el ni-
ño llegue a «la imposibilidad moral de desear» y tienda la ma-
no a quien lo castiga para hacerse perdonar. . . En la «lengua
fundamental» del hijo, que maneja las palabras como lo hace
el proceso primario, «castigo» se dice «recompensa». La lec-
tura de las obras del padre funda de rebote la verdad de las
Memorias: su verdad, la de esas obras, medida con la vara del
inconsciente, como si manifestaran a plena luz del día lo que
hace y dice el padre con un pretexto educativo y gimnástico.

5 Los principales artículos de este autor, desde el primero, de 1951, están

reunidos en el volumen colectivo citado en la nota anterior. Cf. también Wi-


lliam G. Niederland, «Une étude: la remarquable famille Schreber», Scilicet,
nº 4, 1973. El libro de Morton Schatzman, L’esprit assassiné, París: Stock,
1974 {El asesinato del alma: la persecución del niño en la familia autorita-
ria, México: Siglo XXI, 1977}, cita numerosos pasajes de las obras del pa-
dre de Schreber, pero tiene el lastre de la pobreza de sus elaboraciones y su
desconocimiento del psicoanálisis.

15
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

Cuando el hijo se queja de un «asesinato del alma», denomina


con toda exactitud la empresa paterna, verdadero esfuerzo
para enloquecer al otro, al mismo tiempo que designa el mal
cometido: contra el espíritu, para-noia. Podríamos multipli-
car las referencias a aquello que, de las enseñanzas del padre
al alegato pro domo del hijo, se recupera más o menos defor-
mado. Nos atendremos a dos ejemplos, uno «de abajo», otro
«de arriba». A la tonalidad masoquista, anal y femenina de las
Memorias «responde», en el padre, una verdadera apología
de las lavativas: «Tienen en pediatría la más amplia aplicación
(. . .) el instrumento laxante más sutil, también son bienveni-
das y excelentes cuando se busca una terapia tranquilizante,
antiespasmódica, antiestimulante y nutritiva».6 Penetrar a un
niño, penetrarlo de amor. . .: las palabras reaparecen con fre-
cuencia en la pluma de un padre que sabe conjugar severidad
y benevolencia y no le deja al hijo, por cierto, otra elección
que la veneración o el odio. Sobre todo al hijo varón: homo-
sexualidad obliga. Las tres hijas del doctor Schreber parecen
haber salido más o menos bien paradas, en tanto que el otro
hijo, Daniel Gustav, hermano mayor de Daniel Paul, se suici-
da un año antes del casamiento de este.
El ejemplo «de arriba» habla de religión. El padre escribe:
«Al niño debe recordársele a menudo, y con suavidad, que al
final de la jornada tiene que ponerse en presencia de Dios, a
fin de contemplar su yo interior en los puros rayos del con-
cepto divino (del Padre amante del universo) y ser recompen-
sado por una voluntad renovada (. . .); el espíritu de la pala-
bra “religión” debe penetrar y desposar al espíritu. La revela-
ción interna y la revelación externa (la razón en su más plena
expansión) son dos rayos que se acercan cada vez más uno al
otro, hasta que por fin se encuentran en un punto: el de la
completa fusión».7
6 Daniel G. M. Schreber, citado en W. G. Niederland, «Une étude: la re-

marquable. . .», op. cit., pág. 311.


7 Ibid., pág. 313. Véase también M. Schatzman, L’esprit assassiné, op. cit.,

págs. 160-1.

16
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

«Strahlen», «rayos»: las palabras del padre son palabras-co-


sas del hijo, tan penetrantes como una lavativa.8
Pese a ser fundamentalmente posfreudiana, la senda que se
remonta de la locura del hijo a la patología del padre muestra
en Freud, sin embargo, sus primeros indicios. En 1937, este
insistirá en la parte de verdad histórica que anida en la locura,
al explicar que «la creencia compulsiva que halla el delirio co-
bra su fuerza, justamente, de esa fuente infantil».9 En las car-
tas intercambiadas con Ferenczi durante su trabajo sobre el
caso Schreber, Freud da un ejemplo de lo que podría haber si-
do ese ascenso causalista hacia el origen: «¿Qué piensa de es-
to: el viejo doctor Schreber habría hecho “milagros” como
médico? Pero, al margen de eso, era un tirano doméstico que
vociferaba contra su hijo y lo entendía tan poco como el
“Dios inferior” entendía a nuestro paranoico». A lo cual Fe-
renczi responde: «Su explicación del “milagro de la vocifera-
ción” me parece muy convincente».10

8 Este destino de las palabras del padre en la lengua del hijo recuerda la

descripción que Freud hace del tratamiento esquizofrénico del lenguaje. Cf.
Sigmund Freud, «L’inconscient» (1915), OCP, 13, págs. 237 y sigs. {«Lo
inconsciente» (1915e), AE, 14, págs. 194 y sigs.}. ¿Esquizofrénico o para-
noico? El interrogante se plantea con Schreber, y en primer lugar al propio
Freud (pág. 132), que admite un modo mixto de organización. Melanie
Klein, y otros tras sus pasos, harán mayor hincapié en el aspecto disociado
(esquizofrénico) de Schreber. Cf. Melanie Klein, «Notes sur quelques méca-
nismes schizoïdes» (1946), en Développements de la psychanalyse, París:
Presses Universitaires de France, 1966, págs. 298-300 {«Notas sobre algu-
nos mecanismos esquizoides», en Desarrollos en psicoanálisis, Buenos Ai-
res: Paidós/Hormé, 1974}.
9 Sigmund Freud, «Constructions dans l’analyse», en Résultats, idées, pro-

blèmes, 2, París: Presses Universitaires de France, 1985, pág. 279 {«Cons-


trucciones en el análisis», (1937d), AE, 23, pág. 269}.
10 Sigmund Freud, carta del 6 de octubre de 1910 a Sándor Ferenczi, y

carta del 12 de octubre de 1910 de Ferenczi a Freud, en Sigmund Freud y


Sándor Ferenczi, Correspondance, 2, 1908-1914, París: Calmann-Lévy,
1992 {Correspondencia completa, 1908-1919, I-1, 1908-1911, Madrid:
Síntesis, 2001}.

