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Conflictos y secretos en la alcoba de Aimée

Aimée está desesperada por encontrar a Juan antes de que anochezca, mientras Ana, su sirvienta, intenta cumplir sus órdenes a pesar de las dificultades. Aimée revela su conflicto interno sobre su amor y celos hacia Juan, mientras se prepara para enviarle un mensaje de urgencia a través de Ana. La tensión aumenta a medida que se descubre la relación complicada entre Juan y la familia de Renato, quien también busca respuestas sobre su padre y su conexión con Juan.

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Conflictos y secretos en la alcoba de Aimée

Aimée está desesperada por encontrar a Juan antes de que anochezca, mientras Ana, su sirvienta, intenta cumplir sus órdenes a pesar de las dificultades. Aimée revela su conflicto interno sobre su amor y celos hacia Juan, mientras se prepara para enviarle un mensaje de urgencia a través de Ana. La tensión aumenta a medida que se descubre la relación complicada entre Juan y la familia de Renato, quien también busca respuestas sobre su padre y su conexión con Juan.

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MONICA

1
—¡ANA... ANA! —llama Aimée con impaciencia—: ¡Ana...
¡
—Aquí estoy, señora Aimée, ya llego... corriendo llego...
—¿Corriendo? Hace tres horas que te envié. Si te parece,
podías haber tardado más.
—¡Ay!, señora Aimée, *i es que el señor Renato me
mandó a una cosa y tuve que hacerla.
—¿Renato? ¿A qué te mandó Renato?
—A que acompañara a la señorita Mónica a su cuarto y a
que le dijera a la señora Catalina que la señorita no se
encontraba bien. El señor me mandó que hiciera eso y tuve
que hacerlo.
—Naturalmente... olvi*ando por completo mis encargos,
sabiendo que estoy aquí muriendo de impaciencia,
esperando que llegues... Habla pronto. ¿Pudiste ver a
Juan... hablar con él?
—No, señora, el señor Juan dejó al notario con la palabra
en la boca, cogió un caballo y se fue...
—¿A dónde?-¿Qué rumbo tomó? ¿No te fijaste?
—No, señora, con la boca abierta me quedé *irando al
caballo correr. Y cuando venía para acá a contárselo a
usted, ¡zas!, el niño Renato que me llama y yo que tengo
que acompañar a la señorita Mónica, que tampoco me dejó
que entrara a su cuart* ni que le dijera nada a doña
Catalina. Entró ella primero, me cerró la puerta en las
narices y me dejó fuera. Para mí que no estaba enferma,
sino como asustada. Seguro que la asustó el señor Juan,
que estuvo peleando con ella.
—¿Pel*ando con ella? ¿Cuándo?
—Cuando la encontró sonsacando al negrito ese que
siempre va con él, al Colibrí... ¡Muchacho más revoltoso y
más travieso, y más atrevido también! Se robó una
empanada dé la cocina, ¿y sabe lo que le contestó a la
cocinera?
—¿*ué puede importarme? Contéstame a lo que necesito
saber. Antes de irse Juan, ¿con quién habló?. ¿Qué dijo? ¿Se
fue inmediatamente después de discutir con Mónica?
—No, señora, luego estuvo también con el notario pelea
que te pelea. De ahí se fue como un tiro - a buscar un
caballo que *a había mandado ensillar. Se montó de un
brinco, y después no se veía más qué la polvareda...
—Óyeme, Ana —se impacienta Aimée—, es preciso, indis‐
pensable, que yo vea a Juan antes de que anochezca, que
yo le hable. Tienes que encontrarlo, que darle ese recado
de mi parte, pero sin que te sienta la tierra, sin que nadi*
sospeche que fui yo quien te mandé, ¿entiendes?
—Entiendo, señora. Pero, ¿cómo voy a hacer eso? Yo no
sé ni a dónde fue...
—Pregúntale a, quien sea, a quien pueda darte razón.
Espera, ¿el muchacho fue con él?
—No, él se fue solo y hecho una furia.
—Pues busca al muchacho y tráemelo sin que nadie te
vea, sin que nadie se entere de que soy yo quien va * hablar
con él. Sírveme bien. Ana, sírveme bien y tendrás la sortija
más linda del mundo... y además dinero, todo el dinero que.
quieras... ¡Anda... ve, corre!
Con gesto de determinación desesperada ha empujado
Aimé* a la oscura doncella nativa, obligándola a acelerar el
siempre pausado ritmo de sus movimientos. Luego va de un
lado a otro por la lujosa alcoba sin saber cómo calmarse,
cómo aplacar sus nervios, sometidos desde hace varias
horas a -la penosa tensió* de la espera. Nunca pudo pensar
que Juan del Diablo tomara tan rápidamente una
determinación semejante. Seguirle, huir con él, dejarlo
todo, cambiar su posición y su riqueza por la suerte de
aquel aventurero, por muy atractivo que fuese para ella,
por muy grande que fuese la sug*stión que sobre sus
sentidos ejerce, es más de lo que humanamente está
dispuesta a dar. No, no irá con él de aquella manera. Pero,
¿cómo aplacarlo? ¿Cómo evitar la feroz venganza de sus
celos? Pensando en él se estremece de temor y deseo a la
vez. Lo anhela y lo repudia, lo ama y lo aborrece, se
dese*pera al no poder dominarlo a su antojo y le ama más
al verlo como es: duro y rebelde, feroz en-su dominio,
implacable en aquella amargura que ahora destilan sus
caricias y sus besos.. .
Ha caído de rodillas al pie de la ventana, apretadas una
contra otra las manos engarfiadas, dilatadas las pupilas que
espían inútil y ansiosam*nte. Una fiera determinación se
levanta también en su alma y prorrumpe en voz alta:
—¡No será como a él se le antoja! ¡Será como yo quiera!
1 Tendrá que ser como yo quiera!
—¡Ana... Ana.. .! —se exaspera Aimée—. ¿Acabarás de
mover esos malditos pies? ¿Acabarás de llegar?
—Ya llego, señora Aimée. Pero es que hace un calor...
—jEl demonio cargue contigo! ¿Dó*de está el niño?
—Pues no lo encontré, pero me dijeron dónde estaba el
señor Juan. Fue al ingenio... Yanina le estaba diciendo a
Bautista que el señor Juan.., Juan del Diablo como dice ella,
había mandado ensillar el caballo blanco del *mo y había
tumbado en él para el ingenio, y que había que ver cómo
mandaba y cómo disponía, como si el amo fuera él. Si usted
quiere, yo puedo irme para allá. Ahora mismo están
cargando en el patio os carretones grandes con todo lo que
van a mandar para el ingenio. .Yo puedo i* en uno de ellos y
le digo al señor Juan lo que usted me mande que le diga, mi
ama. Que venga, ¿no?
—Sí. Que necesito hablarle, verlo... Pero espera,
espera... No me fío mucho de que llegues a tiempo. —Con
angustia creciente ha ido hacia la ventana. Ya el sol está
muy bajo, apenas dora con sus últimos *ayos la cumbre
altanera del Mont-Pelée, y murmura como para sí—: El me
espera esta noche a las doce...
—De aquí a las doce hay mucho tiempo...
—¿Nadie ha preguntado por mi en la casa?
—Nadie ha salido de su cuarto desde esta mañana. Ni la
señora Sofía, ni la señorita Mónica, ni la señora Catalina...
Y el señor Renato está con el *otario en el despacho que
fue del amo don Francisco, y lo único que pidieron que les
entraran fue coñac y café. Yanina misma entró a llevárselo.
Dijo que no podía entrar otro a molestarlos, porque estaban
arreglando las cuentas...
—Menos mal. Bueno, vas a buscar, dónde esté, al señor
Juan. Vas a decirle que estoy enferma, muy enferma; que
por piedad aguarde a la mañana para hablarm* y para
verme. Dile que se lo ruego llorando... Dile...
—¿Por qué no me escribe todo eso en un papel, mi ama?
—¿En un papel? Sí, tienes razón... Pero...
—En un papel sin firmarlo. Yo ya le digo que es de usted.
En su propia *ano lo pongo. Sólo a él se lo entrego. Se lo
juro, mi ama, sólo a él... No tenga miedo...
—Voy a confiar en ti, Ana, voy a escribir ese papel, pero
me respondes con tu vida de que sólo a Juan lo has de
entregar. .. ¡Júramelo, Ana, júramelo!
—¡Por Dios y la Virge* del Cielo! ¡Sólo al señor Juan le
daré el papel, y si no es así, que me caiga muerta!
La oscura doncella ha jurado cruzando los dedos, y un
instante Aimée parece vacilar entre la necesidad
perentoria de confiarse a ella y el pensar el arma terrible
que fabrica contra sí misma en aquellas letras. Con a*sia
febril va hasta el pequeño secreter y nerviosamente
rebusca hasta hallar lo que necesita.
—Ana, vas a tener mucho' cuidado con esto. Si alguien
quiere quitártelo, si te ves en cualquier aprieto...
—¡Me como la carta antes que dársela a otro! Juradíto,
mi ama...
—Está bien, está bien... —acata Aimée poniéndose a
escribir, mas *e pronto duda y rompe el papel—. ¡NO puedo
venderme de esa manera! Espera... ¿No sabes tú escribir.
Ana?
—¿Yo escribir? ¡Qué va! Sé sacar cuentas y pintar muy
bonito. Yanina sí sabe escr*bir y leer. Le pusieron maestro
como a las niñas blancas. De las sirvientas, es la única que
sabe escribir. Pero usted no va a fiarse de ella... Además, si
el señor Juan no ve su letra no va a creer que el papel es de
usted...
—El n*nca vio mi letra. Pero espera... espera... Puedo
escribir un papel que no me comprometa demasiado. Sí,
eso es, él comprenderá. El comprenderá que no puedo
mandar otra cosa contigo... El entenderá...
Ahora sí escribe, rápida y firmemente, una carta
ambigua, c*remoniosa, que es, sin embargo, un ruego
desgarrador. Luego la dobla, guardándola en un sobre con
sus dedos que tiemblan, y murmura:
—Para Juan... Para Juan de Dios... Sí... Es mejor así...
—¿Juan de Dios? —se e*traña la sirvienta.
—Alguien le llama así... El entenderá perfectamente...
Pero tú dile que la carta es mía, que estoy realmente
enferma, que la escribí llorando desesperada... Anda.... Ve,
corre, no vayas a perder la oportunidad de esa carreta...
—¡Qué va, mi ama! El que la lleva es Esteban y ése sí
que es amigo *ío para todo lo que sea...
Aimée ha empujado violentamente a la sirvienta y ha
vuelto a la ventana. El último rayó de sol ha desaparecido y
una sola estrella, enorme, refulgente, brilla en el cielo azul
muy pálido, sobre la cima del Mont-Pelée...

—Bueno, Renato, en definitiva...


La voz se ha apagado en labios del notario, dándose
cuenta de que Renato D'Autremont *o le escucha...
Cruzados los brazos, de pie en medio de la amplia
habitación que fuera el despacho de su padre, los claros
ojos inquisitivos recorren los estantes que llegan al techo,
como si interrogasen a los viejos vo*úmenes pretendiendo
arrancarles el secreto que encierran...
—¿Qué tanto miras ahí, muchacho?
—Era en este panel... Si... Detrás de los libros, no sé si
más arriba o más abajo, pero por aquí se abría un hueco.:.
Era un escondite, una especi* de caja de hierro a la moda
del siglo pasado... Seguramente ahí guardaría papá valores,
papeles, cosas importantes...
—Tu padre tenía cuentas corrientes en todos los bancos
de Saint-Pierre. No creo que guardara nada importante en
los escondrijos del despacho.
—Pues algo g*ardaba. Noel, y más de una vez, siendo yo
niño, vi a mi. padre registrar en él. La última fue la noche
que precedió a la madrugada en la que nos lo trajeron
moribundo después de su accidente... Esta casa es muy
vieja. La mandó hacer uno de mis abuelos... La han
ensanchado y renovado en muchas partes, pero el despa*ho
no lo ha tocado nadie desde entonces...
—El despacho tiene, electivamente, una puerta secreta
en aquella esquina, y tú la conociste de niño. Al menos, eso
me dijo doña Sofía esta mañana...
—¿Mamá? ¡Habló mamá esta mañana con usted?
—Acabo de cometer una indiscreción diciéndotelo; pero,
en fin, ya está hecho y no es posible recog*r velas. En
efecto, hijo, hablamos... Entró aquí cuando menos lo
esperaba, precisamente por la puertecilla esa, y me dio el
gran susto...
—¿Por qué entró mi madre de esa manera? Por esquivar
a Ju*n, ¿verdad? Por no verlo ni siquiera de lejos...
—Bueno, hijo, sí. Es inútil que te lo niegue. Tu madre lo
aborrece... y algo peor: le tiene miedo. A veces parece uno
tonto y supersticioso dejándose llevar de esas cosas, *ero
cuando el corazón de una madre da un aviso...
—No .diga tonterías. Noel. Usted también le tiene
miedo a Juan del Diablo y no es por corazonadas ni por
presentimientos. Hay algo más positivo, más concreto...
¿Qué es lo que teme? ¿*ue reclame su herencia? No, no se
alarme, Noel. Siéntese. .. vuelva a sentarse. Ya le dije, al
traerlo a éste despacho, que tenía que contarme varias
historias viejas, y la primera de ellas la de mi padre... La
de mi padre y la de Juan...
—De Juan nadie sabe nada, hijo mí*...
—Usted si sabe. Noel, y mi madre también sabe... Y algo
de Juan había en aquellos papeles que yo le vi esconder a
mi padre. Después de eso ocurrió la única escena
realmente desagradable y vergonzosa que recuerdo de mi
niñez... Prefiero no hablar de eso, pero vuelvo a
preguntarle, Noel: ¿Qué temen de *uan mi madre y usted?
Digame la verdad... la verdad, por cruda, por desagradable
que parezca...
—Bueno, hijo, yo sólo temo a su carácter, a sus
arrebatos, a su poca educación...
—Pero mi madre le temió siempre. Desde niño le inspiró
odio y horror, y ahora evita el verlo porque su presencia le
hace daño. Cuando se enfrentó con él, se puso ta* pálida
que temí verla caer sin sentido. ¿Y sabe por qué? Juan se
parece extraordinariamente a mi padre... Puede ser una
coincidencia... pero puede no serlo. Y son tantos los
detalles alrededor de ese asunto, que yo...
—Renato, hijo mío... yo te ruego... —le interrumpe Noel
hondamente apurado.
—Yo soy quien le ruego que se calle. Noel. Soy ya un
hombre hecho y derecho. Conozco la *ida y no voy a
asustarme a estas alturas de que mi padre me haya dado
un hermano fuera de la ley. ¿Por qué esa turbación? ¿Por
qué ese susto. Noel?
—No es susto, es preocupación y angustia... ¿Cómo has
llegado a pensar todo eso?, ¿Y có*o tomará tu madre que lo
sepas?
—¡Luego es cierto! Cálmese, cálmese. Noel, no le he ten‐
dido una trampa. Tenía la convicción moral... La tengo
desde hace mucho tiempo... Creo que desde niño, aunque
en forma inconsciente. Hasta [Link] no he querido
pensar en ell* porque a mí también me molestaba, pero lo
he hecho y no ha sido difícil. Anoche mismo estuve
rondando por todos esos libreros. ¿Ve usted? En uno de
estos lienzos, en uno de estos tres, estaba el escondrijo...
—¿Para qué buscar escondrijos? —observa Noel dándose
por vencido.
—Es cierto. ¿Para *ué? Tengo la convicción y con ella de‐
be bastarme, pero también me interesan los detalles.
¿Cómo fueron las cosas? ¿Hasta qué punto tuvo razón mi
madre para ser implacable? ¿Hasta dónde sabe Juan quién
es?
—A tu madre no la culpes, hijo mío, sufrió mucho y
todavía sigue sufriendo,
—*upongo que su conversación secreta con usted fue
alrededor de eso...
—Pues bien, si. Ella está ahora dispuesta a ser
generosa...
—Con tal que Juan se vaya, naturalmente —apostilla
Renato con un dejo de amargura.
—Bueno, hijo, no hay que pedirle demasiado a una, mujer
que vio su vida amargada y destrozada por causa de esos
amores que le dieron a Juan la existenci*. Ella quiere
borrar huellas que le hieren, olvidar un pasado cuyo
recuerdo le es insoportable, verte feliz sin lastres ni taras
en tu vida, y nada de eso es criticable. Yo siempre sentí por
Juan compasión y afecto...
—*o sé muy bien y por eso me sorprende su actitud de
estos días. Aparte de nacer... como nació, ¿qué ha hecho
Juan para que usted haya cambiado así con él?
—No es lo que ha hecho...
—Ya. Es lo que puede hacer. Pero, ¿qué es ello? ¿Ha
red*mado? ¿Ha amenazado? ¿O acaso son temores de otro
género?
Su mano se ha apoyado, apremiante, en el hombro del
notario. Tras breve lucha con su indecisión. Noel parece
decidirse:
—Mira, Renato, yo no sé más que lo que presiento, y lo
que presiento son amarguras y disgustos que pued*n
evitarse sin darle a las cosas tantas vueltas. Juan quiere
irse, quiere volver al mar. .. Déjale que se vaya... Más
adelante, cuando las cosas cambien, buscaremos la fórmula
de compensarle con una buena cantidad de dinero que en
una u otra forma se haga llegar a él. Pero, de momento...
—No, Noel, no decidiré nada h*sta hablar con Juan,
hasta mostrarle mi corazón y obligarle a que me muestre el
suyo. Es mi hermano, ¿se da usted cuenta? Esta verdad que
para mi sólo existia a medias, ahora está clara y diáfana.
Tengo un hermano, un hermano en el que la noble figura de
mi padre parece revivir. Usted no puede imaginarse lo que
significa esto para mí, y acaso tampoco pueda me*ir toda la
felicidad que me negaron de niño al negarme esta verdad
íntima y humana. —Renato ha hablado con exaltado
entusiasmo, y en un arranque de emoción, ruega—:
Cuéntemelo todo. Noel, dí*ame cuanto sepa de eso... Es la
historia de mi propia sangre... ¡NO me la niegue!
El viejo notario empieza a relatar la historia, tan bien co‐
nocida de él, desde aquella noche tormentosa en la que el
pequeño Juan del Di*blo hizo el papel de mensajero de la
muerte. Renato bebe, sediento de saber, el relato
pormenorizado, y, de pronto, indaga:
—¿Y esa carta. Noel?
—Bueno... quedó en manos de tu padre, desde luego. Yo
supongo que él la quemó o la rompió después...
—* la guardó. ¡ Quién sabe...!
—Tal vez; aunque no lo creo. Tu padre, al principio, se
mostró muy desconfiado. Bertolozi era un hombre
vengativo, cruel y traicionero... Cualquier cosa podía
esperarse de él: la mayor mentira, la mayor infamia... Estoy
bien seguro que después de su p*rdón aparente, atormentó
a Gina hasta hacerla morir de pena. Y en cuanto a Juan...
—Puedo muy bien adivinar su horrible infancia. ¡Qué
fácil es perdonar su rudeza y sus defectos sabiendo todo
esto!
—Con cuánta razón temía tu madre que el saber todo
esto te desarmara más frente a Juan, te quitara la poca
volunt*d de defenderte que puedas tener...
—¿Qué piensa usted que pueda hacer Juan contra mí?
—Yo no pienso, pero tu madre teme y tiene razón en
temer. No quiero ni pensar lo que dirá cuando sepa todo
esto.
—Yo hablaré con ella después de haber hablado con él...
y acaso les dé a ella y a usted la sorpresa de comprobar
que se equivocaron. A veces, el corazón s*be más que la
cabeza... Juan no puede odiarme si yo voy a él como
hermano, si le demuestro todo lo sinceramente que le
quiero, si noblemente me adelanto a ofrecer lo que aun no
ha pedido...
—¡*o caigas en una locura de generosidad, Renato!
Piensa que la sola existencia de Juan es, para tu madre, una
ofensa viva, candente; que aun el solo nombre de Gina
Bertolozi la hiere como un cuchillo envenenado.
—No puede ser. Mi madre tiene que *er más generosa...
Gina Bertolozi ya está muerta...
—Hay odios que no se aplacan ni con la muerte... Hay
rencores .y celos de los que no tienes una idea. Tú no has
sufrido nunca, Renato, no puedes medir la amargura, el
dolor, la desesperación a que el alma desci*nde en algunos
momentos. Tú no puedes ser juez, porque la vida fue hasta
hoy, para ti, camino de rosas...
—Tal vez por eso comprendo y compadezco más a los
que sufren, y a Juan el primero. Voy a mandar a buscarlo.
Noel, para hablarle como a hermano. Para decirle...
—Seguramente, él lo sabe...
—*ero piensa que yo lo ignoro... Y si no lo piensa, cree
algo peor: que soy insensible, egoísta. Quiero que sepa que
estoy dispuesto a reparar, a devolver... que el mundo no es
tan malo como él piensa...
—Ni tan bueno como tú imaginas, Renato. ¡Déjalo que se
vaya. .. es el mayor deseo de tu madre!
—Hasta ahora mi madre cumplió en est* casa todos sus
de' seos, hasta los más injustos. Voy a contrariarla por una
sola vez y confío en que su contrariedad no dure
demasiado.
Renato se ha levantado, ha ido hacia la pared y toca un
timbre, ante lo cual, extrañado, Noel pregunta:
—¿Qué haces, hijo?
—Llamo a un sirviente para que vaya en busca de Juan.
He aguardado quince años este momento.
—¿Y si Juan no merecier* tu generosidad, Renato? ¿Si no
fuera ni siquiera capaz de comprenderlo? ¿Si contestara a
tu buena voluntad con sarcasmos, con desprecio, acaso con
una amarga ingratitud?
—Pensaría que la culpa no es de él, sino de los que le
c*nvirtieron en un paria, de los que le desposeyeron de
todo. Mi buen Noel, déjese de dudas y vacilaciones. No hay
más que un camino y es el que me señala mi conciencia...
—Unos golpes discretos, dados en la puerta, le interrumpen
momentáneamente y, *lzando la voz, invita—: Adelante... Si,
Luis, yo fui quien te llamó. Busca al señor Juan por toda la
hacienda y dile que lo espero en mi despacho, pues
necesito hablar con él inmediatamente. Que se apresure,
que no se detenga por ninguna razón, y apresúrate tú
también.
2
—¿*UE ES ESO, tío Bautista?
—¿Eso... ? Luis que pasó al galope, rumbo al ingenio. En‐
tró en las cuadras pidiendo el mejor caballo que hubiera
porque tenía que ir, por orden del amo, en busca de Juan
del Diablo.
—Conque mandaron a buscar a Juan del Diablo...
—Sí, el amo tiene mucha urgencia de hablar con él...
Vamos a ve* qué regalo le ofrecen ahora a ese pordiosero
que para nada sirve.
Junto a la ancha arcada del portal que da acceso a las
habitaciones del ala izquierda, Bautista da rienda suelta a
su cólera, a su despecho. Acaba de salir de las
caballerizas,-donde la última orden de Sofía le confinara.
Crecida la barba, revuelto el cabello, cubiertas de fango las
altas botas y el látigo *n la mano, es algo bien diferente del
otro tiempo omnipotente capataz de Campo Real. Junto a
él, atenta siempre a los menores ruidos, en aquel espionaje
que es su vida entera, queda Yanina alerta a todo ruido y
movim*ento, y comenta pensativa:
—Lo único que quieren Noel y doña Sofía es que Juan del
Diablo se vaya para siempre; pero hay alguien que no quie‐
re dejarle marchar...
—¿A quién te refieres?
—Ya lo verás... ya lo verán todos. Te dije que t*vieras
paciencia... Cálmate, tío.
—No me da la gana de calmarme. En las venas me hierve
la sangre de ver lo que veo... Soy menos que un perro en
esta casa, pero el primer sirviente que vuelva a
contestarme mal va a saber quién soy, aun cuando me
hayan quitado el mando para dá*selo a un
cualquiera. .
—Calla. Estáte quieto un momento. ¿Ves?
—No veo sino a la señora Aimée que se asoma a la venta‐
na de, su cuarto.
—Todo el día ha estado en él, pero Ana ha entrado y sa‐
lido más de cien veces... Es su confidente... su criada de ab‐
soluta confian*a. Seguramente cuenta con ella hasta para
los encargos más íntimos... ¡Oh, mira! Ana sale Otra vez..
Algo va a pasar esta noche, y apostaría a que sé lo que es.
—¿Pero qué locura... ?
—Baja la voz... Ana se acerca... no, va para el otro pa‐
tio... Voy tras ella. Algo va a pasar esta noche...
Ha echado a andar en pos de Ana. Bautista, preocu*ado,
la sigue. Muy cerca está el enorme carretón que debe salir
rumbo al ingenio. A él enfila sus pasos Ana, mientras el
rostro de Bautista se descompone de cólera, al protestar:
—¿Adonde va esa imbécil? *se es el carro que va para el
ingenio;
—Naturalmente. Ana va a buscar a Juan del Diablo, va
a llevarle un encargo o un recado de Aimée de Molnar,
estoy segura de eso. .
—*o va a llevar nada, porque no va a subir a ese carro.
Está prohibida que las mujeres vayan en los carros del
ingenio. Soy el jefe de las caballerizas, doña Sofía me
nombró ayer, y bastantes ganas tengo que ajustarle las
cuentas a esa... —Se ha dirigido con pas*s rápidos al
encuentro de Ana, y gritando enfurecido, la conmina—: ¡
Fuera de ese carro... abajo... fuera.! ¡Bájate o te bajo
arrastrando, ladrona!
—¡No soy ladrona... y no me bajo! Tengo que ir para el
ingenio.
—¿Que no te bajas... ? Te bajarás de cabeza
—Esteban va a llevarme... L* señora mandó que fuera...
—protesta Ana, forcejeando con Bautista, y alzando la voz,
grita angustiada—: ¡Esteban.... Esteban.. .!
—He dicho que no van mujeres en los carros del ingenio
—recalca Bautista imperioso, mientras sujeta a la mestiza
sirvienta—. Esteban, maldito pollino... Coge las riendas y
lárgate de una vez. ¡Que te larg*es, dije. o vas a
arrepentirte! ¡Largo!
Bautista ha azotado a los caballos que parten asustados,
mientras Esteban apenas acierta a sujetar las riendas.
Luego zarandea como un guiñapo a la doncella de Ai*ée,
arrojándola lejos de un violento empellón, al tiempo que
afirma furioso:
—¡Que aprendan que todavía mando en las cocheras!
—¡Ana... Ana...! ¡Tío Bautista! —grita Yanina, que llega a
todo correr—. Mírala... *stá como muerta... ¡Se golpeó la
cabeza al caer!
—¡Ojalá reviente! Pero no tiene nada... ¡Lo está fingien‐
do! ¡Es una perra maldita! Me voy por no patearla, por no
acabar con ella de veras...
Bautista ha vuelto a las cocheras... El carro se aleja por
el ca*ino en sombras. Nerviosamente, Yanina toca el rostro
frío y ceniciento de Ana, y la sacude llamándola insistente:
—¡Ana... Ana... ¡ No tienes nada... No sigas fingiendo. ..
Abre los ojos... ¡Ay, Jesús.. .! ¡Ana.. .!
Temblando por el miedo de ver aparecer a Renato o a
cualquiera capaz de inform*rle, sin atreverse a llamar,
Yanina levanta la cabeza de Ana busca algo con qué poder
auxiliarla... Al fin desabrocha totalmente el corpiño,
desnudándole el pecho, buscando el latido del corazón que
apenas percibe débilmente... Ha tropezado con un sobre
blanco... A la poca luz del farol de las cocheras lee en un
instante a quién va dirigido, y *on rápido movimiento lo
oculta entre sus propias ropas, poniéndose de pie acto
seguido. La emoción es tan fuerte que le parece ahogarse,
pero- un paso y una voz conocida se acercan
investigando:
—¿Qué pasó? ¿Qué fueron esas voces? —Yanina se ha en‐
cogido buscando las sombras, ha retrocedido de espaldas,
huyendo *e la figura que aparece en el corredor iluminado,
que cruza hacia las cocheras al no hallar respuesta, y que
persiste en su llamado—: ¿Quién está ahí? ¿Qué es esto?
¡Ana...!
Sorprendida, la señora D'Autremont se ha *nclinado
sobre el desmayado cuerpo de Ana. Rápida y silenciosa,
Yanina sé aleja, mientras la voz de Sofía se eleva llamando
insistentemente:
—¡Yanina... Yanina... Esteban... Esteban...!
—¡Doña Sofía! —exclama Aimée acercándose asustada. Y
d* pronto, con verdadero pánico al reconocer la figura
inerte que se halla en el suelo, prorrumpe—: ¡Oh, Ana!
¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
—Es lo que quisiera saber... Oí voces, un carro... Llamé y
no respondieron; salí a ver lo que ocurría y... No sé qué es
lo que tiene esta mujer...
—*arece desmayada, pero...
Aimée ha mirado con ansia el corpiño abierto; con febril
angustia palpa su pecho, sus manos, registra sus bolsillos y
vuelve la mirada espantada hacia la dama que se ha puesto
de pie, al tiempo que explica:
—Hubiera jurado que había alguien junto a ella... Cuan‐
do me sintieron acercarme, huyeron... ¡Y m* sorprende mu‐
chísimo que nadie aparezca!
—¡Oh! Tengo que ir al ingenio... —murmura Ana entre
gemidos, ya volviendo poco a poco en si.
—¿Qué dice?—quiere saber Sofía.
—Nada... Locuras... Parece que delira... —replica Aimée
sumamente nerviosa—, ¡Ana, soy yo, y aquí está doña Sofía
• también! ¿Entiendes? ¡Aquí está doña Sofia!
—Doña *ofía, sí... —murmura Ana haciendo un esfuerzo
—. ¡Ay, mi cabeza.. .! —se queja. Y de pronto, con espanto
repentino, exclama—: ¡La carta! ¡Me la quitaron!
—¿Qué carta era ésa? —se aviva la curiosidad de Sofía.
—¡E*tás delirando, Ana! —Las uñas de Aimée se han cla‐
vado en la muñeca de la mestiza.
Recobrando del todo el sentido. Ana mira el rostro furio‐
so de Aimée, y luego aquel otro rostro pálido, grave y
atento, inclinado sobre ella, y aquella voz que es ley en
tierras de l*s D'Autremont:
—¿Qué te ha ocurrido. Ana?
—¡Ay, señora! No sé... no sé... no sé... —rompe a llorar
Ana con visible angustia.
—¡No llores y responde! —recrimina Sofía—. ¿Dices que
te quitaron la carta? -
—Ha debido resbalar * caerse —interviene Aimée,
conciliadora, tratando de desviar la investigación de su
suegra.
—Pero a tu lado había alguien. Ana. ¿Quién era? —insiste
la señora D'Autremont.
—¡No sé... no sé...! —trata de eludir la sirvienta.
—No sabe nada, doña Sofía —vuelve a intervenir Aimée
—. Ya sabe usted cómo es ella... Tiene poca cabeza... No *e
preocupe más.... La llevaré a la cocina y haré que la
atiendan... No se moleste usted...
—Sí, hija, ve con ella... Yo me he llevado un susto atroz...
No sé dónde se meten los criados, que nunca aparece*
cuando más se les necesita. —Y alzando algo la voz, llama
de nuevo—: ¡Yanina.. .!
Por el lado opuesto ha apareado Yanina, impecable, co
rrecta, con el mismo gesto de perfecta solicitud con que se
acerca siempre a su señora, y se ofre*e humildemente:
—Aquí estoy, madrina, ¿me llamaba usted?
—Te llamé hace rato... Ana se ha dado un golpe, ha
sufrido un desmayo... No sé, en realidad... No sabemos...
Haz que la atiendan, Yanina...
—No, por Dios... Yo la atenderé —advierte Aimée rápi‐
damente—. *ue Yanina la acompañe a usted, doña Sofía...
La señora está asustada, Yanina. Creo que necesita una
taza de tila inmediatamente... ¡Vamos, Ana!
—¡Qué accidente más extraño! —comenta Sofía.
—Todo es ahora extraño en esta casa, señora. Pero lo
único lamentable es que la hayan asustado a usted. *oy
hasta la cocina para hacerle una taza de tila'..
—No, Yanina, déjalo... Dame el brazo y acompáñame a
mi cuarto. Hemos de hablar nosotras también...
—¿Quién te quitó la carta? ¿Quién? —apremia Aimée en
un deplorable estado de nerviosidad.
—¡Ay, señora... no sé... ¡ —lloriquea Ana.
—¡Maldita imbécil! Pero, ¿*ué te pasó? ¿Qué pudo
pasarte?
—Ya le he contado... El Bautista ese... Yo estaba montada
en el carro, el .Esteban venía ya e íbamos a salir para el
ingenio... Llegó el Bautista hecho un demonio y me bajó *
tirones. Luego le gritó al Esteban que se fuera y él mismo
le arreó los caballos... Yo quise salir corriendo detrás del
carro y el Bautista me empujó... Si, me empujó y me dio
una patada también. Después, ya no me acuerdo... Me-*i
contra una piedra... Ya no sé nada más, mi ama, ya no sé...
—Estabas totalmente desabrochada. Alguien te registró,
te quitó la carta... ¿Quién fue? ¿Quién pudo ser? ¿Bautista
acaso? ¿Quién más estaba ahí?
—Nadie... yo no vi a nadie... Yo esta*a sola, el Esteban
venía... El Bautista llegó corriendo... ¡Seguro fue Bautista,
señora!
—Si Bautista tiene esa cana, no se la entregará a Renato,
no se atreverá a ponerse frente a él, preferirá vendérmela a
mi a buen precio. Tengo que buscarlo, que hablar con él...
—Una campanada *el reloj de pared la interrumpe, y con
sobresalto exclama—: ¡Oh.. .! La hora que es... Tengo que
rescatar esa carta como sea.
Aiméé ha mirado de nuevo por las ventanas. No hay
nadie en los portales ni en las galerías, ni en el ancho
trecho que separa el edificio central de las cocheras.
Ningún ruido se percibe tampoc* del otro lado de la casa.
Temblando de angustia vuelve hasta el armario cercano,
toma un espeso chal de seda, envolviéndose en él la cabeza
y los hombros, mientras Ana le mira sorprendida, los
gruesos labios entreabiertos, y pregunta:
—¿Adonde va, señora Aimée?
—A buscar a Bautista. Seguramente está escondido en
las cocheras. ¡Buen cuidado tuvo de no asomarse cuando lo
*lamó doña Sofía!
Ha ceñido más el chal alrededor de su cuerpo estatuario,
se lo ha echado más a la cara cubriéndola casi por
completo, donde sólo brillan sus ojos encendidos de fiebre.
Con las dos manos en el pecho, don*e el corazón parece
golpear, espía un momento el desierto pasillo, y sale rápida
y silenciosa como una pantera.

—¿Quieres abrir esa ventana? Esta noche parece que


faltara el aire... Esta noche he vuelto a sentir que me
ahogo, como en los prim*ros años en que llegué a estas
tierras.

Precisa, silenciosa, con la rapidez y la perfección que


son características en ella, Yanina ha abierto la ventana de
la amplia alcoba de Sofía, pero en nada cambia el ambiente
de la lujosa estancia, no hay una ráfaga de viento, no hay
u*a nube en el oscuro cielo tachonado de estrellas. Es una
de esas noches sin luna en que se entretejen los luceros,
tan apretados como una red de plata, sobre el terciopelo
del firmamento. Con suave paso, la pálida soberana de
Campo Real se acerca a la ventana, y el cuerpo delgado,
oscuro y vibrante de Yanina, r*trocede un paso cediéndole
el sitio respetuosamente.
—Durante muchos años aborrecí esta tierra hasta en lo
que tiene de más hermoso: su campo, su cielo, su sol de
fuego, sus noches inmóviles... ¡Cuántas noches como ésta
creí asfixiarme y eché a andar desesperada por esos
senderos!
Sofía ha extendido la mano hacia los oscuros campos *i‐
lenciosos, mientras se siente como invadida, como
golpeada por una marejada de recuerdos... ardientes
recuerdos de sus primeros meses de casada, amargas
memorias de los largos años en que esperara cada noche a
Francisco D'Autremont, calculando con áspero despecho
en qué brazos olvidaría su nombre, en qué labios estaría
bebiendo la miel de un amor que a ella sólo llegaba ya
*omo una sonrisa, como una ternura deferente, como un
amable y frío respeto...
—¿No va usted a acostarse, madrina? Necesita
descansar...
—Esta noche no tengo sueño. Hemos de hablar, Yanina.
¿Quieres escucharme?
—Desde *uego, madrina.
Yanina ha inclinado la cabeza con aquel gesto de frío res
peto que suele hacer como una autómata, pero las manos
temblorosas se juntan, apretándose sobre el pecho, y
tiembla más al contacto de aquella carta. Allí tiene la
prueba, el arm* terrible, el puñal con que puede de un
golpe certero destronar a su odiada rival... Pero, ¿rival en
qué? Al bajar la cabeza se ha mirado a si misma,
contemplando a su pesar el traje típico con que se viste; la
ancha falda de tela floreada, el delantal blanquísimo, y
vuelve a mirar ta*bién, como otras veces, sus delgadas
manos morenas... Son finas y bellas, cuidadas con esmero...
manos color de cobre claro, forzadamente castas, que se
crispan en el ansia de todas las candas, que se cierran
como queriendo atrapar un anhelo imposible. manos a la
vez puras y lúbricas, generosas y perversas... manos *ue al
fin se saben dueñas del turbio destino de Aimée...
—¿Estás cansada? Siéntate, Yanina...
—No, madrina, no estoy cansada —afirma Yanina
refrenando a duras penas su impaciencia—. Pero temo que
usted... que usted si se fatigue más de la cuenta...
—Sí... Mi corazón marcha despacio... Ha amado y ha
sufrido demasiado. Es natural... Pero de*emos eso; quiero
hablar de Renato... Por él, y para él, necesito que haya paz
absoluta en esta casa. Renato la necesita; es el único
ambiente en el que respira su corazón tan sensible, tan
tierno... * tan apasionado también. Renato es como un
niño, Yanina... y contra sus años, contra su fuerza y contra
su orgullo de hombre, como a niño tengo que defenderlo.
No sé si me comprendes; pero necesito que me comprendas
para *ue no te parezca una ingratitud lo que voy a
decirte... Es preciso que Bautista, y que tú misma, se alejen
de esta casa...
—¿Cómo? ¿Qué? —se sorprende dolorosamente Yanina
—. ¿Va usted a echarnos, madrina?
—¿Para qué emplear ésa frase tan fea, * que al mismo
tiempo no es cierta? No, Yanina. He pensado que tu tío
debe volver a Francia y que es justo que tú le acompañes.
¿No te gusta la idea de hacer un viaje a Europa?
—Yo lo único que quiero es estar junto a usted,
madrina...
—Esperaba esa respuesta... Te la agradezco, y *esde
luego, es la justa en el primer momento. Pero a poco que
pienses en él, le tomarás gusto al viaje... Te echaré de
menos, es para mí un verdadero sacrificio...
—Pero piensa usted que el señor Renato no quiere
verme, ¿verdad?
—Al menos por algún tiempo, más val* evitarle la
ocasión de ver a Bautista... Tú nada has hecho, ya lo sé...
pero se lo' recuerdas. Piensa que se quedó aquí Bautista
contra la voluntad de mi hijo. En estos días espero que
también Juan del Diablo se aleje. He puesto los medios, y se
irá... Quiero darle a Renato una verdadera luna de miel,
pues no la ha tenido por la intranquilidad de estos *ías, por
los continuos problemas que se le presentan...
—Si el señor Renato volviera a poner a mi tío en su
puesto, no tendría problemas. Con él no los había... El
señor Renato está ciego, no sab* dónde están sus amigos y
sus- enemigos... No sabe distinguir...
—Yanina, ¿por qué dices eso? —le ataja Sofía con
severidad.
—Usted lo sabe igual que yo, madrina...
—Tal vez lo sepa, pero no quedan bien esas palabras *n
tus labios. Además, quiero que me digas qué razón has
tenido para decirlas. ¿A quién te refieres? ¿Has visto, has
oído algo para...?
Yanina se ha lle*ado las manos al pecho, ha palpado de
nuevo el duro papel de aquella cana, pero su rostro
permanece impasible, nada delata en él la hoguera en la
que se abrasa... Suave y cortésmente, dice su mentira:
—Sólo sé lo que le he oído decir a usted, madrina. Per‐
dóneme si...
—No es nada... *omprendo lo que sientes... Tengo por ti
gratitud y cariño, hijita, y no te abandonaré nunca. ¿Com‐
prendes? Si no te hallas bien en Europa, puedes volver,
seguirme acompañando, y cuando aquí o allá te llegue el
momento en que quieras casarte con un buen muchacho de
tu clase, te daré una dote con la que has de sentirte d*eña
y señora de tu hogar....
—Gracias, madrina. No esperaba menos de usted —
observa Yanina en forma fría, aunque cortés.
—Sé que te he hecho pasar un trago amargo... Vete a
descansar. Pareces nerviosa e impaciente... Anda, vete a
buscar a tu tío, hablale de esto y dile que, no volverá a
Francia con las manos vacias, sino con dinero para vivir sin
trabajar o *ara establecer por su cuenta un pequeño
negocio...
—Gracias otra vez, madrina.
Yanina ha besado la mano de Sofía con un gesto automá‐
tico y se ha alejado después. Frente a la puerta cerrada del
despacho, se de*iene, con las manos en el pecho para
sentir el roce de aquella carta. Y sintiendo también el
golpeteo de su corazón desbocado, sintiendo en sus labios,
ardidos por el fuego de una pasión sin esperanza, que la
hiel del rencor es más amarga *ue nunca, murmura con
rabia:
—¡Echarme de esta casa, alejarme de él...! ¡Ya veremos!
¡Ya veremos quién es la que se aleja!

Hasta el fondo de las cocheras ha llegado Aimée, el pasó


rápido y nervioso, la mirada escrutadora... Pero el antiguo
mayordomo *o se halla en las cocheras, ni en los establos,
ni en el departamento de los gañanes, ni en los cuartones
destartalados donde se guarda el pienso. Aimée esquiva el
encuentro con el somnoliento mozo de guardia, cruza bajo
los arcos y se detiene con sorpresa frente a una figurilla
fina y oscura que, tre*ada en lo alto de un montón de heno,
parece devorar algo a escondidas.
—Colibrí, ¿qué haces aquí?
—Yo... yo, nada... comer... Pero yo no me robé la em
panada. Ana me dijo...
—Acércate y no hables fuerte. ¿Dónde está Juan del
Diablo? ¿Por qué no andas con él como siempre? ¿*o sabes
dónde está? ¡Contesta!
—Pues no sé dónde está, mi ama, de veras que no sé. El
se fue esta mañana para el ingenio... —Y en tono de
misterio, agrega—: Se llevó dos caballos... Uno primero y
otro después, y me dijo que no hablara con nadie, que no le
dijera nada a nadie, que si me buscaban para preguntarme,
me escondiera. Y toda la tarde estuve escondido, hasta qu*
se fue ese viejo malo que le pega a la gente... Bautista, ¿no?
—¿Bautista? ¿Que Bautista se fue?
—Si, mi ama, se fue. Metió ropa en un saco, y dos panes
y un queso... Luego metió el saco en la alforja de una muía
n*gra que estaba de aquel lado, se puso la chaqueta y el
sombrero, cogió la escopeta del sereno, se montó en la
mula y se fue...
—¡Bautista se fue... se fue... ¡ —murmura Aimée cons‐
ternada—. ¿Y tu amo. Colibrí? Dime todo lo que sepas de él.
¡Dime*o!
—Usted también lo sabe, porque es el ama nueva, ¿no?
Eso me dijo el amo... Que íbamos a tener ama nueva y que
era usted. Yo a, nadie, a nadie le digo nada, pero usted si lo
sabe... Usted lo sabe todo...
—¿El qué? ¿El qué es todo?
—El barco está en la playa chiquita, al lado del inge*io, y
esta noche a las doce estará el amo detrás de la iglesia, y
usted se va con él... ¡ Usted y yo nos vamos con él ¡
Aimée ha cerrado los OJOS sintiendo que algo helado la re‐
corre de pies a cabeza. Es terror, es espanto... Todo es
cierto, respiran verdad las ingenuas palabras del
muchachuelo que se ha acercado a hablarle en *ono de
misterio, brillantes los. negros ojos sobre el rostro oscuro,
tembloroso y asustado él también. Con angustia mira
Aimée a todas partes hasta comprobar que nadie ha
escuchado las palabras del pequeño... *uego piensa en
aquella carta, caída sabe Dios en qué mano. ¿Pero qué im‐
porta aquel papel, comparado con el apremio del
momento? El Luzbel escondido muy cerca, aguardándoles,
listo para partir quién sabe hacia qué rumbos, hacia qué
*venturas, hacia qué puertos... El Luzbel, un barquichuelo
ridículo donde la voluntad de Juan es omnipotente, donde
habría de someterse, como una esclava, a su dominio,
perdido todo: fortuna, dignidad, posición, derechos... hasta
el nombre. Ha juntado *as manos, ha alzado los ojos al
cielo... Si supiera rezar, rezaría en este instante; pero
como un relámpago pasa un nombre por su pensamiento:
—¡Mónica! ¡ Mónica! Ella puede salvarme... ¡Sólo ella..
.!, Como una fiera perseguida, ha salvado Aimée el ancho
terreno que separa las caballerizas del lujoso edificio
*entral, pero no tuerce hacia el lado izquierdo... Va
directamente hacia las habitaciones de los huéspedes, salva
la escalinata de piedra, llega junto a la puerta del cuarto de
Mónica y alza sin llamar el picaporte, entrando de
repente...
Lentamente, Mónica se levanta del reclinatorio en que
oraba inclinada la frente, y poco a poco va dominando su
emoción, su angust*a, su extrañeza, mientras juntas las
manos, viviendo un minuto de verdadera agonía, Aimée le
aguarda,..
—¿Qué te pasa, Aimée? ¿Qué tienes? ¿Para qué vienes a
buscarme así?
—No sé ni para qué veng* ni sé cómo me arriesgo acudir
a ti... No merezco tu ayuda m tu apoyo. Merezco que me
vuelvas la espalda, que me eches de aquí sin oírme
siquiera;..
—Habla, que ya te estoy oyendo...
—No, no me atrevo ni a hablarte siquiera... Perdóname...
¡*stoy perdida si tú no me salvas, si tú no me ayudas, si tú
no lo detienes!
—¿Detener a quién? —apremia Mónica francamente alar‐
mada.
—¡A Juan del Diablo.. .! —estalla Aimée.
—¡Ah! —se tranquiliza Mónica—. Pensé...
—Renato no sabe nada. Me cree pura, limpi*, inocente, y
no me importa morirme cien veces con tal de que siga
creyéndolo. .. Es por él, Mónica, te juro que es por él... ¡Es
por Renato que no quiero cometer esa infamia! ¿Cómo
puedo destrozar el corazón de un hombre tan bueno?
¿Cómo puedo amargar su vida para siempre? ¿Cómo puedo
clavarle el puñ*l de una desilusión así? Si te pido que me
ayudes, si te pido que me salves, es por él, Mónica... Tú me
comprendes... ¡Hermana .. .Hermana. ..!
—He resuelto apartarme de tu camino, Aimée. He
resuelto dejar que sigas tu suerte... Mi lucha fue inútil, y la
abandono. ¡Haz lo que quieras, todo lo que quieras...!
Como desplomada en la alfombra, a los *ies de Mónica,
está Aimée, que ahora se. ha incorporado, tomando
desesperadamente entre las suyas las manos heladas y
blancas de su hermana. Como lejana, como ausente, ha
permanecido Mónica sin dar muest*as de que aquel dolor,
verdadero o fingido, le conmoviera. Ha hecho el ademán de
alejarse, de apartarse, pero Aimée, desesperada, le cierra
el paso:
—¡No puedes abandonarme ahora!
—Cien veces me pediste que me fuera, que te d*jara en
paz...
—Cien veces lo pedí, y no lo hiciste. Continuaste aquí im‐
pidiendo con tu presencia que yo resolviera mis cosas mal o
bien, exasperándome, enfureciéndome... Y ahora...
precisamente ahora...
—¿Pretendes echarme a mi la culpa? —le ata*a
indignada Mónica.
—No, hermana, no es eso... Al contrario... Mido, veo,
palpo que tienes razón en todo, que tus reproches eran
merecidos, que tus pronósticos eran ciertos. Como una loca
seguí la ley de mis instintos. Ciega por una pasión malsana,
rodé y rodé, y ahora e*toy al borde del infierno... Pero no
quiero caer más abajo, no quiero seguir rodando, no quiero
hundirme en el cieno definitivamente, y hundir conmigo el
nombre de mi esposo...
—¡Ahora piensas en tu esposo! ¡No mientas más!
—Te lo juro, hermana... Me enloquece la idea de perder‐
lo, de ser indigna a los oj*s de él... Estoy desesperada, arre‐
pentida ... No quiero más que a Renato, no quiero vivir más
que para él... ¡Pero Juan no me deja! ¿No lo comprendes?
—¿Que no te deja? ¡No sigas mintiendo! ¡Tú eres quien
lo busca, quien lo enloquece, quien le has jurado que lo
amas a pesar de todo, que estás dispuesta a seguirle a
donde quiera que él te lle*e.. .!
—¡No... No... No iré con él! Antes se lo diré todo a
Renato. Si tú no me ayudas, si tú no me salvas, buscaré la
muerte... Le confesaré la verdad a Renato, y que me mate.
Sí, que me mate, para acabar con todo de una vez... ¡Que
venga el escándalo! ¡Que venga la muerte! ¡Yo misma le
saldré al encuentro!
—¡Aimée! ¿Dónde vas? —detiene Mónica con un grito a
su herma*a que empieza a alejarse con pasos rápidos—.
¿Estas loca?
—¡POCO me falta! Pero antes que Juan venga a buscarme
a esta casa, antes de ponerlos a él y a Renato frente a
frente, en una lucha en la que Renato será vencido...
Porque Juan le matará; Juan e* más audaz, más fuerte...
Antes que Juan le mate a él, prefiero que Renato me mate a
mí. Y ahora mismo...
—¡Quieta, Aimée! ¿Dónde está Juan? ¿Qué quieres que
haga?
—¿Vas a ayudarme? ¡Mónica de mi alma! Ya sé que no lo
haces por mí... A mí quisieras verme muerta... —No,
*imée. Eres mi hermana, mi sangre... Debiera aborrecerte,
abandonarte a tu suerte, pero no puedo hacerlo. No es sólo
por Renato; es por ti también. Si hay algo que yo pueda
hacer..'.
—Juan te escuchará. A ti tiene que escucharte... Eres la
única que puede detenerlo, aunque sea de momento... Un
plazo, una prórroga, unas horas de t*empo para hacer algo,
algo con qué librarme de ese maldito Juan...
—Ahora le maldices...
—¡Le maldigo y le aborrezco! ¡Quiero a Renato y viviré
para él! ¡Te lo juro! Si me salvas de ésta, seré la mujer más
buena, más sumisa, más honesta, más dedicada al amor de
mi esposo...
—¿Pero cómo salvarte, Aimée?
—Juan quiere llevarme esta noche... A l*s doce me
espera con dos caballos detrás de la iglesia... Si no voy, si
no llego, si falto a esa cita, vendrá a buscarme, me
arrastrará con él... Ha jurado que me llevará, aunque sea
delante de Renato...
—¡Pero es un salvaje, un *emente! —exclama Mónica
con el espanto reflejado en su blanco rostro.
—Es... quien es. Ya lo sabes... Procura sólo que no dé el
escándalo esta noche. Dile que estoy enferma, prométele
en mi nombre que me iré con él... Pero no esta noche, no en
este *omento.,. —Y, visiblemente alarmada, señala—:
¡Porque ya son las doce! Seguramente que en este instante
llega... Esperará sólo unos minutos si yo no me presento, si
tú no llegas a detenerlo. No le importará matar ni destrozar
a Renato. ¡Lo odia, lo odió siempre! ¡Corre, Mónica, cor*e,
ve y háblale...! Yo me quedaré aquí rezando porque Dios
tenga piedad de nosotros, y porque acepte mi
arrepentimiento...
Ha caído a los pies del crucifijo que preside la alcoba de
Mónica, y llora... llora de espanto, de angustia, de miedo ...
Mónica le mira un instante, perladas de sudor las sienes, y
venciendo su horror, of*eciéndose entera al momento
terrible, sale arrastrando el cuerpo helador el alma
ardiente...

NERVIOSO, INQUIETO, CON una impaciencia que es


alegría febril, va Renato de un lado a otro del despacho,
seguido por los cansados pasos del viejo Noel. Un instante,
los ojos del joven D'Autremont miran compasivos al viejo
notario, para en seguida proponerle:
—Está usted ren*ido. Vayase a descansar si quiere...
—¿Piensas que podría descansar sin saber en qué acaba
todo esto? Vamos a hacer un trato, hijo: tú te vas a
descansar, y yo lo espero.
—¡Qué ocurrencia! Usted sí que se ve que no pued* más.
Vaya, Noel, vaya a reposar...
—Me voy, pero sólo a dar una vuelta. Mucho me temo
que doña Sofía no se haya acostado esperando que pase yo
a hablar con ella. Si me permites usar esta puerta secreta...
Da directamente frente a la alcoba de tu madre, s*gún me
dijo ella. Se abre oprimiendo la moldura, creo que en este
lado... Aquí ... Si ...t se hunde la moldura, pero no se abre la
puerta...
—¡Oh! ¡El escondrijo que buscábamos! ¿No le dije que
quedaba en este panel? Se abrió al apretar usted la
moldura...
Han ido los dos hac*a el estante, donde efectivamente se
encuentra el hueco de una puertecilla... Pero en la oscura
cavidad sólo hay un papel arrugado... un papel del qué los
dedos de Renato se apoderan rápidamente y, emocionado
exclama:
—¡Aquí está! ¡Esto era! Delante de mí, mi padre arrugó
esta carta y la arrojó aquí dentro.
—¿*ra esa la carta que...?
—Si... Creo que si... Usted, naturalmente, sabrá lo que
dice...
—No, hijo, nunca llegué a leerla. Bertolozi la envió con
el' propio Juan, como ya te conté, y tu padre la leyó frente
al cadáver del que había sido su implacable enemigo...
Fija la vista en aquellas líneas que le queman, Renato
permanece silencioso e inmóvil much* tiempo, y al fin
comienza a leer en voz alta lo que ya leyó con la mirada.
Comienza a leer con la misma angustia, con el mismo
invencible respeto conque leyó su padre frente al cadáver
de Andrés Bertol*zi.
Con mis últimas fuerzas te escribo, Francisco
D'Autremont, y te pido que vengas a mi lado..: Ven sin
miedo... Es tarde para que yo me cobre en sangre todo el
mal que me has hecho. No he de repetirte cuánto te odio.
Tú *o sabes... Si se matase con el pensamiento, te habría
aniquilado, pero sólo yo mismo me he consumido
inútilmente en la hoguera de este rencor que me pudre el
alma. Me mata el odio más que el alcohol... Por odio he
callado durante años enteros. Hoy qui*ro decirte algo que
acaso te interese. Esta carta la pondrá en tus manos un
muchacho. Tiene doce años y nadie se ocupó jamás de
bautizarlo. Yo le llamo Juan, y los pescadores de la costa le
dicen algo más... Juan del Diablo. Es una fiera, un salvaje,
lo crié en el odio... *iene tu corazón malvado, y yo le he
dado, además, rienda suelta a todos sus instintos, he
destilado sobre su corazón rencor y veneno... ¿Sabes por
qué? ¡Es tu hijo!"
La vieja carta de Bertolozi ha temblado en las manos de
Renato, como tembló primero en las de Francisco
D'Autremont. Sus ojos, agranda*os de angustia, se alzan
para recorrer la estancia, sin verla, y la figura desolada del
viejo notario, inmóvil, mudo junto a él... Un instante respira
con dificultad, ahogado por la emoción de aquella tragedia,
no por lejana menos cruel; pero de nuevo los renglones
desiguales le atraen como si ardiesen. Otra vez vuelve a
ellos, y otra v*z bebe en aquellas letras todo el veneno que
Andrés Bertolozi pusiera en ellas:
—“Si tu hijo está frente a tí, míralo a la cara. A veces es
tu vivo retrato, otras se parece a ella... a ella... la maldita
ramera que me traicionó, la que me arrancaste, la que fue
tuya, como es tuyo ese hijo, vergüenza de mi vida. Tómalo,
llévatelo... Tiene el corazón podrido y el alm* dañada de
rencor. No sabe más que odiar, que aborrecer... Si lo llevas
contigo, será tu enemigo, envenenará tu hogar y turbará
tus sueños. Si lo abandonas, rodará a lo más bajo, será un
asesino, un pirata, un bandido *ue acabará en la horca... Y
es tu hijo... ¡Tu hijo.. .! Tiene tu misma sangre... ¡Esa es mi
venganza!"
Con dolor intenso, pálido de espanto primero, rojo de in‐
dignación un instante después, Renato D'Autremont estruja
aquella carta, último mens*je del rival vencido, del
enemigo triunfador en la muerte. Y como Francisco, en
aquella madrugada fatal, siente el anhelo de escupir sobre
el rostro muerto, sobre la tumba de Bertolozi...
—¿Puede un hombre ser tan vil. Noel? ¿Puede alguien
vengars* de este modo en la carne indefensa de una
criatura inocente? ¿Sabía usted todo esto?
—Lo .presentía, aun sin haber conocido hasta ahora esta
carta horrenda...
—¿Y Juan? El pobre Juan...
—Mi compasión por él tenía, como ves, toda la razón del
mundo. Era bien justa, como justo era el empeño de tu
padre *n protegerlo. Pero todo se puso contra él...
—Fue mi madre la que se puso contra él... Recuerdo
aquellas horas, como si las viviera de nuevo. Recuerdo
aquella noche en que mi padre salió a caballo por última
vez, y el recuerdo es como una quemadura... ¡Porque yo
también me volví contra él!
—Renato, hijo, ¿qué dices?
—Fue por defender a mi mad*e, y sus últimas palabras
fueron para librar del peso a mi conciencia... Sí, Noel... En
Su lecho de muerte, mi padre me dijo dos cosas: que había
hecho bien defendiendo a mi madre, aun contra él, y que
ay*dara a Juan, que le tendiese mi mano de amigo, de
hermano... De hermano, sí, esa fue la palabra que usó, la
recuerdo perfectamente... Y esa palabra se clavó para
siempre en mi corazón de niño, y le juré cumplir su deseo.
¡Y *ontra el mundo entero lo cumpliré, Noel.!
Ha dejado caer la carta sobre la mesa, Se ha enjugado
las sienes, húmedas de un sudor de angustia. Luego, con
rápido movimiento, toma el viejo papel estrujado y lo
enciende en la llama amarilla de la lámpara, com*ntando:
—Ahora quemo esta infamia, este papel odioso, este grito
de rencor y bajeza, que es la herencia de Juan... Yo le daré
otra, le daré la qué mi padre quiso que le diera: mi
confianza mi afecto, mi cariño de hermano... y la mitad de
estas tierras que por su sangre le pertenec*n...
—Hijo, por Dios... Ten prudencia...
—Prefiero tener justicia, Noel. Que al fin haya justicia so
bre la tierra de los D'Autremont... Justicia, comprensión,
amor y piedad para. los que viven, y perdón para los
pecados de los que han muerto...
Ha dejado caer sobre el ancho cenicero de porcelana la
carta que es *a sólo un puñado de ceniza negra; luego, con
rápido ademán, va hada la puerta, y el viejo notario
pregunta:
—¿Dónde vas, Renato? ¿No esperas a Juan?
—No puedo ya esperarlo. Noel. ¡Ahora voy a su
encuentro! En el ancho portal casi en penumbras, Renato
retrocede un paso contemplando a Yanina. Ha estado a
punto de tropezar con ella al salir del despa*ho. Por
primera vez, los ojos claros y dulces del hijo de Sofía se
fijan en ella con suavidad. Tiene el corazón henchido de
ternura, de comprensión humana, de amor y compasión
para todos los seres de la tierra. *e siente inmensamente
generoso, dispuesto a la bondad y a la indulgencia, y
domina hasta él movimiento instintivo de antipatía que le
produce la delgada y oscura mestiza, y pregunta
afectuoso:
—¿*ué pasa, Yanina, por qué me miras de esa manera?
—Parece usted contento, señor...
—Sí, Yanina, estoy contento...
—Sin embargo, es preciso que sepa la verdad, que no le
engañen más, que no se burlen más de usted... *ue sepa
quién le miente, quién le deshonra...
—¡Yanina! ¿Qué estás diciendo? —se exalta Renato,
endureciéndose el gesto de. su expresión, hace un
momento todo dulzura.
—¡Lea usted esta carta, señor Renato! ¡Léala! Las
palabras de la mestiza han sido una sacudida brutal, un
descender violento de* exaltado y luminoso clima de ternu‐
ra, de amor y de nobleza en qué su alma vivía. Es un halo
que se le derrumba, un mundo de ilusiones que se despeña,
una espantosa sensación de caer en el vacio... De un
manotazo ha arrebatado el sobre de manos de Yanina sin
mirar siquiera a quién va dirigido. Luego lee de golpe,
como si tragase de un solo sorbo un *aso de veneno, y
conmina a la mestiza:
—¿Qué significa esto? ¿Quién te dio esta carta? ¿Para
quién es?
—¡ Para Juan del Diablo!
—Para Juan de Dios... —rectifica Renato, leyendo—.
¿Quién escribió esta carta?
—¿No lo está viendo? ¿No lo sabe? ¿No conoce la letra
de...?
Otra vez ha vuelto Renato a mirar aquellas líneas, *que‐
llas letras que parecen danzar ante sus ojos, arder en
chisporroteo de burla y de ignominia... aquellas palabras
cuyo significado horrible no quiere comprender, y que, sin
embargo, va penetrándole más y más, hasta clavarse en su
fibra *ás sensible. Con ojos de loco mira a Yanina, que
retrocede como disponiéndose a huir, cuando él le cierra el
paso:
—¡Te he' preguntado quién te dio esta carta!
—No me la dieron a mi... La robé, la recogí cuando la
dejó caer la estúpida con quie* la enviaron. Esta es la carta
que la señora Aimée mandó a Juan del Diablo con Ana su
criada de confianza. ¡La mandó entregarla a Juan del
Diablo!
—¡A Juan del Diablo! ¡A Juan del Diablo! ¡Lo que dices es
mentira! .
—¡Es verdad! ¡Lo juro! La señora Aimée... ,
—¡*o la nombres para mancharla, porque te va en ello la
vida! ¡Mientes... Mientes...! '
—¡No miento! ¡La señora Aimée quiere a Juan del
Diablo! ¡Se ven a solas, tienen entrevistas.. .!
—¡Calla! ¡Calla!
Rudamente, la mano de Renato ha tomado la garganta
de la mestiza y aprieta enloquecido, mientras, sin
defenderse, lanza Yanina su po*trer chorro de veneno:
—¡Es la verdad, es la verdad! ¡Máteme a mí si quiere,
por decírselo; pero mátela también a ella por serie
traidora!
—¡Oh, basta! ¡Basta!
La ha soltado haciéndola caer; un instante la mira como
fuera d* sí, luego vuelve la espalda y corre hacia su
alcoba...

Aimée se ha puesto de pie apoyándose en el reclinatorio,


donde ha permanecido inmóvil, de rodillas, juntas las
manos, sin llorar ni rezar, doloridos por la tensión el cuerpo
y el alma ... Ahora sacude la oscur* cabeza, ante la llegada
de su madre, que la interroga: •
—Hija, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está tu hermana? Ha ido
a un recado mío. Le pedí que me hiciera un favor, y -está.
haciéndomelo... Eso es todo... Iba a esperarla aquí...
Aimée se ha dirigido haci* la ventana, ha tratado de
percibir todos los ruidos, pero ninguno llega hasta ella en
el hondo silencio de la noche... Todo está en sombras, todo
parece totalmente tranquilo, sólo un paso que llega muy de
prisa hace helarse la sangre en sus venas. Quiere
retroceder, esconderse, huir, pero ya es tarde, pues Renato
irrumpe en la habi*ación y ordena autoritario:
—¡Aimée! ¡Ven!
La ha arrastrado casi, llevándosela consigo, los dedos
como garfios de acero clavados en el brazo de ella,
obligándola a alejarse de aquella alcoba donde queda sola
la asustada Catalina, que no ha tenido tiempo siquiera de
pronunciar palabra alguna. ..La ha empujado, colocándola
por la fuerza bajo el farol de luz amaril*a, y queda
mirándola muy de cerca de hito en hito, con expresión?
fiera y terrible, mientras ella tiembla y en vano intenta
retroceder... No tiene dónde dar un paso atrás, y él está
allí... En sus ojos daros hay una llama*ada de cólera
infinita, de rencor sin nombre, un- fuego que Aimée nunca
ha visto en aquellas pupilas, pero que bien conoce en otros
ojos, y suplica asustada:
—¡Renato! ¿Estás loco?
—¡Loco y ciego tuve que haber sido! ¡Hipócrita!
¡Perdida!
—¿Po* qué hablas' de ese modo? ¿Por qué me miras así?
—Y con ahogado espanto intenta defenderse—: Renato,
¿has perdido el juicio?
—¿Recuerdas esta carta? ¡Dime!
—Yo... Yo... Yo... —balbucea Aimée sin encontrar salida.
—Es tuya... No lo niegues, no puedes negarlo. ¡Es tuya,
sí, tú la. escrib*ste! ¡Me engañabas!
—¡No, Renato, no... ¡
—En esta carta gimes, suplicas, le pides compasión a
otro hombre, y es a mí a quien debías pedirla... Pero no lo
hagas, porque será inútil... ¡Será inútil!
Aimée ha tratado de huir, pero las manos de Renato la
atenazan oprimiéndola, suben a su garganta, rudas y
decididas. .. Con la supr*ma audacia del terror, Aimée logra
rehuirlas para destilar el veneno de una acusación:
—No soy yo la culpable. ¡Te lo juro! ¡Es ella... ella.. .!
Pido compasión, pero no para mí. Pido piedad, per* es para
ella. Me humillo y suplico, pero es para salvarla a ella. ¡A
Mónica!
—¿Qué es lo que dices?
—¡Mónica es la amante de Juan del Diablo!
—¡No! ¡Imposible!
—Juré callar a costa de todo... Juré no decirlo... Por mi
*adre. Renato, por nuestra pobre madre, quise salvar a mi
hermana. Quise salvarla a costa de mi misma. ¡Ten piedad
de ella, Renato! ¡Ten piedad de ella, y ten piedad de mi!
Como si un golpe brusco le despertara, como si
ascendiera del fondo de un abismo, como si en sus tinieblas
*e hiciera la luz de repente, como si en medio de su
desesperación sin límites un rayo de esperanza llegara
deslumbrándole, Renato ha retrocedido buscando la verdad
en los ojos de Aimée, que ahora lloran de espanto, en sus
manos extendidas que piden compasión y piedad, es
aquella voz que el terror h* quebrado en sollozos, mientras
torpe y desesperadamente barbota su mentira: —Es
Mónica... Es Mónica... Mi pobre hermana que está loca, ya
te lo dije. Le escribí a esa fiera de Juan para detenerlo. No
era posible abandonarla en manos de esa bestia sin
corazón. Darla a Juan es igual que entregarla indefensa en
las / garras de *n tigre... ¿No me entiendes, Renato?
¡Móníca es la amante de Juan! Se entregó a él en un
momento de locura, sin saber lo que hacía, y él la ha
convertido en su esclava, en su víctima. ¿No comprendes?
—¿Y cómo puedo comprender...?
—Ella le quiso, perdió la razón un momento, y ahora él
es el amo. Manda, ordena, la arrastra como a un guiñapo..,
y amenaza con el *scándalo. Y ella .se muere de espanto, y
sufre, y llora y... ¡Es un canalla, Renato, un canalla, un
bandido! Pero no le provoques, no te pongas frente a él...
Deja que sea yo quien le hable, quien le diga...
—¡NO mientas má*! —estalla con furia Renato.
—¿No crees lo que te digo? ¡Te juro que es por Mónica
que escribí esta carta! Ella estaba enloquecida de espanto
y me pidió auxilio. La tiene acorralada, aterrada, y ahora
mismo...
—Ahora mismo, ¿qué?
—¡Están discutiendo *llí, tras la iglesia! Ella lucha por
convencerlo de que se aleje, de que la deje volver a su
convento... Es lo único que le pide, lo único que-le
implora...
——¿Detrás de la iglesia dijiste?
—Renato querido, ten lástima de Mónica... y perdóna
me... Perdóname por no habértelo dicho. *lla no me perdo‐
naría jamás si supiera que tú lo sabes. Ella está
arrepentida... Quiere matarse, morirse...
—¿Por Juan del Diablo? —prorrumpe Renato con desbor‐
dado sarcasmo y amargura.
—No por él, sino por su pecado, por su vergüenza... Yo
quiero ayudarla a que él se aleje. Se lo he prometido...
Comprar su, marcha y su silencio... *al vez un poco de
dinero bastaría... a

—¿Crees tú que basta con un poco de dineros—salta


Renato con ira concentrada—. ¿Crees que Juan es el más
vil, el más canalla, el más prostituido de los hombres?
—Si, Renato, sí. Es todo eso... Por ello Mónica está en‐
loquecida. Sabe que mamá se moriría si ella die*a un
escándalo así. Le prometí hablar con esa fiera, detenerle,
pedirle... —Se interrumpe de pronto y al observar el
movimiento de Renato, pregunta espantada—: ¿Dónde
vas? -
—¡Voy allí, y tú vienes conmigo!
Ha arrastrado a Aimé*, llevándola consigo. En vano ella
lucha, en vano se resiste... El va como loco, como ciego, sin
acertar siquiera a distinguir en qué caos de sentimientos,
en qué torbellino de locura van envueltas su razón y su
vida. Y forcejeando, Aimée suplica:
—¡NO, Renato, no! ¡Por fa*or, espera... óyeme!
—¡Frente adiós dirás lo que tengas que decir!
—¡No... no.;.! ¿Estás loco? ¡No me lleves así! —Y en su
desesperación grita Aimée—: ¡Por favor... ¡
—¡Renato... Aimée... Hija... Hija.. .! —En vano ha
clamado la voz espantada de Catalina, pues tomo una
tromba cruza Renato salas y ja*dines, arrastrando a Aimée
consigo, mientras la voz de Catalina de Molnar, persiste en
un grito—: ¡Renato... Aimée... ¡
La anciana intuye la tragedia, la presiente, la adivina.
Quiere correr, pero le falta el aire, se le nubla la vista, y
cae fin de rodillas... Ha visto cruzar una pequeña sombra
oscura. ... Es Colibrí, pero éste no se detiene a la voz
desesperada que clama *n un sollozo:
—¡Muchacho... muchacho! ¡Pronto... Socorro...!
—¿Qué pasa? ¿Quién llama? —Es la voz del viejo notario
que espantado ante los gritos de auxilio se acerca y,
asombrado, exclama—: ¡Doña Catalina...!
—¡Oh, Noel, ami*o mío! ¡Pronto! ¡Hay que impedirlo!
¡Llame a doña Sofía! ¡Hay que impedirlo!
—Pero, ¿impedir qué?
—¡Va a matar a mi hija! ¡Ay....
Se ha quedado inmóvil, sin sentido. Noel, trémulo, mira
a todas partes. Sombra y silencio caen sobre campos y
jardines ... Un trueno cer*ano parece agitar el espado y
una ráfaga de viento silba entre el follaje y la espesura.
También él presiente, intuye, adivina, tiembla ante el terror
de lo que ve venir, y alza en vano los ojos al cielo mientras
la tormenta se avecina... Tan inútil como el deseo de
detener la tormenta, tan, imposible-como sujetar el rayo,
es impe*irlo... Y ante su impotencia, exclama como en un
rezo:
—¡Dios mío! ¡Dios mío...!

