Química nuclear
5to Biológico
Paula Ramos
Electrón:
Thompson (1856-1940) nació en Cheetham Hill, cerca de Manchester. Era el hijo de un
vendedor de libros. Cuando tenía 14 años entró al Owens College de Manchester, donde
pudo asistir a varios cursos de física experimental. En 1876 obtuvo una beca para el Trinity
College, en Cambridge, donde permanecería el resto de su vida. Después de graduarse en
matemáticas en 1880, la oportunidad de hacer investigación experimental le atrajo al
laboratorio Cavendish. Ayudó a revolucionar el conocimiento sobre la estructura del átomo
con su descubrimiento del electrón. (3)
El 30 de abril de 1897, Thomson anunció el descubrimiento del electrón (aunque él no lo
llamó así, lo llamó “corpúsculo”) en una conferencia impartida en la Royal Institution en
Londres. En su discurso, en el que comunicaba sus resultados experimentales, demostraba
la naturaleza corpuscular de los rayos catódicos.
Hoy sabemos que los átomos no son indivisibles, sino que están formados por unas
partículas subatómicas, llamadas partículas elementales. Estas se pueden definir como
entes físicos más simples que el núcleo atómico, y se considera que son el último
constituyente de la materia. Las tres partículas elementales que forman parte del átomo
son: el electrón, el protón y el neutrón.
El electrón es una partícula subatómica con carga negativa dispuesta en orbitales alrededor
del núcleo atómico asegurando su estabilidad electromagnética. Los electrones son
partículas en movimiento de difícil localización, de ahí que se hable de regiones de
probabilidad. Se encuentran distribuidos en orbitales de diferentes niveles energéticos. Son
responsables de las reacciones entre compuestos y del tipo de enlace químico.
Los electrones no pueden subdividirse en otras expresiones menores de materia. Según los
avances de la mecánica cuántica, los electrones poseen niveles de energía cuantizados,
dicho de otra forma, sólo pueden existir en determinados valores de energía. Por lo tanto,
se pueden definir en valores discretos a través de los números cuánticos. Estos permiten
visualizar rápidamente algunas propiedades de los electrones.
Los electrones son partículas de carga negativa de -1,6x10-19 C que se sienten atraídas
por otras de carga opuesta como los protones. Al tratarse de partículas cargadas en
movimiento, los electrones generan su propio campo magnético de forma que su fuerza es
directamente proporcional a la velocidad. Como es previsible, el aumento de la carga
eléctrica del electrón generará un campo magnético mayor. Las expresiones prácticas de la
carga del electrón se manifiestan a través de fenómenos como la electricidad estática y la
conductividad.
Son partículas muy pequeñas con una masa inferior a la de protones y neutrones. De esta
manera, la masa de un electrón es 9,11x10-31 kg. La teoría de la relatividad de Einstein
permite relacionar la masa con la energía a tal punto que, a valores semejantes a la
velocidad de la luz, una partícula puede variar su masa. Esta resolución tiene importantes
implicaciones en la energía nuclear y en la física cuántica, ya que permite obtener una
considerable cantidad de energía con valores modestos de masa. Este fenómeno ocurre en
elementos pesados como el berkelio, donde su elevada carga eléctrica permite a sus
electrones alcanzar valores cercanos a 3x108 m/s.
Protón:
Los protones fueron descubiertos en 1918 por Ernest Rutherford (1871-1937), químico y
físico británico. En medio de experimentos con gas de nitrógeno, Rutherford notó que sus
instrumentos detectaban la presencia de núcleos de hidrógeno al disparar partículas alfa
contra el gas.
Concluyó que estos núcleos debían ser partículas fundamentales de la materia, sin saber en
ese entonces que, justamente, el núcleo del átomo de hidrógeno contiene una única
partícula: un protón. Fue así que se decidió dotar al hidrógeno del número atómico 1.
Sin embargo, se sabe de experiencias científicas previas que llevaron a este
descubrimiento. Por ejemplo, el físico alemán Eugene Goldstein (1850-1930) en 1886 halló
iones positivos dentro del átomo, a través de experimentos con rayos catódicos.