17
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

El prologuista del texto de Freud sufre por la dificultad de


la elección. ¿Dónde poner el acento: en la confrontación del
psicoanálisis con la psicosis, la concepción de la represión, la
teoría de las pulsiones, la articulación problemática entre
proyección y rechazo, la introducción del narcisismo, la fan-
tasmática femenina? Con referencia a todas estas cuestiones,
el del presidente Schreber es un texto clave, que anticipa las
modificaciones metapsicológicas de 1914-1915. Otro camino
consistiría en discutir la interpretación que Freud propone
acerca de las Memorias. De Melanie Klein a Lacan, pasando
por Ida Macalpine, son muchos los que se entregaron al ejer-
cicio, en procura, uno tras otro, de convalidar sus propias
construcciones metapsicológicas. No hay duda de que las Me-
morias del «enfermo más citado de la historia de la psiquia-
tría» admitirían una lectura más. Seguiremos otra pista, que
comentarios y críticas casi siempre han desdeñado o dejado a
un lado, por no decir que la «dejaron colgada», y no obstante
constituye, a juicio de Freud, «el núcleo del conflicto en la pa-
ranoia» (pág. 115): la cuestión de la homosexualidad. En pri-
mer lugar, para restituir su contexto. La importancia atribui-
da por Freud al retorno de lo reprimido homosexual es indi-
sociable de lo que se juega y se discute entre él y sus más cer-
canos colaboradores del momento: Jung y Ferenczi, pero
también Adler, con la sombra de Fliess como telón de fondo.
A continuación, para recentrar la apuesta: más allá de sí
misma, la homosexualidad es un hilo de Ariadna que lleva
hacia el narcisismo y los estremecimientos ulteriores del edifi-
cio teórico.

Correspondencias

Las «Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de pa-


ranoia» terminan con una reivindicación de propiedad inte-
lectual tan curiosa como elíptica: el autor de la teoría de la
paranoia que acabo de exponer soy en verdad yo, Freud, y

18
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

no. . . Schreber. Si es lícita la duda, ello se debe a que entre el


delirio y la teoría, entre los «rayos divinos» y las «investiduras
libidinales», la distancia es apenas más grande que la que se-
para a una abstracción de una de sus representaciones concre-
tas. El psicoanalista y el paranoico comparten, a riesgo de
confundirse, una misma capacidad de percepción endopsíqui-
ca de los procesos en acción.
Para sustentar su reivindicación de anterioridad, Freud
presenta un argumento que no carece de cierta ingenuidad:
«puedo aducir el testimonio de un amigo y colega en el sen-
tido de que yo he desarrollado la teoría de la paranoia antes
de enterarme del contenido del libro de Schreber» (pág. 133).
Pregúntenle a Jung (el amigo es él), y lo confirmará. ¿Por qué
no ser más simple y reproducir para el lector lo que en verdad
ha dado origen a la teoría de la paranoia? La respuesta está en
la correspondencia: «Puedo revelarle un secreto», le escribe
Freud a Jung el 17 de febrero de 1908: «[en la paranoia se
trata], por lo general, del desasimiento de la libido del com-
ponente homosexual, hasta aquí investida de manera mode-
radamente normal. (. . .) Mi amigo de entonces, Fliess, desa-
rrolló una bella paranoia luego de deshacerse de su inclina-
ción por mí, que por cierto no era poca. En efecto, debo esta
idea a él, es decir, a su comportamiento. De todo hay que pro-
curar sacar un aprendizaje».11 A posteriori, Freud compartirá
este secreto con Ferenczi, y después con Abraham. La distan-
cia meramente metafórica que separa al delirio de Schreber
de la teoría de Freud amenaza la originalidad de esta, pero el
«secreto Fliess» la amenaza de otra manera: la de las posibles
interferencias en el inconsciente de su autor: «Al contrario de
trabajos anteriores, esta vez carezco por completo de un jui-
cio sobre su calidad intrínseca, a causa de la lucha que duran-
te la redacción se libró contra complejos interiores (Fliess)».12

11 S. Freud, carta del 17 de febrero de 1908 a Jung, en S. Freud y C. G.

Jung, Correspondance, op. cit., págs. 182-3.


12 S. Freud, carta del 18 de diciembre de 1910 a Jung, en ibid., pág. 482.

19
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

La inquietud de Freud es tanto más legítima cuanto que las


relaciones amistosas y de trabajo del período durante el cual
escribe el texto sobre Schreber se revelan particularmente nu-
tridas de los mismos ingredientes que alimentaron el episodio
Fliess. Tres son los principales personajes en el escenario:
Freud, Jung y Ferenczi. El viaje de agosto de 1909 a Estados
Unidos —adonde Freud se dirigía para dictar una serie de
conferencias— había reunido y acercado a los tres hombres
hasta llevarlos incluso al análisis mutuo de sus sueños (había
que amenizar la travesía oceánica. . .). Se pueden adivinar las
emociones transferenciales generadas por un ejercicio seme-
jante. Si bien lo esencial de lo que se trama y se transmite se
produce entre Freud y Jung, por un lado, y entre Freud y Fe-
renczi, por el otro, no debe desdeñarse lo que circula entre
Jung y Ferenczi, al menos desde el punto de vista de este úl-
timo, que no ignora en demasía su propio «deseo infantil» de
ser «el primero y el único junto al “padre”», y los celos consi-
guientes originados en su «complejo fraterno».13
La ruptura entre Freud y Jung ha de producirse recién en
1912-1913. En 1910, la esperanza del primero de haber ha-
llado en el segundo un delfín se mantiene aún viva. Sin em-
bargo, son ya perceptibles los primeros signos de desabri-
miento. Desde el principio, uno y otro están atentos a los ele-
mentos conflictivos que pueden llegar a enturbiar su colabo-
ración, y se muestran deseosos de identificar sus fuentes in-
conscientes. En octubre de 1910, Jung le ha confesado a
Freud (de manera ardua, y precedida de tachaduras) el carác-
ter homosexual de su admiración: «De hecho —debo con-
fesárselo con reticencia—, siento una admiración ilimitada
por usted como hombre e investigador, y conscientemente no
lo celo (. . .); mi veneración por usted tiene el carácter de un
apasionado entusiasmo “religioso”, que, aunque no me causa

13S. Ferenczi, cartas del 7 de diciembre de 1909 y el 27 de octubre de


1910 a Freud, en S. Freud y S. Ferenczi, Correspondance, 2. . ., op. cit., págs.
119 y 177.

20
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

ningún desagrado, me resulta empero repugnante y ridículo


debido a su irrefutable consonancia erótica. Este abominable
sentimiento deriva del hecho de que, de pequeño, sucumbí al
atentado homosexual de un hombre al que antes venera-
ba».14 Negación, denegación, el tono de la persecución, y to-
do ello, contra un fondo de abuso y veneración. . . Si no es
«Schreber», se le parece.
La confidencia de febrero de 1908, cuando Freud le revela
a Jung el papel que le cupo a la conflictiva amistad con Fliess
en su comprensión de la paranoia, es inseparable de un acon-
tecimiento menor ocurrido en su relación epistolar. Entre el
25 de enero y el 15 de febrero (de 1908), Jung se mantiene si-
lencioso: ni una carta; y a continuación invocará como ex-
cusa una gripe. ¡Freud padece por entonces la misma enfer-
medad! El silencio inquieta a Freud, quien explicará más ade-
lante, cuando la situación (un silencio de Jung) se repita: «Al
parecer, tengo aún una hiperestesia traumática cuando una
correspondencia mengua; me acuerdo muy bien de la génesis
de esto (Fliess), y, para ser franco, no querría revivir una ex-
periencia así».15
Si bien Jung estima en su justa medida la confianza que
Freud le testimonia al mencionar lo ocurrido con Fliess, tam-
bién percibe todo lo que ese paralelo tiene de peligroso: «La
mención de su relación con Fliess, que sin duda no es fortuita,
me insta a rogarle que no me deje saborear su amistad como
la que hay entre iguales, sino como la del padre y el hijo. Esa
distancia me parece apropiada y natural. Por añadidura, esta
forma es la única, a mi entender, que marca el tono capaz de
evitar todos los malentendidos y hacerles posible a dos cabe-
zas duras una existencia lado a lado en un comercio desenvuel-
to y sin apremios».16 Prevención que recuerda en la segunda

