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Penélope: Espera y Amor en La Odisea

La secuencia didáctica se centra en la historia de amor entre Ulises y Penélope, resaltando su fidelidad y las pruebas que enfrentaron durante 20 años. Se exploran los contrastes entre la espera de Penélope y las aventuras de Ulises, así como la importancia de su reencuentro. La tarea busca que los estudiantes analicen diferentes perspectivas y el significado de los personajes en el contexto de la obra 'La Odisea' de Homero.

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Penélope: Espera y Amor en La Odisea

La secuencia didáctica se centra en la historia de amor entre Ulises y Penélope, resaltando su fidelidad y las pruebas que enfrentaron durante 20 años. Se exploran los contrastes entre la espera de Penélope y las aventuras de Ulises, así como la importancia de su reencuentro. La tarea busca que los estudiantes analicen diferentes perspectivas y el significado de los personajes en el contexto de la obra 'La Odisea' de Homero.

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SECUENCIA DIDÁCTICA 1

“EL VIAJE Y EL HÉROE”


Nombre Estudiante: SA 2 Tarea 1

Fecha: Curso: 3º Asignatura: Lengua y Literatura


N° CO LE15-E18- Nº de horas 4 Docente Ana Acuña
CO4-CO7 clase: autor:
(aproximado)
Desempeño Explica diferentes puntos de vista, sesgos y evolución de personajes, el uso de la
esperado: información estadística, las representaciones sociales y la intención del autor, para
interpretar el sentido global de textos leídos, identificando relaciones de
causalidad, contrastes, visiones sesgadas, descripciones de personas y personajes,
información cuantificable y propósitos del texto; organizando acciones estratégicas
para alcanzar sus metas de aprendizaje

SITUACIÓN DE APRENDIZAJE 2: DERRIBANDO ESQUEMAS

TAREA 1: “La espera de Penélope”

LA ODISEA
(HOMERO)

Historia de amor de Ulises y Penélope

Conoce la historia de amor de Ulises y Penélope. Dos personajes que pertenecen al


mundo de las leyendas de la antigua Grecia y que, sin embargo, siguen vigentes como
representantes del amor verdadero capaz de vencer cualquier obstáculo.

El héroe griego Ulises, luchó valerosamente en la guerra de Troya que, por cierto, esa
guerra se originó por otra historia de amor, y trató en vano de regresar a casa cuanto
antes. Echaba tanto de menos a su esposa Penélope, a su tierra natal Ítaca y a su hijo
recién nacido Telémaco, que no podía soportar ni la ausencia ni el largo regreso. Y es que
Ulises tardó ni más ni menos que 20 años en volver a su hogar.

Mientras Ulises vivía peripecias con ánimo desolado por no poder disfrutar de su familia,
su esposa Penélope llevaba una vida de pseudo viuda, acosada por tantos y tantos
pretendientes que querían casarse con ella pensado que su marido estaba muerto. Pero
ella esperaba y esperaba mientras tejía y destejía un telar, porque en su fuero interno
sabía que su marido estaba vivo. Tal era su amor, que si Ulises hubiera muerto, el
corazón de Penélope se hubiera detenido.

Lo que no nos contaron de esta historia de amor antigua

Pero la imagen del esposo desolado por no tener cerca a su mujer e hijo contrasta con las
muchas, muchísimas paradas que Ulises hacía en su camino de regreso. Ulises paraba
en cada isla que encontraba y se dedicaba a disfrutar una buena temporada de las
atenciones amorosas de cuanta ninfa, princesa, sirena o maga se encontrara. Y así se iba
alargando su viaje de vuelta a casa.

Penélope, representa la imagen de la abnegada esposa que estaba dispuesta a esperar y


esperar la vuelta de su marido, a pesar de los hombres que entraban y salían del palacio
de Penélope que intentaban cortejarla. Una mujer de una belleza sin igual que no estaba
dispuesta a dejar su reino en manos de otro hombre que no fuera Ulises.

Después de 20 años, Ulises se cansó. O puede que fueran las féminas de aquellos mares
e islas las que se cansaron de las promesas del héroe. El caso es que Ulises regresó un
buen día y se encontró a su esposa en plena fiesta palaciega. Una fiesta que no era de
bienvenida, con todos los nobles de los alrededores luchando por conseguir los favores
de Penélope. Lógicamente, en cuanto el señor del palacio entró por la puerta, la fiesta se
acabó. Y todos se marcharon a sus casas, excepto Ulises y Penélope que empezaron una
nueva historia de amor 20 años después.

