Final de F. de Filosofia
Final de F. de Filosofia
Lyotard
Comparando la propuesta del rol del lector con la noción de filosofía de Lyotard. El autor
propone ir a la búsqueda a partir de cero. Dirá que filosofar es obedecer plenamente al
movimiento del deseo, estar comprendido en él es intentar comprenderlo a la vez sin salir de
su cauce. Filosofar es llevar en sí mismo la destrucción de lo que se cuestiona. Lyotard tomó a
la filosofía como un hecho, una realidad que se tiene y no se tiene a la vez. Para analizar este
último punto, el texto propone analizar qué es el deseo, y dirá que es ausencia y presencia al
mismo tiempo, es aquello que se busca porque se tiene la falta y aquello que se posee porque
se conoce sino de otro modo no se desearía. Es desde este punto que el autor propone que la
filosofía no tiene deseos particulares, no es una especulación sobre algún tema o en una
materia determinada. “Es el deseo el que tiene la filosofía, como tiene cualquier otra cosa, …
Es el movimiento del deseo el que, una vez más, mantiene unido lo separado o separado lo
unido; este es el movimiento que atraviesa la filosofía… El deseo que conforma la filosofía no
es menos irreprimible que cualquier otro deseo, pero se amplía y se interroga en su mismo
movimiento… ¿Por qué filosofar?, siempre podremos responder haciendo una nueva pregunta:
¿Por qué desear? ¿Por qué existe por doquier el movimiento de lo uno que busca lo otro? Y
siempre podremos decir, a falta de respuesta mejor: filosofamos porque queremos, porque nos
apetece.”Ante lo expuesto anteriormente, creemos que ambas ideas son compatibles en la
búsqueda de respuestas, despojadas de creencias o prejuicios previos. En ambos autores se
revela la idea de la reflexión como método de búsqueda. Una reflexión como se expresa el
texto de Lyotar que será dada “simplemente así, ¡por reflexionar!”.
Platón:
El mundo inteligible, también conocido como mundo de las ideas, se refiere a la esfera de
lo inteligible o la esfera de la verdad donde se encuentran las formas puras y perfectas o
universales de las cosas, como la unidad y la grandeza, en contraste con el mundo sensible
caracterizado por las percepciones sensoriales y las sombras de la realidad.En este mundo,
las ideas son eternas, inmutables y verdaderas en contraste con las percepciones
sensoriales del mundo sensible.En el mundo de las ideas, la inteligencia es estimulada y
despierta, ya que guía al individuo hacia la contemplación de lo que es verdadero y
eterno.Mundo inteligible El modo típico de conocer estos entes se llama diánoia
(entendimiento) su característica consiste en que se vale de diagramas o dibujos como
representaciones imperfectas de los entes a que se refiere, que son objetos del pensamiento
puro, sirven, entonces, a modo de puente para pasar de lo sensible a lo inteligible. La
segunda característica de la diánoia (del conocimiento científico) es la de ser un
conocimiento hipotético, un conocimiento que parte de "hipótesis"(supuesto). El término
diánoia se refiere a este tipo de pensar que va de algo que se da por supuesto a las
conclusiones que de ello se desprenden. En el mundo de las ideas, determina las relaciones
entre unas y otras según se enlacen entre sí o estén separadas a como unasletras se
combinan con algunas, pero no con otras,combinándolas y dividiéndolas según sus
articulaciones naturales, según que el orden seguido en el proceso vaya de una idea hacia
las que le están subordinadas, o bien hacia las ideas superiores. Puede decirse también que
la dialéctica representa un tránsito desde lo fragmentario hacia esa totalidad orgánica
articulada que es el mundo de las ideas presidido por el Bien.
El mundo sensible resulta ser un mundo de sombras y apariencias. Platón desconfía de
los sentidos porque son confusos, inestables y sujetos al cambio. El cuerpo pertenece al
mundo sensible y es considerado la cárcel del alma. Los sentidos, pertenecientes al cuerpo,
son contingentes, inestables y confusos. La relación entre ambos radica en el proceso de
educación y liberación del conocimiento, donde la inteligencia y la dialéctica permiten
trascender las limitaciones del mundo sensible para alcanzar la comprensión de las ideas
perfectas y universales.En este sentido, el mundo sensible es una imitación imperfecta del
mundo de las ideas. La alegoría de la caverna representa nuestro mundo, el mundo
sensible. Los prisioneros en la caverna se encuentran en el estado de espíritu
llamado"eikasía"o imaginación, que es el inferior en la escala del "saber". Los prisioneros
están "dormidos" u "olvidados" de su verdadero ser, que no es el ser físico, sensible,
corporal, sino el alma.Pues bien, la caverna representa nuestro mundo, el mundo sensible; y
el exterior de la caverna representa el mundo real, es decir, el mundo de las ideas, cuya
forma más alta, el Bien, está simbolizada por el sol.La alegoría, diremos entonces que los
prisioneros se encuentran en el estado de espíritu que se llamó eikasía o imaginación, que
es el inferior en la escala del "saber": de tal manera los prisioneros, es decir, los hombres en
su vida corriente, se encuentran en la forma inferior de existencia posible, "prisioneros" de
las apariencias o fenómenos, según se ha dicho "En otras palabras, el modo de ver de los
hombres en general, en lo que se refiere a sí mismos y al mundo que los rodea, es un modo
de ver deformado por medios falsificadores, por sus propias pasiones y prejuicios, y por las
pasiones y prejuicios de las otras gentes, tal como se les trasmiten mediante el lenguaje y la
retórica", la prensa y la televisión, la propaganda y la política.La situación en que encuentran
los prisioneros es la situación con que comienza nuestra humana existencia: comenzamos
estando como "dormidos", es decir, "olvidados", de lo que en realidad somos -el olvido, para
Platón, de que nuestro verdadero ser no es el ser físico, sensible, corporal, sino nuestra
alma.Ahora bien, nuestro objeto, puesto que nos dedicamos a la filosofía, y en general el
objeto de todo hombre que no quiera ser víctima del engaño,es llegar a la verdad que se
esconde tras los fenómenos de este mundo sensible.Como el "drama" de la alegoría
consiste en "liberar" al prisionero para llevarlo hacia lo alto y terminar por sacarlo de la
caverna, la ficción narra el proceso de des-animalización del hombre, el proceso de su
humanización o educación hasta llegar a su realización plena.
La relación entre los dos mundos :La relación entre el mundo sensible y el mundo de las
ideas se establece a través de la dialéctica, que permite el acceso a la verdad y la
comprensión de la realidad. La inteligencia, que se relaciona con el mundo de las ideas, guía
al individuo hacia la contemplación de lo que es verdadero y eterno, mientras que la opinión,
vinculada al mundo sensible, se basa en la percepción sensorial y la creencia en las
apariencias cambiantes. La relación entre estos dos mundos se establece a través de la
dialéctica, que permite el acceso a la verdad y la comprensión de la realidad.La relación entre
ambos radica en el proceso de educación y liberación del conocimiento, donde la inteligencia
y la dialéctica permiten trascender las limitaciones del mundo sensible para alcanzar la
comprensión de las ideas perfectas y universales. La dialéctica, según se describe en la
alegoría de la caverna de Platón, consiste en un proceso de elevación del alma desde el
mundo de las sombras y las apariencias (el mundo sensible) hacia el mundo de las Ideas y la
verdad (el mundo inteligible). Esto se logra a través de un método que:Parte de los estudios
preliminares como la geometría, que "fuerzan al alma a girar hacia el lugar en el cual se halla
lo más dichoso de lo que es" .Permite "llegar a lo que es en sí cada cosa, sin sensación
alguna y por medio de la razón, y sin detenerse antes de captar por la inteligencia misma lo
que es el Bien mismo" ."Cancela los supuestos, hasta el principio mismo, a fin de
consolidarse allí" y "empuja poco a poco al ojo del alma, cuando está sumergido realmente en
el fango de la ignorancia, y lo eleva a las alturas" .De esta manera, la dialéctica establece
un vínculo entre los dos mundos, el sensible y el inteligible, permitiendo al alma ascender
desde las sombras y las apariencias hacia la contemplación de la Idea del Bien, que es "la
causa de todo lo bueno y bello” .En cuando que la idea del Bien es el fundamento de todas
las demás ideas,constituye a la vez el fundamento de todas las cosas sensibles, puesto que
éstas deben seré inteligibilidad a las ideas: éstas son justamente el "aspecto"bajo el cual las
cosas sensibles se presentan, es decir,son . Conviene entonces volver a decir algunas
palabras sobre la relación entre los dos mundos.Las ideas, según sabemos, tienen carácter
metafísico, porque representan la realidad perfecta, verdadera, auténtica, el puro ser y valor.
