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Milk Roe Horvat

Leche es un romance erótico omegaverso que narra la relación entre un jefe y su asistente, Nico, quien está secretamente enamorado de él. La historia explora temas de lactancia masculina y dinámicas de poder en un entorno laboral, mientras ambos personajes lidian con sus deseos y la tensión sexual que surge en un clima caluroso. A medida que avanza la trama, se revelan sus fantasías y la complejidad de su relación profesional y personal.

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Milk Roe Horvat

Leche es un romance erótico omegaverso que narra la relación entre un jefe y su asistente, Nico, quien está secretamente enamorado de él. La historia explora temas de lactancia masculina y dinámicas de poder en un entorno laboral, mientras ambos personajes lidian con sus deseos y la tensión sexual que surge en un clima caluroso. A medida que avanza la trama, se revelan sus fantasías y la complejidad de su relación profesional y personal.

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LECHE

ROE HORVAT

ANÓNIMO
CONTENIDO
ARGUMENTO 4
ADVERTENCIAS 5
CAPÍTULO 1 6
CAPÍTULO 2 11
CAPÍTULO 3 20
CAPÍTULO 4 30
CAPÍTULO 5 34
CAPÍTULO 6 54
CAPÍTULO 7 69
CAPÍTULO 8 87
CAPÍTULO 9 93
CAPÍTULO 10 106
TRABAJO EN CASA 121
ACERCA DEL AUTOR 122
ARGUMENTO

Nico
Durante años, he estado enamorado en secreto de mi jefe. Soy el asistente
obediente, el máximo profesional con una reputación impecable. Nadie
conoce mi secreto. Pero el aire acondicionado de nuestro edificio de oficinas
falló y ahora estamos trabajando horas extras en el sofocante calor del
verano. Las temperaturas inhumanas agravan mi problema de lactancia y
me mortifica cuando el señor Toral se da cuenta.

Su reacción me deja en shock hasta lo más profundo.

Charles
Mi joven asistente omega mantiene mi agenda ordenada y mis pelotas
azules. Debería haberme deshecho de él hace mucho tiempo, pero…
¿despedir a un padre soltero? No soy un villano. Mantengo mis manos
quietas sin importar lo tentador que sea su olor. Sin embargo, mi autocontrol
tiene un límite. Hoy, se rompió.

Nunca podremos volver a ser lo que éramos antes, porque nunca lo dejaré ir.

Leche es un romance erótico omegaverso MM sobre un jefe gruñón y


cachondo y su asistente obediente.

¡Lea las advertencias!


ADVERTENCIAS

Saltar para evitar spoilers.

Leche es un romance erótico omegaverso dedicado a la lactancia, con la


exploración sexual como la trama principal.

La historia sigue la relación sexual entre un jefe y su asistente.

Incluye: intercambio de poder, obediencia, juego de impacto, juego


extenso con los pezones, lactancia masculina, una bomba de leche y una
máquina de ordeñar que se utilizan durante el sexo, juguetes sexuales y
lactancia como práctica sexual.

Se desarrolla en un mundo alfa-omega solo para hombres. El embarazo


masculino es posible en este mundo.

POSIBLES DESENCADENANTES:
• Empleador que hace insinuaciones sexuales a un empleado.
• Relación de poder.
• Celos.
• Humillación leve durante un juego de roles.
CAPÍTULO 1
GRACIAS, SEÑOR

Nico
Desde que el aire acondicionado de nuestro edificio de oficinas se había
estropeado, yo he estado en modo supervivencia. En algunas zonas funciona
parcialmente, pero hemos tenido que trasladar a la gente del vigésimo y el
vigésimo primero, porque la temperatura en esos pisos alcanza hasta los 37
grados. A diferencia del resto de la instalación, que se mantiene entre 32 y
36 grados.

Con suerte, no tendremos que trasladar a la gente en ambulancias.

Mi jefe, el señor Toral, se quedó con nosotros. Como un rey medieval a la


cabeza de su ejército, es el primero en ingresar y el último en retirarse,
desafiando la ola de calor con los botones superiores de la camisa
desabrochados y las mangas arremangadas.

—¿De qué sirve el contrato de servicio si pueden rescindirlo tan fácilmente?

Está sentado en su escritorio, con un ceño fruncido estropeando sus rasgos.


El paisaje urbano a sus espaldas brilla con luces centellantes.

Estamos trabajando hasta tarde otra vez.

—El martes es lo más pronto que pueden resolverlo, señor. Tenemos la


capacidad para cambiar de proveedor en cualquier momento, pero no
podemos traer a nadie aquí antes. Con las temperaturas extremas de las
últimas semanas, todos en el negocio estamos desbordados.

Mi formidable jefe suelta una palabrota que haría que nuestros pasantes
salieran corriendo como gallinas. Se seca la frente con un pañuelo de papel y
lo tira al basurero que se encuentra debajo de su escritorio antiguo, luego
me observa con las cejas fruncidas.
Solía tenerle miedo, pero parece que ha pasado mucho tiempo de eso. Ahora
tengo que apartar la mirada de su increíble físico, antes de mojarme. Es
totalmente inapropiado y me odio por ello. Pero en el calor de la oficina, el
aroma de su sudor ha impregnado la habitación y para mí... Bueno, huele
como mis fantasías más salvajes. Si a eso le añadimos las mangas
arremangadas, la barba incipiente y el cabello desordenado porque no deja
de pasarse los dedos por él con frustración, me encuentro en un estado
constante de excitación a su alrededor.

Me hubiera gustado poder ofrecerle que descargue su ira conmigo. Podría


bajarme los pantalones y tumbarme en su regazo…

Por suerte, he aprendido a aprovechar la energía que me proporciona mi


deseo y a transformarla en eficiencia. Me siento desesperadamente atraído
por mi jefe, y sueño todas las noches con todo lo que podría hacerme. No
obstante, él simplemente piensa que yo estoy únicamente dedicado a mis
labores.

—Te pido disculpas por haberte mantenido aquí fuera de horario, Nico.
¿Tienes a alguien de confianza que cuide de Benjamin?

Su preocupación por mi hijo me sorprende. El señor Toral rara vez pregunta


algo personal, e incluso ahora, se percibe visiblemente incómodo.

—Gracias por su preocupación, señor. Mi papá está con Benji. Sabíamos que
junio sería un mes ocupado, por lo que ya hice los arreglos necesarios.

Suelta un suspiro y asiente.

—Bien, bien. Um… Las vacaciones que tienes en julio, ¿cuánto duran?

—Una semana, señor.

Aprieta la mandíbula.

—Que sean dos. Pagadas.

Sí, él es un gruñón en su mejor día, pero yo me considero afortunado.


Cuando me convertí en padre soltero a los veintitrés años, fácilmente podría
haber terminado como un esclavo en un trabajo sin futuro. En cambio, tengo
el mejor seguro, una guardería fantástica a la vuelta de la esquina y varias
semanas de vacaciones pagadas al año.

—Gracias, señor. Es usted muy amable.

Su boca se curva en una mueca.

—Claro, soy un osito de peluche. Tomémonos un descanso de quince


minutos, necesito una ducha fría antes de revisar el resumen del proyecto.

—Por supuesto, señor. Volveré en quince minutos con mis notas de las
reuniones de ayer.

Él gruñe en respuesta, lo que significa que puedo retirarme.

Cierro la puerta de la oficina del señor Toral y exhalo profundamente. El


insoportable calor del verano tiene un efecto secundario particularmente
desagradable, lo que agrava mi problema de lactancia. Mi hijo había dejado
de amamantar hacía semanas, pero la leche sigue saliendo. Me duelen los
pectorales, que están llenos y pesados. Y si los dejo así un par de horas más,
empezaré a perder leche, por lo que necesito extraerla con una bomba.

Tengo quince minutos.

Agarro mi bolso y me apresuro al baño. Además de los sanitarios privados de


las oficinas ejecutivas, tenemos tres duchas en este piso para nosotros, los
subordinados. Han estado ocupadas con frecuencia este verano, por gente
que busca un breve respiro de las temperaturas inhumanas. Pero por la
noche, nuestro piso suele estar desierto.

Me encierro en el más cercano, me quito la camisa y saco la bomba de mi


bolso. Me siento en un taburete y pongo una toalla en mi regazo, porque los
accidentes ocurren y no necesito que la leche con olor dulce me manche los
pantalones. Sujeto la ventosa en mi pezón y aprieto el botón. El suave
zumbido llena el pequeño espacio y comienzo el bombeo. Tirar, soltar, tirar,
soltar. Cierro los ojos y apoyo la cabeza contra las frías baldosas, en un
intento de olvidarme del calor constante. ¿Tendré tiempo para ducharme
también? Programo un temporizador en mi teléfono, por si acaso.
Ya son las nueve, y tengo que pasar dos horas más con el señor Toral en su
despacho. Incluso después de ducharse, su olor siempre permanece en la
habitación. Lo amo y lo odio en partes iguales. Hace que pueda sentir su
sabor en la parte posterior de mi lengua, como si hubiera estado lamiendo su
piel...

Dios, la succión es tan agradable. Mi otro pezón comienza a supurar y lo


aprieto. No debo pensar en el señor Toral mientras hago esto, pero me
parece deliciosamente prohibido. Durante estas noches de verano tan
calurosas, su aroma me sigue a todas partes: pino, whisky, sal y algo
peligroso y excitante.

Mis pezones hormiguean, mi leche fluye libremente y no puedo evitar que la


humedad se acumule en mi agujero. Lo aprieto, temiendo mancharme los
pantalones. La presión en mi pectoral izquierdo disminuye, así que detengo
el ordeño. Necesito quitarme la ropa o se mojará.

Desnudo, me apoyo en la pared de la ducha y sujeto la bomba en mi otro


pezón, gimiendo cuando empiezo a tirar. Mierda, ¿qué me está pasando?
Este ritual nunca ha sido más que una molestia, pero ahora mi agujero está
flojo y la humedad se está filtrando, manchando mis muslos cuando me
muevo de un pie a otro.

Tiemblo de excitación, y no puedo evitar pensar... ¿Qué pasaría si él entra


ahora mismo y me ve?

No es algo que debería estar imaginando.

Mi pene duro se esfuerza por llegar hasta la puerta, por lo que aumento la
intensidad de la bomba eléctrica. La succión rítmica, que debería haber sido
tan excitante como el cepillado de dientes, de repente se siente como…
masturbación.

Me duele muchísimo al imaginarlo entrando en la habitación, viéndome,


oliéndome... ¿Estaría horrorizado? ¿O me querría así? Chorreando fluidos y
leche, cachondo, tan listo...

Sin pensarlo, meto dos dedos en mi agujero. No puedo llegar muy profundo,
pero junto con la sensación en mis pezones, es suficiente. El semen sale a
borbotones de mí y gotea por el vidrio de la ducha, con la bomba todavía
tirando de mi pectoral izquierdo, prolongando mi orgasmo. Gimiendo,
aumento la intensidad aún más y aprieto mi otro pectoral, con mi pezón
derecho alargado y sensible por el ordeño. Lo pellizco con mi mano
manchada de leche, sin poder evitar gritar, con mi voz rebotando entre los
azulejos.

¿Puedo correrme otra vez tan pronto? Estoy hecho un desastre. ¿Qué estoy
haciendo?

El pitido de mi teléfono me saca del trance. Necesito volver corriendo.

No tengo tiempo para ducharme adecuadamente. Así que rápidamente


enjuago mi cuerpo, lo seco y lavo la bomba antes de tirarla en mi bolso,
envuelta en la toalla. Luego me pongo la ropa a rastras y casi me caigo
cuando los pantalones se me quedan pegados en la piel mojada. Por último,
me miro el pelo en el espejo.

Tan bueno como se podía lograr.

Ya hace demasiado calor, por lo que corro por los pasillos. Dejo la mochila
debajo del escritorio y aprovecho para recoger mis notas y mi portátil. Antes
de ingresar a la oficina, me detengo frente a la puerta del señor Toral. ¿Tuve
un orgasmo mientras me extraía leche pensando en mi jefe? ¿Qué tan malo
es eso?

No hay tiempo para perder el control. Tengo trabajo que hacer y ya llego
tarde.
CAPÍTULO 2
SU AROMA

Charles
Mi joven asistente es mi activo más valioso y la maldición de mi existencia.

Hace tres años contraté a Nicolas White. Era un hombre de ojos saltones y
delicado, recién salido de la universidad y parecía que se desplomaría si le
respiraba encima. En ese entonces, mi departamento de recursos humanos
había insistido en que Nico era la mejor opción, así que le di una
oportunidad. Resultó ser un individuo brillante: tremendamente eficiente, un
gran profesional, rápido e inteligente, con la integridad moral de un santo.

¿Por qué pienso que él es mi maldición?

Todo empezó con su olor. Me llegaba en los momentos menos oportunos,


haciéndome tener una erección debajo de mi escritorio durante reuniones y
negociaciones. A veces me observaba con esos ojos puros, con algo
indescifrable destellando en ellos, y yo me ahogaba sin razón alguna. Él era
tan pequeño y frágil, como un hada, que ni siquiera me atrevía a tocarlo con
el dedo meñique. Luego quedó embarazado y yo me puse furioso. No con él,
nunca con Nico, sino con el alfa sin nombre que tuvo la oportunidad de
tenerlo y fecundarlo cuando yo no pude. Y a medida que su barriga crecía y
su aroma maduraba, dejé de verlo como un ser inocente y etéreo que nunca
tocaría. Quería agarrarlo, inclinarlo sobre mi escritorio y follarlo hasta que le
castañetearan los dientes.

De ahí mis frecuentes duchas frías.

Debería haberme deshecho de él hace mucho tiempo. Era como el manjar


más delicioso que colgaba frente a mi nariz, una distracción que no
necesitaba. Pero sabía que nunca encontraría un asistente mejor. Además,
despedir a un padre soltero solo porque yo era un cabrón lujurioso sería algo
atroz. Podría haberlo trasladado dentro de la empresa, pero tampoco hice
eso.

La cruda verdad es que cuando imaginé perder a Nico (un hombre con el que
nunca había tenido contacto), estaba listo para destrozar toda la oficina y
quemar el edificio.

Me masturbo, pensando en los pectorales llenos de Nico bajo su camisa


blanca y sus tetillas tirando de la tela. Siempre ha sido del lado delgado,
pero después del embarazo, su pecho se llenó y sus curvas me empezaron a
volver loco. Puedo imaginar sus tetas en mis palmas: pequeñas, redondas,
con pezones grandes y duros...

Le ordenaría que mantenga sus manos detrás de su espalda, luego


pellizcaría esas protuberancias y tiraría de ellas, las abofetearía y las vería
florecer. Las chuparía y las mordería...

Me corro, imaginando mi semen cubriendo el pecho desnudo de Nico,


adhiriéndose a sus pezones rosados como crema blanca sobre piel
enrojecida. Lo usaría como una loción para sus tetas y le ordenaría que
lamiera mis manos.

Soy un cerdo.

Gracias a Dios que él nunca se enterará de las fantasías pervertidas que ha


inspirado a lo largo de todos estos años.

Después de ducharme, bebo un galón de agua fría, luego me siento en mi


escritorio y observo fijamente la puerta. Él va a volver pronto; Nico nunca
llega tarde… Excepto que ya han pasado dos minutos de la hora acordada.
Vaya, qué extraño.

El reloj se pone en marcha nuevamente, y acto seguido llaman a la puerta.

Ahí está él.

Nico entra con los brazos cargados de notas y una portátil. Tiene las mejillas
sonrosadas y el pelo mojado. Sus ojos recorren la habitación con inquietud,
sin embargo, no me mira. Él ha estado un poco agotado últimamente, pero
realiza sus tareas con su excelencia habitual, por lo que no tengo motivos
para mencionar su comportamiento inusual. Parece distraído, pero nunca se
le ha escapado nada.

El calor del verano nos estaba afectando a todos, y con el aire acondicionado
jodiéndonos, toda la sede se ha convertido en una sartén. Es por eso que no
lo culpo, incluso si no rindiera lo suficiente, lo cual no es el caso.

—Estoy listo, señor. —Se sienta en mi escritorio y abre su computadora


portátil—. ¿Quiere revisar la perspectiva financiera o deberíamos finalizar
primero los análisis de riesgos?

—Veamos el dinero. Recuérdame, ¿qué dijo Luis sobre los préstamos?

Reorganiza sus notas, encontrando el papel correcto en la pila en cuestión


de segundos. Nico tiene todo perfectamente organizado. Un par de años más
y podría dirigir esta empresa mejor que yo.

Mientras saca la hoja de papel de su ordenada sección, su aroma llega hasta


mí.

Oh, mierda… Podría arder en los abismos más calientes del infierno.

He notado los cambios en su olor a lo largo de los años, por lo que creía
conocer cada matiz. Pero esto no tiene precedentes.

Apenas contengo un gemido.

Hay algo nuevo. Algunos matices frescos. A veces pude oler cuando estaba
lactando por el embarazo, lo cual me había resultado enloquecedor, pero
esto es más... Inhalo: leche... y sexo. Como sudor resbaladizo y semen de
omega sobre sábanas recién lavadas. Esto no puede ser real. ¿Estoy
alucinando?

La saliva me llena la boca y me empieza a doler la polla y los testículos.


Joder, me acabo de masturbar, maldita sea.

Nicolas White, la maldición de mi existencia.

Allí está él, sentado, leyendo sus notas de una de mis interminables
reuniones de directorio. Pero lo único que yo imagino es como le chuparía las
tetas con tanta fuerza que se pondría a maullar. Después, se posicionaría de
rodillas debajo de mi escritorio y se atragantaría con mi pene.

—¿Continúo, señor?

¡Sal de ahí, pervertido!

—Lo siento, Nico. Es el calor. Mi cerebro está cocinándose.

—Lo entiendo, señor.

—¿Puedes repetirme las últimas dos frases?

Él lee y yo escucho, intentando no pensar en las coloridas fantasías que


llenan mi cabeza.

Va a ser una velada larga.

***

Al día siguiente vuelvo a sentir el aroma.

Habíamos trabajado horas extra, como la mayoría de las noches durante las
últimas dos semanas. Por lo que después de un breve descanso para cenar,
Nico se sienta en mi oficina, cansado pero eficiente como siempre, oliendo a
pastel cubierto de crema y a sexo intenso. Se empieza a frotar el pecho con
el antebrazo, en un movimiento aparentemente inconsciente. Anteriormente
se había quitado la chaqueta, así que sus pezones están apretados contra la
camisa blanca, sobresaliendo grandes y duros.

¿Cómo voy a concentrarme?

—Los números de la página quince —ladro, con una voz más áspera de la
que pretendía.

—Fue un error involuntario, señor. Un inconveniente tipográfico. Hablé con


Contabilidad esta mañana y el señor Clarke se disculpó profusamente. En la
versión que está leyendo ahora, las estadísticas son correctas. Lo he
comprobado dos veces.

Él es una joya.
Me oigo gruñir y luego me aclaro la garganta. Debo esforzarme por
apreciarlo más. Es un milagro que siga trabajando para mí con la manera en
que lo trato.

—Gracias, Nico.

Levanta la cabeza bruscamente y me observa fijamente, parpadeando con


esos ojos tiernos.

—Oh, eh, por supuesto.

¡Por el amor de Dios! ¡Qué tan mal jefe soy para que un simple "gracias" lo
sorprenda tanto!

—Eh, señor, he incorporado sus notas a la introducción del capítulo cinco. Sé


que sugirió la página diecisiete, pero creo que de esta manera la información
va a recibir más atención.

Paso una hoja y leo rápidamente la sección a la que alude, y me doy cuenta
de que su solución es mucho mejor.

Maldito sea por ser perfecto en todos los sentidos.

—¿Está bien, señor? Puedo cambiarlo, aún tenemos tiempo.

—No, está bien. Déjalo así.

—Gracias, señor. —Empieza a sonar su teléfono—. Lo siento, probablemente


sea mi papá con Benji.

—Puedes contestar.

—No, no se preocupe. Les enviaré un mensaje más tarde.

—Contéstales. —Me levanto y me dirijo hacia la puerta—. Volveré en cinco


minutos. Puedes quedarte aquí.

No miro atrás mientras salgo de la oficina.


—Benji, cariño, debes tener mucho sueño. ¿El abuelo te leyó…?

La suave voz de Nico se corta cuando cierro la puerta. Miro su escritorio,


ordenado como siempre, y luego camino por el pasillo. Necesito un poco de
aire, pero a menos que suba al techo, tengo que esperar hasta llegar a mi
paraíso con aire acondicionado en casa.

Todavía puedo sentir el aroma de Nico en la parte posterior de mi lengua.

Nico parece más nervioso de lo habitual, pero está al tanto de mi agenda y


probablemente se sabe de memoria el informe en el que estamos
trabajando. Me siento como un villano al tenerlo aquí después de horas;
hasta bien entrada la noche. Tiene un hijo, por el amor de Dios. Debería
extender su licencia paga a tres semanas, excepto que probablemente me
volvería loco sin él.

Le doy unos minutos para que le diga las buenas noches a su hijo, y cuando
regreso, él ya está escribiendo en su computadora portátil. Su olor me
golpea directamente en la cara apenas ingreso a la oficina.

—Estoy listo para continuar, señor. Gracias por permitirme hablar con mi
hijo.

—No hay problema. ¿Dónde estábamos?

—Página diecinueve.

***

Son las once de la noche, y por fin hemos terminado.

—Estas últimas semanas han sido una locura. Agradezco tu paciencia, Nico.

—Gracias, señor. Es usted muy amable.

Me burlo.

