RELATOS MITOLÓGICOS
Texto 1: Los hijos de Cronos
Después de destronar a su padre, el joven Titán Cronos se casó con la titánida Rea, la de
hermosos cabellos. Tuvieron seis hijos.
Pero Cronos no olvidaba la maldición de su padre Urano. Con su mente malvada y
retorcida, decidió que ninguno de sus pequeños crecería lo suficiente como para
enfrentarse con él. Simplemente, se los comería vivos.
Y así fue. Primero nació la pequeña Hestia. Su madre apenas había comenzado a
envolverla en pañales cuando Cronos la tomó con sus enormes manos y la devoró en un
instante. Rea, la de hermosos cabellos, no podía creer lo que había pasado. Su corazón
sangraba de dolor.
Uno por uno, Cronos fue devorando a sus hijos. Deméter, Hera, Hades, Poseidón…
Apenas alcanzaba la madre, desesperada, a ponerles nombre, cuando ya se habían
convertido en monstruoso alimento para su padre.
Rea estaba en su sexto embarazo cuando pidió ayuda a su madre, Gea, para salvar a
ese bebé. ¡Aunque fuera uno solo de sus hijos tenía que escapar de ese horrendo destino!
Siguiendo los consejos de su madre, Rea le dijo a su marido que debía hacer un viaje a la
isla de Creta. Allí, en medio de un bosque espeso, había una profunda caverna, donde se
ocultó la titánida para parir a Zeus, el menor de sus hijos.
Gea, la Madre Tierra, se hizo cargo del pequeño. Una cabra le daba su leche y las abejas
del monte destilaban para él la miel más exquisita.
Entretanto, Rea volvió con su marido, quejándose como si estuviera sufriendo en ese
momento los dolores del parto. Poco después le entregó a Cronos lo que parecía un bebé,
su sexto hijo. Cronos se lo tragó sin dudar un segundo. Solo le pareció que este hijo
resultaba más pesado que los anteriores: lo que le había dado su esposa era una enorme
piedra envuelta en pañales.
Zeus creció rápidamente y en solo un año se había convertido en un dios adulto y
poderoso. Su abuela Gea tenía preparado un plan para librarse del malvado Cronos. Pero
antes era necesario que Zeus recuperara a sus hermanos. Con ayuda de Rea, hicieron
tragar a Cronos una poción mágica que lo obligó a devolver a la vida a todos los hijos que
había devorado. Así, convertidos ya en adultos, en toda su fuerza y majestad, se
desprendieron de la carne de Cronos los hermanos de Zeus. De este modo, volvieron a la
vida Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón, y se fueron a vivir junto a Zeus, en lo alto
del monte Olimpo. Debía prepararse para la guerra que se avecinaba. ¡Cronos pagaría por
su maldad!
Texto 2: La guerra de los Inmortales
Las profecías aseguraban que Zeus sería el rey de los dioses y el dueño del Universo.
Pero, por el momento, no parecía tan sencillo. Antes era necesario destronar a su padre, el
malvado Cronos, quien contaba con el apoyo sus hermanos, los Titanes.
El Universo entero temblaba: había comenzado la Guerra de los Inmortales.
Durante diez años, desde las alturas del Olimpo, lucharon los nuevos dioses contra los
Titanes y la suerte de la guerra seguía indecisa. El propio Zeus comenzaba a temer que la
profecía no llegara a cumplirse. Fue entonces cuando decidió consultar a su anciana y sabia
abuela, Gea, la Madre Tierra.
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—Cronos tiene enemigos poderosos —le dijo Gea—. ¡También ellos son mis hijos,
aunque sean deformes! Si liberas de sus cadenas a los Cíclopes y a los Hecatónquiros,
atrapados en el Tártaro, ellos te ayudarán a vencer a tu malvado padre.
Entonces Zeus bajó a las oscuras profundidades del Tártaro y desencadenó a los
Cíclopes, gigantes con un solo ojo en medio de la frente, y también a los Hecatónquiros, los
monstruos de cincuenta cabezas y cien brazos. Los dioses olímpicos los invitaron a su
morada cerca de las nubes, y compartieron con ellos sus exquisitos alimentos, el néctar y la
ambrosía. Así los convirtieron para siempre en sus aliados.
Agradecidos por su liberación, los Cíclopes le regalaron a Zeus tres armas invencibles: el
Trueno, el Rayo y el Relámpago. Le entregaron a Hades un casco que lo hacía invisible. Y
le dieron a Poseidón un tridente tan poderoso que con un solo golpe podía hacer temblar la
tierra y el mar.
