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164-Texto Del Artículo-508-1-10-20200315

El documento analiza la identidad del libro de Números en el Pentateuco, destacando su enfoque en las listas numéricas y el papel de los levitas. Se argumenta que el título 'Números' podría ser más apropiadamente asignado a 'Levítico', dado que los levitas son mencionados con mayor frecuencia en Números. Además, se exploran los censos y la genealogía de los levitas, subrayando su función sagrada y diferenciada en comparación con otras tribus de Israel.

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164-Texto Del Artículo-508-1-10-20200315

El documento analiza la identidad del libro de Números en el Pentateuco, destacando su enfoque en las listas numéricas y el papel de los levitas. Se argumenta que el título 'Números' podría ser más apropiadamente asignado a 'Levítico', dado que los levitas son mencionados con mayor frecuencia en Números. Además, se exploran los censos y la genealogía de los levitas, subrayando su función sagrada y diferenciada en comparación con otras tribus de Israel.

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JORGE MEJÍA

CONTRIBUCIÓN A LA IDENTIDAD
DEL LIBRO DE NÚMEROS

Según el título que el cuarto libro del Pentateuco lleva en griego, su ca-
racterística principal y distintiva serían las listas numéricas, que en lenguaje
moderno podrían llamarse estadísticas. Y, de hecho, el libro las presenta con
una cierta frecuencia a partir ya de su capítulo primero. El título griego Arith­
moi ha pasado después al latín y a casi todas las lenguas modernas. No a
todas: en la tradición de las Biblias alemanas, los libros del Pentateuco son
designados por el nombre de su (presunto) autor, Moisés, con el número de
orden que les corresponde según su posición en el Pentateuco. Así, Números
es el Viertes Moses Buch. El original hebreo, como es sabido, carece de títulos
y se conforma con designar los cinco libros por las primeras palabras que se
consideran más significativas del original. Así, Números es simplemente Ba­
midbar [Sinai], porque es allí donde wajeddaber: «Habló YHWH a Moisés» 1.
Si se considera que los «números» no son por ventura la única o la
mejor forma para identificar este libro del Pentateuco, se puede preguntar,
con igual derecho, si el título que la misma tradición greco-latina atribuye
al tercer libro, Levítico, no correspondería más bien al cuarto. Como he
notado en mi libro sobre este 2, los levitas aparecen una sola vez (Lv
25,32-34) en el mencionado libro y de manera más bien marginal. En cam-
bio, basta abrir Números para encontrarse desde el principio y práctica-
mente hasta el final precisamente con esta categoría de personas 3. Se podría

1
Es curioso constatar que la tradición ya antigua de identificar los documentos
pontificios (las encíclicas, por ejemplo) por las primeras palabras del texto latino
sigue el mismo principio.
2
Guía para una lectura cristiana del Levítico .Buenos Aires, Agape, 2013.
3
Una primera cuenta concluye con unos cincuenta textos donde se mencionan
expresamente los levitas en Nm.

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adecuadamente afirmar que «Números» se llamaría mejor «Levítico» que


el libro que actualmente (y universalmente, con la excepción más arriba
indicada) lleva tal nombre.
En lo que sigue en esta nota me propongo enumerar y brevemente
comentar los pasajes que se refieren a los levitas en el libro de los Núme-
ros, pasajes que, se puede justamente afirmar, contribuyen a su identidad
tanto o más que las listas numéricas, no sin reconocer desde ya que, más de
un pasaje dedicado a los levitas contiene precisamente una de esas listas.

1. El censo aparte de los levitas (el primero)

Nm 1,45-51. El libro comienza con la orden de YHWH a Moisés de


hacer el censo de las tribus en vista, por encima del Levítico, de la conti-
nuación de la marcha por el desierto, después de la experiencia determi-
nante de la revelación del Sinaí, con la indicación precisa de la fecha en
que se da la orden y el lugar en que es comunicada. El texto dice: «En el
segundo año después de la salida de Egipto, el primer día del segundo mes,
el Señor dijo a Moisés en el desierto del Sinaí, en la carpa del encuentro» 4.
La mención de la «carpa» 5 o el «tabernáculo» subraya desde ya el carác-
ter sacro y no meramente estadístico del censo que sigue, tribu por tribu
(1,2-45), con los asistentes que ayudan a Moisés en esta no grata ni fácil
tarea.
La cuenta, el lector atento enseguida lo advierte, no enumera más
que once tribus. Para respetar el número clásico de doce, los «hijos de
José» son contados como dos: Efraín y Manasés. Y se nos dice al final
(vv. 47ss): «Pero la tribu de Leví no fue registrada con las otras tribus,
porque el Señor había dicho a Moisés: “No inscribas en el registro a la
tribu de Leví ni la incluyas en el censo de los israelitas”». Y aquí comien-
zan ya las peculiaridades que, a lo largo del libro, distinguirán a esta tribu
de las otras.

4
La versión es la de El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia, generalmente utiliza-
da aquí. Otras versiones (La Biblia de Jerusalén, por ejemplo, en sus diferentes tra-
ducciones) prefieren seguir literalmente el texto hebreo y comenzar por «YHWH
habló a Moisés». No sin razón, en la opinión de quien escribe. Para la crítica histó-
rica actual (y ya antigua), este pasaje pertenecería a la sección histórica del Códice
Sacerdotal, P, indicado con la sigla Pg, donde la «g» responde al término alemán
Geschichte (historia).
5
Quien escribe prefiere «Tabernáculo», como he explicado en mi libro citado en
la nota 2.

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En los versos siguientes se da una primera razón de esta omisión de los


levitas en el censo: se les encomendará, por orden divina: «El cuidado de la
Morada del testimonio, de sus enseres y de todo lo que está relacionado con
ella». Del transporte de la misma y de su armado y desarmado cuando la co-
munidad se desplace o se detenga. Y ellos tendrán además un lugar propio en
el campamento, alrededor del Tabernáculo. Todo esto, que será especificado
después, para evitar, bajo peligro de muerte, que los demás israelitas y en rea-
lidad cualquier extraño (zar) se acerquen demasiado al lugar sacro (vv. 50-53).
Lo notable es que poco después (3,14-39), el mismo Señor ordena a
Moisés «inscribir en un registro por familias y por clanes a todos los levitas
varones que tengan más de un mes» (v. 15). Exactamente la misma fórmu-
la que se había usado antes para el censo de los demás israelitas, del cual
los levitas habían sido expresamente excluidos, como se ha visto, excepto
el límite de edad de los censados: aquí son los de más de un mes (es decir,
prácticamente los recién nacidos, varones por cierto); allí eran (cf. 1,18)
«los que tenían más de veinte años». La diferencia en el límite de edad se
explica porque el censo general tiene en vista «los que son aptos para la
guerra» (cf. 1,3). La misión de la tribu de Leví es otra y se quiere sin duda
subrayar que esta otra misión les pertenece por derecho de nacimiento.
Queda sin embargo por explicar el cambio tan radical en pocas líneas
de la omisión por orden divina del censo a la orden contraria de hacerlo. La
solución fácil y con frecuencia aplicada en el análisis histórico-crítico de
estos textos es que se trata simplemente de una tradición diversa, registrada
junto a la anterior. Pero esto presupone que el o los redactores yuxtaponían
casi materialmente textos sin preocuparse de la coherencia interna del rela-
to. Presupuesto que parece siempre menos aceptable: el o los redactores, se
supone, procedían con mayor inteligencia y con precisos puntos de vista. La
cuestión que se propone al lector contemporáneo es tratar de discernir, en lo
posible, cuáles eran o podrían ser tales puntos de vista.
La probable explicación es que aquí se considera la tribu de Leví una
casta consagrada al servicio del Señor de manera exclusiva, libre por con-
siguiente del servicio militar y lo que va con él, como las restantes tribus.
Su identificación numérica se hace aparte, en función de las necesidades
del Tabernáculo, y como esta dedicación a lo sacro es inherente a su carác-
ter de tribu, la numeración se hace prácticamente a partir del nacimiento.
De todos modos, aun en la tribu de Leví, según la concepción aquí
representada (y en los pasajes correspondientes de Ex y de Lv), hay distin-
ciones internas imposibles de superar.
A esto mira, por un parte, la breve genealogía puesta no sin motivo
al principio del cap. 3, donde ya Moisés y Aarón (en 3,1 en orden inverso),

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pero sobre todo este último y sus hijos sobrevivientes al episodio narrado
en Lv 10,1-2 y aquí expresamente referido, son calificados de «sacerdotes
ungidos» «cuyas manos fueron consagradas para ejercer el sacerdocio»
(3,3) 6. Los levitas, en cambio, como se dice enseguida, ajenos a toda con-
sagración de este tipo (tendrán, sin embargo, una propia, como se verá más
tarde), «están a disposición de Aarón para servirlo» (v. 6) y al servicio de
«la comunidad de Israel... encargándose del servicio de la Morada» o San-
tuario y del Tabernáculo (v. 7).
Todo esto significa que los levitas, si bien miembros de una tribu con
carácter «sacral», son esencialmente distintos, en la concepción aquí repre-
sentada, de los sacerdotes, al rango de los cuales no pueden pretender
(como se verá en el cap. 16 con el dramático relato de Coré, él mismo levi-
ta): su existencia y su función requieren ser de algún modo justificados.
Y este es, si no me equivoco, uno de los temas característicos del libro de
los Números, que así comienza por hacer recuento numérico, en realidad
parte fundamental de su identificación y su división en clanes y familias,
como se lee en la continuación del cap. 3. Es preciso saber, para determinar
sus funciones, quiénes son en Israel exactamente levitas (aunque no aaró-
nidas) y cuántos son en cada familia y cada clan. Esto en la perspectiva del
libro de Nm, que proyecta sin duda una situación muy posterior (según tra-
taré de hacer ver después) en el período normativo del Sinaí y del desierto.