En segundo lugar, son esencias, es decir, lo que hace que los entes sean lo que son, aquello
que hace ser a los entes, la cosa misma en su ser más propio. En tercer lugar, son la causa,
el fundamento de las cosas sensibles. En último lugar, representan su término, su fin (télos),
la meta de todo lo que es, su sentido; lo cual implica una especie de tendencia o apetencia
hacia la idea, por lo que se dice en el Fedón que todo lo sensible quiere ser como la idea, se
esfuerza por copiar la idea o asimilarse a ella.Pero que estén separados no significa, en
modo alguno, que no haya relaciones entre uno y otro; hemos dicho,precisamente, que las
cosas sensibles tienen su sentido, su explicación, su razón de ser y existir, en la idea; entre
ambos mundos se da, pues, cierta correspondencia.
Aristóteles
Las virtudes de la filosofía de Aristóteles son necesarias para alcanzar la eudaimonía, que se
traduce como "felicidad" o "vida eterna". Para Aristóteles, la eudaimonía se trataba del éxito
como ser humano, a través del desarrollo y mejora de nuestras habilidades de pensamiento.
No es algo con lo que se nace, sino que se puede desarrollar en la vida.La virtud divina, en
cambio, se relaciona con el buen uso de la razón y la sabiduría. La prudencia, conocida como
el "principio del bien" de Aristóteles, es la capacidad de saber qué es lo correcto en una
situación realista.Aristóteles, el bien es lo que nos permite vivir en una situación de estatus de
sabiduría y alcanzar la excelencia.
Las virtudes se dividen en : Virtudes éticas y dianoéticas .Según Aristóteles, la felicidad
sólo puede encontrarse en la virtud. La virtud del hombre consistirá en el uso de su función
propia, la razón, en el desarrollo completo de su alma (o vida) racional, en el hombre hay
también una parte irracional de su alma (los apetitos, la facultad de desear). Según lo cual
habrá dos tipos de virtudes: las de la razón en sí misma (virtudes dianoéticas) y las de
la razón aplicada a la facultad de desear (virtudes éticas). Las virtudes éticas o
morales, o virtudes del carácter "manera de ser", "costumbre". La virtud es un hábito de
elección. Aristóteles dice que, para que haya valor moral en una persona, sus actos deben
ser resultado de una elección. La virtud es cuestión de práctica, de ejercicio, por lo que
Aristóteles dice que es un "hábito", esto es, cierta manera de obrar constante, que se ha
hecho costumbre en nosotros. Tal hábito de elección se halla "en una posición intermedia".
Porque ocurre que en las acciones puede haber exceso, defecto y término medio, y en
elegir el justo término medio reside la virtud. La virtud por ejemplo puede consistirá en la
liberalidad o generosidad. Respecto de los placeres, el exceso es la incontinencia o
desenfreno; el defecto, la insensibilidad, y la virtud reside en el uso moderado y controlado
de los placeres. Aristóteles dice que ese término medio establece la razón. No hay una
especie de regla que determine cuál es el término medio. El término medio no puede ser
siempre el mismo, depende de las circunstancias y de la persona, del caso y de los
extremos de que se trata, por eso el término medio es "relativo a nosotros". El hombre
prudente (tino) es el que tiene la mirada capaz de encontrar, en cada situación concreta, el
justo término medio. La virtud ética superior es la justicia, es la virtud misma, así como la
injusticia es el vicio, puesto que lo justo señala la debida proporción entre los extremos. Sin
embargo, ni siquiera la justicia representa plena autarquía, puesto que requiere Otra
persona respecto de la cual podamos ser justos y de la que dependemos. Además, las
virtudes éticas no son de por sí completas, ya que remiten a la prudencia, que es virtud
intelectual.
Las virtudes dianoéticas o intelectuales corresponden al conocimiento. Las de la "razón
práctica", se refieren a las cosas contingentes, son dos: el arte -"hábito productivo
acompañado de razón verdadera" y la prudencia "arte práctico verdadero, acompañado de
razón, sobre las cosas buenas y malas para el hombre". Las otras virtudes intelectuales, las
de la "razón teórica", conciernen al conocimiento contemplativo, y se refieren a la realidad y
sus principios, a lo que es y no puede ser de otro modo. Éstas son la ciencia, intuición o
intelecto que capta las formas, o el principio de contradicción, que es la base de toda
demostración, y la sabiduría, que conoce las conclusiones de los principios, y la verdad de
estos reúne la intuición de los principios y lo que se desprende de ellos. En estas virtudes del
pensamiento, se encuentra la felicidad perfecta, pues, en efecto, la vida teorética se basta a
sí misma.
Descartes
- Hiperbólica: será llevada hasta su último extremo, forzada al máximo posible (el
ejemplo más notorio es cuando Descartes imagina la existencia de un “genio
maligno”).
Las cosas meramente dudosas deben tenerse por falsas. Debe descartarse todo lo que
pueda suponer la más mínima posibilidad de duda, para apartar vigorosamente del espíritu
todo lo que pueda engañarlo, y aceptar sólo lo absolutamente indubitable. Puesto que el
número de conocimientos es prácticamente infinito, se logrará el propósito de introducir la
duda en ellos si se la dirige a los fundamentos sobre los que esos conocimientos se apoyan.
Esto supone la puesta en duda de los sentidos y de la razón, que son
las facultades de conocimiento.Con este método Descartes es sumamente original porque
se opone al camino utilizado hasta entonces para producir conocimiento. Hasta el momento
y durante la Edad Media el conocimiento se obtenía según el criterio de autoridad, que
afirmaba que algo era verdadero por el hecho de ser afirmado por la iglesia, la biblia o las
autoridades eclesiásticas.
Crítica del saber sensible: “Todo lo que he admitido hasta el presente como más seguro y
verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien, he experimentado
a veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de
quienes nos han engañado una vez” señala Descartes y, con este argumento, pone en duda
el saber proporcionado por los sentidos. Pero resulta que los sentidos pueden engañarnos
cuando se trata de cosas muy distantes o difícilmente perceptibles, pero hay otras de las que
no puede razonablemente dudarse, aunque las conozcamos por medio de ellos: “…por
ejemplo, que estoy aquí, sentado junto al fuego, con una bata puesta y este papel en las
manos…”(…) “Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por
ilusiones semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan manifiesto que
no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con claridad el sueño de la
vigilia, que acabo atónito y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que estoy
durmiendo” Con este segundo argumento, el conocimiento sensible queda absolutamente
desacreditado, ya que el conocimiento proporcionado por los sentidos es en todos los casos
dudoso.
Crítica del conocimiento racional: Todo razonamiento o proceso discursivo de nuestro
pensamiento se apoya en ciertos principios conocidos intuitivamente, de modo inmediato
(principios ontológicos). Pero puede uno imaginarse que exista un genio muy poderoso y
perverso que nos haya hecho de forma tal que siempre nos equivoquemos. Según
Descartes, la existencia de este genio es una posibilidad, por remota que parezca ser. Con la
existencia de esta hipótesis, el saber racional también se vuelve dudoso. Para Descartes la
racionalidad se hace un problema, y una de sus tareas será fundamentarla. Llegado a este
punto, el espíritu se encuentra tan cargado de dudas, tan perplejo que parece que ya
no puede hacer ni pensar nada más: “Como si de repente hubiera caído en aguas muy
profundas, tan turbado me hallo que ni puedo apoyar mis pies en el fondo ni nadar para
sostenerme en la superficie”. Según Carpio, en esta figura, la superficie puede simbolizar el
dominio del saber vulgar y el fondo el fundamento firme que busca el filósofo. Pero cuando la
duda llega a su extremo se convierte en su opuesto: el conocimiento absolutamente cierto.
“Cogito, ergo sum” (“Pienso, luego existo”). Porque “si yo estoy persuadido de algo, o
meramente si pienso en algo, es porque yo soy. Cierto que hay un no sé qué engañador
todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no
cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy: y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá
hacer que yo no sea nada” De esta forma encuentra Descartes una verdad absolutamente
cierta y absolutamente indubitable.
Kant:
En el capítulo primero Kant empieza diciendo que lo que es bueno o malo no son
nuestros actos sino la misma voluntad. Sólo la voluntad es buena: incluso podemos hacer
actos “buenos” pero movidos por una mala voluntad. O sea que lo que interesa es la
buena voluntad más que el acto mismo. Dice Kant: “la buena voluntad no es buena por lo
que efectúe o realice, no es buena porque alcanza algún fin que nos hayamos propuesto;
es buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma”. O sea, no interesa el “qué”
sino el “cómo”: no interesa cuál fin persigamos con nuestros actos, sino cómo buscamos
alcanzarlo, y esto último puede hacerse con mala voluntad o con buena voluntad.
