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Antropología y Ciudad: Reflexiones Clave

El artículo explora la relación entre la antropología y la ciudad, destacando la evolución de la disciplina y las definiciones de ciudad que han surgido en respuesta a los desafíos urbanos contemporáneos. Se enfatiza la necesidad de un enfoque interdisciplinario y la adaptación de métodos antropológicos para abordar la complejidad de la vida urbana, así como el impacto de la historia y la cultura en la identidad de las ciudades. La investigación se centra en cómo las prácticas cotidianas y las dinámicas sociales en las ciudades actuales reflejan una mezcla de herencias culturales y nuevas realidades sociales.
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Antropología y Ciudad: Reflexiones Clave

El artículo explora la relación entre la antropología y la ciudad, destacando la evolución de la disciplina y las definiciones de ciudad que han surgido en respuesta a los desafíos urbanos contemporáneos. Se enfatiza la necesidad de un enfoque interdisciplinario y la adaptación de métodos antropológicos para abordar la complejidad de la vida urbana, así como el impacto de la historia y la cultura en la identidad de las ciudades. La investigación se centra en cómo las prácticas cotidianas y las dinámicas sociales en las ciudades actuales reflejan una mezcla de herencias culturales y nuevas realidades sociales.
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Artículos de investigación

La ciudad bajo el lente de la antropología

The city under the lens of anthropology

Claudia Teresa Gasca-Moreno claugasca@[Link]


Universidad de Guanajuato,, México

Miguel Ángel García-Gómez


Universidad de Guanajuato, México

La ciudad bajo el lente de la antropología


Quivera. Revista de Estudios Territoriales, vol. 21, núm. 1, pp. 27-41, 2019
Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 31 Octubre 2018


Aprobación: 20 Marzo 2019

Resumen:
Este artículo es una primera aproximación a la relación entre antropología y ciudad; su objetivo es recuperar algunos momentos clave
en la historia de la disciplina, así como las definiciones sobre ciudad que han imperado, las coordenadas teóricas y los métodos que la
han orientado en los últimos años para delinear una especificidad disciplinar que se encuentra en construcción frente a los retos de la
vida urbana. Más que trazar una cronología del camino andado, proponemos reflexionar en torno a las posibilidades teóricas y
metodológicas que nos exigen fenómenos diversos y complejos acontecidos en las urbes; su análisis demanda la puesta en marcha de
estrategias y la ayuda de otras disciplinas que desencadenan nuevas preguntas y requieren repensar los objetos y métodos clásicos de
la antropología sin poner en riesgo su condición y especificidad.

Palabras clave:
ciudad, antropología urbana, metodología, habitar.

Abstract:
This article is a first approximation to the relationship between anthropology and the city; its objective is to recover some key moments
in the history of the discipline, as well as the definitions of the city that have prevailed, the theoretical coordinates and the methods that
have guided it in recent years to delineate a disciplinary specificity that is under construction against the challenges of urban life. Rather
than drawing a chronology of the path traveled, we propose to reflect on the theoretical and methodological possibilities presented in
diverse and complex phenomena in urban areas. Its analysis demands the implementation of strategies and the help of other
disciplines that trigger new questions and require rethinking the classic objects and methods of anthropology without jeopardizing its
condition and specificity.

Keywords:
city, urban anthropology, methodology, diversity.

Presentación

En las últimas dos décadas la discusión sobre la importancia de las cuestiones urbanas ha tomado un papel medular en el
análisis antropológico. Uno de los debates más procurados ha sido justamente el que tuvo la naciente antropología urbana en
torno al abordaje de las prácticas e interacciones de nuevas alteridades sin prestar atención y poner el foco en la complejidad
del nuevo escenario donde éstas se manifiestan: la ciudad.

En este trabajo recuperamos algunas reflexiones de textos y autores que pueden ser referentes en la comprensión y
definición de la antropología urbana. El objetivo es retomar la discusión sobre la situación actual de la disciplina antropológica
en contextos urbanos lo que supone una revisión crítica de lo que se ha entendido como ciudad, desde donde ha sido
abordada, así como sus perspectivas de desarrollo teórico metodológico. La intención no es presentar un análisis cronológico
del desarrollo de la disciplina, como ya lo han hecho otros autores (Signorelli, 1999;Canclini 2005;Giglia, 2012), sino recuperar el
hilo de la discusión sobre cómo el estudio de las nuevas alteridades en escenarios urbanos demandan un diálogo
interdisciplinar y estrategias particulares de investigación sin debilitar la capacidad de la antropología de dejar hablar a los
interlocutores que emergen desde espacios que se caracterizan por dinámicas transitorias con múltiples conexiones entre
local y lo global, lo individual y lo colectivo que revelan promesas pero también dilemas de la sociedad actual. Este trabajo
recupera esos caminos ya avanzados y reflexiona sobre el papel de la antropología en la comprensión de los procesos que se
gestan en las ciudades.

La ciudad como lugar antropológico

La ciudad es un contenedor de hechos sociales, de cultura, de prácticas cotidianas (Signorelli, 1999); sin embargo, todo este
contenido no bastaría para una comprensión totalizadora si partimos de la idea de que el espacio de la urbe se convierte en
lugar cultural (antropológico) a partir de las prácticas cotidianas de sus habitantes (urbanitas).[1]Certeau et al. (2000) afirma
que es el lugar practicado por estos; coincide con Signorelli (1999: 53) cuando dice que el espacio se define en relación con los
seres humanos que lo usan, que lo disfrutan, que se mueven en su interior, que lo recorren y lo dominan. Por esto, la ciudad,
más que un escenario, es la puesta en escena de la vida social, del habitar. Desde las distintas ciencias y disciplinas del espacio,
de la sociedad y de las prácticas sociales, se convierte en un objeto de estudio en tanto lugar de las prácticas cotidianas de los
urbanitas.