14 C. G. Jung, carta del 28 de octubre de 1907 a Freud, en S. Freud y C.

G. Jung, Correspondance, op. cit., pág. 149.


15 S. Freud, carta del 9 de marzo de 1909 a Jung, en ibid., pág. 285.
16 C. G. Jung, carta del 20 de febrero de 1908 a Freud, en ibid., pág. 184.

21
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

alerta: «Quédese absolutamente tranquilo, no sólo ahora sino


en lo que se refiere al futuro: no pasará nada semejante al ca-
so Fliess. Ya he vivido suficientes cosas de esta clase como pa-
ra aprender a hacer deliberadamente lo contrario». Palabras
tranquilizadoras (?), de inmediato puestas en entredicho por
la sibilina frase que las sigue: «Mi afecto, mientras no sea de
naturaleza amorosa, es duradero y digno de fe».17
Con esta concepción de las cosas, entre homosexualidad y
primeros indicios de un sentimiento de persecución, Adler no
está lejos de intervenir en el guión en el papel de chivo emisa-
rio: ¡el paranoico, el doble de Fliess, es él! «Un pequeño
Fliess redivivo», le escribirá Freud a Ferenczi. Y a Jung: «Me
alegra mucho que usted vea a Adler como yo. Si el asunto me
toca tan de cerca es porque ha reabierto las heridas del caso
Fliess».18 Y, como es muy «natural», cuando la ruptura con
Jung adquiera un perfil preciso, Freud comparará al zuriqués
con Adler.19 La virulencia de la carta que Jung le envía el 18
de diciembre de 1912 está a tono con los desafíos inconscien-
tes: «Soy lo bastante objetivo como para captar su jugada. Us-
ted señala todos los actos sintomáticos que ve a su alrededor,
y con ello rebaja todo el entorno al nivel del hijo o la hija que
confiesan ruborizados la existencia de inclinaciones culpa-
bles. Entretanto, se mantiene en las alturas como el padre».
Hay que decir que el sentimiento de persecución particular-
mente intenso que agita a Jung en esta carta no carece de fun-
damentos: es el eco directo de una interpretación mezclada
con ironía, tan salvaje como pertinente, que contenía la carta
precedente de Freud.20 También en este aspecto algo parece

17 C. G. Jung, carta del 11 de marzo de 1909 a Freud, en ibid., pág. 288.


18 S. Freud, carta del 22 de diciembre de 1910 a Jung, en ibid., pág. 485.
La ruptura con Adler ocupará a Freud durante los primeros meses de 1911.
19 S. Freud, carta del 23 de mayo de 1912 a Jung, en ibid., pág. 637.
20 Mientras se defiende de la acusación lanzada por Freud respecto de un

acercamiento (teórico) con Adler, Jung incurre en este lapsus: «Ni siquiera
los cómplices de Adler quieren reconocerme como uno de los de usted»
(«Ihrigen», «vuestros», en lugar de «ihrigen», «suyos» {de ellos}). Y Freud lo

22
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

repetirse desde la historia de Fliess. En una carta a Ferenczi


del 10 de enero de 1910, Freud asocia la reacción patológica
de Fliess con un «fragmento de análisis, contrario a su deseo»,
que él le había propuesto por entonces, y que reducía su ob-
sesión por la nariz al deseo de salvar a su padre, y su teoría de
las fechas predestinadas, a la muerte de su hermana.21 Senti-
miento de persecución de un lado, interpretación persecuto-
ria (salvaje) del otro. Bien podría ser, como pensaba Ferenczi,
que el paranoico aprendiera «verdaderamente ciertas cosas
con la ayuda de la intuición».22
Entre Freud y Ferenczi, ahora. También aquí está en cues-
tión la homosexualidad, conscientemente percibida por los
dos protagonistas, pero de otro modo. La historia es conoci-
da, y gira principalmente alrededor del viaje a Sicilia que am-
bos emprenden en septiembre de 1910, con «Schreber» en su
equipaje. Freud le confía a Jung sus primeras impresiones:
«Mi compañero de viaje es un hombre a quien quiero mucho,
pero un poco torpemente soñador, y tiene una actitud infantil
para conmigo. Me admira sin descanso, lo cual no me gusta, y
en lo inconsciente me critico, sin duda, ásperamente si me
dejo llevar. Se ha comportado de manera demasiado recepti-
va y pasiva, dejó que todo se hiciera por él como una mujer, y
mi homosexualidad no llega, empero, al punto de aceptarlo
como tal. En viajes como este, la nostalgia por una verdadera
mujer aumenta considerablemente».23 La frase que sigue re-

destaca dos veces, al repetir la frase y firmar: «Con todo, muy suyo». Carta
de C. G. Jung del 11-14(?) de diciembre de 1912 a Freud y carta del 16 de
diciembre de 1912 de este a aquel, en ibid., págs. 669-70.
21 S. Freud, carta del 10 de enero de 1910 a Ferenczi, en S. Freud y S.

Ferenczi, Correspondance, 2. . ., op. cit., págs. 133-4.


22 S. Ferenczi, carta del 13 de mayo de 1911 a Freud, en ibid., pág. 292.

Freud retomará la idea en un artículo de 1922, «De quelques mécanismes


névrotiques dans la jalousie, la paranoïa et l’homosexualité», OCP, 16, pág.
91 {«Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la
homosexualidad» (1922b), AE, 18, págs. 219-20}.
23 S. Freud, carta del 24 de septiembre de 1910 a Jung, en S. Freud y C.

