El fantasma en la histeria
Los ejes fundamentales que Freud destaca en la neurosis
histórica, son retomados por Lacan y van teniendo una lectura
más ajustada en la medida en que la enseñanza de Lacan avan-
za. Así, el deseo insatisfecho, la identificación, la fantasía de
seducción, la otra mujer, el síntoma, la bisexualidad, todas
cuestiones de las que Freud habla, son retomadas por Lacan.
De entrada, en Freud, nos encontramos con esa dimensión
del deseo que se sostiene en la insatisfacción y con la huida,
que es esencial a la insatisfacción, es decir, huye cuando se ve
convocada a responder como objeto del deseo del Otro.
Voy a comentar brevemente el sueño de la Bella carnicera,
al que se lo puede considerar como el paradigma freudiano de
lo que es el deseo insatisfecho en la histeria.
Vamos a un párrafo de La interpretación de los sueños,
cap. IV La deformación onírica, pág. 436 de Biblioteca Nueva
y 165 de Amorrortu, tomo IV:
Quiero dar una comida, pero no tengo en mi despensa sino un
poco de salmón ahumado. Me dispongo a ir de compras, pero recuer-
do que es domingo por la tarde, y todos los almacenes están cerrados.
Pretendo llamar por teléfono a algunos proveedores, pero el teléfono
está descompuesto. Así debo renunciar al deseo de dar una comida.
La paciente es invitada por Freud a asociar con el material
del que ha surgido este sueño.
El día anterior su marido le había dicho que estaba dema-
siado gordo y que iba a comenzar un régimen, entre otras
cosas rehusaría invitaciones a comer afuera. Esta mujer que
está muy enamorada de su marido y gusta embromarlo de vez
en cuando, recientemente le ha pedido que no le traiga nunca
caviar. Hace tiempo que ella tiene un fuerte deseo de comer
caviar pero no quiere permitirse el gasto que esto supondría.
Apenas ella formulara el pedido de caviar, lo tendría porque el
marido se lo procuraría. Por el contrario, le ha pedido que no
se lo traiga, para seguir embromándolo.
Observo, dice Freud, que mi paciente se ve obligada a
crearse en la vida un deseo insatisfecho, su sueño también le
muestra la negación de un deseo, que es el de dar una comida.
Pero, ¿para qué puede precisar un deseo insatisfecho?
También, recuerda en las asociaciones, que ayer fue a vi-
sitar a una amiga de la que ella se encuentra celosa porque su
marido la celebra. Por suerte -dice la carnicera-, su amiga está
seca y delgada y a su marido le gustan las mujeres rellenitas.
Con ella habló, justamente, del deseo de la amiga de engordar.
Además la amiga le preguntó cuándo volvería a invitarla a
cenar dado que en su casa se come maravillosamente bien.
Freud adelanta una primera interpretación de este sueño y
dice que de lo que se trata es de no colaborar en engordar a la
amiga, ya que comer afuera -como dice el marido-, engorda.
Llegado este punto, Freud le pregunta por el salmón ahumado.
Es el plato preferido de su amiga y también como ella, gustán-
dole mucho este salmón, se priva de él por razones económi-
cas. Según Freud, entonces, este sueño es susceptible de una
interpretación más sutil.
Contemporáneamente a este sueño que parece negarle un
deseo -dar una comida-, la sujeto se ocupa de crearse un
deseo insatisfecho que es el del caviar. También, su amiga
experimentó el deseo de engordar y no es de extrañar que la
sujeto -la carnicera-, le suponga ese deseo negado. Dice Freud:
que su propio deseo, el de la carnicera, es efectivamente, que
no se realice un deseo de su amiga, el de engordar. Pero en
lugar de esto, sueña que no se le realiza a ella otro deseo suyo.
Obtenemos otra interpretación, dice Freud, si aceptamos
que la sujeto no se refiere en su sueño a sí misma, sino su
amiga, identificándose a ella. Esto es lo que sucedió y como
signo de tal identificación, se ha creado en la realidad un deseo
insatisfecho. Es decir, que el deseo insatisfecho es efecto de
esa identificación.
¿Qué sentido tiene la identificación histérica?