2. La genealogía de los levitas 7

Se vuelve entonces a la genealogía, ahora desde este especial punto


de vista. Comencemos, sin embargo, por notar que, según la genealogía
que se lee en Nm 26,59 8, Moisés y Aarón proceden del segundo (en cuanto

6
Versión de la Biblia de Jerusalén. El Libro del Pueblo de Dios parafrasea: «Re-
cibieron... la investidura para ejercer el sacerdocio». También la versión de la BJ
tiene un inconfundible eco moderno. El original dice que las «manos» de los sacer-
dotes fueron «colmadas», con el verbo en activo: «alguien» (de hecho Moisés se-
gún Lv 8,27) puso en «las manos» de Aarón y de sus hijos los dones sacrificiales.
Este «colmar las manos» es parte de la ceremonia de consagración sacerdotal y
acaba por designarla sintéticamente aquí y en otros textos.
7
Las tres ramas principales nunca cambian, pero hay diferencias con los cla-
nes de segundo nivel y en el orden de los mismos: cf. 1 Cr 5,27-6,15.
8
En el segundo censo de Nm. La misma que se lee en Ex 6,17-20 (cf. también
1 Cr 5,27-28). Y que sin duda procede de la misma fuente. Y esta conexión familiar
no deja de tener su importancia en el relato.

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enumerados aquí) de los clanes o familias de hijos de Leví 9: los hijos de


Quehat. Los clanes son, en efecto, tres, Gersón, Quehat y Merarí. A prime-
ra vista, los quehatitas parecen no solo los más numerosos (lo cual es ya
significativo): 8.300 contra 7.500 de los gersonitas y 6.200 de los merari-
tas, sino además acampan al sur de la Morada: el sur o la derecha es el lado
favorable en la tradición bíblica, y sobre todo tienen a su cargo, en su tarea
de ocuparse de los objetos sacros, los que son entre todos los más sagrados:
«El arca, la mesa [de los panes de proposición], el candelabro y los [dos]
altares», además de «los utensilios sacros que se usaban en el culto» (3,27-
31). Esta propia responsabilidad será objeto de rigurosa precisión más ade-
lante. En 4,4 se dice expresamente. «Los quehatitas serán los responsables
en la Carpa del Encuentro de los objetos más santos». No en vano a la fa-
milia de Quehat pertenecían, es verdad, en su propio nivel superior, Moi-
sés, Aarón y, por consiguiente, todos los aarónidas. Los levitas de las otras
dos ramas se ocupan del embalaje y el transporte de otras partes del San-
tuario menos importantes.
De esta disposición genealógica de los levitas depende también,
siempre según el esquema del cap. 3, la posición de los mismos respecto
del Santuario en la marcha por el desierto, concebida y presentada como
una especie de procesión litúrgica que nada pudiera alterar. Así (v. 23), los
guersonitas «acampaban detrás del Santuario hacia el oeste» (v. 29); los que-
hatitas «acampaban en el lado sur [el lado preferible] del Santuario» (v. 35b);
los meraritas, «al lado norte». Y al este, frente a la Morada o al Santuario,
«acampaban Moisés, Aarón y sus hijos» (v. 38a), en directa relación con él.
Y la conclusión es, según se podía esperar (v. 38c): «Cualquier extraño
[zar] que se acercara debía ser castigado con la muerte».

3. El segundo censo de los levitas 10

Si el cap. 3 contiene ya, como se ha visto, un primer censo de los le-


vitas, con su distribución en clanes o familias, con una primera descripción
de las tareas que corresponden a cada uno de los clanes en la tarea del
transporte del Santuario o Morada y las partes que la componen, donde ya
predominan los quehatitas, a pesar de figurar en segundo lugar según el ri-
guroso orden genealógico, el cap. 4 ordena a Moisés un nuevo censo de los
mismos levitas. Excluidos del primer censo general, ahora gozan de dos.

9
Aarón es calificado de «levita» en Ex 4,14: «Aarón, tu hermano el levita».
10
Habrá todavía un tercero: 26,57-62, que será examinado en su momento.

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La razón de este segundo censo, donde los quehatitas ocupan el primer


lugar, pero sobre todo son los aarónidas los que presiden la tarea del emba-
laje y preparación para el transporte de los objetos más sacros, tiende cla-
ramente a acentuar la insalvable diferencia entre estos, también quehatitas,
pero dotados de consagración sacerdotal, y el resto de sus hermanos del
mismo clan simples levitas. Por consiguiente, son los aarónidas que, con
instrucciones de preciso detalle, preparan esos objetos más sacros para que
luego los (simples) quehatitas se hagan cargo de su transporte en los des-
plazamientos por el desierto. Inútil entrar en los pormenores precisos de la
preparación en cuestión, pero no se puede dejar de notar que, al término de
la larga lista de estas instrucciones (4,2-14), nos encontramos con esta afir-
mación inesperada, dirigida a Moisés y Aarón (y no solamente a Moisés):
«No permitas que el grupo de los quehatitas sea eliminado de los levitas»
(4,17-18). Y si se pregunta por qué lo sería, la respuesta es: porque, siendo
responsables del transporte de los objetos más santos, según se ha visto
más arriba, podrían haberlos «visto» (v. 20) o «entrado a verlos» (se en-
tiende en el Tabernáculo). Ahora bien, como se ha dicho más arriba (3,10b),
«... si se acerca un extraño [al Tabernáculo] será castigado con la muerte»
(el original dice simplemente: «Será [o caerá] muerto»). Semejante total
exclusión, incluso de «entrar a ver por un instante los objetos santísimos»
(qodesh qodashim: el superlativo), afecta también a los quehatitas. Los ve-
rían si tuvieran que ocuparse de prepararlos para el traslado. Pero de esto
se ocupan los aarónidas. Los quehatitas nunca los habrán «tocado» (4,15):
«Y al levantarse el campamento, una vez que Aarón y sus hijos hayan ter-
minado de cubrir los objetos sagrados y sus accesorios, vendrán los hijos
de Quehat para transportarlos, pero no tocarán los objetos sagrados, porque
morirían». Ni verlos ni mucho menos tocarlos. Solamente cargar con ellos
para el traslado. Y lo mismo, con mayor razón, vale de los otros dos clanes,
al frente de los cuales está uno de los dos hijos sobrevivientes 11 de Aarón:
Itamar. Al otro, Eleazar, le toca, en cambio, ocuparse de los elementos que
sirven más directamente al servicio del culto (v. 16), y además «ejercerá la
supervisión sobre toda la Morada, con todos los objetos sagrados y todos
los utensilios que hay en ella». Nueva acentuación de la diferencia entre las
dos categorías.
Este segundo censo parte de otro principio respecto del primero. Se
trata de registrar la cantidad numérica de los levitas de los tres clanes que
son capaces del esfuerzo (nada leve) de transportar por el desierto sobre sus

La triste suerte de los otros dos en Lv. 10,1-3, ya más arriba aludida: se arro-
11

garon la presentación por su cuenta del fuego y del incienso.

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hombros todos los objetos atinentes al culto. El cálculo se hace entonces no


a partir del mes, es decir, prácticamente del nacimiento, sino a partir de la
plena adultez, y se incluyen en el cálculo los levitas en la flor de la edad;
entre los treinta y los cincuenta años: así 4,1, al ordenar el censo y al final
del pasaje (v. 34 para los quehatitas; v. 39 para los gersonitas; v. 42 para los
meraritas), cuando se refiere, como es habitual en estos textos que contie-
nen órdenes divinas, a la fiel ejecución de las mismas. El preciso resultado
numérico es naturalmente mucho menor que el anterior, pero esta vez la
preponderancia va a los meraritas: 3.200 contra 2.750 quehatitas y 2.630
gersonitas, quizá porque el peso a ellos confiado es mayor; les tocan, en
efecto, los elementos de la construcción de lo que rodea la Morada, trave-
saños, columnas, bases, etc.

