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Operativo Corazon Partido 1 20

El narrador trabaja arduamente para reunir dinero y comprar un regalo especial para Jazmín el 14 de febrero, enfrentándose a diversas experiencias laborales y un perro travieso que se traga el dinero. Jaimito Rodrigo Espinosa, un niño tirano y consentido, es el centro de atención en su familia, mientras que el narrador y su amigo Edú discuten sobre la belleza de Jazmín y la falta de candidatas a reinas en su barrio. La historia refleja la vida cotidiana y las dinámicas familiares en un barrio donde los personajes interactúan de manera cómica y entrañable.

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Operativo Corazon Partido 1 20

El narrador trabaja arduamente para reunir dinero y comprar un regalo especial para Jazmín el 14 de febrero, enfrentándose a diversas experiencias laborales y un perro travieso que se traga el dinero. Jaimito Rodrigo Espinosa, un niño tirano y consentido, es el centro de atención en su familia, mientras que el narrador y su amigo Edú discuten sobre la belleza de Jazmín y la falta de candidatas a reinas en su barrio. La historia refleja la vida cotidiana y las dinámicas familiares en un barrio donde los personajes interactúan de manera cómica y entrañable.

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Operativo

Corazón Partido
María Fernanda Heredia
Yo quería que aquel 14 de febrero Jazmín recibiera el
regalo más lindo del mundo.
Para juntar el dinero necesario tuve que trabajar
por las tardes como un esclavo: barrí y trapeé el piso del
chifa Chin Chun. Lavé todos los taxis de la cooperativa
de transportes Jota Jota que tiene su central a una
cuadra de mi casa. Arranqué todos los hierbajos que
habían crecido en el jardín de la señorita García, y eso
no es poca cosa, porque ese jardín alcanza para una
lavandería, una pequeña huerta, una cancha de
voleibol y un bosque tan grande que en cualquier
momento podría ser declarado reserva natural. En mi
barrio dicen que, de no ser por el bigote y por el tamaño
de sus pies talla 42, la señorita García podría ser
considerada la soltera más deseada en la ciudad.
Pero además de todos esos trabajos sacrificados,
cuidé a mis hermanas toda una tarde (con cambio de
pañal incluido) y me comprometí a bañar al perro San
Bernardo de la familia Jarrín, al que cariñosamente
llamaban el Morsa.
Este último trabajo fue un verdadero atenta- do
contra mi integridad física, ya que el Morsa era muy
«juguetón» y le encantaba jugar al muertito. Pero, claro,
el muertito era yo, y él era la mole que me aplastaba en el
piso hasta dejarme sin aire.
Logré bañarlo por primera vez en su vida, y yo me
quedé con olor a perro mojado durante un largo mes.
Todas estas experiencias laborales solo tenían
un objetivo: juntar el dinero necesario para comprarle a
Jazmín Espinosa el regalo más lindo y romántico el 14
de febrero.
Cuando coloqué sobre la mesa los cinco billetes
más gordos que había logrado ahorrar en mi vida, me
sentí orgullosísimo. Los conté, los enrollé y luego los
envolví con una banda elástica. No que- ría que se me
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extraviaran.
Y cuando aún disfrutaba de mi felicidad, sin darme
cuenta, apareció a toda carrera Chulpi, mi perro, y de
un bocado se tragó los billetes.
Luego, el muy desgraciado, ladró contento y movió
la cola.

