Comentario - Biblico - Mundo - Hispano Hebreros
Comentario - Biblico - Mundo - Hispano Hebreros
MUNDO HISPANO
TOMO 23
HEBREOS, SANTIAGO,
1 Y 2 PEDRO, JUDAS
Editores Generales
Juan Carlos Cevallos
Rubén O. Zorzoli
Editores Especiales
Ayudas Prácticas: James Giles
Artículos Generales: Jorge E. Díaz
[P. 4]
EDITORIAL MUNDO HISPANO
Apartado Postal 4256, El Paso, TX 79914 EE. UU. de A.
www.editorialmh.org
Comentario Bíblico Mundo Hispano, tomo 23. ©Copyright 2005, Editorial Mundo Hispano. 7000 Alaba-
maSt., El Paso, TX 79904, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproduc-
ción o transmisión total o parcial, por cualquier medio, sin el permiso escrito de los publicadores.
Las citas bíblicas han sido tomadas de la Santa Biblia: Versión Reina-Valera Actualizada. © Copyright 1999.
Usada con permiso.
Editores: Juan Carlos Cevallos,
María Luisa Cevallos, Rubén Zorzoli
Primera edición: 2005
Clasificación Decimal Dewey: 220.7
Tema: 1. Biblia—Comentarios
ISBN: 0-311-03147-1
E.M.H. No. 03147
Ex Libris Eltropical
[P. 5]
PREFACIO GENERAL
Desde hace muchos años, la Editorial Mundo Hispano ha tenido el deseo de publicar un comentario ori-
ginal en castellano sobre toda la Biblia. Varios intentos y planes se han hecho y, por fin, en la providencia
divina, se ve ese deseo ahora hecho realidad.
El propósito del Comentario es guiar al lector en su estudio del texto bíblico de tal manera que pueda
usarlo para el mejoramiento de su propia vida como también para el ministerio de proclamar y enseñar la
palabra de Dios en el contexto de una congregación cristiana local, y con miras a su aplicación práctica.
El Comentario Bíblico Mundo Hispano consta de veinticuatro tomos y abarca los sesenta y seis libros de la
Santa Biblia.
Aproximadamente ciento cincuenta autores han participado en la redacción del comentario. Entre ellos se
encuentran profesores, pastores y otros líderes y estudiosos de la Palabra, todos profundamente comprometi-
dos con la Biblia misma y con la obra evangélica en el mundo hispano. Provienen de diversos países y agru-
paciones evangélicas; y han sido seleccionados por su dedicación a la verdad bíblica y su voluntad de partici-
par en un esfuerzo mancomunado para el bien de todo el pueblo de Dios. La carátula de cada tomo lleva una
lista de los editores, y la contratapa de cada volumen identifica a los autores de los materiales incluidos en ese
tomo particular.
El trasfondo general del Comentario incluye toda la experiencia de nuestra editorial en la publicación de
materiales para estudio bíblico desde el año 1890, año cuando se fundó la revista El Expositor Bíblico. Inclu-
ye también los intereses expresados en el seno de la Junta Directiva, los anhelos del equipo editorial de la
Editorial Mundo Hispano y las ideas recopiladas a través de un cuestionario con respuestas de unas doscien-
tas personas de variados trasfondos y países latinoamericanos. Específicamente el proyecto nació de un Taller
Consultivo convocado por Editorial Mundo Hispano en septiembre de 1986.
Proyectamos el Comentario Bíblico Mundo Hispano convencidos de la inspiración divina de la Biblia y de
su autoridad normativa para todo asunto de fe y práctica. Reconocemos la necesidad de un comentario bíbli-
co que surja del ambiente hispanoamericano y que hable al hombre de hoy.
El Comentario pretende ser:
* crítico, exegético y claro;
* una herramienta sencilla para profundizar en el estudio de la Biblia;
* apto para uso privado y en el ministerio público;
* una exposición del auténtico significado de la Biblia;
* útil para aplicación en la iglesia;
* contextualizado al mundo hispanoamericano;
* [P. 6] un instrumento que lleve a una nueva lectura del texto bíblico y a una más dinámica comprensión
de ella;
* un comentario que glorifique a Dios y edifique a su pueblo;
* un comentario práctico sobre toda la Biblia.
El Comentario Bíblico Mundo Hispano se dirige principalmente a personas que tienen la responsabilidad
de ministrar la Palabra de Dios en una congregación cristiana local. Esto incluye a los pastores, predicadores
y maestros de clases bíblicas.
Ciertas características del comentario y algunas explicaciones de su meto-dología son pertinentes en este
punto.
El texto bíblico que se publica (con sus propias notas —señaladas en el texto con un asterisco, *,— y títu-
los de sección) es el de La Santa Biblia: Versión Reina-Valera Actualizada. Las razones para esta selección son
múltiples: Desde su publicación parcial (El Evangelio de Juan, 1982; el Nuevo Testamento, 1986), y luego la
publicación completa de la Biblia en 1989, ha ganado elogios críticos para estudios bíblicos serios. El Dr.
Cecilio Arrastía la ha llamado “un buen instrumento de trabajo”. El Lic. Alberto F. Roldán la cataloga como
“una valiosísima herramienta para la labor pastoral en el mundo de habla hispana”. Dice: “Conservando la
belleza proverbial de la Reina-Valera clásica, esta nueva revisión actualiza magníficamente el texto, aclara —
por medio de notas— los principales problemas de transmisión. . . Constituye una valiosísima herramienta
para la labor pastoral en el mundo de habla hispana.” Aun algunos que han sido reticentes para animar su
uso en los cultos públicos (por no ser la traducción de uso más generalizado) han reconocido su gran valor
como “una Biblia de estudio”. Su uso en el Comentario sirve como otro ángulo para arrojar nueva luz sobre
el Texto Sagrado. Si usted ya posee y utiliza esta Biblia, su uso en el Comentario seguramente le complacerá;
será como encontrar un ya conocido amigo en la tarea hermenéutica. Y si usted hasta ahora la llega a cono-
cer y usar, es su oportunidad de trabajar con un nuevo amigo en la labor que nos une: comprender y comu-
nicar las verdades divinas. En todo caso, creemos que esta característica del Comentario será una novedad
que guste, ayude y abra nuevos caminos de entendimiento bíblico. La RVA aguanta el análisis como una fiel y
honesta presentación de la Palabra de Dios. Recomendamos una nueva lectura de la Introducción a la Biblia
RVA que es donde se aclaran su historia, su meta, su metodología y algunos de sus usos particulares (por
ejemplo, el de letra cursiva para señalar citas directas tomadas de Escrituras más antiguas).
Los demás elementos del Comentario están organizados en un formato que creemos dinámico y moderno
para atraer la lectura y facilitar la comprensión. En cada tomo hay un artículo general. Tiene cierta afinidad
con el volumen en que aparece, sin dejar de tener un valor general para toda la obra. Una lista de ellos apa-
rece luego de este Prefacio.
Para cada libro hay una introducción y un bosquejo, preparados por el redactor de la exposición, que sir-
ven como puentes de primera referencia para llegar al texto bíblico mismo y a la exposición de él. La exposi-
ción y exégesis forma el elemento más extenso en cada tomo. Se desarrollan conforme al [P. 7] bosquejo y
fluyen de página a página, en relación con los trozos del texto bíblico que se van publicando fraccionada-
mente.
Las ayudas prácticas, que incluyen ilustraciones, anécdotas, semilleros homiléticos, verdades prácticas,
versículos sobresalientes, fotos, mapas y materiales semejantes acompañan a la exposición pero siempre en-
cerrados en recuadros que se han de leer como unidades.
Las abreviaturas son las que se encuentran y se usan en La Biblia Reina-Valera Actualizada. Recomenda-
mos que se consulte la página de Contenido y la Tabla de Abreviaturas y Siglas que aparece en casi todas las
Biblias RVA.
Por varias razones hemos optado por no usar letras griegas y hebreas en las palabras citadas de los idio-
mas originales (griego para el Nuevo Testamento, y hebreo y arameo para el Antiguo Testamento). El lector
las encontrará “transliteradas,” es decir, puestas en sus equivalencias aproximadas usando letras latinas. El
resultado es algo que todos los lectores, hayan cursado estudios en los idiomas originales o no, pueden pro-
nunciar “en castellano”. Las equivalencias usadas para las palabras griegas (Nuevo Testamento) siguen las
establecidas por el doctor Jorge Parker, en su obra Léxico-Concordancia del Nuevo Testamento en Griego y
Español, publicado por Editorial Mundo Hispano. Las usadas para las palabras hebreas (Antiguo Testamento)
siguen básicamente las equivalencias de letras establecidas por el profesor Moisés Chávez en su obra Hebreo
Bíblico, también publicada por Editorial Mundo Hispano. Al lado de cada palabra transliterada, el lector en-
contrará un número, a veces en tipo romano normal, a veces en tipo bastardilla (letra cursiva). Son números
del sistema “Strong”, desarrollado por el doctor James Strong (1822–94), erudito estadounidense que compi-
ló una de las concordancias bíblicas más completas de su tiempo y considerada la obra definitiva sobre el
tema. Los números en tipo romano normal señalan que son palabras del Antiguo Testamento. Generalmente
uno puede usar el mismo número y encontrar la palabra (en su orden numérico) en el Diccionario de Hebreo
Bíblico por Moisés Chávez, o en otras obras de consulta que usan este sistema numérico para identificar el
vocabulario hebreo del Antiguo Testamento. Si el número está en bastardilla (letra cursiva), significa que
pertenece al vocabulario griego del Nuevo Testamento. En estos casos uno puede encontrar más información
acerca de la palabra en el referido Léxico-Concordancia... del doctor Parker, como también en la Nueva Con-
cordancia Greco-Española del Nuevo Testamento, compilada por Hugo M. Petter, el Nuevo Léxico Griego-
Español del Nuevo Testamento por McKibben, Stockwell y Rivas, u otras obras que usan este sistema numéri-
co para identificar el vocabulario griego del Nuevo Testamento. Creemos sinceramente que el lector que se
tome el tiempo para utilizar estos números enriquecerá su estudio de palabras bíblicas y quedará sorprendido
de los resultados.
Estamos seguros que todos estos elementos y su feliz combinación en páginas hábilmente diseñadas con
diferentes tipos de letra y también con ilustraciones, fotos y mapas harán que el Comentario Bíblico Mundo
Hispano rápida y fácilmente llegue a ser una de sus herramientas predilectas para ayudarle a [P. 8] cumplir
bien con la tarea de predicar o enseñar la Palabra eterna de nuestro Dios vez tras vez.
Este es el deseo y la oración de todos los que hemos tenido alguna parte en la elaboración y publicación
del Comentario. Ha sido una labor de equipo, fruto de esfuerzos mancomunados, respuesta a sentidas necesi-
dades de parte del pueblo de Dios en nuestro mundo hispano. Que sea un vehículo que el Señor en su infinita
misericordia, sabiduría y gracia pueda bendecir en las manos y ante los ojos de usted, y muchos otros tam-
bién.
Los Editores
Editorial Mundo Hispano
Lista de Artículos Generales
Tomo 1: Principios de interpretación de la Biblia
Tomo 2: Autoridad e inspiración de la Biblia
Tomo 3: La ley (Torah)
Tomo 4: La arqueología y la Biblia
Tomo 5: La geografía de la Biblia
Tomo 6: El texto de la Biblia
Tomo 7: Los idiomas de la Biblia
Tomo 8: La adoración y la música en la Biblia
Tomo 9: Géneros literarios del Antiguo Testamento
Tomo 10: Teología del Antiguo Testamento
Tomo 11: Instituciones del Antiguo Testamento
Tomo 12: La historia general de Israel
Tomo 13: El mensaje del Antiguo Testamento para la iglesia de hoy
Tomo 14: El período intertestamentario
Tomo 15: El mundo grecorromano del primer siglo
Tomo 16: La vida y las enseñanzas de Jesús
Tomo 17: Teología del Nuevo Testamento
Tomo 18: La iglesia en el Nuevo Testamento
Tomo 19: La vida y las enseñanzas de Pablo
Tomo 20: El desarrollo de la ética en la Biblia
Tomo 21: La literatura del Nuevo Testamento
Tomo 22: El ministerio en el Nuevo Testamento
Tomo 23: El cumplimiento del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento
Tomo 24: La literatura apocalíptica
[P. 9]
RELACIONES DE CONTINUIDAD
Un nuevo pacto implica un viejo pacto, con el cual está tanto en relación de continuidad como de con-
traste. El cumplimiento del AT en el NT significa continuidad con el pasado, como también la introducción de
algo nuevo. Ni el AT ni el NT son cabalmente comprensibles el uno sin el otro; ambos forman las dos mitades
de un todo perfecto. Para comprender esta relación es necesario comprender el plan divino de una revelación
progresiva, que comienza en el AT y se [P. 15] desarrolla hasta alcanzar su consumación final y perfecta en
Jesús. Los autores del NT escribieron sus obras como continuando y explicando el cumplimiento de los escri-
tos precedentes. Para nosotros, un conocimiento de la revelación de Dios debe comenzar en el AT y continuar
en el NT, ya que de una parte a la otra existe una relación cierta y de continuidad.
RELACIONES DE CUMPLIMIENTO
En el siguiente punto general trataremos más este asunto, ya que es el tema central; por ahora queremos
adelantar algo.
El NT se considera a sí mismo como el cumplimiento del AT. En primer lugar, se ha cumplido el tiempo
señalado por Dios, tal como lo anunció Jesús (Mar. 1:15); el tiempo anterior a Cristo fue de preparación, du-
rante el cual Dios soportó los pecados de los hombres “manifestar su justicia en el tiempo presente” (Rom.
3:26); con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos (Gál. 4:4; Ef. 1:10), anunciado por los profetas. En
segundo lugar, la Ley también se ha cumplido, tal como lo enseñó Jesús (Mat. 5:17). La nueva justicia que
Jesús trae y exige ya no consiste en las numerosas prescripciones de la ley mosaica, sino que se resume en el
mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mat. 22:40); el hombre ya no es más justificado por los sacrifi-
cios particulares sino sólo por medio del sacrificio vicario de Jesús, que significa al mismo tiempo el fin del
culto judaico (Heb. 10:14). En tercer lugar, las Escrituras también se han cumplido; la pasión, muerte y resu-
rrección de Jesús acontecen como señal de que se han cumplido las Escrituras (1 Cor. 15:3 ss.). Aquí no sólo
se tiene en cuenta las profecías como se puede ver al analizar pasajes como Juan 19:36; 13:18; Mat. 2:15). El
plan salvífico que incluye a todos los pueblos del mundo, tal como el AT alcanzó a anunciarlo, también llega
a su cumplimiento en Cristo y en su iglesia.
RELACIONES DE DIVERSIDAD
Entre ambos Testamentos hay algunos puntos de diversidad que deben mencionarse; como por ejemplo,
que el AT fue escrito en hebreo y unas pocas porciones en arameo (Esd. 4:8–6:18; 7:12–26; Dan. 2:46–7:28;
Jer. 10:11), mientras que el NT fue escrito en el griego koiné (común). El AT tiene como centro de interés
geográfico el país de Israel, los otros países que se mencionan sólo cobran interés en la medida en que se re-
lacionan con Israel; mientras que el Nuevo tiene un enfoque geográfico universal. El AT pone énfasis a la Ley,
mientras que el NT a la gracia; el AT enfatiza la promesa, mientras que el NT el cumplimiento. No obstante su
diversidad, ambos Testamentos guardan una perfecta unidad.
RELACIONES DE UNIDAD
Aproximadamente 40 escritores contribuyeron a la formación de la Biblia; escribieron en un lapso de 15
siglos, desde Moisés hasta Juan; hombres de todo rango y condición de vida hicieron su contribución; algu-
nos escribieron sin conocer lo que otros habían escrito, mientras que otros escribieron con conocimiento de
una escasa porción del resto. Pero la Biblia en su conjunto de variedades de [P. 16] escritores, asuntos, épo-
cas, circunstancias, etc., es una colección admirable por su unidad de tema y propósito, que sólo tiene su ex-
plicación en el hecho de que los “los hombres hablaron de parte de Dios siendo inspirados por el Espíritu
Santo” (2 Ped. 1:21). La Biblia es un libro que encierra una maravillosa unidad, ante la cual cualquier diver-
sidad pierde relevancia. Esta unidad se puede percibir en las siguientes razones:
Por su común autoría. Ambos Testamentos tienen una doble autoría común: ambos fueron obras divino-
humanas; es decir, la Biblia es entera y completamente la Palabra de Dios dada por medio de las palabras de
los hombres (2 Ped. 1:21). Fue el único y el mismo Dios quien inspiró a los autores humanos para que escri-
bieran; en este sentido podemos decir que una misma mente fue la que produjo en los diferentes autores lo
que debían escribir.
Por sus comunes bendiciones. Las bendiciones divinas, espirituales y materiales, en cierto sentido son si-
milares en ambos Testamentos. Es cierto que existe una antítesis entre los dos Testamentos, pero esto es por-
que el uno enfatiza la ley y el otro la gracia de Dios. Sin embargo, aun en el AT la ley era servidora de la gra-
cia de Dios; no era una regla puramente externa (Jos. 1:8; Sal. 37:31; 40:8). Los hombres del AT recibieron
también la salvación por medio de su fe, como la recibieron los del NT, y recibieron también bendiciones
espirituales como los del Pacto de Gracia, aunque no las recibieron tan abundantemente, ni exactamente de
la misma manera (Heb. 8:6ss.).
El AT enseña que el privilegio de ser del pueblo de Dios no está limitado por el hecho de ser descendientes
de Abraham; también son del pueblo los que comparten su fe (1 Rey. 8:41 ss.). Así mismo, las instituciones,
ritos, ceremonias no eran sólo formas externas sin significado espiritual; los sacrificios que se ofrecían en el
templo y tabernáculo indicaban también el perdón de los pecados (Lev. 17:11), y prefiguraban la misma
bendición en la sangre de Cristo para los del Nuevo Pacto; aun los repetidos lavamientos simbolizaban la in-
fluencia purificadora del Espíritu Santo. El tabernáculo, en su conjunto, fue una revelación de la manera
(santa y pura) de acercarse a Dios; y la tierra de Canaán constituye un símbolo del reposo que queda para el
pueblo de Dios. De modo, pues, que las bendiciones eternas de Dios: el perdón de los pecados, la salvación,
justificación, santificación, filiación divina, comunión con Dios, etc., son bendiciones que ambos pueblos
disfrutan, aunque debemos recordar que estas bendiciones son completas y perfectas sólo en el Nuevo Testa-
mento, y esto es natural debido a la progresión de los planes de Dios.
Por su complementación doctrinal. Ambos Testamentos son partes esenciales de la revelación de Dios; tie-
nen el mismo propósito esencial; contienen la misma doctrina respecto a Dios, el hombre, el pecado, la salva-
ción, etc.; ambos proclaman al mismo Cristo, e imponen a los creyentes, y hombres en general, normas éticas
y espirituales. Las doctrinas desarrolladas en el Nuevo Testamento son también enseñadas en el AT, induda-
blemente que no en la misma medida. Esto es así porque la revelación de Dios es progresiva y gradualmente
aumenta en detalle, amplitud, claridad y concepción espiritual. De modo que podemos decir que existe bien
poco en el NT que no tenga su fundamento en el AT.
[P. 17] Por su complementación histórica. El AT tiene la función histórica de preanunciar los eventos
principales del plan salvífico de Dios: la venida del Mesías, la instauración del reino de Dios, el nuevo pacto,
la conversión de los gentiles, el fin de los tiempos, etc.; y el NT se encarga de anunciar que estos eventos ya
han tenido su cumplimiento en Jesús.
Por su tema central: La historia de la salvación. La historia universal e israelita registrada en la Biblia en-
cuentra su explicación en la historia de la salvación. En todos los libros de la Biblia se comprueba que es Dios
quien la controla y conduce hasta su realización. Esta historia de salvación se inicia con Adán y Eva, continúa
desarrollándose en la vocación y vida de Abraham, la liberación de Israel, el establecimiento del estado judío,
la historia de Jesús y la subsecuente de la iglesia. Este plan redentor comienza con el hombre y su pecado y
termina con el hombre y su redención eterna.
Por su personaje central: Cristo. La unidad de ambos Testamentos alcanza su climax en la persona del
Mesías anunciado y esperado en el AT, creído y proclamado en el NT, en la persona de Jesús de Nazaret. Él es
el tema y la meta de los dos Testamentos; él es la simiente de la mujer que heriría a la serpiente en la cabeza
(Gén. 3:15); él es el descendiente de Abraham en quien serían benditas todas las familias de la tierra (Gén.
12:3; Gál. 3:16); él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo; él es el mediador del nuevo pacto
(Jer. 31:31–34; Heb. 8:6–13); él es el siervo sufriente de Jehovah (Isa. 52:13 ss.); él es la raíz que brotará del
tronco de Isaí (Isa. 11:1; Apoc. 22:16); él es la persona principal del AT y del NT, y la esperanza del pueblo de
Dios (1 Tim. 1:1).
EL CUMPLIMIENTO DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Tanto Jesús como la iglesia usaron como sus escritos sagrados los libros que conocemos con el nombre de
AT. Para la iglesia, los libros del AT expresan un sinnúmero de verdades que interpretadas a la luz de la reve-
lación del Hijo de Dios, ya han encontrado su cumplimiento en él. Veamos:
Jesús afirmó el cumplimiento del Antiguo Testamento
Cuando Jesús comenzó su ministerio en la sinagoga de Nazaret fue invitado a leer el libro del profeta Isaí-
as (Isa. 61:1, 2), y al terminar de leer, dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos” (Luc. 4:17–
20). En su predicación, el reino de Dios, hacia el que señalaba todo el AT, es proclamado como presente en su
persona, mensaje, obra y vida. Al referirse al Bautista dijo: “Este es aquel de quien está escrito: ‘He aquí yo
envío mi mensajero delante de tu rostro, ...” ” (Mat. 11:10); con esta cita estaba afirmando que los anuncios
del AT referentes al precursor del Mesías ya se estaban cumpliendo en su época. Señaló el cumplimiento de la
Escritura en cuanto al anuncio de su muerte vicaria, diciendo: “A la verdad, el Hijo del Hombre va, tal como
está escrito de él...” (Mat. 26:24); también la Escritura se cumplió en relación con el rechazo del cual fue
objeto como Mesías (Mat. 21:42; Mar. 14:48, 49). Enseñó que tanto la ley como los profetas tienen su real
cumplimiento en la observancia de la ley del amor a Dios y al prójimo (Mat. 22:34–40). Jesús vio descrito en
las Escrituras [P. 18] el papel del que le había de traicionar y anunció su cumplimiento en la persona de uno
de sus discípulos (Juan 13:18; Mar. 14:18–21). Sobre la base de Zacarías 13:7 dijo a sus discípulos que al ser
arrestado, ellos se escandalizarían y huirían; y esto también se cumplió (Mar. 14:27, 50). Jesús vio llegar su
obra a su punto culminante como cumplimiento de la Escritura (Luc. 22:37; Mat. 26:54). Después de su re-
surrección interpretó las Escrituras en términos de cumplimiento; su pasión, muerte y resurrección son even-
tos que se cumplieron conforme a las Escrituras (Luc. 24:25–27); él dijo a sus discípulos: “Estas son las pala-
bras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas estas cosas que están
escritas de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Luc. 24:44 ss.). Aquí Jesús se refiere a
todo el AT siguiendo la clasificación judía de la Escritura. Él no vino para abrogar arbitrariamente las Escritu-
ras; él vino para cumplir lo que los profetas, la ley y los salmos habían anunciado respecto al Mesías y su
obra salvífica. Así, pues, para Jesús el AT tuvo su cumplimiento en el NT.
La iglesia afirmó el cumplimiento del Antiguo Testamento
También la iglesia tuvo la clara concepción de que las Escrituras del AT ya habían sido cumplidas en Je-
sús; esta afirmación tiene su base en el uso que los cristianos le dieron a las Escrituras judías en su vida y mi-
nisterio. La iglesia usó el AT como un libro profético referente a Jesús; anunciaban que Jesús es el Mesías so-
bre la base de las Escrituras (Hech. 8:25–35; 17:1–3, 11). Usaron las Escrituras para demostrar la consuma-
ción plena de la revelación de Dios, comenzada en la antigua dispensación y manifestada últimamente en su
Hijo; el Antiguo Pacto debía ceder su lugar al NT, como Juan lo hizo con Jesús. También usaron las Escrituras
como base exhortatoria debido a su contenido ético; la instrucción moral buscó en las Escrituras reglas de
conducta y las interpretó a la luz de las enseñanzas de Jesús; es significativo que las sanciones morales de las
epístolas están fundadas a menudo en referencias veterotestamentarias (Rom. 12:19; 1 Cor. 10:1–11; Ef. 6:1–
4). En el campo misionero cristiano el AT fue usado como un valioso testigo contra el politeísmo y la inmora-
lidad pagana. En el mundo pagano los cristianos no tuvieron necesidad de elaborar una cosmogonía ya que
ésta se hallaba en el AT, especialmente en Génesis; no obstante, sí tuvieron que elaborar una escatalogía más
desarrollada y completa a la luz de la revelación dada en y por Jesús.
Pablo afirmó el cumplimiento del Antiguo Testamento
Los escritores del NT, en general, estuvieron plenamente convencidos de que las Escrituras judías se habí-
an cumplido en la persona de Jesús. El apóstol Pablo y el autor de la Epístola a los Hebreos destacan en este
aspecto. Veamos:
Pablo refutaba los conceptos judaicos de que el AT sea considerado como la única y final revelación de
Dios, sin tener en cuenta lo acontecido con Jesús; para Pablo, quedarse sólo con lo revelado por Dios en el AT
y no querer mirar la consumación perfecta que se dio en Jesús, es tener el entendimiento embotado (2 Cor.
3:14 ss.). En su predicación, Pablo presenta a Jesús como el Mesías [P. 19] de Israel anunciado en las Escritu-
ras, muerto y sepultado conforme a las Escrituras, resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras (1 Cor.
15:3, 4).
En su interpretación de las Escrituras judías, Pablo hizo distinción entre la letra y el espíritu (2 Cor. 3:4
ss.; Rom. 2:29; 7:6). Por letra no entendió el sentido literal tal como se entiende el término hoy, sino el resul-
tado de una lectura que no sale de los límites judaicos; el espíritu, en cambio, es la inteligencia de las Escritu-
ras que fluye en su referencia a Cristo, que sólo es accesible por de y bajo la dirección del Espíritu Santo. En
su letra, las Escrituras estaban condicionadas por todos los elementos de la economía preparatoria y pedagó-
gica, a la cual Pablo llama ley (Gál. 3:24), elementos que habían cedido su lugar a los elementos de la eco-
nomía cumplida en Cristo. Pero, ¿cómo podía Pablo explicar que estos elementos quedaban abolidos en cuan-
to instituciones conservando al mismo tiempo un sentido valedero para el cristiano? Para responder a esta
pregunta, Pablo usa el principio tipológico; para él, las Escrituras judías contienen tupoi (“tipos”), los cuales
no son solamente ejemplos sino figuras proféticas que desde antaño anunciaban lo que acontecería al final de
los tiempos (1 Cor. 10:11). Para Pablo, Dios bosquejó desde el principio el designio que se proponía realizar
finalmente en Jesús; conforme a este designio, modeló los hechos, los personajes y las instituciones de la his-
toria israelita, sólo que estos esbozos imperfectos no eran sino la sombra de las cosas venideras (Col. 2:17).
Pablo aplicó significados a la Escritura del AT que a simple vista no parecen tener relación directa con su
significado original. Pero tales transposiciones de significado se justifican y se entienden cuando, por la rela-
ción existente entre los dos pactos, los textos relacionados al primer pacto sugieren otro significado distinto
del original, porque se les analiza a la luz de su cumplimiento en Jesucristo. Por eso Pablo no tiene ningún
reparo incluso en alegorizar, como lo hace en Gálatas 4:21–31. Por supuesto que él no niega la historicidad
del evento mencionado, pero encuentra que alegóricamente tal evento histórico señalaba su cumplimiento en
el futuro.
Debe recordarse que la alegoría en Pablo no es un principio hermenéutico que siempre aplica a las Escri-
turas, como sí lo es el principio tipológico; para él, la alegoría es sólo un procedimiento práctico puesto al
servicio de la exégesis para hacer resaltar el cumplimiento cristiano de un texto judío.
Hebreos afirmó el cumplimiento del Antiguo Testamento
La epístola a los Hebreos es la que en forma más directa trata el tema del Antiguo Pacto que se cumple en
el Nuevo Pacto. El autor de esta epístola hace este tratamiento en una forma bastante peculiar, tocando aspec-
tos fundamentales pertenecientes al antiguo pacto; desarrolló una síntesis doctrinal nueva, pero basada en la
antigua; profundizó en la revelación dada por Dios en Jesús con la ayuda (cultural) del AT, e introdujo una
modificación radical en las nociones de sacrificio y sacerdocio. La gran pregunta que debió resolver este au-
tor fue: ¿Encuentra el antiguo pacto (su sistema ceremonioso, su ley, etc.) su consumación en el nuevo pacto
establecido por Jesús? El autor está convencido de que sí tiene su cumplimiento de las Escrituras; sabe que es
preciso poder mostrar[P. 20] una cuádruple relación entre el Antiguo Pacto y el Nuevo: continuidad, ruptura,
superación y cumplimiento. Si la muerte de Cristo no tuviera ninguna relación con los sacrificios antiguos,
no podría verse en ella el cumplimiento de los planes salvíficos de Dios; sería un evento simple y solitario,
que no tendría ningún lugar en la historia de la salvación. Aunque es necesario que el sacrificio sea real y se
cumpla, es necesario que sea diferente y superior; si Jesús se hubiera limitado sólo a ofrecer un sacrificio ri-
tual, como los otros sacerdotes, no podría hablarse de cumplimiento, ya que sólo se trataría de la reproduc-
ción de un rito ineficaz; Jesús hizo el sacrificio perfecto por los pecados (10:10, 14, 18).
No hay duda de que el autor de esta epístola enseñó el cumplimiento de las Escrituras judías en la persona
y obra de Jesús; es este cumplimiento del Antiguo Pacto en el NT lo que debe animar a los cristianos, quienes
ahora gracias a la mediación del Sumo Sacerdote Jesús tienen ya un libre y personal acceso a Dios y a su re-
poso (4:16; 10:19–25), el cual no era factible en el Antiguo Pacto. La larga espera es lo que caracteriza al AT
(11:13, 39), pero no al Nuevo Pacto (10:37; 11:40), porque el sacrificio de Cristo ha transformado la situa-
ción de los hombres delante de Dios; lo que en otro tiempo era un privilegio anual reservado sólo para el su-
mo sacerdote (9:7), ahora es una realidad en todo tiempo para todos (4:16; 10:19-22).
El autor de Hebreos distinguió cuidadosamente en el AT el aspecto institucional y el aspecto profético. En
cuanto a profecía, el AT conserva su valor, porque testifica en favor de Cristo; pero en cuanto institución,
debe ceder su lugar al Nuevo Pacto, porque una vez que se ha construido el edificio definitivo, ya no es nece-
sario permanecer en el provisional. En otras palabras, el autor hace comprender que el AT, como profecía
anuncia su propio fin y consumación como institución; esta perspectiva se puede ver sobre todo en la exposi-
ción central de la epístola (7:1–10:18), donde se recurre, para tal propósito, al Salmo 110, Jeremías 31:31–
34, y al Salmo 40, junto con un análisis de los ritos prescritos por la Ley (Lev. 16).
El cumplimiento de la Escritura, base para la hermenéutica
Lo que Jesús y los primeros discípulos hicieron con el AT es un precedente y base para que los cristianos
de hoy podamos hacer en relación con nuestro trabajo exegético de la Biblia. Es necesario tener en cuenta
algunos principios de interpretación que se deducen del trato que Jesús y los autores del NT le dieron a las
Escrituras judías. Veamos:
Debemos reconocer que la Biblia es su propio intérprete. En el caso de un pasaje del AT, debemos exami-
narlo e interpretarlo en relación con la revelación de Dios hecha a Israel, tanto antes como después de su
propio tiempo, y así el intérprete debe volver al NT para considerar el pasaje desde esta perspectiva. Hacién-
dolo así, el pasaje del AT puede recibir cierta limitación y corrección, al tiempo que puede revelar, a la luz
del NT, un nuevo y más profundo significado, aun quizá desconocido para el escritor original. En el caso de
un pasaje del NT, debe ser examinado a la luz de su ubicación y contexto propios, volviendo luego al AT para
descubrir el fondo en la revelación anterior de Dios. Volviendo una [P. 21] vez más al NT se puede interpre-
tar el pasaje determinado a la luz de toda la historia de la salvación. De esta forma comprenderemos mejor el
pasaje del NT, al profundizar en nuestra comprensión del AT.
Debemos reconocer que el mensaje central de la Biblia es el de la gracia de Dios y su actividad redentora.
Todas las otras doctrinas tienen su base y explicación en estos eventos divinos.
Debemos recordar que el centro y la meta de la Biblia es Jesucristo. En ambos testamentos tenemos una
perspectiva de él y de su obra redentora.
Al examinar un asunto actual cualquiera debemos comenzar con las enseñanzas del NT. A la luz de la re-
velación del NT podemos considerar la evidencia del AT también, de modo que podemos tener una perspecti-
va del problema en la revelación total de Dios. Siguiendo este proceso, no debemos olvidar las diferencias
históricas de las distintas partes de las Escrituras; de lo contrario, el reunir diferentes textos puede hacerse de
una manera fácil para que la Biblia presente eficazmente un determinado asunto, cuando en realidad no
existe.
CONCLUSIÓN
Podemos terminar este artículo diciendo que los planes divinos están revelados primeramente en el AT y
convergen en un solo hecho ya realizado perfectamente y registrado finalmente en el NT.
El Mesías salvador, figura central y prominente para la ejecución perfecta de los planes redentores de
Dios en favor de la humanidad, está anunciado en todos los libros de la Biblia judía, el AT. La Torah, los pro-
fetas y los escritos sagrados de los judíos alcanzaron pleno cumplimiento en la persona y obra de Jesucristo;
de ello dan plena constancia no sólo Jesús sino todos los autores de los libros del NT.
Los cristianos debemos recordar que la Biblia ha elaborado un puente entre el anuncio de la obra divina
(AT) y su cumplimiento (NT). Esto significa que Dios ha cumplido con su plan redentor en favor de la huma-
nidad. El NT, además, certifica que la economía de Dios ha sido cumplida en esencia y en realidad, y que sólo
debemos esperar su consumación plena y final, la cual también está atestiguada y asegurada en el NT. En este
sentido, el NT enseña que ya no se espera el cumplimiento de las promesas y planes del AT, sino la realización
plena de las promesas divinas ya cumplidas en y por Jesucristo. Así, pues, los cristianos vivimos ya no en la
dispensación de la Ley y la promesa, sino en la de la gracia y el cumplimiento.
[P. 23]
HEBREOS
Exposición
Ricardo Garrett Boyd
Ayudas Prácticas
Marcelino Tapia
[P. 25]
INTRODUCCIÓN
La carta a los Hebreos afirma que Jesucristo y su revelación de Dios son superiores a toda la revelación
del AT. Muestra que Jesús es el cumplimiento y el fin del sistema judío de adoración, y exhorta a los lectores a
perseverar en Jesús. Aunque el mensaje y propósito de Hebreos queda claro, hay bastante duda en cuanto a
otras cuestiones, como la identificación del autor y de sus destinatarios, el género literario del libro y su fe-
cha.
AUTOR
Es claro que el autor de Hebreos escribía a una congregación que lo conocía bien. Pide sus oraciones, de-
fiende su propio carácter (13:18) y promete visitarlos (13:23). Por lo tanto, no es correcto llamar a Hebreos
una carta anónima en el sentido estricto. Sin embargo, el autor no menciona su nombre. En la historia cris-
tiana ha habido muchas sugerencias en cuanto a su identidad: Bernabé, Pablo, Clemente de Roma, Apolos,
Lucas, Silvano, Priscila y Aquila, Felipe el evangelista, Pedro y Juan Marcos. De estas sugerencias, las más
antiguas son las de Bernabé y Pablo. Tertuliano, en el siglo II d. de J.C., identificó al autor como Bernabé, y da
la impresión que ésta era la opinión de otros cristianos también. Desde la segunda mitad del siglo IV las igle-
sias generalmente consideraban a Hebreos como una carta de Pablo. Esto no se debía a evidencias positivas,
sino a la gran prominencia de la que gozaba Pablo y a la ignorancia de la identidad del verdadero autor de
Hebreos. En el siglo II las iglesias del occidente no conocían a Hebreos como una carta de Pablo, y en el orien-
te solamente algunos identificaban a Pablo como el autor.
En realidad, hay muchas razones para pensar que Pablo no fue el autor de Hebreos. Primera, cada una de
las trece cartas de Pablo en el NT empieza con el nombre del autor. Hebreos, en cambio, no menciona el
nombre de su autor en ninguna parte.
Segunda, Pablo y el autor de Hebreos tienen énfasis doctrinales distintos. Por ejemplo, Pablo enfatiza la
resurrección de Cristo como su obra principal, y rara vez menciona su muerte sin mencionar también la re-
surrección. Hebreos enfatiza más bien la muerte de Jesús, y la resurrección se menciona solamente una vez,
no como parte del argumento de la obra sino en el saludo final (13:20). También, Pablo y Hebreos a veces
usan los mismos términos con sentidos distintos. Notables ejemplos son los términos ley y fe. En Pablo, la ley
significa los preceptos morales que uno debe seguir. En Hebreos, es más bien el sistema de sacrificios y ritos
por el cual el hombre se acerca a Dios. Para Pablo la fe se dirige hacia Cristo y hacia lo que Dios hizo en él en
el pasado; requiere que uno no viva por la ley. En Hebreos, el objeto de la fe son las promesas de [P. 26] Dios
y la fe es vivir sin ver lo prometido; el énfasis está en lo que Dios hará en el futuro. No se trata de contradic-
ciones entre el pensamiento de Pablo y el de Hebreos, pero son dos puntos de vista distintos y complementa-
rios.
Tercera, el estilo de Hebreos no es el estilo de Pablo. Este escribe en un estilo impetuoso, como si hablara
de viva voz. El autor de Hebreos ha pulido sus oraciones con cuidado, y usa mucho más que Pablo la alitera-
ción (palabras que empiezan con la misma letra o sílaba) y la paronomasia (palabras que suenan semejan-
tes). Estas figuras no se preservan en las traducciones, pero aun en ellas se pueden notar el estilo más impe-
tuoso de Pablo y el más literario de Hebreos.
La evidencia más convincente de que Pablo no es el autor de Hebreos es la manera en que éste dice que
recibió el evangelio (2:3). Indica que él, como sus lectores, oyó el mensaje no directamente del Señor Jesús,
sino por medio de otros que oyeron a Jesucristo y repitieron su mensaje. Pablo, en cambio, insiste en que no
oyó el evangelio de ningún hombre, sino por una revelación directa de Jesucristo (Gál. 1:11, 12; 1 Cor.
