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Falsificaciones en Actas Conciliarias

El capítulo analiza cómo las Actas de los Concilios Ecuménicos del siglo V fueron manipuladas por la cancillería pontificia, favoreciendo una perspectiva romana y filopapal. A pesar de su aparente objetividad, estas fuentes fueron objeto de dinámicas de falsificación e instrumentalización ideológica, reflejando las tensiones doctrinales de la época. Se destaca que las traducciones latinas de estas actas, realizadas con fines propagandísticos, contribuyeron a la distorsión de la historia conciliar.

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Falsificaciones en Actas Conciliarias

El capítulo analiza cómo las Actas de los Concilios Ecuménicos del siglo V fueron manipuladas por la cancillería pontificia, favoreciendo una perspectiva romana y filopapal. A pesar de su aparente objetividad, estas fuentes fueron objeto de dinámicas de falsificación e instrumentalización ideológica, reflejando las tensiones doctrinales de la época. Se destaca que las traducciones latinas de estas actas, realizadas con fines propagandísticos, contribuyeron a la distorsión de la historia conciliar.

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FALSIFICACIONES DE LA CANCILLERÍA PONTIFICIA AL SERVICIO DEL


PRIMADO ROMANO: EL CASO DE LAS ACTAS CONCILIARES, en Mikel Labiano
(ed.). De ayer y hoy. Contribuciones multidisciplina...

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Silvia Acerbi
Universidad de Cantabria
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FALSIFICACIONES DE LA CANCILLERÍA PONTIFICIA AL SERVICIO DEL
PRIMADO ROMANO: EL CASO DE LAS ACTAS CONCILIARES

Silvia Acerbi
Universidad de Cantabria

Abstract: The Acts of the Ecumenical Councils of the fifth century constitute a paradigm of the
complex questions linked to the writing and transmission of this type of source whose ob-
jectivity (as mimesis of orality) is only apparent. In spite of the fact that this documentation
is theoretically alien to tendentious narrative operations, both in its writing and in its com-
plex transmission processes, it is in reality the object of dynamics of manipulation and ide-
ological and confessional instrumentalization. A clear example of such procedure is how
the Roman chancellery translates these Acts, as the result of a logic that clearly favours a
Roman and philopapal perspective.
Resumen: Las Actas de los concilios ecuménicos del siglo V constituyen un paradigma de las
complejas cuestiones vinculadas a la redacción y transmisión de este tipo de fuentes, cuya
objetividad (en cuanto mímesis de la oralidad) es solo aparente. A pesar de tratarse de una
documentación ajena —en teoría— a operaciones narrativas tendenciosas tanto en su re-
dacción como en sus complejos procesos de transmisión, resultan en realidad objeto de di-
námicas de manipulación e instrumentalización ideológica y confesional. Un ejemplo lo
constituyen las traducciones que la cancillería romana hace de ellas, fruto de una lógica
claramente en favor de una perspectiva romana y filopapal.
Keywords: Ecumenical Councils; Acts; Canonical Collections; Papacy; Manipulation.
Palabras clave: Concilios ecuménicos; Colecciones canónicas; Papado; Manipulación.

La creciente circulación de los textos cristianos a partir de la mitad


del siglo IV y las controversias derivadas de los conflictos trinitarios y
cristológicos tuvieron como efecto la expansión del fenómeno de la falsi-
ficación en el ámbito eclesiástico, motivada bien por razones de salva-
guardia por parte de la Iglesia (al instinto de preservación de la jerar-
quía se sumaba el odio a lo nuevo, propio de la especulación teológica
de los primeros siglos del cristianismo), bien de propaganda político-
doctrinal. La falsificación es un fenómeno con raíces en el mundo clásico
y no fue una praxis extraña al contexto religioso (Bardy 1936): además
del fenómeno pseudoepigráfico y del ‘citacionismo’ apócrifo, ya obser-
vados en el ámbito de las Escrituras judías y cristianas, hay numerosos
indicios de alteraciones de textos sagrados, o al menos esto parecen su-