Como referencia para intentar situar la base de la reflexión sobre la ciudad como lugar antropológico, se puede pensar, entre
muchas otras aproximaciones, en cómo la fundación de muchas de las ciudades novohispanas[2] en el siglo XVI fue el proceso
de puesta en escena de una forma de vida sincrética a partir de dos universos culturales: el europeo encarnado en los
conquistadores españoles; y, el natural encarnado por los grupos nativos que, sometidos a la servidumbre, pusieron en escena
la vida colonial.

Este sincretismo se encuentra en el urbanismo resultante que, según Chanfón (1997), sería un fenómeno eminentemente
americano en el que las ciudades novohispanas resultantes, no tenían límites físicos, se extendían hasta el horizonte, siempre
podían crecer, no tenían murallas, porque la vida de los naturales transcurría históricamente en espacios abiertos, amplios, y
no podían ser sometidos a ser confinados al interior de murallas, o al mínimo espacio como el burgo europeo al que estaban
acostumbrados los españoles conquistadores. De hecho, los espacios de la evangelización tuvieron que incorporar nuevas
espacialidades para las prácticas en las que participaban los naturales, como la capilla abierta, creada para que éstos recibieran
la palabra en el espacio abierto, no confinados por los muros del templo, como hacían los españoles.

Así, la ciudad novohispana es la puesta en escena de su propio proceso histórico y social que le va dando forma y que, a su
vez, modifica la forma de vida de los habitantes: las capillas abiertas, los atrios o caminos procesionales dejaron de ser
construidos una vez que los naturales, en los cambios generacionales, habían olvidado sus prácticas al exterior, adoptando las
formas españolas del culto intramuros. La ciudad novohispana es un espacio antropológico en la medida en que es el espacio
material en donde se encuentran dos formas culturales distintas derivadas en el mestizaje, una emergencia antropológica que
genera sus propios lugares de práctica, sus propias ciudades.

En la ciudad actual podemos tener la posibilidad de lectura de la misma ciudad del pasado, sobre la base de prácticas que
permanecen (el culto de la Virgen de Guadalupe; los rituales, danzas y fiestas populares, etcétera) en espacios en partes de
ciudad que aún remiten a esas prácticas (los edificios virreinales: los conventos; Izamal; Pátzcuaro, etcétera). En este contexto,
el lugar antropológico, de acuerdo con Augé (1992), es histórico, es relacional, es formador de identidad. La ciudad actual sigue
teniendo esa posibilidad en tanto es historia (Castells, 1974), y es también contenedora de la historia.[3] La antropología
urbana puede tener en el estudio de la historia de las ciudades un primer motivo de interés investigativo si consideramos que
el lugar, la ciudad, los mismos edificios que la constituyen son cuanto queda de la sedimentación de intenciones y tramas
diversas (Calvi, 2003).

Las ciudades, en tanto producto cultural, anticipan que los nuevos habitantes encuentren materialidades urbanas
producidas en otros tiempos: calles, barrios, monumentos. Es decir, reproducen en los nuevos habitantes el sentido de
pertenencia que ha estado presente a partir de la construcción del monumento o de la calle. Por ejemplo, el arco de la calzada
de León, Guanajuato, ciudad mexicana del Bajío, cuyo monumento construido a principios del siglo XX representa para los
leoneses un elemento urbano que define en algunos sentidos lo que llamamos identidad, que en principio no significa otra
cosa más que ser habitante de León y no de otra ciudad;[4] el mismo efecto generaría la glorieta de Minerva en Guadalajara, el
Coliseo en Roma o la Torre Eiffel en París. Son elementos de la ciudad construidos en otro tiempo del que la ciudad deviene,
pero que tiene un significado para los habitantes. Por otra parte, tanto el Coliseo de Roma como la Torre Eiffel, al ser
elementos reconocidos por habitantes de prácticamente todo el mundo, dan cuenta de una escala distinta de significado que
posiblemente no logran los dos primeros ejemplos de ciudades mexicanas, pues tal vez sólo sus propios habitantes
reconozcan.

En el caso mexicano, tal vez la ciudad que se construyó en el siglo XVI es hoy solamente un fragmento material de la ciudad
expandida hasta el límite metropolitano que hoy presentan muchas de ellas: dispersas, difusas, formadas en 400 años de
historia; en el actual marco metropolitano, la ciudad histórica (el centro, las calles y barrios) es la materialidad de una urbe que
ha sido testigo (marco también) de las prácticas de los habitantes y la ciudad metropolitana es el efecto de la aceleración actual
de los tiempos, que se pueden medir en los miedos, las incertidumbres, las desesperanzas de los urbanitas metropolitanos.

Hoy reconocemos en las leyes al patrimonio histórico en México como toda producción cultural realizada entre la llegada de
los españoles y el siglo XX. De la misma forma, consideramos como patrimonio arqueológico las aportaciones realizadas por la
cultura del territorio mexicano antes de la llegada de los españoles o patrimonio artístico a la producción del siglo XX. La
ciudad de hoy es la suma de tiempos, en la que conviven elementos de materialidad del tiempo de su fundación o de los
primeros cuatro siglos de su existencia (los centros históricos tienen la misma estructura urbana del siglo XVI, y contienen
edificios de otro tiempo, barrocos, neoclásicos, siglo XIX y XX); pero también, elementos emergentes cuya construcción es
reciente, cuyo espacio material es vivido por los ciudadanos de distinta forma.