4. Justificación de la existencia de los levitas a partir


del destino de los primogénitos

A esta altura tenemos ya una neta distinción, imposible de ser más


acentuada, entre aarónidas (es decir, sacerdotes consagrados) y meros levi-
tas. A estos les toca el servicio de los primeros, y uno diría, como second
best, de alguna manera el cuidado de los objetos sacros (3,25.31.37) sin
mirarlos ni tocarlos, y sobre todo transportarlos, como acabamos de ver.
Resta por ver cómo resultaba posible combinar la primera tarea con las se-
veras exigencias de la segunda para los quehatitas. Y ello bajo amenaza de
muerte.
Pero esto no es todo. Otra novedad de estos primeros pasajes de Nm,
siempre en relación con la identidad propia de los levitas, es que sustituyen
a los primogénitos. Los primogénitos, como se ha legislado desde Ex, per-
tenecen a YHWH, hombres y animales, y requieren por consiguiente con-
sagración y rescate (13,11-16). Ahora (Nm 3,11-12) se legisla que los levi-
tas toman el lugar de los primogénitos. La fórmula merece ser reproducida
literalmente. «Entre todos los israelitas, en lugar de los primogénitos... yo
elijo [dice YHWH a Moisés] a los descendientes de Leví. Los levitas me
pertenecen, porque todo primogénito me pertenece», con la necesaria refe-
rencia al Éxodo: «Cuando exterminé a todos los primogénitos de Egipto,
consagré a mí todos los primogénitos de Israel, hombres y animales, a fin
de que fueran míos» (v. 13). Y se ratifica esta nueva disposición con la afir-
mación solemne: «Yo soy el Señor». Hasta aquí, el lector no advierte nin-
guna distinción dentro de la tribu de Leví, aunque ya el lenguaje mismo
orienta la norma solamente a los levitas como tales, distinguidos de los

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sacerdotes consagrados, los aarónidas. El texto siguiente, que completa la


descripción del censo de los levitas y sus clanes, en 3,40-51, suprime toda
posible duda. Los sustitutos de los primogénitos son los miembros de los
tres clanes de los levitas no sacerdotes. Se hace a propósito de esto un cen-
so especial de los primogénitos varones de todos los israelitas de un mes
para arriba, el mismo límite inferior de los levitas. El número, como era de
esperar, resulta prácticamente idéntico al de los levitas enumerados confor-
me al mismo principio: 22.000 contra 22.273. El exceso, según el mismo
texto, debe ser rescatado a cinco siclos por cabeza, suma que debe ser en-
tregada, se nos dice expresamente, «a Aarón y a sus hijos», conforme a la
disposición divina: 1.365 siclos (v. 50). Y además, como según el Éxodo
(u.s.) también los primogénitos de los animales (se entiende, los domésti-
cos) son también propiedad divina, el texto presente dispone que el ganado
de los levitas 12 sirva igualmente de sustituto por los primogénitos de los
ganados de los israelitas.
Este curioso texto se presta a varios comentarios. El primero es sin
duda que entra en la misma categoría de los otros ya examinados: presupues-
ta la insalvable distinción entre aarónidas y simples levitas, confiere a estos
por lo menos la dignidad de sustituir a los primogénitos, estricta propiedad
divina, según Ex. Es, a su modo, otro ejemplo del second best a que los sim-
ples levitas –se diría– son invitados a resignarse. Un second best de cualquier
modo de nivel superior al mero cuidado de los objetos sacros y a la tarea más
o menos servil de transportarlos en los desplazamientos. Los simples levitas
pertenecen al Señor como los primogénitos. De alguna manera, esta disposi-
ción refleja aquella otra conocida que aparece más tarde, en Dt 18,2: aquí
para todos los «sacerdotes levitas» de «esta tribu: no poseerán una herencia
en medio de sus hermanos: su herencia es el Señor, como él mismo se lo ha
declarado» (cf. ya 10,9). Aquí, en esta norma de Nm, son los levitas los que
constituyen, en lugar de los primogénitos, «la herencia del Señor». Y más
tarde en este mismo libro, en el contexto del segundo censo de todos los is-
raelitas, en vista de la entrada en Canaán, se nos dice también (26,62): «Ellos
[los levitas] no figuraron en el censo de los demás israelitas, porque no se les
había asignado una propiedad hereditaria entre los israelitas». Pero no se ha-
bla de que «su herencia es el Señor». Están además los ganados, que de suyo
suponen una propiedad agrícola. Sobre esto volveremos cuando haya que
examinar la cuestión (cap. 35) de las ciudades levíticas con sus territorios.

Se verá más tarde que, a pesar de la constante afirmación de que los levitas
12

no poseen más propiedad (si es lícito decir) que Dios mismo, poseen sin embargo
también propiedades terrenas (cf. cap. 35).

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5. Hipótesis sobre el posible origen de la distinción


entre sacerdotes y levitas

A esta altura de las cosas, si la distinción prácticamente absoluta


entre sacerdocio consagrado y simples levitas es ya un hecho, se experi-
menta todavía la necesidad de justificarla, con el doble recurso a las dis-
posiciones del desierto, siempre normativas, y a la afirmación de su carác-
ter de sustitutos de los primogénitos como propiedad divina. Cómo se
llega a esta distinción no es el caso de examinar ahora. Cuestión histórica
complicada donde las haya, y objeto de debate entre los especialistas. Li-
mitémonos por el momento a decir, primero, que los miembros de la tribu
de Leví tienen todos ellos, desde antiguo, el carácter especial de «consa-
grados» al servicio del Señor, como se ve, por ejemplo, en el episodio na-
rrado en el libro de los Jueces (17,7-13) 13, donde se llama expresamente al
levita «sacerdote» (kohen): vv. 10.11.13 14. El problema es cómo y por qué
se llegó a la distinción ratificada en estos textos de Nm, aunque ignorada
todavía en las disposiciones sacrificiales de Lv y en Dt, que no conoce
más que «sacerdotes levitas» (cf. 10,8-9; 18,1ss). Es aquí donde se divi-
den las explicaciones 15.

13
Aquí, curiosamente (cf. v. 12), es el dueño de casa (o, si se quiere, el «emplea-
dor») quien «colma las manos» de su «sacerdote». Es decir, no lo «consagra»: no
se ve con qué autoridad lo haría, sino simplemente que lo acepta como tal y provee
a su sustento. La expresión «colmar las manos» es así usada también otras veces
en un sentido que se puede llamar «laico».
14
Este y los capítulos siguientes en Jue (18,3-15; 19,1; 20,4) son las únicas ins-
tancias del singular lewi como sustantivo común antes del Pentateuco, aparte de
Ex 4,14 citado en nota anterior. Y el plural apenas conoce dos o tres instancias que
se pueden considerar antiguas (una podría ser 1 Sam 6,15). Esto es ya llamativo
si se lo compara con el abundantísimo uso del plural solamente en Nm. Se puede
afirmar con verdad que el plural lewiyim es uno de los términos característicos de
este último libro: unas cincuenta instancias. Cabe notar que, en Ex 32,26.28 (el
episodio del becerro de oro), los que ejecutan a los culpables son llamados (bne
Lewi) en el original hebreo, pero no «levitas» en plural, a pesar de la versión de El
Libro del Pueblo de Dios (que usa el plural en la segunda instancia; v. 28, no en la
primera, v. 26).
15
Sin entrar para nada en esta discusión, no se puede dejar de registrar que el
único texto claro que establece una distinción neta entre «levitas» y «sacerdotes
levitas», y excluye a los primeros del servicio sacrificial directo: «Presentar la gra-
sa y la sangre», «entrar en ni santuario» y acercarse a la «mesa mía [de YHWH]»,
es el texto de Ez 44,9-16. Los «levitas» aquí son castigados porque «me abandona-
ron cuando Israel se descarriaba lejos de mí para seguir a sus ídolos, cargarán con
su culpa» (v. 10). Se limitarán en adelante a cuidar las puertas del Templo, a inmo-
lar las víctimas, «el holocausto y el sacrificio para el pueblo», y «estarán ante el

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Personalmente tiendo a pensar que la distinción tiene que ver con la


considerable distancia que objetivamente tendía a separar cada vez más a
los «sacerdotes levitas» que ministraban en el santuario central de Jerusa-
lén y los que ministraban en los demás santuarios (como los sacerdotes de
Nob en 1 Sam 21 o los de Anatot, a los que pertenecía por ejemplo Jere-
mías, cf. Jr 1,1), incluso no necesariamente del todo idolátricos o sincréti-
cos, y el sacerdocio de la capital con su Templo, incluso antes, pero sobre
todo después de la centralización deuteronómica, como se advierte ya en
Dt 18,6ss. La distinción, ya bien marcada idealmente por Ezequiel, no po-
día no acentuarse con el tiempo a medida que Jerusalén y su Templo, sobre
todo después del exilio, aparecían como el único lugar legítimo de culto
yahvista 16. Sea de esto lo que fuere, es claro que semejante discrimina-
ción, con las consecuencias necesarias que conocemos, no se pudo hacer
sin conflicto ni resistencia. Y es de esto de lo que dan indirectamente testi-
monio los textos recién examinados en Nm, y mucho más directamente
otros que examinaremos después: la rebelión de Coré (cap. 16) en primer
término.

pueblo para servirlo», «no se aproximarán a mí para ejercer la función sacerdotal»


(vv. 11.13). Acerca de este texto, se nota, primero, que es una descripción ideal del
futuro, como toda la torá de Ezequiel. Pero se nota sobre todo que alguna distinción
entre simples «levitas» y «sacerdotes levitas» existe ya: los unos se hicieron cul-
pables de favorecer la idolatría o el sincretismo, los otros, los descendientes de
Sadoc (v. 15), por lo visto se mantuvieron fieles. Los «levitas» serían los que minis-
traban en los lugares de culto más o menos idolátricos o sincréticos, sacerdotes
como los otros, pero considerados infieles. Los textos de Nm recién examinados
parecen demostrar que esta normativa de Ezequiel, si se la pretendió aplicar, no
fue aceptada de buen grado y algo hubo que elaborar para satisfacer a los simples
«levitas». Por lo demás, no sin dificultad, como se ve por el episodio de Coré. Las
precisas funciones de los levitas en el Segundo Templo serán luego especificadas
sobre todo en los libros de las Crónicas. Cf. infra, nota 36.
16
El pasaje de 2 Re sobre la reforma de Josías parece ir precisamente en este
sentido. Dice precisamente 23,8-9: «Hizo venir a todos los sacerdotes [kohanim] de
las ciudades de Judá [Nob y Anatot son “ciudades de Judá”] y profanó los lugares
altos donde... quemaban incienso desde Gueba hasta Beersheba. Pero los sacer-
dotes de los lugares altos no podían subir al altar del Señor en Jerusalén, aunque
comían los panes ácimos en medio de sus hermanos». En cambio (vv. 19-20), a los
sacerdotes [kohanim] de los lugares altos que había allí («en las ciudades de Sama-
ría») los «inmoló sobre los altares... y quemó sobre ellos huesos humanos». El tex-
to paralelo de 2 Cr 23,8-9; 35,5.9.14; y ya antes, 34,9, «los levitas guardianes del
umbral», distingue claramente (y en el sentido de Ezequiel) a los sacerdotes (koha-
nim) de los levitas (lewiyim).

