2 PECADO
El tema anterior trató del amor de Dios. Sin embargo, ante la realidad de todo cuanto nos rodea,
surgen algunas preguntas muy lógicas:
Si Dios nos ama, ¿por qué en el ámbito personal se vive con tantas inseguridades, temores,
envidias, mentiras, desequilibrios emocionales, competencia, angustia, tristeza, limitaciones y
soledad?
Si Dios nos ama, ¿por qué en la esfera comunitaria las familias se desintegran, los hijos se rebelan
en contra de los padres, hay luchas de generaciones, competencias y odios entre unos y otros?
Si Dios nos ama, ¿por qué hay guerra, hambre, pobreza, injusticia social, discriminación, opresión
y falta de libertad?
En el fondo, late esta inquietud: Si Dios nos ama, ¿por qué no lo experimentamos? ¿Por qué nuestro
mundo no es un paraíso donde se viva en armonía, paz y justicia? ¿Dónde está el
problema?
A. EL PROBLEMA: EL PECADO
Antes de intentar solucionar el problema, debemos hacer un diagnóstico acertado que nos ayude a
identificarlo, porque si un problema no está bien planteado, jamás será resuelto.
Cuando se nos descompone el automóvil, lo llevamos con el mecánico para que encuentre la falla.
Cuando nuestro reloj no funciona, le pedimos al relojero que lo arregle. Pero, cuando se nos
daña la vida, ¿a quién debemos recurrir? ¿Y si el mundo o nuestra existencia no marchan
adecuadamente? Entonces, hemos de preguntarle al Creador del mundo, qué es lo que está
sucediendo.
Él, en su Palabra, nos señala la raíz del problema que vivimos:
Porque todos pecaron, todos están privados de la manifestación salvífica de Dios: Rom 3,23
Lo que impide que en nuestro mundo se manifieste el amor de Dios y se realice su plan de felicidad,
paz y unión, se llama pecado.
El pecado es la causa de cada uno de los males que aquejan a la humanidad.
Dios ha hecho caer un diluvio de amor sobre la creación; pero nosotros nos hemos metido bajo un
cristal que nos permite ver llover, pero no nos empapamos con el agua viva del amor de Dios.
El pecado es ese impedimento que no nos permite experimentar el amor divino.
B. QUÉ ES EL PECADO
El pecado (hamartía, en griego) es errar en el objetivo; no llegar a ser lo que debemos ser; perder
la ruta de la identidad y la felicidad.
Desde que en el paraíso Satanás engañó a nuestros primeros padres haciéndoles creer que por sus
propias fuerzas podrían alcanzar su felicidad, desató todo el desastre en que vivimos:
Seducidos por un placer transitorio o superficial, se perdió la felicidad permanente e incluso la
eterna.
El pecado es un atentado contra la soberanía de Dios; querer usurpar el árbol de la ciencia del bien
y del mal, para decidir por nosotros mismos lo que es bueno y lo que es malo, al
margen de Dios.
La historia de Absalón, hijo de David, que se rebela y trata de usurpar el trono de su padre, describe
maravillosamente en qué consiste el pecado (Cf. 2Sam 15,18)
Esta rebelión nos privó del maravilloso plan que Dios tenía sobre nosotros y las consecuencias no se
hicieron esperar.
Cuando Adán en el paraíso se alejó de Dios, fuente de la vida, se separó de su mujer, acusándola de
ser la culpable. Se enemistó con la creación, que se rebeló contra él. Entonces, comenzaron los
odios, miedos y violencia. El más fuerte (Caín) mató al más pequeño (Abel). Dieron inicio las
guerras, las injusticias, el afán por acumular riquezas y todo el mal que existe en el mundo.
El pecado es errar en el objetico y usurpar el trono de Dios El pecado es no confiar en Dios, sino
querer salvarnos por nosotros mismos.
Los pecados son las diferentes formas concretas con las que manifestamos que estamos creyendo
en nuestros caminos y medios para conseguir la felicidad realización personal o social.
Todo lo que no proviene de la fe en Dios, es pecado, Rom 14,23.
Al no confiar en Dios depositamos nuestra confianza en ídolos que los suplantan. Quien pone su fe
en las frágiles fuerzas humanas, o fábrica ídolos, pronto se decepciona, pues su corazón tiene sed
de infinito que nada ni nadie puede saciar. Entonces, aparecen las depresiones, frustraciones y se
pierde el sentido de la vida.