—¡MIENTE! USTED VINO a atravesarse en mi camino


porque averiguó que íbamos a huir, porque vive a la espía...
—¡YO vine porque Aimée me pidió que viniera! ¡Vine en su
nombre para hacerle comprender a usted su locura y su
vileza! Vine para pedirle...
—¡Es inútil ped*rme!
Fieramente, Juan ha enfrentado a Mónica, encendidas de
cólera las soberbias pupilas. Ha ido a ella como si quisiera
destrozarla, golpearla con sus puños poderosos, pero la
pálida figura helada y triste que se alza ante él, le deti*ne,
inspirándole un respeto invencible, mientras un relámpago
rojo, qué es ya de odio, brilla en sus ojos magníficos...
—Le advierto que si Aimée no aparece dentro de cinco
minutos, voy a buscarla adonde esté, sin que nada ni nadie
me detenga. ¡Ni siquie*a su marido!
—¿Pretende llevársela por la fuerza? ¿Es que no entiende
que ella no quiere ir? —protesta Mónica en un arrebato de
ira—. ¡Ella le ruega...!
—¡Pues bien, sin ruegos! —se. exaspera Mónica—. No
quiere ir con usted; no quiere seguirle... Vuelva en sí de esa
estúpi*a vanidad por la que pretende ser para ella más que
nada en el mundo... Aimée está arrepentida de su locura.
Llorando me ha pedido que le detenga; ha rezado, acaso
por primera vez en su vida, pidiéndole a Dios que la salve
de usted, de su violencia, de su barbarie, de la brutal
pasión que usted significa...
—¿Quién dijo eso?
—¡Ella *isma! Ya lo sabe, Juan: ella no quiere seguirle.
¡Ella sólo pide que la deje tranquila!
—¿Burlándose de mi?
—No hay burla. Hay arrepentimiento, dolor de sus peca‐
dos, deseo de rehacer su vida, de ser fiel y leal al hombre
honrado de quien es esposa.
—¡Mentira! ¡Mentira! ¡Que venga ella! Que cara a cara
me lo diga, que me jure todo eso a mí, que me diga que no
quiere volve* a verme, que me pida ella, ella misma, que
olvide su nombre, y entonces...
—¡Calle! —le ataja Mónica con gesto imperioso—.
Alguien viene... Alguien viene, sí... ¡Vayase, escóndase.. .!
—De pronto, como si el mundo se le viniese e*cima, lanza
un grito—: ¡Renato! —Y aun más espantada—: ¡Aiméel ¡ •
—¡Yo, sí...! —confirma Renato, llegando junto a ellos—. En
el mejor momento, Mónica. Ya sé que pretendías que lo
ignorase todo. Ya sé que reprocharás a tu hermana por
habérmelo dicho, pero *lla no podía callar, no era posible
que siguiera callando, porque, quieras o no, yo soy el amo
de esta casa y el jefe de esta familia...
—¡Renato...! —murmura Mónica completamente descon‐
certada.
—Me importa poco lo que pienses, ni lo que Juan pueda
decir. Están en mi casa, y en mi casa se va por el camino
recto, s* juega limpio, se procede con dignidad y decoro... Y
si lo has olvidado, Juan, aquí estoy para recordártelo y para
exigirte cuentas muy estrechas de la forma en que has
procedido con Mónica.
—¿Qué? —se extraña Juan, sin comprender el alcance de
las palabras de Renato.
—Entiende de una vez, Juan, que en este asunto es con‐
migo, y no con las mujeres, con quien vas * medirte.
—¡No sabes cuánto celebro que sea contigo!—acepta
Juan en tono insolente—. ¡Deseando estaba encontrarte
cara a cara!
—¡Pues aquí me tienes! —se ofrece Renato violentamen‐
te—. ¡Te entenderás con*igo, y sólo conmigo!
—¡Cuando quieras! —desafía Juan dando un paso
adelante y echando mano a su cintura.
—¡No! ¡No! ¡Ese cuchillo...! —advierte Mónica en un
grito de espanto.
—¡Yo no tengo armas! —indica Renato con gesto noble y
fiero.
—¡*ejor es así! —acepta Juan arrojando el cuchillo al
suelo—. ¡Cara a cara... de hombre a hombre! Con los
puños, con los dientes, con las uñas... ¡Como quieras! ¡He
venido a llevármela, y me la llevaré por encima de ti!
—¡No te la llevarás sin hacerla tu esposa!
—¿Qué? —se desconcier*a Juan. ¿Hacerla mi esposa?
—Mónica es para mí una hermana. ¡Si le debes la honra,
tendrás que cumplir!
—¿Mónica... ? —tartamudea Juan estupefacto.
—¡Mónica...si... sí! —interviene Aimée con decisión—. no
lo niegue usted, Juan del Diablo, no intente mentir. Usted
ha arrastrado a mi pobre hermana a los peores extremos..,
Us*ed la tiene asustada, acorralada y sometida por el
terror... ¡Usted... usted.. .!
—¡Aimée... ¡ —reprueba Mónica con acento desgarrador.
—¡Es la verdad! ¡Es la verdad! Perdóname que se lo ha*a
dicho a Renato, pero yo no podía callarme esto. ¡No podía!
¡Perdóname, Mónica, perdóname! Tuve que decirle... Fue
necesario...! ¿Me oyes? ¿Me entiendes? Era horrible lo que
Renato creía. Tuve que decirle la verdad. ¡Que eras tú...
*ú... tú!
Ha ido a ella, estrujando su brazo, pero Mónica la recha‐
za de un brusco empujón, irguiéndose fría, tensa, sacudida
por un temblor nervioso. Juan ha retrocedido, ahogada de
asombro la voz en su garganta pero Renato ha dado un
paso sujetando a Aimée con *us manos como zarpas,
clavadas las pupilas en el rostro de Mónica como si se
asomara al fondo de un abismo:
—Mónica, Aimée me ha dicho que Juan es tu amante. ¿Es
verdad, o es mentira?
—Es verdad, Renato... —murmura Mónica en voz ronca.
Y cobrando fuerzas y valor, prosigue con su engaño—: *s el
hombre a quien quiero, el hombre a quien le di mi amor y
mi vida, y no te doy derecho a intervenir. ¡No te doy
derecho...!
,La mirada de Renato ha ido hacia Juan como un relám‐
pago. Ve el rostro viril endurecido, apretadas las
mandíbulas, ardientes los ojos con una llama indefinible y
le espeta:
—Esto se arregla de hombre a hombre, *uan: ¡tu vida
contra la mía!
—¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por esa... ? —salta Juan en un
estallido de ira y de asco.
—¡Por la mujer que es una hermana para mi! —sentencia
Renato en tono rotundo y amenazador—. ¡Cumplirás con
ella! ¡Te portarás como un hombre, o te mataré como a un
perro!
—¡No... no, Renato! —interviene Mónica con la angustia
reflejada *n su pálido rostro—. Este asunto es mío, sólo
mío. No puedo consentir...
—¡Calla! —la interrumpe Renato imperioso. Y dirigién‐
dose a Juan, exclama—: ¡Sólo a mí has de darme cuentas,
Juan!
—Te las daré cumplidas... ¿Me ace*tas por esposo,
Mónica de Molnar?
—¡No... no! —rechaza Mónica con la desesperación en‐
roscada en su garganta.
—¿Que no, has dicho? ¡Pues yo digo que sí! Te casarás
con Juan del Diablo, ¡o no saldrá él vivo de aquí!
Es un instante, uno de esos instantes lar*os como siglos
en que las almas tiemblan. Desesperadamente, Renato
ordena, pide, exige... No ha creído más que a medias las
palabras de Áimée, apenas ha podido dar crédito a sus ojos-
al hallar juntos a Mónica y a Juan y se agiganta en su pecho
la resolución terrible, el ansia salvaje de matar, hasta
ahora d*sconocida para él. Quiere hallar la verdad... la
verdad que al mismo tiempo le espanta, y tiembla también
él al ver temblar a Mónica, que vacila como si un momento
considerara la profundidad de aquel abismo
repentinamente abierto a sus pies...
—Ya has visto que no quiere casarse conmigo —expone
Juan con el más amargo sarcasmo—. Soy muy poca cosa.
*ara una Molnar. Como esposo, no sirvo... Sirvo como
juguete, como diversión, como amante de un día, como
muñeco con el cual divertirse durante los meses de espera
para una boda de su rango. Para eso es para lo ú*ico que
sirvo...
Ha sonreído... ha sonreído como Satanás pudiera sonreír.
Y no mira a Mónica, sino a Aimée que se mantiene tensa y
rígida, sintiendo apretarse un poco más las manos de Re‐
nato, devolviéndole aquella mirada con *a suya fija Como si
contemplase la moneda que salta en el aire para caer,
jugando a cara o cruz la muerte o la vida. Y es Mónica
quien rompe el silencio expectante:
—¡Acepto!
—Yo creo, Renato... —empieza a decir Aimée; pero Rena‐
to la ataja imperativo:
—¡*ú, calla! Aceptas, ¿eh? 'Naturalmente que aceptas,
Mónica. Y tú, naturalmente que cumples, Juan.- —Y con
indefinible amargura, comenta—: ¿Qué razón puede haber
para que esa boda no se realice? ¿Cuál es el impedimento
legal? ¿Por qué citarse detrás de la iglesia, Juan, cuándo
pued*s llevártela tras recibir ,1a bendición de Dios en el
altar, con la alegría de todos y el aplauso de la sociedad?
¿Por qué no casarlos, Aimée? ¿No es eso colmar la medida
de tu deseo, cumplir como Dios manda, como una buena
hermana? ¿Por qué no ser nosotros padrinos de esa boda?
¿Por qué proceder como criminales cuando *o están
haciendo nada, absolutamente nada para lo que no tengan
derecho legal? Aceptas... ¡naturalmente que aceptas,
Mónica! Te casas... ¡naturalmente que te casas, Juan!
Hay un rumor de pasos y voces que se acercan, y unos y,
otros se miran sorprendidos, hasta que Renato comenta:
—Creo que viene mi madre"... Seguramente Catalina co
rrió a darle aviso... Bien*enidos todos para escuchar la
buena nueva. —Y alzando la voz, llama—: ¡Madre... Noel...
aquí estamos...! Ya verán cómo van a alegrarse todos...
—Renato... Renato... —suplica Aimée presa de angustia
—. No les ha*les a ellas... no les digas...
—¡Aimée... hija...! —prorrumpe Catalina llegando junto
al grupo. Y sorprendiéndose, exclama—: ¡Oh, Mónica... ¡
—Mónica, si —confirma Renato—. Mónica y Juan de Dios
... ¿No es ese el nombre *ue Mónica gusta darle? ¡Juan de
Dios...! Acércate, madre. Sí, Juan está aquí, pero no hay na‐
da por lo que tengan que alarmarse...
Sofía D'Autremont ha llegado junto a Renato, pálida,
temblorosa, como si viera llegar por fin la desgracia tantas
veces presentida para su hijo; pero Renato sonríe... *onríe
con una sonrisa nueva en él: desafiante, amarga, casi
agresiva, cuando explica:
—Tengo que dar a todos una gran noticia: Mónica y Juan
han decidido casarse, y lo harán en seguida. ¡En seguida!
—Renato, te suplico...
—Ni una palabra más por esta noche, querida —corta
Renato con ira el ruego de Aimée—. Necesitas descansar y
d*rmir. Mañana te aguarda un día terrible... Mañana mismo
será la boda. Tengo también el mayor empeño en que
mañana mismo estén lejos de aquí.
—Pero...
—Sin peros. Ellos no protestan, no replican, aceptan su
cruz, aceptan la lógica consecuencia del pecado que han
cometido... ¿O no crees que es un pecado? ¿Piensas que
debo aplaudir su falta de respeto a la casa de mi madre?
Dispé*same... Ya sé que se trata de tu hermana y que debes
sentir' te, casi como si lo hubieras hecho tú misma. Te
sientes así, ¿verdad, querida? Pues desecha esa idea y no
pienses más en el asunto. Yo hago a cada quien absoluto
responsable de s*s actos, desligándolo de
responsabilidades consanguíneas. Nadie es culpable sino
de sus propios actos, ¡y pobre de aquél cuyos actos puedan
volverse contra él algún día.,.!
Casi arrastrada por Renato, ahora detenida por él frente
a la puerta de aquel departamento *reparado para el amor
y la dicha, Aimée busca en vano gestos y palabras. Desde
hace algunas horas cree vivir en una pesadilla. Renato es
ahora, de repente, otro hombre para ella: lejano, helado,
amargó, y al mismo tiempo imperioso, desconfiado,
agresivo, como si cada instante temiese ser apuñaleado *or
la espalda, como si alguien hubiera derramado en sus
venas un sutil veneno que corre emponzoñándolo. La
mira... la mira muy de cerca, con fiera mirada
interrogadora, y luego sonríe... sonríe con una sonrisa fría
y breve, que es peor que todos los reproches, que todos los
insultos, que todos los gritos...
—Renato... —su*lica Aimée con mortal angustia.
—Entra, y déjame... Tengo mucho que hacer todavía —
ordena Renato con aspereza y dándole un leve empujón,
tras lo cual cierra con llave la puerta.
—¡Renato... Renato.. .! ¿Qué haces? —se asusta Aimée—.
¡Renato... Renato...!
—Hijo, ¿has cerrado con llave esa puerta? —pregunta
Sofía acercándose preocupada y vacilante—, ¿C*n Aimée
tras ella?
—Justamente, madre, con Aimée tras ella. Y ahora, si me
das tu permiso...
—No, aguarda un instante. Quiero saber lo que ha pa‐
sado. Lo reclamo, lo exijo. ¿Por qué has decidido esa boda,
que no te concierne, *n una forma así? ¿Por que tratas a
Aimée e este modo? ¿Por qué procedes como si hubieras
enloquecido?
—Tal vez porque quiero llegar al fin... No me preguntes
demasiado, madre.
—¿Qué te han hecho, Renato? —se angustia Sofía—.
Estaba segura, *staba bien segura... El golpe que más
pueda herirte tiene que llegar de él...
—¿De mi hermano Juan? —se revuelve Renato
desafiante.
—[Renato! —se alarma vivamente Sofía.
—De mi hermano Juan, madre... Dilo de una vez, acaba
de decirlo... Y dime más, dime todo lo que *ientes, todo lo
que piensas, todo lo que has callado y callas todavía, con‐
teniendo años y años el anhelo de gritármelo. Dime que me
odia, que sabes que me odia justamente por eso, porque es
hermano mío y bastó una fórmula legal, bastaron unos
papeles y unas firmas para que a mí todo me fuese
otorgado mientras a é* se le negaba todo. ¡Dilo, madre,
dilo... ¡
—No fueron unos papeles, no fueron unas firmas... fue la
diferencia de toda una vida: la mía, recta, honorable, lim
pia; la de esa mujer que dio a la casa D'Autremont un bas‐
tardo... ¡qué digo un bastardo, un hijo maldito, fruto del
adulterio y la-vergüenza, la de esa mujerzuela baja y vil, co
mo bajo y vil tiene que *er el corazón de ese hombre que
hoy te ha herido...!
—No me ha herido, madre.
—¿Que no te ha herido? Entonces, ¿por qué te revuelves
así? ¿Qué puede importarte que Mónica...? ¡Renato, hijo,
dime la verdad, t*da la verdad!
—La verdad es la que oiste, es ésa y no puede ser otra.
¿Qué has pensado, madre, qué has creído? ¿Piensas que de
haber sido como sospechas, estaría ella viva detrás de esa
puerta? ¡Ni él ¡ ni ella hubieran escapado con v*da, madre.
Pero esa boda es mi garantía... Por eso quiero casarlos yo
mismo, en seguida, cuanto antes... Ver en el rostro de mi
esposa la sonrisa feliz de quien lleva una hermana al
altar.'.. Ya lo sabes todo, madre, y sabes también a dónde
voy. Voy a prevenir a los que cuidan *os linderos, a poner
guardias en todos los caminos del valle, con orden de
detener a los que entren o salgan. Juan del Diablo no
escapará de aquí sin haberse unido •para siempre a
Mónica de Molnar, sin atar sus vidas ante los jueces y el
sacerdote, sin hacer buena la palabra empeñada, sin
probarme a mí qu* es ella, y sólo ella, la que ha podido
prostituirse hasta ser la ramera del puerto que aguarda a
los marinos...
—¡Renato... hijo...!
Sofía D'Autremont ha dado unos pasos tras de Renato
como si pretendiese aun retenerle, pero él no se detiene a
su voz ni a su ademán, se aleja rápido y decidido... Sofía
vacila, mira a la puerta de aquella alcob* en la que Renato
encerrara a Aimée... Por un largo momento parece luchar
consigo misma y, antes de alejarse, amenaza como
sacudida por la violencia de un sentimiento invencible:
—¡Pobre de tí! ¡Pobre de tí si has llegado a manchar el
nombre de mi hijo!

Aimée se ha dejado caer rendida en el pequeño diván de


raso colocado a los pies de la cama. En vano ha sacudido la
cerrada puert*, en vano ha tratado de escuchar, acercando
a sus rendijas el oído... Sólo ha percibido los pasos que se
alejan, las voces apagadas de aquella conversación entre la
madre. y el hijo, y ahora le asalta el recuerdo de aquellas
hóras que han sido como la ame*aza de un puñal sobre su
pecho.. Como el vórtice de un torbellino, vuelve a sentirse
arrastrada por Renato hasta aquella escena de pesadilla en
la que saltan como visiones de horror los rostros
conocidos: Mónica, Renato, Juan... Juan, sobre todo... Aquel
Juan amado y aborrecido, temido * deseado, a cuya
evocación la sangre de sus venas parece hervir...
—¡NO es posible... No es posible.. .! Todos han enloque‐
cido... ¡Todos! ¡El dijo que sí... Ella dijo que sí...!
—Señora Aimée...
—¡Ana! —se sorprende Aimée—. ¡Cómo has entrado?
¿Por dónde?
—No entré, señora, estaba aquí... esperán*ola como me
ordenó... Cuando sentí que venía ton usted el señor Renato,
me escondí. Como usted me dijo que no hablara con nadie
sino lo que me mandara decirle... ¿Ya no se acuerda,
señora?
—¡No *engo nada que decirte! ¡Vete de aquí!
—¿Y por dónde, señora? El señor cerró con llave la
puerta.
—¿Quieres decirme para qué me encierra como a una
fiera?
—El señor anda desconfiado, señora Aimée, bien descon‐
fia*o. No hay más que ver cómo la mira. Si yo fuera usted,
andaría con mucho cuidado, porque al señor Renato le han
debido decir...
—Algo más que decir. Ana. La carta que mandé contigo,
esa maldita carta que te arrebataron, esa carta que
seguramente te robó *autista, está en sus manos. Ha
debido entregársela él, para comprar su perdón con ese
servido... Y tenías que ser tú la que dejaras caer mi carta...
¡Tú, maldita estúpida! ¡Negra imbécil!
' —¿Y usted para qué lo hizo? Si soy una negra imbécil,
¿para qué se fía de mí,
—Porque a *eces Soy tan estúpida como tú misma... y
porque estoy desesperada, acorralada y perseguida por la
mala intención de todos. Ana, Ana, ¡ tienes que volver a
servirme!
—Yo..., ¡Ay, no, mi ama! Si el Bautista dio la carta para
que lo perdonara, si el amo Renato sabe... ¡Ay, mi ama! Yo
no quiero meterme en más líos. El Bautista *iene la mano
muy larga, y si él vuelve a mandar aquí...
—¡Yo seré la que te abofetee si no me sirves! —asegura
Aimée, impaciente por los reparos de la sirvienta. Y
cambiando de tono, ofrece—: Te daré cuanto me pidas,
pero ahora mismo sales de aquí...
—¿Por dónde...?
—Por la ventana del cuarto tocador. Caerás en el patio
chiquito, donde no hay nadie nunca, y allí te e*peras, miras
bien y buscas a Juan, que no puede estar lejos...
—¿Y si me ve el amo Renato,
—Si te ve, no importa... El no sabe que estabas aquí... A
mí es a quien no puede verme. Buscas a Juan y le dices que
se acerque justamente por la *entana chiquita por donde tú
vas a salir. Dile que le estoy esperando, que venga en
seguida y que no me lleve a la desesperación, que no me
haga enloquecer porque va a pagarla muy caro. ¡Acaso con
la vida! Busca a Juan y díselo... ¡Díselo!
Con oblicua mirada despecti*a, Juan ha recorrido del te‐
cho al piso los cuatro .ángulos del destartalado galpón
donde Mónica y él se encuentran en este instante. Es un
cuarto anexo a las caballerizas, donde se amontonan los
sacos de forraje, las pacas de heno, los viejos arneses, los
cajones y los barriles vacíos, sobre uno de los cuales, que
*unge de mesa, está la botella de aguardiente y algunos
vasos de burdo vidrio, en uno de los cuales Juan vuelve a
servir el ardiente licor para beberlo de un solo trago...
—No beba más, Juan. ¡Se lo suplico!
—Sigue con su manía de suplicar en vano. ¿Aun no se ha
convencido de que no atiendo ruegos ni súplicas? ¿*e que
es inútil...?
Ha callado mirándola despacio, como si la mirase por
primera vez, acaso sorprendido de su demacración, del
esfuerzo con que respira, de las profundas ojeras violáceas
que hacen más *ondos y dramáticos sus claros ojos de
mirada sombría, y acaso también sorprendido de su belleza
en flor, pálida y ardiente como una lámpara votiva, de
aquellas manos blancas, finas como de lirios, cruzadas
sobre el pech* como para rezar o para morir...
, —Juan... Usted va a irse, ¿verdad? —pregunta Mónica
con dolorosa voz suplicante—. Vino aquí esperando la
ocasión de recuperar uno de los caballos que tenía, de
conseguir otro, de irse... ¿verdad? .
—¿* por qué voy a irme? —replica Juan con una sereni‐
dad casi insolente. Hay ironía en sus palabras cuando prosi‐
gue—: ¿No oyó usted a Renato? ¿No le oyó decir que no sal‐
dría vivo si intentaba marcharme de Campo Real antes de
haber lavado la afrenta que le hice, tomándola por espos*?
Renato quiere que repare mi falta, que lave el honor de los
Molnar manchado por mí, que le devuelva la honra que le
debo... Qué gracioso, ¿verdad? El joven D'Autremont exige
que me. porte como un caballero, dándole mi apellido... ¡Mi
apellido.. .! ¡Qué gracioso es esto. Santa Mónica! Supongo
que será usted la que *enga que dármelo a mí... Entonces
me llamaré Juan Molnar... ¡Juan de Molnar! Y heredaré' con
usted cuatro pergaminos amarillos y media casa en
ruinas... —Ríe, y su risa encierra en sí una amarga
mordacidad, al proseguir—: Renato lo manda, y hay que
obedecerlo. El es como ese Dios que está allá arriba, que
pone en medio de la vida a un muchacho des*udo y
hambriento, sin nombre ni familia, y le dice: "No mientas...
no robes... no mates". Aun cuando para no matar, tenga que
morir... Pues bien, complaceremos a Renato... ¿A qué viene
asustarse ahora, *uando antes dijo sí?
—Juan, ¿es que no comprende? —protesta Mónica con
voz ahogada de dolor.
—¡Naturalmente que he comprendido! Lo único impor‐
tante es que Renato D'Autremont no sufra, que no sepa na‐
da, que no sospeche *ada que pueda humillarlo ni herirlo.
Está sobre las nubes... ¿No lo dije? —Y en un estallido de
repentino furor, protesta—: ¡Pues no está sobre las nubes!
Es una pella de fango podrido, es un hombre como todos
los demás. .. Peor... Más desdichado," más *idiculo, porque
llevó al altar a una ramera... ¡Oh! Por supuesto, eso no hay
que decirlo. La historia ya no es ésa, es muy distinta ahora.
Ella fue al altar casta y pura, y usted, usted, Santa Mónica,
era la que corría por la playa al encuentro del Luzbel...
Usted era la que me aguardaba de*nuda y ardiente sobre la
fría arena para echarme al cuello el nudo de sus brazos,
para ahogarme con el vaho de sus besos, para
embriagarme con su aliento y con sus caricias... Usted era
la que pasaba la tormenta en mis brazos, la que saltaba
sobre las rocas negras para despedirme, mientras yo me
alejaba con el perfume de sus cabel*os en mis manos y con
la sed de volver prendida a la garganta como una espina...
Usted era la amante de Juan del Diablo, Santa Mónica... —
Vuelve a reir con cáustica fiereza, y termina con ruda
violencia—: Y ahora no cabe volver atrás... El preguntó, y
usted dijo que si... ¡Que sí!
Sólo ciego de desesperación podría un hombre hablar de
modo tan bár*aro a la pálida mujer que tiene delante y que
ahora retrocede respirando con esfuerzo, como si le faltara
el aire... Toda ella es como una brizna de paja que girase
atrapada por la furia del vendaval; pero a*za la cabeza,
clava en él la mirada, se sostiene enfrentándole, como si se
apoyara en la cruz que eligió por martirio, extiende los
brazos cual pudiera extenderlos sobre el madero para ser
crucificada, y confiesa sumisa * contristada
—Dije .que si... es verdad. ¿Qué otro camino me
quedaba? ¿Qué otra cosa podía responder a las palabras de
Renato? Dije que si, pero usted...
—Yo también dije sí, claro está. Quería ver hasta dónde
llegaban j todos: us*ed, con su locura; Renato, con su
imbecilidad...'Y esa perra maldita, esa hipócrita, maestra
de todas las falsedades, esa cínica que merece ser
pisoteada, también quise ver hasta dónde podía llegar. Y
llegó a todo... hasta a mentir de aquella manera, mirándola
a la cara... Po* supuesto, hizo bien. Ya estaría segura, ya
sabría hasta dónde era usted capaz de soportar... —Vacila
un instante y, con súbita sospecha, pregunta—: ¿O acaso
fue convenido entre ambas?
—¿Qué dice, Juan? ¿Está loco? ¿Cómo podía yo...?
—¡Salió demasiado bien la escena! ¡Todo estaba como
en*ayado! Hasta la oportuna llegada de la ilustre señora
D'Autremont... ¡Con qué horror y con qué asco me miró a la
cara!
—Juan, por piedad...
—¡Piedad! ¿Conocen ustedes, los felices, los bien
nacidos, los de sangre azul, el significado de esa palabra?
¡Piedad...! Pues aplíquela usted si lo sabe. Yo no tendré
piedad de nadie, porque de mí nadi* la tuvo jamás.
—Renato tuvo más que piedad... Tuvo amistad, afecto,
simpatía, deseos de ayudarle contra todo, contra -todos... Si
le oyera usted defenderle, apoyarle, justificarle, recordar
los días en *ue le conoció en la infancia, afirmar su
determinación de tratarle como a un hermano...
—¡Como a un hermano!
Juan se ha mordido los labios, mirando hacia otro lado.
Por encima de su cólera y de su rencor, no puede negar
aquel*a verdad que las palabras de Mónica le recuerdan.
Piensa en Renato niño poniendo en sus manos sus ahorros
infantiles, dispuesto a seguirle. Piensa en Renato
buscándole en la mugre de una taberna, en el fondo de una
cárcel... en sus ojos limpios, en su ma*o leal, y piensa
también en las últimas palabras de Bertolozi, en aquella
verdad creída a medias, en la mirada inquisitiva de
Francisco D'Autremont, en su mano estrujándolo,
zarandeándolo como si pretendiera penetrar en su corazón
y en su sangre, asomarse a su alma, saber hasta qué pun*o
podía ser su hijo aquel muchacho despreciado, condenado
a carne de horca por el insano deseo de venganza de aquel
Bertolozi a quien algunas veces llamó padre... Como una
espuma amarga, como una bocanada de asco le ha subido a
los labios el pasado, y lo aparta como si espantase a una
alimaña de un brusco manotazo:
—¡Oh, ba*ta! ¿Qué pretende? ¿Qué espera de mi?
—Vayase, Juan. Piense que se lo pido de rodillas,
desesperada... ¿Por qué llevar las cosas hasta el fin? ¿Por
qué empeñarse en que corra la sangre? Yo sé que en su
alma hay una fibra capaz de compasión. Tiene que haberla;
la he visto, la he palpado... Usted no es una fiera; usted es
un hombre, Íuan, y como a hombre, e*ta pobre mujer le
ruega, le suplica, e implora... ¡Vayase, Juan!¡Dígame que si!
—No puedo responder todavía.
—No me responda, pero vayase... Vayase mientras dura
la noche. -. Levante al amanecer las anclas, y *ue cuando
salga el sol, esté lejos. No lo diga, no lo diga si le duele a
su orgullo decirlo, pero hágalo, Juan... ¡Hágalo!
Ha caído de rodillas, ha extendido las manos; luego se
inclina para cubrir con ellas el rostro, y queda sin sollozos,
dejan*o resbalar las lágrimas entre sus dedos. Juan la mira
un instante y sale de la estancia moviendo la cabeza como
espantando una idea fija. Va confundido, trastornado,
sintiendo que una oleada extraña de compasión le
embarga, como si minuto a minuto perdiera terreno en
aquella batal*a en la que las lágrimas de la ex-novicia
luchan contra su orgullo, contra sus celos, contra su rencor
y su amor...
Ha dado unos pasos sobre la tierra húmeda... Ahora no
llueve ya, y es pálido y lejano el resplandor de los
relámpagos que intermitentemente encienden el cielo. Sus
ojos giran como abarcando aquel p*isaje, y al divisar al
muchachuelo negro que por allí haraganea, lo llama:
—¡Colibrí... Colibrí...!
—Aquí estoy, mi amo. Todo se halla listo. Entre aquellos
árboles, que están detrás de la iglesia, escondí los caballos
en cuanto vi que empezaba el julepe... ¿Nos vamos, mi
amo?
—Sí, Colibrí, nos vamos. Ahora mismo nos... —se inte‐
rru*pe al oir un extraño y lejano silbido, 'y perplejo indaga
—: ¿Eh? ¿Qué es eso?
—No sé, mi amo. Alguno nos está silbando...
—Señor Juan.., señor Juan... —llama Ana con vehemen‐
cia, pero sin gritar, llegando donde se encuentra éste—.
Soy yo, señor Juan... pero no grite... No grite, que andan
cerca los guardias...
—¿Qué guardias?
—Los guardias que mandó el señor *enato para vigilar y
no dejar entrar ni salir a nadie... yo creo que es para que
usted no se escape,..
—¿Qué dices? ¿Escaparme yo? ' "
—Eso. dijo el amo. Yo oí cuando se lo dijo al señor nota‐
rio... Que no *uería que usted se escapara, porque mañana
tenía que casarse... ¡Ay, Dios! Así debían hacer todos los
hermanos: no dejar que se escapen los novios. No habría
tanta pobrecita mujer como dejan plantada...
—Vigilar... Vigilarme... ¿Y quién te mandó a tí que me lo
dijeras? - -
—*ue se lo dijera a usted, nadie. Pero yo los vi y pensé:
Es mejor que lo sepa... y que se ande con cuidado hasta
llegar a la ventana...
—¿Qué ventana?
—¿No le dije? ¡Ay, Dios, que no le dije! Tengo la cabeza
que me da vueltas para todas partes, con tantos sustos y
con el golpe en la piedra que me hizo dar ese maldito d*
Bautista, que así le coman las hormigas los pies y las
manos,..
—¿Acabarás de una vez? —se impacienta Juan. , —Ya voy,
señor Juan. Aquí todo el mundo está siempre apurado... La
señora Aimée me mandó que lo buscara por todas partes, y
me "dijo... Deje ver si me acuerdo... ¡Áh, sí! Me dijo que
estaba desesperada, llorando a mares, y enferma de tanto
llor*r... .-
—¿Te dijo que me dijeras eso? -
—Sí, señor. Eso y muchas cosas más, que se me han olvi‐
dado. .. Pero de veras que está muy asustada, y *iene razón,
porque hay que ver cómo la mira el señor Renato. Yo lo vi
cuando me escondí detrás de la puerta... La mira como si le
fuera a arrancar la cabeza, y ella tiene mucho miedo y.
quiere que usted vaya...
—Que yo vaya, ¿a dónde?
—A v*rla... por la ventana chiquita... Por ahí me hizo
salir casi de cabeza para buscarlo, porque el amo Renato la
tiene encerrada y dijo muchas cosas muy feas... Y para mi
que si ustedes no se casan, él mata a alguien, porque está
como el amo don Francisco, que en paz descanse,
m*ndando de verdad. Y la señora Aimée le espera a usted
en la ventana... y me dijo que fuera... Que fuera a hablarle
usted esta noche, porque si no iba, se mataba...
—¿Matarse ella? —sonríe 1Juan despectivo—. Como si
fuera posible para ella ir contra sí misma por nada ni por
nadie. ¡Matarse ella.. .
*n instante, cruzados los brazos, Juan ha contemplado el
rostro oscuro, de expresión estúpida. Luego, bruscamente,
le vuelve la espalda y ordena a CoÍibri:
—¡Vámonos!
—Sí, mi amo, vamonos. ¿Traigo los caballos?
—¿Va a ir a caballo? —pregunta Ana con extrañeza—.
¿Hasta dónde?
—¡Hasta el infierno! Puedes decírselo asi a tu ama.
—*i es fuera de la finca, le digo que no pasa de la
guardarraya. Son como den, todos con escopetas. E1 amo
Renato mandó abrir el cuarto grande donde estaban las
escopetas, y le dieron una a cada guardia. Yo l*s vi de dos
en dos dando vueltas por allá, y los han visto todos en la
casa...
—¿Todos? ¡Entonces era una trampa! —exclama Juan—.
Cuando Mónica de Molnar me rogó que me marchara, que
saliera esta noche de Campo Real, segu*amente no
ignoraba que había hombres preparados para detenerme...
tal vez, para matarme... Claro, después de todo, ¿qué valía
mi vida, qué vale mi vida desdichada, comparándola con la
tranquilidad de Renato? El, sólo él importa. Y yo llegué a
creer *n sus lágrimas, a escuchar sus súplicas...!
—¿De quién está hablando? —pregunta Ana, que no en
tiende ni una sola palabra.
—¿Qué te importa? ¡Corre y díle a tu ama, a tu maldita
ama, que voy allá! Anda.. .
—¡Corriendo y volando! —afirma Ana alejándose, al tie*
po que murmura—: ¡Lo que se va a alegrar! Esta vez sí que
me gané la sortija, el collar, y toda la plata que me ofreció
el ama.
—Juan... ¿Eres tú...? ¿Eres tú por fin...? Como si no diera
crédito a sus ojos, Aimée extiende las manos desde aquella
ventana, estrecha y alta, mientras frente a ella, en el
pequeñ* patio embaldosado, Juan se detiene cruzando los
brazos. Una cólera fría, más terrible que todos sus
arrebatos, un rencor helado y sordo parece llenar hasta la
última partícula de su cuerpo y asomarse a sus ojos como
nunca altaneros, como nunca fieros y penetrantes... sus
ojos italianos en los que Aimée de Molnar no lee más que
una palabra: venganza. Y claramen*e asustada, ruega:
—Juan... no me mires de esa manera... Comprendo lo
que sientes, lo que te pasa. Yo también estoy desesperada...
Óyeme, entiéndeme... Tuve que decir eso, tuve que mentir
tratando de engañar * Renato, porque iba a matarme en
aquel instante... me había echado las manos al cuello... Le
habían entregado la carta, la maldita carta que Ana se dejó
robar...
—¡Ah... Ana.,.!
—Fue a buscarme como un loco y me hubiera matado,
Jua*, me hubiera matado en aquel instante. Lo veía en sus
ojos, sentí sus manos apretándome la garganta y grité lo
primero que me pasó por la imaginación... grité para
salvarme, sin saber ni lo que gritaba...
—Sabiéndolo muy bien, estando muy seguro del resultad* de tus palabras, habiendo preparado antes la farsa, los trucos, los recursos...
Habiendo mandado a tu hermana para que ella me entretuviera •y él nos hallara juntos...¡Que facil es, que grandiosas, que maravillosas son
tus casualidades...!

—¡Juan de mi alma, yo te juro...!


—¡Calla, basta, *o jures más! —se exalta Juan en un
arrebato de ira—. Deja la farsa y acaba de una vez con lo
que tienes que decirme. Me mandaste llamar diciendo
que si no acudía me iba la vida. ¿Por qué me iba la
vida? '
—Te mandé llamar desesperada. Dije lo primero que me
pasó por la mente para obligarte a qu* te acercaras... Ne
cesitaba verte, oírte, hablarte, estar segura de que no te
alejas odiándome...
—¿Alejarme? ¿Tú también quieres que me vaya?
—¿Y qué otra cosa. puedes hacer frente a las
circunstancias. Irte... aprovechar las horas de noche que
aun quedan, tomar un caballo, llegar hasta tu barco y... —
Aimée se interrumpe ante la carcajada que con amarga
ferocidad *uelta Juan, y con una mezcla de asombro y
miedo, inquiere-'-: Juan, ¿qué tienes? Vas a volverte loco!.
—No... no temas. Eso quisieras tú, ¿verdad? Eso quisie
ran tú y la otra: que me volviera loco, o que fuera tan can‐
dido como par* escuchar tus consejos y ablandarme frente
a sus lágrimas. Pero no lo haré... no lo haré. Fui lo
bastante estúpido para quererte, lo bastante imbécil para
pensar que tú también me amabas, lo bastante asno para
creer hasta en la buena fe de tu hermana... Pero ya sé lo
q*e quieren las dos, ya sé lo que entre todos me han
preparado. ¿Fuiste tú la que le aconsejaste a Renato regar
escopetas entre los guardias? ¿O la idea fue de Santa
Mónica?
—¿Qué dices? —se desconcierta Aimée—. No entiendo
nada. Te juro...
—Tal vez lo combinaron entre las dos. Saben m*cho, son
tal para cual... astutas como sierpes... Solamente olvidaste
un detalle: que enviabas tu recado con una imbécil, con.
una pobre tonta incapaz de secundar tus planes, con una
estúpida que tuvo la candidez de prevenirme de cuántos
eran y qué armas tenían... .
—¡Juan... Jua*, te juro que yo no sé nada... nada... ¡
—Yo te juro que voy a vengarme haciendo las cosas co
mo ustedes las hacen, clavando poco a poco el puñal... Tú
y ella... y ella más que tú, porque a ti ya te odio tanto y te
desprecio tanto... pero ella... ella...
—¿Qué hizo ella? |Te juro que no sé nada, que no entien‐
do nada!
—¡Entiendes demasiado! Te ha fallado el último truco,
les *a fallado a ambas el plan para deshacerse de mí,
haciéndome prender o matar... mejor matar, ¿verdad? ¡Los
muertos no hablan! Pero no me moveré de esta casa. No
tengo nada que hacer fuera de sus jardines... Al contrario,
iré al despachó *ara decir a Renato cuánto le agradezco
que vaya a apadrinarme y qué contento estoy con la boda
que me prepara. Tú eres la madrina, ¿verdad? ¡Con cuánta
alegría vas a llevarla hasta el altar... como vas a desearle
felicidades a tu hermana, y qué dulce viaje de bodas le
a*uarda.. .!
—¡NO, no, tú no vas a casarte con Mónica!
—Yo sí voy a casarme. Lo manda Renato, que es el rey de
Campo Real. Me casaré mañana, y desde ahora voy a
empezar a prepararme, voy a pedirle a mi futuro cuñado el
regalo que me hace falta: ¡un barril de aguardiente para el
viaje!
Sin escuchar *os grifos de Aimée que le llama con
desesperación, sin volver siquiera la cabeza para escuchar
aquella voz que implora desde la pequeña ventana, Juan se
ha alejado cruzando el patio, con una sola idea, con una
sola obsesión: vengarse... Vengarse usando las mismas
armas que cree usadas contra él: la astucia y el engaño.....
Vengarse hiriendo poco a poco, dest*ozar golpe a golpe
otras vidas, como una a una han sido destrozadas sus
ilusiones. Y por la diabólica alquimia de aquella intriga en
que se agita, su odio más ardiente no es para la mujer que
le ha engañado, no es *i siquiera para ese Renato en cuyas
venas sabe sangre de hermano. Es para Mónica de Molnar,
para la frágil mujercilla que, un instante arrastrándose a
sus pies, logró convencerle hasta las entrañas; para la que
estuvo a punto de ganar *a batalla apelando a su com‐
pasión y a su piedad. Ahora, repentinamente, sólo piensa
en ella, ¡y con qué furor, con qué ansia sueña tenerla a su
antojo y albedrio sobre la cubierta del Luzbel, como un
botín más en su carrera de pirata, como una propiedad de
conqui*ta en aquella lucha desesperada que es, y siempre
fue, su vida, en guerra contra todo el mundo en que
naciera, contra la sociedad que le rechazara, contra el
techo y el pan que se le ofreciera en su infancia, contra
todos, en fin... contra todo y contra todos.. .!
Aimée ha saltado por la estrecha ventana, *olpeándose al
caer; pero dominando el dolor se levanta tambaleante, y
arrastrando la pierna dolorida, da unos pasos sin saber
qué rumbo tomar para seguirlo... Y es un grito bronco de
ansiedad y desesperación el que sale de su garganta:
—¡Juan... Juan!
—.¡Aimée! ¿Por qué gritas asi? ¿Estás loca? —reprende
Momea en voz baja, acer*ándose a su hermana.
—¡Juan! ¡ Juan! ¡Búscalo, corre tras él, Mónica!
¡Detenlo, llámalo! ¡Va como un loco!,
—Como quiera irse, pero que se vaya. ¡Que se vaya!
—¡Es que no se va, Mónica! ¡Está cómo loco! ¡Quiere
vengarse!
—Su única venganza es cumplir la palabra que me ha
dado a mí: irse para siempre. Y esta vez serán inútiles tus
gritos y tus lágrimas. ¡Se irá p*ra siempre! Con lágrimas y
súplicas le arranqué la promesa, y va a cumplirla...
—¡No seas estúpida! Te estoy diciendo que no se va. ¿No
me entiendes? ¡No se val ¡No se va! Se queda para
vengarse. Dice que va a casarse contigo para castigarme,
para volverme *oca con lo que sabe que puede lastimarme
más, sabiendo que lo que más puede herirme en el mundo
es pensar que tú... ¡que tú y él...!
Fieramente, Mónica de Molnar ha enfrentado a su
hermana. Sus blancas manos se crispan en los hombros de
Aimée,. sujetándola, zarandeándola, obligándola a mirar*a
cara a cara, los ojos en los suyos relampagueantes, y
ordena indignada:
' —¡Calla! ¡Calla! ¡No digas una palabra más, porque no
respondo de mí! ¿Por quién me has tomado? ¿Piensas que
soy de 'tu misma carroña, mujerzuela despreciable? ¿Qué
es lo que has llegado a pensar? ¡Cállate ya!
—¡Tú eres la que has de callarte! ¡*o sabes lo que pasa
o, no lo quieres saber! ¡Ó acaso sí lo sabes y estás muy
conforme con llevártelo!
—¿Llevarme a quién? ¿Qué es lo que dices?
—No haces sino ir rastreando detrás de mis pa*os,
empeñándote en disputarme a los que me quieren a mí, a
mi, a mí sola... ¡ Primero a Renato, luego a Juan... ¡
—¡Cállate! —exclama fuera de sí Mónica, al tiempo qué
asesta una, sonora bofetada en el rostro de Aimée.
—¡*ónica! ¡Aimée! ¿Qué es esto? —se sorprende
Renato, que ha llegado silenciosamente hasta el grupo que
forman las .exaltadas hermanas.
—¡Renato! Ya has visto... —se angustia Mónica. ;
—He visto que abofeteabas a tu hermana, y
comprenderás que es necesario...
—Mónica *o me perdona el que haya tenido que descu‐
brirla —interrumpe Aimée dominando la situación—. Está
furiosa porque tú lo sabes, porque la obligas a casarse,.. Y
en eso no le falta razón, Renato. En eso creo que te
excedes... Si ella no quiere una reparación, ¿por qué has
de imponérsela?
Mónica ha apretado los labi*s, ha bajado los párpados,
ha retrocedido hasta encontrar el apoyo de una columna
para no desplomarse, y otra vez, tras el momento de
imponente cólera en la que ha sentido hervir su sangre,
siente que es hielo lo que le corre por las venas, que son
como de plomo su cuerpo y su alma... Y escucha, como a
través de muchos velos, indiferente ya a fuerza de sufrir,
las palabras *e su hermana:
—Está como loca y por eso le perdono hasta que me mal‐
trate. AI fin y al cabo, este es un asunto que no te
concierne directamente, Renato. Lo mejor será que dejes
en paz a Juan del Diablo, que *nvíes a mamá y a Mónica a
Saint-Pierre, y que tengas piedad de mí, que ya no puedo
más... ¡que ya no puedo más!
Se ha -arrojado llorando en brazos de Renato, pero él la
detiene con un gesto frío. Ahora sólo mira a Mónica: *u
cuerpo desmadejado apoyado en la columna, sus labios
apretados, sus cerrados párpados, su cabeza echada hada
atrás en la más amarga actitud de suprema
desesperación.., 'Y con gesto sereno y tono mesurado,
expone:
—Si realmente Juan te debe una reparación, *ónica, no
es posible que no quieras aceptarla. Si realmente tuviste la
debilidad de caer en sus brazos, no es posible que una
mujer como tú se niegue a casarse... Mal o bien, tuviste
que quererlo para hacer lo que hiciste, y si lo que te asusta
es su modesta posición, acaso deba adelantarte que
des*ués de la boda las cosas cambiarán. Perdóname si
insisto, pero tengo la absoluta necesidad de saber que
quieres a Juan, que quisiste a Juan, que fuiste suya, tú, tú...
Y habiendo sido suya, no puedes rechazar lo que te
ofrezco, que es lo único digno, lo único decente: ser su
esposa...
—¡Pero si ella no quiere... ¡ —se rebel* Aimée.
—Sí quiero, Renato. Me casaré, me iré con él a donde
quiera llevarme. ¡Dije que sí, y es mi última palabra!
Aimée ha escuchado temblando las palabras de Mónica,
y se diría que, sin apenas cambiar, algo se despeja en el
endurecido rostro dé Renato. Un instante aparta éste la
vista de la pálida mujer recostada en la columna, para
clavarla en el rostro de *u esposa. También Aimée de
Molnar está intensamente pálida; como los de Mónica,
también tiemblan sus labios; pero hay un relámpago
siniestro en sus brillantes ojos de azabache, y la luz que un
momento iluminara el rostro de Ren*to parece apagarse
cuando de sus labios destila sutil y dolorosamente la ironía:
—¿Ves? No era necesario llegar a los extremos de antes
para convencerla de lo que es justo y natural. Cualquiera
puede -tener un instante de debilidad, pero las gentes bi*n
nacidas . saben siempre que hay necesidad de reparar, y
Mónica no desmiente la casta... Y ahora, para ti, Aimée,
una pequeña pregunta de orden personal: ¿Por dónde
saliste del cuarto?
—¿Yo? Pues... Bueno... por esa ventana... Tu ridiculez de
encerrarme me obligó a cu*lquier cosa, y aprovecho la
oportunidad para decirte que no estoy dispuesta a tolerar
la forma en que me tratas...
—Me temo que tendrás que tolerar muchas cosas más,
querida —anuncia Renato con suavidad, pero con un oculto
acento ominoso—. Volvamos al cuarto.,.. Deja a Mónica en
paz... Ella me parece que comprende *as cosas mejor que
tú, y acepta plenamente las consecuencias de sus actos.
¿Verdad, Mónica?
La pálida frente de Mónica se ha alzado, sus claros ojos,
limpios, puros, altivos, se clavan un instante en los de
Renato haciéndole estremecerse con una involuntaria
sensación de respeto, cuando ésta asiente dignísima:
—En efecto, Renato. Acepto y afronto plenamen*e las
consecuencias de mis actos. .

—SIÉNTATE Y DESCANSA. Mañana te aguarda un día de


grandes emociones... un mañana que ya es hoy...
Los dos, Aimé* y Renato, han alzado la cabeza. Por la
abierta ventana se divisa un trozo de cielo que empieza a
clarear. En él arde una estrella, roja como una brasa, como
un botón de fuego, como una ardiente gota de sangre...
—Todo estará listo a la hora q*e haga falta: los papeles,
el cura, el juez. Por fortuna, el notario lo tenemos en casa.
Un poco remiso andaba el bueno de Noel, pero después ha
desplegado una actividad extraordinaria, cuando se ha
dado cuenta que de verdad le iba en esto la vida a Juan del
Diablo. Siempre ha te*ido una extraña debilidad por mi
hermano...
—¿Eh? —se asombra Aimée—. ¿Qué dices, Renato?
—Creo que ignorabas ese detalle. Sí, Juan del Diablo es
mi hermano. Claro que con el yelmo del 'escudo de los D'-
Au-tremont virado hacia la izquierda; peor aún, porque ni
siquiera es un simple bastardo... *s un hijo del adulterio, de
la infamia, de la traición de una mujer y de la deslealtad de
un amigo... Duele decirlo, pero ese amigo infiel fue mi
padre, pero vaya la verdad por delante...
Aimée ha bajado más la cabeza, ha hundido un instante
el rostro en las manos. El corazón le late tan fuerte, que
cree no poder resistir más. Todo a su alrededor *s como
una pesadilla, como un torbellino de locura, mientras
ásperas, irónicas y heladas, siguen sonando, como si
flotasen en un negro infinito, las frases de Renato:
—Justamente anoche tuve la seguridad de que era mi
hermano. Y mira tú lo que somos los imbéciles, los
sentimentales, los de corazón blando... Sentí una ternura y
una alegría infinita, salí a buscarle para es*recharlo entre
mis brazos, para ofrecerle lo que, según mi utópico sentido
de la vida, le pertenecía:
la mitad de cuanto tengo... Para rogar a mi madre, con
lágrimas en los ojos,' que me permitiese darle también el
nombre de *i padre, para hacerle completamente igual a
mí... Qué imbécil soy, ¿verdad?
—¿Por qué hablas de ese modo? ¿Por qué destilan así
odio y amargura tus palabras?
—¿Me lo preguntas de verdad? ¿No lo sabes? A veces
basta un rayo de luz para ver el *bismo; basta un minuto
para que la vida cambie para siempre... —Renato hace una
mueca, y es más intensamente amarga la bocanada de
veneno que sube a sus labios—: Sí... Es mi hermano... mi
hermano el perdido, el contrabandista, acaso el pirata...
como Mónica es tu hermana hipócrita y *astrera, cínica y
liviana... ¿Verdad?
Ha esperado la respuesta largo rato hasta que, al fin,
escapa trémula y mojada de lágrimas de los labios de
Aimée:
—Eres muy severo con ella, Renato. Yo... yo me atrevería
a suplicarte que los miraras con más indulgencia... con
más...
Ha callado, ahogándose, y Renato da *n paso más hada
la ventana abierta, desde donde divisa él amplio panorama
del valle, los sembrados, los campos verdes, las cumbres de
las altas montañas que doran ya los primeros rayos del
sol... Su vista baja hasta más cerca y se estremece al ver al
hombre que, cruzados los brazos, torvo y ceñudo frente a la
morada de los D'-Autremont, observa también al *ol que
nace. Luego sonríe con sonrisa de hiél y sus manos bajando
hasta Aimée, la obliga a levantarse, a mirar por aquella
ventana, al tiempo que señala:
—Mira a, Juan. Está contemplando salir e* sol del día de
sus bodas... el día en que la vida de los hombres cambia...
¡El día de su boda!
—¡Oh. Juan!... ¿Qué haces?
—Ya lo ve, desayunarme a la moda marinera, con lo
primero que hallé a mano. El servicio en esta c*sa está,
dejando bastante que desear. ¿Dónde se fueron aquellas
filas de lacayos de chaquetas blancas? ¿Son acaso los que
rondan ahora los caminos con la escopeta al brazo? ' —
Juan, te suplico que no bebas más...
La mano de Noel, adelgazada y temblorosa, se *a
apoyado en el brazo de Juan apartando la copa que éste va
a llevar a sus labios, y los tristes y cansados ojos se fijan
largo rato en el rostro del muchacho, endurecido de
rencor y de cólera, cerrado como una noche de tempestad.
Están en un ángulo del amplísimo comedor, junto a l*s
armarios cargados de vajillas de plata, donde Juan,
revueltos los cabellos, desabrochada la camisa, toscos los
ademanes de marinero, es una figura tan extraña, tan ruda
y anacrónica, como cuando de niño pisó por primera vez
aquella estancia con los pies descalzos, con el traje de
terciopelo de Renato como inútil rega*o... -
—¿Qué pasa contigo, Juan? ¿Qué es lo que realmente ha
pasado? Te aseguro que todo esto es como una pesadilla.
Anoche te busqué por todas partes y, al no encontrarte,
tuve la esperanza de que te hubieras ido. Luego vi los
guardias.... Te avisaron, ¿verdad? ¿Te avisó ella..".?
—No sé a qué ella puede referirse en este caso. Me avisó
*na "ella", pero ninguna de las dos en las que seguramente
usted ha pensado. Esas habrían estado muy satisfechas si
me hubieran detenido con una bala en la cabeza o en el
corazón, pero no salieron las cosas a su *ntojo... Mi hora no
había llegado... Como para otros hombres dicen que hay
una Providencia, hubo siempre un demonio que protegiera
a Juan del Diablo. Un demonio que, para salvarlo, no le pide
más que una cosa: Que marche adelante p*soteando a
cuantos se pongan en su camino... Que viva sin piedad ni
cuidados... Que atropel1e y ofenda, robe o mate si es
preciso matar..,
—Hijo, es espantoso tu estado de ánimo, como
espantosas son también la desesperación y la *iolencia de
Renato. Tengo la impresión de que ha enloquecido de
repente. ¿Cómo pudo cambiar asi en una hora? ¡Qué digo
una hora! Unos minutos nada más bastaron. Y no es posible
que lo que oficialmente sabe, haya sido bastante para...
—¿Qué es lo que oficialmente sabe?
—No creo *ue necesites preguntarlo. Tus pretendidos
amores con la señorita Mónica de Molnar...
—¿Pretendidos? Delante de usted ella ha confesado, ha
afirmado que fue mi amante...
—¡No pretenderás que crea ese disparate! Conmigo
puedes ser absolutamente franco...
-Soy absolutamente franco con todo el mundo. Noel. Me
cas*ré con Mónica de Molnar, me la llevaré conmigo en mi
barco... Será útil una mujer a bordo para lavar la ropa, ha‐
cer la comida de los muchachos, remendar las. velas y
fregar los platos...
—¡NO puedes casarte para eso con la señorita Molnar!
¡No puedes llevártela a tu barco! Ella tiene su casa en
Saint-Pierre. Ahí es donde tienes que ir y allí iré yo tambié*
en seguida para...
—¿Para qué. Noel? —interrumpe Renato, aproximándose
a la mesa donde se hallan los dos hombres—. Termine la
frase...
—Pues... para ayudarles a instalarse. Cuando las cosas
se hacen tan precipita*as como esta boda, todo sale mal y
hay después mil detalles que arreglar, y yo...
—¿Y usted cree que su presencia puede ser grata a dos
recien casados? No, Noel, va usted a estorbar de un modo
lamentable. Juan y Mónica van a casarse por amor. ¿No es
v*rdad?
—Naturalmente —desafia Juan destilando ironía—. Por
amor ... Un amor que salva todos los escollos, que suprime
todas las distancias... No se preocupe usted por Mónica,
Noel. Cuando sea mi mujer, no necesitará de nada,
absolutamente de nada...
—No dudo que sabrás atender y cuidar a tu es*osa —
concede Noel haciendo un esfuerzo.
—Tanto como Renato a la suya. ¿No la guardas tú bajo
llave, Renato?
—¡No te doy el derecho de preguntarme lo qué hago! —
rechaza Renato furibundo—. Ni de entrar en el comedor de
mi casa... Ni de beber coñac en mis vasos... ¡Canalla!
—¡Renato! ¡Oh, Juan! —se alarma Noel ante el sesgo *ue
repentinamente han tomado las cosas.
—No se preocupe. Noel, no se asuste —tranquiliza Juan
con dolorosa impavidez—. Sus insultos no me harán saltar.
Ya sé que es el amo, y al amo todo hay que tolerárselo. No
en balde le respaldan cien hombres armados. Es un detalle
que da fuerza y valora sus mandatos... Magnífico detalle...
—¡Basta! ¡No voy a tolerar.. .!
—¡Soy yo quien dice, *asta! No pisaré tu comedor, no be‐
beré en tus malditos vasos... Aguardaré la hora de mi
matrimonio y me iré con mi mujer adonde me dé la gana
llevarla. Es lo que exigiste, y es lo que hago... ¡Nada más!
—escupe Juan con fiereza incontrolable. Y dando la es*alda
a su rival se aleja con paso precipitado.
—¡Ah, carroña! —insulta Renato enardecido—. ¿Por qué
se va? ¿Por qué no responde a mis injurias?
—¿Por qué te empeñas en provocarlo? ¿No ha hecho ya
cuanto quiere? ¿A qué viene ese odio repentino y absurdo?
Si quieres explicarme las *osas con calma, acaso yo, con mi
buena voluntad...
Renato ha apartado la, vista del notario, ha recorrido con
ella la amplísima estancia para detenerse al fin en el
dorado marco de un retrato, efigie de Francisco
D'Autremont, contemplándolo largo rato. La frente altiva,
el mentón voluntarioso, la figura arrogante, trágicamente
pa*ecido a Juan... Y toda la ira le sacude, se apaga, se
ahoga en el pozo amargo que reboza su alma...
—Renato... no te había sentido entrar...
—Tus puertas estaban abiertas por casualidad, mamá, y
pensé que no había nadie en tu cuarto.

—Sí... Yanina está enferma, y es natural. La pobre paga


por los pecados de otro... Ya sabes que Bautista
desapareció de *a casa sin decir palabra. Yo le había dado
un puesto de jefe de las cuadras, pero se fue sin despedirse
ni siquiera de su sobrina. La pobre sufre por éso. Ya sé que
tú no tienes por ella simpatías de ninguna clase, *ero es
una servidora agradecida y leal...
—Sobre todo, leal... —murmura Renato con cierto
retintín.
—¿Qué tratas de decirme?
—Nada.. Hablemos de otra cosa... Dentro de dos horas
será la ceremonia de la boda, y...
—Hijo, ¿de tod*s modos vas a hacer que se casen? ¿Insis
tes? Pensé que te bastaría con saber que estaban
dispuestos a casarse... ,
—Eso es muy fácil. También ellos pudieron pensar lo mis
mo. Yo necesito ver el, final, verlos partir en alegre viaje de
novios y regresar d*l brazo como un matrimonio bien
avenido. Si es como ellos dicen, ya pueden sentirse
satisfechos. Si no lo es... quiero ver estallar el volcán... Pero
lo es. Ellos lo afirman, todo el mundo lo dice, tú misma
opinas que debo aceptar la historia, tal como me la han
contado. Pues aceptándola, todos tenemos que ser *elices.
No hay razón para caras largas y sollozos ahogados, sino
para fiesta, para una alegre fiesta. Les he dado a los
trabajadores el día libre, barricas de aguardiente, y la
orden de bailar hasta que se caigan... Supongo que no fal‐
tarás a la iglesia, mamá. Me complacerás asistiendo a esa
boda.
—Si es por complacerte, habrá que ir. Pero *uisiera que
me escucharas...
—No escucharé a nadie. Es inútil... —rehusa Renato sua‐
ve, pero con firmeza—. Mira, aquí llega precisamente Ana,
oportuna por primera-vez en su vida...
—La mandé traerme razón de cómo sigue Yanina —justi‐
fica Sofía. Y alzando algo la voz—: Acércate, Ana ¿Cómo
está Yanina? '
—No sé. *ero seguro que está bien, porque no se hallaba
en su cuarto ni en el patio, donde el Bautista estaba
armando el gran escándalo...
—¿Ha regresado Bautista? —murmura Renato
lentamente.
—Lo trajeron los guardias, y hay que oírlo. Es*á más
bravo que un alacrán... No quería venir y lo tuvieron que
amarrar.. —Ana ríe con divertida estolidez—. Está que se
muerde solo, como un perro con rabia... ,
—¿Mandaste detenerlo a él también, hijo?
—*andé detener a cuantos intentaran cruzar los
linderos de Campo Real. Me alegro mucho de comprobar
que mis órdenes fueron cumplidas al pie de la letra. Ahora
mismo Voy a hablar con él, y no te preocupes, mamá,
porque no va a irle mal. En cuanto tú. Ana, ve a decirle a la
señora Aimée que se p*epare. La ceremonia de la boda es a
las tres. Debe estar arreglada un poco antes, ya que es ella
quien tendrá que acompañar al novio al pie del altar.
¡Anda! Prepárale la ropa y ayúdala a vestirse... ¿No me
oyes?
—Pero, mi amo, ¿cómo hago para entrar? La señora
Aimée está encerrada...
—Aquí tienes las llaves del cuarto. ¡*nda! ¡Anda pronto!
—Ha empujado a Ana, que se aleja asustada, y volviéndose
a Sofía, le aconseja—: Arréglate tú también, mamá. Yo voy
a ordenar que suelten a Bautista y a devolverle su
importante cargo... Estoy empezando a darte la razón en
todo, madre: es el capataz ideal para este infierno florido.

—Hija mía, creo que es la hora. Ahí está ya Renato, y to


d*s van camino de la iglesia. —Catalina se interrumpe y
balbuceando, agrega—: Yo no sé qué decirte, Mi hijita...
Yo...
—No hay nada que tengas que decirme, mamá. Mónica
se ha puesto de pie, abandonando el reclinatorio donde
*argamente ha rezado, y se mueve como una sonámbula a
través de la estancia. En sus ojos hay un brillo extraño, sus
manos arden, y están sus labios también resecos y
ardientes bajo el vaho de fuego que respira. Tímida y torpe,
la madre va tras ella como si no hallas* gestos ni palabras...
—Hija, deberías haberte mudado de traje... ¿Vas a ir a
casarte de negro, de luto como una viuda? ¿Y sin ramo de
novia?
—¿Qué falta hace? Dame mi libro de oraciones y mi ro
sario. .. •
—¡Ay, hijita, todo esto me parece horrible! Creo que aun
*odrías... —intenta persuadir Catalina; pero la interrumpen
unos golpes discretos dados en la puerta.
—No puedo nada... Ahí está el hombre que va a llevarme
hasta el altar... Es Renato... Ábrele...
Catalina ha franqueado la puerta a Renato y con la
mayor discreción ha salido dejándolos solos. El sí se ha
cambiado de traje afeit*do y peinado con pulcritud y
esmero. El marfilino rostro, tenso y pálido, no muestra
expresión de ninguna clase. En la mano sostiene un
pequeño ramo de rosas blancas, y parecen "de acero sus
pupilas azules, a fuerza de duras y brillantes, cuando
interroga:
—¿Estás lista ya?
La ha mirado con ansia, con una especie de
interrogación desesperada en los ojos humanizados por un
*nstante, y Mónica sostiene aquella mirada sin responder
de momento ni con un gesto ni con una palabra; luego baja
los párpados y da un paso hacia él para contestarle con un
monosílabo que 'es a la vez afirmación y pregunta:
—¿*a?

—Aunque es facultad de la novia hacerse esperar, creo


que no debemos extremar la nota en este caso... Juan está
en la iglesia, desde hace rato.. Aquí tienes tu ramo de
novia...
—Gradas, Renato —agradece Mónica con amarga ironía
—. Son las primeras f*ores que me das en tu vida, y tenían
que ser éstas. ¡Vamos, que espera Juan del Diablo!
Bruscamente, casi estrujándolo, ha tomado Mónica aquel
pequeño ramo de rosas blancas, y un instante lo aprieta en
gesto convulso contra su pecho. Tenía que ser él, tenía que
ser el hombre a quien tanto amó *n vano, a quien aun
siente junto a sí como una quemadura, quien la llevase del
brazo al altar, quien pusiera en sus manos el ramo de novia
para sus bodas con Juan del Diablo... Tenía que ser aquel
Renato D'Autremont a quien amara desde niña con el
ingenuo amor de sus nueve años, y tenia que ser su
voluntad la que pidiera a su vida *l sacrificio enorme, más
grande aún que el de la vida misma... Ahora va junto a él,
apenas apoyada en su brazo la blanca mano leve, mientras
llora su corazón con lágrimas de sangre, porque es aquél
con quien soñara, aquél con quien tejiera los jazmines
purísimos del amor primero, aquél que viera novio y esposo
en sus ensueños de colegiala, el que la lleve ahora com* un
verdugo camino 'del cadalso. Nunca fue tanto trecho de su
brazo, nunca recibió flores de su mano, nunca le vio, como
ahora le ve, inclinarse para mirarla, mientras avanza con
una sombra de inquietud en las cla*as pupilas...
—Mónica, ¿te sientes mal? Tu mano arde... Se diría que
tienes fiebre... •
—¡No tengo nada! Sigamos...
—Juan... ¿No me oyes? ¡Juan!
- Cruzando *os brazos, perdida la mirada en las
sobredoradas maderas del altar, Juan no parece escuchar la
voz de Aimée, no baja los ojos, no vuelve la cabeza para
mirarla, ni un solo músculo se mueve en su rostro de
piedra, y es su cuerpo frío y rígido, como si hasta su aliento
humano *e petrificase en aquel instante...
—¡Juan! ¿Hasta dónde vas a llegar? - Juan no responde.
Sólo ha ladeado un poco la cabeza para mirar a la mujer
que habla muy cerca, con Voz ahogada y suplicante; juntas
las manos y agrandadas de angustia las pupilas. También
Aimée cree soñar, cree vivir una e*pantosa pesadilla,
reviviendo a la vez las escenas de su propia boda que de
pronto se le antojan lejanas, como si el torbellino en que
vive durara desde hace muchos años atrás o como si fuese
su propia boda la que se realizase también en aquel
instante. Mas no su boda con Renato, sino con el hombre
que está a su lado, junto a ella, duro, *esdeñoso y altivo...
Pero la iglesia no está, como entonces, cubierta de flores.
Apenas brillan cuatro cirios frente al desnudo altar, no hay
alfombra, ni lámparas, ni sedas, ni brocados, ni uniformes
brillantes, ni asoma en el lugar de prefe-, rencia ,Ia blanca
cabeza del Gobernador General de la Isla... Lentamente
han ido llegando sombras oscuras, rostros de bro*ce o de
ébano, pechos desnudos, anchas manos de peones en las
que tiemblan los sombreros de palma, pies descalzos que
marcan en barro su huella, y también faldas de colorines,
cabezas adornadas con el típ*co pañuelo de las isleñas de
la Martinica, muchachuelos de ojos brillantes... toda una
muchedumbre humilde, abigarrada, impulsada por gratitud
o por curiosidad...
En la puerta del templo han aparecido los que faltan....
Una *ovia pálida, convulsa, enlutada con un chal de seda
negro sustituyendo al velo y a la corona de azahares... Una
novia con los labios trémulos, con los ojos encendidos de
fiebre y de espanto, que marcha despacio, como pidiendo
fuerzas a Dios para cada paso, * un joven padrino de faz
hosca y sombría, de dientes apretados, con una máscara de
hielo sobre la desesperación de su alma...
—¡No puede ser, Juan! ¡No puede ser, y no será! —
murmura decidida Aimée en voz baja y angustiada. De
pronto, ve junto a sí a su esposo, y se alarma—: ¡*h...
Renato... ¡
—Nuestra misión termina frente a este altar, Aimée. Ven
—explica Renato.
Ha retrocedido, obligando a Aimée a hacerlo con él, a la
vez sosteniéndola y sujetándola, clavada en ella su mirada
relampagueante. Pero la expresión de Aimée ha cambiado:
juntas las manos y bajos los párpados... Y una mueca *e
burla desgarradora cruza por los labios de Juan mientras se
acerca a la pálida enlutada para susurrarle en tono
desdeñoso:
—Bien... Ahora el cura dirá... ¿Qué pasa. Santa Mónica?
Parece que fuera a desmayarse...
—¡Vuélvase hacia el sacerdote! —ordena, imperiosa y
airada, Mónica.
El viejo sacerdote se ha acercado, y en el silencio de las
respiraciones co*tenidas podría escucharse el golpear de
aquellos corazones que laten como martillazos...
—Mónica de Molnar y Bizet-Villiers, ¿quieres por esposo
a Juan, sin apellido, conocido por Juan del Diablo?
—Sí quiero...
—Juan, sin ape*lido, conocido por Juan del Diablo, ¿quie‐
res por esposa a Mónica de Molnar y Bizet-Villiers?
—Si quiero...
Ya brilla el aro de desposada en la mano temblorosa de
Mónica; yo cayeron las trece arras de oro sobre la bandeja
de plata; ya la mano del sacerdote se alza *ara bendecir a
la pareja extraña, y sus cansados ojos se detienen en la
cabeza baja, como de sonámbula, de Mónica, y en el rostro
doloroso y altivo, rudo y descuidado, de Juan...
—...Unidos para siempre quedáis, hijos mío, con el lazo
del matrimonio, fuerte y santo... • .
*omo en un torbellino de locura, ha cruzado Mónica la
iglesia, del brazo de Juan... Sin ver, sin oir, como la rama
desgajada de un árbol que el vendaval arrastra, han
salvado la distancia del pórtico de la iglesia hasta el centro
de aquella plaza abierta en los floridos jardines de los
D'Autremont... Mónica no ve la abigarrada muchedumbre
*e colorines que les rodea por todas panes... No mira el
rostro triste y severo de Sofía D'Autremont... Se borran
para ella las formas de Aimée y de Renato, no distingue
siquiera la pálida faz de su madre, que trata de seguirla,
bañada en llanto... Es como si la tierra se hundiera bajo sus
pies, como si las nubes girasen, y bailasen los árboles
subiendo y bajando en la trág*ca danza de un terremoto ...
Como si sus ojos deslumbrados apenas vieran solamente
cerca, muy cerca, demasiado cerca, el duro y amargo perfil
de Juan del Diablo, que grita autoritario:
—¡Colibrí... Pronto... l*s caballos!
—¡Un momento, Juan! —advierte Renato—. ¡Aguarda!
Hay un coche dispuesto para ustedes; pero hemos de
hablar antes... ¡Escúchame...!
—¡NO tenemos nada que hablar ni nada tengo que escu‐
charte! ¡Es mi mujer y me la llevo!
De un salto *stá Juan sobre el caballo. Con rápido y vio
lento gesto que nadie ha podido prever ni impedir, alza a
Mónica sobré el arzón del caballo que monta,
encabritándolo al golpe .brutal de sus talones. De
inmediato se arma una barahúnda de voces, movimiento y
confusión, y es la voz de Aiméé *a que se eleva en un grito
que es súplica y desesperación:
—¡Que no se la lleve! ¡Que no se vayan....! -¡Que no se
vayan! Haz algo, Renato, no lo dejes... ¡No dejes que se la
lleve así! ¡Que vayan tras ellos, que le corran detrás, que lo
detengan! ¿No me oyes? ¿No comprendes? ¿Renato!
¡Renato! ¿No te das cuenta? ¡Es cap*z de matarla!
Ha caído casi de rodillas, agarrada al brazo de Renato,
sincera y desesperada en un momento, pero la expresión
feroz del rostro de su esposo apaga el grito y la súplica en
sus labios...
—¿Por qué te vuelves loca? —se revuelve Renato en un
arranque de ira.
—¡Mi hermana... mi pobre hermana...!
—Se ha casado con el hombre a quien quiso, con el sal‐
vaje que p*etirió sobre todos los demás, por el qu¿ manchó
su nombre, por el que insultó a la sociedad en que ha
nacido, por el que no le importó desafiarlo todo y
arrostrarlo todo. ¡Se ha casado con su Juan, con su Juan del
Diablo, y s*n duda le agradan sus modales cuando pasó por
encima de todo para darle su amor! ¿Es verdad eso? ¿Es
verdad o no es verdad?
—Es verdad, Renato... —murmura Aimée impotente y
vencida.
—Pues entonces, adelante —rubrica Renato. Y con voz
esten*órea, ordena—: ¡Fuera de aquí todos! ¡A las
barracas, a los barriles de aguardiente, a cantar, a bailar, a
celebrar las bodas de Juan del Diablo!
Como si volase sobre el sendero pedregoso, marcha el
caballo que lleva a Mónica y a Juan... Sobre el duro arzón
de la montura, atr*pada, triturada casi por el brazo robusto
que a la vez la sujeta y la sostiene, siente Ménica, más que
ver, cómo las tierras de los D'Autremont van quedando
atrás... Ya han salido del valle, ya el brioso animal,
sintiendo el peso de la noble carga, clava los cascos en las
empinadas laderas del desfiladero que es entrad* y salida
al valle grande de Campo Real... Abajo quedó todo: la
morada suntuosa, los jardines magníficos, las huertas de
frutales, los campos sembrados, las barracas donde ya
suenan los roncos tambores y van de mano en mano las
jícaras de ron...
Mónica ha alzado la cabeza... No sabe el tiempo que ha
pasado, no sabe las leguas que ha sentido al caballo
galopar, per* ahora éste marcha despacio, atravesando el
campo sin caminos, donde las piedras le hacen resbalarse',
donde a veces las ramas les azotan al pasar y los tumbos la
obligan a agarrarse a los anchos hombros del hom*re que
la lleva consigo...
¿A dónde vamos? Este no es el camino de Saint Pierre...
¿A dónde me llevas?
—Este es el camino por donde yo quiero llevarla.. .
—¿Llevarme a dónde?
—¿Qué más da? ¿No oyó lo que le dijo en el alta* su
cura? ¡La llevo a donde quiera llevarla!
—¡Ese no fue el convenio! Basta de burlas, Juan. Si lo
que quiere es asustarme...
. —Se asuste o no, para mí es igual. Se casó conmigo; ¿no?
Entonces, es mi mujer y la llevo donde me dé la gana.
—¡No! ¡Eso no! ¡Le juro...!
—¡*uieta! Y no jure nada, porque jurará en falso. —La
ancha mano de Juan ha aprisionado las dos de Mónica y la
obliga a volverse para mirar al frente, a las nubes espesas
donde ya hundió el sol su último rayo—. Mire, ¿qué es lo
que tiene delante? ,
—El mar... y un barco...
—Una gol*ta... El Luzbel... Mi única propiedad, aparte de
usted... Mi casa... Nuestra casa. ..
—Está loco?
—Quizá... Probablemente hay que estar loco para haber
aceptado toda esta farsa. Y usted también debe estar loca
de remate..,
—¡Yo no voy a consentir...! ¡Lléveme a Saint-Pierre, o
déjeme aquí si no quiere llevarme! Iré sola, a pie, como
sea, o *e dejaré caer en cualquier parte... No le importa lo
que yo haga... Puede dejarme en paz.
—No, por mi desgracia. Dije que sí la quería por esposa.
¿No recuerda ya las obligaciones de los casados? ¿Tan poco
va*en para usted, noble y creyente, los juramentos que los
dos prestamos? Vivir juntos, servirnos, ayudarnos... "Ame y
proteja el marido a la mujer como a sí mismo, como a carne
de su carne; tema, respete y obedezca la mujer a su
marido..." ¿*o se acuerda ya? Fue hace unas horas apenas.
Estamos en el día de nuestras bodas, y para la noche de la
boda hay en El Luzbeluna ancha cámara nupcial —se burla
Juan con una risa impregnada de amargura.
Ha saltado a tierra, arrastrando a Mónica con él sin sol‐
tarla, *os dedos, como de hierro, aferrados a las blancas
muñecas, clavándose en ellas, mientras hay en los labios
una mueca feroz que en nada se parece a una sonrisa, al
comentar con amargo sarcasmo:
—¿Te asusta la noche de bodas, paloma blanca?
—¡Suélteme! ¡Bruto, canalla! —forcejea Mónica
intentand* vanamente zafarse de las manos de Juan.
—No intentes morder, porque te quedarás sin dientes y
sería una lástima. No había reparado, pero son muy lindos,
tan bonitos como los de tu hermana... Aimée es
maravillosa, ¿sabes? Y esas cosas suelen ser de familia.
Después de todo, creo que no hice tan mal...
—¡Basta... Déjeme en p*z! —Se exaspera Mónica—. Lo
que quiere es burlarse, asustarme, desesperarme,
enloquecerme, vengarse en mí, que es la única víctima que
tiene a su alcance.
—En todo caso, víctima voluntaria. Yo no inventé que te
casaras conmigo, abadesa. Lo inventó tu Renato... —Juan
se interrumpe al oir un ruido de remos que va acercándose,
y alzando la voz ordena—: Arrima a este *ado. Segundo. —Y
en voz baja le dice a Mónica—: Te llevaré en brazos para
que no te mojes los piececitos...
—¡Basta de estupideces! ¡Déjeme, vayase, tome su bote y
acabe de embarcarse!
—¡Qué graciosa eres. Santa Mó*ica! Me harías reir si no
me entraran ganas de aplastarte a puñetazos. ¿Pensaste de
veras que todo era tan fácil? ¿Pensaste que bastaría
decirme: "Déjeme en paz, tome su barco y larguese , para
que yo obedeciera como un perro? ¿Pero hasta dónde
puede llegar tu egoísmo * tu soberbia? —Y con furiosa
exasperación, exclama—: ¡Basta! Ya me mordió también el
perro de las súplicas, y sé lo que significan, lo que valen y
para lo que sirven. Ya sé lo que cuesta conmoverse por tus
súplicas y tus lágrimas... Significa caer en una trampa,
pagar con la vida un momento de de*ilidad. Una vez lo
lograste, pero no vas a conmover más. ¡No tendré piedad
de nadie, y de ti menos que de nadie! ¡Al bote... al barco!
Te casaste conmigo, y ni tú ni tu hermana van a seguir
burlándose. ¡Te llevaré aunque sea arrastrando!
De un salto, triturada por aquellas manos de falanges co‐
mo de acero, arrastrada por aquel *razo que ciñe imperioso
su frágil cintura, ahogada la voz en su garganta, Mónica se
havisto obligada a salvar la pequeña distancia que va desde
la tierra al bote... Autoritario, Juan ordena a su segundo:
—Proa al Luzbel, y rema con todas tus fuerzas... ¡Pronto!
—¿No esperamos al muchacho? —vacila el segundo,
asombrado—. ¿Va a dejarlo en tierra?
—¡Que venga a na*o, para que aprenda otra vez a no re‐
trasarse! ¡Dale a los remos! ¡Vamos.. .!
—¡No! ¡No! —suplica Mónica angustiada—. Usted, señor
marinero óigame...
—Ese no oye nada, ni ve nada, ni hace más que lo que yo
le mando. ¿Entend*ste? —Y dirigiéndose a su segundo,
apremia—: ¡Apura y llega pronto! Pide que te echen un
cabo.
—Pero, patrón... —rezonga el segundo.
—¡NO te metas en lo que no te importa ni busques lo que
no se te ha perdido, porque lo encontrarás! —Y volviéndose
hacia Mónica, *e recalca en voz baja—: ¿Ves cómo todo es
inútil? Tengo de mi parte la fuerza de la ley y la razón de la
fuerza. Así es como mandan los que mandan... ¡Llegamos!
—En ese momento se deja oir el estampido de un trueno
lejano, que presagia la próxima tormenta, y sarcástico, Juan
comenta—: Y como siempre, del cie*o me saludan con
salvas. —Luego le grita a su segundo—: ¡Pide la escala,
imbécil! —Y dirigiéndose de nuevo a Mónica, le explica
irónico—: No es de mármol, sino de sogas. Pero no importa,
te subiré en los brazos. Es la moda en la Dominica y en
Jamaica... La novia va en los brazos. ..
Un instante ha bastado a Juan, y ya sus pies, fuertes y
anch*s, se afirman en la estrecha cubierta. La noche ha
caído totalmente... Junto a las gavias, los tres tripulantes
del Luzbel miran con sorpresa la extraña escena. Segundo
da unos pasos como si no pudiese conte*erse más, e
intercede:
—Patrón, un momento. Esa mujer...
—¿Me estás pidiendo cuentas? —se violenta Juan—.
¡Lárgate... Apártate...!
De un puntapié ha abierto de par en par la puerta de la
única cabina de la nave, * un instante después la cierra tras
ellos...
—¡No! ¡No! —clama Mónica en el paroxismo del espanto
—. ¡Es usted un canalla, un perfecto canalla, y no es posible
que esos hombres no acudan en mi auxilio! ¡Favor...
socorro..!
—¡Cállate! —le ataja Juan, *racundo, forcejeando y
tapándole la boca—. ¡No va a venir nadie, y si hay uno que
se atreva a tocar a esa puerta, lo mato! No hay peligro que
lleguen, porque demasiado lo saben.
La ha arrojado de un empujón violento sobre la dura li‐
tera de tablas, y ella queda inmóvil, cerrados los ojos,
entreabi*rtos los labios, como si las fuerzas la
abandonaran, hundida en el -mundo de la inconsciencia,
mientras corre por sus venas la sangre encendida y el
delirio de la fiebre finge nubes rojas sobre sus párpados
cerrados...
—Al fin decidiste estarte quieta, al fin decidiste 'callar...
—Juan hace una breve pausa y observándola un momento,
se sorpr*nde—: ¡Mónica! ¡Mónica! ¿Qué tienes? ¿Qué te
pasa? ¿Estás haciéndote la enferma? ¿Crees que vas a
burlarte? Pues no. ¡No! ¿Oíste? ¡Serás mía, me
pertenecerás, te trataré peor que a una esclava! No tendré
compasión, no volveré a tener compasión de tus-lágrimas,
no volverás a conmoverme, aunque te vea morir y
agonizar... ¿Has oído? ¡Basta de farsas! ¡Leván*ate!
¡Levántate!
La ha sacudido inútilmente, dejándola caer otra vez, mi‐
rándola con impotente rabia. No, no es fingido su mal. Su
cuerpo desmadejado exhala un vaho extraño, un sudor de
agonía la baña, y en sus mejillas, antes tan pálida*, se
encienden dos rosetas de fiebre. Con mano audaz
desabrocha Juan el negro corpiño y un instante queda
mirando el cuello blanco, sin que haya en ella una protesta,
un gesto,.. Torpemente busca con sus dedos el pulso y
palpa en él el golpear de la sangre que late encendida por
*quella fiebre que la quema. Con suavidad deja caer
aquella mano y da unos pasos por la destartalada cabina,
cuando, de pronto, unos golpes discretos suenan en la
puerta y la voz del segundo, llama:
—¡Patrón... patrón... ¡
—¿Qué rayos pasa? —se enfurece Juan, abriendo la puer‐
ta—. ¿Cómo te *treves... ?
—Perdóneme, patrón, pero el muchacho está en la playa
gritando... ¿De veras va usted a dejarlo en tierra?
El segundo habla, observando con curiosidad el rostro de
Juan. Luego se, empina tratando de mirar por encima de su
hombro, pero la mano recia del patrón del Luzbel le aparta
de un empellón brutal, mientras le recrimina:
—¿*ué miras, estúpido? Lárgate a buscar al muchacho.
Tráelo y, apenas esté a bordo, levamos anclas rumbo a
donde sople el viento que más sople.
—Por el Nordeste hay señales de tormenta, patrón.
—¡*ues rumbo a la tormenta, y a toda vela! ¡Vete ya! Ha
cerrado la puerta, volviendo a la desnuda litera de tablas...
Allí está Mónica, inmóvil, la respiración fatigosa,
entreabiertos los labios... Los rubios cabellos, q*e en el
forcejeo se destrenzaran, son ahora como un nimbo dorado
alrededor de la cabeza que se agita de cuando en cuando...
Las manos se mueven débilmente, sube y baja el pecho con
el ritmo desacompasado del corazón que quema la fiebre...
Un mome*to la contempla así Juan, y luego se aleja en un
brusco recrudecimiento de rencor y de cólera, exclamando:
—¡Mónica de Molnar... basura y farsa!