11:23).
Si el autor de Hebreos no es Pablo, ¿es otro de los que se han sugerido? Es poco probable. La evidencia in-
dica que en el siglo II el conocimiento de su identidad ya se había perdido. Esto no hubiera sucedido si el au-
tor fuera uno de los personajes prominentes que se han sugerido. Podemos concluir que el autor de Hebreos
fue un cristiano cuyo nombre no aparece en el NT. Aunque no era un cristiano prominente, fue un pensador
hábil y profundo. La conclusión de que el autor de Hebreos no es ninguna de las personalidades que conoce-
mos en el NT tal vez no satisfaga nuestra curiosidad, pero no debe amenazar nuestra fe. Aunque no conoce-
mos al autor humano de Hebreos, sin duda fue inspirado por el Espíritu Santo. En efecto, fue el reconoci-
miento de la inspiración divina de Hebreos que impulsó a la iglesia en sus primeros siglos a aceptarla en el
canon a pesar de ignorar la identidad de su autor. Podemos estudiar esta obra con la plena confianza de que
estamos tratando con la Palabra de Dios.
En Hebreos se destaca el conocimiento del AT de parte de su autor. Su obra interpreta y desarrolla varios
pasajes del AT sucesivamente. El autor ha meditado profundamente sobre estos pasajes y sobre la revelación
escrita de Dios en general. Cita un texto semejante a la Septuaginta (LXX), la traducción griega del AT
hebreo, hecha en el siglo III a. de J.C. Cuando hay diferencias entre la LXX y el texto hebreo que conocemos
hoy, el autor no muestra conocimiento del hebreo. Por tanto, muchos han concluido que el autor de Hebreos
no sabía el idioma hebreo. Esta conclusión es lógica, aunque no podemos descartar la posibilidad de que el
autor conociera un texto hebreo del AT semejante al texto de la LXX. El descubrimiento de los rollos de Qum-
rán ha mostrado que tales textos existían en el primer siglo. Si conocía el hebreo o no, el autor de Hebreos
manejaba el griego con destreza, y era capaz de expresar sus pensamientos de manera sutil y aguda. En esta
obra encontramos una mente brillante aunque desconocida.
DESTINATARIOS
Si no podemos decir con certidumbre quién escribió Hebreos, tampoco [P. 27] podemos estar seguros de a
quiénes se escribió. La carta se conoce como “a los Hebreos” desde fines del siglo II d. de J.C. Este título no es
parte original de la carta, sino la opinión de un copista o de los cristianos de aquel período. Sin embargo, el
énfasis de Hebreos en el AT y en el sistema religioso de los judíos confirma que sus destinatarios originales
eran judíos. Estos enfrentaban problemas y presiones que les tentaban a abandonar a Cristo y regresar al ju-
daísmo, y él escribe para exhortarles y reforzarles.
La atención que da Hebreos a ángeles (1:4–14), a lavamientos (6:2, ver comentario), a Melquisedec (7:1–
10) y al nuevo pacto (8:6–13), sugiere que los judíos que recibieron la carta no seguían al judaísmo rabínico,
sino a un judaísmo disidente semejante al que se encuentra en los rollos de Qumrán (también llamados los
Rollos del Mar Muerto). Estos énfasis, y la manera en que Hebreos los trata, son más características de los
escritos de Qumrán que de las tradiciones rabínicas que se han preservado.
Otras evidencias en Hebreos indican que sus primeros lectores formaban una iglesia aparte del grupo
principal de cristianos en la ciudad en que vivían. En 13:24, el autor saluda a todos los santos. Da la impre-
sión de que hubo más cristianos en la ciudad de sus destinatarios, cristianos que no formaban parte del grupo
al cual escribe. Es posible también que la pronta pérdida de la identidad del autor y de los destinatarios se
deba a que esta iglesia era un grupo pequeño de cristianos que no tenía la prominencia del grupo principal
de su ciudad.
Pero, ¿dónde se encontraba esta iglesia de cristianos judíos? Igual que en la cuestión acerca del autor, los
comentaristas han sugerido muchas posibilidades: Jerusalén, Samaria, Cesarea, Antioquía de Siria, Alejandría,
Chipre, Colosas o una ciudad vecina, Efeso, Roma, otra ciudad de Italia, España. Una lista tan larga y variada
sugiere que nos faltan los datos para saber a qué ciudad se dirigió Hebreos. El saludo de los de Italia (13:24)
no ayuda en ubicar a la iglesia ni al autor, porque en muchas ciudades del Imperio Romano había judíos que
antes radicaban en Italia.
Aunque hay muchos detalles que quisiéramos conocer, podemos entender el mensaje de Hebreos sin sa-
ber todas las circunstancias de su autor y de sus destinatarios. Es suficiente entender que los destinatarios
eran judíos convertidos a Cristo, que sufrían persecución, y que podrían haber evitado la persecución por
regresar a su creencia judía anterior.
PROPÓSITO
Los destinatarios de Hebreos enfrentan una situación crítica. Al aceptar que Jesús es el Mesías, no dejaron
su fe y práctica judías. Pero ahora llega el momento de separación entre el cristianismo y el judaísmo, y los
destinatarios tienen que decidir si son judíos o cristianos. Están tentados a volver atrás y renunciar a Jesucris-
to, y así evitar la afrenta que su nombre atrae. Tal vez piensen que si se quedan en su estado actual, sin
aprender más de la fe de Cristo (5:11) o si aun dejan de asistir a las reuniones cristianas (10:25), evitarán las
dificultades que vienen.
[P. 28] El autor escribe para advertirles que el volver atrás les traería más peligro que el seguir adelante
en el camino de la vida cristiana. Presenta a Jesús como superior a su religión anterior, la del AT. En base a
esta superioridad les exhorta a la fiel perseverancia. El valor principal de Hebreos es su exposición de la reve-
lación final de Dios en Cristo en relación con la revelación anterior. Seguramente los amigos o parientes no
convertidos de los lectores les decían: “¿Cómo pueden abandonar nuestra religión gloriosa y antigua?” El
autor les da la respuesta: Jesús es la revelación final de Dios, de la cual la religión del AT fue solamente una
sombra y un anticipo. El respeto a la sombra se muestra en aceptar la realidad, no en aferrarse a la sombra. El
autor exhorta a sus lectores a seguir adelante en pos de su Señor y Guía, Jesucristo.
GÉNERO LITERARIO
¿Es correcto llamar a Hebreos una carta? Termina como carta, pero no comienza como carta. La expre-
sión que el autor mismo usa para describir su obra es palabra de exhortación (13:22), expresión que se en-
cuentra también en la invitación a Pablo a predicar en la sinagoga de Antioquía (Hech. 13:15). Cuando el
autor de Hebreos oyó de las tentaciones que enfrentaba la congregación de los destinatarios, no pudo ir a
verlos (13:19). Por tanto, escribió el sermón que quería predicarles y se lo mandó. Hebreos es un sermón
escrito, con un apéndice de consejos prácticos y notas personales que componen el cap. 13.
En la sinagoga del primer siglo la costumbre era predicar por medio de la explicación de uno o varios
textos bíblicos (del AT, desde luego). Esto es precisamente lo que vemos en Hebreos. Aparte de la cadena de
citas en el cap. 1, el autor basa su mensaje sucesivamente en los Salmos 8, 95 y 110, en Jeremías 31 y en el
Salmo 40. Cita y alude a muchos otros pasajes como ilustraciones. El autor de Hebreos tenía un conocimiento
extenso y profundo de su Biblia, las Escrituras de los judíos, y siguió el modelo del sermón de la sinagoga (y
probablemente de la iglesia) en su escrito.
FECHA
Sin saber la identidad del autor ni de los destinatarios de Hebreos no podemos alcanzar certidumbre acer-
ca de la fecha de su composición. La fecha más tarde posible no puede ser después de 96 d. de J.C., porque
Clemente de Roma cita la obra en sus cartas alrededor de esta fecha. En cuanto a la fecha más temprana po-
sible, encontramos que sus lectores no conocieron personalmente a Jesús (2:3), y que ya tienen tiempo en la
vida cristiana (5:12). Estos datos indican que ha pasado un tiempo considerable después de la resurrección
de Jesucristo. Una evidencia clave en fechar Hebreos es que no menciona la destrucción del templo en Jeru-
salén, que sucedió en 70 d. de J.C. y puso fin a la guerra entre los judíos y los romanos (66–70). En efecto,
Hebreos da la impresión que todavía está en pie el templo. Aunque no menciona el templo, sino el tabernácu-
lo, se refiere a los sacrificios en el templo en el tiempo presente, y estos cesaron con la destrucción del mismo.
Y en 8:13; 9:8, 9 y 10:2, la destrucción del templo hubiera sido un argumento tan convincente que la única
razón [P. 29] que se puede concebir por no usarlo es que no había sucedido. Es razonable pensar que
Hebreos fue compuesto en medio de las tensiones antes de o durante la guerra entre los judíos y los romanos,
y por tanto antes de la destrucción de Jerusalén.
BOSQUEJO DE HEBREOS
INTRODUCCIÓN: LA ÚLTIMA REVELACIÓN EN JESUCRISTO, 1:1-3
I. JESÚS Y LOS ÁNGELES, 1:4—2:18
1. La superioridad del Hijo sobre los ángeles, 1:4-14
2. El peligro de descuidar su revelación, 2:1-4
3. La humanidad de Jesús, 2:5-18
II. JESÚS Y MOISÉS, 3:1—4:13
1. La superioridad de Jesús sobre Moisés, 3:1-6
2. El peligro de la incredulidad, 3:7-19
3. El reposo de Dios para nosotros, 4:1-13
III. JESÚS Y LOS OTROS SUMOS SACERDOTES, 4:14—7:28
1. Nuestro acceso a la gracia, 4:14-16
2. Los requisitos de un sumo sacerdote, 5:1-10
3. El peligro de la inmadurez, 5:11—6:3
4. La imposibilidad de empezar de nuevo, 6:4-8
5. La necesidad de perseverancia, 6:9-12
6. La firme promesa de Dios, 6:13-20
7. Jesús y Melquisedec, 7:1-28
(1) Superioridad sobre Abraham, 7:1-10
(2) La insuficiencia del sacerdocio levítico, 7:11-22
(3) Jesús, el perfecto sumo sacerdote, 7:23-28
IV. JESÚS Y EL SISTEMA RELIGIOSO DE LOS JUDÍOS, 8:1—10:18
1. Jesús, un sumo sacerdote celestial, 8:1-5
2. El pacto superior, 8:6-13
3. El santuario terrenal, 9:1-5
4. El propósito de los sacrificios judíos, 9:6-10
5. El propósito del sacrificio de Cristo, 9:11-14
6. El sacrificio que ratifica el pacto, 9:15-22
7. [P. 30] El sacrificio celestial y suficiente, 9:23-28
8. El recuerdo del pecado en los sacrificios, 10:1-4
9. La voluntad de Dios realizada en el sacrificio, 10:5-10
10. El término de los sacrificios, 10:11-18
V. EL CAMINO NUEVO Y VIVO EN JESUCRISTO, 10:19—12:29
1. Acceso a Dios por Jesucristo, 10:19-25
2. El peligro de despreciar la revelación, 10:26-31
3. La necesidad de perseverancia, 10:32-39
4. Ejemplos de la fe que persevera, 11:1—12:3
(1) La naturaleza de la fe, 11:1-3
(2) Ejemplos entre la creación y el diluvio, 11:4-7
(3) Los patriarcas, 11:8-22
(4) Ejemplos del éxodo, 11:23-31
(5) Resumen de otros ejemplos, 11:32-40
(6) Aplicación personal y el ejemplo supremo, 12:1-3
5. La disciplina paternal, 12:4-11
6. Exhortación al esfuerzo y a la unidad, 12:12-17
7. Los dos montes, 12:18-24
8. El peligro de no hacer caso, 12:25-29
VI. EXHORTACIONES FINALES, 13:1-25
1. El amor cristiano, 13:1-6
2. Sus dirigentes como ejemplos de la fe, 13:7, 8
3. El altar fuera del campamento, 13:9-14
4. Ofrendas y oraciones, 13:15-21
5. Notas personales y saludos, 13:22-25
[P. 31]
AYUDAS SUPLEMENTARIAS
Barclay, William. Hebreos. Vol. 13. El Nuevo Testamento comentado. Trad. Fernando Luis Rivera. Buenos
Aires: Editorial La Aurora, 1973.
Bourke, Myles M. “Epístola a los Hebreos”, en Comentario bíblico “San Jerónimo”. Tomo IV. Trad. Alfonso de
la Fuente Adanez, Jesús Valiente Malla, y Juan José del Moral. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1972.
Bruce, F. F. La epístola a los Hebreos. Trad. Marta Márquez de Campanelli y Catharine Feser de Padilla.
Grand Rapids, Mich. EE. UU. de A.: Nueva Creación, 1987.
Calvino, Juan. La epístola del Apóstol Pablo a los Hebreos. Trad. Luis Torres y Márquez. México: Publicacio-
nes de la Fuente, 1960.
Dean, Robert J. Hebreos: Un llamamiento a la consagración. Trad. Thomas Law. El Paso: Casa Bautista de Pu-
blicaciones, 1985.
Gillis, Carroll Owens. Comentario sobre la epístola a los Hebreos. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones,
1951.
Nicolau, Miguel. “Carta a los Hebreos”, en La Sagrada Escritura: Texto y comentario por profesores de la
Compañía de Jesús. Tomo 3. 2da. ed. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1967.
Strathmann, Hermann. La epístola a los Hebreos. Trad. José María Bernaldez Montalvo. Madrid: Ediciones
Fax, 1971.
Trenchard, Ernesto. Exposición de la epístola a los Hebreos. Córdoba, Argentina: “El Amanecer”, 1958.
[P. 33]
HEBREOS
TEXTO, EXPOSICION Y AYUDAS PRÁCTICAS
INTRODUCCIÓN: LA ÚLTIMA REVELACIÓN EN JESUCRISTO, 1:1-3
Sin saludo u otro preliminar, el autor de Hebreos declara la tesis de su obra. Afirma que Jesús, el Hijo de
Dios, es la revelación final de Dios, superior a toda revelación anterior. Luego enumera siete hechos acerca
del Hijo.
Esencial al pensamiento de Hebreos es el hecho de que Dios…ha hablado. A través de los siglos, no ha de-
jado al hombre ignorante de su naturaleza o de su voluntad. Dios es un Dios que se revela, que quiere que lo
conozcamos. Constantemente está hablando, buscando al hombre, dándose a conocer. Porque Dios ha habla-
do podemos tener una relación personal, y podemos entender la naturaleza de su creación y el propósito de
Dios para nosotros y para nuestro mundo.
Joya bíblica
Dios…en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, a
quien constituyó heredero de todo, y por medio de quien, asi-
mismo, hizo el universo (1:1a, 2).
Pero ahora, ha dado su revelación final. Los primeros dos versículos de Hebreos mencionan cuatro con-
trastes entre las revelaciones del pasado y la revelación final en Jesucristo. Primero, aquellas eran parciales:
muchas veces traduce una palabra que significa lit. “en muchas porciones o fragmentos”. La revelación del
Hijo, por implicación, es completa. Segundo, aquellas revelaciones se dieron en otro tiempo o hace mucho;
esta llega en estos últimos días, en el momento crítico cuando Dios finaliza la edad, trayendo la bendición
escatológica y el juicio. Tercero, aquellas vinieron de muchas maneras, pero esta viene por la única manera
adecuada a una revelación completa: el Hijo. No habrá otra revelación de Dios después, porque la revelación
en Jesucristo es la revelación de los últimos días, y porque no hay un mensajero superior al Hijo que se pueda
enviar. El vocablo profetas no se debe limitar a los libros que llamamos proféticos en el AT. El autor se refiere
a todas las personas que recibieron un mensaje de Dios y lo transmitieron a otros. Según el cap. 3, uno de los
principales profetas en este sentido era Moisés, y el cap. 11 menciona a otros que mediaron el mensaje de
Dios en otro tiempo. Cuarto, aquellas revelaciones eran muchas; esta es una. En el pensamiento de Hebreos
uno es mejor que muchos porque tiene unidad; una proliferación implica la insuficiencia de miembros de la
serie. Estos cuatro contrastes básicos se desarrollarán en toda la carta.
Un ejemplo de la belleza retórica de Hebreos es el hecho de que cinco de las palabras en el gr. de 1:1 em-
piezan con la letra[P. 34] pi. Este fenómeno, llamado aliteración, es común en Hebreos.
Hebreos ataca directamente la tentación de regresar a la religión anterior. Si bien es cierto que Dios ha
hablado a los padres, el mismo Dios ha hablado ahora a nosotros. ¿Cómo podemos preferir la revelación an-
terior e inferior a ésta que nos vino por medio del Hijo? Nuestro autor ilumina la superioridad del Hijo con
siete características o acciones de él.
1. Dios lo hizo heredero de todo. Hay solamente un Hijo, y su control se extiende a todo. No debemos en-
tender heredero en el sentido de recibir una herencia cuando muere su dueño. El trasfondo de la expresión es
más bien el AT, en el cual el hijo mayor tiene autoridad sobre toda la hacienda del padre. Ya que la hacienda
de Dios es toda la creación, el Hijo es Señor de todo. Tal vez el autor quiera que sus lectores recuerden el
Salmo 2:8: Pídeme, y te daré por heredad las naciones, y por posesión tuya los confines de la tierra. En 1:5 se
apoya esta alusión, porque cita el versículo anterior del mismo Salmo (Sal. 2:7).
Verdades prácticas
1:1–3
1. No hubo un momento ni una situación en toda la historia
humana en que Dios no haya hablado a los hombres, para pre-
sentarles su plan salvífico.
Hoy en día Dios está hablando a los hombres a través de di-
versos instrumentos (pastores, predicadores y laicos) y métodos
(campañas masivas, campañas al aire libre, campañas persona-
les casa por casa, mensajes por radio, mensajes por la televi-
sión, y otros más), pero la gran pregunta es, ¿Cuántos le pres-
tan un momento de atención? Muy pocos. Aun, muchos de los
que nos decimos ser cristianos o evangélicos, somos lo que dice
la carta de Santiago: sed hacedores de la palabra y no solamen-
te oidores (Stg. 1: 22). Pues, si como personas esperamos que se
nos escuche cuando hablamos, ¡cuánto más Dios merece ser
escuchado!
2. No hubo un momento, ni una situación en toda la histo-
ria humana en que Dios no haya buscado entrar en relaciones
personales con los hombres, para presentarles su plan salvífico.
Hoy en día los hombres buscan entrar en relaciones con las
personas más equivocadas (interesadas, de mal vivir, espíritus,
demonios y otros), pero menos con el Dios de amor, que siem-
pre busca entrar en relaciones personales con los hombres,
para darles una vida más abundante, una salvación eterna.
Quizá una de las razones por el que no quieren entrar en rela-
ciones personales con Dios es porque Dios exige demandas
éticas, exige compromiso con su causa.
3. No hay otra revelación mayor, completa y directa sino a
través del Hijo, de Jesucristo. Después de él no puede haber
otra revelación. Él es la máxima y final revelación que nos fue
dada en los últimos tiempos. Hay religiones y sectas que espe-
ran una revelación mayor de Dios. Otras consideran el Antiguo
Testamento. como la revelación mayor, pero, el autor de
Hebreos nos dice que Dios se dio a conocer en forma final y
completa a través de su Hijo. No debemos esperar otra mayor
revelación que la salvación que Dios nos ha dado en su Hijo
Jesucristo como prueba de su amor a los hombres.
2. Por medio de él, Dios hizo el universo. Dios dispuso de antemano que el fin de la creación es sujetarse
al Hijo como su Señor (el heredero). Es propio, entonces, que el Hijo sea su agente en la creación. Hebreos
dice lit. que por él Dios hizo “las edades”, pero la forma plural de esta palabra adquirió por extensión el sen-
tido que vemos aquí. La idea que el Hijo fue agente de Dios en la creación se encuentra también en Juan 1:3 y
Colosenses 1:16. El comentarista F. F. Bruce piensa que los tres autores emplean el lenguaje de un himno o
confesión de fe de las primeras décadas de la iglesia.
[P. 35] 3. Es el resplandor de su gloria. Aunque la palabra traducida resplandor puede significar también
“reflejo”, la idea aquí es que el Hijo tiene en sí la misma naturaleza gloriosa del Padre. Si Dios es luz, el Hijo
es la misma luz brillando en este mundo. La expresión describe tanto la gloria trascendente que caracteriza al
Padre y al Hijo, como el hecho de que en la encarnación esta gloria resplandece en nuestro mundo. Es impo-
sible separar el resplandor de la luz, y es solamente por medio del resplandor que vemos la luz.
4. Es la expresión exacta de su naturaleza. Esta afirmación es semejante a la anterior. Expresión exacta
traduce una palabra que se refiere a la impresión que deja el troquel en una moneda. Hebreos emplea esta
palabra para enfatizar la correspondencia exacta entre la naturaleza del Hijo y la del Padre: El que me ha
visto, ha visto al Padre (Juan 14:9). Esta figura y la anterior declaran, dentro de las limitaciones del lenguaje
humano, el misterio de la Trinidad: la unidad y la distinción de las personas divinas.
Semillero homilético
Dios siempre ha buscado entrar en relaciones personales con
los hombres
1:1–3
Introducción: En el tiempo de la oleada de los OVNIS, la gente
se hacía muchas preguntas. De esas preguntas sin respuestas,
queda hasta el día de hoy una: ¿Habrá algún registro o eviden-
cia de comunicación con la tierra, por parte de alguna forma
de vida inteligente del espacio extraterrestre? ¡Los hombres de
ciencia responderían todavía diciendo que no! pero, nosotros
tendríamos que responder diciendo que si. ¿Por qué?
Porque el pasaje abordado nos habla de que Dios, un ser
extraterrestre, creador del universo, siempre ha buscado entrar
en relaciones personales con los hombres. Veamos esta eviden-
cia en la palabra de Dios.
I. Dios les ha hablado a los hombres que vivían en el pasado
(v. 1).
1. A los hombres del pasado les ha hablado muchas veces.
(1) Les habló muchas veces a los antiguos, aunque por me-
dios impersonales, indirectos.
a. Porque los profetas, por su limitación humana no refleja-
ban toda la realidad divina.
b. Porque los profetas, por su limitación humana no refleja-
ban toda la verdad de Dios.
(2) Les habló muchas veces a los antiguos, aunque en forma
incompleta e imperfecta.
a. Porque los profetas por su limitación humana no captaron
ni transmitieron todo el mensaje de Dios.
b. Porque los profetas transmitieron el mensaje de Dios en
términos sólo de promesa y no de cumplimiento.
2. A los hombres del pasado les ha hablado de muchas ma-
neras.
(1) Les habló de muchas maneras por medio de los profetas
queriendo que los antiguos no queden ignorantes de su na-
turaleza o de su voluntad.
(2) Les habló de muchas maneras porque los profetas no
eran los canales perfectos para toda la verdad de Dios.
6. Hizo la purificación de nuestros pecados. El autor pasa de la naturaleza eterna y de la obra cósmica de
Jesucristo a su acción terrenal para los hombres. Las descripciones anteriores del Hijo inspiran nuestra ado-
ración y admiración; esta inspira la gratitud personal. Con su muerte en sacrificio Jesús nos limpió de los
pecados que hacían imposible que entráramos a la presencia de Dios. La figura de purificación anticipa la
descripción de la obra de Jesús [P. 37] en Hebreos, como una expiación y como obra de un sacerdote. Las
palabras “por sí mismo”, si son originales, aluden al sacrificio personal que fue necesario para que Jesús nos
purificara (ver nota de la RVA). Tuvo que ofrecer su propio ser (aun su propio cuerpo) para nuestra purifi-
cación.
La inclusión de esta obra de redención, en la misma serie con la descripción de Cristo como el agente de
Dios en la creación, indica la unidad básica entre los eventos de la creación y la redención. Es el mismo Crea-
dor que nos purifica en la cruz del Calvario. También, el Cristo crucificado es el que sustenta todas las cosas.
Por tanto, este evento de redención/purificación es el más importante en toda la historia de nuestro mundo.
7. Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. La posición a la diestra de un monarca oriental era el
lugar de sumo honor y poder. La Majestad significa Dios. Tales circunlocuciones por el nombre de Dios eran
comunes entre los judíos del primer siglo. El asiento a la diestra de Dios es el trono del universo. Después de
su sacrificio Jesús ha alcanzado la posición de Señor de todos. El lenguaje viene del Salmo 110:1, un versículo
que Jesús se aplicó a sí mismo (Mar. 12:36; 14:62).
Joya bíblica
…Y cuando había hecho la purificación de nuestros peca-
dos, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (1:3).
De esta manera, Hebreos define su tema y describe con siete frases sublimes la superioridad de Jesucristo
a cualquier otra persona. Servir a tal Señor tiene que ser superior a cualquier otra creencia o religión, aun a
la que dio Dios en el AT.
I. JESÚS Y LOS ÁNGELES, 1:4—2:18
1. La superioridad del Hijo sobre los ángeles, 1:4–14
Si Jesucristo eternamente era Hijo de Dios, ¿cómo es posible que fue hecho…superior a los ángeles (v. 4)?
El autor está pensando en la exaltación de Jesús a la diestra de Dios, después de que por poco tiempo fue
hecho menor que los ángeles (2:9). Superior traduce una palabra encontrada trece veces en Hebreos. La en-
contramos cuatro veces traducida superior y ocho veces traducida mejor; en 7:7 se traduce mayor. Indica la
superioridad de Jesús y el orden que él inició, a todo lo que precedía. Jesús es superior a los ángeles porque
no se llama mensajero (el sentido de “ángel”), sino Hijo de Dios.
¿Por qué el énfasis en los ángeles? En el primer siglo, los judíos tenían mucho interés en los ángeles. Creí-
an que los ángeles habían traído la ley de Dios a Moisés en el monte Sinaí (aunque el AT no los menciona).
También pensaban que los ángeles [P. 38] se encargaban de la administración de las naciones del mundo.
Estos son los trasfondos de 2:2 y 2:5, respectivamente. Los documentos de Qumrán han revelado otro posible
trasfondo para esta sección de Hebreos. Los sectarios de Qumrán esperaban que, en el día del Señor, habría
un mesías real y otro sacerdotal, los dos sujetos al arcángel Miguel. El autor de Hebreos replica que el Cristo
o Mesías no está sujeto a ningún ángel.
Semillero homilético
La superioridad de Jesucristo sobre los ángeles
1:4–14; 2:1–18
Introducción: En el primer siglo los judíos tenían mucho inte-
rés en los ángeles (ver Exposición).
Debemos reconocer que Jesucristo es superior a los ángeles,
pero ¿qué implica reconocer la superioridad de Cristo sobre los
ángeles? Según Hebreos 1 y 2 implica dos cosas que a conti-
nuación quisiéramos analizarlas junto con las razones que nos
da el texto para dichas implicaciones.
I. Reconocer la superioridad de Cristo sobre los ángeles im-
plica que sólo Cristo merece nuestra adoración (1:1–14).
1. Merece nuestra adoración porque sólo Cristo es llamado
hijo de Dios; en cambio los ángeles no (v. 5).
2. Merece nuestra adoración porque sólo Cristo es adorado
incluso por los ángeles, en cambio los ángeles no son ado-
rados (v. 6).
3. Merece nuestra adoración porque sólo Cristo es Rey, go-
bernador, en cambio los ángeles son seres subordinados a
su autoridad (vv. 7–9).
4. Merece nuestra adoración porque sólo Cristo es Creador
y, por tanto, eterno; en cambio los ángeles son seres creados
(vv. 10–12).
5. Merece nuestra adoración porque sólo Cristo es el Señor,
en cambio los ángeles son siervos sometidos a su señorío
(vv. 13–14).
II. Reconocer la superioridad de Cristo sobre los ángeles im-
plica que sólo Cristo merece nuestra obediencia y fidelidad
(2:1–18).
1. Merece respeto y obediencia porque sólo Cristo puede
hacer que no nos apartemos del camino de salvación (v. 1).
2. Merece respeto y obediencia porque de lo contrario sólo
Cristo puede darnos un castigo mayor que el que recibieron
los que rechazaron el mensaje anunciado por los ángeles
(vv. 2, 3a).
Un factor que contribuyó al marcado interés en los ángeles entre los judíos del primer siglo fue un con-
cepto exagerado de la trascendencia de Dios. Los judíos sentían que Dios estaba muy lejos de ellos, y por lo
tanto fue natural que buscaran mediadores que pudieran cubrir la distancia entre el hombre y Dios. Esta ten-
dencia de buscar mediadores o intercesores delante de Dios se ha manifestado también en otras ocasiones a lo
largo de la historia religiosa de la humanidad. Los hombres han construido imágenes en su deseo de traer
más cerca al Dios trascendente. Han acudido a héroes del pasado, como los “santos”, que consideran más
cerca de Dios. El mismo argumento básico de Hebreos 1 se [P. 39] aplica a todos estos intentos para cubrir la
distancia entre Dios y el hombre: Si bien es cierto que nuestro pecado ha aumentado nuestra distancia de
Dios, no es menester buscar un mediador que interceda ante Dios. Es que Dios mismo cubrió la distancia
cuando mandó a su Hijo a tomar la naturaleza humana. El Hijo nos ofrece un acceso a Dios incomparable-
mente superior a cualquier medio que el hombre pueda concebir.
En los vv. 5–13, Hebreos presenta siete citas del AT que comprueban la superioridad del Hijo a los ánge-
les. Estas son las primeras de muchas citas del AT en la epístola. Notemos algunas características de estas ci-
tas. Primera, como se mencionó en la introducción, el autor siempre cita conforme a la Septuaginta (LXX), la
traducción griega del AT. Segunda, cita a los Salmos más que cualquier otro libro. De estas primeras siete
citas, por ejemplo, cinco son de los Salmos. Tercera, para el autor de Hebreos, las Escrituras son la palabra de
Dios. Las cita con las palabras, “Dios dijo”, “dice el Espíritu Santo”, o simplemente, “dice”. Finalmente, inter-
preta las Escrituras de acuerdo con las reglas de interpretación de su día. Nosotros interpretamos algunos
pasajes de otra manera, porque empleamos distintas normas, pero Dios usó al autor de Hebreos y las costum-
bres de su día para producir esta joya de la literatura cristiana.
En esta sección, la primera y la segunda citas hablan de la relación entre el Padre y el Hijo. La tercera y la
cuarta describen el deber y la naturaleza de los ángeles, [P. 40] mientras que la quinta y la sexta ensalzan la
eterna majestad del Hijo. La última combina este tema de la majestad con el de su relación con el Padre.
En el v. 5, el autor cita primero el Salmo 2:7. Aunque a los ángeles como un grupo se les llama hijos de
Dios (Gén. 6:2; Job 1:6), ningún ángel es llamado “hijo de Dios” en singular. Por otro lado, en este Salmo ya
reconocido por los judíos como mesiánico, Dios reconoce al Mesías como su Hijo. Se han hecho muchas su-
gerencias en cuanto a hoy: el día de la encarnación, el del bautismo de Jesús, el de su resurrección, el de su
ascensión al trono o “el día de la eternidad”. Sin embargo, en esta cita el énfasis del autor está en la identifi-
cación del Cristo como Hijo de Dios, y es probable que no pensaba en una fecha específica para la segunda
parte de la cita.
La segunda cita es de 2 Samuel 7:14 o 1 Crónicas 17:13, enunciados iguales en la LXX y en el hebreo. El
contexto original es la promesa de Dios a David acerca de su hijo Salomón, pero los judíos esperaban un
cumplimiento más pleno de la profecía en otro descendiente de David. A ningún ángel hizo Dios una prome-
sa semejante.
Semillero homilético
Indicaciones en el camino de la salvación
2:1–4
Introducción: Cristóbal Colón no se quedó tranquilo con su
descubrimiento de haber encontrado el camino, la ruta a la
India, sino que hizo lo imposible para recorrer esa ruta y fue
así que se encontró con el Nuevo Mundo. No es suficiente so-
lamente encontrar el camino, sino caminar por ese camino
para llegar al lugar deseado.
Jesucristo es el camino de la salvación, eso lo sabemos una
mayoría, pero no basta saberlo sino caminar en ese camino,
vivir de acuerdo a las reglas de ese camino para encontrar la
salvación. De ahí que vale la pena considerar tres indicaciones
en el caminar por el camino de la salvación según Hebreos
2:1–4.
I. Las recomendaciones para el caminar por el camino de la
salvación (v. 1a).
1. La primera recomendación es que debemos ser diligentes
en nuestro andar (por el camino de la salvación).
(1) Porque no es simplemente un refugio donde podemos
estar tranquilos y quietos.
(2) Porque es un camino en el cual tenemos que bregar con
esmero y entrega.
2. La segunda recomendación es que debemos observar las
reglas del camino de la salvación con mucha seriedad.
(1) Porque las reglas son vitales para que permanezcamos en
él. (Son mucho más que el vestido, la comida, las comodi-
dades y planes humanos).
(2) Porque las reglas no son secundarias. (No se las puede
tomar como un juego), de ellas depende nuestra felicidad,
nuestra paz, nuestra vida.
Hebreos confirma su advertencia con un argumento a fortiori (vv. 2, 3a). Este tipo de argumento, fre-
cuente en la epístola, tiene esta forma: “Si A es cierto, con más razón es cierto B”. Aquí el argumento es que,
si la ley dada por medio de los ángeles fue válida, cuánto más la salvación que Jesús ofrece. Ya que Jesús es
superior a los ángeles, la palabra que Dios da por medio de él tiene que ser más importante que la que encar-
gó a los ángeles. Si es importante evitar la retribución que amenaza [P. 44] al que viola la palabra dicha por
los ángeles, cuánto más importante es “atender” a la palabra suprema y final de Dios, que ofrece salvación.
Para entender este argumento, hay que saber que los judíos del primer siglo creían que Dios mandó la ley
a Moisés por medio de ángeles. El libro de Éxodo no menciona ningún ángel como mediador de la ley, pero
tal creencia llegó a ser común entre los judíos por un creciente sentido de la trascendencia de Dios. La idea
de que los ángeles mediaron la ley de Moisés se refleja en Gálatas 3:19 y Hechos 7:53. Hebreos arguye que
Jesús nos ofrece una salvación más grande que la ofrecida en el AT por ángeles, y el que rechaza esta salva-
ción merece una retribución más grande que el que rechaza la del AT.
Vv. 3b, 4. Aparentemente, algunos de los lectores de la carta lamentaban que la ley judía hubiera sido da-
da por medio de ángeles, mientras ellos habían recibido el evangelio cristiano por medio de meros [P. 45]
hombres. El autor corrige este error, afirmando que el primer mensajero que declaró el mensaje cristiano de
salvación fue el mismo Señor, el Hijo quien es superior a los ángeles. Aunque el autor y los destinatarios de
Hebreos no habían escuchado la palabra de labios de Jesús, los que oyeron al Señor les confirmaron el men-
saje con su proclamación y con el testimonio de vidas cambiadas. Y Dios dio su confirmación de la verdad de
este mensaje con milagros y con la presencia permanente de su Espíritu Santo.
De esta descripción de la recepción del evangelio por los lectores y por el autor de Hebreos, concluimos
que ninguno de ellos era de los que anduvieron con Jesús en la tierra (ver la Introducción). Pero en la funda-
ción de su congregación hubo manifestaciones milagrosas del poder y aprobación de Dios. Estas manifesta-
ciones eran señales que apuntaban a una verdad espiritual. Eran maravillas y produjeron asombro en los que
las presenciaron. Eran hechos poderosos, muestras del poder de Dios.
No está claro si el autor quería decir, dones repartidos por el Espíritu Santo o “repartimientos del Espíritu
Santo”. El segundo sentido es más probable. Dios repartió el don de su Espíritu a cada uno de los miembros
de la comunidad como él quiso, y dado que él nos conoce tan profundamente y nos ama tanto, su voluntad es
mejor que lo que escogeríamos por nosotros mismos.
Verdades prácticas
1. En el camino de la salvación debemos ser diligentes y tomar
con mayor seriedad, como lo vital en nuestra existencia, más que el
vestido, la comida y las comodidades. Nuestro Señor Jesucristo fue el
ejemplo de la diligencia y de tomar como suma prioridad el camino
de fe, él dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y
que acabe su obra” y les desafió a sus discípulos a tomar su ejemplo.
También el apóstol Pablo exhortó a las iglesias de su tiempo a hacer
la obra del Señor a tiempo y fuera de tiempo, a aprovechar el tiempo
a lo máximo para hacer la obra del Señor.
Nuestras iglesias de hoy necesitan conocer esta verdad, pues, los
desafíos y necesidades a los cuales se confronta son muchos: la po-
breza extrema, la corrupción a todo nivel, la violencia, el materialis-
mo desenfrenado, la idolatría, el satanismo, y otros. Frente a todo esto
es urgente que la iglesia de Jesucristo viva y anuncie el mensaje de la
buena noticia, de las bendiciones del reino de Dios, el nuevo orden
traído por Jesucristo, caracterizado por la justicia, la paz, la felicidad
verdadera, la misericordia, la santidad, etc.
2. Los peligros más grandes que pueden hacer que la iglesia y el
creyente se deslicen del camino de la fe son: la negligencia y la apa-
tía. El cristianismo evangélico de nuestro tiempo, cada vez más va
profesionalizando su fe a una fría asistencia dominical al templo. La
misión de Dios y sus exigencias son despachadas a un último plano
(si queda tiempo). En cambio la búsqueda de dinero, posiciones te-
rrenas, trabajo, estudio y los placeres merecen el mejor tiempo. De
esta manera nuestras iglesias están rayando en el grave peligro de
negligencia y pasividad y por ende corren el riesgo de deslizarse del
camino de la fe si no reaccionan pronto.
Por otro lado, la fe evangélica cada vez se reduce a un nombre, a
una tradición, es puramente nominal, el estilo de vida distinto acorde
con los valores del Reino de Dios, que el mundo quiere ver como la
única alternativa distinta, brillan por su ausencia.
3. Si dejamos el camino de la fe, habremos cavado nuestra propia
tumba, pues el único otro camino que existe es el de la perdición, el
camino de la muerte, que nos hará saborear sus frutos amargos (la
infelicidad, la falta de paz, los conflictos permanentes, el odio, la vio-
lencia y la muerte). Habremos vuelto —como dijo el apóstol Pedro—
al pecado, como la puerca que se revuelca en el cieno después de
haber sido lavada. Y, mereceremos también el castigo eterno de Dios
por haber rechazado su proyecto de vida, de humanización, a cam-
bio de la deshumanización, de la muerte, por tener más dinero, por
dar gusto a los apetitos de la carne, etc. (2 Ped. 2:13–21).
En los vv. 6–8, el autor cita el Salmo 8:4–6 para comprobar la autoridad del hombre sobre todas las cosas.
