Guía de lectura Educación romana y sugerencias bibliográficas,
1- Situación geográfica y evolución política (monarquía, república, imperio)
Los romanos se establecieron en la península itálica. La geografía de esta zona se
caracteriza por tener como frontera natural los Alpes, que los separaba de las tribus
europeas como los celtas, los galos y los germanos. Es un territorio atravesado por los
Apeninos, por lo que en su paisaje se hallan numerosos valles, propicios para la
agricultura y la ganadería.
Los primeros pobladores de este territorio fueron los griegos, que fundaron ciudades
como Tarento, Crotona y Nápoles, los italos, una rama proveniente de los indoeuropeos.
Asimismo, la península estaba habitada por grupos galos, latinos, sabinos y etruscos,
estos últimos, provenientes de Asia menor, fueron el grupo que transmitió más rasgos
culturales a los romanos.
Roma fue fundada alrededor del año IX a. C, lo cual existió una mezcla entre los latinos y
los sabinos, que fundaron la ciudad. Se menciona que en las leyendas romanas, Romulo
fue el fundador legendario y primer rey de Roma, lo cual no se ha encontrado datos
confiables que confirmen la historia, lo cual se sabe que los orígenes, la ciudad estaba
organizada por clanes, un rey y un senado, tal cual sucedía en Grecia, el rey actuaba
como juez y sacerdote.
La historia romana suele dividirse en Monarquía (IX – VI a. C.), República (VI – I a. C.) e
Imperio (I a. C. – V d. C.)
En la monarquía, los romanos continuaban con rasgos culturales de los griegos, debido a
la cercanía geográfica y al poderío griego en la regió[Link]ás del senado y los atributos
políticos del rey, de igual forma, sólo los hombres libres podían decidir la política de la
ciudad. Sin embargo, a diferencia de los griegos, los romanos desarrollaron más el arte
de la política desde sus orígenes.
En Roma, existía una clara distinción entre dos grupos sociales: los patricios y los
plebeyos. Los primeros eran los sectores más adinerados y todos aquellos que poseían
alguna propiedad; mientras que los segundos eran personas desarraigadas o esclavos
libertos,27 que eran hombres libres, pero sin derechos políticos. Tras una sublevación
contra el rey Tarquino el Soberbio en el 509 a. C., llegó a su fin la monarquía. Ante ello, el
mando quedó a cargo por dos cónsules que serían electos cada año; por lo regular, un
cónsul se dedicaba
a la política y otro a la milicia, tal fue el caso de Pompeyo y Julio César. Además, se formó
el senado, que sería el encargado de aceptar o revocar las propuestas de los cónsules, y
en casos extremos, podrían designar a uno de ellos dictador por un plazo de seis meses
para agilizar la toma de decisiones políticas. De tal suerte, la estratificación social de los
romanos quedó de la siguiente manera: procónsules, senado, patricios, plebeyos y
esclavos. Poco a poco, los romanos conquistaron a los pueblos de la península itálica. Su
ejército se organizaba por legiones, que eran 8 mil hombres equipados con casco, escudo
y espada, un cuerpo de caballería y otro de artesanos, que se encargaban de reparar las
armas. Sin embargo, antes de conquistar Italia, los romanos sufrieron una terrible derrota.
En el siglo IV a. C., los galos invadieron Roma, por lo que se vieron obligados a pagar una
fuerte suma de dinero para conservar la ciudad. Aquella derrota, permaneció en la mente
de los romanos por generaciones. No obstante, a partir del siglo V a. C. comenzó la
conquista de la península itálica, de modo que para el siglo III a. C. toda Italia era romana.
