Clinica 2020 Sisisi
Clinica 2020 Sisisi
UNIDAD 1 - TEÓRICO
Ficha 3260: “CLINICA Y EXPERIENCIA”- Baur, Scandalo
La capacitación para el ámbito clínico implica brindar una especial atención a los fundamentos de
nuestra práctica. Es en relación a estos que podemos dar cuenta de las variadas intervenciones que
pueden llevarse a cabo de acuerdo a la inserción profesional (en lo público, en lo privado, en el marco de
una institución, en el consultorio particular) y los dispositivos en que el psicólogo participe o diseñe (grupal,
individual, con niños, con parejas, etc.). Incluso, los fundamentos que sostienen la práctica clínica se
encuentran implicados en los espacios de carácter interdisciplinario, los que requieren de cada profesional
dar cuenta de la especificidad de su posición de modo que desde allí pueda intervenir en el diálogo posible
con los otros discursos. La concepción de la clínica que planteamos no se encuentra en ningún modo
aislada en una elucubración teórica, los fundamentos a los que nos referimos son aquellos que interrogan
dialécticamente la experiencia, nutriéndose de ella para poner en cuestión los saberes que pueden de otra
manera cristalizarse, ofreciendo un cómodo reposo en lo ya sabido, tanto respecto de los conceptos como
de las técnicas.
La pretendida unidad instrumental
La Psicología está aquejada por su aspiración a la unidad y a la integración, bienes a los que no logra
acceder por su naturaleza misma. Esta situación ha sido descripta por importantes teóricos de la
Psicología y por epistemólogos interesados en dar cuenta de sus particularidades. Nos referiremos en este
caso a Canguilhem.
En su conferencia “¿Qué es la psicología?” Canguilhem se detiene en esa misma pregunta, cuya
respuesta o búsqueda de respuesta implican consecuencias en el hacer. No se encuentra una respuesta
uniforme en términos de método y objeto, lo que da cuenta de una tensión interna; la que resuena con otra
tensión, entre ciencia y profesión, a la que no puede responder una unidad de proyecto. El autor describe
las diferentes corrientes imperantes en psicología. Por una parte, las que buscan o sustentan sus
afirmaciones en referencias neurobiológicas (que se remonta a la psicofisiología y hunde sus raíces en el
estudio aristotélico del alma, a la que podía considerarse un objeto natural de estudio). En segundo lugar,
las psicologías herederas del mecanicismo, en cuyo marco emerge la ciencia de la subjetividad, aquella
que ubica al sujeto de la experiencia como posible fuente de engaño y distorsión de los aparatos
perceptivos. Finalmente, a Canguilhem le preocupa otro campo de la psicología, menos enraizado en su
herencia filosófica que en la biología y en el cual el psicólogo se ubica como instrumento, aún sin saber de
qué o de quien. Lo describe del siguiente modo: “aceptando convertirse, sobre el patrón de la biología, en
una ciencia objetiva de las aptitudes, de las reacciones y del comportamiento, esta psicología y esos
psicólogos olvidan totalmente de situar su comportamiento específico en relación con las circunstancias
históricas y con los medios sociales dentro de los cuales son llevados a proponer sus métodos o técnicas y
a hacer aceptar sus servicios”.
Canguilhem alude a la importancia de los fundamentos, los que se pierden si aceptamos reducirnos a una
función instrumental. Resuena también en estas líneas una perspectiva marxista acerca de la dominancia
ontológica de la forma mercancía, que, como vemos, involucra a todos los participantes de los procesos de
la psicología. Expresa: “pero para una psicología en la que la palabra alma hace huir y la palabra
conciencia, reír, la verdad del hombre está dada en el hecho de que no existe más la idea del hombre en
tanto que valor diferente del de una herramienta”.
Podríamos establecer una analogía entre la perspectiva instrumental acerca de la función del psicólogo y
la caracterización de su rol como aplicación de técnicas. Esta perspectiva instrumental se vincula
estrechamente con las consecuencias éticas de la acción profesional. Canguilhem concluye que: “el
comportamiento del psicólogo del comportamiento humano encierra casi obligatoriamente una convicción
de superioridad, una buena conciencia dirigista, una mentalidad de manager de las relaciones del hombre
con el hombre. Es por eso que debemos volver a la pregunta cínica; ¿quién designa a los psicólogos como
instrumentos del instrumentalismo? ¿en qué se reconoce a los hombres que son dignos de asignar al
hombre-instrumento su rol y su función? ¿Quién orienta a los orientadores?”.
Estas últimas incómodas preguntas provenientes de un filósofo de la ciencia obran de presentación de los
problemas que enfrenta una psicología clínica si se reduce a su faz instrumental, si no se interroga por sus
fundamentos, si no atiende al concepto de ser humano que involucra, si no está advertida de que una
praxis puede reducirse al ejercicio de un poder.
El psicólogo clínico necesita estar advertido de que muchas veces ideales acerca de su acción (vg. la
brevedad de las terapias, la resolución rápida de problemas) no se encuentran sostenidos en criterios
clínicos sino que se basan en necesidades del mercado de la salud, dónde se prioriza la ecuación tiempo-
dinero. Esto no implica desconocer estas demandas sino poder pensar de qué manera responder a las
mismas sin dejar de lado los criterios clínicos. De la misma manera, el psicólogo clínico que participa en
instituciones del Estado donde se elaboran, se implementan o se transmiten políticas de salud, necesita
poder pensar si su praxis puede quedar reducida el ejercicio de un poder aunque este sea, y más aún, por
la carga de ideal que conlleva, el bien común. Lacan afirma que “…la referencia de un discurso es lo que
manifiesta querer dominar”, es decir, no hay ningún discurso que no sea de dominación.
Nacimiento de la clínica
¿Qué es la clínica? El término clínica proviene del griego kliniké, cuya significación alude al lecho, a
atender a quien se encuentra en el lecho, inclinándose hacia él. En su origen, el término remite a la
terapéutica y el padecimiento y su surgimiento como campo propio de la psicología es fechable a fines del
siglo XIX, con las primeras aplicaciones o intervenciones de la psicología en USA.
Según H. Carpintero: “El campo clínico ha sido, tal vez, el primero en constituirse como ámbito profesional;
también el más amplio, y el que atrae la atención de un mayor número de profesionales (…) la figura del
profesional clínico debe mucho a Lightner Witmer, fundador de la primera clínica en Pennsylvania, en
USA, en 1896, que abrió la marcha de la vía profesional del psicólogo en este campo”.
Desde un punto de vista estructural, la psicología clínica hereda no solo el nombre sino una tradición en la
clínica médica. Descripta por Foucault en su libro “El nacimiento de la clínica”, vemos que esta práctica y
discurso supone una radical transformación de la medicina. Cobra una importancia radical aquel que
ejerce su práctica que procura aliviar el padecer de quien está en el lecho, conjugando ver y decir,
observar y producir un saber.
Es una mirada (ojo clínico) que conjuga ver y decir (“¿Dónde le duele a usted?”) Es una mirada que
recorre un cuerpo y busca llegar, a través del desciframiento, a una verdad que le permita enunciar un
nombre y producir una elucubración de saber. La clínica nace entonces en la medicina a finales del siglo
XVII dónde para curar es necesario, antes, determinar científicamente en qué consiste el padecimiento y
cuál es su tratamiento.
La clínica psicoanalítica hereda de la clínica médica la atención a la singularidad pero se diferencia en el
desplazamiento pulsional que va de la mirada a la escucha. No se dedica a observar y objetivar los
síntomas de la enfermedad, la fenomenología del síntoma, sino a la escucha atenta acerca de lo que el
sujeto dice de su síntoma, de su padecimiento.
Experiencia, terapéutica, clínica
La psicología clínica es un campo íntimamente ligado al ejercicio profesional. ¿Dónde encontramos la
clínica? Nos serviremos de una distinción fecunda, entre experiencia, terapéutica y clínica.
La experiencia es fundamento, piedra de toque, un real… que se pierde. Ya la transmisión de lo que pasó
en alguna escena de la práctica del psicólogo clínico implica una elaboración de esa experiencia -sea en
formas institucionalizadas como la historia clínica, el informe; o más íntimas como el relato realizado en
una supervisión; la preparación del caso para su presentación entre colegas. Justamente en la
elaboración, en la puesta en discurso, reside lo propio de la clínica que es una disciplina de discurso, una
elucubración de saber sobre “lo imposible de soportar” que es la clínica como experiencia de lo real.
Disciplina de discurso que articula la práctica terapéutica con la elaboración de saber y no se deduce
naturalmente de la aplicación de procedimientos curativos. Esta otra dimensión, la terapéutica, la de las
técnicas y su aplicación, no alcanzan el estatuto de discurso. O, en otros términos, atender solo a ellas
deja a nuestra práctica en un nivel pre profesional en tanto es el profesional el que puede discernir merced
a su conocimiento, medios y fines adecuados a la resolución de problemas (algo más que la aplicación de
un procedimiento) y dar cuenta de las razones y efectos de su proceder.
En palabras de Gabriel Lombardi: “La clínica no es la experiencia entonces. No es tampoco la acumulación
de experiencia. Tal acumulación tiene sus ventajas por supuesto, pero en la perspectiva radical sostenida
por Lacan “lo propio de la experiencia es preparar casilleros”: al mismo tiempo que uno aprende el oficio,
sus trucos, un saber hacer, se consolidan esquemas y clasificaciones que tejen el lazo entre los prejuicios
del propio fantasma”.
La clínica refiere a un campo práctico, a un saber en estrecha relación con la práctica de hacer respecto al
padecimiento. En el dominio del hacer encontramos el procedimiento o método para curar la enfermedad,
en términos de la medicina una terapéutica que busca restablecer un estado anterior a la enfermedad, es
decir, que implica una idea de salud y enfermedad atravesada a su vez por las nociones de lo que se
considera normal o patológico. El campo médico realiza sus procedimientos clínicos con un criterio de
objetividad, es decir, ajeno al sujeto y extraño al padecimiento en términos subjetivos, sólo atendiendo al
dolor en términos de signo, pero en sus procedimientos la revisación clínica, el interrogatorio clínico es
fundamental en cada paciente.