Además, el británico J. J. Thompson (1856-1940) ya había descubierto los electrones y su
carga negativa, es decir que era necesario que hubiera en el átomo algún otro tipo de
partícula con carga opuesta.
Durante mucho tiempo se pensó que el protón era un tipo fundamental de partícula, es
decir, que no se podía dividir. Sin embargo, hoy existe sólida evidencia de que está
compuesto de quarks.
En todo caso, el protón es una partícula subatómica estable. A diferencia del electrón, que
orbita alrededor del núcleo del átomo, los protones se encuentran contenidos en el núcleo
atómico junto a los neutrones, aportando la mayor parte de la masa atómica.
Neutrón:
Antes de que el neutrón fuese descubierto, las incógnitas alrededor de los átomos eran muy
abundantes. En el año 1911, el físico Ernest Rutherford había descubierto que los
electrones se encontraban fuera del núcleo atómico, orbitando puntualmente alrededor de
él, y dejando a este como una acumulación de carga positiva compuesta por protones. Sin
embargo, aunque esta explicación fue todo un hito, pues permitió establecer un primer
modelo de la estructura atómica y establecer la existencia separada de protones y
electrones, dejaba algunas preguntas sin respuesta. Por ejemplo, si el núcleo estaba
aparentemente formado por protones únicamente.
Bajo estas cuestiones, el propio Rutherford sugirió en el año 1920 la existencia de los
neutrones, añadiendo al razonamiento que algo más debería existir en el núcleo que evitase
que los protones, todos cargados positivamente, sufrieran una repulsión entre ellos –las
cargas opuestas se atraen, pero las iguales se repelen- que desintegrase el núcleo.
Paralelamente, ese mismo año el también físico Louis de Broglie presentó la existencia de
un elemento neutro en la Academia de Ciencias de París, y el peruano Santiago Antúnez de
Mayolo lo hizo en el III Congreso Científico Panamericano.
Unos años más tarde, en 1930 y principios de 1932, experimentos de los científicos Walther
Bothe y H. Becker, junto a los del matrimonio Joliot-Curie, permitieron identificar un tipo de
radiación desconocida hasta el momento que surgía al dotar partículas alfa de gran energía
y hacerlas caer sobre materiales livianos como el berilio, el boro o el litio. Aunque en aquel
momento se pensó que eran un tipo de rayos gamma, realmente se estaba observando, por
primera vez, una emisión de neutrones.
Sin embargo, no fue hasta finales de 1932 que se identificó a esa partícula como la
causante de esa radiación. El autor del descubrimiento fue el físico inglés James Chadwick.
El experimento consistió en bombardear una delgada lámina de berilio con partículas alfa.
El científico observó cómo, entonces, el metal emitía una radiación de muy alta energía la
cual, finalmente, pudo identificar con un tercer tipo de partículas subatómicas, los
neutrones, los cuales estableció como eléctricamente neutros.
El neutrón es una partícula algo más pesada que un protón: equivale a 1,67x10-27 kg, lo
que viene a ser, exactamente 1,00137 veces mayor que el protón y 1838,5 veces que el
electrón. Esto provoca que la masa de un átomo venga determinada, casi en su totalidad,
por el número de protones y neutrones, siendo casi insignificante la contribución de los
electrones.
Además, se trata de partículas inestables. Es decir, aunque dentro del núcleo puedan
sobrevivir sin problemas y coexistan en paz con electrones y protones, dando lugar a la
materia, fuera del núcleo su vida media es de tan solo 14,7 minutos. Pasado ese tiempo,
cada neutrón libre se descompondrá en otras tres partículas: un electrón, un antineutrino
electrónico –las antipartículas de los neutrinos- y un protón.
La función principal de un neutrón en el núcleo atómico es la de aportar estabilidad. Y es
que, si estos no existieran, los protones tendrían que convivir en un espacio muy pequeño
estando completamente pegados, por lo que las fuerzas de repulsión que actuarían entre
ellos harían imposible la existencia del mismo. Sin embargo, al aparecer en él los
neutrones, es posible compensar esa fuerza eléctrica tan repulsiva con la fuerza nuclear
fuerte que aparece entre ambas partículas, manteniendo unidos a neutrones y protones y
dando una estructura sólida al átomo.
