LA AVENIDA
stos son los chicos del Jardín de Infantes “La Buena Mandarina”. Van en fila, de
la mano, detrás de su maestra Marlene, que no sabe que un rato después se hará famosa
en la televisión por otro rato.
Hace media hora que quieren cruzar la Avenida Colón en Mar del Plata, pero los autos
y las motos de repartidores de pizza pasan como rayos y nos les dan tiempo.
Los chicos están fastidiosos (como siempre) y la maestra, muy enojada (como nunca).
¡Parece que nadie los viera, qué barbaridad! En este mundo ya no se puede andar ni un
poquito caminando ni otro poquitito a pie.
De pronto sucede algo misterioso, que por más que se comente después en los
noticieros, nadie puede explicar.
Unos dirán que fue una ráfaga de viento huracanado, otros dirán que fue una ilusión,
otros dirán que la culpa fue del intendente, pero nadie podrá explicar la verdad.
El último chico de la fila cruza la calle como volando, o llevado por alguien que no se
ve. El delantal y la mochila flotan al viento. Después la otra, y el otro, y los otros, llegan
como ángeles, muy divertidos, a la acera de enfrente.
—¡Otra vez, otra vez! —piden, saltando y empujándose.
Marlene aprovecha el semáforo verde y se anima a cruzar al trote para juntarse con sus
chicos. A ella, por lo visto, no la llevó ningún viento ni otra cosa rara.
Todos ríen nerviosos, contentos y asustados.
—¡Como Superman! —dice uno.
—¡Como un hada telecomandada! —dice otra.
—Éste fue un fenómeno de realidad virtual —explica otro, que vive enchufado a la
computadora.
Manuelita, que estaba comiendo un grano de pochoclo caído de un carrito, va a
curiosear y a cruzar la avenida.
¡Y a ella también la levantan y pasa volando sobre los autos! ¡Ella que siempre quiso
volar y andar por los aires con mucho donaire!
Y entonces ve algo que los chicos y la maestra no pudieron ver.
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