La clínica psicoanalítica en su terapéutica establece desde sus comienzos la máxima oposición posible
entre el análisis y los métodos psicoterapéuticos que utilizan técnicas sugestivas. Freud expresa: “El
procedimiento psicoanalítico se distingue de todos los métodos sugestivos, persuasivos, etc., por el hecho
de que no pretende sofocar mediante la autoridad ningún fenómeno anímico. Procura averiguar la
causación del fenómeno y cancelarlo mediante una transformación permanente de sus condiciones
generadoras”
En este sentido el psicoanálisis es tanto el procedimiento que sirve para investigar los procesos anímicos
inconscientes como el método terapéutico fundado en dicha investigación, pero también la teoría
elaborada a partir de ambos. Estos aspectos teóricos no son especulativos, todo lo contrario, son producto
de la investigación clínica, están construidos sobre la interpretación de la empiria “no son el cimiento sino
el remate del edificio íntegro, y pueden sustituirse y desecharse sin perjuicio” (Freud). Por su parte, Lacan
se refiere a que “el psicoanálisis no es una terapéutica como las demás”, no establece una cura-tipo y
considera que no se puede abordar una terapéutica sin referencia a una ética.
Lacan se sirve de una diferenciación entre política, estrategia y táctica, en la cual la primera determina a
las demás. O, abordado a la inversa, a nivel de las tácticas somos libres, vale decir, las intervenciones en
sí mismas pueden ser cualquiera, no obstante lo cual no se determinan en sí mismas sino que están
sometidas al nivel que le es superior: la estrategia. Con la estrategia Lacan análoga al lugar que ocupemos
en la transferencia, ya que el efecto de nuestros procederes “técnicos” está influido por ese lugar que es
inconsciente (vale decir, escapa a nuestra buena voluntad e incluso a la de quien consulta). La política,
finalmente, es una que se sostiene y que sostiene las estrategias que se definen y las tácticas relativas a
esa política. Vale decir que el nivel de mayor determinación es a su vez el más determinado, en el que no
somos libres sino que nos sujetamos a una dirección. En el caso de la clínica podemos ubicar allí nuestra
concepción del sujeto y del síntoma, que orienta nuestras acciones y define nuestra ética. Si en la política
no somos libres (es decir, no somos relativistas, no varía la concepción de sujeto y síntoma desde la cual
nos ubicamos en la práctica acomodándonos al trastorno o a la demanda), lo somos en mayor medida en
la estrategia (la maniobra transferencial) y en las tácticas… sin olvidar que se trata de tres niveles de
determinación jerárquica.
El icc está estructurado como un lenguaje, o el icc o quiere decir nada de nada, o desde q nos es
presentado, interrogándolo como psicoanalista, es un lenguaje, con un cierto número de propiedades q
solo existen en la dimensión del lenguaje. El lenguaje tiene una significación, engendra significado, la
relación q puede tener el lenguaje con las cosas es una relación tercera, y q es preciso distinguir el
significado, el significante y el referente, q no siempre es fácil de encontrar, como tampoco el significado
es fácil de delimitar. Ahí se juega el juego de lo impreciso de las cosas, lo q hace q x ej un lenguaje es o
no es adecuado. La función del lenguaje es dar la vuelta a la cosa. El lenguaje es completamente
necesario. El icc está estructurado como un lenguaje, esto es q el lenguaje todo el mundo lo sabe, vivimos
ahí adentro, pero es curioso cuando se habla del lenguaje especialmente, uno se cree siempre obligado a
ir a lo q es exactamente lo contrario de la experiencia más común: el lenguaje no está hecho para la
comunicación.
Entonces ¿para qué sirve el lenguaje? Si no está hecho para significar las cosas expresamente, es decir, q
esa no es su primer destino, y la comunicación tampoco… el lenguaje hace al sujeto. Uno puede
comprenderse intercambiando lo q fabrica el lenguaje. Cada vez q uno habla, al menos algún otro, no
saben lo q dicen. El resultado del lenguaje es d todos modos q algo sucede desde q se ha encontrado ese
médium, algo sucede en el otro, siempre en el otro q devuelve. Uno se da cuenta de q suceden cosas
cuando se habla, esas cosas pueden ser delimitadas en sí misma. Entonces, x ej, lo q fabrica el lenguaje
es el deseo, el conocimiento se ve turbado por el deseo.
Entonces, en la formación de los psiquiatras q se califica de “positivista”, no es su privilegio la combinación
de los significantes q constituyen un orden, un registro, un significante es lo q representa un sujeto para
otro significante. Esto quiere decir que: el significante solo adquiere su status ahí y a continuación por su
relación con el otro significante, el q inaugura la dimensión de la batería significante y además, que el
significante es anterior al sujeto, q para q aparezca esta función en tanto está definida por un sujeto, en
tanto q es distinta de lo q puede llamarse psiquismo, conocimiento, representación, en tanto q es
completamente distinta de todo eso, es una dimensión del ser.
Hay sujeto solamente y únicamente después de q haya habido significante.
El deseo se ha formado en el lugar del Otro, q es por su naturaleza y función el deseo del Otro, y esta es
la razón q hace q los psiquiatras no puedan en ningún caso reconocerlo por si solos, es lo q justifica el
análisis, proseguirlo con la ayuda de un analista, lo q no quiere decir q el analista sea el Otro, es otra cosa.
(Asume q se fue por las ramas y dice que) esta cima de la experiencia analítica se caracteriza porque es
PRECARIA. No basta con haber tenido en un momento esta experiencia q es la del sujeto en tanto q es
determinado por todo lo q le ha preexistido de significante. Esto es en la medida en q esos significantes le
son tan próximos por haber sido aquellos q han constituido aquello de lo q él un día surgió, incluso si es x
azar, el deseo de sus padres. Todo lo q le suceda va a depender de ese lugar q se llama EL DESEO q se
manifiesta en su existencia del Otro, de ese Otro q está ahí encarnado por la relación tmb de sus padres
siempre con este Otro como lugar del significante, q es ahí q el viene a caer, no es posible q sobre todo lo
q va a sucederle una función determinante.
En relación con el “órgano copulatorio” del q hablaba, y en tanto él falta (en el orden de verdad), hay otras
cosas q llegan a este lugar donde el órgano falta, hay tmb otras cosas q se sitúan, hechas para hacer q
uno no se percate de q falta, es el OBJETO A. Este objeto a es la fórmula gral de lo q se manifiesta de
manera absolutamente decisiva y causal en la determinación de lo q el descubrimiento del icc nos ha
permitido percibir q es la división del sujeto. Este sujeto es imposible de localizar bajo ninguno de los
significantes de los q se trata.
Se produce algo distinto por el efecto del lenguaje en toda su generalidad, q está estrechamente ligado a
lo q es su 1º efecto, una cierta participación del cuerpo en tanto q real. estrechamiento ligado al hecho de q
el sujeto juega sobre ese doble registro q hace q, si podemos depurar el sujeto de la ciencia, el sujeto
como simple y univoco, no podemos hacerlo en el caso en q el ser hablante es un ser vivo, x la razón d q
algo queda encadenado a este origen, a esta dependencia primera de la cadena significante, q allí no es
manejable a su antojo, q queda fijado allí en algunos puntos, incluso datos de la experiencia y aquella d q
su madre no tiene pene, no es una cosa q funciona para una parte del sujeto, para esta parte dividida, x la
razón de q para esta parte es preciso, no q ella no lo tenga sino q ella haya sido privada de él.
Eso es lo q se designa S tachada, u es el sujeto en tanto q dividido quien está en una relación con el
objeto a. Este objeto a tiene por propiedad ser lo q produce el deseo, en tanto q e deseo es lo q esta
soportado por esto q es la fórmula del fantasma. Si este deseo depende del deseo del gran Otro, lo q es
formalizable a nivel del gran Otro como efecto del deseo, es en la medida en q “demanda de a minúscula”.
Lo que hace el lazo del deseo en tanto q es función del sujeto, del sujeto mismo designado como efecto
del significante, es esto, es q él a es siempre demandado al Otro. Esa es la verdadera naturaleza del lazo
q existe ese ser q llamamos normado.
Los hombres libres, los verdaderos, son los locos. No hay demanda de a minúscula, su a minúscula él lo
tiene, es lo q él llama sus voces, x ej. Y eso por lo cual el psiquiatra está en su presencia justificadamente
angustiado es xq el loco es el hombre libre. Él no se sostiene en el lugar del Otro, por el objeto a, el a él lo
tiene a su disposición. El loco es verdaderamente el ser libre. Es de una cierta manera ese ser de
irrealidad, esa cosa absurda y magnifica. La experiencia analítica es precaria xq está el psiquiatra, los
cuales cuando salen de un psicoanálisis didáctico retoman la posición psiquiátrica. La posición psiquiátrica
es definible históricamente por Foucault en historia de la locura, q demuestra la mutación esencial q
resulta del momento en q esos locos han sido tratados encerrados y desde allí se comienza a tener la idea
de síntoma a partir del momento en q el loco es aislado. En este libro de Foucault se trata de percatarse
de una cierta función q ha nacido con esta práctica q ha constituido en aislar a los locos. El hecho d q
ahora tendamos a aislarlos cada vez menos, quiere decir q ponemos allí otras barreras, en particular q los
consideramos mucho más como objetos de estudio q como punto de interrogación a nivel de lo q remite a
cierta relación del sujeto, a lo q sitúa al sujeto por relación a ese algo q calificamos de objeto extraño, q es
la voz, esencialmente. En tanto voz, ella no tiene sentido más q por ser soporte del significante.
Lo que produce barrera es q el psiquiatra está integrado como tal a cierta relación jerárquica q así lo quiera
el o no, él está en posición de autoridad, dignidad, defensa de cierta posición q es la suya, se trata q sea x
otra cosa q por la angustia q el responda a esta experiencia del loco. Los psicoanalistas conservan en su
jerarquía algo q es del mismo orden de esa distancia, q este escalonamiento, x relación a un objeto, q
constituye la imposibilidad en la cual está el psiquiatra para abordar la realidad del loco desde un nuevo
punto de vista.
El psicoanálisis es un dominio completamente extraordinario y especifico, eso es lo q podría hacer pensar
q es verdaderamente de la naturaleza de la ciencia. La canallada no tiene en el ningún lugar. No puede
manifestarse en el. Donde no se puede elegir es la “alienación”, ahí donde no se puede elegir la alternativa
se elige forzosamente la tontería.
Lo que busco en la palabra es la respuesta del otro. Lo que me constituye como sujeto es mi pregunta.