Comenzamos a ver entonces aquí la independencia de la ética de la experiencia. En
relación con esto habla también Kant del “deber”: el hombre no debe proceder por
inclinación (hacia tal o cual fin) sino simplemente por “deber”. Por ejemplo, el fin puede
parecer bueno (por ejemplo, hacer una donación al hospital) pero encubre un fin egoísta
(la persona sabe que próximamente será atendida en ese hospital). Para Kant entonces
obrar bien no es perseguir una finalidad, sino simplemente actuar por deber,
independientemente de las circunstancias. Así, dice Kant “una acción hecha por deber
tiene su valor moral, no en el propósito que se quiere alcanzar, sino en la máxima por la
cual se rige dicha acción; no depende pues, de la realidad del objeto de la acción, sino
meramente del principio del querer”. Obrar bien es respetar una ley, no perseguir
determinado fin considerado bueno: “el deber es la necesidad de una acción por respeto a
la ley”, dice Kant. El problema que se presenta ahora es averiguar cuál es esta famosa ley
que hace que, si la respetamos podamos decir que nuestra voluntad es buena en forma
absoluta y sin restricciones. Esta ley dice lo siguiente: “tengo que obrar siempre de
manera tal que mi máxima deba convertirse en ley universal”. Por ejemplo, si yo hago una
promesa que sé que no voy a cumplir, y quiero saber si esto está bien o no moralmente
hablando, me tengo que preguntar ¿qué pasaría (ley universal) si todos hiciéramos lo
mismo? Pasaría que nadie le creería a nadie y entonces mi obrar de ese modo sería
inútil, ridículo. Concluyo por tanto que obré mal. Según Kant entonces yo lo que me tengo
que preguntar es esto: ¿puedo creer que mi máxima se convierta en ley universal? Si no
es así, es una máxima reprobable, y no por algún prejuicio que pueda ocasionar a mí o a
otros, sino porque no puede convenir, como principio, en una legislación universal posible.
En suma, no debe obrarse según necesidades e inclinaciones (necesidades del momento,
inclinaciones humanas naturales), sino según el principio a priori antes explicitado.
LA BUENA VOLUNTAD es un concepto clave para la lectura de esta primera parte. Kant
conecta la buena voluntad con la felicidad, porque él piensa que una buena voluntad es lo
único que es bueno incondicionalmente. Todo lo demás, no son buenos
incondicionalmente, hay veces que hacemos cosas malas porque creemos que nos harán
felices. Una persona que tiene un negocio y engaña a sus clientes para tener mayores
ganancias, actúa bajo sus intereses, pero no hace algo bueno. Esto no ocurre en
presencia de alguien con buena voluntad, alguien que tenga buena voluntad nunca puede
fallar en actuar moralmente bien. No hay circunstancia donde una buena voluntad no
pueda hacer buena una acción. UNA BUENA VOLUNTAD ENTONCES ACTÚA POR EL
DEBER MORAL. La buena voluntad actúa motivada por el deber moral. Una buena
voluntad actúa por el deber moral, porque aquello que realiza es lo que manda el deber
moral. La fuente del deber moral es la ley moral. Buena voluntad cumple con la ley moral.
Imperativo categórico, que es aquello propio de la ley moral que hace que sea una ley.
La autonomía de la voluntad como principio supremo de la moralidad
Cuando la voluntad busca la ley, que debe determinarla, en algún otro punto que no en la
aptitud de sus máximas para su propia legislación universal y, por tanto, cuando sale de sí
misma a buscar esa ley en la constitución de alguno de sus objetos, entonces produce
siempre heteronomía. No es entonces la voluntad la que se da a sí misma la ley, sino el
objeto, por su relación con la voluntad, es el que da a ésta la ley. Esta relación, ya
descanse en la inclinación, ya en representaciones de la razón, no hace posibles más que
imperativos hipotéticos: «debo hacer algo porque quiero alguna otra cosa». En cambio, el
imperativo moral y, por tanto, categórico, dice: «debo obrar de este o del otro modo, aun
cuando no quisiera otra cosa». Por ejemplo, aquél dice: «no debo mentir, si quiero
conservar la honra». Éste, empero, dice: «no debo mentir, aunque el mentir no me acarree
la menor vergüenza». Este último, pues, debe hacer abstracción de todo objeto, hasta el
punto de que este objeto, no tenga sobre la voluntad el menor influjo, para que la razón
práctica (voluntad) no sea una mera administradora de ajeno interés, sino que demuestre
su propia autoridad imperativa como legislación suprema. Deberé, pues, por ejemplo,
intentar fomentar la felicidad ajena, no porque me importe algo su existencia -ya sea por
inmediata inclinación o por alguna satisfacción obtenida indirectamente por la razón-, sino
solamente porque la máxima que la incluyese no podría comprenderse en uno y el mismo
querer como ley universal.
División de todos los principios posibles de la moralidad, según el supuesto
concepto fundamental de la heteronomía
La razón humana, en éste como en todos sus usos puros, cuando le falta la crítica, ha
intentado primero todos los posibles caminos ilícitos, antes de conseguir encontrar el único
verdadero. Todos los principios que pueden adoptarse desde este punto de vista son, o
empíricos, o racionales. Los primeros, derivados del principio de la felicidad, se asientan en
el sentimiento físico o en el sentimiento moral; los segundos, derivados del principio de la
perfección, se asientan, o en el concepto racional de la misma, como efecto posible, o en el
concepto de una perfección independiente -la voluntad de Dios- como causa determinante
de nuestra voluntad.Los principios empíricos no sirven nunca para fundamento de leyes
morales. Pues la universalidad con que deben valer para todos los seres racionales sin
distinción, la necesidad práctica incondicionada que por ello les es atribuida desaparece
cuando el fundamento de ella se deriva de la peculiar constitución de la naturaleza humana
o de las circunstancias contingentes en que se coloca. Sin embargo, el principio de la
propia felicidad es el más rechazable? no sólo porque es falso y porque la experiencia
contradice el supuesto de que el bienestar se rige siempre por el bien obrar; no sólo
tampoco porque en nada contribuye a fundamentar la moralidad,ya que es muy distinto
hacer un hombre feliz que un según la ley de que alguna otra cosa determine a la
causalidad la causa eficiente. ¿Qué puede ser, pues, la libertad de la voluntad sino
autonomía,esto es, propiedad de la voluntad de ser una ley para sí misma? Pero la
proposición: «la voluntad es, en todas las acciones, una ley de sí misma», caracteriza tan
sólo el principio de no obrar según ninguna otra máxima que la que pueda ser objeto de sí
misma, como ley universal. Ésta es justamente la fórmula del imperativo categórico y el
principio de la moralidad; así, pues, voluntad libre y voluntad sometida a leyes morales son
una y la misma cosa.Si, pues, se supone libertad de la voluntad, síguese la moralidad, con
su principio, por mero análisis de su concepto. Sin embargo, sigue siendo este principio
una proposición sintética: una voluntad absolutamente buena es aquella cuya máxima
puede contenerse en sí misma a sí misma siempre, considerada como ley universal; pues
por medio de un análisis del concepto de una voluntad absolutamente buena no puede ser
hallada esa propiedad de la máxima. Más semejantes proposiciones sintéticas sólo son
posibles porque los dos conocimientos están enlazados uno con otro por su enlace con un
tercero, en el cual por ambas partes se encuentren. El concepto positivo de la libertad crea
ese tercero, que no puede ser, como en las causas físicas, la naturaleza del mundo
sensible (en cuyo concepto vienen a juntarse los conceptos de algo, como causa, en
relación con otra cosa, como efecto). Pero aquí no puede manifestarse en seguida qué sea
ese tercero, al que la libertad señala y del que tenemos a priori una idea, y tampoco puede
aún hacerse comprensible la deducción del concepto de libertad sacándolo de la razón
pura práctica, y con ella la posibilidad también de un imperativo categórico; para ello hace
falta todavía alguna preparación.
Autonomía de la Voluntad
Heteronomía de la Voluntad
Principios de la Moralidad
1. Idea de la Libertad: La libertad debe ser presupuesta en todos los seres racionales, ya
que la moralidad se aplica a todos ellos.
2. Necesidad Práctica: Todo ser racional debe considerarse libre para poder ser un agente
moral. La libertad práctica implica que los seres racionales actúan bajo la idea de la
libertad.
Conclusión :La autonomía de la voluntad es esencial para la ética kantiana. Implica que la
voluntad es la fuente de sus propias leyes morales, sin depender de factores externos. Esta
autonomía se expresa a través del imperativo categórico, que requiere que las máximas de
nuestras acciones sean leyes universales. La heteronomía, por el contrario, implica una
dependencia externa que no puede sustentar una moralidad universal. Por lo tanto, para
Kant, la verdadera moralidad se basa en la autonomía y en la libertad de la voluntad, vistas
como la capacidad de auto-legislación moral
Hegel- La dialéctica del amo y el esclavo
La "dialéctica del amo y el esclavo" es una de las ideas más importantes y conocidas de
Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En su obra "Fenomenología del espíritu", Hegel explora
cómo la autoconciencia humana se desarrolla a través de una serie de etapas dialécticas,
una de las cuales es la relación entre el amo y el esclavo.
Hegel sostiene que el hombre es esencialmente una autoconciencia, una entidad que es
consciente de sí misma y de su propia dignidad. Este reconocimiento de sí mismo como un
"Yo" marca la diferencia fundamental entre el hombre y el animal. La autoconciencia no puede
nacer simplemente del conocimiento o la contemplación pasiva del mundo; es el Deseo lo
que juega un papel crucial en la constitución del Yo humano.
