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Ricardo Rodulfo Trastornos Narcisistas No Psicc3b3ticos

El capítulo aborda el fenómeno del aburrimiento en niños y adolescentes, destacando su creciente presencia como motivo de consulta en la clínica. Se diferencia entre el aburrimiento como una respuesta a la falta de estímulos significativos y su posible relación con problemas más profundos como la depresión o la angustia. El autor sugiere que el aburrimiento debe ser entendido como un afecto en sí mismo, más allá de ser un simple equivalente de otros estados emocionales.
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Ricardo Rodulfo Trastornos Narcisistas No Psicc3b3ticos

El capítulo aborda el fenómeno del aburrimiento en niños y adolescentes, destacando su creciente presencia como motivo de consulta en la clínica. Se diferencia entre el aburrimiento como una respuesta a la falta de estímulos significativos y su posible relación con problemas más profundos como la depresión o la angustia. El autor sugiere que el aburrimiento debe ser entendido como un afecto en sí mismo, más allá de ser un simple equivalente de otros estados emocionales.
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14.

EL SÍNDRO);IE DEL ABURRii'vIIENTO

Ricardo Rodulfo

Considerando el escaso tratamiento que al tema se le


ha dedicado -a lo cual quizá no es ajeno el peso abruma-
dor del estado afectivo al que hay que enfrentarse-, no
hay que esperar de este capítulo más que unos pocos
apuntes, suscitados enteramente por una circunstancia
puramente clínica, a saber, las crecientes habitualidad e
insistencia con que golpean a la puerta del consultorio
demandas y preocupaciones en cuyo núcleo aparece esa
extraña figura: la del niño aburrido. (Primera cuestión
por no resolver: ¿vjentos de época o particularidades de
una clínica, que haríamos mal en generalizar?) Se trata,
pues, de un motivo de consulta in crescendo, a menudo
empujado desde la escuela, y que paradójicamente -no
pocas veces- devasta el alma de niños con muy buen
potencial intelectual. No debe ser confundido tampoco
con un cierto aburrimiento, que uno podría tentativa-
n1ente asociar a un pequeño un tanto reiterativo, como a
veces es el caso en algunos retrasos. Despréndese del
tema cierta niebla donde quizá lo único :interesante en el
aburrimiento sea investigarlo.
Debo señalar que decidirme a hacerlo me llevó un
esfuerzo para vencer una resistencia casi podría decir

341
érica o estética desde el punto de sta de mis prejuicios
personales: e] aburrirniento es una de las pocas cosas que
explícitamente desapruebo, casi como si viera en él un
ataque a 1a vida. Me resulta difícil evitar pensarlo en el
sesgo de cierto juicio de condenación que objeta en él un
fuerte aspecto narcisista, si pensamos en alguien a quien
nada de 1a vida le resulta lo suficientemente entretenido
o conmovedor. Todo este sesgo debe ser esclarecido en la
perspectiva de la contratransferencia, pero cuando se
empieza realmente a penetrar en el mundo del aburri-
miento, se empieza también a sentir la necesidad de
separar diversas capas, a fin de llegar adonde se quiere.
Es el recorrido que emprenderé en el curso de este capí-
tulo. En seguida, la clínica impone una primera distin--
ción. Está el caso, bien habitual, del niño o del adolescen-
te que se aburren con ciertas actividades o disciplinas,
como podrían ser las matemáticas. Plano temático, di-
ríamos, o del contenido, que uno podría eventualmente
investigar en sus particularidades de síntoma. No es éste
el caso aquí. Deberemos abandonar dicho plano para
sensibilizarnos a la inflexión de ]o que, parafraseando a
,Jean Hyppolite, yo llamaría la actitud del aburrimiento;
del aburrimiento como posición subjetiva, del aburri-
miento de nada en particular, indiferente a un contenido
cualquiera. De la misma manera habría que introducir
esa precisión que (en otro lugar de este libro escribe Ali-
cia Fernández, cuando señ.ala bien que a veces el aburrí-
miento se justifica como se justifica lo que Freud llama
"angustia real") tiene que ver con una respuesta saluda-
ble al hecho de que no me han pensado allí donde me
aburro, de que alguien no ha pensado allí nada para mí,
eso es lo que puede suceder a veces (vale decir, con
mucha frecuencia) en la posición de alumno.
También se deberán separar cuidadosamente las
situaciones donde alguien se aburre (por lo que fuese) y