CANTO XXIII
Penélope reconoce a Odiseo. (Fragmento)
Entonces la anciana subió gozosa al piso de arriba para anunciar a la señora que estaba
dentro su esposo, y sus rodillas se llenaban de fuerza y sus pies se levantaban del suelo.
Se detuvo sobre su cabeza y le dijo su palabra:
Despierta, Penélope, hija mía, para que veas con tus propios ojos lo que esperas todos
los días. Ha venido Odiseo, ha llegado a casa por fin, aunque tarde, y ha matado a los
ilustres pretendientes, a los que afligían su casa comiéndose los bienes y haciendo de su
hijo el objeto de sus violencias.
Y se dirigió a ella la prudente Penélope:
Nodriza querida, te han vuelto loca los dioses, los que pueden volver insensato a
cualquiera, por muy sensato que sea, y hacer entrar en razón al de mente estúpida. Ellos
te han dañado; antes eras equilibrada en tu mente.
¿Por qué te burlas de mí, si tengo el ánimo quebrantado por el dolor, diciéndome estos
extravíos y me despiertas del dulce sueño que me tenía encadenados los párpados?
Jamás había dormido de tal modo desde que Odiseo marchó a la madita Ilión que no hay
que nombrar.
Pero vamos, baja ya y vuelve al mégaron. Porque si cualquiera otra de las mujeres que
están a mi servicio hubiera venido a anunciarme esto y me hubiera despertado, seguro
que la habría hecho volver al mégaron con palabra violenta. A ti, en cambio, te valdrá la
vejez, por lo menos en esto.
Y le contestó su nodriza Euriclea:
No me burlo de ti en absoluto, hija mía, que en verdad ha llegado Odiseo, ha vuelto a
casa como lo anuncio y es el forastero a quien todos deshonraban en el mégaron.
Telémaco sabía hace tiempo que ya estaba dentro, pero ocultó con prudencia los
proyectos de su padre para que castigara la violencia de esos hombres altivos.
Así dijo; invadió a Penélope la alegría y, saltando del lecho, abrazó a la anciana, dejó
correr el llanto de sus párpados y hablándole dijo aladas palabras:
Vamos, nodriza querida, dime la verdad, dime si de verdad ha llegado a casa como
anuncias; dime cómo ha puesto sus manos sobre los pretendientes desvergonzados, solo
como estaba, mientras que ellos permanecían dentro siempre en grupo.
Y le contestó su nodriza Euriclea:
No lo he visto, no me lo han dicho, sólo he oído el ruido de los que caían muertos.
Nosotras permanecíamos asustadas en un rincón de la bien construida habitación, y la
cerraban bien ajustadas puertas, hasta que tu hijo me llamó desde el mégaron, Telémaco,
pues su padre le había mandado que me llamara. Después encontré a Odiseo en pie,
entre los cuerpos recién asesinados que cubrían el firme suelo, hacinados unos sobre
otros. Habrías gozado en tu ánimo si lo hubieras visto rociado de sangre y polvo como un
león. Ahora ya están todos amontonados en la puerta del patio mientas él rocía con azufre
la hermosa sala, luego de encender un gran fuego, y me ha mandado que te llame.
Vamos, sígueme, para que vuestros corazones alcancen la felicidad después de haber
sufrido infinidad de pruebas. Ahora ya se ha cumplido este tu mayor anhelo: él ha llegado
vivo y está en su hogar y te ha encontrado a ti y a su hijo en el palacio, y a los que le
ultrajaban, a los pretendientes, a todos los ha hecho pagar en su palacio.
Y le respondió la prudente Penélope:
Nodriza querida, no eleves todavía tus súplicas ni te alegres en exceso. Sabes bien cuán
bienvenido sería en el palacio para todos, y en especial para mí y para nuestro hijo, a
quien engendramos, pero no es verdadera esta noticia que me anuncias, sino que uno de
los inmortales ha dado muerte a los ilustres pretendientes, irritado por su insolencia
dolorosa y sus malvadas acciones; pues no respetaban a ninguno de los hombres que
pisan la tierra, ni al del pueblo ni al noble, cualquiera que se llegara a ellos. Por esto, por
su maldad, han sufrido la desgracia, que lo que es Odiseo... éste ha perdido su regreso
lejos de Acaya y ha perecido.
Y le contestó su nodriza Euriclea:
Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! ¡Tú, que dices que no
volverá jamás tu esposo, cuando ya está dentro, junto al hogar! Tu corazón ha sido