Con el éxito de la conquista de Italia, el pueblo romano se enriqueció rápidamente, ya que
la adquisición de nuevas tierras enriquecieron a la creciente población romana. Los
romanos pronto se dieron cuenta que la conquista militar rendía muchos dividendos. El
gobierno y los militares ganaban popularidad, el pueblo romano se enriquecía con las
nuevas tierras, Roma se llenaba de gloria con la derrota de otros pueblos y además, su
fama se extendía por el mundo conocido. Tras la conquista de Italia, la siguiente víctima
fueron los cartagineses. Los romanos llamaron a estas guerras, púnicas (III – II a. C.), ya
que poeni era el nombre latino para cartaginés o fenicio. Los fenicios eran los grandes
comerciantes marítimos de la Antigüedad. Oriundos de las costas de los territorios
actuales de Líbano, Israel y Palestina, fundaron varias colonias en el Mediterráneo, entre
ellas Cartago al norte de África. Con el tiempo, los cartagineses se volvieron más fuertes
que los fenicios. Durante las guerras púnicas, surgió Aníbal, líder militar cartaginés,
procedente de España que invadió Roma en el 219 a. C. Sin embargo, hacia el año 149
a. C. los romanos vencieron y destruyeron definitivamente Cartago, convirtiéndose en la
principal potencia del Mediterráneo. Las guerras púnicas fueron muy importantes para
Roma, pues lograron conquistar Grecia, Macedonia, Siria, España y las Galias. A partir de
este momento, los griegos sobrevivieron como cultura gracias a su influencia cultural. Los
sabios que vivían en las ciudades griegas se trasladaron a Roma. Por esta razón, Roma
es considerada una continuación de la cultura griega. Además, la extensión de la
república romana enriqueció a la población, la cual creció enormemente. También se
incrementó el número de esclavos y por si no fuera poco el abuso contra este sector, los
romanos adquirieron la costumbre cartaginesa de enfrentarlos en combates a muerte,
surgiendo así el fenómeno de los gladiadores. Los romanos capitalizaron muy bien el
espectáculo de los gladiadores, pues en aquellos sangrientos eventos, el gobierno
regalaba pan al pueblo para influir en el voto de los ciudadanos. De ahí el origen de la
frase: “pan y circo”. En el siglo I a. C. Roma vivió años de cambio. En el 74 a. C. estalló
una rebelión de esclavos encabezada por Espartaco, a pesar de la derrota de los
esclavos, los romanos se vieron obligados a promulgar una serie de leyes que protegieran
a este sector de las arbitrariedades y caprichos de muchos amos. Posteriormente, Roma
emprendió nuevas conquistas contra los teutones y los cimbrios. Sin embargo, muchos
generales estuvieron en desacuerdo con los cargos políticos que recibieron después de
sus conquistas militares. No faltó quien se indignara ante las pocas tierras que la
república le otorgó tras famosas y populares victorias, por lo que estallaron en Roma una
serie de guerras civiles encabezadas por los generales Sila y Mario. Tal fue el caos que
inundó las calles romanas, que la república decidió reorganizarse en un triunvirato, que
estaría conformado por Julio César, Pompeyo y Craso. El triunvirato logró restablecer la
paz por un tiempo. Pompeyo se enfocó a pacificar la política desde Roma, Julio César
emprendió nuevas
campañas de Conquista en las Galias y Craso fue relegado rápidamente a labores
menores. La victoria de Julio César le ganó el cariño y popularidad de los romanos, pues
por primera vez, vencían a su acérrimo enemigo, aquel que en el pasado había invadido y
saqueado Roma. La creciente popularidad de César lo enfrentó con Pompeyo, y tras una
nueva guerra civil, Julio César se convirtió en el único gobernador romano. Julio César
restableció el orden imperial, distribuyó las nuevas tierras conquistadas, otorgó amnistía a
sus rivales y decretó una serie de políticas populistas. Esto ocasionó la división con el
senado, quienes lo acusaron de tirano. La tensión entre César y el Senado llegó al límite,
pues un grupo de senadores encabezados por Bruto, asesinaron a Julio César a
cuchilladas en plena sesión. Cabe señalar que el asesinato de César se ha convertido en
uno de los episodios más dramáticos de la historia universal. Después de la violenta
muerte de César, el gobierno se dividió en un segundo triunvirato: Antonio, Lépido y
Octavio. Tras una serie de guerras, Octavio logró el control de todo el imperio y se
convirtió en emperador romano. La época del Imperio podría dividirse en tres etapas: una
primera de reparto de poder entre el emperador y el senado, otra en la que el emperador
es el jefe absoluto, a partir del emperador Dioclesiano y una última en la que la ciudad de
Roma entra en decadencia y el imperio se traslada a Constantinopla, en la actual
Estambul. Durante la época del imperio se reforzó la división de clases, no se pudo
consolidar la conquista de Germania y los espectáculos sangrientos crecieron. En la
actualidad, emperadores como Nerón y Calígula se han ganado la fama del cine y el
entretenimiento por su vida de excesos, placeres y voluptuosidades. También fue en esta
época, cuando el cristianismo se extendió por todo el imperio, al punto que los
emperadores romanos se convirtieron al cristianismo, abandonando todos los rituales y
prácticas de la cultura grecolatina.