El sentido de vivir la ciudad en la convivencia, en la politización, en la dimensión económica, en el conflicto ha sido la


construcción de una nueva “cultura urbana”; Castells (1974) le confiere un sentido antropológico como el “sistema de valores,
normas y relaciones sociales que poseen una especificidad histórica y una lógica propia de organización y de transformación”;
en el caso de las ciudades, de transformación urbana. El centro histórico y las periferias urbanas son en la ciudad de hoy
puestas en escena de distintas experiencias de la cultura urbana formadas en el tiempo. En el centro se puede tener el apego a
la nostalgia de su propia historia, a la memoria, al patrimonio edificado o a lo intangible, a los pobladores con una forma de
comportamiento que remite a los habitantes a otras épocas. En la ciudad metropolitana actual, la experiencia misma de
habitar la ciudad del pasado genera fenómenos como la gentrificación; y la vida en las periferias provoca la segregación o la
fragmentación (desconexión) de las materialidades y las prácticas relacionales entre los distintos grupos sociales; la movilidad,
la precariedad, la elitización y la desigualdad son sólo algunas de las variables emergentes en los estudios de la ciudad que las
distintas disciplinas que la abordan emprenden desde sus propios marcos de teoría y de método.

Si en el centro histórico la antropología urbana puede tener motivos de indagación en la identidad, en las prácticas
tradicionales, en el patrimonio cultural, en los imaginarios, en las periferias puede tener un campo de trabajo muy importante:
los procesos de segregación, las condiciones de desigualdad en términos de dotación de servicios e infraestructura urbana, los
barrios residenciales cerrados y los asentamientos precarios, irregulares, además del conflicto que genera en la experiencia de
ciudad, o todo lo anterior en función de la disputa por el territorio de distintos actores y grupos sociales, que constituyen una
realidad de esa puesta en escena que es la ciudad como espacio antropológico, y “semejante realidad ofrece al antropólogo
motivos de reflexión y de investigación de notable importancia” (Signorelli, 1999).

Historia, forma y estructura de ciudad como antropología urbana

El siglo XX fue de la consolidación de la vida en ciudades para un gran número de habitantes en el mundo si consideramos
que hacia 1900, solamente dos de cada 10 personas habitaban en ciudades, mientras que al final del propio siglo lo hacían
más de la mitad, hasta llegar hoy día a cifras que llegan en algunos países al 70%; municipios mexicanos como León,
actualmente, tienen índices de urbanización de más del 90%, lo cual significa que la vida en el campo ha cedido paso a la vida
en el ámbito urbano para nueve de cada 10 personas; en las ciudades habitan los urbanitas, habitantes cuyas prácticas
cotidianas individuales o colectivas constituyen un universo de estudio amplio para las ciencias que tienen en el espacio, la
sociedad y la cultura sus ejes de atención.

La migración campo-ciudad fue una de las primeras aproximaciones de las ciencias sociales para estudiar los cambios no
sólo en las condiciones de vida, sino en las actitudes y formas de interrelación emergentes en las personas que cambiaban la
vida del campo por el nuevo escenario urbano, con lo cual se enfrentaban a condiciones de entorno distintas a las que habían
estado hasta entonces habituados: la quietud del campo, la comunidad rural, la cercanía de los contactos interpersonales; esta
migración se dio progresivamente, principalmente durante la primera mitad del siglo XX para el caso de las ciudades
mexicanas.

Esta forma de vida fue sustituida por la vida en la ciudad, en la cual los contactos interpersonales se hicieron diferentes en
función del tamaño de la ciudad y sus sistemas de transporte y movilidad; la posibilidad de vivir en un lugar y otro de la ciudad
dependía de los niveles de ingreso; el acceso a satisfactores como vivienda, salud y educación, comenzaron a diferenciarse en
función del lugar de la ciudad en el que vivían, del nivel de sus ingresos o de la pertenencia a los distintos estratos
socioeconómicos que fueron también configurándose en las ciudades. La emergencia del urbanita se consolidó hasta que
finalmente, la vida en el campo se convirtió en un referente nostálgico, lejano a la nueva realidad de las ciudades que crecían a
medida que el siglo XX avanzaba y se convertían en metrópolis hacia el final de éste.

Ciudad del pasado y ciudad del presente, centro histórico y periferias urbanas significan la mirada en retrospectiva y en
prospectiva, respectivamente, que la antropología urbana puede tener como objetos de observación a partir de sus propios
instrumentales teóricos y metodológicos. Los lugares de la ciudad del pasado pueden estar asociados con algún momento
determinado de la vida de los habitantes de la ciudad; pueden remitir al recuerdo de sus padres, a los olores o sabores de la
infancia o a la memoria de la propia ciudad, un hecho definitorio del carácter cultural, una catástrofe que modificó o no la vida
de las familias.

Los significados de la ciudad del pasado y del presente tienen distintas perspectivas de abordaje en los estudios urbanos; un
lugar simbólico, como el arco de la calzada de León,[5] utilizado como ejemplo anteriormente, puede tener para sus habitantes
una carga identitaria importante; incluso, puede definir a muchos de ellos; sin embargo, la presencia del arco y el león que lo
remata se convierte en un punto de referencia en la ciudad. De esto se desprende que los elementos materiales de la ciudad,
los artefactos edificados en los distintos lugares de las ciudades tienen diversas cargas de sentido en función del momento en
el que fueron construidos, o en la forma en la que se incorporaron a las diferentes formas de vida en las ciudades: donde
ocurrió un acontecimiento, donde habitó algún personaje, donde ocurrió un hecho histórico; los lugares de la ciudad
recibieron un nombre, tienen una localización en la geografía de la ciudad y, en las referencias culturales de las personas, su
condición material les confiere distintas posibilidades de uso y, a partir de éstas, pueden ser estudiadas.

