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Efectos de la Sociedad Conyugal en Derecho

El documento aborda la sociedad conyugal como el régimen legal de bienes en el matrimonio, definiéndola como una comunidad restringida de muebles y gananciales que se forma por el solo hecho de contraer matrimonio. Se discuten sus características, diferencias con la sociedad común, y la naturaleza jurídica de la sociedad conyugal, enfatizando que no es una persona jurídica y que la mujer carece de derechos sobre los bienes sociales durante su vigencia. Además, se clasifica el patrimonio de la sociedad conyugal en varios tipos, incluyendo el haber absoluto y relativo, y se detallan las implicaciones de las deudas y la administración de los bienes dentro de este régimen.

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Efectos de la Sociedad Conyugal en Derecho

El documento aborda la sociedad conyugal como el régimen legal de bienes en el matrimonio, definiéndola como una comunidad restringida de muebles y gananciales que se forma por el solo hecho de contraer matrimonio. Se discuten sus características, diferencias con la sociedad común, y la naturaleza jurídica de la sociedad conyugal, enfatizando que no es una persona jurídica y que la mujer carece de derechos sobre los bienes sociales durante su vigencia. Además, se clasifica el patrimonio de la sociedad conyugal en varios tipos, incluyendo el haber absoluto y relativo, y se detallan las implicaciones de las deudas y la administración de los bienes dentro de este régimen.

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DERECHO DE FAMILIA

PROF. MARCELA ACUÑA SAN MARTÍN


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UNIDAD III
Efectos personales y patrimoniales del matrimonio y del acuerdo de unión civil.

APUNTE DE CLASE

SOCIEDAD CONYUGAL

1.- CONCEPTO.

Es el régimen legal de bienes del matrimonio de personas de distinto sexo y puede definirse como la sociedad
de bienes que se forma entre los cónyuges, bajo la modalidad de comunidad restringida de muebles y
gananciales, por el hecho de contraer matrimonio y a falta de pacto en contrario (arts. 135 y 1718); aunque
siendo mas rigurosos en torno a su naturaleza jurídica habría que definirla como un régimen patrimonial del
matrimonio que se contrae por el solo ministerio de la ley cuando no se pacta un régimen diverso y que genera
una comunidad de gananciales entre los cónyuges1.
La sociedad conyugal se forma por el solo ministerio de la ley, sin necesidad de declaración de voluntad
(salvo en el caso del artículo 135, inciso 3º, caso que también constituye una excepción a la regla en virtud
de la cual no puede originarse la sociedad conyugal después de celebrado el matrimonio).
Su duración esta determinada por la ley: comienza con el matrimonio y concluye sólo por alguna de las
causales establecidas en el art. 1764 CC. Los cónyuges no pueden acelerar o retardar su disolución, salvo si
ejercen los derechos que les confiere el art. 1723 CC, sustituyendo el régimen por uno de los dos alternativos.

2.- NATURALEZA JURÍDICA DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

Se dice que la sociedad conyugal no tiene de sociedad sino el nombre, aun cuando el art. 2056, 2º CC, se
refiere a ella impropiamente para señalar que es una sociedad de gananciales a título universal. En verdad es
una institución que no es ni sociedad, ni comunidad, ni persona jurídica, y que tiene características que la
diferencian de las figuras jurídicas señaladas. Así lo ha declarado la jurisprudencia al indicar que es una
sociedad sui generis (CS, 31 de agosto de 1928).
Esta institución tiene en realidad dos aspectos: uno para los terceros y otro para los cónyuges. Para los
terceros, no hay más que dos patrimonios, el del marido y el de la mujer. No existe el patrimonio social. Para
los cónyuges, existen, por regla, tres patrimonios: el social y el propio de cada uno. Pero sobre el patrimonio
social la mujer carece de todo derecho mientras dure la sociedad. Ello no impide que este patrimonio para
ciertos efectos tenga algunas manifestaciones de importancia; si se sostuviera que el patrimonio social no
existe en forma alguna respecto de la mujer, no se aplicaría ni la renuncia de gananciales (ya que no puede
renunciarse lo que no se tiene), ni la separación de bienes, ni la administración extraordinaria de la sociedad
conyugal, ni las limitaciones para enajenar o gravar ciertos bienes consignados en el artículo 1749 CC, etc.

2.1.- Diferencias entre la sociedad conyugal y la sociedad común.


Las diferencias principales son las siguientes:
a) La sociedad conyugal no nace de la voluntad de las partes, sino de la ley y por el hecho de contraer
matrimonio, salvo pacto en contrario (art. 1718). Excepcionalmente, se requiere voluntad de los cónyuges
extranjero en el caso del artículo 135, inciso 3º)
b) La sociedad conyugal sólo puede existir entre los cónyuges y termina ipso facto, si muere uno de ellos.
La sociedad común puede continuar en cambio con los herederos de uno de los socios fallecido, si así se
hubiere pactado. En la sociedad conyugal, muerto uno de los cónyuges, se forma una comunidad entre el
cónyuge sobreviviente y los herederos del difunto.
c) La sociedad común no puede pactarse a título universal, es decir, no puede comprender todo el patrimonio

1
En este sentido Pablo Rodríguez Grez Regímenes Patrimoniales, editorial Jurídica de Chile, reimpresión 1ª edición, 2014.

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de una persona (art. 2056); por el contrario, el mismo artículo autoriza la sociedad de ganancias a título
universal entre cónyuges.
d) En la sociedad conyugal, la mujer puede renunciar anticipadamente a los beneficios que dicha sociedad
produzca (gananciales) sin que por ello la sociedad deje de existir. Lo anterior no es admisible en la
sociedad común, en la cual la participación en los beneficios es tan esencial que sin ella no hay sociedad.
e) En la sociedad común, cada socio debe poner o prometer poner algo en común (art. 2055); la sociedad
conyugal no necesita estipulación de aportes ni tampoco hacer aporte alguno.
f) En las sociedades de personas usualmente los beneficios se reparten a prorrata de los aportes; en la
sociedad conyugal, los gananciales se dividen por mitades, cualquiera sea el monto de los aportes y
aunque alguno de los cónyuges no haya aportado nada (art. 1774).
g) En las sociedades de personas, por regla general todos los bienes de los socios responden de las
obligaciones sociales (no acontece lo anterior, si se trata de una sociedad de responsabilidad limitada);
en la sociedad conyugal, sólo el marido responde ilimitadamente. La mujer no responde sino hasta la
concurrencia de su mitad de gananciales y sólo con sus bienes propios cuando reporta beneficios del acto
o contrato (arts. 1777 y 1778). Si la mujer renuncia a los gananciales, cesa su responsabilidad.
h) En la sociedad común y salvo estipulación en contrario, todos los socios administran con iguales
facultades; en la sociedad conyugal, sólo administra el marido, con amplias facultades, sin perjuicio de
ciertas limitaciones para ejecutar o celebrar determinados actos o contratos.
i) En la sociedad común, el patrimonio social es distinto al patrimonio de los socios individualmente
considerados. En la sociedad conyugal, el patrimonio social se confunde con el patrimonio del marido,
de tal forma que éste es, respecto de terceros, dueño de los bienes sociales (art. 1750).

2.2.- La sociedad conyugal no es persona jurídica.


La sociedad conyugal, a diferencia de la sociedad común, no constituye una entidad distinta de los socios
individualmente considerados, sino que se confunde con el marido.
Los terceros no ven más que al marido, de manera que con él contratan. Es él quien se obliga personalmente
con todos sus bienes. El marido en particular y los cónyuges en general no actúan en representación o a
nombre de la sociedad, sino a nombre propio, y los acreedores no ven más patrimonio que el del marido, en
el que se confunden el patrimonio social y el patrimonio propio de la mujer. De lo anterior, se deduce que no
hay acreedores de la sociedad conyugal, sino del marido y de la mujer, según corresponda.
La sociedad conyugal tampoco existe como persona jurídica respecto de la mujer. El art. 1752 le niega todo
derecho sobre los bienes sociales durante su vigencia, salvo en los casos de los arts. 138 (antiguo art. 145) y
138 bis (incorporado por la Ley número 19.335), este último respecto de sus bienes propios (la referencia al
art. 145 que mantiene el art. 1752 obedece a una inadvertencia del legislador). Por su parte, el art. 1749 da al
marido la libre administración de los bienes sociales (Bello, en sus comentarios, apunta que “durante la
sociedad se ha descartado el dominio de la mujer; este dominio es una ficción que a nada conduce”, frase
que, a decir verdad, ya no se condice con el actual estado de las cosas en nuestra sociedad, en la que la mujer
se ha equiparado al marido en la contribución a la economía familiar).
En otras palabras, la mujer no ve a un ente ficticio, independiente, llamado sociedad conyugal, sino sólo a su
marido.
Únicamente cuando la sociedad conyugal se disuelve, podemos distinguir con nitidez el patrimonio social y
el patrimonio particular de cada uno de los cónyuges, estableciéndose en esos patrimonios las
correspondientes compensaciones. De ahí que se diga que la sociedad conyugal sólo existe para disolverse
(lo mismo podemos afirmar a propósito del régimen de participación en los gananciales).

2.3.- La sociedad conyugal no es copropiedad.


En el ámbito del derecho francés, numerosos tratadistas (Planiol y Ripert, Josserand), sostienen que la
sociedad conyugal es una copropiedad especial caracterizada porque la cuota de cada cónyuge no es
transferible mientras ella dura y no puede pedirse su división sino en los casos señalados en la ley. Entre
nosotros, como apunta Rossel, esta teoría de la copropiedad no tiene asidero, porque ella supone dos personas
que tienen iguales derechos sobre un bien común.

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El art. 1752 CC niega a la mujer, mientras dure la sociedad conyugal, todo derecho sobre los bienes sociales.
Por su parte, el art. 1750 CC establece que el marido es, respecto de terceros, el único dueño de estos bienes,
durante la vigencia de la sociedad. Estos principios excluyen la idea de una comunidad o copropiedad sobre
los bienes sociales.

3.- DEL PATRIMONIO DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

1.- Clasificación de los elementos del patrimonio social.


Distinguimos, en principio, tres patrimonios en la sociedad conyugal: el social, el del marido y el de la mujer.
Eventualmente, se pueden añadir dos grupos mas: a) si la mujer ejerce una profesión, industria o comercio
separado del de su marido, se formará un cuarto patrimonio compuesto por los bienes por ella adquiridos; b)
si la mujer tiene bienes que separadamente administra por aplicación de los supuestos de los art. 166, 167 y
252 CC. Cada uno de estos patrimonios tiene un activo y un pasivo.

El haber de la sociedad conyugal admite una importante clasificación, atendiendo a la forma en que los bienes
entran a formar parte de ella. Hay bienes que entran irrevocablemente a formar dicho haber y son, en general,
los frutos y ganancias producidos y obtenidos durante el matrimonio: constituyen el haber absoluto o real
y efectivo de la sociedad conyugal. Hay otros bienes que, si bien entran al haber social, el cónyuge que los
hizo ingresar conserva un crédito por el valor de los bienes referidos, que hará efectivo al disolverse la
sociedad conyugal y que se denomina “recompensa”. Estos bienes forman un haber relativo o aparente y
son, principalmente, los bienes muebles que los cónyuges tenían al momento de casarse y los bienes muebles
adquiridos a título gratuito durante el matrimonio. El artículo 1725 CC regula, fundamentalmente, el activo
de la sociedad.

Paralelamente, distinguimos un pasivo social y un pasivo personal del marido y de la mujer. Pero tratándose
del pasivo, la deuda puede ser personal del marido o de la mujer y sin embargo estar obligada a su pago la
sociedad, sin perjuicio de las compensaciones correspondientes. Es distinta la situación según consideremos
el pasivo entre los cónyuges y respecto de terceros. Entre los cónyuges, es un problema de contribución a la
deuda. Respecto de terceros, es un problema de obligación a la deuda. La contribución a la deuda, vale
decir la determinación del patrimonio que en definitiva soportará el gravamen, es una cuestión de relaciones
internas o privadas entre los cónyuges. La obligación a la deuda es una cuestión entre el/la deudora y el
tercero acreedor, y consiste en determinar si el tercero acreedor tiene derecho a perseguir el patrimonio social
o sólo puede accionar contra el patrimonio personal de los cónyuges. El pasivo se encuentra reglamentado,
esencialmente, en el artículo 1740 CC.

DEL HABER DE LA SOCIEDAD CONYUGAL

I.- Del haber absoluto o real

1.- Concepto.
Forman el haber real aquellos bienes que entran al patrimonio de la sociedad conyugal de manera definitiva
e irrevocable, sin derecho a recompensa en favor del cónyuge que los hizo ingresar.

2.- Enumeración.
Integran el haber real las siguientes partidas:

2.1. El producto directo del trabajo de los cónyuges.


Dispone el Nº 1 del art. 1725 que componen el haber de la sociedad conyugal los salarios y emolumentos de
todo género de empleos y oficios, devengados durante el matrimonio.
Quedan comprendidos los productos del trabajo de los cónyuges, cualquiera que sea su importancia, su

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duración y la forma de la remuneración. Por lo tanto, integran este rubro las remuneraciones de los
trabajadores, las utilidades de cualquiera industria o comercio, los honorarios de los profesionales y la
remuneración de los tutores y curadores.
* Excepción en favor de los productos del trabajo de la mujer: Lo señalado con anterioridad es aplicable al
trabajo del marido y al que ejecuten conjuntamente marido y mujer. No se aplica al producto del trabajo de
la mujer que ésta realiza separadamente del marido, por cuanto estos bienes quedan bajo la administración
de la mujer y no entran al haber de la sociedad conyugal (art. 150). Al disolverse la sociedad, podrán pasar a
formar parte de los gananciales, si la mujer no renuncia a ellos. De otro modo, serán bienes propios de ella.
* Epoca en que debe ejecutarse el trabajo: Debe haberse prestado durante la vigencia de la sociedad conyugal,
aunque se pague después de su disolución. Si se prestó antes del matrimonio y se paga durante su vigencia,
este dinero será del cónyuge respectivo, y si entra a la sociedad, dará lugar a una recompensa en su favor.
Cuando el trabajo comienza a prestarse antes de la vigencia de la sociedad conyugal y termina durante ella,
debemos distinguir si la obra es o no divisible. Si fuere divisible, entran al haber relativo las remuneraciones
por la parte de la obra realizada antes de entrar en vigencia la sociedad conyugal (serán muebles aportados al
matrimonio) y al haber real las remuneraciones por la parte de la obra realizada durante la vigencia de la
sociedad conyugal; si se tratare de un trabajo indivisible (como la pintura de un cuadro que se termina durante
la vigencia de la sociedad conyugal), la remuneración ingresa al haber real, porque el derecho a la
remuneración nació en ese momento.

2.2. Las donaciones remuneratorias.


Forman parte del haber real, pero sólo en la parte equivalente al servicio prestado.
Son donaciones remuneratorias las que expresamente se hicieren en remuneración de servicios específicos,
siempre que éstos sean de aquellos que suelen pagarse (art. 1433). Dicho de otra forma, la donación
remuneratoria es aquella liberalidad hecha en consideración a servicios prestados al donante, generando estos
servicios una deuda exigible en razón de haberse prestado gratuitamente (por ejemplo, el abogado que realiza
una gestión gratis y que recibe un regalo de su cliente).
La donación remuneratoria ingresa al haber social cuando fue hecha en razón de servicios que hubieran dado
acción en contra de la persona servida; por el contrario, si los servicios no daban acción o se prestaron antes
del matrimonio, para determinar el destino de los bienes donados debe distinguirse si se trata de muebles o
inmuebles: a) Si se trata de bienes inmuebles: ingresan al haber propio del cónyuge donatario; b) Si se trata
de bienes muebles: ingresan al haber relativo de la sociedad conyugal.

2.3. Otras indemnizaciones del trabajo.


Ingresan también al haber social real las jubilaciones y pensiones de retiro. Ellas representan la remuneración
que ganaba el trabajador. No siguen esta regla las jubilaciones o pensiones de gracia, dado que son donaciones
o gratuidades.
Ingresan igualmente al haber social real la indemnización por accidentes del trabajo y la suma que se pague
al trabajador por años de servicio, al ponerse término al contrato de trabajo.

2.4. Bienes raíces o muebles adquiridos a título oneroso.


Ingresan al haber real, conforme lo preceptuado en el art. 1725 número 5.
En la denominación de bienes muebles, se comprenden las cosas corporales, fungibles o no, los créditos, las
acciones, los establecimientos de comercio y la propiedad intelectual o industrial. Los premios de lotería o
en general los juegos de azar que supongan un pago, quedarán en esta condición, por ser bienes adquiridos a
título oneroso.
Los bienes raíces adquiridos a título oneroso durante la vigencia de la sociedad conyugal siguen la misma
regla, sin importar que los compre el marido o la mujer o que se inscriban a nombre de ésta última.
Para aplicar esta regla, no se toma en cuenta tampoco si los bienes fueron adquiridos con bienes sociales o
con bienes propios de alguno de los cónyuges; si el título es oneroso, el bien adquirido será social, sin
perjuicio de la recompensa a que pueda tener derecho el cónyuge dueño del dinero. Excepcionalmente, no
acontecerá lo anterior y el bien adquirido a título oneroso ingresará al haber propio de uno de los cónyuges,

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cuando opera la subrogación real.
Es necesario que el bien raíz haya sido adquirido durante la vigencia de la sociedad para que ingrese al haber
real. Para ello, habrá que atender a la causa o título de la adquisición y no a la incorporación definitiva. Si el
proceso de la adquisición comenzó antes que la sociedad conyugal existiera y se completa durante su
vigencia, el bien así adquirido pertenecerá al haber del cónyuge respectivo o al haber aparente, según los
casos.

Casos del art. 1736 Cc:


El art. 1736, inc. 1º dispone: “La especie adquirida durante la sociedad, no pertenece a ella aunque
se haya adquirido a título oneroso, cuando la causa o título de la adquisición ha precedido a ella”. Por tanto,
por ejemplo, si uno de los cónyuges, antes del matrimonio, compró un inmueble, pero se inscribió después
del matrimonio, será bien propio del cónyuge y no bien social.

El art. contempla, aunque no de manera taxativa, otros casos de excepción a la regla general, que son:
primero: Los bienes adquiridos por prescripción, si la posesión se inicia antes de la vigencia de la sociedad
conyugal, aunque el plazo de prescripción se cumpla durante la vigencia de la sociedad. (Art. 1736 número
1). El mismo principio se aplica a las cosas que poseía un cónyuge antes del matrimonio si la transacción con
que perfeccionó su dominio opera durante el matrimonio. En este último caso, la norma guarda armonía con
lo dispuesto en la parte final del art. 703, que incluye a la transacción entre los títulos declarativos, cuando
recae sobre la cosa disputada. Si es título declarativo, opera con efecto retroactivo, atribuyendo el domino al
cónyuge respectivo y no al haber real.
segundo: los bienes que los cónyuges poseían antes del matrimonio con título vicioso, pero cuyo vicio se
ratifica o sanea por otro remedio legal durante el matrimonio. (Art. 1736 número 2). La ratificación,
tratándose de la nulidad relativa, sanea el contrato, entendiéndose que éste nunca adoleció de vicio alguno.
La expresión “...o por otro remedio legal”, la entendemos referida a la prescripción de las acciones de
nulidad, tanto absoluta como relativa, que “purgan” el vicio que afectaba al contrato o título respectivo.
tercero: los bienes que una persona, siendo soltera, vendió, donó o aportó a una sociedad y que vuelven a su
dominio una vez casada, por nulidad o resolución o revocación del contrato respectivo. (Art. 1736 nº3).
cuarto: los bienes litigiosos, es decir cuya propiedad se litigaba. La sentencia que reconoce el derecho del
cónyuge es declarativa del dominio preexistente. (Art. 1736 número 4).
quinto: el derecho de usufructo que durante el matrimonio se consolida con la nuda propiedad que un
cónyuge tenía de soltero, cualquiera sea la razón de terminación del usufructo y aun cuando termine por título
oneroso. De no existir esta excepción, el cónyuge tendría la nuda propiedad en su haber propio y el usufructo
ingresaría al haber real. Con todo, los frutos pertenecerán a la sociedad, regla que guarda armonía con lo
dispuesto en el art. 1725 número 2 (Art. 1736 número 5).
sexto: lo que durante el matrimonio se pague a un cónyuge por capitales adeudados antes del matrimonio o
por intereses devengados siendo soltero y pagados después de casado (art. 1736 número 6). Por ejemplo, una
dación en pago que recae en un inmueble. séptimo: los bienes adquiridos por el cónyuge durante la vigencia
de la sociedad conyugal, en virtud de un acto o contrato cuya celebración se hubiere prometido con
anterioridad a ella, siempre que la promesa conste en escritura pública o en instrumento privado cuya fecha
sea oponible a terceros conforme al art. 1703 (art. 1736 número 7).
Por el contrario, si la causa o título de la adquisición tiene lugar durante la sociedad y la adquisición se retarda
por ignorancia o por haberse impedido o entorpecido injustamente, el bien ingresa al haber real, aunque la
sociedad conyugal se hubiere disuelto, conforme lo establece el art. 1737, inciso 1º. El principio enunciado
se aplica a los frutos que, sin esta ignorancia o embarazo, hubiera debido percibir la sociedad y que después
de disuelta, se hubieren restituido al cónyuge o a sus herederos (art. 1737, inciso 2º).

La ley 18.802 agregó dos incisos al art. 1736, destinados a aclarar el alcance de los numerales que anteceden,
estableciendo:
*Si la adquisición se hiciere con bienes de la sociedad y del cónyuge, éste deberá la recompensa respectiva.
*Si los bienes a que se refieren los números anteriores son muebles, entrarán al haber de la sociedad, la que

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deberá al cónyuge adquirente la correspondiente recompensa. Así, los bienes muebles ingresarán al haber
relativo de la sociedad conyugal. Por ende, las excepciones del art. 1736 sólo rigen en su integridad para los
bienes inmuebles.