Mikel Labiano (ed.). De ayer y hoy. Contribuciones multidisciplinares sobre pseudoepígrafos literarios y
documentales. (De falsa et vera historia 2), Ediciones Clásicas, Madrid 2019 (ISBN: 978-84-7882-841-
8), 213–223.
214 Silvia ACERBI

gerir las maldiciones rituales contra quien osase añadir, quitar o cam-
biar parte de ellos1.
Las controversias cristológicas y la celebración de los primeros gran-
des Concilios Ecuménicos impulsaron la circulación de obras que pres-
taron servicio a las causas de las partes implicadas y que solo en época
moderna o contemporánea se han identificado como falsas. Sabemos
que ya en el siglo V se discutía la posible manipulación de tratados de
Orígenes; y que Cirilo, metropolita de Alejandría, recurrió a los archivos
patriarcales para resolver una duda de autenticidad que le plantearon
en dos ocasiones sus sufragáneos sobre una carta de su ilustre predece-
sor Atanasio (Epistula 45) que circulaba falsificada (Vian 2006, 144).
Las Actas y cánones sinodales de los primeros siglos: elaboración y estrategias
de manipulación
Las fuentes sinodales no son un material neutro, como a primera
vista pudiera parecer. Se trata, efectivamente, de una tipología docu-
mental que no ha conocido el filtro inherente a las obras literarias. No
obstante, a pesar de que la lógica de ciertas intervenciones por ellas re-
gistradas y la espontaneidad no estilizada en los elementos secos y li-
neares del regestum cancilleresco nos devuelvan aparentemente la que es
la gran ausente en la historia hecha por los historiadores, la voz de la
gente (captada como eco, murmullo, aclamación o tumulto de la asam-
blea), pese a dar la ilusión de una total objetividad, en realidad sirve a
fuentes susceptibles de otro tipo de reducción narrativa debida a una
capilar manipulación, tanto a nivel de composición como de trasmisión
documental.
Un caso emblemático lo constituye el II concilio de Éfeso (449) convo-
cado como un sínodo ecuménico perfectamente legítimo y posterior-
mente rechazado por Roma como Latrocinium Ephesinum (Acerbi 2001).
Su ambivalente ‘recepción’ comienza con un anatema: “Illud concilium”
no tenía que ser mencionado jamás, y quod in ea actum est excluido de la
memoria histórica. Pero su trasmisión, ya a partir de su finalización, es
dialéctica: en las fuentes contemporáneas se integran, en una serie móvil
de variantes discontinuas, su prehistoria y su historia posterior, de
modo que la primera se viene a conocer solamente a través del filtro
manipulado de la segunda. Esta superposición, esta sensación de ambi-
gua identidad invertida entre el pasado y el futuro de Éfeso II obliga al
intérprete a un ejercicio no diferente del restaurador que remueve de la
tela los restos de restauraciones sucesivas, deteriorando irremediable-
mente tanto la restitutio in pristino como las imágenes superpuestas. Hay
otros motivos de perplejidad que conciernen a los verbales de las prime-
ras sesiones sinodales trasmitidas en griego: la estratificación de las se-