342
entonces se refugia en sueüos diurnos, o se aburre para
(de una manera acaso un tanto neurótica) sumergirse en
ellos. Es éste un punto muy lejos de nuestro interés aquí,
porque allí justamente existe la posibilidad de recurrir a
un espacio imaginario en el que esa subjetividad en par-
ticular se recrea autoeróticamente. Por el contrario, el
niño o el adolescente que nos preocupan padi:>cen de has-
tío en 1a escuela; no aprenden, no parecen sentir deseos
de aprendeT y a poco de estar con n0sotros reproducen
esa situación: les aburre hablar, se aburren jugando
(c01no dice uno de 1nis pacientes, de nueve aüos: "A 1ní no
me gusta jugar"). Nos iremos enterando de que sé ape-
gan pasivamente a la televisión, o a reclamos di versos,
fundamentalmente dirigidos a deniandar que los entre-
tengan llevándolos de aquí para allá o bien comprándo-
les esto o lo otro. Se incluye en la serie e] depender abso-
lutamente de la presencia de amigos sin los cuales la
amenaza de aburrimiento se hace abrumadora. Es
importante advertir que -dado que esa misma amenaza
puede impulsarlos a ser un sujeto que cumpla con todo lo
que se le encomienda- si todo esto implica entre otras
cosas un trastorno en el aprendizaje, no tiene por qué
afectar, como la misma Alicia Fernández muy bien lo
hace notar, la posición de alumno. Puede ocurrir que en
la mecánica del rendimiento escolar obtengan calificacio-
nes satisfactorias. Subjetivamente, esto tiene escaso
valor.
Debemos considerar otro plano clínico del aburri-
miento para también hacerlo a un lado en nuestro cami-
no. Lo estudiaremos a través del materia] de una pacien-
te adulta que atendí hace algunos años: ante todo, esta
paciente me producía un sumo aburrimiento; su análisis
parecía algo realmente de muy poco relieve, y me costaba
mucho sacudirme la sensación de tedio y preguntarme
por lo que pasaba, a medias alertado por el hecho de que

;343
,•1,i- contratransforencia coincidía con sus propias creen-
cía.s al respecto: estaba demasiado convencida de ser
[Link], nada interesante (no sólo para mí, sino en
0
-eneral). Al fin pude inferir que lo que sucedía tenía que
~er específicarnente con la represión, una represión por
¿er:nás ai:r~aigada ! de considerable magnitud, Y_ e~ asunto
1,,,,wol"10
e:.::, • .... p".ll1l~h,1-c,n~nnt,c,
. ,;...ll- op -11n nlc:,no
Ji.-·· ..............., "' 1-n,,v
..
1,_ .. ---~.Ji... ... ..:,._.---~.....
J; ..... --~ \_ .... . ._ .,_. . ,_. ,~. , , na-r0
r..., ....J rl,:>c::Jrn
..._;l ............ J.l. i-L _,._ ,•. ·~
58
el psicoanálisis, el de la de teoría fálica en su dim,::nsión
:rriá.s 'pura', donde el ser aburrí.da debía traducirse como
''castrada", posición tenazmente ocupada por ella. Con el
tje111Pº dimos con algo no siempre tan frecuente ni tan
fácil de encontrar en un análisis por lo mismo que se
[Link] de sus prestigios, regalando su nominación dema-
sí[Link] ligeramente: un verdadero significante, para ser
precisos, el que condensaba en "tonta" (la sola palabra da
escasa idea de la monotonía y descolorimiento en que
venía envuelta), la posición de tonta corno verdadero sig-
Difícante del superyó. Este descubrimiento lo cambió
todo: se abrió una multiplicidad de cadenas en las que
f1.1irnos recogiendo una antigua problemática (que incluía
1-1 11 a división fálica de los sexos). En la vida actual de la
[Link], que llevaba un matrimonio feliz, el par opositor
espl ega b a en t-enrnnos, . d e "l. a t on t a " y " e l gen10 . " , 1a
58 d
tonta casada con un genio, lo cual era como una exaspe-
[Link]ón de la vieja mítica falocéntrica. Ahora bien, lo inte-
resante fue que, cuando todo esto se pudo desabrochar, el
1:1nálisis se tornó summnente interesante, y el aburri-
-,,,jento pasó a ser meramente una cuestión de temática,
1,,
¿e contenido, al tiempo que ella empezó un viraje muy
iJ1lPortante, en todo correspondiente al levantamiento de
t1!1ª no menos importante represión. Como el análisis, la
[Link] floreció, pero tampoco es éste el aburrimiento
([Link]í toda una contrainvestidura deserotizadora) que
a.11damos buscando, a la vez, circunscribir y pensar con
propiedad teórica.

