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Tres

El rey Filiberto, obsesionado con su belleza, desata la ira de una bruja al negarse a regalarle su espejo. Tras un hechizo, su reflejo se convierte en un monstruo, lo que lo lleva a ser desterrado por su pueblo. Al final, aprende la importancia de la humildad y la generosidad al compartir su comida con un mendigo, lo que mejora su reflejo y su felicidad.
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Tres

El rey Filiberto, obsesionado con su belleza, desata la ira de una bruja al negarse a regalarle su espejo. Tras un hechizo, su reflejo se convierte en un monstruo, lo que lo lleva a ser desterrado por su pueblo. Al final, aprende la importancia de la humildad y la generosidad al compartir su comida con un mendigo, lo que mejora su reflejo y su felicidad.
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ace mucho, mucho tiempo, vivía en un lejano reino el rey más

presumido que jamás haya existido. Se llamaba Filiberto y lo que más


le gustaba era mirarse en el espejo que llevaba consigo a todas
partes. Incluso cuando montaba a caballo colgaba el espejo al cuello
del animal.

–¡Qué guapo soy! No me cansaría nunca de mirarme –se decía Filiberto un día
que había salido a pasear a lomos de su caballo.

De repente, una anciana mendiga se cruzó en su camino.

–Por caridad, caballero, ¿no me daríais el espejo que cuelga del cuello de
vuestro caballo? En el pueblo lo podría cambiar por algo de pan.

Al escuchar la propuesta de la anciana, a Filiberto un poco más y le da un


soponcio.

–Pero, ¿qué dices, insensata? ¿Regalarte el espejo? ¿Es que acaso has
perdido el juicio? Apártate de mi camino.

Pero la anciana no se movió. En lugar de eso, se quitó la capucha que le tapaba


la cara y, entre chispas y resplandores mágicos, descubrió su verdadera
identidad: era Ventisca, la bruja más arisca.

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–¡Rey engreído! –gritó–. ¡Te equivocaste al insultar a una bruja! –y murmurando
para que Filiberto no pudiera escucharla, recitó el siguiente conjuro:

«¡Barrabín, Barrabel, el espejo será cruel, y no verás ya tu rostro, sino tu alma


negra en él!»

Y dicho eso, la envolvió una gran nube de color violeta y desapareció.

–¡No me dan ningún miedo tus conjuros! –gritó Filiberto, fingiendo indiferencia.

Pero, de reojo, espío su reflejo en el espejo para tranquilizarse. –¡Aaah!


–aulló apenas se vio–. ¡Estoy horrible!

Efectivamente, la imagen que le devolvía el espejo no era la del joven apuesto


de siempre, sino la de un ser monstruoso, de piel verde y lleno de verrugas.

–¡No puede ser! –gritaba mientras regresaba galopando al castillo, presa del
pánico.

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Nada más llegar, Filiberto, angustiado, se encerró en su habitación, y no quiso
salir ni para comer, ni para merendar, ni para cenar.

Pasaron los días y el hechizo lejos de mejorar, empeoraba. Todas las mañanas,
Filiberto se miraba con miedo en el espejo, y todas las mañanas descubría la
imagen de un monstruo cada vez más monstruoso.

Empezó entonces a ausentarse de las reuniones con sus ministros y desatendió


por completo los asuntos de su pueblo. Sus súbditos cada vez estaban más
descontento con él.

–Nuestro rey es un holgazán –se decían los unos a los otros–.


No sirve para nada, ni siquiera sale de su habitación.

Estaban tan indignados que un buen día fueron todos juntos al castillo y echaron
al rey sin conteplaciones.

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–¡No queremos un rey perezoso! –le gritaban mientras el pobre Filiberto se
alejaba del palacio. Tan deprisa tuvo que huir, que solo se pudo llevar el espejo
hechizado.

–¿Qué voy a hacer ahora? –se lamentaba mientras vagaba perdido por el
bosque–. Nadie querrá a un rey sin reino…

Y vagando por el bosque estaba cuando se topó de nuevo con la bruja Ventisca.

–Espero que hayas aprendido a no ofender a las brujas –le dijo–. Toma, para
que veas que no soy tan mala, te cambio el espejo por este mendrugo de pan.

Y como Filiberto llevaba días sin comer, aceptó la oferta de la bruja; pero a
regañadientes, por supuesto, pues aún en la desdicha, se acordaba de los
buenos ratos que había pasado mirándose en él.

Una vez la bruja desapareció envuelta en una nube violeta, Filiberto se dirigió a
la orilla de un arroyo cercano con el mendrugo de pan entre sus manos. Allí se
tropezó con otro mendigo, aún más pobre que él.

–¡Ay, qué hambre tengo! Ya ni me acuerdo la última vez que usé los dientes –se
quejaba el mendigo.

El rey, que algo sí que había aprendido de sus desgracias, se apiadó del
desventurado y con amabilidad le tendió el pan.

–Toma –le dijo–. No es mucho, pero podemos compartirlo.

Al pobre mendigo se le iluminó la cara y con una sonrisa le respondió:


–Gracias amigo. Te prometo que cada pedazo de pan que consiga también lo
compartiré contigo.

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Y así fue como, por primera vez en mucho tiempo, el rey se sintió feliz; y al mirar
de reojo su reflejo en el arroyó lo encontró un poco menos monstruoso que el
día anterior.

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