siempre desconfiado, pero te voy a dar otra señal manifiesta: cuando le lavaba vi la herida
que una vez le hizo un jabalí con su blanco colmillo; quise decírtelo, pero él me asió la
boca con sus manos y no me lo permitió por la astucia de su mente. Vamos, sígueme,
que yo misma me ofrezco en prenda y, si te engaño, mátame con la muerte más
lamentable.
Y le contestó la prudente Penélope:
Nodriza querida, es difícil que tú descubras los designios de los dioses, que han nacido
para siempre, por muy astuta que seas. Vayamos, pues, en busca de mi hijo para que yo
vea a los pretendientes muertos y a quien los mató.
Así dijo, y descendió del piso de arriba. Su corazón revolvía una y otra vez si interrogaría
a su esposo desde lejos o se colocaría a su lado, le tomaría de las manos y le besaría la
cabeza. Y cuando entró y traspasó el umbral de piedra se sentó frente a Odiseo junto al
resplandor del fuego, en la pared de enfrente. Él se sentaba junto a una elevada columna
con la vista baja esperando que le dijera algo su fuerte esposa cuando lo viera con sus
ojos, pero ella permaneció sentada en silencio largo tiempo, pues el estupor alcanzaba su
corazón. Unas veces le miraba fijamente al rostro y otras no lo reconocía por llevar en su
cuerpo miserables vestidos.
Entonces Telémaco la reprendió, le dijo su palabra y la llamó por su nombre:
Madre mía, mala madre, que tienes un corazón tan cruel. ¿Por qué te mantienes tan
alejada de mi padre y no te sientas junto a él para interrogarle y enterarte de todo?
Ninguna otra mujer se mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su marido, cuando
éste después de pasar innumerables calamidades llega a su patria a los veinte años. Pero
tu corazón es siempre más duro que la piedra.
Y le contestó la prudente Penélope:
Hijo mío, tengo el corazón pasmado dentro del pecho y no puedo pronunciar una sola
palabra ni interrogarle, ni mirarle siquiera a la cara. Si en verdad es Odiseo y ha llegado a
casa, nos reconoceremos mutuamente mejor, pues tenemos señales secretas para los
demás que sólo nosotros dos conocemos.
Así habló y sonrió el sufridor, el divino Odiseo, y al punto dirigió a Telémaco aladas
palabras:
Telémaco, deja a tu madre que me ponga a prueba en el palacio y así lo verá mejor.
Como ahora estoy sucio y tengo sobre mi cuerpo vestidos míseros, no me honra y todavía
no cree que yo sea aquél. Pero deliberemos antes de modo que resulte todo mejor, pues
cualquiera que mata en el pueblo incluso a un hombre que no deja atrás muchos
vengadores, se da a la fuga abandonando sus parientes y su tierra patria, pero yo he
matado a los defensores de la ciudad, a los más nobles mozos de Itaca. Te invito a que
consideres esto.
Y le contestó Telémaco discretamente:
Considéralo tú mismo, padre mío, pues dicen que tus decisiones son las mejores y ningún
otro de los mortales hombres osaría rivalizar contigo. Nosotros te apoyaremos ardorosos
y te aseguro que no nos faltará fuerza en cuanto esté de nuestra parte.
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
Te voy a decir lo que me parece mejor. En primer lugar, lavaos y vestid vuestras túnicas, y
ordenad a las esclavas en el palacio que elijan ropas para ellas mismas. Después, que el
divino aedo nos entone una alegre danza con su sonora lira, para que cualquiera piense
que hay boda si lo oye desde fuera, ya sea un caminante o uno de nuestros vecinos; que
no se extienda por la ciudad la noticia de la muerte de los pretendientes antes de que
salgamos en dirección a nuestra finca, abundante en árboles. Una vez allí pensaremos
qué cosa de provecho nos va a conceder el Olímpico.
Así habló, y al punto todos le escucharon y obedecieron. En primer lugar se lavaron y
vistieron las túnicas, y las mujeres se adornaron. Luego, el divino aedo tomó su curvada
lira y excitó en ellos el deseo del dulce canto y la ilustre danza. Y la gran mansión
retumbaba con los pies de los hombres que danzaban y de las mujeres de lindos
ceñidores.
Y uno que lo oyó desde fuera del palacio decía así:
Seguro que se ha desposado ya alguien con la muy pretendida reina. ¡Desdichada!, no ha
tenido valor para proteger con constancia la gran mansión de su legítimo esposo, hasta
que llegara.
Así decía uno, pero no sabían en verdad qué había pasado.
Después lavó a Odiseo, el de gran corazón, el ama de llaves Eurínome y lo ungió con
aceite y puso a su alrededor una hermosa túnica y manto. Entonces derramó Atenea
sobre su cabeza abundante gracia para que pareciera más alto y más ancho e hizo que
cayeran de su cabeza ensortijados cabellos semejantes a la flor del jacinto. Como cuando
derrama oro sobre plata un hombre entendido a quien Hefesto y Palas Atenea han
enseñado toda clase de habilidad y lleva a término obras que agradan, así derramó la
gracia sobre éste, sobre su cabeza y hombro. Y salió de la bañera semejante en cuerpo a
los inmortales.
Fue a sentarse de nuevo en el sillón, del que se había levantado, frente a su esposa, y le
dirigió su palabra:
Querida mía, los que tienen mansiones en el Olimpo te han puesto un corazón más
inflexible que a las demás mujeres. Ninguna otra se mantendría con ánimo tan tenaz
apartada de su marido cuando éste, después de pasar innumerables calamidades, llega a
su patria a los veinte años. Vamos, nodriza, prepárame el lecho para que también yo me
acueste, pues ésta tiene un corazón de hierro dentro del pecho.
Y le contestó la prudente Penélope:
Querido mío, no me tengo en mucho ni en poco ni me admiro en exceso, pero sé muy
bien cómo eras cuando marchaste de Itaca en la nave de largos remos. Vamos, Euriclea,
prepara el labrado lecho fuera del sólido tálamo, el que construyó él mismo. Y una vez
que hayáis puesto fuera el labrado lecho, disponed la cama pieles, mantas y
resplandecientes colchas.
Así dijo poniendo a prueba a su esposo. Entonces Odiseo se dirigió irritado a su fiel
esposa:
Mujer, esta palabra que has dicho es dolorosa para mi corazón. ¿Quién me ha puesto la
cama en otro sitio? Sería difícil incluso para uno muy hábil si no viniera un dios en
persona y lo pusiera fácilmente en otro lugar; que de los hombres, ningún mortal viviente,
ni aun en la flor de la edad, lo cambiaría fácilmente, pues hay una señal en el labrado
lecho, y lo construí yo y nadie más. Había crecido dentro del patio un tronco de olivo de
extensas hojas, robusto y floreciente, ancho como una columna. Edifiqué el dormitorio en
torno a él, hasta acabarlo, con piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y le añadí
puertas bien ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje
del olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y
habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtiéndolo en pie de la
cama, y luego lo taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo pulimenté, hasta
acabarlo, lo adorné con oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas de piel de buey que
brillaban de púrpura.
Esta es la señal que te manifiesto, aunque no sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o
si ya lo ha puesto algún hombre en otro sitio, cortando la base del olivo.
Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el corazón al reconocer las señales que le
había manifestado claramente Odiseo. Corrió llorando hacia él y echó sus brazos
alrededor del cuello de Odiseo; besó su cabeza y dijo:
No te enojes conmigo, Odiseo, que en lo demás eres más sensato que el resto de los
hombres. Los dioses nos han enviado el infortunio, ellos, que envidiaban que gozáramos
de la juventud y llegáramos al umbral de la vejez uno al lado del otro. Por esto no te irrites
ahora conmigo ni te enojes porque al principio, nada más verse, no te acogiera con amor.
Pues continuamente mi corazón se estremecía dentro del pecho por temor a que alguno
de los mortales se acercase a mí y me engañara con sus palabras, pues muchos
conciben proyectos malvados para su provecho. Ni la argiva Helena, del linaje de Zeus,
se hubiera unido a un extranjero en amor y cama, si hubiera sabido que los belicosos
hijos de los aqueos habían de llevarla de nuevo a casa, a su patria. Fue un dios quien la
