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Olor A Mamá

El relato narra el nacimiento de Bigotis y sus seis hermanos en una casa, donde su madre los cuida y les cuenta cuentos. A medida que crecen, Bigotis se destaca por su curiosidad y valentía, deseando explorar el mundo más allá de su guarida, a pesar de las advertencias de su madre. La historia se complica cuando la madre de los ratones no regresa una noche, lo que lleva a Bigotis a aventurarse fuera en busca de ella.

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Olor A Mamá

El relato narra el nacimiento de Bigotis y sus seis hermanos en una casa, donde su madre los cuida y les cuenta cuentos. A medida que crecen, Bigotis se destaca por su curiosidad y valentía, deseando explorar el mundo más allá de su guarida, a pesar de las advertencias de su madre. La historia se complica cuando la madre de los ratones no regresa una noche, lo que lleva a Bigotis a aventurarse fuera en busca de ella.

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ora Ricardo

Alcántara
Dibujos de
Montse
Tobella

algar
editorial
%• • •

los amigos del Colegio Folch i Torres, con mi


agradecimiento (decidieron ponerle mi nombre a
la biblioteca). ¡Vayapremio!

Capítulo 1

Era una noche oscura y tenebrosa. El viento


soplaba con tal fuerza que doblaba la copa
de los árboles. Hacía tanto frío que solo los
fantasmas rondaban por la calle.
La casa estaba en silencio, pues casi todos
dormían. Alejados de miradas curiosas, aque-
lla noche nacieron Bigotis y sus seis herma-
nos. Lo hicieron en el hueco que había entre
el cielo raso y el tejado. Por suerte para ellos.

7
solo su madre se enteró de que los pequeños
ratones habían nacido.
Con paciencia y cariño, la madre los lim-
pió uno por uno. Mientras, les contaba un
cuento que ella misma se había inventado.
Lo hacía a media voz, suave como una cari-
cia. Prolongaba las letras de algunas palabras,
remarcaba otras y hacía silencios cuando to-
caba.
La madre no dejaba de mirar a sus crías.
Observaba sus dedos, sus uñas, los pliegues
de su piel... «¡Qué guapos!», decía con or-
gullo.
Los recién nacidos parecían exactamente
iguales. Tenían el mismo tamaño, el mismo
color, la misma forma... Sin embargo, al
llegar el turno de Bigotis, la madre pensó:
«Este no es como los demás. Es diferente a
sus hermanos». No atinaba a comprender en
qué se diferenciaba de los otros, pero algo la
advertía de que aquel era un ratón especial.
En efecto, con el pasar de los días, resul-
taba evidente que Bigotis era un caso aparte.
Pronto dio muestras de ser muy espabilado.
Antes de abrir los ojos, aprendió a recono-
cer a su madre por el olor, por el ruido que
hacían sus patas al rozar la madera del suelo.
Poco le costó comprender que pegado a su
barriga el frío desaparecía, entonces se acu-
rrucaba todo cuanto podía.
Cada noche, su madre cobijaba a sus pe-
queños entre sus patas y les contaba un cuento.
Las crías no tardaban en dormirse. Todas me-
nos Bigotis. El permanecía atento a cada una
de sus palabras. Las frases entonadas por su
madre tenían el poder de hacer que se sintiera
protegido y amado. Entonces aspiraba hondo,
para llenar sus pulmones con el olor a mamá.

9
Con el correr de los días, los ratones
abrieron los ojos y echaron a andar. Enton-
ces comenzaron a explorar el mundo que les
rodeaba. Lo hacían con recelo, temblorosos.
El menor ruido los asustaba. Solo se sentían
a salvo cuando se cobijaban entre las patas de
su madre. Todos, menos Bigotis. El parecía
hecho de otra pasta. Le gustaba ir a su aire.
Se comportaba como si fuera el mayor, cuan-
do en realidad había sido el último en nacer.
Husmeaba por aquí y por allá, olfateaba lo que
veía por primera vez. Su curiosidad no tenía
límites y su coraje tampoco. Era un valiente
aventurero que desconocía el sabor del miedo.
Cuando sus hermanos se atrevieron a dar
sus primeros pasos lejos de su madre, Bigotis
ya conocía su guarida de punta a punta.
Con tanto ir y venir, la guarida pronto
se le quedó pequeña. Deseaba descubrir qué

10
había más allá de aquellas paredes que le cor-
taban el paso. Pero salir estaba terminante-
mente prohibido.
-Ni se te ocurra intentarlo -le había adver-
tido su madre.
La única que salía era ella. Al llegar la no-
che se marchaba en busca de comida y re-
gresaba al cabo de un rato. Volvía presurosa
y agitada. «Uno, dos, tres...», contaba a sus
hijos para asegurarse de que estaban todos.
Entonces respiraba aliviada y comían juntos
lo que ella hubiera conseguido.
Al verla regresar, los pequeños volvían
a respirar tranquilos. Cuando su madre se
ausentaba, ellos se sentían desprotegidos.
Temblaban asustados, se refugiaban en un
rincón, muy apretujados y con los ojos
cerrados. Todos, menos Bigotis. Si alguna
vez notaba que la oscuridad era demasiado

12
espesa, aspiraba hondo hasta encontrar el
olor a mamá. Eso le daba la fuerza y el valor
que necesitaba.
Bigotis observaba con curiosidad el aguje-
ro por el que desaparecía su madre, con ganas
de ir tras sus pasos. «¿Qué habrá detrás de
esas paredes?», pensaba. Le costaba imaginar
cómo sería ese mundo desconocido del cual
solo le llegaban olores y sonidos. De buena
gana se hubiera animado a salir de su escon-
dite, pero su madre no se lo permitía.
-Hasta que no seas mayor no podrás salir
de aquí. Y, cuando llegue ese momento, lo
harás conmigo. ¿De acuerdo, jovencito? -le
había advertido.
-Sí -asintió él, mirando hacia el suelo en
actitud obediente.
Pero cada vez le resultaba más difícil per-
manecer encerrado. Tratando de no pensar

13
en ello más de la cuenta, inventaba juegos y
animaba a sus hermanos a unirse a él.
Cierta vez, jugaban todos a pillarse la
punta de la cola unos a otros.
-¡No me pillas! ¡No me pillas! -exclama-
ban unos a viva voz.
Los otros corrían tras ellos.
Animados por el juego, hicieron más rui-
do de lo habitual. Trepaban por las paredes,
corrían apresurados, saltaban desde lo alto
del techo, reían con todas sus ganas... Sin
darse cuenta, formaron tal alboroto que los
dueños de la casa oyeron sus ruidos.
-¿Qué es eso? -preguntó Angustias, la
señora.
Lo hizo en tono crispado, tal como solía
hablar.
-Seguramente son ratones -respondió Es-
teban, su marido.

14
Lo hizo con la paciencia que lo caracte-
rizaba.
Esteban la trataba con mimo y dulzura
para que no se alterara. Al menor descuido
toda ella se convertía en una bomba a pun-
to de explotar. Tenía un carácter realmente
endemoniado. Precisamente, ese rasgo de su
esposa era lo que le enamoraba.
Quienes conocían a Angustias afirmaban
que, siendo una niña, había sufirido un grave
contratiempo que había marcado su carácter.
Según ellos, desde pequeña, había suspirado
por llegar a ser capitán del ejército. Se ima-
ginaba vistiendo el uniforme y eso la hacía
feliz. Soñaba que su pelotón la obedecía sin
rechistar, que su sola presencia intimidaba
al adversario. Pasó varios años alentando ese
sueño, hasta que alguien se encargó de con-
tarle la verdad:

15
-Las mujeres no pueden acceder al ejérci-
to -le dijeron sin miramientos.
Angustias no podía creerlo. Sus sueños se
hacían trizas. La vida perdía el sentido. Todo
su gozo en un pozo.
-¡Qué injusto! ¡Con lo que me gusta man-
dar! ¿Por qué la vida me trata tan mal? -chilló
desconsolada.
A partir de entonces se convirtió en una
persona difícil, huraña, con los nervios siem-
pre a flor de piel.
-¡Oh! ¡Ratones! ¡No puedo soportarlos!
-se alarmó Angustias.
Torció la boca a causa del malestar que
sentía.
-No te preocupes, cariño. Esto lo soluciono
yo en un santiamén -la tranquilizó su marido.
De inmediato se dirigió a la droguería del
barrio y compró varias trampillas para cazar

16
ratones. Al llegar a casa las armó. Puso en
ellas un trozo de queso como cebo. Después
comentó risueño:
-Mañana la casa recuperará el silencio de
costumbre.
Y ella, mirándole por encima del hombro,
respondió:
-Eso lo dices tú. Yo, hasta que no lo vea
no lo creeré.
Esteban se encogió de hombros. No sol-
tó ni un suspiro para no alterar a su amada
esposa.
El aroma del queso era tan fuerte y pe-
netrante que llegó hasta el escondite de los
ratones. Los pequeños roedores dejaron de
jugar y alzaron el hocico. Moviendo los bi-
gotes, olisquearon el aire.
-¡Mmm! ¡Qué rico! -dijo uno, relamién-
dose.

17
f

-¡Qué bueno! -dijo otro de los hermanos.


Los pequeños entornaron los ojos para
disfrutar mejor del aroma que flotaba en el
aire.
-¡Sí, demasiado bueno para resistirse a él!
-reconoció la madre.
Estaba tan nerviosa y contrariada como
jamás la habían visto antes. Hasta la voz le
temblaba. Iba y venía sin parar, de una punta
a otra de la guarida. Decía en voz baja cosas
que las crías no alcanzaban a comprender.
-Mamá, ¿qué dices? -le preguntó Bigotis.
El pequeño evitaba interponerse en su
camino. La madre iba tan acelerada que hu-
biera pasado por encima de él.
-Nada, nada. Estoy hablando conmigo
misma -le explicó ella.
Su excitación iba en aumento.
-Ah -dijo Bigotis con un hilo de voz.