La identificación histérica corresponde al tercer tipo de iden-
tificación -en Psicología de las masas...-, y que se produce a
raíz de hechos que despiertan compasión. Es una identifica-
ción que conduce al mismo síntoma. En ese sentido, dice Freud,
la identificación no es simple imitación, sino una apropiación
basada en la misma causa, expresa una equivalencia y una
comunidad inconsciente.
Mi paciente, dice Freud, no hace más que seguir las reglas
de los procesos histéricos cuando expresa los celos que su
amiga le inspira; celos, por otra parte, que ella reconoce injus-
tificados dado que por más que el marido la festeje a él, le
gustan gorditas. Se identifica con ella por medio de la creación
de un mismo síntoma.
El proceso se explica de la siguiente manera; la sujeto ocupa
en su sueño el lugar de su amiga, porque ésta ocupa en el
ánimo de su marido el lugar que a ella le corresponde, pero
que no puede ocupar, quisiera ocupar en la estimación del
mismo, el lugar que la amiga ocupa.
Es decir, que respecto de la identificación habría una equi-
valencia entre:
Salmón ahumado = Caviar
Lacan retoma este sueño en el Seminario V Las formacio-
nes del inconsciente y en el Escrito La dirección de la cura...,
y plantea que en la histeria hay un déficit en el clivaje, en el
corte entre el deseo y la demanda que la lleva, por lo tanto, a
rehusar lo que desea -caviar-, para sostener la dimensión de
falta propia del deseo.
Para asegurar que el deseo es irreductible a la demanda, el
histérico o la histérica, es elevada a restaurar la dimensión del
deseo, insastifaciendo la demanda.
El salmón ahumado es en el sueño, el significante de un
deseo insatisfecho entendido como deseo del Otro, es decir,
más allá de toda demanda.
La histérica, justamente, es el sujeto para el cual es difícil
establecer una relación con el Otro que le permita guardar su
lugar de sujeto.
Esa necesidad para el sujeto de crearse un deseo insatisfe-
cho, está en relación a constituir para el sujeto un Otro real que
no sea totalmente inmanente a la satisfacción recíproca de la
demanda, para que ese deseo del que se trata sea verdadera-
mente el deseo del Otro.
Fíjense que lo insastiface al marido doblemente, primero
en el deseo de ir corriendo a buscar el caviar para traérselo, y
segundo lo insastiface también al quedar identificada a su amiga
flaca, cuando a su marido las que le gustan son las gorditas.
A este nivel, entonces, de la enseñanza de Lacan, se trata
del deseo como deseo de otra cosa, es decir, un deseo más allá
del objeto que está comprometido en toda demanda.
Al rehusar su deseo, sostiene la dimensión de falta del
deseo del Otro. Ella ignora que no puede ser satisfecha en la
demanda, por un déficit, por ciertas carencias en la barradura
del Otro.
En este sentido, el deseo de la histérica, no es un deseo de
un objeto, sino es un deseo de deseo, deseo de una falta. Por
el contrario, ella se identifica al objeto para luego hurtarse,
restarse, independizando al objeto de deseo de cualquier objeto
de cualquier necesidad.
En la clase 24, del Seminario VI El deseo y su interpretación,
Lacan vuelve a comentar algo sobre la Bella carnicera. Dice:
Al desear caviar y no querer que su marido se lo compre, ella es
el obstáculo y su goce es el de impedir el deseo en la situaciones en
la que ella misma trama. Es decir, que la histérica se plantea la cues-
tión del deseo del Otro, cuando sostiene este clivaje entre el deseo y
la demanda, insastifaciendo su deseo. Pero, por otro lado se pierde al
identificar su deseo con el de cualquiera con tal de que presente este
carácter de insatisfecho.
Lacan dirá que el soporte de este tercer tipo de identifica-
ción es el fantasma donde el objeto a, está ligado a la consti-
tución del sujeto en el lugar del Otro.
Recordarán ustedes que cuando nosotros comentamos el
cuadro de la división subjetiva, hablamos del objeto a como
resto de la división subjetiva.
La identificación histérica corresponde a ese tiempo de la
constitución subjetiva, es decir, el de identificarse al objeto a,
como causa del deseo del Otro.