G. Jung, Correspondance, op. cit., pág. 452.

23
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

cuerda el trabajo sobre la paranoia, y no podría producirse


asociación más explícita. Así como Jung demuestra ser un ad-
mirador lleno de ambivalencia, a menudo retorcido, Ferenczi
manifiesta «sin disimulo» su demanda de amor: «No quiero
renunciar a la esperanza de que usted permita movilizarse
una parte de la libido homosexual retirada y conceda más
simpatía a mi “ideal de franqueza”».24 Decir(se) todo: en
Ferenczi, la regla fundamental tiende a coincidir con la fór-
mula misma del amor, antes que con la del análisis mutuo:
cuando dos personas «no tienen vergüenza una frente a otra,
no se ocultan nada, se dicen la verdad sin correr el riesgo de
ofenderse, o bien con la esperanza cierta de que no puede ha-
ber ofensa duradera en el marco de la verdad».25 El deseo ho-
mosexual sigue en Ferenczi una derivación mínima: de la des-
nudez del cuerpo a la del alma. Así es como él mismo inter-
preta el sueño que tiene en Sicilia, donde ve a Freud desnudo
frente a él, mientras Freud, por su parte, sueña con Fliess. . .:
no hay otro objeto de amor que el objeto perdido.26 Estos son
los términos con que Ferenczi rubrica su patética carta del 3
de octubre de 1910: «Sediento de franqueza, su Ferenczi».
Conocemos la desestimación que Freud opondrá a todos esos
desbordes: «Ya no tengo ninguna necesidad de esa apertura
total de la personalidad (. . .). Entonces, ¿por qué se empecina
usted tanto? Desde el caso Fliess, en cuya superación, precisa-
mente, usted me vio ocupado, esa necesidad se extinguió en
mí. Una parte de la investidura homosexual se retiró y se uti-
lizó para el crecimiento de mi yo propio. He tenido éxito
donde el paranoico fracasa».27 ¿Extinguida o reprimida? El
malicioso Ferenczi se permitirá dudarlo, sin perjuicio de re-

24 S. Ferenczi, carta del 12 de octubre de 1910 a Freud, en S. Freud y S.

Ferenczi, Correspondance, 2. . ., op. cit., pág. 234.


25 S. Ferenczi, carta del 3 de octubre de 1910 a Freud, en ibid., pág. 229.

El pasaje es destacado por el propio Ferenczi.


26 Ibid., pág. 228, y S. Freud, carta del 6 de octubre de 1910 a Ferenczi,

en ibid., pág. 232.


27 S. Freud, carta del 6 de octubre de 1910 a Ferenczi, en ibid., pág. 231.

24
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

mitir a Freud a. . . la paranoia: «Ya lo sabe: soy un terapeuta


incorregible. No quiero considerar completamente perdido
ni siquiera a un paranoico. ¿Cómo podría entonces hacerme a
esta idea: que usted extiende su desconfianza, en parte indu-
dablemente justificada, a todo el sexo masculino?».28
Entre el análisis freudiano del caso Schreber, el lugar que
en él ocupa la defensa contra la homosexualidad y los con-
flictos psíquicos que se incuban en los vínculos Freud-Jung y
Freud-Ferenczi no hay, por cierto, una relación de simple
similitud —los tres están de acuerdo en asignar la paranoia a
Adler—, pero no por ello la proximidad deja de ser asombro-
sa. Son los mismos componentes libidinales y defensivos los
que gobiernan la vida y alimentan el trabajo. «Schreber» es
uno de los temas que reaparecen con mayor frecuencia en sus
intercambios teóricos de este período. Freud le debe a Jung
—quien cita a Schreber en 1906, en su artículo sobre la de-
mentia praecox— la atención que en él despertaron las Me-
morias. En la época de su reflexión sobre la paranoia le envía
al psicoanalista zuriqués verdaderos manuscritos29 que re-
cuerdan los destinados antaño a Fliess. El breve apéndice que
se sumará al texto un año después de su primera edición es
una especie de guiño a Jung: «quiero agregar al análisis de
Schreber un pequeño complemento que seguramente será de
su agrado».30 Lo cierto es que el acuerdo de los dos hombres
sobre la cuestión es apenas aproximado. Así lo denota la elec-
ción nosográfica de cada uno: cuando Freud dice «paranoia»,
Jung sigue hablando de dementia praecox. La acogida que
este último le brinda al «Schreber» está teñida de ambivalen-
cia, en la que se mezclan el elogio y la envidia, e incluso el jui-
cio con reservas: «No sólo es delicioso y desopilante, sino que
está escrito de manera eminentemente brillante. Si fuera al-
28 S. Ferenczi, carta del 12 de octubre de 1910 a Freud, en ibid., pág. 234.
29 Sigmund Freud, «Algunas opiniones teóricas sobre la paranoia», en la
carta del 14-21(?) de abril de 1907 a Jung, en S. Freud y C. G. Jung, Corres-
pondance, op. cit., págs. 86 y sigs.
30 S. Freud, carta del 1º de septiembre de 1911 a Jung, en ibid., pág. 557.

25
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

truista, diría ahora cuán contento me pone que se haya ocu-


pado de Schreber y haya mostrado a la psiquiatría los tesoros
que pueden encontrarse en él. Pero debo conformarme con el
papel del envidioso, que no se anticipó a echarle mano. Esos
lamentos, sin embargo, sirven de poco. De un modo u otro,
no era factible, porque me atormentaban otras cosas que son
más valiosas para mí que lo específicamente psiquiátrico».31
Años después, la crítica de Jung se ahorrará cualquier mira-
miento: «En su tiempo, Freud, a quien yo había alertado so-
bre el libro, analizó el caso de Schreber de manera muy insufi-
ciente».32
Entre Freud y Ferenczi, igualmente, el «Schreber» es un es-
pejo privilegiado de aquello que los acerca y los separa. Lejos
de los matices jungianos, Ferenczi no sólo hace suya la tesis de
Freud, sino que se inclinará de buena gana a cargar las tintas:
«La paranoia no es posiblemente más que una deformación
de la homosexualidad».33 «Schreber» corresponde al viaje a
Sicilia, y al parecer los dos hombres pensaron en un verdade-
ro trabajo en común, que llegó tal vez hasta la idea de la
publicación. En todo caso, el proyecto abortó o, para decirlo
con más exactitud, sufrió las consecuencias del malentendido
en el seno de la pareja. Ferenczi le contaría más adelante a
Groddeck cómo se había apartado «de manera terminante»
del asunto: «En Palermo, donde [Freud] quería hacer ese fa-
moso trabajo sobre la paranoia (Schreber) en común con-
migo, un súbito arranque de rebelión me hizo pegar un salto
ya en la primera velada de trabajo, cuando él quería dictarme
algo, y le expliqué que un trabajo en común no consistía sim-
plemente en que me dictara. “Entonces, ¿eso es lo que pien-

31 C. G. Jung, carta del 9 de marzo de 1911 a Freud, en ibid., pág. 517.


32 C. G. Jung, citado en ibid., pág. 399.
33 Sándor Ferenczi, «Le rôle de l’homosexualité dans la pathogénie de la

paranoïa» (1911), en Œuvres complètes, 1, 1908-1912: Psychanalyse I,


París: Payot, 1968, pág. 173 {«Papel de la homosexualidad en la patogenia
de la paranoia», en Obras completas, 1, 1908-1912: Psicoanálisis I, Madrid:
Espasa-Calpe, 1981}.

