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FRANCIS S. COLLINS, ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe, Temas de hoy, Madrid
2007, pp. 315 (Tit. or.: The Language of God).
“Acta Philosophica” 18 (2990/1) 175-179
Francis Collins, genetista de fama internacional, es particularmente conocido como director
del Human Genome Research Institute, la institución pública que en el año 2005 presentó la
secuencia del DNA humano. En esta obra amalgama con acierto la nota autobiográfica con una
reflexión seria de carácter científico y filosófico-teológico sobre la armonía entre ciencia y fe.
Desde el inicio, el autor indica claramente el objetivo que se propone: argumentar que la creencia
en Dios puede ser una elección enteramente racional, y que ciencia y fe están en una relación
armónica y complementaria. Más aún, Collins considera que para dar respuesta satisfactoria a las
preguntas más profundas que el hombre se plantea es necesario realizar una síntesis personal de
ciencia y fe. Por eso, en la parte final del libro se dirige a los creyentes temerosos de que la ciencia
pueda alejar de Dios, mostrando que puede ser, incluso, una forma de adoración (p. 245); y exhorta
también a los científicos ilustrando la racionalidad de la fe religiosa y mostrando que, de todas las
concepciones del mundo, el ateísmo es la menos racional (p. 246).
El libro consta de tres partes claramente diferenciadas y de un apéndice. En la primera parte
(capítulos 1 y 2) narra con franqueza e incisividad su camino desde el agnosticismo y el ateísmo
hasta la fe en Dios. En un segundo momento presenta las objeciones que personalmente se planteó
sobre la existencia de Dios, y cómo fue descubriendo que otros, antes que él, también se habían
planteado esas dificultades y habían intentado dar una respuesta satisfactoria. Para hacer más ágil e
incisiva la exposición, formula las refutaciones en forma de pregunta: 1) ¿Existe realmente Dios, o
es sólo un anhelo humano universal, una idea fantasiosa?; 2) ¿Cómo es posible profesar una
religión, teniendo evidencia del enorme daño que se ha hecho a lo largo de la historia en nombre de
la religión?; 3) ¿Cómo un Dios amoroso puede permitir el sufrimiento en el mundo?; 4) ¿Cómo
puede creer en los milagros una persona racional? Collins va respondiendo a estas preguntas con un
razonamiento sencillo y, a la vez, profundo en el que queda claramente de manifiesto la huella que
ha dejado en su forma mentis la lectura de algunas obras, particularmente de Lewis y de San
Agustín. En estos dos primeros capítulos su estrategia argumentativa consiste principalmente en
poner en evidencia la falta de fundamento de las razones en contra, llevando al lector así a dudar del
carácter razonable de la objeción presentada.
En la segunda parte (capítulos 3, 4 y 5) reflexiona sobre las grandes cuestiones de la
existencia humana: el origen y sentido del universo y de la vida, incluida la vida humana. Como es
natural, dedica bastantes páginas a la historia del proyecto genoma humano y a las sorpresas que
produjo su desciframiento. Es en esta parte donde ofrece argumentaciones en las que razonando
desde los datos de la ciencia –con una reflexión de alcance metafísico- llega a plantear la existencia
de Dios. Para Collins, las matemáticas y las ciencias experimentales han guiado a los científicos
hasta el umbral de algunas de las preguntas más importantes -¿por qué y cómo empezó todo?-, pero
incluso la teoría científica más lograda de los orígenes –el Big Bang- muestra claramente los límites
de la ciencia. En efecto, habiendo llegado a esa ultimidad explicativa en el ámbito de la física,
permanece la pregunta acuciante, ¿qué había antes? (p. 78).
En el capítulo dedicado al origen de la vida y a la diversificación de las especies vivientes
considera la evolución como un hecho, dado que es casi imposible correlacionar la vasta cantidad
de datos que surgen del estudio de los genomas sin la teoría de la evolución de Darwin. A la vez,
reconoce que carecemos de una explicación científica satisfactoria sobre el origen de la vida. Por lo
que se refiere a la diversidad de las especies vivientes, Collins resume sin excesivos tecnicismos los
datos más significativos de la biología reciente que apoyan la evolución y que constituyen un
desafío abrumador para quienes sostienen la idea de que todas las especies se crearon ex nihilo. En
cuanto al origen del hombre, los estudios comparativos del genoma humano con el de otros
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organismos ponen de manifiesto la existencia de un ancestro común. Y, dentro de la especie
humana, las investigaciones realizadas en el campo de la genética de poblaciones parecen apuntar a
que todos los miembros de nuestra especie descienden de un conjunto común de fundadores que
vivieron hace 100.000 o 150.000 años en África occidental (pp. 136-156).
En la parte tercera (capítulos 6 a 11), después del capítulo general dedicado al Génesis,
Galileo y Darwin, analiza cuatro posibles respuestas al problema de la compatiblidad-
incompatibilidad de la evolución con la fe en Dios.