La batalla final fue atroz. Luchaban entre sí seres gigantescos, que podían causarse
terribles heridas, podían triunfar o ser derrotados, pero no podían matarse unos a otros,
porque todos eran inmortales. Mujeres y varones luchaban sin descanso, sin piedad. Cada
uno de los Hecatónquiros levantaba enormes rocas con sus cien manos.
Después avanzaban los tres juntos hacia adelante, arrojando trescientas rocas al mismo
tiempo sobre los Titanes. Zeus lanzaba sus terribles rayos, Poseidón provocaba terremotos
y Hades, invisible, parecía estar en todas partes al mismo tiempo. El mar resonaba, vibraba
el monte Olimpo desde su pie hasta la cumbre, el Cielo gemía estremecido y las violentas
pisadas retumbaban en lo más hondo de la Tierra. Los bosques se incendiaban y hervían
los océanos.
Cegados por la violenta luz de los rayos y la humareda que se levantaba de los
incendios, semienterrados por la lluvia de enormes piedras, los Titanes fueron vencidos por
fin. Zeus los condenó a ser encadenados en el Tártaro, donde los Hecatónquiros se
convirtieron en sus guardianes.
(Si un yunque de bronce bajara desde la superficie de la Tierra durante nueve noches con
sus días, al décimo día llegaría al Tártaro, tan profundo es ese abismo, horrendo incluso
para los dioses inmortales).
Victoriosos, los dioses decidieron repartirse el poder. Para evitar más luchas, hicieron un
sorteo. A Zeus le tocó el cielo, Poseidón obtuvo dominio sobre el mar y Hades se adueñó
del mundo subterráneo.
Pero Zeus, el rey de los dioses, gobernó además sobre todos los mortales y los
inmortales.
Y sin embargo, el Universo no estaba en paz. Gea, la Tierra, se revolvía, furiosa. ¿Cómo
se había atrevido su nieto, el soberbio Zeus, a encerrar a sus propios tíos en el Tártaro?
Como madre de los Titanes, Gea no podía permitir que los nuevos dioses gobernaran el
Universo. Por el momento, los Olímpicos habían triunfado. Pero Gea meditaba su
venganza.
Texto 3: Belerofonte y la Quimera
Belerofonte era hijo de una noble familia de Corinto. Cuando todavía era muy joven, el
destino quiso marcar su vida con la tragedia. Sin querer, en un accidente de caza, mató a
un hombre. Perseguido por su propia culpa y por la venganza de los parientes, el muchacho
tuvo que irse de su ciudad natal.
Un largo viaje lo llevó hasta Tirintos, donde fue muy bien recibido por el rey, encantado
con sus modales de príncipe, su inteligencia y su simpatía. Pero el mal destino seguía
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persiguiendo a Belerofonte. También la esposa del rey estaba encantada con él y trató de
enamorarlo. Cuando el muchacho la rechazó, indignado, ella fue a quejarse con su marido
de que Belerofonte había intentado tomarla por la fuerza.
Había un solo castigo posible para un delito tan grave: la muerte. Pero el rey de Tirintos
no quería romper la antigua ley de hospitalidad, que le prohibía matar a un hombre al que
hubiera invitado a comer a su mesa. Entonces decidió dejar el castigo a cargo de su suegro.
—Quisiera que le llevaras esta carta a mi suegro, que reina en Licia, donde te recibirá con
todos los honores —le dijo a Belerofonte.
Yóbates, el rey de Licia, recibió al enviado de su yerno con un gran banquete. El mensaje
que le entregó Belerofonte era muy breve. Decía simplemente: “Debes matar a quien te
entregue esta carta”
Pero tampoco el rey de Licia quería matar a ese joven apuesto y agradable, que había
comido en su mesa. Entonces se le ocurrió una gran idea. Liberarse de dos problemas al
mismo tiempo. O, al menos de uno de ellos.
Asolaba por entonces toda la región de Licia un espantoso monstruo, hijo, como tantos,
de Equidna y Tifón. Era la Quimera, que tenía el torso de león, el resto del cuerpo de
dragón, y dos cabezas, una de león y otra de cabra, por las que lanzaba fuego. Este
monstruo mataba hombres y animales abrasándolos con sus llamas.
—Hijo mío —le dijo a Belerofonte—. Estoy dispuesto a compartir mi reino, dándole la mano
de mi hija a quien libre a mi país de la Quimera.
—Dígame dónde está ese monstruo. ¡Yo lo mataré! —aseguró Belerofonte, que se sentía
observado por los bellos ojos negros de la hija del rey, cuyas llamas podían quemar el
corazón de un hombre casi tanto como las de la Quimera.