26
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

sa?”, me dijo asombrado. “¿Debo entender que quiere hacer-


se cargo de todo?”. Desde ese momento trabajó solo todas las
noches».34 La continuación es una historia de amor perdido.
En varias ocasiones, Freud alienta a Ferenczi a publicar por su
propia cuenta: «Si quiere publicar la paranoia, apresúrese,
porque mi “Schreber” (pronto) va a estar terminado. Si se de-
mora, el efecto se perderá», «Es preferible que se independice
de mí en lo que respecta a la paranoia».35 A lo cual Ferenczi
responde, con una pizca de depresión: «Es obvio que la “au-
tonomía” que usted me ha procurado en la cuestión de la pa-
ranoia no me conviene. (. . .) todavía no he escrito una línea».36
La pregunta que Freud se hace en relación con el «Schre-
ber» («¿En qué medida he logrado mantener a raya mis pro-
pios complejos?») podríamos hacerla con él acerca de tal o
cual de sus obras; y hacerla en general con respecto a cual-
quier escrito psicoanalítico: a tal punto es cierto que el in-
consciente es un objeto de investigación que atrapa al analista
al menos tanto como este es capaz de apoderarse de él. Sea
como fuere, en lo que concierne a las «Puntualizaciones psi-
coanalíticas sobre un caso de paranoia» los hilos entre la vida
y la obra aparecen particularmente entremezclados. Entre la
vida y la obra, pero también entre el contenido de la obra (la
paranoia) y la teoría encargada de explicarlo (el psicoanáli-
sis). Haciéndose eco de una observación de Freud, Ferenczi
señala que la distancia entre psicoanálisis y paranoia se redu-
ce a la que separa al indicativo del imperativo. Si se deja a un
lado al psicoanálisis como «ciencia de los hechos», sometida a

34 Sándor Ferenczi, carta del 25 de diciembre de 1921 a Georg Groddeck,

en Sándor Ferenczi y Georg Groddeck, Correspondance 1921-1933, París:


Payot, 1982, págs. 56-7 {Correspondencia, 1921-1933, Jaén: Del Lunar,
2003}. Cf. S. Ferenczi, carta del 27 de mayo de 1911 a Freud, en S. Freud y
S. Ferenczi, Correspondance, 2. . ., op. cit., pág. 297.
35 S. Freud, cartas del 15 y el 23 de noviembre de 1910 a Ferenczi, en S.

Freud y S. Ferenczi, Correspondance, 2. . ., op. cit., págs. 242 y 246.


36 S. Ferenczi, carta del 2 de diciembre de 1910 a Freud, en ibid., pág.

246.

27
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

los desmentidos de la experiencia, para formularlo en im-


perativo, proponiéndolo como Weltanschauung, ya nada lo
distinguirá del delirio singular de un Schreber o del «delirio
de masas» que constituye una religión. Esta proximidad es
arriesgada, mas también fascinante. El propio Schreber, que
discute la «alucinación» con Kraepelin, no está lejos de ser un
personaje de la correspondencia, y no sólo su objeto. Freud,
Jung y Ferenczi, ganosos de identificación, toman del presi-
dente de la Corte de Apelaciones su «hablar de nervios». La
«lengua fundamental», que es al inconsciente lo que los «ra-
yos divinos» son a las investiduras libidinales, sella la compli-
cidad de los corresponsales: es cuestión, alternativamente, de
«curado por milagro», de «hombres improvisados de apuro»
o de la necesidad de establecer una «conexión de nervios»
con tal o cual.

Neuropsicosis

La teoría freudiana de la paranoia, tal como se la formula


en 1910, se mantendrá sin cambios. Las grandes modificacio-
nes ulteriores, en especial la introducción de la pulsión de
muerte, no la afectarán en absoluto. Nada quebrantará la
convicción de Freud: en la paranoia, «la persona más amada
del mismo sexo deviene el perseguidor».37 Freud admite, sin
duda, que lo reprimido como tal, el contenido de las repre-
sentaciones inconscientes, no podría calificarse de paranoico
(como tampoco de histérico u obsesivo);38 de todos modos,
describe las diversas formas de paranoia como otras tantas
combinaciones posibles de un núcleo conflictivo siempre ho-
mosexual (cf. infra, págs. 115 y sigs.). Agreguemos que esa
constancia más allá de 1911 es perceptible también con ante-

37 S. Freud, «De quelques mécanismes névrotiques. . .», op. cit., pág. 91


{«Sobre algunos mecanismos neuróticos. . .», op. cit., pág. 220}.
38 Ibid., pág. 94 {ibid., pág. 223}.

28
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

rioridad: el «Análisis de un caso de paranoia crónica», publi-


cado en 1896, sin reconocerle un lugar explícito a la homose-
xualidad, sugería vigorosamente su importancia en la presen-
tación del material clínico.39 En 1915, Freud se tomará in-
cluso el trabajo de escribir un breve artículo titulado «Un caso
de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica», con el
objeto de ilustrar su decisión en favor de la «demanda de vali-
dez universal para esa tesis según la cual el delirio de persecu-
ción depend[e] de la homosexualidad»40 —en esa circunstan-
cia, contra las apariencias heterosexuales de una paranoia fe-
menina—. Debe señalarse, no obstante, que ese texto de
1915 introduce una suerte de derivación respecto del tema
central de la homosexualidad, al hacer referencia al fantasma
de la escena primordial. La idea de un vínculo privilegiado
entre paranoia y fuerza patógena de la escena primordial será
el resultado de desarrollos posfreudianos,41 aun cuando al-
guien, Schreber, que pensaba en «lo hermosísimo que es sin
duda ser una mujer sometida al acoplamiento» (pág. 58), pe-
ro temía al mismo tiempo la prostitución de su cuerpo «como
mujerzuela» (pág. 65), ya podría, por cierto, haber conducido
a Freud por ese camino.
La insistencia de Freud en ligar paranoia y homosexuali-
dad debe entenderse en un marco más general: el de la etiolo-
gía sexual. El análisis de las Memorias le brinda la oportuni-
dad de reafirmarlo: «las raíces de toda enfermedad nerviosa y

39 Sigmund Freud, «Analyse d’un cas de paranoïa chronique», en «Nouve-

lles remarques sur les névropsychoses de défense», OCP, 3, 1989, págs. 136-
46 {«Análisis de un caso de paranoia crónica», en «Nuevas puntualizaciones
sobre las neuropsicosis de defensa» (1896b), AE, 3, págs. 175-84}.
40 Sigmund Freud, «Communication d’un cas de paranoïa contredisant la

théorie psychanalytique», OCP, 13, pág. 314 {«Un caso de paranoia que
contradice la teoría psicoanalítica» (1915f), AE, 14, pág. 259}.
41 Cf., sobre todo, W. Ronald D. Fairbairn, «Considérations au sujet du

cas Schreber» (1956), en L. Prado de Oliveira (ed.), Le cas Schreber. . ., op.


cit., págs. 201 y sigs., y Guy Rosolato, «Paranoïa et scène primitive», en Es-
sais sur le symbolique, París: Gallimard, 1964 {«Paranoia y escena primiti-
va», en Ensayos sobre lo simbólico, Barcelona: Anagrama, 1974}.