Finalmente, en el siglo V a. C. el poder político y económico de los emperadores romanos
decayó. El emperador Contantino, presintiendo la vulnerabilidad de Roma ante los
constantes embates de las tribus germánicas, trasladó la capital del imperio a
Constantinopla, dejando Roma a su suerte. En el 476, el líder de los germanos, Alarico,
asesinó al último emperador romano: Rómulo Augusto. No obstante, el imperio romano
continuó en el Oriente hasta el siglo XV, aunque a este imperio se le conoce como
Bizantino, para diferenciarlo del imperio romano grecolatino y occidental.
2- La educación romana: áreas de conocimiento y la didáctica ( Salas)
Áreas del conocimiento de la educación romana
Las áreas del conocimiento que se enseñaban en las escuelas romanas, eran
prácticamente las mismas que en Grecia: alfabeto (leer y escribir), gramática (expresión
oral y lectura de clásicos y cultura general), música, matemáticas y astronomía, retórica,
poesía, filosofía y educación física. Las escuelas romanas también se conocían como
escuelas de gramática, en donde los alumnos aprendían aspectos de todas las áreas del
conocimiento. Al igual que las escuelas de nuestro tiempo, en la escuela se recibía una
instrucción para obtener una cultura general. Sin embargo, a diferencia de las escuelas de
la actualidad, no existía un corpus autónomo de cada una de las disciplinas; sino que se
partía de la lectura e interpretación de los textos. En ese sentido, el método de
aprendizaje debió haber sido el mismo para todas las áreas del conocimiento: un maestro
con su libro en mano y los alumnos leyendo en voz alta y comentando los textos, sin
importar si se trataba de poesía o matemáticas. La enseñanza del alfabeto se manejaba
desde los primeros años y se combinaba la enseñanza del latín con la del griego, por lo
que la mayoría de los romanos eran bilingües, al menos al principio de la república
romana. En cuanto a la enseñanza de la gramática, como ya se ha dicho, el contenido era
diverso y dependía de los textos que el profesor manejara para su lectura e interpretación.
El área de la música, en realidad, abarcaba el canto, la danza y la ejecución de
instrumentos musicales. A diferencia de los griegos, los romanos consideraban
inconveniente que los varones practicaran la danza, ya que en Roma la homosexualidad
no se practicaba tan abiertamente como en la Atenas clásica. Por otro lado, las
matemáticas comprendían también a la geometría y la astronomía; mientras que la
retórica abarcaba el arte de convencer con la palabra y el conocimiento de las leyes
romanas. Por último, la poesía y la filosofía, al igual que en Grecia, eran consideradas las
disciplinas más elevadas. Pocos tenían acceso a la enseñanza de éstas y por lo regular,
estaba reservada para los nobles. La educación física continuó la tradición griega de la
gimnástica y juegos olímpicos, aunque ya no conservaron ese nombre. Hacia el siglo II d.
C. se institucionalizó una serie de olimpiadas romanas en todo el imperio. De acuerdo con
Suetonio, el emperador Nerón, consolidó esta costumbre griega, pues “instituyó, por
primera vez en Roma, una competición triple, cada cinco años, según la costumbre
griega, musical-gimnástica-ecuestre, que llamó Neronia”.