Introduce la cita de manera notablemente indefinida, lit. “alguien en algún lugar”. La razón de esta vague-
dad no fue la ignorancia del autor; toda la obra muestra su conocimiento detallado del AT. Podemos entender
la razón al examinar las demás citas de Hebreos. En ellas el autor de Hebreos dice que habla Dios o el Espíritu
Santo. Solamente aquí atribuye una cita a un autor humano, y menciona a este de manera [P. 47] indefinida
para recalcar que lo importante no es qué hombre habla o dónde, sino el hecho de que esta es una palabra de
Dios.
El Salmo 8 expresa la admiración de su autor ante la posición elevada que Dios ha dado al hombre en su
creación. En base a la afirmación de que Dios sometió todas las cosas al hombre, el autor de Hebreos arguye
que no puede haber una parte de la creación fuera del dominio del hombre (v. 8). La nueva época y aun los
ángeles tienen que estar sujetos al hombre. Sin embargo, al observar el mundo en el presente, no vemos toda-
vía que el hombre tenga este dominio total. Solamente por la fe que ve las realidades celestiales y las futuras
(11:1), podemos ver el principio del cumplimiento de este Salmo en Jesús. Él era superior a los ángeles y fue
hecho por poco tiempo menor que ellos; ahora está coronado de gloria y de honra. Los ángeles no goberna-
rán sobre los hombres en “el mundo venidero”, sino que estarán sometidos al hombre Jesús, porque Dios no
dejó nada que no esté sometido a él.
Vv. 10–11a. Dios salva a los hombres santificándolos por medio de uno que se identificó con ellos en sus
debilidades y sufrimientos humanos. Por causa de quien…existen significa que Dios creó todo con el propó-
sito de que le sirviera a él. El pecado impide este plan, pero a Dios no le conviene dejar así la situación. No
quiere permitir que se frustre su propósito de un compañerismo estrecho con el hombre. Por tanto, manda a
Jesús como Autor (o “pionero”) de la salvación. Jesús es un pionero en el sentido que pasó por el camino del
sufrimiento y llegó a la gloria de Dios, y ha abierto este camino para que los que le siguen también lleguen.
Llegado a la presencia de Dios, el creyente cumple con el propósito para el cual fue creado el hombre: glorifi-
car a Dios.
Algunos judíos del primer siglo no podían aceptar este camino a Dios porque no entendían cómo el su-
frimiento del Salvador podría ser parte del plan divino (1 Cor. 1:23). Más bien, veían el sufrimiento de Jesús
como una prueba de que Dios lo rechazó. El autor de Hebreos afirma que los padecimientos de Cristo sirven
para perfeccionarlo. Perfeccionar no significa que él estuviera en un estado de imperfección [P. 49] o de pe-
cado, y tuviera que llegar a la condición de perfección. Más bien, los padecimientos fueron parte esencial del
proceso por el cual Jesucristo fue preparado para su obra de salvación. En 5:7–10 se explica que la obedien-
cia de Jesús a la voluntad de Dios incluía el sufrimiento. Si Jesús no hubiera aceptado el sufrimiento, no
habría podido cumplir perfectamente con el plan de Dios para su ministerio. Entonces, los sufrimientos y la
muerte de Jesús no son evidencia de la desaprobación de Dios, sino la manifestación más clara de su amor y
de su deseo de rescatarnos del pecado.
Jesús sufrió porque el sufrimiento fue parte del plan de Dios. Pero, ¿por qué le convenía a Dios tal plan?
El sufrimiento del Salvador fue parte de su identificación con el hombre que sufre por el pecado. El que iba a
abrir el camino a Dios tuvo que empezar donde está el hombre. Somos impuros por nuestros pecados, y por
tanto no podemos entrar en la presencia del Dios santo. Para llevarnos a Dios, Cristo tuvo que santificarnos o
purificarnos del pecado que nos separa de Dios, y para esto tuvo que ser hombre e identificarse plenamente
con nosotros, aun en el sufrimiento que se debe a nuestro pecado (v. 11a). Provienen de uno puede ser una
referencia a un padre que tenemos en común, como Adán. Sin embargo, nunca se menciona a Adán en
Hebreos, y es más probable que la idea es que somos de una sola naturaleza, la humana. El Hijo eterno de
Dios es ahora hombre, para que los hombres podamos ser muchos hijos (v. 10) de Dios.
Vv. 11b–13. El Hijo expresa su identificación con los hombres llamándolos sus hermanos (ver Juan
20:17). Como en el primer capítulo, aquí también el autor de Hebreos ilustra esta verdad con citas del AT. Al
citar estos pasajes, está pensando en su contexto en el AT, y para entenderlos tenemos que estudiar aquel
contexto. La primera cita es del Salmo 22. Los cristianos del primer siglo veían en este Salmo una descripción
de la muerte de Jesús, y Jesús mismo citó el Salmo 22:1 en la cruz, evocando así todo el Salmo (Mar. 15:34).
El Salmo 22:1 introduce la sección que describe los sufrimientos del justo, y el v. 22, citado en Hebreos, in-
troduce la segunda sección que describe su gozo por la ayuda que Dios da. El justo quiere compartir este go-
zo con sus hermanos en la congregación (la misma palabra que describe la iglesia). Hebreos cita este versícu-
lo para mostrar que el sufrimiento de Jesús está de acuerdo con el AT, y para ilustrar cómo su sufrimiento
beneficia a los que por fe son sus hermanos.
En el v. 13 el autor cita dos versículos consecutivos de Isaías 8. Cuando el pueblo rechazaba el mensaje de
Isaías, el profeta dijo que seguiría viviendo en esperanza y confiando en Dios (Isa. 8:17). Jesús también expe-
rimentó el rechazo, pero mantuvo su confianza en Dios. Para el autor de Hebreos un aspecto básico de la
condición humana es el vivir por la fe. Así como Jesucristo se identificó con nuestra condición de debilidad y
sufrimiento, también vivió por fe como nosotros. El que había visto toda la gloria de Dios en el cielo, bajó a
este mundo y aceptó la necesidad de vivir [P. 50] en fe, la constancia de las cosas que se esperan (11:1).
Joya bíblica
De igual manera él participó también de lo mismo, para
destruir por medio de la muerte al que tenía el dominio sobre
la muerte (éste es el diablo) (2:14).
Hebreos separa Isaías 8:18 de 8:17 con las palabras, y otra vez, porque la segunda parte de la cita tiene
otra aplicación a la situación de los cristianos. Isaías y sus hijos sirvieron como señales de la verdad divina a
una generación que rechazaba el mensaje de Dios. Aun sus nombres señalan la verdad que Dios revelaba.
“Isaías” quiere decir “Yahweh es salvación”, y sus hijos se llamaban literalmente “Un remanente volverá” y
“El botín se acelera, el saqueo se apresura” (ver notas de la RVA para Isaías 7:3; 8:3). Jesús, como Isaías, mos-
traba la verdad que condenaba a los incrédulos de su día. Asimismo los cristianos, por su vida de fe, señalan a
cada generación la realidad de la exaltación de Cristo, la posibilidad de salvación por fe en él y la necesidad
de obedecerle, como Isaías obedeció en los nombres que les puso a sus hijos. Las palabras yo y los hijos que
Dios me dio también expresan la unión entre Cristo y los cristianos. Aunque es posible entender que Hebreos
nos llame hijos de Cristo, el autor probablemente quiere decir que somos hijos de Dios, entregados al Hijo
como sus hermanos (ver Juan 17:6).
La afirmación de que Cristo participó de carne y sangre (v. 14) nos recuerda que la carne es creación de
Dios y por lo tanto, digna de disfrutarse y de usarse en el servicio de Dios. A veces admiramos ciertas prácti-
cas como espirituales, cuando solamente son formas de negar la creación material de Dios. La entrada del
mismo Hijo de Dios en esta creación material comprueba el valor positivo de ella. Ser espiritual no es negar el
cuerpo, sino usarlo según la voluntad de Dios. Esta voluntad tiene su lado negativo, pero éste no es el propó-
sito final, sino que sirve a los propósitos positivos de Dios.
Los vv. 10–13 describen la identificación del Hijo con los hombres en la encarnación. El v. 14 da el pro-
pósito de esta identificación. Jesucristo se hizo semejante a los hombres en su existencia física de carne y san-
gre, a fin de morir como mueren los hombres. Jesús nació para morir. Una paradoja central de la fe cristiana
es que la muerte de Jesús no fue su derrota, sino la victoria decisiva sobre la muerte y el diablo. Cuando el
diablo induce a los hombres a pecar, promueve la muerte y extiende su dominio, pero cuando Jesús sufre la
muerte que es castigo de los pecados, destruye al diablo y a su dominio de muerte. La resurrección de Jesús
comprueba que la aparente victoria del diablo y de la muerte fue en realidad una derrota definitiva.
V. 15. El propósito de la destrucción de la muerte es librar a los “hermanos” de Jesús (v. 12) quienes viví-
an en esclavitud a ella. La muerte es una sombra que oscurece toda la vida. El hombre nunca vive con la ple-
nitud que Dios planeó en el principio, porque desde sus primeros años es esclavo del temor de la muerte en
vez de [P. 51] gozar la vida. Tantos actos humanos no son actos de vida, sino intentos para escapar del domi-
nio de la muerte. Algunos buscan el olvido en el licor o en una droga; otros persiguen la riqueza como si pu-
diera darles la vida; otros cultivan la fama o construyen monumentos con la esperanza que éstos les sobrevi-
van. La existencia sin Cristo es más muerte que vida. Pero la paradoja de que Cristo murió para dar vida, nos
libra de la paradoja de vivir en el temor de la muerte. El cristiano tiene que pasar por la experiencia de la
muerte física, como todo hombre, pero ya no teme la muerte porque no significa separación de lo que ama,
sino entrada a la presencia plena del más amado: Dios. Así el cristiano, como su hermano mayor Jesucristo,
puede vivir y morir sin temor.
Los intérpretes de los primeros 16 siglos de la historia cristiana entendían tomó para sí (v. 16) en el senti-
do de la nota a este versículo: como una afirmación de la encarnación. Sabemos que nuestro Señor no asumió
la naturaleza espiritual de los ángeles, sino la carne y sangre del hombre. La mayoría de los intérpretes mo-
dernos (aunque no todos) prefieren la idea “tomó para ayudar”. El verbo puede expresar cualquiera de las
dos ideas, pero la segunda cabe mejor en el contexto.
Cristo se convirtió en carne y sangre (v. 14) porque se ocupaba en la salvación de seres de carne y san-
gre. Fue necesario que fuese hecho semejante a ellos (v. 17) para ayudarles como sumo sacerdote. La encar-
nación muestra la superioridad del hombre sobre los ángeles en el plan de la redención. Los que reciben la
ayuda de Jesús son la descendencia de Abraham. ¿Por qué no dice “descendencia de Adán”? Porque el autor
quiere señalar a los que viven por la fe que sostuvo a Abraham, el padre de todos los creyentes (Rom. 4:11).
El Hijo de Dios, queriendo ayudar a los hombres, tuvo que ser hecho semejante a ellos (v. 17). Solamente
compartiendo nuestra naturaleza nos puede representar como sumo sacerdote ante Dios. En todo aclara que
la naturaleza de Jesucristo era humana, y no una semejanza general con el hombre. El título sumo sacerdote,
que se usa aquí por primera vez, se va a repetir 17 veces en Hebreos y será de mucha importancia para des-
cribir la obra de Jesucristo. Hebreos es el único libro del NT que aplica este título a él.
Joya bíblica
Por tanto, era preciso que en todo fuese hecho semejante a
sus hermanos, a fin de ser un sumo sacerdote misericordioso y
fiel en el servicio delante de Dios, para expiar los pecados del
pueblo (2:17).
La identificación de Cristo con los hombres era necesaria para que él fuera misericordioso. Puede con-
templar nuestras debilidades y nuestros fracasos con paciencia, porque él sabe por experiencia lo difícil que
es la vida humana. Nuestro sumo sacerdote también es fiel. Este adjetivo puede significar que cumple fiel-
mente su servicio en favor de nosotros, o que muestra confianza en Dios. Las dos ideas no son exclusivas, y
una de las enseñanzas destacadas de Hebreos es que la fe como confianza siempre se muestra en obediencia a
la voluntad de Dios. El cap. 5 habla en más detalle de la fe y obediencia que Jesús aprendió y ejerció. Como
sumo sacerdote, Jesucristo nos representa en el servicio delante de Dios. Es nuestro abogado en todo trato con
el Padre, especialmente el de expiar los pecados del pueblo. Nuestros pecados forman una barrera insupera-
ble, que nos separa de la presencia y del servicio de Dios. Este servicio es el propósito de nuestra existencia,
pero Dios no nos [P. 52] puede aceptar manchados del pecado, aunque nos ama y desea nuestro compañe-
rismo. Pero Cristo nuestro sacerdote, por el sacrificio de su propia sangre, borra el pecado y así nos hace
aceptos al Padre.
El autor usa el lenguaje del Día de Expiación en esta descripción de la obra de Jesús. Por esto llama a Jesús
sumo sacerdote y no simplemente “sacerdote”. Los sacerdotes continuamente ofrecían sacrificios al Señor,
pero en el gran día de Expiación, solamente el sumo sacerdote ofrecía los sacrificios de expiación. Hacía dos
sacrificios, el primero por sus propios pecados y el segundo por los del pueblo. Hebreos menciona sólo un
sacrificio de Cristo, pues él no tenía pecados propios que expiar.
El lugar santísimo, donde entró el sumo sacerdote para hacer expiación (2:17)
Jesús entiende las pruebas y las tentaciones de la vida humana (v. 18). Él enfrentó las necesidades físicas
del hombre, la obligación de obedecer a Dios viéndolo solamente por la fe, la tentación de buscar su propia
comodidad en vez de la voluntad del Padre. En toda prueba, toda dificultad, toda tentación, tenemos en Cristo
un amigo que ha pasado por el mismo camino y entiende nuestra situación. Él nos ofrece un socorro único,
porque es el único que ha enfrentado todas estas situaciones con éxito. Otros han sido tentados como noso-
tros, pero han cedido a la tentación. Pueden entender nuestra situación, pero a fin de cuentas han fracasado
como nosotros. Pero Jesús bebió hasta el fondo la copa de [P. 53] sufrimiento y todavía permaneció fiel. Él
conoce nuestros problemas y también tiene las soluciones. Sabe aun mejor que nosotros mismos qué tipo de
ayuda necesitamos, y nos ofrece perdón por el pasado y poder para el porvenir.
II. JESÚS Y MOISÉS, 3:1—4:13
Los judíos del primer siglo honraban a los ángeles como mediadores que trajeron la ley de Dios a los
hombres. El agente humano de esta ley era Moisés. Es posible que los lectores de Hebreos, como la secta de
Qumrán, esperaban el regreso de Moisés como parte del fin que Dios pondría al mundo. Entonces, para
comprobar la superioridad del Nuevo Pacto con respecto al Antiguo Pacto, o para corregir la escatología de
los lectores, Hebreos pasa de la comparación de Jesús con los ángeles a una comparación entre Jesús y Moi-
sés. Esta lo lleva a otra amonestación a la obediencia y a la fe, basada en la experiencia de Israel en el éxodo.
1. La superioridad de Jesús sobre Moisés, 3:1–6
El autor apela a sus lectores como hermanos, miembros de la familia de Dios; y santos, apartados del
mundo para el servicio del Señor. Tienen parte en el llamamiento celestial, el que viene del cielo, que ofrece
las bendiciones del cielo y que nos invita a subir al cielo. Los lectores están tentados a dejar su confesión de
Jesucristo, pero abandonar la confesión cristiana es regresar al mundo y perder la oportunidad de convivir
con Dios en el reposo celestial.
Por su identificación con nuestra condición humana y por la expiación que ha hecho por nuestros peca-
dos Jesús merece la más cuidadosa atención. Él es el apóstol o enviado que Dios mandó para traernos su reve-
lación final y completa. También es el sumo sacerdote que nos representa ante Dios. Como nuestro represen-
tante, ofrece la obediencia perfecta que la revelación de Dios demanda del hombre, y nos santifica con el
sacrificio de sí mismo para que entremos en la presencia de Dios. Hebreos exhorta a los lectores a concentrar
su atención y su servicio en Jesús, no en los ángeles. La consideración debida nos estimulará a la fidelidad
que piden los caps. 3 y 4.
En el v. 2 empieza la comparación entre Jesús y Moisés. En Números 12:7 Dios describe a Moisés como
fiel en toda mi casa. Hebreos afirma que Jesús también fue fiel a Dios, quien lo había nombrado para su obra
a favor de la casa (o familia) de Dios. Algunos intérpretes entienden constituyó (lit., “hizo”) en el sentido de
la generación eterna del Hijo por el Padre, pero en este contexto el sentido del verbo parece ser “nombró para
un oficio”. Así se usa el mismo verbo en otras partes de la Biblia griega (Mar. 3:14; Hech. 2:36; 1 Sam. 12:6).
Jesús y Moisés son semejantes en su cumplimiento fiel de la tarea que Dios les asignó.
Vv. 3, 4. Pero en otros aspectos hay contrastes agudos entre ellos. Si bien Jesús no es inferior a Moisés en
fidelidad, es superior a él en dignidad. Moisés es un miembro de la casa de Dios, pero Jesús es la cabeza. La
palabra traducida construido se traduce dispuesto o dispuestas en 9:2, 6 y preparó en 11:7. Significa todos
los arreglos necesarios para el buen funcionamiento [P. 54] de la casa. Al hablar de Jesús el Mesías como
constructor de la casa de Dios, el autor posiblemente esté pensando en 1 Crónicas 17:11 s. y Zacarías 6:12 s.
El v. 4 explica cómo Jesús puede ser el amo de la casa de Dios. Jesús como constructor sigue los planes de
Dios, de manera que la casa, como toda la creación, es de Dios, y a la vez es la casa del constructor que la ha
construido según el plan de Dios.
Semillero homilético
Ten cuidado de no perder la salvación
3:1–4:13
Introducción: Es una proclividad humana el buscar lo fácil, lo cómodo, y abandonar lo que nos
resulta difícil por más de que sea mucho más valioso, y siempre podemos encontrarle justificativos
a esta actitud. Los lectores de Hebreos están tentados a dejar su confesión de Jesucristo, para volver
a la ley de Moisés. Aparentemente, sentían la tentación de dejar su profesión cristiana y regresar a
la religión judía. Así podrían evitar las presiones y persecuciones de parte de sus vecinos no cris-
tianos y talvez de sus familias. Estos estaban insistiendo en la superioridad del judaísmo a la fe cris-
tiana. El autor de Hebreos les advierte que esta posición es muy peligrosa, pues de esta manera
están próximos a perder la salvación. Cuántas veces nosotros también nos encontramos en esta
posición peligrosa.
¡Debemos tener cuidado de no perder la salvación! Pero, ¿qué significa cuidarnos de no perder
la salvación? Veamos en este pasaje lo que significa.
I. Tener cuidado de no perder la salvación significa dar mayor respeto y servicio a Cristo que al
hombre, por más fiel que éste haya sido al Señor (3:1–6).
1. Por cuanto sólo Cristo es nuestro Apóstol y Sumo Sacerdote (v. 1).
(1) El enviado que Dios mandó para traernos la revelación final y completa de Dios.
(2) El que nos representa ante Dios y nos santifica con su propio sacrificio.
2. Por cuanto sólo Cristo es el constructor y Señor de la nueva Israel, la iglesia, la obra de Dios
(vv. 2–4).
(1) Moisés es sólo un miembro de la casa de Dios por más fiel que haya sido a Dios al igual que
Cristo.
(2) Jesús es el constructor que construyó la casa de acuerdo con el plan de Dios, y al mismo
tiempo es el dueño y, por ende, más digno que el miembro de la casa, Moisés.
3. Por cuanto sólo Cristo es el Hijo a través del cual Dios hizo su revelación final (vv. 5, 6).
(1) Lo que se había de decir fue dicho en Cristo. Así que el ministerio y la fidelidad de Moisés
son un testimonio que apunta a la revelación final que Dios iba a hacer en la vida, enseñanza,
y muerte de Jesucristo.
(2) Abandonar a Cristo para volver a la ley de Moisés sería dejar lo superior por lo inferior, la
realidad por la sombra.
II. Tener cuidado de no perder la salvación significa dejar la incredulidad (vv. 7–19).
1. Por cuanto la incredulidad trae rebeldía.
(1) El ejemplo negativo, Israel (vv. 7–11).
a. Se amargó contra Dios en medio de las pruebas, exigiéndole pruebas de la fidelidad de Dios
en lugar de dar pruebas de su fidelidad al poder y amor de Dios.
b. Su actitud de rebeldía los llevó a no merecer el premio de entrar a la Tierra Prometida, el re-
poso que Dios les ofreció.
(2) La aplicación del ejemplo a la iglesia (vv. 12–15).
a. La iglesia para escapar de este ejemplo de incredulidad expresado en la rebeldía no debe vol-
ver atrás o acomodarse a su etapa actual (v. 12).
b. La iglesia para escapar de este ejemplo de incredulidad expresado en la rebeldía debe realizar
el ministerio de animarse unos a otros cada día en nuestras iglesias (v. 13).
c. La iglesia para escapar de este ejemplo de incredulidad expresado en la rebeldía debe mante-
ner hasta el fin la fe con que empezó (vv. 14, 15).
2. Por cuanto la incredulidad trae inconstancia (vv. 16–19).
(1) El ejemplo negativo, Israel (vv. 16–19).
a. Buen comienzo y final malo. Salieron bien de Egipto pero no pudieron entrar en la Tierra
Prometida. En otras palabras se negaron a entrar en la Tierra Prometida.
b. Incredulidad en medio del pueblo de Dios y las manifestaciones de su poder. Uno puede ser
incrédulo en medio del pueblo de Dios, y aún en medio de sus milagros.
(2) La aplicación del ejemplo a la iglesia (vv. 16–19).
a. La iglesia caería como Israel en la incredulidad expresada en una actitud de inconstancia si
abandona la fe cristiana en la mitad de su peregrinaje.
b. La iglesia merecerá el castigo de no alcanzar el premio de Dios, el reposo, no porque Dios se
lo imponga sino como resultado natural de su desobediencia que rechaza la bondad de Dios.
III. Tener cuidado de no perder la salvación significa esforzarse en conseguir la salvación (4:1–
13).
1. Por cuanto es necesario creer y obedecer a Dios (vv. 1–2).
(1) Oír el mensaje divino de redención es importante, pero no es suficiente. Es menester añadir
al conocimiento la fe.
(2) La fe es importante, pero sólo cuando produce obediencia y perseverancia. La fe y la obe-
diencia son inseparables (3–5).
2. Por cuanto es necesario aprovechar la oportunidad abierta para nosotros (vv. 6, 7).
(1) En este “hoy” enfrentamos la misma decisión que el pueblo de Israel: obedecer a Dios y en-
trar en su reposo, o endurecer nuestro corazón y sufrir el mismo castigo que la generación del
éxodo.
(2) Confiando sólo en Jesucristo el único guía hacia el verdadero reposo, el celestial, el eterno en
la presencia de Dios (vv. 8–10).
a. Josué guió a su pueblo a un “reposo” material en Canaán.
b. Jesús está guiando a su iglesia al reposo verdadero y eterno en la presencia de Dios. El verda-
dero reposo es el Reino de Dios en proceso de llegar a su clímax. El único que puede guiar a es-
te reposo es Jesús, el Hijo de Dios superior a los ángeles, a Moisés, y a Josué.
(3) Constituyendo el hacer la voluntad de Dios como la máxima priorida de la vida (vv. 11–13).
a. Hacer la voluntad de Dios es el único camino para llegar a la meta celestial.
b. Manifestar una fe sincera. Si alguno es tentado a fingir su fe, la fe fingida no se puede escon-
der delante de Dios.
c. La Palabra que él nos habla tiene vida y poder para penetrar en toda la existencia del hombre.
d. A Dios no le satisfacen nuestros pretextos; querrá saber si vivimos esforzándonos para alcan-
zar su reposo, o si vivimos según nuestra propia voluntad.
Conclusión: El camino recorrido hasta aquí nos llevó a concluir tres cosas sobre el cuidarse de no
perder la salvación: Primera, no cambiar a Jesucristo por nada; segunda, abandonar la rebeldía a la
voluntad de Dios y la inconstancia, que son fruto de incredulidad; y tercera, esforzarse en lograr el
gran premio, “el reposo eterno”, la vida eterna.
Si nuestra vida raya en el peligro que nos advierte el pasaje reflexionado, este es el momento
propicio para tomar la decisión de cambiar y retomar la fuerza para lograr el premio, que será
posible sólo a través de una verdadera dedicación y entrega en hacer la voluntad de Dios, el único
camino para llegar a la meta.
Otra posible interpretación del v. 4b es que Jesús, porque creó todo, es divino. Esta es una verdad cristia-
na que el autor de Hebreos acepta (1:3a), pero el contexto presente habla de la relación de Jesús con la casa
de Dios, no de su naturaleza. Cuando Hebreos habla de la participación del Hijo en la creación en 1:2, lo des-
cribe como el agente de Dios (por medio de quien) y no como el Creador en sentido absoluto. Por estas consi-
deraciones es mejor entender [P. 55] el v. 4b en el sentido expuesto en el párrafo anterior. Esta conclusión no
mengua la dignidad que el autor atribuye a Jesús; como Hijo tiene toda la dignidad del Padre que es cons-
tructor de todo.
En los vv. 5 y 6 el autor resume la superioridad de Jesús sobre Moisés por medio de tres contrastes: (a)
Moisés fue fiel como siervo, pero Cristo…como Hijo. Ser siervo de Dios es un papel de gran dignidad, pero la
dignidad de Hijo es aun mayor. (b) Moisés sirvió en…la casa de Dios, mientras Cristo está sobre su casa. (c)
La ley que Dios dio a Moisés no fue la revelación final de Dios, sino la sombra de los bienes venideros (10:1).
La realidad viene en Cristo. Lo que se había de decir fue dicho en Cristo (1:2).
Los judíos del primer siglo empleaban el pasivo para hablar de la acción de Dios. Decían “se hizo” para
expresar la idea de que “Dios lo hizo”. Así que el ministerio y la fidelidad de Moisés es un testimonio que
apunta a la revelación final que Dios iba a decir en la vida, enseñanza y muerte de Jesucristo. Abandonar a
Cristo para volver a la ley de Moisés sería dejar lo superior por lo inferior, la realidad por la sombra. La ver-
dadera casa de Dios no es Israel, afirma Hebreos, sino nosotros.
[P. 56] Cristo nos ha dado la confianza de entrar con denuedo en la presencia de Dios, y una esperanza
celestial que engendra un orgullo (gloriarnos) sano. Pero la confianza y la esperanza no son actitudes pasi-
vas. El cristiano no debe quedarse apático porque piensa que la salvación es segura y que por tanto no hay
necesidad de atenderla. Nuestra confianza es más bien activa; el cristiano genuino confía activa y continua-
mente en la salvación, y muestra su fe en fiel obediencia. Hebreos no está diciendo que la salvación dependa
del esfuerzo del cristiano. Más bien, advierte que si la calidad de la vida de uno contradice su fe, debe exami-
narse para ver si su fe es genuina. La sección que sigue (3:7–4:13) advierte del peligro de no perseverar. Cita
el ejemplo de la generación del éxodo, que salió de Egipto en obediencia a Dios, pero nunca llegó a la meta
por su falta de constancia.
Hay tensión entre la confianza de que pertenecemos a la familia de Dios y la necesidad de perseverar en
la vida cristiana. Hebreos, como el resto del NT, afirma la seguridad de la salvación para los que creen (6:9,
10; 7:25; 10:39), pero tal vez sea el libro que más enfatiza la doctrina complementaria de la necesidad de
perseverar en la fe. Introduce esta doctrina con la condición que añade al v. 6. Como [P. 57] cristianos, de-
bemos mantener en tensión la confianza en la seguridad de nuestra salvación y la advertencia de que tene-
mos que perseverar. La perseverancia no es una condición para recibir la gracia de Dios, sino un resultado.
Es un elemento de la fe que Dios da, y el que no persevera debe examinar la fe que profesa haber recibido de
Dios. Debemos evitar dos peligros: El no tomar en serio la obligación de responder activamente a la gracia en
fe y en obediencia, y el depender de nosotros mismos para la salvación.
2. El peligro de la incredulidad, 3:7–19
En los vv. 7–11, el autor de Hebreos cita al Salmo 95 para respaldar su insistencia en la necesidad de “re-
tener la confianza”. Este Salmo describe la desobediencia de la generación del éxodo. Implícito en esta expo-
sición y en el uso de la Escritura en todo Hebreos, está el concepto de la inspiración que tenía el autor: El Es-
píritu Santo (3:7; 10:15) o Dios (1:5) habla en la Escritura, y habla a la generación actual. Dios habló a los
que primero oyeron el mensaje, pero también tiene un mensaje vivo y eficaz para cada generación del pueblo
de Dios.
El Salmo 95 es un himno de alabanza al Señor. Hebreos cita su segunda parte, que advierte que el que
adora a Dios tiene que obedecerle. El corazón duro, que no se somete a la voluntad de Dios, no ofrece [P. 58]
una adoración digna. La generación del éxodo salió de Egipto como pueblo de Dios, pero no llegó a la meta
final (el reposo de Dios o la tierra prometida) porque exigía pruebas de la fidelidad de Dios en vez de dar
pruebas de su fidelidad a Dios.
En el v. 8, provocación y prueba son las traducciones que aparecen en la Septuaginta por los nombres
hebreos Meriba y Masá. El Salmo toma estos nombres de Exodo 17:7, donde Moisés los da a Refidim por la
rebelión de Israel y su tentación de Dios en aquel lugar. La palabra traducida provocación es, lit., “el acto de
amargarse”. Israel se amargó por las pruebas que enfrentaba en vez de crecer en confianza. Por tanto, se re-
beló contra Dios. El salmista advierte que el pueblo de su día está en peligro de endurecerse o rebelarse de la
misma manera, y el autor de Hebreos aplica la advertencia también a sus lectores.
Cuarenta años en el desierto (3:9)
La frase durante cuarenta años (v. 9) modifica me enojé en el Salmo (como en 3:17), pero aquí la asocia
con vieron mis obras. Es posible que el autor compartiera la creencia de otros judíos del primer siglo, que
Dios iba a terminar la época en que Israel era su pueblo escogido con un período de cuarenta años, semejante
a los [P. 59] cuarenta años del éxodo con que aquella época empezó. Si este período comenzara con el “éxo-
do” de Jesús en Jerusalén (aprox. 29 d. de J.C.), ya estaba llegando a su final en los días en que el autor escri-
bía Hebreos (la década de los 60 d. de J.C.). Si el autor pensaba así, su mensaje de perseverancia tenía gran
urgencia. Los cristianos del tiempo de Hebreos, igual que la generación del éxodo, habían “visto las obras de
Dios” aprox. 40 años. La crisis de la guerra entre los judíos y los ejércitos de Roma, que culminó en la des-
trucción de Jerusalén en 70 d. de J.C., pondría fin a la etapa de Israel en el plan de Dios y cambiaría radical-
mente la relación entre los judíos cristianos y sus hermanos carnales. En tiempos de cambio es más difícil
mantener firme la fe en Dios, pero también es más importante.
En el v. 10, se dice lit. “esta generación”. Aquella generación es la frase que se encuentra en el Salmo
95:10 (LXX), pero Hebreos cambia el pronombre demostrativo. Este cambio puede ser inconsciente, pero si es
consciente sirve para enfatizar la aplicación de la cita a la generación a la que se dirige Hebreos. Los hebreos
del éxodo habían visto las obras de Dios sin “conocer sus caminos”. El autor apela a los “hebreos” que leerán
su carta, para que ellos aprendan por sus experiencias del poder de Dios.
En el v. 11 el salmista vincula otra experiencia del éxodo con la de Meriba. Fue en Cades-barnea, al re-
greso de los espías, que Dios juró que no entrarían en su reposo (Núm. 14:21–23). El concepto del reposo es
clave en el pensamiento de Hebreos. En el contexto de Números y del Salmo 95 se refiere a la Tierra Prometi-
da, donde Israel descansaría de sus tribulaciones en Egipto y de su viaje por el desierto. Pero después el repo-
so llegó a ser un símbolo del premio final que Dios ofrece a los que le sirven. De la misma manera en que
Dios descansó de su creación al séptimo día, gozando de los frutos de su obra, él ofrece a sus siervos el reposo
eterno en armonía y en comunión con él. Para alcanzarlo tenemos que confiar, obedecer y perseverar.
Cristo es superior
1. Cristo merece mayor honra, servicio y entrega que Moi-
sés, que otro hombre o cosa. Al igual que los lectores del libro
de Hebreos, cuántos creyentes en Jesucristo están en el grave
peligro de poner a Jesucristo por debajo de alguna persona, de
actividades cotidianas, planes, diversiones y comodidades, cre-
yendo falsamente encontrar mayor felicidad, mayor vida, ya
sea porque les atraen más las cosas del mundo, o por que les
toca atravesar pruebas difíciles de su fe en Jesucristo. Necesitan
recordar que Cristo es el único que puede ofrecer verdadera
vida, verdadera salvación y que por tanto merece dedicación y
sacrificio de la vida.
2. La incredulidad es el mayor peligro que nos puede apar-
tar del camino que nos conduce a la salvación eterna. Una in-
credulidad expresada en la desobediencia y la inconstancia a
vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. Cuántos como los
lectores de Hebreos somos incrédulos aún estando dentro de la
iglesia y experimentando el poder de Dios y su amor en nues-
tras vidas.
Vivimos una fe nominal, una fe que se reduce al saber y al
conocer de Dios y su palabra, una fe que siempre escucha, pero
no vive de acuerdo con lo que escucha de la Palabra de Dios,
sin darnos cuenta de que esta fe raya en la incredulidad. Cuán-
tos creemos que tenemos una fe poderosa y verdadera porque
expresamos prácticas de hablar lenguas, sanidades, liberacio-
nes, etc, pero no vivimos de acuerdo a los mandamientos de
Dios en nuestaro estilo de vida cotidiana, sin darnos cuenta de
que esta fe también peca de incredulidad. Pero mucho más
aún, cuantas veces le reclamamos a Dios fidelidad en medio de
las pruebas duras, pero no somos fieles en creer que él nos ama
y que no permitirá que nada malo nos suceda.
3. Dios nos ama y no quiere que ninguno quede fuera del
reposo eterno, la salvació eterna; por eso, nos anima, nos desa-
fía a lograrlo. Pero, la única manera de lograrlo es a través de
un verdadero esfuerzo de entrega y sinceridad a vivir de
acuerdo a la voluntad de Dios. No podemos engañarle con
nuestros pretextos, nuestras vidas están desnudas delante de su
presencia, querrá saber si vivimos esforzándonos para alcanzar
su reposo, o si vivimos según nuestra propia voluntad.
En los vv. 12–15 el autor empieza a aplicar el Salmo 95, dicho por el Espíritu Santo, a la situación de sus
lectores. Algunos de ellos estaban en peligro de apartarse de Dios. Aparentemente sentían la tentación de de-
jar su profesión cristiana y regresar a la religión judía. Así podrían evitar las presiones y persecuciones de
parte de sus vecinos no cristianos y tal vez de sus familias. Estos estaban insistiendo en la superioridad del
judaísmo a la fe cristiana. Hebreos dice que este regreso mostraría un corazón malo. La maldad consiste en
incredulidad. La frase que sigue aclara que la incredulidad no es el rechazo de ciertas creencias, sino el apar-
tarse del Dios vivo. La fe, entonces, no es solamente creer que Dios existe o que la Biblia es verdad; es una
relación dinámica de acercamiento al Dios vivo. Dios vive y sigue adelante; el que vuelve atrás se [P. 60] re-
bela contra la única fuente de vida y está en el camino hacia la muerte y la condenación. La iglesia tiene la
responsabilidad de vigilar que no haya en ninguno de sus miembros la rebelión que trae tales consecuencias.
Joya bíblica
Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros co-
razón malo de incredulidad que se aparte del Dios vivo; más
bien exhortaos los unos a los otros cada día, mientras aún se
dice: “Hoy”; para que ninguno de vosotros se endurezca por el
engaño del pecado (3:12, 13).
La apatía contra la cual Hebreos nos advierte se basa a veces en fidelidad a los cultos de la iglesia. Asisti-
mos a los cultos y nos gozamos con el calor del compañerismo cristiano, pero, ¿vivimos de manera distinta
como resultado? A veces multiplicamos los cultos para escapar del mundo o para mostrar nuestra espirituali-
dad. Debemos evaluar la calidad de vida que vivimos fuera de los cultos y no el tiempo que pasamos en ellos.
Hebreos aclara que no es el oír el evangelio lo que salva, sino el recibirlo por fe (v. 2). La nota de la RVA al v.
2 refleja la variedad de expresión que se encuentra en los manuscritos antiguos de Hebreos en cuanto a este
versículo. Algunos indican que son los oidores que no se identificaron, “se acompañaron” o lit. “se mezcla-
ron”. Otros manuscritos indican que es el mensaje que no se mezcló con fe. Aunque no podemos estar segu-
ros del texto original exacto, la idea es clara. Oír el mensaje divino de redención es importante, pero no sufi-
ciente. Es menester añadir al conocimiento la fe que produce obediencia y perseverancia. Como en 3:18, 19,
el autor enseña que la fe y la obediencia son inseparables.
El reposo de los seis días de creación (4:4)
Vv. 3–5. Si los que oyen sin fe no entran en el reposo de Dios (3:19; 4:2), entonces [P. 63] los que entran
son los que oyen con fe. El autor tiene confianza para incluirse con sus lectores en este grupo. En los versícu-
los anteriores el autor empleó advertencias acerca de la necesidad de la fe, y de las grandes consecuencias de
no tenerla, para estimular a sus lectores a perseverar en el camino cristiano. En estos versículos estimula con
una enseñanza más positiva. Cita dos pasajes de la Escritura para comprobar la existencia del reposo de Dios
y la posibilidad de entrar en él. Dos veces cita el Salmo 95:11, parte del texto que está tratando en toda esta
sección de su obra. Cuando Dios jura que los israelitas del éxodo no entrarán en su reposo, no habla de un
reposo que quede todavía en proyecto. El reposo de Dios existe desde la terminación de la creación, cuando
se dice que Dios reposó de sus obras (Gén. 2:2). Los intérpretes de aquel día veían importante que para el
séptimo día no se menciona una tarde o puesta del sol (como en Gén. 1:31 y en todos los días anteriores).
Concluyeron que el reposo de Dios no ha cesado y todavía continúa. Este es el [P. 64] reposo que Dios ofrece
a los que creen. En la Septuaginta, como en Hebreos, las palabras traducidas reposó (Gén. 2:2) y reposo (Sal.
95:11) tienen la misma raíz, aunque las palabras hebreas son distintas en los dos pasajes.