Excelente, pensó el rey. Si la Quimera mataba a Belerofonte, cumpliría con su yerno. Si
Belerofonte mataba a la Quimera, al menos se vería libre del monstruo. Y si tenía mucha
suerte, podrían matarse el uno al otro.
Belerofonte viajó hacia el Sur. Sabía que allí sería más fácil encontrar al monstruo. Ya no
estaba tan tranquilo y tan seguro como en el banquete del palacio. Por el camino, la gente
trataba de disuadirlo, contándole de qué manera horrible habían muerto otros jóvenes
héroes en lucha contra la Quimera.
Acampaba a orillas de un río, cuando vio un espectáculo asombroso, que jamás hubiera
imaginado. Un caballo blanco, desplegando sus enormes alas, bajaba del cielo para beber
de las aguas. Era Pegaso, el caballo alado, el hijo de Medusa y Poseidón, que había
brotado del cuerpo de la horrenda Medusa cuando el héroe Perseo le cortó la cabeza.
Belerofonte se dio cuenta de que solo podría vencer al monstruo si conseguía montar en
ese extraordinario animal. Pero ¿cómo? Apenas trataba de acercarse, el caballo levantaba
vuelo. Y sin embargo, no escapaba del todo, se quedaba siempre a su alcance.
De pronto, una mujer enorme, imponente y hermosa con su escudo y su lanza, se
apareció ante él. Era la diosa Atenea, que venía a ayudarlo, compadecida de su destino.
Atenea le entregó a Belerofonte unas bridas y riendas de oro.
—Si logras colocárselas, Pegaso se dejará montar.
Muchos días y mucha paciencia empleó el muchacho para hacerse amigo del caballo
alado y conseguir que se dejara colocar las bridas de oro. Por fin lo logró y se montó en el
animal. Cuando Pegaso salió volando por el aire, Belerofonte disfrutó del viento en la cara,
miró las casas y los ríos pequeños allí abajo y sintió que era el dueño del mundo.
La lucha contra Quimera no fue larga. El héroe trató en primer lugar de mantenerla a
raya con sus flechas. Pero el monstruo se acercaba cada vez más, decidido a quemarlo con
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su aliento de llamas. Entonces, Belerofonte puso en práctica un plan que se le había
ocurrido mientras domesticaba a Pegaso.
Empuñó una lanza muy larga, con la punta de acero templado, como todas. En esa punta
había ensartado un trozo de plomo, un metal blando que se funde con facilidad. Belerofonte
atacó a la Quimera con su lanza y le metió en la boca la bola de metal. Fundido por el calor
de las llamas que lanzaba la Quimera, el plomo derretido le atravesó la garganta,
destruyendo sus órganos vitales.
Yóbates estaba desconcertado, pero contento. ¡Se había librado de la Quimera! Sin
embargo, seguía en deuda con su yerno. Y tampoco tenía apuro en casar a su hija con ese
extranjero, por valiente que fuera.
Para tratar de remediar la situación, se le ocurrieron otras pruebas. Así, envió primero a
Belerofonte a luchar contra los sólimos, un pueblo famoso por su ansia guerrera, que
asolaba las fronteras de Licia. Por supuesto, Belerofonte casi no necesitó ayuda para
destruir el ejército de los sólimos. A continuación, acompañado por un grupo de valientes, el
héroe se enfrentó a las amazonas, y una vez más logró vencer. En otra ocasión, sus
enemigos le tendieron una emboscada, de la que salió sin una herida después de matarlos
a todos.
Ahora sí, Yóbates estaba lleno de admiración por sus hazañas. Entonces le mostró a
Belerofonte la carta de su yerno y le ofreció el premio que deseara por haber librado a su
reino de tantos males.
—Nada deseo —dijo Belerofonte—, sino lo que me prometiste: la mano de tu hija menor.
Así, Belerofonte se casó con la hermana de la mujer que tanto había hecho para perderlo. Y
fueron muy felices hasta un día desgraciado en que el destino trágico volvió a alcanzar al
héroe.
Belerofonte quería más. No le alcanzaba con ser famoso y adorado por sus hazañas.
Muchos habían matado monstruos. Muchos habían triunfado en la guerra. Él quería realizar
una proeza tan grande que fuera única en la historia de los humanos. Montado en Pegaso,
se propuso llegar hasta el mismísimo Olimpo. Pero Zeus no podía permitir que se alterara el
orden del Universo. El Cielo no es el lugar de los mortales. Y, fulminándolo con uno de sus
rayos, lo precipitó a tierra.