Para hacerme reconocer del otro, no profiero lo que fue sino con vistas a lo que será. Me identifico en el
lenguaje, pero solo perdiéndome en él como un objeto.
Si aprieto un botón eléctrico y se hace la luz, no hay respuesta sino para mi deseo. Si para obtener el
mismo resultado debo probar todo un sistema de relevos cuyas posiciones no conozco, no hay pregunta
sino para mi espera, y no la habrá ya cuando yo haya conseguido del sistema un conocimiento suficiente
para manejarlo con seguridad.
Pero si llamo a alguien con quien hablo con el nombre, sea cual sea, que yo le doy, le intimo la función
subjetiva que él retomará para responderme, incluso si es para repudiarla.
Entonces aparece la función decisiva de mi propia respuesta y que no es solamente, como suele decirse,
ser recibida por el sujeto como aprobación o rechazo de su discurso, sino verdaderamente reconocerlo o
abolirlo como sujeto. Tal es la responsabilidad del analista cada vez que interviene con la palabra. (pp.
288-289)
La palabra en efecto es un don de lenguaje, y el lenguaje no es inmaterial. Es cuerpo sutil, pero es cuerpo.
(...) Más aún, las palabras pueden sufrir ellas mismas las lesiones simbólicas, cumplir los actos
imaginarios de los que el paciente es el sujeto.
El análisis no puede tener otra meta que el advenimiento de una palabra verdadera y la realización por el
sujeto de su historia en su relación con un futuro.
El mantenimiento de esta dialéctica se opone a toda orientación objetivante del análisis (...) Será una vez
más con una vuelta a Freud como ilustraremos también aquí nuestra intención, e igualmente por la
observación del hombre de las ratas, puesto que hemos empezado ya a utilizarlo. Freud va hasta tomarse
libertades con la exactitud de los hechos, cuando se trata de alcanzar la verdad del sujeto. En un
momento, percibe el papel determinante que desempeñó la propuesta de matrimonio presentada al sujeto
por su madre en el origen de la fase actual de su neurosis. Tiene además la iluminación de esto, debido a
su experiencia personal. Sin embargo, no vacila en interpretar para el sujeto su efecto como el de una
prohibición impuesta por su padre difunto contra su relación con la dama de sus pensamientos.
3. Además ya hemos anunciado que es por el lado del analista por donde pretendíamos abordar
nuestro tema. El analista también debe pagar:
—pagar con palabras sin duda, si la transmutación que sufren por la operación analítica las eleva a su
efecto de interpretación;
—pero también pagar con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como soporte a los
fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la transferencia;
— ¿olvidaremos que tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo, para mezclarse
en una acción que va al corazón del ser: sería él el único allí que queda fuera del juego?
Porque es en el seno de su pretensión de contentarse con la eficacia donde se levanta una afirmación
como ésta: que el analista cura menos por lo que dice y hace que por lo que es.
Sin embargo, el ser es el ser, quienquiera que sea el que lo invoca, y tenemos derecho a preguntar qué
viene a hacer aquí.
6. Vayamos más lejos. El analista es aún menos libre en aquello que domina estrategia y táctica: a saber,
su política, en la cual haría mejor en situarse por su carencia de ser que por su ser.
Para decir las cosas de otra manera: su acción sobre el paciente se le escapa junto con la idea que se
hace de ella, si no vuelve a tomar un punto de partida en aquello por lo cual ella es posible, si no retiene la
paradoja en lo que tiene de desmembrado, para revisar en el principio la estructura por donde toda acción
interviene en la realidad.
El ego autónomo. Es el conjunto que se supone organizado de las funciones más dispares para prestar su
apoyo al sentimiento de lo innato del sujeto. Se lo considera autónomo por el hecho de que se supone que
está al abrigo de los conflictos de la persona.
7. Resumamos. Si el analista sólo tuviese que vérselas con resistencias lo pensaría dos veces antes de
hacer una interpretación como en efecto es su caso, pero estaría a mano después de esa prudencia.
Sólo que esa interpretación, si él la da, va a ser recibida como proveniente de la persona que la
transferencia supone que es. ¿Aceptará aprovecharse de ese error sobre la persona? La moral del análisis
no lo contradice, a condición de que interprete ese efecto, a falta de lo cual el análisis se quedaría en una
sugestión grosera.
Posición indiscutible, excepto que es como proveniente del Otro de la transferencia como la palabra del
analista será escuchada aún, y que la salida del sujeto fuera de la transferencia es pospuesta así ad
infinitum.
Es pues gracias a lo que el sujeto atribuye de ser (de ser que sea en otra parte) al analista, como es
posible que una interpretación regrese al lugar desde donde puede tener alcance sobre la distribución de
las respuestas.
Pero aquí, ¿quién dirá lo que es el analista y lo que queda al pie del muro de la tarea de interpretar? Que
se atreva a decirlo él mismo, si todo lo que tiene que respondernos es que es un hombre. Que lo tenga o
no sería pues todo el asunto: sin embargo es allí donde vuelve grupas, no sólo por la impudicia del
misterio, sino porcjue en ese tener, es del ser de lo que se trata, y del cómo. Veremos más abajo que este
cómo no es cómodo.
Por eso prefiere atenerse a su Yo, y a la realidad de la cual conoce una parte. Pero entonces ya lo
tenemos en que si tú o que si yo con su paciente.
¿Cómo hacer, si están con las uñas fuera? Aquí es donde astutamente se recurre a las inteligencias que
hay que tener en el lugar denominado para esta ocasión la parte sana del la qué piensa como nosotros.
UNIDAD 1 - PRACTICO
Ficha 3894: “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”- Freud (también en UNIDAD 4.
Teórico)
Hemos formulado nuestra tarea médica de este modo: llevar al enfermo de neurosis a tomar noticia de las
mociones reprimidas, esas mociones inconcientes que subsisten en él, poniendo para ello en descubierto
las resistencias que en su interior se oponen a tales ampliaciones de su saber sobre su propia persona.
¿El descubrimiento de esas resistencias garantizará también su superación?
Por cierto que no siempre; pero esperamos alcanzar esa meta aprovechando la trasferencia del paciente
sobre la persona del médico, para que él haga suya nuestra convicción de que los procesos represivos
sobrevenidos en la infancia son inadecuados al fin y de que una vida gobernada por el principio de placer
es irrealizable. En otro lugar he aclarado las constelaciones dinámicas del nuevo conflicto a través del cual
guiamos al enfermo y con el cual hemos remplazado al interior del conflicto patológico.
Hemos llamado psicoanálisis al trabajo por cuyo intermedio llevamos a la conciencia del enfermo lo
anímico reprimido en él. ¿Por qué «análisis», que significa desintegración, descomposición? Los síntomas
y las exteriorizaciones patológicas del paciente son, como todas sus actividades anímicas, de naturaleza
en extremo compuesta; en su fundamento último, los elementos de esa composición están constituidos por
motivos, mociones pulsionales. Ahora bien, sobre estos motivos elementales el enfermo no sabe nada o
su saber es muy insuficiente. Le damos a conocer entonces la composición de esas formaciones anímicas
de elevada complejidad, reconducimos los síntomas a las mociones pulsionales que los motivan,
pesquisamos dentro de los síntomas esos motivos pulsionales desconocidos hasta entonces para el
enfermo. Y aun respecto de las exteriorizaciones anímicas del enfermo no consideradas patológicas, le
mostramos que su motivación le era conciente sólo de una manera incompleta, que otros motivos
pulsionales, no discernidos por él, cooperaron en ellas.
Hemos explicado el querer-alcanzar sexual de los seres humanos separándolo también en sus
componentes, y cuando interpretamos un sueño procedemos a dejar de lado al sueño como un todo y
hacemos que la asociación vaya anudándose a sus elementos singulares.
Hemos analizado al enfermo, vale decir, hemos descompuesto su actividad anímica en sus ingredientes
elementales, pesquisando en él esos elementos pulsionales separados y aislados. Parecería entonces
natural exigirnos que lo ayudáramos también a obtener una nueva y mejor composición de ellos. Ustedes
saben que, en efecto, esa exigencia ha sido planteada. Se nos dijo: Tras el análisis de la vida anímica
enferma debe seguir su síntesis.
Si conseguimos descomponer un síntoma, librar de cierta trama a una moción pulsional, ella no
permanecerá aislada: enseguida se insertará en una nueva.
El enfermo de neurosis nos ofrece una vida anímica desgarrada, segmentada por resistencias, y al paso
que la analizamos y eliminamos estas últimas, ella crece orgánicamente, va integrando en la gran unidad
que llamamos su «yo» todas las mociones pulsionales que hasta entonces estaban escindidas de él y
ligadas aparte. Así, la psicosíntesis se consuma en el analizado sin nuestra intervención, de manera
automática e inevitable. Hemos creado sus condiciones por medio de la descomposición de los síntomas y
la cancelación de las resistencias. No es cierto que en el enfermo algo quede descompuesto en sus
ingredientes, algo que espera, en reposo, a que lo recompongamos de algún modo.
Por eso el desarrollo de nuestra terapia emprenderá sin duda otros caminos. Acotamos nuestra tarea
terapéutica por medio de estos dos contenidos: hacer conciente lo reprimido y poner en descubierto las
resistencias. Por cierto que en ello somos bastante activos. Pero, ¿debemos dejar luego al enfermo librado
a sí mismo, que se arregle solo con las resistencias que le hemos mostrado? ¿No podemos prestarle
ningún otro auxilio que el que experimenta por la impulsión de la trasferencia? ¿No parecería lo indicado
socorrerlo también trasladándolo a la situación psíquica más favorable para la tramitación deseada del
conflicto? Además, el logro del paciente depende también de cierto número de circunstancias que forman
una constelación externa. ¿Vacilaríamos en modificar esta última interviniendo de la manera apropiada?
Opino que esta clase de actividad en el médico que aplica tratamiento analítico es inobjetable y está
enteramente justificada.
Notan ustedes que se nos abre aquí un nuevo campo para la técnica analítica, un campo cuya elaboración
requerirá empeñarse a fondo y dará por resultado unos preceptos muy precisos. Postula lo siguiente: En la
medida de lo posible, la cura analítica debe ejecutarse en un estado de privación —de abstinencia—.
Ahora bien, por abstinencia no debo entenderse la privación de una necesidad cualquiera —-eso sería
desde luego irrealizable—, ni tampoco lo que se entiende por ella en el sentido popular, a saber, la
abstención del comercio sexual; se trata de algo diverso, que se relaciona más con la dinámica de la
contracción de la enfermedad y el restablecimiento.