Dios nos ama tanto que no quiere que perdamos la felicidad, porque el pecado hace más daño al
hombre que a Dios; por eso, Él no quiere que pequemos.
El que me ofende hace daño a su alma: Prov 8,36
El pecado es colocarnos en el centro del universo, donde Jesús es un satélite más
Por el pecado nosotros nos sentamos en el trono que le pertenece a Dios y al rededor de nosotros
mismos giran los satélites del trabajo, dinero, afectos, diversión, y hasta el mismo Jesús.
C. CONSECUENCIAS DEL PECADO
El pecado, tarde o temprano, manifiesta sus nefastas consecuencias:
El pecado esclaviza:
El que comete pecado, es un esclavo: Jn 14, 17.
El pecado es una telaraña que atrapa al hombre, haciéndole perder su libertad. Una vez que le
abrirnos la puerta, se convierte en una trampa que nos encadena. Es corno una catarata que nos
impide regresar. Corno la oveja perdida en el desierto, llega el momento en que el hombre es
incapaz de volver, pues vive atrapado por conductas autodestructivas. Su vida es ingobernable.
Una botella de vino, una pasión, un afecto o sentimiento lo encadenan.
El pecado produce muerte: El salario del pecado es la muerte: Rom 6, 23
Cuando Absalón se rebeló contra su padre David, intentando usurpar su trono, terminó colgado de
una encina (Cf. 2Sam 18, 9).
A corto, mediano o largo plazo, el pecado siempre produce muerte.
El pecado produce muerte
D. TRIPLE MALA NOTICIA
1ª. Todos pecaron
La Palabra de Dios no concede excepciones:
Todos pecaron, no hay un solo justo: Rom 3, 10-12
Cuando el rey David reconoció y confesó su pecado, dijo que había pecado porque desde que su madre lo
concibió, él ya era pecador; lo traía en la sangre y en el ADN.
Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mí madre: Sal 51, 7.
¿Por qué un árbol de limones produce siempre frutos agrios y ácidos, y no dulces y apetitosos? Por la simple
razón de que tiene raíces de limón y no puede generar sino limones. Así también nosotros, manifestamos
frutos de pecado porque nuestra raíz, el corazón, es de pecado. Necesitaríamos que alguien nos cambiara el
corazón.
Somos pecadores, por eso pecamos, porque nuestra raíz es de pecado, y aparecen lógicamente los frutos de
pecado.
Hay dos tipos de pecados:
• El pecado escandaloso de los prostíbulos, robos, la maldad, asesinatos, homosexualismo, la codicia, etc.
• El pecado de la hipocresía y la mentira, que es una máscara para creemos y sentirnos buenos.
En alguna de estas dos calificaciones cabemos todos los hombres y mujeres.
2ª. No nos podemos salvar por nosotros mismos El pecado es corno nuestra propia sombra,
inseparable de nosotros. Además, no contarnos con la fuerza para liberarnos de la órbita de
atracción del pecado, puesto que somos incapaces de hacer el bien que querernos, mientras que
realizarnos el mal que tratamos de evitar (Cf.Rom 7,19).
Cuando comenzaron a despegar los primeros cohetes espaciales, el principal problema era que no
tenían la suficiente fuerza para superar la gravedad terrestre, y entonces, acababan por caer.
Incluso, entre más alto subían, más dramáticamente se desplomaban y destruían. Eso mismo
nos pasa a nosotros, cuando con nuestras propias fuerzas y medios queremos alcanzar la felicidad,
la realización de nuestra vida y la transformación del mundo.
Somos incapaces de volver al paraíso perdido.
• Cuando buscamos por caminos falsos: Materialismo, humanismo sin Dios, comunismo o
capitalismo, etc.
• Cuando dependemos de nosotros mismos: El cumplimiento de una ley, nuestra justicia propia,
nuestras buenas obras, etc.
• Cuando ponemos nuestra confianza en ídolos falsos:
Satanismo, magia, brujería, curanderismo, control mental, meditación trascendental, adivinación, etc.
Somos ciegos, incapaces de atinar el camino. Y ningún otro nos puede ayudar porque, como
nosotros, él también es ciego.
Después de haber estado bebiendo, dos hombres embriagados se subieron a una barca para pasar
a la otra orilla del río. Estaba oscuro y remaron toda la noche sin conseguir alcanzar el otro lado.
Al amanecer, y ya habiéndoseles pasado un poco la borrachera, se dieron cuenta de que no habían
avanzado un solo metro, debido a que la barca estaba amarrada a un polín en la orilla del río.