La paradoja de esta relación es que, aunque el amo parece tener la posición superior, es
el esclavo quien, a través del trabajo y la transformación del mundo, desarrolla una
verdadera autoconciencia y libertad. El trabajo del esclavo crea cultura y civilización,
mientras que el amo se estanca en la pasividad y la dependencia del trabajo del esclavo.
Así, la dialéctica del amo y el esclavo muestra cómo la lucha por el reconocimiento y la
dinámica de dominación y subordinación son esenciales para el desarrollo de la
autoconciencia y la humanidad. Esta relación es una etapa necesaria en el progreso hacia
una autoconciencia plena y una libertad auténtica, donde los individuos se reconocen
mutuamente como seres libres e iguales.
1. Los dos factores de la mercancía: valor de uso y valor (sustancia y magnitud del
valor) .La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se
nos aparece como un "inmenso arsenal de mercancías" y la mercancía como su forma
elemental. La mercancía es, en primer término, un objeto externo, una cosa apta para
satisfacer necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean. Todo objeto útil, el
hierro, el papel, etc., puede considerar se desde dos puntos de vista: atendiendo a su
calidad o a su cantidad . Cada objeto de éstos representa un conjunto de las más diversas
propiedades y puede emplearse, por tanto, en los más diversos aspectos.La utilidad de un
objeto lo convierte en valor de uso. Pero esta utilidad de los objetos no flota en el aire. Es
algo que está condicionado por las cualidades materiales de la mercancía y que no puede
existir sin ellas. Lo que constituye un valor de uso o un bien es, por tanto, la materialidad
de la mercancía misma. Y este carácter de la mercancía no depende de que la
apropiación de sus cualidades útiles cueste al hombre mucho o poco trabajo.Los valores
de uso suministran los materiales para una disciplina especial: la del conocimiento pericial
de las mercancías. El valor de uso sólo toma cuerpo en el uso o consumo de los objetos.
Los valores de uso forman el contenido material de la riqueza, cualquiera que sea el
archivo digital de Fidel Ernesto Vásquez forma social de ésta. En el tipo de sociedad que
nos proponemos estudiar, los valores de uso son, además, el soporte material del valor de
cambio.El valor de cambio aparece como la relación cuantitativa, la proporción en que se
cambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra, relación que varía
constantemente con los lugares y los tiempos. Parece, pues, como si el valor de cambio
fuese algo puramente casual y relativo, como sí, por tanto, fuese una contradicción a la
existencia de un valor de cambio interno, inmanente a la mercancía (valeur
intrinseque).Los valores de cambio de las mercancías: hay que reducirlos necesariamente
a algo común respecto al cual representen un más o un menos. Este algo común no
puede consistir en una propiedad geométrica , física o química, ni en ninguna otra
propiedad natural de las mercancías. Las propiedades materiales de las cosas sólo
interesan cuando las consideremos como objetos útiles, es decir, como valores de
uso.Dice el viejo Barbon: " Una clase de mercancías vale tanto como otra, siempre que su
valor de cambio sea igual. Entre objetos cuyo valor de cambio es idéntico, no existe
disparidad ni posibilidad de distinguir." Si prescindimos del valor de uso de las mercancías
éstas sólo conservan una cualidad: la de ser productos del trabajo.Un valor de uso, un
bien, sólo encierra un valor por ser encarnación o materialización del trabajo humano
abstracto. ¿Cómo se mide la magnitud de este valor? Por la cantidad de “sustancia
creadora de valor” , es decir, de trabajo, que encierra. Y, a su vez, la cantidad de trabajo
que encierra se mide por el tiempo de su duración, y el tiempo de trabajo, tiene,
finalmente, su unidad de medida en las distintas fracciones de tiempo: horas, días, etc. Se
dirá que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo invertida en
su producción , las mercancías encerrarán tanto más valor cuanto más holgazán o más
torpe sea el hombre que las produce o , lo que es lo mismo, cuanto más tiempo tarde en
producirlas. Pero no; el tra bajo que forma la sustancia de los valores es trabajo humano
igual, inversión de la misma fuerza humana de trabajo.Lo que determina la magnitud de
valor de un objeto no es más que la cantidad de trabajo socialmente necesaria, o sea el
tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Para estos efectos, cada
mercancía se considera como un ejemplar medio de su especie. Mercancías que
encierran cantidades de trabajo iguales o que pueden ser producidas en e l mismo tiempo
de trabajo representan, por tanto, la misma magnitud de valor. El valor de una mercancía
es al valor de cualquiera otra lo que el tiempo de trabajo necesario para la producción de
la primera es al tiempo de trabajo necesario para la producción de la segunda .
"Consideradas como valores, las mercancías no son todas ellas más que determinadas
cantidades de tiempo de trabajo cristalizado.”La magnitud de valor de una mercancía
permanece, por tanto, constante, invariable, si permaneciera también constante el tiempo
de trabajo necesario para su producción. Pero esto se transforma al cambiar la capacidad
productiva del trabajo. La capacidad productiva del trabajo depende de una serie de
factores, entre los cuales se cuentan el grado medio de destreza del obrero, el nivel de
progreso de la ciencia y de sus aplicaciones, la organización social del proceso de
producción, el volumen y la eficacia de los medios de producc ión y las condiciones
naturales.La magnitud del valor de una mercancía cambia en razón directa a la cantidad y
en razón inversa a la capacidad productiva del trabajo que en ella se invierte.Un objeto
puede ser valor de uso sin ser valor. Así ocurre cuando la utilidad que ese objeto encierra
para el hombre no se debe al trabajo. Es el caso del aire, de la tierra virgen, de las
praderas naturales, de los bosques silvestres, etc. Y puede, asimismo, un objeto ser útil y
producto del trabajo humano sin ser mercancía. Los productos del trabajo destinados a
satisfacer las necesidade s personales de quien los crea son, indudablemente, valores d e
uso, pero no mercancías.Para producir mercancías, no basta producir valores de uso, sino
que es menester producir valores de uso para otros, valores de uso sociales.Finalmente,
ningún objeto puede ser un valor sin ser a la vez objeto útil. Si es inútil, lo será también el
trabajo que éste encierra; no contará como trabajo ni representará, por tanto, un valor.
Tomemos dos mercancías, la levita es un valor de uso que satisface una necesidad
concreta. Para crearlo, se requiere una determinada clase de actividad productiva. Esta
actividad está determinada por su fin, modo de operar, objeto, medios y resultado. El
trabajo cuya utilidad viene a materializarse así en el valor de uso de su producto o en el
hecho de que su producto sea u n valor de uso, es lo que llamamos, resumiendo todo eso,
trabajo útil. Considerado desde este punto de vista, el trabajo se nos revela siempre
asociado a su utilidad. Del mismo modo que la levita y el lienzo son valores de uso
cualitativamente distintos, los trabajos a que deben su existencia. Si no fuesen valores de
uso cualitativamente distintos y, por tanto, productos de trabajos útiles cualitativamente
distintos también, aquellos objetos bajo ningún concepto podrían enfrentarse el uno con el
otro como mercancías. No es práctico cambiar una levita por otra, valores de uso por otros
idénticos. Conjunto de trabajos útiles no menos variados, trabajos que difieren unos de
otros en género, especie, familia, subespecie y variedad: es l a división social del trabajo,
condición de vida de la producción de mercancías, aunque, ésta no lo sea, a su vez, de la
división social del trabajo. Sólo los productos de trabajos privados independientes los unos
de los otros pueden revestir en sus relaciones mutuas el carácter de mercancías.El valor
de uso de toda mercancía representa una determinada actividad productiva encaminada a
un fin o, lo que es lo mismo, un determinado trabajo útil. Los valores de uso no pueden
enfrentarse los unos con los otros como mercancías si no encierran trabajos útiles
cualitativamente distintos. En una sociedad cuyos productos revisten en general la forma
de mercancías.
Valor de uso: Es la capacidad de una mercancía para satisfacer necesidades humanas. Esta
utilidad no depende del esfuerzo humano invertido en producirla, sino de las cualidades
materiales del objeto. Los valores de uso son la base de la riqueza material y sirven de soporte
al valor de cambio en una sociedad capitalista.
Valor de cambio: Se refiere a la relación cuantitativa en la que se intercambian valores de uso
de diferentes tipos. Aunque el valor de cambio puede parecer variable y relativo, Marx sostiene
que debe haber una sustancia común detrás de los valores de cambio, que es el trabajo
humano abstracto.
Trabajo y valor: Marx explica que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad
de trabajo socialmente necesario para su producción. Este trabajo se mide por la duración del
tiempo de trabajo, con la unidad de medida en horas, días, etc. La magnitud del valor de una
mercancía es proporcional a la cantidad de trabajo y varía inversamente con la capacidad
productiva del trabajo.