Recuerdan ustedes que el paciente enfermó a raíz de una frustración [Versagung] y que sus síntomas le
prestan el servicio de unas satisfacciones sustitutivas. En el curso del análisis pueden observar que toda
mejoría de su padecer aminora el tempo del restablecimiento y reduce la fuerza pulsional que esfuerza
hacia la curación. Ahora bien, no podemos renunciar a esta fuerza pulsional; su reducción sería peligrosa
para nuestro propósito terapéutico. Entonces, ¿qué requisito se nos impone como inevitable? Por cruel
que suene, debemos cuidar que el padecer del enfermo no termine prematuramente en una medida
decisiva. Si la descomposición y desvalorización de los síntomas lo han mitigado, tenemos que erigirlo en
alguna otra parte bajo la forma de una privación sensible; de lo contrario corremos el riesgo de no
conseguir nunca otra cosa que unas mejorías modestas y no duraderas.
El peligro amenaza en particular desde dos lados. Por una parte, el paciente, cuya condición de enfermo
ha sido conmovida por el análisis, se empeña con la mayor diligencia en procurarse en remplazo de sus
síntomas nuevas satisfacciones sustitutivas, que ahora no van acompañadas de padecimiento. Se vale de
la grandiosa desplazabilidad de la libido parcialmente liberada para investir con libido las más diversas
actividades, preferencias y hábitos, aun los que ya tuvo antes, elevándolos a la condición de satisfacciones
sustitutivas. De continuo halla tales desvíos nuevos por los que se escurre la energía necesaria para la
empresa de la cura, y sabe mantenerlos en secreto durante algún tiempo. La tarca es pesquisarlos uno por
uno y pedirle que renuncie a ellos, por inocente que parezca en sí misma la actividad productora de
satisfacción. Empero, lii persona curada a medias puede emprender también unos caminos menos
inocentes.
En todas esas situaciones, la actividad del médico debe exteriorizarse en una enérgica intervención contra
las satisfacciones sustitutivas. En cuanto al segundo peligro que amenaza a la fuerza pulsional del
análisis, si bien no es de subestimar, le resultará más fácil prevenirlo. El enfermo busca la satisfacción
sustitutiva sobre todo en la cura misma, dentro de la relación de trasferencia con el médico, y hasta puede
querer resarcirse por este camino de todas las renuncias que se le imponen en los demás campos. Sin
duda que es preciso consentirle algo, más o menos, según la naturaleza del caso y la peculiaridad del
enfermo. Pero no es bueno consentirle demasiado. Quien, como analista, acaso por desborde de su
corazón caritativo, dispense al paciente lo que todo ser humano tiene derecho a esperar del prójimo,
cometerá el mismo error económico en que incurren nuestros sanatorios no analíticos para enfermos
nerviosos. Se afanan en que todo le sea lo más grato posible al enfermo sólo a fin de que se sienta a
gusto y en otra ocasión acuda a refugiarse allí de las dificultades de la vida. De ese modo renuncian a
fortalecerlo para esta, a volverlo más productivo en sus genuinas tareas. En la cura analítica es preciso
evitar toda malcrianza de esa índole. Al enfermo tienen que restarle muchos deseos incumplidos de su
relación con el médico. Lo adecuado al fin es, justamente, denegarle {versagen] aquellas satisfacciones
que más intensamente desea y que exterioriza con mayor urgencia.
Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de
auxilio un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y, con la
arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra luego de haberlo formado a nuestra imagen y
semejanza.
Para concluir, querría considerar una situación que pertenece al futuro y a muchos de ustedes les
parecerá fantástica; sin embargo, merece, a mi criterio, que uno se prepare mentalmente para ella.
Ustedes saben que nuestra eficacia terapéutica no es muy grande. Sólo constituimos un puñado de
personas, y cada uno de nosotros, aun con empeñosa labor, no puede consagrarse en un año más que a
un corto número de enfermos. Con relación a la enorme miseria neurótica que existe en el mundo y acaso
no es necesaria, lo que podemos remover es ínfimo desde el punto de vista cuantitativo. Además, las
condiciones de nuestra existencia nos restringen a los estratos superiores y pudientes de nuestra
sociedad, que suelen escoger sus propios médicos y en esta elección se apartan del psicoanálisis llevados
por toda clase de prejuicios. Por el momento nada podemos hacer en favor de las vastas capas populares
cuyo sufrimiento neurótico es enormemente más grave.
Se crearán entonces sanatorios o lugares de consulta a los que se asignarán médicos de formación
psicoanalítica, quienes, aplicando el análisis, volverán más capaces de resistencia y más productivos a
hombres que de otro modo se entregarían a la bebida, a mujeres que corren peligro de caer quebrantadas
bajo la carga de las privaciones, a niños a quienes sólo les aguarda la opción entre el embrutecimiento o la
neurosis. Estos tratamientos serán gratuitos. Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta
como obligatorios estos deberes.
Cuando suceda, se nos planteará la tarea de adecuar nuestra técnica a las nuevas condiciones. Pero
cualquiera que sea la forma futura de esta psicoterapia para el pueblo, y o importa que elementos la
constituyan finalmente, no cabe ninguna duda de que sus ingredientes más eficaces e importantes
seguirán siendo los que ella tome del psicoanálisis riguroso, ajeno a todo partidismo.
Ficha 6865: “Algunas cuestiones relativas a la práctica del psicoanálisis e los hospitales”-
Rubinstein
La posibilidad del psicoanálisis en marcos diferentes al consultorio privado del analista, fue abierta por
Freud en 1918, cuando en “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, propone “prepararse
mentalmente para el futuro”. A Freud le interesaba la extensión del psicoanálisis, y consideraba que era
reducido el número de personas que podía acceder a él, en relación a la "enorme miseria neurótica que
existe en el mundo”.
Pocos años después se fundaba la Policlínica Psicoanalítica de Berlín, dirigida por Max Autingon a la que,
según Freud le cupieron tres funciones: "En primer lugar, volver accesible nuestra terapia al gran número
de personas que no sufren menos sus neurosis que los ricos, pero no están en condiciones de sufragar los
gastos de su tratamiento. En segundo lugar, procurar un centro donde se enseñase la teoría del análisis y
donde la experiencia de analistas mayores pudiese transmitirse a alumnos ansiosos de aprender. Por
último, perfeccionar nuestro conocimiento de las enfermedades neuróticas y nuestra técnica terpéutica a
través de su empleo y su prueba en condiciones nuevas”.
Es cierto que si se define el análisis a partir del cumplimiento de un encuadre estandarizado (tres o cuatro
sesiones semanales, de cincuenta minutos, con diván), podría concluirse que la práctica del psicoanálisis
no cabe en los hospitales. Efectivamente esto llevó a muchas analistas a proponer como alternativa,
psicoterapia breve, de objetivos limitados, sin análisis de la transferencia, aún cuando sea de "orientación
dinámica”. Con esto, desconocieron los o del análisis.
Partiré en cambio de considerar, como afirma Dominique Miller, en una Mesa Redonda sobre Psicoanálisis
y Hospital, que: “Si se sostiene un acto analítico y a este acto responde efectivamente un andar analítico
por parte del paciente, éste de hecho, se introduce en el discurso analítico, entonces s hay psicoanálisis
incluso en la institución”.
Y el acto analítico a diferencia de un encuadre implica en su punto de partida poner en juego el deseo del
analista, y ofrecerse para recibir la investidura de la transferencia fin de convertirse en la causa de un decir
que conducirá al sujeto hacia lo real que lo causa. Para ello será necesario instaurar un dispositivo que a
partir de la suposición de un saber inconciente a ser producido, y de un sujeto deseante que no se
homologa al yo, propondrá como regla fundamental para el paciente la asociación libre dejando al analista
la interpretación. Se trata entonces de instaurar las coordenadas de un discurso, el discurso analítico, que
responde a una lógica que no puede ser reducida a sus condiciones empíricas, no tiene un espacio físico
ni un tiempo predeterminado. Que esta lógica pueda ponerse en funcionamiento en un hospital, no está
asegurado (como tampoco lo está en un consultorio privado) y dependerá de varias condiciones, pero en
tanto haya analista con una oferta y pueda producirse a partir de la instalación de la transferencia, esta
lógica comenzará a funcionar.
EL COBRE DE LA SUGESTIÓN
Freud sostiene que para que el método psicoanalítico pueda aplicarse en el ámbito hospitalario
debería sufrir alguna modificación, y definir su alcance. Aunque el tratamiento psicoanalítico transportado a
la institución hospitalaria quedaría reducido a una psicoterapia que opera por sugestión. Esa degradación
radicaría en que la urgencia del contexto habría de imponer la focalización del objetivo, ubicando en primer
plano la resolución sintomática. La adaptación de la técnica analítica al marco institucional atenta a que se
pierdan los rasgos esenciales del psicoanálisis.
La sugestión está siempre presente en toda relación de palabra que es operada por el lenguaje y que por
lo tanto se encuentra en toda terapia, incluidas las terapéuticas estrictamente médicas porque la cura
orgánica se implementa en un marco de discurso. La situación analítica no está excluida de esta regla. El
resorte de la cura por sugestión reside en el poder de la palabra de un Otro investido de autoridad y en la
identificación que esa palabra induce. Un terapeuta que cura, responde a la demanda de ayuda del
paciente haciendo de él un paciente sano, consolidándose una nueva identificación en el mismo (ej.
“adicto-recuperado”). A la vez el paciente curado responde a la demanda del terapeuta, de que se deje
curar, y haga de él un “buen terapeuta” (otra identificación). La expectativa del terapeuta respecto del éxito
de su intervención no es otra cosa que una demanda, aunque no esté explícitamente formulada.
Resumiendo, la esencia de la sugestión reside en acoger la demanda y responder a ella en el plano de
reciprocidad que toda demanda supone. En cambio, una intervención analítica, sea cual fuere su especie,
debe mantener y hacer prevalecer el deseo como margen de la demanda.
LA HISTORIA CLÍNICA
La presencia del discurso analítico dentro de la institución tiene un efecto de subversión, ya que
trastoca el modelo institucional basado en el discurso médico-jurídico. La relación inversamente
proporcional entre ambos espacios, el institucional y el analítico, es fácilmente apreciable en el peso que
tiene la historia clínica en aquellos casos en que el sujeto del inconsciente se encuentra ausente o
eclipsado. Es algo diferente al registro que un analista puede llevar sobre un caso, porque es un
documento público expuesto a la mirada del Otro institucional. Es para ese Otro que se la escribe, no
solamente para un registro propio o fines de interconsulta. En ellos se encarna la ambición escópica de los
poderes institucionales.