6
—¿ADONDE VAS? O mejor dicho, ¿adonde ibas? Porque
no vas a cruzar esa puerta.
——No iba a ninguna parte. No sa*ia que dar unos pasos
fuera un crimen. ¡Tu actitud es insoportable, Renato!
—Vuelve a sentarte donde estabas. ¿Quieres un
plantador? ¿O prefieres el jugo de pina con champaña? Es
delicioso, ¿sabes? Por algo bauticé con tu nombre esta
bebida... ¡He dicho que te sientes! ,
*rémula de rabia, Aimée se ha dejado caer, más que sen‐
tarse, en el diván de raso. La noche cae ya, y desde que
horas antes terminara la ceremonia de la boda están solos
en aquellas habitaciones adornadas con tanto esmero para
la luna de miel del amo de Campo Real. Junto a Renato,
sobre la mesilla dorada, hay vasos y botellas: el mejor
coñac de Francia, el más *iejo ron de Jamaica, el más
famoso vino Jerez de España, y de un cubo de hielo emerge
el cuello dorado de dos botellas de champaña. Hay también
una fresca jarra de jugo de pina con el que llena dos vasos
*ue acaba de mediar de champaña.
—Haz el favor de acompañarme con la bebida de tu
nombre:
Aimée. "Eme"; amada... Bello significado el de tu nombre,
¿verdad? Amada... Me gustaba tanto, tanto, que pensé que
se trataba de uno de e*os aciertos ciegos del destino el que
así te llamaras... Amada... Toma tu Aimée. Bebamos...
—¡No quiero beber!
—¿No quieres? ¡Qué raro! Siempre me dijiste que adora‐
bas el champaña. Todavía me acuerdo de la noche de
nuestra boda... ¡Cuántas copas de *hampaña llevaste a mis
labios, cuántas...! —Y en tono imperioso, ordena—: ¡Bebe
ahora... bebe!
—¡Déjame en paz! —se rebela Aimée en forma violenta—,
Estás loco... loco o borracho.
—Borracho... —repite Renato en tono caustico—. Eso
ocurre cuando se bebe mucho champaña: está *no
borracho, y por más que se empeña no puede recordar los
detalles. Es un recurso maravilloso hacer beber a las
gentes, envolver en las nubes doradas del champaña
ciertas horas, para que apenas puedan recordarse..'.
—¿Qué tratas de decir? No entiendo nada, ni quiero
entender. ¿Hasta dónde vas a llegar, Renato? ¡Me has
enloquecido, *e has atormentado, llevas horas bebiendo
como un estúpido sin permitirme que me .mueva de tu
lado!
—Es tu sitio, junto a mí. ¿No eres mi esposa? Pues a mi
lado es donde debes estar. ¿Y qué mejor sitio para estar a
mi lado que esta preciosa alcoba? La sucursal del paraíso...
el nido de amor que nos prepararon... las rosadas paredes
que me vieron de rodillas frente a tu belleza... * frente a tu
pureza ... —Renato ríe con una risa breve y cruel.
—¡Renato... estás loco de verdad..- estás peor que loco!
—se espanta Aimée .confusa y amedrentada.
—Sí, peor que loco: borracho. Borracho, como qui*iste
una vez que lo estuviera; borracho, pero con la mente más
clara como no la tuve jamás... tan clara, que en ella las
ideas queman a fuerza de brillar; borracho y feliz de poder
celebrar contigo a solas, dignamente, la boda de nuestros
hermanos... iBebe conmigo... *ebamos juntos por la
felicidad de Mónica y de Juan!
Qué cerca ha estado, para Renato D'Autremont, el cielo
del infierno, la felicidad de la desgracia, la divina
embriaguez de su amor con esta duda cada vez más cruel,
cada momento más amarga... nudo de espinas prendido en
su garganta, flecha *nvenenada que de un solo golpe
hiriera su orgullo. Su dignidad, su amor y su confianza...
Como por un instinto de defensa rechaza la verdad, pero la
verdad rebota como planta dañina a la que no ha sido
posible arrancar las raíces... La sospecha se asoma en cada
gesto, en cada palabra, en cada detalle ... Y con la verd*d,
una como necesidad desesperada de lavar honra y. corazón,
un anhelo insensato de destruirlo todo, y más que todo,
aquella belleza cálida, tentadora y tragante, aquella mujer
a quien desesperadamente ama, pero a cuyos labios no
puede acercarse porque la duda y el temor son demasiado
grandes, porque su amor tiene ya ribetes de odio, porque
ama demas*ado para perdonar... Y al ver que Aimée,
impávida, conserva la copa en la mano, apremia imperioso:
—¡Dije que bebieras!
—¡Déjame en paz! ¡Vete... déjame!
—No tienes más deseo que el de alejarme...
—¡No tengo más deseo que.. .!
—¿Que cuál? 'Acaba, dilo de una vez, di que quieres mo
rir, que estás desesperada, que la conciencia no te deja
vivir con sus reproches... Acaso *e estoy molestando con mi
curiosidad, pero no es en mi en quien piensas al
desesperarte. Piensas en Juan, ¿verdad?
—¡Naturalmente que tengo que pensar! —salta Aimée
vivamente—. [ES un bruto, un salvaje, y tú le has entregado
a mi hermanal
—¿Yo, * tú?
—¡Tú... TÚ...1 Yo no quería sino que ese hombre se
alejara, que se fuera para siempre, que nos dejara en paz...
Eso es lo que has debido mandarle... iQue se fueral Porque
ese hombre...
—Ese hombre es mi hermano. ¿Lo has olvidado ya? ¡Mi
hermanol
—¿Pero es cierta esa historia horrible?
—¿*e parecen horribles las historias de traiciones y de
adulterios? Di lo que sientes... Grítalo de una vez... ¡Estalla
en santa indignación si eres inocente!
Otra vez las manos de Renato se han cerrado sobre el
cuello de Aimée. Otra vez sus ojos relampagueantes la
miran muy de cerca como queriendo penetrarle el alma, y
ella tiembla, helada *e espanto, esquivando aquel gesto que
le causa horror, al protestar:
—¡Renato! ¿Estás loco? ¿Quieres obligarme a pedir
auxilio? ¿Quieres... ?
—¡Quiero que confieses, que hables, que grites para
salvar a Mónica, si es una inocente a quien has sacrificado!
—¡No lo es... No lo es! Pero es mi hermana. ¡Juan no
tendrá piedad!
—No necesita tener piedad si la ama...
—¡El no *abe amar!
—¿Cómo lo sabes? ¿De^ dónde le conoces? ¿Hasta
dónde le conoces? ¡Contesta!
—¡Déjame! ¡Me lastimas, me haces dañol ¡Suéltame,
Renato! ¡Voy a pedir socorro! ¡Voy a dar un escándalo!
—¡Ya lo has dado! ¡Grita si qu*eres; pide/auxilio, llama...!
Nadie va a acudir. ¡Nadie! Estás sola conmigo, y tienes que
decir la verdad, toda la verdad, y pagarme después el
precio de tu infamia.
—¡Socorro! —grita Aimée. desesperada—. ¡Vas a
matarme! ¡Socorro...!
Alguien se ha aproximado, acudiendo a la llamada de
auxi*io, y golpea la puerta apremiante. Fuera de sí, Renato
conmina al intruso, gritando:
—¡No pasa nada! ¡Largúese el que sea!
—¡Abre, Renato! ¡Pronto! ¡Ábreme! —se oye la voz
autoritaria de Sofía a través de la cerrada puerta.
Las manos de Renato han soltado a Aimée, que se
desploma sobre el diván de raso. Luego, con p*so incierto,
va hacia la puerta, hace girar la llave y deja el paso franco
a su madre, que indaga:
—¿Qué es esto, Renato?
Ha ido hacia su hijo, mirándole con ansia, con una inte‐
rrogación ardient* en los ojos, que no hallan en los de su
hijo sino la duda cruel, la incertidumbre torturante, la
desesperación del que lucha en vano por encontrar la
verdad... Y el noble rostro de la dama se vuelve severo,
mientras Ren*to retrocede esquivando mirarlo... Captando
en el aire aquella mirada, aferrándose a su única tabla de
salvación, se alza Aimée, corriendo hacia la madre de su
esposo:
—[Renato ha bebido toda la tarde.. .1 ¡Está como loco!
Se empeñ* en hacerme confesar no sé qué. Me insulta, me
maltrata, me dice cosas, que no entiendo. Se empeña en
que yo hable, en que yo hable, y yo no tengo nada que
hablar.. . ¡Nada... nada.. .1 ¡Yo no tengo nada que hablar!
Se ha acogido a los brazos de la dama, que no la r*chaza;
hunde el rostro en su pecho, sollozando. Por sobre el joven
cuerpo tembloroso, se cruzan las miradas del hijo y de la
madre ... La de Sofía inquiere, pregunta otra vez anhelante,
pero un amargo gesto de vencido es toda la respuesta de
Renato, y Sofía suspira como aliviada, con gesto sereno:
. —Me t*mo que todos estemos un poco fuera de nosotros
mismos. Han pasado cosas muy desagradables... He sabido
también que Catalina, sin despedirse de nadie, salió para
Saint-Pierre. Tomó el coche que estaba listo para llevar a
los recién casados, y marchó casi detrás de ellos. Hasta
cierto punto, la idea no fue mala. Supongo que eso te
tranquiliz*rá, Aimée, y a ti también, Renato. La pobre no
podía estar tranquila tras de entregar su hija a Juan del
Diablo...
—¡Fue ella misma quien se entregó! —rectifica Renato
con vivacidad.
—Desde luego, hijo, pero es natural la inquietud de una
madre... y hasta la de una hermana...
Sofía ha vuelto a mirar largamente a su hijo; sus ojos re‐
corren también la ancha estancia ahor* desordenada y
revuelta, se detienen un rato en la mesa de los licores y se
vuelven al rostro sombrío del joven D'Autremont, con un
reproche:
—Veo que, efectivamente, has estado bebiendo mucho,
Renato. Mejor será que procures de*pejarte y serenarte, y
que tú también te calmes, Aimée. No llores más... No será
para tanto... No hay rosas sin espinas, ni cielos sin
tormentas... No hay que darle demasiada importancia a
estas escaramuzas de recién casados. Me temo que sean
cosas inevita*les. Ven a mi cuarto, Aimée...
El Luzbel ha virado casi en redondo, enfilando la
estrecha salida de la rada, tomando inmediatamente
rapidez increíble, saltando entre los escollos, desafiando
una vez más los elementos desencadenados. Como nunca
seguras, las anchas manos de Juan empuñan e* timón, y la
luz de un relámpago le ilumina de pies a cabeza. La
tormenta va amainando y una costa lejana queda ya atrás.
Entre las gavias se agita una figura menuda y oscura, que
avanza inclinándose con esfuerzo entre los tumbos de la
nave...
—Patrón, ¿está encerrada el ama nueva... ?
—Sí, Colibrí, está ence*rada —asiente Juan con
manifiesto malhumor—. Las mujeres estorban en la
cubierta cuando hay tempestad.... Bueno, estorban
siempre, y cuando hay tormenta, más. Apréndelo para
cuando tengas que navegar.
—Pero el ama, patrón... El Segundo dijo que estaba en‐
ferma ...
—¡Dile al Segundo que se guarde la lengua para cuando
le haga falta! "
—¿*o me deja entrar a verla, patrón? ¿A cuidarla? Si, pa-
troncito, déjeme ir... Por su madre... °
Suplicante, Colibrí se ha abrazado a la pierna de Juan, y
un instante la varonil cabeza se inclina para mira*-al
mucha-chuelo, en cuyos grandes ojos brillan las lágrimas.
Luego, otra vez contempla el horizonte espeso, oscuro, las
nubes bajas, el mar alzándose en montanas, la lluvia que
cae furiosamente, todo el bárbaro espectáculo de la
tempesta* que apenas ilumina el lívido resplandor de los
ahora lejanos relámpagos... La frágil embarcación cruje,
estremecida desde su quilla marinera hasta el tope del palo
de mesana. Es una voluntad contra la tormenta, un cuchillo
que se hunde en la carne salada del *ar. Asimismo, siente
latir en su pecho su propio corazón Juan del Diablo...
Contra los elementos, contra lo sociedad, contra la vida...
Como la espuma amarga que le azota los labios, es el
rezumar de su alma; como el tenso vibrar de la nave en
peligro, vibran tensos su pensamiento y su voluntad... *dia
y quiere odiar más; le ahoga el rencor, y aun quiere que ese
rencor se ahonde, como las aguas del océano... Quiere
hacerlo infinito, quiere alzarlo tan alto como el mundo que
le rechaza, pero en sus rodillas siente el aliento cálido del
niño negro, la voz candida y suplicante llega hasta él, así
como también la imagen *e la mujer blanca, tendida como
muerta sobre las tablas de su litera, tan indefensa, tan
desdichada como aquel mu-chachuelo de cuya vida puede
disponer con una palabra, y mitad compadecido, mitad
enojado, dice:
—¡Toma la llave, entra, y déjame en paz!
Las pequeñas manos oscuras tocan con timidez primero,
trémulas de angustia después, aquellas manos bla*cas,
ardidas de fiebre, desmadejadas a lo largo del cuerpo
inmóvil. Los" ojos de Colibrí recorren la grácil figura
desmayada... Los grandes ojos están cerrados y se ahonda
más la sombra de las ojeras vio*áceas bajo las espesas
pestañas. De los labios entreabiertos, resecos, escapa la
respiración fatigosa con ritmo desigual...
—¡Ama... Patrona... Señorita Ménica.. .1 ¿Se siente mal?
¿Muy mal? Le duele la cabeza, ¿verdad?
—¡*o... No me toque... Máteme... Máteme... 1 —delira
Mónica en un girar de vagos y continuos gemidos—. ¡Eso
no... Eso no...l ¡Suelte... Suelte... Déjeme... 1 —El débil
cuerpo se agita desesperado y las manos se extienden en el
aire como rechazando un *uerpo imaginario—. ¡Primero
muerta... Primero muerta! ¡Tendrá que matarme antes!
¡No... No...! ¡No! ¡Oh...l
Toda ella se retuerce como en una lucha; sus propias ma‐
nos, en el forcejear desesperado, desgarran el oscuro
vestido. Colibrí, temblando, va hacia la puerta donde una
recia figura v*ronil acaba de llegar, y angustiado explica:
—Está enferma, patrón... Tiene el mal... Sí, patrón, sí...
Eso mismo... La fiebre, la peste, el mal... El que le daba allá
en las barracas a los que cortaban la caña. ¡El mal que ella
curaba!
—¿Qué estás diciendo?
—Lo tiene, patrón, está igual que los enfermos de allá.
Asi se m*vían, asi gritaban... Y se va a morir, como se
morían los hombres allá abajo, cuando estaban así... El
médico dijo que la fiebre les quemaba la sangre...
—¿Qué sabes tú, charlatán? —rechaza Juan en un
arrebato de malhumor.
—¡Lo sé, patrón, lo sé! Yo iba con ella y la ayudaba. Se
ponían así mismo, con esa cara, y hablaban como locos... Y
ese temblor... ¡Míre*a! ¡Mírela!
• Juan se ha acercado muy despacio. Fruncido ^1 ceño,
contempla el bello cuerpo de mujer, convulso, trémulo; el
rostro cada instante más desfigurado; los labios, de los que
escapan las palabras de aquel delirio que *ás allá de la
inconsciencia parece obsesionarla: -
—¡No... No... No seré tuya... No seré tuya sin que me
hayas matado! ¡Mátame... Mátame primero... Mátame...
Mátame de una vez, J*an del Diablo! ¡Malvado...! ¡Dios te
castigará ... Tiene que castigarte... 1
—¡Vete, Colibrí, déjame!
—Si, patrón. Pero, ¿no va a darle nada? Medicina,
remedio... Ella le daba a los hombres cucharadas de unos
frascos con papeles blancos que traían de la ciudad, y unas
bolitas blancas *ue venían en unas cajas, y les ponía en la
frente... ¡Ah, sí, ya sé! Paños de vinagre... Y también venía:
el médico y los miraba, patrón... A ella, ¿quién va a
mirarla? . Juan ha ido hasta la puerta de la'estrecha
cabina, ha-mirado, por sobre la borda, la masa oscura,
hirviente, del océano encrespado bajo el golpe del viento;
*uego, se vuelve vivamente al percibir una sombra que se
acerca sin ruido, los anchos pies descalzos sobre la
cubierta mojada, é indaga:
—¿Quién va? ¿Qué pasa?
—Soy yo: Segundo. Dejé al Anguila en el timón... es la
hora de su guardia, y la tormenta está amainando...
—¿Qué rumbo tomaste por fin?
—El Noroeste, patrón, y hace rato dejamos atrás la costa
de la Dominica. De*tro de una hora pasaremos a veinte
millas de María Galante..
—Pues dile al Anguila que, dentro de una hora, tuerza el
rumbo a estribor. Fondearemos en María Galante... .
Otra vez, Juan se ha acercado al duro lecho que es la li‐
te*a de la única cabina del Luzbel: rincón desnudo,
habitación destartalada, estrecha y miserable, casi como el
cubil de una fiera. "No tiene más muebles que aquellas dos
literas desnudas, un tosco armario empotrado en las tablas,
una mesa, banquetas, y sobre el reborde *e lo que pudiera
ser un estante, algunas cartas de navegación, plumas,
tintero y el libro de bitácora. Nunca, hasta ese instante,
había reparado Juan en la desnudez, en la sordidez de
aquella estancia. Acaso la compara, con sonrisa amarga,
con las suntuosas habitaciones del palacio de Cam*o Real...
—Ahora está quieta y callada, patrón —advierte Colibrí.
—Trae agua, vinagre y un trapo limpio. Anda, ¡corre!
—Voy volando —obedece el muchachuelo negro, saliendo
presuroso.
Con los brazos cruzados, Juan contempla a Mónica,
ahora inmóvil, callada, el perfil de medalla entre el nimbo
dorado de lo* cabellos sueltos, desnudo el cuello blanco y
suave. Largo rato la mira, y la encuentra hermosa,
extraordinariamente hermosa ...
—Juan del Diablo... Juan del Diablo... —susurra Mónica
en voz baja, a impulsos del delirio obsesionante.
- —¿Por qué no me llamas ahora Juan de Dios. Santa Méni‐
ca? —Juan ha tomado las manos de la ex-novicia, que
arden;
*a buscado e! pulso, que late desbocado, y la contempla
con una extraña, con una indefinible expresión en los
profundos ojos italianos, al murmurar como para sí mismo
—: Mónica de Mol-nar... mi esposa...
H* querido reir, pero no lo ha conseguido. Ha alzado la
cabeza altiva, y sobre su frente tostada, curtida por el- mar,
se rompe la primera luz del día que nace...
—¡Dios miol ¿Qué es esto?
Aimée se ha erguido súbitamente sobresa*tada, y casi
con espanto mira a todas partes. No está- en su alcoba. Ha
despertado en un lecho de bronce, ancho y\ alto, sobre
cuya colcha durmió totalmente vestida. Con mirada de
angustia recorre la estancia, reconociendo la habitación de
doña Sofía, con la lu*osa chimenea de mármol en la que
jamás se encendiera fuego-alguno, pero sobre cuya repisa
un pequeño reloj de porcelana marca-las siete tras el
musical campaneo que la ha despertado. Con la conciencia
llega el recuerdo; y con el recuerdo, la angustia.
Vagamente tiene noción de las últimas escen*s pasadas: su
violenta disputa con Renato, las manos de él apretando su
garganta, la intervención de doña Sofía, sus palabras frías
y amables, el amargo sabor del calmante que le hiciera
beber, y luego el sueño turbio espeso, pesado, del que poco
a poco va volviendo a la realidad. Y al oir un canturreo
cercano, lla*a gratamente sorprendida:
—Ana... Ana..., ¿estás ahí?
—Sí, señora Aimée, por aquí ando.
—Baja la voz. ¿Dónde está mi suegra?
—¿La señora Sofía? ¡Ah, caramba! Vaya usted a saber
dónde fue a dar. Salió bien temprano. Creo que todavía no
clareaba, y en el coche grande, con el mejor tronco de
caballos. Se llevó con ellas a Yanina *ara que la
acompañara, y al notario lo mandó también a no sé qué
parte.
—/Y Renato...?
—El señor Renato sigue tomando... Una botella entera de
coñac mandó que le llevaran al despacho, y para é* sólito,
porque en el despacho no había nadie. Después cerró la
puerta y tiró al suelo libros y tinteros, y creo que hasta
rompió la lámpara...
—¡El Señor me amparel Tengo que hacer algo... tengo
que inventar algo... Estoy s*la frente a ese burro borracho.
¿Dices que se fue hasta el notario? ¿Dices que... ?
—La única que puede ampararla a usted es la señora
Sofía.
—Es verdad. Doña Sofía puede ampararme. Tengo que
hacer algo para ganarme su corazón, su apoyo, su
confianza... *on Renato todo es inútil ya, pero ella puede
salvarme. ¿Qué hago para que me ayude, para que me
salve?
—Si usted da tomplaciera en lo que ella está deseando
más...
—¿Qué desea mi suegra, Ana? ¿Tú lo sabes?
—Creo que sí. Lo que la señora Sofía anda deseando, des
de que se fue de v*aje siendo muchacho el señor Renato, es
otro niño chiquito, otro muchachito en pañales, que sea
como suyo;
pero como suyo no puede ser ya, tendría que ser del señor
Renato.
—¿Qué dices, estúpida?
—Si usted le da un nieto, la señora Sofía la ampara...
Como un rayo de luz vivísima penetrando las tinieblas de su
alma, como *a única puerta de escape, como el
único'camino posible de salvación, la idea que traen las
palabras de Ana ha cruzado por la mente desesperada de
Aimée de Molnar, pero inmediatamente la rechaza con
gesto de disgusto y'fastidio:
—Naturalmente que si le diera un nieto tendría que
ampararme ... ¿Pero cómo puedo dar un nieto de pronto y
por arte de magia?
—¿Por arte *e magia? ¿Que no es usted la esposa del
señor Renato, señoraAimée? ¿No tiene ya más de un mes
de casada? A lo mejor no tiene ni que inventarlo. A lo mejor
le sale verdad...
—¿Inventario? ¿Dijiste inventarlo?
—Bueno... *igo yo... Si está en un aprieto... Dicen que el
que se está ahogando se agarra hasta de un clavo ardiendo,
y usted, señora Aimée, como que se está ahogando... A lo
mejor, quién sabe... Es lo que yo digo... Ya con decir que va
a venir es bastante...
—*al vez fuera bastante —murmura Aimée pensativa.
—Pues claro... Cuando el señor Renato estaba en
Francia, todos los días lloraba por él la señora Sofía, y
algunas veces estaba tan triste que hasta a mi me hablaba,
y suspiraba mirando las montañas, y me decía: "Ay, Ana...
Mi mucha*hito, ¿cuándo volverá?"... Y cuando el señor
Renato volvió ya no era su muchachito, y entonces el ama
suspiró más y se puso muy contenta cuando el señor
Renato le dijo que iba a casarse. ¿Y por qué cree usted que
se puso contenta? ¿Porque iba a tener una nuera? ¡Qué va!
Porque iba a tener pronto otro muchachito... *tro
muchachito que fuera como si su niño Renato naciera otra
vez...
—Acaso tengas razón...
—El señor Renato está que muerde de rabia. Pero saber,
saber de verdad, no sabe nada... El pobre.... saber, saber,
no sabe nada...
Con súbita desconfianza, Aimée ha mirado a la doncella
nativa; luego, se acerca decidida a jugarse el todo por el
todo:
—¡No s*be nada, ni tiene nada que saber!
—Está bien —asiente Ana calmosa y complaciente—. No
se sofoque tanto. De todos modos, yo no voy a decir nada, y
en cuanto al consejo que le he dado... . .
• —¡No *e has dado. ningún consejo! [No te he escuchado,
ni tengo por qué escucharte! ¡Vete a tus obligaciones y
déjame en paz! ]Si te pones contra mí, vas a pasarlo mal! ,
—¡Ay, señora Aiméel Yo no me pongo contra nadie. Usted
sabe que *o la sirvo de rodillas, y si me da esos barrillos y
ese collar de que me habló antes...
—Te daré dinero para que compres «el collar y los aretes
más lindos que encuentres. Anda a ver lo que está haciendo
Renato, recoge todas las noticias que circulen por la casa, y
vuelve en segu*da a contármelo... ¡Vete ya!
Sola en la enorme estancia de lujosos muebles
anticuados, se revuelve Aimée a la vez aterrada y furiosa,
una idea clavada en la mente, una esperanza desesperada
llenándole el alma:
—[Un hijo... sí... un hijo podría salvarme!
Henchidas las velas, ladeado el casco blanco, cortando:-
*as aguas azules con la proa afilada, marcha el Luzbel
bordeando la cadena de islas que es como un collar de
gigantescas esmeraldas. .. islas de sotavento, ásperas y
feraces... Tobado, Granada, San Vicente, Santa Lucía,
Martinica, Dominica... ya quedaron atrás, con sus
montañas elevadas, con sus bosques espesos, con sus
acantilados de roca negra, con sus est*echas pla-yuelas
fieramente batidas por el mar. Ahora, el Luzbel detiene un
poco la marcha, vira casi en redondo hada estribor y tiende
otra vez las velas blancas, proa a las rocosas laderas de
María Galante...
E* su lecho de tablas, aun se agita la fina cabeza de Mó-
nica, el perfil más estilizado, más puro, las sienes perTadas
de sudor, los rubios cabellos como una maraña de seda, los
párpados apretados mostrando sólo las espesas p*stañas, y
los ardientes labios resecos, de donde escapan las palabras
como en una oración obsesionante:
—No... No... Primero mátame... Mátame, Juan del Dia‐
blo... Mátame... Tuya nunca ^.. Tuya nunca... Mátame
....Mátame y echa al mar mi cadáve*... Mátame, Juan del
Diablo...
Con gesto de impaciencia, Juan se ha puesto de pie; lue‐
go, muy despacio, vuelve a sentarse.. 7 Ante él, en un
pequeño recipiente, están los paños' de agua con vinagre,
que con paciencia de enfermero va aplicando sobre la
frente atormentada. Un hosco gesto *ace sombrío el rostro
de Juan del Diablo; le endurece el ceño que junta sus cejas,
la mueca amarga con que se distienden sus labios. Sólo en
los ojos oscuros y profundos hay una luz extraña, como de
compasión, como de angustia, acaso como de
remordimiento...
—Patrón, ya estamos en el canal —avisa Segundo
acercánd*se a Juan.
—¿Para qué entras de ese modo? ¿Por qué llegas hasta
aquí? [Sal de este cuarto!
—Tuya nunca... Tuya nunca, Juan del Diablo... -—per‐
siste Ménica en su cantinela.
Juan ha avanzado con rabia hacia el marino, que
"retrocede- dando un salto hasta quedar del otro lado de la
puerta, mirando cara a cara a su patrón, casi como si le
desafiara, * Juan inquiere:
—¿Qué te pasa, imbécil?
—Si quiere que le hable francamente —se decide
Segundo—, como siempre le he hablado, no me gusta nada
de lo que está pasando... Esa señora que usted trajo...
—|Esa s*ñora es mi esposa!
—¿Qué? ¿Cómo? —exclama Segundo en el colmo del
asombro.
—Es mi esposa, me casé con ella ayer por la tarde, y los
malditos papeles que lo acreditan deben estar en cualquier
parte. ¡Puedes ir a buscarlos si te int*resan tanto!
—)Es que no puede ser, patrónl ¡Usted, casado!
—Si... Yo, casado. ¿No puedo yo casarme como los
demás? ¿Te parece muy raro? Sin embargo, te parecería
natural casarte tú; te casarías en cualquier momento que te
diera la gana, llevarías a tu mujer a t* casa, la dejarías
junto a tu madre cuando salieras a navegar, y la llamarías
por tu apellido, la marcarías con tu nombre como se marca
una potranca... Sería la esposa de Segundo Duelos... La
señora Duelos, ¿verdad? Y en este momento estás
pensando que yo no tengo casa, ni madre, ni nombre que
darle... Pie*sas eso, ¿verdad? [Responde! ] Responde que
prensas eso, para aplastarte!
—¿Está loco, patrón?
Con esfuerzo ha escapado Segundo de aquellas manos
como garfios que desgarran su vieja blusa. Ha retrocedido
hasta dar ' con el tope de la borda, y desde allí halla de
nuevo valor para hablar al hombretón que'parece dispuesto
a despedazarlo:
—No se po*ga de esa manera, patrón. Yo no estoy ofen‐
diendo a nadie, ni pensando todas ésas cosas. Sólo quería
decirle que esa señora... su señora, está enferma... Que
usted la metió en la goleta casi arrast*ándola, y que uno es
hombre, ¡qué demonios!, y cuando ve una mujer en esa
forma, tratada como usted la trata...
—¿Qué? ¿Qué? —se enfurece Juan—. ¿Quieres llegar a
tierra 'a nado? ¿Quieres que te eche de cabeza al *anal?
—Quiero que la trate mejor, patrón. Y si es su esposa...
—La trato como me da la gana. 'Hago lo que quiero, en
la tierra y en el mar, y tú haces lo que voy a mandarte: Que
enfilen para llegar al fuerte, llega a Grand Bourg y busca el
mejor mé*ico que haya... ¡El mejor que encuentres! Y
tráeló, ¿sabes? Tráeló, pida lo que pida para llegar hasta
este barco... [Anda!
El Luzbel avanza ya muy cerca de la costa fértil y plana,
de María Galante. Sobre la costa se divisan los muros
blancos de los cuarteles, las piedras negras de la v*eja
fortaleza, las al^as chimeneas humeantes de las fábricas
de azúcar y los rojos techos planos de la pequeña ciudad
de Grand Bourg, capital de la pequeña isla francesa...
Un hombre alto, delgado, de piel cetrina y cabellos muy
blancos, ceremoniosamente vestido de negro, está en la
cabina del Luzbel, junto a la litera de de*nudas tablas
donde, aturdida por la fiebre, hundida aún en la
inconsciencia, desmadejado el cuerpo y ausente el alma,
parece que Ménica de Molnar agonizara- .. El médico
se^ha inclinado para auscultarla, para examinarla con
gesto grave: luego, se aparta un. paso y queda mirándola.
La mirada del médico recorre después la estancia y hace
una seña al homb*e que le sigue hasta la puerta para
quedar frente a él, cruzados los brazos, con la barba
crecida, las ropas en desorden, más rudo y salvaje de lo
que pareció jamás...
—No conozco un lugar menos apropiado para *na enfer‐
mera —asegura el doctor—. Aquí falta hasta lo más
necesario, y perdóneme que le hable con esta franqueza,
pero necesito salvar mi responsabilidad...
—¿Quiere decirme que no va a atenderla?
—Quiero decirle que h*ré lo posible, pero que sería
preferible que tratásemos de desembarcarla. En Grand
Bourg tenemos un buen hospital..'.. Podrían dejarla en él si
es que tienen que seguir viaje.
—No voy a dejarla en ninguna parte. Tendrá usted el
bote listo para t*aerle y llevarle siempre que quiera, y le
pagaré lo que me pida por sus servicios...
—Ya... Ya me dijo eso el mozo que fue a buscarme. Pero
no se trata sólo de dinero, señor mío. El marinero que llegó
a mi casa, me dijo que la enferma era la esposa del
patrón...
—El patrón lo ti*ne usted delante, y estoy esperando que
me diga qué tiene y cómo la encuentra. El muchacho que
ha estado cuidándola supone que es un mal contagioso que
adquirió atendiendo enfermos de una epidemia que se
desarrolló por allá abajo,, en la Martinica...
—Ya... Vienen ustedes de la Martinica... Allá son fre‐
cuentes esa* epidemias... Muy bien puede tratarse de una
fiebre infecciosa, efectivamente, sobre todo si ha estado en
contacto con enfermos de esa clase. Pero, sea lo que sea, su
mal está agravado por un terrible estado de ánimo. Si he de
hablarle claro, le diré que su esposa se encuentra bajo un
verdadero ataque de terror... Sin el antecedente de ese
posible contagi*, diría qué se trataba de una fiebre
cerebral. De cualquier modo, lo que sea está agravado por
el terror, por el -espanto, por el impacto indiscutible de un
gravísimo golpe moral...
—Muy delicada *a señora, ¿verdad? —comenta Juan con
un dejo de ironía.
—Opino, por el contrario, que muy valerosa y resistente
—refuta el doctor c8n gesto grave—. ¿Estaba ya enferma
cuando emprendieron este viaje? Si es así, *ue una
verdadera locura^em-barcarla. La verdad es que yo no
comprendo... '
El doctor se ha mordido los labios, bajo la mirada dura,
fría, cortante, de Juan. Ha dado unos pasos dentro de la
cabina, para mirar a Mónica, y regresa luego a donde é* le
aguarda inmóvil, con los brazos cruzados...
—Insisto en que debe usted desembarcarla.
—¿Y si no me fuera posible?
—Haríamos' aquí lo que buenamente pudiésemos... Pero
h> primero que necesita una enferma es una cama, una
cama con colchones y sábanas... ¿Cuánto ti*mpo hace que
están ustedes casados?
—¿Importa mucho eso para determinar la enfermedad de
mi esposa?
—Aunque parezca mentira, importa bastante.
—Días nada más. ¿Qué va a hacer para bajarle la fiebre?
—En seguida voy a recetar... ¿Su señora se llama...?
—Ménica de Molnar...
—No es la primera vez *ue oigo ese nombre. Si no
recuerdo mal, una de las primeras familias de la Martinica.
No me engañé al mirar a su esposa... Se trata de una
verdadera dama y... —Ha vuelto a callar, frente a aquellos
ojos oscuros que relampaguean. Ha buscado, con mano
insegura, lápiz y recetario, y aconseja—: Que traigan esto
cuanto antes. ¿Su nombre de usted es...?
—¿*on él de ella no basta?
—Supongo que sí. Perdóneme si le parezco indiscreto...
Un médico tiene a veces la necesidad de asomarse un poco
a las almas de los que pretende curar...
Desde la puerta, la m*rada del médico recorre por
tercera vez la desolada estancia, se detiene con franca
compasión en la enferma, y se clava luego, curiosa y sagaz,
en el tostado rostro de Juan, para observarlo mientras deja
caer ^:ada palabra:
—*a señora Molnar está muy grave... Tiene muy pocas
probabilidades de sobrevivir... Para que estas pocas no se
anulen, necesita cuidados y consideraciones
excepcionales... Aun teniéndolos, será muy difícil salvarla...
—Haga lo posible, doctor...
—*a estoy en ello... Pero lo posible, es poco en realidad.
Por el momento me quedaré a su lado...
Ha vuelto a entrar en la cabina... Juan queda afuera,
inmóvil, con- los brazos cruzados. Junto al lecho, los ojos
del médico ven la pequeña figura del muchachuelo negro,
que fija en tí *ostro de Ménica los grandes ojos llenos de
lágrimas...
Muy pálida, endurecido con un gesto severo el blanco
rostro, Sofía D'Autremont ha aparecido entre las cortinas
de encaje, y su sola presencia estremece a Aimée. Hay toda
una acusación en aquellos labios apretados, en aquellos
ojos claros y brillantes, *ue resbalan sobre la esposa del
hijo único, como en un penetrante reproche sin palabras.
Tras ella, como una sombra infausta, la cobriza figura de
Yanina, en cuyas manos pone la dama el chai que cubriera
sus hombros, mientras le da una orden sin mirarla:
—Déjanos solas y cierra la puerta. Cuida de que no
llegue a interrumpimos nadie.
Ha esperado ver *errarse la puerta detrás de la doncella,
para acercarse más a la linda muchacha que tiembla a
pesar suyo.
—¿Sabes de dónde vengo, Aimée?
—No, doña Sofía, no tengo el don de adivinar.
—No es necesario tanto. Te bastaría con que escucharas
la voz de tu conciencia, si es que hay algo en ti que
conciencia pueda llamarse. , '
—¡Doña Sofía.. .1 —protesta Aimé*, alarmada; pero su
suegra la ataja con firmeza:
—Vengo de seguir en vano las huellas de ese bárbaro, en
cuyas manos no vacilaste en poner a tu hermana inocente,
pagando por ti, sacrificándose por tu infamia, aceptándolo
todo para salvarte, *undiendo su vida para salvar la tuya...
—¿Por qué dice eso? ¿De dónde lo saca? Le aseguro que
no entiendo...
—Entiendes demasiado. Yo soy la que casi no puedo com‐
prender, la que cara a cara miro tu rostro de ángel y me
pregunto cómo puede esconder una máscara así *anto
cinismo, tanta hipocresía, tanta maldad... [Y tú eres la
esposa de mi hijo, tú eres la víbora a quien permití que se
atase para siempre la vida de mi Renato! [Tú... tú...! (YO he
sabido demasiado tarde...
—¿El qué ha sabido? ¡No es posible que ni usted ni nadie
sepa nada!
,: —¿Ni el notari* Noel? ]Ah, cambias de color! Pues bien,
si, he hablado con Noel, le he obligado a decirme cuanto
sabe, he atado los cabos necesarios...
—¿Pero están todos locos? —pretende defenderse Aimée
con la angustia adueñándose de todo su ser.
—Ciegos hemos estado. Ahora, por desgrada, se ha
hecho para mí la luz, aunque ya demasiado tarde. Ahora
comprendo la *ctitud de tu hermana, la desesperación de tu
madre, la insolencia de ese maldito que ha osado seguirte
hasta aquí, hasta la propia casa de Renato. No puedes
negarlo... ]TÚ, y sólo tú, eres la amante *e Juan del Diablo!
Como si la escupiese, como si la abofetease, han salido
las palabras de labios de Sofía, y a su terrible impacto se
doblan rodillas de Aimée, se extienden sus manos y una
congoja sin • igual le sube a la garg*nta... De pronto,
haciendo un supremo esfuerzo, se yergue vibrante, como la
víbora acorralada que se levanta para atacar. Ha alzado la
cabeza viendo brillar una nueva esperanza, un resquicio
por donde escapar, una posibilidad a qué agarrarse...
—¿*ué puede saber Noel? ¿Qué puede hiaberle dicho?
—Tu actitud y la de ese canalla, ¿crees que no bastan?
La forma en que te acercaste a él... la forma en que le
hablaste. Te trató corno a una cualquiera...
—Me trató mal, pero por culpa de mi hermana. Yo lucha‐
ba por defenderla * ella, quería convencerlo de que se
marchara. Renato fue el culpable...
—jCaIla! No manches el nombre de mi hijo; bastante lo
has manchado ya. A los pies de Noel se desmayó tu madre,
espantada, temblando, al suponer, con razón, que mi
Renato iba a matarte. Y aun me habló más, aun me contó
más. Sé que estuvi*te a verlo antes de casarte, que
estuviste en su casa preguntándole por ese hombre, por
ese maldito Juan del Diablo que es pesadilla de mi vida
desde el día aciago en que nació. Y tenía que ser él... él,
tenía que ser con él. y por él, que traicionaras a mi Renato.
¿Confiesas... confiesas... lo declaras?
—No confieso nada ni declaro nada —niega *imée
rehaciéndose de su turbación—. ¿Para qué quiere
obligarme a hablar? ¿Para ir a decirle a Renato.., ?
—¿A Renato? No, demasiado sabes que no he de
decírselo a Renato. No finjas que /w está* bien segura de
que no voy a delatarte... ¿O es que quieres que te prometa
la complicidad de mi silencio?
—Renato me matará.. . Y no seré yo sola a pagar un mo‐
mento de debilidad y de locura, cuando aun no era su espo‐
sa... N* seré yo sola a pagarlo... Lo pagaría también el hijo
de Renato, al inocente criatura que llevo en las entrañas...
—¿Qué? ¿Cómo? —se sobresalta Sofía, sumida en una
completa turbación.
—¡Que es carne de mi carne y que es también la sangre
de R*nato! Por él he callado, por él me he defendido, por él
he aceptado el sacrificio de mi hermana, y ella quiso
hacerlo, quiso sacrificarse por amor a Renato...
—Pero, ¿qué estás diciendo? —la interrumpe Sofía cada
vez más sorprendida.
—[Sí, sí, esa es la verdad! Si quiere usted s*berla toda,
toda entera, tengo que gritarla. Mónica estaba enamorada
de Renato, me disputaba al que era ya mi prometido...
Impulsada por los celos, acorralada por las circunstancias,
cometí una locura. Después me arrepentí y lloré mucho.
Sólo a Renato quiero con toda mi alma... ¡Sólo a él he
querido siempre, y aho*a me muero porque he perdido su
amor y su confianza!
Sofía D'Autremont ha retrocedido queriendo rechazar
aque-• lias palabras pérfidas y venenosas, comprendiendo a
medias, a la vez sorprendida y espantada; mientras viendo
que gana terreno, Aimée se alza para correr a ella,
jugándoselo todo en un golpe de audacia:
—Pero no puedo más... no soporto más... *oy a decírselo
todo a Rjínato, voy a confesarle la horrible verdad, voy a
que me mate de una vez, ¡a que termines; juntos mi vida- y
la del hijo que...! ,
—¡Quieta! —la detiene Sofía en tono imperioso—. ¡*o
abras esa puerta... no des un solo paso! No seguirás
haciendo cuanto se te antoje, no seguirás hiriendo-y
destrozando a cuantos tienen la desgracia de estar a tu
lado... ¡No convertirás a mi hijo en homicida, acabando de
destrozarle y deshonra*le! ¿Piensas que no le has hecho ya
bastante daño? ¿prees que no tengo ya motivos de sobra
para maldecirte?
—¡Pagaré con mi vida y nadie tendrá que maldecirme!
Por eso voy a llevársela a Renato... Que disponga de ella,
que ' apriete de una vez esta garganta... ¿Por qué no dejó
*sted que me matara?
—Porque no eres tú quien ha de juzgar el castigo que
merece tu falta, sino yo,^ que es a quien más has
ofendido... yo, que te di mi hijo dichoso, feliz, lleno de
ilusiones: yo, que creía, entregándotelo, velar por su
felicidad, mientras tú le llenabas de fango; yo, que ahora te
ordeno que calles... ¡*ue calles, como callarán todos!
—¡No! —intenta protestar Aimée hipócritamente.
—¡Si! Bien sé que la mitad de tus palabras son falsas; sé
que, a pesar de tu desplante, no has de buscar la muerte.
Quien ha sido capaz de callar frente a lo que tú has callado,
tiene que ser demasiado egoísta para dejarse matar...
Bueno, iba a obligarte a salir de e*ta casa, a hacer que
huyeras, que te "alejaras sin que mi hijo pudiera verte ni
alcanzarte. Entré dispuesta a proteger tu vida, no por ti,
que no la mereces, sino por él, que es lo único que me
importa ya e* la tierra;.. Pero ahora no voy a dejarte
marchar, ahora te quedarás... Hace unas horas, si yo no
hubiera entrado en la alcoba de ustedes, acaso habrías
pagado ya tu deuda. Te salvé una vez y te salvaré definitiva‐
mente; pero vas * decir lo que yo te ordene, vas a hacer lo
que yo te mande. ¡Te condeno a vivir, te condeno a callar, te
condeno a expiar tu pecado, siendo para mi hijo no una
esposa, sino una esclaval
Repentinamente, se dejan oir en la puerta unos golpes
apremiantes, y *s la voz de Renato la que llama:
—]Mamá, mamá, ábreme en seguida! [Ábreme!
—Algo nuevo ha pasado —señala Sofía—. Pero no
tiembles, prometí defenderte y yo sé cumplir mi palabra,
Aimée.
—¡Mamá! ¿Es que no me oyes? —vuelve v llamar Renato,
golpeando ya violentamente l* cerrada puerta. \
—Entra en ese cuarto —aconseja Sofía a Aimée—. No sal‐
gas, a menos que sea yo quien te llame. ¡Anda!
Sofía la ha visto obedecer, llevándose luego las manos al
pecho, ahí donde el corazón late sobresaltado. Ella también
tiembla, también está pálida, pero ha tomado una
resolución heroica, *a decidido en un instante su actitud y
su conducta futuras, y mientras va a franquear la puerta,
algo parecido a una oración se eleva de su alma... una
oración para el hombre que la llama impaciente.
—¿Qué ocurría? Temí tener que echar la puerta abajo.
Con mirada de franca desconfianza, Renato D'Autremont ha
recorrido la ancha estancia que es alcoba de su madre.
Bus*a, con rabiosa impaciencia, le grácil figura de Aimée
de Mol-nar, resbala la mirada sobre la puerta cerrada que
da al cuarto-tocador de doña Sofía, y la vuelve a su madre,
interrogadora y ardiente:
—¿Dónde e*tá? ¿Dónde se ha escondido? ¿Por qué no me
abrías?
—Porque me hallaba en el otro cuarto. No había
escuchado que tocaras... Te ruego que te calmes... Estás
fuera de ti... Es indigna la actitud que has tomado... Sé bien
que eres un *ombre, dueño y señor de todos tus actos, pero
como madre tengo todavía algunos derechos, y no creo que
pretendas negármelos...
—No se trata de eso. ¿Dónde está Aimée? Antes la
libraste de mis manos, pero ahora no podrás... Ahora
tendrá que responder satisfac*oriamente, o su traición
quedará probada. Y si tengo la verdad en la mano, si me ha
'traicionado, si me ha engañado...
—¡Basta! No tienes ninguna evidencia, puesto que aun
hablas de ese modo. La verás cuando tú y yo hayamos
hablado. Te exijo que te calmes, Renato. ¿Qué es lo que te
pasa?
—*an hallado al segundo caballo cerca de la playa, en la
costa del segundo valle. Muerto de fatiga, bañado en sudor,
arañado por las zarzas, casi reventad? tras la carrera
inhumana que fue obligado a dar...
—Bueno —acepta Sofía con falsa serenidad—. Si Juan del
Diablo salió de aquí llevándose dos caballos, es lógico que
sean los *ue aparezcan tarde o temprano...
—Lo encontraron muy cerca del lugar, en que alguien, a
toda prisa, había improvisado un pequeño muelle de tablas,
para dar acceso seguramente a un bote... Eso quiere decir
que Juan lo tenía preparado todo para una fuga, para un
escape. Los mejores caballos dé la casa escondidos en la
maleza, el barco a dos horas de aquí, el muelle prep*rado
para que él pudiera llevar cómodamente una dama. Salida
franca para una fuga...
—O para un viaje de novios. [Quién sabel —intenta Sofía
restar importancia.
—No hay tal viaje de novios, pues Juan no sabí* que yo
iba a obligarlo a casarse con Mónica. Juan lo tenía todo dis‐
puesto para llevarse a la otra, a la que de veras amaba, a la
que de verdad era su amante...
—[NO es suficiente lo que has visto, para estar seguro de
eso, Renatol —rechaza *ofía con enérgica determinación—.
¡No puedes tener la certeza... 1
—No, no la tengo, madre —vacila Renato—, Pero esto es
casi la certeza. Por eso busco a Aimée, y te ruego que me
dejes con ella, que no intervengas. [Esta vez-, tendrá que
decirme la verdad... toda l* verdadi
—Óyeme, Renato, es de urgencia lo que he de decirte:
Me consta, estoy segura de que tu mujer no te ha
engañado. He
E asado horas junto a ella; la he acosado, la he
enloquecido, la e obligado a hablar con absoluta sinceridad.
Me lo ha contado todo...
E;

—¿El qué te ha contado?


—Toda es*a historia... Me la ha contado llorando, me la
ha contado desesperada, y a mi no me ha mentido. No tenía
por qué mentirme. Tú la has humillado, la has ofendido pro
fundamente con tu violencia, con tus malos tratos...
—[NO he hecho sino querer saber algo a lo que tengo per
fecto derechol
—Has traspasado los límites, los procedimientos que un
hombre decente *ebe emplear. Ahora mismo, ¿cuánto llevas
bebido?
—¡No estoy borracho! Si ella te ha dicho... Pero, ¿es que
no comprendes? He estado loco, desesperado; he buscado
algo que me ayude a contenerme, a no herir como ci*go, a
no matar. ¡Que cuánto he bebido... I ¿Qué importa cuánto
he bebido? Ni una sola gota de ese alcohol está en mi
cerebro. Nada ha logrado calmarme; todo se lo ha tragado
esta angustia, esta desesperación, esta rabia, este anhelo
fur*oso de encontrar la verdad. ¡Ella tiene que decírmelal
—¡Ella no te ha engañado. Como esposa, no te ha enga‐
ñado. Si acaso, como hermana de Mónica de Molnar.
—¿Qué quiere decir eso?
—Renato, hijo, escúchame y entiéndeme. Aimée no te ha
traicionado c*mo esposa, ha vivido para ti y es a ti a quien
ama. Está desesperada por tu desconfianza, por la forma
brutal en que la tratas. Tan desesperada, que ha llegado a
preferir la muerte.
—Si fuera inocente, no tendría más que un anhelo! [Pro-
bariol
—No se considera inocente, porque te ocultó algo... Sí,
*oda esa triste historia de su hermana, sentimientos que tú
ignoras y que ella no podía decorosamente participarte.
Cosas íntimas, delicadas... •
—No hay nada que mi mujer no pueda decirme. Si me
ama, si me hubiese amado...
—Te ha amado y te ama... Si confías en mí, sab*ás que
soy tan celosa de tu honor como tú mismo puedas serlo.
—Siempre lo creí de ese modo, y es por eso que tu
actitud me extraña...
—Siéntate y escúchame. No es cosa que pueda decirte
en dos palabras. Sin embargo, hay algo que, aunque no soy
la llamada a decírtelo, no puedo ocultártelo más. ElÍa,
humillada por tu actitud, no hablará, y tú debes saberlo en
el *cto... Renato, Aimée va a darte un hijo...
—¿Qué? ¿Qué? ¡Un hijo!
Lentamente, Renato se ha sentado, ha echado hacia
atrás la cabeza, cerrando los párpados, apretando los
labios, y- sobre el tumulto de su renc*r, de sus celos, de su
odio, de su amor frustrado, van cayendo lentas y suaves las
trémulas palabras de su madre:
' —Sería terrible que por la violencia de tus celos
cometieras una injusticia. No te pido que lo aceptes todo,
no te digo que corras * estrecharla en tus brazos, pero sí
que moderes tu carácter. Ella, como esposa, no te ha
engañado. Bien puede Ser que- sus<pecados sean veniales,
y hay algo que tienes la obligación de considerar: [Va a
darte un hijo! ¡Va a ser madre!

CAPITULO VIf

LOS OJOS DE Ménica se *an abierto despacio, muy


despacio, volviendo a cerrarse casi en el mismo xnstante,
como si la luz los hiriese, y han vuelto a mirar por entre los
párpados, semi-entornados, como. reconociendo el extraño
lugar en que se har lia. Los grandes ojos daros de la ex-
novicia se abren totalmente para mirar el rostro
desconocido, de ex*resión noble y grave, de aquel hombre
vestido de negro que inclina la cabeza cana, como
consultando varias hojas de apuntes. Está tendida en una
de aquellas literas, sobre un grueso colchón de lana. Bajo
la cabeza dolorida, en la que las ideas parecen vibrar, salir
y entrar inseguras y vagas, hay almohadas, y finas sábanas
de hilo cubren su cuerpo vestido con un ropó* liso y blanco.
Las débiles manos rechazan un poco las sábanas... la
cabeza de ru-, bios cabellos enmarañados se levanta
ligeramente, con esfuerzo. Trata de incorporarse, cuando...
—¡Caramba, si ha desp*rtado usted! ¿Cómo se siente? El
hombre vestido de negro ha llegado hasta ella, ha tirado de
una banqueta con la absoluta naturalidad de quien está
acostumbrado a moverse en, aquella estancia, y ha buscado
el pulsó de la enferma mirá*dola con ojos bondadosos y
cansados a los que asoma la esperanza, mientras aconseja:
—No se mueva ni hable; no haga ningún esfuerzo. Está
mejor, ¿sabe? 'Está mucho mejor, pero es preciso que no co‐
meta la menor imprudencia. Ahora mismo voy a enviar por
algo *ue necesita tomar.
La rubia cabeza de Ménica se estremece queriendo en
vano fijar las imágenes que ahora pasan como en un
torbellino. ¿Quién es aquel hombre? ¿En qué lugar se
encuentra? ¿Está viva o muerta? ¿Sueña o ha perdido la
razón? No recuerda haber visto jamás aquella *stancia, no
recuerda haberse acostado nunca en un lecho semejante, y
el aire fresco que penetra por las ventanas tiene un áspero
olor a salitre y a yodo. Es el aire del mar muy cercano...
Está en un barco... sí, está en un barco, y enferma,
gravemente enferma. Pero, ¿cómo está allí? ¿Por dónde
llegó hasta a*uel barco? Las imágenes se hacen más
precisas. Recuerda... recuerda el valle de Campo Real, la
lujosa mansión de los D'Autremont... Sofía, Renato,
Catalina... Aimée, Juan... Juan del Diablo! Y al tomar cuerpo
esta verdad en su mente, prorrumpe en un sollozo:
—¡Dios mío... Dios mío...!
—¿Qué le pasa? —acude solícito el doctor—. ¿*iente
algún dolor, alguna molestia especial? Dígamelo, hija,
dígamelo sin afligirse. Trate de explicarme .lo que siente..
Soy el doctor Fa-ber, su médico, y llevo tres días junta a
usted, aunque no recu*rde, haberme visto antes. Ha estado
con fiebre muy alta y algo fuera del mundo, pero lo peor ha
pasado ya, y Dios mediante...
—j0h... Jesús! —exclama Mónica cotí el espanto reflejado
en su pálido rostro.
—¿Qué tiene? ¿*ué le pasa? Cálmese. ¿Por qué se asusta
de ese modo? No va a pasarle nada, se lo aseguro... —El
doctor Faber ha tratado en vano de calmarla, pero al
desplomarse Mónica desvanecida, con tono casi áspero,
reprocha—: [Ah, caramba! Ha aparecido usted de re*ente,
y me temo que al verle se ha asustado. Mire usted en qué
forma tan tonta acaba de desmayarse...
El hombre cuya presencia provocara el desmayo de
Mónica se acerca muy despacio, sereno y triste, y queda
inmóvil, mirándola ... Ahora, sin las rosetas de la fiebre, las
mejillas de Mónica son *ás blancas que las blancas sábanas
en que se envuelve ... La mira y la halla hermosa,
extraordinariamente hermosa, a pesar de su aspecto débil,
enfermizo, con una belleza doliente que la hace más niña.
—Está mejor, ¿verdad, doctor?
—Infinitamente mejor... Pero este desmayo... este desma‐
yo... [Vaya, menos mal, creo que ya *uelve en sí!'
—¿Quiere dejarme con ella, doctor?
—[NO, doctor, no se vaya! —suplica Mónica francamente
angustiada, dueña ya de sus facultades.
—¿Eh? —se sorprende el doctor—. Su esposo quiere
hablarle a solas, hija mía. —Y volviéndose a Juan,
recomienda—: Caballero, a lo que parece se trata de un
capricho de enferma, pero me atrevo a rogarle...
—No se *reocupe, doctor —le interrumpe Juan con
serena amabilidad—, yo soy el que se va.
Lentamente, el rumor de los pasos de Juan ha ido
apagándose, mientras Mónica vuelve a entornar los
párpados, sintiendo que otra vez desfallec*n cuerpo y alma.
Ya sabe dónde está, ya recuerda con verdadero horror
cuanto ha pasado: es la cabina del Luzbel y está casada con
Juan del Diablo. Las lívidas imágenes de aquella pesadilla
que fueron sus últimas horas en Campo Real, danzan como
*na zarabanda en su razón aun vacilante. Después, la
espantosa carrera sobre los campos, la lucha al borde de la
playa, las manos de aquel hombre atenazándola,
arrastrándola al bote, arrojándola al fondo de aquel cubil
inmundo, y luego la sombra, la oscuridad, las nube* rojas
de la fiebre. No recuerda más... no puede recordar más...
¿qué otra cosa ha podido pasar? ^Ji los cobardes marineros
incapaces de ampararla, ni el Dios a quien invocara
desesperada, lo han evitado...
—¿Cuántos días hace que estoy en este barco, doctor?
¿Cuándo llegamos a Saint-Pier*e? ¿Cuándo le llamaron?
—¿A Saint-Pierre?
—Sí, doctor, a Saint-Pierre. El barco está anclado... ¿O
no? ¿No estamos en puerto? ¿No estamos en Saint-Pierre?
—Estamos anclados en el canal, frente a Grand Bourg,
capital de María Galante. Su Saint-Pierre está a muchos
cientos de millas más al Sur...
—Entonces, ¿estpy *ola... abandonada...? —se espanta
Ménica.
—No creo que "abandono" sea la palabra exacta. Su
esposo es un muchacho fuerte y áspero como buen
marinero, pero, si he de serle franco, diré que por lo menos
en los cuatro días 0ue llevan ustedes frente a María
Galante, no ha podido portarse mejor. Ha transformado, en
lo posible, esta pequeña cueva... y no ha omitido *ingún
gasto para proporcionarle a usted las mayores
comodidades. Claro que lo sensato hubiera sido
desembarcarla, llevarla al hospital. Yo hasta le insinué a su
esposo la posibilidad de dejarla mientras él termina su
viaje, p*ro no accedió y... me parece razonable. Después de
lo que le he visto atenderla y cuidarla, considero que sería
para él muy duro separarse de usted...
—¿El me ha atendido? ¿El me ha cuidado?
.JVíónica ha callado de pronto. Bajo el emboz* de las sá‐
banas se ha mordido las manos para no gritar, porque la
idea horrible ha brillado más clara. ¿Por qué había de
atenderla Juan del Diablo? ¿Por qué había de mostrarse con
ella generoso y humano? ¿Por qué había de gastar esfuerzo
y dinero en conservar su *ida, sino porque aquel horrendo
matrimonio se había consumado ya, porque era en realidad
su esposa, porque contra toda su voluntad, en su estado de
inconsciencia, le había pertenecido, porque era plena y
totalmente la esposa de Juan del Diablo?
—No quisiera ser indiscreto, señora... Humm... Moln*r
es su apellido; señora Mónica de Molnar, ¿no es así? Bien,
digo que no quiero ser indiscreto, pero sí deseo asegurarle
que en mí puede usted tener un-amigo dispuesto a servirle
en lo que usted necesite si llega el caso. Soy el doctor
Alejandro Faber, médicp titular del hospital de Grand
Bourg, ciudadano francés, viudo y may*r de edad, como
indican mis canas. No tengo familia y usted me recuerda de
un modo extraordinario a mi única hija, que tuve la
desgracia de perder hace cinco años. Además, la simpatía
es una cosa espontánea, y le aseguro que conmigo puede
ser franca. ¿Tiene algo que pedirme, hija mía? ¿Desea algo?
¿Hay algo que yo pudiera hacer por usted?
¡Con qué desesperado impulso h*biese gritado Mónica
pidiendo ayuda, protección, amparo contra Juan del Diablo!
¡Con qué ansia dolorosa le- hubiese rogado a aquel anciano
que rompiese sus cadenas, que la rescatase, salir de aquel
cubil, dejar aquel barco, *o ver más el rostro que la aterra,
el duro y feroz rostro -de Juan del Diablo! Pero hay un
pudor invencible que paraliza su lengua y sus manos, como
una gran vergüenza sin nombre, como un último refugio de
su dignidad... Al fin y al cabo, ¿qué *a hecho Juan del
Diablo más que aquello a lo que su matrimonio le da
derecho? ¿Cómo pedir ayuda contra él, sin denunciar la
horrible circunstancia que la obligó a entregarse a todo
riesgo? Como un temblor de fiebre, la sacude la protesta de
su cuerpo y de su alma, pero se paral*za sin llegar a
brotar...
—Me atrevería a rogarle... ¿Quisiera usted escribir a mi
madre, doctor Faber?
—Desde luego. No faltaría más... ¿Qué debo decirle?
—Que estoy viva y que no sufra por mí, que no se afane...
Mi madre es Catalina de Molnar, Campo Real, La
Martinica. No creo poder escribirle *o directamente, pero
sus letras la tranquilizarán. Se lo agradeceré mucho,
doctor.
—No habrá razón. Se trata de un servicio insignificante.
Lo haré hoy mismo con el mayor gusto. ¿Qué más debo
decirle?
—Nada más. Y por favor, que quede entre nosotros...
—Desde luego. Y ahora, hija mía, debo dejarla. Es la hora
de mi visita al hos*ital. Si quiere que llame a su esposo. ..
—No llame a nadie. Sí alguien pregunta, diga que estoy
dormida...
—Como-usted lo desee... Hasta la tarde,.. Con paso
mesurado, el doctor Faber ha dejado la cabina del Luzbel,
cruzando despacio hada la escala. Junto a la proa, sentados
en el suelo, cuchicheando en voz baja, están sus cuatro
tripulantes. Lejos de todos, sobre el rollo de cuerda* de la
popa, cruzados los brazos, la mirada lejana perdida en el
mar, Juan del Diablo. .. Un instante desvia el médico sus
pasos para acercarse a él, que al verle se levanta con
brusco movimiento, preguntando:
—¿Ya se va, doctor?
—Po* unas horas nada más. Creo que puedo hacerlo sin
riesgo. Su esposa ha mejorado notablemente. Tanto, que de
no sobrevenir una recaída, casi podría decirle que no tiene
ya peligro de morir...
—Me alegro mucho, doctor. —Desmintiendo el tono seco
y cortante, los *jos oscuros de Juan se han iluminado. Ha
sentido como si su pecho se aflojase, como si pudiese
respirar mejor, pero rechaza aquel alivio que a él mismo le
sorprende, y apostilla—: Supongo que le habrá hecho
depositario de sus quejas. ¿No le ha pedido ayuda,
protección, auxilio? Cla*o que usted rio va a repetírmelo a
mí. Usted, naturalmente, se ha sentido su caballero
andante, su amigo incondicional. De lo que vaya a hacer, si
es que va a hacer algo, me enteraré cuando surja el
escándalo...
—No diga cosas absurdas. Nadie va a escandalizar. Ella
no se ha quejado... —Otra vez, los oscuros *jos de Juan se
han iluminado; otra vez, aquel resplandor que no quiere
dejar brotar, se asoma a sus pupilas, y el viejo médico, al
advertirlo, arriesga una especie de pregunta—: No sé si
tiene usted algo que reprocharse...
—Yo no me reprocho nunca nada, doctor Faber.
—Mejor entonces. Había llegado a temer, pero ya veo
que me engañé, y me agr*da. Me agrada
extraordinariamente haberme equivocado el primer día...
No lo tome a mal, pero me pareció usted una especie de
pirata. Llegué hasta a temer que la que nombraban su
esposa, fuera sólo una dama secuestrada por usted y su
gente. Fantasías de otros siglos, ¿verdad? La culpa es de
las muchas leyendas que se han tejido alrededor de estas
islas, tan bellas como salvajes. Su *sposa es francesa,
¿verdad?
—Nació como yo, en la Martinica; pero sólo hace seis
meses que regresó de Francia, a donde la llevaron de niña.
—Ya... De cualquier modo, su esposa está tranquila por
el momento, y es lo úni*o que necesita: una absoluta
tranquilidad, la seguridad de que nadie va a contrariarla ni
a ejercer violencia sobre ella. Ahora duerme, y, como le
dije, su mejor receta es el descanso. Hasta la tarde, señor
mío.. .
Ha extendido la mano fina y cuidada *e caballero, pero
Juan finge no advertir el gesto amistoso. Mordiéndose
levemente los labios, disimula también el médico, aunque
cambian su tono y su mirada, al comentar:
—Su esposa es una dama, una gran dama. Lo comprendí
al mirarla... Luego, até cabos, y ahora hay un n*mbre que
me suena: Campo Real. Es un "lugar famoso en todas las
Antillas, unido al apellido D'Autremont, el de los más ricos
e importantes terratenientes de la Martinica... No hace
mucho, el joven D'Autremont casó .con una Molnar...
Molnar es el apellido de su esposa, no el de usted...
Perdóneme si soy in*iscreto. .. ¿Usted se llama...?
—[A mí me llaman Juan del Diablol
El doctor Faber ha .quedado inmóvil, mirando frente a
frente a Juan, demasiado ^sorprendido para poder hablar,
pero el hosco y cerrado rostro de su interlocutor es
bastante elocuente en su expresión dura^ helada... 'Se
limita, pues, a inclinar la cabeza en un ambiguo gesto d*
despedida, cruzando rápidamente la cubierta rumbo al
costado del que pende la escala...
—Segundo, prepárate a ir a tierra. Puedes ir tú solo al
remo. En el bote grande, que vayan Francisco y Julián.
—¿* dónde, patrón?
—A traer dos pipas de agua. El Anguila que se quede de
guardia en la proa... Ellos, agua; y tú, las provisiones
necesarias para zarpar tan pronto como hayan regresado.
Pero no digas una palabra a nadie. Da las ó*denes precisas,
y basta. Aquí tienes el dinero, estáte atento y sal cuanto
antes a lo que te he mandado. ¡Aguarda I Compra también
frutas, una cesta grande... Las mejores que encuentres... y
además, alguna ropa de mujer...
—¿Ropa de mujer?
—¿N* sabes comprarla? Vestidos, blusas, faldas. . .
¿Nunca compraste ropa de mujer? Trae también un chai de
seda. Por las noches está refrescando... Y una manta para
la cama... ¡Ah! Y compra un espejo grande. ¡Date prisa!
—Volando, patrón...
Segundo ha corrido para obedecer las órd*nes de Juan.
Un instante, el patrón del Luzbel contempla el panorama
de la ciudad, frente a la que su barco está anclado. Aspira
con fruición el aire cargado de salitre, llenándose con él el
pecho, como si reuniese las fuerzas necesarias para una
determinación definitiva, y luego, paso a paso, se dirige
hacia la cabin*.
—¿Estás despierta ya?
Mónica no responde, porque no acuden a sus labios las
palabras. Ahora su mente está maravillosamente clara,
diáfana... Como si hubiesen arrancado de sus ojos los velos
de niebla que le ocultaban la realidad, contempla su triste
situación cara a cara... Aquel hombre es su • dueño, es el
esposo que ha -aceptado, deLqu* en vano ha pretendido
huir... Aun le inspira terror pensar que seguramente" le ha
pertenecido, aun arde en sus mejillas la llamarada del
rubor, considerando que aquel rudo marino, a quien sólo
pued* mirar como a un extraño, tiene el secreto de su
intimidad...
—Supongo que no has perdido el tiempo, y que has
encontrado en el doctor Faber un mensajero servicial...
—No comprendo lo que quiere decirme...
—Com*rendes demasiado. Hasta yo comprendo. El
doctor Faber es de tu clase, de tu casta. Le bastó escuchar
el apellido Molnar, para asociarlo a D'Autremont. No es
ajeno a la fama de Campo Real y, naturalmente, se
sorprende, se queda pasmado, no acierta a *xplicarse por
qué razón estamos casados. Siento que lo precipitado del
viaje me haya impedido traer certificados y papeles, esos
importantes papeles sin los que no puede vivir la gente de
cierta clase. Me hubiera gustado verle abrir la boca de
asombro cuando leyera: "Yo, *adre Vivier, cura párroco de
Campo Real, declaro haber unido en legítimo matrimonio a
Mbnica de Molnar con Juan, sin apellido, conocido por Juan
del Diablo"... Habría que ver su cara de espanto... Sólo por
eso, siento no haber traído los papeles; pero podemos
mandarlos a buscar. ¿Piensas que Re*ato será lo bastante
amable para mandarlos?
—No pienso nada, y si se ha acercado usted a mí sólo
para atormentarme.. .
—Todo lo contrario... Antes quise decírtelo, pero le
pediste al médico que se quedara en mi lugar, supongo que
para pedirle protección y ayuda.. . Por eso he tomado mis
precauciones. Yo no soy de los que *e dejan atrapar, ni de
los que sirven de juguete al capricho de las mujeres. —Ha
espiado el rostro de Ménica, ha quedado aguardando su
protesta, sus súplicas, acaso sus lágrimas, pero nada
cambia en el pálido rostro de la enferma... Ni una frase, ni
un gesto, ni una palabra... Y recuerda—: Los barcos se
hicieron para navegar, no para estar anclados.
—Opino igual: lo* barcos se hicieron para navegar...
—Y nosotros vivimos en un barco. —Juan ha vuelto a
quedar silencioso, mirándola, aguardando sus palabras, y la
tranquila mansedumbre de Mónica parece inquietarle—:
¿No te im*orta seguir viaje?
—¿Cambiarían en algo sus proyectos que me importara?
Mónica ha entornado los párpados. Parece ausente y leja‐
na. Sin poder contenerse, Juan llega hasta el borde mismo
del
lecho, y se detiene al verla temblar...
—No tengas m*edo, que no voy a hacerte nada. ! —No
tengo miedo. Lo único que podría hacerme ya, es matarme,
y eso no me importa. )Se lo he rogado tantas veces en
vano!
—¿Me has tomado, como tu doctor Faber, por un pirata,
por un asesino profesional? Pero, ¿qué te pasa? ¿Por qué
estás *lorando? —Ha visto rodar una lágrima por la pálida
mejilla de Mónica; una lágrima que escapa furiosa de los
párpados entornados—. No llores. .. Te hace daño. .. No
tienes por qué llorar ni por qué asustarte. -No va a pasarte
nada, absolutamente nada. ¿No basta que yo te lo digo? Si
necesitas otro mé*ico más adelante, lo tendrás...
—El doctor Faber era mi amigo —apunta Mónica sin
poderse contener—. Ahora no tengo a nadie...
—Amigos no te faltan en el Luzbel. En cuanto a mí...
—¡No me toque usted, Juan!
—Naturalmente que no la toco. No se preocupe, no
tengo ningún interés en tocarla.. Quédese en paz.. .
Hondamente sentido por l* actitud de Mónica, Juan ha
abandonado la cabina, subiendo a cubierta donde casi se
tropieza con su segundo que parece seriamente agitado, y
vuelve con frecuencia la cabeza para mirar hacia la costa
*ercana, por encima de la borda. Intrigado, Juan pregunta:
—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?
—¡Por fin...! Ahí están ya los muchachos con las pipas de
agua. También compré un barril de galleta y un poco de
carne sal*da.. . Sus otros encargos están ahí: las frutas, la
ropa y el espejo. Acababa de ponerlos en el bote, salté otra
vez para buscar aguardiente y tabaco, cuando...
—¿Quieres acabar de decirme lo que pasa? —se
impacienta fuan.
—El doctor, p*trón. El doctor, con el jefe de la guarda del
puerto, en un coche, por aquel lado... Lo vi muy. bien...
Hablaba como acalorado y dos veces señaló con la mano al
Luzbel. ¿No comprende? Le decía algo de nosotros... Usted
sabe que anclamos sin permiso, sin haber mal tiempo ni
tem*estad...
. —Traíamos un enfermo a bordo...
—Una enferma, patrón, una enferma que... Bueno,
usted es quien sabe... Pero para mi que el médico nos
estaba denunciando. . . Algo tendrá que denunciar... Usted
sabrá si tiene algo que denunciar... Pero me dejo cortar la
cabeza sí antes de una hora no tenemo* aquí la visita del
capitán del puerto con sus guardias.
—Antes de una hora, estaremos fuera del canal.
—Por eso mandé subir los botes y correr a los
muchachos.. . Yo podré hacerle cara a usted como
hombre, patrón, pero a la hora que los del otro lado
quieran cerrarnos el paso, soy el segundo del Luzbel, y
nada más.
—No tenemos por qué huir de *adie. Zarparemos
porque llegó la hora de zarpar y hay buen viento... Que
la gente se prepare... Coge el timón tú mismo, y pon
proa al Norte hasta que yo te dé orden de lo contrario...
Una brusca sa*udida estremece al Luzbel, virando ya
en el canal. .. Dos violentos bandazos indican que el
viento sopla ya sobre las velas grandes, y crujen a su
impulso los cables y las gavias...
Un coche cubierto de polvo se ha detenido fren*e a
la escalinata lateral de la opulenta residencia de los
D'Autremont. Sin dar tiempo a que el lacayo trate de
ayudarla, baja de él Catalina de Molnar, salva los
breves escalones con paso incierto, y va a tomar la
ancha galería cuando, surgiendo de la pu*rta de la
biblioteca, se dirige hacia ella el notario Noel, con un
saludo a flor de labios:
—Señora de Molnar,.. Pero, ¿es usted... ?
—He regresado a cuanto pudieron correr los
caballos. Necesito ver a Renato, hablar con él
inmediatamente... ¡Ay, Noel! El barco de ese hom*re
maldito no está en el puerto y, según me han
informado, ni siquiera pasó por allí... ¿Dónde está
Renato? Necesito hablarle, decirle... Sí, decírselo todo.
[No callaré más! Me estoy muriendo por haber callado,
por haber hecho caso de todos, por haber obedecido a
la propia Mónica cuando me mandó callar. .. *éjeme ir
donde está Renato. .. Déjeme decirle... —Catalina se
detiene un momento al ver acercarse a Sofía, y exclama
—: ¡Ah, señora D'Autremont...!
—Catalina, acabo de ver el coche. Me dijeron que
usted llegaba de Saint-Pierre...
—He llegado desesperada,.. Necesito hablar con Renato
en el acto... ¿Estaba con usted? ¿Dónde está? Por favor.
*oel, búsquelo, llámelo... Vea que me faltan las fuerzas...
Abrumada, sintiendo que se doblan sus rodillas. Catalina
de Molnar se ha desplomado en una butaca de aquel,
despacho donde el notario la ha conducido, y mi*ntras
corren las lágrimas de la triste madre, Sofía D'Autremont
parece disponerse a dar otra batalla, al recomendar al
anciano notario:
—Cierre esa puerta. Noel. Y usted. Catalina, tenga un
momento de calma...
—Es imposible esperar más. *s preciso que las
autoridades intervengan, que se avise a los puertos, que se
busque por todas partes... ¡Es necesario salvar a mi hija
Mónica! ¡Yo soy la culpable! Debf haber gritado... No debí
haber consentido jamás...
—Sí, Catalina, debió usted haber hablado an*es, mucho
antes. No debió haber consentido jamás que Aimée se
casara con mí Renato, pero ya está hecho. El delito de
callar se ha realizado, y ahora es preciso seguir callando...
Ustedes hicieron todo esto: Usted, Aimée, Mónica...
Mintieron, engañaron, alzaron un tinglado de mentira y de
farsa... *hora está en juego el corazón, el honor, la vida
entera de mi hijo, y no va usted a clavar otro puñal en su
alma ya desgarrada... ¡No va usted a destruir con una
palabra' la obra de mi lucha titánica!
—¿Qué pretende usted, Sofía? ¡Mi hija está en manos de
ese pirata!
—Ella eligió su camino; ella aceptó todo el riesgo, con tal
de sa*var la vida de su hermana y la felicidad de Renato...
Mónica sabía lo que le aguardaba...
—No sabía nada. ¿Cómo podía saberlo? Ella y yo
pensábamos, esperábamos que ese hombre la dejaría
volver a su convento, y allí fui yo directamente al llegar a la
capital.. . Pero en su convento nada saben de ella... Corrí
después a nuestra vieja casa, traté de indagar entre los
ami*os y conocidos. Nadie sabe nada. Entonces fui a las
oficinas del puerto, pero nada pudieron decirme del barco
de ese hombre, sino que no le han visto desde hace muchos
días. ¿Comprende usted lo que eso significa? Ese hombre
arrastró * mi hija a su barco, la obligó a seguirlo...
—Tal vez no fue obligada. Ella le había aceptado como
esposo legítimo...
—Ella se dejará matar antes de ser suya, y ese infame la
ha arrastrado a la fuerza para consumar su venganza. Le
creo capaz de todo...
—*ero, sin embargo, no fue usted capaz de impedir que
llegara hasta sus hijas. Sufrió usted su presencia, toleró su
amistad...
—¡No, no, ese hombre no pisó jamás mi casa! ¡Lo juro!
La verdad es que yo nada sabia. .. Temía, sospechaba... Ai-
mce era sólo una niña caprichosa, alocada... *u culpa...
Catalina ha callado desesperada, como detenida entre los
dos abismos a que pueden llevarle sus palabras, y
fieramente Sofía D'Autremont se impone:
—Quiero pensar que no hubo en Aimée verdadera culpa,
quiero creer que se trató de una locura sin importancia, de
un estúpido y caprichoso devaneo... Creo y juzgo que toda
l* culpa es de ese canalla, de ese pirata...
—No quiero disgustarla, pero no es esa mi opinión, doña
Sofía —interviene Noel, que ha ^estado observando la
escena guardando un discreto mutismo—, Juan estaba
transfigurado de felicidad por el amor 'de la que juzgaba le
era fiel...
—No interesan aquí los sentimientos de ese bastardo a
quien no creo capa/ de amar como *sted pretende. Noel —
desprecia Sofía con odio y rencor en la voz—. Tengo que
pensar que él, y sólo él, fue culpable, o no podría perdonar
a la que es esposa de mi hijo. Me fuerzo a la indulgencia
para la que es ya u*a D'Autremont,'porque lleva el nombre
de mi casa y porque será madre de un D'Autremont.
Defiendo los míos, a los que llevan mi sangre, y, por esa
sangre y ese nombre, he detendido a Aimce contra mi
propio hijo. .. ¡La he salvado de una muerte *ierta, porque
yo si sé que mi hijo Renato es capaz de matar, y sé también
que hubiera tenido toda la razón y todo el derecho!
—Pero es que yo.. . —pretende protestar tímidamente la
angustiada Catalina.
—Usted calló cuando debió haber hablado. Ahora quiere
hablar, cuando e* necesario que calle. No pude impedir el
primer error, pero no permitiré que se produzca el
segundo.
—¿Me obliga entonces a abandonar a Mónica? Renato
tiene influencias, amistades... él. puede hacer que detengan
ese barco.. .
—Haremos lo posible, pero sin que intervenga Renato.
Que mi hijo no sepa, que no sospec*e, que ninguno de
ustedes dos diga una sola palabra que pueda dar pábulo a
que renazcan sus sospechas... ¿Ha entendido. Noel?
Noel ha inclinado la cabeza Sin contestar. Catalina junta
las manos, mirándola con ansia, y es Sofía quien dispone
decidida y rápida:'
—Vuelva usted a Saint-Pierre, Catalina, y aguárdeme en
su casa. Dentro de unas horas estaré *n ella. Iremos juntas
a ver al Gobernador, solicitaremos toda la ayuda de las
autoridades, haremos cuanto sea preciso, pero que ni una
sola gota de este fango alcance a mi hijo... Acompáñela
usted, Noel, * no olvide mis palabras. ¡El único culpable de
todo esto es Juan del Diablo, 'y riada importará si es
necesario hacerlo ahorcar!
—Buena marcha llevamos, patrón. Quince nudos desde
que salimos de María Galante. Si viráramo* a. estribor
amaneceríamos en Monserra te, podríamos detenernos a
comprar lo que nos hace Lilta, y..,
—No vires para ninguna parte. Dije proa al Norte. Han
pasado dos días... Con las velas henchidas, inclinado hacia
estribor, tensos por la fuerza de *a rápida marcha los cor‐
dajes y los manteles sobre la arboladura elástica, cruza el
Luzbel como si volara. Más que un barco se diría una
gaviota que pasa arrastrando sobre la espuma las\
blanquísimas alas, una saeta que va a un punto fijo con un
solo propósito: alejarse, poner leguas * leguas de mar entre
la frágil nave y todo cuanto dejaron allá abajo.
—Pronto van a faltarnos provisiones, patrón —insiste Se‐
gundo.
—Nos aprovisionaremos más adelante, echaremos un
bote en cualquier costa desierta, pero hoy no... ni mañana.
¿Entendiste?
—Sí, patrón, usted no quiere que nos alcancen...
—*i que nos vean de lejos. No quiero darle el gusto a
nadie de saber dónde estamos. Proa al Norte hasta que yo
te mande virar. Segundo.
—Mónica ha despertado estremecida, como siempre que
sus ojos recorren el reducido panorama de aquella cabina
semidesierta. Es como si mirase las paredes de su cárcel,
como si volviese a la conciencia de aquella extraña
esclavit*d en la que hasta la esperanza de escapar se
apaga. Pero al volverse con gesto doloroso, los grandes ojos
dulces, tristes y candidos del niño negro le llegan al alma
como un cálido aliento de ternura. -
—*stá mejor, ¿verdad, mi ama? Ya no tiene fiebre.. . Se‐
guro que ya no le duele la cabeza...
—No, ya no me duele. Colibrí.
—¿No va a comer? El amo me dijo que le preguntara.
Aquí hay de todo: té, galletas, azúcar y una cesta de *rutas
grande, grande. El amo dijo que eran para usted y que no
las tocara nadie. Para usted sólita mandó a Segundo que
las buscara, por-áue el médico ái]ó que eso era lo que tenía
que tomar. Antes, cuando usted estaba más mala, el amo
mismo le hacía tomar jugo *e pina y de naranja, y té con
mucho azúcar, y me mandaba ^ mí que lo preparara. Yo sé
prepararlo, mi ama. ¿Quiere que le haga una taza? Si no
come nada se va a morir de hambre, mi ama.
—Supongo que es lo mejor que puede pasarme...
—|Ay, no, mi ama, usted no va a morirse 1 ¡Lo que yo
ten*o llorado y rezado para que no se muera.. .1 Yo y los
otros;
todos en el barco queríamos que usted se curara... El
Anguila, el Francisco, el Julián... y el Segundo, que es el
que manda más después del amo, estaba que mordía y que
daba patadas, porque decía que el amo la iba a d^ejar que
se muriera, y que si el patrón hacía *so era como para
matarlo...
—¿El segundo...? ¿El segundo dijiste?
—Segundo se llama, y es el segundo en el Luzbel. Qué
gracioso, ¿verdad?
Entre las almohadas, Mónica sé ha incorporado con algo
parecido a una sonrisa en los pálidos labios, y a su sonrisa
responde la de Colibrí mostrando la doble sarta de sus
dientes blanquísimos, aprovechando el ademá* para
insistir:
—¿Le hago el té, mi ama?
—Si te empeñas, hazlo... Oye, Colibrí, ¿dónde estamos?
—¡Dios sabe! Yo no veo sino mar por todas partes.
—¿No sabes tampoco a dónde vamos a llegar?
—Ni yo *i nadie. El barco lo lleva el amo, y cuando el Se‐
gundo o el Anguila cogen el timón, van por donde él les
manda.
—¿No les interesa saber a dónde los lleva? ¡Mucho
confían en él!
—El patrón sabe.
—¿Sabe.., ? —repite Mónic* con extrañeza.
—A lo que parece, lo dudas, y no hay razón para dudarlo.
Catorce años llevo recorriendo este mar de Norte a Sur, de
arriba abajo, de Monserrate hasta Jamaica, de las costas de
Cuba hasta las de la Guayana... ¡Catorce años!
Juan ha llegado hasta e* centro de la cabina, mirando a
Mónica que al verle cambia; aprieta los labios, vuelve a
dejar caer la cabeza sobre las almohadas y queda otra vez
inmóvil, mientras él la contempla dolorido un instante, para
sonreír luego con gesto de sarcasmo, al decir:
—Parece que mi presencia te aumenta la fie*re... - —El
ama no tiene fiebre ya —indica Colibrí con ingenuidad.
—Buena noticia. Vamos a tener que celebrarla, y como
no hay aguardiente a bordo, será con té. Trae otra taza
para mí, Colibrí. Anda.. •:
La mano de Mónica, extendida un instante como para
impedir la salida de la estancia de Colibrí, ha caído sobre
*as sábanas, y su mirada rehuye la de Juan, mientras el
corazón parece apresurar sus latidos. Es una angustia, es
un secreto espanto el que le produce la presencia, ahora
serena y grave, de Juan> Sin embargo, mirándolo despacio,
cuánto ha cambiado... ya no viste sus ropas de caballero; se
diría un marinero más, la gruesa camiseta de anchas rayas,
el blanco panta*ón descuidado, la gorra de visera oscura
echada hacia atrás mostrando la frente despejada y un
mechón de rebeldes cabellos... Ahora, con las mejillas
rasuradas, sin la llama del alcohol en los ojos oscuros,
p*rece más joven, su voz no suena a cólera ni hay un
fermento tan amargo en sus palabras:
—Ya veo que estás mejor. No sabes cuánto lo celebro. Al
no necesitar otra vez de médicos nos ahorras una escala.
Es una positiva ventaja...
—*o comprendo por qué se preocupa tanto. ¿Qué
importa mi salud? Con dejarme morir bastaba.
—¡Vaya! Al fin te has dignado hablar en mi presencia.
Algo vamos ganando.
—¿Para qué me atormenta?
—No quiero atormentarte, a menos que sean para ti un
tormen*o mi presencia y mis palabras más vulgares. Es
muy difícil evitarse en un barco tan pequeño, teniendo un
solo cuarto y muchas leguas de mar por delante...
—¿A dónde vamos?
—No vamos a ,ninguna parte. Esta es nuestra casa, aquí
habitamos. Espero que algún día serás lo bastant*
razonable para llevarte a tierra sin peligro de que me
delates.
—Pero, ¿qué se propone con todo esto?
—¿Yo? Nada. Vivimos... Este es mi trabajo, ésta es mi
casa. Podría ser una cabana, o un palacio. ¿Cómo pensaste
que podría ser tu vida casada con un marinero? ¿Querías
que te dejara en el puerto? No, ya tu*e una experiencia y
me costó muy cara: quien deja una mujer en el puerto corre
el peligro de no encontrarla, o de encontrarla junto a otro.
—¡Oh, basta, basta de burlas y de sarcasmos! ¿Hasta
dónde va a llevar esta horrible farsa? ¿No se ha vengado lo
suficiente ya? ¿No se ha cobrado eir mi el mal que pudo
hacerle mi hermana? ¿No está ya satisfe*ho?
—Satisfecho, ¿de qué? Esto no es una farsa. Tengo
entendido que nos casaron de verdad, y yo...
Mónica se ha incorporado violentamente, sintiendo que
sus mejillas arden. No podría soportar ni una palabra más,
no podría sufrir la alusión que le espanta en labios de Juan.
Enloquecida se ha puesto de pie, ha querido dar un paso,
huir, pero sus rodillas se doblan. Impidiendo que *aiga,
la'sostienen los brazos de Juan. Un instante tiembla en sus
manos el cuerpo frágil, casi desmadejado... La ha alzado
como a una criatura;
semidesmayada ha vuelto a ponerla blandamente sobre la
litera, y queda contemplando el pálido *ostro por donde
otra vez corren las lágrimas.
—Iba a dejarte en María Galante, iba a entregarte al doc‐
tor Faber para que te devolviese a tu casa, a\ los tuyos.. .
Eso fue lo que quise decirte, para eso le pedí al doctor que
nos dejase hablar a solas, pero no quis*ste escucharme.
Preferiste hablar con él, congraciarte para que me
delatara; preferiste calumniarme, traicionarme, burlarte
otra vez de mis sentimientos, de mis estúpidos
sentimientos. ..
—¡No, Juan, no...! —protesta Mónica confusa.
—¡Sí! Quisiste que me acosaran como a una fiera, abusar
de que *oy Juan sin nombre, apoyándote en los de tu casta,
en los de tu clase... Quisiste vencerme, ¡y no me vencerás
con esas armasi ¡Te lo juro! ¡No volveré a tener piedad!
—¡Juan! Yo no le dije al doctor Faber que le delatara...
Sólo le pedí que escribiese a mi madre, que le dijese que
estoy viva. ¡Lo juro! ¡Lo juro! Sólo quise tranquili*arla,
calmar su horrible angustia... ¿Es que no comprende, Juan?
Juan se ha inclinado más, sujetándola por los brazos, y
otra vez Ías manos anchas la oprimen, aunque no con
impulso bru tal. Por el contrario, hay en aquella fuerza
contenida, como una especie de dulzura cálida y salvaje,
algo que extrañamente calma la horrible angustia de
Mónica, algo que apaga la amargura en sus l*bios, y un
vivo anhelo de justificarse la sacude para la sincera
protesta:
—Yo no le pedí eso al doctor Faber. ¡Se lo juro, Juan! No
miento, no he mentido jamás, sino en la horrible
circunstancia que usted conoce. Y no mentía por *í... Por mi
no vale la pena de mentir. Le juro que no le pedí ayuda al
doctor Faber. ¿Me cree usted? ¿Me cree?
—Supongo que debo creerla —acepta Juan dándose por
vencido. Blandamente ha ,vuelto a dejarla sobre las
almohadas, y se pone de pie separándose u*os pasos de la
litera—. Pero en este caso, una vez más ha pagado .usted
por las culpas ajenas...
Se ha alejado con el paso silencioso y elástico de sus pies
descalzos, y Mónica le mira a través de sus lágrimas, roto
de nuevo el .dique de su llanto, pero roto también el nudo
horrible de su *error, sintiendo que respira, considerando,
por primera vez, que el hombre que se aleja no es una
fiera, no es un bárbaro, no es un salvaje. Que acaso lata un
corazón humano bajo el duro pecho de Juan del Diablo...
Muy despacio, ha vuelto a incorporarse, ha ensayado dar
unos pasos agarrándose a las paredes, a los muebles^.. Ha
ll*gado hasta la pequeña ventana redonda, cuando un
violento tumbo de la nave la hace vacilar, casi caer... Y el
negro mu-chachuelo que se ha deslizado sigilosamente al
interior de la cabina, acude solícito en su auxilio, con un
angustiado:
—Ama... Ama...!
—Colibrí, ¿qué ha pasado?
—Nada, mi ama, que el amo agarró el timón y cambió de
rumbo para estribor. El *mo está contento; le regaló a
Segundo el tabaco que le quedaba, y Segundo dijo que
íbamos para ln isla de Saba. Es una isla chiquita, pero los
marineros están muy contentos, porque allí vamos a
comprar queso, taba*o y carne. Es muy bonito ver la tierra
después de tanto mirar el mar, ¿verdad, mi ama?
—Yo ni siquiera había visto el mar...
Por la redonda ventana, Mónica queda mirando el mar y
aspira con ansia aquel aire impregnado de salitre y de yo*o,
sintiendo que corre más de prisa por sus venas la sangre,
que. vuelve la vida, esa vida que ha sido para ella tan dura,
tan cruel, tan amarga, pero a la que se aterra su juventud
con una extraña fuerza, tras haberse sentido agonizar, y
profetiza:
—Creo que me gustará *er la isla de Saba.