Se alteran también las reglas generales (bien raíz adquirido a título oneroso ingresa al haber real), en los casos
contemplados en los arts. 1728 y 1729:
a) El art. 1728 se refiere al cónyuge que, teniendo un inmueble, adquiere durante la vigencia de la sociedad
conyugal un terreno contiguo a dicho predio. Distinguimos al respecto: + Si ambos predios conservan su
individualidad, el nuevo terreno será social.+ Si ambos predios han formado un solo todo, de manera que el
nuevo terreno no pueda desmembrarse sin grave daño, se formará una comunidad entre el cónyuge y la
sociedad conyugal, en la que ambos serán codueños del todo a prorrata de los valores aportados al tiempo de
la incorporación.
b) El art. 1729 contempla el caso de que un cónyuge tenga un bien propio pro indiviso con otros comuneros
y durante la vigencia de la sociedad conyugal adquiera a título oneroso las cuotas de los restantes comuneros.
La cuota que se adquiera, en lugar de ingresar al haber real, sigue la suerte indicada en el caso del art. 1728.
Por lo tanto, todo el bien (no sólo la cuota que se adquirió) pasa a ser del dominio de una comunidad formada
por la sociedad y el cónyuge, a prorrata del valor de la cuota que perteneció a dicho cónyuge y de lo que costó
adquirir las cuotas de los restantes comuneros.

2.5. Los frutos de los bienes sociales y propios, devengados durante el matrimonio.
Ingresan al haber real todos lo frutos, réditos, pensiones, intereses y lucros de cualquier naturaleza,
devengados durante el matrimonio, sea que provengan de los bienes sociales, sea que provengan de los bienes
propios de cada cónyuge (art. 1725 número 2). Para determinar si el fruto se devengó o no durante la vigencia
de la sociedad se aplica la regla del art. 1737, inciso 2º.
Ingresan al haber real tanto los frutos naturales como civiles y tanto los que provienen de los bienes propios
de cada cónyuge como de los bienes sociales. Los frutos de los bienes sociales son de la sociedad por accesión
(arts. 646 y 648).
¿A qué título y por qué modo se hace dueña la sociedad de los frutos producidos por los bienes propios de
los cónyuges? Es un derecho de goce especial que la ley confiere a la sociedad conyugal, como una justa
compensación a los desembolsos que debe hacer para el mantenimiento de la familia común. No constituye
un usufructo.
Se ha sostenido que el marido es usufructuario de tales bienes, fundamentándose esta opinión en los arts. 810
y 2466 CC, referidos al usufructo del marido sobre los bienes de la mujer. Opina Rossel que aun en presencia
de estas disposiciones, puede sostenerse que el marido no es usufructuario de los bienes de la mujer, y que,
si el legislador pensó darle este carácter, en el hecho no lo hizo.
Para concluir que el marido no es usufructuario, bastan dos razones a juicio del citado autor: 1) si el bien sale
del poder de la mujer, el marido pierde el derecho de percibir los frutos, concepto evidentemente contrario a
la noción del derecho real de usufructo; 2) si el marido fuere usufructuario, no tendría obligación de dividirse
por mitades con la mujer, los frutos existentes a la disolución de la sociedad conyugal; serían de él
exclusivamente.

Hay, sin embargo, otras razones, que se suman a las dos indicadas: 1º El derecho del marido es un derecho
personalísimo, en consecuencia, el marido carece de la facultad de transferirlo (y menos de transmitirlo). El
usufructo, en cambio, puede transferirse a cualquier título o arrendarse, salvo prohibición del constituyente
(art. 793). 2º El marido no está obligado a rendir fianza o caución de conservación o restitución. El
usufructuario, en cambio, debe rendir fianza o caución, salvo que el constituyente o propietario lo exonere de
tal obligación (art. 775). 3º El marido no está obligado a confeccionar inventario solemne. El usufructuario,
en cambio, debe confeccionar inventario solemne, salvo que el constituyente o propietario lo exonere de tal
obligación (art. 775). 4º El derecho legal de goce o “usufructo legal” es inembargable (art. 2466, inciso
final). El usufructo propiamente tal es embargable, 5º Su duración está limitada por la ley: no puede
extenderse más allá del momento en que se disuelve la sociedad conyugal. El usufructo puede durar lo que

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dure la vida del usufructuario. 6º El marido, como titular del derecho legal de goce, sólo responde por culpa
lata o grave, mientras que el usufructuario responde hasta de culpa leve.
En resumen, la sociedad conyugal tiene un derecho de goce sui géneris sobre los bienes propios de ambos
cónyuges. El marido percibe estos frutos por ser administrador de los intereses sociales y no por ser dueño
de dichos bienes. Lo mismo acontecerá con la mujer, si pasa a sus manos la administración de la sociedad
conyugal.

2.6. La parte del tesoro que según la ley, pertenece al dueño del terreno, ingresará al haber real de la
sociedad conyugal si dicho terreno pertenece a ella. Recuérdese que el CC. regula lo concerniente al
descubrimiento de un tesoro, en los arts. 625 a 628, en el ámbito de la ocupación.

2.7. Las minas.


Las minas denunciadas durante la vigencia de la sociedad por uno de los cónyuges o por ambos, ingresan al
haber real de la sociedad conyugal (art. 1730).

II. Del haber aparente o relativo.

1.- Concepto.
El haber aparente, llamado también “relativo”, es aquél integrado por aquellos bienes que entran a formar
parte del patrimonio social, pero confieren al cónyuge propietario un crédito contra la sociedad conyugal, que
se hace efectivo a la época de su disolución.

2.- Enumeración.

2.1. Bienes muebles aportados al matrimonio.


Entran a formar parte del haber relativo los bienes muebles que cualquiera de los cónyuges aportare al
matrimonio (artículo 1725, números 3 y 4). Excepcionalmente, pueden ingresar al haber propio, si los
cónyuges así lo hubieren pactado en las capitulaciones matrimoniales previas al matrimonio (artículo 1725
número 4, inciso 2º).

2.2. Bienes muebles adquiridos durante el matrimonio, a título gratuito.


Ingresan igualmente al haber relativo de la sociedad conyugal los bienes muebles que durante ella adquiriere
cualquiera de los cónyuges, obligándose la sociedad a la correspondiente recompensa (arts. 1725 números 3
y 4; 1726, 2o y 1732).
De acuerdo con lo expuesto, entran al “haber aparente” las cosas corporales muebles, fungibles o no; los
créditos que tienen por objeto un bien mueble y las acciones para perseguir el cobro de perjuicios (porque
son muebles); los créditos por obligaciones de hacer (porque los hechos que se deben se reputan muebles,
art. 581); el derecho de prenda, el derecho de usufructo que recae en muebles; los bienes muebles adquiridos
mediante la prescripción, etc.

2.3. Donaciones remuneratorias de cosas muebles.


Forman parte del haber aparente o relativo, de conformidad a lo dispuesto en el art. 1738, en los siguientes
casos: a) En cuanto representan el pago de servicios que no dan acción para exigir remuneración (por ejemplo,
honorarios prescritos); b) En cuanto exceden el monto de la remuneración a que podría tener derecho el que
prestó el servicio, si tuviera acción para cobrar sus honorarios. c) Si los servicios se prestaron antes de la
sociedad.

2.4. La parte del tesoro que la ley asigna al descubridor (art. 1731). Si uno de los cónyuges descubre un
tesoro en bienes de la sociedad conyugal o de un tercero, la parte que corresponde al descubridor ingresará
al haber relativo de la sociedad conyugal (art. 1731). La parte que se asigna por la ley al descubridor no

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ingresa al haber real, porque la ley asimila el hallazgo de un tesoro a una adquisición a título gratuito; como
se trata de bienes muebles, ingresan al haber relativo o aparente de la sociedad conyugal. b) Si el tesoro se
encuentra en un bien perteneciente a uno de los cónyuges, la parte que corresponde al dueño del suelo
ingresará al haber relativo de la sociedad conyugal.

III.- Presunciones de dominio en favor de la sociedad conyugal y a favor de terceros.

3.1. Presunciones de dominio a favor de la sociedad conyugal.


Establece el art. 1739 CC una presunción de dominio en favor de la sociedad conyugal, que comprende toda
cantidad de dinero, de cosas fungibles, de especies, créditos, derechos y acciones que existan en poder de
cualquiera de los cónyuges al disolverse la sociedad. Esta presunción, referida a los bienes muebles, obedece
al hecho de que ellos por lo general son sociales.
Esta presunción es de gran utilidad para los acreedores, pues no están obligados a probar que los bienes que
persiguen son sociales, presumiendo la ley tal carácter.
El último inciso del art. 1739 CC, hace extensiva la presunción de dominio a favor de la sociedad, a los bienes
que cualquiera de los cónyuges adquiera a título oneroso una vez disuelta la sociedad conyugal y antes de su
liquidación. Por consiguiente, el cónyuge adquirente deberá recompensar a la sociedad, salvo que acredite
que realizó dicha adquisición con bienes propios o que provengan de su sola actividad personal (esta norma,
indirectamente, fomenta liquidar lo antes posible la sociedad conyugal que hubiere expirado).

3.2. Presunción a favor de terceros.


El citado artículo 1739 establece también una presunción en favor de los terceros que celebren contratos a
título oneroso con alguno de los cónyuges; establecen los incisos 4º y 5º del precepto: *Tratándose de bienes
muebles, si el cónyuge contratante hizo al tercero de buena fe entrega o tradición del bien respectivo, dicho
tercero estará a cubierto de toda reclamación que los cónyuges intentaren fundada en que el bien es social o
del cónyuge que no contrató (inciso 4º). El mismo principio se consagra en el pago de lo no debido, artículo
2303, que protege al tercero que recibió un pago de buena fe, a título oneroso. *Sin embargo, no se presumirá
la buena fe del tercero, cuando el bien objeto del contrato figure inscrito a nombre del otro cónyuge en un
registro abierto al público (por ejemplo, el de automóviles, el de accionistas de sociedades anónimas, el de
naves o aeronaves, etc.).
Las normas anteriores buscan proteger a los terceros que de buena fe contratan con uno de los cónyuges;
dicha buena fe no podría invocarse, si el bien figura en un registro público a nombre del otro cónyuge. Como
la presunción es simplemente legal, podrá acreditarse que el bien es propio de la mujer o del marido. La
prueba podrá producirse por un tercero que desea perseguir bienes propios de la mujer por ser su acreedor o
por los mismos cónyuges cuando hay dificultades sobre el dominio de los bienes durante la liquidación de la
sociedad conyugal.
La ley admite cualquier medio de prueba, salvo la confesión de los cónyuges, sea personal o de consuno (art.
1739, 2º). Esta confesión no será oponible a terceros, pero entre los cónyuges tendría valor, según se ha
resuelto en algunos fallos.
Agrega el inc. 3º del precepto que la confesión se mirará como una donación revocable, que una vez
confirmada por la muerte del cónyuge donante, se ejecutará en su parte de gananciales o en sus bienes propios.
Vemos en consecuencia que la confesión no atribuye al otro cónyuge el dominio del bien objeto de dicha
confesión, sino que implica un acto de disposición que sólo se hará irrevocable a la muerte del confesante-
donante, pudiendo éste dejarla sin efecto mientras viva.

DE LOS BIENES O HABER PROPIO DE CADA CONYUGE.

1.- Bienes que lo forman y consecuencias jurídicas.


Se encuentra formado por aquellos bienes que no entran al haber real o efectivo ni al haber aparente o relativo
de la sociedad conyugal. El dominio de estos bienes corresponde al cónyuge que los adquirió. Lo anterior no

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quiere decir que siempre sean administrados por el cónyuge propietario, así el haber propio de la mujer casada
en sociedad conyugal, es administrado por su marido.
La situación jurídica en que se encuentran estos bienes produce las siguientes consecuencias:
a) Los aumentos y mejoras que experimenten, pertenecen al cónyuge propietario (los frutos, sin embargo,
serán de la sociedad); b) Su pérdida fortuita afecta también al cónyuge propietario; c) La administración de
tales bienes, mediando sociedad conyugal, corresponde al marido; d) Los acreedores del cónyuge no
propietario, no pueden embargar dichos bienes; e) Disuelta la sociedad conyugal, dichos bienes se retiran en
especie.

2.- Enumeración.

2.1. Los bienes raíces que los cónyuges tienen al momento de contraer matrimonio.
Aun cuando la ley no lo dice explícitamente, se deduce, a contrario sensu, del art. 1725, que hace ingresar al
haber social los bienes muebles aportados al matrimonio, no los raíces. (art. 1725 números 3 y 4). Asimismo,
se encuentran en esta situación los bienes inmuebles adquiridos durante la sociedad conyugal, pero cuya
causa o título es anterior a ella (art. 1736). Con todo, los esposos pueden haber estipulado, en sus
capitulaciones matrimoniales previas al matrimonio, que un inmueble aportado al matrimonio ingrese al
haber de la sociedad conyugal, la que deberá al cónyuge aportante la respectiva recompensa.

2.2. Los bienes raíces adquiridos durante la vigencia de la sociedad conyugal a título gratuito.
Así lo establecen los arts. 1726 y 1732. Se incluyen aquí, por ejemplo, los inmuebles que se adquieran por
donación, herencia, legado o prescripción.
La parte final del inciso primero de ambos artículos tiene gran importancia práctica, porque resuelve el
problema de las donaciones conjuntas. La donación hecha a un cónyuge, aunque sea hecha en consideración
al otro, incrementa su haber propio, y la misma regla se aplica a otras gratuidades, como las herencias o
legados. Si la donación fuere hecha a los dos cónyuges, incrementará el haber de cada uno. Igual ocurrirá con
las herencias y legados.

2.3. Los aumentos experimentados por los bienes propios de cada cónyuge.
No forman parte del haber social los aumentos materiales que acrecen a cualquier especie de uno de los
cónyuges, formando un mismo cuerpo con ella, por aluvión, edificación, plantación o cualquiera otra causa
(art. 1727 número 3).
Quedan comprendidos tanto los aumentos producidos por obra de la naturaleza o por la industria humana,
pero con una importante diferencia: * El aumento debido a la industria humana, da lugar a una recompensa
en favor de la sociedad conyugal (art. 1746). * El aumento que proviene de causas naturales no da lugar a
recompensa alguna (art. 1771, 2º).

2.4. Los bienes muebles excluidos de la comunidad.


Recordemos que los esposos pueden excluir de la comunidad cualquiera parte de sus bienes muebles,
designándolos en las capitulaciones (art. 1725 número 4). Dado que la ley exige “designar” los bienes
excluidos, la exclusión ha de ser a título singular, pudiendo comprender sólo bienes propios de los esposos,
presentes o futuros, corporales o incorporales.

2.5. Bienes que ingresan al haber propio a consecuencia de una subrogación.


También forman parte del haber propio de cada cónyuge, los bienes que entran a sustituir a otros bienes
propios del cónyuge, a consecuencia del fenómeno llamado subrogación, regulado en el art. 1727, números
1 y 2, que seguidamente estudiaremos.

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DE LA SUBROGACION REAL

1.- Concepto.
Si se adquiere un bien raíz a título oneroso durante la vigencia de la sociedad conyugal, no entrará al haber
de dicha sociedad, si es debidamente subrogado a otro inmueble de propiedad de alguno de los cónyuges o si
es comprado con valores propios de alguno de ellos, destinados a este objeto en las capitulaciones
matrimoniales o en una donación por causa de matrimonio (art. 1727 números 1 y 2).
La subrogación tiene por objeto conservar la integridad del patrimonio de los cónyuges, pues si no existiera,
los bienes adquiridos con dineros propios de ellos serían sociales, conforme al art. 1725 número 5. Al mismo
tiempo, permite dar “elasticidad” a los patrimonios de cada cónyuge, al poder vender algunos bienes y
reemplazarlos por otros.

La subrogación puede definirse como la sustitución de un inmueble a otro o a valores que pasan a ocupar la
situación jurídica del anterior o anteriores. Su fundamento se encuentra en la equidad, pues si se vende un
inmueble propio de uno de los cónyuges para comprar otro, el adquirido le debería pertenecer en las mismas
condiciones.
En la sociedad conyugal, el Código Civil sólo reglamentó la subrogación de inmueble a inmueble o de
inmueble a valores, y nada dijo respecto a subrogar muebles por otros muebles (art. 1733). Arturo Alessandri,
dado el silencio del legislador, niega tal posibilidad, mientras que Pablo Rodríguez la admite, atendido lo
dispuesto en el art. 1727 número 2 que no establece distinción. Centraremos el análisis en los inmuebles,
atendido lo señalado en el art. 1733.

2.- Formas en que puede operar.


La subrogación real puede operar de dos formas: 2.1. Según que se cambie un inmueble por otro: llamada
“subrogación de inmueble a inmueble”. 2.2. Según se compre un inmueble con valores propios: llamada
“subrogación de inmueble a valores”.

2.1. Subrogación de inmueble a inmueble


Consiste en cambiar un inmueble propio por otro que se adquiere durante el matrimonio y que viene a ocupar
el lugar del bien propio en el haber del cónyuge. Esta sustitución puede hacerse por permuta o por compra.

a) Subrogación por permuta. Se refiere a ella el art. 1733. Es necesario que en la escritura de permuta se
exprese el ánimo de operar la subrogación (art. 1733, 1º). Si la subrogación se hace en bienes de la mujer,
exige además la ley la autorización de ésta (art. 1733, 7o).
Debe existir cierta proporcionalidad entre los valores de los bienes permutados (art. 1733, 6º).

b) Subrogación por compra. Se efectúa esta subrogación cuando, vendido un inmueble propio de alguno de
los cónyuges, se ha comprado con el precio pagado un nuevo inmueble (art. 1733, 1o). Para que opere, es
necesario:
*Que se venda un inmueble propio de alguno de los cónyuges. *Que con su precio se adquiera otro inmueble.
*Que se exprese el ánimo de subrogar, tanto en la escritura de venta como en la de compra. Se establece esta
exigencia, para determinar claramente si el bien raíz adquirido durante la vigencia de la sociedad es social o
propio, lo que interesa especialmente a la mujer y a los terceros que contraten con ella o con el marido. *Si
el inmueble vendido pertenece a la mujer, se requiere autorización de ésta (art. 1733, 7o).
*Que exista cierta proporcionalidad entre los valores de los bienes que se subrogan.
- Variante de la subrogación por compra: subrogación por anticipación. Consiste en comprar primero un bien
raíz y después vender un inmueble propio para pagar su precio. Sin perjuicio de que alguna sentencia ha
indicado que en este caso no hay subrogación, parte de la doctrina considera lo contrario, porque si concurren
todos los requisitos de la subrogación, especialmente el ánimo de subrogar, no es jurídico desconocer los
efectos de ella por una simple razón de precedencia en la realización de las operaciones de compraventa.

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2.2. Subrogación de inmueble a valores.


Está contemplada en los arts. 1727 número 2 y 1733, 2o. Para que opere, deben cumplirse los siguientes
requisitos:
a) Que durante la vigencia de la sociedad conyugal, se adquiera un inmueble con valores propios de alguno
de los cónyuges.
b) Que estos valores propios hayan sido destinados a la subrogación en las capitulaciones matrimoniales o en
una donación por causa de matrimonio. Se ha resuelto por la jurisprudencia que si los valores propios
provienen de una asignación testamentaria -por ejemplo, un legado-, también habrá subrogación, porque aun
cuando no se trata de una donación, ambas son liberalidades, y donde existe la misma razón debe existir la
misma disposición.
c) En la escritura de compraventa del inmueble, deberá dejarse constancia de la inversión de los valores
destinados a la subrogación (art. 1733, 2º). En otras palabras, debe señalarse que el precio se paga con esos
valores.
d) En la escritura de compraventa también deberá dejarse constancia del ánimo de subrogar, vale decir, de la
intención de que el inmueble comprado reemplace jurídicamente a los valores propios. e) Si la subrogación
se hace con valores propios de la mujer, se requiere su autorización (art. 1733, 7º).
f) Debe haber cierta proporcionalidad entre los valores y el inmueble que se adquiere (art. 1733, 6º).

3.- Elemento común a todas las formas de subrogación.


La ley acepta un margen de desproporción entre el valor del inmueble propio y el subrogado o entre los
valores propios y el inmueble adquirido por ellos. Esta desproporción puede llegar hasta el monto señalado
en el art. 1733, 6º, y se determina comparando la diferencia de valor entre los bienes subrogados y el inmueble
que se adquiere. Si este saldo excede a la mitad del precio del inmueble que se adquiere, no habrá
subrogación. Así, por ejemplo, si el predio propio vale $20.000.000.- y el inmueble adquirido $ 50.000.000.-
, el saldo es de $30.000.000.-, que excede a la mitad del valor del predio adquirido, que es de $ 25.000.000.-
Cuando no se produce la subrogación por no existir la proporcionalidad que se indicó, el bien adquirido será
social, siguiendo la regla general del art. 1733, 6º, pero como en la adquisición se invirtieron valores propios
de un cónyuge, la sociedad conyugal le deberá recompensa por esos valores.
Si los valores propios del cónyuge no se invirtieron totalmente en la adquisición del inmueble (lo que ocurrirá
cuando el bien propio valga mucho y el bien adquirido valga poco), éste conservará el derecho de llevar
adelante la subrogación comprando otra finca: art. 1733, 6º.

Este artículo reglamenta finalmente la situación en que quedan los saldos de la subrogación cuando ella opera:
*Si el bien propio vale más que el adquirido, el saldo que resulte a favor del cónyuge ingresa al haber de la
sociedad conyugal y ésta queda debiéndolo; *Si el bien propio vale menos que el inmueble adquirido, la
sociedad conyugal deberá pagar la diferencia, pero el cónyuge subrogante deberá una recompensa a la
sociedad equivalente al monto de ese pago. La misma regla opera en el caso de que, permutándose dos
inmuebles, haya alguna diferencia de valor que cubrir en dinero o que existan estas diferencias al operar la
subrogación de inmueble a valores.