Cuanto menor es el efecto sujeto en el discurso del paciente, mayor presencia tiene la lógica del Otro
institucional. A la inversa, la presencia del sujeto del inconsciente genera ese espacio marginal del deseo,
ese espacio-transicional (Winnicott), de juego de los significantes que es necesario para la emergencia de
la verdad y que tanto preocupa a las pretensiones panópticas del Otro. Por tal motivo los representantes
del poder se inquietan siempre por su falta de control sobre lo que sucede en los consultorios de los
analistas.
UNIDAD 2 – TEÓRICO
El lugar del psicoanálisis en la medicina. Actualmente, este lugar es marginal y, como lo he escrito más de
una vez, extra-territorial. Es marginal debido a la posición de la medicina respecto al psicoanálisis, al que
admite como una suerte de ayuda externa, comparable a la de los psicólogos y a la de otros asistentes
terapéuticos. Es extra-territorial por obra de los psicoanalistas quienes, sin duda, tienen sus razones para
querer conservar esta extraterritorialidad.
Quisiera hoy considerar ese lugar del psicoanálisis en la medicina desde el punto de vista del médico y del
rapidísimo cambio que se está produciendo en lo que llamaría la función del médico y en su personaje, ya
que éste es también un elemento importante de su función.
En la medida en que las exigencias sociales están condicionadas por la aparición de un hombre que sirve
a las condiciones de un mundo científico, dotado de nuevos poderes de investigación y de búsqueda, el
médico se encuentra enfrentado con problemas nuevos. Quiero decir que el médico ya no tiene nada de
privilegiado en la jerarquía de ese equipo de científicos diversamente especializados en las diferentes
ramas científicas. Desde el exterior de su función, principalmente en la organización industrial, le son
proporcionados los medios y al mismo tiempo las preguntas para introducir las medidas de control
cuantitativo, los gráficos, las escalas, los datos estadísticos a través de los cuales se establecen, hasta la
escala microscópica, las constantes biológicas y se instaura en su dominio ese despegue de la evidencia
del éxito que corresponde al advenimiento de los hechos.
¿Dónde está el límite en que el médico debe actuar y qué debe responder? A algo que se llama la
demanda.
Diría que es en la medida de este deslizamiento, de esta evolución que cambia la posición del médico
respecto de aquellos que se dirigen a él, como llega a individualizarse, a especificarse, a valorizarse
retroactivamente, lo que hay de original en esa demanda al médico. Este desarrollo científico inaugura y
pone cada vez más en primer plano ese nuevo derecho del hombre a la salud, que existe y que se motiva
ya en una organización mundial.
En la medida en que el registro de la relación médica con la salud se modifica, donde esa suerte de poder
generalizado que es el poder de la ciencia brinda a todos la posibilidad de ir a pedirle al médico su cuota
de beneficios con un objetivo preciso inmediato, vemos dibujarse la originalidad de una dimensión que
llamo la demanda. Es en el registro del modo de respuesta a la demanda del enfermo donde está la
posibilidad de supervivencia de la posición propiamente médica.
Cuando el enfermo es remitido al médico o cuando lo aborda, no digan que espera de él pura y
simplemente la curación. Coloca al médico ante la prueba de sacarlo de su condición de enfermo, lo que
es totalmente diferente, pues esto puede implicar que él esté totalmente atado a la idea de conservarla.
Viene a veces a demandamos que lo autentifiquemos como enfermo; en muchos otros casos viene, de la
manera más manifiesta, para demandarles que lo preserven en su enfermedad, que lo traten del modo que
le conviene a él, el que le permitirá seguir siendo un enfermo bien instalado en su enfermedad.
La significación de la demanda, dimensión donde se ejerce hablando estrictamente la función médica, la
estructura de la falla que existe entre la demanda y el deseo.
Una vez que se ha hecho este comentario, surge que no es necesario ser psicoanalista, ni siquiera
médico, para saber que cuando cualquiera, nuestro mejor amigo, sea hombre o mujer, nos pide algo, esto
no es para nada idéntico, e incluso a veces es diametralmente opuesto, a aquello que desea.
Pues lo que está excluido de la relación epistemo-somática es justamente lo que propondrá a la medicina
el cuerpo en su registro purificado.
Este cuerpo no se caracteriza simplemente por la dimensión de la extensión: un cuerpo es algo que está
hecho para gozar, gozar de sí mismo. La dimensión del goce está excluida completamente de lo que llamé
la relación epistemo-somática. Pues la ciencia no es incapaz de saber qué puede; pero ella, al igual que el
sujeto que engendra, no puede saber qué quiere. Al menos lo que quiere surge de un avance cuya marcha
acelerada, en nuesttos días, nos permite palpar que supera sus propias previsiones.
La dimensión ética es aquella que se extiende en la dirección del goce.
Tenemos pues dos puntos de referencia: primero, la demanda del enfermo; segundo, el goce del cuerpo.
Ambos confinan, en cierto modo, en esa dimensión ética, pero no los confundamos demasiado rápido,
pues aquí interviene lo que llamaré simplemente la teoría psicoanalítica, que llega a tiempo y no
ciertamente por casualidad, en el momento de la entrada en juego de la ciencia, con ese ligero avance que
es siempre característico de las invenciones de Freud. Así como Freud inventó la teoría del fascismo antes
que éste apareciese, del mismo modo treinta años antes, inventó lo que debía responder a la subversión
de la posición del médico por el ascenso de la ciencia: a saber, el psicoanálisis como praxis.
Acabo de indicar suficientemente la diferencia que hay entre la demanda y el deseo.
Hay un deseo porque hay inconsciente, es decir lenguaje que escapa al sujeto en su estructura y sus
efectos, y hay siempre a nivel del lenguaje algo que está más allá de la conciencia, y es allí donde puede
situarse la función del deseo.
Por eso es necesario hacer intervenir ese lugar que llamé el lugar" del Otro, en todo lo concerniente al
sujeto. Es en sustancia el campo donde se ubican esos excesos de lenguaje cuya marca que escapa a su
propio dominio lleva el sujeto. Es en ese campo donde se hace la junción con lo que llamé el polo del
goce.
Pues se valoriza en él lo que introdujo Freud a propósito del principio del placer y que no había nunca sido
advertido, a saber, que el placer es una barrera al goce, en lo cual Freud retoma las condiciones a partir
de 1^ cuales las viejas escuelas de pensamiento habían hecho su ley.
¿Por qué es que llego a hablar aquí de aquello que de todos modos no es más que una muestra
minúscula de esta dimensión que desarrollo desde hace quince años en mi seminario? Es para evocar la
idea de una topología del sujeto.
Ya no son más puros y simples problemas de interpsicología, sino más bien los problemas de una
estructura que concierne al sujeto en su doble relación con el saber.
El saber sigue estando para él marcado con un valor nodal, debido a algo cuyo carácter central se olvida
en el pensamiento, que el deseo sexual tal como lo entiende el psicoanálisis no es la imagen que debemos
hacemos de acuerdo a un mito de la tendencia orgánica: es algo infinitamente más elevado y anudado en
primer término precisamente' con el lenguaje, en tanto que es el lenguaje el que le da primero su lugar, y
que su primera aparición en el desarrollo del individuo se manifiesta a nivel del deseo de saber. Si no se
ve que éste es el punto central donde arraiga la teoría de la libido de Freud, simplemente se pierde pie.
Lo que indico al hablar de la posición que puede ocupar el psicoanalista, es que actualmente es la única
desde donde el médico puede mantener la originalidad de siempre de su posición, es decir, la de aquel
que tiene que responder arma demanda de saber, aunque sólo se pueda hacerlo llevando al sujeto a
dirigirse hacia el lado opuesto a las ideas que emite para presentar esa demanda. Si el inconsciente es lo
que es, no una cosa monótona sino, en cambio, una cerradura lo más precisa posible, cuyo manejo no es
otro que abrirla al revés con una clave—llave, que está más allá de una cifra, esta abertura sólo puede
servir al sujeto en su demanda de saber. Lo inesperado, es que el sujeto confiese él mismo su verdad y
que la confiese sin saberlo.
El ejercicio y la formación del pensamiento son los preliminares necesarios a una operación tal: es
necesario que el médico se haya entrenado en plantear los problemas a nivel de una serie de temas cuyas
conexiones, cuyos nudos, debe conocer, y que no son los temas corrientes de la filosofía y de la
psicología.
Al final de esta demanda, la función de la relación con el sujeto supuesto al saber, revela lo que llamamos
la “transferencia”. En la medida en que más que nunca la ciencia tiene la palabra, más que nunca se
sostiene ese mito del sujeto supuesto al saber, y esto es lo que permite la existencia del fenómeno de la
transferencia en tanto que remite a lo más arraigado del deseo de saber.
En la época científica, el médico se encuentra en una doble posición: por un lado, tiene que enfrentar una
carga energética cuyo poder no sospecha sino se le explica; por el otro, debe colocar esa carga entre
paréntesis, debido justamente a los poderes de los que dispone, a los que debe distribuir, al piano
científico en que está situado. Quiéralo o no, el médico está integrado a ese movimiento mundial de la
organización de una salud que se vuelve pública y, por este hecho, nuevas preguntas le serán planteadas.
El único terreno es esa relación por la cual es médico: a saber la demanda del enfermo. En el interior de
esta relación firme donde se producen tantas cosas está la revelación de esa dimensión en su valor
original, que no tiene nada de idealista pero que es exactamente lo que dije: la relación con el goce del
cuerpo.
La sugestión directa es una sugestión dirigida contra la exteriorización de los síntomas, una lucha
entre la autoridad de ustedes y los motivos de la enfermedad. Al practicarla, ustedes no hacen caso de
estos motivos; sólo exigen al enfermo que sofoque su exteriorización en síntomas. El hecho de que
hipnoticen o no al enfermo no constituye ninguna diferencia de principio.