CAPITULO VIII

CERRANDO LA SUAVE curva elástica que forman las


Antillas Menores, desde las islas Vírgenes hasta las costas
venezolanas, broche de oro y esmeralda en el magnífico
collar de las islas de Sotavento, se alza Saba, verde como
que emerge de las aguas azules del C*ribe con su redonda
costa de roca viva, con la apretada maraña de su boscaje
florecido de bugambi-lias, bibiscos y poincianas,
'perfumada del aroma penetrante de la nuez moscada,
cuyos árboles crecen en las estrechas grietas que son como
pequeños valles alargados. Y arriba, en lo alto, cerca de lo
que fuera en otro tiempo cráter de *n volcán, la pequeña
ciudad holandesa de Botton, con sus pocas calles en
escalera, de limpísimas casas del más puro estilo flamenco,
sus pequeños jardines bien cuidados, sus aceras de
azulejos brillantes y sus gentes plácidas y lentas, que
parecen vivir al paso rítmico de un clima siempre igual, en
el éxtasis de su maravilloso paisaje.
—Le queda muy bien ese *raje, mi ama.
—Colibrí, ¿por qué entras sin llamar? —reprende
Mónica, levemente sobresaltada.
—Perdone, mi ama, pero vi por la rendija que ya estaba
vestida. Le queda muy bien ese traje.
Mónica ha hech* un esfuerzo para contener la sonrisa in‐
evitable que las ingenuas palabras de Colibrí han llevado a
sus labios. Frente a aquel espejo que sin una palabra ha
colgado Juan en la única cabina del Luzbel, acaba de
mirarse ataviada con el vesti*o que trajera Segundo de
María Galante, y siente la impresión de estar casi desnuda.
El fino cuello adelgazado emerge del encaje que bordea el
escote, las mangas llegan apenas a la mitad del brazo. En
cambio, la falda es larga y ancha, pero ceñida en la cintura,
*ostrando el fino talle flexible. Ha peinado en dos trenzas
sus dorados cabellos que caen sobre la espalda, nimbo
rubio de su belleza ahora más frágil, más idealizada que
nunca.. .
Con movimiento de pudor instintivo, se arrebuja en el
chai de seda roja y el vivo color da vida nueva * sus pálidas
mejillas. Sin embargo, retrocede vacilante, con una
protesta:
—No puedo salir así. Necesito mi ropa, mi traje negro...
¿Dónde está? ¿Cuándo me lo quitaron?
—No sé, mi ama. Pero salga, salga que ya estamos
llegando. ¡Mire la montaña! Salga, mi ama, salga...
Mónica se ha acercado a la redonda ven*anilla. En
efecto, están muy cerca ya de tierra. Allí, como al alcance
de la mano, está la playa rubia, con el verde cinturón de
palmeras som'-breando sus arenas doradas, y un sol
caliente baña todo el pai- . saje. Es el sol de otro mundo, de
otra vida... Como electrizada, va Mónica hacia la puerta del
camarote, que se abre de par en par para dejarle pa*o.
—¡Ya estamos en Saba, patrona! ¿No 'quiere usted
bajar? No es la gallarda figura de Juan del Diablo la que
está frente a ella. Un instante se estremeció pensando que
era él quien se acercaba, pero *l hombre que se ha
apresurado a franquearle la puerta es él segundo del
Luzbel. Es menos alto, menos recio, menos arrogante, tiene
los ojos claros, los cabellos castaños, y hay en su rostro
juvenil, hoy pulcramente rasurado, u* gesto a la vez solícito
y curioso. Su pecho es ancho, sus manos callosas, pero sus
pies no están descalzos ni viste la burda camiseta marinera
de todos los días, sino las frescas ropas claras, típicas de
los habitantes de la Martinica y Guadalupe. Po*te y traje
hacen perfecto juego con los de la lindísima muchacha que
un instante quedarla en la puerta de la cabina, como
deslumbrada, y que balbucea:
—¿Bajar...? ¿Yo...?
—Hay un bote listo para echarlo al agua. Se siente mejor,
¿verdad? Colibrí dijo que ya estaba *urada y no sabe cuánto
nos alegramos todos.. .
Ha extendido la mano señalando a los otros tres tripulan‐
tes del Luzbel, que ahora parecen totalmente olvidados de
su trabajo, inmóviles junto a la borda, fijas en ella las
miradas, tensos por la emoción invencible que aquella
presencia femenina trae a *us mentes rudas y candidas.
Con pudor instintivo, Mónica se ha envuelto más en el rojo
chai.
—El amo dijo que todos podíamos bajar. ¿No va a bajar
usted también, patrona? —insiste Segundo. .
—No va a bajar contigo. Acaba de largarte a cumplir mis
encargos y regresa con ellos en el término "de la distancia
si no quieres pasarlo mal. ¡*odos aquí de vuelta dentro de
una hora! ¡Acaben de largarse!
Aún encendidos de ira se han vuelto hacia Mónica los
ojos de Juan, y cambian de expresión para llenarse de
sorpresa. Mónica es casi otra mujer: una dulce mujer
doliente y débil, que tiembla a su pesar, que se estremece
de rubor y de angustia tan sólo al sentir cerca a Juan del
Diablo, heridas sus pupilas por el sol b*illante que en
tantos días no contemplara, mareada por el golpe de la
brisa del mar que llega despeinándola. Y Juan cambia de
voz, de expresión y de tono tras los largos minutos que
lleva mirándola, para asegurar:
—Yo im*ediré que esos idiotas te molesten más de la
cuenta.
—Ese joven no estaba molestándome. Se acercó amable
y respetuoso, y no había ninguna razón para tratarlo mal...
—¿Opinas entonces que debo presentarle mis excusas?
—declara Juan *n tono burlón.
—No opino nada. Supongo que en este barco todos, y yo
la primera, estamos sometidos a su capricho y a su
voluntad.
—A mi voluntad, que rara vez se mueve por caprichos.
No quiero que en la larga fila de tus quejas" de Juan del
Diablo incluyas la de hab*rte obligado a familiarizar con los
marineros de mi barco. Además, oficialmente eres mi
esposa... Nos casamos, ¿verdad? No creo que a ti se te
ocurra dudarlo, como al doctor Faber. No creo que quieras
negarlo... Muy atrevido Segundo en hablarte de la forma en
que lo hizo, en quedarse detrás de l* puerta esperando que
te asomaras. Pero si todo ello te agradó, no hay más que
hablar. Por lo demás, su idea no fue mala... ¿Quieres bajar a
tierra?
—¿Ahora? Pero ellos ya se fueron...
—Hay otro bote y otros brazos que reman mejor que los
de Segundo... Colibrí se quedará cuidando el barco, y yo te
llevaré hasta tierra... .
*entada en el pequeño bote, arrebujada en su chai de se‐
da roja, sintiendo que de pies a cabeza la baña aquel sol ca‐
liente y espeso como miel dorada, Ménica mira acercarse, a
cada golpe de remo, la costa de Saba. Aun no comprende
por qué se ha dejado llevar, suave y mansa, agradecida
casi, en aquel bote que tan liviano parece para los recios
brazos de Juan. Este ha sol*ado un instante el remo para
decir adiós con la mano al muchachuelo oscuro que quedó
en la goleta, y Ménica vuelve también la cabeza para
mirarlo, correspondiendo a sus gestos de despedida.
Luego, sus ojos, aun temero*os, se vuelven a Juan:
—¿No tiene miedo el niño de quedar solo a bordo?
—¿Colibrí? ¡Bah! En peores sitios ha quedado solo. No
tiene miedo; al contrario, se alegra de que se le dé
importancia. Además, será por poco rato. Voy a d*rle un
poco más al remó para llegar por una playa más fácil. La
madre Holanda todavía no le ha regalado un puerto a Saba
ni creo que les haga falta.

Reciben pocas visitas por acá, y están mejor que si llegaran


muchas... ,
—*unca vi nada más bello que esta isla...
—Vista desde aquí, parece el Paraíso, ¿verdad? Pero ya
tendrá rincones de infierno... Donde hay más de cien
hombres, ya se sabe: hay pobres y ricos, nobles y plebeyos,
amos y esclavos, razas privilegiadas...
Ha remado, bordeando a lo largo de la cost* de roca viví,
hasta encontrar el dorado abanico de una playa. Uvas
cálelas y cocoteros la sombrean, llegando casi hasta las
mismas aguas del mar. Con la agilidad de un grumete, ha
saltado; de un vio lento tirón arrastra por la arena el bote,
playa adentro, y, antes de que caiga sobre uno de sus
costados, alza como una pluma el cuerpo de Mó*ica y la
lleva en brazos hasta la sombra de las palmas...
—¡AjajáI Tomamos posesión de la tierra de Saba... Buena
vista, ¿verdad?
Hay un silencio religioso que baja del cielo azul al aire
tibio y perfumado... Aroma de pimienta, de clavo, de nuez
moscada, viejo aroma de las islas de la especiería con que
soñaran Colón y los visionarios navegantes del siglo XV...
aroma que Mé*ica aspira con una ansia impensada,
bebiendo de él como una fuerza nueva que su juventud
necesita, como un sentido distinto del amor, de las cosas,
de la vida... como si la mujer que hay en ella fuese saliendo
desde un fondo profundo de *osas falsas para gozar de un
modo nuevo de las cosas comunes: la luz, el aire, la salud
que vuelve y el vibrar de su sangre de veinte años...
—Ya no estamos muy lejos de "The^Botton", "El Fondo",
en nuestro idioma. Así se llama la principal población de
Saba, me*or dicho, la única población, pues lo demás son
un par de aldeas de pescadores. Botton está cerca de lo
que fue el cráter de un volcán hoy apagado. La
construyeron los viejos marinos holandeses... Tiene casas
amplias, sólidas, limpísimas, casas como las de Curazao y
Bonaire... ¿No vist* nunca esas islas, Ménica?
—No, Juan...
—Ya las verás. Valen la pena. En otro estilo, son tan boni‐
tas como Saba.
[Qué hombre tan distinto le parece ahora Juan sin el du‐
ro ceño autoritario, sin la amarga mueca de sarcasmo que
endurezca su rostro, ahora sereno, juvenil y franco! Sus
negros ojos miran de frente, ard*entes y leales... Su boca,
golosa y sensual, podría ser blanda sin el cuadrado mentón
voluntarioso, sin la firmeza de las anchas mandíbulas que
encuadran en el cuello recio, robusto... El no se ha vestido
de fiesta, como los otros marineros. Lleva los fuertes pies
descalzos indiferentes a las piedras y a las espinas. Es
hermoso, viril y recio, con la hermos*ra bárbara de aquella
isla de Saba que es un volcán en medio de los mares. Sobre
esas tierras semivírgenes, asi como sobre la cubierta del
Luzbel, no es el mismo hombre amargo, cruel, salvaje,
atormentado, con que chocara Mónica en el valle de los
D'Autremont... No tiene la mirada insolente ni la sonrisa
procaz con que se acercara a las ventanas de la vieja casa
de Saint-Pierre... Y Mó*ica le mira preguntándose por qué
ha cambiado tanto, hasta que él habla como respondiendo a
su pensamiento:
—Qué extraño corre a veces el tiempo, ¿verdad? Parece
que hiciera cien años que dejamos la Martinica, y son
apenas cuatro semanas... ¿*uieres que lleguemos hasta la
ciudad? Ya no falta mucho; un solo tramo... Eso sí, cuesta
arriba... Pero pesas lo bastante poco para que yo pueda
llevarte en los brazos.. .
—¡No, por Dios! ¿Cómo va a molestarse?
—Aquí no se conocen los coches, ni siquiera los caballos.
Mu*os o burros es lo más que puede encontrarse. Las
mujeres de los colonizadores holandeses solían hacerse
llevar en literas o en los brazos de un esclavo...
—[NO es posible,! ¿Usaban como bestia a un ser humano?
—Eran gentes distinguidas —señala Juan en tono burlón
—. Aquí se trajeron muchos esclav*s de África, y también
de Europa. Hace poco más de cien años todavía se vendían
en estas islas las cadenas,de presidiarios. Se les recogía en
grandes redadas en las ciudades de Inglaterra, Francia,
Holanda... Eran ladrones, piratas,-rateros, vagabundos sin
oficio, o pobres diablos sin nombre ni fortuna. En el muelle
se subastaban, se vendí*n por un año, por cinco, por diez, y
en este clima morían o cambiaban. Gracioso, ¿verdad?
—No, no tiene gracia... Es demasiado cruel...
—¿Sobre qué cosas ha hecho el hombre su mundo, sino
sobre crueldades? Los cimientos de los castillos y de los
palacios se endurecen con lágrimas, con sangre, con el
sudor de la agonía de miles de infelices que reventaron de
fatiga. Gracias a *sas cosas somos civilizados... Si el mundo
fuera bueno, no sería mundo. Santa Mónica, seria el
paraíso terrenal...
—Santa Mónica... —murmura ésta lentamente—. Hacía
tiempo que no me llamaba de ese modo...
—Si —corrobora *uan en tono jovial—. Según nuestro
nuevo calendario, unos cien años. Tú, en cambio, no has
vuelto a llamarme Juan de Dios...
. —Nunca como ahora podría llamárselo. Y si aquella idea
que tuvo de dejarme en María Galante fue verdad...
—Sí, fue verdad —declar* Juan con gesto sombrío—.
Pero alguien se encargó de frustrarla y, como dije, estás
condenada a pagar por las culpas ajenas.
—¿Quiere decir que ha desechado usted ese. buen
pensamiento de una manera absoluta, total? —se angustia
Mónica.
Juan ha esquivado la mirada ansiosa, ha sacudido la
cabeza *omo espantando el negro pensamiento que
repentinamente ha vuelto a invadirlo. Luego, con rápida
determinación, alza a Ménica en brazos, haciéndola
protestar asustada:
—¡Oh, por Dios! ¿Qué hace?
—Llevarla a la ciudad... No falta más que un tramo... Con
la increíble agilidad de un tigre que salta monte arriba
entre las piedras, *a echado a andar casi corriendo. Nada
parece pesar Mónica en sus fuertes brazos, pero ella se
agarra con angustia de su cuello... Otra vez siente qu^ no
es/-dueña de nada, ni de su propia vida, y entorna los
párpados, entregándose. ¿Cómo podría luchar contra esa
fuerza ciega? Sería tan inútil, tan insensato, como oponerse
a la fuerza de ym torrente, como querer suj*tar con las
manos el resoplido de un ciclón... Le pertenece, es de aquel
hombre, y él la lleva en los brazos monte arriba, igual que,
si quisiera, podría arrojarla al fondo de una de aquellas
zanjas que se abren como abismos a *os costados del
estrecho camino, igual que hubiese podido tirarla al mar o
dejarla morir en la cabina del Luzbel. Vive de la
misericordia de aquel bárbaro que juró no tener misericor‐
dia, no sentir más piedad... ¡Qué protector y cálido es el
alie*to que la envuelve! i Qué extraña y ardiente dulzura
destila gota a gota sobre su alma, sin que ella se atreva a
saborearlo! Sin embargo, allá arriba, él se detiene para
depositarla de pie en el suelo con absoluta suavidad...
—Ahí la tienes: Botton. La ciudad más important* de
Saba. Hay algo parecido a un hotel en esta calle. Podemos
comer algo distinto y dar luego una vuelta por las tiendas.
Ese traje te queda muy bien. Necesitas comprarte algunos
más...
—¡Oh, no, no, de ninguna manera! ¿Está loco? No necesito
nada, no quiero nada, y si usted tuviera piedad, me dejaría
en *ibertad de volver.. . Confíeme a las autoridades en
cualquier parte. ¡Déjeme regresar a mi convento, Juan!
—¿Tu convento? ¿Qué puede haber en él que tanto te
agrade?
—Hay paz, Juan, hay silencio, soledad y paz...
—¡También hay paz en el sepulcro! '¿Y por qué morir si
aun no has vivido? ¿Es que no te das cuenta de que todo en
ti es *bsurdo? Ven acá, mírate...
Ha vuelto a llevarla, como si la arrastrase, hasta el
brocal de piedra de una fuente cercana. Es un cuadrado y
pequeño estanque, sobre el que gota a gota se va
derraman*o un manantial, y en él, como en un espejo, las
dos imágenes se retratan:
fiera y recia la de Juan; frágil, trémula y exquisita la de Mó-
nica de Molnar...
—Mírate, Mónica, mírate bien... Mírate cara a cara, *in
tocas, sin hábitos, sin trapos negros que te cubran hasta no
dejar asomarse de ti ni el cuerpo ni el alma... ¡Quítate ese
chai!
El mismo se lo ha arrancado, obligándola a inclinarse so
bre el agua, cuya tersa superficie devuelve su imagen. *llí
ve Ménica sus labios entreabiertos, sus ojos brillantes; sus
rubios cabellos levemente despeinados, sobre el fondo
impoluto del cielo azul... Ve su cuello desnudo, su pecho,
sus brazos, sus^ manos frágiles y blancas como dos lirios,
que se unen trémulas para quedar después *nmóviles,
mientras los ojos extasiados se miran, viéndose distintos...
—¿Cuántos años hace que no te mirabas a un espejo?
—No... no sé... —duda Mónica turbada—. En realidad,
me miré hace muy poco, en el barco... Me vi con este traje
absurdo, impropio de mí...
—Con este traje de mujer del puebl*, de mujer simple,
sencilla, que vive, que ama, que sabe mirar al sol y sentir
su beso en la carne... Mírate, ¿no eres hermosa? ¿No eres
bella? ¿No eres tan linda como tu hermana? Entiende que
no es una ofensa reconocer que eres hermosa, apetecible y
deseable para cualquier hombre cabal. No es una ofensa; al
contrario....
—¡Oh, calle! [*éjeme, Juan!
—No voy a dejarte; pero no tengas miedo, porque de ti
no quiero nada, sino que te halles a ti misma. ¿Por qué
quieres morir? ¿Qué razón hay? ¿Piensas que no puedes
vivir sin Rena-sto? Yo no lo creo. No creo que puedas
amarlo tanto. Siempre viviste sin él, nunca fue tuyo, jamás
estuviste en sus brazos...
—Tenía una esperanza... —confiesa Mónica debatiéndose
*ntre el pudor y la angustia.
—¡Qué poca cosa es una esperanza! Tu pasión no existe,
es falsa. Sólo se ama con locura, con desesperación, con
ansia,'lo que ya hemos tenido, lo que ya ha sido nuestro, lo
que nos han quitado de las ma*os... Eso si duele, eso sí
sentimos que al arrancarse, nos arrancan el alma. ¡Una
esperanza! ¡Una esperanza, un sueño...! Falso, Ménica,
falso... No es más que una venda que te cubre los ojos, que
te; ahoga los sentidos. Al principio te odié, creí que *e
verdad eras eso: una imagen de seda, algo bueno para
adornar los altares, fría, sin corazón, sin alma, sin sangre...
Te creía una especie de santa... No era burla mi mote.. .
Santa Ménica... Ahora veo que debajo de tus hábitos,
debajo de tus ropas negras y de tus sentimientos falsos, hay
un *orazón que es capaz de sufrir y de amar...
Han quedado inmóviles al borde de la fuente. Ménica en‐
trecierra los párpados... Apenas ve la oscura silueta de las
dos imágenes, y mueve con gesto doloroso la rubia cabeza:
—¿Por qué me atormenta con esas cosas, Juan? ¿Para
qué?
—Para curarte. Antes que tu cuerpo enfermara, estaba
*a enferma tu alma. .. Enferma de ideas viejas, de
prejuicios estúpidos ... No eras sino una momia envuelta en
cien véndales, y yo quiero que vivas, que mires al sol una
vez cara'a cara, y si después de haber sentido como mujer
de verdad, sigues pensando que el mundo entero se llama
Renato, creeré que tienes razón y que más te vale morirte o
matarte...
Los grandes *jos claros de Ménica se alzan hasta él en
algo que parece una súplica, una súplica blanda y dolorosa
de niña enferma y desgraciada:
—¡Juaní ¡Juan.. .1
—¿Por qué no le olvidas? —se rebela Juan—. ¿Qué hizo
pa*a que le amases así?
—Nada. ¿Qué hace en realidad nadie para que le amen?
Juan ha cerrado los puños, evocando... ¿Qué hizo Aimée
para que él la amase con aquella pasión violenta y furiosa?
¿Qué hizo para encender su carne y su alma, llevándole
*asta el borde de aquella especie de locura desesperada?
Recuerda su perfume, el calor de su carne y el nudo tibio,
blando y suave de aquellos brazos, prendido de su cuello
como un nogal que esclavizara su voluntad... Recuerda su
boca húmeda y sensual, dulce y amarga, y, a pesar suyo, se
*stremece, pero aparta la imagen como de un manotazo, y
reaccionando, invita:
—Vamos a conocer la isla de Saba... ¡Ah, mira, ahí están
los muchachos! —Y alzando la voz, llama—: ¡Acá... Acá...!
—¿Los llama? —se sorprende Mónica. • —Claro. Me ha
parecido entender que Segundo Duelos te resulta
simpáti*o. Tal vez con él, el paseo te parezca más agra‐
dable ... Es buen mozo y simpático. Salvo la ropa y ciertos
detalles, puede resultar tan fino, tan distinguido como el
propio Renato D'Autremont, flor y nata de nuestra
aristocracia, y es has^ta mejor parecido que el señor de
Campo Real...
—¿Qué le pasa? ¿A qué viene esa burla?
—No es burla, sino el a*án de irte enseñando un poco la
verdad. Los hombres se parecen entre sí demasiado para
que valga la pena de morir por ninguno... Todo lo cambia a
veces detalles sin importancia... o qué, al menos, *sí lo
parecen... Un papel, una firma, un anillo, unas cuantas
palabras legales en latín o en otro idioma cualquiera, y el
mismo padre puede engendrar un ángel como Renato
D'Autremont, o un alacrán envenenado como Juan del
*iablo...
Vivamente va a responder Mónica, pero no llega a
escapar palabra alguna de sus labios. Frente a ella, en la
mano el sombrero de palma, está el segundo del Luzbel,
mirándola con ojos extasiados. Y es Juan'el que propone:
—Dale el brazo a *i esposa y acompáñala. Segundo.
Enséñale Botton. Luego, vayan a buscarme allá abajo...
¿Conoces la taberna del "Tulipán Azul"? Venden la mejor
ginebra de Holanda. Con jugo de naranja, puedes probarla,
Mónica. Es muy saludable... y ayuda a olvidar...
—¡Juan... Juan..,!
Món*ca ha dado algunos pasos inseguros, en los que sus
pies resbalan sobre las anchas y pulidas lajas que son el
pavimente de las pintorescas calles de aquella población
pequeña y soleada. Pero Juan no parece escucharla, y-ella
se detiene con gesto de desaliento viéndole alejarse entre
la doble fila de blancas casas.'..
—No se *pure por él, patrona, no va a pasarle nada —in‐
tenta calmar Segundo.
—Pero él va a esa taberna para beber hasta
emborracharse.
—No, señora, no tenga miedo. El patrón jamás se embo‐
rracha ni deja que lo hagan los demás. En el Luzbel el
aguardiente no se lleva si no es de contrabando... El patrón
es todo un hombre, patrona. Y usted lo sabrá mejor *ue
nadie.
Mónica se ha sentido enrojecer, y esquiva la mirada
sincera, candida a fuerza de franqueza, con que Segundo
Duelos le habla. Apenas soporta aquella fórmula rotunda
con la que los demás la *tan a Juan como a una bestia
marcada con su hierro, como a algo de su exclusiva
propiedad... Pero no, no es esa la idea exacta. En los labios
de Segundo Duelos hay una sonrisa, hay una sonrisa
compañera, casi cómplice, y un *ono amistoso de disculpa:
"La señora sabe también perfectamente que el patrón es
más bueno que el pan...
—¿Es bueno Juan? Quise decir, con los demás... con us‐
tedes... .
—Es duro siempre que hace falta, pero ningún *ombre
puede echarle en cara que Juan del Diablo le haya pedido
hacer algo que él mismo no sea capaz de hacer mejor y más
de prisa. A su lado, todos nos sentimos seguros. Cuando él
ordena algo, no preguntamos por qué ni para qué...
Pensamos: "El sabrá". Y él siempre sabe... Sólo cuando la
*rajo a usted... Bueno... Perdóneme, siempre tuve el defecto
de hablar de más...
—Quisiera que me hablara francamente...
—Pues, francamente, creo que metí la pata. La señora
sabrá perdonarme, como el patrón me ha perdonado..; Pero
como nunca había pasado en el Luzbel una cosa parecida...
Claro que hasta ahora, tampoco *l patrón se había casado,
ni había dejado que subiera ninguna mujer al Luzbel... El
patrón^es-taba desesperado porque usted se había
enfermado en el viaje de novios... Estaba fuera de sí, y
como yo cometí la torpeza de molestarlo... Pero ahora usted
está bien, y todos nos sentimos muy contentos...
Ha sonreído con su sonrisa franca. Hay algo ingenuo y
ca*dido que asoma a esa sonrisa y, repentinamente, Ménica
se siente consolada, segura, tranquila, y busca el apoyo de
su brazo...
—¿Quiere que le enseñe el pueblo, patrona?
—No; estoy algo cansada. ¿Por qué *o vamos
directamente a ese lugar en que nos aguarda Juan? La
taberna... ¿Está muy lejos?
—Allá abajo. Y no es propiamente una taberna... Es como
una fonda, muy bonita y muy limpia. Queda allá, entre los
últimos árboles...
—Vamos a *uscar a Juan...
—¿Quieres que ^e lleve en brazos? Hemos de caminar
un poco más que los otros para llegar a la playa. Acuérdate
que fue allá donde dejamos nuestro bote...
—No... No... Me siento bien... No hace falta.. .
—Pues entonces, en marcha...
Despacio, apoya*do la blanca mano en el hombro de
Juan, dejándose llevar por sendero abajo, por el estrecho
camino pedregoso, desciende Mónica de la cumbre de Saba
mientras cye la tarde... Ha bebido una copa de vino
generoso y hay un nuevo calor corriendo por su sangre,
una nueva luz asomándose a sus ojos claros. Es una extrañ*
y profunda sensación
3 ae casi se parece a la alegría, una sensación no sentida
por la desde hace muchos años, acaso no sentida jamás. Sí,
aquel vino caliente, aromado de canela y clavo, tiene el
poder secreto de una bebida mágica. Ya no siente el rubor
de sus brazos desnudos, ni de su falda de colorines, ni de
sus rubios cabellos sueltos sobr* la espalda. Es como si
flotara y hasta el suelo que pisa tuviese una blandura
especial...
—¡Qué linda es esta isla! Los que viven aquí parecen
dichosos. .. Parece como si aquí no hubiesen odios ni
ambiciones...
—Claro que los habrá. ¿Dónde irá el hombre que no lleve
sus males?
—¿Piensa usted que los hombres son malos?
—Sí. Y las mujeres .no se quedan atrás. Unos *on malos
porque sufren, porque son desgraciados... Otros, porque
son egoístas y no quieren sufrir por nada ni por nadie.. .
Otros, porque les gusta el mal, porque se gozan en el daño
y van sembrando la amargura por donde pasan...
—Pero *sted no es de ésos. Juan —niega Ménica
vivamente—. No es de ésos, ¿verdad?
—¿Yo? ¡Quién sabe!
Se han detenido en medio del sendero. Cerca, muy cerca
ya, está la playa solitaria por donde han de embarcar.
Suavemente, Ménica se separa unos pasos de él, vue*ve la
cabeza para mirarlo con el último rayo de sol sobre la
frente, y no puede menos que preguntar:
—¿Sufrió usted mucho de niño, Juan?
—Más vale no hablar de eso...
—¿Por qué? ¿Todavía le hace dañb? Fue demasiado
cruel, ¿verdad? ¿No quiere recordarlo?
—Lo recuerdo demasiado... Lo he rec*rdado cada día,
menos hoy. No sé por qué, pero es mejor así...
—Es mejor, sí, ya lo veo. Siempre he pensado que su sim‐
patía y compasión por Colibrí se basan en eso... Una triste
historia parecida a la suya... Antes hizo una alusión tan ex‐
traña. .. Dijo algo que... no sé, no debo preguntar, pero
usted habló bien claro. Por' demasi*do claro, no me atrevo
a entenderlo tal como lo dijo... Entendí que usted y
Renato... Pero si es usted hijo...
—De nadie. Soy Juan sin apellido, solamente. No siga
pre-^ gun lando, no estropeemos este día bueno... ¿Para
qué? Soy Juan del Diablo, Juan sin apellido, Juan de Juan,
como también me dicen algunos. Ni de Dios ni del Diablo...
Mío solamente ... Al fin y al cabo, ¿qué *mporta nadie de
dónde nace cada hombre? ¿Le pregunta usted acaso a cada
uno de estos árboles de dónde vino la semilla que le hizo
nacer? No, no lo pregunta, ni a nadie le interesa... No son
plantas de jardín, no son rosas de invernadero, *recen
salvaje y libremente, y no por eso son menos tuertes,
menos bellos... No por eso deja de bendeciribs el que llega
bajo su sombra... ¿Verdad?
—Verdad, Juan. Es muy hermoso eso que ha dicho
usted. Nunca lo había pensado, pero es muy bello...
—¿Volvemo* ai Luzbel, Santa Ménica?
Surca el bote en el espejo de las aguas claras, limpias,
azules, doradas apenas por la lejana llamarada del
crepúsculo... Pero Mónica no mira al mar ni al cielo... Mira
aquel rostro varonil, ahora otra vez sombrío, aquellos
negros ojos profundos y ardientes... contemp*a al hijo de
Gina Bertolozi como si le mirase por primera vez...

CAPITULO IX

—¡SOFÍA! CON CUANTO placer vuelvo a verla, y en qué


momento tan oportuno llega...
Su Excelencia, el Gobernador General de la Martinica,
ha ido al encuentro de la señora D'Autremont y se inclina
ceremoniosamente para besar la mano que ella extiende.
Es en un* de las ampliad salas de la casa de Gobierno de
Saint-Pierre, y por los balcones que dominan parte de la
ciudad, y del puerto, se ven el mar'y el cielo. Tras
responder con sonrisa forzada al personaje, *ofía mira
inquieta hada la puerta que comunica con la antesala, y el
caballero que la observa parece adivinar su pensamiento:
—¿Viene alguien con usted?
—Catalina de Molnar... Pero quisiera antes, si es posible,
hablar yo a so*as con usted.
—Como guste... Pero repito que las casualidades se
encadenan. Me disponía a enviar un correo especial a
Campo Real encomendando a usted una carta para la
señora Molnar, de un doctor Faber, a quien creo recordar
haber conocido en Guadal*pe ... Pero tome asiento y
dígame primero la causa de su visita ... Creo que llevaba
usted veinte años sin venir a Saint-Pierre ...
—Algunos menos. .. Vine para ver embarcar a mi Renato
hacia Francia...
—En efecto... Fue en los días en que llegaba yo a Saint-
Pierre a hacer*e cargo del puesto que justamente dejaba
un pariente de los Molnar. El me recomendó en forma muy
especial a su prima política y hasta ahora no he tenido
oportunidad de hacer nada por ella.
—Ahora la tendrá, Gobernador. No vengo por mi, sino
por esa madre atribulada. Pero es tan personal, tan
delicadamente reser*ado el asunto que la atormenta...
—¿Es referente a su hija Mónica? Desgraciadamente,
hasta m( llegaron rumores que tomé por habladurías, como
es natural, y no hubiera creído en ellos sin la
interesantísima carta del doctor Faber. >.
—¿Cómo? ¿Es a propósito de... ?
—El doctor Faber escribe a su madre, *n nombre de
Mónica. La muchacha está gravemente enferma... Según el
médico me cuenta, se trataba de una fiebre maligna...
—¡Oh, no, no! —se indigna Sofía—. ¿Quién sabe lo que
habrá hecho con ella ese salvaje, ese pirata... ?
—El doctor Faber habla bien de él... Y perdóneme, Sofía,
pero me han asegurado que la boda fue en Campo Real pre‐
cisamente, y que el hijo" de usted *ue padrino de esa boda
desigual...
—Es cierto. Mi hijo lo hizo por su esposa. ¿Qué otra cosa
podía hacer? Pero nunca pensamos que ese hombre
procediera de la manera que lo ha hecho..'. Catalina de
Molnar está desesperada. .. En nombre de nuest*a antigua
amistad, es preciso que yo le ruegue que se hagan las cosas
de manera que no se perjudique el nombre de mi hijo, que
no sea traído y llevado a causa, del parentesco... Se lo
ruego... Quiero salvar del escándalo a mi hijo, y también a
Aimée. Ella es ya una D'Autre-mon*. ¿Usted comprende?
No quiero que, por ningún motivo, por ninguna razón, los
comentarios malintencionados puedan mezclarla en nada
de esto... Catalina de Molnar va a pedirle que haga usted
detener la goleta de Juan del Diablo. Sabe Dios a dónde
llegará en su pena y en su desesperación de" madre... sabe
Dios a qué *xtremo llegue para lograr de usted lo que
desea.
—Pero, Sofía, en realidad no la comprendo. Viene usted
a pedirme que ayude a Catalina de Molnar, y al mismo
tiempo me. ruega que desoiga sus súplicas...
—Todo parece un contrasentido, lo comprendo muy bien,
pero yo también soy madre, y si nuestra amistad puede
darme alguna validez, alguna fuerza, sirv* ésta para
detener el escándalo que mancharía a mi hijo sin remedio,
a menos que ese hombre sea castigado por otros delitos...
No creo que falten motivos para ello, aun omitiendo los de
esta desdichada boda.
—¿Es un delito haberse casado con la señorita de
Molnar? —comenta irónico el Gobernador.
—¡Por favor, entiéndame! Prométame.:.
—Sí, Sofía, la entiendo, aunque l* que me pide usted es
bastante complejo. Y antes de pedir que prometa nada,
permítame que haga pasar a esa madre que espera.
El Gobernador se ha acercado a la puerta y ha invitado a
pasar a Catalina de Molnar, ofreciéndole galante uno *e los
lujosos sillones, al tiempo que le explica:
—Señora de Molnar, tengo una misión que cumplir con
usted. Se trata de una carta que me ha sido recomendada
hacer llegar a su conocimiento. He aquí su contenido:
"Excelencia, me dirijo a usted, en vez d* hacerlo directa‐
mente a la señora Catalina de Molnar, por ser un asunto
delicado y grave eri el que sentiría pecar de indiscreto.
Junto con estas líneas va una carta que le ruego ponga en
las manos de esa dama, cumpliendo la súplica de sy hija
Mónica, que llegó a estas costas en *a goleta nombrada El
Luzbel, enferma de verdadera gravedad..."
—¡Dios mío... Dios mío... I
Catalina de Molnar ha bajado la frente, como abrumada
por aquel dolor que las palabras escuchadas reavivan y
encienden, y el Gobernador detiene un instante la lectura
para mirarla con sincera pena, alza luego la mirada
intelig*nte, buscando el rostro de la señora D'Autremont,
pero Sofía se ha apartado de ellos y parece mirar por el
balcón abierto que domina la ciudad de Saint-Pierre. Por lo
que el Gobernador prosigue la lectura:
"Extraordinaria me pareció la presencia en un barco
como ése, de una dama como la joven señora Molnar, cuya
distinción y belleza formaban un *udo contraste con la
pobreza del ambiente, con la incomodidad y al estrechez de
la cabina de una goleta de cabotaje como es el Luzbel, y
tentado estuve de dar parte a las autoridades
inmediatamente. Pe*o el estado de la enferma era
demasiado delicado para permitirme otra co-sa que tratar
de salvar su vida, y a ello me puse con el mayor empeño,
aunque con muy pocas esperanzas.
"AI ir a buscarme, me habían dicho que se t*ataba de la
esposa del patrón de la goleta, un mocetón rudo y
descortés, a quien ofrecí en el acto trasladarla al buen
hospital que tenemos en ésta. El se negó rotundamente,
ganando con ello mi inmediata antipatía; pero, después,
debo con*esar que su actitud modificó mis primeras
ideas..."
—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué dice? —indaga Catalina.
—Siga usted escuchando —aconseja el Gobernador—:
"Se mostró con ella solícito, cariñoso y atento, no omitiendo
gasto ni esfuerzo para proporcionarle comodidades, y *o se
separó un instante de su cabecera mientras la vida de su
joven esposa estuvo realmente en peligro..."
—¡Es increíble! ¿De veras dice eso?
—Por usted misma puede leerlo, doña Catalina. Y dice
algo más.... "Cuando ella pudo hablar normalmente, en su
plena razón, quiso hacerlo a solas conmigo, y é* se alejó
con absoluta discreción. Aproveché el momento para
ofrecerle mi ayuda en cuanto necesitara de mi, pero ella
me rogó tan sólo que escribiese a la señora De Molnar
tranquilizándola con respecto al estado de su salud y de su
suerte.
"Con toda clase de reservas cumplo este encargo en la
carta que le adjunto. Tranquilizo, o trato de *ranquilizar, a
la señora De Molnar en la forma que ellalhe pidió que lo
hiciera. A usted quiero decirle que algo .muy extraño
ocurre entre esa desigual pareja. Decidido a no abandonar
a una compatriota en situación tan crítica, quise abusar de
mi influencia pidiendo a su Excelencia el Gobernador de
Guadalupe, casualmente de paso en María Galante, que
usara de toda su au*oridad para hacerles desembarcar y
pasar unos días en tierra, pero alguien debió dar aviso al
patrón del Luzbel..."
—Y se fueron, ¿verdad? —interrumpe Catalina en un
arranque de ansiedad—. ¿Se fueron, o e*e médico, a quien
Dios bendiga, logró...?
—Un momento, escuche... "No sé si a causa de una con‐
versación con él, en que acaso fui indiscreto, o por el aviso
que supongo, la goleta levó anclas inmediatamente
emprendiendo repentina fuga. E* vano tratamos de
detenerla, comunicándonos por cable con las islas vecinas.
Sólo supimos que habían puesto proa al Noroeste,
aprovechando el buen viento para desaparecer. -
"Creí un deber poner esto en conocimiento de usted y de
los familiares de esa jo*en, criatura exquisita a la que me
unió vivísima simpatía desde el primer momento. No tengo
autoridad ni medios de hacer nada más que lo que he
hecho. Si algo quieren o pueden hacer por ella, estoy
incondicionalmente a la disposición de ustedes. Doctor
Emilio Faber, Director General del Hospital de G*and
Bourg, en María Galante, Antillas Francesas".
—¡Es preciso ir tras ellos! —salta Catalina con
desesperación—. Es preciso detener ese barco... Es preciso
salvar a mi Hija... Usted puede hacerlo. Gobernador...
Usted puede dar órdenes contra él, hacer que los detengan
en el primer puerto...
—No sé hasta qué punto, señora *olnar. En nada de lo
que dice esta carta hay motivo para detener a nadie. Todos
sabemos que su hija aceptó libremente a ese hombre por
esposo... Digo, es lo que tengo entendido, la boda fue en
Campo Real y usted misma consintió en ella. Comprendo
que para una madre debe ser un vivo sufrimiento una unión
desigual, pero no existiendo un delito...
—¿No podría usted hallarlo revolviendo *os archivos del
puerto? —apunta Sofía, abandonando la ventana y
acercándose al Gobernador—. ¡No creo que le falten delitos
a Juan del Diablo! Si puede hacerle detener sin mencionar
para nada el asunto de esta boda...
—O *encionándolo, si es preciso. Es la vida de mi hija la
que está en juego. [Haré cualquier cosa para Salvar a
Mónical
—¿Por qué no piensa también en salvar a Aimée? Calle
usted. Catalina. Que la pena no la haga desvariar...
Dubitativamente ha mirado el *obernador a las dos damas;
luego, oprime el botón de un timbre y va hacia la puerta
franqueando la entrada a un ordenanza, al que
recomienda:,
—Haga buscar cuidadosamente todos los datos
referentes a la goleta Luzbel y al patrón qué la manda, y
vuelva en el acto a traérmelos...
—¿B*scará usted otro delito? —indaga vivamente Sofía
—. I Juan del Diablo no merece consideraciones de ninguna
especie! Sobran delitos y testigos contra él.
—¡Salve a mi hija como sea. Gobernador! —suplica
Catalina.
—iComo sea, no! —rechaza Sofía con decisión—. Mi hijo
Renato es víctima inocente de todo esto, y n* debe seguirlo
siendo... Haga usted lo que pueda. Gobernador, sin que una
sola gota de fango salpique a mi hijo, porque me pondré
contra todos con tal de defenderlo a él.
—[Listos para zarpar! ¡Cada uno a su puesto! Sobre la
desnuda cubierta ya se mueven, a la voz de Juan, los
tripulantes del Luzbel. Un airecillo fresco hincha blanda‐
mente las velas que poco a poc* van subiendo el foque, la
mayor, el trinquete... Ya el ancla está fuera; ya el Anguila,
con las dos manos en el timón, aguarda ,las órdenes del
rumbo nuevo; pero Juan se detiene, vacila un momento y
entra en la cabin* empujando la entornada puerta.
—¿No quieres despedir a Saba desde la cubierta? ¡Ah,
caramba ...!
Ménica está frente al espejo. Ha atado a su cabeza uno
de esos pañuelos de colorines que usan las mujeres del
pueblo en la Martinica y G*adalupe, pero al ver a Juan se lo
quita enrojeciendo. Sobre la mesa hay varias faldas, blusas,
collares, un frasco de perfume, un espejo de mano...
Venciendo el rubor, sonríe Mónica al hombre que se acerca,
con una extraña sonrisa que está muy cerca de las
lágrimas:
—*upongo que se volvió usted loco cuando mandó com‐
prar todo esto...
—¿Es de tu gusto? ¿Te queda bien? Sé que es la ropa,
que no te corresponde, pero es la única que pudimos
encontrar hecha.
—No era preciso comprar nada. Es absurdo que me
obligue a aceptar sus regalos de esa manera. *
—Puesto que te acepté por esposa, es lo menos que
puedo hacer. Con más razón no habiéndote dado tiempo
para recoger tu equipaje.
—No debo aceptarlos, no puedo, no quiero... por... por...
No halla la palabra que logre expresar sus sentimientos,
porque apenas acierta a comprender ella misma lo que
siente:
es alegría y pena, emo*ión y vergüenza, rubor y gratitud.
No
Cuede ignorar que todo aquello representa la mayor parte
de >s ahorros del rudo capitán del Luzbel, y, sin embargo,
él lo ofrece con una disculpa en los labios:
—Te ruego que los uses. No son dignos de una Molnar,
pero te sientan bien... mucho mejor que tu eterno traje ne‐
gro. Y ahora, si quieres decirle adiós a Saba, asómate
inmedia*amente porque ya casi no se ve.
—¿Dejamos ya la tierra? ¿A dónde vamos ahora, Juan?
—¡Rumbo al Sur!
Contra todo, contra todos, asi parece navegar el Luzbel
por las azules aguas del Caribe, henchidas las velas, ágiles
los f*ancos, cortante la proa, todo él nervio, rapidez,
tensión vibrante. .. Es como una flecha blanca cuyo arco
templado es la rueda de aquel timón que ahora empuñan
las manos de Juan, anchas y fuertes, y que le pregunta a
Ménica, como bromeando:
—¿Te *treverías a llevar el timón?
—Tanto como eso... Me parece lo más difícil...
—No lo creas. Acércate, ponte aquí... aquí, en mi puesto.
Así... Ahora, toma el timón con las dos manos... es muy
suave cuando el mar está bueno. Te bastará hacer girar
esta rueda a un -lado o a ot*o para que el barco cambie su
rumbo. Perfectamente. ^. muy bien... Claro que hay que
mantener el rumbo indicado, recordar dónde están los
bajos, los bancos, cualquier cosa en la que podamos chocar
o encallar... [Cuidado, que nos harás dar vueltas en
redondo! Te estás torciendo a estribor; manten la rueda
más derecha, así..., ¿*es? También-hay que mirar las velas
pues dependemos del viento. Si él se niega a soplar,
podemos pasar semanas enteras mirándonos los unos a los
otros...
—¿Por qué dejadlos tan pronto la isla de Saba?
—Sólo lo que hicimos había que hacer en ella. ¿Para qué
quedamos más tiempo del necesario, exponiéndonos?
—Exponiéndonos, ¿a qué?
Juan no contesta. Sus an*has manos cálidas se han
puesto sobre las de Mónica en el timón y van guiando,
como a través de ellas, la fina embarcación cuyo rumbo se
tuerce a estribor, y Ménica comenta:
—Ha torcido usted el rumbo a la izquierda...
—*í,, ahora he sido yo. Nosotros decimos a estribor...
—¿A dónde llegaríamos si siguiéramos navegando hacia
estribor?
—Llegaríamos a San Eustaquio, una islita holandesa no
mucho mayor que Saba. No hay allí ningún puerto que
valga la pena, pero *i continuáramos caeríamos en San
Cristóbal, y allí si tenemos una ciudad de diez mil
habitantes por lo menos:
Basseterre... Está también el Fuerte de Tyson, en
fantásticas ruinas; la famosa colina del azufre, todo al pie
del monte Mi-sery, una elevación de cuatro mil y pico de
pie*. La isla se extiende luego en una larga franja de tierra,
terminando en una península en cuyo centro hay una
laguna, y, a menos de una milla, el islote conocido por
Nieve, que es como Saba: un cono en medio de los mares.
—Conoce usted muy bien todo esto...
—Como estas manos conozco yo las Antillas... Las ha
abi*rto frente a ella: anchas, duras, recias y, sin embargo,
llenas de calor y de vida. Ménica no recuerda haber visto
nunca unos manos como aquéllas. .. Hablan de luchas, de
trabajos, de energía y voluntad... Sobre la palma de la
izquierda está la línea blanca y fina de una antigua cicatriz,
lo bastante profunda para calcular que fue grande la herida
qu* dejara esa huella, y, curiosa, Ménica pregunta:
—¿El timón le hizo esto?
—No; ni el timón ni el remo. El filo de un cuchillo, Santa
Ménica. Lo tomé por la hoja con todas mis fuerzas.
—[ES a*surdo! ¿Por qué?
—Imagino que por instinto de conservación, por una
ansia absolutamente insensata de prolongar la agonía que
era entonces mi miserable existencia... -Tendría yo diez
años...
—[ES increíble! ¿Y le *tacaron con un puñal? En la mano
de un niño, esa herida debió ser...
—Pudo dejarme inútil, pero la sangre que brotó de ella
calmó por el momento el rencor de aquél para quien mi
vida era una ofensa.
—¿Le hirió a usted un hombre?
—El que era esposo d* mi madre. Viví junto a él lo que
fue mi primera docena de años. Tengo entendido que mi
madre muñó al darme a luz, o muy poco tiempo después.
El, naturalmente, me odiaba... Muchas veces quiso acabar
de una vez, matándome de repente. Esta fue una de ellas.
Otras, se contentaba con ver*e agonizar de hambre o de
miedo...
—¿Y no había nadie que le amparase a usted?
—No había nadie, y aunque lo hubiese habido, ¿a quién
podía importarle aquello? No teníamos vecinos... era en la
cabana que aun se alza sobre el Peñón del Diablo, donde
sólo entraba poco pan y mucho aguardiente. A veces, yo
huía de a*uel infierno, desaparecía durante semanas
enteras, vivía entre los peñascos o entre los matorrales,
alimentándome de raíces, de los moluscos que arrancaba a
las rocas de la playa... qué sé
yo... .
—¿Y no se acercó a nadie a pedirle protección?
—¿Quién la ofre*e a un muchacho callejero,' salvaje, per‐
verso, ladronzuelo, que no conoce más que las peores
palabras y los peores sentimientos? Tras vaga^!''<on poco,
volvía desnudo, extenuado, hambriento...
—¿Y aquel *ombre...?
—Bertolozi lo tomaba de distintas maneras...
—¿Bertolozi...? —se interesa Ménica—. No e« la primera
vez que escucho ese nombre. He oído comentarios acerca
de él, lo recuerdo perfectamente. ¿Ese fue el hombre qu*
envenenó su corazón?
—Si —confirma Juan indifemte—. Uno de ellos, acaso el
peor de todos, porque es el .que se mezcla a mis primeros
recuerdos. Me enseñó a odiar la compasión; sólo siendo
como él, cruel y perverso, lograba que su furia se aplacase
un tanto. *ue mi maestro en todas las artes de mala ley: me
enseñó a beber, a jugar con ventaja, a arrebatar las cosas
por la fuerza a los más débiles, a mentir, a robar, a vivir
sobre aviso como una fiera acorralada, y me enseñó algo
más: a maldecir el nombre de la mujer que me había
llevado en su* seno... *omo la maldecía él...
—¡Oh, no... es monstruoso! No es posible que un ser hu‐
mano llegue a ese extremo. ¿Cómo pudo ensañarse así?
—Yo era el recuerdo vivo, insultante, de la traición que
había destrozado su existencia. Todo el odio feroz que le
inspiraban los que me dieron el ser, caía sobre mí a todas
horas, en to*os los momentos... Y si voy a ser justo, no es a
él a quien más debo aborrecer, sino" al que me dejó en sus
manos, al que mal y tarde quiso recogerme, sólo por el
horror de que su sangre acabase en el cadalso: el padre de
Renato D'Autre-mont, que fue el mío también...
—]Así fue la historia...! —exclama consternada Ménica.
—Sí. Ya la sabes entera, o, cuando *enos, en su mayor
parte. Y ahora que tu curiosidad está satisfecha, échala a
un lado como yo la echo.
Ha soltado bruscamente su mano izquierda de las de Mé
nica que la aprisionaban, y afirma las dos sobre la rued* del
timón, variando con rapidez el rumbo de la nave. El tumbo
violento hace vacilar a Ménica en sus pies, y él la sujeta
obligándola a volverse. "'
—Mira allá. *s San Eustaquio... Pasaremos de largo
frente a él, y mañana echaremos el ancla en Basseterre. Ya
verás, es una hermosa tierra. Te' prometo un buen paseo en
ella...
—Juan, quería decirle una sola cosa: Que empiezo a com‐
prenderlo. .. Creo que debería decir mejor: q*e le
comprendo pieriamente... ,
Sobre el cielo de un azul oscuro profundo, tachonado de
estrellas, ven ya los ojos de Ménica la silueta gigante del
Monte Misery... El aire es tibio y suave, el mar sereno,
como si fuese una laguna sus inquietas aguas, una laguna
sobre la que borda encajes de plata la luna nue*a... Ménica
ha dejado caer- sobre los hombros el chai de seda que un
instante cubriera su cabeza, y se estremece al sentir fija en
ella la mirada de Juan, que le dice:
—[Qué blanca te ves bajo la luna! Blanca y brillante,
como si tú también fueras una estrella... Y algo de eso
tienes.. . Eres como una estrella reflejada en un charco...
Par*ce que está cerca, pero sólo se ve el reflejo.. . En
realidad, está muy lejana, a millones de millas...
—¡Qué ocurrencia! —se ruboriza Ménica sintiéndose
halagada—. ¿Por qué dice usted eso? No creo que sea una
afirmación justa. Cuando esta tarde le aseguré que le
comprendía.. .
—Quisiste decir que me compadecías. Lo entendí muy
bien...
—No. Dije comprender, porqu* comprendí de pronto mu‐
chas cosas. Compadecer es distinto... Se compadece, a
veces, hasta lo que no entendemos bien; se compadece a
todos los que sufren pena... ¿Y quién no sufre en ese
mundo? Todos sufren, todos sufrimos... Generalmente, cada
*no se ve y siente en sus propios sufrimientos, pero es
hermoso ese momento en que el corazón se nos rompe, se
nos desborda hacia otro corazón que ha sufrido más, que
por torturado tiene derecho a más ternura, a más amor del
nuestro...
Ha tomado la mano izquierda de Juan con rá*ido moví- •
miento, ha vuelto hacia arriba la palma dura y ancha, y
como empujada por un impulso irresistible ha besado, con
beso trémulo, la larga cicatriz que la cruza...
—Mónica... —se conmueve Juan profundamente—, ¿qué
haces?
—Para su dolor de niño, Juan, para esa pena que nadie
supo compadec*r, y que a usted todavía le hiere...
Le ha mirado a los ojos, con un ansia nueva, repentina,
de asomarse a su corazón, y él palidece, rehuyendo aquella
mirada... Bajo su blanca piel como de raso, corre con nuevo
ardor la roja sangre tropical. Por un instante, todo se ha
borrado: el pasado, los sueños, el recuerdo quemante de
otros ojos y de otr*s labios. En medio de su barco, Juan del
Diablo se alza como si todo lo llenase, como si el mundo
enteró fuese sus cabellos encrespados, sus brazos robustos,
sus labios sensuales, sus grandes ojos italianos...
Tiembla Mónica cuando aquella mano ancha aprisiona
las suyas, en una presión de caricia, cuando el brazo ciñe
su frágil talle, llevándola despacio hasta la puerta sólo
entor*ada de la única cabina del Luzbel... Se siente como
penetrada de una fuerza desconocida, y, al mismo tiempo,
débil, entregada... No sería capaz de resistir, de protestar...
Es como la espuma de aquellas olas que el mar lleva y *rae,
como algo que pertenece a Juan del Diablo...
—Buenas noches, Mónica,, que descanses... Duerme
bien, pues mañana tendremos un día muy agitado... Hay
mucho que ver en San Cristóbal... Te gustará...
Se ha alejado sin ruido, con el paso silencioso * firme de
sus pies descalzos, y ella queda inmóvil y estremecida, con
el nombre de Juan anudado en la garganta y el calor de
aquellas manos anchas ardiéndole en la piel de raso... ¿Por
qué la deja en este instante? ¿Por qué no se acerca a ella,
como sin duda se acercara la primera noche? *in él, es
como si de pronto el mundo se hubiera vaciado; sin él, se
siente sola, y tiene frío... y no puede llamarlo... Una oleada
de rubor le enciende las mejillas y se desborda por sus ojos
en extrañas lágrimas... Piensa en tantas mujeres que sin
duda estuvieron en sus brazos... En las perdidas del puerto,
en las m*jerzuelas de taberna que seguramente se lo
disputaron... Piensa en Aimée, y una oleada candente, de
indefinibles sentimientos, la embarga: ira, rencor,
vergüenza, acaso celos... Bruscamente entra en la cabina,
cerrando tras de sí las puertas, con rabia...

—¡Ana, Ana! ¡Acaba de despertar, estúpida!


—¡Ah, caramba! A todas horas me tiene que insulta*...
—A todas horas tienes que desesperarme; a todas horas
tienes que estar dormida... Sal a dar una vuelta por la casa.
Anda a ver dónde están los demás y qué hacen...
—¿Ahora? Ay, mi ama, si son las tr*s de la madrugada I
Sin verlo se lo puedo contar. Ni el ama Sofía ni la señora
Catalina han vuelto de la capital. En cuanto al notario y al
señor Renato...
—¿Ha seguido bebiendo Renato?
—Como que ya no, mi ama. Anda como una sombra
*ando vueltas; A veces se tira en el sofá del despacho y se
queda como adormilado. Luego se levanta, y otra vez a
beber, otra vez a pasear... Pero desde ayer por la tarde no
ha pedido nada... ,
—¿Dónde dices que está?
—En el portal del fren*e de la casa, mira que te mira
para el camino y para el desfiladero... Para mí que está
desesperado porque vuelva la señora Sofía y la señora
Catalina. Pero es lo que yo digo, ¿por qué no coge él un
caballo y va a buscarlas?
—¿Estás segura que ya no está borracho?
—Digo yo... Si desde *yer no bebió hada, seguro que se
le pasó ya.
—Dame un chal... .
—¿Un chal? ¿Va a salir de aquí? La señora Sofía le dijo
bien claro que no se moviera de estos cuartos,. . Se va a
meter usted misma en la boca del lobo... Acuérdese dé
cómo volvió la otra tarde, después que la mandó llamar y
usted fue *ara allá...
—Tráeme el chal y quítate de en medio pazguata. Si, allí
está Renato de pie junto a la baranda, cruzados los brazos,
los ojos encendidos de alcohol y de fiebre... Ha cambiado lo
bastante para parecer otro hombre: revueltos los cabellos,
crecida la barba, abierta la camisa que muestra el p*cho
blanco, la mirada sombría, amargo el pliegue de los labios
... Se diría envejecido en diez años, y ahora, con ese gesto y
esa traza que le hacen trágica sombra de sí mismo,
extrañamente parecido a *rancisco D'Autremont, indudable
hermano de Juan del Diablo...
—Renato, mi Renato... ¿Quieres oírme? ¿Quieres que
hablemos? —ruega Aimée en tono suplicante.
—¿Hablar? ¿Hablar? —duda Renato con gran amargura
—. ¿Ahora quieres habl*r?
—Sí, Renato, ahora quiero hablar, porque ahora me
parece que no estás borracho... Perdóname, pero es la
palabra exacta. Llevas muchos días bebiendo como un loco
y comportándote como un salvaje... Ahora me parece que
estás en tu juicio, y tengo la esperanza de que *odamos
hablar como dos seres Civilizados ...
—¡Pues no la tengas! ¡Los D'Autremont no somos
civilizados! Ni lo fue mi padre, ni lo es... mi hermano, ni yo
tampoco lo era en realidad, aunque llegara a aparentarlo...
Tenemos en la sangre el fuego de esta tierra bárbara, los
sentimientos crudos, la* pasiones salvajes... ¡Somos
primitivos en el rencor, en el amor y en el odio! No quiero
que ignores esto... Quiero darte la última oportunidad de
salvarte.. - Huye si eres culpable, Aimée, huye antes de que
tenga yo la absoluta seguridad de que eres culpable,
sálvate ahora, aprovecha este momento en que un resto del
hombre que fui se m* sube a los labios. ¡Después será
demasiado tarde!
Aimée ha temblado, un escalofrío le recorre la espalda,
pero hay también un espolazo de rabia, de amor propio, de
ansia infinita de jugar y ganar, y, apoyándose en ella, clava
los dedos trémulos en el brazo de Renato:
—¡No tengo por qué huir, ni de qué salvarme! ¡Óyeme si
quieres saber la verdad... toda la verdad! ¡*o tengo nada
que reprocharme! Ser tu esposa era mi único y verdadero
sueño...
—¡Mira bien las palabras que estás- pronunciando!
Como juramento sagrado voy a tomarte cada una de ellas, y
si volvieras a mentir sería de verdad *u última mentira,
porque serían tus últimas palabras. ¡Habla!
—Tengo que tomar las cosas desde muy lejos... Ese hom‐
bre me cortejaba...
—¿Juan del Diablo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Eras ya
mi novia! Eras ya mi novia cuando llegaste de Francia... Y
*i eras ya mi novia, y me pertenecías espiritualmente,
¿cómo fue posible que...? ¡Habla de una vez!
—Antes, Renato... Antes...
—Antes, ¿de qué? ¡Antes de volver a las Antillas no
podías conocer a Juan!
—Para que puedas comprenderme, tengo que empezar
desde antes... Yo era aún una niña; *ónica y tú adolescentes
ya...
—Sólo dos años es Mónica mayor que tú. Dos años
escasos...
—Sí, ya lo sé. Pero por su forma de ser, por su carácter...
Tú estabas siempre con ella, apenas me hacías caso, y yo
empezaba a quererte ya... Tú no comprendes lo que sufre el
corazón de una niña que empieza a ser mujer... Yo te querí*
a ti, y tú parecías querer a Mónica... yo sufría mucho de
celos y de rabia, y Mónica estaba segura de que tú te
casarías con ella ... Para ti se peinaba, para ti se arreglaba,
para tí ponía flores en la mesa, por ti se pasaba las noches
y los días estudiando, para poder hablar contigo de todo lo
que tú quisieras hablar, mientras que yo era una pobre
ignorante...
—¿Qué es*ás diciendo? —se sobresalta Renato,
sorprendido e interesado a pesar suyo.
—Mónica estaba locamente enamorada de ti, Renato, no
pensaba más que en ti, no hablaba más que de ti... Tenía la
absoluta segundad de que un día hab*ías de casarte con
ella... Las manos de Renato se han aflojado, su rostro
refleja -ahora perplejidad, desconcierto, sorpresa profunda,
y algo así como el dolor de haber causado
involuntariamente un mal. Y reaccionando, inquiere:
—¿Mónica, Mónica me am*ba? Una vez me dijiste algo
parecido. .. No reparé en ello, no quise fijarme, fueron
disculpas tuyas, mentiras, engaños...
—No, Renato,' Mónica te amaba, estaba loca por ti, y por
ti, al ver que al fin me preferías a mí, tomó los hábitos,
quiso profesar, se fue al Convento de M*rsella... ¿No
recuerdas su extraña actitud, su cambio radical, sus medias
palabras? Parecía odiarte... • Tú llegaste a pensar que te
aborrecía, y era porque te amaba. Estaba locamente
enamorada de ti, y yo tenía celos, celos salvajes que me
encendían la sangre...
—¡Oh, no. ..Imposible...!
—¡Te juro qu* es verdad! Te lo juro por lo más santo, por
lo más sagrado... ¡Por la propia vida de mi madre! Mónica
te adoraba, y me consideraba a mí muy alocada, muy in‐
fantil, muy ignorante, muy poca cosa para hacerte feliz...
Ella siempre ha sido más inteligente que yo, siempre ha
tenido más fuerza de carácter... Aprovechándose de todo
eso, me obligó a jurar*e...
—¿El qué? —apremia Renato al ver que Aimée se detiene
dudando.
—Que mi vida a tu lado sería sólo de abnegación y
sacrificio, que te adoraría como a un dios, que te
obedecería como una escl*va... Me exigía que, para
agradarte, renunciara a todo: a mis más pequeños
caprichos, a las más irrefrenables manifestaciones de mi
carácter... Me reprochaba como un crimen la menor
coquetería, la menor veleidad... Era un guardiá* de todos
mis actos, fiscalizaba hasta mis sonrisas y mis suspiros,
creaba a mi alrededor una atmósfera densa de represión,
de vigilancia, que me asfixiaba, y yo era un niña, una
chiquilla, Renato. A veces, por hacerla rabiar, sólo por
hacerla rabiar, coqueteab*...
—¿Cómo?
—Coqueteaba, pero sólo queriéndote a ti, pensando sólo
en ti... Era un forma de vengarme de su tiranía
insoportable... Ella quería que yo fallara, quería cogerme
en falta, me amenazaba a todas horas con hacer que me
aborrecieras, decía, que le bastaría una palab*a para
lograrlo... Me encendía el amor propio, me abrumaba con
sus continuos regaños, hasta que un día, harta de todo
eso...
—Harta de todo eso, ¿qué? Faltaste, me engañaste,
¿verdad?
—¡No.;. no! No hice nada que tuviera importancia... Fue‐
ron niñerías, bobadas... y por culpa de ella...
Largo rato ha sollozado Ai*ée, cubierto el rostro con las
manos, inclinada sobre la baranda de piedra, mientras
Renato la contempla sin que acudan a sus labios palabras,
sin que pueda siquiera ordenar los pensamientos que en
loco torbellino sacuden su alma... Luego, Aimée se
incorpora muy despacio, y seca sus lágrimas...
—¿Qué hiciste por culpa de ella? ¡Habla!
—Yo... pues... no hice *ada grave, Renato... Juan del
Diablo empezó a rondar nuestra casa... Por eso te dije antes
que me cortejaba...
—¿A ti, o a ella?
—En realidad, a mí, Renato. Comenzó a cortejarme a
mí... Ella h*bía venido del convento, vestía de hábito... El,
como comprenderás, se dirigió a mí. No sabía nada,
absolutamente nada de nuestro noviazgo... Un día se fijó en
Mónica, y yo le dije que todavía no había profesado, que
podía dejar *os hábitos, que era hermosa y que necesitaba
un amor... Fue una ligereza, una niñería... Nunca pensé que
él iba a tomarlo en serio, ni que ella iba a enojarse tanto.
Pero él cambió de rumbo, y yo, por travesura, sin medir el
alcance de lo que hacía, lo animaba, *e daba a entender
que Mónica iba a corresponderle, que sólo se estaba
haciendo la esquiva para interesarlo más, y él...
—Y él, ¿qué? ¡Sigue... sigue... ¡
—Yo tuve la culpa de que él se engañara. Ese es mi
pecado, Renato, el pecado que no quería confesarte. Yo, en
nombre de ella, le *scribí una carta diciéndole que viniera a
buscarla a Campo Real. Jugué con los sentimientos de
ambos, y cuando él vino y ella lo rechazó, se puso furioso,
juró vengarse, y entonces fue inútil que yo quisiera alejarlo
de aquí...
—¿Quieres decir que Mónica no le había correspondido?
¿Que, en realidad, no le quiso jamás? ¿*ue nunca se
entregó a él ni fue su amante?
—¡ESO, Renato, es...! Se enredaron las cosas... Yo le dije a
Mónica que tú ibas a matarme, y ella aceptó el sacrificio.
Por eso era mi angustia, mi desesperación cuando la
obligaste a casarse, cuando él se la llevó tan lejos... Por
ligereza fui mala, cruel y mala hermana... Esa es la
verdad... Ese es mi único pecad*... ¡Perdónamelo, Renato!
¡Perdónamelo tú, ya que ella no podrá perdonarme jamás!
Casi sin fuerzas ya, perdida ella misma en la maraña de
sus falsedades, enloquecida de angustia pero decidida a no
cejar, llo*a Aimée tras aquellas palabras en que una vez
más ha. mentido... Ha mentido jugándose el todo por el
todo, escudándose definitivamente en un nuevo engaño,
acorralada por las circunstancias en las que mentir es su
único camino, acumu*ando, una sobre otra, calumnias,
falsedades, con la violenta audacia de quien va a una brutal
lucha a vida o muerte... y al mismo tiempo llorando con
lágrimas de espanto, asustada del nuevo abismo en que
acaba de lanzarse, espiando con ansia infinita la expresión
d* aquel rostro demudado, también como el suyo pálido de
espanto,..
—¡No puede ser! ¡Es imposible! ¡Si es verdad lo que
dices, has condenado a tu hermana inocente! ]La has
entregado indefensa a un hombre brutal!
—Es horrible, ¿verdad? Tú te empeñaste...
—Pero, ¿por qué no me *ijiste la verdad? —se exaspera
Renato—. ¿Por qué no hablaste entonces, como hablas
ahora? ¿Por qué calló ella, soportando una cosa semejante?
—Por salvarme. Juraste que me matarías... Y también por
salvarte a ti. No olvides que te amaba... Tú la obligaste
amenazándola con matar a Juan... ¡Y lo habrías hecho!
—Ta* vez... Pero no hubiera cometido una horrenda in‐
justicia. Si tú me hubieras dicho la verdad...
—Hubo un momento en que fui a decírtela, a
confesártela jugándome el todo por el todo, pero me dijiste
que ese hombre era tu hermano... ¿Cómo podía yo ponerlos
frente a frente? ¿Convertirte en su asesino o en su víctima?
¡No, Renato, no, porque tú eres mi amor y mi vida, *
porque voy a darte un hijo... 1
Renato ha retrocedido sintiendo que enloquece, pero
Aimée respira, se afirma, se afianza. Sabe que él la ha
creído... está libre de la única mancha que sabe
irremediable... Redoblando *a audacia, corre a sus brazos:
—¡Mi Renato, eres el único hombre a quien he amado!
Por ti soy y he sido capaz de todo... He sacrificado a mi.
hermana, he hundido en la desesperación a mi madre, he
mentido, he calumniado, he sido egoísta, cru*l, inhumana,:
pero fue sólo por conservar tu amor, por defender tu vida,
porque no te manchases de sangre... ¡He querido salvarte
aunque se hundiese el mundo!
—Salvarme... salvarme... —desprecia Renato con infinita
amargura.
—Tú no lo permitiste. Has seguido dudando, h*s creído
de mi lo peor, has convertido nuestra vida en un infierno.
Reniegas y maldices hasta del hijo tuyo que llevo en las
entrañas, y por dura que sea la verdad he tenido que
decírtela, que ponértela en las manos... Lo merezco todo,
ya lo sé: el odio de mi hermana, la maldición de mi madre,
el desprecio *e las gentes honradas... Merezco todo, menos
que tú me rechaces, porque todo lo hice por ti, por
defender tu amor...
Ha caído de rodillas, juntas las manos en las que hunde
la frente, y queda inmóvil, aguardando, pendiente de las
palabras que al brotar de labios de Renato señalarán su
camino para siempre. Pero Renato no va hacia ella, *o la
levanta del suelo, no la estrecha en sus brazos, sino que
mira a todas partes con los ojos de demente, y al fin grita a
una sombra que pasa:
—¡Esteban... pronto, ensíllame un caballo!
—Renato, ¿adonde vas? —se sobresalta Aimée.
—¿Dónde he de ir sino a buscar a nuestras madres? Sé
que están en Saint-Pierre, que han ido. a ver al Gobernador
para rogarle que detenga *se barco. .. Estoy seguro que
están luchando con todas sus fuerzas para salvar a Mónica,
que lo hacen a espaldas mías porque, como yo hasta hace
un momento, la creen culpable, acaso porque creen que
han de poner en una balanza su vi*a contra la tuya, acaso
porque tienen escrúpulos, porque temen al escándalo,
quizás porque temen a mi violencia. Pero todo va a
cambiar. Ahora soy yo, yo, quien va a hacer detener ese
barco. Yo, quien rescataré a Mónica, pase lo que pase...
10
—ESTA E* LA colina del azufre... Brimstone Hill,
que dicen los británicos. En este viejo Fuerte se
libraron grandes batallas.... Un poco más allá de
Basseterre hay otro Fuerte con ruinas tan
importantes como éstas: Fuerte Tyson...

Juan ha extendido el brazo señalando a lo lejos, sobre la


herrumbrosa mu*alla almenada en que rematan las altas
terrazas del viejo Fuerte de la colina del azufre... Están
sobre la tierra de San Cristóbal, otra dé aquellas islas
volcánicas de altas montañas, tíe boscajes fértiles,
acantilados imponente» y playas soleadas; un nuevo rincón
de aquél múltiple paraíso de tierra y mar que los ojos de
*ónica han ido poco a poco contemplando, primero con
asombro, con trémula admiración más tarde, ahora casi
casi como un éxtasis...
Apoyada en el brazo de Juan, llevada por él, oyendo su
voz cálida, siente que las horas pasan tan blandamente
como la brisa que ahora despeina sus dorados cabellos, tan
suavemente como el mar que extiende allá abajo, sobre la
playa rubia, su pañ*elo de espumas...
—Cuando. tengas apetito, bajaremos a almorzar. Junto a
aquellas palmeras nos está esperando un buen asado. Y la
tripulación, vestida de gala, me ha pedido como un favor
especial el gran honor de *compañarnos a la mesa. Ellos te
adoran, te miran como a la estrella de la mañana. Quieren
obsequiarte. Algunos fueron hasta Charles Tow en busca de
vinos, dulces y otras golosinas. Los harás muy felices
aceptando sus obsequios.
—Ello* me hacen muy feliz a mí demostrándome un
afecto que... que no hice nada por ganar...
—Tal vez no hiciste más de lo que piensas. Nuestra vida
ha cambiado para hacerse infinitamente mejor.
—¿También la de usted, Juan?
—La mía la primera, desde luego... Pero *o hables, si es
para recordarlo. Hoy no quiero volver atrás la cabeza, no
quiero pensar en el pasado, ni en el más próximo ni en el
más lejano. Veinticuatro horas en San Cristóbal es el único
acto de nuestro programa. ¿Te agrada?
Ha sonreído mirándola al fondo de las pupilas claras, y
ella n* halla respuesta, porque la voz no suena en su
garganta... Es demasiado profundo lo que siente, es
demasiado cálida la emoción que la embarga, creé vivir un
sueño o soñar otra vida... • Como si no pudiera retenerla
más tiempo, la pregunta de Juan sube tímida y anhelante a
sus labios:
—No te sientes mal, Mónica, ¿*erdad?
—No sé cómo se llama lo que siento, Juan... Acaso... aca‐
so estoy cerca de la felicidad.
Juan se ha erguido echando hacia atrás la cabeza.
Apenas puede creer lo que ha escuchado. ¿Es realmente
esa extraña palabra, que apenas tiene sentido en sus vidas
turbulentas y atormentadas? Felicidad... Mónica ha dicho
felicidad... Como si creyera soñar, mi*a hacia todas
partes... Pero si... Es ella la que habla, y él quien está
frente a ella, bajo aquel cielo, ante aquel mar, que ahora
parecen diferentes, como si una luz distinta y radiante los
bañara.. .Ella ha *uelto a ruborizarse, a sentir que sus
mejillas se encienden como una flor, y que no hay palabras
en sus labios. Tímidamente extiende la mano que él toma
entre las suyas, y, sin una palabra, bajan juntos por la
estrecha escalera mientra* sus corazones laten con ritmo
igual...

—Gracias por haberme recibido en el acto. Gobernador.