Capacidad productiva del trabajo: Factores como la habilidad del trabajador, el progreso
científico y tecnológico, la organización del proceso productivo y las condiciones naturales
afectan la capacidad productiva del trabajo. A mayor capacidad productiva, menor es el tiempo
de trabajo necesario para producir una mercancía y, por ende, menor su valor.
Distinción entre valor de uso y valor: Un objeto puede ser útil sin ser mercancía (por
ejemplo, el aire) y puede ser producto del trabajo humano sin ser mercancía si no se destina al
intercambio. Para ser mercancía, un objeto debe ser un valor de uso producido para otros, es
decir, debe tener una utilidad social.
Trabajo útil: Se refiere al trabajo que produce valores de uso. Cada valor de uso representa
un tipo de trabajo específico y útil. La división social del trabajo permite la producción de
mercancías diversas, aunque no necesariamente la determina.
Nietzsche, en este fragmento del texto, dice que en las cosas hay un concepto que fue
llamado verdad y que fue introducida por el hombre, estas verdades olvidadas es lo que el
mundo conoce como cierto. Por lo tanto, eso que se consideraba como verdadero deja de
ser válido porque el hombre creó el concepto de la verdad. De esta manera el hombre da
vueltas en el mismo círculo sin darse cuenta y al final nunca avanza por otro camino.
En "Sobre verdad y mentira en el sentido extramoral", Friedrich Nietzsche explora la
naturaleza del conocimiento y la verdad desde una perspectiva crítica y provocativa. Aquí se
resumen y se discuten algunos de los puntos clave del ensayo:
Engaño del conocimiento: Nietzsche critica la vanidad del ser humano al creer que posee un
conocimiento absoluto del mundo. La confianza en el conocimiento y la razón es vista como
una forma de ceguera autoimpuesta, donde la humanidad solo toca la superficie de la realidad
sin profundizar en su verdadera naturaleza.
Conceptos y metáforas: Las verdades son vistas como metáforas desgastadas que han
perdido su fuerza original. Los conceptos son generalizaciones y abstracciones que no reflejan
la realidad directa, y la naturaleza no conoce formas ni conceptos fijos.
Diferencia entre humanos y animales: Lo que distingue a los humanos de los animales es
su capacidad para crear ilusiones y metáforas. La verdad, desde esta perspectiva, es una
invención humana que refleja más la creatividad artística que una correspondencia exacta con
la realidad.
La creación y veneración de dioses: Nietzsche observa que los humanos crean y veneran
dioses como una proyección de su deseo de encontrar orden y significado. La verdad y la
religión son vistas como construcciones humanas que reflejan necesidades y deseos
profundos.
Intuición vs. razón: El ensayo contrasta al hombre racional, que se guía por conceptos y
abstracciones, con el hombre intuitivo, que vive y crea a través de la intuición y las metáforas.
La ciencia y el arte representan dos formas de relacionarse con el mundo: una busca
encontrar y sistematizar, mientras que la otra introduce y transforma.
Ciclo del conocimiento: Nietzsche concluye que la humanidad está atrapada en un ciclo de
creación y descubrimiento de conceptos que ella misma ha introducido en el mundo. Esto
refleja una limitación inherente en la capacidad humana para conocer una verdad absoluta.
La psicología escocesa que sólo predica como ellos un método inductivo para afirmar
mejor, en contra de ellos, la sustancialidad del espíritu. Pero la psicología atomística y
analítica de los sensualistas y de los ideólogos, antes de ser rechazada como psicología
clásica por los teóricos de la psicología de la Gestalt, era ya considerada como tal por un
psicólogo romántico como Maine de Biran. Para él, la psicología se convierte en la técnica
del Diario íntimo y la ciencia del sentido íntimo. La soledad de Descartes era la ascesis de
un matemático.Al alma le es necesario estar encarnada y por lo tanto no hay Psicología sin
Biología. Hemos visto cómo la psicopatología comenzaba positivamente con Galeno; la
vemos culminar con Freud, creador en 1896 del término psicoanálisis. La psicopatología
no se ha desarrollado sin relación con las otras disciplinas psicológicas. Debido a las
investigaciones de de Biran obliga a la Filosofía a preguntarse, desde hace más de un
siglo, cuál de los dos Royer-Collard debe tomar la idea que es necesario hacerse de la
Psicología.La Psicología, sin por otra parte renunciar a decir allí su palabra sobre las
relaciones entre lo físico y lo psíquico.La psicología ya no es la ciencia de intimidad,sino
la ciencia de las profundidades del alma.
La Psicología como patología nerviosa y mental, como física del sentido externo, como
ciencia del sentido interno y del sentido íntimo–, una biología de la conducta
humana.Ahora bien, lo que caracteriza, según nosotros, a esta psicología de los
comportamientos, con relación a otro tipo de estudios psicológicos, es su incapacidad
constitucional para captar y exhibir con claridad su proyecto instaurador.Esta psicología
y estos psicólogos olvidan totalmente situar su comportamiento específico en relación a
las circunstancias históricas y a los medios sociales en los cuales son llevados a
proponer sus métodos o técnicas, y a hacer aceptar sus servicios.El psicólogo sólo
desea ser un instrumento sin tratar de saber de quién o de qué es el instrumento. La
inteligencia no es más la que ordena a los órganos y se sirve de ellos, sino la que sirve a
los órganos. Y no es impunemente que los orígenes históricos de la psicología de la
reacción deben ser buscados en los trabajos suscitados por el descubrimiento de la
ecuación personal propia de los astrónomos que utilizan el telescopio (Maskelyne,1796).
El hombre ha sido estudiado en principio como instrumento del instrumento científico
antes de serlo como instrumento de todo instrumento.Las investigaciones sobre las leyes
de la adaptación y del aprendizaje, sobre la relación del aprendizaje y de las aptitudes,
sobre la detección y la medida de las aptitudes, sobre las condiciones del rendimiento y
de la productividad (ya se trate de individuos o grupos) – investigaciones inseparables de
sus aplicaciones a la selección o a la orientación–,admiten todas un postulado implícito
común: la naturaleza del hombre es la de ser un instrumento, su vocación es la de ser
ubicado en su lugar, en su tarea.Nietzsche tiene razón al decir que los psicólogos desean
ser los “instrumentos ingenuos y precisos” de este estudio del hombre.En los otros tipos
de psicología, el alma o el sujeto, forma natural o conciencia de interioridad, es el
principio que se da para justificar con validez una cierta idea del hombre en relación con
la verdad de las cosas. Pero para una psicología a la que la palabra alma hace huir y la
palabra conciencia reír, la verdad del hombre está dada por el hecho de que ya no hay
idea del hombre, en tanto que valor diferente del de un instrumento.Tipo de psicología no
ignora la distinción entre la teoría y la aplicación y por otra parte, que la utilización no es
la acción del psicólogo sino la de aquél o de aquellos que le piden inform es o
diagnósticos. Responderemos que, a menos que se confunda al teórico con la psicología
con el profesor de psicología, se debe reconocer que el psicólogo contemporáneo es,
con frecuencia, un practicante profesional, cuya “ciencia” está totalmente inspirada en la
búsqueda de “leyes” de adaptación a un medio socio-técnico (y no a un medio natural), lo
que siempre confiere a sus operaciones de “medición” un significado de evaluación y un
alcance de peritaje. El problema es que una ciencia, o una técnica científica, no
contienen en sí mismas ninguna idea que les confiera su sentido. En su Introducción a la
Psicología, Paul Guillaume formuló la psicología del hombre sometido a una prueba de
test. Este último se defiende contra dicha investigación, teme que se ejerza sobre él una
acción. Guillaume ve en este estado de espíritu un reconocimiento implícito de la eficacia
del test. Pero se podría ver allí también un embrión de la psicología del tesista. La
defensa del estado es la repugnancia a verse tratado como un insecto por un hombre a
quien él no reconoce ninguna autoridad para decirle lo que él es y lo que él debe
hacer.La psicología de la reacción y del comportamiento, en los siglos XIX y XX, creyó
independizarse al separarse de toda filosofía, es decir, de la especulación que busca una
idea del hombre mirando más allá de los datos biológicos y sociológicos. Pero esta
psicología no puede evitar la recurrencia de sus resultados sobre el comportamiento de
aquellos que los obtienen.En la inmanencia de la psicología científica la pregunta
permanece: ¿quién tiene, no la competencia, sino la misión de ser psicólogo? La
psicología se basa siempre en un desdoblamiento, que ya no es el de la conciencia, sino
que es, según los hechos y las normas que implican la idea del hombre, el de una masa
de “sujetos” y el de una “élite” corporativa de especialistas que se invisten, ellos mismos,
de su propia misión.La aptitud humana permanece en relación con una teoría de la
sabiduría. La psicología instrumentalista se presenta como una teoría general de la
aptitud, fuera de toda referencia a la sabiduría. Si no podemos definir esta psicología por
una idea del Hombre, es decir, situar la psicología en una filosofía, no tenemos, por
supuesto, el poder de prohibir, a cualquiera que sea, llamarse psicólogo y llamar
psicología a lo que él hace. Pero tampoco nadie puede prohibir a la filosofía continuar
interrogándose sobre el estatuto mal definido de la psicología, mal definida tanto del lado
de las ciencias, como del lado de las técnicas. La filosofía se conduce, al hacer esto, con
su ingenuidad constitutiva, tan poco semejante a la simpleza que no excluye un cinismo
circunstancial, y que la conduce a volverse, una vez más, del lado de lo popular, del lado
originario de los no especialistas.Al psicólogo bajo la forma de un consejo orientador
–una vez no crea hábito– y decirle: cuando se sale de la Sorbona por la calle
Saint-Jacques se puede ascender o descender; si se asciende, uno se aproxima al
Panteón que es el Conservatorio de algunos grandes hombres, pero si se desciende, uno
se dirige seguramente al Departamento de Policía.
