164-Texto Del Artículo-508-1-10-20200315
164-Texto Del Artículo-508-1-10-20200315
CONTRIBUCIÓN A LA IDENTIDAD
DEL LIBRO DE NÚMEROS
Según el título que el cuarto libro del Pentateuco lleva en griego, su ca-
racterística principal y distintiva serían las listas numéricas, que en lenguaje
moderno podrían llamarse estadísticas. Y, de hecho, el libro las presenta con
una cierta frecuencia a partir ya de su capítulo primero. El título griego Arith
moi ha pasado después al latín y a casi todas las lenguas modernas. No a
todas: en la tradición de las Biblias alemanas, los libros del Pentateuco son
designados por el nombre de su (presunto) autor, Moisés, con el número de
orden que les corresponde según su posición en el Pentateuco. Así, Números
es el Viertes Moses Buch. El original hebreo, como es sabido, carece de títulos
y se conforma con designar los cinco libros por las primeras palabras que se
consideran más significativas del original. Así, Números es simplemente Ba
midbar [Sinai], porque es allí donde wajeddaber: «Habló YHWH a Moisés» 1.
Si se considera que los «números» no son por ventura la única o la
mejor forma para identificar este libro del Pentateuco, se puede preguntar,
con igual derecho, si el título que la misma tradición greco-latina atribuye
al tercer libro, Levítico, no correspondería más bien al cuarto. Como he
notado en mi libro sobre este 2, los levitas aparecen una sola vez (Lv
25,32-34) en el mencionado libro y de manera más bien marginal. En cam-
bio, basta abrir Números para encontrarse desde el principio y práctica-
mente hasta el final precisamente con esta categoría de personas 3. Se podría
1
Es curioso constatar que la tradición ya antigua de identificar los documentos
pontificios (las encíclicas, por ejemplo) por las primeras palabras del texto latino
sigue el mismo principio.
2
Guía para una lectura cristiana del Levítico .Buenos Aires, Agape, 2013.
3
Una primera cuenta concluye con unos cincuenta textos donde se mencionan
expresamente los levitas en Nm.
4
La versión es la de El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia, generalmente utiliza-
da aquí. Otras versiones (La Biblia de Jerusalén, por ejemplo, en sus diferentes tra-
ducciones) prefieren seguir literalmente el texto hebreo y comenzar por «YHWH
habló a Moisés». No sin razón, en la opinión de quien escribe. Para la crítica histó-
rica actual (y ya antigua), este pasaje pertenecería a la sección histórica del Códice
Sacerdotal, P, indicado con la sigla Pg, donde la «g» responde al término alemán
Geschichte (historia).
5
Quien escribe prefiere «Tabernáculo», como he explicado en mi libro citado en
la nota 2.
pero sobre todo este último y sus hijos sobrevivientes al episodio narrado
en Lv 10,1-2 y aquí expresamente referido, son calificados de «sacerdotes
ungidos» «cuyas manos fueron consagradas para ejercer el sacerdocio»
(3,3) 6. Los levitas, en cambio, como se dice enseguida, ajenos a toda con-
sagración de este tipo (tendrán, sin embargo, una propia, como se verá más
tarde), «están a disposición de Aarón para servirlo» (v. 6) y al servicio de
«la comunidad de Israel... encargándose del servicio de la Morada» o San-
tuario y del Tabernáculo (v. 7).
Todo esto significa que los levitas, si bien miembros de una tribu con
carácter «sacral», son esencialmente distintos, en la concepción aquí repre-
sentada, de los sacerdotes, al rango de los cuales no pueden pretender
(como se verá en el cap. 16 con el dramático relato de Coré, él mismo levi-
ta): su existencia y su función requieren ser de algún modo justificados.
Y este es, si no me equivoco, uno de los temas característicos del libro de
los Números, que así comienza por hacer recuento numérico, en realidad
parte fundamental de su identificación y su división en clanes y familias,
como se lee en la continuación del cap. 3. Es preciso saber, para determinar
sus funciones, quiénes son en Israel exactamente levitas (aunque no aaró-
nidas) y cuántos son en cada familia y cada clan. Esto en la perspectiva del
libro de Nm, que proyecta sin duda una situación muy posterior (según tra-
taré de hacer ver después) en el período normativo del Sinaí y del desierto.
