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Exnovio - Kristopher Rodas

La historia sigue a Saga, una joven atrapada en un amor destructivo con su tío Samy, que culmina en tragedia tras ser descubiertos por su padre. Después de la muerte de Samy, Saga intenta reconstruir su vida con Daniel, un nuevo amor que representa una salida de su doloroso pasado. Sin embargo, su relación enfrenta la desaprobación familiar y el miedo a perder la libertad que ha encontrado.

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Exnovio - Kristopher Rodas

La historia sigue a Saga, una joven atrapada en un amor destructivo con su tío Samy, que culmina en tragedia tras ser descubiertos por su padre. Después de la muerte de Samy, Saga intenta reconstruir su vida con Daniel, un nuevo amor que representa una salida de su doloroso pasado. Sin embargo, su relación enfrenta la desaprobación familiar y el miedo a perder la libertad que ha encontrado.

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EXNOVIO

KRISTOPHER RODAS
CONTENIDO

Página del título


SINOPSIS:
DEDICATORIA
exnovio
PRÓLOGO: SAGA
1 – SAGA
PRIMERA PARTE: SAGA Y KHALIL
2 – KHALIL
3 - SAGA
4 - KHALIL
5 – SAGA
6 – KHALIL
7 – SAGA
8 – KHALIL
9 – SAGA
10 – KHALIL
11 – SAGA
12 - KHALIL
13 - SAGA
14 – KHALIL
15 – SAGA
16 – KHALIL
17 – SAGA
18 – KHALIL
19 – SAGA
20 - KHALIL
21 – SAGA
22 – KHALIL
23 – SAGA
24 – KHALIL
25 – SAGA
26 – KHALIL
27 – SAGA
28 – KHALIL
29 – SAGA
30 – KHALIL
31 – SAGA
32 – KHALIL
SEGUNDA PARTE: VANIA Y KHALIL
33 – VANIA
34 – KHALIL
35 – VANIA
36 – KHALIL
37 – VANIA
38 – KHALIL
39 – VANIA
40 – KHALIL
TERCERA PARTE: KHALIL Y SAGA
41 – SAGA
42 – KHALIL
43 – SAGA
44 – KHALIL
45 – SAGA
46 – KHALIL
47 – SAGA
48 – KHALIL
49 – SAGA
50 – KHALIL
51 – SAGA
52 – KHALIL
53 – SAGA
54 – KHALIL
55 – SAGA
56 – KHALIL
57 – SAGA
58 – KHALIL
59 – SAGA
EPÍLOGO: KHALIL
60 – KHALIL
Esta trágica historia continuará en:
SINOPSIS:
Ella quería ayudarlo a cambiar, y lo logró. Ahora él es la peor versión de sí
mismo: un monstruo. Y ambos están atrapados en un amor retorcido; un
laberinto emocional donde la única salida parece ser la destrucción mutua.
DEDICATORIA
Debo admitir que me sentí muy solo cuando terminamos.
Y ya que ver tu sombra en las calles y abrazar tu recuerdo no fue suficiente.
Decidí escribir esto.
Esto no se trata de lo que vivimos, sino, de las manchas de mi desaliento
que caen por las comisuras de tus labios imaginarios.
Es un cuento que le narraría a la tú de mis fantasías.
Una historia sobre una tú y un yo que no pueden odiarse, pese a las
mentiras, la maldad y el dolor.
Quiero dedicarte este pequeño pedazo de eternidad.
Y de esta extraña manera cumplir mi promesa adolescente. En estas páginas
estaremos juntos por siempre.
Gracias por toda la tristeza.
A María.
EXNOVIO
“¿Para siempre? No, lo siento.
Sería injusto prometerse tanto.
Solo por esta noche, pero si
me conoces sabrás que mis
noches son largas”.

Andrés Caicedo

“Te he echado de menos.


Te echo de menos.
Te echaré de menos”.

Virginia Woolf

“Dejé de soñar en el momento que te encontré,


empecé a bailar solo para estar cerca de ti,
esto es por pensar que todo significó mucho más”.

Angel Olsen
PRÓLOGO: SAGA
1 – SAGA
No sé cómo empezar a contar esto sin que la gente piense que estoy loca.
Porque es verdad, no lo estoy.
(O eso quiero pensar).
Pero sé que es chocante.
Sé que no es bueno.
Y posiblemente merezca todo el asco que sentirán por mí.
Pero quiero que sepan que no pude evitarlo.
Mis padres siempre estaban ocupados, viajando o trabajando. Pero no
importaba porque mi abuela nos cuidaba a mi tío y a mí. Un golpe de suerte
era que, Samy, mi tío, apenas tenía tres años más que yo. Los tíos suelen ser
viejos aburridos, pero el mío era joven, amable y siempre jugaba conmigo.
Eso sí, solía actuar como si fuera mayor a su edad, pero sé que lo hacía para
protegerme.
Lamentablemente mi abuela murió cuando yo tenía trece años.
La cotidianidad no se rompió, no es como si mis padres desde entonces
tuvieran más tiempo libre.
Así que, con el paso de los días, Samy y yo nos quedamos solos.
Era triste porque ninguno sabía cocinar ni lavar la ropa, así que tuvimos que
ver videos en internet para aprender a hacer todo tipo de cosas que
mantenían la casa en un estado más o menos aceptable.
Esto aumentó la confianza entre nosotros y cada vez me sentía más cercana
a él. Realmente éramos un hogar, aunque solo fuésemos dos.
Yo tenía catorce y Samy diecisiete cuando una noche, mientras veíamos una
película de terror, cayó una tormenta y se cortó la energía eléctrica. Yo odio
el retumbar de los truenos y esa noche caían una y otra vez, como si Dios
estuviese enojado. Eso, sumado a la tensión de la película y la oscuridad
que nos rodeaba hizo que me sintiera totalmente vulnerable.
Le pedí a Samy que durmiera en mi habitación, como normalmente lo hacía
mi abuela cuando yo tenía miedo. Él aceptó con cierto disgusto porque
sabía bien que yo ronco y él estaría en vela toda la noche.
Yo intentaba dormir, pero era imposible y Samy lo notó. Así que, para
relajarme, me comenzó a contar una historia sobre un campamento al que
fue. Yo lo veía apenas, con el reflejo de la luz de una vela que estaba por
apagarse.
Y mientras él más hablaba, menos me interesaba lo que me contaba.
Curiosamente, en ese momento percibí por primera vez su olor.
Me pregunté si él toda la vida había olido a eso, o si se perfumaba solo para
dormir. Era como combinar granos de café, madera y humo de cigarro. Lo
inspiré hondamente para que se quedara dentro de mí, era un aroma
adictivo.
Un rayó cayó muy cerca de casa y durante un instante mi habitación se
iluminó por completo. Un sobresalto me hizo acércame más a Samy. Él me
abrazaba mientras yo temblaba. Él acarició mi espalda lentamente hasta que
poco a poco la tensión se disminuyó y mi cuerpo se relajó. Entonces noté
que no solo percibía su olor, sino que también su calor. Se sentía
reconfortante, así que me acomodé en su hombro y pude dormir tranquila
sabiendo que no tenía nada que temer si él estaba a mi lado.
Desde esa noche, mi interacción con Samy se hizo más cercana. Ahora nos
abrazábamos todo el tiempo, entrelazábamos nuestras manos cuando
veíamos televisión y bailábamos en la sala cuando no teníamos nada mejor
que hacer (a él se le daba muy bien la danza).
Meses después, mientras estábamos en el sofá hablando sobre cosas
triviales de la casa (limpiar las ventanas, ir al supermercado a hacer la
compra de la semana, preparar la cena, etc), hablábamos de manera amena,
tomando las decisiones como equipo, distribuyendo las tareas de la mejor
manera posible aprovechando las habilidades de cada uno, al mismo tiempo
yo jugueteaba con sus dedos.
No recuerdo exactamente quién de los dos se acercó primero. Pero de lo
que sí estoy segura es que el otro correspondió casi al mismo tiempo. Fue
como… como si supiéramos que en cualquier momento iba a suceder, algo
para lo que desde hacía mucho ya estábamos más que preparados y ansiosos
por atravesar el denso umbral hacia la inmoralidad.
Nos besamos. Pero no de una manera cálida ni tierna. No. Eso fue tenso,
cargado y desesperado. Como destapar una gaseosa agitada, como tentar un
panal de abejas, como pararse frente a una avalancha y extender los brazos
para recibir el golpe de la manera más violenta y atropellada posible.
Había demasiada saliva y casi no podía respirar.
Ojalá esa clase de instantes duraran por siempre.
Hubo un momento, después de eso, en el que nos preguntamos si estaba
bien lo que estábamos haciendo.
Y concluimos que era algo abominable.
Y concluimos que nos importaba una mierda ser abominables.
Si este es el sabor de la maldad, entonces estoy lista para celebrar mi luna
de miel en el infierno.
Pero todo se rompió una tarde, cuando mi padre nos encontró juntos.
El rostro de mi padre se descompuso en ira y decepción. Sacó a Samy de mi
habitación a empujones, gritándole el glosario completo de groserías.
Días después, Samuel se quitó la vida. Lo encontraron en su cuarto, y
recuerdo cómo mi madre intentaba consolar a mi padre. Mientras él lloraba,
repetía que nunca quiso que esto pasara. ¡Que en qué momento su familia
enloqueció! Pero yo no podía sentir lástima por él, solo rabia. Él lo había
arruinado todo. Había destruido lo único que había tenido sentido en mi
vida.
Ese fue el momento en que comencé a odiarlo.
Tiempo después conocí por Facebook a Daniel, un tipo con veintiún años, y
fue como encontrar la salida de un largo laberinto.
Él no sabía nada de lo que había ocurrido (y mejor así), solo veía a una
chica rota que quería escapar. Y cuando le dije que deberíamos irnos de la
ciudad, huir, ni siquiera dudó. Ahí fue cuando supe que me enamoraría de
él.
Daniel es mi novio y lo amo.
Y claro que puedes odiarme, si quieres.
Sé que van a pensar que lo estoy usando, y quizá tengan un poco de razón.
Pero no me importa, porque de todos modos ya perdí la vergüenza.
El pudor.
La dignidad.
Y la cordura.
Qué curioso. Si hacemos cuentas, creo que sí estoy loca.

––Haré lo que me pidas, mi vida es tuya.
El asfalto se extiende como un río negro bajo nosotros, y los árboles en los
bordes de la carretera pasan como manchas boreales. No me importa a
dónde vamos, solo quiero estar con él, mi novio, mi mundo. Daniel
mantiene la vista fija en el camino, sus manos están firmemente aferradas al
volante. Su perfil es tan fuerte, tan seguro. Sé que siempre me protegerá,
pase lo que pase.
Deslizo la mirada hacia el retrovisor y me veo. Mis ojos están un poco
enrojecidos por las lágrimas que aún lucho por contener.
Mi nombre es Saga y sé que soy escoria.
Sé que hace mucho tiempo me corrompí.
Y a veces pienso que todo pudo resultar de una manera diferente.
Pero esto es lo que me tocó.
Y así es como decido enfrentarlo.
Un débil temblor en mis labios delata mi inquietud. Así que sonrío con
ironía ante el destino que me espera.
Mi piel es tan pálida como la espuma del mar, la densidad de la neblina y
una tarde nublada antes de un huracán. Mi cabello esconde un atardecer y
por eso es del color de la miel.
Soy alta y delgada, y sé que muchos dirían que mi figura es la de una
princesa. Pero no me siento como una. Nunca he querido ser una. Mi lugar
siempre ha estado fuera de esos cuentos de hadas.
Quiero ser libre.
Miro a Daniel de nuevo. Él es todo lo que siempre he querido en un
hombre: atrevido, fuerte y decidido. Sus brazos, que tanto he admirado, son
mi escudo, mi refugio. Sé que con él estoy a salvo. Siento cómo acelera el
auto, como si quisiera alejarse aún más rápido de la sombra de mi padre que
nos persigue.
Entonces, las lágrimas finalmente caen. No porque tenga miedo, sino
porque sé que esta libertad es fugaz. Sé que en cualquier momento se
derrumbará. Y, aun así, en este momento, no cambiaría nada. Haría
cualquier cosa por Daniel. Mi vida es suya.
Desde que vi el retrovisor noté que el auto de mi padre estaba detrás de
nosotros. No dije nada, pero sé que Dani se ha dado cuenta, estamos yendo
a una velocidad que nunca había experimentado, como si en cualquier
momento el auto fuese a despegarse del asfalto y se encaminara hacia las
nubes. Todo se ve chispeante, alargado y espectral, como si estuviera dentro
de la espiral de un sueño intranquilo.
Daniel acelera, y el mundo a nuestro alrededor se convierte en un borrón.
Puedo sentir el motor vibrando bajo mis pies. Pero entonces lo escucho
maldecir entre dientes.
––¡Mierda! ––grita, golpeando el volante con las palma abiertas––. ¡Si
seguimos a esta velocidad, vamos a estrellarnos!
El miedo se enreda con desesperación en mi pecho. Lo sé, soy consciente
de que la siguiente ruta está llena de baches y curvas que podrían matarnos
si no tenemos cuidado. Pero no me importa. Prefiero morir antes que volver
a esa vida, lejos de él.
––¡Daniel! ––le grito, pero él no me mira. Sus ojos están fijos en la
carretera, su mandíbula se tensa.
Tengo un mal presentimiento.
De repente, él baja la velocidad, y la furia que siento es inmediata. ¡No!
¡Esto no puede estar pasando! El coche se desliza hacia la orilla, y mi
corazón se rompe en mil pedazos.
––Saga... ––dice, y su voz es más suave ahora, más triste––. Te amo. Pero
no puedo dejar que esto termine así, no quiero que te hagas daño.
Su confesión me perfora como un flechazo. Me siento herida, traicionada.
¿Cómo puede decirme eso después de todo lo que hemos pasado? Mi mano
se mueve antes de que pueda pensar, y el sonido de la bofetada resuena en
el auto.
––¡Cobarde! ––escupo, con todas las fuerzas que soy capaz de reunir––.
¿Así es como termina todo?
Él no me mira. Apenas se mueve, solo sacude la cabeza de un lado a otro
lentamente, con una resignación que me enfurece aún más.
––Volveré por ti ––susurra––. Algún día.
Sus palabras me llenan de ira. Otra vez está sucediendo. Un hombre que se
rinde a la primera, ¡un hombre que no es capaz de luchar por mí! No quiero
promesas vacías, no quiero un “algún día”. Quiero que sigamos, que nos
alejemos, que dejemos todo atrás ahora mismo.
––A la mierda con eso… ¡No! ¡Es ahora o nunca! ––le grito––. ¡No te
detengas, por favor, Daniel!
Pero el auto ya está inmóvil, y entonces lo veo. Mi padre. Sale de su auto, y
sus pasos firmes y decididos se acercan cada vez más. No puedo soportarlo.
No puedo dejar que me atrapen. No después de todo esto.
Abro la puerta y salgo corriendo. Oigo a Daniel y a mi padre llamándome,
pero sus voces se desvanecen con el viento. No me detendré. No puedo.
Lágrimas ardientes fluyen, cegándome, pero sigo corriendo. Sigo corriendo,
porque es lo único que me queda. Porque si me detengo, todo estará
perdido.
Conocí a Daniel hace tres meses. Fue por Facebook. Nunca pensé que
encontraría algo tan real en un lugar tan insípido. Yo estaba demasiado
dolida y él era diferente, mayor, seguro de sí mismo. Y me enamoré de
inmediato. Fue como si todo lo que siempre había soñado se hiciera
realidad. Daniel no es primero en mi vida, pero sé que será el último porque
a pesar de todo, lo amo, de verdad, esto es amor.
Mientras sigo corriendo por la carretera, cada paso retumba en mi cabeza
con el peso de lo que está en juego. Sé que mis padres nunca aprobarán
nuestra relación. Saben que él tiene veintiún años, y yo apenas catorce
Y sé que si me atrapan, él irá a la cárcel. No puedo permitirlo.
Porque sé que eso arruinaría su vida.
Y sé que sería mi culpa.
Porque soy escoria.
Daniel se arriesgó por mí, lo dejó todo para estar conmigo. Y ahora, yo no
puedo detenerme. No debo detenerme.
Entonces, veo las luces. Un camión se aproxima a toda velocidad. Su rugido
llena el aire. El miedo se convierte en una decisión firme. Corro hacia el
medio de la carretera.
Esto se acaba aquí.
Si muero, todo terminará.
No habrá confesiones, no habrá policías, no habrá cárcel para Daniel.
Las luces del camión me ciegan, y oigo el chirrido desesperado de las
llantas intentando frenar, pero es inútil. Es demasiado rápido. Todo es
demasiado rápido.
Y cierro los ojos. Porque sé que no hay otra salida.
Percibo un olor a café, madera y humo de cigarro…
Supongo que me encontraré con Samy en el infierno.
Y por fin tendremos nuestra eternidad.
PRIMERA PARTE: SAGA Y KHALIL

“Preguntarse lo que es el amor no tiene sentido”.


Milan Kundera
2 – KHALIL
Creo que nunca había visto una ventisca como esta.
Estoy en el mirador de La Tierra de Dios, sentado en el barandal frente al
bosque.
Desde aquí se puede contemplar la amplitud de una ciudad indiferente. Me
pregunto cómo es que algo tan vacío puede ser tan grande... y casi parece
bello.
Llegué aquí en bicicleta, tardé dos horas y media en subir, pero sé que valió
la pena. El viento me ha secado mi sudor, siento mi piel tirante y fría.
El mirador está vacío, como era de esperarse. Pocos se atreven a venir aquí;
he visto en las noticias que este lugar es en dónde los criminales suelen
dejar los autos abandonados de sus víctimas, y también han encontrado
cadáveres que han tirado desde este mismo barandal en el que estoy
sentado.
La gente le tiene miedo a este sitio.
Pero yo no, porque hoy es mi cumpleaños.
Y me he regalado un poco de valentía.
Ya que este es mi último día de vida.
Detrás de mí hay una caseta. Hace mucho vendían comida y periódicos
aquí, pero ahora es solo un cascarón abandonado, devorado por la
intemperie.
Miro el bosque frente a mí y suspiro.
Las ramas crujen y remolinos de hojas marchitas fluyen en el viento.
Hace quince años (sí, el mismo año en el que nací) hubo un incendio en este
bosque. Dicen que murió tanta gente... y la mayoría eran niños y
adolescentes.
Pero todos ellos hoy están de suerte.
Porque los he invitado a mi cumpleaños.
Se lo ganaron, porque sé que no me juzgarán.
No se reirán de mí (odio que la gente haga eso).
No me verán a los ojos (odio que la gente haga eso).
No sentirán lastima por mí (odio que la gente haga eso).
Mis piernas cuelgan en el vacío, y miro hacia abajo.
La distancia es abrumadora, el suelo parece tan lejos, tal vez a unos
diecisiete metros, o veinte. Quizá más.
No estoy seguro, pero qué más da. En unos minutos estaré ahí, seré parte de
la tierra, mi sangre correrá, y mi carne alimentará a los insectos.
Quizá alguien encontrará mi cadáver en un par de días y tendré un funeral.
Aunque, en realidad, preferiría que nadie me encontrara. Que de mi piel
florezcan girasoles y que mis ojos se conviertan en espuma. Que mis
lagrimas sean burbujas de jabón y se levanten hacia el infinito.
“Supongo que este es el final”, me digo.
Nadie me extrañará. Nadie llorará. Mi hermano probablemente ni se dé
cuenta hasta días después. Y, sinceramente, prefiero que así sea.
––Feliz cumpleaños a mí… ––murmuro, al tiempo que doy un suave
aplauso que apenas logro escuchar por la intensidad del viento.
(Diez…).
––Feliz cumpleaños a mí ––mi voz se aclara y mi aplauso es más fuerte.
(Nueve…).
––Feliz cumpleaños, feliz cumpleaños ––aparece una vibración en mi
quijada. Sí, leí sobre esto en internet, es mi instinto de supervivencia, se ha
activado porque mi mente sabe que esta vez voy en serio. Esto es de verdad.
¡Por fin está sucediendo!
(Ocho…).
––¡Feliz cumpleaños, querido Khalil! ––grito.
(Siete…).
––¡Ya queremos pastel! ––intento no llorar, pero es inevitable.
(Seis…).
––¡Aunque sea, un pedacito! ––mierda… mi voz se rompe.
(Cinco…).
––…pero queremos… pastel… ––todo mi cuerpo tiembla y apenas puedo
escucharme.
(Cuatro…).
––Feliz cum… cumpleaños… ––oh, dios mío, está ocurriendo.
(Tres…).
––Feliz… ––cierro los ojos.
––(Dos…).
––¡Feliz cumpleaños, y que seas muy…!
Siento una vibración y un sobresalto casi me hace caer. Mi teléfono suena.
Abro los ojos, confundido. Saco el móvil y veo el nombre en la pantalla:
Abuela. Me quedo mirándolo por un segundo, dudando, pero al final
contesto.
—¡Khalil, mi amor, feliz cumpleaños, niño hermoso!
Su voz es tan alegre, tan cálida que me asusta. Trato de relajarme, aclaro mi
voz y trago saliva.
—Gracias, abuela...
—¿Cómo te la estás pasando? ¿Estás con tus amigos?
Titubeo. Miro al vacío debajo de mí.
—Sí… sí, estoy con… mis amigos.
—¡Qué bueno, mi amor! Mira, solo quería felicitarte y contarte que este fin
de semana voy a ir a verte a ti y a tu hermano. Te tengo un regalo, lamento
no haber podido dártelo hoy, pero ya lo verás cuando llegue.
—¿Por qué vienes, abuela? ––estoy tan confundido que en serio pienso que
esto es un sueño.
—Hace mucho que no los veo, Khalil. Quiero estar con ustedes. Los amo,
con todo mi corazón. Son lo último que queda de mi familia... Y los amo,
simplemente.
Mi abuela se despide y cuelga.
Y yo pienso en su ilusión.
En lo que sentirá cuando se entere que me fui justo después de hablar con
ella.
¿Soy capaz de hacerle eso a la única persona que me ha querido desde que
mi papá murió?
El resto de su vida se la pasará pensando en esto.
Y sentirá culpa, a pesar de que ella es lo único bueno que me queda.
No puedo…
No puedo hacerle eso.
Mi visión se nubla mientras las lágrimas llenan mis ojos. El viento golpea
mi cara, llevándose las primeras gotas que caen por mis mejillas.
¿Por qué…?
¿Por qué es tan difícil hacer esto?
3 - SAGA
Las luces del camión me ciegan, y todo se vuelve un ruido. Cierro los ojos,
esperando el impacto, pero en lugar de eso, siento un golpe en mi costado,
fuerte, que me arranca del asfalto. Cuando abro los ojos, Daniel está sobre
mí, jadeando, con la mirada llena de desesperación.
––Saga… ––su voz es un susurro urgente––. Todo estará bien, te lo
prometo. Estaremos bien.
Su peso sobre mí me mantiene inmóvil, pero mi mente está en caos. Grito,
me muevo, trato de liberarme, pero sé que es inútil. Sé que todo ha
terminado. Las lágrimas me queman los ojos mientras me doy cuenta de la
verdad que he estado evitando. Ya no hay escape. No hay libertad.
––¡Déjame ir! ––le grito, aunque en el fondo sé que no puedo, que no
quiero. Daniel me sostiene con fuerza, sus manos tiemblan, y por un
segundo, me permito creer en sus palabras. Me permito pensar que, de
alguna manera, todo podría estar bien.
Pero solo dura un instante. Porque en el fondo, sé que nada estará bien. No
después de esto.
4 - KHALIL
Comparto casa solo con mi hermano mayor, y digo “compartir” porque
pienso que decir que “vivimos juntos” sería mentira. No vivimos nada,
aunque les parezca extraño, para mí mi hermano es un desconocido, no sé
nada sobre él, ni él sobre mí.
Y en parte lo agradezco, porque cuando estoy con él siempre me trata como
si fuera un estorbo, y nunca me ha dado una razón para su odio.
Nunca soy lo suficientemente bueno. No soy lo que él quiere que sea.
Yo me cocino, lavo mi ropa, hago todo por mi cuenta. Mi hermano se limita
a llenar la nevera y, entre él y mi abuela pagan las cuentas. No hay palabras
entre nosotros, solo silencio.
Un silencio que a veces es tan profundo que pasan días sin que escuche su
voz.
A veces me pregunto si aún sé cómo suena.
5 – SAGA
Nací en México, pero después de que mis padres se divorciaron, seguí a mi
madre hasta su lugar de origen, el país de la primavera. Mi madre decidió
que nos mudaríamos para asegurarse de que nunca volvería a ver a Daniel.
Eso fue un medio alivio para mí, porque definitivamente no quiero estar
cerca de mi padre quien lamentablemente tenía la custodia sobre mí, pero
dejar a Daniel me duele.
Guatemala no se diferencia tanto de México. En esta tierra de la eterna
primavera, lo que reina es el dolor y la tristeza; la pobreza y la injusticia. Es
como la hermana menor de México. La hermana mal vestida y descalza,
con las uñas sucias y los dientes negros, con el cabello enredado y los dedos
llenos de callos. Viví el primer año en la casa de mis abuelos, aunque llamar
“casa” a ese lugar es ser generoso. Solo era un cuarto que compartíamos
todos. Para ir al baño, teníamos que salir de “la casa” y subir unas escaleras
hasta llegar a una puerta de madera con el pasador flojo y oxidado. La
puerta chocaba con el inodoro y había que entrar de lado. La peste era tal
como un cementerio con mil tumbas abiertas. A pesar de todo, era mejor
que México por una simple razón: mi padre no estaba allí.
Mi padre, después de todo lo que pasó con Daniel, aceptó que la tutela fuera
para mi madre, Laurel, y que nos mudáramos a Guatemala. No fue fácil
para él, pero sabía que la única forma de evitar que Daniel y yo nos
viéramos otra vez era apartarme lo más posible. Al principio, pensé que
alejarme de Daniel sería imposible, que no podría soportar estar lejos de él.
Pero mientras más lo pensaba, más entendía que estar cerca de mi padre era
una tortura aún mayor. Guatemala se convirtió en una especie de refugio,
aunque no fuera perfecto.
Mientras más pronto me resignara, menos me dolería.
Para mi familia, yo era una pobre chiquilla que había sufrido los letargos
que solo el exceso de la belleza pubescente puede acarrear; una chica que
fue abusada por su tío y ahora está confundida. Pero como toda verdad a
medias, dentro de mí ya se han activado mecanismos que giran lentamente.
Una maquinaria invisible de curiosidad y anhelo motivaba mis labios, mi
cabello y mi mirada. Podría decirse que las vendas espirituales que
mantenían mi visión nublada en la inocencia habían sido retiradas. Ahora
veo el mundo con lucidez; distingo los verdaderos colores de las cosas. Sé
cuándo tengo que asentir, sonreír y mentir. Sé lo que les agrada y les
disgusta a mis abuelos y a mi madre, y por eso expongo mis pensamientos
como un reflejo de los de ellos. Ellos escuchan sus propias expectativas
hechas sonido. Y yo estoy contenta de complacerlos y alejarlos de una
verdad desagradable.
Todos lo que dicen que es malo para mí…
Se siente tan bien.
Y solo recordarlo me hace pensar que soy escoria.
No estoy orgullosa, pero sí satisfecha.
6 – KHALIL
Estoy en la sala, mi abuela ha venido a visitarnos.
Mi hermano se sienta al otro lado del sofá, mirando la televisión sin
siquiera prestarnos atención.
Mi abuela trata de conectar con nosotros, de tender puentes, pero mi
hermano apenas le responde. Se limita a asentir o murmurar entre dientes.
La veo sonreírle, pero empieza a darse cuenta de que esto no tiene solución.
Después de un rato, ella se rinde y me mira.
—Khalil, ven al patio conmigo.
Salimos al patio y nos sentamos en las viejas sillas de plástico que tenemos
ahí. La brisa de la tarde roza mi cara, meciéndome en un vaivén que a veces
logra calmarme. Mi abuela me mira a los ojos (odio que la gente haga eso).
Hace años que no la tengo tan cerca, hace años que dejó de ser parte del día
a día y pasó a ser una visita ocasional. Sé que me quiere, por eso paga parte
de las cuentas de mi hermano y mías, pero… me cuesta apreciarlo porque
casi no la veo.
—¿Cómo estás, Khalil?
—Bien, abuela, bien. Todo va bien ––veo a la calle. La brisa hace tambalear
algunos postes de luz y el sonido es tan potente que tengo que elevar mi voz
para ser escuchado.
—¿Y el instituto? —pregunta, inclinándose hacia mí. Eso me pone un poco
más nervioso. Siento como si esto fuera un interrogatorio y sé que debo
responder lo que ella quiere escuchar.
—Va bien también —respondo—. He sacado buenas notas y… todo está
bien.
Ella asiente y sonríe, acariciándome la mejilla. La suavidad de su mano me
hace estremecer.
—¿Y tus amigos?
La peor de todas las preguntas.
—Sí, tengo amigos. Un par —sonrío. Es la sonrisa más difícil que he hecho
en mi vida.
Ella asiente y saca de su bolsillo una pequeña caja envuelta en papel azul.
La sostiene entre sus manos y me la extiende.
—Sé que llego un poco tarde con esto —dice, al tiempo que sus labios se
tensan, formando una sonrisa compasiva—. Pero… feliz cumple, Khalil.
Abro la caja con cuidado. Dentro hay un collar. Es un pequeño corazón de
cristal traslucido, pero no es como los corazones que vemos en los dibujos o
en las tarjetas. Es un corazón realista, una réplica del órgano con todos sus
detalles. Parece… tan vivo.
Al levantarlo, noto que tiene una tapa, que se abre. Es un pequeño
recipiente.
—¿Te gusta? —pregunta ella, observándome con una sonrisa expectante.
—Sí, abuela, es... interesante —miro el corazón, giro la tapa y la abro.
—Puedes llenarlo con lo que quieras, Khalil. Algo que te haga feliz. Algo
que quieras llevar siempre contigo. No sé. Creo que no es el mejor regalo
para un adolescente. Soy vieja, perdón, cariño. No tengo idea de qué te
gusta y me pareció buena opción al principio…
No sé qué decir.
Sonrío.
Pero en mi interior solo siento una enorme nada.