Actualmente, la Química nos explica la existencia del átomo y de las partículas
subatómicas: electrón, neutrón y protón. Sin embargo, para llegar a estos conocimientos
tuvieron que desarrollarse distintas teorías y postulados, conocidos como la evolución del
modelo atómico.
Los primeros filósofos griegos de la antigüedad fueron conocidos como naturalistas, ya que
se enfocaban en entender la naturaleza y los distintos fenómenos que la integraban.
Uno de ellos fue Demócrito de Abdera (460 – 370 a. C.), quien sostenía que todas las cosas
están compuestas por pequeñas partículas indivisibles. A estas partículas les dio el nombre
de ἄτομος (átomo) que literalmente significa “que no puede cortarse”.
Entre las características del modelo atómico de Demócrito, algunas de las que destacan
son:
Los átomos se encuentran dispersos en el vacío.
Hay una fuerza que une a los átomos para formar la materia.
El número de átomos determina las propiedades de la materia.
Aunque más tarde otros filósofos como Platón y Aristóteles debatieron sus postulados,
pasarían muchos años para que existiera otra aportación en la evolución del modelo
atómico.
Modelo atómico de Dalton
John Dalton (1766 – 1844), científico británico, formuló un nuevo modelo atómico a partir de
distintas observaciones en 1808. Los postulados de Dalton se resumen de la siguiente
forma:
Todos los elementos están formados por átomos, partículas muy pequeñas.
Los átomos de un elemento poseen propiedades idénticas (masa, peso, etc.), pero son
distintos a los átomos de otros Por ejemplo, los átomos del hidrógeno son idénticos entre
ellos, pero diferentes a los átomos de oxígeno.
La unión de átomos de dos o más elementos forma los compuestos químicos.
Los átomos no se pueden crear ni destruir, sino que las reacciones químicas sólo pueden
provocar el ordenamiento, combinación o separación de los átomos.
Gracias al modelo atómico de Dalton, los científicos concibieron a los átomos como la
unidad básica de la materia que conservan la identidad química de los elementos.
Modelo atómico de Thomson
La siguiente gran aportación dentro de la evolución del modelo atómico fue la del ganador
del Premio Nobel, J. J. Thomson (1856 – 1940). En 1897, él retomó el modelo de Dalton,
pero, a partir de una serie de experimentos con rayos catódicos, descubrió partículas
contenidas dentro del átomo con carga negativa. Estas partículas recibieron el nombre de
electrones.
Entre las características de su modelo, las más importantes serían:
El modelo es concebido como una esfera uniforme con carga positiva.
Dentro de esta esfera se encuentran incrustados los electrones. Por la forma que describe,
también se le conoce como el “modelo de pastel de pasas” o de “panqué de pasas”.
Modelo atómico de Rutheford
En 1911, Ernest Rutheford (1871 – 1937), originario de Nueva Zelanda, propuso su nuevo
modelo atómico tras haber realizado experimentos con la dispersión de partículas a través
de una laminilla de oro. Al descubrir que algunas se desviaban o rebotaban, llegó a las
siguientes conclusiones:
El átomo se compone de espacio vacío en su mayoría. Los electrones se mueven
libremente en este espacio.
Existe una concentración de cargas positivas en el centro. A esto, se le llamó núcleo.
Se identificó a partículas con carga positiva, que recibieron el nombre de protones.
Junto con las aportaciones que años más tarde haría James Chadwick (1891 – 1972), que
descubrió los neutrones, es decir, las partículas subatómicas con carga neutra, el átomo
sería concebido como un sistema solar, donde las partículas girarían en torno al núcleo, que
sería el centro de todo.
Sin embargo, este modelo tenía algunas fallas, ya que, los electrones que orbitan el núcleo
serían atraídos por la carga positiva de este hasta ser absorbidos.
Modelo atómico de Bohr
En 1913, el científico danés Niels Bohr (1885 – 1962) estudió el átomo del hidrógeno, lo que
le ayudó a establecer ciertas adecuaciones al último modelo atómico:
Los átomos que tienen el mismo número de electrones de valencia y que poseen distintos
números, tienen características similares.