Joya bíblica
Temamos, pues, mientras permanezca aún la promesa de
entrar en su reposo, no sea que alguno de vosotros parezca
quedarse atrás (4:1).
De modo que Génesis 2:2 comprueba que el reposo de Dios es una realidad, y el Salmo 95:11 comprueba
que Dios no ha cerrado la entrada a este reposo. Cuando juró a los israelitas en el tiempo del éxodo que no
entrarían, mostró que todavía quedaba la posibilidad de entrar. Y cuando exhortó a una generación poste-
rior, la del salmista, a no seguir aquel ejemplo y sufrir las mismas consecuencias, mostró que la posibilidad
queda durante todo el “hoy” en que Dios ofrece su gracia. La tercera repetición del Salmo 95:11 en el v. 5
enfatiza que el reposo que Dios nos ofrece, si le seguimos con fe obediente, es el mismo que él disfruta. Por
tanto, no es estar inactivo sino disfrutar de los frutos de su creación perfecta, y de nuestras obras de fe.
El v. 6 resume el argumento de los primeros cinco versículos del capítulo. Dios preparó el reposo como
parte de su creación, con el propósito de compartirlo con los hombres. Escogió a los israelitas para entrar en
él y les anunció las buenas nuevas de esta oportunidad (lit., “les evangelizó”). Pero ellos desobedecieron. Por
tanto, no pudieron entrar, porque el reposo es una relación de fe y obediencia hacia Dios. La entrada todavía
queda abierta, porque la promesa de Dios no puede quedar sin cumplirse. El Salmo 95 lo comprueba, porque
en él Dios habla de otro día, hoy, que Dios ha determinado en su soberanía y gracia. En este “hoy” el pueblo
enfrenta la misma decisión: Obedecer a Dios y entrar en su reposo, o endurecer su corazón y sufrir el mismo
castigo que la generación del éxodo.
El autor de Hebreos dice que Dios habló así por medio de, o literalmente “en”, David (v. 7). El Salmo 95
no tiene introducción en el texto hebreo que se ha preservado hasta el presente, pero en la Septuaginta apa-
rece una que le atribuye este salmo a David. Es posible que el autor se refiera a esta introducción, o que hable
generalmente del Salterio como el “libro de David”.
Vv. 8–10. Del uso de “reposo” en la historia del éxodo uno podría entender que el reposo es la Tierra
Prometida, o la terminación de las guerras contra los enemigos en esta región (Jos. 23:1). Sin embargo, el
Salmo 95 no se puede referir a tales conceptos materiales, porque fue compuesto después, cuando Israel ya
disfrutaba de estos “reposos”. Entonces el verdadero reposo no es el que Josué dio al pueblo. En el gr. de
Hebreos, Josué es el mismo nombre que Jesús. En este versículo, el autor piensa sin duda en Josué, el líder de
la conquista de Canaán, pero hay una comparación implícita entre él y Jesús. Los dos nombres griegos repre-
sentan uno mismo en hebreo, que significa “Jehovah salva”, y [P. 65] los dos hombres fueron salvadores. Pero
Josué guió a su pueblo a un “reposo” material en Canaán, mientras que Jesús está guiando a su pueblo al
reposo verdadero y eterno en la presencia de Dios. El verdadero reposo no es terrenal, ni se alcanza en esta
vida. El único que nos puede guiar a este reposo es Jesús, el Hijo de Dios superior a los ángeles, a Moisés y a
Josué.
La conclusión de este argumento complejo se da en los vv. 9, 10. Los vv. 1–5 habían comprobado que so-
lamente por fe es posible entrar en el reposo de Dios. Los vv. 6–9 comprueban que la entrada a este reposo
todavía está abierta para los que creen en Jesucristo. No fue una bendición solamente para un día del pasado.
En el v. 9, este reposo se llama sabático. (La palabra “reposo” no aparece aquí.) El autor utiliza el término
sabático para recordar la enseñanza del v. 4: Este reposo no es sólo algo que Dios da, sino el reposo que él
mismo disfruta y comparte con su pueblo. Es celestial, sobrenatural. Otras obras judías mencionan un día
eterno de reposo en la presencia de Dios. El autor declara que este concepto judío encontrará su cumplimien-
to en Jesucristo, el Señor de los cristianos. Cuando le servimos a él, nos espera el reposo que Dios nos ha pre-
parado y que él disfruta. Podemos esperar el día en que hayamos terminado la voluntad de Dios para nuestra
vida terrenal y disfrutemos los frutos de la obediencia. Terminarán los afanes y las frustraciones de este
mundo; no habrá más oposición ni persecución de parte del mal. El reposo no significa inactividad, porque
aún Dios sigue trabajando (Juan 5:17). Más bien, significa el fin de las dificultades que enfrentamos en este
mundo y el feliz término de la tarea asignada en esta vida. El reposo en Hebreos es lo que en otras partes del
NT se llama “vida eterna”, “el reino de Dios” o “estar con el Señor”.
En el v. 10 su reposo es el reposo de Dios. La frase entrado en su reposo nos recuerda el Salmo 95:11 por
cuarta y última vez. Reposado de sus obras alude a Génesis 2:2, ya citado en 4:4. Con estas alusiones termina
la exposición del Salmo 95.
Joya bíblica
Dios ha determinado otra vez un cierto día, diciendo por
medio de David: “Hoy”, después de tanto tiempo, como ya se
ha dicho: Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones
(4:7).
En vista de este espléndido premio alcanzable por la fe obediente, y de la consecuencia trágica de la des-
obediencia incrédula, el autor exhorta a hacer el reposo de Dios la meta de la vida, y a hacer todo [P. 66]
esfuerzo para alcanzarlo (vv. 11–13). Esta es la expresión positiva de la exhortación de 4:1. La vida de fe no
es pasiva; requiere el máximo esfuerzo. El autor reconoce que la mayoría de la congregación se está esfor-
zando, pero con verdadero instinto pastoral se preocupa por los pocos que están en peligro de caer (ver Mat.
18:12–14). El gran peligro es el mismo que acechaba a Israel en el éxodo y que acecha a cada generación:
desobediencia a Dios (ver 3:19; 4:2, 6). Expresamos la fe por seguir con empeño total el camino que Dios nos
indica. El que no da obediencia enérgica muestra que no tiene la fe genuina. Hacer la voluntad de Dios es el
único camino para llegar a la meta celestial.
El intermediario perfecto
4:14–16
1. Por cuanto merece de nuestra parte mayor firmeza en la
fe que le profesamos (v. 14).
1. Tenemos un sacerdote que es grande, superior a todo
otro. Él no traspasa el velo que da entrada al lugar san-
tísimo en el templo de Jerusalén, símbolo de la presen-
cia de Dios, sino que ha traspasado los cielos y ha en-
trado en la presencia verdadera de Dios.
2. Nuestra respuesta a tal privilegio debe ser retener
nuestra confesión, seguir firmemente asidos a la fe que
acogimos en la conversión.
2. Por cuanto merece de nuestra parte mayor confianza (vv.
15, 16).
1. Puede comprender y compadecerse de nuestras debili-
dades en su intercesión por nosotros, porque él también
fue tentado y triunfó.
2. Este ministerio de Jesús nos da confianza para acer-
carnos al trono de Dios sin temor en cualquier momen-
to y sin necesidad de ningún otro intercesor (v. 16).
Si algún lector es tentado a fingir esta fe, el autor le recuerda que la fe fingida no se puede esconder de-
lante de Dios. La Palabra que él nos habla tiene vida y poder para penetrar hasta lo más recóndito del cora-
zón y revelar los pensamientos y motivos que pueden estar ocultos a todos [P. 67] los demás. El Dios vivo nos
habla en la Escritura, y por tanto escuchamos una palabra viva, pertinente al día en que primero se pronun-
ció, y también pertinente a cada generación que la lee. La palabra de Dios nunca será una palabra anticuada.
La raíz de eficaz se usa generalmente para el poder divino. Encontramos en la palabra de Dios el poder de
Dios. Cuando la leemos con la receptividad de la fe y la disposición para obedecer, este poder nos llega, nos
emociona, nos sorprende, nos sacude.
Como una espada de dos filos en manos de Dios, nunca deja de cortar y penetrar, ejerciendo la cirugía
espiritual. El autor amontona términos para expresar el poder penetrante de la Palabra, que llega hasta el
centro de nuestro ser. Empezando en el corazón, la palabra toca todo aspecto de la vida y del ser de la perso-
na, produciendo la bendición en el que obedece, o el juicio en el desobediente. El autor acaba de dar un exce-
lente ejemplo del poder penetrante de la palabra de Dios en su aplicación del Salmo 95, escrito tantos siglos
antes, a la situación actual de sus lectores.
El ser humano dedica mucho tiempo y esfuerzo a la producción de máscaras. No queremos que nadie vea
nuestra verdadera naturaleza egoísta y orgullosa. Nos escondemos de nuestros vecinos y familias, y aun po-
demos engañarnos a nosotros mismos, pero quedamos “desnudos y expuestos” ante Dios (v. 13). Él nos creó
y nos entiende mejor que nosotros mismos. Él nos ha hablado, revelando su voluntad; nosotros le hablaremos,
para dar cuenta de nuestra obediencia o de nuestra desobediencia. No le satisfacen nuestros pretextos; querrá
saber si vivimos esforzándonos para alcanzar su reposo, o si vivimos según nuestra propia voluntad.
Semillero homilético
No se puede fingir la fe a los ojos de Dios
4:12, 13
Introducción: “Quién hubiera pensado”, fue la frase de asombro que estuvo en
primera plana del periódico, Los Tiempos de Cochabamba, Bolivia, como el enca-
bezamiento de la nota sobre la orden de extradición que lanzó la Dê norteameri-
cana al comandante de la comisión de la lucha contra la droga, por delito de nar-
cotráfico. Realmente, “quién hubiera pensado”, o, al menos, imaginado que el
comandante de la lucha contra el narcotráfico resulte ser un narcotraficante. A
los ojos de todos estuvo cometiendo este flagrante delito, su cargo fue un perfecto
camuflaje. Cuántos como él hacen a la vista de muchos ojos cosas malas, pero
nadie se da cuenta porque lo hacen a la sombra de un camuflage. En definitiva,
qué fácil es engañar a los hombres.
Pero, ¿será posible también engañar a Dios? ¿Fingir la fe a los ojos de Dios? La
respuesta es, ¡No! Veamos dos razones para sustentar esta tesis en el pasaje de
Hebreos 4:12, 13.
I. No es posible fingir la fe a los ojos de Dios porque Dios nos examina hasta lo
más íntimo de nuestro ser (v. 12).
1. Nos examina hasta lo más íntimo de nuestro ser a través de su Palabra que es
viva y poderosa.
(1) El mensaje que nos habla a través de la Biblia siempre es dinámico y actual.
La Palabra de Dios nunca será una letra muerta ni mucho menos una palabra
anticuada.
(2) En la Palabra de Dios está el poder de Dios. Cuando la leemos con la recep-
tividad de fe y la disposición para obedecer, este poder nos llega, nos emocio-
na, nos sorprende, nos sacude, toca las fibras más profundas de nuestro ser.
2. Nos examina hasta lo más íntimo de nuestro ser a través de su palabra que es
como una espada de dos filos, penetrante y cortante.
(1) Hace una cirugía espiritual en nuestra vida, no hay nada que no corte y
penetre llegando a lo más recondito de nuestro ser.
(2) Revela los pensamientos y motivos que pueden estar ocultos a todos los de-
más, produciendo bendición para el que obedece, o el de juicio para el des-
obediente.
(3) Examina el corazón y sus intenciones, produciendo la bendición en el que
obedece, o juicio en el desobediente.
La mención de su nombre humano nos recuerda que Jesús es un hombre como nosotros, pero el autor
añade que es también el Hijo de Dios. Como humano, entiende nuestras necesidades y debilidades y simpatiza
con nosotros; como divino, provee una representación sacerdotal efectiva ante la presencia de su Padre divi-
no.
Joya bíblica
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no puede com-
padecerse de nuestras debilidades, pues él fue tentado en todo
igual que nosotros, pero sin pecado (4:15).
Nuestra respuesta a tal privilegio debe ser retener nuestra confesión. Hebreos llama confesión a nuestra
fe, porque la fe del corazón se debe manifestar también con la boca. El autor énfatiza las muestras de la fe
que los hombres ven, como la confesión; en cambio, Pablo pone énfasis en las evidencias que Dios observa,
como la fe en el corazón. Hebreos enfatiza también la perseverancia. Aquí exhorta a seguir [P. 69] asidos a la
fe que recibimos en la conversión. La perseverancia es parte de la obediencia que proviene de la fe (ver 3:18
s.; 4:2).
Verdades prácticas
1. Dios llega hasta lo más profundo de nuestro ser a través
de su Palabra que es viva, poderosa y más penetrante y cortante
que una espada de dos filos. Para mucha gente no creyente, la
Palabra de Dios, la Biblia, es como un libro más entre los mu-
chos que existen con normas y leyes éticas. Pero, también, de-
ntro de los llamados cristianos existen algunos así llamados
liberales que ven la Biblia como anticuada, una revelación de
Dios para la gente del tiempo cuando fue escrita. Otros, de una
tendencia teológica más fundamentalista, la ven sólo como una
norma de prohibiciones, o como pretexto para legitimar prác-
ticas puramente humanas. Todos estos necesitan saber que la
Palabra del Señor es viva, poderosa y más penetrante y cortante
que una espada de dos filos, que examina todo nuestro ser,
llevándonos al encuentro con nuestro Hacedor y a la necesidad
de reconciliarnos con él.
2. Ante los ojos de Aquel que nos creó nuestras vidas están
desnudas y expuestas. Cuántos creyentes vivimos fingiendo
una fe aparente, reducida a una asistencia a los cultos pero sin
vivir de acuerdo a las exigencias y demandas de la voluntad de
Dios. Engañamos a nuestra familia, nuestra iglesia y hasta qui-
zá nos engañamos a nosotros mismos, pero no engañamos a
Dios. Con razón el evangelio está perdiendo su credibilidad con
la gente de hoy, por el mal testimonio de los llamados creyen-
tes, que son de nombre cristianos pero con sus hechos lo nie-
gan, resultando una grán decepción para mucha gente. No
olvidemos que daremos cuentas a Dios a quien no podemos
esconderle nada.
El trono de Dios ya no representa juicio sino gracia, porque nuestro sumo sacerdote está a su diestra.
Acercándonos a Dios, encontraremos todo lo que necesitamos: tanto misericordia para perdonar nuestros
pecados pasados como gracia para que resistamos la tentación presente.
[P. 70] La ayuda de Dios es siempre “oportuna”; nunca viene temprano, porque nos quitaría la oportuni-
dad de ejercer nuestra fe en perseverancia. Tampoco viene tarde, sino en el momento en que más nos convie-
ne. En el v. 13 el autor nos advirtió que no podemos escondernos de Dios. Ahora nos asegura que no tenemos
necesidad de escondernos. Una de las enseñanzas principales de Hebreos es que los pecadores podemos en-
trar a la presencia de Dios con confianza y sin temor.
2. Los requisitos de un sumo sacerdote, 5:1–10
Un sumo sacerdote debe reunir ciertas características. En esta sección el autor quiere probar que Jesús
tiene estas cualidades. Los vv. 1–4 describen dos de ellas: simpatía hacia los que representa y nombramiento
divino. Los vv. 5–10 muestran que Jesús llena estos dos requisitos.
En los vv. 1–3 se describen los requisitos del sumo sacerdote. El primer requisito es simpatía hacia los
hombres. Es tomado de entre los hombres porque sirve a favor de ellos. Los representa en sus relaciones con
Dios, y el representante debe tener la misma naturaleza que los representados. El servicio del sumo sacerdote
es presentar ofrendas y sacrificios por los pecados. En el culto del AT había varias ofrendas y sacrificios, pero
el v. 3 muestra que se refiere especialmente al sacrificio del día de la Expiación. Únicamente el sumo sacer-
dote ofrecía este sacrificio, y siempre ofrecía primero un sacrificio…por sus propios pecados y los de su fami-
lia, y después otro por los pecados del pueblo.
El AT establece un orden para el día de la Expiación que el sumo sacerdote debía seguir fielmente; el au-
tor insiste en que también es importante que presente la ofrenda con una actitud correcta. No puede servir
mientras tenga disgusto o rencor hacia los que hayan pecado y requieran el sacrificio para restablecer su
relación con Dios. Puede controlar sus emociones negativas si está consciente de que él también es hombre y
sufre de la misma debilidad. La palabra traducida sentir compasión describe un sentimiento moderado. La
conciencia de su propio pecado ayuda al sumo sacerdote a moderar sus emociones. No rechaza a los pecado-
res con disgusto, porque entiende por experiencia propia que él también está rodeado de debilidad. Esta frase
describe la experiencia del sumo sacerdote de manera dramática. Tampoco toma el pecado a la ligera, porque
por la misma experiencia conoce sus consecuencias serias. El sacrificio personal que el [P. 71] sumo sacerdo-
te ofrecía antes de interceder por el pueblo era un recuerdo constante de que él y el pueblo sufrían de una
misma debilidad. Este recuerdo debía ayudarle a mantener su humildad y paciencia con el pueblo.
El autor describe a los pecadores como ignorantes y extraviados. Han errado el camino por su ignorancia.
Es posible que con esta descripción quiera excluir a los que se rebelan contra Dios con premeditación, por-
que la ley no permitía ningún sacrificio por tal pecado. El autor afirmará en 10:26 que en Cristo tampoco
hay sacrificio por el pecado para el que desobedece deliberada y persistentemente.
Semillero homilético
Jesús cumplió los dos requisitos para ser sumo sacerdote
5:5–10
I. Tuvo un nombramiento divino (vv. 5, 6).
1. No se autonombró sumo sacerdote, ni usó su dignidad
para satisfacer su ambición u orgullo.
2. Asumió el oficio en obediencia al llamamiento de su Pa-
dre, esto lo comprueba con dos citas de los Salmos (Sal. 2).
II. Se identificó completamente con los hombres en toda su
condición humana (vv. 7–10).
1. Aunque no cometió ningún error que le causara sufri-
miento, sin embargo, sufrió de la misma manera que sufre
todo hombre (ejemplo en el Getsemaní).
2. Aprendió como humano a ajustar su voluntad a la volun-
tad divina a través de esfuerzo y lágrimas (la cruz).
3. Nos puede guiar en nuestra angustia, porque enfrentó el
sufrimiento y la muerte con los mismos recursos que noso-
tros tenemos: la oración y la obediencia a Dios. No buscó
una salida sobrenatural que no está a nuestro alcance.
4. El sacrificio que hizo no se repite porque tiene una efica-
cia permanente. Cristo es una fuente perfecta de salvación.
5. Por todo ello es nombrado sumo sacerdote máximo de la
orden de Melquisedec, por medio de su resurrección y
exaltación.
El segundo requisito que Hebreos menciona es el nombramiento divino (v. 4). Según la ley, nadie puede
arrogarse la dignidad de servir como sacerdote. Dios escogió a Aarón como el primer sumo sacerdote (Éxo.
28:1) y estableció los principios de la sucesión sacerdotal. De modo que un llamamiento por Dios era un re-
quisito indispensable para el sumo sacerdote.
La conciencia del llamamiento divino debe inspirar en el sumo sacerdote un espíritu de humildad y de
servicio. Es posible que Hebreos exprese en este versículo una crítica velada de los sumos sacerdotes de su
día. Hacía más de dos siglos que el poder político, primero de la nación independiente de los judíos y después
de los romanos, intervenía en la selección del sumo sacerdote. El resultado de esta intervención política fue
que los que ocupaban el puesto lo consideraban como premio a la ambición y motivo de orgullo. Aunque
tanto los romanos como los sumos sacerdotes judíos han pasado a la historia, el [P. 72] peligro del orgullo
todavía amenaza a los líderes religiosos. La tentación de envanecerse acecha a todos los que tienen algún car-
go de liderazgo en el servicio de Dios y de su pueblo. No olvidemos que el llamamiento de Dios es un privile-
gio inmerecido y no una medalla para lucir.
Joya bíblica
Cristo, en los días de su vida física, habiendo ofrecido rue-
gos y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que le podía li-
brar de la muerte, fue oído por su temor reverente (5:7).
Ahora Hebreos demuestra que Jesús tiene los dos requisitos mencionados (vv. 5, 6). Los trata en orden in-
verso. Primero, afirma que Cristo fue nombrado sumo sacerdote por Dios. No buscó el honor de ser sumo
sacerdote, ni usó su dignidad para satisfacer la ambición o el orgullo. Más bien, asumió el oficio en obedien-
cia al llamamiento de su Padre. El autor comprueba su aseveración con citas de dos salmos mesiánicos (Sal. 2
y 110). La primera cita es la misma que aparece en 1:5a. Aquí proclama que Dios escogió al Hijo para ser
rey. La cita también recuerda la superioridad del Hijo a toda la creación (ver cap. 1), e indica que el Hijo, a la
vez que es sacerdote, es también rey. Este doble oficio queda aún más claro en la siguiente cita (Sal. 110:4). El
Salmo 110, como el 2, era un salmo para la coronación del rey davídico, y también un salmo mesiánico. El
autor había aplicado este Salmo a Cristo en 1:13, pero allí cita 110:1. Ahora, bajo inspiración divina, aplica
al Mesías el v. 4 del mismo Salmo, que será un versículo clave en los capítulos siguientes. Algunos grupos
judíos, como el de Qumrán, esperaban dos figuras mesiánicas en el Día del Señor: un rey-mesías y un sacer-
dote-mesías. Hebreos proclama que las dos esperanzas se cumplen en Jesucristo. Pero, ¿cómo puede ser Jesús
el sumo sacerdote esperado si no es de la tribu de Leví? El Salmo 110:4 profetiza que Dios llamaría a un sa-
cerdote de otro orden, a la vez que comprueba que los dos oficios de rey y de sacerdote se realizarían en una
sola persona. Esta interpretación es revolucionaria; ningún judío y aparentemente ningún cristiano había
aplicado el concepto orden de Melquisedec antes al Mesías. El autor enumerará sus implicaciones para la
cristología en el cap. 7; por lo pronto sólo quiere comprobar que el sacerdocio de Jesús viene por nombra-
miento divino.
El otro requisito para un sumo sacerdote es la simpatía (vv. 7, 8). Cristo la tiene porque, como nosotros,
aprendió por medio de sufrimientos. Un refrán del primer siglo decía que se aprende por el sufrimiento.
Hebreos se atreve a aplicar este refrán a Cristo, el Hijo perfecto de Dios. Aunque no cometió ningún error
que le causara sufrimiento, sin embargo, sufrió [P. 73] de la misma manera que sufre todo hombre. El autor
lo comprueba con el ejemplo de Jesús en Getsemaní. Allí Cristo enfrentó la muerte y oró con fuerte clamor y
lágrimas a Dios quien le podía librar de la muerte. El autor de Hebreos dice que Dios oyó su petición. En pa-
sajes como Éxodo 2:23, 24; Salmo 6:9, 10 y 2 Reyes 20:5, “oír” significa que Dios concede lo que se pide.
¿Cómo puede ser cierto en este caso, si la petición de Jesús fue: “Aparta de mí esta copa” y, sin embargo, él
tuvo que beber la copa de la muerte? No fue esta primera petición de Jesús la que le fue concedida, sino la
segunda: “Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”. En la experiencia de Getsemaní, y en la agonía de
sus oraciones, Cristo aprendió la obediencia por lo que padeció. Reconoció que lo que él deseaba no coincidía
con la voluntad de Dios, y mostró su temor reverente al escoger la voluntad de Dios sobre la suya propia. Así
que Jesús tuvo la experiencia común en los seres humanos, de hacer peticiones que se contradicen entre sí.
Dios le concedió lo que más quería: Hacer la voluntad de Dios, aun por medio de una muerte espantosa y
vergonzosa.
Semillero homilético
¿Qué significa estar madurando en la fe cristiana?
5:11–14; 6:1–20
Introducción: Es fácil descubrir cuando una fruta está madura, ya sea por el color u otros factores que
nos dan la pauta clara de su madurez. Lo mismo con el desarrollo fisiológico del hombre, existen pautas
claras como la edad y otras que nos ayudan a determinar con precisión la madurez fisiológica del hom-
bre.
Pero, ¿cuáles son las pautas que nos indican que estamos madurando en la fe cristiana? Veamos a la
luz de Hebreos 5:11–14 y 6:1–20 algunas pautas de lo que significa estar madurando en la fe cristiana.
I. Estar madurando en la fe cristiana significa estar superando lo básico y sencillo (5:11–14).
1. Superar la lentitud y pereza en aprender el significado de la fe cristiana (v. 11b).
Porque después de algún tiempo se debe haber logrado una comprensión madura de la verdad acer-
ca de Jesucaristo, para compartirla con otros.
2. Superar el estado inicial donde se ha empezado (v. 12).
(1) Porque después de un buen tiempo en la vida de fe se debe ser ya un maestro en el sentido de te-
ner la capacidad de toda persona madura para compartir su experiencia con un novato.
(2) Porque después de un buen tiempo en la vida de fe se debe haber abandonado lo más básico del
mensaje de Dios, el “abecé”, lo cual puede hacerlo cualquiera, no un maestro avanzado.
(3) Porque después de un buen tiempo en la vida de fe se debe tener la capacidad de discernimiento
del bien y del mal por la práctica (vv. 13, 14).
II. Estar madurando en la fe cristiana significa estar progresando y perseverando en pos de llegar a la
meta final, la salvación (6:1–20).
1. Progreso manifestado en el esfuerzo y tesón de dejar lo básico y elemental (vv. 1–3).
(1) Porque el progreso requiere un espíritu de esfuerzo para seguir adelante.
(2) Porque el progreso requiere un espíritu tesonero para dejar las doctrinas básicas acerca de Jesús.
El Hijo de Dios, que había estado en perfecta armonía con la voluntad de Dios a través de toda la eterni-
dad, aprendió como humano a ajustar su voluntad a la voluntad divina. Esta obediencia no fue automática; le
costó esfuerzos y lágrimas. Sufrió, aunque no por errores propios, sino por nuestro pecado. Aun en el aspecto
de identificación y simpatía con nosotros, Jesucristo es superior a cualquier otro sumo sacerdote, y el precio
que pagó por identificarse con nosotros es mayor.
[P. 74] Cuando enfrentamos la disyuntiva entre la voluntad de Dios y la nuestra, podemos contar con la
ayuda de un sumo sacerdote que entiende, porque él ha enfrentado la misma situación. Entiende aun lo que
sentimos al enfrentar la muerte, porque él enfrentó la muerte para pagar las consecuencias de nuestros peca-
dos. Nos puede guiar en nuestra angustia porque enfrentó el sufrimiento y la muerte con los mismos recursos
que nosotros tenemos: la oración y la obediencia a Dios. No buscó una salida sobrenatural que no está a
nuestro alcance.
Vv. 9, 10. Por la experiencia de obediencia y de sufrimiento Cristo fue perfeccionado. No debemos enten-
der por este término el desarrollo desde una condición de error o desobediencia hasta la perfección moral.
Más bien, significa que Cristo cumplió [P. 75] perfectamente el propósito que Dios le había asignado. El ver-
bo que se usa aquí también se utilizaba para la muerte, y nos recuerda que la obediencia perfecta requirió la
muerte de Jesús. Toda su vida y su muerte le capacitó para ser la fuente y causa de eterna salvación para los
que obedecen. Como él obedeció, los que reciben el beneficio de su sacrificio lo obedecen a él. Esta obediencia
no es un requisito de la salvación, sino la consecuencia natural de la fe genuina. El autor enseñará (cap. 10)
que el sacrificio de Jesús no se repite porque tiene una eficacia permanente; aquí afirma que la salvación que
compró es permanente. Cristo es una fuente perfecta de salvación.
Cuando Jesucristo cumplió su sacrificio para salvarnos, Dios lo proclamó como el sumo sacerdote máxi-
mo por medio de su resurrección y exaltación. Hebreos expresa la superioridad de su sacerdocio sobre el de
los sacerdotes levíticos con la expresión según el orden de Melquisedec, un recuerdo de la cita del v. 6. Cristo
no ministra en la sucesión de los hijos de Leví, sino en la de Melquisedec. El autor explicará esta aseveración
en el cap. 7. Pero antes hace un paréntesis para dar otra exhortación a sus lectores.
Alcanzando la madurez
1. Estar madurando en la fe cristiana significa estar superando lo básico y
sencillo, pues la inmadurez expresada en la lentitud de comprender el signifi-
cado de la fe cristiana en la vida y el de haberse quedado en el “abecé” de nues-
tra doctrina después de algunos años, es un estado que nos elimina del camino
de la salvación.
Las iglesias de nuestro tiempo están llenas de miembros que se encuentran
en este estado. Lo peor es que éstos lo ven no sólo como algo natural sino como
algo válido para estar todavía en el camino de la salvación y llegar a la meta,
por eso no están interesados en hacer nada que pueda sacarles de dicha situa-
ción. La enseñanza de este pasaje es que la inmadurez en los creyentes es un
síntoma de que se encuentran en un estado peligroso.
2. La inmadurez descuidada puede traer como consecuencia una caída ex-
presada en una actitud de rechazo de la gracia y las bendiciones de Dios, mere-
ciendo de esta manera el castigo divino.
Cuántos de nuestros miembros de iglesia se encuentran peligrosamente al
borde de la caída. Esto no se manifiesta en un descuido momentáneo o en un
pecado que se pueda cometer en ignorancia, sino en una actitud fija y una vida
que muestra rechazo total a Cristo. Igual que los lectores de Hebreos son perso-
nas que una vez profesaban a Cristo, pero ahora niegan y blasfeman su nom-
bre. El asunto no es que Dios les haya desahuciado de su salvación, sino que
ellos se apartaron tanto que no pueden regresar a Dios. La dificultad de la sal-
vación está en el hombre, no en Dios. Lo peor es que este estado merece castigo.
3. Estar madurando en la fe cristiana significa progresar y perseverar en pos
de llegar a la meta. Se expresa en términos de: dejar lo básico para ir tras lo
profundo; perseverar en el camino de la salvación; confiar en que Dios cumple
con sus promesas a los que perseveran en la fe.
El verdadero cristiano no puede quedarse estancado y cómodo en la inmadurez. Más bien, sigue apren-
diendo preceptos cada vez más avanzados, y alcanzando el discernimiento maduro por el ejercicio de cons-
tantes decisiones éticas. Su meta es la madurez, el desarrollo completo de su [P. 77] potencial humano y espi-
ritual. El autor dice que es por la práctica que el cristiano llega a tener los sentidos entrenados para discernir
entre el bien y el mal (v. 14). Las más importantes lecciones en la vida cristiana no se aprenden en un salón
de clase, ni por escuchar conferencias o sermones, ni por leer literatura cristiana. Hay que aplicar los princi-
pios que así se aprenden a la vida diaria, a las decisiones cotidianas. El progreso del evangelio en una congre-
gación o en una comunidad no se puede medir con un examen de conocimientos. Debemos observar nuestra
conducta para ver si las decisiones éticas que tomamos muestran entendimiento de la palabra de la justicia
(v. 13). Así nos evalúa Dios. Para seguir adelante hacia la madurez, los lectores deben sacudirse de la pereza
que les ha invadido y esforzarse en el aprendizaje y la aplicación de doctrinas profundas (vv. 1, 2). Para
hacer esto tienen que dejar las doctrinas básicas acerca de Jesús, no porque éstas no sean importantes, sino
porque son el fundamento y ahora se debe edificar sobre él. Sigamos adelante es lit., “seamos llevados”. La
madurez cristiana no es un logro humano; depende del Espíritu de Dios que nos lleva adelante. De modo que
la falta de crecimiento en la vida cristiana puede ser evidencia de que uno no ha tenido una experiencia ge-
nuina del poder del Espíritu Santo. La solemnidad de la advertencia que sigue (vv. 4–6) se debe a esta pavo-
rosa posibilidad.
En los vv. 1, 2, el autor enumera seis doctrinas fundamentales. Esta lista nos proporciona evidencia de la
manera en que el evangelio fue concebido en la comunidad del autor de Hebreos. Es semejante a la manera
en que Pablo describe el evangelio. Las seis doctrinas se dividen de manera natural en tres pares. El primer
par abarca el arrepentimiento y la fe. Este par expresa la experiencia inicial de la vida cristiana. Esta empieza
con arrepentimiento de obras muertas. Para llegar a ser cristiano uno tiene que reconocer que sus actos ante-
riores son producto del pecado y de la rebelión contra Dios. Por tanto, no son actos de vida, sino efecto y cau-
sa de la muerte. Al reconocer esto la persona debe cambiar por completo su actitud hacia su vida, hacia sí
mismo y hacia Dios. Este cambio o vuelta radical se llama arrepentimiento. La fe en Dios es el aspecto positi-
vo de la misma experiencia. En la conversión, la confianza que se dirigía antes hacia los esfuerzos propios,
ahora se vuelve hacia Dios. La fe y el arrepentimiento constantemente se encuentran juntos en el NT. La
misma vuelta que pone el pecado y la muerte atrás de uno, le orienta hacia Dios. La orientación básica de la
vida del cristiano es hacia la voluntad de Dios y hacia su poder y su gloria.
Doctrinas elementales
6:2, 3
1. Arrepentimiento
2. Fe en Dios
3. Bautismo
4. Imposición de manos
5. Resurrección de los muertos
5. Juicio eterno
Hay cuatro enseñanzas básicas que acompañan este cambio radical. Las primeras dos tratan las ceremo-
nias que simbolizaban el cambio en la vida. La primera, los bautismos, es el único plural en la lista. La pala-
bra usada aquí no se refiere al bautismo en las otras dos veces en que aparece en el NT. En 9:10 se traduce
lavamiento. Es probable que aquí el autor describe la enseñanza acerca de varios lavamientos o bautismos
que se practicaban entre los judíos, como los lavamientos de los fariseos (Mar. 7:3), el bautismo de prosélitos,
el bautismo que practicaba [P. 78] Juan y el de grupos como la comunidad de Qumrán. En Hechos 19:3–5,
encontramos un ejemplo del tipo de enseñanza que Hebreos describe. Aunque hoy no se practican los otros
bautismos que se conocían en el primer siglo, es esencial que cada cristiano entienda el significado del bau-
tismo cristiano, y en qué difiere de prácticas como la aspersión y otras ceremonias de iniciación. El bautismo
es el símbolo visible del cambio de corazón que se llama arrepentimiento. Simboliza la resurrección desde la
muerte en el pecado. Como testimonio de arrepentimiento y fe, es una parte esencial del fundamento cristia-
no.
La segunda ceremonia, la imposición de manos, acompañaba al bautismo y simbolizaba la bendición de
Dios sobre el creyente y la venida del Espíritu Santo a su vida. Se debe distinguir de la imposición de manos
que se practica hoy en la ordenación. El autor se refiere a una imposición de manos en el comienzo de la vida
cristiana. Aparentemente, la iglesia que recibió esta carta la practicaba con todos los nuevos creyentes, aun-
que Los Hechos nos indica que otros grupos de cristianos no la usaban siempre. En Los Hechos, encontramos
algunos casos en que nuevos creyentes recibieron la imposición de manos (Hech. 8:17; 9:17; 19:6a) y otros
en que no se menciona (Hech. 2:41; 8:35–38; 10:44–48). Este cuadro está en contraste con lo que Los
Hechos presenta en cuanto al bautismo, que siempre se administraba a los que aceptaban a Cristo. Las cartas
de Pablo también reflejan su práctica de proveer el bautismo para todos los convertidos (Rom. 6:3; 1 Cor.
12:13; Ef. 4:5), pero Pablo no da enseñanza acerca de la imposición de manos sobre nuevos creyentes. ¿Cómo
se puede relacionar la evidencia que encontramos en Hebreos con la que encontramos en Los Hechos y en
Pablo? Podemos concluir que la iglesia a la que dirige esta carta practicaba dos ceremonias de iniciación. Esta
no fue la práctica general de las iglesias, y la imposición de manos no permaneció en las prácticas cristianas.
Sin embargo, el significado de la ceremonia sigue vigente como una clara enseñanza del NT (Rom. 8:9; Gál.
4:6; Ef. 4:4): Que todo cristiano recibe el Espíritu Santo como bendición de Dios cuando se arrepiente y cree.
El último par de enseñanzas básicas cristianas tiene que ver con la esperanza para el futuro. Habrá una
resurrección de todos los muertos para comparecer ante el Juez. Aquel juicio es eterno, porque su veredicto
determinará el destino eterno. Ya que los resultados de nuestro comportamiento actual son eternos, el arre-
pentimiento y la fe tienen infinita importancia, y el bautismo es símbolo del cambio más importante de la
vida.
El autor expresa su confianza en que sus lectores han tenido una experiencia genuina de la gracia y que
están en el camino hacia la madurez (v. 3). A la vez, les vuelve a recordar que el progreso hacia la meta de-
pende de Dios. El hombre tiene que confiar y perseverar, pero sus planes son siempre subordinados a la vo-
luntad de Dios. La experiencia cristiana nos muestra que esta dependencia total no disminuye la responsabi-
lidad del cristiano; más bien la agudiza. Este versículo no expresa una apatía fatalista, sino un anhelo fervien-
te de que Dios no haya perdido la paciencia y siga otorgando su gracia.
4. La imposibilidad de empezar de nuevo, 6:4–8
Los vv. 4–6 son tal vez los más discutidos en la carta a los Hebreos. Es un pasaje difícil de entender, y lo
debemos estudiar con humildad y cuidado. En los vv. 4 y 5, el autor describe cinco aspectos de la experiencia
que precede a la caída mencionada en el v. 6: (1) Fueron iluminados. Vieron la luz verdadera que está en
Cristo. [P. 79] Esta es una figura común en el NT para describir el entendimiento que uno recibe en Cristo (2
Cor. 4:6; Ef. 1:18; Juan 1:9). En el siglo II, la iglesia utilizaba la figura de la iluminación para referirse al bau-
tismo, y es posible que el autor piense aquí en el bautismo. Sea esto como fuere, está pensando en la expe-
riencia que el bautismo simboliza. (2) Gustaron del don celestial. Experimentaron la gracia que Dios da en
Jesucristo. Es un don, porque nadie merece el favor de Dios o la salvación que él da. Es celestial, porque viene
de Dios, el Padre celestial (Mat. 6:9). (3) Se hicieron participantes del Espíritu Santo. Participaron en el poder
y la bendición del Espíritu, simbolizado en la imposición de manos. (4) Probaron la buena palabra de Dios. La
idea puede ser que “probaron que la palabra o la promesa de Dios es buena”, pero es mejor entender que la
buena palabra es una frase que significa las buenas nuevas o el evangelio de Dios. En Josué 21:45 y 23:15 la
expresión significa las promesas de bendición. (5) Probaron los poderes del mundo venidero. Presenciaron o
aun hicieron los milagros que el autor menciona en 2:4. En aquel versículo se encuentra la misma palabra
poderes, pero allí se traduce hechos poderosos. Jesús también describió a algunos que hicieron obras podero-
sas en su nombre, pero fueron rechazados (Mat. 7:22, 23). Estos poderes no son naturales en este mundo,
sino que pertenecen al nuevo orden que Cristo trae. En él, anticipamos el nuevo orden hoy, aunque la llenura
espera el regreso de Cristo.
