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Lemper Iere

El documento discute la 'cuestión colonial' en Hispanoamérica, cuestionando el uso del término 'colonial' por parte de historiadores y su implicación en la identidad histórica de los territorios hispanoamericanos. Se compara la experiencia colonial hispanoamericana con la de Estados Unidos, destacando cómo los criollos renegaron de su pasado colonial al buscar la independencia, a diferencia de los colonos norteamericanos. La autora aboga por una reflexión crítica sobre el uso de categorías históricas y su impacto en la comprensión de la historia latinoamericana.
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Lemper Iere

El documento discute la 'cuestión colonial' en Hispanoamérica, cuestionando el uso del término 'colonial' por parte de historiadores y su implicación en la identidad histórica de los territorios hispanoamericanos. Se compara la experiencia colonial hispanoamericana con la de Estados Unidos, destacando cómo los criollos renegaron de su pasado colonial al buscar la independencia, a diferencia de los colonos norteamericanos. La autora aboga por una reflexión crítica sobre el uso de categorías históricas y su impacto en la comprensión de la historia latinoamericana.
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Copyright Cerma- Nuevo Mundo Mundos Nuevos 2004

La « cuestión colonial »

Annick Lempérière

Una de las sesiones del seminario mensual de nuestro equipo de investigación fue
dedicada, en diciembre del año 2002, a una discusión sobre el status y la « identidad »
histórica de los dominios españoles entre el siglo XVI y las independencias. Se pusieron
en tela de juicio las palabras y las realidades encubiertas por las voces « colonia » y
« colonial ». La discusión tuvo, por una parte, un enfoque comparativo. El status de los
dominios hispanoamericanos fue comparado con el grado de autonomía política de que
disfrutaban los reinos y virreinatos europeos de las coronas de Castilla y Aragón (Jean-
Michel Sallmann). La cronología y los enfoques propios de otra gran historiografía
« colonial », la de la India, fueron presentados por Sanjay Subrahmanyam. Por otra
parte, Juan Carlos Garavaglia expuso « el problema de fondo », la « subordinación de
una sociedad a otra » y los datos socio-económicos (la producción de metales preciosos,
el trabajo forzoso, el intercambio desigual) que permiten hablar de la dependencia de
los territorios americanos respecto a la península ibérica y, más generalmente, a las
potencias europeas. Mi propia propuesta consistió en cuestionar el uso al mismo tiempo
a-crítico y maquinal, tendencioso y reificado que, a mi manera de ver, nosotros los
historiadores latinoamericanistas solemos hacer del adjetivo « colonial » para calificar y
describir sin discriminación cualquier dato, cualquier fenómeno histórico ocurrido en
América durante el período anterior a la independencia. Planteé el problema de la
reificación del « concepto » (¿« colonia » es un concepto ? ¿« colonial », una categoría
descriptiva, analítica, axiológica?) así como la necesidad de repensar los usos que los
historiadores hacemos de él y las implicaciones reflexivas y no-reflexivas que tienen
tales usos. Entre otras cosas, sugerí que quizá el apego a una historia basada en un
enfoque sistemáticamente « colonialista », al reducir drásticamente la identidad
iberoamericana a « lo colonial », tendía a aislar el conjunto de nuestra historiografía de
otras que, dedicadas también a grandes conjuntos políticos y culturales, bien podrían
proporcionarnos modelos de referencia e instrumentos de rigor y de heurística en cuanto
a lo aparentemente singular de nuestro objeto de estudio. Tal es el caso del imperio
otomano : a pesar de que es contemporáneo del imperio español, los latinoamericanistas
lo ignoramos soberanamente a la hora de analizar un fenómeno tan relevante para
nosotros como, por ejemplo, la creación de un conjunto político basado en sociedades
sumamente heterogéneas, diseminadas a lo largo de territorios muy extensos, cuya
convivencia conoció una duración plurisecular.
La discusión un tanto acalorada que acogió tales propuestas resultó en parte del
carácter esquemático de mi ponencia – presentada, como las demás, en unos escasos
diez minutos. Lo que sigue responde a la necesidad de poner las ideas en claro de
manera desapasionada. No tiene la pretensión de acabar con el tema ni de construir un
baluarte en torno a una posición dogmática. El punto de vista es el de una historiadora,
por lo tanto no es necesariamente similar al de los antropólogo ; la perspectiva
privilegiada es la de la historia de lo político concebido de manera amplia pero sin la
1
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pretensión de abordar a fondo, por ejemplo, cuestiones de historia económica. No es


más que un ensayo cuya función es permitir que la discusión siga en pie sobre
fundamentos un poco más sólidos.1
Son varias las formas mediante las cuales se reifican o « cosifican » – valga el
neologismo – los conceptos, las nociones y las categorías de análisis. La reificación es a
menudo el desconocimiento del carácter construido de las nociones y su utilización
como categorías no-pensadas y « autóctonas » en el campo de una disciplina. En el caso
del quehacer histórico, la reificación sobreviene, primero, al aplicar a épocas distintas
dentro de un extenso período, unas mismas categorías y calificativos. Secundo, cuando
se olvida que los conceptos y categorías no son esencias y substancias eternamente
iguales a sí mismas, sino que tienen una historia, cargan una memoria y ostentan unos
significados tan distintos como las formaciones sociales en las cuales nacieron y se
siguen empleando. Según las épocas, las sociedades y los grupos socio-culturales, las
voces y los conceptos cobran sentidos sumamente diferenciados, sentidos que a su vez
pueden llegar a implicar, como en el caso de la palabra « colonia » y sus derivados,
valores y valoraciones altamente polémicas, cargadas de afectividad, de ideología, de
pasiones y del recuerdo de experiencias militantes o vitales. De colonia a colonial, se
pasó, en el siglo XIX, a « colonialismo », con lo cual « la cuestión colonial » entró de
plano en el campo de la ideología y de la política. La « historia colonial »
latinoamericanista no podía de ninguna manera salir ilesa de tales avatares.
« Historia colonial » de América latina, desde hace muchas décadas, no remite a
otra cosa que al período de estudio que abarca los siglos anteriores a la independencia :
la « época colonial » y, corolariamente, a una sub-parte de la materia académica
« historia de América latina ». La fórmula, en sí misma, se ha vuelto neutral, gris, no-
polémica. « Colonial » es una señal de identidad específica para los historiadores que
estudian los siglos XVI a XVIII. Normalmente se podría prescindir de repetir sucesiva y
reiterativamente las alusiones a lo « colonial » a lo largo de los estudios claramente
ubicados dentro del « período colonial ». Sin embargo, no sucede así. Al estudiar la
sociedad, los sistemas de trabajo, la economía, la fiscalidad entre el siglo XVI y el XIX,
la mayoría de los historiadores siente la necesidad de añadir el calificativo « colonial » a
cualquier descripción. Se habla de « régimen colonial » pero, ¿qué quiere decir
« colonial » en este caso ? ¿Qué sentido añade al análisis del sistema político, si de eso
se trata ? Si significa que las instituciones son distintas de las de la península,
¿« colonial » es suficiente para calificarlas ? « Explotación colonial », fórmula de moda
en la época de Chaunu y de la preponderancia de la historia económica, remite al
sistema económico global : alude a la extracción de bienes primarios y a la explotación
del trabajo indígena o de la esclavitud, al mercantilismo y al comercio exclusivo con la
metrópoli. Hoy en día se prefiere la expresión « pacto colonial », que viene a rematar,
de manera fluida y elástica, un conjunto de datos bastante distintos entre sí : a veces se
trata de los « acuerdos » entre caciques indígenas y autoridades peninsulares sobre la
organización del trabajo indio, a veces del conjunto de las instituciones políticas,
económicas, etc…, que regían las sociedades americanas sin distinción de condición,
otras veces de las relaciones entre los colonos criollos y las instancias de poder en la
metrópoli, que se trate del comercio o de la asignación de los empleos públicos, sin que
se identifique siempre de manera muy clara quienes fueron los actores y sujetos
concretos de dicho « pacto ». Asimismo « colonial » sirvió, durante décadas, para
calificar todas las producciones artísticas de los dominios ultramarinos hasta el siglo