18
Lo dijo tan bajito que ni él mismo supo
si se lo decía a su madre o también hablaba
consigo mismo.
Aquella noche la madre se demoró más de
lo habitual en decidirse a bajar. Se acercaba al
agujero que solo ella podía usar. Asomaba la
punta del hocico y daba media vuelta. No aca-
baba de decidirse. Por fin, dijo con voz agitada:
-Voy en busca de comida. No tardaré en
regresar - y desapareció por el agujero.
Al verse solos y sentirse desvalidos, los ra-
tones se apiñaron en un rincón. Temblaban
como si un temible enemigo los acechara con
aire amenazador.
Bigotis permaneció alerta, oyendo el
sonido que hacían las patas de su madre al
alejarse. Aquel sonido que le resultaba tan
familiar se perdió a lo lejos. Entonces, la casa
quedó envuelta en la oscuridad y el silencio.

19
1

(
Capítulo 2

Bigotis solía esperar a su madre apostado a


un par de palmos del agujero. No se acercaba
más de la cuenta para que ella no lo regaña-
ra. Aquella noche, sin embargo, le resultaba
imposible estarse quieto. Necesitaba ir de un
lado a otro. Cuando se detenía, el malestar
que notaba en la barriga se volvía insopor-
table. Notaba que las patas le temblaban y
que le costaba respirar. Algo le inquietaba so-

21
bremanera. Pero ni él mismo entendía a qué
venía tanto nerviosismo.
Las horas fueron pasando y su madre no
daba señales de aparecer. Aquello era muy
extraño, pues ella no solía demorarse tanto.
Bigotis comenzó a sentirse indefenso,
desamparado, triste, pero seguía sin entender
el motivo. Un sinfín de miedos apareció de
pronto y le llenó el cuerpo de temor.
Trató de buscar amparo uniéndose al gru-
po que formaban sus hermanos. Se apretujó
contra ellos. Intentó temblar tal como lo ha-
cían los otros, apretó los párpados para no
ver lo oscura y enorme que se había vuelto la
noche... No le sirvió de consuelo. Él no era
como ellos ni sentía lo mismo. Eso hizo que
se sintiera más solo, triste y perdido.
Lentamente se separó del grupo. Arras-
trando la barriga contra el suelo, se acercó

22
al agujero con mucho cuidado. Asomó pri-
mero la punta del hocico, luego los bigotes,
los ojos y hasta las orejas. Aunque observó
con atención, la oscuridad no le dejaba ver
a más de un palmo. Para colmo, la tristeza
le nublaba los ojos, y así veía menos. Como
último recurso aspiró hondo, pero no notó el
olor a mamá y eso le dejó desolado. Asoman-
do medio cuerpo por el agujero, dijo con un
hilo de voz:
—Mamá.
Nada.
-Mamá -insistió él.
Nada. Solo se oía el silencio de la noche.
-Mamá, por favor, ven -la llamó.
Bigotis temió lo peor. Intuía que había
pasado algo muy malo, pero no atinaba a
pensar qué sería eso tan terrible que había
sucedido.

23
«¡Mamá!», resonaba con fuerza en su ca-
beza, pues llamaba a su madre con toda su
alma. Más que nunca, la necesitaba a su lado,
pero ella no acudía.
Bigotis permaneció despierto toda la
noche, montando guardia junto al agujero.
Tenía las orejas como radares, para oír los
pasos de su madre acercándose. Pero el nuevo
día comenzó a clarear y su madre no volvía.
«Tengo que ir a buscarla», pensó Bigotis.
Al adivinar sus intenciones, sus hermanos
le advirtieron:
- N o vayas, si mamá se entera se enfadará
contigo.
Bigotis bien lo sabía, pero no podía so-
portar la espera. Pese a que el corazón le latía
agitadamente, se puso en marcha. Se escurrió
por el agujero y comenzó a bajar. Tenía tanto
miedo que andaba con movimientos torpes.

24
Observaba receloso hacia todos los lados. De
tanto en tanto respiraba hondo para llenarse
los pulmones de aire. Notaba la boca seca y
las patas agarrotadas.
Sin grandes sobresaltos consiguió llegar
hasta el fregadero de la cocina. Entonces se
detuvo y miró con curiosidad. Aquello era tan
extraño para él que todo le llamaba la atención.
-¡Qué bonito! -dijo fascinado, y aspiró
hondo.
Entonces, el aroma del queso penetró por
su hocico y le recorrió todo el cuerpo. El
impacto fue tan intenso que dejó mareado
al hambriento ratón.
-¡Aaah! -se relamió.
Sin acabar de recuperarse, con paso titu-
beante se acercó al trozo de queso colocado
en ima de las trampillas. Avanzaba con la boca
entreabierta, a punto de dar un mordisco.

25
No le quitaba los ojos de encima. Si olía
tan bien, seguramente su sabor sería de los
que no se olvidan.
«Si cojo un trozo nadie se dará cuenta»,
se decía para convencerse de que no estaba
haciendo nada malo.
Sin imaginar el serio peligro que corría,
se detuvo sobre la trampilla. Estaba a punto
de coger un trozo de queso, cuando oyó un
chillido que lo paralizó:
-¡Oh, no! ¡Un ratón en mi cocina! ¡Qué
asco, no lo soporto! -gritó la dueña de la casa.
Estaba tan alterada que Bigotis trató de
calmarla:
- N o se asuste, no quiero hacerle daño
-le dijo, e hizo un gesto con las patas de-
lanteras.
-¡Socorro! ¡Me está amenazando! -excla-
mó ella.

26
Tenía las mejillas rojas y los ojos redondos
como platos. Sin pérdida de tiempo, cogió
una escoba y arremetió contra el ratón.
Bigotis no comprendía qué pasaba, pero
su corazón le alertó de que estaba en grave
peligro. No se lo pensó dos veces y echó a
correr. La mujer, agitando la escoba, fue tras
él. No paraba de chillar. Estaba decidida a
darle alcance.
-Lo siento, no quería asustarla -se discul-
pó Bigotis.
Pero ella no atendía a razones. Iba detrás del
ratón mirándolo con odio, soltándole un esco-
bazo tras otro, amenazándolo a voz en grito:
- N o te escaparás, ¡asqueroso! Tienes los
minutos contados. ¡Eres más malo que la pes-
te y más feo que un pecado! Bicharraco del
demonio, te arrepentirás de haber entrado
en mi casa.

28
Tratando de no oír las cosas tan desagra-
dables que le decía la mujer, Bigotis pensaba:
«Tengo que volver con mis hermanos. Segu-
ramente mamá ya habrá regresado».
El ratón estaba agotado de tanto correr.
El corazón le latía agitado y las patas casi no
le aguantaban, pero la mujer no le daba un
respiro. Fuese donde fuese, ella iba detrás
amenazándole con la escoba.
Aunque ya casi no tenía fuerzas, huía des-
pavorido. Tratando de salvar el pellejo, co-
rría y corría. Fue así como llegó al recibidor.
La mujer, entonces, rió con ganas. Cerró la
puerta que daba a la sala, sin dejar escapatoria
alguna al pequeño ratón.
-Criatura estúpida -exclamó victorio-
sa-, ¡has caído en tu propia trampa! ¡De
aquí no podrás salir! Ahora tendrás tu me-
recido -dijo.

29
Alzó la escoba y cerró un ojo para hacer
puntería. No quería fallar.
Bigotis miró su entorno con ojos de es-
panto. A un lado tenía la puerta que daba
a la calle; a su izquierda, la puerta que daba a
la sala, pero ambas estaban cerradas. Frente
a él estaba la terrible señora sujetando la
escoba con las dos manos. No había ni un
solo mueble debajo del cual esconderse. El
espacio era tan reducido que ella no podía
fallar.
Bigotis se acurrucó en un rincón, temblan-
do de pies a cabeza como si estuviera en medio
de la nieve. Se tapó los ojos con las manos y
dijo con voz entrecortada:
- -Mamá...
En ese preciso momento se abrió la puerta
de la calle y entró el dueño de casa. Venía con
una barra de pan bajo el brazo.

30
'V-
-¡Cierra! ¡Que no escape este liorribie ra-
tón! -chilló Angustias.
Había saboreado la victoria de antemano
y no quería quedarse sin su trofeo.
Eso dio a Bigotis la idea de salir dispa-
rado, antes de que fuera demasiado tarde.
Comprendiendo que en ello le iba la vida,
echó a correr. Mientras corría, oyó el ruido
que hizo la escoba al dar contra el suelo, casi
junto a su cola, pero no llegó a rozarlo.
El ratón salió a la calle y corrió alocado
sin mirar hacia atrás.
-¡Por tu culpa ha escapado ese maldito
ratón! -increpó Angustias a su marido.
Bigotis corría tan veloz como era capaz
para no escucharlos.

32
Capítulo 3

Aún resonaban en la cabeza de Bigotis las


amenazas y los insultos de la mujer. Notaba en
la boca el sabor del miedo y eso le impulsaba
a seguir adelante. Solo se detuvo cuando fue
incapaz de dar un paso más. Miró a su alrede-
dor y vio que estaba en un sitio desconocido.
No sabía cómo volver a casa.
Estaba tan aterrorizado que le costaba pen-
sar. Pero no se dio por vencido. Cuando tuvo

33
las ideas más claras, se dijo: «El olor a mamá me
llevará de regreso». Olfateó en una y otra direc-
ción, pero no había ni rastro del olor a mamá.
Volvió a intentarlo, pero... nada. Entonces
comprendió lo solo y perdido que estaba.
Tratando de ponerse a salvo, se refugió en
un portal. Se encogió todo lo que pudo para
no ser descubierto.
Estaba tan agitado que le costaba respirar.
Tenía tanto miedo que se tapó los ojos con
las patas para no mirar. Se encontraba tan
indefenso como una cría acabada de nacer.
-Mamá -murmuró.
Sabía que ella no podría oírle, pero decir-
lo a media voz era lo único que le consolaba
en aquel momento.
A pocos metros de allí estaba Maximi-
liano. Era un señor mayor. Como cada día,
estaba sentado en su sillón de plástico blan-

34
co junto a la puerta de su casa. Era como
si montara guardia. Su vida era una rutina
constante. Por la mañana, tan pronto desper-
taba, comenzaba a quejarse:
- H e dormido fatal. Me duelen todos los
huesos. Qué triste es llegar a viejo.
Una vez que el hombre se había lavado
y vestido, su hija lo bajaba a la calle, con su
sillón de plástico. Allí lo dejaba para que él
se distrajera viendo el ir y venir de la gente.
Entonces ella, al verse libre de sus constantes
rezongos y protestas, hacía sus tareas en paz.
-Hija, hoy hace mucho frío -se quejaba
algunas veces Maximiliano.
Ella le envolvía el cuello con una bufanda
gruesa y le decía:
-Papá, a ver si con la vejez te vas a volver
una flor de invernadero. ¿Dónde se vio tener-
le tanto miedo al frío?