—Pase, mi joven amigo, pase y hágame el favor de


sentarse.
—Gentil y llano, el Gobernador de la Martinica ha
extendido la mano señalando una silla próxima a su a*plio
escritorio. Son más de las diez de la noche y el aire del mar
entra por las abiertas ventanas moviendo las cortinas de
encaje—. Supongo que le trae a usted el mismo desdichado
asunto que hizo a doña Sofía honrarme con su presencia.
—Efectivamente, Gobernador. No tengo la absol*ta
seguridad, pero todo parece indicar que se trata del mismo
asunto. Sé que mi madre tenía un empeño especial...
—Respecto a eso, no sé qué decirle, mi joven amigo.
Doña Sofía deseaba, y no deseaba al mismo tiempo, que
fuese detenido el Luzbel. Creo que luchaba entre dos
sentimientos encontrados. Deseaba que *yudásemos a su
protegida, la señora de Molnar... ésa sí desesperadamente
empeñada en el rescate de su hija. Pero, por otra parte,
creo que su mamá, juiciosamente, teme
• mucho al escándalo, Renato.
—¡Pues yo no temo al escándalo ni a nadie!
—Es una actitud que no sé si alabarle. Vivimos unos de
los otros, el buen juicio de los demás puede *er definitivo,
y un nombre como el de ustedes...
Ha callado, observando el rostro de Renato, duro, tenso,
contraído, en lucha feroz consigo mismo. ¡Qué
extraordinariamente cambiado le halla desde aqu*lla
mañana de sus bodas! Parece envejecido en diez años. Su
expresión es, a la vez, dolo-rosa y fiera, y hay algo en sus
palabras, áspero, impaciente, casi cortante:
—Yo vengo a pedir algo que es de justicia, Gobernador.
—*ebo empezar por decirle algo que ya dije a la señora
de Molnar. Hay justicia legal y justicia moral. No siempre
puede hacerse la segunda en nombre de la primera.
Legalmente, yo no tengo ningún motivo para detener a
Juan del Diablo. Por eso, con todo *l dolor de mi alma,
rehusé a la petición de la señora de Molnar. No debo, no
puedo detener a ese Juan por haberse casado legalmente y
llevarse a su esposa en un barco de su propiedad...
—Pero sí puede usted hacer volver a Saint-Pierre a un
barco que ilegalmente dejó el *uerto. Sí puede detener a un
hombre cuya persona y propiedades están embargadas por
una deuda denunciada y comprobada. Hay una montaña de
papeles legales en los que se le acusa por riña tumultuaria,
desacato a la autoridad y heridas a un hombre que aun no
está completamente curado.
—Ese hombre recibió una *ndemnización. en metálico.
Alguien pagó por Juan del Diablo, saliendo después fiador
para que quedase en libertad. Hice 'traer los archivos del
puerto y ese alguien...
—Ese alguien soy yo. Gobernador, dígalo claro, no dé
más vueltas... He venido para poner las cosas en su lugar.
Yo fui su fiador, vengo a retirar la fianza, y exijo qu* el
proceso detenido siga en marcha.
—¿Para condenarle en ausencia, en rebeldía... ? Es
extraordinario, y me atrevo a decir más: es inhumano.
Tendría usted que presentar una denuncia firmada, que
hacerse totalmente responsable...
—Firmaré esa denuncia aceptando toda la
responsabilidad. Puede usted pedir informes cablegráficos
a las islas. Corre de mi cuenta toda la investig*ción que sea
necesaria.
—Si está usted decidido a hacer las cosas de esa manera, le
diré que, por casualidad, informes de esa clase no me
faltan. El Luzbel ancló en la isla de Saba. Fondeó también
en Basseterre. San Cristóbal. *asó por la Antigua y siguió
vía al Sur, ayer por la tarde. Por razones obvias, no es fácil
que se detengan en Guadalupe ni en María Galante, pero
podemos poner sobre aviso a las autoridades de Dominica,
Granada, San Vicente y Tobago. No creo que puedan ir más
*llá sin reponer las provisiones. Y si usted insiste...
—¡Hágalo, Gobernador, hágalo!
Proa al Sur, henchidas las velas, inclinado a estribor, cor‐
tando blandamente las aguas azules del Caribe, sigue
é[Link] su ruta soleada...
" Juan del Diablo va ahora al timón, mientras cae la *arde.
Las montañas de Guadalupe han quedado atrás, así como
también el ancho canal de María Galante. Otra isla
recortada en el cielo la línea altanera de sus montañas...
otra isla sobre la que hondea la bandera británica...
—Mónica, mira allá. ¿Qué ves?
—¡Tierra! ¡Otra isla.. .!
—La más bella de todas. ¿*uieres guiar hasta allá tú
misma al Luzbel? Ven acá. Toma el timón. No pierdas de
vista las velas. Mantén el rumbo. Media vuelta a estribor...
Bien... Ya vamos enderezando. Mañana anclaremos en la
Bahía del Príncipe Ruperto, y tú misma mandarás echar el
ancla...
Mónica ha entornado los párpados y tiemblan las manos
blancas sobre la rueda del timón, mientr*s Juan sonríe de
un modo extraño, cuando indaga:
¿Qué te pasa? ¿Piensas que dejé atrás a Guadalupe y
María Galante para no volver a ver a ,tu doctor Faber?
—No pienso nada...
—Pues piénsalo si te da la g*na. No quise volver a verlo.
.. Me es profundamente antipático. Es natural que tú no
compartas mis sentimientos...
—Creo que me salvó la vida. Por ingrata que sea, no
puedo olvidarlo...
—Eres dueña de sentir por él toda la gratitu* que
quieras;
pero yo, en tu lugar, no sentiría tanta... Al fin y al cabo, te
hizo más mal que bien...
—En eso no creo que es usted justo, Juan.
—Tal vez no sea justo en nada, pero me guío por el
instinto... y ese doctor Faber... ese doctor Faber... Por culpa
*e él tomé una resolución definitiva... ¡No echaremos el
ancla en ningún puerto francés! —Bruscamente ha
expresado Juan su pensamiento, y, alejándose un poco,
llama alzando la voz—:
¡Segundo... Segundo... Hazte cargo del barco...
Se ha alejado con aire tan sombrío, que Mónica le sigue
con o*os angustiados, soltando con viveza el timón que aún
sostiene, cuando la juvenil figura de Segundo Duelos llega
hasta ella conpaso apresurado:
—¿Se sintió mal, patrona? ¿Qué le pasa? Usted está
triste, y estaba tan contenta en días pasados...
—Sí, Segundo, pero hay aires que sólo de acercarse a
ellos, hacen daño...
Segundo ha mirad* a todas partes, ha seguido después la
figura alta y recia que se aleja a lo largo de la cubierta,
para detenerse en la misma proa, contra un mástil,
cruzados los brazos, y comenta como al azar:
—El patrón tiene miedo de tocar tierra francesa, y es na‐
tural. Si yo estuviera en su lugar, también tendría miedo de
perderla... Perdóneme... Quiero decir que tendría miedo de
perderla, *ero que no la-, retendría contra su voluntad...
¡Oh,-dispénseme!
Se ha mordido los labios, ha esquivado la mirada de
angustia con que Mónica pretende asomarse a su
pensamiento, pero ella se aproxima más, encendidas ya sus
ansias *e saber:
—Segundo, ¿fue usted quien le dio el aviso -que nos hizo
huir de María Galante?
—Sí, patrona, fui yo. Lo siento si hice mal, pero como se‐
gundo del Luzbel...
—Cumplió con su deber, ya lo sé. Pero tanto usted como
él se equivocaron... El doctor F*ber no iba a hacer nada
malo contra el Luzbel... Yo sólo le pedí que escribiese una
carta a mi madre para darle tranquilidad sobre el estado de
mi salud. ¿Comprende?
—¿Sólo eso? ¿Y el patrón lo sabe?
—Es difícil para mí hablar con Juan de ciertas cosas... No
quiero disgustarlo...
—¡*l ha cambiado! Es otro hombre desde que está usted
en el barco, patrona. .. Pero sin disgustarlo, si usted
todavía quiere mandarle una carta a su señora madre,
cuente con Segundo Duelos para ponerla en el correo...
—¿Serías capaz... ?
—Pues, claro. Y no es por alabarme, pues cualquiera de
los muchachos harían lo mismo. Damos *a vida por Juan,
pero tratándose de usted... —Se ha interrumpido para
quedarse mirándola, como en breve lucha con su
conciencia. Al fin, se inclina para hablarle muy bajo—: El
amo es desconfiado... Lo traicionaron todos desde que era
niño, y ve traiciones hasta donde no las hay. Yo sé que
usted es muy buena, patrona, que no va a hacerle ningún
daño... Y si esta *oche escribe una carta para su señora
madre, mañana la pongo yo en el correo de Portsmouth.
¿Quiere escribirla? ¿Quiere dármela?
—No sé todavía —duda Mónica; pero al fin parece
reaccionar bruscamente—: Está *ien. Segundo, confiaré en
su promesa... Escribiré esa carta a mi madre...
Y dejando a Segundo con las manos sobre el timón, se
dirige hacia la cabina del barco, donde, apenas traspuesto
el umbral, divisa a Colibrí y le interpela cariñosamente:
—¿*ómo estabas aquí? ¿Qué naces?
—Esperarla, mi ama...
El niño negro, a flor de labios la sonrisa blanca,
responde a la pregunta de Mónica ladeando levemente la
rizada cabeza... Lleva mucho rato aguardando en el centro
de aquella cabina, como si aguardase, cual un milagro, la
*ulce aparición de aquella a quien la devoción de todos
envuelve como en una atmósfera brillante y cálida sin que
ella ni siquiera haya llegado a advertirlo.
—¿Va a quedarse aquí dentro, patrona?
—Sí, Colibrí, voy a quedarme, pero necesito quedarme
sola, ¿entiendes? Debo estar sola, necesito hac*r algo
íntimo, personal... —Ha mirado a todas partes como
buscando. No pensó antes en la dificultad material... no
dispone de nada de lo necesario para escribir. Sin embargo,
recuerda haber visto escribir alguna vez a Juan, y
rápidamente toma en sus manos el libro de bitácora—.
¿Conoces este libro. Colibrí?
• —¡Cómo no, mi ama! *s el libro en el que el patrón
escribe todo lo que pasa en el barco.
—Escribe... ¿Con qué escribe? ¿Lo-sabes tú?
—Con pluma y tinta que están en ese armario. Ahí es
donde guarda el amo todas las cosas que no quiere que se
pierdan...
—Aquí hay pluma, un tintero, papel... ¡banderas! Hay
banderas de varios países, así como pequeñas banderas de
señales,' y entre ella un *equeño envoltorio de paño negro
que las manos de Mónica despliegan con impaciencia. Es el
traje inútilmente buscado. Tiene desgarrado el corpiño,
arrancados los broches... Es la triste tela que delata una
lucha feroz, la que sin du*a sostuvo aquella noche
defendiendo su pudor contra Juan del Diablo...
Largo rato ha retenido el roto vestido entre sus manos.
Luego, como si tomase una resolución repentina, lo arroja
al fondo del armario, toma lo necesario para escribir y
cierra bruscamente *a puerta del rústico mueble, como si
quisiera alzar una barrera, alejarse desesperadamente del
dolor del pasado.-.. Pero una lágrima rebelde rueda por su
pálida mejilla, y, apenado e ingenuo, indaga Colibrí:
—¿Que le pasa, patrona, está llorando?
—Sí, Colibrí, no he podido *vitarlo... ¡He llorado mis
últimas lágrimas por Mónica de Molnar!

Entreabiertos los labios de asombro. Noel se ha detenido


en el umbral de aquella puerta que franquea una de tantas
habitaciones del hotel. Ambiente frío, muebles escasos, una
mesa central cubierta con un viejo tapete, y sobre ella, en
una bandej*, una botella, una jarra de jugo de piña, varios
vasos...
—Pase, Noel.., adelante —invita Renato al viejo notario
—. Al fin se recibió una noticia concreta: el Luzbel está en
Dominica, frente a Portsmouth, y ha aceptado carga para
San José y Roseau... Pero, supongo que viene usted a
buscarme por encargo de mi madre, ¿no?
—Fue grande su ang*stia al no encontrarle a usted en
Campo Real, al saber que había salido de aquella manera,
sin dar apenas tiempo a que le ensillaran un caballo... ¿Por
qué hizo eso? ¿Piensa que su pobre madre no ha sufr*da ya
bastante?
—Pienso que todos hemos sufrido lo suficiente para
reventar... Pero, ¿qué vamos a hacerle? Parece ser que esto
es la vida. Siéntese y beba, o al menos acepte un cigarro.
Yo, como usted ve, estoy aguardando....
Ha mi*ado una vez más el reloj de bolsillo, colocado
sobre el tapete oscuro. Luego se aleja hasta llegar a la
ventana que abre sobre la calle. Hay varios barcos
mercantes anclados en la rada de Saint-Pierre, y los
pasajeros, en escala obligada de su viaje desde Europa,
*nvaden la rica y populosa capital de la Martinica,
saboreando en ella los mil detalles del mundo tropical... La
brisa que viene desde el mar no alcanza a refrescar las
ardientes calles y hay en el cielo un extrañó tono rojizo,
como si gravitase sobre la ciudad el resplandor de un *uego
misterioso, como si un presentimiento cósmico flotase
sobre los jardines floridos y las lujosas moradas...
—Hablemos seriamente, Renato. ¿Qué se ha propuesto?
¿Qué ha venido a hacer a Saint-Pierre? ¿Con qué relaciona
la noticia de que el Luzbel está en la Dominica y haya
tomado carga para un puerto * para otro? \
—El Luzbel será detenido apenas fondee frente a
Roseau, y su patrón apresado en nombre de las leyes de
Francia. Puede volver a Campo Real y decírselo a mi
madre: voy a rescatar a Mónica cueste lo que cueste y pase
lo que pase...
—¿Rescatar a Mónica? Entonces, ¿es verdad lo que me
han informado? Usted retiró su f*anza a Juan y encabezó
una acusación en forma contra él...
—No me quedó otro camino para que el Gobernador
consintiera en pedirlo, por extradición, como fugitivo bajo
proceso...
—¡Pero lo traerán preso, se incautarán del barco... ¡ Un
momento... un momento, porque a veces me parece que yo
también estoy trastornado... Cuando Juan llegó de su
último viaje, traía sufic*ente dinero para pagarle a usted...
es más, me aseguró que lo haría, y tengo entendido que,
por lo menos, trató de hacerlo... Y hasta juraría haber visto
una bolsa con monedas sobre la mesa de su despacho... Eso
es... la recogí *o mismo... la guardé en la caja principal... ¡
Juan cumplió fielmente sus compromisos!
—No puede probarlo —rechaza Renato con dureza—. Y,
además, no es su dinero lo que persigo...
—Ya lo sé, ya lo sé... Pero acusarlo de esa manera,
hacerlo volver así, *s, por dura que sea la palabra, una
infamia... ¡Una infamia!
—¡Peores ha cometido Juan del Diablo! —se revuelve ira‐
cundo Renato—. Cualquier camino es bueno cuando nos
lleva a donde hay que llegar a toda costa. ¿No comprende.
Noel? Mónica es inocente, no tiene nada que reprocharse...
Yo ten*o que detener ese barco, tengo que arrancarla de
las manos del bárbaro a quien la entregué, loco de celos,
ciego de desesperación y de rabia, sin más derecho que el
que me daba mi cólera...
—¿Y quién le dijo a usted... ?
—Quien lo sabe mejor que nadie... ¡Las diez! Es la hora
que esperaba... El Gobernador está aguardándome p*ra
combinar los últimos detalles... Tengo que dejarle. Noel, y
me parece muy buena hora para que tome su coche si
quiere regresar esta misma noche a Campo Real... No se
quede en Saint-Pierre... Serán inútiles sus esfuerzos por
defender a Juan del Diablo... .
—¿Llegó la comprobación. Gobernador?
—Puede leer por sí mismo el cablegrama, a*igo
D'Autremont. La goleta Luzbel tomó carga de ron, cacao y
carne salada en Portsmouth, parte para el puerto de San
José, y otra para Roseau, donde ya las autoridades están
avisadas. Como primera formalidad debe llevar a la
Capita*ía del Puerto la matrícula del barco para poder
desembarcar la carne, y en ese momento será detenido.
—Bien; sólo me resta aclara un punto que quedó
pendiente esta tarde: la suerte que correrá en todo esto
Mónica de Molnar.
—Bueno, legalmente es la *sposa del patrón apresado.
De todos modos, confío en que las autoridades inglesas de
Dominica no olviden la caballerosidad. Todo depende de la
actitud que ella adopte...
—Su actitud sólo puede ser la de una prisionera
rescatada.
—Tengo mis dudas, mientras más leo y releo la carta d*
ese doctor Faber...
—Muy respetable la opinión de Faber, y la suya propia,
Gobernador, pero perdóneme que me atenga sólo a mis
.propias seguridades. ¿Cuándo saldrá el guardacosta?
—Dentro de veinte minutos exactos. Mi coche aguarda
abajo. Tal como le prometí, le haré conducir a usted a los
muelles con las fa*ilidades de hablar con el capitán...
—No deseo sino una facilidad. Gobernador: ir yo en ese
barco.
—¿Usted? ¿Usted personalmente? —se sorprende el
Gobernador—. Ningún civil debe viajar en un barco de
guerra...
—Se lo pido como un gran favor. Son circunstancias muy
especiales...
—Por ellas me será preciso complacerle, plegánd*me a
su voluntad en absoluto. Le extenderé un salvoconducto.
Una vez más le recomiendo prudencia y sangre fría. Los
últimos informes que me han dado de Juan del Diablo, le
acreditan como hombre muy p*ligroso.
—¡Una razón más para que no me detenga nada. Gober‐
nador!
El Luzbel está anclado frente a la villa inglesa de
Portsmouth, un semicírculo de pequeñas casas
multicolores, extendidas a lo largo de la abier*a bahía de
Príncipe Ruperto. Son las primeras horas de una noche
estrellada, y, arrimadas al costado de la goleta, tres
barcazas vierten su carga en el casco fino, fuerte y
estrecho, de aquel barco bohemio y pirata que, por una vez,
cumple la misión p*ra la que ha sido matriculado.
—¿Todo en orden. Segundo?
—Todo en orden, patrón. La carga está en la bodega,
perfectamente resguardada...
Juan se ha alejado con firme paso, y Segundo lo observa
curioso, viéndolo detenerse un instante frente a la cerrada
puerta de la ca*ina. Ahí está ella, tras aquella débil barrera
de tablas, indefensa, suya, puesta en sus manos por las
leyes y la sociedad, dócil y blanda en aquella vida nueva y
extraña. Piensa Juan que acaso Mónica de Molnar no le
rechace ahora, piensa que acaso en ella también toda ha
cambiado... Pero es sólo un c*ispazo de luz entre las
sombras, y muy despacio vuelve la :lda para quedarse
mirando a aquellas estrellas que se reflejan en el agua, tan
altas, tan ,puras, tan lejanas como aquélla con quien sin
querer las compara, y musita:
—¡No... no es mía... no lo será jamás... ¡
—Soy suya,.. suya para siempre...
Estremecida, temblorosa, exa*tada, Mónica ha dejado
escapar estas palabras que ante su propia conciencia
desnudan la verdad de su alma. Durante largo rato ha
mirado también aquella débil puerta, con el temor y el
ansia de que se abra, con la esperanza inconfesable de que
tras ella aguarde Juan... En ella chocan los pensamientos;
contra ella van a estrellarse, tras la búsqueda inútil de sus
almas perdidas. *astarían unos pasos, una palabra, un
desnudarse el corazón sin rubor... Pero ninguno de los dos
da aquellos pasos, ninguno de ellos pronuncia aquella
palabra, y, como Juan, ella ha vuelto la espalda, ha apo
yado la frente at*rmentada en el redondo cerco de las
estrechas ventanillas marineras,-ha mirado el temblor de
las estrellas sobre el mar... Si él la mirase de otro modo, si
llegase hasta ella tierno o apasionado, si pudiera
pronunciar en su oído aquel nombre que *nútilmente
repiten sus labios:
—Juan,.. Juan... ¡Si tú me amaras...!

—¿A buscar a Mónica? ¿Personalmente a buscar a


Mónica? Pero; ¿está usted seguro. Noel?
—Con estos ojos lo vi abordar el barco. El había
rechazado mi compañía, ordenándome que regresara, sin
o*uparme más de sus asuntos, cosa que, como usted
comprenderá, no me fue posible hacer... Fui con él hasta la
casa del Gobernador, le aguardé en la antesala, seguí
después el coche que lo condujo hasta los muelles, lo vi
embarcar en el guardacostas y me informé con plenitud de
las diligencias hechas y de la absoluta *ooperación del
Gobernador. Renato logró lo que a ustedes se les había
negado, y aun más: la orden de extradición inmediata...
Sofía D'Autremont se ha pasado por las sienes el pañuelo
de encajes y extiende la mano para tomar el frasco de sales
que, silenciosa y diligente, acaba Yanina de proporcionarle.
Media ya la cálida mañana de Mayo cuando, *on aire
consternado, hace su relato el .viejo notario:
"Dijo que su cuñada era totalmente inocente y que tenia
que arrancarla, a costa de lo que fuese, de las manos de
aquel bárbaro a quien en un momento de locura y de celos
la había entregado...
—¿Inocente? ¿Totalmente inocente? ¿Con quién habló mi
hijo antes de tomar esa resolución? ¿Qué han podido
decirle? ¿Y cómo, cuándo? ¿*uién? Yanina, ¿con quién habló
mi hijo ayer por la tarde? ¿Puedes decírmelo?
—Habló con la señora Aimée, doña Sofía, durante largo
rato... Hablaron mucho en el pasillo del frente. El señor
Renato miraba con impaciencia h*cia el caminó, sin duda
esperando verla regresar a usted. Al final, la conversación
pareció adquirir un tono violento...
—¿Dónde está Aimée? No la encontré en estas
habitaciones, no la vi al llegar... —se inquieta vivamente
Sofía—. ¿Qué fue de *lla?
—Eso justamente iba a preguntar yo —apunta Noel—,
porque su desaparición coincide...
—La señora Aimée no ha desaparecido —afirma Yanina
en tono despectivo—. Está en su departamento. Ordenó
que lo limpiasen y lo arreglasen de un modo especial, y
mandó a Ana que pusie*a flores en los jarrones. Allí se hizo
servir anoche la cena, y el desayuno esta mañana. Me
permito decírselo al señor notario para que no piense en
tragedias que no han sucedido... ni probablemente
sucederán...
Sofía D'Autremont se ha puesto de .pie, conteniéndose.
Apretadas las manos sobre el fino pañuelo de *ncaje, un
momento parece vacilar, y al fin va hacia la puerta,
volviendo la cabeza desde el umbral para advertir:
—Tenga la bondad de esperarme en la biblioteca. Noel.
Voy a hablar con mi nuera en el acto...
Con las velas henchidas, levemente ladeado a estribor,
surcando las aguas al impulso fuerte y cálido de la brisa de
Mayo, llega ya el Luzbel a la vis*a de la capital de
Dominica... Apartándose del espejo, se acerca Mónica hasta
la puerta que la mano nerviosa de Segundo Duelos acaba
de golpear, pero- no la franquea repentinamente, contiene
su primer impul*o de abrirla, y vuelve la cabeza para
contemplarse en el espejo que la retrata ...
—¿Qué pasa, Segundo?
—Estamos entrando a Roseau... El patrón me mandó que
la llamara...
De pies a cabeza, Mónica ha vuelto a contemplarse y tie*‐
bla ante el reflejo de su imagen, como temblara aquella
primera vez que Juan la obligó a mirarse en las aguas... Sí,
es bella, es deseable... Mira con ansia de interrogación sus
ojos profundos, sus trémulos y encendidos labios... Con una
profunda satisfacció*, hasta ahora desconocida, piensa que
Juan va a encontrarla hermosa, asiente el anhelo intenso,
irresistible, de mirarse en aquellos ojos oscuros y ardientes
que son ya como una obsesión sobre su vida, goce y
tormento de su alma...
—¿Y dónde está Juan?
—Marcha en aquel bote...
—¿Se fu* sin esperarme?
—Fue a buscar el permiso para desembarcar la carga.
Dijo que lo aguardara, que iba a volver con una sorpresa...
¡Que se pusiera su mejor traje!
Ha reprimido con esfuerzo el gesto de disgusto, la
irrefrenable sensación de despecho que la invade. Se
reprocha haber tardado tanto, haberse entretenido largas
horas en aq*el tocado 'que él no tiene ahora ocasión de ver.
Apretando los labios se inclina sobre la borda y mira la
barca que se aleja rápidamente al golpe de los remos.
Junto a Juan se agita una figurilla oscura que alza las dos
manos como si desde lejos la hubiera divisado.
—¿Fue Colibrí con Juan?
—Si, señora, consiguió que lo llevara. Iba más contento
que unas pascuas. *o sé cómo se las arregla el diablo de
muchacho para salirse siempre con la suya. .
-Juan lo quiere más que a nadie...
—Lo quiere, es verdad; pero no creo que sea más que a
nadie... Digo, a m*nos que esté loco... y venas de locura
tiene....
—¿Venas de locura?
—Sí, rachas... Anoche estaba como un tigre; no había
quién se le arrimara. Horas y horas estuvo paseando
cubierta arriba y abajo. De pronto cambió, fue a buscarme
para que hiciéra*os cuenta de la ganancia que iba a darle
la carga. Más de veinte libras le quedan libres. Y entonces
fue y me dijo: "¿Habrá en Roseau un anillo de novia?
¿Alcanzarán veinte libras para comprar un anillo de oro
fino, con una piedra blanca que brille como el sol?" Y yo voy
y le digo: "*laro que alcanza. Conozco a un joyero que
vende brillantes bien baratos. ¡Como que se los traen del
Transvaal, de contrabando!" Y va y me pide las señas de
ese joyero. Yo se las doy, como es natural, y entonces me
pregunta, enseñándome su dedo chiquito: "¿Será así el
dedo de Mónica?"
—¿Qué es lo que está diciendo. *egundo? —se ruboriza
Mónica gratamente emocionada.
—Palabra por palabra lo que me dijo el patrón esta
madrugada. Creo que estoy hablando de más... pero ya
sabe cual es la sorpresa... Dice que se casaron ustedes
demasiado de prisa, y que no pudo comprarle el anillo, pero
que más vale hacerlo tarde que no hacerlo nunca. Y yo
pienso igual...
Mónica calla. Es demas*ado grande su emoción para que
pueda pronunciar una sola palabra. Es demasiado íntimo el
sentimiento que la embarga para mostrarlo asi, frente a un
extraño. Pero sus manos se aterran a la tosca baranda y sus
ojos perciben, *obre la azul superficie de las aguas, la
huella de aquel bote que se aleja raudo al golpe de los
remos que impulsan las manos de Juan, aquel bote que
arrima ya en el embarcadero de Roseau.
—Mira, Colibrí, ¿té gusta este anillo? Vale veintidó*
libras, pero no me importa. Lo dejaré apartado y pasaremos
a recogerlo cuando tome la carga.
—¡Qué lindo es... y qué piedra tan grande! ¿Es para el
ama?
—¡Claro que es para el ama! Cómo brilla, ¿verdad? Es
igual que una estrella... y como una estrella tembl*rá en su
mano.
Fulgiéndole los ojos de entusiasmo, contempla Juan
aquella sortija de brillantes a través del menguado cristal
del pequeño escaparate que se abre sobre una de las
estrechas callejas de Roseau. Ha querido pasar por allí
antes de llegar a la Capitanía del Puerto, deseando cuanto
antes ver conve*tido en realidad el anhelo de aquel deseo.
—Fíjate bien dónde es. Colibrí, porque hemos de volver
aquí más tarde... .
—¿A buscar el anillo? Usted siempre le anda comprando
cosas al ama, patrón. Pero el ama no se pone contenta, sino
triste... Algunas veces hasta llora mirando las *osas que
usted le trae... .
' —¿Qué llora? No tiene por qué llorar. Una vez me dijo
que era feliz, que sentía algo que podía llamarse felicidad.
Me lo dijo a mi mismo, me lo dijo bien claro, y no hace
muchos días..'.
—Sí, yo sé cuándo se lo dijo; pero después de eso,
anteayer mismo, estuvo llorando. Yo la vi con éstos ojos... y
le corrían las lágr*mas. Primero con el vestido negro, ese
todo roto que usted tiene guardado en el armario... Lo
encontró, y estuvo mirándolo y llorando...
—¿Lloró? ¿Lloró mirando ese horrible hábito, ese trapo
negro que parece la ropa de un *justiciado? ¡Siento mucho
no haberlo arrojado al mar! ¿Por que lloraba? ¿No te lo
dijo, Colibrí?
—Habló alguna cosa... pero yo no le entendí muy bien.
Dijo algo así como que lloraba por Mónica Molnar... Y tiró
otra vez el vestido roto al fondo del *rmario, y se puso a
escribir... y mientras escribía, llora que te llora...
—¿Escribía? ¿Escribió Mónica?
—Sí, mi amo, y es lo que iba a decirle. Si usted va a
regalarle algo, ella seguro que quiere papel y sobre. Esa
noche estuvo buscando y rebuscando, y al fin, para escribir
*a cana, le arrancó dos hojas de atrás al libro de bitácora...
—¿Una carta? ¿Has dicho una carta?
—Bueno, digo yo que sería una carta, porque, ¿qué otra
cosa iba a hacer, mi amo? Escribió las dos hojas por los dos
lados, las dobló en cuatro y luego se las dio a Segundo y le
pidió que le comprara sobre y se*lo para poder echarla en
el correo. Por eso digo yo que sería una carta... ¡Ay, mi
amo!
Colibrí ha esquivado la mano de Juan que se aprieta
sobre su brazo con brutal movimiento instintivo. Luego,
mira con espanto el rostro sombrío cuyas cejas se juntan
con rabia, y suplica sobresaltado:
."No se ponga bravo, patrón, a lo mejor me hice un lío y
no es v*rdad nada de lo que estoy contando...
¡Todo es verdad! —afirma Juan con ira concentrada—.
Eres incapaz de mentir ni de inventar nada. Además, es
perfectamente -lógico. Mónica escribió una carta y Se*undo
Duelos se encargó de ponerla en el correo. ¿En qué isla?
¿En qué puerto?
—No me acuerdo... no sé nada... no se ponga bravo con
el ama, patrón, ni vaya a decirle que yo le vine contando. Yo
no sabía que le iba a dar rabi*... Yo...
—¡Cállate! En Portsmouth, Segundo echó una carta. Me
dijo que era para su hermana...
Ha mirado a todas partes, transfigurad'0 el rostro de
rabia, amarga la boca de desconfianza, y acaba de salvar la
estrecha callejuela marchando ;con paso incier*o de
sonámbulo.
—¡Mi amo... mi amo, no se ponga bravo! Yo no sé nada...
de veras que yo no sé nada. Pregúntele a ella, patrón...
seguro que le dice la verdad. El ama es más buena que el
pan...
Bruscamente se ha detenido Juan... Otra vez aquel chis
pazo de vida y de esperanza se enciende *n su imaginación
exaltada. Sí... ella es buena, es sincera, es generosa, es
leal... y acaso le ama. Recuerda su mirada, su sonrisa, las
palabras en las que su voz ha temblado, su muda emoción
ante la belleza del paisaje, el lento renacer a la vida... Poco
a poco su amargura repentina se calma.
—-Tal vez tengas razón. No puedo *uzgar sin haberle
preguntado. Le hablaré más tarde... Hemos de ir a la
Capitanía General. Tengo que ocuparme de la carga, de
veinte cosas más, que no son caprichos ni cartas de
mujeres. ¡Anda, vamos!
Juan y Colibrí han llegado a la Capitanía y un oficial se
les acerca, preguntando:
—¿Es usted el patrón del Luzbel!
—Para servirle, oficial.
—Pase, pase al *espacho. Precisamente lo estábamos
esperando. Adelante...
Con gesto de extrañeza ha cruzado Juan el umbral de
aquel despacho. Frente al ancho escritorio hay cuatro
soldados guardando las puertas laterales, un escribie*te,
un edecán, y el oficial que, poniéndose tras él, le cierra el
paso.
—¿Qué ocurre? Aquí está la matrícula de mi barco.
Tengo en orden todos mis papeles. Traigo carga de
Portsmouth y...
—¡Queda usted detenido en nombre del Gob*erno de
Francia!
Como el potente tigre de la selva que se revuelve al caer en
las mallas de la trampa, como la fiera que lanza su rugido
al caer atrapada, ha dado un salto Juan, enfrentándose al
oficial que acaba de hablarle. Pero también éste se ha
apartado de un sal*o, brilla un arma en su mano, y los
cuatro soldados avanzan, amenazándolo con la negra boca
de sus fusiles, al tiempo que el ^oficial ordena:
—¡Quieto! ¡Quieto! ¡No se mueva! ¡Levante las manos,
o disparo!
—¡Al que me toque le cuesta la vida!! —se revuelve
Juan enfurecido; pero uno de los sol*ados, con un rápido
movimiento, le ha asestado un golpe traidor que lo hace
derrumbarse al suelo.
—¡Amarradle! ¡Esposadle! —ordena el oficial—. El
parte dice bien claro que es hombre muy peligroso.
¡Pronto, la cuerda! ¡Codo con codo... las manos a la
espalda... y que se las entiendan con él sus paisanos!

11
. TEMBLANDOLE EL ALMA, como s* no le fuese posible
asimilar la horrible verdad, trémula y espantada como si
escuchase el relato de una pesadilla, ha oído Momea las
palabras del pequeño Colibrí, sola con él en la cubierta de
la goleta abando*ada ...
—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿Qué había hecho él?
¿Qué pasó antes?
—Nada, mi ama, nada. Iba con sus papeles para cobrar
la carga y luego comprar una cosa que quería comprar...
Pisó el portal y lo metieron adentro, y a *í me cerraron la
puerta en la cara y me echaron a patadas, mi ama.. Pero no
me fui y oí gritar al amo: "Al que me toque le cuesta la
vida". Casi seguro que le dieron un golpe en la cabeza, por
detrás, porque ya no dijo nada más, y cuando lo sacaron
por la otra puerta iba *omo desmayado. Yo quise ir
corriendo, pero un soldado me dio aquí con el arma larga...
Aquí, patrona, mire...
No, no es una pesadilla, no es un sueño... Colibrí le ha
mostrado las huellas de un golpe brutal, unas manchas de
sangre sobre su -camisa blanca, y las pequeñas manos
negras se juntan tembla*do, mientras parecen pedirle
auxilio los grandes e ingenuos ojos espantados:
—¡Hay que hacer algo, mi ama!
—¡Naturalmente que hay que hacer algo! ¿Dónde están
los demás? Segundo, Martín, Julián... ¿Dónde están?
¿Dónde estaban?
—En la taberna, mi ama. Todos tienen miedo de caer en
chirona... Allí no le dan a los pobres *ino calabozo y palos...
Todos van a esconderse... Pero usted, usted y yo, que no
tengo miedo de nada, aunque me maten...
—¡Pues ven conmigo!
—¡Adonde usted me mande! Al pie de la escala está el
bote. 'Seguro que a usted la tienen que dejar entrar...
Seguro que a usted tienen que decirle... ¡Áy patrona... ¡
—¿Qué pasa?
Han corrido juntos a la borda. Cuatro botes, cargados de
*oldados, llegan, desparramándose como para rodear al
Luzbel. .. El más grande se ha detenido bajo la misma
escala. No lleva, como los otros, soldados coloniales
ingleses, sino marinos del guardacostas, y ondea en su
popa la bandera de Francia...
—¡P*onto... arriba! —ordena la voz autoritaria del oficial
—, Aseguren el ancla. Tomen inmediatamente posesión de
la goleta... ¡Echen mano a todos los tripulantes! ¡Que no
escape nadie!
—¡Un momento, señor ofician —Mónica ha avanzado,
encendida de una ira repentina, de una violen*a
indignación que le arde en la sangre—, ¿Qué significa esto?
—¡Caramba! —exclama el oficial, contemplándola con
mirada sorprendida, en la que arde una espede de franca
admiración— ¿Es usted la mujer de Juan del Diablo?
—¡Soy la esposa de Juan de Dios, patrón y dueño de esta
goleta! Sé que le han detenido y apresado sin pro*ocación
ninguna de su parte, y ahora...
—¡Pongan mano en todo con cuidado, muchachos!
¡Miren si no hay en la bodega explosivos o armas! —
recomienda el oficial, soslayando la protesta de Mónica. Y
dirigiéndose luego a ésta, le explica—: Son las
precauciones de costumbre, señora. Soy responsable de la
vida de mis soldados...
—¿De quién viene la orden de apresar á Jua* y
apoderarse de su barco? —trata de saber Mónica—, ¿Qué
ha hecho para...?
—Lo que ha hecho no lo sé ni me importa —la
interrumpe altanero el oficial. Y dirigiéndose de nuevo a
sus subalternos, ordena—: ¡Detengan a todo tripulante...
amarren codo con codo al que se resista! Llévense al
muc*acho ése...
—¡Dios libre a nadie de tocar a este niño! —salta Mónica
furiosa.
—¡Basta ya! Todo el mundo va detenido, y usted
también, señora de Dios, o del Diablo, que a mí no me
interesa cómo se llame.
—¡Tal vez debía interesarle por el honor de su uniforme!
—rebate Mónica con la mayor dignidad.
—¡Mónica! ¡Mónica... *i pobre Mónica...!
—¡Renato... ¡ —exclama Mónica en el colmo de la
sorpresa. Sí, es Renato D'Autremont el que acaba de
aparecer, salvando de un salto la borda del Luzbel,
corriendo hacia Móni*a, estrechándola entre sus brazos, y
por un instante apoya ella la cabeza en aquel pecho,
aceptando la protección, el cálido halago de aquella
amistad inesperada... A una imperiosa seña del joven
oficial, un soldado arrastra a C*librí, que mudo de asombro
no acierta a gritar, pero la actitud de Mónica sólo dura un
instante. Rechazando los brazos de Renato, se yergue
desafiadora y decidida:
—¿Qué es esto? ¿Qué significa este horror, este
atropello?
—Te suplico que *e calmes, Mónica. No está pasando
nada, no va a pasar nada...
—¿Cómo que no pasa nada? ¡Este asalto al barco.. .! Han
detenido a Juan... Debe haber una equivocación horrible...
¿Quién ha hecho esto?
—Yo... —confiesa Renato con serenidad.
—¿Tú... tú? —se sorprende Món*ca llena de indignación
—.¡NO puede ser! [Tienes que estar loco! ¿Qué han hecho
de Juan? ¿Dónde está Juan?
—Ven conmigo. Lo sabrás todo con tiempo y con calma.
¡Juan está donde debe estar!
—Patrón... Patrón... ¿Cómo se siente? ¿Cómo está? Poco
a poco, volviendo con esfuerzo del profundo y doloroso
letargo, a*re, Juan los ojos tratando de mirar en la oscuri‐
dad que le rodea. Es casi completa en aquella especie de
cueva, apenas ventilada por un pequeño ojo de buey,
redondo y alto. El suelo es húmedo y viscoso, de las
paredes cuelgan cadenas herrumbrosas, mazos de cuerdas,
y se amontonan en los rincones los desechos de la carga. El
aire es fétido y espeso, cargado de salitre y de moh*...
—Segundo, ¿eres tú?
—Sí, patrón. Nos pescaron a todos. A usted en la
Capitanía General. A nosotros, allí mismo, en la taberna del
Gascón, nos echaron el guante...
—Y ahora, ¿dónde estamos?
—En la cal* del Galión...
—¿El Galión! Pero, ¿por qué estamos en el Galión!
—Parece que lo mandaron a buscarnos desde Saint-
Pierre, y bien cargado de polizontes...
—¿Dónde están los demás?
—En otra bodega, digo yo que estarán... A usted y a mí,
*omo nos resistimos...
—¡A mí no me dieron tiempo de nada: ni de resistirme!
Pero si están todos aquí, ¿qué es del Luzbel! ¿Que es de
Mónica? ¡Ah, canallas!
—Por la señora Mónica no pase usted cuidado... A ella no
va a pasarle nada...
—¿*ómo? ¿Qué sabes, imbécil? ¡Buenos son éstos!
¡Tengo que gritar, que protestar, tengo que saber a dónde
han llevado a Mónical [Si creen que van a poder tratarla
como a una mujer cualquiera...!
—En el Galión ha llegado uno que ya les dirá cómo tienen
que tratarla: don Renato D'Autremont y Valois... Mientras
nos traían, oí de*ir que ese señorón era su cuñado...
Juan se ha puesto de pie con esfuerzo gigante, a pesar de
sus ligaduras. La cuerda que ataba su pies ha saltado,
dejando en los tobillos su huella cárdena. Agitando la
cabeza como un tigre, se yergue y balbucea fuera de sí:
—¿Renato? ¡Malhaya! ¿Ha sido Renato quien...?
—Yo no digo que fuera don Renato... Digo que él llego en
este guardacos*as, y que iba para el Luzbel cuando nos
echaron la zarpa... '
—¡YO sí se! ¡Ha sido él... él.. .!
—¡Llegan, patrón! —advierte Segundo—. ¡Cuidado! *n
efecto, hay un rumor de pasos tras la puerta, que es abierta
de pronto, y alguien empuja violentamente un pequeño
cuerpo que Juan reconoce de inmediato y que le obliga a
exclamar imperioso, una vez que la pesada puerta de hierro
ha vuelto a cerrarse:
—Colibrí, ¿dónde está tu ama? ¿Dónde está?
—Quedó en el barco, patrón. •.. *uedó con el señor Rena‐
to...
—¿Con el señor Renato?
—Llegó cuando el ama estaba discutiendo con los solda‐
dos. .. Llegó corriendo y se abrazaron...
—¡Se abrazaron! —repite Juan mordiendo las palabras.
—Sí, patrón. El dijo: "Al fin, mi pobre Mónica", Y ella se
le abrazó llorando...
—¡No! ¡No puede ser! —rechaza Juan como si le
desgarrasen el alma.
—*a le dije, patrón —comenta Segundo con amarga
calma—. Por el ama no pase usted cuidado... A ella no van a
maltratarla. ..
—¿Quieres acabar de explicarme, Renato, por qué has
hecho esto? ¿Qué significa? ¿Dónde está Juan?
—*ónica querida, un momento... Te lo explicaré todo,
pero cálmate...
—¡No puedo más! Llevas horas sin acabar de hablarme
claro. Cien veces te he pedido que me expliques. Dijiste que
eras tú quien había hecho esto. ¿Por qué? ¡Quiero saber
por qué lo *as hecho! ¡Quiero saber por qué me has traído
aquí! Y sobre todo, ¡quiero saber dónde está Juan! ¿Quieres
acabar de explicármelo?
—Te lo explicaré todo, pero déjame hablar. No puedo res
ponderte a diez preguntas al mismo tiempo. ¿Quieres
sentarte y escucharme?
Mónica se ha mordido *os labios, suspira, y un instante
calla. Están en una amplia habitación de paredes
encaladas, rejas; de labrada madera y brillantes pisos de
ladrillo rojo... Es una casa aislada entre jardines, en las
afueras de Rosean, maciza-construcción que se empina,
como tantas otras, en las estribaciones de la montana, y
desde cuyas ventanas abie*tas se divisa el magnífico
espectáculo del puerto, la bahía y el mar...
—¿Te has propuesto enloquecerme, Renato?
—Me he propuesto, enloquecido, remediar las
consecuencias de mi pecado dé incomprensión, de egoísmo,
de ira, de crueldad ... Es curioso y lamentable... Yo, que no
me creía capaz de ser cruel, he sido despiadado, y lo he
sido contigo, mi pobre Mónica...
—*i no me hablas más claro... —se impacienta Mónica.
—Lo que te estoy diciendo es diáfano. Ya sé que
pretenderás no entenderme, que mentirás y fingirás
heroicamente, como hasta ahora lo hiciste. Ya sé que
sostendrás *a farsa y que tomarás, a cuenta de ella, la
defensa desesperada de Juan del Diablo. Ya sé que tienes
madera ^e santa o de mártir...
—Te equivocas totalmente, Renato. Yo... yo...
—Tú has sido la víctima inocente. Yo cometí el crimen de
arrojar*e en los brazos de Juan; pero yo, yo solo, contra ti
misma si es preciso, te libraré de ese canalla...
Renato ha hablado, temblando la pasión en su voz, aun
cuando su mirada azul sea límpida y suave. Ha querido en
un momento arrancarla de aquel ambiente para él horrible,
empezar la obra d* reparación de su mal; pero Mónica le
rechaza, relampagueantes de ira los ojos:
—¡Juan no es un canalla! ¡Ni tú ni nadie dirá de él una
cosa semejante delante de mil ¿Dónde está y qué le han
hecho?
—No corre ningún riesgo ni se le ha hecho aún ningún
mal. Por otra parte, quiero empezar por decirte que t*
excuso, del esfuerzo de representar el papel de esposa
preocupada...
—¡No estoy representando ningún papel! ¡No tengo
ninguna queja de Juan!
—Si pudiera creer que dices la verdad, creo que le daría
la? gradas a Dios por haberme escuchado. ¡No sabes cómo
he rogado desde el fondo de mi alma, qué horas de
angustia he vivido desde que supe la verdad! Sí, *ónica...
Aimée me dijo al fin toda la verdad...
—¡Jesús! ¡Pero tú... tú...! ¿Has tenido calma? —se
sorprende Mónica, desplomándose anonadada en la
cercana butaca.
—Mi dolor y mi desilusión han *allado la serenidad nece
saria ... Y no es mérito... Había sufrido tanto, había llegado
a imaginar lo peor con tanta fuerza, con tan vivos colores
creía tener entre las manos el horror de un engaño... De un
engaño de otra índole, compréndem*. Sí, Mónica, he estado
loco, ciego, desesperado... Sólo demente pude creer que tú,
tan pura, tan altiva, habías sido capaz de entregarte así...
Perdóname, Mónica, he sido un insensato... Si te acosé, si
me revolví contra ti sin piedad, si me convertí en una fiera,
fue *orque creí que Aimée era la culpable... la única
culpable. ..
—Pero, Renato... —intenta protestar Mónica totalmente
confusa.
—Y no culpable como es, en realidad, de un pecado de
egoísmo, de ligereza imperdonable... No culpable como lo
ha sido... como una niña demasiado mimada, capaz de
arrojar sobre ti el *ardo de todas las responsabilidades,
sino culpable de otro, como una- verdadera mujer adúltera
y liviana... Sufría tanto yo mismo, que me era imposible
medir el sufrimiento de los demás. Por eso te precipité al
abismo, por eso te arrojé en brazos de ese salvaje...
—¡Óyeme, Renato! —trata de detener Mónica aquel
torrente de explicaciones que todaví* no alcanza a
comprender en su verdadero sentido.
—Te oiré en seguida, pero déjame acabar. Fui más que
injusto, llegué a ser inhumano. Y contigo... *ontigo, que es
lo que me duele más hondo, que es lo que me reprocho
más... Contigo, para quien sólo debiera yo tener gratitud,
reverencia... ¡Oh!, no diré ninguna palabra que no debas
escuchar; pero lo sé todo y no quiero ni debo oc*ltártelo; Lo
sé todo, y me pondría de rodillas para pedirte que no te
avergonzaras, porque el amor no puede avergonzar a
nadie, y no ha habido sobre mi vida nada más hermoso que
ese amor que tú supiste darme...
—¡Calla, Renato, calla.. .!
Se ha levantado, encen*idas las mejillas, trémulos los
labios, sintiendo que la tierra vacila bajo sus pies, que giran
las paredes mientras golpea en sus sienes la sangre. Es una
indescriptible mezcla de horror, de vergüenza, de
angustia... un ansia de morir para luego resucitar sin aquel
pasado, mientras él sonrí* como si recogiese una flor:
—Gracias, Mónica... Gracias y perdón... Son las dos úni‐
cas palabras que frente a ti debo pronunciar...
—¡Aimée... Aimée... Aimée te ha dicho... ¡ —tartamudea
Mónica como obsesionada.
—Me ha dicho toda la verdad, ya te lo dije antes...
—¡Ella no es capaz de decir la verdad! —*stalla Mónica
sin poderse contener—. ¡Es una hipócrita, una embustera,
una infame! ¡Es la más vil y más cobarde...! •
—Es quizá todo eso, pero me ha dicho la verdad... la
verdad que te limpia y te salva, mientras a ella la obliga a
bajar la cabeza frente a tí y frente a mi mismo. Porque
comprenderás que no *uedo verla igual, que no puedo
apreciarla igual, y ella lo sabe. Mi ilusión por ella ha
muerto, mi fe en la diafanidad de su alma se ha roto en
pedazos aunque va a darme un. hijo...
Mónica se ha mordido la lengua, se ha mordido lo*
labios, ha callado destrozándose, como si para callar
tuviese qué clavarse las uñas en la conciencia y en las
entrañas... pero ha callado... Ha callado detenida por el
impacto de aquella palabra... Ha callado, trémula ante
aquella otra vida que se anuncia, * ha vuelto a caer
cubriéndose el rostro con las manos. Quiere oír hasta el
final lo que sabe Renato, pues esté bien segura de que
Aimée sólo habló a medias. A fuerza de sufrir, ya casi no
puede pensar, y oye, como a través de muchos velos,
aquellas palabras de Renato, que le suenan estú*idas,
ingenuas, trágicamente ridiculas, en la emoción de aquella
alma otra vez engañada. Y al fin, apremia:
—¡Habla, Renato, habla! ¿Qué te ha dicho Aimée?
—No repetiré cosas que sabes, cosas que yo había
olvidado... He sido torpe y ciego, pero quiero que sepas que
durante las horas de este viaje, con la mir*da fija en las
estrellas, no pensé sino en tí, con el alma desgarrada por el
dolor del mal que te había hecho... Que me perdone tu
pudor de mujer honesta, de mujer dignísima, de mujer
inmaculada... Tu hermana me lo contó todo: sus celos, su
miedo, la forma infantil pero infame, inconsciente pero
baja, con que urdió alrededor tuyo los supuestos amores
de *uan del Diablo... Cómo ilusionó a esa pobre bestia...
—¡No hables así de Juan! —se enardece Mónica ante el
procaz insulto—. ¡No sabes lo que dices! ¡Cállate!
—Tienes derecho a enfurec*rte, a insultarme... Tienes
hasta el deber de defenderlo, ya que por mi culpa, por mi
enorme culpa, y por la culpa lamentable de Aimée, ese
hombre es tu marido, es tu esposo ante Dios y ante los
hombres, es tu dueño y compañero *el alma... Para romper
el lazo que te ata a Juan sería necesario que el matrimonio
no se hubiera realizado. ..
—¡Calla! ¡Calla!—se desespera Mónica.
—Perdóname, pero es indispensable que yo lo sepa...
¿Pudiste resistir? Para poder librarte de é*...
. —¡No tienes que librarme! ¡No tienes que meterte en mi
vida! ¡No tienes que hacer nada! ¡Devuélveme a Juan,
Renato, devuélveme a Juan!
Grito del corazón, estallido del alma, torrente salvaje de
un sentimiento real, oculto aun para ella misma, son
aquellas palabras que han brota*o de los labios de Mónica,
y un instante, Renato D'Autremont retrocede
desconcertado, para serenarse casi en seguida creyendo
comprender...
—Tal vez no tengo ya derecho a pedirte que confíes en
mí, pero de todos modos, por tu propio bien, te pido que lo
hagas. Todo cuanto he hecho es por ti, para ti, para
librarte, para librar*e, para rescatarte... Que no te ciegue
el rencor en este momento...
—No es rencor, estás completamente equivocado. .. Pero
Juan no es el hombre que imaginas. Además, es mi esposo y
no hay nada más que averiguar...
—¿Estás tratando de decirme que tienes por él el
sentimiento normal de una esposa?
—¡No estoy tratando de decirte sino qué nos dejes en
paz!
—Tendrí* gracia si fuese verdad —apostilla Renato con
cierta amargura; pero reaccionando de inmediato, rechaza
—: No, Mónica, no puedes engañarme... Aimée me dijo la
verdad. .. la verdad que tú no has negado: Juan del Diablo
no *ra para ti más que un extraño. Ahora, tu herida es
demasiado profunda, lo sé, y tú eres de madera heroica. De
otro modo, no hubieras resistido ni por amor a tu hermana
ni por amor a mí...
—¡No hables más de eso! —repudia Mónica con ira.
—*ambién comprendo que tu amor haya adquirido tintes
de odio. Hemos sido inhumanos, pero, ¿por qué accediste a
esa boda? ¡Ninguna mujer en el mundo hubiera soportado
tanto! ¿Cómo es posible que llegaras... ?
—Ibas a matar a Juan, a mi hermana... Tus razones eran
a *ilo de cuchillo...
—¡Yo no quería sino arrancar la verdad a quien la
supiera! ¿Por qué no hablaste? Procedí como un loco, pero
fue porque las circunstancias me enloquecieron. Cuando te
vi aceptar a Juan, tuve que pensar que lo amabas, que lo
habías amado o que habías cometido un pecado de amor, y,
en ese caso, *al vez no era yo el que podía imponerte el
castigo de ese matrimonio desigual, pero era -justo... Al
menos, comprende mi buena intención, no te revuelvas
contra mí de esa manera. ..
—Bueno; pero, en realidad, no respondes jamás a mi
pregunta: ¿dónde está Juan?
—Ven aquí, a esta ventana. Mira allá, en el puerto, en el
mar, cerca del Fue*te... ¿Qué ves?
—Un guardacostas... Un guardacostas con la .bandera
de Francia...
—El Galión, primer centinela de las costas de la
Martinica para combatir el contrabando y otras actividades
en las que Juan no tiene muy limpias las manos... Son
pecados veniales, pero de ellos tuve que valerme... Ahí está
Juan... , —¿En el Galión? ¿Detenido? ¿Preso?
—Reclamado por el Gobernador d* la Martinica para ir a
Saint-Pierre a dar cuenta de varias- acusaciones por las que
se pidió su extradición al Gobierno Colonial Británico de la
Dominica. ..
—¿Lo has denunciado tú... tú...? ¿Lo has acusado de...?
—De lo único que podía acusarlo. Hic* lo posible y lo im‐
posible por rescatarte cuando supe la verdad, agravada por
la circunstancia de una enfermedad que, según cierto
doctor Faber, estabas sufriendo...
—Renato, ese barco se va... ¡Se va llevándose a Juan! —
se angustia Mónica.
—Naturalmente. A Juan y a todos los tripulantes de *u
barco...
—¡Pero eso no! es posible! ¡A él le llevan allá, y yo...
yo...!
—Nosotros saldremos mañana o pasado, en un barco que
reúna para ti las comodidades necesarias.
—¡Oh, no, no! ¿Sin verle? ¿Sin hablarle? ¡Haz que deten‐
gan ese barco! ¡Salgamos nosotros también
inmediatamente!
—Inmediatamente no es posible. Te *ije mañana o
pasado, porque es cuando se espera aquí un barco dé
pasajeros y...
—El Luzbel está listo.
—Ya veo que eres implacable. En fin, si te empeñas
regresaremos en el Luzbel tan pronto como consiga
tripulación con qué hacerlo a la mar. ,
—¿Dónde están los muchachos de Juan? Segundo puede
guiarlo... y Colibrí... ¿Por qué *e le arrancaron de las
manos? '¿Por qué permitiste que esos hombres se lo
llevaran"?
—No le han hecho nada. La tripulación entera del Luzbel
ha sido apresada y viaja con su patrón en el guardacostas
que viste alejarse. El niño era grumete del *uzbel, y a
peores cosas estará acostumbrado. No vas a decirme que
siendo sirviente de Juan...
—Juan es bondadoso con ese niño, generoso y humano
con cuantos dependen de él —defiende Mónica vivamente
—. En el Luzbel no he presenciado una sola crueldad,
mientras que en tu* tierras de Campo Real. .. Mejor es que
me calle, Renato, pero, en realidad, tú no sabes nada, no
puedes comprender nada... Quién es Juan... cómo es Juan...
—Admirable, ¿verdad? —apunta Renato con fina ironía.
—Sí. Aunque no puedas creerlo, aunque no quieras com‐
prenderlo, has dicho la palabra ju*ta: admirable...
—No te 'conocía como actriz, Mónica. Encuentro muy
sutil y muy femenina tu forma de venganza. Tu apología de
las virtudes de ese canalla, de ese salvaje...
—¡Juan no es un canalla ni un salvaje! —se encrespa
Mónica francamente airada—, [Juan es el mejor hombre
que he conocido!
—Mónica, ¿hasta dónde vas a lle*ar? Entiendo que debes
estar loca, trastornada. Eres otra, sí... eres otra, de pies a
cabeza has cambiado. Todo ha cambiado en ti, hasta ese
traje de colorines, absurdo, impropio en una mujer de tu,
li*aje, aun cuando con él te veas hermosa, como si con tu
desdén y tu belleza quisieras castigarme. Hazlo, puedes
hacerlo. ¡LO merezco por no haber comprendido tu amor,
por no haberte sabido, amar!
Renato D'Autremont se ha *cercado a Mónica con
ademán apasionado, pero ella retrocede, y la luz que un
instante ardiera en los ojos de él, se diluye, como se apaga
una ilusión fugaz... Y después de mirarla, mueve la cabeza,
como frente a una verdad que le desconcertara: "Móni*a,
¿puedo preguntarte si amas a Juan?”
—¿Amarle...? No lo sé... pero es igual... El no me quiere
a mí, no me querrá jamás...
—¿Qué estás diciendo? —indaga Renato sorprendido y
confuso— Entonces, cuanto hizo... ¿por qué lo hizo? ¿Por
qué lo hizo? ''
*ónica ha vuelto a apretar los labios, ha entornado de
nuevo los párpados, y un instante su rostro recuerda al
desaquella Otra Mónica sufrida, resignada, encadenada a
su obligación de callar. Pero es sólo un instante... La mujer
nueva vuelve a aparecer y hay una mueca ambigua en sus
frescos labios, al comentar:
—¿Qué *uede importarte lo que él y yo sintamos? La
verdad es que no tengo ninguna queja contra Juan. Bien o
mal, me lo diste, me lo impusiste como esposo. Por una u
otra razón, le juré lealtad al pie del altar, y yo todavía les
concedo valor a mis : juramentos.
—Está bien. Todo lo que he hecho ha sido por reparar
una falta, por sacarte del infierno en que creí habe*te
sepultado, y ahora resulta que tu infierno te agrada...
—Cuando me arrojaste a él, hubiera preferido la muerte
cien veces a aquel sentirme arrebatada por los brazos de
Juan—recuerda Mónica apasion*da—. El peor de los
suplidos, la más terrible de las agonías eran para mí más
deseables que aquel hombre que me arrastraba, a través de
los caminos y a través de los mares, como puede arrastrar
su conquista un vándalo. En*re las cuatro paredes de la
cabina del Luzbel, lloré y supliqué, desgarrándome el
cuerpo y el alma, pidiéndole a Dios que me enviara la
muerte repentina. Si entonces hubieras corrido detrás de
mí, si un verdadero sentimiento de justicia y de piedad *u‐
mana te hubiese hecho seguimos, detenernos, habría
besado las huellas de tus pasos.'Pero todo tiene en este
mundo su momento, su hora, su oportunidad...
—¿Qué quieres decir? —se lamenta Renato.
—Debemos pensar en el mal que hacemos, antes de
hacerlo... Las reparacion*s suelen llegar, como esta tuya,
demasiado tarde y haciendo todavía más daño del que hizo
el propio mal. ¿Comprendes ahora?
—Tengo que comprender. Has hablado muy claro —
acepta Renato dolido. Y en tono de fina ironía, observa—:
Supongo que no te servirá de nada que te presente mis
excusas, que te diga que *iento con toda mi alma haber
interrumpido tu idilio primitivo con Juan en esa mugre de
barquichuelo...
—Muchas veces la mugre está en los palacios, y hay luz
de sol hasta en las humildes tablas del Luzbel —reprueba
Mónica con altivez—. Gracias a Dios, soy otra, Renato. Soy
la mujer de Juan del Diablo, o de Juan de Dios como yo lo
llamo. Y *omo soy su esposa y sé que le has acusado con
crueldad, de pecados veniales, cuando él podría acusar a
otros de pecados más graves, y no lo hace... Como le
supongo perseguido y maltratado injustamente una vez
más, no tengo más que un anhelo: estar junto a él, volar a
su lado, defenderle de las acusaciones que se le hagan,
luchar a su lado por su vida y por su libertad... Si de veras
*uieres hacer algo por mí, contrata tripulantes y déjame ir.
inmediatamente a donde él está...
—¡Serás complacida! —accede Renato con ofendida
dignidad—. Voy a realizar esas diligencias que reclamas...
Nos hare*os a la mar en tu maravilloso barco, y procuraré
que sea cuanto antes...
—¿Es lo único que te agradeceré con toda mi alma!
Desde la puerta, se ha vuelto Renato, ha mirado de nuevo a
Mónica,- sintiendo que su repentina rabia se derrite en
dolor, en a*gustia, en la sutil amargura del fracaso, y
desborda en una breve flor de ironía:
—Gracias, por recordarme una vez más que fui
inoportuno y torpe... ¡A tus pies, Mónica!

—¡Cuidado, Colibrí! Ven al lado mío... quítate de en


medio. Si te atrapa una de esas cajas, no va* a hacer el
cuento...
—¿Qué es esto, patrón? —pregunta Segundo
consternado.
—¿Que quieres que sea más que una tormenta? Barrido
por el viento, sacudido por las gigantes olas de un mar
espeso, envuelto en el violento azote de un repentino tem
poral, cruje el Galión, estremecido desde la quilla hasta la
punta del *alo de mesana...
—¡Pero qué clase de temporal! Claro que peores los
hemos barajado, pero no en este viejo balde de hojalata.
Segundo Duelos habla mirando a Juan, aguardando con
ansia mal disimulada su opinión, su respuesta, pero el
patrón del Luzbel no parece tener intención de contestarle.
Visiblemente inquieto. Segundo comenta:
¡Ya no oigo ni las máquina* de este maldito cubo! ¿Las
oye usted, patrón?
—No; hace rato que pararon. Parece que estamos al
garete... y también que nos hubiéramos desviado, pues si
hubiésemos ido en línea recta, ya estaríamos frente a *aint-
Pierre.
—¿Quiere decir que hemos perdido el rumbo? —En ese
momento, un violento golpe de mar inclina el buque y,
espantado, Segundo inquiere—: ¿Oyó, patrón? ¿Qué fue
eso?
—•La hélice fuera del agua... —explica Juan con
*mpasible calma.
—¡Estamos al garete! ¡Podemos hundirnos.. .! ¿No me
oye, patrón? ¡Podemos hundirnos!
—¡Ojalá! Después de todo, sería un modo como otro
cualquiera de acabar...
—¡No! ¡No! —protesta Segundo espantado—. ¡Yo no soy
un cobarde, usted sabe que no s*y cobarde, patrón, pero
no-quiero morir aquí atrapado, enjaulado como una rata!
¡Si vamos a hundimos, que nos suelten al menos! ¡Abran!
¡Abran! ¡Sáquenos de esta ratonera! ¡No nos dejen morir
aquí! ¡Abran!
Enloquecido por un pánico que es también
desesperación y rabia, ha acudido Segundo a la puerta de
la bodega *mpujándola, golpeándola con los pies, mientras,
verde de espanto, Colibrí se abraza a Juan que, mudo e
inmóvil, contempla a su compañero con amargo gesto...
Dos hombres han aparecido en la puerta... El marinero
que hace las veces de guardián y un joven oficial que mira
duramente a los apresados, e interpela:
—¿Quién grita aquí
—¡Yo! ¡No queremos morir a*lastados, encerrados en
una ratonera!
—Perfectamente... Desátalo, llévalo arriba y ponlo a tra‐
bajar. .. ¿Y tú? —El oficial se ha encarado con Juan, y en el
aire se cruzan, como dos aceros, las dos duras miradas—.
¿Tú no *ritas? ¿No protestas? ¿No tienes miedo de morir
aquí como una rata?
—No tengo miedo de nada... ¡Déjeme, si quiere!
—¡Puedo cruzarte la cara por insolente! Pero no,
desátalo... Es una lástima que se pierdan esos brazos,
cuando hacen tanta falta arriba. *azlo trabajar hasta que
reviente, y si se revira contra ti, dispárale .y cuida tú
mismo de vigilarlo, porque me respondes con tu vida de lo
que él haga...
Han caído al fin las cuerdas que sujetan a Juan. Un
instante se frota los brazos entumecidos, las muñecas
amoratadas. De pronto, un violento golpe *e mar entra por
las escotillas, bañando las bodegas... El Galión ha temblado
como si fuese a partirse en dos, corren todos enloquecidos,
resbalando por las estrechas escaleras de hierro,
inundadas a cada golpe de mar... Llevando a Colibrí como
un fardo, trepa Juan el último... Ha respirado a pleno
pulmón; el agua enfurecida le azota el ro*tro, le envuelve,
le baña... Agarrado a una escotilla, puede mirar al fin sobre
la cubierta barrida por las olas... El mar se hincha en
marejadas como montañas, sopla el viento con furia de
huracán, negro está el cielo, y apenas se ve la luz de los
faroles furiosamente bamboleados...
—¡Otro hombre al agua! —grita la voz patética de un
marinero—. ¡Capitán.,. Capitán...!
—¡*l capitán está herido! —advierte el oficial. Y alzando
la voz, llama—: ¡Timonel... Timonel...!
—¡Timonel al agua! —avisa una voz lejana.
Juan ha avanzado arrastrándose entre la furia de los ele‐
mentos, agarrándose a los salie*tes, a los cables, a las
tablas, protegiendo al muchacho que tiembla abrazado a él,
resistiendo el azote de las olas que a cada instante
amenazan con arrastrarle... Guiado por un instinto más
fuerte que su voluntad, ha llegado hasta el puente de
mando.. .Un hombre, c*n la cabeza rota, yace al pie del
timón cuya rueda gira al garete... El oficial se inclina sobre
el herido, y luego se alza mirando al hombre que acaba de
llegar, para preguntarle:
—¿Qué hace aquí?
—Y usted, ¿qué hace? Coja el timón... Hay rocas cerca...
¡Vamos a estrellamos! ¿No lo ve? ¡*amos a zozobrar!
—¡Ya lo sé, pero no soy piloto! —se desespera el oficial
—, ¡Tome usted el timón! ¡Haga algo. ..!
—¡Qué echen a andarlas máquinas!
—No funcionan ya. ¡Hay agua en las calderas!
—¿Y las velas?
—No soy marino, no sé nada... Los que porfían saber,
han caido. ¡Yo ni siquiera sé dónd* estamos!
Las manos de Juan se han aferrado al timón, desviando
el choque inminente. Sus ojos atean el horizonte oscuro, se
alzan luego hasta la'bitácora que sobre su cabeza se
balancea, y se yergue como tomando una determinación
instantánea:
—¡Junte a los hombre que puedan trabajar! ¡Que cierren
las las escotillas, que achiquen el agua! —Y alzando la voz
entre el estruendo de l* tempestad, grita—: ¡Segundo...
Anguila... Martín ... ¡ ¿Dónde están? !Aquí... Pronto!
—¡Aquí estamos, patrón! —responde Segundo,
acercándose.
—¡Levanten una vela pequeña a proa! ¡Sosténganla
esquivando el aire! ¡*ay que tomar otro rumbo, aunque sea
embistiendo la tempestad! Segundo, toma el mando de los
que van a la vela. Martín, a las bombas... ¡Haz achicar el
agua!
Como un delfín, salta el Gallón sobre las olas; como un
escualo, esquiva el golpe de los vientos, desviándose de la*
cercanas rocas amenazantes... El viento huracanado se
arremolina sobre su única vela de proa, dándole fuerzas de
gigante, y un relámpago rasga las nubes oscuras,
iluminando al hombre que va al timón, con la luz cárdena
del rayo...
—Lo siento en el alma, Mónica, pero el puerto está
cerrado por la tempestad y n* hay permiso de salida para
ningún barco...
—¡Oh! ¿Y el barco en que fue Juan? —indaga Mónica con
visible ansiedad.
—Bueno... figúrate... Si han apurado la marcha, puede
que se hayan librado del temporal...
—¿Y si no han podido llegar a la Martinica, si esa
tormenta de que hablas les ha azotado en el mar?
—Seria lamentable, pero no cr*o que debas desesperarte
hasta ese extremo. Supongo que Juan no tendrá miedo de
un temporal. .
—¡Juan no tiene miedo de nada ni de nadie! —se exalta
Mónica.
—¡Está bien, loemos a Juan! —apostilla Renato
impaciente—. Una razón más para que te tranquilices. Al
fin y al cabo, todo se reduce a un par de día* de retraso.
—Que serán de cárcel para Juan, ¿verdad?
—Naturalmente que estará detenido, puesto que va
sometido a un proceso, pero no te sofoques tanto...
tampoco es la primera vez que Juan está en la cárcel. Yo
mismo lo saqué de ella, * esos días de encierro que le
ahorré en forma gratuita, sólo por buena voluntad, no es
nada del otro mundo que ahora me los pague.
—¿Lo sacaste tú de la cárcel?
—Sí. ¿Por qué te extraña tanto? Yo tuve un hermoso
sentimiento hacia Juan... Lo quise desde niño, con*ra toda
la voluntad de mi madre, contra todas las circunstancias
adversas, y en aquel famoso viaje que hicimos juntos a
Francia, mientras apoyado en la barandilla de la borda
contemplaba la tierra que me vio nacer, alejándose hasta
perderse en la distancia, no tenía más que un pensamiento:
Juan... No te*ía más que un deseo: volver para buscar a
Juan.... No tenía más que una determinación
inquebrantable: hallar a Juan al regreso para compartir con
-él cuanto tenía, para hacerlo realmente mi hermano...
—¿Eso querías, Renato?
—Lo quería y lo procuré con toda mi alma. Si recuerdas
un poco los primeros días que pasó él en Ca*po Real,
hallarás la corroboración de mis palabras. ¡Con qué
alegría, con qué ilusión, con qué puro sentimiento de
justicia y de fraternidad quise entonces estrecharlo en mis
brazos y darle cuanto la vida le había negado! Pero fue
como darle calor a una serpiente, como acariciar con la
mano desnuda a un alacrán, porque en él no había más que
odio, rencor, veneno, y t*ve que reconocer que tenía razón
mi madre cuando tantas veces me dijo temblando por mí:
"Guárdate de Juan, Renato, de él han de venirte todos los
males"...
—¿Todos los males?
La palabra ha temblado en los labios de Mó*ica. Acaso,
por un instante, comprende a Renato, se acerca a su
corazón atormentado, y quizás también buscar
sorprendida, en el fondo de su propia alma, aquel
sentimiento que durante años enteros la llenara, aquel
sentimiento extrañamente desva*ecido que es ahora un
helado montón de cenizas: su amor, su loco amor por
Renato D'Autremont, en cuyos labios suenan ahora las
palabras destilando la hiél de una amargura antes
desconocida:
—¿Piensas que Juan no me ha hecho bastante mal?
—No creo que te haya hecho ni*gún mal voluntario. No
creo que te odie. Tú, en cambio...
—Me odió siempre, Mónica —corta tajante Renato-. Me
odió siempre, aunque yo no quisiera comprenderlo, aunque
cerrara los ojos para no ver en sus pupilas el rencor, por un
daño que en realidad yo no le había causado... ¡Me odia por
rico, por d*choso, por mimado, por tener una madre
amorosa y un hogar feliz! Me odia por bien nacido, y
siempre me odiará, haga yo lo que haga. Esa es la amarga
verdad de la que yo no quería enterarme...
—¡Qué injusto eres con Juan! ¡Qué injusto y qué ciego!
Con él, todos estábamos equivocados, Renato. Es bueno, es
noble, es generoso...
—¡Calla! *ú sí que estás ciega. ¿Qué ha podido hacer
para deslumbrarte, o por qué finges y mientes como lo
haces? ¿Con qué sortilegio, con qué brebaje, con qué filtro
ha podido robarte él alma?
—¿Por qué no piensas que fue sólo con su bondad?
—¿Bondad, Juan? No digas disparates. Si hubieras visto
lo que yo he visto... ¿Cómo piensas que hice para acusarlo?
Yo no inventé los cargo*, los hallé con sólo buscar un poco,
y hay de todo en su desdichada carrera: piratería,
contrabando, riñas tumultuarias, hombres heridos o
golpeados... Se le acusa de jugador, de pendenciero, de
borracho... En Jamaica secuestró * un niño...
—¿Qué? —se alarma Mónica. Y como comprendiendo—:
¡Colibrí!
—Colibrí... Luego es verdad. ¡Es uno de los cargos que
no había podido probarse! Por eso quedó libre, pero las
acusaciones llegaron hasta la Martinica. Se llevó un
*uchacho de la calaña de su parientes, hiriendo y
golpeando a cuantos quisieron impedir que se lo llevara...
—¡Sus verdugos! —salta Mónica sin poderse contener—.
Si hubieras escuchado a Colibrí, si hubieras visto y oído de
sus labios la historia desgarradora de su infancia, sabría*
que Juan no hizo sino rescatarlo, liberarlo, y bien poco
castigo dio a los miserables que lo explotaban. Si son como
esa todas sus infamias, si esos son todos los crímenes de
que le acusan...
—Ya veo que no le faltará la mejor abogada, la que mira
el mundo a través de sus ojos.
—Acaso dijiste más verdad de la que p*ensas, Renato.
Juan me enseñó a mirar el mundo con otros ojos.
—Y, en cambio, cerró los tuyos, los verdaderos, los ojos
que me amaban. ¿Por qué se encienden tus mejillas como si
el solo pensamiento te avergonzara? ¿Por qué? ¡Mónica, mi
vida!
—¡No me hables de ese modo, Renato! ¡No me mires de
esa manera!
—Ya sé lo que piensas: que soy el espos* de tu
hermana...
—Aunque sólo eso pensara, sería lo bastante...
—¿De veras? ¡.Dichosa tú que, con una consideración,
puedes borrar un sentimiento! —Venciendo su resistencia,
Renato ha tomado la* manos de Mónica, la ha obligado a
mirarle cara lacara, buscando con inútil anhelo un chispazo
de amor en aquellos grandes ojos claros—. Sé que nunca
me mostrarás tus verdaderos sentimientos, sé que nunca
dejarás hablar a tu *orazón...
—¡Sólo con el corazón te he estado hablando!
—No luches más, no te esfuerces... Digas lo que digas,
no vas a convencerme. Frente a mi torpeza, callaste diez
años... Y seguirás callando... —Con gesto de vencido,
Renato va hacia la vent*na, mira a través de los cristales y
se vuelve luego para mirar a Mónica, mientras deja caer,
como en un trémolo dé angustia, las palabras—: La
tempestad está amainando... El ciclón ha debido
desviarse...
—¿Había un ciclón? ¡Un ciclón que sin duda azotó al
guardacostas!
—Co*fío en que haya podido escapar. Voy a pasar un
cable a la Martinica preguntando. Si el tiempo sigue
mejorando saldremos esta noche o mañana, y tendrás
amplia ocasión de demostrarle a Juan que eres una esposa
fiel y ejemplar.
—¡Es lo menos que puedo hacer, después de haberlo
jurado al pie del altar! —se yergue Mónica *ltiva. Luego,
cambiando a un tono suplicante, murmura—: Renato, ¿y si
yo te suplicara, si yo te pidiera de rodillas que retirases esa
acusación?
—Ya no está en mis manos retirarla, Mónica —explica
Renato con tristeza—. Pedí estricta justicia, apreté los
tornillos, moví hasta el fondo la palanca de la ley, y la ley
está en marcha. Pero no te pr*ocupes, pues si Juan es como
tú dices, saldrá bien librado. Por fortuna, no soy yo quien
tiene qué juzgarlo, pero puedes estar segura de que
estamos en paz. ¡Daño por daño! Ahora voy a complacert*,
Mónica, voy a tratar de ultimar nuestro viaje...