1
Trataré sobre todo de Hispanoamérica, sin que ello impida comparaciones con otras regiones de
colonización europea.
2
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XIX (el famoso « Arte colonial »). En nuestros días, « colonial » se aplica tanto a las
cuestiones de « género » como a las relaciones entre los « grupos étnicos » o a la
« religiosidad » propia de la misma época.2 Huelga decir que la costumbre se encuentra
en los escritos de los historiadores latinoamericanos, norteamericanos y europeos de
todas nacionalidades : forma parte de nuestra lingua franca historiográfica. Ahora bien,
estamos frente a un uso que va más allá de la neutral identificación de un grupo de
aficionados a un período y a un territorio. Lleva consigo un sistema de valoraciones, las
más de las veces peyorativas. He aquí la « cuestión colonial » que quisiera volver a
discutir en las páginas que siguen.
*
* *
Tal vez la comparación más inmediata y útil para abordar « la cuestión
colonial » hispanoamericana sea con la historiografía norteamericana. Como aquella y
como la historiografía de la India citada al principio, la norteamericana también tiene su
«historia colonial ». Sin embargo, salta a la vista una gran diferencia entre el caso
norteamericano y el hispanoamericano. Los rebeldes de las Trece Colonias, una vez
lograda su independencia mediante una guerra y una revolución política llevada a cabo
por ellos mismos, no renegaron de su pasado « colonial », de sus instituciones
« coloniales », de su estatuto de « colonos », pobladores y actores del desarrollo
económico de sus territorios y del comercio « colonial » con la Gran Bretaña. La ruptura
con la metrópoli, fundamentada en el derecho natural y en los derechos políticos a los
cuales los colonos se creían con razón acreedores, no implicó el rechazo del pasado
británico y de la pertenencia a una tradición política, jurídica y religiosa británica. No
implicó, aunque la cuestión fue objeto de debates en el momento de la independencia, la
renuncia al sistema socio-económico basado en la esclavitud que los colonos habían
adoptado para explotar el territorio que iban poblando. Tampoco puso en tela de juicio
el tipo de relaciones (guerra y comercio entre naciones según el derecho de gentes) que
se habían entablado de antemano entre los colonos y los autóctonos, quienes siguieron
siendo excluidos del ecumene de los Englishmen.
En cambio, en el caso hispano-americano, las modalidades de acceso a la
independencia llevaron a los colonos, cuando escogieron el camino de la insurgencia, a
inventarse una ascendencia imaginaria. Afrentados violentemente a las huestes realistas,
se identificaron con los indios cuyos reinos e imperios sus propios antepasados habían
conquistado y destruido tres siglos antes. Los patriotas criollos renegaron de su pasado
de colonizadores y colonos para hacer suya la condición de « colonizados ».
Renunciaron a su antigua identidad de vasallos de los « reinos indianos »,
orgullosamente asumida hasta 1810-1811, para hablar de su propia tierra como de
« colonias », lo cual implicaba, al revés de lo que sucedió en Estados Unidos, el rechazo
del pasado y de la herencia española.3 « Colonia » se volvió sinónimo de despotismo en
lo político y de oscurantismo y poder inquisitorial en lo cultural y religioso –
despotismo y oscurantismo cuyas víctimas habrían sido, durante tres siglos, lo mismo
los criollos que los estratos socio-étnicos subyugados mediante la conquista y la
esclavitud. Con ello, las dificultades a las cuales se afrentaron los antiguos territorios

2
¿Acaso tales fenómenos sociales, estudiados para los siglos XIX o XX, se califican de « nacionales » o
« independientes » ? En cuanto a la calificación de « postcoloniales », tampoco puede satisfacer las
exigencias de análisis y comprehensión.
3
Estas líneas se basan en François-Xavier Guerra, « The implosion of the Spanish Empire : Emerging
statehood and Collective Identities », in Luis Roninger y Tamar Herzog, The Collective and the Public in
Latin America. Cultural identities and Political Order, Sussex Academic Press, 2000, pp. 71-94.

3
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españoles a la hora de volverse Estados-naciones, se atribuyeron no a las modalidades


de la colonización implementadas por los colonos durante tres siglos, sino a la
« herencia española » : los « usos y costumbres » y la situación sociocultural –
ignorancia, fanatismo, pasividad y otros tantos « vicios », según las propias palabras de
las élites « ilustradas » – de la inmensa mayoría del « pueblo », fueron calificados
como consecuencias de « la dominación española » y considerados todos como
contrarios al progreso y al engrandecimiento de las nuevas naciones. Por cierto, hace
falta matizar. Desde los principios de la era independiente, hubo también publicistas,
historiadores y políticos, tradicionalistas o conservadores, para conferir a « lo
colonial » un valor altamente positivo. La contienda entre las dos corrientes de
interpretación del pasado español se sumó a las luchas políticas entre liberales y
conservadores en el siglo XIX, o entre « hispanistas » e « indigenistas » en el siglo XX
en los países donde existía una numerosa población indígena.4 Sin embargo, la
valoración negativa de « lo colonial » fue la que prevaleció en Hispanoamérica, a
medida que se perfilaban las dificultades para implementar las reformas
modernizadoras. Pero eso ocurrió varias décadas antes de la gran ola decimonónica de
expansión y colonización europea, y a partir de una situación histórica derivada de las
modalidades de la independencia sobre las cuales volveremos más adelante. Quienes
crearon la valoración negativa de lo colonial fueron primero los colonizadores
hispánicos, herederos del imperio y de las sociedades que sus antepasados habían
contribuido a fundar y establecer. Aunque pudieron reivindicarlo ocasionalmente
incluso hasta nuestros días, las élites criollas no eran las herederas intelectuales y
morales de Las Casas y Vitoria : al lado de la filiación imaginaria « indigenista », las
élites criollos se dotaron de una nueva filiación europea, imaginada también pero más
adrede respecto a sus fines inmediatos, en el siglo de las Luces y la Revolución
francesa. 5
La crítica « anti-colonialista », como bien se sabe, nació a raiz de la expansión
europea del último tercio del siglo XIX. Numerosos pensadores y hombres políticos
europeos se percataron de lo negativo y nefasto de la colonización y la denunciaron en
calidad de « colonialismo » e « imperialismo ». A partir de aquel entonces, fuera por
parte de los partidarios o de los adversarios de la expansión colonialista, « colonia »
cobró una significación única : la de un territorio extranjero sometido a una dominación
política casi exclusivamente dirigida hacia la explotación económica llevada a cabo por
los capitalistas metropolitanos en provecho de la potencia económica y militar del
Estado-nación.6 En cuanto al « fardeau de l’homme blanc » y a la « misión