—No, no lo soy. Vete a casa ahora.

—Sí, señor. Gracias y buenas noches.


—Espera, la gala es este viernes.

—¿Sí?

—¿Cuánto tiempo podrás quedarte?

—Todo el tiempo que sea necesario, señor. Benji estará con mis padres esa
noche.

—Bien.

Se pone de pie y empieza a recoger sus cosas. Al verlo me doy cuenta de


que voy a necesitar otra ducha fría antes de conducir hasta casa.

Cuando empiezo a caminar alrededor de mi escritorio, percibo un agradable


olor saliendo de Nico. Lo siento como una patada en los huevos, por lo que
juro en voz baja, excepto que él debe haberlo oído. Se pone rígido y un
bolígrafo cae de la pila de papeles y carpetas que tiene en los brazos.

—Oh, lo siento.

Deja la pila sobre mi escritorio y está a punto de agarrar el bolígrafo, pero


soy más rápido.

Agachándome a sus pies, lo recupero. Entonces me hundo en una nube de


su penetrante esencia. Al instante, mi cerebro plantea una imagen de su
rostro como nunca antes lo había visto: la boca abierta para gritar, la piel
enrojecida, los ojos desorbitados...

En lugar de su impecable profesionalidad, parece desquiciado por la lujuria.


Y no puedo dejar de imaginar la visión de él corriéndose sobre mi pene.

No sé de dónde saco la fuerza para levantarme y entregarle el bolígrafo sin


abalanzarme sobre él. Sonrojándose, murmura su habitual "gracias, señor" y
se escabulle rápidamente, sin darse cuenta de la tienda de campaña en mis
pantalones.

La puerta hace clic.


Caigo de rodillas y me bajo la bragueta. Me acaricio furiosamente y apoyo la
cabeza en la silla tapizada donde él se había sentado hace un momento. El
olor que hay en el material me hace sentir un hormigueo en mi nudo. ¿Me
estoy metiendo en una maldita rutina? Nunca me ha pasado antes, pero si
alguien puede hacerme entrar en esa situación, es Nico.

Su culo ha estado justo aquí, su polla y su abertura húmeda. En mis sueños,


su agujero es diminuto como el resto de él, liso y pálido, como un capullo
cerrado de la más delicada de las flores. Lo besaría hasta que floreciera para
mí, oscureciéndose y abriéndose de golpe. Tan rosado y bonito, reluciendo
con mi saliva.

Y luego metería mi pene en su interior.

Mi mano vuela sobre mi polla y emito un sonido desesperado, casi como un


sollozo. Tengo tantas ganas de tener sexo con Nico que podría llorar.
Follarlo, chuparle sus tetas alegres y luego follarlo otra vez. Podría inclinarlo
sobre mi escritorio, azotarle el culo y taladrárselo hasta que grite. Lo haría
correrse tan fuerte que se enamoraría de mí. Seguiría haciéndolo y
convertiría su inocente abertura en un sucio y húmedo agujero para joder. Mi
agujero para joder; estirado para que quepa en mí, apretándose,
chapoteando en mi longitud húmeda y adorándola...

Mi semen se esparce sobre el piso de madera debajo de la silla y me


desplomo, jadeando. ¿Cuánto tiempo puedo funcionar así antes de que mi
autocontrol se rompa?
CAPÍTULO 3
PERDÓNEME, SEÑOR

Nico
Esta semana me masturbé varias veces fantaseando con el señor Toral.
Mientras usaba el extractor de leche. En los baños de la oficina. La última
vez, incluso imaginé que era él quien me chupaba la leche y no la estúpida
bomba, y me corrí como un loco.

Me sentí como un pervertido.

En mi defensa, prácticamente vivíamos en la oficina central mientras


terminábamos un proyecto importante, y apenas tenía tiempo para abrazar a
mi bebé por las mañanas antes de correr al trabajo. A pesar de estar
agotado, amamanto como si fuera una competencia, y la bomba es mi único
alivio. Los orgasmos intensos me dejan atónito, lo que reduce mi estrés.

Cuando estoy en el estado mental adecuado, mi cerebro está empapado del


distintivo almizcle alfa del Señor Toral, por lo que puedo correrme solo con el
ordeño. Y a menos que alguien se entere, estoy a salvo.

Excepto que hoy no tuve tiempo para usar la bomba. Mis pectorales no son
particularmente grandes, nada anormal, pero la presión en ellos me hace
sentir como si tuviera dos globos pegados a mi pecho, listos para estallar. Y
en el momento menos oportuno, la leche comienza a gotear, mientras estoy
sentado en una sala de conferencias con seis ejecutivos presentes.

Y a pesar de la situación, aún estoy sin tiempo para extraerla.

Cuando finalmente sigo al señor Toral a su oficina después de la reunión,


sostengo una carpeta contra mi pecho para cubrir las manchas. Estoy
distraído. Estoy hecho un desastre. No puedo esperar para escaparme al
baño y usar la bomba.
—Una palabra, Nico. —Cierra la puerta detrás de mí—. ¿Qué pasa, Nicolas?

Su voz se endurece cuando usa mi nombre completo.

Mierda.

No saldré de esto sin revelar la verdad, y parece que él está imaginando algo
mucho peor que mi situación.

—Has estado ansioso toda la semana. —Me observa con sus ojos grises
acerados y la mandíbula apretada—. No has cometido ningún error, no es
por eso que te estoy llamando la atención. ¡Diablos, tú nunca cometes
errores! Pero me preocupa tu bienestar. Eres importante para mí como
empleado. Te necesito a mi lado.

El señor Toral no es de los que se dedica a hacer cumplidos, pero es notorio


que se preocupa genuinamente por mí y está esperando a que me explique.
Sé racionalmente que no tengo nada de qué avergonzarme. Pero, aun así,
decírselo a él, precisamente a él, me resulta muy íntimo.

Razón número noventa y nueve por la que uno no debería estar enamorado
de su jefe.

—¿Qué te pasa, Nico? No es solo el calor que hace aquí, ¿verdad?

Se ve tan guapo y fuerte con su impecable traje color carbón, su poderoso


torso como un muro de piedra. Tiene cuarenta y dos años, pero cuando está
bien afeitado y con el cabello peinado hacia atrás, no parece tener más de
treinta y cinco. Me resigné a mi desesperanzada obsesión hace años, pero
ahora me siento abierto y expuesto como nunca antes.

Es por eso no puedo verlo a la cara cuando se lo enseñe.

Aparto la mirada y bajo lentamente la carpeta que sostengo para taparme el


pecho. En un rincón de la oficina hay un ventilador que zumba, por lo que la
ráfaga de aire recorre la tela húmeda que cubre mis pezones, poniéndome la
piel de gallina.

Lo oigo tomar aire, por lo que no puedo evitar cerrar mis ojos. Las mejillas se
me calientan de humillación.
—¿Qué es eso? —Su pregunta sale como un susurro.

—Hace semanas que dejé de amamantar a mi hijo —explico, sin atreverme a


abrir los ojos—. Mi médico dice que la leche debería dejar de salir pronto,
pero solo ha ido empeorando. No tuve tiempo de extraerla durante el
almuerzo, y el calor constante lo está empeorando. Con lo larga que fue la
reunión yo no… pude irme. —Hago un gesto hacia mi pecho—. Hice lo mejor
que pude para ocultarlo, así que no creo que nadie en la sala de
conferencias se haya dado cuenta. Le pido disculpas, señor. No volverá a
suceder.

El señor Toral exhala con fuerza.

—Lo he estado oliendo toda la semana.

El tono extraño y ronco en su voz me hace observarlo de reojo. Su mirada


feroz se clava en las manchas húmedas de mi camisa. Sus ojos parecen casi
negros, como suelen ponerse cuando se enfada.

¿Está enojado conmigo? ¿Por qué?

La gente suele considerarlo frío e implacable, pero Charles Toral es el mejor


jefe de toda la ciudad. Cuando le comenté que estaba embarazado, ni
siquiera pestañeó, no preguntó quién era el padre alfa ni por qué no quería
involucrarse. Nada de eso. En lugar de juzgarme o incluso despedirme como
muchos hubieran hecho, me ofreció cuatro meses de licencia parental
remunerada si volvía a trabajar para él después de que naciera mi hijo. Dijo
que nunca encontraría un asistente mejor y que no quería perderme.

¿Y ahora está enloqueciendo por unas gotas de leche?

—Me ocuparé de eso, señor. No interferirá con mi trabajo nuevamente, se lo


prometo.

Da un paso hacia mí.

—Me estoy volviendo loco —murmura.

—¿Señor? —susurro, cada vez más preocupado.


Se acerca un poco más, con la mandíbula apretada. Me cuesta respirar

—Señor Toral, perdóneme, por favor.

El fuego en sus ojos, normalmente fríos, me está provocando. No es ira, es


otra cosa. Me observa como un depredador mira a su presa.

Mis pezones se endurecen bajo la tela húmeda y transparente, estirándose


hacia el alfa que tengo frente a mí. El aire entre nosotros cobra vida, crepita
y se calienta con energía invisible.

El señor Toral levanta una mano y me pasa dos dedos por el pezón izquierdo.
Me quedo sin aliento. A través del algodón húmedo, el tacto fugaz se siente
como una corriente eléctrica.

Aturdido, jadeo mientras él me aprisiona contra la puerta cerrada. Se alza


sobre mí. Y su aroma, tan alfa, hace que mi vientre se estremezca. Me
agarra el pectoral por encima de la camisa y siento un escalofrío. El calor de
su palma sobre mi piel fría y húmeda es en lo único en lo que puedo
concentrarme.

—Di que no y nunca más te tocaré. Tampoco lo volveré a mencionar. Pero


tienes que decirlo, ahora. —Frota círculos con la palma de su mano,
calentando mi pecho y torturándolo—. Hueles tan bien que quiero comerte —
gruñe.

La carpeta se me cae al suelo y los papeles se esparcen por todas partes.

Ni siquiera le dirijo un vistazo.

Me suelta el pectoral y abre un botón de mi camisa. Su mirada no se aparta


de mi pecho mientras desprende otro y otro, hasta que la prenda queda
suelta sobre mi torso. La aparta a un lado y deja al descubierto mi piel
caliente. Mi duro pezón sobresale obscenamente grande por todo el bombeo
anterior.

No me atrevo a moverme. Quizá estoy en estado de shock, pero no creo que


pudiera haber hecho algún movimiento aunque hubiera querido. Esto es un
sueño hecho realidad. ¿Quizás estoy dormido? Tal vez me desmayé por el
calor y…

Inclinándose un poco más, toma mi pezón en su boca y lo chupa. Gimiendo


como una zorra, me hundo contra la puerta. Mi jefe, el todopoderoso Charles
Toral, me empuja contra la madera, chupándome desesperadamente y
emitiendo sonidos animalescos y hambrientos, al mismo tiempo que traga
ruidosamente.

¿Cómo demonios…?

—¡Ay dios mío!

No puedo contener mis gritos cuando la leche comienza a fluir. Él gruñe en


mi carne. Abre más la boca, toma la mayor cantidad posible de mi pecho en
su cavidad y masajea la parte inferior con su lengua.

Puedo sentir cada chorro de leche como una llamarada de feliz alivio por
todo mi torso. Oh Dios, esto es mucho mejor que la estúpida bomba. Mi otro
pezón gotea en un flujo constante, empapando la cinturilla de mis
calzoncillos. Mi agujero está húmedo y suelto, mi polla palpita.

—Señor… yo… yo…

Me suelta con un chasquido y me observa fijamente.

—Dime que no, Nico.

Su rostro está lleno de un deseo desmedido.

No quiero negarme. He soñado tantas veces sobre cómo él me tocaría que


hasta me da vergüenza.

—Sí —murmuro.

Con un gemido, me baja la camisa por los brazos y se aferra a mi otro pezón,
haciéndome arquear la espalda.

—SÍ —repito más fuerte; con la pasión robándome la cordura.

Quiero agarrar su cabeza y estrecharlo contra mí, pero con mis brazos
atrapados por mi camisa, solo puedo sacar el pecho para perseguir las
sensaciones. El tejido de mis pectorales se ablanda cuando me empieza a
vaciar. He estado tan hinchado y dolorido todo el día que hasta pensé que
explotaría, y ahora estoy flotando en las nubes.

Él chupa aún más fuerte, el poderoso tirón casi doloroso, pero oh, tan
delicioso. Nunca experimenté nada igual. Lo miro y sus ojos oscurecidos se
encuentran con los míos. Sus mejillas se hunden y trago saliva. Parece que
me está consumiendo. La mayor parte de mi pecho está en su boca bien
abierta, y se siente tan bien.

Tan jodidamente bueno…

—Harás que me corra —logro decir, con el cerebro ya envuelto en la niebla


rosada del placer creciente.

De repente, me abre la bragueta y mete la mano en la parte trasera de mi


ropa interior. Encorvo la columna y ladeo las caderas mientras separo las
piernas para él. Estás actuando como una puta. ¡Él es tu jefe! Pero no puedo
evitarlo. Encuentra mi borde resbaladizo, abre mi agujero empapado con dos
dedos y me penetra con ellos.

Dedos gruesos y duros, el olor de su sudor, la sensación dichosa en mis


pezones... Grito de alegría cuando mi leche brota con más fuerza que antes y
él la traga, zumbando alrededor de mi pectoral.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —chillo, con cada golpe de sus dedos.

Sueno como pornografía barata, pero no me importa en lo más mínimo. Me


olvido de todo. Él no es mi jefe, el tiburón de negocios distante e
inalcanzable. Es un alfa sexy que me chupa la leche y me mete los dedos.

Y me encanta.

No me habían tocado desde el calor que me hizo quedar embarazado


accidentalmente. Tal vez por eso las manos del señor Toral sobre mi piel se
sienten como un hierro candente. Mi cuerpo absorbe su calor, se deleita con
él y anhela más.

Cuando alcanzo el orgasmo, la leche sale a borbotones de mí y él la lame,


mientras mi culo empapa su mano. Muerde la punta de mi pezón y, con sus
dedos todavía en mi agujero, encuentra mi mirada.

—Quiero correrme sobre tus tetas, ¿me lo permites?

Asiento. Oh, sí. Lo que él quiera hacerme, lo dejaré.

—Súbete al sofá. Necesito que te recuestes.

Con los brazos todavía atrapados, me acuesto y me expongo ante él. Mis
pechos se desinflaron después de que los succionara hasta vaciarlos, pero
mis pezones están alargados e hinchados.

—Muéstrame —dice, con voz áspera—. Empújalos hacia arriba.

Cuando obedezco, gruñe como un monstruo.

—Joder, eres precioso. Tienes unas tetas hermosas.

La visión de su polla desnuda justo encima de mi pecho hace que mis


músculos internos se tensen nuevamente. Es magnífico. Duro como un poste
de hierro, largo y gordo, la cabeza de un rosa oscuro por la sangre. El olor de
semen de alfa me hace cosquillas en la nariz. Él está derramando gotas de
semilla temprana.

Se acaricia con firmeza y rapidez, con la mirada fija en mis pezones


temblorosos. Arrodillado con una pierna sobre el sofá, apoya la mano en el
respaldo y empuja las caderas hacia delante. La cabeza de su pene golpea
suavemente mi pezón maltratado, manchándolo con líquido preseminal.

Mi jefe suelta una maldición confusa.

Lo veo perder el control lentamente. ¡Qué espectáculo! Su polla gruesa y


venosa, la amplia hendidura que rezuma semen, sus manos poderosas y su
expresión salvaje... Si no estuviera atrapado debajo de él, me levantaría del
sofá y me agacharía en posición de apareamiento.

Mi agujero se siente más vacío que nunca. Quiero su pene dentro mío
desesperadamente. Y estoy a punto de pedirlo cuando, con un rugido
apagado, se corre sobre mí. Su semilla caliente me cubre los pectorales,
gotas sedosas se deslizan por mis pezones y por los montículos ablandados
debajo de ellos. Su polla chorrea una y otra vez, tanto semen que casi me
baña en él.

Al ver las perlas brillantes en mi piel, gimo. Lo quiero en mi cara, en mi


vientre, dentro de mi agujero. En mi útero. Nunca pensé que sería capaz de
sentir una lujuria que me quite la cordura.

Estoy tan aterrorizado como abrumado por el deseo.

El señor Toral esparce el semen por todas partes, masajeándolo contra mi


pecho como si me estuviera marcando. Su semilla se mezcla con mi leche y
se filtra en mi piel. Grito cuando me pellizca los pezones con sus dedos
pegajosos. Finalmente, su mirada pasa de mis pectorales a mi rostro. Sonríe
un poco inseguro y luego se inclina para rozar mis labios con los suyos.

Si no estuviera enamorado de él, el beso que siguió lo habría sellado todo


para mí. Es sincero y minucioso, lamiendo mi boca y acariciando mi lengua
con la suya, mordisqueando mi labio superior y acariciando muy suavemente
la punta de mi nariz.

—Puedes usar mi ducha —dice—. Las toallas están limpias.

Me sostiene cuando ve que me tambaleo y me acompaña hasta su baño. Se


queda de pie en la puerta cuando empiezo a ducharme. Sin decir palabra,
me observa mientras me limpio el semen del pecho y me enjuago el pliegue.
Y cuando finalmente termino, me entrega una toalla.

Mi ropa está manchada, así que el señor Toral me da una de sus camisas de
vestir sin abrir que guarda en el armario de su oficina. Me queda enorme,
pero la abotono obedientemente. Si me cierro la chaqueta encima y llevo el
bolso en los brazos, ni siquiera nuestra recepcionista entrometida se dará
cuenta. Mi ropa interior también está empapada de fluidos corporales, por lo
que me abrocho los pantalones sobre el cuerpo desnudo.

Él sonríe con sorna cuando lo ve.

No sé qué decir ni qué hacer. Él no menciona nada y yo ya no puedo


soportarlo más. ¿Qué quiere ahora que se ha corrido? ¿Me va a despedir?
¿Volverá a tocarme alguna vez o ya se está arrepintiendo? ¿Acabo de
arruinar mi carrera de manera irrevocable? Pero él simplemente me mira
fijamente, en silencio.

—Tengo que volver a casa, señor —digo.

El señor Toral se endereza hasta alcanzar su impresionante altura.

—Por supuesto. Ve.

—Gracias, señor.

Ya casi estoy en la puerta cuando me llama:

—Nico, una cosa más.

Me doy la vuelta, siempre ansioso por recibir una orden suya.

—¿Sí, señor?

—Mañana por la mañana deseo que no uses la bomba. Y por favor, nos
vemos aquí a las siete cuarenta y cinco —dice, con los hombros tensos y los
puños apretados. No obstante, lo expresa como una pregunta y no como una
orden.

Mi corazón da un vuelco y luego late más rápido.

—Lo haré, señor.


CAPÍTULO 4
EL SUEÑO

Charles
En algún lugar en el fondo de mi mente, sé que esto es solo un sueño.

Nico está en mi casa, en mi dormitorio, acostado en mi cama. Sus pectorales


están grotescamente hinchados, las venas visibles, los pezones enormes… y
me observa suplicante.

—Por favor, señor. —Se ahueca el pecho y la leche brota a chorros. Gotas
cálidas caen sobre mi piel—. Por favor, ayúdeme.

Gimiendo las aprieta, bañándome con el néctar blanco, denso como la crema
espesa. Su pene tenso rezumba semen sobre las sábanas.

Quiero alcanzarlo y chuparle las tetas. Él necesita que yo las vacíe para
aliviarse. Está tan hinchado, pobrecito, y a mí me duele el estómago de
hambre. Pero estoy inmovilizado contra la cama, mis miembros pesan una
tonelada y mi lengua es como cemento en mi boca.

—Por favor, Charles. Te lo ruego.

No puedo hablar. Apenas puedo respirar. Nico tira de sus pezones, gimiendo.
Mi polla palpita entre mis piernas, elevando la sábana. Nico se arrastra sobre
mí y arranca la tela que me cubre. Sus tetas cuelgan bajas y las frota contra
mi polla, manchándome con su leche. Tiemblo de deseo, pero estoy
indefenso. ¿Me ató? No puedo sentir ninguna cuerda.

Una crema perlada cubre mi piel, mi ingle, mi estómago y mis piernas.


Puedo olerla. Él me baña en ella, ordeñando sus pechos por todo mi cuerpo.
Luego se queda flotando sobre mí, tendiendo sus dulces pezones justo frente
a mi cara. Me inclino más cerca y abro la boca, tratando de alcanzar una teta
grande. Todavía está llena a reventar, la leche gotea sobre mi lengua...
Y luego se fue, simplemente desapareció.

Me despierto empapado en sudor y solo. Todavía puedo saborearlo, sentir su


carne en mi boca.

Mierda.

Me doy la vuelta y me agarro el pene palpitante. Son más de las dos de la


mañana, maldita sea. Con el aire acondicionado al máximo, debería estar
acurrucado bajo el edredón y durmiendo como un bebé. En cambio, estoy
obsesionado con Nico.

Borrando el último sueño de mi memoria, recuerdo al verdadero Nico y cómo


le había chupado las tetas y le había metido los dedos. Me había corrido por
sus maltratados pezones, unos preciosos. Asquerosamente grandes de tanto
chupar, largos y gordos. Llenaron mi boca hasta que los sentí en la parte de
atrás de mi lengua, y su leche me salpicó directamente en la garganta.

Ellos se veían espectaculares con mi semen por todos lados.

He visto mi parte de pornografía de tetas, pero nunca había observado el


pecho de un omega tan obsceno como el de Nico. En su torso delgado y
estrecho y sus pectorales pequeños y redondos, esos pezones se veían aún
más grandes.