Más tarde, ya en mi habitación, me siento en la cama y miro el collar. La
tapa está abierta, y veo el espacio vacío dentro. “Llénalo con algo que te
haga feliz”, pienso.
Miro el vacío dentro del pequeño corazón, y me doy cuenta de que así está
bien. No hay nada que quiera guardar, nada que merezca ocupar ese
espacio.
Y pienso en lo curioso que es todo esto, porque…
Así es también mi corazón.
Hay un vacío enorme en mí y nada me emociona.
7 – SAGA
Me hice amiga de los muchachos de la zona mientras jugaban a la pelota en
la calle. Me acerqué y pedí jugar. Me aceptaron, pero noté que ninguno
pudo volver a jugar con el mismo ímpetu. De hecho, los de mi equipo
siempre me pasaban el balón con dulzura. Los volantes contrarios solo
fingían atacarme, pero la realidad era que solo se acercaban para oler mi
cabello.
Cuando el partido finalizó, los muchachos alabaron los doce goles que
anoté. El récord plantó un precedente. Tiempo después, cuando ya no
estuviera, el reto de ellos sería siempre superar aquel récord de doce goles.
Pasaría mucho tiempo para que eso sucediera, para que alguien me
superara.
––¿Cómo se llama usted, muñequita? ––me preguntó uno de ellos, que traía
la gorra hacia atrás y una sonrisa amarilla.
––Saga ––respondo mientras me incorporo con ellos en la banqueta.
––¿Saga qué? ––pregunta otro, con el pelo tan puntiagudo que parece que
podría lastimarte si lo tocaras.
––Saga Contesí.
Los muchachos asienten, confirmando sus sospechas. Deben estar pensando
que una chica como yo suele vivir en lugares menos tristes. Lo sé porque es
la clase de comentarios que la gente lanza cuando recién me conoce. Dan
por hecho que me comportaré como una perra, y se sorprenden cuando ven
que no es así.
Respondo todas sus preguntas y luego me despido. De inmediato, ellos
pierden todo el interés en la reunión y hacen lo mismo. Uno de ellos, el que
estaba de portero, Danilo, parece inquieto. Lo veo venir detrás de mí.
––¡Muchacha! ––grita él.
Me detengo en seco y giro la cabeza hacia la voz que reconozco.
––Muchacha ––repite Danilo cuando me alcanza––. ¿Le gustaría que la
acompañe a su casa?
Levanto la vista hacia el cielo. Parece un día triste.
––No es tan tarde ––digo, volviendo la cabeza hacia él––. Igual no es que
tenga tanto que hacer en mi casa.
Él entiende la indirecta y lo veo celebrar en silencio.
––Si quiere, la invito a un helado.
Asiento con una sonrisa temblorosa.
No quiero ir a casa. Celebro cada segundo que paso afuera.
Caminamos por la calle quebrada de una zona olvidada por el gobierno. En
los muros, veo rostros de payasos melancólicos, cabezas de pitbulls y la
firma de la pandilla local, el número emblema, un dieciocho en diferentes
variantes.
––No estaré mucho tiempo en la ciudad ––rompo el silencio.
––¿Regresa a su país?
––No. Mi madre y yo nos vamos a… Dios, olvidé el nombre de ese lugar.
Pero sé que está en el nororiente.
––¡Ah! El nororiente… por ahí, cuando no llueve, hace mucho calor. Hace
años se hizo muy famosa una ciudad de ese sitio por constantes incendios y
cosas raras: La Tierra de Dios.
––Sí, ese es el lugar al que vamos.
––Oh… ––parece sorprendido––, tenga cuidado, Saga.
––Da igual. No es como si no pudiera cuidarme sola.
––Sí ––deja escapar un suspiro––. Con tu encanto, quizá las cosas cambien
allá.
8 – KHALIL
Estoy en la cocina, sentado en la mesa con los libros de matemáticas
abiertos frente a mí. El reloj en la pared marca las diez de la noche, y todo
está en silencio, excepto por el sonido de mi lápiz rascando el papel
mientras resuelvo una ecuación tras otra.
De repente, la puerta de la cocina se abre de golpe y mi hermano entra con
pasos pesados que rompen mi tranquilidad. Se detiene en seco al verme,
como si no me esperara. Su cara cambia de sorpresa a enojo en cuestión de
segundos.
––¿Qué haces aquí a esta hora? ––me espeta, como si yo no tuviera derecho
a estar en mi propia casa.
Lo ignoro, mantengo la vista en mis tareas.
Mi hermano suelta un bufido y se dirige a la nevera. La abre de golpe y saca
un pedazo de pizza. Lo lanza al microondas con un movimiento brusco y lo
pone a calentar. Mientras espera, no puede evitar molestarme.
––¿Por qué no has lavado los platos? ––su tono es acusador y despectivo.
––Ya lo haré cuando termine mi tarea ––respondo sin apartar la vista de mis
libros. No tengo tiempo para pelear, no esta noche.
El microondas emite un pitido, indicando que la pizza está lista. Mi
hermano se da la vuelta para sacar el plato, dándome la espalda. Mis ojos se
deslizan sin querer hacia el cuchillo que está sobre la mesa, brillando bajo
la luz de la cocina. Por un segundo, un pensamiento oscuro cruza mi mente.
¿Cómo sería si lo usara? ¿Si lo matara, justo ahora?
Sacudo la cabeza, ahuyentando esa idea de inmediato. No, no puedo pensar
así. Es mi hermano, es lo único que me queda. No importa cómo me trate,
sigue siendo mi familia. Y yo nunca le haría daño. Nunca.
Respiro hondo y vuelvo a concentrarme en mis tareas, tratando de dejar
atrás esa sombra que se deslizó en mi mente. Mi hermano toma su pizza y
sale de la cocina sin decir una palabra más. El silencio regresa, pero ya no
es tan reconfortante como antes.
Terminaré la tarea, lavaré los platos, y luego me iré a la cama.
9 – SAGA
Nos mudamos porque mi madre consiguió un trabajo en un Juzgado en La
Tierra de Dios. Un amante que conoció hace un tiempo fue quien movió los
hilos para que le dieran el puesto. No le juzgo por ello; sé que lo hizo para
darnos una vida mejor. Por eso ahora nos mudamos a una casa más grande,
más cómoda.
No puedo evitar sentirme triste, porque cada día me alejo más y más de
Daniel.
Estamos en el auto, mi madre y yo, dirigiéndonos hacia La Tierra de Dios.
Esta vez soy yo quien lleva el volante, con Laurel a mi lado, vigilando cada
uno de mis movimientos. Aunque estoy nerviosa, me esfuerzo por mantener
las manos firmes sobre el volante. Estoy decidida a aprender. Algún día,
podría necesitar robarle el auto y escapar hacia el fin del mundo, por eso
necesito esto:
Hay un silencio tenso mientras avanzo por la carretera. Respiro profundo y
trato de ignorar el temblor que siento en mis manos, que surge cada vez que
un auto pasa rápido junto a nosotras.
—¿Sabes, mami? He oído cosas sobre La Tierra de Dios —digo, intentando
romper el silencio—. Dicen que tiene un clima raro y que han ocurrido
cosas extrañas, como incendios.
Laurel mantiene la vista fija en la carretera, pero sus labios se tensan
ligeramente. Puedo notar que no es un tema que le agrade, pero no se queda
callada.
—Sí, es cierto —responde tras un momento—. Ha habido incendios y otras
cosas. Pero eso fue hace muchos años. La ciudad ha cambiado... aunque no
te confíes —agrega en un murmullo—. Hay heridas que nunca se cierran.
No entiendo lo que quiere decir con eso último, pero no quiero darle más
vueltas al asunto. Miro por la ventana, hacia la extensión abrumadora del
paisaje que nos rodea.

Cuando llegamos a La Tierra de Dios, lo primero que notamos fue el
horrible clima. Llueve todo el día. A veces es una simple llovizna, una de
esas que apenas se siente, pero otros días es insoportable, como si el cielo
estuviera decidido a no dejarnos en paz. La lluvia hizo que la mudanza
fuera un verdadero reto, con cajas mojadas y muebles difíciles de mover.
Pero en cosa de una semana, logramos instalarnos.
Nuestra nueva casa es amplia, mucho más bonita de lo que esperaba. Tiene
un jardín con flores diminutas que parecen luchadoras, sobreviviendo a
pesar del clima. Hay un corredor donde podría colgar una hamaca y leer un
libro mientras escucho la lluvia caer, hasta quedarme dormida con la
tranquilidad que trae este lugar, a pesar de todo.
10 – KHALIL
Estoy en el baño del instituto, sentado sobre la tapa del inodoro, con las
piernas recogidas contra mi pecho.
Hace diez minutos que sonó la campana para entrar a clases, pero no tengo
intención de moverme. No quiero salir, no quiero ver a nadie.
Ah… Dios, como odio a mis compañeros.
Hoy no es un buen día, y todo lo que puedo hacer es tratar de contener el
temblor en mis manos.
El ruido del agua goteando desde el lavabo resuena en el baño vacío.
Es el único sonido, aparte de mi respiración, que vibra de una manera
irregular.
Cierro los ojos, y pienso en qué podría hacer para escapar del instituto.
Pero me obligo a abrir los ojos porque sé que no tiene sentido.
El portero no me dejaría salir. Y saltar el muro del instituto no es opción
porque es demasiado alto, y aunque lo intentara, probablemente solo
acabaría rompiéndome algo y terminando en el hospital.
Así que, aquí estoy…
Pienso que, tal vez, lo mejor sea simplemente quedarme aquí. No hacer
nada. Dejar que el día pase sin mí.
Pero recuerdo lo de hace días, en mi cumpleaños.
Yo… me regalé un poco de valentía.
Yo… debo intentarlo.
No quiero, de verdad, no quiero.
Pero lo haré.
Lo haré.
Aunque sé cómo resultará.
Siempre es lo mismo con ellos.
Me levanto del inodoro y camino hacia el umbral.

Llego a clase y me siento en mi pupitre, como siempre, en la esquina del
fondo del aula. Cuando abro mi cuaderno, caen varios papelitos al suelo.
Los recojo, uno por uno, y leo los mensajes escritos en tinta negra:
“tontito”, “mudo”, “idiota”. Mis manos tiemblan un poco mientras los
guardo en mi bolsillo. Suspiro profundamente. Esto lo metieron en mi
cuaderno ayer, seguramente. Pero no voy a darles la satisfacción de ver mi
reacción.

La campana suena y la clase termina. Me levanto para salir, pero cuando
intento levantar mi mochila del pupitre, no se mueve. Tiro un poco más
fuerte, pero sigue sin moverse. Bajo la vista y veo que alguien ha amarrado
las correas al pupitre con un nudo complicado, uno de esos que parecen
imposibles de deshacer.
Siento que mi cara se calienta mientras intento desatar el nudo, pero es
inútil. Mis dedos tiemblan y se resbalan en la cuerda, mientras escucho a
algunos de mis compañeros riéndose al fondo, mientras se preparan para
salir del salón.
Finalmente, suspiro y saco unas tijeras de mi estuche. Con manos
temblorosas, corto las correas de la mochila, liberándola del pupitre.
Salgo del aula lo más rápido que puedo, agradeciéndole a Dios que el día ha
terminado.

El pasillo está lleno de estudiantes, todos dirigiéndose a sus próximas
clases. Intento pasar desapercibido, como siempre, pero siento el primer
empujón en la espalda, luego otro en el costado. Tropiezo, pero no caigo.
Los escucho reírse mientras sigo caminando, con la mirada fija en el suelo.
Solo quiero llegar a clase o desaparecer.

Llego a la clase de ciencias y noto que algunos de mis compañeros se ríen
por lo bajo cuando paso. Me siento incómodo, pero eso es “normal”. Sin
embargo, tengo un presentimiento extraño y voy al baño, y allí lo
compruebo en el espejo: tengo un cartel pegado en mi espalda con la
palabra “Morrison”. Lo arranco, lo hago una bola y lo tiro en el basurero.

Estoy caminando por el pasillo, cargando mis libros para la próxima clase,
cuando alguien me empuja desde atrás. Los libros caen al suelo,
desparramándose por todas partes. Me agacho rápidamente para recogerlos,
mientras los otros pasan junto a mí riendo.

En clase de matemáticas, abro mi estuche para sacar un lápiz, pero lo que
encuentro es un desastre. Mis lápices están rotos por la mitad, y parece que
alguien masticó y escupió mis borradores.

Me siento solo, como siempre, en la esquina de la cafetería, y saco mi
almuerzo. Apenas empiezo a comer cuando un grupo de chicos se acerca.
Sin decir nada, uno de ellos me quita el sándwich de las manos y lo muerde.
Los otros se ríen y toman lo que queda, comiéndoselo mientras me miran.