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6. La consagración/dedicación oficial de los levitas

YHWH ordena a Moisés con precisas instrucciones que los levitas


sean objeto de una ceremonia de especial consagración a él y a Aarón y sus
hijos. De alguna manera, esto ratifica su especial estatuto ya descrito en los
capítulos anteriores. Las instrucciones y su estricto cumplimento ocupan
todo el cap. 8 de Nm. Después del cap. 7, que enumera las ofrendas de cada
tribu en vista de la consagración del Santuario, del altar y los demás obje-
tos sacros, que hace posible el encuentro en él de Moisés con el Señor (vv.
8-9) y el paréntesis sobre las lámparas que acompañan el candelabro (8,1-
4), se nos describe el rito de consagración de los servidores de la Morada:
los levitas. Es claro el paralelo con el cap. 40 de Ex: erección y consagra-
ción de la Morada o el Santuario, la presencia del Señor en él y el cap. 8 de
Lv con la consagración sacerdotal de Aarón y de sus hijos. La inserción
ahora de los levitas en esta sucesión de textos paralela a la anterior tiende
de nuevo a realzar su importancia y su papel, aun en el nivel inferior que es
el suyo.
La ceremonia procede por varios pasos. Primero hay que purificar a
los candidatos, lo cual se hace por la aspersión con el agua de la purifica-
ción, la completa supresión de todo el vello del cuerpo y el lavado de la
ropa. Luego se disponen las víctimas para los sacrificios: dos novillos, el
primero al menos con la correspondiente oblación que lo acompaña, espe-
cificada como siempre, y el segundo «por el pecado». La ceremonia pre-
senta entonces también un carácter expiatorio, según se dice expresamente
más abajo (v. 12). Lo que sigue subraya la solemnidad de la misma y su
relación con la comunidad entera, convocada por Moisés. Esta debe impo-
ner las manos sobre los levitas puestos en presencia del Señor (o sea, sin
duda, ante el Tabernáculo) para hacerlos suyos de alguna manera. Todavía
más notable, interviene a continuación Aarón, quien, como en los ritos sa-
crificiales, hace con los levitas el «gesto litúrgico de presentación ante el
Señor» (la tenufah), que los ofrece a él, gesto que se menciona otra vez (v.
13), sin duda para acentuar su importancia. Una vez así «destinados al ser-
vicio del Señor» y separados del resto de la comunidad, ellos a su vez im-
ponen las manos sobre los animales destinados al sacrificio, que ahora pue-
den ser inmolados. Uno como holocausto, el otro en rito de expiación (kpr)
por los mismos levitas. Así quedan «separados» del resto de la comunidad,
en cuanto «donados» (netunim, 2x en v. 16) a YHWH y él los «da» (la mis-
ma expresión) a Aarón y a sus hijos, y entonces están en condiciones de
ejercer su servicio en el Tabernáculo. Esta consagración es a su vez puesta
en relación directa con la consagración de los primogénitos a YHWH, cuyo

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CONTRIBUCIÓN A LA IDENTIDADDEL LIBRO DE NÚMEROS

lugar ocupan (v. 16) con la misma referencia a la supresión de los primo-
génitos de los egipcios, como ya se nos ha enseñado en 3,11-13. Una vez
más, entonces, la dignidad de una pertenencia a YHWH en lugar de los pri-
mogénitos y la sumisión al servicio de los sacerdotes, a Aarón y sus hijos.
Es la grandeza y la pequeñez de los levitas, en la concepción tan especial
de este libro. Es claro, de cualquier modo, que esta presentación de un
rito de consagración no consideraba para nada a los levitas sacerdotes: la
haría del todo superflua. A menos que se considere que, si en un tiempo se
les había considerado sacerdotes, como los aarónidas (o los sadócidas), por
alguna razón habrían sido degradados. Pero esto no parece constar en nin-
guna parte, a menos que se interprete así Ez 44,9-16, que puede (y quizá
debe) ser leído de otro modo, como he notado más arriba.
Los últimos versos del capítulo reiteran los límites de edad del ser-
vicio, que ya no se ciñe solamente al armado y desarmado de los objetos
sacros y a su transporte, pero mantiene casi los mismos límites: de veinti-
cinco a cincuenta años, con la afirmación anexa de que, después de esa
edad «de retiro», pueden los levitas «ancianos» ayudar a sus hermanos en
su servicio propio. Antes (4,47), el límite superior eran los treinta. Se nota
también que aquí este servicio es expresado con los términos característi-
cos del servicio militar: lisbo saba’... jashub mi saba’ (vv. 24.25), reserva-
do antes al servicio propio de las otras tribus (cf. 1,3ss) 17.

7. La rebelión de Coré, Datán y Abirán

Los caps. 16-18, pero sobre todo 16-17, vuelven sobre el problema
de la relación entre levitas y sacerdotes, y ante todo sobre la distinción en-
tre unos y otros. A esta cuestión, la redacción actual de 16-17 ha asociado
otra, entretejiendo ambas (no quizá sin motivos objetivos): la rebelión con-
tra la autoridad de Moisés y su derecho a conducir de manera exclusiva a
la comunidad por el desierto. La primera cuestión ha sido vinculada con el
nombre de un levita quehatita, Coré; la otra, con los rubenitas Datán y Abi-
rán, ambos –parecería– con sus respectivos grupos.
La primera cuestión se expresa en los términos que se podían espe-
rar, conforme a la enseñanza de los textos anteriores: «Escúchenme, hijos

17
Queda pendiente en todo esto el problema del sustento material cotidiano de
los levitas. Tampoco los sacerdotes excluidos del servicio del altar en 2 Re 8-9 pue-
den solo vivir de «panes ácimos». Sobre esto se volverá más adelante, en el cap. 18,
pero también cuando examinemos la cuestión de las ciudades levíticas.

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de Leví: ¿no les basta que el Señor los haya separado de toda la comuni-
dad de Israel y los haya acercado a él para prestar servicios en la Morada del
Señor y para estar como ministros al frente de la comunidad? El Señor te
promovió a ti [la segunda persona mira aquí directamente a Coré] y a todos
tus hermanos, los descendientes de Leví, ¿y todavía reclaman el sacerdo-
cio?». El objeto de la rebelión no puede haber sido puesto en términos más
explícitos. Esto no obstante, quedaría por explicar la frase siguiente: «Por-
que, ¿quién es Aarón para que ustedes protesten contra él?». Significaría en
el contexto no una disminución de la preeminencia de Aarón, sino que la
rebelión es en realidad contra el mismo YHWH, que ha elegido a Aarón,
como los textos anteriores afirman. Y, de hecho, la solución del desafío, la
primera por lo menos y la más directa, es contraponer ante el mismo Señor
aparecido en su gloria (v. 19) en su Tabernáculo la autenticidad del ejerci-
cio de la función sacerdotal de Coré y sus secuaces y la del mismo Aarón,
con el recurso de los incensarios listos para arder con incienso, pero sin el
fuego dentro (vv. 14-21). El resultado de la prueba no nos es narrado de
manera directa, pero sí su consecuencia. Coré y sus secuaces con sus fa-
milias y sus bienes son tragados por la tierra, que se abre para devorarlos
(vv. 30-33). La frase final no deja lugar a dudas sobre el final de los que, a
pesar de todo, habían ofrecido incienso (v. 33). Y lo mismo se desprende
del principio del cap. 17, cuando, por orden de YHWH, Eleazar («hijo de
Aarón», pero no el mismo Aarón) debe recoger los incensarios que han
quedado desparramados con su contenido (carbones y cenizas) por el sue-
lo, porque de alguna manera están «santificados» (vv. 2-4) y no pueden ni
ser descartados ni destinados a cualquier otro uso. Sean trasformados en
láminas de metal para revestir «el altar» (se supone siempre el del incienso)
y servir así de «memorial» (zikkaron) para los israelitas, y nadie, «ningún
profano» (’ish zar) que no sea de la progenie de Aarón se atreva a ofrecer
incienso ante YHWH, para que no le suceda lo que le sucedió a Coré y su
grupo (17,1-5).
Es fácil advertir ya en esta historia los elementos que, a primera
vista, parecen entre sí contradictorios. Se pueden registrar dos o tres. Pri-
mero: ¿estaba Coré acompañado de otros secuaces (obviamente también
levitas)? Desde el principio del cap. 16 se mencionan 250 rebeldes (16,2),
calificados, sin embargo, no de levitas, sino de «príncipes», «personas de
renombre en la comunidad» (versión propia). ¿Habrían osado estos per-
sonajes presentarse con los incensarios ante el altar? ¿O bien pertenecen
a la rebelión por así decir «civil» de Datán y Abirán? De cualquier modo,
el doble relato del fin de Coré y de los incensarios desparramados y reco-
gidos recién referido parece suponer que Coré, en la redacción actual, es