impulsó a ejecutar una acción vergonzosa, que antes no había puesto en su mente esta
lamentable ceguera por la que, por primera vez, se llegó a nosotros el dolor.
Pero ahora que me has manifestado claramente las señales de nuestro lecho, que ningún
otro mortal había visto sino sólo tú y yo, y una sola sierva, Actorís, la que me dio mi padre
al venir yo aquí, la que nos vigilaba las puertas del labrado dormitorio, ya tienes
convencido a mi corazón, por muy inflexible que sea.
Así habló, y a él se le levantó todavía más el deseo de llorar y lloraba abrazado a su
deseada, a su fiel esposa. Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que
nadan (a los que Poseidón ha destruido la bien construida nave en el ponto, impulsada
por el viento y el recio oleaje; pocos han conseguido escapar del canoso mar nadando
hacia el litoral, y cuajada su piel de costras de sal, consiguen llegar a tierra bienvenidos,
después de huir de la desgracia), así de bienvenido era el esposo para Penélope, quien
no dejaba de mirarlo y no acababa de soltar del todo sus blancos brazos del cuello.
Y se les hubiera aparecido Eos, de dedos de rosa, mientras se lamentaban, si la diosa de
ojos brillantes, Atenea, no hubiera concebido otro proyecto: contuvo a la noche en el otro
extremo al tiempo que la prolongaba, y a Eos, de trono de oro, la empujó de nuevo hacia
Océano y no permitía que unciera sus caballos de veloces pies, los que llevan la luz a los
hombres, Lampo y Faetonte, los potros que conducen a Eos.
Entonces se dirigió a su esposa el muy astuto Odiseo:
Mujer, no hemos llegado todavía a la meta de las pruebas, que aún tendremos un trabajo
desmedido y difícil que es preciso que yo acabe del todo. Así me lo vaticinó el alma de
Tiresias el día en que descendí a la morada de Hades, para inquirir sobre el regreso de
mis compañeros y el mío propio. Pero vayamos a la cama, mujer, para gozar ya del dulce
sueño acostados.
Y le contestó la prudente Penélope:
Estará en tus manos el acostarte cuando así lo desee tu corazón, ahora que los dioses te
han hecho volver a tu bien edificado palacio y a tu tierra patria. Pero puesto que has
hecho una consideración, y seguro que un dios la ha puesto en tu mente, vamos, dime la
prueba que te espera, puesto que me voy a enterar después, creo yo, y no es peor que lo
sepa ahora mismo.
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
Querida mía, ¿por qué me apremias tanto a que te lo diga? En fin, te lo voy a decir y no lo
ocultaré, pero tu corazón no se sentirá feliz; tampoco yo me alegro, puesto que me ha
ordenado ir a muchas ciudades de mortales con un manejable remo entre mis manos,
hasta que llegue a los hombres que no conocen el mar ni comen alimentos aderezados
con sal; tampoco conocen estos hombres las naves de rojas mejillas ni los manejables
remos que son alas para las naves. Y me dio esta señal que no te voy a ocultar: cuando
un caminante, al encontrarse conmigo, diga que llevo un bieldo sobre mi ilustre hombro,
me ordenó que en ese momento clavara en tierra el remo, ofreciera hermosos sacrificios
al soberano Poseidón, un cabrito, un toro y un verraco semental de cerdas, que volviera a
casa y ofreciera sagradas hecatombes a los dioses inmortales, los que poseen el ancho
cielo, a todos por orden. Y me sobrevendrá una muerte dulce, lejos del mar, de tal suerte
que me destruya abrumado por la vejez. Y a mi alrededor el pueblo será feliz. Me aseguró
que todo esto se va a cumplir.
Y se dirigió a él la prudente Penélope:
Si los dioses nos conceden una vejez feliz, hay esperanza de que tendremos medios de
escapar a la desgracia.
Así hablaban el uno con el otro. Entretanto, Eurínome y la nodriza dispusieron la cama
con ropa blanda bajo la luz de las antorchas. Luego que hubieron preparado
diligentemente el labrado lecho, la anciana se marchó a dormir a su habitación y
Eurínome, la camarera, los condujo mientras se dirigían al lecho con una antorcha en sus
manos. Luego que los hubo conducido se volvió, y ellos llegaron de buen grado al lugar
de su antiguo lecho.