Sendas, bordes, barrios, nodos, hitos son nombres dados en los estudios del espacio a los elementos de legibilidad en las
ciudades (Lynch, 1984); son representaciones que de forma individual o colectiva los habitantes de las ciudades hacen de sus
cotidianidades urbanas. “Las calles son los corredores del alma y de las oscuras trayectorias de la memoria” (Virilio, 2006), así
como los monumentos son los puntos de referencia (hitos) que el transeúnte identifica para no perder la memoria de su
ciudad, pero también para no “perderse” en la ciudad. Pero los ejes viales de la Ciudad de México, o los grand boluevards de
París, por ejemplo, además de ser referentes de la historia de estas grandes ciudades, de ser sendas de las cotidianidades de
sus habitantes, son también vías de conexión entre distintas zonas de la aglomeración metropolitana para la distribución de
mercancías o de personas (en el sentido más impersonal), de la misma forma que los monumentos o hitos referenciales
construidos en otros tiempos se convierten en puntos de encuentro multicultural para el turismo y el intercambio comercial
que pueden convertir también a la cultura local y a la memoria cultural en meras mercancías.

Los barrios pueden ser una organización colectiva de trayectorias individuales (Certeau, et al. 2006), pero son al mismo
tiempo el abrigo que da sentido de pertenencia. En ciudades como León, Guanajuato, no significa lo mismo “ser del Coecillo”,
que “ser de San Miguel”;[6] el barrio define la individualidad, pero también el sentido de colectividad. Nuevamente, desde el
punto de vista urbano, el barrio tiene una localización espacial, una determinada densidad poblacional y condiciones de
estructuración económica o social; su caracterización puede ser abordada por distintas disciplinas, pero el antropólogo puede
acercarse desde la perspectiva de lo que hace “otro” al habitante del Coecillo respecto del de San Miguel o de otras partes de la
ciudad, pero en otras escalas que es lo que hace distinto al habitante leonés del tapatío, regiomontano, parisino o bonaerense,
por ejemplo.

Toda ciudad puede ser reconocida en su estructura urbana por sus barrios, sus monumentos, sus nodos (Plaza de Mayo en
Buenos Aires, Zócalo en Ciudad de México, Calzada de los Héroes en León), por sus sendas (Paseo de la Reforma, Campos
Eliseos, Av. 9 de Julio); en las prácticas urbanas, la vida hizo posible el surgimiento de un tipo de espacio y no otro o que se
reproduce a partir de la existencia de los distintos elementos de la ciudad (el uso reivindicativo del espacio público del Zócalo
en Ciudad de México, por ejemplo). Toda mirada dirigida a observar lo anterior, desde la perspectiva antropológica, dará
cuenta de la multiplicidad de significados, de las formas emergentes de ciudadanía, de las distancias o diferencias entre los
grupos sociales en los distintos barrios, en el espacio público, en las formas de construir los nuevos barrios o los grandes
proyectos metropolitanos (la regeneración en el centro histórico como sostenimiento de la memoria identitaria o como
posibilidad económica por el turismo; el gran proyecto de infraestructura cultural como generador de desarrollo para los
habitantes o como fin “competitivo” generador de mercancías culturales, etcétera). “La diversidad, la diferencia, la alteridad han
sido objetos explícitos de la antropología” (Signorelli, 1999), por lo que toda mirada sobre los lenguajes (lo que se hace en la
ciudad, los planes y proyectos urbanos; lo que se dice en y desde la ciudad), sobre las formas de vida (la gentrificación, la
segregación socioespacial, la desigualdad), todo, puede ser motivo de análisis antropológico.

La búsqueda de coordenadas teóricas de la antropología urbana

Hasta aquí hemos referido al amplio objeto de investigación de la antropología urbana, entendida de manera amplia como la
disciplina que estudia la vida en la ciudad con todo lo que ello conlleva: el análisis de la diversidad en un entorno caracterizado
por su dinamismo y constante movimiento. Lo anterior nos exige redefinir qué entendemos por ciudad y cómo podemos
estudiarla. En el caso de América Latina, resulta un grave error aislar a la antropología urbana de las otras formas en que se ha
producido conocimiento sobre lo que acontece en las ciudades; evitar el diálogo inter o transdiciplinario con sociólogos,
comunicólogos y los especialistas en los estudios culturales es negar el pasado de la disciplina (Canclini, 2005). La ciudad
latinoamericana y específicamente la mexicana se desarrolla bajo lógicas que aún no terminan por escudriñarse y para lo cual
resulta necesario ubicarnos en coordenadas teóricas que nos orienten en el camino recorrido y en el que debemos trazar para
explicar las nuevas alteridades que se gestan, reafirman y se abren brecha en la realidad urbana actual.

Canclini (2005) establece tres grandes movimientos teóricos que nos dan un norte en el abordaje de las ciudades. El primero
consistió en oponerlas a lo rural; se trata de un enfoque que insiste en la ruptura tajante de las relaciones comunitarias que
vincula estrechamente con el campo. En este movimiento destaca la propuesta de Gino Germani para quien la ciudad es el
núcleo de la modernidad donde se rompen las relaciones de pertenencia y los contactos intensos que parecieran exclusivos
del campo y los entornos pueblerinos.