35
-¡Es que lo hace, hija! ¡Es que lo hace!
-protestaba él.
-¡Ay, qué ingrato eres! -suspiraba ella-.
¡Cuántas personas quisieran estar en tu lu-
gar! Sentado en el sillón pareces un rey en
su trono, pero a ti no te importa. Con tal
de llevarme la contraria, te estarías todo el
día encerrado en casa, aburrido como una
ostra. No valoras lo que tienes. ¡Desagra-
decido!
Entonces se marchaba meneando la cabe-
za y protestando en voz baja.
Maximiliano respiraba resignado, mien-
tras decía: «¡Qué triste es la vida del pobre!».
Él hubiera deseado llegar a la vejez en
otras condiciones: con una hija más amable
y cariñosa, con una posición económica más
desahogada, con mayor protagonismo y reco-
nocimiento en el barrio...

36
Quizá a causa de tantas contrariedades,
fue dando rienda suelta a sus sentimientos
menos confesables. Principalmente uno fue
ganando terreno entre su corazón y sus tri-
pas: la envidia. No soportaba que la suerte
les sonriera a los demás. Veía con malos ojos
que sus vecinos prosperaran. Cuando a uno
de ellos le iba bien, Maximiliano sentía un
hormigueo en todo el cuerpo que no le deja-
ba sentirse a gusto ni en su trono de plástico.
De un tiempo a esta parte, no le quita-
ba el ojo de encima a la panadería El Buen
Gusto. Estaba frente a su casa. Desde que su
nuevo dueño se había hecho cargo de ella,
los clientes hacían cola para comprar el pan.
«¿Qué tendrá esa panadería que las demás
no tengan?», mascullaba Maximiliano serio y
contrariado. En el fondo deseaba poner fin a
esa buena racha.

38
Así estaba, inmerso en sus pensamientos,
cuando vio por el rabillo del ojo que un pe-
queño ratón se escondía en el portal contiguo
al suyo.
«Oh, un ratoncito», dijo para sí. La expre-
sión de su rostro cambió. El hombre continuó
pensativo. Cuanto más pensaba, más grande y
picara era su sonrisa y más aumentaba el brillo
de sus ojos.
Al cabo de un rato, tras haber maquinado
su plan paso a paso, se levantó lentamente.
Apoyándose en su bastón, se dirigió a la za-
patería que había en la esquina de su calle.
-Por favor, ¿me podrías dar una caja? -le
pidió a la dependienta.
-Claro -respondió la chica y le dio una
caja vacía.
Maximiliano regresó al portal de su casa
tan contento como si la caja estuviera llena

39
de billetes. Mientras andaba le quitó la tapa.
Dando pasitos cortos y sin hacer ruido, se
acercó al ratón. Dejó la caja junto a él. En-
tonces retrocedió unos pasos.
Al ver el extraño objeto, Bigotis abrió los
ojos y meneó los bigotes. Trataba de descu-
brir si aquello era una nueva amenaza. Casi
sin darse cuenta, se había vuelto desconfiado.
La caja permaneció quieta, por lo que
el ratón entendió que no había motivo de
preocupación. Se acercó con curiosidad.
Apoyado en sus patas traseras, se asomó para
investigar qué había dentro. Al comprobar
que estaba vacía, pensó que podía ser un
buen escondite. Dio un brinco y se metió
dentro, con ganas de sentirse a salvo, como
si estuviera en casa junto a su madre.
Maximiliano también actuó con rapidez.
En cuanto el ratón entró, él le puso la tapa-

40
dera a la caja. Entonces, la cogió entre sus
brazos como si de un tesoro se tratara. «¡Ya
lo tengo! ¡Ya lo tengo!», repetía con picardía.
Disfrutando del momento y de su ocu-
rrencia, se dirigió a la panadería El Buen
Gusto. Como era habitual, había mucha
gente frente al mostrador. Tanta, que nadie
reparó en él. Sigiloso, cuidándose de no ser
descubierto, el hombre se acercó al escapara-
te. En él se exhibían panes de distintos tipos,
ingredientes y tamaños. Con mucha cautela,
Maximiüano abrió la caja y soltó al ratón.
-Debes de tener hambre, pequeño. Aquí
puedes comer todo lo que te apetezca. Ya ve-
rás, está muy bueno -le susurró.
Entonces dio media vuelta y se marchó
disparado. Se deshizo de la caja rápidamente.
La tiró en la primera papelera que encontró,
como si fuera el cuerpo del delito. Entonces

41
se sentó en su sillón de plástico con la cabeza
erguida. Tal era su gesto de triunfador que,
realmente, parecía un rey.
-Ja, ja, ja -celebró su hazaña con malicia.
Bigotis se quedó tal y como cayó en el
escaparate. Estaba más rígido que los adornos
con los que decoran las tartas. Solo movía
los ojos de un lado a otro tratando de avistar
cualquier peligro. No comprendía qué pasa-
ba ni a qué venía todo aquello. Ni siquiera
respiraba para no moverse, para que no lo
descubrieran.
Pero al cabo de unos segundos notó que
se asfixiaba. No tuvo más remedio que respi-
rar como el resto de los mortales. Entonces
el aroma de los panes llegó a su hocico con el
ímpetu de un río desbordado. A Bigotis se
le hizo la boca agua. Se llevó las manos a la
barriga vacía y pensó: «Oh, tengo hambre».

42
No podía resistirse a semejante tentación.
Paseó la vista por los panes y se decidió por el
que tenía más próximo. Se acercó cauteloso,
sin dejar de mirar a uno y otro lado. Cogió
un trozo y pensó: «Este se lo llevaré a mamá».
Con la otra mano cogió un nuevo trozo y
planeó: «Este es para mis hermanos». Solo
entonces le hincó el diente al pan.
-¡Mmm! -murmuró con la boca llena y
los ojos entornados por el placer que sentía.
Rápidamente dio otro mordisco, luego
otro y otro más. Aquel pan era lo más rico
que había probado en toda su vida. Para sabo-
rearlo mejor masticaba con todos sus dientes.
Mientras tanto, sentado en su trono de
plástico, Maximiliano se frotaba las manos.
Con vivo interés, se preguntaba: «¿Quién lo
descubrirá? ¿Quién dará la voz da alarma? Es-
toy tan impaciente que me cuesta esperar».

44
Calle abajo vio venir a Rita Panlagua
arrastrando el carro de la compra.
«¡Ojalá sea ella!», pensó el hombre, exul-
tante, y se removió en la silla. Con tanto en-
tusiasmo sentía cosquillas en las posaderas.
Rita vivía en su mismo edificio, en el
quinto, segundo derecha. Era muy popular
en el barrio debido a sus aficiones. No ha-
bía persona que no la conociera. Todo había
comenzado el mismo día de su nacimiento.
Cuando su padre la oyó llorar, quedó para-
lizado a causa de la impresión. En cuanto
pudo reaccionar, exclamó lleno de gozo:
-¡Vaya pulmones! ¡Qué maravilla! ¡Esta
niña será cantante y nos sacará de pobres!
A partir de entonces dio por hecho que
su presentimiento se haría realidad. Cuando
Rita cumplió los tres años, la inscribió en
el conservatorio. Sin embargo, nunca se le

45
pasó por la cabeza preguntar a la pequeña si
realmente quería cantar.
La niña, viendo a su padre tan emociona-
do, se aplicaba en sus estudios. Iba al conser-
vatorio dos veces por semana y ensayaba en su
casa varias horas al día. Era como si necesitara
la música tanto como el aire que respiraba.
Pese a su gran dedicación y a todo su es-
fuerzo, Rita jamás consiguió cantar dos notas
seguidas sin desafinar. Para colmo, tenía un
chorro de voz que se oía a varias manzanas de
distancia. No había resquicio ni tabique por
el que no se colara. Sobre todo sus agudos,
que taladraban los oídos. Así las cosas, sus
vecinos comenzaron a detestar la música con
toda su alma.
Cuando Rita arrancaba con sus gorgori-
tos, ellos se ponían tapones en los oídos. Era
inútil, ni siquiera así dejaban de escucharla.