Después Telémaco, el boyero y el porquero hicieron descansar a sus pies de la danza y
fueron todos a acostarse por el sombrío palacio.
Y cuando habían gozado del amor placentero, se complacían los dos esposos contándose
mutuamente, ella cuánto había soportado en el palacio, la divina entre las mujeres;
contemplando la odiosa comparsa de los pretendientes que por causa de ella degollaban
en abundancia toros y gordas ovejas y sacaban de las tinajas gran cantidad de vino; por
su parte, Odiseo, de linaje divino, le contó cuántas penalidades había causado a los
hombres y cuántas había padecido él mismo con fatiga. Penélope gozaba escuchándole y
el sueño no cayó sobre sus párpados hasta que le contara todo. Comenzó narrando cómo
había sometido a los cicones y llegado después a la fértil tierra de los Lotófagos, y cuánto
le hizo al Cíclope y cómo se vengó del castigo de sus ilustres compañeros a quienes
aquél se había comido sin compasión, y cómo llegó a Eolo, que lo acogió y despidió
afablemente, pero todavía no estaba decidido que llegara a su patria, sino que una
tempestad lo arrebató de nuevo y lo llevaba por el ponto, lleno de peces, entre profundos
lamentos; y cómo llegó a Telépilo de los Lestrígones, quienes destruyeron sus naves y a
todos sus compañeros de buenas grebas. Sólo Odiseo consiguió escapar en la negra
nave.
Le contó el engaño y la destreza de Circe y cómo bajó a la sombría mansión de Hades
para consultar al alma del tebano Tiresias con su nave de muchas filas de remeros, y vio
a todos sus compañeros y a su madre que lo había parido y criado de niño, y cómo oyó el
rumor de las Sirenas de dulce canto y llegó a las Rocas Errantes y a la terrible Caribdis y
a Escila, a quien jamás han evitado incólumes los hombres. Y cómo sus compañeros
mataron las vacas de Helios y cómo Zeus, el que truena arriba, disparó contra la rápida
nave su humeante rayo, y todos sus compañeros perecieron juntos, pero él evitó a las
funestas Keres. Y cómo llegó a la isla de Ogigia y a la ninfa Calipso, quien lo retuvo en
cóncava cueva deseando que fuera su esposo; le alimentó y decía que lo haría inmortal y
sin vejez para siempre, pero no persuadió a su corazón. Y cómo después de mucho sufrir
llegó a los feacios, quienes le honraron de todo corazón como a un dios y lo condujeron
en una nave a su tierra patria, después de regalarle bronce, oro en abundancia y vestidos.
Esta fue la última palabra que dijo cuando el dulce sueño, el que afloja los miembros, le
asaltó desatando las preocupaciones de su corazón.
Entonces proyectó otra decisión Atenea, la diosa de ojos brillantes: cuando creyó que
Odiseo ya había gozado del lecho de su esposa y del sueño, al punto hizo salir de
Océano a la de trono de oro, a la que nace de la mañana, para que llevara la luz a los
hombres. Entonces se levantó Odiseo del blando lecho y dirigió la palabra a su esposa:
Mujer, ya estamos saturados ambos de pruebas inumerables; tú, llorando aquí mi penoso
regreso y yo ... a mí Zeus y los demás dioses me tenían encadenado con dolores lejos de
aquí, de mi tierra patria, pero ahora que los dos hemos llegado al deseable lecho, tú has
de cuidarme las riquezas que poseo en el palacio, que en cuanto a las ovejas que los
altivos pretendientes me degollaron, muchas se las robaré yo mismo y otras me las darán
los aqueos hasta que llenen mis establos. Mas ahora parto hacia la finca de muchos
árboles para ver a mi noble padre que me está apenado. A ti, mujer, te encomiendo esto,
ya que eres prudente: al levantarse el sol correrá la noticia de la matanza de los
pretendientes en el palacio; sube al piso de arriba con las siervas y permanece allí, y no
mires a nadie ni preguntes.
Así dijo y vistió alrededor de sus hombros la hermosa armadura y apremió a Telémaco, al
boyero y al porquero, ordenándoles que tomaran en sus manos los instrumentos de
guerra. Éstos no le desobedecieron, se vistieron con el bronce, cerraron las puertas y
salieron. Y los conducía Odiseo. Ya había luz sobre la tierra, pero Atenea los cubrió con la
noche y los condujo rápidamente fuera de la ciudad.