344
Podríamos aún interrogarnos sobre otros aspectos clí-
nicos del aburrimiento, deteniéndonos así en procura de
un mejor retrato. Tal el que no ha dejado sin tocar Alicia
Fernández en su respectivo capítulo, como apelación
(tentativa de curación hasta [Link] si lo quere-
[Link]) a lo autosensible (Tustin), o sea cierta intensifica-
ción de sensRciones corpon:1 lefi Recuerdo una magnífica
expresión española al respecto, "ninguneado". Un niño
. ( en un relato de Savater) que, sintiéndose ninguneado,
se pellizca de puro tedio vital para mantenerse con un
poco de sol en el vacío de una tarde de la Barcelona fran-
quista. No nos apresuren10s a remitir, gravemente, tales
hipertrofias corporales, que se dan en un tejido muy
sutil, al autismo como nominación masiva. Mantengámo-
nos en lo cotidiano: encontraremos que esta intensifica-
ción de lo corporal en ciertos momentos de aburrimiento
-recurso a mover las piernas, pellizcarse, frotarse, tocar-
se los genitales o hurgarse la nariz (y sin que los genita-
les tengan privilegio de principio alguno sobre los
mocos)- llama la atención sobre cierto plano sensorio del
ser reducido al mínimo, que no deja de emerger si se dan
las necesarias condiciones.
Siguiendo el hilo de la clínica, si se persiste en
consignar estas distinciones, hay muchos otros proble-
mas del diagnóstico diferencial merecedores de abordaje,
sobre todo porque no debereinos contentarnos con que
alguien nos diga "estoy aburrido" o "con frecuencia n1e
aburro"; tal declaración no quiere decir que se trate del
aburrimiento porque el paciente diga abunimiento. Ni
tampoco adoptar la posición del aburrido, su rostro (como
en no pocos niños) autoriza a concluir que es de esta pro-
blemática de lo que allí se trata. Para exponer un ejem-
plo decisivo, el aburrimiento puede constituir un verda-
dero equivalente depresivo. En este caso, lo que se
señala como tal es una forma de decir tristeza, abatí-

345
miento cronificado (incluida esa dirnensión esencial que
evoca íviario \Vaserman). De ocurrir así, se lo debe tratar
corno una de las manifestaciones depresivas del paciente,
cuando no, otras veces, de un duelo. El mismo Freud
supo· rozar tenueniente el punto: cuando alguien hace
duelo no está interesado en el mundo y sus cosas, y pue-
de aburrirle l.o que habitualmente lo convoc2..rfa. Pero es
ésta una diferencia muy marcada respecto a lo que ocu-
rre en el verdadero aburrimiento, porque, de haber duelo
en juego, se está llevando a cabo un trabajo psíquico de
consideración y trascendencia, mientras que en nuestro
aburrimiento parece que ningún trabajo psíquico es posi-
ble de hacer. Aun otra equivalencia en cómo funciona el
aburrimiento se da cuando lo hallamos comprometido en
una problemática fóbica, y esto es muy frecuente pero no
siempre es fácil de detectar, y sobre todo no siempre es
fácil de quebrantar. El caso antes considerado no le es
ajeno: ser "tonta" protegía de la propia efervescencia
deseante. Pero, salvo en historiales de esta clase, el resto
del campo clínico ocupado por el aburrimiento es de difí-
cil resolución, y se puede estar más seguro de ayudar a
que un paciente de humor triste se vuelva más alegre, o
de que un paciente ansioso se torne más tranquilo en el
curso de un análisis, que de disipar la trama grisácea y
niveladora al ras de un tedio crónico y estereotipado. El
aburrimiento es verdaderamente difícil de curar. Aun ya
lo es allí donde lo situamos y pensamos como equivalente
fóbico, trucando la angustia por vía metonímica. El aná-
lisis destacará una alternativa entre la angustia y el
aburrimiento, en la que basculan ciertos pacientes, refu-
giados en el segundo. A poco que salgan de él, en pos de
una cierta aproximación a su deseancia (no a tal o cual
deseo reprimido, sino al hecho de desear), inmediata-
mente este dar paso desencadena la vorágine de la
angustia, que puede crecer hasta dar lugar a las angus-