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Jazmín
Jaimito Rodrigo Espinosa, con ese nombre tan
angelical, era un tirano.
Medía un metro quince, pero atemorizaba a todo
el barrio como si fuera un gigantón de dos veinte.
Recuerdo con claridad que, cuando todavía no
había aprendido a leer y escribir, ya era el rey del grafiti
callejero.
Era el último hijo varón luego de cuatro hijas
mujeres, en una familia de padre machista que nunca
perdió la esperanza de tener un sucesor que llevara su
nombre y apellido. Para diferenciarlos al padre se lo
conocía como Jaime a secas, y al hijo como Jaimito
Rodrigo.
Era un consentido insoportable y su mamá se
derretía de amor ante el único hijo varón. Todos los
diminutivos estaban presentes a la hora de referirse a él, y
se pronunciaban con los labios apretados, haciendo
con ellos un pico, para que palabras como «chiquito,
reycito y preciosito» tuvieran toda la cuota
indispensable de cursilería maternal.
A nadie, jamás, podría ocurrírsele llamar al niño
Jaime, o Rodrigo… ¡eso nunca! De llegar el caso
podría correr sangre. Los padres lo habían inscrito en
el Registro Civil con el primer nombre en diminutivo y
exigían que se respetara su decisión. A la tía Loli,
maestra de la guardería, la corrieron del trabajo
porque tuvo la osadía de llamarlo Jaimito, cuando la
obligación impuesta por los padres era que al referirse
a él se lo hiciera con sus dos nombres, y de corrido para
que sonara de un solo golpe: Jaimitorrodrigo.
La familia había desarrollado un floreciente
negocio (¡literal!), a través de una próspera floristería
4
creativamente bautizada como El Palacio de las Flores.
El padre era un corpulento señor, ex boxeador peso
pesado, que luego de morderle una oreja a un árbitro fue
expulsado de la federación de box.
La madre de la familia Espinosa era una se- ñora
pequeñita que hablaba, enredadamente, sin parar. Ni
siquiera se detenía para tomar aire. Una vez que ella
comenzaba, podía estar siete meses sin pausa; por eso,
todos en el barrio la conocían como La Enredadera.
Recuerdo que una vez acompañé a mi mamá a
comprar un pequeño ramo que yo llevaría a mi
profesora, la señorita Ana Lucía Escobar, en el día del
maestro. Cuando llegamos a la floristería, La
Enredadera se dispuso a preparar el ramo y, mientras
tanto, halagó a mi mamá diciéndole que el vestido
azul que llevaba era muy bonito.
—Gracias —respondió mamá—, lo tenía
guardado desde hace muchos años y ahora ha
vuelto a ponerse de moda.

Entonces La Enredadera comenzó con su


blablá:
—Sí, tiene razón, las cosas vuelven a ponerse de
moda. Yo tenía un lindo pantalón anaranjado que me
regaló mi tía Esther que, por cierto, murió hace tres años
con un problema del pulmón porque el marido fumaba
mucho, casi una cajetilla al día; es que él era muy
nervioso porque trabajó 40 años como controlador
aéreo, porque le gustaban mu- cho los aviones, él no
tenía miedo como yo, que cada vez que me subo me
pongo a temblar y rezo una oración a San Antonio, que
es mi santo preferido, porque todos en mi familia hemos
sido muy de- votos, desde que mi mamá le pidió que le
hiciera el milagro de que mi hermana Judy consiguiera
mari- do, porque mi hermana no era muy simpática y ja-
más había tenido un novio, es que ella era muy
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tímida y se había dedicado a los estudios, por eso se
graduó de licenciada en Educación, con las mejores
notas, y pudo conseguir un buen trabajo en el Ministerio
de Cultura y gana un muy buen sueldo, por eso acaba de
comprarse un departamento en la playa que ha decorado
con unos muebles preciosos, de esos que están a la moda,
con colores vivos, los de la sala son anaranjados, como
un lindo pantalón que me regaló mi tía Esther, que, por
cierto, murió hace tres años con un problema del
pulmón porque elmarido fumaba mucho…
Entonces, en ese momento, cuando mamá y yo
sentimos que nuestras cabezas estaban a punto de
explotar, mamá puso un billete sobre el mesón, recogió
el pequeño ramo y salimos corriendo con la disculpa de
«Lo siento, nos tenemos que ir, el niño se atrasa al
colegio».
Margarita, Rosa, Violeta y Jazmín (todas con
nombres muy floridos) eran las hermanas mayores de
Jaimitorrodrigo, la mayor tenía 15 y la menor 12, todas
ellas eran muy tímidas y absoluta- mente sometidas
ante la tiranía del pequeño monstruo de diez años.