En clase de historia, la maestra me llama para responder una pregunta. Me
armo de valor y digo la respuesta. Apenas pronuncio las palabras, las risas
comienzan. “¿Escucharon su voz?”, dice uno de mis compañeros, después
me imita de una manera deplorable. Mis palabras se deshacen en mi
garganta. La maestra trata de callarlos, pero el daño ya está hecho. Vuelvo a
mi asiento, deseando no haber nacido.
11 – SAGA
Camino por las calles con la nota de mi madre arrugada en el bolsillo.
Tengo que encontrar el lugar donde me darán el uniforme del instituto.
He estado ahí antes, fui con Laurel a hacer el encargo, es una tienda
pequeña, algo escondida, que solo abre en ciertos días y horarios. El lugar
se llama “Modas Estelares”, pero me cuesta orientarme en esta ciudad que
todavía no conozco bien. Pensé que me familiarizaría rápidamente, pero no.
Las calles son estrechas. Las casas muestran señales de desgaste por la
humedad constante de las lluvias interminables. Es como si la ciudad nunca
se secara, como si la lluvia se hubiera convertido en parte del todo.
El olor de humedad salada me recuerda que el mar no está lejos.
Me doy cuenta de que estoy perdida. Las calles se parecen demasiado entre
sí, y los nombres que veo en las placas no coinciden con lo que está en la
nota. No sé si tomé un desvío equivocado o si simplemente este lugar es
más confuso de lo que pensaba.
Paso frente a un campo donde varios chicos juegan al fútbol. Gritan y se
empujan mientras corren tras la pelota, que parece volar en todas
direcciones.
De repente, la pelota se desvía con fuerza.
Y viene directamente hacia mí.
No tengo tiempo para pensar; un suspiro vulnerable sale de mis labios al
tiempo que levanto las manos y me cubro la cara, esperando el impacto.
Escucho un chirrido y…
La pelota no me golpea.
Cuando abro los ojos, veo a una chica montada en una motocicleta. Hay una
ligera línea marcada en el asfalto por las llantas. Ella frenó abruptamente y
le pegó a la pelota con el frontal de la moto para desviarla.
Antes de que pueda reaccionar, escucho una voz suave.
––Ten cuidado ––me dice la chica desde su motocicleta.
Me sorprendo al analizar sus facciones. Parece solo una niña. Y su voz es
un tanto infantil. Tiene el cabello largo y pelirrojo.
––Gra… gracias… oye, perdona, ¿sabes dónde está la calle en la que pueda
encontrar esta tienda? ––le pregunto, mostrándole la nota arrugada que
tengo en la mano––. Debo recoger mi uniforme, pero no encuentro este
sitio.
Ella toma la nota y la lee con cuidado.
––Sí, conozco la calle ––responde––. Si quieres, te llevo.
––¿En serio? ––su ofrecimiento me desconcierta.
––Sip. Sube ––ella hace un gesto con su mentón, indicándome que me
monte en su motocicleta al tiempo que hace rugir el motor.
––Guau, muchas gracias, de verdad ––le digo, aliviada.
Mientras atravesamos las calles, su cabello nubla mi vista e inunda mi nariz
con su aroma a frutillas. Los hombros de la chica son tan pequeños. Me
pregunto qué edad tendrá.
––Tu cabello es hermoso ––le digo, subiendo mi voz por encima del ruido
del motor de la motocicleta––. Nunca había visto a alguien con ese tono…
es… un tinte increíble.
––Gracias. Es mi color natural. Jamás lo pintaría ––responde ella
tímidamente.
Viste una falda corta, que se recoge por la inclinación y deja ver sus piernas
delicadas y ligeramente tonificadas. Trae una camisa de botones, bastante
formales para una tarde como esta, y sus orejas sobresalen de su cabello, lo
que resalta aún más su aspecto infantil. Debajo de sus ojos tiene pecas y
sombras de ojeras, como si no durmiera lo suficiente.
––Soy Saga, por cierto ––comento––. ¿Tú cómo te llamas?
––Vania ––responde con una pequeña sonrisa que puedo ver a través del
retrovisor. Sus dientes son hermosos, sus incisivos delanteros son
ligeramente más largos que el resto, como los de los conejos––. Vivo cerca
de aquí.
––Yo todavía no logro orientarme bien. Me mudé hace poco a esta ciudad.
––¿De dónde vienes?
––México.
––Oh, dicen que es un lindo lugar. ¿Lo extrañas? Oye, me gusta tu acento.
––Gra… gracias. A veces siento que sí lo extraño, un poco.
Finalmente, llegamos a la calle correcta y veo la tienda, “Modas Estelares”,
es pequeña y está medio escondida entre dos edificios más grandes.
––Oye, de verdad, muchas gracias… ––digo al tiempo que me bajo de la
motocicleta.
––No hay de qué, fue un placer ––Vania está a punto de acelerar para irse,
pero antes de que lo haga, le digo:
––Me gustaría recompensar tu ayuda… eh… saliendo de esto, ¿podemos
comer un helado? Aunque si no te gusta podemos comer otra cosa, eh…
espera ––saco mi cartera de mi bolsillo y cuento mi dinero porque no estoy
segura de sí me alcanza para el ofrecimiento que acabo de hacer, mi cara
comienza a calentarse por la vergüenza de mi acto frente a la primera
persona con la que he hablado en esta ciudad.
Vania suelta una risita y eso me pone aún más nerviosa.
––No te molestes, en serio, no hay problema ––parece dudar, mirando hacia
la calle como si tuviera prisa por irse.
––Vamos, es solo un helado ––insisto, cerrando mi cartera. No puedo evitar
sonreír porque he visto que tengo suficiente para invitarla––. Además, no
conozco a nadie aquí. Sería bueno… hablar con alguien más que no sea mi
mamá.
Vania asiente con un gesto amable.
Cuando baja de su motocicleta y se yergue a mi lado, noto que soy
considerablemente más alta. Entonces, no puedo evitar preguntarle:
––¿Cuántos años tienes?
––¿Cuántos crees?
––Eh… ¿doce? ¿trece? ––digo, pero no estoy segura.
Vania suelta una risa.
––Tengo catorce, pronto quince ––responde mientras menea la cabeza de
lado a lado.
Tenemos casi la misma edad.
Entramos a la tienda y mientras saludo, la dueña me reconoce, va por la
bolsa con mi uniforme y me la entrega. Le agradezco y salimos de la tienda.
Todo duró menos de un minuto.
Vania y yo nos dirigimos hacia una heladería que ella conoce.
Es un lugar sencillo, y no parece haber gran variedad de sabores, pero es
suficiente para nosotras. Pedimos nuestros helados y nos sentamos en una
mesa afuera. El cielo ha empezado a nublarse.
––¿Tienes Facebook? ––le pregunto mientras saco mi teléfono para
agregarla––. Me gustaría… seguir hablando contigo.
––No uso redes sociales ––responde rápidamente––. Mis hermanas no me
lo permiten.
––Vaya, eso suena estricto ––digo, un poco sorprendida––. ¿Pero sí usas
mensajería?
––Sí ––admite––. Eso sí.
––Dame tu número, entonces ––le digo, sonriendo––. Así podemos seguir
en contacto.
Ella me lo dicta, y lo guardo en mi teléfono. Después de eso, pasamos un
rato más charlando, aunque noto que Vania no habla mucho sobre sí misma,
esquiva casi todas mis preguntas y me da la sensación de que nunca me
responderá los mensajes de texto cuando le escriba. Sin embargo, hay algo
en ella que me atrae, una sensación de misterio que me hace querer
conocerla más.
Finalmente, termina su helado y se levanta.
––Debería irme ––dice––. Pero ha sido agradable conocerte, Saga.
––Igualmente, Vania. Gracias por ayudarme.
––Cuídate ––me dice antes de caminar de vuelta hacia su motocicleta.
Me quedo mirando cómo se aleja. Es tan linda.
12 - KHALIL
Hoy algo ha cambiado en el instituto. Todos me miran con respeto, algunos
casi con temor. Las chicas incluso me saludan con una inclinación de
cabeza. Es como si de repente hubieran entendido que no soy alguien de
quien burlarse.
Avanzo con seguridad.
Y, entonces, los veo. Es Brandon y su pandilla de hijos de perra.
Ellos siempre me han hecho la vida imposible. Están al final del pasillo,
esperando, con esa sonrisa burlona que tan bien conozco. Pero esta vez no
me intimidan. No, hoy no.
Me acerco a Brandon. Mi corazón late con fuerza, pero no de miedo, sino
de determinación. Y cuando él intenta empujarme, respondo con un golpe
firme. La sorpresa en su rostro es satisfactoria.
Me defiendo con vehemencia de todo su grupo que se abalanza contra mí, y
cada uno de ellos retrocede, derrotado. Siento la adrenalina correr por mis
venas mientras los demás estudiantes se reúnen a mi alrededor. Están
aplaudiendo, vitoreando mi nombre. Me siento fuerte, invencible.
Salgo del maldito instituto porque ahora soy libre y puedo ir y venir a
dónde YO quiera.
YO controlo mi vida.
YO mando.
Llego a casa y mi hermano me está esperando en la puerta. Pero esta vez no
hay desprecio en su rostro, sino algo más, algo que nunca había visto antes:
orgullo. Me sonríe, y por primera vez, siento que me reconoce, que me
respeta.
––Buen trabajo ––me dice, palmeándome el hombro. Me invade una
sensación cálida, como si todo finalmente estuviera en su lugar, como si por
fin fuera la persona que siempre debí ser.
Pero de repente, un rayo ilumina el cielo, seguido por un estruendo que
sacude todo a mi alrededor. La imagen de mi hermano se desvanece, y me
encuentro de nuevo en mi cama, en la oscuridad de mi habitación. La
realidad me golpea con fuerza.
Todo era solo una fantasía.
Suspiro profundamente.
Cierro los ojos, deseando que la oscuridad me envuelva por completo.
No quiero estar aquí.
No quiero ser yo.
Y con ese pensamiento, me dejo llevar por el sueño, esperando que, al
menos en mis sueños, las cosas sean diferentes.
13 - SAGA
Saga:
¡Hola, Vania!
Envío el mensaje y dejo el teléfono sobre mi cama. Suspiro y miro
alrededor de mi habitación. Todavía hay cajas sin desempacar y una pila de
ropa esperando ser planchada. Decido que es mejor aprovechar el tiempo,
así que empiezo a ordenar mis cosas, colocando los libros en los estantes y
doblando la ropa. Pasan dos horas y estoy en medio de planchar mi
uniforme cuando la pantalla de mi telefono se ilumina con una notificación.
Vania:
Hola, Saga. Perdón por tardar en responder. ¿Ya estás lista para el instituto?
Sonrío, un poco sorprendida de que Vania me haya respondido. No esperaba
una respuesta después de tanto tiempo, pero me alegra que lo haya hecho.
Dejo la plancha a un lado y respondo rápidamente.
Saga:
La verdad, no. Aún me estoy adaptando a todo. ¿Y tú? ¿A cuál instituto
vas?
Vania:
Voy al Instituto Nuestra Señora del Camino. Que no te engañe el nombre, la
verdad es que no es religioso, es pura fachada. En realidad es… muy grande
y todo el tiempo me escabullo hacia el enorme campo que lo rodea.
Saga:
Vaya, qué pena que no vayamos al mismo. :(
Vania:
Créeme, lo agradezco. El uniforme de tu instituto es horrible. Esa camisa
gris no le sienta bien ni a un cadáver.
Siento un pequeño pinchazo de ofensa, pero también sé que Vania tiene
razón. Miro la camisa gris que acabo de planchar; la verdad es que no es
muy favorecedora.
Saga:
Oye, sí, tienes razón. :) No es el mejor look, la verdad.
Vania:
No te preocupes, sobrevivirás. :p
Saga:
Eso espero.
Vania:
Me parece extraño que en mitad de año comiences a estudiar, o sea…
¿cómo? ¿no se supone que deberías de esperar a inscribirte en enero?
Saga:
Ah, eso es porque hice exámenes de equivalencia. No fue fácil, pero lo
logré… aunque ahora me arrepiento de haberlos pasado.
Vania:
No te preocupes, Saga. A chicas como tú siempre les va bien.
Saga:
Gracias, Vania. Eso espero. Me siento un poco nerviosa.
14 – KHALIL
Hoy, al llegar al instituto, noto algo diferente. Los chicos no me hacen
burla, ni siquiera me miran.
¿Por qué?
Pienso que seguramente planean algo malo y siento unas terribles ganas de
salir corriendo.
Pero ellos, en lugar de lanzarme comentarios hirientes o empujarme, pasan
junto a mí sin hacer contacto visual.
Es tan raro…
La mayoría de los varones están en grupos pequeños, murmurando entre sí.
Agudizo el oído, tratando de captar de qué hablan, aunque realmente no me
importa. Solo quiero saber qué ha robado su atención lo suficiente como
para olvidarse de mí.
¿Acaso hay otro fenómeno en el circo?
Quizá yo me convierta en un chiste quemado, que ya no hace reír a nadie.
Y ese otro sea el nuevo enemigo a vencer.
Escucho fragmentos de conversación mientras camino hacia mi aula. Están
hablando de una chica.
Parece que se trata de una estudiante que acaba de llegar y que está en mi
mismo grado, pero en la sección “C”. Eso es raro porque ya estamos a
inicios del segundo semestre. No es común que alguien nuevo se inscriba a
estas alturas.
No es algo que realmente me interese, pero es genial que esta chica nueva
sea una distracción para todos. Mientras me siento en mi pupitre, escucho
algunos comentarios sueltos que me llegan desde diferentes grupos.
––Dicen que es una facilona ––murmura uno.
––Fue novia de mi hermano, seguro que por eso se cambió de instituto ––
agrega otro.
––Uno de mis primos le quitó la virginidad ––dice un tercero con tono de
burla.
Me hago una idea de esa chica, alguien que, por lo que escucho, parece ser
muy... extraña para hacer todas esas cosas. No sé si creerles o no, pero sé
que esa información será la comidilla del día.
El timbre suena y la clase comienza, pero mi mente sigue dándole vueltas a
la idea de esa chica, la nueva, la que ha logrado lo que yo siempre he
querido: que me dejen en paz.
15 – SAGA
El uniforme que llevo no es lo más cómodo del mundo, pero hago lo mejor
para lucirlo con dignidad.
Lamentablemente, no puedo evitar odiar esta camisa gris. Y el pantalón me
queda un poco ajustado. Siento cómo tira cuando camino, pero intento no
pensar en eso demasiado.
El pasillo está lleno de estudiantes, la mayoría en grupos, hablando y
riendo. Trato de pasar desapercibida, pero noto que algunos se me quedan
viendo. No sé si es por el uniforme, por mi apariencia, o simplemente
porque soy nueva. Aun así, sigo avanzando, manteniendo la cabeza en alto,
como si todo estuviera bajo control.
Llego a mi aula, la sección “C” y respiro hondo antes de entrar. Al abrir la
puerta, siento un silencio momentáneo mientras las miradas se dirigen hacia
mí. Me muevo rápido hacia un asiento en la parte de atrás, queriendo evitar
cualquier atención innecesaria. No quiero destacar más de lo que ya lo hago
por ser la nueva.
La primera clase comienza, y estoy tratando de mantenerme enfocada. La
maestra es una mujer de aspecto severo, pero con una sonrisa amable.
La maestra me llama al frente del aula. Mi corazón se acelera. Me pongo de
pie y camino hacia el frente. Odio esta sensación de ser observada por
todos, pero sé que no tengo opción.
––Clase, tenemos una nueva compañera hoy ––dice la maestra, dirigiéndose
a los estudiantes––. Se llama Saga, y viene de México. Quiero que todos le
den la bienvenida.
Miro a la maestra y luego a mis compañeros. En algunos hay curiosidad, en
otros, desinterés y en la mayoría, una sonrisa amigable.
––Hola ––digo, tratando de que mi voz suene firme, aunque siento un leve
temblor––. Soy Saga, y como dijo la maestra, vengo de México. Espero
llevarme bien con todos… o al menos con la mayoría.
Algunos se ríen suavemente, lo cual me hace sentir un poco mejor. La
maestra asiente, y me indica que puedo regresar a mi asiento.
Mientras camino de vuelta, siento que todos siguen mirándome. Mi mente
sigue repitiendo lo que acabo de decir, analizando cada palabra. Me
pregunto si he causado una buena impresión o si simplemente seré otra cara
en el aula. Me siento de nuevo en mi pupitre, y trato de concentrarme en la
clase.
El resto de la clase transcurre sin sobresaltos. La maestra continúa con la
lección, y poco a poco, los estudiantes parecen perder interés en mí, lo cual
es un alivio. Sin embargo, no puedo dejar de sentirme en guardia, como si
en cualquier momento algo pudiera salir mal.
16 – KHALIL
Papá solía usar la máscara blanca que en este momento tengo entre mis
manos. Paso los dedos por la curva de la sonrisa, sencilla y algo gastada,
pero aún perfecta en su simplicidad. Cierro los ojos y dejo que los
recuerdos me envuelvan…
Jugábamos a hacer obras de teatro en la sala de casa. Yo reía, y él hacía
voces graciosas, moviéndose de un lado a otro, como si estuviera
interpretando a un actor. A veces también usábamos marionetas. Él las
movía con tanta destreza que, en aquel entonces, me parecían reales.
––¡Mira, Khal! ––decía papá, haciendo que una marioneta bailara al
compás de una música imaginaria. Yo me reía de manera incontrolable, y
trataba de imitarlo.
Me encantaba cuando se ponía la máscara. Era como si, por un rato, papá se
convirtiera en alguien más, alguien divertido y despreocupado, lejos de la
tristeza que a veces veía en sus ojos cuando pensaba que yo no lo notaba.
Con la máscara, él era todo sonrisas y alegría, y yo era feliz.
Pero entonces, un día, todo cambió.
Porque papá se fue.
A veces le reprocho en silencio por no haberme llevado con él.
17 – SAGA
Han pasado dos semanas desde que empecé en el instituto, y aunque al
principio todo fue un poco abrumador, las cosas parecen estar empezando a
encajar... más o menos. Hoy, mientras estoy en el aula tratando de
concentrarme en mis tareas, algo extraño ocurre.
––Saga, ¿necesitas ayuda con eso? ––pregunta Luis, uno de mis
compañeros que apenas conozco.
Levanto la vista de mi cuaderno y veo que no es el único. Martín, el chico
que se sienta dos filas delante de mí, también se ha acercado.
––Yo puedo ayudarte, si quieres ––ofrece Martín con una sonrisa que
parece demasiado entusiasta.
––Bueno, en realidad... ––empiezo a decir, pero no termino la frase porque
otro chico, Pedro, se acerque con la misma intención.
––No, no, deja que yo lo haga. Soy el mejor en matemáticas ––dice Pedro,
quitándome el cuaderno de las manos con una seguridad irritante.
––Oye, pero yo soy mejor en ciencias ––protesta Luis, intentando
arrebatarle el cuaderno a Pedro.
––¡Eh! Yo puedo hacer las dos cosas ––interviene Martín, alzando una
mano como si estuviera en una subasta.
Los miro, sin saber bien qué hacer o decir. Nunca había visto a nadie
pelearse por hacer mi tarea, y mucho menos con tanto entusiasmo. Es como
si fuera una especie de premio. Intento recuperar mi cuaderno, pero ya lo
tienen entre ellos, discutiendo sobre quién es el más apto para ayudarme.
––A ver, chicos, yo puedo hacerlo sola... ––trato de decir, pero me ignoran
por completo.
––Mira, Saga, lo que tienes que hacer es simplificar esta fracción ––dice
Pedro, trazando líneas en el cuaderno como si yo no tuviera ni idea de lo
que es una fracción.
––¡No, no! Eso no es así ––le contradice Luis––. Primero, tienes que
reorganizar la ecuación.
––Chicos, en serio... ––intento interrumpir, pero ahora Martín ha sacado su
propio cuaderno y está reescribiendo mi tarea en el suyo.
––¿Ves? Aquí es donde debes hacer el cambio ––explica Martín,
subrayando una línea.
––¡No la confundas más! ––grita Pedro, arrebatándole el cuaderno a
Martín––. Lo mejor es hacerlo de esta manera...
––Es que ustedes no entienden ––insiste Luis, intentando recuperar el
cuaderno––. Saga necesita una explicación sencilla.
––¿Me estás diciendo que no sé explicar? ––Martín lo mira con las cejas
levantadas––. Soy más claro que las instrucciones del shampoo.
––¡Basta! ––grito finalmente, lo suficientemente alto como para que todos
se callen y me miren con sorpresa.
Recupero mi cuaderno, sosteniéndolo firmemente.
––De verdad, chicos, puedo hacerlo sola ––les digo, con un tanto de
brusquedad.
Ellos se miran entre sí.
––Bueno... ––digo, sintiendo que la situación se me escapa––. Si quieren
ayudarme, está bien, pero yo también quiero aportar. No me gusta que
hagan todo por mí.
––¡Claro, claro! ––dicen todos a la vez, asintiendo con impetú.
18 – KHALIL
Estoy en el aula, sentado en mi pupitre. El ambiente está tenso; la maestra
dicta los resultados de un examen difícil, y todos parecen nerviosos por sus
calificaciones. Ella empieza a anunciar las notas en voz alta.
––Gerson, seis… ––dice la maestra.
Gerson suspira. Parece aliviado de no haber reprobado.
––Miriam, seis… ––continúa.
Miriam asiente, aunque no se ve muy contenta.
––Brandon, ocho…
La clase murmura con sorpresa. Un 8 es un buen puntaje en un examen tan
complicado. Algunos compañeros incluso felicitan a Brandon por su logro.
Pero entonces, la maestra pronuncia mi nombre.
Y sé que todo saldrá mal.
––Khalil, eres el único que sacó diez sobre diez ––anuncia con una sonrisa.
El aula se sume en un silencio extraño. No hay murmullos, ni felicitaciones,
solo un vacío incómodo.
Siento cómo todas las miradas se posan en mí.
Pero no son miradas de admiración.
Son frías, resentidas.
Ellos siempre hacen esto.
No toleran el hecho que yo saque buenas notas.
De hecho, suelo contestar erróneamente algunas respuestas para evitar esto,
pero en ese examen olvidé hacerlo.
La maestra, sin darse cuenta del ambiente, sigue sonriendo.
––Excelente trabajo, Khalil ––dice, animándome––. Sigue así.
Asiento con la cabeza, aunque por dentro sé que este tipo de atención no es
buena.
El resto de la clase pasa en silencio.
Cuando suena el timbre que indica el recreo, salgo del aula con la esperanza
de que el malestar se disipe. Me dirijo al patio, donde usualmente me quedo
solo, pero esta vez noto que varios compañeros se me acercan. Sonríen,
pero hay algo en sus expresiones que me pone nervioso.
––Khalil, tenemos algo para ti ––dice Brandon, extendiéndome una carta.
La tomo con manos temblorosas y la abro. Está escrita con una caligrafía
cuidada, y mientras leo, una carcajada se apodera de mí.
Es otra de sus bromas estúpidas.
Es una supuesta carta de una chica que dice haberme estado observando y
que confiesa estar enamorada de mí. Me pide que sea su novio.
¡Já! ¿En serio piensan que voy a creer esta mierda?
––¡Vaya, Khalil! ¡Pensaba que te gustaban las mujeres! ––responde
Brandon, dándome una palmada en la espalda––. ¿No te alegra saber que
existe una chica con la realidad tan alterada que te ve atractivo?
––Sí, ajá ––respondo rápidamente, casi sin pensarlo. Tiro la carta al suelo.
––Oye, lo de la carta era en serio ––dice Virgilio, al tiempo que la recoge y
la extiende––. Su nombre es Saga y… nos mandó para dártela.
––Sí, buen chiste, por favor, ya váyanse.
––¿Por qué te pones así, Khal? ––insiste Armando––. Nosotros te
ayudaremos a prepararte para encontrarte con tu novia. Sabemos mucho
sobre chicas.
––No es mi novia y no quiero saber nada de ella.
––Puf… deberías comportarte como un hombre y aceptar que la vida por
fin te sonrió, idiota ––dice Brandon, con cierta molestia.
“Deberías comportarte como un hombre”, esas palabras se repiten en mi
mente.
Mi hermano me ha dicho eso varias veces.
¿Es a esto a lo que se refería?
––Y… ¿qué se supone que tendría que hacer? ––pregunto, siguiéndoles en
juego.
––¡Pues ser un hombre y ya! ––exclama Virgilio––. Acercarte, a ella,
besarla, yo qué sé.
Trago saliva pesadamente.
Giro mi mirada a mi alrededor, buscando un punto que me permita una
salida de esto, pero me tienen rodeado y sé que no me dejarán en paz.
––Óyeme… ––Brandon se sienta a mi lado y me da una palmada en la
espalda––. Sé que te hemos hecho un par de bromas… bueno, muchas, tal
vez. Pero nunca nada así. Recuerda que jamás hemos involucrado a otras
personas. ¿Por qué haríamos algo así?
Tiene razón, pero aun así…
––Porque eres un hijo de puta ––murmuro, sorprendiéndome de mis
palabras. Lo pensé, sí, pero no tenía la intención de decirlo.
––Guau ––Brandon aprieta los labios y fuerza una sonrisa al tiempo que
desliza su mirada en cada uno de sus amigos––, ¿qué te pasa, Khal? ––
vuelve a fijarse en mí–– Es la primera vez que intentamos hacer algo bueno
por ti y… ¿me insultas?
Levanto mi mirada y nos vemos a los ojos.
Parece… sincero. Y creo que esta es la conversación más larga que hemos
tenido en la vida.
Y me pregunto seriamente si algo como esto puede ser verdad.
¿En serio puedo gustarle a alguien?
Aunque en honor a la verdad, ¿qué más daría si sí o si no?
No pierdo nada con esta idiotez.
Porque de todas formas, pienso suicidarme pronto.
19 – SAGA
Estoy con mis compañeras, ensayando para la exposición que tenemos la
próxima semana. Estamos en un área agradable, bajo la sombra de un árbol,
rodeadas de un pequeño jardín y bancas de cemento. Es un lugar ideal para
practicar y repasar. Me siento entusiasmada porque sé que puedo hacerlo
bien.
Me siento más o menos cómoda, aunque aún me molesta un poco cuando
mis compañeros insisten en explicarme todo como si fuera tonta. Pero hoy,
decido dejar eso de lado y concentrarme en lo que realmente importa.
Mientras reviso mis anotaciones, de repente noto un movimiento en el
rabillo del ojo. Aparece en el jardín un muchacho con una camisa color
crema de mangas largas, trae una corbata que parece que lo está ahorcando.
Está sudoroso y lleva en la mano tres rosas. Su sonrisa es temblorosa, y no
me mira directamente a los ojos. Me parece un poco extraño, pero no le doy
mayor importancia hasta que se acerca a mí.
––Yo… yo acepto… ––dice tartamudeando, sin levantar la vista del suelo.
––¿Aceptar qué? ––pregunto, desconcertada, mientras miro a mis
compañeras en busca de alguna pista sobre lo que está ocurriendo.
El chico saca una nota de su bolsillo y me la entrega con manos
temblorosas. La abro y empiezo a leer en voz alta, aún sin entender del
todo.
––Querido Khalil… Estoy enamorada de ti desde hace tiempo. Quiero que
sepas que me gustas mucho y que me encantaría que fueras mi novio… ––
leo con voz cada vez más sorprendida. Mis compañeras ríen suavemente a
medida que avanzo en la lectura, pero al llegar al final, mis ojos se detienen
en la firma. Mi nombre está escrito allí. Supuestamente, esta carta la he
escrito yo.
Miro al chico, y luego desvío la mirada hacia un grupo de compañeros que
están un poco más lejos, observándonos con las manos cubriendo sus bocas,
esperando a estallar en carcajadas. Me doy cuenta de que todos en el jardín
están pendientes de lo que ocurre. Es obvio que muchos se han puesto de
acuerdo para concretar esta broma pesada.
De repente, siento un nudo en la garganta. La crueldad de lo que están
haciendo me duele. Todos están esperando a reírse.
Siento que algo en mí se despierta, un sentimiento de furia mezclado con la
determinación de no permitir que esto continúe. No voy a darle a estos
bullys lo que quieren. No voy a participar en su juego.
Me levanto con decisión, sosteniendo la carta en una mano. Me acerco a
Khalil, que sigue mirando al suelo, nervioso.
––Gracias por aceptar ser mi novio ––digo, con un tono elevado, girando la
mirada hacia los demás, dejando en claro que estoy hablando en serio.
El chico levanta la vista, sorprendido. Veo cómo el color sube a sus mejillas
mientras la sorpresa se dibuja en su rostro. Me inclino hacia él y le doy un
beso en la mejilla. Su mano sube automáticamente para tocarse el cachete
donde lo besé, como si no pudiera creer lo que acaba de pasar. Sus ojos se
agrandan, y parece que le falta el aire por la emoción.
––No… nos ve… ve…veremos luego ––dice tartamudeando, antes de
girarse y alejarse lentamente del jardín, aún aturdido.
Mientras se va, un estallido de aplausos, silbidos y risas nos envuelve.
Siento cómo el orgullo se hincha en mi pecho. No les he dado el
espectáculo cruel que querían. Les salió el tiro por la culata, y no puedo
evitar sonreír al ver sus caras.
Mis compañeras me miran sorprendidas, pero no dicen nada. Yo, por mi
parte, me siento más fuerte, más segura. Tal vez esta sea la primera vez que
me siento realmente bien desde que llegué aquí. Sé que he hecho lo
correcto.
20 - KHALIL
Salgo del jardín, atónito, sin saber muy bien qué acaba de pasar.
Mis pasos son lentos, como si estuviera flotando en lugar de caminar. Todo
el mundo me vitorea y aplaude.
¿De verdad ha sucedido?
Solo quería quitarme a los imbéciles de mis compañeros de encima.
Quería que tuvieran su puta broma y me dejaran en paz.
Pero ahora las voces de todo el mundo me rodean, llenas de emoción.
––¡Sí, hombre! ––me dice uno de los chicos mientras me da una palmada en
la espalda––. ¡Yo tenía fe en ti!
––Eres un crack, Khal ––agrega otro––. No cualquiera...
Los comentarios siguen llegando, todos alagándome, felicitándome. Incluso
muchachos de otros salones se acercan y me saludan.
Nunca había sido el centro de atención de esta manera, y me cuesta
procesarlo.
De repente, un chico que parece distraído se acerca al grupo. Sus ojos
parpadean con curiosidad mientras se detiene frente a nosotros.
––¿Qué sucede? ––pregunta, con una expresión de desconcierto.
Uno de mis compañeros, que aún me tiene abrazado por el hombro, se
adelanta para explicarle.
––Este bro acaba de hacerse novio de la nueva, Saga, la mexicana ––dice
con orgullo, dándome un apretón amistoso––. Es mi ídolo.
El otro chico frunce el ceño, claramente desconcertado. Por su expresión,
está lejos de compartir el entusiasmo del resto. Se cruza de brazos.
––¿En serio? ––dice, con una mueca de desdén––. Seguro que lo aceptó por
lástima.
Los demás continúan felicitándome y aplaudiéndome, como si ese
comentario no tuviera importancia. Sin embargo, siento un pequeño
pinchazo en mi interior, porque puede ser verdad…
Pero a medida que la euforia a mi alrededor crece, la duda se diluye. No
quiero que nada arruine este momento. Y aunque sé que hay cosas que no
entiendo del todo, no puedo evitar sentirme... bien.
De hecho, ya había olvidado lo que se siente estar bien.
Y es tan placentero como cuando sueño que voy a morir.
21 – SAGA
Me encuentro tirada en la cama, mirando el techo, sin poder dormir. Mi
mente no para de dar vueltas.
Dios mío, ¡que carajo hice!
Al principio, me sentía orgullosa, como si hubiera hecho algo valiente. Pero
ahora no dejo de pensar en Daniel. Nunca terminé formalmente con él. Nos
separamos forzosamente, sí, pero nunca hubo una conversación clara, un
adiós definitivo. ¿Esto significa que, de alguna manera, lo que hice hoy
podría considerarse infidelidad? Empiezo a sentir un nudo en el estómago.
¿Qué pensarían los demás si se enteran? Pero lo que más me preocupa es lo
que significa esto para ese chico…
Khalil.
¿Qué hice?
Haberlo rechazado amablemente habría sido menos cruel que arrastrarlo a
una mentira. Me siento asquerosamente culpable y al punto de las lágrimas.
Una relación no es algo que deba tomarse a la ligera.
Es algo que todo el mundo vio, y no es con cualquier persona.
¡Es con un chico que no conozco!
Me revuelvo entre las sábanas y pataleo, sintiendo cómo la culpa empieza a
carcomerme. Hacerme la heroína en ese momento me pareció lo correcto,
pero ahora... ¿Cómo le voy a explicar todo esto a ese chico?
El pensamiento de tener que enfrentarlo me llena de ansiedad. Sé que tengo
que arreglar esto, pero no sé cómo. Necesito ayuda, y la única persona en la
que puedo pensar es Vania.
Agarro mi teléfono y marco su número. Es tarde, pero espero que no le
importe. Después de un par de tonos, Vania contesta, su voz suena
adormilada.
––¿Saga? ¿Qué pasa? Estaba soñando que veía un espectáculo en un circo.
Había un niño con cabeza de hormiga peleando con otro con cabeza de
tarántula. Fue increíble. Así que más vale que sea importante…
––Vania, lo siento por llamarte tan tarde, pero necesito tu ayuda ––le digo,
tratando de mantener mi voz tranquila.
––No te preocupes, dime qué ocurre ––responde, ahora más despierta.
Le cuento todo lo que pasó hoy. La broma, el beso en la mejilla, el modo en
que todo el mundo nos vitoreaba, y cómo ahora me siento como una perra
egoísta que solo quiso hacerse la heroína. Para mi sorpresa, Vania se ríe de
mi desgracia.
––¡Saga, eso es tan estúpido! ––dice entre risas––. No puedo creer que
hayas hecho eso. ¡Qué manera de darle la vuelta!
––Yo creí que era lo correcto… ––admito––. Pero, no sé. Es viernes, y no
puedo esperar hasta el lunes para hablar con él. Necesito arreglar esto lo
antes posible. ¿Podrías ayudarme a conseguir su dirección? La única
información que tengo de él es que su nombre es Khalil y vamos en el
mismo instituto. No es un nombre común, debería ser fácil dar con él.
Necesito ir a su casa para que hablemos. Le explicaré las cosas. Estoy
segura de que entenderá... digo, ¡ni siquiera nos conocemos! Él debe
sentirse igual que yo…
Vania deja de reírse y se pone más seria. Nota la urgencia del asunto.
––Suena un poco complicado.
––No veo otra manera. No puedo dejar que esto siga así. No quiero hacerle
daño, pero tampoco puedo seguir adelante con esta mentira. Necesito ser
honesta con él.
Vania suspira, pero al final acepta.
––De acuerdo, intentaré ayudarte a conseguir su dirección. Pero Saga, ten
cuidado. No sabes cómo reaccionará. No lo conoces de nada.
––Lo sé ––digo––. Gracias, Vania, en serio.
––No hay de qué ––responde––. Te llamaré cuando tenga algo.
Cuelgo y me quedo mirando el teléfono.
Todavía siento un nudo en mi estómago.
22 – KHALIL
El mando de la Wii está entre mis manos. Estoy sentado en el suelo de mi
habitación, concentrado en la pantalla del televisor. Es sábado por la tarde,
lo que significa que es hora de Mario Kart. Juego en la dificultad más alta,
porque es la única manera de hacerlo interesante. Mi personaje se desliza
por las curvas evitando plátanos y lanzando caparazones verdes a sus
rivales. Me sé todas las pistas de memoria.
Me acerco al final de la carrera, en primer lugar, como siempre, cuando de
repente escucho voces desde afuera. Me distraigo un momento,
reconociendo el tono de voz lejano de alguien familiar. ¡Dios mío, es ella!
¡Saga! Mi corazón salta y dejo caer el mando mientras me pongo de pie de
un salto. Sin pensarlo, salgo disparado de la habitación y corro hacia la
puerta.
Llego al umbral de la casa y ahí están: Saga, mi... novia (aun no me
acostumbro a verla de esa manera), charlando con mi hermano. Mi hermano
tiene la boca abierta, parece inquieto. Saga me ve primero y me saluda
amablemente.
––Hola, Khalil ––dice, sonriendo.
Mi hermano sigue mirándonos, luego asiente con gesto de admiración y me
da una palmada en la espalda.
––Bien hecho ––dice en voz baja para que solo yo lo escuche, mientras se
aleja lentamente, dejándonos solos.
Me siento nervioso mientras me quedo allí con Saga. Ella parece un poco
nerviosa también, pero mantiene su sonrisa.
––Khalil, necesito contarte algo ––dice––. No tardaré mucho.
––Podemos ir a mi habitación ––le sugiero.
Saga se ruboriza un poco, pero asiente tímidamente.
––Está bien ––dice.
La llevo a mi habitación y, mientras entramos, noto cómo su mirada recorre
cada rincón con curiosidad. Cuando ve el videojuego aún en pausa en la
pantalla del televisor, sus ojos se iluminan.
––¡Oh, por Dios, amo ese videojuego! ––exclama.
––Soy muy bueno en él ––respondo.
––¿Jugamos una partida? ––pregunta ella, y asiento rápidamente.
Nos sentamos en el suelo, y le paso un mando. Ella elige a Peach, y yo,
como siempre, elijo a Luigi. Nos preparamos para la carrera, y el conteo
comienza. Tres, dos, uno...
Estamos en una pista de camino de ladrillos amarillos y curvas cerradas.
Peach y Luigi salen disparados al frente, esquivando Goombas que
deambulan por el circuito. Tomo la primera curva, deslizándome justo por
el borde para no perder velocidad. Saga me sigue de cerca, lanzando un
caparazón rojo que apenas logro esquivar.
––¡Casi! ––exclama Saga, riendo.
––¡Tienes que hacerlo mejor que eso! ––le respondo, adelantándome aún
más.
La pista se estrecha, y salto sobre un par de rampas, aprovechando el
impulso.
Entramos en la última vuelta, y estoy claramente en primer lugar, con Peach
justo detrás de mí. Al acercarme a la línea de meta, veo la bandera
ondeando en la distancia. Podría terminar la carrera y ganar fácilmente,
pero algo me detiene. Freno suavemente, dejando que Peach me adelante.
––¿Qué haces? ––pregunta Saga, sorprendida.
––Nada ––le digo con una sonrisa.
Peach cruza la meta en primer lugar, y Luigi la sigue en segundo. Saga deja
escapar un grito de victoria, alzando los brazos en el aire.
––¡Sí! ¡Lo logré! ––dice, riendo––. Solía jugar a la Wii con… mi tío ––es
extraño. Al mencionar a su tío su mirada gira hacia otro lado y su voz se
suaviza––. Esto me trae buenos recuerdos.
––Yo solía jugar con mi papá ––le respondo––. Antes de que muriera.
Saga me mira con expectación, su alegría de hace un momento se ha
diluido.
––¿Estaba enfermo o algo así?
Me quedo en silencio, mirando la pantalla del televisor que ahora muestra la
tabla de posiciones. Pienso en lo que significa contarle esto a Saga. Pero
después de un momento, decido ser honesto. Si ella es mi novia, merece
saber la verdad.
––Se suicidó ––digo finalmente––. Se colgó de una cuerda en su habitación.
El silencio que sigue es pesado.
Saga no dice nada por un momento, pero logro escuchar su respiración, una
inhalación alargada.
Y yo no la miro directamente, temiendo lo que pueda ver en su expresión.
Pero entonces, siento su mano en la mía, y la aprieta suavemente.
––Lo siento mucho, Khalil ––dice en voz baja––. No me imagino lo duro
que debe haber sido para ti y tu hermano.
23 – SAGA
No debí haber preguntado sobre su padre, pero ya es tarde para lamentarme.
Miro las fotos que están sobre el escritorio y en la pared. Son de un hombre,
seguramente su padre. Pero otras me llaman más la atención, me pregunto
si son artísticas o… si son de una película. Me levanto y camino hacia una
de las fotos, la señalo con el dedo y le pregunto.
––¿Esto qué es?
––Es un incendio, ¿no es obvio, Saga? Es fuego.
––¿Pero por qué está en tu pared?
––Mi papá era periodista. Son fotos que él tomó. Era parte de una de sus
investigaciones. Se trata del primer incendio en la ciudad.
––Guau. ¿Eso cuando ocurrió?
––Hace quince años… yo apenas era un recién nacido ––Khalil lo dice con
voz melancólica, al tiempo que se levanta y camina hacia mí.
––¿Y por qué tienes esto en tu pared?
––Siempre me pareció especial. Quizá sea porque mi padre me habló
demasiado sobre ese día. Él estaba obsesionado con este asunto y al final
nunca pudo terminar su investigación. Hoy en día, no se sabe quién lo
provocó, mucho menos las razones.
––Pero… ––giro mi mirada a lo largo de la pared y noto lo que al inicio
había ignorado––. Son muchas fotos…
El fuego envuelve todo, alzándose contra el cielo oscuro, tragando árboles y
arbustos y animales que corren de un lado a otro mientras intentan sacudirse
las llamas. En otras fotografías, se ven bomberos en medio del caos, con
rostros tensos y sudorosos mientras luchan por controlar la destrucción. Hay
también personas, algunas, con las manos en la cara, otras abrazándose
entre sí, desesperadas, el fuego se refleja en sus ojos.
Me estremezco.
––Mi papá las tomó, él estuvo ahí ––Khalil desliza sus dedos sobre una de
las fotografías––. Murieron muchas personas, la mayoría, de nuestra edad,
Saga.
––Qué tenebroso ––murmuro al tiempo que me envuelve un sentimiento de
incomodidad que nunca había sentido.
––¿Tenebroso por qué? ––Khalil gira su mirada hacia mí y arquea una ceja.
––Dices que murió gente y eso.
––¿Y te da miedo la muerte…? ––los labios de Khalil se abren lentamente
formando una sonrisa extraña.
Su pregunta me desconcierta un poco y no la contesto al instante. Lo miro
fijamente mientras recuerdo el día en el que me paré frente a un camión en
medio de la carretera, la noche en la que Daniel y yo huimos de mi padre.
En ese momento no sentí miedo, al contrario.
––No. No me da miedo.
––Genial ––dice al tiempo que vuelve su mirada hacia una de la fotos.
Después, murmura––: creo que tenemos algo en común.
––Me pregunto que habrá sido de las familias de toda esa gente...
––Oh, te mostraré algo ––Khalil camina hacia su escritorio, y abre una de
las gavetas. Saca un cajón y esparce su contenido sobre la cama––. Mira…
––me dice mientras me muestra más fotos, pero esas son de personas. Son
jóvenes.
––Son las víctimas, ¿cierto?
––Exacto.
Observo las fotos detenidamente. Khalil tenía razón, son chicos que no
podrían ser mayores que yo. Se les ve alegres en la cotidianidad de sus
vidas: algunos celebran sus cumpleaños, otros tienen uniformes deportivos
y levantan trofeos, algunos solo sonríen frente a la cámara como si nada en
el mundo importara…
––Me gusta el cabello de él ––digo al tiempo que levanto una de las fotos.
Es un chico que sonríe y levanta los pulgares. Parece que se trataba de un
día lluvioso porque detrás de él se observa un paisaje gris y diluido. Lleva
puesto el uniforme de, lo que supongo, es su equipo de futbol.
Giro la fotografía y atrás hay un mensaje escrito con lapicero, dice así:
“Cada día te amo más, K♡K”.
––Qué romántico ––digo mientras sonrío.
––Saga... ¿qué es lo que viste en mí?
––¿Eh? ––respondo, confundida por su pregunta, al tiempo que devuelvo
toda mi atención a Khalil.
––Por lo de la carta... ahí decía que me habías estado observando durante un
tiempo ––continúa, mirándome con ojos llenos de curiosidad, pero también
de inseguridad.
Recuerdo por qué estoy aquí y aprieto mis labios y cierro mis ojos por un
momento. Suspiro profundamente, tratando de encontrar el valor para
decirle la verdad.
Estoy a punto de confesarle que en realidad no quiero ser su novia, que todo
fue una broma cruel de los demás, y que yo solo quise evitar que lo
lastimaran. Estoy lista para decirle que ni siquiera lo conozco y que,
además, estoy en una relación con alguien más. Pero antes de que pueda
articular palabra, él me interrumpe.
––¿Qué es lo que viste de especial en mí? ––pregunta, con la voz cargada
de una esperanza que me duele escuchar––. ¿Qué es lo que puedes ver que
los demás no...?
Sus palabras me golpean abruptamente como caminar en una calle y darme
de frente contra un poste.
Trago saliva pesadamente.
Abro mi boca, pero me es imposible decir nada, así que la vuelvo a cerrar.
Me muerdo el labio inferior.
––¿Saga? ––Khalil insiste.
––Vi ternura y bondad ––le digo finalmente, sin poder verlo a los ojos––. Vi
a alguien que estoy segura, tiene un lindo corazón.
––No recuerdo la última vez que hablé con una chica ––me confiesa, con
una franqueza que me sorprende. Pero al instante, entiendo que tiene
sentido.
––¿En serio? ––pregunto, tratando de mantener la compostura. Una risa
triste escapa de mis labios. Levanto mi mirada y le aprieto la mano––. No te
preocupes, Khalil. Yo me encargaré de guiarte.
Me siento un poco mejor, porque tuve una buena idea.
Siento como una resolución crece dentro de mí. Si he metido la pata al crear
esta situación, entonces lo mínimo que puedo hacer es intentar ayudarle a
Khalil a salir adelante. Quizá, si lo ayudo a convertirse en alguien más
sociable, más carismático, más interesante, entonces no tendré que cargar
con la culpa de haberlo engañado. Si consigo que se abra al mundo, tal
vez... todo pueda salir bien. Y cuando llegue el momento de terminar esta
relación, lo haré sin sentirme culpable, porque habré dejado algo bueno en
su vida.
Quizá, al final, podamos ser amigos.
Entiendo perfectamente cómo se siente. Sé lo que es cargar con el peso de
una tristeza sin fondo y la guerra infinita que deja un suicida al desaparecer.
Samuel me dejó sola, y a Khalil, su padre. Él no lo sabe, pero tenemos más
en común de lo que cree.
Yo soy escoria y él está desesperado.
Me cae bien solo por eso.
Me hace pensar que no estoy sola debajo de esta tormenta.
24 – KHALIL
¿Debería ir a buscar a Saga?
Puf… debí comprarle rosas o algo, ¿no? Quizá prefiere los chocolates. ¡O
bombones!
Me pregunto si todos los días debería darle algo nuevo mientras camino por
los pasillos del instituto.
Noto algo interesante que hasta ahora había ignorado. La gente se mete
menos conmigo. De hecho, algunos incluso me saludan o me hablan.
Me tratan como a uno más del aula, como si fuera parte del grupo, y no
alguien raro o el enemigo a vencer como antes. Es extraño y, al mismo
tiempo… agradable.
“Agradable”… es uno de los adjetivos que jamás imaginé que usaría con
mis compañeros.