Asimismo, nosotros estamos amarrados por el lazo del pecado, el cual no nos permite, por más
esfuerzos que hagamos, alcanzar la orilla de la salvación.
Ni nuestras buenas intenciones, ni nuestras obras, ni nuestra propia justicia (buenas obras) son
suficientes para adquirir la salvación. La verdad es que estamos atados por el lazo del pecado que
nos impide ser libres y felices.
Un pájaro no puede volar si está atado a una cadena de acero o a un delgado hilo; no importa la
atadura, eso le impide emprender el vuelo.
Si el ser humano no puede salvarse a sí mismo, tampoco ningún mortal puede salvar a otro hombre,
por la simple razón que un ciego no puede guiar a otro ciego, pues los dos caerían de cabeza al
pozo.
Todos somos pecadores, y un pecador no puede salvar a otro pecador. Ante este drama, surge una
pregunta existencial:
¿Quién nos liberará de este cuerpo que nos lleva al pecado?: Rom 7,24.
3ª. Tenemos un enemigo que no podemos vencer Dios tiene un enemigo personal que trata de
arrebatarle a sus hijos mediante engaños y seducciones: Se trata de Satanás, Príncipe de
la mentira y quien desde un principio se rebeló contra Dios y trató de perder a nuestros primeros
padres en el paraíso, haciéndoles creer que, por sus propias fuerzas y medios, podían llegar a ser
como Dios.
Es mentiroso, ladrón y homicida, puesto que engaña, seduce y roba la vida divina, hasta sumirnos en
la muerte. A través de sus mentiras nos hace creer que, por nuestras propias fuerzas y
capacidades, alcanzaremos la felicidad, la seguridad y la salvación.
Satanás seduce, miente y asesina.
El hombre tiene un problema que no puede solucionar y un enemigo invencible. Ésta es la peor
noticia que podemos escuchar.
Y, sin embargo, es la verdad. Ningún periódico o revista, tan llenos siempre de notas negativas, ha
publicado todavía una noticia peor que ésta. El hombre no es capaz de vencer al Príncipe de este
mundo, ni liberarse del peso del pecado.
Lo que nos impide experimentar el amor de Dios se llama pecado, que es errar en el blanco, un
atentado contra la soberanía de Dios y una falta de fe a su amor, cuyas consecuencias son la
esclavitud y la muerte.
Una vez que hemos entrado en el remolino del pecado, no podemos salir por nosotros mismos,
porque el pecado nos domina y Satanás nos sigue engañando con mentiras y seducciones. El
hombre no puede llegar a Dios! El ser humano no se puede salvar por sí solo.
Así como la oveja que se escapó del redil y huyó al desierto en donde no hay caminos, perdió la
capacidad de regresar, cuando nosotros somos arrastrados por la catarata del pecado, llega el
momento en que nos es imposible regresar.
E. RECONOCE TU PROBLEMA
Jesús se mostró muy comprensivo con todos los pecadores.
Comía con ellos, se dejó lavar los pies por una prostituta, y entre sus seguidores incondicionales se
contaba gente de dudosa reputación. Nunca rechazó, juzgó ni condenó a ningún pecador.
Con los que nunca pudo entenderse y comunicarles la vida en abundancia, fue con aquellos que se
creían buenos y perfectos.
Con ellos fue muy duro y violento, al punto que los llamó: "Raza de víboras y sepulcros
blanqueados".
El punto de partida para solucionar un problema, es reconocerlo.
"El peor pecador es el que no reconoce su pecado" (M. Lutero).
Por lo tanto, lo peor que nos puede pasar no es pecar, sino no admitir que hemos pecado.
Ciertamente, somos pecadores, pero si lo reconocemos tendremos ya una gran ventaja, ya que sólo
los enfermos pueden ser sanados y los muertos, resucitados. Cuando un ciego cree ver y no
reconoce su limitación, jamás va a encontrar los medios necesarios para salir de su problema: Jesús
les aclara a los fariseos:
Si fueran ciegos no tendrían pecado; pero como dicen: "Vemos", su pecado permanece: Jn 9, 41.
Cada año, con motivo de las fiestas de aniversario de su coronación, el rey tenía por costumbre
liberar a un prisionero.
Cuando cumplió 25 años de monarca, él mismo quiso ir a la prisión, acompañado de su primer
ministro y toda su comitiva, para decidir a cuál prisionero iba a liberar en esa ocasión tan
especial.