La primera es la respuesta naturalista que atribuye a la ciencia la posibilidad de facto de dar
una explicación completa de la realidad, sin necesidad de otras instancias cognoscitivas. Dawkins,
Dennett y E.O.Wilson, entre otros, afirman que ser evolucionistas exige ser ateos. Collins señala el
lado débil –la falacia- de la explicación de Dawkins con un argumento ad hominem: entre los
evolucionistas más notables de nuestra generación se encuentran Dobzhansky –ruso-ortodoxo,
creyente- y Simpson, agnóstico y humanista. De este sencillo hecho puede colegirse que el
darwinismo es totalmente compatible tanto con las creencias religiosas como con el ateísmo. Por
tanto, a quienes elijan ser ateos, la evolución no les sirve para apoyar esa decisión (pp. 181-182).
La segunda es la respuesta del llamado creacionismo. Si en la concepción naturalista la
ciencia absorbía el conocimiento filosófico y la fe hasta negarla, aquí es la religión quien decide
sobre la verdad o falsedad de la teoría evolucionista. Aunque, como señala Collins, el término
creacionismo tiene un sentido amplio en el que cabría incluir muchas posiciones deístas y teístas, en
la práctica, designa a quienes para describir la creación del universo y la formación de la vida en la
tierra insisten en una lectura literal del Génesis 1 y 2 (pp. 186-187).
La tercera respuesta, la del Intelligent Design (ID), es a la que dedica mayor número de
páginas. El ID pone el énfasis no tanto en la explicación del origen de los primeros vivientes, sino
en los supuestos errores de la teoría de la evolución. Collins enumera con claridad las ideas que
están en la base del ID: 1) el pensamiento de que la evolución promueve una concepción atea del
mundo y, por tanto, que los creyentes deben rechazarlo; 2) la convicción de que la evolución no
puede explicar la complejidad de la naturaleza, concretamente lo que Behe llama complejidad
irreductible (la existencia de algunas estructuras que están constituidas de manera que requieren la
interacción de múltiples factores de modo que si se pierde uno cualquiera, cesan de funcionar; por
eso, estas estructuras nunca podrían haber surgido por la selección natural); 3) finalmente, como la
evolución no puede explicar la complejidad irreductible que, de hecho, se da en la naturaleza,
entonces ha de existir un diseñador Inteligente, involucrado de alguna manera para proporcionar los
componentes necesarios durante el curso de la evolución (pp. 195-201).
A continuación expone las objeciones científicas al ID. La más significativa es, quizá, la que
se refiere a los recientes avances de la Biología, que están mostrando cómo estructuras que cumplen
la definición de Behe de complejidad irreductible (el ojo, el flagelo bacteriano, la cascada de
coagulación de la sangre) han podido ensamblarse por la evolución en un proceso gradual. Por eso,
Collins afirma que los partidarios del ID han vuelto a confundir lo desconocido con lo no
cognoscible, o lo no resuelto con lo irresoluble (pp. 203-208).
Desde una perspectiva teológica puede decirse que el ID es una nueva forma del “Dios de
los agujeros”, al insertar la necesidad de una intervención divina en los espacios vacíos de la ciencia
actual. Presenta así al Todopoderoso como un Creador descuidado que tiene que intervenir a
intervalos regulares para corregir las inadecuaciones de su propio plan inicial y generar la
complejidad de la vida. Con la crítica al ID, Collins no niega que existan buenas razones para creer
en Dios; al contrario, se refiere a ellas frecuentemente, cuando menciona el orden de la creación que
la ciencia pone crecientemente de manifiesto. Pero se trata, en este caso, de razones positivas que se
basan en el conocimiento, no en la falta (provisional) de conocimiento (pp. 100-105).
El ID, a diferencia del naturalismo, reconoce el valor de la ciencia y el de la religión, pero
las relaciona indebidamente. La armonía entre ciencia y religión no consiste en hacer avanzar la
explicación científica en su propio ámbito con la religión, o viceversa.
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La cuarta respuesta es la sostenida por el autor del libro: reconoce la racionalidad de la
ciencia y la de la fe, y las ve en armonía, en el respeto de sus respectivas perspectivas
metodológicas. Su posición podría llamarse evolución teísta o de teísmo evolutivo, pero no
terminan de satisfacerle estos términos; tampoco se inclina por usar palabras como “creación”,
“diseñador”, “inteligente”, por el riesgo de confusión que entrañan. Propone Bios mediante Logos o
BioLogos. Los puntos centrales de esta visión, que admite variaciones, son, en síntesis, los
siguientes: el universo surgió de la nada y sus propiedades parecen haber sido afinadas con
precisión para hacer posible la vida; aunque el mecanismo del origen de la vida en la tierra sigue
siendo desconocido, cuando surgió, el proceso de la evolución y la selección natural permitieron el
desarrollo de la diversidad y la complejidad biológica; una vez iniciada la evolución, no se requiere
una intervención sobrenatural; los seres humanos son parte de este proceso y comparten un ancestro
común con los simios; pero los hombres son también únicos: desafían la explicación evolutiva con
modos que apuntan hacia su naturaleza espiritual (p. 215).
