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Juyungo

El documento presenta un homenaje a Adalberto Ortiz y su novela 'Juyungo', en el contexto del centenario de su nacimiento. Se analiza la obra en relación con la literatura ecuatoriana, destacando su enfoque en la realidad social y racial de la minoría negra en Ecuador. La narrativa de Ortiz refleja una evolución de la conciencia racial a la conciencia de clase, enmarcada en un contexto histórico de opresión y lucha.

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El documento presenta un homenaje a Adalberto Ortiz y su novela 'Juyungo', en el contexto del centenario de su nacimiento. Se analiza la obra en relación con la literatura ecuatoriana, destacando su enfoque en la realidad social y racial de la minoría negra en Ecuador. La narrativa de Ortiz refleja una evolución de la conciencia racial a la conciencia de clase, enmarcada en un contexto histórico de opresión y lucha.

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Juyungo

Adalberto Ortiz

Introducción Habrá quien piense que ese estado


En el año 2014 recordamos en de subversión espiritual permanen-
nuestro país el centenario del naci- te es la proyección de una geografía
miento de dos destacados escrito- torturada de sierras volcánicas y sel-
res ecuatorianos: Pedro Jorge Vera vas; otros quizá preferirán referirse a
(1914-1999) y Adalberto Ortiz una historia de violencia que empie-
(1914-2003). Como un homenaje za con el singular Gonzalo Pizarro y
de la revista AFESE presentamos en rematará con el último héroe popu-
este número una nota sobre la vida y lar de luchas más cercanas; quienes
obra de Adalberto Ortiz, escrita por pensarán que la difícil convivencia
el crítico español José Carlos Mainer de varias razas (negros, indios, blan-
que apareció como prólogo a su no- cos, con toda la gama combinatoria
vela Juyungo en la Biblioteca Básica de mestizos, mulatos y zambos y,
Salvat. Cabe mencionar que Adal- dentro de ella, la de tercerones, cuar-
berto Ortiz, nacido en Esmeraldas, terones, etc.), en un dramático am-
de origen afroecuatoriano, también biente de opresión e injusticia ya vie-
estuvo ligado al Servicio Exterior jas, es la causa inmediata de aquella
ecuatoriano y desempeñó funciones peculiaridad espiritual. Los testimo-
diplomáticas en Francia y Panamá. nios de tal cosa son abundantes, y
Será uno de los autores seleccionados parece conveniente citar algunos de
para integrar el volumen que sobre ellos a la hora de que el lector ameri-
esta temática prepara la Asociación cano trabe conocimiento con una de
de Funcionarios y Empleados del Ser- las novelas más considerables de la
vicio Exterior ecuatoriano. literatura ecuatoriana reciente: pen-
semos, por ejemplo, en el mestizo
Prólogo Eugenio de Santa Cruz y Espejo, que
Si algo caracteriza desde sus co- quizá sea el más lúcido y revolucio-
mienzos a la literatura del Ecuador, nario de los «ilustrados» americanos
es su punzante virtud de testimonio. del siglo XVIII; el guayaquileño José
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Adalberto Ortiz