DEL PASIVO DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

I.- Del pasivo de la sociedad conyugal y de los conyuges en relacion con la obligacion a las deudas.

1.- Fundamento de la distinción.


Desde el punto de vista del tercero acreedor, no hay pasivo social, porque a su respecto la sociedad conyugal
no existe. El acreedor puede perseguir el patrimonio del marido o si corresponde los bienes propios de la
mujer, pero no le es posible demandar el cumplimiento de su crédito en el patrimonio social, porque éste se
confunde con el del marido (art. 1750). La cuestión consiste entonces en determinar cuáles son las deudas

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que el tercero puede perseguir en el patrimonio del marido (y de la sociedad confundidos) y cuáles puede
perseguir, además, en el patrimonio de la mujer.

2.- Obligaciones que dan acción sobre los bienes sociales y sobre los bienes propios del marido.
Constituyen la regla general:

2.1. Toda deuda contraída por el marido durante la vigencia de la soc. conyugal (art. 1740 nº 2).

2.2. Las obligaciones contraídas por el marido antes del matrimonio (art. 1740 nº 3).

2.3. Toda deuda contraída por la mujer con mandato general o especial del marido (art. 1751, inc. 1º). Se
entiende que así sea, pues al actuar la mujer como mandataria de su marido, ella no compromete su patrimonio
sino el de su mandante. Con todo, en dos casos la mujer mandataria de su marido comprometerá también sus
bienes propios:
● Si los terceros con quienes contrató la mujer mandataria, logran probar que el contrato cedió en utilidad
personal de la mujer.
● Si la mujer actuare, el ejecutar el mandato, “a nombre propio”, es decir, contrata a su propio nombre, sin
dar a conocer a los terceros con quienes contrata su calidad de mandataria de su marido (artículo 2151, inciso
2º).
De cualquier manera, los “bienes propios” de la mujer que ésta compromete al pago de las obligaciones
contraídas en los dos casos precedentes, sólo serán aquellos que se encuentren bajo su administración
(fundamentalmente, los bienes a que aluden los artículos 150, 166 y 167), y no los bienes propios de la mujer
que están administrados por el marido, conforme se puede desprender del artículo 137, inc. 1º

2.4. Toda deuda contraída por los cónyuges conjuntamente o en que la mujer se obligue solidaria o
subsidiariamente con el marido (art. 1751, inc. 3º). En cualquiera de estos tres casos, previene la ley que estos
contratos “no valdrán contra los bienes de la mujer” sino en la medida que los terceros con quienes
contrataron los cónyuges, logran probar que el contrato cedió en utilidad personal de la mujer y bajo el
entendido que en tal hipótesis, sólo podrán perseguir los bienes de la mujer que se encuentran bajo la
administración de ésta, y no bajo la administración del marido.

3.- Obligaciones que dan acción sobre los bienes sociales, sobre los bienes propios del marido y además,
sobre los bienes propios de la mujer.

3.1. Las contraídas por el marido durante la vigencia de la sociedad conyugal, en virtud de un contrato que
cede en beneficio personal de la mujer (artículo 1750, inciso 2o). Serán de este tipo, por el ejemplo, las
obligaciones contraídas por el marido para pagar las deudas de la mujer anteriores al matrimonio, o aquella
deuda contraída por el marido para pagar los estudios universitarios de la mujer.
¿Qué “bienes de la mujer” son éstos? ¿Se trata tanto de los bienes administrados por el marido como
también por la mujer en los casos de los artículos 150, 166 y 167, es decir como separada parcialmente de
bienes? Pareciera que se trata sólo de los primeros. De esta manera, el sistema del Código implicaría que si
el contrato lo celebró el marido pero cedió en utilidad de la mujer, los acreedores tendrán acción sobre los
bienes de ésta administrados por el marido, pero no sobre los bienes que la mujer administra separadamente
de su cónyuge, pues si así se permitiera, esta administración separada se tornaría puramente teórica. Por el
contrario, si la mujer contrata, como en las situaciones contempladas en el tercer y cuarto caso del punto dos,
sólo comprometerá los bienes que se encuentran bajo su administración, y no los bienes propios de la mujer
que administra el marido. Así, cada cónyuge sólo puede comprometer los bienes de la mujer que se
encuentren bajo su directa administración, y no bajo la administración de aquél cónyuge que no ha contratado.

3.2. Las obligaciones contraídas por la mujer antes del matrimonio.


Estas deudas deben pagarse por la sociedad conyugal conforme al art. 1740 nº 3:

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“La sociedad es obligada al pago: (...) 3o. De las deudas personales de cada uno de los cónyuges,
quedando el deudor obligado a compensar a la sociedad lo que ésta invierta en ello”-, pero pueden
perseguirse también sobre los bienes propios de la mujer -art. 1750, inc. 2º:
“Podrán, con todo, los acreedores perseguir sus derechos sobre los bienes de la mujer, en virtud de un
contrato celebrado por ellos con el marido, en cuanto se probare haber cedido el contrato en utilidad
personal de la mujer, como en el pago de sus deudas anteriores al matrimonio.”. Esta última disposición
es una consecuencia del derecho de prenda general que tiene el acreedor sobre todos los bienes de su deudor.
Si el patrimonio de la mujer estaba afecto al cumplimiento de la obligación mientras se encontraba soltera,
no hay razón para que deje de estarlo por un hecho ajeno a la obligación, como es el contraer matrimonio la
deudora. De lo contrario, habría que aceptar que el matrimonio es un modo sui géneris de extinguir las
obligaciones.
Se comprenden también en este grupo las deudas propiamente personales de la mujer en todo lo que cedan
en beneficio del marido o de la sociedad.

3.3. Las obligaciones que tienen por fuente un delito o cuasidelito cometido por la mujer.
Estas deudas deben ser pagadas por la sociedad (arts. 1740 número 3 y 1748), pero también pueden
perseguirse en los bienes propios de la mujer, conforme al derecho de prenda general de que goza todo
acreedor (arts. 2465 y 2469).

3.4. Las obligaciones de la mujer que tienen por fuente la ley o un cuasicontrato.
Será por ejemplo una obligación que tenga por fuente la ley, los alimentos que deba pagar la mujer; y una
obligación que tenga por fuente un cuasicontrato, lo que deba la mujer a los otros comuneros, por las
reparaciones hechas en la cosa que se posea pro-indiviso.

Del pasivo de la sociedad conyugal y de los conyuges en relacion con la contribucion a las deudas.

1.- Fundamento de la distinción.


Después de pagada la deuda al tercero, hay que determinar a qué patrimonio debe imputarse en definitiva.
Esta es una cuestión interna, que concierne a los cónyuges solamente. Se plantea al momento de la disolución
de la sociedad conyugal. Es por tanto un problema de “contribución a las deudas”.
El principio general es que todas las deudas contraídas durante la vigencia de la sociedad conyugal por el
marido o por la mujer, con mandato especial o general de éste, son deudas sociales (art. 1740 número 2). La
excepción es que las deudas pesen en definitiva sobre los bienes propios de cada cónyuge.
Cabe prevenir que la referencia contenida en el número 2 del art. 1740 a los actos de la mujer
“con autorización del marido”, ha perdido vigencia, desde el momento en que la Ley número 18.802 otorgó
a esta plena capacidad.
De lo señalado se infiere que hay deudas que la sociedad paga provisionalmente, pero de cuyo monto tiene
derecho a reembolsarse, y que hay deudas que pesan sobre el patrimonio social, sin derecho a reembolso o
recompensa.
Distinguimos por tanto en la sociedad conyugal un pasivo definitivo y un pasivo provisorio. El definitivo,
está formado por las deudas sociales; el provisorio, por las deudas personales de cada cónyuge, que la
sociedad pagó en su oportunidad.

2.- El pasivo definitivo.


Esta compuesto por aquellas deudas que paga la sociedad durante su vigencia y que a su disolución, afectan
a su patrimonio, sin derecho a recompensa. Tales son:

a) Las pensiones e intereses que corran, sea contra la sociedad, sea contra cualquiera de los cónyuges, y que
se devenguen durante la sociedad (art. 1740 número 1).
Esta obligación viene a ser la contrapartida, del derecho de la sociedad para aprovecharse de los frutos de los

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bienes propios (art. 1725 número 2).
La obligación se refiere sólo a los intereses y no a la amortización de capital. Abarca cualesquiera clase de
intereses, devengados por cualquiera obligación. Por ejemplo: los intereses de un mutuo contraído por uno
de los cónyuges antes del matrimonio; el canon anual a pagar por el censo que grave un inmueble de uno de
los cónyuges; los intereses de saldos de precios por adquisiciones hechas por un cónyuge, etc.

b) Las deudas contraídas durante el matrimonio por el marido o por la mujer con mandato general o especial
del marido (art. 1740 número 2).
Con todo, hacen excepción a esta regla las deudas personales del marido o de la mujer, y son tales las
derivadas de actos o contratos que reportan un beneficio exclusivo al cónyuge que los celebró, beneficio que
recibe sin que haya texto legal que obligue a la sociedad a proporcionárselo.
Dichas obligaciones pueden ser cobradas a la sociedad, pero ésta tendrá derecho a recompensa contra el
cónyuge respectivo. Ejemplo de tales obligaciones: las deudas contraídas para el establecimiento de los hijos
de un matrimonio anterior de uno de los cónyuges.

c) El lasto de toda fianza, hipoteca o prenda constituida por el marido (art. 1740 número 2).
Lastar es suplir lo que otro debe pagar, con el derecho de reintegrarse. Si se paga una obligación caucionada
con una fianza, hipoteca o prenda constituida por el marido, debemos distinguir el objeto por el cual se
constituyó la garantía, para saber qué deuda se pagó:
- Si la garantía se constituyó para caucionar obligaciones sociales, se habrá pagado una deuda social;
- Si la garantía se constituyó para caucionar obligaciones personales, habrá derecho a recompensa a favor de
la sociedad.

d) Las cargas y reparaciones usufructuarias de los bienes sociales o de cada cónyuge (art. 1740 Nº 4). Se
entienden por cargas usufructuarias las expensas ordinarias de conservación y cultivo; las pensiones, cánones
y, en general, las cargas periódicas con que hubiere sido gravada la cosa con antelación; el pago de los
impuestos periódicos fiscales y municipales. Estas reglas se establecen en los arts. 795 y 796, en el usufructo
y que imponen estas cargas al usufructuario, razón por la cual se llaman “cargas usufructuarias”. Es lógico
que la sociedad conyugal las soporte, porque ella goza de los frutos producidos por los bienes propios de los
cónyuges, de los que, en cierta forma, es usufructuaria.

e) De los gastos que origine el mantenimiento de los cónyuges; el mantenimiento, educación y


establecimiento de los descendientes comunes y de toda otra carga de familia (art. 1740 Nº 5). La sociedad
está obligada a solventar el mantenimiento de ambos cónyuges, lo que incluye habitación, vestuario,
medicinas, gastos de enfermedad, etc. Debe cubrir también los gastos de mantenimiento, educación y
establecimiento de los descendientes comunes. Estos gastos comprenden la alimentación, vestuario y
atención médica, los que siempre son expensas ordinarias, de cargo de la sociedad conyugal.
Los gastos de educación y de establecimiento pueden ser expensas ordinarias o extraordinarias. Ambos son
de cargo de la sociedad conyugal, pero cabe tener presente que las expensas extraordinarias se imputarán con
preferencia a los bienes del hijo y sólo en el caso de no ser suficientes dichos bienes, se imputarán al
patrimonio social.
A pesar de que las expensas ordinarias y aun las extraordinarias son de cargo de la sociedad, los cónyuges
pueden convenir en hacerlas con sus bienes propios (art. 1744, 1o).
Será también de cargo de la sociedad “toda otra carga de familia”, como dice la parte final del inc. 1º del
número 5 del art. 1740. Quedan comprendidos en esta denominación las remuneraciones de los trabajadores
de casa particular, los gastos de veraneo, los regalos que es costumbre hacer en ciertos días, los alimentos
que uno de los cónyuges deba por ley a sus descendientes o ascendientes, aunque no lo sean de ambos,
siempre que sean moderados (art. 1740, número 5, 2o). Podrá el juez moderar el gasto si le pareciere excesivo,
imputando el exceso al haber del cónyuge respectivo.
Son también de cargo de la sociedad conyugal, los gastos de crianza y los ordinarios de educación de los
hijos de filiación no matrimonial. Los gastos extraordinarios de educación y los gastos de establecimiento de

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tales hijos, serán personales del cónyuge.

f) De los dineros que deban entregarse a la mujer periódicamente o por una vez, si así se estipuló en las
capitulaciones matrimoniales (art. 1740, número 5, 3o).
Se trata de un pacto efectuado en las capitulaciones matrimoniales, en cuya virtud la mujer podrá disponer a
su arbitrio de los dineros. Con todo, si en las capitulaciones matrimoniales se impuso la obligación al marido,
de él será la obligación de solventar este gasto, y si paga con dineros de la sociedad, ésta tendrá derecho a
recompensa en contra del marido.

3.- El pasivo relativo o provisional.


Se compone por aquellas deudas que la sociedad paga en virtud de los principios que rigen la “obligación a
las deudas”, pero que en definitiva, debe soportar el patrimonio de cada cónyuge
(“contribución a las deudas”). Estos pagos dan derecho a una recompensa a favor de la sociedad.
Son los siguientes:

a) Las deudas personales de cada cónyuge (art. 1740 número 3).


Son deudas personales, aquellas que emanan de actos o contratos que han cedido en beneficio exclusivo de
un cónyuge sin que la sociedad conyugal tenga obligación de proporcionarle este beneficio. Tienen el carácter
de deudas personales las contraídas por uno de los cónyuges antes del matrimonio. Por el contrario, toda
deuda contraída durante el matrimonio por el marido o por la mujer con mandato del marido, se presume
social. Así se desprende de los arts. 1750 y 1751 y lo establece el art. 1778, al declarar que el marido es
responsable de todas las deudas contraídas durante el ejercicio social. Para destruir esta presunción, será
necesario demostrar que el contrato cedió en beneficio exclusivo de alguno de los cónyuges (art. 1750, 2o).

b) Las deudas contraídas para establecer a un hijo de anterior matrimonio, o de filiación no matrimonial. En
este caso, la deuda no grava el pasivo definitivo, pues no se trata de un descendiente común de los cónyuges,
sino de uno sólo de ellos.

c) Las erogaciones gratuitas y cuantiosas a favor de un tercero que no sea descendiente común (art. 1747).
Sólo pueden hacerse -con cargo al haber social- donaciones de poca monta, atendidas las fuerzas del haber
social, o aquellas hechas para un objeto de eminente piedad o beneficencia y sin causar un grave menoscabo
a dicho haber (art. 1742).
Del tenor de los art. 1744 y 1747, se deduce a contrario sensu que la erogación gratuita y cuantiosa hecha a
un descendiente común, es deuda social, pesando sobre el pasivo definitivo.

d) Los precios, saldos, costas judiciales y expensas de toda clase que se hicieren en la adquisición o cobro de
los bienes, derechos o créditos que pertenezcan a cualquiera de los cónyuges (por ejemplo, las cargas
hereditarias o testamentarias que un cónyuge deba satisfacer al aceptar una herencia o lo que pague en razón
de una transacción).
No quedan comprendidas aquí las reparaciones usufructuarias, que conforme a lo indicado, son de cargo de
la sociedad.

e) Las expensas de toda clase que se hayan hecho en los bienes de cualquiera de los cónyuges, cuando las
expensas aumentaron el valor de los bienes y en cuanto subsistiere este valor a la época de la disolución de
la sociedad (art. 1746).
Si el aumento del valor excede el valor de las expensas, se deberá sólo lo invertido en éstas (así, por ejemplo,
si se invierten 10 millones de pesos para ampliar un inmueble, pero gracias a dichos arreglos, el predio
aumenta su valor comercial en 20 millones de pesos, se debe la primera suma).
Tampoco quedan comprendidas aquí las cargas o reparaciones usufructuarias.

f) Los perjuicios causados a la sociedad con dolo o culpa grave y el pago de las multas y reparaciones

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pecuniarias que hiciere la sociedad en razón de un delito cometido por alguno de los cónyuges (art. 1748).
Desde el punto de vista de la “contribución a las deudas”, es decir en las relaciones entre los cónyuges, la
indemnización que ha debido pagar la sociedad origina siempre derecho a recompensa, por tratarse de una
deuda personal del cónyuge que cometió el ilícito.

g) Los saldos que la sociedad se vea obligada a pagar por la subrogación hecha en bienes de alguno de los
cónyuges. Así, por ejemplo, el inmueble que pertenecía al cónyuge se vendió en 50 millones de pesos y se
compró otro en 60 millones, los 10 millones financiados por la sociedad deberán ser reembolsados por el
cónyuge adquirente del inmueble, al momento de disolverse la comunidad.

DE LAS RECOMPENSAS.

I.- CONCEPTO, OBJETO Y CLASIFICACION.

a) Concepto: las recompensas son las indemnizaciones pecuniarias a que los patrimonios del marido, de la
mujer y de la sociedad conyugal, están obligados entre sí.
Las recompensas emanan del concepto relativo del activo y pasivo de la sociedad conyugal, puesto que hay
bienes que entran a ella transformándose en un crédito a favor del cónyuge aportante y hay deudas personales
que la sociedad está obligada a pagar con derecho a reembolsarse.

b) El objeto de las recompensas es:


• evitar el enriquecimiento de un patrimonio a expensas de otro;
• evitar las donaciones simuladas que pudieran hacerse los cónyuges entre sí para perjudicar a los terceros;
• evitar los abusos del marido, que podría emplear los dineros de la mujer en su propio beneficio; y
• corregir los excesos de una administración mal intencionada, ya que como se dijo, se debe recompensa a
la sociedad por los perjuicios que se le causen con dolo o culpa grave (art. 1748). Durante la vigencia del
matrimonio no puede alterarse el régimen de recompensas, lo que no impide que un cónyuge renuncie a
ellas por acto que surta efectos después de la disolución de la sociedad conyugal

c) Clasificación: Existen recompensas: de la sociedad a favor de los cónyuges; de los cónyuges a favor de la
sociedad; y de los cónyuges entre sí. Cabe consignar que la Ley número 18.802, hizo reajustables las
recompensas, modificando el principio nominalista vigente en el CC. y solucionando así los inconvenientes
de la inflación (art. 1734). Será al partidor a quien corresponda fijar el monto de la recompensa en
conformidad a las normas de la equidad. No hay un sistema de reajustabilidad establecido en la ley, debiendo
en cada caso fijar la forma de reajustar las recompensas.

A) Recompensas que la sociedad debe a los cónyuges.

1.- Incorporación de bienes de los cónyuges al patrimonio social. La soc. conyugal debe recompensar a
los cónyuges, cuando incrementa su patrimonio con bienes de ellos, lo que ocurre:
- con el dinero, cosas fungibles y especies muebles que los cónyuges aportan al matrimonio;
- con el dinero, cosas fungibles y especies muebles que los cónyuges adquieren a título gratuito durante la
vigencia de la sociedad conyugal;
- con los bienes inmuebles apreciados en las capitulaciones matrimoniales para que la sociedad restituya su
valor en dinero;
- con las pensiones de gracia y con las donaciones remuneratorias por servicios prestados antes del
matrimonio o durante su vigencia, pero en la parte que no dan acción para exigir su pago.

2.- Valor del bien propio del cónyuge, vendido durante la vigencia de la sociedad. Hay lugar a
recompensa, cuando la sociedad recibe el valor de un bien propio de uno de los cónyuges (art. 1741), salvo

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que este valor se haya empleado en hacer una subrogación de que habla el art. 1733; o que se haya empleado
en otro negocio personal del cónyuge del cual era la cosa vendida (como en el pago de sus deudas personales
o en el establecimiento de sus descendientes de un matrimonio anterior).

3.- Pago de deudas sociales con bienes propios. Hay lugar a recompensa contra la sociedad, cuando uno de
los cónyuges paga deudas sociales con sus bienes propios.

4.- Enriquecimiento sin causa.


Debe la sociedad recompensa al cónyuge, cuando la primera obtiene un provecho injustificado con los bienes
propios de éste. Así ocurrirá, por ejemplo, si un edificio propio del cónyuge se demoliera y la sociedad
recibiera el precio de los materiales, o si se vendiere leña que proviene de un bosque propio del cónyuge.
Habrá lugar a la recompensa siempre que el provecho no consista en frutos naturales de los bienes propios
(como sería la explotación racional del bosque, sin menoscabo de su sustancia), ya que en tal caso, se trataría
de bienes sociales (art. 1725 número 2).

B) Recompensas que los cónyuges deben a la sociedad.

1.- Pago de las deudas personales de los cónyuges.


Conforme a lo dispuesto en el art. 1740 número 3, la sociedad está obligada al pago de las deudas personales
de cada cónyuge, quedando el deudor obligado a compensar a la sociedad lo que ésta invierta en ello.
La recompensa es equivalente a lo que desembolsó la sociedad, sin abonar los intereses devengados durante
el matrimonio, porque tales intereses son de cargo de la sociedad sin derecho a recompensa (art. 1740 número
1). En todo caso, la suma a pagar deberá reajustarse, en la forma establecida en el art. 1734 Cc.

2.- Donación de bienes sociales.


El marido o la mujer deberán recompensar a la sociedad por el valor de toda donación que hicieren de
cualquier parte del haber social y por toda erogación gratuita y cuantiosa a favor de un tercero que no sea
descendiente común (arts. 1742 y 1747).
Se excluyen del régimen de recompensas: a) La donación hecha a un descendiente común, aunque sea
cuantiosa; esta donación se imputará, por regla general, a gananciales, a menos que conste de un modo
auténtico (o sea, en instrumento público) que el marido o la mujer han querido hacerla con sus bienes propios
(art. 1744). b) La donación hecha a un tercero, cuando es de poca monta, considerando las fuerzas del
patrimonio social, o la que se haga para un objeto de eminente piedad o beneficencia y sin que cause un grave
menoscabo al haber social.