Un segundo enfoque encontró motivos para su desarrollo principalmente en la Escuela de Chicago desde donde se
emprendieron novedosas exploraciones sobre distintos fenómenos sociales que tuvieron como escenario los barrios de la
ciudad. Los precursores de esta naciente antropología urbana centraron sus exploraciones en el estudio de pequeñas
comunidades y guetos (Hannerz, 1986). En su etapa temprana, la antropología urbana se enfocó en escudriñar lo “extraño” en
las ciudades. Varios años más tarde, una de las principales críticas sería referida a que esas exploraciones encontraron
enclaves étnicos como tipos ideales para estudiar, pero acotaron la mirada en la ciudad como escenario sin desarrollar una
batería teórica que pusiera el ojo en lo urbano y la interconexión de las dinámicas, relaciones, prácticas y significados de sus
habitantes. Definieron a la ciudad como la localización permanente relativamente extensa y densa de individuos socialmente
heterogéneos sin dar cuenta de los procesos históricos que originaban las estructuras urbanas que remarca Castells (1974)
como la dimensión, la densidad y la heterogeneidad.

Un tercer campo teórico lo conforman las reflexiones desde criterios económicos, la definición de las ciudades a partir del
desarrollo industrial y la concentración capitalista da lugar a los trabajos de Harvey. La crítica que hace Canclini a este enfoque
es que al priorizar elementos económicos en la definición de la urbe deja al margen aspectos culturales, las experiencias del
habitar y las representaciones que los habitantes hacemos de las ciudades. Para este autor, ninguno de los enfoques
mencionados brinda una respuesta satisfactoria sobre lo que es la ciudad desde un punto de vista teórico, sino apenas
bosquejan las coordenadas para entender la vida en las ciudades (Canclini, 2005).

Delgado (2008) ha cuestionado el objeto de la antropología urbana y la necesidad de una batería teórica para aproximarse a
configuraciones sociales escasamente orgánicas, sometidas a una oscilación constante y destinadas a desvanecerse enseguida.
Para este autor, la antropología urbana debe ser entendida como una antropología de lo inestable, de lo que se está
estructurando continuamente,[7] de lo que es sorprendido en el momento justo de ordenarse pero que nunca podamos ver
finalizada su tarea (Delgado, 2008). De acuerdo con Delgado, la distinción entre una antropología de o en la ciudad resulta un
tanto compleja porque obliga a abordar lo urbano y hacer una diferencia entre esta noción y la de ciudad: esta última
entendida como un gran asentamiento de construcciones estables, habitada por una población numerosa y densa mientras
que la urbanidad como un tipo de sociedad que puede darse en la ciudad o no.

Por tanto, para Delgado, una antropología urbana en el sentido de lo urbano sería una antropología de configuraciones
sociales nada solidificadas con relaciones poco estructuradas y vacilantes, que encuentran en el espacio público un escenario
propicio para su proyección y reproducción (Delgado, 2008). Ello obliga al antropólogo a irse a “tientas” conformándose con
distinguir apenas leves brillos de la realidad actual que acontece en dichos espacios que se hacen y deshacen de un momento
a otro. Si bien la apreciación de Delgado resulta un poco tajante, también es cierto que nos proporciona pistas de cómo
abordar teóricamente los fenómenos sociales en las ciudades.

En ese sentido, Licona (2007) propone emprender investigaciones sobre los espacios públicos de forma etnográfica sobre
todo cuando no existen trabajos previos a fin de aproximarse a las formas de habitar y significar la ciudad que ha sido una
tarea pendiente en los movimientos teóricos anteriores. Para él, la noción de espacio brinda la oportunidad de emprender
estudios sin perder la profundidad de la experiencia urbana.

Lo anterior nos conduce a extraer una pista teórica desde la relación entre el habitante y el espacio; representa una
novedosa salida para entender el dinamismo que caracteriza a las ciudades más allá de su dimensión física como espacios
donde se manifiestan un conjunto de fenómenos desbordantes de expresiones y experiencias. Una propuesta teórica que
añade esta discusión a la comprensión de la vida en las ciudades es la de Ángela Giglia (2012), la cual consiste en la relación
entre habitar y cultura, que suma un punto en el sistema de coordenadas teóricas entre antropología y ciudad. Plantea que el
estudio del habitar es otra forma de pensar lo cultural como facultad humana elemental. La idea principal es que el habitar es
sinónimo de relación con el mundo que está mediada por el espacio.

Se trata de una concepción operativa y la más comprensiva de un conjunto de fenómenos socio-espaciales imbricados entre
sí. Se nutre de autores que han explorado incansablemente la relación espacial como Ernesto de Martino, Bachelard,
Radkowski, Marc Augé, entre otros; plantea que el habitar está relacionado con la manera en la que la cultura se manifiesta en
el espacio mediante la intervención humana. Por lo tanto, habitar es un fenómeno cultural enmarcado en el tiempo porque es
una actividad incesante e inagotable que se reproduce continuamente (Giglia, 2012).

Las posibilidades que brinda esta mirada teórica abarcan un conjunto de temas que son fundamentales en la dinámica de
las relaciones sociales y culturales que acontecen en los contextos urbanos y que parecían escaparse a las otras propuestas
teóricas. Entender a la ciudad desde la noción de habitar implica el reconocimiento de prácticas y representaciones que hacen
posible que el sujeto se coloque en un orden que puede establecer y reconocer. Así, esta noción recupera una premisa teórica
clave que ya advertía Signorelli (1999) cuando señaló que los actores sociales (colectivos o individuales) son siempre sujetos
localizados; complementariamente, los sitios de la vida humana son lugares subjetivados (no existen seres humanos que no
estén en algún lugar y no existe ningún lugar que no esté humanizado, aún por haber sido solamente pensado (Signorelli,
1999).