4
Cabe observar que, en el caso de México, la corriente indigenista – en el caso de Manuel Gamio por
ejemplo – fue proclive a reconocer que la legislación indiana (« colonial ») había sido a fin de cuentas
más favorable a los indígenas que la supuestamente igualitaria de los liberales decimonónicos. Tal
valoración iba a la par con la elaboración del nacionalismo posrevolucionario, que tendió a integrar
dentro de la historia y de la identidad « nacional » los aportes de las sucesivas épocas desde antes de la
Conquista, cf. A. Lempérière, « D'un centenaire de l'Indépendance à l'autre (1910-1921). L'invention de la
mémoire culturelle du Mexique contemporain », in F.-X. Guerra (éd.), Mémoires en devenir. Amérique
latine XVIe-XXe siècles, Bordeaux, Maison des Pays Ibériques, pp. 269-292.
5
Francois-Xavier Guerra, « L’Amérique latine face à la Révolution française », en L’Amérique latine
face à la Révolution française, Caravelle, n° 54, 1990, pp. 7-20.
6
Algelia es uno de los pocos casos decimonónicos que se asemeja de cerca a la colonización
española renacentista : conquista militar ; coexistencia desigual entre los vencidos y un gran número de
pobladores oriundos de la metrópoli, así como la tentativa – frustrada en tiempos de Napoléon III – de
crear un orden jurídico protector de los « indígenas ». Obvian las diferencias, entre las cuales sobresalen
primero la sobrevivencia vigorosa de la religión musulmana, segundo la no-coincidencia entre el sistema
4
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civilizadora », nadie hoy en día se atrevería a decir que fue otra cosa que una máscara
ideológica, aun cuando los servicios sanitarios y educativos implementados por algunos
colonizadores pudieron a veces surtir efectos positivos para las poblaciones colonizadas.
La colonización decimonónica y su séquito de críticas produjeron, lo que fue
bastante normal e inevitable, una relectura del pasado colonial de América latina en
términos de « nacimiento del colonialismo europeo » o de « primer imperialismo
moderno ».7 Si bien tal relectura pareció haber culminado con la teoría de la
dependencia en los años 1960 y 70,8 no deja de hacer sentir sus efectos y su vitalidad
hasta nuestros días. Las venas abiertas de América latina, el panfleto imaginativo y
sombrío de Eduardo Galeano publicado por primera vez en 1971 alcanza valiosamente
su septuagésimacuarta edición en el momento en que se publica en Francia Le livre noir
du colonialisme, cuyo primer capítulo está dedicado al aniquilamiento de los habitantes
de las islas caribeñas a partir de 1492.9 En cuanto a la « conmemoración » del quinto
centenario del descubrimiento colombino, más que abrir una nueva época en la
valoración negativa del colonialismo europeo, permitió escenificar la mutación de los
paradigmas propios del memorial de agravios anticolonialista ocurrida en la década
anterior. Rebasadas las esperanzas marxistas y teológicas de « liberación » socio-
económica, el fundamentalismo identitario de las organizaciones políticas de los
« pueblos autóctonos », debidamente adiestradas por los antropólogos posmodernos y
otros subaltern, colonial y cultural studies, sustituyó la « dominación » multipolarizada
y la « globalización » al « capitalismo » y a las « multinacionales » de antaño, el
« etnocidio » a la « dependencia », la exigencia del reconocimiento constitucional de
« los pueblos y nacionalidades indígenas » a la apuesta revolucionaria. Contra el
colonialismo, las culturas originarias ; contra el universalismo revolucionario, el
comunitarismo identitario.10
Es imposible, y hasta cierto punto no deseable, que el quehacer de los
historiadores latinoamericanistas quede inmune contra los paradigmas colectivos que,
surgidos dentro y fuera de los recintos académicos, tiñen las lecturas del pasado con los
vivos colores de los temas candentes de la actualidad. Los imaginarios, los sistemas de
valores, los ideales propios y controvertidos de las sucesivas generaciones, son
obviamente vividos y compartidos, consciente o inconscientemente, por los
historiadores. Sin embargo, si pretendemos hacer historia no es sólo para compartir
emociones y utopías, sino también para entender y explicar el pasado y el presente. La
posición del historiador es necesariamente operar siempre una distinción entre historia y
conmemoración, lo mismo que entre historia y militancia, historia y hagiografía, crítica
y denuncia. En la medida en que « colonia » y « colonial » desde hace mucho tiempo y
hoy en día más que nunca, son conceptos que implican valoraciones tanto positivas (en
nuestros días escasas : veáse la suerte de « la conquista espiritual ») como negativas

político propio de los colonizadores (estado-nación, ciudadanía política) y la condición política (o más
bien la condición desprovista de derechos políticos) de los colonizados.
7
Tal es la posición de Carmen Bernand : « La première forme moderne de l’impérialisme occidental fut
l’œuvre de l’Espagne et du Portugal », « Impérialismes ibériques », in Marc Ferro, Le livre noir du
colonialisme. XVIe-XXIe siècle : de l’extermination à la repentance, Paris, Robert Laffont, 2003, pp. 137-
179 (p. 137).
8
En el campo historiográfico, una muestra en Stanley J. Stein and Barbara Stein, The colonial heritage of
Latin America : Essays on Economic Dependance in Perspective, Oxford, Oxford University Press, 1970.
9
Marc Ferro, op. cit. El título se inspira directamente en Le livre noir du communisme. Crimes, terreur,
répression (Robert Laffont, 1997) y es probable que provoque el mismo tipo de polémicas.
10
Una ilustración de esta mutación en el testimonio de Rigoberta Menchú, cf. Annick Lempérière, « Moi,
Rigoberta Menchú, témoignage d'une indienne internationale », Le parti pris du document, revue
Communications, n° 71, pp. 395-434.
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(colonialismo, etnocidio, genocidio), me parece que por lo menos se puede exigir