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CONTRIBUCIÓN A LA IDENTIDADDEL LIBRO DE NÚMEROS

presentado como no estando solo. Y si la dramática descripción de la tierra


abierta y el descenso de los culpables vivos al she’ol, presentada por Moisés
como prueba o confirmación de su indiscutible autoridad divina (vv. 28-34),
comienza por nombrar a los rebeldes «civiles» (v. 25), también, como ya
hemos notado, incluye en este espectacular castigo (descrito con el verbo
que significa «crear») también «a la gente de Coré con todos sus bienes»
(vv. 32-33).
Y lo mismo presupone el episodio de los incensarios recogidos
(17,1-5). La única explicación posible del texto como ahora lo leemos,
aparte de la contaminación de un relato con el otro ya mencionada, es que
Coré tampoco estuviera solo, sino acompañado de otros levitas, aunque
estos nunca son mencionados. Si es así, las dos rebeliones fueron de algu-
na manera «comunes» hasta cierto punto o «colectivas». En cambio, en el
conmovedor acto de intercesión de Moisés y Aarón (16,21-22): después
de insistir en que los culpables sean dejados solos para que los demás is-
raelitas no sean víctima del mismo castigo, dicen al Señor postrados en
tierra: «Dios de los dioses [versión literal mía; el original tiene una fórmu-
la inusitada: El Elohim (este segundo título en combinación con la palabra
siguiente, lo que en hebreo se llama “estado constructo”) de los espíritus
de toda carne 18, ¿te indignarás con toda la comunidad si es un solo hombre
que ha pecado?». Esto no puede sino referirse a un solo responsable de la
rebelión: Coré; o bien porque en efecto al principio era el único rebelde
entre sus hermanos levitas, y a él luego se asociaron otros, o bien la fór-
mula de intercesión como ahora es presupone ya la contaminación de los
dos relatos. Sea como fuere, es penoso comprobar que, a diferencia de
otras intercesiones de Moisés (con o sin Aarón), esta no fue escuchada por
el Señor.
Nuestras dificultades no concluyen aquí. Aun dejando de lado la re-
belión «civil» de Datán y Abirán, si no en cuanto imbricada actualmente
con la de Coré (con o sin secuaces), comprobamos que la ira del Señor no
se ha aplacado todavía y el mismo Señor, aparecido en la nube que oculta
y a la vez manifiesta su gloria, amenaza con otro castigo, general esta vez,
sin duda en relación con las dos rebeliones. Moisés es aconsejado que se
separe de la comunidad para no ser devorado «en un instante», sin duda por
la tierra de nuevo abierta. Aquí aparece de nuevo el incensario, esta vez
manejado por Aarón, luego de la intensa intercesión da ambos rostro en

La misma expresión, pero con YHWH en lugar de El Elohim, en la oración de


18

Moisés en 27,16, cuando se le anuncia su muerte para que YHWH no deje a Israel
como «ovejas sin pastor».

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tierra (17,1-15, cita en 10b), para que cese la plaga que entretanto ya ha
comenzado y causado catorce mil víctimas. Pero la acción expiatoria (ver-
bo kpr, como de ordinario) de Aarón con su incensario «en medio de los
muertos y los vivos» (v. 13) la detiene.
Este triste relato nos interesa directamente porque mira sin duda a
ensalzar a Aarón, esta vez delante de toda la comunidad y no solamente de
los levitas, que objetaban con Coré (y sus secuaces, si los tenía), si no ante
la comunidad entera. Es el episodio de la vara florecida (17,16ss), la única
entre las varas de los representantes de toda la comunidad, los «príncipes»
(la expresión es la misma en el original que hemos encontrado en mi propia
versión al principio de toda esta historia de rebeliones en 16,2). También la
autoridad de Aarón, y no solamente la de Moisés, ha sido puesta en cues-
tión, y no solo por los levitas, sino aparentemente por todos 19.
Nm 17,6 dice claramente: «Al día siguiente [del episodio de los in-
censarios], toda la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y
Aarón diciendo: “Ustedes han provocado una mortandad en el pueblo del
Señor”». Mortandad suspendida por la intercesión de Aarón y su acto de
expiación con el rito del incienso recién referido (vv. 11-15). A pesar de lo
cual parece todavía necesaria una manifestación prodigiosa de la preemi-
nencia de Aarón, no solo entonces como sacerdote supremo, sino también
como jefe de la comunidad junto con Moisés. Las varas son designadas con
la misma palabra hebrea que significa «tribu» (mathot), lo cual parece im-
plicar que son de alguna manera los «bastones» o «cetros» signo de la au-
toridad de los «príncipes» de cada una de ellas. Más entonces que simples

19
Es verdad que Aarón, no obstante su papel preeminente a lo largo del Éxodo,
el Levítico y hasta ahora en Números, ha tenido una actitud por lo menos ambigua
en el episodio del becerro de oro (Ex 32,1ss), y aquí los «hijos de Leví», a los cua-
les en principio pertenece también Aarón, son los que reaccionan de parte de Moi-
sés y ejecutan el castigo de los israelitas idólatras (o al menos sincretistas) y reci-
ben por eso en premio «el tener colmadas las manos»; o sea, de alguna manera la
destinación a una función sacerdotal (vv. 26-29), aunque en principio no es claro de
parte de quién. El mismo Aarón, por su parte, con su hermana María, unos capítu-
los antes en Nm, han contestado la autoridad de Moisés (11,35-12,1). Una cierta
ambigüedad, por lo menos hasta un cierto momento, empaña su figura. A propósi-
to de esto se pueden leer con provecho las páginas sobre Aarón y la evolución de
su figura en las diversas tradiciones conservadas, y a veces modificadas, en los
diferentes libros del Antiguo Testamento, en R. de Vaux, Les institutions de l’Ancien
Testament II. Paris, 1960, pp. 263ss. Retengo esta frase: «Dans les plus anciennes
traditions du Pentateuque, Aaron est une figure assez floue qui s’est peu à peu pre-
cisée... Dans la tradition sacerdotale du Pentateuque, la figure d’Aaron est toute
différente...» (ibid.). En los textos que ahora examinamos ambas afirmaciones se
comprueban.

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CONTRIBUCIÓN A LA IDENTIDADDEL LIBRO DE NÚMEROS

ramas secas de algún árbol son productos artificiales de madera tallada. Si


es así, se explica mejor que se puedan escribir sobre ellos los nombres de
los «príncipes» de las tribus, mientras resalta más el prodigio del floreci-
miento de uno de ellos. El cetro lleva el nombre de Aarón en el que corres-
ponde a la tribu de Leví (v. 18). Moisés, que había escrito primero él mis-
mo los nombres de cada tribu, los deposita en el Tabernáculo frente al
arca; es decir, en presencia del Señor. La vara o el cetro que al día siguien-
te haya florecido señalará con este signo quién es el depositario de la au-
toridad de parte de Dios. Al día siguiente, la vara o el cetro que florece es
la que lleva el nombre de Aarón, de la tribu de Leví, y con la flor 20 habría
producido el fruto: almendro 21. Luego YHWH ordena a Moisés dejar el
cetro de Aarón florecido depositado ante al arca en «custodia» y signo
para que se acaben las murmuraciones y las rebeldías y no sean castigados
con la muerte los culpables. El comentario de los israelitas no manifiesta
sin embargo ninguna seguridad: el que se acerque al Tabernáculo morirá
y «¿acaso moriremos todos?» (v. 28). Por lo menos, la dura lección parece
haber sido aprendida.
El triste fin de Coré (y sus secuaces, si los tenía) ayuda a entender
lo que sigue en el cap. 18. Estricta separación entre sacerdotes, levitas y
profanos (zar); es decir, prácticamente el resto del pueblo de Israel. El tex-
to está dirigido (por YHWH) a Aarón (y no tanto a Moisés), a sus hijos y
«a la casa de tu padre», que se especifica enseguida como la «tribu de
Leví» (v. 2): una comunidad aparte. En el seno de la cual hay también es-
trictas distinciones que no es lícito transgredir. Los sacerdotes, o sea,
Aarón y sus hijos, llevan la responsabilidad del santuario (miqdash), de
los objetos sacros, del Tabernáculo y del altar (sin duda, el del incienso);
y luego se añade (v. 7): «Lo que está más allá del velo». Y son responsa-
bles de que estos límites no sean transgredidos por nadie bajo pena de
muerte para los transgresores y para ellos mismos. Los restantes miem-
bros de la tribu, o sea, los levitas, están para servir a los sacerdotes, sin

20
La palabra usada aquí es la misma que designa el ornamento de oro puesto
en la frente del sumo sacerdote: sis (cf. Ex 39,30, etc.).
21
Como es sabido, el mismo hecho de la vara florecida ha sido utilizado en mu-
chas representaciones de la selección del candidato al matrimonio con María Vir-
gen en la persona de José, solo que aquí los candidatos fracasados rompen sus
varas; así, por ejemplo, en el precioso mosaico de San Salvador in Chora, en Cons-
tantinopla (hoy Estambul). Esta figuración viene de algún escrito apócrifo. Los que
consulto (Protoevangelio de Santiago 9; Evangelio del Pseudo-Mateo 8,3), sin embar-
go, presentan a José designado por una paloma que parte en vuelo de su vara sin
decir nada de varas florecidas o rotas.