La carnicera vía la identificación con su amiga, insastiface
a su mando, (caviar-flacas), es decir, se identifica a la causa de
su deseo, entendiendo a la causa como lo que podría faltarle.
Cuando la enseñanza de Lacan avanza respecto de la cues-
tión del goce, Lacan desplazó el acento de la dupla demanda-
deseo, para pasar el acento a la dupla deseo-goce, al goce
como límite real a lo simbólico.
La insatisfacción toma entonces el estatuto de un modo de
goce, de un modo de satisfacción. La insatisfacción como modo
de goce supliría la pérdida de goce que se produce por estruc-
tura. Se recupera un goce que está perdido para quien habla
dada la disyunción, el corte, que lo simbólico introduce entre
el cuerpo y el objeto. La exclusión de goce se recupera en esa
insatisfacción, que toma el rango de un plus de goce, respecto
de la pérdida de goce.
Lacan, dice entonces de la Bella carnicera, que al ubicar su
insatisfacción a nivel del caviar que su marido está muy dis-
puesto a prodigarle, desconoce que es dejando la satisfacción
fálica a otra mujer, como ella encontraría su propio plus de
gozar.
Es decir, que la insatisfacción toma la función de ubicar en
el horizonte de la histeria un absoluto de goce respecto del
cual cualquier satisfacción resulta poco. En el Seminario De
un Otro al otro (Clase 21-05-69), puntualiza Lacan, que como
el goce absoluto no puede ser alcanzado, la histérica rehusa
cualquier otro goce prefiriendo la privación. En esa privación,
en esa satisfacción en la insatisfacción es ubicable un goce que
es preferible al goce fálico, en la medida en que para acceder
al goce fálico es necesario haber pasado por la castración, es
decir por ese punto de falta en el Otro, S (A).
El goce absoluto que es preferible al goce fálico, nos abrirá
el camino en la enseñanza de Lacan a lo que Paco está desa-
rrollando en su Seminario que es el goce femenino.
Excluyéndose del goce Jático se reserva el ser una mujer aparte,
intacta, y se hace la representante de aquello que de la Mujer, queda
necesariamente dejado a un lado por el goce fálico.
(Histeria y Obsesión, IV Encuentro Internacional del Campo
Freudiano, Deseo y Goce en la Histeria)
Es decir, se hace la representante de un goce que queda por
fuera del goce fálico, ella preserva lo que una mujer accede a
perder para prestarse al juego del goce fálico. Y es en ese
punto -aquello a lo que ella no accede a perder-, donde ella
obtiene un plus.
A la luz de estos desarrollos, la histérica no aparece ya tanto
como una representación del deseante sino corno un porta-estandarte
del goce. Se revela tierna>nente dispuesta a mantener la representa-
ción de un goce absoluto al mismo tiempo que la de un padre ideal (es
decir un padre muerto o castrado), alrededor del cual se coloca como
queriendo ser, en último término, su goce, y es porque este goce no
puede ser alcanzado que rehusa cualquier Otro.
(Sem. XVI De un Otro al otro, Clase 21-5-69)
¿Qué quiere decir entonces que ella se coloca como que-
riendo ser el goce del padre ideal? Quiere decir que, ubicán-
dose al nivel de lo que al padre le falta, ella evita su propia
castración. El padre de la histérica es un padre impotente, como
el padre de Dora.
Por otro lado ella sostiene un padre ideal, un padre sin
tacha, dueño de su deseo. Un padre ideal es un padre muerto
vivo, el que instaura el Superyo del que se goza moralmente.
Lo que abre toda la vertiente del Superyo y la culpa en la
histeria. Un padre ideal es el que priva de todo.
A nivel del fantasma histérico vamos a encontrar la pree-
minencia del objeto oral -caviar, salmón, la afonía de Dora-, es
decir que lo que se encuentra erotizado es lo oral y, lo que está
en juego respecto del nivel oral del deseo, es la demanda del
Otro.
El fantasma en la neurosis obsesiva
Como dije al comienzo, de lo que se trata en la neurosis
obsesiva, es de lo imposible del desvanecimiento del sujeto, de
su tachadura.
