Los Inmigrantes
Horacio Quiroga
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Texto núm. 5005
Título: Los Inmigrantes
Autor: Horacio Quiroga
Etiquetas: Cuento
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 25 de octubre de 2020
Fecha de modificación: 25 de octubre de 2020
Edita [Link]
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
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Los Inmigrantes
El hombre y la mujer caminaban desde las cuatro de la mañana. El tiempo,
descompuesto en asfixiante calma de tormenta, tornaba aún más pesado
el vaho nitroso del estero. La lluvia cayó por fin, y durante una hora la
pareja, calada hasta los huesos, avanzó obstinadamente.
El agua cesó. El hombre y la mujer se miraron entonces con angustiosa
desesperanza.
—¿Tienes fuerzas para caminar un rato aún? —dijo él—. Tal vez los
alcancemos…
La mujer, lívida y con profundas ojeras, sacudió la cabeza.
—Vamos —repuso prosiguiendo el camino.
Pero al rato se detuvo, cogiéndose crispada de una rama. El hombre, que
iba delante, se volvió al oír el gemido.
—¡No puedo más!… —murmuró ella con la boca torcida y empapada en
sudor—. ¡Ay, Dios mío!…
El hombre, tras una larga mirada a su alrededor, se convenció de que
nada podía hacer. Su mujer estaba encinta. Entonces, sin saber dónde
ponía los pies, alucinado de excesiva fatalidad, el hombre cortó ramas,
tendiolas en el suelo y acostó a su mujer encima. Él se sentó a la
cabecera, colocando sobre sus piernas la cabeza de aquélla.
Pasó un cuarto de hora en silencio. Luego la mujer se estremeció
hondamente y fue menester enseguida toda la fuerza maciza del hombre
para contener aquel cuerpo proyectado violentamente a todos lados por la
eclampsia.
Pasado el ataque, él quedó un rato aún sobre su mujer, cuyos brazos
sujetaba en tierra con las rodillas. Al fin se incorporó, alejose unos pasos
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vacilante, se dio un puñetazo en la frente y tornó a colocar sobre sus
piernas la cabeza de la mujer, sumida ahora en profundo sopor.
Hubo otro ataque de eclampsia, del cual la mujer salió más inerte. Al rato
tuvo otro, pero al concluir éste, la vida concluyó también.
El hombre lo notó cuando aún estaba a horcajadas sobre su mujer,
sumando todas sus fuerzas para contener las convulsiones. Quedó
aterrado, fijos los ojos en la bullente espuma de la boca, cuyas burbujas
sanguinolentas se iban ahora resumiendo en la negra cavidad.
Sin saber lo que hacía, le tocó la mandíbula con el dedo.
—¡Carlota! —dijo con una voz blanca, que no tenía entonación alguna.
El sonido de sus palabras lo volvieron a sí, e incorporándose entonces
miró a todas partes con ojos extraviados.
—Es demasiada fatalidad —murmuró—. Es demasiada fatalidad…
—murmuró otra vez, esforzándose entretanto por precisar lo que había
pasado.
Venían de Europa, sí; eso no ofrecía duda; y habían dejado allá a su
primogénito, de dos años. Su mujer estaba encinta e iban a Makallé con
otros compañeros… Habían quedado retrasados y solos porque ella no
podía caminar bien… Y en malas condiciones, acaso… acaso su mujer
hubiera podido encontrarse en peligro…
Y bruscamente se volvió, mirando enloquecido:
—¡Muerta, allí!…
Sentose de nuevo, y volviendo a colocar la cabeza muerta de su mujer
sobre sus muslos, pensó cuatro horas en lo que haría.
No arribó a pensar nada; pero cuando la tarde caía cargó a su mujer en los
hombros y emprendió el camino de vuelta.
Bordeaban otra vez el estero. El pajonal se extendía sin fin en la noche
plateada, inmóvil y toda zumbante de mosquitos. El hombre, con la nuca
doblada, caminó con igual paso, hasta que su mujer cayó bruscamente de
su espalda. Él quedó un instante de pie, rígido, y se desplomó tras ella.
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Cuando despertó, el sol quemaba. Comió bananas de filodendro, aunque
hubiese deseado algo más nutritivo, puesto que antes de poder depositar
en tierra sagrada el cadáver de su esposa, debían pasar días aún.
Cargó otra vez con el cadáver, pero sus fuerzas disminuían. Rodeándolo
entonces con lianas entretejidas, hizo un fardo con el cuerpo y avanzó así
con menor fatiga.