Esta propuesta permite la aproximación a temáticas tan diversas que siempre se sujetan a un marco espacial tangible o
intangible, como es el caso de los espacios virtuales. La desigualdad, la sociabilidad, los efectos de procesos económicos
globales, la diversidad, el poder, entre otras expresiones que envuelven la dinámica de las ciudades, se plasman en los
espacios que habitamos en la medida en que suelen expresar en su forma y funcionamiento las intenciones de sus autores,
sus visiones de mundo y vida cotidiana, asociados a ideas de orden social y cultural (Giglia, 2012).

La antropología urbana pasó de considerar a las ciudades como meros contenedores de grupos y relaciones a entenderlas
como un ente en continua construcción que se reconfigura a partir de fenómenos expresivos de los sujetos que las habitan.
Probablemente estas coordenadas teóricas resulten insuficientes para ubicar y brindar explicaciones de lo urbano en la
medida en que ofrecen miradas desde enfoques disímiles o poco compatibles; no obstante, brindan instrumentos más o
menos operativos que permiten escudriñar partes de esa realidad que queremos explicar y, por tanto, nos obliga a sumar a
esta batería teórico-conceptual que hemos bosquejado, cuya discusión no sólo busca explicaciones sino interpretaciones y
definiciones que por ahora derivan en una serie de incertidumbres que se acrecientan en la reconstrucción cotidiana de lo
urbano.

Objeto y método: los antropólogos urbanos y la ciudad

Sin duda, la Escuela de Chicago es precursora en cuanto al uso del método etnográfico en de la ciudad; en sus trabajos
concedieron un valor especial a la metodología antropológica y al análisis de los modos en que diversos grupos de
inmigrantes, pandillas, bailarinas y otros segmentos con cierto grado de exotismo se relacionaban con la ciudad; estas
exploraciones se caracterizaron por el estudio de fenómenos específicos dentro del contexto citadino, pero como hechos
aislados de los procesos generalizados de la ciudad. Aunque los estudiosos de esta escuela fueron pioneros en el abordaje de
estos “otros”, relegaron la discusión sobre lo urbano en la antropología y qué era lo antropológico en ella, lo cual indujo a un
desinterés sobre lo urbano como estilo de vida y reforzando el enfoque de la ciudad como escenario y no como un objeto de
estudio en sí mismo[8](Licona, 2007).

La especificidad de la reflexión antropológica radica en la cercanía que sostiene con los grupos de personas que estudia,
cuya relación es distinta a la que los sociólogos, geógrafos o arquitectos establecen; y aunque en la última década también
advertimos a éstas y a otras disciplinas aventurándose en el trabajo de campo que hasta hace poco era una práctica casi
exclusiva del antropólogo, sigue siendo el distintivo de la disciplina. No obstante, hacer campo en la ciudad demanda otra
lógica, no sólo por el ritmo que marca la propia urbe, ya que la inseguridad, los costos de traslado, la desconfianza, entre otros
aspectos externos al investigador, modifican el ejercicio en el terreno.

Aunque el uso del video o las grabadoras digitales son de gran ayuda para capturar una imagen más nítida de las
interacciones de los grupos, existen limitantes de otro orden, cuyos efectos en la relación del investigador con los estudiados
han conducido a una sobrestimación de los aspectos culturales y al análisis del discurso en muchos trabajos antropológicos
(Canclini, 2005). Sin duda, el método etnográfico es el predilecto para explorar las ciudades desde una dinámica distinta a la
que estaba acostumbrado el antropólogo: encuentros acordados con límite de tiempo o exceso de ocupaciones de sus
informantes en el marco de la desconfianza y la rapidez con la que se caracterizan las interacciones en las ciudades. Aunque en
muchas ocasiones no resulta necesario trasladarse a otro lugar o realizar estancias prolongadas en una comunidad alejada, el
reto radica en lograr acostumbrar a la gente a la presencia del investigador y entrar a sus espacios y dinámicas; de no
superarse estas dificultades, existe el riesgo de buscar en “la interacción simbólica” la identificación con los valores y las
aspiraciones de la población que estudia (Durham en Canclini, 2005).

Los retos metodológicos para el estudio de la metrópoli van desde superar el remordimiento por los fines utilitaristas de las
relaciones hasta lograr establecer relaciones en contextos de la indiferencia hasta la violencia. Para la antropología urbana, el
trabajo interdisciplinario es imperioso y debe entretejerse con el trabajo etnográfico para incentivar la comprensión y
traducción de la actuación de sujetos localizados en la ciudad y del sentido que dicha actuación toma para ellos en
circunstancias dadas y que perseguimos en este ejercicio de la ciudad y en la ciudad. La entrevista, la observación directa, los
grupos focales, la historia de vida, entre otras herramientas, no pueden citarse aquí de manera aislada como si fueran
independientes. Angela Giglia enfatiza que es imposible usar una metodología sin adoptar también una posición teórica; es
decir, los métodos también construyen al objeto. El reto se torna aún más complejo frente a los dos enfoques que debe
hilvanar todo aquel que se jacte de estudiar la urbe: desde la práctica y como objeto de estudio (Giglia, 2012).

La especificidad de la mirada antropológica radica en que el investigador cede el micrófono a la ciudad; la deja hablar a
través de sus usuarios, habitantes, vecinos, jóvenes, amas de casa, estudiantes y otros actores cuyas observaciones minuciosas
y experiencias individuales y colectivas permiten reunir un conjunto de voces que al unísono revelan algo que la ciudad quiere
–tiene que– decir.