Lacan se detiene, también respecto de la neurosis obsesiva,
en el Seminario V Las formaciones del inconsciente. De entra-
da, nos dice allí, que debemos leer el historial del Hombre de
las ratas, como la Biblia de esta neurosis. En la clase del 21
de mayo de dicho Seminario, Lacan plantea al deseo del ob-
sesivo como evanescente por una dificultad en su relación con
el Otro que lo hace, esencialmente, dependiente del Otro.
El deseo del obsesivo es, fundamentalmente, un deseo in-
terdicto, prohibido, interdicto además, por el Otro. Es en ese
sentido que siempre demanda un permiso, que no es más que
una manera de sostener a este Otro interdictor.
El obsesivo es alguien que nos habla de toda clase de
impedimento, de inhibiciones, de obstáculos, de miedos, de
dudas, de interdicciones, que junto a la forma que toman sus
síntomas, no hacen más que evidenciar las exigencias del
Superyo.
Por lo antedicho, entonces, él se balancea, oscila, desde la
manifestación de un deseo que de ir muy lejos deviene agre-
sivo -para con el Otro interdictor- hacia una desaparición del
deseo ligada al temor de sufrir él mismo -por parte del Otro-, una
desaparición si pone en juego su deseo.
En la neurosis obsesiva, el deseo del Otro ha sido literal-
mente destruido, anulado; de lo que se trata, es de que no se
ponga en juego el deseo del Otro entendido como falta.
Y es justamente esto, lo que le impide acceder a su deseo
y lo hace retroceder ante toda posibilidad de acceder a él. Con
algunos de Uds. hemos hablado, hace un par de años atrás, de
Hamlet: en él siempre está pospuesta la hora de su acto, que
en este caso consiste en matar a Claudio según el deseo de su
padre. Siempre se pospone su acto porque todo el tiempo él
está en relación a la hora del Otro.
No tuve tiempo para hoy, pero me hubiera gustado ir a Inhi-
bición, síntoma y angustia, donde Freud habla de los mecanis-
mos de la neurosis obsesiva y, específicamente, de la anula-
ción retroactiva en el que una acción buena -sacar la piedra
del camino- es seguida de una mala -volver a ponerla; ahí
tienen una manifestación de la oscilación.
Para cubrir el deseo del Otro, el obsesivo, tiene un camino
que es el recurso a su demanda, recuerdan que dijimos que el
neurótico identifica el deseo del Otro con la demanda del Otro;
todas las tentativas en relación a su deseo van a estar marca-
das, dice Lacan, por una condena original a alcanzar su fin,
siempre va a ser imposible. Siempre necesita hacerse autorizar,
es preciso que el Otro le demande eso.
En la medida en que el obsesivo cubre el deseo del Otro
con la demanda del Otro, el objeto a como causa, viene a
situarse allí, donde la demanda del Otro domina, que es a nivel
anal. A nivel del objeto anal se trata de la demanda del Otro
que es la demanda educativa por excelencia.
En esta fase el a, no es sólo el excremento, sino que es el
excremento en cuanto demandado. Estoy siguiendo a Lacan en
la Clase 12-06-63 del Seminario X La angustia. Entonces, el
excremento es el objeto causa del deseo anal.
¿Por qué vía, se pregunta Lacan, entra el excremento en la
subjetivación? Por intermedio de la demanda del Otro repre-
sentada, en este caso, por la madre. Se trata de la educación que
ordena al niño retener y después soltar, siempre a pedido. Esta
parte, el excremento, pasa a ser valorada porque da a la demanda
del Otro su satisfacción. El Otro, no sólo le presta atención al
excremento, sino que agrega toda esa dimensión suplementaria, el
olfato, la aprobación, la admiración y la limpieza también, cuyos
efectos erógenos son por todos nosotros conocidos.
Todo esto gira alrededor de la demanda de la madre,
guárdalo o dalo y es la función de retener lo que da al deseo
anal su estructura fundamental.
El deseo de retener tendría, entonces, la función de tapón
respecto del deseo del Otro. La evacuación gráfica la pérdida
del falo -la castración-, y es en la retención que esa pérdida
se desconoce, de esta manera aparece como un garante del
Otro, de un Otro sin tachar.