6
Mi amigo Edú
Jazmín me gustó desde siempre. Era la chica más linda
del barrio, aunque según mi amigo Edú, mi
punto de vista no era muy preciso. Él, que siempre fue
muy radical, solía decirme:
—No es bonita, Juan, admítelo. Jazmín te
parece linda, ¡porque no tiene competencia!, por- que la
estás comparando con otras vecinas, y el nuestro es un
barrio de feas.
—¡No es cierto!
—¡Cómo que no! ¿Por qué crees que des- de
hace diez años somos el único barrio en la ciudad
que no presenta candidata a Reina de la Primavera?
—Es verdad…
—¡Claro que es verdad, Juan! Nuestro barrio solo
ha presentado candidatos para el interbarrial de Corra
con el huevo en la cuchara.
—Y siempre hemos ganado, somos invictos desde
1995.
—¡Vaya, qué honor! Ya podemos enviar nuestro
equipo ganador a las Olimpiadas.
A decir verdad, nuestro barrio no se caracterizaba
por ser el semillero de las futuras reinas de belleza,
pero aun así a mí me parecía que Jazmín era linda.
Edú, que se creía un experto en mujeres, había
diseñado un parámetro de medición de la belleza
femenina y, según sus exigencias, había colocado a
Jazmín en la categoría «Discretamente agradable, con
un “no sé qué” que llama la atención si se la mira de
perfil, entre la una y media, y las dos de la tarde».
Y ese era, precisamente, el horario en el que yo
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podía verla cuando junto a sus tres simpáticas
hermanas y su único e insoportable hermano re-
gresaba del colegio.
Edú y yo nos encaramábamos con puntualidad
sobre el tabique que dividía nuestras casas para
desde allí ver pasar a las «florecitas», como llamaban
en el barrio a Margarita, Rosa, Violeta y Jazmín.
Inevitablemente, también teníamos que ver pasar al
insoportable Jaimitorrodrigo, que acompañaba y
«cuidaba» a sus hermanas.
—Apostemos que Jazmín me mira —decía yo
segurísimo.
—Dale, cuánto apostamos —respondía Edú.
—Cien dólares.
—¡Hecho!
Y Jazmín pasaba, mirando de frente, igno-
rándonos como si Edú y yo fuéramos un par de
hormigas pigmeas. Entonces Edú sacaba de su
bolsillo una vieja libreta de las Tortugas Ninja, en la que
apuntaba mis deudas:
—Con esto ya me debes… siete mil seiscientos
dólares, Juan, si continúas con tu éxito con las mujeres
dentro de poco podré comprarme mi pro- pio auto.
Edú y yo éramos amigos desde siempre e íba mos al
mismo colegio, aunque a diferentes grados. Él tenía 13,
un año más que yo, y habíamos sido vecinos desde que
nuestras familias habían comprado las casas #25 y #26 del
barrio Sauces del Este.
En el barrio había de todo menos sauces. Años
atrás la junta de vecinos había tomado la
«sabia» decisión de eliminar el parque central y todos
sus árboles, para convertir ese espacio en una gran
cancha de fútbol con graderíos. Lo que antes había
sido un bosque verde se convirtió entonces en un
rectángulo de tierra seca donde, además de celebrar
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los campeonatos interbarriales, nuestro equipo de
Corra con el huevo en la cuchara entrenaba todos los
jueves.
Cuando nos anunciaron que nos quedaríamos sin
bosque, Edú y yo teníamos nueve y ocho años, y
quisimos oponernos al proyecto, porque no queríamos
que nos dejaran sin sauces. En unas vacaciones
habíamos logrado construir una precaria vivienda
secreta en las ramas de uno de los sauces más altos,
vivienda a la que pomposamente llamábamos The
Ninja’s Club, porque ambos éramos admiradores de las
Tortugas Ninja y con esos personajes compartíamos el
gusto por la pizza y el propósito de salvar al mundo de
sus malhechores. Pero nuestras intenciones ecológicas
de evitar la desaparición de nuestro bosque de sauces
fueron ignoradas cuando vimos a nuestros padres
emocionados y divertidos vistiendo sus camisetas, con la
identificación Meneíto S. C., con las que participarían
en la gran inauguración de la cancha del barrio. Si no
contábamos ni con el apoyo de nuestras familias, no
podríamos llegar demasiado lejos en los planes.
Nuestros padres eran futbolistas de corazón… pero
solo de corazón, porque de piernas y barriga más se
asemejaban a los luchadores de sumo.
Edú no tenía hermanos o, mejor dicho, sí los tenía,
pero ya no vivían en la casa de la familia. Eran dos
hermanos grandes, como de veinticinco años o algo así
y ya estaban casados. Edú vivía solocon su padre.
Yo tenía dos hermanas pequeñitas, Laura y Lucía,
las gemelas más lloronas de la historia de la humanidad.
No eran malas, no eran monstruosas, no eran
inquietas… simplemente lloraban y lloraban y lloraban y
lloraban como si no tuvieran otra cosa que hacer en la
vida. La única manera de que se callaran la
descubrimos por pura casualidad un sábado en que
mamá las paseaba, a cada una en un brazo, mientras
ellas lloraban sin consuelo. En esa caminata por toda la
9
casa, mamá pasó por la sala donde mi papá y yo
veíamos la televisión. En ese preciso momento papá
cambió de canal y apareció en la pantalla la figura del
presidente de la República en una de sus habituales
cadenas nacionales. Al verlo, Laura abrió los ojos
como hipnotizada y Lucía cerró la boca como si un ratón
se le hubiera tragado la lengua. El milagro había ocurrido.
Papá volvió al canal en el que estaban pasan- do un
partido de fútbol y mis hermanas retoma- ron el llanto.
—¡Cambia! —suplicamos mamá y yo. Y para
nuestra sorpresa el efecto se repitió.
Cuando el presidente hablaba, todo el país se
ponía a temblar… pero en mi casa se respiraba paz y
tranquilidad. Afortunadamente para nosotros al
presidente le encantaba salir en la tele. A veces,
cuando mis hermanas se ponían particular- mente
pesadas con su llanto interminable y todos estábamos
a punto de enloquecer, yo escuchaba a mi papá decir:
—¡Por Dios! Que el presidente se compadezca de
nosotros. ¡Necesitamos al presidente!
En ese momento mi mamá comenzaba a
cambiar los canales a toda velocidad para ver si en
alguno de ellos lo pillaba en una de sus cadenas o en
un noticiero. Cualquiera que llegara a mi casa podría
pensar que éramos unos locos fanáticos adoradores
de la figura de nuestro primer mandatario, pero no era
así.
Las habitaciones de los bebés normalmente están
decoradas con colores pasteles, con figuras de ositos y
pajaritos, con patitos amarillos que nadan en un lago
celeste. Pero la habitación de mis hermanas parecía la
central del partido político del presidente. Había
afiches que forraban las paredes, portarretratos y
banderas.
Mi mamá tuvo que comprar, tras mucho es- fuerzo,
la colección completa, en video, con todos los discursos
10
del presidente. Así, cada vez que mis hermanas se
despertaban de madrugada teníamos una solución
eficaz.
Edú, que siempre estaba pensando en negocios,
me dijo un día:
—Deberíamos llevar a tus hermanas a un
programa de televisión… sería una muy buena pro-
paganda para el Gobierno y de seguro lograríamos un
contrato para publicidad.
—¡Estás loco! Mis papás nunca me lo per-
mitirían.
—No tienen por qué enterarse…