6
Versión de la Biblia de Jerusalén. El Libro del Pueblo de Dios parafrasea: «Re-
cibieron... la investidura para ejercer el sacerdocio». También la versión de la BJ
tiene un inconfundible eco moderno. El original dice que las «manos» de los sacer-
dotes fueron «colmadas», con el verbo en activo: «alguien» (de hecho Moisés se-
gún Lv 8,27) puso en «las manos» de Aarón y de sus hijos los dones sacrificiales.
Este «colmar las manos» es parte de la ceremonia de consagración sacerdotal y
acaba por designarla sintéticamente aquí y en otros textos.
7
Las tres ramas principales nunca cambian, pero hay diferencias con los cla-
nes de segundo nivel y en el orden de los mismos: cf. 1 Cr 5,27-6,15.
8
En el segundo censo de Nm. La misma que se lee en Ex 6,17-20 (cf. también
1 Cr 5,27-28). Y que sin duda procede de la misma fuente. Y esta conexión familiar
no deja de tener su importancia en el relato.
9
Aarón es calificado de «levita» en Ex 4,14: «Aarón, tu hermano el levita».
10
Habrá todavía un tercero: 26,57-62, que será examinado en su momento.
La triste suerte de los otros dos en Lv. 10,1-3, ya más arriba aludida: se arro-
11
Se verá más tarde que, a pesar de la constante afirmación de que los levitas
12
no poseen más propiedad (si es lícito decir) que Dios mismo, poseen sin embargo
también propiedades terrenas (cf. cap. 35).
13
Aquí, curiosamente (cf. v. 12), es el dueño de casa (o, si se quiere, el «emplea-
dor») quien «colma las manos» de su «sacerdote». Es decir, no lo «consagra»: no
se ve con qué autoridad lo haría, sino simplemente que lo acepta como tal y provee
a su sustento. La expresión «colmar las manos» es así usada también otras veces
en un sentido que se puede llamar «laico».
14
Este y los capítulos siguientes en Jue (18,3-15; 19,1; 20,4) son las únicas ins-
tancias del singular lewi como sustantivo común antes del Pentateuco, aparte de
Ex 4,14 citado en nota anterior. Y el plural apenas conoce dos o tres instancias que
se pueden considerar antiguas (una podría ser 1 Sam 6,15). Esto es ya llamativo
si se lo compara con el abundantísimo uso del plural solamente en Nm. Se puede
afirmar con verdad que el plural lewiyim es uno de los términos característicos de
este último libro: unas cincuenta instancias. Cabe notar que, en Ex 32,26.28 (el
episodio del becerro de oro), los que ejecutan a los culpables son llamados (bne
Lewi) en el original hebreo, pero no «levitas» en plural, a pesar de la versión de El
Libro del Pueblo de Dios (que usa el plural en la segunda instancia; v. 28, no en la
primera, v. 26).
15
Sin entrar para nada en esta discusión, no se puede dejar de registrar que el
único texto claro que establece una distinción neta entre «levitas» y «sacerdotes
levitas», y excluye a los primeros del servicio sacrificial directo: «Presentar la gra-
sa y la sangre», «entrar en ni santuario» y acercarse a la «mesa mía [de YHWH]»,
es el texto de Ez 44,9-16. Los «levitas» aquí son castigados porque «me abandona-
ron cuando Israel se descarriaba lejos de mí para seguir a sus ídolos, cargarán con
su culpa» (v. 10). Se limitarán en adelante a cuidar las puertas del Templo, a inmo-
lar las víctimas, «el holocausto y el sacrificio para el pueblo», y «estarán ante el
lugar ocupan (v. 16) con la misma referencia a la supresión de los primo-
génitos de los egipcios, como ya se nos ha enseñado en 3,11-13. Una vez
más, entonces, la dignidad de una pertenencia a YHWH en lugar de los pri-
mogénitos y la sumisión al servicio de los sacerdotes, a Aarón y sus hijos.