12
DESVIADO CIEN KILÓMETROS de la ruta que debieran
seguir para llegar a Saint-Pierré, sacudido aún por las
recias marejadas en la que las ráfagas secundarias de un
c*clón lo han envuelto durante muchas horas, lleva el
Galión su azarosa marcha por los oscuros mares
encrespados... Roto, desarbolado, con las bodegas aún
mediadas de agua, con la maquinaria inútil, navega, no
obstante, con extraña precisión, impulsado *or su única
vela de proa, guiado por las recias y expertas manos de
aquel que a los veintiséis años es el más audaz navegante
del Caribe. Atento al ruido, alzando de cuando en cuando la
cabeza para mirar la bitácora que se balancea sobre la
rueda del timón, duro y alerta como si se *ubiera hecho de
piedra para las horas de la ruda batalla, Juan del Diablo
parece sólo atento a la marcha del barco... Por la cubierta
que aun bañan las olas, agarrándose a las paredes, se
acerca un hombre hasta su lado, y Juan interpela:
—Qué pasa. Segundo, por qué dejaste la vela?
—Está en buenas m*nos, patrón. El Anguila y Martín,
están con ella, y como la tormenta va amainando, pensé
que usted podía necesitar relevo... ¿Sabe que el capitán
está mal herido? ¿Que el timonel y el primero piloto se
fueron al agua? ¿Que el único que manda a bordo es el
oficialito ese que vino a prendernos, que de marino no tiene
nada?
—Sí, Segundo, *é perfectamente todo eso.
—El barco está, como quien dice, en nuestras manos,
patrón. Y si no es por nosotros, anoche naufragamos, nos
hubiéramos estrellado contra las rocas de Granaditas,
habríamos encallado en. un bajo, o quizás hubiésemos
caído en el centro del huracán ...
—Sí, Segundo, sé eso. Ve a atender a tu trabajo. Segundo
ha vacilado. Sobre los montes de la is*a de Granada, el
viento ha barrido las nubes, y asoma con tono sonrosado la
primera luz del alba. Juan consulta de nuevo la brújula, y
después ordena:
—Dentro de media hora cambiará el viento. Mira a ver si
pueden alzar *tra vela en el palo que queda intacto, para
que viremos cuando el tiempo cambie.
—¡Y podremos irnos hasta el fin del mundo! —se alboroza
Segundo con la esperanza a duras penas contenida—. Si
usted me autoriza, patrón, yo me encargo de limpiar e*
guardacostas de los pocos que nos están estorbando... ¡Con
ellos no podemos llegar muy lejos... nos denunciarán!
—No, Segundo, no vamos a matar a nadie.
—-Patrón, esta es la oportunidad, la única oportunidad
que tiene usted y que tenemos todos. ¡Ponga proa al
contin*nte, desembarcamos en la Guayana, y ahí que nos
busquen!
—No, Segundo, no vamos a escapar. —Y en tono
autoritario, ordena—: ¡Levanta la otra vela. Segundo, haz lo
que te mando!
—Está bien, patrón. Por usted, no por mí lo decía. Yo no
tengo juicios ni cargos, a mí no pueden hacerme nada, pero
usted *s muy tonto con volver a meterse en la boca del
lobo...
—Ve a lo que te he mandado. Segundo. Vamos a virar.
¡En Saint-Pierre debe estarme esperando una dama a la
que quiero volver a ver, pagutTpor ello el precio que pague!
Conteniendo el gesto rebelde, obedece Segundo a la voz
de Juan. Su figura se encoge, se aleja desvaneciéndose en
la estrecha cubiert* mojada, mientras por él lado contrario
de la caseta del timón otro hombre aparece, los ojos como
brazas, el rostro pálido y demudado. De una ojeada parece
medir de -pies a cabeza al recio hombretón que ah*ra sólo
parece atento a llevar el barco. En el suelo, a su lado,
envuelto en su chaqueta de marino, un niño negro duerme
como un ángel y el rostro del joven oficial se crispa de
extrañeza mirándolo, para volver luego a contemplar *on
temor y curiosidad al que llegó al Galion prisionero y
atado... Largo rato vacila como si escogiera
cuidadosamente las palabras que va a dirigirle, como si
luchara entre dos temores, conteniendo con esfuerzo su
ansiedad... hasta que fuerza al fin una sonr*sa diplomática:
—Salimos del apuro, ¿verdad? Amainó la tormenta, y si
no miro mal, lo que hay al frente de nosotros son
montañas...
—El Santa Catalina, el Montain, el Maiclán... ¿Conoce
usted la isla de Granada?
—En este caso, lo único importante es que usted la
conoce'. *a capital se llama San Jorge... Tengo entendido
quees un puerto importante. Usted sabrá cómo nos
acercamos. —De pronto, el oficial cambia su tono zalamero,
y con cierta alarma, interpela—: Oiga, ¿por qué se desvía?
¿Por qué vuelve así el barco? ¿Qué es lo que se ha
propuesto? ¡Si piensa que va a burlar*e de mí..;!
—Cálmese, oficial, y quite la mano del revólver... Quítela,
o soltaré el timón y nos iremos todos al infierno.
—Ya está quitada. Abusa usted de la situación... ¿No va a
llevar el barco a San Jorge?
—Que yo sepa, no se nos ha perdido riada por allá.
—Escuche usted— parece decidirse el oficial—, yo no sé
de qué está acusado *i qué cargos hay en su contra. Me he
limitado a cumplir las órdenes de mis superiores tomándolo
preso y encargándome de su custodia en este barco hasta'
entregarlo a las autoridades de la Martinica. Ya sé que las -
cosas han cambiado... No ignoro que le debemos un favor
enorme...
—Pero eso es lo de menos, ¿verdad? —observa Juan con
fina ironía—. Ya pasó la tormenta, ya no tiene *sted miedo.,.
estamos a la vista de una isla británica... ¡Qué
cómodamente cumpliría usted su misión desembarcando,
refiriendo lo que ha pasado y haciéndonos trasladar a la
cárcel de San Jorge! ¿Piensa que voy a, tener la candidez
de en*regarme de nuevo a sus sabuesos, para sufrir toda
clase de vejaciones y brutalidades?
—Le prendimos en la forma usual... Tenía usted ficha de
ser hombre muy peligroso —pretende disculparse el oficial,
algo apurado—. Lamento de veras lo qué ha pasado. Yo no
tuve inten*ión de mostrarme particularmente duro con
ustedes...
—Particularmente, no, claro. Tampoco era preciso...
Bastaba con la forma usual de tratar a los que caen entre
las mallas de vuestras leyes sin tener influencias, blasones
o fortuna. ¡Pobres gentes, pobres diablos! ¿Para qué
guardamos consideraciones? ¡*ale tan poco la vida de un
hombre en desgracia! La de usted mismo, oficial, ¿qué vale
ahora que el barco está en mis manos? ¿Ve usted? Hemos
virado... Proa al Norte... Su isla británica queda atrás...
Ahora los papeles se han cambiado... Me bastaría hacer
una seña a uno de mis hombres para que le arrojaran a
usted de cabeza al mar...
—¿*ué dice? ¿Juega conmigo? ¿Qué es lo que se ha pro‐
puesto?
—Nada. A lo más, ofrecerle una lección que no va usted
a aprovechar. ¡Qué poco vale la vanidad de unos galones,
de un titulito de oficial, cuando un hombre está frente a la
desgracia!
—¿Qué va a hacer conmigo?
—Nada. Vamos rumbo a la Martinica... Cumplirá su mi‐
sión, sólo con unas horas de retraso.
—¿A la Martinic*? ¡Pero estamos .muy lejos, las
máquinas no funcionan! ¡No podremos llegar!
—El viento se encargará de empujamos. Llegaremos
navegando a vela, que es lo único que entiende Juan del
Diablo...
—Realmente, no encuentro palabra —decl*ra el oficial
sorprendido, agradecido, y aun no repuesto del susto—. A
la Martínica... ¿Cuándo piensa usted que podemos llegar?
—Estaremos en Saint-Pierre mañana por la tarde, si el
viento no cambia,
—Si es asi,, contará con nuestra gratitud más completa,
y si puedo h*cer algo por usted...
—Sí. Llenar mi pipa de tabaco y ordenar que le den algo
de comer a mis hombres...
Juan ha vuelto a mirar la bitácora, ha desviado
levemente a estribor y ha extendido la ardiente mirada de
sus ojos oscuros por el ancho mar que lentamente va
aplacándose, mientras el sol desgarra las nubes y *aña con
luz dorada su frente altanera, su pecho ancho y alto, sus
brazos de bíceps poderosos, su negra cabeza rizada, sus
.labios que se aprietan como si -no quisieran dejar escapar
la clave dolorosa de su alma, la que va, sobre los vientos y
los mares, hasta Mónica de Molnar...
—Sí, aquí enfermé... Aquí estuve a punto de morir... Aquí
a*onicé, y sus cuidados me salvaron...
Cruzados los brazos, el rostro con la expresión incrédula
de quien escucha un inverosímil relato, oye Renato las pala‐
bras de Mónica en aquella misma cabina del Luzbel donde
la vida de Mónica cambiara. Todo el dolor y toda la
esperanza de las horas vividas entre aquellas paredes
parecen renacer en este instante en que, juntas las manos,
revive la *x-novicia las horas pasadas...
—Un triste rincón, Mónica. Me duele el alma de
considerar que por mí, por culpa mía...
—No es triste para mí este rincón, Renato.
—Si he de juzgar por tu aspecto, tendré que darte la
razón. Pe*o no, no puedo creer lo que afirmas. Hay cosas
qué no caben en la razón, y la razón no puede aceptarlas.
Ya sé que quieres defenderlo, que alzas entre tú y yo tu
reserva como un muro de hielo, y creo adivinar por qué lo
haces... No necesito pensar mucho pa*a calcular lo que has
debido sufrir entre estas paredes, el horror de vivir aquí
compartiéndolo todo con un hombre que tan lejos está de
tu educación y de tus costumbres... La mujer que tú eres,
Mónica...
—La mujer que yo fui, Renato, tal vez, como supones, no
era capaz de compr*nder-a Juan. La que actualmente soy...
—¡Basta! —corta Renato impulsado por la ira—. No
cambian de ese modo los corazones ni las conciencias. Tu
transformación es física, exterior nada más... Estás más
hermosa, más deseable, eres como una flor capaz de hacer
arder los sentidos del hombre con sólo cont*mplarte. Pero,
¿ a qué precio has logrado eso? ¿Qué sufrimiento, qué
sacrificio has tenido que dar a cambio de k> que has
logrado? ¿Qué es en realidad ese hombre para ti, Mónica?
—Mi esposo... Ya lo sabes...
—¿Compartías con él esta cabina? . ' ,
—No... Bueno... quiero decir... —vacila Mónica.
—¡*or Dios te pido que me hables claro! Mientras
estuviste enferma lo viste a tu lado; pero, ¿después...? Dime
la verdad; no mientas, Mónica... ¡Por Dios vivo, no mientas!
—Yo estaba sola aquí... —balbu*ea Mónica—. El fue para
mí el mejor, el más amable y respetuoso de los amigos...
,—¡Ah! —prorrumpe Renato en una exclamación de triun‐
fo—. ¿Nada más?
—Bueno, después que estuve enferma, nada más...
—¿Y antes? Díme*o todo, Mónica. Te lo pido de rodillas,
te lo suplico como un hermano, y te juro que nada de lo que
me digas he de usarlo contra Juan, si tu no quieres que lo
haga... Pero hay en tus relaciones con él algo extraño,
incomprensible, algo de que necesito estar seguro, y tú *o
vas a negármelo. ¿Es Juan tu esposo en realidad? ¿Fuiste
suya?
No lo sé, Renato —duda Mónica haciendo un esfuerzo—.
Mi vida se ha partido, se ha bifurcado... Todo fue distinto
desde aquella noche... Hay un paréntesis de sombra y de
horror que inútilmente he tratado de recordar. Fue como si
*uriera, como si cayera al fondo del infierno. Después fue
como un lento resucitar. La mujer que fui hasta aquella
noche odiaba a Juan del Diablo; la otra, la que volvió a la
vida entre estas paredes, la que se miró por primera vez a
sí misma como mujer en el agua clara de una fuente,
cuando las manos de Juan me inclinaron sobre aqu*lla
agua, la que aprendió de sus labios la sonrisa y de sus ojos
a mirar al sol, esa mujer... esa mujer ama a Juan, y le
pertenece. Es la verdad, Renato, ¡toda la verdad!
Mónica ha terminado llorando, ha inclinado la frente, se
ha cubierto el rostro con las manos, y permanece inmóvil,
dejando resbalar aquel llanto que produce en( Renato
inquietud y tortura ...
—¿*or qué lloras Mónica? ¿Por quién lloras? ¡Dime por
quién son esas lágrimas!
—¿Qué más te da? ¿No estamos listos para partir ya?
¡Pues. partamos!
—Como mandes. Solamente estaba esperando el parte
de *a Capitanía del Puerto. Se ha mandado hacer una
investigación sobre la suerte del guardacostas...
—¿Qué quiere decir? ¿El barco en que llevaron a Juan
no ha llegado aún a la Martinica?
—Hace una hora no había llegado. Pero no h*y motivo'
mayor para alarmarse. Ese, y todos los barcos que estaban
en la ruta del Sur, se desviaron por el temporal. Ya irán
apareciendo, ya aparecerá el Gallón...
—¡Si es que no ha naufragado! —augura Mónica con
exaltación y angustia—. Si algo le *a ocurrido a Juan en ese
maldito guardacostas, si ha perdido ahí la vida, ¡no podría
perdonar jamás a los culpables!
—Confío en que no haya sido la cosa tan grave, al menos
para librarme de la amenaza de que no me perdones jamás
—comenta Renato con forzada calma. Y cambiando de
pronto, ex*lama—: ¡Oh! Creo que está ahí la chalupa con
los panes...
Ha ido hacia la borda, y Mónica tras él, tensa y
desesperada. Pero el rápido paso de Renato se adelanta. Un
momento habla con el marinero que acaba de trepar la
escala del Luzbel, dé una hojeada lee el parte que éste ha
puesto en su mano, y se vuelve a Mónica, que llega
*nhelante...
—Tu Juan del Diablo está a salvo. Este es un despacho
cablegráfico del Teniente Britton, que fue_ el encargado de
apresar a Juan y de llevarlo custodiado hasta entregarlo a
las autoridades de la Martinica.. .
—¿Qué dice? ¿Qué dice ese despacho?
—"Galión llegó a Saint-Pierre tras capear temporal en
Granaditas. Capitán herido y cinco bajas tripulan*es. Salvó
situación, pericia Juan del Diablo. Ruego pedir sean tenidos
en cuenta servicios especiales". Y firma Charles Britton,
Teniente de Regulares Coloniales Británicos en la Isla de la
Dominica.
—Renato ha leído el despac*o y luego, con suave ironía,
comenta—: Un largo cablegrama y una buena noticia para
ti, ¿verdad?
—¿No lo es para ti? ¿Acaso deseabas que Juan...?
—No, Mónica —asegura Renato noblemente—. Contra
todo cuanto he deseado, Juan es mi enemigo, más enem*go
a cada instante, pero no deseo para él una desgracia. No
puedo desearla, porque lo más amargo de todo esto es que
nunca se aborrece por ..completo a un hermano. No
podemos abominar de nuestra propia sangre, sin
abominarnos nosotros mismos un poco, y sin sentir también
el dolor que causam*s... —Hace una pausa, y reponiéndose
ofrece—: Y ahora sí, voy a cumplir tu deseo y a dar las
órdenes para zarpar...

—¿Cómo? ¿Usted? ¿Sola?


—Sí, Gobernador, totalmente sola. Mi pobre suegra
está extenuada...
—Recibí unas líneas de ella, rogándome...
—Una audiencia más. Pero tardó *sted tanto en respon‐
der. . Ella estaba rendida... Logré que descansara, y tomé
su lugar. Supongo que para usted es igual. —Suave,
comedida, una gentil sonrisa en los frescos labios,
responde Aimée a las inquietas preguntas del gobernador
de la Martinica, volviéndose luego hacia su única
acompañante—: Aguárdame aquí. Ana. Seguramente el
señor Gobernador me ha*á pasar a su despacho para que
hablemos un poco más...
El viejo gobernador ha vacilado. Son más de las siete de
la noche, y un silencioso criado negro ha encendido las
grandes lámparas del despacho, a cuya luz dorada, *imée
de Molnar parece más bella que nunca. Sin esperar otra
invitación, cruza por la puerta entornada, dejando al otro
lado a la oscura doncella acompañante.
—Realmente, mi joven señora, mucho me temo que
hayamos agotado el tema esta mañ*na —intenta
disculparse el gobernador, algo turbado—. Hablé a doña
Sofía con absoluta sinceridad, puse las cartas boca arriba,
pero este asunto va complicándose más y más hasta llegar
a ser desesperante. Además, todo parece ponerse de
acuerdo para darle un tono esp*ctacular...
—Entonces, ¿es verdad lo que cuentan? ¿Se portó Juan
heroicamente? ¿Salvó el barco?
—Si hemos de creer a Charles Britton, habría para
condecorar al tal Juan del Diablo.
—¿Y por que no hemos de creerlo?
—No compagina esa actitud con los cargos que se le
hacen, pero basta u* poco de fantasía para que la
imaginación popular se desborde y la opinión pública
comience a voltearse en contra nuestra, especialmente en
contra de Renato y de su hermana de usted.
—Pero el nombre de Mónica no figura en ese proceso
para nada...
—¿Quién ignora que es ella la clave de todo este
enredo? Jueces y testigos están *eseando tirar de la manta.
Por algo no quería yo hacer caso de las acusaciones, por
algo me resistí tanto al empeño de Renato D'Autremont.
Pero éste puso las cosas en un terreno que no pude
negarme, y ahora... ¡Ahora vaya usted a saber hasta dónde
llegará el fango!
—¿Y si yo le pidiera a usted un enorme favor personal?
—Estoy a su disposición, pero le suplico...
—Qui*iera hablar a solas con Juan del Diablo. Desde
luego, una entrevista absolutamente privada. ¿Por qué no
me da la oportunidad?
—¿A usted? ¿A usted, precisamente? ¿No sería encender
las habladurías todavía más?
—-Pero *í no se entera nadie...
—Esas cosas, por mucho que quieran ocultarse... Una
mujer como usted no pasa inadvertida...
—Puedo cambiar de ropa con mi doncella, aprovechar la
oscuridad de la noche, taparme totalmente la cara con este
chal. Yo me encar*o de hacer las cosas con una discreción
absoluta. Si usted me da el salvoconducto, corre de mi
cuenta todo lo demás. Nadie sabrá nada. Quedará entre
usted y yo, y los dos sabemos callar. —Se ha acercado a él
sonriente, insinuante, envolviéndole en la vaharada de
perfumes que s* persona exhala, y sonríe viendo temblar
las manos arrugadas—. Se lo agradeceré toda la vida.
Gobernador. Estoy absolutamente segura de conseguir que
las cosas cambien. Un salvoconducto, cuatro líneas suyas
firmadas con su sello, y...
—Está bien. Aguarde...
El gobernador ha firmado. Todavía vacilan*e mira a
Aimée, que sonríe triunfadora, arrebatándole casi el papel
de su mano.

—Saint-Pierre... Saint-Pierre, ¿verdad?


—Si, Mónica, estamos llegando. Pero si aún tengo
derecho a darte un buen consejo, si aun puedo suplicarte
algo, te ruego, te pido que sigas camino para Campo Real...
Tu madre te aguarda allá... Tu hermana quedó mu*
angustiada... mi propia madre...
Tomando las manos de Mónica, como en un repentino
arranque, ha hablado Renato, y tiembla la súplica en su voz
que se quiebra de angustia. Pero Mónica retrocede,
esquivando aquellas manos y rechazando con decisión:
—No me moveré de Saint-Pierre; no me alejaré de Juan.
Y si hay algo que de veras quieras hacer por mí, si soy yo la
que aún puedo rogarte, *uplicarte, implorarte algo, es
justamente que me ayudes a acercarme a él esta misma
noche. Es preciso que yo le vea, que yo le hable, que sepa
lo que piensa y lo que siente... Tú puedes hacerlo, para mí
es indispensable. ¡Creo que me vo*vería loca si me lo
negaras!
—Está bien, Mónica, cálmate. No necesitas suplicarme
de esa manera... Haré lo posible... Creo que, como esposa
legal de Juan del Diablo, tienes derecho a llegar hasta él. Y
si es preciso, yo mismo he de llevarte. .
.

*rrastrando a su doncella, envolviéndose en el amplio


chal de seda para ocultar lo más posible su rostro y su talle,
baja Aimée a toda prisa las anchas escaleras de la casa de
Gobierno hasta salir por aquella puerta lateral, algo
disimulada, que esquiva los grupos de curiosos y la
vigilancia o*icial de la entrada del frente. Allí está parado
el coche que la trajera; rápidamente, ama y sirvienta suben
a él, y Aimée ordena al cochero:
—Óyeme, Cirilo. Vas a dar la vuelta muy despacio... Vas a
llevarnos al paso por detrás del Hospital y acercarte al
Fuerte de San Pedro por el costado. Cuando estemos allí, te
diré lo q*e haces. ¡Anda... arranca... ¡
—¡Ay, mi ama! —se lamenta la asustada Ana—. Usted
como que va a meterse en un lío muy grande...
—Baja las cortinillas y desvístete —recomienda Aimée
excitada—. Vamos a cambiarnos de ropa. Dame tu blusa y
tu falda. Vas a ponerte mi vestido, y a envolverte en mi
chal. Me darás tu pañuelo... ¡No, espera! Con el cha* voy a
quedarme yo, para taparme la cara si hace falta. Toma este
velo. ..
—¡Ay, mi ama, mi ama...! —se queja Ana—. Usted como
que se ha vuelto tarumba con tanto susto...
—¡Haz todo lo que te digo, sin replicar, es*úpida!
Tenemos los minutos contados... Cuando pasemos junto al
Fuerte, voy a bajarme. Al quedarte sola, levantas las
cortinas para que te vean... Te tapas bien la cara con el
velo, escondes las manos... Mejor todavía, ponte estos
guantes. Vas a dar una vuelta *or las calles principales: por
el Paseo del Puerto, por la Avenida Víctor Hugo... Quiero
que te vean muchos y que todos crean que soy yo la que
estoy paseando...
—Pero, mi ama...
—Saint-Pierre es una colmena de chismes. No faltarán
los comentarios. Todo él mundo conoce los coche* de los
D'Autremont... Bueno, ya llegamos... Dentro de media hora
pasarán a buscarme por este sitio. —Y alzando la voz,
representa la comedia—: Cirilo, para un momento. Voy a
dejar a Ana haciendo .unos encargos... Entérate bien de la
dirección de esa modista, Ana. Dentro de media hora
volveremos por ti^ —Ha salt*do a tierra, y ordena—:
¡Sigue, Cirilo! Por el centro y sin parar en ninguna parte.
Apura un poco a los caballos ahora...
Aimée ha quedado sola juntó a la sombría fortaleza.
Nadie se ve a lo largo de la desierta calle. Un centinela
hace la guardia junto a las rejas, a la luz temblorosa de un
mechero de gas. Ciñendo más el chal a su cabeza y a su
cuerpo *statuario, Aimée de Molnar va hacia aquel
hombre, al que informa imperiosamente: - ¡Traigo un
permiso del señor Gobernador para ver en seguida al
detenido Juan del Diablo!
—El Gobernador no está en la c*udad, Mónica. Salió
para Fort de France hará una hora escasa, y
probablemente permanecerá allí varios días. Acabo de
hablar con el secretario.
—¿Y a quién dejó encargado de sus asuntos?
—Por lo visto, a nadie. Sus asuntos *archan solos, y sola‐
mente con un permiso firmado por él se puede visitar en la
cárcel a un detenido, en vísperas de proceso. Lo siento,
Mónica, lo siento con toda mi alma...
—Entonces, ¿quieres decir que te das por vencido?
—No se me ocurre qué puedo *acer... Se me cierran los
caminos legales...
—Y tú, naturalmente, no sabes otros. Está bien, Renato.
Gradas por todo. Entonces, déjame.
Renato se ha puesto de pie cerrándole el paso,
deteniendo su gesto de huida. Están ya en Saint-Pierre, en
la antesala de aquella pequeña casa, *uy cerca de los
muelles, donde por tantos años habitara el notario Pedro
Noel. Es allí a donde Renato ha llevado a Mónica buscando
para ella un lugar apartado de los hoteles, un sitio familiar
donde librarla de la curiosidad que ya rodea su nombre.
Por la única ventana abierta penetra el ruido de la pequeña
y populosa *udad, y en la puerta de la vetusta estancia
aparece la figura familiar de Pedro Noel, con unaexpresión
de profunda sorpresa en los ojos cansados:
—¡Mónica... Renato...! ¡Pero cuánto honor!
—Perdónenos por haber tomado su casa por asalto, más
Mónica pretende un imposible. Su único deseo es ver a
Juan esta misma noche, pero el Gobernador h* salido para
Fort de France y sólo él puede dar el salvoconducto
necesario.
—Perdóneme si me cuesta trabajo comprender lo que
usted me dice, Renato.
—No me sorprende su asombro. Noel. Pero esto *o es na‐
da... Mónica les reserva a todos grandes sorpresas.
—Ya lo veo. 'Su actitud es verdaderamente admirable.
Creo que puedo ayudarla, hija mía. Quien hizo la ley, hizo la
trampa. Yo conseguiré que hable usted esta n*che con Juan.
—¡Noel...!
Mónica ha ido hacia el notario, estrechándole las manos,
tensa de gratitud el alma, mientras el viejo servidor de los
D'Autremont deja desbordarse el torrente de su sinceridad:
—Cuente conmigo para todo. ¡Para todo! T*mbién yo, a
pesar mío, sufro y tiemblo por la suerte del hombre, como
temblé por la del-muchacho. También yo pienso que, en el
fondo, Juan...
—¡Basta! —ataja Renato con Brusquedad—. No necesita
usted hacer el panegírico. Con que le cumpla a Mónica la
palabra que ha dado, *erá bastante. Sus declaraciones son
absolutamente extemporáneas. Noel...
—Dispénseme, Renato, no siempre puede uno callarse —
recuerda Noel con dignidad y haciendo esfuerzos por no
perder el gesto ecuánime y afable—. Pero, en fin,
dispénseme, y manos a la obra. En la puerta está el coche.
Venga usted conmigo, Mó*ica, habrá que aprovechar la
oportunidad en el instante en que se presente...
—Voy yo también —indica Renato.
—No es necesario —rehusa Mónica.
—Iré aunque no desees mi compañía. No he hecho lo que
he hecho para negarte el apoyo en el momento en que más
puedas necesitarlo...
—¡No quiero forzar tus sentimientos!
—Tú tienes un plan, y yo otr*, Mónica. No estoy
estorbando el tuyo, ni estoy cerrándote el paso, como
supones. Al contrario, quiero que libremente hagas lo que
te dicte tu conciencia... Permíteme a mí satisfacer a la mía
en cambio. *i Noel hace el milagro de conseguir la entrada
al Fuerte de San Pedro, te dejaré a solas con tu Juan...
—Mi amo... Mi amo... Mire para allá. .. Al llamado de
Colibrí, Juan se ha alzado despacio en el oscuro rincón
do*de deja su cuerpo reposar. Es una de las enormes
galeras semisubterráneas, abiertas .en el mismo corazón de
Jas rocas, base y entraña del viejo castillo de San Pedro,
una de tantas fortalezas que, como banderas de conquista,
clavaron los gobiernos coloni*les sobre las islas del Caribe.
El techo es muy bajo, las paredes chorrean humedad, pero
a través de la larga reja que queda justamente a la altura
de la cabeza del muchacho, se ve el piso de granito del
ancho patio, el arco de la entrada interior, el farol, y, a su
luz vacilante, *a silueta de una mujer que parece discutir
con el centinela, enseñar una vez más el papel que trae,
ceñir luego con más fuerza, al cuerpo estatuario, el chal de
seda, y seguir, a una seña del centinela, los pasos del
guardián cargado de llaves... . '
—Es el ama... —*eñala Colibrí.
—¿Mónica? ¿Mónica aquí?
—Seguro que viene a sacamos, patrón. Ella no quería
que los soldados me llevaran... Ella es muy buena...
—¡Calla!
El corazón de Juan ha temblado. Con un esfuerzo de su
vista de águila ha podido percibir las cosas más claras a
pesar de la oscuridad. La mujer que se acerca, alta,
delgada, flexib*e, de andar sensual, tiene algo en el aire
que no concuerda con la falda dé colorines, con el típico
traje de las mujeres más humildes que parece llevar como
un disfraz. Un rayo de insensata esperanza ha bañado su
alma... Cada uno de aquellos pasos que siente acercarse, es
como un golpe de su corazón, estremeciéndolo, des‐
pertándolo, haciéndolo latir de nuevo al influjo caliente de
*a sangre... Como un lanzazo de oro, con herida luminosa,
siente que" ama a aquella mujer, que tiembla por ella, que
por ella aguarda, que a sí mismo se presenta ya cien
explicaciones, cien disculpas... Conteniendo el aliento ve
abrirse las *ejas, alzarse la mano del carcelero para poner
un hachón encendido en el garfio de la entrada, y
retroceder, dando paso a la mujer que se acerca a la luz
rojiza y humeante de aquella iluminación primitiva...
—¡Juan... mi Juan...!
Aimée se ha arrojado en los b*azos, que no la rechazan,
que la sostienen sin estrecharla, que la oprimen tensos de
una emoción sin nombre, mientras el alma entera de Juan,
un instante asomada a la luz del día, tiembla antes de
sepultarse, cayendo hasta el fondo del más profundo
abismo de su vida, mientras murmura sorpre*dido:
—¡Tu... Tú... Eras tú... ¡
—¿Quién sino yo podía venir a buscarte donde estés,
como estés, por encima de todo? ¿Quién sino yo te quiere
con toda el alma, Juan? ¡Con toda el alma!

—Por aquí, con cuidado —recomienda el viejo Noel—,


Déme usted la mano, Mónica, el piso está muy resbaladizo,
pero *s precisamente en este patio donde tenemos que
aguardar.
—¿No le dio ese hombre ningún papel? —pregunta
Renato en voz baja y malhumorada.
—No puede dármelo. Como alcaide de la fortaleza, es
suya toda la responsabilidad de lo que ocurra con los
presos, pero no tiene autoridad para firmar salvoconductos.
Ni siquiera en un caso tan delicado como éste se at*eve a
dar una orden verbal, pero nos proporciona la oportunidad
de que aprovechemos el cambio de guardia. Ahora hablaré
con el cuidador de estas galeras, que es el hombre de las
llaves. Durante casi q*ince minutos está .este patio sin
guardia de soldados, y es el tiempo en, que Mónica puede
entrar a la galera de Juan y hablarle sin testigos, mientras
usted y yo la esperamos...
—¡Sí, si, se lo agradeceré toda mi *ida! —asegura
Mónica.
—Espere—advierte Noel—. Creo que nuestro preso tiene
un visitante...
A través del anchísimo patio han visto la luz rojiza del
hachón que ilumina la galera. Están en el ángulo que
forman dos gruesos muros, y sobre sus *abezas, por los
estrechos pasadizos de los muros, cruzan los centinelas
montando guardia...
"En cuanto dejen de cruzar esos fisgones, nos
acercamos, y entra usted en la celda, Mónica —indica el
notario—. Tengo entendido que lo encerraron solo con el
muchacho que era grumete de su *arco. Los demás están
en el otro patio...
—¡Por favor, calle ¡
Mónica ha creído oír una voz, una palabra, una frase que
el aire lleva hasta sus oídos, y contiene la respiración para
escuchar, pero sólo llega a ella el paso monótono de los
centinelas, sólo ven sus ojos anhelantes aquella reja
iluminada *ras la que se mueven formas confusas...

Bruscamente, Juan ha retrocedido, cortando de un tirón


el nudo de aquellos brazos ceñidos a su cuello, como si al
arrancarlos quisiera arrancarse también la angustia que le
ahoga, que le atenaza la garganta, como si toda esta
angustia estallara en un impulso brutal contra aquella que
palidece frente * su rudeza. ..
—¿Para qué has venido? ¿Qué vienes a buscar aquí?
¿Quién te mandó a mí? ¿Tu hermana? ¿Tu marido?
—¡Basta, Juan! Nunca fui a tí mandada, he venido por mi
propia cuenta, porque estoy de tu parte, porque no quiero
hacerme cómplice de la infamia tramada contra ti... He
venido, ya te lo dije, ya lo grité al entrar: ¡He venido porque
te quiero. Te quie*o, aunque cien veces me hayas
despreciado, aunque rechaces mis caricias, aunque
respondas con insultos a las palabras con las que te
entrego el alma... He venido exponiéndome a todo, ¿y esa
es la gratitud que me demuestras? ¡*i tú supieras lo que he
sufrido, lo que he llorado por no haber tenido el valor de ir
contigo! Hice mal... Sé que hice mal... Merezco tus insultos,
pero no tu odio; merezco tu rencor, pero no tu des‐
confianza. ¿Por qué estoy aquí, sino porque te qui*ro,
porque no puedo vivir sin ti?
—¿Y tu hermana? ¿Dónde está tu hermana?
Juan Ha detenido el ademán con que Aimée va a
arrojarse en sus brazos, creyendo al fin vencida su
resistencia. Y más que su ademán, es rotunda valla de
hierro aquella pregunta que ha escapado de *us labios con
fuerza brutal, y que otra vez restallaimperiosamente:
—¿Dónde está tu hermana? ¿Qué hace? Está de acuerdo
con Renato, ¿verdad? ¿Fue cosa suya todo esto? ¿Fue cosa
suya?
—¿Es todo cuanto se te ocurre responderme? —reclama
Aimée ofendida.
—¡No estoy respondiendo, sino *reguntando! ¿Qué sabes
de Mónica? ¿Fuiste tú con Rehato'a la Dominica? ¿Fue él
solo a buscarla? ¿Qué movió todo esto? Una carta de
Mónica, ¿verdad? ¡Por Dios vivo, habla!
—¿Es eso todo lo que te interesa? —reprocha Aimée
indignada—. ¿Mi amor, mi locura, mi presencia aquí,
exponiéndome a cuanto me expongo, no signif*can para ti
absolutamente nada? ¡Eres un miserable un ingrato, y yo la
única estúpida en todo esto! ¿Qué me importa que te
acusen de lo que quieran, que te juzguen jueces comprados
y que te hundan para siempre en una cárcel? ¿Qué me
importa que acaben contigo si tú no eres más que un
ingrato?
—¿Qué estás diciendo, Aimée? —pregunta Juan
visiblemente anonadado—. ¿*ué es lo que has dicho?
—¡Que eres un estúpido, un iluso, un niño a quien cual‐
quiera engaña! Te interesa Mónica, te importa lo que ella
pueda pensar de ti, estás tratando de averiguar conmigo si
es ella quien te ha den*nciado, ¿verdad? Pues bien, sólo un
tonto haría semejante pregunta.
—¿Por qué un tonto? ¡Yo no hice nada contra ella! ¿Qué
dice ella que hice?
—¡Ah, no sé! Probablemente horrores, cuando Renato
toma la actitud que ha tomado... Renat* y todos... Doña
Sofía, hasta mi pobre madre, que no se mete en nada, casi
se volvió loca cuando le llevaron la carta- de Mónica...
—¿La carta de Mónica? ¿Escribió Mónica a tu madre?
—¿Es que no lo sabes?
—Tenía la sospecha, pero no hubo tiempo material de
que llegara *a carta que yo pensé pudiera ser la suya...
Para que esto haya sido provocado por una carta de
Mónica, ha tenido que escribir desde antes, desde mucho
antes... Pero, ¿cuándo? ¿Cómo?
—Oí decir algo de un médico...
—¡Ahí ¡El doctor Faber! Escribió el doctor Faber, ¿eh?
—Cuando yo digo que eres un *onto, que te fías del
primero que llega...
—Yo no me fío de nadie, y de ti menos que de nadie.
¡Probablemente mientes para hacérmela odiar! ¡Quieres
que la aborrezca, que la juzgue traidora! No es la primera
vez que intentas hacérmelo pensar. ¡Quieres que la odie,
que vaya contra ella! -
—Pienso que *s ella la que tiene que odiarte... Y si tú,
como hombre, te has vengado.;.
—¡No me he vengado! De ella no tenia por qué
vengarme. No me hizo ningún daño voluntario.,. Fue una
víctima de las circunstancias... Ví*tima de tu maldad y de
tus intrigas; víctima del egoísmo y de los celos de Renato...
Fui contra ella en un momento de ceguera, pero ni es
culpable, ni... —Juan se interrumpe de pronto y con gran
ira, pregunta—: ¿Por qué te sonríes de ese *odo?
—Perdóname. Juan —se disculpa hipócritamente Aimée,
disimulando su satisfacción—. Cálmate. Eres un verdadero
tigre... No hay que tomar así las cosas... Si tuvieras un poco
más de mundología, no te sorprenderías por nada... Ya veo
que Mónica te interes* extraordinariamente... ¡Eres el más
imbécil de los hombres, el más ciego y el más estúpido!
¿No te das cuenta de que, en realidad, las únicas víctimas
somos tú y yo?
—¿Tú? ¿Tú víctima?
—¡Tú y yo! Me refiero a los hechos... ¿Dónde estás?
—Detenido, desde luego. Pero no me pueden acusar *e
nada. He demostrado quién soy durante el temporal, y
ahora le haré frente a lo que venga, y mi inocencia quedará
probada. No hice nada contra Mónica... Tengo testigos...
—¡Qué ingenuo eres! Piensas que van acusarte de
haberla maltratado? ¡No! Hay mil cosas de las que te
acusan... Mil cosas que tienen un fondo de verdad... Mil
cosas con *as que van a hundirte sin remedio... Ya lo
verás... Mónica no te acusa... ella queda al margen.
Probablemente, si la llaman a declarar, lo hará en favor
tuyo. Puede que hasta te dé públicamente las gracias por
tus atenciones cuando estuvo enferma. ¿Qué importa eso,
si está bien segura que no vas a escapar, porque te han
tendido un lazo del que nadie se salva?
—¿Qué dices, Ai*ée?
—Cuando lo supe, no pude soportarlo,.. me jugue el todo
por el todo... Con engaños logré que mi suegra me trajera a
la capital. A espaldas suyas, aunque usando su influencia y
su dinero, llevo tres días luchando para que las *osas no
sean tan malas para ti. He movido influencias, me he valido
de mis antiguas amistades, he llorado y suplicado a los pies
del Gobernador...
—¡No... no es posible! ¡No es verdad lo que dices!
—¿Cómo crees que he entrado? Mira: un salvoconducto
fir*ado por su mano. Lo obtuve, prometiéndole en tu
nombre, jurándole, que serías comedido en tus
declaraciones de mañana. Quieren aplastarte, pero le
tienen miedo al escándalo, sobre todo mi suegra. Ya
sabes... te odia, te aborrece...
—¡Esa si!
—Y también los demás —desliza Aimée, suave * pérfida
—. ¿Crees que no conozco el sistema monjil de mi
hermana? Sola contigo, entregada a tu albedrío,
seguramente se puso tierna, cariñosa y suave... Hasta te
haría creer que le gustabas...
—Jamás! ¡Nunca perdió la dignidad! ¡Nunca dejó de ser
la mujer alta y pura que... ¡
—¿Qué es eso? ¿Qué es eso, Juan? —*nterrumpe Aimée
algo asustada al escuchar el toque de una corneta lejana.
—No sé... Probablemente el cambio de guardia...
—¡Oh, qué loca soy! Tengo que irme, tengo los minutos
contados...
—¡No te irás después de haberme enloquecido! ¡No te
irás sin acabar de hablar!
—Pues bien, no me interrumpas y óyeme hasta el final.
Todo esto vino por las cartas o por las not*cias de Mónica.
A mí no se me informó más que a medias, pero estoy
absolutamente segura de que esa es la verdad. Ya sabes
que ella quiere a Renato, que lo quiso siempre, y yo tuve la
candidez de decírselo a él. Halagado en su *anidad de
hombre, está ahora completamente de parte de Mónica, y
quiere quitártela por todos los medios y sin importarle
nada.
—¡Canalla...! —se subleva Juan mordiendo las palabras
—. Pero, ¿y ella?
—Ella es cera blanda en su manos...
—¡No! ¡*ientes! Ella me dijo que su vida había cambiado,
que al lado mío todo era distinto... Que era feliz... Sí... me
dijo que sentía algo qué podía llamarse felicidad. ¡Me lo
dijo bien claro! .
—Mónica es maestra en las artes del disimulo. No
olvides nunca *se pequeño detalle. Renato quiere
deshacerse de mí, y cualquier cosa que tú digas de nuestro
pasado la usará en contra mía para lograrlo...
—¿De nuestro pasado? —Tienes que callarte eso, Juan.
¡Callar, pase lo que pase! Te acusarán de contrabandista,
de pirata, por deudas, por embargos, por riñas...
Amontonarán cargo* contra ti... A Mónica no la nombrarán,
no quieren que tú hables de ella, quieren evitar el
escándalo, ya te lo dije antes... Y si tú no lo provocas, el
Gobernador me ha prometido que los jueces serán
benévolos. Si no provocas un escándalo, puedo salvarte, y
te salvaré, Juan, te salvaré... Seré yo quien te salve.

—Mónica, ahora es el *omento —señala el viejo


notario al oir el toque lejano de una cometa.
—Vamos —invita Renato.
—No, Renato, sería una imprudencia —advierte Noel—.
Usted y yo aguardamos. Mónica sabe perfectamente lo que
ti*ne que hacer, ¿verdad? Dé la vuelta, camine sin dejar la
sombra del muro. El hombre de las llaves le abrirá, la
dejará pasar... Cuando suene de nuevo la corneta,
despídase y vuelva aquí por el otro lado... Saldremos del
Fuerte sin ser vist*s, y de lo que usted hable esta noche con
él dependerá seguramente el juicio de mañana...
Con paso rápido y silencioso le ha dado Mónica la vuelta
al ancho patio. Ya está cerca, muy cerca, a sólo un paso de
la larga reja. A la' altura de sus rodillas, saliendo de *a
galera semisubterránea, el resplandor rojizo del hachón.
Temblando, se ha inclinado para mirar un momento... Sí,
allí se encuentra Juan, pero no está solo. Una mujer está
junto a él... una mujer de espaldas a la reja, y los ojos de
Mónica se agrandan de sorpresa, de espanto... No puede
verle *ún la cara, pero tiembla como si un grito de su
propia sangre denunciara la sangre hermana que hay bajo
aquel disfraz. Sus rodillas se han doblado, sus manos se
aforran a la reja, a su oído llega, como el veneno más
sutilmente destilado, una voz demasiado familiar, la voz
trémula de deseos y de ansias de Aimée:
—No tienes que agra*ecerme nada. Soy tuya para
siempre, como tú eres mío, y nadie te arrancará de mi
corazón porque te quiero y soy tuya, Juan, sólo tuya,
aunque no podamos proclamarlo, aunque nos sea preciso
fingir y callar... por lo menos hasta que logres salvarte,
hasta que se abran para ti las puertas de esta cárcel, hasta
que venzas todos los obstáculos... Entonces iré a do*de me
lleves y te perteneceré en cuerpo y alma, aunque ya te
pertenezco de ese modo.
Mónica ha cerrado los ojos, se ha mordido los labios
hasta sentir en ellos el sabor amargo de la sangre. Luego,
como impu*sada por una fuerza irresistible, se ha
arrancado de aquella reja y ha echado a andar como una
sonámbula.

—Mónica, ¿de regreso ya? —se sorprende Noel—. Pero


todavía no ha sonado el cambio dé guardia...
—¿Tan *ronto? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —indaga
Renato también sorprendido.
—Nada —proclama Mónica con voz ahogada.
—Pero, ¿por qué ¿Acaso el carcelero..,? Me había prome‐
tido abrir la reja...
—La reja no está cerrada, pero Juan no se encuentra
*olo... Supongo qué se trata de su abogado... Alguien que
promete salvarlo...
—Entonces, ¿no quiere usted verle? —pregunta Noel.
—Le veré en el juicio.
—En el juicio no tienes por qué presentarte —refuta
Renato—, Las acusaciones que hay contra él no te
conciernen, y ni si*uiera como testigo estás citada.
—De todos modos, iré. Mañana estaré en el juicio
cumpliendo con mi deber de decir la verdad. Esta noche no
tengo nada que hacer junto a él. Llévame a casa, Renato,
llévame a casa...
—¡Chist! —silencia Noel—. Creo que ya sale el visitante.
Si, como usted supone, es el abogado, *e gustaría
hablarle...
—¡No, no! ¡Vamonos, vamonos! ¡Llévame en seguida,
Renato! ¡Cuanto antes!

—Me dejas ir sin una palabra, sin un consuelo, sin una


esperanza... .
Aimée ha llegado hasta 'Juan, clavándole en el brazo los
finos dedos nerviosos, y ha buscado con ansia sus pupilas a
la luz rojiza del humeante hachón que ya *e apaga... El
nada responde, nada ha respondido durante mucho rato en
el que la ha oído sin escucharla ausente el alma y amargos
los labios. No, no piensa en ella, no la ve frente a él. Su
imaginación le lleva lejos, muy lejo*, recorriendo hora por
hora, día por día, etapa por etapa, aquel extraño viaje en
que el Luzbel surcó los mares llevando- a Mónica de
Molnar. Cree verla, cree escucharla, y murmura como para
sí:
—Mónica... Mónica capaz d* fingir, de mentir, de enga‐
ñar. . Mónica como todas: hipócrita y liviana...
. —¿Cómo todas dijiste? —se ofende Aimée, y con perfidia
agrega—: Hipócrita, sí; pero no la culpes, pues es natural...
es fiel a su amor por Renato, como yo lo soy al mío. Las
Molnar som*s fíeles, aunque tú pienses lo contrario...
—¡Déjame! —se revuelve Juan airado.
—Naturalmente que tengo que dejarte... Ya viene el
carcelero. Acaso cuando te quedes solo pienses en cuánto
he arriesgado por acercarme a ti y en todo el amor que
desprecias al despreciarme. ¡Eres crue*, Juan, cruel e
ingrato, pero en la vida esas deudas se pagan! Vine en son
de paz, pero no olvides que quien puede salvarte puede
también perderte, que tu libertad, y acaso tu vida, están en
mis manos...
—¡Si es así, puedes hacer de ellas lo que quieras!
—¿No te importa? No te importa más que Mónica,
¿verdad? Pues si he de hablarte con fran*ueza, no te creo.
Estás fingiendopara enloquecerme, para torturarme...
¡Siempre tuviste un placer salvaje en hacerme llorar! Vas
a arrepentirte... ¡Te juro que vas a arrepentirte! ¡Si llegas
a lograr que yo me convierta en tu enemiga, desearás no
haber nacido, Juan!

13

—MONICA... MONICA... ¿NO me oyes? Como


regresando con una sacudida, Mónica ha vuelto levemente
la cabeza para mira* a Renato sentado junto a ella, en el
carruaje detenido frente a la entrada principal del Fuerte
de San Pedro, y Pedro Noel contempla con inquietud y
desconsuelo a aquella espléndida pareja que parece
ignorarlo: ella, como hundida en sus pensamientos; él,
a*rastrado a ella como por una fuerza superior a su
voluntad...
—Has dado una gran prueba de sentido común no
entrando en esa celda en la que iba a verte un extraño. Sin
embargo, me hubiera gustado saber que clase de abogado
va a defender a Juan del Diablo...
Renato ha observa*o con ansia el rostro de Mónica, que
permanece inmóvil, impasible, cerrado en un misterio que
es para él insoportable. Sólo un reflejo de angustia se
asoma a las azules pupilas de Mónica, cuando recorren la
ancha plaza, para volverse luego a él, interrogadora:
—¿Qué esperamos aquí? ¿Por qué no nos *amos?
—Cuando gustes... Si quisieras ser absolutamente
razonable y me permitieras llevarte hasta Campo Real..;
Allí están todos ... '
—Perdóneme, Renato —interviene Noel—. Olvidé decirle
que doña Sofía y Aimée están en Saint-Pierre desde ayer
por la tarde. En vano les advertí que p*obablemente usted
se disgustaría, pero doña Sofía respondió que tampoco se
cuidaba usted mucho de no disgustarlas a ellas...
—Hacía más de veinte años que mi madre no visitaba
Saint-Pierre —advierte Renato visiblemente molesto—.
Siempre se negó a acompañar a mi padre. Odiaba la
ciudad, el camino, el carruaje por largas horas... ¿En qué
lugar están? ]No habrán ido a *n hotel!
—Doña Sofía se ha instalado en la vieja casa de ustedes,
cerrada desde la última vez que don Francisco estuvo en
Saint-Pierre, hace más de quince años... Trajo servidumbre,
y parece decidida a pasar una temporadita...
—*as haré desistir de ese capricho absurdo. Nada
tienen que buscar en la capital, ni tú tampoco, Mónica.
Vamos allá... Creo poder convencerlas... Lo único razonable
que pueden hacer es seguir camino esta misma noche...
—No me lleves a tu casa, Renato. ¡Te lo ru*go, te 1o
exigiré si es preciso! No iré sino a mi casa....
—¿A tu casa? ¿A tu casa de cerca de la playa? ¡Pero es
absurdo! Allí ni siquiera tienes servidumbre...
—Quiero estar sola, quiero proceder libremente como lo
que soy: la legítima esposa de Juan... y tu adversaria en el
juicio c*ntra él. Es el lugar que me corresponde, y sabré
llenarlo a pesar de todo. .
—¿A pesar de todo? ¡Es una forma .de confesar que le
debes ofensas a Juan! Sin embargo... .
—Sin embargo, cumpliré con mi deber, Renato. Llévame
a mi casa, o me bajaré del coche e iré y* sola por mis
pasos...
—No puedes quedarte sola en un lugar como ése...
—Sola he de estar desde ahora en adelante. Entiéndelo
de una vez por todas, Renato. Debo estar sola, quiero estar
sola, necesito estar sola...
Ha temblado en sus ojos el fulgor de una lágrima, y
Renato D'Autremont se muerde los labios para contener la
frase rabiosa a punto de escapar, y acata:
—*stá bien... como quieras... —Y alzando la voz, ordena
al cochero—: Esteban, toma el camino de la playa. Vamos a
la casa de los Molnar...

Como una sombra ha cruzado Mónica las anchas habita‐


ciones cerradas. No se ha *etenido ni siquiera para abrir
las ventanas; como si una ráfaga de desesperación la
impulsara, corre hacia el ancho patio, llega hasta la
arboleda del fondo, se hunde entre la hojarasca, abre la
puertecilla de la verja que da sobre los acantilados, y un
i*stante queda inmóvil sobre la negra roca, frente al mar
ahora bañado por un plenilunio de plata... Una fina lluvia
salobre la baña a cada golpe de mar, pero ella avanza sobre
las rocas resbaladizas hasta el mismo borde en el que
bruscamente la tierra se acaba... Allá está el *uzbel... Ve
balancearse sus desnudos mástiles, y ,un dolor quemante,
que tiene amargura de celos, se desborda en lágrimas que
llegan a sus labios más amargas que la espuma salobre que
arroja el mar:
—Juan... Juan... Aun eres de ella, aun le perteneces...
Para siempre le pertenecerás... Eres mendigo de s*s besos,
esclavo de su carne... No es cierto que te quiera con toda
su alma. ¿Acaso tiene alma? ¡No, no la tiene ni vale la pena
de tenerla! ¡Qué feliz serás con ella en esas islas salvajes!
¡Con cuánta ansia la amarás sobre las playas desiertas... ¡ Y
yo seré sólo una sombra de quien un día tuviste piedad...
—Mónica... Mó*ica... ¡ Pero, ¿está loca? ¡Va a resbalar, va
a caer al abismo! Por favor, venga... Venga... Pedro Noel se
ha acercado a Mónica y la ha arrastrado, casi a la fuerza,
del borde del acantilado, y clava en ella su angustiada
mirada interrogadora—: Mónica, ¿qué hacía usted allí? ¿No
iría usted a...?
—No, Noel, soy cristiana...
—Pero, ¿por qué .ha cambiado de ese modo? ¿*ué pudo
hacer que usted cambiara así? ¿Quién estaba con Juan?
—¿Qué importa un nombre? —evade Mónica con
profunda desilusión—. Yo cumpliré con mi deber mañana...
Nada más... Y ahora. Noel...
Sobreponiéndose al sollozo qu* ahoga su garganta,
Mónica ha extendido el brazo con significativo ademán que
señala a Noel el camino de la desierta calle...
—No puedo dejarla sola, Mónica. Le rogué a Renato que
me dejara regresar, con la esperanza de que mi presencia
no le desagradara, que mi *ompañía le fuese tolerable...
Pero...
—Perdóneme, Noel, pero en este instante... —rehusa
Mónica conteniendo a duras penas su impaciencia.
—Me doy cuenta que en este instante no está usted para
cortesías, y no es eso lo que espero, sino realmente no
molestarla. Además, tenía un in*erés, una esperanza que
usted ha desvanecido. .. No era un abogado quien estaba
en la celda de Juan, sino una mujer, ¿verdad? ,
—Sí, Noel... No, no era un abogado... Pero, ¡por Dios,
calle!
—Callaré... ¡quién lo duda! Desde luego que tengo que
callar. Pero, ¿quiere que le diga lo que haría yo *n su lugar?
Decirlo a gritos, no guardar consideraciones de ninguna
clase. Ya basta, ¿sabe usted? ¡Ya basta!
—¡Le he rogado que calle! Y también que me deje. Noel.
No va a ocurrirme nada. Sólo necesito estar sola, hallarme
a mí misma...
—Perdóneme, Mónica. Sólo estaba calculando sus
sentimientos, tratando de ver y de palpar hasta el final lo
que de pronto me *areció un imposible. Usted, mi pobre
niña, ama a Juan...
—¡No... No...! ¿Por qué tengo que amarlo? —protesta
Mónica sin convicción—. Guardo para Juan un poco de
gratitud, eso es todo...
—Mónica, ¿*or qué no hablamos con franqueza? —se
decide Noel—. No me mire como un enemigo de Juan... No
lo fui nunca. No me mire como un empleado de la casa
D'Autremont... Lo fui y, probablemente, lo seré hasta que
me muera. Pero los sentimientos son *parte... Bueno, la
verdad es que no debo seguir hablando. Sería indiscreto...
—No, Noel, no es indiscreto. Sé perfectamente quién es
Juan, y por qué seguiría usted sirviendo a la casa
D'Autremont aun poniéndose de su parte. Además, eso es
un secreto a voces, que cr*o no lo ignora nadie... Lo saben
esos jueces, que verán de qué lado se inclina la balanza; lo
sabe el populacho, que ya murmura; lo sabe la aristocracia,
que finge ignorar lo que en cierto modo la mancha; y,
seguramente, lo sabrá ese gobernador que huye para
esquivar responsabilidades...
—Va usted muy lejos, *ónica...
—No, Noel. Quise ir muy lejos, pero fue sólo tras un
sueño imposible... Otra vez estoy en la realidad, he
despertado, y son estas piedras, es esta playa, es este mar,
quienes me imponen la verdad que el corazón rechaza. El
sueño quedó lejos... en las playas de San Cristóbal, en las
viejas calles de la isla de Saba, en la fuen*e donde se
asomaron juntos nuestros rostros, buscándonos el alma...
El sueño sólo vivió en mí, sólo estuvo en mi mente, sólo yo
le di calor humano. Era una ilusión, y se ha desvanecido; un
castillo de naipes que el primer soplo ha derrumbado. Juan
es el que siempre fue, el que siempre será, sólo que se han
perdido las rutas, se han enredado los caminos... El es el
que f*e siempre, y yo no soy nada, no soy nadie...
—Se equivoca... Usted es la única que puede sacar a
Juan •del abismo en que está... No se deje llevar por un
sentimiento de violencia...
—No, Noel, ya no... Eso fue a*tes, cuando mis ojos esta‐
ban deslumbrados. Fue un momento de luz vivísima, fue la
única hora de sol de mi vida, pero el sol se ha apagado y
ahora marcho otra vez a tientas por el túnel de sombras...
Pero no se preocupe, conozco demasiado los camin*s del
dolor y del abandono. .. Los conozco tanto, y me son tan
familiares, que no tengo sino que dejarme llevar por ellos...
En el camino de mi vida, la única intrusa es la esperanza. Y
ahora, déjeme. Noel, y vayase tranquilo. .. Nos veremos
mañana en los tribunales...
—¿*cepta mi compañía? ¿Puedo venir a buscarla?
—No quedaría bjen. Noel. Usted es el notario de los
D'Autremont, y yo la esposa del acusado...
—Tengo que confesar que no le falta razón, Pero,
prescindiendo de ciertas formalidades... Bueno, ¿no hay
nada que pueda hacer por usted?
—Creo que sí. Junto a Ju*n está encerrado el niño, contra el
que no puede haber ningún cargo. Haga que lo pongan en
libertad...
—Me ocuparé de eso con todo mi empeño... Y,
cumpliendo sus deseos, debo decirle: hasta mañana...
—Hasta mañana. Noel.;.
Con la cabeza baja se ha alejado el anciano, pero
Mónica no contempla su figura borrosa... La luna se ha
ocultado entr* las nubes, y el viento trae aquel lejano
llamado de campanas que es para Mónica como la
resurrección de su pasado... Cree vivir meses atrás; las
blancas manos buscan inútilmente, por instinto, el ros*rio
que otro tiempo colgó en su cintura; luego, caen con gesto
de supremo cansancio, y otra vez pasa aquel pensamiento
golpeando su frente como un ala al pasar:
—Todo fue un sueño.. un sueño, y nada más...
—¡ R*nato... Renato de mi vida...!
Aimée ha llegado junto a Renato... Va trémula, convulsa,
sin que las ansias e inquietudes que finge le hayan
impedido atender al último detalle de su tocado: pálidas
las mejillas, encendidos los labios, sombreados los *randes
ojos oscuros, tibia, suave y perfumada, cuando se arroja en
brazos de Renato, en quien aquel contacto no provoca el
efecto deseado. Grave y frío, la detiene, retrocediendo un
paso, al tiempo que la interpela:
—¿Quieres hacerme el favor de recobrar la calma?
Quiero . que me *igas por qué te encuentro en otro lugar
de donde te he dejado.
—No fue culpa mía. Doña Sofía se empeñó en que les
esperáramos acá. Yo no quería venir... Ella me trajo...
—Entonces, será ella quien me lo diga...
—¡No, no, Renato! ¡Aguarda!
—Acabas de decirme que fue ella. Además, no quiero
dis*utir contigo ni pedirte cuentas de nada. Ya que mi
madre se ha empeñado en echar sobre sí toda la
responsabilidad, ya que te has puesto a su voluntad y a su
amparo...
—¡Yo no me he puesto al amparo de nadie! Es tu madre,
y admito las cosas por no disgustarte, pero creo que ya fue
bastante. Me casé contigo, no con ella...
—No protestes tanto... Acaso le *ebes más de lo que su‐
pones ...
—Aunque de verdad le deba la vida, aunque hubieras
sido tú de veras capaz de matarme, te repito lo mismo: Es
contigo con quien estoy casada... Es tu amor lo único que
me in*eresa. ..
- —¿De veras? —comenta Renato con franca incredulidad
—. ¿Te interesa mi amor?
—[Qué ciego y qué malo eres preguntándomelo de esa
manera! —se queja Aimée fingiéndose dolida—. ¿Por quién,
sino po* tu amor, he sido mala? ¿Por quién, sino por ti,
sacrifiqué a mi propia hermana? ¿Por quién, sino por ti, me
estoy muriendo de pena? ¡Mi Renato...!
Se ha arrojado en sus brazos, que esta vez no se atreven
a rechazarla, y mientras los grandes ojos azule* bajan hasta
mirarla con mirada cada vez. menos dura, ella esgrime de
nuevo el arma eterna de sus lágrimas:
"Necesito saber que me quieres como antes... Necesito
saber que me has perdonado... Necesito saber que no te
importa nada ella, para no volverme loca de celos... ¡para
no odiarla!
—¡*asta! Hemos cometido grandes errores... Estoy esfor‐
zándome por enmendarlos. Por culpa tuya, y mía también,
han ocurrido cosas que no debieron ocurrir nunca... He
asumido toda la responsabilidad, y lo mejor que puedes
hacer, si deseas complacerme, es volver a Campo Real y
aguardar allí al lado de tu madre...
—¡Sola, aba*donada, sin ti... I Al fin y al cabo, ¿a quién le
importa que esté yo aquí? No le hago daño a nadie. No
hago más que aprovechar los momentos libres que quieras
dedicarme. .. ¡Me siento tan sola, tan desesperada cuando
tú no estás! A la que debes mandar a Campo Real, con
mamá, es a Mónica.
—Quise hacerlo; quise alejarla a todas ustedes de este
asunto tan des*gradable, y afrontarlo y resolverlo yo solo,
pero Mónica no escucha mis consejos. Me ha recordado
que no es ya sino la esposa de Juan del Diablo.
—Efectivamente —corrobora Aimée conteniendo su
despecho—. ¡M* da una rabia! Es absurdo, Renato... Le
hicimos mucho daño... mucho daño...
—Es lo que temo, Aimée. Le hicimos tanto daño, que no
podrá perdonarnos jamás, que no nos perdona y su
desquite es esa adhesión a Juan, con la que parece
ins*ltarme.
—¿Adhesión a Juan? —se alarma Aimée, tragando bilis
—.. ¿Mónica es adicta a Juan?
—En cuerpo y alma. Al menos, esa es su actitud... Actitud
que me enfurece, que me ofende, pero frente a la que no
tengo fuerza moral. Al fin y al cabo, de cuanto haya sufr*do
con él, somos nosotros los responsables.
—A lo mejor no ha sufrido tanto... Mónica es tan rara;.. A
lo mejor le gusta esa fiera...
—¿Puede gustarle? ¿Crees tú que pueda gustarle? —
Renato ha mirado a Aimée de un modo extraño,
oprimiéndole el brazo con los dedos crispados, otra vez al
desnu*o la cruel herida de su amor propio—. ¡Responde!
¿Crees que pueda gustarle? Tú eres mujer, y...
—¡Por Dios, Renato, me estás lastimando! Y además,
pensando otra vez esa cosa horrible... [No vuelvas a
ponerte como un loco! ¡Me das miedo...!
—A veces pienso que eres como una niña: inconsciente,
alocada... Entonces te perdono d* todo corazón. Pero otras,
otras... ¡Esto es peor que una pesadilla!
—¡Espanta la idea mala! ¿Acaso no te he confesado ya
toda la verdad?
—¡Júrame que no hay más de lo que me has confesado!
¡Júramelo!
—Bueno... por... por... ¡Te lo juro por nuestro hijo! Por
ese hijo que no ha nacido... Que se muera sin ver la luz del
sol... ¡Que no nazca si miento, Renato! ¡Que n* te dé yo el
hijo que voy a darte, si no estoy diciéndote la verdad!
La mano de Renato ha resbalado por sobre la cabeza de
Aimée, sujetándola por los cabellos; la ha obligado a
mirarlo, hundiéndose en el fondo de sus pupilas
inescrutables, pero sólo *e unos frescos labios que
tiemblan, unos grandes ojos húmedos de lágrimas, siente
alrededor de su cuello el tibio dogal de unos brazos suaves
y perfumados... Entonces, vacila, rechazándola un poco:
—Acabaría por volverme loco. En realidad, más vale no
pensar...
—Eso... *so... No pienses, querido. Además, ¿por qué tie‐
nes que atormentarte tanto? Al fin, la batalla está ganada,
pues Juan está en tus manos, lo tienes totalmente en tu
poder; ¿verdad? ¿Depende de ti perderlo o salvarlo?
—Ya no, Aimée. Fui yo quien le acusé, quien moví mis
influencias para que fuese procesa*o, pero el proceso será
imparcial, los jueces obrarán con absoluta libertad de
criterio. No podía hacerlo de otro modo, Aimée, sin
despreciarme a mí 'mismo. Quise traerlo para librar a
Mónica de su poder, para arrancarla de sus garras... Una
vez aquí, le juzgarán con estricta justicia, y el castigo que
reciba será el que realmente merez*an sus faltas. Seré
cruel, pero no cobarde. Podrá odiarme más de lo que me
odia ya, pero no tendrá el derecho de despreciarme, porque
no voy a herirlo por la espalda. Todo está en el criterio
verdadero de la justicia... Y ahora, por favor, déjame solo.
Vete a descansar...
—¿Y tú no vienes? —suplica Aimée insinuante—. Te lo
ruego, amor mió, no tardes demasiado...
Aimée ha de*apareado tras la vieja cortina de damasco,
y aún flota en el aire su perfume, aún siente Renato en el
cuello y en las manos la cálida sensación de su roce, aun
tiene grabada en su pupilas la dulce sonrisa con que le ha
dicho adiós, *a mirada insinuante con que le ha invitado a
seguirla, desplegando frente a él toda la fuerza sutil de sus
encantos... Se ha ido y, al volver la cabeza, Renato
D'Autremont ve clavados en él otros ojos, oscuros y
profundos, que le miran como taladrándo*e. Primero es
sorpresa; después, el vago desagrado que aquella presen‐
cia le produce siempre...
—¿Qué pasa, Yanina?
—Nada, señor Renato, salí para advertirle que la señora
se ha sentido mal toda la tarde... Que desde mediodía está
en la cama...
—Lo lamento muchísimo. Su*ongo que ya han llamado al
médico...
—La señora no me ha dejado llamarlo. Dice que son sus
achaques de siempre, que no vale la pena de molestar a
nadie... Ha tomado su? gotas y su calmante, y, a ruego mío,
ha reposado toda la tarde. Ahora duerme, y me permito
suplicar al señor, que la deje descansar...
—Natura*mente... En realidad, debería estar tranquila
en Campo Real. Estas cosas no son para su salud delicada...
—Perdóneme, señor, ya voy a retirarme. Pero antes,
como la señora no puede informarle, pienso que acaso
necesite alguna información que esté a mi alcance.
—No necesito nada, Yanina —rehusa Renato con
sequedad.
—Tal vez le convenga saber *ue la señora Sofía está
terriblemente preocupada por el escándalo que pueda
provocarse. Quería decirle, además, que la señora no pudo
usar la audiencia privada que el gobernador le había
otorgado para esta tarde...
—Bien —comenta Renato cada vez más impaciente—.
Supongo que no se habrá perdido nada con ello...
—-Claro que no se ha perdido nada —replica Yanina con
*uave perfidia—. La señora Aimée la ha aprovechado...
—¿Cómo? ¿Qué? —se sorprende Renato.
—Quiero decir, que fue en lugar del ama...
—¿Quieres decir, mandada por mi madre?
—¡Oh, no!, la señora no ha hablado con nadie; pero la *e‐
ñora Aimée mandó preparar el coche, y fue con Cirilo y con
Ana. Volvió hace apenas media hora..
—¿Qué estás diciendo? El gobernador no está en Saint-
Pierre. Se fue desde las cinco de la tarde a Fort de France.
—Entonces, no sé nada. Repito lo que dijo Ana en la
coci*ad que habían estado toda la tarde con el señor
gobernador... ¿Quiere el señor que llame a Ana para
preguntarle?
—No, Yanina —rechaza Renato con impulsos de ira—. No
suelo tomar informes de los criados. Ya me informará mi
esposa de ese asunto, si lo cree necesario. Puedes volver
junto a mi madre.
—Gracias... *on su permiso...
Rápidamente ha salvado Renato la distancia que le
separa hasta llegar a la puerta de aquella alcoba en la que
supone está Aimée. Tras la conversación con Yanina, le ha
hervido en las venas la sangre: duda, desconfianza, certeza
casi de la perfidia de la que es su esposa, y un violento
deseo de castigar en ella su propia ingenuidad, le impuls*n
ciegamente.
—¡Aimée... Aimée...! ¡Ábreme esa puerta en el acto! ¿No
me oyes? ¡Abre esa puerta! ¿Quieres obligarme a saltar la
cerradura?
—Señor Renato... Pero, ¿es usted? —exclama A*a,
calmosa y encantada, tras abrir la puerta de par en par.
—¿Dónde está tu ama?
—La señora Aimée se está bañando. Ayudándola estaba
yo... y por eso tardé en abrir la puerta. Espérese...
*spérese, señor, que voy a avisarle...
—¡Quieta!
Inmóvil a la voz de su amo ha quedado Ana, mientras los
ojos de Renato la miden de pies a cabeza y recorren la
estancia. En medio de la habitación, antecámara anexa a la
alcoba que efectivamente ocupa A*mée, la jovial y calmosa
sirvienta mestiza seca con el delantal sus desnudos brazos
cubiertos de burbujas de perfumada espuma. Un tanto
paralizado en su primer impulso, contenida la fiera
bocanada de ira que le subió a la cabeza, Renato examina
el rostro oscuro de Ana, como midiendo y *alorando el
crédito que puedan merecer sus palabras, y, sin poder
evitarlo, escapa de sus labios la pregunta:
—¿Saliste con tu ama esta tarde?
—Sí, señor, la pobre señora estaba tan triste...
—Ya. Y fueron a ver al gobernador, ¿verdad?
—La señora Aimée estaba muy apenada con la
enfermedad de doña *ofía...
—¡Ya! Y por eso decidió dejarla sola, valiéndose de una
audiencia que no era para' ella.
—¡Ay, señor, si usted viera las vueltas que le dio la
señora Aimée antes de usarla! Pero como la señora Sofía
estaba desesperada porque no había conseguido nada...
—Aimée decidió proceder a sus espaldas, ¿eh? cuéntame
todo lo que pasó es*a tarde, cuéntamelo minuto por
minuto, punto por punto... ¡Cuéntamelo sin vacilar, sin
pensar qué excusa vas a darme o de qué mentira vas a
valerte para disculparla!
—¿Disculpar a quién, señor?
—¡* quien sea! Dímelo todo, pronto y claro. Fueron a ver
al gobernador usando la audiencia de mi madre, sin que mi
madre lo supiera...
—Yo no sé si la señora Sofía sabía algo, pero la señora
Aimée le dijo al secretario que necesitaba *ablar con el
gobernador, urgente, urgente... ,
—¿No entraste con ella? ¿No oíste lo que hablaron?
¿Estaba o no estaba el gobernador?
—Estaba... ¿No es un señor bajito, gordo, de ojitos
claros? Estaba. Y saludó a la señora Aimée y la hizo pasar, *
habló con ella un ratito... ¿Quiere que le diga la verdad?
—¡Naturalmente! ¿Es que no acabas de entender que
quiero saberlo todo, todo, hasta los menores detalles?
—Pues la verdad es que estuvimos un ratito nada más.
Yo dije en la cocina que habíamos estado toda la. tarde,
para que rabiaran *os criados, y la Yanina, que se da tanta
importancia. ' Estuvimos un ratito nada más, y después
pasó una cosa muy graciosa...
Ana ha tragado en seco, mirando un instante a su amo
sin pestañear, como si despertara, como si sonámbula se
detuviera al borde de un abismo y mirara hacia abajo
estremeciéndose de espanto. Luego sonríe, hac*endo un
arma de su sabida estupidez. ..
—¿Qué pasó? Acaba. ¿Cuál fue esa cosa que te hizo
tanta gracia?
—Pues... pues que la señora quiso pasear. Con tanta
pena, con tanta carrera, con tanto susto, y la señora Aimée
mandó a Cirilo que diera vueltas y vueltas por todas las
calles, y estuvo de lo más contenta. A la señora no le gusta
el campo...
—¿Y de*pués del paseo... ?
—Después del paseo vinimos para casa.
—¿Sin ver a nadie? ¿Sin hablar con nadie? No intentes
decirme una cosa por otra, no busques una mentira, porque
te va a costar muy caro. ¿No hicie*on sino pasear?
—Toda la tarde, mi amo. Por las calles, por los muelles,
por el Fuerte... Después vinimos para acá, y la señora me
mandó que le preparara el baño porque quería que usted la
encontrara bien linda cuando llegara.
Renato ha mo*ido la cabeza como si espantara una idea
amarga. Luego, se vuelve a la voz que suena a sus
espaldas:
—¿Hasta cuándo crees que voy a esperarte. Ana? ¡Oh...
Renato! Renato mío, qué pronto complaciste mi súplica.
¿Despachaste ya tu trabajo?
Sin responder a Aimé* mira Renato a las dos mujeres. El
rostro de Ana sólo tiene su eterna expresión de tontería
satisfecha; el de Aimée se enmascara con su mejor sonrisa.
—¿Por qué no me hablaste de tu visita al gobernador?
—¡Oh!, ¿lo sabes? ¿Quién te dijo?
—Quiero saber por qué me lo ocultaste.
Aimée h* suspirado con gesto de resignación. Ha estado
escuchando el diálogo de Ana y de Renato, tiene estudiadas
todas las actitudes, todas las palabras, hasta aquel gesto
de contricción, hasta aquel ingenuo balbucear que otra vez
la hacen aparecer como una adolescente:
—Renato de mi alma, soy una estúpida, no hago más que
disgustarte... *ero me da tanta pena que por causa de mi
hermana pelees con tu madre... y le prometí a doña Sofía...
—¿Qué prometiste?
—Ya estoy faltando a mi promesa... Prometí callarme...
Doña Sofía quiere evitar a toda costa el escándalo, para eso
me trajo a Saint-Pierre, para que entre las dos
suplicáramos, buscáramos ... El viejo gobernador fue amigo
de mi madre... Doña Sofí* pretende que suspendan el
juicio, pero no le digas que yo te lo dije, pues me
aborrecerá... Júrame que no me denunciarás, Renato. Tu
pobre madre, por amor a ti, y no se lo tomes a mal, no
quiere que tu nombre se vea envuelto en e* escándalo, y
quiere echarle tierra al asunto... Yo prometí ayudarla, pero
soy muy torpe, no logré nada...
—¿Le hablaste al gobernador?
—Sí, pero no te alarmes. Le aseguré que había ido por
cuenta propia, que tú no sabías nada, que doña Sofía no
sa*ía nada tampoco, que era cuenta mía. Me dio su palabra
de callar... convinimos en callar todo el mundo...
—Entonces, ¿te arriesgaste a recibir un desaire, para
nada?
—Para nada, Renato. Pero, de todo modos, más vale que
haya sido yo, y no doña Sofía. Te aseguro que no sé a qué
la*o inclinarme, y estaba tan apenada con el fracaso, que
no me atreví a volver a la casa y me puse a pasear, a dar
vueltas... ¡ Tenia tantas ganas de estar en una ciudad! Odio
el campo, Renato. Por no disgustarte, no te he insistido más
sobre ese punto. Fue un paseo inocente. Pregúntale a
Ana...
Apenas vuelve la cabeza Renato *ara mirar a Ana. Con
gesto satisfecho, las manos bajo el blanco delantal, sonríe
la aludida, como quien recibe ya los parabienes y los
regalos que sabe le aguardan al confirmar:
—El señor me preguntó, y yo se lo dije todo, toditito, mi
ama. Como usted me tiene mandado que no le diga nunca
mentiras al amo, por eso yo...
—Sí... Es el muchacho que han encerr*do con el patrón
de la goleta. Indebidamente, ¿sabes? Y ésta es la orden que
traigo para llevármelo. Pero antes voy a hablar con él, de
modo que abre la reja y déjanos en paz. ¡Anda.. .!
Obedeciendo mohí*o al papel sellado que el notario Noel
ha puesto bajo sus ojos, el carcelero franquea la doble reja
de aquella galera semisubterránea, adonde apenas llegan
las primeras luces del alba.... En el rellano que hace las
veces de lecho y d* banco, con la chaqueta de marino de
Juan como cabezal, duerme Colibrí con aquel sueño feliz y
descuidado, típico en él cuando se siente al amparo de
aquel hombre, y sacude Juan la hermosa cabeza de rizados
cabellos, mirando hacia la reja que se abre, avanz*ndo un
paso para reconocer con esfuerzo la figurilla familiar que,
antes de bajar los oscuros escalones, alza la mano en gesto
entre cordial y burlón:
—Buenos días, Juan del Diablo... Lamento en el alma
volver a encontrarte en semejante lugar.
—Supongo que no habrán faltado sus *uenos oficios para
lograrlo —augura Juan con su habitual sarcasmo.
—Pues vas muy lejos en tus suposiciones —replica el
notario algo molesto—. Nada hice para que te atraparan, y
no hubieran podido atraparte si desde tiempo atrás
hubieses hecho un poco más de caso a mis consejos, en vez
de despreciarlo*...
—No estoy para sermones... Siéntese si quiere, y hable
de lo que venga a hablarme. Supongo que lo envían con
alguna proposición. ¿Quién es ahora? ¿Doña Sofía?
¿Renato?
—Mónica de Molnar...
—¡Ah! —se impresiona Juan—. ¿Y qué solicita mi ilustre
esposa? ¿Los datos para pedir a Roma la anulación del
matrimonio? ¿*i anuencia para divorciarse? ¿O
simplemente la seguridad de que estoy bien 'encerrado,
con doble reja, y en el lugar más inmundo que pudo
hallarse en todo el Castillo de San Pedro? Si es eso, puede
dársela cumplida. Dele la seguridad absoluta de que hasta
el último tripulante del Luzbel, todos estamos bien
encerrados, y sobre todos caerá el castigo que les
corresponde por el cr*men de haberla mirado con los ojos
limpios y el corazón alegre, por el delito de amarla y
respetarla... Que todos, hasta el pequeño Colibrí, estamos
pagando en buena moneda aquella estancia suya en el
Luzbel, en la que no pensamos ha*erla molestado tanto ni
haber llegado a ofender hasta el último extremo a tan
ilustre dama...
—Juan, ¿quieres no decir más disparates? —•Reprende
Noel—, ¿Quieres cambiar ese tono tan injusto y tan
desagradable?
—¿Desagradable? Puede... ¿Injusto? ¡*njusto, si, es
verdad! No es ése el tono que debo usar para hablar de
ella. Debo decir que es la comediante más refinada, la más
cruel y vengativa de las simuladoras, la más malvada de las
pérfidas... ¡Todo eso es mi ilustrísima esposa! Pero, ¿qué
quiere de mi? ¿Qué más pretende? ¡*cabe de hablar. Noel!
—Estoy esperando que me des la oportunidad, hijo de mi
alma —replica Noel algo sofocado—. Te dije que venía por
un encargo, pero no se refiere a tí precisamente. Mira este
papel, y vete enterando...
—¿Una orden de libertad para Colibrí? ¡Ahí ¿Aún le resta
un poco de compasión? ¿La concienci* le dio un ramalazo, o
le despertó una parte del espíritu de justicia? Al menos,
salva de todo este a Colibrí. Podía haberlo hecho antes...
—Trató de hacerlo, y no la dejaron. Ni es ella quien les
ha encarcelado, ni la creo responsable de lo que te pasa.
Por el contrario... Está muy disgustada, terriblemente
disgustada con Renato por la forma en que él ha llevado-
*as cosas...
—Ya... —desprecia Juan, sarcástico—, ¡Santa Mónica!
¡Oh, tierno corazón de mujer cristiana! Al reprobo hay que
quemarlo con leña verde para que la hoguera no prenda
tan de prisa y que el tormento dure *ás...
Rabiosamente ha dicho Juan las últimas palabras
encarándose a Noel, que retrocede para tomar aliento,
abrumado por la violencia con que la cólera de Juan estalla,
tratando de encontrar en vano la palabra que ha de
calmarlo:
—¡Juan... Juan, *iempre el mismo rebelde, siempre el
mismo lobo furioso! Por si no lo sabes, quiero decirte una
cosa: vas a un juicio legal; van a juzgarte, según las leyes,
jueces imparciales, y no se te va a acusar de más delitos
que los que has cometido en realidad.
—El secuestro de Mónica...
—*o está entre los cargos. Claro que no sé lo que dirá
ella ante los tribunales...
—¿Ante los tribunales? ¿Piensa ir personalmente? ¡Esa sí
que es una noticia extraordinaria! Pensé que delegaría en
su ilustre defensor y cuñado, que buscaría el amable
refugio de los jardines de Campo Real. Es allí donde e*tá,
¿no es cierto? ¡Es allí donde la ha llevado Renato!
—Mónica está en su casa, y no creo que se preste a nada
que no le apruebe su conciencia. También haces mal al
suponer que Renato es capaz de comprar un tribunal para
que te condene. Aunque tú no lo creas, van a tratarte con
justicia, porque Renato es un enemigo leal; o mejor dicho,
*reo que ni siquiera es tu enemigo...
—¡Pues hace mal, porque, después de esto, yo lo seré de
él con toda mi alma! Dígale que se cuide, que se defienda,
que al fin estamos en la única forma que podemos estar:
como enemigos claros y francos. Y ahora...
—No me iré sin el niño.
Ambos han vuelto la cabeza. La luz del día que nace pe‐
netra ya por la larga reja de la galera, dando de l*eno sobre
el muchacho negro que se incorpora del banco de piedra,
mientras sus grandes ojos asustados van de uno a otro de
aquellos dos hombres. Pero la voz de Juan resuena
imperiosa:
—¡Levántate, Colibrí! ¿Recuerdas al notario Noel? *iene
a buscarte. Ese papel que tiene en la mano es la orden de
libertad. ¡De tu libertad!
—¿Para mí? ¿Para mí solo...?
—Para tí solo. Y supongo que Santa Mónica pensará que
con eso ya ha hecho demasiado.
—No envenenes al niño. ¿Tú qué sabes? —r*procha Noel
—. Vengo a buscarte en nombre de tu ama, hijito: la señora
Mónica ha logrado que te pongan en libertad y quiere que
te lleve a su lado.
—¿Sin el patrón? ¡YO no quiero dejarlo, patrón! ¡Déjeme
con usted! ¡Yo no quiero irme con nadie!
—¿Ni con tu ama que tanto se preocupó po* ti? Pues eres
bien ingrato...
—No lo crea. Noel, simplemente aprendió a desconfiar,
se encargaron de enseñárselo —explica Juan. Y
dirigiéndose al muchacho, le aconseja—: Pero ahora no hay
razón, al menos para ti. Anda, ve con Santa Mónica y
sírvela como cuando estabas en el barco. Yo no te necesito
aquí, y ella, segurame*te, te cuidará bien. Siempre será un
descargo para su alma...
—Lamento mucho que no quieras entender que Mónica
no es culpable de nada —se queja Noel.
—¿De nada? Está usted muy seguro. Noel. ¿Podría asegurar
con la misma firmeza que río fueron las cartas de Mónica
las que movieron a Renato? Ahora quiere amparar a
Colibrí, seguramente como una expiación por la im*rudente
sinceridad de una carta que me ha hecho parar en el
Castillo de San Pedro.
—No conozco bastante a Mónica como para poder
asegurar lo contrario, pero aun siendo así, no habría nada
que reprocharle. ,
—Usted no, *laro... Pero yo soñé demasiado...
—Juan, ¿qué tratas de decirme? —se sorprende Noel,
emocionado.
—¡Nada! —El toque de una cometa llega hasta ellos, y
Juan advierte—: Cambian la guardia. C,reo que debe usted
marcharse. Si su permiso no era *ara visitarme...
—Era sólo para recoger a Colibrí y, en efecto, debo
marcharme. Dentro de dos horas estarás frente al tribunal
que ha de juzgarte, y supongo que no te faltará un buen
abogado...
—Responderé yo mismo a las acusaciones del tribunal —
señala Juan con altive*. Y dirigiéndose a Colibrí le ordena
—: Ve tranquilo, muchacho. Iré a buscarte tan pronto como
me devuelvan la libertad.
Ha acariciado con su mano ancha la lanosa cabecita
oscura. Luego vuelve la espalda, alejándose hada el fondo
de la galera, mientras Noel sale silenciosamente llevando a
Colibrí de la mano. Jua* ha vuelto hada las rejas, se ha
inclinado hasta mirar la estrecha franja de cielo azul que
asoma sobre los muros almenados, y ha sentido que aquel
trozo de cielo es como un fino puñal de recuerdos
clavándose en su alma, y murmura como para sí:
Gratitud... gratitud... Sin embargo, ella dijo: felicidad ...
Y había luz de dicha en sus ojos. ¿Por qué se ilum*naban?
¿Sabía ya, tenia la esperanza de escapar? ¿Qué había en
sus pupilas? ¿Era la luz del triunfo? ¿Se burlaba acaso?
Había amor en sus ojos... pero, ¿para quién era ese amor?
Sus manos se han cerrado sobre las duras rejas, ha
inclinado la frente y ya no mira el cielo azul, sino los negros
y carcomidos muros del patio... Una ola de inmensa
amargura pasa por su alma y, en esa ola, *u esperanza
naufraga, al protestar:
"Sí, era amor... ¡Amor... para Renato!

Una ola gigante se apaga en la playa, casi bajo los pies


de Mónica, y luego el mar parece aquietarse. La luz del día
que nace, aquella misma luz que los ojos de *uan
contemplan a través de las rejas de su galera, baña de pies
a cabeza el cuerpo grácil de la mujer que se ha detenido un
instante, clavando las azules pupilas en el ancho mar... Casi
le parece mentira haber regresado... Está en su isla
convulsa, en la tierra que le viera *acer, entre los negros
acantilados y la pequeña playa que fue tálamo del amor
tormentoso de Aimée y Juan. ¿Por que ha vuelto con ansia a
aquel lugar? ¿Qué anhelo desesperado, de revolver el puñal
en su propia herida, la impulsa? ¿Qué deseo insensato de
matar, a fuerza de martirio, un sentimiento que *a la
afrenta, la empuja hacia aquel lugar? Ella misma no lo
sabe. Como si-con sus manos monjiles empuñara las
cuerdas del cilicio para -herir sus carnes, así toma aquel
pensamiento que 'la desgarra, azotando en él sus
sentimientos, sus ensueños» su loco amor por Juan... Ha
llegado a la entrada de la gruta y, como antaño Aimée, es
ah*ra ella quien pronuncia aquel nombre, como si lo besara
al pronunciarlo:
—¡Juan... mi Juan.. .! —Mas reaccionando con amargura,
repele—: Pero no... Nunca fue mío... Jamás... Jamás... ¡Es de
ella, de la que supo ahogarlo con su perfume, de la que
supo sepultarlo en su fango! ¡Sólo por ella vivía, sólo por
ella esperaba... 1
Ha caído de rodillas, con el mismo te*blor convulso que
un día sacudiera a Aimée en aquel mismo lugar. Y, como
ella entonces, deja correr las lágrimas amargas...
"¡Debo olvidar, debo arrancarme del corazón su imagen...
¡Oh...!.
Repentinamente ha pensado en Renato, -ha *ecordado su
antiguo amor, el que envenenara su adolescencia, el que le
hiciera vestir los hábitos, el que sólo es ya como una
sombra sobre su alma. No... no quiere a Renato, casi le
sorprende pensar que algunas vez le amó, y su imagen se
borra, mientras se hace más fu*rte la de Juan, como si se
levantara, trazada con caracteres de fuego, desde el fondo
de su alma...
"Juan, el pirata... Juan, el salvaje... Juan del Diablo...
Pero sus ojos lloran sin que ella pueda detener esas lágri‐
mas. Por encima de sus palabras hay algo que se clava en
su corazón y en su c*rne: aquellos brazos estrechándola,
aquellos labios muy cerca de los suyos, aquella mirada de
odio o de amor que ardía como una hoguera en los ojos de
Juan...
"Amor... Sí... amor por Aimée. ¡Su amor de siempre! ¡Su
amor, que no se acaba!