Foucault-conferencias.
Primera:La de hoy es una reflexión metodológica para introducir este problema que, bajo
el título de La Verdad y las Formas Jurídicas puede parecer un tanto enigmático. ➤En
primer lugar, se trata de una investigación estrictamente histórica, o sea: ¿cómo se
formaron dominios de saber a partir de las prácticas sociales? La cuestión es que existe
una tendencia que se podría denominar, de una manera un tanto marxista académica, o
del marxismo académico, que consiste en buscar cómo las condiciones económicas
encuentran en la conciencia de los hombres su reflejo o expresión . Foucault alude a que
el marxismo universitario de Europa en general presenta un defecto muy grave, y es que
suponen, en el fondo, que el sujeto de conocimiento y las formas de conocimiento se dan
en cierto punto previa y definitivamente, y que las condiciones económicas, sociales, y
políticas se depositan o imprimen en este sujeto que se da de forma definitiva.El autor
pretende demostrar la manera en que las prácticas sociales pueden llegar a engendrar
dominios de saber que no sólo hacen que aparezcan nuevos objetos, conceptos y
técnicas, sino que además hacen nacer formas totalmente nuevas de sujetos y sujetos de
conocimiento. El sujeto de conocimiento tiene una historia, la relación del sujeto con el
objeto, o mejor dicho, la verdad misma tiene una historia.Foucault pretende mostrar en
particular cómo puede formarse en el S.XIX un cierto saber del hombre, de la
individualidad, del individuo normal o del anormal, dentro o fuera de la regl; saber éste
que, en verdad, nació de las prácticas sociales de control y vigilancia. Y cómo tal saber
hizo nacer un tipo absolutamente nuevo de sujeto de conocimiento.La historia de los
dominios de saber en relación con las prácticas sociales excluida la preeminencia de un
sujeto de conocimiento dado definitivamente, es uno de los temas de investigación que
Foucault propone.
En las conferencias de Michel Foucault sobre "La Verdad y las Formas Jurídicas," se
aborda principalmente la relación entre las prácticas sociales y la formación de
dominios de saber. A continuación, se desglosan los puntos más relevantes de sus
conferencias:
Poder y Saber en Edipo:Edipo es representado como un tirano que tiene tanto poder como
conocimiento, pero su saber es solitario y autocrático.La tragedia muestra la unión peligrosa
entre poder y saber, que será criticada por la filosofía platónica.
Conclusión:La obra de Edipo refleja la transición de una visión mágico-religiosa del saber a
una más racional y filosófica.Foucault sugiere que el saber no debe estar unido al poder
político, sino que debe ser manejado por aquellos que renuncian al poder en favor del
conocimiento verdadero.Estas conferencias de Foucault subrayan la importancia de las
prácticas sociales en la formación del conocimiento y el papel crucial de las técnicas jurídicas
en la constitución de la verdad y el sujeto de conocimiento.
¿De qué se trata en esta serie de estudios? De trascribir como historia la fábula de
las Joyas indiscretas.Entre sus emblemas, nuestra sociedad lleva el del sexo que
habla. Del sexo sorprendido e interrogado que, a la vez constreñido y locuaz, responde
inagotablemente. Cierto mecanismo, lo bastante maravilloso como para tornarse él
mismo invisible, lo capturó un día. Y en un juego donde el placer se mezcla con lo
involuntario y el consentimiento con la inquisición, le hace decir la verdad de sí y de los
demás. Desde hace muchos años, vivimos en el reino del príncipe Mangogul: presas
de una inmensa curiosidad por el sexo, obstinados en interrogarlo, insaciables para
escucharlo y oír hablar de él, listos para inventar todos los anillos mágicos que
pudieran forzar su discreción. Como si fuese esencial que de ese pequeño fragmento
de nosotros mismos pudiéramos extraer no sólo placer sino saber y todo un sutil juego
que salta del uno al otro: saber sobre el placer, placer en saber sobre el placer,
placer-saber; y como si ese peregrino animal que alojamos tuviese por su parte orejas
lo bastante curiosas, ojos lo bastante atentos y una lengua y un espíritu lo bastante
bien construidos como para saber muchísimo sobre ello y ser completamente capaz de
decirlo, con sólo que uno se lo solicite con un poco de maña. Entre cada uno de
nosotros y nuestro sexo, el Occidente tendió una incesante exigencia de verdad: a
nosotros nos toca arrancarle la suya, puesto que la ignora; a él, decirnos la nuestra,
puesto que la posee en la sombra. ¿Oculto, el sexo? ¿Escondido por nuevos pudores,
metido en la chimenea por las tristes exigencias de la sociedad burguesa? Al contrario:
incandescente. Hace ya varios cientos de años, fue colocado en el centro de una
formidable petición de saber. Petición doble, pues estamos constreñidos a saber qué
pasa con él,mientras se sospecha que él sabe qué es lo que pasa con nosotros.
Determinada pendiente nos ha conducido, en unos siglos, a formular al sexo la
pregunta acerca de lo que somos. Y no tanto al sexo-naturaleza (elemento del sistema
de lo viviente, objeto para una biología), sino al sexo-historia, o sexo-significación; al
sexodiscurso. Nos colocamos nosotros mismos bajo el signo del sexo, pero más bien
de una .Lógica del sexo que de una Física. No hay que engañarse: bajo la gran serie
de las oposiciones binarias (cuerpo-alma, carne-espíritu,
instinto-razón,pulsiones-consciencia) que parecían reducir y remitir el sexo a una pura
mecánica sin razón, Occidente ha logrado no sólo no tanto anexar el sexo a un campo
de racionalidad (lo que no sería nada notable, habituados como estamos, desde los
griegos, a tales "conquistas"), sino hacernos pasar casi por entero nosotros, nuestro
cuerpo, nuestra alma, nuestra individualidad, nuestra historia bajo el signo de una
lógica de la concupiscencia y el deseo. Tal lógica nos sirve de clave universal cuando
se trata de saber quiénes somos. Desde hace varias décadas, los especialistas en
genética no conciben más la vida como una organización dotada, además, de la
extraña capacidad de reproducirse; en el mecanismo de reproducción ven
precisamente lo que introduce en la dimensión de lo biológico: no sólo matriz de los
seres vivientes, sino de la vida. Ahora bien, ya van varios siglos que, de una manera
indudablemente muy poco "científica", los innumerables teóricos y prácticos de la
carne hicieron del hombre el hijo de un sexo imperioso e inteligible. El sexo, razón de
todo. No cabe plantear la pregunta: ¿por qué, pues, el sexo es tan secreto? ¿Qué
fuerza es esa que tanto tiempo lo redujo al silencio y que apenas acaba de aflojarse,
permitiéndonos quizá interrogarlo, pero siempre a partir y a través de su represión? En
realidad, esa pregunta tan a menudo repetida en nuestra época no es sino la forma
reciente de una afirmación considerable y de una prescripción secular: allá lejos está la
verdad; id a sorprenderla. Acheronta movebo: antigua decisión. Vosotros que sois
sabios, llenos de alta y profunda ciencia, vosotros que concebía y sabéis cómo, dónde
y cuándo todo se une ..Vosotros, grandes sabios, decidme lo que pasa, descubrir qué
sucedió conmigo, descubrir dónde, cómo y cuándo, por qué tal cosa me ha
ocurrido.Conviene, pues, preguntar antes que nada: ¿cuál es esa conminación? ¿Por
qué esa gran caza de la verdad del sexo, de la verdad en el sexo? En el relato de
Diderot,* el buen genio Cucufa descubre en el fondo de su bolsillo, entre algunas
miserias granos benditos, pequeñas pagodas de plomo y peladillas enmohecidas, el
minúsculo anillo de plata cuyo engaste, invertido, hace hablar a los sexos que uno
encuentra. Se lo da al sultán curioso. A nosotros nos toca saber qué anillo maravilloso
confiere entre nosotros un poder semejante, en el dedo de cuál amo ha sido puesto;
qué juego de poder permite o supone, y cómo cada uno de nosotros pudo llegar a ser
respecto de su propio sexo y el de los otros una especie de sultán atento e imprudente.