3.- Gastos causados en la adquisición o cobro de los bienes o créditos de los cónyuges.
Se debe recompensa a la sociedad por los precios, saldos, costas judiciales y expensas que se hicieren en la
adquisición o cobro de los bienes, derechos o créditos que pertenezcan a cualquiera de los cónyuges y por
todas las deudas y cargas hereditarias o testamentarias que ella cubra, anexas a la adquisición de una herencia
que se les defiera (art. 1745).
De conformidad con el art. 1740 número 3, estos gastos se presumen efectuados por la sociedad, pero el
cónyuge puede probar que los cubrió con bienes propios o con los mismos bienes hereditarios.

4.- Expensas hechas en los bienes propios.


Los cónyuges deben recompensa a la sociedad por las expensas de toda clase que se hayan hecho en sus
bienes propios (art. 1746). El monto de la recompensa se determina de la siguiente forma: a) La recompensa
equivale al desembolso efectuado, no al aumento de valor real. Si este aumento de valor excede al
desembolso, sólo se adeudará lo efectivamente gastado. b) El aumento de valor debe subsistir a la época de
la disolución de la sociedad.
No dan lugar a recompensa las cargas o reparaciones usufructuarias hechas en los bienes de los cónyuges,
que son de cargo de la sociedad sin derecho a recompensa, y el aumento de valor de los bienes propios que

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se deba a causas naturales.

5.- Perjuicios causados a la sociedad con dolo o culpa grave.


Cada cónyuge debe recompensa a la sociedad por los perjuicios que le hubiere causado con dolo o culpa
grave. La recompensa ascenderá al monto del perjuicio (art. 1748).
Dado que estamos ante culpa extracontractual, corresponderá probar los elementos de la indemnización,
incluyendo el dolo o la culpa grave, a quien alega haber sufrido el daño.

C) Recompensas de cónyuge a cónyuge

1.- Pago de deudas personales.


Hay lugar a recompensa cuando con los bienes de un cónyuge, se pagan deudas del otro, sea de manera
voluntaria o forzada.
2.- Deterioros en bienes propios.
Las pérdidas o deterioros ocurridos en los bienes propios de un cónyuge deberá sufrirlos él, porque las cosas
se pierden para su dueño. Excepcionalmente, la pérdida deberá ser resarcida por el otro cónyuge, cuando se
debe a dolo o culpa grave de éste (art. 1771)
3.- Venta de bienes propios.
La enajenación de bienes propios de un cónyuge da lugar a recompensa en su favor cuando, durante la
vigencia de la sociedad conyugal, se destina el producido de tales bienes a la adquisición de bienes para el
otro cónyuge o a la reparación de bienes del otro cónyuge.

4.- DE LA ADMINISTRACION DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

CLASIFICACION.
Corresponde al marido, como jefe de la sociedad conyugal, la administración de los bienes sociales y los de
la mujer, sujeto a las limitaciones que estudiaremos (art. 1749, 1º). Esta administración se denomina
“ordinaria”. Cabe indicar que la Ley número 18.802, al modificar el art. 145 (actual art. 138), introdujo una
situación novedosa: excepcionalmente, la mujer tendrá a su cargo la administración ordinaria, cuando se
cumplan los siguientes requisitos: que afecte al marido un impedimento; que el impedimento del marido no
fuere de larga e indefinida duración; que de la demora en contratar se siga perjuicio a la sociedad conyugal;
que el juez autorice a la mujer, con conocimiento de causa; y que se trate de celebrar por la mujer
determinados actos o contratos, comprendidos en la autorización judicial.
En contraposición a la anterior, existe la administración “extraordinaria”, que se produce cuando es
nombrado un curador al marido, que entra a administrar los bienes sociales. Tal curador puede o no ser la
mujer, de manera que la administración extraordinaria no se caracteriza porque necesariamente administre la
mujer, sino porque en lugar del marido, administre su curador.

DE LA ADMINISTRACION ORDINARIA DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

Conceptos fundamentales.
Corresponde esta administración al marido, por el solo hecho del matrimonio, y para ejercitarla necesita tener
más de 18 años. Si no los tiene, se le nombra un curador, que entra a administrar la sociedad conyugal, caso
en el cual estaremos ante una administración extraordinaria (art. 139).
La administración ordinaria comprende los bienes sociales y los bienes propios de la mujer (art. 1749),
aunque las facultades de administración serán distintas en uno y otro caso.
Se extiende la administración ordinaria hasta la disolución de la sociedad conyugal, a menos que durante su
vigencia el marido caiga en interdicción o se ausente o se produzca su quiebra, circunstancias en las cuales
la administración será ejercida por el curador o por el síndico, en el último caso.
Al término de la administración, el marido no está obligado a rendir cuenta a su mujer; aún más, la ley dice

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que administra como dueño, o sea sin el deber de rendir cuentas a nadie. Lo anterior no significa que el marido
pueda cometer actos dolosos; los arts. 1748 y 1771 obligan al cónyuge a indemnizar a la sociedad conyugal
o al otro cónyuge de los perjuicios que se les haya causado con dolo o culpa grave.
Estudiaremos por separado las facultades administrativas del marido sobre los bienes sociales y sobre los
bienes propios de la mujer.

I. ADMINISTRACION ORDINARIA DE LOS BIENES SOCIALES.

1.- Facultades que corresponden al marido.


Sus facultades de administración sobre los bienes sociales son amplias, sin perjuicio de requerir en numerosos
casos de la autorización de la mujer para realizar ciertos negocios jurídicos.
La mujer, por sí sola, no tiene derecho alguno sobre los bienes sociales.
Los bienes muebles de toda especie, salvo los derechos hereditarios de la mujer, quedan entregados a la
omnipotencia administrativa del marido, quien además ejercerá los derechos que le correspondan a la mujer
que siendo socia de una sociedad civil o comercial, se casare, sin perjuicio de lo dispuesto en el art. 150 (art.
1749, 2º).

2.- Limitaciones impuestas por la ley a la administración ordinaria del marido.


El marido necesita autorización de la mujer para los siguientes efectos: a) Para enajenar los bienes raíces
sociales. La limitación se refiere a las enajenaciones voluntarias y no a las decretadas por la justicia en juicios
ejecutivos o de quiebra. b) Para gravar dichos bienes con hipotecas, censos o servidumbres u otros
gravámenes reales (usufructo, uso o habitación). c) Para prometer enajenar o gravar los bienes raíces sociales.
d) Para enajenar o gravar los derechos hereditarios de la mujer (en realidad, éste caso no debió incluirse en
el artículo 1749, pues no se trata de un bien de la sociedad conyugal, sino de la mujer). e) Para donar bienes
sociales, salvo que se trate de donaciones de poca monta, atendidas las fuerzas del haber social. La restricción
operará, sea que se trate de muebles o inmuebles, pues la ley no distingue. f) Para arrendar o ceder la tenencia
(comodato, por ejemplo) de los bienes raíces sociales urbanos por más de cinco años, y los rústicos por más
de 8 años, incluidas las prórrogas que hubiere pactado el marido. g) Para obligar los bienes sociales,
constituyéndose avalista, codeudor solidario, fiador u otorgar cualquier otra caución respecto a obligaciones
contraídas por terceros. Sin esta autorización, el marido obliga solamente sus bienes propios. No debemos
circunscribir el numeral a las cauciones personales, pues el Código alude a “cualquier otra caución”, de
manera que también debemos incluir las prendas.

3.- Formas y requisitos de la autorización.


La autorización de la mujer puede ser expresa o tácita. La autorización expresa, es siempre solemne, debiendo
constar por escrito y por escritura pública, si el acto que autoriza exige esa solemnidad.
Debe además ser específica, es decir, no es idónea una autorización otorgada en forma general y de manera
anticipada. Así, por ejemplo, la mujer debe autorizar la enajenación del inmueble ubicado en tal parte, inscrito
a fojas tanto número tanto año tanto, no siendo idónea una autorización genérica, para enajenar todos los
inmuebles que pertenecen o pertenezcan en el futuro a la sociedad, sin que ellos sean debidamente
singularizados. Aún más, se ha dicho que si se trata de una compraventa, la autorización debiera señalar un
precio mínimo de venta. Todo lo anterior carece de importancia, si la mujer comparece al acto mismo de
venta, pero cobra trascendencia, si su autorización la otorga por instrumento separado o a través de un
mandatario.
La autorización tácita resulta de la intervención de la mujer, directa y de cualquier modo en la celebración
del acto. Se sostiene que la simple comparecencia de la mujer, cualquiera sea la calidad en que interviene,
constituye autorización tácita. La mujer también puede prestar autorización por mandatario. El mandato
deberá ser especial y constar por escrito o por escritura pública, según la naturaleza del acto que se autoriza.

4.- Forma de suplir la autorización de la mujer.


La autorización de la mujer puede ser suplida por la justicia, en los casos siguientes: a) Cuando la mujer se

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niega a prestarla, sin justo motivo. b) Cuando la mujer se encuentra impedida de prestarla, como acontece
por demencia, ausencia real o aparente u otro impedimento, si de la demora se siguiere perjuicio a la sociedad
conyugal. Art. 1749 inc. final2.
En el caso de negativa injustificada de la mujer, el juez dará la autorización previa audiencia a la que será
citada ésta, lo que implica que debe ser notificada y oída en el respectivo proceso.
La citación sólo es necesaria en caso de negativa de la mujer y no cuando la justicia autoriza al marido por
impedimento de la mujer.
Sin embargo, la autorización de la mujer para que se donen bienes sociales, no puede ser suplida por el juez
(a menos que se recurra al juez por estar impedida la mujer de manifestar su voluntad). En todo caso, la
negativa de ésta, en el supuesto que pueda manifestar su voluntad, impide la donación.
Será juez competente el civil, del domicilio de la mujer (la Ley número 20.286, del año 2008, al modificar el
artículo 8 de la Ley número 19.968, sobre Tribunales de Familia, traspasó desde la esfera de competencia de
los Tribunales de Familia a la esfera de competencia de los Tribunales Civiles, ésta materia).

5.- Sanciones por la falta de autorización.

a) Nulidad relativa.
La falta de autorización, en los cinco primeros casos mencionados en el número 2, ocasiona la nulidad relativa
del acto o contrato realizado por el marido, pues se infringe una formalidad habilitante. La acción prescribe
en el plazo de 4 años, contados desde la disolución de la sociedad conyugal. Si la mujer o sus herederos
fueren incapaces, el cuadrienio empezará a correr desde que cese la incapacidad. Con todo, en ningún caso
se podrá pedir la declaración de nulidad, pasados 10 años desde la celebración del acto o contrato. (art. 1757).
El artículo 1757 guarda perfecta armonía con los artículos 2509 y 2520, de los que se desprende que la
suspensión de la prescripción no se extiende más allá de diez años.
Si el tercero que adquirió el bien de manos del marido aún conserva la cosa, la sentencia de nulidad lo afectará,
pues la demanda de nulidad se interpondrá por la mujer en contra del marido y de su adquirente. En cambio,
si el adquirente hubiere a su vez enajenado la cosa, la mujer tendría que deducir la acción de nulidad y también
la acción reivindicatoria. En cuanto a esta posibilidad de que la mujer pueda deducir acción reivindicatoria,
contra el tercero que hubiere adquirido el bien social de manos del primer comprador o de otro posterior, del
marido, sería necesario que previamente se decrete la separación judicial de bienes (artículo 155) y por ende
expire la sociedad conyugal. En efecto, vigente la sociedad conyugal, frente a los terceros, el marido se mira
como dueño exclusivo de los bienes sociales (artículo 1750). Fallaría entonces el requisito indispensable para
que prospere la acción reivindicatoria: que el reivindicante sea dueño de la cosa. Disuelta que sea la sociedad
conyugal, la mujer será titular de derechos equivalentes al 50% de la cosa, y tendrá entonces legitimación
activa para interponer la acción reivindicatoria.

b) Inoponibilidad.
Si el marido constituye una caución personal o real sobre muebles para garantizar obligaciones de terceros
sin obtener la autorización de la mujer, la sanción consiste en que sólo resultarán obligados sus bienes propios,
no pudiendo hacerse efectiva la caución en los bienes sociales (art. 1749, inciso 5o). En otras palabras, la
caución será inoponible a la sociedad conyugal.
A su vez, si se arrienda o se cede la tenencia de un bien raíz por un plazo que exceda los máximos establecidos
por el art. 1749, sin autorización de la mujer, el contrato será inoponible a la mujer en el exceso (artículos
1756, inciso 1o y 1757, inciso 1o). Considerando lo anterior, habría que preguntarse cual debiera ser la acción
de la mujer o de sus herederos o cesionarios para invocar la inoponibilidad. Parte de la doctrina estima que
debe demandarse la restitución del inmueble, por haber expirado el contrato. Ahora bien, estando vigente la
sociedad conyugal, podría estimarse que carece la mujer o sus causahabientes de legitimación activa, pues
ella no fue parte del contrato de arrendamiento y no puede tampoco considerársele dueña de una cuota en el
inmueble, pues el art. 1750 le atribuye al marido el dominio de los bienes sociales, respecto de terceros. Por

2
Este inciso fue modificado por la ley 21.515 de 2022 eliminando la referencia a la minoría de edad de la mujer.

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ello, parece prudente que previamente demande y obtenga la terminación de la sociedad conyugal,
fundándose en la causal de separación de hecho -si fuere el caso- (art. 155, inc. 3º), o en la causal de
administración fraudulenta del marido (art. 155, inc. 1º), cuyo sería el caso, en nuestra opinión, pues el
marido, a sabiendas, ha procedido sin obtener la autorización de su mujer. Luego, disuelta la sociedad
conyugal, será copropietaria del inmueble cuya restitución demanda, debiendo en tal hipótesis prosperar la
acción.

6.- Intervención de la mujer en el manejo de los bienes sociales.


Aparte de la autorización que debe prestar la mujer en los actos precedentemente indicados, actúa ella por sí
sola en los siguientes casos:
a) Puede disponer de los bienes sociales, por causa de muerte (art. 1743). Si en la liquidación de la sociedad
conyugal la especie legada se adjudica a los herederos del testador, el asignatario podrá reclamarla en
especie; si se adjudica al otro cónyuge, el asignatario sólo podrá reclamar su valor. Este artículo
constituye una excepción al art. 1107, que establece que el legado de cosa ajena no vale.
b) La mujer sólo puede comprometer los bienes sociales cuando actúa con mandato general o especial del
marido; si actúa a nombre propio, no obliga al marido respecto de terceros (art. 1751 en relación al art.
2151).
c) La mujer obliga los bienes sociales, cuando actúa conjuntamente con su marido o se constituye en fiadora
o en codeudora solidaria con el marido (art. 1751, 3o).
d) La mujer obliga a los bienes sociales, cuando compra al fiado bienes muebles destinados al consumo
ordinario de la familia hasta concurrencia del beneficio que ella hubiere obtenido del acto. Queda
comprendido dentro de este beneficio, el de la familia común, en la parte en que de derecho haya ella
debido proveer a las necesidades de ésta (art. 137).
e) Compromete finalmente la mujer los bienes sociales, cuando por impedimento del marido, que no sea de
larga e indefinida duración, asume la administración ordinaria de los bienes sociales, los propios del
marido y de los suyos que administre el marido, a fin de evitar los perjuicios que se sigan de la demora,
actuando autorizada por el juez con conocimiento de causa (art. 138, inc. 2º). Será juez competente el
civil.

7.- Correctivos y ventajas que corresponden a la mujer.


Frente a las facultades casi omnímodas que la ley confiere al marido, se otorgan a la mujer ciertas medidas
de defensa, que constituyen una manifestación del principio de protección del cónyuge más débil. Son las
siguientes:
a) La mujer puede impedir los actos de mala administración o de administración fraudulenta, solicitando la
separación judicial de bienes. Además, la Ley número 19.335, modificó el art. 155, permitiendo a la mujer
pedir la separación de bienes, ante el riesgo inminente del mal estado de los negocios del marido, a
consecuencia de especulaciones aventuradas o de una administración errónea o descuidada. En este caso, el
marido podrá sin embargo oponerse a la separación, caucionando suficientemente los intereses de la mujer.
Se trata de un correctivo.
b) Disuelta la sociedad conyugal, la mujer goza del llamado “beneficio de emolumento”, en virtud del cual
sólo responde de las deudas sociales hasta concurrencia de lo que recibe por gananciales (art. 1777). Se trata
de una ventaja.
c) La mujer puede renunciar a los gananciales y con ello, no responder de ninguna deuda social (arts. 1781 a
1785). Se trata de una ventaja.
d) La mujer se paga antes que el marido de las recompensas que le adeude la sociedad, y este crédito aún
puede hacerlo efectivo en los bienes propios del marido (artículo 1773). Es una ventaja.
e) La mujer goza de un crédito privilegiado de cuarta clase para perseguir la responsabilidad del marido, que
le permite pagarse con preferencia a los acreedores valistas, con los bienes sociales y los de su marido
(artículo 2481 número 3). Es una ventaja.
f) La ley ha excluido de la administración del marido, ciertos bienes que por su naturaleza deberían ser
sociales, sometiéndolos a un estatuto especial: ellos son los bienes que forman el patrimonio reservado de la

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mujer y los demás bienes respecto de los cuales la ley la considera parcialmente separada de bienes (artículos
166, 167, 252 y 1724, a los que haremos referencia al estudiar la separación de bienes). Es un correctivo.
g) Disuelta la sociedad conyugal, la mujer puede perseguir criminalmente a su marido por los actos dolosos
de su administración, que constituyan delito; puede perseguir también civilmente la nulidad de los actos
simulados o aparentes que el marido hubiera realizado para perjudicarla; y le corresponde ser indemnizada
por los perjuicios que se le ocasionaren por los delitos o cuasidelitos cometidos por el marido durante la
administración. Es un correctivo.

II.- ADMINISTRACION ORDINARIA DE LOS BIENES PROPIOS DE LA MUJER Y DEL


MARIDO.

1.- Facultades del marido en relación con sus bienes propios.


Conserva las mismas facultades que tenía sobre dichos bienes siendo soltero, con dos salvedades: 1) los frutos
de esos bienes ingresan al haber social y quedan sujetos a las limitaciones de administración que se han
señalado; y 2) algunos de sus bienes pueden quedar afectados como bienes familiares.

2.- Facultades de administración del marido en relación con los bienes propios de su mujer.
Conforme a lo dispuesto en el art. 1749, el marido también administra ordinariamente los bienes propios de
su mujer. La mujer conserva el dominio, pero no tiene facultades de administración. Las características de
esta administración, podemos sintetizarlas en la siguiente forma:

a) El marido administra estos bienes con menos facultades que los bienes sociales, pero siempre con mayores
que las de un administrador común. Desde luego, no está obligado a rendir cuenta y sólo responde de los
perjuicios que cause en los bienes de la mujer con dolo o culpa grave. En otras palabras, está exonerado de
la responsabilidad de culpa leve, que compete a todo administrador.

b) Aun cuando la ley confiere al marido la facultad de administrar los bienes de su mujer, esta facultad no es
de orden público y puede modificarse antes y durante el matrimonio. En las capitulaciones matrimoniales
pueden ampliarse o restringirse las facultades de administración del marido; puede asimismo facultarse a la
mujer para administrar sus bienes propios en todo o en parte o para disponer libremente de una determinada
pensión periódica (artículo 167).

c) Durante el matrimonio, los terceros pueden alterar este régimen de administración, haciendo donaciones a
la mujer o dejándole una herencia o legado con la condición expresa de que no administre el marido (art.
166).

d) El marido también puede facultar o “autorizar” a su mujer, para que administre sus bienes propios, en
todo o en parte. Lo anterior se concretará confiriéndole un mandato el marido a la mujer.

e) El marido administra los bienes propios de la mujer. Si el marido percibe los frutos de estos bienes propios,
lo hace como administrador de la sociedad conyugal, no por ser dueño de dichos bienes. Es la ley el modo de
adquirir. Este derecho especial del marido tampoco es embargable por sus acreedores, como acontecería si
fuere un usufructo verdadero. Finalmente, el marido no está obligado a rendir caución ni hacer inventario,
como deben hacerlo los usufructuarios.

f) En caso de negativa injustificada del marido a realizar un acto que tenga por objeto alguno de los bienes
de la mujer que administra, ésta podrá recurrir a la justicia, para que se la autorice a actuar por sí misma. Lo
anterior se estableció por la Ley 19.335 en el art. 138 bis agregado al CC, remediándose la situación
provocada por la Ley 18.802, que privó a la mujer de este derecho de recurrir a la justicia. La materia será
conocida y resuelta por el juez civil (Ley 20.286).
En todo caso, la mujer sólo puede recurrir al juez cuando se trate de actos que conciernen exclusivamente a

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sus bienes y no a los sociales (si se hubiere facultado a la mujer para recurrir a la justicia tratándose de bienes
sociales, habría implicado que en la práctica la mujer sería coadministradora de la sociedad conyugal). Se
trataría de una excepción al art. 1754, 4º, que prohíbe a la mujer realizar actos jurídicos sobre sus bienes
propios, que administre su marido.
El art. 138 bis dispone también que podrá la mujer recurrir a la justicia en caso de negativa del marido para
nombrar partidor, provocar la partición o concurrir a ella cuando la mujer tenga parte en la herencia. Llama
la atención -al decir de Hernán Corral-, el que se permita a la mujer pedir autorización para “concurrir” a
una partición -se entiende- ya provocada. Seguramente, la ley se está poniendo en el caso de una partición
que ha sido provocada por otro coasignatario, y en la que el marido se niega a participar como administrador
de los bienes propios de la mujer.
La mujer, al actuar autorizada por la justicia pero contra la voluntad del marido, obligará sólo sus bienes
propios, incluyendo los activos de sus patrimonios reservados o especiales de los arts. 150, 166, 167 y 252.
Los bienes sociales y los bienes propios del marido sólo resultan obligados hasta concurrencia del beneficio
que la sociedad o el marido hubieran obtenido del acto (art. 138 bis, 2º), lo que tendrá que acreditar el
acreedor.
Se trata por tanto de una deuda personal, que no corresponde pagar a la sociedad -a diferencia de lo que ocurre
por regla general con las deudas personales de los cónyuges, que sí debe pagar la sociedad, conforme al art.
1740 nº 3-, ni respecto de terceros (obligación a las deudas) ni entre los cónyuges (contribución a las deudas).
La reforma de la Ley número 19.335 omitió modificar en tal sentido el número 2 del artículo 1740 (también
olvidado por la Ley número 18.802), norma que sigue disponiendo que “la sociedad es obligada al pago: 2o
De las deudas y obligaciones contraídas durante el matrimonio por…la mujer con autorización del marido,
o de la justicia en subsidio”. A pesar del texto, opina Corral que debe prevalecer, por ser norma especial, el
art. 138 bis, de manera que las deudas contraídas por la mujer con autorización judicial por negativa del
marido, no serán sociales sino hasta concurrencia del beneficio que reporte la sociedad o el marido.