ULISES Y PENÉLOPE
Creer el uno en el otro a pesar de todo

EL MATRIMONIO DE ULISES Y PENÉLOPE ES SOLO UNA PEQUEÑA PARTE DE


UNA GRAN SAGA DE LA GUERRA DE TROYA. PERO CONSTITUYE UNA NOTABLE
REPRESENTACIÓN MÍTICA DE LA LEALTAD Y DE LA FE QUE PUEDEN EXISTIR EN
UN MATRIMONIO, A PESAR DE LAS PRUEBAS Y TENTACIONES QUE PUEDAN
ASALTARLES A AMBOS.
ULISES y Penélope, gobernantes del reino insular de Ítaca, se alegraron del nacimiento
de Telémaco, su único hijo. Cuando se le llamó para luchar en la guerra de Troya, Ulises
no estaba de acuerdo en dejar a su joven esposa y a su niño para ir a una guerra que
preveía larga y ardua; de modo que fingió estar loco. Por eso, cuando los jefes guerreros
Agamenón y Palamedes arribaron a la rocosa isla para pedirle que se uniera a ellos, lo
encontraron ocupado sembrando sal en los campos que estaba arando con un asno y un
buey uncidos juntos. El astuto Ulises tenía la esperanza de que esto los persuadiría de
que estaba loco e incapaz para luchar. Pero Palamedes era más astuto todavía y,
cogiendo al niño Telémaco, lo colocó en el camino del arado. La rápida reacción de Ulises
para salvar a su hijo probó que no estaba loco, después de todo, y a regañadientes se
tuvo que unir a la flota que partió hacia Troya.
La cruenta guerra de Troya se prolongó durante diez años. Cuando por fin Ulises logró
iniciar su vuelta a casa, se le interpusieron más obstáculos todavía durante el viaje de
regreso. De forma inadvertida ofendió a Poseidón, y el dios del océano envió muchas
tormentas y vientos para hacer que el barco de Ulises perdiera el rumbo. Tuvo que
superar numerosas pruebas y tentaciones, y durante algún tiempo lo sedujeron los
encantos de la maga Circe, de la bella ninfa Calipso y de la princesa Nausícaa. Pero, por
encima de todo, en su mente siempre estaban presentes su esposa y su hijo; y aunque le
llevó otros diez años, finalmente logró completar su viaje a casa.
Entre tanto, Penélope se mantuvo en la esperanza de que su amado esposo lograría
regresar con ella y con Telémaco. Durante su ausencia se presentaron muchos
pretendientes en Ítaca, tratando de persuadirla de que abandonase la esperanza de
volver a ver a Ulises y se casara con alguno de ellos. Todos codiciaban el reino de la isla.
Y Penélope era todavía muy hermosa. Tuvo que hallar un modo de rechazar a los
pretendientes (algunos dicen que fueron no menos de ciento doce), por lo que prometió
que, una vez hubiese terminado de tejer un sudario para su suegro, elegiría a uno de
ellos. Sin embargo, aunque trabajaba intensamente en su tejido durante el día, por la
noche deshacía secretamente el trabajo que había hecho, de modo que nunca
completaba su tarea. Aunque era difícil seguir creyendo en el regreso de Ulises después
de veinte años, Penélope se las arregló para mantener su fe y lealtad, y fue
recompensada con el definitivo regreso de su esposo y su feliz reunión.
El mito de Ulises y Penélope muestra una relación capaz de resistir el paso del tiempo, las
tentaciones y la separación prolongada. Pero esto es solo porque ambas personas
mantienen su fe el uno en el otro, rehusando desprenderse de sus ideales comunes.
Ambos son sometidos a grandes pruebas y, de vez en cuando, también ambos cometen
errores. En algunas versiones del mito, tanto Penélope como Ulises ceden a otros
amores, lo que quizá sea comprensible, teniendo en cuenta su separación durante veinte
años. Sin embargo, su amor y dedicación mutuos y hacia su hijo los une de manera
absoluta y los sostiene a ambos a lo largo de tiempos tan difíciles. En La Odisea, la gran
epopeya de Homero, Ulises hace que sus pensamientos sean para Penélope y Telémaco
siempre que se encuentra en peligro de quedarse con alguna de las diversas mujeres que
lo tientan a lo largo del viaje. Podrán conseguir seducirlo pero, en realidad, no pueden
tocar su corazón porque este ya tiene dueño.
La imagen de Penélope tejiendo ha captado la imaginación de los lectores durante más
de dos mil años. Se trata de un sudario que teje de día y que deshace de noche. ¿Qué
podría significar esto como imagen de su lealtad, a pesar de que le ofrecen compañía
capaz de mitigar su soledad? El sudario refleja el motivo de la muerte: la muerte del amor,
el olvido del pasado, el final de anteriores lazos y apegos. Aunque cuando todos la ven
continúa con su trabajo, al quedarse sola lo deshace, rehusando renunciar al amor, al
recuerdo y al pasado entretejido que comparte con su esposo ausente.
Tejer es también una imagen arquetípica de la vida misma; un paño hecho con muy
diversos hilos, experiencias, sentimientos y acontecimientos. Todos tenemos nuestra
propia historia, que comenzamos a tejerla al nacer y la terminamos al morir. Penélope
rehúsa aceptar que el paño tejido que representa su vida anterior esté concluido. No mira
ni al pasado ni al futuro. Vive el aquí y el ahora, leal a sus instintos y sentimientos,
rehusando verse obligada a acabar can la esperanza y, no obstante, desistiendo
igualmente de caer presa de fantasías infructuosas. De hecho, vive total y definitivamente
en el momento, y el pretexto del sudario es solo un medio de protegerse de ser
importunada por los pretendientes. Esta capacidad de tomar cada momento como viene, y
permanecer leal a su propio corazón, a pesar de lo que los demás digan qué es la
realidad, puede que sea la verdadera clave de la resistencia de este matrimonio mítico.
En cuanto a Ulises, el pensamiento de su esposa e hijo lo mantienen alineado con sus
valores y deseos más profundos. Por lo que a Penélope se refiere, la capacidad de
permanecer tranquila y serena en el momento, rehusando decirse a sí misma: «El amor
se ha terminado», es algo en lo que tendremos que trabajar seriamente si queremos
encontrarlo. La naturaleza del amor desafía al tiempo, a la distancia y a la pérdida física;
y, junto con un arte sublime y algunos momentos de visión mística, es quizá lo único que
nosotros los mortales podemos experimentar que posea la capacidad de ofrecernos una
vislumbre de lo eterno. Si podemos encontrarlo, aun cuando sea durante breves
momentos, en el marco de una relación estrecha, puede que hayamos descubierto uno de
los grandes secretos de la inmortalidad.

