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02 - La Mala Flor

La novela 'La mala flor' de Eduardo Díez comienza con el trágico suicidio de Lola, una novia que se lanza desde un balcón tras recibir la devastadora noticia del asesinato de su prometido, César. La historia se desarrolla en un contexto de caos y confusión, donde los personajes intentan entender la tragedia y las circunstancias que rodean el crimen. A medida que la trama avanza, se revelan secretos y conexiones entre los personajes que complican la situación aún más.

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02 - La Mala Flor

La novela 'La mala flor' de Eduardo Díez comienza con el trágico suicidio de Lola, una novia que se lanza desde un balcón tras recibir la devastadora noticia del asesinato de su prometido, César. La historia se desarrolla en un contexto de caos y confusión, donde los personajes intentan entender la tragedia y las circunstancias que rodean el crimen. A medida que la trama avanza, se revelan secretos y conexiones entre los personajes que complican la situación aún más.

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Eduardo Díez

La mala flor
Copyright © 2022 by Eduardo Díez All rights reserved. No part of
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recording, scanning, or otherwise without written permission from
the publisher. It is illegal to copy this book, post it to a website, or
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First edition

Cover art by Pedro Tarancón


Proofreading by Víctor J. Sanz

This book was professionally typeset on Reedsy


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A Pablo Poveda,
que se lo ha ganado
Antes de embarcarte en un viaje de
venganza, cava dos tumbas.

Confucio
Casi nadie pudo predecir que el día más feliz de su vida sería el
último.
Vestida de novia y con el maquillaje convertido en una pintura
ridícula, Lola de los Alcatraces colgaba del balcón de un sexto piso
ante la atónita mirada de curiosos que poco a poco convirtieron la
calle en un lugar intransitable. Su vestido la envolvía en una
desgraciada y siniestra rosa blanca. Solo la fuerza de un vecino que
le sujetaba la cola del traje impedía que sus sesos se licuaran contra
el suelo tras treinta metros de caída libre. Gritaba su nombre,
llamaba a la serenidad y al consuelo sin saber que estaba
malgastando energía, pues nada podía consolarla.
Lola no reaccionaba. Su mente se limitaba a reproducir las
palabras que había escuchado al otro lado del teléfono hacía tan solo
unos instantes. Una llamada que lo cambió todo. Un giro de timón
que destruyó sus planes de novia, pues había dejado de serlo. Ya no
podría casarse con César. Lo único que quedaba de él era su cuerpo,
un pedazo de materia desprovisto de la vida que le había sido
arrebatada de un disparo en la frente. La noticia convirtió su júbilo
en un silencioso veneno que minó su espíritu hasta hacerlo estallar
en gritos tan profundos que despertaron la inquietud de sus vecinos.
Después abrió el ventanal, agarró los flancos de la ventana y se
impulsó al vacío en busca de una muerte rápida, pues no tenía
sentido seguir sin él. No había vida posible sin su compañía, sin su
presencia, sin su calor. Sin César.
La calle se tiñó de luces azules y cantos de sirenas que
anunciaban la llegada de los bomberos y la policía. Mediaron
minutos entre el desalojo del público y el proceso para colocar un
enorme colchón de aire con el fin de amortiguar el impacto contra el
suelo. Bocina en mano, uno de los bomberos intentó convencer a
Lola para abandonarse a la gravedad y caer sobre blando mientras
una improvisada multitud que poco a poco se fue agolpando presa
de la curiosidad inmortalizaba el suceso en sus teléfonos móviles de
forma despiadada.
Nada de eso sirvió.
Un sonido. Una ligera convulsión.
Un hilo de sangre recorriendo el vestido.
Presa del pánico, el vecino liberó a Lola y esta cayó como un
fardo sobre el colchón de aire. El horror se extendió en segundos allí
abajo, cuando vieron cómo el lucero rojo que un disparo le había
hecho en la frente dibujaba líneas rojas e irregulares en su rostro.
Dicen que la novia sonreía.
I

EL RASTRO DEL CUSTODIO


1

Mal día para ir de boda.


De nada ha servido salir una hora antes. Una fecha tan marcada
como el inicio de quincena en pleno verano hace de Madrid un lugar
intransitable para quien tenga la infausta idea de desplazarse sobre
cuatro ruedas a cualquier punto de la ciudad. Toda calle que
comunique con una salida a la carretera hace de ella un mar de
metal, humo y cláxones que poco les falta para resonar a coro. En
uno de ellos se encuentra mi coche y dos personas. Una de ellas soy
yo. La otra es por quien estoy aquí. Y lleva falda. Cómo no.
—Teníamos que haber salido dos horas antes, Miguel —me dice
con cierta irritación.
—No he hecho más que seguir sumiso y obediente tus
instrucciones, Malena.
—Eso, échame la culpa.
—¿Qué culpa vas a tener? En todo caso, habría que decirle
cuatro cosas al lumbreras que haya fijado la fecha un quince de
julio.
—Pues eso díselo a Lola, que es la que nos ha invitado.
—Corrección: te ha invitado a ti. Yo vengo en calidad de leal
escudero.
—En todo caso, llegaremos al bautizo de su tercer hijo como no
salgamos de aquí.
Procuro tranquilizarla diciéndole que aún faltan tres horas para la
boda, pero el motivo de su nerviosismo es otro. Malena ha quedado
con Lola en su casa para verla antes de ir a la iglesia. Aunque solo
hace seis meses que se conocen, su amistad ha fraguado con fuerza
gracias a las sesiones de fisioterapia que Malena le aplica de cuando
en cuando. La típica relación trabajador-cliente que fructifica más
allá de lo profesional. Tan es así que no dudó en entregarle una
invitación para el evento. «Tráete a quien quieras», le dijo. Y me lo
pidió a mí. A su… ¿amigo? ¿novio? ¿amigovio? Conocemos más
nuestros cuerpos que nuestras formas de ser. A partir de ahí, las
interpretaciones son libres.
A mi izquierda se abre un espacio considerable entre dos coches
que me hacen ver la luz e ir hacia ella para abandonar el
embotellamiento. Es imposible no respirar aliviado mientras nos
alejamos de aquella jungla infernal. Me da igual si tengo que dar
más vueltas a cambio de tranquilidad. Malena reacciona también a la
escapada y ambos tenemos la sensación de ir más ligeros. Dice que
no queda mucho y me indica con la idea de atajar un poco para, por
lo menos, aproximarnos a una calle cercana y aparcar. Es difícil, pero
lo logramos. Sin embargo, hay algo que nos sorprende. Escuchamos
ruido de fondo, ruido de tumulto y sirenas de policía y bomberos.
«Es la calle de Lola», dice Malena. Como no puede ser de otra
forma, aparco el coche y nos aproximamos a pie.
El grito de Malena me hace correr hacia ella.
Un enorme grupo de gente concentra su vista en un único punto
que no tardo en localizar por lo insólito de la situación. Una mujer
vestida de novia cuelga del balcón del edificio. Calculo que serán
unos siete u ocho pisos, lo suficiente como para que se haga puré al
aterrizar.
—¡Es Lola! ¡Es Lola! —grita Malena antes de correr hacia el portal
tanto como sus zapatos de tacón se lo permiten. Lo único que puedo
hacer es seguirla, pero se pierde entre la multitud y un agente de
policía no me deja avanzar. Insistir en el esfuerzo solo complicaría
las cosas, así que me quedo donde estoy, mirando cómo la novia se
balancea en el vacío como un macabro péndulo humano. Bajo ella,
un enorme colchón de aire la aguarda para amortiguar el impacto.
La policía acordona la zona mientras los bomberos hacen su trabajo.
El SAMUR permanece a la espera de lo que pueda ocurrir. Ignoro si
es en respuesta al bombero, pero el grito de Lola ha resonado como
un trueno agudo. Un alarido cargado de rabia y dolor que provoca
aún más desconcierto entre los que nos encontramos observando
tan terrible escena.
Desde lo alto vemos caer un objeto blanco que pronto
identificamos como uno de sus zapatos. El sonido del impacto contra
el colchón ha sido imperceptible, pero la velocidad de la caída
demuestra que esto no es ficción, no se trata de una de tantas
noticias de sucesos con que los informativos de segunda edición
rellenan sus contenidos y que nos resultan por completo ajenas de
tanto verlas. Ahora que los bomberos se han asegurado de que el
impacto sea mínimo, algunos grupúsculos comienzan a instar al
vecino para que deje caer a la novia. Dudo mucho que Lola sea
capaz de escuchar nada. Me la imagino con el juicio nublado y los
oídos ensordecidos por el bombeo de la sangre. Quién sabe qué
extraño veneno bulle en su cabeza para hacer una cosa así.
De pronto, se escucha una pequeña detonación. ¿Un petardo?
¿Un disparo? Lola permanece estática en su posición, pero algo ha
cambiado. Bajo ella comienza a chispear sangre. La gente comienza
a gritar y revolverse. Recibo empujones de histéricos que sienten la
necesidad de huir a toda costa. Por suerte, la policía consigue
aplacar los ánimos del personal y la idea de una estampida se aleja
poco a poco de mi mente.
La calle se funde de nuevo en gritos al ver cómo la novia se
precipita sin remedio al vacío hasta caer al colchón de aire, que la
envuelve en una enorme nube de tela. Pocos son los segundos que
transcurren hasta que los policías piden desalojar al populacho. Hay
quien llora, otros se santiguan y el resto se queja o desaparece sin
hacer ruido. Procuro hacer como que la situación no va conmigo y
me quedo guardando una distancia prudencial. Llamo a Malena,
pero no responde. Al fin, la veo salir acompañada de una mujer
joven totalmente abatida. Debe de ser la hermana de Lola. Su
imagen representa una extraña combinación de elegancia y tragedia.
Los sanitarios acuden prestos a su amparo mientras Malena me
busca con la mirada, y yo avanzo hacia ella en cuanto me ve.
—¿Qué ha pasado?
—No… No lo sé. Dice que se tiró por la ventana porque el novio
ha muerto.
—¿Que el novio también ha muerto, dices?
Asiente aguantando las lágrimas como puede.
—Parece ser que lo último que dijo Lola fue que César había sido
asesinado.
La hermana, de nombre Diana, comienza a chillar histérica al
enterarse de que Lola no ha muerto por la caída, sino a
consecuencia de un tiro en la frente que ha acabado con su vida en
el acto.
Ahora, todo lo que cubre su rostro de novia es una manta
térmica para preservar la poca intimidad que le queda.

Miro hacia el edificio donde tiene que haberse producido el disparo.


Salvo por las ornamentaciones particulares de cada balcón, todos los
pisos son iguales. No creo que la policía tarde demasiado en obtener
las primeras averiguaciones. Este es un caso de delito flagrante y los
agentes han presenciado el crimen, por lo que pueden proceder
como consideren sin necesidad de una orden judicial. Algunos de
ellos toman los datos a quienes han presenciado el suceso para
llamarles a testificar en su momento.
Me acuclillo ante Malena y acaricio su mejilla con el dorso de la
mano. Nunca se deshará de sus recogidos de pelo, con ese flequillo
que afila su rostro. Me la envuelve con las suyas mientras musita
que esto tiene que ser un mal sueño.
—Ayer estaba en la consulta, como siempre. «Malena, me ha
vuelto la contractura de las cervicales y no quiero casarme con dolor
de cuello», me dijo. Bromeamos con la noche de bodas y nos
partíamos de la risa. «Ay, Malena, qué cosas dices, qué bruta eres».
Y ahora está muerta, Miguel. No, muerta no… ¡Matada! ¡Alguien la
ha matado!
Se me abraza antes de desmoronarse. Solo puedo decirle que
llore. Que llore todo cuando pueda y quiera, que yo aguanto aquí lo
que me echen y un poco más siempre que venga de ella.
Ya más tranquila, ha conseguido disuadir con mano izquierda a
los periodistas de sucesos que ya pululan por allí mientras
abandonamos el escenario como dos fugitivos. Veo logos de
programas respetables y, por supuesto, de aquellos que van a la
caza del morbo más sórdido. Cuando se enteren de que la novia
pertenece a una familia de clase alta, el campanazo va a ser sonado.
El alivio es tal que me aflojo la corbata y me desabrocho los
primeros botones de la camisa. Estoy empapado de sudor.
Demasiada presión, demasiado sol, demasiado todo. Solo quiero
irme a la pensión donde me alojo y darme una ducha.
—Miguel, si no te importa, quiero volver en taxi.
—¿Y esa tontada? Yo te llevo encantado.
—Tú también estarás agotado y querrás ir a descansar. De
verdad, no te preocupes. Además, quiero estar sola. ¿Lo entiendes?
—¡Pues! Como para no entenderlo. Pero me sabe mal.
Malena sonríe. Agacha la cabeza y se cubre la boca con el dorso
del dedo índice.
—Es que eres muy gracioso hablando así.
No hay nada que me joda más que ese tipo de comentarios, pero
no tengo más remedio que dejarlo pasar. Estoy en Madrid, y mis
expresiones del norte chocan.
—Llámame cuando llegues y cuando lo necesites.
Malena me guiña un ojo y se sube al primer taxi de la fila. Cierra
la puerta y se aleja hasta desaparecer en la lejanía.
2

Lunes, 18 de julio

La última vez que pisé esta comisaría fue hace tres años, cuando me
llamaron a testificar por la muerte de un hombre para el que
trabajaba como abogado. Y la vida, que tiene sus cosas, ha hecho
que me toque en suerte al mismo inspector de policía que entonces.
Maudes. Mirada lobuna, ojos verdosos, complexión proporcionada,
diría que casi atlética. Parece que nada escape a su capacidad de
observación.
—Miguel Lifante… —dice con cierto agrado—. No es la primera
vez que hablamos, ¿me equivoco?
O le ha ocurrido algo, o Maudes tiene un buen día. Le recuerdo
mucho más incisivo. Tal vez sea porque sabe que no tengo nada que
ver con el asesinato de Lola. En cualquier caso, su capacidad
receptiva parece haber aumentado desde la última vez.
—Tiene usted buena memoria, inspector.
—Un caso como el suyo no se olvida.
—¿Un caso como el mío? —pregunto extrañado—. Usted y yo
solo nos hemos visto una vez además de esta.
—Quiero decir que estoy al tanto de lo que usted vivió hace tres
años. Soy un hombre curioso y tiré de la madeja. No tiene la más
mínima importancia. Pero volvamos a lo que nos ocupa, si es tan
amable.
A buen seguro, mi testimonio no diferirá en absoluto del de
cualquiera que haya presenciado el crimen. Mucho jaleo, una
pequeña explosión, y, segundos después, la novia caía sin remedio a
la zona que los bomberos prepararon con el fin de parar la caída.
Después, el revuelo. La pregunta sobre si he realizado fotografías o
vídeos no se ha hecho esperar.
—Cualquier documento audiovisual para favorecer la
investigación es bienvenido —dijo.
—No me caracterizo por ser una persona morbosa.
—¿Hay algo más que considere útil para aportar a su testimonio?
—No sé más. Me enteré allí mismo de que el novio también había
sido asesinado, pero imagino que eso no es relevante. Ahora es vox
populi.
—¿Cómo lo supo?
—Yo estaba invitado a la boda. Bueno, yo no, una amiga. Me
ofreció ir en calidad de acompañante. El caso es que ella conocía a
la novia y a su hermana, que apareció a los pocos minutos. Imagine
cómo estaba la pobre mujer, descompuesta. Mi amiga corrió a
consolarla y poco después se lo contó.
—Comprendo. ¿Sería capaz de afinar un poco más?
—La hermana se llama Diana, aunque ustedes ya sabrán ese
dato. Por lo que mi amiga me contó…
—¿Cómo se llama su amiga?
—Malena.
—¿Malena qué más?
—No lo sé…
Joder, es cierto. No lo sé. Nunca se lo he preguntado. Cinco
meses saliendo con ella y solo conozco su nombre y a qué se dedica.
Para lo que hemos hecho durante este tiempo, tampoco es que me
haya hecho falta saber más.
—Por lo que Malena me contó, todo se estaba desarrollando con
normalidad en las horas previas a una boda. Muchos nervios, mucha
ilusión, la sensibilidad a flor de piel, ya sabe. La novia, Lola, vivía
independizada de su familia en ese piso, y Diana fue allí para
ayudarla con los últimos detalles y recogerla una vez llegada la hora.
Parece ser que recibió una llamada de un hombre llamado Braulio,
portero de la casa donde César vivía. Fue él quien le dio la noticia de
que la mujer de la limpieza se encontró con el cadáver de César
rodeado de sangre al abrir la puerta. Lola se quedó pálida y le dijo a
su hermana que quería estar sola un rato. Casi media hora después,
Diana abrió la puerta y se encontró a Lola con los brazos apoyados
en el quicio de la ventana. Ella corrió con intención de frenarla, pero
había llegado tarde. Fue testigo de cómo se tiró por la ventana.
Pudo agarrar la cola del vestido, pero no tuvo fuerza suficiente como
para sostenerla. Después le llegó el turno al vecino de abajo. Lo que
pasó después, todos lo hemos visto.
Así se lo hago saber al inspector, que asiente conforme le voy
contando mi relato.
—O su amiga se lo ha contado con sobresaliente exactitud o diría
que ha presenciado la escena, Lifante.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que su testimonio es aún más preciso que el que
nos ha proporcionado la hermana de la víctima. Nunca había visto
nada parecido, se lo aseguro.
—No sé qué decir ante eso, inspector —respondo encogiéndome
de hombros—. Quizá se deba a que suelo trabajar de cara a los
tribunales y se me da bien contar las cosas.
—Quizá. En cualquier caso, reserve sus destrezas y conserve su
memoria por si en algún momento recibiese mi llamada. Ahora, si
me disculpa, iré con el juez para proceder al levantamiento del
cadáver.

El trámite ha sido mucho más breve de lo que esperaba. Parece que


el inspector tiene buena memoria, pues recordaba que soy de Potes.
No puedo evitar sonreír al pensarlo. Aquella vez, vine con la
sensación de estar huyendo hacia delante tras la muerte de mi
abuela. Era el único miembro de la familia que me quedaba. Mis
padres murieron cuando yo era muy pequeño y no he tenido
hermanos ni primos. Acababa de terminar el máster para poder
ejercer la abogacía y vine a Madrid con intención de abrirme camino
e iniciar una nueva vida. Poco iba a imaginarme yo que un suceso
del todo ajeno a mis circunstancias iba a cambiármela por completo.
Todo comenzó con un cisne negro que se me apareció en
sueños. Todavía soy capaz de sentir el aletazo que golpeó mi
hombro cuando echó a volar hacia el cielo. En aquel entonces nada
podía hacerme imaginar que tenía un nombre: Santiago. El destino
quiso que nos cruzáramos en el camino una única vez, mientras yo
paseaba abstraído escuchando música. Tiempo después, cuando me
enteré de lo que le había sucedido, la vida me hizo formar parte de
su entorno. Conocí una nueva dimensión de la amistad y, qué cosas,
me enamoré. Algo tan imprevisible como el hecho de cerrar un
antiguo caso al que me llevó, precisamente, el asesinato de
Santiago. Cuando todo acabó, regresé a mi tierra.
Ioana… Ahora ella está lejos. O eso creo. Desconozco dónde se
encuentra, pues su situación la obligó a esconderse de todo y de
todos. Por suerte, tuvo quien la protegiera. Álex Jon se encargó de
mantener a Ioana al margen de todo cuanto podía perjudicarla en
ese momento. Le recuerdo bien. Su impronta, su tono, su forma de
vestir. Olvidar a Álex Jon se me antoja imposible. El hombre más
peligroso y más libre que he conocido nunca.
El hombre por el que he regresado.

Hace tres años vine a Madrid buscando una nueva vida. Hoy lo hago
en busca de respuestas que me ayuden a continuar con la que quise
dejar atrás. Aquella que quise sepultar tras el asesinato de mi mejor
amigo. Su nombre, Aritz, arde en mi garganta cada vez que lo
pronuncio, y su sonido sacude mi espíritu con derechazos de culpa.
Pensar en él me hace regresar a cuando le encontré en la entrada
de su casa medio muerto, cubriéndose la puñalada por donde se le
escapaba la vida. A veces sueño con aquel momento. Cinco años
han pasado, y, sin embargo, lo recuerdo todo tal y como estaba.
Entro en la casa y corro hacia él. Le tomo entre mis brazos, le hago
un torniquete con una manga de mi camisa. La voz de Aritz es una
interferencia indescifrable mientras parece fundirse con mi mirada.
Álex sabía qué le ocurrió a mi amigo sin que yo le dijera una
palabra. Estoy seguro de que me investigó. Tenía recursos más que
suficientes como para recabar información de debajo de las piedras.
No en vano, era el líder de una organización llamada Gens. Lo que
encierra ese nombre sigue siendo desconocido para mí. Todo lo que
sé es que nadie parece saber de su existencia. Pero yo lo voy a
averiguar. Encontrar a Gens es encontrar a Álex Jon.
Hoy mismo saldré de dudas.
3

Miguel sabe que Ponzoñas le debe un favor, y ha llegado el momento


de cobrárselo.
Refugiado del mundo en el búnker que ha construido detrás de
su garaje, Ponzoñas se gana la vida con relativa facilidad. Solo
necesita tres ordenadores, música underground y bebidas
energéticas. La programación y el hackeo son sus fuentes de
ingresos. El rol y el anime, su vida.
—No has cambiado nada —dice Miguel al verle con su eterna
melena mal cuidada y una camiseta extragrande.
—Tú en cambio te has transformado desde la última vez. Nunca
te habría imaginado con el pelo largo y esos dos aretes en las
orejas. Por no hablar de que estás hecho un madelman. ¿Qué coño
te ha pasado?
—Cosas de la vida —se limita a responder.
—Y te has acordado de tu colega el Ponzo así, por las buenas.
—Algo así. ¿Recuerdas aquella vez que te soplé el examen de
derecho internacional por el pinganillo?
—Y tanto que me acuerdo, joder. De no ser por eso, aún seguiría
sin el título de graduado. Aunque para lo que me ha servido…
—Por lo que veo, te va bastante bien.
—No me quejo. Supongo que has venido a pedirme algo.
Ponzoñas ha dado en el clavo. Miguel decide no explayarse más y
explicarle la situación. Su antiguo compañero de carrera le cae bien,
pero aquel pequeño gueto le parece un lugar insalubre, lleno de
basura por el suelo y un olor a cerrado que se ve obligado a soportar
con ímprobo disimulo. Antes de comenzar, Miguel se preocupa de
dejar claro que el asunto debe tratarse en la más estricta
confidencialidad, aunque ni siquiera eso es capaz de mitigar el
agujero que tiene en el estómago al ser consciente de que está a
punto de asomarse a un lugar que, sabe, es terreno vedado. Nadie
puede hablar de Gens fuera de Gens.
—Quiero que busques información sobre ellos.
—Ya. Y supongo que la información que buscas puede estar en
las profundidades de internet.
—Supones bien. Es el único sitio que me queda por mirar, pero
me da bastante miedo meter la cabeza ahí.
—Me alegra que así sea. Déjame decirte que no suelo hacer esto
gratis. Lo hago porque te debo una.
Red Tor por aquí, VPN por allá… y Ponzoñas obra su magia.

Sabedor de la sensibilidad que entrañaba la información solicitada


por Miguel, Ponzoñas le deja solo frente a la pantalla mientras
continúa con sus encargos. El texto está escrito en pasado. «Gens»,
lee para sí. «Organización suburbial compuesta por agrupaciones de
personas excluidas de la sociedad por diferentes razones para crear
una red de cooperación comunitaria». Eso es nuevo. Gens estaba
dividida por sectores, todos ellos controlados por un miembro de la
cúpula. Prostitutas, exdrogadictos —le sorprendió el prefijo, no había
lugar para los yonquis—, exconvictos y excluidos de la sociedad en
general por causa de fuerza mayor o por decisión propia.
No es eso lo único que encuentra.
La cúpula de Gens, compuesta por los denominados tvtores
(tutores), tenía su propio y particular modus vivendi. Aquel que
reclamaba la ayuda de Gens por vía de sus intermediarios, recibía
sus servicios fuera cual fuese su petición. Por supuesto, dada la
clandestinidad del grupo, operaban al margen de la ley con
actividades ciertamente cuestionables. Miguel tiene delante una
relación de casos que van desde simples seguimientos hasta palizas
a extorsionadores. Todo el que conoce el nombre de Gens sabe que
está obligado a guardarlo bajo siete llaves si sabe lo que le conviene.
«Respeto» y «temor» son palabras inherentes al grupo, y tan bien
integradas que sus miembros no se molestan en recordárselo a
nadie.
«Gens se fundó bajo el mandato del cvstos (custodio) Ratán,
muerto por un tiroteo en la sede de Gens antes de que esta ardiera
tras disolverse en el año 2017. Hay quien dice que permanece
latente, custodiada por un nuevo líder a quien Ratán le cedió el
trono».
—Ni una palabra de Álex Jon —se lamenta—. Maldita sea mi
estampa.

Miguel siente como si un tren de alta velocidad le recorriera el


corazón. Necesita canalizar su adrenalina de algún modo. Piensa en
Malena. La última vez que se vieron fue aquella fatídica mañana en
la que asesinaron a Lola de los Alcatraces. Es el momento de
reencontrarse y darse un respiro. Marca su teléfono y la invita a una
ronda de bares en la zona de Alonso Martínez. Las ganas de
desfogarse hacen que Malena no se lo piense dos veces antes de
aceptar la proposición.
Chupitos, bailes, chicos y chicas que van y vienen, algunos con
ganas de conversación, otros buscando algo más que palabras con
ambos. Malena se deja hacer ante la atónita mirada de Miguel, que
se mantiene alejado de las cazadoras que lo vigilan. No da crédito al
ver cómo aquella chica en apariencia modosa es capaz de
revolucionar el gallinero de esa manera. Incluso ha logrado que dos
chicos se peguen por ella.
Miguel, con sabia prudencia, sugiere continuar con la fiesta en
otro lado. Si por él fuera, se irían a la pensión donde ha decidido
pasar su estancia en Madrid.
—Vamos a mi casa —dice ella.

Malena le empuja contra la puerta nada más entrar. Sus manos


vuelan veteranas sobre el cuerpo de Miguel, y apenas tarda un
minuto en abrirle la camisa mientras él comienza a sentirse
sobrepasado por tanta intensidad. Siente la mirada depredadora de
Malena, nota cómo le acecha mientras sonríe y su respiración se
agita. El rasgado de sus ojos le otorga una expresión felina que
potencia su viveza, y eso a Miguel le cohíbe. Hasta ahora, la
experiencia del cántabro siempre había partido de su propia
iniciativa.
—Anda, ven —sugiere Malena—. Vamos a meterle una marcha
más a la fiesta.
Desaparece del salón. La fantasía de Miguel se dispara. Imagina
que vuelve a entrar vestida tan solo con lencería de encaje, o mejor
aún, cubierta tan solo por el calor de su piel. Pensarlo le obliga a dar
un trago de agua. Ahora que la borrachera está empezando a
bajarle, se siente más que capacitado con lo que está a punto de
venir a continuación.
Sin embargo, Malena regresa con la misma ropa. Adiós a las
fantasías de Miguel.
—¿Qué llevas en la mano? —pregunta, refiriéndose a una
pequeña bandeja plateada.
—Llaves para el cielo. Ven, vamos a jugar un poco.
Miguel se acerca con cautela hasta ver de lo que se trata. Tal y
como había imaginado, hay cuatro rayas de polvo blanco sobre la
bandeja. Malena sonríe mientras saca del bolsillo un fino tubo de
cristal.
Sus manos tiemblan. Su boca se seca. Sus pies deshacen los
pasos andados.
—¿Qué pasa? Solo es una raya —dice ella, todavía con la
bandejita en la mano.
—No, yo… Yo no tomo esas cosas.
El rostro de Miguel se torna del color de la nieve mientras
comienza a hiperventilar y un sudor tan lento como frío le recorre la
nuca sin misericordia. Malena insiste. Él no sabe si ya está colocada
o está disfrutando de la situación. Siempre ha sido excesiva en este
tipo de situaciones. Le ronronea al oído mientras consigue sujetarle
de la entrepierna y Miguel gime de pura angustia. Pero no es
suficiente para Malena, no le basta con hacerle tambalear. Quiere
tener el control, necesita ser dueña y señora de los impulsos y
espasmos del chico con quien se muere por encamarse. Le muerde
el lóbulo de la oreja y se preocupa por que la anatomía de su cuerpo
se deje notar contra el pecho desnudo de Miguel. «Vamos, sé que
quieres hacerlo —dice—, imagina lo que puede dar de sí la noche
con un pequeño empujoncito».
Recoge un poco de polvo con la uña y se lo acerca a la nariz.
Miguel no puede soportarlo más y lo retira de un manotazo. Mira a
Malena. Parece ida, transformada, tal vez poseída por alguien que
no es ella.
Sin embargo, consigue que el silencio y la calma se adueñen de
la situación. Malena no deja de mirarle a los ojos, como si con ello
consiguiera mantenerle prisionero de un extraño hechizo del que, al
fin, Miguel logra zafarse abotonándose la camisa y saliendo del
apartamento mientras sus demonios se burlan del memorial de
miserias con que está condenado a vivir.
—Corre, Miguel, corre. Algún día te cazaré.
Malena sopla el polvo de su dedo y sonríe mientras se pone una
copa a la luz de la luna.
4

Miércoles, 20 de julio

Mi amigo Fabio, quizá el único nexo que une Madrid con mi tierra,
me ha llamado a primera hora diciendo que tenemos que vernos.
Que es importante. Hemos quedado para comer en su casa, lo cual
quiere decir que voy a conocer a su hija, un querubín de seis meses
que hará compañía al pequeño Unai. Tres años hace ya que nació.
Confiemos en que nos deje hablar, aunque tampoco me importaría
que se me subiese a las rodillas para enseñarme sus coches. La idea
hace que se despierte en mí cierto impulso paternal, como si mi yo
más reptiliano tuviese de pronto la premurosa necesidad de alargar
su linaje. Pues date por jodido, Yo reptiliano. Por ahora no cuento
con quien quiera ser la madre de mis hijos y, de vez en cuando,
hacer de la mía propia. Además, el hecho de ser huérfano desde tan
joven hace que me pregunte si estaría preparado para ser padre, o,
al menos, saber serlo sin contar con el bagaje que uno va
aprehendiendo subconscientemente de su propio progenitor. Y siento
pena por no haber disfrutado de ellos como la mayoría de los niños
que me rodeaban en la infancia, no digamos en la adolescencia,
aunque bien es sabido que en esa etapa priman más los conflictos
típicos de la insoportable pubertad del ser. Pero uno cuenta con lo
que cuenta, y esas son sus herramientas para construir la mejor
persona que sea capaz. Quizá, en mi caso, me haga falta engrasar la
maquinaria y reforzar algún que otro tornillo.
Cuando llego a la casa, el crío me recibe con curiosidad de
investigador. Me escanea de arriba abajo, muy serio, siempre
agarrado a la pierna de Fabio mientras parece procesar el saludo
que le acabo de hacer. Me acuclillo para ponerme a su altura y le
enseño la colorida caja que contiene los pasteles. Los dibujos le han
llamado la atención y señala mi preciado tesoro mientras se
comunica con su padre de un modo que solo ambos entienden.
Estrella, mamá y esposa, entra al rescate llamando al pequeño, que
acude como una chispa torpona, bamboleándose con cada paso que
da. Abrazo a mi amigo mientras, una vez más, vuelvo a sentirme
como en mi propio hogar. Después me presenta a la princesita,
sumida en un profundo sueño del que carece en las madrugadas y
cuyos estragos se dibujan en las ojeras de Fabio. Dice que no cabe
en sí de gozo ni de cansancio. Sea como sea, la paternidad ha
producido en él cierta metamorfosis. Tiene menos pelo y le ha
crecido una barriga que antes no estaba ahí. Por lo demás, la
complexión es la misma. Lo gracioso es que vuelve a recalcar mi
cambio físico delante de Estrella mientras nos tomamos un gazpacho
que casi me hace llorar de lo bueno que está. Siempre me he fiado
más de su opinión que de la de Fabio, y coincide en que, aparte de
los aretes en las orejas y la barba, estoy un poco más corpulento por
el deporte. Por tanto, es ahora cuando sé que debo reducir algo de
masa muscular.
La velada transcurre en ambiente familiar, ese que tanto llevo
echando en falta desde que me volví a Potes. Conservo parte de mi
cuadrilla y demás amigos a los que ver es siempre un placer que
refuerza mis raíces, pero comer con Fabio, con mi Fabio y con
Estrella, ambos convertidos también en papá y mamá mientras Unai
aparece de cuando en cuando hasta que se queda frito, despierta mi
sentir de un modo especialmente intenso. Siempre me he
caracterizado por tener una sensibilidad especial, y soy consciente
de que a veces puede jugarme malas pasadas si se me tuerce su
gestión. No es el caso, pero bien es cierto que echo de menos algo
de estabilidad. Si la incertidumbre nos mantiene vivos, no me
importaría hacer el esfuerzo y cambiarla por un poquito de sosiego.
—Bueno, Miguel —dice Fabio tras colocar la bandeja del café
sobre la mesa—. Ha llegado el momento de la verdad.
Cuando me llama «Miguel», quiere decir que la cosa es seria.
—Te escucho.
—¿Hasta cuándo piensas quedarte en Madrid?
—No lo sé —respondo descolocado mientras le doy un sorbo a mi
taza—. No mucho, espero.
—¿Tanta prisa tienes por marcharte? —pregunta Estrella. Sé que
lo dice porque les gusta tenerme con ellos, y yo solo puedo
responder tirándole un beso.
—¿Por qué estáis tan interesados en mi estancia?
—Porque hay un trabajo que puede interesarte. Algo puntual, eso
sí, pero puede hacerte ganar un buen dinero. Muy bueno, he de
decir.
—Soy todo oídos y curiosidad.
Fabio saca su iPad y mueve el dedo a la velocidad del rayo hasta
que encuentra lo que quiere enseñarme.
—El caso de la novia colgante. Te suena, ¿verdad?
—¡Pues! Ya te dije que vi el pollo con mis propios ojos.
—¿Te gustaría tomar parte en el caso?
Mi querido amigo ha preguntado en el momento en que tragaba
otro sorbito de mi café solo. He tenido que hacer un extraño para
que no se me derrame la taza y se me ha ido por el otro lado.
—¿Qué dices, pichucas? ¿Cómo voy a hacer eso?
—Me consta que una de las partes quiere cambiar de abogado.
De hecho, te está buscando a ti.
—Fabio, no me líes que nos conocemos. ¿Acaso te has convertido
en una especie de agente intermediario?
—Mucho más fácil: yo soy el abogado al que quieren relegar. Y
no porque sea malo, ni mucho menos. Llevo años trabajando para
esa familia y sé que soy de su total confianza.
No doy crédito a esta conversación. «Te estás quedando
conmigo, Fabio». Él se limita a negar con la cabeza.
—Saben que interviniste en el caso de Mónica Durán y que todo
salió a la luz gracias a ti. Por eso quieren contar contigo.
Mónica Durán… Hacía tiempo que no escuchaba ese nombre. Su
desaparición trajo a la policía de cabeza durante años. Se esfumó
una tarde de colegio cualquiera, cuando los chavales salen en
tromba deseosos de ser libres. Nadie vio nada, nadie se percató de
su ausencia. Quién iba a decirme que acabaría encontrándola a raíz
de la muerte de Santiago. A veces, la vida rima de forma macabra.
—Aquello fue prácticamente casualidad, un cúmulo de
circunstancias que me llevaron de un sitio a otro. Tener algo de
intuición no basta para resolver un caso.
—Te equivocas. Eso fue lo que lo resolvió.
—Aun así, tío. Además, ¿quién se interesa por mí?
—Esa parte es la más complicada.
—¿La más complicada? ¿Por qué?
—Porque quien quiere que le representes es el supuesto asesino.
No estoy seguro de haber entendido bien las palabras de Fabio.
Intento procesarlas en silencio, medio en serio, medio en broma.
Estas cosas no se dan en la vida real porque, sencillamente, es
imposible que pasen. ¿Quién podría fijarse en alguien como yo, un
abogado que ha saltado de despacho en despacho como las liebres
desde hace casi tres años? ¿Qué mente desesperada quiere
contratar a alguien solo porque ha resuelto un caso que casi había
quedado relegado al olvido? No pretendo quitarme mérito, ni
hacerme valer menos de lo que valgo. Pero la resolución del caso
Mónica Durán se plasmó en los periódicos con mi nombre escrito, a
lo sumo, en un par de noticias. En el resto me nombraban con mis
iniciales. Y, desde luego, no figuraba el otro gran responsable, Álex
Jon.
—¿Tú estás seguro de lo que dices? —pregunto sin cambiar mi
rictus de sorpresa.
—Perfectamente. Como he dicho, quiere cambiar de abogado y
contratarte a ti. Pero entiendo que tengas objeciones al respecto.
Estamos hablando del asesino, al fin y al cabo.
A decir verdad, todavía no hay acusación. El juez ha decretado
prisión provisional para el hombre que vivía en el apartamento desde
donde se produjo el disparo y donde, al parecer, se encontraba en el
momento del crimen. La prensa se ha preocupado de difundir la
noticia a conciencia con todo lujo de detalles.
—No sé, Fabio…
—El tipo se llama Cristino Cantueso, es de Níjar y su familia tiene
más dinero que el que tú y yo veremos en dos vidas.
—Esa no es la cuestión. Yo nunca he llevado un caso de penal.
¿Cómo voy a defender a ese tío si no tengo experiencia?
—Para todo hay una primera vez. Comprendo la presión añadida
de que te hayan escogido expresamente, pero creo que por eso
mismo deberías aceptar. Conociéndote, sé que echarás el resto.
—Tiene todas las de perder. Todos los factores apuntan hacia él,
aunque sea inocente.
—Él jura que lo es.
—Todo el mundo jura en situaciones desesperadas.
—Eso no importa. Te conozco, y sé que tu fe en la justicia es
ciega. Por eso no puedes condenar a Cristino. In dubio pro reo.
Inocente hasta que no se demuestre lo contrario, en otras
palabras. Fabio sabe cómo trabajarme.
—Lo pensaré.
—Dejarás de hacerlo en cuanto conozcas tus honorarios.
Fabio me muestra un papel con un número redondo lleno de
ceros.
Muchos ceros.
—Fabio, esa cifra solo hace que me ponga aún más nervioso.
Dame un par de días para pensármelo.
—Mira, tío. Yo te he visto lograr cosas que nadie sería capaz de
hacer. ¿Y sabes por qué? Porque eres el único que puede. Eso es lo
que te hace especial, amigo. Deberías aprovechar tus talentos, fiarte
más de tu instinto y dejar el raciocinio de lado. Sé que algo en ti te
está diciendo que puede ser cierto. Que puede que el tipo sea
inocente. ¿Y si lo es? ¿Y si todo ha sido una trampa para
incriminarle? Al fin y al cabo, la familia De los Alcatraces es una de
las más poderosas del país. Tiene medios suficientes como para
hacer lo que quiera. Tanto como la de Cristino, aunque la fortuna de
los Cantueso es algo más discreta y local. En los programas de
tertulia y crónicas se habla mucho de ambas dinastías, por así decir.
No tienes nada que perder, y sí mucho que ganar. Si miras por ti,
piénsalo desde ese lado.
Fabio no suele hablar tanto, pero, cuando lo hace, sus
disertaciones tienen tanta fuerza y sentido que es difícil contradecir
cualquiera de los argumentos que exponga. Lo que me propone es
difícil, casi un hito. Una gesta descomunal de cuyo éxito tengo serias
dudas. Yo estuve allí, presencié el crimen como tantos otros. Alguien
disparó a esa chica desde el edificio de enfrente, y los forenses no
albergan dudas de que el asesino lo hizo desde la casa del novio, del
tal Cristino. El hecho de que niegue la autoría del crimen puede
deberse a dos factores: o bien se agarra a lo absurdo, o bien su
inocencia es real. Cabe también que el crimen haya supuesto tal
shock para él que se niegue a sí mismo la evidencia de que él la
mató. Sea como sea, confiar su destino en mis manos es un suicidio.
No he llevado un caso de penal en la vida, ni siquiera recuerdo el
procedimiento. «Tendría que volver a estudiar», le digo a Fabio, y
tengo los libros en Potes. El muy cabrón se ha anticipado a mi
excusa. Dos manuales recién comprados de derecho penal y de
procesal penal me esperan en una bolsa de papel junto a la entrada.
Se ha tomado la molestia de comprarme también un código penal y
una ley de enjuiciamiento criminal, ambos comentados. No hay nada
que me aburra más que una ley comentada, por mucho que ayude.
Es un lastre que llevo arrastrando desde mi primer año de
universidad.
—Al menos, déjame pensarlo. Cabrón, que eres un cabrón.
Entusiasmado, Fabio da una palmada y se arrepiente al momento
por miedo de despertar a los niños. Me resulta tan gracioso como
entrañable contemplar dos aristas de una misma persona
colisionando de ese modo. El alegre y ruidoso Fabio frente al
prudente y temeroso padre que camina de puntillas hacia el mueble
bar y revuelve entre los licores con virtuosismo de ladrón de guante
blanco hasta sacar una botella de Cardhu y un par de copas que
llena con abundante generosidad. Adoro el whisky de malta.
—Por una decisión sabia —pronuncia alzando la copa.
Le imito y brindamos por ello.
En realidad, es él quien brinda por ello.
Yo lo hago por tener el mejor amigo del mundo.
5

Jueves, 21 de julio

Por fin recibo el calor de la calle después de permanecer seis horas


bajo el aire acondicionado. Encontré trabajo como dependiente en
una tienda de música para ganar un dinero durante mi estancia en
Madrid, y normalmente trabajo los fines de semana. Hoy me ha
tocado cubrir a una compañera por motivos personales. Nunca había
pasado tanto frío. De hecho, ni siquiera el clima de la noche
madrileña consigue que me ponga a tono sin antes frotarme los
brazos con fuerza. Creo que voy a cenar algo por ahí antes de volver
a la pensión.
Mi teléfono indica tres llamadas perdidas de Malena. Todavía me
siento cohibido por lo que ocurrió hace dos noches y no he hecho
intención de hablar con ella. Nunca me había visto en una tesitura
semejante. He conocido mujeres decididas, atrevidas, de esas que
no aceptan nada que no venga de su propia iniciativa. Me gusta que
tengan fuerza y carácter, pero lo que ocurrió con Malena es
diferente. Me sentí avasallado, cohibido, intimidado. Invadido. Sí,
creo que esa es la palabra. Logró meterse en terreno vedado sin que
tuviera la más mínima oportunidad para defenderme.
Otra llamada. Veamos qué dice.
—Hola, Miguel.
—Hola.
Inicia la conversación con preguntas protocolarias sobre cómo
estoy y qué tal he pasado el día. Todo bien, qué tal tú, bla, bla, bla.
—Oye, quería decirte… Quiero decir… Lo que pasó la otra
noche…
—Todavía no soy capaz de procesar lo que pasó.
—No pensaba que fueras a reaccionar así. Es que soy muy
impulsiva.
O bien estoy espeso, o bien no ha caído en la cuenta de que me
marché por ofrecerme cocaína. Su respuesta hacia mi comentario
parece sorprenderla sobremanera.
—¿Te pones así por un poco de coca? No pensaba que tus
principios morales fuesen tan limitantes.
—No se trata de moral, Malena. Puedes hacer lo que quieras con
lo que quieras, pero a mí no me metas en eso. No quiero ni
acercarme a ese mundo.
—Me queda claro. Pero ¿puedo saber por qué?
—Tengo mis razones.
Dice que no le gustaría echar a perder nuestra amistad por un
error y me pide disculpas por ello. Procuro no hacer más leña del
árbol caído y cambiar de conversación para que quede clara mi
intención de seguir adelante con nuestra particular relación.
—Quería preguntarte algo, Miguel.
—Tú dirás.
—Es que… Llámame rara, pero últimamente me he sentido…
vigilada. Como si alguien me estuviera acechando. Y estoy
preocupada.
—¿Y eso desde cuándo te ocurre? —pregunto extrañado. La
última vez que nos vimos no me dijo nada.
—Empecé a notarlo un par de días después de la muerte de Lola.
No te he contado nada hasta ahora porque he querido pensar que
eran imaginaciones mías, pero creo que se está convirtiendo en
obsesión. Por eso quería hablar contigo.
—Claro, mujer. Hablar de los problemas hace que se reduzcan a
su verdadero tamaño. Es normal estar susceptible. Pero estás bien,
¿verdad? No has recibido amenazas ni nada.
Responde que no, y secunda mi teoría de los nervios. Aquello
inicia el preludio de la despedida. Retomamos la conversación inicial
y me pide disculpas de nuevo antes de colgar y seguir con mi paseo.
Enfilo la calle Preciados, donde me tienta la idea de entrar al
Taco Bell. Es allí, frente a la marquesina, donde mi espalda se eriza
hasta tal punto que llega incluso a dolerme. Imposible no recordar la
conversación con Malena. Siento que alguien me vigila, me acecha
desde la sombra, atento a cualquier movimiento que realice. Noto
cómo sus ojos escudriñan cada parte de mi espalda, y mi cuerpo me
empuja a salir de allí como una gacelilla asustada. No solo reniego
de la huida, sino que me vuelvo hacia donde creo que se encuentra
la amenaza sacando pecho y dispuesto a afrontar lo que tenga que
ser.
Quizá sea la oscuridad lo que hace de su figura algo fantasmal y
enorme. Apenas puedo verle la cara, pero sé que sus ojos me están
estudiando con verdadero interés. Esta ciudad es lo bastante grande
como para que quepan varios locos, y puede que me haya topado
con uno. Sin embargo, creo conocer esta sensación. Es molesta,
incómoda, impositiva, intimidante. Pero familiar.
—¿Puedo hacer algo por usted? —le pregunto con impostada
chulería.
—Esa es una pregunta que no puedo contestar.
—Vaya. ¿Y eso por qué?
—Porque depende de ti.
Acabáramos…
—Oye, no me van este tipo de cosas. Ni tampoco me gustan los
tíos, así que mejor búscate a otro.
El hombre lanza una risotada sorda mientras se frota los ojos con
el dorso de la mano.
—Así que piensas que soy un chapero, ¿eh, Miguel?
Escuchar mi nombre hace que se me cierre de golpe el estómago
mientras me esfuerzo por verle la cara.
—¿Cómo sabes mi nombre?
El sujeto da un par de pasos hacia la luz. Es un gigante.
—Yo sé muchas cosas —responde con un tono tan siniestro que
logra perturbarme.
Decido darle la espalda y alejarme poco a poco hacia el Taco Bell.
No he sido capaz de dar cinco pasos. Ese hombre parece haberse
fundido con el viento y me acaba de agarrar del hombro. Le basta
un ligero toque de presión para voltearme como a un muñeco de
trapo y hacer que le mire a las brasas que tiene por ojos.
—Si sabes lo que te conviene, vas a caminar hacia donde yo te
diga. Pisarás por donde yo te diga y te detendrás cuando yo lo
ordene. Ahora no eres más que un cuerpo y soy yo quien lo maneja.
De lo contrario, las consecuencias pueden ser desagradables. ¿Has
entendido, Miguel? Tus ojos me dicen que sí. Chico listo. Ahora,
muévete.

Pasamos media hora de reloj callejeando hasta llegar al casco


antiguo de Madrid. Lo que pensé en programar como visita turística,
se ha convertido en un tortuoso paseo que concluye a las puertas de
la catedral de la Almudena. Me resulta perturbador saber que ese
hombre se encuentra detrás de mí sin escuchar sus pasos. Se limita
a indicarme ir hacia la derecha o la izquierda en profundos y rotos
susurros que me parecen nacidos de la boca del infierno.
Voy a marcarme un órdago. Ya estoy harto de esta situación.
Camino con un par de zancadas hasta cobrar una distancia
prudente y me doy la vuelta.
—No pienso dar un paso más hasta que no me digas quién eres
y qué quieres de mí.
El hombre no se inmuta. Camina con aire tranquilo, indiferente a
lo que yo diga o deje de decir. Verlo caminar de espaldas es como
mirar a alguien de otro tiempo, de otra especie quizá, más
evolucionada y, desde luego, mejor proporcionada que la mía.
Al fin, se detiene en una bocacalle donde no se escuchan más
que nuestros pasos. Se asegura de tomar un poco más de distancia
conmigo antes de girarse. No sabría decir de dónde es. Ni siquiera
acierto a ver el color de sus ojos. A pesar de hablar perfecto
castellano, tiene un deje extranjero muy bien disimulado. Vuelve a
estudiarme como antes, aunque aprecio algo de prisa en su mirada.
—Si me estás imaginando desnudo, te advierto que pierdo
muchísimo sin ropa.
Le he arrancado media sonrisa que no sé muy bien cómo
interpretar.
—Veo que es cierto lo que dicen de ti. Me gusta la gente con
arrojo. Pero mi respeto se lo gana quien se hace respetar con sus
actos. Y no es tu caso, Miguel.
—No sé a dónde quieres llegar.
—Quiero llegar hasta donde has decidido meter el hocico
husmeando por los bajos fondos en busca de información. No sé si
sabes por dónde voy.
Sí que lo sé. Lo sé muy bien.
Este hombre tiene que ver con Gens. Así lo pienso y así se lo
digo.
—Tu deducción está lejos de ser meritoria. Tu osadía, sin
embargo, merece reconocimiento. O, tal vez, deba llamarla
imprudencia.
—No tengo ni idea de a dónde quieres llegar.
—Oh, lo sabes —responde esbozando una sonrisa que me
despierta un miedo atávico—. Lo sabes.
Su voz es el susurro de un viento ronco que me eriza la piel.
Tengo que contenerme para no mostrar mi nerviosismo y hacerme
pequeño ante esta mole. Pero tampoco puedo mostrarme asustado.
El miedo le hace fuerte.
—Sé cuándo alguien accede a ciertos lugares ocultos en busca de
información, y tú lo hiciste hace dos días. Tu amigo Ponzoñas no
destaca precisamente por su confidencialidad. Ha bastado apretarle
un poco las tuercas para que cante como un jilguero. Accediste a
información sensible de Gens a través de la Deep web. Sin embargo,
no le contaste nada de cuanto leíste.
—Soy leal a quienes considero mis amigos.
—Un gesto honorable, sin duda. Pero no te exime de haber
conocido información sensible.
—¿Y qué se supone que vas a hacer? ¿Me vas a castigar?
—Gens es Gens en Gens. Quien hable de Gens fuera de Gens, no
volverá a hablar. Ese es el primer precepto de la organización.
—Pero yo no he hablado de vosotros en ningún momento. Me he
limitado a recabar información. Además, conozco a tu líder.
Se cubre los ojos con la mano. El eco de su carcajada resuena
por la bocacalle con una intensidad rayana en lo brutal. No sé quién
es este hombre, ni estoy seguro de querer saberlo. Solo quiero salir
de aquí.
Pero antes, necesito respuestas.
—Necesito hablar con Álex Jon. ¿Sabes dónde puedo
encontrarlo?
—Miguel, Miguel… ¿Te parezco alguien a quien preguntarle eso
sin más?
—No sé qué me pareces. Dices pertenecer a Gens, pero se
disolvió hace años.
—Si eso es así, ¿cómo puedes conocer a Álex Jon?
—Álex es el único que puede ayudarme, y necesito saber dónde
está.
—Desconozco su paradero.
—No me lo dirías aunque lo supieras.
—Veo que nos vamos entendiendo. Pero sí te diré que Gens no
ha desaparecido. Tan solo duerme. Solo despierta cuando es
necesario. O cuando acude a ella alguien que lo merece. ¿Tú lo
mereces, Miguel Lifante?
Su pregunta me ha arrancado la coraza de un zarpazo. ¿Qué
contestar? ¿Cómo hacerlo?
¿Quién coño es este tío que tengo delante?
—Sí —respondo finalmente, con toda la seguridad que soy capaz
de reunir.
—Demuéstramelo. Demuestra tu valía. Solo entonces consideraré
que mereces mi confianza.
—No sé cómo.
—Yo creo que sí. Te han incitado a emprender una gesta heroica.
Tómala.
A estas alturas no me sorprende que sepa de mi oferta para
llevar la defensa de ese tal Cristino. Sin embargo, la intriga por
conocer qué relación guarda con mi búsqueda de Álex aumenta por
momentos. Ignoro a qué se debe tanto interés por que tome el caso,
pero no pierdo nada por intentarlo. Quizá sea la mejor manera de
obtener respuestas.
—Cuando todo acabe, me dirás todo lo que sabes.
El hombre suspira mientras esboza una última sonrisa.
—Veremos. Veremos…
Se da la vuelta y camina hasta desaparecer en la oscuridad.
«Volverás a saber de mí», escucho desde la frontera de lo invisible.
Me voy al Taco Bell. A mí un fantasma no me estropea la cena.
6

No me apetece entrar todavía a la pensión. Prefiero continuar


tomando el aire mientras reviso las apps de mi móvil. Veo que no he
borrado Tinder. Me tienta utilizarlo esta noche. Necesito que alguien
me haga agarrarme a sus carnes y a la vida. No suelo ser esclavo de
mis impulsos, pero creo que esta noche me lo he merecido. El
funcionamiento es el mismo de siempre y no tardo en hacer un
match. Una chica rubia, muy mona. No estamos lejos y le propongo
tomar algo. Acepta y yo me pongo muy contento. Voy a subir a la
pensión para darme una ducha, cambiarme y lavarme los dientes.
La misma sensación de siempre. Cuerpo cansado, corazón vacío.
Nunca aprenderás, Migueluco. Todo muy bien; conexión perfecta,
olor maravilloso, tacto insuperable. Un algodón de azúcar picante.
Me ha invitado a pasar la noche y aquí estoy, mirando al techo
mientras ella duerme recostada en mi pecho. Sé que lo que busca es
empezar bien la mañana y voy a dar curso a esa petición tácita.
Llegaré más cansado que ella, porque no puedo dormir. Estoy
enfadado con las circunstancias que me rodean. ¿Infantil? Sí, tanto
como absurdo. Pero no me faltan motivos.
Llevo pensando en la posibilidad de que Álex me ayude durante
tres años. Tres años en los que no me he atrevido a descolgar el
teléfono, porque tengo miedo de lo que podamos destapar y porque,
lo admito, siento cierto temor hacia él. Álex es el tipo más peligroso
y libre que he visto jamás. Nada le ata, nada le retiene. Sus caminos
están libres de barreras e impedimentos. Me pregunto cuál será el
alto precio a pagar. Recuerdo su rostro sombrío y su empeño por
disipar las nubes que cubren su vida. Álex Jon me fascina, es así. Y,
cuando por fin me decidí a marcar su número, ya no existía. Mi
vínculo con el líder de Gens se ha esfumado. Podría hacer el intento
de localizar a Ioana, pero, ¿con qué cara me presento después de
tanto tiempo? Nos separamos porque así lo decidimos, porque era
algo que ambos necesitábamos pese al dolor que una separación
acarrea. Tampoco he dejado de pensar en ella. En cómo le irá, en
qué estará haciendo. Álex la puso bajo su cuidado, y estoy seguro
de que la evolución de a quien siempre he llamado «mi pequeña
bruja» ha sido exponencial. Si no me equivoco, ahora tendrá
veintiún años y Álex veintisiete o veintiocho. Pensar en su edad sí
que me da miedo. Si con veinticuatro tenía ese aplomo y unas tablas
que yo estoy lejos de alcanzar, ¿cómo será ahora? ¿cómo será
dentro de otros tres años? Sea como sea, espero que pueda
apaciguar los demonios que le acompañan. Por su bien y por el de
los que le rodean.
Los que le rodean…
Joder.
¡Joder!
¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Conozco a alguien más que puede saber de Álex.
Y sé dónde encontrarlo.
Nunca pensé que volvería a recorrer estas calles en su busca. Pasear
por ellas me evoca recuerdos que creía olvidados, sensaciones,
percepciones que una vez sentí y que no he vuelto a experimentar
hasta este momento. El barrio donde vivía Santiago no ha cambiado
nada. Las mismas tiendas, los mismos rincones, la misma plaza
donde se le rindió homenaje poco después de su muerte. Y, a unos
pocos metros, un pequeño chiscón cubierto por murales de colores
pintados a mano por una de las mujeres más originales, creativas y
misteriosas que he conocido nunca.
Allí está, como siempre. Y, como siempre, vistiendo la misma
indumentaria negra y el mismo moño. Absorta en su bloc de dibujo,
Señorita congela modelos cotidianos y los plasma en el papel con
asombrosa destreza. La mano que porta el carboncillo se ha
detenido al escuchar mis pasos.
—Ya sabía yo que ibas a venir.
Señorita es el único nombre conocido para referirse a ella. No
admite preguntas sobre su identidad y detesta que la llamen señora
porque, arguye, todavía está en el mercado. Su mirada, ceñuda y
concentrada, traspasa todo cuanto toca. Y su carácter…
—¡Apártate, hostias, que me tapas el sol!
Su carácter tampoco ha cambiado.
—Yo también me alegro de verla, Señorita.
—Así que el caballero me recuerda. ¿Vienes a pedirme salir? —
pregunta lanzándome un beso.
—Es posible —respondo con un guiño.
—Pues ponte a la cola, zalamero. Que tengo más pretendientes.
Además, no salgo con traidores.
—¿Traidor yo? ¿Por qué dice eso?
—Tú sabrás.
Claro que lo sé. Señorita sabe que he buscado información sobre
Gens. Es difícil que uno de sus miembros permanezca ajeno a lo que
ocurra con respecto a la organización. Por eso he venido a verla. Es
la única persona que puede decirme dónde puedo encontrar a Álex.
—Supongo que ha hablado con usted.
—¿A quién te refieres?
—Lo sabe muy bien. Estoy hablando de Álex Jon.
Señorita cierra su bloc con cuidado mientras musita o canturrea,
no tengo claro lo que hace. Quizá hable y cante a la vez, como
artista multidisciplinar que es. Me aparta como si espantara a un
gato y lanza el agua sucia del tarro que utiliza para aclarar los
pinceles para luego envolverlos con cuidado en un paño que coloca
junto a la caja de pinturas que le regalé en su momento y que me
produce cierta sensación por los recuerdos que evoca. Después, lo
mete todo en una bolsa de tela y se la cuelga al hombro.
—Me siguen gustando los bocatas de calamares y me debes dos
por haberme hecho esperar. ¿Vamos? —pregunta, ofreciéndome el
brazo. No sé muy bien qué hacer—. Aprovecha, joven. Es una cita.
Y me guiña un ojo.
Es la primera vez que paso tanto tiempo con Señorita. Una sola
hora con ella exige tener la mente despierta y ágil. Los reflejos
tienen que estar alerta y la lengua lo suficientemente afilada como
para responder con el ingenio necesario para estar a su altura. Aun
así, nunca sé por dónde va a salir. Quizá sea yo quien se pone el
listón tan alto y baste con ser simplemente quien soy. Nunca he
necesitado más para tratar con Señorita, pero siempre demuestra
estar a kilómetros de mí en cuanto a retranca se refiere. Es como si
la sabiduría de la calle hubiese tomado forma humana y la tuviera
delante de mí.
—Podrías haberte construido una vida aquí en estos últimos
años. Tenías amigos y posibilidades.
—A mi modo, los sigo teniendo.
—A tu modo, a tu modo… Por eso se pierden las amistades. Se
enfrían. ¡Se pochan! ¿Nunca has escuchado el símil de la amistad
con la mayonesa? Cuesta un huevo y hay que vigilar que no se
corte. Pues eso.
—Bueno, pero la vida no tira igual para todos, Señorita. Yo tuve
que volver a casa. Lo necesitaba.
—Y ahora estás de nuevo aquí. Y me has venido a buscar. Desde
luego, no creo que haya sido para regalarme otra caja de pinturas.
Ni a comprarme la cena.
—No. No ha sido por eso.
—Dime una cosa, chico: ¿me ves con cara de chica del cable?
—¿Disculpe?
—¿Te parece que manejo una centralita desde mi confortable
agujero? ¿O piensas que puedo ponerte con este o con aquel y que
tú no tienes mas que esperar escuchando la musiquita de fondo?
Sé muy bien a qué se refiere, como también estoy seguro de no
ser el único que acude a ella cuando tiene problemas. A Señorita se
la conoce también como la Madrina, porque dice la leyenda que
«arregla cosas».
—No se enfade, mujer.
—Señorita —especifica levantando el dedo mientras le da un
mordisco a su bocata.
—Señorita… En realidad, no he venido a pedirle nada. Solo a
preguntarle.
—¿A preguntarme qué?
—Si me puede decir dónde está.
No me ha hecho falta nombrarle. Su gesto ha cambiado por
completo, como si tuviera personalidad múltiple y ahora me tocase
hablar con la señora seria. Le da un trago a su lata de cerveza y la
deja sobre el banco de piedra en que estamos sentados a la luz de
la luna menguante en pleno Paseo del Prado. «Le caes bien», dice,
asintiendo para sí. «Le caes bien».
—Sabe de quién estoy hablando, entonces.
—No lo voy a saber… Diría incluso que te tiene algo de afecto,
fíjate.
—Me halaga.
—Es la conclusión a la que llegué cuando dejó claro que cuentas
con el favor de Gens y que te echaría un ojo de cuándo en cuándo.
Créeme, capullín: eso es muy grande. ¡Muy grande! —incide
levantando el dedo.
—Necesito encontrar a Álex Jon, Señorita. Usted le conoce,
pertenece a esa Gens, o como sea que se llame la organización. Solo
usted puede ayudarme.
Se toma su tiempo antes de contestar. Come y bebe despacio, tal
vez sopesando las palabras con que va a responderme.
—Hablas demasiado a la ligera de algo muy serio, Migueluco de
Potes. Y no te conviene en absoluto.
—Pero…
—Gens no ayuda, chico. Gens interviene. Por debajo, entre las
paredes, al otro lado del espejo. Te lo dije en su momento, pero no
me has hecho caso. Las noticias vuelan en mi mundo y sé que has
visto cosas que no debías. Si no fuera porque tienes quien te apoye,
estarías bien jodido.
—Si realmente eso es cierto, entonces sabrá que mis intenciones
son buenas. Le apuesto otro bocata de calamares a que usted
conocía de mi regreso a Madrid. Y que me alojo en una pensión, y
que los fines de semana trabajo en una tienda. De hecho, estoy
seguro de que sabe también que me han ofrecido un trabajo
importante.
—Ahora sí lo sé. Me lo acabas de decir tú mismo.
—¿No lo sabía?
—Ni puta idea.
—Entonces tampoco sabrá nada del hombre con voz rota con el
que anoche tuve unas palabras. Enorme, siniestro. Parecía un
demonio antiguo.
Si antes su semblante era sombrío, ahora se ha tornado oscuro
como un cielo sin estrellas. Me pide que se lo cuente todo y
comienzo por el principio.
—¿Tiene idea de quién puede ser?
—No. Como tampoco la tengo de donde está Álex. Hace más de
seis meses que no tengo noticias suyas.
Mi estómago vuelve a cerrarse. La escasa esperanza que tenía
para encontrar a la única persona que puede ayudarme a esclarecer
el crimen de Aritz ha desaparecido y ni sus propias sombras son
capaces de encontrarlo.
—Me preocupa lo de ese hombre. ¿Qué más te dijo?
—Que aceptara un caso que me han ofrecido. El de la novia
colgante, no sé si lo conoce.
—¿Y con qué propósito?
—Dijo que era una forma demostrar mi valía.
—Eso no me dice nada. ¿Ves por qué este mundo es tan puto,
chaval? Nunca sabes si quien te busca quiere darte un abrazo o
meterte una bala en la cabeza. No es tu caso, por supuesto. Pero es
necesario que lo sepas antes de continuar en tu búsqueda. Si ese
tipo vuelve, lo mejor será que actúes con naturalidad. No le debes
nada a nadie, y créeme cuando te digo que eso es como estar
bendecido. Y ahora pídeme un taxi, que quiero irme a mi casa.
La sensación que me producían sus advertencias se han detenido
como un coitus interruptus al escuchar semejante orden.
—¿Pero usted…?
—¿Qué? —pregunta en tono burlón—. ¿Pensabas que vivo en mi
despacho o en un albergue de mala muerte? Pues no. Vivo en mi
casa y tú en una pensión. Rabia, rabiña.
Con los ojos como platos, saco el móvil y me instalo la app del
radio taxi mientras mi mente procesa toda la información recibida.
Demasiadas cosas para un solo día.
7

Camino hacia la pensión a paso lento, intentando que la brisa me


despeje un poco la sesera después de un día realmente intenso.
Hace muy buena noche, y el ambiente que se respira invita a la
reflexión. Muchas han sido las cosas que he vivido en el día de hoy,
y creo que me merezco una pausa.
Vamos a ver, Migueluco: Álex no está. Álex se fue. Un hecho tan
simple como extraño que debería poner punto y final a mi andadura
por Madrid. Pero resulta que mi buen Fabio se ha molestado en
preparar una comida en mi honor y gastarse la hijuela en mi propia
formación para un caso que parece imposible de ganar. Uno que
puede reportarme buenos cuartos y no poco prestigio. La chica que
me hace gracia, Malena, prácticamente ha dicho que somos
follamigos, palabro que no puede resultarme más desagradable y
tosco sin dejar de reflejar a la perfección lo que tenemos: nada.
Además, una especie de fantasma corpóreo me ha impelido a tomar
el caso a condición de contar con su favor. Estoy a un paso de cantar
línea.
Me gusta lo que ha dicho Señorita: Álex Jon me tiene aprecio. Y
cuento con el favor de Gens. Al menos, podré tirar por ahí si las
cosas se tuercen. Aunque no sé si me gusta eso de que me eche el
ojo cada poco. Da lo mismo. Si hay algo que me define a mí, Miguel
Labaro Lifante de Pereda, es la lealtad. Una lealtad que en este caso
es debida, ganada y merecida. Lo que hizo ese tío por Ioana y por
mí es casi una gesta. Aún me recuerdo en medio de la noche,
huyendo de un asesino sin escrúpulos cuando Álex apareció con su
moto y me sacó de aquel infierno flanqueado por otros dos
miembros de su grupo. Esas cosas no solo no se olvidan, sino que
permanecen en el flujo del inconsciente y asoman su cabeza en los
sueños para recordar lo que una vez fueron.