A su vez, frente al tenor del art. 1754, inciso final, se ha discutido cual es la sanción de los actos realizados
por la mujer sobre sus bienes propios sin autorización de la justicia. Dispone dicho art.: “No se podrán
enajenar ni gravar los bienes raíces de la mujer, sino con su voluntad. La voluntad de la mujer deberá ser
específica y otorgada por escritura pública, o interviniendo expresa y directamente de cualquier modo en el
acto. Podrá prestarse, en todo caso, por medio de mandato especial que conste de escritura pública. / Podrá
suplirse por el juez el consentimiento de la mujer cuando ésta se hallare imposibilitada de manifestar su
voluntad. La mujer, por su parte, no podrá enajenar o gravar ni dar en arrendamiento o ceder la tenencia
de los bienes de su propiedad que administre el marido, sino en los casos de los artículos 138 y 138 bis”
Respecto de la sanción, dos posiciones se han planteado en nuestra doctrina:

● Doctrina que plantea que la sanción es la nulidad relativa. Así el profesor Pablo Rodríguez, plantea al
efecto que “Para determinar qué tipo de nulidad corresponde aplicar en caso de que la mujer enajene
(...) sus bienes propios que administra el marido, debe precisarse, previamente, si el inciso final del artículo
1754, en el día de hoy, es una norma prohibitiva o imperativa. A juicio nuestro, antes de la reforma de la
Ley número 19.335 dicha disposición era indudablemente una norma prohibitiva. Es cierto que la misma
hacía posible que la mujer ejecutara actos jurídicos sobre los bienes de su propiedad que administra el
marido, pero esto sucedía en los casos señalados en el artículo 145 (hoy 138), vale decir, cuando la mujer
tomaba la administración ordinaria de la sociedad conyugal (por impedimento del marido que no fuere de
larga o indefinida duración), o cuando tomaba la administración extraordinaria (impedimento del marido
de larga e indefinida duración). Por consiguiente, en ambos casos el estatuto jurídico establecido para la
sociedad conyugal cambiaba sustancialmente, puesto que era la mujer quien asumía la dirección de la
sociedad conyugal. Por lo mismo, las hipótesis del artículo 145 no constituían un requisito para la ejecución
del acto, sino una alteración de la situación regulada en la ley. La norma, entonces, era prohibitiva, ya que
la mujer no podía ejecutar ninguno de los actos referidos en el inciso final del artículo 1754, bajo ningún
supuesto (alude al período transcurrido entre 1989, al entrar en vigencia la Ley número 18.802 y 1994, al
modificarse el artículo por la Ley número 19.335). La situación, en el día de hoy, ha variado, fruto de la

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reforma introducida en el artículo 138 bis. En efecto, dicho artículo hace posible que la mujer, sin ejercer
la administración ordinaria ni extraordinaria de la sociedad conyugal, ejecute actos o celebre contratos
respecto de sus bienes propios, por la negativa ‘injustificada’ del marido y previa autorización del juez. De
este modo, una norma prohibitiva ha devenido en imperativa y, por ende, la nulidad absoluta ha sido
sustituida por la nulidad relativa3

Además, se sostiene que en todo caso, en el evento de aceptarse la tesis de la nulidad absoluta, no puede ser
llevada a extremos absurdos, ya que en algún momento se ha pretendido, por ejemplo, que si en una escritura
de compraventa comparece como vendedora la mujer e interviene el marido dando su autorización, tal acto
adolecería de nulidad absoluta porque se estaría invirtiendo el estatuto jurídico establecido en el artículo
1754 del Código Civil. Pensamos que dicho acto es totalmente válido, ya que en ese caso el marido da su
autorización, no ya en su calidad de representante legal de la mujer, sino en su calidad de administrador de
los bienes propios de ésta. De hecho, el marido, sin necesidad de intervenir directamente en la celebración
del acto, conforme a las reglas generales, perfectamente, podría conferir un mandato a la mujer para que lo
ejecute; en consecuencia, con mayor razón, debe concluirse que el acto es válido si él interviene expresa y
directamente dando su autorización o, mejor dicho, facultándola para celebrar el acto. Estimamos que en
este caso estamos en presencia de la hipótesis contemplada en el inciso 1° del artículo 1749 del Código Civil
en relación con los incisos 1° y 2° del artículo 1754 del mismo Código, y no en la del inciso final de esta
última norma 4 . Adicionalmente, aún en la hipótesis de aceptar que la sanción es la nulidad absoluta,
llegaríamos a la conclusión que no habría personas con legitimación activa. En efecto, no podría demandar
la nulidad absoluta la mujer que hubiere celebrado el contrato, pues a ella se le aplicaría la restricción
establecida en el artículo 1683, al advertirse ahí que no puede alegarse la nulidad absoluta por aquél que ha
ejecutado o celebrado el contrato, sabiendo o debiendo saber el vicio que lo invalidaba. El marido tampoco
podría accionar, pues si compareció al contrato ratificando lo actuado por su mujer, hizo suyo dicho contrato,
y en consecuencia, le afectaría igual impedimento para demandar la nulidad. En cuanto a los herederos o
cesionarios del marido o de la mujer, los tribunales han señalado, mayoritariamente, que no pueden alegar la
nulidad en la hipótesis planteada, por dos razones fundamentales: i) El causante o cedente no tenía tal derecho,
y por lo tanto, mal pudo transmitirlo o transferirlo; ii) Se tiene presente también que cuando un incapaz
incurre en dolo, ni éste ni sus herederos o cesionarios pueden alegar la nulidad (artículo 1685 del Código
Civil). Por ende, con mayor razón no podrían alegarla los herederos o cesionarios de una persona capaz.
Finalmente, el propio tenor del inciso tercero del art. 1757 Cc, parece decir que la acción es de nulidad relativa
y por ende, sólo podrán hacerla valer la mujer (entendiéndose también que además de la posibilidad de
accionar la mujer, podrá actuar por ella el marido, como administrador de sus bienes, cuando ella misma
hubiere celebrado el contrato que adolece del vicio de nulidad relativa y precisamente por la causal de haber
actuado personalmente la mujer y no el marido), sus herederos o cesionarios. Se trata de una norma similar a
la del art. 1684 CC, que establece los titulares de la acción de nulidad relativa. Atendidos los argumentos los
contratos celebrados directamente por la mujer casada en sociedad conyugal y que inciden en sus bienes
propios, adolecen de nulidad relativa, saneable por la ratificación que de aquél contrato, pueda hacer el
marido, entendiéndose que si éste compareció “presente al acto” o de cualquier otra forma, se ha purgado el
vicio.

● Doctrina que plantea que la sanción es la nulidad absoluta: postula en cambio la tesis contraria, esto es,

3
RODRÍGUEZ Grez, Pablo, “Regímenes Patrimoniales”, Santiago de Chile, Editorial Jurídica de Chile, año 1997, páginas 138 a
140.
4
SEPÚLVEDA Larrocau, Marco Antonio, “Derecho de Familia y su evolución en el Código Civil”, Santiago de Chile,
Metropolitana Ediciones, año 2000, pág. 90. La Corte Suprema, con fecha 11 de abril de 1994, ante la negativa del Conservador de
Bienes Raíces de Quilpué de practicar la respectiva inscripción de dominio (la negativa se basó en que en la escritura de compraventa
de un inmueble comparecieron como vendedoras las cónyuges, dando su autorización los respectivos maridos), acogió el recurso de
queja presentado por la peticionaria de la inscripción, considerando que del tenor de los documentos presentados, se desprende que
ha quedado claramente manifestada la voluntad del marido y de la mujer para la realización del acto celebrado; y que basta la presencia
material y simultánea de ambos para la celebración del acto jurídico.

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que la sanción ha de ser la nulidad absoluta, el profesor René Ramos Pazos. Recoge los siguientes argumentos
de Ramón Domínguez Benavente y Ramón Domínguez Águila, favorables a la tesis de la nulidad absoluta:
i) No cabe aplicar la regla del art. 1757, porque dicha norma sanciona con nulidad relativa la falta de
cumplimiento de requisitos del art. 1754, mientras que el inc. final del art. 1754 no establece requisito alguno,
sino una enfática orden: la mujer, en principio, no puede celebrar contratos que incidan en sus bienes que
administra el marido;
ii) El art. 1754 contiene requisitos para aquellos casos en que es el marido quien celebra el negocio y ese
requisito consiste en contar con la voluntad de la mujer. Luego, la nulidad relativa se produce cuando es el
marido quien celebre el negocio sin el consentimiento de la mujer. Pero en el caso que nos preocupa, el acto
lo celebra la mujer;
iii) Finalmente, la nulidad relativa del art. 1757 está establecida en interés de la mujer y no de su marido.
Ahora bien, si ahora la nulidad relativa del art. 1757 se concede a la mujer, no es posible aplicarla para el
caso en que sea ella quien enajene sus bienes sin intervención del marido, porque se daría el absurdo de que
quien concurre en el vicio sería la titular de la acción5.

Se enmarcan también en esta doctrina de la nulidad absoluta Fernando Rozas Vial y Hernán Troncoso
Larronde. Rozas concluye que la sanción es la nulidad absoluta “ya que el inciso final del artículo 1754 es
una disposición prohibitiva. Si la enajenación la hace la mujer a través de una compraventa, ésta es nula
por disponerlo así el artículo 1810, que prohíbe la compraventa de cosas cuya enajenación esté prohibida
por la ley; y ese es el caso del inciso final del artículo 1754”6. Troncoso, por su parte, se inclina también por
la nulidad absoluta, por razones similares a las expuestas por Ramón Domínguez: i) No cabe aplicar en este
caso la sanción de nulidad relativa contemplada en el art. 1757, pues dicha sanción opera para el caso de
haber omitido alguno de los requisitos prescritos en los arts. 1749, 1754 y 1755, y en el caso que analizamos,
la sanción se aplica no por haber omitido un requisito, sino por haber vulnerado lo dispuesto en el inciso final
del art- 1754; y ii) La infracción a que se refiere el art. 1757 se aplica en el caso de que el marido enajene sin
autorización de la mujer, no en el caso contrario7.

● La jurisprudencia tampoco es pacífica, existiendo fallos en uno u otro sentido.

3.- Actos de administración que el marido ejecuta por sí solo.


Para ejecutar o celebrar los siguientes actos o contratos, el marido no necesita la autorización de su mujer:
a) Actos de mera administración. Quedan comprendidos en éstos los actos de mera conservación de los
bienes, como las reparaciones necesarias, cobro de rentas, contratación de seguros, la interrupción de
prescripciones, el pago de impuestos y contribuciones, etc.
b) Percepción de capitales. (art. 1579). El marido está facultado para recibir los pagos que a la mujer puedan
hacerse, aún cuando fueren créditos que ésta tenía antes de su matrimonio. c) Adquisición de bienes
raíces. Puede el marido adquirir por sí solo bienes inmuebles para su mujer, que sean objeto de
subrogación. De no haber subrogación, la adquisición será para la sociedad conyugal.
c) Adquisición de bienes muebles. Puede el marido adquirir bienes muebles para su mujer, por el precio y
en las condiciones que estime convenientes (para ello, será necesario haber destinado una suma en las
capitulaciones matrimoniales).
d) Arrendamiento o cesión de bienes raíces. Puede el marido arrendar o ceder la tenencia de los bienes raíces
urbanos por menos de 5 años y los rústicos por menos de 8 años, incluidas las prórrogas pactadas. Si los
plazos excedieren los señalados, el exceso será inoponible a la mujer. Podrán arrendarse por mayor
tiempo estos bienes, si el contrato es celebrado de consuno por marido y mujer, o si la mujer se encuentra
imposibilitada y se suple su consentimiento por el de la justicia (art. 1757).

5 RAMOS Pazos, René, “Derecho de Familia”, Tomo II, (Santiago de Chile, Editorial Jurídica de Chile, séptima edición actualizada,
año 2010), pp. 238 a 241.
6 ROZAS Vial, Fernando, “Análisis de las reformas que introdujo la Ley No 18.802”, Editorial Jurídica de Chile, año 1990, p. 58,

citado a su vez por Ramos Pazos, René, ob. cit., p. 238.


7 Citado por Ramos Pazos, René, ob. cit., p. 238.

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4.- Actos de administración que el marido no puede ejecutar por sí solo.


Hay ciertos actos o contratos que el marido no puede ejecutar o celebrar por sí solo, y que necesitan, para su
validez, del consentimiento de la mujer o de la autorización de la justicia.
Son ellos los siguientes:

a) Enajenación y gravamen de ciertos bienes muebles. Conforme a lo dispuesto en el art. 1755, el marido
no puede enajenar los bienes muebles de la mujer, que esté o pueda estar obligado a restituir en especie,
sin el consentimiento de la mujer o de la justicia cuando la primera se encuentra imposibilitada para
prestarlo.
Aun cuando el art. 1755 no se refiere expresamente a los bienes muebles, se deduce lo anterior de relacionarlo
con el artículo 1754, que alude a los bienes inmuebles. Ello, al señalar el art. 1755: “Para
enajenar o gravar otros bienes...”
El art. 1755 se refiere sólo a los bienes muebles que el marido esté o pueda estar obligado a restituir en
especie, vale decir, aquellos que no han entrado a formar parte del haber social, pues los que ingresan pueden
ser enajenados libremente por el marido.
Hoy, tales bienes muebles serían los siguientes: Los derechos de la mujer que siendo socia de una sociedad
civil o mercantil, se casó. Art. 1749, 2º y los muebles eximidos de la comunidad en las capitulaciones
matrimoniales previas al matrimonio (art. 1725, número 4, 2o). Tales bienes muebles no pueden ser
enajenados por el marido sin autorización de la mujer. Dado que la ley no ha reglamentado la forma como ha
de prestar dicha autorización la mujer, se concluye que puede hacerlo en cualquier forma. La justicia puede
suplir la autorización de la mujer, cuando ella está imposibilitada de prestarla por demencia, ausencia o
enfermedad; pero si la mujer niega su autorización, la justicia no podrá suplirla. En efecto, nada dice el art.
1755 en cuanto al caso de que la mujer niegue su autorización, careciendo por ende el juez de texto legal que
le permita otorgar una autorización subsidiaria. Se requiere también la autorización de la mujer, para
constituir gravámenes sobre estos bienes. La sanción por la falta de autorización de la mujer o de la justicia
cuando proceda, será la nulidad relativa del acto o contrato.

b) Enajenación y gravamen de los bienes inmuebles. El marido no puede enajenar ni gravar los bienes
inmuebles de la mujer, sin su consentimiento expreso o tácito y además específico (art. 1754, inciso 2).
Dentro de la expresión “bienes raíces”, deben comprenderse los inmuebles corporales e incorporales,
rústicos o urbanos, pertenencias mineras y acciones o derechos que comprendan o afecten bienes raíces.
Serán bienes inmuebles de la mujer:
- los bienes raíces que tenía al momento de contraer matrimonio;
- los adquiridos durante el matrimonio a título gratuito; y
- los que habiéndose adquirido a título oneroso, han venido a subrogar algún bien raíz propio o valores de
la mujer destinados a la subrogación en las capitulaciones matrimoniales o en una donación por causa de
matrimonio

Requisitos para proceder a la enajenación o gravamen de los bienes raíces de la mujer.


Para que el marido enajene o grave los bienes raíces de la mujer, requiere de su consentimiento (hasta la
entrada en vigencia de la Ley 18.802, requería además de la autorización de la justicia, exigencia que se
suprimió, considerando la plena capacidad de la mujer). Dicho consentimiento ha de ser específico, vale
decir, referido al acto o contrato que se ejecute o celebre. Se requiere entonces contar con la voluntad de la
mujer, manifestada autorizando la enajenación o el gravamen. La voluntad de la mujer puede manifestarse
en dos formas: o bien expresamente, caso en el cual la manifestación de voluntad debe constar por escritura
pública; o bien tácitamente, interviniendo la mujer expresa y directamente, de cualquier modo, en el acto
jurídico. En el caso de ser expresa, la voluntad puede prestarse personalmente o por mandato especial
otorgado por escritura pública. La sanción que tiene la omisión de la autorización de la mujer, es la nulidad
relativa del acto o contrato, que puede hacer valer en el plazo de 4 años, contados desde la disolución de la
sociedad conyugal, o desde que cese la incapacidad que la afecta o de sus herederos. Transcurridos 10 años,

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no podrá pedirse la declaración de nulidad (art. 1757). Si el marido da en arrendamiento o cede la tenencia
de bienes raíces de la mujer, por un plazo que excede los indicados en el art. 1756 y sin la autorización de
ella, el arrendamiento o la cesión no le será oponible a la mujer, en el exceso del plazo. La nulidad e
inoponibilidad podrán hacerse valer por la mujer, sus herederos o cesionarios, y la acción prescribirá de
acuerdo a lo dispuesto en los incisos 3o y 4o del art. 1757. Si la mujer no puede manifestar su voluntad, por
encontrarse imposibilitada para hacerlo, el juez podrá suplirla (art. 1754, 3o).

c) Enajenación y gravamen de los derechos hereditarios de la mujer. De conformidad a lo dispuesto en


el inciso 3o del artículo 1749 del Código Civil, el marido no podrá enajenar o gravar los derechos hereditarios
de la mujer, sin su autorización. Nótese que ha de ser de todas formas el marido quien enajene o grave los
derechos hereditarios, y no la mujer, sin perjuicio que ésta debe autorizar el acto. En este caso, no se trata de
enajenar o gravar bienes muebles o inmuebles, aunque la herencia sobre la que recae el derecho de herencia
los contenga, sino que el derecho de herencia en sí mismo, es decir, considerado como una universalidad
jurídica que escapa a la clasificación de muebles e inmuebles.

d) Partición en que tenga interés la mujer El marido no puede provocar la partición en que tenga interés la
mujer, sin su consentimiento (art. 1322, 2o). Si la mujer fuere menor de edad o se hallare impedida de
prestarlo, será suplida por el juez. Esta regla rige para todos los bienes, raíces o muebles, en que la mujer sea
comunera. La mujer puede prestar su consentimiento en cualquier forma. La falta de este consentimiento,
anula la partición.
No será necesaria esta autorización, cuando la partición ha sido provocada por otro copartícipe, ya que la
exigencia legal sólo opera cuando la iniciativa de la partición parte en la mujer.

e) Nombramiento del partidor. El marido no puede proceder a nombrar partidor de los bienes en que su
mujer sea comunera, sean raíces o muebles, sin el consentimiento de ella, que podrá ser suplido por el juez
en caso de impedimento (art. 1326, 2o).
Si fuere el juez quien nombra al partidor, este requisito será innecesario.

f) Subrogación en los bienes de la mujer. La subrogación que haga el marido en los bienes propios de su
mujer, debe ser autorizada por ésta (art. 1733).

En relación a los casos señalados en las letras d) y e), nos remitimos a lo expuesto, en el caso regulado por el
art. 138 bis, que dispone también que podrá la mujer recurrir a la justicia en caso de negativa del marido para
nombrar partidor, provocar la partición o concurrir a ella cuando la mujer tenga parte en la herencia.

DE LA ADMINISTRACION EXTRAORDINARIA DE LA SOCIEDAD CONYUGAL

Tiene lugar cuando por incapacidad o ausencia del marido, se nombra curador de su persona o bienes. En tal
caso, se suspende la administración ordinaria y el curador (sea la mujer o un tercero), entra a administrar
extraordinariamente (arts. 138 y 1758).
La administración extraordinaria puede ser ejercitada por la mujer o por un tercero. Si la mujer no puede ser
curadora de su marido, no podrá ser administradora extraordinaria, porque dicha administración es una
consecuencia de la calidad de curador. Por ello, no es necesario dictar un decreto o sentencia para conferir la
administración; basta el discernimiento de la curatela, para que ella se produzca por el solo ministerio de la
ley (el discernimiento es el decreto judicial que autoriza al tutor o curador para ejercer su cargo. Dicho decreto
judicial debe reducirse a escritura pública, que firmará el juez que lo concede, arts. 373, inciso 2o del CC.,
en relación al 854 del CPC).

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I.- ADMINISTRACION EXTRAORDINARIA EJERCIDA POR LA MUJER.

1.- Casos en que tiene lugar.


La mujer administra la sociedad conyugal, cuando se le nombra curadora de su marido. Ello ocurre en los
siguientes casos: a) Cuando el marido ha sido declarado en interdicción por demencia (arts. 462 No 1, 503 y
463). b) Cuando el marido ha sido puesto en interdicción por sordera o sordomudez (el art. 470 hace aplicable
a este caso, los arts. 462 y 463). c) Cuando hay prolongada ausencia del marido (arts. 138 y 1758).
El art. 473 señala por su parte los requisitos necesarios para que un ausente sea sometido a curatela: ignorancia
de su paradero; la falta de comunicación con los suyos; el perjuicio grave causado por esta ausencia al mismo
ausente o a terceros; y el hecho de que el ausente no haya dejado apoderados o que sólo los haya constituido
para negocios especiales. En otras palabras, que no haya dejado mandatarios generales.
Por su parte, el art. 475 confiere esta curatela, en primer lugar, a la mujer, al remitirse al art. 462.
En caso de que la ausencia no dure lo suficiente como para justificar la curatela, el art. 138, 2º, prescribe que
la mujer podrá actuar respecto de los bienes del marido, los sociales y los suyos que administra el marido,
con autorización del juez, con conocimiento de causa, cuando de la demora se siguiere perjuicio. En este
caso, como lo señalamos oportunamente, no hay administración extraordinaria sino ordinaria8.