A ese anillo mágico, a esa joya tan indiscreta cuando se trata de hacer hablar a los
demás pero tan poco elocuente acerca de su propio mecanismo, conviene volverlo
locuaz a su vez. Hay que hacer la historia de esa voluntad de verdad, de esa petición
de saber que desde hace ya tantos siglos hace espejear el sexo: la historia de una
terquedad y un encarnizamiento. Más allá de sus placeres posibles, ¿qué le pedimos al
sexo, para obstinarnos así? ¿Qué es esa 1 G.-A. Bürger, citado por Schopenhauer,
Metafísica del amor. * Les bijoux indiscrets: "Las joyas indiscretas." [T.] paciencia o
avidez de constituirse en el secreto, la causa omnipotente, el sentido oculto, el miedo
sin respiro? ¿Y por qué la tarea de descubrir la difícil verdad se mudó finalmente en
una invitación a levantar las prohibiciones y desatar las ligaduras? ¿Era pues tan arduo
el trabajo, que había que hechizarlo con esa promesa? O ese saber había llegado a
tener tal precio —político, económico, ético— que fue necesario, para sujetar a todos a
él, asegurarle no sin paradoja que allí se encontraría la liberación? para situar las
investigaciones futuras, he aquí algunas proposiciones generales concernientes a lo
que se apuesta, al método, al dominio por explorar y a las periodizaciones que es
posible admitir provisionalmente.
MÉTODO .Luego: analizar la formación de cierto tipo de saber sobre el sexo en
términos de poder, no de represión o ley. Pero la palabra "poder" amenaza introducir
varios malentendidos. Malentendidos acerca de su identidad, su forma, su unidad. Por
poder no quiero decir "el Poder", como conjunto de instituciones y aparatos que
garantizan la sujeción de los ciudadanos en un Estado determinado. Tampoco indicó un
modo de sujeción que, por oposición a la violencia, tendría la forma de la regla.
Finalmente, no entiendo por poder un sistema general de dominación ejercida por un
elemento o un grupo sobre otro, y cuyos efectos, merced a sucesivas derivaciones,
atravesarán el cuerpo social entero. El análisis en términos de poder no debe postular,
como datos iniciales, la soberanía del Estado, la forma de la ley o la unidad global de
una dominación; éstas son más bien formas terminales. Me parece que por poder hay
que comprender, primero, la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y
propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el
juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las
refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas
en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las
contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan
efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos
estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales. La condición de
posibilidad del poder, en todo caso el punto de vista que permite volver inteligible su
ejercicio (hasta en sus efectos más "periféricos" y que también permite utilizar sus
mecanismos como cifra de inteligibilidad del campo social), no debe ser
buscado en la existencia primera de un punto central, en un foco único de soberanía
del cual irradiaban formas derivadas y descendientes; son los pedestales móviles de
las relaciones de fuerzas los que sin cesar inducen, por su desigualdad, estados de
poder pero siempre locales e inestables. Omnipresencia del poder: no porque tenga el
privilegio de reagrupar todo bajo su invencible unidad, sino porque se está produciendo
a cada instante, en todos los puntos, o más bien en toda relación de un punto con otro.
El poder está en todas partes; no es que lo englobe todo, sino que viene de todas
partes. Y "el" poder, en lo que tiene de permanente, de repetitivo, de inerte, de
autorreproductor, no es más que el efecto de conjunto que se dibuja a partir de todas
esas movilidades, el encadenamiento que se apoya en cada una de ellas y trata de
fijarlas. Hay que ser nominalista, sin duda: el poder no es una institución, y no es una
estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados: es el nombre que
se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada. ¿Cabe entonces
invertir la fórmula y decir que la política es la continuación de la guerra por otros
medios? Quizá, si aún se quiere mantener una distancia entre guerra y política, se
debería adelantar más bien que esa multiplicidad de las relaciones de fuerza puede ser
cifrada —en parte y nunca totalmente— ya sea en forma de "guerra", ya en forma de
"política"; constituyen dos estrategias diferentes (pero prontas a caer la una en la otra)
para integrar las relaciones de fuerza desequilibradas, heterogéneas, inestables,
tensas. Siguiendo esa línea, se podrían adelantar cierto número de proposiciones: □
que el poder no es algo que se adquiera, arranque o comparta, algo que se conserve o
se deje escapar; el poder se ejerce a partir de innumerables puntos, y en el juego de
relaciones móviles y no igualitarias; □ que las relaciones de poder no están en posición
de exterioridad respecto de otros tipos de relaciones (procesos económicos, relaciones
de conocimiento, relaciones sexuales), sino que son inmanentes; constituyen los
efectos inmediatos de las particiones, desigualdades y desequilibrios que se producen,
y, recíprocamente, son las condiciones internas de tales diferenciaciones; las relaciones
de poder no se hallan en posición de superestructura, con un simple papel de
prohibición o reconducción; desempeñan, allí en donde actúan, un papel directamente
productor; □ que el poder viene de abajo; es decir, que no hay, en el principio de las
relaciones de poder, y como matriz general, una oposición binaria y global entre
dominadores y dominados, reflejándose esa dualidad de arriba abajo y en grupos cada
vez más restringidos, hasta las profundidades del cuerpo social. Más bien hay que
suponer que las relaciones de fuerza múltiples que se forman y actúan en los aparatos
de producción, las familias, los grupos restringidos y las instituciones, sirven de soporte
a amplios efectos de escisión que recorren el conjunto del cuerpo social. Éstos forman
entonces una línea de fuerza general que atraviesa los enfrentamientos locales y los
vincula; de rechazo, por supuesto, estos últimos proceden sobre aquellos
redistribuciones, alineamientos, homogeneizaciones, arreglos de serie,
establecimientos de convergencia. Las grandes dominaciones son los efectos
hegemónicos sostenidos continuamente por la intensidad de todos esos
enfrentamientos; □ que las relaciones de poder son a la vez intencionales y no
subjetivas. Si, de hecho, son inteligibles, no se debe a que sean el efecto, en términos
de causalidad, de una instancia distinta que las "explicaría", sino a que están
atravesadas de parte a parte por un cálculo: no hay poder que se ejerza sin una serie
de miras y objetivos. Pero ello no significa que resulte de la opción o decisión de un
sujeto individual; no busquemos el estado mayor que gobierna su racionalidad; ni la
casta que gobierna, ni los grupos que controlan los aparatos del Estado, ni los que
toman las decisiones económicas más importantes administran el conjunto de la red de
poder que funciona en una sociedad (y que la hace funcionar); la racionalidad del poder
es la de las tácticas a menudo muy explícitas en el nivel en que se inscriben cinismo
local del poder, que encadenando unas con otras, felicitándose mutuamente y
propagándose, encontrando en otras partes sus apoyos y su condición, dibujan
finalmente dispositivos de conjunto: ahí, la lógica es aún perfectamente clara, las miras
descifrables, y, sin embargo, sucede que no hay nadie para conocerlas y muy pocos
para formularlas: carácter implícito de las grandes estrategias anónimas, casi mudas,
que coordinan tácticas locuaces cuyos "inventores" o responsables frecuentemente
carecen de hipocresía; □ que donde hay poder hay resistencia, y no obstante (o mejor:
por lo mismo), ésta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder. ¿Hay
que decir que se está necesariamente "en el poder", que no es posible "escapar" de él,
que no hay, en relación con él, exterior absoluto, puesto que se estaría infaliblemente
sometido a la ley? ¿O que, siendo la historia la astucia de la razón, el poder sería la
astucia de la historia —el que siempre gana? Eso sería desconocer el carácter
estrictamente relacional de las relaciones de poder. No pueden existir más que en
función de una multiplicidad de puntos de resistencia: éstos desempeñan, en las
relaciones de poder, el papel de adversario, de blanco, de apoyo, de saliente para una
aprehensión. Los puntos de resistencia están presentes en todas partes dentro de la
red de poder. Respecto del poder no existe, pues, un lugar del gran rechazo — alma de
la revuelta, foco de todas las rebeliones, ley pura del revolucionario. Pero hay varias
resistencias que constituyen excepciones, casos especiales: posibles
,necesarias,improbables, espontáneas, salvajes, solitarias, concertadas, rastreras,
violentas, irreconciliables, rápidas para la transacción, interesadas o sacrificiales; por
definición, no pueden existir sino en el campo estratégico de las relaciones de poder.
Pero ello no significa que sólo sean su contrapartida, la marca en hueco de un vaciado
del poder, formando respecto de la esencial dominación un revés finalmente siempre
pasivo, destinado a la indefinida derrota. Las resistencias no dependen de algunos
principios heterogéneos; mas no por eso son engaño o promesa necesariamente
frustrada. Constituyen el otro término en las relaciones de poder; en ellas se inscriben
como el irreducible elemento confrontador. Las resistencias también, pues, están
distribuidas de manera irregular: los puntos, los nudos, los focos de resistencia se
hallan diseminados con más o menos densidad en el tiempo y en el espacio, llevando a
lo alto a veces grupos o individuos de manera definitiva, encendiendo algunos puntos
del cuerpo, ciertos momentos de la vida, determinados tipos de comportamiento.