1 Deut. 4,2; Ap. 22,18–19, cf. Metzger 1972, 3–24.


Falsificaciones de la Cancillería Pontificia… 215

cuencias temporales (los Gesta de Calcedonia contienen, además del re-


lato de las primeras sesiones del concilio de Éfeso II, también las Actas
del precedente concilio de Constantinopla del 448 que, a su vez, recogen
los textos de la cognitio de abril del 449), es decir, el texto final está
construido a través de procedimientos aditivos, estructuras combinato-
rias y, como ya observaba Gibbon (1973, 35), la maraña resultante es di-
fícil de desenredar, aunque la edición de Schwartz —al que debemos las
monumentales Acta Conciliorum Oecumenicorum (ACO)— distinga en
esta estratificación lo que pertenece a cada una de las asambleas); la su-
perposición de las prospectivas doctrinales y de las orientaciones
teológicas; es decir, la intrínseca instrumentalización.
Los verbales de las sesiones posteriores, ciertamente redactados en la
perspectiva partidista del obispo encargado de la presidencia, Dióscoro
de Alejandría, han sobrevivido en una versión siriaca (seguramente se
trata de una traducción de originales griegos perdidos), descubierta solo
a mitad del siglo XIX. El manuscrito es posterior en solo ochenta y seis
años a los hechos narrados (Teja / Acerbi 2004). En estos materiales, re-
dactados en clara perspectiva anticalcedoniense, el intento falsificador
se manifiesta en operaciones narrativas tendenciosas. No se trata de una
reproducción de la oralidad sino de un montaje, de un capcioso collage
de textos en el que se realiza el mismo decoupage presente en las actas
griegas donde más perspectivas y más situaciones temporales se entre-
lazan, dando lugar a una representación en que la escena se mueve con-
tinuamente, una polifonía dramática en la que falta la voz de los acusa-
dos. El lenguaje es indirecto, abierto a interpretaciones, de dobles senti-
dos, ambiguo, disimulador, como casi siempre es el discurso del poder.
Hay que señalar que de los primeros Concilios Ecuménicos (Nicea
325 y Constantinopla 381) solo se conservan los cánones (Di Berardino
2006, 19–47), mientras que de los sucesivos concilios (Éfeso I, Éfeso II,
Calcedonia) conservamos las Actas completas (Teja 2002). Su redacción,
en cuanto producto oficial del sínodo, era asumida por los notarios im-
periales. En este caso el discurso es complejo: la cuestión de la autoría
en sustancia viene a ser la misma que la estudiada a propósito de los
documentos jurídicos —por ejemplo del Codex Theodosianus—, en los
cuales se constata una difracción entre texto original y texto auténtico;
por su función prescriptiva (o normativa) no son materiales sujetos a
una crítica textual como se ha venido planteando respecto de obras latu
sensu literarias, para las que el problema central se refiere a la existencia
de un autor determinado e identificado y a la restitutio de un original,
salido de las manos de ese autor. Se puede suponer la confección de
apógrafos oficiales imperiales que permanecieron en el scrinium de la
cancillería imperial constantinopolitana y, de allí, se difundieron me-
diante la multiplicación de copias.
216 Silvia ACERBI

Pero también estaban presentes, además de los notarios y estenógra-


fos imperiales (ἐσκέπτορες), los notarii (νοτάριοι) al servicio del obispo
encargado en cada concilio por el emperador de ocupar la presidencia,
quienes en teoría registraban a través de apuntes (σημεῖα) lo que se de-
cía, pero a menudo redactaban sus verbales de modo incompleto y fa-
vorable a su obispo resaltando algunas circunstancias y omitiendo otras
que podían perjudicarlo (Taitler 1985).
Los concilios eran ricos en momentos dialécticos de fuerte drama-
tismo en los que los ‘partidos’ conciliares mostraban colectivamente sus
opiniones. La aprobación entusiasta o el rechazo se manifestaban con
aclamaciones, las εὐφημίαι o δυσφημίαι (aclamaciones de consenso o
verdaderas imprecaciones), utilizadas también como método abreviado
de votación susceptible de instrumentalización, esta última bien enmas-
carada en los verbales que, a través de la locución ἡ ἀγία σύνοδος εἶπε
registraban una unanimidad solo aparente, avalada también por el uso
calculado de verbos como ὁμολογεῖν o ὁμονοεῖν.
Una última observación con respecto a las formas de la redacción: la
palabra griega que indica los protocolos es ὑπομνήματα, mientras que
el equivalente latino es gesta, una palabra con un preciso estatus jurídico
que se refiere a lo que antes aludía: el tropo autor/original tiene un valor
específico, es decir, el criterio de autenticidad sustituye al de originali-
dad. En el léxico del derecho ‘auténtico’ no es sinónimo de ‘verdadero’
como en el lenguaje común, sino que se trata de un tecnicismo inter-
pretado como conforme a la norma, al ius imperial (Eco 1990; Crescenzi
2007).
Las lagunas de la transmisión de las colecciones cononísticas
Es sabido que, junto con las colecciones de Acta sinodales, se
constituyeron, en los años posteriores a Éfeso II pero sobre todo al con-
cilio ecuménico de Calcedonia, colecciones de documentos ciertamente
históricos pero, en tanto que nacidos en el seno de ásperos enfrenta-
mientos teológicos-conciliares, influenciados de forma irremediable por
ellos. Fue E. Schwartz quien acuñó el término de “Publizistische Sam-
mlungen” para esta tipología de documentación. Siendo incontestable
que “la agrupación, la redacción, la compilación de los documentos, las
personas de sus recopiladores hacen historia” (Grillmeier 1996, II.1, 53),
estas colecciones o sus traducciones, mostrando más o menos vistosa-
mente una actitud de parte y un fin persuasivo, son material propagan-
dístico. En efecto, la datación (la historia codicológica de cada recopila-
ción, como bien explican las introducciones de Schwartz, es muy com-
pleja), y la lengua (bien se trate de un texto griego o de una traducción
al latín) son indicios que no se pueden pasar por alto. En general las tra-
ducciones latinas de las actas griegas, según el criterio de Schwartz, en-
tran también dentro de las “publizistische Sammlungen”. La traducción
Falsificaciones de la Cancillería Pontificia… 217