Es la grandeza y la pequeñez de los levitas, en la concepción tan especial
de este libro. Es claro, de cualquier modo, que esta presentación de un
rito de consagración no consideraba para nada a los levitas sacerdotes: la
haría del todo superflua. A menos que se considere que, si en un tiempo se
les había considerado sacerdotes, como los aarónidas (o los sadócidas), por
alguna razón habrían sido degradados. Pero esto no parece constar en nin-
guna parte, a menos que se interprete así Ez 44,9-16, que puede (y quizá
debe) ser leído de otro modo, como he notado más arriba.
Los últimos versos del capítulo reiteran los límites de edad del ser-
vicio, que ya no se ciñe solamente al armado y desarmado de los objetos
sacros y a su transporte, pero mantiene casi los mismos límites: de veinti-
cinco a cincuenta años, con la afirmación anexa de que, después de esa
edad «de retiro», pueden los levitas «ancianos» ayudar a sus hermanos en
su servicio propio. Antes (4,47), el límite superior eran los treinta. Se nota
también que aquí este servicio es expresado con los términos característi-
cos del servicio militar: lisbo saba’... jashub mi saba’ (vv. 24.25), reserva-
do antes al servicio propio de las otras tribus (cf. 1,3ss) 17.
Los caps. 16-18, pero sobre todo 16-17, vuelven sobre el problema
de la relación entre levitas y sacerdotes, y ante todo sobre la distinción en-
tre unos y otros. A esta cuestión, la redacción actual de 16-17 ha asociado
otra, entretejiendo ambas (no quizá sin motivos objetivos): la rebelión con-
tra la autoridad de Moisés y su derecho a conducir de manera exclusiva a
la comunidad por el desierto. La primera cuestión ha sido vinculada con el
nombre de un levita quehatita, Coré; la otra, con los rubenitas Datán y Abi-
rán, ambos –parecería– con sus respectivos grupos.
La primera cuestión se expresa en los términos que se podían espe-
rar, conforme a la enseñanza de los textos anteriores: «Escúchenme, hijos
17
Queda pendiente en todo esto el problema del sustento material cotidiano de
los levitas. Tampoco los sacerdotes excluidos del servicio del altar en 2 Re 8-9 pue-
den solo vivir de «panes ácimos». Sobre esto se volverá más adelante, en el cap. 18,
pero también cuando examinemos la cuestión de las ciudades levíticas.
de Leví: ¿no les basta que el Señor los haya separado de toda la comuni-
dad de Israel y los haya acercado a él para prestar servicios en la Morada del
Señor y para estar como ministros al frente de la comunidad? El Señor te
promovió a ti [la segunda persona mira aquí directamente a Coré] y a todos
tus hermanos, los descendientes de Leví, ¿y todavía reclaman el sacerdo-
cio?». El objeto de la rebelión no puede haber sido puesto en términos más
explícitos. Esto no obstante, quedaría por explicar la frase siguiente: «Por-
que, ¿quién es Aarón para que ustedes protesten contra él?». Significaría en
el contexto no una disminución de la preeminencia de Aarón, sino que la
rebelión es en realidad contra el mismo YHWH, que ha elegido a Aarón,
como los textos anteriores afirman. Y, de hecho, la solución del desafío, la
primera por lo menos y la más directa, es contraponer ante el mismo Señor
aparecido en su gloria (v. 19) en su Tabernáculo la autenticidad del ejerci-
cio de la función sacerdotal de Coré y sus secuaces y la del mismo Aarón,
con el recurso de los incensarios listos para arder con incienso, pero sin el
fuego dentro (vv. 14-21). El resultado de la prueba no nos es narrado de
manera directa, pero sí su consecuencia. Coré y sus secuaces con sus fa-
milias y sus bienes son tragados por la tierra, que se abre para devorarlos
(vv. 30-33). La frase final no deja lugar a dudas sobre el final de los que, a
pesar de todo, habían ofrecido incienso (v. 33). Y lo mismo se desprende
del principio del cap. 17, cuando, por orden de YHWH, Eleazar («hijo de
Aarón», pero no el mismo Aarón) debe recoger los incensarios que han
quedado desparramados con su contenido (carbones y cenizas) por el sue-
lo, porque de alguna manera están «santificados» (vv. 2-4) y no pueden ni
ser descartados ni destinados a cualquier otro uso. Sean trasformados en
láminas de metal para revestir «el altar» (se supone siempre el del incienso)
y servir así de «memorial» (zikkaron) para los israelitas, y nadie, «ningún
profano» (’ish zar) que no sea de la progenie de Aarón se atreva a ofrecer
incienso ante YHWH, para que no le suceda lo que le sucedió a Coré y su
grupo (17,1-5).