Estoy frente a la Biblioteca Nacional. Me maravilla la hermosura de


ese edificio, y no puedo imaginar qué joyas ocultas guardan sus
muros. Como el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Durante
mi estancia en el pueblo, pude visitarlo por dentro, y aún recuerdo
las sensaciones que me despertó recorrer su recinto más legendario.
Secretos de la alquimia, de la magia, saberes ocultos al mundo
porque este no está preparado para entenderlo. Misterios que
aguardan a ser comprendidos, o quizá nunca deban salir a la luz por
el poder que encierran. Pienso en mi yaya Sorne y en su amor por lo
arcano. Siempre que viene a mi memoria, saco la cartera y extraigo
la carta del tarot que me regaló poco antes de morir, haciéndome
prometer que siempre la tendría conmigo para recordarme en qué
consiste la vida: comenzar y recomenzar. No hay mejor
ejemplificación, decía, que la Rueda de la Fortuna, el Arcano Mayor
número diez del tarot. Una rueda que gira, que nunca se detiene. Su
simbología es compleja, pero el sentido que le dio me vale por cada
elemento que aparece plasmado en esa pequeña lámina. «Como es
arriba, es abajo. Como es adentro, es afuera. Kybalión, Migueluco».
Acaricio la superficie del naipe, ya algo descolorido por las
ocasiones en que lo he manoseado, y pienso en todo lo ocurrido en
el día de hoy. «Joder, yaya, ¿tú qué harías?», le pregunto a viva voz.
Su respuesta no se hace esperar. A veces la escucho, sé que me
habla en un lenguaje imposible de explicar, carente de palabras y
trascendente a cualquier código racional que pueda descifrar el
cerebro humano. Es un impulso, un susurro de energía transformado
en coherencia que me hace sentir acompañado.
«Cuando te preguntas qué haría alguien en tu lugar antes de
tomar una decisión importante, es porque tú ya sabes cuál es el
camino que debes escoger, y quieres asegurarte de que, si te
equivocas, tendrás a alguien en quien descargar la responsabilidad
de tus propios errores».
Sé lo que tengo que hacer. Siempre lo he sabido, no soy de los
que esconden la cabeza o miran para otro lado, aunque eso suponga
que alguien me cruce la cara a mano abierta. No es casual que mi
nombre resuene en el caso de los Alcatraces. La prensa nunca me
mencionó, mucho menos a Álex. Bien se cuidó él de que así fuera.
Por tanto, solo alguien con profundo conocimiento de lo que sucedió
conoce nuestras identidades. ¿Y si quien me haya recomendado
tiene conexión con Gens? ¿Y si el propio Álex Jon está interesado en
que me involucre en el caso? Aunque también pueda existir la
posibilidad de que se trate del bigardo que me siguió hace dos días.
No puedo dar nada por sentado, pero lo veo poco probable. Sea
como sea, puede que este caso sea una puerta en la que Álex se
encuentre al otro lado.
Solo hay una manera de averiguarlo.
Qué labia tienes, yaya. Ni muerta pierdes facultades.

Once de la mañana. Tienda de ropa. Sección Caballero, subsección


Trajes. Compro un par, es preferible. Lo mismo hago con los zapatos
y las camisas. Tres corbatas serán suficientes. Joder, sí que estoy
más fuertote. Tampoco una cosa exagerada, pero se nota el ejercicio
y la comida, para qué nos vamos a engañar. Considero el gasto
como bien invertido mientras me quito esta barba que ya iba
picando y dejo solo la sombra. El pelo me cubre la nuca, pero no me
queda mal. Aretes fuera de las orejas. Quiero dar buena impresión.
Se trata de un tipo con dinero, así que lo imagino de imagen
conservadora.
Fabio me estruja como al pequeño Unai al haber tomado «la
decisión correcta». No tengo ni idea de en qué me estoy metiendo,
pero intuyo que es algo más grande de lo que parece. Estrella dice
que está pensando en cambiar de marido al verme así, no están
acostumbrados a que mi porte destile tanta elegancia. La magia se
rompe en cuanto abro la boca con mis inherentes tacos. «Eso es lo
que te hace único, joder», dice Fabio dándome una palmada en la
espalda que podría catalogarse como una hostia si viniese de otra
persona. «A mí me encanta tu acento, es lo mejor que tienes. Es lo
que te define. Además, escucharte me transporta a Cantabria»,
concluye Estrella.
—¿Y ahora qué? —pregunto como un colegial en su primer día.
—Ahora tienes que solicitarme la venia para formalizar el trámite.
Después te daré una copia del expediente y te pondré en situación.
No nos llevará mucho tiempo. Hablarás con su familia, firmarán el
contrato que les hagas y tendrás que entrevistarte con Cristino.
—Una defensa jodida, anticipo.
—Eso no es lo que te interesa. Tú lo que tienes que hacer ahora
es encerrarte en un cuarto y saberte los manuales como el
Padrenuestro. Busca en internet o donde sea para que te resulte
más fácil, pero tienes que saber por dónde tirar para actuar con la
máxima profesionalidad.
—Coño, Fabio, que no soy nuevo. Ya lo sé.
—Tampoco te va a faltar ayuda, ya sabes que puedes contar
conmigo para lo que quieras.
—También lo sé.
—Estás colegiado como ejerciente, ¿verdad?
Le lanzo una mirada de agotamiento que aprueba satisfecho. Se
hace cargo de tan absurda pregunta y procede a descolgar el
teléfono.
Me recuerda que no habrá vuelta atrás en cuanto acepte el caso.
Vuelve a asegurarse de que mi paso es firme, de que voy con todo y
a por todo, aunque mi sensación es del todo contraria.
—Que sí, coño. Llama antes de que me arrepienta.
—No lo harás.
Hace la llamada de rigor. Mientras, no puedo evitar abrir mi
teléfono y meterme en la agenda. “A. J.” son las iniciales que
encierran el número de aquel a quien he venido a buscar. Leer esas
letras es visualizarle. Su imagen se proyecta en mi mente con
extraordinaria viveza. Allí está, con la misma mirada sombría de
siempre, distante y tan observadora que es capaz de anticiparse a
mis pensamientos. Ojalá pudiera tenerle delante. Álex sabe más que
yo del asesinato de Aritz, estoy seguro de ello. Tiene que saberlo. Si
no encuentro al custodio de Gens, entonces seguiré su rastro. Es lo
último que puedo hacer antes de que mi salud mental se quiebre
como un espejo.
Fabio cuelga el teléfono y saca una botella de vino. No tiene idea
de cuáles son mis verdaderos objetivos, ni falta que hace. Lo último
que quiero es meterle en problemas.
—Te llamarán dentro de un rato. Empiezas mañana.
Presiono mi cartera recordando la Rueda de la Fortuna. Siento
cómo vuelve a girar del mismo modo que cuando los dioses lanzan
una moneda al aire. ¿Cara o cruz?
¿Cuál es la buena?
¿Y si cae de canto?
II

LOLA
1

Lunes, 25 de julio

Quien me conoce bien sabe que soy de los que se toman las cosas
en serio. Especialmente cuando de mis actos depende el bienestar
de terceras personas. Tener la oportunidad de hacerle la vida más
fácil o más difícil a alguien no es cosa menor. Es como tener un
pajarillo vulnerable e indefenso entre las manos. El que se acoge a
ellas está asustado, desvalido, preocupado. La fragilidad se hace
tangible en esos momentos. No sé por qué, pero suelo compararlo a
la sensación del frío polar. Uno sale de casa poco abrigado, siente las
inclemencias del tiempo y se siente débil ante todo cuanto le rodea.
Al volver a casa, el calor envuelve cuerpo y espíritu como una caricia
materna, y ofrece la seguridad, aunque sea falsa, de que no pasa
nada. Ese es mi trabajo: dar calor al desprotegido.
Lo que no impide que quien ande falto de mantas sea yo. Nunca
había estado en una prisión, y jamás he representado a nadie por la
vía de lo penal. Un mundo tan nuevo como inhóspito se ha abierto
ante mí de la noche a la mañana y le ha arrebatado la
espectacularidad a la que, sin duda, fue mi asignatura favorita
durante la carrera. Estudiar el homicidio, el asesinato, diferenciar
entre secuestro y detención ilegal, entre robo y hurto o conocer
delitos como la estafa piramidal, era como diseccionar aquello que
se cocina en las novelas policiacas, porque se ve desde el lado del
espectador y, por tanto, desde la lejanía de lo seguro. Después viene
la parte tediosa, o séase, el estudio del procedimiento penal. Qué
fases tiene, cómo se desarrolla, qué tipos de procedimiento hay, si
ordinario o abreviado, cómo se inician, cuál es el método para actuar
en uno u otro caso. Plazos y papeles que condicionan la vida de
aquel que se vea inmerso en la causa.
He pasado los últimos cuatro días y noches intentando absorber
conceptos como una esponja sin estar muy seguro de haber
retenido el diez por ciento. Me consuela pensar que saqué la máxima
nota en ambas materias, de modo que esto solo es repaso. Incluso
he visto vídeos explicativos en internet de colegas que trabajan en
esta área. Sé que también cuento con la ayuda de Fabio, aunque no
se dedique al derecho penal. Por decirlo de alguna manera, estoy
aceptablemente cubierto. Lo único que no hago es dormir. Craso
error. Ni siquiera ahora, a las tres y media de la mañana, soy capaz
de conciliar el sueño ante la inminencia de mi encuentro con
Cristino. He tenido acceso a lo poco que se puede saber del caso
debido al secreto de sumario que ha decretado el juez. No podré
conocer de ello hasta el mes que viene, siempre que Su Señoría no
prorrogue el bloqueo. Pese a ello, ya puedo maniobrar para
conseguir la libertad provisional, aunque aún no tengo claro si él es
el autor del asesinato o no. Odio esta situación. Mi interior está
librando una batalla feroz entre la ética y la necesidad. Media entre
ellas el principio in dubio pro reo, es decir, que la persona es
inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Mis principios más
básicos se deben al ideal de justicia. Siempre ha sido así. Pensar en
ello invoca, otra vez, mi recuerdo de Álex Jon. Más de una vez
conseguí exasperarle con mi defensa sobre las leyes. Decía que
están hechas por hombres, y que los hombres se equivocan. Por
tanto, alguien podría salir perjudicado por la claramente mala
decisión de un hombre, y, ante eso, actuar en base a lo establecido
es hacer apología de la injusticia. Supongo que es lo que le otorga
parte de la libertad que le define.
Pero Álex no está. Eso es algo que tengo claro.
El silencio de la noche magnifica ruidos y pensamientos. Los
estira, los alarga, aumenta cien veces su tamaño normal hasta
convertirlos en algo incontrolable que solo termina con la luz del día
o con la interrupción del descanso. Aquí estoy yo, arrebujado en una
sábana que parece haberse convertido en boa, pues su presión
sobre mi cuerpo aumenta cuanto más me retuerzo. Ahora es más
bien un trapo empapado de sudor, una tela fría y correosa que
parece hablar por sí misma. Paso de la congelación a estar asado en
cuestión de segundos. Basta con poner un pie en el suelo para que
todo mi cuerpo se resienta y pida a gritos algo de protección. Igual
que el pajarillo indefenso. No puedo evitar preguntarme si Cristino
sentirá algo parecido. Comparar ambas situaciones es algo absurdo,
por supuesto, pero creo que, si alguien escuchara esto que estoy
pensando, lo entendería.
Quedan cuatro horas para encaminarme a la cárcel y yo no
puedo más con la sábana esta. La he enviado a la otra punta del
cuarto de una patada. Sigo sudando, estoy nervioso, ansioso. No
ayuda el hecho de que me encuentro en una pensión, y que hay
más gente durmiendo. Lo cual quiere decir que tengo que esperar
para hacer uso del baño por cortesía hacia mis cohabitantes. Quizá
me vendría bien hacer unos fondos, pero terminaría sudando más de
lo que ya estoy. Solo puedo asomarme a la ventana. La plaza de
Chamberí está totalmente desierta. Ni un coche, ni un alma. Tanta
quietud me parece estar observando un cuadro. Hacerlo me relaja.
Además, corre algo de aire que recibo como un abrazo de aquellos
que me quieren. Ay, Migueluco, qué tonto te pones a veces… Y sí,
puede que así sea. Pero, si no fuera así, no sería Migueluco.
Me voy para adentro. Acabo de caer en la cuenta de que estoy
desnudo.

Las ocho de la mañana y el mundo vuelve a funcionar. No haber


pegado ojo me ha permitido ser el primero en hacer uso del baño.
Dios, qué ducha más buena. Ha sido como mudar de piel. Por
supuesto, antes me he puesto a hacer fondos como loco, varias
series de sentadillas y otras tantas de abdominales. Desde que me
aficioné al crossfit, no puedo dejar que estos momentos se escapen.
Me gusta sentir cómo mis músculos arden con las repeticiones hasta
no poder más, y es entonces cuando tiro de donde no hay y remato
con otro par. Esas son las que valen, las que te permiten decir que
has resistido y cumplido. Después, sí, a la ducha. Bien caliente y
luego un chorrazo de agua fría para espabilarme bien.
Fabio me ha escrito deseándome suerte y sugiriéndome
tranquilidad. Estoy tranquilo hasta donde puedo estarlo. Le llamo.
—Tío, estoy como un flan.
—Pues como lo estaría yo, Miguel. Es normal.
—Es que son muchas cosas…
—Bueno, el derecho es lo que tiene.
—No me refiero a eso, joder. Bueno, en parte sí, pero también
por el hecho de que quizá vaya a defender a un asesino. Y luego
está la parte del salario. Nunca había visto tanto dinero.
—Por eso mismo tienes que demostrar que no se han equivocado
contando contigo. ¡Olvídate de todo! Tienes un trabajo que realizar,
limítate a ello.
—Pero…
—Ni pero ni pera. Que no te has visto en otra, Migueluco, por el
amor de Dios. Como te pongas ético, soy capaz de plantarme en tu
puta pensión y llevarte yo mismo a la cárcel, ¿estamos?
«Ni pero ni pera». Cómo se nota que eres papá, amigo.
No respondo. Como para decirle nada a Fabio.
—Además, ¿y si te equivocas con tus prejuicios, adalid de la
justicia? Tú, que tanto crees en el sistema, sabes que todo el mundo
es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Menos en los
casos del fisco, que entonces es al revés.
—Ya había pensado en ello.
Le digo que se me hace tarde y nos despedimos. No ha dicho
nada que yo no haya pensado en estos días. La imagen de esa
mujer colgando en el balcón como una campana macabra asalta mi
mente cada vez que bajo la guardia, y no sé por qué. Hay algo en
esa visión…
Ay, yaya, si estuvieras conmigo me lo explicarías.
Veo una hilera de taxis nada más salir de la pensión. Me aseguro
de que lo llevo todo encima; cartera, teléfono, bolígrafo en el bolsillo
interior de la chaqueta. Llevar maletín me habría parecido impostado
e impropio, así que me he decidido por hacer uso de mi mochila.
No se hable más.
Vamos a la cárcel.
2

Identificado, cacheado y más nervioso que un chaval en su debut,


espero sentado a la llegada de mi cliente. Todo impone cuando es
de nuevas, pero dudo que nadie se acostumbre a un lugar como
este, tan neutro, tan gris y tan frío. No hay mamparas ni auriculares,
ni nada que pueda sugerir la escena de una película policiaca o de
abogados. Solo una mesa, dos sillas a cada lado y una seguridad
que impresiona. Puedo sentir que este lugar tiene historia. La
atmósfera está cargada de tensión, incertidumbre y cosas feas. No
sabría calificarlas de otro modo. Lo único que tengo claro es que
quiero empezar cuanto antes para marcharme de aquí lo más pronto
posible. Me aturde la negatividad tan profunda que se respira en
este cuartucho.
La puerta se abre. Acompañado de un funcionario, Cristino por
fin se deja ver. No lo imaginaba así. El corte de pelo que lleva me
dice que cuida su imagen. Lo tiene tan rubio como el de una
muñeca. Viste un chándal viejo, imagino que para no destacar
demasiado entre sus compañeros de prisión. Su mirada es la de un
cordero que parece acabar de ver a su mamá, papel que recae sobre
mi persona. Tiene un año más que yo, pero parece mucho mayor. Le
pregunta al funcionario de cuánto tiempo dispone y le respondo que
no tiene que preocuparse por eso mientras le tiendo la mano y me
presento. Dudo que alguna vez olvide el modo en que la ha
estrechado. No ha sido un apretón al uso. Se ha agarrado como
quien lo hace a un salvavidas para escapar del tormentoso destino
que le aguarda mientras el pánico le quema los ojos.
—¿Se… Se ha podido hacer algo? —pregunta con voz vulnerable.
«No tan rápido, chaval», me dan ganas de decirle.
—Me temo que las cosas van más despacio de lo que nos
gustaría, Cristino. Todo lleva su procedimiento y su tiempo. Sé que
es desesperante, y más estando donde estás. Pero no nos queda
otra.
—Yo no he hecho nada, se lo juro. Se lo juro por lo más grande.
Hace una cruz con los dedos y la besa. Está realmente asustado.
Tiene la mirada perdida. Musita que es inocente y no puede evitar
que un par de lágrimas le recorran las mejillas. Dice que necesita
salir de aquí, que le ayude, que me paga lo que sea. No me vendría
mal esto último, pero las cosas no son tan sencillas, le recalco.
—Entiende, Cristino, que los hechos no apuntan precisamente a
tu favor. Pero vamos a hacer las cosas bien, ¿de acuerdo? Estoy aquí
para sacarte de esta pesadilla o, en el peor de los casos, ayudarte a
soportarla lo mejor posible. Entiendo que proclames tu inocencia a
los cuatro vientos y te agarres a mí como tu única esperanza,
porque lo estás pasando muy mal. Pero tenemos que empezar por el
principio.
—Usted me cree, ¿verdad? Por favor, necesito que me crea.
Nadie lo hace. Hasta en mi propia familia dudan de mí, por amor del
Cielo.
Cristino se cubre la cara con las manos. El gemido que a duras
penas acaba de reprimir evidencia que estoy ante un hombre
desesperado. ¿Qué le digo? ¿Que mi obligación no es creerle sino
sacarle de la trena? En este momento dudo de todo y de todos. La
documentación que tengo no pone a este chico en una posición
favorable, más bien le señala directamente como el autor material
del asesinato de Lola. No puedo pasarlo por alto, pero, si quiero ser
un buen abogado, debo guardar mis principios, mi moral y mi ética
para momentos más solaces.
—Claro que te creo —respondo, sintiéndome un mentiroso y
reprobándome por dentro—. Pero no soy yo quien tiene que hacerlo.
—Mire, don Miguel: he renunciado a mi abogado por usted. Uno
muy bueno que contrató mi familia.
—Soy consciente de ello, Cristino. Y me gustaría preguntarte por
qué. Fabio es un gran profesional, y me consta que vela por los
intereses de tu familia desde hace años.
La mirada de Cristino se pierde en la pared mientras abre y cierra
las manos con nerviosismo. Quiere decirme algo, estoy seguro, pero
no encuentra la manera de hacerlo. Eso hace que me inquiete aún
más.
—Tengo razones de peso para saber que usted es el único capaz
de sacarme de aquí. Creo que es un motivo más que suficiente. Sé
que ha tenido poco tiempo para empaparse de toda la mierda que
me ha caído encima, pero confío plenamente en su buen hacer.
Las palabras de Cristino son las de un hombre formado y culto.
Diría que habla con más seguridad que yo, lo cual, teniendo en
cuenta sus circunstancias, es un detalle a considerar. No obstante,
me resulta extraño lo que acaba de decir. Solo encuentro dos
explicaciones posibles: o está muy mal informado, o hay algo que no
puede o quiere contarme.
—No me trates de usted, por favor —me limito a responder.
A pesar de tener toda la documentación que Fabio me
proporcionó, y dado que no se ha iniciado formalmente el
procedimiento, le pido al presunto que me relate su versión de los
hechos. «¿Otra vez?», pregunta entre la pereza y la sorpresa. «Y las
que sean necesarias», respondo, esta vez con cierta contundencia
que, como esperaba, le ha aplacado los nervios.
—Lo he contado ya mil veces: salí de fiesta hasta las tantas,
llegué a casa borracho y me fui a la cama. Me despertó la policía
llamando a la puerta. Les abrí, me informaron de lo que había
ocurrido y me preguntaron si podían pasar. Les dije que sí. ¿Crees
que lo habría hecho si tuviese algo que esconder?
Niego con la cabeza. Le pido que continúe.
—Fueron directos a la ventana que da a la calle y comenzaron a
hablar entre ellos. Al parecer, encontraron un fusil colocado sobre un
trípode que apuntaba directamente al piso de Lola. Por supuesto, me
preguntaron qué hacía eso ahí. Les dije la verdad, Miguel. Que no
sabía nada.
—Pero el fusil es tuyo.
—Tengo licencia de armas y me gusta cazar. ¿Es eso un delito?
—Por supuesto que no. Pero sí puede serlo el uso que hagas de
esa arma.
—¿Estás insinuando que he sido yo?
—No insinúo nada, Cristino. Ni tampoco ayuda que en este
momento nos pongamos susceptibles. Simplemente me pongo en la
piel de aquellos que sí lo van a hacer, porque es la única forma de
encontrar algo que te exima del crimen. Si queremos librarnos de
quienes van contra nosotros, tenemos que pensar como ellos,
¿entiendes?
—Comprendo —admite, agachando la cabeza.
Observo que tiene algo en la cara.
—¿Y esa herida en el pómulo?
—Me la hice la mañana anterior, cazando en el coto. No me
coloqué bien y me comí el percutor al disparar.
Intento liberarle un poco de la tensión manifestando mi
curiosidad por cómo se maneja un fusil. Cristino, que ha caído en mi
treta, explica con detalle la colocación y la manera de usar el arma.
Simulando tener una, lo ejemplifica con gestos para que pueda
entenderlo mejor. Sus movimientos me confirman que es diestro.
Puede que sea irrelevante, pero necesitaba estar seguro de ello.
—Tiene que estar en los informes que te dio mi anterior
abogado.
—Solo quería comprobarlo por mí mismo. No es algo que nos
ayude mucho. Como tampoco el hecho de que hayas sido novio de
Lola.
—Fuimos pareja durante años. Nos conocíamos desde críos y
siempre nos gustamos, pero no fue hasta ya mayores cuando nos
atrevimos a dar el paso. Su familia y la mía son muy conservadoras.
De todos modos, ¿qué más da? Me dejó de la noche a la mañana
por ese chulo piscinas.
—Te refieres a César, claro.
—Si no hay otro por ahí, y no me extrañaría, a ese me refiero.
Es el despecho quien habla, no cabe duda. Se le ha
ensombrecido la voz al hablar del hombre que le quitó a su Lola, su
primer y único amor, su primera y única novia. Supongo que no es
para menos. Para ser honestos, no veo maldad en la persona de
Cristino. Tengo la sensación de que estaba en el momento y lugar
equivocados, aunque se tratara de su propia casa.
—También está muerto.
—Lo sé. Y ni lo siento, ni me alegro por ello. Espero que no me lo
achaquen a mí también.
—Recapitulando —musito tras unos segundos que empleo para
ordenar los papeles—: fuiste novio de Lola durante… ¿cuántos años?
—Seis años. Formalmente.
—Bien. Si armamos todos los datos, la cosa queda como sigue:
después de una relación larga con Lola, esta te deja por otro tipo y
decide casarse con él. Dos meses después, justo el día de la boda,
César aparece muerto y Lola se lanza al vacío con la intención de
quitarse la vida, pero un vecino tiene los suficientes reflejos como
para agarrarla de la cola del vestido y salvarla de una muerte
segura. Sin embargo, alguien le dispara en la cabeza y muere al
instante. Teniendo en cuenta que la calle está flanqueada por dos
grandes edificios, el disparo solo pudo realizarse desde el otro
bloque. Bloque en el que vives tú, un hombre de treinta y dos años
con licencia de armas y en posesión de una. Un hombre herido en el
corazón y el orgullo porque le han robado el amor de su vida. La
policía investiga las viviendas del edificio y, cuando llegan a la tuya,
encuentran un fusil sobre un trípode que apunta directamente al
edificio de enfrente. Teniendo en cuenta todo esto, no sería de
extrañar que los informes forenses confirmen que la trayectoria del
disparo nace de tu piso y que la bala se disparó con tu arma. Sin
embargo, afirmas que la noche anterior estuviste de fiesta, llegaste
a casa borracho y te pusiste a dormirla nada más llegar, por lo que,
imagino, la resaca del día siguiente fue de órdago a la grande.
—Dios —gime Cristino, cubriéndose la cara con las manos—,
estoy jodido.
Su respiración se agita hasta que comienza a hiperventilar.
Procuro tranquilizarle sin renunciar a la firmeza, pues es lo único que
puede encarrilarle de nuevo a un estado normal. Si no estuviéramos
vigilados, le daría una bofetada con la mano abierta para que se
calmase. Me conformo con golpear la mesa para hacerle reaccionar.
Parece que ha funcionado. Le pregunto con tono serio si puedo
seguir y él asiente manso como un cordero.
—Parece que has olvidado contarme algo, Cristino. La noche
anterior al crimen, enviaste varios mensajes a Lola. Y no eran
precisamente amables.
—No recuerdo haberlos escrito, lo juro. Estaba borracho. Es decir,
recuerdo haberlo hecho, pero no lo que le puse.
—Aclárate, porque las declaraciones difusas no sirven aquí.
Tienes que ser preciso y muy claro. ¿Escribiste tú esos mensajes?
—Sí…, pero no recuerdo el texto, de verdad.
—«Nadie te querrá como yo, Lola. Mañana se acaba tu vida. Te
la has cargado tú sola. No sabes lo que has perdido conmigo. Y
nunca lo sabrás». Ese es solo uno de ellos. El resto sube de tono.
—¡Estaba borracho, joder! —dice levantando el tono—. ¡No
pueden condenarme por eso!
—Pero tampoco hablan a tu favor, Cristino. Y, como he dicho,
debemos tener sobre la mesa todo cuanto puedan utilizar en nuestra
contra para estar preparados. Si eres inocente, entonces…
—Soy inocente —recalca—. Alguien ha conspirado contra mí.
—¿Tienes enemigos?
—Claro que los tengo. Mi familia no es como la de Lola, pero
también tiene su patrimonio y sus cosas allí en Níjar. Ya sabes cómo
nos las gastamos en este país. Envidias, trapicheos, puñalás
traperas… Así nos va.
—¿Y crees que alguien se tomaría tantas molestias como para
organizar todo esto?
Cristino se queda pensando, y no me sorprende. Pensar que
alguien haya podido urdir un plan tan macabro y tan bien hilado, me
parece tan surrealista como imposible. Percibo en su mirada la
intermitente tentación de abandonarse a los hechos, algo que no sé
bien cómo tomarme. ¿Es eso una confesión tácita o se ha rendido?
Aunque sea un detalle irrelevante de cara a su defensa, no puedo
evitar planteármelo.
—Yo… Yo ya no sé qué creer —responde, liberando por fin el
llanto que llevaba reprimiendo desde hace ya demasiado rato. Por
suerte, venía preparado y he traído un paquete de pañuelos. No
puedo imaginar la tensión que está experimentando el pobre diablo
—. Solo quiero salir de aquí. Ayúdame, Miguel. Por lo que más
quieras te lo pido.
—Ten por seguro que haré cuanto esté en mi mano. De
momento, lo mejor es que lo dejemos aquí por ahora. Demasiadas
emociones, ¿no crees?
Cristino asiente mientras se suena la nariz.
—No sé qué más contarte. Lo único que te puedo decir es que yo
quería a Lola. Siempre lo he hecho, incluso cuando me dejó por ese
muerto de hambre. Solo la quería por su dinero, estoy seguro. Y que
confío en ti.
Damos por concluida la conversación levantándonos de la silla y
estrechándonos la mano una vez más. Ha sido como si un perro
desvalido me diera la patita.
—Quiero hacerte una última pregunta, Cristino.
—Adelante.
—¿Por qué yo?
—No comprendo.
—Sí que lo haces. El hecho de estar aquí, hablando entre
nosotros, supone que tú o alguien que conoces se ha tomado
muchas molestias en dar conmigo. Si te han puesto en
antecedentes, sabrás que no vivo en Madrid y que no ejerzo como
penalista.
Cristino mira hacia abajo y lanza un largo suspiro. Sabía que hay
algo más.
—Solo sé que puedes hacerlo. Eso es lo que me dijeron.
Lo sabía. Hay algo más en todo esto.
—¿Quién te dijo qué?
Se encoje de hombros. Con lo que odio las intrigas, joder.
—«Puedes confiar en él». Esa es la frase que me convenció. Con
eso basta. Además, ya te dije que sé lo de Mónica Durán.
—Eso fue investigación totalmente extraoficial. Casi accidental, te
diría. Además, no tuve que defender a nadie en ningún juicio por
asesinato. Hice averiguaciones que me llevaron a hacer otras y de
ahí salió todo. Tu caso es completamente distinto, Cristino. Por tu
propio bien, te recomiendo que no confundas las cosas. Si es así,
quizá yo no sea el abogado que necesitas.
—Eres el único que necesito, precisamente por lo que acabas de
decir. ¿Crees que lo que te ofrezco es la minuta por defenderme? Si
es así, el que está equivocado eres tú. Sé que estoy jodido, Miguel.
Todo apunta en mi contra porque, te repito, alguien ha retorcido las
cosas lo suficiente como para ponerme contra las cuerdas y quitarse
a Lola de en medio. Ahí es donde entras tú. No te pago solo para
que me defiendas. Lo hago para que investigues y encuentres al
asesino de Lola. Es la única manera de probar mi inocencia.
3

No acaba de convencerme esto de compartir ducha. Me gusta


tomarme mi tiempo, saberme protegido en un lugar que es
íntimamente mío, donde tengo mis cosas y puedo colocarlas donde y
como quiero. Y, desde luego, hacer uso de él sin tener que
molestarme en pasar un pañuelo con alcohol cada vez que voy a
utilizar algo.
Hoy me ha repateado especialmente. He vuelto con la cabeza
hecha un tambor, confuso y contrariado. El expediente de Cristino y
las notas que he tomado hoy se encuentran desperdigadas sobre la
cama, esperando a que les encuentre un sentido. Lo he repasado
todo ya ni sé cuántas las veces, y siempre he llegado a la conclusión
de que me faltan muchos cabos por atar. Como él mismo dijo, esto
tiene más de investigación que de defensa. Aunque sea para que
esta cuente con un mínimo de solidez.
Tenemos a una pareja que ha muerto en circunstancias
parecidas. César, el novio chulo piscinas, muere de un disparo en la
cabeza horas antes de la boda. Lola se entera de la desgracia, no
puede soportar el dolor y se tira por la ventana, momento en que un
ángel evita que la caída haga de ella una novia deconstruida. Es
entonces cuando alguien, supuestamente desde el balcón de
Cristino, le mete un tiro entre ceja y ceja. Las circunstancias
permiten actuar sin cortapisas a los agentes de policía que
presencian el crimen. Investigan cada apartamento del edificio
vecino y encuentran a un Cristino resacoso que, aparentemente, no
tiene ni idea de qué va la película. Los agentes dijeron que se puso a
llorar cuando escuchó la noticia y que se tomó un ansiolítico. La
inspección del piso se torna más concienzuda en cuanto ven un fusil
en trípode apuntando hacia la ventana, exactamente al piso del
vecino que interceptó a Lola. Cristino admite que el arma es suya,
pero niega haberla colocado ahí, y, por supuesto, utilizarla contra
nadie. Es llevado a comisaría y el juez decreta prisión provisional.
Para definir todo esto, el primer adjetivo que me viene a la
cabeza es «chusco».
Si yo quisiera cometer un crimen, no sería tan idiota de matar a
alguien y echarme a dormir dejando al descubierto pruebas que
podrían incriminarme directamente. La escena me resulta incluso
pornográfica, y de ella se dirimen dos opciones: o bien soy un
gilipollas chapucero, o bien alguien quiere cargarme con el muerto.
O lo he dispuesto todo de un modo tan burdo que hace de la
segunda opción algo evidente.

Me habría gustado contárselo a Malena mientras dábamos un paseo


antes de recoger mis trajes. Los arreglos han tomado más tiempo
del previsto, no sé si por exceso de trabajo o de carnes por mi parte.
Ese pensamiento me ha venido a la mente cuando mi amiga ha
hecho un comentario sobre mi físico.
—Pero yo no estoy gordo —dije con impostada susceptibilidad—.
¿Tú me ves barriga?
—No he dicho que estés gordo. Fornido sí. Se te nota el ejercicio.
Lo dijo mientras jugaba con uno de los aros que llevo en las
orejas. Su sonrisa era traviesa. Su mirada, pícara. Las señales tan
directas me abruman y no sé bien cómo responder ante ellas. Tan es
así que me puse colorado, lo que arrancó la risa de Malena. Yo lo
hice también, más por nervios que por otra cosa.
—Siempre he sido deportista, pero el crossfit me ha cambiado el
cuerpo —concluyo.
Debo decir que ella no está nada mal, y no hablo solo de
encantos femeninos. Malena es una mujer que esconde una gran
fuerza tras su delgadez y aparente fragilidad. Nunca me ha hablado
de sus hábitos ni de sus rutinas, pero adivino que entre ellas se
incluye el ejercicio. Quizá incluso un arte marcial. No sería de
extrañar, teniendo en cuenta que trabaja con la fuerza del cuerpo.
Mientras caminábamos hacia la Plaza de la Independencia por la
calle Serrano, me fue imposible contener un sonoro bostezo.
—¿Día duro? —preguntó.
—Me he reunido con Cristino esta mañana. Es todo muy raro,
¿sabes?
—¿Te ha contado algo nuevo?
—Solo que él no lo ha hecho. Que le han tendido una trampa.
—O eso quiere hacer creer.
La miré con cierta reprobación.
—¿Qué? —pregunta—. ¿Acaso no lo has pensado?
—Lo que yo piense da igual. Mi obligación es sacarle de ahí.
Ignoro el motivo, pero algo me impelió a omitir el final de
nuestra conversación. Revelar la verdadera intención de Cristino al
contratarme sí habría supuesto vulnerar el secreto profesional. ¿Fue
ese compromiso lo que logró silenciarme? Ahora, tumbado sobre la
cama y alumbrado por los residuos de luz que se cuelan en mi
cuarto desde la calle, creo que no. Se debió más bien a una
sensación, una suerte de aviso venido de no sé muy bien dónde.
—Disculpa, no quería entrometerme.
—Tranquila, es normal. Al fin y al cabo, eras amiga de Lola y
también conoces a Diana.
—Ay, Diana… La pobre.
—Supongo que no lo llevará bien.
—Teniendo en cuenta que vio cómo Lola se tiró por la ventana
delante de ella, te podrás imaginar. No, no le está resultando fácil.
—Quizá me vendría bien hablar con ella para ver si puedo sacar
algo en claro con lo de Cristino.
—No creo que sea buena idea. Además, ella piensa que fue él.
—No pretendo convencerla de lo contrario. Diana podría decirme
en qué punto estaba la relación entre Lola y Cristino. Solo quiero
recabar información.
—Veré si puedo hacer algo.
—Oye… ¿Y cómo estás tú?
Malena se tomó unos segundos para responder en los que un
pensamiento nublado le oscureció el rostro.
—Me siento rara. Estoy bien y llevo esto lo mejor que puedo,
pero… No sé, Miguel. Quizá es que esta situación me sobrepasa y no
quiero admitirlo.
—Pero ¿qué te ocurre?
—Nada. Tonterías mías.
—Cuando a uno le afecta algo, no es una tontería. Venga,
cuéntamelo. Sabes que puedes contar conmigo.
—Pues… Sigo sintiéndome observada. Como si alguien me
estuviera acechando. Luego procuro pensar con lógica y veo que no
tiene ningún sentido, claro. ¿Quién iba a querer seguirme a mí y por
qué? Soy muy normal, y además no tengo un duro.
—Ya hemos hablado de eso, Malena. La cabeza juega muy malas
pasadas a veces.
—Lo sé, lo sé. Por eso creo que estoy susceptible. Éramos
amigas, y no puedo evitar imaginarme cosas extrañas, como que el
asesino va a por todas las personas que la conocían. Pero no me
hagas caso, de verdad. Pienso demasiado.
No es la única que ha experimentado esa sensación en los
últimos días. Yo mismo he sentido la sombra del acecho hasta que
esta tomó cuerpo interesándose por el paradero de Álex Jon. Pero
Malena no tiene nada que ver con ese mundo.
—Si necesitas hablar… —me ofrecí.
—Gracias.
—Es lógico que estés tocada, tienes que darte tiempo.
—Eso mismo digo yo. No dejaba de ser una relación fisio-
paciente, pero nos llevábamos muy bien. Si te soy sincera, yo me
limitaba a escuchar. Era ella la que hablaba. Siempre. Me contaba
qué hacía, qué dejaba de hacer, qué pasaba por aquí, por allá…
Tenía muy presente a su familia.
—¿Era familiar?
—No he dicho eso. Solo que tenía un vínculo familiar muy fuerte.
Su padre es un hombre muy estricto, de la vieja y férrea escuela.
Imagino que es normal, creó una fortuna empezando con tres o
cuatro olivos y hoy es dueño de varios terrenos. Los Alcatraces
tienen un imperio multiempresarial. Lola era la niña bonita.
—¿Y Diana?
—Preside una de las empresas. ¡Tendrías que ver su despacho!
Provoca vértigo hasta al que no lo tiene. Ella lo quiso así. Nunca le
ha gustado estar quieta. Se empapó del negocio desde bien
jovencita, y claro, conoce el sector como el salón de su casa. Es una
máquina de trabajar. Si te soy sincera, la que realmente necesita un
fisio es ella. Pasa demasiadas horas ahí metida.
«Una adicta al trabajo», concluí. Malena asintió y decidimos de
mutuo acuerdo cambiar de tema mientras nos dirigíamos a una
cafetería para tomar algo. Nos sentamos en la barra y fue al baño
tras pedir. Aquella pequeña pausa se convirtió en un paréntesis que
lo congeló todo durante unos segundos. Pero vamos a ver,
Migueluco, ¿qué haces con esta chica? ¿Qué quieres con ella? Te
gusta, pero no te lanzas, te pone, pero no te la tiras. Te engancha,
pero no tienes mono. Y encima le das coba, pero te intimida.
¿Dónde está ese barbián que se las lleva de calle?
¿No será que todavía la echas de menos?.
Malena regresó a su asiento para recorrer mi espalda con el
dorso de la mano de forma nada accidental mientras percibía su olor.
No me dio tiempo a mencionarlo gracias al camarero, que tropezó
con algo y derramó a la mitad el zumo de naranja que había pedido.
Por suerte, nadie salió perjudicado y bastó con traerme un vaso
nuevo mientras ella esperaba su cerveza. Curioso brindis a todas
luces, un reflejo, quizá, de lo que somos cada uno.
Cada persona es un mundo, y cuando se junta con otra se forma
un universo en el que a veces es fácil descifrar las estrellas y, en
otras, resulta todo un enigma. En esta ocasión me encuentro en la
segunda posibilidad. Miro a Malena y ella me mira a mí. Negar la
conexión sería absurdo. Es evidente que hay algo entre nosotros.
Ella es atrapante, extrañamente magnética, rápida en respuestas y
con una capacidad de observación que a veces roza el miedo. Y eso
me pone. Sin embargo, el modo que tiene de llevar a cabo sus artes
conmigo choca contra un rompeolas invisible que detiene por
completo toda intención de roce que ambos podamos tener.
Esta tarde ha pasado lo mismo. Recogidos los trajes, y antes de
separarnos en el Paseo de la Castellana, me ha dado lo que yo llamo
un beso río, es decir, uno que llama a otro, y a otro más, hasta
convertir aquello en algo que necesita de oscuridad o paredes para
continuar sin caer en el escándalo. No es fácil estar en esa tesitura
con dos fundas de traje colgadas en dos dedos desde los garfios de
las perchas. De hecho, la mano se me resintió mientras ella seguía a
lo suyo, separándose a veces de mi boca para mirarme con unos
ojos brillantes que parecían gritar «cómeme viva». Yo quería y no
quería. ¿Por qué no quería? Eso quisiera saber yo. Decir que decliné
tan apetecible invitación sin ganas de satisfacer sus deseos sería una
frivolidad por mi parte, porque mi cuerpo habló, y vaya si quería. Sin
embargo, mi mente estaba en la cárcel, con Cristino y las últimas
palabras que me dedicó antes de marcharme. Ese chico oculta algo
que no ha querido decirme. ¿Quién le ha dado mi nombre? ¿Por qué
alguien con tantos posibles ha decidido confiar su suerte a un
penene como yo? ¿A santo de qué renuncia a los servicios de Fabio
cuando podría haberse comunicado conmigo de forma paralela?
Demasiadas preguntas y muy poco tiempo para entenderlo todo.
Necesitaba poner en orden mis ideas, sentarme con tranquilidad e ir
pensando en la petición de libertad provisional que debo presentar
cuanto antes. Esa es mi preocupación ahora mismo, y eso le hice
saber a Malena con la mayor diplomacia de la que fui capaz.
—Entiendo —dijo recuperando al instante su recatada
compostura—. Veo que tienes muy claras tus prioridades.
—No digas eso, porque sabes que no es así.
—Claro que lo es, Miguel. Y no pasa nada, de verdad. Ya te he
dicho que lo entiendo. ¿Cómo vas a preferir pasar la noche conmigo
a estudiar? Total, es posible que mañana se apague el puto sol y nos
vayamos todos al cuerno.
Suspiré. No quería enfadarme, y menos con ella. Y a esas horas.
Cuando lo hago, luego no puedo dormir.
—Te voy a pedir algo, Malena: si estas molesta, no te cortes en
decirlo. Cabréate, llámame lo que quieras, móntame una escena si
ese es tu deseo. Pero no intentes hacerme chantaje emocional. No
hay cosa que más deteste en el mundo que el victimismo. Si tienes
algo de lo que molestarte, hazlo. El que lo entiende soy yo. Y te pido
también que le des la vuelta a esta situación, aunque solo sea un
segundo. Me acaba de caer un caso difícil de pelotas, y no tengo ni
idea de por dónde voy a tirar. Añade la presión que supone el hecho
de que, al otro lado, hay una persona que depende de mis actos
para salir libre y ser absuelta de una más que posible acusación
formal de asesinato. No ha sido un día fácil. ¿Comprendes?
—Te entiendo —responde tras una breve pausa—. Además, ya es
tarde y estarás cansado.
—¿Ya está? ¿Así de fácil?
—Así de fácil. Venga, dale duro al caso. No tengo muy claro que
Cristino sea culpable o inocente, pero tiene derecho a tener el mejor
abogado. Aunque el mejor abogado no sepa que lo es.
Le sonrío. Ahora el que quiere besarla soy yo. Me frena la boca
con el dedo.
—Y no me molesto, querido. Tarde o temprano, te voy a cazar.
4

Martes, 9 de agosto

Estoy muy contento.