Se lo podía ejecutar más rápido, infinitamente más rápido, que la terapia analítica, y no ocasionaba fatiga
al enfermo ni le resultaba gravosa. Para el médico, a la larga se volvía monótona: prohibir en todos los
casos, de idéntica manera y con el mismo ceremonial, la existencia a los más variados síntomas, sin poder
aprehender nada de su sentido y su significado. Era un trabajo de practicón, no una actividad científica, y
recordaba a la magia, el encantamiento y el arte de la prestidigitación. Claro que no iba en contra del
interés del enfermo. Le faltaba, en cambio, el tercer requisito: el procedimiento no era confiable en ningún
sentido. En algunos pacientes se podía aplicar, en otros no; en uno se lograba mucho, en otro muy poco, y
no se sabía el porqué. Más enfadosa aún que esta caprichosidad del procedimiento era la falta de
perduración de los resultados. Pasado algún tiempo, cuando se volvía a tener noticias del enfermo, la vieja
dolencia estaba otra vez ahí o había sido sustituida por una nueva. Era posible hipnotizarlo de nuevo. En
el trasfondo estaba la advertencia, expresada por personas experimentadas, de no repetir demasiado la
hipnosis, pues se corría el riesgo de quebrantar la autonomía del enfermo y habituarlo a esa terapia como
a un narcótico. Concedamos que muchas veces las cosas salían a pedir de boca: tras pocos esfuerzos se
lograba un éxito pleno y duradero. Pero las condiciones de un desenlace tan favorable se ignoraban.
A la luz del conocimiento que hemos obtenido del psicoanálisis, podemos describir del siguiente modo la
diferencia entre la sugestión hipnótica y la psicoanalítica:
La terapia hipnótica busca encubrir y tapar algo en la vida anímica; la analítica, sacar a luz y
remover algo.*
La primera trabaja como una cosmética, la segunda como una cirugía.
La primera utiliza la sugestión para prohibir los síntomas, refuerza las represiones, pero deja
intactos todos los procesos que han llevado a la formación de síntomas.
La terapia analítica hinca más hacia la raíz, llega hasta los conflictos de los que han nacido los
síntomas y se sirve de la sugestión para modificar el desenlace de esos conflictos.
La terapia hipnótica deja a los pacientes inactivos e inmodificados, y por eso, igualmente, sin
capacidad de resistir cualquier nueva ocasión de enfermar.
La cura analítica impone a médico y enfermo un difícil trabajo que es preciso realizar para cancelar
unas resistencias internas. Mediante la superación de estas, la vida anímica del enfermo se
modifica duraderamente, se eleva a un estadio más alto del desarrollo y permanece protegida
frente a nuevas posibilidades de enfermar.
Este trabajo de superación constituye el logro esencial de la cura analítica; el enfermo tiene que
consumarlo, y el médico se lo posibilita mediante el auxilio de la sugestión, que opera en el sentido de una
educación. Por eso se ha dicho con acierto que el tratamiento psicoanalítico es una suerte de pos-
educación.
Ahora espero haberles aclarado aquello en lo cual nuestra manera de aplicar terapéuticamente la
sugestión se diferencia de la única posible para la terapia hipnótica. Además, después que hemos
reconducido la sugestión a la trasferencia, ustedes comprenden a qué se debe esa sorprendente
caprichosidad de la terapia hipnótica, mientras que la analítica es calculable dentro de sus límites.
En la aplicación de la hipnosis dependemos del estado en que se encuentra la capacidad de trasferencia
del enfermo, sin que podamos ejercer influencia alguna sobre esta última. Ya sea negativa o, como ocurre
casi siempre, ambivalente la trasferencia de la persona por hipnotizar, puede haberse protegido de ella por
actitudes particulares; pero nada de eso podemos saber. En el psicoanálisis trabajamos con la trasferencia
misma, resolvemos lo que se le contrapone, aprontamos el instrumento con el que queremos intervenir.
Así se nos hace posible sacar muy diverso provecho del poder de la sugestión; está en nuestras manos:
no es el enfermo el que por sí solo se sugiere lo que le viene en gana, sino que guiamos su sugestión
hasta el punto mismo en que él es asequible a su influencia.
No hay ninguna dificultad en hacerlo partidario de una determinada teoría y hasta en hacerlo participar en
un posible error del médico.
En esto él se comporta como otro cualquiera, como un alumno, pero por ese medio sólo se ha influido
sobre su inteligencia, no sobre su enfermedad. La solución de sus conflictos y la superación de sus
resistencias sólo se logra si se le han dado las representaciones-expectativa que coinciden con su realidad
interior. Las conjeturas desacertadas del médico desentonan de nuevo en el curso del análisis;* es preciso
retirarlas y sustituirlas por algo más correcto. Mediante una técnica cuidadosa se procuran evitar los éxitos
de sugestión provisionales; pero por más que sobrevengan, son inofensivos, pues uno no se contenta con
el primer éxito. No se considera terminado el análisis si no se han esclarecido las oscuridades del caso,
llenado las lagunas del recuerdo y descubierto las oportunidades en que se produjeron las represiones. En
éxitos demasiado prematuros se disciernen más bien obstáculos que avances del trabajo analítico, y los
destruimos resolviendo de continuo la trasferencia en que se fundaban.
En el fondo, es este último rasgo el que separa el tratamiento analítico del basado puramente en la
sugestión, y el que libra a los resultados analíticos de la sospecha de ser éxitos de sugestión. En
cualquier otro tratamiento sugestivo, la trasferencia es respetada cuidadosamente: se la deja
intacta; en el analítico, ella misma es objeto del tratamiento y es descompuesta en cada una de sus
formas de manifestación.
Para la finalización de una cura analítica, la trasferencia misma tiene que ser desmontada; y si
entonces sobreviene o se mantiene el éxito, no se basa en la sugestión, sino en la superación de
resistencias ejecutada con su ayuda y en la trasformación interior promovida en el enfermo.
Además, el hecho de que durante la cura tenemos que luchar incesantemente contra resistencias que
saben mudarse en trasferencias negativas (hostiles) opera en sentido contrario a la producción de
sugestiones singulares.
Completemos ahora nuestra exposición del mecanismo de la curación presentándolo con las fórmulas de
la teoría de la libido
- El neurótico es incapaz de gozar y de producir {rendir} ; de lo primero, porque su libido no
está dirigida a ningún objeto real, y de lo segundo, porque tiene que gastar una gran proporción de su
energía restante en mantener a la libido en el estado de represión {desalojo} y defenderse de su asedio.
Sanaría si el conflicto entre su yo y su libido tocase a su fin, y su yo pudiera disponer de nuevo de su
libido. La tarea terapéutica consiste, entonces, en desasir la libido de sus provisionales ligaduras
sustraídas al yo, para ponerla de nuevo al servicio de este. Ahora bien, ¿dónde está la libido del
neurótico? Fácil es averiguarlo; está ligada a los síntomas, que le procuran la satisfacción sustitutiva, la
única posible por el momento. Por tanto, es preciso apoderarse de los síntomas, resolverlos; es
justamente lo que el enfermo nos pide. Para solucionar los síntomas es preciso remontarse hasta su
génesis, hasta el conflicto del cual nacieron; es preciso renovar este conflicto y llevarlo a otro desenlace
con el auxilio de fuerzas impulsoras que en su momento no estaban disponibles. Esta revisión del proceso
represivo * sólo en parte puede consumarse en las huellas mnémicas de los sucesos que originaron la
represión. La pieza decisiva del trabajo se ejecuta cuando en la relación con el médico, en la
«trasferencia», se crean versiones nuevas de aquel viejo conflicto, versiones en las que el enfermo querría
comportarse como lo hizo en su tiempo, mientras que uno, reuniendo todas las fuerzas anímicas
disponibles [del paciente], lo obliga a tomar otra decisión. La trasferencia se convierte entonces en el
campo de batalla en el que están destinadas a encontrarse todas las fuerzas que se combaten entre sí.
Toda la libido, así como toda resistencia contra ella, converge en una única relación, la relación con el
médico; es inevitable entonces que los síntomas queden despojados de libido. En lugar de la enfermedad
propia del paciente, aparece U de la trasferencia, producida artificialmente: la enfermedad de la
trasferencia; en lugar de los diversos tipos de objetos libidinales irreales, aparece un único objeto, también
fantaseado: la persona del médico. Pero la nueva lucha en torno de este objeto es elevada, con el auxilio
de la sugestión médica, al estadio psíquico más alto; trascurre como conflicto anímico normal. Por la
evitación de una represión nueva, la enajenación entre yo y libido toca a su fin, y se restablece la unidad
anímica de la persona. Cuando la libido vuelve a ser desasida de ese objeto provisional que es la persona
del médico, ya no puede volver atrás a sus objetos primeros, sino que queda a disposición del yo. Los
poderes contra los cuales se libró batalla en el curso de este trabajo terapéutico son, por un lado, la
repugnancia del yo hacia ciertas orientaciones de la libido, repugnancia que se exteriorizó como inclinación
a reprimir, y, por el otro, la pertinacia o viscosidad de la libido, que no quiere abandonar los objetos que
una vez invistió.
El trabajo terapéutico se descompone, pues, en dos fases; en la primera, toda la libido es esforzada a
pasar de los síntomas a la trasferencia y concentrada ahí, y en la segunda se libra batalla en torno de este
nuevo objeto, y otra vez se libera de él a la libido. El cambio decisivo para el buen desenlace consiste en
que se elimine el circuito de la represión en este conflicto así renovado, de suerte que la libido no pueda
sustraerse nuevamente al yo mediante la huida al inconciente. Ese cambio es posibilitado por un cambio
en el yo, que se consuma bajo la influencia de la sugestión médica. Mediante el trabajo de interpretación,
que traspone lo inconciente en conciente, el yo es engrosado a expensas de eso inconciente; por obra de
la enseñanza, se reconcilia con la libido y se inclina a concederle alguna satisfacción, y su horror ante los
reclamos de la libido se reduce por la posibilidad de neutralizar un monto parcial de ella mediante
sublimación. Mientras más coincidan los procesos del tratamiento con esta descripción ideal, tanto mayor
será el éxito de la terapia psicoanalítica. Ella encuentra sus límites en la falta de movilidad de la libido, que
puede mostrarse remisa a abandonar sus objetos, y en la rigidez del narcisismo, que no permite que la
trasferencia sobre objetos sobrepase cierta frontera. Quizás arrojemos más luz sobre la dinámica del
proceso de curación anotando que capturamos el total de la libido sustraída del gobierno del yo en la
medida en que atraemos sobre nosotros, mediante la trasferencia, una parte de ella.