cautela y reflexión a la hora de utilizarlos. Si pensamos que Weber acertó al propugnar
una sociología « comprehensiva » de las razones y de los valores propios de los actores,
tenemos que aceptar también, aun siendo historiadores y no sociólogos, la otra cara de
su propuesta : apartar cualquier sistema de valor de nuestra reflexión y cualquier
valoración de nuestros objetos de estudio, en provecho de una actitud comprehensiva –
lo cual no significa empática o simpatizante - frente al pasado.
*
* *
Durante siglos, la voz « colonia » no tuvo ninguna conotación peyorativa y
conservó los significados que los romanos habían dado a la palabra latina. Colonizar
era, ante todo, poblar : una migración y una fundación que no implicaban la dominación
de un pueblo sobre otro, sino la toma de posesión de un territorio. Fruto de una serie de
conquistas, los territorios hispanoamericanos fueron llamados « reinos », « provincias »,
« dominios » por los soberanos españoles quienes los integraron dentro del patrimonio
de la Corona castellana. « Colonia », en el mundo hispánico, se aplicaba a las
posesiones y poblaciones extranjeras (francesas, inglesas, portuguesas, etc…) en
América : Colonia de Sacramento, por ejemplo.11 Sin embargo, segun el Abate Raynal o
William Robertson, las Indias españolas eran sin lugar a duda « colonias », por una
parte en el sentido poblacional tradicional y por otra, en el nuevo sentido, económico,
de la palabra colonia. En efecto, fue a partir de finales del siglo XVII cuando
« colonia » empezó a cobrar un significado económico que pasó del francés a los
idiomas inglés y español durante el siglo XVIII. El monopolio comercial (uno de los
puntos fuertes del sistema mercantilista que fue adoptado por todas las potencias de la
época) se establecía con « las colonias » « para la utilidad de la metrópoli ».12 En la
época de las reformas borbónicas, dentro de los círculos de la Corte madrileña, se
empezó a hablar de los dominios ultramarinos en calidad de « colonias » con una clara
conotación económica, y en el sentido de que la « utilidad » producida por América
había sido, hasta la fecha, demasiado a favor de esta última. Sin embargo, fue tambíen
en la segunda mitad del siglo XVIII cuando los ilustrados españoles, entre ellos
Campomanes de manera notable,13 conceptualizaron la idea de formar « un solo cuerpo
de Nación » (la « Nación española ») y de estrechar los vínculos de « amistad y unión »
entre « las provincias potentes y considerables del imperio español ». Lo cual quiere
decir que las Indias podían ser al mismo tiempo « colonias » en lo económico y
« reinos » o « provincias » en lo político, y que se trataba de instaurar una
complementariedad, más que un antagonismo de intereses, entre la península y los
territorios ultramarinos.
En todo caso, y he aquí el punto medular, en aquel entonces y hasta bien entrado
el siglo XIX, « colonia » y « colonial » no tenían ningun contenido ideológico. Su
significado no era negativo, tampoco unívoco. Se aceptaba que la creación de colonias
respondía a numerosos motivos que no eran primordialmente económicos, pudiendo ser
políticos, religiosos o militares. Además, se sabía que la palabra « colonia » remitía a
realidades muy distintas entre sí, y no se identificaba las plantaciones esclavistas de las

11
Philippe Castejon, Le statut de l’Amérique hispanique à la fin du 18e siècle : les Indes occidentales
sont-elles des colonies ? , Mémoire de maîtrise de l’université Paris-I, 1993. « colonia » se decía también
de las « naciones » extranjeras establecidas en el territorio peninsular, por ejemplo la « colonia » de los
comerciantes franceses de Cádiz.
12
Ibid.
13
Informe de Campomanes, 1768, cit. en Ibid, p. 54.
6
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islas caribeñas con los establecimientos españoles continentales.14 Cuando el Abate


Raynal o Turgot criticaban las colonias españolas, era porque no reportaban suficientes
utilidades económicas a la metropóli, la cual al contrario se había empobrecido al
mantener la defensa y la administración de sus disproporcionadas posesiones. En cuanto
a Adam Smith, no condenaba el sistema de gobierno español en las Indias por ser
« colonial », sino por ser mercantilista y por tanto contrario al librecambio que
pregonaba en Riqueza de las naciones : se trataba de economía, no de moral ni de
ideología. El mismo Carlos Marx, hasta 1870, integró los fenómenos de colonización
dentro de su esquema histórico evolucionista y no denunció las colonias per se :
defendió la colonización brítanica en la India al ver en ella un proceso favorable a la
expansión del capitalismo, en calidad de instrumento más eficaz de la modernización
deseable para los anquilosados sistemas socio-económicos del Extremo-Oriente.15
Por lo tanto, la primera expansión europea de los siglos XV a XVIII tuvo lugar
mucho antes de que dicha expansión, fuera hecha hacia territorios virgenes de
habitantes o llevada a cabo en detrimento de pueblos autóctonos, cobrara para muchos
sectores de la intelectualidad europea un sentido altamente negativo. Existía más bien
un consenso acerca de la utilidad de las colonias, fuera desde el punto de vista
demográfico, militar, político o económico, sin hablar de los motivos religiosos que,
aunque bajo modalidades muy distintas entre sí, no fueron ausentes de ninguna de las
colonizaciones europeas del Antiguo Régimen.
Vale la pena añadir que tampoco el fenómeno de las conquistas, que en el caso
español fue la condición previa a la colonización propiamente dicha, fue concebido bajo
un punto de vista ideológico y negativo. Desde la Antigüedad hasta la Revolución
francesa y las guerras napoleónicas, la noción de conquista no fue peyorativa. Por una
parte, la guerra « justa » podía desembocar en una conquista no menos justa según las
codificaciones propias del derecho natural y de gentes ; por la otra, se tenía muy claro
que la mayor parte de la « historia universal », incluso la de la propia Europa, se había
desarrollado bajo el signo de las conquistas y del auge y declive de los imperios. En el
caso de Europa, tales conquistas fueron en varios casos seguidas o acompañadas por
verdaderas « colonizaciones », – baste con citar el ejemplo de los caballeros teutónicos
en el oriente germánico-polaco o de la colonización de Irlanda bajo la Inglaterra
renacentista de Henrique VIII, otros tantos episodios de la historia europea que no
suelen ser ordenados bajo la etiqueta de « época colonial » en las historiografías
nacionales.
Ahora bien, tal neutralidad frente a los fenómenos coloniales nos remite
únicamente a las opiniones de los colonizadores europeos, con lo cual es fácil oponer a
la argumentación desarrollada en los párrafos anteriores la « voz de los vencidos ». Sin
embargo, cabe recordar que dicha voz no existía como tal en ninguna parte del mundo y
existió – al menos teóricamente – sólo poco tiempo antes de que naciera « el
colonialismo » y sus corolarios el anticolonialismo y las luchas de liberación
« nacional ». La profunda injusticia de la colonización como dominación no negociada
sobre pueblos extranjeros autóctonos no apareció – no sólo en Europa sino también en
el mundo entero – sino después de la elaboración de una serie de conceptos y principios
enteramente nuevos respecto a lo que se concebía como la justicia y el derecho en las
relaciones entre las comunidades humanas y dentro de ellas : igualdad de los individuos
en el estado natural y ante las leyes civiles, derechos del hombre y del ciudadano,

14
Carlos Rodríguez Braun, La cuestión colonial y la economía clásica, Madrid, Alianza Editorial, 1989,
p. 19.
15
Ibid., p. 14.
7
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soberanía de los pueblos y de las naciones, derecho de los pueblos a su