Es fácil advertir ya en esta historia los elementos que, a primera
vista, parecen entre sí contradictorios. Se pueden registrar dos o tres. Pri-
mero: ¿estaba Coré acompañado de otros secuaces (obviamente también
levitas)? Desde el principio del cap. 16 se mencionan 250 rebeldes (16,2),
calificados, sin embargo, no de levitas, sino de «príncipes», «personas de
renombre en la comunidad» (versión propia). ¿Habrían osado estos per-
sonajes presentarse con los incensarios ante el altar? ¿O bien pertenecen
a la rebelión por así decir «civil» de Datán y Abirán? De cualquier modo,
el doble relato del fin de Coré y de los incensarios desparramados y reco-
gidos recién referido parece suponer que Coré, en la redacción actual, es
Moisés en 27,16, cuando se le anuncia su muerte para que YHWH no deje a Israel
como «ovejas sin pastor».
tierra (17,1-15, cita en 10b), para que cese la plaga que entretanto ya ha
comenzado y causado catorce mil víctimas. Pero la acción expiatoria (ver-
bo kpr, como de ordinario) de Aarón con su incensario «en medio de los
muertos y los vivos» (v. 13) la detiene.
Este triste relato nos interesa directamente porque mira sin duda a
ensalzar a Aarón, esta vez delante de toda la comunidad y no solamente de
los levitas, que objetaban con Coré (y sus secuaces, si los tenía), si no ante
la comunidad entera. Es el episodio de la vara florecida (17,16ss), la única
entre las varas de los representantes de toda la comunidad, los «príncipes»
(la expresión es la misma en el original que hemos encontrado en mi propia
versión al principio de toda esta historia de rebeliones en 16,2). También la
autoridad de Aarón, y no solamente la de Moisés, ha sido puesta en cues-
tión, y no solo por los levitas, sino aparentemente por todos 19.
Nm 17,6 dice claramente: «Al día siguiente [del episodio de los in-
censarios], toda la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y
Aarón diciendo: “Ustedes han provocado una mortandad en el pueblo del
Señor”». Mortandad suspendida por la intercesión de Aarón y su acto de
expiación con el rito del incienso recién referido (vv. 11-15). A pesar de lo
cual parece todavía necesaria una manifestación prodigiosa de la preemi-
nencia de Aarón, no solo entonces como sacerdote supremo, sino también
como jefe de la comunidad junto con Moisés. Las varas son designadas con
la misma palabra hebrea que significa «tribu» (mathot), lo cual parece im-
plicar que son de alguna manera los «bastones» o «cetros» signo de la au-
toridad de los «príncipes» de cada una de ellas. Más entonces que simples
19
Es verdad que Aarón, no obstante su papel preeminente a lo largo del Éxodo,
el Levítico y hasta ahora en Números, ha tenido una actitud por lo menos ambigua
en el episodio del becerro de oro (Ex 32,1ss), y aquí los «hijos de Leví», a los cua-
les en principio pertenece también Aarón, son los que reaccionan de parte de Moi-
sés y ejecutan el castigo de los israelitas idólatras (o al menos sincretistas) y reci-
ben por eso en premio «el tener colmadas las manos»; o sea, de alguna manera la
destinación a una función sacerdotal (vv. 26-29), aunque en principio no es claro de
parte de quién. El mismo Aarón, por su parte, con su hermana María, unos capítu-
los antes en Nm, han contestado la autoridad de Moisés (11,35-12,1). Una cierta
ambigüedad, por lo menos hasta un cierto momento, empaña su figura. A propósi-
to de esto se pueden leer con provecho las páginas sobre Aarón y la evolución de
su figura en las diversas tradiciones conservadas, y a veces modificadas, en los
diferentes libros del Antiguo Testamento, en R. de Vaux, Les institutions de l’Ancien
Testament II. Paris, 1960, pp. 263ss. Retengo esta frase: «Dans les plus anciennes
traditions du Pentateuque, Aaron est une figure assez floue qui s’est peu à peu pre-
cisée... Dans la tradition sacerdotale du Pentateuque, la figure d’Aaron est toute
différente...» (ibid.). En los textos que ahora examinamos ambas afirmaciones se
comprueban.