46
-Esta niña es una pesadilla. ¿Cómo es que
nadie le dice que estaría más guapa callada?
-decían irritados.
Soñaban con que el tiempo pasara rápida-
mente, que la niña creciera, que encontrara
novio, que se casaran y que se fueran a vivir
muy lejos, para recuperar la paz que les había
quitado.
Pero Rita jamás tuvo novio, ni siquiera
pretendiente. Ella estaba dedicada a su mú-
sica en cuerpo y alma. Eso era lo único que
le importaba.
Algunos vecinos optaron por mudarse.
Otros, con menos recursos, se resignaron a
su suerte, por lo que se les avinagró el carác-
ter. Aquellos que, con los años, se quedaron
sordos como una tapia, se convirtieron en la
envidia de los demás.
Maximiliano acompañaba con la mirada

47
cada paso de Rita. A medida que la mujer
se acercaba a la panadería, la excitación del
hombre aumentaba. Notaba que sus mejillas
estaban tan calientes que casi quemaban. Un
cosquilleo le recorría toda la espalda. Tenía
los nervios tan alborotados que le resultaba
difícil permanecer sentado...
Como si Maximiliano la estuviera dirigien-
do con su pensamiento, Rita se detuvo ante el
escaparate de la panadería. Indecisa, observó
los panes sin saber cuál escoger. Fue entonces
cuando vio al ratón dándose un festín.
Rita pestañeó un par de veces para ase-
gurarse de que lo que veía era cierto. Aspiró
hondo, tal como le había enseñado su profe-
sor de canto. Se llenó los pulmones de aire, se
apoyó con fuerza sobre los pies, colocó la es-
palda bien recta... Al comprobar que la pos-
tura era la correcta, soltó tal berrido que los

48
cristales de las ventanas vibraron y estuvieron
a punto de estallar.
-¡Aaahh! -chilló ella con toda su voz. Tras
una pausa, agregó con gesto teatral:- ¡Un ra-
tón!
Todos los clientes que estaban en la pa-
nadería reaccionaron espantados, dando la
impresión de que corrían un serio peligro.
-¿Dónde? ¿Dónde? -preguntó una, reco-
giéndose la falda.
-Allí -respondió otro al instante.
Con el brazo tendido señalaba el escaparate.
-¡Qué asco! ¡Un ratón en el pan! -protes-
tó una señora.
Dio media vuelta y se marchó indignada.
Los demás miraron al dueño del estable-
cimiento con gesto de reprobación. También
abandonaron el lugar, resoplando enfadados.
-¡Oh, no! ¡Otra vez no! -se dolió el pa-

49
nadero, con el rostro tan blanco que parecía
tenerlo embadurnado de harina.
En su antigua panadería, cuando mejor le
iba, también aparecieron ratones. Tuvo que
cerrarla, pues los clientes le dieron la espalda.
Ahora, que parecía que la mala racha había
quedado atrás, volvían a aparecer roedores
para fastidiarle el negocio.
El panadero sintió que la cólera le pelliz-
caba el estómago, que le quemaba con su fue-
go. Apretó los puños y los dientes en un claro
gesto de rabia. Cogió el palo de amasar que
tenía junto a la caja. Sujetándolo con fuerza,
se encaminó al escaparate.
Bigotis estaba tan lleno que le pesaban los
párpados. Tenía la barriga hinchada. Aun así,
continuaba masticando. Jamás había tenido
tanta comida a su alcance y no pensaba des-
perdiciarla.

50
Estaba tan entregado al placer de comer,
que no se percató de que el panadero se acer-
caba peligrosamente. El hombre se detuvo a
un palmo de distancia. Alzó el palo para que
el golpe fuera más contundente y arremetió
contra el ratón.
En el último momento Bigotis atinó a
rodar entre los panes. Así pudo salvarse del
inesperado ataque. Aunque había comido
tanto que le pesaba en la barriga, sus ganas
de sobrevivir le dieron alas. Saltó al suelo,
se escabulló entre las piernas del panadero y
corrió como un loco calle abajo.
Mientras corría velozmente, pensaba:
«¡Vaya! Otro al que no le caigo bien. Qué mala
pata la mía. No sé qué pasa conmigo ni qué
tendré que hacer para caerles simpático», se de-
cía extrañado. Estaba convencido de que no ha-
bía hecho nada malo para molestar a los demás.

51
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Capítulo 4

El pequeño ratón corría y corría. No lo hacía


para huir del panadero, que hacía rato que
no le perseguía, sino para alejarse de aquella
situación que no le gustaba.
Sin mirar por dónde andaba, llegó a un
callejón. Era húmedo y olía bastante mal,
pero estaba silencioso y solitario. Bigotis de-
cidió hacer un alto para descansar.
Se escondió detrás de unos cubos de ba-

53
sura, mientras trataba de tranquilizarse. «¿Por
qué mamá no viene a buscarme? Ella es tan
lista que bien podría seguir mi rastro».
En aquel escondrijo Bigotis comprendió
que la añoranza hace más daño que el ham-
bre. Hubiera dado cualquier cosa por estar en
casa, junto a su madre y sus hermanos.
-Hola, ratoncito -oyó que le saludaban.
Le pilló tan por sorpresa que tuvo un so-
bresalto. Al alzar la mirada vio a un gato muy
elegante sentado en el alféizar de una ven-
tana. Tenía manchas blancas y negras, ojos
grandes, orejas puntiagudas, pelo brillante y
largos bigotes.
El ratón suspiró de placer. Por fin encon-
traba un compañero que le comprendiera.
-Hola -respondió él.
Tratando de mostrarse amable, hizo un
gesto con la cabeza.

54
-¿Eres nuevo por aquí? No te había visto
antes por el barrio -se interesó el gato.
-Pues sí. Acabo de llegar.
El gato se tomó su tiempo. Se lamió una
pata, luego la otra, continuó con su aseo la-
miéndose el lomo. Hasta que consideró que
ya estaba bien de rodeos.
Mirando al ratón con ojos tiernos y usan-
do un amable tono de voz, se interesó:
-¿Estás con tu familia?
Bigotis lo negó con la cabeza. Bajó la vista
apenado y suspiró un par de veces.
-Perdona si me entrometo, pero eres dema-
siado joven para andar solo -le aconsejó el gato.
-Es que me he perdido y no sé cómo vol-
ver a casa.
-¡Oh! -exclamó el otro alarmado.
Parecía estar muy preocupado por la suer-
te que pudiera correr el ratón.

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Era muy hábil manejando las palabras
y los silencios. Meneó la cabeza varias veces y
luego permaneció un rato concentrado en sus
pensamientos. Hacía ademanes como si fuera
a arrancar a hablar, pero continuaba callado.
Por fin, afirmó:
-La ciudad es demasiado peligrosa para
que andes solo. No lo puedo permitir. Será
mejor que te vengas conmigo. Anda, ¡sube!
-lo animó.
Bigotis no podía creerlo. Por fin encon-
traba a alguien que se interesaba por él, que
deseaba ayudarlo. No lo trataba como un te-
mible enemigo ni se asustaba al verlo como
si tuviera delante un terrible monstruo.
-Gracias -dijo el ratón, y sonrió agradecido.
Volvía a sentirse esperanzado. Se esforzó
en pensar que todo lo malo quedaba atrás,
que a partir de ahora correría mejor suerte.

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Subió por la pared hasta la ventana donde
estaba ei gato. Entonces, mirándolo fijamen-
te, le confesó:
-Menos mal que te he encontrado. Ya me
dolía tanta soledad.
-Anda, pero si eres un pequeño ratón sen-
timental -el felinofingióemocionarse. Desvió
la mirada y, mientras suspiraba débilmente,
agregó-: Ven, te enseñaré la casa. Espero que
te guste y que te sientas cómodo aquí.
- N o podré quedarme mucho tiempo, ten-
go que regresar con mi madre y mis hermanos
-le recordó.
«Te quedarás aquí menos de lo que te
imaginas», planeó el gato para sí. Disimu-
lando sus intenciones, echó a andar mientras
explicaba como un buen anfitrión:
-Esta es la sala. Ya lo ves, muy tranquila
y soleada.

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- O h , sí -asintió el ratón.
Bigotis pensaba que de buena gana se
quedaría a pasar una temporada. Pero no
podía porque su familia lo estaba esperan-
do. Luego se le ocurrió que todos podrían
instalarse allí. Se imaginaba jugando con sus
hermanos en aquella sala, escondidos deba-
jo de los muebles, haciendo carreras por las
estanterías, balanceándose en las cortinas...
O bien junto a la chimenea, pegados a la ba-
rriga de su madre, mientras ella les explicaba
uno de sus cuentos.
Estaba tan inmerso en sus cavilaciones
que perdió de vista el mundo que lo rodeaba.
El gato, al ver que el invitado estaba com-
pletamente distraído, pensó: «Ahora es el
momento adecuado». Andando con el sigilo
que solo tienen los felinos, se acercó a Bigotis
dispuesto a darle un zarpazo.

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El olor del peligro hizo que Bigotis reac-
cionara. Giró la cabeza y vio al gato enseñan-
do las uñas, dispuesto a darle caza.
El ratón abrió la boca, a causa del susto y
la sorpresa. Sin perder el tiempo chillando,
echó a correr antes de que fuera demasiado
tarde. Le hubiese gustado tener unas patas
largas y ágiles, pero las tenía cortas y agarro-
tadas. Apenas podía moverse.
-Ja! Ja! Ja! -rió el gato.
Aquel juego le divertía sobremanera. Con
gesto fiero, fue tras su presa.
El felino era astuto y veloz. No tardó en
acorralar al ratón en un rincón de la sala.
Bigotis entendió que no tenía escapatoria,
que su aventura llegaba a su fin. Temblaba
tanto que le castañeteaban los dientes. Sentía
miedo y desazón por no entender a qué venía
tal cambio en el comportamiento del gato.

60
No le resultaba fácil pensar, ni mucho
menos encontrar las palabras adecuadas. Aun
así, en un arrojo de valentía consiguió pre-
guntar a su perseguidor:
-¿Por qué lo haces? Yo pensé que éramos
amigos.
-¡Vaya ocurrencia! ¿Cómo podemos ser
amigos si acabamos de conocernos?
-Tú me has invitado a entrar en tu casa
—argumentó el ratón.
-Eso no tiene nada que ver -resopló el gato.
Le fastidiaba que sus presas siempre argu-
mentaran lo mismo. Sin ocultar su malhu-
mor, le explicó:
-Te invité a entrar porque, si mi dueña
me ve persiguiendo ratones en la calle, podría
estropear mis planes.
-¿Y por qué tienes que perseguirnos? -se
escandalizó Bigotis.

61
' -Es muy sencillo. Verás: mientras yo cace
ratones, la dueña de la casa me necesitará,
tendré un techo seguro, comida en abundan-
cia y hasta me acariciará el lomo cuando me
acerque a su lado. Pero, si dejo de cazar, ella
ya no me necesitará y es probable que acabe
en la calle. ¿Me entiendes?
-Creo que sí -tartamudeó el ratón.
^ Trató de ponerse en la piel del gato, de
imaginar lo fantástico que sería vivir en una
casa así, tener comida, mimos y arrumacos...
A pesar de ello, a Bigotis le parecía que él
nunca sería capaz de traicionar a un amigo.
«Seguro que no lo haría, aunque lo acabara
de conocer», concluyó.
Se lo iba a decir, pero el fiero cazador no
le dio oportunidad. Sin más, se abalanzó so-
bre él y lo atrapó con sus garras. En un sus-
piro Bigotis acabó entre los dientes del gato.