Los átomos tienen un núcleo demasiado pequeño y denso que contiene partículas
subatómicas.
Los electrones se encuentran en diferentes órbitas alrededor del núcleo. Estas órbitas
tienen una carga distinta y, entre más lejana sea la órbita, mayor será su carga positiva.
Este último postulado solucionó la problemática del postulado de Rutheford ya que, entre
más carga positiva genere un electrón, este se despegará del núcleo a las órbitas más
lejanas.
Estos modelos fueron mejorando el concepto real del átomo hasta llegar al actual,
representado por Sommerfeld y Schrödinger, quienes hicieron aportaciones importantes al
modelo más actual que se tenía.
Modelo atómico de Sommerfeld
En 1916, Arnold Sommerfeld modificó el modelo atómico de Bohr, incorporando órbitas
elípticas para los electrones. Sommerfeld se basó en la teoría de la relatividad de Albert
Einstein.
Modelo atómico de Schrödinger
En 1926, Erwin Schrödinger propuso un modelo cuántico no relativista que se basó en los
estudios de Bohr y Sommerfeld. En este modelo, los electrones se comportan como ondas
de materia.
El primer evento de todos lo protagoniza Wilhelm Konrad Röntgen (1845-1923), que era
director del Instituto de Física de la Universidad de Würzburg en Alemania. En el año 1895,
se encontraba estudiando el fenómeno de la emisión de luz ultravioleta en tubos de
descarga cubiertos con papel negro, usando como detector platino-cianuro de bario, que
experimentaba fluorescencia al ser expuesto a esta luz.
Al conectar la corriente, Röntgen observó la aparición de esta fluorescencia en la sustancia
detectora, la cual se hallaba a cierta distancia del tubo en el que incidían los rayos
catódicos. Constató que los rayos procedían desde su extremo: los denominó “rayos X”. Al
principio dudó de si eran ondas o partículas, comprobando que se propagaban en el aire en
línea recta sin ser desviados por campos magnéticos ni eléctricos, por lo que no podían ser
partículas cargadas, poseyendo capacidad de penetración, pero siendo absorbidos por
materias densas y siendo opacos a metales pesados, como por ejemplo el plomo.
En 1897, el matemático George Gabriel Stokes (1819-1903) avanzó la hipótesis de que
podían consistir en radiaciones electromagnéticas. Ya en 1912, el experimento de difracción
del físico Max von Laue (1879-1950) confirmó la naturaleza ondulatoria de los rayos X.
Pocos meses después del descubrimiento de Röntgen, el físico francés Antoine Henri
Becquerel (1852-1908), empezó a investigar si las sustancias fosforescentes emitían
radiaciones de este tipo. El proceso consistía en exponer a la luz solar los cristales de las
diversas sustancias, colocadas sobre una placa fotográfica envuelta en papel negro. Una de
ellas, una sal de uranio, impresionó la placa. Siguieron días nublados y Becquerel guardó
las sales en un cajón sobre una placa sin impresionar: el 1 de marzo de 1896, al revelar la
placa, esta había sido impresionada. La radiación no estaba vinculada con el estado de
fosforescencia sino con la sal misma, comprobando específicamente que era el uranio que
contenía. La intensidad de la emisión era directamente proporcional a la cantidad presente
de este elemento.
Esta propiedad del uranio, después se vería que hay otros elementos que la poseen,
además de emitir radiaciones, recibió el nombre de radiactividad.
Otro evento importante fue el de la científica polaca Marie Sklodowska Curie (1867-1934),
que, habiéndose trasladado desde su país para estudiar en París, se dispuso a encontrar la
presencia de estas radiaciones en distintos elementos. Y lo hizo en el torio y, por otro lado,
en la pechblenda. Este último mineral contiene uranio, pero con la particularidad de que, a
igualdad de pesos, las radiaciones eran más intensas en este que en el uranio puro.
Esto le hizo sospechar sobre la presencia de un nuevo elemento. En este trabajo contó con
la colaboración de su marido Pierre Curie (1859-1906) y en 1898 anunció el descubrimiento
del que llamó, por su tierra natal, polonio. A finales de ese mismo año se presentó también
el del radio.