20
La palabra usada aquí es la misma que designa el ornamento de oro puesto
en la frente del sumo sacerdote: sis (cf. Ex 39,30, etc.).
21
Como es sabido, el mismo hecho de la vara florecida ha sido utilizado en mu-
chas representaciones de la selección del candidato al matrimonio con María Vir-
gen en la persona de José, solo que aquí los candidatos fracasados rompen sus
varas; así, por ejemplo, en el precioso mosaico de San Salvador in Chora, en Cons-
tantinopla (hoy Estambul). Esta figuración viene de algún escrito apócrifo. Los que
consulto (Protoevangelio de Santiago 9; Evangelio del Pseudo-Mateo 8,3), sin embar-
go, presentan a José designado por una paloma que parte en vuelo de su vara sin
decir nada de varas florecidas o rotas.
violar los límites impuestos 22. Si hiciera todavía falta, aquí la distinción
entre las dos categorías es plenamente ratificada. Y se demuestra una vez
más que a la característica del libro de Números y a su identidad distintiva
pertenece la definitiva determinación de esta distinción, que de aquí en
adelante se incorpora a la concepción de la misma comunidad de Israel aun
después de la ruina del Templo 23. Corresponde en esta perspectiva interro-
garse, según este capítulo, qué le toca al pueblo o a la comunidad y la res-
puesta se encuentra aquí mismo, al menos desde este punto de vista tan
radicalmente «clerical» 24.
22
En los vv. 2 y 4 se usa el verbo lhw, «asociarse»; en el primer caso de la «tribu
de Leví» como tal, en el segundo, de los «hijos de Aarón». El objeto de la asociación
en el primer caso son precisamente estos; en el segundo (con el pronombre en sin-
gular), el mismo Aarón. No se puede dejar de notar que el verbo en cuestión gra-
maticalmente podría ser simplemente el denominativo de lewi.
23
Semejante distinción de categorías dentro de la misma comunidad se explica
mejor sin duda después de Ezequiel y de la vuelta del exilio, haciendo ahora abs-
tracción de los problemas históricos y críticos que esto plantea.
24
Que permanece en el Israel postbíblico. Cf. un ejemplo típico en la Misná, Git-
tin 5,8 (en la versión inglesa de H. Danby. Oxford, University Press, 1933): «A priest
reads first, and after him a levite, and after him an Israelite»; Hodayoth 3,8 (misma
versión): «A priest precedes a levite, a levite an Israelite, an Israelite a bastard»,
pero se añade enseguida significativamente: «... but if a bastard is learned in the
Law and a High Priest is ignorant of the Law, the bastard that is learned in the Law
precedes the High Priest who of ignorant in the Law». El NT conoce también la
distinción: Lc 10,32 (la parábola del buen samaritano, donde, sin embargo, el
sacerdote pasa antes); Jn 1,19: «Los Judíos enviaron sacerdotes y levitas desde
Jerusalén» (misma observación); Hch 4,36: Bernabé es un «levita» nacido en Chi-
pre; Zacarías es un sacerdote en funciones (Lc 1,5), etc.
todos los «sacerdotes levitas», que entre «los israelitas» no tendrán una
porción propia de herencia (cf. Nm 18,21.23b) 25. Por el momento, su
fuente de sustento, bien distinta de la de los sacerdotes (sobre la cual vol-
veremos enseguida, pero la diferencia se percibe mejor comenzando por
los levitas), son los «diezmos de Israel». Los israelitas están obligados a
pagar el diezmo de todos sus productos agrícolas: la ley presupuesta por
Lv 27,30ss está expresamente promulgada (y en una forma bien diversa de
lo que aquí se implica) en Dt 14,22-23 26, y no en otro texto legal. En el pre-
sente texto es justificada en función del servicio (secundario, pero real) que
los levitas prestan en el Tabernáculo, del cual los israelitas están del todo
apartados, además de su carencia de herencia en Israel (hasta ahora). Pero
ni siquiera el total de los diezmos queda a los levitas.