Durante tres días, descansando, siguiendo de nuevo, bajo el cielo blanco
de calor, devorado de noche por los insectos, el hombre caminó y caminó,
sonambulizado de hambre, envenenado de miasmas cadavéricas, toda su
misión concentrada en una sola y obstinada idea: arrancar al país hostil y
salvaje el cuerpo adorado de su mujer.
La mañana del cuarto día viose obligado a detenerse, y apenas de tarde
pudo continuar su camino. Pero cuando el sol se hundía, un profundo
escalofrío corrió por los nervios agotados del hombre, y tendiendo
entonces el cuerpo muerto en tierra, se sentó a su lado.
La noche había caído ya, y el monótono zumbido de mosquitos llenaba el
aire solitario. El hombre pudo haberlos sentido tejer su punzante red sobre
su rostro; pero del fondo de su médula helada los escalofríos montaban sin
cesar.
La luna ocre en su menguante había surgido por fin tras el estero. Las
pajas altas y rígidas brillaban hasta el confín en fúnebre mar amarillento.
La fiebre perniciosa subía ahora a escape.
El hombre echó una ojeada a la horrible masa blanduzca que yacía a su
lado, y cruzando sus manos sobre las rodillas quedose mirando fijamente
adelante, al estero venenoso, en cuya lejanía el delirio dibujaba una aldea
de Silesia a la cual él y su mujer, Carlota Phoening, regresaban felices y
ricos a buscar a su adorado primogénito.
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Horacio Quiroga
Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de
1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista,
dramaturgo y poeta uruguayo. Fue el maestro del cuento latinoamericano,
de prosa vívida, naturalista y modernista. Sus relatos, que a menudo
retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como
enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense
Edgar Allan Poe.
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La vida de Quiroga, marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios,
culminó por decisión propia, cuando bebió un vaso de cianuro en el
Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires a los 58 años de edad,
tras enterarse de que padecía cáncer de próstata.
Seguidor de la escuela modernista fundada por Rubén Darío y obsesivo
lector de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, Quiroga se sintió atraído
por temas que abarcaban los aspectos más extraños de la Naturaleza, a
menudo teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento para los seres
humanos. Muchos de sus relatos pertenecen a esta corriente, cuya obra
más emblemática es la colección Cuentos de amor de locura y de muerte.
Por otra parte se percibe en Quiroga la influencia del británico Sir Rudyard
Kipling (Libro de las tierras vírgenes), que cristalizaría en su propio
Cuentos de la selva, delicioso ejercicio de fantasía dividido en varios
relatos protagonizados por animales. Su Decálogo del perfecto cuentista,
dedicado a los escritores noveles, establece ciertas contradicciones con su
propia obra. Mientras que el decálogo pregona un estilo económico y
preciso, empleando pocos adjetivos, redacción natural y llana y claridad en
la expresión, en muchas de sus relatos Quiroga no sigue sus propios
preceptos, utilizando un lenguaje recargado, con abundantes adjetivos y
un vocabulario por momentos ostentoso.
Al desarrollarse aún más su particular estilo, Quiroga evolucionó hacia el
retrato realista (casi siempre angustioso y desesperado) de la salvaje
Naturaleza que le rodeaba en Misiones: la jungla, el río, la fauna, el clima y
el terreno forman el andamiaje y el decorado en que sus personajes se
mueven, padecen y a menudo mueren. Especialmente en sus relatos,
Quiroga describe con arte y humanismo la tragedia que persigue a los
miserables obreros rurales de la región, los peligros y padecimientos a que
se ven expuestos y el modo en que se perpetúa este dolor existencial a las
generaciones siguientes. Trató, además, muchos temas considerados tabú
en la sociedad de principios del siglo XX, revelándose como un escritor
arriesgado, desconocedor del miedo y avanzado en sus ideas y
tratamientos. Estas particularidades siguen siendo evidentes al leer sus
textos hoy en día.
Algunos estudiosos de la obra de Quiroga opinan que la fascinación con la
muerte, los accidentes y la enfermedad (que lo relaciona con Edgar Allan
Poe y Baudelaire) se debe a la vida increíblemente trágica que le tocó en
suerte. Sea esto cierto o no, en verdad Horacio Quiroga ha dejado para la
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posteridad algunas de las piezas más terribles, brillantes y trascendentales
de la literatura hispanoamericana del siglo XX.
(Información extraída de la Wikipedia)