latina de los verbales de Éfeso II hecha por orden de León Magno antes
de Calcedonia (ACO II, III, 1, intr. V-VII), estaba seguramente inspirada
por el punto de vista de la curia romana sobre el concilio. Otra traduc-
ción latina de las actas de Calcedonia redactadas por el diacono Rústico
(ACO II, III,1), con ocasión de la controversia de los Tres Capítulos (530-
533), tiene claras intenciones propagandísticas a favor de la cathedra Pe-
tri. Dejando al descubierto los instrumentos opacos y concretos —como
los automatismos y la tradición— de los que ya en el siglo V disponía el
scrinium pontificio (es san Jerónimo quien así lo define por primera
vez2), las tendenciosas traducciones latinas nos traen a la mente ese viejo
y muy conocido adagio italiano —traduttore/traditore (traduc-
tor/traidor)—, y otro, no tan famoso, un ludus comprensible solo en ita-
liano (al ser un juego de palabras homógrafas pero no homófonas): en
cuanto tràdita (trasmitida), la historia es inevitablemente tradíta (traicio-
nada). Dejando al margen especulaciones teóricas sobre los límites de
cualquier metáfrasis historiográfica, además de una clara intención falsi-
ficadora en beneficio de la causa romana (sobre la cual volveremos a
continuación), hay también que tener en cuenta la dificultad empírica
experimentada por el Occidente para adaptar al abanico lingüístico la-
tino, lexicamente más pobre que el griego por lo que respecta a las espe-
culaciones teológico-cristológicas, términos como φύσις, πρόσωπον o
ὑπόστασις acuñados en un ámbito helenófono3.
También quizás, como consecuencia de lo que acabamos de observar,
el patrimonio normativo de la Iglesia, que se había fundamentado en los
primeros siglos de la historia de la institución, en los textos bíblicos y en
el desarrollo de la tradición patrística, ya antes de Constantino se fue
desarrollando de formas muy diferentes en las dos partes del imperio,
formas que irán progresivamente definiéndose y distanciándose: si en
Oriente seguirá siendo incuestionable el privilegio otorgado a las deli-
beraciones sinodales, en la Pars Occidentis las colecciones canónicas y las
decretales de los pontífices pasarán a ser consideradas el material de re-
ferencia ineludible.
Un episodio significativo es el protagonizado por Apiario, sacerdote
africano excomulgado en 418 por su obispo, Aurelio de Cartago. Apia-
rio apeló a Roma, donde fue absuelto en primera instancia por el papa
Zósimo gracias a un commonitorium en que alegaba como fundamento
un supuesto canon de Nicea, concilio considerado el referente teológico
y normativo en ambas partes del Imperio. El obispo de Cartago, Aurelio,
consultó sus códices y al no encontrar dicho canon escribió cartas a los
metropolitas de Constantinopla, Alejandría y Antioquía rogándoles que
contrastaran sus colecciones canónicas en búsqueda del canon aducido.