El pasaje siguiente: instrucción de YHWH a Moisés (y no a Aarón)
(18,25-29), prescribe todavía que el diezmo del diezmo del trigo y del lagar
sea una porción reservada (terumah) al Señor de todo lo que reciban de la
comunidad, y esa porción «reservada» sea entregada a Aarón, el sacerdote.
Y deberá ser la «mejor parte» (helbo) porque es «consagrada» (v. 29) al
Señor. Una especie de apéndice (vv. 30-32), siempre en nombre del Señor
a través de Moisés, autoriza a los levitas a comer su parte con los suyos en
cualquier lugar, siendo esto su compensación (sakar) por su servicio. Y así
no estarán tentados de comer los «dones sacros» de los hijos de Israel, pro-
fanándolos y siendo por eso castigados con la muerte 27.
Veamos ahora, invirtiendo el orden del texto, la parte que toca a los
sacerdotes, a Aarón y a sus hijos, que cargan con la responsabilidad del
santuario (miqdash) y de su «sacerdocio». A ellos se les conceden como
don los levitas, aunque son en realidad «concedidos» (netinim) a YHWH
para el servicio de lo que requiere el Tabernáculo. Dicho esto, se especifica
en una nueva comunicación a Aarón solo 28 que lo que les toca es ante todo
25
Esto no obstante, después, en este mismo libro, aparecerán las ciudades «levíti-
cas», con sus correspondientes territorios (cf. 35,1-8), que examinaremos a su tiempo.
26
Aquí se recomienda (cf. v. 27: «No olvides al levita que vive en tus ciudades»)
tener presente al levita, pero el diezmo es consumido por el propietario y su fami-
lia, y no entregado entero al levita. La ley que leemos en Nm es propia de este libro.
27
La repetición aquí (v. 32) de la expresión la «mejor parte» (helbo) confunde un
tanto: es la que ha sido entregada a Aarón. Puede ser la «mejor parte» de lo que
queda. Sea como fuere, se ve el proceso de «clericalización» creciente de la socie-
dad israelita.
28
Esto tampoco es casual: estas comunicaciones a Aarón son a la par una dis-
creta indicación de su origen. No se las atribuye a la revelación de Moisés en el Si-
naí. Vienen en realidad de la comunidad sacerdotal, predominante en Israel des-
pués del exilio. El documento P, sin duda, en un aspecto especial del mismo.
29
Donde el uso de la sal brinda el sentido de la incorruptibilidad y de la perpe-
tuidad del pacto. En otros términos, cuanto está dispuesto aquí no se cambia ni se
vuelve ya atrás. Para seguridad de los interesados. Además de aquí, la expresión
«pacto de sal» aparece una sola vez en el TM: 2 Cr 13,5, en boca del rey Abías a
propósito del pacto con David (Libro del Pueblo de Dios: «pacto indestructible»). In-
vertida, si se quiere, la expresión se lee en Lv 2,13, cuando se prescribe para la
ofrenda vegetal: «Nunca dejarás que falte a tu oblación la sal de la alianza con tu
Dios». Como tal, se comprueba que es una expresión de uso tardío, aunque el uso
de la sal en la celebración de un pacto es seguramente antiguo. Mal 2,4 menciona
también un pacto con Leví.
la expresión] entre los israelitas». Una vez más, Israel aparece como una so-
ciedad decididamente inclinada hacia un sacerdocio privilegiado aun desde
el punto de vista de su sustento cotidiano, respecto sin duda de los simples
levitas, como ya se desprendía de la norma anterior: a estos ni siquiera les
tocan los diezmos completos, sino además respecto de los otros miembros de
la comunidad, buena parte de cuya producción vegetal y animal es destinada
al culto y, por esa misma vía, al sustento de la casta sacerdotal.
A esta altura de las cosas hemos llegado a la mitad del libro de los
Números, tal como está actualmente dividido, de manera por cierto artifi-
cial: 18 capítulos sobre 36. Y hemos comprobado que esta primera mitad,
se puede justamente decir, está caracterizada o distinguida por la cuestión
de la presencia de los levitas, su identidad propia y la consiguiente relación
positiva y negativa que tienen con la casta sacerdotal por excelencia: los
aarónidas. Y, como hemos notado más de una vez, de esta disposición es-
tructural no se vuelve ya atrás.