11
Microtirano
Jaimitorrodrigo Espinosa era conocidísimo en el barrio.
Al ser el consentido de la casa, el único varón, el menor,
el «reycito de mi corazón» (como le decía La
Enredadera), toda la familia giraba en torno a sus
caprichos. Y sus caprichos podían pasar desde
«Quiero un caramelo» hasta «Quiero que me regalen
una cebra por mi cumpleaños».
Precisamente, cuando años atrás cumplió siete y
pidió tan extraño animal como regalo, el se- ñor Espinosa
se vio en problemas. Intentó negociar con un circo que
en ese momento pasaba por la ciudad, pero no tuvo
éxito. Ofreció una suma de dinero extraordinaria al
zoológico para que le ven- dieran una cebra, pero la
respuesta fue negativa, el zoológico no vendía sus
animales y, además, nunca había tenido una cebra.
Jaimitorrodrigo había amenazado con berrinche
monumental, fiebre convulsiva y huida intempestiva del
hogar, si no se cumplía rigurosamente con su petición.
Margarita, la hermana mayor, buscaba día y noche en
Internet una cebra que estuviera de venta. Las otras
hermanas colocaban carteles en los postes de toda la
ciudad con un mensaje clarísimo: Compro cebra, pago lo
que me pidan. Interesados comunicarse al 244 5669.
La Enredadera rezaba y ofrecía flores a todos los
santos para que le cumplieran el milagro.

Pese a todos los esfuerzos la cebra no apare- cía.