2 Epist. adv. Ruf. 20,10, CCL 79, 91.


3 Arnobio, Conflictus cum Serapione, CCL 25 A, 43–73, vid. Teja 1995, 62–64.
218 Silvia ACERBI

Después de un tenso cruce de correspondencia entre Cartago y Roma4,


se comprobó que en realidad se trataba de un canon del Concilio de
Sárdica (343), donde se reconocía al obispo de Roma la instancia su-
prema de apelación sobre toda la iglesia (y, de hecho, el emperador
Graciano con un decreto del 378 asignaba al obispo de Roma, cuya sede
indicaba con el apelativo de apostólica, la más alta potestas judiciaria).
Esto demuestra que antes del siglo V las colecciones canónicas de sí-
nodos orientales en posesión de la curia romana estaban entremezcladas
sin distinción de cánones de cada sínodo. O, mejor, según la interpreta-
ción de la mayoría de los estudiosos, ya existía una traducción latina de
los cánones de Nicea —la Collectio Vetus5, llamada Romana— falsificada
en pro de Roma.
Una etapa decisiva en el uso ‘interesado’ de cánones orientales lo
constatamos durante el pontificado de León Magno, el primer obispo de
Roma que reivindicó con una energía sin precedentes en la entonces to-
davía breve historia del papado una potestad primacial y una jurisdic-
ción eclesiástica universal, que promovió una actividad editorial ten-
dente a imponer a las sedes orientales la auctoritas teológica y disciplina-
ria de la cátedra romana 6 (Salzman 2010; Acerbi 2017). En su confronta-
ción con Constantinopla, la Νέα Ρώμη, León recurre de una manera
sistemática a los cánones de Nicea, en particular al 6, y a su inviolabili-
dad para replantear las reivindicaciones por la primacía de la Roma se-
nior, interpretándolo según las conveniencias de su sede: en realidad el
canon 6 establecía que el obispo de Roma poseía derechos análogos a los
reconocidos a Alejandría y Antioquía, es decir, lo que después se con-
vertirá en prerrogativa patriarcal de las sedes pentárquicas, pero no ha-
cía alusión a un primado universal como el papa pretendía. Los legados
de León Magno en el concilio de Calcedonia (451) afirmaron con apodíc-
tica resolución: Ecclesia romana semper habuit primatum, expresión con la
que comenzaba el canon 6 en algunas viejas traducciones latinas, como

4 Los africanos, para justificar la posición del concilio de Cartago de mayo de 419 acerca de

la apelación a Roma, compusieron una compilación conocida como Codex Apiarii Causae,
que contiene la versión africana de los cánones de Nicea. La edición crítica del Codex Apiarii
Causae se encuentra en Munier 1974, 79–165.
5 Las colecciones más antiguas serían la Hispana o Isidoriana (así llamada en cuanto conside-

rada de origen hispano y atribuida a San Isidoro) y la Prisca. Ambas contienen cánones de los
concilios orientales traducidos del griego, por lo que se las indica como Versiones.
6 Me parece interesante, como una muestra más de la manipulación de textos en el intento

de afianzar la doctrina petrina, el hecho de que León Magno recurriera también, como si de un
documento histórico se tratara, a una supuesta epístola del papa Clemente a Santiago, el her-
mano del Señor, en la que se afirmaba que Pedro en su testamento había declarado a Clemente
su sucesor legítimo. Se trata de un falso de finales del s. II traducido al latín a finales del IV o
inicios del V.
Falsificaciones de la Cancillería Pontificia… 219