Cada uno de los reclusos, pensando que podría ser el agraciado, preparó un discurso de defensa
para exponerlo ante el rey:
- Majestad -dijo el primero- soy inocente. Un enemigo me acusó falsamente, y por eso estoy aquí.
- A mí -añadió otro- me confundieron con un ladrón, pero jamás he robado a nadie; al contrario, soy
generoso y doy limosnas.
- El juez me condenó injustamente, - dijo un tercero.
De modo semejante, todos y cada uno manifestaban al rey por qué merecían la gracia de ser
liberados.
Había un hombre en un rincón, que temía acercarse, pero el rey le preguntó:
- Tú, ¿por qué estás aquí?
- Porque maté a un hombre. Soy un asesino.
- Y, ¿por qué lo mataste?
- Porque me violenté en esos momentos...
- ¿Eres tan violento?
- No tengo dominio sobre mi enojo...
Transcurrió un momento de silencio mientras el rey pensaba a cual prisionero iba a liberar.
Entonces, tomó el cetro y señaló al asesino que acababa de interrogar:
- Tú, sales de la cárcel...
- Pero, majestad -replico el primer ministro- ¿acaso no parecen más justos cualquiera de los otros?
- Precisamente por eso -respondió el rey- libero a este malvado, para que no eche a perder a todos
los demás, que parecen tan buenos.
El único pecado que no puede ser perdonado es aquel que no reconocemos. Es necesario confesar
que somos pecadores, incapaces de salvarnos por nosotros mismos, porque sólo el que admite que
erró en el objetivo de su existencia (la felicidad) y que su vida se ha vuelto ingobernable, puede salir
de su postración. De otra manera continuará hundiéndose en las arenas movedizas del pecado.
En la parábola del fariseo y el publicano, nos damos cuenta de que sólo el que confiesa sus
limitaciones, es capaz de recibir la ayuda adecuada (Cf.Lc 18, 10-14).
RECONOCE TU PECADO DELANTE DE DIOS: NO TE PUEDES SALVAR POR TI MISMO
3 SALVACIÓN EN JESÚS
Dios nos ama personal e incondicionalmente, pero la mala noticia es que el pecado nos impide experimentar
ese amor.
El hombre necesita salvación, pero no puede salvarse por sí mismo.
A. LA BUENA NOTICIA: JESÚS
Cuando no había esperanza alguna de solución al problema más grave del hombre, entonces brilló una luz en
medio de las tinieblas.
Si el hombre era incapaz de llegar a Dios, es Dios el que toma la iniciativa y hace su morada en nuestro
campamento (Cf. Jn 1,14).
Si no teníamos las fuerzas necesarias para subir hasta ÉL fue Él quien descendió hasta nosotros.
Jesús es la solución
De tal manera amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único; no para condenar al mundo, sino para
salvarlo: Jn 3,16-17.
Por lo tanto, sí hay una solución para todos y para cada uno: Se llama "Jesús", cuyo nombre significa: "YHWH
salva" (Cf. Mt 1,21).
Él no sólo trae la salvación de Dios, Él mismo es la salvación; es el médico y la medicina al mismo tiempo, es
"Dios con nosotros" salvándonos.
a. Vence a Satanás
Desde el momento mismo en que nuestros primeros padres pecaron, Dios sentenció a la serpiente que
personificaba a Satanás:
Enemistad pondré entre ti y la mujer; entre tu linaje y el de ella.
Uno de su linaje te aplastará la cabeza: Gen 3,15.
Jesús, descendiente de la mujer, aplasta la cabeza del Enemigo. El Príncipe de este mundo es derrotado y
nada puede contra Jesús.
Jesús ha vencido a Satanás y derribado su mundo tenebroso. Por eso, nos dijo:
¡Ánimo!: Yo he vencido al mundo: Jn 16,33.
b. Salvación del pecado
Jesús es el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado (Cf.Jn 1,29), para que podamos vivir en plenitud. Su
misión no es sólo aliviar los sufrimientos de este mundo sino arrancar la raíz que origina todo este mal: El
pecado.
Por nuestro pecado estábamos enemistados con Dios y teníamos con Él una cuenta pendiente que no éramos
capaces de saldar.
Pero gracias a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, comienza una nueva etapa en la Historia de la
Salvación:
Perdona el pecado: Paga nuestra deuda.
Nos pasó como si, habiendo comido en un restaurante, al momento de querer pagar la cuenta, no tuviéramos
dinero, por lo que tendríamos que ir irremediablemente a la cárcel. Pero en ese instante se acerca el dueño
del establecimiento y nos dice: "El señor que estaba sentado en la otra mesa lo conoce, y ya liquidó toda su
cuenta".
