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Teseo y El Minotauro

El documento narra la historia de Teseo, hijo del rey Egeo de Atenas, quien se convierte en un héroe al enfrentarse al Minotauro, un monstruo que exige sacrificios humanos. A lo largo de su viaje, Teseo demuestra valentía al derrotar a varios bandidos y finalmente se ofrece como tributo para enfrentar al Minotauro en Creta, donde recibe la ayuda de Ariadna, quien le proporciona un hilo para salir del laberinto. La historia destaca temas de valentía, destino y la lucha contra la adversidad.

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Teseo y El Minotauro

El documento narra la historia de Teseo, hijo del rey Egeo de Atenas, quien se convierte en un héroe al enfrentarse al Minotauro, un monstruo que exige sacrificios humanos. A lo largo de su viaje, Teseo demuestra valentía al derrotar a varios bandidos y finalmente se ofrece como tributo para enfrentar al Minotauro en Creta, donde recibe la ayuda de Ariadna, quien le proporciona un hilo para salir del laberinto. La historia destaca temas de valentía, destino y la lucha contra la adversidad.

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Teseo

y el
Minotauro
2
Este libro pertenece a:

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ÍNDICE

Teseo y el Minotauro (mito griego)


•7•

Teseo, rey de Atenas (historieta)


• 22 •
• 6 •
Teseo y el
Minotauro

Ilustraciones de Héctor Borlasca


• 7 •
geo, rey de Atenas, recibió un mensaje del oráculo
E de Delfos: “No contraigas matrimonio con una
extranjera, pues semejante unión traería grandes desgracias
a Atenas y al pueblo ateniense”.
A pesar de esta profecía, el joven Egeo se enamoró de Etra,
la hija menor del rey de Trecén, y se unió a ella sin pensar
en las consecuencias. Por las noches, sin embargo, las
amenazantes predicciones del oráculo lo hacían padecer
grandes temores respecto del destino de su pueblo.
Egeo y Etra concibieron un hijo a quien llamaron Teseo.
El rey de Atenas, agobiado por sus padecimientos, decidió
regresar a su patria dejando al niño en Trecén con su madre
y su abuelo. Llevó entonces a su esposa a las afueras del
palacio, se detuvo junto a una inmensa roca y le habló así:
—¡Etra, esposa mía! Bajo esta roca ocultaré mis sandalias
y mi espada. Trae a Teseo hasta este lugar cuando haya
crecido en altura y sabiduría y ordénale que las desentierre.
Si llega a Atenas vistiendo estas prendas, sabré que es mi
hijo y lo haré heredero de mi reino, al que ahora debo
regresar.

• 8 •
Teseo se crió en el palacio de su abuelo materno sin
conocer el nombre de su padre y se dice que, desde muy
pequeño, recibió la especial protección de Poseidón, dios
del mundo de los mares. Se destacó como un niño fuerte
y valiente. Su abuelo, el rey de Trecén, le enseñó a conocer
las estrellas, a lanzar la jabalina y a empuñar la espada.
Un día, cuando Teseo tenía siete años, Hércules llegó de
visita al palacio; para comer más cómodamente, se quitó
la piel del león de Nemea —con la que siempre se cubría
desde que había logrado derrotar a la fiera en una terrible
lucha cuerpo a cuerpo— y la dejó sobre uno de los bancos
del jardín. Algunos invitados que llegaban tarde a la mesa
no osaban entrar creyendo que el animal estaba vivo, pues
aquel despojo parecía dotado de movimiento. Algunos
niños vieron la figura de la bestia recostada sobre el banco
y huyeron despavoridos gritando: “¡Un león, un león!”.