Si él alguna vez quisiera cambiar de carrera, podría ganar una fortuna


compartiendo videos de ordeño en línea. Algunas personas se vuelven locas
con esas cosas. Algunas personas... como yo.

Joder, quiero comérmelo vivo.

Mi mano se mueve hacia arriba y hacia abajo por mi erección por voluntad
propia. Muerdo la almohada y gimo de frustración. ¡Lo quiero aquí conmigo!
Acostado, sosteniendo sus pechos en sus manos y ofreciéndomelos, con las
piernas abiertas, su agujero goteando... Puedo atarle los brazos a la
cabecera y follarlo mientras observo sus tetas temblar con cada embestida.
Anhelo pellizcarlas y abofetearlas por cómo me hace sentir verlas.

Me corro en mi mano, con mi nudo palpitando como si estuviera a punto de


hincharse. Realmente estoy al borde del abismo, maldita sea. No obstante, la
culpa familiar me invade segundos después. ¿Qué diablos he hecho?

Nico es mi empleado. Como padre soltero, depende aún más de los ingresos
y del seguro que vienen con el trabajo. ¿Y si él siente que tiene que…?

Joder, joder, joder…

Me arrastro hasta la ducha y me escondo bajo el chorro de agua.

Aunque parecía que él también me deseaba. Abrió las piernas con


entusiasmo en cuanto rocé su culo con mis manos. Los sonidos que hacía,
cómo arqueaba la columna, sacando el pecho pidiendo más, cómo gritaba
"sí" una y otra vez mientras yo hundía mis dedos profundamente en su
interior. Si hubiera sido alguien sobre quien no tengo poder, estaría seguro
de que esa persona quería lo mismo que yo. Su agujero había estado
húmedo alrededor de mis dedos, lleno de fluido resbaladizo, suelto y
cachondo.

No había estado imaginando su deseo. Fue descarado y adictivo.

Su cuerpo no mentía. Pero, ¿qué quiero con esa mente brillante suya? He
estado sediento de Nico durante tres largos años. Gran parte de ello es pura
lujuria. El alfa en mí ansia empalar ese culo en mi polla tan profundamente,
hasta lograr que sobresalga por su pequeña barriguita.

Pero Nico es una persona, no un trozo de carne.

Mantengo un profundo respeto por su intelecto y sus valores. Aunque es


apacible y tranquilo, Nico lleva por dentro una inmensa fuerza. De igual
manera, siento admiración por sus logros y su paciencia.

Me río entre dientes mientras me paso una toalla por el torso. Hay que tener
muchísima paciencia para lidiar con gente parecida a mí. ¿Podría haber un
tonto más grande bajo el sol que yo?

Debería haberlo invitado a salir y confesarle mis sentimientos, trasladarlo a


un puesto diferente en la empresa y salir con él. Tendría que haber conocido
a su hijo y haber hecho un esfuerzo para demostrarle a Nico que sería un
padre decente. Él podría haber sido mi marido a estas alturas, esperándome
en esta cama, desnudo. En lugar de eso, me había estado pervirtiendo con él
mientras lo hacía trabajar horas extra, hasta que mi control se rompió y lo
ataqué como un neandertal.

Él merece algo mucho mejor que yo. ¿Podría quererme de todas formas?
Mañana por la mañana lo descubriré.

Cuando él entre en la oficina con las tetas llenas de leche y oliendo a deseo,
yo me enteraré.

Lo agarraré y nunca lo dejaré ir.


CAPÍTULO 5
POR FAVOR, SEÑOR

Nico
A la mañana siguiente, en lugar de usar un desodorante que suprima mis
feromonas, me pongo un poco de perfume en el cuello, uno que realza mi
aroma natural. Tengo los pectorales pesados y los pezones me hormiguean,
pero me abrocho la camisa sobre el pecho, sin tocarlos. También dejo la
bomba en mi bolso, sin usarla. El señor Toral me pidió que no lo hiciera y yo
nunca antes he desobedecido a mi jefe, por lo que no empezaré ahora.

Me niego a pensar en las posibles consecuencias de mi comportamiento.

Nunca me he dado el lujo de gastar mucho, pero esta mañana me doy la


opción de pedir un taxi. Además de mi habitual bolso de mensajero, llevo un
cambio de zapatos y una funda para ropa, con un esmoquin para la gala de
esta noche.

Como me voy mucho antes de lo habitual, Benji todavía está dormido. Mi


papá lo llevará a la guardería a las ocho, después mi otro padre alfa lo
recogerá por la tarde y lo trasladará a su casa para pasar la noche.

Mi papá, siempre perspicaz, me mira de arriba a abajo mientras espero el


taxi.

—¿Cuándo vuelves a casa?

—No lo sé, la gala podría durar hasta después de la medianoche. Dormiré


aquí e iré a verte antes del desayuno.

—Vas a ir con él otra vez. ¿No tiene acompañante?

—Voy como asistente del señor Toral, no como su acompañante. Y ya sabes


que está divorciado.
—No me extraña. ¿Quién se hubiera quedado con un tirano tan adicto al
trabajo?

—¡Papá! Siempre ha sido amable conmigo.

Sobre todo anoche...

—No es bondad que te haga trabajar tanto. Y no entiendo por qué te lleva a
estas reuniones. ¿En qué lo ayudas? ¿A emborracharse? Deberías salir y
conocer gente de tu edad. O estás con Benji o estás trabajando horas extras.

—El señor Toral me paga muy bien esas horas extras, como ya sabes.
Además, nunca lo he visto borracho. Y quizá conozca a alguien en la gala. —
No quiero mentirle a mi papá, pero tampoco puedo decirle la verdad.

¿Dónde está el taxi?

—¿Con ese hombre rondando detrás de ti? Espantará a todos con esa mirada
suya.

—Solo lo has visto una vez, papá.

Miro a través de la cortina. La calle de abajo está vacía, salvo por una
camioneta de reparto.

—Sólo digo que es extraño que insista en arrastrarte a todas partes con él.
Es casi como si...

Finalmente, un sedán oscuro aparece en nuestra calle.

—¡Tengo que irme! Gracias por cuidar de Benji.

—Por supuesto, ¿para qué están los abuelos?

Le doy un beso en la mejilla y me escapo rápidamente.

Mientras bajo corriendo las escaleras, me quito de la cabeza los comentarios


de mi papá. No tengo tiempo para preocuparme de eso hoy, aparte de todo
lo demás.
En la parte trasera del taxi, cierro los ojos y el recuerdo de los labios del
señor Toral sobre mi pecho me abruma. El calor resbaladizo de su boca,
tomando mi carne tan profundamente, sus dedos dentro de mí... Mi cuerpo
está preparado y listo para él. Lo que sea que quiera hacerme, lo aceptaré.
Mi agujero está húmedo, mis pectorales llenos de leche, mi polla ya medio
dura. ¿De verdad me atrevo a entrar en su oficina así? Quiero hacerlo, pero
no debo. Él me olerá. Después de una inhalación, sabrá lo excitado que
estoy y que no he hecho nada para atenuar el aroma de mis instintos
básicos.

¿Me juzgará o le gustará?

Afuera, la temperatura sube rápidamente; el sol no perdona ni siquiera a


esta hora de la mañana. Será otro día sofocante, y ya siento como se me
calienta todo el cuerpo, hasta el punto de no poder distinguir entre el calor
del verano, el deseo o los nervios.

A las siete y cuarenta y cinco, llamo a la puerta del señor Toral.

—¿Sí?

Entro y bloqueo el acceso detrás de mí, sosteniendo mi tableta contra mi


pecho. Estoy en mi modo profesional: quiero ofrecerle una salida. Podría
fingir que nada ha sucedido entre nosotros, le informaría sobre su agenda y
continuaríamos como siempre. Nada tiene que cambiar, por eso traigo la
bomba conmigo. La usaré si él no... me ayuda.

—Buenos días, señor.

Da un paso alrededor de su escritorio y se detiene frente a mí. Se inclina


más cerca y olfatea el aire que me rodea.

Con el corazón en la garganta, contengo la respiración. ¿Qué va a hacer?

—Hueles a pecado.

Se me seca la boca. Todo ha cambiado.

Él toma la tableta y la posiciona sobre su escritorio. No digo nada. Ansió que


me toque, que me ordeñe y que se alimente de mí. Que me folle...

Tenía miedo de que la noche anterior hubiera sido solo un sueño. Sé que una
palabra equivocada de mi parte podría romper este hechizo, y yo no sería
más que su asistente durante otros tres años. Así que el tiempo se detiene, y
si el polvo no se hubiera movido en el aire, no hubiera sabido que la tierra
sigue girando.

Levanta las manos y desabrocha mi camisa. Observa mi piel expuesta, saca


la tela de mis pantalones y los abre.

—Eres un milagro, omega.

Sus palabras susurradas me hacen temblar.

Él ahueca mis pectorales y los levanta suavemente, rozando mis aureolas


con sus pulgares. Su suave toque llega hasta mi centro. Lentamente,
presiona mis pezones hacia abajo y los frota, notando cómo vuelven a
levantarse y endurecerse. Se quedan erectos y apretados. Jadeo cuando
aprieta mis pechos con fuerza, ocasionando que suelten una gota de leche
cada uno.

—Nico —dice, con voz áspera—, tienes unas tetas preciosas.

—Señor, por favor… —gimo.

Me agarra la muñeca y me lleva hasta su escritorio. Me empuja contra él y


aspira aire desde el hueco entre mi cuello y mi hombro. Ronronea contra mi
piel y luego se agacha para acariciar la curva de mi pectoral izquierdo.

—Pensé en tu sabor toda la noche. No pude dejar de soñar contigo.

Tortuosamente lento, lame mi pecho, pasando la lengua por mi pezón. Hace


lo mismo con el otro, mirándome a los ojos para evaluar mi reacción.

Soy como masilla en sus manos, por lo que no puedo hacerme el tímido.
Jadeando, saco el pecho, anhelando que no me haga esperar mucho más.

—Son más grandes que ayer. —Lame de nuevo, lentamente—. ¿Te duelen?
Asiento.

—No usé la bomba.

—¿Por qué?

—Yo… no me parecía bien.

—¿Por qué, Nico?

—Me pidió que no lo hiciera. —Respiro profundamente y suelto la verdad—:


Quiero que lo haga usted.

Sonriendo, acaricia mi tierna piel.

—No tienes idea de lo feliz que me haces con esto.

Cierra sus labios sobre mi pezón izquierdo y succiona con ternura, pero no lo
suficiente como para que la leche empiece a fluir. Hace lo mismo con el otro,
luego sopla sobre ellos y chupa nuevamente.

Gimo, echando la cabeza hacia atrás.

—Por favor, señor.

—¿Cuándo es mi próxima reunión?

—A las ocho y media.

Otro gemido deforma mis palabras cuando mordisquea mi pezón con sus
dientes.

—Anoche me apresuré, así que ahora quiero saborearte. Tenemos cuarenta


minutos.

—Sí, sí. —Toma un poco más de mi carne en su boca y tira suavemente,


haciéndome jadear. Estoy tan sensible que mis pezones palpitan—. Oh Dios.

—¿Qué quieres que haga? Dime. —Me muerde suavemente.


No puedo soportarlo más.

—¡Por favor! —le suplico.

—Dime: “chúpeme las tetas, señor Toral”. Exprésalo alto y claro.

—Por favor, señor Toral… —No puedo decirle eso, ¿verdad?—. Chúpeme las
tetas.

Él sonríe, y nunca lo he visto hacerlo así. Parece travieso y casi infantil.

Toma mi pezón profundamente en su boca y, finalmente, chupa. Estoy tan


listo que la leche sale a borbotones de mí. Con un gruñido bajo, ahueca sus
mejillas y tira con fuerza.

—Aaaah.

El placer recorre mi pecho, innegablemente sexual. Puedo sentir cada


succión directamente en mi agujero. Lo siento jodidamente en mi útero.

Menos mal que la oficina del señor Toral está insonorizada.

Cuando me suelta, me entran ganas de llorar. Un chorrito de leche se escapa


de mi pezón y se desliza por mi piel.

—Señor…

—¿Sí, Nico?

Estoy temblando de necesidad, pero afortunadamente una parte de mi


cabeza sigue lúcida.

—Solo tengo un cambio de ropa para esta noche.

Me mira de arriba a abajo con ojos ardientes.

—Desnúdate.

Se aparta del escritorio y entra en el baño privado. Temblando por todos


lados y con los pezones goteando, me quito rápidamente los pantalones
antes de que se ensucien. Apoyo la prenda sobre una silla junto con mi
camisa, notando que mis calzoncillos ya tienen una mancha húmeda. Por
último, me saco los calcetines.

El señor Toral regresa sin camisa y con una gran toalla blanca en la mano. La
deja sobre su escritorio.

—Sube.

Me recuesto sobre la toalla. Me siento expuesto y vagamente humillado,


pero entonces él me abre las piernas, observándome como si yo fuera lo
más sexy que ha visto en su vida, y el deseo se apodera de mí.

Me tira de los pezones con los dedos y se lame los labios.

—Déjame cuidarte, cariño.

Se alimenta de mí durante mucho tiempo.

Me retuerzo y gimo en sus brazos mientras él succiona mis pezones,


alternando ambos lados. Las sensaciones alcanzan su punto máximo varias
veces, como pequeños orgasmos en mis pectorales, y cada vez que sucede,
el flujo de leche se hace más fuerte. Cuando succiona de un pezón, el otro
gotea por mi pecho y mi ingle, por lo que masajea la crema en mi piel y
acaricia mi pene con una mano manchada de leche.

Me siento sucio y prohibido, pero nunca he experimentado algo tan excitante


en mi vida. El alivio de estar vacío, el placer de su boca en mi cuerpo, la
lujuria alucinante...

La toalla bajo mi culo está empapada con mis fluidos.

Cuando mis pectorales se desinflan y el flujo de leche se debilita, él lame mis


pezones con dulzura. Luego empuja mi pecho, obligando a mi cuerpo a
recostarse. Con sus manos en mis tobillos, apoya mis pies en el borde del
escritorio y abre bien mis piernas. Estoy acostado para que me examine,
pero me encuentro tan tranquilo por haberlo amamantado que no puedo
hallar ni una pizca de vergüenza en mí.

Pasa las manos por la parte interna de mis muslos y me empuja hasta que
logra doblarme por la mitad, luego mira mi abertura.

—Mmm... Precioso agujerito, goteando miel. Podría follarte ahora mismo.

Por favor.

—Pero no lo haré —dice, observando su reloj—. Ya llegamos tarde y


necesitas ducharte.

No me importa. Quiero su polla, su hermosa y enorme polla. Por lo tanto, no


puedo evitar soltar un gemido indigno.

—La primera vez que te tome, no tendré prisa.

—Por favor, señor Toral...

Entrecierra los ojos y me mira a la cara.

—¿Qué, Nico?

—Yo... yo... Por favor, fólleme. Por favor.

—Sé lo que necesitas.

De repente, mete dos dedos en mi abertura. Estoy tan mojado que mi


agujero hace un ruido de succión alrededor de ellos.

—¡Aaaah!

—Dios mío, omega. Estás empapado. Necesitas que te follen urgentemente,


¿eh? Te quitaré un poco de presión ahora, pero hoy anhelas mi polla, ¿no? —
Sin esperar respuesta, curva los dedos—. Qué culo más cachondo. —Los
mueve hacia dentro y hacia fuera a la velocidad del rayo, incendiando mis
entrañas—. Mi pequeño y necesitado agujero. Cuidaré de ti, cariño. Te
llenaré. Sí, córrete para mí. Eso es todo.

Me agarro a los bordes de su escritorio y grito. Mi orgasmo llega en cuestión


de segundos.

La voz del señor Toral me alcanza, resonando en mi cráneo:


—Mmm. Mírate, corriéndote sobre ti mismo. Qué buen chico. Eres bonito
cuando te liberas, Nico. ¿Un poco más? Precioso.

Prolongando hábilmente mi clímax, agita sus dedos al mismo tiempo que mi


agujero se cierra alrededor de ellos. No obstante, cuando me obligo a abrir
los ojos, él ya no está. Confundido, levanto la cabeza, pero la dejo caer sobre
el escritorio en cuanto siento como su lengua se introduce en mí.

Escucho un movimiento: el ruido resbaladizo de una mano sobre una polla


mojada. Está usando mi semen para facilitarse el camino mientras se
masturba. Observo la forma en la que me lame el ano... Me besa
profundamente el agujero, con desplazamientos lentos de su lengua. Sus
labios mordisquean tiernamente mi borde.

Me estremezco cuando las sensaciones se vuelven abrumadoras.

—Señor… eso es… ohh…

Mete la lengua en mi interior y presiona su boca abierta contra mi agujero,


demorándose allí un largo momento. Traga saliva y chupa. Bebe mi semen y
me besa un poco más. De repente, gime y percibo el ruido de salpicaduras
en el suelo de madera.

El aire frío sopla sobre mi piel húmeda y expuesta.

—Quédate así.

No muevo ni un músculo, pero mi agujero se contrae. Un hilo de lubricación


se desliza por mi pliegue.

El señor Toral sigue observándome.

El reloj avanza y me estremezco nuevamente. Lo oigo respirar con dificultad,


y su nariz roza la parte interna de mi muslo.

—Hermoso. Podría mirar tu culo chorreando todo el día.

Después de un último movimiento de su lengua, se pone de pie, guardando


su polla y subiendo la cremallera. Aturdido y desnudo, me quedo allí,
esperando su siguiente orden mientras percibo como mi semen se seca
lentamente sobre mi estómago.

—¿Cuándo volverás a necesitar que te ordeñe las tetas? —interroga, mirando


mis maltratados pezones.

La pregunta es sucia pero juguetona.

—Los ha estimulado, señor. Por lo que se hincharán más y más rápido.


¿Quizás en unas cinco horas?

Él sonríe.

—Bien. ¿No tengo un descanso en mi horario después de la una de la tarde?

—Tiene una reunión con el señor Shaw que termina a la una y cuarenta y
cinco. La videollamada con Industrias Trident es a las dos y cuarto. Ese es su
descanso más largo antes de que tenga que prepararse para la gala a las
cinco y media, señor.

Me dedica una tierna sonrisa que no puedo descifrar y me pasa una mano
por la mejilla.

—Estás desnudo sobre mi escritorio, completamente libertino. Y aun así eres


muy profesional.

Me sonrojo, lo que ocasiona que su sonrisa se haga más amplia.

—No utilices la bomba. Estate aquí a la una y cuarenta y cinco.

—Sí, señor.

Me ofrece una mano y me ayuda a levantarme. Estoy un poco mareado por


el orgasmo.

El señor Toral baja la cabeza y besa mis pezones, deteniéndose en cada uno
de ellos. Luego repite la acción en mis labios.

—¿Te sientes bien, cariño?


La ternura en su voz, el afecto… Esto no puede ser real, ¿verdad?

—Estoy genial —susurro.

Ese gesto en él es nuevo. Nunca lo he visto sonreír así; con sus labios
curvándose suavemente y sus ojos arrugándose en las comisuras, cálidos y
tiernos.

—Date una ducha, te traeré tu ropa.

Me encierro en su cuarto de baño y abro el agua, configurándola en una


temperatura cálida. Escucho como la puerta se cierra cuando entra para
dejarme mi ropa en el tocador. Y cuando salgo de la ducha cinco minutos
después, vestido y presentable, él ya se había ido a su reunión.

Me siento en mi escritorio frente a su oficina y miro a mi alrededor, aturdido.


Tuve sexo con mi jefe, lo que fue muy estúpido e irresponsable.

Pero también fue, con diferencia, el mejor sexo de mi vida. Y no veo la hora
de repetirlo.

***

Después de la reunión, me encuentro con el señor Toral en su oficina, según


las instrucciones que me dio con anterioridad.

No pierde el tiempo. Cierra la puerta con llave y se vuelve hacia mí.

—Desnúdate.

Rápidamente me saco la ropa y la arrojo sobre el respaldo de su sofá,


quedándome de pie frente a él, desnudo.

Siempre he obedecido al señor Toral, pero ahora lo percibo como algo


sexual, y me gusta. Me gusta mucho.

—Tenemos que darnos prisa. ¿Cómo están tus tetas, omega?

—Llenas y doloridas. La leche está saliendo más después de que los chupara
esta mañana, señor.
¿Soy yo quien habla? ¿Esa es mi propia voz?

—Bien. Pasé por una tienda cuando volvía del banco. Te compré algo.

Saca una caja blanca de su escritorio y la abre. Lo que extrae me deja con
los ojos como platos: es un consolador.

Sopesa el pene de silicona rosa en sus manos y da palmaditas en la base de


succión con la palma. Es de tamaño promedio, no particularmente
intimidante, pero definitivamente más pequeño que su polla.

—No tuve tiempo de curiosear —dice, como disculpándose—. ¿Te sentirás


bien si lo montas mientras me amamantas?

Amamantarlo… Dios, suena tan mal y tan caliente a la vez.

Le asiento. Pega el juguete a la elegante superficie de la mesa de café: su


ridículamente cara mesa de madera de cerezo japonesa.

—Siéntate, por favor.

Oh Señor.

Me acerco con cuidado a la sólida antigüedad y me posiciono. Me parece un


sacrilegio hacer algo así con este invaluable mueble, como una travesura
prohibida…

El delgado consolador se desliza dentro de mí hasta el fondo, pero no lo


suficiente para llegar a la entrada de mi útero.

—Jódete.