Ayer presenté al juez la petición de libertad provisional y esta
mañana me he reunido con el fiscal que lleva la acusación para darle
vida al escrito. Cristino está en prisión por riesgo de fuga y
ocultación o destrucción de pruebas, pero creo que hay posibilidades
de éxito. Han pasado más de tres semanas desde que ingresó en la
cárcel, tiempo más que suficiente para que se haya recabado todo lo
recabable y ahora esté en el juzgado de instrucción. Teniendo en
cuenta que uno de los lugares del crimen, si no el lugar, es su
domicilio, lo más prudente ha sido esperar un tiempo lógico con un
margen de añadidura para que uno de los motivos que figuran en el
auto deje de tener sentido ni efectividad. En cuanto al riesgo de
fuga, he solicitado que se le retire el pasaporte y se presente en el
juzgado cada quince días. En caso de que el juez estime el escrito y
dicte el auto necesario para sacar a Cristino de la trena, lo más
probable es que sea bajo fianza. No pareció preocuparle ese detalle,
y es lógico que sea así teniendo en cuenta que la familia Cantueso
cuenta con más dinero que el que yo veré en esta vida.
Hoy es uno de esos días en los que tengo la sonrisa estampada en la
cara. Tengo la sensación de que todo el esfuerzo vertido en el
escrito, el primero que hago para pedir la libertad provisional de un
alma, va a resultar exitoso. Para todo hay una primera vez. Joder,
me he mirado esta mañana al espejo y creo que se ha despertado el
Migueluco de siempre, el que no se amilana y saca pecho frente a lo
que sea. «¿Lo ves, pichucas, que eres un pichucas?», me ha dicho
en voz alta. Y tiene razón. No sé por qué motivo me he metido a
esta aventura con las orejas gachas. Supongo que mis dudas sobre
la inocencia o no de Cristino achantaban mi sentido de la ética. Eso
y mi falta de experiencia, cuya sensación se acrecentaba cada vez
que se me ocurría realizar una consulta en las webs de bufetes
profesionalizados. Hasta sus socios han tenido que desvirgarse en
algún momento, por mucho que propugnen y recomienden la
contratación de un abogado con amplia experiencia para tramitar y
dar solución a los problemas en que sus clientes se vean envueltos.
Debo reconocer que yo habría hecho lo mismo en una situación
similar. Pero lo he hecho, qué coño. Y no he tenido ningún problema
con la fiscalía.
Tanto subidón me ha hecho añorar mis palizones de crossfit, y he
encontrado un box acondicionado para ello en la zona de Quevedo.
Hacía mucho que no desfogaba tanto y me quedaba tan a gusto.
Desde que llegué a Madrid, no he perdonado ni un solo día de
ejercicio en un gimnasio cercano a la pensión, pero nada que ver. Yo
necesito dar martillazos contra ruedas de camión, trepar por sogas,
colgarme de anillas, subirme a cajas apiladas de un salto. Es lo más
parecido a jugar de adulto como cuando era un niño, y los
resultados son espectaculares. El crossfit tiene algo de liturgia
telúrica en tanto que le hace a uno ser consciente de sus músculos,
sus pulsiones y su respiración. Una hora en la que el mundo
desaparece. Solo existe el material a utilizar y los posibles piques
entre compañeros. Felicidad total.
También he hecho partícipe a Fabio de mis impresiones y avances
respecto al caso. Sin embargo, continúo ignorando quién o quiénes
le dieron mi nombre a Cristino. Entiendo que se trató de un
intermediario. Imagino su silueta en mi mente como un esbozo
sombrío y a contraluz que permanece oculto en la sombra sin tener
muchas intenciones de mostrarse. Esa es una de las razones por las
que acepté el caso.
De camino a casa, recibo una llamada cuyo número es
desconocido. Por las horas que son, deduzco que me quieren vender
algo desde la otra punta del mundo.
Es una mujer.
—Buenas noches. ¿Hablo con don Miguel Lifante?
—Sí, dígame.
—Le llamo de Alter Consultores. La presidenta está interesada en
una reunión con usted y quería saber su disponibilidad.
—¿Y quién es la presidenta?
—Oh, disculpe. La presidenta es doña Diana de los Alcatraces.
Por supuesto. Diana. Teniendo en cuenta que se trata de una
consultoría, este tipo de horarios no resultan sorprendentes ni para
una secretaria.
—Por supuesto, estaré encantado.
—¿Mañana está usted disponible?
—Lo estoy.
—¿Qué le parece a la una menos cuarto?
—Un poco apresurado, pero me parece bien.
—Entiendo, y le pido disculpas por ello. No son horas de llamar a
nadie. A última hora se ha caído una call que tenía pendiente. —Ya
estamos con los anglicismos. Escuchar la palabra call con un acento
tan castellano para referirse a una puñetera llamada en conferencia
da una pista del grado de ridiculez y esnobismo al que están
llegando las grandes empresas de este país—… Y me ha pedido que
le llame con urgencia. Lo primero que ha hecho la presidenta ha sido
agendar la reunión con usted. Si me confirma, mañana le espera.
—Cuente con ello, señorita… ¿Cómo se llama usted? ¿Y cómo
resiste a estas horas de la noche? ¿Y en agosto?
—Begoña —responde sonriendo. A estas horas, la gente que
continúa anclada a su mesa de trabajo desde primera hora de la
mañana agradece cualquier gesto de atención y humanidad—. Y
sobrevivo a base de café, costumbre y un salario inversamente
proporcional a mis servicios prestados. Pero es lo que hay. Si no,
aquí iba a estar yo.
Me despido de Begoña dándole un poco de coba y continúo
arrastrando los pies hasta mi cama: estoy muerto de cansancio.
Ya me ducharé mañana por la mañana.
5

Miércoles, 10 de agosto

Por increíble que parezca, es la primera vez que piso la zona de


Azca. He tomado el autobús para llegar con antelación al edificio
Torreuropa, justo enfrente del mítico y colosal estadio Santiago
Bernabéu, al cual tengo una visita pendiente pese a ser hincha del
Racing de Santander.
Tras la pertinente toma de datos y entrega del carnet de
visitante, la recepcionista me informa de que la presidenta de Alter
Consultores me espera en la planta veintiuno. Por las horas que son,
hay poca afluencia en los ascensores. No quiero imaginarme cómo
será esto a las ocho de la mañana. La velocidad con que llego a la
planta indicada me da una idea de cómo se las gastan por aquí.
Nunca había subido tan rápido a ningún sitio. Cuando se abren las
compuertas, me encuentro con un pequeño pasillo que da a la
entrada de la empresa, un lugar sorprendentemente acogedor con
parqué en lugar de moqueta y varios ficus colocados de forma casi
armónica. Allí me encuentro con Begoña, la mujer que me concertó
la cita. No me la imaginaba así; en realidad no me la imaginaba de
ninguna manera, pero me esperaba alguien más joven por la
jovialidad de su voz.
—¿Miguel Lifante? —pregunta con cercana amabilidad. Me limito
a asentir con una sonrisa—. Doña Diana le espera en su despacho.
Si es tan amable, sígame.
Recorremos la planta entre trivialidades y preguntas banales.
Desde luego, es un lugar perfecto para trabajar. Amplio, bien
distribuido, con grandes ventanales que favorecen un alumbrado
natural y, a buen seguro, unas puestas de sol dignas de verse.
Begoña dice que es lo bueno de trabajar aquí, y que la prolongación
de la jornada laboral en empresas como esta se da de forma casi
rutinaria incluso durante el mes de agosto. Observo que la mayoría
de curritos son veinteañeros, por lo que debemos estar en la zona
de colaboradores. Los asociados y seniors son los que se encuentran
en la franja de los treinta. Como supuse, están situados a unos
pocos metros de distancia. Son estos y los senior managers quienes
cargan de trabajo a los colaboradores. Es lo malo de estas
empresas. Si en ocasiones ya es complicado tener un jefe, no quiero
pensar lo que supondrá contar con más de cinco. Me pica el cuerpo
solo de pensarlo.
Es al finalizar la circunferencia cuando nos detenemos ante una
enorme puerta de contrachapado. Begoña la abre con decisión y me
invita a pasar. «Doña Diana le atenderá en un momento», dice de
forma dinámica, tal vez con la intención de que su jefa la escuche.
Nunca había estado en un despacho semejante. Es tres veces el
salón de mi casa de Potes, y hablo de un salón grande. Todo está
diseñado y colocado a conciencia. Maderas y blanco se combinan en
equilibrio. El horror vacui de las paredes se anula con varias pinturas
y fotografías. Los muebles son caros, antiguos algunos. Se puede
detectar la mano artesanal sin dificultades. Podría seguir con las
flores, los sofás y la mesa redonda que acompaña a la de despacho,
donde se sienta Diana. Lo de las vistas es algo superior. Puedo ver
sin dificultad el campo del Bernabéu. Si a esta mujer le gusta el
fútbol, apuesto una mano y no la pierdo a que ha disfrutado de
numerosos partidos desde aquí. No digamos de los conciertos.
Cuando mi conciencia se queja de que debería estar repasando
las preguntas para Diana, la puerta se abre y aparece la susodicha.
Aparenta mucha menos edad de la que puede presuponerse a una
mujer de treinta y siete años. Respira elegancia por los cuatro
costados, y da buena cuenta de ello por cómo le sienta el vestido
que lleva. Muestra el luto por su hermana en un cinturón de tela
negro. «Buenas tardes, señor Lifante», me dice con solemnidad
mientras extiende la mano, no sé bien si para que se la bese o para
que se la estreche. Mientras respondo que el gusto es mío,
aprovecha para escrutarme con un rápido barrido de arriba abajo.
Se fija especialmente en los zapatos, y me alegro por ello. Brillan
impolutos, lo que da sensación de seriedad y categoría.
—En primer lugar, quiero transmitirle mi más sentido pésame por
la pérdida de su hermana.
—No la he perdido, señor Lifante. Me la han quitado. Nos la han
arrebatado a todos los que la queríamos.
«Llámeme Miguel, por favor» es todo cuanto alcanzo a decirle
tras comprender su reticencia con toda naturalidad.
—Me han dicho que quería verme, aunque, sinceramente, no sé
muy bien qué puedo aportarle yo. Usted representa al acusado.
—Investigado —matizo con suavidad—. Todavía no hay acusación
formal contra mi cliente.
Diana pone los ojos en blanco mientras niega con la cabeza y
exhala un largo suspiro a continuación.
—Ustedes siempre con sus especificaciones terminológicas. Muy
bien, que sea «investigado». Pero ambos sabemos que fue él. Lo
único que está haciendo es teñir el blanco de la botella.
Está dolida, enfadada y frustrada. Comprendo que matar al
mensajero sea lo más natural en estos casos. Al fin y al cabo, yo
represento a la persona que más odia ahora mismo. Acepto la carga
con los reproches encubiertos que me lanza con la mayor de las
diplomacias. Es evidente que ha aceptado reunirse conmigo por puro
compromiso.
Pero no debo ceder a sus emociones.
—Señora Alcatraces, Cristino es un hombre…
—Es un monstruo —me corta.
—No. Es un hombre acusado de un delito al que todos
consideran culpable antes de valorar las pruebas.
—¿Lo ve? ¿Ha visto como acaba de utilizar la palabra «acusado»?
Le puede el inconsciente, Miguel. Lo cual quiere decir que, o sabe
dónde está y le queda algo de conciencia, o está usted un poquito
verde. Y algo me dice que es más bien lo segundo.
—Comprendo su reacción.
—Muy considerado por su parte. Pero sigo sin saber el motivo de
su visita y mi tiempo vale dinero. Le he citado por deferencia a una
amiga común, nada más. En realidad, no tengo nada de qué hablar
con usted.
—Mi obligación, señora, es investigar el círculo de mi defendido
para encontrar pruebas que le exculpen de una más que probable
acusación de asesinato. Tengo entendido que Cristino y usted se
conocían desde hace mucho tiempo.
—Desde la infancia, sí. ¿Y qué?
—Que tanto usted como su familia le conocen lo suficientemente
bien como para saber que Cristino no pudo cometer semejante
atrocidad.
Diana se levanta del asiento con parsimonia. La conversación le
está afectando, lo noto en gestos que interrumpe en cuanto es
consciente de que los está realizando. No quiere mostrar ningún tipo
de nerviosismo, mucho menos de inestabilidad. Se ha detenido
frente al ventanal para contemplar las vistas y tomarse unos
segundos.
—Cristino es un lobo herido desde que mi hermana le dejó por el
chulo de César, que la obnubiló con su labia y un espíritu aventurero
apabullante. Cristino era todo lo contrario. Tranquilo, comodón. El
eterno niño mimado que solo sabe irse de farra con los amigos y
cazar. Lola nunca acertó con los hombres.
—Habla de Cristino con mucho énfasis.
—¿Cómo no hacerlo, abogado? Estoy convencida de que fue el
despecho lo que le hizo matar a mi hermana.
—Según él, la adoraba. Incluso después de haberle dejado.
—¿Usted no diría lo mismo en una tesitura semejante?
—Sí, si su muerte me doliera de verdad.
Se aparta de la ventana con una determinación tan acusada que
me parece teatral.
—Confirmo mis sospechas, Miguel. Usted está muy verde en
esto. Le delata su ingenuidad.
—Yo prefiero llamarla «intuición». Y no suele fallarme. Creo que
a Cristino le han embaucado en una trama muy elaborada para
achacarle el asesinato de Lola, y no niego que tal vez se deba a
cierto grado de panfilismo. Pero piénselo un momento. ¿No resulta
absurdo que la policía encuentre en su casa el fusil fijado en posición
minutos después de haber cometido el crimen? Por muy lo que
quiera usted que sea Cristino, no le creo lo bastante imbécil como
para no retirar toda prueba que pudiera encausarle en el delito. Sin
embargo, la policía encontró todo como si se hubiera limitado a
disparar y después olvidarse. Según el informe, encontraron a
Cristino en la cama. A mí me dijo que estaba durmiendo la mona
después de una noche de fiesta. Incluso se dejó hacer una prueba
de alcoholemia para comprobar que había bebido. Los amigos me
han confirmado que así fue. De hecho, él pagó las copas en uno de
los locales y tengo la factura que lo demuestra.
Diana no responde. Juega inconsciente con un lapicero mientras
oye mi voz, pero ignoro si me está prestando atención. Sus ojos
continúan escrutándome tras la imponente mesa que le sirve de
barricada y que marca una línea divisoria entre ella y el resto del
mundo. Junto a una notoria comunicación no verbal para demostrar
quién manda, realmente da la sensación de que me encuentro ante
una mujer que cree resaltar sobre los mortales por obra y gracia de
su estatus patrimonial.
—Sigo sin saber en qué puedo ser útil. Si tanto quiere ayudar a
Cristino, pregunte en su entorno, a sus amigos, indague en donde
solía moverse y hacer vida. ¿Qué más puedo hacer o decirle yo,
salvo que estoy destrozada y agotada?
—En realidad, todavía tengo varias cosas que me gustaría
preguntarle.
—No será hoy, lo siento. Aunque estemos en agosto, no dejamos
de recibir clientes nuevos y nos están llegando due diligences en
manada.
La impecable pronunciación con que pronuncia el anglicismo ha
hecho que me avergüence de mi desconocimiento sobre su
significado. Finjo atender un mensaje con el móvil y tecleo el palabro
para obtener la traducción. Ha querido decir «auditorías de compra».
Auditan empresas para conocer de su estado, ya sea para ser
compradas o fusionadas por otras entidades.
—Parece que el mal no descansa.
—¿Disculpe?
—Olvídelo —respondo señalando el teléfono para desviar mi
desafortunado comentario.
—Como decía, no puedo continuar hablando con usted. Tengo
asuntos que requieren de mi presencia.
—Entiendo.
—Mire, Miguel: usted no parece un mal hombre, y le honra
confiar en la inocencia de alguien que, a ojos de todos, es una causa
perdida. Pero deje de perder el tiempo. Es lo más valioso que tiene
el ser humano, y solo Dios sabe y dispone de él. Le deseo mucha
suerte.
—Pero yo…
—Hagamos una cosa, y espero no arrepentirme de ello: venga a
cenar a casa un día de estos, ¿le parece? Imagino que también
querrá hablar con mi padre y su mujer. No sé muy bien cómo se lo
van a tomar, teniendo en cuenta a quién representa. Pero prefiero
que se siente y nos acribille a preguntas de una tacada antes que
estar encontrándonos cada dos por tres. No se lo tome a mal, pero
le ruego que me comprenda. A mí y a los míos.
—Me hago cargo, Diana. ¿Puedo llamarla Diana?
—Por supuesto —responde con una tensa sonrisa.
—Muy bien, Diana —reitero, esta vez solo para darme el gusto de
ver cómo esa mujer erigida en majestad se molesta como una niña
pequeña y malcriada por haberle quitado el «doña»—. Quedo a la
espera de su llamada para concertar nuestra próxima cita. Prometo
acribillarles de forma rápida e indolora.
Me abre la puerta antes de decirme que será su secretaria quien
me llame. Pobre chica. Le ha tocado en suerte una dómina como
jefa a la que, tengo la sensación, es mejor tener lo más lejos
posible. Incluso como amiga.

Si no fuera por el considerable esfuerzo que estoy realizando por


empatizar con ella, diría que es una de las tías más estúpidas que
me he echado al jeto. Entiendo su reticencia a colaborar dada la
situación de Cristino. Cuando alguien sufre un crimen de primera
mano, necesita proyectar en un sujeto concreto todo su dolor y
rabia. Es obvio que mi cliente es un matao, como se dice ahora,
pero la falta de unos cuantos veranos y hervores no le convierte en
un asesino. De hecho, es precisamente esa forma de ser lo que me
convence de que no ha sido él. Confío en mi instinto.
A lo lejos, creo distinguir al hombre que me siguió semanas
atrás. Se acaba de perder entre la multitud de turistas concentrada
frente al estadio. Esta vez no voy a acercarme. Una sensación más
atávica que lógica me dice que lo mejor es salir de aquí cuanto
antes.
¿De quién es esa sombra que sigue mis pasos allá donde voy?
6

No sé si prefiero ducharme en la pensión o en el box de crossfit.


Ambos lugares están impolutos, pero lo cierto es que siento que
tengo más intimidad en este último, sobre todo porque no hay nadie
más debido al mes en que nos encontramos. Por eso y por la hora.
Dudo que haya alguien más que, como yo, se machaque a las cuatro
de la tarde en pleno verano. El vestuario es enorme y cuenta con un
pasillo de duchas lo suficientemente largo como para permitirse el
lujo de no pedir turno. En una de esas es donde estoy yo ahora,
dejando que el chorro de agua caiga con fuerza sobre mi espalda
para relajar mis músculos del entrenamiento de hoy.
Sin traje.
Sin ropa ni atavíos.
Sin nada.
Este soy yo. Miguel. Migueluco. Lo que hago, está fuera. Ahora
mismo soy un alma que se ha puesto a reflexionar, no sé muy bien
por qué. Pero ¿acaso tengo que encontrar una explicación para
todo? A veces soy yo mismo el que acaba harto de mi propia forma
de pensar.
Resulta curioso el modo en que nuestras emociones suben, bajan
y hacen rulos en el aire. Ayer estaba casi pletórico. Hoy, sin
embargo, me puede la negatividad y la nostalgia. Miro mis manos,
anverso y reverso. De pronto no las reconozco, como cuando uno se
fija demasiado en alguien cotidiano y no había reparado en tal o cual
rasgo. No sé si la temperatura del agua me está bajando la tensión y
por eso comienzo a divagar. En cualquier caso, sé lo que estoy
diciendo. Siempre que me pongo así es porque echo de menos mis
raíces. Mi casa, mi entorno, mi cuadrilla. Mis amigos. Madrid es una
ciudad increíble en ese aspecto. Es abierta, acogedora, libre y
eterna. Pero, salvo Fabio, no tengo a nadie con quien compartir
experiencias, con quien vivir situaciones, con quien alegrarme, con
quien enfadarme incluso. Y estamos hablando de un padre de
familia, sin apenas tiempo para nadie más que no sean su mujer y
sus hijos.
No me gusta estar solo. Estarlo induce a la soledad, al menos, en
mi caso. Sé que es un error, pero nunca he logrado corregirlo.
Cuando estoy solo, la cabeza se me suelta sin pastor y va por donde
quiere, últimamente a sitios con más oscuridad que luz. Y, aunque el
trabajo y el deporte ayudan y ocupan mis días y noches, acallar el
deseo de irme por ahí con un grupo de amigos resulta imposible.
Soy un animal social por excelencia y siento que me falta algo. El
hecho de que me gusten tanto las mujeres ayuda, por supuesto.
Quedo, hablo, ligo, me acuesto con ellas. Pero todo se queda ahí. No
hay nada más. No hay nadie más. Malena es maja. Guapa,
simpática, inteligente, pero translúcida a mis ojos. Soy incapaz de
ver a través de ella, y eso no termina de gustarme. Además, está
esa manía suya de avasallar para irnos a la cama. Líbreme el Cielo
de parecer un macho alfa, pero tanta efusividad me cohíbe. A mí me
gusta el fuego lento, que temple, que caliente y que rompa a hervir
el agua sin control ni recato. Nunca he sido de ir a las bravas, pero
parece que ella no está dispuesta a ceder. Dice que huelo a
feromonas. Me gusta que en lo sexual se huela, se muerda, se
toque, se guste y se escuche sin más comunicación que la propia
llamada de lo salvaje. Pero hay cosas que deben decirse en su
momento, y Malena no destaca precisamente por ser sutil ni
oportuna. Ni siquiera ahora, en la soledad del vestuario y sin nada
que me lo impida, mi cuerpo reacciona ante la posibilidad del
pecado.

Decido terminar el día en el Baker Street de la calle Zurbano. Este


lugar es una mezcla del bolso de Mary Poppins y el camarote de los
hermanos Marx. Nunca sé cuánta gente hay en el bar, pero todos
cabemos. Por supuesto, agosto merma la clientela. Me limito a pedir
una doble y disfrutar de la música mientras hablo con el camarero
de esto y de aquello.
—Vaya, vaya —escucho a mi derecha—. Si es el señor Lifante.
De todos los tipos que conozco en la ciudad, tengo que coincidir
precisamente con aquel que menos ganas tengo de ver.
—Inspector Maudes —exclamo fingiendo sorpresa—. Cuánto
bueno por aquí.
7

Fuera de servicio, Maudes es un tipo cordial. Debe de sacarme unos


siete u ocho años, más o menos. No descuida la distancia que nos
separa por los acontecimientos presentes y pasados, pero la
cercanía con que ahora me trata es para mí un rasgo desconocido en
su persona.
—¿Qué? ¿Ahogando penas? —pregunta mientras indica al
camarero que quiere una doble como la mía.
—Por suerte, no tengo motivos. ¿Y usted?
—Alguna que otra, aunque nada por lo que emborracharse y
perder el control. Le he visto pensativo desde la calle y he decidido
pasarme a saludar.
—Le agradezco el gesto. ¿Cómo va el caso de la novia colgante?
—pregunto con interés.
—¿Así lo llama usted también?
—Era una broma.
—No puedo contarle nada, y lo sabe. Aún no se ha levantado el
secreto de sumario.
Maudes se sorprende cuando le informo de que represento
legalmente al sospechoso principal del asesinato. No deja de
mirarme mientras le da el primer trago a la cerveza.
—¿Usted?
—¿Le resulta chocante?
—A decir verdad, no tanto. Es usted el perejil de todas las salsas,
Miguel. Allí donde hay un caso llamativo está usted, presente como
por ensalmo. Recuerdo el caso de aquel cliente suyo, fue muy
desagradable. Debo decir que me alegré por usted cuando se
resolvió.
—Ustedes estarán acostumbrados a ver barbaridades.
—Siempre se encuentra una que supera a la anterior, o la deja a
una distancia considerable. A este trabajo nunca te acostumbras.
Pero hay que ser consecuente con las decisiones que se toman en
esta vida, ¿no cree?
—Lo creo. Por eso estoy aquí.
—¿Y qué me dice usted? ¿Cómo va el caso de la novia colgante?
No puedo evitar fruncir el ceño ante esa pregunta.
—¿Cómo sabe que estoy en el caso?
—A mis oídos llegan muchas cosas. Espero no haberle
incomodado.
Me tomo unos segundos mientras doy un trago negando con la
cabeza.
—No se preocupe. Pues lo tenemos muy difícil, para qué le voy a
engañar. Todas las pruebas apuntan a Cristino, y me temo que el
sumario no hará sino empeorar las cosas. Se confirmará la
procedencia de la bala y la trayectoria del tiro. Apostaría incluso a
que las huellas de Cristino se encuentran en el fusil.
—Visto así, parece un caso perdido.
—Tengo la sensación de que todo es puro atrezzo. Lo comentaba
esta mañana con la hermana de la víctima. ¿Puede ser alguien tan
gilipollas como para irse a dormir la mona sin limpiar la escena de
un crimen tras haberlo cometido?
—Y fingir que estaba durmiendo cuando todo ocurrió, no se
olvide de eso. Yo mismo interrogué a Cristino, y la cosa se reduce a
dos posibilidades: o es muy buen actor, o decía la verdad.
—¿Y usted qué piensa, inspector?
Se toma unos segundos antes de responder mientras baja la
mirada y tuerce la mandíbula.
—Si le soy sincero, no lo sé. Y le aseguro que no suelo tener este
tipo de dudas.
Esto me interesa. Si consigo que Maudes me facilite algunos
datos de lo que encontró en la casa de mi cliente, tal vez pueda
sacar algo en claro.
—Todo está tan a huevo y es tan absurdo que parece una broma
macabra —concluye.
—Continúe, por favor.
—Sé muy bien cuándo alguien tiene resaca, y créame, ese chico
la tenía por cinco. Tuvo que agarrarse una curda de cuidado la
noche anterior. Por eso todo me chirría tanto, y esto es un apunte
puramente personal. No creo que alguien en su estado tuviera el
pulso necesario como para sostener un arma, apuntar y disparar con
tino. De hecho, el test de alcoholemia marcaba una cantidad
considerable de alcohol en sangre.
—Él sí que ahogó sus penas la noche anterior. Cristino fue novio
de Lola durante años hasta que encontró a César.
—Otro…
—¿Disculpe?
—Ese caso también nos está dando problemas. Pero de esto sí
que no puedo hablar.
—Comprendo.
Ahora soy yo quien da un trago. Apuro el vaso hasta el final y
siento cómo la cerveza recorre mi garganta en una carrera de
burbujas que me obliga a cerrar los ojos.
—Me alegra tener a alguien de mi lado, inspector. Hasta ahora,
todas las conjeturas apuntan a Cristino. Y, francamente, le veo a
esto muy mal final.
El inspector me mira con cierta simpatía. No nos separan muchos
años, pero su sola presencia denota que está curtido en más batallas
de las que yo viviré en tres vidas. Pide la cuenta y me frena con un
simple gesto cuando presiente que voy a sacar mi cartera. Le doy las
gracias antes de que deposite un billete de diez euros sobre la mesa
y pague sendas consumiciones. Reconozco que me gusta esta faceta
de Maudes.
—¿Primer caso?
No puedo evitar admitir la verdad por medio de una enorme y
delatora sonrisa. «Te diré algo», anuncia pasándose al tuteo.
—Entiendo que tengas cierta sensación de inferioridad, por muy
seguro que estés en las decisiones que tomes. Pero es un error. No
quiero ponerme paternalista porque no me compete, pero todos
tenemos un bagaje. Utiliza el tuyo. ¿Crees que no sé lo que ocurrió
con el asesino de Mónica Durán? ¿Acaso piensas que se me iba a
escapar la relación que existe entre ella y Santiago Borriol, el chico
que mataron en la puerta de un pub? ¿Y que la muerte de Héctor
Morán, tu cliente, no está relacionada con todo aquello?
Sé cuándo me pongo pálido, y esta es una de esas ocasiones.
Por muy fuera de servicio que esté, Maudes es policía.
—¿Cómo sabe…? —es lo único que llego a decir.
—Solo tuve que ponerme en tu piel y atar cabos. Tengo el culo
pelado, chaval. Tan simple como eso. Pero no es ahí a donde quiero
llegar. Mi intención es que te pares a pensar en la madeja que
conseguiste devanar tú solo . El trabajo de un abogado penalista
consiste en demostrar la inocencia de su cliente, y eso pasa por
hacer de investigador para recabar todas las pruebas posibles para
convencer al juez y evitarle así la condena. Eso, o reducirla. Es lo
mismo que hiciste aquella vez. Luego están los acuerdos a puerta
cerrada para negociar declaraciones y así poner a los clientes en
situaciones más beneficiosas, y eso a veces pasa por maquillar la
verdad. Todo oficio tiene algo de mezquino, y el tuyo no es una
excepción, créeme. He visto imponer condenas de risa a auténticos
hijos de puta gracias a los acuerdos entre letrados. Por eso me limito
a cazar a los malos. No podría dedicarme a la justicia desde ese
lado, acabaría enfermando.
—Lo tengo claro.
—Me alegra que así sea. Tienes potencial, Miguel. No suelo hacer
estas cosas, pero chico, me caes bien. Qué le vamos a hacer.
Le ofrezco tomar otra cerveza, pero se excusa con que mañana
le espera un día largo y quiere descansar. Aprovecha para decirme
que he vuelto con el acento de mi tierra más marcado, y que le
gustaría pillarse unos días para escapar de la gran urbe y respirar
aire de verdad. Y yo, embajador de Cantabria en general y de Potes
en particular, le canto las maravillas del norte.
Se despide de mí con un fuerte apretón de manos al que
respondo de igual manera y sumándome al tuteo para preguntarle
por su nombre.
—Rubén Maudes, inspector de policía.
—Miguel Lifante, abogado errante.
Qué rima tan estúpida. Pero nos ha valido para echar unas risas
que necesitaba como agua de lluvia.
8

Jesús Pasión de los Alcatraces, patriarca y pilar financiero de la


familia, no pudo evitar que una mirada de reproche atravesara la
coraza de Diana al anunciar que había invitado a cenar al abogado
defensor del presunto asesino de su hija pequeña. Enroscó las
manos en el bastón de abedul que le acompañaba a todas partes y,
en un arranque de ira, impotencia o las dos a la vez, dio un fuerte
topetazo contra el suelo que resonó por el amplio salón de la casa y
que hizo acudir temerosa a Yolanda, la mujer que llenó el vacío de
su corazón tras haber perdido a su primera esposa.
Diana sabía que su decisión no iba a ser del agrado de nadie. Por
no serlo, ni siquiera lo era para ella misma. Pero era lo mejor. Eso
fue lo que se dijo después de que aquel pelanas con traje y acento
cantor abandonase su despacho al terminar la reunión. No parecía
tan inexperto como se lo habían pintado. La determinación con que
utilizaba la terminología jurídica sin recrearse ni caer en el cacaero
propio del neófito en la materia y su temple sereno y firme, hicieron
de ese tal Miguel Lifante alguien al que respetar y del que
prevenirse, pues el tesón con que sus ojos brillaban era notorio. Por
eso mismo, tenía la convicción de que tarde o temprano iba a
acercarse a cada miembro de su familia para extraer posibles hilos
de los que tirar con el fin de conseguir alguna prueba que eximiera a
Cristino de la culpa que todos se empeñaban en cargarle.
Así se lo hizo saber a su padre, incapaz de dar crédito a las
palabras que le taladraban oído y entendimiento por igual. La
presencia de Yolanda tampoco ayudaba. Era ella la que decidía, la
que actuaba y opinaba por boca y actos de Jesús Pasión. Nunca se
gustaron, pues en un panal no hay lugar para dos abejas reinas. A
ojos de Diana, Yolanda era una Lady Macbeth que esperaba paciente
su momento para dar un golpe de mesa y descubrirse tal como era,
una maldita harpía que solo buscaba hacerse con el control del
poder familiar. Bajo el prisma de Yolanda, Diana era Yago de Othello
encarnado, actuando y conspirando siempre desde la sombra y el
falso servilismo. Pero Diana jugó bien sus cartas aquella tarde, pues
sabía cómo convencer a su padre. Argumentar que lo mejor era
dejarse hacer preguntas por el abogado les ahorraría tiempo y malos
tragos. Al fin y al cabo, ninguno de ellos tenía nada que esconder a
ese respecto. Yolanda optó por aprovecharse de la idea. Traer a un
invitado a cenar, aunque fuese a ese tal Miguel, airearía la asfixiante
atmósfera de luto y penar en el que la familia De los Alcatraces
estaba sumida. Los espejos seguían cubiertos, las cortinas echadas,
el color negro imperaba en forma de trajes y crespones mientras un
insoportable silencio ensordecía cada esquina de la mansión, todo
ello propugnado por los deseos de su odiosa hijastra.
«Deberíamos ir pensando el menú para la cena», sugirió Yolanda
al comprender que su marido había claudicado ante Diana sin
demasiadas reservas. Siempre pensó que lo mejor es dejarse mecer
por el cauce del río cuando remar se convierte en una tarea
infructuosa, y aquel era uno de esos momentos. «Lo que tú decidas
estará bien», se limitó a responder. Ella estaba demasiado ocupada
con el aluvión de asuntos que colapsaban la capacidad física y
material de su despacho día tras día como para pensar en otra cosa
que no fuera el trabajo y el Señor. En realidad, eso era lo único que
sabía de ella; una mujer joven, presidenta de una consultoría
internacional a la que el resto de lo que ocurriera extramuros de
aquella torre le era del todo ajeno, incluso desconocido. A veces, la
inquina que sentía por ella se transformaba en lástima. Nunca la
esperaban para cenar, pues no existía una hora concreta a la que
volver a casa y atender aquello que posibilitan las ganancias de un
negocio. Pero nada de eso le impedía conocer de cualquier cosa que
ocurriera en aquella enorme casa, habitada por su padre, su
madrastra y el hijo de esta, de nombre Juan.
Acordaron que la cena tendría lugar una semana más tarde,
antes de que la vida volviera al tiempo ordinario de la rutina y las
prisas, si bien para Diana no había diferencia entre cualquier día del
año. Dejar pasar un tiempo prudencial desde su entrevista con
Miguel era la mejor manera de que el encuentro se produjera con las
cosas más enfriadas. «Es lo mejor, papá. Cuanto antes nos lo
quitemos de encima, mejor para todos», le dijo a Jesús Pasión
mientras acariciaba sus manos ensarmentadas. Él se limitó a mirarla.
«Yo solo quiero que tu hermana esté viva», dijo.
Diana no respondió.
9

Lunes, 15 de agosto

La visita de esta mañana a Cristino me ha dejado intranquilo.


Siempre he pensado que las cárceles son uno de los círculos del
infierno, y creo que no estaba muy equivocado al ver hoy al pobre
chaval. Se vio inmiscuido en una pelea entre varios presos de la que
ha salido con un ojo a la virulé. Dice que no hizo nada, que fue
como si una tormenta te engullera mientras navegas. Le creo. Algo
me dice que Cristino puede ser muy gallito en su corral, pero aquí
hay dragones que pueden tumbarle con una sola mirada.
Quería decirle que la petición de libertad provisional está en
curso y que nada tiene por qué salir mal. Una expectativa que se me
ha venido abajo al ver su aspecto. Ahora bien, si los funcionarios
saben quién o quiénes iniciaron la trifulca, mi cliente no tiene por
qué salir escaldado. No exagero cuando digo que está más delgado
desde la última vez que estuve aquí. Tiene un labio partido y bolsas
en los ojos; ahora solo en uno, claro, el otro parece una col
lombarda. Dice que algunos presos consiguen cosas con relativa
facilidad, y que hace dos días le encontraron un pincho al preso que
dormía en la celda contigua. También asegura que no todos aquí son
malos. Algunos lo son de serie, otros se convierten por supervivencia
y después están aquellos que procuran ver la vida pasar sin meterse
en problemas, lo que no implica el hecho de mancharse las manos
en ocasiones. Resume su rutina en tres palabras: celda, patio y
talleres. No hay más vida y admite que es lo mejor hasta que le
saque de aquí.
Aproveché para preguntarle sobre su familia. Hasta ahora, solo
he podido comunicarme con ella por teléfono y correos electrónicos
que convierten lo impersonal en algo casi físico. Están extrañados
ante el comportamiento de Cristino. Saben que es un calavera, un
vividor y más vago que la chaqueta de un guardia, algo que
contrasta en abierto con el espíritu de sus padres y su hermano
mayor, Moncho. Entre los tres sacan adelante el negocio de los
viñedos y olivares que tan buenas rentas les han propiciado en las
últimas dos décadas. Cristino se desentendió del trabajo de batalla y
optó por lo que mejor sabía hacer: hablar por los codos. La labia es
lo que ha permitido al chaval alejarse del mundo de los despachos
para hacer de relaciones públicas en Madrid. Y, con todo, no le ha
ido mal. Cristino sabe que los negocios no se hacen en los
despachos, y su habilidad para meterse a la gente en el bolsillo es
notoria. De ahí que haya sido anfitrión de cacerías y torneos de golf.
Por lo que cuentan de él, ha cerrado contratos millonarios con su
piquito de oro. En otras palabras: sabe dónde está lo bueno. Por eso
la familia no acaba de comprender cómo ha renunciado a uno de los
mejores penalistas del país para ser representado por un tipo que ni
siquiera tiene claro su gentilicio, si bien nada de eso impide que el
trato sea tan cordial como cabe en situaciones como esta.
Tras satisfacer mi curiosidad, recibí una llamada de Alter
Consultores. Begoña, la secretaria, se interesó por mi disponibilidad
la noche del próximo jueves para cenar con Diana y su familia.
Acepté sin entretenerme mucho, pues solo el hecho de atender la
llamada me pareció una descortesía hacia mi cliente. Cristino no
daba crédito.
—¿De verdad vas a cenar con ellos? ¡Se han presentado contra
mí como acusación particular!
—Es la mejor manera de tener a toda la familia delante y hacer
las preguntas que quiera.
—Que quieras, no. Que te dejen hacer. No sabes cómo se las
gastan en esa familia. Especialmente Diana. Te lo digo yo. Es muy
persistente, para bien y para mal. La única que se salvaba era Lola.
El resto, a cuál más siniestro.
—Tomo nota, Cristino.
Tal y como están las cosas, no me pareció el momento de volver
a preguntarle quién le recomendó contar conmigo. Se limita a decir
que confía en mí, y eso, lejos de insuflarme energía como
acostumbro a experimentar cada vez que alguien me dice algo por el
estilo, me produce cierta angustia y temor de no estar a la altura,
cosa que me hace enfadar conmigo mismo. Saciar mi curiosidad en
este momento me parece un acto egoísta. Y puede que lo sea un
poco, pues la tentación es grande. Pero no debo anteponer mis
intereses a los de alguien que se encuentra en unas condiciones tan
complicadas. Hay prioridades.
Ahora, mientras caigo en la cuenta de que la noche cubre al día
cada vez más temprano, me dirijo al rincón de Señorita en busca de
posibles indicios sobre el paradero de Álex Jon. Cada vez que ese
nombre resuena en mi cabeza, un remusguillo de ansiedad comienza
a centrifugar en mi estómago. Esta vez no necesito buscar mucho.
Allí está, refugiada en su rincón y sumida en el mundo de trazos y
colores que la hace ser única en su especie.
—Tú otra vez —dice sin mirarme siquiera—. ¿Qué me has traído?
—¿Cómo sabía que era yo?
—Te he sentido. Va, ¿qué me traes?
—Como no le gusten las barritas energéticas…
—¡Trae pa’cá!
Con cuidado, Señorita deposita el pincel sobre un paño para
luego lanzarse a por mi merienda como una lamia.
—Desde luego, menudo caballero de mierda estás hecho tú. A las
visitas siempre hay que llevarles un detallito, ¿no te lo enseñaron de
canijo?
—Supuse que mi presencia bastaría para alegrarla.
—¡Je! Buena respuesta.
—Pero como sé que le gusta un bocata… Aquí tiene.
Abro mi mochila y le entrego el bocadillo de calamares que he
comprado hace un rato en El Brillante. Su mirada se ha iluminado
con una emoción que me resulta del todo inesperada. Lo envuelve
con las manos y aspira profundamente su aroma. No puedo creer lo
que veo: se le ha enrojecido el rostro. Le brillan los ojos.
—Es la primera vez que alguien me trae algo porque sí. Gracias,
Miguel.
Creo no ser consciente del significado de esas dos palabras por
boca de quien las ha pronunciado. El tono de Señorita es seco,
sarcástico, ácido las más veces y misterioso otras tantas. En esta
ocasión, parece que la mujer que se esconde tras el titán ha
decidido pronunciarse. Le respondo que es un placer.
Se detiene en seco antes de dar el primer mordisco.
—¿Tú has cenado?
10

En la vida hay que saber cuándo dejarse llevar, y hoy es uno de esos
días.
Estoy en la casa de Señorita. Me ha «pedido» de forma bastante
imperativa que la acompañe en el taxi porque, excusó, se había
dejado el bolso. Creo que me estoy gastando en esta mujer más de
lo que he llegado a hacerlo con Malena. Pero ¿qué otra cosa puedo
hacer sino tener contenta al único enlace directo que tengo con Álex
Jon?
Por otro lado, conociendo un poco a esta mujer, es fácil intuir que
no da puntada sin hilo. El hecho de que me encuentre aquí esconde
una razón que todavía desconozco.
La casa es pequeña y huele a cerrado, pero su decoración denota
que se trata de un hogar en toda regla. «Quítate los zapatos» es lo
primero que me dice al llegar. Obedezco y los dejo junto a la puerta.
Escucho el chirrido de las ventanas al abrirse y a Señorita decir que
es el único momento del día en que entra algo de fresco para luego
ordenar que me lave las manos y ponga la mesa. Hago lo que dice
sin poner un pero.
Ya sentado, se acerca con un plato de vichyssoise, bastante
apetecible y me lo pone delante. Después se sirve ella, no sin antes
esperar a que lo pruebe para ver mi reacción, que, admito, es
inesperadamente positiva. Le digo que está muy buena, aunque mis
palabras no son necesarias porque mi cara es un libro abierto.
Agradecida, responde que la ha hecho ella misma. Esta es la
segunda vez que pronuncia esa palabra, y su articulación encierra
verdad y sentimiento. Hasta ahora no había comido con ella más que
en una única ocasión, y volverlo a hacer me hace pensar que
Señorita se transforma cuando tiene un plato de comida. Su actitud
pone en práctica las palabras de mi yaya Sorne cuando me hablaba
del verdadero significado que entraña sentarse a la mesa. Compartir
la comida con el otro tiene algo de ancestral, encierra una
costumbre de comunión atávica que nos define como la especie
gregaria que somos. Por los años que llevo vividos, observo que tan
valiosas enseñanzas están quedando relegadas al olvido, si bien
permanecen en el tiempo atadas a nuestra sociedad. Nuestros
mayores siempre han sabido apreciar el valor de poder alimentarse
como es debido en tiempos inciertos. Me siento afortunado al haber
sabido integrar una lección semejante.
Pero Señorita no deja nunca de ser quien es, y da buena cuenta
de ello cuando me pregunta por el caso de la novia colgante. Una
señal de que voy sabiendo cómo se las gasta esta mujer es que mi
sorpresa por su conocimiento es nula, pues jamás le había hablado
de ello. Me limito a sonreír sin preguntar cómo ha llegado esa
información a sus oídos. Ella me guiña un ojo y saca la lengua. Algo
no muy apropiado cuando uno está comiendo.
Me siento cómodo y hay clima para ello, por lo que le pongo en
situación con los últimos avances de mi trabajo, incluyendo la cena
que tengo con los Alcatraces dentro de tres días. Señorita se
interesa por quiénes son y yo saco el móvil para buscar en internet
sobre ellos. Encuentro un abanico de colores periodísticos que
colorean el drama al gusto de su línea editorial. No se me había
ocurrido interesarme por la familia de este modo, pero me sirve para
poner cara a mis futuros anfitriones. El padre se llama Jesús Pasión,
Yolanda es el nombre de la mujer con quien se casó por segunda
vez. Después está Juan, hijo de esta, y luego la dómina Diana de los
Alcatraces, de quien Señorita me ha prevenido por tener mirada de
opusina taciturna.
—No te fíes… —advierte levantando el dedo índice—. ¡No te fíes!
—Seguiré su consejo a rajatabla.
—Ya puedes, pollo. Te aseguro que el tiempo me dará la razón.
Guardo silencio hasta que apuro el plato y me limpio con la
servilleta.
—¿Algún consejo para la cena del jueves?
—Que nunca escuches consejos. Te creo lo suficientemente
avispado como para manejarte sin problemas en un ambiente tan
posh.
—Comprendo.
—Tu cliente lo tiene difícil de cojones. Eres consciente de ello,
¿verdad?
—Muy consciente. Pero hay que pelear hasta el final.
—¡Bien! —exclama dando un puñetazo en la mesa que hace
sacudir la vajilla y mi serenidad—. ¡Me gustan esos redaños, coño!
—Gracias, Señorita. Siempre es bueno sentirse apoyado.
—¿Y dónde trabajas?
—¿Yo? En ningún sitio. Trabajo por mi cuenta.
—No, joder. Me refiero a dónde, en qué lugar sacas el trabajo
adelante.
—Ah. Bueno, donde puedo. En la pensión, en cafeterías… Es lo
que toca.
—Anda que menuda defensa de mierda vas a hacer currando en
esas condiciones. Necesitas un espacio fijo y tranquilo, no
vagabundear papeles en mano. En una cafetería es imposible
concentrarse, y no cuentas con los recursos que necesitas. ¡Y para
qué vamos a hablar de una pensión! Seguro que compartes hasta el
váter y trabajas sobre la cama procurando no hacer ruido. No
pongas esa cara de «cómo lo sabe». Me basta con imaginarlo. Y
estoy segura de haber acertado, ¿a que sí?
—Así es —respondo algo molesto. No me gusta que subestimen
mis esfuerzos.
—No te chines, majillo. Tengo la solución a tu problema. Pero
antes, tengo que hacerte una pregunta de capital importancia.
—Usted dirá.
—¿Qué tal cocinas?
—Soy del norte, Señorita —respondo fingiéndome ofendido—.
Mis artes culinarias son leyenda allí arriba.
—Bueno es saberlo. ¿Y de limpieza cómo va la cosa?
—Ahí me pilla. Soy un poco bardal.
—Pues tendrás que aprender a ser ordenado y poner atención a
la limpieza si quieres tener despacho propio.
Guardamos silencio. Señorita espera mi respuesta, pero no me
atrevo a abrir la boca. Poco tarda en dejar de contenerse y abrir los
brazos indicando su cocina como mi nuevo lugar de trabajo a
condición de que le cocine y limpie la casa.
—Es un buen trato, creo yo. No pagas un duro y comes de gorra.
¿Qué me dices? ¿Hay trato?
Se trata de una decisión importante, desde luego. No estamos
hablando de una mujer cualquiera, sino de alguien que es un
misterio en sí mismo. Señorita es una red de contactos que sabe
muy bien qué debe hacerse y qué no. Sabe y conoce mucho más de
lo que la mayoría quiere saber y conocer. Por eso y porque fue ella
quien me contactó con Álex Jon, confío en ella.
—¿Por qué lo hace?
—¿Por qué hago qué?
—No se haga. Usted no es de las que dan así como así. Le estoy
muy agradecido por la oferta, pero…
—Creí haberte dicho en su momento que te conviene no hacer
preguntas en lo que a nosotros respecta. Al parecer, no fui lo
bastante clara. Pero comprendo la situación, así que voy a hacer
como que no he oído nada. La pregunta es muy sencilla, chico.
¿Quieres tener despacho propio? Ya sé que este no es el ideal de
cualquier abogado, pero siempre es mejor que trabajar sobre una
cama con cuidado de no hacer ruido mientras el vecino puede estar
follando como un poseso. Así que eres libre de aceptar mi propuesta
o no. La única condición es que no subas a nadie más. Y de
encamamiento, ni hablamos.
Sería un necio si negase la oportunidad, y así se lo hago saber.
—Así me gusta. Empiezas mañana. Ahora, ve a la nevera y saca
el flan.
11

Jueves, 18 de agosto

Llegó el día.
He quedado en el portal de la casa donde vive Malena para ir
juntos en taxi a la mansión de los Alcatraces. Llevo mi mejor traje y
he practicado varias veces el nudo Windsor de la corbata hasta que
ha quedado perfecto. Además, he gastado la muestra de un perfume
de Jo Malone que me dieron en el Sephora para la ocasión. Incluso
el entrenamiento de crossfit de hoy ha sido menos intenso para que
el traje me siente mejor. Los músculos tienden a hincharse un poco
con el deporte, y no me apetecía ir con la camisa a modo de
segunda piel. Malena lleva un elegante traje negro y el pelo alisado
con plancha. Es la primera vez que la veo con las uñas pintadas.
Rojo sangre. Espero que no sea una señal de cómo va a terminar la
noche.
—Estás muy callado —me dice a mitad del trayecto—. ¿Va todo
bien?
—Sí. Solo estoy repasando las preguntas que quiero hacerles.
—Son los nervios. Es natural.
Guardo silencio.
—No acometas esto como un interrogatorio. Es una cena. Y con
gente muy importante. Tienes que mantener unas formas.
El comentario me molesta, y así se lo hago saber. Sé muy bien
cómo comportarme en sociedad, y esta no va a ser una excepción.
—Es trabajo —le replico—. Y yo voy a ser el malo de la película,
de modo que necesito medir muy bien cómo decir las cosas.
—Chico, qué carácter —responde, volviendo la vista a su
ventanilla.
—Discúlpame. Sí, puede que esté un poco nervioso. Es que
quiero que todo salga bien, y esta gente no me lo va a poner fácil.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Simplemente lo sé.

Nos recibe una mujer del servicio que nos acompaña hasta el
amplísimo salón, profusamente acondicionado para nuestra visita.
Incluso se han preocupado de acompañar la atmósfera con un fondo
de música clásica que suena casi como un susurro. Malena parece
estar acostumbrada a este tipo de eventos, pues se mueve con una
soltura que me resulta sorprendente. «Quítate la corbata», me dice.
«Resulta demasiado formal y este no es ambiente propicio para
ello». Le hago caso y, con más pena que otra cosa por el tiempo que
me ha llevado, deshago el nudo en un visto y no visto. Malena no es
nueva en este tipo de eventos y demuestra tener criterio.
Comparado con ella, parezco un colegial en su primer día de clase.
Permanecemos de pie, comentando la decoración en voz baja
mientras escudriño cada esquina hasta que doy con una foto de
Lola. Mira a cámara con los ojos entrecerrados y un hombro cubierto
por su ondulada melena. Lo que más me llama la atención es la
sonrisa. Está, pero no está. Es como si quisiera decir algo a gritos
que resulta indescifrable.
—Esa foto se la hicieron una semana antes de morir —escucho a
mis espaldas. Reconozco esa voz, y, aunque Diana me resulta una
mujer estragada, escucharla me produce cierto alivio.
Malena le sonríe y se acerca a ella para darle dos besos tan
insonoros como protocolarios. Intercambian unas palabras a media
voz y yo me aparto un poco para que puedan expresarse con
libertad. Después, la anfitriona se acerca a mí y me tiende la mano.
Su saludo es firme, y el modo en que lo realiza denota autoritarismo
y cierta superioridad.
—Gracias por venir.
—Gracias a usted por invitarme. Invitarnos —corrijo al instante.
Mal empezamos.
Escucho unos tacones bajar la escalera. Pertenecen a una mujer
madura, aunque todavía joven. Entiendo que se trata de Yolanda.
Viste de morado y lleva el pelo recogido. Cruzamos la mirada y
sonríe con la distancia prevista.
—Usted debe de ser el abogado de Cristino —sugiere, saludando
también con la mano. En contraste con el de Diana, este es de
engañosa languidez.
—Miguel Lifante —me presento—. Es un placer. Siento que nos
conozcamos en estas circunstancias.
—¿Ha llegado tu padre? —pregunta mirando directamente a
Diana y dejándome con la palabra en la boca. Incluso ha retraído la
mano con acusado ademán de repugnancia.
—Mi padre está en el jardín, como siempre. Y vendrá a su hora,
como siempre. Quizá deberías preocuparte más por dónde anda tu
hijo y que se presente a la cena.
Malena corta la tensión admirándose en alto del nivel de detalle
con que está decorada esta parte de la casa. Diana se ofrece a
hacerle de cicerone mientras yo me quedo delante de Yolanda, sin
poder hacer otra cosa que sonreír con una incomodidad que procuro
disimular lo mejor que puedo. La educación le obliga a ofrecerme
algo de beber, y acepto con gusto un vaso de la jarra de limonada
que descansa sobre una mesita cubierta con un mantel bordado. Por
supuesto, es la doncella quien me lo sirve. Está buena. La limonada.
—Me sorprende que Diana le haya invitado a casa. No se lo tome
a mal, compréndame.
—Descuide, es lógico que piense así. Esta situación no debe de
resultarles fácil.
—Oh, no crea. Hemos invitado a tanta gente por negocios que ya
estamos curados de espanto. Algunas cenas han sido realmente
peliagudas por lo que suponían de cara a cerrar loa acuerdos que se
planteaban en ellas. Pero esta vez es diferente, claro. Aun así, no se
sienta tenso. Al fin y al cabo, todos tenemos que comer, y usted
hace lo que puede dando la cara por ese bueno para nada.
—Agradezco su consideración —respondo mientras siento que la
sangre comienza a hervirme—. Cristino me ha hablado mucho de
usted. Dice que adora a su marido, al cual, por cierto, estoy
deseando conocer.
Recibo como réplica una forzadísima sonrisa que respondo con la
mayor afabilidad que me es posible. Punto para mí.
«Vaya, he aquí al interfecto», escucho a mi izquierda. La voz
pertenece a Jesús Pasión. Es un hombre mayor, pero no tanto como
para estar tan cascado. Me acerco dando un par de pasos y dejo que
sea él quien recorra la distancia restante.
—Los señores pueden pasar al comedor cuando dispongan —nos
avisa la doncella.
Salvados por la campana.

El primer plato de la cena consiste en una ensalada de berujas con


perlas de tomate y gulas. Es como tomar lluvia materializada, nunca
había probado algo tan ligero y tan fresco. Procuro seguir el ritmo
del resto de comensales y no terminarme el plato a velocidad de
crucero, como acostumbro a hacer. Mientras divagamos en puras
trivialidades, hace aparición el último miembro de la familia que
faltaba. Juan Sala, hijo de Yolanda y hermanastro de Diana, quien le
mira con cierto reproche mientras se excusa antes de sentarse a
junto a ella. Percibo una comunicación extraña entre ambos, como si
sus gestos dijeran más de lo que aparentan decir.
Diana se acaba de excusar para atender una llamada urgente, lo
que, en cierto modo, significa que estoy solo ante el peligro. Como
esperaba, Yolanda ha sido la que ha roto el hielo preguntando por
mi acento para luego preguntar si tenía algo que ver con Galicia. Es
mi arma secreta para iniciar una conversación. Todo el mundo
pregunta lo mismo.
—¿Tú eres el abogado? —pregunta sin ambages.
—Eso me temo. Y tú eres…
—Juan, cariño —me interrumpe de nuevo su madre, que poco a
poco va ganando en ascos—, ¿puedes ir a la cocina y decirle a Lali
que ya puede traer los segundos?
El hijo, ya mayor para este tipo de escenas, suspira contenido y
obedece a su mamá. Esa bruja ha logrado tenerme donde quería,
frente a ella, sin que la presencia de Diana sirva como muro de
contención a sus hirientes comentarios mientras el patriarca de la
familia mira a su plato con la mirada perdida.
—Señor Lifante, creo que lo mejor es ir al grano cuanto antes
para disfrutar de la cena lo que nos sea posible, ¿no le parece? Al fin
y al cabo, este no es un acto de cortesía y mañana es día laborable.
Estoy segura de que querrá irse pronto a su casa… quiero decir, a su
pensión. ¿Dónde tendré la cabeza?
La llegada del segundo plato me ha salvado de darle un buen
corte que, bien mirado, no habría hecho más que perjudicarme.
Malena intercede comentando el delicioso aspecto que tiene el tartar
de atún con aguacate que acaban de servirnos. En respuesta,
Yolanda explica que esta cena es un homenaje a Lola, pues se trata
de sus platos favoritos. Sin duda, esta es la puñalada que más me
ha dolido de entre todas las que llevo en una hora escasa. La familia
De los Alcatraces es realmente despiadada con aquellos que le son
hostiles.
—Lola tenía muy buen gusto —comento.
—Una pena que el cabrón al que usted defiende nos la quitara —
irrumpe Jesús Pasión con cólera contenida.
—Bueno, don Jesús Pasión, permítame decirle con todo respeto
que aún no ha sido acusado formalmente del delito.
—Ustedes los abogados tergiversan hasta el aire en aras de sus
intereses. ¡Lo sé todo! Pillaron al bastardo de Cristino con todo el
equipo. Ni siquiera se molestó en disimular un poco. Hasta para eso
ha sido un inútil.
—Tengo entendido que Lola y Cristino fueron novios durante
muchos años.
—Demasiados —responde el padre.
—Tal vez sea su reticencia hacia él la que le impulsa a acusarle
directamente de lo ocurrido.
—¿Mi reticencia? —pregunta alzando la voz y buscando el apoyo
de su familia—. ¡Mi reticencia! ¡Por Dios, este hombre no se entera
de nada!
—¿De qué me tengo que enterar?
—Cristino era una cárcel para Lola —interviene Yolanda—. Todos
lo sabíamos, y así se lo hicimos saber, por activa y por pasiva. Pero
ella estaba ciega. Cristino era posesivo, celoso, controlador. No le
dejaba hacer nada sin su consentimiento, y odiaba que Lola tuviese
más poder adquisitivo. Siempre se pavoneaba de que era él quien
llevaba los pantalones en esa relación. Es un imbécil.
—Un imbécil con un ingenuo como abogado. El cóctel puede ser
explosivo.
—Papá, no te pases —dice Diana, que acaba de incorporarse de
nuevo a la mesa. Noto algo distinto en ella.
—¡Sí me paso! ¡Sí me paso! —exclama dando dos fuertes
manotazos sobre la mesa que lo hacen retumbar todo. Incluso se ha
derramado parte del vino de las copas—. ¡Mi niña ha muerto! ¡Me la
han matado, y juro que quien lo haya hecho tendrá su castigo!
—Lali, acompaña al señor a su habitación —resuelve Diana ante
los evidentes nervios de su padre. La doncella, que debe de tener
una tragaderas de órdago para soportar a esta gente, lidia con Jesús
Pasión hasta que consigue amilanarlo y hacer que le agarre del
brazo. El silencio que se produce a continuación nos hiela la sangre
a todos. No es la primera vez que me enfrento a algo así. La muerte,
y más si es inesperada, produce un agujero sin fondo que se traga
toda la luz, desgarra las almas y transforma el entorno para siempre.
El nombre de Aritz resurge de la nada para volver a punzarme alma,
culpa y corazón. Me acuerdo también de Santiago, a quien la vida
me puso por delante mediante un acto tan insignificante como
escuchar música. Sí, el poso de la muerte es frío. Gélido. Mortal.
Diana es quien rompe el silencio tras finalizar el segundo plato.
Nunca algo tan bueno me había resultado tan difícil de comer. Se
lamenta por lo ocurrido y yo me limito a asentir con la mirada para
luego hacer alusión a lo bueno que está el tartar.
—Espera a probar el postre —dice Juan. Esas han sido sus únicas
palabras durante la cena. Tengo la sensación de que nada de esto va
con él. Respondo con la frivolidad correspondiente antes de sugerirle
que se suba la bragueta.
Me intereso por el postre y es la doncella quien responde.
Espuma de arroz con leche y helado de limón casero.
Este plato sí que dura un visto y no visto. El dulce tiene algo de
mágico, pues hace que todos guarden silencio al comerlo y, por
algún motivo, aleja un instante las penas.
—Juan —me lanzo—, ¿cómo era Lola?
La pregunta le ha pillado de sorpresa como si le hubiese colado
un gol que no ha visto venir. Mira a su madre antes de hablar. ¿Por
qué? No es más que una simple y obligada curiosidad a satisfacer,
teniendo en cuenta dónde me encuentro.
—Pues…
—Una chica encantadora —le corta, por supuesto, la excelsa
Yolanda—. Dulce, cariñosa… La hija que toda madre quería tener.
Diana reacciona ante el comentario con una mirada hacia su
madrastra que se me antoja fulminante. Sin embargo, secunda cada
palabra de esta añadiendo además que era la más atenta de las
hermanas.
—Era muy independiente —continúa Juan—. Tan es así que,
como sabrás, vivía en su propio apartamento. Ni siquiera quiso
vestirse de novia aquí. Pobre Lola… Y pobre César también,
descansen en paz. Vaya racha.
—¿Vaya racha? —reacciono, esta vez sin poder controlarme—.
Estamos hablando de dos asesinatos. No creo que eso pueda
achacársele a una racha.
—Disculpe, no quería decir eso. Es que todo ha ocurrido tan
rápido…
—¿No se han parado a pensar que ambos crímenes pueden estar
relacionados o que, sin duda, lo están?
—Eso lo dice para alejar el foco de Cristino —dice Yolanda.
—No —Diana habla ahora—. Tiene razón. Dos muertes en un
solo día es extraño.
—¿Ahora te pones de su parte? Si es que os viene de familia.
¡Eres tan veleta como tu hermana!
El rostro de la auténtica señora de la casa se ha transformado en
cuestión de centésimas. Sus ojos son dos brasas que apuntan
directamente a Yolanda, así como la cucharilla que estruja con furia
contenida.
—No te consiento que me hables así delante de los invitados,
Yolanda. Convendría recordarte que no estás en condiciones de
hacerlo.
—Por lo que veo, a ti solo puede hablarte claro tu confesor. Qué
harás para ir a verle tantas veces.
—Entre otras cosas, reprimir mis deseos de mandarte al… —
Diana cierra los ojos y suspira disimulada pero profundamente—.
Discúlpenme. Estoy un poco nerviosa y esta situación me sobrepasa.
¿Quieren tomar un poco de licor?
Identifico esa pregunta como la luz roja que indica el final de
esta encantadora velada. Malena y yo nos miramos y, por primera
vez, noto que la conexión es total en cuanto a nuestra voluntad de
salir escopeteados se refiere. Es Diana quien nos acompaña a la
puerta tras despedirnos cortésmente de Yolanda y el calzonazos de
su hijo. Se lamenta por cómo ha concluido la cena y procuro quitarle
todo el hierro que puedo al comprender la tensión y los momentos
tan difíciles que están atravesando.
El taxi nos espera. Cierro la puerta del coche y suspiro cerrando
los ojos.
Menos mal que me quité la corbata.
12

Viernes, 19 de agosto

Malena me ha dejado.
Lo de anoche ha sido una de las cosas más extrañas que me han
ocurrido en la vida. Aún no tengo idea de qué ha podido pasar para
que esta chica haya reaccionado de esta manera. Todo iba bien
cuando salimos de la residencia de los Alcatraces. Comentamos la
velada de camino a casa, intercambiamos puntos de vista y detalles
que habíamos observado durante aquellas dos interminables horas e
incluso aflojamos la tensión producida riéndonos por lo absurdo de
la situación. Nada que no haga una pareja normal, o un par de
amigos que se llevan más que bien.
El clima que se generó me hizo aceptar la proposición que
Malena me hizo de subir a su casa. Intuí lo que buscaba cuando
sacó un espejito del bolso y se repasó los labios poco antes de que
el taxi nos dejara en el portal. Me miró. La miré. Sonrió. Sonreí.
Conectamos y me excité. Mucho. A ella le apetecía y a mí, por
primera vez desde nuestro incidente, también. Verbalizamos
nuestras intenciones a través de movimientos y gestos que me
abrieron la camisa y quitaron el cinturón al minuto de cerrar la
puerta. Me gustó que contuviese el ritmo que le es propio, porque
eso aumentó aún más su deseo, si bien hubo momentos en los que
no pudo controlarse, como cuando me tiró contra la cama con una
fuerza que me resulta impropia para una mujer de su complexión. Y
así seguimos, con nuestras manos haciendo un tour por el cuerpo de
cada cual, entreteniéndonos aquí, paseándonos por allá y
deteniéndonos de vez en cuando para repostar risas, besos y
mordiscos. Aparte de la chica de Tinder, hacía mucho que no me
acostaba con nadie con esa intensidad, y lo estaba disfrutando como
pocas veces.
Es lo último que recuerdo antes de despertar en calzoncillos
sobre el sofá con un dolor de cabeza estratosférico. Me encontraba
espeso, raro. Lento. No recuerdo haber bebido en casa de los
Alcatraces, y mucho menos en casa de Malena dado que no tuvimos
tiempo ni de echar el cerrojo. Fuera como fuese, me levanté dando
tumbos hasta que sentí mi reloj bajo el pie, lo que hizo que
espabilara a la velocidad del rayo. Mi ropa estaba amontonada junto
a la entrada. Antes de ponérmela, y con intención de darme una
ducha, llamé a la puerta del cuarto de baño, donde Malena se
encontraba utilizándola. Abrió a los pocos minutos con el pelo
cubierto por una toalla y en ropa interior negra. Dijo textualmente
que hiciera lo que tuviese que hacer y me largase.
—No entiendo nada —dije, haciendo un verdadero esfuerzo para
hablar—. Lo estábamos pasando muy bien. ¿Hice algo malo?
—¿Malo? No. Por supuesto que no. De hecho, fue estupendo.
Pero sé distinguir cuándo un tío está pensando en otra cuando me lo
tiro. Sobre todo, si menciona su nombre. Qué pena que esa tal
Ioana se lo haya perdido.
—¿Ioana?
—¡Ni se te ocurra mentarla de nuevo o te cruzo la cara aquí
mismo, Miguel! Claro, ahora entiendo por qué tantas evasivas a
acostarnos durante todo este tiempo. Estás enamorado de otra y me
estabas usando como parche, solo que no te atrevías a follar
conmigo porque entonces sentirías que la estás traicionando.
—Si eso fuera así, no habríamos hecho lo que hicimos anoche.
—Anoche fue anoche, imbécil. Hoy la que no quiere verte en mi
cama soy yo. Así que vístete y desaparece de aquí antes de que te
eche a patadas.
Así lo hice. Pero juro que no recuerdo haber nombrado a Ioana.
De hecho, ni siquiera recuerdo que llegáramos a hacer otra cosa más
que jugar. De ser cierto, no la culpo de su reacción. Llevo años
intentando tapar lo que sentí por ella; lo que siento, para qué vamos
a engañarnos; porque las circunstancias nos obligaron a poner tierra
de por medio. Al igual que con Álex, he intentado localizarla sin
ningún éxito. Tampoco debería asombrarme. Después de todo, fue él
quien se hizo cargo de ella cuando todo acabó. Ioana era menor, no
tenía papeles y estaba sumida en el mundo más sucio que pueda
imaginarse para una persona. Ambos nos despedimos de mutuo
acuerdo hasta que el autor de nuestro destino decida volver a
unirnos en algún momento.
Entre todo lo vivido anoche y mi dolor de cabeza, siento el deseo
de salir de mi propio cuerpo y sacudirlo como una sábana. Quizá sea
fruto del estrés. No tengo ni idea. Solo sé que quiero meterme en la
cama y no despertar hasta que el mundo sea otro.
13

Domingo, 21 de agosto

El extraño frío que se ha instalado en Madrid estos días me ha dado


la idea de prepararle un cocido lebaniego a mi querida Señorita. Esa
es la razón por la que me he presentado hoy en su casa a pesar de
que los fines de semana me ha liberado de mis tareas. He traído
garbanzos de mi tierra y un hueso de jamón para ponerlos en agua
y dejarlos así toda la noche. El resto de ingredientes los he dejado
en la nevera, la cual, gracias a mi llegada, ha dejado de ser un
sarcófago de hielo para cumplir su función con algo más que un par
de yogures y media docena de huevos.
Este plato requiere horas de preparación si uno quiere que salga
rico, y el hecho de que esta cocina sea también mi despacho resulta
toda una ventaja para ello. Mañana toca trabajo de batalla entre
papeles y leyes, y no me vendrá mal acercarme de vez en cuando a
oler y vigilar cómo va mi premio. En breve se levantará el secreto de
sumario y necesito estar preparado, aunque lo más probable es que
nada de lo que diga me resulte sorprendente. Solo espero que
Cristino resista y no se meta en más problemas de los que ya tiene.
Las solicitudes de libertad provisional tienden a efectuarse entre uno
y tres meses, de modo que no tiene más opción que la de dejar
pasar los días viendo pasar la poca y perra vida de la cárcel.
Escucho un portazo. Señorita acaba de llegar.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —pregunta con extrañeza—. ¿Y
qué música es esa?
—¡Buenas noches, Señorita! Le estoy preparando un plato de mi
tierra, cocido lebaniego. Y lo que suena es East River Pipe. La
canción se llama Make a Deal With The City. ¿No le parece
agradable?
—Me parece que tienes el gusto atrofiado y que necesitas darle
cuerda a tu reloj biológico. ¿Cómo vas hacerme un cocido en pleno
agosto?
—No hace tiempo de agosto, y es un alimento completísimo. Le
va a encantar, se lo prometo. ¿Quiere que quite la música?
Por más tiempo que pase con esta mujer, siempre tiene algo que
me descoloca. No solo no me responde, sino que, mirando al vacío y
ensimismada, sigue el ritmo de la melodía. Incluso llega un
momento en que cierra los ojos y parece fundirse con ella. «Ni puta
de lo que dice, pero mola. Tiene un puntito bueno», son sus
palabras al regresar de nuevo al mundo real.
Le pregunto si ha cenado y niega con la cabeza. Quiere huevo
frito con patatas. Obedezco con un «oído».
—Y prepara otro para ti. Esta noche cenas conmigo.