• 9 •
Pero Teseo no tuvo miedo: arrebató un hacha a un criado
y se abalanzó sobre la fiera dispuesto a vencerla. Hércules
detuvo su brazo, pero le agradó la valentía del muchacho y
lo animó a que siguiera sus pasos:
—¡Niño Teseo! Tu nombre será siempre recordado entre
los de los héroes.
Cuando Teseo cumplió dieciséis años, Etra lo llevó
hasta el lugar que Egeo había elegido como escondite y
mostrándole la inmensa roca le dijo:
—¡Teseo, hijo mío! Debajo de esa roca encontrarás las
sandalias y la espada de tu padre, que no es otro que Egeo,
el rey de Atenas. Recupera esas prendas y preséntate con
ellas en Atenas, donde Egeo te reconocerá como su hijo.
Ante el asombro de Etra, Teseo corrió sin esfuerzo la
pesada piedra. Sin esperar un minuto, se calzó las sandalias
y se ciñó la espada de su padre, al tiempo que interrogaba:
—¿Dónde está Atenas?
Para llegar a Atenas, Teseo podía seguir dos caminos:
el marítimo, fácil y seguro, porque las naves de Trecén
unían constantemente ambas ciudades, o el terrestre,
muy peligroso por la cantidad de bandidos que infestaban
su recorrido y que eran el terror de los viajeros. Teseo,
para probarse a sí mismo, escogió este último e inició su
viaje para ser reconocido como hijo del rey. En ningún
momento el joven sintió temor por los peligros que podrían
presentarse a lo largo del viaje. Al contrario, deseaba imitar
las hazañas de su admirado Hércules.

• 10 •
Pero Teseo no tuvo miedo: arrebató un hacha a un criado
y se abalanzó sobre la fiera dispuesto a vencerla. Hércules
detuvo su brazo, pero le agradó la valentía del muchacho y
lo animó a que siguiera sus pasos:
—¡Niño Teseo! Tu nombre será siempre recordado entre
los de los héroes.
Cuando Teseo cumplió dieciséis años, Etra lo llevó
hasta el lugar que Egeo había elegido como escondite y
mostrándole la inmensa roca le dijo:
—¡Teseo, hijo mío! Debajo de esa roca encontrarás las
sandalias y la espada de tu padre, que no es otro que Egeo,
el rey de Atenas. Recupera esas prendas y preséntate con
ellas en Atenas, donde Egeo te reconocerá como su hijo.
Ante el asombro de Etra, Teseo corrió sin esfuerzo la
pesada piedra. Sin esperar un minuto, se calzó las sandalias
y se ciñó la espada de su padre, al tiempo que interrogaba:
—¿Dónde está Atenas?
Para llegar a Atenas, Teseo podía seguir dos caminos:
el marítimo, fácil y seguro, porque las naves de Trecén
unían constantemente ambas ciudades, o el terrestre,
muy peligroso por la cantidad de bandidos que infestaban
su recorrido y que eran el terror de los viajeros. Teseo,
para probarse a sí mismo, escogió este último e inició su
viaje para ser reconocido como hijo del rey. En ningún
momento el joven sintió temor por los peligros que podrían
presentarse a lo largo del viaje. Al contrario, deseaba imitar
las hazañas de su admirado Hércules.

• 10 •
El primero en experimentar la valentía de Teseo fue
Perifetes, un poderoso salteador de caminos. El bandido
manejaba con gran habilidad una enorme maza de bronce
con la que aplastaba a los viajeros para robarles todo lo que
transportaban.
—¡Forastero! —gritó Perifetes a Teseo, apareciéndose de
pronto ante el joven en medio de la soledad del camino—.
¡Entrégame tu morral!
La voz del bandido era fuerte y ronca y su mirada, feroz.
Todos los viajeros se sentían aterrorizados en su presencia.
Teseo, en cambio, reaccionó con tal rapidez que en un
segundo había logrado arrancarle la pesada maza de bronce
de su mano derecha y, sorprendiendo al bandido, le asestó
un golpe que lo dejó allí, tendido e inmóvil. Teseo continuó
la marcha llevando consigo la maza, que guardó como
trofeo de su primera victoria.
En la costa del mar de Salamina, apostado entre las
rocas, Teseo encontró a Escirón. Este malvado obligaba a
los viajeros a que le lavaran los pies en las aguas del mar.
Cuando los desgraciados llegaban al borde del precipicio,
debían agacharse para complacerlo; en ese momento,
Escirón les pegaba un soberano puntapié que los arrojaba
a las olas y gritaba:
—¡Vete, viajero, a alimentar a las hambrientas tortugas!
Cerca de la costa, en efecto, habitaba un grupo de tortugas
de gran tamaño. Teseo logró hacer un rápido movimiento
y fue Escirón el que cayó a las aguas. Se dice que una vez