Sus crudas órdenes funcionan como el mejor afrodisíaco.

Apoyándome con las palmas de las manos sobre la mesa y abriendo las
piernas, me levanto y me hundo de nuevo. El juguete roza la pared frontal
de mi agujero, haciéndome gemir.

—Buen chico. Eres hermoso, omega.


—Gracias, señor.

Sus ojos brillan. Para mí es natural llamarlo así, pero ahora la palabra tiene
un nuevo significado. Y cuando la pronuncié, dejó un rastro de puro placer.

Me muevo, follándome con el juguete. Mi polla dura se balancea con el


movimiento y mis pezones hormiguean, con gotas de leche acumulándose
en las puntas. Con la mirada del señor Toral sobre mí, todo se percibe tan
intenso, casi surrealista. Acabo de entrar en un mundo de ensueño, donde
mis sentidos parecen agudizados. ¿Debería estar mortificado por la rapidez
con la que permití que mi cuerpo tomara el control?

Él está completamente vestido con su impecable traje de negocios. Y yo me


desnudé para él, me masturbé frente a él, le mostré mis partes más
íntimas...

La humillación y la vergüenza me hacen abrir más las piernas. Quiero más.

Estoy actuando como una puta barata delante de mi jefe. Él puede ver lo
cachondo que estoy. Debería estar avergonzado de mí mismo.

El pene de silicona se desliza sobre mi punto dulce con más fuerza y mi


columna se estremece de placer. Soy una puta barata, montando un
consolador mientras mi jefe mira... ¿Por qué demonios esos pensamientos
me excitan aún más?

—Estás goteando —dice, el señor Toral, concentrado en mi pecho.

—Sucede, señor… —¡Oh mi Dios, esa palabra!—. Cuando yo… cuando me


doy placer… Aah… señor… aaah…

Mis ojos se ponen en blanco al sentir como el consolador se frota contra mi


glándula.

—Bien, me gusta eso. Continúa, por favor. Quiero que sigas follándote hasta
que yo te pida que pares —dice, en el mismo tono de voz que usa cuando
me ordena que tome notas o que despeje su agenda.

—Sí, señor.
¡Oh, mierda! Estoy tan cerca, así que me obligo a abrir los ojos, esperando
que eso prolongue el momento, pero verlo me excita aún más.

Se arrodilla en frente de mí y sostiene mis caderas con sus grandes manos.


Sus dedos se hunden en mi carne mientras guía mi movimiento. Me rindo
fácilmente, dejándolo decidir cuán rápido y cuán profundo me llena el
juguete.

—Eso es todo, buen chico. Un poco más rápido, muy bien…

En mi mente llena de lujuria, quiero complacerlo lo más posible, así que


exclamo:

—Gracias, señor… por el regalo.

El consolador masajea mi interior de manera perfecta.

—Me alegro de que te guste.

Hay humor en su voz, pero también deseo.

Mi pene babea líquido preseminal hasta mis testículos, mientras mi


lubricación empapa la base del consolador. Un clímax lento y tembloroso se
apodera de mi centro, al mismo tiempo que el señor Toral me come con la
mirada.

Mi cuerpo anhelante es por él. Cada chispa de pasión, cada gota de semilla
temprana y húmeda, cada suspiro y gemido necesitado, mi leche... Se lo doy
todo y, en mi estado de ensoñación, parece como si le hubiera dejado oro y
diamantes a sus pies, con la esperanza de que acepte mi ofrenda.

Cuando pasa su lengua desde mi borde hasta mis bolas y hasta mi polla,
grito de pura alegría. Me aprieta el pezón izquierdo y se escapan unas
cuantas perlas blancas.

—Como una puta lasciva. Veamos cuántas veces puedes correrte, ¿eh?

Una puta…
Sí, lo soy. Soy una zorra cachonda para él, montando un consolador sobre
una mesa en su oficina; con fluidos goteando de mi cuerpo, mis pechos
rebotando, mis pezones temblando y mis gemidos saliendo cada vez más
altos.

—¿Lo estoy haciendo bien, señor?

¿Por qué demonios pregunté eso? Pero Dios, hace tanto calor. Un calor
insano.

—Lo estás haciendo increíble. Ahora siéntate así y gira la pelvis. Listo, ahora
puedo chupar tus grandes pezones.

Suciedad, suciedad sin límites.

—Gracias, señor —me oigo decir.

Cierra sus labios alrededor de mi pectoral izquierdo y me pierdo. El placer se


triplica, derramándose en mi pecho con cada movimiento de su boca. Él
gime, traga saliva y succiona más fuerte. Quiero follar. Me pongo duro, pero
necesito quedarme quieto lo suficiente para que me chupe toda la leche, y
las necesidades conflictivas me vuelven loco. Por lo que, casi sollozando,
aprieto mi agujero, tratando de amplificar la sensación de la polla en mi
interior.

Cuando acaricia mi pene, no puedo evitar explotar. Me retuerzo sobre el


consolador y me corro tres veces más antes de que finalmente termine
conmigo. Mi leche chorrea de su boca y mi semen gotea por mi longitud.

El señor Toral suelta mi pezón con un ruido y dice con voz áspera:

—Monta esa polla. Vamos, muéstrame lo necesitado que eres.

El consolador está en un charco de líquido resbaladizo, por lo que finalmente


puedo rebotar sobre él. Mi culo choca contra la superficie húmeda. Golpe.
Golpe. Golpe. Más. Otra vez. Gemidos desesperados caen de mi boca abierta
y mis muslos arden por el esfuerzo, pero no pararé. Soy su zorra, así que me
follaré para él y me correré hasta que me ordene que me detenga o hasta
que me desmaye de agotamiento.
El señor Toral se sienta en la alfombra con las piernas cruzadas. Se inclina
hacia atrás con tranquilidad para poder observar mi estado, al mismo tiempo
que se limpia la boca con el dorso de la mano.

—Has estado muy cachonda, mi preciosa putita.

—Sí, señor. Por usted… ¡Ah! Estoy cachondo… solo por usted.

—¿Puedes correrte una vez más?

—Estoy cerca.

—Muéstrame.

Me siento con fuerza y tiro de mi pene. Mis muslos tiemblan y los músculos
se rinden, pero estoy cerca. Con un gruñido de frustración, levanto el
consolador y lo sujeto, elevando la base de la mesa. Inclinándome hacia
atrás, penetro el juguete en mi agujero y lo muevo hacia adentro y hacia
afuera bruscamente.

—Jódete más fuerte, Nico.

Como si pudiera parar ahora.

—Tan jodidamente salvaje y hermoso. Muéstrame cuánto anhelas que folle


tu agujero de puta. Muéstrame lo fuerte que lo deseas. Mete esa polla dentro
tuyo.

Al escuchar a mi verdadero jefe hablar así, casi me desintegro. Me corro


llorando, empujando el juguete de silicona demasiado pequeño y delgado lo
más profundo que puedo. La cabeza me da vueltas y mi mente está confusa.

Jadeando y temblando, sostengo la mirada de mi jefe, sintiendo como el


sudor y la leche se enfrían contra mi piel.

Me masturbé frente a mi jefe durante Dios sabe cuánto tiempo, llegando al


clímax varias veces mientras él alternaba entre chupar leche de mis pechos
y verme correrme. Y la vergüenza que experimenté solo hizo que me liberara
más fuerte. ¿Debería empezar a entrar en pánico ahora? Pero me siento
orgulloso de mí mismo porque el señor Toral me había encomendado una
tarea y yo la he cumplido a su entera satisfacción.

Él me regala una sonrisa suave, con los ojos llenos de lujuria. Es así de
impactante, salvaje y peligroso.

Entonces recuerdo que todavía estoy en el trabajo.

Miro el reloj que hay en la pared, junto a la puerta oculta del baño. Son las
dos y cinco.

—Su videollamada comienza en diez minutos, señor.

El señor Toral se ríe y saca el consolador de mi agujero con un chapoteo


húmedo. Me levanto hasta que quedo frente a su cuerpo, desnudo y sucio
con mis propios fluidos corporales, mientras él todavía está completamente
vestido. Su erección se le marca en los pantalones, pero por lo demás, luce
impecable.

—Necesitas que te ordeñe antes de la gala de esta noche, ¿no?

Observo mis pies.

—Sí, señor.

Me agarra los pezones entre los pulgares y los índices, apretándolos hasta
casi hacerme alcanzar el dolor.

Casi, porque él sabe exactamente cómo tocarme.

—Te prohíbo que uses la bomba, Nicolas. —La forma en que dice “te
prohíbo”; oscura y amenazante, al mismo tiempo que me pellizca los
pezones, me hace gemir de nuevo—. Quiero que me esperes aquí. Cierra la
puerta con seguro. Yo tengo la llave, así que nadie más puede entrar. Y
cuando regrese a las cinco y media, estarás desnudo en este sofá, jugando
contigo mismo.

Asiento con entusiasmo.

—Sí, señor.
No pienses en las consecuencias, Nico.

—¿Cómo desea que juegue conmigo mismo, señor?

—Ordeña tus tetas y usa la leche como loción. Quiero que estés cubierto con
ella, ¿entiendes?

—Sí, señor.

Él ahueca mi nalga y sus dedos rozan mi agujero suelto y resbaladizo.

—¿Quieres que te folle, Nico?

Levanto la vista y me encuentro con sus ojos tormentosos.

—Sí, señor —exclamo, sincero y con voz débil.

Desliza dos dedos dentro de mí y suspiro. Él sonríe y se inclina para darme


un dulce y prolongado beso en la mejilla, mientras siento sus caricias
alrededor de mi abertura.

—No puedo esperar a llenarte con mi semen.

Roza mi lóbulo de la oreja con sus dientes. Su aliento caliente abanicaba mi


cuello al mismo tiempo que empuja sus dedos profundamente en mi interior,
casi levantándome del suelo.

Me agarro de sus hombros para mantener el equilibrio. ¿Por qué sigo


deseándolo dentro de mí incluso después de haberme corrido hasta el
cansancio?

—Dime: "no puedo esperar a que me folle por el culo, señor". Mírame a los
ojos y dímelo, Nico.

Con sus dedos profundamente dentro de mí, me encuentro con sus ojos
oscurecidos.

—No puedo esperar a que folle mi agujero de puta, señor.

Me siento avergonzado, pero orgulloso al mismo tiempo. Humillado pero


poderoso. Oh, me encanta esto. Sí, fue el mejor sexo de mi vida, y aún no
hemos follado.

El señor Toral sonríe y retira su mano. Después me hace un gesto hacia el


baño antes de caminar hacia su escritorio. Se lame los dedos mientras se
acomoda en su silla, para luego abrir su computadora portátil.

Parpadeo. Trabajo, estoy en el trabajo.

En la ducha uso agua fría y, con el calor insoportable, lo percibo como un


bálsamo. Me apresuro a limpiarme y salgo del baño unos minutos después.
El señor Toral está en su videollamada, pero me persigue con la mirada
cuando abandono su oficina en silencio.
CAPÍTULO 6
SÍ, SEÑOR

Nico
Paso la tarde completamente concentrado en mis listas de tareas y horarios.
El calor sofocante es implacable y todo el mundo parece haber renunciado a
cualquier tipo de pretensión. La gente se arrastra sin sus chaquetas de traje
y con círculos húmedos en las axilas. Todos nos estamos cocinando en
nuestro propio sudor. Pero por una vez, no me importa. Y cuando me permito
descansos de medio minuto aquí y allá para pensar en lo que está por venir,
la emoción y el deseo me llenan de energía.

El señor Toral me chupará las tetas y me follará mi agujero de zorra.

Me retuerzo en la silla mientras repito esas palabras en mi cabeza: me va a


meter la polla y me va a llenar con su semen.

Suena mejor que cualquier poesía.

Cuando paso por mi escritorio en la tarde de camino a su última reunión del


día, levanto la cabeza para saludarlo como de costumbre, pero me falla la
voz. Se detiene y me mira con enfado, y si no lo supiera, pensaría que está
furioso conmigo. Solo que ahora reconozco lo que significa ese fuego en sus
ojos, y mi pecho se llena de mariposas.

Su mirada baja hasta mi pecho, luego observa hacia la esquina. Noto que el
pasillo fuera de la puerta abierta se encuentra vacío.

—Levántate y ábrete la camisa —susurra.

El corazón me late con fuerza mientras me pongo de pie, con la silla


impulsándose hacia atrás por el movimiento. Obedezco y desabrocho los
primeros botones.
—Muéstrame tus tetas, date prisa.

Con la prenda medio desabotonada, abro la tela y dejo mi pecho al


descubierto. El señor Toral se queda mirando, y sé que cualquiera podría
entrar ahora mismo, pero yo soy su puta.

Yo hago lo que él me dice.

Mi escritorio crea una gran barrera entre nosotros, pero aun así, siento como
si me estuviera tocando directamente. Mi pene se endurece y la humedad se
acumula en mi agujero. Mis mejillas arden con lo que debe ser un rubor
febril, que se extiende por mi torso.

Y él todavía me sigue viendo fijamente.

Es solo una mirada larga y dura, pero mi cuerpo canta de placer. Mis
pezones sobresalen como diamantes y se me pone la piel de gallina en el
pecho. Estoy temblando de anticipación. ¿Me ordenará que me desnude aún
más? ¿Que me toque aquí, al aire libre? ¿Lo haré?

Sí, lo haré. Todo lo que él me pida.

Mi pecho se agita con una respiración profunda y cierro los ojos. No soy más
que una marioneta y él tiene todos los hilos en su poder.

El sonido de pasos en el pasillo nos hace dar un respingo.

—¡Siéntate!

Me dejo caer en mi silla y comienzo a abrocharme los botones


frenéticamente. La persona debe de haber entrado en una de las oficinas
ejecutivas antes que en la del señor Toral, porque los pasos se silencian,
oyéndose únicamente el clic de alguna puerta.

Con los ojos fijos en la pantalla del portátil, me quedo paralizado y con el
pulso acelerado. Escucho la respiración lenta del señor Toral y la uso en un
intento de calmarme.

¿Qué estoy haciendo?


Ambos podemos escuchar a la otra persona caminando hacia la oficina.

—Estoy contento con tu desempeño, Nicolas —dice el señor Toral, en voz


alta—. Superaste mis expectativas.

Casi me río. Casi. Todavía estoy demasiado asustado como para encontrar la
situación divertida.

—Te veo a las cinco y media. ¿Recuerdas mis instrucciones? —Ordeña tus
tetas. Quiero que estés cubierto de ella.

—Sí, señor.

En ese momento entra Germain, de Contabilidad. Mi jefe simplemente pasa


por su lado, sin responder al tranquilo: "Buenas tardes, señor Toral" de
Germain.

Germain espera unos segundos y luego me observa desconcertado.

—¿Estás bien?

—Claro, estoy bien. —Mi voz se quiebra cuando digo la palabra "bien" y
Germain arquea las cejas.

—¿Está en uno de sus estados de ánimo?

Sonrío.

—No es tan malo. ¿Qué necesitas?

—El señor Clarence te envía esto. —Germain me entrega una pila de papeles
—. Dice que sabes qué hacer con ellos.

Tomo los documentos y leo el encabezado.

—No sé cómo mantienes la compostura con Toral —susurra Germain—. Me


mearía de la risa si él me mirara así.

Una punzada de irritación me hace sentarme derecho. Nunca he disfrutado


de todo el juego de crear vínculos cagándonos en nuestro jefe.
—¿Eso es todo? Porque estoy ocupado.

—Sí, claro. Ya me voy, buena suerte.

—Gracias, Germain.

Durante las siguientes dos horas me sumerjo en el papeleo, tratando de no


pensar en nada más.

***

Finalmente, es el momento.

Me doy una ducha rápida y fría en el baño del señor Toral y me seco, pero no
me vuelvo a poner la ropa. La puerta de la oficina está cerrada con llave y
las persianas bajadas. Así que me recuesto sobre una toalla extendida en el
sofá, masajeándome los pechos. Mis pezones no tardan mucho en empezar a
formar perlas de leche. Aprieto los picos rítmicamente y los hago rodar entre
mis dedos. Pienso en la boca del señor Toral sobre ellos, en la potente
succión y los ruidos que hace al tragar saliva...

La leche no brota con tanta fuerza como si hubiera usado la bomba, pero es
suficiente para cubrirme con ella. Me unto el pecho y el estómago, luego la
parte interna de los muslos y sobre mi pene tenso. Por último, me froto el
pliegue con la mano húmeda. Introduzco los dedos cubiertos de leche en mi
agujero y luego vuelvo a masajearme los pezones.

En cuestión de minutos, estoy cubierto con una mezcla de leche y fluidos por
casi todo mi cuerpo. Me siento un poco asqueado, pero el señor Toral me
había ordenado que lo hiciera, y obedecer sus mandatos de una manera tan
lasciva me hace temblar de excitación y de una deliciosa vergüenza.

Me visualizo desde arriba, tumbado en el sofá de su impecable despacho,


masturbándome, ordeñándome y masturbándome de nuevo. Debo
parecerme a uno de esos chicos de cámara de sitios pornográficos. Me
imagino haciendo esto con gente anónima observándome... y con el señor
Toral mirándome e imponiéndome exactamente qué hacer.

Mi polla se sacude con un pico de excitación.


Soy una zorra sucia, esperando a que mi jefe me use como le plazca. Porque
soy un desvergonzado y estoy tan cachondo que obedeceré cualquier cosa.
Le besaré los pies mientras me follo con el consolador que me regaló. ¿Le
gustará eso? Soy una puta lasciva, le rogaré que me deje chuparle la polla…

Tengo dos dedos en el culo y un puño alrededor de mi pene cuando se abre


la puerta. Sobresaltado, retiro mis manos y cierro las piernas.

—Por favor, continúa —pide el señor Toral, como si estuviera escribiendo un


correo electrónico.

Se apoya con la espalda contra la puerta y me observa expectante. Con la


cara ardiendo, abro mis muslos y vuelvo penetrarme con los dedos. Los
introduzco y los saco en un movimiento constante. Luego ahueco mis
pectorales con las palmas manchadas de leche y me ordeño, exprimiendo
gotas blancas de mis pezones.

Me siento avergonzado, pero esto también hace que arda por dentro.

Cuando me unto la leche por el torso, el señor Toral suelta un gruñido bajo.
Lentamente, se acerca a mí, se afloja la corbata y se abre la camisa. Se quita
la chaqueta y se sienta en el sofá junto a mis piernas. Sin quitarme los ojos
de encima, saca su polla y la acaricia. ¿Me follará por fin?

Cuando miro su enorme pene, mi agujero vacío palpita.

—Excelente trabajo, Nico. —Su tono es burlón, lo que me hace sonreír.

—Gracias, señor.

—¿Estás lo suficientemente suelto para llevarme?

Voy a hacer esto…

—Creo…creo que sí, s-señor.

—He estado pensando en ti todo el día. Sobre cómo se sentirá mi polla en tu


agujero.
Gimo y mis caderas se sacuden fuera del sofá.

—Ven y apóyate a horcajadas sobre mí.

Me levanto a toda prisa y obedezco.

—Siéntate en mi polla. Ahora.

Él sostiene mi cintura mientras yo tomo su grueso pene en mi mano y lo


apunto hacia mi agujero. La piel se siente sedosa contra mi palma, la
longitud caliente, dura y pesada. No puedo evitar acariciarla. Estoy a punto
de follarme a mi jefe. De hecho, probablemente me echaré a llorar si me
detiene ahora.

Tan gruesa y caliente… La mejor polla jamás vista.

Me hundo, con mi borde estirándose sobre su coronilla y deslizándose más


abajo. La longitud se adentra en mí más profundamente, centímetro a
centímetro. Estoy tan mojado y necesitado que mi cuerpo lo succiona más
rápido de lo que hubiera creído posible. Gimo cuando la firme cabeza de su
pene pasa sobre mi glándula.

Jadeando, me detengo a mitad de camino. Esto está sucediendo. Oh... oh,


dulce Señor. Tengo su polla en mi interior. ¿He estado esperando esto
durante años? Sí, ha sido mi sueño desde el principio, a pesar de que nunca
me lo había admitido a mí mismo. Aunque, ahora que lo pienso, eso no es
totalmente cierto. Me he sentido atraído por él; llamándolo un flechazo, un
encaprichamiento, fingiendo que no estaba cachondo como un animal en
celo. Pero todo el tiempo ha sido una necesidad visceral, un deseo físico de
tener a este hombre dentro de mí, de que me cogiera, me llenara con su
semilla y repitiera el proceso las veces que quisiera.

El señor Toral me mira fijamente, con los labios entreabiertos y los ojos casi
negros. Sus dedos aprietan mis caderas, por lo que respiro profundamente
para tranquilizarme. Mis entrañas ya se sienten demasiado llenas, pero en el
fondo, estoy vacío.

Empujo mi culo y realizo movimientos circulares. Su pene roza mis órganos


hacia un lado, presionándose contra la sensible boca de mi útero. El dolor
punzante es tan delicioso que suelto un largo gemido y echo la cabeza hacia
atrás.

Nunca he estado tan lleno de polla en mi vida.

Él se desliza más abajo en el sofá, me agarra con fuerza por el culo y tira de
mi cuerpo hasta que se hunde en mí hasta la raíz. La cabeza de su pene roza
constantemente mi útero y el placer se dispara por todo mi torso.

—¡Ah!

—Eso es todo. Mantendrás mi pene agradable y cálido en tu agujero al


mismo tiempo que me amamantas.

Se acomoda más profundamente entre los cojines, inclinándose para poder


alcanzar mi pecho con su boca mientras todavía está dentro de mí. Siento
cuando roza mi pezón con sus labios.