Nosotros estábamos en deuda con Dios por haber comido el fruto prohibido del paraíso y no teniendo con qué
pagar, debíamos morir, porque el salario del pecado es la muerte (Rom 6, 23a). Pero, Jesús se acercó hasta
nosotros, tornó la nota en la que estaba escrita nuestra sentencia y la clavó en su cruz.
Y a nosotros, que estábamos muertos a causa de nuestros delitos, (Dios) nos vivificó juntamente con Cristo y
nos perdonó todos nuestros pecados. (Jesús) canceló la nota de cargo que había contra nosotros... y la
suprimió clavándola en la cruz: Col 2,13-14.
El Padre, al ver tanto amor de su Hijo por nosotros, canceló nuestra deuda. Por lo tanto, ya estamos en paz
con Dios, porque ya nada le debemos. Nuestro Dios es el Dios de los perdones (Neh 9,17), por la entrega de
Jesús.
De esta manera, ya ninguna condenación pesa sobre nosotros.
Nuestros pecados han sido perdonados gracias a la sangre derramada de Cristo, quien le pidió a su Padre
estando en la cruz:
"Padre, perdó-nales porque no saben lo que hacen". Por consiguiente, ya estamos en paz con Dios y nos
podemos acercar confiadamente a Él por los méritos de Cristo Jesús.
• Olvida el pecado:
Dios no sólo perdonó nuestras culpas y pecados, sino que los olvidó para siempre. Cuando Dios perdona, y
siempre perdona, perdona para siempre, no recuerda nunca más nuestros pecados perdonados.
Jesús, enviado del Padre, tomó nuestros pecados y los arrojó al fondo del mar. Allí han quedado sepultados
para siempre, y es imposible sacarlos:
Tú te vuelves a compadecer de nosotros y pisoteas nuestras iniquidades.
¡Tú arrojas hasta el fondo del mar todos nuestros pecados!: Miq 7,19.
Por lo tanto, cuando Satanás nos acusa de pecado, sea delante de Dios, sea ante nosotros mismos, está
mintiendo, como es su cobarde costumbre.
Dios nos había prometido, a través del profeta Jeremías, que en la Nueva Alianza no sólo se apiadaría de
nuestras iniquidades sino que olvidaría nuestros pecados (Cf.Jer 31, 34). Así, Dios no tiene delante de sus
ojos una lista negra con todos nuestros pecados, la cual nos será mostrada al final de nuestra vida. No. Los
pecados perdonados por Dios ya están completamente olvidados por Él. A Dios, que es tan bueno, sólo se le
puede reprochar una cosa: Mala memoria para nuestros pecados perdonados. Jamás nos los
recuerda o echa en cara.
Cuando Dios se vuelve para mirarnos, nos encuentra santos e inmaculados en su presencia, puesto que la
sangre de su Hijo nos purificó de todo pecado y nos ha llevado hasta la perfección (Cf. Heb 10, 14).
• Libera del pecado haciéndonos criaturas nuevas.
La obra de salvación no se limita a limpiar nuestros pecados. La salvación no es como una lavandería donde
nuestra ropa queda limpia, para luego, ensuciarla de nuevo. No. Jesús no sólo vino a
quitar o perdonar el pecado sino a liberarnos de éste. Es decir, nos capacita para ya no pecar. En Él y sólo por
Él, tenemos este poder.
Tal como le sucedió a aquellos matrimonios antiguos, concertados por los padres, siendo aún niños los
futuros contrayentes: Desde que nacimos fuimos desposados con el pecado. Él era nuestro
amo que imperaba de manera cruel sobre nosotros, nos maltrataba, hacía sufrir y nos esclavizaba. Pero, un
día, al ver Jesús que no éramos libres, tomó ese pecado y lo hizo morir en su cruz, quedando de esa manera,
nosotros totalmente libres, gracias a su muerte y resurrección.
Desde entonces el pecado ya no señorea sobre nosotros; y por lo tanto no tenemos por qué obedecerlo. El
pecado ya no ejerce poder alguno sobre nosotros, ni estamos a su servicio, sino que por amor, servimos a
Jesús, con quien ahora estamos desposados (Cf. 2Cor 11, 2).