Todo el barrio estaba en la expectativa de lo que
ocurriría el día del cumpleaños de Jaimitorrodrigo. En
aquel entonces yo tenía nueve años y hacía la cuenta
regresiva de los días que faltaban para saber en qué
terminaría este dilema.
Una noche, recibí la llamada urgente de Edú.
12
Con el palo de una escoba golpeó el cristal de la ventana
de mi cuarto que quedaba junto a la delsuyo, y me dijo:
—Baja, tengo una misión megaimportantísima
para ti.
—¡Pero son las once de la noche!
—Ya sé. Pero dije claramente que es me-
gaimportantísima y nos puede cambiar la vida.
Bajé por la tubería de agua, apoyando mis pies en
las rejas de las ventanas y me encontré con él.
—¿Tienes dinero? —me preguntó sin rodeos.
—¿Para qué?
—¿Tienes o no tienes?
—Un poco. ¿Para qué?
—¡Preguntón! Necesitamos comprar algo
importante que nos sacará de pobres.
—¿Quieres hablar claro, Edú? Entonces me contó su
plan:
—El señor Espinosa está dispuesto a pagar lo
que sea a quien le consiga una cebra, lo sabes,
¿no? Pues bueno, creo que los llamados a resolver su
problema ¡somos nosotros!
—¿Nosotros? ¡Estás loco! ¿Y de dónde nos
vamos a sacar una cebra?
—Mira, he revisado en Internet y es práctica- mente
imposible comprar una cebra. No te la venden ni en el
mercado negro. Pero estos días he logrado contactar a un
señor que nos venderá un burro.
—¿Un burro?
—Sí, está un poco viejo, sordo y cojo, pero para
nuestro plan puede funcionar. He pensado que si lo-
gramos disfrazar al burro de cebra, se lo podremos
vender al señor Espinosa a un precio muy jugoso.
—Pero ¿cómo vamos a disfrazar al burro?
13
—¡Lo vamos a pintar! Invertiremos $ 50 en el burro
y $ 25 en una pintura barata que me han
recomendado. No me mires así, que yo también soy
ecológico, ya consulté y me dijeron que esa pintura no
es tóxica y no le hará daño al animal.
—Pero todo el mundo se va a dar cuenta de que
es un burro pintado y no una cebra.
—Es posible… pero Espinosa no tiene otra
alternativa si quiere cumplir con el capricho de su
retoñito insoportable.
Luego de unos minutos de darle vuelta al tema, me
pareció que Edú no estaba tan equivocado. Él había
llevado unas cuantas fotos de cebras y burros que había
encontrado en libros y en Internet, y la verdad es que eran
muy parecidos. Además, no parecía tan difícil pintar líneas
negras y blancas.
Entre los ahorros de Edú y los míos logramos juntar
el dinero necesario. Conseguimos las brochas sin
problema con el conserje del colegio, que nos regaló
unas que estaban viejas pero aún servían. Dos días
después, Edú llegó a su casa por la noche, con un
burro sordo, cojo y con cuatro tarros de pintura.
Nuestro plan lucía infalible, ¡por
fin saldríamos de pobres!

14
La cebra
Edú y yo tardamos cuatro horas en pintar al burro.
Afortunadamente logramos mantenerlo en
calma gracias a que descubrimos su afición al dulce: el
burro-cebra devoró 17 barras de chocolate con maní
mientras nosotros creábamos nuestra obra maestra.
Eso hizo que nos saliéramos ligera- mente del
presupuesto.
A las tres de la mañana, sin que nuestros padres se
enteraran del plan que llevábamos adelante, dejamos al
burro en el patio trasero de la casa de Edú, amarrado a
una columna junto a la lavandería. Mi casa no servía
para esos efectos, porque a mi perro Chulpi le
encantaba ser el único habitan-te del patio.
A la mañana siguiente, a las seis en punto,
cuando la calle todavía lucía desierta sacamos al burro
y lo condujimos a la casa de los Espinosa. Para que el
«producto» luciera más atractivo le colocamos una
cinta roja en el cuello con un enorme y llamativo lazo.
Oportunamente, Edú se había comunicado con el
padre del microtirano para ofrecerle lo que tanto estaba
buscando. El precio que habían pactado era
buenísimo… ¡más de tres veces lo que habíamos
invertido!
—Pero Edú, ¿qué pasará si el señor Espinosa
descubre lo que hemos hecho? No está bien engañar
a las personas. Y menos cuando la persona de la que
estamos hablando fue boxeador de peso pesado.
—Al señor Espinosa no lo vamos a engañar, no te
preocupes, yo le he dicho claramente que lo que le
ofrezco es «un animal que es familiar cerca- no de la
cebra y de gran parecido con ella».
Con esa confesión me tranquilicé un poco, pero
solo un poco, mis manos transpiraban y una