Con paso leve, con ademán ondulante, con tierna


sonrisa, con cálida mirada, toda ella carne d* tentación y de
deseo, Aimée de Molnar se ha acercado a Renato, cruzando
aquella estancia anexa a la alcoba, en cuyo rincón, sobre
una vieja mesa, ha amontonado Renato notas y papeles,
desdeñando los delicados fiambres, la botella de champaña
entre el cubo de hielo derretido, las perfumadas frutas y las
sabrosas confituras a las que no parece haber prestado la
menor atención...
—Re*ato mío, ¿hasta cuándo?
—Por favor, déjame acabar...
—Pero acabar, ¿de qué? Te has pasado la noche sentado
frente a esos papeles sin hacer más que releerlos y
mirarlos...
—¿La noche? —murmura Renato desconcertado—. *í...
claro... Es increíble... Pasó la noche ya, y hoy es de día...
—¿Te das cuenta de que he pasado la noche
esperándote? —insinúa Aimée con una queja mimosa.
—Dispénsame. Ya te advertí que tenía muchas cosas de
qué ocuparme. Supongo que tú *í te habrás acostado y
habrás dormido algo, ¿no? Perdóname... No me he dado
cuenta de que pasaba el tiempo, y...
—Renato, ¿dónde vas?
—¿Dónde he de ir sino a bañarme, a afeitarme, a
cambiarme de ropa? Como estoy, no puedo presentarme en
los tribunales...
—¿Vas a los tribun*les? Podías hacer que te representa‐
ran ... Si vas personalmente, te harán pasar un rato
horrible .1. Tú tienes derecho de enviar un abogado en tu
lugar. ¿Por qué no mandas a Noel, por ejemplo?
—Noel no sabe nada de este asunto. Ni ha intervenido, ni
yo deseo que intervenga, sin contar con que,
probablemente, no aceptarí* la comisión. Siente demasiada
simpatía por Juan...
—¿Qué puede importar eso? ¿No eres tú quien le pagas?
—No pago su conciencia, Aimée. Su corazón y sus
afectos le pertenecen totalmente...
—Ya... Tienes miedo de que no apriete bien los tornillos.
.. Estás muy empeñado en hacer condenar a Juan... ¡Pobre
Juan!
—¿A qué viene ahora compadecerl*? —se revuelve
Renato con visible malhumor—. Más natural sería que te
compadecieras de tu hermana. Ella es la única victima de
todo esto.
—¡Qué razón tienen los que dicen que debe uno morirse
antes de confe*ar una falta! Ahora no piensas más que en
Mónica...
—Aunque así fuera, ya era hora de que alguien pensara
en ella...
—Sientes no haberlo hecho hasta ahora, ¿verdad? —
espeta Aimée con cierta ira.
—Pues bien... Si así fuera...
—S* así fuera, ¿qué? —apremia Aimée colérica—,
¡Acaba! ¡Dímelo de una vez! Si así fuera, no harías sino
corresponder al afecto callado y solícito que ella guardó
para tí durante tanto tiempo... Si así fuera, no harías sino
corresponder al amor que mi hermana te tu*o siempre, a
ese amor que no supiste ver y que ahora te pesa, ¿verdad?
¡Dilo claro, dilo de una vez! ¡Di que te pesa, que sientes
haberte casado conmigo y ,no con ella! ¡Acaba por fin de
confesarlo!
—¡Basta!¡No tienes sino un ridículo ataque de celos! Lo
único que yo estoy haciendo, es remediar una *alta tuya.
—¿Y si no hubiera sido una falta, sino el ejercicio de mi
legítimo derecho a defenderme? ¿Si hubiera preferido ver a
mi hermana casada... con cualquiera, con Juan del Diablo,
con tal de no verla al lado tuyo?
—¡No inventes ahora eso!
—¡No es una invención, es una verdad que salta a la
vista! ¿Y sabes cuál es la única manera de c*nvencerme? i
Permitiendo que Juan sea puesto en libertad! Haciendo lo
posible, y lo imposible, para que lo absuelvan los jueces, y
devolviéndole lo que le has quitado. Si no lo haces, pensaré
que to*a tu protección a Mónica no es más que por celos.
¡Sí... por celos de Juan! .
—¡Basta! Acabarás por volverme loco si sigo
escuchándote. Y a*emás, ya está bien. justo el tiempo. Voy
a ir a ese tribunal para sostener mi acusación y para darle
a Mónica la oportunidad de tomar el camino que quiera.
Para eso hice cuanto he hecho, y hasta el fin lo llevaré,
porque hasta el fin tengo que lleva*lo. —Y dando un
portazo violento, Renato sale de la habitación dejando a
Aimée sola y furiosa hasta tal extremo, que le hace
amenazar con rabia:
—¡Estúpido... grosero! ¡Pero no harás condenar a Juan!
¿Quieres guerra, Renato? ¿Quieres guerra descubierta?
¡Pues tendrás gue*ra!

Apoyando la mano en las rugosas paredes de la gruta,


Mónica se ha puesto de pie. No sabe cuánto tiempo ha
pasado. No sabe cómo ni por qué llegó a aquel lugar, donde
la noción de la realidad se pierde, donde su alma parece
naufragar en el océano amargo de mil recuerdos y
sentimientos encontrados... Pero la voz *e bronce de la
vieja campana, la sacude, despertando su voluntad y
trayéndola al momento presente... Con paso inseguro,
emprende la terrible ascensión de los acantilados, mientras
murmura:
"¡Dios mío... Esas campanas... la hora, el juicio...!

14

LAS PUERTECILLAS DEL fondo se abren dando acceso


al paso perezoso de los jueces y de los escribanos. En los
*sientos reservados para las personas importantes, va
espesándose la concurrencia aristocrática, la flor y nata de
la pequeña sociedad martiniqueña, especialmente en su
representación masculina: médicos, abogados,
*omerciantes, alguno que otro nombre ilustre en Francia,
ahora dorado al sol de las plantaciones de cacao, de café,
de caña... Todos van llegando como al descuido, todos se
acercan al olor picante de aquel escándalo que envuelve al
nomb*e más alto y las arcas mejor repletas de la isla. Han
venido hasta plantadores de Fort de France y hacendados
del Sur, que se saludan como si les sorprendiera
encontrarse... También se ven los uniformes azules de los
marinos y los de colores más brillantes de las of*cialidades
de tierra... Pero el cuchicheo calla de repente, las cabezas
se vuelven, los ojos se fijan con una atención más profunda
cuando, esquivando la mano inoportuna üe los gendarmes
que le guardan, cruza el acusado el corto trecho que le
separa de su tribuna... El presidente del tribuna* agita una
campanilla de argentino tintinear, y ordena:
—¡Silencio... Silencio! Ocupe su tribuna, acusado. Diga
su nombre, apellido, edad y profesión.
Juan ha sonreído con su sonrisa amarga, recorriendo de
una sola mirada la ancha sala del tribunal. Todos los ojos
están fijos en él, todos los oídos lo escuchan con an*ia, y de
repente siente que es un símbolo de su vida: ¡el 'mundo
contra él, y él contra todo!
¿No me ha oído, acusado? Su nombre, su apellido, su
edad, su profesión...
—Excuse su Excelencia si me tomé un momento para
pensar —se disculpa Juan con sarcástico respeto—. En
realidad, no es fácil dar respuesta a sus cuatro preguntas.
No creo que nadi* se haya tomado el trabajo de
bautizarme: no tengo nombre. Ningún hombre reconoció
jamás ser mi padre: no tengo apellido. Que yo sepa, no
existe ningún testigo de mi nacimiento ... la fecha es
indeterminada: *o tengo edad. ¿Mi profesión? Cada uno la
llama como le conviene llamarla. En realidad, no tengo
profesión, pero como la respuesta es obligatoria, repetiré
las palabras de los demás: soy Juan del Diablo, el
contrabandista, el *irata...
—¡Su respuesta es absolutamente insolente, acusado! No
le ayudará esa actitud frente a este Tribunal.
—Ninguna actitud que yo tome, ha de ayudarme...
—¡Basta! Limítese a responder cuando se le pregunte.
—Perdón —acata Juan en t*no irónico—. Creí que su
Excelencia me hablaba directamente, y me tomé la libertad
de explicarle ...
—¡Silencio todos! —ordena el presidente agitando de
nuevo la campanilla—, Y usted, acusado, procure guardar
mayor respeto y compostura en sus respuestas hacia este
Tribunal. ¡*e pie, para escuchar el acta del proceso!
Juan se ha limitado a cruzar los brazos, mientras un
menudo hombrecillo de cabellos canos se agita en su toga,
desenrollando el fárrago de las acusaciones, y comienza a
leer:
—"Hoy, veinte de marzo de mil novecientos dos, en la
ciudad de Saint-Pierre y ante este Tribunal, se presenta el
a*usado, Juan, sin apellido, conocido por Juan del Diablo,
de edad aproximada entre los veinticinco y los veintiocho
años, de raza blanca, estatura un metro ochenta, cabellos
negros, ojos castaños, barba afeitada, profesión pescador o
marino en barcos de cabotaje, estado civil casado,
propietario de la goleta Luzbel, con patente de esta ciudad;
de otra parte, el acus*dor, don Renato D'Autremont y
Valois, de edad veintiséis años, ciudadano francés, natural
de la Martinica, de cabellos rubios, ojos azules, barba
afeitada, complexión delgada, estatura un metro *etenta,
contribuyente número uno de los municipios de Santa Ana,
Diamant, Anse D'Arlets, Riviére Salé, Vauclín, Saint-Spirit,
Saint-Pierre y Fort de France, propietario de las fincas
denominadas Campo Real, Duelos y Lamen*ine, con
residencia en esta dudad y en las antedichas fincas, estado
civil casado, oficial de la reserva, graduado en Saint-Cyr,
ante este tribunal reclama, contra Juan sin apellido,
conocido por Juan del Diablo, por deudas, cohecho y abuso
de confianza, y presenta *tros cargos que hacen del
llamado Juan del Diablo un individuo indeseable, como
contrabandista, defraudador del fisco y transporte indebido
de pasajeros, a más del secuestro de un niño conocido por
Colibrí, y numerosos juicios de faltas por riñas, injurias,
juegos prohibidos, golpes * heridas en individuos que a su
debido tiempo, y como testigos, se irán presentando. El
acusador pide la detención inmediata de Juan, la
investigación de sus hechos delictuosos, el embargo de su
única propiedad, consistente en la goleta Luzbel, para
cubrir el pago de su deuda, y la entrega, a quien
corresponda, del mucha*ho secuestrado. Pide, asimismo,
sea juzgado Juan, y castigado, de acuerdo con las leyes, a
las penas correspondientes, vigentes en los Artículos 227 y
304 de nuestro actual Código Penal. He dicho".
La mirada de Juan ha recorrido otra vez, lentamente, la
sala, mirando uno a uno cada rostro vuelto hada él. Desde
el respetable presidente del tribunal a los g*ndarmes de
altas botas y sable en bandolera que le guardan en actitud
expectante, como dispuestos a saltar sobre él al primer
movimiento... Luego, sus pupilas parecen dilatarse, su boca
se crispa en un gesto de sarcasmo, de ira, casi. de asco...
Toda su atención se fija en un solo rostro, de claros ojos y
rubios cabellos, impecablemente vestido, pulcramente
afeitado, un poco pálidas las me*illas, un algo incierto el
paso: el hombre de quien la sangre le hace hermano..,
—En su calidad de acusador, este tribunal cede la
palabra a don Renato D'Autremont y Valois —expone el
presidente.
—No ocupo por mi gusto el lugar del fis*al, señores
magistrados —empieza a explicar Renato en tono seguro y
pausado—, ni es la pequeña deuda personal que tiene
conmigo Juan del Diablo lo que me ha hecho acusarlo,
denunciarlo, promover su extradición y ponerlo, al fin, ante
este tribunal. Es mi de*er indeclinable, es mi situación de
ciudadano de la Martinica, y de jefe de mi familia,
consanguínea y derivada, lo que me ha obligado a asumir la
actitud que hoy presento. El hombre a quien acuso
pertenece a ella por razones de enlace matrimonial. Eso,
todos lo saben. Anticipándome a *as insinuaciones
maliciosas, a las alusiones veladas, a las medias palabras,
proclamo también ante este tribunal que no ignoro, y él
sabe, que otros lazos de sangre nos atan... Mi declaración
es insólita, y muchos juzgarán que improcedente y hasta
indecorosa. Muchos juzgarán que debería yo callar lo que a
mi pas* todos murmuran, lo que a mis espaldas todos
comentan, lo que no es un secreto para nadie, lo que, a
pesar suyo, llena desde los primeros momentos el
pensamiento de los señores magistrados y de cuantos se
hallan presentes en este tribunal. Ya que todos lo piensan,
prefiero yo decirlo sin titubeos: Juan del Diablo es mi
hermano...
—¡Silencio! ¡*ilencio... ¡ —ordena el presidente agitando
furiosamente la campanilla en un vano intento de acallar
los murmullos, las exclamaciones y el alboroto que las
palabras de Renato han levantado en la sala.
—Pero olvidemos este detalle, mellada el arma que
algunos pensaban esgrimir contra mí —prosigue 'Renato
dominando la situación—. Considero a Juan un sujeto
indeseable en nuestro a*biente y comunidad: díscolo y
violento, pendenciero y audaz, irrespetuoso de las leyes,
burlador de las ordenanzas, y, lamentablemente, de baja
calidad moral... No soy yo quien va a afirmarlo, sino los
testigos que uno a uno van a p*esentarse ante este
tribunal... testigos de las tristes hazañas de Juan del
Diablo... desde la tripulación de ese barco que sólo sirvió
para transportar contrabando y carga robada, hasta el
pequeño Colibrí, arrancado de manos de sus parientes con
el pr*texto sentimental de no ser bien tratado... Antes de
proseguir mi acusación, pido la presencia del primer
testigo ante este tribunal...

—¡Válgame Dios! ¿Qué es eso. Ana? —pregunta Aimée


asustada.
—¿Pues qué va a ser, mi ama? La gente..;. —explica Ana
calmosa—. Cuando *stábamos abajo y usted andaba
preguntando, yo me asomé por la ventana, y allí estaban
todos: el juez, los gendarmes, Juan del Diablo y el señor
Renato, habla que te habla... '
Pálida, jadeante, toda nervios y excitación, cruza Aimée
con su rápido paso una de aquellas galerías que sirven de
antesala al salón de los *ribunales. A pesar de su audacia,
tiembla;
por encima de su determinación, hay en sus frescas
mejillas una palidez extraña; los ojos, asustados, miran a
todas partes, y sólo es un sedante para su excitación
terrible la plácida calma con que Ana sonríe dando vueltas
y vueltas a su largo collar, entre sus dedos color tabaco.
—Si ha empezado ya el juicio, no habrá ti*mpo de nada.
—Pues claro que hay tiempo, mi ama. No se mortifique
tanto. Deje usted que vayan al juicio y que digan y digan
hasta que se cansen. El gobernador se lo arregla a usted
todo, todo, todo...
—¡Cal*a! El viejo gobernador es un imbécil. Sólo a él se
le ocurre desaparecer en un" momento semejante.
—De tonto no tiene nada, al contrario. El vio que se iban
a enredar los cordeles y seguro que determinó: yo mejor
me largo... Porque es lo *ue yo digo: quien manda, manda,
y el señor gobernador...
—¿Quieres callarte y no seguir diciendo tonterías? Por
culpa tuya hemos llegado tarde. Cállate y ayúdame a
pensar. Necesito hablar con los jueces, con los jurados;
necesito ponerme en contacto con los que *an a juzgar,
antes de que el juicio haya ido demasiado lejos...
Repentinamente, una de las puertas laterales sé ha
abierto y un hombre joven, con uniforme de oficial inglés,
aparece en su marco. Impulsada por su intuición
maravillosa, Aimée va hacia él sin vacilar, y saluda:
"Buenos días. ¿Es *sted uno de los testigos contra Juan
del Diablo? —Ha avanzado hasta estar muy cerca de aquel
hombre, que desconcertado retrocede un paso, y sus
negrísimos ojos parecen medirle y valorarle con una mirada
de miel y fuego. Luego, se acerca aun más hasta el
desconcertado joven y melosa, le halaga—: Creo que puedo
adivinar, quién *s usted, por su uniforme y por sus
maneras. ¿Se trata del oficial que le tomó prisionero en
Dominica? Por ahí se dice que tiene usted cosas horribles
que contar de Juan...
—Lo que tengo que contar, señorita —aclara el oficial en
tono de reserva—, podrá escucharlo si pasa al
departamento del público. Fuera de la Sala de Audiencia no
puedo informarle, pues está *rohibido hablar con los
testigos. No sé si usted lo sabe...
—Yo sólo sé que lo que necesito es hallar a un amigo,
alguien en quien confiar, un hombre lo bastante discreto
para guardar silencio y lo ba*tante audaz para ayudarme.
Perdóneme si me dirijo a usted sin conocerle, señor oficial,
pero estoy desesperada...
Aimée ha avanzado hacia Charles Britton, que esta vez
no retrocede... Permanece mirándola muy de cerca, como si
*l fuego de aquellos ojos negros le deslumbrara, como si el
acento ardiente y apasionado de aquellas palabras
paralizara su voluntad...
"Usted es un héroe, lo sé. He oído los comentarios; las
cosas que hizo usted en ese horrible viaje...
—En ese horrib*e viaje, si hubo un héroe no fui yo preci‐
samente, sino Juan del Diablo. Pero, repito, tengo prohibido
hablar con nadie, señorita. Salí un instante de la sala de
testigos, y tengo que volver en seguida, porque me van a
llamar...
—¡Escúcheme, por favor! No es posible que me vuelv*
así la espalda... ¿No tendrá usted piedad de una pobre
mujer?
—'Yo, sí... pero... Es que... —balbucea el oficial, confuso.
—Usted va a declarar contra Juan...
—Yo voy a decir sólo la verdad, señorita, la absoluta
verdad de lo ocurrido durante el viaje, que no creo
perjudique a ese hombre, sino al contr*rio... De lo demás,
no sé absolutamente nada, pues ignoro hasta los motivos
del proceso. Responderé cuando me pregunten, y nada
más...
—Juan del Diablo es inocente; ha caído en una trampa,
en una celada! ¡Todos están contra él! El gobernador me
había prometido ayudarme, pero no ha querido enemistarse
con las gentes poderosas que q*ieren perder a Juan por
motivos particulares. Es un asunto personal, absolutamente
ajeno a la justicia, lo que ha hecho a Renato D'Autremont
acusarlo. ¡Es preciso que me ayude usted a salvarlo!
—Pero, ¿cóm*? ¿En qué forma?
—A veces, una palabra salva.
—No será la mía, por desgracia. La suerte del juicio
depende de otros testigos, no de mí, señorita. Hay, por -
ejemplo, un hombre con el brazo aún entablillado. Creo que
fue victim* de una agresión. Seguramente lo que él diga
tendrá peso, como lo tendrá la declaración del muchacho
que, según dicen, ha secuestrado. También hay algunos
pequeños comerciantes, creo que perjudicados por él... Ya
le digo, soy el menos indicado...
—¡Yo *ecesito hablar con todos ésos! Escúcheme...
Usted no va a negarme un favor insignificante...
Ha apoyado su mano suave y cálida en el brazo del
oficial, y el perfume sutil que impregna su persona llega
hasta el joven envolviéndolo con una tibia sensación que
debilita su voluntad. Con ang*stia, mira a todos lados,
fijando luego los ojos en aquellas bellísimas pupilas de
mujer clavadas en las suyas como hipnotizándole. Charles
Britton siente desmoronarse su fortaleza. Y
comprendiéndolo asi, Aimée insiste, zalamera:
—Confío en usted... El corazón me dice que debo confiar
... Es mi buena estrella la *ue lo ha hecho asomarse... Usted
puede hacer llegar algunos recados de mi parte a los
testigos de esa sala...
—¡No, no, imposible! —protesta el oficial confundido.
—No diga esa palabra tan dura, no mate así mis últimas
esperanzas... Sólo dos cosas... aunque no sean sino dos
cosas. Ponga usted este dinero en manos del hombre del
brazo entablillado y diga e* su oído la consigna; ¡Hay que
salvar a Juan del Diablo! También puede hacer llegar a
manos de Juan un papel de mi parte...
—¡No es posible! Está estrictamente prohibido, tenga en
cuenta que yo, menos que nadie, po* mi calidad de oficial, y
de oficial extranjero...
—¿Qué le importan a usted las leyes de Francia? —refuta
Aímée con tierna insinuación—. Además, no le estoy
pidiendo que haga nada, absolutamente nada público, sino
particular. *l papel que quiero que haga llegar a sus manos,
en privado. Son solos unas líneas... unas líneas para
sostener su ánimo... Justamente aquí traigo un trocito de
papel. Si tiene usted un lápiz... .
. '
—*í, aquí lo tengo... Pero... —vacila el oficial.
—Préstemelo un instante. Son unas líneas. Unas lineas
nada más, pero esas lineas van a darle fuerzas, cambiarán
su ánimo. Estoy plenamente segura que después de
leerlas... —Ha arrebatado el lápiz de la mano vacilante del
oficial, ha escrito unas bre*es lineas a toda prisa, ha
doblado luego el papel en cuatro, dobleces, cerrando ella
misma, con la dulzura de sus miedos suaves, la mano que
se niega a tomarlo, al tiempo que suplica—: Sé que hallará
usted la forma de que Juan lea esto antes de que comience
a declarar. Y sé también que hará usted lo que le digo...
—Si su empeño es tan grande... *ero lo cierto es que yo...
yo... —tartamudea confuso el oficial.
—Usted tendrá mi gratitud, para siempre —insinúa
Aimée provocativa—. Para siempre y en todo lugar, tendrá
usted en mí una amiga... Una amiga para todo... Créamelo,
oficial... ¿Su nombres es...?
—Charles... Charles Britton, para servirla... Pero... —Se
detiene un momento y, con vivo interés, pregunta?—: ¿Y
*sted, señorita? ¿Puedo saber con qué nombre debo
recordarla?
—Lo sabrá demasiado pronto... Confio en su caballero
sidad... Confío hasta el extremo de decirle algo con lo que
me juego hasta la vida. ¡Recuérdeme como a la mujer que
da su sangre por J*an del Diablo! .

15
—¿TIENE USTED ALGO que alegar en su defensa, acu‐
sado? —interroga el presidente del tribunal.
—¡¿Su Excelencia desea de veras que yo me defienda? —
finge asombrarse Juan sin abandonar su ironía.
—Por tercera vez ll*mo la atención al acusado con
respecto a la insolencia de sus respuestas... Limítese a
aprovechar la oportunidad que le he dado. ¿Tiene algo que
añadir en su defensa, con respecto a las acusaciones del
último testigo? ¿Puede negar las pruebas irrefutables de
haber trasladado durante casi una docena de viajes,
productos adqu*ridos ilícitamente, mercancía robada?
—¡Yo no robé! Creo que, tenemos distintos conceptos de
la palabra robo, Excelencia...
—¿Y también tenemos distintos conceptos de ,las órdenes
de embarque? Aquí hay, a la disposición de los señores del
jurado, más de una docena de pliegos que corroboran la
declaración del último testigo. Pueden examinarlas... *on,
cacao, tabaco, algodón, especias... todo productos de las
depredaciones de los pequeños propietarios del Sur de
Guadalupe, trasladado y vendido por usted a comerciantes
de Saínt-Pierre y Fort de France, a *recios que perjudican
el mercado.
—Reconozco que son ciertos los cargos, reconozco que
fui agente de los pequeños propietarios del Sur de
Guadalupe, totalmente arruinados por el sistema de
préstamos sostenido por los usureros que tolera el *stado
en las ciudades de Petit-Bourg, Goyavé y Capesterre. Esos
productos fueron sustraídos de las propias fincas que esos
hombres habían regado con su sudor, habían hecho
fructificar con su sangre...
—¿Pretende justificar el robo?-—casi chilla el presidente
al *iempo que agita nerviosamente la campanilla para
acallar los fuertes murmullos que las palabras de Juan
despiertan en la sala.
—De ninguna manera. Excelencia. Sólo para los cargos
de este tribunal, fueron ladrones los pequeños colonos que
sacaron su mercancía después del embargo que totalmente
le* arruinaba. Para mí, el robo fue de los que compraron
cosechas a la cuarta parte de su valor, de los que hicieron
firmar pagarés con cifras tres veces más altas del dinero
prestado. Ustedes acusan a mi barco de llevar mercancía
robada... Yo creo que la verdaderamente robada, fue la
adquirida por los ricos traficantes de Petit-*ourg, Goyave y
Capesterre a precios irrisorios y con usura despiadada... Y
en cuanto al último cargo que se me hace... ¿Cuál es ese
último cargo? ¿El secuestro de Colibrí?
—Aun no ha llegado el momento de oír sus descargos
sobre el secuestro del muchacho... Ahora es preciso hacer
constar en acta que reconoce haber trasladado y vendido
mercancía de Guadalupe * Martinica, a espaldas de las
autoridades portuarias. Su declaración lo admite
plenamente, y el descargo moral pueden tomarlo en
cuenta, si quieren, los señores del jurado. Está, pues,
probado el segundo cargo...
—*uedan probados todos los cargos, si todos son como
ése. Si, sí, señores magistrados, sí, señores jurados, ayudé
a librar la pequeña parte que arrancaban de las garras de
sus opresores los desdichados labriegos de Guadalupe,
defraudand* a los ricachos cuyas panzas engordan a costa
de la miseria y del dolor de los demás. Ayudé a desvalijar
ricos cargamentos arrancados a la miseria, a la ignorancia
y al desamparo de muchos desdichados. Sin permiso,
trasladé pasajeros, facilitando la fuga de los *rabajadores
esclavizados por contratos inhumanos. En más de una
ocasión aligeré de su botín a los hartos de todo, acaso
confiando en que habían robado bastante para que no fuera
pecado robarles a ellos algo. Pasé mercancía de contra‐
bando adelantándome a las Aduanas, en las que conozco
e*pleados lo bastante venales para que, un contrabandista
que expone su vida en los mares, no haga nada más que
tomarles la delantera...
—¡Basta... Basta! ¿Está loco? —intenta callar el
presidente enarbolando furiosamente la campanilla, pues
los murmullos van subiendo de tono cada vez más.
—Estoy diciendo la verdad —*rosigue Juan impertérrito
—. Y en cuanto al secuestro de Colibrí... ¿Dónde está él?
¿Por qué no lo traen? No quiero ser yo el que hable... le
dejo la palabra a él mismo, y le dejo a Dios la misión de
juzgar a esos que se llaman parientes, a esos de cuyas
garras pude librarlo. Pido, exijo la presencia de Colibrí...
—¡He dicho que basta, acusado! Los *estigos serán
llamados en el orden que se indica. ¡Ujier, haga
comparecer al próximo testigo!
—¡El próximo testigo! —se oye gritar una voz lejana—.
Teniente Charles Britton, de las Reales Fuerzas
B*itánicas...
—Exijo a Colibrí primero —insiste Juan.
—Usted no tiene derecho a exigir -nada —rehusa el
presidente—. Guarde compostura, o los gendarmes se la
harán guardar.
—Pero, ¿dónde está Colibrí, qué han hecho de él? ¿Por
*ué no acude? ¿Por qué lo quitaron de mi lado? ¿Dónde lo
han llevado?
—Aquí está Colibrí, y está también otro testigo que este
tribunal se olvidó de citar: ¡Está la esposa de Juan del
Diablo!
Abriéndose paso entre los grupos compactos que llenan
los bancos destina*os al público, esquivando al ujier que ha
pretendido detenerla, aprovechando el momento de
confusión para llegar hasta el estrado donde Juan responde
a las acusaciones del tribunal, ha contestado Mónica
haciendo avanzar al oscuro muchacho que lleva de la mano,
y hacia ella se vuelven los rostros atónitos... Ni *un para
presentarse en aquel lugar ha recuperado sus severas
ropas señoriles. Lleva la alegre falda de colorines que Juan
hiciera comprar para ella en Grand Bourg, oculta sus
rubios cabellos bajo el típico pañuelo de las mujeres
martiniqueñas y, envolviendo el talle esbelto, lleva aquel
rojo chai de seda que Juan comprara para ella en los
alm*cenes de la isla de Saba. A pesar de su intensa palidez,
todo en ella es reposo, mesura, serenidad... Nunca pareció,
a los ojos de Juan, tan altiva y helada; nunca pareció
tampoco más bella a las deslumbradas pupilas de Renato
que, a pesar suyo, se ha acercado temblando. También en
la puerta de la sala de testigos, otro hombre se detiene,
paralizado por el impacto que su declara*ión ha causado en
todos: Charles Britton, oficial de las Reales Fuerzas
Británicas...
—¡Pido ser escuchada, señor presidente del tribunal!
—Pero, ¿estás loca, Mónica? —le reprocha Renato. Y
alzando la voz protes*a—: ¡Y yo pido su abstención, señor
presidente! La ley no la obliga a declarar.,.
—¡No hay ley que me niegue el derecho a decir la
verdad!
—porfía Mónica con decisión—. ¡Pido ser citada como
testigo! ¡Exijo ser escuchada!
—¡Si no se re*tablece el orden, mandaré suspender el
juicio!
—anuncia el presidente intentando en vano atajar los
fuertes murmullos y los comentarios que la presencia-de
Mónica han prendido como reguero de pólvora.
—Un momento, señor presidente —reclama Renato—.
Como acusador privado, he hecho citar a los testigo*
necesarios para comprobar mis acusaciones. Entre ellos, no
está Mónica de Molnar.
—¡Puedo pedirla yo como testigo de descargo! —exclama
Juan con voz fuerte y poderosa.
—¡No! ¡No en este momento! —rehusa Renato. Y en tono
angustiado, musita una súplica—: Mónica... Mónica...
—¡No en este momento, en efecto! —tercia el preside*te
—. Pero no puede rehusarse la declaración, si ella desea
darla. La ley le permite abstenerse, señora. ¿Por qué no se
acoge a esa' ventaja?
—¡No deseo esa ventaja, señor presidente!
—Bien. Señor acusador privado, le ruego que ocupe su
lugar —ordena el presidente—. Ese niño, a la sala de
testigos. ¡Despejen el estrado, o haré despejar la sala! ¡Que
pase el tercer testigo de *a acusación!
MÓnica ha retrocedido mirando a Juan. Desde que
entrara, ha tenido el deseo casi irresistible de correr hacia
él, de estrecharle en sus brazos olvidándolo todo, menos la
enorme verdad que llena su alma... Y él también la mira,
cr*zados los brazos; la mira como si también a ella la
desafiara, palideciendo un poco más cuando Renato
D'Autremont la toma del brazo, cuando la-hace retroceder,
obligándola a tomar asiento muy cerca de él, cuando se
inclina para hablarle casi al oído, en voz baja, como *n un
cuchicheo:
—Mónica, no pensé que llegases a este extremo.
—No vas a detenerme, hagas lo que hagas, Renato. Mi
deber es estar junto a Juan...
—Me he propuesto rescatarte, aun contra tí misma, y he
de lograrlo. Cuando seas absolutamente libre, harás lo que
quieras, y bien sé que no volverás *on Juan
—Es mi esposo, y mientras exista ese lazo, le pertenezco.
Los sentimientos no me importan.
—¡Por eso quiero romper ese lazo! Pero ahora, calla, Mó
nica. ..
Mónica alza la cabeza con angustia... Frente al
presidente, el joven oficial levanta la mano para jurar y,
entre los guardias que lo custodian, la mira des*e lejos Juan
con una máscara de rencor sobre el semblante, con un
temblor de rabia en las anchas manos...
—Me limitaré al relato de los hechos, señor presidente —
expone el Teniente Britton—. Encargado de hacer cumplir
la orden de extradición, prendiendo al acusado Juan del
Diablo y llevándolo a bordo del guardacostas Gallón hasta
entregarlo a las autoridades que re*resenta este tribunal,
puse todo mi empeño en el cumplimiento de ese deber.
Acaso el acusado tenga razón para calificar de duros los
medios empleados para detenerlo, pero la única
advertencia de los partes oficiales era qu* se trataba de un
criminal extremadamente peligroso, y mi primer deber era
salvaguardar la seguridad de los soldados a mi cargo. Otros
dos tripulantes de la goleta Luzbel hicieron resistencia, y
fueron encerrados con su patrón. Me estoy refi*iendo al
segundo, nombrado Segundo Duelos, y al grumete llamado
Colibrí. Por elemental deber de humanidad bajé perso‐
nalmente a abrir la bodega en la que estaban encerrados
cuando, descompuestas las máquinas, arrastrados por el
temporal hasta mares peligrosos, perd*do el timonel y
herido el capitán, el Gallón llegaba al mayor peligro de
zozobrar...
—Entonces, ¿puso usted en libertad a los prisioneros?
—Dentro de aquel barco, a punto de hundirse, me fue
preciso asumir la absoluta autoridad y, bajo responsabilidad
propia, les dejé libres...
—*sted sabía que se trataba de marinos avezados. ¿No
les prometió nada a cambio de que se hicieran cargo de
tripular el guardacostas?
—No, señor presidente. Sólo pensé que no debía
negarse a ningún hombre la última oportunidad de salvar
su vida. Pero había muy pocas probabilidades de que nadie
la salvara...
—¿Pidió a *uan del Diablo que se hiciera cargo del
barco?
—Debo confesar que no, señor presidente. El tomó, por
propia iniciativa, el mando del barco, y comenzó a impartir
inmediatamente las órdenes necesarias. Durante muchas
horas esperé que Juan del Diablo ordenase nuestro
asesinato. Era bien fácil arrojarnos por la borda y, libres de
nuestro testimonio, llevar el *arco en la dirección que se le
antojase. Generosamente, nos concedió la vida. Hizo
atender a los heridos y, usando de recursos insospechados,
como improvisar velas y cordaje, burló uno de los peores
tem*orales que recuerdo haber corrido en el Caribe. Es de
justicia que yo declare, públicamente, no haber conocido
marino más sereno y más audaz que el patrón del Luzbel...
—Puede ahorrarse el capítulo de alabanzas, oficia*.
¿Puede decirnos cuándo recuperó usted el mando de la
nave?
—Por tercera vez, y sin que esto entrañe una alabanza,
señor presidente, debo confesar que me fue devuelto por
impulso generoso y espontáneo del acusado. Fui el primer
sorprendido cu*ndo su orden de volver proa a la Martinica
me trajo al cumplimiento de mi misión con sólo unas horas
de retraso.
—¿Atribuye el hecho insólito a la gratitud del acusado
por haber abierto usted las puertas de la -bodega-calabozo,
en que las circunstancias le condenaban * morir?
—No, señor presidente. El acusado, Juan del Diablo,
deseaba presentarse ante este tribunal. Estaba seguro de
poder desmentir los cargos, de probar su inocencia. No
creo que ni por un momento me haya agradecido aquella
oportunidad que, por otra parte, pagó con creces. En todo
*omento se mostró el mismo: irónico, agresivo, mordaz,
igual atado en el fondo de la bodega que cuando mi vida y
mi honor estaban en sus manos, Por lo tanto, y en nombre
de una gratitud que yo sí siento, si algo puedo pedir a este
tribunal es que se tome en cuenta, para el descargo de las
faltas que puedan probárseles, que a él y a s*s hombres se
les debe la vida del capitán del guardacostas Galión, la de
cinco tripulantes que sobrevivieron y la de los cuatro
soldados que venían a mis órdenes con el encargo de
custodiarlo... a más de la mía propia... por lo que
públicamente quiero darle las gracias.
Tras el breve murmullo, un largo silencio expectante ha
parecido flotar sobre la sala. Con *l doblado papel que
Aimée le diera, oculto en la mano derecha, retrocede el
joven oficial mirando a Juan del Diablo, mientras el
presidente se vuelve hacia Renato, cargado el gesto de
involuntaria ironía:
—¿*iene alguna pregunta que hacer a su testigo el
señor acusador privado?
—Ninguna, señor presidente... O sí... Un momento... ¿De
dónde provenía la orden de tratar a Juan como un criminal
peligroso?
—Estaba circulado como tal *n la isla de Jamaica —
aclara el oficial.
—Eso es todo, señor presidente —señala Renato—, He
querido aclarar públicamente que no era mi deseo, ni
mucho menos mi empeño, el que fuese maltratado. Quiero
también demostrar a este tribunal que no en todas *artes
se mostró tan generoso con sus enemigos como a bordo del
guardacostas Galión...
—•¡No! —estalla Juan con indomable violencia—. No
siempre me he mostrado generoso con mis enemigos, y
mucho menos he de mostrarme de ahora en adelante. El
informe de Jamaica es exacto: puedo ser peligros*, puedo
devolver golpe por golpe, infamia por infamia, y así será,
Renato... ¡Yo te juro que así será!
—¡Basta! ¡Basta!
El presidente del tribunal ha hecho un esfuerzo para
dominar el desbordado murmullo, la ola de encendidos
comentarios que han levantado las palabras de Juan. Y es
ése el instante que el oficial inglés *a aprovechado para
acercarse al estrado, deslizando el doblado papel bajo la
ancha mano de Juan, que se apoya en la baranda... Juan ha
retrocedido con aquel extraño papel en la mano, y su
primera mirada es para Mónica. ¿Acaso es de ella? Algo
parecido a un soplo de esperanza ensancha su alma al
imaginario, y sus pupilas buscan con ansia la respuesta de
aquellos otros ojos. Per* junto a Mónica sigue Renato, otra
vez se ha inclinado para hablarle casi al oído. Se diria que
sostiene una violenta discusión con voz ahogada, y con
ansia estruja Juan aquella carta que no quiere leer bajo
tantas *iradas clavadas en él, aquella carta que puede
transformar su alma con una docena de palabras, aquella
carta que, por encima de su valor, le hace temblar...
—Que pase el cuarto testigo de la acusación —ordena el
presidente. Y el secretario, * su vez, alza la voz para repetir
el llamado:
—¡El cuarto testigo de la acusación! ¡Benjamín Duval!
¡Benjamín Duval!
Pero Benjamín Duval, no se presenta.
—¡Silencio... Silencio! —recalca una vez más el
presidente—, Tiene alguna pregunta que hacer a su *uarto
testigo el señor acusador privado?
—Comprendo perfectamente la ironía del señor
presidente de este tribunal —acepta Renato con aparenté
tranquilidad—. Yo mismo no puedo menos de sonreír frente
a la forma en que mis dos últimos testigos han declarado.
Pero no importa nada, para lo que se trata de p*obar.
Benjamín Duval no niega, no puede negar el hecho
comprobado. Juan del Diablo le hirió en una riña de taberna
dejando inútil su brazo derecho como hasta el presente lo
está, y es el cuarto hecho que, contra viento y marea, deseo
hacer constar ante este tribunal. ¡Es cierto que Juan del
Diablo trasladó y vendió mercancía robada! ¡Es cier*o que
Juan del Diablo ayudó a desvalijar, junto a las costas de
Jamaica, un rico cargamento de café, tabaco y cacao! ¡Es
cierto que sostuvo poco menos que una batalla con los
traficantes de ron! ¡Es cierto que ha burlado todas las leyes
de restricción del contrabando, en más de diez islas del
Caribe, defraudando a los gobiernos coloniales de Francia,
Inglaterra y Holanda! Es cierta, *ambién, la lamentable
riña de taberna en la que jugó y perdió su goleta Luzbel,
levantando después un embargo gracias a una cantidad de
dinero que aún no ha pagado...
—¡Que quise pagar, y cuyo pago tú no aceptaste! —
r*futa Juan sin poder dominar un acceso de ira—. ¿Por qué?
¿Para que? ¿A qué vino tanta hipocresía?
—¡Guarde silencio, acusado! —impone el presidente—,
¡Silencio. . ¡ Continúe el señor acusador privado.
—Y uno a uno probaré *odos los cargos que contra él
se han lanzado —prosigue Renato con más calma y
amargura—pidiendo en el acto, a este tribunal, que
comparezca el quinto testigo y que sea leída, ante él, el
acta en que le acusan de secuestro, para que sea
corroborada por las declaraciones del muchacho...
—Q*into testigo de la acusación! ¡El niño conocido por
Colibrí —llama el secretario. Diga su nombre, apellido,
edad y profesión...
—Prescindamos de formulismos por esta vez, señor
secretario —tercia el presidente—. El muchacho, según
parece, no tiene apellido, y lo más probable es que no
recuerde su 'edad. Si*ndo desde luego menor de los diez y
ocho años, no puede prestar juramento. Haga constar en el
acta que su declaración es a todo riesgo... ¿Prometes decir
la verdad, muchacho? ¿No tienes otro nombre más que el
de Colibrí?
—Colibrí me llamó el patrón, señor presidente, y Colibrí
me llaman todos en el Luzbel.
—¿Quieres decir que antes no te lo ll*maban? ¿Cuál es tu
nombre? Antes de que te llevase Juan del Diablo, ¿cómo te
llamaban?
—Me llamaban haragán, negro sucio y perro sarnoso...
—¡Esos no son nombres! —rebate el presidente.
—Pues así me llamaban, señor presidente... Cada uno
como le daba la gana, y con cada grito, un palo o una
patada por que no andaba ligero. Era mucha la leña que
había que cargar para el horno *el alambique.
—¡Silencio! —insiste el presidente enarbolando la
campanilla para aplacar los murmullos que suben de tono
—. Secretario, dé lectura al acta...
Y el secretario, obedientemente, lee:
—"En la ciudad de Port Morant, ante el n*tario William
Godman, los abajo firmantes declaran: Primero: Ser
absolutos propietarios de una finca de cien cordeles que se
extiende desde la margen izquierda del río Morant hasta el
monte llamado Yallhs Hill, todos ellos terrenos cultivados
con plátano, tabaco y caña. Segundo: Que *uentan, para la
ayuda de ciertos trabajos en el alambique que poseen y
explotan en dicha propiedad, con varios muchachos, uno de
ellos pariente cercano, recogido y criado en la casa, por ser
huérfano de padre y madre. Tercero: Que este muchacho, a
cargo total de sus tutores, de la raza negra, estatura
regular, *proximadamente de doce años de edad,
desapareció una mañana, embarcando por el puerto de
White Horses en la goleta llamada Luzbel, llevado hasta
ella con engaños, o acaso por la violencia, por el patrón de
la misma, apodado Juan del Diablo. También aseguran que
el citado muchacho, dando pruebas de sin igual ingratitud
para los que le *abían amparado, cooperó al susodicho
secuestro obedeciendo a la voz de Juan del Diablo, en lugar
de a la de sus parientes, cuando éstos fueron a buscarlo.
Cuarto: Que el llamado Juan derribó a puñetazos a los que
quisieron entrar a la coleta en busca del muchacho,
haciendo levar las anclas y partiendo del puerto de White
Horses, siendo inútiles hasta la fecha sus denuncias y
*emandas. Que además, y por pura maldad, Juan del Diablo
disparó contra las barricadas de ron propiedad de los
firmantes, que aguardaban en el muelle de White Horses
para ser embarcadas, haciendo que el líquido se
derramara, con *na pérdida de más de cien libras
esterlinas, y gritándoles las peores injurias, con las que
provocó una insubordinación entre los otros muchachos,
con grave perjuicio del orden y la disciplina en la finca de
su propiedad. Y firman, Burke, Georg* y Jacobo Lancaster,
con cuatro testigos que dan fe, vecinos-propietarios de la
dudad de Port Mprant, y la firma del notario autentificando
el documento, William Godman. He dicho...
—¿Has oído, muchacho? —advierte el presidente—.
¿Recuerdas si reconoces haber sido sec*estrado por el
llamado Juan del Diablo?
—Yo me fui con el patrón... Yo le pedí que me llevara....
Por culpa mía se había estropeado una paila de ron, y me
iban a matar a palos. Me escapé muerto de miedo... No sé
ni cómo pude llegar, y me caí en la playa cuando vi que
todavía estaba allí el Luzbel. Entonces, el p*trón me llevó
adentro, y no sé qué más pasó...
—El cargo de secuestro queda totalmente probado —
señala Renato.
—¡Yo me fui con él! —insiste Colibrí—. Yo le pedí que me
llevara... Me iban a matar... El patrón era bueno conmigo...
Digales cómo fue... Dígales usted, patrón, dígales por qué
me escapé de allá...
—¡Siencio! —clama e* presidente por enésima vez—.
¿Tiene algo que decir en su defensa, acusado?
—Nada, señor presidente —responde Juan destilando
ironía—. Tampoco creo que sea necesario decir nada en
defensa del muchacho. Iba * pagar con su vida la pérdida
de una paila de ron. Yo derramé el contenido de den pailas,
y no permití la entrada de intrusos en mi barco. No hay
nada que añadir en mi defensa. Que busquen qué añadir a
las suyas las autoridades de Port Morant, *ue toleran cosas
como las que acaban de escuchar a las mismas puertas de
una ciudad civilizada.

—¿Tiene algo que responder a esas palabras el señor


acusador privado? —indaga el viejo presidente volviéndose
hada Renato.
—No creo que se trate, señor presidente, de d*scutir
injusticias sociales con el acusado, sino de probar su
responsabilidad en los hechos de que se le' acusa. El hecho,
ni él mismo lo niega:
destruyó voluntariamente una propiedad ajena, se llevó a
un muchacho de doce años sin autorización de nadie,
contra la voluntad de los únicos que se declararon sus
pa*ientes, de los que le habían ofrecido amparo desde una
infancia tan tierna, que ni el propio interesado recuerda
otro hogar que la casa de los Lancaster...
—En la casa de los Lancaster, Colibrí no era más que un
esclavo —rebate Juan—. Si, un esclavo, aun cuando las
leyes del país hayan abolido ya la infame trata. No creo en
la existencia *e ese lazo de sangre que dicen le une a sus
verdugos. Eran cerca de una docena de muchachos,
huérfanos o abandonados por sus padres, los que dormían
hacinados en el fondo de una barranca inmunda, los que se
alimentaban con sobras que los perros pueden despreciar,
los que eran obligados a trabajar hasta más allá de sus
fuerzas de niños, los que sólo recibían golpes, injurias y
ma*os tratos a cambio de su trabajo... Pero, naturalmente,
yo no era más que un entrometido, eso no me importaba
nada...
—Pudo importarte y proceder de otro modo —observa
Renato—. Con una denuncia a las autoridades...
—*videntemente el señor acusador privado tiene razón.
—apoya el presidente—. Los hechos que usted refiere son
lamentables, pero no le autorizaban a convertirse en juez y
ejecutor de una justicia personal sin haber acudido antes a
esa justicia legal qu* tan duramente ha criticado.
—Hubiera sido inútil, señor, presiden te —desprecia
Juan con su habitual sarcasmo—. Los Lancaster son
personas muy bien miradas en Port Morant, pagan altas
contribuciones y poseen lujosos carruajes... No, no los
imaginéis como bárbaros, golpea*do a este niño con sus
propias manos. Ellos son incapaces de una acción
repugnante. Para eso tienen sus capataces, sus caporales,
sus perros a sueldo... Para eso dan absoluta autoridad a los
que gobiernan a sus trabajadores... Y si un desdichado de
éstos muere, importa poco, porque nadie va a ir a reclamar
para saber *i fue el paludismo o el hambre, los golpes o una
indigestión, lo que lo mataron... Ellos son caballeros y viven
como tales. No pueden llegar hasta ellos la denuncia de un
patrón de goleta, tildado de pendenciero, de contrabandista
y de pirata... [Están tan altos en la bella Jamaica, como
Renato D'Autremont en la Martinica! ¡Sólo un imbécil
per*ería el tiempo denunciándolos!
Juan ha clavado en Renato su mirada de fuego, como
aguardando una respuesta que no llega, que no puede
llegar... Y Renato respira conteniéndose, sintiendo que es
menos firme el suelo que pisa, que de los bancos del pueblo
bajo llega hasta él una comenté hostil, violenta, a punto de
estallar, hasta que la mano del presidente se alza!
—¡Lo que usted dice *o tiene sentido, acusado! Bien
claro dice esa denuncia que el muchacho en cuestión es
pariente de los Lancaster...
—Parientes de empleados de los Lancaster... Es la
fórmula usual para emplear niños en los peores trabajos.
Están con sus par*entes, tío segundos o primos terceros...
acaso simplemente les reconocen como ahijados... ¿Qué
más da? La fórmula es perfecta:' Se paga a un desalmado
cualquiera que ofrezca una cuadrilla de muchachos. Poco le
cuesta decir a éste que son de su familia, y los amos no
tien*n nada que perder. Muy cómodo para los Lancaster...
—Pido la palabra, señor presidente, para una cuestión de
orden —interviene Renato—. No creo que interese a este
tribunal la forma de administración que tienen los señores
Lancaster en la isla de Jamaica, ni otros señores en las islas
vecinas, *i aun en la propia Martinica... Cada uno gobierna
su casa como le place, y allá cada quién.., Estamos aquí
para probar los cargos que he lanzado contra Juan del
Diablo, y uno a uno van probándose. ¡Señor presidente,
pido haga usted constar en acta, que el cargo de secuestro
y destrucción de propiedad ajena está plenamente
probado!
—*u petición es justa. Hágalo constar en acta, señor
secretario —indica el presidente. Y acto seguido, prosigue
—: Ahora, para exponer su requisitoria, tiene la palabra el
señor fiscal...
—Tomo sobre mí el cargo, señor presidente —tercia
Renato. Ahora es en la tribuna reservada para los
importantes, donde los comentarios suben de tono un
momento para después callar. *l fiscal hace un gesto de
absoluta indiferencia, retirándose de nuevo hasta su
butaca, y Renato D`autremont avanza mirando uno a uno a
aquellos hombres que forman el jurado, y cuyos ánimos
sospecha ganados ya del todo para *uan:
—No trato de hacer ver como un monstruo al acusado.
Demasiado bien sé que es un hombre que ha sufrido y
luchado desde niño, un hombre en pugna con la sociedad.
Nada he de decir a ustedes sobre la excusa moral que
pueda representar, para su ma*a vida, su mala suerte; pero
sí pido a todos, y a cada uno de ustedes, la conciencia de su
responsabilidad. No acusé públicamente a Juan del Diablo
por rencor ni capricho, no le acusé siquiera con el afán de
castigar sus errores pasados, sino de prevenir futuras
fechorías, de re*ediar males que aun pueden remediarse...
"Su ejemplo es pernicioso, nefasto. Si este tribunal,
basado en razones sentimentales, ganado por el impacto
moral de la piedad que ciertos relatos escuchados pueden
causar en el corazón de cualquier hombre, si este tribunal,
repito, da la razón a Juan del Diablo con u*a sentencia
absolutoria, todos los vagabundos, todos los maleantes,
todos los descontentos y resentidos de la Martinica
adoptarán esa actitud pendenciera y hostil, erigiéndose a si
mismos en gratuitos representantes de la justicia,
impartiéndola por su propia mano, a espaldas de las leyes y
de los tribunales...
"Quiero que cada uno de uste*es entienda que hablo sólo
en defensa de nuestra sociedad, de esta sociedad a la que
pertenecen nuestras esposas, a la que pertenecerán
nuestros hijos mañana ... No podemos permitir que, por la
sospecha de que una denuncia no va a ser escuchada, se
tome cada cual la justicia por su propia mano. La vida de
Juan del Diablo puede tener la brillantez de una novela de
avent*ras, ganar la admiración de las mujeres y exaltar la
imaginación de los muchachos, y por ello mismo es tan
peligrosa, y es más fuerte nuéstro deber como hombres,
como jefes de familia, como clase directora de una
soc*edad civilizada, de dar otro rumbo a la justicia, otros
procedimientos a la bondad humana, que puede coexistir
con el respeto a las leyes y al derecho legal de los demás,
aun cuando Juan del Diablo pretenda probamos lo
contrario. Como el mé*ico que se cura a sí mismo,
descubriendo antes que las ajenas sus propias llagas,
quiero hacer constar que no será extraño que una dama de
mi propia familia, una dama de la que me considero
defensor natural y obligado, tome partido a favor de Juan...
"Y esto pue*e ocurrirle a cualquiera de los cabezas de fa‐
milia que me están escuchando. Si nuestras leyes son
malas, debemos reformarlas; si nuestros tribunales no
imparten verdadera justicia, debemos esforzamos por
hacerlos mejores; si nuestras costumbres son vituperables,
tratemos de modificar nuestras *ostumbres ... Pero que
todo se haga con la anuencia de los mejores ciudadanos,
con el respaldo de las leyes de la metrópoli, con la justicia,
el derecho y el apoyo de las instituciones, no según el
capricho, más o menos sentimental, del primer resentido
que se alza en rebeldía, sólo porque la sociedad lo tuvo
si*mpre al margen...
"Pido, señores del jurado, piedad para. Juan del Diablo,
pero mayor piedad aún para la sociedad cuyos cimientos
socava. Sus pecados pueden absolverlos el corazón, pero
sus faltas deben ser castigadas, deben ser sancionadas,
deben ser perseguidas y evitadas, en él y en cuantos
pretendan seguir su ejemplo, como parecen querer seguirlo
todo* los hombres de su barco y hasta ese niño de doce
años a quien bien pudiéramos llamar el ahijado del Diablo...
"Es absolutamente preciso hacerles comprender, al
acusado y a todos, que ningún hombre es más fuerte que
las leyes, que ningún ciudadano, por si solo, puede destruir
lo que ha establecido la -voluntad de millones de
ciudadanos, que no es la violencia privada el camino *e
reparar la injusticia, que él no puede imponer una sanción
caprichosa como en el caso de la destrucción de las
barricas de ron de los señores Lancaster, porque eso no se
llama justicia, se llama venganza, y este tribunal no puede
alen*ar esos procedimientos, sino, por el contrario,
ponerles coto, terminar con ellos, cortar toda posibilidad de
que cosas así vuelvan a repetirse, por medio de un castigo
justo, enérgico y adecuado para el quebrantador de todas
las normas, para el acusado, Jua* del Diablo. Por lo tanto,
pido a este tribunal, para el acusado...
—¡No! ¡No, Renato! —le interrumpe Mónica acercándose
a él, completamente fuera de si—. [Que no seas tú... que no
sea tu boca... que no sean t*s labios los que pidan el castigo
de Juan!
—¡Silencio... Silencio! —se enfurece el presidente—.
¡Basta! ¡Voy a hacer despejar la sala! Señora Molnar, en su
calidad de testigo, usted ha permanecido indebidamente en
esta sala. Pase en seguida al departamento de testigos, o
será detenida por desa*ato a la autoridad.
—¡Eso no! —protesta Renato.
—Ni ella ni nadie puede interrumpir de ese modo el
orden de un juicio. Hablará a su tiempo, cuando sea
interrogada. Y si tiene que decir algo en favor del
acusado...
—¡Es el hombre más generoso de la tierra! ¡Si ustedes
representan a la justicia, no pueden condenarlo!
Un grito unánime ha escapado de las trib*nas del
pueblo. Magistrados y jurados se han puesto de pie; los
guardias cruzan los fusiles deteniendo al público que
pretende saltar al estrado. Incapaz de contenerse por más
tiempo, Mónica está frente al tribunal, se ac*rca a Juan, se
vuelve hacia Renato... A una enérgica seña del presidente,
un ujier va acercársele, pero no se atreve a tocarla. Se
detiene frente a ella, inmóvil como todos, y se apagan los
murmullos y las voces con el repentino y viole*to interés
de escuchar sus palabras:
“¡Señores magistrados, señores jurados, ustedes no
pueden condenar a Juan! Es preciso que los que van a
juzgarle no cometan contra él una nueva crueldad... Por el
amor de Dios, escuchadme. ¿Vais a castigarlo por ser
gener*so? ¿Por sentir piedad? ¿Por defender a los que nada
tienen? ¿Por ser el apoyo de los desamparados? ¡No! La
justicia no puede castigarle por luchar, defendiendo su
propia vida y la de otros desgraciados, por ayudar a burlar
conciencias inhumanas, por dar amparo a un niño fugitivo,
por herir a u^ mal*ado en legítima defensa, que ése es el
caso de Benjamín Duval''...
—Señora Molnar, basta... Basta! —desaprueba el
presidente—. Ha tomado usted el papel del abogado
defensor, y en ningún casa podemos oiría en ese tono. No
es para escuchar argumentos, sino hechos, para lo que este
tribunal le concede el derecho de hablar.
—*n seguida llegaré a los hechos, señor presidente. Soló
quería suplicar a los señores del jurado que fuesen menos
crueles con Juan de lo que el destino fue con él desde niño.
Por lo demás, sus faltas, sus delitos, los cargos de que se le
acusa han ocurrido en su mayor parte en otros países y
bajo otras leyes...
—La testigo olvida que los principales cargos son: aparte
*e su riña con Benjamín Duval, el incumplimiento de su
promesa de seguirle pagando una indemnización mediante
la cual retiró él su demanda —recuerda el presidente—. El
abuso de confianza que significa sacar del pue*to un barco
embargado antes de satisfacer la deuda que lo detenía a la
disposición del que hoy lo acusa: el señor Renato
D'Autremont y Valois...-
—Justamente iba a llegar a ese asunto, señor presidente
—interrumpe Mónica—. La forma en que *uan fue detenido,
la severa incomunicación en que hasta ahora ha estado, me
han impedido cruzar con él una sola palabra, participarle
algo que su desinterés, su verdadero desprecio al dinero le
hizo ignorar: la mujer con quien se casó en Campo Real
cuenta aún con algunos bi*nes de fortuna. Una dote
modesta. Con ella garantizo a este tribunal el pago de esa
deuda. Hago promesa solemne, a los acreedores aquí
presentes, de abonar hasta el último centavo, y espero que
con ello sea bastante para dejar sin lugar el cargo de abuso
de confianza.
—¿Puedo hacer una pregunta a la *estigo? —inquiere
Renato.
—Sólo quería preguntar a la testigo, recordándole antes
que declara bajo juramento, si fue también a causa de la
bondad de Juan del Diablo que rogó al doctor Faber
escribiese a su madre pidiendo ayuda, apoyo, auxilio para
escapar de la goleta Luzbel, en donde era retenida contra
prescripción facultativa, a *esar de estar gravemente
enferma.
—Jamás pedí al doctor Faber que escribiera en esa
forma, ni a mi madre ni a nadie —rebate Mónica con
energía—. Sólo quise hacerle saber que aún vivía. Juro que
ésa,-y sólo ésa, fue mi súplica para el doctor Faber.
—Admitamos que el médico obró por iniciativa propia,
que el dolor y el abandono de una compatriota, llevad* a
pesar suyo en aquel barquichuelo miserable, le conmovió al
extremo de ir más allá de lo que se le rogara.'¿No son
acaso hechos lo bastante' claros para desmentir la
pretendida bondad de Juan del Diablo?
—Sólo *uardo gratitud para él durante ese viaje. A
sabiendas acepté su pobreza. Y ningún tribunal puede
acusarlo si yo no lo acuso, nadie puede sostener contra él
una demanda que yo rechazo. Me considero deudora de
una profunda gratitud para el *cusado, y en nombre de esa
profunda gratitud...
Ha callado, sintiendo que las fuerzas le faltan, pero una
firme mano varonil la sostiene. Junto a ella está Renato
que, aprovechando el instante, se vuelve al tribunal:
—Es profundamente doloroso para mí obligar a la
*estigo a tocar asuntos íntimos; es lamentable ventilar ante
un tribunal público lo que sólo atañe al honor y a la
dignidad de los que son ya miembros de mi familia; pero
cuando se llega a un extremo tal, hay que apurar hasta la
última gota del trago más amargo. Públicamente, y
asumiendo de nuevo *l cargo de fiscal en el que fui
interrumpido, pido a los señores del jurado un veredicto de
culpabilidad para que él presidente de este tribunal aplique
la sanción más severa que marque la ley para los cargos
probados y confesados por el propio acusado, y corrobo
rados por los testigos que acaban de declarar. Pido la *ayor
pena que el código prevenga, para protección de esta
sociedad a quien él maldice y ataca, para ejemplo de los
que quieran seguir sus huellas, y en provecho de la mujer a
quien, por desgracia, yo mismo puse legalmente en sus
manos. Si ella, en su infinita nobleza, insiste en ser una
esposa leal, yo pido a los señores jurados y a los señores
mag*strados que me ayuden a reparar mi gran faifa, para
poder seguir sintiéndome un hombre honrado.
Un silencio solemne ha seguido a las palabras de
Renato. Sin fuerzas para detenerle por segunda vez,
Mónica se ha alejado unos pasos. Ahora está muy cerca de
Juan, pero apenas puede mirarlo; hay un torbellino que
parece girar ante sus ojos, un golpear de martillos que
atormenta* su cabeza. Otra vez, como en aquel terrible
viaje hasta la costa, cree vivir una pesadilla infernal, y para
ella, las voces, más que sonar, estallan, penetrándola con
cien dardos da angustia restallando como latigazos...
—El acusado p*ede hablar en su defensa o aceptar al
defensor de oficio que este tribunal le ha deparado -
manifiesta el presidente.
—Doy las gracias al defensor y al tribunal —desprecia
irónico Juan—. Mi única defensa sería negar la verdad, y
no he de negarla. Poco *alen las razones que pude tener
para hacer lo que hice, según ha afirmado la elocuencia del
señor acusador privado. Yo desprecio el dinero, lo
desprecio y lo odio con toda mi alma, o al menos lo he
despreciado hasta ahora. Tal vez por asco de ver que es el
precio de todo, tal vez a causa de l* repugnancia de mirar
aferrarse a él a los que lo tienen, y volverse más insaciables
cuanto más oro se amontona en sus arcas. No pregunté por
su dote al que me dio por esposa a Mónica de Molnar. Los
hombres de mi clase no nos casamos con las dotes, sino con
las mujeres. Y si todo este proceso, tal como acaba de
declara* Renato D'Autremont, no tiene más objeto ni
finalidad que arrebatarme a la mujer que legalmente me
pertenece, yo le respondo que no lo logrará jamás, a menos
que pague a un asesino para matarme!
—¡Silencio... Silencio! —grita el presidente por encima
del vocerío que se ha desencadenado ante las palabras de
Juan—. Se suspende la vista. Veinte min*tos de receso
antes de oír a los testigos de descargo. ¡Despejen la sala!
Juan se ha vuelto en vano hacia Mónica. Dos gendarmes
le han cerrado el paso, otros dos le empujan por el largo
pasillo. En sus manos está aún el doblado papel que
Charles Britton le diera al declarar. Mientras marcha entre
cuatro fusiles, lo abre y lo lee con ansia. Son sólo unas
palabras, locas y apasionadas pala*ras de amor, que le
estremecen haciéndole dudar. Es una letra de mujer, de
largos y nerviosos caracteres desiguales. No hay un signo,
no hay una firma, no puede recordar si ha visto antes esa
letra, pero el sutil aroma de nardos que exhala *l papel es
como un relámpago repentino en su memoria, y lo estruja
con rabia, lo deja caer y, como un sonámbulo, se deja
llevar...
Mónica ha seguido los pasos de Juan. Ha escapado a las
manos de Renato, ha esquivado al ujier qué intenta
detenerla. Corre ansio*a, con el anhelo de alcanzarlo, de
cruzar con él aunque sea una palabra, una sola palabra...
Pero ha llegado tarde. La puerta claveteada se ha cerrado
tras el último gendarme, y ella se vuelve vacilante, como si
despertara, ahogada por el tumulto de sentimientos que la
envuelven... Muy *erca de la puerta hay estrujado un
pequeño trozo de papel, que recoge con ansia. Sí, ahora
recuerda, ahora está segura: vio caer ese papel de las
manos de Juan, mientras corría en vano por alcanzarlo, y
tiembla pensando que pueda ser un mensaje, una palabra...
¿Para ella -acaso?
Lo ha leído, una y otra vez... y ca*i no comprende, Al fin,
su mente se aclara. Recuerda aquella letra, conoce dema‐
siado bien aquel perfume de nardos que ,se le clava en la
garganta, y murmura en un gemido de infinita desolación:
—De Aimée para Juan... ¡Para Juan.. .!
Poco a poco, todos van regresando... más grave y ceñudo
el presidente del tribunal, más aburrido y despreoc*pado el
viejo secretario, más nerviosos e inquietos los doce
hombres, escogidos entre todas las clases sociales, que
forman el jurado...
—El tribunal... Se reanuda la audiencia —anuncia el
secreta*io.
Mónica ha llegado también, trémula y pálida, y clavando
en ella una mirada de profundo y doloroso reproche, cruza
Renato hasta llegar al ce*tro del estrado. Hay una fiera
determinación en toda su actitud, como una brusca
reacción exterior a la desolación de su alma, y es como un
acicate, que se clavara torturándole, aquel viejo orgullo de
los D'Autremont y de los Valois que corre mezc*ado en su
sangre...
En silencio, llega Juan. También, como Renato, parece
más sereno y más pálido; hay en él un gesto de
determinación desesperada. .. gesto que, en los rostros
distintos, marca, como un sello indestructible, su innegable
parecido de hermanos...
—Antes *e dar paso a los testigos de descargo —advierte
el presidente—, pregunto por segunda y última vez al
acusado Juan del Diablo: ¿Desea ser asistido por el
defensor de oficio que le otorga este tribunal?
—No, señor presidente...
—Bien... Que pasen los testigos de descargo...
—Testigos de descargo: *egundo Duclós Panart... —llama
el secretario.
—Por una cuestión de orden, señor presidente —objeta
Renato—. Segundo Duelos formaba parte de la tripulación
del Luzbel. Puede considerársele como un empleado de
Juan del Diablo...
—Se trata de un ciudadano libre, señor D'Autremont —
rechaza el presidente—, que declarará b*jo juramento y
será reo de perjurio si sus declaraciones son falsas. —Y
dirigiéndose a Segundo, advierte—: Acerqúese a la barra
de los testigos... ¿Se da usted cuenta de la responsabilidad
en que incurre faltando a la verdad en sus declaraciones,
testigo?
—Sí, señor... claro... Pero no necesito mentir para defen‐
der a Juan del Diablo...
—Bueno... ¿Jura decir la verdad, toda la *erdad, y sólo la
verdad, en cuanto le fuese preguntado? Conteste: "Sí,
juro". Y levante la mano para jurar...
—Sí, juro...
—Baje la mano y diga cuanto sepa del acusado Juan del
Diablo. .. Cuanto pueda Servirle para negar los cargos o
atenuar la responsabi*idad de ellos. ¿Estaba usted presente
cuando la riña en la taberna de "Dos Hermanos", donde
resultó herido Benjamín Duval?
—No, señor presidente, nunca estaba con Juan cuando
llegábamos a puerto. Yo cuidaba de la goleta anclada, él
entraba y salía, contrataba las cargas, hacía to*os los
arreglos. Luego nos pagaba, unas veces por sueldo, otras
por una parte de la ganancia. .. Era generoso y considerado
con todos... Jamás nos engañaba...
—¿Puedo hacer unas preguntas al testigo, señor
presidente? —solicita Renato. Y al concedérsele la
autorización, se dirige a Segundo—: ¿Sabía usted q*e la
mayor parte de las cargas que trasladaba el Luzbel eran
robadas? Recuerde que está declarando bajo juramento...
—Pues bien, yo nunca le pregunté al patrón de dónde
salían las cargas. No creo que haya ningún tripulante de
barcos de cabotaje que lo haga, ni ningún patrón que
soporte tales preguntas. ..
—¿Ha terminado, señor D'Autremont?
—Un m*mento, señor presidente. El testigo estaba
presente en Jamaica cuándo fue secuestrado Colibrí. El le
vio golpear a los empleados de los Lancaster, le vio
disparar contra las barricas de ron, le vio también esconde*
al muchacho en la goleta, tomándolo para provecho
propio, y hacer levar las anclas para huir. ¿Le vio, o no le
vio?
—Sí le vi. Pero lo de provecho propio no es verdad...
Colibrí no hacía nada en el barco, no hacía nada en nin*una
parte. Pasaba la vida de niño bonito, acompañando al
patrón, y no me lo quiso dar para grumete, aunque varias
veces se lo pedí porque lo necesitaba...
—¿Qué pretextos le expuso para no otorgar esa ayuda?
—Pretexto, ninguno... Sólo-dijo que no que*ía grumetes
en su barco... Que los grumetes sufrían demasiado...
—Sí, señor presidente —tercia Juan—. Viví como
grumete durante tres años. Sé bien lo que es la suerte de
un muchacho al que todos, desde el capitán hasta el último
marinero, pueden mandar, reprender y casti*ar. No saqué a
Colibrí de Jamaica para que siguiera siendo un esclavo... Lo
era en casa de los Lancaster... Cien veces puedo
asegurarlo, y Segundo Duelos, que ha jurado decir verdad,
puede afirmarlo... ¿Cuándo viste por primera vez a Colibrí,
Segundo? ¡Responde la verdad... la verdad!
—Arrastraba una carga d* leña más grande que él
mismo... Un capataz le tiraba piedras desde lejos, y le
gritaba estimulándolo...
—He terminado con mis preguntas —ataja Renato con la
intención de cortar los crecientes murmullos—. Considero
inútil, señor presidente, la repetición de un relato tan
profundamente desagradable, y repito lo que ya dije ante
este tribunal: ¿*or qué Juan del Diablo, o cualquiera de sus
hombres, no denunció el hecho a las autoridades? ¿Por qué
él, los que con él andan, se consideran autorizados para
hacer la justicia por su propia mano? En *sta desdichada
historia de Colibrí...
—¡Están de más todas las palabras, señor presidente!
Otra vez Mónica se ha levantado, como impulsada por
una fuerza incontrolable; otra vez se enfrenta al tribunal,
esquivando el ademá* de Renato, que intenta detenerla,
desoyendo toda voz que no sea aquella que en su
conciencia parece gritar...
"Están de más todas las palabras... ¡Ven aquí. Colibrí,
acércate! Señores magistrados, señores jurados, .no son
palabras, sino hechos los *ue quiero mostrar. En la carne
de este niño están impresas las huellas de la barbarie de
los Lancaster, y ninguna palabra dice más que estas
cicatrices. —Bruscamente ha despojado a Colibrí de su
camisa blanca, mostrando a todos aquellas horribles
huellas de crueldad que un día le hicie*on estremecerse
llevando a sus ojos las lágrimas—. ¡Esta es la prueba más
clara! Este es el cargo más grave contra Juan, y desafío a
cualquier hombre honrado a que siga sosteniéndolo tras
mirar lo que todos han mirado...
Mónica ha hecho a un lado al asustado muchacho, ha
recorrido con la mirada relampaguea*te a- aquel tribunal
que calla, sorprendido y emocionado, y sin mirar a Juan, se
vuelve hacia Renato: "Ya dije antes ante este tribunal, que
Juan ignoraba la existencia de mi dote, una dote modesta
pero intacta... Con ella garantizo el pago de esa deuda por
la que se acusa a Juan de abuso de confianza. Hago
promesa solemne, a los acreedores aquí presente*, de
abonar hasta el último centavo, y confio en que la justicia
no sea para ustedes, señores jurados, la letra muerta que
castiga a ciegas, sino la comprensión humana que aplica
esa ley a cada hombre, a cada corazón, a cada caso... El no
se defiende, no quiere defenderse; pero yo pido justicia...
¡Justicia humana para el acusado!”
—¡Silencio! ¡Basta! —clama el presidente—. *jier,
obligue al público a guardar orden y silencio, o tendré que
hacer despegar la sala... Y en cuanto a usted, señora
Molnar, hágame el favor de abandonar la sala. El juicio
debe continuar sin más interrupciones...
*omo una sonámbula, ha abandonado Mónica la ancha
sala del tribunal, no sin volverse desde la puerta para mirar
a Juan un instante... pero aparta los ojos estremecida,
quemada por el fuego luminoso que asoma a las pupilas de
aquel hombre extraño... Aquellos ojos qu* ella nunca viera
sino fríos y desdeñosos, amargos o burlones, aquellos ojos
que parecen haber mirado todos los dolores y toda la
tristeza del mundo, y que ahora brillan con un fulgor cálido
de gratitud, acaso de admiración ...
—¡Tú... aquí...!
Moviendo la cabeza, Mónica ha dado un paso *trás.
Nada en el mundo hubiera podido dar a su alma un golpe
tan brutal como la presencia de Aimée allí, junto a las
ventanas que dan a la sala de los tribunales...
—Ya te oí defendiendo a Juan. Lo hiciste a las mil maravi‐
llas. Y ya vi también cómo él te miraba... Sabes
arreglártelas perfectamente... Has cambiado de un modo
*xtraordinario, y ya no podrá llamarte Santa Mónica...
—¡Calla! ¡Basta! ¡Si eres que voy a soportar.. .! —se
revela Mónica a impulsos de la ira.
—Supongo que habrás tenido que soportarlo todo.
Conozco a Juan. No es ningún caballero de la Tabla
Redonda. Al contrario ... No ha nacido la mujer que se
burle de él...
—¿Quieres callarte de una vez? ¡Maldita... *alvada...!
—¡Basta! ¡No eres tú quién pueda insultarme!
—Ni hay insulto que te llegue, Aimée. Has caído
demasiado bajo... ¿Qué haces en el tribunal? ¿Qué es lo que
has venido a hacer aquí, olvidándolo to*o: tus deberes, tu
nombre, tus juramentos... esos juramentos que pisoteaste
por completo, los que hiciste al pie del altar, los que me
hiciste a mí por la vida de nuestra madre?
—¿Pero con qué derecho... ?
—Mira este papel. Lo reconoces, ¿verdad? Lo escri*iste
tú,.. Tiene tu letra, tu perfume, tu modo vergonzoso de
expresarte.
—¿Quién te dio ese papel? ¿De dónde lo has sacado? No
•dudo que desearás con toda el alma cualquier cosa para
perderme —expone Aimée con fiera burla.
—Perdida estás por tus propias obras, por tus propios
actos. ¿*ué has venido a hacer a este tribunal? ¿Por qué
escribes de este modo a Juan, cuando el precio de mi
sacrificio fue justamente que borrarías hasta el recuerdo
del pasado?
—¿El precio de tu sacrificio? ¡Ay, hermana, me parece
que el sacrificio no fue tan grande! Si no, ¿por qué
defiendes a Juan?
—Lo defiendo porque fu* noble y sincero, porque tuvo
piedad de mi desgracia, porque, de cualquier modo, soy su
esposa. .. Porque, para salvarte entonces, no vacilaste en
hundirme en lo que pudo haber sido mi muerte... Y ahora
me echas en cara no haber muerto, ahora lamentas que el
hombre en cuyos brazos me arrojaste, como se arroja una
víctima a la jaula de las fieras, haya tenido sentimient*s
humanos...
—¿Sólo sentimientos humanos?
—¿Pues qué pensaste?
Aimée ha respirado, ha sentido que bruscamente se le
ensancha el alma, se ha estremecido presa de una alegría
egoísta, instintiva y carn*l... Ha sentido aflojarse en su
garganta el nudo amargo de los celos, que la ahogaba, y
casi sonríe viendo retroceder a Mónica, temblorosa y
pálida, ardiente sólo en ella como una chispa de
curiosidad...
—Entonces, ¿quieres decirm* por qué está ese. papel en
tus manos?
—No quiero decirte nada. ¡Ni eso ni nada! —rechaza
Mónica airada—. ;No te importa! ¿Entiendes? ¡No te
importa ni tiene que importarte! Piensa sólo que pudo
costarte la vida, y que, sin embargo, te lo devuelvo.
—¿Qu*eres que te dé las gracias por no delatarme? —se
burla Aimée con cínico sarcasmo—. No soy tan candida
para creer que sólo por mí callaste... ¡Callaste por él, por
Renato, por tu adorado Renato! ¡Todavía te importa más
que nada, más que nadie!
—¡Imbécil! ¡Imbécil! —repudia Mónica fu*ra de sí.
—¡Oh... Calla... Calla! —se asusta Aimée de pronto. Y con
repentina angustia, suplica—: ¡Cuidado, Mónica... cuidado,
que.. .!
—¿Qué? —se sorprende Mónica. Y con voz ahogada por
la sorpresa murmura—: Renato...
Ha quedado inmóvil, ahogado el grito de indignación en
su garganta, mientras Renato D'Autremont se acerca,
so*prendido y rápido, al tiempo que indaga:
—¿Qué haces aquí, Aimée?
—Renato de mi vida, me volvía loca en aquella casa —in‐
tenta justificarse Aimée, en tono doliente e hipócrita—.
Sola, *omo quien dice sola... con doña Sofía no hay que
contar. Desde que por la hora comprendimos que había
empezado el juicio, se encerró en su cuarto a llorar y a
desmayarse. Dice que este escándalo va a matarla, y no le
falta *azón, Renato. A sus años, con sus pergaminos, con su
orgullo... A mi me da una pena horrible que por un asunto
nuestro. Quiero decir, que por un asunto de la familia
Molnar, hayas trecho algo semejante... Tu madre opina que
no debías haberte metid* en nada de esto...
—Y yo comparto la opinión de doña Sofía... Bruscamente
se ha serenado Mónica, ha vuelto a tener el gesto
reservado y altivo de cuando vestía los ásperos hábitos de
novicia, y esquiva, como si no la viese, la ardiente mirada
de Renato, que explica en un *ntento de justificarse:
—Demasiado sabes que sólo cumplimos un deber
tratando de deshacer el mal que te causamos.
—Es justamente lo que yo le estaba diciendo —intercede
Aimée con falsa ingenuidad—. Aunque, al fin y al cabo, me
parecía que el daño no había sido tan grande, ya que, mal o
bien, Mónica e*tá queriendo a Juan... Precisamente llegué a
tiempo de asomarme por esa ventana en el momento en
que ella lo defendía con tanto calor, dejándote a tí en una
situación bastante desairada, Renato...
—Mónica también entiende que el deber es preciso
cumplirlo por encima de todo, y considera que su deber es
estar de parte de Juan, ya que *onsintió en casarse con él...
—¿Lo entiendes tú así? Menos mal... Tenía miedo de que
te disgustaras, de que te enojaras con ella... Pero ya veo
que no hay nada de eso. Por fortuna, los enemigos públicos
se siguen llevando como buenos parientes en la intimidad...
—¿Qué quieres decir, Aimée? —indaga Renato
sorprendido.
—No sé... No le des mucha importancia. Estoy t*n
nerviosa, que no sé ni lo que digo.
Un nervioso agitar de campanilla, ordenando silencio a
los fuertes murmullos que llenan el espado, ha hecho que
Renato se dirija a la ventana que da a la sala del tribunal,
sacudido por una ext*aña agitación, y es el instante que
aprovecha Aimée para acercarse a su hermana, sujetando
su braza mientras le habla al oído con la furia desesperada
de quien pone en una intriga su alma entera:
"Juan va a salir absuelto. Todos los jurados con los q*e
he podido hablar, están de su parte, y ese papel que tanto
te molesta se lo mandé sólo para darle ánimos, contestando
a otro que él me había enviado pidiéndome ayuda y amparo
en nombre de aquel amor nuestro que no puede olvidar...
Yo no tengo la culpa de que Juan no me olvide, *e que siga
considerándome como el único amor verdadero de su vida.
Tuve que escribirle diciéndole que le amaba todavía,
porque sin mi amor no le interesan ni la vida ni la libertad.
Esa es la verdad... Ya la sabes... ¡Ahora, si quieres, dícelo a
Renato!
Sin dar tiempo a responder a Mónica, corre Aimée *acia
Renato tras derramar el veneno en el torturado corazón de
su hermana... Todo es ahora distinto en ella: el gesto
ingenuo, la palabra tímida y dulce, la actitud suave y
enamorada con que se apoya en el brazo de Renato, al
preguntar:
—Renato mío, ¿qué es lo que pasa?
—¡Es el colmo... el colmo! Pedro Noel está entre los tes‐
tigos de desca*go...
—Notario Noel, ¿qué tiene usted que declarar? Una vez
más, a la voz y a la autoridad del presidente, se han
acallado los fuertes rumores, los comentarios violentos, el
batir de los pensamientos y las voluntades, cada vez más
prendidos y dominados por el interés de aquel proceso que
pone frente a frente a dos hermanos... Un asombro
indignado hace mirarse, unos a otros, a los a*tos
personajes de la tribuna de los influyentes. Un ansia de
desquite, una curiosidad violenta, y en algunos malsana,
sacude las apretadas filas del departamento en el que el
público común se amontona. Y absolutamente sereno, como
*i por una vez en su vida se decidiera jugarse el todo por el
todo, Pedro Noel da vueltas entre las manos al deslucido
sombrero de copa, compañero inseparable de su gastado
levitón, antes de hacer uso de la palabra;
—Casi, casi, señor presidente, mi decla*ación está de
más...
—¿Entonces, ¿por qué insistió en ser llamado como
testigo?
—Hubo un momento en que pensé que haría falta, pero
la elocuencia de los argumentos de la señora Molnar ha
hecho inútil toda intervención posterior. Ella tiene razón:
las palabras están d* más. Nos ha presentado los hechos en
toda su cruda realidad... El martirio de Colibrí, escrito, no
en actas, sino en la propia carne del muchacho, y su sabio
ruego a los señores del jurado pidiéndoles mirar este caso
con un sentido realmente humano de la justicia, creo que -
sean lo bastante para conseguir un fa*lo absolutorio, que es
lo que la mayoría estamos deseando. ¿Verdad? -
—Señor Noel, en su calidad de testigo, no es discurso de
defensa lo que puede usted pronunciar —le recuerda el
presidente—. Si el acusado ha renunciado voluntariamente
a las ventajas de la defensa...
—Es porque tiene la conciencia de no haber procedido
mal —int*rrumpe Noel como prosiguiendo los conceptos
del presidente—, Porque piensa que sus intenciones están
demasiado claras, que se transparentan de los hechos, y es
además, señor presidente, señores magistrados, señores
jurados, por la condición especial de la mentalidad del
acusado. Y eso es precisamente lo que vine a decir ante
este tribunal. Como existen hipócritas del m*l, existen
también hipócritas del bien, y el caso típico lo tienen
ustedes delante, en el banquillo de los acusados. He aquí
un hombre noble, generoso y humano; un corazón que
destila piedad y amor al prójimo, demasiado herid*,
demasiado humillado para ser capaz de demostrar estos
sentimientos. Le han tratado demasiado mal para que él
pueda decir, sin rubores, que sigue siendo bueno y
generoso, y que sigue amando a la humanidad ...
"El señor presidente dijo al testigo, *egundo Duclos, que
dijera cuanto sabía de Juan del Diablo, cuanto pudiera
servirle para disculparse, para negar o suavizar los
cargos... Pues bien, nada puede disculpar tanto los pecados
de un hombre como el conocimiento de los dolores de su
infancia. Segundo Duclos no los con*ce. Tampoco creo que
haya llegado a conocerlos a fondo la señora Molnar, aunque
con su maravillosa intuición de mujer los haya adivinado.
Yo sí, porque conocí al acusado desde niño, y puedo decir
que es bueno, que es fundamentalmente bueno, señores
jurados, a pesar de sus disparates, que siempre fui el
primero *n censurar...
—•¿Puedo hacer una pregunta al improvisado testigo,
señor presidente?
Todos los ojos se han vuelto hacia Renato. Este ha
llegado trémulo, tembloroso de cólera, contenido sólo por
el dominio admirable que le dan su educación y su
voluntad, y avanza, clavando una mirada terrible en el
rostro surcado de arrugas del viejo notar*o.
—Las preguntas que quiera, señor D'Autremont —
concede el presidente.
—Más-que testigo, panegirista de Juan, doctor Noel —
apunta Renato destilando amargo sarcasmo—, ¿ha faltado o
no ha faltado Juan del Diablo a las leyes y ordenanzas?
—Naturalmente que ha faltado, pero...
—¿Es o no lesivo para una sociedad, el que un hombre se
.crea superior a sus leyes y pase por enci*a de todo y de
todos para proceder a su antojo, en- forma arbitraria y
dictatorial, distribuyendo premios y castigos como si
tuviese los poderes de Dios en su mano? ¿Es o no lesivo,
señor notario Noel?
—Bueno, desde luego... No es el siste*a ideal de gober‐
narse, pero...
—¿Está o no está en este caso el acusado Juan del
Diablo?
—No puedo negar que está en este caso ..
—Entonces, los señores jurados no tienen más que dar
un vered*cto, en razón y en justicia, no es más que uno:
¡Sí... El acusado sí es culpable!
—Pero el acusado no es una fiera, es un hombre de
carne y hueso —se rebela Noel con cierta violencia—. Y los
señores jurados son hombres también, como somos
hombres los notarios, los magistrados y los ge*darmes. Y
existe un momento en el que hay que hablar a la razón de
los hombres, y por eso le pregunto yo a este tribunal: ¿Qué
ganará la sociedad con castigar a Juan del Diablo, si
siguiendo las leyes, por su letra muerta, se le echa encima
una pena excesiva y desproporcionada?
—La sociedad se librará de él y dará un eje*plo
saludable a los que quieran imitar sus desplantes —
remacha Renato con altivez—. Además, hará un acto de
justicia, de verdadera justicia, no de justicia sentimental...
—Yo digo una cosa... Juan es como una fuerza ciega...
Rechazándole e hiriéndole más, la sociedad le hace su
enemigo, le convierte en una fuerza para el mal.
Comprendiéndole ahor*, absolviéndole, dándole una
oportunidad de reparar sus faltas y de enmendar sus
errores, la sociedad gana para sí una tuerza generosa y
benéfica...
—Tal vez... Pero no por los medios legales. Usted e* un
hombre de leyes, notario Noel. Por eso son más
sorprendentes, más absurdas, más descabelladas sus
palabras, y me ha dado usted la más amarga sorpresa de
mi vida. Pero no importa... Está en el fiel la balanza: de un
l*do, la sociedad y la ley; del otro, Juan del Diablo. ¿Por
quién se decide usted, doctor Noel?
—Yo... Yo... —balbucea el viejo notario—. Yo estoy de
parteado Juan... ,
—¡*ilencio! ¡Silencio! —clama el presidente agitando con
violencia la campanilla, en un intento más de acallar los
fuertes murmullos—. Ha sido agotado el tiempo de los
debates, han sido escuchados todos los testigos. Este
tribunal cierra las actas. Los señores jurados pueden
retirars* a deliberar. ¡Se suspende la audiencia!
El público invade ya la sala de audiencia aguardando el
Veredicto de aquellos jurados que ya vuelven lentamente,
llenando el estrado... También los magistrados van
dirigiéndose a sus puestos, y el presidente alza la mano,
imponiendo silencio, al ordenar:
—Secretario, re*oja el veredicto del presidente del
jurado, y léalo en voz alta. Y usted, acusado, levántese..,
—Aquí está el veredicto, señor presidente —mulita el
secretario—. El presidente del jurado dice: "Por mi honor y
mi conciencia, ante Dios y ante los hombres... No... ¡El
acusado no es culpable!
Una oleada de alegría frenética ha sacudido los ba*cos
en los que se agolpa el pueblo. Un rumor extraño,
aprobación en unos, protestas en otros, estremece la-
amplia tribuna destinada a las personalidades importantes,
a los invitados de honor de la *ala de audiencia. Un
vendaval de las más diversas emociones recorre, de uno a
otro el extremo, la gran sala, mientras de pie, crispadas las
manos que se apoyan en la baranda, Juan busca, con los
suyos, los ojos de Mó*ica. La ha visto alzar la cabeza,
levantar las manos temblando como si diera gradas a Dios,
retroceder tambaleante de emoción hasta hallar el -apoyo
que le presta el respaldo de una butaca, para quedar luego
inmóvil junto a Renato, mient*as al otro lado de aquel
hermano, convertido ahora en su peor enemigo, ha
aparecido aquella otra mujer que un día encendiera su
corazón y su carne, y que con falsa solicitud se vuelve a
Renato, brindándole una vez más el espectáculo de su
farsa:
'—Renato mí*, no vayas a preocuparte demasiado. Estas
cosas pasan todos los días, y nadie les da verdadera
importancia...
—¡Silencio! —solicita el presidente—. En virtud del
anterior veredicto, este tribunal absuelve al llamado Juan
del Diablo, reservándose el derecho de amonestarle
aconse*ándole más cor- ' dura de ahora en adelante. Pero
en cumplimiento de la voluntad popular, expresada por el
veredicto del jurado, ordena sea puesto en libertad
inmediatamente, a no estar detenido por otro motivo...
¡Ah... ¡ Las costas del juicio quedan a cargo del señor
acusador privado...
Todo el mundo se ha puesto en movimi*nto... Segundo
Duclos, Colibrí, los otros tripulantes del Luzbel, el teniente
Britton y algunos marineros del Galión, han corrido hada
Juan, rodeándole con entusiasmo. Descienden los
magistrados de sus tribunas, se apartan los gendarmes, el
presidente del tribunal se acerca a estrechar la mano de
Renato, y le dice:
—Lo siento en el alma, señor D'Autremont, pero *ra de
esperarse. También lamento haber tenido que condenarle
al pago de costas, pero la ley es la ley, y nosotros no
podemos resolver las cosas a nuestro gusto, como los
señores del jurado.
—Le estoy altamente agradecido, *eñor presidente, y no
me sorprenden los resultados. Emprendí el asunto a todo
riesgo...
—Y con el enemigo dentro de la propia casa... El
presidente ha lanzado una mirada significativa al notario
Noel, que desaparece entre la muchedumbre. Luego se
v*elve a Momea, pero ella no parece ver ni escuchar cuanto
a su alrededor pasa. Aguarda inmóvil, tensa, pálida, las
manos crispadas aferradas al respaldo de aquella butaca, y
al fin echa a andar como una sonámbula...
—¡ Mónica.. .!
Las anchas galerías se han vaciado, y a l* voz de Juan,
Mónica se detiene tambaleándose, como si no pudiese más,
como si fuese a desplomarse. El se ha librado de las manos
tendidas, de los abrazos que le detuvieron, y ha corrido tras
ella, pero algo se paraliza en su alma al mirarla, y las
palabras tiemblan al salir de sus labios:
"Mónica... Creí que te mar*habas... Creo que tengo que
darte las gracias y, sin embargo, no encuentro las palabras
que quisiera emplear. Fuiste muy noble y muy generosa...
Desde tu loca proposición de sacrificar tu dote, hasta tu
forma de hablar en favor mío... •
—Creo que todos, o casi todos, hablaron a favor tuyo,
Juan. No tienes nada que agradecerme, pues no dije nada
que no *uera verdad...
—Pero el solo hecho de que esa verdad esté en tu
corazón, ya significa mucho para mi. El solo hecho de que
recordaras tan claramente aquella tarde, cuando te hablé
del martirio de Colibrí, * tú...
—No he olvidado-ninguna de las horas que pasé a tu
lado, Juan —confiesa Mónica. Y cambiando de pronto,
exclama casi' violenta—: No creo que debas perder el
tiempo en inútiles cortesías. Sabes, mejor que yo, que hay
*lguien a quien tienes mucho más que agradecer. Guarda
para ella tu gratitud y dale las gracias como se merece. Ella
lo está esperando...
—r¿Eh... ? No sé a quién puedes referirte, Mónica... Te
juro que no enriendo... . '
—*ntiendes demasiado. Claro que lo menos que puedes
hacer es disimular, pero conmigo el disimulo es vano,
absolutamente innecesario. Tengo la obligación de ser
discreta... He sabido callar y seguiré callando...
—¿Callar? ¿En qué vas a callar?
—No me preguntes demasiado, pues hasta mi voluntad y
mi *aciencia pueden tener un límite, porque yo también
puedo enloquecer y gritar como se grita de dolor, sin que
nos sea humanamente posible soportar más...
—Te juro que.. .
Bruscamente Ha callado, Juan... Muy cerca de Mónica, a
sus espaldas, se yergue la figura altanera de Renato, pálido
de ira, apretadas las mandíbulas, relamp*gueantes las
pupilas. Al gesto de Juan, Mónica se vuelve, para
retroceder espantada... Como dos espadas han chocado en
el aire las miradas de aquellos dos hombres, pero no brota
de ninguno de los labios el insulto que parece temblar en
las pupilas de ambos. Es como si dos mundos distintos
estuvieran frente a frente, multiplicando su veneno al calor
de aquella sangre traidoramen*e fraternal, hasta que al fin
Renato parece hallar el arma más cruel con que pueda
herir al hermano sin nombre: el desprecio. Y vuelve la
cabeza, ignorándole, para hablarle a Mónica:
—Supongo que es inútil pedirte que vuelv*s con nosotros
a casa...
—¡Totalmente inútil! —salta Juan sin poder contener la
ira que lo embarga—. Perdóname que responda por ti,
Mónica, pero todavía estamos casados y no hay pena
infamante, no hay falta en mí, que te autorice a ped*r ese
divorcio que tanto anhela Renato. Es lo que más aprecio de
esta libertad que tú misma has hecho que yo alcance, y por
la que te estoy dando las gracias...
—Hoy todos tienen razón contra mí, pero no por eso voy
a desalentarme —confiesa Renato con amargura
incontenible—. *a veo, Mónica, que quieres cumplir hasta
el fin tu papel de esposa ejemplar. Por desgracia, no tengo
el poder de estorbarlo... Siempre a tus pies, Mónica. Por si
no lo sabes, quiero decirte que tu madre sigue
aguardándote en tu vieja casa, y que en la mía, pase lo que
pase, están abiertas de par en par las p*ertas para cuando
quieras regresar. Buenas tardes... — y con paso rápido y
gesto altivo, Renato se aleja dejando solos a los esposos.
—Déjame ahora, Juan —ruega Mónica con desaliento—.
Ya me diste las gracias... gracias que no merecía, puesto
que no hice sino cumplir con mi deber...
—¿Que te deje? —se sorprende dolorosament* Juan
—.Entonces, ¿cuanto dijiste en el tribunal fue sólo porque
consideraste tu deber reparar una injusticia? Entonces, ¿tu
actitud poniéndote de mi parte y en contra de Renato, era
tu conciencia, no tu corazón quien la dictaba?
—Supongo que para tí es igual.
,—No es igual, puesto que te lo pregunto de este modo.
No es igual, cuando te exijo... Sí, te exijo que me d*gas la
verdad de tu alma... '
—No creo que tengas derecho a exigirle nada a mi alma.
Nuestra deuda está pagada... Supongo que hoy, tu orgullo y
tu amor propio están bien' satis*echos. Hoy no puedes
dudar de lo que siente por ti la mujer que un día te
traicionó. Por tí ha engañado, ha mentido, ha comprado
voluntades... Por ti se ha expuesto a todo, bajando hasta tu
calabozo para que la tuvieras en los brazos...