Cuando suena el timbre del recreo, salgo del aula y allí está Saga,
esperándome en la puerta. Me saluda con un gesto amable, y siento cómo
mi corazón se acelera. No sé si debo abrazarla, darle la mano, o
simplemente caminar a su lado. Al final, decido simplemente caminar con
ella.
Me pone nervioso que algunos chicos nos miren mientras caminamos por el
corredor.
––¿Cómo estuvo tu fin de semana? ––me pregunta, y yo le respondo lo
mejor que puedo, hablando de lo que hice, de cómo jugué videojuegos y
pasé el tiempo en casa… como siempre. Sigo sintiéndome nervioso, pero la
forma en que me habla, tan tranquila y paciente, me ayuda a relajarme un
poco.
––¿A dónde vamos? ––le pregunto.
––A las gradas, frente al campo de fútbol ––responde con una sonrisa.
Llegamos a un espacio amplio, las gradas están vacías y el campo igual. Es
un lugar alejado del bullicio del alumnado. Nos sentamos en una de las
bancas, y Saga se gira hacia mí, mirándome con curiosidad.
––Cuéntame sobre ti, Khalil ––me dice––. ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo
libre, aparte de videojuegos? ¿Qué te gustaría hacer cuando seas mayor?
Esas preguntas me toman por sorpresa.
––Bueno... ––empiezo a decir, un poco inseguro––. Me gusta ver
caricaturas, hacer tarea, escuchar música… y creo que eso es todo. Y a
veces dibujo un poco... pero sobre qué quiero hacer cuando crezca... no
estoy seguro. No pienso en el futuro.
Esa pregunta, “¿qué te gustaría hacer cuando crezcas?”, juro que jamás me
la había planteado. Hace unos días estuve a punto de suicidarme, llevaba
dos años planeándolo, fantaseando en cómo sería terminar con todo cuando
cumpliera quince años. Cada vez que sentía ansiedad, cada vez que una
preocupación se acercaba a mis pensamientos, la alejaba diciéndome que no
importa porque de todas formas iba a morir pronto. Y ahora… simplemente
no sé lo que quiero de la vida. Me gustaría ser capaz de decirlo en voz alta,
pero… no sé si ella me entendería, todavía tengo la sensación de que
estamos en mundos diferentes.
––¿No sabes? ––pregunta Saga, arqueando una ceja.
––No ––admito––. ¿Y tú?
Saga asiente.
––Yo quiero ser modelo. Siempre he sabido que eso es lo que haré. Quiero
viajar, conocer el mundo, estar en las portadas de revistas... ––sonríe y
mueve los brazos con la mirada iluminada, como si lo estuviera
visualizando––. Pero mi plan “B” es ser científica. Me gustaría descubrir la
cura contra algunas enfermedades. Quizá revertir la vejez. Salvar el mundo.
Mientras la escucho hablar, siento admiración y un poco de envidia.
––Eso… es genial.
––Sip. Lo es ––responde al tiempo que asiente––. Pero no te preocupes,
Khal. Aún tienes tiempo para descubrirlo.
Sus palabras me alivian un poco.
Aunque todavía siento que estoy muy lejos de saber sí vale la pena siquiera
intentarlo.
Quizá sí.
25 – SAGA
Vania me invitó a dormir en su casa y, sin poder contener la emoción, me
confesó que era la primera vez que la dejaban llevar a alguien. Sus
hermanas saldrán de la ciudad durante el fin de semana y se apiadaron de
Vania para no dejarla sola.
Cuando llegué, no podía creerlo. Si bien, Vania me lo había comentado,
seguía sin convencerme del todo. Pensaba que era otra de sus bromas raras,
pero no. Vania vive en un hotel cerca de la costa, en la planta más alta.
¡Tengo una amiga millonaria!
Una vez dentro de la habitación, todo me resulta surrealista: el lujo, la
decoración, el olor suave a lavanda. Estoy en un espacio completamente
nuevo, como si fuera otro mundo.
La noche ya ha caído, y los brillos de la ciudad se reflejan en el mar y en los
ventanales del apartamento. Vania y yo estamos en la sala, sobre un enorme
sofá blanco. Las luces de la sala están apagadas, pero la de la cocina nos
llega de manera tenue. Ambas tenemos los pies encima del sofá, es tan
suave y cómodo como la cama de un emperador.
––¡No puedo creer que vivas aquí! ––exclamo mientras miro alrededor––.
Es… super guau.
––Eh… sí, algo así… ––responde Vania con una sonrisa traviesa––. Aunque
no es tan genial como parece... mis hermanas siempre están fuera y, puf,
nunca quieren hacer nada conmigo ––dice Vania mientras se acomoda más
cerca.
––Creo que a mí no me molestaría sentirme sola mientras este en un sitio
como este.
––No dije que me sintiera sola. No lo estoy. Tengo mi sombra y hablamos
todo el tiempo ––Vania me guiña un ojo.
Sé que es una broma, pero tratándose de ella, perfectamente podría ser
verdad. Prefiero no indagar para no llevarme una “sorpresa”.
Vania se levanta y camina hacia su mochila. Saca una caja con barras de
chocolate y un par de latas de cerveza.
Nos ponemos a charlar sobre la escuela, los profesores que peor nos caen, y
de nuestros cantantes favoritos.
––Entonces, Saga, cuéntame ––dice Vania, dándome un codazo juguetón––.
¿Cómo va todo con Khalil? Ya llevas un mes y medio siendo su novia, ¿no?
Estaba tomando un trago de cerveza cuando me lo dice y casi me atraganto.
No estoy contenta, y cada vez siento que estar con él es más un trabajo que
otra cosa. Bajo la mirada y suspiro.
––Es... complicado ––admito al tiempo que le doy un pequeño mordisco a
una barra de chocolate––. No quiero ser cruel, no quiero ser como los
demás, pero no puedo evitar sentir que estar con él en los recreos cada vez
se vuelve más aburrido... ––digo con pesadez––. A veces invento pretextos
para no verlo, como que estoy enferma y me quedo en el aula, o que debo
estudiar con mis compañeras para algo importante. Pero no puedo evadirlo
por siempre. Además... siento lástima por él, es tan dulce.
Vania me mira con sorpresa, parpadeando un par de veces antes de hablar.
––¿Lástima? ¿Por qué? No se va a morir si lo terminas, sabes.
––Bueno… es difícil de explicar ––respondo, buscando las palabras
adecuadas––. Cuando averiguaste su dirección para mí, ¿no te dijeron algo
sobre él?
––Me dijeron que era rarito, pero no entendí a qué se referían ––responde
Vania, frunciendo el ceño mientras toma un sorbo de su cerveza.
––Khalil es... sí, raro. No tiene amigos, nunca los ha tenido, estoy segura de
que soy la persona con la que más ha hablado en su vida ––digo finalmente,
con delicadeza––. Es un caso especial.
––¿Especial? ¿Cómo? ––pregunta Vania, aún sin entender, con el ceño más
fruncido.
––No es como los demás… no sé… creo que hay algo raro en su mente, no
sé cómo explicarlo, es rarito, sí… ––le digo, soltando la verdad––. Y no sé
qué tan bien le sentará que lo termine de la nada. Siento que él es como un
pajarito que nunca aprendió a volar, y se cayó de su nido. Solo conoce la
parte más solitaria y rota de la vida, y eso te juro que lo entiendo, pero no sé
que mierda hacer para ayudarlo.
Vania deja escapar un suspiro alargado, abriendo otra barra de chocolate
antes de hablar.
––Vaya... ––dice, sorprendida, mientras mastica––. Estás jodida.
––No sé qué hacer ––admito mientras me recuesto contra el respaldo del
sofá, con la intención de hundirme en su suavidad hasta desaparecer––.
Quiero que él sea más sociable, más abierto, pero su actitud es inflexible.
Se niega a hacer cosas diferentes. No parece interesado en nada más que no
sea yo.
Vania se queda en silencio, pensativa. Después de un momento, levanta la
mirada y me dice con una sonrisa misteriosa:
––Creo que tengo una solución.
La miro, algo escéptica.
––¿Ah, sí? ¿Y cuál sería?
––Podríamos hacer algo que lo saque de su zona de confort ––dice con un
brillo travieso en los ojos––. Algo diferente. Algo que lo sacuda un poco y
lo haga querer cambiar.
––Dios mío, ojalá eso funcione.
Vania sonríe ampliamente y me pasa otra barra de chocolate.
––Confía en mí, Saga. Esto será divertido.
26 – KHALIL
Estoy caminando con Saga y Vania en un sendero del bosque. El sol apenas
se asoma entre las hojas de los árboles, y los sonidos de la naturaleza se
mezclan con nuestras pisadas sobre el suelo la tierra llena de ramas secas y
maleza alta. Saga está emocionada, no para de hablar y reír junto a Vania,
mientras que yo las sigo en silencio. Es la primera vez que veo a Vania, y
aunque al principio me parecía algo intimidante, parece llevarse muy bien
con Saga, y eso me da cierta tranquilidad.
No tengo idea de hacia dónde nos dirigimos, pero no quiero preguntar.
Al cabo de un rato, empiezo a cansarme. Hemos estado caminando durante
más de una hora y media, internándonos cada vez más en el bosque.
Llegamos a una zona rocosa, con un río tranquilo fluyendo entre las
piedras.
Frente a nosotros, el paisaje se abre en una serie de formaciones naturales.
El agua es clara y las rocas tienen formas caprichosas que crean pequeños
estanques donde el agua se acumula. Saga se gira hacia mí con una sonrisa,
mientras Vania se quita los zapatos.
—¿Qué hacemos aquí?
—¡Pues nos vamos a meter, obvio! ––responde Vania.
Me sonrojo. No traje ropa para nadar, ni siquiera se me ocurrió que algo
como esto pudiera pasar.
—No... No traje ropa para esto —respondo.
—No importa—Vania se encoge de hombros—. La ropa interior es lo
mismo que un traje de baño ––dice al tiempo que comienza a retirarse la
blusa.
Trago saliva de manera pesada y mi cara se pone roja como un tomate al
pensar en quedarme en bóxer delante de Saga y Vania.
Saga se acerca y me toca el brazo con suavidad.
—Ándale, Khalil. Será divertido. Te enseñaré a nadar si quieres.
Suspiro y muevo la cabeza de lado a lado, pero termino aceptando. Ellas me
animan mientras me quito la camiseta y los pantalones. Vania alaba mi
abdomen, pero sé que bromea porque estoy tan escuálido como un pepino.
––Hey, Khal. ¿Quién de nosotras tiene el culo más grande? ––pregunta
Vania al tiempo que choca sus caderas contra las de Saga.
––Oye, te doy permiso de responder con sinceridad ––dice Saga entre risas
al tiempo que se vuelve hacia mí. Pero agrega en voz baja––: Solo porque
sé que voy a ganar.
––Eh… ––me quedo totalmente en blanco.

Nos metemos al agua, que está fría, pero pronto me acostumbro. Las chicas
comienzan a salpicarme y, aunque al principio estoy tenso, poco a poco
empiezo a relajarme y reír junto a ellas.
En un momento dado, Vania señala a una gran roca que se alza al otro lado
del río.
La veo escalarla con agilidad, hasta que llega a la cima y nos hace señas
para que la sigamos.
—¡Vengan, tienen que ver esto!—grita desde arriba.
Saga y yo intercambiamos una mirada.
Ella parece dudar, pero yo asiento y la ayudo a escalar.
La roca es resbaladiza en algunas partes, pero conseguimos llegar junto a
Vania.
Desde ahí, veo una especie de cascada que cae hacia una corriente profunda
del otro lado. El agua parece tan limpia, tan pura, y el sonido es atronador.
Me quedo sin palabras por un momento, hasta que Vania, con una sonrisa
traviesa, empuja de repente a Saga sin previo aviso.
Saga cae con un grito, y mi corazón se detiene por un segundo mientras la
veo desaparecer bajo el agua.
—¡¿Qué haces?!—le grito a Vania. La rabia se apodera de todos mis
sentidos.
—¡Ve por ella!—responde Vania, riendo.
Y sin pensarlo dos veces, me lanzo tras Saga.
El impacto helado me aturde durante un momento mientras me sumerjo en
la profundidad. Abro los ojos bajo el agua, pero no veo nada. Me empiezo a
poner nervioso hasta que siento unos brazos alrededor de mi espalda. Saga
me abraza. Ella está bien, sabe nadar y no le ha pasado nada.
Escucho un estruendo, siento una ligera turbulencia y mi mirada es opacada
por un destello de burbujas. Es Vania, que también se ha lanzado, haciendo
un clavado perfecto. Se une a nosotros, y los tres salimos a la superficie.
—¿No que no sabías nadar?—pregunta Vania, burlona, mientras yo me
aferro a la espalda de Saga, tratando de mantenerme a flote.
—No... No sé nadar.
Saga se voltea y me mira con una sonrisa cálida mientras me toma de las
manos.
—No te preocupes, te enseñaré. Confía en mí.
Asiento, tratando de calmar mi respiración, mientras ella me empieza a
guiar en el agua, enseñándome cómo mover los brazos y las piernas para
mantenerme a flote.

Estoy en la orilla, sentado en la maleza junto a Saga.
Vania sigue nadando, sumergiéndose y emergiendo como una sirena.
Yo abrazo mis piernas y siento como el calor empieza a penetrar en mi
húmeda piel. Es un tacto placentero.
––Gracias por enseñarme a nadar.
––Fue divertido ––Saga se encoge de hombros. Me gustaría verla a los ojos,
pero su ropa interior se ha puesto un tanto traslucida y me apena siquiera
estar a su lado.
Aun así, me siento bien. Muy bien.
––He estado muchas veces en este bosque y nunca me topé con el río.
Guau. Este lugar es enorme.
––Yo tampoco lo conocía, Vani fue la que me propuso venir. ¿Te gustaría
volver otro día?
––Oh, sí que volveré. Me encanta este sitio. Es más, si tuviera que escoger
un lugar para morir, sería aquí. Es mi nuevo lugar favorito.
27 – SAGA
La música resuena en mis oídos haciéndome vibrar por dentro.
Las luces parpadean y giran en un arcoíris oscuro y frenético. Todo aquí
parece moverse a máxima velocidad.
Hay pocas personas, la mayoría son hombres que están en la barra, tomando
algo y viendo la pista envuelta en neblina.
Vania, Khal y yo estamos en una discoteca.
Vania y yo bailamos al ritmo de la música mientras reímos.
Ella está increíble, viste una minifalda blanca que resalta sus piernas
torneadas, y una blusa delgada negra que se ciñe a su figura con
sensualidad. Sus botines negros completan el look. Si hicieran la muñeca de
“Barbie rebelde”, seguro sería idéntica a Vani.
Yo llevo un vestido rojo, ajustado, con un escote que se asoma sin ser
demasiado. También traigo tacones negros y medias largas. A pesar de la
oscuridad, todo es tan brillante y chispeante.
Khalil, por su parte, está sentado en una banca al fondo, observándonos,
tratando de mantener la compostura. Lleva una camisa polo sencilla y un
pantalón azul. Su ropa grita de manera escandalosa: ¡Soy el tipo más común
y corriente del planeta!
Su mirada nerviosa me hace sonreír. Sé que no quería venir. Se negó al
principio, pero la insistencia de Vania siempre tiene ese algo que logra lo
imposible. Y aquí estamos, los tres.
La pista de baile se ilumina con reflejos que se mueven con el ritmo de la
música, mientras Vania y yo bailamos. Nuestros movimientos son
exagerados, más divertidos que provocativos, mientras reímos y giramos.
Seguramente estamos provocando pena ajena en quienes nos observan,
pero, ¿qué más da?
Miro a Khalil y veo su expresión de desconcierto, como si estuviera en el
lugar equivocado, en el momento equivocado, con la gente equivocada, en
el año equivocado, en la vida equivocada. Seguramente le habría gustado
nacer como como un pájaro y volar lejos entre cerros y montañas.
Sus manos se aferran a la banca, y parece que quiere desaparecer.
Vania lo nota también.
Ella se le acerca con una sonrisa y lo toma de las manos, tirando de él con
fuerza. Khalil intenta resistirse al principio, moviendo la cabeza de lado a
lado con una sonrisa forzada.
—Vamos, hombre, ven a bailar, no seas aguafiestas —dice Vania, mientras
lo jala hacia la pista.
Yo me acerco, y entre las dos lo colocamos en medio de nosotras. Khalil
parece una estatua, con los hombros tensos y los brazos pegados al cuerpo.
Su rostro está completamente rojo, y sus ojos tan abiertos como los de un
gato cuando mira una presa.
—Chicas, en serio... es suficiente —balbucea, pero su voz se pierde entre el
estruendo de la música.
Vani y yo cruzamos miradas, y una sonrisa traviesa se dibuja en nuestros
rostros. Nos tomamos de las manos y lo encerramos entre nosotras, ¡ahora
no podrá escapar!
Muevo mis caderas al ritmo de la música, y siento el rubor subiendo por
mis mejillas.
Giramos, cambiando de lugar, y Vania se pone frente a él, bailando
lentamente, acercándose más. Khalil intenta dar un paso atrás, pero yo estoy
ahí, justo detrás de él. Pongo mis manos en sus hombros, y le doy un tierno
masaje.
—Todo está bien, cariño —le murmuro suavemente en el oído.
La canción cambia. Han puesto una más íntima, de esas que son para bailar
pegados.
Vania se acerca más a él. Toma sus manos y las guía hacia el cuerpo de ella,
coloca una en su cintura y la otra en su hombro.
Veo cómo Khalil cierra los ojos un segundo, como si intentara convencerse
a sí mismo de que no hay de qué preocuparse.
28 – KHALIL
Estoy en el parque junto a Saga. Ella me ha dicho que hoy haremos algo
especial con Vania, y aunque me siento un poco inquieto, también me da
curiosidad. Veo a Saga sonreír cuando Vania se acerca. Ella nos saluda con
una sonrisa amplia. Ahora que lo pienso, creo que nunca he visto su cara sin
una sonrisa.
—¿Listos para la aventura? —pregunta, su tono un tanto burlón.
—Eso espero —responde Saga, y me mira de reojo con un brillo cómplice
en sus ojos.
Creo que soy el único que no sabe a dónde vamos.
Vania lleva una mochila, y cada vez que se mueve, se escucha un tintineo
vidrioso. Es un sonido peculiar, pero decido no preguntar. Saga y Vania
intercambian una mirada y sueltan una risa silenciosa. Me siento un poco
fuera de lugar.
—¿A dónde vamos? —pregunto después de un rato, tratando de parecer
relajado, aunque en realidad la curiosidad me carcome.
—Ya verás —responde Vania, misteriosa, mientras me guiña un ojo.
Seguimos caminando hasta llegar a un barrio desolado, con casas antiguas y
jardines invadidos por la maleza.
Al instante, reconozco este lugar.
Es uno de los barrios más afectados por los desastres de la ciudad.
Hay algo siniestro en el silencio que envuelve la avenida.
Algunas casas tienen las ventanas rotas y puertas entreabiertas. Pero no
parece que hayan sido invadidas. Hay muchas historias sobre este sitio, y la
gente suele tenerle miedo. Papá me dijo que esta era una avenida muy
concurrida, pero desde entonces todo el mundo prefiere tomar otras rutas
para evitarla.
—Este lugar se quedó vacío después del segundo incendio —comienza a
contar Vania mientras seguimos avanzando—. Hace catorce años, la gente
decidió irse. Era más fácil escapar que enfrentarse a lo que quedó. Dos
incendios en años seguidos hicieron que la población pensara que esta
ciudad estaba maldita.
––De hecho, también hubo un tsunami. Y un tornado… y según las
investigaciones de mi papá, varios secuestros se registraron durante el caos.
Es la peor época de la ciudad ––agrego.
––¿Un tornado? ––inquiere Saga.
––Khalil tiene razón ––respalda Vania.
Vania sigue hablando, cuenta que ella nació el día del segundo incendio.
Saga y yo la miramos sorprendidos.
Vania camina hacia el patio de una de las casas.
Después se vuelve hacia nosotros y nos invita a seguirla.
—¿En serio piensan entrar? —le pregunto a Saga, cuando noto que ella
camina hacia Vania.
Vania abre la puerta de la casa, como si fuera la suya.
—Sí, ¿por qué no? —Saga se acerca a mí y me toma de la mano—. Confía
en nosotras.
Las paredes aún sostienen fotos de los que la habitaron en el pasado. La luz
que entra por las ventanas es tenue, y los muebles no están tan empolvados
como uno esperaría de un lugar catorce años en abandono.
—A veces vengo aquí cuando quiero pensar —dice Vania, paseando por la
sala con aire despreocupado—. Alguna vez fue el hogar de un chico
llamado Jonathan. Era tierno, valiente y sabía escuchar. Fue un héroe…
para alguien que conocí.
––¿Está muerto? ––pregunta Saga.
––No lo sé ––Vania parece triste––. Encontrar esta casa fue una tarea
complicada. Tenía esperanzas de poder hablar con él. Tengo muchas
preguntas, pero no está y eso significa que huyó o murió.
––No entiendo ––digo––. Si no lo conociste, ¿por qué es especial para ti?
––Nos une un deseo ––Vania se vuelve hacia mí, con lo que parece, es una
sonrisa (aunque no me convence del todo, porque sus demás gestos gritan
tristeza)––. Ambos deseábamos estar con ella. Él la entendía, y seguramente
también me entendería. Me gusta pensar en Jonathan como si fuera un tío o
un primo lejano––. suspira al decir su última frase.
No puedo evitar pensar lo raro que es esto. Pero al mismo tiempo, entiendo
el deseo de Vania por querer encontrar a alguien que la comprenda.
––¿A quién te refieres cuando hablas de “ella”? ––inquiere Saga.
––Eh… ––Vania sacude la cabeza y levanta la mirada––. Olvídenlo, ¿sí?
Me dejé llevar. Hoy no es un día para hablar de cosas tristes. Todo está bien,
lo juro.
Saga y yo nos miramos a los ojos, intentando buscar una respuesta a la
situación. Mientras lo hacemos, Vania se adelanta y entra en una habitación
al final del pasillo. Saga y yo la seguimos, y al entrar, la vemos rodeada de
velas encendidas que iluminan el lugar. No sé cómo las encendió tan rápido,
pero prefiero no preguntar.
Vania sonríe de forma traviesa, y abre su mochila.
—La fiesta ha comenzado —anuncia mientras saca varias botellas.
Destapa una, y el olor a alcohol llena la habitación rápidamente. Es
demasiado invasivo. Hago una mueca sin poder evitarlo, lo cual hace reír a
las chicas.
Vania le da un largo trago a la botella.
––Uf… ya lo necesitaba ––dice al tiempo que vuelve a ponerle el corcho––.
Pero creo que deberíamos comenzar por algo menos fuerte––. Vania vuelve
a buscar en su mochila y saca otra botella. La destapa––. Toma, Khal.
Prueba esto.
Miro a Saga, luego a Vania, y ambas me observan con creciente
expectativa. Odio que la gente me mire de esa manera, pero me estoy
acostumbrado a que las chicas lo hagan. Es raro, siento que puedo
perdonarles todo lo que no me gusta que hagan las otras personas.
Al final, decido tomar un pequeño sorbo. El sabor es extraño, no puedo
decir que me gusta, pero tampoco es tan malo. Ellas sonríen, como si
hubiera pasado alguna especie de prueba.
—Otro —insiste Vania—. Al cuarto trago, te aseguro que lo disfrutarás.
Obedezco, y tomo otro sorbo, y luego otro. Empiezo a sentirme un poco
más relajado.
29 – SAGA
Nos hemos emborrachado los tres. El aire en la habitación está pesado por
el olor del alcohol y la luz parpadeante de las velas le da al ambiente un
tono dorado, casi irreal, como si fuéramos nativos prehispánicos bailando
alrededor de nuestra hoguera. Vania está sentada en el suelo, con las piernas
cruzadas, cantando una canción que no tiene mucho sentido, pero su voz es
suave y nos hace reír a Khal y a mí.
––¡Bravo, Vani! ––exclamo, aplaudiendo, mientras Khalil hace lo mismo––.
¡Tienes talento!
Vania ríe y se inclina hacia nosotros. Tiene los ojos entrecerrados y la
sonrisa desinhibida.
––¿Y ustedes? ––dice, con un tono juguetón––. ¿Ya se han besado? ¡Llevan
ya un rato juntos! ¡Vamos, chicos!
Me quedo mirando a Khal.
Y, madre santa, no siento ningún deseo de hacer eso.
Siento una punzada de nerviosismo mezclado con el efecto cálido del
alcohol en mi cuerpo. Vuelvo a mirar a Vania.
––Pásame la botella ––le digo, necesitando algo que me dé el valor e
intoxicación necesario para este trabajo.
Vania me la pasa, y sin pensarlo dos veces, doy un trago largo, dejando que
el alcohol queme mi garganta mientras desciende. El líquido fluye por las
comisuras de mis labios y empapa mi ropa. Me tomo toda la botella, y
luego me seco la boca con el dorso de la mano. Siento que mi cabeza da
vueltas, pero no puedo evitar la risa.
Me balanceo hacia Khal, y antes de que pueda cuestionarlo, lo beso. Sus
labios son cálidos y suaves, y el beso es torpe, pero en este estado, todo se
siente más intenso y menos real.
Como un sueño.
Un sueño en el que caigo y nunca llego al fondo.
Todo lo que ocurre después se muestra en mi mente de manera etérea. No sé
si es el alcohol o el momento.
30 – KHALIL
Estoy en la feria junto a Saga.
Todos los años ensamblan los juegos mecánicos y las casetas coloridas en el
mismo sitio de la calle catorce. Este lugar es, de alguna forma, la esencia de
La Tierra de Dios.
Bueno, eso es lo que dicen los ancianos.
Yo nunca había estado en este lugar, solo lo veía desde fuera. ¿Tuve
curiosidad por ingresar alguna vez?, sí. Pero ver a tantas personas me
abrumaba.
Por suerte… estando con Saga se siente diferente.
Siento que puedo enfrentarme a cualquier cosa.
Ella es como un amuleto.
Vania no pudo venir hoy. Está estudiando para la recuperación de un
examen importante, su último intento para no reprobar. Saga me explicó
que estuvo toda la semana muy preocupada por eso, así que al final
decidimos venir nosotros dos solos.
Caminamos entre la multitud.
Perros callejeros de raza incierta se escurren entre las piernas de la gente.
Música ranchera sale de todos los bares, algunos tienen luces neón y toros
mecánicos, otros son más oscuros, y son atendidos por mujeres trans que
reparten cerveza.
Veo puestos de pizza que tienen rebanadas con forma cuadrada. Se me
antojaría un pedazo si no fuera por las moscas revoloteando encima.
Hay estantes con todo tipo de cosas divertidas: figuras deformes de Dragon
Ball Z, discos piratas de películas y videojuegos, cartas de Yu-Gi-Oh con
los monstruos un tanto distorsionados (fueron impresas en mala calidad),
remedios milagrosos que prometen curar cualquier enfermedad, marionetas
que parecen diabólicas, peluches colgando de ganchos oxidados.
Hace un rato Saga y yo nos subimos a la rueda chicago. Fue divertido, lo
admito. Y estar en la cabina… tan cerca de ella, de su aliento, de su risa, de
su pelo que se me enredaba en la cara. Guau. Ella hace que absolutamente
todo valga la pena, incluso si no me gusta hacerlo.
Ahora caminamos observando todo lo que este lugar tiene para ofrecernos.
Ella nota mi expresión y me pregunta:
—¿Te gusta?
—Sí... eso creo.
—¿Te animas a jugar al tiro al blanco? —me pregunta, señalando el puesto
de ese juego.
––Ehm… ––murmuro.
––Me gustaría que ganaras un oso de peluche para mí. Nunca he tenido uno
y… ¡Lo quiero! ––lo dice con un entusiasmo que hace que mi respuesta este
destinada a ser un sí.
Miro los peluches colgando y sonrío.
Creo que puedo lograrlo.
Nos acercamos al puesto y hablo con el tendero para pedir un turno. Él me
pasa la escopeta de aire comprimido y señalo el blanco.
—Buena suerte, muchacho —dice el hombre, con una sonrisa de medio
lado.
Respiro hondo y apunto. El primer disparo se desvía un poco, pero con el
segundo acierto justo en el centro del blanco. Saga aplaude, sorprendida.
Ella señala el oso de peluche, reclamándolo como premio. El tendero nos lo
da.
—Mira nada más —dice Saga, con una sonrisa—. Sabía que podías
conseguirlo.
—Sí, yo igual —respondo, con una sonrisa un poco nerviosa.
De repente, el tendero extiende la mano hacia mí, pidiéndome el dinero por
el intento.
—Fueron dos intentos, muchacho, ambos cuestan.
Reviso mis bolsillos rápidamente, buscando el dinero. Me doy cuenta de
que ya me lo he gastado todo. Levanto la mirada y aprieto mis labios. Miro
a Saga, incómodo, y murmuro:
—No tengo más dinero.
Saga ya tiene el oso enorme entre los brazos, pero antes de que el tendero
pueda insistir, ella me toma de la mano.
—¡Corre! —me grita.
Corremos entre la multitud, zigzagueando, mientras el tendero se sale del
puesto y comienza a perseguirnos.
Nos detenemos detrás de una caseta, los dos respirando agitadamente. Saga
suelta una carcajada y me mira, todavía abrazando al oso de peluche.