¿Grandes rupturas radicales, particiones binarias y masivas? A veces. Pero más
frecuentemente nos enfrentamos a puntos de resistencia móviles y transitorios, que
introducen en una sociedad líneas divisorias que se desplazan rompiendo unidades y
suscitando reagrupamientos, abriendo surcos en el interior de los propios individuos,
cortándolos en trozos y remodelando, trazando en ellos, en su cuerpo y su alma,
regiones irreducibles. Así como la red de las relaciones de poder concluye por construir
un espeso tejido que atraviesa los aparatos y las instituciones sin localizarse
exactamente en ellos, así también la formación del enjambre de los puntos de
resistencia surca las estratificaciones sociales y las unidades individuales. Y es sin
duda la codificación estratégica de esos puntos de resistencia lo que torna posible una
revolución, un poco como el Estado reposa en la integración institucional de las
relaciones de poder.Dentro de ese campo de las relaciones de fuerza hay que analizar
los mecanismos del poder. Así se escapará del sistema Soberano-Ley que tanto tiempo
fascinó al pensamiento político. Y, si es verdad que Maquiavelo fue uno de los pocos
—y sin duda residía en eso el escándalo de su "cinismo"— en pensar el poder del
príncipe en términos de relaciones de fuerza, quizá haya que dar un paso más, dejar de
lado el personaje del Príncipe y descifrar los mecanismos del poder a partir de una
estrategia inmanente en las relaciones de fuerza. Para volver al sexo y a los discursos
verdaderos que lo tomaron a su cargo, el problema a resolver no debe pues consistir en
lo siguiente: habida cuenta de determinada estructura estatal, ¿cómo y por qué "el"
poder necesita instituir un saber sobre el sexo? No será tampoco: ¿a qué dominación
de conjunto sirvió el cuidado puesto (desde el siglo XVIII) en producir sobre el sexo
discursos verdaderos? Ni tampoco: ¿qué ley presidió, al mismo tiempo, a la regularidad
del comportamiento sexual y a la conformidad de lo que se decía sobre el mismo? Sino,
en cambio: en tal tipo de discurso sobre el sexo, en tal forma de extorsión de la verdad
que aparece históricamente y en lugares determinados (en torno al cuerpo del niño, a
propósito del sexo femenino, en la oportunidad de prácticas de restricciones de
nacimientos, etc.), ¿cuáles son las relaciones de poder, las más inmediatas, las más
locales, que están actuando? ¿Cómo tornan posibles esas especies de discursos, e,
inversamente, cómo esos discursos les sirven de soporte? ¿Cómo se ve modificado el
juego de esas relaciones de poder en virtud de su ejercicio mismo —refuerzo de ciertos
términos, debilitamiento de otros, efectos de resistencia, contra cargas
(contre-investissements), de tal suerte que no ha habido, dado de una vez por todas, un
tipo estable de sujeción? ¿Cómo se entrelazan unas con otras las relaciones de poder,
según la lógica de una estrategia global que retrospectivamente adquiere el aspecto de
una política unitaria y voluntarista del sexo? Grosso modo: en lugar de referir a la forma
única del gran. Poder todas las violencias infinitesimales que se ejercen sobre el sexo,
todas las miradas turbias que se le dirigen y todos los sellos con que se oblitera su
conocimiento posible, se trata de inmergir la abundosa producción de discursos sobre el
sexo en el campo de las relaciones de poder múltiples y móviles. Lo que conduce a
plantear previamente cuatro reglas. Pero no constituyen imperativos metodológicos;
cuanto más, prescripciones de prudencia.
4 Regla de la polivalencia táctica de los discursos .Lo que se dice sobre el sexo no
debe ser analizado como simple superficie de proyección de los mecanismos de poder.
Poder y saber se articulan por cierto en el discurso. Y por esa misma razón, es preciso
concebir el discurso como una serie de segmentos discontinuos cuya función táctica no es
uniforme ni estable. Más precisamente, no hay que imaginar un universo del discurso
dividido entre el discurso aceptado y el discurso excluido o entre el discurso dominante y el
dominado, sino como una multiplicidad de elementos discursivos que pueden actuar en
estrategias diferentes. Tal distribución es lo que hay que restituir, con lo que acarrea de
cosas dichas y cosas ocultas, de enunciaciones requeridas y prohibidas; con lo que supone
de variantes y efectos diferentes según quién hable, su posición de poder, el contexto
institucional en que se halle colocado; con lo que trae, también, de desplazamientos y
reutilizaciones de fórmulas idénticas para objetivos opuestos. Los discursos, al igual que
los silencios, no están de una vez por todas sometidos al poder o levantados contra él. Hay
que admitir un juego complejo e inestable donde el discurso puede, a la vez, ser
instrumento y efecto de poder, pero también obstáculo, tope, punto de resistencia y de
partida para una estrategia opuesta. El discurso transporta y produce poder; lo refuerza
pero también lo mina, lo expone, lo torna frágil y permite detenerlo. Del mismo modo, el
silencio y el secreto abrigan el poder, anclan sus prohibiciones; pero también aflojan sus
apresamientos y negocian tolerancias más o menos oscuras. Piénsese por ejemplo en la
historia de lo que fue, por excelencia, "el" gran pecado contra natura. La extrema discreción
de los textos sobre la sodomía —esa categoría tan confusa—, la reticencia casi general al
hablar de ella permitió durante mucho tiempo un doble funcionamiento: por una parte, una
extrema severidad (condena a la hoguera aplicada aún en el siglo XVIII sin que ninguna
protesta importante fuera expresada antes de la mitad del siglo), y, por otra, una tolerancia
seguramente muy amplia (que se deduce indirectamente de la rareza de las condenas
judiciales, y que se advierte más directamente a través de ciertos testimonios sobre las
sociedades masculinas que podían existir en los ejércitos o las cortes). Ahora bien, en el
siglo XIX, la aparición en la psiquiatría, la jurisprudencia y también la literatura de toda una
serie de discursos sobre las especies y subespecies de homosexualidad, inversión,
pederastia y "hermafroditismo psíquico", con seguridad permitió un empuje muy
pronunciado de los controles sociales en esta región de la "perversidad", pero permitió
también la constitución de un discurso "de rechazo": la homosexualidad se puso a hablar
de sí misma, a reivindicar su legitimidad o su "naturalidad" incorporando frecuentemente al
vocabulario las categorías con que era médicamente descalificada. No existe el discurso
del poder por un lado y, enfrente, otro que se le oponga. Los discursos son elementos o
bloques tácticos en el campo de las relaciones de fuerza; puede haberlos diferentes e
incluso contradictorios en el interior de la misma estrategia; pueden por el contrario circular
sin cambiar de forma entre estrategias opuestas. A los discursos sobre el sexo no hay que
preguntarles ante todo de cuál teoría implícita derivan o qué divisiones morales acompañan
o qué ideología — dominante o dominada— representan, sino que hay que interrogarlos en
dos niveles: su productividad táctica (qué efectos recíprocos de poder y saber aseguran) y
su integración estratégica (cuál coyuntura y cuál relación de fuerzas vuelve necesaria su
utilización en tal o cual episodio de los diversos enfrentamientos que se producen). Se
trata, en suma, de orientarse hacia una concepción del poder que reemplaza el privilegio
de la ley por el punto de vista del objetivo, el privilegio de lo prohibido por el punto de vista
de la eficacia táctica, el privilegio de la soberanía por el análisis de un campo múltiple y
móvil de relaciones de fuerza donde se producen efectos globales, pero nunca totalmente
estables, de dominación. El modelo estratégico y no el modelo del derecho. Y ello no por
opción especulativa o preferencia teórica, sino porque uno de los rasgos fundamentales de
las sociedades occidentales consiste, en efecto, en que las relaciones de fuerza —que
durante mucho tiempo habían encontrado en la guerra, en todas las formas de guerra, su
expresión principal— se habilitaron poco a poco en el orden del poder político.
Regla de las variaciones continuas: No buscar una distribución fija de poder o saber, sino
entender las relaciones de poder-saber como matrices de transformaciones y variaciones
continuas.
Regla del doble condicionamiento: Los focos locales de poder-saber y las estrategias
globales se condicionan mutuamente. No hay una simple relación de proyección entre lo micro
y lo macro, sino una interacción constante.
Regla de la polivalencia táctica de los discursos: Los discursos sobre el sexo no deben ser
vistos como uniformemente sometidos al poder o levantados contra él, sino como elementos
que pueden ser reutilizados y recontextualizados para diferentes fines y en diferentes
contextos.En resumen, Foucault nos invita a entender el poder y el saber sobre la sexualidad
como una red compleja de relaciones estratégicas, en la cual el conocimiento y el poder se
constituyen mutuamente y están en constante transformació.