« autodeterminación ». Basta con releer las primeras páginas de El imperialismo de
Hannah Arendt para percatarse de la necesidad de historicizar los conceptos para lograr
una aproximación no ideológica y no valorativa de los problemas. Arendt, en efecto,
distingue de manera esclarecedora los antiguos imperios del moderno imperialismo,
interpretando a éste como uno de los síntomas de la crisis del Estado-nación. No
menciona una sola vez, por lo demás, el caso de los imperios español, portugués o
francés de los siglos XVI a XVIII. Al subrayar « la contradicción interna entre el cuerpo
política de la nación y la conquista considerada como un medio político » (p. 376), deja
muy claro el hecho de que el imperialismo moderno, el de los siglos XIX y XX, no
desembocó en la construcción de verdaderos imperios políticos, sino en « la expansión
en calidad de meta política permanente y suprema », o sea « un concepto enteramente
nuevo en los anales del pensamiento y de la acción política ». Nuevo en el sentido de
que se trataba, en realidad, no de una meta política sino de motivos y objetivos
enteramente ubicados en la esfera económica y mercantil.16 No solamente el « cuerpo
político de la nación », en cuanto produce un derecho cuya aplicación está por
definición estrictamente acantonada dentro de las fronteras del territorio nacional, se
revela incapaz de fundar imperios,17 sino también conduce a los colonizados a la toma
de consciencia de su identidad nacional con su séquito de guerras de liberación. Los
únicos procesos de conquista y colonización que, llevados a cabo por Estados-naciones
en el siglo XIX, no dieron lugar a la fundación de imperios mercantiles sino a la
integración jurídica, dentro del Estado, de territorios y poblaciones, fueron los que
emprendieron los gobiernos argentino y chileno, casi simultáneamente, en contra de los
« indios bravos » que vivían más allá de las fronteras heredadas del imperio español.
Contemporánea de estos acontecimientos, la « conquista del oeste » por parte de los
colonos norteamericanos siguió pautas distintas, al dejar al margen de la ciudadanía
estadunidense, no sólo socio-económica sino jurídicamente, a los pobladores indígenas.
O sea que fue un proceso equiparable al de la « conquista del mundo » por parte de la
Europa industrializada – al menos que queramos adherir a las doctrinas de las
« fronteras naturales » o del « destino manifiesto ».
Antes de las revoluciones de finales del siglo XVIII y principios del XIX, fue el
derecho natural y de gentes el encargado de dictar lo justo en cuanto al ordenamiento
político y jurídico de las comunidades humanas, fueran éstas sui generis o el resultado
de conquistas y colonizaciones. Fue el derecho natural (que no los « derechos del
hombre ») el que dictó a los teólogos españoles de la época de la conquista la denuncia
de los exterminios y violencias acometidos por los conquistadores, así como la idea,
retomada por la Corona, de legiferar en torno al tipo de relaciones que era deseable se
establecieran entre los vencidos y los conquistadores. En suma, fue el derecho natural el
que proporcionó el ordenamiento jurídico, político y moral que transformó la conquista
y los establecimientos españoles de ultramar, fundados en lo económico sobre el trabajo
indígena y en lo religioso sobre la destrucción de las religiones autóctonas y la
evangelización, en una estructura política imperial integradora de territorios y pueblos
muy diversos entre sí : en una Monarquía.
*
16
Hannah Arendt, « El imperialismo », in Les origines du totalitarisme. Eichmann à Jerusalem, Edition
établie sous la direction de Pierre Bouretz, Paris, Gallimard, coll. Quarto, 2002, p. 376.
17
H. Arendt : « A diferencia de las auténticas estructuras imperiales, donde las instituciones de la
metrópoli están diversamente integradas en el Imperio, el imperialismo se caracteriza por el hecho de que
las instituciones nacionales siguen siendo distintas de la administración colonial, aunque tengan el poder
de ejercer un control sobre esta última. », ibid, p. 379.
8
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* *
Después de la « destrucción de las Indias » e incluso en el momento mismo en
que se producía, un proceso de refundación y reconstrucción de comunidades humanas
con carácter político fue llevado a cabo por una multitud de actores : el monarca y los
agentes de su soberanía en la península y en las Indias (no « la Corona »), los frailes y
prelados de las órdenes religiosas (no « la Iglesia »), los conquistadores (por lo menos
algunos de ellos) y los sucesivos pobladores y, last but not least, las autoridades
indígenas y el conjunto de los indios vencidos. Sea cual sea el nombre que le demos al
proceso y a sus resultados, lo cierto es que el conjunto abarca una larga duración – tres
siglos.
Es difícil admitir, para cualquier historiador, que una misma palabra, en este
caso « colonial », pueda designar realidades absolutamente idénticas a lo largo de tres
siglos ; más aun si pensamos en la diversidad de « realidades » que supone la existencia
de un conjunto territorial y humano del tamaño de la América española. En los últimos
años algunos historiadores, entre los cuales me incluyo, hemos adoptado la costumbre
de evocar ciertas realidades socio-culturales y políticas hispanoamericanas bajo el
término de « antiguo régimen ». Jacques Poloni-Simard analiza los mecanismos de una
« colonización de antiguo régimen »18 mientras Pedro Pérez Herrero compila, sin
escoger entre ellos, los distintos términos de la disputa al hablarnos de « las sociedades
de Antiguo Régimen coloniales indianas ».19 Por lo menos para un historiador de
tradición europea, desde el punto de vista historiográfico la fórmula « de antiguo
régimen » es más precisa, y por lo tanto más satisfactoria que el calificativo
« colonial ». No obstante, su uso indiscriminado plantea el mismo tipo de problema : ¿el
« antiguo régimen », sea en Europa o en América, es idéntico a sí mismo entre el siglo
XVI y principios del siglo XIX ? ¿El Antiguo Régimen es una esencia o, como
cualquier otro dato histórico, el resultado altamente variado de una producción
humana ?
Ahora bien, tal vez una conceptualización que incluya declarativamente las
dimensiones temporal y espacial permita salir de la disyuntiva, antaño planteada por
Ricardo Levene, entre « colonias » (la visión nacional-decimonónica que heredamos) y
« reinos » (la visión neo-imperial no desprovista de arriere-pensées políticas e
ideológicas en el caso de Levene).20 En efecto, es fácil afirmar que « las Indias no eran
colonias » al adoptar un punto de vista estrictamente jurídico. De hecho, la
incorporación de los territorios recién descubiertos y conquistados dentro del
patrimonio de la Corona de Castilla los convirtió legalmente en « reinos ». El suceso
fue, obviamente, de gran transcendencia en el sentido que permitió transformar el
otorgamiento de soberanía concedido por la bula de 1793 en la construcción de una
monarquía universal o Imperio. Los « reinos », en calidad de tales, suponían al mismo
tiempo la integración, bajo la forma corporativa heredada de la Edad Media, del
conjunto de la población – indígena y española – dentro de unos estamentos claramente
definidos por sus respectivos derechos. 21