Recorremos la doce avenida.
Saga va adelante, jalándome de la mano.
Siento el peso del oso de peluche que llevo a cuestas, la cabeza se tambalea
de un lado a otro, como si estuviera a punto de caerse.
La risa de Saga resuena en el aire, sus mejillas se han puesto rojas y sus
ojos brillan de emoción. No la suelto; ella tampoco afloja su agarre, de
hecho, cada vez me sujeta con más fuerza.
Llegamos al parque Reina Barrios y nos detenemos, ambos jadeando. Tomo
aire y miro a nuestro alrededor. Hay un área dominada por los bikers, rollers
y skaters. Siempre se reúnen a esta hora. Están intentando maniobras,
cayéndose y volviéndose a levantar. Sus novias, sentadas en las gradas, ríen
y los vitorean mientras los graban con sus teléfonos.
Los columpios oxidados, el trompo giratorio, el deslizador áspero; todos
esos juegos desgastados son reliquias del parque. En la cancha cercana,
unos chicos juegan fútbol, dividiéndose en dos equipos: los que juegan sin
camiseta, con los torsos oscuros brillando con el sudor, y los otros, con
camisetas empapadas.
La biblioteca, a un lado, permanece en silencio. Su presencia resulta pesada,
contrastando con el bullicio y la vida nocturna del parque.
Nos alejamos un poco del ruido y de los vagabundos, siguiendo un sendero
de cemento hasta llegar a la zona del parque donde está el deslizador.
Saga se adelanta y se sube, yo pongo el oso de peluche en la punta y lo dejo
caer por la pendiente. El peluche rueda hasta el suelo, y cuando lo recojo,
noto que la herrumbre ha manchado su pecho blanco.
—Mira esto —le digo a Saga, levantando el oso con la mancha en el centro.
Ella suelta una carcajada.
Su risa es escandalosa y siempre hace que todos volteen a verla. Se inclina
hacia adelante, con las manos en las rodillas, mientras sigue riendo. Los
mechones de su cabello se deslizan por su cara, ocultándola parcialmente.
No puedo evitar sonreír también; no me ofende su risa, al contrario, me
parece lo más dulce del mundo.
Me pregunto si le parecerá raro que la grabe riéndose para ponerla como el
sonido de mi alarma despertadora.
¿Será posible meter su olor, aliento y mirada dentro del corazón de cristal
que me regaló la abuela? Aun lo llevo puesto, oculto debajo de mi camisa,
aunque la mayor parte del tiempo se me olvida.
Después, Saga se sienta en uno de los columpios.
El asiento de metal es pequeño y parece que no la sostiene del todo, sus
piernas largas cuelgan del borde. Empiezo a empujarla, y ella se deja ir
hacia atrás, luego estira las piernas hacia el frente mientras cierra los ojos y
sonríe. La veo balancearse, su cabello se agita al ritmo del viento, y me
pregunto si alguna vez me atreveré a decirle lo hermosa que se ve así.
—¿Nos subimos al trompo giratorio? —me invita Saga después de unos
minutos.
—¿Estás segura? —pregunto, y ella asiente con entusiasmo.
Me acerco al trompo y lo empiezo a empujar con una mano mientras que
con la otra abrazo al oso. Saga sube primero, se agarra del tubo y yo acelero
el giro. Cuando el trompo ya va a suficiente velocidad, me subo también.
Me apoyo en el tubo metálico y nos dejamos llevar por el movimiento.
Todo gira a nuestro alrededor, pero lo único que veo es a Saga. Sus mejillas
enrojecidas por la risa, sus ojos entrecerrados, sus labios que parecen
temblar con cada carcajada. Observo el lunar en su mentón, sus pecas
marrones, sus brazos largos y delgados, cubiertos por una fina capa de vello
rubio. El viento hace que el cabello de Saga vuele hacia atrás, y contemplo
su perfil perfecto. Siento que me falta el aire y no sé si es por el giro del
trompo o porque simplemente no puedo dejar de mirarla.
En medio de mi distracción, suelto el tubo sin darme cuenta y pierdo el
equilibrio. Salgo despedido hacia atrás y caigo en la maleza. Por suerte el
oso de peluche amortiguó mi caída, aun así, siento un ligero dolor
recorriendo mi cuerpo. Me quedo tumbado en el suelo, pero no puedo evitar
reírme de lo absurdo de la situación.
Saga se baja del trompo y corre hacia mí.
Está riendo tan fuerte que apenas puede hablar.
—Dios, qué tonto eres... —dice entre risas, llevándose las manos al
estómago—. ¡Ojalá lo hubiera grabado!
Me quedo tumbado en la grama, mirando el cielo. Saga se arrodilla a mi
lado, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Creo que nunca había reído tanto en una sola noche —me dice, aún con
una sonrisa divertida en los labios.
—Yo igual —le respondo, y me giro para mirarla a los ojos.
Saga se recuesta a mi lado.
—¿Cómo te sientes? ––le pregunto.
—Siento… elefantes en el estómago —responde, con la risa diluyéndose
poco a poco.
Me quedo un momento en silencio, sintiendo la brisa fría que pasa por el
parque. A lo lejos se escuchan los grillos y los golpes que los jugadores le
dan al balón de futbol.
—¿Y cómo deberíamos llamar a nuestro hijo?
Saga me mira, confundida.
—El oso —le aclaro, señalando al peluche que está a nuestro lado—.
Tenemos que ponerle un nombre, ¿no?
Saga sonríe y se queda pensativa por un segundo.
—Petete —dice finalmente, con un tono de absoluta seriedad.
—Petete, ¿eh? —repito, riendo un poco—. Está bien. Supongo que Petete
es un buen nombre.
Vuelvo mi mirada hacia Saga. Nuestras narices están a punto de rozarse.
Ella está sonriendo, y sus mejillas siguen ruborizadas por la risa.
Ella cierra los ojos.
Y… creo que sé lo que eso significa.
Pero no me muevo.
No puedo.
Oh, Dios mío.
No puedo hacerlo.
Estoy petrificado.
Nos besamos una vez hace tiempo, pero esto es diferente. No estamos
borrachos.
No sé cómo hacerlo, no sé qué decir, y el momento se prolonga hasta que se
siente incómodo.
Saga entreabre un ojo. Me sonríe con ternura, como si me comprendiera sin
necesidad de palabras.
Lleva su mano a mi barbilla y la desliza suavemente, acercándome a ella.
Cuando nuestros labios se encuentran, me sorprende lo suaves que son los
de Saga. Tienen un ligero sabor a Coca-Cola, y no sé por qué, pero me
encanta, a pesar de que no soy fanático de esa soda.
Nos besamos, primero con timidez, luego con más seguridad.
Nos besamos hasta que la cancha se queda vacía, hasta que los skaters y
bikers desaparecen del parque, hasta que un guardia emerge de las sombras
y nos pide que nos vayamos.
Pero para mí no es suficiente.
Necesito más de ella.
31 – SAGA
Vania me llama en la mañana, su voz suena emocionada desde el otro lado
del teléfono. Me dice que quiere verme por la tarde en el parque porque
tiene algo increíble que mostrarme. Le pregunto de qué se trata, pero solo se
ríe.
Esa risa me pone los pelos de punta porque significa que está tramando
algo.
––Es una sorpresa ––me dice––. Tienes que verlo. ¡Tiene que ver con Khal,
y no podrás creértelo!
Eso me deja inquieta. No quiero parecer ansiosa, pero accedo a ir. Llego al
parque en la tarde, como me lo pidió, buscando entre la gente, pero no veo a
ninguno de los dos. El parque está relativamente tranquilo, las hojas caen
suavemente por el viento, y todo parece normal. Sin embargo, no puedo
quitarme esta sensación de extrañeza.
Pasaron unos minutos y me empiezo a impacientar. Justo cuando estoy a
punto de llamarlos, escucho un motor a lo lejos. Al principio, no le doy
mucha importancia, pero luego veo a Khalil... ¡conduciendo la motocicleta
de Vania! ¿Qué demonios? Viene por el sendero, manejando con
nerviosismo, y detrás de él, aferrada a su cintura, está Vania, riendo y
saludándome.
––¡Hola, Saga! ––grita Vania, mientras Khalil se detiene a mi lado con una
sonrisa un poco insegura.
Me quedo de piedra, me cuesta creer lo que estoy presenciando.
––¿Qué están tramando ustedes? ––les pregunto, sin poder ocultar el tono
de incredulidad en mi voz.
Vania me mira con una sonrisa cínica, esa que usa cuando sabe que ha
hecho algo completamente fuera de lugar.
––Nada, solo le enseño a Khalil a manejar moto. ¿Qué te parece? ¿No es
genial? Llevamos todo el día practicando, de hecho, ni siquiera hemos
desayunado, esto es importantísimo.
La miro como si hubiera perdido la cabeza.
––¿En serio? ¿Pero por qué? ––pregunto, cruzando los brazos, claramente
molesta.
Khalil ríe un poco nervioso, pero parece emocionado.
––Es divertido, Saga. Me gusta ––dice, como si eso lo explicara todo––.
Cuando quieras te doy una vuelta.
––¡Ni lo sueñes! ––respondo rápidamente––. No pienso subirme en eso.
Además, no deberías estar haciendo esto. Es completamente innecesario.
Antes de que Khalil pueda decir algo, Vania interviene, como siempre.
––Claro que es necesario. Tenemos una carrera que ganar.
––¿¡Qué!? ––grito, totalmente sorprendida––. ¡¿Una carrera de motos?!
¿Estás demente, Van?
––Un poco, sí ––responde Vania, burlándose de mí––. Khalil tiene que
practicar todo lo que pueda antes de que caiga la noche. A las dos de la
madrugada comienza la carrera, obvio estás invitada a ir para presenciar
nuestra victoria.
––¡Están locos! ––digo, aún sin poder creer lo que estoy escuchando––. ¡No
puede ser! ¿Una carrera de motos? ¿Y qué van a hacer si… si la policía los
detiene y les piden un carné de conducir?
––Yo me encargo de eso ––responde Vania, con esa confianza que solo ella
puede tener––. No creo que pase, pero si ocurre, lo resolveré.
––No estoy de acuerdo con esto. No quiero que sigan, de verdad ––les
digo––. ¡Esto no tiene sentido!
––Es demasiado tarde para echarse atrás, Saga ––dice, antes de darle una
palmadita en el hombro a Khalil––. ¡Vamos, grandulón, acelera!
Khalil arranca de nuevo, la moto ruge mientras se alejan por el sendero, y
los veo desaparecer en la distancia, con Vania riendo a carcajadas.
Esto se está yendo demasiado lejos. Siento que estoy perdiendo el control
de todo.
No debí meter a Vania en esto.
¡Está loca!
Pero como ella lo acaba de decir.
Ya es muy tarde.
32 – KHALIL
Las luces del malecón brillan con fuerza, y el olor salino del mar inunda mi
nariz. Son casi las dos de la madrugada. Faltan solo unos minutos para que
empiece la carrera. Todo está listo, la calle frente a la gobernación se ha
convertido en el punto de partida.
Yo estoy sentado en la motocicleta. Siento el latido del motor. Vania está
detrás de mí, abrazándome por la cintura. Lleva su rojizo cabello suelto y, a
diferencia de mí, no trae casco. Me dijo que no lo necesitaba, que no le
tiene miedo a nada, y me lo creo.
Mientras yo tengo mis manos en el timón, siento cómo me tiemblan un
poco, noto cómo su presencia me da algo de calma.
Trato de no mirar a los otros motociclistas, que parecen mayores.
Pero también lo son sus motocicletas. Están viejas, malgastadas y
maltratadas.
Por otro lado, la de Vania fue comprada este año y su motor está campante.
Resuena con dignidad entre los maullidos ahogados de las otras. Sin
mencionar que su cilindraje triplica al de las demás.
Aun así me siento dividido entre el miedo y la adrenalina. No sé si estoy
listo, pero he llegado demasiado lejos. Mi mente sigue lanzándome
pensamientos destructivos, imágenes de mí mismo cayendo, perdiendo el
control, estrellándome... o peor aún, perdiendo la carrera. Mis manos
sostienen el timón con fuerza, y no puedo evitar el nerviosismo que me
consume. De repente, siento que Vania me da un apretón cálido y fuerte.
––Vas a estar bien, Khal ––me dice, acercando su boca a mi oído para que
pueda escucharla por encima del bullicio––. Vamos a ganar.
Cierro los ojos por un segundo, dejando que sus palabras me lleguen.
––Estoy orgullosa de ti ––añade––. Eres un gran tipo, ¿sabes? Me caes
super bien.
––Tú también eres una buena amiga... la mejor ––le digo, y siento que, al
decirlo, parte de mi miedo se desvanece.
––Me alegra haberte conocido ––responde ella.
Me siento mejor.
Y me siento mucho mejor cuando veo que Saga está en el público. No me
había dado cuenta de que estaba aquí. Lleva un suéter con capucha, y se la
acaba de quitar. Mis ojos la encuentran, y noto que ella también me mira.
Sus manos están en los bolsillos y su rostro se ve serio, pero después de un
rato, asiente lentamente, y una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.
Siento un calor en mi pecho al ver eso.
Una chica en bikini se para frente a la calle, con una bandera roja en la
mano. Sus movimientos son lentos y… coquetos. Dice algo sobre las
indicaciones, que la carrera finalizará al cruzar el semáforo de la veinte
calle, junto a la gasolinera. Miro hacia adelante, fijando mi vista en el punto
de inicio, mientras la chica comienza la cuenta regresiva. Los motores
rugen, y puedo sentir el pulso de la adrenalina en mis venas. Ella cuenta en
voz alta: cinco, cuatro, tres, dos...
––¡UNO! ––grita la chica, bajando la bandera, y de inmediato acelero.
El sonido de las motos se intensifica mientras nos lanzamos hacia adelante.
Me concentro solo en la carretera. Estoy en la cuarta posición desde el
principio, y aunque la moto es nueva y acelera rápido, no soy el mejor
motorista. Los otros tres corredores están delante, y sus motos dejan un
rastro de humo mientras nos dirigimos por la calle del malecón. El viento
golpea mi casco, y puedo escuchar cómo el motor ruge con toda su fuerza.
A mi derecha, uno de los corredores intenta adelantarme, pero acelero un
poco más y lo mantengo a raya. Escucho a Vania gritar algo detrás de mí,
pero no logro entender sus palabras. Sé que me está animando, pero estoy
demasiado concentrado en lo que tengo enfrente.
Las calles son estrechas y complicadas. Pasamos por un área con camiones
estacionados, y nubes de polvo se levantan alrededor. Me siento un poco
cegado, pero trato de mantenerme enfocado, confiando en el instinto que
me empuja. Siento a Vania toser detrás de mí.
Acelero un poco más, intentando adelantar a los que están frente a mí.
De repente, veo que uno de los corredores, que iba justo delante de mí,
pierde el control al chocar con una piedra. Todo parece ir en cámara lenta
mientras veo cómo su moto se tambalea y el hombre cae al suelo, rodando
varias veces.
Estoy a punto de arrollarlo. Pero, pero logro esquivarlo, apenas.
Adelanto a otro corredor, poniéndome en la tercera posición. Las luces de
los edificios pasan rápidamente a mi lado. Puedo escuchar cómo el viento
silba a mi alrededor, y siento el peso de Vania aferrándose más fuerte a mí
mientras seguimos avanzando. Cada vez estoy más cerca del segundo lugar,
y finalmente encuentro una oportunidad para adelantarlo cuando tomamos
una curva cerrada. Acelero con todas mis fuerzas y paso al segundo puesto.
Estamos cerca de la meta. La gasolinera está a la vista, el semáforo se
aproxima rápidamente. Veo al corredor que está delante de mí, pero sé que
no tengo suficiente velocidad para alcanzarlo. Estoy a punto de resignarme,
pero noto como poco a poco lo voy alcanzando.
Y superando.
Es mi oportunidad.
Acelero al máximo.
Y siento la adrenalina correr por mis venas mientras cruzo la meta.
SEGUNDA PARTE: VANIA Y KHALIL

“Para todos los enamorados,


si nos duele, entonces, ¿ese dolor
no es por nuestro bien?”

Mengo Yokoyari
33 – VANIA
––¡Bam!
Estoy en la terraza del hotel, acostada en el suelo mientras contemplo la
amplitud de un cielo cargado de ligeros destellos.
Son las once de la noche y el viento sopla con locura. El frío hace que me
duela la piel, los sentidos y hasta los pensamientos, pero está bien, porque
siento que merezco este dolor.
Después de todo, las personas siempre buscamos ser castigadas cuando
hacemos algo malo, ¿no? Incluso si esa maldad no sale de nuestras mentes.
Estamos condicionados a eso desde que somos pequeños.
Miro las estrellas mientras juego con el revólver de mi hermana, Eri.
Apunto al cielo, como si pudiera derribar alguna de esas luces lejanas.
––¡Bam!
Quizá le dé a una estrella.
Tal vez caiga a la tierra en su forma fugaz.
A lo mejor puedo pedir un deseo.
—¿Cómo te sientes, Vania? —dice con su voz grave, profunda y tranquila.
Sus palabras siempre suenan como si vinieran de un sitio muy lejano, como
si las trajera el viento.
Él está recostado a mi lado.
Mi mejor amigo.
Medianoche.
Nadie aparte de mí puede ver a Medianoche, a pesar de que está aquí desde
que tengo nueve años. Medianoche siempre me escucha, siempre me
entiende, y está cuando lo necesito. Es fuerte, enorme y fornido. Parece un
hombre adulto, o lo parecería, mejor dicho, si no fuera porque tiene cabeza
y rostro de lechuza.
Medianoche me protege de todo lo que me da miedo. A veces pienso que es
como una versión mejorada de un hermano mayor. No me gustaría verlo
como un padre porque, en primer lugar, no sé qué se siente tener padre, y en
segundo, creo que no le tendría tanta confianza si fuera el caso. Debemos
ser amigos. Y no hay nadie en el mundo que me haga sentir más segura que
él.
Suspiro y dejo de apuntar a las estrellas por un momento, mirándolo a él.
—Me siento... bien, supongo. Ya lo sabes —le digo—. Hoy estuve con Khal
y Saga. Celebramos el cumpleaños de ella.
Medianoche asiente lentamente. Su presencia es reconfortante. Suelo
contarle todo, incluso aquello que no quiero admitir ni a mí misma. Él es mi
confidente. Sé que nunca me traicionará aunque la mayoría del tiempo no
estamos de acuerdo.
—Ellos… se veían tan unidos —murmuro—. Como si realmente se
quisieran. No lo entiendo, hace unas semanas, Saga deseaba que Khalil
desapareciera de su vida, que la dejara en paz, pero ahora... no sé. Actúa
como si quisiera seguir con él. ¿Qué estará pasando por su mente?
Medianoche me mira fijamente, con esos ojos enormes y profundos.
—Debes tener cuidado, Vania —me dice despacio—. Estás empezando a
sentir celos, y eso es peligroso.
Aprieto los labios, giro el revólver y pongo el cañón en la frente de
Medianoche.
—¡Bam! —hago el ruido con la boca, como si le hubiera disparado.
Medianoche no se inmuta. Simplemente parpadea, y luego dice con una
calma que me irrita un poco:
—Recuerda lo que pasó con Sara.
Desvío la mirada hacia el cielo de nuevo, frunciendo el ceño.
—No recuerdo a ninguna Sara —respondo, tratando de sonar indiferente.
—Sí la recuerdas. Sara, la chica con la que estuviste saliendo el año pasado.
Todo salió mal porque te obsesionaste con ella. La asustaste, Vania.
—Esa persona no merece ser recordada. Será olvidada de nuevo ahora
mismo —digo, con un tono más débil—. Y de todas formas, esto es
diferente. Ya soy más madura, ya soy una mujer.
Medianoche se queda en silencio, y yo también.
“Soy más madura”, me repito mentalmente. Sé que si lo digo suficientes
veces podré convencerme a mí misma de que es cierto.

Son las tres de la madrugada y estoy en mi habitación.
Mi respiración se acelera mientras trato de inhalar profundamente, intento
aferrarme al aire como si eso pudiera detener esta angustia, estas ganas, esta
aberración.
Estoy en crisis. Las alertas de mi cabeza no dejan de sonar porque la
cordura se está escapando de mi calabozo mental.
Pero no me importa.
Estoy cansada de mantener todo bajo control.
Mi pecho duele, mi piel arde, y siento que el techo se me viene encima.
La necesidad de soltarlo todo me consume.
Medianoche está sentado en el borde de mi cama, con sus ojos de lechuza
fijos en mí. Su silueta imponente apenas se distingue en la penumbra, pero
su presencia es inconfundible, aunque ni siquiera él puede calmar lo que
siento esta noche.
—Vania, respira —me dice, con tono grave y pausado—. Lo que estás
pensando hacer no es tu mejor opción, lo sabes. Calma, piensa bien las
cosas.
Pero yo niego con la cabeza, una y otra vez, mientras las lágrimas brotan de
mis ojos.
La idea me carcome por dentro.
Siento que me va a devorar si no hago algo.
—Tiene que ser ahora… —le digo con la voz rota, tartamudeando por el
llanto—. ¡Tiene que ser ahora mismo!
Él sacude la cabeza lentamente. Pero sabe que no puedo detenerme.
—Esto va a traer consecuencias. No es lo que quieres, no estás pensando
con claridad —me advierte—. Te estás dejando llevar de nuevo, te estás
obsesionando con él.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano, y mi mirada se vuelve feroz.
—¡No me importa! ¡No me importa nada! ¡Él tiene que saber la verdad!
Mis dedos buscan mi móvil sobre la mesita de noche, y con manos
temblorosas, busco el contacto de Khal.
La llamada suena una y otra vez, y pienso que tal vez no contestará, pero no
me voy a rendir. Vuelvo a marcar, y luego otra vez. Sé que él debe estar
dormido, pero esto no puede esperar.
La verdad no puede esperar.
Finalmente, una voz adormilada contesta del otro lado.
—¿Hola? —dice Khalil, confundido y cansado.
Mi respiración se entrecorta, me quedo en silencio un segundo.
—Khal... —comienzo, con la voz temblorosa—. Oye, tenemos que hablar.
Sé que es tarde, pero tienes que escucharme.
Él no dice nada, pero sé que está ahí, sé que me está escuchando. Sabe que
estoy hablando de algo serio.
—Todo este tiempo, lo que ha pasado entre tú y Saga... —digo, y me
tiemblan los labios—. Ella no es una mala persona, pero ¿en serio no te
parece raro cómo fue que iniciaron? Fue… una broma en la que ella quiso
dárselas de heroína. Y cuando intentó terminar contigo, le contaste lo del
suicidio de tu padre y sintió lastima. Después pensó que debería ayudarte a
ser más sociable, a que te abras más al mundo y por eso llevamos todo este
tiempo saliendo. Pero no ha sido más que una broma que salió mal. Y tú…
la ves con tanto amor.
Khalil no responde.
––Nunca te amó, jamás lo hará. Ella no sabe cómo terminar contigo, esto
parece estarse alargando y…
—Gracias —me interrumpe Khalil, y es todo lo que dice, antes de colgar.
Cierro los ojos, intentando calmar mi respiración.
Me recuesto nuevamente, me siento un poco más ligera.
Sé que no soy una buena persona.
Pero no me importa.
Porque prefiero ser feliz.
34 – KHALIL
––Gracias.
Cuelgo la llamada.
Siento la garganta cerrada.
Mi estómago se encoje.
Un dolor agudo se expande desde mi pecho.
Siento un terrible mareo.
Quiero gritar.
Siento la necesidad desesperada de desaparecer.
“Qué más da, si de todas maneras voy a suicidarme”.
Hacía mucho tiempo que no pensaba eso.
Me levanto tambaleante.
Camino por la habitación, abro la ventana y el aire frío de la madrugada me
golpea. Es ahora cuando entiendo que no es un sueño. Esto es real. Ha
pasado. Todo lo que he sentido es artificial. Soy un chiste que se alargó
hasta que dejó de dar risa.
Me doy cuenta de que me estoy ahogando y caigo sobre el marco de la
ventana.
Necesito respirar.
Necesito escapar de esta sensación.
Levanto la mirada hacia la nada.
Pienso en lo asqueroso que debe ser para ella estar con alguien como yo.
Me pregunto si vomitó después de besarme.
Me pregunto si se lavó las manos con cloro después de tocarme.
Me pregunto si evita pensar en mí, como se esquiva un mal sueño.
35 – VANIA
Estoy en mi habitación, dando vueltas mientras me arreglo. Me pongo una
blusa con escote pronunciado, un short que deja mis piernas al descubierto
y unas zapatillas negras. Me miro en el espejo y, sin poder evitarlo, sonrío.
Mi cabello rojizo, brillante y liso, me hace sentir especial. Me rocío un
perfume suave, dulce, algo que él no podrá olvidar.
Huelo a diosa.
Quiero que me vea, que me huela, que me sienta cerca y que eso sea todo lo
que necesite.
Sombro un poco mis ojos con tonos cálidos, delineo mis párpados con
cuidado para que mis ojos se vean más grandes. Mis pestañas largas están
rizadas y negras como el carbón, y mis labios, pintados de un tono rosa
palidecido.
¿Quién no quisiera besarme?
Me veo comible, bebestible, deseable.
Y es porque estoy enamorada, y quiero que él me ame de la misma manera.
Lo sé, él está vulnerable, necesita consuelo, y aquí estoy yo.
La canción “El Reloj” suena suavemente en el altavoz de mi teléfono, es un
bolero antiguo. Y no puedo evitar cantarla también, con la voz un poco rota
y desentonada, ¡pero qué más da!
—Detén el tiempo en tus manos, haz esta noche perpetua... —canto,
girando sobre mí misma.
Medianoche está recostado en mi cama, observándome con esos ojos de
llenos de una serenidad. Él también parece estar disfrutando la música,
aunque es imposible de descifrarlo del todo, ya que a fin de cuentas, es una
lechuza, no tiene expresiones.
—¿Por qué tan contenta hoy, mi pequeña? —me pregunta con voz profunda
que retumba por toda la habitación.
Le sonrío mientras me acerco al espejo y termino de colocarme los
pendientes. Me miro en el reflejo, y veo también su figura ahí, detrás de mí.
—Khal me invitó a salir —respondo, y me siento algo tonta al decirlo, ¡pero
al mismo tiempo tan emocionada! Siempre soy yo la que organiza los
planes, y por primera vez me hace una propuesta—. Todo va a salir bien,
tengo un buen presentimiento.
Medianoche entrecierra los ojos y ladea la cabeza.
—¿Y qué hay de Saga? ––no me gusta el tono de Medianoche. Parece que
quiere reprenderme. ¡Pero no voy a dejar que me arruine esto!
—¿Saga? —repito—. Qué nombre tan extraño. No conozco a nadie que lo
tenga.
Sé lo que está pensando, que me estoy obsesionando de nuevo, pero no me
importa. Me acerco a él y me dejo caer sobre la cama, quedando junto a su
enorme figura. Lo miro fijamente a los ojos.
—Vani... sabes que esto no va a acabar bien —dice, pero su tono no es
severo, solo lleno de preocupación.
—¿Y qué importa? —respondo, suspirando, mirando hacia el techo—.
Siempre dices lo mismo.
––Y siempre tengo razón ––murmura.
La música resuena de fondo, y cierro los ojos mientras penetra en mi
plenitud.
––Haz de esta noche perpetua, para que nunca se vaya de mí, para que
nunca amaneezcaaaaaa…
36 – KHALIL
El viento hace que el cabello de Vania me golpee el rostro mientras
recorremos la carretera en la motocicleta. Estoy apoyado en su espalda, mis
brazos la rodean por la cintura, y siento su delicado calor. Es como abrazar
a un diminuto conejito.
La brisa se cuela en nuestras ropas, y la ciudad se extiende a lo lejos, como
la marea grisácea de un mundo a punto de apagarse.
O quizá solo es que así veo las cosas yo.
—¿A dónde vamos exactamente? —me pregunta Vania de nuevo, su voz se
alza sobre el ruido del viento y del motor.
—Sigue hacia adelante —le respondo en el oído—. Ya llegaremos.
Vania acelera al salir de una curva, y siento su cuerpo firme contra el mío.
Llegamos al mirador y le digo que este es el lugar. Ella desacelera,
deteniéndose al borde del camino. El sol ya se ha escondido, pero hay un
resplandor rojizo que blande el grisáceo horizonte. Pronto, ambos colores
desaparecerán y darán paso a la noche más oscura de todos los tiempos.
Bajamos de la moto, y veo el bosque que se extiende frente a nosotros, sus
sombras enormes se mueven con el viento.
Vania me abraza, tiritando ligeramente.
La brisa es fuerte y me cala también.
Ella es calidez, y no puedo evitar rodearla con mis brazos.
Ambos miramos lo insignificante que es la ciudad vista desde aquí.
Me siento sobre la baranda y mis pies se suspenden sobre el abismo.
Ella se sienta a mi lado y me mira con curiosidad.
Después se vuelve hacia el horizonte y entonces sonríe, y su expresión
cambia, como si hubiera entendido algo.
—Me gusta esto —dice—. Todo esto. Sentirme normal.
Bajo la mirada y suspiro.
—A mí también —le digo con sinceridad—, pero creo que no es posible.
Tal vez es algo que tenemos en común, eso de no ser normales.
Vania asiente sin devolverme la mirada.
––Pero podemos fingir que lo somos…
—Hace un tiempo estuve aquí, y pensaba saltar al abismo.
–––Guau… —su voz tiembla un poco—. ¿Por qué?
––No lo sé, quizá solo estaba aburrido y pensaba que sería divertido morir
en este sitio —respondo al tiempo que suelto una risita, encogiéndome de
hombros.
Vania niega con la cabeza. Sé que no me cree. Entonces, sin previo aviso, se
inclina hacia mí y me da un beso en la mejilla, un roce suave que me deja
sin palabras.
—¡Perdóname! —dice de inmediato, ruborizándose—. No pude evitarlo.
Yo sonrío levemente, tratando de aligerar el ambiente.
—Está bien.
Nos quedamos en silencio un rato más.
—¿Y qué pasó con Saga?
Aprieto la mandíbula antes de responder.
—Ya no hablamos… —digo, intentando mantener mi voz tranquila, aunque
sé que se me nota aturdido—. Paso de largo cuando la veo. Ella intenta
acercarse, me ha preguntado muchas veces qué sucede, pero yo... no puedo
enfrentarla. Además...
Mi voz se apaga y me quedo callado.
Vania busca mi mirada.
—¿Qué pasa? —insiste.
Suspiro.
—No me he sentido bien últimamente y por eso… me desahogué con uno
de mis compañeros. Fue... violento. Yo estaba tan jodido, tan dolido, que
cuando me provocó, no pude evitar descargarme en él. Me fui directo a los
golpes.
Vania sonríe y asiente lentamente.
—Guau.
—Él casi no logró golpearme —presumo—, y si vieras cómo quedó él...
Ambos reímos. Vania de pronto parece recordar algo y, con una sonrisa
traviesa, me pregunta:
—¡Oye! ¿Por qué no nos hacemos piercings? ––ella me toca el hombro para
forzarme a verla, su sonrisa es tan plena como el reflejo de las estrellas en
el mar.
La miro, sorprendido por la repentina propuesta.
—¿Piercings? ¿Por qué?
—Siempre he querido uno —responde, encogiéndose de hombros—. Y creo
que sería divertido… hacerlo juntos.
Me quedo pensándolo por un momento. Luego asiento.
—Nunca lo había pensado, pero creo que puede ser, sí... Aunque quizá
tenga problemas en el instituto por eso.
––¿Y eso importa?
––No. No me importa.
(Porque de todas formas, pronto voy a suicidarme).
37 – VANIA
Es una cita.
(Lo es, ¿verdad?).
No hay otra manera de llamarlo.
Estoy tan emocionada que apenas puedo contenerme, aunque claro, no
quiero que Khalil lo note. Él camina junto a mí con un perfil serio y
distante. Está un poco apagado, pero lo entiendo, y sé que podré arreglarlo.
Medianoche camina a mi otro lado. Al llegar a la entrada del restaurante, lo
veo inclinarse para pasar, ya que la puerta es demasiado baja para su
imponente estatura. Me muerdo el labio para no reír.
(Ya he tenido varias experiencias similares burlándome de Medianoche
frente a la gente, no puedo contarles lo que estoy viendo y…¡piensan que
me estoy riendo de nada! Así que me tengo que contener, especialmente
ahora que estoy con Khal).
El restaurante está decorado con luces que al principio me parecen
radiantes, pero que al acostumbrar mi vista las siento cálidas. Percibo un
olor a especias y picantes que me hace recordar que estoy muriendo de
hambre.
Un tipo nos saluda y nos ofrece una mesa. Me siento frente a Khalil y él
esboza una sonrisa que me hace querer sacar mi teléfono para tomarle una
foto. Pero luego su expresión cambia un poco y se lleva la mano a la nariz y
me dice:
—Aún me duele la nariz... pero me gusta cómo se ve.
Su septum es perfecto. No lo digo solo por decir. El aro plateado en su nariz
combina con él. Se ve rebelde y severo.
—A mí también me encanta.
Khalil baja la mirada, como si se avergonzara por el cumplido. Entonces me
pregunta:
—¿Cómo se llamaba el que te pusiste tú? Nunca me acuerdo.
—Nostril —le digo, tocándome el pendiente diminuto. Khalil asiente y
repite el nombre en voz baja.
La mesera llega y ambos pedimos la comida. Khalil elige un plato sencillo,
pasta bañada en queso derretido, mientras yo me pido un risotto con
camarones. La mesera se va.
Khalil saca su teléfono, me mira y dice:
—Quiero mostrarte una canción, te va a gustar. Pero… agh no la encuentro.
Lo veo sumergirse en su teléfono. Frunce sus cejas mientras busca en la
pantalla. Yo simplemente me quedo mirándolo mientras apoyo mi cabeza en
mi mano.
Él ahora es mío. Oh, qué suerte tengo.
Hay algo tan... íntimo en estos momentos, es tan especial que siento que
estoy viviendo los mejores días de mi vida.
Medianoche me susurra al oído con voz profunda y suave:
—Mira quién viene.
Levanto la vista.
(Mierda).
Es ella.
Saga.
Está entrando al restaurante con un grupo de chicas. Ella me ve antes de que
pueda siquiera pensar en girar la cabeza o fingir que no la he visto. Nuestras
miradas se cruzan, y...
Me sonríe.
(¡Mierda!).
Saga comienza a caminar hacia nosotros.
—¡Hey, Va…!—dice desde la distancia, y noto la chispa de alegría en sus
expresiones, pero rápidamente se apaga cuando sus ojos se dirigen al
asiento acolchado frente a mí.
Khalil está allí, con la cabeza inclinada sobre el teléfono, ajeno a todo.
Por un instante, Saga y yo nos quedamos mirando. Puedo notar la
comprensión en sus ojos. Frunzo los labios y levanto ligeramente las cejas,
como diciendo: “Sí, es justo lo que piensas”. Saga cierra la boca, parpadea
un par de veces y simplemente se da la vuelta.
Khalil finalmente levanta la mirada y me sonríe, pero hay una sombra de
frustración en sus ojos.
—No la encuentro. Juraría que la había guardado —me dice––. No está ni
siquiera en el historial… es como si nunca la hubiera escuchado. Es
rarísimo.
Yo lo miro, tratando de controlar mi respiración, intentando no mostrar nada
de lo que acaba de suceder.
—No importa —le digo suavemente, apoyando la mano sobre la mesa,
cerca de la suya—. A veces hay que dejar las cosas atrás. Lo que viene es
mejor. Mucho mejor.
Él asiente, resignado, sin saber que no me refiero a su jodida canción.
38 – KHALIL
Vania sostiene una camisa en alto, girándola para que yo pueda verla mejor.
Estamos en una tienda del centro comercial. Es la cuarta a la que entramos
hoy y ya me ha comprado dos camisas, un par de tenis y un perfume que me
encanta. Aunque le insisto que no es necesario, ella siempre encuentra la
manera de convencerme.
Todo está bien.
Suelo llevar las manos en los bolsillos porque ella ha adquirido la
costumbre de agarrarlas como si fuéramos novios. No es que me moleste,
pero… prefiero que no lo haga. Aun así…
Todo está bien.
Saliendo del centro comercial, el cielo se ve denso, gris, el viento acumula
todas las nubes en el horizonte y las arremolina. Presiento que pronto
lloverá. Vania me comenta que está anunciado un fuerte huracán, y me
pregunta si tengo algún plan. Yo solo pienso en una cosa, así que le
pregunto:
—¿Quieres ir a mi casa?
Sus ojos se iluminan de inmediato. A veces me parece que ella está más
emocionada por pasar tiempo conmigo de lo que yo mismo me permito
estar.
“Todo está bien”, me repito.
—¿Por qué nunca me habías invitado? —me pregunta, con una voz tan baja
que apenas logro escuchar por el viento y los estruendos constantes del
cielo.
Me quedo pensativo por un segundo y le contesto:
—No sé... No había pensado en eso. Pero no es por nada raro, de verdad.
Me caes bien, muy bien.
Todo está bien.
Subimos a la motocicleta, ella maneja. Yo me acomodo detrás, llevando las
bolsas con las cosas que compró. Su cabello se mueve con el viento, y el
sonido del motor de la moto y los demás vehículos ahoga cualquier posible
conversación. Apoyo mi cabeza en su espalda y me pierdo en el aroma de
su perfume, su calidez, en la idea de tener a alguien como ella en mi vida.
Pensar en eso me hace estremecer y me contengo para no llorar.
Porque todo debería estar bien.
Llegamos a mi casa justo antes de que empiece a llover. Mi hermano no
está, lo cual no es sorpresa, ya que casi nunca está. Igual le sucede a Vania
con sus hermanas. Abro la puerta, y Vania entra detrás de mí.
Entramos en mi habitación.
—Es lindo aquí —dice, con una sonrisa––. Oh… ––algo ha robado su
atención. Son las fotos en mi pared––. Estas fotos son del incendio que
ocurrió aquí hace años, ¿cierto?
––Sí.
––¿Te conté que yo nací el día del segundo incendio?
––¿Naciste en la ciudad?
––Eso creo.
––Es difícil creerlo. Ese día evacuaron la ciudad por el riesgo de tsunami.
Yo tenía un año. Pero mi papá me contó que escapamos en su camioneta.
––Parece que fueron días difíciles. Supongo que nosotros tenemos suerte.
––Sí. Mucha suerte ––no puedo evitar soltar una risita.
Porque todo está bien.
Vania deja su bolso sobre la cama mientras yo me quito los zapatos y dejo
las bolsas en el suelo.
Vania me habla sobre lo lindo que sería vivir aquí algún día (en mi casa), en
tono de broma, y luego sigue hablando de cualquier otra cosa. Mientras yo
trato de seguirle el hilo, cada palabra suya me parece más lejana.
Todo está bien.
La voz de Vania se desvanece por completo.
Y me quedo solo.
Oh, dios mío…
Esto es tan ridículo.
Es como sostener un coliseo con las ramas más delgadas de un árbol
moribundo.
Es como unir con pegamento piezas de un espejo que se ha fragmentado
infinitamente.
¿Cuántas veces más debo sonreír?
¿Cuánto tiempo más debo soportar esto?
Todo es una mentira.
Nada de lo que hago me importa.
¿Hasta cuándo seguiré con esto?
Quiero que termine.
Quiero silencio.
Quiero dejar de ser.
Solo quiero…
Salir.
—Vania, si te pidiera que me mataras, ¿lo harías? ––la interrumpo, sin tener
idea de qué me estaba hablando.
Su sonrisa se congela. Ella me mira llena de sorpresa. Su expresión cambia,
su sonrisa cae tan lento como un imperio y sus pómulos se enrojecen tan
rápido como si le hubiesen dado una cachetada, parece que trata de
encontrar alguna señal, algún indicio de que estoy bromeando.
Asiento, sin apartar mis ojos de los suyos.
—¿Por qué...? —pregunta—. Solo… dime por qué dices eso.
Sus ojos están llenos de una desesperación que reconozco. Lo noto porque
le tiembla la mirada como si quisiera llorar.
Busco en mi bolsillo y saco un cigarro y mi encendedor.
Lo enciendo y aspiro con tanta fuerza que me llevo medio cigarro a los
pulmones.
––Estoy cansado de esta mierda.
Las silabas marchan envueltas en una niebla tan densa y oscura que casi
parece imitar el color de mi sangre.
––Desde… ––parece que a mi linda amiga le cuesta hablar. Pienso ofrecerle
un cigarro, pero solo me quedan dos y algo me dice que esta será una larga
noche––. ¿Desde cuándo piensas en eso?
––¿En la muerte?
––Ajá.
––¿Recuerdas el mirador en el que estuvimos hace unos días? ––siento un
misterioso alivio fluyendo en mi ser. Quizá sea porque el humo nubla mi
vista––. Fui ahí el día de mi cumpleaños. Pensaba tirarme al abismo.
Suicidarme. Pero no recuerdo por qué no lo hice. Te lo conté, pero parece
que no me creíste. La verdad, pienso en esto todos los días.
––¿Y…? ––Vania solloza y un par de lágrimas caen de sus pómulos
rojizos––. ¿Y así te sientes cuando estás conmigo?
––Así me siento siempre. Mi vida es un chiste que se ha alargado tanto que
ya no le da risa a nadie.
––¿Y…? ––Vania baja la mirada y se oculta entre sus mechones color
sangre––. ¿Con ella te sentías así?
––¿Ella?
––Sabes de quien te estoy hablando, imbécil ––Vania sube su tono y se
vuelve hacía mí. Todo lo que puede fruncirse en su rostro está
descomponiéndose.
––No hablo con ella desde hace tiempo.
––Eso no tiene nada que ver con lo que pregunté.
––Saga… ––suspiro.
––¿Sigues enamorado de ella? Responde sí o no.
Me muerdo el labio.
Otra vez, esa sensación de impotencia.
Pero algo tiene de diferente.
No es una sombra sobre mi alma, sino una caricia.
Una risa más escandalosa que mis pensamientos.
Un beso tan extraño como un nuevo color.
––¿Y bien? ––insiste Vania cuando nota que me hundí en la marea de mis
cavilaciones.
Mis labios tiemblan ante la respuesta.
Porque aceptarlo es una humillación.
¿Pero no es vergonzoso también negarlo?
Eso tan efervescente.
Eso tan doloroso.
Eso tan verdadero.
Todas las fuerzas que reuní para confesarme ante Vania salen de mi cuerpo
en un último suspiro neblinoso. Y solo puedo hacer un ligero movimiento
de asentimiento.
Vania niega con la cabeza.
Y se da la vuelta.
Y sin decir nada, se va.
Pienso en detenerla, pero como dije, no quedan más fuerzas en mí.
Estoy tan cansado que podría dormir un mes.
Un fuerte dolor de cabeza hace temblar mi respiración.
Pensar en ella se siente como una cachetada.
Pero admito que su recuerdo es la única herida que no quiero que sane.
39 – VANIA
Khalil, maldito idiota.
¿Cómo puede no darse cuenta de todo lo que haría por él?
La lluvia cae implacable, como si el cielo estuviera derramando todas las
lágrimas que yo no me permito. Duele tanto como si me estuviera
pinchando la piel con alfileres, pero siento que merezco esto porque soy una
idiota con el corazón hecho añicos.
Todo se ve tan borroso como la fantasía que inventé.
Al menos no hay tráfico.
Pronto estaré en casa, en mi cama, envuelta en mis sabanas como la
mariposa que se ha dado cuenta de que no merece sus alas y vuelve al
capullo para convertirse en oruga.
Porque no soy digna.
No soy suficiente.
No soy ella.
Nunca seré ella.
Y eso me revienta el alma.
Me niego a aceptar que esto tenga un final. No. No voy a dejar que sea real.
Prefiero vivir en esta ilusión, donde puedo imaginar que tal vez, algún día,
él despierte y vea lo que siempre ha tenido frente a él. Dios, Khalil, eres tan,
pero taaan tonto... pero... pero te quiero. No hay nada más que pueda hacer.
Ahora lo entiendo.
Seré su amiga. Seré lo que necesite sea, aunque a veces quiera sacudirlo
hasta que despierte. Aunque quiera gritarle que deje de ser tan idiota, que
me vea.
Esto es tan humillante.
El amor es una mierda.
40 – KHALIL
Despierto con el sonido tenue de la lluvia golpeando el techo. Me
incorporo, y me estiro. Mis huesos crujen. El olor a cigarro se ha metido en
mis poros y en mi ropa.
Necesito un baño.
Enciendo la luz y parpadeo un par de veces para acostumbrarme al brillo.
Algo me llama la atención; es un destello metálico. Ahí está el bolso de
Vania, sobre mi cama. Lo ha olvidado. Mi curiosidad me hace acercarme,
me inclino hacia él, y es cuando lo veo y lo saco...
Es un revólver.
Mis manos tiemblan.
La sostengo torpemente, casi la dejo caer al suelo.
¿Qué demonios hace Vania con un arma?
Miro el brillo del cañón y siento un escalofrío que me sube por la espalda.
No puedo dejar de mirarlo. Me siento en el borde de la cama, examinándolo
con ambas manos.
Noto que es más complejo de lo que pudiera parecer, viéndolo desde una
película o videojuego. Así que entro en mi computadora y busco cómo
usarlo.
Cómo cargarlo, cómo sostenerlo… cómo disparar, si es que tiene balas.
Aprendo a liberar el tambor para revisar las recamaras. Tiene todos los
espacios ocupados. Hay seis balas.
Tengo seis balas.
Y podría conseguir más, si fuera necesario.
Me paro frente a mi espejo con el arma entre las manos.
Pongo el cañón sobre mi sien.
E imagino cómo sería la sensación…
Le apunto a mi reflejo.
Y se me ocurre algo que puede ser divertido.
Mi último baile. Y de paso, hacerle un favor al mundo.
Limpiándolo de hijos de puta.
TERCERA PARTE: KHALIL Y SAGA
41 – SAGA
Son ya dos meses y medio desde que todo empezó a cambiar. Khalil se fue
alejando poco a poco. Al principio no me di cuenta, pero cada vez se
juntaba más con Vania. Y su personalidad... no puedo evitar sentir que algo
se perdió, algo que yo conocía. Khalil siempre fue tan dulce, tan ingenuo, y
ahora…
La gente lo trata diferente, y es porque se ha vuelto más agresivo. Responde
con groserías cuando alguien le dice algo que no le gusta. Ya no se queda
callado, ya no baja la cabeza. En una ocasión, incluso se fue a los golpes
con un tipo tres años mayor que él. Los dos acabaron en el suelo. Pero
Khalil dejó a su rival peor que él. Lo expulsaron del instituto por una
semana.
Recuerdo su cara ese día. Tenía los dientes llenos de sangre, y aun así…
sonreía.
Recuerdo cómo me sentí cuando lo vi regresar después de la expulsión. Lo
miré y pensé que tal vez este era el momento para hablar sobre lo nuestro,
para entender qué estaba pasando. Pero cuando me acerqué, él se alejó,
como si ya no importara. Como si todo lo que éramos ya no tuviera sentido.
Me duele tanto.
Y es que se siente como si él me hubiera terminado a mí.
Y no entiendo por qué.
Se dejó crecer el cabello y ahora se lo peina de una manera que... bueno,
debo admitir que le queda interesante. Un poco rebelde, supongo…
¡Se puso un piercing!
Igual que la estúpida de Vania. Los vi un día en un restaurante, y me quedé
sin palabras. No porque fuera algo malo, sino porque fue otra señal de que
ya no era el Khalil que conocía. Se les ve juntos todo el tiempo, y aunque
no quiero admitirlo, parece que se gustan. Se ríen, se miran con
complicidad. Me duele pensarlo, pero creo que hacen buena pareja después
de todo.
Una de mis compañeras me dijo que a eso se le conoce como “el efecto
novia”, cuando un tipo cambia por influencia femenina para ser una mejor
versión de sí mismo… ¿pero no era YO su novia? ¿no podía ser así por mí?
A estas alturas, está de más decir que también me alejé de Vania.
Esa enana perra nunca me cayó bien.
Ella, que piensa que puede hacer lo que quiera, con quien quiera, cuando
quiera. Ambos son un par de imbéciles, y tal vez eso es lo que los une.
Pero siendo sincera conmigo misma, no estoy bien con todo esto. Algo
dentro de mí me dice que esto no es bueno, que todo se salió de control.
Y yo lo sé.
Lloro por las noches, porque esta situación me hiere, porque pienso todo el
rato en cómo todo se fue al diablo.
Y lo peor de todo es que yo fui la que los juntó.
Yo creé esto. Y me dejaron fuera.
Khalil... él. Lo veo pasar a mi lado en el instituto, sin mirarme, como si no
existiera. Es tan distinto, tan decidido, tan seguro de sí mismo, que apenas
lo reconozco.
Es como si hubieran arrancado su alma, exprimido todos sus defectos y los
hubieran metido en otro cuerpo. Porque definitivamente, él ya no es el
mismo.
Y yo... no sé lo que siento. No sé si es enojo, tristeza… o algo más. Lo
único que sé es que duele.
Duele mucho.
42 – KHALIL
Me siento fuerte.
Me siento... capaz.
No es difícil, no realmente.
Es como tener un rayo en las manos, algo que podría destruir todo a su paso
si así lo quisiera.
Nadie nunca volverá a meterse conmigo.
Nadie se atrevería siquiera.
Soy invencible.
Miro el revólver en mis manos.
Sí, esto es lo que siempre he necesitado.