Después (de toda esta experiencia) recayeron. Se apartaron del Dios vivo (3:12) que se manifiesta en la
experiencia descrita en los vv. 4, 5. Cada iglesia tiene miembros que durante un tiempo son de los más acti-
vos, o aun llegan a ser líderes, pero después se apartan completamente de la vida de la iglesia. Algunos llegan
al extremo de negar la fe que antes profesaban. Hubo personas en la iglesia de los “hebreos” que fueron ten-
tados a comenzar este camino de alejamiento por las dificultades de la vida cristiana y por las presiones de la
familia o los amigos no creyentes. El autor les advierte solemnemente que esa actitud, de menospreciar las
buenas nuevas de Dios y las bendiciones que ofrecía, elimina toda posibilidad de arrepentirse y así recibirlas.
En efecto, tal persona se ha unido a los enemigos de Jesucristo, quienes lo crucificaron por fraude y blasfe-
mia. El que prueba la vida cristiana y regresa al mundo expone a Cristo a vituperio, porque está proclamando
que él ha encontrado las bendiciones de Cristo sin valor y falsas. El autor quiere advertir que al encubrir la
profesión cristiana, uno inicia el camino que llega a la destrucción.
El v. 6 es sin duda uno de los más duros de la Biblia, y ha inquietado a muchos cristianos sinceros. Ciertas
consideraciones nos pueden ayudar a interpretar correctamente esta advertencia seria: Primera, el autor no
describe un descuido momentáneo o un pecado que se pueda cometer en ignorancia. Más bien, es una acti-
tud fija y una vida que muestra rechazo total a [P. 80] Cristo. Hebreos describe una persona que una vez pro-
fesaba a Cristo, pero ahora niega y blasfema su nombre, como dice 10:29 del mismo pecado.
Segunda, hay una desconfianza que es parte genuina de la vida cristiana, y es la que el autor quiere pro-
vocar. Esta es la desconfianza hacia nuestros propios esfuerzos. En el hombre siempre existe la potencialidad
de abandonar a Dios, y el cristiano genuino tiene una continua y creciente desconfianza en sí mismo. Pero a
la par crece su confianza en Dios. El que entiende su propia debilidad aprende que su seguridad siempre está
en Dios y nunca en sí mismo. Cuando entendemos que no hay seguridad en el hombre, sino solamente en
Dios, nuestra seguridad no mengua, sino que se fortalece.
Tercera, el peligro no es que el hombre moleste a Dios a tal grado que ya no quiera salvarlo, sino que el
hombre se aparte tanto que no pueda regresar a Dios. Lo imposible es ser renovados para arrepentimiento.
Dios quiere salvar a todos, pero el hombre tiene que responder con arrepentimiento: Abandonar su vida an-
terior y acudir a Dios en fe. El que pueda experimentar el ambiente del amor de Dios y de sus bendiciones
descrito en los vv. 4, 5, y repudiar todo esto, no tiene capacidad para reconocer la verdad y aceptarla. La difi-
cultad en cuanto a la salvación está en el hombre, no en Dios.
Joya bíblica
Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el
amor que habéis demostrado por su nombre, porque habéis
atendido a los santos y lo seguís haciendo (6:10).
Semillero homilético
Una alternativa decisiva
6:11, 12
Introducción: Uno encuentra algunos creyentes que son muy consagrados
y participan con buena voluntad en las muchas actividades en las iglesias.
También encuentra a otros que son apáticos con relación a su interés en
las cosas espirituales y el servicio para el Señor. El autor de Hebreos nos
desafía para ser activos y no perezosos.
I. Algunos aceptan el desafío de ser activos en su servicio para el Señor.
1. Son diligentes en servir.
2. Buscan certidumbre en sus creencias.
3. Mantienen una esperanza escatalógica.
4. Imitan a los cristianos que son buenos modelos.
II. Algunos son perezosos.
1. La pereza nos roba del gozo en Cristo.
2. La pereza crea dudas de las verdades espirituales.
3. La pereza da lugar a la tentación por Satanás.
Conclusión: Es fácil perder nuestro fervor en el Señor, que resulta en la
invasión de dudas serias en cuanto a nuestra salvación. La única alternati-
va efectiva es el mantenernos firmes en nuestra consagración y activos en
servir al Señor. Estas actividades nos darán la alegría que hace falta en el
servicio al Señor.
Tanto la advertencia de los vv. 4–8 como la seguridad expresada en los vv. 9, 10 son pertinentes al pue-
blo de Cristo hoy. El cristiano debe entender el peligro de la apatía y de la confianza en sí mismo, pero tam-
bién debe entender la confianza y seguridad que puede tener en Dios. La justificación por Dios, no nuestras
obras, es el único fundamento de nuestra seguridad como creyentes.
El autor no advierte a sus amados para amedrentarlos (vv. 11, 12). Su anhelo es más bien estimular su
perseverancia diligente. (La palabra traducida deseamos indica un deseo acuciante.) Los lectores han mostra-
do diligencia cristiana por ayudar a hermanos necesitados. Es necesario que mantengan la misma diligencia,
y que la apliquen a toda área de la vida cristiana. Especialmente deben esforzarse para comprender quién es
Jesucristo y qué ha hecho, para que se aferren más y más a la esperanza que provee la fe. El autor presentará
su exposición del carácter y la obra de Jesucristo en los capítulos siguientes.
La diligencia del cristiano continúa hasta [P. 83] el final, hasta que llegue a la meta y entre en el santuario
celestial. En ningún momento de la vida cristiana cabe la pereza, porque es lo contrario de la fe. En vez de
flojear, la persona de fe espera con paciencia.
Los que han trazado el camino de fe antes han dejado ejemplos que debemos imitar. La fe y la paciencia
es una endíadis, dos expresiones que describen una sola cosa. Se podría traducir “la fe que persevera” o “la
perseverancia de la fe”. Nuestros antepasados espirituales mostraron la paciencia de la fe y lograron el repo-
so prometido. Para la edificación de sus lectores, el autor de Hebreos elabora aquí la experiencia de uno de
ellos, Abraham.
6. La firme promesa de Dios, 6:13–20
Vv. 13–15. Cuando Dios mandó a Abraham que saliera de su casa hacia la tierra prometida, le prometió
que haría de él una gran nación, y que le bendeciría y multiplicaría (Gén. 12:2, 3). Después de muchos años,
Dios especificó que esta promesa se cumpliría en el hijo que se llamaría Isaac (Gén. 17:16, 19). Pero cuando
este hijo ya era joven, Dios mandó a Abraham que lo sacrificara (Gén. 22:2). Abraham mostró su fe y pacien-
cia (Heb. 6:12) en obedecer los mandamientos de Dios, tanto en salir de la casa de su padre como, años des-
pués, en ofrecer a su hijo. Fue después de esta última obediencia que Dios reafirmó su promesa con un jura-
mento (Gén. 22:16, 17). Dios no juró porque Abraham dudara, sino como un premio a su fe y obediencia. La
fe de Abraham se expresó en su paciente y obediente espera, y Dios le concedió la promesa como base de la
esperanza y le juró para confirmar su fe. Abraham finalmente alcanzó el privilegio de presenciar el principio
del cumplimiento de la promesa.
Joya bíblica
Y así Abraham, esperando con suma paciencia, alcanzó la
promesa (6:15).
Semillero homilético
Cristo el único y perfecto mediador entre Dios y los hombres
7:1–28
Introducción: En la historia de las religiones encontramos que
existen hombres que presumieron ser los salvadores, dioses y
en algunos casos representates, emisarios e intermediarios úni-
cos entre la deidad y los hombres. Tal es el caso de Buda y de
Mahoma. El Papa para los católicos romanos es el único repre-
sentate directo de Dios en la tierra, de ahí que está rodeado de
atributos divinos como la infalibilidad, autoridad de perdonar
pecados, excomulgar.
Pero la Palabra de Dios en el pasaje abordado nos dice que
Cristo es el único y perfecto intermediario entre Dios y los
hombres. Las razones para sustentar esta tesis son las siguien-
tes:
I. Por cuanto es superior a Abraham en la misma línea que
Melquisedec y por ende al sacerdocio levítico (vv. 1–10).
1. Jesús, como Melquisedec, es rey de justicia y de paz (vv. 1,
2b).
(1) El nombre Melquisedec significa “Rey de Justicia”, y Sa-
lem, el nombre de su ciudad, significa “paz”.
(2) Jesús como Melquisedec es rey de justicia y paz.
2. Jesús como Melquisedec asume un sacerdocio eterno (v.
3).
(1) No es casualidad que no se mencione el nacimiento y
muerte de Melquisedec. Esto es significativo.
(2) Lo mismo que Jesús no empezó a existir por medio de un
padre y una madre; siempre ha sido y nunca dejará de exis-
tir.
(3) Melquisedec es semejante al Hijo de Dios y puede servir
como un tipo de nuestro sacerdote eterno.
3. Jesús como Melquisedec es superior a Abraham, y por
ende a sus descendientes los sacerdotes levitas (vv. 1–10).
(1) Abraham, al dar los diezmos del botín que traía de la
batalla, reconoció la superioridad de Mequisedec como re-
presentante de Dios.
(2) Melquisedec pronunció la bendición de Dios sobre Abra-
ham. El que bendice es superior al bendecido.
(3) Tanto Melquisedec, como Cristo, son sacerdotes que no
mueren.
(4) Con Abraham todos sus descendientes, los sacerdotes
levitas, reconocieron la superioridad de Melquisedec y, por
ende, de Cristo.
El v. 8 menciona otro aspecto de la superioridad de Melquisedec. En el sistema levítico los que recibían
los diezmos eran [P. 88] hombres que mueren. La historia del sacerdocio levítico es una sucesión de muertes
que requieren el nombramiento de nuevos sacerdotes, pero ninguna parte de la Escritura menciona la muerte
de Melquisedec. Por el silencio de su Palabra Dios ha dado testimonio de que el sacerdote eterno que Melqui-
sedec simboliza vive. Los cristianos tenemos un sacerdote que vive y que proporciona vida.
Finalmente, el sacerdocio de Melquisedec es superior al de Leví (vv. 9, 10), porque aun los sacerdotes le-
víticos dieron diezmos a Melquisedec. (El autor de Hebreos reconoce que este argumento puede parecer re-
buscado, y lo introduce con una frase que suaviza el sentido literal, traducida por decirlo así. Da a entender
que este no es el aspecto principal de la comparación entre Melquisedec y Leví). En el pensamiento de [P. 89]
los judíos de aquel día, un antepasado representa a todos sus descendientes. Entonces, cuando Abraham dio
diezmos a Melquisedec, en efecto su bisnieto Leví y todos los sacerdotes que descendieron de él reconocieron
la superioridad de Melquisedec. Pablo razona de la misma manera cuando dice que en Adán todos pecaron
(Rom. 5:12) y todos mueren (1 Cor. 15:22).
Así que, por el diezmo que Abraham dio a Melquisedec, por la bendición que recibió de él, por la omisión
de una mención del nacimiento de Melquisedec y de su muerte, y aun por el homenaje que los levitas le ofre-
cieron en la persona de su antepasado, Dios en su palabra muestra la superioridad del orden de Melquisedec
al de Leví. El Salmo 110:4 dice que según aquel orden el Cristo sería un sacerdote eterno.
(2) La insuficiencia del sacerdocio levítico, 7:11–22. Después de mostrar la superioridad de Jesús sobre
Leví, por medio de la comparación entre Melquisedec y Abraham, nuestro autor vuelve su atención al sacer-
docio levítico. Utiliza el testimonio del AT para comprobar que no fue la intención de Dios que este sacerdo-
cio fuera final. En la sección anterior el autor basaba su argumento en Génesis 14:17–20; ahora pasa a la
otra mención de Melquisedec en el AT, el Salmo 110:4. Bajo la inspiración del Espíritu Santo nos provee una
exposición brillante de la visión del salmista.
El sacerdocio levítico y la ley que se asocia con él fueron prescripciones provisionales de Dios, no su pro-
visión para lograr la perfección (vv. 11, 12). El Salmo 110:4 muestra que Dios tenía otro plan, porque pro-
clama que va a levantar a un sacerdote distinto, no de los descendientes de Aarón, sino semejante a Melqui-
sedec. Tal cambio de sacerdocio no hubiera sido necesario si el levítico hubiera podido terminar la obra de
Dios. Dios tiene un propósito para el hombre: Que tenga acceso libre a Dios sin ninguna culpa que estorbe
esta comunión. La ley y los sacrificios de los sacerdotes levíticos no pudieron lograr este propósito de Dios.
Sirvieron para mostrar al hombre su culpa y su alejamiento de Dios, y así lo prepararon para recibir la gracia
de Dios, pero no terminaron la obra; no lograron la perfección.
Fue necesario que se introdujera otro sistema para purificar al hombre de su pecado y darle la comunión
con Dios que es su razón de ser. El Salmo 110:4 revela la necesidad de este cambio. Habla de un cambio de
sacerdocio, pero en tal cambio está implícito también un cambio de ley. La ley de Moisés establece la pauta
para la conducta del hombre, y provee los sacrificios de los sacerdotes para restaurar en forma limitada la
relación con Dios, rota por el pecado. Pero el ministerio del nuevo sacerdote, del orden de Melquisedec, es
radicalmente distinto y requiere una nueva ley.
El cumplimiento de la profecía del Salmo 110:4 muestra aún más claramente el cambio radical que hacía
falta (vv. 13, 14). Se cumplió en nuestro Señor Jesús, quien no pertenecía a la tribu de Leví, sino que nació de
la tribu de Judá. La ley de Moisés habla constantemente de la tribu de Leví, dando reglas para su servicio ante
el altar, su pureza ritual y su sucesión. Pero de Judá, no hay ni una palabra relacionada con sacerdotes.
La palabra que se traduce nació en el v. 14 es un verbo con los sentidos de “brotar” y “ascender”. Se usa
en el AT con una planta [P. 90] y una estrella como sujetos, y también para referirse al Mesías, que surgirá
como el Sol de justicia (Mal. 4:2) o como un retoño de la línea de David (Jer. 23:5). Con este término,
Hebreos alude al carácter mesiánico de nuestro Señor, aun en medio de su descripción de él como el gran
sumo sacerdote.
En los vv. 15–17 se muestra que este cambio radical en toda la manera de relacionarse con Dios es aun
más evidente cuando entendemos que el nuevo sacerdote, Jesucristo, no recibió el sacerdocio por herencia
carnal, como los sacerdotes levíticos, sino porque vive para siempre, sin antecesor ni sucesor. Todo el regla-
mento del sacerdocio levítico tiene que ver con cosas carnales o terrenales: pureza de cuerpo, linaje correcto,
formas de servicio. Para el autor de Hebreos lo terrenal no puede ser duradero, porque la única realidad
permanente es celestial. Por ser terrenal el sacerdocio levítico tiene que ser pasajero. El sacerdocio de Jesús no
es simplemente la sustitución de otra línea de sucesión terrenal; él no es sacerdote por una sucesión, sino
precisamente porque no nace ni muere. Aunque murió en la cruz, su resurrección muestra que su muerte no
fue el fin de su sacerdocio, sino el principio. Jesucristo no ministra como sacerdote por una ley impuesta des-
de afuera, sino por el poder dentro de él. La vida que él tiene es indestructible porque no es terrenal, sino
eterna y celestial.
Esta verdad ya está afirmada en el Salmo 110:4, en el cual Dios dice que su Ungido es sacerdote para
siempre. El autor había citado este texto clave en 5:6, y ha sido la base de todo el argumento desde 7:11. [P.
91] Vuelve a citar el versículo para reforzar su presentación de la caducidad del sacerdocio levítico y la no-
vedad total del sacerdocio de Cristo. Este es el testimonio divino que confirma el oficio de Cristo y, como re-
sultado, la abrogación del sacerdocio terrenal.
Cristo es suficiente
1. Una primera verdad que este pasaje nos enseña es que
los lectores de Hebreos, muchos de ellos judíos, tienen la tenta-
ción de colocar el sistema sacerdotal levítico de la religión ju-
día, humana, inperfecta y pasajera, como la única y superior a
todo, incluso al de Cristo, lo cual, para el autor de Hebreos, es
una terrible equivocación; sólo Cristo es el único suficiente,
perfecto y eterno Sumo Sacerdote ante Dios y los hombres. De
manera igual en nuestro tiempo, los que abrazan la religión
católica apostólica y romana, colocando al Papa, a los “santos y
vírgenes”, como los únicos mediadores dignos y superiores a
todo, se encuentran en una terrible equivocación. Pero, tam-
bién muchos evangélicos, sobre todo en los nuevos movimien-
tos de corte pentecostal y carismático están poniendo al pastor,
al predicador, al que ministra la sanidad y liberación, al líder,
por encima de Cristo, cayendo de esta manera en la terrible
equivocación, al igual que los católicos, de remplazar lo per-
fecto por lo imperfecto e insuficiente, lo celestial y eterno, por
lo terrenal y pasajero.
2. Una segunda verdad que nos enseña este pasaje es que
debemos afirmarnos y confiar en Jesucristo, el único y suficien-
te sumo sacerdote nuestro. Porque, en primer lugar, es el único
que cumple con todos los requisitos de un Sumo Sacerdote: es
nombrado por Dios y se identifica plenamente con el hombre
para representarle fielmente ante Dios. En segundo lugar, es
perfecto y eterno: nos guía eficazmente ante la presencia de
Dios a través de su propio sacrificio para ser perdonados y
aceptados por Dios y lo hace una vez para siempre, porque no
muere más Jesucristo, está vivo a la diestra del Padre para in-
terceder siempre por nosotros.
El autor de Hebreos saca dos implicaciones del Sal. 110:4: una abrogación y una introducción (vv. 18,
19). La profecía del nuevo orden sacerdotal implica la abrogación del orden anterior y de la ley que lo acom-
paña (v. 12). La ley de Moisés y el orden sacerdotal de Aarón tuvieron su función en el plan de Dios, pero fue
una función limitada; no podían llevar la obra de Dios a la perfección. Este mandamiento era por naturaleza
anterior, porque anticipaba y necesitaba un sistema mejor que venía. El fin que Dios perseguía era acercar-
nos a él, y la ley solamente pudo enseñarnos que estamos alejados de Dios (ver 10:3). El Salmo 110:4 profeti-
za que Dios introduciría una esperanza mejor. En Hebreos la esperanza es una categoría básica de la relación
con Dios. El sistema antiguo dio una esperanza, pero es Cristo, el sacerdote…según el orden de Melquisedec,
quien la perfecciona. Su venida implica que la función de la ley se ha acabado.
Hay otro aspecto del Salmo 110:4 que implica la superioridad del sacerdocio de Cristo: el juramento (vv.
20–22). Aarón y sus descendientes llegaron a ser sacerdotes por un mandato divino (Exo. 28:1), pero el rela-
to no menciona un juramento. En contraste, el Salmo 110:4 afirma que Dios juró a su Ungido que es sacer-
dote para siempre. Dios cumple su promesa aun sin juramento, pero por la inseguridad de las promesas
humanas da una doble seguridad [P. 92] de que cumplirá la promesa (ver 6:13–18). Al dar su juramento al
nuevo sacerdote, Dios muestra que el nuevo sistema es más importante, más completo, superior al anterior.
El nuevo sacerdocio implica un nuevo pacto que rige la relación entre Dios y el hombre. Por primera vez
en Hebreos aparece este término “pacto”, que será central en los siguientes capítulos. El juramento de Dios
en el Salmo 110:4 muestra la superioridad de este pacto sobre el antiguo. Un aspecto importante de esta su-
perioridad es el fiador, Jesús. Moisés era mediador del antiguo pacto, pero no había fiador. Jesús sirve como
mediador para establecer el nuevo pacto (8:6), pero también es el fiador. Da su garantía personal de que se
logrará nuestra perfección (v. 19), y que libres de todo pecado podremos acercarnos con confianza y pureza
a Dios. Eclesiástico, un documento judío que circulaba en el primer siglo, refleja la seriedad del compromiso
del fiador: puede ser obligado a exponer su vida para el cumplimiento de lo fiado (29:15). Jesús es un fiador
que entregó su vida para que nuestra nueva relación con Dios fuera libre de la barrera del pecado.
(3) Jesús, el perfecto sumo sacerdote, 7:23–28. Hebreos trata un aspecto más de la superioridad de Jesús
sobre los sumos sacerdotes levíticos, a manera de resumen y corona de su argumento: Jesucristo no muere
(vv. 23–25). La multiplicación de los sumos sacerdotes (Josefo cuenta 83 en total) no implica un aumento en
su eficacia; es más bien un índice de su debilidad. Bajo la ley de Moisés la instalación de un nuevo sumo sa-
cerdote significaba la muerte de otro, y el nuevo estaba sujeto a la misma mortalidad. El pueblo podía tenerle
solamente una confianza limitada, porque no iba a continuar por mucho tiempo. Pero el sacerdocio de Jesús,
en contraste, no terminará (ver v. 16). La palabra traducida perpetuo puede significar que el sacerdocio no
cambia en su naturaleza o que no se transfiere a otra persona. Los dos sentidos se aplican al ministerio de
Jesús: su ministerio es exclusivo porque es perpetuo.
En los vv. 23–25, se especifica un contraste implícito en los vv. 5, 6 y 21: Un solo sacerdote permanente y
suficiente es superior a muchos…sacerdotes limitados. Cuando se trata de cosas materiales, “muchas” valen
más que “una”. Si uno trae pan a la casa, entre más tiene, mejor. Pero cuando se trata de relaciones, “una”
que dura es mejor que “muchas”. Por ejemplo, el ideal de Dios es un solo matrimonio que perdura toda la
vida. El que se casa muchas veces no está mejorando su vida matrimonial, sino que revela un problema serio.
Así en el caso del fiador y sacerdote de nuestra relación con Dios: Por su permanencia podemos desarrollar
una relación cada vez más estrecha y profunda con él, porque permanece para siempre.
Jesús, entonces, ofrece una salvación completa y eterna (la palabra traducida por completo tiene estos dos
sentidos). “Acercarse a Dios” no es un medio para salvarse, sino una descripción de la salvación. Para nues-
tro autor la comunión estrecha con Dios es el fin de la religión y de la existencia del hombre. Bruce dice que
en Cristo Dios se acercó a nosotros, y por medio de él podemos acercarnos a Dios. Seguramente, ningún sa-
cerdote mortal puede acercarnos al Dios vivo. Solamente Cristo nos conseguirá una comunión perfecta y
eterna con su Padre eterno.
[P. 93] Hebreos describe la vida eterna que tiene Jesús como una vida de intercesión. Los rabíes enseña-
ban que una de las funciones de los ángeles era interceder, pero Hebreos afirma que tenemos un intercesor
superior. Desde la diestra de Dios, el Hijo eterno pide constantemente misericordia, fortaleza y aceptación
para los que confiamos en él. Esto no significa que tenga que convencer al Padre para que nos favorezca; más
bien, el Hijo a su diestra expresa perfectamente la voluntad del Padre. Ellos están en perfecta armonía para
otorgarnos toda bendición. Con tal intercesor no nos hacen falta ángeles, “santos” u otros sacerdotes que
intercedan.
Joya bíblica
Por esto también puede salvar por completo a los que por
medio de él se acercan a Dios, puesto que vive para siempre
para interceder por ellos (7:25).
Nuestro autor termina su exposición de la superioridad de Jesús a los otros sumos sacerdotes con este re-
sumen lírico (vv. 26–28), que es como un himno a nuestro gran sumo sacerdote. “Convenir” (v. 26) tiene la
idea de que se ajusta a todas nuestras necesidades. El sumo sacerdote descrito en este capítulo es precisamen-
te el que nos hace falta. Es santo, y provee precisamente la santidad que nos hace falta para acercarnos a
Dios. Es inocente, y como tal sufre la muerte que nos corresponde debido a nuestra culpa. Es puro, y su pure-
za cubre las manchas del pecado que llenan nuestro ser. Varios comentaristas han notado que estos primeros
tres términos en el v. 26 expresan respectivamente el carácter de Cristo en relación con Dios: santo; en rela-
ción a los hombres: inocente (libre de toda malicia); y en relación consigo mismo: puro (lit., sin mancha). En
estos tres aspectos Cristo nuestro sumo sacerdote está totalmente apartado de los pecadores. Los Evangelios
describen la identificación plena de Jesús con el hombre, y Hebreos la enfatiza (2:10–18; 4:15; 5:7, 8), pero a
pesar de su comunión estrecha con los pecadores y de la cercanía que todavía mantiene como su sumo sacer-
dote, Jesús es de otra clase totalmente distinta a la de los pecadores. Todo lo que debemos ser y no somos, él lo
es. Finalmente, Cristo está exaltado más allá de los cielos. Nos representa en la misma presencia de Dios. Tan-
to su carácter como su ubicación se ajustan perfectamente a nuestra necesidad.
Hebreos continúa el resumen de la naturaleza de nuestro sumo sacerdote con un contraste entre él y los
sumos sacerdotes levíticos (vv. 27, 28). Ellos ofrecen una sucesión de sacrificios sin fin, pero Cristo ofrece
expiación de otro modo: Un solo sacrificio perpetuamente eficaz. Es difícil entender por qué el autor dice que
los sacrificios de los sumos sacerdotes eran diarios. Hubo sacrificios cada día en el templo, y el sumo sacerdo-
te podía hacer estos cuando quisiera, pero el sacrificio doble que v. 27 describe sucedía una vez al año, en el
día de la Expiación. Pero la idea principal es clara: La repetición implica imperfección. El sistema levítico
ofreció una serie de sacrificios sin fin, porque nunca se alcanzaba la verdadera expiación. Cristo en contraste
sacrificó una vez para siempre. La expresión una vez será clave en el desarrollo que sigue. Aparece siete ve-
ces en los caps. 9 y 10. Cristo es de un orden de sacerdotes en el cual no hay pluralidad: ni de personas
(7:24) ni de sacrificios. No se necesitan otros, porque el único sacerdote y el único sacrificio son suficientes y
eficaces.[P. 94]
Joya bíblica
Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente,
puro, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cie-
los (7:26).
Hay también un contraste entre lo que sacrifican los sacerdotes levíticos y lo que sacrifica Cristo. Ellos
ofrecen simplemente sacrificios de varios tipos. Cristo se ofrece a sí mismo como el sacrificio máximo y final.
En nuestra expiación el sacerdote y el sacrificio son uno. Finalmente, hay un contraste entre el carácter moral
de los sacerdotes en los dos sistemas. Los sacerdotes del antiguo sistema, bajo la ley, eran hombres que tenían
la debilidad del pecado. Pero el nuevo sumo sacerdote es el que Dios mismo llama Hijo, y es eternamente per-
fecto, como lo describe el v. 26. Al decir hecho perfecto, es probable que el autor está pensando en las prue-
bas que enfrentó para expresar su inocencia de todo pecado, y la perfecta realización de su misión (cf. 5:9).
Es por esta perfección que hay en el nuevo orden un solo sacerdote, y no muchos. El juramento de Dios con-
firma su eficacia.
Así termina el autor de Hebreos su exposición del Salmo 110:4. Ha desarrollado varias muestras de la su-
perioridad de Jesús, el sumo sacerdote cristiano, a los sumos sacerdotes judíos. Aunque en algunas secciones
su lógica es extraña para la mente moderna, el punto principal queda claro: Dios profetizó un nuevo orden
sacerdotal en el Salmo 110:4, y esta profecía implica la abrogación del sistema anterior. Ahora, esta profecía
se ha cumplido en Jesucristo, el sacerdote e intercesor superior a todo otro y suficiente para todas nuestras
necesidades. Es superior porque no muere (7:3, 8, 16, 23–25) por su carácter inmarcesible (v. 26), por su
sacrificio perfecto (v. 27), y por su cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios (v. 28). Porque es suficien-
te, no se puede admitir ningún otro sacerdote para representar al hombre delante del Padre.
IV. JESÚS Y EL SISTEMA RELIGIOSO DE LOS JUDÍOS, 8:1—10:18
Después de presentar a Jesús como superior a los sumos sacerdotes del AT (4:14–7:28), el autor amplía su
argumento para mostrar que Jesús es superior a todo el sistema religioso en que ellos servían. Enfoca sucesi-
vamente el santuario, el pacto y los sacrificios de los dos órdenes.
1. Jesús, un sumo sacerdote celestial, 8:1–5
Tal vez el autor de Hebreos reconoce que el argumento del cap. 7 es complicado porque aquí clarifica el
punto principal que quiere mostrar. Aclara que el gran sumo sacerdote que ha descrito en base a las implica-
ciones del Salmo 110:4 no es teoría, sino realidad. El mejor sumo sacerdote posible es precisamente el que
nos representa ante Dios en los cielos. La Majestad (v. 1) era un título de Dios entre los judíos del primer si-
glo. El autor vuelve a utilizar el lenguaje del Salmo 110 (ver 1:3, etc.) para mostrar que la exaltación de Jesu-
cristo tiene consecuencias importantes para nosotros. Cuando él subió al cielo recibió honra y gloria, y noso-
tros adquirimos un sacerdote y mediador en la posición más cercana a Dios.
[P. 95] El ministerio del sumo sacerdote del AT se centraba en el santuario, que era al principio una tien-
da o tabernáculo (v. 2), y después de la construcción por Salomón, un templo. Solamente el sumo sacerdote
entraba en el lugar santísimo, el cuarto interior del santuario. El v. 2 dice que Jesús también oficia en un san-
tuario, pero no está en este mundo, sino en el cielo, en el orden de las cosas reales o verdaderas. En este versí-
culo y en los que siguen el autor se vale de conceptos platónicos. Platón enseñó que el cielo es el mundo de
los “reales”. Estos son los arquetipos eternos e inmutables de todas las cosas en nuestro mundo, que se com-
pone de sombras variables. Así que el verdadero santuario tiene que estar en el cielo, no en la tierra.
Joya bíblica
Porque todo sumo sacerdote es puesto para ofrecer ofren-
das y sacrificios; de ahí que era necesario que él también tuvie-
ra algo que ofrecer (8:3).
Es menester entender el concepto platónico para entender el pensamiento de la carta a los Hebreos, aun-
que su autor no es un platonista. Más bien utiliza estos conceptos, comunes en su ambiente intelectual, para
expresar su filosofía profundamente bíblica. Una prueba de esto es que Hebreos presenta el tabernáculo del
mundo verdadero como creado por Dios. Para Platón, los “reales” del mundo verdadero siempre han existido
y nunca cambian. Para nuestro autor, el santuario celestial es verdadero primordialmente porque lo levantó
el Señor, quien es la fuente de toda verdad. Cristo ejerce su ministerio sacerdotal en el santuario celestial, no
en una copia del mismo erigida en este mundo por el hombre falible.
En los vv. 3–5 se dice que si Jesús es un sumo sacerdote, una de sus funciones principales es ofrecer
ofrendas y sacrificios, como el autor dijo en 5:1. Sin ofrecer algo, es imposible que uno sea sacerdote. El autor
especifica qué ofrece Jesús en 9:12–14, pero antes describe el santuario en el que Jesús ministra y el pacto
que media con su ministerio sacerdotal. También los contrasta con el santuario y el pacto antiguos. El minis-
terio sacerdotal de Jesús no es una parte del sistema antiguo, porque la ley no le permite acercarse al santua-
rio terrenal. Los sacerdotes que presentan ofrendas según la ley son descendientes de Leví, y Jesús es de la
tribu de Judá (7:14). La falta de estirpe sacerdotal no debilita su ministerio de sacerdote, sino que muestra
que su ministerio no es terrenal. Hay otros que ofrecen los sacrificios terrenales. Ellos no están presentando el
servicio real y eterno, sino que sirven a un modelo que representa la verdadera morada de Dios en el cielo.
Dios no vive en un templo terrenal, y el santuario donde se ofrecen los sacrificios es más bien una copia de la
realidad celestial donde mora Dios. Es en esta realidad que Jesús entró para ejercer su ministerio sacerdotal.
El autor comprueba que el santuario terrenal es una copia del verdadero citando Éxodo 25:40. Entiende que
en el monte Sinaí, Moisés tuvo una visión del santuario celestial donde moraba Dios, y recibió la orden [P.
96] de construir el tabernáculo según lo que había visto. De manera que el santuario de Israel fue ordenado
por Dios, pero no es la realidad última y eterna.
2. El pacto superior, 8:6–13
El autor utiliza Jeremías 31:31–34 para describir la superioridad del nuevo pacto, ya mencionado en
7:22, del cual Jesús es mediador (v. 6). Un pacto es una relación entre dos o más personas, que se basa en
ciertos compromisos o promesas. El primer pacto tenía sus promesas, como: Os tomaré como pueblo mío, y
yo seré vuestro Dios (Exo. 6:7); y : ¡Haremos todo lo que Jehovah ha dicho! (Éxo. 19:8). El nuevo pacto se
basa en mejores promesas, enumeradas por Jeremías en el pasaje citado.
Joya bíblica
Pero ahora Jesús ha alcanzado un ministerio sacerdotal
tanto más excelente por cuanto él es mediador de un pacto
superior, que ha sido establecido sobre promesas superiores
(8:6).
Al decir que el nuevo pacto es superior, el autor señala la inferioridad del primero (v. 7). ¿Cómo se atreve
a declarar imperfecta una institución de Dios, proclamada en las Escrituras? El autor contesta esta objeción
mostrando que las mismas Escrituras proclaman la insuficiencia del primer pacto, al predecir un nuevo o
segundo pacto. En 7:11 el autor utilizó el Salmo 110:4, la predicción de un nuevo orden de sacerdotes, para
comprobar la insuficiencia del sacerdocio levítico. Ahora aplica la misma lógica al pacto, en base a Jeremías
31:31–34. Si el primer pacto fuera perfecto, no habría lugar para un segundo. Cuando Dios mismo, a través
del profeta inspirado, busca un segundo pacto, es obvio que el primero tiene defecto.
El autor de Hebreos presenta la cita como una reprensión (vv. 8, 9). Reprendiéndoles puede traducirse
“encontrando defecto”, porque la raíz de este verbo es la misma que se encuentra en el adverbio sin defecto
(v. 7). Los estudiosos discuten si dice que Dios reprende al pueblo o al pacto, pero la cuestión no afecta la
interpretación. El defecto que Jeremías describe es que el pueblo no cumple con su compromiso bajo el pacto,
y el pacto no cubre tal situación. El pacto de Dios con Israel incluyó la ley de Moisés y requirió que el pueblo
la obedeciera. La desobediencia de Israel rompió el pacto y resultó en la pérdida del cuidado y de las bendi-
ciones de Dios. En los tiempos de Jeremías el rey Josías reconoció esta desobediencia y reafirmó el pacto con
Dios. El pueblo volvió a prometer que cumpliría con el pacto, pero Jeremías, inspirado por Dios, percibió que
una reafirmación del pacto de Éxodo sufriría el mismo defecto. Hacía falta un pacto totalmente nuevo, en
base a nuevos requisitos, y Jeremías previó el día en que Dios establecería tal pacto.
Vv. 10–12. Cada uno de estos versículos menciona un aspecto principal del nuevo pacto que Dios hizo
por medio de Jesucristo.
(1) Es interior. Dios ya no escribe su ley [P. 97] en tablas o en libros, sino en la fuente misma de los actos
de la persona. En Cristo la ley ya no es una obligación que se nos imponga desde afuera, sino una fuerza in-
terior que nos ayuda a cumplir con la voluntad de Dios. En la inauguración del primer pacto el pueblo pro-
metió obedecer la ley (Éxo. 24:7), pero en el nuevo Dios se encarga de la obediencia de su pueblo. Cumple su
compromiso por medio del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones y en nuestras mentes, guiándonos
y estimulándonos a la obediencia.
Semillero homilético
Lo nuevo y mejor siempre reemplaza lo viejo y anticuado
8:1–13
Introducción: El planteo y ejecución por parte del gobierno boliviano de la
“Reforma del sistema educativo” causó muchos comentarios que giraban en
torno a la pregunta: ¿por qué? La respuesta dada por el gobierno y el minis-
tro de educación fue que el sistema educativo boliviano estaba viejo y anti-
cuado. Lo nuevo y mejor siempre reemplaza lo viejo y anticuado en todas las
esferas de la vida.
El autor de Hebreos nos dice que tres aspectos fundamentales del sistema
religioso judío fueron reemplazados por tres aspectos nuevos traídos por
nuestro Señor Jesucristo. El nuevo pacto traído por Jesucristo reemplazó al
viejo y anticuado pacto del sistema religioso judío (8:1–13).
I. Porque el nuevo pacto tiene un sumo sacerdote celestial, Jesucristo (8:1–
5).
1. Nos representa ante Dios en los cielos.
2. Lo hace en el santuario celestial y verdadero.
3. Presenta las ofrendas y sacrificios de una manera original y perfecta.
II. Porque el nuevo pacto traído por Jesucristo es superior y perfecto (8:6–
13).
1. Está basado en mejores promesas.
2. Es perfecto, en cambio el primero es imperfecto.
3. Es posible cumplirse, en cambio el primero no fue cumplido.
III. Porque el nuevo pacto traído por Jesucristo tiene mejores virtudes que
el primero.
1. Es interior, no superficial.
2. Es personal e íntimo.
3. Es eficaz.
4. Es perpetuo, en cambio el primero es pasajero, destinado a desaparecer.
(2) Es personal. El nuevo pacto no es solamente una relación entre Dios y un pueblo, sino también una
relación personal de Dios con cada miembro del pueblo. Las buenas nuevas del evangelio es el mensaje de
que Cristo vino para ofrecernos una relación personal con Dios. Nadie tiene que [P. 98] conformarse con
tener una relación con Dios a través de otra persona. Bajo el nuevo pacto es correcto que los que conocen a
Dios den testimonio de esta relación, y que exhorten a otros a conocerlo. Pero el que responde a la exhorta-
ción conoce a Dios en una relación personal, y puede tratarlo sin la mediación de quien le testificó en un
principio. No tiene necesidad de buscar un sacerdote o un santo que interceda por él ante Dios. Tampoco hay
personas privilegiadas que gocen de una relación superior a la que otros pueden alcanzar. Por medio de su
sumo sacerdote divino cada cristiano, desde el menor de ellos hasta el mayor, tiene una amistad personal e
íntima con el Creador.
(3) Incluye el perdón de pecados. El requisito del primer pacto que el pueblo de Dios falló en cumplir fue
el de la obediencia. Este requisito no es arbitrario; el que no obedece a Dios rehúsa la relación personal de
conocerlo como Dios y ser parte de su pueblo. El primer pacto nunca superó el defecto del pecado. El pueblo
no cumplió con su promesa de obedecer, y la desobediencia rompió la relación íntima con Dios. Los sacrifi-
cios materiales que Dios pidió bajo el primer pacto no removieron la barrera espiritual de la desobediencia,
pero Dios prometió por medio de Jeremías que él la quitaría bajo el nuevo pacto. Cumplió esta promesa por
el ministerio y el sacrificio espiritual de Cristo.