346
tias fóbicas más patognornónicas: fantasmas de explosión
corporal, manifestaciones paradójicas de encierro en lo
abierto (donde Jo agorafóbico y lo daustrofóbico se
ensamblan en inclusión recíproca), o bien evanescentes y
tenaces angustias flotantes, pero más o menos organiza-
do este polimorfismo en torno a un fantasma de estallido
radicol, de fragmentación infinita; por lo cua.1 justifica un
rápido retroceso hacia el unificador y sosegante aburri-
miento.
Es una distinta inflexión cuando el aburrimiento
emerge como angustia, forma larvada subclínica, sutil,
de angustia~ muchas veces rápidamente detectable en un
niño que se declara aburrido de lo que tiene que hacer.
Un examen atento dará cuerpo a la hipótesis de que, en
verdad, le angustia el acto de afrontar, de sentarse a
hacerlo. No pocas veces esto suele ser muy difícil de reco-
nocer como de tramitar.
Todos son planos clínicos donde el aburrimiento se
localiza en posición de equivalente. Ahora bien, son tam-
bién los planos por los que hay que pasar para llegar al
punto que vengo cercando; para llegar a é1 inevitable-
mente tengo que trascender, desbordar, ir más allá, de la
idea del aburrimiento como equivalente, idea que me
conducirá una y otra vez a la angustia o a formaciones
depresivas, o aun al lugar y al poder de ciertos signifi-
cantes del superyó en su operación de aplastamiento de
lo libidinal. Y tendré que decidirme a pensar e1 aburri-
miento como un afecto, y ya no como un equivalente de
otro afecto, sino como un afecto en sí mismo. No es posi-
ble obviar un mí11in10 de rodeo a fin de, por lo menos,
hacer alusión a mi concepción al respecto, concepción que
debe mucho a Piera Aulagnier, a lo que allí se escribe
como pictograma, tanto como a Winnicott. Vale decir que
me aparto de la clásica reducción del afecto al efecto de
una representación (o de un juego de representaciones),

347
desdoblamiento en sí mismo bien metafísico, por lo que
conviene no olvidar que Freud parte de esa oposición tal
cual -plano del afecto/plano de la representación- para
luego, en el curso de la reflexión teórica, ir operando el
trabajo de cierto desplazamiento sobre esas categorías
tan cristalizadas. Mí propia concepción quiere desmar-
[Link] del binarismo convencional,;;' encuentra un apoyo
importante en lo que Piera Aulagnier designó corno pla-
no donde el afecto es la representación, funciona en cali-
dad de tal y no como su efecto. En consecuencia, pienso
el afecto como una categoría, o aun mejor, con10 una for-
ma de categorizar, un modo fundamental de experienciar
las experiencias. 1 Digamos, también, una clave de escri-
tura que las enmarca y dispone, como cuando se dice de
una sonata o de un concierto que está escrito en do
mayor, indicando así cómo y dónde están puestas las
cosas que allí se dicen. Análogamente (pero es más que
analogía) se enunciará: las escrituras de un paciente, sus
escrituras más corporales y sus escrituras más metafóri-
cas, se disponen, por ejemplo, en clave de angustia. (Caso
que caracteriza muy bien ciertos estilos fóbicos.) La posi-
ción de lo que llamo afecto en esta formulación no coinci-
de con la vivencia, con el 'tengo angustia' ante determi-
nado objeto fobígeno. En cambio, nos ayuda a pensar en
lo que deberemos designar como la experiencia fóbica del
mundo, el mundo envuelto en angustia, el mundo baña-
do en las tensas atmósferas y en la singular luz de la
angustia. En este preciso plano interesa pensar el abu-
rrimiento como una manera de experienciar las expe-
riencias. Es por otra parte el más rebelde al análisis,
porque además el análisis queda de inmediato capturado

l. También para este punto de experienciar las experiencias es


indispensable la referencia a Daniel Stern, El mundo interpersonal
del infante, Buenos Aires, Paidós, 1991, por ejemplo, cap. III.

348
allí, y deviene una m,fa de las cosas que se hacen o se
padecen en una posición de aburrimiento, con el nada
conjetural riesgo [Link] de un analista perfectamente
adaptado o sometido a él. Es interesante, al respecto,
constatar maniobras con las que un terapeuta se resiste
a los dolores de la investigación, so pretexto de recursos
técnicos . De este Ir,oclo~ [Link] a 1~1s; clen1-:1:r1da:s ele 11n
niño hastiado, se introducirán juegos de salón reglados.
El tablero, el mazo de cartas, disfrazados de 'materiales'
analíticos, restituirán la producción imaginaria que el
paciente no consigue aportar por sí [Link]. Las variantes
interpretativas que se ensayen (por qué desea ganar o
actúa el perder, etcétera) demostraTán una vida y una
vigencia harto limitadas. A la larga o a la corta, el ana-
lista se ve enfrentado a una decisión: ¿va a ser que ya
comienza la sesión número cincuenta para jugar a las
cartas? Y si ello es así, ¿qué es lo que estarnos haciendo?
Y de un modo interesante, el aburrimiento que se habia
querido solapadamente soslayar retorna vigoroso como
índice contratransferencial de impase ...
Cuando no es un equivalente, el aburrimiento clínica-
mente se entrama en una serie de equivalentes que lo
enmascaran a la par que realizan su tTabajo.
Enu1neraré algunos:

1) La hiperactiuidad: es el mejor equivalente inverti-


do del aburrimiento. Se trata de una hiperactividad no
asimilable a ningún genuino empujar líbidinal; no es el
signo de una secreta exuberancia. Como lo manifiesta
Mario Waserman, a lo sumo se liga a un mandato super-
yoico de rendimiento social, de éxito, pero en muchas
ocasiones será mera actividad dispersa, en vez de lo abu-
rrido que se está.