la mencionada Vetus romana7. En realidad ese primatum se refería al ám-


bito territorial de la provincia suburbicaria 8, aunque Roma lo interpre-
tara en función de la teoría de las tres sedes petrinas que veía en Pedro
la fuente de la eclesialidad de las demás sedes apostólicas. Esta paterni-
dad “fundadora” implicaba que la cátedra de Roma fuera mater, fons et
origo, no solo de magisterio ortodoxo, sino también de la ἐξουσία sobre
las demás iglesias. Por ello, la pretensión de fundar las prerrogativas de
Constantinopla sobre un primado no petrino sino político con la
aprobación del conocido canon 28, pareció a los legados romanos una
humillación de la Sede primigenia y una subversión del orden canónico
niceno falsamente interpretado —o, mejor: interpretado en base a claras
falsificaciones— en función de la teoría de la apostolicidad (De Halleaux
1989).
La falsificación a servicio del primatus Petri: de los apócrifos simaquianos a las
falsas decretales
Observaba sarcásticamente Elemire Zolla que la linealidad de la su-
cesión apostólica es demostrable como la descendencia de Venus para
los emperadores romanos (1994, 92–93)9. La origo de la sucesión del prin-
ceps apostolorum como justificación del primatus universalis del obispo de
Roma fue un mito al que la falsificación otorgó una legitimidad (¡una
pseudolegitimidad!) imprescindible en un momento crucial en la histo-
ria de la institución y del Occidente. Entre muchos otros, también Hans
Küng ha escrito páginas especialmente significativas acerca de la crea-

7 Se debe atribuir al propio León un specilegium de cánones —al que haría alusión la chartula
leída por su legado en Calcedonia, Bonifacio—, y del que se sirve el también legado Pascasino
en su intervención en el mismo concilio (Antiqui moris est, ut urbis Romae episcopus habeat princi-
patum). Parece que la vetus se utilizó en el conflicto con la iglesia africana con motivo del citado
affaire de Apiario antes de reaparecer en el discurso del legado Pascasino combinando el paso
de la Vetus Latina, con lo que podría corresponder a una versión inicial de un estadio reflejado
después en la Quisnelliana, que se sabe está muy influenciada por la figura de León, del que re-
coge 32 epístolas: se trata de una versión que contiene la praefatio longa al concilio de Nicea to-
mada de la Isidoriana Antiqua de la primera mitad del siglo V y, como señala Blaudeau 2012, 25
n. 32: “se creó una articulación que permitía la prioridad de la revelación de la promesa de
Cristo (Mt 16, 18-19) y la manifestación ecuménica de su tradición disciplinar: sciendum sane est
ab omnis catholicis quoniam sancta ecclesia Romana nullis synodis decretis praelata est sed evangelica
voce domini et salvatoris nostri primatum obtinuit”. Esta interpretación es seguida por Lizzi 2014.
Blaudeau desarrolla también la idea de que, dado que los papas no disponían hasta el Decreto
de Graciano de un corpus “unifié et uniformisé” de derecho canónico, podían explotar, de
acuerdo con las pretensiones de cada momento, tanto las colecciones canónicas en sentido es-
tricto (cánones conciliares), como las colecciones de decretales de sus predecesores. Como ya
hemos puesto de relieve, las colecciones de derecho eclesiástico (Kirchenrechtliche Sammlungen)
se formaban generalmente para responder a un determinado y preciso objetivo.
8 Antiqui moris est, ut urbis Romae episcopus habeat principatum, ut suburbicaria loca et omnem

provinciam suam sollicitudine gubernet.


9 Zolla 1994, 93 añade que: “I papi perfezionarono lo Scrittorio ben consci che il governo del

notariato dà una potenza seconda solo al controllo della zecca”.