62
Lo sujetaba con fuerza para asegurarse
de que su presa no pudiera escapar. Bigotis
sentía un terrible dolor en todo el cuerpo.
La cabeza le daba vueltas, se ahogaba, no
podía respirar.
Por mucho que lo intentara, no podía
ofrecer resistencia. Era totalmente imposible
escapar de las fauces del gato. Estaba a mer-
ced de los caprichos del felino. No le quedaba
más salida que rendirse.
Bigotis notaba que se iba desprendiendo
del dolor, de la tristeza, del miedo. Se sen-
tía ligero. Era como si flotara en una nube.
Apenas le llegaban los ruidos y las voces de
la calle.
Al notar que el ratón ya no se movía, el
gato se encaminó hacia la habitación donde
estaba la dueña de la casa. Con cara de gato
bueno se paró junto a ella y le enseñó el trofeo.

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-¡Bravo! ¡Has atrapado otro ratón! ¡Enho-
rabuena! Eres el mejor cazador -lo felicitó-.
De no ser por ti, esta casa estaría invadida por
esos inmundos bicharracos. ¡Aaaagg!
Cogió al ratón con una servilleta de papel
. y lo tiró al cubo de la basura. Luego premió al
gato con un puñado de las galletas que tanto
le gustaban.
-Te lo has ganado por ser un minino listo
y obediente. Toma, bonito.
El gato comió sin prisas. Luego, con la
cola tiesa y la cabeza levantada, se dirigió a
la ventana por si avistaba otro ratón.
Bigotis se sentía como un globo que len-
tamente se va desinflando; como un saco
roto que va perdiendo su carga. Ya casi no
le quedaban fuerzas. Estaba tan débil que
era incapaz de abrir los párpados. Flotaba
como el humo. No sabía si estaba dormido

64
o despierto, ni siquiera sabía si estaba vivo o
muerto.
—¡Bigotis! ¡Pequeño mío, no te des por
vencido! -oyó que le decían.
Entonces reaccionó. «Es la voz de mi ma-
dre», reconoció el ratón. Haciendo un gran
esfuerzo juntó todas sus fuerzas y abrió los
ojos.
Se vio en medio de la basura, entre pieles
de plátanos, cascaras de huevo, restos de carne
y trozos de verduras. Estaba sucio y pegajoso.
No había parte del cuerpo que no le doliera ni
trozo de piel que no tuviera un moraron. Sin
embargo, lo que tenía más herido era el áni-
mo. La traición del gato le había hecho tanto
daño que no habría jarabe capaz de curarle.
Estaba muy abatido. Hubiera podido
continuar muy quieto. Podría dejar que el
sueño lo envolviera y dormir profundamente

65
para no volver a despertar. Pero Bigotis se dio
cuenta de que debía sobreponerse.
«Allá voy», dijo para darse ánimos. Len-
tamente escaló por la bolsa de plástico y em-
pujó con el hocico la tapadera del cubo. Tras
observar atentamente para asegurarse de que
el camino estaba libre, aunque a duras penas,
consiguió salir.
Cojeaba de las cuatro patas. Le dolía todo,
desde las orejas hasta la punta de la cola. Le pa-
recía que no tenía un solo hueso en su sitio. In-
cluso le faltaban unos cuantos pelos del bigote.
Daba unos cuantos pasos y hacía un alto.
Avanzaba otro trecho y volvía a descansar.
Deseaba marcharse cuanto antes y el camino
se le hacía interminable.
Al llegar a la sala vio al gato subido en la
ventana. «Vaya contratiempo, está allí mon-
tando guardia», pensó.

66
Su primera idea fue esconderse, para que
no volviera a pillarle. Pronto se la quitó de
la cabeza. Aunque magullado y dolorido, se
dirigió hacia la ventana sin titubear. Encaró
al gato y le dijo con voz templada:
-¡Traidor!
Lo pilló tan de sorpresa, que el gato no
pudo reaccionar. El siguió su camino notan-
do que se encontraba mucho mejor.
Al llegar a la calle avanzó con paso deci-
dido, como si tuviera un rumbo fijo. Sabía
que la mirada del gato estaba pendiente de
él, que seguía todos sus movimientos. A pesar
de ello, Bigotis no se giró. Continuó su ca-
mino como si nunca lo hubiera visto, como
si ya no se acordara de él.

68
Capítulo 5

Mientras andaba, para animarse, Bigotis recor-


daba uno de los relatos que solía contarle su
madre. Un buen rato más tarde, al pasar frente
a una plaza, se detuvo a descansar. Se tumbó
entre las raíces de un árbol cuan largo era. Solo
entonces se dio cuenta de lo agotado que estaba.
-¡Ah! -suspiró.
Entre las hojas de los árboles se filtraban
hilos de luz. La plaza estaba en silencio. Bi-

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gotis se fue relajando. Estaba a punto de dor-
mirse, cuando una voz le hizo abrir los ojos.
-Hola, hermano. ¿Qué te ha traído por
aquí? -le preguntó un ratón.
Era algo mayor que él y le miraba con
gesto de curiosidad. En vista de que el otro
no respondía, continuó diciendo:
-Puedes llamarme Paco, como todos mis
amigos.
-¡Oh, un ratón! -dijo Bigotis cuando
pudo reaccionar.
Estaba maravillado al ver a otro de su mis-
ma especie.
- D e qué te sorprendes, si la ciudad está
llena de ratones -comentó Paco.
A Bigotis le daba igual. Desde que había
salido de casa no había visto a otro de los
suyos. Ese encuentro inesperado le alegraba
el corazón.

70
-[Link], ¿qué te ha traído por aquí? -in-
sistió Paco.
Él solía hacer muchas preguntas y le mo-
lestaba quedarse sin respuestas.
Bigotis no tenía ganas de repetir otra vez
su historia. Le dolía demasiado tener que ha-
cerlo, pero el ratón insistió. Se mostraba tan
interesado que él no quiso ser descortés. As-
piró hondo y le explicó que se había perdido
y no sabía volver a su casa.
-Tranquilo, eso tiene fácil arreglo. Dime,
¿en qué calle vives?
- N o lo sé. Nunca lo he preguntado -ad-
mitió Bigotis un tanto avergonzado.
- N o te preocupes. A ver, descríbeme
cómo es tu casa.
-Salí tan apresurado que no me dio tiem-
po, de mirarla.
-Ah..., de acuerdo.

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Paco calló. Se quedó muy concentrado.
No dejaba de pensar. Pronto se le ocurrió una
idea y quiso saber:
-¿Cómo se llama tu madre?
A Bigotis los ojitos le brillaron: ¡eso sí lo
sabía!
-Mamá -indicó convencido.
Paco no pudo disimular un gesto de con-
trariedad. Con la información que le daba
sería imposible ayudarlo a regresar a su casa.
Aun así, no se dio por vencido. Estuvo un
rato estirado sobre el césped, pensativo, silen-
cioso. Finalmente tuvo que reconocer que no
se le ocurría nada.
-Lo siento -se disculpó abatido.
Imaginaba la pena que afligía a su
compañero. Por nada del mundo hubiera
querido estar en su lugar. Bigotis hacía lo
imposible por mostrarse sereno, aunque

73
notaba que las lágrimas estaban a punto de
traicionarle.
-Si quieres, puedes quedarte un tiempo
en mi casa. Hasta que encuentres la manera
de regresar a la tuya -le convidó Paco.
Bigotis tenía un nudo en la garganta. No
podía hablar. Tragó saliva y negó con la cabe-
za. Agradecía la invitación del amigo, pero no
podía aceptarla. El necesitaba ir de un lado a
otro; solo así podría encontrar el rastro del olor
a mamá que le conduciría de regreso a casa.
Paco se incorporó lentamente y dijo, a
modo de despedida:
-Suelo estar por aquí. Si me necesitas, no
dudes en acercarte a la plaza.
Hizo un gesto con la mano y se marchó
cabizbajo.
Bigotis estaba tan confuso que ni siquie-
ra pudo entender sus palabras. Sentía tanto

74
dolor en el pecho que ni llorando cuatro días
seguidos conseguiría aliviarse. Se encontraba
solo y perdido. Era como si lo hubieran aban-
donado en medio de un desierto.
Se acurrucó junto al árbol y se encogió
cuanto pudo para volverse pequeño. Oculta-
ba la cabeza entre las patas y cerraba los ojos.
No se movía, no oía, no veía... Era como si
ya no existiera, pero ni siquiera así encontra-
ba consuelo a tanta soledad.
-¡Eh! ¿Qué haces ahí? ¿No te has enterado
de que ha llegado el circo? -le advirtió una
urraca posada sobre la rama del árbol.
Bigotis no reaccionaba. En vista de ello, el
ave insistió hasta que el ratón abrió los ojos.
-¡Chico, ha llegado el circo! ¿Cómo es
que no vas a darle la bienvenida a los anima-
les? -exclamó la urraca.
El ratón no supo qué responder.

75
-¿Dónde está? -preguntó por fin.
S Trataba de ocultar su malestar para no
tener que contar al pájaro lo que le pasaba.
-Vamos, yo te llevaré -dijo la urraca y le
enseñó el camino volando de rama en rama.
Bigotis la siguió. No le guiaba la curiosi-
dad, sino las ganas de quitársela de encima.
Quería que dejara de agobiarlo.
Anduvieron juntos un buen trecho, hasta
que llegaron al descampado donde estaban
levantando la lona del circo.
-¡Aaah! -murmuró Bigotis maravillado al
ver el despliegue.
. Unos trabajadores se encargaban de co-
locar los palos para levantar la carpa, otros
se ocupaban de los animales. Una cuadrilla
preparaba el suelo quitando piedras, basu-
ra y maleza. Algunos ensayaban una nueva
canción con sus instrumentos... La activi-

76
10

le
la.

la.