2) Una masturbación más o menos compulsiva (esto

349
lo he observado sobre todo en adolescentes), más prox1-
ma a un pellizco autosensible que al montaje y acaba-
miento de una escena fantasmática, o al jugar con aspec-
tos de la sexualidad aún no integrados en circuitos más
de rodeo que conduzcan a la acción específica en la reali-
dad, a la generación de espacios transicionales. El recur-
so corre el riesgo de agotamiento, de su. propia degrada-
ción. Un joven cuyas tendencias depresivas se
alternaban o coexistían con cierto grado de desubjetiva-
ción autística que le facilitaba apelar a la vida sexual
-más que a la vida sexual- bajo sus aspectos más maqui-
nados, "helados" como dijo una vez, aun cuando aparen-
temente estuviera con alguien. Esto solía ser el desenla-
ce de diversos vacíos: "no sabía adónde ir" (si de pasear
se trataba), etcétera. Una de sus sorprendentes conclu-
siones es que la sexualidad era aburrida en sí misma, no
por una particularidad de un determinado vínculo; su
teoría daba al erotismo en general muy escasas y limita-
das posibilidades, y aquí él detallaba monótonamente el
inventario de juegos y posiciones realizables, al modo de
una combinatoria mecánica y reiterativa.

3) Pequeñas, subclínicas, cotidianas, banales, no


demasiado intensas adicciones de no adictos se iluminan
retroactivamente pensándolas como equivalentes del
aburri1niento (véase el caso del niño que saquea compul-
sivamente la heladera cuando no brilla ninguna posibili-
dad de jugar).2 Y no me cabe duda de que semejante
patología en el modo de experienciar las experiencias
proporciona una vía de entrada, pone al sujeto en condi-
ciones, en cierto peligro, de contraer adicciones más

2. Tempranamente abordé un aspecto de esta cuestión en " ... pero


además es cierto ... ", incluido en Estudios clínicos, Buenos Aires, Pai-
dós, 1992.

350
importantes. Esta será, pues, la dirección del aburri-
miento que ahora más nos interesa, donde no se trata de
un sujeto aburrido porque no puede hacer lo que le gus-
ta, a causa de una coacción interna, externa o combina-
ción de ambas. En carnbio, nos encontramos con alguien
a quien no le gusta nada de lo que podría hacer; es una
situación estructurnl rnetapsicológicamente muy d1feren-
te, aunque pueda tener las misn1as apariencias clínicas
de la otra. Con lo que dejamos indicada una tarea de
diagnóstico diferencial a menudo rnuy completa.

Otra de las dimensiones que podemos introducir con


ventaja para orientarnos en esta cuestión es la de lo reac-
tivo, que \Vínnicott trabajó de una manera nueva y fun-
damental en el psicoanális1s. En el marco de su pensa-
miento, producidas determinadas perturbaciones (que
también alcanzan de un modo esencial las funciones de1
medio) el sujeto se ve más o menos imposibilitado de exis-
tir para dedicarse a reaccionar (adaptativamente, en el
orden de una sumisión patógena a patologías ambienta-
les). Lo que Winnicott pone en juego con el término "exis-
tencia" es muy intrincado para desarrollarlo aquí. Báste-
nos la indicación de que existencia implica la ocupación de
una posición subjetivada en el mundo y no un mero
sobrevivir alienado. Si, en Io básico, un niño puede jugar
y ocuparse 'de sus cosas', del deseo de ser grande, en esa
medida irá exjst:iendo (en verdad, ec-s:istiendo, hay una
referencia filosófica que sobrepasa los términos de
Freud). Si ante todo debe ocuparse de lo que en las fun-
ciones anda mal, respecto a él e independientemente de
él, sus fuerzas se deslizarán hacia un funcionamiento
reactivo. En el extremo, subraya Winnicott, la vida entera
pasa a consistir en una serie de reacciones a veces muy
"ajustadas" y con rédito social, apreciadas por los otros,
valoradas como "buenas" o "exitosas" incluso, pero en