A este deseo de retener le corresponde el fantasma de
oblatividad que, dice Lacan, es un fantasma obsesivo por ex-
celencia.
Lo que el obsesivo entiende que uno ama, es cierta imagen
de él, una imagen que le da al Otro, al punto de que si esa
imagen viniera a faltar, el Otro ya no sabría de qué agarrarse.
Este es el fundamento de la dimensión altruista -esta gene-
rosidad basada en la mítica oblatividad-, pero el mantenimien-
to de esa imagen lo ata a toda una distancia de sí mismo, en
relación a que todo lo que hace nunca es para él, ni por él,
siempre es para beneficio de esa imagen para el Otro.
Su deseo es aquello que jamás está permitido manifestarse
en acto, sostiene su deseo a nivel de las imposibilidades del
deseo, haga lo que haga por realizarlo, no lo consigue. En ese
sentido, en el obsesivo, encontramos el fantasma de un Dios
omnipotente. Cree en Dios, dice Lacan, a la manera en que
casi todo el mundo entre nosotros cree, a saber, ese ojo univer-
sal puesto sobre todas nuestras acciones.
La dimensión del ateísmo es haber eliminado el fantasma
de lo omnipotente. El ateo se afirma como alguien que no sirve
a ningún Dios.
En ese sentido hay una correspondencia como se ve, entre
lo anal y lo escópico, la mirada que todo lo ve.
Paco Depetris: es interesante la formulación de que el ateo
verdadero es el que no sirve a ningún Dios, el que no sirve al
Otro, porque en el fantasma, cualquiera siempre sirve al Otro.
El ateo sería el que atravesó el fantasma y esta no es una
cuestión de creencia.
Bibliografía:
Freud, S.: La interpretación de los sueños. Obras Completas.
Ed. Amorrortu.
Psicología de la masas. ídem.
Lacan, L: La dirección de la cura... Escritos 1. Ed. Siglo XXI.
Seminario V Las formaciones del inconciente. Iné-
dito.
Seminario VI El deseo y su interpretación. Clase n°
24. Inédito.
Seminario XVI De un Otro al otro. Clase 21-5-69.
Inédito.
Seminario X La angustia. Clase 12-6-63. Inédito.
Clase n° 14: El fantasma en la perversión
Ya hablamos del fantasma en la histeria y en la neurosis
obsesiva y nos queda pendiente decir algo en relación al fan-
tasma perverso. Vamos a terminar nuestro recorrido del año
haciendo una referencia al fantasma perverso.
Hacia el final de Subversión del sujeto.., Lacan dice, que
en la perversión el sujeto se hace instrumento del goce del
Otro.
Nosotros nos referimos varías veces al goce del Otro, por
ejemplo cuando hablamos del cuadro de la división subjetiva
del Seminario X La angustia, hablamos de la pulsión, y en la
clase que ustedes tienen numerada como diez, hablamos de
una disyunción entre el Otro del la Ley y el Otro del goce.
A nivel del Otro de la Ley, dijimos que faltaba un signi-
ficante del goce y que, justamente, era la falta de ese significante
lo que barraba al Otro. De esta barradura del Otro obtenemos
como efecto al sujeto tachado.
A nivel del Otro del goce, el Otro de la Ley, el Otro barrado,
no existe, y por lo tanto tampoco existe el sujeto tachado.
También, en esa clase, habíamos dicho que ante la angustia
que suscita el deseo del Otro, el neurótico responde identifi-
cando ese deseo con la demanda del Otro. En cambio el per-
verso responde identificando la falta en el Otro con el goce del
Otro. De lo cual resulta un cambio en la estructura del fantas-
ma de la que el deseo se sostiene.
El neurótico hace de las pulsiones significantes reprimidos
de la demanda del Otro, que retornan en el síntoma. En cam-
bio, el fantasma perverso se plasma directamente en compor-
tamientos perversos.
En el Seminario VII La ética..., Lacan repasa el tratamiento
que la filosofía ha hecho de la cuestión de la ética en términos
del bien del hombre y de los medios para alcanzar ese bien por
medio de una acción. En primer lugar, él repasa el planteo de
Aristóteles y en segundo lugar se detiene en Kant y en Sade.