15
corazonada me decía que las cosas podrían salir mal.
—Tengo un pálpito, Edú, como si algo en el
ambiente me anunciara que vamos a meternos en
problemas.
—No le hagas caso a ese pálpito cobarde…
¿qué es lo peor que nos podría pasar? ¡Que Espinosa
no nos compre el burro! Y si eso ocurre, pues mala pata,
hicimos un mal negocio y ¡ya está! Pero nada peor que
eso nos podrá ocurrir, te aseguro que ese señor no se
colocará los guantes de box ni llamará a la policía.
Relájate, Juan. No iremos presos por esto.
—Bueno, sí, en eso tienes razón.
El burro caminaba lentamente con su paso cojo,
comiendo la última barra de chocolate que nos
quedaba. Al llegar a nuestro destino golpeamos tres
veces la puerta, obedeciendo al código secreto que el
señor Espinosa le había dado a Edú. Él abrió la puerta,
se quedó mirando al animal con los ojos abiertos como
dos globos y luego dijo:
—¡Pero qué &%”*#&#€ es esto!
—Lo que le ofrecí, señor: un animal que es
familiar cercano de la cebra y de gran parecido con
ella.
—¡Pero esto es un burro pintado!
—Me permito hacer una pequeña corrección,
señor, este es un burro pintado exquisita- mente, con
muy buen gusto y de acuerdo con las tendencias
internacionales de la moda que marcan el blanco y el
negro como los colores in de este otoño —respondió
Edú, con una solvencia queme dejó pasmado.
—¡Pero lo que mi hijo quiere es una cebra!
¡Por quién me estás tomando! ¿Acaso piensas que soy
un idiota? —dijo el señor Espinosa con una furia tal
que llegué a pensar que en cualquier momento sacaría
su puño ganador para golpearnos a Edú, al burro y a mí.
16
Para mi sorpresa Edú no perdía la calma y seguía
con su marketing personal:
—No, señor, yo sé que estoy ante un exitoso
empresario, gran padre de familia y un hombre de gran
visión. Por eso sé que en breve se dará cuenta de que
este cuadrúpedo que le hemos traído mi socio y yo
es un ejemplar único en el planeta. Le aseguramos
que en todo el mundo no existe un animal como este.
Efectivamente no es una cebra, pero usted, inteligente
como es, sabrá reconocer que se le parece mucho. Y,
además, el precio que le estamos pidiendo por esta
cebra es apenas la centésima parte de lo que le
costaría el animal en su hábitat natural, o sea África, y
a eso se deberían sumar los costosísimos gastos por
transporte aéreo, seguro, impuestos y documentación
necesaria. Como usted verá… ¡esta cebra es única y es
unaganga!
Espinosa dio vuelta alrededor del animal
mirándolo con desgano. Pero el discurso de Edú,
evidentemente, lo había hecho reflexionar.
—Hay algo más, señor, y es que si no me
equivoco hoy es… sí, precisamente hoy es el cum-
pleaños de ese niño magnífico que es su querido hijo.
El plazo para adquirir el regalo ha terminado.
—Te doy diez dólares por él —dijo Espinosa
resignado.
—Ciento cincuenta es el precio de promoción,
señor Espinosa.
—Veinte dólares es mi última oferta.
—Por ser para usted, que me ha caído tan bien, se lo
dejaré en 120 y no se hable más.
—¡Cincuenta dólares y ni uno más!
—Lo siento... Nos tendremos que llevar a la cebra.
—¡Pues llévatela ya y deja de quitarme el
tiempo!
17
Edú agarró la cuerda con la que tirábamos al burro
e hizo el ademán de moverlo. Entonces, recordé que
yo había invertido algo de dinero en el proyecto, y no
estaba dispuesto a perderlo.
—Perdóneme, señor Espinosa —interrumpí
temeroso—, voy a hablar a solas con mi socio, aquí en la
acera del frente y en seguida le daré nuestra oferta
final.
Tomé a Edú del brazo y casi a empujones lo
conduje hacia aquel lugar.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¿Cómo que nos lle-
vamos el burro? ¿Has pensado dónde lo vamos a
poner? En mi casa ya tenemos un perro, Chulpi, que
vale por veinte. ¿Cómo harás para llegar a tu casa y
decirle a tu papá, que es un ogro, que has decidido que
en lugar de tener un perrito o un gatito…
¡vas a tener un burro rayado! Además, vamos a per der el
dinero que hemos invertido, véndele el ani- mal en lo
que te pague y no hagas más problemas.
—Escúchame bien —dijo Edú sin perder la
calma—, lo único que quiero que hagas es lo
siguiente: regresaremos al frente y me dejarás que yo
hable, tú cierra la boca y cuando te dé la señal pégale
un tirón de la cola al burro.
—¡¿Qué?!
—Que le des un tirón de la cola al burro.
—¿Para qué? Se va a enfurecer y me va a dar una
patada.
—Pues aléjate de sus patas, pero haz lo que te
digo.
Obedecí porque Edú siempre demostraba la
seguridad de quien sabe lo que está haciendo. Cru-
zamos la calle y él dijo:
—Hemos decidido con mi socio que nos ha dado
mucho gusto verlo, señor Espinosa, pero como no
18
llegamos a un acuerdo económico, nos retiramos con
nuestro producto exclusivo. Hasta luego.
En ese preciso momento, a la señal de Edú le di un
tirón fuerte a la cola del burro y este se puso a dar
brincos mientras rebuznaba escandalosa- mente. Con
tanto ruido todos los vecinos del barrio se
despertaron… y entre ellos el microtirano cumpleañero.
Súbitamente apareció en la puerta de su casa y miró al
animal con una sonrisa que se desbordaba de su rostro.
—¡Mi cebra! ¡Mi cebra! —gritaba emocionado,
mientras las lágrimas se derramaban por sus ojos de
niño insoportable.
Ante eso, el señor Espinosa no tuvo opción. Sacó
de su bolsillo 120 dólares y se los entregó a Edú.
Dividimos el dinero a la mitad y nos detuvi mos en
la tienda del barrio para celebrar con unas recién
preparadas salchipapas con salsa de tomatey mayonesa
el éxito de nuestro primer negocio.