Joaquín de Olmedo, que fue la voz en forma directa de la preocupación


neoclásica de la emancipación crio- de construir una expresión narrativa
lla y cantor de Junín; Juan Montal- de lo nativo americano, anticipada
vo, el mayor estilista continental de en parte por las vigorosas creaciones
la segunda mitad del siglo XIX, im- del venezolano Rómulo Gallegos, el
penitente Catón de la dictadura teo- colombiano José Eustasio Rivera y el
crática del presidente Gabriel García argentino-uruguayo Horacio Quiro-
Moreno, cuando no paciente orfebre ga, si no nos hemos de remontar a
de los Capítulos que se le olvidaron la novela «indianista» romántica (un
a Cervantes. Posteriormente, por el ejemplo ecuatoriano es Cumandá, de
modernismo pasó la rezagada figura Juan León Mera) o a relatos natura-
del suicida Medardo Ángel Silva; en listas de la fuerza de los de Clorinda
el júbilo metafórico de la vanguar- Matto de Turner o de Alcides Argue-
dia se cuenta un poeta de los quila- das. Los «criollistas» –término que
tes de Jorge Carrera Andrade; a la abarca a Gallegos, Rivera, etc., y que
hora del ensayo interpretativo de la gustan de utilizar los críticos nortea-
realidad nacional americana son im- mericanos I. Schulman y S. Menton–
prescindibles los nombres de Gonza- revelaban, sin embargo, graves insu-
lo Zaldumbide y Alejandro Carrión; ficiencias: cierto era que se les debía
hoy mismo, en momentos inciertos el descubrimiento de América como
para el porvenir de la literatura en el posibilidad de novela («América,
continente, los poetas «tzántzicos» ¿novela sin novelistas?», se había
suponen un grupo de gran porvenir preguntado, en un título afortunado,
en el próximo futuro. el crítico Luis Alberto Sánchez), pero
Y dejo deliberadamente para el en su mayor parte no habían pasado
final el lugar literario donde se inser- de un telurismo ingenuo, de asistir a
ta Juyungo de Adalberto Ortiz: la vi- la lucha casi metafísica entre la vo-
gorosa novela indigenista que surge luntad humana y un medio hostil,
en Ecuador de la mano del «Grupo marginando –puede que inconscien-
de Guayaquil» y que tiene su hito temente– la realidad social de ese
augural en 1930 con la publicación medio; por otro lado, el «criollismo»
del tomo Los que se van, donde co- utilizaba un lenguaje europeo, tradi-
laboraron con sus relatos Joaquín cional, para describir un panorama
Gallegos Lara, Demetrio Aguilera radicalmente no europeo y que, a no
Malta y Enrique Gil Gilbert. dudarlo, tenía su propia expresión,
La fecha –1930– y el epígrafe como tenía su propia personalidad
que he utilizado –«novela indigenis- distintiva. La conquista de estos dos
ta»– están unidos en una inextricable terrenos inexplorados –las torvas
relación de causa a efecto. Literaria- sombras de la injusticia secular, la
mente, el relato indigenista procede posibilidad de una expresión mental
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y lingüística auténticamente ameri- (1934). Fueron precisamente estos


cana– se empezó a proponer como escritores que acabamos de citar los
meta cuando las consecuencias de la primeros cuya fama extendió su ám-
crisis económica y social de los años bito más allá de América, cuando en
veinte desplazaron al escritor a nue- los años cuarenta el viejo continente
vos frentes de lucha; la necesidad fue descubrió la realidad del subdesa-
tanto más aguda en los países donde rrollo: en su nombradía, aupada por
la presión de la oligarquía, el proble- editoriales y revistas de izquierda
ma de un peonaje indígena deshere- bien conocidas, intervino, como no
dado y la caída de los precios en los podía ser menos, un ingrediente de
productos tradicionalmente expor- exotismo y una necesidad de gustar
tados, hicieron la situación social y platos fuertes por parte de un lector
política insostenible. Añadamos que extranjero que quizá no supo apre-
debemos combinar todos estos datos ciar en sus límites de tentativa lite-
con la fecundante influencia que por raria el valor de los relatos que se
aquellas calendas tiene el relato nor- le ofrecían. Pero este problema no
teamericano: en perjuicio de Améri- afecta para nada a nuestro tema y, en
ca Latina, un Steinbeck influyó más todo caso, es asunto de una posible
que un Faulkner. En todo caso, la y sugestiva sociología del pequeño–
inducción fue un hecho. Y los nom- burgués europeo contemporáneo.
bres surgieron: en Centroamérica, Lo que sí es evidente, sin embargo,
feudo de la United Fruit, Miguel Án- es que hacia 1960 América Latina
gel Asturias y Carlos Luis Fallas; en –abocada a otra crisis de las dimen-
Perú, el grupo de Amauta, cohesio- siones de la de 1930– parece que ha
nado por José Carlos Mariátegui, da cambiado su idea de novela y que al-
el nombre de César Vallejo, y en la gunas voces proclaman la muerte del
década de los cuarenta aparecen los indigenismo (quien moriría a manos
de Ciro Alegría y José María Argue- de la novela intelectual y urbana
das; en Cuba, ya sensibilizada por como el «criollismo» feneció por las
la «protesta de los trece» y el grupo suyas). ¿Hasta qué punto es cierto
«minorista», el «negrismo» cuenta todo ello? Quizá lo sea en cuanto
con los nombres de Nicolás Guillén a que es insostenible el simplismo
en la poesía y Alejo Carpentier, Lino maniqueo de la vieja temática –in-
Novás Clavo y Lydia Cabrera en la dios totalmente buenos, blancos to-
prosa; en Ecuador, tras la nómina de talmente malos, acumulaciones de
la «Escuela de Guayaquil», que he- horrores e injusticias, felicidad de
mos citado arriba, llega el renombre las Arcadias primitivas–, pero indu-
internacional de Alfredo Pareja y el dablemente no lo es en cuanto atañe
de Jorge Icaza, conseguido por una a la creación de una lengua, de un
sola novela, su famoso Huasipungo modo de describir la realidad, de un
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Adalberto Ortiz