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violar los límites impuestos 22. Si hiciera todavía falta, aquí la distinción
entre las dos categorías es plenamente ratificada. Y se demuestra una vez
más que a la característica del libro de Números y a su identidad distintiva
pertenece la definitiva determinación de esta distinción, que de aquí en
adelante se incorpora a la concepción de la misma comunidad de Israel aun
después de la ruina del Templo 23. Corresponde en esta perspectiva interro-
garse, según este capítulo, qué le toca al pueblo o a la comunidad y la res-
puesta se encuentra aquí mismo, al menos desde este punto de vista tan
radicalmente «clerical» 24.

8. La porción de levitas y sacerdotes en los sacrificios


y otras ofrendas del pueblo de Israel: es decir,
la fuentedel respectivo sustento

Lo que ahora sigue, siempre en un mensaje dirigido a Aarón (y a na-


die más, ni siquiera a sus hijos, que se supone están incluidos en el jefe de
la familia), especifica con toda posible precisión lo que toca a Aarón (y a
sus hijos) por una parte (8-20) y a los simples levitas («hijos de Leví» en el
original) por otra (21-24; 25-32), lo cual tiene el doble efecto, sobre todo
para los segundos, de asegurar su sustento y ratificar la insalvable distancia
entre unos y otros. Aquí se dice ya, como se dirá después en Dt (18,1ss) de

22
En los vv. 2 y 4 se usa el verbo lhw, «asociarse»; en el primer caso de la «tribu
de Leví» como tal, en el segundo, de los «hijos de Aarón». El objeto de la asociación
en el primer caso son precisamente estos; en el segundo (con el pronombre en sin-
gular), el mismo Aarón. No se puede dejar de notar que el verbo en cuestión gra-
maticalmente podría ser simplemente el denominativo de lewi.
23
Semejante distinción de categorías dentro de la misma comunidad se explica
mejor sin duda después de Ezequiel y de la vuelta del exilio, haciendo ahora abs-
tracción de los problemas históricos y críticos que esto plantea.
24
Que permanece en el Israel postbíblico. Cf. un ejemplo típico en la Misná, Git-
tin 5,8 (en la versión inglesa de H. Danby. Oxford, University Press, 1933): «A priest
reads first, and after him a levite, and after him an Israelite»; Hodayoth 3,8 (misma
versión): «A priest precedes a levite, a levite an Israelite, an Israelite a bastard»,
pero se añade enseguida significativamente: «... but if a bastard is learned in the
Law and a High Priest is ignorant of the Law, the bastard that is learned in the Law
precedes the High Priest who of ignorant in the Law». El NT conoce también la
distinción: Lc 10,32 (la parábola del buen samaritano, donde, sin embargo, el
sacer­dote pasa antes); Jn 1,19: «Los Judíos enviaron sacerdotes y levitas desde
Jerusalén» (misma observación); Hch 4,36: Bernabé es un «levita» nacido en Chi-
pre; Zacarías es un sacerdote en funciones (Lc 1,5), etc.

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CONTRIBUCIÓN A LA IDENTIDADDEL LIBRO DE NÚMEROS

todos los «sacerdotes levitas», que entre «los israelitas» no tendrán una
porción propia de herencia (cf. Nm 18,21.23b) 25. Por el momento, su
fuente de sustento, bien distinta de la de los sacerdotes (sobre la cual vol-
veremos enseguida, pero la diferencia se percibe mejor comenzando por
los levitas), son los «diezmos de Israel». Los israelitas están obligados a
pagar el diezmo de todos sus productos agrícolas: la ley presupuesta por
Lv 27,30ss está expresamente promulgada (y en una forma bien diversa de
lo que aquí se implica) en Dt 14,22-23 26, y no en otro texto legal. En el pre-
sente texto es justificada en función del servicio (secundario, pero real) que
los levitas prestan en el Tabernáculo, del cual los israelitas están del todo
apartados, además de su carencia de herencia en Israel (hasta ahora). Pero
ni siquiera el total de los diezmos queda a los levitas.
El pasaje siguiente: instrucción de YHWH a Moisés (y no a Aarón)
(18,25-29), prescribe todavía que el diezmo del diezmo del trigo y del lagar
sea una porción reservada (terumah) al Señor de todo lo que reciban de la
comunidad, y esa porción «reservada» sea entregada a Aarón, el sacerdote.
Y deberá ser la «mejor parte» (helbo) porque es «consagrada» (v. 29) al
Señor. Una especie de apéndice (vv. 30-32), siempre en nombre del Señor
a través de Moisés, autoriza a los levitas a comer su parte con los suyos en
cualquier lugar, siendo esto su compensación (sakar) por su servicio. Y así
no estarán tentados de comer los «dones sacros» de los hijos de Israel, pro-
fanándolos y siendo por eso castigados con la muerte 27.
Veamos ahora, invirtiendo el orden del texto, la parte que toca a los
sacerdotes, a Aarón y a sus hijos, que cargan con la responsabilidad del
santuario (miqdash) y de su «sacerdocio». A ellos se les conceden como
don los levitas, aunque son en realidad «concedidos» (netinim) a YHWH
para el servicio de lo que requiere el Tabernáculo. Dicho esto, se especifica
en una nueva comunicación a Aarón solo 28 que lo que les toca es ante todo

25
Esto no obstante, después, en este mismo libro, aparecerán las ciudades «levíti-
cas», con sus correspondientes territorios (cf. 35,1-8), que examinaremos a su tiempo.
26
Aquí se recomienda (cf. v. 27: «No olvides al levita que vive en tus ciudades»)
tener presente al levita, pero el diezmo es consumido por el propietario y su fami-
lia, y no entregado entero al levita. La ley que leemos en Nm es propia de este libro.
27
La repetición aquí (v. 32) de la expresión la «mejor parte» (helbo) confunde un
tanto: es la que ha sido entregada a Aarón. Puede ser la «mejor parte» de lo que
queda. Sea como fuere, se ve el proceso de «clericalización» creciente de la socie-
dad israelita.
28
Esto tampoco es casual: estas comunicaciones a Aarón son a la par una dis-
creta indicación de su origen. No se las atribuye a la revelación de Moisés en el Si-
naí. Vienen en realidad de la comunidad sacerdotal, predominante en Israel des-
pués del exilio. El documento P, sin duda, en un aspecto especial del mismo.

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la terumah, o sea, lo que corresponde al Señor de todos los «dones sacros» y


no es consumido por el fuego, sea de los sacrificios incruentos como de los
que se ofrecen por el «pecado», como de los que se ofrecen en reparación
(‘asham). La referencia implícita es Lv 1-6. Y se añade que también las par-
tes de los sacrificios «presentadas» con el gesto especial de presentación a
YHWH (la tenufah) les corresponden. Y no solo a los miembros masculinos
de la familia (es decir, propiamente los sacerdotes), sino también a la parte
femenina de la misma (v. 11: «A ti, a tus hijos y a tus hijas», v. 19). La única
condición es que estén ritualmente puros (tahor; cf. vv. 11b.13b). La enume-
ración sigue con lo mejor de los productos de la tierra: el aceite (heleb), el
mosto y el trigo, y las primicias ofrecidas a YHWH. Y todavía con los
«primeros frutos» (bikkurim), que también se le ofrecen. Lo que es de al-
guna manera «separado» (herem; es decir, hecho «anatema») para YHWH,
asimismo pertenece a Aarón y sus hijos. Y los primogénitos de hombres y
animales son igualmente destinados antes al sacerdocio, necesariamente res-
catados el primer mes los primeros, como los «impuros» de los otros con la
indicación del precio del rescate: cinco siclos del valor del santuario.
Las determinaciones se completan ahora con la especial norma para la
disposición de los primogénitos de los animales domésticos: bovinos, ovi-
nos, caprinos; no se los redime propiamente, se los sacrifica, la sangre se de-
rrama sobre el altar, la grasa se consume y la carne queda para los sacerdotes,
previo el rito de presentación del pecho y de la pata derecha. Se concluye con
una síntesis que abarca todo lo anterior: lo adjudica nuevamente a los hijos e
hijas de Aarón, o sea, a la comunidad sacerdotal como tal, y se ratifica todo
esto como un precepto (hoq) perpetuo dos veces (vv. 11b.19b; en este último
texto, este precepto es descrito como un «pacto de sal» entre YHWH y el sa-
cerdocio aarónida, a semejanza de los pactos entre personas y entre
naciones) 29. Una última palabra del Señor a Aarón (v. 20) de alguna manera
sirve de justificación de todo lo anteriormente concedido con la misma fór-
mula que ya conocemos para los levitas: «No tendrás ni herencia ni parte en
Israel: yo soy tu parte y tu herencia [hay que notar el quiasmo, que acentúa

29
Donde el uso de la sal brinda el sentido de la incorruptibilidad y de la perpe-
tuidad del pacto. En otros términos, cuanto está dispuesto aquí no se cambia ni se
vuelve ya atrás. Para seguridad de los interesados. Además de aquí, la expresión
«pacto de sal» aparece una sola vez en el TM: 2 Cr 13,5, en boca del rey Abías a
propósito del pacto con David (Libro del Pueblo de Dios: «pacto indestructible»). In-
vertida, si se quiere, la expresión se lee en Lv 2,13, cuando se prescribe para la
ofrenda vegetal: «Nunca dejarás que falte a tu oblación la sal de la alianza con tu
Dios». Como tal, se comprueba que es una expresión de uso tardío, aunque el uso
de la sal en la celebración de un pacto es seguramente antiguo. Mal 2,4 menciona
también un pacto con Leví.