La naturaleza de la radiación emitida y el fenómeno de la radiactividad fueron estudiados en
Inglaterra por Ernest Rutherford, principalmente, y por Frederick Soddy. Como resultado
pronto se supo que la radiación emitida podía ser de tres clases distintas, a las que se llamó
alfa, beta y gamma, y que al final del proceso el átomo radiactivo original se había
transformado en un átomo de naturaleza distinta, es decir, había tenido lugar una
transmutación de una especie atómica en otra distinta. También se dice (y esta es la
terminología actual) que el átomo radiactivo ha experimentado una desintegración.
La radiactividad es una reacción nuclear de "descomposición espontánea", es decir, un
nucleido inestable se descompone en otro más estable que él, a la vez que emite una
"radiación". El nucleido hijo (el que resulta de la desintegración) puede no ser estable, y
entonces se desintegra en un tercero, el cual puede continuar el proceso, hasta que
finalmente se llega a un nucleido estable. Se dice que los sucesivos nucleidos de un
conjunto de desintegraciones forman una serie radiactiva o familia radiactiva.
Se puede considerar que todos los isótopos de los elementos con número atómico igual o
mayor a 84 (el polonio es el primero de ellos) son radiactivos (radiactividad natural) pero
que, actualmente, se pueden obtener en el laboratorio isótopos radiactivos de elementos
cuyos isótopos naturales son estables (radiactividad artificial).
La primera obtención en el laboratorio de un isótopo artificial radiactivo (es decir, el
descubrimiento de la radiactividad artificial) la llevó a cabo en 1934 el matrimonio formado
por Fréderic Joliot e Irene Curie, hija del matrimonio Curie.
Las aplicaciones de las radiaciones ionizantes se basan en la interacción de la radiación
con la materia y su comportamiento en ella. Los materiales radiactivos y las radiaciones
ionizantes se utilizan ampliamente en medicina, industria, agricultura, docencia e
investigación.
En medicina, el uso de radiaciones ionizantes se encuadra en la aplicación de técnicas de
radiodiagnóstico, radioterapia y medicina nuclear.
El radiodiagnóstico comprende el conjunto de procedimientos de visualización y exploración
de la anatomía humana mediante imágenes y mapas. Algunas de estas aplicaciones son la
obtención de radiografías mediante rayos X para identificar lesiones y enfermedades
internas, el uso de radioisótopos en la tomografía computerizada para generar imágenes
tridimensionales del cuerpo humano, la fluoroscopia y la radiología intervencionista, que
permite el seguimiento visual de determinados procedimientos quirúrgicos.
La radioterapia permite destruir células y tejidos tumorales aplicándoles altas dosis de
radiación.
La medicina nuclear es una especialidad médica que incluye la utilización de material
radiactivo en forma no encapsulada para diagnóstico, tratamiento e investigación. Un
ejemplo es el radioinmunoanálisis, una técnica analítica de laboratorio que se utiliza para
medir la cantidad y concentración de numerosas sustancias (hormonas, fármacos, etc.) en
muestras biológicas del paciente.
En el ámbito industrial, las aplicaciones de las radiaciones ionizantes son muchas y muy
variadas. La industria aprovecha la capacidad que tienen las radiaciones para atravesar los
objetos y materiales y el hecho de que cantidades insignificantes de radionucleidos pueden
medirse rápidamente y de forma precisa proporcionando información exacta de su
distribución espacial y temporal.
Algunas de las aplicaciones más significativas de las radiaciones ionizantes en la industria
son la esterilización de materiales; la medición de espesores y densidades o de niveles de
llenado de depósitos o envases; la medida del grado de humedad en materiales a granel
(arena, cemento, etc.) en la producción de vidrio y hormigón; la gammagrafía o radiografía
industrial para, por ejemplo, verificar las uniones de soldadura en tuberías; los detectores de
seguridad y vigilancia mediante rayos X en aeropuertos y edificios oficiales; los detectores
de humo; detectores de fugas en canalizaciones y la datación por análisis del carbono 14
para determinar con precisión la edad de diversos materiales.