modo de presentar el universo caó- de El luto humano del mexicano


tico de América, que ha sobrevivido José Revueltas, dos años posterior a
en los mejores relatos americanos de El mundo es ancho y ajeno del pe-
nuestros días, donde los nombres de ruano Ciro Alegría, y a Mamita Yu-
«indigenistas» confesos –Asturias, nái del guatemalteco Fallas, y cinco
Arguedas, Yáñez– se mezclan con anterior a la publicación de El señor
los Cortázar y los Fuentes, o con un presidente de Miguel Ángel Asturias
caso de vocación escindida (entre lo (redactada, de hecho, en fecha más
urbano y lo salvaje) como el del pe- antigua).
ruano Mario Vargas Llosa. La temática de Juyungo es el
Adalberto Ortiz y la novela que destino de la minoría negra ecuato-
presento en estas líneas se sitúan en riana, resumida en el destino perso-
el marco que acabo de describir. Or- nal de un hombre, Ascensión Lastre,
tiz se ha movido, sin embargo, en héroe del relato y al que Adalberto
los campos (para él no tan diferen- Ortiz pinta con tintas casi legenda-
tes como pudiera parecer a primera rias. A Ascensión –al que llaman
vista) de la poesía «negrista» –Tie- «juyungo», nombre que los indios
rra, son y tambor (1944), Camino y dan a los negros– le asisten todos los
puerto de la angustia (1945) y la an- atributos del mito: origen oscuro,
tología de su obra El animal herido apostura noble, fuerza física extraor-
(1959)–, el relato corto –Los contra- dinaria, aguda conciencia de su des-
bandistas (1947) y La mala espalda tino fatal, luminosa muerte heroica.
(1952)– y la novela de dimensiones (Cabría pensar, por contraste, en el
normales –La ventana y el espejo mundo negro que Alejo Carpentier
(1967)–. Juyungo –escrita cuando su presenta en Ecue-Yamba-O, 1931,
autor tenía veintiocho años– cons- igualmente configurado en el destino
tituyó su temprana revelación. Tras individual de Menegildo: frente a esa
haber obtenido el premio a la mejor fuerza natural dotada de conciencia
novela ecuatoriana de 1942 –despla- y dignidad que es Juyungo, Mene-
zando en las votaciones a Las cruces gildo es, simplemente, materia casi
sobre el agua de Gallegos Lara y a mineral del ciclo inexorable de la
La isla virgen de Demetrio Aguilera manigua. Un terreno intermedio en-
Malta–, se publicó en Buenos Aires tre el esteticismo y la protesta ocupa-
en 1943 y desde entonces sólo ha te- ría Cumbotó, la novela negrista del
nido dos reediciones –Quito, 1957, venezolano Ramón Díaz Sánchez.)
y Guayaquil, 1968–, hecho que con- Pero la sola imagen de un personaje
trasta con su extendida nombradía de epopeya no agota el intento nove-
y sus numerosas traducciones a len- lesco de Adalberto Ortiz, empeñado
guas extranjeras. Añadamos que el en presentar todas las posibilidades
año de su aparición lo fue también del negro ante su propia condición
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Juyungo