3- La educación en distintos periodos (arcaico, imperio) (Abbagnano)
LA EDUCACIÓN ROMANA ARCAICA
La educación en el mundo helenístico-romano, tiene ciertas características de la
civilización romana arcaica y el modo en cómo formaba a los jóvenes. Roma fue una
ciudad -estado que atravesó por las mismas situaciones en el desarrollo de las polis
griega con algún retraso respecto de estas, lo cual se diferencia mucho porque no
conoció el periodo feudal - caballeresco parecido al que sobrevino en Grecia como
consecuencia del trastorno étnico conocido como invasión doria; por eso, en su fase de
predominio aristocrático. Roma mostró una forma de trabajar más simple y tosco en la
agrícola, basándose en los valores representados en el ámbito del trabajo rural, la familia
y la patria lo cual era importante para ellos; lo cual estas características no fueron fáciles
de mantener, porque estaban situados al margen entre la zona de influencia como el
pueblo etrusca y la zona de influencia helénica de la Magna Grecia;
LA EDUCACIÓN ROMANA ARCAICA En qué consiste la contribución específicamente
romana al vasto cuadro de la educación en el mundo helenístico-romano, se comprenderá
con facilidad si se tienen presentes ciertas características de la civilización romana
arcaica y el modo como formaba a los jóvenes. También Roma fue una ciudad-estado que
atravesó por las mismas fases de desarrollo de las polis griegas con algún retardo
respecto de éstas, diferenciándose con todo de ellas en que no conoció un periodo
feudal–caballeresco parecido al que sobrevino en Grecia como consecuencia del
trastorno étnico conocido como invasión doria. Por eso, en su fase de predominio
aristocrático, Roma ostenta un carácter marcadamente agrícola un tanto simple y tosco, si
bien sólidamente radicado en los valores representados por el trabajo rural, la familia y la
patria. No fue fácil a los romanos preservar sus características, situados como estaban en
el margen entre la zona de influencia etrusca y la zona de influencia helénica de la Magna
Grecia; pero el haberlo conseguido creó en ellos la conciencia de su fuerza moral que los
caracterizaba y que no les impidió asimilar otras culturas sino gradualmente y con las
limitaciones dictadas por una sana desconfianza campesina. También en Roma se
desencadenó la lucha por arrancar leyes escritas a los aristócratas y lograr la isonomía,
es decir, la igualdad entre nobles y plebeyos, pero el sentido de la legalidad se desarrolló
con mayor profundidad que en Grecia puesto que terminó por ligarse (sería imposible
explicar aquí cómo y por qué) al proceso mismo de la expansión territorial, efectuado
como es sabido por una parte mediante la guerra y por la otra mediante los foedera o
tratados. La guerra misma se hacía (por lo menos formalmente) más bien sobre la base
de una idea de derecho que por un impulso de simple rapacidad. De aquí los caracteres
principales de la formación de los jóvenes, que era ante todo familiar, con una influencia
notable por lo que hace a la madre (la cual gozaba de mucho mayor consideración que en
Grecia) y decisiva tocante al padre, pues era éste el verdadero educador de la prole. En
segundo lugar, era una formación civil, puesto que el padre llevaba al hijo al foro apenas
vestía la toga viril (a los 16 años) para que asimilase directamente las bases de la vida
política y social de la urbe. Este aprendizaje tenía particular importancia para la formación
del sentido del derecho; más tarde los padres empezaron a confiar al hijo a personas
particularmente expertas en el campo jurídico a fin de que recibiese orientaciones más
rápidas y precisas acerca de la vida políticojudicial de la ciudad, que se había vuelto
sumamente compleja. En tercer lugar, la formación del joven era militar. A los 17 ó 18
años entraba en el ejército como soldado raso, independientemente del grado de nobleza
o riqueza de su familia, circunstancias éstas de las que, sin embargo, dependía
posteriormente su carrera. Como se ve, se trata de un tipo de formación esencialmente
moral y práctica: en un principio la cultura literaria no ocupa en ella ningún sitio, mientras
por el contrario ocupa un puesto central el sentimiento religioso que también estaba ligado
a la familia (culto de las imágenes domésticas), a la patria y a la fe en la grandeza de
ésta. La piedad religiosa constituye por mucho tiempo la síntesis de todos los valores
educativos que contribuían a la formación del joven. Justamente porque la religión
primitiva era mucho más ruda que la griega y no había caído en las frágiles y grandiosas
construcciones producidas por la ágil fantasía mítico-poética propia del epos helénico (los
romanos carecieron casi del todo de una épica original), contribuyó con extraordinaria
eficacia a forjar el sólido, práctico, frugal y austero carácter de estos labradores que, sin
haberse propuesto ningún plan imperialista, se vieron comprometidos en empresas cada
vez mayores hasta que, vencida Cartago, se encontraron enfrentados a la perspectiva de
un absoluto señorío sobre todo el mundo civilizado. Nos hallamos, pues, muy lejos de la
educación “cortés” del aristócrata griego: al romano música y poesía le interesan muy
poco y no practica otra gimnasia que la del Campo de Marte, subordinada a la vida militar.