Dispuesta la mesa, nos sentamos en silencio y así seguimos hasta


que solo el rastro de yema en los platos delata lo que acabamos de
llevarnos al estómago. Mis patatas han triunfado gracias al pimentón
que se me ha ocurrido añadir en el último momento junto con un
pimiento verde también frito y troceado. Señorita parece continuar
con hambre y le pregunto si quiere que le prepare algo más antes
del postre.
—Lo que tengo es hambre de comunicación. Tú tienes algo que
contarme y no vas a salir de aquí hasta que desembuches lo que te
está carcomiendo esa cabecita pensante.
—No sé de qué me habla.
—Mis cojones que no, y eso que no tengo. A ti te pasa algo.
—Le digo que no me pasa nada. Estoy bien.
—Estás más efusivo de lo habitual, y has venido aquí de noche
con la excusa de preparar tu cocido. En verano. Mira, chaval: puedo
parecer una vieja chocha, pero te aseguro que no se me escapa
nada de lo que hay a mi alrededor. Quieres conectar con tus raíces
porque necesitas calor de hogar, y eso solo sucede por dos cosas: o
porque estás herido, o porque echas de menos tu casa.
—Mi chica me ha dejado, ¿vale? —respondo molesto,
sintiéndome un adolescente.
—¿Tu chica? ¿Ioana?
La miro a los ojos. «No toque ahí», intento decirle. Ella capta el
mensaje. Y, por supuesto, lejos de retirar el dedo de la llaga, ahonda
en ella aún más.
No tiene sentido revolverme como gato panza arriba. ¿Qué gano
con eso? Está en lo cierto, necesito calor, necesito que alguien me
escuche. Yo, que me he pasado la vida de aquí para allá con la
palabra «entusiasmo» como segundo nombre, siento que estoy
quedándome sin reservas.
—No —respondo—, otra chica, pero me ha dejado por nombrar a
Ioana sin querer.
—¡Ja! —exclama dando una palmada— ¡Habló la voz del
subconsciente! Sabía que vuestro vínculo era mucho más bestia de
lo que parecía a simple vista.
No hay palabras más sabias que las nacidas de quienes han
conocido el lado más perro de la vida. Señorita sabe cómo entrar en
los recovecos más íntimos sin que su presencia resulte una
intromisión. Parece conocerme mucho más de lo que creo hacerlo yo
mismo. Analiza mi conducta con las mujeres sin que jamás le haya
mencionado la más mínima aventura, pues no es algo que comente
ni con mis amigos más cercanos. Que si me gustan más que a un
tonto un lápiz, que si busco tapar la ausencia de Ioana aun sabiendo
que mi vínculo con ella sigue fuerte y que por eso no tengo ninguna
relación fuera de las de cama, y, por supuesto, aunque esto lo sé
bien, que el sexo a lo porno solo provoca un insondable y tortuoso
vacío que deriva en más soledad.
—Pero no puedo contactar con ella. Su número ya no existe.
Además, digo yo que Ioana podría hacer algo también por
comunicarse conmigo.
—Quizá no pueda. Quizá sepa que aún no es el momento.
—Me parece que tres años son suficientes para un «hola cómo
estás», perdone que le diga.
—Todo pasa por algo y para algo. ¿Has olvidado acaso quién la
protege?
Otra vez Álex Jon. Empiezo a estar un poco cansado de este
asunto.
—Ustedes actúan como si fuesen dueños del destino, y el día
menos pensado se darán cuenta del enorme error que están
cometiendo.
—Ñiñiñiñiñi —se burla solapando mi frase—. No te me sulfures,
pollo. Estamos cenando tranquilamente. Además, no me incluyas en
esa forma de proceder. Cada uno es cada cual. Y donde manda
patrón, no manda marinero. Anda, saca el arroz con leche de la
nevera. Nos vendrá bien.

El ruido del camión de la basura volcando los contenedores indica


que es medianoche. Nuestra conversación nos ha hecho perder la
noción del tiempo entre casos, curiosidades y una pequeña
exposición de la magia que solo Señorita sabe hacer acogiendo la
realidad en sus folios y lienzos. El orujo que hemos tomado tras el
postre le ha soltado un poco la lengua, aunque algo me dice que no
ha sido sino una excusa para abrirse ella también. Sé reconocer
cuándo un alma está sola. Quizá porque, aunque me resista con
todas mis fuerzas a aceptarlo, yo soy una de ellas.
Señorita fue madre soltera en los tiempos en los que no se podía
ser madre soltera. Se separó de su marido, un demonio con mucho
cuerno y poco rabo, según sus palabras, y crio como pudo a su hijo
hasta que la llegada de los años ochenta le sedujo de la peor
manera posible. De la noche a la mañana, su razón de vivir se
acogió bajo el letal manto de la heroína y murió a primeros de los
dos mil. «Demasiado duró. Desde que comenzó a pincharse, siempre
pensé que el día siguiente sería el último». El mundo se oscureció en
un negro más negro que el negro. Se acabaron las estaciones del
año, las semanas, los meses. Los años. Comprendió entonces que el
tiempo es una dimensión elástica y prolongable hasta donde uno lo
pueda soportar. Solo encontraba algo de sosiego en el dibujo y la
pintura, rescatando instantes del pasado en los papeles que
encontraba en su casa, que ya no era sino un pozo de amargura con
el techo hundido. Por eso comenzó a frecuentar la calle, los barrios,
las plazas. Vagó por Madrid durante años, durmiendo en la calle y
siendo testigo de su transformación hasta llegar a lo que es hoy en
día. Fue en marzo de dos mil quince cuando decidió asentarse en un
único lugar, el que se ha convertido en su rincón por tácita
costumbre que se ha convertido en norma. Dos años después
conoció a Álex Jon. La escogió por su conocimiento de las calles, de
lo que en ellas se cocía y de su red de contactos vagabundos que
hacía de ella una suerte de joya en el submundo. Eso y su retranca.
No creo que Álex se librara de su genialidad.
—Así que no seas gilipollas —concluye.
—¿A qué se refiere?
—Lo sabes muy bien.
—Me temo que no.
—Sé reconocer a los que han coqueteado con el mundo de la
droga. No tengo más que decir.
Su respuesta me ha helado la sangre. Aquello ya pasó. No quiero
pensar en ello.
No puedo.
No quiero.
—¿Y antes de eso? —pregunto, cambiando de tema—. ¿Cómo
era su vida?
«¡Oh!», exclamó echando la cabeza hacia atrás.
—Mi padre tenía una tienda de sombreros a la que acudía lo más
granado de Madrid en aquel entonces. ¡La de horas que me he
pasado en esa tienda! Incluso hice mis pinitos diseñando tocados.
Uno de ellos le gustó tanto que decidió confeccionarlo. ¡Y se vendió
el mismo día! Nunca olvidaré la cara de satisfacción de mi padre. Me
llevó a un tablao flamenco para celebrarlo. Y allí mismo me
enamoré.
—¡¿Qué me dice?!
Señorita se mete otro chupito en el cuerpo mientras asiente con
efusividad.
—De Pepe el Pinto —dice al tragar.
—¿Quién?
—Chaval, ¡Pepe el Pinto! O Pepe Pinto, como te salga de ahí. Es
mi crush . El cantaor más guapo que ha conocido España, te lo dice
una que sabe. Copla, fandango, bulerías… ¡Señor, qué tiempos!
Tararea una melodía que desconozco. Parece sostener las notas
en el viento y sin desafinar. La letra me pinza el corazón.

Mi niña Lola, mi niña Lola


ya no tiene la carita del color de la amapola.
—Mucho cantante extranjero, pero de tus raíces, ná de ná.
—¿Vale C. Tangana? —pregunto. En respuesta, Señorita arquea
una ceja y amenaza con echarme de casa si no me retracto de mis
palabras. Me justifico diciendo que, por mucha que sea mi
ignorancia en la materia, la música es un arte vivo que, como tal,
evoluciona y se adapta a los tiempos. La respuesta parece tener
efecto, sin perjuicio de nombrarme una lista de cantaores actuales
que me hace sacar bandera blanca.
—En esa estantería de ahí, tienes cuatro filas de casetes para
que te empapes de lo que es el arte de verdad.
Las cuatro baldas están distribuidas en dos bloques y clasificadas
cronológicamente. Tal es su minuciosidad que, al pie de cada una,
rezan unas siglas que me llaman la atención por lo inusual del
contexto. Las baldas de la izquierda están etiquetadas con «a.C.».
Las de la derecha, con «d.C.». No tarda en satisfacer mi curiosidad
alegando que la respuesta es obvia, y que todo amante del buen
flamenco sabe que hay un antes y un después de Camarón de la
Isla.
—¡La he pillado! Tiene el disco Los ángeles, de Rosalía.
—Bien bonito que es. Y mira en lo que se ha convertido con el
Motomami ese. Qué perdida está esa chica…
—A mí me gusta. Es innovadora y muy ecléctica.
Le canto un poco de Chiken Teriyaki y me lanza un vaso de
chupito que estalla al impactar a mis pies. Se ríe al haber dado en el
blanco y yo correspondo con comentarios al respecto desde el
asombro y la risa. Me pregunta si estoy mejor. Le agradezco el
interés tras responderle que sí, que estoy algo más animado.
—En ese caso, ya puedes volar a tu nido mediopensionista.
—Ah —respondo sorprendido—. Bueno, si así lo quiere…
—No seas idiota, coño. ¿Cómo te vas a volver a estas horas?
Anda, saca la manta que hay en el armario y duerme en el sofá.
Aunque no lo parezca, soy una bruja buena.
Y yo subo tan contento. Tanto como lo está ella por dentro ante
la alegría que produce el calor de sentirse acompañado.
14

Jueves, 25 de agosto

Mensaje de Maudes. Dice que quiere verme, pero no en comisaría.


Me ha citado en el Café Comercial, situado cerca de donde resido.
Llega antes que yo. Le encuentro embebido entre papeles y dos
tazas de café apuradas. Ni siquiera se percata de mi presencia hasta
que no golpeo la mesa un par de veces con los nudillos.
—¿Noche de insomnio?
—Noche de no parar. Y no una, dos —responde mientras mira
con hartazgo hacia la ventana, de donde proviene el insistente
silbido del afilador anunciando su llegada—. Pide lo que quieras,
porque vamos a estar aquí un buen rato.
El crossfit me ha dejado seco, así que le pido al camarero un
sándwich, huevos benedictinos con salmón ahumado y guacamole y
un zumo de naranja. Hay suficiente espacio en la mesa como para
que Maudes siga a lo suyo y yo me reponga del gasto calórico.
—Tú dirás, inspector.
Me pasa una carpetilla con el emblema de la policía.
—El informe forense de César.
—¿De César? —pregunto extrañado—. ¿Ya se ha levantado el
secreto de sumario?
Niega con la cabeza.
—He tenido acceso a él, por eso no quiero que me vean hablar
de ello en comisaría. Merece la pena que le eches un vistazo,
aunque no sé en qué medida podrá ayudarte. De hecho, te va a
despertar aún más incógnitas.
—¿Puedes hacerme un resumen? Estoy un poco espeso esta
mañana.
Maudes ordena los papeles desperdigados sobre la mesa cuando
llega el camarero con mi desayuno. No imaginaba que iba a ocupar
tanto y le pido disculpas. Lejos de molestarse, el inspector se une al
festín y pide un desayuno andaluz, esta vez con un descafeinado
solo y doble.
—Después de la noche que llevo, creo que me merezco un
premio.
—Di que sí. Pero ¿qué pasa? Te noto perdido, dubitativo.
—Como para no estarlo, Miguel. Como para no estarlo. Este
cabrón nos ha engañado a todos desde el principio —¿Disculpa? —
pregunto con absoluta incredulidad.
—Para empezar, César no se llamaba César. Su verdadero
nombre era Esteban Vicent, y he podido averiguar que trabajaba en
una discoteca como gogó y boy. Falsificó todos los documentos
necesarios para la celebración de la boda con Lola. Incluso así figura
en el certificado de los cursos prematrimoniales. Sin embargo, sus
cuentas, seguro médico y resto de documentos legales están a
nombre de Esteban.
—¿Qué sentido tiene?
—Cualquier conjetura y teoría es bienvenida. Pero eso es solo el
principio.
—¿Hay más?
—Más y mejor. Resulta que nuestro hombre murió dos veces.
El camarero nos ha concedido un más que necesario paréntesis
al llegar con el desayuno del inspector. En silencio, abre la botellita
de aceite y lo vierte con cuidado sobre el pan para luego cubrirlo con
el tomate triturado. Dos pizcas de sal y a la boca. Aprovecho para
atacar mis huevos benedictinos, si bien saborearlos como es debido
me resulta misión imposible ante el descoloque producido por las
palabras de Maudes.
—La autopsia determina que César murió de un disparo a las
doce del mediodía. Es decir, una hora después de que mataran a
Lola.
—Pero eso no puede ser. Diana dijo que Lola se tiró por el balcón
al enterarse de la muerte de César. De hecho, fue el portero quien le
dio el aviso.
Maudes asiente.
—Lo cual quiere decir que alguien la engañó. Por tanto, es
posible que el asesinato de Lola se hubiera preparado con mucha
más minuciosidad de la que pensábamos. La versión que teníamos
hasta ahora consiste en que la mujer que limpiaba en su casa se lo
encontró boca arriba con un orificio de bala en la frente y un charco
de sangre a las diez y media de la mañana, hora a la que solía
entrar con su propio juego de llaves. Como es normal, sus gritos
alertaron al portero, que subió a toda prisa y se encontró también
con el cadáver. El nerviosismo hizo que este llamase primero a Lola y
después a la policía. Ambos mantienen la misma declaración.
—Joder…
—Pero es que aún hay más.
—¡¿Más?!
—La autopsia revela restos de maquillaje en la frente de la
víctima. Concretamente, en el mismo punto donde se realizó el
verdadero disparo. Pigmentación roja, para ser exactos. Además, el
cuerpo presentaba manchas de sangre artificial mezclada con la del
individuo.
—Pero entonces…
—Entonces, ese cabrón fingió su propia muerte antes de que
alguien se lo cargase de verdad. Alguien con una puntería
asombrosa que se las arregló para entrar en casa de César,
sorprenderle y matarle. El arma que se utilizó es una Beretta 92,
modelo M1951. Nada que ver con el rifle usado para el crimen de la
novia.
—¿Y no hay signos de forcejeo en la cerradura?
—No hay nada. Pero el portero me dijo que, horas más tarde,
reparó en un juego de llaves que alguien debió de poner en un
gancho del chiscón y que creía perdidas. Las hemos analizado y, por
supuesto, no hay huellas de ningún tipo. Quien matase a César,
sabía muy bien lo que estaba haciendo. Ni que decir tiene que se
llevó el casquillo de la bala. No hay nada en la escena del crimen
que pueda hacernos llegar al asesino. Pero tenía que conocerle. Fue
un movimiento demasiado rápido, demasiado sorpresivo dada la
distancia en que se realizó el disparo.
Ataco mi sándwich y le pido un vaso de agua al camarero.
—Dime que no hay más.
Maudes sonríe.
—Hay algo más —deduzco.
—Lo hay. César, es decir, Esteban vivía de alquiler. Te pago el
desayuno si me dices quién se lo arrendó.
—Dame una pista.
—Tú la conoces.
Habla en femenino. Solo sé de una mujer con poder adquisitivo
suficiente como para tener una vivienda en esa zona de Madrid. El
corazón comienza a golpearme el pecho como un tambor de galeras.
Pero no puede ser. Ella le odiaba.
Maudes saca la cartera.
—Tu cara me dice que has acertado. Es Diana de los Alcatraces.
15

El patriarca de los Alcatraces no puede dormir esta noche. Sentado


en la cama, Jesús Pasión contempla en silencio cómo se pasa la
vida, cómo deviene la muerte tan callando. Detecta en el cielo más
oscuridad que estrellas, y la luna menguante parece arroparse en la
negrura. Por un instante, piensa que se esconde de él. Que se
avergüenza de sus actos y de todo lo que estos han desencadenado
dentro y fuera de su familia.
Escucha con atención el escaso sonido nocturno. Hacerlo le
serena. Siente como si se hubiera salido del guion, como una nota
que se ha escapado de la partitura. Hace meses que no comparte
cama con Yolanda. Lo ocurrido durante el último mes le ha hecho
preferir estar solo. Ella lo entiende. Incluso lo agradece. Su relación
no entra en el canon de lo convencional. Ambos se aprecian, se
necesitan, pero no se aman. Amar es un asunto muy serio, y Jesús
Pasión considera que se trata de un concepto moldeable y
polifacético. Ha estado leyendo a Platón estos días, la única lectura
que le saca de la realidad de la que es preso. En ocasiones fantasea
con ser un ciudadano ateniense que acude al banquete relatado en
el diálogo que lleva ese mismo título. Pero ni siquiera eso le
consuela, pues sabe que los sentimientos y padecimientos del
hombre, al igual que sus grandezas y miserias, han permanecido
invariables a través de los siglos.
«Sí. Yo tengo la culpa», murmura en la penumbra de su enorme
habitación. Ahora piensa en Sófocles y sus tragedias, pues siente
que se encuentra viviendo la suya propia.
Sus ojos se desvían al blíster de Orfidales que descansa en la
mesita de noche. «Qué fácil sería dormir para ya jamás despertar»,
piensa. Pero le falta coraje para suicidarse. Llora por ello. Es la
primera vez que lo hace desde que le comunicaron la muerte de
Lola. Hasta entonces, el inquebrantable Jesús Pasión tuvo que hacer
honor a sus credenciales de hombre de hierro. Qué ingenuos los que
alguna vez creyeron en su fachada.
Qué caro le ha salido a Jesús Pasión fingir lo que nunca ha sido.
La vida le ha enseñado a reprimir el llanto incluso en los
momentos más atroces, y este no es una excepción. Le duele no
hacerlo, le frustra no saber. Abraza su bastón de abedul, el mismo
que Lola le regaló en su último cumpleaños pese a la reprobación de
Diana, que lo interpretó como una justificación para hacerle sentir
viejo. Su obsesión por la apariencia siempre fue excesiva y
depredadora de sus emociones. Así la educó Jesús Pasión. Su
tenacidad por inculcar los valores del esfuerzo y la excelencia por
encima de todo acabó escapando a su control , y la disciplina
exacerbada por mantener el estatus familiar terminó convirtiendo a
Diana en una mujer opaca y dura como el granito.
Tal ha sido su legado a este mundo.
Jesús Pasión apoya la frente contra el cabezal del bastón,
avergonzado ante la imagen de su hija asesinada. Intenta
arrodillarse ante ella y que las palabras broten de su boca, pero solo
consigue balbucear antes de que el llanto llene la habitación de
gemidos y lamentos. Comprime los dientes hasta sentir cómo las
mandíbulas le suplican tregua para evitarlo. Puede que los hombres
lloren, pero él no. Él es el patriarca de la familia, el bastión que la
mantiene en pie y la erige en su intachable prestigio. No puede
permitirse flaquear. Ni siquiera hacia él mismo.
«Perdóname, hija mía —dice al fin—. Perdóname por no haber
sabido conducirte por el camino de la rectitud. Pero tú me
obligaste… Me obligaste. Y ahora no hay vuelta atrás».
Su rosario de culpa comienza de nuevo al ayudarse con el bastón
para volver a la cama.
16

Me encuentro en una playa del mar cantábrico. No sé cuál, tal vez


no exista, puede que me la haya inventado. El frío del agua
despierta en mí un torrente de sensaciones extrañamente intensas
que median entre el placer y el dolor, pero nada de ello me impide
adentrarme en su profundidad. Poco a poco, mi cuerpo se torna
borroso, y así continúa hasta que me sumerjo por completo. Ahora
no estoy en el mar. Soy el mar, su silencio y su violencia. Mezo los
barcos, restallo en las rocas, juego con los bañistas y alimento a la
fauna.
El sonido amortiguado de un trueno me obliga a abrir los ojos y
despertar de mi letargo marino. Vuelvo a ser yo, Miguel, esta vez
vestido de chaqué y situado frente al edificio donde una mujer a la
que no logro ver el rostro pende de los brazos de un hombre
asomado a la ventana ante el espanto y la estupefacción de los
curiosos. Hablan, gritan. Pero no las oigo. No logro escuchar nada
hasta que, movida por una fuerza misteriosa, la novia comienza a
bambolearse de izquierda a derecha, como una macabra campana
blanca que, de pronto, produce un tañer tan intenso que necesito
taparme los oídos. Mi sorpresa aumenta aún más cuando abre los
ojos, me mira fijamente y sonríe. De su vestido emerge una
bandada de cuervos que vuelan directos hacia mí. Me cubro con los
brazos, si bien todavía me siento revestido por la fuerza del
mismísimo Neptuno y mi fe en que la inmensidad de las aguas me
protege es inquebrantable.
La bandada se aleja. Ya no estoy en la ciudad. Reconozco este
lugar, he estado aquí otras veces, aunque no soy capaz de
identificarlo como tal. Me encuentro en el bosque, es de noche y la
luna llena parece pintada de caracteres rúnicos. Siento frío, aunque
la temperatura es buena. Mi instinto se resiente y me alerta de que
alguien me vigila. Lleva siguiéndome mucho antes de que
comenzara a notar su presencia. «¡Ven!», le grito al vacío. «¡Da la
cara y enfréntate a mí!».
Mi voz resuena en los árboles como un eco susurrante y recibe la
contestación del viento en forma de brisa y rumores que no soy
capaz de comprender. Escucho movimientos en el arbusto situado
tras de mí. Sabe demasiado bien cómo moverse, lo que me hace
pensar en la posibilidad de que no se trate de un hombre. Y por
cierto que no lo es. De la oscuridad emerge la cabeza de un perro
lobo cuyo reflejo lunar evoca al mismísimo Fenrir, desencadenante
del Ragnarok en la mitología nórdica. El miedo se apodera de mi
cuerpo y ni siquiera puedo mover los brazos. «Procura relajarte», me
digo. «No tengo nada contra él. Y, al fin y al cabo, esto es un
sueño».
El perro lobo avanza con recelo hacia mí. ¿Por qué soy capaz de
clasificarlo cuando ni siquiera puedo verlo bien? Es viejo, pero se le
nota resabiado y perfecto conocedor del entorno. Su posición denota
más desconfianza que amenaza, aunque me enseña los dientes en
cuanto detecta un movimiento sospechoso. Alzo la mano en señal de
paz mientras aminoro la distancia con la bestia. Después, dejo que
sea él quien avance un paso. Se detiene. Ahora soy yo quien da
otro. Intento dar un paso más, pero el gruñido que emite me
advierte de que he de respetar los turnos.
Cuando apenas media un metro de distancia entre nosotros, el
animal se sienta sobre sus patas traseras. Me toca a mí dar el último
paso. Sigue mirándome con atención, pero, por algún motivo, sé que
no tengo nada que temer. Una vez que nos encontramos frente a
frente, agacho la cabeza en señal de respeto. Un respeto que es
correspondido con un gesto idéntico. Siento una conexión especial
con él. Como si conociera su origen. Como si nuestras mentes
fluyeran en un único canal donde prima un lenguaje básico y
suficiente. Las palabras brotan en mi interior. Fluyen libres y claras,
pero todo es tan intenso que no logro retenerlas para construir una
sola oración.
De nuevo, el cielo se rompe en un trueno.
Entonces, despierto recordando cada momento del viaje onírico
que acabo de experimentar. El mar era real. La novia, también. Y el
perro lobo. Tanto, como la última palabra que sentí proveniente de
su espíritu. La única que pude escuchar con cristalina claridad:
«Cuidado».
17

Lunes, 29 de agosto

Al inspector Rubén Maudes no le gusta ponerse el uniforme de


policía. Se siente más cómodo con ropa informal porque con ello da
cierta sensación de proximidad a los civiles. Esta vez, buscando el
efecto contrario, ha decidido ponerse la ropa de batalla. Quiere
impresionar a Diana de los Alcatraces, sacarla del búnker de
seguridad con que le reviste su apellido y sacar en claro algunas
cuestiones que puedan dilucidar todo lo descubierto hasta la fecha.
La presidenta de Alter Consultores no ha dudado un instante en
acceder a la petición de revisar el piso arrendado al falsamente
llamado César por parte del inspector. Ha cancelado todas sus citas
de la mañana con órdenes expresas de que nadie la moleste con
llamadas innecesarias. Sabía que tarde o temprano esta situación iba
a producirse. No obstante, contrario a lo que pensaba, nunca se está
lo suficientemente templado para tratar con la policía cuando hay un
asesinato de por medio. Pero ella es Diana de los Alcatraces, y
pertenece a una de las familias más importantes del país. Está lo
suficientemente protegida como para que nada le salpique, si se
diera el hipotético caso. Además, piensa que no hay nada de lo que
tener miedo. Ella no ha hecho nada. Lo que otros hagan con los
bienes que ella facilita no es cosa suya.

Ninguno de los dos quiere perder el tiempo. Se han citado a las once
en la puerta del edificio. Maudes lleva allí desde las nueve y media.
Ya sabe que Braulio lleva trabajando en la portería de la finca desde
hace cuarenta años, y no tiene idea de a qué se dedicará cuando
llegue el momento de jubilarse. El trato del inspector es afable y
llano, da la sensación de que no pertenece al Cuerpo. Gracias a la
confianza que genera, ahora sabe que la víctima atendía por ambos
nombres, a veces César y otras Esteban. Intrigado por la dualidad,
recuerda una de las pocas tardes en que habló con él y le preguntó
para aclarar sus dudas. La respuesta fue rápida y sencilla. Dijo que
se llamaba César Esteban, y que por eso le llamaban con ambos
nombres. Una mentira para salir del paso. Esteban siempre fue
Esteban. Pero César… ¿cuándo comenzó a ser César?
—Era un tipo muy cerrado y bastante escandaloso. Sepa usted
que yo no soy de los que se meten en la vida de nadie, pero han
sido muchas las ocasiones en que los vecinos se me quejaron de los
gritos que se escuchaban desde su piso. A veces discutía
acaloradamente y otras se les escuchaba por… Bueno, usted se
imaginará… Artes amatorias.
—Ya veo… ¿Y recuerda usted con quien mantenía esas
discusiones?
—¡Buf! No sabría decirle. Por allí han pasado más mujeres que
gallinas en mi corral del pueblo.
No era de extrañar. El trabajo de César se prestaba a ese tipo de
vida.
—Eso fue antes de conocer a doña Lola, claro. Bueno…
—¿«Bueno»?
—A veces venía a verle otra mujer. Nunca hablé con ella, subía y
bajaba del edificio como un espíritu atormentado. Por eso estoy
seguro de que iba a ver a don César Esteban. Por eso y porque uno
ya conoce este edificio lo suficiente como para saber dónde se para
el personal. Con esta sí que discutía. Eso y lo otro, ya me entiende.
Una vez me despertaron a las tres de la mañana. ¡A mí, que vivo en
el patio! Eso no eran gemidos, eran alaridos. Mi mujer no daba
crédito. Yo me sentía muy culpable, porque pensaba en la pobre
doña Lola. Pero claro, no soy nadie para decir nada.
—Comprendo. Oiga, Braulio, ¿y usted se acuerda de cómo era
esa mujer? ¿Tenía alguna característica especial?
—¡El pelo! Era rojo como el fuego. Y la moza estaba de muy
buen ver, perdóneme la confianza. Nunca le vi bien la cara. Con la
señora Lola era más fácil, porque siempre usaba el ascensor.
Tampoco es que ella fuera el colmo de la amabilidad. De hecho, era
bastante estirada. Qué coño, lo eran todos. Gente muy rara,
inspector.
Braulio se lleva el dedo a la boca al escuchar el característico
taconeo de Diana, lo que hace que Maudes cambie de tema en un
pestañeo. Ayudado por del escudo del Atlético de Madrid que cuelga
de la pared del chiscón junto a una imagen de Jesús de Medinaceli,
el inspector alaba el triunfo del equipo en el partido de hace dos días
mientras los ojos de Braulio se iluminan y entra al trapo como un
toro embravecido de pasión rojiblanca.
—No esperaba encontrarle aquí tan pronto, inspector —dice
Diana. Quedan treinta minutos para que el reloj marque las once.
—Suelo pasarme de puntual, pero usted no se queda atrás.
Confío en no importunarla demasiado.
—No se preocupe por eso. A veces viene bien salir de esas cuatro
paredes.
Maudes sabe que miente. Ha estudiado a Diana y odia que le
saquen de sus rutinas. Su talante no es tan altivo como el que
mostró con Miguel, pero nobleza obliga. Quiere acabar con esto
cuanto antes y así se lo hace saber al inspector mientras comienza a
subir las escaleras. Es un quinto piso y hay ascensor, pero Diana
arguye que es la excusa perfecta para hacer algo de ejercicio.
Maudes está en buena forma y le sigue el ritmo sin dificultad
mientras le pide permiso para efectuar grabaciones en el interior de
la vivienda y así facilitar la labor de investigación. La mujer lo
aprueba con un gesto rayano en lo displicente.
—Haga lo que crea oportuno. No tengo nada que esconder.
Maudes activa la cámara que tiene incorporada en el pecho antes
de entrar. Le gusta el piso. Amplio, bien distribuido y con una
iluminación envidiable. Se interesa por el precio del alquiler, aunque
sabe que a duras penas podría pagarlo. La cuantía es más alta de la
que esperaba. Haciendo un rápido cálculo mental, el sueldo de
bailarín que tenía César no llegaba ni a la mitad. Se interesa por
saber si estaba al corriente de los pagos.
—Pagaba religiosamente cada mes —responde desactivando la
alarma—. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque, si es así, este hombre debía de ser un portento en la
tarima. Casi una estrella. ¿Cómo le pagaba?
—Mediante transferencia bancaria.
—Entonces, estaría al tanto de que su verdadero nombre no era
César.
Primer rejonazo. Diana lo esquiva como puede, forzando aún
más su expresión hierática. Se sorprende, o finge hacerlo. Sus
gestos, dentro del sosiego que la define, son cada vez más
cambiantes. «Está nerviosa», piensa Maudes. «Aquí hay algo más».
—Soy una mujer demasiado ocupada como para preocuparme de
los recibos de alquiler. Para eso está mi administrador. ¿Dice que no
se llamaba César?
—Su nombre era Esteban Vicent. De César no tenía nada.
—Pero entonces mi hermana…
—Iba a casarse con un jeta. Posiblemente se trate de un
estafador del amor o algo similar. Lo investigaremos.
—Dios mío… Mira que se lo dije. Le advertí de que ese hombre
no era trigo limpio, que no se fiara de él.
—Si tan claro lo tenía, ¿por qué le arrendó el piso?
—Porque los negocios son los negocios, inspector. Además, no
quería que la situación deviniera en un pleito. Para nosotros eso
sería una gota en el mar, pero el nombre de mi familia podría verse
manchado.
Diana está acostumbrada a las evasivas, pero en esta ocasión le
está resultando especialmente difícil. No solo está frente a un
inspector de policía, sino que sus declaraciones están siendo
grabadas. Ha captado el juego que se trae Maudes de hacerle
preguntas al alimón mientras recorre el piso en busca de algo que
pueda servirle en el caso. Necesita liberar su nerviosismo, y por ello
se encomienda al Altísimo mientras presiona una mano contra el
cilicio que tiene enroscado al muslo en señal de mortificación por ser
una pecadora. Siente que su cuerpo arde, y espera a que el policía le
dé la espalda para secarse el sudor que perla su frente con un
pañuelo. Prefiere quedarse quieta y que Maudes inspeccione lo que
considere oportuno.
La habitación de César continúa tal y como la dejó antes de
morir. Se cuidaba mucho de ser ordenado y metódico, dada la vida
que solía llevar. La ropa de los cajones está perfectamente doblada,
así como el de su mesita de noche, donde, además de dos cajas de
preservativos y lubricante, encuentra algo que llama su atención.
—¿Le importa que me lleve algunos objetos personales?
—Haga lo que crea conveniente —responde Diana desde la
entrada.
Una fotografía polaroid muestra la imagen de César agarrado del
hombro por una joven pelirroja con la lengua fuera y haciendo el
gesto de la victoria con los dedos tan típico de los japoneses. En el
reverso, un beso estampado cubre la nota que evidencia el
entendimiento existente entre ellos:
Por mil noches como la de aquel día. XoXo.
Lo firma una tal Gina. Maudes le pregunta a Diana por ese
nombre, del todo desconocido para ella. «Debe de ser la chica que
mencionó Braulio», piensa. Introduce la foto en una bolsa de
plástico y la guarda en la bandolera que siempre lleva consigo. Ya
tiene lo que ha venido a buscar, pero continúa examinando la
habitación sin dejar que se le escape un solo detalle. Guarda
también una pulsera de goma con el logo de un gimnasio. El
inspector tiene otra muy similar, y sabe que contienen un chip
electrónico que permite la entrada al recinto. Esa será su próxima
parada.
—¿No hay nadie que haya reclamado sus pertenencias? —
pregunta mientras sale de la habitación.
—Nadie, que yo sepa. Como le he dicho, esos asuntos son
competencias que prefiero delegar. ¿Ya tiene lo que buscaba?
—Sí, ya hemos terminado. Lamento la espera.
—No hay por qué —dice abriendo la puerta—. Ahora, si ya ha
cumplido con su deber, es momento de que yo vaya a cumplir el
mío.
El inspector, cuidadoso y detallista, baja las persianas del salón.
La figura de Diana, proyectada a contraluz, le produce un efecto
inquietante. «Tú sabes algo», piensa para sí. «Y voy a enterarme de
qué se trata».
Presiona el botón de la cámara sujeta a su bolsillo.
Fin de la sesión.
18

Viernes, 2 de septiembre

Regreso ilusionado y nervioso de un lugar al que nunca se me habría


ocurrido asomarme de no ser por lo que llevo maquinando desde
hace un par de semanas. Nunca le había preparado una fiesta
sorpresa a nadie, y quiero que salga todo perfecto. Tampoco creo
que Señorita haya sido la protagonista de ningún festejo, pero para
todo hay una primera vez. Porque no todos los días se cumplen
sesenta y ocho años.
La satisfacción del trabajo bien hecho me anima a tomarme libre
el resto del día. Quiero aprovechar el buen tiempo y las puestas del
sol de septiembre en Madrid a estas horas. Recorrer la calle Alcalá
hacia Cibeles desde la Puerta del Sol se convierte en una ruta
mágica. La luz de la tarde realza la majestuosidad de los edificios
que la conforman, y la afluencia de gente con música callejera de
fondo hacen de aquel un paseo único.
La gente…
Un momento. ¿Ese no es?…
Acabo de distinguir entre la multitud una fisionomía que me
resulta muy familiar. Lleva chaqueta oscura y sus andares son
decididos. Tiene el mismo color de pelo y la misma estatura.
¿Podría ser?… Dios, incluso estoy temblando.
Procuro sortear el mar de gente hasta colocarme justo detrás.
Parece que no se ha percatado de mi presencia. Continúa
caminando impasible, a buen ritmo y ajeno a mi particular
persecución mientras dudo entre decirle algo o seguir siendo parte
de su sombra.
Ha aminorado el paso para mirar el móvil. Es mi oportunidad.
Doy un paso, después otro y, por último, una zancada que me sitúa
delante de él.
Es sorprendente la capacidad de autoengaño con la que cuenta
nuestro cerebro. El deseo de cada cual se canaliza a través de las
obsesiones que pueblan el subconsciente y acaba manifestándose
cuando uno menos se lo espera.
Cierro los ojos maldiciendo mi estampa.
No es Álex Jon.
Mis nervios han hecho que me destemple incluso en un día como
hoy. Tengo las manos frías y el estómago resentido por el momento,
así que he decidido entrar a una cafetería para tomarme una taza de
cacao que me entone un poco. Aspiro el aroma y dejo que su calor
me recorra la garganta como una caricia materna mientras hago por
evadirme de mis pensamientos observando al personal; parejas con
sus hijos por allí, un grupo de jubiladas por allá, espíritus solitarios
trabajando con sus portátiles frente al ventanal para que los
transeúntes contemplen lo productivos, creativos y alternativos que
son. Vida cotidiana que, poco a poco, me recoloca el espíritu.
Poco me dura la tranquilidad. Mi móvil marca un número que no
conozco.
—¿Señor Miguel Lifante? Soy Lali, la gobernanta de la familia De
los Alcatraces. Le llamo por un asunto urgente.
—Buenas tardes, Lali —respondo haciendo hincapié en el saludo
de cortesía—. ¿De qué se trata?
—El señor don Jesús Pasión quiere hablar con usted.
—Muy bien, pásemelo.
—No, no. Quiere hablar con usted cara a cara y en privado. ¿Qué
tan disponible está en este momento?
—Tanto como usted lo quiera —ironizo.
—El señor don Jesús Pasión acostumbra a pasear por el parque
del Retiro a estas horas de la tarde. ¿Puede acercarse?
—No tengo ningún problema. Estoy a minutos de distancia.
—Dice que le espera en veinte minutos en la zona de la
Rosaleda. Le ruega también que sea puntual y discreto.
—Iré convenientemente cubierto para que nadie me reconozca —
vuelvo a ironizar. Lali parece no haberlo pillado.
Se acabó la tarde libre. Al menos, me toca trabajo de campo.

Fiel a la cita, Jesús Pasión aparece empujado en una silla de ruedas


por la propia Lali. Extraño me parecería que Yolanda se prestase a
ese tipo de servicio. El patriarca de los Alcatraces acude
impecablemente vestido en compañía de su sempiterno bastón de
abedul, que abraza con ambas manos.
—Buenas tardes —saluda. Respondo de igual manera
estrechándole la mano. A continuación, ordena a Lali que nos deje
solos durante media hora. La gobernanta acepta obediente y sumisa
sus indicaciones mientras me mira a través de los cristales de sus
gafas de sol.
—Me sorprende que quiera verme, don Jesús Pasión.
—En primer lugar, quisiera disculparme por mi comportamiento
fuera de la cena. Fue del todo inapropiado. Pero esta situación me
desborda, y mi familia no está atravesando un buen momento, como
usted comprenderá.
—Me hago cargo —respondo sentándome en el suelo. El
patriarca de los Alcatraces se sorprende por ello.
—No le imaginaba tan informal.
—Lo soy tanto como la situación lo requiere. Además, usted me
ha pedido discreción. No hay nada más discreto que recibir a alguien
fuera del horario laboral y en el Retiro. Pero estará conmigo en que
eso es lo de menos. Cuénteme, ¿qué quería decirme?
—He venido…
Jesús Pasión duda. Quiere hablar, necesita hacerlo, pero una
parte de él le insta a contener su dolor y seguir callando.
—He venido porque quiero confesar que fui yo.
—Me temo que no le comprendo —le digo, temeroso de lo que
voy a escuchar a continuación.
—Yo maté a mi hija.
—¿Qué está diciendo, hombre de Dios?
—No soy un hombre de Dios. Ni siquiera merezco que me llame
hombre.
—Cuando alguien cercano muere, la culpabilidad parece cobrar
vida propia y se ensaña con nosotros por aquello que pudimos hacer
y no hicimos, o lo contrario.
—No intente masajear mi conciencia, joven. Sé muy bien lo que
estoy diciendo. Si no hubiese hecho lo que hice, mi hija jamás habría
saltado por esa ventana. Y, quizá, seguiría con nosotros.
—Permítame que lo dude, don Jesús Pasión. A estas alturas es
obvio que el asesinato estaba premeditado. Lola habría recibido el
disparo de igual manera, la parafernalia del balcón es lo de menos.
Tal y como estaba preparada la escena del crimen, todas las
hipótesis apuntan en esa dirección.
—Eso no me exime de lo que hice.
—Pues, ¿qué hizo?
Me pregunta si estoy cómodo sentado en el suelo. «No se
preocupe por mí», respondo. Mis palabras alejan por completo el
interés de Jesús Pasión sobre mi bienestar. Solo le interesa que abra
los oídos para atender a lo que quiere decirme.
—Supongo que estará al corriente de que Cristino y mi hija
tuvieron una relación duradera. Se conocían desde la adolescencia, y
desde entonces no recuerdo un evento familiar en el que ese chico
no estuviera con nosotros en general y con Lola en particular. Bebía
los vientos por ella, y todo parecía suponer que era algo recíproco.
Nadie de la familia vio esa relación con malos ojos, salvo yo. Soy
muy protector con mis hijas, y nadie me parece suficiente para ellas.
Sin embargo, reconozco que Cristino es de buena familia y ha
recibido una educación esmerada, como, sin duda, usted habrá
comprobado.
Asiento por pura condescendencia. En lo que a mí respecta,
Cristino Cantueso es más vago que el Fumi de Morata.
—Acepté resignado la relación, y todo iba bien hasta que ese tal
César apareció en su vida. Me entró por el ojo izquierdo desde el
primer momento. Le diré algo, Miguel: cuando uno está en la
cumbre, mira en lo alto desde la soledad. ¿Y sabe por qué? Porque
la cumbre es muy pequeña, y son muchos los que disputan el
terreno. Hace muchos años que no me fio de nadie, y créame, mi
instinto jamás me ha fallado. Por supuesto, César no era una
excepción. Su imagen era la de un joven muy apuesto y quedón,
pero olía a baja estofa. La niña estaba embebida con él. Tan es así,
que no dudó en tirar a Cristino como un trapo viejo e iniciar una
relación que iba de gasto en gasto. A César le gustaba derrochar.
Mire, uno sabe a qué clase pertenece el otro según la forma de
comer una langosta. Ese tipo no se había visto en otra. Y lo
aprovechó al máximo. Tanto como para proponerle matrimonio.
¡Incluso me pidió la mano de mi hija!
—Y usted se la dio.
—¿Qué otra cosa podía hacer? Lola ya no me miraba como antes.
Desde que Yolanda y su hijo entraron a formar parte de la familia,
levantó un muro entre ambos. No me perdonó que modificara el
testamento para que Juan recibiese una parte proporcional de la
herencia. Cada palabra que me dijo ese día fue una pedrada en el
alma. Diana se lo tomó mejor. Pero lo de Lola era verdadera inquina.
Una vez casi llega a las manos con mi mujer. De no haber sido por
Lali… Esa chica vale más por lo que calla que por lo que habla.
—¿Cree que eso fue lo que le empujó a hacer lo que hizo?
—No corra tanto, joven. Hay más.
Las dudas surgen de nuevo en el anciano y le hacen agitar su
respiración. Me declino por no hacer nada al respecto. Es mejor que
sea él quien luche contra sus propios demonios y decida continuar
con su redención o permanecer en el abismo de la culpa.
—Un padre siempre quiere lo mejor para sus hijos. Está mal que
lo diga, pero Lola era mi predilecta. Diana es otra cosa. Siempre fue
muy independiente, y esa idea suya de Dios y el trabajo la
sumergieron en la parte más oscura de un mundo aparentemente
amable y piadoso que le ha proporcionado buena parte del poder
que maneja. Mi niña, sin embargo, vivía más su lado hogareño y
tradicional. Aspiraba a controlar el negocio de nuestras fincas, y se
preparó a conciencia para ello. Comprendí su reacción al saber que
Juan entraría a formar parte del negocio. No le sentó nada bien.
Pero a mí me preocupaba más otra cosa.
—César.
—Usted lo ha dicho. Ese indeseable le sacó más dinero del que
soy capaz de calcular, siempre con la excusa de que eso no era tanto
un gasto o un préstamo como una inversión. En otras palabras, era
un chulo de manual. Y Lola no sabía negarse. Supe de ello cuando
mis asesores me alertaron de movimientos irregulares en las cuentas
de la familia. Ese hombre estaba dilapidando mi patrimonio vaya
usted a saber en qué. Yo he trabajado desde los catorce años,
Miguel, y nadie me ha regalado nada. No podía permitir que ese
mozo de mulas convirtiese a mi hija en una desgraciada y nos
arruinara por el camino. Así que decidí actuar. Yo… Siempre supe
que César se movía por el dinero. De modo que eso fue lo que le di.
A condición de que dejase a mi hija.
—Pero César murió asesinado. Por mucho que le sobornase,
usted no podía prever que eso llegara a ocurrir.
—En realidad, sí. Juntos, pactamos su propia muerte.
Creo que voy a hiperventilar. Lo que este hombre me está
contando concuerda a la perfección con la hipótesis de Maudes.
—No quise que Lola sufriese una ruptura o un abandono. Habría
sido humillante, y no se lo merecía. Era preferible que la vida se lo
arrancase de cuajo. Así pues, acordamos que el día de la boda
aparecería en su apartamento con un agujero de bala en la frente y
encharcado de sangre. La mujer de la limpieza se encontraría con el
montaje y llamaría a las autoridades. Por supuesto, me aseguré
también de atar esos cabos. El juez de instrucción que levantó el
cadáver me debía un par de favores, y no le costó mucho convencer
al médico forense para que formase parte del juego. Fue por su
bien… Fue por el bien de mi hija. No crea que César puso pegas al
respecto. Pocos se resisten a un cheque en blanco, y este cabrón ni
siquiera dudó. Ya ve usted dónde queda el amor en esta historia.
Un par de palomas alza el vuelo sobre nosotros y se pierden en
la lejanía. Libres, sin más ataduras que las propias del instinto. Nada
que ver con el ser humano, anclado a la tierra y atado a sus actos.
Jesús Pasión tiene la mirada perdida. Su rostro expresa el alivio de
los confesos, si bien el sentimiento de culpabilidad se le ha anclado
al espíritu. Casi puedo sentir la tormenta que hay desatada en su
interior. Un hombre que ha cometido semejante atrocidad está fuera
de los límites de lo ético. El poder le ha transformado en un
monstruo sin escrúpulos que, por primera vez, contempla sus manos
manchadas de mal.
—Ahora conoce mi secreto más oscuro. Estoy a su merced.
Confío en que sepa darle buen uso.
—Don Jesús Pasión… Mi trabajo me impide juzgarle de un modo
personal. Pero, en este caso, voy a tomarme la licencia de decirle
que lo que ha hecho es despreciable.
El anciano sonríe.
—No esperaba que fuese usted tan benévolo. Ahora, ¿tiene la
bondad de avisar a mi doncella?
—Antes de despedirnos, quiero preguntarle algo.
—Usted dirá.
—¿Ha tenido la sensación usted o su familia de que les
observan? —pregunto recordando lo que Malena me contó días
atrás. Comenzó a sentirse vigilada a raíz de la muerte de Lola, y no
sería de extrañar que ocurriese lo mismo con los Alcatraces.
—No tengo noticia de lo que me pregunta.
—Tampoco la tendrá de que César está muerto de verdad. ¿O sí?
—¿Qué está diciendo? —reacciona frunciendo el ceño—. Eso no
es posible.
—Sí. Lo es. Hasta en eso tiene usted suerte, Jesús Pasión. Los
muertos no hablan, y apostaría lo que fuera a que, tarde o
temprano, César regresaría a por otro cheque en blanco y se
convertiría en alguien muy molesto para usted. Le ha salido bien la
jugada.
—¿Está usted insinuando que…?
—Yo no insinúo nada. Solo digo la verdad, que César está
muerto. Lo que ha visto usted en la prensa es real.
Jesús Pasión se queda en silencio. Su cabeza acaba de
dispararse, pues ha dejado de mirar a un punto fijo y comenzado a
murmurar. Sus labios dibujan otra sonrisa, esta vez de tinte
malévolo, cosa que me hace reflexionar sobre la naturaleza de las
personas. Con César muerto, no tiene nada que temer. Y el hecho de
que alguien como yo conozca su secreto es algo tan insignificante
como una brizna de polvo que ni siquiera merece la pena considerar.
—Llame a mi doncella. Nuestra conversación ha terminado.
Me incorporo disimulando con ímprobo esfuerzo que se me han
dormido las piernas. Ahora soy yo quien mira a los ojos al patriarca
de los Alcatraces, promotor de toda la miseria humana que alberga
tan ínclita familia. No se amilana. Desde la culpa transformada en
alivio siniestro, me reclama la atención de su asistente con un gesto.
—Hoy hace una estupenda tarde para practicar un poco de
ejercicio, caballero. Le invito a probarlo. Ya me contará.
Y allí se queda Jesús Pasión, atónito por mi respuesta y plantado
como los rosales que le rodean mientras una niña llora enrabietada a
pocos metros de su silla de ruedas. Los gritos de llamada a Lali van
perdiendo intensidad conforme salgo de la Rosaleda para subir la
cuesta del Ángel Caído y darme una vuelta por el estanque. Me
apetece remar un poco. Creo que me lo he merecido.
Ahora es momento de volver a lo que de verdad importa: la
fiesta de Señorita. Y, esta vez, ni siquiera el fantasma de Álex Jon va
a impedírmelo.
19

Sábado, 3 de septiembre

Llegó el día.
Como acostumbra a hacer, Señorita me ha dejado las llaves de
casa bajo el felpudo. Hoy está gruñona, porque no le gustan las
sorpresas y mucho menos arreglarse. «No puede ir con la ropa de
siempre», le dije la última vez que nos vimos, lo que dio pie a una
discusión que, de puro infructuosa, se quedó en tablas. Solo en
apariencia, porque resulté ser el claro vencedor. Prueba de ello es
que he venido a recogerla para llevármela a cenar y… bueno, ya lo
verá.
Sé que está en casa, pero no sale a recibirme. La llamo
canturreando su nombre, y tras una contundente respuesta («tu
puta madre») me dice que está en su habitación. Me advierte de
que con esas pintas no sale a ningún sitio y le pregunto si puedo
opinar al respecto. Interpreto la ausencia de contestación como un sí
y me planto en el quicio de la puerta con la emoción contenida. No
puedo creer lo que ven mis ojos. ¿Esta es Señorita? ¿La misma que
viste de negro rotundo día tras día? Tengo delante de mí a una
mujerona de porte recio que se ha ataviado con un vestido de flores
cuyo largo le termina en las rodillas. Se ha pintado las uñas de rojo
sangre y ha ido a la peluquería. Si no fuera por su voz y sus malas
formas, diría que alguien ha ocupado su casa.
—Señorita… Está usted… ¡Está usted espectacular!
—¡Estoy disfrazada! ¡Esta no soy yo!
—Por supuesto que es usted. Y bien guapa que es.
—No te va a servir de nada bailarme el agua. Pero, ya que
estamos, completemos el paripé. Pásame el morrero.
—¿El qué?
—¡El carmín, joder! No querrás que vaya a donde coño sea que
me lleves con estos labios de ñora.
Localizo la barra de labios en un rápido barrido por el caos que
Señorita tiene desperdigado en el tocador y se la doy. El contraste
de su carácter con la delicadeza que emplea al utilizarlo me hace ver
que, en el fondo, le hace ilusión ser la reina esta noche.
—Ya puede merecer la pena lo que sea que vayamos a hacer,
porque te juro por Dios que no vuelves a pisar mi casa si ocurre lo
contrario.
—Fíese un poco de mí. Olvídese de todo esta noche y deje sus
problemas en la puerta.
—¿Es que acaso vas a llevarme a un cabaret? ¿Quieres
seducirme, muchacho? Te advierto que no soy una mujer fácil.
—Usted déjese llevar, que es de lo que tiene más miedo. Solo
vamos a cenar y divertirnos un poco. ¿Tan terrible le resulta? Hay
que salir de la…
—Como tengas los santos cojones de decirme lo de la zona de
confort, te calzo una hostia con la mano abierta. ¡Tira pa la puerta,
encantador de serpientes!

El uso reiterado del taxi en Madrid ha hecho que me quedase con el


número del último al que me subí. Paco, que así se llama, tiene muy
clara la ruta de esta noche. En primer lugar, hacemos parada en un
restaurante de la calle Barquillo. Soy consciente de que Señorita
puede sentirse abrumada al no haber pisado uno en años, y por ello
procuro ser lo más atento posible. La gente piensa que vengo con mi
madre y eso le hace gracia. De hecho, les sigue el juego a los
camareros. Incluso ha flirteado con el que nos acaba de tomar la
comanda. «Qué gracioso está con esa barbita de chivo», comenta en
alto, justificándose en que los años le permiten «decir lo que me
salga de la seta». Lo está haciendo a propósito para ponerme en
evidencia y no tengo más remedio que llamarla al orden.
—No me he molestado en reservar mesa para que monte un
número. Si continúa con esa actitud, nos volvemos a casa y se
acabó, ¿estamos?
Señorita sabe que me ha hecho enfadar y relaja su
comportamiento, aunque no deja de hacerle ojitos al pobre
camarero y ponerle más rojo que el chaleco del uniforme. Inicia una
conversación confesando que no pisaba un restaurante desde la
muerte de su hijo. Me resulta difícil de ver y de creer que una mujer
tan celosa de su vida se abra de ese modo, y así se lo hago saber.
—Mis desgracias son mías y quiero tenerlas conmigo, porque han
hecho de mí quien soy. Al final, lo único que queda en la vida es
dolor.
—También los buenos recuerdos.
—Que generan nostalgia y, por tanto, dolor al saber que no
volverán jamás. Eres muy joven para entenderlo, chico. Todavía
estás sin emplumar, como pollo de tordo.
—Sé lo suficiente como para saber que está en lo cierto. Pero no
deja de ser muy triste.
—Es lo que es.
El camarero regresa con los primeros y Señorita le pregunta su
nombre. Admito que me divierte el coqueteo que se trae con el
pobre chaval. Responde con balbuceos, lo cual supone un caldo de
cultivo para que le siga trabajando la vergüenza. De momento, ha
conseguido sacarle que se llama Alí y que es de Marruecos.
Comemos en silencio. Entiendo esta cena como un acto de
intimidad ante el plato por parte de Señorita. Come despacio y a
bocados pequeños. No quiere perderse ninguno de los sabores que
lo componen. Sin duda, está viviendo una experiencia nueva a la
que procura sacarle el máximo partido. Prueba de ello es que no ha
pronunciado una sola palabra desde que hemos comenzado a cenar.
Lo mismo pasa con los segundos. El pobre Alí ya tiene miedo hasta
de acercarse. Señorita le guiña un ojo, y acompaña su picardía con
una mueca que pretende ser sensual. Aprieta el paso para volver a
la cocina y Señorita no puede evitar que se le escape una risa sorda
que termina por contagiarme.
—Es usted muy mala, pobre chico.
—Si yo tuviera veinte años menos, este caía. ¡Vaya si caía!
Y así, entre bromas y pausas, llegamos al final de la velada con
un par de sorbetes de limón. La malicia de Señorita se acerca a lo
cruel cuando, tras pagar la cuenta, escribe un número de teléfono
falso sobre la servilleta que acompañaba al postre. Antes de
marcharnos, lanza un beso a Alí y le hace un gesto con la mano de
que la llame por teléfono. En la calle resuenan las carcajadas de la
mujer.