18
Jacques Poloni-Simard, « L’Amérique espagnole : une colonisation d’Ancien Régime », in Marc Ferro,
Op. cit., pp. 180-207.
19
Pablo Pérez Herrero, La América colonial (1492-1763). Política y sociedad, Madrid, Editorial Síntesis,
2002.
20
Ricardo Levene, Las Indias no eran colonias, Madrid, Espasa-Calpe, 3a ed., 1973 [1a ed., 1951].
21
El otorgamiento de una identidad política – la de « reinos » – a los territorios ultramarinos se revela
también decisivo, desde el punto de vista historiográfico, a la hora de entender la naturaleza de las
reformas borbónicas en América. Consideradas durante mucho tiempo no sólo como un esfuerzo para
afianzar el carácter absolutista del poder monárquico (lo que no deja lugar a dudas), siguen siendo
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Sin embargo, el problema no puede limitarse a la afirmación de un ordenamiento


jurídico y a la toma consideración de las formas políticas del dominio. El análisis tiene
que extenderse a la cuestión de la dimensión social, o más bien sociológica, de tales
« reinos ». Si los historiadores europeistas, y después de ellos los latinoamericanistas, se
plantean desde hace tiempo el problema del nation-building y de la integración social y
política de las ciudadanías durante el siglo XIX, ¿porqué los latinoamericanistas no se
afrentarían a la cuestión de la « imperialización » de las poblaciones hispano-
americanas a partir del siglo XVI ? La pregunta : ¿cuántos siglos son necesarios para
que una sociedad « colonial » deje de serlo y se vuelva, sencilla y llanamente, una
sociedad ?, plantea una hipótesis plenamente histórica e historiográfica que no podemos
pasar por alto al encararnos con una duración de tres siglos.
Hasta cierto punto, la respuesta depende del esclarecimiento de algunos
conceptos que, trasplantados de la sociología a la historia, nos llevan a darles ciertas
interpretaciones a una serie de fenómenos que, considerados desde el punto de vista
histórico del cambio y de las mutaciones ligadas al pasar del tiempo, cobrarían otra
significación. Tales son los conceptos de « reproducción », « integración », o
« control social » – para citar algunos pertenecientes a la lingua franca
latinoamericanista e historiográfica en general – cuya importación se sustituye a veces a
la reflexión sobre los carácteres propios del objeto estudiado. Al analizar la
« reproducción del sistema colonial » mediante « la adaptación rápida y exitosa de los
elementos de la hispanidad », en este caso la integración de la población indígena dentro
del sistema español de la administración de justicia, J. Poloni-Simard deja claro, de
manera sumamente convincente y matizada, que « la Justicia » fue « un espacio de
participación » capaz de « integrar » a los indígenas dentro del orden colonial. Con ello,
según el autor la Justicia formó parte de la « fuerza del marco colonial » y permitió su
« renovación ». 22 Entonces, ¿« reproducción » o « renovación » ? ¿Porqué no suponer
que la renovación no fue la « reproducción del sistema colonial », sino la creación de un
nuevo orden de cosas ? Se puede ir más allá, añadiendo a la Justicia (un elemento, por
supuesto, fundamental) aspectos de la vida social « colonial » que han sido estudiados
de cerca en los últimos años – la vida religiosa llevada a cabo dentro de las asociaciones
caractérísticas de la época (cofradías, doctrinas), o las ceremonias públicas, religiosas y
dinásticas. Este conjunto de prácticas sociales, tantas veces calificadas en términos de
instrumentos de « control » y de reconducción de la « dominación », pueden ser
interpretados también en calidad de medios de socialización, aprendizaje, formación de
hábitos e inculcación de valores y saberes que no sólo « integraban » a los indios, sino
que eran productores de autonomía individual y colectiva. Los indios mismos, al igual
que los otros grupos por lo demás, los « integraban » y los volvían suyos. La
« colonización de lo imaginario » no paró en el aprendizaje y la interiorización, más o
menos impuestos por los vencedores y « mestizados » por los vencidos, de las

también interpretadas como el principio de la ruptura del « pacto colonial » en los campos fiscales,
militares, administrativos, etc… Se olvida solamente una cosa : todas las reformas que fueron llevadas a
cabo en América – por ejemplo las intendencias, o bien las reformas religiosas – fueron también
adoptadas en la península, antes, mientras o después de América según los casos. Lo mismo puede
decirse del turning point del despotismo ministerial – desde la consolidación de vales reales hasta la
rarefacción de los pocos espacios de libertad asociativa y de prensa concedidos en la época de Carlos III –
que se dieron igualmente en América y en la península y por la misma razón, el miedo al contagio
revolucionario.
22
Poloni-Simard, art. cit. En este caso y entre otras cosas, la « renovación » consiste en el tránsito de los
cacicazgos a la consolidación de comunidades campesinas autónomas, lo que efectivamente consituye un
hecho de gran transcendencia en el campo de la historia no solamente social, sino también política a la
hora de la revolución liberal, como veremos más adelante.
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categorías espacio-temporales, estéticas, linguísticas, religiosas de los colonizadores,


sino que indujo la apropiación de saberes políticos y jurídicos que se fueron
difundiendo, a medida que pasaba el tiempo y las generaciones, a capas cada vez más
extendidas de la población, la indígena en primer lugar pero no solamente ella.23 En
otras palabras, la « aculturación » (Nathan Wachtel) o la « colonización de lo
imaginario » (Serge Gruzinski), conceptos forjados para introducir la historia y el
cambio en la antropología contra la idea de las identidades « puras » « inmutables »,
remiten a procesos que, si bien nunca acaban, conocen sin embargo etapas y turning
points más o menos decisivos. Es necesario reconocer, por lo tanto, que las identidades
individuales y colectivas pueden terminar por cambiar radicalmente, o que por lo menos
las nuevas identidades se suman a las antiguas – al menos que estemos dispuestos a
aceptar el dictámen de los fundamentalismos identitarios y « reencontrar » las « culturas
originarias ». La aceptación del nuevo orden de cosas – asumida por los sujetos
individuales y colectivos mediante una amplia gama de actitudes, desde el no-rechazo y
la no-rebelión hasta el disentimiento explícito y la rebelión argumentada en términos
inteligibles por el conjunto de una sociedad 24– significa, al fin y al cabo, no la
prolongación de una dominación no negociada sino la producción de una dominación
legitimada aunque en su orígen haya sido radicalmente ilegítima. Por lo tanto, es
necesario reconocer que no sólo los indios, sino todos los grupos que integraban la
abigarrada sociedad indiana de finales de la época española, se reconocían como partes
integrantes del órden jurídico, político y cultural que tenía tres siglos de cambiante
existencia en vísperas de la independencia, y que se identificaban plenamente con él. Es
lícito conceptualizar tal órden, para el siglo XVIII como mínimo, como un « Antiguo
Régimen » en la medida en que el conjunto de las instituciones monárquicas,
corporativas y estamentales dentro de las cuales se desempeñaba el quehacer social,
presenta efectivamente rasgos muy similares a los de las sociedades europeas
contemporáneas, aun incluyendo el factor específicamente indiano de la diversidad
étnica. No puede ocurrir sólo « reproducción » a lo largo de tres siglos, sino que
acontecen incesantemente creaciones, inovaciones, hibridaciones, mutaciones. La
« integración » es de doble sentido, objetiva y subjetiva. El « control social » (las más
de las veces « de la Iglesia » en el idioma latinoamericanista) puede interpretarse más a
menudo como la participación consciente, motivada y racional de los actores a las
asociaciones y a las prácticas individuales y colectivas. ¿Queremos tomar en cuenta lo
que los actores sociales, sean indígenas o no, nos cuentan, mediante un sin números de
documentos de archivo, de su propia vida y de sus propios valores, o nos conviene más
considerarlos en calidad de sujetos-objetos eternamente sometidos a los « grupos
dominantes » y ajenos a sí mismos ? La « reproducción », al fin y al cabo, reconduce la
estructura de la « Théorie du Grand Partage » entre « ellos » y « nosotros ».25
Ahora bien, el tiempo tiene que ser articulado con el espacio. Los territorios
hispano-americanos, bajo la dominación española, no constituían de ninguna manera
espacios homogéneos desde el punto de vista político, jurídico, poblacional, económico,
militar y religioso. Existían « centros » y « periferías » y, además, el proceso de
colonización no paró en el siglo XVI. No todas las poblaciones indígenas – incluso