La máxima kantiana y la máxima sadiana
Para Kant la única definición de la acción moral, es decir,
esta acción por medio de la cual se alcanzaría un bien en tanto
regla de conducta posible, es la que se formula en su máxima
universal, que dice:
Haz de modo tal que la máxima de tu acción pueda ser conside-
rada como una máxima universal.
Esta máxima sería entonces, el aparato que me haría recha-
zar, con horror, tal o cual máxima a las que nuestras inclina-
ciones nos arrastrarían. El acento no está puesto en el bienes-
tar, vía el principio del placer, sino que la idea de un bien a
alcanzar es la idea por la que Kant introduce la cuestión del
goce.
Lacan lee La critica de la razón práctica de Kant y lo que
encuentra allí es que esta razón, en tanto que práctica, se ocupa
de la determinación de la voluntad. Kant entiende que los
motivos determinantes de la voluntad no son para nada cues-
tiones subjetivas, sino que son fundamentos objetivos, propo-
siciones que contienen una determinación universal de la vo-
luntad. Estos principios funcionan como máxima cuando son
sólo válidos para la voluntad del sujeto y son leyes, cuando la
condición que enuncian es válida para todo ser racional. O sea,
y esto es lo más importante de recalcar, cuando tienen una
validez universal. Es decir, que el fundamento objetivo de la
voluntad reposa en la condición de lo universal.
Para Kant, se genera un conflicto cuando el sujeto se deja
llevar por sus máximas en tanto que éstas no responderían a la
ley práctica que tiene un fundamento universal. Cuando la
voluntad obra determinada por la razón, por esta ley universal,
lo que se llama voluntad pura y ley universal son la misma
cosa.
Dice Lacan en la página 99 del Seminario VII La ética...
que Kant admite un correlato sentimental de la ley moral, que
es digno de destacar, y este correlato sentimental es el dolor
mismo. Allí, en esta página, cita un párrafo de La crítica de la
razón práctica:
En consecuencia, podemos ver a priori que la ley moral como
principio de la determinación de la voluntad, perjudica por ello mismo
todas nuestras inclinaciones, y debe producir un sentimiento que pue-
de ser llamado de dolor.
Para Kant, el bien reposa entonces en el mal, en el senti-
miento de dolor, y él lo ejemplifica con la experiencia estoica
que en medio del sufrimiento exclama: dolor, por más que me
atormentes, jamás diré que eres algo malo.
Kant justifica el dolor, no sólo lo justifica sino que apunta
al propio dolor y en ese sentido se podría decir, tal como lo
plantea Lacan, que Kant es de la idea de Sade.
¿Qué encontramos en Sade?
La máxima de Sade dice: Tengo derecho a gozar de tu
cuerpo, puede decirme quien quiera, y ese derecho lo ejerceré,
sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exac-
ciones que me vengan en ganas saciar en él.
Exacción significa la acción de exigir una deuda, un cobro
injusto y violento.
Como se darán cuenta, tanto la máxima kantiana como la
sadiana están formuladas en el modo imperativo, un "tú debes"
que ordena "gozar" al que Lacan dice, sólo responde un "oigo".
Este modo imperativo deja afuera al sujeto, es un no a la
singularidad del sujeto, al deseo del sujeto, lo cual le impide
la subjetivación del goce.
Sade se imaginó la liberación naturalista del deseo. Libe-
ración que fracasó porque no había allí ninguna liberación,
sino que por el contrario nos encontramos allí también con un
hombre cargado de leyes y deberes. El justifica el incesto, el
adulterio, el robo, la calumnia, el crimen. Justifica el revés del
decálogo -diez mandamientos- dado que la máxima universal
de su acción conlleva el derecho a gozar de cualquier prójimo
como instrumento de nuestro placer.
La fórmula del fantasma perverso
En el Seminario X La angustia Lacan escribe la formula
del fantasma perverso: a <> $. Como ven, los términos están
invertidos en relación al fantasma neurótico -$ <> a-, el lugar
del sujeto está ocupado por el objeto a y en el lugar del objeto
está el sujeto.
Nosotros habíamos ubicado al fantasma como respuesta al
deseo del Otro y en relación a esto hicimos un cuadro en la
Clase N° 10.