—Por fin, joder —murmura—. Ahora, quédate quieto para que pueda
chuparte las tetas.

Se aferra con fuerza a mi pectoral y mi grito rebota en las paredes.

Sosteniéndome inmóvil en su regazo y sentado sobre su gran polla, bebe de


mí con fuertes tirones. La succión atrae mi pezón y lo abre, lo que ocasiona
su expansión hasta que mi carne llena su boca. Mi otro pezón rezuma leche
por mi pecho, y me estremezco cuando mi agujero se cierra sobre su
circunferencia. Cada vez que mis músculos internos lo aprietan, él gruñe y
chupa aún más fuerte.

Él cambia de lado. Masajeando mi pectoral desinflado, bebe del otro hasta


vaciarlo. Hago todo lo posible por no moverme, pero estoy vibrando de
deseo. Es puro instinto lo que hace que me balancee en su regazo, con la
cabeza gorda de su pene presionando contra la boca de mi útero. La succión
y la sensación de la leche saliendo de mis pezones... ¿Por qué es tan
excitante?

Al momento en que mis dos pechos se ablandan y el hilo de leche se debilita,


los muslos del señor Toral ya se encuentran empapados con mi lubricación.
Mis pezones, que están erectos, sobresalen hacia él con apariencia obscena,
como los que tendría un animal. Pero al señor Toral parece gustarle.
Me besa las puntas y me mira.

—¿Bien? —pregunta, acariciándome la mejilla.

—Gracias, señor. —Mi voz tiembla.

Él sonríe.

—¿Te gusta cuando te chupo las tetas hasta que están vacías?

—Sí, señor.

—¿Te gusta sentarte en mi polla mientras lo hago?

—Sí —expreso, con un suspiro.

Estoy a punto de disolverme en un orgasmo solo por la gorda dureza


atrapada en mi interior, inmóvil.

—Podemos hacerlo todos los días. Ahora, móntame...

Justo después, me da una palmada en el culo junto con un pequeño empujón


para que me mueva.

El alivio es indescriptible. Su pene acaricia mis adoloridas entrañas y una


energía dichosa se derrama en mis miembros. Apenas cinco embestidas y
me corro en sus brazos, con mi semen manchando su estómago.

—Dios… Eres hermoso, Nico. ¿Te estoy haciendo sentir bien?

Asiento, temblando por las réplicas.

—¿Quieres más?

—Sí.

—¿Qué quieres? Dilo.

—Por favor, señor Toral, fólleme. Hágalo hasta que me corra otra vez.
—Arriba, vamos. —Me manosea hasta que quedo arrodillado en el sofá,
agarrándome al respaldo y con el culo extendido—. ¿Te gusta duro, cariño?
Puedo follarte duro, o puedo ir despacio y provocarte hasta que me
supliques. ¿Qué será?

La verdad es que no lo sé. Nunca he tenido la oportunidad de explorar lo que


me gusta ni un amante que se preocupara lo suficiente como para
preguntar. Pero ahora que el señor Toral me estiró, me duele el vacío. Mis
fluidos se derraman sobre mi pene y gotean por mis bolas.

El sexo duro suena como el paraíso.

—Lo quiero duro. Por favor, señor.

Él se ríe sombríamente.

—Por supuesto que sí.

Cuando me llena de nuevo, gimo de alegría.

—Haremos esto todos los días, Nico. —Se retira casi hasta la punta y vuelve
a empujar hacia adentro, enviándome contra el respaldo. Repite el
movimiento hasta que solo la cabeza de su pene está en mi interior, así que
me preparo para el impacto—. Cada día.

Lanza otra embestida fuerte, que alcanza mi glándula con precisión. Saltan
chispas en mi interior y gimoteo por él. Oh, sí, realmente me gusta que sea
rudo. Quiero que me golpee el útero con su pene.

—Beberé tu leche todas las mañanas, en el almuerzo y en la cena. —Empuje.


Empuje. Empuje—. Te tocaré con los dedos, te provocaré, te violaré con
juguetes, haré que la leche salga a borbotones de ti. Me bañaré en ella,
joder.

Su piel choca contra mi pliegue húmedo mientras acelera. Me eleva, como


una fuerza bruta latiendo en mis extremidades. Como si me estuviera
inyectado vida.

—Y follaremos todos los días, así.


Me sujeta las caderas y se introduce en mí como un pistón. Cada célula de
mi cuerpo se agita y se estremece. He sido célibe durante tanto tiempo, y
ahora tengo la polla más grande que jamás he visto embistiendo mi agujero
necesitado una y otra vez en un ángulo perfecto.

La energía se acumula en mi centro y se eleva a alturas formidables, a punto


de detonar. Los sonidos que emito son extremadamente pornográficos, pero
no puedo evitarlo. Nunca he sentido algo así, ni siquiera en mi celo.

—Nico…

Llego gritando mientras él me jode sin descanso, con las olas de felicidad
viniendo una y otra vez, ahogándome. Se acurruca a mi alrededor, sus
cálidas palmas sobre mis pectorales, su pene dentro de mí hasta la raíz.
Parece aún más grande desde este ángulo, y aún así no puedo tener
suficiente de él.

—Joder, quiero vivir en tu interior. ¿Tienes idea de cuántas veces me imaginé


doblándote en este mismo lugar?

Él mueve sus caderas y la cabeza de su polla besa mi útero. Dejo escapar un


sonido gutural de alegría. Podría correrme otra vez fácilmente.

—¿Qué tengo que hacer, Nico? Dime, ¿qué deseas que haga?

¿A qué se refiere? En mi mente sexualizada, no puedo ver más allá de mi


propia necesidad.

—Sigue… —murmuro, aunque tal vez no entienda del todo mis palabras
confusas—. Más, por favor. ¡Más!

—Todos los días, Nico. Necesito esto todos los días, ¿entiendes?

Lo que él quiera.

Sus dientes me rozan el hombro.

—Tu leche, es como una droga. Tu lubricación... ¿Qué tengo que hacer, Nico?
Lo que sea. Haré cualquier cosa.
Sus palabras están intercaladas con gruñidos profundos al mismo tiempo
que se arquea contra mí, con sus bolas golpeando contra mi piel húmeda.
Estoy cerca de otro clímax que me está derritiendo el cerebro.

—Su semen… Por favor, señor. ¡Deme su semen, por favor!

Gruñe y me muerde el hombro, mientras sus caderas se sacuden hacia


adelante. Como si estuviera taladrándome.

Mi orgasmo explota desde mi boca hasta mi útero, por lo que mi agujero se


estrecha alrededor de su polla perfecta, y lo siento todo. Una salpicadura de
semen impacta en mi centro. Y tal vez sea una ilusión, una alucinación en
medio del clímax más poderoso de mi vida, pero lo siento.

Su semen empapa mis entrañas palpitantes e imagino como mi útero lo


succiona. No puedo quedar embarazado porque no estoy en celo, pero eso
no me importa. En mi cabeza, lo veo suceder: mi alfa me fecundaría y yo
sería suyo para siempre, manteniendo su semilla a salvo en mi interior.

Cuando regreso a la superficie, todavía estamos unidos. Tiemblo y me


retuerzo por las réplicas, con él meciéndose dentro de mí con embestidas
lentas y perezosas, acurrucados en el sofá. No recuerdo que haya
reacomodado mi cuerpo, pero debió haberlo hecho.

—¿Estás satisfecho, omega? —interroga, con tono serio.

—Sí, señor.

—Descríbemelo. ¿Cómo te sientes?

Sé lo que quiere oír, así que no tengo que mentirle, pero las palabras siguen
siendo difíciles.

—Estoy... lleno de usted, señor. Me ha hecho correrme tantas veces, y su


polla todavía está profundamente dentro de mí, y me gusta. Me siento
increíble. Gracias.

—¿Y tus tetas?


—Gracias por chupármelas, señor. Me ha traído alivio.

—Buen chico. Ahora, por mucho que me gustaría volver a hacer esto,
tenemos una fiesta a la que asistir. —Se aparta de mí, haciéndome suspirar
por la pérdida. Luego me da una nalgada juguetona en el culo—. Levántate y
dúchate.

—Sí, señor.

Con sorpresa, noto que la sensación de hormigueo en mi nalga me resulta


deliciosa. Vaya…

Tengo la mano en el picaporte cuando vuelve a hablar:

—Nico, espera.

—¿Sí, señor?

—No cierres la puerta del baño. Quiero verte.

Asiento. Nuevamente con la maldita vergüenza y humillación, a pesar de que


él debe saber mejor que yo lo mucho que disfruto de esa sensación.

Me siento en el inodoro porque todavía me gotea el agujero, y me sonrojo


furiosamente al sentir sus ojos sobre mí mientras orino y dejo que su semilla
se derrame fuera de mi cuerpo. Al terminar, tiro de la cadena y me meto en
la ducha.

Él se queda en el umbral en ropa interior y observa cómo me limpio.

—Muéstrame tu agujero —dice, de repente.

Detengo el agua y abro la puerta de vidrio. Manteniendo mis nalgas abiertas,


me inclino. Me da unos golpecitos con la punta del dedo en el borde.

—Estás demasiado limpio. La próxima vez que follemos, quiero que te


quedes manchado con mi semen.

Hasta este momento, no me había dado cuenta del todo de que estamos
jugando un juego. La situación me resulta fácil, como una extensión natural
de nuestra relación, y no tengo que aprender las reglas porque ya las
conozco.

Sonrío.

—A mí también me gustaría, señor. No limpiaré mi agujero a menos que


usted me lo pida.

—Buen chico.

Me da otra nalgada juguetona y luego me entrega una toalla.

Siempre encajamos a la perfección, como jefe y asistente. No me molestan


sus malos humores y él me respeta a pesar de mi corta edad. En apenas un
par de días, nos hemos adaptado de una manera completamente nueva e
igualmente perfecta. Todo lo que él dice y hace está pensado para que yo lo
desee aún más. Igualmente, estoy descubriendo mucho sobre mis propios
intereses; pero me están mareando un poco. Me gusta obedecer. Me excita a
un nivel visceral que no conocía. Entiendo, pero Dios… Anhelo someterme a
sus órdenes, especialmente a las sucias. Me gusta la mortificación que me
produce responder a sus preguntas y seguir su mando. También ansío
cuando me elogia al mismo tiempo que me llama puta lasciva.

No hemos hablado del futuro, pero tal vez si no digo nada, podríamos seguir
haciendo esto. No me molesta en lo absoluto. Me ocuparía de su horario y de
su pene. En lugar de esconderme en la ducha para sacarme leche, lo
amamantaría durante la pausa del almuerzo. Podría arrastrarme debajo de
su escritorio y chupársela mientras está en una reunión en línea. Si se
llegara a frustrar con los miembros de la junta y los clientes molestos, podría
liberar el estrés inclinándome y follándome tan fuerte como él quisiera.

Pero no debo pensar en esas cosas ahora, no cuando estoy medio desnudo y
él me sigue con la mirada mientras me arreglo el cabello para la gala. Y
cuando me pide que me ocupe de su corbata, siento como si me hubiera
hecho un regalo.

Me observa mientras yo aliso el nudo y le ajusto el cuello.

—Se ve usted muy guapo, señor.


El señor Toral me sujeta la nuca y me besa.

—Y tú eres hermoso. Estarás cerca de mí durante la velada, ¿entiendes? No


te alejes de mi vista.

—Sí, señor.

—Y después quiero que vengas a casa conmigo.

¿Soy un estúpido si acepto? Pero no puedo decirle que no.

—Sí, señor.

Otro beso prolongado, luego me ofrece su brazo.

—Vámonos.
CAPÍTULO 7
Él ES MÍO

Charles
Debería haber sabido que esto pasaría.

Como no he dejado claras mis intenciones ni oficializado mi relación, Nico no


se mantuvo sujeto a mi brazo. Yo tengo que adular a la gente y esperar a
que me adulen, mientras él camina por ahí, ajeno a las miradas lujuriosas
que atrae.

Debería haber agarrado y arrastrado al chico a la capilla veinticuatro-siete


más cercana y no aquí, a la guarida de los lobos.

—Estoy muy satisfecho con el desarrollo, Charles. —Nuestro alcalde tiene la


sonrisa más molesta—. La ciudad está en deuda contigo.

Miro por encima de su hombro y visualizo a Nico junto a la barra. Parece que
está pidiendo agua con gas.

Siempre es tan responsable…

El alcalde se acerca más y me sonríe con complicidad.

—Incluso podría deberle mi próxima victoria electoral. Menos mal que es


ilegal que le pague por eso, ¿no?

Suelto una risa forzada.

Noto como Nico desaparece de mi vista por un segundo, y me pongo


nervioso porque no puedo encontrarlo.

—Vaya verano —dice el marido del alcalde—, ha hecho un calor espantoso.


—Sí, hemos tenido problemas con el aire acondicionado en nuestra sede —
menciono—. He estado cocinando vivos a mis empleados.

El alcalde lanza una carcajada.

—Vivirán. Les pagas bastante bien.

—Es preocupante, ¿no crees? —continúa el marido—. La ciudad ya no se


enfría ni siquiera por la noche.

—¿Y qué se supone que haga? ¿Deberíamos empezar a pintar las calles de
blanco como en California? Al menos aquí el aire es respirable.

—Con las temperaturas que tenemos, el consumo eléctrico para el aire


acondicionado puede llegar a ser tan alto como el de la calefacción en
invierno.

El alcalde le da una palmadita en el brazo a su pareja, con un tono


claramente condescendiente:

—Menos mal que no tienes que preocuparte por las facturas, cariño, ya que
tu marido es el alcalde. Ven, quiero tomar algo. Nos vemos más tarde,
Charles.

Asiento con la cabeza de forma educada. El marido parece ser un ser


humano decente, por lo que no entiendo cómo tolera al arrogante idiota de
nuestro alcalde. Pero no me concentro en la política: estoy demasiado
ocupado buscando a mi asistente.

Y ahí está él…

De ninguna manera, joder.

Antes de poder razonar conmigo mismo, me abro paso entre la multitud


hacia dónde se encuentra mi Nico, flanqueado por dos alfas. Reconozco a
uno de ellos como un abogado de una importante firma de la ciudad y veo
como le sonríe a mi omega, acicalándose como un pavo real.

A medida que me acerco, puedo escuchar un pequeño fragmento de su


conversación, pero es suficiente para ponerme histérico.
—¿Estás bebiendo agua con gas? Déjame traerte…

—¡Nicolas!

Nico se pone rígido. Sus ojos de ciervo se encuentran con los míos y su
garganta se mueve al mismo tiempo que traga saliva.

Estoy furioso y él lo ve.

—¿Sí, señor?

—Necesito que vengas conmigo. Ahora.

Nico echa un vistazo a sus compañeros y se excusa:

—Discúlpenme, caballeros.

Lo agarro del codo y lo alejo.

—¿Pasa algo, señor?

Aprieto los dientes. Estoy siendo un idiota, maldita sea.

—No —admito.

—Parece molesto, señor —dice, en voz baja y con un tono tembloroso.

—Lo estoy. Estoy enojado.

—Lo siento, señor. Si fue algo que hice...

—No, no has hecho nada malo.

Lo estoy arrastrando por el gran salón del teatro hasta la salida. ¿Tengo la
paciencia de llevarlo a casa antes de follarlo? Porque siento como mi sangre
hierve.

Visualizo una puerta sin marcar a la izquierda y pruebo la manija. Está


cerrada con llave. Intento con otra y esta sí se abre, no obstante, tiene el
aspecto de un trastero: sin ventanas y con mesas y sillas apiladas unas
sobre otras.

—Señor, ¿qué sucede? ¿Puedo ayudarlo en algo?

Nos encierro dentro y prendo la luz.

—De rodillas. —Es lo que sale de mi boca.

Él obedece sin hacer preguntas. Se arrodilla ante mí y me mira con


expresión expectante pero tranquila.

Cuando me bajo la bragueta, sus ojos brillan con lujuria.

—Abre la boca. —Él separa los labios y saca la lengua. Le sujeto la nuca y le
meto la polla—. Chupa.

Dios, el alivio…

Nico ahueca sus mejillas, succionando vigorosamente y observándome con


devoción. Le gusta, me doy cuenta. Ansía que lo maltrate, le dé órdenes y lo
use.

Él es perfecto para mí.

—Me has convertido en un monstruo.

Gimiendo, me acoge en su garganta.

—Vi a esos alfas babeando por ti y quise golpearlos, para luego poder follarte
en medio de la habitación.

Con sus manos en la parte posterior de mis muslos, trata de tomarme lo más
profundo posible. Sus hermosos ojos se llenan de lágrimas.

—Me estás haciendo comportarme como un loco posesivo. Debería azotarte


por convertirme en esto. —Otro gemido. Sí, a él también le gusta eso—. Eres
mío, ¿entiendes?

Parpadea, sin disminuir la succión en mi pene. Ardo de excitación. Estoy tan


cerca.

—¿Tienes hambre, omega? Chupa el semen de mi polla.

El sonido que hace... Joder. Estamos hechos el uno para el otro. ¿Cómo es
que me tomó tres años llegar hasta aquí?

Redobla sus esfuerzos para sacarme el esperma y el orgasmo me ciega por


un momento. Nico sostiene mi mirada, sumiso y dulce, lamiendo mi pene
como un gatito.

Lo observo hasta saciarme, luego agarro su brazo y tiro de él.

—Levántate.

Se queda allí de pie, como un soldado esperando su siguiente orden. Tiene


los labios rojos, con la suave piel que los rodea manchada de semen y saliva.

—Vendrás a casa conmigo.

—Sí, señor.

—Y te quedarás hasta la mañana.

—Lo haré, señor. Pero…

—¿Qué?

—Me gustaría volver con mi hijo lo antes posible. Por favor, señor.

Lo he mantenido demasiado tiempo alejado de su bebé. Menos mal que el


proyecto ya terminó: no más horas extra. Joder, él se merece algo mejor.

Soy un jefe tirano, ¿verdad?

—¿A qué hora se despierta Benjamin?

—Últimamente duerme más tiempo, pero alrededor de las siete y media.

—Estarás en casa a esa hora. Te llevaré yo mismo.


Su boca se curva en una suave sonrisa.

—Es usted muy amable, señor. Gracias.

De a poco me estoy calmando. Mis celos irracionales son una consecuencia


directa de mi propia estupidez. Tengo que asegurarme de que no vuelva a
suceder, y para eso, necesito reclamar a Nico en todos los sentidos. Así, la
próxima vez que aparezca en público conmigo, todos sabrán que él es mío.

En el auto con él a mi lado, no puedo evitar imaginar todas las cosas que le
haré cuando lleguemos a casa. No obstante, me obligo a pensar
racionalmente durante unos minutos más.

—Nico, debemos hablar.

—Por supuesto, señor.

—No tienes que hacerlo… Puedes llamarme Charles ahora.

—Charles…

Oh, mi nombre en su lengua. Lo amo. Y eso es todo, ¿no? Ya estoy


enamorado de él.

Lo miro y capto su suave sonrisa.

—A mí me gusta llamarte señor —dice, con un significado obvio.

—Lo sé, pero lo que hemos hecho juntos puede volverse problemático si no
nos comunicamos con claridad. Hacerte daño es mi peor pesadilla, y he
notado que te gustan ciertas cosas, por lo que no puedo darlo todo por
sentado.

—Charles, está bien. Lo entiendo.

—Siempre tienes la opción de negarte. Siempre.

—Y sé que me escucharás —expresa, con total seriedad—, pero todo lo que


me has hecho hasta ahora... anhelo más. Dudo que alguna vez quiera decirte
que no a nada.

En este momento, si no tuviera agarrado el volante, me arrodillaría a sus


pies y le besaría las manos.

—Tu confianza me llena de humildad, Nicolas.

Se queda callado unos instantes y empiezo a preocuparme, pero entonces


comienza a hablar:

—Te conozco, sé cuáles son tus valores e integridad. Me siento seguro


contigo. Sé que nunca harás nada que me ponga en riesgo, pero también me
gusta cuando te percibes peligroso. Me parece natural esperar tus órdenes y
cumplir tus deseos, incluso los humillantes. Nunca imaginé que eso podría
ser algo que me excitara, pero lo hace. Es como… cuando estoy impotente,
un poco avergonzado y a tu merced, me hace arder por dentro.

¿Podría ser más perfecto para mí?

—Me gustaría cumplir tus deseos también, Nico.

—Llévame a casa con mi hijo por la mañana.

—¿Ese es tu único deseo?

—Tengo uno más.

—Lo que quieras.

Sigue un momento de silencio y el ambiente cambia entre nosotros.

—Me gustaría complacerlo, señor. —Su voz se ha transformado, por lo que


parece que estamos jugando de nuevo—. Lamento haberlo visto molesto
antes y quiero compensarlo. Ese es mi deseo para esta noche.

—No es fácil complacerme, Nico. Soy un hombre difícil y temperamental.

—Haré lo que me pida, señor.

No respondo. Una presentación de diapositivas de mis fantasías más


depravadas se reproduce en mi cabeza mientras enciendo el auto en la
entrada de mi casa. Nico ya ha estado aquí antes cuando me hacía recados,
sin embargo, esta es la primera vez que ingresará como mi invitado.

Debería mostrarle el lugar, ofrecerle una bebida, hacerle el amor dulcemente


y prepararle el desayuno.

Pero ninguno de nosotros quiere eso.

—Quédate ahí —le expreso, luego aparco. No mueve ni un músculo. Salgo


del auto, camino alrededor y le abro la puerta—. Ven.