• 11 •
devorado por las tortugas, sus huesos se transformaron en
los arrecifes y escollos que se hallan todavía en aquel lugar.
Entretanto, las hazañas de Teseo habían llegado a oídos
de los atenienses, que creían que el joven era un
heredero de Hércules en el mundo de los
héroes. Nadie pensaba, sin embargo,
que Teseo fuese el hijo del rey.
Un día, cuando vieron entrar por la
puerta de la ciudad a un muchacho
que vestía larga túnica blanca y
portaba una hermosa cabellera rizada,
algunos atenienses se burlaron de él:
—¡Vaya, vaya, mirad al forastero! —se
gritaban unos a otros y comentaban
entre risas.
Teseo no respondió a las burlas y
siguió su camino hacia el palacio. Al
verlo llegar, el rey de Atenas le dijo:
—¡Joven forastero! Han llegado
hasta mí las noticias de tus hazañas.

• 12 •
¡Acompáñanos al banquete y me deleitaré con tus relatos!
En los años transcurridos desde su regreso a Atenas, el rey
Egeo había vuelto a contraer matrimonio. Su nueva esposa
era Medea, una terrible hechicera.
Teseo desconocía el matrimonio de su padre. Pero Medea
adivinó que aquel joven que acababa de llegar podía ser
un peligro para su ambición de que un hijo suyo fuese el
heredero del trono de Atenas. Así que trazó un plan.
—Egeo, esposo mío —susurró la hechicera al oído del
rey—. Ofrece al forastero esta copa de vino.
Medea había echado veneno en aquella copa, pero en el
momento en que el rey extendía su mano para ofrecerle
el vino, Teseo sacó la espada que le había dado su madre.
Entonces el rey reconoció la espada, volvió sus ojos hacia
los pies del viajero y comprendió inmediatamente todo lo
que ocurría .
—¡Teseo, hijo mío, no bebas de ese vino! —gritó Egeo al
tiempo que alejaba la copa de los labios de su hijo.
Habiendo fracasado en su empresa, Medea debió huir de
Atenas, expulsada por Egeo, y todo el pueblo reconoció a
Teseo como legítimo heredero del rey.
La llegada de un heredero fortificó los ánimos de los
atenienses, que padecían desde hacía años una cruel tortura.
La ciudad de Atenas era poco dada a las guerras y más bien
sobresalía por sus éxitos en el arte y el deporte. Años antes
de la llegada de Teseo, como ocurría habitualmente, se

• 13 •
habían celebrado grandes juegos deportivos en Atenas y
en ellos habían participado atletas de diversas ciudades. En
esa ocasión, Androgeo, hijo de Minos, rey de Creta, resultó
triunfador. Los atenienses, celosos de la fuerza y la habilidad
de Androgeo, lo desafiaron a enfrentar a un enorme toro.
Pero la bestia dio muerte al príncipe de Creta.
Minos, al conocer la trágica noticia, juró vengarse reuniendo
a su ejército para enfrentar a Atenas. Los atenienses, que
carecían de recursos para vencer en una guerra, decidieron
consultar al oráculo: “Si queréis evitar la guerra —sentenció
el oráculo—, aceptad las condiciones que proponga el rey
de Creta”.
El rey cretense recibió entonces a los enviados de Egeo.
—Habéis asesinado cruelmente a mi hijo —les dijo—.
Las condiciones para la paz son las siguientes: Atenas
enviará cada nueve años siete jóvenes y siete doncellas a
Creta, para que paguen con su vida la vida de mi hijo. Los
atenienses servirán de alimento al Minotauro.
El Minotauro era un ser monstruoso, una bestia con
cuerpo de hombre y cabeza de toro, que emitía por su
boca extraños bramidos no articulados, mezcla de bufido
y ronquido, en los que parecía percibirse un soplo de
tristeza. A cada luna nueva, era imprescindible alimentar
al Minotauro con carne humana , para evitar que atacara a
toda la población . Para esconder al monstruo, Minos había
encomendado a Dédalo, el famoso arquitecto, construir
un laberinto.