La conclusión que Hebreos saca de esta cita larga es que el primer pacto tiene que desaparecer (v. 13).
Cuando Dios promete un nuevo pacto, declara que el anterior es viejo, e implica que ya no es adecuado para
las circunstancias. Su vejez lo debilita. En el caso de pactos, al igual que con cepillos de dientes o zapatos o
llantas, conseguir uno nuevo implica descartar el viejo. Si han pasado más de treinta de los últimos 40 años
del tiempo del primer pacto (véase comentario a 3:9), este ya está a punto de desaparecer.
El hecho de que el autor no menciona aquí la destrucción del templo en 70 d. de J.C. sugiere que él escri-
bió antes de aquel evento. Percibió que el orden religioso que se centraba en el templo tenía que desaparecer
por viejo y anticuado. La destrucción del templo fue una ilustración tan clara de este principio, que es impo-
sible imaginar que el autor la hubiera omitido si ya hubiese sucedido.
3. El santuario terrenal, 9:1–5
El autor de Hebreos pasa a otro contraste que muestra la superioridad del nuevo pacto que Jesús estable-
ció. El v. 1 menciona el culto del antiguo orden y su santuario. Los versículos que siguen describen primero el
santuario (vv. 2–5) y después los sacrificios del culto (vv. 6–10).
Los vv. 2–5 describen los enseres del tabernáculo del primer pacto. Es notable que Hebreos, aunque habla
mucho del tabernáculo, nunca menciona el templo que lo reemplazó en los días de Salomón. Tal vez el autor
comparta el pensamiento de Esteban, quien afirmó que el tabernáculo era superior al templo como un símbo-
lo de la presencia de Dios (Hech. 7:44–50). Un pueblo peregrino necesita un símbolo portátil de la presencia
de Dios como una tienda, no un edificio permanente que tiende a atarlo a este mundo.
El tabernáculo (y el templo que lo reemplazó) [P. 99] consistía en dos partes: el lugar santo y el lugar san-
tísimo. Para entrar en este fue necesario pasar por aquel. Por tanto, se llama al lugar santo la primera parte
del tabernáculo. Hebreos menciona dos de sus tres enseres: el candelabro con siete lámparas y la mesa sobre
la cual se colocaban los doce panes que recordaban la Presencia y provisión de Dios. Los sacerdotes cambia-
ban estos panes cada sábado (Lev. 24:8). El lugar santo tenía una cortina a su entrada, y un segundo velo
ante el lugar santísimo. En este, según Hebreos, estuvieron el incensario y el arca del pacto, con su tapa o
propiciatorio y los querubines que se alzaban sobre ella. Los querubines eran una sola pieza con la tapa. Se
menciona también el contenido del arca: La urna que contenía una muestra del maná, la vara de Aarón y las
dos tablas con los diez mandamientos.
Hay algunas diferencias entre la descripción de los enseres del templo en Hebreos y las descripciones en
el AT. La palabra traducida incensario en la RVA tiene este sentido en la Septuaginta, pero Filón y Josefo, con-
temporáneos con Hebreos, la utilizaron para hablar del altar del incienso. Cuando reconocemos el hecho de
que el autor habla de los enseres del tabernáculo, y no de los utensilios del culto, es probable que aquí se re-
fiere al altar, como dicen muchas traducciones, y no al incensario. En el AT el altar del incienso estuvo en el
lugar santo (Éxo. 30:6), no en el lugar santísimo. Tampoco hay mención en el AT de un incensario que se
dejara en el lugar santísimo. Pero Éxodo 30:6 relaciona el altar del incienso con el lugar santísimo, y otras
obras mencionan el altar del incienso como parte de los enseres del mismo (p. ej., 2 Baruc 6:7). Es probable
que el autor de Hebreos sigue una tradición conocida en su día que colocaba el altar de incienso en el lugar
santísimo. Algunos sugieren que el autor ignoraba el arreglo del templo, pero no hay razón para pensar que
su conocimiento al respecto fuera inferior al de Josefo y Filón, quienes sabían que este mueble estaba en el
lugar santo.
Un problema semejante surge en relación con el contenido del arca. En el Pentateuco, el único contenido
del arca son las tablas de la ley (Éxo. 25:21; Deut. 10:5); la urna del maná y la vara de Aarón estaban delante
de ella (Núm. 17:10; Éxo. 16:33, 34). Es probable que el autor de Hebreos conocía una tradición que coloca-
ba estas dentro del arca. Los rabies tardíos mencionan la misma tradición.
En las tablas mencionadas Moisés había escrito los diez mandamientos (Éxo. 34:28) La urna contenía una
muestra del maná que sostuvo a Israel durante su viaje a Canaán, y la vara de Aarón es la que brotó para
confirmar que Dios había escogido a Aarón y a su familia para el liderazgo religioso. El arca, con todo su
contenido, se perdió cuando Babilonia destruyó el templo en 586 a. de J.C.
Los querubines eran representaciones de ángeles de Dios, símbolos adecuados para adornar un lugar que
recordaba la presencia de Dios. La gloria de Dios es su presencia con su pueblo. Los dos querubines juntos
extendían sus alas de un extremo al otro del lugar santísimo y cubrían con su [P. 100] sombra el propiciato-
rio, la tapa del arca. Se llamaba propiciatorio o expiatorio porque en él el sumo sacerdote rociaba la sangre
del sacrificio en el día de Expiación, para expiar (quitar) el pecado del pueblo, y así propiciar (hacer propi-
cio) a Dios.
Nuestro autor deja esta breve descripción del templo y sus muebles para pasar a lo que quiere enfatizar:
El culto que se realizaba en él. Conocía algunas interpretaciones alegóricas del templo muy detalladas, como
la de Filón, pero no quería perderse detalles” que distrajeran de su propósito principal.
4. El propósito de los sacrificios judíos, 9:6–10
Los vv. 6 y 7 describen el servicio realizado en cada una de las partes del tabernáculo. En la primera parte
hubo actividad constante. Cada mañana y cada tarde entraban…los sacerdotes para rellenar las lámparas
(Éxo. 27:20, 21) y quemar incienso (Éxo. 30:7, 8). En el día de reposo (sábado) cambiaban los panes de la
Presencia y comían los de la semana pasada en el lugar santo (Lev. 24:8, 9). Así que entraban siempre o
constantemente en la primera parte del tabernáculo o templo. Pero la segunda parte, el lugar santísimo, que-
daba sin actividad y en silencio durante todo el año. Solamente una vez al año, durante el otoño, en el día de
Expiación, había actividad en el lugar santísimo: la entrada de una sola persona, el sumo sacerdote. Aun él
tenía que entrar con cuidado, observando las reglas y rociando sobre el propiciatorio la sangre de los sacrifi-
cios por el pecado. Como dice Westcott, “entraba en el poder de otra vida”. En Levítico 16 se describen los
ritos de aquel día. El sumo sacerdote ofrecía un sacrificio primero por sus propios pecados y los de su familia,
y después entraba con otro sacrificio para expiar los pecados que el pueblo hubiera cometido por ignorancia.
El sacrificio no expiaba el tipo de pecado que se describe en 10:26: Pecados premeditados que expresaban
una rebelión voluntaria y constante contra Dios.
En el v. 8 el autor de Hebreos encuentra en la instrucción divina acerca del tabernáculo, dada siglos an-
tes, una palabra de Dios para su propio siglo: El arreglo del tabernáculo no provee acceso a Dios, sino que
simboliza la distancia entre el hombre y Dios. El acceso al lugar santísimo, que simboliza la presencia de
Dios, está severamente restringido. Un solo hombre podía entrar, y él solamente un día al año; el resto del
pueblo estaba totalmente excluido. La gran mayoría (todos menos los sacerdotes) ni siquiera podía entrar en
la primera parte, el lugar santo. A la vez que el tabernáculo de Dios y el templo que lo remplazó simbolizaron
la presencia de Dios con su pueblo, también simbolizaron la separación que el pecado produce. El cuadro del
sumo sacerdote en el lugar santísimo, los sacerdotes en el lugar santo, y el pueblo fuera, también simboliza la
separación entre los hombres resultante de la separación de Dios.
La palabra traducida parte del tabernáculo es lit. “tienda”, y algunos comentaristas y versiones la refieren
al “primer tabernáculo”. En tal caso, la idea sería que el tabernáculo del AT tendría que ser reemplazado por
el tabernáculo nuevo y espiritual, donde entró Jesús, para que tengamos acceso al lugar santísimo, esto es a la
presencia de Dios. Sin embargo, la misma [P. 101] expresión se usa en el v. 6, donde claramente se refiere al
lugar santo del santuario antiguo. Es mejor entender la expresión en el mismo sentido en los dos versículos.
En los vv. 9 y 10 el autor aplica esta figura o parábola al tiempo presente: Mucha actividad religiosa, pero
sin acercarse a Dios. (Utiliza aquí el tiempo presente, no el imperfecto o copretérito.) Los actos exteriores,
como ofrendas y sacrificios, nunca pueden ser más que símbolos de la realidad, porque la necesidad del
hombre es interior. En la conciencia sentimos la necesidad de acercarnos a Dios, y reconocemos que nuestra
rebelión ha producido pecados que nos separan de Dios. Lo que nos hace falta no es una purificación externa
del cuerpo, sino la perfección interna de la conciencia. Las ordenanzas que tratan nuestro cuerpo carnal no
pueden satisfacer esta necesidad espiritual. En el v. 10 el autor incluye, con ofrendas y sacrificios, las reglas
de comer, beber y lavarse. Toda la ley ritual de Moisés fue dada por Dios, pero como símbolo, no como la
realidad final.
Hoy también es conveniente evaluar nuestras prácticas religiosas. ¿Las ejercemos como símbolos que nos
ayudan en nuestra comunión interior y espiritual con Dios, o son actividades vanas que no nos acercan a
Dios? La diferencia no está en la acción, sino en la actitud interior del adorador. Jamás olvidemos que sola-
mente el sacrificio perfecto y final de Cristo nos puede dar la pureza necesaria para acercarnos a Dios. Los
actos de nuestra religión no sirven para comprar el favor de Dios, sino que son prácticas que nos ayudan a
aprender de él.
Lo anticuado y lo celestial
9:1–11
El santuario celestial en donde ministra Cristo remplazó al viejo y
anticuado santuario terrenal del sistema religioso judío (9:1–11).
1. Porque el santuario terrenal y los servicios que se realizaban eran
limitados e imperfectos (vv. 1–8).
1. El templo y los objetos sagrados que habían fabricado estaban
hechos de materiales temporales por ende efímeros.
2. El servicio realizado era limitado e imperfecto en cada una de
las partes del tabernáculo.
3. El acceso al lugar santísimo, que simbolizaba la presencia de
Dios, estaba severamente restringido.
4. Pecaban de ser superficiales por todo el servicio que se hacía.
Había mucha actividad religiosa, pero no se acercaba a la presen-
cia de Dios. (vv. 9, 10).
2. Porque el santuario celestial es mejor y perfecto.
1. El Sumo Sacerdote de este santuario es Cristo.
2. Es eterno porque no ha sido hecho por los hombres, no es crea-
do.
Joya bíblica
Cristo…entró una vez para siempre en el lugar santísimo,
logrando así eterna redención, ya no mediante sangre de ma-
chos cabríos ni de becerros, sino mediante su propia sangre
(9:12).
En los vv. 13 y 14 se describe la expiación que Cristo hizo según la figura de la ceremonia del día de Ex-
piación en el AT. (Machos cabríos y toros fueron los animales sacrificados en el día de Expiación). Hay para-
lelos estrechos entre las dos expiaciones, pero la del AT fue terrenal y simbólica, mientras Cristo logró una
expiación trascendental. El sumo sacerdote levítico inmoló la víctima fuera del tabernáculo, en el patio; Cris-
to ofreció su sacrificio “fuera del tabernáculo” celestial, en la tierra. La víctima en el AT tuvo que ser sin
mancha e idónea para la ofrenda; Cristo ofreció su propia sangre (v. 12) como un sacrificio perfecto y sin
mancha. El sumo sacerdote entró en el lugar santísimo con la sangre de la expiación una vez cada año; Cristo
entró una vez para siempre. Así Cristo logró una redención verdadera y eterna, no ceremonial ni temporal.
El autor añade a la sangre de las víctimas la ceniza de la vaquilla roja que se manda preparar en Números
19. La vaquilla fue degollada y quemada, y su ceniza fue mezclada con agua y guardada para purificar a los
israelitas que habían tenido contacto con un cadáver. Esta ceniza y la sangre de los sacrificios tenían cierta
eficacia para la santificación, pero como elementos materiales, servían solamente para purificar el cuerpo
(lit., la carne). Permitieron que las personas contaminadas entraran corporalmente en los cultos y ceremonias
del pueblo de Dios, pero la purificación interior de las conciencias se efectúa solamente por medio del sacri-
ficio superior de Cristo. Los animales sacrificados eran sin mancha externa en su cuerpo; pero Jesús fue sin
mancha interna, en su conciencia. Ellos fueron sacrificados sin entender lo que pasaba, y aun los sacerdotes
los sacrificaron por obediencia a la ley y no por voluntad [P. 103] propia; pero Jesús se ofreció voluntaria-
mente. Los animales sacrificados representaban a los hombres solamente en un sentido limitado; Jesús es
hombre y es el representante perfecto del hombre. Del animal no se puede ofrecer más que la vida corporal,
carnal; Jesús se ofreció mediante el Espíritu eterno. Los comentaristas dan interpretaciones variadas de esta
frase: con voluntad firme; espiritualmente; guiado por el Espíritu Santo; en su naturaleza divina; como la
revelación final de Dios; en el orden espiritual, eterno, absoluto; como un sacrificio en el orden divino. Cua-
lesquiera que sean los detalles del pensamiento del autor, es claro que afirma que el sacrificio de Cristo per-
tenece a un orden distinto: un orden eterno, espiritual, interior, divino. Jesucristo se ofreció en el orden de las
realidades últimas.
Joya bíblica
Por esta razón, también es mediador del nuevo pacto, para
que los que han sido llamados reciban la promesa de la heren-
cia eterna, ya que intervino muerte para redimirlos de las
transgresiones bajo el primer pacto (9:15).
Esta ofrenda voluntaria y espiritual nos limpia de los pecados y rebeliones que nos separan de Dios. Las
obras que hacemos fuera de la voluntad de Dios son muertas. Son producto de la muerte espiritual que expe-
rimenta el que se aleja de Dios; además, el fruto de estas obras es la muerte, porque nos separan del Dios vi-
vo, la fuente de toda vida. Limpios de estas obras estamos libres para acercarnos a Dios en servicio sincero. El
propósito último de la obra de Cristo enfoca a Dios: Nos salva para servir. El hombre no es un fin en sí, sino
que fue creado para servir y adorar a Dios. Y Cristo nos salvó, no para que nos quedemos limpios ni pasivos,
sino para que estemos activos en el servicio de Dios. El sacrificio de Cristo borra la vida de obras muertas de
desobediencia, y establece la obediencia en la cual podemos servir al Dios vivo.
6. El sacrificio que ratifica el pacto, 9:15–22
En base al sacrificio nuevo y distinto de Jesucristo, Dios establece un nuevo pacto (v. 15). La muerte de
Cristo es el sacrificio que inaugura el pacto, y también la ofrenda de expiación por los pecados que el primer
pacto no podía quitar. La herencia prometida al pueblo del nuevo pacto no es la tierra de Canaán, que fue
solamente un símbolo de la promesa de Dios, sino una posesión eterna en el orden celestial y espiritual. El
nuevo pacto no tiene la debilidad humana que fue el defecto del primero (8:7), sino que depende totalmente
de Dios para su cumplimiento. Dios llama a personas a participar en el nuevo pacto y garantiza su cumpli-
miento. Entonces los llamados pueden estar seguros de recibir la promesa que Dios les da cuando les llama.
(El autor ya había mencionado el llamamiento celestial en 3:1.)
La mención de la muerte y de la herencia sugiere al autor un tipo especial de pacto: el testamento. La
transición entre el pacto y el testamento fue natural, porque la palabra que el AT griego utiliza para pacto [P.
104] fue la misma que en el primer siglo designaba un testamento. Debemos recordar que las palabras pacto
y testamento en nuestra versión traducen la misma palabra griega. Aprovechando este doble sentido, el autor
ilustra el pacto de Dios en los vv. 16 y 17 con las leyes y costumbres de los testamentos. (1) Un testamento es
efectivo solamente cuando se ha comprobado la muerte del testador. De manera semejante, fue necesaria una
muerte para que el pacto eterno de Dios tuviera vigencia. El Dios vivo no puede morir, pero en la encarna-
ción del Hijo se capacitó para este paso necesario. Entonces murió para confirmar la herencia de pureza y
vida que Dios nos otorga. (2) Como es imposible cambiar las condiciones del testamento después de la muer-
te del testador, la muerte de Jesús garantiza que las promesas de Dios no se cambiarán, sino que se cumplirán
plenamente. (3) El testamento es un tipo de pacto o contrato que tiene una sola parte contratante, el testador.
El pacto de Dios con nosotros tampoco es un acuerdo hecho por negociación entre iguales. El Dios soberano
toma la iniciativa, define las condiciones y nos ofrece su pacto para aceptar o rechazar sin regateo. Así el tes-
tamento es un pacto que ilustra estos tres aspectos importantes del nuevo pacto que Dios ha hecho por medio
de Cristo.
La superioridad del sacrificio de Cristo
9:12–28
1. Porque ofrece no la sangre de animales sino su propia
sangre para obtener un nuevo pacto y una salvación eterna
(vv. 12–22).
1. La sangre de Cristo tiene mucho más poder para limpiar
del pecado que la sangre de los animales de los sacrificios.
2. La sangre de Cristo restaura el pacto entre Dios y los
hombres.
2. Porque entró delante del Dios una sola vez para interceder
por nuestros pecados (vv. 23–28).
1. Cristo entró a la misma presencia de Dios en el santuario
celestial para representarnos a nosotros.
2. El sacrificio de Cristo no se repite como el levítico, como el
terrenal, Cristo ofreció un sólo sacrificio, perfecto y espiri-
tual, que proveyó el perdón y la purificación completos.
3. La muerte de Cristo no se repite, porque Cristo tomó la
naturaleza humana para morir, y está establecido que los
hombres mueran una sola vez.
4. El aparecimiento de Cristo por segunda vez en este mundo
confirmará la salvación que él nos ha comprado con su
sangre, así como lo era la segunda aparición del sumo sa-
cerdote levítico para confirmar la aceptación de los sacrifi-
cios por los pecados del pueblo.
Aun el primer pacto (o testamento) de Dios, mediado por Moisés, enseña la necesidad de una muerte (vv.
18–20). Nuestro autor piensa en los eventos narrados en Éxodo 24:3–8, cuando Dios inauguró su pacto con
Israel. La cita en el v. 20 es de este pasaje de Éxodo, pero hay detalles que no concuerdan. Éxodo no mencio-
na los machos cabríos, el agua, la lana o el hisopo; y en Éxodo, Moisés leyó el libro, pero roció el altar. Los
elementos que no se encuentran en Éxodo 24 se mencionan en otras partes del Pentateuco, en relación con
otras purificaciones. Es posible que Moisés roció al libro con el altar si casi todo es purificado con sangre (v.
22). De [P. 105] todos modos, tanto el altar como el libro representan a Dios, quien entró en el pacto con el
pueblo. El autor de Hebreos mismo pudo haber originado estas ampliaciones de la historia narrada en Éxodo,
pero es probable que las tomó de una obra o una tradición que hoy no conocemos. Esta puede ser la misma
fuente que el autor sigue en 9:4. Hay evidencia de que los rabies citaron esta tradición.
Otra diferencia entre Éxodo 24 y este resumen está en la cita del v. 20. En Éxodo Moisés dice: “He aquí la
sangre”, pero Hebreos reza, esta es la sangre. Seguramente nuestro autor está pensando en las palabras con
que el Señor Jesucristo estableció el nuevo pacto (Mar. 14:24; 1 Cor. 11:25). Con esta alusión vuelve a recor-
dar a sus lectores la relación entre el primer pacto, que es el símbolo, y el nuevo, que es la realidad. La abun-
dancia de sangre de sacrificios en la inauguración y en todos los ritos del primer pacto fue una anticipación
simbólica de la sangre de Jesús, derramada para instituir el nuevo y eterno pacto de Dios.
Vv. 21, 22. Después de la inauguración del pacto con Israel Dios mandó construir el tabernáculo. Según
Éxodo 40:9 Moisés ungió el tabernáculo y los utensilios con aceite, pero aparentemente existía una tradición
en el primer siglo de que Moisés purificó estos con aceite y sangre. Josefo también menciona esta creencia.
Aunque no conocemos la fuente que nuestro autor usa, su conclusión es clara y acertada: La sangre es esen-
cial en la inauguración de un pacto con Dios y también en la purificación necesaria para acercarse a Dios.
“Casi podemos decir” —dice el autor— “que todo es purificado con sangre”. El pecado nos separa de Dios, y
sin sangre no hay perdón de pecado. La última frase del párrafo era un proverbio entre los judíos, porque
hay expresiones semejantes en el Talmud. Se basa en Levítico 17:11, pero es probable que nuestro autor alu-
da también a las palabras de Jesús en su última cena (Mat. 26:28), como ya hizo en el v. 20.
7. El sacrificio celestial y suficiente, 9:23–28
El v. 23 resume el argumento de los vv. 16–22 y vuelve al sacrificio del nuevo pacto. Los sacrificios san-
grientos fueron parte esencial del antiguo pacto, para purificar cosas que eran solamente símbolos de la rea-
lidad verdadera y eterna (8:5).Es lógico, entonces, que se necesiten sacrificios de más valor para consagrar
las realidades celestiales. Dos preguntas que surgen en la interpretación de este versículo son: ¿Por qué es
plural sacrificios, si el sacrificio de Cristo es uno? Y, ¿cómo es posible que el cielo, la morada de Dios, esté
contaminado por los pecados del hombre? Las dos aparentes anomalías se pueden explicar como debidas a la
comparación entre los dos pactos. En el primero, hubo muchos sacrificios. La realidad celestial requiere sa-
crificios de otro orden, pero el autor explicará en los vv. 25–28 que los sacrificios de aquel orden son en rea-
lidad solamente uno. De la misma manera que el sacerdote celestial y perfecto tiene que ser uno (7:23, 24),
el sacrificio celestial y perfecto es uno.
En cuanto a la purificación del cielo, algunos intérpretes sugieren que la purificación [P. 106] es parte de
la inauguración mencionada en los vv. 19–22, y que aquí la idea principal es inauguración. La morada celes-
tial y perfecta de Dios no necesitaba purificación, pero sí tuvo que ser inaugurada como el lugar santísimo
del nuevo pacto, donde nos acercamos a Dios en base del sacrificio de Cristo. Sin embargo, una mejor mane-
ra de entender este versículo es que sí hay contaminación en el orden celestial y espiritual, porque el hombre
es un ser espiritual, creado para estar en la presencia de Dios, adorándole y conviviendo con él. Cosas celes-
tiales es una figura espacial, pero la realidad es espiritual. El pecado del hombre estorbó el plan de Dios, e
impidió que el “cielo” (el orden espiritual donde Dios mora) sea lo que Dios quiere. El sacrificio de Cristo
purifica al hombre, un ser espiritual, y restablece el compañerismo celestial entre Dios y sus criaturas. Así
restaura el estado original de las cosas celestiales.
Joya bíblica
Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para quitar los
pecados de muchos. La segunda vez, ya sin relación con el pe-
cado, aparecerá para salvación a los que le esperan (9:28).
Sumario
A través de este pasaje, la palabra de Dios nos enseña que
Cristo estableció un nuevo sistema religioso que remplaza un
sistema religioso superficial y externo. Este sistema religioso
traído por Cristo supera el mero rito, la ceremonia, la práctica
superficial y externa, porque es espiritual, interior, celestial y
externa. En este sentido ofrece el perdón de los pecados y una
nueva relación con Dios a través de una vida cambiada por el
poder de Jesucristo. Si estamos todavía en un sistema religioso
superficial de práctica y ritos es tiempo de cambiar por el me-
jor sistema traído por Cristo y disfrutar de sus bendiciones.
Si el ministerio de Cristo está en una esfera distinta a la del antiguo pacto, también es distinto en su al-
cance. El sumo sacerdote levítico repetía su sacrificio cada año en el día de Expiación. Se repetía porque era
un sacrificio solamente simbólico que no resolvía el problema del pecado. Si el sacrificio de Cristo se tuviera
que repetir, no sería ningún avance sobre el sistema levítico. Pero Cristo ofreció un solo sacrificio, perfecto y
espiritual, que proveyó el perdón y la purificación completos; por tanto no se repite. El que ofrece sangre
ajena puede repetir el sacrificio, pero el que se ofrece a sí mismo no tiene más que sacrificar.
No vemos a Cristo padeciendo la muerte muchas veces, cada vez por los pecados de un tiempo, desde el
principio de la historia. Más bien apareció una sola vez (ver 1:2), para quitar el pecado que mancha toda la
historia humana. La encarnación y el sacrificio de Jesús son la meta de la historia y la clave para interpretar-
la. A la luz de la cruz podemos ver el sentido simbólico de todas las ceremonias del AT, el propósito original
de Dios para el hombre, y la gravedad de la rebelión.
Vv. 27, 28. Otra razón por la cual es imposible que se repita la muerte de Cristo es que él tomó la natura-
leza humana para morir, y está establecido que los hombres mueran una sola vez. La muerte de Jesús es final,
como la de todo hombre. El orden establecido por Dios es que cada hombre muera y después comparezca
ante su trono para el juicio. Cristo también murió y compareció ante Dios, pero no para ser juzgado, sino
para interceder por nosotros (v. 24). En su caso, el orden que Dios estableció es que después de su muerte
haya salvación para todos los que le esperan. Cristo vino una sola vez para morir y así tratar el problema del
pecado; vendrá la segunda vez para vivir y para compartir su vida con todos los que le esperan con confianza
y fidelidad.
Nuestro autor describe apariciones de Cristo en este mundo según el modelo del día de Expiación. En
aquel día el sumo sacerdote se presentaba ante el pueblo [P. 108] para hacer el sacrificio de expiación, y en-
traba en el lugar santísimo para ofrecer la sangre a Dios en favor del pueblo. Mientras estaba allí, el pueblo
esperaba con ansiedad que apareciera otra vez, porque su salida significaba que Dios había aceptado el sacri-
ficio por los pecados. De la misma manera, Cristo se presentó en el mundo para dar su vida en sacrificio por
los pecados (v. 26), y después se presentó en el cielo ante Dios para interceder por nosotros en base a su sa-
crificio (v. 24). Ahora esperamos aquí su regreso, que confirmará la salvación que él nos ha comprado con
su sangre (v. 28). El propósito de su segunda venida será la salvación, pero el resultado de la venida de Cristo
para los que rechazan la vida de fe y esperanza que él ofrece, será juicio (v. 27) y condenación.
La exhortación implícita en esta exposición del ministerio de Cristo es que lo esperemos. Esperar a Cristo
es hacerlo el enfoque de la vida, perseverar en fidelidad a él y confiar en su sacrificio que nos limpia para
entrar en la presencia de Dios.
8. El recuerdo del pecado en los sacrificios, 10:1–4
Aquí, casi al final de la exposición de la superioridad de Jesús sobre el sistema de los judíos, el autor pre-
senta su gran aportación: el concepto de una religión espiritual. Lo que agrada a Dios no son actos rituales o
aun morales, sino una relación de confianza y obediencia absolutas. El autor aplica esta verdad a la adora-
ción y a las ofrendas mandadas en el AT, pero también la podemos aplicar a todas nuestras formas religiosas.
Hay una tendencia constante en la historia de la religión y en la vida de cada uno de nosotros, a definir nues-
tra relación con Dios en términos externos: El verdadero cristiano es el que asiste a los cultos, o el que canta
con más energía, o el que levanta sus manos, o el que lee su Biblia constantemente, o el que testifica. Estas son
maneras válidas y valiosas de dar expresión a la realidad de un encuentro interior y espiritual con Dios. Sin
embargo, hay que recordar que son formas, y no tienen valor espiritual en sí. Este valor pertenece a la rela-
ción personal con Dios que se expresa en ellas, y si no existe esta relación, los ejercicios religiosos son hipo-
cresía. Nuestra tendencia a materializar la religión y olvidar su dimensión espiritual, es una evidencia de la
necesidad de la fe que percibe las cosas que se esperan y…los hechos que no se ven (11:1). El Espíritu Santo
puede usar el libro de Hebreos para ayudarnos a resistir esta tentación y para corregir nuestra falta de sensi-
bilidad espiritual.
Joya bíblica
Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros y
no la forma misma de estas realidades, nunca puede, por me-
dio de los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente de
año en año, hacer perfectos a los que se acercan (10:1).
Cuando el autor habla de sombra y forma (v. 1) utiliza términos platónicos, como en 8:5. Todo el sistema
legal es terrenal: su santuario, sus sacrificios, su pacto. Pero la purificación que los hombres necesitamos no
es de este mundo. La ley, que no tiene la sustancia de la realidad espiritual, no puede llevar al adorador a su
meta espiritual. Es una sombra; tiene una relación con la verdad; la representa, pero no es la verdad que ne-
cesitamos. Le falta una dimensión para ser real, como un bosquejo dibujado de un objeto. El adorador [P.
109] “se acerca” al templo y al ritual buscando a Dios, pero si su búsqueda no tiene otra dimensión —la es-
piritual— encuentra que el acceso a Dios todavía está impedido por el pecado. Hacer perfectos significa “lle-
var a su meta”; Dios creó al hombre para acercarse a Dios en una relación personal, y la ley no puede esta-
blecer esta relación.
La realidad que necesitamos son los bienes venideros. Se llaman venideros porque, aun cuando Cristo los
consiguió con su muerte, tenemos que seguir adelante en nuestro peregrinaje espiritual para alcanzarlos.
Hoy gozamos por fe de la redención eterna y del acceso libre a Dios, pero habrá un cumplimiento pleno al fin
del camino.
La repetición de las ofrendas del día de la Expiación, continuamente de año en año, muestra su imperfec-
ción. Lo que logra el fin no se repite; la repetición comprueba que no se ha logrado el fin. En el caso de las
ofrendas por el pecado, la repetición prueba que el que las ofrece todavía está consciente de su condición de
pecador. Si los sacrificios bajo la ley pudieran quitar la culpa del adorador, la repetición de ellos dejaría de
tener sentido para él. Como el enfermo deja de ir a consulta médica cuando ha sanado, los pecadores purifi-
cados no volverían a acudir a los sacrificios. Los sacrificios del AT no dan esta purificación, porque el pro-
blema del ser humano está en la conciencia (ver 9:9, 14), y la ley del AT no puede penetrar allá.
En los vv. 3 y 4 se muestra que el verdadero propósito del día anual de la Expiación y de los otros sacrifi-
cios del antiguo pacto no fue quitar el pecado, sino mostrar a los pecadores su culpa y necesidad de la purifi-
cación. En vez de cubrir la distancia entre Dios y el pecador, la acentuaban. Los sacrificios de la ley preparan
al hombre para el verdadero sacrificio de Cristo, fomentando la conciencia de su culpa y despertando el an-
helo de la redención verdadera. Sería un error entender aquel pacto preparatorio como la palabra final de
Dios, y dejaría al hombre todavía en su culpa y sin esperanza.
El día de la Expiación también enseñaba que Dios recuerda los pecados. El sacrificio de toros y machos
cabríos fue una solemne confesión de que el pueblo y cada miembro del mismo se habían rebelado contra el
Dios celoso que es fuego consumidor (12:29). Dios instituyó esta observancia anual porque él se acuerda de
los pecados y demanda que se paguen.
Joya bíblica
Es en esa voluntad que somos santificados, mediante la
ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre
(10:10).
En el v. 13, se aplica otra frase del Salmo 110:1 a nuestro Rey-sacerdote. Sentado en la posición de poder
supremo sobre el reino de Dios, espera la derrota final de sus enemigos. Ya no sale a darles batalla porque
consiguió la victoria definitiva con el mismo sacrificio que quitó los pecados. Un solo acto logró completa
santificación para los que le siguen y completa victoria sobre sus enemigos. La vergonzosa cruz en que Cristo
murió fue en realidad la derrota de sus enemigos. Dos de estos son [P. 113] los enemigos mencionados en
2:14, 15: Satanás y la muerte. El juicio final que viene (6:2; 10:27) no es más que la culminación del juicio
que Cristo dio en la cruz. En 10:26–31 el autor de Hebreos advierte a sus lectores de la gravedad de ponerse
entre los enemigos del Rey-juez por rechazar su sacrificio en la cruz.
Ritual o rectitud
10:1–18
1. Los lectores de Hebreos, muchos de ellos judíos, tienen la tentación de colocar el sis-
tema religioso judío, los ritos y las prácticas (el santuario, los sacrificios y ofrendas),
externos, imperfectos y pasajeros, como el único y superior a todo, incluso a Cristo, lo
cual para el autor de Hebreos es una terrible equivocación, sólo Cristo es el único, sufi-
ciente y perfecto que nos lleva a experimentar el perdón de nuestros pecados y a vivir
una verdadera relación, o pacto con Dios.
De la misma manera en nuestro tiempo, muchos católicos y evangélicos remplazan a Cristo
con una religión externa de prácticas y ritos porque resulta más cómoda. Así la rela-
ción con Dios se define en expresiones externas como: asistir al templo, orar, cantar
(en forma mecánica y fría o danzando, levantando las manos, etc.), tener experiencias
de caídas, lenguas y otros, dar ofrendas, etc. Pero no queremos aceptar la nueva reli-
gión traída por Jesucristo, la religión de la vida en la que es necesario el arrepentimien-
to y conversión por cuanto esta nueva religión busca el perdón de nuestros pecados; es
necesario un cambio de vida, un estilo de vida acorde con la voluntad de Dios, por
cuanto esta nueva religión ofrece una nueva relación con Dios, una relación interna,
profunda que afecta nuestra vida total.
2. Debemos afirmarnos y confiar en Jesucristo, el único y suficiente camino a Dios, por-
que él es el sacrificio, la ofrenda única y completa que hacía falta para proveernos el
verdadero perdón de nuestros pecados, la santificación completa, la relación perfecta
con Dios y, por ende, una salvación perfecta y eterna. Muchos creen que pueden ser
salvos por sus buenos actos o simplemente creen que pueden alcanzar la salvación a
través de cualquier religión (el budismo, el islamismo y otras), pero es necesario que
sepan que sólo Cristo puede salvar, porque él fue el único sacrificio que proveyó el
verdadero perdón de nuestros pecados, la santificación completa, la relación con Dios.
En conclusión, la posición sentada de Cristo comprueba que la ofrenda que él ofreció fue la única que
hacía falta, porque fue completa (v. 14). Provee una salvación perfecta y por tanto eterna. Por medio del sa-
crificio de Cristo, los que creen en él son santificados o purificados de sus pecados para que entren en la pre-
sencia de Dios. De esta manera, los ha perfeccionado o llevado a la meta, porque el propósito de Dios en
crear al hombre era que tuviera una relación personal con él. El pecado es la barrera que nos separa de esta
relación de confianza y gozo.
Los santificados traduce un participio presente. Por tanto, la idea es progresiva: “Los que están siendo
santificados”. Nuestra santificación está completa y perfecta con el sacrificio perfecto de Cristo en la cruz,
pero Dios la está aplicando a nuestras vidas durante todo el peregrinaje que seguimos. Hebreos presenta
nuestro carácter cristiano como un hecho en Cristo, y también como un proceso de maduración. Debemos
mantener una tensión dinámica entre estos dos aspectos; debemos confiar en la obra perfecta de Cristo a la
vez que nos esforzamos para progresar.
Los vv. 15–18 terminan el argumento de Hebreos acerca de la superioridad del ministerio de Jesucristo.
Repiten una de las citas del AT. El Espíritu Santo confirma la conclusión por lo que dice a través de Jeremías,
ya citado en 8:10–12. El autor cambia algunas palabras, y abrevia la cita para enfatizar su conclusión: Que
Dios ha escrito sus leyes en los corazones humanos (primero, de Jesús; ahora en el de su pueblo) y por tanto
ya no hay memoria de los pecados, sino perdón. El perdón es la provisión de Dios para los pecados pasados
de los que confían en él. Implantar su ley en el corazón es su provisión para la obediencia futura de estos
creyentes. Con la ley en su corazón desean y pueden obedecer. De modo que Jeremías describió en este pasaje
la misma santificación y perfección que Jesucristo logró con su ofrenda (v. 14).
Las palabras él añade (v. 17) no aparecen en el original griego. Muchas traducciones las incluyen para
dividir la premisa, que es la ley interior, de la conclusión sacada de esta premisa: perdón absoluto. Sin em-
bargo, es probable que el autor hace suyas las palabras dice el Señor en la cita, de manera que las dos propo-
siciones después de esta frase son conclusiones que Dios pronuncia después de haber dicho: Este es el pacto…
Esta interpretación está más de acuerdo con el cuidado que el autor siempre muestra en la selección y arreglo
de sus palabras.
El olvido de los pecados implica el fin de los sacrificios animales. Todo el sistema de sacrificios y purifica-
ciones apuntó a la necesidad del perdón. Cuando Dios ha dado este perdón, cuando ya no se acuerda de [P.
114] los pecados y cuando su pueblo ya no tiene conciencia de culpa, ya no caben las ofrendas que simboli-
zan la memoria del pecado. El primer pacto proveyó una memoria anual de los pecados (v. 4); el nuevo pro-
vee un olvido del pecado que excluye toda repetición del sacrificio sangriento. El perdón esperado es ahora
realidad. Entonces, volver a participar en los sacrificios del antiguo pacto es, para el cristiano, abandonar la
verdad para regresar a una sombra (ver v. 1).
V. EL CAMINO NUEVO Y VIVO EN JESUCRISTO, 10:19—12:29
Nuestro autor ha interrumpido su argumento doctrinal varias veces para exhortar a sus lectores a aplicar
esta doctrina a sus vidas (2:1–4; 4:14–16; 6:1). De aquí en adelante la aplicación es su enfoque principal. En
Hebreos, como en todo el NT, la doctrina no es especulación abstracta, sino la base para una vida cambiada.
La verdad se vive.
1. Acceso a Dios por Jesucristo, 10:19–25
Esta sección es como una bisagra que une el argumento doctrinal y la aplicación ética de Hebreos. Los vv.
19–21 resumen la superioridad de Jesucristo sobre toda otra religión, en base a dos privilegios del cristiano;
los vv. 22–25 presentan la vida que debemos vivir a la luz de esa superioridad, empleando tres imperativos.
