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Eclesia 16-10 - Espíritu de Misericordia 2

El documento analiza la acción del Espíritu Santo en el libro de los Hechos de los Apóstoles, destacando su papel en la expansión del cristianismo hacia los paganos y la dirección de la misión. Se menciona cómo el Espíritu Santo guía a los apóstoles en decisiones clave, como el bautismo de Cornelio y el envío de Bernabé y Saulo. En resumen, el Espíritu Santo continúa la obra de Jesús en la comunidad cristiana, tomando decisiones y guiando la evangelización.

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Eclesia 16-10 - Espíritu de Misericordia 2

El documento analiza la acción del Espíritu Santo en el libro de los Hechos de los Apóstoles, destacando su papel en la expansión del cristianismo hacia los paganos y la dirección de la misión. Se menciona cómo el Espíritu Santo guía a los apóstoles en decisiones clave, como el bautismo de Cornelio y el envío de Bernabé y Saulo. En resumen, el Espíritu Santo continúa la obra de Jesús en la comunidad cristiana, tomando decisiones y guiando la evangelización.

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El Espíritu de misericordia, en El libro de los Hechos

El mes pasado consideramos la acción benevolente y misericordiosa del Espíritu en


la Cuarto Evangelio. Ahora recorreremos algunos textos esenciales del libro de “Los
Hechos de los Apóstoles, en los cuales vemos al Espíritu llevando la salvación “hasta los
confines de la tierra”, difundiendo la Palabra, la fe y el bautismo:

1. “El Espíritu Santo dijo a Felipe: «Acércate y camina junto a su carro».” (Hch
8,29). Y el etíope que iba en el carro será el primer bautizado que no es de raza judía: el
Espíritu Santo comienza a abrir la Iglesia a los paganos. Notemos, además, que el Espíritu
Santo no sólo habla –por lo tanto, es persona– sino que dirige y ordena la misión... como
Jesús lo hacía mientras estaba físicamente entre nosotros (ver Lc 9, 1-6; 10, 1-16). Por
tanto, es Persona Divina, como lo es el Hijo.

2. “...el Espíritu Santo le dijo [a Pedro]: «Allí hay tres hombres que te buscan. Baja
y no dudes en irte con ellos, porque soy yo quien los he enviado».” (Hch 10, 19-20). El
Espíritu sigue abriendo la puerta a los paganos, y ordena a Pedro ir a casa del centurión
Cornelio. El etíope del texto anterior no era de raza judía, pero era un “prosélito”, es decir,
practicaba la Ley de Moisés. En cambio, Cornelio ni siquiera realiza esto. Por eso, Pedro
tiene sus dudas en bautizarlo. Y, cuando Pedro alarga su discurso –y no actúa–, el Espíritu
Santo toma la iniciativa y hace dar a la Iglesia el gran paso: “Mientras Pedro todavía
estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra.
Los fieles de origen judío que habían venido con Pedro quedaron maravillados al ver que
el Espíritu Santo era derramado también sobre los paganos. En efecto, los oían hablar
diversas lenguas y proclamar la grandeza de Dios. Pedro dijo: « ¿Acaso se puede negar el
agua del bautismo a los que ya recibieron el Espíritu Santo como nosotros?».” (Hch 10,
44-47).

3. “En la Iglesia de Antioquía había profetas y doctores... Un día, mientras


celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: «Resérvenme a
Bernabé y a Saulo para la obra a la cual los he llamado». Ellos, después de haber
ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Bernabé y Saulo, enviados
por el Espíritu Santo, fueron a Seleucia y de allí se embarcaron para Chipre.” (Hch 13, 1-
4). Ya habíamos visto –cuando meditamos sobre las obras de Jesús– que elegir personas y
enviarlas en misión, es una potestad divina. Y ahora podemos tener una perspectiva
completa: en el Antiguo Testamento es Dios quien llama y envía a los profetas; en los
Evangelios, el Hijo es quien llama y envía a los Apóstoles y discípulos; y, una vez que
Jesús asciende al cielo, es el Espíritu Santo quien llama y envía. En este caso, también es el
Espíritu Santo quien impulsa a la Iglesia en un paso de máxima importancia, pues con
este llamado a Bernabé y Saulo – a quien luego conoceremos como San Pablo– comienzan
los viajes misioneros, que llevarán la Buena Noticia más allá de Palestina.

4. “Como el Espíritu Santo les había impedido anunciar la Palabra en la provincia


de Asia, atravesaron Frigia y la región de Galacia. Cuando llegaron a los límites de Misia,
trataron de entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Pasaron entonces
por Misia y descendieron a Tróade. Durante la noche, Pablo tuvo una visión. Vio a un
macedonio de pie, que le rogaba: «Ven hasta Macedonia y ayúdanos». Apenas tuvo esa
visión, tratamos de partir para Macedonia, convencidos de que Dios nos llamaba para que
la evangelizáramos.” (Hch 16, 6-10). Estamos en medio del segundo viaje de San Pablo. Y
Pablo y los suyos están difundiendo el Cristianismo por el continente asiático. Pero el
Espíritu Santo tiene otras ideas: les impide ir hacia al sur, y tampoco les permite
desviarse hacia el norte: sólo les queda avanzar hacia el oeste. Y, de este modo, el
Espíritu Santo los dirige al puerto de Tróade, que es el puerto asiático que está frente a
Europa. Desde allí, por medio de una visión, el Espíritu Santo les hace dar otro gran
paso: el Cristianismo cruza el mar y llega a un nuevo continente.

En resumen, vemos que el libro de “Los Hechos de los Apóstoles” nos muestra lo
mismo que nos anunciaba Jesús en los discursos de despedida del Evangelio según san
Juan: después que el Hijo deja de estar físicamente entre nosotros, el Espíritu Santo es
quien continúa con las actividades que el Hijo realizaba. Después de la Ascensión de Jesús,
el Espíritu Santo es quien está presente en la comunidad cristiana, quien toma las
decisiones de llamar y enviar misioneros, y quien despliega las etapas sucesivas de la
misión cristiana. Incluso, cuando los dirigentes humanos dudan –como Pedro en casa de
Cornelio– o se equivocan en sus intenciones –como Pablo, al querer quedarse en Asia–, el
Espíritu Santo interviene, clarificando y rectificando las situaciones.
Los Apóstoles, por su parte, son conscientes de esta presencia del Espíritu Santo. Y
saben que – ahora que Jesús ascendió– el Espíritu Santo es quien preside a la Iglesia. Por
eso, el primer documento escrito que emiten las autoridades cristianas dice: “El Espíritu
Santo y nosotros, hemos decidido...” (Hch 15,28). Los Apóstoles se expresan así porque
saben que, en comparación con el Espíritu Santo, su papel es secundario y temporal: es el
Espíritu quien seguirá siempre presente en la Iglesia, llevando el Cristianismo hasta los
confines de la tierra.

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