- Ser de goce. - Ser de goce.
- Se angustia y no - No se angustia y busca
sabe que goza angustiar al Otro. Sabe
de lo que sufre. que goza pero no que
hay un deseo perverso
que determina la
voluntad de goce
- No sabe lo que - No sabe lo que desea
desea pero se y no se lo pregunta.
pregunta.
- Hay vacilación - No hay vacilación
del fantasma del fantasma
La letra a en el lugar del sujeto -en la fórmula del fantasma
perverso-, tiene que ver con lo que dijimos al comienzo: el
sujeto se hace instrumento del goce del Otro. Se plantea no la
castración en el Otro sino la falta de goce en el Otro y por
todos los medios trata de restituirlo -a ese goce- y de ahí que
se haga su instrumento.
El sujeto tachado indica una sujeción del sujeto a la cadena
significante de la que resulta, ya lo comentamos, una falta en
ser. Es, por esta pérdida de ser, que se hace ser un objeto en
el fantasma con el que restituye un ser sirviéndose del a como
plus de gozar.
O sea, que el neurótico obtiene un ser de goce en el fan-
tasma pero se angustia por esto y además de angustiarse, esto
le retorna en el síntoma. El neurótico se angustia y no sabe
que goza de lo que sufre, de ahí la escritura $, división del
sujeto.
En cambio el perverso evacúa toda falta en ser de su lado,
de su lado está el a y hace recaer, totalmente, esta división en
el Otro al que le impone, por ejemplo, un sufrimiento que
padece en su cuerpo. De allí, que lo que tenemos en el fantas-
ma perverso en el lugar del objeto, sea el sujeto dividido.
Dice Miller, en su Seminario ...síntoma y fantasma, que los
verdugos de Sade no están habitados por ninguna falta univer-
sal. Ningún arrepentimiento, retroceso, vacilación, una seguri-
dad en la crueldad absoluta.
Esta función del verdugo que pega no está soportada por el
sujeto, sino que la posición de Sade como atormentador es la
del objeto, no hay falta en ser. Del otro lado están las víctimas
que son consagradas al extremo de la falta en ser, de su divi-
sión, de su sensibilidad. Esto es lo que fija este fantasma, es
lo constitutivo de la perversión.
Unilateraliza la división subjetiva sobre el otro porque él
no se angustia. Lo que deja de su lado es la función de acu-
mulador de goce -a- que presenta la fijación de un cierto ser
de goce que excluye todo yo pienso.
El neurótico, ante la emergencia del a, se angustia dado
que esto lo confronta con la falta de la falta, con la no puesta
en función de la falta en la estructura, con una suerte de fra-
caso de la castración entendida como pérdida de goce.
El perverso apunta a hacer aparecer la angustia en su víc-
tima. El no sabe lo que busca y lo que busca es realizarse,
hacerse aparecer él mismo como puro objeto, fetiche negro,
dirá Lacan en el Seminario X La angustia (Clase 16-01-63) y
en esto se resume la manifestación del deseo sádico.
En el Escrito Kant con Sade que es de Abril del '63, es
decir, unos meses más tarde que esta clase del Seminario X
que cité, Lacan retoma la idea del fetiche negro.
Dice allí que cuando el goce se petrifica en él, él se con-
vierte en el fetiche negro, forma en la que se adora a Dios.
Sade habla permanentemente de Dios, de ese ser supremo en
maldad que es Dios y el esfuerzo es el de realizar el goce de
Dios. Y para realizarlo, él se hace su instrumento.
La voluntad de goce
El deseo, que es el soporte de la división del sujeto, es aquí
-en la perversión-, voluntad de goce, esto es lo que domina.
Dado que el agente, sigue diciendo en Kant con Sade, se
coagula en la rigidez del objeto para hacer recaer el peso de la
división en la víctima, a él, al perverso, su propia división le
es enteramente devuelta desde el Otro: es Sade encerrado en la
prisión habiendo caído sobre él todo el peso de la Ley.