En esta segunda parte, levitas y sacerdotes están ciertamente menos
presentes, pero no del todo ausentes; como se verá en lo que ahora sigue y
que intentamos exponer con cierto detalle, bien conscientes de la dificultad
de los textos.
30
Un inciso al final de los censos (26,63-65) responde a la dificultad que se des-
prende de la lectura de las varias hecatombes a que los israelitas han sido some-
tidos por su culpa a lo largo del recorrido por el desierto, siempre cuidadosamente
indicadas por la cifra del número de muertos (la última hasta ahora en Peor:
24.000, cf. 25,9). Se nos dice entonces: «En el censo de los israelitas en las estepas
de Moab... no figuró ninguno de los que Moisés y el sacerdote Aarón habían regis-
trado en el desierto del Sinaí [es decir, el censo del cap. 1]. Porque el Señor había
en el censo del principio del libro, son registrados aparte (vv.57-62), sin nin-
guna indicación especial, sino la que ya conocemos: los mayores de un mes,
y figuran aparte porque «no se les había asignado una propiedad hereditaria»
en Israel (v. 62). De suyo entonces no toman parte en la conquista. Pero el
resultado es aquí también distinto: si las tres ramas principales son las mis-
mas y en el mismo orden del cap. 3: guersonitas, quehatitas y meraritas, la
lista de clanes que sigue es distinta y vuelve al epónimo de la tribu, Leví, para
desviarse enseguida al origen de Moisés y Aarón, siempre, sin embargo, que-
hatitas, prescindiendo del resto de los clanes. La suma numérica, a diferencia
de la de los demás israelitas, es ligeramente superior al número del censo an-
terior: 23.000 (contra 22.000 de 3,29). Y se insiste en que los levitas son ex-
cluidos del censo común de las demás tribus «porque no se les había asigna-
do una propiedad hereditaria entre los demás israelitas» (v. 62). Como se
verá enseguida, esta indicación ha sido después enteramente superada.
saqueo. En esta especie de rito, también los levitas tienen su parte. Las ins-
trucciones divinas que Moisés recibe los incluyen del siguiente modo (v.
30): de la mitad del botín que corresponde a los no combatientes, o sea, a
los demás israelitas, «tanto de las personas como de los animales... tomarás
una vida por cada cincuenta y se las entregarás a los levitas que realizan
tareas en la Morada del Señor» (ibid.). Los sacerdotes, se deduce de lo di-
cho ya, se harán cargo de los objetos preciosos.
31
Que se tratara de una «exigencia» de los levitas, como dice la versión del v. 8
de El libro del Pueblo de Dios, es una añadidura propia.
32
El libro de Josué (cap. 21) registra fielmente la realización de esta disposición
con la lista de las ciudades que cada una de las tres ramas o clanes de Leví reci-
bieron de las distintas tribus. Las ciudades, según este relato, se distribuyeron
«por sorteo» (v. 4 etc.). Pero lo notable es que, en esta distribución, se incluyen en-
tre los quehatitas «los descendientes de Aarón, el sacerdote» (v. 4). Y se especifica
luego (v. 19): «Trece ciudades y sus campos de pastoreo era el total de las ciudades
pertenecientes a los sacerdotes hijos de Aarón», mientras a «los otros levitas des-
cendientes de Quehat» les tocan «en total diez ciudades con sus campos de pasto-
reo» (v. 26). Trece también a los guersonitas (v. 33) y doce a los meraritas (v. 40). Se
pregunta uno si tal era la intención original de la disposición del cap. 35 de Núme-
ros, donde entonces el término «levita» no tendría el sentido restringido que tiene
prácticamente a lo largo de todo el libro. Y así los sacerdotes, además de la parte
del león ya asignada a ellos en el ejercicio de su función cultual según el cap. 18,
dispondrían de propiedades raíces, lo cual aumentaría todavía más la desigualdad
con los simples levitas.