El autor vuelve a mostrar su sensibilidad pastoral en llamar a sus lectores hermanos y en presentar la condi-
ción y los deberes cristianos en primera personal del plural.
Vv. 19, 20. El primer privilegio que tenemos en Cristo es pleno acceso al trono de Dios. En el antiguo pac-
to el lugar santísimo fue el símbolo de la presencia de Dios, y el acceso a este símbolo se limitó de modo es-
tricto. Casi todo el pueblo estaba excluido. Solamente el sumo sacerdote podía entrar, y aun su acceso fue
limitado a un día en el año. En aquel día tuvo que observar con cuidado ciertas condiciones para entrar. En
contraste absoluto, bajo el nuevo pacto en Cristo, todo su pueblo puede entrar, en todo momento. Además,
nuestra entrada no es simbólica, sino la entrada al verdadero trono en el cielo. Tenemos confianza para en-
trar en base a nuestra relación personal con Dios. Jesús estableció esta relación con el sacrificio de su sangre,
borrando la rebelión y los pecados que cortaron nuestro camino hacia Dios.
Cristo tomó un cuerpo (v. 20; lit. “su carne”) con el propósito de hacer este sacrificio. De la misma mane-
ra en que fue necesario que se rasgara el velo del lugar santísimo (ver Mar. 15:38; Mat. 27:51) como un
símbolo de que todos podemos entrar a la presencia de Dios, fue necesario que el cuerpo de Cristo fuera par-
tido para darnos este acceso. Esta figura tan atrevida del velo ha causado mucha discusión. Algunos intérpre-
tes sugieren que es el camino, no el velo, el que se compara con la carne de Jesús, pero el orden de las pala-
bras y la gramática no apoyan esta interpretación. Otros intentan explicar lo que la carne de Jesús vela: su
divinidad, el camino a Dios, etc. Unos sugieren que el velo es el punto de contacto entre Dios y el hombre,
como la divinidad y la humanidad se unieron en la encarnación de Cristo. Pero la comparación no se basa en
la separación que el velo hace, sino en la necesidad de la destrucción en los dos casos, del velo y del cuerpo
de Jesucristo. Nos sorprende el hecho de que Hebreos no hace una referencia más directa a la rasgadura del
velo (Mar. 15:38), porque ésta ilustra [P. 115] el sacrificio corporal de Jesús tan claramente. Algunos sugie-
ren que el autor de Hebreos no conocía este detalle de la Pasión; como dice el comentarista F. F. Bruce, aun en
este caso el lenguaje de Hebreos y el evento de los Evangelios enseñan la misma lección.
Semillero homilético
El camino nuevo y vivo en Cristo
10:19–39
Introducción: En todo el mundo los caminos antiguos causaban
muchas dificultades de tiempo, accidentes, etc.; generalmente,
por estar descuidados y deteriorados. Fue así con la carretera
antigua que unía tres ciudades importantes en Bolivia (La Paz,
Oruro, Cochabamba). Hoy por hoy, el nuevo camino asfaltado
que une estas tres importantes ciudades ha facilitado enorme-
mente la comunicación y el tiempo de llegadas. Ahora no se ve
un solo vehículo yendo por el camino antiguo, todos prefieren
el camino nuevo. En el plano espiritual, estar en el camino
nuevo y vivo significa reconocer a Cristo como la única puerta
de entrada a Dios.
I. Por cuanto Jesucristo es el camino a la presencia de Dios
(vv. 19–25).
1. Cristo nos abrió el camino plenamente hacia la presencia
de Dios (vv. 19, 20).
2. Cristo es nuestro representante y mediador ante Dios, un
sumo sacerdote que intercede por nosotros (v. 21).
3. Nuestra respuesta a los beneficios que tenemos en Cristo
(vv. 22–25).
(1) Si tenemos el camino abierto hacia Dios ¡usémoslo!, en-
tremos en una relación espiritual con Dios que sea sincera
(v. 22).
(2) Debemos aferrarnos a la esperanza de las promesas de
Dios, sin vacilar en la lealtad al Salvador que esperamos (v.
23).
(3) Busquemos a través de acciones concretas, la manera de
ayudarnos unos a otros a tener más amor y a hacer el bien
(v. 24).
(4) Lejos de alejarse de la congregación, los cristianos deben
asistir. Esto es urgente pues vivimos en los últimos tiempos
del fin (v. 25).
II. Por cuanto debemos cuidarnos del peligro de rechazar el
camino nuevo y vivo abierto por Cristo (10:26–31).
1. Ya que es perderse el único sacrificio que le puede purifi-
car y presentar ante Dios (v. 26).
2. Ya que es entrar a una condición que merece el castigo
eterno de Dios (vv. 27–31).
3. Por cuanto debemos perseverar en el camino nuevo y vivo
abierto por Cristo (vv. 32–39).
(1) Se debe recordar la perseverancia demostrada y seguir
adelante (vv. 32–34).
(2) Se debe mantener la perseverancia hasta llegar a la meta
(vv. 35–39).
Conclusión: Hay muchas religiones, sectas e ideologías y filoso-
fías humanas que son los caminos que siguen muchos hom-
bres, son los caminos viejos y equivocados, uno solo es el cami-
no nuevo, vivo y verdadero. Ese camino nuevo, vivo y verdade-
ro es Jesucristo, y Cristo invita a todos a entrar en ese camino.
El camino que nos conduce a través del velo a la presencia de Dios es nuevo, porque no es el camino an-
terior de la matanza de animales. El anterior llevó en realidad, no a la presencia de Dios, sino a una concien-
cia más clara de la separación entre los adoradores y Dios (10:4). La perfecta obediencia y el perfecto sacrifi-
cio de Jesús otorgan una nueva base para el acercamiento a Dios. El camino que Jesús nos abrió es siempre
nuevo, porque nunca envejece ni caduca (8:13). También es un camino vivo. No es una cosa, ni una doctri-
na, sino una persona, Jesucristo mismo (ver Juan 14:6). Para acercarnos a Dios no seguimos ciertas reglas,
sino a una persona que va adelante. Esta persona no es una figura del pasado, sino una que resucitó y vive en
el presente; tiene una vida [P. 116] indestructible (7:16) y la comparte con sus seguidores. Como el pueblo de
Israel entró en el lugar santísimo simbólicamente por el sumo sacerdote que les representaba, así nosotros
entramos a la verdadera presencia de Dios por nuestra participación en Jesucristo, nuestro gran sumo sacer-
dote.
Nuestro segundo privilegio es que Cristo es este gran sumo sacerdote que nos representa. Además del ac-
ceso libre y total a la presencia celestial de Dios, tenemos un sacerdote que nos representa siempre en inter-
cesión ante Dios. El cap. 7 en especial ha descrito a nuestro gran sumo sacerdote. Gran sacerdote es la tra-
ducción literal de un título hebreo que se aplicaba al sumo sacerdote. Esta es la única mención en Hebreos de
este título, aunque 4:14 dice gran sumo sacerdote. Si el sumo sacerdote en el tiempo del antiguo pacto era el
“gran sacerdote” en relación con los otros sacerdotes de su tiempo, Cristo es el gran sacerdote en sentido ab-
soluto: incomparablemente superior a todos los demás sacerdotes y sumos sacerdotes. La casa de Dios es su
pueblo. El autor ya utilizó esta expresión cuando describió la superioridad de Jesús a Moisés (3:2–6); aquí
recuerda nuestra responsabilidad de aferrarnos al acceso y a la confianza que tenemos (3:6).
El primero de los tres imperativos que describen nuestra respuesta a la superioridad de Cristo es: acer-
quémonos (v. 22). Si tenemos acceso libre a Dios, ¡usémoslo! Nuestro gran sumo sacerdote ha entrado en la
presencia de Dios, y nos dejó la puerta abierta. En Hebreos acercarse a Dios es la esencia de la religión y el
propósito del Creador para el ser humano (ver 4:16; 7:25; 10:1; 11:6; 12:22). “Acercarse” es una metáfora
de compañerismo estrecho y de unión espiritual.
Joya bíblica
Retengamos firme la confesión de la esperanza sin vacila-
ción, porque fiel es el que lo ha prometido (10:23).
Nuestro autor describe cuatro aspectos de nuestro acercamiento a Dios. Primero, solamente podemos
acercarnos a Dios con corazón sincero. Es necesario que en el centro del ser tengamos un deseo sincero de
relacionarnos con Dios; no podemos fingir lealtad a él. La misma palabra traducida sincero aquí aparece en
8:2 y 9:24, donde se traduce verdadero y se refiere al santuario celestial. El corazón sincero es el corazón
cuyo fundamento y contenido son las cosas celestiales, eternas. Es constante y sincero porque está centrado
en lo eterno. Segundo, nos acercamos en plena certidumbre de fe. El cap. 11 cita ejemplos de esta fe en Dios
que da la seguridad de que Dios nos recibe cuando nos acercamos.
Los dos últimos modos de nuestro acercamiento describen la purificación que Cristo nos consiguió con su
sacrificio. Purificados es lit. “rociados”. Como los sacerdotes levíticos fueron rociados con sangre (Éxo.
29:21) y lavados con agua (Éxo. 29:4) en su dedicación, así los cristianos somos purificados por la sangre de
Jesús cuando iniciamos nuestro acercamiento a Dios. Su sangre nos purifica en el corazón o conciencia, don-
de está arraigada la maldad. El lavamiento de los cuerpos con agua es un símbolo exterior de la purificación
interior. Este simbolismo viene de los lavamientos ceremoniales de los judíos, pero el autor también piensa en
el bautismo cristiano. El agua es pura en su simbolismo, porque representa al Espíritu Santo que purifica
(Eze. 36:25, 26; Tito 3:5). No se puede dudar que el autor de Hebreos ve el bautismo como un símbolo de la
salvación, y no como un requisito. Esto es así porque él ha insistido en que nuestro problema y su solución
son espirituales (10:1–4).
[P. 117] El segundo imperativo es retengamos firme (v. 23). El cristiano necesita un equilibrio entre el
progreso, acercándose a Dios, y la estabilidad de una esperanza firme. El autor inició su exposición del mi-
nisterio sacerdotal de Jesucristo mencionando el mismo equilibro; exhorta a sus lectores a retener su confe-
sión y a acercarse con confianza (4:14, 16).
Nuestra fe en Cristo otorga una esperanza firme en cuanto al futuro; una esperanza tan espléndida no
nos permite quedar callados. Por tanto, el autor de Hebreos habla de la confesión de la esperanza. Confesa-
mos esta esperanza públicamente al aceptar a Cristo. El autor exhorta a sus lectores a continuar aferrados a
esta esperanza, sin vacilación en su lealtad al Salvador que esperan. Podemos tener confianza absoluta en
Dios, el único que es absolutamente fiel a todo lo que ha prometido. Dios siempre cumple; siempre es fiel a
los que confían en él y en sus promesas. Los cristianos caminamos hacia el futuro con optimismo porque co-
nocemos el Señor del futuro y confiamos en él.
Vv. 24, 25. El tercer imperativo, consi- derémonos los unos a los otros, nos recuerda que el peregrinaje
cristiano se realiza en comunidad. Mientras nos acercamos a Dios y retenemos firme la esperanza, debemos
recordar que otros nos acompañan. Consideramos a Jesucristo (3:1) para motivarnos a la fidelidad y al pro-
greso; considerémonos los unos a los otros, para aprender de su ejemplo y para ofrecerles el nuestro. El com-
pañerismo cristiano nos ayuda a mantenernos firmes y a crecer en nuestra relación con Dios. Nuestra rela-
ción con Dios no se puede separar de la relación con nuestros semejantes. Repetidas veces, desde la creación
(Gén. 2:15–18) hasta las enseñanzas de Jesús (Mar. 12:28–31) y en las cartas de los apóstoles (Stg. 1:27; 1
Jn. 4:20), la Biblia insiste en esta verdad.
Por tanto, parte del “acercarnos a Dios” es “considerar” a los otros para fomentar en ellos el amor y las
buenas obras. El amor fraternal que es el objetivo de esta “consideración mutua” se manifiesta en buenas
obras. No es una actitud teórica, sino un camino de acciones serviciales.
En el griego original los verbos dejemos y exhortémonos en el v. 25 no son imperativos, sino participios
que describen dos aspectos importantes del mandato del v. 24. Experimentamos el amor y el compañerismo
cristiano en las reuniones de la congregación. El que “considera” a sus [P. 118] hermanos cristianos es fiel en
su asistencia a las reuniones. Algunos habían perdido la costumbre de asistir a los cultos y a las reuniones de
la iglesia; tal vez se habían fastidiado de la presión constante de sus parientes o amigos incrédulos. El autor
tiene una advertencia severa para los que están tentados a retirarse de la congregación para evitar las burlas
del mundo: Cuando uno abandona a la iglesia, que es el cuerpo de Cristo, está muy cerca de abandonar a
Cristo y todos los beneficios de su sacrificio (vv. 26–31).
Joya bíblica
Porque si pecamos voluntariamente, después de haber reci-
bido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio
por el pecado (10:26).
Lejos de alejarse de la congregación, los cristianos deben asistir con el propósito de animar (exhortar) a
los demás. En lugar de seguir el ejemplo de los que se alejan o de olvidarlos, deben buscarlos y alentarles a
regresar. El egoísmo es uno de nuestros problemas principales, y produce una religión individual que no se
preocupa por los semejantes. Hacen falta cristianos que presten atención a otros para animarles y estimular-
les en sus propios ministerios. Tales “animadores” oran por sus hermanos, observan su desarrollo y les escu-
chan cuando están desanimados. Sugieren oportunidades para servicio, y felicitan a sus hermanos por sus
esfuerzos.
El autor de Hebreos recuerda a sus lectores que el ministerio de animar a otros es urgente, porque se
acerca el regreso de Cristo y el juicio. Ellos podían ver señales de la crisis que se acercaba en Judea, una crisis
que resultaría en la destrucción de Jerusalén. Aparentemente, algunos cristianos asociaban esta destrucción
con la segunda venida de Cristo (Mat. 24:1–3; Mar. 13:1–4, 24–26; Luc. 21:5–7, 25–27); las escaramuzas
en Palestina podían ser el principio del fin de la historia. Hoy, aunque hemos vivido por muchos siglos sin
llegar al día del regreso de Cristo, es importante que la iglesia no pierda la tensión escatológica. Todavía vi-
vimos en los últimos tiempos (1:1) y disfrutamos las primicias del nuevo siglo que Cristo traerá. La sombra
del fin debe ser otro estímulo al amor y apoyo mutuos.
2. El peligro de despreciar la revelación, 10:26–31
La costumbre de ausentarse de las reuniones de la iglesia indica cierta indiferencia peligrosa hacia las
responsabilidades y las bendiciones de la relación con Cristo. El autor advierte que el que rechaza el sacrificio
de Cristo no encontrará otro medio de purificarse y acercarse a Dios. Hay que acercarse a Dios por medio de
Jesucristo, o enfrentar la ira y el juicio de Dios. Esta advertencia es semejante a la de 6:4–6.
Es importante interpretar el v. 26 a la luz del v. 29. No se trata aquí de cualquier pecado, sino del rechazo
consciente y deliberado de Cristo y su sacrificio. El tiempo presente del verbo pecamos indica que se trata de
un hábito, como en el v. 25, y no de una caída momentánea. Hebreos describe aquí a uno que ha aprendido
en la comunidad de la fe la verdad de su impureza y de la provisión de Cristo para limpiarla. Si decide “a
ciencia y conciencia” abandonar la confesión de la esperanza (v. 23) y la iglesia (v. 25) para regresar al ca-
mino del pecado, debe entender que ha abandonado el único sacrificio que le puede purificar y presentar
ante Dios. Lo que Hebreos ha dicho de la insuficiencia del sistema del AT, se aplica a toda religión fuera de la
verdad de Jesucristo. No hay varias [P. 119] religiones verdaderas o varios caminos hacia Dios: En ningún
otro hay salvación (Hech. 4:12).
El que abandona la única esperanza en Cristo no puede esperar santificación o salvación, pero el v. 27 di-
ce que todavía le espera algo. Ha abandonado la salvación y le espera el juicio. El autor de Hebreos describe
esta expectativa como horrenda (este versículo nos recuerda Isa. 26:11 en la Septuaginta). El que abandona a
Cristo se identifica con sus adversarios, y el resultado del juicio para estos se puede describir con la figura del
fuego ardiente. La alternativa a una fe seria y permanente en el Señor Jesucristo es una condenación espanto-
sa.
Vv. 28, 29. Nuestro autor refuerza su advertencia con otro argumento a fortiori. La ley de Moisés reque-
ría la pena de muerte por ofensas serias. La alusión aquí a Deuteronomio 17:6 indica que el autor piensa en
la ofensa de abandonar al Señor para servir a otros dioses, descrita en Deuteronomio 17:2–5. No había posi-
bilidad de compasión y perdón si dos o tres testigos confirmaban esta ofensa. Si la muerte física fue la pena
de rechazar la sombra (10:1), el castigo del que abandona la realidad en Cristo tiene que ser mayor: la muer-
te eterna. Uno “pisotea” lo que considera sin valor. El que da la espalda a Cristo y a su iglesia declara con su
acción que el Hijo de Dios no tiene valor, que no merece respeto. El abandonar la fe también es una acción
que indica que la sangre de Cristo, que simboliza su muerte, fue de poca importancia, una muerte común sin
valor para la salvación. Este abandono es una negación de la confesión cristiana de que la sangre de Cristo
inauguró el nuevo pacto y purifica a su pueblo para acercarse a Dios.
Joya bíblica
¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo! (10:31).
El regreso al mundo es un insulto grave al Espíritu que ofrece la gracia de Dios (o el Espíritu que Dios nos
ofrece por su gracia). El que no continúa fiel a Jesucristo, lo insulta a él y menosprecia toda la obra salvífica
de Dios. Los que han dejado de reunirse con el pueblo de Dios están en gran peligro, porque están en un ca-
mino que les lleva a cometer este insulto. Tal vez el autor de Hebreos vea en el Hijo de Dios, su sangre y el
Espíritu de gracia los dos o tres testigos que condenarán al desertor a la muerte eterna.
Para comprobar que esta amonestación severa no es invención suya el autor cita la palabra de Dios (vv.
30, 31). El autor utiliza la primera persona del plural: Conocemos a Dios, sus lectores, al igual que él mismo.
Los que contemplan el abandono no pueden esgrimir la ignorancia como excusa. Las citas son del “Cántico
de Moisés” en Deuteronomio 32. (La segunda cita se encuentra en Sal. 135:14a). En su contexto original la
primera cita habla de la venganza de Dios contra su pueblo que le ha abandonado, pero la segunda afirma
que [P. 120] Dios juzgará a su pueblo en el sentido de otorgarle protección de sus enemigos. Parece que
Hebreos aplica esta segunda cita también a la retribución que Dios administrará a los suyos si le abandonan.
Aunque la aplicación en Hebreos no es exactamente la misma que la del cántico en el AT, la idea es clara.
Dios no pasa por alto la infidelidad de los que se han declarado suyos, y protegerá a su pueblo tanto de los
enemigos de afuera como de los infieles de adentro.
Nuestro autor resume esta sección de advertencia solemne con la imagen de caer en las manos de Dios.
Nuestro Dios tiene la capacidad de castigar, porque es el único Dios vivo. El que deja de acercarse a Dios (v.
22) no se escapa de su presencia, sino que cae en sus manos. Estar en las manos de Dios es la esperanza de
los que sirven al Dios vivo; es la horrenda verdad para los que lo rechazan.
A algunos intérpretes les parece que 10:26–31, como 6:4–6 (un pasaje semejante en estructura y en con-
tenido), enseñan la posibilidad de que un cristiano puede “caer de la gracia” y perder su salvación. Sin em-
bargo, otras partes de la Biblia enseñan que una persona que ha recibido al Espíritu de Cristo en una expe-
riencia genuina de conversión no cometerá el pecado que Hebreos describe (ver 1 Cor. 12:3). Cuando Dios
nos hace suyos, nos da una nueva voluntad (v. 16); el que voluntariamente (v. 26) sigue en el camino del
pecado o regresa a él, muestra que no es parte del pueblo de Dios. En realidad, Hebreos no trata la verdad
bíblica de la seguridad de la salvación. Su tema en estos pasajes es más bien el peligro real que acecha a los
que contemplan la posibilidad de abandonar a Cristo públicamente. La única manera de salvarse de este peli-
gro es la dependencia obediente de Dios, el mismo Dios quien constituye la seguridad del creyente.
3. La necesidad de perseverancia, 10:32–39
Como hizo en 6:4–12, aquí también el autor de Hebreos añade palabras de aliento a la advertencia seve-
ra. Recuerda a sus lectores los primeros días de su peregrinaje con Cristo (en cuanto a iluminados, ver co-
mentario sobre 6:4), y los sufrimientos que enfrentaron con valor, fe y gozo.
Vv. 32–34. Varios comentaristas han buscado en esta sección y en 12:4 evidencias acerca del lugar en
que vivían estos lectores. Hay ciertos detalles en Hebreos que corresponden notablemente con las circunstan-
cias de la expulsión de los judíos (incluyendo cristianos judíos) de Roma en 49 d. de J.C., y otros que pueden
parecer alusiones a los sufrimientos de la iglesia en Jerusalén, narrados en los primeros capítulos de Hechos.
Algunos comentaristas ven aquí la persecución bajo Nerón. Pero la gran diversidad en estas interpretaciones
indica la dificultad de una identificación específica del lugar. Podemos afirmar solamente que estos cristia-
nos, como muchos en el primer siglo, enfrentaron oposición severa cuando aceptaron a Cristo.
Las aflicciones de los lectores incluyeron [P. 121] tanto insultos como verdaderas amenazas a sus perso-
nas y sus bienes. Aun cuando los reproches y tribulaciones iban dirigidos a sus hermanos, los lectores se
hicieron solidarios de ellos. Por lo que sufrieron, demostraron lo genuino de su amor a Cristo, quien les había
iluminado. Por su identificación con el sufrimiento de sus hermanos, mostraron que el amor fraternal tam-
bién fue una realidad en ellos.
Los lectores mostraron este amor fraternal aun a los cristianos encarcelados (v. 34). Fue difícil sobrevivir
en una cárcel romana del primer siglo sin amigos que trajeran comida, abrigo y otras necesidades, porque lo
que las autoridades daban no era suficiente. Los lectores visitaban a sus hermanos para suplir estas necesida-
des a pesar del riesgo que corrían en su propia libertad. Fue un riesgo porque el “delito” de los encarcelados
fue su confesión cristiana. La sospecha inmediata de las autoridades sería que los amigos que los visitaban
también eran cristianos, y un poco de investigación lo comprobaría. De manera que estas visitas a los encar-
celados fueron actos de gran valor, y evidencia de una fe genuina. El autor indica que también fue imitación
de Cristo, porque para describir esta identificación costosa con el sufrimiento de otros, emplea el mismo ver-
bo que usó en 4:15 para describir la identificación de Cristo con nuestra necesidad.
Finalmente, el autor menciona que habían sufrido la pérdida de sus bienes materiales. No dice si estos
fueron confiscados oficialmente, o si algunos vecinos aprovecharon la persecución para robarles. Lo impor-
tante es la actitud con la cual estos nuevos creyentes aceptaron la pérdida: con gozo. Entendieron que su ver-
dadero tesoro no estaba en este mundo, sujeto a percances y a la maldad de sus adversarios. Por tanto, no se
acongojaron al perder lo que algún día dejarían de todas formas. La perspectiva de la fe y de la esperanza
incluye la evaluación correcta de los bienes terrenales. El creyente entiende que estas posesiones son tempo-
rales, y que aun cuando las tenemos son lo más valioso. Sin duda nos duele perderlas, pero la posesión mejor
está resguardada en el cielo, y nunca la perderemos.
La disciplina de Dios
10:36
Debemos someternos y perseverar en la disciplina de nuestro Dios, por las siguien-
tes razones:
1. La disciplina que él permite para nosotros si bien es cierto que como toda disci-
plina es penosa, no obstante, es para dirigir nuestra atención a la lección que Dios
quiere enseñarnos. Las dificultades que nos sobrevienen sin que nosotros las
hayamos provocado nos ayudan a entender que este mundo no es nuestro hogar, y
si el sufrimiento es por pecado, nos enseña la malignidad y el peligro del pecado.
2. La disciplina que él nos aplica como a sus hijos es para bien, una vez que se ajus-
ta a nuestro verdadero desarrollo y bienestar, nos prepara para una vida feliz en
esta tierra y para la vida eterna.
3. No debemos caer en el extremo de huir a toda disciplina expresada en sufrimien-
to, pero tampoco debemos caer en el otro extremo de buscarla.
La visión de Hebreos sobre este punto puede servir de correctivo en el mundo actual, que piensa dema-
siado en lo material. Aun entre cristianos, hay una tendencia hoy a dar demasiada importancia a lo material,
y olvidarse de la liberación espiritual. El [P. 122] camino de Cristo no es simplemente una fórmula para el
éxito material. Aun en la legítima lucha para liberar a nuestros prójimos de la pobreza terrenal, no nos olvi-
demos de la riqueza mejor y perdurable que también les debemos ofrecer.
A la luz del precio que ya pagaron por su fidelidad a Cristo, y de la recompensa que les espera, ¿cómo
pueden pensar ahora en arrojar por la borda su relación con él? (vv. 35, 36). Esto sería abandonar tanto su
pasado (vuestra confianza) como su futuro (gran recompensa). Dios recompensará la confianza de los que se
acercan a él por medio de Cristo, y aun ahora por la fe podemos disfrutar los bienes que él promete. La pala-
bra recompensa puede sugerir que el creyente gane los beneficios de Dios por su fidelidad, pero nuestra obe-
diencia y perseverancia no ameritan el premio. Más bien, son el camino hacia Dios y los beneficios que él
ofrece por gracia.
El autor está seguro de que sus lectores están en este camino, pero les hace falta la perseverancia en el
camino que comenzaron, hasta que lleguen a la meta (ver 6:11, en un contexto semejante). Es llamativo que
estos cristianos habían hecho grandes hazañas por su fe (vv. 32–34), pero encontraron aun más difícil el
perseverar. Verdaderamente, en cada generación la perseverancia es una prueba más exigente [P. 123] que
las acciones heroicas espontáneas y momentáneas.
Verdades prácticas
1. Jesucristo es el único camino abierto a la presencia de Dios para salvación. Los
lectores del autor de "hebreos" estaban en un flagrante peligro de:
1. Poner otras mediaciones para llegar a Dios,
2. de caer en el peligro de rechazar el camino de salvación, Jesucristo,
3. de abandonar a Jesucristo y, por ende, el camino de salvación.
2. En nuestro tiempo, de igual modo, cuántos estamos corriendo los mismos peligros:
1. Estamos poniendo en nuestro aparente seguimiento a Dios otras mediaciones,
como: a. el cumplimiento frío y mecánico de ceremonias y ritos o cultos extre-
madamente sugestivos y emocionales; b. sectas o denominaciones que presumen
tener la única verdad; personas que se creen en los verdaderos y únicos canales
a una verdadera experiencia religiosa.
2. Arrastrados por los placeres y afanes de este mundo presente estamos mani-
festando actitudes de apatía, de indiferencia y abandono, expresados en una fría
religiosidad y costumbrista de asistencia dominical o de alejamiento de la igle-
sia.
3. Es necesario entender y aplicar a nuestras vidas una fe entendida en términos de
obediencia expresada en acciones concretas que agradan a Dios a pesar de las
prueba y situaciones difíciles. Esto lo encontramos en los ejemplos de fe de los fieles
del AT y el mayor ejemplo de fe de nuestro Señor Jesucristo. Puesto que como a los
lectores de "hebreos" las pruebas muchas veces nos tientan a dejar la fe expresada
en la obediencia a Dios:
1. Debemos renovar las fuerzas para seguir adelante en la carrera de fe viviendo
una vida digna, sin dejarnos sofocar con la fatiga espiritual, el pecado y las
pruebas.
2. Debemos mantenernos y apreciar el nuevo pacto realizado en la sangre de Je-
sucristo para el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestras almas.
Este pacto es la garantía de nuestra salvación, por eso requiere que le demos la
importancia y seriedad que amerita.
3. Debemos abandonar la actitud de rebeldía, de rechazo a la voluntad de Dios,
ya que esto trae como consecuencia la condenación eterna. La única actitud que
nos puede salvar de este peligro fatal es adorar a Dios con gratitud y temor.
Esto es una dura advertencia a los muchos creyentes de este tiempo que toman
el camino de la fe con tanta liviandad y poca seriedad manifestando una apatía a lo
que realmente Dios quiere de sus vidas y siguiendo una religiosidad adecuada a su
capricho humano.
El peregrinaje cristiano consiste en hacer la voluntad de Dios, y cuando el cristiano ha cumplido la vo-
luntad de Dios para su vida recibirá lo prometido. El que quiere escapar de los reproches y tribulaciones y
por tanto deja de luchar, no cumple con la voluntad de Dios para su vida y no alcanza la recompensa. Obe-
decer la voluntad de Dios no es fácil; le costó la vida a nuestro sumo sacerdote (vv. 9, 10). Pero es el único
camino al premio.
Vv. 37–39. Como es su costumbre, el autor refuerza su exhortación con una cita de las Escrituras. La cita
es básicamente de Habacuc 2:3, 4, aunque el primer renglón se ha modificado de una manera que recuerda
Isaías 26:20. (Ya hay alusión a Isa. 26:11 en 10:27.) Tanto Isaías como Habacuc escribieron en medio de
crisis semejantes a la que pasaban los destinatarios de Hebreos. En la situación de Habacuc, Dios le prometió
que el cumplimiento de su promesa de salvación vendría pronto. El que ha de venir era un título mesiánico
del primer siglo (ver Mat. 11:3; Luc 7:19), y Hebreos lo aplica a Jesús. Él es el Mesías que ha venido, y tam-
bién vendrá en una segunda etapa del cumplimiento de la salvación prometida. A Habacuc le parecía que el
cumplimiento tardaba mucho; hubo también momentos en que los cristianos del primer siglo pensaban que
la segunda venida de Cristo tardaba. Sin embargo, la palabra de Dios afirma que vendrá seguramente, y no
tarde. Nosotros también debemos escuchar la firme promesa de Dios, y no desanimarnos por el tiempo que
está pasando antes de su cumplimiento.
El autor invierte el orden de las cláusulas que cita en el v. 38, para que volver atrás sea una posibilidad
aplicada al justo, y no al que ha da venir. Mientras espera al que viene, el justo de Dios vive por fe: Abandona
la autosuficiencia para basar toda su vida en la promesa de Dios. La fe no es solamente una experiencia ini-
cial en la vida del cristiano, sino que caracteriza todo su camino. La vida eterna incluye una fe permanente.
Si uno se acobarda ante la prueba, y vuelve atrás, no agradará a Dios. Ha abandonado la voluntad de Dios, y
así muestra que no tiene el carácter fiel y justo que se muestra en la obediencia y en la perseverancia.
Hebreos presenta una alternativa clara al lector: la fe y la cobardía. Una produce vida; la otra, perdición.
El autor de Hebreos termina esta sección con una expresión de su confianza en que la fe de sus amados
lectores es genuina. Les ha advertido en forma severa, pero está seguro de que responderán positivamente,
con fidelidad y perseverancia. Como dice la Biblia de Jerusalén, “no somos cobardes…sino creyentes”. No se
aplica a ellos la segunda descripción de v. 38: No tienen perseverancia y por tanto no agradan a Dios. Los
tales caminan hacia la destrucción. Los lectores son más bien de los justos que vivirán por fe: Tienen la fe
genuina y permanente que es necesaria para agradar a Dios y así obtener la vida eterna. La palabra traducida
aquí alma se traduce vida en Juan 15:13 y Hechos 20:24, y tiene el mismo sentido aquí. Estos versículos han
presentado de manera clara el camino que agrada a Dios y preserva la vida: la fe perseverante y obediente. El
creyente genuino se afianza en la promesa de Dios, a pesar de los obstáculos, y camina en obediencia a su
voluntad. El capítulo que [P. 124] sigue da ejemplos que ilustran esta actitud de fe perseverante.
4. Ejemplos de la fe que persevera, 11:1—12:3
Estos ejemplos de la fe que agrada a Dios y hereda la vida se presentan en orden cronológico. El autor na-
rra una historia de la fe. Comienza con la creación, y da ejemplos específicos hasta llegar a la entrada a la
tierra prometida, el “reposo de Dios”(3:11). Después (11:32–38) resume las hazañas de fe que cubren el
período desde Josué hasta el día en que se escribió Hebreos.
(1) La naturaleza de la fe, 11:1–3. Este notable capítulo comienza con un versículo destacado. Algunos lo
llaman una definición de la fe, aunque otros insisten en que no es una definición formal, porque no enumera
todos los aspectos de la palabra. Aunque la podemos llamar una definición de la fe en sentido general, es
cierto que el autor enfatiza un aspecto de la fe: Mira hacia adelante, a las cosas que se esperan, y hacia arri-
ba, a hechos celestiales que no se ven.
Primero el autor afirma que la fe tiene que ver con la esperanza. De hecho, fe y esperanza son casi sinó-
nimos en Hebreos (p. ej. 10:23). La fe trata con cosas que pertenecen al futuro y las hace parte de nuestro
presente. Desde luego, no es nuestra confianza la que hace actuales estas cosas, sino la promesa de Dios. La fe
genuina se basa en la promesa de Dios, no en los deseos del que cree.
La palabra traducida constancia ya apareció en 1:3 (naturaleza) y 3:14 (confianza). Esos versículos ilus-
tran los dos sentidos básicos de la palabra. Objetivamente, significa esencia o sustancia. En el v. 1 se dice que
por fe podemos tratar los eventos futuros no como posibilidades, sino como hechos reales y sustanciales, en
base a la promesa de Dios. Subjetivamente, constancia es la seguridad que uno siente de la realidad de lo que
Dios ha prometido. Los comentaristas y las versiones generalmente enfatizan uno de estos aspectos, pero es
probable que el autor inspirado quiso expresar los dos. El hombre de fe trata las promesas de Dios como rea-
lidades objetivas, y por tanto vive con seguridad y confianza.
Lo que Dios promete para el futuro es tan seguro como lo que ya ha sucedido en el pasado, pero no lo
comprobamos por investigaciones científicas o históricas, sino por fe en la promesa y en el que promete. La
promesa de Dios y la fe del creyente en su palabra, es la única constancia de las realidades en las cuales el
creyente basa su vida y conducta. La fe-esperanza da una orientación futura a la vida cristiana. El creyente
no está esclavizado a su pasado, sino que puede avanzar con optimismo hacia el fin que Dios le ha prometi-
do.
La misma palabra traducida constancia se usaba también para designar un título de propiedad. Nuestra fe
es la constancia de que las bendiciones que Dios nos ha prometido pertenecen a nosotros. Por la fe podemos
afirmar que ya son nuestras, aunque todavía no se han aparecido en nuestra historia y experiencia.
La segunda expresión complementa la primera. Hay realidades espirituales que no son futuras, y a ellas
también las percibimos solamente por la fe. Es una paradoja que la fe es la comprobación de estas cosas que
no se ven. No están al alcance de nuestros sentidos, y por lo tanto no pueden ser comprobadas en el sentido
normal. Pero la fe es como un sexto sentido que percibe otra realidad. Es más, el creyente [P. 125] considera
las realidades invisibles como más sustanciales y más permanentes que las cosas que todos ven, y basa sus
decisiones y su conducta en ellas. Los ejemplos del capítulo mostrarán que la fe no es una creencia estática,
sino una convicción dinámica que determina toda la conducta del creyente.
Vv. 2, 3. La fe ha sido esencial para una relación adecuada con Dios desde el principio de la historia. Los
santos del AT (los padres de 1:1) se acercaron a Dios por la fe, como Dios mismo testifica en su Palabra. El
verbo del v. 2 es pasivo en el original. Esta era una manera común entre los judíos del primer siglo de expre-
sar una acción divina: Dios dio testimonio de su fe. Este testimonio de Dios es el AT que apunta a la aproba-
ción divina de la fe de los antiguos, y nos señala este camino de fe como la manera de acercarnos a Dios
(10:22).
En el v. 3 aparece por primera vez la frase clave del capítulo, traducida por la fe. Esta nota se repite 18
veces en 29 versículos (vv. 3, 4, 5, 7, 8, 9, 11, 17, 20, 21, 22, 23, 24, 27, 28, 29, 30, 31; la forma en el ori-
ginal de 33 y 39 es distinta pero significa lo mismo). Enfatiza que todas las hazañas del pueblo de Dios son
hazañas de fe. Pero esta primera ilustración no tiene que ver con la historia del hombre, sino con eventos
antes de la creación del hombre. Conocemos esta prehistoria de la misma manera en que conocemos el futu-
ro; no por métodos empíricos, sino por la fe. Las investigaciones científicas pueden descubrir la cronología de
la formación del universo, pero solamente la fe puede conocer al Creador. Las personas de fe entienden que
las cosas que percibimos con nuestros sentidos no tomaron su forma actual simplemente por procesos natu-
rales que se basan en otras cosas visibles. Más bien fue la palabra dinámica de Dios la que formó el universo
(Gén. 1:3): la misma palabra que sostiene al mundo (Heb. 1:3) y lo juzgará (4:12). De modo que lo sustancial
y lo verdadero no es lo visible. Las realidades últimas no son cosas que se ven, sino aquello que no se veía ni
se percibe hoy a través de los sentidos físicos. Solamente la fe da acceso a las realidades últimas. Las primeras
de estas realidades son nuestro Dios personal y todopoderoso, y su palabra más poderosa que Dios empleó
para constituir el universo es la que emplea en sus promesas a nosotros. Así que sus promesas, aunque se
tratan de cosas que todavía no se ven, son tan sustanciales y concretas como el universo que percibimos y
estudiamos con nuestros sentidos físicos. En efecto, estas promesas son aun más permanentes que el mundo
físico, porque éste será “sacudido” (12:27) algún día, pero las promesas de Dios no se pueden sacudir.
Implícita en este versículo está la doctrina posteriormente formulada, de que Dios creó al mundo sin re-
cursos materiales; no trabajó con materia prima que ya existía. Esta doctrina se llama creación ex níhilo. No
es el propósito del autor de Hebreos afirmar esta doctrina, pero la presupone. En realidad la idea es esencial a
su concepción de la fe, porque él enseña que la fe nos da acceso a la dimensión más básica y eterna, que es el
mundo espiritual e invisible. Si Dios hubiera utilizado un material ya existente, este material sería también
eterno, y tan permanente como la palabra y el poder de Dios. En tal caso la ciencia, que trata de cosas mate-
riales, podría también dar acceso a lo eterno. La insistencia de Hebreos en la naturaleza espiritual de la reli-
gión legítima (10:1–10) implica la naturaleza temporal y no eterna de todo lo material.