En Cristo Jesús fuimos hechos nuevas criaturas. Todo lo viejo pasó, el hombre viejo murió y ahora somos
completamente nuevos (Cf. 2Cor 5,17).
c. Comunica vida en abundancia
Dios no envió a su Hijo amado sólo a desatar nudos o romper cadenas de pecado sino que, especialmente,
fue enviado para traer vida, y vida en abundancia.
Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia: Jn 10,10.
Jesús es presencia del amor del Padre para con los pecadores, para que allí donde abunda el pecado
sobreabunde el amor misericordioso de Dios (Rom 5, 20).
Él vivió la vida humana en plenitud, enseñándonos la verdadera dimensión de haber sido creados a imagen y
semejanza de Dios.
Jesús le da auténtico sentido a la existencia humana, e instaura la paz en todas sus dimensiones.
Tres ejemplos lo demuestran:
• La mujer adúltera: paz consigo misma (Jn 8, 3-11).
Los que la sorprendieron pecando, la llevaron ante Jesús, seguros de que iba a confirmar la pena de muerte
decretada por la ley mosaica. Más, contrariamente, Jesús tiene fe en ella, aunque haya
sido infiel; y le devuelve la dignidad perdida. Para Jesús todo tiene remedio. No hace alusión a su pasado:
tampoco la condena. Para ella hay un nuevo porvenir: "Vete y no peques más", le dice el
Señor. Pero no simplemente le impone una ley; su perdón la capacita para nunca más pecar.
Por desgracia, el hombre adúltero con quien ella pecó, se llevó a cuestas su pecado, porque no se lo presentó
a Jesús.
• El rico Zaqueo: paz con los demás (Lc 19, 1-10).
Zaqueo era un hombre muy rico, al que nada le faltaba, excepto estatura. Sin embargo, para compensarla,
había acumulado riquezas a costa de injusticias y opresiones, aprovechándose de los demás.
Un día, entró Jesús a la ciudad de Jericó y Zaqueo, para poder verlo, trepó a un árbol. Jesús lo vio y se invitó
a comer en su casa. En ese preciso momento, todo cambió. Zaqueo mudó la seguridad
donde estaba afianzada su vida. Ahora se basaba en una roca inamovible; la alegría de ser justo.
Jesús cambió la vida de Zaqueo, al darle un nuevo sentido, mostrándole que un hombre no puede quedar
satisfecho con las cosas de este mundo sino que hay una realidad más trascendente que los objetos que
podemos contar o tocar: El Reino de los Cielos. Zaqueo fue liberado de la codicia, y comenzó a vivir
en justicia y paz con los demás.
Los noventa y nueve "justos" que se encontraban en la sinagoga, no experimentaron la salvación,
porque creyeron que no la necesitaban. Desde entonces, la salvación no se encuentra en sinagogas
o centros religiosos sino donde se le abre la puerta a Jesús.
Zaqueo no cambió para que Jesús entrara a su casa. Cuando Jesús entró en ésta, la vida de Zaqueo
se transformó.
• El ladrón de la cruz: paz con Dios (Lc 23, 39-43).
Por asesino y por ladrón lo habían condenado a morir en una cruz.
Ni los azotes ni la cárcel fueron capaces de hacerlo cambiar. Nada ni nadie podía corregirlo: Por eso,
lo condenaron a muerte y fue crucificado el Viernes Santo, a la derecha de otro hombre: Jesús, que
ningún mal había cometido.
La ley lo había condenado. Incluso él mismo llegó a estar de acuerdo en que ya no había otro
remedio sino la muerte. "Nosotros sufrimos un justo castigo", reconoció. Le parecía normal tener que
morir. Estaba convencido de que no había ninguna esperanza de salvación o recuperación en este
mundo.
Pero, recurrió a Jesús, que estaba sufriendo el mismo suplicio; y él le abrió una puerta de esperanza.
Jesús no excluyó al rechazado por la ley y la justicia de este mundo. Al contrario, le dio una Nueva
Vida al que moría: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Para Jesús no todo está acabado. La vida
de ninguno termina, ni siquiera con la muerte. Para Jesús nadie está condenado a muerte. El ladrón
encontró la reconciliación con Dios a través de Jesús crucificado.
Sin embargo, el otro ladrón, estando tan cerca de la fuente de la salvación, no aprovechó la oportunidad. No
basta estar cerca de Jesús.
Para ti, y los demás, la vida puede estar terminando, mas para Jesús hoy se abre un nuevo horizonte.
En los tres casos observamos lo mismo: Jesús no condena al pecador, y hasta lo perdona desde antes de que
éste se arrepienta; o tal vez, mejor, para que se arrepienta.