La luz de la luna entra por la ventana, proyectándose en el cañón de metal.
Lo observo, lo giro, notando cada detalle.
Reviso el cañón. Sigue lleno.
Cada bala es una persona menos en este mundo.
Solo seis.
Cinco, conmigo.
Oh.
A pesar de lo limitadas que son mis opciones.
Pienso en la grandeza que puede haber en esto.
Yo…
Según la investigación que mi padre dejó inconclusa, durante el primer
incendio hubo un cumpleaños. De hecho, entre las cosas de mi papá hay
una invitación, dirigida a mi hermano, quien tenía siete años aquel día.
Mi padre no lo dejó ir porque no conocía al cumpleañero y pensó que era
demasiado pequeño para ir solo.
Casi todos los jóvenes que asistieron murieron. No se sabe exactamente qué
pasó, solo que el fuego se extendió rápido, demasiado rápido, y quedaron
atrapados.
Y ahora, al pensar en ello, no puedo evitar preguntarme... ¿fue eso justicia?
¿Alguien decidió hacer justicia ese día? ¿Alguien más se sintió tan herido,
tan lleno de rabia, que decidió hacer algo al respecto?
Tal vez.
No.
Estoy seguro.
Porque yo siento lo mismo.
¡Porque yo también quiero tomar este mundo!
Es mi turno de hacer justicia.
Y devolverle al mundo el dolor que me ha dado.
Voy a matar a alguien.
43 – SAGA
Me gustaría ser un hombre.
Todo sería tan fácil.
Vería futbol, nunca diría por favor ni gracias y jodería a los demás sin
remordimiento.
Podría ser egoísta y el mundo lo entendería.
En este cuerpo solo se puede soñar.
Y llorar.
Porque Dios quiso que me doliera existir.
Dios quiso que mi mente guarde todos sus gritos.
Dios quiso que fuera una mujer.
Con el pecho ardiendo en miedos y deseos.
44 – KHALIL
Recuerdo cada detalle, cada insulto, cada broma, cada golpe. Recuerdo
cómo siempre fui el objetivo de sus burlas, el blanco fácil, el enemigo del
pueblo. Lo que nunca pudieron entender es que, detrás de mis silencios, de
mi manera de ser, había un fuego que ardía.
Un fuego que hoy está a punto de quemar el mundo entero.
Estoy en el bosque.
Miro hacia el suelo y veo mis propias manos, sosteniendo el revólver. Ya no
soy el Khal que todos conocen.
No soy la víctima.
He cambiado.
Y hoy voy a demostrarlo.
Todo se invertirá.
Y ahora estaré en la cúspide de la cadena alimenticia.
Escucho pasos que se acercan, crujidos de ramas y hojas secas bajo los pies
de alguien más.
Sé que es él.
Brandon está llegando, igual que yo llegué aquella vez cuando él me dio la
carta falsa.
Cuando me hizo creer que Saga me quería.
Él será el primero.
El inicio de la caída del mundo.
Lo veo aparecer entre los árboles, con una expresión de ligera impaciencia.
Supongo que está esperando ver a la chica de la carta, la chica ficticia que
yo inventé y que lo ha traído aquí.
¡Él ha caído en su misma puta broma!
Creerá que las bromas solo se le pueden hacer a personas como yo.
Su expresión cambia cuando no ve a nadie más. Empieza a fruncir el ceño,
a mirar alrededor, desconcertado.
Es mi momento.
––¡Brandon! ––llamo su nombre, saliendo de entre los árboles. Mi voz
suena más profunda, más grave.
Él se da la vuelta, sus ojos se abren al verme. Observa el revólver, y puedo
notar cómo la confusión se convierte en puro miedo.
Conozco perfectamente esa expresión.
––¿Qué… qué pasa? ––pregunta, con la voz temblorosa mientras da un
paso hacia atrás.
––¿No me reconoces, Brandon? ––le digo, dando un paso hacia él.
Él me mira, tratando de entender, tratando de encontrar una respuesta. Pero
no la tiene. Claro que no la tiene. Brandon nunca me ha visto realmente.
Para él, siempre fui basura.
––¿Kha… Khalil? ––dice, logrando distinguir mi silueta.
––Já…
Doy un paso más, acercándome a él, y puedo ver cómo su expresión cambia
de miedo a terror.
––Toda mi vida he soñado con este momento ––le digo, mientras levanto el
revólver, apuntándolo hacia él––. No sabes cuantas veces soñé con verte
así. Porque tú, Brandon, eres la razón de todo esto. Y después de ti, sigue el
resto. Así que siéntete especial por ser el inicio del fin.
Él comienza a respirar más rápido.
Ahora es mi turno.
Mis manos tiemblan, pero no de miedo, sino de pura adrenalina. Brandon
no dice nada, no tiene palabras, no tiene nada con que defenderse. Está
paralizado. Y eso me da aún más poder.
––Sabes… este es uno de los mejores días de mi vida.
45 – SAGA
Son las nueve de la mañana del domingo, y estoy en mi cama,
profundamente adormitada, no quiero levantarme, pero el timbre de mi
teléfono me hace despertarme del todo. Abro los ojos lentamente, sintiendo
el enojo crecer de inmediato.
Miro la pantalla del teléfono y veo el nombre de Vania.
Suspirando, cuelgo la llamada sin pensarlo dos veces. No tengo ganas de
hablar con ella, no después de todo lo que ha pasado. Pero el teléfono
vuelve a sonar casi de inmediato.
Tomo mi celular y respondo.
––Te odio ––es lo primero que le digo, en un susurro. Me salió del alma.
––Y yo a ti ––responde Vania––. Pero tengo que decirte algo.
––No tengo nada que hablar con una jodida, perra y enana ––le contesto,
con enorme satisfacción porque desde hace mucho quería decirle eso.
––Si no fuera importante, no te llamaría ––responde ella, con un suspiro––.
Relájate, Saga, estás haciendo el ridículo.
––¡Vete a la mierda! ––le digo de inmediato, alzando la voz.
––¡Ya basta! ––Vania sube la voz, y se nota que también está perdiendo la
paciencia––. Esto es urgente, tiene que ver con Khal.
––Yo no tengo nada que ver con tu puto novio ––le espeto.
––Solo somos amigos ––responde Vania, y puedo escuchar cómo su tono
cambia. Hay una verdad ahí, algo genuino que me hace detenerme.
Me quedo callada un momento por la confusión y, sí, el alivio, que se
mezclan dentro de mí. Pregunto, un poco más tímida.
––¿En… en serio?
––Sí ––confirma Vania. No tiene ganas de discutir eso––. Pero escucha,
algo está mal. Ah… es una larga historia, pero te la resumo. Olvidé mi
bolso en casa de Khalil. Dentro, tenía algo muy, muy importante…
––Puf… ¿un consolador?
––Estás haciendo esto más difícil de lo que debería. Por favor, te ruego que
no sigas.
––Es que, te juro que no me interesa, Vani.
––Fui a casa de Khal al siguiente día y me dio mi bolso, pero hoy por la
mañana me di cuenta que me faltaba lo más importante.
––Ah, ¿dices que te robó? Que lindo saber que las culebras se muerden las
colas entre sí.
––Tenía un revolver. Eso es lo que no encuentro. Hace un rato fui a casa de
Khalil y no lo encontré. Tengo un mal presentimiento, Saga.
La sangre se me congela.
––¿Por qué demonios tienes una pistola? ––pregunto y la sorpresa y la rabia
se acumulan en mi voz––. ¿Qué clase de personas son ustedes?
––Es de mi hermana y solo la conservo por protección. Nunca se sabe que
pueda pasar… ––responde Vania, tratando de explicarse––. Pero eso no es
lo que importa. Necesito tu ayuda para encontrarlo. ¡No sé a quién más
contarle esto!
Mis pensamientos se nublan, y una sensación de desesperación me invade.
Estoy furiosa, aterrada, y simplemente...
Esto es demasiado para mí.
––Están dementes ––le digo, y antes de que pueda responder, cuelgo la
llamada.
Salto de la cama y me visto rápidamente.
¿En qué momento las cosas escalaron hasta este punto?
Aunque ya no quiera tener nada que ver con esto, no puedo ignorarlo.
Khal… Yo fui quien decidió darle cuerda en primera instancia para
transformarlo en lo que es ahora.
Mientras me pongo la ropa interior, mi mente corre a mil por hora, tratando
de encontrar alguna pista, algún lugar donde podría estar.
Entonces, un recuerdo se apodera de mí.
Aquel día cuando estábamos en el río.
Cuando salimos del agua y nos sentamos en la orilla.
Él me dijo que ese era su nuevo lugar favorito.
Y que si pudiera escoger un sitio en el cual morir, sería ahí.
Fue una confesión extraña, pero ahora todo cobra sentido.
46 – KHALIL
––Por favor, Khal... por favor, no lo hagas ––suplica, y me da asco
escucharlo.
––¡Cállate! ––le grito, con el revólver apuntando hacia él––. ¡No hagas el
ridículo, Brandon! ¡Te lo mereces! ¡Tú y todos los de nuestro salón merecen
esto! Merecen lo que te va a pasar a ti.
El miedo en sus ojos se hace más grande, y yo... yo solo quiero que sienta
todo lo que yo he sentido.
Aprieto el gatillo, disparando un tiro al aire. El sonido del disparo resuena
por todo el bosque, y veo cómo Brandon se cae al suelo, sus manos cubren
su cabeza mientras solloza.
––¡Mírate! ––digo, entre risas––. ¡Qué patético!
Me siento invencible, siento que todo lo que he pasado, todo el dolor y el
rechazo, finalmente está cobrando sentido. Por fin tengo el poder, y ver a
Brandon tan vulnerable... me da la vida.
Pero entonces, algo se mueve entre los árboles.
De repente, allí está ella… Saga.
Aparece frente a mí y se planta entre Brandon y yo.
Mis manos tiemblan un poco cuando veo su rostro, sus ojos me miran con
enojo y desesperación.
––¡Khal, basta! ––me dice con voz firme.
––¡Quítate de en medio, Saga! ––le grito––. ¡No te metas! ¡Lárgate de aquí,
o si no...!
––¿O si no qué? ––me desafía, con voz baja, y los labios fruncidos. Sé que
está enojada.
Levanto el revólver y lo pongo contra su frente.
Mi respiración es pesada.
Veo cómo su rostro se pone rojo de la rabia y sus ojos se llenan de furia.
Está nerviosa, pero no tiene miedo.
––Dispara ––susurra, sin apartar la vista de mí––. Vamos, hazlo.
Mis manos tiemblan aún más.
Gruño, apretando los dientes, sintiendo cómo todo el poder que tenía hace
un momento se escapa.
No puedo hacerlo.
Bajo el arma, enfurecido, y justo en ese momento, Brandon aprovecha la
oportunidad y sale corriendo, adentrándose entre los árboles, su silueta
desaparece en segundos.
Nos quedamos solos.
Saga y yo.
Siento cómo la rabia me quema por dentro.
––¡Mira lo que hicis...! ––comienzo a decir, pero antes de que pueda
terminar, su mano cruza mi rostro. El golpe me deja aturdido y siento el
ardor en mi mejilla.
––¡La próxima vez que me apuntes con un arma, maldito hijo de puta, yo
misma voy a matarte! ––grita, y puedo ver la furia en sus ojos, tan intensa
que casi me da miedo.
Me siento intimidado.
Me siento como antes.
¡Y no puedo permitirlo!
––Estúpida… ––susurro. Porque no puedo dejárselo pasar.
––¿Qué dijiste? ––me pregunta, acercándose aún más––. ¡Dímelo otra vez!
La miro directamente a los ojos, y esta vez no dudo.
––¡Estúpida! ––grito.
Veo cómo sus ojos se entrecierran y casi puedo escuchar el crujido de sus
dientes.
Ella intenta darme otra cachetada, pero esta vez levanto la mano y la
detengo antes de que me toque.
Noto la sorpresa en sus ojos, y entonces, intenta golpearme con la otra
mano.
La detengo también, y con ambas manos entrelazadas, y empezamos a
forcejear. Siento su fuerza, su inquietud.
Caemos al suelo, rodando entre hojas secas, con nuestras respiraciones
aceleradas.
––¡Imbécil! ––me dice al tiempo que golpea mi abdomen con su rodilla––.
¡A las mujeres no se les toca! ––Saga se coloca encima de mí y mi mirada
se pierde en su cabello.
Mis manos se cierran alrededor de su cuello.
––Quítate de encima, puta… ––le digo entre dientes mientras rodamos en el
suelo. Ahora yo estoy sobre ella.
Saga golpea mi cara varias veces con más fuerza de la que se esperaría de
una chica.
Eso me enfurece, y le doy una cachetada que resuena en todo el lugar.
Ella se queda con la mirada perdida hacia un lado. La sombra rojiza de mi
palma está tatuada en su cara.
Me incorporo y me estiro. Hago crujir mi cuello y nudillos. Camino hacia el
revolver y lo levanto.
––¿Piensas matarme? ––me pregunta en un tono suave, con su mirada
intentando buscarme, pero sin poder focalizarse por completo en mí porque
sigue aturdida.
Me arrodillo a su lado y le pongo el cañón en la en la frente.
––¡Debería hacerlo! ––le grito––. Eres una entrometida… ¡Una jodida
estúpida!
––Solo quería ayudarte… ha sido así desde que te conocí…
––No quiero que me ayudes, dios mío, ¿acaso te lo pedí? ¡Yo nunca te
gusté! Que me tuvieras lastima no era un favor, Saga.
––Tienes razón… yo… no debí ––Saga acaricia mi mejilla y siento un
fuerte pinchazo de culpa porque sé que la herí más de lo que ella a mí.
Quito el cañón de su frente––. Pero prometo que voy a corregirlo, ¿sí?
––¿Y qué piensas hacer? ¿eh? Dime.
Saga voltea hacia un lado y escupe en la maleza. Noto que lo que escupió
llevaba sangre. También tiene un hilo de sangre bajándole por la comisura
izquierda del labio.
––¡Voy a mandarte con tus malditos padres! ––Saga lanza un cumulo de
tierra a mis ojos y me nubla por completo. Siento un fuerte ardor
picándome e intento a retirarme las partículas de tierra.
Saga me muerde la mano en la que sostengo el revolver. Y con sus manos
intenta arrebatármelo. Siento una profunda tensión. Sus dientes se anclan a
mí con violencia. Con la mirada entrecerrada, la jalo del cabello, le arranco
un mechón, pero no logro hacer que retroceda.
Y aunque no quiero, me veo obligado a golpearla.
Le doy un puñetazo en el rostro.
Pero ella no me suelta. Muerde con más fuerza y siento como mi piel se
rebana. La sangre fluye en sus dientes, formando un débil hilo que recorre
su mentón y cae en la maleza.
La golpeo de nuevo.
Y vuelve a forzar más la mordida.
Y la golpeo, la golpeo, la golpeo.
¡Y siento que va a arrancarme un pedazo de la mano!
La sangre hace que el arma se me resbale.
Y cuando me doy cuenta, ella ya la tiene entre las suyas.
Tiene el arma, y sigue mordiéndome.
Así que con mi otra mano tomo la pistola por el cañón.
Y Saga forcejea, moviendo la puntería lentamente hacia mí.
Ella dispara.
Las balas vuelan a mi lado.
Y lo cierto es que tengo la mano adolorida por haberla golpeado.
Los disparos suenan cada vez más cerca de mi oído, comienzo a percibir un
silbido agudo, ¡Y es que me pasan tan cerca! ¡Ella está apunto de…!
Saga deja de morderme y da un paso hacia atrás.
Me apunta directamente a la cara con el arma.
Todo su cuerpo está enrojecido y su respiración es tan pesada y profunda
que puedo sentirla a pesar de la distancia.
Me ve con tanto odio, con la expresión tan fruncida que parece otra
persona.
La pistola no tiembla entre sus dedos. La sostiene con firmeza, y es porque
está segura.
Saga quiere matarme.
Y la verdad, me lo merezco.
Me siento avergonzado por haberla lastimado.
Quiero que lo haga, ¡que dispare ya!
Y es en ese momento cuando escucho el rechinido del gatillo.
Saga me dispara.
47 – SAGA
Jalo el gatillo.
Pero la bala no sale.
Vuelvo a pulsar el gatillo. Una, y otra, y otra vez. Lo aprieto cien veces en
un segundo.
Siento un profundo dolor de cabeza y me llevo la mano a la cara.
Suspiro hondamente y un sentimiento amargo recorre todo mi cuerpo. Dejo
caer el arma y me suelto en llanto.
No puedo creer que estuve a punto de matar a alguien.
Simplemente, no puedo.
Me siento tan malvada y monstruosa que quisiera que la tierra me tragara y
me escupiera en el infierno.
Todo mi cuerpo vibra como si mi alma fuera a escapar en cualquier
momento.
Mis piernas ceden, y me derrumbo. Apoyo la espalda en un árbol y me
cubro la cara porque no quiero que él me vea así.
No debí venir, no debí meterme, no debí hacerme la heroína cuando lo
conocí.
Él… por dentro siempre fue esto.
¿Y yo… qué se supone que soy?
¿En qué me estoy convirtiendo?
Khal se arrastra hasta el tronco en el que apoyo mi espalda.
––Disparé al aire para asustar a Brandon. Ahora mismo estaría muerto si no
lo hubiese hecho ––dice, con un tono suave, como si toda la escena que
hicimos no hubiera ocurrido.
––Per… perdón ––logro murmurar entre sollozos––. Yo no quería esto…
––Yo tampoco. Pero aquí estamos.
Khal me da una palmada en la rodilla y me sobresalto porque estoy
nerviosa. Mi mirada se desvía hacia su mano herida y noto como fluye la
sangre de manera alarmante.
Y después me veo a mí misma. Mi ropa y mis manos también tienen su
sangre. Saboreo mis labios y la sensación metálica me hace escupir.
––Santo dios… qué mierda hice ––digo, tapándome la boca.
Me quito rápidamente la blusa y la enrollo. Tomo la mano lastimada de
Khal, él lanza un quejido, pero no opone resistencia. Mis dientes están
dibujados en su piel como si fueran los colmillos de un perro. Envuelvo su
mano con mi blusa para detener el sangrado.
––Lo lamento… Khal… de verdad… no sé en qué estaba pensando.
––Si vieras tu cara no me pedirías disculpas ––dice con una risita.
En ese instante siento acalorados ardores en varias partes de mi rostro.
––Nos… nos hicimos mucho daño.
––Sí ––Khal pasa sus dedos entre mis labios para quitarme la sangre. Yo
tengo su mano lastimada en mi regazo y la acaricio con ternura como si eso
ayudara en algo––. ¿La sangre que tienes en los dientes es tuya… o mía? ––
lo dice lenta y jocosamente.
––De ambos ––digo con una voz tan baja y temblorosa que no creo que me
haya escuchado.
––Yo no quería matarte… te lo juro ––le digo mientras muevo la cabeza de
lado a lado y mi mirada se pierde en mi cabello despeinado, cosa que
agradezco porque de todos modos no soy capaz de verlo a la cara, de ver las
líneas de arañazos en sus pómulos, y sus ojos enrojecidos por la tierra que
le lancé––. Pero cuando me enojo siempre pierdo el control y esta vez fue
tan intenso que… es como estar dentro de un sueño. No puedo hacer nada
más que dejarme llevar por la situación.
––Lo entiendo, Saga ––Khal aparta los mechones de mi pelo, lleva su mano
sana a mi mentón y levanta mi cabeza para que nuestras miradas
coincidan––. Todos los días me pasa lo mismo.
Estoy tan cerca de él.
Estoy tan cansada, confundida y dolida.
Que ni siquiera me doy cuenta de que me estoy acercando a sus labios.
Yo…
Vuelvo a perder el control.
Siento sus labios ásperos, el sabor del cobre que aún queda en nuestras
bocas por la sangre, y la necesidad de cada uno de perderse en el otro.
Mi corazón late tan fuerte que siento que podría romperse, si es que aún
queda algo intacto en mí.
Khal me atrae más hacia él, y mis manos suben por su nuca, hundiéndose
en su cabello. Me siento como si estuviera a punto de caer, como si la
intensidad de este momento pudiera arrastrarnos a ambos a otro mundo.
Mi mano baja hacia su cintura y desabrocho su pantalón.
Noto como florece un bulto entre sus piernas al bajar la cremallera. Lo
acaricio con suavidad y me aparto de sus labios, pues se roba toda mi
atención.
Lo agarro con fuerza y está tan ardiente que podría quemarme la mano.
Y al instante siento un extraña sed en mi lengua.
Porque tengo deseo de eso, y de nada más en el mundo.
––No vas a… morderme, ¿cierto? ––me pregunta con una risita temerosa.
––No… ––murmuro.
Libero su virilidad y un intenso aroma a sudor y perfume barato inunda mi
nariz. Mi boca se llena de su erección y mi lengua la saborea como si fuera
una paleta.
Su suavidad y calor ruboriza mi piel.
Estoy tan llena, tan perdida, tan confundida.
Me siento violentamente hermosa.
48 – KHALIL
Estoy acostado en la maleza mientras veo un cielo plomizo envuelto en
nubosidad, como si el mundo se estuviera apagando.
Saga tiene su cabeza apoyada en mi pecho y fuma un cigarro. Ella no es una
fumadora casual, pero cuando me vio sacarlo y dándole un par de caladas,
me lo quitó de los labios. Al instante percibió que no era tabaco, y le
confesé que era mariguana, pero aun así lo fuma.
Y creo que le gusta el sabor y la sensación.
––Tengo suerte de que no me hubieras arrancado el piercing ––digo en voz
baja.
––Ah… ––ella vuelve su mirada a mí y dirige su índice hacia mi nariz. Toca
el piercing con delicadeza con la yema del del dedo––. No lo pensé.
Seguramente sí lo habría hecho ––ríe sínicamente.
Saga está en ropa interior y en su abdomen hay salpicaduras de nuestra
sangre seca. Quien la viera diría que se peleó con un oso y le ganó. Tiene la
cara hinchada y estoy seguro de que mañana le aparecerán moratones. Pero
no parece importarle en lo absoluto.
Y aun así, se ve preciosa.
Acaricio su cabello, que está cubierto de restos de tierra y hojas marchitas.
––Oye… me gusta tu sabor ––me dice con un tono extraño––. Nunca había
hecho eso.
––Estuvo bien ––confieso.
––Estuvo más que bien, tonto ––me golpea suavemente con su codo. Nos
miramos durante un instante y veo sus alargados dientes porque sonríe con
serenidad––. Tienes que decir que fue maravilloso.
––Perdón. Es solo que… ––me quedo callado porque es realmente difícil
decirlo.
––Di lo que tengas que decir.
––Nosotros no somos nada. Por eso es complicado hablar contigo.
––Pero nunca terminamos ––murmura con culpa.
––No había necesidad. Nunca fue algo real. Solo me tenías lastima.
––Pero… no terminamos ––insiste––. Sea como sea, estas cosas se hablan.
––¿Según tú somos novios? ––no puedo evitar la carcajada, aunque me
duelen casi todos los músculos de mi cuerpo al reír.
––Sí ––dice de manera tajante, sin mirarme, al tiempo que exhala una
bocanada de humo que le nubla la cara.
––¿Por qué quieres ser mi novia? ––pregunto, con un tono más serio.
––Porque eres un imbécil, y te has vuelto tan delicado como una bomba
atómica. Y hoy comprobamos que solo yo soy capaz de detenerte ––Saga se
vuelve hacia mí y pone su dedo índice en mi frente como si fuera el cañón
de una pistola.
––Tal vez yo no quiera eso.
––¿Ah sí? ¿qué es lo que no te gusta de mí? ––ríe tiernamente porque sabe
que me ha acorralado.
Y cuando intento aclarar mis ideas y pensar en algo que no me guste de
ella… simplemente mi mente parece una hoja en blanco. Es hermosa,
incluso con la cara hinchada, sigue siendo la mujer más guapa que mis ojos
han visto. Es fuerte e intrépida; y si omitimos lo que sucedió hace un rato,
podría asegurar que tiene un corazón bondadoso. Y no puedo evitar
recordar que es la primera persona que me ha gustado, y todo lo que sentí al
tenerla cerca, y lo mucho que me sigue intimidando su mirada.
––¿Y bien? ––insiste.
Suspiro mientras muevo mi cabeza de lado a lado.
––No sé qué tan bueno sea para ti estar conmigo, lo que sucedió hoy…
––Shhh… ––lleva su índice entre sus labios, haciendo un gesto para que me
calle––. Lo de hoy no define lo que somos. Ambos perdimos el control, la
situación nos superó, pero podemos ser más que esto. No me cabe duda.
Además…
––¿Qué?
––No sé cómo decirlo. Es de esas ideas raras que es mejor que los hombres
no sepan.
––Dímelo.
––Ah. Bueno. Creo que puedo amarte. Me gusta mucho lo que eres ahora.
Eres fuerte, y no te dejas de nadie. Todo el mundo te respeta y me gusta tu
nuevo peinado.
Saga revuelve mi pelo con delicadeza.
Y ambos reímos.
Veo como una línea de sangre sale de la nariz de Saga y se me ocurre…
Traigo puesto el colgante con el diminuto recipiente con forma de corazón
de cristal. Está oculto bajo mi camisa y no entiendo cómo carajo no se
rompió durante la pelea.
Lo saco por el cuello de la camisa y lo destapo con los dientes. Pongo el
orificio bajo la nariz de Saga y gotas de sangre caen en su interior.
Aprieto mi mano herida y fluye un hilo de sangre entre los vendajes que
ella me hizo. Las gotas entran en el corazón de cristal.
––¿Qué haces? ––inquiere Saga––. ¿Qué es eso?
––Nuestro pacto ––cierro el corazón de cristal. Está lleno con nuestra
sangre––. ¿Te gusta? ––le pregunto al tiempo que pongo el colgante frente a
sus ojos.
––Es hermoso ––Saga lo toca con delicadeza y se tambalea como un
péndulo.
––Quiero que lo conserves.
––Es lo más lindo y… perturbado que me han dado ––dice mientras lo
cuelga en su cuello.
––Perturbado… quizá ambos lo seamos.
––Tal vez. Y por eso nos merecemos el uno al otro.
Nos quedamos en silencio mientras nos perdemos en un cielo cada vez más
oscuro.