2.- Facultades administrativas de la mujer sobre los bienes sociales.


Distintas serán las facultades de la mujer administradora de la sociedad conyugal, según se ejerciten sobre
los bienes sociales, sobre los bienes propios del marido y sobre su patrimonio personal, que dentro de la
administración ordinaria, era manejado por éste.
Con respecto a los bienes sociales, dispone el art. 1759, inc. 1º, que la mujer administrará con iguales
facultades que el marido. De ahí que la mujer, en la administración de los bienes sociales, está sujeta a
limitaciones análogas a las del marido en la administración ordinaria, estableciéndose que requiere
autorización judicial (juez civil), con conocimiento de causa, en los casos en que el marido debe actuar
autorizado por la mujer.
Tales casos son: a) Enajenar o gravar voluntariamente los bienes raíces sociales; b) Prometer enajenar o
gravar los bienes raíces sociales; c) Disponer entre vivos a título gratuito de los bienes sociales, salvo en el
caso de donaciones de poca monta, atendidas las fuerzas del patrimonio social (art. 1735). d) Avalar o
afianzar, obligarse solidariamente o rendir cualquier especie de caución respecto a obligaciones contraídas
por terceros; y e) Arrendar o ceder la tenencia de los inmuebles sociales, por más de 8 años si son rurales y
de 5 años si son urbanos (art. 1761). En este caso, para que el juez autorice a la mujer para arrendar o ceder
la tenencia por plazos superiores a los indicados, deberá rendirse previamente información de utilidad.
La sanción que acarrea la omisión de esta formalidad habilitante, es la misma que afecta a los actos del marido
realizados sin la autorización de la mujer: la nulidad relativa, salvo en los casos señalados en las letras d) y
e). Tratándose del caso de la letra d), la mujer sólo obliga sus bienes propios y los que administra conforme
a los arts. 150, 166, 167, 252 y 1724; tratándose del caso de la letra e), el exceso en el plazo será inoponible
al marido y a sus herederos.
La acción de nulidad, en los tres primeros casos, corresponde al marido, sus herederos y cesionarios y
prescribe en 4 años, contados desde que cesa el hecho que motivó la curaduría (art. 1759, inc. 4º).
En ningún caso se podrá solicitar la nulidad, transcurridos 10 años desde la celebración del acto o contrato.

3.- Facultades administrativas de la mujer sobre sus bienes propios. Siendo plenamente capaz, administra

8 Disponía el art. 139 CC -actualmente derogado por la Ley 21.515 de 2022, que el marido menor de edad necesita de
un curador para administrar la sociedad conyugal. La cuestión dudosa en esos casos consistía en determinar si la mujer
podía ser curadora del marido menor de edad. Estimaba Rossel que la RG es que la mujer podía ser siempre curadora
de su marido, salvo que haya una disposición legal que lo prohíba expresamente, como en el caso del marido disipador
(art. 450). Por tanto, la mujer podía ser curadora del marido menor de edad, después de ser llamadas las personas que
indica el art. 367 CC.

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libremente sus bienes propios, sean muebles o inmuebles.

4.- Facultades administrativas de la mujer sobre los bienes propios del marido.
Los administra, sujetándose a las reglas de la curaduría (art. 1759, inciso final). Por lo tanto, la mujer deberá
rendir cuenta de su administración, al expirar, porque ella es curadora de su marido y como tal administra
(arts. 415 y 417).
Cabe consignar que, por ser la mujer curadora de su marido, responde de culpa leve en la administración, a
diferencia de lo que ocurre con el marido, que sólo responde del dolo o culpa grave.
Además, la mujer no se hace dueña de los frutos que produzcan los bienes propios del marido.

Así las cosas, se observan las siguientes diferencias entre el marido y la mujer, en lo tocante a la
administración de la sociedad conyugal:
- El marido administra como si fuere dueño de los bienes sociales, aunque con algunas restricciones (artículo
1749). La mujer en cambio administra no como dueña, sino conforme a las reglas de los curadores, o sea,
como si administrare bienes ajenos.
- El marido no está obligado a rendir cuenta de su administración, al culminar ésta. La mujer sí debe
hacerlo.
- El marido se hace dueño de los frutos que producen los bienes sociales y también de aquellos
generados por los bienes propios de la mujer. La mujer no adquiere el dominio de dichos frutos, los que
ingresan al haber de la sociedad.
- El marido sólo responde en su administración del dolo o culpa lata. La mujer responde hasta de culpa
leve.
Hay actos que la mujer no puede realizar por sí sola, requiriendo autorización judicial:
a) Enajenación de bienes raíces o de los bienes muebles preciosos o con valor de afección, o constitución de
gravámenes sobre los mismos. Cabe consignar que en estos casos, la mujer, además de obtener autorización
judicial, debe proceder a vender estos bienes en pública subasta, conforme lo disponen los artículos 393 y
394 CC, en las reglas de los curadores9. De no cumplirse lo anterior, el acto adolecerá de nulidad relativa.
Como se aplican, según expresamos, las reglas de la curaduría, la acción del marido o de sus herederos (que
no sean la mujer), prescribirá en 4 años, contados desde que haya cesado la interdicción (artículo 425).
b) Arrendamiento o cesión de la tenencia de bienes raíces por más de 5 y 8 años (art. 1761); c) Aceptación o
repudiación de herencias o legados (arts. 397, 398, 1225, 1236 y 1411).
A su vez, para aceptar una donación, herencia o legado, deberá sujetarse a las reglas de los arts. 397 y 398,
en relación a los arts. 1225, 1250 y 1411. La mujer, entonces, debe aceptar las herencias que se defieran al
marido, con beneficio de inventario (art. 397). Reiteran los arts. 1225 y 1250 que sólo podrá aceptar la mujer
y no el marido personalmente, ni siquiera con beneficio de inventario. En cuanto a la aceptación de
donaciones y legados (asimilados para estos efectos por el art. 1411), debemos distinguir: i) Si la donación o
legado no impone gravámenes, la mujer acepta libremente; ii) Si los impone, no podrán aceptarse sin antes
tasar las cosas donadas o legadas (art. 398)
Para repudiar una herencia o legado deferidos al marido, la mujer debe obtener autorización judicial (art.
1225 y 1236). Las mismas reglas se aplicarán para repudiar una donación (art. 1411, inc. 3º).

5.- Efectos de los actos realizados por la mujer en ejercicio de la administración extraordinaria.
Distinguimos según si la mujer actuó dentro o fuera de las limitaciones precedentemente estudiadas:
a) Si actúa dentro de las normas, se considera equiparada al marido en cuanto a las consecuencias y efectos
de los actos que ejecute. De tal forma, dichos actos se mirarán como ejecutados por el marido y obligarán a
la sociedad y al marido, a menos que se pruebe que tales actos o contratos cedieron en utilidad de la mujer.
b) Si la mujer contraviene los arts. analizados, sus actos adolecerán de nulidad relativa y su patrimonio
quedará obligado a las indemnizaciones y restituciones derivadas de la nulidad (art. 1759, 4o); o serán
inoponibles al marido o a sus herederos, según los casos.

9 RAMOS Pazos, René, “Derecho de Familia” (Santiago, Editorial Jurídica de Chile, año 2000), Tomo I, Tercera Edición, p. 233.

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II.- ADMINISTRACION EXTRAORDINARIA EJERCIDA POR UN TERCERO.

1.- Casos en que procede.


a) Respecto del marido menor de edad, cuando una de las personas que indica el artículo 367, llamadas a la
guarda legítima del menor con preferencia de la mujer, acepta.
b) Respecto del marido interdicto por disipación, pues en tal caso la mujer no puede ser su curadora (art.
450).
c) Cuando la mujer a quien le corresponde la guarda, se excusa o es incapaz de desempeñarla.
En estos tres casos, el curador del marido administrará también la sociedad conyugal, conforme a las reglas
establecidas para la administración de los curadores.

2.- Derecho de la mujer a pedir separación de bienes.


Cuando la administración de la sociedad conyugal es asumida por un tercero, la mujer tiene derecho a pedir
la separación de bienes (art. 1762). Este derecho de la mujer puede ejercitarse tanto cuando ella no desea
someterse a la autoridad del curador, como cuando no quiere tomar la administración de la sociedad conyugal.
Cabe consignar que la mujer no puede pedir la separación de bienes, cuando la administración de la sociedad
conyugal se debe a la menor edad del marido. En efecto, dado que el derecho de la mujer para pedir la
separación de bienes constituye una excepción a las normas generales, sólo puede ejercitarse cuando la ley
expresamente lo autoriza. Tratándose del marido disipador, establece el derecho a pedir la separación de
bienes el art. 450; en el caso del marido demente, el art. 463; tratándose del sordo o sordomudo, el art. 470;
y en el caso del marido ausente, el art. 477, en relación con los arts. 1758 y 1762.
Nada dice la ley respecto del marido menor, de manera que puede concluirse que no le asiste a la mujer el
derecho en análisis.
Para pedir la separación de bienes, la mujer deberá tener más de 18 años. Si fuere menor, no tendría razón de
ser la separación de bienes, ya que la mujer no podría administrar su patrimonio y debería someterse a la
autoridad de un curador.

3.- Término de la administración extraordinaria.


Cesa cuando desaparece la causa que la produjo, es decir:
- Cuando el marido llega a la mayor edad;
- Cuando el marido interdicto por demencia, prodigalidad, sordera o sordomudez, es rehabilitado;
- Cuando el marido ausente regresa o fallece;
- Cuando se concede la posesión provisoria de sus bienes, en el marco del procedimiento de muerte
presunta;
- Cuando reaparece e instituye una persona con poder suficiente para que se haga cargo de sus negocios.
Cesando la causa de la administración extraordinaria, el marido recobra sus facultades de administración,
previo decreto judicial (art. 1763). Será innecesario este decreto, cuando el marido cumpla 18 años.
En todos los casos anteriores, cesa la administración extraordinaria, pero no la sociedad conyugal.
Cesa también la administración extraordinaria cuando se extingue la sociedad conyugal, por cualquiera de
las causas previstas en la ley, que seguidamente veremos.

DE LA DISOLUCION DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

I.- DE LAS CAUSALES DE DISOLUCION.

Se disuelve la sociedad conyugal por dos tipos de causales: aquellas propias que no afectan el vínculo
matrimonial y aquellas que producen la disolución del matrimonio (revisar art 42 LMC). De los arts. 1764
del CC. y 37 y 38 de la LMC, deducimos que las causales de disolución de la sociedad conyugal (sea que
obren directamente o indirectamente a consecuencia de la disolución del matrimonio), son las siguientes: a)

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Muerte natural de cualquiera de los cónyuges. b) Muerte presunta de uno de los cónyuges. c) La sentencia de
separación judicial de los cónyuges. d) La sentencia que declara la separación de bienes. e) El pacto de
separación de bienes. f) El pacto de participación en los gananciales. g) La declaración de nulidad del
matrimonio. h) La sentencia que declara el divorcio de los cónyuges.

1.- Muerte natural de uno de los cónyuges.


Dispone el art. 1764 No 1, que la sociedad se disuelve “por la disolución del matrimonio”. En realidad, alude
aquí el artículo a la muerte natural y al divorcio, pues las otras causales de disolución del matrimonio, están
contempladas en otros numerales del artículo.
Muerto uno de los cónyuges, termina la sociedad conyugal, sin perjuicio de su liquidación, entre el cónyuge
sobreviviente y los otros herederos del cónyuge fallecido. Un régimen de comunidad, entendida como
cuasicontrato, sustituirá al de sociedad conyugal. Incluimos aquí la muerte comprobada judicialmente,
prevista en los arts. 95 a 97 CC.
No vale el pacto por el cual se estipule que la sociedad conyugal se mantendrá, no obstante la muerte de uno
de los cónyuges. Tampoco se entenderá subsistir por el hecho de mantener en indivisión los bienes que
pertenecían a la sociedad: su disolución se produce de modo definitivo e irrevocable, a la muerte de uno de
los cónyuges.

2.- Declaración de muerte presunta.


Dispone el No 2 del art. 1764 que la sociedad conyugal se disuelve “por la presunción
de muerte de uno de los cónyuges”. La sociedad conyugal se disuelve, no obstante que el matrimonio
perdure. Si el matrimonio termina, con mayor razón se disolverá la sociedad conyugal.
Distinguimos en esta hipótesis los siguientes casos: a) Dictado el decreto que concede la posesión provisoria
de los bienes del desaparecido, se disuelve la sociedad conyugal (art. 84). En este caso, el matrimonio
subsiste. b) En los casos en que no proceda dictar decreto de posesión provisoria sino definitiva de los bienes
del desaparecido. En estos casos, la sociedad conyugal se disuelve a consecuencia de la disolución del
matrimonio. Regula la materia la LMC, art 42 Nº 2 y art. 43.
La declaración de muerte presunta, usualmente, da lugar a una comunidad hereditaria formada por los hijos
y el cónyuge sobreviviente. Disuelta la sociedad conyugal en los casos señalados a propósito de la muerte
presunta, se procede a su liquidación, es decir, a la enajenación y reparto ordenado de los bienes. El
patrimonio que se liquida no es el que existe al momento de la disolución, sino el existente al declararse la
muerte presunta (art. 85 del CC).
Si decretada la posesión provisoria reaparece el desaparecido antes de dictar el decreto de posesión definitiva,
deberá reanudarse la sociedad conyugal. En cambio, los efectos del decreto que concede la posesión definitiva
son irrevocables: el desaparecido recupera sus bienes en el estado en que se encuentran (art. 94 No 4).

3.- Sentencia de separación judicial de los cónyuges.


Establece el art. 1764 Nº 3 que la sociedad conyugal se disuelve por la sentencia de separación judicial.
Dispone al efecto el art. 173 Cc, que “Los cónyuges separados judicialmente administran sus bienes con
plena independencia uno del otro, en los términos del artículo 159” (más adelante aludiremos a este último
precepto).
A consecuencia de esta sentencia, entonces, se restituyen a la mujer sus bienes (sus bienes propios que el
marido estaba administrando) y se dispone de los gananciales como en el caso de la disolución por causa de
muerte (bienes sociales). En virtud de esta causal, el régimen de sociedad conyugal es sustituido por el
régimen de separación de bienes, lo que no ocurre en los dos casos anteriores, en los cuales una comunidad
reemplaza a la sociedad conyugal.

4.- Sentencia de separación total de bienes.


Establece el art. 1764 No 3 que la sociedad conyugal se disuelve por la sentencia de separación total de
bienes. Conforme a lo dispuesto en el art. 158, 2o, se procederá a la división de los gananciales y al pago de
recompensas. Al igual que en el caso anterior, el régimen de sociedad conyugal, será reemplazado por el de

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separación de bienes.

5.- Declaración de nulidad del matrimonio.


Consigna el art. 1764 No 4 que la sociedad conyugal se disuelve por la declaración de nulidad del matrimonio.
Esta causal debemos relacionarla con el art. 51 LMC, en cuanto sólo se refiere al matrimonio putativo. El
matrimonio simplemente nulo no origina sociedad conyugal. Si sólo uno de los cónyuges está de buena fe, o
sea si sólo respecto a él el matrimonio es putativo, podrá a su arbitrio pedir la liquidación, de acuerdo a las
reglas de la sociedad conyugal o del cuasicontrato de comunidad.

6.- Pacto de participación en los gananciales.


Señala el art. 1764 No 5 (en su actual texto, modificado por la Ley No 19.335), que la sociedad conyugal se
disuelve por el pacto de participación en los gananciales y en el caso del art. 1723. Conforme a lo preceptuado
en el inciso 1° de este último artículo, durante el matrimonio los cónyuges mayores de edad podrán sustituir
el régimen de sociedad de bienes por el de participación en los gananciales.
La condición de mayoría de edad es sine qua non, no pudiendo suplirse de modo alguno.
El pacto deberá otorgarse por escritura pública y no surtirá efectos entre los cónyuges ni respecto de terceros,
sino desde que se subinscriba al margen de la respectiva inscripción matrimonial, dentro de los 30 días
siguientes a la escritura. En la escritura pública en que se pacte participación en los gananciales, podrán los
cónyuges liquidar la sociedad conyugal o celebrar otros pactos lícitos. Lo anterior sólo producirá efectos entre
las partes y terceros, si se efectúa la subinscripción respectiva, en tiempo y forma.

7.- Pacto de separación total de bienes.


Establece el art. 1764 No 5 que la sociedad conyugal se disuelve por el pacto de separación total de bienes,
en el caso del art. 1723. Al respecto, rigen los mismos requisitos señalados en el caso anterior.

8.- Sentencia que declara el divorcio de los cónyuges.


Esta causal, está contemplada en el nº 1 del art. 1764, que alude a la “disolución del matrimonio”. Terminado
el matrimonio, se entiende que ha expirado también la sociedad conyugal. Recordemos que de conformidad
al art. 60 LMC, “El divorcio pone fin a las obligaciones y derechos de carácter patrimonial
cuya titularidad y ejercicio se funda en la existencia del matrimonio...”, y entre ellos, están los derivados
de la sociedad conyugal.

9.- Por término del matrimonio por voluntad del cónyuge de la persona que ha obtenido la rectificación
de la ley 21.120, en aplicación de lo dispuesto en el artículo 19 de dicho cuerpo legal.

II.- EFECTOS QUE PRODUCE LA DISOLUCION DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

1.- Nacimiento de una comunidad.


Disuelta la sociedad conyugal, marido y mujer, o los ex cónyuges (si hubo divorcio), o los ex presuntos
cónyuges (si hubo nulidad), o uno de los anteriores y los herederos del otro, pasan a ser codueños de los
bienes sociales10. La comunidad comprende los siguientes bienes: a) Todos los bienes sociales. b) Los bienes
reservados de la mujer y los frutos de dichos bienes producidos hasta el día de la disolución (salvo que la
mujer renuncie a los gananciales). c) Los frutos de los bienes sociales y los producidos por los bienes que la
mujer administre como separada parcialmente de bienes. Estos últimos sólo son sociales hasta el día en que

10 Debe destacarse el diferente estatuto jurídico que se aplica a los bienes “sociales”, mientras tenían tal calidad, y después a los

bienes “comunes”, nombre que pasan a tener los bienes sociales desde el momento en que se disuelve la sociedad conyugal (a menos
que no se forme comunidad). En efecto, a los primeros se les aplicarán las normas especiales contenidas en el Título XXII del Libro
IV del Código Civil, artículos 1715 a 1792, que hemos estudiado. A los segundos, se les aplicarán las normas del cuasicontrato de
comunidad, contempladas en el Título XXXIV, párrafo 3, artículos 2304 a 2313.

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se produzca la disolución.
Si la causal de disolución es la muerte de uno de los cónyuges, la comunidad se forma entre el cónyuge
sobreviviente y los herederos del cónyuge fallecido.
Como consecuencia de lo expuesto, el día de la disolución fija irrevocablemente el activo y pasivo de la
sociedad, que será objeto de liquidación, sin que los actos o contratos ejecutados o celebrados con
posterioridad, tengan influencia en él. De esta manera:
● Los bienes que se adquieran después de la disolución no serán de esta comunidad sino del cónyuge
adquirente, salvo que la adquisición se haga de consuno. Sin embargo, en caso de duda el cónyuge adquirente
deberá probar que el bien le pertenece sólo a él, atendida la presunción de dominio en favor de la sociedad
conyugal, establecida en el último inciso del art. 1739, respecto de los bienes muebles que cualquiera de los
cónyuges adquiera a título oneroso una vez disuelta la sociedad conyugal y antes de su liquidación.
● Las obligaciones contraídas por el marido o por la mujer después de la disolución sólo pueden perseguirse
sobre los bienes que tenga el respectivo deudor y también sobre las cuotas que tengan en los bienes comunes.
● Los frutos producidos por los bienes propios, pendientes al tiempo de la restitución y todos los percibidos
desde la disolución de la sociedad, pertenecerán al dueño de las respectivas especies (art. 1772, inciso 1o).
● Los frutos de los bienes sociales percibidos desde la disolución de la sociedad conyugal, pertenecerán al
haber social o común (art. 1772, inciso 2o).
El artículo 1772 no es más que una aplicación del principio general del artículo 648, en cuanto a la atribución
del dominio de los frutos al dueño de la cosa que los produce.
De lo dicho, se infiere que el derecho de la sociedad a percibir los frutos de los bienes propios de los cónyuges
dura hasta el momento de la disolución.
No nace una comunidad, cuando a la muerte de uno de los cónyuges, no hubiere descendientes ni ascendientes
del cónyuge fallecido ni herederos de la cuarta de libre disposición.

2.- Término de la administración ordinaria o extraordinaria.


Disuelta la sociedad, cesan las facultades administrativas que la ley confiere al marido o a su curador en caso
de administración extraordinaria. A partir de la disolución de la sociedad, la administración se rige por las
reglas de la comunidad, es decir, por el art. 2305, que aplica a la comunidad las reglas de la sociedad colectiva
(art. 2081).
De lo señalado, se concluye que el marido no podrá ya enajenar los bienes muebles de la comunidad y si lo
hiciere, no venderá sino su cuota, quedando a salvo el derecho de la mujer o de sus herederos para reivindicar
la cuota de ellos que no ha sido vendida por su dueño (artículo 892).
Por su parte, la mujer podrá enajenar libremente sus bienes propios, cuya administración ha recuperado.

3.- Liquidación de la sociedad conyugal.


Este es en realidad un efecto eventual, que puede o no ocurrir. En efecto, se procederá a liquidar la sociedad
conyugal, salvo que: La mujer o sus herederos renuncien a los gananciales; que los cónyuges, o ex cónyuges
(si hubo divorcio) o ex presuntos cónyuges (si hubo nulidad del matrimonio), enajenen de consuno de los
bienes comunes; y cuando el único heredero de uno de los cónyuges sea el viudo o viuda.