Tarea 1:
A) Elabora un breve texto de una página en el que expongas una reflexión acerca de la
importancia de la vida en pareja y lo que puede causar la falta del ser amado debido a
una separación. Trabaja en tu cuaderno. Pasa en limpio en una hoja de oficio para ser
entrega para su evaluación.

B)- Analiza el texto, concentrándote en temas como la fidelidad a la imagen del amado, la
espera constante, el recuerdo, la transformación de las personas y la contradicción entre
lo que fue y aquello que hoy efectivamente existe.
-¿A quién amamos? ¿A la persona que conocimos? ¿A la que ahora vive con nosotros?
-Compara a las dos Penélopes. Busca semejanzas y diferencias, qué giro Serrat ha dado
a la idea de la mujer fiel que espera toda la vida al hombre amado. ¿Es libre esa mujer?
¿Se esperaría lo mismo de un hombre? ¿Pero qué es lo que Penélope realmente
preserva?: ¿Su amor? ¿El reino de Ítaca? ¿A su hijo Telémaco? Trabaja en tu cuaderno.
Pasa en limpio en una hoja de oficio para ser entrega para su evaluación.
Penélope
(Canción)
Penélope
Con su bolso de piel marrón
Y sus zapatos de tacón
Y su vestido de domingo
Penélope
Se sienta en un banco del andén
Y espera que llegue el primer tren
Meneando el abanico
Dicen en el pueblo que un caminante paró
Su reloj una tarde de primavera
Adiós, amor mío, no me llores, volveré
Antes que de los sauces caigan las hojas
Piensa en mí, volveré por ti
Pobre infeliz, se paró su reloj infantil
Una tarde plomiza de abril
Cuando se fue su amante
Se marchitó
En su huerto hasta la última flor
No hay ni un sauce en la calle mayor
Para Penélope
Penélope
Tristeza a fuerza de esperar
Tus ojos parecen brillar
Si un tren silba a lo lejos
Penélope
Uno tras otro los ve pasar
Mira sus caras, les oye hablar
Para ella son muñecos
Dicen en el pueblo que el caminante volvió
La encontró en su banco de pino verde
La llamó: "Penélope, mi amante fiel, mi paz
Deja ya de tejer sueños en tu mente
Mírame, soy tu amor, regresé"
Le sonrió
Con los ojos llenitos de ayer
No era así su cara ni su piel
"Tú no eres quien yo espero"
Y se quedó
Con su bolso de piel marrón
Y sus zapatitos de tacón
Sentada en la estación
Sentada en la estación.

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