23
Cfr. por ejemplo la difusión de la ideal de « bien común » entre las comunidades andinas a finales del
siglo XVIII, S. Elisabeth Penry, « The Rey Común : Indigenous Political Discourse in Eighteenth-
Century Alto Perú », in Roninger and Herzog, [Link]., pp. 219-237.
24
Lo que fue el caso de la mayoría de las rebeliones populares que ocurrieron en la época colonial
hispano-americana.
25
Jack Goody, La raison graphique. La domestication de la pensée sauvage, Paris, Les Eidtions de
Minuit, 1979.
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dentro del ecumene hispánico – fueron sometidas de manera simultánea y bajo


modalidades idénticas. Tampoco todas ellas fueron incluidas de manera igualmente
intensa y voluntarista dentro del orden jurídico-cristiano-político de la monarquía
española. No solamente existían fronteras de colonización y de guerra con los indios
bravos, sino también abundaban los islotes y arcipiélagos desprovistos de las señales de
la « policía » y de la « civilización » dentro de los « reinos ». Así que seguían
formándose – y el fenómeno, obviamente, continuó más allá de la Independencia, veáse
entre otros ejemplos el de las guerras yaquis en el México porfiriano – « sociedades
coloniales » mientras los demás espacios poblados desde antes ya se habían
transformado en « sociedades de antiguo régimen ». 26
Para concluir con este punto, y con las salvedades expresadas en el anterior
párrafo, si creemos que cualquier proceso social y político es una construcción dinámica
y continua, llevada a cabo por actores individuales y colectivos concretos que cambian a
medida que se suceden las generaciones y las experiencias, no hay ninguna razón para
suponer que el « sistema colonial » tal como fue iniciado en el siglo XVI, se reprodujo
idéntico a sí mismo durante trescientos años. Más bien se podría afirmar que, mientras
en 1570 los establecimientos indianos eran más colonias que reinos, en 1770 y adelante
eran más reinos que colonias.
*
* *
Esto, y con ello llego al último apartado de este ensayo, nos remite al problema
de la naturaleza de la independencia y de sus consecuencias, así como a la cuestión de la
relación causal que sea posible establecer entre la dominación española en América y el
devenir social y político de las nuevas naciones. En efecto, se puede hablar en términos
de continuidad y de causalidad sólo si se pasa por alto una serie de datos que, al
contrario, hablan a favor de una ruptura, si no radical, por lo menos decisiva, entre las
postrimerías del período español y los principios de la era independiente. Entre 1808 y
1825, en efecto, no ocurre nada menos que una revolución política y una guerra civil
casi ininterrumpida de diez a quince años de duración según las regiones. La tesis de
antaño según la cual las guerras de independencia habrían producido nada más una
revolución de los poderes a nivel regional, prescindiendo casi por completo de una
revolución social es, hoy en día, rebasada y abandonada. Por lo tanto, es necesario
reconsiderar también la relación que se establecía, en tiempos de la preponderancia de la
historia socio-económica y de la teoría de la dependencia, entre por una parte el
« imperialismo » europeo-norteamericano (un continuum entre el siglo XV y el XX) y
el « colonialismo interno » o, en términos más generales, las abrumadoras
desigualdades económicas y la marginalización socio-cultural que caracterizaron a unas
sociedades americanas por otra parte encaminadas hacia la Modernización y el
Desarrollo.
No se pueden pasar por alto los datos siguientes : 1°, el alto grado de integración
logrado por las sociedades indianas a principios del siglo XIX ; 2°, el hecho de que la
crisis del imperio – a diferencia de lo que sucedió en las Trece Colonias – no ocurrió en
América sino en la península ; no fue originada por las reivindicaciones
independentistas de los americanos sino por la invasión napoleónica ;27 y la revolución
26
Agradezco a Anath Ariel de Vidas sus muy sugestivos comentarios al respecto, basados en su íntimlo
conocimiento de la situación de los indios tenek en el pasado y en la actualidad, cfr. su libro Le tonnerre
n'habite plus ici. Culture de la marginalité chez les Indiens teenek (Mexique), préface de Nathan Wachtel.
Paris, EHESS, 2002, 476 p.
27
Francois-Xavier Guerra, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, 1a
ed., Madrid, MAPFRE, 1992.
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política, originada en la vacatio regis peninsular, precedió a la independencia ; 3°, las