Sopla una brisa extraña, inconstante y blanda.
Pronto comenzará a llover.
––¿Y ahora de qué te gustaría hablar? ––me pregunta con su voz suave.
––No sé. Hum… ¿Cuál es tu segundo nombre?
––Fernanda. ¿Y el tuyo?
––Thorfin.
––No te creo ––Saga parece impresionada y divertida––. ¿Khalil Thorfin?
Suena como el nombre de un loco.
––Mi padre quería llamarme Thorfin y mi madre, Khalil. Ella murió cuando
yo nací, por eso papá decidió que el que ella quería sería el principal.
––Thorfin… ––repite––. Me encanta.
––Siempre he odiado mi nombre.
––¿Por qué?
––Es extraño. Como dices, parece el nombre de un loco.
––No lo decía en serio. Lo amo, de verdad.
––Está bien.
––Thor… fin…
––Y cuando escuches mi apellido…
––No puedes sorprenderme más.
––Miculax. Se pronuncia Mi-cu-lash.
––Khalil Thorfin Miculax. Pensándolo bien, me suena artístico. Dios mío,
creo que naciste para protagonizar una película. Sería de terror. Tú actuarias
como el estereotipo de psicópata asesino.
––Nah. Soy más de libros.
49 – SAGA
Es extraño cómo la vida puede cambiar de un momento a otro, y más raro
aún es cómo me encuentro aceptando cosas que antes no hubiera tolerado.
Pero creo que así es el amor: confuso, doloroso y, al mismo tiempo,
reconfortante.
Han pasado varios meses desde que Khalil es mi novio. Y ahora, de verdad.
Es cierto que nuestra relación ha tenido momentos intensos.
Pero no seas hipócrita.
También los has tenido.
Él se ha vuelto... agresivo. Esa es la palabra. Y aunque, en parte, es algo
que me atrae de él, no todo es perfecto. A veces pienso que su agresividad
es necesaria. Los hombres deben tener fuerza, deben saber defenderse, y
Khalil lo hace. Lo respeto. Pero hay ocasiones en que esa agresividad se
vuelve en mi contra, cuando me habla con groserías o se molesta por cosas
pequeñas. Es algo que me cuesta soportar, pero también he aprendido a
tolerar. Khalil ha pasado por mucho, lo sé, y si esto es lo que necesita para
sentirse cómodo, entonces estaré con él.
Lo amo. Amo cada parte de él, incluso esas que me hieren. Es raro cómo
alguien que antes era tan ingenuo y solitario, ahora se ha convertido en esto.
A veces pienso que lo que pasó fue que su padre murió antes de enseñarle
cómo enfrentarse al mundo. Y su hermano nunca fue un guía para él, solo
lo dejó a su suerte. Supongo que hasta que llegó Vania, Khalil no tuvo a
nadie que le explicara cómo debía defenderse. Ella fue quien lo empujó a
ser quien es ahora, y aunque al principio me parecía peligroso, debo admitir
que ahora tiene lo que le hacía falta.
Supongo que al final, Vania y yo cumplimos nuestra misión.
Y hablando de Vania... Khalil nos obligó a reconciliarnos. Vania es su mejor
amiga, y aunque al principio traté de que él dejara de hablarle, fue en vano.
Khalil impuso su voluntad y me hizo ceder. No quería pelear más con él.
Nuestras discusiones suelen ser fuertes, nos gritamos y, aunque a veces la
tensión se convierte en algo que termina por unirnos más (cómo lo que
sucedió en el bosque la otra vez), otras veces me deja agotada. Así que
terminé aceptando a Vania. Con el tiempo, me di cuenta de que no fue una
mala decisión. Aunque me cueste admitirlo, Vania tiene un buen corazón, o
al menos no es tan mala persona como pensaba. Y si algo bueno tiene salir
con ella, es que siempre invita a todo. No puedo quejarme de eso.
Claro que nuestra relación no es del todo como me gustaría que fuera.
Hay cosas de Khalil que realmente me molestan.
Como cuando me prohíbe hablar con otros hombres. Parece que cualquier
mínima conversación se convierte en una amenaza para él, y no soporta ver
a ningún chico cerca de mí.
También está el hecho de que quiere que me vista como a él le gusta. No es
que me obligue, no, nada de eso, pero sí deja claro qué le agrada y qué no.
Khalil no me deja ir a ningún lugar sin él, ni siquiera a reuniones con mis
amigas. Tiene que estar presente el mayor tiempo posible…
Él tiene esta costumbre de invalidar mis opiniones. A veces pareciera que
todo lo que digo es una estupidez y me hace sentir tan mal, pero evito que
me vea llorar porque pienso que no es para tanto.
Cuando discutimos, si digo algo que no le gusta o si tengo una postura
diferente, él se burla o me dice que no entiendo nada, que soy tonta. Sé que
no lo dice con maldad, que en el fondo está tratando de explicarme algo, de
hacerme ver el mundo como él lo ve.
Pero duele.
Y a pesar de todo, mi única certeza es que quiero ser suya.
Y creo que mi corazón puede con todo.
Con el tiempo él seguirá mejorando.
Y hasta que llegue ese día, estaré a su lado, aguantando lo que tenga que
aguantar. Porque esto es lo que se supone que es el amor, ¿no?
50 – KHALIL
Vania me llamó anoche. Me dijo que teníamos que vernos a solas, que
extrañaba salir conmigo como antes. Saga está en la gran ciudad con su
madre, están visitando a sus abuelos, así que no tenía nada para este fin de
semana.
Por eso acepté.
La avenida es extrañamente solitaria. A pesar de que son las cuatro de la
tarde, el cielo está encapotado, y no parece que vaya a salir el sol en lo que
queda de día. Por ahí, entre las sombras, veo a Vania. Está parada al lado de
un poste en el que cuelgan anuncios de trabajo y fotos de desaparecidos.
—¡Khal! —me llama al verme acercarme.
Camino hacia ella y puedo notar algo en sus ojos, una tristeza.
Soy un profesional identificando esas expresiones.
—¿Todo bien? —le pregunto mientras la alcanzo.
—Claro —dice, intentando sonreír con más fuerza.
Empezamos a caminar por la acera. La tenue brisa agita las ramas de los
árboles cercanos.
Mientras avanzamos, nos cruzamos con los enormes portones de hierro de
la catedral. Están medio abiertos.
––Oye… ––Vania me jala de la manga de camisa para llamar mi
atención––. Quiero que entremos en la iglesia.
Vania empuja el portón con cierta dificultad.
––¿En serio? ¿para qué? Que yo sepa lleva quince años cerrado, debe ser un
chiquero.
—¡Anda, sé valiente! ––dice, mientras hace fuerza para empujar el portón y
este cede lentamente.
Nos adentramos.
Las paredes están llenas de moho y grietas. No cabe duda de que este sitio
dio su último respiro hace muchos años. Los vitrales rotos permiten la
entrada de algunas sombras de luz pálida. A lo lejos, al fondo del lugar, un
Cristo dorado cuelga sobre el altar, solitario, oxidado y triste.
Todas las sillerías están rotas, tienen señales de desgaste extremo. Parece
que los vagabundos las han usado como camas, pero en este momento no
hay nadie más que nosotros y nuestras sombras.
Vania camina por el centro del lugar, sus botas resuenan en el suelo
agrietado. Sus ojos recorren cada detalle como si estuviera en el museo de
las mil maravillas.
—Siempre quise entrar aquí —me confiesa, con un destello de emoción en
la voz, con la tristeza totalmente sacudida—. Pero nunca me atreví. Ella me
contó de este lugar.
—Lo tenías planeado desde el inicio, ¿no? —le digo––. Realmente querías
que viniéramos aquí. ¿Y a quién te refieres con “ella”? Siempre mencionas
a una chica, pero nunca su nombre.
––Vivo con Eri y Luna. Les llamo hermanas, pero en realidad no lo son. Me
separé de mi verdadera hermana hace años. Murió. Dio su vida a cambio de
la mía. Y me gusta visitar los lugares en los que ella estuvo. Revivir su
historia hace que me sienta cerca de ella… Alba.
––Alba… ––repito, pensando en la gracia de ese nombre. Me gusta––.
Siento que no te conozco, Vani.
Vania se encoge de hombros y sonríe.
—Es que no quiero que pienses que soy rara.
—Nada que venga de ti me parece raro —le respondo, con honestidad.
Estoy acostumbrado a sus disparates––. ¿Por qué no me cuentas la historia
de tu hermana?
––No te traje aquí para hablar de cosas tristes, tontín.
Vania suelta una carcajada que se repite en eco por todo el lugar, después
me toma de la mano para dirigirme hacia el corredor lateral. Las paredes de
piedra son rugosas y llenas de musgo, y el aire me parece más frío. Aunque
quizá lo siento así porque esto está empezando a incomodarme.
Subimos por unas escaleras de caracol hechas de madera. Cada escalón
cruje como si fuera a romperse en cualquier instante, cosa que me inunda de
una sensación de urgencia por llegar hasta arriba lo más pronto posible,
antes de que todo se caiga. La luz se filtra por pequeñas aberturas alrededor.
Finalmente, llegamos al campanario. Es un espacio claustrofóbico, con una
campana enorme, ennegrecida por el olvido. Vania se acerca y toca la
campana con la yema de los dedos. Yo me acerco a uno de los arcos y miro
hacia el exterior. La brisa es suave y constante, como un soplido del
invierno, un recordatorio de que pronto el sol se irá de vacaciones. La
ciudad parece cubierta de una tenue neblina, aun así se alcanza a ver las
láminas de las casas, las calles llenas de charcos y los perros llenos de
hambre.
Vania se coloca a mi lado, y el viento hace que su cabello carmesí vuele
alrededor de su rostro. Ella huele a algo exquisito, creo que me recuerda a
las manzanas con caramelo.
La miro de reojo y le pregunto:
—¿Por qué nunca me pediste de vuelta el revólver?
Vania se queda en silencio un momento, mirando hacia el horizonte.
—Ya no me importa —responde al fin, con una sonrisa lánguida, pero sin
dirigirme la mirada—. Muchas cosas han dejado de preocuparme. Puedes
quedártelo.
—Pero… ya no tengo munición.
Vania se vuelve a mí abruptamente, con una ceja levantada.
—¿Mataste a alguien o qué?
Suelto una risa seca.
—No, solo practiqué, para aprender a usarla. ¿Podrías conseguirme más?
Ella se queda pensando un rato, evaluando mi petición. Luego, una sonrisa
traviesa se dibuja en sus labios.
—Podría ser. Pero con una condición.
—¿Qué condición?
Vania se acerca a mí. Sus labios se curvan en una sonrisa coqueta. Y me
murmura en el oído:
—Un beso, Khal. Dame un beso y te conseguiré lo que quieras.
––Oye… ¿sabes que Saga y yo…?
––Shhh… ––Vania lleva su índice a sus labios, haciéndome un gesto para
que me calle––. Ella no se va a enterar, tonto. Será nuestro secreto. Además
es solo un beso, puf… nada del otro mundo. Tú no sientes nada por mí, así
que no es infidelidad.
––No sé si las cosas funcionan de esa manera…
––¡Claro que sí! Si yo no te gusto, será como besar a un maniquí o a algo
sin vida. Algo que no importa. Algo que solo usarás y tirarás. No seré
diferente a un papel higiénico sucio.
No puedo evitar soltar una risita por sus ocurrencias. Pero sí, pienso en lo
que dice y creo que tiene un punto a favor.
Yo no la amo.
Miro la ciudad frente a nosotros, y me dejo llevar por el viento helado.
Finalmente, asiento.
Vania se acerca más, y nuestros labios se encuentran. Es un beso largo y
profundo. Siento toda la pasión que hay en ella. En sus labios encuentro un
deseo que claramente no compartimos. Siento que quiere devorarme.
Ella sabe a menta y fresa.
51 – SAGA
Me miro en el espejo una última vez antes de bajar corriendo las escaleras
ya que he escuchado el timbre y sé que es él. Tenemos una cena pendiente.
Llevo puesto un vestido celeste que elegí para la ocasión y un listón azul
que me recoge el cabello. Y, obviamente, en mi cuello traigo el colgante de
nuestro corazón de cristal.
Hoy, por fin, se lo presentaré a mi madre.
Cuando la abro, ahí está él, con su expresión seria de siempre, pero puedo
notar una pequeña sonrisa nerviosa en sus labios.
––Hola… amor ––le digo, tratando de sonar relajada.
Él asiente con la cabeza.
––Hola, Saga ––responde, con tono bajo, y veo que lleva las manos en los
bolsillos.
––Pasa ––le hago un gesto para que entre y cierro la puerta detrás de él.
Khalil da un par de pasos hacia el centro de la sala. Mi madre aparece desde
la cocina, con una sonrisa amistosa.
––¡Mamá! ––digo mientras la veo acercarse––. Este es Khalil. Khalil, ella
es mi mami.
––Es un placer conocerla, señora ––dice Khalil, extendiendo su mano para
estrechar la de mi madre. Ella le sonríe ampliamente y le estrecha la mano
con suavidad.
––El placer es mío… ¿Khalil? ––responde mi madre––. Yo juraba que
tenías un nombre diferente. Creo que la edad ya me está afectando.
––Oh… hum… sí, me llamo Khalil ––dice, mientras sus ojos bajan al suelo
por un instante.
––¡Ah, qué interesante! Bueno, que sepas que la cena está lista, preparé
lasaña y espero que te guste, Khalil ––dice mamá, haciendo un gesto hacia
la mesa del comedor.
––Gracias, señora ––responde él, y noto que sigue sonando un poco
nervioso, pero esboza una sonrisa.
Mientras caminamos hacia la mesa, mi madre lo mira con curiosidad y le
pregunta:
––Saga me dijo que eres muy bueno en matemáticas, ¿es cierto?
––Sí, bueno... nunca he sacado menos de diez.
––Eso es admirable. A casi todo el mundo le va mal en esa materia. Y me
incluyo ––dice ella mientras nos indica que tomemos asiento.
Nos sentamos alrededor de la mesa, y mi madre sirve lasaña en cada plato.
Puedo ver que Khalil sigue nervioso y sus ojos observan cada movimiento
de mi madre como si tratara de anticipar lo que va a suceder. Tomo su mano
bajo la mesa y le doy un apretón suave, intentando transmitirle algo de
calma.
––Gracias por la comida, señora ––dice Khalil, y yo puedo ver el esfuerzo
que hace por sonar agradecido, aunque parece algo tenso.
––De nada, Khalil. Espero que les guste ––responde mamá, sonriendo.
La lasaña huele deliciosa. La atmósfera es agradable, y mientras
comenzamos a comer, mi madre hace un par de preguntas triviales sobre el
fin de curso en el instituto, qué haremos en el futuro, el tiempo, y los
intereses de Khalil.
––¿Y qué más te gusta hacer, Khalil? Aparte de las matemáticas, claro ––
pregunta mamá, mientras corta un trozo de lasaña. Khalil la mira y se toma
un momento para responder.
––Bueno, también me gusta el ejercicio. Entreno bastante ––responde, y
noto cómo trata de encontrar las palabras adecuadas, sus ojos se mueven
inquietos por la mesa. Yo trato de sonreírle para que se sienta más cómodo.
––Eso está muy bien. El ejercicio es importante ––responde mi madre,
asintiendo con una sonrisa––. Esa cicatriz que tienes en la mano… parece
que te peleaste con un animal, ¿no es así?
––Khalil se tapa la mano y gira su mirada lentamente hacia mí. La
insinuación lo tomó desprevenido. Seguro que no quiere contestar porque
piensa que será una prueba de mi madre, que quizá yo ya le conté la verdad.
Así que decido echarle una mano.
––Ah, sí, lo mordió un perro mientras entrenaba en el parque… ya sabes
que hay muchos callejeros y eso.
––Sí, claro, ¿y sí te pusiste la vacuna contra la rabia después de eso? ––
insiste ella con la ceja arqueada.
Y entonces pienso que quizá intuye otra cosa.
––Sí… así fue.
Gracias a Dios mamá cambia de tema y comemos tranquilamente. Siento
que por fin Khalil se está relajando un poco. Pero entonces, cuando toma su
vaso de refresco, algo sucede. Un ataque de tos repentino hace que su mano
pierda fuerza, y antes de que pueda reaccionar, el vaso se le cae,
derramando el líquido por toda la mesa.
––Oh, no… ––dice Khalil, y veo cómo su rostro se pone rojo. Se queda
quieto por un momento, mirando como el líquido se esparce lentamente en
el mantel.
Inmediatamente me pongo de pie, agarrando una servilleta para limpiar.
––No pasa nada ––digo rápidamente, tratando de minimizar el incidente––.
Ya lo limpio, no te preocupes.
––Tranquilo, no es nada ––añade mi madre, con una sonrisa amable.
––Sí, claro… lo siento ––dice Khalil, pero su tono ya ha cambiado.
Su voz suena dura, y veo que sus manos tiemblan un poco.
Y… dios… ya sé lo que eso significa. Sé que está enojado.
Termino de limpiar y vuelvo a sentarme.
Mi madre intenta retomar la conversación.
––Entonces, Khalil, ¿tu hermano vive contigo? ––pregunta, tratando de
sonar casual.
Pero él solo asiente, sin levantar la vista.
––Sí ––dice, sin dar más detalles.
––Debe ser difícil, ¿no? Llevar una casa siendo tan joven... ––añade mamá,
con un tono de preocupación.
Khalil levanta la vista y la mira directamente a los ojos.
––No es necesario que se preocupe por mí ––responde. Su tono es frío,
distante.
Veo cómo mi madre frunce un poco el ceño.
Así que no me queda más remedio que intervenir.
––Sí, él siempre se ha cuidado solo… él cocina, lava, ordena…
––Cosas que deberías de aprender a hacer ––me interrumpe, y su voz tiene
un tono sarcástico que me hace estremecer.
––Eso creo... ––él está a la defensiva y es inútil discutírselo. He aprendido
que lo mejor en situaciones así es darle la razón y ser felices.
––Oh…bueno, solo quería saber un poco más de ti ––interviene mi madre,
claramente tratando de calmar la situación.
––No es necesario que sepa nada de mí. Soy novio de su hija, no de usted,
señora ––responde Khalil, con un tono que raya en la hostilidad.
Mamá lo mira, y puedo ver la incomodidad en sus ojos. La conversación
muere ahí, y el resto de la cena transcurre en un silencio que me resulta
insoportable.
Cuando finalmente nos levantamos de la mesa, mi madre nos dedica una
sonrisa, pero ya no es la misma de antes.
––Gracias por venir, Khalil ––dice mamá, mientras él se dirige hacia la
puerta––. Fue un placer conocerte.
––Igual ––responde Khalil, pero su tono es vacío, sin emoción. Sale
rápidamente de la casa, y yo lo sigo, sintiendo un nudo en la garganta.
Pero me detengo un momento porque mi madre me llama.
––¿Él te habla de esa manera siempre? ––pregunta ella en voz baja y con
una mirada preocupada––. Ese chico... no es muy educado.
––Yo sé lo que hago ––respondo sin ser capaz de mirarla a los ojos.
Pero lo cierto es que sé que no tengo razón.
No sé nada.
Salgo de la casa y voy tras él.
52 – KHALIL
Es el último día de clases.
Y es el final del día.
Las campanas sonaron hace veinte minutos y el caos comenzó desde hace
treinta. Todo el mundo se está firmando las camisas de los uniformes y
compran bolsas con agua para echárselas los unos a los otros. Algunos
alumnos rompen sus informes escolares con tijeras, otros solo los lanzan
como si fueran confeti. Un tipo trajo cascarones con brillantina y confeti
dentro, son huevos de carnaval. Se los estaba lanzando a sus compañeros,
pero ellos le han quitado la bolsa de huevos y los están usando en su contra.
Algunos están teniendo el valor de hablar por primera vez con las chicas
que les gustan. Unos tienen suerte, pero lo cierto es que la mayoría está
haciendo el ridículo. Algunas chicas se abrazan con sus amigas y lloran
porque saben que el próximo año estudiarán en otros institutos.
Hay gritos y risas por todos lados.
Pareciera que se celebra la venida de Cristo a la tierra.
Se escucha el rechinar de las suelas en los pisos mojados, y los alaridos de
quienes son atrapados por una buena dosis de agua fría.
Todo el instituto es un caos. Nadie tiene miedo de ser castigado, en el
último día todos pueden ser quienes realmente son sin preocuparse por las
consecuencias. Algunos suben a los marcos de las ventanas y gritan frases
sin sentido, mientras otros corren por los pasillos sin rumbo fijo,
simplemente celebrando que este es el final.
Yo estoy con Saga en las gradas, frente a la cancha. Estamos solos,
presenciando la destrucción. Yo nunca había visto algo así porque siempre
escogía no venir a este día de clases, ya que sabía que todo el mundo
tendría carta libre para crucificarme. Pero las cosas han cambiado, y nadie
se atrevería siquiera a tirarme agua.
Nadie me firmará una mierda ni a mí ni a Saga.
Somos intocables.
Me río. Todo es ridículamente caótico.
La risa de Saga, sin embargo, suena rara. No es como siempre. Carece de
esa chispa que normalmente tiene. Parece abstraída.
––¿Qué te sucede? ––le pregunto.
––Es que... hay algo de lo que tenemos que hablar ––me dice, agachando la
cabeza.
––¿Qué?
––He perdido un curso, Khal. Tendré que venir al instituto durante las
vacaciones ––dice en voz baja, como si temiera que alguien más pudiera
escucharla.
Mis ojos se abren de par en par, no puedo ocultar mi sorpresa.
––¿Qué? ¿Por qué no me pediste ayuda para estudiar? Sabes que yo me sé
toda esa basura.
Saga me mira, y en sus ojos hay algo de tristeza y resignación.
––Sí, claro, la última vez que te pedí ayuda para una tarea me llamaste tonta
––me dice, intentando forzar una sonrisa, pero sé que no lo dice en broma.
––Pero no fue en serio, lo sabes ––respondo, tratando de quitarle
importancia. Quiero aliviar la tensión que veo en ella, pero no sé si estoy
logrando el efecto que deseo.
––Dios mío... ––Saga se tapa la cara con las manos, su voz suena
ahogada––. Mi madre va a matarme.
Veo cómo se estremece, y siento un nudo en el estómago.
––¿Por qué perdiste? Digo, siempre te ha ido bien ––le pregunto, intentando
entender. Ella siempre había sido responsable.
––No. Eso no es cierto ––dice ella, sin mirarme––. Desde hace un tiempo...
no me va tan bien. Me cuesta concentrarme y... olvídalo, estoy bien. Vendré
en las vacaciones. No hay de otra.
––Mierda... ––es lo único que puedo decir, sintiéndome inútil.
––Sí. Mierda ––repite ella.
53 – SAGA
La oscuridad es rasgada por la luz de la luna que comienza a asomarse por
la ventana.
Estoy en la habitación de Khal.
Estamos abrazados en su cama, el cuerpo de Khalil se presiona contra el
mío mientras nos besamos lentamente. Sentir su calor es la cosa más
reconfortante del mundo.
Khal se aleja y sonríe de forma cansada. Me quedo observando la oscuridad
de su perfil. Entonces, rompo el silencio:
—¿Por qué nunca hemos tenido sexo? —Solo se me ocurre. Quizá sea por
el apetito que me despierta este momento.
Khalil se queda en silencio, tragando saliva. Puedo percibir su respiración
un poco más rápida.
—No sé —responde, con honestidad—. Tal vez... porque es complicado.
Ambos nos reímos suavemente. Es cierto, es complicado.
—Los condones me dan miedo —confieso—. Pienso que se romperían, y la
idea de quedarme embarazada... Mierda, no quiero tener hijos nunca.
Él asiente, pensativo.
—Además, no sé si sabría cómo ponerme uno sin perder... ya sabes... las
ganas —agrega Khalil.
Ambos nos miramos, tratando de comprendernos a un nivel más profundo.
Luego, Khalil se aproxima a mí, y en un tono apenas audible murmura:
—¿Qué tal si probamos... por...?
Él no termina la frase, pero la insinuación está clara. Lo sé, y la idea me
golpea como una bofetada. Me está hablando de… la otra entrada.
—No, no... Dicen que por ese lado duele mucho —respondo con mi voz
temblando por la sorpresa.
Khalil se encoge un poco.
Miro hacia el techo, observando las sombras. Considero seriamente la idea
y, extrañamente, empiezo a… sentir curiosidad.
Mierda, ya me ha sembrado la duda.
Me muerdo el labio y suspiro mientras imagino cómo sería.
Tal vez no sea tan malo como dicen.
Por algo lo hace tanta gente, ¿no?
Quizá sea algo que necesite probar, sentirlo por primera vez, dejar que él
sea parte de mí de esa manera.
Guau. Qué nerviosa estoy de solo pensarlo.
Me tiembla el alma. Mi corazón late con tanta intensidad que estoy segura
de que él puede sentirlo a través de la leve vibración de la cama.
—Bueno... —murmuro—. Podríamos intentarlo, supongo. Pero despacio,
¿sí? Tienes que ser gentil.
Khalil no dice nada.
Escucho el sonido de su cremallera bajando.
Se quita el pantalón.
Yo me quito el sostén y me bajo la falda.
Mis manos tiemblan un poco mientras me doy la vuelta, poniéndome de
espaldas.
Khalil me masajea la espalda.
Su tacto es suave, sus dedos son cálidos, y me murmura en mi oído que me
ama.
Eso me provoca un escalofrío.
Veo con el rabillo del ojo que él se lame el índice y el medio.
Y después su mano baja más, llegando a la parte a la que pretende entrar.
Lo acaricia lentamente en círculos. Mi primer instinto es detenerlo, pues
siento que debí prepararme más para algo como esto, es mi primer contacto
con el mundo de lo eterno.
Pase lo que pase, esta es mi primera vez.
La única que recordaré hasta que muera.
El peso de él estará siempre grabado en mí.
Me dejo ir.
Con un movimiento lento, se inclina sobre mí.
Dice algo que no alcanzo a entender porque estoy nerviosa.
Siento… su tamaño.
Los primeros intentos de Khalil son torpes, incómodos, y el dolor se
agudiza en mi interior.
Imagina a un ejército intentando marchar dentro de un túnel. Las paredes
son angostas y ellos intentan forzarlas para expandirlas. No lo consiguen,
pero aun así siguen hacia adelante.
Muerdo la almohada con fuerza, e inevitablemente se me salen un par de
lágrimas.
Khalil percibe mi incomodidad.
Y se acerca a mi cara.
Lame mis pómulos, se traga mis lágrimas saladas.
Ahora entiendo que todo mi dolor es suyo.
Tras un rato, empieza a sentirse diferente.
Doloroso aún, pero con un gusto amargo y crudo que me resulta…
exquisito.
Me siento profundamente invadida, tan expuesta, tan despojada de
cualquier ilusión de control.
Santo cielo…
Mi piel arde, y pienso en lo bajo que he caído. Así es cómo debe sentirse
una prostituta.
Y mi mente está tan llena de deseo que es lo único quiero ser.
Le pido a Khalil que me llame puta, porque lo necesito.
Mis gemidos se ahogan en ruido que hace su cadera cuando choca contra
mí. Lo hace de una manera tan violenta, que sé que mañana no podré
sentarme.
Una parte de mí se siente distante.
Pero no me importa.
Porque quiero ser profanada, quiero ser despojada, quiero ser cualquier cosa
menos la Saga que finge ser perfecta. Lo sé porque siento que cada gramo
de mí se disuelve, se abre, se rompe y se reconstruye en algo más
verdadero.
Quiero que Khalil me tenga, una y otra vez, sin importar cómo ni dónde. Y
quiero que esta sensación me consuma. No importa cuánto duela, cuánto
asco me cause; quiero hacerlo hasta que lo único que quede sea un vacío tan
grande, que todas las estrellas errantes del universo quepan dentro de mí.
Khal se detiene lentamente.
Y siento como “eso” palpita dentro de mí.
Como me llena.
Como si un corazón hubiese explotado de tanto amor… como un aguacero
torrencial que cae sobre mí, y lo recibo con la boca abierta y la lengua
alzada.
Quiero cada gota de esta tormenta.
Es asqueroso, dañino, demencialmente repulsivo y duele.
Por eso me gusta.
Quiero hacer esto todos los días, una y otra vez hasta que no quede un
gramo de sensibilidad en mí.
Así es como deseo ser tratada el resto de mi vida.
54 – KHALIL
Estamos tumbados en mi cama, el cansancio se nos ha pegado al cuerpo.
Tengo esa ligera sensación queda cuando algo cambia para siempre.
Pocas veces la he sentido.
Sé que nunca olvidaré esta noche.
Saga tiene su cabeza apoyada en mi hombro, y yo juego con los mechones
de su cabello, enredándolos y soltándolos como si fueran hebras de un
pesado sueño.
—Cuando te conocí —digo en voz baja—, me dijiste que querías ser
modelo.
Ella se queda un momento pensativa, y luego se estira un poco antes de
mirarme a los ojos.
—Ajá. Pero si no funciona eso, seré científica. Creo que también te lo
mencioné, mis planes no han cambiado.
Me sorprendo un poco y sonrío.
—¿Científica? —pregunto, entrecerrando los ojos con curiosidad—. ¿Y qué
investigarías?
Saga se queda en silencio. Sus ojos se desvían hacia el techo.
—Investigaré por qué la gente se suicida —responde finalmente, sin
dirigirme la mirada—. Y si hay una forma de curar eso.
Trago saliva y siento un nudo en la garganta que me impide responder de
inmediato. No esperaba que dijera algo como eso. Mis dedos dejan de jugar
con su cabello, y la miro, tratando de leer lo que está oculto tras sus
palabras.
—¿Por… por qué quieres hacer eso?
Saga cierra los ojos un momento y asiente. Luego, suelta un suspiro
profundo.
—Mi tío Samuel… —empieza, y su voz tiembla un poco—. Cuando
éramos niños, él siempre estaba conmigo. Mis padres trabajaban mucho, así
que él se quedaba en casa cuidándome. No era mucho mayor que yo, solo
unos años, pero siempre me hacía sentir segura… y, no sé, especial.
Ella hace una pausa. Pero se recupera y continua:
—Pasábamos mucho tiempo juntos. Jugábamos en el patio, veíamos
películas… Me enseñaba canciones viejas y me hacía reír con las historias
que ahora que lo pienso, creo que eran inventadas. Yo era pequeña y creía
todo lo que decía porque él era mi héroe.
––Qué bonita familia ––comento, ella se vuelve hacia mí durante un
instante y sonríe con picardía.
—Cuando comencé a crecer, las cosas cambiaron —continúa—.
Empezamos a vernos de otra manera… ya no solo éramos el tío y la
sobrina. Nosotros… Hum. Oye, no vas a juzgarme, ¿cierto?
––No.
––¿Puedo confiar en ti?
––Sí.
––Bueno. Te creo. Lo que pasa es que una noche nos dimos un beso. Y a
partir de ese día comenzamos a ser más cercanos. Éramos como una pareja
viviendo juntos, ya que mi abuela murió y mis padres nunca estaban en
casa. Literalmente yo era como una esposa: le hacía comida, cosía su ropa
rota y lo cuidaba cuando se enfermaba.
––Qué linda… familia ––vuelvo a decir, ahora con cierta ironía.
––Pero nunca hicimos nada como lo que acaba de pasar entre nosotros,
Khal. Ni siquiera lo intentamos. Todo era más inocente de lo que se
escucha. Solo éramos dos jóvenes solos y tristes que no tenían nada en lo
que creer. Aun así, siempre estuve con ese sentimiento de que estábamos
haciendo algo mal. Lo gracioso es que, de alguna forma, me gustaba. Me
hacía sentir viva.
––Sí, muy gracioso.
––Cállate ––Saga me golpea suavemente con su codo.
––Sigue.
—Un día mi papá nos encontró durmiendo juntos, ojo, solo estábamos
durmiendo. Sí, quizá estábamos abrazados, pero te juro que no hubo nada
más. Papá hizo un escándalo y golpeó a Samuel. Fue tan violento que pensé
que lo mataría. Después de eso… todo se fue a la mierda. Al día siguiente
había cámaras instaladas en la casa, Samuel tenía un ultimátum para
conseguir un trabajo e irse a vivir solo y mis padres me veían con tanto
desdén que parecía que me odiaran. Ni siquiera me miraban a los ojos
durante la cena.
Saga se queda callada un momento, y veo rodar un par de lagrimas en sus
pómulos.
—Días después, Samuel se suicidó. Y desde entonces, le juré odio eterno a
mi papá.
Saga vuelve a acurrucarse en mi hombro.
––¿Piensas que soy una mala persona? ––me pregunta con la voz agitada.
––No. Pienso que eres perfecta.
––¿De verdad?
––Sí. Te amo.
––Yo también te amo ––los destellos de su tristeza parecen apagarse. Saga
me abraza. Su voz es tan suave y dulce como el olor de las flores después
de la lluvia––. ¿Siempre estaremos juntos?
––Sí.
55 – SAGA
Recién salgo del instituto.
Me siento desgraciada por tener que venir en vacaciones, y aún peor, que
solo seamos cuatro los que perdimos. Aunque viéndolo desde otro punto de
vista, mejor así. La humillación es menor mientras menos gente lo sepa.
Cuando vine por la mañana el sol estaba en su apogeo, pero durante la
clase, algo ocurrió en la máquina de estaciones de Dios. Quizá le cayó café
o algo, pues parece que se ha descompuesto. Porque este viento y el
ambiente lúgubre no tiene sentido.
La brisa arrastra pequeñas gotas de lluvia que apenas me permiten mantener
los ojos abiertos. El cielo ruge a intervalos irregulares. Me abrazo los
hombros y bajo la cabeza.
Mientras avanzo por la acera, una pequeña flor capta mi atención. Es casi
tan gris como el entorno. Me agacho y la corto con cuidado.
Comienzo a sentir más la presencia de las gotas de lluvia, así que corro
hacia una caseta cerrada, cuyo patio tiene una vieja lámina como techo.
Es suficiente para mí.
El sonido del agua golpeando la lámina es ensordecedor.
Mierda, sí que hace frío, no traigo ropa para este clima.
Para entretenerme, me siento en el suelo y comienzo a arrancar los pétalos
de la flor, uno por uno.
—Me quiere... —murmuro mientras el pétalo arrancado es arrastrado por el
viento.
(Todas las fibras sensibles de mi cuerpo enloquecen cuando pienso en él).
—No me quiere... —el siguiente pétalo vuela hacia la nada.
(No estoy orgullosa de la cosa en la que me convertí, pero sí satisfecha).
—Me quiere... —digo, con el eco de la lluvia en mis oídos.
(Quiero ser el humo que te rodee, quiero que mis cenizas se mezclen con las
tuyas, quiero que hagas conmigo todo lo que el límite de tu imaginación
permita).
—No me quiere... —las gotas resuenan con fuerza, salpicando mis pies
descalzos.
(Tu aguacero de melancolía ahoga mi ternura infinita).
—Me quiere... —el viento me revuelve el cabello.
(Amarte siempre será lo correcto).
—No me quiere...
(No importa cuánto duela).
El último pétalo cuelga de mi mano. Aprieto la flor marchita, sus restos se
deshacen en mis dedos.
56 – KHALIL
Ese maldito ruido me despertó.
Hoy tengo muchas cosas que hacer, pero, dios mío, estoy tan jodido. No
quería levantarme temprano.
Me visto y bajo las escaleras. El estruendo de la música retumba cada vez
más fuerte desde la planta baja. Abro la puerta del salón y ahí está mi
hermano, tambaleándose, con una botella de alcohol en la mano, la mueca
de un borracho y los ojos perdidos.
—¿Puedes callarte de una vez? —le grito, intentando hacerme escuchar por
encima del volumen––. Bájale a esa mierda.
Mi hermano gira la cabeza hacia mí, confundido, y luego se rie como si
fuera una broma. El olor a alcohol llega hasta donde estoy.
—¡Hey, hey! ¡Relájate, niño! Estoy celebrando, ¡es mi cumpleaños! ¿No
piensas felicitarme? —dice mientras le baja un poco a la música. Después
se tambalea hacia mí, intentando abrazarme.
Lo empujo hacia un lado, con desprecio.
—No tengo tiempo para tus bromas tontas, ¿entiendes? —le respondo.
Su rostro cambia.
La sonrisa desaparece.
—¿Qué dijiste, idiota? —gruñe. Da un paso hacia adelante, con la mirada
encendida—. Eres solo un niño. Más te vale que me respetes.
Se acerca a mí y me toma del cuello de la camisa. Me sacude con desdén.
Me grita y su asquerosa saliva cae en gotas por todo mi rostro.
Le escupo en su cara.
El escupitajo le golpea en la frente. Se mueve hacia atrás, sorprendido.
Luego, todo su cuerpo tiembla de rabia.
Mi hermano levanta su puño y me golpea en el estómago. Todo el aire se
me escapa abruptamente, y caigo de rodillas al suelo, sujetándome el
abdomen.
Escucho la risa de mi hermano.
Miro hacia arriba, y lo veo retroceder, con un gesto victorioso. Vuelve con
su botella.
Con una mano en el estómago y el dolor palpitando en cada fibra de mi ser,
me levanto lentamente. En la otra mano, siento el frío metal del revólver
que había escondido en mi bolsillo trasero.
Mi hermano se gira, presintiendo que algo malo va a ocurrirle, y se
encuentra con el cañón del revólver apuntándole. Su risa se congela en su
rostro.
—¿Qué... qué estás haciendo? —dice, retrocediendo.
No respondo.
Aprieto el gatillo.
La bala lo alcanza en el hombro. Él intenta huir, pero se cae al suelo por la
impresión y la borrachera. Intenta levantarse, pero está demasiado aturdido.
Me acerco, cojeando.
—Khalil, por favor... —suplica, con los ojos llenos de terror—. No lo
volveré a hacer, te lo juro, nunca más... ¡por favor!
Se arrastra por el suelo, alejándose de mí.
—Mamá… ella murió el día en el que naciste… papá… él se suicidó
porque no soportaba que fueras tan raro y no tenía idea de cómo lidiar
contigo… y ahora vienes por mí…. Tú… eres un monstruo…
—Por primera vez —digo, en voz baja y firme—, estás diciendo la verdad.
Levanto el revólver de nuevo, apuntando a su cabeza.
––Feliz cumpleaños, Ángelo.
Aprieto el gatillo.
57 – SAGA
Estoy frente al espejo, desmaquillándome. Deslizo la crema por mi piel y el
algodón se tiñe de negro, llevándose los restos del día. Me detengo un
momento para mirar mis ojeras, profundas. Me pregunto cómo fue que
llegué a tenerlas así.
Estoy a punto de irme a bañar cuando el teléfono vibra sobre la mesa. Es
Khal. Siento que algo dentro de mí se expande. Incluso leer su nombre me
llena.
Contesto sin pensarlo.
—¡Hey!
—Hola, Saga —me saluda con una voz tierna, casi dulce, poco común en
él––. ¿Qué tal todo?
––Estoy muy cansada. Pero bien. Escucharte me hace sentir bien. ¿Y tú?
––Oh… eres tan linda, Saga. Yo hoy me siente espectacular.
—¿Ah? ¿y por qué? —le pregunto, riéndome ligeramente.
—…Me he liberado de un gran peso, Saga. Estoy comenzando a
experimentar cosas nuevas. Siento mi cuerpo lleno de energía, todo está…
renovadose. Sí.
—¿Estás haciendo yoga o algo así?
Khal se ríe y siento un escalofrío recorrer mi espalda al escuchar esa risa.
Tengo un presentimiento, que no sé si es de algo bueno o malo.
—Es mejor que el yoga.
—Seguramente ganaste un campeonato del Mario Kart.
––Nah. Ya no juego.
––Oh…
—Escucha, te llamaba porque quería hacerte una propuesta un poco
extraña… —hace una pausa—. Pero sé que, en el fondo, sabrás que es lo
correcto.
—¿Ah, sí? ¿Qué es? —pregunto, sintiendo cómo la curiosidad comienza a
apretar mi pecho.
—Quiero que huyamos de la ciudad, Saga. ¡Quiero que seamos libres!
Imagínate cómo sería una vida lejos de aquí, en un lugar donde nadie más
exista, solo tú y yo…
Cierro los ojos mientras lo pienso.
Recuerdo a Samuel, y cómo me abandonó.
Recuerdo a Daniel y cómo intentamos hacer eso el año pasado.
—¿Y qué hay del instituto, mi madre, mi futuro...?
Khal no se lo piensa mucho.
—Nada de eso tendrá importancia cuando nos vayamos. Vamos a reiniciar
nuestras vidas, seremos solo nosotros.
¿Cómo sería vivir sólo para él, sin nadie más alrededor? Me muerdo el
labio, siento un nudo formándose en partes de mi cuerpo que desconocía
hasta este momento. Lo deseo tanto... Lo amo tanto.
—¿Y cómo haríamos eso...? —le pregunto, con un tono más bajo.
—Tú sabes conducir, ¿no? —me recuerda—. Podemos tomar el auto de tu
madre. Yo tomaré el dinero de mi hermano. Eso nos alcanzará para un
tiempo, y luego, cuando necesitemos más, buscaremos trabajos. Somos casi
adultos, Saga. Esto iba a suceder tarde o temprano… sólo hacemos un poco
de trampa para adelantarlo.
Me tranquiliza.
Me convence.
Tiene sentido.
—Está bien —le digo, sin pensarlo más—. Pero necesito una semana.
Quiero despedirme, poner todo en orden.
Hay silencio del otro lado de la línea.
—Khal, quiero despedirme de mi madre, de mis amigas, de la vida que he
formado...
Él sigue sin responder, pero su respiración hace eco en el auricular.
—…para después entregártela todo a ti.
—Nadie más me entiende como tú lo haces ––me dice, al tiempo que
cuelga.
Sonrío, dejando que el sueño tome forma en mis fantasías.
Es ahora cuando mi vida empieza de verdad.
58 – KHALIL
Estoy recostado sobre la tierra fría.
Las estrellas se extienden sobre mí. Hay una brisa suave, y me siento tan
aliviado que bien podría quedarme dormido justo aquí. Cierro los ojos y
dejo que la plenitud de este momento me acaricie los pensamientos. Todo
parece tan inmenso y ajeno.
Hace un rato enterré a mi hermano. Estoy recostado sobre la tierra que lo
cubre, y pienso que es la primera vez que estamos tan cerca. Es una pena
que él tenga que estar muerto para que veamos las estrellas en paz.
Palpo la tierra suelta, mis dedos se hunden apenas en ella.
Me levanto, estiro mis brazos y piernas. Tomo la pala y la apoyo contra mi
hombro. Saga me ha dicho que necesita una semana.
Mientras camino de regreso a casa, recuerdo una canción que escuché el
otro día y silbo el ritmo de sus instrumentos.
Yo también tengo cosas que hacer antes de irme. Pienso en quién será el
siguiente. Varios nombres resuenan en mi cabeza.
59 – SAGA
Khal es mi esposo, nuestra casa es sencilla, pero cálida, con un pequeño
huerto en el jardín. También tenemos un perro… no, mejor un gato. Uno
negro. También otro blanco, ellos tendrían los hijos que nosotros nunca
podremos. Khal me despierta cada mañana con un beso y un “te amo”. Esto
es lo que siempre quise tener… Pero de repente el sueño se desvanece,
interrumpido por los golpes constantes en la puerta de mi habitación.
La voz de mi madre suena urgente al otro lado:
—Saga, ¿puedo pasar?
—Sí… pasa —respondo con la voz ronca del sueño mientras me estiro
entre las sábanas y me froto los ojos.
Mi madre abre la puerta. Al verla, me doy cuenta de que algo no está bien.
Su cabello está alborotado y sus ojos están llenos de una preocupación
extraña. Un escalofrío me recorre la columna vertebral.
—Tenemos que hablar, Saga. Es importante —dice mi madre, con la voz
cargada de una gravedad que me preocupa un poco.
Me incorporo en la cama, parpadeando.
—¿Qué sucede?
Y es cuando noto que detrás de ella… no puede ser.
Ahí está él. Mi padre.
Mi madre respira profundo.
––Encontré la nota que escribiste, la que decía que planeabas huir. La vi
cuando estaba sacando la basura, hace unos días…
Siento que mi corazón se paraliza. Esa puta carta. La que tiré a la basura.
Mi madre aprieta los labios y después señala hacia mi padre.
—No sabía qué hacer, así que lo llamé a él. Tu papá insistió en que debía
venir antes de que… —ella hace una pausa— antes de que desaparecieras.
Mi padre da un paso adelante.
—Saga —dice con voz firme—, ya lo hemos decidido. Te vamos a llevar a
un internado para señoritas en México. Tu madre ha fracasado al cuidarte, y
ahora es mi turno. Será a mi manera, te guste o no.
Mi madre comienza a llorar en silencio, con la cabeza agachada, mientras
mi padre sigue hablando como si nada.
—Y nos vamos ya mismo.
Mis manos tiemblan mientras busco mi teléfono entre las sábanas. Lo
encuentro y apenas puedo mantener mi pulso firme al desbloquearlo. Khal.
Necesito hablar con Khal. Busco su contacto en mi agenda de manera
desesperada. Lo llamo, pero no digo nada, dejo el teléfono a un lado para
que él pueda escuchar lo que está sucediendo.
—¡No quiero irme! —grito. Mis ojos están llenos de lágrimas que intento
contener––. ¡Los odio!
Mi padre se cruza de brazos, y me mira con frialdad.
—No me importa si me odias, todavía eres menor.
—¡Me da igual lo que hayan decidido! ¡No me quiero ir!
Mi madre intenta intervenir.
—Cariño, es lo mejor para ti…
—¡No, no lo es! —mi voz está a punto de romperse por la histeria—. ¡No
pueden hacerme esto!
Mamá avanza hacia mí, y alarga la mano para tomar mi teléfono con un
movimiento rápido. La llamada se corta. Khal ya no está al otro lado. Me
siento más sola que nunca.
—Empaca tus cosas, Saga. Nos vamos ahora.
EPÍLOGO: KHALIL

