El mejor de los pecados Mario Benedetti
No podría vivir sin beber, sin jugar a cartas y sin… no re-
cuerdo qué más, comenta irónicamente uno de los perso-
najes de Guerra y paz. Ese «qué más» se disfruta en este ál-
bum: estamos hablando de lo que sienten dos cuerpos
cuando se tocan, se exploran, o cuando, ya en la vejez, re-
cuerdan el sabor del primer beso.
Estos diez cuentos del gran Mario Benedetti, espléndida-
mente ilustrados por Sonia Pulido, son un homenaje al sen-
tir de la piel, al deseo de visitar la pasión para seguir vivien-
do.
El recorrido empieza con la historia de un hombre y una
mujer que se conocen cuando niños; luego, el viaje conti-
nua hacia el noviazgo, el matrimonio, el placer de un en-
cuentro furtivo, y acaba con la carta de un hombre de
ochenta años dirigida a quien fu su primer amor, aquella
chiquilla que le inició en… el mejor de los pecados.
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«Cada vez que te enamores no expli-
ques a nadie nada; deja que el amor te
invada sin entrar en por menores»
MARIO BENEDETTI
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Los novios
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Al principio yo la saludaba desde mi vereda y ella me res-
pondía con un ademán nervioso e instantáneo. Después se
iba a los saltos, golpeando las paredes con los nudillos, y,
al llegar a la esquina, desaparecía sin mirar hacia atrás. Des-
de el comienzo me gustaron su cara larga, su desdeñosa
agilidad, su impresionante saco azul que más bien parecía
de muchacho. María Julia tenía más pecas en la mejilla iz-
quierda que en la derecha. Siempre estaba en movimiento
y parecía encar nizada en divertirse. También tenía trenzas,
unas trenzas color paja de escoba que le gustaba usar caí-
das hacia el frente.
Pero ¿cuándo fue eso? El viejo ya había puesto la mer-
cería y mamá hacía marchar el fonógrafo para copiar la letra
de «Melenita de oro», mientras yo enfriaba mi trasero sobre
alguno de los cinco escalones de már mol que daban al fon-
do; Antonia Pereyra, la maestra particular de los lunes,
miércoles y vier nes, trazaba una insultante raya roja sobre
mi inocente quebrado violeta, y a veces rezongaba: «¡Ay,
Jesús, doce años y no sabe lo que es un común denomina-
dor!». Doce años. De modo que era en 1924.
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Vivíamos en la calle principal. Pero toda avenida 18 de
Julio en un pueblo de ochenta manzanas, es bien poca co-
sa. A la hora de la siesta yo era el único que no dor mía. Si
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miraba a través de la celosía, transcurría a veces un bochor-
noso cuarto de hora sin que ningún ser viviente pasase por
la calle. Ni siquiera el perro del señor Comisario, que, se-
gún decía y repetía la negra Eusebia, era mucho menos pe-
rro que el señor Comisario.
Por lo general, yo no perdía tiempo en esa inercia con-
templativa; después del almuerzo me iba al altillo y, en lu-
gar de estudiar el común denominador, leía como un poseí-
do a Julio Ver ne. Leía sentado en el suelo, incómodamente
tirado hacia adelante, con la prevista consecuencia de unos
alegres calambres en las pantorrillas o una opresión muscu-
lar en el estómago. Bueno, qué importaba. Después de to-
do, era un placer cerrar la puerta que me comunicaba con
el mundo y con mamá, no porque yo fuera un solitario vo-
cacional, ni siquiera por vergüenza o resentimiento. Tan so-
lo era un disfrute disponer de dos horas para mí mismo,
construir me una intimidad entre esas paredes rugosamente
blancas, y acomodar me en la franja de sol, cuidando, claro,
de que Ver ne per maneciera en la sombra.
La dulce modorra, el compacto silencio de esas tardes,
estaban aliviados por voces lejanísimas, gritos que eran casi
susurros, ruidos indescifrables, y también unas bocinas tan
gangosas como después no he vuelto a escuchar. Frente a
mí el cielo estaba quieto, sin una nube, como otra pared. A
veces esa monotonía celeste me ponía los párpados pesa-
dos y mi cabeza acababa por inclinarse hacia un costado,
por lo menos hasta que encontraba la pared y el polvo de
cal me llenaba la oreja.
No guardo una excesiva nostalgia de mi infancia. Con-
servo en cambio un melancólico recuerdo de ese altillo va-
cío, sin muebles ni estanterías, con sus toscas paredes, su
cielo incandescente y sus baldosas de un desvaído color re-
molacha.