220 Silvia ACERBI

ción ex nihilo o la falsificación de documentos probatorios para acreditar


el primado de Pedro y sus sucesores (Küng 1997). La cancillería pontifi-
cia, en esencia, redactaba falsas decretales como hacían los autores de
los Annali en época del Principado con las pruebas de continuidad ge-
nealógica: histórica e historiográficamente la piedra sobre la cual se edi-
fica la pretendida primacía de Pedro es espuria y se base en las colec-
ciones canónicas comisionadas ad hoc por los papas a figuras como Dio-
nisio el Exiguo, monje de origen escita con un conocimiento sobresa-
liente tanto del griego como del latín que, a finales del siglo V y princi-
pios del VI, fue requerido por el papa Gelasio en Roma, donde se con-
virtió en un insustituible miembro de la curia y a su servicio perfeccionó
en sentido filorromano las traducciones latinas que corrían hasta ese
momento (vetus latina, versio prisca, por él definida como translatio
prisca), de cerca de 400 cánones griegos de los concilios de Nicea, Cons-
tantinopla I, Calcedonia y Sárdica considerados fundamentales, y las
epístolas decretales de papas entre Siricio y Anastasio II: la Collectio
Dionysiana, patrocinada por la institución pontificia superó así en siste-
maticidad y prestigio las recopilaciones oficiosas del derecho canónico
como la Collectio Quesnelliana (de ámbito ítalogalo) y la Collectio Isido-
riana o Hispana (de ámbito ibérico).
Otro exemplum falsificatorio vinculado a la activa, eficaz, diligente
pero opaca actividad de la cancillería pontificia son los apócrifos sima-
quianos. La historia de la formulación del principio prima sedes a nemine
iudicatur y de su trasmisión a través de las colecciones canónicas hasta el
Decretum Gratiani ha sido muy estudiada (Vacca 1993) y, por lo tanto, no
voy a detenerme en ella. Me limitaré a señalar que la expresión tuvo su
origen en una falsificación, los llamados apócrifos simaquianos, que reco-
gen la referencia a un sínodo celebrado en Roma el 23-X-501, convocado
por el rey Teodorico con el fin de juzgar graves acusaciones contra el
papa Símaco elegido en el 498 a la muerte de Anastasio II, planteadas
por los partidarios de su rival Lorenzo. La asamblea concluyó con una
declaración que rechazaba las acusaciones contra Símaco, porque este
ocupaba la sede apostólica y esta última solo podía ser juzgada por
Dios. La formulación textual —papa a nemine iudicatur— correspondió a
Enodio (ca. 474-521), obispo en Milán y Pavía que, en ocasión del citado
sínodo del 501, defendió que el pontífice romano no podía ser juzgado
por instancias humanas. La falsificación consistió en hacer pasar el li-
belo de Enodio por un documento atribuible a un concilio. Los apócrifos
simaquianos son, en definitiva, un conjunto de opúsculos con falsifica-
ciones introducidas por los partidarios del papa Símaco, que veían ne-
cesaria una documentación jurídica que corroborase la decisión sinodal
de abstenerse de juzgar al papa. Se trata concretamente de las Gesta
Xysti III, Polychronii, Silvestri, Marcellini et Liberii; todos estos apócrifos
recogen textualmente el principio prima sedes a nemine iudicatur. La fina-
Falsificaciones de la Cancillería Pontificia… 221