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la expresión] entre los israelitas». Una vez más, Israel aparece como una so-
ciedad decididamente inclinada hacia un sacerdocio privilegiado aun desde
el punto de vista de su sustento cotidiano, respecto sin duda de los simples
levitas, como ya se desprendía de la norma anterior: a estos ni siquiera les
tocan los diezmos completos, sino además respecto de los otros miembros de
la comunidad, buena parte de cuya producción vegetal y animal es destinada
al culto y, por esa misma vía, al sustento de la casta sacerdotal.
A esta altura de las cosas hemos llegado a la mitad del libro de los
Números, tal como está actualmente dividido, de manera por cierto artifi-
cial: 18 capítulos sobre 36. Y hemos comprobado que esta primera mitad,
se puede justamente decir, está caracterizada o distinguida por la cuestión
de la presencia de los levitas, su identidad propia y la consiguiente relación
positiva y negativa que tienen con la casta sacerdotal por excelencia: los
aarónidas. Y, como hemos notado más de una vez, de esta disposición es-
tructural no se vuelve ya atrás.
En esta segunda parte, levitas y sacerdotes están ciertamente menos
presentes, pero no del todo ausentes; como se verá en lo que ahora sigue y
que intentamos exponer con cierto detalle, bien conscientes de la dificultad
de los textos.

9. El segundo censo de las once tribus y el especial


de los levitas

A continuación del desastre de Peor (cap. 25) y en vista ya del ingre-


so en la Tierra prometida y de su división entre las tribus, nos encontramos
con un largo pasaje paralelo al que leíamos al principio del libro: un segun-
do censo de todos los miembros de las once tribus, artificialmente mante-
nido, sin embargo, el número de doce gracias a la dicotomía de la tribu de
José en sus dos componentes: Manasés y Efraín (26,1-51), y se registra a
los miembros varones mayores de veinte años «aptos para la guerra en Is-
rael» (v. 1), porque de eso se trata; de la conquista del territorio. El resulta-
do es ligeramente inferior al del primer censo: 601.730 30. Los levitas, como

30
Un inciso al final de los censos (26,63-65) responde a la dificultad que se des-
prende de la lectura de las varias hecatombes a que los israelitas han sido some-
tidos por su culpa a lo largo del recorrido por el desierto, siempre cuidadosamente
indicadas por la cifra del número de muertos (la última hasta ahora en Peor:
24.000, cf. 25,9). Se nos dice entonces: «En el censo de los israelitas en las estepas
de Moab... no figuró ninguno de los que Moisés y el sacerdote Aarón habían regis-
trado en el desierto del Sinaí [es decir, el censo del cap. 1]. Porque el Señor había

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en el censo del principio del libro, son registrados aparte (vv.57-62), sin nin-
guna indicación especial, sino la que ya conocemos: los mayores de un mes,
y figuran aparte porque «no se les había asignado una propiedad hereditaria»
en Israel (v. 62). De suyo entonces no toman parte en la conquista. Pero el
resultado es aquí también distinto: si las tres ramas principales son las mis-
mas y en el mismo orden del cap. 3: guersonitas, quehatitas y meraritas, la
lista de clanes que sigue es distinta y vuelve al epónimo de la tribu, Leví, para
desviarse enseguida al origen de Moisés y Aarón, siempre, sin embargo, que-
hatitas, prescindiendo del resto de los clanes. La suma numérica, a diferencia
de la de los demás israelitas, es ligeramente superior al número del censo an-
terior: 23.000 (contra 22.000 de 3,29). Y se insiste en que los levitas son ex-
cluidos del censo común de las demás tribus «porque no se les había asigna-
do una propiedad hereditaria entre los demás israelitas» (v. 62). Como se
verá enseguida, esta indicación ha sido después enteramente superada.

10. Normas para la repartición del botín de guerra:


parte especial de los levitas

En el ataque contra Madián (cap. 31), bastante artificialmente intro-


ducido en el relato de la última etapa antes de la conquista, en las estepas de
Moab, y puesto en relación con la próxima muerte de Moisés, anunciada des-
de ya (cf. 27,12-22), aunque recién la leeremos en el cap. 34 de Dt, impor-
tan sobre todo las normas para la distribución del botín, objeto de una co-
municación divina (31,25-54). Semejante acto, más bien de suyo ajeno a
toda regla en la cruda realidad de la guerra, adquiere aquí un carácter reli-
gioso: el principal responsable es inesperadamente el sacerdote Eleazar,
hijo y sucesor de Aarón, fallecido en el monte Hor (20,22-29). De hecho,
una cierta parte del botín, incluso en animales y personas, es «un tributo
para el Señor» (v. 28): una vida de cada quinientos. Los oficiales, además
libremente, en vista de que no han perdido ni un solo soldado, ofrecen al
Señor todo el oro y las joyas que han recogido en el saqueo (vv. 48ss), que
Moisés y Eleazar reciben y llevan al Tabernáculo «como memorial de los
israelitas delante del Señor» (v. 54). Se trata, por consiguiente, de una es-
pecie de rito, más bien ajeno al resultado de una batalla y al consiguiente

dicho de ellos: “Morirán en el desierto”. Ninguno de ellos sobrevivió, excepto Ca-


leb, hijo de Jefuné, y Josué, hijo de Nun». Parece claro que la diferencia arriba no-
tada entre los resultados de ambos censos no basta para justificar esta afirmación,
que una vez más no pretende tener valor de exacta estadística.

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saqueo. En esta especie de rito, también los levitas tienen su parte. Las ins-
trucciones divinas que Moisés recibe los incluyen del siguiente modo (v.
30): de la mitad del botín que corresponde a los no combatientes, o sea, a
los demás israelitas, «tanto de las personas como de los animales... tomarás
una vida por cada cincuenta y se las entregarás a los levitas que realizan
tareas en la Morada del Señor» (ibid.). Los sacerdotes, se deduce de lo di-
cho ya, se harán cargo de los objetos preciosos.

11. Las ciudades de los levitas

Esta disposición, aun considerada puramente ideal, no deja de impli-


car como consecuencia, en su contexto, que los levitas podían y debían
tener, a pesar del principio tantas veces repetido de su carencia de toda
propiedad (cf., por ejemplo, supra 26,62), algún territorio propio. Es pre-
cisamente lo que se legisla en el cap. 35 sobre las ciudades de los levitas. La
disposición (como todas o casi todas) viene del mismo YHWH por medio
de Moisés; es decir, tiene carácter sacro. Los israelitas, una vez instalados
en su tierra y fundadas sus ciudades (u ocupadas las ya existentes y hechas
propias), son obligados a destinar cuarenta y ocho de ellas a los levitas. O sea,
las seis destinadas al refugio de los responsables de muertes involuntarias
(bishgagah, cf. v. 11) más otras cuarenta y dos. Y esto con los territorios
circundantes calculados de manera explícita y completa: mil codos a partir
del muro de las respectivas ciudades (v. 4b.), que enseguida resultan dos
mil hacia los cuatro puntos cardinales (v. 5). En nuestra medida (por lo me-
nos según el Libro del Pueblo de Dios): dos mil metros en las cuatro direc-
ciones. Naturalmente, si se trata de una superficie cuadrada, sería menor
que si la superficie es considerada una circunferencia. Sea como fuere, los
levitas disponen entonces, o dispondrán, como se dice expresamente (v. 3),
de animales domésticos. Y nada impide, al contrario, que dediquen sus
campos también a la siembra. Como última indicación (v. 8) se dice que los
israelitas que hubieran recibido una porción mayor del país conquistado
destinen a los levitas un mayor número de ciudades 31 y los que hubieran
recibido una porción menor, menor 32.

31
Que se tratara de una «exigencia» de los levitas, como dice la versión del v. 8
de El libro del Pueblo de Dios, es una añadidura propia.
32
El libro de Josué (cap. 21) registra fielmente la realización de esta disposición
con la lista de las ciudades que cada una de las tres ramas o clanes de Leví reci-
bieron de las distintas tribus. Las ciudades, según este relato, se distribuyeron

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12. Algunas consideraciones generales

Según un primer recuento, el término «levitas» aparece unas cin-


cuenta veces en el libro de Números, frecuencia solamente superada en el
AT por la frecuencia en los dos libros de las Crónicas (que, por cierto, no
son en realidad más que uno artificialmente dividido), donde se lo cuenta
unas cien veces 33. Esto es ya en sí significativo.
Pero sobre todo es en Nm donde los levitas encuentran su lugar
en la institución cultual de Israel, como distintos de los sacerdotes hijos
de Aarón, su misión propia respecto del Santuario, sus derechos en la
comunidad de Israel y hasta el monto de su participación en la división
de un eventual saqueo después de la derrota de un enemigo. El conflic-
to en el cual se ven envueltos por culpa de uno de ellos ayuda a definir
mejor su posición frente a los miembros de la casta sacerdotal: Aarón y sus
hijos.
Además, encuentran o reciben en el mismo libro lo que se puede lla-
mar su estatuto «civil»: es decir, a pesar de la constante distinción respecto
de las restantes tribus, porque no tienen «una propiedad hereditaria» en Is-
rael (cf. 27,62), reciben al fin cuarenta y ocho ciudades con los respectivos
territorios en los de las demás tribus 34.