En cambio, conoce el trabajo de los campos, es diligente administrador de lo suyo y
amoroso educador de la prole; en ello se distingue del espartano, militarista puro, cínico
en las relaciones con otros pueblos y con frecuencia aliado de poco fiar. En la terrible
crisis de la segunda guerra púnica Roma se salvará, más que por sus virtudes guerreras,
por la sabiduría jurídica que había impreso a sus relaciones con gran parte de los otros
pueblos itálicos.
LA INFLUENCIA GRIEGA SOBRE LA EDUCACIÓN ROMANA No obstante estas
peculiaridades, que fueron además su fuerza, Roma no fue “nacionalista” en el sentido
moderno de esta palabra. La prueba es que asimiló en grado sumo la cultura y la
educación griegas, con cierta resistencia por parte de los conservadores, y genuino
entusiasmo por parte de la mayoría. En su aspecto intelectual, la educación romana se
modeló sobre la griega; por tanto, desde el siglo II a. C., tenemos el literator
correspondiente al didáskalos o grammatikós (literae = grammata). El grammaticus es en
un principio profesor de griego, posteriormente (siglo III a. C.) de latín, con métodos
análogos a los del grammatikós griego: los “clásicos” que se leen y comentan son la
traducción de la Odisea, de Livio Andrónico, el Bellum Punicum de Nevio, los Annales de
Ennio. Pero el rétor fue por largo tiempo, casi hasta Cicerón, maestro de retórica griega y
no latina, e incluso cuando la retórica latina —largamente obstaculizada por los
conservadores— se afirmó, la educación romana siguió siendo prácticamente bilingüe. En
todas las tierras menos civilizadas por donde se difundió (Mediterráneo oriental, Panonia,
etc.) el griego se enseñó junto con el latín. De esa forma, Roma se constituyó en
portadora más que de una civilización típicamente suya, de la civilización helenística
integrada con aportaciones latinas. ¿Cuáles fueron esas aportaciones? Es bien sabido
que de los varios elementos mencionados en el párrafo anterior es el sentido del derecho
el que constituye la gloria imperecedera de Roma. Por consiguiente, no debe
maravillarnos si la enseñanza de la elocuencia asume una fuerza y un contenido nuevos,
ni que surjan escuelas de derecho incluso en Oriente (la de Beyruth, en Siria, fue la más
importante) y que la oratoria de relumbrón ceda por algún tiempo el sitio a la forense.