El ser como presencia sólo le viene al sujeto de su fantas-
ma. Por lo tanto, la falta en ser, también se alcanza en el
fantasma, a nivel del atravesamiento del fantasma el sujeto se
separa de ese objeto que le ha dado el ser. Atravesado el fan-
tasma, el objeto es causa de deseo; en la perversión el fantas-
ma no se atraviesa porque el deseo perverso es un deseo que
no se plantea preguntas, no está estructurado como una pre-
gunta. Es sólo cuando alguien se plantea una pregunta que se
puede pensar en la posibilidad de un análisis, por ej., ¿qué
quiero? Es decir, si su deseo toma forma de enigma.
El cree que se liberó, pero está tan amarrado a realizar el
goce del Otro que se le impone como máxima, está -como
dice Miller-, tan atornillado a su fantasma que difícilmente se
pueda analizar. Sostiene un ser de goce que excluye todo yo
pienso y es en ese sentido que no hay pregunta.
La neurosis como el negativo de la perversión puede enten-
derse a nivel de la inversión de la posición del sujeto y el a en
el fantasma, es una inversión en la estructura.
También en el Seminario X La angustia, Lacan hace referen-
cia al masoquismo. El masoquista se identifica al objeto común,
al objeto de deyecto, a la basura, al desecho del objeto común.
¿Qué encubre esa posición de objeto sino el hecho de alcanzarse
a sí mismo, proponerse en la función del andrajo humano, de ese
pobre desecho separado del cuerpo? (Clase 06-03-63).
Lo que busca en el Otro es la respuesta a esa caída esencial
del sujeto en su miseria última, busca la angustia, la angustia
de Dios. El masoquista es la imagen de la caída.
El exhibicionismo-voyeurismo es la operación perversa,
según Lacan, que comporta la violación del pudor del Otro.
Violar el pudor de alguien, es dividirlo subjetivamente.
El neurótico y el perverso ante el goce del Otro
Vamos a un párrafo de Subversión del sujeto...:
Para volver a la fantasía, digamos que el perverso se imagina ser
el Otro para asegurar su goce, y esto es lo que revela el neurótico
imaginando ser un perverso: él para asegurarse del Otro.
(E.2, pág. 805; Ed. casi)
Entonces, el perverso imagina ser el Otro para asegurar su
goce y el neurótico imagina ser un perverso para asegurarse
del Otro.
El neurótico imagina en el fantasma ser un perverso. Pero
la perversión está en el neurótico como fantasma del Otro. Es
con los significantes de la demanda del Otro, con los signifi-
cantes de la pulsión que son del Otro, que él se hace un ser
perverso en el fantasma.
En cambio el perverso se imagina que es el Otro, él hace
la ley, la máxima que impone para asegurarle al Otro su goce.
Lo que el neurótico no quiere, y lo que rechaza con encarnizamiento
hasta el final del análisis, es sacrificar su castración al goce del Otro,
dejándola servir para ello.
Y claro que no está errado, pues aún cuando sienta en el fondo de
sí lo más vano que hay en existir, una falta-en- ser o un De-Más, ¿por
qué sacrificaría su diferencia (todo menos eso) al goce de Otro que,
no lo olvidemos, no existe? Si, pero si por azar existiese, gozaría de
ello. Y es eso lo que el neurótico no quiere. Pues se figura que el Otro
pide su castración.
(E. 2, pág. 806; Ed. cast.)
El Otro pide su castración, pero no está castrado, es en ese
sentido que el neurótico fantasea un padre que cerrase los ojos
sobre los deseos (pág. 804), con lo cual queda marcada la
verdadera función del padre que es unir un deseo a la Ley.
El padre deseado por el neurótico es un padre dueño de su
deseo con lo cual le queda impedido el acceso a su propio
deseo.
La castración quiere decir que es preciso que el goce sea recha-
zado, para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley
del deseo.
(E. 2, pág. 807; Ed. cast.)
Por este año vamos a dejar aquí, les agradezco a todos su
presencia y su participación.
Bibliografía:
Lacan, J.: Seminario VII La ética.... Ed. Paidós.
Seminario X La angustia. Inédito.
Kant con Sade. Escritos 2. Ed Siglo XXI.
Miller, J. A.: Seminario Dos dimensiones clínicas... Funda-
ción del Campo Freudiano
en la Argentina.
Kant, E.: Crítica de la razón práctica. Ed. Losada.