«por sorteo» (v. 4 etc.). Pero lo notable es que, en esta distribución, se incluyen en-
tre los quehatitas «los descendientes de Aarón, el sacerdote» (v. 4). Y se especifica
luego (v. 19): «Trece ciudades y sus campos de pastoreo era el total de las ciudades
pertenecientes a los sacerdotes hijos de Aarón», mientras a «los otros levitas des-
cendientes de Quehat» les tocan «en total diez ciudades con sus campos de pasto-
reo» (v. 26). Trece también a los guersonitas (v. 33) y doce a los meraritas (v. 40). Se
pregunta uno si tal era la intención original de la disposición del cap. 35 de Núme-
ros, donde entonces el término «levita» no tendría el sentido restringido que tiene
prácticamente a lo largo de todo el libro. Y así los sacerdotes, además de la parte
del león ya asignada a ellos en el ejercicio de su función cultual según el cap. 18,
dispondrían de propiedades raíces, lo cual aumentaría todavía más la desigualdad
con los simples levitas.
33
Desde este punto de vista es ilustrativo comprobar la tan desigual presencia
del término (sobre todo en su forma plural) en los diferentes libros del AT. Las re-
ferencias más antiguas (o sea, en textos indiscutiblemente antiguos) son todas en
singular, como en los conocidos textos de Jue 17-20, y se refieren a algún levita por
así decir autónomo.
34
Es difícil pensar que esto sea fictitious, como afirma G. B. Gray en su comen-
tario (Numbers. ICC. Edinburgh, T. & T. Clark, 1956, third impression, p. 465) y que
Levitical cities in the meaning of the Law never existed (ibid.). Las había «sacerdota-
les», como hemos visto. ¿Por qué, al menos en principio, no también levíticas? Cf.,
por lo demás, 1 Cr 6,39-61.

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En síntesis, la identidad de la categoría de estos miembros de la co-


munidad de Israel se lee en la redacción «sacerdotal» de este libro del Pen-
tateuco. Y no, como hemos repetido ya, en el libro que lleva precisamente
el nombre de Levítico (al menos desde los LXX en adelante). Anomalía
que espera todavía una explicación adecuada, pero que pertenece más bien
el estudio de la traducción y redacción final de la versión recién citada.
Sea como fuere, el hecho es que en los libros más recientes del texto
hebreo del Antiguo Testamento, es a saber, por ejemplo, los dos libros de
las Crónicas, los levitas ocupan un lugar y ejercen una función o funciones
completamente ausentes en los libros anteriores. Una simple comproba-
ción de lo cual puede consistir en la comparación de algunos textos parale-
los 35 de los libros de los Reyes y los correspondientes de las Crónicas,
para limitarse más que a estos, porque estos últimos contienen varios textos
sobre los levitas y sus actividades completamente ignorados por los prime-
ros, como cualquier sinopsis de ambos libros hace fácilmente patente.
Esto significa por lo menos que esta categoría específica de perso-
nas «sacras» adquirió a partir de un cierto momento una importancia y
un estatuto propios 36, de los cuales hasta ese momento carecían. De esto,

35
Un interesante ejemplo (entre otros muchos) se puede ver en el episodio de
la «revolución» de Yehoyadá contra Atalía y el papel que allí se asigna a los levitas
en la versión de 2 Cr 23,1ss.
36
Estatuto sin duda completado, con atención específica en los libros de las
Crónicas, donde es atribuido a David y Salomón. En 1 Cr 6,16-17, David constituye
los levitas «cantores» en su santuario «provisorio», pero en la perspectiva real del
libro, ya en el Templo (todavía futuro). También son los «porteros» (9,17ss) con re-
ferencia retroactiva a la función en el tiempo del desierto, destinada a justificar la
función presente: «Se ocupan del culto [siempre los levitas] como guardianes de
los umbrales de la Carpa, porque sus padres [de los actuales] habían tenido a su
cargo la guardia del acceso al campamento del Señor» (v. 19), y la conexión con la
actualidad (en realidad todavía futura a esta altura de Cr): «Tanto ellos como sus
hijos tenían bajo su custodia la entrada de la Carpa; es decir, de la casa del Señor»
(v. 22); «... tenían a su cargo las cámaras y los tesoros de la Casa de Dios» (v. 26),
también «el cuidado de los utensilios de culto... todos los vasos sagrados, la harina
de las ofrendas, el vino, el aceite, el incienso y los aromas» (vv. 28-29). Y «entre los
quehatitas, algunos estaban encargados de preparar cada sábado los panes de la
ofrenda» (v. 30). Son los levitas los que «transportan el Arca del Señor» y no sola-
mente los sacerdotes, «sosteniéndola sobre sus hombros con unas andas»
(15,14ss), disposición atribuida a Moisés «según la palabra de Dios» (ibid.), mientras
otros levitas cantan y ejecutan instrumentos (vv. 16-21); en realidad, su ocupación
que se puede definir principal, atribuida además a miembros de los tres clanes
(cf. 6,14-32), proyectada a su vez en el tiempo normativo del desierto: «Ellos ser-
vían como cantores ante la Morada...» (cf. v. 17). Y ha dejado su huella en el Salte-
rio; cf., por ejemplo, los salmos de Asaf (50; 73-83), Hemán (88), etc. Los sacerdo-

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el libro de los Números en su actual redacción en el Pentateuco presen-


taría el momento decisivo. Lo cual nos mueve a juzgar que este hecho
tan especial pertenece, en una cierta pero verdadera medida, a su propia
identidad.

13. Una posible hipótesis explicativa

Queda por explicar, en la medida al menos de lo posible, ¿por qué el


último redactor (o redactores) de P resolvió dedicar este parte importante
de su escrito (o escritos) a la presentación de semejante identidad? Aquí se
hace necesario aguzar el ingenio, si bien es posible proponer alguna hipó-
tesis.
Por una parte, se puede pensar en un cierto descrédito del sacerdo-
cio como tal, a causa, por ejemplo, de su tolerancia ante el sincretismo
del pueblo, sobre todo en los santuarios locales, sin excluir el santuario
central (cf. Ez 44,5-14; 2 Re 23,9) 37. Distinguidas de hecho dos catego-
rías de miembros del clero, como parece desprenderse de estos textos, se
hacía preciso determinar con precisión las competencias de cada una,
también y quizá ante todo por lo que toca a los medios de subsistencia
respectivos. Que esto no se hizo sin tensiones y dificultades los mismos
textos de Nm lo revelan.
De cualquier modo, se hacía necesario llegar a un cierto estatuto do-
tado de autoridad indiscutible. Para esto, el único recurso era fundarse en
la autoridad de Moisés y en su mandato divino, volviendo por consiguiente
a la época considerada ideal de la existencia y formación del pueblo y sus
instituciones, es decir, a la revelación del Sinaí. Y aun aquí se pueden reco-
nocer varios pasos y no una evolución rectilínea. Uno de estos pasos es, sin
duda, la atribución a David de otras funciones exclusivas de los levitas

tes, en cambio, «tocan las trompetas» (v. 24), como son ellos los que hacen «la
mezcla de los perfumes aromáticos» (9,30). Salomón hace un nuevo censo de los
levitas (23,3ss) y determina sus actividades «conforme a estas últimas disposicio-
nes de David» (vv. 27ss, que repite prácticamente el texto ya citado del cap. 9), pero
los levitas funcionan también como «escribas y jueces» (v. 3), etc. La creciente im-
portancia de los levitas en el Templo salomónico, como antes en el santuario de
David, es así manifiesta, a la par de su neta diferencia de los sacerdotes «descen-
dientes de Aarón» con sus clases (24,1ss).
37
En los libros de las Crónicas, los sacerdotes, cuando aparecen en la historia
del reino de Judá, se comportan casi siempre ejemplarmente. Pero se puede decir
que el proscenio está más bien ocupado por los levitas.

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registradas en los libros de las Crónicas, ratificadas y aun acentuadas por


Salomón, como herencia de su padre. De aquí, sin embargo, no se vuelve
ya atrás, y los levitas constituyen, según se ha dicho ya más arriba, una
componente esencial de la sociedad israelita al tiempo del Nuevo Testa-
mento, y por cierto también después 38.

Cardenal Jorge Mejía


Ciudad del Vaticano

38
Acerca del tema se puede leer con provecho, pero también con discernimien-
to, el artículo «Levites and Priests», de Merlin D. Rehm, en el vol. 4 (1992), pp. 297-
310, de The Anchor Bible Dictionary, con bibliografía hasta esa fecha, además, por
supuesto, de los comentarios a los libros bíblicos citados en el texto, comenzando
por los comentarios a Nm (que no abundan).

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