Pero la mentalidad romana se distingue por un elemento no menos importante que el
anterior: el sentido práctico; de modo que no nos debe sorprender si el estudio de la
arquitectura y la agrimensura se desarrolla en latín, mientras las ciencias puras siguen
siendo patrimonio griego y se enseñan en griego incluso ahí donde la lengua madre es el
latín. La medicina asume forma latina con mayor lentitud y dificultades; sin embargo, es
significativo el que Varrón añada la arquitectura y la medicina a las siete artes
reconocidas como “liberales” por los griegos. Por el contrario, la gravitas latina no admite
en el plan de estudios helenístico la música y la danza, consideradas indignas de la
seriedad o gravitas del futuro civis romanus. En general, se puede conjeturar por varios
indicios que la mentalidad romana —más respetuosa que la griega de los derechos de la
infancia— era menos severa en la disciplina y más directa en la vigilancia de la formación
moral, que no se dejaba al “pedagogo” esclavo sino que era objeto de la solicitud de los
padres. Por lo demás, el “pedagogo” romano a cuyos servicios recurrían las familias más
ricas, goza de mucha más consideración que en Grecia y es a menudo un liberto culto y
estimado. Esta actitud se sintetiza en la célebre máxima del poeta Juvenal: “Maxima
debetur puero reverentia”.
A pesar de estas reservas, no se puede por menos de concluir que, en sustancia, la
instrucción intelectual romana es igual a la griega del periodo helenístico, como idéntica
es también su articulación general. También en Roma la enseñanza es esencialmente
privada y en un principio el Estado no interviene sino negativamente para alejar a los
profesores indeseables (como sucedió en el caso de Carnéades, 43), o para prohibir la
enseñanza de la retórica latina. También la típica institución educativa pública del
helenismo, los colegios de efebos, será imitada por el mundo romano en la época de
Augusto. Éste fue probablemente el primer acto de aquella política imperial en el campo
educativo que seguirá desarrollándose hasta superar los límites del ejemplo helenístico.
Los Collegia iuuenum, fomentados por Augusto como un aspecto de su obra restauradora
de los valores patrióticos, se difundieron rápidamente por muchas ciudades en el
occidente del imperio, pero también estas instituciones perdieron en poco tiempo todo
carácter de preparación a la vida militar para quedar reducidas a simples “clubes” de
jóvenes aristócratas como los de la efebía helenística.
QUINTILIANO Y PLUTARCO El primer emperador que legisló en materia de educación
fue Vespasiano, quien eximió de impuestos municipales a gramáticos y rétores. Llegó
incluso a instituir en Roma dos cátedras oficiales de retórica latina y griega; el primer
titular de la cátedra de retórica latina fue Marco Fabio Quintiliano (35?-95 d. C.) que en los
12 libros de su Institución oratoria nos dejó un cuadro completo de sus ideales educativos.
Para él, en efecto, la educación oratoria es la educación por excelencia, lo que por lo
demás responde al criterio helenístico general. Respecto de éste, nada tienen de original
sus consejos higiénicos, los pequeños artificios didácticos para aprender a leer o a
escribir, que no evitan la mecanicidad mnemónica, así como tampoco gran parte de las
otras observaciones de sentido común contenidas en el primer libro, en el que trata de la
primera infancia y la niñez. Más interesante es su defensa de la educación pública
respecto de la privada (que al parecer en Roma se había afirmado entre los optimates),
así como también, en general, sus críticas a la educación demasiado blanda que se daba
en el seno del invernadero doméstico. A esto contrapone las ventajas de la emulación
implícita en la educación pública, y condena el uso de los castigos corporales; pero si en
ello se manifiesta buen intérprete de aquel mayor respecto por el niño que habíamos
señalado como propio de los romanos, la exagerada importancia que atribuye a la
memoria y a la capacidad imitativa del niño nos revelan su incapacidad para percibir los
aspectos dinámicos y creativos de la psique infantil (aunque a decir verdad es un límite
común de su tiempo). Por lo que se refiere a los estudios medios y superiores, Quintiliano
hace suyo el ideal de Cicerón, que exige del orador una buena base cultural, que incluye
historia y filosofía, y una profunda formación moral; pero si en ello es fácil percibir el eco
de la célebre definición catoniana del orador como Vir bonus dicendi peritus, no se debe
ver en ello nada de sustancialmente diverso del ideal oratorio de Isócrates. También el
tratamiento de la oratoria sigue los esquemas propios de la retórica helenística.