No está de más el aviso de que las distribuciones de la libido que se establecen en el curso del tratamiento
y por obra de él no permiten extraer una inferencia directa acerca de las colocaciones de la libido en el
curso de la enfermedad.
Suponiendo que logremos finiquitar con felicidad el caso mediante el establecimiento y el desasimiento de
una fuerte trasferencia paterna sobre el médico, sería erróneo inferir que el enfermo padeció antes a raíz
de una ligazón inconciente de su libido con el padre. La trasferencia paterna no es más que el campo de
batalla en el cual nos apoderamos de la libido; la libido del enfermo ha sido guiada hasta ahí desde otras
posiciones. Ese campo de batalla no ha de coincidir por fuerza con uno de los bastiones importantes del
enemigo. La capital enemiga no ha de defenderse necesariamente a sus puertas. Sólo después de desasir
de nuevo la trasferencia es posible reconstruir en el pensamiento la distribución libidinal que había
prevalecido en el curso de la enfermedad.
Desde el punto de vista de la teoría de la libido, podemos decir todavía unas últimas palabras sobre el
sueño. Los sueños de los neuróticos nos sirven, como sus operaciones fallidas y sus ocurrencias libres,
para colegir el sentido de los síntomas y descubrir la colocación de la libido. Nos muestran, en la forma del
cumplimiento de deseo, los deseos que cayeron bajo la represión y los objetos a los cuales quedó aferrada
la libido sustraída al yo. Por eso la interpretación de los sueños desempeña un destacado papel en el
tratamiento psicoanalítico y en muchos casos es, durante largas épocas, el instrumento de trabajo más
importante. Ya sabemos * que el estado del dormir, por sí solo, provoca cierto receso de las represiones.
Este atemperamiento de la presión que gravita sobre la moción reprimida hace posible que ella se procure
en el sueño una expresión mucho más clara que la que durante el día puede otorgarle el síntoma. Así, el
estudio del sueño se convierte en la vía de acceso más cómoda para "el conocimiento de lo inconciente
reprimido, a lo cual pertenece la libido sustraída al yo.
Tenemos que decir, entonces, que la diferencia entre neurosis y salud vale sólo para el día; no se continúa
en la vida onírica. Nos vemos precisados a trasladar también a los hombres sanos una cantidad de
supuestos que en el neurótico se obtienen a raíz de la trabazón entre sus sueños y sus síntomas. No
podemos poner en entredicho que también la persona sana posee en su vida anímica lo único que
posibilita tanto la formación del sueño como la del síntoma: debemos inferir que también ella ha realizado
represiones y hace un cierto gasto para mantenerlas, que su sistema del inconciente oculta mociones
reprimidas, aunque investidas de energía, y que una parte de su libido ya no está disponible para su yo.
Por tanto, también la persona sana es virtualmente neurótica, pero el sueño parece ser el único síntoma
que ella es capaz de formar, Y en verdad, si sometemos a un examen más preciso su vida de vigilia,
descubrimos —lo cual refuta aquella apariencia— que esta vida supuestamente sana está surcada por
innumerables formaciones de síntoma, aunque mínimas y carentes de importancia práctica.
Muchos intentos de tratamiento fracasaron en la época inicial del análisis. La mayoría de los fracasos de
aquellos primeros años no se produjeron por culpa del médico ni por una inapropiada elección del
paciente, sino. por el carácter desfavorable de las condiciones externas. Sólo nos hemos referido a las
resistencias internas, las del paciente, que soñ necesarias y superables. Las resistencias externas que
ofrecen al análisis las condiciones de vida del enfermo, su ambiente, tienen escaso interés teórico, pero la
máxima importancia práctica. El tratamiento psicoanalítico ha de equipararse a una intervención quirúrgica
y, como esta, exige realizarse dentro del marco más favorable para lograr éxito. Ustedes conocen los
preparativos que suele pedir el cirujano: un lugar adecuado, buena luz, ayudantes, alejamiento de los
parientes, etc. Ahora pregúntense cuántas de estas operaciones saldrían bien si tuvieran que realizarse en
presencia de todos los miembros de la familia, que meterían su nariz en la mesa de operaciones y a cada
corte de bisturí prorrumpirían en gritos. En los tratamientos psicoanalíticos, la intromisión de los parientes
es directamente un peligro, y de tal índole que no se sabe cómo remediarlo. Tenemos armas contra las
resistencias internas de los pacientes, cuyo carácter necesario reconocemos, pero, ¿cómo nos
defenderíamos contra aquellas resistencias externas? Ningún esclarecimiento puede ganarles el flanco a
los parientes; no es posible moverlos a que se mantengan apartados de todo el asunto, y jamás se puede
hacer causa común con ellos, pues se correría el peligro de perder la confianza del enfermo, quien pide —
con razón, por lo demás— que el hombre en quien ha depositado su fe abrace también su partido.
Quien conozca las profundas desavenencias que pueden dividir a una familia no se sorprenderá, como
analista, si encuentra que los allegados del enfermo revelan a veces más interés en que él siga como
hasta ahora, y no que sane. Y toda vez que la neurosis se entrama con conflictos entre los miembros de la
familia, como es, tan frecuente, el miembro sano no vacila mucho entre su interés y el del restablecimiento
del enfermo. No es de maravillar entonces que el marido no vea con buenos ojos un tratamiento en el cual,
según acertadamente puede suponer, se desplegará su registro de pecados; tampoco nosotros nos
maravillamos, pero no podemos reprocharnos nada si nuestro empeño resulta infructuoso y se interrumpe
antes de tiempo porque la resistencia del marido vino a sumarse a la de la mujer enferma. Es que
habríamos emprendido algo que era irrealizable en las condiciones existentes.
Ficha: 3306- Más allá del principio de placer- Psicología de las masas y análisis del yo,
Freud.
10. Ahora bien, conviene recordar que es en la más antigua demanda donde se produce la
identificación primaria, la que se opera por la omnipotencia materna, a saber, aquella que no sólo
suspende del aparato significante la satisfacción de las necesidades, sino que las fragmenta, las filtra, las
modela en los desfiladeros de la estructura del significante.
Las necesidades se subordinan a las mismas condiciones convencionales que son las del significante en
su doble registro: sincrónico de oposición entre elementos irreductibles, diacrónico de sustitución y de
combinación, por el cual el lenguaje, aunque sin duda no lo llena todo, lo estructura todo de la relación
interhumana.
De donde la oscilación que se observa en las expresiones de Freud sobre las relaciones del Superyó y la
realidad. El Superyó no es por supuesto la fuente de la realidad, corno él dice en algún sitio, pero traza sus
caminos, antes de volver a encontrar en el inconsciente las primeras marcas ideales donde las tendencias
se constituyen como reprimidas en la sustitución de las necesidades por el significante.
Ficha 6876: “Psicoterapia y Psicoanalisis”- Jaques Alain Miller.
En la expresión “psicoterapia y psicoanálisis” la y no significa una adición y menos aún una identidad, sino
q quiere decir q psicoterapia y psicoanálisis no son 2 dominios excluyentes, exteriores uno a otro sin
ningún punto en común.
No sin razón el psicoanálisis está calificado, desde el punto de vista del Estado, como un elemento o un
subconjunto de las psicoterapias y nosotros no podemos contentarnos con oponer a esta concepción la
noción de exterioridad pura y simple entre ambos conjuntos. Creo q hay una intersección entre los 2 y esa
intersección no está vacía.
Esta representación nos conduce a pensar q son 3 los dominios en juego. Hay una zona en las
psicoterapias q no tiene nada q ver con el psicoanálisis como hay otra zona del campo freudiano q es
exterior a la psicotrapia; y hay una zona de intersección. Si se le considera desde la psicoterapia, el
psicoanálisis se confunde con ella mientras q, considerado a partir de sí mismo, no tienen nada q ver.
Creo q el psicoanalista puede decir: “soy psicoterapeuta” y será verdad, incluso s no es toda la verdad,
incluso si el psicoanálisis propiamente dicho, el psicoanálisis puro no es psicoterapia. Hay una zona
común entre psicoterapia y psicoanálisis cuando se trata de psicoterapias q actúan con la palabra. En
ambos casos se trata de logoterapia, de terapia x el lenguaje, incluso también de una terapia del lenguaje.
Se sabe q hablar sienta bien. Se sabe siempre q, llegado el caso, hablar cura. Sabemos q estar mal, estar
enfermo, es posiblemente una manera de hablar cuando ya no se puede hablar. En el lenguaje actual se
dice “somatizar”, lo q quiere decir q el cuerpo se convierte en instrumento de la palabra. La relación entre
enfermedad y la palabra no es un descubrimiento de Freud; antes de incluirse en el discurso de la ciencia,
la medicina sabía muy bien q, en una amplia medida, ella operaba con palabras. Y la religión conoce muy
bien el valor de consuelo q tiene la confesión y la palabra de absolución.
Está lo q se sabe desde siempre y lo q ha cambiado en la época del psicoanálisis, la era post-kantiana, en
la q ha surgido la noción de psicoterapia. Lo q ha cambiado es q el problema se está formulando en
términos de conflicto de causalidad. ¿Toda causalidad q interesa al SH es de orden material? ¿hay otro
orden de causalidad? ¿Todos los trastornos q afectan al psiquismo responden a una causalidad biológica,
neurológica o química o bien existe un causalidad psíquica q constituye un orden original de realidad?
Lo q hay de común entre psicoterapia y psicoanálisis es q ambas admiten la existencia de una realidad
psíquica. Recordemos el término q Freud utiliza específicamente a este propósito, el de Realitat. Desde
ese momento la pregunta se transforma en la de saber cómo operar sobre esa realidad psíquica. Es decir:
¿cuál es la realidad eficiente, en los términos de Freud la Wirklichkeit, q opera sobre la realidad psíquica?
Es un hecho q cierto nro de intervenciones sobre la realidad psíquica pasan x el cuerpo y entran en el
campo contemporáneo de las psicoterapias. Son las psicoterapias q proceden de la gimnastica. Incluyo
aquí las sabidurías orientales, disciplinas todas del dominio del cuerpo.