Él toma mi mano ofrecida y sale, esperando en silencio mientras bloqueo los


seguros del vehículo. Busco las llaves de mi casa en el bolsillo de mi
chaqueta y cuando las encuentro, pongo mi mano sobre su cuello y lo guío
por las escaleras hacia la entrada principal.

En el atrio, me detengo y le aprieto la nuca. Nico se queda quieto.

—¿Tienes las tetas llenas, omega?

Un escalofrío lo recorre ante la pregunta, y ya puedo oler su excitación.

—Están muy pesadas, señor.

—¿Tan pronto? ¿Por qué?

—Las ha chupado tanto hoy que estoy lactando aún más que antes.

—Ya veo. ¿No te gusta?

—Sí, señor.

—¿Por qué?

Quiero que se exprese más. Escuchar a mi pequeño asistente hablar sucio es


muy excitante.

—Me gusta cuando juega con mis… tetas y las chupa, señor. —Todavía le
cuesta decir algunas palabras en voz alta, pero suena aún más emocionado
por ello—. Y me gusta que mi cuerpo pueda producir más leche para usted.
Espero darle placer también.

—Me darás placer, más del que puedas imaginar. Ahora desnúdate.

Metódicamente, se quita las prendas que lleva puestas, dejando el esmoquin


sobre el sillón. Se saca los calcetines, luego la ropa interior y se para frente a
mí totalmente descubierto, mirándose los pies con sumisión. Su polla está
medio dura y el olor a lubricación con toques de leche se esparce
lentamente por la gran habitación.

—Arriba, ahora.

Un poco tenso, Nico camina frente a mí; él desnudo, yo con mi traje y mis
zapatos brillantes. Sube las escaleras con su bonito culo redondo justo
delante de mí.

—Detente.

Interrumpe su paso, agarra la barandilla y me observa.

—Muéstrame tu agujero. Quiero ver lo que estoy a punto de follar.

Con una mano temblorosa, Nico sujeta una nalga y abre su grieta al mismo
tiempo que posiciona un pie un paso más arriba. No digo nada y lo dejo ahí,
enseñándome sus partes más íntimas. Quiero ver cómo reacciona, y mi Nico
no me decepciona. Después de unos segundos, se inclina y se expone aún
más.

—¿Le gusta, señor? —susurra y empuja, aflojando un poco su borde.

Una pequeña abertura oscura aparece en el centro de su capullo;


exactamente como una flor floreciendo.

—Tienes un agujero muy bonito, y no puedo esperar a ensuciarlo. Ahora


continúa.

Se endereza y sube los pocos escalones que quedan.

—A la izquierda, a mi dormitorio.
El suave ruido de sus pies y mis pasos pesados parecen ser los únicos
sonidos del mundo entero. Solo él y yo. Mi omega, desnudo y ansioso por
complacerme.

Abro la puerta de mi dormitorio.

—Quiero que te arrodilles junto a la cama y esperes.

Elige el pie del colchón, de cara a la habitación. Me observa, su pecho se


expande con respiraciones lentas. Sus tetas sobresalen redondas y jugosas,
con los picos duros. A pesar de su edad y su cuerpo esbelto, conserva los
pectorales de un omega maduro. Me gustan sus grandes pezones. Noto lo
alargados que están por el bombeo regular y todavía hinchados por lo que
les había estado haciendo antes.

Como las tetas de un animal.

—Manoséate los pechos, pero no toques tus pezones. Quiero que goteen
antes de que me alimentes.

Sus mejillas se oscurecen con rubor, pero se ahueca un pectoral y comienza


a amasarlo. Sus pezones parecen endurecerse aún más, sobresaliendo
obscenamente al mismo tiempo que aprieta sus aureolas.

Me desvisto mientras él me mira con devoción y mansedumbre. Va a ser mi


obediente juguete sexual durante la noche, todo lleno de lujuria. No
obstante, sus ojos todavía parecen guardar secretos.

Lo único que hemos hecho hasta ahora es tener sexo. ¿Acaso él está
dispuesto a aceptar todo lo que deseo ofrecerle?

Me quedo desnudo frente a él y su mirada se posa en mi ingle.

—¿Quieres mi pene, omega?

—Sí, señor.

—¿Qué estás dispuesto a hacer para obtenerlo?


Ya se están formando perlas blancas en las puntas de sus pezones, por lo
que no puedo evitar que la saliva se acumule en mi boca.

—Lo que usted quiera, señor.

—Sé lo obediente que eres porque nunca me has desafiado.

—Nunca me ha dado una razón, señor.

Sonrío con sorna. Incluso desnudo de rodillas, mi omega puede mantenerse


firme. Si me pongo irracional o le pido que haga algo que él considera
incorrecto, se retirará en cuestión de segundos. También es así en el trabajo;
obediente, sí, pero con principios ante todo.

Sus hombros se tensan mientras camino a su alrededor. ¿Qué está pasando


por su cabeza?

—¿Y si las cosas que quiero son sucias?

—Lo obedeceré.

—¿Escandalosas, repugnantes, depravadas…?

—Haré lo que usted desee.

Se masajea los pectorales rítmicamente al mismo tiempo que me sigue con


sus ojos necesitados. Ansío tomarlo y marcarlo de tantas maneras que no sé
por dónde empezar.

—Señor, ¿todavía quiere azotarme como mencionó?

Lo recuerdo perfectamente, pero ansío ver lo que él hará. ¿Hasta dónde está
dispuesto a llegar?

—Eso es algo que debes pedir, omega.

Suelta sus pectorales y avanza de rodillas hacia mí. Luego se gira hacia un
lado y se inclina, forzando su culo hacia adelante. A cuatro patas, suplica:

—Por favor, señor.


—¿Alguna vez te han azotado?

—No, señor.

Me arrodillo junto a su cuerpo y le acaricio ambas nalgas. Le doy golpecitos


en el músculo redondo, de manera provocativa. Él se mantiene en posición,
pero su respiración se hace cada vez más fuerte.

—No tengo motivos para castigarte, omega. Nunca has cometido un solo
error. Esto es para que lo disfrutes.

Deja escapar un suspiro tembloroso.

—Gracias, señor.

El segundo azote lo hace gemir. Consciente de que es la primera vez que le


pintan el culo de rojo, no le doy demasiados. En total va a obtener diez,
suaves pero rápidos, suficientes para doler, pero no para dejar moretones.
Nico suelta pequeños aullidos de sorpresa con cada impacto, manteniendo
su posición. Y al finalizar, le separo las nalgas.

Oh sí.

Su agujero está suelto, abierto y chorreando. Así que agrego diez azotes más
y sus chillidos son como una canción de amor solo para mí.

Lamo los jugos adheridos a su borde y chupo el exceso en su grieta.

—¡Ah, señor!

Lo follo con mi lengua un rato, disfrutando de su sabor. Pero antes de que


pueda correrse, me pongo de pie y lo evaluó. Él no se mueve de su humilde
posición. Sus nalgas tienen un impresionante color rosa y su agujero
expuesto brilla de humedad. Entonces noto la leche en el suelo. Sus pezones
cuelgan hacia abajo, goteando.

—Siéntate. Mira este desastre.

Adopta la posición que le indique sobre sus talones y observa el suelo.


—Lo siento mucho, señor. Tengo los pechos llenos. Cuando estoy excitado,
supuran.

Me apoyo en el piso a su lado, agarro un pezón entre mis dedos y tiro.


Posteriormente le doy una palmada en el costado del pectoral. Un toquecito
de amor. Los ojos de mi omega se abren de par en par por la sorpresa y, con
la boca abierta, me mira fijamente con las pupilas dilatadas. Le doy otro
golpecito, haciendo que su pezón tiemble.

—Oh, Charles... —Suelta un gemido gutural y profundo, saliéndose del


personaje.

—¡Shhh! Lo sé. Puedes detenerme cuando quieras.

Él niega con la cabeza.

—No pares, por favor.

—¿Quieres que te azote las tetas?

Con los ojos desorbitados, asiente y se muerde el labio. Está atónito por su
reacción ante la idea, pero no lo suficiente como para echarse atrás.

—Si me dices que me detenga, lo haré. —Luego ahueco su mejilla y le doy


un dulce beso. Nico me persigue cuando me inclino hacia atrás, por lo que
pongo mi dedo sobre sus labios—. Si te duele o no te gusta, simplemente di
basta. Ahora pon las manos detrás de la espalda.

Él obedece al instante.

De rodillas, con el pecho hacia adelante y la polla tensa, luce delicioso.

Le acaricio los pectorales con ambas palmas y luego me muevo hacia un


lado para poder conseguir un mejor ángulo con mi mano derecha. Con la
izquierda, agarro el cabello de su nuca e inclino su cabeza hacia atrás. El
movimiento hace que sus pezones apunten hacia arriba. Seguidamente, le
doy una palmada en la teta hacia abajo, rozando con mis dedos su tenso
pico.
—¡Oh, Dios mío! —jadea, y un rubor de excitación le tiñe el pecho y la
garganta.

Sigo con su otro lado; más rápido, un poco más fuerte, hacia arriba y desde
un costado.

—Oh, sí. ¡Aah! ¡Aah! ¡Aah!

En la siguiente palmada, su pezón izquierdo rocía unas gotas de leche como


si fuera una pequeña fuente.

Nico arquea la espalda y me ofrece sus pectorales mientras yo sigo azotando


y pellizcando sus pezones. Mis manos están manchadas con su leche y él
está casi gritando. Su polla dura rezuma líquido preseminal y sus tetas...
Joder. Rosadas por todas partes y con pezones enormes, chorrean cuando
les doy golpecitos en su parte inferior con la presión adecuada.

Él parece estar delirando de pasión, viéndose absolutamente impresionante.

No puedo soportarlo más, así que lo agarro por debajo de los brazos y lo
arrastro hasta la puerta del armario. Lo posiciono a cuatro patas frente al
espejo, le abro las piernas de una patada y me hundo dentro de él.

—Oh, sí. Por favor... ¡Aaah! Mmhmm... ¡Aah! —grita, entre cada penetración,
con un tono de voz ya ronco.

No cuento sus orgasmos, no parece posible. Su agujero se aprieta sobre mi


pene, luego se afloja y, después de unas cuantas embestidas, comienza a
estrecharse de nuevo.

Puedo oler su semen.

Él gime y solloza exclamando mi nombre, y hacia el final, simplemente


repite: "gracias, señor" como una oración.

Lo estoy jodiendo hasta dejarlo sin cordura.

Enterrado en él hasta la raíz, agarro su pecho superior y lo levanto.

—Abre los ojos.


Observa hacia delante y nuestras miradas se cruzan en el espejo.

—Mira.

Con un brazo alrededor de su garganta y hombro, lo sostengo mientras lo


penetro con toda la fuerza que poseo. Con la otra mano, agarro su teta
izquierda y la aprieto. Nico grita cuando la leche brota de él. Sus ojos brillan
blancos antes de que los cierre.

—¡Mira! —gruño. Estoy a punto de correrme y quiero que nos vea—. ¿Qué
notas?

—A ti.

Sus ojos están llorosos, la mirada en ellos siendo mansa y devota.

—Mírate, ¿qué ves?

Nico se lame los labios, jadeante.

—A tu puta —susurra.

Oh, mierda.

Lo embisto con fuerza y lo hago gritar.

—Así es.

—Tu sucia zorra —murmura—. Tu agujero para joder. ¡Ah! Señor... Oh Dios.
¡Oh Dios!

Aprieto su otro pectoral y gimotea con otra corrida. Su canal se estrecha a


mi alrededor. Su polla dura se mueve y se retuerce entre sus piernas, pero
no sale nada de ella. Está tan jodido que no le queda semen. Pero la leche…
él tiene mucha.

Lo sujeto por los brazos mientras lo penetro, apuntando a la boca de su útero


con determinación. No tengo idea de en qué momento de su ciclo está, pero
en mi estado de locura imagino que, si lo follo lo suficientemente fuerte,
puedo ponerlo en celo y preñarlo.

Rayas blancas corren por su piel, creando patrones como perlas y encaje.
Sus pechos se sacuden con la fuerza de mis embestidas, con gotitas de leche
volando a su alrededor. A través de las delgadas rendijas de sus ojos, Nico se
mira en el espejo. De repente, se inclina hacia atrás, con sus pezones
sobresaliendo y un grito escapando de su garganta.

Este clímax es diferente: todo su cuerpo se tensa, su agujero me aprieta con


fuerza, succionándome, y luego se derrumba, temblando y sollozando.

Observo la leche, como una maldita fuente, saliendo a borbotones de sus


grandes pezones. Y es entonces cuando realmente me vuelvo loco.

—¡Te voy a preñar, joder!

Se estremece y se posiciona a cuatro patas, con las rodillas abiertas en el


suelo. Lo sigo, empujando mi polla contra su calor hasta que lo inmovilizo
por completo debajo de mí.

Me corro una y otra vez, tan profundo dentro de él que por un segundo
pienso que he traspasado su útero con la cabeza de mi pene. Mi clímax me
atraviesa como una tormenta y mis fantasías se entrelazan en un sueño
delirante.

Mi omega se sienta en un trono de flores; sus ojos de ciervo clavados en mí,


sus pesados pechos rezumando leche, su estómago redondo... Separa las
piernas, manteniendo las nalgas y su agujero abierto...

La imagen estalla en brillantes fuegos artificiales.

Mi polla está en el paraíso, hormigueando por todas partes y con una dulce
sensación de zumbido en mi nudo dormido. Nico yace tendido en el duro
suelo, respirando con dificultad.

Lo estoy aplastando, maldita sea.

Mientras me alejo de su cuerpo, su abertura hace un sonido de chapoteo.


Dios, está tan jodido que su agujero está completamente abierto. Lo tomo en
mis brazos y él se aferra a mí débilmente, con sus extremidades flojas y
pesadas. En el suelo queda una gran mancha; una mezcla de fluidos, semen
y leche.

Me resisto a la tentación de lamerla como un perro.

Dejo a Nico en la cama, lo beso en el cuello y cierro mis labios alrededor de


su pezón.

—Oh, por favor, sí —murmura, en voz baja—. Por favor, señor.

Lo suelto y grita, sonando desesperado.

—Shhh, yo me encargaré de ti. Cierra los ojos, cariño.

Coloco las almohadas para apoyar su espalda y su cuello. Luego tomo su


pezón profundamente en mi boca y succiono con fuerza. Un silencio apacible
nos envuelve. Él entrelaza sus dedos en mi cabello, acariciándome
suavemente, y yo bebo. Cambio de lado a menudo para que la leche no se
desperdicie al correr por sus costillas y caer sobre la cama. Me amamanta
con paciencia, hasta que su pecho se vacía por completo, pero chupo por un
rato más. Sus pezones llegan casi hasta el fondo de mi boca y me encanta
cómo se transforman para mí.

Abrumado por la gratitud, le cubro el torso con besos y lo abrazo, apoyando


su cabeza bajo mi barbilla. Él me acaricia la base del cuello. La pasión que
compartimos me ha dejado mareado. Hace apenas unos días, pensé que solo
me masturbaría con la fantasía de él y que, después de una rápida
liberación, solo quedaría la culpa.

Y ahora está aquí, en mis brazos. Ha disfrutado de todo lo que le he dado y


me pidió más. No puedo creer mi suerte. Necesito asegurarme de que él
nunca me deje. ¿Podríamos hablar ahora? ¿Es demasiado tarde? Por la
mañana, Nico querrá irse lo antes posible.

—Nico, cariño… ¿estás cómodo? —susurro, pero no responde.

Él ya está dormido. Yo, sin embargo, me quedo despierto. Eufórico y


aterrorizado.
CAPÍTULO 8
CUALQUIER COSA QUE QUIERA

Nico
Me despierto en la oscuridad, desorientado.

Alguien se mueve en la cama conmigo y los recuerdos vuelven a mi mente:


cómo me había inclinado para recibirlo en las escaleras, los azotes... Dios,
¡qué bien me sentí! En ese momento, el calor punzante en mi piel hizo que
mi semen y mi pene se estremecieran. Me había azotado los pectorales, por
ambos pezones, y la leche me había salido a chorros. No me había dolido en
absoluto, pero me había hecho lactar tan intensamente que me encontré
hinchado y sensible, listo para explotar.

Y entonces lo hice. La leche me salía a borbotones cada vez que me corría


sobre su polla.

No puedo creer que me haya llamado su puta sucia delante de él, pero al
señor Toral le gustó. Sus ojos brillaron cuando lo dije y me folló aún más
fuerte. Y cuando lo amamanté después, lo hice pensando en su semen
dentro de mí. En ese instante, imaginé que me dejaba embarazado, y la idea
me hizo sentir tan feliz que me quedé dormido.

¿Qué me ha pasado? ¿Quién es esta criatura lujuriosa en la que me he


convertido?

Una mano ancha se desliza por mi costado y sobre mis costillas. Me quedo
acostado frente a él, con la cabeza apoyada en su brazo en lugar de en una
almohada y sintiendo como acaricia la parte inferior de mi pectoral con sus
nudillos.

—¿Señor? —susurro.

¿Qué quiero preguntarle? ¿Si esto es real? ¿Si vamos a hacerlo otra vez? ¿Si
sabe que estoy enamorado de él?

—Es tarde, cariño. Puedes dormir.

Le beso la base del cuello. Ahora estoy completamente despierto, y


necesitamos hablar. Debo insistir en tener una conversación seria sobre el
futuro de mi empleo y nuestra relación... Mi propia existencia depende de él.

Sin embargo, me pone la palma de la mano en el pectoral y me aprieta


suavemente.

—Estás hinchado otra vez.

No, no quiero hablar en absoluto.

En lugar de responder, me acuesto boca arriba y ahueco mi pecho,


mostrándole lo lleno de leche que estoy. No decimos nada más. Lame y
chupa mis pezones, cambiando de lado, para luego comenzar a succionar
con propósito. Como siempre, el tirón de su boca me pone duro y húmedo.
Tiro las sábanas a un lado y se acomoda entre mis piernas abiertas, sin
soltar mi pezón. Levanto mis rodillas para ofrecerle mi cuerpo, esperando
que él desee lo mismo. Y así es. Su polla dentro de mi agujero y su boca
sobre mi pectoral son el mayor alivio.

Ambos sin hablar, solo esto. Sus gruñidos apagados y mis gemidos de placer.

Me folla despacio, superficialmente, ya que no consigue un mejor ángulo


mientras simultáneamente succiona mi leche, pero es suficiente. Cuando
empiezo a correrme, él simplemente continua, intensificando mi liberación
en oleadas. Una corriente interminable de felicidad, hasta que estoy
gimoteando y susurrando sin aliento.

—Gracias, señor. Gracias. Me encanta su polla. Gracias por follarme. Por


favor, no pare. Haré lo que desee, señor. Soy suyo. Mi leche es suya. Gracias
por... ¡Aaah!

El clímax se eleva de nuevo y pierdo la capacidad de formar palabras.


Charles dice algo, pero no lo escucho debido a los estruendos que resuenan
en mi cabeza.
Entonces me quedo allí, con mis pechos vacíos y mi agujero lleno, y puedo
desintegrarme únicamente de la pura felicidad que siento en este momento.

—Lo digo en serio, Nico. Haré lo que sea.

¿Qué? ¿De qué está hablando?

Apoyado sobre mí, con su polla dura aún en mi interior, acaricia mi cadera y
mi vientre, luego se detiene en mi pecho, frotando sus palmas sobre mis
aureolas.

—Di algo, cariño.

Reúno mis pensamientos dispersos.

—No… entiendo, señor.

—Dime lo que necesitas que haga.

—¿Qué…?

No le entiendo. Solo percibo un hormigueo en todo mi cuerpo y mi corazón


latiendo muy rápido.

—Nicolas, quiero conservarte. Esos meses en los que no estabas porque te


encontrabas en casa con tu bebé, fueron los peores de mi vida. Te quiero
conmigo todo el tiempo.

—Nos vemos todos los días. Trabajo para usted.

Él emite un sonido, como un gruñido molesto, mientras sale de mí y se da la


vuelta hacia un lado.

—¿Crees que no lo sé? ¿Por qué piensas que me tomó tres años finalmente
ceder a mis deseos? ¡Estaba tratando de hacer lo correcto! Como un
pervertido lujurioso, me escondía en el baño cada dos días y me masturbaba
con las visiones de mi joven asistente. El departamento de recursos
humanos me tendría de las pelotas si lo supiera. Luego te quedaste
embarazado, y esa barriga... Quería follarte tanto, Nico. Anhelaba sostener
tu hermoso estómago y enterrarme en tu cuerpo para nunca soltarte.
Mi mente da vueltas. ¿Cómo hemos pasado del sexo a tener esta
conversación en cuestión de segundos?

—¿Por qué nunca me dijo nada?

—A veces a eso lo denominamos acoso.

—Pero esta semana…

—Me has quitado el autocontrol. Tus pezones debajo de esa camisa


mojada… —suspira—. Así que ahora necesito que me lo digas. ¿Qué hago
para poder quedarme contigo?

Es difícil pensar con su semen saliendo de mi cuerpo.

—Haré lo que quieras —susurra, con un tono desesperado.

¿No es esa mi frase? Pero, viniendo de él, sé que esto no es parte de ningún
juego.

—¿Quieres seguir teniendo sexo en tu oficina entre reuniones?

Se apoya en un codo a mi lado y me observa con el ceño fruncido.

—¿Por qué no? Hasta ahora ha funcionado increíblemente bien.

—Lo ha hecho, pero ahora estoy atrasado en mis labores.

—Lo siento.