A diferencia del ID, BioLogos no pretende ser una teoría científica: no propone un Dios para
rellenar los huecos que la ciencia no logra explicar, sino un Dios que da respuesta a las preguntas
que la ciencia auténtica nunca pretendió abordar: ¿cómo llegó aquí el universo? ¿cuál es el
significado de la vida? Parafraseando la conocida frase –“El Dios de Abraham y de Isaac es el Dios
de los filósofos”- Collins afirma: “El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma” (p. 227).
El último capítulo de esta tercera parte se pone en continuidad con el primero en el que ha
descrito su camino desde el agnosticismo-ateísmo a la fe. Ahora ofrece una reflexión sobre el
itinerario que ha recorrido posteriormente hasta concluir que ese Dios cuya existencia acababa de
conocer debía ser un Dios que se preocupaba de las personas, debía ser Santo. Posteriormente,
cómo el prestar atención al anhelo de relacionarse con Él le llevó a descubrir la oración. A partir de
este momento fue reconociendo la realidad común a todos los hombres –también presente en él- de
ser pecadores; y buscó ayuda en el examen de conciencia y en la oración. El final de este camino –
ayudado, en parte, por la obras de Lewis- fue el descubrimiento y la acogida de Cristo, que realizó
en la Iglesia Evangélica (pp. 234-242).
Por último, hace unas consideraciones interesantes sobre la armonía y complementariedad,
en la persona del científico, de las dos perspectivas, la científica y la espiritual (de fe, religiosa).
El libro concluye con un apéndice dedicado a cuestiones de Bioética. Aunque a mi entender
es la parte menos lograda de la obra, la exposición es, en sustancia, equilibrada y correcta. Sólo en
un punto, al referirse a la clonación por transferencia nuclear de célula adulta sería deseable, quizá,
mayor cautela (pp. 270-274).
Esta obra está escrita por un biólogo molecular de reconocida competencia, que expone de
modo grato y sin excesivos tecnicismos los avances más espectaculares en este campo, y los
desafíos que plantean al filósofo y al teólogo. Sólo por este motivo, el libro merecería
consideración. Pero la aportación más valiosa está, a mi entender, en la lectura filosófica que
Collins hace de los datos de la ciencia y en la lógica transparente con la que expone sus
argumentaciones. Ciertamente la filosofía que pone en juego no es la filosofía de un especialista,
sino la propia del alcance metafísico que, de suyo, tiene el conocimiento ordinario (p. 42). En este
sentido, su exposición recuerda la de toda una primera generación de físicos que, a finales del siglo
XIX y primeras décadas del XX, aún dentro de los límites de su formación filosófica, se mostraron
abiertos y deseosos de entablar diálogo con la filosofía. Mérito de Collins es buscar la unidad y la
armonía de los saberes con una reflexión siempre metodológicamente respetuosa. En este sentido, el
valor epistemológico de la obra es indudable. Expresa con claridad que ninguna observación
científica puede constituir una prueba absoluta de la existencia de Dios (p. 89). Y, más
ampliamente, que la concepción científica no es suficiente, por su propia naturaleza, para responder
a todas las preguntas sobre el origen del universo. No sólo no hay conflicto entre un Dios creador y
lo que la ciencia manifiesta, sino armonía y complementariedad (pp. 91-92), pero no es procedente
convertir los textos bíblicos en tratados científicos (p. 94).
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Merece destacarse el uso de una razón fuerte a lo largo de todo el ensayo. Llama
particularmente la atención, especialmente teniendo en cuenta el entorno científico cultural en el
que se mueve el autor, la claridad con la que deshace, con datos científicos, la falacia del recurso a
Dios para completar las lagunas de la ciencia, por ejemplo, la interpretación que han dado ciertos
teístas de la llamada “explosión del Cámbrico” (pp. 106-107).
Desde el punto de vista científico, el planteamiento del autor es serio y equilibrado, sin
embargo, puntualmente, cabe señalar algún detalle. La referencia a las palabras de Juan Pablo II
cuando la comisión por él convocada presentó los resultados del estudio sobre el caso Galileo, está
tomada de la wikipedia. Y llama la atención asímismo que en las numerosas referencias al
neodarwinismo no se mencione nunca a Mayr.
Estamos, en suma, ante un libro que merece atención: ameno, incisivo, de lectura grata,
escrito con el deseo de dialogar con el lector. Una obra que mantiene magistralmente el interés
planteando preguntas que interpelan y mueven a reflexionar. En este ensayo destaca también la
vertiente humana, tanto en el contenido como en el aspecto testimonial. Exquisitamente
personalistas son sus reflexiones sobre el dolor, sobre la fe como compromiso de la persona entera
(corazón, mente, alma) y sobre la dimensión humanística de la ciencia. El relato de la historia del
proyecto Genoma humano manifiesta bien cómo Collins tiene una visión cabal de la ciencia,
también en su compromiso práctico de servicio al bien de la persona humana (pp. 132-135).
En resumen, puede decirse que la obra constituye una aportación al diálogo interdisciplinar,
tanto en el aspecto teórico –de contenido- como en el ámbito vital y personal.
María Ángeles Vitoria
Facultad de Filosofía
Pontificia Universidad de la Santa Cruz