—¿Y ahora?
—Ahora quiero que se cubra los ojos con esta cinta negra.
—Tú lo putoflipas. Yo no me pongo eso.
—Señorita…
—Ni Señorita ni pollas. Que no me vendo los ojos y punto.
Por supuesto, lo hace. Hoy es su día, y parte del juego consiste
en que se queje una y otra vez, sabiendo que está deseando saber
qué le he preparado. Paco vuelve a recogernos y retoma el rumbo.
Durante los diez minutos que tardamos en llegar, Señorita no ha
abierto la boca más que para blasfemar y amenazarme en caso de
que esté intentando propasarme con ella. Ya en la parada, Paco abre
la puerta y saca a Señorita del brazo antes de que salga y le tome el
testigo. Después, pasito a paso, caminamos hacia nuestro destino.
La respiración de Señorita comienza a agitarse ante lo que está
escuchando de fondo. «Ay», la escucho susurrar mientras una
sonrisa de niña embarga sus labios, portavoces de amargura desde
hace demasiado tiempo. «Eso son guitarras. Y… ¡Y palmas!», dice
sin poder evitar moverse con cada vez más impaciencia. El sonido se
va aclarando conforme vamos avanzando hasta que, ya en la
entrada, distingue a la perfección los quejíos que provienen del
interior.
—¡Un tablao! ¡Me has traído a un tablao!
Le retiro la venda de los ojos y lanza un grito de emoción nacida
del abismo donde habita su inocencia al tiempo que se lleva las
manos a la boca. Sin previo aviso, corre hacia una mesa libre que se
encuentra justo enfrente del escenario donde Sergio el Duende
canta por bulerías entre palmas que generan un clima cuasi
ancestral. Lleva dos semanas reservada a su nombre, y sabe Dios
que no me ha resultado nada fácil conseguirlo. Pero ha merecido la
pena. Señorita está embobada y comienza a acompañarle con
palmas. Por supuesto, la reserva no es la única sorpresa. Tanto el
dueño del tablao como el propio cantaor saben qué día es hoy y
quién es la homenajeada. Sergio el Duende avanza hacia ella y
comienza a cantarle en compañía de aquellos que le hacen de
palmeros. Señorita abandona su inexpugnable coraza y se entrega al
torbellino de las emociones que, obviamente, despiertan sus ganas
de llorar mientras continúa acompañando al artista en las palmas.
Incluso se levanta y zapatea entre oles y jaleos. Es su momento. Tan
es así que se ha olvidado de mi presencia. Continúo en la puerta,
observando el espectáculo más hermoso que he visto en años. Al
terminar, se anuncia qué se celebra y todo el tablao le canta el
Cumpleaños feliz mientras una tarta sale de bambalinas. Solo hay
una vela encendida, pues he decidido ser precavido. Señorita la
sopla antes de atender la indicación de que pida un deseo. Más
aplausos, más fiesta. De pronto, Señorita se gira para buscarme y la
saludo sin poder evitar que el flamenco me haga responder a su
magia, aunque baile como un pato.
Alegrías, bulerías, soleás, fandangos. Nombres que hasta ahora
me resultaban del todo desconocidos y que se han materializado en
forma de un arte que supone para mí un absoluto descubrimiento.
Una canción tras otra, un baile y otro baile, y otro baile más. La
noche avanza inexorable y se ha dejado el reloj por el camino.
Señorita vuelve a mirarme y luego se acerca a Sergio el Duende. Le
habla al oído. Espero que no tenga la ocurrencia de entrarle como al
pobre Alí. El cantaor la agarra del brazo y los dos desaparecen, no
sin antes pedir que avisen al dueño. La fiesta sigue, pero ignoro
dónde se ha metido la protagonista de esta noche. Decido
acercarme a la mesa y esperarla allí. Llevo tiempo de pie y necesito
sentarme.
El flamenco me entra por los cinco sentidos y no tardo en
acompañarlo con las palmas de la forma, intuyo, más torpe que
jamás se ha visto en el Villa Rosa. Todo transcurre con normalidad
hasta que el dueño sale y pide silencio. De pronto, la magia se
volatiliza. Solo hay murmullos y expectación. Es Sergio el Duende
quien toma la palabra anunciando que hoy se va a producir una
excepción en la historia de este tablao. Anuncia la presentación de
una artista dormida, acallada por el trabajo y el dolor de los años
que esta noche ha recordado lo que es estar viva. Pide un fuerte
aplauso tras pronunciar su nombre.
No puedo creer lo que ven mis ojos. Le han recogido el pelo con
una peineta y adornado con una flor blanca. Lleva una bata de cola
rosa palo y un mantón flamenco blanco. Se sienta en una silla y las
guitarras comienzan a invocar de nuevo la magia. Señorita anuncia
que quiere cantar por Rocío Jurado sabiendo que sus limitaciones
son infinitas. El público aplaude entusiasmado y expectante. Ha
sabido ganárselo siendo, simplemente, como es. Qué no daría yo es
el tema escogido. Señorita se arranca en quejíos rotos pero firmes,
sabiendo lo que hace y ofreciendo un impecable respeto. Parece
haber entrado en trance al fundirse entre gestos acordes con la
energía de la voz, alzando el dedo índice con determinación y
golpeando el aire con gestos tan secos como sentidos. Se entretiene
alargando las sílabas sin dificultad. Juega con los tiempos y se funde
con la guitarra y las palmas aun siendo una neófita en el tema.
Entonces ocurre algo mágico. Señorita se gira hacia a mí, me
mira a los ojos y comienza a cantarme la segunda estrofa. Me está
cantando a mí. No puedo imaginar gesto más grande por su parte y
mayor honor por la mía. «Ay, qué no daría yo por empezar de
nuevo». Son tantas las emociones que evocan esas palabras, tanto
por rehacer y deshacer si se me brindara semejante oportunidad,
que no puedo evitar emocionarme sin murallas que contengan el
sentimiento naciente de aquellas palabras, capaces de erizarme la
piel hasta el punto de sentir dolor. No deja de mirarme y señalarme.
Cada frase que sale de su boca es una declaración de intenciones en
las que me incluye, pues conoce mi historia desde aquel día en que
le preparé mi cocido lebaniego. Ojalá volver al principio, recuperar a
aquellos que perdimos o, al menos, manifestarles el amor que no
supimos demostrar en su momento. Recuerdo a mis padres, cuya
imagen ya consideraba erosionada por el despiadado paso del
tiempo. Viene mi yaya Sorne para sumarse a esa plegaria
desatendida por imposible. Incluso Aritz se hace hueco en ese deseo
tan absurdo como reconfortante en cierto sentido. Ahora sé que esa
canción es un conjuro a la nostalgia que ha hecho efecto y que
Señorita finaliza vaciando el aire de su cuerpo, seguida de la
entusiasta ovación del público junto a una lluvia de rosas rosas que
la revisten de majestad.

Son las cinco de la mañana cuando llegamos a casa. El trayecto en


el coche ha sido tan intenso que no soy capaz de describirlo. Ahora
solo quiero tumbarme e intentar dormir un poco, aunque dudo que
sea capaz de conciliar el sueño esta noche. Señorita me brinda la
manta y me acomodo en el sofá.
Cierro los ojos. Pasan las horas. Señorita tampoco puede dormir.
Escucho sus pasos adentrarse en el cuarto de estar, donde me
encuentro, y se detiene frente a mí. No reacciono. Para ella, estoy
durmiendo.
—Hay que joderse, chaval. Te lo has currado. Dios mío, quién iba
a decírmelo. ¡Yo subida a un tablao después de más de cincuenta
años! No tengo palabras, Miguel. Solo puedo darte las gracias desde
el corazón que finjo no tener por terror a que me lo destrocen de
nuevo. Cuando murió mi hijo, yo morí con él. Fue Álex Jon quien me
devolvió a la vida. Pero tú, Miguel, tú me has devuelto el alma.
Aunque eso es algo que no sabrás nunca.
Se aleja hasta perderse en la oscuridad del pasillo mientras
canturrea La niña de fuego y yo no puedo sino sonreír en cuerpo,
mente y espíritu por haber arrojado algo de luz a un alma
acostumbrada a vagar entre tinieblas.
Curiosa cosa la amistad y las mil caras que la disfrazan.
20

Miércoles, 7 de septiembre

Hay un instinto dormido en el interior de cada cual que solo


despierta cuando sabe que algo no va bien. Esa es la sensación con
la que me he levantado esta misma mañana mientras planificaba la
comida de hoy y el escrito de impulso que pretendo enviar al
juzgado para darle gas al juez con respecto a la libertad provisional
de Cristino. Una amenaza sorda, densa y pesada planea en el día de
hoy, mimetizada con el cielo plomizo que cubre las calles de Madrid.
«Si quieres hacer reír a los dioses, haz planes», decía Sorne.
Mi teléfono avisa de que tengo una llamada del centro
penitenciario. Siento frío en el corazón. Mal asunto cuando eso
ocurre.
La voz masculina que hay al otro lado me pregunta si soy el
abogado de Cristino Cantueso.
—Sí, soy yo. ¿Ha sucedido algo?
—Me temo que sí. Lamento comunicarle que el recluso ha
fallecido en circunstancias violentas.
El sonido del mundo acaba de congelarse y mi cuerpo se ha
convertido en una estaca.
—Le han asestado una puñalada…
«Mortal de necesidad», intuyo.
—Mortal de necesidad. No se ha podido hacer nada por su vida.
Lo siento.
—¿Dónde?
—¿Disculpe?
—¿Dónde le han dado la puñalada? —pregunto sin poder hacer
nada por que mi brazo tiemble de puro nervio.
«En la zona inguinal. La arteria ilíaca», me adelanto.
—A la altura de la ingle. Los médicos han determinado que le
seccionó la arteria ilíaca.
Regreso a Zarautz.
A casa de Aritz.
Allí está. Tendido en el suelo, más muerto que vivo, cubriéndose
la ingle transformada en manantial de sangre que tiñe sin remedio el
suelo del color de la muerte.
—Su agresor ha sido hallado muerto también. Se ha ahorcado
con una sábana. Además, hay algo importante que debe saber.
—Dígame.
—Su nombre estaba escrito en el suelo con la sangre de Cristino,
y la distancia entre este y el mensaje evidencian que no fue él quien
lo escribió.
Continúa haciendo un llamamiento a la tranquilidad, pues se ha
abierto una investigación que, sin duda, esclarecerá este dramático y
lamentable suceso. Las reminiscencias de su relato han dado vida a
mis recuerdos más oscuros, y no soy capaz de quitársela. Todo se
repite de nuevo. Lo súbito de la situación, la aparente gratuidad de
lo acontecido. Y lo que es peor: alguien le ha utilizado para dejarme
un mensaje de advertencia en fondo y forma. Pero ¿quién? ¿Y por
qué? Mi trabajo solo ha consistido en buscar las pruebas necesarias
para demostrar que Cristino es inocente del crimen que tan
alegremente le han achacado. Tampoco creo que esto tenga que ver
con Gens. Con Álex fuera del tablero, no hay nada que yo pueda
hacer en ese mundo.
A no ser…

Acudo a casa de Señorita para cumplir con mi obligación de cocinero


y contarle lo sucedido a fin de que pueda ayudarme a esclarecer
este sinsentido. Sabía que el de hoy no iba a ser un día normal. Que
algo me aguardaba. Algo lo bastante fuerte como para resquebrajar
mi espejismo de seguridad, aquel que hace levantarnos a los
mortales con la falsa creencia de que no ocurre nada.
Pero no existe un zapato sin su par.
El conserje me informa de que se han llevado a Señorita.
Escuchó una tos muy fea desde la escalera, acompañada de una
profunda sensación de ahogo. Incluso lanzaba cosas a la pared con
la esperanza de que alguien pudiera acudir en su auxilio. Dice que
ha ocurrido hace un par de horas, y que no hacía más que
pronunciar mi nombre.
—Le ha autorizado para la realización de cualquier trámite
relacionado con su ingreso. Está en el hospital Central.
Agarro el primer taxi que encuentro y voy en su busca mientras
siento que mi mundo, el que he ido construyendo a duras penas con
el paso de los años, el que me ha servido para ponerme en pie
después de estar devastado, tirado en el suelo como un muñeco roto
sin más compañía que la de mi amor propio y las lecciones que me
inculcaron los que me quisieron bien, vuelve a resquebrajarse sin
remedio mientras siento que mi alma se me hunde en el estómago y
una nueva era glaciar cubre mi mundo entero.
III

MEMORIA QUÍMICA
1

Domingo, 18 de septiembre

Los médicos han determinado que Señorita tiene neumonía de tipo


bacteriano. Debe permanecer ingresada porque la radiografía de sus
pulmones no indica un buen pronóstico.
No es la primera vez que me encuentro ante una situación como
esta. Lo de mi yaya Sorne fue igual. Nos asustamos, la ingresé y
desde ese momento hasta su muerte mediaron apenas dos días. Ni
siquiera pude despedirme de ella. Dios me la arrancó de mi lado,
igual que hizo con Aritz. Mis seres queridos se han muerto sin que
yo pudiera decirles adiós. Este tipo de situaciones le arranca uno de
cuajo todo aquello que conforma su protección del pasar de la vida.
Las rutinas desaparecen, los quehaceres diarios se esfuman. No
existe más realidad que la de un espacio con sillas vacías, pasillos y
paredes tan blancas que llaman a la desesperación. Y el olor, el
maldito olor a hospital. Olor a miedo, a incertidumbre, rubricado por
la tristeza y decadencia de los cuerpos que un día creímos
invulnerables al paso del tiempo.
Si algo he aprendido desde la última vez, es que nada se ha
detenido para mí. Afuera esperan mis obligaciones y deberes para
con mi trabajo y la casa de Señorita que he de seguir cuidando para
cuando se recupere. Aquí no tengo nada que hacer. Me ha
designado como la persona a localizar en caso de que se produzcan
novedades, así que estaré informado de cualquier avance en todo
momento.
Y, sin embargo, no puedo despegarme de ella.

Aquí está, frente a mí, enganchada a un respiradero cuyo sonido es


melodía para el desasosiego. Al menos, ha salido de la UCI. No sabe
que vengo a verla porque la mantienen bajo sedación. Pero yo hablo
con ella. Con usted, Señorita.
Llevo días sin hablar con nadie. Ni siquiera he tenido noticias de
la familia de Cristino, desolada, imagino, por tan lamentable final.
Siento rabia por ello. A veces pienso que ha sido culpa mía, que no
he sido lo bastante bueno como para que el juez cursara el auto que
le pusiera en la calle, al menos, hasta la celebración del juicio.
También me imagino la respuesta que usted me daría si pudiese
escucharme ahora. «Cósete la herida y levántate, gilipollas», o algo
por el estilo. Usted siempre ha sido muy certera en sus frases, y
siempre ha sabido qué mosca me picaba en uno u otro momento.
Incluso ha sido capaz de percibir episodios de mi vida que guardo
bajo siete llaves.
Estaba usted en lo cierto: tuve un episodio de adicción a las
drogas. A las sustancias, más bien. Fui un adicto. Quizá aún lo soy,
porque siempre queda algo.
Cuando regresé a Potes después de lo vivido en Madrid con
Santiago Borriol, lo hice también al agujero de soledad y dolor que
dejé aparcado con la esperanza de que se mitigase a mi regreso.
Obviamente, no fue así. Regresé con una maleta llena de vivencias,
de nuevos conocidos, de amigos e incluso, fíjese usted, de un amor.
Pero en ella solo encontré fotografías, y la nostalgia, como bien dijo
la noche que nos fuimos de fiesta, es dolorosa. De pronto me
encontré solo, desamparado incluso. Usted sabrá a lo que me refiero
si le digo que es una sensación casi física, una especie de frío
intenso que atenaza cuerpo, mente y espíritu, y los achica. La
muerte de Aritz sigue clavada en mi ser como una estaca en la
tierra. La de mi abuela me produce un sentimiento de desnudez
hacia el mundo. Incluso hacia mí mismo. Tenía a mi cuadrilla de
amigos, pero las compañías producen calores distintos. El que ellos
producían ni siquiera lograba mitigar un mísero ápice de mi vacío.
Por eso empecé a salir. Frecuenté otras compañías, me pateé
discotecas a nivel nacional, raves incluidas, y acabé siendo un
experto en festivales de música donde solo acudía a buscar
escaparme del mundo que me rodeaba mediante el milagro de la
química. LSD, MDMA, 2CB, meta, incluso tripis, puertas todas ellas a
mundos, qué digo mundos, universos paralelos de los que no
siempre salía bien parado, no tanto por las resacas que me
provocaban como por los monstruos que emergían de la nada en mi
cabeza con un realismo casi tangible. Sabía dónde buscar, a quién
acudir y dónde localizar los puntos de Energy Control para
asegurarme de que la sustancia era buena y que la dosis no me
mataría.
Llegué a tener una doble vida tan intensa que me pasaba días sin
dormir. Trabajaba como un cabrón en los despachos donde estuve y
quemaba los fines de semana que ríase usted de Nerón. Los
despidos no se debieron a ese motivo, porque nadie supo nunca
nada, pero contribuyeron en buena medida a mi tendencia
escapista. Como comprenderá, no ayuda el hecho de sentir que uno
no está a la altura de lo que se le pide, o que le hagan la cama
haciéndole parecer un baldraga que no sabe distinguir entre mirarse
el culo y rascarse el reloj. Cuando eso ocurrió, aumenté la
consumición de estupefacientes hasta que un día me di un susto.
Aritz se me apareció. Como lo oye. De pie, frente a mí, con el
cuchillo ensartado en la ingle y una mirada de odio tan intensa que
se me encoge el estómago solo con recordarlo. «Fue culpa tuya»,
me dijo. Yo le decía que no, y que, de ser así, perdonase mi falta.
Entonces se llevó la mano al cuchillo, lo sacó de un golpe seco y me
lo entregó. «Tú me mataste. Clávamelo. Vamos, clávamelo,
desgraciado, mal amigo». Después se me echó encima y sentí cómo
el arma se abría paso a través de sus carnes. Incluso pude escuchar
incluso el sonido que producía. Entonces comprendí que había
emprendido un camino muy peligroso y que mi trayecto por él había
llegado a su fin.
Fui al médico y me dijo que mi nivel de adicción era bajo, pero
existente. Iba a necesitar de una voluntad férrea para combatir el
síndrome de abstinencia y resistirme a la tentación de volver a
meterme algo. Por suerte, otro bufete llegó a contratarme y regresé
con más fuerza que nunca al deporte. Siempre he jugado al pádel,
de ahí que tenga los brazos fuertes. Y fue entonces cuando descubrí
el crossfit. Yo sé que le está sonando a chino todo lo que le estoy
contando, pero no se preocupe porque lo va a entender. El caso es
que descubrí en ello una disciplina que casi se ha convertido en
religión. Por eso estoy como estoy, más cuadradote, un poco más
ancho, quizá, pero sin llegar a la gordura ni mucho menos, bien lo
vio usted cuando la pillé mirándome en el espejo del baño la
mañana en que me di una ducha para despejarme y
desentumecerme del sofá, que no se lo he dicho nunca, pero ya
podría cambiarlo porque es más blando que una puñetera esponja.
El deporte fue lo que me salvó. Eso y leer. Filosofía, sobre todo. No
autoayuda ni mierdas de esas, no. Filosofía de verdad. A veces me
da por pensar que, en mis años más oscuros, tres fueron los amigos
que no me dejaron ni a sol ni a sombra: Séneca, Boecio y Merlí
Bergeron. Escudriñar sobre la naturaleza humana, la virtud, la
felicidad, la brevedad de la vida, el consuelo de la filosofía y el tour
de pensadores al que me invitó el último individuo que he citado y
que no es sino el protagonista de una serie que lleva su nombre,
reactivaron mi mente y la llenaron de preguntas. Como buen
sagitario. Así me llamaban a veces los de mi cuadrilla, Sagitario.
También esa es la razón por la que decidí cambiar de aspecto,
dejándome el pelo más largo, algo de barba y, lo más importante,
los aretes en las orejas como credencial de mi paso por el infierno.
Porque pasé por allí. Vaya si lo hice. Bajé, padecí, sufrí, me
atormenté. Y subí. Y lo hice solo. Nadie podrá jamás quitarme eso.
Pero, doler, duele.
Duele.
Duele…
2

El cansancio me impide dormir esta noche. Señorita permanece


frente a mí, con un gotero conectado al brazo izquierdo y sedada. Es
una suerte que esté sola en la habitación. Junto a su cama se
encuentra el sofá donde pretendo descansar. Por suerte, la
enfermera de guardia es comprensiva y me ha dado un Orfidal. Sé
que no debo, pues se trata de un opioide que puede despertar al
diablo y sus tentaciones de volver a flotar sobre polvos de colores.
Soy consciente, pero me arriesgo. Hoy necesito hacerlo.
Nunca había hablado abiertamente de mi episodio con las
drogas. Es una herida que necesitaba el soplo del verbo para poder
airearse y así desterrar falsos nublos que lo tornen aún más oscuro
de lo que fue. Pero el escozor está ahí, y aún pica.
Procuro no pensar en ello. He conseguido encajar mi cuerpo en
el sofá y la respiración comienza a ser profunda. Siento cómo mis
músculos se abandonan al descanso y los párpados comienzan a
adquirir el peso de dos muros que les obligan a cerrarse mientras el
sonido de los coches me resulta cada vez más ajeno. La fase de
duermevela me gusta, es el lugar que separa lo lúcido de lo onírico,
una frontera con la realidad que da paso al universo inmaterial de
los sueños que invita a fundirse en él con cantos de sirena. El
cerebro articula voces, incluso visiones tan irreales como lógicas que
se apropian poco a poco de la consciencia hasta relegarla a las
profundidades del sueño.
Y así, poco a poco, el sueño cede y mi consciencia se desdobla
de mi propio cuerpo hasta el punto de que ya no estoy en él.
Yo dejo de ser yo.
Pero Miguel se ha quedado dormido.
Le veo, acurrucado en un sofá que le queda pequeño y que,
probablemente, le hará despertar con dolor de espalda. Su soliloquio
con Señorita ha terminado por agotarle. Llevaba años queriendo
hablar de ello, mas no encontraba la persona adecuada. Ni siquiera
Fabio, su mejor amigo, ha sabido jamás de aquel oscurísimo
momento. Y es que hay cosas que uno debe vivir solo.
Miguel califica a Fabio como su mejor amigo, pero no se lo dice
ni a sí mismo. Hacerlo le hace sentir culpable. ¡Ah, la culpa, vieja
compañera de la condición humana! La Historia está llena de tu
finísima dentellada. Miguel la siente en el centro del pecho, donde
cree que habita el alma. Y tiene nombre y apellido. Aritz Zabalburu.
Muchos han sido los intentos de quienes le aprecian por alejarle de
ese nefasto episodio vital, y todos han fracasado.

En este viaje donde nada es verdad ni mentira, Miguel viaja en el


tiempo hasta aquellos veranos en Zarautz donde el mundo se
centraba en la playa y sus míticos toldos rayados. Ve con claridad
meridiana a la que era su cuadrilla de entonces. Iratxe, la única
chica, Eneko, Aritz y él mismo. Cuatro almas capaces de ver
amanecer dos veces consecutivas sin dejar de vivir un solo instante
todo cuanto la vida les ponía de por medio. De los cuatro, solo Iratxe
no surfeaba. Ese era el único momento en que se separaban.
Cuando llegaba el momento de ensayar las canciones que
componían para la banda que formaron, de nombre Aurrera, se
sincronizaban hasta el punto de tocar como una sola persona. Les
encantaba esa palabra vasca, «aurrera». Hacia adelante. Siempre
hacia adelante.

Allí está Aritz. Miguel le mira y no puede creerlo. Puede tocarle, oírle,
saberle vivo o, al menos, en su propio plano. Quiere hablar con él,
pero no puede. Cuando llega el momento, sus palabras cobran
voluntad propia y desvarían, a lo que Aritz responde con coherencia
absoluta. «¿Qué te has hecho en el pelo? ¿Y por qué te has puesto
aros en las orejas?», pregunta este. Miguel conoce la respuesta,
pero no la sabe. Tampoco puede hacer nada para que Aritz desoiga
la llamada de Eneko, que acaba de abrir una botella de txacoli.
Miguel también acude a la llamada, pero, cuando lo hace, ya no
están en la playa, sino en una cala cercana. Conoce de los temas
que tratan y se escucha a sí mismo integrándose en la tertulia, pero
cree decir incongruencias. Acuerdan que esta noche se van de fiesta
a Lasarte y echan a suertes quién hará de chofer. La suerte ha
querido que Iratxe sea la afortunada. Ella no podrá beber. En teoría.
—Sí… Lo recuerdo muy bien.
Claro que lo recuerdas. Aquella noche fue el principio del fin.
El plan comienza como tantos otros; primero beber en un parque y
luego ir al PK2. Han comprado bebida de más y no quieren
desperdiciarla. Todos beben, incluida Iratxe, aunque ella sabe
cuándo tiene que parar. Seguido de Aritz, Miguel es el que va más
borracho. Eneko le llama a la prudencia. «La vas a liar, Migueluco»,
dice con su característica voz rota, inalterable con el paso de los
años. No entiende lo que dice a continuación. Son palabras alteradas
en su frecuencia, incoherentes unas, incomprensibles otras. «Voy a
morir por tu culpa», exclama de pronto Aritz sin parar de reír.
Aquello no le hace gracia a Miguel, pues conoce el final de la
historia, pero se aferra afanoso a la idea de que esta noche todo
puede cambiar.
Qué ilusos los que piensan que pueden burlar al destino.
Ahora Miguel está con Iratxe. Hablan, ríen, bailan. Desde la
barra, Aritz no les quita el ojo de encima. Miguel es capaz de sentir
los celos que destila esa mirada lejana, y el conocimiento de los
hechos le hace comprender cómo se siente Aritz, secretamente
enamorado de Iratxe e incapaz de manifestarle sus sentimientos
porque ella bebe tempestades por Eneko. Todo eso se lo está
diciendo Miguel a sí mismo. Eso, y que Eneko nunca ha sentido el
más mínimo interés por Iratxe. Sumado a la excesiva prudencia de
Aritz, ha visto el camino libre para llevarla a un rincón, bailarle el
agua y lograr que ambos se dejen llevar al son de la bachata que
suena y que precede a los desenfrenados besos que comienzan a
darse en una esquina de la pista. Besos que saben a sangre, culpa y
traición. Besos que se transformaron en golpes a la salida de la
discoteca.
«Confiaba en ti, cabrón», le dice Aritz en medio de la calle. «Eres
un puto traidor que siempre va a la suya, y nunca dejarás de serlo».
A Miguel le duelen esas palabras. «Pero estoy en Madrid», responde,
como si aquello tuviera algo de lógica.
«Y yo sigo aquí. En el mismo sitio. Por tu culpa, Miguel. Por tu
culpa».
—Yo quise ayudarte —balbucea Miguel en la habitación. Le
parece escucharse a sí mismo.
Pero sus palabras no pueden alterar el orden acontecido. Miguel
tiene ahora el teléfono en la mano. Han pasado dos días desde que
en su discusión con Aritz se dijeran lo más grande. «Por eso estás
solo en la vida, Miguel», recuerda que le dijo, para luego aludir a sus
difuntos padres y la vida que llevaba en Potes. Las llamas de la furia
le hicieron hervir el cerebro y comenzaron a pegarse. Iratxe lloraba
suplicante por que ambos cejaran en el empeño de hacerse daño.
Miguel. Aritz. Aritz. Miguel. Ambos sabían que esos golpes estaban
rompiendo algo más que sus caras.
«Aritz, soy Miguel. No tengo excusa para lo que pasó anoche…
¿Podemos vernos? Me siento fatal».
Mensajes de voz, wasaps, llamadas perdidas. Aritz no responde a
ninguno de sus ensalmos. Miguel sabe por qué, pero no quiere
reconocerlo. Le da una voz a su abuela: «¿Por qué la casa está
vacía?», avisando de que va a salir. Cruza el umbral de la puerta y
corre hacia la casa de Aritz. Las piernas le pesan y corre al ralentí.
Cuanto más quiere apretar el paso, más despacio se ve obligado a ir.
Allí está la casa.
La puerta está abierta.
¿Por qué está abierta la puerta?
«¿Aritz? No pienso irme sin que…».
Aritz no puede contestar.
Está en el suelo.
Tumbado boca arriba.
Cubierto de sangre.
Le mira como una cría indefensa esperando a sus padres.
No quiero verlo.
—Pero vas a tener que hacerlo.
«Miguel… Me muero —dice compungido—. No quiero…».
—Y tú corres hacia él. No te importa mancharte de sangre por tu
amigo. El instinto reacciona por ti. Te arrancas una de las mangas de
la camisa e intentas hacerle un torniquete. «No te vas a morir», le
dices sin creértelo mientras llamas al 112. Pero tu empeño por
salvarle se queda en papel tan mojado como la manga de la camisa
que acabas de utilizar.
»De rodillas, le tomas entre tus brazos y presionas la herida con
todas tus fuerzas pidiéndole por Dios bendito que no se duerma.
Aritz intenta decirte algo, ¿no lo ves? ¿Acaso no aprecias en sus ojos
la amistad inquebrantable que siempre os ha unido?
Fue culpa mía.
—Fue porque así tenía que ser. No puedes cambiar el pasado.
Tienes que consolarte con eso.
Tengo que consolarme con eso.
—Aritz comprende que ha llegado el final. Posa la mano sobre la
tuya para que la retires de la herida mientras te mira a los ojos y te
dice que no quería acabar así. Y se marcha. Parte al plano donde
ahora se encuentra. Pero no antes de decir una última palabra.
»¿Recuerdas su última palabra, Miguel?
»Te llamó “amigo” antes de expirar.

Y el dolor se hace corpóreo. Le presiona la caja torácica, le estira
los músculos del tronco hasta el desgarro mientras su garganta se
resiente de la angustia que produce semejante rosario de amargura.
También hace frío, mucho frío. Sorne también ha muerto. Miguel
está solo. El paréntesis vital que tuvo en Madrid hace tres años y
que le sirvió para esclarecer dos crímenes y enamorarse de nuevo,
no ha podido con el memorial de pesares atado a su espíritu como
una bola de hierro.
Aritz ha dejado de ser Aritz. Ahora el cuerpo es de Cristino, el
pelo es de Cristino. Y la mirada, incluso la ropa. Álex Jon está detrás
de Miguel. «¿Por qué me buscas?», le escucho decir mientras un
cantar de cisne resuena en las paredes como el eco de una caverna.
Un perro lobo cruza la entrada y avanza hacia Miguel. Ya le conoce y
no le teme. «Cuidado», vuelve a escuchar mientras todo a su
alrededor se vuelve geométrico y de colores chillones, como el
último viaje que le dio aquel chute de LSD y por el cual dejó de
consumir.
Duele.
Duele.
Duele…
Miguel grita. Todo es tan real que el desdoblamiento toca a su
fin. Ahora Miguel deja de mirar a Miguel para volver a ser yo de
nuevo. Todo continúa en silencio y la noche aún continúa reinando.
No sé qué ha ocurrido. Todo era tan real, tan palpable, que por
un momento pensé en la posibilidad de haber vuelto al pasado. Lo
cual, por otro lado, no deja de ser cierto.
Aritz… ahora lo recuerdo. Te juro que encontraré al que te quitó
la vida y le haré pagar por ello.
Salgo de la habitación para pasear un poco por el pasillo hasta
detenerme en la sala de espera, donde un enorme ventanal
recuerda que hay vida más allá de estos muros. Afuera, la noche
está muriendo para dar paso a un nuevo día. Como en mi alma, la
luz comienza a desterrar poco a poco la oscuridad que durante tanto
tiempo la ha embargado. Respiro con serenidad. «Ya ha pasado»,
me digo. «Solo ha sido un sueño».
Pero sé que no es así. Que he pasado unos segundos en la
frontera de lo irreal y lo tangible. Que he podido encontrarme cara a
cara con mis demonios. Y que he visto a Aritz. Le he visto a él, en
este tiempo y lugar. Porque, en donde él se encuentra ahora mismo,
ver es sentir. Y yo le he sentido. A él y a las palabras que resuenan
en mí como un halo de paz en medio de la confusión.
«Amigo… Aurrera».
3

El vapor del agua cubre la luna del espejo donde se refleja mi


cuerpo desnudo tras una ducha donde he limpiado el sudor y las
lágrimas acumuladas en el pasar de los años. Mi rostro aún no se ha
recuperado de la impronta que deja el llanto. Mi cuerpo abraza
sosiego y dolor por igual. Incluso tengo la sensación de que respiro
mejor.
No sé qué ha ocurrido esta noche. Parece que el Orfidal haya
desanudado una cadena de recuerdos que llevaba oprimiéndome el
corazón durante demasiado tiempo. Su liberación conlleva el precio
de la herida en carne viva. Pero es una herida limpia, liberada de la
purulencia que ha salido por fin del interior para poder comenzar a
sanar. Sé que no quedaré igual que como era. Que no volveré a ser
el mismo, pero seguiré siendo yo. Las transformaciones duelen, pues
alteran el cuerpo antiguo, lo destruye y desecha aquello que no le
sirve por muy apegados que estemos a ello. Eso es aceptar la
realidad, ya que nunca podremos comprenderla ni mucho menos
controlarla.
Siempre he pensado que procesar algo así no es cuestión de uno
o dos días. El hecho de que lo vivido esta noche haya supuesto un
clic en el que todo se ha vuelto patas arriba, no es más que el
colofón de años y años de acumulación insana.
Ni siquiera me siento bien mirándome al espejo. Ese ya no soy
yo. Ese pelo largo ya no me pertenece, y mucho menos la barba. Ni
los aros. Mi cuerpo, sin embargo, refleja el fruto del esfuerzo y el
tesón por salir del abismo. Mi espíritu invita a abordar lo que me
espera al otro lado de la puerta con serenidad, perspectiva y altura
de miras.

Ya vestido, siento la necesidad de volver a la pensión y cambiarme


de ropa. La que llevo está usada y huele a tristeza. Creo que la voy
a tirar.
Vuelvo a mirarme al espejo, algo más despejado de bruma. Mi
pelo mojado, aunque me cubre las orejas, no me impide ver los aros
que me puse en señal de recordatorio para no volver a transitar
nunca más por el oscuro y engañoso mundo de las drogas. No fue
ese el único motivo, por supuesto. Arrastran el dolor y la culpa que
me han estado torturando hasta el día de hoy. Retienen la pena del
adiós y los espíritus que ya deberían haber volado.
Pensaba que ya no me quedaban lágrimas en el cuerpo, pero no
es así. Vuelvo a pensar en Aritz y en mi yaya, la única familia que he
tenido y que recuerdo al morir mis padres cuando yo solo tenía tres
años. Fue ella quien me educó, quien me enseñó todo lo que sé, la
que siempre acertaba cuando no le quedaba otra que dar consejos a
pesar de que odiaba hacerlo. También me abrió el camino a buscar
más allá de lo evidente, y a no dar nada por sentado, pues nada
ocurre nunca por casualidad, todo ello sin olvidar su más valiosa
lección: todo pasa. Lo bueno y lo malo. La vida es una rueda de
sabiduría que se detiene cuando es el momento de detenerse. Por
eso me regaló una de sus cartas del tarot. Desde entonces, la rueda
de la fortuna custodia mis pasos allí donde voy.
El vaho va desapareciendo poco a poco del espejo y puedo
contemplar cómo mi imagen abandona el esbozo en que se había
convertido hasta que consigo mirarme directamente a los ojos. Ya no
soy quien veo, pero nada puede cambiar el hecho de que ese fui yo.
Desterrarle por completo no sería honesto por mi parte. Yo estoy
aquí por ese Miguel, la persona que regresó a Madrid en busca de
respuestas y una nube de culpas que, como la bruma del espejo,
logró distorsionar mis recuerdos hasta convertirlos en la lanza que
tantos años lleva atravesándome el corazón. La muerte de Aritz es
una carga que llevaré atada a la espalda mientras viva, pero, al
menos, sé que no murió enemistado conmigo. Eso hace que mis
fuerzas por esclarecer el crimen que se lo llevó hayan aumentado
aún más. Mi misión es encontrar a su asesino, pero ese cometido
pasa por el caso de Lola. Sé que Gens tiene algo que ver en ello, no
sé si para bien o para mal. Es un grupo lo bastante oscuro como
para que sus intenciones puedan oscilar a ambos lados de la
balanza. Y Álex es la única persona que conozco capaz de
adentrarse en las profundidades de lo más sucio. Quizá pueda dar
con él cuando todo esto termine.
Me llevo las manos al aro izquierdo y libero mi lóbulo de su
simbología. A partir de ahora, solo uno será el que me recuerde
quién fui, quién soy y cómo he llegado a serlo. A la izquierda, el
corazón. La memoria, a la derecha.
Una enfermera le está cambiando el gotero a Señorita. Sus
constantes son buenas y hay muchas posibilidades de que se
recupere. Respiro aliviado mientras me acerco a ella. Conociéndola
como la conozco, estoy seguro de que percibe mi presencia. No me
atrevo a tocarla, pues nuestra amistad no lo contempla. Lo único
que puedo hacer es dejar sobre la mesita el aro que ya jamás
utilizaré como regalo a todo lo que me ha aportado. Sé que este no
es el final. Que queda mucho por hacer. Ahora estoy más decidido
que nunca a encontrar a Álex Jon.
«Qué no daría yo por empezar de nuevo», la escucho cantar.
Sonrío. Ojalá pudiera ser así. Ojalá todo fuera distinto. Pero, como
dijo mi colega Boecio, «no es hora de lamentar, sino de poner
remedio».
Yo no puedo comenzar de nuevo. Pero sí puedo recomenzar y
terminar lo que debe ser terminado.
IV

PERFIDIA
1

Lunes, 19 de septiembre

Maudes me espera en el Baker Street tomando una cerveza negra.


Reconozco que tiene guasa tratar con un inspector de policía en un
lugar cuyo nombre es tan significativo a nivel literario. Se sorprende
al verme. «Joder, vaya cambio», exclama, «no te había reconocido».
He dicho adiós a mi melena y ahora solo llevo sombra de barba.
Quería un cambio radical, así que me he dejado los lados al uno y un
poco más en el resto de la cabeza. Me gusta, aunque debo
reconocer que no acabo de acostumbrarme al frío del aire en esa
zona.
—Te me has adelantado.
—Necesitaba salir de comisaría. Hay días en que el cuerpo dice
«basta», y es necesario escucharlo. Además, quería hablar contigo
con calma.
—Tú dirás.
—Estoy al corriente de lo que le ha pasado a Cristino, y que, por
tanto, técnicamente estás fuera del caso. Lo lamento, Miguel.
Menuda hostia.
Mis gestos hablan por mí. Le doy la razón, pero solo en parte.
—Cristino sabía que el único modo de demostrar su inocencia era
encontrando al culpable. Me pidió que investigara para recuperar su
honra. Puede que haya muerto, pero queda su memoria y su
voluntad. Tengo que hacerlo. Además, me pagó por ello.
—Pero ahora no puedes hacer nada. Además, no tienes licencia
de investigador privado.
—Tampoco la tenía cuando metí las narices en el caso de Mónica
Durán, y mira lo que pasó. Ya sé lo que vas a decir: que aquello fue
distinto y que los factores que se dan en este caso no tienen nada
que ver con aquello. Soy consciente, inspector, pero no creo que lo
que quiero hacer precise de ningún título. Solo necesito observar,
hablar y armar las piezas que encuentre para darles un sentido.
Maudes apura su cerveza antes de tomarse unos segundos para
entresacar una carpetilla similar a la que me enseñó con respecto a
César. Antes de ponerla sobre la barra, se detiene y mira a su
alrededor. Un rápido vistazo le hace llegar a la conclusión de que no
es lugar para hablar de algo tan serio, y mucho menos confidencial.
—Demos un paseo.

Nuestro recorrido dura poco. Nos sentamos en uno de los bancos


que se encuentran frente al edificio Cuatrecasas. La mayor parte de
su personal continúa trabajando a esta hora de la noche. Las
ventanas y motos aparcadas junto a nosotros dan buena cuenta de
ello. Maudes repite el proceso. Busca en su bandolera y extrae de
nuevo la carpetilla. Como en la otra, tiene el sello de la policía
nacional.
—Como sabía que ibas a decir lo que me has dicho sobre
continuar investigando por tu cuenta, y dado que has sido el
abogado de Cristino y eres en parte conocedor del asesinato de
César, me parece de justicia que conozcas los últimos avances. No sé
si lo sabes, pero el juez ha levantado el secreto de sumario esta
misma mañana. Esta es la autopsia de Lola.
Un escalofrío me recorre la espalda al tocar el montón de
papeles. Mala cosa. Cuando mi cuerpo se pone en guardia por algo
tan nimio es que algo no encaja o, en el peor de los casos, no va
bien. Tengo delante de mí un informe al que no debería tener acceso
por muy buenas que sean las intenciones de quien me lo
proporciona. Maudes me mira atento y pregunta qué me ocurre. Le
respondo que solo ha sido un escalofrío.
¿Desde cuándo un inspector de policía hace partícipe a un civil de
sus indagaciones?
Aquí hay algo que no me gusta.
—Lifante, ¿hay algún problema? Si no te sientes cómodo, puedo
hacerte un resumen.
Tras un largo suspiro, asiento con la cabeza y le devuelvo el
informe al inspector.
—Tranquilo. Es natural.
—Supongo que sí. Al fin y al cabo, yo no tendría que ver eso.
Los ojos del policía se centran en los míos durante un instante.
Ha sonreído.
—Se confirma que el disparo se realizó desde la ventana de
Cristino con un rifle de Cerrojo Bergara Premier Mountain 2.0., el
mismo que encontramos en su casa. Las huellas encontradas
también le pertenecen. Se ha comprobado que el arma es
reglamentaria, comprada en el mercado legal y que Cristino contaba
con licencia de armas tipo D o permiso de arma larga rayada. Ni que
decir tiene, fue el tiro lo que acabó con la vida de esa chica.
—Nada con lo que no contase previamente. No habríamos
ganado el juicio ni de coña.
—No con esas pruebas, desde luego. Esa parte del informe no
me produjo demasiado interés. Lo que sí ha despertado mi
curiosidad es esto último.
Leo con detenimiento lo que queda del informe hasta detenerme
en el punto al que Maudes se acaba de referir. De todas las
posibilidades que había contemplado, esta era la que menos cabía
esperar.
Lola estaba enferma.
Muy enferma.
—Cáncer de páncreas —leo estupefacto.
—Fulminante y terminal. Por lo que he podido averiguar, ningún
miembro de la familia tenía conocimiento de ello. Llevaba la
enfermedad en secreto y, por tanto, era consciente de que le
quedaban pocos meses de vida. Te puedes imaginar el mazazo que
les ha supuesto enterarse.
—Y continuó como si nada pese a ello… Tenía coraje, la tía. Quizá
quería casarse como última voluntad y César no pudo negarse.
—Entra dentro de lo posible. La cuestión es que aquí no hay
nadie limpio.
—Todos tenemos secretos, inspector.
—Lo sé. Pero algunos no se molestan demasiado en guardarlos.
—¿Qué quieres decir?
Maudes me cuenta que estuvo en el piso de César como parte de
la investigación y que Diana estuvo presente. Parece que la reina de
los Alcatraces se amilanó de forma notable con el inspector. Dice que
encontró una fotografía polaroid escondida en su cajón de ropa
interior en donde podía apreciarse a César y una chica pelirroja
posando más que acaramelados. El reverso mostraba una nota con
un beso estampado.
—También encontré una pulsera electrónica de gimnasio, de esas
que activan el torno para acceder. Según he podido averiguar,
pertenece al gimnasio Forus. Está en la zona de Tribunal.
—No he ido nunca.
—Yo sí. Por eso pude entrar como cualquier otro cliente e
interesarme por Esteban, pues así es como le conocían allí. Al
parecer, era un pavo real que adoraba lucir tipo en redes sociales.
Sin embargo, todas sus cuentas están desactivadas. Probablemente
lo hizo para que Lola no encontrase ningún rastro sobre él. Utilizaba
ropa deportiva cara y siempre estaba al tanto de las últimas
novedades en cuanto a fitness se refiere. También le gustaba
comparar su cuerpo con el de los demás. Era un…
—Un gilipollas de enciclopedia.
—También. Lo que quería decir es que era un tipo con un grado
de vanidad tan grande que se convirtió en una especie de celebridad
en el gimnasio. Muchos le bailaban el agua, y él correspondía a los
halagos con entradas gratis a las discotecas más exclusivas. Lo
sorprendente es que él trabajaba en Danceland, que no tiene ni
mucho menos el caché ni el nivel de las otras.
—Lo que te lleva a preguntarte cómo podía permitirse la ropa
que compraba.
Maudes asiente.
—Sus cuentas solo reflejan el sueldo que percibía de Danceland.
Mil ochocientos euros mensuales que complementaba con algún
trabajo como stripper en despedidas de soltera. Eso no cubre ni de
coña la vida que llevaba. Por supuesto, también tiene a su nombre
una cuenta suiza que no se puede rastrear. Me juego el cuello y no
lo pierdo a que este tío era un gigoló de alto standing. No tienes
idea del dinero que mueve ese negocio.
Pensar en la posibilidad de que Lola contratase los servicios de
César es una tentación bastante grande a la que ninguno de los dos
nos hemos podido resistir. Pero ¿qué sentido tendría? Lola intentó
matarse cuando recibió la noticia de su falso asesinato.
—Lo único que sé es que ambos casos se conectan de alguna
manera. Quizá hayamos estado mirando hacia la dirección
incorrecta, centrándonos siempre en Lola y dándonos de bruces con
las evidencias más que aplastantes de que fue Cristino quien la
mató. Es un foco muy potente que nos ha estado cegando todo este
tiempo. Pero ¿qué hay de César?
Viene a mi memoria el momento en que Jesús Pasión me confesó
la asquerosa jugarreta que le hizo a su hija pagando a César una
enorme suma de dinero a cambio de que fingiera su propia muerte y
así asegurarse de que no volvería a acercarse a Lola. Maudes dice
que necesita otro trago y sugiere volver al bar.
—Ahora la pregunta es quién lo mató y por qué. ¿No te llama la
atención que muriera exactamente igual que como tenía previsto
fingirlo?
Asiento. Mi cabeza se dispara y comienza a centrifugar mientras
trazo círculos y cruces con el dedo sobre el papel.
El patriarca de los Alcatraces acuerda un montaje con César para
desaparecer de la vida de Lola, el mismo a la que Diana le tiene
arrendado un piso de su propiedad del que se ha desentendido
totalmente. Al mismo tiempo, Lola padecía una enfermedad que iba
a poner fin a sus días tarde o temprano. Hay muchos hilos de los
que tirar. Y, no sé por qué, intuyo que la solución a esta carajera se
encuentra escondida entre ellos.
Cristino tenía razón. Esa gente es muy rara, incluida Lola. Es
como si cada miembro de los Alcatraces fuera por su lado, como si
su buen nombre solo sirviera para dar lustre a los titulares del papel
cuché mientras el interior de la familia, ejemplar, unida, perfecta, el
sueño aspiracional de cualquier iluso ajeno a la auténtica vida, es en
realidad un pudridero de agravios, envidias e intereses creados para
cuyos fines está justificado cualquier medio. No tengo más que
recordar el desagradable episodio de la cena donde la segunda
mujer de Jesús Pasión apenas tardó en recordarme que ellos tenían
dinero y yo solo soy un abogaducho que no tiene dónde caerse
muerto mientras gorronea en la mesa de los pudientes con el único
objeto de rascar miseria. Las miradas que se echaban unos a otros
fácilmente podrían materializarse en rayos, las puyas que escuché
goteaban inquina solo de escucharlas, incluso llegaron a amenazarse
mientras el patriarca daba golpes sobre la mesa en un arrebato de
irracionalidad. Jesús Pasión… Dios le ampare, imbécil. La poca
empatía que llegué a sentir por él desapareció en cuanto le vi
asomar su sonrisa al enterarse de que la muerte de César es real.
Incluso sentí ganas de pegarle. La gente como él, cegada por el
poder y la ambición por conseguir aquello que se le ponga entre ceja
y ceja, tienen el alma muerta. Lo peor es que son conscientes de
ello, y eso les hace aún más peligrosos, porque saben que es
irrecuperable y que, por tanto, no tienen nada que perder.
—Maudes, quiero ayudar.
—Ya lo estás haciendo.
—No. Sabes bien a lo que me refiero. Quiero ayudar, estar
presente, ser trabajador de campo.
—¿Me estás pidiendo que te permita acompañarme durante la
investigación?
—¿Y por qué no? Tú sabes cosas, yo también. Y los Alcatraces no
tienen ni idea de nuestra pequeña colaboración.
El rostro del inspector se ensombrece.
—Lo consideraré. Pero no prometo nada.
—Es un avance —respondo satisfecho mientras continúo
jugueteando con el dedo sobre el informe. Me detengo en cuanto
caigo en la cuenta de que Maudes no deja de mirar mi pierna.
—Hostias… —murmura.
—¿Qué pasa?
—Lo que hacías con el dedo. Acabo de… Joder, ¿y sí?…
—Inspector, me estás empezando a poner un poquito nervioso.
¿Qué pasa?
Se levanta de sopetón y guarda precipitadamente el informe de
autopsia en la bandolera.
—¿Tienes algo que hacer esta noche?
2

La comisaría es uno de esos lugares donde el paso del tiempo


resulta completamente ajeno a la incomodidad que se respira en
ella. El turno de noche ha empezado hace poco. Hay menos ruido de
lo acostumbrado, menos personal, menos presión del entorno con
sus idas y venidas. Pero la atmósfera es la misma. Y no me gusta.
Maudes camina con determinación hacia su despacho y yo le sigo
como su sombra. Se cruza con algún compañero que no se
sorprende de verle. Parece que su presencia a estas horas es un
habitual más frecuente del que pensaba. Diría que es uno de los
pocos inspectores de policía que cuentan con despacho propio. Mi
deducción se basa en las series de policías que llevo viendo desde
quién sabe cuándo, donde los inspectores, aun teniendo mesa
propia, se encuentran en zona común. Cierra la puerta tras de mí y
me indica una silla para sentarme mientras abre el cajón de su mesa
y extrae lo que parece ser una pieza negra y cuadrada.
—Esto es una body cam. Algunos agentes de policía la utilizan
para registrar en vídeo todo cuanto ven y oyen, ya sea en el
transcurso de una investigación o patrullando las calles. Aquí está
recogida la media hora larga de mi visita al piso de César. Diana
también aparece. Siempre es bueno recoger este tipo de
documentos por si se nos pasa algún detalle. Ven, ponte aquí. —
Señala con la mirada mientras conecta la cámara al ordenador—. A
ver si recuerdo cómo va esto… Ahora. Te advierto que va para largo.
Puedes hacerte un café, si quieres. La máquina es mía. Lo digo
porque el que se ofrece aquí es prácticamente agua sucia.
Como sé que nos vendrá bien a los dos, sugiero ponerle otro a él
y acepta sin reservas y sin dar las gracias. Tardo lo mismo que su
ordenador en hacer una copia de seguridad. «El presupuesto es el
que es», dice en respuesta a mi comentario sobre la antigualla que
le ocupa media mesa. «Mientras sea útil, no hay nada que objetar».

Comienza el vídeo. Diana abre la puerta y Maudes entra primero.


Apenas hay luz natural y no se ve nada hasta que la De los
Alcatraces enciende el interruptor. Maudes gira sobre su propio eje y
cruza unas palabras con ella mientras desactiva la alarma. A
continuación, comienza a inspeccionar la entrada. En realidad, no
hace más que pasear con la tranquilidad de saber que lo está
grabando todo. Diana se limita a quedarse en la puerta y dejar que
el inspector haga su trabajo. Le pregunta sobre el alquiler, sobre si
sabía quién era César en realidad y varias cuestiones relacionadas
con el mismo asunto. La mujer se desentiende de todo aquello y
echa balones fuera hacia su administrador. Pudiéndoselo permitir, es
una actitud más que comprensible, y quien lleve a cabo la tarea no
tiene por qué conocer la vida personal de su jefa. Sube las persianas
y continúa la inspección. El piso es amplio y bien amueblado. Nada
mal para un piso de soltero.
El viaje continúa al cuarto de baño. Las imágenes describen a
una persona muy ordenada y meticulosa, lejos de lo que cabía
esperar en el concepto que tengo de este individuo. Maudes abre
cajones y puertas, examina lo que guardan y los cierra entre
murmullos de «por aquí todo bien» o «aquí no hay nada relevante».
La cosa cambia cuando llega al dormitorio y abre el cajón de la
mesita de noche. Los condones parecen ristras de ajo y tiene gel
lubricante como para llenar el lavabo. Es entonces cuando encuentra
la famosa foto de César y la tal Gina. La examina y la guarda
mientras pregunta a Diana si la conoce. Su respuesta se escucha
lejana, pero es inteligible. Después, la pulsera del gimnasio. Diana
accede a que Maudes se lleve lo que considere oportuno. Revisa de
nuevo la habitación y, por supuesto, encuentra antifaces, máscaras
de luchadores mexicanos, tangas, botas, un látigo y varias esposas
recubiertas de terciopelo barato. Supongo que el hecho de estar
grabando audio y video le hará cuidarse de pensar en alto.
—Aquí es donde yo quería llegar. Fíjate en su cara.
El inspector regresa al salón e informa a Diana de que ha
terminado. El rostro de la mujer es más tenso que antes, aunque su
actitud parezca decir lo contrario. Maudes baja las persianas y
regresa a la entrada, donde Diana espera.
—¡Joder, lo sabía! —exclama de pronto.
—Creo que me he perdido.
—Lo vas a ver en seguida. Voy a volver al principio. Fíjate bien en
el panel de la alarma. ¿Qué ves?
Intento fijarme en un detalle concreto, pero no veo más que un
panel básico.
—Mira aquí —dice ampliando la imagen—, en la esquina superior
izquierda. ¿Ves el dibujo?
Ahora sí. Es un círculo dividido en cuatro sectores, lo cual quiere
decir que contiene una cruz.
—Ahora volvamos al final, cuando vuelve a conectarla.
Me fijo de nuevo en el detalle. Es sorprendente la capacidad de
observación de este tipo.
—¿Te das cuenta? ¡No está! ¡Lo ha borrado! ¡Por eso estaba tan
nerviosa!
Repite el proceso para corroborar el hallazgo.
—¿Y por qué iba a hacer una cosa así? ¿Qué importancia tiene?
—En una investigación todo tiene importancia, Miguel. El diablo
se esconde en los detalles pequeños. Esa mujer borró el dibujo por
alguna razón. En primer lugar, eso nos dice que es tremendamente
meticulosa con lo que hace. Necesita controlarlo todo. En segundo
lugar, que es muy observadora. Y en tercer lugar…
—Que está escondiendo o sabe algo que no quiere que sepamos
—deduzco.
Maudes asiente mientras dibuja el símbolo en el papel.
—De todos los signos que existen, este es uno de los menos
casuales. Y siempre significa lo mismo. ¿Qué te dice una cruz dentro
de un círculo?
Ahora sí. Claro.
—Un objetivo. Un blanco a abatir.
Maudes precisa.
—Una diana, Miguel. Una diana.
3

Viernes, 23 de septiembre

O mi gusto es cuestionable, o la discoteca Danceland está mejor de


lo que esperaba. La pista de baile es enorme, las barras están bien
situadas, no son especialmente pijoteros a la hora de seleccionar
quién entra y quién no en función de la ropa del vestuario y las
tarimas de los gogós no estorban.
Por lo que pudiera pasar, Maudes y yo nos hemos vestido de
punta en blanco para no tener problemas con el puerta. La música
es más que aceptable. Hace más de dos años que no piso una pista
de baile y tengo que contenerme para que no se me vayan los pies.
El inspector es mucho más comedido. Otea el entorno como un
animal en busca de alimento mientras se camufla entre el gentío.
Hemos acordado antes de entrar que no nos perderíamos de vista,
así que no me queda otra que seguirle. Maudes tendrá unos treinta
y siete largos, pero no desentona en absoluto con el ambiente que
hay en la discoteca. Se fija en las tarimas, donde bailan dos gogós.
Chica a la izquierda, chico a la derecha. Sus apolíneos cuerpos
parecen hechos para bailar. Qué envidia moverse así, joder. Parece
que sus mentes estén conectadas con el ritmo de la música. Se les
ve abstraídos, indiferentes a la clientela y los piropos que, de cuando
en cuando, el público les lanza como dardos empapados de deseo.
Maudes me indica el camino de la izquierda. No sabe nada, el amigo.
Cerca de las tarimas se encuentra una puerta con un cartel que
prohíbe el paso al personal no autorizado. Empiezo a pensar que
Maudes no es un policía convencional. Se pasa el cartel por ahí al
empujar la palanca y entrar. «Rápido», parece decirme con sus
gestos llenos de énfasis. Si nos metemos en un lío, tengo la
tranquilidad de que él correrá en primer lugar con la responsabilidad
que le toque. Ahora que lo pienso, no es una actitud que hable
precisamente bien de mí.