351
definitiva no otra cosa que un encadenarniento de reaccio-
nes que en tanto tal bien puede pasar desapercibido y
figurar asi, por su normalidad, salud. E1 descubrimiento
de 11'l genuina salud psíquica por criterios sociales de nor-
malidad es un punto de insistencia en 'llinnicott. Una de
las formas que esto adopta es la demanda y la necesidad
con stani e e~0 tím u los externos que proporcionen al niño
oposición o ]os componentes mínimos para estabilizarse;
sin ese aporte se desmorona de un modo u otro, y es allí
donde reencontran10s el aburrimiento, corno un índice de
vacío narcisista o de vacío en el narcisisrno.
Nos ve1nos conducidos, entonces, hacia ese vacío y en
seguida advertimos que, por otra parte, esta temática del
aburrhniento se enlaza a lo ya planteado en los capítulos
anteriores sobre 1os trastornos narcisistas no psicóticos
como una patología del 'vacío', a diferencia de una pato-
logía del 'agujero'. El afecto del vacío -el vacío del afecto-
con frecuencia aparece en las nüsn1as descripciones,
experiencias corporales, decires sobre el aburrimiento: a
la larga es una palabra que se genera. La misma terapia
ayuda a empujar al primer plano ese 'me siento vacío'
que de nuevo nos remite a1 paisaje de esas tuberías deso-
ladas, tuberías que no desembocan en escenas fantasmá-
ticas, no son tuberías fabulosas del orden de las de esos
cuentos donde una ballena abre su boca y al descorrerse
ese telón nos encontramos con las rn.ás variadas escenas
y los rnás diversos personajes. Aquí, monótonamente,
son tuberías donde no se encuentra a nadie. El punto de
fijación de las patologías del aburr:imiento lo ubicamos,
entonces, en una escritura faHida del tubo como catego-
ría de lo corporal.
No me siento inclinado a simplificar las cosas y no
descarto, por ende, que en otros casos el aburrimiento no
nos conduzca a potenciales de pequeños -relativamente
pequeños en relación con patologías donde la mutilación

352
subjetiva es rnás gruesa- potenciales de aguJeremniento;
nos queda pendiente la posibilidad del aburrimiento más
involucrado en un punto de depresión psicótica bien
local.
Un paso más en relación con desplegar los criterios,
las direcciones para orientarnos; un pasa más en recurrir
8. cor1ceptos que 11os g1:.ía.:-:., ::.10.s jLi:icio, r:1 18
ardua problemática de los caminos y las alteraciones de
la experiencia de la vivencia de satisfacción.
Me he referido en otro lugar s a cómo la clínica rea-
vivó un interés hasta entonces más bien meramente
abstracto en aquel concepto, cuyos alcances creo mejor
nombrar como categoría. Partiendo de lo que Freud esta-
blecía corno experiencia que tenía su "curso c01npleto"
(Winnicott), lo que aquella clínica me empujaba a plante-
ar era qué ocurriría si pensáramos una serie de patologí-
as de diversa gravedad como una función de alteraciones,
destinos malogrados y trastrocados que desvirtuaban de
uno u otro modo dicha experiencia. En pm'ticular indiqué
un punto que ahora de nuevo me interesa resaltar: aquel
del anudamiento de la satisfacción en tanto tal a una
experiencia de lo intersubjetiva (es decir, no del objeto
sino del otro), sin ]a cual la experiencia en su conjunto se
distorsiona y trastorna radicalmente.
Por lo rnismo, no cualquier satisfacción, no cualquier
placer, podrían encarnar lo que está en juego en la expe-
riencia de la vivencia de satisfacción. Creo que, por ejem-
plo, cuando Freud se refiere a "placer de órgano" no es
exactamente lo que tiene lugar: falta esa puntada decisi-
va que la cosa a lo que no es una cosa, ni un pedazo de
cuerpo, ni un objeto -ni siquiera un objeto "total"- por-
que comporta un suplemento irreductible: otra. subjetivi-

:3. Véase" ... pero aden1ás, es cierto ... ", citado en nota 2, el capí-
tulo correspondiente en el libro citado en la nota anterim.