29
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

psíquica se encuentran de preferencia en la vida sexual» (pág.


78). En todo caso, para «nosotros, los psicoanalistas». Sería
muy sorprendente que Freud no tuviera en mente a Adler —si
no, además, a Jung— al renovar una profesión de fe antaño
destinada únicamente a la «medicina oficial», pero ahora
apuntada a algunos miembros del serrallo. Uno de los objeti-
vos del texto freudiano es sostener que también en la para-
noia, también en la psicosis, se trata de lo sexual conflictivo.
En la paranoia, «la etiología sexual no es, en modo alguno,
evidente» (pág. 112); debe demostrársela, y Schreber, preci-
samente, no es «el “caso negativo” buscado desde hace tanto
tiempo, en que la sexualidad desempeñara un ínfimo papel»
(pág. 78). A partir del «almicidio» (pág. 93), Freud se remon-
ta al crimen incestuoso —o al onanismo (pág. 107)—, y no
sólo al influjo (manifiesto) sobre el pensamiento. El modelo
solicitado por él sigue siendo, ahora y siempre, el de una
(homo)sexualidad desprendida, una «marea alta de libido»
(pág. 114) que deshaga las sublimaciones. Con Schreber suce-
de como con Fliess (en este último se trata del desprendi-
miento de un amor hasta entonces apegado al objeto Sig-
mund): la paranoia es la salida de un exceso sexual que no lo-
gra liquidarse una vez abandonados los caminos tomados con
anterioridad. El conflicto que intenta resolver no nace tanto
de la homosexualidad como tal, sino de su desprendimiento.
La discusión acerca del lugar de la sexualidad en la psicosis
supera, como es obvio, el marco de este prólogo; sólo impor-
ta destacar lo que será la posición intangible de Freud en la
materia: cuestión mucho más necesaria cuando advertimos
que el primer artículo psicoanalítico dedicado a Schreber que
defenderá abiertamente la opinión contraria a la tesis freudia-
na, el de Ida Macalpine y Richard A. Hunter, es también un
texto que le niega a lo sexual todo papel patogénico en esa
circunstancia.42

42 Ida Macalpine y Richard A. Hunter, «Discussion sur le cas Schreber»

(1955), en L. Prado de Oliveira (ed.), Le cas Schreber. . ., op. cit., págs. 111

30
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

Aun cuando no es posible unificar los diferentes puntos de


vista críticos sobre la tesis freudiana, al menos hay una amplia
coincidencia en negarle a la homosexualidad un papel etioló-
gico, lo cual era ya perceptible en las observaciones de Bleuler
en 1912.43 Más que negarlo, el lazo entre paranoia y homo-
sexualidad se desplaza: de la causa a la solución. La homose-
xualidad figura entonces en el cuadro como salida, como liga-
zón. Para decirlo en otras palabras: cuanto más homosexual
es el paciente, menos psicótico es.44 Freud habría tomado los
temas neuróticos presentes en la psicosis por la psicosis mis-
ma; el razonamiento de Lacan, por ejemplo, va sin duda en
ese sentido.45
Puede decirse casi sin discusión que Freud da pábulo a ata-
ques como esos. El 1º de octubre de 1910 le escribe a Jung:
«El secreto [del caso Schreber] está claramente a la vista. La
reducción al complejo nuclear es fácil. Su mujer se enamora
del médico y durante años tiene el retrato de este sobre su
escritorio. Él también, naturalmente, pero en la mujer hay
decepciones, la progenitura fracasa asimismo; se llega así al

y sigs. {«El caso Schreber: una contribución a la esquizofrenia, hipocondría


y a la formación de síntomas psicosomáticos», Revista Uruguaya de Psico-
análisis, 5, nº 4, 1963}. La palabra justa es «renegación», ya que estos dos
autores (sea cual fuere, por otra parte, el interés de su artículo), que sitúan
en el centro de su análisis de las Memorias un fantasma arcaico (presexual)
de procreación, dejan a la sexualidad anal al margen de sus elaboraciones.
Su texto es bastante representativo de una tendencia psicoanalítica posfreu-
diana a reidentificar lo sexual con lo genital y lo objetal.
Resulta curioso observar que la interpretación de Lacan está, en algunos
casos, muy cerca de la de Macalpine y Hunter. Cf. Jacques Lacan, Le sémi-
naire, Livre III, Les psychoses (1955-1956), París: Seuil, 1981, pág. 99 {El
seminario de Jacques Lacan. Libro 3. Las psicosis. 1955-1956, Buenos Ai-
res: Paidós, 1984}.
43 Eugen Bleuler, «Freud, “Psychoanalytische Bemerkungen über einen

autobiographischbeschriebenen Fall von Paranoia (Dementia paranoi-


des)”», Zentralblatt für Psychoanalyse, 2, 1912, pág. 343.
44 Cf. I. Macalpine y R. A. Hunter, «Discussion sur le cas Schreber», op.

cit., pág. 155.


45 J. Lacan, Le séminaire, Livre III, Les psychoses. . ., op. cit., pág. 121.

31
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

conflicto; él debe odiar a Flechsig como rival, pero lo ama en


virtud de su disposición y de la transferencia originada en la
primera enfermedad. Así se consuma la situación infantil, y
detrás de Flechsig no tarda en aparecer el padre».46 Tenemos
aquí, pues, una historia de a tres, totalmente «edípica», que le
permite al psicoanalista hallarse en un «terreno bien fami-
liar», el del complejo paterno (pág. 105) y su inevitable com-
plemento: el complejo de castración.
Desde los manuscritos H (24 de enero de 1895) y K (1º de
enero de 1896) enviados a Fliess, hay en Freud una voluntad
indiscutible de pensar la paranoia contra el telón de fondo de
una comunidad con los dos grandes registros neuróticos: his-
teria y neurosis obsesiva. Esta comunidad cabe en algunas pa-
labras: representación inconciliable (sexual, infantil), de-
fensa, conflicto psíquico, formación de síntoma. Tomando
sucesivamente el ejemplo de la psicosis alucinatoria y la para-
noia, Freud escribe, en 1894 y 1896, dos artículos sobre las
«neuropsicosis de defensa» en los que señala a la vez la solida-
ridad y la originalidad de los diferentes registros.47 El «Schre-
ber» también se hace eco de esa inquietud, en la fugacidad de
una fórmula: «La paranoia fragmenta, así como la histeria
condensa» (pág. 99); e incluso cuando conserva el término re-
presión para calificar el mecanismo específico del desasimien-
to de la libido (pág. 125). Sean cuales fueren sus evoluciones
ulteriores (especialmente con la introducción de la escisión
del yo), Freud nunca abandonará la idea de un fondo común a
la neurosis y la psicosis, hasta escribir en 1937: «también al
delirio se aplicará el aserto que yo hace tiempo he declarado
exclusivamente para la histeria, a saber, que el enfermo pade-
ce por sus reminiscencias».48