lidad principal de la tarea falsificadora era afirmar la exención de la pri-


mera sede de cualquier jurisdicción terrena, incluida la imperial, y el re-
conocimiento del primado 10. De los escritos de los papas Zósimo (417-
418), Bonifacio (418-422) y, sobre todo, Gelasio (492-496), ya se deducía
la afirmación del primado de jurisdicción y la inmunidad papal; pero
los apócrifos proporcionaron una forma más sintética y más fácilmente
comprensible. Por tanto, el principio recogido en el Decreto de Graciano
de que el papa no puede ser juzgado por autoridad humana no se refe-
ría textualmente a la persona del papa, ya que era su sede la que no po-
día ser juzgada: prima sedes a nemine iudicatur. La traslatio de esa formu-
lación que aludía a la sedes primigenia y no a la persona del papa que no
puede ser juzgado por ningún tribunal humano —ese dictamen es com-
petencia exclusiva de Dios—, es lo que ha llevado a un progresivo reco-
nocimiento de la infalibilidad (Sedano 2010). Los apócrifos simaquianos
fueron integrados en las Decretales pseudoisidorianas en el siglo IX.
Sin duda estas decretales constituyen la forma más original de falsifi-
cación eclesiástica antes del primer milenio. Se trata de una colección
del siglo IX que recoge numerosos textos canónicos: sentencias, frases y
palabras tomadas de escritos más antiguos, genuinos y apócrifos, con-
feccionadas en un mosaico de unos diez mil fragmentos. Los extractos
están libremente alterados, a veces en un sentido directamente opuesto
al original. Además, su autor —el pseudo-Isidoro para no confundirlo
con el Isidorus hispaniensis— procura hábilmente (o maliciosamente)
conferir el sello de la antigüedad a los materiales empleados (resúmenes
y colecciones como los florilegios, antologías de la Vulgata, textos pa-
trísticos, las actas de aproximadamente cincuenta concilios, las decreta-
les de unos veinte papas mayormente de los siglos V y VI, el Liber ponti-
ficalis, las Reglas de Benito, cartas privadas de obispos, y la Donatio
Constantini), para atribuirles una mayor autoridad canónica. El método
falsificatorio consiste en este caso en otorgar fuerza de ley a textos mo-
dificados, a los que una errónea paternidad eclesiástica confiere, al me-
nos en las intenciones del falsificador, una mayor credibilidad. Este
nuevo tipo de autenticidad, entendida como portadora de una auctoritas
que implicaba una aceptación acrítica, como en el caso de los textos sa-
grados o de otros documentos objetos de una recepción eclesiástica no
susceptible de ser puesta en tela de juicio, obliteraba el criterio del ori-
gen y de la originalidad, es decir, la búsqueda de una paternidad y de
una datación. A menudo se subraya esa auctoritas sin la cual el docu-
mento no hubiera existido o no hubiera sobrevivido: de ella derivaba la
autenticidad de un texto (Leclerc 1998). El fin no era un ilegítimo prove-
cho personal de un falsario que se habría hecho culpable de una menda-

10 En 1721 Pierre Coustant demostró ya exhaustivamente su carácter espurio.


222 Silvia ACERBI

citas lógicamente no aceptada por la Iglesia, sino que el autor actuaba


precisamente en beneficio de la misma institución.
La praefatio de las falsas Decretales comienza con una afirmación im-
portante por parte del autor, donde explica que su cometido consiste en
redactar una obra para reunir todos los cánones en un único texto, pues
le irrita la pluralidad y discordancia de las sentencias y de las interpre-
taciones. El autor–falsificador afirma en estos términos su intención: uno
in volumine redigere et de multis unum facere, casi como queriendo dar a
entender al lector que su propósito es evitar cualquier incertidumbre ju-
rídica y despejar definitivamente cualquier duda, considerando la mul-
tiplicidad de los códices (tot exemplaria sunt quot codices)11. Previniendo
posibles recelos por parte de los lectores sobre la fiabilidad de un "mix"
codicológico, Isidoro Mercator afirmó que unitas et veritas ab ipsis quae-
renda est. Parece querer tranquilizar a su público sobre el método em-
pleado para la redacción, fruto de un análisis y collatio de textos, cuya
finalidad no era otra que sostener y fortificar la autoridad papal. El in-
tenso trabajo de la filología y de la historiografía para determinar la au-
tenticidad o falsedad de la obra empezó en el siglo XII: el esfuerzo que
supuso la investigación fue enorme y el carácter espurio solo fue reco-
nocido en 1789 cuando Pio VI admitió oficialmente que las Decretales
eran una falsificación.
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11 Sugiero que, salvando las distancias, se trata de un procedimiento similar al que siguió

Taciano cuando trató de poner fin a las contradicciones existentes entre los cuatro evangelios
canónicos con un nuevo texto, el denominado Diatessaron. La obra de Taciano tuvo una
enorme difusión a partir del siglo II, durante mucho tiempo fue utilizada en la liturgia de la
iglesia siriaca y muy pronto se hicieron versiones al latín y, más tarde, al árabe. Tanto es así
que se considera que fue el primer evangelio latino.
Falsificaciones de la Cancillería Pontificia… 223

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