353
dad. 4 Lo cual Freud deja ligado al no hablar de auxilio
sin agregar "ajeno".
Ivie he acostumbrado a considerar la iniplantación
subjetiva de tal experiencia como algo tan extremo y
delicado tal cual a su manera puede ser la implantación
del embrión en las paredes del útero. Ésta responde por
si habrá vida, la üLra por Ju cualidad subjetiva de esa
vida, por que devenga ec-sistencia. Si la experiencia de la
vi,lencia de satisfacción consiste, dará lugar a toda una
serie cuyos polos, toscamente hablando, serán satisfac-
ción e insatisfacción como disyunciones inclusivas. Pero
si no consiste, y allí donde no consiste -no tiene por qué,
recordémos una vez más, ser ésta una cuestión global-
da paso a una serie de fenómenos más o menos graves de
desatisfacción, por ende, de desubjetivación, cuyo para-
digma es el autismo.
Retomemos ahora desde esta perspectiva el aburri-
miento. Un material nos permite hacerlo desde el lado de
la función: una madre que, en sus propios términos, "se
aburría" dando el pecho y se sostiene allí, como puede,
mirando televisión. (Compárese con la prostituta hacien-
do zapping mientras su cliente consume sus servicios en
el filme Midnight Cowboy.) Lo que tendría que ser, lo que
se esperaría fuese un encuentro erótico de la madre y el
hijo transcurre en apariencia pero se vacía de sentido,
determinando que sólo se pueda hablar de placer de un
modo muy fragmentario o muy restitutivo. Por otra par-
te, ni siquiera era 1u1q escena de refugio en un ensueño
diurno, de] orden del estar pensando en otra cosa, sino
un consumo adictivo de imágenes por parte de una mujer
deprimida y hostil.
Lo menos que podría decirse es que semejante dispo-
4. Para esa diferencia entre objetalidad y otredad, además de su
recorrido en los textos de Lacan, conviene referirse a una obra que la
distancia como pocas: The bands of"love, de Jessica Benjamín, Nueva
York, Pantheon, 1990.

354
sitivo siembra condiciones para alteraciones 1nuy profun-
das -las que fueren- en la experiencja de la vivencia de
satisfacción, entre las que muy bien podrían darse pro-
blemáticas ligadas al aburrimiento ( que ya es invocado
por la madre allí). Para el caso, se trataba de una pacien-
tita triste, una pacientita con una depresión infantil muy
intensa y sufriente. "
Si pretendemos conducir las cosas a un punto de sufi-
ciente profundidad, es necesario abrir la interrogación de
esta vaciada, deformada, experiencia (ya no) de satisfac-
ción más allá de lo circunscripto del amamantamiento,
dado que son muchos los planos donde la experiencia de
la vivencia de satisfacción debe escribirse, deshacerse y
volverse a escribir, planos que involucran de'.'de el coito
hasta el encuentro del niño con el aprender. Psicoanalíti-
camente, al menos, creo que no puede avanzarse den1a-
siado en la cuestión del desear aprender y sus eventuales
y habituales perturbaciones sin reconducir ti3sta cuestión
a su articulación fundamental con esa escena de escritu-
ra que llamamos 'vivencia de satisfacción'. Pensada en
esta dirección, adquirir la lecto-escritura, por ejemplo,
moviliza no sólo el plano del significante sino ]a instan-
cia capital de en qué condiciones de experiencia corporal,
bajo qué modo de experienciar las experiencias se intro-
duce aquélla, lo cual incluye también el cuerpo del ense-
üante de una manera drástica. Importantes como son los
matices más concretos, puede comprenderse que no se dé
como una experiencia puntual fechable de un modo uní-
voco: para que se desate semejante perturbación, seme-
jante desinvestimiento del aprender y no sólo del conte-
nido del aprender, los anudamientos son harto más
engorrosos.

5. Véase el capítulo 2 de Pagar de más, Buenos Aires, Nueva


Visión, capítulo firmado por Cristina Fernández Coronado.

355
Un modelo atendible es pensar el aburrimiento como
un poliedro de múltiples facetas y a la vez como un hojal-
dre donde hay capas que ir descartando para llegar al
pliegue justo. Tomando esto en cuenta, la perspectiva de
lo imaginario en ese cuerpo poliédrico y hojaldrado devie-
ne ineludible: con la salvedad de que no nos es tan útil la
concepción a fuego pcr el sesgo estructuralista
lacaniano, donde las cosas ocurren 1nás bien como per-
turbaciones en lo imaginario, venidas de otro registro. La
especificidad, las particularidades, de lo imaginario me
parecen mejor reconocidas en la obra de Sami-Ali, parti-
cularmente por ese desplazamiento del "en" al "de".
Lo que me interesa proponer y destacar en esta pers-
pectiva es que, sea cual fuere la edad, alguien se aburre
-y sobre todo de esa manera tan decisiva, tan contun-
dente, cuando no puede verse allí, cuando no puede
encontrarse y reconocerse en lo que se está dando, cuan-
do le es imposible situar:se en lugar alguno de la escena-.
Se trate de un filme o la lectura, se trate de una conver-
sación o de participar en un proceso de aprendizaje, el
aburrimiento delata y designa un fracaso en el hecho de
poder convertir la situación en el espejo de algún aspecto
propio (por supuesto esto no tiene por qué ser consciente,
en lo fundamental es una ·experiencia inconsciente),
espejo que, de funcionar, me diseminaría en más de un
sitio. Precisándolo mejor conceptualmente, el aburri-
miento tan categóricamente padecido implica un fracaso
específico de lo que Sami-Ali escribe como "proyección
sensorial primaria"; fracaso de la proyección, entonces,
pero no de la proyección clásica entendida como mecanis-
mo de defensa, el recordado ver en el otro lo que no quie-
ro ver en mí de mí, sino la proyección ligada a lo que
\Vinnicott nombra como agresividad, esa agresividad cre-
ativa que informa de volumen, y no sólo volumen del
espacio sino volumen subjetivo: de vuelta por el tubo,