33
Desde este punto de vista es ilustrativo comprobar la tan desigual presencia
del término (sobre todo en su forma plural) en los diferentes libros del AT. Las re-
ferencias más antiguas (o sea, en textos indiscutiblemente antiguos) son todas en
singular, como en los conocidos textos de Jue 17-20, y se refieren a algún levita por
así decir autónomo.
34
Es difícil pensar que esto sea fictitious, como afirma G. B. Gray en su comen-
tario (Numbers. ICC. Edinburgh, T. & T. Clark, 1956, third impression, p. 465) y que
Levitical cities in the meaning of the Law never existed (ibid.). Las había «sacerdota-
les», como hemos visto. ¿Por qué, al menos en principio, no también levíticas? Cf.,
por lo demás, 1 Cr 6,39-61.
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Un interesante ejemplo (entre otros muchos) se puede ver en el episodio de
la «revolución» de Yehoyadá contra Atalía y el papel que allí se asigna a los levitas
en la versión de 2 Cr 23,1ss.
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Estatuto sin duda completado, con atención específica en los libros de las
Crónicas, donde es atribuido a David y Salomón. En 1 Cr 6,16-17, David constituye
los levitas «cantores» en su santuario «provisorio», pero en la perspectiva real del
libro, ya en el Templo (todavía futuro). También son los «porteros» (9,17ss) con re-
ferencia retroactiva a la función en el tiempo del desierto, destinada a justificar la
función presente: «Se ocupan del culto [siempre los levitas] como guardianes de
los umbrales de la Carpa, porque sus padres [de los actuales] habían tenido a su
cargo la guardia del acceso al campamento del Señor» (v. 19), y la conexión con la
actualidad (en realidad todavía futura a esta altura de Cr): «Tanto ellos como sus
hijos tenían bajo su custodia la entrada de la Carpa; es decir, de la casa del Señor»
(v. 22); «... tenían a su cargo las cámaras y los tesoros de la Casa de Dios» (v. 26),
también «el cuidado de los utensilios de culto... todos los vasos sagrados, la harina
de las ofrendas, el vino, el aceite, el incienso y los aromas» (vv. 28-29). Y «entre los
quehatitas, algunos estaban encargados de preparar cada sábado los panes de la
ofrenda» (v. 30). Son los levitas los que «transportan el Arca del Señor» y no sola-
mente los sacerdotes, «sosteniéndola sobre sus hombros con unas andas»
(15,14ss), disposición atribuida a Moisés «según la palabra de Dios» (ibid.), mientras
otros levitas cantan y ejecutan instrumentos (vv. 16-21); en realidad, su ocupación
que se puede definir principal, atribuida además a miembros de los tres clanes
(cf. 6,14-32), proyectada a su vez en el tiempo normativo del desierto: «Ellos ser-
vían como cantores ante la Morada...» (cf. v. 17). Y ha dejado su huella en el Salte-
rio; cf., por ejemplo, los salmos de Asaf (50; 73-83), Hemán (88), etc. Los sacerdo-
tes, en cambio, «tocan las trompetas» (v. 24), como son ellos los que hacen «la
mezcla de los perfumes aromáticos» (9,30). Salomón hace un nuevo censo de los
levitas (23,3ss) y determina sus actividades «conforme a estas últimas disposicio-
nes de David» (vv. 27ss, que repite prácticamente el texto ya citado del cap. 9), pero
los levitas funcionan también como «escribas y jueces» (v. 3), etc. La creciente im-
portancia de los levitas en el Templo salomónico, como antes en el santuario de
David, es así manifiesta, a la par de su neta diferencia de los sacerdotes «descen-
dientes de Aarón» con sus clases (24,1ss).
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En los libros de las Crónicas, los sacerdotes, cuando aparecen en la historia
del reino de Judá, se comportan casi siempre ejemplarmente. Pero se puede decir
que el proscenio está más bien ocupado por los levitas.
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Acerca del tema se puede leer con provecho, pero también con discernimien-
to, el artículo «Levites and Priests», de Merlin D. Rehm, en el vol. 4 (1992), pp. 297-
310, de The Anchor Bible Dictionary, con bibliografía hasta esa fecha, además, por
supuesto, de los comentarios a los libros bíblicos citados en el texto, comenzando
por los comentarios a Nm (que no abundan).