B. CÓMO SE REALIZÓ NUESTRA SALVACIÓN
Jesús llevó a cabo, de una vez y para siempre, la salvación íntegra del hombre y de todos los hombres.
a. Por su encarnación
La prueba de que Dios nos ama es, que siendo nosotros pecadores, nos envió a su propio Hijo, quien siendo
de condición divina, se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado (Cf. Heb 4, 15).
Asumió cada una de nuestras limitaciones humanas y vivió plenamente nuestra vida, con su grandeza y su
miseria: lloró, cantó, se sintió solo y abandonado, se llenaba de gozo y su rostro reflejaba esperanza; pero
tampoco le faltó el momento del temor y de angustia. Admiraba los campos, el cielo y los animales; pero sufría
al punto de derramar lágrimas, por la dureza de su pueblo.
En fin, al hacerse hombre unió en sí mismo, en una sola persona, tanto la vida del hombre como la vida de
Dios.
La ruptura entre Dios y el hombre, originada por el pecado de nuestros primeros padres, quedó unida para
siempre en el Dios-hombre a quien llamaban Jesús.
Jesús es "Emmanuel"; Dios con nosotros (Cf. Mt 1, 23). Y si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar en
nuestra contra? Nada ni nadie nos puede ya separar del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús (Cf. Rom
8, 31-39).
b. Por su muerte vicaria: Muere en nuestro lugar
Como el salario del pecado es la muerte, nosotros estábamos condenados a la pena capital. Pero Jesús se
endosa sobre sí mismo, nuestro pecado y nuestra sentencia, para morir en nuestro
lugar, pagando la deuda eterna que nosotros éramos incapaces de saldar. Muere por nosotros y en nuestro
lugar (Jesús) canceló la nota de cargo que había contra nosotros... y la suprimió clavándola en la cruz: Col 2,
14.
En un exceso de amor inaudito, se entrega por cada uno de nosotros. Nadie tiene más amor que aquel que da
la vida por los que ama.
El buen pastor dijo: Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente: Jn 10,18.
Jesús no fue asesinado. Él libremente se entregó a la muerte por amor a nosotros los pecadores, para cargar
con nuestro pecado. Él tomó sobre sí todos nuestros pecados y, al morir en la cruz, murió
con él nuestro pecado. De esta manera, nuestro pecado quedó para siempre muerto en la cruz de Cristo
Jesús.
Aquel que no tenía pecado, (Dios) lo hizo pecado: 2 Cor 5, 21
Al fallecer una persona de nombre Juan Pablo, naturalmente mueren Juan y Pablo. Eso fue lo que sucedió en
la muerte de Jesús: Él no tenía pecado, pero, cargando con todos los nuestros y se hizo pecado. Por lo tanto,
en la cruz estaba agonizando Jesús-Pecado; y al morir Jesús a las tres de la tarde de aquel Viernes Santo,
también se murió Pecado, nuestro pecado. En la cruz de Cristo murió todo cuanto debía y podía morir.
Además, Jesús suprimió cada una de las consecuencias del pecado. Si el pecado es la causa de todos los
males en este mundo, al ser arrancada esa raíz por Jesús, fueron suprimidas cada una de sus nefastas
consecuencias:
• Con su resistencia pacífica, murió la violencia, así como el deseo de dominio.
• Con la entrega incondicional y sin límites, superó el afán de las riquezas y la ambición de poder terreno.
• Con la sumisión a su Padre, feneció la independencia frente a Dios.
• Con el abandono en las manos de su Padre, expiró el exceso de confianza y seguridad terrenas.
• Con el perdón otorgado a sus verdugos, se deshicieron odios, rencores y resentimientos.
• Con su confianza, venció la desesperación y angustia.
• Con su entrega en las manos del Padre, fue enterrado el egoísmo.
En la cruz de Jesús murió todo lo que no nos dejaba vivir como hijos de Dios, y por su sangre fuimos
rescatados, lavados y purificados. Él soportó el castigo que nos trae la paz; y por sus heridas, fuimos
liberados.
San Pablo resume este momento glorioso al exclamar: "Me amó y se entregó por mí" (Cf. Gal 2, 20b).
Murió y se entregó por mí.
c. Por su resurrección
La obra salvífica de Jesús no terminó en la cruz. Lo que pasó después fue aún más admirable, ya
que al tercer día de su muerte y sepultura, el poder de Dios lo resucitó de entre los muertos,
quedando para siempre muerto nuestro pecado, mientras que Jesús resucitaba con una Nueva Vida
para ofrecerla a todos nosotros.