356
considerado en otro ángulo de conceptualización. Volu-
men de rica sensibilidad f~'lntasmática que no alcanza
esa otra condición de la subjetividad de tuberías desola-
das, desguarnecidas, devastadas, vacías.
Lo he podido ver también en a 1gún caso, fragn1enta-
riamente pero de un rnodo muy intenso, el de un pacien-
te que se dornlia con una cualidad cuasi lecargica al
cine y se donnia; iba a comer y se dormía; etcétera) y por
supuesto sin ninguna relación con el 'estar cansado' o
cosa por el estilo. El aspecto más interesante pai·a las
hipótesis que vengo desarrollando era e] siguimite: a con-
dición de que hubiese algo -en una película, por ejem-
plo- enteramente semejante a él o a a1gún aspecto de él
y de sús problemas, se mantenía despierto (e incluso
muy involucrado afectivamente). Esta condición no
admitía demasiado del desplazamiento y de la condensa-
ción; digamos que exigía lo incónico. El material así
expuesto, y repetidamente comprobado a 1o largo de su
tratanüento, se compaginó con una cierta anemia ele la
potencia de metamorfosis característica de lo imaginario.
Su efecto es también debilitar la capacidad identificato-
ria, que bien pronto se emancipa de Jas correlaciones biu-
nívocas entre identificante e identificado. El niño, que
aun muy pequeño juega a ser Hoidi o Batman, ya va
sobradamente más lejos que mi paciente.
U na última diferencia por trazar, para ir cerrando
esto que hay que ir abriendo, es la diferencia entre hacer
algo sin ganas y el aburrirse. Es en primer lugar clínica-
mente muy importante no confundir ambas cosas; cada
una además conlleva sus propias consecuencias subjeti-
vas. Tomemos la posición de un niño cuando nos dice "No
quiero ir a la escuela". Esta declaración, tan dispuesto
como está a repetirla, no dice que luego allá se abuna. Al
contrario, y paradójicamente, esa declaración forma par-
te de lo que lo ayuda a pasarla muy bien, desarrollar

357
amistades al par que nuevas adquisiciones intelectuales.
Y sin embargo, sigue siendo cierto que va sin ganas. Lo
cual debería plantear más problemas a los que propagan
un 'aprender jugando' ( sin ninguna opacidad entre los
dos términos) sentimental y propenso a una visión edul-
corada del jugar, de su violencia irreductible. Lo superfi-
cial de la conexión que as1 se propone tiene n1uy poco que
ver, en su dispositivo conductista, con la metamorfosis de
(algo del) jugar en el trabajar que enuncié como hipótesis
en El niiio y el significante.
El esfuerzo que el niüo debe hacer por ]a diferencia
que distancia el aprender del jugar, incluyendo 1os senti-
mientos de persecución que se le impone afrontar, lejos
de ir a contrapelo del desear del niño, cumple una fun-
ción irreemplazable y decisiva en la consolidación de ese
desear durante el período de latencia. Proponerse el
hacer cosas sin ganas, en función no de un mandato
superyoico, sino en función de un desear de fondo, de un
desear ser grande como deseo de fondo, atravesando difi-
cultades por ejemplo fóbicas de todo tipo, he aquí una
adquisición subjetiva como no hay otra. No de otra
manera, y sin ganas, tantos adolescentes se introducen
en la genitalidad, por su deseancia. La deseancia pone en
líos, mete en líos. Eso a veces retira las ganas como índi-
ce del mantenimiento de la estructura del desear, del
desear con10 estructura de la vida.
Nada de todo esto debe ser confundido con el aburrirse.
Más bien al contrario. El analista instruido de espontane-
ísmo que suscribe, interrumpiendo el análisis, la declara-
ción de su paciente de que no tiene ganas de venir y de que
se aburre, y que la suscribe en nombre del deseo, yerra por
varios motivos. No sólo por el olvido o la subestimación de
las resistencias: el niño no se aburre en la sesión a causa
de su deseo de no venir; se aburre porque no puede tener
deseos. Precisamente, la cuestión por analizar.

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