III.- DE LA RENUNCIA DE GANANCIALES.

1.- Concepto.
Es el acto jurídico unilateral mediante el cual la mujer manifiesta su voluntad de no llevar parte alguna de los
gananciales habidos durante la sociedad conyugal. La mujer tiene dos oportunidades para renunciar a los
gananciales: en las capitulaciones matrimoniales y después de disolverse la sociedad conyugal (art. 1719).
Mientras ésta se encuentre vigente, no podrá hacer tal renuncia.
Si la sociedad conyugal expira por el pacto previsto en el art. 1723 CC, la renuncia a los gananciales no podrá
hacerse sino una vez subinscrita la escritura en el plazo de 30 días corridos previsto en dicho precepto. En
efecto, el orden de los instrumentos debiera ser: 1. Escritura en virtud de la cual los cónyuges pactan
separación total de bienes, conforme al art. 1723 Cc. 2. Proceder a subinscribirla, dentro del plazo previsto

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en el citado artículo. 3. Otorgar una escritura pública mediante la cual la mujer renuncie a los gananciales.
En esta escritura, deben singularizarse los inmuebles que ella adquirió en virtud del art. 150 CC.
La renuncia debe hacerse después del paso 2, pues el art. 1719 dice que la mujer podrá renunciar
“después de la disolución de la sociedad”, y ésta quedará disuelta una vez subinscrita la escritura
señalada en el punto 1 (el art. 1723, inc. 2º, deja en claro que la escritura de separación de bienes sólo surtirá
efectos una vez subinscrita: por ende, antes de ello no está disuelta la sociedad conyugal y no podría la mujer
renunciar a los gananciales).
En virtud de tal renuncia, la mujer pierde todo derecho a participar en las utilidades producidas por la
administración del marido. Por eso, si la renuncia se hiciere en las capitulaciones matrimoniales, el marido
será dueño de los bienes sociales no sólo respecto a terceros, sino también respecto a la mujer (art. 1783).
El derecho a renunciar a los gananciales compete solamente a la mujer o a sus herederos.

2.- Requisitos y características de la renuncia.

a) Es solemne, si se efectúa antes del matrimonio: la renuncia efectuada antes de contraer matrimonio,
constituye una capitulación matrimonial y dado que ésta debe constar por escritura pública, concluimos que
en este caso la renuncia es un acto solemne. Consistirá la solemnidad en el otorgamiento de escritura pública
y en su inscripción al margen de la inscripción del matrimonio, al momento de su celebración o dentro de los
30 días siguientes.

b) Es consensual, si la renuncia se efectúa después de disuelta la sociedad conyugal, dado que la ley no ha
establecido una solemnidad especial. Idealmente, la renuncia debiera constar en una escritura pública (que,
según dijimos, no puede ser aquella que contiene el pacto de separación total de bienes, sino que una otorgada
después que dicho pacto sea subinscrito) especialmente otorgada para estos efectos. De esta forma, se evitan
las dificultades probatorias que pudieren ocasionarse ante una renuncia que no consta documentalmente.

c) Debe ser pura y simple.

d) Debe ser hecha por persona capaz. Por ello el art. Art. 1781, modificado por la ley 21.515 de 2022 establece
que puede renunciar la mujer (que solo podrá ser mayor de edad) o sus herederos mayores.

e) Debe ser oportuna: la renuncia puede hacerse en las capitulaciones matrimoniales celebradas antes del
matrimonio o después de disuelta la sociedad. En este último caso, se podrá renunciar siempre que no haya
entrado a su patrimonio parte alguna del haber social a título de gananciales (art. 1782, inciso 1º).

f) Debe ser total, si quien renuncia es la mujer. La mujer no puede renunciar a los gananciales por partes. Los
herederos de la mujer, en cambio, pueden efectuar una renuncia parcial (art. 1785). Algunos herederos pueden
renunciar a los gananciales y otros no; la parte de los que renuncian, acrece a la porción del marido.

g) No hay plazo legal para renunciar. El art. 1782 inc. 1 establece: “Podrá la mujer renunciar mientras no
haya entrado en su poder ninguna parte del haber social a título de gananciales”. La Corte Suprema ha
precisado al respecto: la facultad de renunciar permanece en el acervo de la mujer casada en régimen de
sociedad conyugal durante todo el lapso en que mantenga una conducta negativa en relación con los
gananciales, esto es, que ninguna porción de ellos haya ingresado al ámbito de su disponibilidad, es decir,
sin que haya realizado actos que induzcan al observador a entender una aceptación de los gananciales, sin
que haya desarrollado conductas más allá de los actos que puedan considerarse puramente conservativos,
de inspección o de administración provisoria urgente, y que importen, sin duda, la aceptación de los
gananciales […] el plazo para renunciar a los gananciales no está dado por ninguna otra circunstancia que

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no sea el ingreso de alguna parte de los gananciales al poder de la mujer 11.

3.- Efectos de la renuncia.


A consecuencia de la renuncia, los bienes de la sociedad conyugal y del marido se confunden, aun respecto
de la mujer.
La mujer pierde todo derecho a los gananciales y en general a todos los bienes sociales, incluso los frutos de
sus bienes propios que se entienden conferidos al marido para el mantenimiento de la familia común (art.
1753). Este efecto se produce desde la disolución de la sociedad, aunque la renuncia de los gananciales sea
posterior. Pero si bien es cierto que por la renuncia, la mujer pierde todo derecho a los frutos de sus bienes
propios, ello no significa que pierda el dominio de tales bienes, los que oportunamente deberán ser restituidos
por el marido; tampoco pierde el dominio de sus bienes reservados ni los frutos que tales bienes produzcan,
ni los bienes adquiridos con dichos bienes reservados; tampoco pierde el derecho a cobrar las recompensas
que le adeude la sociedad (art. 1784). Desde otro punto de vista, con la renuncia la mujer se desliga de toda
responsabilidad en el pasivo social, que sólo será cubierto por el marido, sin derecho a reintegro alguno contra
la mujer. Lo anterior no significa que la mujer se libere: de sus deudas personales; de las deudas que afecten
sus bienes reservados; y de las recompensas que adeude a la sociedad o al marido.

4.- Rescisión de la renuncia


Si bien la renuncia de gananciales es irrevocable, puede rescindirse en los siguientes casos: a) Si la renuncia
se obtuvo por engaño, o sea dolosamente; b) Si hubo error al renunciar: reglamenta y califica el error el art.
1782, estableciendo que basta para rescindir la renuncia un justificable error acerca del verdadero estado de
los negocios sociales; c) Si hubo fuerza: aunque nada dice al respecto el art. 1782, viciaría la renuncia por
tratarse de una declaración de voluntad como cualquier otra. d) Si la renuncia se hace sin las formalidades
establecidas por la ley respecto de la mujer incapaz.
La acción para pedir la rescisión prescribe en 4 años, contados desde la disolución de la sociedad (art. 1782,
inc. 3º). Apunta Rossel que tal plazo es curioso, pues la renuncia puede hacerse mucho después de la
disolución de la sociedad. Podría ocurrir, entonces, que si la mujer o sus herederos renuncian después de
transcurridos los cuatro años contados desde la disolución, no habría acción para intentar rescindir dicha
renuncia, aunque ella se hubiere obtenido por dolo, fuerza o a consecuencia del error. Más lógico habría
resultado que el plazo se hubiese contado desde la renuncia, pues en tal momento se produjo el vicio que
afectó la voluntad.

IV.- DE LA ACEPTACION DE LOS GANANCIALES.

Conforme al art. 1767, la mujer que no haya renunciado a los gananciales, se entenderá que los acepta con
beneficio de inventario.
A pesar de que el Código Civil no reglamenta la aceptación de los gananciales y sus efectos (dado que se
trata de la situación normal), pueden señalarse las siguientes reglas:
a) La aceptación puede ser expresa, tácita o presunta (art. 1767). Puesto que la aceptación expresa no es un
acto solemne, aplicando por analogía las reglas de la herencia, se podrá hacer en escritura pública o
privada o en un acto de tramitación judicial (art. 1242).
b) La aceptación tácita resulta de la ejecución de actos que presupongan la calidad de socio de la sociedad
conyugal, como por ejemplo si los cónyuges o ex cónyuges venden en conjunto un bien de la comunidad;
o si cualquiera de ellos pide la liquidación de la misma; también implica aceptación tácita la
incorporación al patrimonio de cualquiera parte de los gananciales (art. 1782).
c) La aceptación presunta resulta del solo hecho de no renunciar a los gananciales en las oportunidades
establecidas por la ley; esta actitud negativa se presume aceptación (art. 1767).
d) La aceptación de los gananciales no requiere autorización judicial. En todo caso, si la mujer fuere menor
o incapaz por otra causa, no podrá aceptar los gananciales por sí misma; deberá actuar en la liquidación

11
Corte Suprema, sentencia de 17 de febrero de 2015, en autos rol 11362-2014.

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de la sociedad conyugal representada por su respectivo curador.
e) La aceptación debe ser pura y simple y referirse a la totalidad de los gananciales: se desprende lo anterior
del art. 1782, que establece que si entra al patrimonio de la mujer cualquier parte del haber social, ya no
podrá renunciar a los gananciales. En otras palabras, se entienden totalmente aceptados.
f) La aceptación opera retroactivamente: se entiende hecha el día de la disolución de la sociedad (lo mismo
ocurre tratándose de la aceptación de una herencia: artículo 1239).
g) Los gananciales se entienden siempre aceptados por la mujer con beneficio de inventario: art. 1767. La
mujer responde de las deudas sociales hasta el monto de lo que recibe a título de gananciales (art. 1777).
Esta limitación de responsabilidad, es el denominado “beneficio de emolumento”.
h) La aceptación de los gananciales es irrevocable: salvo que adoleciere de un vicio de la voluntad.

DE LA LIQUIDACION DE LA SOCIEDAD CONYUGAL.

Comprende el conjunto de operaciones destinadas a tres objetivos: separar los bienes de los cónyuges y de la
sociedad; dividir las utilidades llamadas gananciales; y reglamentar el pago de las deudas.
Para los efectos de la liquidación de la sociedad conyugal, las normas dadas en el Título de la misma se
complementan con las de la sucesión por causa de muerte (arts. 1317 y ss). Así lo establece el art. 1776.
Cabe consignar que si la mujer llega a ser heredera universal y exclusiva de su marido (dos condiciones que
no necesariamente convergen), no hay necesidad de proceder a la liquidación de la sociedad, pues la mujer
reúne en su persona la calidad de todos los interesados en la liquidación. Así lo resolvió la Corte Suprema.
Tampoco se procederá a liquidar la sociedad conyugal, si la mujer o sus herederos renuncian a los
gananciales.
La liquidación comprende tres operaciones principales: la Facción de inventario y tasación; la Formación de
la masa partible mediante las acumulaciones y deducciones legales; y la División del activo y del pasivo
comunes, entre los cónyuges o ex cónyuges (si hubo divorcio) o ex presuntos cónyuges (o si hubo nulidad) o
sus herederos.

I.- FACCION DE INVENTARIO Y TASACION.

1.- Normas legales que la regulan.


Una vez disuelta la sociedad, se procederá inmediatamente a confeccionar un inventario y a tasar todos los
bienes que usufructuaba o de que era responsable la primera. Lo anterior, en el plazo y en la forma establecida
en la sucesión por causa de muerte (art. 1765). En realidad, no hay plazo en estas últimas. La norma se remite
entonces al art. 1253, el que a su vez se remite a los arts. 382 y siguientes del Cc. y a los arts. 858 a 865 del
CPC.
No señala plazo el CC. para hacer inventario, pero se deduce que habrá que hacerlo antes de las operaciones
destinadas a liquidar la sociedad y en todo caso, apenas se produzca la disolución de la misma (el art. 1765
manda hacerlo “inmediatamente”, cuestión que en la práctica suele no cumplirse).

2.- Forma del inventario.


Distinguimos según la condición de los partícipes de la sociedad que se liquidará: a) Si hay cónyuge o
herederos menores, dementes u otras personas inhábiles: deberá hacerse inventario solemne. Si así no se
hiciere, el que omitió la formalidad responderá de todo perjuicio y además deberá legalizar el inventario lo
antes posible; la omisión, como vemos, no invalida la liquidación, sin perjuicio de la sanción de indemnizar
los perjuicios (art. 1766, 2o). b) Si los partícipes de la liquidación son capaces, no es necesario hacer
inventario solemne; sin embargo, como el inventario simple no es más que un instrumento privado, sólo
tendrá valor en juicio contra el cónyuge, los herederos y los acreedores que lo hubieren debidamente aprobado
y firmado (art. 1766, 1º).
De ahí la importancia del inventario solemne, pues si sólo hay inventario simple, la mujer no podría invocar
el “beneficio de emolumento” que le confiere el art. 1777, sino sólo respecto del acreedor que hubiere

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aceptado el inventario. En cambio, si se hizo inventario solemne, podría oponerlo respecto de cualquier
acreedor.

3.- Contenido del inventario.


Debe comprender una relación completa de los bienes sociales y además de los bienes propios de los
cónyuges. De ahí que el art. 1765 aluda a “todos los bienes que (la sociedad)
usufructuaba o de que era responsable”.
Deberá comprender también los bienes reservados que pasan a ser gananciales, al disolverse la sociedad. No
ingresarán otros bienes que la mujer administra como separada de bienes, porque ellos no pueden formar
parte de las operaciones de liquidación (por ejemplo, los bienes contemplados en los arts. 166 y 167).

4.- Sanciones.
La omisión del inventario solemne, en los casos en que es obligatorio, hace al infractor responsable de todo
perjuicio. Sanciona también la ley la omisión dolosa de bienes que debieron inventariarse. Si la omisión no
constituye fraude, se completa el inventario con las partidas excluidas.
Por su parte, el art. 1768 sanciona la distracción (consiste en la desviación de bienes que corresponden a otra
persona hacia el propio patrimonio) u ocultación dolosa de bienes que deben ser objeto de la liquidación. La
sanción consiste en que el cónyuge que incurrió en el dolo perderá su porción en dicha cosa, la que además
deberá restituirla doblada.
La acción para reclamar la indemnización de perjuicios, prescribe en 4 años, contados desde que se consumó
la ocultación, o sea, el dolo.

5.- Tasación.
También debe procederse a tasar los bienes comprendidos en el inventario, de acuerdo a las reglas de la
sucesión por causa de muerte (artículo 1765). De conformidad al artículo 1325, inciso 2º, la tasación debiera
hacerse por peritos. Sin embargo, el artículo 657 del Código de Procedimiento Civil, autoriza a los
copartícipes para prescindir de la tasación a través de peritos, aunque entre ellos haya incapaces, si el valor
de los bienes se fija de común acuerdo, con tal que existan en los autos antecedentes que justifiquen la
apreciación. ¿Cuáles son estos antecedentes? Pedro Lira entiende que se trata de documentos públicos o
privados que existan o se hayan incorporado al expediente particional. Tales son, entre otros, las tasaciones
periciales hechas por instituciones bancarias o de previsión; el avalúo fiscal, el precio de venta de una
propiedad similar y vecina, un contrato de arrendamiento de reciente fecha. Cabe indicar que la expresión
“autos” no debemos entenderla sólo como referida al juicio de partición, sino que también a la propia
escritura pública de partición, como ha concluido nuestra jurisprudencia. De esta manera, los cónyuges, ex
cónyuges o ex presuntos cónyuges, podrán avaluar de común acuerdo los bienes sociales, cuya suma
determinará el activo, correspondiendo a cada uno la mitad.
También puede omitirse la tasación pericial, si se quiere licitar bienes muebles o fijar un mínimo para licitar
bienes raíces con admisión de postores extraños (vendiéndolos en pública subasta).

II.- FORMACION DEL ACERVO LIQUIDO.

1.- Operaciones que comprende.


El acervo líquido es aquél que se dividirá entre los cónyuges. Se forma mediante una serie de operaciones,
que consisten en formar un acervo bruto o común y después deducir los bienes propios de los cónyuges, los
precios, saldos y recompensas y el pasivo social.

2.- Formación del acervo bruto.


Se forma acumulando imaginariamente los siguientes bienes: a) Todos los bienes muebles e inmuebles que
existan en poder de los cónyuges al disolverse la sociedad, sean propios, sociales o reservados de la mujer.
Con ello, se da aplicación práctica al art. 1739, que establece una presunción de dominio a favor de la sociedad
respecto de toda cantidad de dinero y cosas fungibles y de toda especie de crédito o derecho que exista en

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poder de cualquiera de los cónyuges al disolverse la sociedad y de los que adquieran entre ese momento y su
liquidación. b) Los frutos de los bienes que los cónyuges parcialmente separados administran y las cosas
adquiridas con dichos frutos. c) Todos los créditos que se adeudan a la sociedad y las recompensas que los
cónyuges puedan adeudarle o las indemnizaciones que procedan a su favor (art. 1769).
La acumulación procede aunque ambos cónyuges adeuden recompensas a la sociedad. No cabe compensar
entre ellos las recompensas y acumular sólo el saldo.

3.- Restitución de los bienes propios.


Para determinar el acervo líquido, deben deducirse del bruto los bienes propios de los cónyuges. Cada
cónyuge, por sí o por sus herederos, tendrá derecho a sacar de la masa de bienes, las especies o cuerpos ciertos
que le pertenezcan (art. 1770).
Esta restitución se refiere a los bienes propios de cada cónyuge, que la sociedad detentaba sólo para percibir
sus frutos. En consecuencia, esta restitución, como lo ha resuelto la jurisprudencia, no constituye
adjudicación.
La restitución de dichas especies deberá hacerse tan pronto fuere posible, después de terminarse el inventario
y tasación. Los bienes se restituyen en el estado en que se encuentran a la época de la disolución de la
sociedad.
Los aumentos que experimenten las especies por causas naturales, aprovechan al cónyuge propietario, sin
que éste adeude indemnización alguna a la sociedad (art. 1771, inc. 2º). Esto es una justa contrapartida, al
hecho de soportar el cónyuge propietario las pérdidas o deterioros, salvo que se debieren a dolo o culpa grave
del otro cónyuge, caso en el cual el responsable deberá la correspondiente indemnización (art. 1771, inc. 1º).
Pero por los aumentos que se deban a la industria humana (es decir, por mejoras), se deberá recompensa a la
sociedad (art. 1746).

4.- Liquidación y deducción de las recompensas.


Frecuentemente, la sociedad debe recompensa a los cónyuges y éstos también se la deben a la sociedad. Si
los cónyuges son en definitiva deudores de la sociedad, la deuda se acumulará imaginariamente al haber
social (art. 1769). Si el cónyuge es en definitiva acreedor de la sociedad, procede efectuar la correspondiente
deducción del acervo bruto. La deducción se hace dentro de un año, contado desde que el inventario y la
tasación concluyan (art. 1770). El juez puede ampliar o restringir este plazo a petición de los interesados, por
motivos fundados y con conocimiento de causa.
La deducción se hace por el cónyuge en su calidad de acreedor de la sociedad, pudiendo ejecutarla sobre los
bienes sociales que, disuelta la sociedad, son comunes de los cónyuges.
El art. 1773 establece un orden de prelación para hacer valer estos saldos: primero sobre los dineros y muebles
de la sociedad; subsidiariamente sobre los inmuebles de la misma. La prelación indicada puede alterarse por
acuerdo de los cónyuges.
En estos casos, el cónyuge recibe el bien como adjudicatario, por un título declarativo y no traslaticio de
dominio, que se limita a singularizar el dominio sobre un bien perteneciente al patrimonio social del que pasó
a ser comunero.

Derechos especiales de la mujer para efectuar estas deducciones: se los otorga en esta materia los arts. 1773
y 2481 y son los siguientes:
• Tiene derecho a efectuar estas deducciones antes que el marido. Por lo tanto, el marido cobrará su saldo
de recompensa una vez que la mujer se haya pagado.
• Si los bienes sociales son insuficientes, la mujer puede hacer efectivo su saldo de recompensas sobre los
bienes propios del marido, elegidos de común acuerdo o por el juez si discreparen. Si en definitiva el
marido paga con sus bienes propios el crédito de la mujer, ésta adquirirá tales bienes por dación en pago,
no por adjudicación. El título será entonces traslaticio y no declarativo de dominio.
• La mujer tiene un privilegio de cuarta clase para pagarse de este saldo (art. 2481 Nº 3). Se ha impugnado
el alcance de este privilegio, sosteniendo algunos que no puede hacerse efectivo sobre los bienes sociales,
sino sólo sobre los bienes propios del marido. Opina Rossel que el privilegio se ejercita sobre ambas

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clases de bienes, como lo prueba la historia fidedigna del establecimiento de la ley. Además, disuelta la
sociedad conyugal desaparecen los bienes sociales y los bienes son de la mujer y del marido, de manera
que la ley, al hablar de “bienes del marido”, involucra los que fueron bienes sociales en la parte que
pasan a ser del marido. Así lo ha resuelto la jurisprudencia.
Recordemos que el derecho a cobrar las recompensas e indemnizaciones asiste a la mujer aunque haya
renunciado a los gananciales.

5.- Deducción del pasivo.


Efectuadas las operaciones anteriores, se deducirá el pasivo de la sociedad conyugal, para determinar si ella
es o no solvente. Sólo se toman en cuenta las deudas sociales, no las personales de los cónyuges, pues éstas
afectan el patrimonio de cada cual, no el de la sociedad. No es necesario pagar el pasivo; basta con deducirlo
imaginariamente. En la práctica, conviene pagarlo, pues en tal caso sólo se dividirán los bienes. Si no se paga,
habrá que dividir también el pasivo entre los cónyuges.

6.- División de los gananciales.