Así, lo que diferencia a la antropología de otras disciplinas es su capacidad de vincular en su reflexión sobre la urbe planos
distintos y distantes de la realidad social a través de las distintas voces de quienes la conforman, pero también de quien
investiga; de ahí que sea tan importante que el antropólogo revele la relación frente al fenómeno que explora no sólo como
investigador sino como habitante de la ciudad; y aunque a veces no comparte plenamente las condiciones de existencia de los
grupos con los que trabaja, hay trayectos, calles, espacios públicos que son inherentes a la experiencia urbana que moldean
las representaciones de quienes habitan la ciudad.

Por consiguiente, el antropólogo urbano trata de explicar las dinámicas que rodean a un objeto saturado de discursos,
producto de una multiplicidad de miradas y que sólo puede explicarse con la puesta en marcha de estrategias y reflexiones
interdisciplinarias para asir todas sus dimensiones: desde lo individual hasta lo colectivo. Lo anterior ha puesto en duda la
profundidad y la mirada “desde adentro” que han forjado la especificidad antropológica. Pero, ¿cómo lograrlo en el contexto
urbano?, ¿cómo superar el dinamismo de la urbe sin afectar a los actores que estudiamos?

Los tiempos de investigación en los contextos urbanos son cortos y fragmentarios; aún no se logra el ejercicio que alcanza a
los investigadores de contextos rurales a establecer relaciones prolongadas con los sujetos y espacios de estudio; sin embargo,
el antropólogo urbano tiene la posibilidad de mirar simultáneamente aristas, capas, actores desde diversos ángulos y usar
herramientas distintas a las tradicionales para ampliar los horizontes de la comprensión y que en el afán de lograr esa
comprensión desde adentro, como en los estudios clásicos, permitimos que esta posibilidad se diluya, a pesar de la riqueza de
mirar desde otro lugar realidades cada vez más diversas.

El riesgo es perder la profundidad en la mirada de los fenómenos; sin embargo, también hay certezas que abren brecha en
caminos que la antropología no esperaba. Es probable que estemos presenciando una ruptura en el ejercicio antropológico
impulsado por el dinamismo que se gesta en la urbe. La etnografía no pierde su lugar en el campo de lo urbano; por el
contrario, dado que la ciudad se ha vuelto inabarcable y se expande con gran habilidad, demanda una combinación de
enfoques, métodos y herramientas para acercarnos y reunir ideas de primera mano a fin de explicar lo que ocurre en ella y
entre sus habitantes. Implica un estrecho diálogo con la dimensión socioeconómica, pero también con la simbólica para
recuperar un análisis de tránsito continuo: de ida y vuelta, es decir, de adentro hacia afuera sobre todo si pensamos que la vida
en las ciudades se caracteriza por su multiculturalidad e interconexión a procesos económicos globales; de esta manera, se
recupera la “esencia” antropológica, pero al mismo tiempo se complejiza su labor.

La etnografía digital, el trabajo de campo combinado en espacios virtuales y públicos, los documentos visuales, los registros
sonoros y los recorridos a la deriva son sólo algunas estrategias que algunos investigadores han piloteado recientemente
(Cadena, 2017; Valeriano, 2017) para explorar, desde el enfoque antropológico, las relaciones de género, los usos y los
procesos de apropiación del espacio, las relaciones de parentesco, los imaginarios, las interacciones, los rituales, entre otros
fenómenos que acontecen en el día a día de las ciudades y que no alcanzan a cubrirse mediante las herramientas
tradicionales, por lo que se complementan con apoyo de otras disciplinas, como geografía, comunicación, sociología o historia,
sin dejar de estar con la gente, escucharla y recuperar sus voces para lograr que la ciudad hable a través de sus narrativas,
experiencias, historias y sentires.

Consideraciones finales: la ciudad y sus posibilidades

La antropología, cuando se orienta a partir de su propuesta teórica y metodológica al estudio de la ciudad, se convierte en un
objeto de estudio y entonces se abre la posibilidad de estructurar su método a la comprensión de las prácticas de los urbanitas
en sus ámbitos, como una antropología de la ciudad, como antropología urbana. Se observan las prácticas de la ciudad, las
trayectorias o recorridos de los urbanitas, el reconocimiento que éstos hacen de los hitos, las sendas, los nodos y los bordes
urbanos, o la ritualidad de reconocerse habitantes de un barrio, de una calle, como signo de identidad, pero a la vez declararse
un habitante de una ciudad como una persona particular, un urbanita que está en esa ciudad y no en otra, que ha
materializado sus espacios simbólicos y materiales de una manera que lo diferencia de otra ciudad, como una realidad espacial
y social que genera y condiciona actitudes y comportamientos (Signorelli, 1999).

Las ciudades, que se diferencian entre sí en la medida en que han constituido lugares antropológicos a partir de las prácticas
de sus habitantes, se convierten también en lugares de semejanzas y similitudes que pueden ser abordadas desde la
antropología en la medida en que las prácticas de sus habitantes se realizan también con materiales culturales compartidos,
como el uso del automóvil, la materialización de tipologías similares de barrios y viviendas, los fenómenos de segregación
espacial, la gentrificación y todos aquellos asociados a la vida en la urbe como ámbitos de estudio antropológico. La diversidad
que caracteriza a las ciudades es el resultado de diferentes procesos económicos, sociales y culturales que detonan nuevas
formas de usar, apropiar y controlar el espacio urbano, cuyos efectos se acrecientan con la movilidad, la heterogeneidad de los
usuarios y las relaciones de desigualdad de las que hemos sido testigos en la última década.