• 14 •
• 15 •
Minos ofreció a los atenienses una única concesión:
—Si un joven ateniense logra vencer al monstruo, Atenas
quedará libre de esta carga.
Los enviados se vieron obligados a aceptar aquel atroz
tributo.
Dos veces habían pagado ya los atenienses el terrible
precio pues dos veces siete doncellas y siete jóvenes habían
navegado hacia su fatal destino. Esta vez, sin embargo,
Teseo se hallaba en Atenas cuando llegó el día en que se
debía sortear el nombre de las víctimas.
El heredero del rey dijo:
—¡Poned mi nombre en primer lugar!
Al día siguiente, Teseo y sus compañeros se embarcaron
rumbo a Creta. El rey despidió a su hijo entre sollozos:
—¡Teseo, hijo mío, que los dioses te protejan! La nave que
te conduce lleva velas negras. Cuando regreses vencedor
del Minotauro, cámbialas por velas blancas. De ese modo,
a la distancia conoceré la noticia de tu victoria.
Teseo prometió a su padre que cambiaría las velas y la nave
zarpó. El Minotauro, recluido en su laberinto, esperaba su
alimento.
Desde que Teseo partió, su padre subía cada día hasta el
punto más alto de la ciudad de Atenas para ver si divisaba
las velas blancas del barco que lo traería de regreso.

• 16 •
El rey Minos recibió a los atenienses ataviado con bellas
vestiduras; deseaba conocer al joven Teseo, de cuya
valentía había oído hablar. Al recibirlo, exclamó:
—Me han dicho, Teseo, que el dios Poseidón te favorece.
Si es así, pídele que te ayude a recuperar mi anillo.
Diciendo estas palabras, Minos arrojó su anillo al mar.
Como el rey ponía en duda la protección de Poseidón,
Teseo estaba dispuesto a realizar cualquier prueba. Se
arrojó entonces al mar.
Poseidón lo recibió con alegría. Estaba sentado en un carro
de oro tirado por caballos de mar, hipocampos. Bastó una
señal suya para que un veloz delfín recuperara el anillo y
lo pusiera en manos del muchacho. Segundos después,
Teseo emergió de las aguas con aspecto triunfante, pues
llevaba el anillo en una de sus manos y, sobre su cabeza,
una magnífica corona, regalo de Poseidón.
La belleza del héroe, saliendo deslumbrante del mar,
despertó un amor incontenible en el corazón de Ariadna,
hija del rey de Creta. En Creta, los jóvenes atenienses
fueron alojados en una prisión, a la espera del momento
en que el primero de ellos ingresara al laberinto. En un
momento de la primera noche, la joven Ariadna, una bella
muchacha de cabellos rojizos, burló a los carceleros y logró
acercarse a Teseo.
—Valiente Teseo —le dijo—, toma este ovillo de hilo dorado
y, cuando entres al laberinto, ata el extremo del hilo a la

