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Bolsas

En un pueblito, un pintor de bolsas de papel crea coloridos dibujos que cuentan historias y despiertan la imaginación de los niños y adultos. A pesar de su esfuerzo y la falta de reconocimiento, las bolsas se convierten en un medio de conexión emocional y narración. Un niño descubre que los dibujos forman una historia más grande, lo que lleva a una búsqueda del pintor y a un entendimiento más profundo de su arte.

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En un pueblito, un pintor de bolsas de papel crea coloridos dibujos que cuentan historias y despiertan la imaginación de los niños y adultos. A pesar de su esfuerzo y la falta de reconocimiento, las bolsas se convierten en un medio de conexión emocional y narración. Un niño descubre que los dibujos forman una historia más grande, lo que lleva a una búsqueda del pintor y a un entendimiento más profundo de su arte.

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Había un pequeño lugar al que podríamos llamar pueblito.

A veces ruidoso de fiesta, a


veces silencioso como cementerio embrujado; Los habitantes vivían para sí mismos.

Los muebles del carpintero podían verse en todas las casas; Las alfombras que hacia la
costurera aparecían multicolores debajo de cada puerta; Frutas y verduras eran idénticas
en las canastas; El pan de las mesas era siempre esponjado, relleno de crema con toda
pieza adornada de figuras triangulares rojas que desprendían un olor a cereza.

Un atractivo de todas las compras, sin importar donde fueran eran las bolsas de papel.
Adornadas siempre con pintura de un color diferente y que, salvo ciertas excepciones.
Nunca se repetían.
El hombre de las bolsas de papel no era un hombre de riquezas. Gastaba tanto en pintura
que las ganancias de la venta de bolsas apenas y le dejaban para vivir al día. Pintar sobre
ellas le tomaba medio día. Era un trabajo duro y para algunos, innecesario.

Cada dibujo era un historia condensada. Los niños, siempre los niños, eran los primeros
en imaginar aventuras al ver esos dibujos. Los géneros eran muy distintos y fáciles de
identificar por colores.

Había dibujos de distintos azules. Aventuras caballerescas donde siempre había


armaduras, espadas y valientes defensores de reinos ilustrados. Castillos con torres
donde aguardaban princesas de peinados extravagantes custodiadas por monstruos
gigantescos y temibles. En ocasiones en lugar de castillos se veían cuevas misteriosas en
las cuales solo se apreciaban ojos malignos a la espera de un combate con los
caballeros. Había también variantes de los mundos azules donde podían verse lagos
encantados con dríadas coquetas danzando entre los nenúfares. En esos casos vestían
los caballeros sus mejores ajuares para intentar enamorar a esos seres encantadores que
les robarían el corazón.

Había dibujos de distintos verdes. Pequeñas ventanas de belleza que permitían ver
bosques llenos de árboles y plantas que no había en su región. Gigantescos
y frondosos árboles colgantes creando sombrillas gigantescas que mostraban sombras
enormes e invitantes a frescuras que podían sentirse solo viéndolos. No siempre había
árboles en esos dibujos. Se podían también apreciar enormes montañas cubiertas por
pastos que evocaban el sentido de la aventura en quien se dejaba transportar. Cada
dibujo tenía a su alrededor una línea curvada que parecía desvanecerse poco a poco. El
viento que escapaba de las hojas se sentía al tocarlas.

Los dibujos morados eran la sensación entre las personas mayores. En ellos se veían
lugares imposibles donde todo estaba rebosado de magia. Acantilados donde piedras
preciosas flotaban por todos lados como si fueran abejas alrededor de su panal. Caminos
estrechos iluminados por setas igual de moradas que alumbraban portales a dimensiones
donde reinaba un poder silencioso. Todos tenían un abuelo que les decía recordar haber
estado alguna vez en un sendero de ese color. Decían volver ahí durante los sueños que
brotaban tras presenciar esos pequeños dibujos llenos de detalle. El color de la magia era
tan palpable que se decía que esas bolsas mantenían calientes los alimentos.

Los dibujos amarillos hacían felices a la gente sin ninguna razón clara. Siempre se ha
sabido que las flores recuerdan la alegría de la vida. Pero en esos dibujos no había flores.
Sino en realidad objetos con forma de flor. Había casas, personas, mascotas inclusos
sonrientes soles siempre con formas florales. Todos con pétalos y formando pequeñas
espirales. Las personas usaban mayormente las bolsas de dibujos amarillos para adornar
sus macetas. Incluso un pedazo de carne daba felicidad cuando venía en una bolsa
amarilla.

Los dibujos rojos nunca viajaban solos. No tenían una bolsa dedicada, sino que aparecían
invasivos en las bolsas con dibujos de otros colores. Seres cornados con maliciosas
sonrisas aparecían ocasionalmente como villanos en los dibujos azules. Eran fuegos
violentando la paz de los árboles de los dibujos verdes. Eran el brillo de peligro en lo

desconocido de los dibujos morados. Eran líneas que alteraban las sonrisas de las cosas-
flor de los dibujos morados volviéndolas maliciosas y de sospecha.

El pintor y vendedor de bolsas de papel disfrutaba sentarse en el parque a contemplar las


reacciones a su trabajo Por supuesto la reacción más común era la de los niños. Aunque
poco a poco esa cacería de historias se volvió costumbre entre adultos que compartían
largas disertaciones sobre significados y recuerdos que brotaban del estímulo de los
dibujos.

El resto de las personas, es decir, los comerciantes, a regañadientes aceptaban esas


bolsas sin entender del todo la fascinación de sus clientes por las mismas. Para ellos se
trataba del gasto y esfuerzo de un tercero que los beneficiaba en algo que les parecía una
pérdida de tiempo y dinero. Pero mientras se vendieran lo demás no les importaba.
Recibían los encargos de bolsas siempre con notoria condescendencia y un poco de
amigable lástima del pintor de bolsas a quien consideraban «un mal negociante».

Un niño, como siempre cuando se habla de poner atención, descubrió un día que los
dibujos estaban contando una historia más grande. Por casualidad unió un par de bolsas
que le parecían parecidas y descubrió que había un principio y un final de una historia
sobre un caballero que se adentraba en un bosque. Su abuelo tenía la costumbre de
coleccionarlas. Junto a su nieto, empezaron a unir todas las que se parecían. Hilaron una
historia que decidieron escribir para no olvidar y decidieron visitar al vendedor de bolsas
para comprobar si tenían razón.

Al llegar a la casa del vendedor encontraron la puerta abierta. Tras cruzarla encontraron
la casa vacía. Por la impresión del momento el niño dejo caer la hoja que llevaba en la
mano. En ella podía leerse:

Esta es la historia de un viajero. Un viajero demasiado modesto. Habiendo visitado el


mundo conoció las maravillas que se esconden en los rincones más exóticos del mundo.
Pero no fue lo único que conoció. Conoció también los horrores que se esconden entre
los hombres y que llegan a poseerlos como fuerzas de la naturaleza . Con el horror del
conocimiento se refugió en un pueblo feliz y eligió el oficio más sencillo que se le ocurrió.
Dentro de sus viajes había aprendido suficientes cosas para poder elegir ser lo

que quisiera. Eligió el silencio. La memoria siempre busca un caudal donde fugarse y
plasmo en aparentes bolsas de papel su historia.

HYCS

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