—¿*uién te ha dicho, Mónica...? ¿Quién...? ¿Acaso...?


—Acaso yo misma le he visto, pero eso no tiene ya
ninguna importancia, porque eso es cosa mía, ¿y qué
importo yo? ¿Qué puedo yo importarte?
—¿Y si me importaras más que nadie, más que nada en
el mundo?
—¿Como qué? ¿Como botí*? ¿Como arma contra Renato?
—¿Por qué no te olvidas de Renato? ¿Es que no puedes
decir dos palabras sin nombrarle?
—Fue a él a quien desafiaste. Por odio, ;no por amor, ha‐
blaste de retenerme a tu lado... Pero, ¿qué sabes tú lo que
es amor?
—¿Y por qué he de saberlo menos que Renato? ¡Tu
Renato!
—¡NO es mi Renato n* lo será nunca!
—Tal vez lo sea ya, tal vez ahora haya aprendido a
amarte, y tal vez tú suspires por él todavía. ¡Pero tú no vas
a ser suya! ¡No vas a serlo nunca! ¡Jamás!
Furiosamente, ciego de ira, como en los días
tormentosos en que tras su forzada boda la llevase a través
de los campos hasta el Luzbel, habla Juan, oprimiendo
entre sus anchas manos las frágiles muñe*as de Mónica,, y
ésta echa hacia atrás la cabeza, entornando los párpados.
Siente las ilusiones muertas, el alma rebosante de
amargura, pero al contacto de aquellas manos, a la vez
imperativo y tierno, rudo y cálido, la invad* un placer que
no sintió jamás, un como derrumbamiento de su voluntad,
un anhelo de no pensar nada, de no decidir nada, de ser
como fuera en aquellas horas terribles del pasado: un botín
en sus manos. De pertenecerle, aun cuando fuera a la triste
manera de un* esclava, aun cuando sangre en su corazón el
desengaño por pensar que otra es la dueña del corazón de
Juan.
¡Antes de permitirlo, Mónica, creo que soy capaz de ma
tarte!
—Están de más tus amenazas. Respeto el juramento que
hice al pie del altar, y acabo de demostrarlo. Tambié*,
aunque para ella nada valga, respeto el sacramento que lo
hace esposo de mi hermana...
—Aun por encima de tus sentimientos, que todavía son
de amor por él, ¿verdad? Las mujeres como tú no
cambian...
—¿Y para qué vamos a cambiar? No puede extrañarte,
puesto que *ú tampoco cambias. La traición más rotunda,
la burla más sangrienta, fue la boda de Aimee con otro,
mientras tú luchabas contra la tierra y contra el mar para
conquistar algo que ofrecerle... La perfidia más negra, fue
la de ser a la vez tu amante y novia de Renato.. Y sin
embargo, todo lo ha perdonado tu corazón...
—¡Tengo que perdonárselo todo y* que ella, al menos,
me sigue amando!
—¿Y estás muy satisfecho de ese amor?
—¿Te importa como yo me sienta? ¿Te importa de
verdad?
—En realidad, creo que no me importa nada... con lo que
supongo t* correspondo ampliamente. En realidad, ¿qué
pueden interesarte mis sentimientos? ¿Cuándo te
importaron?
—Nunca... nunca me importaron nada —comenta Juan en
tono sarcástico—. Te felicito por tu maravillosa intuición...
Cuando * un hombre como yo le importa mucho una mujer,
está perdido, es el momento de debilidad en el que se
pierde la batalla. Para los hombres como yo, las mujeres no
pueden representar más que una hora de placer... Tú, ni
eso... No te preocupes, porque tú eres mi legít*ma esposa,
lo único legítimo que hay en mi vida desdichada. No tengo
ni la más remota idea e cómo debe un hombre hablarle a su
legítima esposa... Supongo que con muchísimo respeto y
con muchísima frialdad... Debo inclinarme, cederte el paso
y preguntarte con exquisita cortesía: ¿A dó*de quieres que
te lleve, querida, cuando salgamos del tribunal? ¿Es eso lo
que esperas de mí? ¿Son esos los modales que debo usar?
Mónica siente que sus mejillas enrojecen, pero su cabeza
se alza venciendo su dolor a fuerza de orgullo. No quiere
que él la vea temblar, ni llorar; no quiere dejar escapar
frente a él el t*iste secreto -de aquel amor, que es como, un
crimen en los sombríos pasillos del palacio de justicia...
Herida en su dignidad, quemada de despecho y de celos,
aprieta los labios y calla, calla, mientras él vuelve a
preguntar con voz que rezuma amargura, la cruel y burlona
amargura de su desencanto:
"Pues comienzo con toda cortesía: ¿A dónde debo
l*evarte, Mónica? ¿A nuestro cuchitril flotante, que espero
nos sea devuelto, o preferirás el elegante hospedaje que
nos brindan las tabernas del puerto? Nada de ello es digno
de una dama, pero...
—¡Llévame al Convento de las Hermanas del Verbo
Encarnado!

16
HERMANA TORNERA, HAGA la caridad de anunciarme
inmediatamente al Padre Vivier y a la Madre Superiora.
Dígales que Mónica d* Molnar ha regresado. Pronto,
hermana, por favor... creo que no podría esperar
demasiado. -
Con voz en la que tiemblan juntos el dolor y el apremio,
Mónica ha hablado a la vieja tornera, que no puede apartar
de ella los ojos sorprendidos. Una pu*rtecilla disimulada se
ha abierto en la alta reja, y al ademán de la tornera, cruza
Mónica bajo aquel pequeño dintel que separa al mundo del
claustro. Ha sentido el anhelo casi irrefrenable de volver la
cabeza, de comprobar, mirándole cara a cara, que aún está
allí Juan del Diablo, *ruzados los brazos, clavada en ella la
mirada... Pero no cede a la tentación, sólo respira con la
angustia de aquel a quien le falta el aire, y echa a andar,
casi tambaleándose, como si también la tierra le faltara,
mientras Juan se muerde los labios y ve cerrar, tras ella, la
pequeña puerta de barrotes lab*ados, símbolo frágil del
muro que entre los dos se alza.
—Juan... Juan, ¿acabarás de explicarme?
—No creo que haya nada que explicar. Noel. Es hora de
retirarnos...
—¿Sin ella? ¿Dejando a tu esposa en el convento?
—Puesto que ella así lo desea, sin ella será.
—Bueno, bueno... entendámonos. Al terminar el juicio,
cuando me *cerqué a felicitarte, me dijiste que todo se lo
debías a Mónica. Tal vez hablaste con un poquito de
ingratitud, pero al amor todo se le perdona, y no puede
negarse que estuvo soberbia en el tribunal...
—Cumplió con su deber, pagó su deuda, considera que
estamos en paz... Y como estamos en paz, no tiene
obligación ni deseo de permanecer a mi lado. Esa es la
verdad, la verdad que probab*emente usted también sabe.
—Yo sólo sé que esa pobre niña sufría como una conde‐
nada. .. yo sólo sé que fue tu nombre lo primero que sus
labios pronunciaron al pisar la tierra de la Martinica; que
corrió a mí enloquecida, llenos *os ojos de lágrimas, para
pedirme que le ayudara a conseguir su único anhelo: verte
esa misma noche, hablarte, Juan. No le asustaron las
dificultades. Contra toda lógica, y contra toda la voluntad
de Renato, logré que pudiéramos escurrirnos a través de la
vi*ilancia del Fuerte. Usando del dinero y de las buenas
amistades, le arreglé la forma de llegar hasta tu celda la
víspera del primer día del juicio...
—Pero no llegó... no fue—refuta Juan, vivamente inte‐
resado—. Todo quedó en una buena intención, en un
propósito vano...
—N* llegó hasta tu celda, porque su lugar estaba
ocupado. Había otra mujer. Por sus propios ojos la vio
Mónica.
—¡No puede ser! —exclama Juan, desconcertado.
—Fue. Yo estaba cerca y la vi llegar a la reja, mirar hacia
dentro y alejarse temblando. A Renato le dijo que se
trataba de un abogado, pero después, a sol*s conmigo... No
nombró a nadie, a nadie, ni tampoco hizo falta. Conozco
bien el mundo, y sé hasta dónde son capaces de llegar las
mujeres de la pasta de Aimée.
—¡NO puede ser...!
—Pues sí es. De un solo golpe se destrozaron sus
ilusiones, sus recuerdos... y demasiado noble ha sido
declarando a tu favor y poniéndose de tu parte mientras
llevaba la muert* en el alma...
—Me temo que sea usted muy candido. Noel —augura
Juan, incrédulo—. Mónica es una mujer admirable... no soy
yo quien vaya a regatearle los méritos, ni el valor, ni la
entereza, ni la le*ltad... Pero no quiere, ni me querrá
nunca. ¿O le dijo ella que me amaba?
—Bueno, decírmelo, decírmelo así de claro, con palabras,
no me lo dijo... Pero hay que tener en cuenta su humillación
y su despecho... Ella, como esposa...
—¿*omo esposa? No, Noel, Mónica no ha sido mi esposa
jamás. La mujer que legalmente me entregaron en Campo
Real, a que llevé a la fuerza sobre el arzón de mi caballo,
como conquista de vándalo, continúa siendo la señorita de
Molnar.
Un gesto amargo ha plegado los lab*os de Juan. El viejo
notario le mira confuso, desorientado, pero Juan reacciona
bruscamente, clavando en su hombro la mano ancha y
dura como una zarpa, al amenazar:
—¡Pero piense que se lo he dicho a usted, a usted
solamente, y que repetirlo podría costarle demasiado caro,
porque soy capaz...!
—*uítame la mano del hombro, que me estás
derrengando, y déjate ya de decir sandeces —le interrumpe
Noel con falso malhumor—. Ni yo voy a repetir a nadie lo
que no le importa, ni me dan miedo tus tontas amenazas.
¿De modo que esa fue tu conducta con ella?
—Estaba enferma, casi moribunda. La fiebre la aturdió
durante días enteros. Durante var*as semanas no supo de
si misma. Cuando volvió a la vida, ya mi borrachera de odia
había pasado, y ella no era más que una pobre mujer dulce
y frágil como una flor... como una golondrina con las alas
rotas, que hubiera caído sobre la cubierta de mi barco...
E1 viejo notario ha bajado la cabeza. Hay un extraño
nudo de emoción en su garganta, que no le deja hablar, y
algo como un velo de *lanto en sus ojos cansados, al
comentar:
—Resultas un tipo bastante extraño, Juan.
—¿Por qué? —refuta Juan con simulada indiferencia—.
No es mérito de ninguna clase. ¿Qué importa una mujer
más? Y una mujer que quiere a otro...
—¿*ue quiere a otro? Muy seguro pareces estar.
—Lo oí de sus labios muchas veces. Luché por ayudarla a
salir de ese amor malsano. Hace una hora, pude comprobar
que aún continuaba. Es un amor que le causa horror, que le
espanta, que la humilla, pero del que no se puede librar.
—*o hubiera jurado que era a ti a quien amaba, que era
por u por quien lloraba cuando la hallé llorando sola en los
acantilados que están junto a su vieja casa. Claro que ella
me dijo que no, pero.;. —Duda un momento, y luego
lentamente, murmura—: ¿Quieres decir que Mónica ama a
Renato?
—Sí, Noel, eso *e dicho sin quererlo decir; pero ya está
dicho y es inútil volver atrás las palabras. No es por el
pobre diablo de Juan, es por el caballero D'Autremont por
quien Mónica del Molnar quiere enterrar su juventud entre
estas paredes y ocultar su belleza en las sombras del
claustro.

—Gracias por haberme recibido en seguida. Madre...


—Natural*ente. Este humilde convento es tu casa... Pero
la hermana tornera me dijo que venías acompañada de tu
esposo y de un notario... ¿Dónde están? ¿Por qué no
pasaron?
—Vinieron sólo acompañándome. Pedro Noel, el notario,
como amigo. Le pedí a mi esposo que me trajese aquí, y él
complació mi súplica. Podía no haberlo hecho... Podía
haberme dejado en mitad de la calle, o ha*erme arrastrado
con él adonde dice que va a hospedarse: las tabernas del
puerto. Pero, para eso, hubiera sido necesario que
realmente me considerara su mujer, que me amara... Creo
que le importo muy poco... Esa es la verdad... Creo que no
e* capaz de hacerme ningún daño, porque no es malo...
Creo que es capaz de sentir compasión por mí, porque su
corazón se compadece de todos los •que sufren, aun
cuando no quiera él mismo confesarlo... Creo que
cortésmente me trajo hasta esta puerta, porque hay en *u
alma un instinto de nobleza y de dignidad... Pero nada más,
Madre, absolutamente nada más...
Mónica se ha cubierto el rostro con las manos, ha caído,
como si se desplomase, en el ancho taburete monacal
puesto junto al limpio escritorio de la madre abadesa, y
ésta, tras mirarla con sorpresa dolorida, pas* en una
caricia su pálida mano sobre los rubios y sedosos cabellos
de la afligida, e intenta consolarla:
—Hija... Hija, cálmate... Estás fuera de tí, como si hu
bieras enloquecido...
—¡Soy la criatura más desgraciada de la tierra. Madre!
—No digas eso. Es pecado exage*ar nuestros dolores.
Miles, millones de criaturas, sufren infinitamente más de lo
que puedas tú sufrir en estos momentos...
—Tal vez, pero yo no puedo más. Si usted supiera...
—Sé, hija, sé. Me han contado... Hasta el fondo de este
retiro llegó la resaca, y, desde que me hablaron de tu
extraña boda, cada día he estado esperando verte llegar y
saber la verdad de tus labios... *cabas de decir que tu
esposo no es malo...
—No lo es. Madre... ¡El, que parecía mi enemigo, es
quizás el único amigo que he tenido sobre la tierra!
—Pues, entonces, hija, ¿cuáles son tus males?
—El es un hombre bueno, genero*o... Por mí sintió pri‐
mero odio y desprecio; compasión más tarde, al verme
desdichada. Ahora... ahora no siente nada... Si acaso, un
poco de gratitud... nada más que un poco, y quizás la
compasión despectiva a que nos mueven los dolores que
no comprendemo*...
—Bueno... Pero esos sentimientos no pueden herirte ni
dañarte...
—¡Me hieren y me dañan, me destrozan el alma, porque
él quiere a otra! La quiere locamente, con una pasión sin
freno, con una locura de pecado; la quiere sin importarle
nada ni nadie; la quiere por encima de sus traiciones * de
sus infamias; la quiere sabiendo que nunca le pertenecerá
por entero; la quiere sabiendo que no tiene corazón, y
busca sus labios aunque beba veneno en cada beso...
—Pero... pero eso es horrible —se desconcierta la
abadesa—. Eso... eso no es amor, hija de mi alma... Eso no
es sino una trampa del infierno... Pasará... pasará...
—*o, Madre, no pasará... Es más fuerte que él, y le llena
la vida. Quiere a la más falsa, a la más hipócrita, a la más
cobarde y traidora de las mujeres, y la quiere para
siempre;.. la quiere con toda su alma...
—¿Y tú...?
—¡Yo lo quiero a él del mismo modo. Madre! ¡Lo quiero
loca, ciegamente, con ese mismo amor de locura y pecado...
pero me moriré mil veces antes de c*nfesárselo!
Cubriéndose el rostro con las manos, solloza Mónica,
roto por fin el dique de su llanto tan largamente contenido.
.Llora, mientras la abadesa calla un momento permitiendo
el desahogo de las lágrimas, ante* de replicar:
—¿Y por qué ha de ser amor de locura, hija mía? ¿Acaso
no se trata de tu esposo? ¿Acaso no lo aceptaste ante el
altar, no juraste seguirlo, amarlo y respetarlo? ¿No cumples
un juramento sagrado al ofrecerle ese sentimiento?
—Pero él no me ama. *adre. Usted no sabe en qué
horrible circunstancia se ha celebrado nuestra boda. Nos
arrastró un torrente de pasiones desbordadas, y no fue él el
más culpable. Yo también le acepté, yo también permití que
el sacramento se profanara tomándolo por esposo cuando
no sentía por él sino horror, *iedo, casi odio... Sí, creo que
era odio el sentimiento que me inspiraba. Después, todo
cambió...
—¿Qué té hizo cambiar?
—Yo misma no podría decírselo. Madre. Acaso la bondad
y la piedad de Juan.. .No sé por qué le amé, no sé cómo ni
cuándo... acaso porque hay en él todas las cosas que
pueden cautivar el *orazón de una mujer: porque es fuerte,
hermoso, varonil y sano; porque su alma está llena de
nobleza; porque su vida está llena de dolor; porque las
cualidades de su alma me hicieron mirarlo como a una
piedra preciosa caída en el fango de la calle; porque,
aunque jamás le oí rezar, su bondad para con los
desgraciados le acerca a Dios...
—Entonces, en tu amor no h*y más que un pecado: la so
berbia. Esa soberbia con que prefieres morir mil veces
antes de confesarlo.
—El se reiría de mi amor...
—Si es como tú dices que *s, no creo que lo haga. Y en
último caso, ofrece la humillación a Dios en el fondo de tu
alma.
—Eso no es posible. Madre. En el mundo no es posible.
Usted, bajo el escudo de sus hábitos, en la sombra del
claustro, mira las cos*s de otro modo...
—En todas partes se puede servir a Dios, hija mía, y ofre‐
cerle el sacrificio de nuestros pecados. Y tu pecado de
orgullo..,
—No es sólo orgullo. Madre, es pudor, dignidad... No sé,
Madre, es algo superior a mis tuerzas, como si mi *uerte
estuviera decidida de antemano, como si mi destino lo
marcara. En mi corazón, los amores no nacen sino para
secarse a solas, para crecer con el riego amargo de mis
lágrimas... El no me quiere, Madre... Cuando me habló de
acompañarle, lo hizo en términos de que yo no acepta*a;
cuando le hablé de traerme aquí, ni siquiera me preguntó si
era por unos días o por toda la vida que pensaba acogerme
a los muros de esta santa casa. No quería sino deshacerse
de mí; parecía impaciente, irritado, ansiosa por recobrar la
poca libertad que mi presencia puede restarle.
—De todos modos, eres su *sposa, y tu deber es estar a
su lado. Debes esperarle en un lugar donde pueda regresar
a ti, no en el claustro, sino en tu casa...
—No es sólo mía. Antes .que a nadie, pertenece a mi
madre, y también a mi hermana. En ella entran y salen
gentes a las que no quiero volver a ver, a las que no puedo
volver a ver, Madre. En aquella casa me vuelvo loca,
ac*baría hasta por olvidar que soy cristiana...
—Calma, cálmate... Esta es siempre tu casa, pero ya no
como antes. Estás casada, tienes un deber ineludible en el
mundo...
—No puedo volver junto a los míos. Mi madre odia a
Juan... ha sido la primera aliada de Renato, la que más le
ha animado, la que, con lágrimas en los ojos, le ha pedido
que haga todo lo humanamente posible para li*rarme de
ese matrimonio que le causa horror. Y mi hermana... mi
hermana... ¡No, Madre, no puedo volver a ver a mi
hermana!
—Escucha, hija mía. Prescindiendo de tu gente y de tu
casa, tienes modo de vivir sola y honestamente. T* dote fue
depositada en este convento por tu propio padre. Cuando
me dijeron que llegabas con tu esposo y un notario, pensé
que venías a retirarla. Es perfectamente legal, ese dinero
te pertenece...
—En efecto, tendré que hacerlo retirar; pero, en
realidad, *a no es mío. Sirve de garantía a una deuda, una
deuda que quiero pagar pase lo que pase. Madre, tengo su
promesa, su promesa y la del Padre Vivier. Cundo hace
algún tiempo salí de esta casa para probar mi vocación,
ustedes me dijeron que si algún día volvía herida,
destrozada, sin *uerzas para luchar ni para sufrir más, se
abrirían las puertas de esta casa... Si ustedes no me
acogen, si ustedes me rechazan...
—No te rechazaremos. Si es realmente así como te
sientes, quédate y que la paz de Dios llegue a tu alma...

—Juan, antes de beberte ese vaso de veneno, quiero que


me digas qué te oc*rre para estar en ese lamentable estado
de ánimo...
La mano decidida del viejo notario ha detenido el ancho
vaso lleno de ron hasta los bordes, impidiendo que Juan lo
lleve a sus labios, y los ojuelos vivaces parpadean muy de
prisa, como si quisiera penetrar h*sta el fondo los
pensamientos que se ocultan tras aquella cabellera
encrespada, a través ere los grandes ojos italianos,
desdeñosos y magníficos, cargados de dolor y de
sombra...
—¿Todavía quiere usted que le diga lo que me ocurre?
¿Lo que me ocurrió siempre?
—De lo que te ocurrió siempre no vamos a hablar, sino *e
lo que te ocurre ahora. ¿No has salido con bien de ese
proceso, de ese proceso de todos los diablos? ¿No te han
dicho en el Juzgado que la goleta está a tu disposición
desde mañana, sin que tengas por ello que pagar un solo
ce*tavo, porque los señores jurados, al declararte "no
culpable", desvían de ti toda acción de la justicia, anulan el
embargo de tu propiedad y te dejan limpio de toda
mancha?
—Sí. ¿Y qué?
—Cuando llegaste de un misterioso viaje, que desde
luego ya no *s tan misterioso, ¿no me dijiste que traías
dinero bastante para cambiar de vida? ¿No me hablaste de
una empresa de pesca? ¿No me confiaste tu proyecto de
levantar una casa en el Peñón del Diablo?
—¡Bah! Más vale no hablar de estas cosas. Ya lo que
siento no es rencor, no es odio, *ino asco...
—Calma, el asco, deja el ron y escúchame. Ibas a
casarte;
ahora ya estás casado. ¿No te parece "que tu proyecto
viene de perlas a tu nuevo estado civil?
—Soy casado con una mujer que no me quiere, que
nunca me querrá... ¡Por favor, basta ya! He entrado aquí
para olvidarme de todo eso, *ara ahogar en ron hasta el.
último rastro de lo que ha pasado...
—¿Por qué no te acercas al alma de Mónica? O, si lo pre
fieres, al corazón...
—Está ocupado. Lo llena totalmente la imagen de otro
hombre, y el remordimiento de amarlo, que para ella es un
pecado mortal. Sufre como una condenada, se retuerce
como entre las llamas de un infierno, y yo no soy lo
bastan*e abnegado para soportar ese sufrimiento por el
amor de otro.
—¿Quieres decirme que reconoces que M´pnica te
interesa de un modo extraordinario?
—¡No reconozco nada! ¡Déjeme en paz! Le convidé a to‐
marse una co*a, no a colocarme sermones que ni me hacen
falta ni quiero escucharlos —rechaza Juan con violencia;
pero en seguida se reprime y en tono de suave amargura,
se disculpa—Le agradezco su buena voluntad. Noel, pero
no insista, no me haga remover el fondo de es*e pozo
amargo que es mi alma, no insista en sacar a flor de labios
la verdad...
—¿Y por qué no, hijo mío? . ^
—¿Piensa usted que yo no he querido acercarme al alma
de Mónica? ¿Piensa que no he tenido lástima de su tortura,
que no h* llegado a sentir la ilusión de que por fin se
rompían las cadenas de su amor maldito, y de que eran mis
manos, mis palabras, mi devoción silenciosa las que hablan
hecho el milagro?
—¿Has hecho todo eso?
—Sí, Noel, he hecho todo eso, y he fracasado. ¿Y sabe
usted por qué? Porque Mónica de Molnar no puede amar *
Juan del Diablo. Puede casarse con él, en un torbellino de
locura; puede hasta morir por él, si hace falta, pagando una
deuda que su orgullo no le permite conservar. Pero amarlo
para la vida, compartir con él la vida, sentirlo a su lado
como a un igual... no. Noel...
—Creo que estás totalmente equivocado con respecto a
esa muchacha. Ella no tien* prejuicios. Y si los tiene,
rómpelos tú, que fuerza tienes para ello y para mucho más.
Rompe su amor imposible, sácala del infierno en que se
agita, levántala en tus brazos, y sálvala... sálvala contra ella
misma... Tú puedes hacerlo, Juan, es tu esposa y....
—No, Noel, ella puede gritarlo frente a un tribunal, pero
no sentirlo dentro de sí. No soy más que un proscrito, un
exclui*o de todas partes. No tengo derecho a usar ni
siquiera el nombre de mi madre. ¿Con quién se casó
Mónica de Molnar? Con nadie. Noel, con nadie...
Repentinamente exaltado, chispeantes las pupilas, ha
hablado Juan como si por fin de*ara asomar a flor de labios
su amarga verdad... Pero la mirada del notario, honda,
comprensiva, cargada de simpatía y amistad, le mueve a
abandonarse, dejando correr, rotos los diques, el enorme
torrente:
"Accedí a casarme con Mónica porque la odiaba, porque
abo*recía en ella todo cuanto desde niño me había
ofendido, infamado... ¿Comprende usted? Era como una
venganza... Odiándola, hubiera podido mantenerla a mi
lado; aborreciéndola, habría sentido el placer, la necesidad
de hacer más fuerte el nudo que nos ata... arrastrarla a mi
abismo, *ancharla con mi fango, engendrar en ella hijos
que, como yo, no hubieran tenido nombre legal con que
empadronarse... Pero no odiándola, ¿cómo puedo hacerle
tanto daño? Ella ha nacido para otro mundo, para otra
cosa. Por ella, y sólo para ella, creo que debe existir ése
mundo al que detesto, al que quisiera destruir y de*trozar:
el mundo de las gentes limpias, sin una mancha, sin una
sombra...
—En eso te equivocas, Juan. También hay sombras y
manchas, aun en el corazón de esa criatura admirable. Tu
Toco amor la eleva demasiado. Ella también es de barro,
puesto que ama a quien no debe amar.,.
—¡Y con cuántos dolores no ha expiado ese amor que su
conciencia le dice *ulpable! ¿Acaso, por él, no ha
renunciado casi desde niña a todos los placeres de la vida?
Venga usted, asómese. Vea esas paredes que tenemos
delante. No son menos sombrías que los muros de un
cárcel...
Ha arras*rado al notario hasta la puerta de aquella
taberna, como escondida entre la vuelta de dos callejuelas,
pero desde donde puede abarcarse de una sola mirada el
macizo edificio, convento de las monjas del Verbo
Encarnado. Es como un bloque de pi*dra, con ventanas
protegidas por doble reja, tapiadas con maderas que nunca
se abren, con muros centenarios, anchos y sordos como los
de una fortaleza...
Es peor que una cárcel; es como una tumba. Noel. Y sin
embargo, quiso volver a ella, quiso encerrarse tras *sas
paredes después de haber visto a mi lado el sol, el mar, el
ciélo azul y libre...
—Pero tú no le hablaste del sol ni del ciélo. Le hablaste
de llevarla a las tabernas del puerto...
—Son mi mundo, como aquél es el mundo de ella.
Nacimos en los extremos de la vida... El azar *os juntó un
momento...
—Y tu voluntad puede juntarlos para siempre. ¿Por qué
no pruebas?
—¿A qué? ¿Arrastrarme a sus pies? ¿Reclamar derechos
que, por la forma en que me fueron otorgados, es peor que
mendigarlos? No, Noel. Puedo ser un bandido, un pirata,
un paria, pero no un pordiosero...
—¿Me autorizas para ser *o quien hable a Mónica?
—¡No! Ni usted ni nadie hablará en mi nombre con ella.
Ni a ella ni a nadie dirá nada de cuanto acabo de decirle,
porque haría traición a la confianza que acabo de poner en
usted y sería bien amargo que me fallara el único hombre
en quien he confiado en mi vida entera.
—Juan de mi alma, óyeme, entiéndeme —se enternece
Noel—, *oy viejo y conozco la vida sin romanticismos, sin
pamplinas... En el mundo triunfan los fuertes, los audaces,
y tú lo eres. ¿No te lo han demostrado ya los hechos? Si
quisieras luchar...
—Triunfaría de todo*, menos de ella. Se vencen las
tempestades, se doman los mares, se hacen polvo las
montañas, se batalla contra los hombres hasta vencerlos,
pero no se gana el corazón de una mujer por la
fuerza...
—*or fuerte ama la mujer al hombre, como el hombre
ama a la mujer por su dulzura y su belleza. ¿Dices que está
muy alta? ¿Por qué no subir entonces? Tú vales lo bastante
para ponerte entre los primeros, si te lo propones.
—Ya... Gobernador... Juan del Diabl*... —se mofa Juan con
sarcasmo.
—¿Y por qué no? Otros lo han hecho. Los árboles que
crecen más altos son los que nacen en el fondo del bosque
más espeso. Hasta ahora probaste tu valor despreciando al
mundo. Pruébalo, conquistándolo y poniéndolo a sus pies...
—¿Mientras ella tom* los hábitos? No, Noel, déjala en su
convento. Yo tomaré mi barco mañana y me iré para
siempre... [Ancho es el mar para los marinos sin rumbo!
—Como quieras. Esto es lo que se llama ganar para
perder. Pero, ¿quieres que te diga una cosa? No valía la
pena de enfrentarte a Renato para esto. Al fín y al cabo, vas
* darle gusto en todo. ¿Sabes cual era la peor condena que
podía salirte? El destierro. .. Era la pena máxima que
reclamaba para tí Renato, y no me extrañaría nada que, a
estas horas, doña Sofía D'Autremont esté intrigando con el
Gobernador para que firme un decreto mandándote salir de
la isla, aun después de haber sido absuelto.
—¿Los cree us*ed capaces?
—Bueno..'. no tendrán que molestarse... Tan pronto como
sepan que te destierras voluntariamente y que abandonas a
tu esposa...
—¡No la abandono! La dejo en libertad de hacer lo que
quiera. *s lo que ella desea. Por nobleza, por lealtad, por
deber se puso de mi parte... Pues bien, yo cedo...
—Dijiste públicamente que tendrían que matarte para
separarte de ella...
—Me engañó su actitud ante el tribunal..'. —Se det*ene
un momento, y con repentina ira, se engalla—: Pero sólo de
oírle decir a usted que los D'Autremont intrigan para mi
destierro... Axites de irme, buscaré a Renato, y cara a cara
le diré...
—Que ahí queda Mónica...
—¿Pretende usted enloquecerme? —se en*urece Juan.
—Pretendo que tomes el timón, como lo tomaste para
sacar adelante el guardacostas a punto de naufragar. No te
importó estar cien millas afuera del rumbo, no te importó
que no funcionaran las máquinas, no te importó que te
soplara un ciclón, empujándote al lugar más peligroso.
Tomas*e el mando, improvisaste velas, hallaste el rumbo,
esquivaste los malos vientos... y no iba en el barco la mujer
a quien amabas.
——Es cierto, todo eso es cierto. Pero quería llegar,
queria volver a verla, quería saber si la luz que yo había
visto en sus ojos era verdad o mentira.
—Y ahora, ¿no quieres saberlo? Juan, una vez *e
pregunté si no te importaría llamarte Noel...
—Y rechacé el honor, pero no crea que no supe
agradecerlo.
—En aquel momento, me dolió. Hoy pienso que tuviste
razón al rechazarlo. Poca cosa es mi nombre para un
hombretón de tu temple. Hay dos clases de hombres, Juan:
los que hacen los nombres y los que los heredan. ¿Por qué
no hacer el tuyo? Ya casi está hecho. Llama*se del Diablo
es lo mismo que llamarse de Valle, o del Mar, o de la
Montaña, y si buscamos los orígenes de esos apellidos,
llegaremos a que los dio un pedazo de tierra, como a tí te
dio el tuyo tu Peñón del Diabl*...
—Tal vez tenga razón...
Juan se ha puesto de pie, ha apartado la botella y el
vaso, ha llegado otra vez a la puerta, para observar con una
intensa mirada las oscuras paredes del convento. Luego,
echa a andar calle abajo, y, con una esper*nza en las
pupilas, Pedro Noel marcha en su seguimiento...

17

—¡RENATO... RENATO... ABREME! ¿No? me-oyes?


¡Renato.. .!
Al alzar la falleba, ha cedido la puerta que Aimée supuso
cerrada, y su rápida mirada recorre vividamente la vasta
biblioteca hasta hallar en el ex*remo opuesto la elegante
figura de Renato. Está de espaldas a la habitación, apoyado
en el marco de la ventana que da al patio interior, mirando,
sin ver, a través de las rejas de madera. Parece abstraído
en-un pensamiento demasiado amargó, hosco y ausente,
pero sus cejas se alzan con disgusto al sentir acercarse a la
m*jer que llega.
“¿Puedo hablarte un momento? Supongo que no te inte‐
rrumpo en la tarea de no hacer nada...
—Deseo estar solo, Aimée. ¿No lo comprendes?
—En cambio, yo estoy harta de encontrarme siempre
sola, y creo que "tú también podrías comprenderlo. Ya sé
que estás furioso, que no quieres oírme ni verme, que en el
fondo de tu corazón me *chas toda la culpa de lo que ha
pasado.
—¡Oh!, ¿te has propuesto desesperarme?
—¡Me destrozas el corazón con tu indiferencia, me
torturas con tu desamor y tu frialdad... ¡ Y yo no quiero sino
conquis*ar tu amor dará vez... i Vuélveme a querer, mi
Renato, vuélveme a querer!
Aimée ha echado los brazos al cuello de Renato,
poniendo un beso de fuego sobre sus labios. Es la batalla
que comienza, el combate que necesita ganar para *entirse
firme, para poder erguirse altanera bajo el techo de los
D'Autremont. Aquel hijo ofrecido en vano, que necesita
poner realmente en manos de Renato... Aquel hijo a cuya
sola espera se doblega la razón y el orgullo de Sofía...
Aquel hijo que indispensabl*mente tiene que llegar, y que
aún no late en sus entrañas... Aquel hijo sin el que todo
estará, perdido para ella. Para lograrlo, es preciso que
venza el desamor de Renato, que rompa el muro de hielo en
que se envuelve, que reconquiste su pasión aunque sólo sea
por una hora... una hora de sentirl* otra vez esclavo entre
sus brazos... Pero Renato, suave y frío, la rechaza:
—Mi pobre Aimée, por favor... Cálmate...
—No me quieres ya... Me olvidas, me abandonas, sólo
piensas en ese asunto desdichado... . —
En ese asunto desdichado están mi honor y mi prestigi*... Y
la vida entera de Mónica...
—¿Por qué te empeñas en hacerte responsable? Bastante
has luchado y has expiado ya esa culpa, caso de que la
hubiera...
—No fue bastante, puesto que no he logrado nada.
Necesito no dar paz a la mente, torturarme el pensamiento,
atormentar la imaginación hasta que surja de ella el nuevo
plan de combate, la conducta que debemos seguir, *os
recursos de que podemos valemos... ¡Déjame, Aimée, te lo
ruego! Necesito pensar, y para pensar... perdóname, pero
me estorbas...
—¡Oh! Eso es tanto como llamarme... —se hace la
ofendida Aimée. ' ,
—*o es llamarte nada. Simplemente, es hablarte claro.
Creo que, por una vez en la vida, puedes comprenderme...
Y en- este momento, piensa que se trata de tu propia
hermana.
—|Se trata de una odiosa rival, de la que te ocupas más
de lo que debieras! —se engalla A*mée con auténtica ira—.
¡Harás que la aborrezca!
—¡Calla! Si alguien te oyera expresarte de ese modo...
—No necesitan oírme a mí para decirlo y pensarlo. Si
realmente no quieres dar un escándalo, no sigas por ese
camino. Tu propia madre opina que vas muy mal. ¡Ya veo
que contigo *o se llega a ninguna parte! Es inicua la forma
en que me tratan todos en esta casa. Todos, si, todos....
Porque no eres tú solo. Y ya no puedo más, ¿entiendes? ¡No
puedo más! Estoy cansada de tu injusticia, de tu abandono,
de tu frialdad... Deberlas tener más cuidado. ¡No se
abandona asi a una mujer de mis años!
—No te he *bandonado. Te pido que me dejes pensar. ..
¡No estoy para soportar tus niñerías y tus celos! No eres
sino una consentida, una malcriada, una criatura a quien su
madre echó a perder a fuerza de mimos. Si pensaras como
una mujer hecha y derecha, que no eres ya...
—¡Si pensara como una mujer, te cobraría muy caro este
desaire! —amenaza voladamente Aimée.
—¿Qué desaire? *e he suplicado unos días, unas horas de
tranquilidad..¿Dónde está la ofensa y el desaire? ¿Por que
no sales a dar un paseo? Las tiendas están llenas de
adornos, de perfumes, de trapos... Entretente con eso, ya
que supongo que *s lo que echas de menos en el campo.
—Perfectamente. Tú lo has querido... ¿Quieres que te
deje en paz? ¡Pues voy a dejarte! ¡Pero no te quejes si, de
ahora en adelante, no acudo cuando tú me llames! —Y
alejándose rápidamente, sale Aimée, dando u* fuerte
portazo.
—¡Aimée! ¡Aimée! —llama Renato, abriendo la puerta—,
¿No me oyes? ¡Ven aca! ¡Aimée!
—No es la señora, mi amo. Ella cruzó el patío y ya vapor
la escalera, echando chispas, lo mismito que un rayo. Como
cohete prendido va...
Renato D'Autremont ha vacilado. A travé* de la baranda
de la escalera, bajo los arcos de piedra de aquel viejo palio,
divisa un jirón del lujoso traje claro que viste Aimée, pero
el primer impulso de correr tras ella se ha enfriado. Le
parece pueril, caprichosa, estúpida, y el recuerdo de
Mónica vuelve a apoderarse de su alma, mientras Ana se
acerca zalamera y solícita:
—¿Quiere qu* llame a la señora, señor Renato? ¿Quiere
que le diga que usted la manda llamar? ¿Quiere que venga?
—No, Ana, no te hará caso. Más vale aprovechar la
tregua de sosiego que me da su rabieta. Dile a Cirilo que
me traiga coñac a la biblioteca. O mejor, tráelo tú misma.
Tráelo tú sin decírselo a nadie, y después mira a ver cómo
te las arreglas para distraer a tu ama. Anda...
—¡*aya! ¡Hasta que apareciste! Llevo una hora
llamándote, Ana...
—Es que primero el señor, y luego, cuando fui al
comedor, al pasar por la puerta de atrás.
—¡No quiero oir cuentos! ¿Tienes algún vestido nuevo?
Una blusa, una falda, *n pañuelo, un chal ¡Tráemelos en el
acto! Voy a vestirme con tu ropa. Tráemela pronto, y
prepárate a acompañarme.
—¿En el coche?
—No iremos en el coche. Saldremos sin, que nos vea
nadie, ni nadie pueda contar luego por dónde estuvimos.
Tráeme la ropa... Apúrate... Á*da...
—Pero, señora, déjeme decirle primero lo que pasa... Es
que...
—¡Anda, estúpida!
Con una furia ciega e incontenible ha despedido Aimée a
la mestiza sirvienta, y ahora espera impaciente su regreso,
que no se hace esperar cuando advierte, llegando
sofocada:
—Aquí está, señora Aimée... P*ro el hombre sigue
esperando...
—¿El hombre? ¿Qué hombre? ¡Pronto, dame la falda!
—Aquí está. Letraje también mi blusa nueva, pero si me
la suda mucho me la va a estropear.
—¡Te compraré cien blusas, estúpida! ¡Ayúdame a vestir!
Abróchame... Dame el pañuelo mientr*s voy cambiando de
peinado.
—Está bien... Y el hombre en la calle, vuelta y vuelta... Y
como buen mozo, es buen mozo. Más que el señor Renato...
—¿Qué idioteces estás diciendo?
—Nada. Usted no quier* oírme... Digo que el hombre,
vuelta y vuelta para arriba y para abajo, pasea y pasea, y
con tanto rato esperando va a desempedrar la calle. Hay
que ver cómo se le alegraron los ojos al verme asomar... y
va y me dice: "Yo la vi junto a ella. Segura*ente, usted es su
criada de confianza". .. Hasta por encima de la ropa se me
conoce, mi ama, que soy su criada de confianza. El hombre
es más listo...
—¿De quién estás hablando?
—¿De quién va a ser? Del que está vuelta y vuelta, para
arriba y para abajo, en la calle, *e esquina a esquina, y
mirando hada acá. Se come con los ojos la puerta y la
ventana... Y al fin fue y me dijo: "Si quisiera usted tener la
bondad de avisarle a su ama que yo sería el más feliz de los
mortales si pudiera hablarle a solas dos palabras"...
—Pero... pero, ¿de dónde sacas todo eso?
—Me lo d*jo él. De pronto, así de pronto, no lo conocí,
porque no viene de uniforme, sino de paisano. Pero, asi y
todo, está de lo más buen mozo... Creo que se llama el
teniente Botton...
—¿El teniente Britton? —rectifica y pregunta Aimée—.
¿Le has visto?. '
—¿Pues no le *stoy contando? Si se asoma a la ventana,
lo verá desde aquí arriba. No sé desde cuándo está
rondando la casa, y con unos OJOS de enamorado... Hay que
ver qué fino... Hasta el sombrero se quitó para hablarme...
—¿El teniente Britton ronda mi casa? Entonces, sabe
quién soy, puesto que ha venido hasta esta casa.
—Seguro que sabe-... ¿No va usted a hablar con él,
señora? Está esper*ndo que yo le diga algo... Para eso me
dio veinte francos...
—¿Y tu los tomaste? ¡Debería echarte a puntapiés! ¡Este
tenientillo es un fresco! Hay que ver... tratar dé
sobornarte.,.
—Está bien, no se ponga brava. Le diré que se vaya...
—*guarda.,. Déjame pensar... El teniente Britton... El
teniente Britton...
—Si le hago dar lá vuelta y lo meto por la puertecita del
corral, y se van a hablar allá al fondo, donde están las
matas de mango, no los ve nadie —asegura Ana con
entusiasmo—. ¿Le va a hablar, señora?
—¡N*, no y no! ¡Espérate... ¡ Se me está ocurriendo
algo... Se me está ocurriendo una cosa que... Sí, na... .Sal
por la puerta del corral, hazlo pasar. Que me espere
justamente en ese lugar donde no va a vernos nadie, y tú
vuelve a ayudarme para que me cambie de ropa...
—¿Otra vez?
—Puesto que sabe que soy la señora DAutremont, no v*y
a presentarme con el traje de una criada, sino todo lo
contrario, precisamente todo lo contrario. El teniente
Britton, ¿eh? Creo que ha llegado a tiempo... Este es el
hombre que yo necesitaba. .. Dame *l traje blanco... No... el
rojo, el de seda. Sácalo antes de irte. Quiero parecerle
muy hermosa, quiero gustarle todavía más de lo que le he
gustado. ¡Anda... anda... ¡ ¡Ay, Renato, qué pronto me las
vas a pagar!
—¿Cóm*? ¿Por aquí?
—Pues claro. ¿Pensó que iba a poder entrar por la puerta
grande? Por este lado, y calladito... Calladito para que no lo
oigan de la cocina o de la cochera y empiecen a hablar,
esos chismosos. Calladito, y de prisa. Vamos... Vamos...
Aún más sorpren*ido que halagado, mirando a todas
partes con la inquietud de un soldado bisoño y la audacia
ingenua de sus veinte años, el oficial inglés cruza por la
puertecilla de la huerta, detrás de Ana, y se interna con
paso rápido y silencioso a través del enorme patio que, con
todos los honores de huerta, r*mata sobre una callejuela
solitaria la vetusta mansión de los D'Autremont, en Saint-
Pierre...
—Espere a la señora. Con calma, ¿eh? Con mucha
calma... Mire, ahí hay un banco. Lo mejor es que la espere
sentado...
—¿Está usted segura de que va a venir?
—Pues, claro. ¿Para qué si no me iba a mandar meterlo
por esta puerta? La *eñora está muy aburrida del señor
Renato... Ya verá... Ya verá...
Charles Britton calla, cada instante más desconcertado.
Aquella mujer de ojos maliciosos y sonrisa bobalicona llega
a hacerle dudar de lo que por sí mismo mira y oye. Un
instante le ha parecido que se burlaba de él.'.. Luego,
incapaz de seguir el consejo de sentarse, aguarda a pie
firme, frenando apenas su im*aciencia...
—Buenas tardes, señor oficial —saluda Aimée con irónica
coquetería—. Confío en no haberle hecho esperar
demasiado...
—Toda la vida puede esperarse con tal de verla llegar.
Charles Britton se ha detenido, deslumbra*o ante la
radiante belleza de Aimée de Molnar. Aquel traje de seda
carmesí, que tan maravillosamente resalta sus formas
estatuarias, da -también a su rostro un encendido color de
vida. Los negros ojos brillan, a la vez malévolos, burlones y
audaces, y es la fina y d*ble hilera de sus dientes blancos
como un collar de perlas que se asomara entre los corales
de los labios sensuales y golosos...
—Comienzo por devolverle a usted su propina, en
nombre de Ana. Aquí tiene sus veinte francos... Si, como
supongo, tiene algo realmente importante que decirme, no
necesita paga* para que le anuncien.
—Yo no intentaba pagar nada. Sólo trataba de
corresponder a la buena voluntad de la muchacha —se
disculpa el oficial, sintiéndose embarazado.
—La pobre Ana es tonta de capirote. ¿No lo ha notado?
Su falta de seso me pone a cada momento en situaciones
verdaderamente lamentables. Pero es demasiado leal y
d*masiado adicta a mi persona para no perdonárselo.
—Comprendo —asiente el oficial con desencanto—. Trata
usted de decirme que si está aquí, si me ha recibido de
esta manera, como yo no me atrevía a soñarlo, sólo se debe
a un error de su doncella...
—Más o menos.... Pero no ponga esa cara, no se
entristezca de esa manera. Usted no tiene la culpa si ella
no supo *xplicarme. ..
—Aguarda usted a otro, ¿verdad?
—Le confieso que sí. Pero no se atormente más. . Le
aclaré el punto por miedo a que me tomara usted por lo
que no soy...
—Yo no puedo tomarla sino por la mujer má* bella que
he visto...
—¿Exagerado, o galante, señor Britton? Pero, ¿para qué
vamos a discutir? Sea por lo que sea, el caso es que aquí
estoy, y si realmente tiene que decirme algo, algo de
interés, algo de importancia...
—Me temo que *ara usted no lo sea, señora. Creo que
es preferible hablar con absoluta sinceridad. Tomé a su
doncella por una de esas sirvientas más listas que tontas,
con capacidad suficiente para, sin molestar a nadie,
permitirme realizar el deseo de verla un instante y de
decirle adiós ante* de partir... Mi misión terminó con el
juicio, y debo volver a la Dominica aprovechando la
fragata que se halla en puerto, y que zarpa en las primeras
horas de la madrugada.
—¿Tan pronto se va? ¡Qué lástima!
—¿Le parece a usted demasiado pronto? ¿Lo siente de
verdad?
—Franqueza por franqueza, *o voy a negárselo. Me fue
usted extraordinariamente simpático, y me alegro
muchísimo de que la casualidad me haya puesto en
condiciones de hacerle una pregunta. ¿Cómo fue que
habiendo usted puesto el papel qué le confíe, en las manos
de Juan, otra persona tuviera ese' papel en su poder una
hora más tarde? Por desgracia, fue a parar a manos de
*lguien que tiene mucho interés en perjudicarme...
—¿Cómo? ¿Es posible? ¿'Entonces... ? ¿Pero cómo pudo
ser...? Le doy mi palabra de honor, le juro que lo puse en las
propias manos de Juan.
—Sí. Casi le vi ponerlo en sus manos. Pero, para que vea
que no miento, aquí lo tiene usted, aquí está. ¿Lo reconoce?
—¡Oh, sí! ¡Es increíblel Estoy realmente desolado,
señora. ¿*ice usted que este papel la ha perjudicado?
—¡Oh, no! Dije que pudo haberme perjudicado, leído por
una persona que seguramente lo habría interpretado mal...
—No creo que nadie pueda interpretarlo de otro modo.
Juan del Diablo es el hombre *ás afortunado que conozco,
ya que usted lo ama... Recuerdo sus palabras: "Dígale que
este papel se lo envía una mujer que da la vida para salvar
a Juan del Diablo"...
—La vida puede darse también por gratitud, por deber o
por lástima. Si usted supiera. Cuando una mujer s* siente
sola, triste, desamparada... Cuando el hombre que es su
esposo le vuelve la espalda; cuando se siente una intrusa,
una extraña en su propio hogar,.. Pero no hablemos de mí,
sino de usted.. ¿Quería verme para decirme adiós, nada
más?
—Quería verla para decirle que desde el momento en
que la vi *o he podido olvidarla, como tampoco podré
olvidar a Juan del Diablo mientras viva. Considero que le
debo la vida a ese hombre. Sin embargo, apenas he podido
hacer nada para corresponderle, y pensé que la admirable
mujer que le ama de un modo tan apasionado podría
indicarme la forma de ayudarlo ...
—¿De veras? Es usted demasiado noble, of*cial. Yo pensé
que venia usted a buscarme, pensando que el servicio que
me hizo declarando a favor de Juan y entregando mi carta,
merecía un premio... Y estaba bien dispuesta a otorgárselo.
Usted dirá que soy una mujer muy extraña, pero me gusta
pagar mis deudas.
—Me ofende usted, señora.
—No creo que pueda ofenderle —observa Aimée echando
mano de su estudiada coqueterí*—. Mi premio era
simbólico. Pensé que se sentía usted muy solo en Saint-
Pierre, que acaso le gustaría pasear un poco, conocer los
pintorescos alrededores de la ciudad. Por desgracia, yo sólo
podría acompañarlo dentro de* más estricto anónimo: esto
es, disfrazada. Y como da la casualidad que estamos en
carnaval...
—Me deja usted atónito, señora; sorprendido y
encantado. Casi no me atrevo a hablarle por temor a ser
indiscreto. ¿Es usted realmente la esposa de Renato
*Autremont?
—Si... pero le agradecería que no le nombrásemos. ¿A
qué hora tiene usted que estar en su barco?
—Pasan lista a las cinco en punto. Media hora después,
zarparemos. He de estar a las cinco de la madrugada.
—¿Podría entonces esperar*e esta noche a las diez, en
esa puertecita por la que ha entrado?
—Desde luego... Claro... —balbucead teniente, sorpren‐
dido y deslumbrado—. Quiero decir que estoy a sus
órdenes... Pero...
—Alquile un disfraz y no olvide que hacer esperar a una
dama es un pecado imperdonable... Áimée es mi nombre...
Eme se dic* en Francia. Aquí, en las islas, lo pronunciamos
mal. Quiere decir amada. Me gusta llevarlo con toda razón.
¿No cree que lo merezco?
—¡Usted lo merece todo!
Charles Britton se ha inclinado, ahogado de emoción, de
sorpresa, de asombro, casi de espanto, para besar aquella
mano suave, blanca y perfumada, mientras una sonrisa
diabólica ilumina el rostro de l* esposa de Renato, cuando
insinúa:
—Su segundo deber es olvidar mañana lo que pase esta
noche, y salir en seguida de Sáint-Pierre, como los justos
de una ciudad maldita: sin volver la cabeza atrás... ¡*in
preguntar nada!
——Padre Vivier, ¿me ha mandado llamar?
—Precisamente, hija de mi alma...
—He esperado con ansia esta llamada. Su permiso es lo
único que me falta para poder vestir de nuevo mis hábitos
de novicia... Sor María de *a Concepción me prometió
hablarle... Tengo su promesa, la promesa de ambos... Usted
no va a cerrarme la única puerta por la que me es posible
escapar.
—Nadie escapa de si mismo, hija mía. En este caso, de
tus propios sentimientos. Pero, además, hay impedimentos
lega*es... Estás casada, te ata un sacramento que no puede
romperse a la ligera y sólo por tu voluntad...
—A mi esposo no le importa lo que yo haga.
—De cualquier modo, no podemos hacer nada sin su
consentimiento legal, y sospecho que no va a otorgarlo.
Hay en el locutorio una visita para tí...
—¡Ju*n! ¿Ha venido Juan a buscarme?
Mónica se ha puesto vivamente de pie, iluminadas sus
pupilas. Un insospechado estremecimiento de alegría la
recorre de pies a cabeza, como si despertara de un letargo,
y los labios del padre Vivier sonríen con dulce tristeza, al
negar:
—No, hija, no es él. Pero tu gesto y tu mirada han sido lo
bastant* elocuentes para indicarme hasta qué punto está
en tu corazón ese esposo a quien pretendes abandonar...
—¡No... no... no es él, no podía ser él! —se queja Mónica
con infinita amargura—. No sé cómo pensé semejante
disparate. El estará en su Luzbel, o en las tabernas del
puerto, o en los rincones de la playa, donde se le brinda
fácil el único amor. que le interesa. *e mí no se acuerda, en
mí no piensa para nada. Me dejó en mi convento, y en paz.
No va a oponerse a nada, porque nada de lo que yo haga le
importa...
—Pues mucho temen que sea él el obstáculo, los que
anhelan verte profes*r...
—¿Quiénes son ésos?
—Por el momento, tu propia madre. Ella es la que te
aguarda en el locutorio, en compañía de la señora
D"Autremont. Esperan convencerte de que firmes cierto
poder, que no quisiste firmar, para gestionar con ello; la
anulació* de tu matrimonio. Quieren hacerlo todo
rápidamente y en secreto, antes que el estado de ánimo
que ha hecho a tu esposo dejarte volver al convento,
cambie. Sin embargo, yo quisiera pedirte que no te pre‐
cipitaras, que no dejaras así, en manos de otros, un asunto
tan intimo, tan personal... * más aún, después de haberte
visto temblar de alegría sólo con imaginarte que era él
quien te aguardaba ;.. Ese hombre, a quien Dios trajo a tu
vida por caminos extraños, te interesa demasiado. ~
—No, Padre, está usted equivocado totalmente. Por una
vez estoy de acuerdo con la señora D'A*tremont, que es sin
duda la que trae a mi madrea Firmaré lo que sea con tal de
devolver a Juan su libertad. Ya sé que para él es igual, que
en nada puede estorbar a su vida aventurera el
insignificante detalle de tener una esposa. Yo soy para él
menos que una sombra, menos que un fantasma, pero aun
ese fantasma quiero borrarlo. Con su permiso, Padr*, voy al
locutorio donde me aguardan... voy a terminar cuanto
antes...
Con pasos leves se aleja Mónica en dirección al
locutorio, v de pronto, alguien la llama:
—¡Eh, mi ama... ¡

Paralizada de sorpresa; se ha detenido Mónica al cruzar


muy cerca de las tapias que separan el huerto del
convento, del mundo exterior... Apenas puede dar crédito a
sus ojos, porque la menuda figur* morena, que ha
descendido con sorprendente agilidad para acercarse a ella
con su paso silencioso y furtivo, es alguien cuya sola
presencia remueve hasta él fondo las fibras de su
angustia...
—¡Colibrí! Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿*ómo estás
aquí? ¿Por dónde has entrado? ¿Has saltado las tapias
desde la calle?
—Sí, mi ama, tenía que verla, tenía que hablarle... por la
puerta grande fui tres veces, y no me dejaron entrar... Me
subí por arriba de un coche que está ahí parado, me agarré
* las ramas de ese árbol, y luego me agaché tapándome con
las hojas, porque había aquí unas señoritas vestidas de
blanco que paseaban de dos en dos... Me estuve esperando,
esperando, hasta que de pronto vi que venia, y entonces me
bajé corriendo. ¿Hice mal, mi ama? Yo quería vería a
usted...
—*o, Colibrí, no has hecho mal...
La mano suave, con frágil blancura de nácar, se ha
apoyado sobre la redonda cabeza oscura, acariciando los
cortos cabellos lanosos; luego, tomando a Colibrí de la
barbilla, lo obliga a mirarla frente a frente para leer en el
fondo de las oscuras pupilas la respuesta real a la pregunta
que balbucean sus labio*:
—¿Con quién estabas. Colibrí? _ .
—Con nadie, mi ama. Digo, Segundo me llevó para el
Luzbel, pero allí no está usted, ni está el amo. El no quería
que yo viniera a tierra, pero me bajé por la cadena del
ancla, me metí en un lanchon que estaba al fado cargando
sacos, y cuando el lanchón arrimó al muelle me solté a
correr. C*ando yo corro, mi ama, no hay quien me alcance.
Corrí bastante, y cuando ya no me podía ver nadie desde el
barco, tumbé para acá...
—No está bien entrar de esa manera en un convento.
Esta no es mi casa, es un lugar que se rig* por reglas
estrictas. Lo que has hecho está prohibido, y hasta penado
por la ley. Menos mal que no te ha visto nadie...
—¿Y me puedo quedar con usted?
—No. Debes volver junto a tu amo... Colibrí, tú eres lo
único que me queda de los días mas feli*es de mi vida, de la
dicha a la que es preciso renunciar... Y en este instante voy
a poner los medios. Crucé por aquí, justamente para llegar
más de prisa al locutorio, donde mi madre y otra persona
me esperan para arrancarme la firma en un documento por
el que para siempre quedaré s*parada de Juan...
—¿Del patrón? Entonces, ¿no va a volver al barco? ¿Me
quedaré sin ama?
—Tendrás otras amas, habrá otras mujeres en la cabina
del Luzbel, y las manos de Juan se posarán sobre otras
manos, guiando la rueda del timón hacia las islas
maravillosas donde la vida parece dormida, donde n* hay
odios ni lágrimas: las islas en las que el amor es como un
sueño, donde ni pecar parece pecado... Vete, Colibrí, vete...
Vuelve con tu amo...
Nerviosamente, temblando de angustia, luchando contra
aquella oleada de sentimientos qué crece más fuerte en el
fondo de su alma cuando más pretende ahogarla en ella.
Mónica ha desprendido de su f*lda las pequeñas manos
oscuras do Colibrí, empujándole hacia la alta tapia de
donde el muchacho descendiera. Un momento vacila
Colibrí como si fuese a obedecerla; luego, corre hacia ella
otra vez, con una queja que es súplica brotando
quejumbrosa de su garganta:
—No... No, mi ama... Yo no quiero que vaya nadie al
Luzbel... Yo la quiero a usted, a usted nada más... Y el amo
tampoco qu*ere...
—¡Tú qué sabes! No puedes saber nada...
—El amo siempre piensa en usted. Con la otra, con la
que iba a ser el ama, con la que-fue a vernos la otra noche
a la cárcel, el patrón no hace más que pelear...
—Tal vez. Pe*o, al fin y al cabo, terminan siempre por
hacer las paces. Es como si hubieran nacido el uno para el
otro, como si se hubiesen vaciado en el mismo molde sus
formas de amar... Se aman ofendiéndose, despreciándose,
tendiéndose trampas, vengándose cada uno de los dolor*s
que el otro le causa, pero aferrándose a esa pasión que les
llena la vida... ¡

Ha vuelto con inquietud la cabeza, escuchando el leve


ruido de unos pasos bajo los anchos arcos de la galería que
limita el cerrado huerto conventual. A lo lejos, como dos
sombras blancas, cruzan dos no*icias. Respira más
tranquila viéndolas alejarse, pero Colibrí aun está junto a
ella,..
—¿La esperan para firmar ese papel contra el amo?
—No es contra él, Colibrí. "Al contrario... estoy segura de
que en el fondo de su alma me agradecerá que sea yo la
que rompa este lazo que nos ata, y que lo rompa como voy
a hacerlo: dá*dole la absoluta seguridad de que mi vida se
acabará entre estas paredes....
—Pero al amo no le gusta que esté aquí encerrada...
—¿Te dijo él que no le gustaba? No mientas nunca.
Colibrí, no mientas ni siquiera por piedad... Y aflora, vete...
que yo te vea salir. Quiero tener la seguridad de que nadie
te ve ni te ocurre ningún contratiempo... ¡Vete, que v*enen!
Ha empujado al pequeño negrito a tiempo que llega la
voz del padre Vivier que, al descubrirla, señala
acercándose:
—Pero si está aquí... Mónica, hija, estas damas estaban
muy inquietas... '
—El Pad*e nos dijo que hacía un buen rato habías salido
para el locutorio —comenta Catalina de Molnar—. Tienes
cara de sentirte mal, mi Mónica...
—Tal vez Mónica no deseaba vemos —tercia Sofía
D'Autremont—. Nos estaba usted esquivando, ¿verdad?
—*o, señora —niega Mónica haciendo esfuerzos por
serenarse—. Al contrario... Tomé por este lado para llegar
cuanto antes al locutorio. Iba a firmar ese papel que
ustedes pretende? . Iba a complacerlas inmediatamente...
—Deseo hacer constar que es contra mi opinión y mi con‐
sejo —a*vierte el padre Vivier—. Es mi deber prestarle a
Mónica el apoyo necesario para que vea claro en el fondo
de su conciencia. ..
—¿Qué más claro quiere que vea, Padre? Mi pobre hija
está unida a un canalla, a un malvado...
—¡O sabes nada, mamá! —protesta Mónica.
—Estamos en familia, no delante del tribunal que le
j*zgó, hija. Comprendo que le defendieras allí por tu propia
dignidad. Aquí puedes ser franca, no empeñarte en que
creamos- lo que no ponemos creer...
—No creo que debamos perder el tiempo en discusiones
que no van a ninguna parte— interviene Sofía—. Y perdóne‐
me, Mónica, que me tome la libertad de inmiscuirme en sus
asuntos privados. Lo hice solo en respaldo y ayuda de *u
pobre madre, que sufre demasiado, que sufre por las dos,
aunque ni usted ni su hermana parezcan comprenderlo
así...
—¡Le ruego que tratemos mis asuntos separadamente de
los de mi hermana, doña Sofía! —se encrespa Móni*a con
visible enojo—. Si Renato entendiera que es indispensable
que olvide mis asuntos...
— En este caso, no es Renato. Justamente de eso
queríamos hablarle a solas, y para eso la esperábamos...
—Pueden quedar a solas —indica el sacerdote—. Bastará
*on que yo me retire, y es precisamente lo que iba a hacer...
—¡No, padre, aguarde.. .! —suplica Mónica—. Creo que
no hay ninguna cosa, ni en mi corazón, ni en mi alma, que
usted no conozca. No hay nada mío que no pueda tratarse
en su presencia; al contrario...
—Entonces, escucha a la *eñora D'Autremont, hija mía.-
—Quería decirle que en el último proyecto nuestro no ha
intervenido para nada Renato —explica Sofía—. Es más,
sospechamos que no será de su agrado. Pero no importa...
Catalina y yo hemos tratado de solucionar las cosas sin él,
evitando posibles habladurías al verle intervenir en cosas
que no *e conciernen.
—¿Quiere que firme para usted aquel poder general que
Renato había preparado?
.—Mucho menos. Sólo una solicitud para el Santo
Padre... Solicitud de anulación de matrimonio por razones
que no ofenden a nadie, ni siquiera a Juan del Diablo:
Salud delicada, incompatibilidad de caracteres y una
vocació* religiosa que ataremos como causa principal de su
resolución. En realidad, no es descabellado. Era usted casi
una niña cuando se empeñó en ser religiosa, ¿verdad? Y las
circunstancias que le impulsaron a ello, creo que no han
cambi*do...
Sofía D'Autremont ha clavado en los ojos de Mónica su
mirada profunda, imperiosa, penetrante... Es como si
quisiera vaciar dé un golpe su corazón y, al mismo tiempo,
penetrar hasta el último de sus pensamientos. Pero Mónica
entorna los párpados, apartando las *uyas de aquellas
pupilas fieras e indiscretas.
—Para gentes de nuestra clase —expresa Sofía—, nada
es más mortificante que andar en lenguas de todo él
mundo. En la puerta del claustro se detienen las
habladurías, se apaga el escándalo...
—Y eso, para usted, es lo principal, ¿verdad? —*bserva
Mónica con leve ironía.
Yo sólo quiero quitar a ese hombre todo derecho que
pueda tener sobre ti —interviene Catalina de Molnar—. Me
espanta la idea de que pueda otra vez llevarte con él,
arrastrarte quién sabe a qué peligros, a qué
enfermedades... Era para mí un gran dolor verte en el
claustro, pero lo prefiero... Al m*nos, sé que aquí vives en
paz...
Mónica ha vacilado, ha alzado al cabeza para mirar en lo
alto de la tapia el lugar por el que viera trepar a Colibrí.
Querría no haberlo visto, no sentir lo que siente en su alma,
apartar de su pensamiento la bocanada de recuerdos que
su presencia le trajo. La voz del sacerdote llega hasta ella,
suave y confortante:
—En realidad, no crea* que con eso hacemos algo más
que comenzar. El Santo Padre suele dar muchas vueltas a
una cosa de éstas. Pasarán largos meses antes de que el
caso se resuelva, aun suponiendo que sea una resolución
favorable...
.—*or eso queremos apurar las cosas. Mónica —
manifiesta Sofía, Hacerlo todo sin ruido, evitar, a costa de
lo que sea, que mi. hijo vuelva a enfrentarse a ese Juan...
—Si —confirma Mónica—. Es doloroso ver el odio entre
hermanos...
—¡*o era necesario mencionar ese detalle, esa leyenda
que bien puede ser una patraña! —se revuelve airada
Sofía.
—Para mí, sí era necesario recordarlo. Firmaré, doña So‐
fía... Déme ese papel... ¡Lo firmaré en el acto!

(Esta obra continúa, y finaliza, en la novela titul*da:


"JUAN DEL DIABLO")

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