Cuando un malhechor es sentenciado a cadena perpetua, no desea ser encarcelado, porque sabe,
que de allí nunca podrá volver a salir. Entonces, tratará de escapar por cualquier medio. Para que
esto no suceda, un policía se amarra a él y ambos ingresan al reclusorio. Es cierto que los dos tienen
que entrar a la cárcel, pero en cuanto el policía lo deja detrás de las rejas, él sale y el malvado queda
preso.
Eso mismo fue lo que hizo Jesús para encarcelar nuestro pecado.
Cargó con él hasta la tumba y allí lo dejó encerrado y enterrado.
Pero al tercer día, Jesús salió de la tumba para dejar para siempre sepultado nuestro pecado. En la
resurrección, Jesús vence a la peor de todas las consecuencias del pecado: La muerte, la cual, en
Cristo puede llegar a ser hasta una ganancia (Cf. Flp 1, 21).
Resucitó y nos resucitó con él.
Por eso, podemos cantar victoriosos: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?: 1Cor 15, 55.
Al resucitar, Jesús abrió las posibilidades para la humanidad. Si un muerto resucita, entonces todo lo
demás también es factible: Los ciegos ven, los paralíticos andan, los afligidos encuentran consuelo y
esperanza. Se abre una puerta para el género humano y una luz brilla en medio de las tinieblas.
Una Nueva Vida es posible. El gozo, la paz, la paciencia, la comprensión, la libertad, la justicia y la
armonía se pueden vivir en este mundo, porque Cristo ha resucitado. Si Dios resucitó a Jesús
de la muerte, entonces también puede librarnos a nosotros de todo lo que no nos deja vivir:
Injusticias, opresiones, colonialismos, dependencias, depresiones, tristezas, angustias y temores.
Si a través de la encarnación de su Hijo, Dios vino a hacer morada en nuestro campamento, por la
resurrección de Jesús un hombre está ya con Dios. Se ha restablecido ya integralmente el puente de
comunicación entre Dios con los hombres y los hombres con Dios, gracias a la resurrección de
Jesús. En Jesús se restaura la unidad perdida en el paraíso: Dios está con el hombre y el hombre
está con Dios.
En Cristo no hay ya muerte. Ha resucitado y está vivo, ofreciéndonos su vida de Hijo de Dios. No
sólo resucitó, sino que nos ha resucitado junto con él.
Sin embargo, la buena noticia de que ya fuimos salvados superó los límites de lo increíble, pues esa
salvación es gratuita.
Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de
nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia hemos sido salvados- y con él nos
resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la
sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
Pues hemos sido salvados gratuitamente mediante la fe; y esto no viene de ustedes sino que es un
don de Dios: Ef 2, 4-8.
No nos cuesta nada porque a Jesús ya le costó su propia vida. Lo más difícil, no es aceptar que
fuimos completamente salvados por los méritos de Cristo Jesús sino que Dios lo realizó
gratuitamente, por su apasionado amor sin límites.
Ahora lo único que nos resta es apropiarnos de esa salvación que ya nos fue ganada por la sangre
inocente de Jesús.
En la cruz entregó su vida por nosotros. En su resurrección dio su vida a nosotros. En la cruz murió
nuestro pecado y en su resurrección nos regaló vida abundante para que, como él, vivamos como
hijos de Dios con derecho a la herencia del Reino.
C. JESÚS, SALVADOR EXCLUSIVO Y EXCLUYENTE
En este campo de la salvación tenemos dos noticias, una buena y una mala:
• La buena, es que Jesús es el único y suficiente salvador.
• La mala, es que no hay otro salvador o Mesías fuera de él.
No hay otro Nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvados: Hech 4, 12.
Él es el único capaz de quitar el pecado del mundo y de vencer a Satanás, suprimiendo lógicamente,
todas las consecuencias del pecado.
Jesús ya nos salvó desde hace dos mil años por su muerte y resurrección. No hay otro camino para
ser salvados. Él es la única y real esperanza para el hombre y para el mundo.
Ya estamos en paz con Dios. No le debemos nada, porque Jesús pagó por nosotros, con su propia
vida.
Sin embargo, lo más admirable es que entregó su vida y nos regaló la salvación a cambio de nada.
No cuesta nada; es completamente gratuita.
ACEPTA EL DON GRATUITO DE LA SALVACIÓN EN CRISTO JESÚS QUE ES EL ÚNICO Y
SUFICIENTE SALVADOR