El edificio estaba en ruinas.
Las paredes agrietadas parecían sostenerse por pura
costumbre, y el aire olía a polvo y abandono. Samuel había crecido escuchando historias
sobre aquel lugar. Un viejo hospital psiquiátrico, cerrado hace décadas por razones que
nadie se molestaba en explicar.
Esa noche, armado con una linterna y una cámara, decidió entrar. Sus amigos lo habían
retado, y aunque no creía en fantasmas ni en maldiciones, algo en su interior le decía que
no debía estar allí.
El pasillo principal estaba cubierto de escombros. Algunas puertas colgaban de sus
bisagras, otras estaban cerradas con gruesas cadenas oxidadas. Samuel avanzó con
cautela, tomando fotos y grabando con su teléfono.
A los pocos minutos, notó algo extraño. Cada vez que miraba por el visor de la cámara, veía
una puerta al final del pasillo que no estaba allí cuando miraba con sus propios ojos.
Su respiración se volvió errática. Enfocó mejor la imagen en la pantalla: una puerta de
madera oscura, con un número tallado sobre ella. 317.
Bajó la cámara y volvió a mirar. Nada.
Subió la cámara nuevamente. La puerta seguía ahí.
El aire se tornó pesado. Samuel sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero la curiosidad
fue más fuerte. Avanzó.
Cada paso que daba, la puerta parecía más real. Sus dedos temblaban cuando extendió la
mano para tocar la perilla. La giró lentamente.
La puerta se abrió sin hacer ruido.
Oscuridad. Un pasillo largo, más largo de lo que el edificio debería permitir.
Un sonido lejano. Un susurro.
Samuel tragó saliva y encendió la linterna. Dio un paso dentro.
La puerta se cerró detrás de él.
El pasillo parecía extenderse hasta el infinito. A su alrededor, puertas cerradas con placas
de metal. Habitación 312, Habitación 313…
Al fondo, una puerta entreabierta.
Una risa infantil.
Samuel sintió que el corazón se le detenía.
Retrocedió, buscando la salida. Pero la puerta por la que había entrado ya no estaba. Solo
más pasillo. Más puertas.
Golpeó la pared, gritó, pero su voz se perdió en el vacío.
Entonces, la luz de su linterna titiló y, por un segundo, vio algo moverse detrás de una de
las puertas.
La misma risa infantil.
Y luego, una voz susurró su nombre.
Samuel soltó la linterna.
Y todo se volvió oscuridad.