En ese sentido, la antropología tiene un gran reto frente a la ciudad que va más allá de superar el viejo problema de
estudiarla sólo como el escenario en el que distintos grupos habitan; es prioridad lograr la tan afamada mirada integral para
escudriñar las nuevas diversidades que derivan del estilo de vida urbano. Para lograrlo, es necesario promover, ensayar y
desechar herramientas teóricas y estrategias metodológicas ex profeso para acercarse a la urbe desde sus actores y sus
trayectorias, sus historias, sus recorridos, sus significados, entre otras expresiones que se desbordan y diluyen en una
dinámica efímera a simple vista, pero que conforme pasa el tiempo nos revela una urdimbre que ya hemos empezado a
desenredar.

La antropología tiene un importante camino recorrido en esta exploración que la proyecta como una disciplina con la
capacidad de mirar detalles que se le escapan a otras ciencias en la dinámica cotidiana. Nos atrevemos a señalar que la
especificidad de la antropología urbana radica justamente ahí, en enfocar esas expresiones que se diluyen en el día a día y que
hay que examinar para entender procesos más amplios de la vida en las ciudades. No es de extrañarse que la lupa
antropológica puesta en la ciudad abra vetas tan interesantes como una antropología de la noche (Hernández y Guérin, 2016) o
de las nostalgias a partir de procesos de renovación urbana (Téllez, 2017). Esta nueva mirada coloca a la ciudad en el centro de
una reflexión que contempla su relación con espacialidades y fenómenos surgidos desde lo rural hasta lo virtual, así como
otras expresiones para quienes aún no tenemos una batería teórica conceptual y herramientas para aproximarnos a ellas; no
obstante, la revisión realizada hasta aquí demuestra que este camino está en construcción.

Referencias

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Virilio, P. (2006). Ciudad pánico. El afuera comienza aquí. Buenos Aires: Libros el Zorzal

Notas

[1] Para esta reflexión, el urbanita sería, retomando a Rivera (1987), quien nace, crece y vive en el ámbito urbano, en la
ciudad, en sus calles y plazas, en el orden o desorden urbano que lo forma en su naturaleza; es quien tuvo una familia o tal
vez él mismo vivió en el campo, pero que en su vida en la ciudad ha olvidado (si bien en sus actividades, en su gastronomía,
persisten lazos con aquel ámbito de vida), o ha tenido que aprender a vivir como urbanita.
[2] Se deja a salvo la puntualización de que no todas las ciudades novohispanas tuvieron el mismo proceso fundacional;
sabemos que en el proceso convivieron tanto la fundación de villas para españoles como la de pueblos de indios, mineros, a
partir de presidios, guarniciones, misiones, etc. La reflexión para este artículo, por conveniencia metodológica en la
construcción del discurso reflexivo, se centra en el proceso de sincretismo resultante del encuentro cultural entre españoles
y naturales, con independencia del tipo de fundación o de área geográfica.
[3] Al no ser la intención de esta reflexión el abordaje de todo el proceso histórico, para el salto a la actualidad, en la
reflexión se incorporan estos autores que desde su propia perspectiva analizan la ciudad o el lugar antropológico con una
mirada actual; se considera que su aproximación puede ser útil no sólo para la lectura de las ciudades latinoamericanas de
hoy (por demás influidas por procesos globalizadores), sino que, como referencia teórica, se puede trasladar a la reflexión
sobre las ciudades históricas o lugares antropológicos del presente, que son finalmente una suma de tiempos.
[4] De la misma forma, como otras ciudades en el mundo seguramente cuentan con sus propios referentes identitarios,
este ejemplo que bien podría intercambiarse con la experiencia de otras ciudades del mundo, da cuenta de cómo los
elementos urbanos pueden convertirse en referentes simbólicos y ordenadores de identidad urbana.
[5] La recuperación de ejemplos de una ciudad del bajío mexicano es sólo de orden ilustrativo. Las ciudades mantienen
similitudes en distintos ámbitos de la vida urbana que desde la perspectiva local, regional o local pueden dar cuenta del
mismo sentido aunque con significados distintos. Con ello no pretendemos diluir las especificidades ni dejar de reconocer
que cada ciudad tiene su propia lógica y dinámica.
[6] Nuevamente se puntualiza en el ejemplo de una ciudad poco conocida, pero que da cuenta de procesos más amplios:
los barrios de esta ciudad de León fueron originalmente pueblos satélites de indios que, participando del proceso
fundacional, constituían espacios diferenciados para sus habitantes: León, villa para españoles; El Coecillo y San Miguel,
pueblos de indios. La existencia de este tipo de organización espacial se dio en muchos lugares no sólo en Nueva España,
sino en todo el orbe novohispano.
[7] Esto se puede evidenciar en la actualidad en el análisis de los procesos metropolitanos y en la velocidad de los cambios
urbanos actuales que incorporan emergencias como la movilidad, que desde el urbanismo puede ser el traslado de
personas de un lugar a otro, mientras que para la antropología resulta un conjunto de relaciones vinculadas al habitar con
interacciones y temporalidades que pueden ser breves o tener sólidos anclajes.
[8] En esta reflexión se introduce la idea (vid supra) de que, más que escenario, la ciudad es la puesta en escena de las
cotidianidades del urbanita; desde este posicionamiento, podemos introducir la noción de que, más que tener a la ciudad
como objeto de estudio, las prácticas que en ella acontecen y la puesta en escena de la vida del urbanita son el objeto de
atención.
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