Quintiliano no cae ni remotamente en la cuenta de lo anacrónico que resulta su ideal
oratorio en tiempos de monarquía absoluta. En cambio, su contemporáneo, el autor del
Diálogo de los oradores (atribuido a Tácito) se muestra perfectamente consciente de las
verdaderas causas de la decadencia de la oratoria, la cual ligada como estaba al clima de
luchas políticas propio de los regímenes republicanos pierde toda vitalidad funcional en
los regímenes despóticos. Casi contemporáneo a la obra de Quintiliano es el escrito de
Plutarco (que para algunos es de atribuirse a un su discípulo) De la educación de la
juventud, con la célebre doctrina de los tres elementos o factores de la educación:
naturaleza, conocimiento y ejercicio, que sin embargo se remontan como hemos visto a la
praxis sofística (cf. § 19).
Se trata de una síntesis del ideal helenístico-romano de educación hecha con espíritu
ecléctico y se diferencia de la de Quintiliano sólo por la mayor importancia que se
concede a la filosofía como medio para madurar en el joven una capacidad de elocuencia
no teatral ni árida, sino densa de pensamiento y mesura. Por lo que toca a la primera
infancia, también Plutarco cae en la equivocación de subrayar excesivamente la memoria.
En cuanto a los fines de la educación moral insiste sobremanera en la virtud del ejemplo.
En la obra de corrección aboga por una hábil dosificación de castigos y premios, elogios y
reproches. Pero en la historia de la educación han tenido una importancia mucho mayor
que esta obrita de dudosa autenticidad otros escritos de Plutarco, en particular las
celebérrimas Vidas paralelas, que acoplan biografías de grandes griegos y biografías de
grandes romanos que tenían algo de común con los primeros (por ejemplo, Licurgo y
Numa, Arístides y Catón, Demóstenes y Cicerón, etc.). Se trata más bien de paradigmas
ejemplares de ciertas virtudes que de tratados rigurosamente históricos, pero la viveza de
la representación y el pathos moral que alienta en ellas siguieron ejerciendo al través de
los siglos, prácticamente hasta nuestros días, una enorme influencia sobre los espíritus
más preclaros de la cultura occidental. Por mucho que Plutarco sea íntimamente griego y
no siempre suene del todo sincera su exaltación de la virtud romana, las Vidas paralelas
pueden considerarse casi como un símbolo de la unidad espiritual alcanzada por el
mundo helenísticoromano. En sus Tratados morales Plutarco nos dejó gran copia de
reflexiones morales y religiosas y muchas anotaciones sobre la educación, la más famosa
de las cuales es el famoso pasaje que, traducido a la letra, reza como sigue: “No es la
inteligencia como un vaso que debe llenarse, sino como un trozo de madera que debe
encenderse para que se despierte el ardor de la investigación y el deseo de la verdad”. Es
una imagen sugestiva, pero el concepto ahí expresado se ve sometido en Plutarco a
limitaciones harto radicales debidas al carácter aristocrático e intelectualístico de su
pedagogía.