Efectuadas las operaciones anteriores, háyanse o no pagado las deudas, y como en todo caso ellas estarán
imaginariamente deducidas, se formará el haber líquido, que recibe el nombre de “gananciales”. Estos se
dividen por mitad entre los cónyuges (art. 1774). Hay excepciones a la división de gananciales por mitad: a)
Si en las capitulaciones matrimoniales los esposos hubieren convenido otra forma de división. b) Si alguno
de los cónyuges pierde su porción en una o más cosas, por haberla distraído u ocultado dolosamente (art.
1768).

7.- División del pasivo.


Si el pasivo no hubiere sido pagado, debe también dividirse entre los cónyuges de conformidad a las
siguientes reglas:

a) Desde el punto de vista de la obligación a la deuda, el marido es responsable frente a terceros del total de
las deudas sociales. Esta regla tiene las siguientes excepciones: 1. Las deudas personales de la mujer pueden
perseguirse en los bienes propios de ésta; 2. Si se trata de una obligación indivisible, el acreedor podrá
perseguir su pago indistintamente en el patrimonio del marido y en el de la mujer. 3. La obligación caucionada
con hipoteca o prenda, se hará efectiva en contra del cónyuge adjudicatario del bien gravado (art. 1779).

b) Desde el punto de vista de la contribución a las deudas, los cónyuges deben soportarlas por mitad. Así
se establece en el art. 1778, norma que no obstante responsabilizar al marido por el pago total de las deudas,
deja a salvo su acción contra la mujer para que ésta le reembolse la mitad.
Tal principio de la división de las deudas por mitad sufre alteraciones: si los cónyuges acuerdan otra forma
de división; y en el caso del beneficio de emolumento de que goza la mujer, en cuya virtud soportará las
deudas sociales sólo hasta concurrencia de su mitad de gananciales.
Esta división no es obligatoria para los terceros acreedores, quienes podrán cobrar sus créditos con las mismas
facultades que tenían antes de disolverse la sociedad. Por ende, el marido seguirá siendo responsable de todas
las deudas sociales (art. 1778). La mujer también podrá ser demandada y estará obligada a pagarlas hasta su
mitad de gananciales (art. 1777).
Observamos que el acreedor no está obligado a respetar la división que los cónyuges hagan de las deudas
sociales, porque la liquidación de la sociedad conyugal no es un modo de extinguir las obligaciones ni supone
una especie de novación por cambio de deudor.

8.- Beneficio de emolumento.


Establecido en favor de la mujer, mediante este beneficio ella sólo responde de las deudas sociales frente a
terceros, hasta concurrencia de su mitad de gananciales (art. 1777).
Este beneficio puede ser opuesto por la mujer contra los terceros acreedores que pretendan exigir de la mujer
una contribución mayor. En este caso, corresponderá a la mujer probar el exceso de la contribución que se le

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exige sobre su mitad de gananciales, sea por el inventario y tasación, sea por otros documentos auténticos.
Al respecto, se ha fallado que es documento auténtico la sentencia del juez árbitro que liquidó la sociedad
conyugal.
El beneficio también puede ser opuesto por la mujer contra el marido, como excepción, cuando éste, después
de cancelar el pasivo social, pretende exigirle el reembolso de la mitad de lo pagado conforme al derecho que
le otorga al marido el art. 1778, pero esta mitad excede los gananciales que le correspondieron a la mujer.
Este beneficio no puede renunciarse en las capitulaciones matrimoniales, pero nada impide que la mujer lo
renuncie después de disuelta la sociedad.

PATRIMONIO RESERVADO DE LA MUJER CASADA EN SOCIEDAD CONYUGAL

1.- Concepto.
Establece el art. 150 CC que la mujer casada, de cualquier edad, puede dedicarse libremente al ejercicio de
un empleo, oficio, profesión o industria y que se mira como separada de bienes respecto del ejercicio de ese
empleo, oficio, profesión o industria y de lo que en ellos adquiera. El patrimonio que la mujer forma en tales
condiciones se denomina “patrimonio reservado”. Esta expresión es más general que la de
“peculio profesional o industrial”, porque el patrimonio reservado no sólo está compuesto por el producto
del trabajo de la mujer, sino también por los bienes adquiridos por ésta con dichos productos.
El art. 150 supuso una modificación al régimen de sociedad conyugal, puesto que hasta antes de entrar en
vigencia (Ley Nº 5.521, del año 1934) los bienes que lo componen ingresaban al haber de la sociedad
conyugal (art. 1725 Nº 1), percibiéndolos el marido como representante de la sociedad (artículos 1758 Nº 1
y 1759) y administrándolos libremente (art. 1749).

2.- Condiciones de existencia del patrimonio reservado.


Para que exista, deben concurrir las siguientes circunstancias respecto de la mujer casada:
a) La mujer debe ejercitar o haber ejercitado un trabajo. Cabe señalar que no ingresarán a este patrimonio,
los bienes que la mujer adquiera por ocupación ni las utilidades que perciba por las acciones que posea
en sociedades anónimas, pues no provienen de su trabajo (salvo que se trate de acciones adquiridas con
el producto de su trabajo, pues en tal caso, los dividendos que se devenguen ingresarán al patrimonio
reservado). Pero no todos los trabajos de la mujer están comprendidos en el art. 150. Así, tampoco forman
parte del patrimonio reservado las remuneraciones que reciba la mujer como guardadora o albacea,
porque estas actividades no constituyen empleos, oficios, profesiones o industrias.
b) El trabajo que la mujer realiza debe ser separado del de su marido. No ingresan a este patrimonio, lo que
obtenga la mujer al colaborar con su marido en cualquier actividad productiva.
c) El trabajo debe realizarse durante el matrimonio y durante la vigencia de la sociedad conyugal.
d) El trabajo debe ser remunerado.

3.- No es condición de existencia del patrimonio, la autorización del marido.


La mujer puede dedicarse libremente a cualquier profesión, oficio, industria o comercio, sin requerir del
consentimiento del marido. No tiene limitaciones después que la Ley Nº 18.802 suprimió la facultad del
marido para solicitar al juez que prohibiera desempeñar a la mujer un determinado oficio o profesión.

4.- Características del patrimonio reservado.


a) Sólo corresponde a la mujer.
b) Existe por el solo ministerio de la ley y las disposiciones que lo establecen son de orden público. Por lo
tanto, los cónyuges no pueden pactar que dejen de ser bienes reservados bienes que tienen tal calidad, y
a la inversa, no pueden estipular que la adquieran bienes que no tienen tal calidad.
c) Sólo se concibe en el régimen de sociedad conyugal.
d) Da origen a una separación sui géneris, pues durante la vigencia de la sociedad conyugal la mujer
administra estos bienes y dispone de ellos como si fuere separada de bienes, pero al disolverse dicha
sociedad, nace para la mujer un derecho de opción, en virtud del cual puede conservarlos renunciando a

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los gananciales de la sociedad conyugal o abandonarlos. Si opta por lo segundo, entran a confundirse con
los gananciales y se dividirán por mitad entre el marido y la mujer.

ACTIVO DEL PATRIMONIO RESERVADO.

Integran el haber del patrimonio reservado los siguientes bienes:


a) Todas las remuneraciones o emolumentos que provengan del trabajo realizado por la mujer separado del
de su marido, incluyéndose las remuneraciones propiamente tales, honorarios, comisiones, etc. También
quedan comprendidos en este concepto los desahucios, indemnizaciones por accidentes de trabajo o por
término de contrato de trabajo; las utilidades que obtenga la mujer con una explotación minera o agrícola.
Si el fundo o la mina fuere de la sociedad conyugal, de todas formas la utilidad que obtenga la mujer, si
ella está a cargo de la explotación, será un bien reservado de ella.
b) Todos los bienes muebles e inmuebles que la mujer adquiera con dineros obtenidos en su actividad
productiva. Igualmente, la cantidad que se le pague por concepto de seguros, en caso de destrucción de
un bien reservado; y el precio que reciba por la venta o expropiación de los mismos.
c) Los frutos naturales y civiles que produzcan los bienes reservados, conforme al principio de que lo
accesorio sigue la suerte de lo principal.

PASIVO DEL PATRIMONIO RESERVADO.

Afectan al patrimonio y por ende pueden perseguirse en él, las siguientes obligaciones:
a) Las deudas contraídas por la mujer durante su administración separada (art. 150, 5o).
Estas obligaciones no pueden perseguirse en los bienes propios de la mujer, que administra el marido como
jefe de la sociedad conyugal. Si la ley así lo hubiera autorizado, el derecho de administración y usufructo del
marido sobre tales bienes, se tornaría ilusorio. Sí pueden perseguirse estas obligaciones en los bienes que la
mujer administra como separada de bienes: art. 150, 5o, artículo 166, artículo 167.
b) Las deudas personales de la mujer. Son tales:
• las contraídas antes del matrimonio;
• las que provengan de un delito o cuasidelito;
• las que vengan anexas a una donación, herencia o legado deferido a la mujer en los casos contemplados en
el art. 166. Estas deudas pueden perseguirse tanto en los bienes propios de la mujer que administra el
marido, como en los bienes que integran su patrimonio reservado y en los demás bienes que ella administra
como separada parcialmente de bienes (artículos 166, 167 y 252). Por ende, el acreedor de una deuda
personal de la mujer, está en mejor posición que el acreedor que ella tenga por una deuda de su patrimonio
reservado, debido al abanico de bienes sobre los cuáles hacer efectivo su crédito.

ADMINISTRACION DEL PATRIMONIO RESERVADO.

Corresponde dicha administración exclusivamente a la mujer. Las facultades de administración son las que
corresponden a la mujer separada de bienes (art. 159). Por lo tanto, puede la mujer ejecutar libremente
cualquier acto de mera administración y enajenar sus bienes reservados, a cualquier título12. Con todo, una
limitación puede originarse para la disposición o constitución de gravámenes sobre un inmueble perteneciente
al patrimonio reservado, cuando dicho bien raíz se declare “bien familiar”, a petición del marido, en la
medida que sirva de residencia principal de la familia. En tal caso, se requerirá el consentimiento del marido,
para enajenar o gravar o arrendar el inmueble. Igual puede acontecer con los muebles que guarnecen el hogar

12
Antes de la ley 21.515 de 2022, el art. 150 CC establecía un tratamiento diferenciado según el tipo de bien para la
mujer menor de edad, exigiendo para la enajenación de bienes raíces autorización de la justicia dada con conocimiento
de causa. Considerando que la mujer mayor de 16 años podía contraer matrimonio, esa exigencia guardaba armonía con
las normas que regulan la enajenación de inmuebles que forman parte del peculio profesional o industrial de un menor
adulto (art 254 CC).

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común. En el ámbito judicial, la mujer puede comparecer libremente en juicio en defensa de su patrimonio
reservado, sea como demandante o como demandada. Los acreedores deberán dirigir su acción contra la
mujer.

- Facultades del marido: por regla general, ningún acto del marido puede afectar al patrimonio reservado y
ningún acto de la mujer puede afectar el patrimonio social o el del marido. Las salvedades son las siguientes:
i) Actos del marido que afectan el patrimonio reservado: cuando la mujer le haya conferido poder (en cuyo
caso, el acto o contrato realizado por el marido afectará al patrimonio reservado); ii) Actos de la mujer que
afectan el patrimonio social o el del marido: que se haya constituido el marido fiador o codeudor solidario de
una obligación contraída por su mujer; que él o la familia común haya reportado beneficio del acto o contrato
celebrado por la mujer (art. 150, inciso 5o, que se remite al art. 161).
En estos dos últimos casos, el acto o contrato realizado por el marido o por la mujer, respectivamente, afectará
al patrimonio social o al del marido.
Considerando que el marido no tiene injerencia en el patrimonio reservado, ninguna obligación originada en
el ejercicio de dicho patrimonio puede afectarlo en sus bienes, salvo en los dos últimos casos señalados
precedentemente.

PRUEBA DEL PATRIMONIO RESERVADO.

1.- Importancia y objeto de la prueba.


La prueba del patrimonio reservado es un elemento de gran importancia. Sin un sistema de prueba adecuado,
los terceros no contratarían con la mujer, o exigirían la concurrencia del marido en el acto o contrato, tornando
ineficaz la institución. Interesa la prueba de la existencia del patrimonio reservado y de los actos o contratos
en él ejercidos, tanto a los cónyuges como a los terceros. Interesará al marido, cuando se pretenda hacer
gravitar sobre la sociedad conyugal deudas que afectan los bienes reservados. Interesará a la mujer, cuando
el marido pretenda ejercitar sobre los bienes reservados derechos que no le corresponden o cuando se
desconozca por los terceros su facultad para actuar y contratar por sí sola. Interesará a los terceros, cuando
se pretenda por la mujer o el marido atacar la validez del acto realizado al amparo del art. 150 CC, alegándose
la supuesta insuficiencia de las facultades de la mujer o la inexistencia de su patrimonio reservado.
La prueba puede referirse a la facultad de la mujer para ejercitar determinados actos o contratos sobre su
patrimonio reservado; a la existencia del patrimonio reservado; o a la calidad de reservado de determinado
bien. Distintas normas reglan la prueba de estas situaciones.

2.- Prueba de las facultades de la mujer y de la existencia del patrimonio reservado.


Si la mujer necesita concluir un acto o contrato (por ejemplo abrir una cuenta corriente bancaria, hipotecar
un bien raíz, etc.), pueden suscitarse dudas sobre si puede o no ejecutar el acto jurídico.
Diferentes serán las reglas probatorias, según si la prueba es producida por la mujer o por el tercero.
a) Prueba producida por la mujer: deberá hacerlo cuando se desconocen sus facultades para gestionar los
bienes reservados. Como la regla general es que la mujer casada en sociedad conyugal carezca de facultades
de administración y disposición sobre sus bienes, acreditar la existencia del patrimonio reservado es una
situación excepcional, que debe ser probada por la mujer. Usualmente, la prueba se producirá con documentos
que acrediten la actividad separada del marido (contratos de trabajo, liquidaciones mensuales de
remuneraciones, patentes profesionales, comerciales o industriales, declaración de pago de impuestos, etc.).
b) Prueba producida por un tercero: puede verse obligado a probar que la mujer actuó en el ámbito de su
patrimonio reservado, cuando ésta o su marido pretendan desconocer la validez del acto concluido dentro de
su actividad separada.
Concurriendo las siguientes circunstancias, la ley ampara al tercero con una presunción de derecho:
- Que el bien objeto del contrato no sea un bien propio de la mujer que el marido esté o pueda estar obligado
a restituir en especie (es decir, que no sea de aquellos indicados en los arts. 1754 y 1755). Así, el tercero
deberá concluir que el bien no puede ser reservado, cuando, por ejemplo, fue adquirido a título gratuito
durante la vigencia de la sociedad conyugal o a título oneroso antes del matrimonio, o si se trata de bienes

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muebles excluidos de la comunidad en las capitulaciones matrimoniales.
- Que la mujer acredite, mediante instrumentos públicos o privados, que ejerce o ha ejercido una profesión,
industria o comercio separado de su marido.
- Que el acto se otorgue por escrito y en él se haga referencia a los documentos anteriormente indicados (en
la práctica, ellos se insertan al final del instrumento).
Concurriendo estos requisitos, se presume de derecho la suficiencia de facultad de la mujer para ejecutar o
celebrar el acto jurídico y no podrá prosperar la acción de nulidad en la que pretenda invocarse que la mujer
actuó fuera del ámbito de su patrimonio reservado. De faltar alguno de los requisitos, el tercero, si bien no
estará favorecido por la presunción, podrá acudir a los medios ordinarios de prueba para acreditar que el acto
fue realizado por la mujer dentro del ámbito de su patrimonio reservado.

3.- Prueba sobre la calidad de reservado de determinado bien.


Corresponde ordinariamente a la mujer o sus herederos, dada la naturaleza excepcional de los bienes
reservados. Para acreditar esta calidad excepcional, la mujer podrá recurrir a cualquier medio de prueba y
acreditar que el bien en cuestión fue adquirido con el producto de su trabajo profesional o industrial. Será
inadmisible, sin embargo, la confesión de los cónyuges (art. 1739).

SITUACIÓN DE LOS BIENES RESERVADOS A LA DISOLUCION DE LA SOCIEDAD


CONYUGAL.

1.- Si la mujer acepta los gananciales: Los bienes reservados pasan a formar parte de dichos gananciales y
se dividirán entre los cónyuges de conformidad con las reglas generales (art. 150, 7º).
Los actos ejecutados por la mujer durante la administración de los bienes reservados se miran como válidos,
pudiendo ahora los acreedores perseguir sus créditos no sólo sobre la parte de los bienes reservados que recibe
la mujer, sino sobre todos los demás bienes que le correspondan en la liquidación. Lo anterior es una
consecuencia del hecho de no existir ya división de bienes propios y sociales. Los bienes propios y reservados
se confunden.
El marido, por su parte, que recibe su cuota de bienes reservados, también se hace responsable de las deudas
que afectaban al patrimonio reservado, pero sólo hasta concurrencia de lo que haya recibido por tal motivo.
Si se le exigiere mayor cantidad, puede oponer el beneficio de emolumento de que goza la mujer (art. 1777),
beneficio que el marido podrá renunciar (art. 150, inciso final).

2.- Si la mujer renuncia los gananciales. Si la mujer o sus herederos mayores renuncian los gananciales,
conservarán la totalidad de sus bienes reservados (art. 150, 7º), respondiendo con ellos de la totalidad de las
obligaciones que afecten al patrimonio reservado. El marido no tendrá responsabilidad alguna en dichas
obligaciones.
La mujer, por su parte, no tendrá derecho alguno a los gananciales de la sociedad conyugal.
Los acreedores del marido o de la sociedad no podrán perseguir los bienes reservados, a menos que la
obligación contraída por el marido, hubiere cedido en utilidad de la mujer.

3.- Liquidación del pasivo del patrimonio reservado en caso de aceptación de los gananciales.
Al aceptar la mujer o sus herederos los gananciales, los bienes reservados ingresan al haber de la sociedad
conyugal. Cabe determinar aquí qué derecho asiste a los acreedores de dicho patrimonio reservado, por las
deudas contraídas por la mujer durante su administración. La situación puede resumirse de la siguiente forma:
a) La mujer responde con todo su patrimonio del pasivo del patrimonio reservado; el marido, responde de
dicho pasivo hasta concurrencia de la mitad del haber del patrimonio reservado que entró a la liquidación. b)
El derecho de emolumento que se confiere al marido por el art. 150, 8o, puede ser hecho valer como acción
o como excepción, y a él le corresponderá probar el exceso de contribución que se le exige, conforme al art.
1777.
En los siguientes casos, podrá exigirse al marido una cuota mayor en las obligaciones del pasivo del

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patrimonio reservado: cuando no pueda probar el exceso de contribución que se le exige; cuando renuncia al
beneficio de emolumento; cuando se ha constituido fiador o codeudor solidario de su mujer; y cuando
garantizó la obligación de la mujer con prenda o hipoteca o cuando dicha obligación cedió en su exclusivo
beneficio o en el de la familia común.

SITUACIÓN ESPECIAL DE LOS BIENES DE LOS ART. 166 Y 167.

Se trata de bienes que, vigente la sociedad conyugal, la mujer administra separada del marido, por tanto, dan
lugar a una separación parcial de bienes.
Existe una separación parcial de origen legal (art. 166) y una de origen convencional (art. 167).
- Caso del 166: cuando a la mujer casada se hiciere una donación, o se dejare una herencia o legado, con
la condición precisa de que en las cosas donadas, heredadas o legadas no tenga la administración el
marido, y si dicha donación, herencia o legado fuere aceptado por la mujer.
- caso del art. 167: si en las capitulaciones matrimoniales se hubiere estipulado que la mujer administre
separadamente alguna parte de sus bienes.

Reglas aplicables a estos bienes:


1. Se aplicarán las disposiciones de los artículos 159, 160, 161, 162 y 163, pero disuelta la sociedad
conyugal las obligaciones contraídas por la mujer en su administración separada podrán perseguirse sobre
todos sus bienes. Esto significa que:
a. La mujer administra igual que en la separación judicial, es decir con independencia del marido.
b. Ambos cónyuges deben proveer a las necesidades de la familia común en proporción a sus
facultades.
c. Los actos y contratos de la mujer solo dan acción sobre los bienes que componen este patrimonio,
sin que tenga responsabilidad el marido a menos que se haya obligado conjunta, solidaria o
subsidiariamente con la mujer o que se haya beneficiado él o la familia común.
d. Si la mujer confiere al marido la administración de parte de estos bienes, él responderá como
simple administrador.
e. Si la mujer es incapaz se le dará un curador para la administración. Puede ser curador el marido
pues no lo impide el art. 503.
2. Los acreedores del marido no tendrán acción sobre estos bienes que la mujer administre a menos que
probaren que el contrato celebrado por él cedió en utilidad de la mujer o de la familia común.
3. Pertenecerán a la mujer los frutos de las cosas que administra y todo lo que con ellos adquiera, pero
disuelta la sociedad conyugal se aplicarán a dichos frutos y adquisiciones las reglas del artículo 150.
4. Estos bienes responden cuando la mujer a realizado un acto o celebrado un contrato respecto de un bien
propio autorizada por la justicia en los casos del art. 138 bis.

Otros casos de separación parcial de bienes

§ Derecho legal de goce es un derecho personalísimo que consiste en la facultad de usar los bienes del hijo
y percibir sus frutos, con cargo de conservar la forma y sustancia de dichos bienes y de restituirlos, si no
son fungibles; o con cargo de volver igual cantidad y calidad del mismo género, o de pagar su valor, si
son fungibles (art. 252 CC). Cuando este derecho corresponda a la madre casada en sociedad conyugal,
ésta se considerará separada parcialmente de bienes respecto de su ejercicio y de lo que en él obtenga.
Esta separación se regirá por las normas del artículo 150 CC.
§ Si a cualquiera de los cónyuges se hiciere una donación o se dejare una herencia o legado con la condición
de que los frutos de las cosas donadas, heredadas o legadas no pertenezcan a la sociedad conyugal, valdrá
la condición, a menos que se trate de bienes donados o asignados a título de legítima rigorosa (Art. 1724
CC).

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