• 17 •
• 18 •
entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así tendrás
una guía que te permitirá encontrar la salida.
El laberinto era una construcción sombría y tenebrosa
de entrecruzados pasillos e intrincadas galerías; en él, se
bifurcaban de tal modo los caminos que resultaba imposible
encontrar la salida. Al separarse de Teseo, Ariadna le
preguntó, con voz conmovida:
—Al salvar tu vida, pongo en peligro la mía; si mi padre
sabe que te he ayudado, su enojo será inmenso. ¿Me
salvarás tú a mí?
Y Teseo se lo prometió.
Al llegar la mañana, Teseo pidió ser el primero en ingresar
al laberinto. Una vez allí, ató una de las puntas del ovillo
a una piedra y comenzó a adentrarse lentamente por
los pasillos y las galerías; fue soltando el hilo a través
de su recorrido sin dejar de apretar el ovillo, que se iba
empequeñeciendo en una de sus manos. Con la otra,
sostenía la espada de su padre.
A cada paso aumentaba la oscuridad. El silencio era total
hasta que, de pronto, comenzó a escuchar a lo lejos
unos fuertes resoplidos. El ruido era cada vez mayor. Por
un momento Teseo sintió deseos de escapar. Pero se
sobrepuso al miedo e ingresó a una sala enorme. Allí estaba
el Minotauro.
El monstruo era terrible y aterrador como Teseo jamás
hubiera imaginado. Sus mugidos llenos de ira eran

• 19 •
ensordecedores. Con un espantoso bramido, la bestia
arremetió contra el joven intentando clavarle sus cuernos
y empujándolo con fuerza sobrehumana.
Teseo resistió sus embates. Cuando logró separarse a
una corta distancia, tomó fuerzas, se lanzó sobre él con la
espada en alto y le atravesó el corazón. El Minotauro se
desplomó en el suelo. Teseo lo había vencido.
Largos minutos tardó Teseo hasta que logró reponerse.
Entonces, tomó el ovillo y siguió el hilo dorado hasta
encontrar la salida del laberinto. No solo había conseguido
salvar su vida y la de sus compañeros, sino que había salvado
a Atenas del horrible tributo.
Al enterarse de la muerte del Minotauro, el rey Minos
se encolerizó. Por eso, los atenienses debieron apresurar
su partida. Antes de zarpar, Teseo introdujo en secreto a
Ariadna en el barco, para cumplir su promesa. Con ella
se embarcó también Fedra, la hija menor del rey, que no
quería separarse de su hermana.
Una terrible tormenta azotó la nave de los atenienses en
la mitad del camino y los obligó a refugiarse en la isla de
Naxos. Cuando los vientos se calmaron, a la hora de partir,
Ariadna no aparecía.
—¡Ariadna, hermana! —llamaba la joven Fedra.
—¿Dónde estás, Ariadna? —interrogaba en vano Teseo.
La buscaron incansablemente, pero la princesa nunca
apareció. La nave continuó su camino hacia Atenas.

• 20 •
Se dice que Dionisio, dios del vino, halló por azar a Ariadna,
que lloraba afligida. La hermosa princesa de Creta recorría
con sus ojos ansiosos las rocas y las blancas arenas de la
costa. Dionisio acudió a su encuentro conduciendo un
carro tirado por cuatro panteras. Fascinado por la belleza
de Ariadna, la invitó a subir al carro, la tomó por esposa y la
llevó con él al Olimpo, la morada de los dioses.
Teseo, por su parte, quedó apesadumbrado por la pérdida
de Ariadna. Al acercarse a las costas de Atenas, no recordó
la promesa que había hecho a su padre en el momento de la
partida. El barco se acercaba a la patria con sus velas negras
desplegadas, en lugar de navegar con las blancas, que iban
a ser la señal de la victoria de Teseo sobre el Minotauro.
Desde lo alto de la ciudad, Egeo vio aproximarse el barco de
su hijo con el luto en sus mástiles. Su corazón se estremeció
de dolor al pensar que Teseo había muerto en Creta. Sin
poder soportar la pena, Egeo se arrojó al mar, a ese mar
que baña las costas de Grecia y que, desde entonces, lleva
su nombre.
Cuando Teseo desembarcó, supo la noticia de la muerte de
su padre. En medio de su gran tristeza, el joven fue recibido
en Atenas como un héroe y los atenienses lo proclamaron
rey. Su reinado estuvo plagado de luchas y tragedias, como
lo había estado toda la vida de Teseo desde su nacimiento,
marcado a la vez con el signo de la gloria y con la sombra
de la desgracia.

• 21 •
• 22 •
• 23 •
Al cumplir 16 años…

• 24 •
• 25 •
En Atenas...
En Creta...
De nuevo en Atenas...
1

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