La soledad es un precario sucedáneo de la amistad. Yo
no tenía amigos. Los mellizos de Aramburu, el hijo del boti-
cario Vieytes, el Tito Lagomarsino, los primos Alberto y
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Washington Cardona, venían a menudo a casa, ya que sus
madres y la mía mantenían una antigua relación llena de
hábitos comunes, de chismes cruzados, de comuniones
compartidas. Así como hoy se habla de profesionales de la
misma promoción, en 1924 las mujeres de una capital de-
partamental se sentían amigas a partir de su encuentro en
un solo nivel histórico: el de la primera comunión. Confesar,
por ejemplo: «Con Elvira y con Teresa tomamos juntas la
primera comunión», significaba, lisa y llanamente, que a las
tres las unía un vínculo casi indestructible, y si alguna vez,
por un imprevisto azar que podía tomar la for ma de un via-
je repentino o una pasión avasallante, una compañera de
comunión se apartaba del grupo, de inmediato su desco-
medida actitud era incorporada a la lista de las más increí-
bles traiciones.
Que nuestras madres fueran amigas y se besuquearan
toda vez que se encontraban en la plaza, en el Club Uru-
guay, en los Grandes Almacenes Gutiérrez, en la afelpada
penumbra de sus días de recibo, no alcanzaba para decre-
tar una gentil convivencia entre los más ilustres de sus vás-
tagos. Cualquiera de nosotros que acompañase a la madre
en alguna de sus visitas semanales, después de pronunciar
un respetuoso: «Yo bien, ¿y usted, doña Encar nación?», pa-
saba automáticamente al fondo a jugar con los hijos de la
dueña de casa. Jugar significaba las más de las veces ape-
drearse de árbol a árbol, o, en mejores ocasiones, acabar a
las trompadas, revolcados en la tierra, los bolsillos desga-
rrados y las solapas definitivamente mustias. Si yo no me
peleaba con más asiduidad era por temor a que María Julia
se enterase. Por encima de sus pecas, María Julia contem-
plaba el mundo con una sonrisa de satisfecha comprensión,
y lo curioso era que esa comprensión abarcaba también al
equipo de adultos.
Era un año menor que yo; sin embargo, cuando le ha-
blaba tenía que sobreponer me previamente a esa misma
bocanada de timidez que complicaba mis relaciones con
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los viejos, con Antonia Pereyra, con los respetables en ge-
neral.
Ella vivía en la calle Treinta y Tres, a cuatro cuadras de la
plaza, pero pasaba muy a menudo (por lo menos, tres ve-
ces en la tarde) por la puerta de la mercería. Eso al menos
había oído decir a mamá y a Eusebia, pero la muerte de sus
padres era un tema prohibido. El Tito Lagomarsino me pro-
curó la versión que circulaba en la cocina de su casa: que el
padre, antiguo empleado de la sucursal del Banco Repúbli-
ca, había falsificado cuatro fir mas y se había suicidado antes
de que nadie hubiera descubierto la módica estafa de vein-
ticinco mil pesos. Según la misma fuente de rumores, poco
después «la madre había muerto de dolor».
Había, por lo tanto, dos sentimientos muy diversos, casi
contradictorios, en las relaciones del pueblo con María Ju-
lia: la lástima y el desprecio. Era la hija de un estafador, es-
taba por lo tanto deshonrada. De modo que no resultaba
una compañía especialmente deseable, ni siquiera una
aceptable camarada de juegos para el renglón hijas en
aquel reducido mercado departamental. No obstante ello,
era una inocente, y esta teoría había sido convenientemen-
te difundida por el padre Agustín, un sacerdote panzón y
gallego, que aprovechaba sus engoladas recomendaciones
de piedad para cargar las tintas sobre el suicida, «un impío
que jamás había pisado los umbrales de la casa de Dios».
El resultado de esa dualidad era que las buenas familias es-
taban siempre dispuestas a sonreírle a María Julia cuando
la encontraban en la calle, incluso a pasarle la mano sobre
el pelo en desorden y después mur murar: «Pobrecita, ella
no tiene la culpa». Con eso quedaba cumplida la cuota de
cristiana misericordia, y a la vez se ahorraban fuerzas para
cuando llegara la hora de cerrarle las puertas de todas las
casas, apartarla de todas las cofradías infantiles y hacerle
sentir que estaba algo así como marcada.
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Si hubiera dependido solo de mi madre, estoy seguro de
que no habría podido ver me a menudo con María Julia. Mi
madre tenía una nor mal capacidad de lástima y de com-
prensión; no constituía lo que Eusebia llamaba un corazón
petrificado, pero era sin embargo una esclava de las con-
venciones y los ritos de aquella orgullosa élite de almace-
neros, boticarios, tenderos, bancarios, empleados públicos.
Pero el asunto también dependía de mi padre, que si bien
podía ser un malhumorado, un tímido, un neurasténico, de
ningún modo soportaba esas variantes semicanallescas de
la injusticia. Claro que en su pasión por lo correcto, había
también un destello de terquedad; uno no podía estar muy
seguro en cuanto a ese impreciso límite en que él dejaba
de ser exclusivamente digno, para ser, además, simplemen-
te porfiado.
Bastó, por lo tanto, que en el curso de una cena, mamá
dejara constancia de la aprensión con que la aristocracia
del pueblo miraba la presencia de la hija del estafador, para
que el viejo se pusiera automáticamente de parte de la chi-
quilina.