“Si quieres un consejo, no la cuides desde lejos.


Ni le digas lo que tiene que hacer.
Ella debe ser como quiere ser.
Y eso ya lo tienes que ver.
Rompe las cadenas que te atan a la eterna.
Pena de ser hombre y de poseer”.
Serú Girán
60 – KHALIL
Se siente un temple sereno en las calles.
Hace frío, pero no hay viento. ¿Será este el primer día del invierno?
No soy bueno leyendo las estaciones, pero quizá sí. Me gusta este clima, me
relaja.
Saco un cigarro y lo enciendo. Entro en calor al instante. La nube de humo
se confunde con el cielo plomizo y me pregunto si hoy lloverá.
Entro al barrio de Saga. La avenida está vacía, excepto por un par de perros
que deambulan cerca de bolsas de basura. Puedo ver el auto de la madre de
Saga estacionado en el patio. Oh, tiene el maletero abierto y hay maletas
apiladas dentro. Parece que tienen prisa por irse.
Un hombre cruza el umbral de la casa con una maleta en una mano, y con la
otra, sostiene el brazo de Saga. Es su padre. Es un tipo alto, fornido, con
barba. Es de esos hombres cuyo cuerpo se parece al de los osos. Me
pregunto si tendrá más de cincuenta años. Quizá no.
Saga trae puesto el colgante de sangre. ¡Qué linda!
El tipo parece molesto. Entonces, la madre de Saga me ve, y su dedo índice
tembloroso me señala.
—Él es... el novio.
––El exnovio, dirás. Esta niña no tiene permitido hablar con niñatos ––
gruñe el tipo, al tiempo que jala el brazo de Saga, reprendiéndola.
El padre suelta a Saga y deja caer la maleta, girándose hacia mí como un
toro furioso que ha encontrado su objetivo. Su rostro se contorsiona en una
mueca de odio. Da un paso hacia mí, y luego otro.
—¿Qué pretendes, niñato? Vete a tu puta casa antes de que te parta la cara,
¿escuchaste? Estoy harto de esta mierda. Si tengo que dormir en la maldita
cárcel, bien. Pero tú dormirás en un hospital. O en el jodido cementerio.
¡No juegues conmigo!
Tomo mi cigarro entre mis dedos y soplo una nube de humo en su
dirección. Me mira, incrédulo. El tipo avanza hacia mí.
Y justo, cuando está a punto de golpearme…
Resuena un ruido acuoso.
El hombre se queda de pie por un segundo, con los ojos muy abiertos. Y
luego se desploma.
Eso estuvo muy cerca. Deje que se me acercara demasiado. Si él hubiese
sido más rápido, yo estaría en el suelo, quizá no habría alcanzado el
revolver porque me habría dado otro golpe que me llevaría directo al
desmayo, o al más allá.
Gracias a Dios no fue así.
Mi mano, con el revólver, tiembla poco. Lo miro mientras regreso mi
cigarro a mis labios, y luego me vuelvo hacia la madre de Saga, que cae de
rodillas. Parece querer gritar, pero no hay sonido que salga de su boca. Tres
disparos la alcanzan antes de que pueda reaccionar.
Se escucha el aleteo de las alas de los pájaros, abandonando sus nidos.
Y los perros correteando por la avenida como si los estuvieran
persiguiendo.
Saga no se mueve.
No hay expresión en su rostro.
Ni dolor, ni sorpresa.
Solo vacío.
Y está bien, mejor así.
Porque ahora podré llenarla con lo que yo quiera que sienta.
Porque ahora, soy lo único que tiene.
Me doy cuenta de que no hay nadie más en la calle, ningún curioso, ningún
testigo. Nadie que pueda decir que esto sucedió.
Genial. Sabía que este sería un buen día.
Escuché en un podcast de Brian Tracy que, si esperas que te sucedan cosas
buenas, todo se alineará para que sea así. Comienzo a pensar que esas
mierdas son ciertas.
Camino hacia Saga y la abrazo.
Mi novia.
Ella sigue inmóvil, sin gesto alguno. Le doy un beso en la frente y le
susurro: “Esto es lo que siempre quisiste, mi amor, eres libre”.
Me acerco al cuerpo del hombre y registro sus bolsillos hasta encontrar las
llaves del auto y su billetera. Lo arrastro hacia los asientos traseros de la
camioneta. Es pesado y me cuesta, pero lo logro. Luego voy por la madre y
hago lo mismo, apilando sus cuerpos. Abro una de las maletas y saco una
sábana, la uso para cubrirlos.
Me acerco a Saga, que sigue congelada. Agito las llaves frente a su rostro.
—Oye, tenemos que irnos.
Ella parpadea, como si acabara de despertar de un sueño.
—¿Qué? —dice, confundida, con voz baja y suave.
—Nos vamos —insisto—. Tú manejarás.
Ella asiente.
Sube al asiento del conductor y arrancamos. Unas cuadras adelante, se
detiene y baja la ventanilla para vomitar. Parece que ha comenzado a
entender la situación. Ya habrá notado que esto no es un sueño.
Es la vida real.
El primer día de nuestras vidas.
La veo doblarse sobre sí misma. Cuando termina, me mira, y con la voz
rota, me dice:
—Mátame, Khal... —sus ojos están llenos de desesperación.
Niego con la cabeza y acaricio su mejilla suavemente.
—No. Sigue conduciendo.
Ella arranca de nuevo. La camioneta se desliza por las calles mientras la
lluvia comienza a caer suavemente sobre el parabrisas. Enciendo la radio.
En las noticias hablan sobre la desaparición de varios jóvenes en la última
semana. Dicen los nombres, y entre ellos, mencionan a “Brandon Orozco”.
Saga se gira hacia mí.
—Ese tipo… él… ¿era el que estudiaba contigo? ¿El que… vi en el bosque?
Me encojo de hombros, apagando el cigarro en el cenicero del auto.
—No sé. Nunca me enteré de su apellido.
Cambio de emisora, y entonces suena una canción vieja, “La gloria eres tú”,
de Los Tres Diamantes. Tarareo la música mientras enciendo otro cigarro.
Guau.
No puedo creer que viví lo suficiente para darme cuenta de que, realmente
puedo ser libre y feliz.
He dejado de pensar en el suicidio.
He abandonado todos los malos pensamientos.
No más malas costumbres que me distraigan.
Miro a Saga y sonrío.
—Dime, ¿crees que soy una mala persona? Sé sincera… ––acaricio su
pierna. Ella se sobresalta al tacto.
No entiendo por qué tiene miedo, si conmigo no podría estar más segura.
Ella se queda en silencio por un momento con sus ojos perdidos en la
horizonte gris frente a nosotros.
—No.
—¿Crees que conocernos fue un error?
Ella suspira. Parpadea y entrecierra los ojos. Su cordura, racionalidad,
instintos y sentimientos parecen estar en guerra. Pero finalmente llegan a un
consenso, y me dice algo que me hace pensar que somos el uno para el otro,
que nacimos para estar juntos, que puedo darle todo y más:
—Amarte nunca será algo malo…
Eso no fue lo que pregunté, pero sí es la respuesta correcta.
––…no importa cuánto duela.
ESTA TRÁGICA HISTORIA
CONTINUARÁ EN:

EXNOVIO
PARTE II

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