¡ta
m

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¡u-
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vi-
dad era intensa. Deseaban instalarse cuanto
antes para poder descansar. Al día siguiente
comenzaban las funciones. Necesitaban re-
cuperar fuerzas para lucirse sobre el trapecio,
en la cuerda floja o cabalgando a la grupa de
caballos bien adiestrados.
Bigotis se dejó llevar. Como si una mano
invisible lo guiara, se acercó a los carromatos.
Con los ojos atentos y gesto de curiosidad, se
dedicó a andar de un lado a otro.
Al llegar al sitio donde descansaban los
animales, su sorpresa no tuvo límites.
-¡Vaya! -exclamó, pues le costaba creer
que aquello fuera cierto.
Los cuidadores atendían a los animales,
los trataban con respeto y los llamaban por
sus nombres. Los acariciaban suavemente y
les daban agua y comida. Se preocupaban de
que estuvieran a gusto y no les faltara nada.

78
«Son como una madre», pensó el pequeño,
observándolos desde su escondite.
Casi todos los animales estaban reunidos
en grupo. Hablaban entre ellos, comían jun-
tos, jugaban, recordaban aventuras pasadas
o descansaban. Todos estaban acompañados,
menos uno: la elefanta Anastasia.
Hacía algunas semanas que Anastasia ha-
bía perdido a su compañero. El dolor de la
elefanta era tan grande que no podía sobre-
ponerse a la pérdida. Desde entonces no era
la misma. Se negaba a trabajar, casi no co-
mía, no hablaba con sus compañeros. Ya no
disfrutaba revolcándose en el lodo ni echán-
dose tierra encima. Pero, lo más grave era
que permanecía siempre con los ojos cerra-
dos. Había decidido vivir en la más absolu-
ta oscuridad. Nada ni nadie despertaba su
interés.

79
Cuando Bigotis la vio, solo tuvo ojos
para ella. Se acercó rápidamente, como atraí-
do por un poderoso imán. Permaneció un
buen rato quieto. No dejaba de observarla,
impresionado por el porte y el tamaño del
animal. «¡Qué grande! Nunca vi nada igual»,
pensaba.
Indiferente a todo, Anastasia continuaba
en su mundo. Se balanceaba lentamente so-
bre sus patas al compás de una música que
solo ella escuchaba.
Bigotis no podía dejar de mirarla. Aun-
que desconocía el motivo por el que estaba
así, entendía muy bien que no quisiera abrir
los ojos. Comprendía su gesto de tristeza, la
soledad y el desamparo que sentía. «Jo, pare-
cemos muy distintos, pero en el fondo somos
iguales», reconoció el pequeño. Miraba a la
elefanta y era como verse a sí mismo.

80
Eso le hizo sentir algo especial por ella.
Le gustaba estar a su lado, pues así se sentía
protegido. Le inspiraba ternura ver a alguien
tan grande lastimado por la pena. Él creía
que eso solo les pasaba a los pequeños. Vién-
dola con los ojos cerrados le daban ganas de
decirle cosas bonitas, o de contarle un cuen-
to, tal como hacía su madre. Quería ayudarla
a recuperar la confianza. Que se atreviera a
abrirlos.
Bigotis notó que a su lado no le afligía la
sensación de estar solo y perdido. Aunque
no olía como su madre, el olor de la elefanta
también le gustaba. Volvió a sentirse como en
casa. Poco a poco se fue tranquilizando. Sus
músculos se aflojaron, ya no tenía el corazón
en vilo. Estaba tan relajado que fue entor-
nando los párpados. Acabó profundamente
dormido a escasos pasos de Anastasia.

81
Cuando despertó ya había amanecido.
Abrió los ojos y vio a la elefanta en el mis-
mo lugar. Seguía balanceándose al mismo
ritmo, envuelta en el mismo silencio y apa-
tía.
Bigotis tenía ganas de hablar con ella y
contarle lo que le había pasado, de compartir
la tristeza que sentía.
No se lo pensó dos veces. Se acercó a ella
y, a media voz, comenzó a decir:
-Hace varios días que estoy perdido y no
consigo regresar a casa.
Al oír su voz, Anastasia alzó ligeramente
la cabeza y movió las orejas. El pequeño ratón
continuó contándole su vida:
- M i madre lo estará pasando muy mal
al no tener noticias mías, y para mí es muy
difícil aguantar las ganas de estar con ella y
abrazarla. Y también con mis hermanos.

82
La elefanta dejó de balancearse. Continuó
pendiente de las palabras de Bigotis. Había
algo en ellas que la emocionaban. Traspasa-
ban la barrera que había levantado a su alre-
dedor. Esas palabras avivaban su sentimiento
de ternura y compasión.
-¿Por qué me lo cuentas a mí? -quiso sa-
ber Anastasia.
Sin proponérselo, rompió un silencio de
muchas semanas.
- N o lo sé -reconoció el pequeño-. Pero
no me arrepiento de haberlo hecho.
-Soy nueva aquí, acabo de llegar. No co-
nozco la ciudad, no podré ayudarte a encon-
trar tu casa.
-Ya... -asintió el pequeño.
Estuvieron un buen rato en silencio. Fi-
nalmente, la elefanta preguntó:
-¿Continúas ahí?

83
-Claro, mientras no encuentre el camino
para llegar a mi casa, creo que en ningún lu-
gar estaré mejor que aquí, contigo.
- N o digas eso. No soy muy buena com-
pañía. La verdad es que no estoy pasando por
un buen momento.
Bigotis suspiró apenado. Luego dijo:
-Si quieres me marcho y te dejo tranquila.
-No, no lo hagas. Me gusta que estés con-
migo —reconoció la elefanta.
-¡Oh! ¡Qué bien! -se alegró Bigotis.
Pasaron juntos el resto del día. Charlaron
como buenos amigos y estuvieron en silen-
cio. Disfrutaban del placer de sentirse bien
acompañados. Para sorpresa de sus cuidado-
res, aquella tarde Anastasia comió con ganas
y bebió bastante agua. Hasta se dio un baño.
-¡Qué bien! Vuelve a ser la de antes -ce-
lebraron los hombres.

84
Pero la elefanta mantenía los ojos cerrados.
Aquella noche no tardó en dormirse. En
buena parte de sus sueños aparecía su nuevo
compañero compartiendo sus andanzas. Como
ella no lo había visto, no sabía cómo era. Así
que lo imaginaba a su manera. En cada sueño
cambiaba de forma, de tamaño, de color y de
raza. «¿Cómo será en realidad?», se preguntaba.
Cuando despertó, la elefanta estaba im-
paciente por ver a su nuevo amigo. A pesar
de ello, supo controlarse. Permaneció en su
sitio hasta que oyó que el pequeño se movía.
«Ya se ha despertado», pensó, y notaba que
su corazón latía ilusionado. Con voz suave,
saludó a su amigo:
-Hola. ¿Cómo estás?
-Bien -respondió él.
El ratón tendió los brazos y ladeó la cabe-
za, desperezándose con ganas.

86
-Antes de que llegaras no sentía necesi-
dad de abrir los ojos, pero algo ha cambiado.
Tengo ganas de verte.
-¡Oh! -suspiró él emocionado-. ¡Cuánto
me alegro! Aunque he de advertirte que no
soy muy guapo -se apresuró a reconocer.
No quería que ella se llevara un chasco.
-Calla. Con lo arrugada que estoy yo, no
creo que deba fijarme en la belleza de los de-
más -replicó ella.
Para sorpresa de todos, recuperaba la iro-
nía perdida.
-Espera un momento a que me arregle
-pidió él.
Se acomodó los bigotes y se alisó los pelos
de la cabeza. Entonces puso una pose como
si fiieran a hacerle una foto.
Anastasia abrió los ojos poco a poco. Dis-
frutaba del momento, dándole un toque de

87
emoción y misterio. Levantó los párpados y vio
delante de sí a Bigotis. Entonces sintió que se
le encogía el corazón. Notó que el estómago
se le removía como si estuviera a punto de vo-
mitar. Se encontraba mareada, peor que si es-
tuviera al borde de un abismo a punto de caer.
Presa del terror, se paró sobre sus patas
traseras. Abría y cerraba la boca como un pez
fuera del agua. Dominada por el pánico, ex-
clamó fuera de sí:
-¡Un ratón! ¡Socorro! ¡Un ratón!
-Soy yo, Bigotis -le recordó él. No enten-
día a qué venía semejante escándalo.
Anastasia tenía los ojos desorbitados. El
susto la aguijoneaba. Respiró varias veces
seguidas tratando de serenarse. Cuando fue
capaz de controlarse, le explicó:
-Todos los elefantes tenemos miedo a los
ratones.

88
-¿Por qué? -quiso saber Bigotis.
-Ah, eso no lo sé. Pero es así, os tenemos
mucho miedo —insistió ella.
Continuaba dominada por los nervios.
Si no se calmaba, podría llegar a destrozar
el cercado donde estaba instalada.
-Mírame a mí y luego mírate a ti.
Ella así lo hizo.
-¿Crees de verdad que yo podría hacerte
daño? -le preguntó Bigotis.
- N o -reconoció ella.
Meneó la trompa de un lado a otro en
actitud pensativa. No se atrevía a mirar a su
amigo. Llegó a taparse los ojos con las orejas.
Al cabo de un rato, reconoció:
-Quizá es que no estaba preparada y me
pillaste por sorpresa. Dame un tiempo para
hacerme a la idea, ¿vale?
- D e acuerdo -asintió Bigotis.

89
Anastasia trató de serenarse y de reflexio-
nar. Intentó comportarse como un animal
maduro. Se puso de espaldas al pequeño y
cerró los ojos. No dejaba de respirar honda
y rítmicamente. Se daba aire con las orejas y
procuraba tranquilizarse. Se repetía que
aquel pequeño roedor era su amigo, que de-
seaba ayudarla, que gracias a él había recu-
perado las ganas de vivir. Comprendía que
era ridículo que alguien tan grande como
ella se espantara por un ser tan inofensivo y
pequeñín.
«Pobrecillo, es un cielo. Le estoy muy
agradecida. Me gustaría que se quedara con-
migo, al menos hasta que encontrara a su ma-
dre. Está muy solo y muy triste. Juntos nos
ayudaremos mutuamente. Es un regalo del
destino que se haya cruzado en mi camino»,
reconoció la elefanta seria y concentrada.