También son muchas las aplicaciones de las radiaciones ionizantes en la agricultura y la
alimentación, por ejemplo para determinar la eficacia de la absorción de abono por las
plantas, determinar la humedad de un terreno y así optimizar los recursos hídricos
necesarios, para el control de plagas y para prolongar el periodo de conservación de los
alimentos mediante su irradiación con rayos gamma.
Aparte de los logros tecnológicos anteriores, el uso de las radiaciones ha supuesto un
increíble avance en todo tipo de actividades de investigación tales como los estudios de
biología celular y molecular del cáncer, patologías moleculares, evolución genética, terapia
genética, desarrollo de fármacos, etc.
La fusión nuclear es una reacción nuclear en la que dos núcleos de átomos ligeros, en
general el hidrógeno y sus isótopos (deuterio y tritio), se unen para formar otro núcleo más
pesado, generalmente liberando partículas en el proceso. Estas reacciones pueden
absorber o liberar energía, según si la masa de los núcleos es mayor o menor que la del
hierro, respectivamente.
Un ejemplo de reacciones de fusión son las que tienen lugar en el sol, en las que se
produce la fusión de núcleos de hidrógeno para formar helio, liberando en el proceso una
gran cantidad de energía en forma de radiación electromagnética, que alcanza la superficie
terrestre y que percibimos como luz y calor.
Para que tenga lugar una reacción de fusión, es necesario alcanzar altas cotas de energía
que permitan que los núcleos se aproximen a distancias muy cortas en las que la fuerza de
atracción nuclear supere las fuerzas de repulsión electrostática. Para ello, se deben cumplir
los siguientes requisitos:
Para lograr la energía necesaria se pueden utilizar aceleradores de partículas o recurrir al
calentamiento a temperaturas muy elevadas. Esta última solución se denomina fusión
térmica y consiste en calentar los átomos hasta lograr una masa gaseosa denominada
plasma, compuesta por electrones libres y átomos altamente ionizados.
Asimismo, es necesario garantizar el confinamiento y control del plasma a altas
temperaturas en la cavidad de un reactor de fusión el tiempo necesario para que se
produzca la reacción.
También es necesario lograr una densidad del plasma suficiente para que los núcleos estén
cerca unos de otros y puedan dar lugar a las reacciones de fusión.
Sin embargo, los confinamientos convencionales, como las paredes de una vasija, no son
factibles debido a las altas temperaturas. Por este motivo, se encuentran en desarrollo dos
métodos de confinamiento:
Fusión por Confinamiento Inercial (FCI): Consiste en crear un medio tan denso que las
partículas no tengan casi ninguna posibilidad de escapar sin chocar entre sí. Para ello se
impacta una pequeña esfera compuesta por deuterio y tritio por un haz de láser provocando
su implosión. Así, se hace cientos de veces más densa que en su estado sólido normal
permitiendo que se produzca la reacción de fusión. Actualmente hay reactores de
investigación con el objetivo de producir energía a través de este proceso.
Fusión por Confinamiento Magnético (FCM): Las partículas eléctricamente cargadas del
plasma son atrapadas en un espacio reducido por la acción de un campo magnético. El
dispositivo más desarrollado tiene forma toroidal y se denomina Tokamak.
La fisión nuclear es la reacción en la que el núcleo de un átomo pesado, al capturar un
neutrón incidente, se divide en dos o más núcleos de átomos más ligeros, llamados
productos de fisión, emitiendo en el proceso neutrones, rayos gamma y grandes cantidades
de energía.
El núcleo que captura el neutrón incidente se vuelve inestable y, como consecuencia, se
produce su escisión en fragmentos más ligeros dando lugar a una situación de mayor
estabilidad. Además de estos productos, en la reacción de fisión se producen varios
neutrones que al incidir sobre otros núcleos fisionables desencadenan más reacciones de
fisión que a su vez generan más neutrones. Este efecto multiplicador se conoce como
reacción en cadena.
Para que se produzca una reacción de fisión en cadena es necesario que se cumplan
ciertas condiciones de geometría del material fisionable y se supere un umbral determinado
de cantidad del mismo, conocido como masa crítica. La fisión puede llegar a producirse de
forma espontánea, pero es necesaria la existencia de un neutrón que incida con la energía
adecuada.