Y allí ter minó mi soledad. No la soledad angustiosa y
amarga que después iba a convertirse en mal endémico de
mis treinta años, sino la soledad atrayente y buscada, la so-
ledad exclusiva que todas las tardes me esperaba en el alti-
llo, ese reducto hasta el que llegaba el pulso tranquilo de la
siesta del pueblo, de la siesta total. A ese feudo de mi pri-
mera, entrañable intimidad, tuvo acceso un día el saco azul
de María Julia. Y María Julia, claro. Pero el saco azul fue lo
que más me impresionó: todo su contorno resaltaba sobre
la cal de las paredes y hasta parecía estar inscripto en un
halo celeste, de vacilantes límites.
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Ella llegó una tarde, autorizada por mi padre para jugar
conmigo, y la encandilante novedad de tenerla allí, agrega-
da a la preocupación de doblegar mi timidez no me deja-
ron comprender, en un primer momento, la claudicación
que eso significaba. Porque María Julia penetró en tierra
conquistada y allí se instaló, como si sus derechos sobre el
altillo fueran equivalentes a los míos, cuando en verdad ella
era una recién llegada y yo en cambio había demorado un
año y medio en imaginar en todos sus detalles aquella es-
pecie de refugio inexpugnable, del que cada mancha en la
pared tenía un contorno que para mí representaba algo: la
cara de un viejo contrabandista, el perfil de un perro sin
orejas, la proa de un bergantín. En rigor, la invasión de Ma-
ría Julia solo tuvo efecto sobre las paredes reales, el cielo
azul, la ventana real. Como esos países provisoriamente
subyugados, que, por debajo de las botas del invasor, man-
tienen una subterránea vivencia de sus tradiciones, así pre-
servaba yo, en vigilado secreto, todo cuanto había imagina-
do respecto al altillo, a mi altillo. María Julia podía mirar las
paredes, pero no podía ver qué representaba cada man-
cha; podía, tal vez, escuchar el cielo, pero no sabía recono-
cer en aquel silencio la llamada lejana de las bocinas, los
amortiguados fragmentos de los gritos. A veces, nada más
que para confir mar el mantenimiento de mi zona privada, le
preguntaba qué podía representar esta o aquella mancha.
Ella miraba la pared con ojos bien abiertos, y luego, con
voz de quien dicta una ley, se expedía con lacónica certeza:
«Es una cabeza de caballo», y aunque yo sabía que en reali-
dad era una cabeza de perro sin orejas, no por eso dejaba
que en mi boca se for mara ni una sola sonrisa de presun-
ción o de desprecio.
Pero no todo aquel período estuvo colmado por sus ai-
res de dominadora o mi estrategia de dominado. En alguna
ocasión María Julia dejaba caer imprevistamente alguna
confidencia. Creo que en el fondo de su nervioso orgullo,
ella me reconocía el rango y el derecho de ser su primer y
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único confidente. «Yo sé que en todo el pueblo me miran
como un bicho raro. ¿Y sabes por qué? Porque papá hizo
un calotito en el banco y después se mató». Así llamaba a
la estafa: no calote sino calotito. Lo decía con una naturali-
dad cuidadosamente fabricada, como si en lugar de muer-
tes y delitos estuviera hablando de juguetes o navidades.
«Tía dice siempre que lo que la gente le reprocha a papá,
no es el calotito sino el suicidio».
A mí el tema me dejaba bastante confuso. En casa no
existía el hábito de llamar a las cosas por su nombre. El ar-
ma preferida de mamá era el rodeo; el viejo, en cambio,
usaba y abusaba del silencio alunado. Por eso, o quién sa-
be por qué, lo cierto era que yo no tenía la costumbre de la
franqueza, así que no podía responder de inmediato cuan-
do María Julia me apremiaba con preguntas como esta:
«¿Vos qué pensás? El suicidio, ¿es una cobardía?». Once
años. Tenía once años y preguntaba eso. Claro, me obliga-
ba a interrogar me. A veces, cuando ella se iba y yo me
quedaba solo, me ponía a pensar tensamente, trabajosa-
mente, y al cabo de media hora no había conseguido solu-
cionar ningún problema de metafísica infantil, pero en cam-
bio había logrado un dolor de cabeza estrictamente adulto.
En definitiva, no podía imaginar el suicidio. Tampoco la
muerte lisa y llana. Pero por lo menos la muerte era algo
que un día llegaba, algo no buscado. El suicidio, en cam-
bio, era sentir gusto por esa estéril, repugnante nada, y eso
era horrible, casi una locura. Que esa locura fuese asimismo
arrojo, o simplemente cobardía, significaba para mí un pro-
blema solo secundario.
No vaya a pensarse, sin embargo, que fuéramos criatu-
ras anor males, de esos pequeños monstruos que en cual-
quier época y en cualquier familia se alzan de pronto para
trastrocar el sistema y los ritos de la infancia, raros engen-
dros que, en vez de jugar con muñecas o con trompos, ex-
traen mentalmente raíces cuadradas o conversan sobre silo-
gismos. No. Solo ahora aquellos temas solemnes adquieren
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