90
Poco a poco fue recuperando la compos-
tura Y los buenos modales. Se sintió prepa-
rada para enfrentarse a su amigo y tratarlo
como se merecía.
Convencida de que el susto había pasa-
do, se giró sin prisas. Lentamente abrió los
ojos. Vio a Bigotis a unos pasos de distancia.
«Allí está», pensó. Entonces notó que los pe-
los se le ponían de punta, que el corazón le
latía aceleradamente. Sin poder contenerse,
se alzó sobre las patas traseras mientras be-
rreaba:
-¡Aaah! ¡No lo puedo resistir! ¡Eres un ra-
tón y tengo mucho miedo! ¡Socorro!
Bigotis comprendió que aquello no tenía
remedio, que debía marcharse. Aunque a él
le resultaba difícil entenderlo, su presencia
irritaba a la elefanta. Esa era la dura reali-
dad.

91
Notó que le pesaban, los párpados, las ore-
jas, la cola Y el desánimo. Le era casi impo-
sible dar un paso. Hubiera querido que un
poderoso mago lo hubiera hecho desaparecer.
Le costaba soportar tanto malestar.
- N o te inquietes, ya me voy -le dijo a
modo de despedida.
No supo de dónde había sacado fuerzas
para pronunciar esas palabras.
-Sí, márchate cuanto antes -respondió ella.
Estaba tremendamente afectada por te-
ner que separarse de su amigo. En su enorme
cuerpo de elefanta no cabía toda la tristeza
que sentía.
Lentamente se dirigió a un rincón. Co-
menzó a balancearse. Cerró los ojos con la
idea de no volver a abrirlos nunca más. Se
sentía agotada, sin fuerzas para recuperarse
de este nuevo revés.

92
Bigotis se marchó mirando hacia el suelo.
Arrastraba los pies. Tenía las orejas caídas y
un sabor a tristeza tan intenso que le dejaba
la boca reseca.

93
Capítulo 6

Bigotis caminaba sin rumbo. Daba unos


cuantos pasos, alzaba el hocico y olisqueaba
el aire. Pero, nada... No encontraba el olor
que tanto necesitaba.
Sin darse cuenta, llegó frente a una tien-
da de electrodomésticos. Con la frente apo-
yada en el vidrio, dos mendigos miraban
la tele que había en el escaparate. Puesto
que no tenían nada mejor que hacer, se

95
distraían mirando un documental sobre la
selva.
-Parece mentira, todo lo que hay en el
mundo lo podemos ver en esa pantalla -co-
mentó uno.
Al oírle, Bigotis se detuvo junto a ellos.
Miraba fijamente el televisor. Si lo que el
hombre decía era cierto, podría ver a su
madre. Observaba con ojos ávidos, conven-
cido de que aparecería en cualquier mo-
mento.
Poco después interrumpieron el progra-
ma para dar paso a la publicidad. Primero
anunciaron un refiresco. Luego, un nuevo
modelo de trampillas para cazar ratones. Se
veía a un ratón acercarse atraído por el olor
del queso. Pero, en cuanto trataba de coger-
lo, la trampilla se abatía.
Bigotis notó que el corazón se le encogía.

96
-Mamá... -balbuceó, comprendiendo
por fin lo que había sucedido.
Trató de soltar un grito de rabia, de impo-
tencia, de injusticia... pero su dolor era tan
hondo que no pudo.
Dio media vuelta y echó a andar. A medi-
da que avanzaba, su soledad no hacía más que
aumentar. No se fijaba por dónde andaba, ya
no le interesaba. Solo deseaba encontrar un
sitio solitario, esconderse en un rincón, ce-
rrar muy fiierte los ojos para no volverlos a
abrir. Ahora entendía la enorme tristeza de
la elefanta.
Vagó sin rumbo un buen rato sin levantar
la vista del suelo. Ya había oscurecido cuando
pasó frente a un edificio en penumbras. No
se oían voces, era como si estuviera vacío.
Bigotis pensó que aquel sitio solitario podría
servirle. Sin darle más vueltas, se coló por

97
un hueco que había junto a la puerta. Estaba
lejos de imaginar que aquello era una escuela,
que de noche estaba vacía pero durante el día
se llenaba de niños.
Con pasos cortos avanzó por un pasillo
hasta dar con una sala llena de libros. La puer-
ta estaba abierta, por lo que pudo asomarse
discretamente. Todas las paredes estaban re-
cubiertas de estanterías. En ellas reposaba una
infinidad de cuentos, libros de poesía, relatos
de viajes, obras de teatro y novelas. Junto a la
puerta había una mesa con un ordenador y
montañas de libros.
Bigotis paseó la mirada y su olfato de ra-
tón le indicó que aquel podría ser un buen
sitio donde esconderse y ya no moverse de
allí.
Trepó hasta una de las estanterías más al-
tas, se acurrucó detrás de los libros y cerró los

98
ojos. Estaba tan agotado que, casi sin darse
cuenta, acabó por dormirse.
Despertó a la mañana siguiente. Enton-
ces oyó una cadencia que le hizo estremecer.
Prestó atención y escuchó con claridad una
voz de mujer que leía un cuento. Tenía la voz
dulce, oírla era como una caricia. Prolonga-
ba las letras de algunas palabras y remarcaba
otras. Dependiendo del pasaje que estuviera
leyendo, aumentaba o disminuía el tono de
voz. Inventaba la forma de hablar de los per-
sonajes. Hacía silencios cuando tocaba para
crear suspense... Así, exactamente así era
como lo hacía su madre. El mismo timbre
de voz, la misma melodía, la misma emoción.
El impacto dejó a Bigotis clavado en el
sitio. Estaba con los ojos entornados, las ma-
nos cogidas contra el pecho, las orejas empi-
nadas y movía suavemente la cola.

99
Se sintió protegido, acariciado. Notaba
que esa voz curaba buena parte de sus pupas
y aliviaba sus pesares. La desazón que sentía
en buena medida desapareció. Era como si
estuviera junto a su madre, como si volviera a
ser pequeño y aún no hubiera sucedido nada
malo. Notaba el calor de su casa, los sonidos
que le eran familiares, la presencia de sus her-
manos. Solo le faltaba el olor a mamá...
Bigotis permaneció muy quieto. No que-
ría que ese sueño maravilloso se desvanecie-
ra. Deseaba continuar en ese lugar al que la
cadencia de la voz lo había transportado. Ya
no quería moverse de allí.
Cuando la historia estaba en el momento
más tenso y difícil para el protagonista, la
señora que leía, anunció:
-Eso es todo por hoy. Mañana continua-
remos con otro capítulo. Adiós.

100
-Adiós -respondieron unos pocos niños.
La mayoría ni siquiera se despidió. Sin
más, salieron disparados como si se les hu-
biera hecho muy tarde.
Bigotis sintió curiosidad por ver a la per-
sona que había leído el cuento. Claro que,
para ello, era necesario abrir los ojos. «Los
abriré un momento y luego los volveré a ce-
rrar», planeó, notándose bastante más ani-
mado.
Con mucha cautela para no ser descubier-
to, se asomó por encima de un libro. Solo
con verla simpatizó con ella, tal vez porque
la encontró muy triste.
Margarita continuaba recostada en la
mesa. Hojeaba el libro a medio leer; era uno
de sus favoritos.
Mientras leía meneaba la cabeza. Estaba
confusa. No llegaba a entender qué estaba

102
pasando. La historia era fantástica, en otros
años y con otros cursos había funcionado
muy bien. Como siempre, ella ponía todo
su empeño y sus dotes de comediante al leer-
lo. Sin embargo, a los niños de cuarto no
parecía interesarles. Y no eran los únicos en
mostrarse tan apáticos. De un tiempo a esta
parte, la mayoría de los alumnos permanecía
indiferente a las historias recogidas en las pá-
ginas de los libros.
Margarita no sabía qué más hacer para
animarlos. Todos sus intentos habían sido en
vano. Mientras ella leía, la miraban con cara
de aburrimiento. Cuando acababa, salían
disparados, como si en la biblioteca hubiera
un terrible monstruo que los amenazara.
El curso estaba muy avanzado y no ha-
bía conseguido ni un pequeño cambio que le
permitiera mantener la esperanza. No había

103
hecho progresos ni con los más pequeños ni
con ios mayores.
Se notaba perdida y desanimada. Tenía
pensado suspender las sesiones en la bibliote-
ca, lo cual jamás le había sucedido a lo largo
de muchos años de profesión. «Les estoy ha-
ciendo perder el tiempo. Quizá sus intereses
sean otros y yo me empeño en que lean»,
se decía apesadumbrada. «Pero, si no leen,
nunca serán buenos en nada», reconocía al
instante. Comprendía que era necesario po-
I ner remedio a la situación.
* Bigotis seguía los movimientos de la mu-
jer con aires de espía. No le parecía de las
más peligrosas. «Pero será mejor que ande
con cuidado», pensó.
* Ella hojeó algunos libros sin acabar de de-
cidirse. Poco después, se presentó un grupo
de segundo curso.

104
-Buenos días -les dijo con renovados áni-
mos.
Ellos apenas respondieron. Se dejaron
caer en sus sillas y se cruzaron de brazos.
Aguardaron resignados a que Margarita le-
yera lo que les tenía preparado.
Al oír las primeras frases del cuento, Bigo-
tis se sintió emocionado. Le costaba perma-
necer escondido, sin poder disfrutar como a
él le gustaba.
«Si me muevo lentamente, sin hacer rui-
do, ella no me verá», consideró el ratón.
Con mucha precaución se encaramó a lo
alto de un libro bastante grueso. Desde allí
pudo seguir cada gesto, cada movimiento y
cada palabra de Margarita. Ella hizo un silen-
cio, arqueó las cejas y tendió el brazo como si
estuviera señalando a lo lejos. Fue entonces
cuando vio a Bigotis encima del libro.