Suena arrepentido, aunque su agarre sobre mí deja en claro que no lo siente


realmente.

Yo tampoco lo hago.

—Nico.

—¿Sí, señor?
—Parece que necesito ser claro.

Se sienta y prende la luz. La lámpara de la mesita de noche se enciende,


iluminando un despertador antiguo que marca unos minutos antes de las
tres. Charles me levanta y me posiciona de costado sobre su regazo, al
mismo tiempo que se apoya contra la cabecera de la cama. Me retuerzo
mientras mi agujero gotea lo que parece un galón de semen y se desliza
sobre sus muslos, pero él me abraza y sostiene mi mirada.

—Quédate quieto y escucha, por favor.

Me muerdo el labio y asiento para que continúe.

—Te amo, Nico. Intenté no hacerlo, pero no pude evitarlo. Quiero azotarte y
follarte sobre mi escritorio todos los días, sí. Pero también quiero conocer a
tu hijo y llevarlos de vacaciones y simplemente... ser parte de tu vida. Te
amo y quiero que seas mío.

Su confesión me deja sin palabras. Contemplo su hermoso rostro, sus ojos


fieros y su ceño decidido, que acentúa las arrugas de su frente.

—Nunca encontraré un asistente mejor. Pero si eso es lo que hace falta,


entonces estás despedido. Me casaré contigo en su lugar.

No puedo disimular mi risa.

—Charles, ¿qué tal si hablamos de esto durante el día? Son las tres de la
mañana.

Pone los ojos en blanco y apoya la cabeza contra la pared.

—Supongo que estoy impaciente.

—Hablaremos por la mañana, ¿de acuerdo?

Me acurruco contra su cálido cuerpo. Él me ama y eso es todo lo que


necesito saber.

Me clava los dedos en el brazo.


—¿Me lo dirás recién por la mañana? ¿Cómo se supone que voy a dormir
ahora?

—Ya sabes que soy tuyo —susurro—, así que duerme.

Su pecho sube y baja con una respiración profunda.

—Gracias a Dios.
CAPÍTULO 9
LA MÁQUINA

Charles
Después de semanas de estrés y molestias mientras lidiaba con las
consecuencias legales y de recursos humanos de estar comprometido con mi
asistente, finalmente estamos logrando algo de paz.

Nico y su hijo pasaron una semana en mi casa. Benji estaba aprendiendo a


caminar y le gustaba explorar el jardín conmigo, paseando a mi lado, con su
manita alrededor de mi dedo índice. Después descubrió que podía hacerlo él
solo, en la parte poco profunda de mi piscina, agarrándose de un flotador
inflable, y apenas pudimos sacarlo.

Fue de lo más lindo.

Una tarde, cuatro días después de su llegada, Benji se quedó dormido en mi


regazo y yo estaba completamente enamorado. Tenía la frente terca y las
pestañas pálidas de Nico. Podía ver mi futuro en la carita de Benji. De la
nada, yo tenía una familia y no podía esperar a que se mudaran conmigo.

Para nuestro viaje previo a la boda, dejamos a Benji al cuidado experto del
padre de Nico, que todavía me mira con una desconfianza notoria. Nico me
comentó que ya cambiará de opinión, pero yo no estoy preocupado. Tengo
años para demostrarles a los progenitores de mi prometido que soy un yerno
digno. Además, les estoy muy agradecido porque, con el cuidado de los
niños resuelto, pude llevar a Nico a mi chalet en la montaña.

El complejo estaba medio vacío cuando llegamos, porque es agosto y la


temporada de esquí no comienza hasta finales de octubre. Durante el día,
hicimos caminatas y alquilé bicicletas de montaña. Por la noche, preparé la
cena para Nico, mimándolo también con masajes en el jacuzzi.

—Esto no está bien —dice, mientras le froto el arco del pie izquierdo—. Se
supone que yo debería estar haciendo esto por ti.

—¿Quieres que pare?

—De ningún modo.

—Entonces, ¿cuál es tu queja?

—Eres mi alfa, mi amo y mi jefe. Soy yo quien debería cocinar para ti y darte
masajes. Ni siquiera me dejaste lavar los platos.

Bajo su pie al agua y sujeto el otro. Sosteniendo su mirada, le guiño un ojo.

—Oh, no te preocupes —le expreso, en tono de broma—. Pronto te estaré


dando órdenes, mi pequeña zorra obediente.

—Y siempre lo seguiré, señor.

Los labios de Nico se tuercen cuando intenta contener su sonrisa. Le beso el


dedo gordo del pie, viendo como se lame los labios sugerentemente, pero
niego con la cabeza.

—Todavía no estamos follando, animal cachondo.

Nico se retuerce en el agua, moviendo los dedos de los pies.

—Podríamos.

—Pronto. —Continúo frotando su piel—. Me encanta follarte —digo—, pero


también me gusta cocinar para ti y masajearte los pies. Llevas años
sirviéndome, así que ahora quiero ser yo el que te cuide como te mereces.

—Pero tú lo has estado haciendo.

Levanto las cejas y lo miro. No me di cuenta de que yo hubiera hecho algún


esfuerzo, excepto hacerlo trabajar horas extras.

—¿Lo hice?

Nico asiente.
—Desde el principio. ¿Recuerdas el incidente con el señor Merchant? Me
acosó en la cocina del personal. Al principio tenía miedo de decírtelo, pero
me creíste y lo despediste a pesar de que él era el jefe de ventas y yo era un
simple asistente que acababa de empezar en la empresa.

—¡No quería que nadie te tocara! Pretendía arrancarle las pelotas,


empujarlo, metérselos por la garganta y luego echarlo a patadas.

Nico me dedica su sonrisa más paciente.

—O cuando me rompí el dedo meñique. Pagaste mis facturas médicas y


aumentaste mi seguro.

—La puerta del ascensor pudo haberte aplastado la mano, por lo que podrías
haber demandado a la empresa.

—¿Y la guardería para Benji? ¿Todas esas vacaciones pagadas y semanas de


baja por paternidad?

—No quería que renunciaras.

—Siempre me has cuidado.

Me encojo de hombros.

—Bueno, me hace feliz.

Nico sonríe, pareciendo muy joven y despreocupado. Mi corazón se llena


hasta reventar en cuanto lo miro.

—Te amo, Charles —dice.

Aprieto mi cara contra la planta de su pie y cierro los ojos. La melodía de su


voz al pronunciar mi nombre va a quedar impresa para siempre en mi
cerebro.

—Soy el cabrón más afortunado del planeta.

Mi Nico se ríe.
—¡Me haces cosquillas! —Le acaricio la planta del pie con mi barba corta y él
se agita, salpicando el contenido del jacuzzi a su alrededor—. ¡Detente, por
favor!

Como es la primera vez que me pide que pare, inmediatamente lo suelto.


Todavía riendo, se sienta a horcajadas sobre mí bajo el agua, con su polla
apoyada contra mi estómago. Me besa durante un largo rato, frotándose
contra mi longitud y susurrándome súplicas necesitadas al oído:

—Fóllame, Charles. Te deseo todo el tiempo. Por favor.

Lo llevo al borde del jacuzzi y le saco dos orgasmos a gritos.

***

Nico no me ha preguntado por la gran caja que había visto en el maletero de


mi coche. Sabe que, si fuera algo preocupante, lo averiguaría cuando fuera
el momento adecuado. Me encanta eso de él: su paciencia, su mansedumbre
y el consuelo que encuentra al someterse a mí. El que confíe en mí.

Hoy descuide intencionadamente los pezones de Nico. Después de una breve


sesión de lactancia por la mañana y un masaje estimulante luego del
almuerzo, los pectorales de Nico están llenos a reventar. No dijo una palabra,
no se quejó, pero me lanzó miradas curiosas durante la tarde.

Ahora está sentado en una silla sencilla en el dormitorio principal del chalet.
Se encuentra desnudo, con las muñecas atadas a la espalda y los tobillos
sujetos a las patas del asiento. Su expresión es expectante pero pacífica. Y
cuando le beso los párpados y le pongo la máscara para dormir sobre los
ojos, sonríe.

Jalo la cuerda que rodea sus brazos.

—¿Demasiado apretada?

—No, señor.

Tomo suavemente sus pezones entre mis pulgares e índices y tiro de ellos.
Nico deja escapar un pequeño jadeo.
—¿Cómo están tus tetas?

—Pesadas, señor.

Lo pellizco y tiro más fuerte.

—¿Qué necesitas?

—Necesito que me ayude, señor.

—¿Cómo?

—Por favor, señor, ordéñeme. Estoy tan lleno que me muero de ganas de
sentir sus manos y su boca sobre mí.

—Aún no lo entiendes.

Con eso le doy una palmada en el pectoral izquierdo y luego en el derecho.


Nico gime y un escalofrío lo recorre, con su pene ya tenso entre sus piernas.

Lo observo retorcerse por un rato, luego empiezo a masajearle los pechos.


Evitando sus pezones, unto sus pectorales con aceite y los amaso hacia
adentro, ayudando a que la leche fluya. Pronto, comienzan a formarse gotas
de néctar blanco en sus picos.

Había desembalado y preparado la máquina mientras él estaba en la ducha.


Ahora, simplemente la saco de debajo de la cama. Ya estaba enchufada, con
las ventosas colocadas y lista.

Hago un círculo alrededor de un pezón con un dedo y posiciono la ventosa.


Nico deja escapar un sonido de sorpresa cuando la silicona rodea su areola,
pero no menciona nada.

Con una ventosa posicionada, presiono el botón de inicio. La máquina cobra


vida con un zumbido. El pezón de Nico y la carne circundante se hunden más
profundamente en el material transparente. A medida que el aparato
bombea, su pico empieza a alargarse y a encogerse a un ritmo constante,
ocasionando que la leche salga a chorros, llenando el delgado tubo.
—¡¿Charles?! ¡Oh, mierda!

—Tranquilo, omega. ¿Dónde están tus modales?

Nico aprieta los labios y gime. Su polla ya dura se mueve entre sus piernas.

A él le encanta esto.

Cuando presiono la segunda copa contra su otro pezón, éste se introduce en


el primer intento y la leche se derrama por el tubo.

Nico echa la cabeza hacia atrás.

—¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios!

Parece tan extraño. Tan obsceno...

La máquina bombea y los pezones de Nico se menean en las copas de


silicona transparente, siendo succionados más profundamente y luciendo
más grandes que nunca. La leche blanca llena los tubos y gotea en el
recipiente conectado al dispositivo. Noto como Nico no puede evitar
arquearse en la silla, moviendo la mandíbula mientras jadea en busca de
aire.

—¿Te gusta, muchacho?

—Sí. Es tan… bueno. Tan… ¡Oh! ¡Sí! ¡Aaah!

Pulso el control remoto para aumentar la intensidad, ocasionando que los


gemidos salvajes de Nico se hagan más fuertes.

Le sujeto el pene con el puño y comienzo a apretarlo al ritmo de la máquina


de ordeñar. Mi omega tiembla y sus gritos se vuelven cada vez más agudos.
Nico no suele venirse sin nada en su agujero, pero tal vez hoy pueda
conseguirlo. Así que aumento la intensidad del ordeño una vez más,
fascinándome con la visión del pecho de Nico en el artilugio. El aparato
succiona más intensamente de lo que yo alguna vez podría; desde ambos
lados y en perfecta sincronía, ocasionando que los chillidos de placer de Nico
se conviertan en sonidos guturales.
Tarda quizás un par de minutos, y Nico grita cuando se viene. Con su polla
chorreando semen sobre el dorso de mi mano.

Lo libero, pero no apago la máquina.

—Te está ordeñando como si fueras ganado. —Nico gime—. Pero te encanta,
¿no?

—Sí, me encanta —murmura, sin aliento—. Muchas gracias, señor, por


permitirme esto.

—¿Qué debo hacer contigo ahora, eh? ¿Quieres que la apague?

—¡No!

Me río entre dientes.

—¿No?

—Por favor, señor. Solo un poco más…

Jadeando y retorciéndose, saca el pecho. Las copas aguantan, succionando


rítmicamente.

—¿Qué quieres, Nico? —Suavizo mi voz.

Nico parece dudar, pero luego se lame los labios.

—Me gustaría ponerme a cuatro patas. Quiero que usted me azote mientras
esa cosa me chupa las tetas.

Mi polla se sacude dentro de mis pantalones, y le doy un beso en los labios


entreabiertos.

—Te amo, mi chico pervertido.

Después de bajar la intensidad de la máquina, lo desato y le quito la


máscara de los ojos. Nico observa el aparato; dos ventosas con tubos que
conducen a una caja de metal blanca no más grande que una mochila, junto
con una botella de leche que está sujeta a ella y medio llena.
Lo ayudo a ponerse de rodillas, mientras él sostiene las ventosas en su lugar.
Éstas permanecen adheridas, colgando sobre sus pectorales cuando se
posiciona a cuatro patas.

—Oh Dios, Charles. Esto es obsceno.

—¿Sí?

—Me encanta esto. Muchas gracias.

—¿Debería volver a chupar?

—¡Por favor!

Presiono el botón del control varias veces y Nico gime. Sus pezones llenan
las copas, sobresaliendo como nunca antes. Con los tubos y todo lo que los
presiona, sus pectorales lucen aún más a tetas reales. Balancea su cuerpo y
ocasiona que se tambaleen, lo que lo hace gritar. Encorva la columna y
coloca las caderas en una posición perfecta para el apareamiento.

La vista me impulsa a actuar.

Me levanto de un salto y recupero el látigo de la mesita de noche. Es el


favorito de Nico, de tamaño mediano y con un buen picor.

Me posiciono a su lado y le acaricio las nalgas. Está mojado por su orgasmo


anterior, tanto que puedo esparcir su semen por todo su culo y hacer que su
piel brille por todas partes. Y cuando lo golpeo con el látigo, el cuero entra
en contacto con la humedad y produce un fuerte golpe.

Nico se lamenta. Abre más las piernas y sé inmediatamente lo que quiere.


Así que dejo que el látigo caiga entre sus nalgas, golpeando con las tiras de
cuero su resbaladizo agujero.

Él se pone como nunca antes. Mi amor, lloriqueando y sollozando, se


retuerce y empuja su grieta hacia afuera en busca de más.

Después de diez golpes, suelto el látigo y le proporciono azotes con una


mano en rápida sucesión.
—¡Charles! —grita—. ¡Me vengo! ¡Me vengo!

Rápidamente meto cuatro dedos en su agujero suelto. Nico se contonea


hacia atrás, jodiéndose con mi mano, mientras experimenta un orgasmo que
parece eterno.

En ese momento, la máquina se apaga sola: la botella de leche ya está llena.

Las copas se deslizan por los pectorales de Nico y caen al suelo. La leche
brota de sus pezones en dos hilos finos para luego gotear, hasta que el
chorro se detiene. Mi omega jadea y se estremece cuando su agujero se
estrecha contra mis dedos.

—Muéstrame tus tetas.

Nico se arrodilla y se ahueca los pechos, levantándolos para que los


inspeccione.

Me observa con lágrimas en los ojos y el rostro y el pecho enrojecidos por el


orgasmo. Con la boca abierta, respira con fuerza, como si todavía estuviera
excitado. Sus pezones son casi tan grandes como mis pulgares, de un rosa
oscuro y brillantes por la humedad, sobresaliendo de sus pectorales vacíos
como si todavía quisieran atención.

—Quédate así. —Me posiciono de pie encima de él y tomo mi erección entre


mis manos—. Abre la boca.

Con los labios entreabiertos y gotas de sudor en el rostro, parece totalmente


destrozado.

Me masturbo furiosamente, devorando con mi mirada: sus párpados


hinchados, sus labios carnosos, sus enormes pezones... Sus pupilas todavía
están dilatadas, como si lo hubiera drogado.

—Te amo, Charles. Te amo tanto.

Su declaración sin aliento es mi perdición. Logro mantener los ojos abiertos y


ver cómo mi semen cae sobre él. Sobre su lengua, sobre sus mejillas y
labios, y sobre sus tetas destrozadas.
Introduzco la cabeza de mi pene en su boca y Nico la limpia obedientemente.
Luego comienza a esparcir mi liberación por todo su rostro, alrededor de su
garganta y por sus tetas. Se masajea sus pobres pezones con las manos
manchadas de semen mientras succiona mi polla, que ya se está
ablandando.

—Quiero prohibir que vuelvas a ducharte —menciono, y él sonríe—, pero eso


se volvería incómodo enseguida. Ve a limpiarte mientras te observo.

Con la cabeza gacha como un buen siervo, camina delante de mí hacia el


baño. Silenciosamente, realiza su rutina de acostarse como si yo no
estuviera allí, pero me doy cuenta de que está actuando para mí. Hace pis
sentado mientras acaricia tiernamente sus pezones agrandados. Cuando se
lava el pliegue en la ducha, inclina su culo hacia mí. Después de secarse,
toma un pectoral con ambas manos y exprime unas gotas de leche, que
luego se mete en la boca. Se lo unta como si fuera una loción, para
posteriormente hacer lo mismo con el otro lado.

Todo limpio y con los dientes cepillados, se para frente a mí, con la cabeza
inclinada sumisamente.

—¿Qué quiere que haga ahora, señor?

—Retira la botella de leche de la máquina y ponla en el refrigerador. Luego


espérame en la cama.

—Sí, señor.

Más tarde, Nico yace en mis brazos, jugando con mis dedos.

—¿Qué te parece nuestro nuevo juguete? —le pregunto.

—Es genial. Lo disfruté mucho.

—Si lo usamos regularmente, tus pechos se agrandarán permanentemente y


tendrás aún más leche.

Frota su mejilla contra mi pecho y me mira, con una sonrisa un poco tímida.
—¿No te gustaría eso?

Mis labios tiemblan ligeramente.

—¿Lo harías?

Él asiente, mordiéndose el labio.

—Me encantaría.

—Entonces lo usaremos todos los días.

—¿Y qué vamos a hacer con la leche?

Me encojo de hombros.

—Lo donaremos a la sala de paternidad del hospital.

—Está bien.

Le doy un beso en la sien.

—¿Tienes sueño?

—Un poco.

—Entonces cierra los ojos, cariño.

—¿Charles?

—¿Hmm?

—Después de la boda, cuando esté en celo…

—¿Sí?

—¿Podemos usar la máquina?

Bajo la voz hasta convertirla en un suave gruñido:


—¿Quieres que te cuide mientras te ordeña?

Se retuerce contra mi cuerpo y suspira.

—¿Eso es raro?

—No, ¿por qué lo sería?

—Es que… mis orgasmos son tan poderosos cuando mis pezones están
involucrados. Además, ambos… estamos a punto de concebir y… ¿es
extraño que lo desee así? Si alguien lo supiera…

—Nadie lo sabe porque no es asunto suyo. Todo el mundo tiene fantasías


sexuales. Lo siento por aquellos que nunca llegan a vivir lo que sueñan.

Se queda callado por un momento, con sus dedos bailando sobre mi pecho.

—Tengo mucha suerte de tenerte, Charles.

—No tienes tanta suerte como yo, cariño. —Cuando lo percibo quedándose
dormido, le susurro—: Sueña conmigo, mi amor. Con toda la leche que
tendrás cuando estés en celo. Haré que tus tetas se sientan muy bien. Las
ordeñaré hasta secarlas mientras follo tu útero y te preño.

Nico suspira satisfecho.

Después, cuando se levanta en mitad de la noche, está cachondo


nuevamente. Me lo follo largo y tendido hasta que se vuelve a dormir lleno
de mi semen. Por la mañana, lo despierto con mi boca sobre sus pezones.
CAPÍTULO 10
MI ALFA

Nico
Se supone que entraré en celo unos días después de nuestra boda, lo que
significa que Charles me apareará en nuestra luna de miel. No se me escapa
la importancia de lo que estamos a punto de hacer. De hecho, es posible que
me haya sumergido demasiado en ciertas fantasías sobre mi inminente
matrimonio y celo.

Hemos estado usando la máquina de ordeñar regularmente, además de


nuestras frecuentes sesiones de lactancia. Ya estoy tan acostumbrado a ella
que la mera visión de la cajita me hace sentir húmedo e impaciente. Los
orgasmos que he tenido con esas ventosas tirando de mis pezones no se
pueden comparar con nada que hubiera experimentado antes. Una vez, casi
me desmayo.

No puedo esperar a ver cómo se sentirá durante una ola de calor, y mucho
menos durante mi celo.

La única complicación es el efecto que la máquina tiene en mi pecho. Me


gusta cómo me veo y mi prometido es especialmente elocuente cuando se
trata de apreciar mi cuerpo, pero también tengo que usar ropa interior
especial para sostener mis pectorales agrandados. A Charles le encantan los
encajes y los corsés que dejan a la vista mis pezones, pero yo guardo ese
tipo de prendas para el dormitorio.

Y con el tamaño actual de ellos, necesito camisetas interiores más prácticas


en público.

Tres días antes de la boda, voy a ver a mi médico para que me haga un
chequeo previo al celo. Estoy nervioso porque, al ver mis pectorales, él
podría darse cuenta de que algo no va bien. Ningún omega conserva
pezones tan grandes sólo por haber amamantado.
El doctor Reed escucha mi corazón y palpa mis pechos. Noto que sus cejas
se alzan cuando observa el estado de mis pezones, pero no hace ningún
comentario al respecto. Después me pide que me suba a la silla para poder
revisar la boca de mi útero y tomar una muestra líquida.

Quince minutos después, ya estoy vestido y recuperando mi dignidad luego


de haberme subido a los estribos.

El doctor Reed regresa con mis resultados.