46 S. Freud, carta del 1º de octubre de 1910 a Jung, en Correspondance,


op. cit., págs. 457-8.
47 S. Freud, «Les névropsychoses de défense» (1894), OCP, 3 {«Las neu-

ropsicosis de defensa» (1894), AE, 3}, y «Nouvelles remarques. . .», op. cit.
{«Nuevas puntualizaciones. . .», op. cit.}
48 S. Freud, «Constructions dans l’analyse», op. cit., pág. 280 {«Cons-

32
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

Frente a la desmesura de las Memorias, hay que reconocer


que el enfoque «neurotizante» de Freud parece a veces muy
razonable. Contra un fondo de «complejo paterno», sería
lícito esperar del presidente de la Corte de Apelaciones una
homosexualidad que el propio Freud define como «“hacerse
a un lado” en la competencia».49 En lugar de ello, tenemos las
locuras femeninas de «Miss Schreber». Las fórmulas de la pa-
ranoia, cuyo inventario hace Freud (págs. 115 y sigs.), reúnen
en el amor y el odio a personas, objetos totales. La libido
«marea alta» de las Memorias está, por su parte, ampliamente
dominada por las pulsiones parciales, sobre todo masoquistas
y anales.50 Freud se empeña en citar en su totalidad el pasaje
de las Memorias dedicado a la «evacuación» del presidente
(págs. 73-4), sin que encontremos sus elementos en la in-
terpretación ulterior. La idea de que la fantasía de deseo de
transformación en mujer pueda ser el resultado de la amenaza
paterna de castración —y, más allá, la idea de que la paranoia
hace eclosión en el terreno del complejo de castración— dista
de ser convincente. La ecuación femenino = castrado apenas
absorbe a Schreber, muy ocupado en mirarse los pechos en el
espejo, dejarse penetrar-fecundar por los rayos divinos y en-
gendrar una nueva raza de hombres. Por lo demás, la emascu-
lación descripta por las Memorias no evoca en ningún mo-
mento la representación de un cercenamiento, una mutila-
ción, sino más bien la de una involución embrionaria, un re-
traimiento del afuera hacia el adentro, reflejos fieles de las

trucciones en el análisis», op. cit., pág. 270}. Freud se refiere aquí a la céle-
bre frase de la «Comunicación preliminar» de 1893, en Sigmund Freud y Jo-
sef Breuer, Études sur l’hystérie (1895), París: Presses Universitaires de Fran-
ce, 1956, pág. 5 {Estudios sobre la histeria (1895d), AE, 2, pág. 33}.
49 S. Freud, «De quelques mécanismes névrotiques. . .», op. cit., pág. 95

{«Sobre algunos mecanismos neuróticos. . . », op. cit., pág. 224}.


50 Véanse al respecto las observaciones de Jean Laplanche, «Séduction,

persécution, révélation», Psychanalyse à l’Université, 18, nº 72, 1993, págs.


10 y sigs. {«Seducción, persecución, revelación», en Entre seducción e inspi-
ración: el hombre, Buenos Aires: Amorrortu, 2001}.

33
PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

concepciones ginecológicas que durante mucho tiempo pre-


valecieron en la medicina occidental, tras los pasos de Galeno
y Avicena.51 En apoyo de la tesis freudiana se invocaron, en
algunos casos, las experiencias de castración real llevadas a
cabo por Flechsig con fines terapéuticos, que Schreber debía
de conocer. Sin duda. . ., pero el texto respecto del tema que
Flechsig publica en 1884 se titula «Zur gynaekologischen
Behandlung der Hysterie». Los únicos aparatos genitales que
el honorable profesor haya acometido son femeninos. ¿Qué
amenazaba en Schreber: al hombre o a la mujer?
La riqueza específica de un texto de Freud, y no sólo del
«Schreber», radica en que nunca se deja reducir a una sola
línea de pensamiento. Así, la pág. 109, infra, consagrada a la
identificación femenina, da acceso a una perspectiva muy
distinta de la denotada por el complejo de castración. Freud
prolongará implícitamente su cuestionamiento en 1919, en
un artículo que escapa al razonamiento falocéntrico y centra-
do en la fantasía femenina de fustigación: «Pegan a un niño»,
que él relacionará con lo que constituye la «base del delirio
querulante paranoico».52

De la homosexualidad al narcisismo

Vemos, pues, a Freud enfrentado a las dificultades intrínse-


cas de su propio razonamiento: si complejo paterno y fantasía
homosexual no tienen nada de específico en la paranoia (pág.
111), ¿de dónde proviene la originalidad de esta? Aquello pa-
ra cuya aseveración es insuficiente la fantasmática, ¿podemos

51 Cf. Daniel Paul Schreber, Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken,

Leipzig: O. Mutze, 1903, pág. 53; Mémoires d’un névropathe, París: Seuil,
1975, pág. 58 {Memorias de un enfermo nervioso, Buenos Aires: Carlos
Lohlé, 1980}.
52 Sigmund Freud, «Un enfant est battu» (1919), OCP, 15, pág. 137

{«“Pegan a un niño”. Contribución al conocimiento de la génesis de las per-


versiones sexuales» (1919e), AE, 17, pág. 192}.

34
EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

esperarlo del mecanismo? El problema es doble, según consi-


deremos la formación de síntoma (por proyección) o la repre-
sión misma. Si la paranoia usa y abusa de la proyección, lo
cierto es que un mecanismo de defensa como ese forma parte
regularmente de «nuestra postura frente al mundo exterior»
(pág. 119). Ya en su primer escrito sobre la paranoia, el Ma-
nuscrito H, Freud dejaba traslucir cierta incomodidad en dis-
tinguir entre el «abuso» paranoico de la proyección y el uso
normal.53 Dado que el estudio de la proyección se postergó
para más adelante —en «otro contexto» que nunca se presen-
taría—, queda por examinar el proceso mismo de la represión.
La importancia de ese momento para el «Schreber», para
el conjunto de la obra freudiana y, más allá, para el psicoanáli-
sis en su totalidad es capital: se trata, nada más y nada menos,
de la introducción del narcisismo. Para ser exactos, la pluma
de Freud ya ha utilizado una primera vez la palabra, muy po-
co tiempo antes, con referencia a la génesis de la elección de
objeto (homosexual, pedófilo) en Leonardo da Vinci.54 El
narcisismo se impone al psicoanálisis —y con él, el trastrue-
que de la tópica y la teoría de las pulsiones—, en tanto que la
perversión, y más aún la psicosis, se convierten en sus objetos
de reflexión. Si la atención prestada a la represión (entendida
como designación genérica del proceso constitutivo del in-
consciente) en la paranoia brinda también la oportunidad de
introducir el narcisismo, es porque la definición propuesta
para una caracteriza al mismo tiempo la dinámica de la otra:
«un desasimiento de la libido de personas (. . .) antes amadas»
(pág. 125).55 La originalidad paranoica, empero, no reside

53 Sigmund Freud, «Manuscrit H», en La naissance de la psychanalyse:


lettres à Wilhelm Fliess, notes et plans, 1887-1902, París: Presses Universi-
taires de France, 1956, pág. 100 {«Manuscrito H: Paranoia», en «Fragmen-
tos de la correspondencia con Fliess», Los orígenes del psicoanálisis (1950a),
AE, 1, pág. 249}.
54 S. Freud, Un souvenir d’enfance. . ., op. cit., pág. 126 {Un recuerdo in-

fantil. . ., op. cit., pág. 93}.