de tal: así conocemos también al La dialéctica interna de la obra


mito aleccionador, al comandante está muy patente, y ya arriba he alu-
Lastre, tío de Juyungo y figura his- dido a ella: Juyungo posee una con-
tórica que luchó en la revuelta de ciencia racial que le hace odiar inten-
Carlos Concha; al angustiado «zam- samente al hombre blanco, aunque
bo» (hijo de indio y negra) Antonio exima de ese sentimiento a los po-
Angulo, símbolo lacerante de la frus- bres indios con los que convivió en
tración racial; al estudiante mulato su pubertad; conforme va avanzan-
Nelson Díaz, clave en la evolución do la novela, sin embargo, la pasión
espiritual del protagonista desde la de Juyungo (alentada por la ima-
conciencia racial a la conciencia de gen heroica de su tío guerrillero) se
clase, además de simbólico sobrevi- transforma en conciencia de clase,
viente de la catástrofe que cierra el superadora de la división de razas;
relato; a los resignados Clemente al final reaparece quizá aquel con-
Ayoví y Manuel Remberto; al bru- cepto, pero ahora al servicio de un
tal Cocambo, vendido a sus propios ideal nacionalista. Y Juyungo muere
explotadores y antítesis de Juyungo. frente al invasor peruano como «ne-
Por otro lado, el autor intenta que gro machetero esmeraldino». ¿Trai-
no perdamos el curso de la historia ción, por parte de Ortiz, al proceso
real que enmarca las peripecias de su de lucidez y subversión que narra la
novela: el comandante Lastre, gue- novela? No lo parece así: Juyungo
rrero del coronel Concha, combate cae gloriosamente y quizá ambigua-
contra Leónidas Plaza, cuyas huestes mente –como corresponde a todos
han asesinado en 1912 al político ra- los mitos que mueven la historia–,
dical Eloy Alfaro, padre de la «cons- pero Nelson Díaz volverá a noso-
titución atea» de 1906; las desven- tros. La verdadera revolución no se
turas laborales de los protagonistas ha detenido. Renaud Richard, por su
se identifican con el período de do- parte, en el más reciente estudio que
minio, abierto en 1916, de la oligar- se ha dedicado a esta novela («Bu-
quía bancaria de Guayaquil, con la lletin Hispanique» LXXII, 1970,
crisis del cacao y los trágicos sucesos pp. 152-170), señala cuatro etapas
de la provincia de Esmeraldas y las en la evolución personal de Juyun-
jornadas obreras de Quito (agosto- go: 1) una adolescencia bajo el signo
septiembre de 1932); el despertar de de la desmitificación: episodios del
la conciencia nacionalista del final bautismo frustrado, del desenmas-
de la obra se produce en el marco caramiento del hechicero capayo y
de la invasión peruana (1941) de la de las burlas casi picarescas al «her-
provincia sudoriental de EI Oro, que manito»; 2) explotación económica
concluiría con el ominoso protocolo y odio racial: trabajo en los muelles,
de Río de Janeiro (1942). pelea con Manuel Verduga, posesión
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Adalberto Ortiz

de María de los Ángeles Caicedo; 3) lo. Ya Cassirer, tras los pasos de Vico,
luchas sociales y quiebra del odio declaró la identidad entre lenguaje,
racial: construcción de la carrete- poesía y mito: inmerso Ortiz en una
ra, conocimiento de los estudiantes realidad primitiva, es lógico que esta
mulatos y época feliz de la isla, con triple ecuación se produzca de una
el nacimiento del pequeño Gumer- manera tan directa. Pero el rasgo
sindo; 4) lucha contra la injusticia: que indudablemente prueba mejor
simbólica expulsión de la isla, muer- la innovadora índole de la expresión
te del niño, venganza y enrolamiento de esta novela lo encontramos en las
final para luchar contra la invasión líneas que, con el título común de
peruana. «Oído y ojo de la selva», preceden
Más arriba decíamos que uno cada capítulo. La naturaleza salva-
de los dos empeños de la novela in- je y misteriosa –de la que Juyungo
digenista había sido el de transcribir y sus compañeros forman también
no solamente la peculiaridad lin- parte– narra a su modo lo que el au-
güística americana, sino también la tor contará después en términos de
propia manera de concebir y acotar lengua común: su función de doblete
la realidad del pensamiento mágico. descriptivo, casi coral, queda, pues,
(Piénsese en la significación de rela- perfectamente aclarada.
tos como Hombres de maíz y Mula- Naturaleza, leyenda, historia,
ta de Tal, de Miguel Ángel Asturias, revolución: he aquí cuatro ingredien-
o en los «sones» afrocubanos de tes inseparables y fundamentales de
Nicolás Guillén y Luis Palés Ma- la vida americana en general y de la
tos.) Adalberto Ortiz, por su lado, novela indigenista en particular. El
se mueve en un triple plano estilís- lector de las páginas que siguen los
tico: en primer lugar, la descripción va a encontrar enlazados en una na-
épica, casi legendaria, que es la en- rración que ha hecho época en la li-
cargada de vertebrar la novela y de teratura de su país y cuya briosa an-
proporcionarle su ejemplaridad casi dadura tapa sus posibles flaquezas.
didáctica; en segundo plano, la siste-
mática utilización del léxico popular
(que el lector no ecuatoriano podrá
entender con ayuda del glosario que
cierra esta edición), y, por último, lo
que llamaríamos «descripción mági-
ca directa», a la que corresponde la
catarata de metáforas que domina el
texto y que testifican tanto el talante
fundamentalmente lírico del autor
como una decidida voluntad de esti-
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