Hay un encanto extraño en escuchar la música amortiguada por las


paredes en una discoteca. Me aporta sensación de refugio, de cierta
intimidad clandestina mientras el resto del gentío se divierte
bailando, bebiendo y ligando. Recorremos las bambalinas del lugar
con rapidez. Cajas apiladas de bebida, olor a tabaco y frío.
Escuchamos voces a pocos metros de donde nos encontramos y
seguimos su rastro hasta llegar, por fin, al camerino de los artistas
que acaban de terminar su número.
—Vosotros no podéis estar aquí —dice la gogó al vernos. Me
sorprende que haga por cubrirse el pecho cuando se ha estado
luciendo a la vista de todos hace tan solo unos minutos—. Si quieres
mirar, paga, chaval —me advierte.
—Solo queríamos hacerles unas preguntas —responde Maudes
mostrando su placa—. No nos llevará mucho tiempo, ya lo verá.
La chica se queda helada, y poco tarda en defenderse de
cualquier cosa que puedan achacarle. Es evidente que aquí nadie
está libre de pecado, sea de la naturaleza que sea. El inspector,
curtido en experiencia, sosiega sus nervios con palabras amables
pero firmes.
—Estamos investigando la muerte de Esteban Vicent. ¿Le
conocía? Era gogó, como usted.
—Sí. Claro…, Esteban. Claro, sí, le conocía. Era mi compañero de
número hasta que… bueno, ya saben. Ahora le sustituye Conan.
—¿Conan? —pregunto conteniendo una sonrisa.
—Bueno, es su nombre artístico. O su apodo, no sé. Le gusta que
le llamen así. El nombre de Agapito no es muy comercial en este
mundillo, como podrán imaginar.
—Agapito —recalca Maudes. Al final va a tener sentido del
humor.
—Era súper colega del Esteban. Está en el vestuario. Si quieren,
le aviso.
—Antes le agradeceríamos que nos hablase de Esteban.
Cualquier cosa podría sernos de ayuda.
—Claro, claro. He visto mazo series y sé cómo va la cosa. Pues
mira, era un tío de puta madre, para qué mentir. Un poco gilipollas,
todo hay que decirlo, pero buen tío. Últimamente fardaba
demasiado, venía con cosas mazo de caras. A ver, que yo no me
meto en la vida de nadie, no se crean, pero aquí todo se acaba
sabiendo, y estaba claro que el chaval se había metido en algún
chanchullo raro. Y, bueno… En serio, que yo soy súper discreta y
este mundo no es de santos precisamente, pero a veces Esteban
curraba de puto con maduritas. Yo creo que de ahí sacaba toda la
pasta que tenía, porque era un tío sano y aquí pagan una mierda,
para qué nos vamos a engañar. No bebía, no se metía… Bueno,
esteroides, pero para estar más definido y tal. Un chico muy majo.
Hasta me regaló un bolso de Moschino por mi cumple y todo.
—¿No notó nada raro en los últimos días que trabajó aquí?
—Nada de nada. Bueno, estaba muy contento, eso sí. Pero a mí
no me dijo ni palabra. Hablen con Conan.
El nombre actúa como ensalmo para el susodicho, que asoma
medio cuerpo cubierto por un albornoz blanco y la melena mojada.
En realidad, es la gomina lo que le da ese efecto.
—Conan, supongo —dice Maudes.
—Soy yo. ¿Queréis una foto o algo?
—Queremos que nos responda algunas preguntas sobre Esteban
Vicent, si no es mucha molestia. —responde enseñando de nuevo la
placa. Dudo que se me olvide alguna vez cómo se le acaba de
desencajar el rostro.
—Yo no he hecho nada, tío.
—No he dicho lo contrario. Y haga el favor de no llamarme «tío».
Conan, ahora Agapito, nos invita a entrar al camerino para hablar
con tranquilidad. Nunca había visto un lugar tan desordenado. El
espejo está delimitado por una hilera de fotografías que los gogós se
han hecho con el palenque de famosos que últimamente pueblan los
realities de la televisión. Se las arregla para traernos un par de sillas
y ofrecernos algo de beber. Ambos declinamos la invitación.
—Como le he dicho, estamos investigando la muerte de Esteban
Vicent. Solo queremos hacerle unas preguntas sobre él.
—Pues ustedes dirán, inspectores.
Ha dicho «inspectores». Hola, síndrome del impostor.
—¿Recuerda los últimos días que coincidieron?
—Sí.
—¿Notó algo fuera de lo normal? Una actitud distinta, algo que le
comentara…
—A ver, Esteban era el gallo del corral. Siempre lo fue. Pero es
cierto que últimamente tuvo un revés de fortuna bastante curioso.
Éramos muy colegas y nos lo contábamos todo, aunque supongo
que se guardó unas cuantas cosas en este caso. Decía que había
hecho el negocio de su vida seduciendo a la chica que murió
también. La tal Lola.
—¿En qué sentido?
—Tal vez, pensaría que su vida iba resolverse cuando se casara
con ella —sugiero.
—No tiene nada que ver con eso. La verdad es… Joder, no me
hagan esto. No quiero problemas.
—A ver cómo le explico esto, Conan Agapito —dice Maudes antes
de exhalar hondo, ensombrecer el tono e inclinarse hacia el gogó
con las manos entrelazadas—: que tenga problemas o no, es una
decisión que solo le compete a usted. Puede decirnos lo que sabe o
hacer que tomemos medidas en caso de que rehúse a colaborar.
Esteban fue víctima de un asesinato, y supongo que no querrá que
le consideremos sospechoso por negarse a contarnos lo que sabe.
¿Me he expresado bien? ¿He sido lo bastante claro?
Cristalino. Me he acojonado hasta yo.
Conan abandona su personaje buscando amparo en mis ojos
como si yo fuera el poli bueno. Después, mira hacia abajo y cruza los
pies.
—Esteban no sedujo a Lola por gusto. Alguien le contrató para
hacerlo. Una mujer. No me pregunten quién es, porque no lo sé.
Solo vino una vez. Hablaron unos minutos y después se fue. Si ha
vuelto por aquí, no ha coincidido conmigo. Esteban tenía experiencia
seduciendo mujeres. Supongo que a estas alturas sabrán que
también se dedicaba a la prostitución de lujo. No le costó demasiado
hacer que esa chica abandonase a su novio de siempre por él.
Este caso me resulta cada vez más asqueroso por la vileza que
desprende. César (Esteban) se acercó a Lola por dinero y se alejó de
ella por el mismo motivo. ¿Quién puede ser tan desgraciado como
para hacer algo así?
—¿Recuerda a esa mujer? O algún rasgo que destacara en ella.
—Era elegante, no se correspondía con el perfil de chica que
suele venir por aquí. Ni por aspecto, ni por edad. Lo que sí les
aseguro es que sabía a lo que venía.
—Supongo que no tendrá nada que ver con esta chica —contesta
Maudes, enseñándole la foto de César y Gina.
—No, no. Uy, esa. Menuda pieza.
—Explíquese.
—A ver, no digo que Esteban fuese un santo, porque no lo era.
De hecho, aquí se le fue todo de madre, porque prácticamente
empezó a salir con las dos a la vez. Sin embargo, a la única que
engañaba era a Lola. Gina sabía que estaba con ella para sacarle la
pasta, y tenían acordado seguir así hasta ganar lo suficiente como
para largarse de aquí por una temporada.
—Entonces, esa mujer le pagaba una cantidad mensual por sus
servicios.
—Al principio, sí. Después vino el plus.
—¿El plus?
—Esteban se enteró de un secreto muy sucio que escondía la
mujer esa y le amenazó con contarlo todo si no le aumentaba la
cantidad acordada en tres mil euros más. Es lo que tiene contratar a
un pícaro. Nunca es suficiente.
—¿Qué secreto es ese?
Agapito se encoje de hombros. «No sé nada, lo juro».
Maudes no deja de mirarle a los ojos mientras yo saco mis
conclusiones.
—Lo gordo vino después, cuando Esteban anunció que iba a
casarse con Lola. Gina se puso furiosa. Se coló aquí y le montó un
pollo que ríanse ustedes de Pearl Harbor. Le empezó a tirar cosas
llamándole de todo, le arañó, se pegaron… Claro, hubo que llamar a
seguridad. Pero eso no le hizo callar a Gina. Se puso a amenazarle
como una loca, en plan «si no eres mío, no serás de nadie», y esas
cosas que se suelen decir. Es todo lo que sé.
—Especifique «esas cosas que se suelen decir», si es tan amable.
—Dijo que le mataría a él y a todo el que tuviera que ver con esa
zorra. Que no pararía hasta acabar con todos y cada uno de ellos,
incluido el panadero. Lo dijo tal cual.
—Joder con la princesita —comenta sin pensar. Conan le da la
razón. Como para no dársela.
Antes de despedirnos, el inspector se interesa por la taquilla de
César (Esteban). Conan la abre diciendo que está tal y como la dejó.
Al margen de los recambios de ropa para salir a la pista, poco hay
que destacar. Maudes repara en que hay un número de teléfono
apuntado en una servilleta con un beso estampado. Por supuesto,
Conan corrobora que es del día en que Gina y César (Esteban) se
conocieron. Le hace una foto con el móvil y cierra de nuevo la
taquilla.
—No le robamos más tiempo. ¿Lo ve, Agapito? No ha sido tan
difícil.

Regresamos a la pista. El DJ se ha pasado al hard techno y la gente


solo puede dar botes. Creo que comienzo a entender por qué esta
discoteca tiene sus detractores. Lo último que necesito es
abotargarme la cabeza con una música tan machacona. Maudes me
hace gestos para que nos larguemos de aquí cuanto antes. Su
expresión me hace ver que no soporta el ruido.
La brisa nocturna nos recibe con una caricia que nos hace
respirar tranquilos tras abandonar el caos de ahí dentro. Está claro
que hay mucho en lo que pensar, muchas piezas que poner sobre la
mesa para que todo cobre un mínimo de sentido. César era poco
menos que un mercenario sexual sin escrúpulos ni reparos a la hora
de dinamitar una relación de años entre Lola y Cristino. Pero dos no
se encaman si uno no quiere, al menos en líneas generales. Todavía
hay mucho que se nos escapa. No necesito preguntar al inspector
sobre sus sospechas de quién puede ser esa mujer, pues son
similares a las mías. La pregunta que necesitamos responder es tan
simple como profunda: ¿por qué? Además, ¿de qué chantaje estaba
hablando?
Demasiada información.
—Creo que nos hemos ganado una copa, Lifante. Al menos, yo.
Me muero por un buen pelotazo de limoncello.
4

Martes, 27 de septiembre

Empiezo a construirme nuevas rutinas para traer de nuevo la


normalidad a mi vida. Procuro levantarme antes de lo acostumbrado,
salir a correr un poco, desayunar en la pensión y luego irme al box
para meter al cuerpo la tralla de crossfit diaria. Hago más ejercicio
de lo habitual porque tengo demasiada tensión acumulada y
necesito canalizarla. Es el único modo sano que conozco de no
pensar demasiado.
Pero ¿cómo no hacerlo después de la semana pasada? El dibujo
que borró Diana, la información que nos dieron los gogós… Cada
detalle incide en la luz del caso y le da una perspectiva
completamente distinta que nunca llega a un término lógico. Por
otro lado, ninguna de las personas que lo entraman parecen ser
trigo limpio. La vida me ha enseñado que cada quién nace con un
zapato y una alpargata, y que nadie está exento de pasar por este
mundo sin un buen cúmulo de miserias que, con suerte, solo
avergüenzan a quien las padece. Sin embargo, este tipo de intrigas
palaciegas son tan repugnantes que me revuelven entero. Más allá
de como fuera o dejase de ser, Lola era un ser humano a la que le
construyeron y destruyeron la vida por un plato de lentejas. Queda
por ver quién es esa mujer que contrató a César. Tengo mis
conjeturas, pero me faltan datos y contexto. Al margen de quién
haya sido, no hay que olvidar que aquí hay dos víctimas de tan
asquerosa jugada: Lola y Cristino. Quien quiera que pagase a César
sabía que Lola tenía una relación duradera con él, por lo que no es
de extrañar que sus intereses pudieran estar centrados también en
destruir la pareja y hacer daño a ambos.
Tengo una llamada. No conozco el número. Es un hombre que
pregunta por mí.
—Soy yo. ¿Quién es?
—Mi nombre es Moncho Cantueso. Soy el hermano mayor de
Cristino. Usted llevaba su caso.
Se me acaba de encoger el estómago como en un rizo de
montaña rusa. Tiene la misma voz que su hermano al teléfono.
—Moncho… Su hermano me habló mucho de usted. Siento de
veras su pérdida. Ha sido un verdadero varapalo.
—Se lo agradezco. La verdad es que Cristino estaba muy
esperanzado con su defensa. Se sentía en muy buenas manos.
No sé cómo tomarme eso. Sus palabras me hacen sentir que le
he fallado.
—De hecho, le llamaba en relación a su minuta. Creo que lo justo
es pagarle la parte proporcional al tiempo trabajado en el caso de mi
hermano, si usted lo ve bien.
—No le habría pedido más de lo que me corresponde.
—Perfecto, así será. De todos modos, me gustaría pedirle algo,
Miguel.
—Lo que sea.
—Quisiera que pudiéramos hablar, pero no por teléfono. Ya que
por trabajo no puedo desplazarme a Madrid, ¿sería mucha molestia
que usted viniera a Málaga? Con el viaje pagado, por supuesto.
—¿A Málaga?
—Tengo una serie de reuniones allí que no puedo aplazar, y hay
cosas que me gustaría contarle personalmente. Cosas importantes
que quizá le sean de utilidad. No me fío de la tecnología. Si le
parece, podríamos quedar directamente en la estación María
Zambrano. Es más sencillo que moverse desde Madrid hasta Níjar.
En cuanto a sus honorarios, hoy mismo realizaré la transferencia. Se
lo pido por favor, Miguel. Soy consciente de que la relación
contractual ha terminado, pero sigo sin perder la esperanza de que
la memoria de mi hermano recupere su honorabilidad. Él confió en
usted. Y yo también lo hago.
Después de todo lo que ha ocurrido, no puedo negarme a su
petición. Además, creo que me vendrá bien cambiar de aires,
aunque solo sea por un día. Moncho celebra mi aceptación y
organiza el viaje sobre la marcha. Ahora mismo me siento como
Atlas soportando el mundo. Un mundo que debo mantener con la
fuerza de mis brazos si no quiero que se caiga y se rompa.
Voy a comprar el billete.
5

No ha sido fácil dar con Gina. El inspector Maudes se ha visto


obligado a regresar a la discoteca Danceland en busca de algún dato
que pudiera servirle para dar con su paradero, pues sus intentos de
llamarla por teléfono han sido infructuosos. Ha sido Agapito, o por
mejor decir en este caso, Conan, quien se ha puesto en contacto
con ella para informarle de que un policía la está buscando para
hacerle unas preguntas sobre Esteban (César). Gina no acostumbra
a atender llamadas de números desconocidos, pero esta vez no
puede ampararse en una excusa tan burda.
Gina accede a hablar con el inspector, pero es ella quien acude al
local. A Maudes no le queda otra que aceptar y padecer de nuevo el
infernal ruido de lo que algunos llaman música. Él lo asocia a las
fiestas rave donde le ha tocado hacer redadas y a las casas okupas
que tan de cabeza le trajeron en uno de sus últimos casos.
Definitivamente, no le traen buenos recuerdos. Pero un policía se
debe a su trabajo, y eso es algo que nunca ha dejado de tener en
cuenta.

La tardanza de Gina en llegar se debe, según ella, a que hay dos


autobuses de distancia entre su domicilio en Parla y la discoteca.
Maudes no hace comentario alguno al respecto. Sabe cuándo
alguien habla con objeto de discutir. Gina tiene un tono de voz que
destila cierta agresividad, típica en chicas de su perfil; melena
recogida en cola de caballo alta, grandes pendientes dorados en
forma de aro, ojos excesivamente maquillados con sombra larga,
labios recargados y una exuberancia en el vestir rayana en la
tosquedad.
—Pues usted dirá. Al menos me pagará las copas por haber
venido, ¿no?
—¿Qué puede decirme de Esteban Vicent? —pregunta, eludiendo
su provocación.
—No sé. Era buen tío. Iba un poco de chulo por la vida, pero es
lo que hay si quieres respeto, ¿sabes? ¿Puedo fumar?
—No, no puede.
Sorprendida, Gina mira al inspector para luego bufar de forma
sarcástica. No va por buen camino. Maudes no consiente que nadie
se pase de listo en sus interrogatorios.
—¿Qué relación tenía con él?
—¿Relación?
—Tengo entendido que estaban muy unidos.
—A ver, era un follamigo, ya sabe. No sé qué más decirle.
—Tal vez, esta foto le ayude a verbalizarlo.
La reacción de Gina no se hace esperar. Su rostro se descompone
al ver la imagen y termina por desencajarse cuando Maudes le
enseña el reverso.
—Yo no he hecho nada, ¿vale?
—Nadie está diciendo lo contrario, pero su testimonio podría
servir de ayuda para esclarecer el caso. Según he podido saber,
Esteban y usted mantenían una relación intensa con vistas a futuro.
Gina comienza a ponerse nerviosa. Se siente acorralada y
Maudes es consciente de ello. Ha llegado el momento de suavizar un
poco la situación. Saca un paquete de Winston del bolsillo y le ofrece
un cigarrillo que la chica toma sin reservas.
—Esteban y yo nos conocimos aquí. Nos molamos y acabamos
liándonos. Me invitaba a copas gratis y acabé viniendo cada finde
hasta que empezamos a salir. Y me enamoré. Y él también de mí.
Nos queríamos.
—Pero sabía que estaba manteniendo una relación con otra
mujer al mismo tiempo.
—Eso era un puro montaje —responde exhalando el humo
mientras cruza las piernas—. Le pagaron para camelarse a la
señoritinga esa.
—Y usted lo consintió.
—Yo no tengo la culpa de que esa tía fuese una pánfila. Además,
todos tenemos que comer. Y si no eres lo bastante espabilada como
para saber que te la están jugando, pues chica, es lo que hay,
¿sabes?
—Usted sabía que César… quiero decir, Esteban, obtenía ingresos
importantes a base de chantajear a quien le compró.
—Sí, lo sabía. Pero es lo que he dicho. Cada uno tiene lo que se
merece y punto pelota. Yo no tengo la culpa de dónde se metía
Esteban, pero es verdad que le apoyaba porque el dinero que
conseguía con el chantaje era más de lo que los dos habíamos visto
en la puta vida. ¿Qué quería que hiciera? En eso consiste el amor.
—En eso consiste encubrir un chantaje. Y el chantaje es un
delito, no sé si lo sabe.
—Y que te paguen cuatro duros por limpiar la mierda que dejan
los demás también, como es mi caso. Además, eso ya no importa.
Esteban está muerto. Y yo nunca supe con qué chantajeaba a la tía
esa.
—¿Qué tía?
—A la que chantajeaba. Lo único que sé es que era una mujer. Es
lo que me dijo.
—En cualquier caso, no le sentó nada bien que Esteban fuera a
casarse con Dolores de los Alcatraces. De hecho, aquí todavía se
recuerda la noche que usted entró a este mismo cuarto mientras
gritaba y amenazaba a Esteban. Hay quien dice que incluso llegaron
a las manos.
Gina no responde. Agacha la cabeza y aplasta el cigarrillo en la
suela de su bota de tacón alto.
—A lo mejor me pasé un poco ese día.
—Dijo que Esteban no sería de nadie si no era de usted. Y que le
mataría.
—¡Se me calentó la boca, joder! Como si a usted no le hubiera
pasado nunca.
—Tal vez, también se le calentó la cabeza en un momento
determinado y decidió cumplir su amenaza asesinándole de un
disparo.
—¿Insinúa que yo maté a mi novio?
Maudes se toma unos segundos para dar una profunda calada a
su cigarrillo.
—No, claro que no. Solo he formulado una hipótesis.
—Pues revísese las ideas, porque yo no tengo nada que ver.
Además, que sepa que yo no vi un duro de lo que Esteban ganaba
con sus trapicheos. Es verdad que me hacía regalos caros y hasta
hicimos un crucero por el Mediterráneo sin que yo tuviese que abrir
mi cartera. Pero precisamente por eso sé que me quería, y que
estaba con la otra solo por interés.
—¿Nunca pensó que quizá podría ser usted la engañada?
—¿Yo? Ni de coña. Él me quería, le repito. Y supe la historia
desde el principio, como ya le he dicho. Está haciéndome las mismas
preguntas de forma distinta para intentar confundirme, ¿a que sí?
Pues no lo va a conseguir, porque le estoy diciendo la verdad. Y si no
le gusta, es lo que hay.
—Supongo que no tiene idea de quién era la mujer a la que hacía
chantaje.
—Ya le he dicho lo que sé. Ahora, con su permiso o sin él, me
voy a quemar la pista, que me lo he ganado.
—Usted no se va a ninguna parte hasta que yo lo diga, así que
siéntese —dice endureciendo el tono. Gina recula y obedece—.
Vamos a ser claros, Gina: puede que usted bebiera los vientos por
Esteban, pero nadie monta esos números por un arrebato puntual.
Lo que ocurrió en este cuarto cuando él y usted discutieron no fue
más que el estallido de una bomba con la mecha muy larga. Que
consintiera lo que Esteban hacía con Lola, no significa en absoluto
que aquello le sentara bien. De hecho, lo odiaba. No podía soportar
que Esteban fingiera ser su futuro marido, estar con ella, acostarse
con ella —«cállese», dice Gina, pero Maudes continúa sin piedad con
su alegato porque sabe que ha tocado el punto de dolor correcto—.
Sus ojos no mienten, como tampoco lo hacen sus gestos, por mucho
que me intente hacer creer que ustedes dos eran una mala copia de
Bonnie y Clyde versión poligonera. Usted odiaba a Dolores de los
Alcatraces y todo lo que tuviera que ver con ella, incluidos sus
allegados. Su amenaza no se centró solo en Esteban. Dijo que
mataría a todo el que tuviera que ver con esa zorra, incluyendo al
panadero. Son palabras textuales suyas. Es más: si tuviera acceso a
sus conversaciones de WhatsApp, apuesto a que encontraría otra
tanda de amenazas.
Gina le pide otro cigarrillo, pero a Maudes se le ha agotado la
paciencia y el temporizador que mantiene a raya su mala leche.
«Ojalá estar en comisaría y clavarte en el sitio con un par de voces»,
piensa. Pero aquí no puede retenerla. Eso le frustra. Gina no le
acaba de convencer. Hay algo en ella que no le encaja. O es mucho
más lista de lo que parece, o no hay mucho más que rascar en una
persona tan hueca. El inspector se decanta por lo primero. A fin de
cuentas, Gina podría haber chantajeado a su vez a Esteban para no
irse de la lengua. Dado que este se cuidaba de desviar sus ingresos
a una cuenta suiza, no parece que fuera un tipo que actuara sin
pensar. Por tanto, tampoco le convenía tener al lado a una
arrabalera que escupe ratas cada vez que abre la boca. O bien
estaba de acuerdo con lo que César (Esteban) hacía, o le daba igual
al haber encontrado un filón que satisficiera todos sus caprichos. No
hay nada más fácil que callar bocas con dinero y regalos de alta
gama, como la cazadora corta de Versace que lleva.
—¡Vale! —exclama llorosa—. ¡Vale, sí, joder! ¡Odiaba a esa puta
asquerosa! ¿Y qué quería que hiciera? ¡Tenía miedo de que al final
se quedara con ella y me dejase plantada! ¿Qué vida podía darle yo,
eh? Esa Lola tenía todo lo que se puede desear, incluido Esteban. Y
sí, la hubiera matado encantada, y a todos los que tengan que ver
con ella. ¡A su hermana, a sus amigos, a su familia entera! ¡La
odiaba! ¡¡La odiaba!!
—Y nunca pensó que Esteban podría haber desaparecido
dejándolas a las dos en la estacada, supongo.
—¿Qué dice? —pregunta extrañada. Las palabras de Maudes
acaban de sacarla de su histeria.
—¿Sabía que Esteban recibió una importante suma de dinero por
parte de otra fuente con el fin de fingir su muerte y desaparecer de
la vida de Lola?
—Eso se lo acaba de inventar.
—Haga el favor de no faltarme al respeto, señorita. Recuerde que
está usted hablando con la autoridad.
—Esteban nunca me haría eso. Él me quería.
—Si tanto le quería, ¿por qué no confiaba en él? Esteban fingió
su propia muerte antes de que alguien le pegase un tiro de verdad.
Imagino que, como la quería tanto, le contó su plan al detalle para
mudarse a Copacabana o algún otro lugar paradisíaco.
—¿Sabe qué le digo, inspector? Que le den. No pienso escuchar
más mentiras. Debería denunciarle por brutalidad policial, o lo que
sea. Además, Sherlock, ¿no se le ha pasado por la cabeza que la
mujer que contrató a Esteban podría ser su asesina y que le mató
para protegerse?
Maudes esboza una sonrisa, la primera desde que comenzó el
interrogatorio.
—Tanto como el hecho de que lo haya podido hacer usted por
celos o cualquier otro motivo. En este momento, nada es
descartable. Pero no se preocupe. Soy de esos perros que no sueltan
el hueso hasta que se cansa. Y créame, tengo aguante. Mucho,
mucho más del que cabe esperar de alguien como yo. Gracias por su
tiempo, Gina. Y gracias también por anotarme su dirección, aunque
espero no tener que molestarla de nuevo.
Gina sale del camerino con paso firme y se pierde en la largura
del pasillo hasta dar un portazo cuyo eco refleja la tensión con que
ha afrontado su encuentro con el inspector.
—Hay algo raro en esta tía —musita mientras saca un cigarrillo y
se lo lleva a la boca—. Es obvio que sabe algo más.
Se reclina sobre el respaldo y le da una larga calada al cigarrillo.
Imagina la nube tóxica que paladea como una cucharada azul para
luego exhalarla con la lentitud del cansancio, mientras el espejo le
devuelve la imagen del humo nublando su rostro y sus
pensamientos.
6

Jueves, 29 de septiembre

Siempre que viajo en tren, pienso en la relatividad del tiempo y la


esclavitud que nos ata al mismo. Mientras las vías se difuminan en
un trazo borroso, la majestad del paisaje permanece lo
suficientemente estática como para poder contemplarla mientras me
encuentro sentado y el cuerpo no experimenta ni siquiera un atisbo
de la velocidad a la que está viajando. Imposible no pensar en mi
vida, en el camino que llevo recorrido desde que soy consciente de
mi caminar. Todo va demasiado deprisa y yo ya me he acostumbrado
a un ritmo. Sonrío cuando el azar o el destino que pauta el autor de
mi existencia me hace escuchar la canción Railroad Man, de Eels,
ayudando a que mis pensamientos cobren aún más sentido. El
cansancio me hace abandonar el cuerpo, relajar todos mis músculos
y permitir que un ligero sopor acompañe el escuchar de tan
agradable melodía.
El viaje de ida ha sido agotador. No pude reservar asiento en el
vagón del silencio y he tenido que soportar la llantina y los gritos de
una niña rechoncha y maleducada que tenía edad más que
suficiente como para que alguien le dijera cuatro cosas y a la que
sus padres dejaban campar por el pasillo a sus anchas. Por suerte,
esta vez no he tenido problema para conseguir asiento donde
quería.
Moncho tuvo la deferencia de esperarme en la vía con un cartel
que llevaba mi nombre. Lo cierto es que no me costó demasiado
reconocerle, pues guarda un gran parecido con su hermano. Fuimos
a una cafetería situada en la segunda planta de la estación y nos
sentamos en una mesa lo suficientemente apartada del constante
transitar de viajeros. Preferí acogerme a la prudencia y dejar que
fuese él quien iniciara la conversación, pero, finalmente, tuve que
ayudarle a arrancar. En eso también se parece a su hermano, lo que
me hace pensar que siempre han sido otros quienes han tomado la
iniciativa en su vida. Probablemente les educaron de esa manera.
—Le agradezco que haya venido, don Miguel. Tenía ganas de
hablar con usted cara a cara.
—Yo también me alegro de haber venido. Olvídese del «don
Miguel», por favor.
—Miguel, entonces. Lo primero que quería decirte es que he
realizado la transferencia correspondiente a tus honorarios esta
misma mañana. Recibirás la notificación en uno o dos días como
máximo.
—Gracias —respondí sintiendo el látigo de la culpabilidad que
comenzaba a grabar sin piedad la palabra «fraude» en mi
conciencia. Procuré ignorar el sabotaje diciéndome a mí mismo que
eso no era cierto—. Ojalá todo esto hubiese llegado a buen término.
—Tú no tienes la culpa de lo que le pasó a Cristino en la cárcel.
Estabas haciendo tu trabajo para sacarle de allí.
—Me alegro de que lo veas desde esa perspectiva.
—Por desgracia, soy el único de la familia que lo hace. Mi padre
está furioso, dice que tienes la culpa de todo, que no fuiste diligente
para conseguirle la libertad provisional. Incluso amenazó con tomar
medidas contra ti. Yo opino lo contrario, porque tengo contacto con
juristas y me asesoraron sobre cómo es el procedimiento. De hecho,
el mismo abogado que llevaba la defensa antes que tú me dijo que
era muy difícil conseguir la libertad provisional antes de un mes
desde que se presenta el escrito.
—Solo puedo decir que hice lo que estaba en mi mano, y que
nada impedía que Cristino pudiese disfrutar de su libertad hasta la
celebración del juicio. Estoy seguro de que lo hubiéramos
conseguido.
—Desde luego, él tenía mucha fe en ti. Por eso he querido que
vinieras. Necesitaba hablar contigo.
El camarero interrumpió nuestra conversación para tomarnos
nota. Siempre que me reúno con clientes en bares o restaurantes,
acostumbro a que sean ellos los primeros en pedir para saber hacia
dónde va la conversación. No es lo mismo un encuentro entre cafés
que entre cervezas y tapas. En esta ocasión, dada la hora en que
nos movíamos, Moncho optó por esto último. Comprendí entonces
que me había hecho venir por un motivo completamente extraoficial.
—Verás, Miguel: como te dije en nuestra conversación por
teléfono, me niego a permitir que la memoria de mi hermano quede
manchada por un crimen que no cometió. Conozco… conocía a
Cristino todo lo que se puede conocer a un hermano, y sé que jamás
le haría daño a nadie. Y mucho menos matar.
—Yo también lo creo así.
—Tenía sus cosas, como todos. No era una persona fácil.
Recibimos una educación muy estricta de nuestros padres. Muy
jerarquizada. Era mi padre quien proponía y disponía dentro y fuera
de casa. Nosotros solo podíamos obedecer bajo la promesa de que,
un día, llegaríamos a ser hombres de provecho y todo lo demás.
Cuando Cristino formalizó su relación con Lola, comenzó a
comportarse como mi padre. Es lo que le enseñaron, lo que había
mamado de toda la vida.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Que Cristino maltrataba a Lola?
—No, por Dios. Lo que quiero decir es que era muy controlador,
muy celoso. Pero Lola tampoco era una santa. A mí nunca me gustó.
Los Alcatraces son una familia muy turbia, Miguel.
—He tenido la oportunidad de tratar con ellos —respondí,
dándole la razón.
—Son a cuál más raro. Supongo que eso lo da el entorno, como
todo.
—¿Puedes ser un poco más específico? Tengo la impresión de
que quieres contarme algo, pero de momento no te sigo.
Por supuesto que le seguía, pero necesitaba que afinara un poco
más en sus intenciones.
—¿Sabes cómo se conocieron Lola y Cristino? ¿Cómo llegaron a
ser novios?
—No tengo idea.
—Fue a través de su hermana, Diana. Ella siempre bebió los
vientos por mi hermano. Allí donde iba él, estaba ella, buscándole,
bailándole el agua. Cristino se dejaba querer, le seguía el juego.
Salían por ahí a cenar, al cine, ya sabes.
—Eso es nuevo. No conocía ese dato.
—Sin embargo, todo cambió con la llegada de Lola. Mi hermano
se quedó obnubilado con ella. Era mucho más alegre y libre con su
hermana. Cristino me dijo una vez… Esto es algo íntimo, pero
supongo que ya no importa. Ambos somos mayores como para
saber que las parejas hacen sus cosas en la cama, como es natural.
Sin embargo, Diana se negaba a ello. Era muy estricta en cuanto a
sus principios morales, y eso, obviamente, hacía recular a Cristino.
Lola era diferente. Le gustaba la fiesta, bailar, reír. La relación con su
hermana siempre fue muy compleja. Diana es muy sombría. Mira, yo
soy creyente como el que más, y sé que su fondo no es malo, pero
el modo en que vive su fe no hace otra cosa más que perjudicarla y
hacer que se marchite buscando un ideal que no llegará nunca. ¡Si lo
sabré yo!
—Y Cristino dejó a Diana por Lola, deduzco.
—Deduces bien, pero solo en parte. Lola sabía que Cristino
estaba con Diana, aunque fuera a disgusto, pero nada de eso le
impidió seducirle. Lo hizo para darle en las narices a su hermana.
—¿Eso no es aventurar demasiado? —pregunto, llamando a la
prudencia.
—Para nada, porque los hechos hablaban por sí solos. Diana
siempre ha sido una mujer con un nivel de ambición profesional
enorme. Tengo entendido que preside una gran consultora. Siempre
fue así. El resto del mundo le resultaba algo banal. Su vida ha
consistido y consiste en el trabajo y la particular visión que tiene de
Dios, que, si te soy sincero, creo que no es más que un parche para
tapar sus muchos miedos, carencias y complejos. Lola era todo lo
contrario, pero sentía cierta envidia hacia su hermana por los logros
profesionales que cosechaba a base de disciplina y sacrificio,
cualidades de las que ella carecía. Ambas se tenían verdadera
inquina por aquel entonces. Y todo por la envidia, el deporte
nacional de este país.
—Entonces, para que me quede claro, Diana siempre ha estado
enamorada de Cristino y tuvo un principio de relación con él, pero
Lola se lo robó.
—Eso es. Y bien se preocupó de propagar su despecho allí donde
fuera.
—Sin embargo, también dices que la relación entre tu hermano y
Lola se volvió tormentosa.
—No exactamente. No, tormentosa no es la palabra. Solo digo
que heredó muchos rasgos de mi padre, pero nada hacía presagiar
que Lola le dejaría por otro. Y mucho menos que acabarían
comprometiéndose.
—Y, a propósito de eso, ¿pudiste hablar con Cristino los días
previos a la boda de Lola con César?
—Hablamos el día anterior, cuando se preparaba para salir de
fiesta. Dijo que no quería saber nada. Mi hermano tenía el corazón
destrozado, Miguel. Insisto en que no era perfecto, pero quería a
Lola con toda su alma. Eso es algo por lo que pongo la mano en el
fuego. También me dijo que se había ido de caza con unos amigos y
que no calculó bien el retroceso del rifle, porque era nuevo. Que se
había hecho una pequeña herida en el pómulo, aunque sin
importancia. Esa fue la última vez.
Recordar la última conversación con su hermano hizo que a
Moncho se le humedecieran los ojos y me mirase de forma
resignada. Lo único que pude hacer fue agachar la cabeza en señal
de que le comprendía.
—Todo esto viene porque quiero pedirte un favor, Miguel.
—Veré si puedo hacer algo. ¿De qué se trata?
—Quisiera que continuases con lo que has estado haciendo hasta
ahora en relación a mi hermano. Sé que te pidió descubrir al asesino
de Lola. Que era la única manera de demostrar su inocencia. Ahora
ya no está, pero, como dije, su memoria permanece. No solo te lo
pido por él, sino por mi familia. Níjar es pequeño, y allí se sabe, si no
todo, casi todo. Mi familia es una de las más influyentes de
Andalucía, y no quiero que su nombre se vea manchado por algo
que nunca ocurrió. Sé que suena egoísta y frívolo, pero tengo que
mantener la reputación de los míos, porque nuestro estatus es lo
que nos da de comer en última instancia. Estoy dispuesto a pagarte
por ello.
El tiempo se congeló en ese instante para darme a elegir entre
dos opciones: o bien aceptar la petición de Moncho y asegurarme un
buen dinero que, sin duda, sería más que bienvenido en mi haber, o
aceptar por la memoria de Cristino y acceder a su petición como un
acto puramente altruista. Desperdicié un tiempo precioso, pues supe
desde el primer momento cuál era la correcta si hacía honor a mi
honradez. No soy de los que se aprovechan de la desesperación de
los demás, ni mucho menos un mercenario. Por tanto, es obvio cuál
de las dos ganó.
Moncho no supo reaccionar a mi negativa de recibir más dinero.
No lo comprendió. En el fondo yo tampoco lo hacía, pero qué le
vamos a hacer. Así soy. Para bien y para mal. «¿Pero vas a
ayudarme?», preguntó para asegurarse tras mi desconcertante
respuesta.
—Por la memoria de Cristino, claro que sí.
Siempre me ha resultado chocante ver a un hombre llorar,
probablemente por la educación que se nos ha inculcado como
sociedad. Moncho no pudo más. Se levantó de la silla para refugiarse
contra una esquina de la estación. Me vi con la fuerza y la
justificación suficientes como para ir tras él y sosegarle. No sé
cuántas veces me dio las gracias, todas inmerecidas a partir de la
segunda. El fin de un mal trago siempre hace aflorar los
sentimientos, y aquella no fue una excepción. Moncho se arrancó del
alma el sentimiento de culpabilidad que le asolaba por permitir que
su hermano se convirtiera en un vividor cuya labia era lo único que
le libraba de no ser un matao. La ruptura con Lola le hizo mucho
daño y se refugió en la fiesta y el ocio con los amigos. Sé bien que
todo ello forma parte del proceso del duelo, hasta que uno
comprende la inutilidad y el gasto de energía que eso supone. No
hay acto, por muy salvaje que sea, que nos rescate del abismo de la
pérdida. A partir de ahí, solo podemos convivir con el agujero y
abandonarnos a la transformación que nos permitirá sobrellevar la
vida desde entonces.
Nos despedimos a la entrada de la estación, ya con los ojos secos y
el rostro encajado de nuevo. Fue, sin duda, una conversación
agradable y del todo reveladora que no pienso desdeñar. Pero aún
quedaba una última pregunta. Una cuestión que llevaba
carcomiendo mi curiosidad desde el principio y de la que tenía mis
propias hipótesis. Así se lo hice saber a Moncho cuando le pregunté
el motivo por el que Cristino había renunciado a un abogado de
indudable prestigio por un mindundi desconocido que apenas sí
tenía un mínimo de carrera en Madrid.
—Solo me dijo que vino a verle un hombre. De algún modo, se
las arregló para visitar a Cristino y le sugirió que contactara contigo.
Es todo lo que sé.
—¿Un hombre? —pregunté extrañado. Moncho asintió.
—Un tipo alto con voz rota que no había visto nunca.
—¿Y le convenció? ¿Así, sin más?
—Parece que fue muy persuasivo. Por lo que entendí, su
presencia y forma de vestir le dieron la confianza suficiente como
para seguir sus indicaciones. Esperaba que tú me dijeras de quién se
trata.
—Pues me temo que sé lo mismo que tú —miento—. No conozco
a nadie con esa descripción.
—También dijo que contratarte os salvaría a ambos.
Aquellas palabras me hicieron sentir mal. De nuevo, el tormento
de culpa volvió a apoderarse de mi espíritu sin que yo pudiera hacer
nada por evitarlo. No pude salvar a Cristino. Ni siquiera pude
liberarle a tiempo.
—No te culpes en exceso —dice Moncho, como si hubiera
escuchado mi pensamiento—. Mi hermano habría muerto igualmente
aun contando con el abogado anterior. Los procedimientos son
lentos, por muy bueno que se sea en la profesión. Al menos, espero
que te salves tú de lo que quiera a lo que ese tipo se refiriera.
Me encogí de hombros. Eso fue todo lo que pude hacer.
—Supongo que el hombre misterioso no dijo su nombre.
—No. Pero, ahora que lo dices…
—¿Qué?
—Cristino se lo preguntó, pero solo obtuvo como respuesta una
palabra que no había escuchado nunca. Después se levantó y fue a
la salida acompañado del funcionario.
—Y esa palabra es…
—Gens. Eso fue lo que dijo. Por algún motivo, se me ha quedado
grabada en la memoria. ¿Qué crees que puede significar?
Frío. Calor. Dolor de estómago y corazón encogido. Procuro
mantener el tipo y mi cara de póker mientras los nervios hacen que
se me nuble la vista.
—No tengo ni idea, Moncho. No tengo ni la menor idea.
7

Viernes, 30 de septiembre

Los médicos dicen que Señorita se está recuperando poco a poco de


su neumonía, lo cual implica que debe tener especial cuidado y
guardar reposo. El problema es que se lo toma tan en serio que no
sale de la cama, lo cual tampoco es sano. Ahora que hace mucho
menos uso del oxígeno, debería caminar un poco. La enfermera me
ha dicho que tanto ella como el resto de compañeras, no importa el
turno, han tirado la toalla con ella. Dicen que es una mujer imposible
y que jamás habían escuchado tantos tacos concentrados en tan
pocas frases. Según he podido saber, hizo que una de ellas saliera
llorando tras ir a verla. Tal es su fama que han bautizado la
habitación como «la cueva de la ogra».
Diría que se le ha cambiado la cara al verme. Puedo ver su
frustración al encontrarse en cama con la máscara de oxígeno. Para
alguien como Señorita, cuya fuerza interior me recuerda a mi yaya,
todo lo que suponga un impedimento físico la enfada enormemente.
La falta de control sobre su propio cuerpo les resulta inconcebible, a
la par de una señal de debilidad. Al igual que el resto de los
mortales, piensan en el paso de los años como en un hecho
anecdótico del todo ajeno para sus vidas hasta que algo les ocurre.
Es entonces cuando la rabia despierta y se manifiesta en el carácter,
proyectado casi siempre contra los demás en episodios de rabia.
Tratándose de la mujer que tengo delante, tienen en el hospital a la
mismísima Eris, la diosa de la discordia.
—Aquí huele mucho a cerrado, Señorita. Vamos a ventilar un
poco la habitación.
Abro la ventana pese a ser consciente del cabreo monumental
que se está agarrando. Le digo que no será por mucho tiempo, lo
suficiente como para airear el ambiente.
—Tengo entendido que se está dando mucho a querer.
—Esos demonios vestidos de blanco me quieren matar de
hambre y aburrimiento. Quiero salir de aquí. ¡Quiero recuperar mi
vida!
—No creo que tarden mucho en darle el alta, pero eso no quiere
decir que vaya a poder retomar sus rutinas sin más. Todo requiere
de un proceso.
—Pues si tardan tanto como tu petición de libertad provisional,
puedo darme por jodida.
Hacía mucho que un comentario no me enfadaba tanto.
—Eso ha sido un golpe bajo totalmente fuera de lugar.
Se produce un largo y tenso silencio que se prolonga durante
minutos. En condiciones normales, nada me habría impedido
levantarme y largarme de aquí. Pero soy consciente de la situación y
procuro aguantar el rejonazo de la manera más estoica posible. No
soy el único que se ha quedado blanco con el comentario. Señorita
también es consciente de su torpeza.
—Me he pasado —dice.
—Sí. Lo ha hecho.
Ambos continuamos con nuestro mutismo. Creo que a Señorita
se le ha olvidado pedir perdón, porque no hace otra cosa que
desviar la mirada hasta que me despisto y vuelve a centrarse en mí.
—Váyase incorporando, porque vamos a dar un paseo por planta.
Necesita andar.
—¿Cómo dices?
—Lo que ha oído.
—¡Y una…!
—Lo que a usted le dé la gana —resuelvo con un tono tan firme
del que incluso yo me sorprendo—. ¡A incorporarse y a callar!
Contra todo pronóstico, mis palabras han amilanado el
envalentonamiento de Señorita. Refunfuña como una perra vieja
mientras se sienta poco a poco hasta ponerse de pie y agarrarme del
brazo con aplastante reticencia.
—Le advierto que he toreado en peores plazas —digo mientras
nos acercamos a la puerta—. Además, me lo debe por la cabronada
que me ha dicho antes.
—Menos lobos, capullito de alhelí. Por cierto, ¿Qué coño te has
hecho en el pelo?

Puedo sentir la atónita mirada de las enfermeras al contemplar tan


inusual escena. «¡La bestia ha sido doblegada!», parecen pensar.
Cualquiera que conozca un poco a Señorita sabrá que necesita dejar
su impronta allá donde va, y esta no es la excepción. «Estoy con mi
novio, ¿qué pasa? Mira, cariño, esa de ahí es más mala que la carne
de cabra —dice señalándola con el dedo—. Me mata de hambre y el
otro día quiso pegarme».
La aludida, como es normal, salta como un resorte para
desmentir sus palabras. Se detiene al verme llamar a la calma con
un gesto mientras me excuso con la mirada. Debe de ser la que el
otro día salió llorando de la habitación, porque ha abandonado su
puesto en un visto y no visto.
—Es mi novia —respondo emulando su característica chulería—.
¿Algún problema con que me la lleve de paseo?
Señorita sonríe traviesa. No hay nada que le guste más.
Recorremos la planta a ritmo moderado, ni muy deprisa, ni muy
despacio. Señorita no muestra signos de agotamiento, así que
vamos por buen camino. Se lo diré al doctor cuando vuelva a dejarla
acostada. Pero antes, necesito preguntarle algo importante. Le
cuento mi visita relámpago a Málaga y la conversación que mantuve
con Moncho sobre el motivo por el que su hermano me contrató.
Estaba seguro de que se trataría de Gens, y eso aviva mi anhelo de
encontrar a Álex Jon. Sin embargo, tal y como le describió, es obvio
que hablaba de una persona distinta.
Mis palabras han despertado su interés, pero dice que no hablará
hasta que vuelva a la habitación. Qué lista, la jodía. Pretende que
acortemos el paseo agarrándose a un clavo ardiendo.
—No se preocupe. La vida me ha enseñado a esperar.
—Eres un cabrón lebaniego.
Señorita me obliga a meterme en el baño al llegar a la habitación.
Dice que no quiere que vea cómo se acuesta, pues esa visión es solo
para privilegiados. Terminado el proceso, indica con un berrido que
puedo salir.
—Repítemelo todo desde el principio —dice después de
repanchingarse en la cama como una niña pequeña.
—Ya se lo he dicho: según Moncho, a su hermano le vino a visitar
un tipo alto con voz rota. Dijo que contratarme nos salvaría a los
dos; a Cristino y a mí. ¿Le suena de algo esa descripción? Porque
coincide con el tipo que me asedió aquella noche junto al Taco Bell.
¿No es mucha casualidad?
Señorita se encierra en ella misma. Ha abandonado su cuerpo
para meterse en su propio mundo y buscar una respuesta. Se me
hace tan raro verla con ropa de hospital y el pelo recogido en un
moño que a veces tengo la sensación de estar frente a otra persona.
—Solo sé de una persona con esas características. Pero está
muerto.
—¿Muerto dice?
Señorita asiente con seriedad.
—Claro que, si es quien creo que es, tampoco sería muy difícil
verle regresar de los infiernos.
—Si no me lo pone un poco más fácil…
Me mira a los ojos. Su mirada demuestra respeto y cierto temor
reverencial.
—Su nombre es Ratán. Y es el mentor de Álex.
8

Lunes, 3 de octubre

Motos, motos y más motos. La entrada de Torreuropa es un


verdadero festival de vehículos a dos ruedas que muchos
trabajadores del edificio utilizan como medio de transporte. Puedo
identificar a los empleados de Alter Consultores por la tarjeta que
llevan colgando del cuello. Muchos de ellos entran antes de la hora
para intentar salir antes de las diez de la noche, lo cual, según tengo
entendido, es una pura entelequia.
A qué hora llega Diana, es un misterio que hoy me toca resolver.
Es por ello que llevo aquí desde las siete de la mañana, clavado
como una estaca junto a la puerta, bien abrigado y con café caliente
entre las manos que he ido reponiendo para despejarme del todo.
Desde que decidí llevar una vida más moderada, salir una noche
entera me cuesta dos días de recuperación, no hablemos cuando
hay resaca de por medio. Nada de eso me retuvo el sábado. En la
inoportuna lucidez cuasi clarividente que otorga la noche, me vi
obligado a salir de la cama, ponerme guapo y regresar a Danceland
en busca de Conan para despejar algunas incógnitas que me tenían
a mal traer. Con los datos que he conseguido sonsacarle, me veo
más que capacitado como para hacer frente a Diana de los
Alcatraces y averiguar la verdad.
—¿Miguel? —escucho a mis espaldas. La voz me resulta
conocida.
Es Begoña, la secretaria de Diana.
—¿Cómo está? ¿Tenía cita con la jefa?
—La verdad es que no. Vengo al abordaje, como los piratas.
—Ya decía yo —responde tras reír ante mi comentario—. No
recuerdo que haya concertado ninguna cita con ella.
—¿Sabe a qué hora llegará?
—Con precisión británica. Todos los días oye misa en San Jorge,
aquí al lado. Llegará en unos quince minutos, pero no sé cómo se
tomará su visita.
—Seguro que se pone muy contenta —ironizo—. Tanto como lo
estoy yo mientras la espero, con el frío que hace esta mañana.
Begoña se despide de mí, me desea buena suerte y entra en el
edificio. Le gusta llegar un poco antes de la hora para demostrar
actitud y diligencia en su trabajo. Qué chica más maja.
Toca seguir esperando.

Aquí llega la loba.


—¿Usted? ¿Qué hace aquí?
—Buenos días, Diana. No quisiera importunarla, pero necesito
que hablemos.
—No tenemos nada de qué hablar, Miguel. Ya no. Le dije todo lo
que necesitaba saber, y las circunstancias han devenido de la peor
manera posible.
—Soy consciente de ello —insisto mientras caminamos hacia la
entrada—, pero esto es importante. Se trata de…
—Mire, Miguel. En vista de que no puede entenderlo de otra
forma, vamos a jugar un momento a los oficios, ¿le parece? A ver,
dígame. ¿Usted es abogado o policía?
Aquí estás, Diana. Despótica, ácida y sarcástica. Nadie diría que
acabas de comulgar. No obstante, te seguiré el juego.
—Abogado.
—¡Muy bien! ¿Y qué hacen los abogados entre otras cosas?
Llevan los casos de sus clientes. Pero, cuando ya no hay cliente,
tampoco hay caso. Por lo tanto, usted no tiene nada que hacer aquí.
Solo hablaré con la policía, en caso de que las circunstancias me
obliguen a ello. Lamento que haya perdido su tiempo viniendo aquí,
pero no voy a consentir que se lleve el mío por el camino.
Emprende su huida cruzando la puerta giratoria. Es ahora o
nunca. Doy un salto hasta alcanzarla y nos quedamos aislados unos
segundos.
—¿Tanto odiaba a Cristino como para ni siquiera dedicar unos
minutos a su memoria?
—¡¿Qué está diciendo, impetuoso?! —pregunta volviéndose
bruscamente hacia mí.
—Solo se odia así a una persona cuando ha habido amor de por
medio.
Diana no sabe cómo reaccionar. Su altivez se ha desvanecido y
solo puede mirar hacia el suelo. Respira de forma agitada. Acabo de
arrebatarle el control de la situación y eso la bloquea.
—Sé que usted le quiso una vez. Eso y varias cosas más que
quiero comprobar. Estoy colaborando con la policía en este caso,
Diana. Puede que no lleve placa y que el modo de abordar todo esto
le resulte del todo inapropiado, pero sabe que tarde o temprano
tendrá que hablar. Mejor será conmigo que con el inspector en
comisaría, ¿no le parece? En el fondo le estoy haciendo un favor.
El desprecio con que me mira es casi físico. Subida en sus
tacones, vestida con recatada elegancia y envuelta en el entorno de
su imperio, Diana sabe que está contra las cuerdas. Espero que siga
sintiéndose así y que el farolazo que me acabo de marcar no haga
aguas.
—Vamos a mi despacho.
Asiento complacido.
—Después de usted.

Llegamos sin haber cruzado palabra durante todo el recorrido. Un


par de ascensores, medio pasillo y después la otra media
circunferencia hasta llegar a la enorme puerta que custodia su
particular refugio del mundo. Se detiene varias veces ante las
preguntas y los asuntos a tratar con que le asaltan los trabajadores.
Reconozco que admiro la entereza y resolución con que esta mujer
afronta su trabajo. No hay malas caras, tan solo su serio y estricto
rictus que mantiene a raya cualquier otra esfera que no sea la
profesional. Su gente la respeta, pero no la teme.
Le hace un gesto a Begoña para que me acompañe al despacho
y pueda quedarse un rato resolviendo pequeños fuegos que acaban
de producirse. «Al final lo ha conseguido», me dice. En respuesta, le
guiño un ojo y se ruboriza. Hace alusión a mi nuevo aspecto y pone
especial énfasis en el aro que llevo en la oreja. Dice que puedo
considerar un hito estar aquí llevándolo puesto, por muy discreto
que sea.
Al fin, me deja en el despacho y espero a que llegue Diana. Lo
hace apenas unos minutos más tarde. Ha entrado con sorprendente
serenidad. Cierra la puerta y echa la llave.
—Muy bien, Miguel. ¿Cuánto quiere?
—¿Disculpe? —pregunto mientras tomo asiento.
—No se haga el tonto conmigo. Dígame, ¿cuánto dinero está
dispuesto a sacarme? ¿Cincuenta mil? ¿Cien mil euros?
—¿Por qué iba a querer yo su dinero?
—Todo el mundo lo quiere —responde caminando hacia su mesa
con expresión de cansancio—. Nadie viene a verme sin motivo
aparente para hablar conmigo, y dudo mucho que usted sea la
excepción.
—Parece que su familia solo entiende el lenguaje del talonario.
Lo único que quiero es hablar. De Cristino y de Esteban.
Diana no responde.
—Su silencio me confirma que ese nombre le resulta más que
familiar, ¿me equivoco?
—No sé de qué me habla.
—Claro que lo sabe. Porque usted contrató a Esteban para que
sedujese a Lola y con ello hacer que abandonase a Cristino. Pero
llamémosle César para tratar el paripé como es debido.
Diana experimenta una suerte de relajación al escucharme en su
forzado mutismo. Imagino que haber estado fingiendo durante
tiempo es lo bastante agotador como para descansar desde el
mismo momento en que alguien tira de la manta.
—Sé que usted estaba enamorada de Cristino, y que Lola se
metió de por medio solo para hacerle daño. Y lo consiguió. Le sedujo
y usted se quedó sola, a pesar de saber que siempre lo estuvo,
porque Cristino nunca la quiso de verdad. No como a Lola.
La señora de los Alcatraces suspira largamente y se lleva una
mano a los ojos mientras se levanta y comienza a caminar
parsimoniosa hacia la ventana.
—Conocí a Esteban… a César, en una página de escorts. Tenía
todo lo que a Lola le podía gustar; buena forma física, espíritu
aventurero, masculinidad. Cualidades de las que Cristino carecía se
mirara por donde se mirase. Lola siempre fue una amante del riesgo,
y con Cristino apenas podía hacer una simple excursión a La Pedriza.
No nos llevábamos bien. Éramos hermanas y compartíamos el
mismo padre, pero hasta ahí. Se marchó a vivir sola hace años
porque nuestra convivencia era, simplemente, imposible. Pero ella
continuaba restregándome su aparente felicidad con Cristino cuando
yo sabía que aquello era una filfa. Por eso contraté a César. Para que
rompiera esa relación. Y hacerles daño, sí. A Lola, sencillamente por
mala. Y a Cristino, por cobarde.
»No conté con que César era un chulo, y que no se detendría en
su asignación mensual. Por supuesto, dispuse todo lo necesario para
hacer de él alguien real, con su apartamento y su dinero. Un
montaje teatral con una factura impecable. Como suele decirse, le
puse un piso. Pero no era suficiente. Quería más. Yo fui cediendo…
hasta que dejé de hacerlo.
—Y fue entonces cuando comenzaron los chantajes.
Se vuelve hacia mí, esta vez con el rostro bañado en pánico. Ni
siquiera es capaz de articular palabra. Procuro responder con la
mayor serenidad posible. Camino hasta llegar a su altura y me apoyo
en la ventana.
—No siga por ahí —me advierte—. Aquello… Yo…
Se santigua mientras muerde su puño izquierdo . Tal es su nivel
de tensión que un hilo de sangre comienza a recorrerle los surcos de
la piel. Solo puedo ofrecerle mi pañuelo como muestra de que no
estoy aquí para juzgar a nadie.
—Diana, escúcheme. No me evite, míreme a los ojos y escuche.
Nadie, y quiero decir nadie, está libre de vergüenzas y secretos.
Usted no es la única. Sé que no es un consuelo y mucho menos una
forma de auto compasión. Pero las cosas ocurren, y no siempre
tenemos la fuerza suficiente como para frenarlas.
—¿A qué se refiere? —pregunta con cierto temor.
—Creo que no hace falta que se lo diga, Diana. Usted y su
hermanastro Juan son amantes.