55 Esta vez, Freud ya no acude a Jung o Ferenczi para compartir un tiem-

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PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

tanto en ese desasimiento como en el paso siguiente, narcisis-


ta hasta lo patológico: la utilización de la libido así liberada
para el crecimiento del yo.56
Como es habitual en Freud, esa «introducción» tiene sig-
nos precursores en los años de nacimiento del psicoanálisis.
Así, le escribía a Fliess que los paranoicos «aman al delirio
como a sí mismos. He ahí el secreto».57 En otra oportunidad
(carta del 9 de diciembre de 1899), la idea cobraba forma
incluso de manera sorprendente: «La paranoia vuelve a disol-
ver la identificación, restablece a todas las personas amadas
de la infancia que habían sido abandonadas (. . .) y resuelve al
yo mismo en unas personas ajenas [la paranoia “fragmenta”,
sostendrá Freud en el “Schreber”; la escisión del yo no está
lejos].58 Así, he dado en considerar la paranoia como un asal-
to de la corriente autoerótica, como un retroceso al punto de
vista de entonces».59
Lo cierto es, claro está, que la riqueza de la tercera parte
del «Schreber» tiene, sobre todo, un valor anticipatorio: con

po de elaboración, sino a Abraham. Cf. Sigmund Freud, cartas del 26 de


julio, 4 de agosto y 21 de octubre de 1907 a Karl Abraham, en Sigmund
Freud y Karl Abraham, Correspondance: 1907-1926, París: Gallimard,
1969 {Correspondencia, 1907-1926, Barcelona: Gedisa, 1979}. Las pala-
bras de Freud representarían, desde luego, la oportunidad de abrir la discu-
sión sobre la teoría de la represión. ¿Qué relación hay entre esa represión-de-
sasimiento y el proceso defensivo descripto en las neurosis de transferencia?
56 Adviértase que cuando Freud le escribía a Ferenczi: «He tenido éxito

donde el paranoico fracasa», ¡lo hacía indicando un camino (retirada de la


investidura homosexual-crecimiento del yo propio) que es el mismo que
sigue el paranoico!
57 S. Freud, «Manuscrit H», op. cit., pág. 101 {«Manuscrito H. . .», op.

cit., pág. 251}.


58 Respecto de este punto, véanse las observaciones de André Green,

«Transcription d’origine inconnue: l’écriture du psychanalyste. Critique du


témoignage», Nouvelle Revue de Psychanalyse, nº 16, 1977, pág. 39. {La
inserción entre corchetes es de Jacques Andrè.}
59 Sigmund Freud, carta del 9 de diciembre de 1899 a Wilhelm Fliess, en

La naissance de la psychanalyse. . ., op. cit., pág. 270 {«Carta 125», en


«Fragmentos de la correspondencia. . .», op. cit., pág. 322}.

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EL PRESIDENTE SPCHREBER
RÓLOGO

respecto a la introducción «oficial» del narcisismo en 1914, a


la redistribución pulsional de 1920 y al lugar del yo en los úl-
timos desarrollos de la obra freudiana. Nos conformaremos
aquí con seguir el hilo del cual partimos: la homosexualidad.
Arrinconada entre la fijación y la regresión al narcisismo
típico de la paranoia (pág. 126), ahora aparece, en el razona-
miento mismo de Freud, como el tiempo secundario (tiempo
de ligazón) que le adjudicará la crítica posfreudiana. «Amar a
otro hombre» toma el relevo de un «amarse a sí mismo» más
radical (pág. 113). La elección de objeto homosexual es una
re-presentación de la elección de objeto narcisista. Simultá-
neamente, el delirio de grandeza y la fantasía de fin del mun-
do llegan al primer plano. «Miss Schreber» se borra frente a la
«conexión nerviosa» entre todos, aun cuando, en su manse-
dumbre, el presidente admita la compañía de otros grandes
«conectados» —por ejemplo, Wagner—.60
Sin embargo, al enunciar las cosas así se corre el riesgo de
reducir con demasiada rapidez la complejidad del «Schreber».
Dos líneas psicogenéticas de la homosexualidad, y de su
combinación con el narcisismo, se disputan implícitamente la
preponderancia. Una hace que la homosexualidad derive en
forma directa del amor del hijo por el padre, aunque Freud
insista regularmente en la mediación fraterna y diste de hacer
caso omiso de la identificación con la mujer, aquella que con-
servaba la foto de Flechsig sobre su escritorio. Este camino da
particular concreción a la ecuación entre narcisismo y repre-
sión, y el repliegue narcisista surge como respuesta al viso de
«marea alta» de la elección de objeto incestuoso-homosexual.
Pese a ser distinto del camino «leonardiano», este proceso se
le asemeja en un aspecto: en ambos casos, el narcisismo es se-
cundario, responde mediante su cierre a la desmesura de la
apertura hacia el objeto (la madre para Leonardo, el padre
para Schreber).

60 D. P. Schreber, Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken, op. cit., pág.

17, n. 10; Mémoires d’un névropathe, op. cit., pág. 31, n. 10.

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PSRÓLOGO
IGMUND FREUD

La otra línea, la trazada con mayor claridad por la argu-


mentación freudiana, hace del amor del hijo por el padre la
recuperación de un amor por el mismo (sexo), o sea, la du-
plicación del amor propio. Esta vez, el narcisismo es prima-
rio, y se constituye por síntesis del autoerotismo con ante-
rioridad a todo amor objetal (pág. 113). La articulación narci-
sismo-represión se torna entonces más oscura, en virtud de la
evidencia de que la invasión por la libido narcisista recuerda
más el retorno de lo reprimido que el combate contra este.
En el transcurrir del análisis de Freud, la homosexualidad
se revela de una equivocidad que la crítica posfreudiana en
general ha pasado por alto. Operador o eslabón, demuestra
ser una guía tan indispensable para la descripción psicopato-
lógica como para la construcción teórica. Con una de sus
caras mira hacia la neurosis, por el lado de la ligazón y el man-
tenimiento del amor objetal. Con su otra cara, conduce a
Freud hacia el narcisismo y su triunfo en la psicosis, vía el des-
prendimiento de la libido objetal y la investidura loca del yo.
Allí donde la homosexualidad se detiene para dejar a Narciso
solo consigo mismo comienza la pura (auto)destructividad:
«Yo no amo en absoluto, y no amo a nadie» (pág. 118).

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