llamadas « guerras de independencia » fueron guerras civiles que no fueron « clasistas »
ni « étnicas » sino que involucraron en ambos bandos, realista e insurgente, a todos los
grupos sociales y étnicos ; y 4°, la revolución política (entre otras cosas, nada menos
que el derrumbe del absolutismo monárquico, la formación de poderes cuya legitimidad
descansaba en el principio de la soberanía del pueblo o de los pueblos, la constitución
de Cádiz, el nacimiento de la ciudadanía, la cual incluyó de entrada a los indios y
mestizos), añadida al estado de guerra civil omnipresente, implicó la destrucción (más o
menos acabada según las regiones) y la recomposición de las jerarquías sociales y de los
poderes a nivel local y regional, con numerosos fenómenos de mobilidad social y
política que abarcaron a todos los grupos sin excepción.
Con ello, Hispanoamérica en 1825 era muy distinta de lo que fue en 1808. Pero
hay más. A pesar de que las élites criollas, debido a su nivel cultural y a su papel dentro
de la economía indiana, se creyeron acreedoras al derecho de gobernar los nuevos
Estados, hoy abundan los estudios que muestran hasta qué punto su pretensión se reveló
ilusoria o, por lo menos, muy difícil de concretizar.28 Apenas lograda la independencia,
en todas las regiones las cúpulas socio-políticas de los nuevos Estados vieron su poder
desafiado y sus proyectos « nacionales » rechazados por los pueblos, o sea :las ciudades
capitales de provincia y los pueblos campesinos, todos los cuales, después de ampliar, al
favor de la revolución y de la guerra, sus antiguos espacios de autonomía, no estuvieron
dispuestos a entregarlos en provecho de gobiernos centralizados desprovistos de
recursos y de legitimidad acertada. Con ello y la fragmentación de la soberanía, se vió
trabada la reconducción de la obediencia hacia los nuevos gobernantes y, sobre todo, de
los antiguos procesos de requisición del trabajo que habían sido vinculados con una
parte del sistema de contribuciones.29 Los criollos, por lo tanto, tuvieron que re-negociar
todos los términos de su antigua superioridad social, antes garantizada por el orden
monárquíco, conquistar su preeminencia política y luchar por imponer y afianzar sus
proyectos de modernización socio-cultural y económica. Si la llamada « dominación
colonial » fue, y de hecho es lo que fue, la preponderancia social de los colonos criollos
sobre las poblaciones indígenas, mestizas, negras, etc…, ésta no fue reconducida sino
parcialmente durante las primeras décadas de vida independiente y mediante la
negociación de nuevos « pactos » que se caracterizaron por su extrema labilidad.
El problema de la construcción de comunidades políticas viables, dentro de las
cuales se pudiera implementar un nuevo orden jurídico, legal y constitucional, nació de
la desintegración del imperio espanol30 mediante una revolucion y unas largas guerras
más que de la dominación española propiamente dicha. A falta de un poder político
efectivo, de una legitimidad convincente y de capitales cuantiosos – capitales que se
evaporaron a lo largo de las guerras europeas (igual que en España) y americanas entre
1792 y 1825 –, los criollos acogieron muy pronto a los inversionistas y comerciantes
europeos y norteamericanos como a potenciales aliados, no sólo para lograr la anhelada
« modernización » de sus países mediante el libre cambio, sino también y sobre todo

28
Antonio Annino y François-Xavier Guerra (coord .) Inventando la nación. Iberoamérica. Siglo XIX,
México, Fondo de Cultura Económica, 2003 ; Federica Morelli, Territorio o nazione. Riforma e
dissoluzione dello spazio imperiale in Ecuador, 1765-1830, Soveria Manelli, Rubbettino Editore, 2001,
466 p.
29
El auge y « apogeo » de la esclavitud en el Brasil independiente, comparable al que conoció Estados
Unidos o Cuba, contrasta con su sobrevivencia casi vergonzosa – aunque en varios casos prolongada
hasta mediados del siglo XIX – en Hispanoamérica.
30
Annino y Guerra, op. cit.
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para afianzar sus gobiernos (mediante los préstamos externos que aseguraban la
finalización del prepuesto estatal) y reconstruir las jerarquías internas en provecho suyo.
Que la mayor debilidad fiscal, militar y política de los territorios hispanoamericanos (y
más generalmente hablando, iberoamericanos) haya coincidido temporalmente con el
auge de la industrialización europea y con los inicios del imperialismo inversionista (la
« utilidad » económica sin las responsabilidades políticas) no puede ser de ninguna
manera atribuido a la « dominación » o a la « herencia » española, o al « sistema
colonial ». Tampoco el hecho de que la entrada de América latina, a finales del siglo
XIX, en el sistema económico internacional como productora de materias primas según
la doctrina de « las ventajas comparativas », haya coincidido con la difusión
internacional del darwinismo social, el que permitió a las cúpulas socio-políticas latino-
americanas etnicizar los problemas planteados por la modernización económica y
atribuir a amplios sectores de sus propias sociedades, mediante categorías de
pensamiento naturalistas y una sociología racista, la responsabilidad de la supuesta
errática marcha del Progreso en América latina.
Lo que sí puede atribuirse a la « dominación española » en calidad de tal – o sea
a la existencia de una monarquía centralizada en torno a las regalías del Soberano
referentes al manejo de la paz, de la guerra y de los tratados internacionales – fue la
casi-inexistencia, al nacer las nuevas naciones, de unas élites preparadas para asumir la
responsabilidad de la negociación en el terreno internacional y de la apreciación crítica
de las realidades geopolíticas de su época.31 Asimismo, a la ausencia de guerras en
América durante el período español, seguida por la fragmentación extrema del poder
militar ocurrida durante las guerras civiles, se puede atribuir la gran dificultad para
construir Estados « modernos » basados en la « disciplina social » y la consecución de
recursos tributarios al mismo tiempo estables y mediatizados por la legitimidad
representativa.32 En suma, las « ciencias del Estado » que se venían desarrollando en
Europa desde el siglo XVII obviamente no conocieron en América un desarrollo
semejante, por razones estructurales – la existencia de la estructura imperial – y
coyunturales – la ausencia de las potencias europeas en el proceso de consecución de la
independencia hispano-americana.. Veánse las convulsiones que vivieron el ex-imperio
húngaro-austríaco en el entre-guerras, o la ex-Yugoslavia después de 1989, para
percatarse de lo que quiere decir construir un Estado, a partir de un imperio, desde el
punto de vista geopolítico y militar.
Puede ser que haya algo de « colonial » en la bi-secular esquizofrenia de las
clases dirigentes latinoamericanas, divididas entre el amor y el odio, la compasión y el
desprecio hacia las sociedades de que forman parte, o en la tentación recurrente de
granjearse las utilidades económicas sin asumir la responsabilidad política de la
integración de los pueblos. Pero si de eso se trata, hay que esforzarse, y no solamente

31
A diferencia de las regiones hispanoamericanas, las Trece Colonias recibieron la ayuda de las potencias
rivales de Inglaterra y los padres fundadores tuvieron que volverse diplomáticos al mismo tiempo que
hombres de Estado ; la guerra concluyó con un Tratado internacional, lo que nunca consiguieron los
insurgentes hispano-americanos. Además, los Estados Unidos tuvieron que tomar en cuenta la existencia
a su alrededor de fronteras realmente internacionales (con Francia, España, Inglaterra y naciones indias)
mientras los nuevos estados hispanoamericanos compitieron o convivieron con ex-partes del mismo
conjunto imperial, teniendo por lo demás que forjar un derecho internacional específico a partir del
derecho común a todos, o sea la legislación española e indiana.
32
Cf., al respecto, la comparación sumamente esclarecedora entre Europa y América latina, desde la
perspectiva de Charles Tilly sobre la formación del Estado, conducida por Fernando López-Alves, « The
Transatlantic bridge : mirrors, Charles Tilly, and State Formation in the River Plate », in The Other
Mirror. Gran Theory through the lens of Latin America, Miguel Angel Centeno and Fernando López-
Alves eds, Princeton and Oxford, Princeton University Press, 2001, pp. 153-176.
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con el quehacer historiográfico, por explicar lo que quiere decir, realmente, « colonial ».
En cuanto a las perspectivas desarrolladas en estas páginas, el objetivo no fue sustituir
los colonos criollos o las clases dirigentes latino-americanas a « la colonia » en el papel
de fuente del Mal, sino intentar identificar algunos de los hoyos negros y de los puntos
ciegos que a menudo oscurecen las problemáticas de nuestra historiografía.

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