—Todo parece normal. Tu celo empezará en siete días. ¿Usted y su


prometido están planeando tener otro hijo?

—Sí, lo estamos.

—De acuerdo con tus niveles hormonales y la posición de la boca de tu


útero, no deberías tener problemas para concebir. Veo que aún estás
amamantando. Recuerdo que expresaste algunas preocupaciones al
respecto la última vez que viniste aquí antes del verano. ¿Aún te inquieta?

Abro la boca y luego la cierro. El viejo doctor me mira con una sonrisa, y
cuando no digo nada, me da unas palmaditas en la mano para
tranquilizarme.

—Si estimulas tus pezones de manera similar a la lactancia, seguirás


amamantando, pero no es nada peligroso.

—Estoy… al tanto de eso.

—Bien. ¿Alguna pregunta?

Hay una, y mis mejillas se calientan al pensar en ella.

—Um… mi lactancia...

—¿Sí?

—Con mi prometido la hemos convertido en parte de nuestra vida sexual.


—No hay nada de malo en ello, siempre y cuando usted lo haya consentido.
—Me observa por encima de sus gafas.

¿Acaso interpretará mi vacilación a la hora de decírselo como algo siniestro?

—Sí, consentí —le aseguro rápidamente—. Con entusiasmo.

Eso lo hace sonreír.

—He oído que es una práctica agradable.

—Lo es. Pero cuando tenga a mi segundo hijo, lo amamantaré. Así que
nuestra vida sexual tendrá que cambiar, ¿no?

—Tal vez. Cuando estés amamantando a tu recién nacido, es posible que


quieras abstenerte de prácticas sexuales que puedan drenar excesivamente
tus pechos o causar tensión en tus pezones.

Él mira mis pectorales significativamente.

En otras palabras, nada de azotes en mis pechos una vez que nazca nuestro
segundo hijo, y la máquina de ordeñar podría tener que ir al armario.

La decepción en mi cara debe ser obvia.

—Nicolas, no hay necesidad de que tú y tu futuro esposo dejen de hacer las


cosas que ambos desean durante el sexo. Todo lo contrario. Con niños de
por medio, mantener una vida sexual placentera puede ser un desafío, así
que no te censures. Sé un poco más cuidadoso, sí, pero sigue haciendo lo
que a ambos les gusta. Tu cuerpo produce tanta leche como necesita. Por lo
que, cuando tu hijo esté alimentado y dormido, siempre quedará algo para
tu esposo. —Mi cara arde de vergüenza—. Ah, y durante el embarazo no hay
necesidad de restricciones —añade, guiñándome un ojo.

—Gracias, doctor Reed. Aprecio su franqueza.

—Puedo decir que has estado usando algún tipo de extractor de leche.
¿Alguna vez has tenido problemas de piel sensible o fisuras en los pezones?

Me quedo boquiabierto y trago saliva. ¿Me reprenderá después de todo? Pero


el doctor sigue sonriendo.

—Rara vez. Mi prometido lo tiene en cuenta.

—De acuerdo. Puedo recomendarte un bálsamo para que lo uses después de


las actividades más extenuantes, pero a menudo, lo mejor es untarte los
pezones con leche materna.

—Eso es lo que estuve haciendo.

Y el semen también ayuda, pero no le voy a decir eso al buen doctor.

Se da la vuelta en su silla y vuelve a su ordenador. Escribe algo mientras


sigue hablando en un tono informal:

—Después de usar dispositivos de ordeño y otros juguetes sexuales, mantén


una rutina de limpieza rigurosa. Si practicas bondage y juegos de impacto en
la zona de los pechos, menos es más. Limítate a los juguetes que tengan
efectos superficiales. Las pinzas para pezones no deben permanecer puestas
más de unos minutos a la vez. En caso de una lesión menor, como un
pequeño hematoma en el pectoral o una fisura en el pezón, sigue ordeñando
con regularidad, solo reduce la configuración del dispositivo o pasa a
amamantar durante unos días. Evita la ropa interior ajustada, las ataduras
en el pecho y las mochilas pesadas con una correa que lleguen a rozar la
zona. Tres sesiones de ordeño al día suelen ser suficientes para mantener
una buena lactancia durante muchos años. Y si alguna vez tienes un
hematoma de más de dos pulgadas, un bulto doloroso en el pectoral o
sangre en la leche, llama a mi oficina.

¿Habla en serio? ¿Los médicos omegas tienen algún tipo de formación


especializada en perversiones?

—Eh... es bueno saberlo.

—Maravilloso, entonces supongo que hemos terminado por hoy.

—Sí, gracias.

Levanta la vista de la pantalla y me sonríe.


—Buena suerte, Nicolas. Y felicitaciones por tu boda en camino.

Dejo el consultorio del doctor aturdido.

***

Charles está orgulloso de su nuevo superpoder: hacer dormir a Benji. Debe


haber algo en su serena pero enorme presencia que ocasiona que mi hijo se
convierta en un ángel por las noches. Un ángel somnoliento.

Estoy ordenando tranquilamente la ropa recién lavada de Benji en la sala de


estar del piso de arriba cuando escucho una melodía tranquila. Al principio,
pienso que Charles está reproduciendo música en su teléfono para Benji,
pero luego me arrastro hasta la puerta del dormitorio y miro hacia adentro.
Mi aterrador jefe alfa se encuentra sentado en la cama, cantándole a mi
bebé. Aturdido, sigo oyendo la vieja melodía entonada con la voz ronca y
profunda de mi pareja, tranquila pero poderosa. Él no me nota. Su mirada
está fija en el rostro de Benji, a pesar de que mi hijo ya se halla en el mundo
de los sueños, rodeado de sus dragones de peluche favoritos en colores del
arco iris.

Charles mueve uno de los juguetes más lejos de la nariz de Benji y ajusta la
manta.

—Buenas noches, Benjamin —murmura, besando su frente.

Me alejo de puntillas antes de que pueda verme espiándolo, limpiándome las


comisuras de los ojos.

Más tarde esa noche, le cuento a Charles sobre el doctor Reed.

—Me gusta tu médico especialista en perversiones —dice Charles—. ¿Te


vigilará durante el embarazo?

—Sí.

—Genial, entonces lo conoceré.

—Prométeme que no me avergonzarás delante de él.


—¿Parecía que él encontraba nuestra vida sexual vergonzosa?

—No, pero aparentaba que le encantaría saber más sobre el tema.

—Pues qué lástima, porque no le voy a contar la forma escandalosa en la


que planeamos concebir a nuestro segundo hijo.

Sonriendo, beso su mejilla desaliñada. Y bajo su sucia promesa, escucho otro


mensaje importante: Charles ya considera a Benji como suyo.

—Te escuché cantándole a Benji. Tienes una voz preciosa.

—Ah, eh… —Nunca he visto a Charles sonrojarse antes, y él se ve adorable


—. Parece que le gusta.

—Tú le gustas.

Su rubor se hace más profundo cuando observa nuestras manos


entrelazadas.

—Me dejaste conocer a Benjamin, y arriesgaste mucho por mí. No doy nada
por sentado. Tienes una familia maravillosa, Nico. Incluso me gusta tu papá,
sin importar cuánto me odie.

—Él no te odia.

—Tampoco le gusto, pero no es ese mi punto. Respeto sus razones. Lo que


quiero decir es esto: me has dado la oportunidad de ser parte de tu vida.
Parte de tu familia. Cuando vi a Benji quedarse dormido esta noche, me di
cuenta del gran regalo que fue.

Quiero expresarle lo mucho que lo amo, pero no me sale la voz. Maldito sea
por hacerme llorar dos veces en una noche.

***

Nunca he soñado con una gran boda, por lo que la ceremonia tranquila con
nuestros amigos y familiares más cercanos presentes fue perfecta para
nosotros. Más tarde, temprano por la noche, los dejamos en las buenas
manos del personal de Charles y la empresa de catering, y mi esposo me
llevó de luna de miel.

Esta noche, él no es mi señor y yo no soy su obediente asistente. No


jugamos a ningún juego. Cubre mi cuerpo de besos, deteniéndose en lugares
como los pliegues entre mis muslos y mi ingle, la base de mi columna y la
parte inferior de mis pectorales. Hace el amor en mi agujero durante mucho
tiempo, lamiendo y chupando hasta que termino sollozando sobre la
almohada. Y cuando lo amamanto, me acaricia el pecho y las caderas,
mirándome con devoción.

Finalmente nos unimos, con su polla estando profundamente en mi interior,


sus labios sobre los míos y sus dedos en mi cabello.

—No te merezco, Nico. Pero te haré feliz, lo juro.

—Soy feliz, y estoy delirando.

—Te amo, mi amor. Te amo tanto.

—Yo también te amo, mi alfa. Bésame mientras te corres dentro de mí.

Alcanzamos el clímax juntos, jadeando en la boca del otro.

Nunca me había sentido tan feliz como cuando Charles me abrazó después,
jugando con el anillo en mi dedo y diciéndome cuánto me ha deseado a lo
largo de los años.

—Cuando te vi por primera vez, me enojé —expresa.

—Recuerdo esa expresión.

—Me tomó un tiempo entender que era el miedo lo que me molestaba.


Estaba asustado de lo mucho que te deseaba y pensé que nunca podría
tenerte. Parecías tan frágil y tan condenadamente joven. Me sentía como un
criminal cada vez que te observaba. Llegó un momento en el que mi mirada
se posó en tu culo, e intenté no verte en absoluto, pero fue una tortura.

Le pido que me cuente las fantasías sucias que ha tenido sobre mí. Al
principio se ríe y me llama entrometido, pero luego me las susurra, incluso
las más groseras. Incluso las que decían que lo hacían sentir avergonzado y
culpable.

—Cuando estabas embarazado, me masturbaba con la visión de tu barriga.


Te quería desnudo a mis pies, con la boca abierta como un pajarito, con tu
enorme panza y tus tetas expuestas, rogando por mi semen. Esos fueron mis
momentos más vergonzosos. Estabas vulnerable, muy embarazado y muy
cansado. Y pensaba en las órdenes humillantes que podía darte y en cómo
podría observarte sonrojado, en cómo te verías cabalgándome y en lo mucho
que me encantaría meterte todo el puño en el culo y empujar mis dedos en
tu boca hasta tu útero… hasta que tuvieras un orgasmo tan fuerte que te
pusieras en labor de parto.

La idea de que me metan el puño hace que me lata el corazón, y considero


que podríamos hacerlo durante mi celo.

—Haremos esas cosas. Todo.

—Pero primero, necesito dejarte embarazado, mi dulce esposo.

Me muerdo el labio. Se me ocurre una idea y a Charles le encantan los


juegos de rol. Así que le digo:

—Por favor, señor. Déjeme embarazado.

Riéndose, se posiciona encima de mí y tenemos una segunda ronda con un


montón de encantadoras conversaciones sucias sobre cómo pronto me iba a
preñar.

***

La primera ola de calor fue leve, con una acumulación lenta. Charles me
conectó a la máquina de ordeñar y me azotó. Las ventosas tiraron de mis
pezones, el escozor de la mano de Charles en mi culo, el creciente vacío en
mí, la humedad resbalando por mis bolas... Y cuando me anudó, me corrí con
cada célula de mi ser. Luego me acosté en sus brazos, lleno de su nudo, con
la máquina zumbando y Charles aumentando constantemente la intensidad.
No perdió el tiempo en apretar mi polla con su puño, acariciándola mientras
la máquina succionaba mis pezones.

Que me ordeñaran con fuerza mientras me anudaban se convirtió en mi


nueva actividad favorita.

Ahora, mi segunda ola de calor apenas está comenzando, pero ya me siento


tortuosamente vacío.

—Por favor, señor. ¡Por favor!

Me da sus dedos y yo gimo de frustración. ¡Necesito su polla! ¡Su nudo!

—Silencio, harás lo que se te diga.

Trabaja sus dedos dentro de mi agujero, ¿tres o cuatro? No puedo


asegurarlo. Tirando de mi borde, ensancha mi abertura, pero a pesar de
todo, me siento vacío. La máquina de ordeñar zumba más fuerte y mis
pectorales hormiguean por la intensa succión. El peso adicional de las copas
y los tubos tiran de mis pezones hacia abajo, y cuando me retuerzo, percibo
el jalón en lo profundo de mis músculos.

Me encanta esa sensación.

Me balanceo sobre la mano de Charles, haciendo que las copas se sacudan.

—Vamos a comprobar si mi animal cachondo está listo para la fecundación.

Oh, Dios mío. ¿Comprobar? ¿Cómo?

Pero antes de que pueda pensar en algo, su mano entera ya está


hundiéndose dentro de mí. No puedo evitar gritar por la repentina y
abrumadora presión. Siento un nudo, excepto que son sus duros nudillos los
que me rozan las entrañas y, durante mi fuerte ola de calor, es el paraíso.

—¡Me vengo! ¡Mierda! ¡Me vengo!

—Sí, lo haces. Manoseado y ordeñado. Eres una ninfómana asquerosa, ¿no?

Sí, sí, lo soy. Una ninfómana. Una puta. Un animal en celo. Ordeñado como
ganado.

Los dedos de Charles alcanzan la boca de mi útero y pierdo la voz. El


orgasmo me atraviesa como una tormenta cuando él empuja.
Luego introduce un dedo directamente en el canal hacia mi útero.

Jadeo y mis ojos se ponen en blanco. Todo mi sistema nervioso parece


colapsar en ese punto donde mi esposo me está abriendo a la fuerza para
poder aparearse conmigo.

—Estás listo, cariño. Sacaré mi puño y luego meteré mi polla. Te dejaré


embarazado. Te follaré el útero y te llenaré hasta el borde. ¿Eso es lo que
quieres?

No puedo responder, solo alcanzo a gimotear al sentir como oleadas de


placer hirviente me invaden.

De repente, se detienen. Con un fuerte chasquido, Charles aparta la mano.

Siento que mi agujero es un maldito cráter. Tan abierto, tan vacío...

—¡Lléneme! ¡Oh, por favor! ¡Lléneme ahora!

Al segundo siguiente, me sujeta por la cintura y se posiciona sobre mí. Se


agacha detrás de mi cuerpo y mueve las caderas con tanta fuerza que me
hace caer al suelo. La máquina me tira de los pezones hasta el punto del
dolor, y me encanta.

Grito, mientras él se adentra por completo. Con la cabeza de su pene


apoyada en el canal de mi útero, gruñe como un depredador.

—Tómalo todo. Hasta la última gota.

Nunca ha sido tan duro conmigo, y con cada embestida castigadora me


envía cada vez más alto hacia el cielo. Me duele el útero, pero el malestar es
estimulante.

La punta de su pene llega más profundo y mi centro se tensa a su alrededor.


Charles maldice, pero no se retira. Se mantiene allí, tan profundo como
nunca ha estado dentro de mí, y se frota contra mi culo.

De repente, la habitación queda en silencio. El biberón ya debe estar lleno,


porque la máquina se detiene y, cuando cesa la succión, las copas se
deslizan por mis pezones.

Suspendido sobre el precipicio, contengo la respiración. Y entonces, un


bálsamo calmante inunda mi útero. El semen de Charles, fecundándome.

A mí.

Viene en oleadas, cada temblor y sacudida de su polla en mi interior produce


una nueva carga de semen. Mi útero lo absorbe y la profunda satisfacción
queda registrada en mi cerebro.

Junto con el inmenso placer, siento un éxtasis inimitable del alma. Mi cuerpo
ha cumplido su propósito y mi cerebro brilla de alegría.

Charles ahueca mi pecho y nos hace rodar hacia un lado.

—No he terminado —susurra. Empuja su nudo y una oleada de escalofríos se


extiende por mi espalda—. Haré que te corras cien veces más.

Me agarra los pezones alargados y empieza a tirar de ellos con fuerza, como
si fueran tetas de vaca. No puedo evitar gritar. Me duele, pero la sensación
me infunde nuevas energías, por lo que me arqueo en su regazo,
empalándome lo más posible.

Su nudo palpita con otra liberación.

—Gracias, señor. ¡Gracias!

¿Me estoy volviendo delirante? ¿A quién le importa? ¡Esto es el nirvana!

—Buena zorra cachonda, ordeñada hasta quedarse seca y llena de mi


semilla. Eso es todo. Tu útero es como una maldita aspiradora. Succiona mi
polla como una boca hambrienta. Tan codiciosa.

—Que me jodan. Que me jodan todos los días. Soy su zorra codiciosa y vivo
para su semen. Vuelva a fecundarme. Por favor, señor. Embarace a tu puta.

Me muerde el cuello y aprieta fuertemente mis pezones, con su nudo


palpitando nuevamente.
—Eres una puta sucia, Nicolas. Deberías avergonzarte de ti mismo.

Eso ocasiona que fuegos artificiales exploten en mi cerebro y en mi cuerpo.

No puedo contar mis orgasmos. Y después de lo que debieron haber sido


solo unos minutos, me sentí perdido en un sueño estático para siempre. En
esa ilusión, yo era la puta sucia de mi marido, con mi útero abierto para su
polla y sin voluntad propia. Él me dominaba y hacía lo que quería conmigo.
Yo vivía para el sexo; nada más me importaba. Era lujurioso y depravado, y
él me castigaba por mi perpetua excitación de las formas más deliciosas.

En algún momento, debo haberme desmayado.

Luego, cuando despierto, me acuesto en los brazos de Charles, con la cabeza


apoyada en su amplio pecho. Mis pectorales están calientes, pero mis
pezones hinchados se encuentran fríos. Él debió haberlos untado con algún
bálsamo mientras dormía. Del mismo modo, un pequeño tapón está en mi
agujero, reteniendo su semen.

Tarareo, con todo mi cuerpo vibrando de endorfinas.

—Esto es tan agradable.

—¿Sí?

—Uh-huh.

Charles mete una mano entre nosotros y acaricia mi vientre, frotando


círculos lentos sobre el lugar donde se encuentra mi matriz.

—¿Cómo te sientes aquí? —pregunta, con una sonrisa en la voz.

—Saciado. Satisfecho. Maravilloso.

—¿No fui demasiado rudo?

Lo miro y sonrío.

—Fue sucio, áspero y absolutamente perfecto.


—Estás lleno de sorpresas, dulzura. ¿Quién hubiera pensado que mi educado
y sereno asistente es tan pervertido? Y ahora te he dejado embarazado,
mientras te ordeñaba las tetas y te llamaba puta sucia.

Me sonrojo y me muerdo el labio.

—Me gustó.

Se ríe.

—Por supuesto que sí.

A medida que mi cerebro perezoso se despierta lentamente, caigo en cuenta


lo que ha sucedido.

—Me has dejado embarazado —repito.

Charles frota mi vientre hinchado con su cálida palma.

—Sí. —Me lo masajea y me besa el pecho hasta que queda encima de mí,
con su cara justo al lado de mi ombligo. Me roza los labios por debajo—. No
puedo esperar a que estés más grande y tengas a mi bebé dentro de ti.

Entrelazo mis dedos en su cabello. Algo magnífico me está sucediendo, pero


no puedo procesarlo con mi mente confundida por el calor. Sin embargo,
estoy feliz y eso lo es todo.

Y cachondo. Siempre cachondo. El semen de Charles me sube por el útero y


me siento drogado, como si fuera un afrodisíaco. Mi pene se endurece y
Charles comienza a lamerlo como si fuera un helado. Observo, aturdido por
el deseo, cómo los lentos movimientos de su lengua hacia la parte inferior de
mi longitud hacen salir gotas de líquido preseminal de mi interior.

—¿Podemos hacer algo más durante mi próxima ola de calor? —pregunto, en


un susurro.

Charles me besa la entrepierna.

—¿Qué tienes en mente?


—Tengo esta fantasía desde hace años.

—¿Sí?

—Que de repente entro en celo en la oficina…y tú estás allí. Sabemos que


puedes dejarme embarazado, pero no podemos evitarlo.

—Hm. Me pregunto qué haría si mi pequeño asistente se sentara junto a mi


escritorio, tomando notas, y de repente comenzara a derramar semen
caliente sobre la silla. ¿Sería capaz de evitar abalanzarme sobre él y dejarlo
embarazado?

—¿Podemos hacer eso?

Charles ríe con picardía y me pellizca el pezón.

—Me encanta tu mente sucia. Descansa un poco primero, dúchate y vístete


adecuadamente. Luego vamos a mi oficina en casa.

Sonrío. Íbamos a jugar.


TRABAJO EN CASA
UN BONO ERÓTICO

—Solo necesito revisar mis correos electrónicos y enseguida estaré contigo.


—Charles regresa a su escritorio.

Me retuerzo entre las ataduras, gruñendo y rugiendo, pero completamente


atrapado. Mi orgasmo se está desarrollando rápidamente, y no puedo hacer
nada para postergarlo…

El bonus erótico sobre cuando Nico y Charles “trabajaban” desde


casa se puede encontrar en el Patreon del autor.
ACERCA DEL AUTOR

El autor de ficción queer Roe Horvat nació en la antigua Checoslovaquia, lo


que le proporcionó un oscuro sentido del sarcasmo y una inclinación por la
buena cerveza. Roe viajó por Europa y finalmente se estableció en Suecia.
Se declaró transgénero en 2017 y ha sido fabuloso desde entonces. Le
encantan Jane Austen, Douglas Adams, las malas películas de acción, la
comedia stand-up, los grandes espacios al aire libre suecos y todo tipo de
placeres terrenales. Cuando no está escondido en el estudio haciendo
gráficos, se lo puede encontrar recorriendo cafés y pubs en Gotemburgo,
escribiendo.

Sitio web: roehorvat.com

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