Cuando regresábamos a nuestras casas me


atreví a preguntarle:
—¿Qué harás con tu dinero?
—Guardarlo. Necesito juntar más. Mucho, mucho
más.
—¿Para qué?
—Lo necesito, Juan, eso es todo…

19
El corazón partido
Logré bajar mi deuda con Edú un día a inicios de
diciembre. Aquella tarde, como siempre, a la una y
quince estábamos sentados desafiando los dos metros de
altura de la pared que dividía nuestras casas, esperando
que por ahí pasara una chica linda para deleitar nuestros
corazones preadolescentes que ya comenzaban a dar
señales de algún sobresalto. Edú tenía razón… en
nuestro barrio las chicas lindas estaban en peligro de
extinción.
Él siempre guardaba una fotografía de una
modelo gringa, rubia, despampanante y curvilínea en su
billetera y me aconsejaba que yo hiciera lo mismo.
—¿Para qué? —le preguntaba yo—, a esa gringa
no la vamos a conocer ni en sueños.
—No se trata de eso, Juan, no seas tonto. A esta
rubia yo la utilizo para no perder el gusto. Ella me
ayuda porque se ha convertido en mi sistema de
medición.
—No entiendo.
—Mira… si estamos condenados a vivir en un
barrio como este, en que la más linda tiene tres ojos, es
muy posible que tarde o temprano comencemos a
perder el buen gusto. ¡Eso pasa, Juan! Al principio las
feas te parecen feas y punto. Pero luego, casi sin darte
cuenta, te comienzan a parecer simpáticas. Días
después ya te atreves a decir
«no es linda pero tiene un no sé qué». Y de ahí en
adelante todo lo que ocurre es peligrosísimo, porque
estás a punto de permitir que tu corazón se acelere
cuando ves pasar a la chica bigotona de la esquina.
La calle lucía su decoración especial por Navidad,
en aquella época todos los vecinos invertían en los
adornos más coloridos y luminosos. Cuan- do Edú y yo
20

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