Diana retrocede varios pasos hasta chocar contra una de las


cómodas que adornan el despacho. La expresión de su rostro
evidencia mis palabras. Ni siquiera el maquillaje es capaz de
disimular la palidez que muestra.
—Eso es… ¡Una falacia! ¡Una difamación! ¡Una…!
—Una realidad, Diana. Que no soy tonto y tengo mucha calle. No
lo supe hasta que até cabos, pero lo que vi durante la cena me dio
para pensar. Juan y usted se ausentaron de la mesa, él para pedir
los postres, usted para atender una supuesta llamada. Pasan los
minutos y ninguno vuelve. Por supuesto, lo hacen a destiempo. Pero
sé cuándo una mujer acaba de tener sexo, y usted lo había tenido.
Tenía ese brillo chivato en la cara, y además se notaba que se había
retocado el pelo. Pero no reparó en la falda. La tenía mal colocada y
con arrugas. Usted, que no permite imperfecciones en el vestir. En el
caso de Juan fue más fácil. Tenía la bragueta abierta y aquel bulto
no era normal.
—Dios mío, qué vergüenza, qué deshonra —responde
santiguándose de nuevo.
—Diana, que son hermanastros, joder. No hay vínculo de sangre.
Es perfectamente lícito.
—La gente habla. Mi familia… El daño que podría causar a mi
familia…
—Bien se cuidan ustedes de que nada les salpique. El caso es
que César se enteró y quiso chantajearla. Lola también lo sabía,
¿verdad?
Asiente al borde del llanto que reprime con heroico estoicismo.
—Lola detestaba a Juan. Siempre lo vio como una amenaza para
nuestro patrimonio, especialmente cuando mi padre decidió
modificar el testamento e incluirle en el reparto de la herencia.
Aquello se volvió insostenible. Tenía que hacer algo.
—Y lo hizo —deduzco cada vez más nervioso.
—Contraté a un sicario para silenciarle, pero me arrepentí en el
último momento. Perdí la cabeza, pero el Señor me iluminó. Estuve a
punto de hacer una locura.
—El inspector Maudes reparó en un pequeño dibujo situado en el
panel de la alarma que usted borró antes de salir.
Diana asiente con ademán de culpabilidad y, por primera vez,
esboza una sonrisa en la que atisbo algo de ironía.
—Supuse que César se había enterado también de mis
intenciones y dejó esa pintada a modo de aviso o cualquier otra
cosa. ¿Qué quiere que le diga? Tuve miedo y la borré. Mi trabajo me
obliga a solucionar los problemas antes de que existan, pero es
obvio que habría sido mejor no haberlo hecho. Quise evitar cualquier
cosa que me relacionara con César y, ya ve, he conseguido todo lo
contrario. Y todo por una estúpida marca. Fue un error
imperdonable para alguien como yo. No puedo permitir que mi
reputación se vea manchada por algo tan absurdo, ¿comprende?
—Supongo que incluir a Lola no estaba en sus planes de
asesinato.
—Yo no maté a mi hermana, ni a César. Dios Misericordioso me
hizo entrar en razón. Además, lo crea o no, yo también soy una
víctima. Llevo meses recibiendo amenazas de muerte y he
aumentado la seguridad en mi casa desde que tuve conocimiento de
un posible acechador.
—¿Amenazas dice? —pregunto con estupor. No es la primera vez
que escucho esta historia. De hecho, la situación de Malena es
idéntica.
—Recibo mensajes muy desagradables en el móvil y me ha
llegado alguna que otra fotocopia con mi cara y un punto rojo en la
frente.
—¿Cree que tiene algo que ver con César?
—¿Y con quién si no?
«Maldita la hora en que me metí en esto», dice antes de romper
a llorar. Me pregunto cuándo fue la última vez que liberó su dolor a
través del llanto. Procuro tranquilizarla como puedo, recordándole en
todo caso que su relación con Juan no es ni mucho menos
incestuosa. El resto de sus actos, sin embargo, obedece a esa
educación despótica y sin escrúpulos que don Jesús Pasión se
preocupó de inculcar a sus dos hijas. He aquí a Diana de los
Alcatraces. Mujer exitosa, hueca de afectos y llena de vergüenzas
banas.
Transcurre media hora hasta que recupera la compostura y me
despide del despacho. No es hasta después de girar la llave cuando
retoma la palabra.
—Ahora estoy a su merced, Miguel. Le pido que, al menos, sea
considerado.
—Por increíble que parezca, Diana, todavía queda gente honrada
e indulgente. Aunque sus actos rocen la repugnancia. Y, en cuanto a
las amenazas, debería usted hablar con el inspector. Si realmente es
usted una víctima, no tiene nada que temer de él.
Salgo del despacho, me despido de Begoña y regreso agotado al
mundo de los mortales. Ya hablaré con Maudes más adelante. Ahora
solo quiero agarrar el coche y perderme por ahí.
Tanta mezquindad me da pereza.
9

Jueves, 6 de octubre

Quien haya pasado un tiempo viviendo en San Lorenzo de El Escorial


sabe que este pueblo esconde magia. No conozco un sitio en donde
se duerma mejor, donde más en sintonía esté con mis pensamientos
y donde mi energía recobre su máximo exponente. Echaba de
menos este lugar. Tanto vivido aquí hace que tenga un sentido
especial. Llevo aquí desde el lunes y no pienso marcharme hasta que
la semana toque a su fin.
Con todo, es difícil desconectar de tanta información recibida en
los últimos días. La conversación con Diana llegó a agotarme
mentalmente. Su testimonio me produjo verdadero hastío por las
movidas en que la gente se mete solo por despecho o para sentirse
viva en medio de la densa balsa de aceite donde flota la rutina.
Tampoco me extrañó demasiado que abrazara pasiones prohibidas
llevando una vida de amarga represión. Vivir en un puño es la peor
de las opciones, porque quien establece los límites somos nosotros,
no Dios. Recuerdo al cura Gorriti, capellán del colegio en el que me
crie, alertándonos de los peligros del pecado a la hora de besar a
una chica si nuestro compromiso con ella no era firme como las
raíces del baobab. No hace tanto de aquello, y veo que algunas
personas continúan tomándose tan estrictos conceptos tan al pie de
la letra que son capaces de endurecerlos aún más. Y siempre,
siempre se puede ir a peor. En aquellos años, ya había hecho mis
pinitos con una chica de un curso inferior llamada Laia. Recuerdo
bien las contradicciones que experimenté en su momento, la
quemazón de estar haciendo mal por sentir el delicioso
estremecimiento que se producía en todo mi cuerpo cuando le
rozaba un pecho con el dorso de la mano accidentalmente, la
apetente mirada que ella me devolvía cuando nos encontrábamos
solos en el pasillo al llegar tarde, la tentación de los baños vacíos y
las manos cubriéndonos la boca para evitar que nuestra oda al
pecado de la carne nos delatara. Ahora, cuando rememoro aquellas
pasiones de hornillo, sonrío al haber sustituido el miedo por ternura
hacia aquel adolescente con las hormonas hirviendo. La culpa que
mancha la naturaleza no puede ser natural, mucho menos divina.
Quizá sea la treintena lo que me hace pensar así, cuando uno
empieza a notar el creciente remusguillo en la espalda que anuncia
las primeras piedras de esa mochila con la que carga cada cual. La
experiencia transforma en conocimiento a la inocencia. Nunca me he
caracterizado por tener relaciones largas, y reconozco que se me
nubla el juicio donde hay una mujer hermosa. De hecho, solo hay
una por la que he sentido algo nuevo, algo que me asustaba porque
desconocía qué era aquello por lo que no podía dejar de quererla. La
misma con quien compartí momentos inolvidables en este mismo
lugar. Ahora, cuando cae la tarde y me dirijo al mirador del
Monasterio desde el monte, no puedo dejar de pensar en ella. En
Ioana. Y lo hago con el cuello abrigado por el fular que Malena se
dejó olvidado en mi coche el día de la boda de Lola. ¡Qué extraña
contradicción! Y qué fácil es todo al mismo tiempo.

El cisne del estanque junto al Monasterio pasea tranquilo en el agua.


No hay nadie a mi alrededor. Solo la brisa, Delafé y las Flores Azules
cantándome Como loco a través de mis auriculares y el deseo de
llamar a Ioana que no tardo en satisfacer. Salta el contestador.
«Hola, Ioana», alcanzo a decir.
El cielo se ha coloreado de rosa. Mañana va a hacer viento.
10

Viernes, 7 de octubre

El inspector Rubén Maudes no ha dormido bien esta noche.


La llamada de Miguel el pasado lunes explicándole punto por
punto la conversación que había mantenido con Diana de los
Alcatraces ha supuesto una verdadera revelación, si bien no tanto en
lo que cabe esperar a primera vista. Que fuese ella la que contratase
a César para calentarle la cama revela una personalidad peligrosa
capaz de conseguir aquello que se proponga mediante cualquier
medio. Sin embargo, tiene coartada. No tuvo tiempo ni posibilidad
de ir al piso donde César ya estaba aparentemente muerto como
para descerrajarle un tiro en la cabeza y luego volver. Pero el hecho
de contratar a un sicario, por mucho que se arrepintiera en un
momento dado, quiere decir que podría haber solicitado de nuevo
sus servicios. Las segundas veces son mucho menos pesadas que las
primeras.
Pero también está Gina, la princesita poligonera que conocía bien
todo lo que César se estaba trayendo entre manos. Aún resuena en
la cabeza del inspector aquel tono de voz tan chusco y
desagradable, en contraste, o sintonía, según se mire, con la
ostentosidad que le otorgaban las marcas que conforman su
vestuario. El nombre de esa chica permanece clavado en la corchera
de su despacho y de su mente. Sigue pensando que algo no cuadra.
Y nada puede frustrar más a Maudes que una incógnita sin despejar.
«Todo está demasiado bien engrasado», piensa en la penumbra de
su habitación. Las luces que se filtran a través de la ventana
proyectan en la pared figuras de espanto que le hacen rememorar
antiguas batallas con la realidad tangible y la suya propia. «No
mostraba ningún signo de aflicción. Este tipo de personas se suele
romper cuando se les toca una fibra vulnerable. Ella, en cambio, ni
pestañeó. Puede que esté acostumbrada a tratar con policías. O
puede que valga más por lo que calla que por lo que habla».
Demasiadas preguntas. Maudes solo encuentra una respuesta:
hay que seguir investigando.

Al inspector nunca se le ha dado demasiado bien respetar los


procedimientos. Su permanencia en el puesto que ocupa se debe a
que sus resultados son óptimos, eficaces, El modo de conseguirlos
carece de la más mínima importancia. Es por eso que esta mañana
se encuentra en Parla, buscando la dirección que Gina le facilitó en
caso de que necesitase profundizar en sus declaraciones. Como no
podía ser de otra manera, la dirección está mal. No hay ninguna
calle con ese nombre, y Parla es lo bastante grande como para
suponerle un buen dolor de cabeza.
Pero la policía no es tonta. Y Maudes no está solo.
Recuerda el número de teléfono apuntado en una servilleta que
encontró en la taquilla de César. Sabe muy bien qué hacer en casos
como este. No tiene más que hacer una llamada a Gael Tales,
subinspector de homicidios. Su peto y su espaldar. «Averigua lo que
puedas sobre el número que aparece en la foto que acabas de
recibir». Rara es la vez en que Maudes pide algo así, por lo que la
celeridad con que su colega actúa al respecto es notoria. Le han
bastado unos minutos para saber que el número pertenece a un bar
situado no muy lejos de donde se encuentra.
Tras pedir un café solo, Maudes aprovecha la soledad del
camarero en la barra para darle algo de conversación. Los posters y
banderines del Rayo Vallecano ayudan en gran medida a que el
hombre le mire con simpatía. Del fútbol pasan a hablar de dinero,
del dinero al negocio y de ahí a su soledad en el establecimiento. Es
entonces cuando el inspector mete la quinta marcha y pregunta por
la posibilidad de que una chica pelirroja haya trabajado allí como
camarera. No le dice el nombre, pues teme que Gina también le
haya engañado en eso. La respuesta le hace cantar línea en su
interior. Algo es algo. «Trabajar no, pero era una habitual. De allí
venía siempre», dice señalando al edificio de la otra acera. Incluso
ha tenido la deferencia de haberle dicho el piso. Habla de ella en
pasado, pero mejor no escarbar más. Ya tiene lo que quería. «Adiós,
que pase buena mañana».

El portal del edificio está abierto y recién fregado. Sea quien sea la
persona que se ocupa de la portería, está metida en el chiscón
vibrando a tope con la radio emitiendo Muriendo de envidia, de C.
Tangana. Maudes aprovecha para mirar los buzones. Sabe que va a
tientas, pero no es la primera vez que lo hace, y siempre suele
encontrar algo. Destaca el nombre de Georgina Rodríguez escrito de
forma más bien rudimentaria.
—¿Usted qué hace aquí? —escucha a su espalda. La voz
pertenece a una mujer fumadora desde su juventud.
El tono defensivo le obliga a enseñar la placa. Como no puede
ser de otro modo, la portera cambia su actitud.
—¿Conoce usted a Gina? A Georgina Rodríguez, quiero decir.
Ni siquiera completa su frase cuando la portera regresa un
instante al chiscón y le hace entrega de las llaves a Maudes. «Haga
lo que tenga que hacer».
«Por supuesto que lo haré», piensa, sorprendido por la reacción.

La puerta no abre bien, y Maudes se ve obligado a darle un


empellón con el hombro. Al ceder en seco, la sorpresa invade su
rostro. El piso está vacío. Tan solo un par de sillas yacen
desperdigadas por el suelo. La luz está cortada y huele mucho a
cerrado.
«¿Qué coño es esto? Quizá me haya equivocado», se dice a sí
mismo mientras activa su body cam. Pero sabe que el nombre de
Georgina no es común, y su descripción coincide con la mujer que
interrogó en la discoteca. Son muchas las variables que se cruzan en
su cabeza como una gran autopista. El camarero hablaba de ella en
un pasado reciente. «Me pareció verla salir hace unos días, como
siempre solía hacer a esas horas. Quizá me equivoque, porque no
veo bien de lejos. Pero que era pelirroja, eso seguro”.
No tira la toalla y enciende la linterna. Todo está lleno de polvo, y
las ganas de estornudar le tientan a abrir la ventana, pero desestima
la idea por prudencia. Además, el piso es pequeño y no le llevará
mucho tiempo registrarlo.
Salón, cuarto de baño, cocina, dormitorio. El vacío hace de aquel
apartamento un lugar más inhóspito, si cabe, que estando
amueblado. Aparentemente, no hay nada que destacar.
Aparentemente.
Esa estantería del salón le resulta extraña. Parece nueva. De
hecho, huele a nueva. ¿Por qué no llevarla consigo allí donde viva
ahora?
«Tal vez…».
El inspector tira del mueble con facilidad. Sonríe y canta bingo.
Tras la estantería, depositaria de un único libro que habla de plantas
medicinales, se encuentra una puerta cerrada con candado. No será
eso lo que le impida avanzar, desde luego. Maudes está lejos de ser
MacGyver, pero sabe muy bien cómo abrir este tipo de cerrojos.
Detrás de cada candado hay un misterio encerrado. Esa siempre ha
sido una de sus máximas y nunca le ha hecho errar el tiro. Sujeta la
linterna con los dientes y se ayuda de una horquilla que utiliza para
este tipo de situaciones.
Clic. Listo.
Abre despacio la puerta. El corazón golpea con ansia su pecho.
Puede percibir la oscuridad que encierran aquellas pareces, como si
pudiera sentir el mal. Maudes nunca ha hablado de esto con nadie
porque tiene miedo al descrédito, pero rara es la ocasión en que tan
extraña habilidad le haya fallado. Tal es la intensidad de su
sensación que se ve obligado a salir del cuarto y tomarse un par de
minutos antes de entrar de nuevo y descubrir el motivo de su
desasosiego.
—Dios santo. ¿Qué es esto?
Las paredes están repletas de fotografías cuyos rostros conoce
bien. Allí está Lola, también Cristino, y César, y Diana, sin mencionar
al resto de miembros de los Alcatraces. Las cabezas de los tres
primeros están tachadas en rojo. Ninguna imagen se libra. Pero no
solo eso. Su estupor aumenta cuando se fija en que también Miguel
aparece en las fotos. Como el resto de personas vivas, su rostro está
rodeado con un círculo. Y esa chica con la que pasea de la mano es
Malena. También hay fotos suyas en las que aparece caminando sola
o besándose con César. «Valiente cabrón hijo de puta, no te bastaba
con jugar a dos bandas, tenías que follarte a las tres».
El único mueble que ocupa la habitación es una mesa llena de
papeles impresos que describen la rutina de todas y cada una de las
personas que pueblan las paredes. Sea quien sea, esa mujer es una
maníaca que acaba de convertirse en la principal sospechosa de, al
menos, el asesinato de César. Algo que corrobora al ver un casquillo
de bala sobre la única fotografía que descansa sobre la mesa.
Su reacción no se hace esperar.
—Gael, soy Maudes. Envía una patrulla a esta dirección. He
encontrado algo importante.
El inspector regresa a la portería para hablar con la mujer, que ahora
ve la televisión. Hay miedo en sus ojos. Dice que no quiere
problemas con nadie, que ella se limita a limpiar y administrar la
correspondencia del bloque. Saber que la policía está en camino le
hace ponerse aún más nerviosa. Maudes le recuerda que él es quien
controla la situación, y que no tiene por qué asustarse.
—Es que una ha visto tanto, señor policía, tanto…
—Pero usted no debería ponerse así. Solo vamos a registrar el
piso del que me dio las llaves.
—Ah. ¿Y encontró lo que buscaba?
—Digamos que mucho más. Pero me ha extrañado que estuviera
vacío.
—Pero caballero, ¿y cómo quiere que esté? Si allí no vive nadie
ya.
—Tenía entendido que una joven pelirroja llamada Gina vivía allí.
Imagino que su nombre es Georgina Rodríguez.
—¿Gina, dice?
—Así es. Ella misma me lo dijo la semana pasada —responde
Maudes con una media verdad.
La portera niega con efusivos gestos mientras se santigua.
—Eso es imposible, señor.
—¿Imposible? ¿Por qué?
—Porque no puede ser. Gina murió hace seis meses.
El estómago del inspector acaba de darse la vuelta.
—¿Cómo dice?
La portera corre hacia el chiscón y revisa entre una columna de
papeles hasta dar con un par de recortes del periódico y se los
entrega al inspector.
—Fui yo quien la encontró. Era muy temprano, me acuerdo bien
porque solía limpiar su casa para ganarme un dinero extra, ya sabe.
Me extrañó que el cerrojo estuviera echado, ella siempre se
marchaba antes de que amaneciera. Abrí con cuidado, por si seguía
durmiendo. Las persianas estaban echadas, así que encendí la luz. Y
cuando lo hice… Allí estaba, tumbada en el suelo rígida como una
estatua y con una sonrisa que daba verdadero terror. Y los ojos
abiertos como platos. Le juro que todavía tengo pesadillas cuando
duermo. Su familia vació el piso, pero aún no han dicho qué van a
hacer con él.
—Muerte por envenenamiento —lee atónito. La mujer asiente
con efusividad.
—Estricnina, no se me olvidará ese nombre. En la tele dijeron
que es una muerte horrible.
Pocas veces una situación le ha dejado sin palabras. Solo alcanza
a agradecer su atención a la portera y salir afuera. Un frío tan
interno como sutil se apodera poco a poco de su cuerpo hasta sentir
un escalofrío.
«Si Gina está muerta… ¿Quién es la mujer con la que hablé en la
discoteca?»
11

El chocolate con picatostes que he pedido en el Miranda me ha


resultado agridulce. Este lugar ha sido testigo de momentos
inolvidables con Ioana, y el mero hecho de sentarme junto a la
ventana me recuerda a ella. No ha respondido a mi mensaje, y lo
entiendo. Tres años son muchos años, aunque ella sabe bien que no
fui yo quien puso distancia de por medio. Si las circunstancias
hubieran sido otras, yo no habría regresado a Potes. Pero todo
sucede por algo y para algo, como me he dicho en más de una
ocasión. Aquello tuvo que hacerse por su seguridad. Y es inevitable
que la vida y su devenir se abran camino.
Tal y como supuse, hoy hace más frío y viento que ayer. La tarde
ya está cayendo y el suelo de algunas calles rebosa de castañas
pilongas cuyo brillo hace casi irresistible el impulso de no guardarse
alguna en el bolsillo. Combinado con la frescura que viste el olor de
la sierra, San Lorenzo se convierte en un lugar mágico que rebosa
vida por ser viernes. Creo que me dará tiempo a dar un paseo por la
Lonja antes de subir de nuevo al hotel. Después me daré otro
garbeo, me cruzaré con alguna cara conocida, como suelo hacer, y
acabaré en algún bar brindando por lo que se me ocurra.
La acústica de la Lonja hace que se entremezclen los estilos de
música que varios grupúsculos adolescentes escuchan sentados en
los bancos de piedra con unos altavoces cilíndricos tan potentes
como diabólicos. Trap, rap, chunda chunda, ruido rítmico ininteligible
que ensordece a los propios chavales y les impide hablar como
personas normales. Quizá me esté haciendo mayor y comience a no
entender la juventud de hoy en día.
Ya lo decía mi yaya Sorne.
«El tiempo es como la mierda río abajo. No hay quien lo pare».
Continúo mi paseo hasta llegar al estanque del cisne. Nunca me
detengo aquí sin descansar medio cuerpo sobre las piedras del
mirador. Me echo hacia delante con los brazos cruzados y me
abandono al pasar de la vida. El viento se pasea por el agua
alterando el brillo de la luna, convirtiéndolo en una estela plateada
que para mí representa el colofón de la magia. Solo falta que el
cisne se transforme en la princesa Odette, víctima de una maldición
lanzada por el brujo Rothbart, que en ese momento había adoptado
la forma de un búho. Mi mente reproduce la pieza más conocida del
ballet de El lago de los cisnes, historia de la que provienen estos
personajes. Y pienso también en Odile, la hija del brujo que
representa el cisne negro en la historia. Un cisne negro muy
diferente del mío.
¿Habrá una Odette y una Odile en vida?
Un pensamiento absurdo e intrascendente que se esfuma al
sentir la vibración del teléfono en mi bolsillo. Mi corazón da un brinco
al que le sigue el resto de mis órganos vitales. No es Ioana. Es
Malena.
—¿Miguel?
—Hola, Malena.
—Escucha, yo… Es que… Ay, Dios mío…
—Malena, ¿qué ocurre? Me estás preocupando.
—Las amenazas que te dije no dejan de aumentar. Me llegan al
móvil, al correo, incluso por carta. Tengo miedo, Miguel —su
angustia le hace hablar al borde del llanto—. Tengo mucho miedo.
—Procura tranquilizarte un poco. Sé que es fácil decirlo, pero así
solo vas a conseguir bloquearte más. Estoy en la sierra de Madrid,
pero voy para allá. En cuanto cuelgues, llama a la policía.
—Ya lo he hecho, pero…
Escucho un ruido al otro lado del teléfono que proviene de la
puerta. Lo sé porque chirriaba cuando estuve allí. Los jadeos de
Malena al correr hacen que me pregunte qué está pasando, pero ella
no responde. Gime de miedo hasta que empieza a gritarle a alguien.
«¡No! ¡Déjame, déjame! ¡Miguel! ¡Socorro, Miguel!», grita sin control
mientras escucho el caer de cosas al suelo. Los alaridos continúan
hasta que lo que parece ser un disparo clama al silencio que se
produce a continuación.
Después, la llamada se corta.

Conduzco con el acelerador a fondo y el horizonte como meta


mientras procuro mantener la calma de todos los modos posibles.
Por suerte, la entrada a Madrid está mucho más despejada que de
costumbre al haber arrancado el fin de semana, pero los controles
de velocidad me fuerzan a no pisar a fondo el acelerador y
encaminarme a mi destino como yo quisiera. ¿Quién querría hacer
daño a Malena cuando jamás se ha metido en problemas? Pienso en
Lola. Maldita la hora en que conoció a la hija pequeña de los
Alcatraces. Esa mujer maleaba cuanto estuviera a su alcance, y ni
siquiera su fisioterapeuta se ha librado. Y esa Gina, ¿qué cable se le
habrá podido cruzar como para hacer lo que ha hecho? Ahora
resulta que yo también estoy en su lista. Pues que venga a verme.
Que venga.
¿Qué estoy haciendo en la puerta de su casa una hora después?
Debería dejar que la policía hiciera su trabajo. Pero no hay policía.
No veo ni un solo coche patrulla en la calle. Malena es la única que
estaba en el edificio, porque el resto de vecinos se ha marchado a
pasar fuera el fin de semana. La puerta de entrada está a mal trabar,
así que no tengo más que empujarla y subir las escaleras de dos en
dos hasta llegar a su piso, también entreabierto.
La sorpresa cuando entro y enciendo la luz es mayúscula.
No hay nada.
Nada.
El piso está vacío. ¿Dónde están los sofás? ¿Qué ha pasado con
la consola que había en el fondo? ¿Y las estanterías llenas de libros?
Es como el escenario de un teatro que se ha quedado vacío. Lo
mismo ocurre en su dormitorio, la cocina y el cuarto de baño, incluso
las paredes están desprovistas de sus cuadros.
Solo hay una cosa.
Un círculo de pequeñas flores amarillas en el suelo rodea una
fotografía polaroid con Malena amordazada. Le han obligado a mirar
a cámara y sus ojos son la viva expresión del terror. En el reverso
hay un beso estampado sobre una nota.
«Ven solo a esta dirección. Nada de policía o la mato».
12

El inspector Maudes se precia de que nada de lo que hace en la vida


es casual. Esta postura, calificable como oportunista según la visión
de algunos, es lo que le permite acceder más fácilmente a lugares
para los que, de otro modo, necesitaría pasar por el tedioso camino
del trámite. Por eso ha podido pedirle a Cascales, el mejor perito
criminalista que conoce, uno de los muchos favores que le debe.
—Necesito que compares este casquillo con la bala que mató a
Esteban Vicent.
—Para ayer, supongo —responde el forense.
—Para anteayer. Sé que no son horas, pero necesito el resultado
con urgencia. Lo que hay en ese piso compromete la vida de varias
personas. Si ese casquillo coincide con la bala, estaremos un paso
más cerca de coger al asesino, sea quien sea.
—Haré lo posible, pero no será antes de una hora por mucho gas
que le meta.
Una hora es suficiente para lo que Maudes quiere hacer. Tras
haber realizado las gestiones oportunas, el material encontrado en
casa de Gina se encuentra en su despacho. El primer paso es saber
quién era la verdadera Georgina Rodríguez, y no hay nadie más
rápido en comisaría para estas lides que el subinspector Gael Tales.
La confianza entre ambos sugiere que el requerimiento de su
presencia un viernes por la noche le ha sentado como una ostra
mala al estómago, pero tiene claro que él no es el patrón aquí.
Todavía.
—Hay algo más. Averigua todo lo que puedas sobre esta chica.
Malena Sánchez Albiol.
—¿Quién es?
—Aparece en las fotos del piso con un círculo rodeándole la cara,
como el resto de los otros. Tiene una entente con el abogado, o lo
tenía. Es la única persona de la que no sé nada, y quiero que deje
de ser así.
—Vale. Comenzaré con Georgina.
Maudes deja solo a su compañero y se mete en su pecera.
Desperdiga las fotografías sobre la mesa y coloca sobre ellas el hilo
rojo que las unía con el fin de encontrarle algún sentido. Lola y
César coronan el mural. Ambos están tachados con una X que le
llama la atención. El trazo es suave y limpio, exento de cualquier
signo que muestre la más mínima animadversión hacia ninguno de
los dos. Su intuición le dice que el crimen pasional puede quedar
descartado. Quien quiera que hablara con él en la discoteca, había
interpretado su papel con indiscutible maestría. Ese odio exacerbado
hacia César no era más que puro paripé. No solo eran víctimas. Eran
objetivos. Y, por extensión, lo es también el resto de individuos que
figuran en tan macabro panel.
Lo cual quiere decir que el verdugo que busca podría ser una
mujer.
Esa mujer.
Repasa los nombres del caso. Lola. César. Cristino. ¿Qué pasa
con Cristino? ¿Por qué no aparece en el mural? Sería muy burdo
pensar que la ausencia de su foto se debe a que él fue el artífice de
toda la trama. Sin embargo, el hecho de que todo se haya llevado a
cabo de una manera tan deliberada sugiere al inspector que Cristino
no sea más que un chivo expiatorio a quien cargar con todas las
evidencias. El exnovio despechado de la novia que le mete un tiro el
día de su boda. Que colgara del balcón a modo de campana nupcial
es un hecho anecdótico. Podría haberla disparado en el momento de
salir del portal, si se hubiera dado el caso. Pero también está César,
y es físicamente imposible que pudiera desplazarse hacia su barrio
en tan poco tiempo antes de que la policía irrumpiera en su vivienda.
Suponiendo que fuese él quien mató a Lola, tuvo que servirse de
alguien para completar su tarea y así cargarse al gigoló. Bien podría
ser la chica o quien haya estado utilizando el piso a modo de cuartel.
En todo caso, no hay duda de que hay dos asesinos.
Maudes está molesto y da un puñetazo sobre la mesa que
resuena en todo su despacho. El golpe ha llamado la atención de
algunos compañeros, que miran curiosos desde el pasillo. Cuando
eso ocurre, todos saben que está cerca de encontrar lo que busca
porque está frustrado. Hay algo que se le escapa, algo con muchas
cabezas, con muchos flecos que amarrar. Piensa en Diana, la
hermana pía que se acuesta con su hermanastro, a quien su madre
ha conseguido incluir en la herencia que su nuevo y rico marido les
dejará cuando parta hacia un mundo mejor. La misma que pagó a
César para seducir a su hermana y poner a Cristino en el lugar que
ahora ocupa. La misma a quien su propio plan le explotó en la cara y
tuvo que sucumbir ante los chantajes del puto para mantener a
salvo su infame secreto. El odio que se tenían las hermanas era
mayor que el amor familiar, por mucho que le ayudara a prepararse
para la ceremonia. Qué conveniente el hecho de estar en casa con la
víctima en el momento en que se produce su asesinato. Tampoco
hay que olvidar a Jesús Pasión, patriarca de los Alcatraces y
encargado de inculcar a sus hijas la napoleónica y maquiavélica
enseñanza de que el fin justifica los medios. Tal fue la literalidad con
que se tomaron aquella lección que, de aquellos polvos, estos lodos.
Tampoco el viejo está libre de sospecha. No en vano, le pagó una
cantidad absurda de dinero para que se borrara del mapa vital de su
hija fingiendo que alguien le había pegado un tiro en la cabeza.
En los trazos automáticos con que emborrona sus notas se
distinguen tres nombres: Jesús Pasión, Diana y la supuesta Gina.
Sabe que la respuesta se encuentra ahí, soterrada bajo las letras que
los componen. «Pero hay algo que se me escapa, joder».
El fuerte timbrazo del teléfono le expulsa de su imaginario
haciéndole blasfemar.
—Dime, Cascales.
—Esto te va a encantar. Ya tengo los resultados que me pediste.
—¿Coinciden?
—Hasta el último detalle. Has encontrado el casquillo de la bala
que mató a ese tipo.
Maudes aprieta el puño a modo triunfal. Un paso más. Un paso
menos.
—La mala noticia es que no hay huellas en el casquillo. O bien lo
han limpiado de forma concienzuda, o bien el asesino se ayudó de
algo para cogerlo. Unos guantes, un pañuelo… No hay nada de qué
sacar partido.
—Investigaremos el piso más a fondo, por si se nos ha escapado
algo. Nunca se puede estar…
—… seguro del todo —completa la frase—. Ya son unos pocos
años sufriéndote, Maudes. Espero que te haya servido. Ahora, si no
necesitas nada más, me gustaría disfrutar de mi fin de semana.
—Por supuesto. Y bien merecido. Gracias, Cascales.
—Y el lunes pagas tú el desayuno.
—Cuenta con ello.
El inspector cuelga el teléfono con una sonrisa de satisfacción. Ya
tiene un hilo del que tirar. Ahora solo falta la otra parte.
Como por ensalmo, el subinspector Tales aporrea la puerta del
despacho y entra antes de que a Maudes le dé tiempo de decir
«adelante».
—Jefe, tengo cosas que contarte.
Cuando Tales actúa con impetuosidad es que ha encontrado algo.
Maudes se acerca a él para ver de cerca los papeles que lleva
consigo.
—Georgina Rodríguez treinta años. Era hija de inmigrantes
dominicanos, pero tenía nacionalidad española. Combinaba los
trabajos de camarera y limpiadora. No hay nada de donde rascar,
está limpia. Como ya sabemos, murió hace seis meses por ingerir
una cantidad de estricnina que acabó con ella en pocas horas. Lo
más seguro es que fuera envenenada, pero no hay sospechosos. El
caso sigue abierto.
—Nada que no sepamos, entonces. No entiendo tu entusiasmo.
—Es que no estoy así por ella. Es por la otra. Por Malena.
—¿Qué has encontrado?
—La pregunta es qué no he encontrado —responde Gael
cediendo los papeles al inspector—. Y es mucho. Demasiado.
—Pero esto no puede ser. Aquí faltan datos.
—No falta nada, jefe. Mira las fechas.
Cuando Maudes siente frío en el cuerpo es que algo no va bien. Y
este frío es intenso. Muy intenso.
—Tengo que salir. Puedes irte a casa.
Agarra su abrigo tres cuartos y se echa a la calle.
Si la corazonada que le atenaza el pecho es cierta, Miguel está en
peligro.
13

El GPS me ha traído a una enorme nave industrial que parece haber


sido pasto de las llamas en algún momento de su existencia. Las
letras que le dan nombre están pintadas sobre el trozo de fachada
construida en ladrillo. Cerámicas Arce. Quien quiera que haya
secuestrado a Malena, me ha traído a una fábrica abandonada. Las
expectativas de lo que me voy a encontrar no son precisamente
halagüeñas. Alrededor no hay más que tierra y un par de motos
dejadas también a la buena de Dios.
Lo primero que hago es encender la linterna del móvil y ponerlo
en silencio. No quiero que una llamada inoportuna pueda suponer
algún tipo de peligro para Malena. Nunca pensé que llegaría a
ocurrirle nada. ¿Por qué ella y no Diana? También ha sufrido
amenazas e incluso notado la presencia de alguien acechando su
casa. Malena tiene mucho menos que ofrecer. No es más que una
fisioterapeuta que tuvo la mala fortuna de conocer a Lola. Tiene una
vida sencilla que el agresor bien habrá podido comprobar al ver lo
que una vez fue su piso. ¿Qué habrá pasado con todas sus cosas?
¿Por qué se han llevado hasta el especiero de la cocina? Es como si
hubieran pretendido borrar todo lo que tenga que ver con ella.
Demasiadas molestias para una persona con tan poco que ofrecer.
Y luego está esa nota. Pensar en su rostro invadido por el más
horrible de los espantos me hace hervir la sangre y desear cargarme
al cabrón que se haya atrevido a tocarle un solo pelo. Apostaría a
que le hicieron besar la foto. Sean sus labios o no, es una firma que
señala directamente a esa tal Gina de la que Maudes me habló. Esa
tía tiene que estar en el ajo, y no es descabellado pensar que vaya a
encontrarme con ella. Ojalá su hocico de sabueso le lleve por el
buen camino y acabe con esto de una vez. Yo no me veo capaz de
hacer más. No cuento con los recursos ni los medios para hacer lo
que me gustaría. Por no tener, ni siquiera tengo idea de cuál va a ser
mi próximo movimiento. Dudo si entrar o ir merodeando por los
alrededores. Ninguna de las dos opciones a contemplar es práctica
ni aconsejable. Además, la nota dice únicamente que me presente
aquí. Estoy por llamar al inspector en calidad de amigo. Al fin y al
cabo, no sería lo mismo que hacerlo a las autoridades de forma
oficial.
¿Es un resplandor eso que veo? Parece emanar del interior. El
destello es variable, como si bailara en la sombra. No puede ser otra
cosa que fuego, lo cual quiere decir que hay alguien dentro. Tengo
que buscar una entrada, pero no encuentro más que pared. Recorro
el perímetro a buen paso. Es una superficie grande, así que debo
darme prisa. Incluso palpo las paredes en busca de una falsa puerta,
pero no tengo tanta suerte. Toca seguir. La perspectiva reduce el
tamaño de mi coche conforme voy alejándome, y, con él, las
posibilidades de salir de aquí como si huyera del mismísimo Belcebú.
A medida que este se empequeñece en la distancia, la inseguridad
va en aumento. Sé honesto, Migueluco. No es inseguridad. No es
incertidumbre. Es miedo. Miedo porque sabes que vas a encontrar
algo mucho más grande y fuerte que tú. Y vas directo a su
encuentro. O eres muy valiente, o eres gilipollas.
¡Por fin! Aquí está. Una puerta oxidada entreabierta que empujo
haciendo contrapeso con el pie. Cede acompañada de un chirrido
infernal que me hace apretar los dientes y cuyo eco resuena en el
interior como un cantar de grillos desgañitados. Adiós a mi entrada
discreta.
El pasillo al que da acceso parece haberse fusionado con la nada.
Solo mi linterna rompe la oscuridad con su potente pero
unidireccional foco. Hay dos pasillos, uno frente a mí y el otro a la
derecha. Este último es el que más me llama, y conviene hacer caso
al instinto en situaciones límite. Lo que hay a mi alrededor parece el
escenario de una guerra. Todo está quemado, roto, muerto. Puedo
sentir dolor, desamparo, soledad y miseria por igual. Las paredes
respiran un conglomerado de oscuridad aún más intensa que la que
invade el recinto. El sonido de los cristales al pisarlos se me antoja
un eco de destrucción, un recordatorio de que aquí ocurrió algo y
que este lugar ya albergaba violencia incluso antes de haber ardido.
Joder, yaya, ¿por qué heredé tu don? ¿Por qué tengo que percibir las
impresiones de sufrimiento que otros han dejado incrustadas allí
donde lo han experimentado? Y lo peor es que no lo puedo
controlar. Cuando se activa, me convierto en una antena viviente
hasta que pierdo la conexión. Siento como si este lugar tuviera ojos
y oídos, y que alguien con una presencia brutal está siguiendo cada
uno de mis pasos. Es como si Cerámicas Arce tuviera vida propia.
Por un momento me olvido de la pobre Malena y centro toda mi
atención en el extraño yuyu que me recorre el espinazo.
Es extraño. Me siento observado, pero no tengo miedo. Es, más
bien, un sentimiento de temor reverencial.

Continúo caminando hasta que el pasillo dobla a la izquierda. Hay


varias puertas a los lados, pero todas ellas conducen a pequeñas
salas. Una de ellas parece albergar objetos personales, como la
minicadena calcinada que descansa sobre una mesa. El nombre de
Olya está pintado en la pared con trazos gruesos de color blanco.
También veo un pedazo de madera que debía de pertenecer a una
mesa o a un mueble con importantes dimensiones. No lo veo bien,
así que me adentro en la habitación hasta verlo de cerca. Tocarlo,
como no puede ser de otro modo, hace que me estremezca. Emana
una fuerza brutal que llama al respeto más absoluto. Leo la
inscripción: Ratanus Tabula. «Tabla de Ratán» en latín. Voy
entendiendo cosas.
Escucho un ruido a lo lejos que me devuelve a mi búsqueda.
Aprieto el paso todo lo que puedo, giro a la derecha y veo luz al
fondo. Camino todo lo rápido que puedo sin llegar a correr por
temor a resbalarme con los pedazos de cristal. Cruzo el umbral hasta
lo que creo que es el corazón de la nave, un gigantesco espacio
ocupado únicamente por barriles de metal que arden furiosos. El
baile de las llamas hace de este un lugar más macabro, si cabe, de
lo que ya es de por sí. Solo hay dos barriles que no despiden llama
alguna. Aminoro la marcha para explorar el entorno mientras el
fuego parece cantar el preludio de lo que está por venir como si se
tratase del coro de una tragedia griega hasta que unos gemidos
rompen el compás de la ígnea melodía.
Veo a Malena. Está sentada en una silla, justo en el centro del
círculo que forman los barriles. La han amordazado y atado.
«¡Malena! —grito acercándome a ella—. ¿Qué te han hecho? ¿Estás
bien?», le pregunto mientras su mirada se hunde en mis ojos y lanza
un grito que amortigua la cinta americana que le han puesto a modo
de mordaza. Intento quitársela del modo más suave posible, pero
veo que la mejor manera de hacerlo es dando un tirón seco que,
ahora sí, libera su boca del silencio impuesto. «Tranquila —le digo—,
ya está, ya ha pasado todo». A falta de una navaja, me ayudo con el
mechero que siempre llevo encima para quemar las cinchas que le
inmovilizan manos y piernas. Por suerte, logro romperlas sin que la
lumbre le haga daño. Intenta ponerse en pie, pero no lo consigue.
—Date tiempo. Debes de llevar mucho aquí atada. ¿Qué ha
pasado?
—Me… Me sorprendieron. Estaba hablando contigo cuando…
—Lo sé, escuché los ruidos.
—Fue como un vendaval. De pronto, no me podía mover. Me
ataron antes de que pudiera darme cuenta. Luego me metieron en el
maletero de un coche —Malena se cubre el rostro, compungido de
angustia contenida—. Y después me trajeron aquí.
—¿No llamaste a la policía?
Niega con la cabeza.
—No me dio tiempo.
—Joder, tenía que haberlo hecho yo…
—Habría sido peor. Ella dijo que nada de policía.
—¿Ella?
Ahora asiente.
—La chica que iba con ellos. Una pelirroja. Parecía que mandaba.
—Gina…
—¿Qué?
—Creo que sé de quién se trata. Colaboro con el inspector de
policía que lleva el caso de César, y estoy seguro de que ella tiene
algo que ver. Si no fue la asesina, al menos lo planeó todo. Incluso
puede que sea también la responsable del asesinato de Lola. Todo el
tiempo buscando atar cabos y resulta que esa tía es una delincuente
con influencias… No hemos estado avispados.
—No sé de qué estás hablando, pero es mejor que salgamos de
aquí cuanto antes.
—Será mejor, sí. Esto es muy extraño.
—¿El qué?
—Todo. La nota iba dirigida a mí. ¿Cómo sabían que iba a ser yo
el primero en encontrarla? ¿Por qué querían que viniese a este
lugar? ¿Qué quieren de mí? No sé qué está pasando, Malena. Yo soy
una persona normal con una vida tirando a aburrida. No tengo nada
que ofrecer a nadie. Además, el vínculo que tenía con el caso de
Lola se esfumó con la muerte de…
Un momento…
—¿Qué pasa?
—Cristino. Quien lo matara, escribió mi nombre a su lado. Quizá
tenga algo que ver. Sea como sea, hay que largarse ya.
—De acuerdo. Ayúdame a levantarme.
Hago lo que dice. Malena hace un esfuerzo para ponerse en pie y
se me echa encima como un fardo, lo que no impide que de pronto
sienta un pinchazo en la nuca, como si me acabase de picar una
avispa.
—La salida está… La salida…
—¿Qué pasa, Miguel?
—La…
—¿Sí?
El rostro de Malena ha pasado de la alteración a estar relajado
por completo. Incluso me sonríe.
—¿Qué me pasa…? ¿Qué me has…?
—Shhh… Tranquilo. Todo está bien.
No puedo hablar. No puedo moverme. Mi cuerpo se está
quedando dormido y mis pensamientos se disipan en una nube
densa de la que acabo formando parte mientras Malena se cruje la
espalda y su pelo parece volverse tan oscuro como el negro que
invade mis ojos hasta que caigo preso del sopor.
14

«El número marcado no está disponible. Por favor, deje su mensaje


después de la señal».
—Miguel, soy el inspector Maudes. Tienes que saber algo. La
mujer que aparece en la foto junto a César no es quien dice ser. La
verdadera Gina murió envenenada hace medio año. Su casa
escondía un zulo repleto de fotografías en las que aparecían todos
los miembros de la familia Alcatraces, y tú estabas entre ellos. Cada
uno de vosotros tenía un círculo rodeando vuestras caras. La única
persona que no conocía es a Malena, la chica de la que me hablaste.
Dijiste que también sufre amenazas, y, de hecho, aparece en ese
mural. No tenía datos sobre ella, así que la he investigado. Miguel,
no quiero asustarte, pero hay algo muy raro en esa mujer.
Oficialmente, los únicos datos recogidos sobre ella son de los últimos
seis meses. Movimientos bancarios, visitas a hospitales, la licencia
del local… Lo llamativo es que antes de eso no hay absolutamente
nada. Ni rastro. El hecho de que su existencia coincida con el tiempo
en que la verdadera Gina lleva muerta, me hace pensar lo peor de
ella. Por favor, llámame en cuanto puedas. Y una cosa más, Miguel.
Ten cuidado, ¿de acuerdo? Ten cuidado.
15

Percibo una luz danzarina tras mis ojos cerrados y el sonido del
fuego me devuelve al mundo sensible con su particular violencia.
Poco a poco, vuelvo a tomar consciencia de mi cuerpo. Me
encuentro sentado en una silla, con las manos inmovilizadas desde
atrás. Mis piernas también se encuentran atadas con dos cinchas. Al
liberar mis párpados, veo que estoy sentado en el mismo lugar
donde encontré a Malena. Los barriles continúan liberando un fuego
iracundo que parece acrecentarse poco a poco. Miro a mi alrededor
y solo hallo la miseria del abandono en todo cuanto me rodea.
Tengo sed y gimo como si acabara de despertarme.
—¿Ya has vuelto? —escucho tras de mí. Quien quiera que sea,
me agarra del pelo y echa mi cabeza hacia atrás. Es una mujer
morena, creo. Clava sus ojos en los míos con una intensidad que
llega a intimidarme.
—Menudo viaje te has pegado, chaval. Tampoco te he metido
tanto en el cuerpo.
Coloca otra silla frente a mí, pero no se sienta. Sigue mirándome
de arriba abajo con la satisfacción del cazador contemplando a su
presa. Ha dejado de vestir como la estilosa Malena para llevar unos
vaqueros ajustados y una camisa negra entallada. De su cuello
cuelga una piedra azabache en forma de colmillo. Media melena
tirando a larga que le cae por entero del hombro derecho.
—Estás muy mono así. Me dan ganas de comerte entero.
—¿Quién eres? —pregunto con la tranquilidad interna de haber
recuperado por completo el habla.
—¿Quién quieres tú que sea? Si te apetece, puedo ser Malena de
nuevo —responde impostando la voz—. O también puedo ser Gina,
sabes.
Se echa a reír como si aquello fuera un chiste. Llegados a este
punto, no sé si estoy ante una desequilibrada mental o si me
encuentro delante de una psicópata que sabe muy bien lo que está
haciendo. Por fin, decide sentarse. Debe de tener mi edad o un poco
más. Apoya el brazo derecho sobre el respaldo y cruza las piernas.
—Te di una pista de mi nombre con la fotito que encontraste en
el apartamento. Daba el pego de mujer aterrorizada, ¿verdad? Soy
muy buena actriz.
Una pista… No había nada en el piso a excepción de la puta foto.
Y estaba rodeada por pequeñas flores amarillas. Mi abuela era una
gran conocedora de plantas medicinales y procuró inculcarme su
sabiduría, aunque nunca llegó a interesarme demasiado. Sin
embargo, logré aprender a distinguirlas y conocer sus nombres.
Conozco bien el de esa flor.
—Ruda —concluyo. La mujer me da un lento aplauso con gesto
de aprobación.
—Siempre supe que eras un chico listo.
—Nadie se llama así.
—Pero yo no soy Nadie, cariño. Ni en un sentido, ni en otro. Por
eso puedo hacer lo que hago.
—¿Y quién es Ruda?
Se sorprende. O finge sorpresa, no lo sé.
—¿Que quién soy? ¿Es que Álex no te ha hablado de mí?
Cierro los ojos y aprieto los dientes de rabia. Otra vez Álex Jon.
Otra vez Gens. Otra vez las intrigas, la oscuridad y el odioso
secretismo que todo lo envuelve. Maldita sea la hora en que volví a
buscarle. Maldito el momento en que le conocí.
Forcejeo con las cinchas que me atan las manos, pero no consigo
más que zarandearme y aumentar mis nervios. Ruda levanta la
mano para pedirme que me detenga. Dice que es inútil, y que,
aunque lograra liberarme, no conseguiría dar un solo paso sin que
una bala me atraviese el corazón.
—¿Ves ese puntito rojo que tienes en el pecho? Viene de allí
arriba. —Señala la primera planta—. Tiene órdenes expresas de
disparar en caso de que te levantes de ahí. Si yo fuera tú, me
quedaría quietecito para evitar males mayores. No querrás irte de
este mundo sin conocer lo que tanto llevas buscando, ¿o sí?
—¿Qué quieres decir?
—Lo sabes muy bien.
—Si es por Álex Jon, no tengo idea de dónde está. Llevo años sin
verle ni hablar con él. Y llegados a este punto, espero que siga
siendo así.
—Oh, eso ya lo sé. Me lo dijiste tú mismo.
Frunzo el ceño con extrañeza.
—¿Que yo te lo dije? No he hablado con nadie sobre él.
—No conscientemente, por supuesto. Se nota que eres un
hombre leal, y reconozco que Álex tiene suerte a ese respecto.
Ya empezamos con los típicos formalismos que propicia la
superioridad. Puedo estar a punto de morir, pero lo último que estoy
dispuesto a aguantar es que me haga partícipe de un juego estúpido
para satisfacer su propio ego. Debería estar acojonado por la
situación, pero supongo que el cerebro es sabio si se sabe utilizar.
—Tía, si vas a matarme o hacerme algo, al menos déjate de
hostias y de enigmas. Lo menos que puedes hacer es ser clara y
tener un poco de respeto. Ya que has fingido tenerlo todo este
tiempo, al menos mantenlo hasta el final o pégame un tiro de una
puta vez.
Mantiene la misma mirada, pero su rictus ha cambiado. Dibuja
una media sonrisa y acepta mis palabras.
—¿De qué coño conoces a Álex y qué tengo que ver con todo
esto?
Antes de responder, saca una caja de puritos y enciende uno. Lo
que me faltaba. Detesto ese olor.
—Mi nombre es Ruda. Fui una de los tvtores de Gens.
—No sé qué es eso.
—Formaba parte de la cúpula, por así decir. También fui mentora
de Álex Jon. Tuvimos nuestras diferencias y digamos que la cosa se
torció. Tuve que pegarle tres tiros en el pecho, pero el muy cabrón
fue lo bastante previsor como para olérselo y sobrevivir.
—Sigo sin saber qué pinto yo en esto.
—Tú eres la última persona con la que Álex trabajó antes de
desaparecer. Por tanto, había posibilidades de que conocieras su
paradero. Desde que Gens se disolvió, pocas han sido las ocasiones
en que se ha dejado ver. La última y más notoria fue hace tres años,
cuando decidió colaborar contigo para resolver una desaparición. Te
suena, ¿verdad? Esa tal Ioana. —Guardo silencio mientras intento
liberarme de las cinchas en un esfuerzo inútil—. Tengo cuentas
pendientes con Álex. Regresé hace poco a esta ciudad y he
intentado seguirle la pista en vano. Tú eras el único clavo al que
agarrarme. Así que, aprovechando la coyuntura, me metí en tu vida
y logré seducirte. No pongas esa cara, chico. Eres tremendamente
fácil con las tías, ¿sabes? Fue realmente fácil conseguir que acabaras
comiendo de mi mano. Por supuesto, hice también de aquello algo
solaz. Una vía de escape bajo la apariencia de tu apreciada
fisioterapeuta. Apreciada, no querida. Nunca te llegaste a enamorar
de mí. Ni siquiera echamos un triste polvo.
—Sí que lo hicimos.
—Oh, ¿te refieres a la noche que viniste al piso? No hicimos
nada, cariño. De hecho, no puedes recordar nada de aquello.
Me estoy cabreando de verdad. Esta zorra me ha estado
utilizando desde el principio.
—¿Qué me hiciste?
—Pentotal. O suero de la verdad, como prefieras llamarlo. Tenía
que averiguar lo que sabías de Álex y me cansé de esperar. Pero,
aparte de las risotadas propias del efecto que causa el suero, no
dijiste una palabra. Amaneciste con dolor de cabeza, como era de
esperar, y yo me serví del momento para acabar con nuestra
particular relación. Era eso o matarte.
—¿Y por qué no me mataste?
Ruda le da una calada al cigarro y me echa el humo en la cara.
Hago gala de mi estoicismo para simular que no me afecta.
—Ignoro quién convenció a Cristino para contratarte, pero estoy
segura de que tiene que ver con Gens. Por eso hice lo que hice. He
sido testigo de tus averiguaciones con tu amigo el inspector, que,
dicho sea de paso, tiene un par de revolcones. ¡Cuando le tuve
delante haciendo de Gina, me puse como una moto, chico!
«Haciendo de Gina»… A estas alturas, ya nada me sorprende.
—Tú mataste a César.
Ruda asiente con gesto pesaroso.
—C’est la vie. No había otra.
—¿Pero cómo…?
Recuerdo bien aquella mañana. Vimos cómo Lola moría víctima
de un disparo para después caer a plomo sobre el colchón de aire
que le habían preparado los bomberos. Ruda, entonces Malena,
asistió a Diana antes de que lo hiciera el equipo de psicólogos.
Después se presentó al inspector y me dijo que quería irse a casa.
—El taxi… —deduzco.
—Obvio, ¿no crees? Me estaba esperando. Aproveché para
cambiarme mientras íbamos a casa de Esteban. Abrí la puerta con el
juego de llaves que le birlé al portero un par de días antes y le metí
un tiro en el entrecejo antes de que le diera tiempo a abrir la boca.
Después colgué las llaves en el chiscón y pista.
—Y también mataste a Lola. O, al menos, ordenaste su muerte.
—Eso es mérito de mi amigo el taxista —responde señalando a la
primera planta. Sin duda, se refiere a quien me está apuntando con
el láser.
—Pero ¿por qué? ¿Qué puedes sacar tú de todo esto? No creo
que Gens te lo pidiera.
—Gens ya no existe, chico. No como tal, no como yo la conocí.
Solo soy una mercenaria que se gana la vida honradamente. No
obstante, quizá seas tú quien debas pedirles explicaciones.
—¿Qué quieres decir?
Ruda sonríe. Sabe que ha tocado un punto de dolor y, por su
mirada, intuyo que está dispuesta a exprimirlo al máximo.
—¿No te tiran los hombros, Miguel? ¿Nunca te has preguntado si
de verdad haces todo esto por voluntad propia? ¿Crees que eres
realmente libre?
—Nadie es realmente libre. Ni siquiera tú.
—Pero algunos somos más libres que otros. Yo sé para quien
hago las cosas. Tú, en cambio, no eres más que una marioneta.
—Solo quieres confundirme, y no pienso permitírtelo —respondo
negando con la cabeza.
—Ya lo descubrirás. O no, quién sabe. Al menos, yo cobro por lo
que hago.
—Entonces alguien te pagó. ¿Quién? ¿Quién pudo ser capaz de
contratarte para matar a Lola y César?
Ruda mira hacia el techo, absorta en la calada que acaba de
darle a su cigarro. Expulsa el humo despacio en forma de aros para
luego lanzar otra ráfaga uniforme que los atraviesa a todos.
—No quiero mentirte, Miguel. Tampoco hace falta que lo haga,
porque ambos sabemos lo que va a ocurrir, ¿verdad? Somos
conscientes de que no vas a salir vivo de aquí. Teniendo eso en
cuenta, creo que mereces saber la historia desde el principio. Como
he dicho, el inspector buenorro y tú no ibais desencaminados en
vuestras pesquisas. Pero lo cierto es que solo habéis ido por donde
yo he querido. O, mejor dicho, por donde ella quiso que fuerais.
—¿Ella? ¿Quién es ella?
Ruda sonríe.
—Hablas de Diana, ¿verdad? Ella lo organizó todo.
—Por favor —responde con ademán de desprecio—. Bastante
tiene con sus complejos de culpa y sus mortificaciones. ¿A ti no te
da pena? Una mujer que podría sacarle muchísimo más partido a su
físico de lo que es capaz de imaginar. Le ayudaría a no estar tan
amargada. Ni siquiera el trabajo podrá tapar sus carencias para
siempre. No, no fue Diana.
—¿Entonces quién? ¿Por qué haces todo esto?
Ruda avanza hacia mí con su imborrable sonrisa repleta de
cinismo y saña. Huele igual que olía cuando era Malena. Se acerca a
mi oreja y la muerde con suavidad antes de dar una respuesta que
me deja helado.
—Porque Lola me lo pidió.
16