(2) Ejemplos entre la creación y el diluvio, 11:4–7. Abel (v. 4) es el primer ejemplo de un “antiguo” que
recibió buen testimonio (v. 2) por la fe. El autor de Hebreos afirma que su sacrificio, en contraste con el de su
hermano Caín, fue aceptable a Dios por su fe. En este caso, Hebreos se diferencia de la versión griega (LXX),
con la cual ha concordado en tantas citas anteriores. La LXX sugiere una razón ritual por el rechazo del sa-
crificio de Caín: su manera de ofrecer no fue correcta. En [P. 126] contraste, el texto heb. en que se basan
nuestras versiones modernas apoya la interpretación que Hebreos da a Génesis 4:7: Dios amonesta a Caín a
hacer lo bueno y evitar el pecado; no pide ningún cambio en su sacrificio. La diferencia estaba en las perso-
nas que sacrificaron, no en lo sacrificado o en la manera de sacrificar. El hecho de que Dios aceptó las ofren-
das de Abel es, para el autor, prueba de su fe, y de la justicia que se basa en la fe (10:38).
Aun la muerte no pudo impedir los beneficios de su fe: A pesar de la violencia e injusticia que sufrió, re-
cibió la aprobación de Dios y la preservación del alma (10:39). Su vida después del asesinato es uno de los
hechos que no se ven, pero el testimonio de Dios confirma que siguió viviendo (Gén. 4:10), porque aun
muerto Abel habla todavía. Algunos entienden que Abel habla a nosotros por su ejemplo de fe y justicia, o
que sigue reclamando la reivindicación hasta que ésta se perfeccione en el juicio final. Otros toman habla
como un presente histórico, refiriéndose al clamor de su sangre mencionado en Génesis 4:10. En todo caso, la
lección es que aun la muerte física no pone fin al valor de la fe. Este es un tema importante en este capítulo
de ejemplos de la fe. Tan grande es la fe que significa la vida, aun a pesar de que a veces la evidencia que se
ve es de muerte.
En contraste con Abel, la fe de Enoc (v. 5) le permitió evitar la muerte. Dios tiene poder para levantar a
una persona de fe a su presencia sin que ésta pase por la experiencia de la muerte. Así hizo en el caso de En-
oc, y también lo hará al regreso de Cristo (1 Tes. 4:17). Los primeros dos ejemplos de la fe presentan la ten-
sión entre la fe que evita la muerte y las desgracias de la vida, y la fe que las enfrenta con valor. Esta tensión
continúa en todo el capítulo.
Semillero homilético
Una fe triunfante
11:1–39
I. La naturaleza de la fe (vv. 1–3).
1. Es la constancia de que las bendiciones que Dios nos ha
prometido nos pertenecen. Por la fe podemos afirmar que
ya son nuestras, aunque todavía no han aparecido en nues-
tra historia y experiencia.
2. Es la facultad de conocer las realidades invisibles como
más sustanciales y más permanentes que las cosas que to-
dos ven, y basar las decisiones y conductas en ellas (v. 1).
3. Es la facultad de conocer a Dios como el creador del uni-
verso.
II. Los primeros hombres de la humanidad antes del diluvio
son un ejemplo de fe triunfante (vv. 4–7).
1. Abel. Por la fe presentó un sacrificio mejor a Dios.
2. Enoc. Fue justo y agradó a Dios sólo por la fe (vv. 5, 6).
3. Noé. Creyó en la advertencia del castigo divino y por su fe
activa salvó a su familia del diluvio.
El testimonio de la Escritura indica que Dios trasladó a Enoc por haberle agradado. Esta expresión es la
paráfrasis que los traductores de la LXX (o la edición heb. [P. 127] que utilizaron) dieron a la frase heb. ca-
minó con Dios (Gén. 5:22). El v. 6 aclara que nadie puede agradar a Dios sin fe. Aunque la Escritura no
menciona la fe de Enoc (como tampoco la de Abel), éste fue justo y agradó a Dios sólo por la fe. No podemos
ver a Dios en el mundo que percibimos por nuestros sentidos; uno se acerca a él solamente por la fe. Y nadie
busca a Dios a menos que crea que existe y confía en que Dios lo recibirá y le concederá lo que busca. Como
en ocasiones anteriores (4:16; 7:25; 10:1, 22), el autor describe la religión como acercarse a Dios. Esta frase
significa más que traer una petición a Dios; el que se acerca a Dios busca una relación personal con él. Como
dijo Tomás de Aquino: “El galardón no es más que Dios mismo”.
Este principio, que el autor de Hebreos usa para comprobar la fe de Enoc se aplica también a sus lectores.
Los que quieren agradar a Dios y alcanzar el galardón de entrar en su presencia, tienen que vivir por la fe.
Sólo aceptando por fe la realidad del orden de las cosas invisibles, y del Dios que existe en aquel orden, po-
demos acercarnos a Dios en adoración y comunión.
Los héroes de la fe
Noé (v. 7) es un ejemplo de la obediencia de la fe. Recibió una advertencia de Dios acerca del diluvio, un
evento que todavía pertenecía al futuro invisible, y actuó en [P. 128] base a su temor reverente. La palabra
traducida así significa primariamente “miedo”, pero Lucas utiliza una palabra de la misma raíz para descri-
bir a los “piadosos”: los que tienen respeto y reverencia a Dios y a su voluntad (Luc. 2:25; Hech. 2:5; 8:2).
Noé creyó la advertencia porque respetaba al que habló, y por su fe activa salvó a su familia del diluvio. Para
el mundo parecía un loco, construyendo un barco lejos del agua, y tuvo que enfrentar sus burlas y desprecio.
Pero cuando vino el juicio de Dios y lo invisible se hizo visible, la “locura” de Noé resultó ser sabia, y los que
se burlaban de él perecieron. Así este “loco” condenó al mundo por la fe. También llegó a ser heredero de la
justicia que es según la fe. Noé es la primera persona que la Biblia llama justo (Gén. 6:9; 7:1), y Hebreos pro-
clama que uno puede ser justo solamente por la fe (10:38). Noé es un buen ejemplo de los justos que viven
por fe y así preservan el alma (10:38, 39).
(3) Los patriarcas, 11:8–22. El autor ya ha mencionado la promesa de Dios a Abraham (6:13–15). En este
capítulo le dedica más espacio que a cualquier otro ejemplo de la fe. La fe de los primeros ejemplos está im-
plícita en el testimonio divino, pero de Abraham este testimonio dice directamente que creyó a Jehovah (Gén.
15:6). Por la fe que mostró a través de toda su vida, Abraham es reconocido como el padre de todos los cre-
yentes (Rom. 4:11, 12; ver Gál. 3:29).
La fe de Abraham, como la de Noé y toda fe genuina, fue activa. Cuando Dios lo llamó, obedeció inmedia-
tamente, “mientras todavía zumbaba el llamamiento en sus oídos” (Westcott). El autor de Hebreos indica esta
presteza por el participio presente: “Mientras estaba siendo llamado”.
Dios no le indicó de antemano a dónde iría (Gén. 12:1); ni siquiera le prometió que esa tierra desconoci-
da sería su posesión. Esta promesa solamente vino después de que Abraham obedeció (Gén. 13:14, 15). Ha de
haber sido muy difícil decir a Sara, su esposa: “Querida, Dios me ha dicho que salgamos de aquí”. Sin duda
ella preguntó: “¿A dónde te está mandando?” Y él tuvo que responder: “No me ha dicho adónde. Nos dirá
cuando lleguemos”. Peor aun fue avisar a sus suegros que se llevaba a su hija, y no sabía adónde. Tuvo que
salir sin decir a su familia y a sus amigos dónde podrían visitarles. Dios llamó a Abraham, pero no le dijo
adónde iba ni a qué iba. “Pero ésta es la gloria de la fe, sencillamente el no saber: no saber adónde vas, no
saber qué vas a hacer, no saber qué tendrás que sufrir, y…seguir la pura voz de Dios” (Lutero). ¿Cómo pudo
Abraham salir de su patria con tantas preguntas todavía no resueltas? No sabía su futuro, pero conocía al que
le llamaba. Abraham creyó en Dios aun antes de tener una promesa para creer. La fe es confiar en una per-
sona antes de creer un mensaje.
Vv. 9, 10. Cuando llegó a la tierra, y Dios le dijo: “Esta es la tierra que te daré” (ver Gén. 13:14, 15),
Abraham seguía viviendo en tiendas, como advenedizo. Años después, cuando murió su esposa Sara, no pose-
ía ni siquiera la tierra suficiente para enterrarla (Gén. 23:2–4). La única constancia o comprobación (ver
11:1) de su posesión era la promesa de [P. 129] Dios. Muchas veces el perseverar en la fe cuando se aplaza el
cumplimiento es más difícil que la obediencia inicial. Sin embargo, la demora es una oportunidad para
aprender que el cumplimiento pleno no vendrá a este mundo de todas maneras, porque las promesas de Dios
tratan primordialmente de cosas celestiales. Él nos promete lo mejor, y lo mejor no se encuentra en el mundo
material y visible. Abraham estuvo contento viviendo en tiendas en la tierra, porque tenía una ciudad celes-
tial por la fe que espera.
La prueba y la oportunidad de “vivir en tiendas” no fue solamente para Abraham. Su hijo y su nieto, co-
herederos de la misma promesa, compartieron esta experiencia. En el sentido espiritual todos los que vivimos
por fe en la promesa de Dios vivimos en tiendas en este mundo. La promesa de Dios y la visión del futuro y de
las realidades espirituales que él da, nos dan la perspectiva de extranjeros en este mundo. La patria de la per-
sona que conoce a Dios por la fe es celestial (11:16), y nunca se siente “en casa” en este mundo. Como Abra-
ham, tenemos que abandonar la seguridad terrenal para tener la seguridad espiritual que Dios da.
“Seguridad espiritual” no significa algo vago o teórico. La ciudad que Abraham esperó, y que todos los
herederos de la fe esperan, es real. Abraham no conocía la tierra adónde iba (8), pero conocía al arquitecto y
constructor de su hogar permanente. Aunque esta ciudad es visible solamente por la fe, es la única ciudad
permanente, porque está fundada sobre los únicos cimientos dignos del nombre, y fue diseñada y construida
por Dios. La persona de fe es soñadora y visionaria, pero sus sueños y visiones no son invenciones humanas;
se basan en la promesa y en las obras eternas de Dios.
Es difícil determinar quién es el sujeto del v. 11: Abraham o Sara. Los comentaristas de los primeros siglos
aplicaron el versículo a Sara, y ésta es probablemente la mejor opción, aunque el v. 12 claramente regresa a
Abraham como sujeto. De todas maneras, ambos están estrechamente ligados en esta hazaña de la fe, y la
cuestión del sujeto gramatical no afecta la fuerza del ejemplo. Abraham y Sara habían pasado la edad para
engendrar un hijo. Sara tenía 90 años y había dejado de menstruar, pero a pesar de esta imposibilidad nació
su hijo Isaac. Este nacimiento no fue producto de leyes naturales, sino de una profunda confianza en aquel
que les había prometido una posteridad. La fe es creer que Dios es fiel (10:23). Si la risa de Sara parece una
falta de fe (Gén. 18:12), para el autor de Hebreos el nacimiento del hijo prometido es prueba de que ella su-
peró sus dudas y aceptó la promesa de Dios por fe. Esta promesa de Dios y la fe en su promesa permitió a
Abraham llegar a ser padre de una numerosa posteridad, aun después de que consideró terminado este as-
pecto de su vida. Las figuras de las estrellas y de la arena aparecen juntas en Génesis 22:17 —con relación a
esta promesa de Dios— y varias veces separadas. El AT presenta el cumplimiento literal de esta promesa:
Aunque parecía una vez que [P. 130] Abraham iba a morir sin descendientes, su posteridad llegó a ser toda
una nación. El NT presenta un cumplimiento aun más profundo de la promesa: Espiritualmente, Abraham
llegó a ser padre de todos los que creen en las promesas de Dios (ver Gál. 3:7–9, 29; Rom. 4:16, 17).
En los vv. 13–16, el autor regresa al tema que había tocado en el caso de Abel: Que la muerte física no
pone fin al valor de la fe. Aun en la muerte los patriarcas Abraham, Sara, Isaac y Jacob vivieron por fe. Dios
les había prometido la tierra y una descendencia numerosa, y ninguna de estas promesas fue cumplida antes
de que murieran. Sin embargo, la muerte no significa que las promesas de Dios quedan incumplidas, sino
que la fe abarca cosas que en esta vida siempre serán esperadas; solamente serán visibles en el mundo al otro
lado de la muerte. Las promesas eran firmes, pero los patriarcas no pudieron más que percibirlas en la dis-
tancia y reconocer que todavía venían. Así la misma muerte resultó ser una lección para su fe: Aprendieron
que lo que esperaban, lo que Dios había prometido, no pertenece a este mundo. Los creyentes tienen sus valo-
res mayores en otra dimensión; no son del mundo sino que son peregrinos. Están aquí solamente de paso.
Cuando Abraham se describe como forastero y advenedizo (Gén. 23:4), y Jacob llama a su vida una pere-
grinación (Gén. 47:9), es obvio que no consideran la tierra prometida, en la cual pasaron tantos años, su ver-
dadera patria. Por otro lado, no están recordando a Ur de los caldeos o a Harán, de donde Abraham había
salido para obedecer el llamamiento de Dios. Si una de éstas fuera su verdadera patria, tendrían oportunidad
de regresar. Sin embargo, no las mencionan, porque tuvieron la perspectiva de la fe. Su felicidad estaba en el
futuro prometido y esperado, no en el pasado que habían dejado.
Semillero homilético
Ejemplos de fe triunfante
11: 8–22
I. Abraham (vv. 8–19).
1. Obedeció inmediatamente al llamado de Dios, de salir, sin
saber adónde iba.
2. Vivió contento en tiendas, confiando en la promesa de
Dios de una morada mejor y eterna, aun sin verla (vv. 9,
10).
3. Recibió una descendencia incontable por creer que Dios
es fiel a sus promesas (vv. 11, 12).
4. Murió él, como toda su familia, creyendo que todas las
promesas de Dios tendrán su cumplimiento (vv. 13–16).
5. Estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo con tal de
obedecer a la voz de Dios, sabiendo que Dios es fiel a sus
promesas (vv . 17–19).
II. Isaac (v. 20).
Confió en que la promesa y el plan de Dios seguirían aun
después de su muerte, por eso bendijo a su hijo Jacob.
III. Jacob (v. 21).
Confió en que la promesa y el plan de Dios seguirían aun
después de su muerte.
Los patriarcas no echaron raíces donde estuvieron, ni regresaron a donde habían [P. 131] empezado,
porque la patria que anhelaban no estaba en este mundo; es la celestial. Sin duda es mejor que cualquier pa-
tria terrenal, porque tiene la naturaleza de lo celestial: perfecta, sin defecto. La actitud que agrada a Dios (v.
6) es aceptar como real lo que él ha preparado. Ciudad (vv. 10, 16) y patria son términos sinónimos que des-
criben el lugar preparado. Los cristianos somos conciudadanos, a pesar de diferencias de nacionalidad, cultu-
ra e idioma, porque todos esperamos y confesamos la misma patria futura y celestial.
Dios se llama el Dios de ellos en Génesis 28:13 y Éxodo 3:6; 4:5. Debemos notar que las citas de Éxodo
son pronunciadas después de la muerte de los patriarcas; Dios no deja de ser el Dios de los creyentes cuando
éstos mueren. Como el autor dijo en los vv. 4 y 13, por la fe uno preserva la vida aun después de la muerte.
Los vv. 17–22, que concluyen la descripción de la fe de los patriarcas, dan ejemplos específicos de la acti-
tud de la fe ante la muerte (ver v. 13). El primer ejemplo es la fe de Abraham, no ante su propia muerte, sino
cuando Dios manda la muerte de su hijo. Dios le prometió que su descendencia sería innumerable (v. 12), y
aclaró que el hijo de su pacto era Isaac. Hacía falta esta aclaración porque Abraham tuvo otro hijo, Ismael,
por medio de Agar (Gén. 17:20, 21; 21:12). Pero el resultado de esta clara declaración acerca de Isaac es que
la crisis que Abraham enfrenta en Génesis 22, no es solamente un conflicto de sentimientos sino también una
prueba de la fe. Dios le manda sacrificar en holocausto a Isaac, el hijo único del pacto. ¿Cómo se pueden
cumplir las promesas de Dios si muere el hijo de la promesa? Por otro lado, ¿cómo puede Abraham ser fiel al
pacto si desobedecía el mandamiento de Dios y no ofrecía a su hijo? Sin duda ésta es la prueba más difícil que
Abraham enfrentó en toda su vida, y una de las más difíciles en la historia de la fe. Sin embargo, Abraham no
se detuvo para especular sobre el problema lógico, ni para lamentar su dilema. Cuando le falla el entendi-
miento, procede por la fe. Los tiempos del verbo “ofrecer” en el v. 17 ilustran su obediencia. La primera vez
se expresa en el tiempo perfecto: El acto ya estuvo completo en cuanto a la decisión de Abraham. La segunda
vez, el autor utiliza el tiempo imperfecto: Abraham ya estaba procediendo, y estaba a punto de sacrificar a su
hijo, cuando Dios intervino. Estaba fuera de las posibilidades de Abraham el resolver el aparente conflicto
entre la promesa y el mandamiento; por lo tanto, dejó esta tarea al único que la podía cumplir, y se concentró
en lo que le era posible como hombre: obedecer. En realidad, esto era lo único que Dios le pedía.
Enfrentando esta prueba con fe Abraham aprendió más de Dios, el objeto de su fe: Llegó a la convicción
de que Dios puede levantar a personas aun de entre los muertos. El nacimiento de Isaac había sido una señal
de esta verdad (v. 12), pero en el camino a Moriah Abraham se convenció de que Dios, para cumplir su
promesa, levantaría a Isaac de la muerte después del sacrificio. Al dejar a sus siervos, les dijo: Yo y el mucha-
cho…volveremos (Gén. 22:5). Aparte de esta lección de la omnipotencia de Dios, Abraham aprendió que
Dios no es malo ni caprichoso, porque impidió el sacrificio. Por la fe expresada en obediencia, conoció a
Dios. También, la fe triunfó sobre [P. 132] la muerte, porque en estos eventos dramáticos Abraham vio a su
hijo rescatado de la muerte segura.
Hablando figuradamente (v. 19) traduce palabras que significan lit. “en parábola”. Hay dos posibilidades
principales para interpretar la frase. Podemos entender que el rescate de Isaac fue tan dramático como si ya
hubiera muerto; Isaac regresó de una muerte “figurada”. La segunda posibilidad es que el autor de Hebreos
vio este sacrificio como un tipo o figura del sacrificio de Jesucristo: El rescate de Isaac presagia el rescate de
Jesús, quien realmente murió y resucitó. Este último es el sentido de la misma palabra “parábola” en 9:9, la
única otra vez que el autor la usa, y está de acuerdo con la interpretación del sacrificio de Isaac en muchos
otros autores cristianos de los primeros tres siglos de la iglesia. Cuando recibió “de la muerte” al hijo de la
promesa, Abraham vio de lejos (v. 13) el gran evento que Dios había planeado para salvar a toda la humani-
dad de la muerte (2:14, 15). El comentarista Bruce sugiere que éste puede ser el evento al cual se refiere
Cristo en Juan 8:56.
Moisés
11:23–28
1. Por la fe de sus padres fue escondido (v. 23).
2. Por fe se identificó con el sufrimiento del pueblo ungido
por Dios (vv. 24–26).
3. Por fe se fue de Egipto después de defender a sus compa-
triotas, no por temor al faraón, sino por temor a desobede-
cer la voluntad de Dios (v. 27).
4. Roció los dinteles de sus puertas con la sangre del cordero
pascual, aunque esto pareciera absurdo (v. 28).
(4) Ejemplos del éxodo, 11:23–31. Génesis termina con el ataúd de José. El primer ejemplo de la fe en
Éxodo es Moisés. Aun como niño, vivió en la atmósfera visionaria y estimulante de la fe. Sus padres oyeron el
decreto del faraón: Echad al Nilo a todo niño que nazca (Éxo. 1:22), pero por los ojos de la fe podían ver en
su hijo recién nacido algo del plan que Dios tenía para él. Ejercieron su fe y arriesgaron sus propias vidas
para obedecer ese plan de Dios. El autor no da detalles acerca de qué vieron Amram y Jocabed en su hijo. Es
posible que Dios aprovechó el amor que sintieron al ver la hermosura física de su hijo para despertarlos a su
deber en los planes divinos.
No temieron al mandamiento del rey no es una razón de la acción de obediencia, sino una verdad parale-
la: Escondieron a su hijo, y no temieron al rey. La fe y el temor no son compatibles; la fe elimina el temor y el
temor indica que no hay fe.
Después de tres meses los padres volvieron a ejercer su fe, exponiendo al niño en una arquilla sobre el
Nilo (Éxo. 2:5). Sin duda su fe fue confirmada y fortalecida cuando supieron que la hija del Faraón había
recogido y adoptado a su hijo.
Cuando Moisés llegó a la edad adulta enfrentó la crisis de su identidad, y tomó la decisión que determinó
el resto de su vida (vv. 24–26). Por adopción, tenía la oportunidad de seguir viviendo en el palacio del fa-
raón, con todos sus placeres y privilegios, y de usar sus ventajas allí para ayudar al pueblo hebreo, como José
lo había hecho. En contraste, su familia natural pertenecía a los esclavos, sin propiedades ni oportunidades
en el mundo. Por la fe Moisés percibió la voluntad de Dios, y se identificó, no con su madre adoptiva y las
ventajas que ella ofrecía, sino con la fe de sus padres naturales. En Éxodo 2:11, 12 se describe la acción en
que Moisés reveló esta decisión: Defendió a un esclavo hebreo, matando al egipcio que lo golpeaba.
Los placeres del palacio no son pecaminosos en sí. José sirvió a Dios y ayudó a su pueblo en la misma si-
tuación que Moisés rechazó, pero Hebreos presenta a los dos como ejemplos de la fe. La fe es obedecer la vo-
luntad de Dios, distinta para cada persona. Imitar las acciones de otra persona [P. 135] no es compartir su fe;
Moisés imitó la fe de José con acciones opuestas a las suyas. Para Moisés quedarse en el palacio hubiera sido
abandonar al pueblo de Dios, y así rechazar a Dios (ver 10:25, 29). Por la fe podía ver el futuro en el cual se
acabarían los placeres, y en el cual el oprobio por Cristo se convertiría en gran galardón. Por esta mirada de
fe pudo escoger el oprobio en preferencia a los tesoros. Normalmente, el sufrimiento no es preferible a la
riqueza, pero en este caso se trataba del oprobio por Cristo, o lit. “del ungido”. Moisés se identificó con el
sufrimiento del pueblo “ungido” de Dios. Es probable que el autor de Hebreos alude a pasajes como 1 Cróni-
cas 16:22; Salmo 28:8 y 105:15; Habacuc 3:13, que identifican al pueblo de Israel como “ungido”. El camino
de la fe siempre ha incluido afrentas y sufrimientos, y estos llegaron a su colmo en Jesús el ungido, quien
sufrió el oprobio y aun la muerte para santificar a los fieles y preservar sus vidas. De manera que Moisés, al
identificarse con el pueblo ungido de Dios, también se identificó anticipadamente con el Cristo que resume
en sí todo el sufrimiento del camino de la fe.
La nota de RVA aplica el v. 27 al éxodo del pueblo de Egipto, pero algunos comentaristas ven aquí una re-
ferencia a la huida de Moisés a Madián, cuarenta años antes (Éxo. 2:15). Si referimos el versículo al éxodo
del pueblo, la referencia a la Pascua en el v. 28 parece fuera del orden cronológico, y la referencia a la ira del
rey es difícil de explicar, porque el faraón estaba rogando a Israel que saliera. Por otro lado, el autor ya invir-
tió el orden cronológico en 7:6 y en el v. 21 de este capítulo. También, si la referencia es a la salida de Moisés
a Madián, sin temer parece contradecir Éxodo 2:14, que dice que Moisés tuvo miedo.
Hay problemas con las dos posturas, pero es preferible aplicar el versículo a la salida de Moisés solo hacia
Madián. El autor dice sin temer para aclarar que las acciones de Éxodo 2:15 no surgen del temor incrédulo,
sino de la precaución debida que el plan de Dios exige en uno. Moisés abandonó Egipto primero en su cora-
zón, y cuando las circunstancias lo requirieron, también físicamente. La razón de su viaje a Madián no era
temor al rey, sino temor reverente al rey Invisible. Mostró que el temor terrenal no era el móvil de su vida
cuando acudió a la defensa de su compatriota (Éxo. 2:11, 12), y cuando regresó a Egipto en obediencia audaz
al llamamiento de Dios (Éxo. 3:10; 4:18). Durante los cuarenta años de pastorear en el desierto Moisés se
mantuvo firme en su fe, porque podía ver por fe lo que no era visible a sus ojos corporales: La presencia de
Dios con él y su poder para librar al pueblo. Su visión del Dios invisible, no las cosas que el ojo ve, determinó
su acción.
Seguramente hubo quienes calificaron a Moisés como loco cuando abandonó sus privilegios y lujos para
pastorear ovejas y después a esclavos en el desierto. Para estos críticos no sería ninguna explicación el decir
que él podía ver lo invisible. Más bien, tal explicación sería una confirmación de la locura. Es cierto que el
loco también ve cosas que otras personas no ven. La fe no es simplemente tener visiones raras y actuar de una
manera rara. La diferencia entre fe y locura es que el loco ve algo invisible que se origina en su propia mente;
la visión del creyente más bien se origina en la promesa de Dios. Por tanto, esta visión tiene una realidad ob-
jetiva y forma una base firme para la esperanza (v. 1).
Vv. 28, 29. Con frecuencia la obediencia de la fe requiere acciones que para el mundo parecen absurdas.
Dios ordenó a [P. 136] Moisés que los israelitas mataran al cordero de la Pascua, y que rociaran los dinteles
de sus puertas con la sangre. Sin duda los egipcios sonrieron o aun los censuraron al pasar y notar su “pintu-
ra” tan rara. Pero cuando el ángel destructor pasó, la obediencia de fe salvó las vidas de los primogénitos
dentro de las casas con dinteles pintados con sangre.
Joya bíblica
Por la fe ellos pasaron por el mar Rojo como por tierra seca;
pero cuando lo intentaron los egipcios, fueron anegados
(11:29).
También fue por la fe que los israelitas cruzaron el mar Rojo. Humanamente no les quedaba ninguna es-
peranza, pues el mar cerraba su camino y los egipcios venían atrás para matarlos. Pero esperaron y confiaron
en Dios, y él les abrió camino. Los egipcios intentaron exactamente lo mismo que los israelitas, pero con re-
sultados muy distintos. El pasar el mar Rojo era la voluntad de Dios para Israel, y ellos por su obediencia pre-
servaron sus vidas (10:39). Pero la voluntad de Dios para los egipcios era distinta, y lo que fue obediencia
para Israel fue desobediencia para los egipcios. De modo semejante, José obedeció llevando al pueblo a Egip-
to; Moisés obedeció sacándolo de Egipto. La fe es obedecer, y la voluntad de Dios es distinta para cada perso-
na. Intentar las hazañas sin fe resulta en destrucción.
Vv. 30, 31. Como el éxodo empezó con una hazaña extraordinaria de la fe, también terminó con una vic-
toria de la fe. Jericó era una ciudad formidable. Sus ciudadanos estaban seguros de que Israel no podía pene-
trar sus fuertes muros (Jos. 6:1). Dios prometió que la ciudad caería en manos de Josué (Jos. 6:2), pero lanzó
una estrategia extraña: Desfilar alrededor de la ciudad, sin atacarla, durante siete días (Jos. 6:3, 4). Josué
aceptó la promesa de Dios y obedeció sus instrucciones. Sin duda los habitantes de Jericó se burlaron de estos
desfiles inocuos, especialmente cuando continuaron durante toda una semana. Estas burlas molestaron a los
guerreros de Israel, limitados a un paseo cuando se habían preparado para una batalla, pero cayeron los mu-
ros. Es imposible derrumbar muros por marchar alrededor de ellos, durante siete días o siete años. Fue Dios
quien dio la victoria cuando el pueblo aceptó su promesa y obedeció su palabra.
La fe de los israelitas
11: 29–31
1. Por fe pasaron el mar en seco, porque confiaron en que
Dios no los abandonaría (v. 29).
2. Por fe, obedeciendo a Dios, marcharon durante siete días
alrededor de los muros de Jericó aunque esto pareciera ri-
dículo, y tuvieron la recompensa del triunfo al caer las mu-
rallas por el poder de Dios (v. 30).
3. Por fe Rahab ayudó a los espías israelitas porque había
depositado su fe en el poder y victoria futura de Jehovah (v.
31).
[P. 137] Rajab es el último ejemplo detallado de la fe y el más sorprendente en la lista. Es la única mujer
que se menciona sin su marido (ver Sara, v. 11), es prostituta, y ni siquiera es de la nación de Israel. Por in-
cluirla, el autor enfatiza que no hay límites al alcance de la fe. Puede “preservar la vida” (ver 10:39) a cual-
quiera. Rajab ayudó a los espías israelitas porque había depositado su fe en el poder invisible y la victoria
futura de Jehovah. Por la fe ella salvó su vida (Jos. 6:17) cuando los incrédulos perecieron, pero antes tuvo
que arriesgarla en base a las realidades invisibles (Jos. 2:1–6). La fe siempre involucra riesgos: las burlas de
otros, o aun la muerte. Es necesario fijar la mirada en el galardón (v. 26) para aceptar el riesgo.
(5) Resumen de otros ejemplos, 11:32–40. El autor deja la lista de ejemplos específicos de la fe, porque
sería demasiado larga si continuara cronológicamente por toda la historia de Israel. Más bien, concluye con
un resumen de varios tipos de hazañas de la fe que se encuentran en el resto de esta historia. Los ejemplos
específicos ya narrados son suficientes, y los lectores pueden recordar la manera en que la fe se manifestó en
las vidas de otros.
Aunque el orden de nombres en el v. 32 no es el de la narración bíblica, los primeros cuatro representan
la época de los jueces, y David y Samuel representan el reino y los profetas, respectivamente. La Palabra ins-
pirada menciona errores o debilidades de cinco de estos seis hombres (Samuel es la excepción), pero también
testifica que fueron conscientes del poder de Dios y de su dependencia de él. Se puede percibir a Dios y su
poder solamente por la fe. Las notas al texto nos dirigen a la narración acerca de cada uno.
Los vv. 33 y 34 presentan un resumen de las hazañas de estos seis héroes, y de otros héroes de la fe en el
AT y en la historia posterior de los judíos. Lograron todo esto por la fe, en dependencia de las promesas de
Dios y obediencia a él. Todos estos seis conquistaron reinos: Gedeón a Madián, Barac a Canaán, Sansón a
Filistea, Jefté a Amón, David a Filistea y otros reinos, y Samuel también a Filistea. Hicieron justicia en este
contexto no indica la justicia personal, sino el establecimiento de un reino justo. El autor posiblemente alude
a 2 Samuel 8:15, donde aparece una frase semejante con referencia a David. Samuel, Salomón y otros gober-
nantes del pueblo de Israel que también establecieron justicia en sus gobiernos, por la fe.
Alcanzaron promesas puede significar que recibieron promesas de Dios, o que recibieron el cumplimien-
to de ellas. La misma frase se aplica a Abraham en 6:15. Gedeón (Jue. 7:7) y David (2 Sam. 7:12–16, etc.)
recibieron nuevas promesas de Dios. Otros ejemplos incluyen a Elías, a quien Dios cumplió su promesa de
sostenerlo durante la sequía (1 Rey. 17:4, 9), y muchos otros que recibieron promesas de Dios o vieron el
cumplimiento de sus promesas de protección y bendición. Taparon bocas de leones es una referencia a Da-
niel [P. 138] (Dan. 6:22), aunque es posible que el autor también considere las luchas con leones de Sansón
(Jue. 14:6), David (1 Sam. 17:34 ss.) y aun Benaías (uno de los “valientes” de David, 2 Sam. 23:20) como
actos de fe. Sadrac, Mesac, y Abed-nego sofocaron la violencia (lit., el poder) del fuego. En Daniel 3:17, 18,
se afirma que Dios los puede liberar, pero también se declara que aun si no lo hace, seguirán fieles. Tal fe sin
condiciones es un ejemplo para todas las generaciones del pueblo de Dios. El AT da muchos ejemplos de
quienes escaparon del filo de la espada por la fe: Elías escapó de Jezabel (1 Rey. 19:2–8), Eliseo de su hijo
Joram (2 Rey. 6:31–33) y Jeremías de Joacim (Jer. 36:19).
Las hazañas de fe victoriosa
11:33. 34
1. Conquistaron reinos (Gedeón, Barac, Sansón, etc.).
2. Hicieron justicia (David, Samuel, Salomón, etc.).
3. Alcanzaron promesas.
4. Taparon bocas de leones (Sansón, Benanías, David, etc.).
5. Sofocaron la violencia.
6. Escaparon del filo de la espada (Elías, Eliseo, etc.).
7. Sacaron fuerzas de la debilidad (Sansón, macabeos, etc.).
8. Fueron torturados, sin esperar ser rescatados (v. 35).
9. Sufrieron pruebas varias, incluyendo azotes, cadenas y
cárcel (v. 36).
10. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos
a espada (v. 37).
La frase sacaron fuerzas de la debilidad se puede aplicar a todos los que se han mencionado, porque la
persona de fe es precisamente la que reconoce su propia debilidad, y por fe encuentra en Dios las fuerzas que
le hacen falta (2 Cor. 12:9, 10). Es posible que el autor piense de manera especial en la última hazaña de
Sansón, cuando recibió de nuevo sus fuerzas y derrumbó un edificio, matando a 3.000 filisteos (Jue. 16:28–
30). Las últimas dos cláusulas del v. 34 van juntas. Se pueden aplicar a los casos de los seis héroes menciona-
dos en el v. 32, y a otros en la historia de los judíos, pero es posible que el autor piense en un período poste-
rior de ella: las batallas de los macabeos, en el segundo siglo a. de J.C.
Vv. 35–38. La viuda de Sarepta (1 Rey. 17:17 ss.) y la sunamita (2 Rey. 4:17 ss.) recibieron por resurrec-
ción a sus muertos. Aun en el NT con frecuencia son las mujeres quienes reciben a los resucitados: la viuda
de Naín (Luc. 7:14, 15), Marta y María (Juan 11:5, 17–43) y las viudas de Jope (Hech. 9:39–41).
En el v. 35b hay un cambio abrupto en la lista. Hasta aquí, el autor ha enumerado ejemplos de la fe victo-
riosa; el resto de la lista da ejemplos de la fe sufriente. La fe es seguir el camino de la voluntad de Dios. Este
camino incluye grandes hazañas, pero también grandes sufrimientos. Los primeros dos ejemplos, Abel y Enoc
(11:4, 5), ya anticiparon este contraste que ha corrido por todo el capítulo. Por la fe Noé alcanzó la salvación
de toda su familia, pero la misma fe requirió que Abraham y su familia murieran sin haber recibido el cum-
plimiento de las promesas (v. 13). Isaac fue rescatado de la muerte por la fe (v. 19), pero también tuvo que
morir con fe (v. 20). Todos los ejemplos en los vv. 20–22 son de personas que murieron con fe, pero otra vez
en los vv. 23–31 el énfasis [P. 139] está en el poder de la fe para rescatar la vida (aunque los vv. 24–27
hablan de sacrificios). Así que el contraste entre la fe que preserva la vida y la fe que sostiene a través de la
muerte no es nuevo en el v. 35. Solamente que aquí, al final del capítulo, el contraste se hace explícito.
Si la fe produjo en unos casos restauración a esta vida, también produjo un deseo fuerte de proceder a la
resurrección para una mejor vida. Con este deseo algunos aceptaron persecuciones y muerte, desdeñando el
rescate al precio de dejar su fe. Aparentemente, el autor piensa especialmente en las historias conmovedoras
del viejo Eleazar y de los siete hermanos y su madre, quienes fueron torturados hasta la muerte durante las
persecuciones por Antíoco Epífanes (2 Macabeos 6:18–7:41). Por la fe es posible preferir la resurrección ce-
lestial y eterna a un rescate milagroso en esta vida. Los mejores premios de la fe no se dan en esta vida, sino
en la resurrección.
Muchos sufrieron pruebas de burlas y de azotes, cadenas y cárcel (v. 36) por su fe. Un ejemplo notable es
Jeremías (Jer. 20:2; 37:15). La tradición dice que también murió apedreado. El Señor Jesús indicó que Jerusa-
lén había apedreado a tantos profetas que llegó a ser un proverbio (Mat. 23:37; Luc. 13:34), y da el ejemplo
de Zacarías (Mat 23:35), que se narra en 2 Crónicas 24:21. También el primer mártir cristiano fue apedrea-
do (Hech. 7:58). Tradiciones judías y cristianas dicen que Isaías murió aserrado, y muchos murieron a espa-
da a causa de su fe. Hay buenos mss. que omiten puestos a prueba, una frase que parece débil y fuera de lu-
gar en medio de tres términos que describen el martirio (ver nota de la RVA).
Ejemplos dignos de imitar
11:39, 40; 12:1–3
1. El ejemplo de los héroes de la fe es una ventaja para noso-
tros (vv. 39, 40).
1. Los héroes de la fe del AT, aunque fueron aprobados por
su fe, ninguno de ellos recibió el cumplimiento de la pro-
mesa del reposo eterno en Jesucristo.
2. Nosotros tenemos la ventaja porque conocemos el ejemplo
de la fe de los héroes, y también porque vivimos en la época
del cumplimiento, el perdón en la sangre de Jesucristo y la
consumación del reino de Dios.
2. La fe de los fieles del AT y el mayor ejemplo de fe, el Señor
Jesucristo, deben inspirarnos a una fe triunfante (12:1–3).
1. El ejemplo de fe de los fieles del AT nos anima en la carre-
ra de fe que tenemos por delante (v. 1).
(a) A correr ligeros sin el peso de pecado que puede estor-
barnos en la carrera.
(b) A perseverar hasta llegar a la meta y no desmayar en
medio de la carrera.
2. El mayor ejemplo de fe que estimula y es al mismo tiempo
la fuente de fe, la meta de la carrera y el premio es Jesucris-
to.
(a) Él es el autor de la fe. Todos los fieles, aun los del AT, le
siguen y reciben la fe de él.
(b) Él es el consumador de la fe. Él fue el que terminó y llegó
a la meta.
(c) Por cuanto es digno de que concentremos toda nuestra
atención en él (11:2a).
(d) Por cuanto es digno de que imitemos su perseverancia y
no nos desanimemos ni desmayemos (v. 3b).
[P. 140] Hay un contraste solemne y llamativo entre escaparon del filo de la espada (v. 34) y muertos a
espada (v. 37). Vimos arriba que Elías escapó de la espada de Jezabel, pero otros profetas cayeron (1 Rey.
19:10). Si bien Joacim no mató a Jeremías, el profeta Urías no se escapó (Jer. 26:23). Unas décadas antes del
día en