LA EDUCACIÓN ESTATAL EN EL BAJO IMPERIO ROMANO El ejemplo de Vespasiano
fue muy imitado por sus sucesores: el Estado romano legisló con creciente amplitud en
materia de educación haciéndose cada vez más cargo, directamente, de la instrucción
superior. La educación elemental y media sigue siendo parcialmente privada, si bien en su
mayor parte se vuelve municipal, pero es el Estado el que determina la modalidad de
selección de los maestros, los exime de ciertos impuestos y por último llega incluso a
fijarles los honorarios. Además interviene directamente en la educación elemental y media
por medio de las Instituciones alimentarias de Trajano, es decir, fundaciones estatales
enderezadas a asegurar la manutención y la educación de un cierto número de niños
(más tarde, también de niñas) de pocos recursos. Las intervenciones legislativas y
administrativas de la autoridad imperial en las cuestiones escolares de la ciudad se
vuelven cada vez más frecuentes, hasta que por fin el Estado se convierte en organizador
de universidades en toda la extensión de la palabra. Así sucede, tanto en Roma, donde
en torno al núcleo creado por Vespasiano con las cátedras de retórica se organiza
también la enseñanza de la filosofía y las ciencias, como en Atenas, donde Marco Aurelio
funda cátedras de retórica y filosofía, y en Constantinopla, donde Teodosio establece en
425 una universidad estatal que monopoliza por ley la instrucción superior de la ciudad, y
cuyos maestros tienen derecho al título honorífico de “comites” (condes) al cumplir 25
años de magisterio. De esta forma se legaliza una práctica establecida desde hacía
mucho tiempo, o sea la de premiar con honores y cargos civiles a los maestros más
insignes. El creciente interés de los poderes públicos por la enseñanza debe considerarse
también con referencia al proceso de progresiva burocratización que caracteriza al
desarrollo del Imperio Romano. Para los jóvenes el estudio no es ya formación
desinteresada, ni tanto menos preparación
para un cursus honorum de magistraturas libres. Ahora es la base indispensable para la
formación de los funcionarios públicos, o sea la condición necesaria para hacer carrera en
la burocracia imperial. En la literatura de la época se encuentran “exhortaciones” al
estudio de un carácter estrictamente utilitario, apenas un poco más refinadas de las que
hemos visto utilizadas por un padre con intención de convencer al hijo a que estudie para
escriba (cf. § 2). Y en verdad aquel inmenso imperio burocratizado según los modelos
orientales requiere una educación de escribas, más bien que una educación “liberal”
orientada hacia la formación de un ciudadano libre. Las disposiciones imperiales para que
puedan estudiar también los pobres persiguen con frecuencia este fin declarado, es decir,
formar para el Estado los funcionarios que le hacen falta. Por lo demás, junto a estos
“escribas” de alto rango, encontramos una clase de escribas propiamente tales, de
categoría más modesta. Se trata de los notarios, o sea los taquígrafos (de notae, es decir,
el término que indicaba los signos de la escritura abreviada) preparados en escuelas
especiales, cuya importancia y dignidad van en lento pero continuo aumento. Ya para
entonces ha terminado el grandioso y vital paréntesis inserto por la civilización
grecoromana entre la educación del guerrero y la del escriba, o sea, la educación del
ciudadano con toda la riqueza y complejidad de sus exigencias formativas. Pero los
vestigios sobreviven aún, porque todavía vive y se añora la grandeza de aquel ideal de
una formación total y armoniosa. Sin embargo, la cualidad y los métodos educativos se
aproximan más y más a los que caracterizan a la educación del escriba: el predominio,
todavía más que en el pasado, de la mnemotecnia, de los ejercicios mecánicos y de la
disciplina coercitiva. San Agustín recuerda con verdadero pavor los años de su infancia
pasados en la escuela. Y sin embargo, el ideal clásico sobrevive en medida suficiente
para deslumbrar a los bárbaros de las primeras oleadas y desbastar sus toscos espíritus.
Los restos de la imponente estructura educativa estatal y municipal son quizás el más
importante entre los factores que vuelven posible la formación en Occidente de los
llamados reinos romano-bárbaros. Pero al derrumbarse éstos, se hunde también, toda
entera, la tradición de la educación laica y sólo permanece como fuerza civilizadora en
acto la universalidad del mensaje cristiano.
4- El aporte de los griegos(helenístico) (Abbagnano, Marrau)
5- La educación del campesino, la educación familiar , la moral romana (Marrau
pág. 299 y siguientes)
LA ANTIGUA EDUCACIÓN ROMANA
Los distintos grados de enseñanza (primaria, secundaria y superior) Marrau ,pág. 324 y
siguientes)
6- El papel del Estado en la educación romana (Capitulo VIII de Marrau)
7- Aporte romano, elementos de romanización) (Marrau Capítulo VIII)
Bibliografía sugerida
Abbagnano -Visalbergghi (1992) Historia de la pedagogía. FCE España
Marrau ,Henri (1971) Historia de la educación en la antigüedad. Akal. España.
Salas, José (2012) Historia general de la educación. Red tercer milenio. México