Nunca me había quedado sin palabras. Nunca. Ruda parece


haberme atado la lengua con un retorcido conjuro oculto en lo que
acaba de decirme. Solo el fuego que nace furioso de los barriles
evita un silencio total. He desviado la mirada y soy incapaz de cerrar
la ridícula expresión de sorpresa que me impide articular una maldita
oración.
Ha sido un susurro. Una caricia al aire cargada de veneno
paralizante que ha devastado por completo cualquier conjetura
posible en cuanto al crimen que durante tanto tiempo me ha quitado
el sueño. Niego con la cabeza porque me parece inconcebible algo
así. Ruda sabe que ha soltado una bomba y está contemplando sus
estragos con verdadero disfrute. Quiere que me tome mi tiempo.
Que sienta frustración por saber que he empleado meses de trabajo
para nada. Ese y no otro es el motivo por el que, al fin, mi mente
comienza a reaccionar para no brindarle el tanto que quiere
marcarse.
—Eso es imposible —respondo negando con la cabeza—.
Inconcebible. ¡Estás mintiendo!
—Yo nunca miento cuando se trata de negocios. Fue Lola. Ella
misma me contrató para planear su venganza.
—¿Venganza, dices?
—Miguel, deja de preguntar como un párvulo y haz el favor de
pensar un poquito. Tú has conocido a los Alcatraces. Conoces sus
rencillas, sus miserias, sus secretos. Son seres podridos de dinero y
moralmente corruptos hasta la médula. ¿De verdad te extraña que
entre ellos hubiera alguien capaz de usar su propia vida para hacer
daño? Si es así, aquí tienes la prueba de que es posible.
—Pero eso es…
—Conoces la rivalidad que existía entre las dos hermanas, ¿no es
así? La envidia que se profesaban era aún más fuerte que su vínculo
familiar. Diana era una chica estudiosa, con éxito en sus proyectos y
una ambición desmedida que hacía de parche a sus complejos
emocionales. Fuera del trabajo, se afilió a una prelatura religiosa de
la que quiso abrazar su lado más fanático. Cualquier paso dado fuera
de sus límites ultra moralistas le generaba un conflicto brutal. Lo que
significa que su relación con Cristino nunca llegó a consumarse, y no
porque el chico renunciara a intentarlo. Lola nunca tuvo la capacidad
de trabajo con la que contaba su hermana, pero sí tenía todo lo que
a ella le faltaba. Frescura, desparpajo, alegría. Lejos de combinar
sus habilidades, las hermanas se distanciaron ambicionando lo que
ambas tenían respectivamente. Lola no podía quitarle sus
habilidades, pero sí robarle a Cristino. Y lo hizo. ¡Imagínate! Una
chica más joven y guapa que Diana con la que los besos sabían a
besos en lugar de tener el regusto de la culpa. Besos y más que eso,
claro.
—Pero eso fue hace años. La relación de Lola y Cristino fue muy
duradera.
—Hasta que Diana se hartó y le puso término. Por eso contrató a
Esteban. Fue ella misma la que eligió el nombre de César. Le puso al
corriente de los gustos de su hermana y le ofreció un piso en el
centro de Madrid. Era un profesional en lo suyo y no le costó ningún
trabajo conseguir su objetivo. De este modo, atacó a Lola y destrozó
a Cristino en represalia por haberla abandonado. Así fue como se
disolvió la feliz parejita. ¿He dicho feliz? Quería decir desgraciada.
—Cristino bebía los vientos por Lola, y ella le quería.
—Ella le quería, pero a la vez le odiaba porque sabía que su amor
por él la esclavizaba. Además, Cristino tenía un lado oscuro. Era
controlador, celoso, incluso tenía un punto de maltratador del que
Lola no sabía cómo escapar. Mira por dónde, su hermana le hizo un
favor. Pero Lola no era tonta, y pronto descubrió que César no era
más que un puto contratado por su hermana.
—¿Y por eso se vengó?
Ruda se acerca con una petaca que aparto de un cabezazo. El
control que denota su sonrisa hace que mi corazón grite de rabia. Es
la primera vez que la veo hacerlo de ese modo. Aquella candidez
que solía mostrar con la mejor de las interpretaciones ha
desaparecido por completo para dar lugar a la de una sádica.
—Es agua y tienes sed. Te conviene beber. Al menos, vive tus
últimos momentos en condiciones.
Abro la boca por temor a que me haga algo. Efectivamente, es
agua. Cierra el tapón y regresa a su sitio preguntándome si me está
enganchando el culebrón. Le digo que no entiendo el motivo de la
venganza. Que tiene que haber algo más. Ella hace un gesto de
aprobación. «Muy bien, Miguel. ¿Ves como no me equivocaba
contigo? Eres un tipo listo.».
—Como sabes, Lola sufría un cáncer de páncreas en fase
terminal. Lo descubrió al mismo tiempo que el engaño de César y
Diana. Su enfermedad no solo no tenía cura, sino que le daba una
esperanza de vida ridícula. Lola interpretó que, llegados a ese punto,
no tenía nada que perder. Odiaba a toda su familia. A su hermana,
por lo que ya te he dicho. A su padre por la rigidez con que siempre
la trató y por sus actos, entre ellos por haberse dejado embaucar en
una relación de pura conveniencia por parte de Yolanda, que logró
convencerle para modificar el testamento y nombrar a su hijo Juan
beneficiario de la herencia junto con las hermanas. Lola no pudo
soportar eso. Cuando se enteró por su doncella Lali de que Diana y
Juan eran amantes, montó en cólera. Sintió que los suyos la habían
abandonado, cosa que, en cierto modo, no dejaba de ser verdad.
Lola siempre fue el proyecto de su padre, y la convirtió en prisionera
de una jaula de oro. Siempre se las arregló para escapar, pero jamás
pudo ser libre. Llegados a ese punto, y dado que ya nada tenía
marcha atrás, decidió que lo último que quería era morir en una
cama con cuidados paliativos a causa de un cáncer. Por eso me
contrató. Quiso utilizar su final para vengarse de todos.
—¿Me estás diciendo que Lola es…?
—El cerebro de toda la operación —responde completando mi
frase—. Fue ella quien lo dispuso todo, y yo me limité a cumplir con
lo que dijo. Solo hubo un pequeño desajuste en el plan, y es que no
contamos con que el imbécil de César iba a fingir su asesinato
ayudado del padre de Lola. Por fortuna, soy lo suficientemente
previsora como para ver venir a la legua a capullos como ese y me
hice pasar por una poligonera pelirroja para controlar sus
movimientos y anticiparme a ellos. Me inspiré en una zorrita que
vivía en Parla y a la que me encargaron borrar del mapa con una
muerte un tanto novelera. ¿Y adivina qué? El muy cabrón estuvo
jugando a dos bandas en todo momento, pero siempre velaba por
sus propios intereses. Como Gina, jamás me dijo que tenía pensado
fingir su muerte para conseguir un pastizal. El muy cerdo… Hubo
una vez que Lola lo trajo a la clínica de fisio y empezó a meterme
ficha sin ningún complejo. Yo aproveché y me lo tiré, claro. Ya que
estamos, hay que sacarle punta a las situaciones. Además, me sirvió
para tomar unas fotografías que incluí en el mural que tu amigo el
inspector ha descubierto no hace mucho. Me apetecía ponerle a
prueba también y por eso monté todo el tinglado de las paredes
plagadas de fotos con los nombres, los trazos suaves en las caras de
Lola y César… Aquello no fue más que un divertimento.
No puedo creer lo que estoy oyendo. Tengo la sensación de que
todo, absolutamente todo cuanto me rodea, es un decorado perfecto
que se está desmoronando a medida que esa mujer abre la boca. Ni
siquiera soy capaz de reconocer algo de Malena en esa mujer. Ella
siempre usaba rasgado de ojos, y verla sin maquillaje confirma el
hecho de que me encuentro ante una extraña.
Una extraña muy peligrosa.
—Lola también conocía el plan de escape que César trazó con su
padre, así que lo usamos en nuestro beneficio. Nada como una
puesta dramática para hacer atractivo el crimen. Quisimos hacer de
su asesinato algo público para incriminar a Cristino en la medida de
lo posible. Incluso el vecino salvador estaba en el ajo. Hice que
alquilara el piso expresamente para eso. Ella se tiraría por la
ventana, mi hombre la sostendría, y allí, balanceándose como un
cencerro, mi amigo el taxista pondría fin a su sufrimiento de una
forma rápida e indolora. Y así lo hicimos.
—Pero entonces Cristino…
—Cristino era un pringao que no tenía ni idea de nada. Me precio
de trabajar con los mejores, ¿sabes? El tío que te está apuntando es
un militar bielorruso de élite. Entró a la casa de Cristino como los
reyes magos, sin hacer un solo ruido y asegurándose de que el chico
dormía. Estaba tan borracho que ni siquiera hizo falta hacerle inhalar
cloroformo. Bastó con colocar su fusil en el lugar correspondiente,
esperar a que se produjera el momento y desaparecer con el mismo
silencio con que entró. Y así, casi jugando, conseguimos nuestro
chivo expiatorio. Cristino pagaría por sus maltratos, César por
engañarla, Diana cargaría con la culpa de la mentira y Jesús Pasión
lamentaría haberle hecho pasar por todos los infiernos a los que la
sometió.
—Joder… Qué hija de puta…
—Y, como la vida tiene sus cosas, resulta que alguien convence a
Cristino para que tú, precisamente tú, seas su abogado. Así que, de
pronto, los dos cabos se terminaron uniendo.
—Entonces, esa es la razón por la que no podías hacerme daño.
Porque sabías que, si Gens fue quien convenció a Cristino y yo
aceptaba, quedaría automáticamente blindado.
—Bien visto.
—Supongo que fuiste tú quien ordenó la muerte de Cristino y
escribir mi nombre junto a su cuerpo.
—Ahí te equivocas. Me serví de ello, pero no fui yo. De todos
modos, ¿por qué te extraña tanto, Miguel? Quizá ya se te ha
olvidado lo que hiciste hace tres años. Los actos siempre tienen
consecuencias.
—Yo no le maté, aunque lo habría hecho de buen grado. Éramos,
o él, o yo.
—Te has metido en un jardín muy feo, querido. Y te han
encontrado. Pero ya poco importa, porque les voy a solucionar el
problema.
Ruda se levanta de la silla y lanza su cigarro a uno de los barriles
ardiendo.
—¿Algún último deseo? Unas palabritas, por lo menos.
—¿Por qué buscas a Álex Jon?
—Me temo que eso no es asunto tuyo. ¿Algo más? ¿Quieres que
le diga a alguien lo mucho que le quieres? ¿A tu amigo Fabio, por
ejemplo? Qué niños más guapos le han salido, ¿verdad? O, si
quieres, puedo despedirme de tu querida Ioana.
—¡No te atrevas a nombrarla!
Siento que escupo cristales rotos mientras la miro con todo el
odio que soy capaz de concentrar. El sadismo de Ruda hace que
disfrute de la situación, y está dispuesta a exprimirla hasta el límite.
«Me encanta verte así», dice mientras me agarra del cuello. Su
fuerza me empuja hacia atrás y se acerca con la intención de
besarme. Sus labios, aquellos que una vez rocé con cariño, se me
antojan una fuente de veneno. El sentir de su tacto me causa tal
repulsión que mi cuerpo actúa por libre y le doy un testarazo en la
nariz. Se lleva las manos a la cara y grita como un antiguo monstruo
mitológico. Mi caída al suelo es inevitable, pero es un precio que
estoy dispuesto a pagar. Sus gritos son mi fuerza, y la aprovecho
para separar los pies del suelo y darle una buena patada en el
esternón que la empuja hacia uno de los barriles en llamas. No logro
que lo vuelque, pero sí que su melena arda como las cerdas de una
escoba. Grita, blasfema, maldice mientras se quita la chaqueta y la
echa sobre su cabeza hasta que las llamas se extinguen. «¡Hijo de
puta!», grita desgañitada antes de apuntarme con una pistola. «¡Te
voy a matar yo misma!».
Voy a morir. Dios, sé que no hablamos mucho, pero sabes que he
sido un buen hombre a pesar de mis faltas. No tengo idea de a
dónde iré, pero por favor, cuida de Sorne, de mis padres y de Aritz.
Y si ves a mi cisne negro, que interceda por mí. Quién iba a decirme
que acabaría de una forma tan estúpida… Mi mente se transforma
en un proyector de imágenes que me transporta a la infancia. Puedo
ver a mis padres con tal intensidad que me parece sentir su
presencia de verdad. Mis años en el colegio, la universidad, el primer
beso, la primera vez, la alegría de saberse querido por los amigos,
las tardes con mi abuela, contemplar el amanecer en una jornada de
pesca, el olor de mi colonia, los paseos por Potes, la última fiesta del
Orujo que viví con Eneko, Iratxe y Aritz, las paellas de los domingos,
mi primer trabajo, Ioana, Señorita subida al tablao del Villa Rosa, su
voz al escucharla decir que le he devuelto el alma. Me siento querido
y los ojos se me humedecen, al saberme tan afortunado que el
hecho de mi muerte queda relegado a algo tan natural como
anecdótico.
Un fuerte golpe contra el suelo a lo lejos nos sobresalta a ambos.
Es el francotirador de Ruda.
Está muerto. Tiene el cuello roto.
Alguien le ha empujado.
No puedo reprimir un gemido de profundo alivio manchado de la
horrible angustia que me oprime la garganta.
—¡Cuánto te has hecho de rogar, Álex Jon! —exclama Ruda,
colocándose detrás de mí. El olor que despide a pelo chamuscado es
repugnante. Se escuchan pasos en la lejanía. Fuertes, decididos,
parsimoniosos. Pesados. Álex no camina así. Suenan cada vez más
cerca mientras se oye un silbido entonando Quién teme al lobo
feroz. La pistola de Ruda comienza a temblar mientras su rostro
queda marcado por la firma del miedo y balbucea que no es posible.
Una sombra enorme y siniestra se acerca poco a poco. Hasta el
mismo fuego parece bailar de alegría al vislumbrar su rostro. Un
hombre de cuarenta y muchos, cincuenta, tal vez, con barba corta y
pelo recogido en un moño. Lleva remangada la camisa y puedo ver
desde aquí sus brazos cubiertos, casi vestidos, de tatuajes en forma
de tallos y flores. Su sonrisa es la de un diablo que parece haber
escapado del averno. Si es quien yo creo, Ruda está sentenciada.
—No… No puede ser. ¡Tú estás muerto! ¡Yo misma te maté y vi
tu cuerpo!
—Yo también me alegro de verte, Ruda. Ha pasado mucho
tiempo desde la última vez.
No puedo reprimir la sonrisa. Es Ratán.
—¿Nunca has pensado que la vida rima? La última vez que nos
encontramos fue aquí mismo, cuando esta, mi casa, la que fue tu
casa también, era pasto de las llamas tras haber luchado a muerte
con el hijo de puta que hizo de mí quien soy. O quien fui. Quizá sea
una sombra de aquel Ratán a quien todos temían. Incluida tú. Puede
que sea necesario recordártelo.
—¡Cómo puedes estar vivo! ¡Cómo!
—Parece que ambos subestimamos a nuestro querido Pussy. ¿Te
acuerdas? Así le llamé cuando llegó a la familia, fresquito y virginal.
Pero, para nuestra sorpresa, se creció y ganó el respeto de todos
para llamarle Álex Jon. Quién iba a decir que acabaría debiéndole la
vida.
—Vida que vas a perder si das un paso más.
Ratán chasquea los dedos. En menos de un segundo, el cuerpo
entero de Ruda está cubierto de luces rojas.
—Je… —Ríe mirándome de reojo—. Así que eras tú, cvstos.
Ahora entiendo muchas cosas.
—Acércate despacio hacia el chico y libérale. No quiero tonterías,
Ruda. Un movimiento extraño y te convertiré en un colador.
—Ratán, Ratán… Nos conocemos lo suficiente como para saber
que no vas a matarme.
Apenas termina la frase cuando un disparo atraviesa el muslo de
Ruda. Parece retorcerse de dolor, pero no está dispuesta a darle el
gusto de verla sufriendo.
—Nunca pensé que llegarías a caer tan bajo —dice Ratán—. Has
pasado de ser una de las cabezas de Gens a una simple mercenaria.
Gens es mucho más que eso, pero nunca supiste apreciar su filosofía
de vida. Te lo repito: libera al chaval.
Levanta las manos y se acerca a mí. Poco a poco, mete la mano
en el bolsillo de su pantalón. Lo que pensaba que era un mechero,
es en realidad un pequeño vaporizador que, antes de poder
reaccionar, dispara contra mi rostro y se aparta con brusquedad.
Acto seguido, presiona el botón de un pequeño mando que le cuelga
del cinturón y varios artefactos desperdigados por el suelo llenan la
estancia de un humo tan denso como opaco.
Ruda se ha ido.
Pero…
No sé qué me pasa. Mi cuerpo reacciona de manera incontrolada.
Siento que el corazón se me ha disparado y me cuesta respirar. Sudo
como una bestia, incluso tengo náuseas.
Estoy asustado.
Ahora sí, siento que todo ha terminado.
Un gigante se cierne sobre mí antes de cerrar los ojos y saber
que soy hombre muerto.
17

Lunes, 10 de octubre

Consciencia. Eso soy. Consciencia de mí mismo, de un yo informe y


compacto que se deshace en lluvia y cae desde lo alto del cielo.
Siento la caída, noto cómo penetro la tierra en forma de agua, cómo
el viento altera mi trayecto y los rayos de la tormenta me iluminan el
camino como faros centelleantes. Veo la ermita de San Miguel,
antiguo testigo del pasar de la vida con Potes al fondo. Empapo su
casa bendita y ruego que me limpie con su tacto rugoso. Puedo oler
las piedras mojadas y oír cantar al viento del norte. Pero algo tira de
mí hacia abajo. Mi yo sensible llamando a mi yo inteligible, un
binomio imposible de desdoblar. Me repliego con la paz de haber
tocado un lugar santo. Y caigo, caigo, caigo…
—¡Enfermera! ¡Ha despertado!
La vibración de mis gemidos en la garganta me conduce poco a
poco al mundo real. Ni siquiera sé si estoy vivo o muerto. Muevo una
mano y noto el tacto frío de la sábana que cubre mi cuerpo. La
respiración es cada vez más regular. Tengo la boca seca y empiezo a
sentir frío. Escucho pasos que se acercan a donde me encuentro. Un
hombre y una mujer. Pronuncian mi nombre.
Me están llamando.
—Miguel, ¿cómo estás?
—Hmmm —es todo lo que alcanzo a decir mientras abro los ojos
con una lentitud exagerada. Son un médico y una enfermera.
—¿Dónde…?
—Estás en el hospital Central. Llevas durmiendo dos días.
—Agua. Por favor…
La enfermera se acerca a una mesita. Casi me emociona
escuchar el sonido del líquido llenando el vaso. Me lo da a beber,
indicándome que lo haga despacio. Hago por incorporarme con
normalidad, pero estoy entumecido. Recibo el agua como una
bendición de los dioses y me da por pensar en lo poco que valoro los
pequeños gestos del día a día.
—¿Qué hago aquí?
—La policía te trajo en muy mal estado. Miguel, no quiero
contarte nada hasta que no te hayas recuperado mínimamente. Lo
último que necesitas es información estresante.
—Je… Dispare, doctor. Aquí donde me ve, ya estoy acostumbrado
a carros y carretas. He estado mal, ¿verdad?
—Mal no. Has estado a punto de morir, Miguel. Te envenenaron.
—¿Me envenenaron, dice? —pregunto cerrando de nuevo los
ojos. Me molesta la luz.
—Inhalaste una sustancia conocida como novichok. Un veneno
que se desarrolló allá por los años sesenta o setenta en la antigua
Unión Soviética. No parece que recibieras mucha cantidad, pero su
grado de concentración era importante, por lo que imagino que
modificaron el compuesto. Creo que no hace falta decir más, salvo
que es letal. Estás aquí de milagro, Miguel. Si no te hubieran
inyectado atropina instantes después de que recibieras el veneno, te
aseguro que no lo cuentas.
—Ruda… —murmuro.
—¿Disculpa?
—Está confuso, doctor —responde una voz que me resulta
familiar y cuyo timbre no puede sino hacerme sonreír. Es Señorita.
—No recuerdo nada… Salvo que alguien me puso un difusor en la
cara. Ya sabe, esos frasquitos para el perfume que venden en las
droguerías. A los pocos segundos, empecé a sentirme mal. El cuerpo
no me respondía, respiraba con dificultad…
—¿No recuerdas quién te puso la atropina?
—No.
—Lo digo porque me resulta extraño. Es muy curioso que alguien
te inyectara precisamente aquello que puede paliar los efectos del
novichok.
—Debo de tener un ángel de la guarda muy eficiente.
—Pues ya puedes darle las gracias, porque te ha salvado
literalmente la vida. Y, a pesar de eso, hemos tenido que vaciarte los
pulmones porque comenzabas a retener líquido y corrían el riesgo de
encharcarse. El cuerpo es sabio y ha dormido una buena cantidad de
horas para recuperarse de todo por lo que ha pasado. Aun así, te
recomiendo que permanezcas aquí un par de días más como
mínimo. Estás fuera de peligro, pero quiero tenerte en observación.
—No me moveré de aquí. Pero que alguien llame a la tienda
donde trabajo los fines de semana para avisar de que estoy
indispuesto, por favor.
—De eso ya nos hemos encargado. Tienes una buena guardiana
—dice mirando a Señorita. Es la primera vez que no reacciona a un
comentario—. Otra cosa, Miguel. Un inspector de policía me pidió
avisarle en cuanto despertaras. ¿Hay algún problema si le llamo o
prefieres esperar un poco?
—Llámele. La comisaría está justo en frente del hospital, así que
no tardará mucho.
El médico se marcha seguido de la enfermera que lo acompaña.
Señorita se acerca a la puerta y la cierra.

—Ruda… —dice tras unos segundos de silencio—. Buscaba a Álex,


supongo.
—Sí. Una chica más o menos de mi edad, delgada, pelo
moreno… o castaño, no recuerdo. Lo que sí sé es que va a tener que
cambiar de look, porque se lo quemé.
—Joder —dice, sorprendida—. Pues bien hecho, qué coño.
—¿Usted sabe quién es?
—Solo sé que es mejor tenerla lejos. Es una tía muy peligrosa.
Formó parte de la Gens original. La que fundó…
—Ratán —la corto—. Lo sé. El mismo que se enfrentó a ella y me
salvó la vida. Le pegó un tiro en la pierna a una velocidad que no
había visto ni en las películas.
—Así que está vivo…
—¿Usted le conoce?
—Nunca lo he visto. Pero su leyenda le precede. Álex lo llamaba
«el buen cabrón». Dicen que era capaz de acallar a las masas con
tan solo levantar un dedo. Que su presencia es imponente, como
una criatura ancestral. Un ser de leyenda.
—Pues la leyenda no está desencaminada de la realidad,
Señorita. Ese tío acojona. Y mucho.
Dos toques a la puerta interrumpen nuestra conversación.
Es Maudes.
—Pasa, inspector —le digo alzando la mano izquierda, ensartada
por el catéter conectado al suero.
—¿Cómo estás, Miguel?
—Vivo. Dicen que de milagro. Tenemos que hablar, Rubén.
Es la primera vez que le llamo por su nombre. El inspector acepta
mi pequeña licencia asintiendo con una leve pero perceptible
sonrisa. Dice que hablaremos cuando esté listo, pero yo ya lo estoy.
Mira a Señorita.
—Yo voy a mear —dice mientras camina hacia la puerta y fulmina
al inspector con la mirada—. Que se diviertan los señoritos.
Comienzo mi relato desde el principio. Le cuento que acudí a
casa de Malena tras una llamada en la que parecía estar siendo
atacada por su supuesto acechador. Que al llegar no había nada
salvo una fotografía con una dirección a donde acudir. Allí fue donde
Malena dejó de ser Malena para convertirse en una mercenaria o
sicaria que, antes de intentar envenenarme, narró punto por punto
toda la historia relativa a Lola y César. Nuestra búsqueda nunca
habría llegado a buen puerto, porque todo el plan estaba diseñado
para que las pruebas desembocaran en los determinados culpables.
Cristino cumpliría su condena en prisión y Gina estaba muerta en
realidad. Nunca habríamos sabido que todo, absolutamente todo,
surgió de la retorcida cabeza de Lola.
—Su enfermedad le hizo darse cuenta de que no tenía nada que
perder, así que murió matando.
—Para lo que queda de convento, me cago dentro —apunta
Señorita al salir del cuarto de baño, certera siempre en sus
comentarios. Le hago un gesto para que salga de la habitación y
asiente resoplando. Comprendo la bisoñez de Maudes al contener
una risita y mirar hacia otro lado.
—Sea quien sea la sicaria, es lo suficientemente peligrosa como
para haber estado a punto de matarte. Estabas en el suelo cuando
te encontramos. Había cinchas a tu alrededor, imagino que te ató.
—Sí —respondo mirando mis laceradas muñecas—. Y me
envenenó también.
—Encontramos un frasco de atropina a tu lado. Los médicos
dicen que sigues vivo gracias a que alguien te la inyectó. Supongo
que fue esa misma persona quien me mandó la ubicación desde tu
propio teléfono con las siglas S.O.S.
—Imagino que sí —respondo con la tácita intención de no seguir
hablando.
—Hay algo que quiero preguntarte, Miguel. No sé si tendrá que
ver o no con la investigación, pero tengo cierta curiosidad al
respecto.
—Dime.
—Mientras te trasladaban en camilla hacia la ambulancia,
comenzaste a balbucear. Entre las muchas cosas inconexas que
dijiste, mencionaste un nombre: Álex Jon.
—Ya sabes que en ese estado se dicen muchas cosas sin sentido.
Maudes agarra una silla con la parsimonia que utiliza en los
interrogatorios y la coloca a mi izquierda antes de sentarse. Junta las
manos y guarda silencio mirando hacia abajo, como si estuviera
rumiando o cogiendo impulso para decir lo que sea que vaya a
decirme. Finalmente, levanta la cabeza y me mira de forma
inquisitoria.
—A mí no me engañas, Miguel. Dime, ¿qué sabes de ese tipo?
Sonrío mientras cierro los ojos y siento cómo mi cuerpo se relaja.
Sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano, estaba
seguro de que Maudes y yo terminaríamos teniendo una
conversación sobre Álex.
—Así que por fin nos quitamos las caretas, ¿verdad, inspector?
Maudes vuelve a tomarse un instante. Su gesto no ha cambiado
un ápice, aunque se apoya sobre la silla de forma distinta a como lo
ha hecho hasta ahora. Supongo que es una forma de decirme que
también se siente cómodo.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Hombre… Puedo parecer muchas cosas, pero te aseguro que
de tonto no tengo un pelo. Que un inspector de policía facilite
información confidencial a un simple civil que además defiende a
una de las partes del caso, no es algo que se vea todos los días. Me
has hecho partícipe de cada novedad como si mi ayuda te resultara
inestimable cuando en realidad no era más que una excusa para
tenerme cerca y observar mis movimientos. Estabas esperando a
que hiciera alguna averiguación usando métodos poco
convencionales para así llegar hasta Álex. Lo tuve claro desde el
momento en que me pusiste delante el informe de la autopsia de
Lola que, te recuerdo, no abrí. Y no lo hice precisamente por ese
motivo. Porque caí en la cuenta de que estabas intentando
aprovecharte de mi buena fe.
—Así que conoces cómo se las gasta Álex Jon —responde sin
inmutarse.
—No se las gasta de ninguna manera.
—Pero sí la organización de la que es miembro: Gens. Ese es su
nombre, ¿me equivoco?
Ha dicho «miembro». Quizá ignore que es Álex quien controla el
grupo por entero. Dejo que el silencio hable por mí y Maudes asiente
satisfecho ante mi falta de respuesta.
—¿Cómo sabías que le conozco?
—Te dije que soy un hombre curioso. Cuando volví a escuchar tu
nombre en relación con el caso de Mónica Durán hace tres años, no
pude evitar meter la nariz en el asunto. Encontré cosas que me
llamaron la atención. Cosas que no han salido oficialmente reflejadas
como el hecho de que no lo conseguiste solo. Fue ahí donde mis
indagaciones me llevaron a una especie de sociedad oscura que, por
lo que sé, ha conocido tiempos mejores.
—Ese no es motivo para buscar a una persona. Puede que Gens
actúe al margen de la legalidad, pero no la infringe.
—Cierto. Pero busco a Álex por otra razón. Hace seis meses vino
a testificar por un incidente bastante desagradable con una mujer
que, sorpresa, se quitó la vida delante de él a la vista de todos. Le
recuerdo porque me llamó la atención la seguridad que mostraba. Su
autocontrol era feroz, y sabía medir muy bien sus palabras. Tenía
una presencia que…, digamos, no me resultó indiferente. Poco
después, sufrió un atentado en su casa que le mantuvo ingresado en
esta misma habitación, por cierto. Pidió el alta voluntaria contra las
indicaciones del médico y desapareció. Soy de ideas fijas, por eso le
busco desde entonces. Cuando te encontré en la escena del crimen
de Lola de los Alcatraces supe que era mi oportunidad.
—¿Un atentado, dices?
—Por si no lo sabías, hubo una oleada de coches bomba en
Madrid. En algunas ocasiones, el fuego era verde. Lo más curioso es
que todo aquello cesó tras la desaparición de Álex Jon. Suma dos y
dos, Lifante.
Si tuviera fuerzas, saltaría de la cama para agarrarle del cuello.
Estaba seguro de que Maudes jugaba a dos bandas, pero jamás que
operase con ese grado de frialdad.
—Has intentado aprovecharte de mí. Eres un cabrón oportunista.
—¿Tú crees, Miguel? Yo no lo veo así. Te he ayudado en todo lo
posible. En tu jerga, podría decirse que esto no ha sido más que un
acuerdo tácito transaccional ventajoso. Es cierto que el caso ha sido
extraño cuando menos, y que habríamos tardado mucho más tiempo
en resolverlo si la asesina no llega a mostrarse por sí misma. Pero te
aseguro que tarde o temprano lo habríamos conseguido. Y, desde
luego, no me equivoqué. La muerte de esa chica está relacionada
con Gens. Igual que tú.
—Lárgate de la habitación antes de que te tragues el suero, hijo
de puta. Me has traicionado.
—Yo no he hecho tal cosa. Estás mirando las cosas por el lado
erróneo.
—¡Señorita! —grito con toda la potencia que soy capaz de
expresar—. ¡Señorita!
No ha hecho falta una tercera vez. Mi angelote negro ha entrado
como un oso y Maudes no puede evitar apartarse unos pasos.
—Creo que es hora de que se marche de aquí, Colombo.
Maudes asiente, no sin antes mirarme de nuevo. Mis ojos lanzan
rayos que el inspector sin duda recibe. Sin embargo, hay algo que
me sorprende. No muestra ningún signo de altivez ni orgullo por lo
que ha hecho. Su expresión se limita a la seriedad y al
distanciamiento. Diría incluso que no se encuentra cómodo con la
situación.
—No es nada personal, Lifante. Ni quería que acabara así. Solo
trabajo por lo que creo que es bueno y justo.
—¡Lárgate! —exclamo.
«Cuídate», dice antes de cerrar la puerta. Cuando por fin
desaparece de mi vista, Señorita se acerca y me da un revés en el
muslo con todas sus ganas.
—Era necesario —le digo antes de que empiece a regañarme.
—Lo sé, y te entiendo. Si yo fuera tú, habría hecho lo mismo. Al
menos, ya sabemos lo que le ha movido a desaparecer. Pero, con
Ruda en el tablero, hay que traerle de vuelta cuanto antes. Álex
tiene que volver. Es el único que puede terminar con esta locura.
Asiento cerrando los ojos. Le pido unos minutos para descansar.
Respiro hondo y abandono mi cuerpo al sueño. Siento que me
evaporo hasta regresar a las nubes.
Vuelvo a ser lluvia.
18

Jueves, 13 de octubre

Aunque ayer me dieron el alta, no ha sido hasta esta mañana


cuando he salido del hospital. Me encuentro bien, no tengo dolores y
el cansancio ha desaparecido para dar paso a un considerable
entumecimiento que se concentra con especial intensidad en mis
piernas. El médico me ha dicho que procure regresar al ejercicio de
forma gradual, pero no sabe que estos días ha estado tratando al
peor paciente del mundo. A pesar de ello, procuraré contenerme
cuando regrese al box de crossfit. Pero es pensar en la rueda de
camión y una voz en mi cabeza parece gritar «¡levántame!». Creo
que no será tarea fácil lidiar con mis impulsos.
Por suerte, nada me ha dicho en cuanto a dar largos paseos.
Ahora, cuando el cielo comienza a teñirse de intensos colores rojizos
y anaranjados, me encuentro frente al Teatro Real. Nunca había
pasado por esta zona, y pretendo llegar a los jardines de Sabatini
para respirar un poco de verde. A veces, mientras camino, procuro
tomar consciencia de lo que hago, me fijo en el pie que avanza,
luego en el otro, escucho los sonidos cotidianos a mi alrededor,
observo a la gente que se cruza conmigo. Es un modo de
recordarme que estoy vivo porque me salvó un ángel de la guarda.
Punto. Si no hubiera sido por él, ahora mismo estaría en una caja
bajo la tierra lebaniega. Atropina… Creo que jamás olvidaré ese
nombre.
Me resulta difícil creer que todo ha terminado. La memoria de
Cristino ha quedado limpia, aunque será complicado que la verdad
sobre el caso de Lola trascienda. Su familia continúa ostentando la
misma posición, tal vez, más consciente de sus miserias. Dudo que
eso haga otra cosa que provocar más amargura en la vida de
quienes la conforman. Tampoco creo que Diana continúe recibiendo
amenazas en lo sucesivo. A fin de cuentas, todo fue un ardid de
Ruda para darle sustancia al plan. Ya no hay necesidad de ello. Sin
embargo, me preocupa que siga suelta. Y lo que es peor:
desaparecida.
No quiero pensar más en el tema. Hoy es un día especial que
quiero terminar como se merece.

He cambiado de opinión. La noche se está echando encima y no


quiero que me pille en un sitio oscuro. Prefiero recorrer el Campo del
Moro, que da a la impresionante fachada del Palacio Real. No sé si
es porque estoy más sensible de lo corriente o que padezco
síndrome de Stendhal, pero la vista me resulta espectacular.
O que estoy intentando concentrarme en mis sensaciones para
paliar mis percepciones.
Alguien me está siguiendo desde hace rato. Y no me gusta.
Me detengo. Nadie salvo yo circula por el paseo, aunque veo
gente caminando a lo lejos. Si me ocurriera cualquier cosa, alguien
escucharía mis gritos. O eso quiero creer. Además, teniendo en
cuenta lo ocurrido, dudo mucho que alguien quisiera atacarme en un
lugar público.
Escucho lo que parecen unos jadeos a mi izquierda. Jadeos
continuos, de animal. El alumbrado me permite ver que se acerca
poco a poco de entre los árboles. Parece un lobo. ¿O es un perro?
¿Acaso es un perro lobo como el de mi sueño?
Me mira con atención y yo hago lo propio procurando no mirarle
directamente a los ojos. Se acerca poco a poco. Confío en mi instinto
y en mis sueños. Me agacho a su altura y espero unos segundos
hasta tenerle frente a mí. Se sienta y alza la cabeza con intención de
olerme. Yo la agacho y muestras frentes se cruzan.
Ahora sé que no tengo nada que temer.
—Parece que le has caído bien —escucho entre las sombras. Ya
había escuchado antes esa voz.
—¿Cómo se llama? —pregunto.
—Buck.
—Hola, Buck —le digo al perro mientras dejo que olfatee el dorso
de mi mano. Después, la lame con su lengua áspera mientras la
figura de su dueño cobra forma entre la sombra hasta colocarse a un
metro de mí.
De cerca, las hechuras de este hombre le convierten en alguien
intimidatorio de serie. He sentido su mirada barriendo mi cuerpo de
arriba abajo con tanta o más aspereza que la lengua de Buck. Si
este es el mentor de Álex Jon, empiezo a comprender la magnitud
de sus experiencias y el modo en que le han curtido el espíritu.
—Así que tú eres Ratán.
—Parece que te han hablado de mí. Para mal, supongo.
—Eso es lo de menos. La verdad es que esperaba verte pronto,
aunque no sabía dónde ni cuándo. Estoy empezando a pillaros el
truco a los de tu… familia.
Ratán sonríe, pero lo hace de una forma realmente siniestra. De
su boca aflora una hilera de dientes que me despiertan cierto temor.
Desde luego, las leyendas sobre él le hacen justicia.
—Mi familia… Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que
alguien se refirió a Gens de ese modo. Ni siquiera yo soy el que era
antes, cuando gobernaba mi mundo como un verdadero monarca,
sin más leyes que las que yo dictaba a capricho. Lo echo de menos.
Echo de menos los campos de lucha, cuando nos batíamos a mano
limpia y el caos, los aullidos y la sangre componían la melodía más
hermosa que jamás han escuchado mis oídos. Si eso volviera a
suceder… —Aspira y golpea la palma de su mano con el puño. El
golpe resuena con tal fuerza que habría podido provocar un trueno
en el cielo—. Estoy seguro de que resucitaría.
Trago saliva. No respondo.
—Je, je, je… El cachorrito puso la misma cara que tú cuando me
vio por primera vez.
—¿El cachorrito?
—Pussy. Thunder. Álex Jon. Tiene nombres a escoger.
—Respecto a Álex… Tengo algo que contarte. Es lo mínimo que
puedo hacer por haberme salvado la vida. Pero antes, quiero
preguntarte una cosa: ¿cómo pudiste reaccionar tan rápido cuando
Ruda me envenenó? Sabías exactamente lo que debías inyectarme
para contrarrestar el veneno.
—Fui médico en otra vida. Además, siempre voy preparado
cuando se trata de Ruda. Incluso en la época dorada de mi Gens,
cuando convivíamos en el mismo lugar, procuraba estar ojo avizor
con ella. Si de algo sabe, es de venenos. Yo mismo la bauticé con
ese nombre, Ruda. Una flor que puede ser tan saludable como letal
para los nonatos.
—Supongo que debería considerarme afortunado por tu aparición
estelar. Sin embargo, estoy seguro de que tienes algo que ver en
todo esto.
He captado su atención. Ratán tuerce la boca antes de dirigirse a
un banco y sentarse en el respaldo de una zancada. Buck hace lo
propio y se acurruca a sus pies.
—Adelante, Miguel. Ilústrame con tu teoría.
—Empiezo a pensar que Ruda tenía razón en lo que dijo antes de
que aparecieras.
—Ruda dice muchas cosas.
—Bien lo sabes. Como también sabías dónde ha estado y qué ha
hecho durante todo este tiempo. ¿Me equivoco?
—Je…
—¡Responde! —grito. Siento que acabo de retar a un antiguo
titán. Su sonrisa se hace cada vez más evidente hasta el punto de
llegar a exasperarme—. Tú eres el creador de Gens. Tú organizaste
y dispusiste todo lo que conforma esa organización. Incluso con Álex
al mando, dudo mucho que hayas decidido retirarte a vivir una vida
tranquila y alejada de lo que a ti te gusta. Lo veo en tus ojos, Ratán.
Te sirves de tu fuerza para intimidar a quien te rodea, y te permites
el lujo de manipular y entretejer situaciones solo para tu disfrute
personal.
Rompe a reír. ¡Se carcajea delante de mí! Incluso hay quien se ha
detenido a observar de dónde proviene semejante escándalo.
—Eso es tener cojones —responde aplaudiendo—. Sí, señor.
¿Sabes lo que habría hecho contigo hace tan solo unos años? Ahora
mismo estarías escupiendo sangre doblado en el suelo como un
fardo de carne. Pero Álex determinó que no se te tocara un pelo.
—¿Álex? ¿Quieres decir que él fue…?
—Álex Jon está escondido, y sus razones tendrá para ello. No,
queridito, él no tiene nada que ver con esto. Como te dije en su
momento, ni siquiera sé dónde está. Pero eso me trae sin cuidado.
Que él sea el nuevo cvstos no me resta poder ni potestad alguna.
—¿Qué quieres decir?
—Ay, Miguel, tienes tanto que aprender que incluso siento
ternura por ti. Está bien, qué demonios —dice golpeando el respaldo
del banco con las palmas abiertas, provocando el sobresalto de su
fiel Buck—. Al fin y al cabo, todo ha terminado y has resuelto bien tu
papel.
—Mi… ¿Mi papel?
—Esa hiena regresó a la vida activa hace exactamente seis
meses, poco después de la desaparición de Álex. Recibía encargos
de pequeñas y grandes mafias, hacía entregas y ejecutaba misiones
varias. Lo que siempre ha hecho, en otras palabras. Por supuesto,
comenzó a mirar hasta en el infierno para encontrarle. De no haber
sido por Álex, hace años que Ruda estaría disfrutando de una
posición muy golosa en las altas esferas de lo corrupto. Así que le
seguí la pista. Se había informado de sus últimos movimientos en el
entorno de Gens, y fue eso lo que la condujo hasta ti. En ese
sentido, me facilitó el trabajo. Tomó una identidad falsa, hizo las
gestiones pertinentes y siguió con su vida tomando varias
identidades. Supe lo de esa tal Lola desde el primer momento, pero
no me correspondía a mí hacer nada. Incluso presencié el crimen.
Reconozco que tiene estilo.
—¿Tú lo sabías, pedazo de cabrón? ¿Lo sabías y no hiciste nada?
—No era de mi incumbencia. Además, para el mundo yo estoy
muerto. Y qué quieres que te diga, Miguelito, esa chica lo tramó
todo tan bien que habría sido una pena reventarle los planes.
No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Tiene algo de conciencia
este hombre? ¿Acaso le queda un mínimo de humanidad en esa
argamasa de músculos?
—Te cameló con el mismo fin que el inspector Maudes: para
llegar hasta Álex. Y fue ahí cuando su nombre te salvó.
—Álex no me salvó. Te serviste de él.
—Puedes mirarlo como te parezca. Me ocupé de que Cristino
renunciara a su abogado por ti. La casualidad quiso que os
conocierais entre vosotros, así que todo fue mucho más fácil de lo
que esperaba. Una vez metido en el caso, Ruda no podía tocarte
más allá de donde le permitieses. Sabía que estabas protegido por
Gens porque yo mismo me ocupé de hacérselo comprender.
¿Recuerdas cuando te dijo que se sentía acechada?
—Eras tú…
—Necesitaba que se expusiera en algún momento. Sabía que iba
a representar su escena final en la vieja sede de Gens. Ese fue
nuestro hogar durante años. Le encanta teatralizar sus actuaciones,
y desde luego esta no iba a ser una excepción. Ese fue su error. No
tuve más que adelantarme y colocar varios punteros láser remotos a
lo largo de la planta. Solo necesité una mano amiga que los activara
y dirigiese al pecho de esa zorra que, por cierto, no dudará en ir a
por ti. Lo que le hiciste en su preciosa melena es falta grave, chico.
—¡Entonces te serviste de mí! ¡Me usaste como un cebo para tus
propios fines!
El muy hijo de puta repite mi frase con tono burlón.
No…
Puedo…
¡Más!
Corro hacia él gritando como nunca y mi puño le impacta
directamente en el pómulo izquierdo. No ha opuesto resistencia
alguna, pero tampoco lo ha necesitado. Su envergadura es lo
bastante fuerte como para que apenas haya conseguido moverle del
sitio. Creo que me he abierto la muñeca, pero aguanto el dolor como
un verdadero asceta. Quien sí ha reaccionado es Buck. Ahora me
mira retador enseñándome los dientes. Ratán alza la mano y el
animal se calma al momento.
—Tienes mucho que aprender en cuanto a golpes. Si quieres,
puedo enseñarte.
La misma mano que tiene alzada cobra la velocidad del trueno
hasta impactar contra mi cara, pero es ahí donde se detiene. Si me
hubiera dado un bofetón, lo más probable es que ahora estaría
inconsciente en el suelo.
—Tómalo como una prueba a tu lealtad y destrezas. Te lo dije la
primera vez que nos encontramos: demuéstrame tu valía y Gens
intercederá por ti.
—Ya contaba antes con el favor de Gens.
—Pero ahora también cuentas con el mío en particular. Y créeme
cuando te digo que eso no es cosa menor.
Ratán se cruje la espalda y salta del banco provocando que a
Buck se le activen las ganas de jugar. Se le sube a dos patas con el
fin de lamerle la cara entre gemidos suplicantes que reciben como
respuesta una sacudida tan agresiva como cariñosa por parte de su
dueño.
—Es hora de que regrese al limbo. Pero antes…
Se lleva la mano a la espalda y extrae un sobre grande. Está
arrugado y tiene una esquina chamuscada. No tengo muchas
opciones de rechazarlo, así que hago de tripas corazón y lo acepto a
regañadientes mientras se cruje el cuello con una mano.
—¿Qué es?
—Lo que has venido a buscar. Soy un hombre de palabra y
siempre compenso los favores que me prestan.
Es un sobre normal, de color marrón y con el interior acolchado
para que no sufra el contenido. Pesa. Puede que se trate de
información sobre Álex para poder localizarle. ¿Cómo describir la
sensación que me embarga en este momento? Es como si mis
nervios recorrieran mi interior a velocidad de crucero, subiendo,
bajando y haciendo loopins como la más retorcida de las montañas
rusas. Siento que tengo en mis manos la llave que va a llevarme al
siguiente nivel. Por fin voy a poder localizar a Álex y esclarecer la
muerte de Aritz con su ayuda. Dios, incluso estoy temblando.
Miro al frente. No hay nadie. Ni siquiera he sentido marcharse a
Ratán y su perro lobo. No debería sorprenderme por ello, como
tampoco por el hecho de que sepa más de mí que yo mismo. Eso
hace que me sienta indefenso ante un ser mucho, muchísimo más
imponente y peligroso que el propio Álex Jon. Si verdaderamente
cuento con su favor, puedo considerarme afortunado de no tenerle
como enemigo.
Me he sentado en el banco para abrirlo con más calma.
Introduzco el dedo por la abertura y empujo hacia afuera. El sonido
del papel rompiéndose hace que el corazón se me dispare y la mano
me tiemble sin remedio. Continúo rasgando el sobre, despacio, poco
a poco, no sea que vaya a arrugar o estropear lo que sea que
guarda en su interior.
Ya está. Ya lo he abierto.
Ha llegado el momento.
Meto la mano, hago pinza y vacío el sobre.
Joder…
¿Qué es…?
Son fotografías. Imágenes de un lugar que conozco bien. Una de
ellas es de la playa del Sardinero, en Santander. Otra se ha tomado
desde la casa de Aritz, en Zarautz. Verla me produce un calambrazo
en el estómago que me hace apartar la mirada unos segundos. Pero
no es momento de flaquear. Hay que tomar aire, contar hasta diez y
seguir. Eso mismo es lo que hago.
La tercera foto es de una casa que también conozco por la
inquietud que siempre me ha causado. Su fachada es vieja y fea,
ajada por el paso de los años y cubierta por tallos secos de hiedra
que le dan un aspecto aún más siniestro. Jamás he visto ese lugar
con las persianas subidas pese a que es de todos sabido que está
habitada por tres mujeres.
La cuarta…
Dios mío.
¿Ese es…, ese es Aritz?
Sí… ¡Es Aritz!
La imagen está fechada con el mismo día de su muerte. Lleva la
misma ropa que cuando le encontré; pantalones azul marino y
camiseta blanca. Está hablando con un hombre, pero no sé quién
puede ser. Creo que no le he visto nunca. La expresión de mi amigo
es adusta, y el otro le mira serio y altivo. Veo también otra figura
apoyada sobre un coche que observa lo que, a todas luces, parece
una discusión entre Aritz y ese hombre. Tiene una mano en la oreja,
probablemente está hablando por teléfono.
Hay una quinta fotografía.
Yo… no puedo.
No puedo mirarla sin que se me humedezcan los ojos.
El papel que sostengo en mis manos congela uno de los últimos
momentos en que estuvimos juntos los cuatro amigos. La tarde en
que decidimos salir de fiesta a Lasarte, a Iratxe se le ocurrió
inmortalizarnos de forma improvisada y pidió a un turista que nos
tirara un par de fotos. Esa misma noche, Aritz y yo discutimos como
nunca por un error que cometí. El mismo por el que he pasado los
últimos cinco años de mi vida fustigándome. Siempre quise una
copia de esa foto, pues es la última imagen que tomaron a Aritz,
pero Iratxe nunca me la dio. Lo cual hace que me pregunte por qué
ha llegado hasta mí ahora.
Por último, hay un recorte de periódico que cuenta el camino a la
prosperidad de una compañía de laboratorios cuyo nombre me
resulta del todo desconocido y cuya carrera hacia el éxito ha sido
meteórica. Ignoro qué tendrá que ver con todo esto. Recuerdo que
el padre de Aritz era científico especializado en investigaciones
contra el cáncer. Quizá pueda encontrar algún tipo de conexión.
Regreso a la foto donde estamos todos juntos, jóvenes y libres
de toda preocupación ajena a nuestro micromundo. Cierro los ojos y
abro el alma mientras las emociones se me escapan de las riendas y
estallan en forma de llanto al saber que todo cuanto queda de
aquellos tiempos se encuentra en mis manos mientras el futuro se
presenta incierto y angosto. Duele. Duele tanto que me tumbo sobre
el banco mirando al mismo cielo que nos arropaba en aquellas
noches de verano.

El agotamiento ha hecho que me quede dormido como un leño


hasta este momento, cuando abro los ojos y me doy cuenta de que
está amaneciendo. El sol tiñe de oro todo cuanto toca mientras la
luna aún pende del cielo y el aire de octubre me obliga a
incorporarme si no quiero coger frío. He hecho bien en llorar hasta
quedarme sin lágrimas. Mi cuerpo es ahora un remanso de relajación
y serenidad que se funde en el entorno, aún sin nadie alrededor.
Creo que voy a buscar una cafetería para tomar algo y ponerme a
tono.
Un momento.
Hay otro sobre apoyado en la pata del banco. Qué raro, no tengo
recuerdo de haberlo visto antes. También tiene la esquina
chamuscada, aunque es más pequeño que el otro. Tiene mi nombre
escrito.
Respiro hondo antes de meter el dedo y abrirlo. Hay una nota
doblada que extraigo con cuidado. Intuyo saber quién la ha escrito y
a quién se está refiriendo.

«Gracias por cuidar de Señorita».

Está firmado con las iniciales A. J.


Miro a mi alrededor con la vana esperanza de localizarle en el
espacio abierto. Nada. Nadie. Y me da igual, cosa que me hace
sentir bien y, en cierto modo, libre de una búsqueda que estaba
empezando a tornarse obsesiva. Ojalá pudiera decirle que ha sido un
placer. Pero le conozco y sé que está al tanto.
La mañana se presenta diáfana y agradable. Una circunstancia
que me ha animado a regalarme el día de hoy por entero. Gens y
Álex, incluso Aritz, tendrán que descansar.
Hoy no hay nadie más que yo.
Hoy voy a volar libre.
EPILOGO
Sábado. Nochebuena

Cubrir el vacío y la pena con alcohol y otras drogas es una práctica


que he estado realizando casi de forma litúrgica cuando se acercan
fechas como esta. Hoy, sin embargo, garabateo un borrón en mi
calendario vital para desviarme de ese tortuoso camino y emprender
uno nuevo con aquellos que me une la alta estima y cierto vínculo
que da un paso más allá del mero afecto.
Por eso estoy de nuevo en Madrid. Ahora me he afincado en
Santander. Vivo en un piso modesto pero cómodo en la zona del
Sardinero y la renta es asequible gracias al favor legal que le hice en
su momento a la buena mujer que me lo ha arrendado. Además, el
dinero que Moncho me transfirió en concepto de salario propicia un
tiempo de reflexión para sopesar las distintas opciones que tengo
sobre la mesa para orientar mi vida. Necesito saber si volveré a la
abogacía o emplearé mi tiempo en conseguir la licencia que me
acredite como detective privado. Está claro que mi sino no se
muestra especialmente proclive a que me pase los días encerrado en
un despacho, pues siempre ocurre algo que me hace decir chao con
la mano. Por otro lado, parece que lo de meterme en vericuetos
relacionados con la investigación no se me da del todo mal. Pero
tengo treinta y dos recién cumplidos, y el tiempo, por muy elástico
que sea, pasa inexorable sobre la cabeza de los mortales.
He regresado para pasar la Nochebuena con Señorita. Creo que
nos lo debemos después de lo que hemos vivido estos últimos
meses. Se ha recuperado de su neumonía y, como no puede ser de
otro modo, continúa pasando buena parte del día en su rincón
particular. No le hizo mucha gracia mi propuesta de cenar juntos,
pero tampoco puso pega alguna al respecto. De hecho, se interesó
por la hora de mi llegada y el menú que tenía pensado preparar,
pues, como no puede ser de otra manera, el cocinero es un servidor.
Lo tengo pensado desde hace una semana e incluso he ensayado los
platos. Cardos en su salsa de almendra y lubina al horno. El postre
se lo dejo a la tradición de los mazapanes, polvorones, mantecados
y bombones. No obstante, me he permitido traer un buen surtido de
dulces cántabros; corbatas de Unquera, sacristanes de Liérganes,
pastas pasiegas y, por supuesto, quesada. Prefiero traer de más para
que Señorita cuente con comida en su despensa.

Esta mujer no dejará nunca de sorprenderme. Es sabido por quienes


la conocen que Señorita esconde un gusto especial cuando se trata
de arte y colores detrás de ese aspecto adusto y oscuro. Estos días,
su casa es una manifestación de lo que esconde. Nunca había visto
una decoración semejante. No sobra ni falta nada. Lazos, bolas de
todos los colores, guirnaldas, un pequeño árbol artificial de Navidad
y el Nacimiento en un lugar destacado de su pequeño salón. Sonrío
con cierta nostalgia al ver que ha colocado una fotografía de Potes
tamaño folio para simular el paisaje tras el portal. La sensación es
tan acogedora que inspira el calor del hogar que los radiadores no
terminan de darle. También he pensado en ello, y por eso mismo le
he regalado un calefactor.
Todo está listo en la cocina para ponerme a la faena. Lo primero
que voy a hacer es moler las almendras y los piñones con un
mortero para que la salsa no quede tan fina. La música me
acompaña en el proceso, aunque no sé qué está sonando. Cuando
cocino, mi atención está totalmente focalizada en el proceso. Pocas
cosas hay que me relajen más.
Una vez molida la mezcla, me dispongo a preparar el guiso en sí
mientras precaliento el horno para la lubina. Tengo tan ensayados
los pasos que esto es como conducir. Ahora esto, luego aquello,
vuelvo a lo anterior para darle un repaso y dejar que lo otro repose,
limpio y guardo lo que ya no necesito. Y así, despacito y con buena
letra, completo el proceso orgulloso de lo que he cocinado.

Ya duchado y vestido para la ocasión, espero impaciente la llamada


de Señorita. Me extraña que no haya llegado ya. Suele ser muy
precisa en sus rutinas, aunque supongo que un día como hoy rompe
cualquier regla establecida. Reparo entonces en el silencio de la
casa, un lugar vacío, preparado a conciencia para celebrar. Destila
ilusión en cada esquina. No puedo evitar que mis ojos miren a través
de la ventana y contemplar la familia que vive en el edificio de
enfrente. Acaban de llegar los niños. Las caras de grandes y
pequeños lo dicen todo. Imagino el jaleo del lugar, en contraste con
el aplastante silencio que reina donde me encuentro.
Por fin, suena el timbre del portero automático. Ni siquiera me
molesto en preguntar quién es. Presiono el botón y espero a que
suene el timbre de la puerta.
Llama.
Abro.
Me quedo en blanco.
No puede ser.
Es…
—Hola, Miyeluco.

Dios mío. ¿Esto es verdad? ¿Es ella?


¿Es Ioana la mujer que tengo delante de mí?
—Feliz Navidad —dice, y sonríe como solo ella sabe hacerlo.
Me abraza. O la abrazo, no sé bien quién se lanza primero al
otro. Llevaba meses sin abrazar a nadie. Río sin poder controlarme,
quizá lloro, puede que las dos cosas, qué más da. La miro con
atención. Los últimos tres años han hecho de ella una mujer. Su olor
despierta la primavera en mi alma, las flores nacen arrebatadas y un
millón de mariposas inunda mi estómago mientras mis labios
envuelven los suyos como los pétalos de una rosa de carne. Le
acaricio el pelo, presiono su cuerpo contra el mío en un vano intento
de fusión, porque quiero que forme parte de mí y yo quiero formar
parte de ella. Ni siquiera el tiempo y la distancia han sido capaces de
atenuar lo que siento por esta mujer.
—¿Cómo es posible?
—Digamos que alguien ha insistido mucho para que venga.
Observo que su español es casi perfecto. Se lo digo y me da las
gracias.
—No es lo único que he aprendido. Siento mucho no haber dado
señales de vida todo este tiempo, pero era…
—Necesario. Lo sé.
—Álex ha sido muy bueno conmigo. Gracias a él, ahora soy capaz
de muchas cosas. Pero tenía que estar en la sombra, como él dice.
—Estoy seguro de ello, Ioana.
—Yo… Quiero pedirte perdón, Miguel. Señorita me ha contado
todo lo que te ha pasado. Yo no quiere que tú estés mal. Y lo que te
hizo esa mujer… Si la encuentro, se las verá conmigo y sabrá lo que
es una moldava cabreada.
Sonrío.
—Parece que tu español ha mejorado más de lo que creíamos.
Y el tiempo se olvida de nosotros, o nosotros nos olvidamos del
tiempo. Nos abrazamos de nuevo, nos olemos, nos sentimos. Ambos
queremos lo que no podemos ni es momento de hacer. Es mejor
dejar que las cosas sigan su curso.
—¿Señorita no ha llegado?
—Todavía no. Y me extraña, porque ya es tarde.
—Estará bien. Quizá esté dando un paseo. La Navidad hace
pensar.
—Sí, pero ella misma fue la que insistió en que viniera pronto
para preparar la… Oh, joder.
—¿Qué pasa?
Exhalo un largo suspiro.
¿Hasta ese punto has llegado, Señorita?
—Sé dónde está. Voy a ir a buscarla.
—Voy contigo.
La beso de nuevo. Porque sí. Porque me da la gana y ella lo vale.
—Antes, vamos a hacer una cosa. Ven.
La ausencia de tráfico hace que lleguemos al rincón de Señorita en
cinco minutos. Allí está, flanqueada en su castillo de cartón. Ahora
puedo corroborar mi sospecha. Señorita convenció a Ioana de que
viniera y nos ha dejado la casa para nosotros solos.
—¡Ah del castillo! —exclamo. Señorita aparta el cartón y se
queda ojiplática al verme con un tupper en la mano.
—Joder, chaval… Eres más tonto que tonto. ¿Qué coño haces
aquí?
—Habíamos quedado para cenar, y eso es lo que vamos a hacer.
En la mejor de las compañías, debo añadir.
Ioana camina hasta ponerse a mi lado. Nunca había visto a
Señorita dedicarle a alguien una sonrisa tan dulce y llamarle
«cariño» y «cielo».
—Ya que usted no viene, hemos venido nosotros. ¿Nos hace
hueco?
—Ioana, cambia de novio, corazón.
—¡Pero si Miguel es muy bueno!
—Por eso. Lo quiero para mí.
Nos sentamos alrededor y repartimos la cena. Señorita come con
fruición, admirándose por mi mano en la cocina. Solo he podido
traer el cardo, de modo que no me ha quedado otra que preparar
unos sándwiches.
—Hablé con Ratán. Todo ha sido un engaño, Señorita. Desde el
principio hasta el final y por parte de todos. Ya no sé de quién
fiarme.
—Lo sé. Lo sé todo. Tómalo como una estupenda hostia de
realidad que te ha regalado la vida para crecer y ser más fuerte.
Pero hoy está prohibido hablar de Gens y le van a dar mucho por
culo. Hoy somos nosotros tres.
No respondo. Ioana come como un pajarillo. Siento que nuestro
reencuentro haya sido así. Se ha puesto tan guapa para la ocasión
que me siento hasta mal. Hace frío y se nota. Ninguno de los tres
somos ajenos a escalofríos y castañeteos que nos provoca las
inclemencias del tiempo.
—Oiga… ¿Qué le parece si dejamos a un lado la ínfula
dickensiana y nos vamos a casa como tiene que ser?
Señorita me mira alzando una ceja y niega con la cabeza
dándome por imposible.
—Sois tontos. Con la de villancicos que habríais podido cantar
juntos esta noche.
Nos incorporamos y emprendemos la marcha a donde he
aparcado. Y es ahora, en silencio y flanqueado por estas dos
mujeres con tanta historia a sus espaldas, cuando comprendo la
filosofía de Gens. Familia y tribu son dos conceptos hermanos cuyo
único fin es calentar el corazón y crear comunidad frente a la
intemperie del mundo que asola los días sin otro particular que el
mero existir.
Hace tres años llegué a la conclusión de que había nacido sin
estrella. Ahora sé que no es así. Cada cual nace con la suya, pero es
necesario encontrar su lugar adecuado en el cielo para que brille
como el sol.
La mía centellea e ilumina un nuevo día por vivir.
FIN
Agradecimientos

Un GRACIAS enorme y enmarcado para Pablo Poveda, cuya


generosidad y paciencia nunca dejan de sorprenderme cada vez que
acudo a él con una de mis infinitas dudas. Este libro no habría
existido de no ser por los ánimos que me diste para lanzarme de
lleno a este profundísimo océano que es el mundo de la
autopublicación. No sé cuánto durará mi apnea, ni siquiera si lograré
mi objetivo. Pero el caso es que aquí estoy, con un libro nuevo que
ya veremos la suerte que corre. Habrá más. Y sé que te tendré al
lado como escritor y, sobre todo, como amigo.
Imposible no mencionar a Víctor J. Sanz, capaz de hacer brillar la
piedra más mate con su inigualable ojo crítico. Este libro no habría
sido lo mismo sin tu ayuda.
Gracias infinitas a mi Sistema Solar, con mayúsculas. Justo es
llamar así a mi familia. Este libro se ha escrito en tiempos ásperos,
confusos, complicados. Pero aquí seguimos. Y aquí seguiremos, pase
lo que pase.
Y a ti, lector, por prestarle tu tiempo a esta historia. Si te ha
gustado, me sería de gran ayuda que escribieras un comentario en
Amazon. Para los autores independientes, las reseñas son balones
de oxígeno que nos ayudan a mantenernos a flote. Es como dar
palmas a las hadas para mantenerlas vivas.
Peter Pan lo haría.

Gracias por todo,


Eduardo
[email protected]
Biografía

Eduardo Díez (Madrid, 1984), es licenciado en Derecho y escritor,


aunque no le guste definirse a sí mismo como tal. También ha
trabajado como librero, se ha formado como copywriter, es autor de
varios artículos y ha colaborado para una firma de moda.
«La mala flor» es su tercera novela publicada.

Página del autor: eduardodiezweb.com Twitter: @EdvardoDiez


Instagram: _diezeduardo Facebook: Eduardo Díez (Escritor)
Obras del autor

GENS

La vida de Alex Jon cambia para siempre la noche que, mientras


patina por un polígono industrial, se topa con un cadáver que tiene
un sobre cerrado en la mano.
Jamás hubiera podido saber que ese sobre le arrastraría a Gens.
Porque nadie sabe qué es Gens.
Sin más ayuda que la de su instinto, Alex Jon deberá integrarse
en una oscura sociedad que sobrevive al margen de la ley mediante
cadenas de favores y justicia poética con códigos que su cruel pero
fascinante líder impone de forma implacable. Sólo la lealtad a sus
principios le permitirán salir adelante en un mundo que hace de la
violencia su lenguaje y a cuyo origen terminará mucho más
vinculado de lo que nunca habría llegado a imaginar.

TAL COMO ERES

Una foto.
Una canción.
Una puñalada.
Ciento quince piercings.
Una de estas piezas da sentido a todas las demás.

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