105
«¡Un ratón!», pensó con espanto. Su pri-
mera idea file salir corriendo, pero... «Si los
pequeños se asustan se armará tanto follón
que no querrán volver», reflexionó. Hizo lo
posible para tranquilizarse. Hasta se abanicó
con el libro que tenía en la mano. Se armó
de valor y continuó con la lectura. Por nada
del mundo perdía de vista al ratón.
* Le llamaba la atención la expresión del roe-
dor. Bigotis tenía los ojos a medio abrir, una
sonrisa plácida, los bigotes inquietos y la cabe-
za ladeada. Margarita consideró: «Cualquiera
diría que sigue la narración con interés». Pero
inmediatamente desestimó la idea: «Vaya ton-
tería. ¿Cómo se me puede ocurrir semejante
disparate?», se regañó.
Continuó con la lectura, aunque por el
rabillo del ojo miraba al roedor. Por mo-
mentos le parecía que sonreía complacido;

106
en otros pasajes de la historia suspiraba emo-
cionado.
«Aunque parezca una chiquillada, necesi-
to comprobarlo», reconoció la maestra.
Ya no estaba segura de nada.
Interrumpió la lectura en el momento
más inoportuno, cuando el personaje debía
tomar una decisión de vital importancia en
la que se jugaba la vida.
-Dejaremos aquí el relato. Continuare-
mos el próximo día.
-Adiós -saludaron algunos niños, y se
marcharon apresurados, sin demostrar el me-
nor interés por la suerte que podía correr el
protagonista.
En cambio, Bigotis se mostró contraria-
do; quería saber qué pasaba.
Una vez que los niños salieron, Margarita
sonrió con picardía y reanudó la lectura. Bigo-

107
tis se acomodó. La miró con ojos atentos y las
orejas tiesas para no perderse ni una palabra.
«No hay duda, le gustan los cuentos»,
concluyó la maestra. Divertida con el descu-
brimiento, agregó:
-«Al menos alguien se interesa por lo que
yo leo. ¡Menos mal!».
El siguiente curso en presentarse, tras el
recreo, fue el de tercero. Tenía un libro a me-
dio leer. Margarita lo abrió donde estaba la
señal y se aclaró la voz. Pero, antes de que
pudiera comenzar, una niña dio la alarma:
-Mirad, ¡un ratón!
Bigotis dio media vuelta. Estaba listo para
echar a correr en caso de que la situación se
agravara y buscar un lugar donde ocultarse.
Aunque Margarita no simpatizaba con los
roedores, notaba que aquel era especial. Tan-
to es así que salió en su defensa:

108
-Tranquilos, es mi amigo -explicó con
voz cómplice.
Se acercó a la puerta y la cerró para que
nadie más oyera.
-¿Amigo? -preguntó un alumno.
Margarita asintió con la cabeza. Cuando
los niños miraron al ratón, vieron que Bigotis
también lo afirmaba.
Sin salir de su asombro, los pequeños se
miraban unos a otros. No estaban totalmen-
te convencidos. Ellos veían a Margarita algo
rara, pero no hasta el extremo de tener un
ratón como amigo.
-¿Qué hace aquí? -se interesó un chiqui-
llo.
-Verás... -comenzó a decir Margarita y
calló.
Necesitaba inventar una buena excusa
y para eso necesitaba su tiempo. Dio un

109
par de pasos y se rascó la cabeza. Entonces,
prosiguió:
-Ese pequeño ratón se ha perdido y no
sabe cómo volver a su casa.
Dado que el ratón parecía muy joven,
consideró que ese pretexto podría resultar
creíble. Para ellos, una de las cosas más terri-
bles sería perderse y no encontrar el camino
de regreso. «Quizá así se compadezcan del
ratón», se le ocurrió.
Los niños estaban atentos a sus palabras.
Margarita entendió que iba por buen cami-
no.
Cayó en la cuenta de que podía sacarle
partido a la visita del roedor. Eso la animó a
seguir con sus explicaciones:
- M e ha dicho que los ratones, al igual que
los piratas, suelen utilizar mensajes en clave
para comunicarse. Ellos los ocultan entre las

110
letras de los libros. Así que debemos dar con
el suyo y descifrarlo para descubrir el camino
que le permita regresar a su casa.
-¿En qué libro está? -se apresuró a decir
otro niño.
Se le veía completamente fascinado con
el acertijo.
-Eso no lo sabemos, por lo que tendremos
que buscarlo. Claro está, si queréis ayudar al
ratón.
-¡Yo sí quiero! -exclamó uno.
Se le veía totalmente decidido.
Todos los demás lo apoyaron. Entendían
que era terrible que el pequeño ratón no
pudiera estar con su madre.
Hacía tiempo que Margarita no estaba
tan risueña y ocurrente. Abriendo mucho
los ojos y arrugando la frente, preguntó al
grupo:

111
-¿Por qué libro os parece que podríamos
comenzar?
Se quedaron en silencio, pensativos. Has-
ta que un chaval apuntó:
- Q u e decida el ratón.
-¡Eso! -los demás se mostraron de acuerdo.
«No me falles, ratoncito, no me falles»,
pidió para sí Margarita. Dirigiéndose al ra-
tón, como si aquello fuese lo más natural, le
dijo:
-Ya lo ves, prefieren que lo elijas tú.
Entonces hizo un gesto, como si fuera a
acercarse.
Bigotis saltó desde lo alto del libro y co-
rrió con velocidad por la estantería.
«¡Qué fallo! Lo he asustado», se lamentó
la maestra.
Al llegar ante un libro de brujas, con las
tapas muy gastadas, Bigotis se detuvo. Ob-

112
servó detenidamente, se irguió y lo tocó con
sus dos patas delanteras.
-¡Nos señala ese libro! -exclamó Marga-
rita.
Sin pérdida de tiempo, un par de niños
fue a buscarlo. Se lo entregó a la maestra para
que iniciara la lectura. Todos acercaron sus
sillas para oírla mejor. Incluso Bigotis se unió
a ellos, comportándose como uno más del
grupo.
Aquel día nadie quería volver a clase.
Le pedían a Margarita que leyera un trozo
más.
-¡Por favor! -insistían.
- N o puede ser, se ha hecho muy tarde -ex-
plicó ella-. No os preocupéis, el próximo día
continuaremos desde el párrafo donde lo he-
mos dejado.
-Vale-aceptaron. .

114
Se despidieron del ratón. Antes de abrir
la puerta, Margarita consideró conveniente
pedir a los niños:
~No habléis de esto con nadie. Será nues-
tro secreto, ¿de acuerdo?
-Claro -prometieron ellos.
Sin embargo, cuando los compañeros de
quinto se presentaron por la tarde, pregun-
taron a bocajarro:
-¿Dónde está el ratón?
Todos estaban ansiosos por comprobar
si realmente había un ratón en la biblioteca, si
era tan listo y simpático como se comentaba.
Margarita no tuvo más remedio que presen-
társelo. Bigotis los saludó con un movimiento
de cabeza. Luego les indicó qué libro podrían
leer si estaban dispuestos a colaborar con él.
Antes de que acabara la jornada no había
ni un solo niño en todo el colegio que no

115
supiera que Margarita tenía un amigo que
estaba en apuros.
-Debemos ayudarlo -planeaban.
Esperaban la visita a la biblioteca con
encendido interés. Vivían con entusiasmo y
entrega las historias que guardaban los libros.
Margarita estaba emocionada. Agradeció el
momento en que al ratón se le ocurrió colarse
en la biblioteca.
Por sus manos fueron pasando relatos de
brujas, monstruos, piratas, muñecos de ma-
dera, hechiceros y princesas, pigmeos, niños
como ellos... Aunque no daban con el men-
saje oculto, continuaban con la búsqueda.
Así fueron pasando las semanas y los me-
ses.
Bigotis se sentía a gusto en compañía de
sus jóvenes amigos. Arropado por la voz
de Margarita, consiguió sentir que la bi-

116
blioteca era su nueva casa. Ya no era un
ratón perdido e indefenso que a nadie le
importaba. No estaba solo. Solo le faltaba
una cosa y Bigotis no se veía con fuerzas
para renunciar a ello.
Hasta que una tarde, mientras Margarita
leía una poesía, Bigotis encontró la pista que
buscaba. Conmovido con el relato, aspiró
hondo, muy hondo, tanto que llegó hasta
el lugar donde guardaba todos los olores de
su infancia. Entonces, en aquel lugar secreto
que estaba dentro de sí, encontró lo que tan-
to buscaba: el olor a mamá. Lo había buscado
en lugares equivocados. Estaba guardado en
un sitio donde solo él lo podía oler.
-Mamá -murmuró Bigotis, con una dul-
ce sonrisa en los labios.
El joven ratón comprendió que mientras
no olvidara ese olor, su madre permanecería

117
a su lado. Cuando la necesitara, a Bigotis
le bastaría con cerrar los ojos y aspirar muy
hondo. Sin duda, ella estaría siempre allí
para arroparle.

118
ÍNDICE

Capítulo 1 7
Capítulo 2 21
Capítulo 3 33
Capítulo 4 53
Capítulo 5 69
Capítulo 6 95
/6
algar
editorial

a partir de 8 años

Bigotis no es el mayor de
sus hermanos, pero sí el más
listo y el más aventurero.
Por eso, el día que su madre
tarda en volver a casa,
el pequeño ratoncito se
aventura a ir tras ella. Sabe
que él es muy pequeño
y que los peligros son
enormes, pero está seguro
de que, siguiendo el rastro
del olor de su mamá, será
capaz de encontrarla. Por el
camino, conocerá nuevos
amigos de los que aprenderá
valiosas lecciones. Ricardo Alcántara
(Montevideo, 1946) se
dedica a hacer lo que más
le gusta, inventar historias y
plasmarlas sobre el papel. Ha
tenido varios oficios antes de
ser escritor, y esta pasión se

lili
ha visto recompensada con
978-8'.-9845-514-'i
importantes premios como
el Austral o el Lazarillo.
9 788498

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