Hay así un amplio muestrario de psicoterapias x clasificar desde la gimnastica hasta la psicoterapia breve
en las instituciones. ¿Cuál sería el principio de clasificación? Creo q el principio de clasificación de toda
psicoterapia es la incidencia de la palabra del Otro. El factor clave de toda psicoterapia es q hay otro q dice
lo q hay q hacer, otro al q el sujeto q sufre obedece y de quien espera la aprobación. Ese factor no es
eliminable. Todas las psicoterapias son de hecho terapias de la imagen de sí, y tienen siempre su
fundamento en el estadio del espejo. Se trata de devolver al yo sus funciones de dominio y síntesis, bajo el
ojo del amo q tiene el papel de modelo. Son terapias de la imagen q, x eso mismo, son terapias del amo, x
identificación con el amo. X esto provienen siempre del campo del lenguaje. El uso de la palabra es en
ellas + o menos evidente, acentuado de maneras diferentes. Lo q es esencial y engendra la psicoterapia,
es la sujeción al Otro.
Cuando se trata de las psicoterapias q ahorran el pasaje x el cuerpo, estamos en una zona q se aproxima
al psicoanálisis. Digamos q son psicoterapias q utilizan las propiedades elementales de la
intersubjetividad. Constituyen lo q yo llamaría una técnica de sí. Tienden a conseguir un efecto de
absolución x medio del “sí” del Otro. Una terapia q tuvo cierto éxito tenia la frase siguiente como pivote:
“you are Ok. I`m OK”. Esta fórmula es como la matriz de todas psicoterapias no corporales. Esta “terapia
del OK” es el principio de una técnica rudimentaria: instituir al Otro, investirlo del significante amo para
recibir de él un “sí”, el significante q salva.
Si queremos dar una fórmula general de las psicoterapias, diremos q están fundadas en una relación de
dominación q se ejerce desde la imagen del otro, i(a) como lo describe Lacan, al yo del sujeto, escrito con
una m. Esta relación imaginaria sólo opera enmarcada x una articulación simbólica.
Están indicados ahí, abajo a la derecha, el sujeto en tanto q se dirige al Otro como amo, con efecto de
significación q se sigue y lo q de ello se concluye, la identificación con el Otro I(A). Eludo aquí, en forma
simplificada, a lo q ustedes pueden encontrar en Lacan en lo q llama el grafo del deseo. Ese grafo incluye
2 pisos. Este es el piso inferior y también mínimo, lo q quiere decir q no se puede evitar pasar x su circuito
mientras q el acceso al piso superior es opcional, si puedo decirlo así.
Todo significante del Otro, toda palabra del Otro, en tanto q se le reconoció a ese otro la posición de gran
Otro, tiene efecto de identificación. Esta es la base común a la psicoterapia y el psicoanálisis. Se puede
llegar a decir q en el psicoanálisis la sugestión es + pura inclusive. En esa medida el psicoanálisis es
psicoterapia, es decir terapia x identificación.
Después de Freud y hasta Lacan, lo propios psicoanalistas definieron el psicoanálisis como una terapia x
identificación, es decir q el problema “psicoterapia y psicoanálisis” no nos es impuesto x el Estado, es la
consecuencia del alejamiento de la identidad freudiana del psicoanálisis. Para nosotros la posibilidad de la
operación analítica no descansa sobre nada más q el rechazo del analista, su rechazo a utilizar los
poderes de la identificación. El analista, en tanto ocupa el lugar del gran otro, de ese otro al q el sujeto
apela en su sufrimiento, se niega a ser el amo. Y x ello hablamos de la ética del psicoanálisis y del deseo
del analista como de un deseo q sería más fuerte q el de ser el amo. Ese deseo es enigmático.
Y aquí donde el analista puede cerrar o abrir la puerta del análisis. O lleva al sujeto al cortocircuito de la
identificación o abre un 2do circuito q ustedes encontrarán en el grafo de Lacan y cuya puerta de entrada
está en el lugar del Otro. Esto quiere decir q el análisis depende de la posición q adopte el analista. Si él
mismo se identifica como psicoterapeuta cierra esa puerta. Sólo al negarse a ser psicoterapeuta abre la
dimensión propiamente analítica del discurso. Y es en lo q el deseo del analista no es sino la otra cara de
la pasión de la ignorancia. Es preciso efectivamente q en el analista se halle un deseo + fuerte q el de ser
amo. Es lo q Freud expresaba previniendo al psicoanalista contra el deseo de curar en nombre del deseo
científico. Esto era ya reconocer el deseo del analista como deseo de saber para q el sujeto pudiera
descubrir la pregunto x su deseo + allá de la identificación.
En el circuito superior donde se formula la pregunta q Lacan plantea en italiano, “Che vuoi?”, es preciso q
el analista no sea tomado como una rta previa, es decir como siervo de ningún prejuicio. No puede estar al
servicio de ninguna finalidad superior a la propia operación analítica. No puede estar al servicio sino del
deseo del analista. No puede ser agente de ningún discurso instituido, de ninguna identificación social. Y
es lo q engendra la pregunta de saber quien puede decir: “¿soy analista?”.
En 1er lugar, la práctica del análisis cuestiona el orden social y constituye un quebrantamiento de sus
valores. En 2do lugar, el psicoanalista no es identificable x el Estado. Es identificable en la parte inferior
del esquema en tanto está en la posición de ejercer una terapia x identificación. Pero no es identificable en
la parte superior, es decir en la parte en q rechaza el poder q tiene. Y es precisamente esa paradoja del
poder rechazado lo q no es inteligible para el Estado hasta el momento. La dicotomía de los 2 pisos del
grafo se vuelve a hallar en la oposición de los 2 discursos, discurso del amo y discurso del analista. El
reverso del psicoanálisis es el discurso del amo.
El psicoanálisis no se ocupa del psiquismo sino del inconsciente. El inconsciente no es un órgano. No
asegura ninguna función de conocimiento del mundo y, en el campo propio del inconsciente, curar no tiene
sentido.
¿En nombre de qué el psicoanalista se hace portero del inconsciente? A partir del saber q tiene de q
ninguna identificación satisface a la pulsión, q el plus de gozar escapa a la identificación, q la identificación
no es nunca para el sujeto sino el medio de evitar encontrarse con ese plus de gozar. No se trata para el
analista de adaptar al sujeto a una realidad q no es sino fantasma, ni de restituir en él el funcionamiento
del principio del placer asegurando la regulación psíquica. El psicoanalista no es tampoco el representante
del principio de realidad en tanto circuito de evitamiento de lo q hace tropezar al principio del placer.
Desde el punto de vista del psicoanálisis, la psicoterapia es un uso restringido de los efectos analíticos. Es
posible q la terapéutica sea todo lo q el Estado puede percibir del psicoanálisis y q esto lo conduzca a
distinguir en él una parte útil y otra de lujo.
¿Qué podemos traducir de la ética del psicoanálisis en términos de deontología? ¿Qué podemos decir al
público y al Estado de los deberes del psicoanalista?
1er deber del psicoanálisis ser un psicoanalista. ¿Quién puede garantizar esto? ¿Quién puede garantizar
de otro sujeto q ha advenido en tanto q sujeto a su Ello, respondiendo a la fórmula “Wo es war soll ich
werden”? ¿Quién puede afirmar de otro q, allende sus identificaciones, ha subjetivado su ser? Esto sólo
puede ser el efecto de un psicoanálisis y un psicoanálisis es confidencial. Esta confidencia sólo puede ser
develada de 2 maneras: o bien x el analista en el marco también confidencial del control o x el sujeto
analizante en el marco confidencial q Lacan llamó el pase, donde un sujeto q cree haber terminado su
análisis, transmite lo q de él ha aprendido a un colectivo compuesto de psicoanalistas y de otros
psicoanalizantes. De lo q es el psicoanálisis como práctica resulta q la garantía de q un analista es analista
no se puede aportar válidamente sino x una comunidad en la q esta confidencia puede ser evaluada. Es lo
q, x nuestra parte, llamamos una Escuela.
3er deber del psicoanálisis su responsabilidad es mantener la proporción entre los efectos analíticos y las
capacidades del sujeto q ha de soportarlos. Lo q puede llevar quizás al analista a moderar los efectos
analíticos x razones terapéuticas. No todo sujeto puede o debe hacer un análisis y dejo al margen el
registro de la responsabilidad social del analista. No se trata de salvar una vida, se trata de q el
psicoanálisis de alguien pueda continuar. Y es así como, en el nombre del deseo de saber, puede parecer
en ocasiones q el analista hace de la vida un valor.
La frontera entre la sugestión y la transferencia está en todas partes. No se puede decir q, de una vez x
todas, no estamos ya en la sugestión. La operación analítica está duplicada constantemente x los efectos
de la identificación. De allí el problema de la parte q hay q dar a la sugestión en la realidad de la operación
analítica. ¿Qué analista puede decir q jamas ha utilizado la investidura de gran Otro q le había sido
otorgada? X supuesto ante las urgencias subjetivas, el analista puede e incluso debe recurrir a ese poder,
ofrecerse como punto de fijo, invariable, al psicótico; en el momento de desorden, si se encuentra ante el
trance obsesivo, ¿podrá recurrir a la obediencia inducida x la palabra? ¿Quién dudaría en oponerse
firmemente a un pasaje de acto ante la histérica al borde del suicidio? Se trata de saber, x lo tanto, cuál es
el uso legitimo de lo q Lacan llama el significante amo en c/estructura clínica y en c/coyuntura dramática.
Lo terapéutico en la operación analítica es el deseo. El deseo es la salud. Contra la angustia es el remedio
+ seguro. La culpabilidad se debe fundamentalmente a la renuncia del deseo. Pero paradójicamente, el
deseo es al mismo tiempo contrario a toda homeostasis, al bienestar.
UNIDAD 2 – PRACTICO
Ficha 6875 – Psicoanálisis y Medicina – Lacan (también en U2 practico)
El lugar del psicoanálisis en la medicina. Actualmente, este lugar es marginal y, como lo he escrito más
de una vez, extra-territorial. Es marginal debido a la posición de la medicina respecto al psicoanálisis, al
que admite como una suerte de ayuda externa, comparable a la de los psicólogos y a la de otros
asistentes terapéuticos. Es extra-territorial por obra de los psicoanalistas quienes, sin duda, tienen sus
razones para querer conservar esta extraterritorialidad.
Quisiera hoy considerar ese lugar del psicoanálisis en la medicina desde el punto de vista del médico y del
rapidísimo cambio que se está produciendo en lo que llamaría la función del médico y en su personaje, ya
que éste es también un elemento importante de su función.
En la medida en que las exigencias sociales están condicionadas por la aparición de un hombre que sirve
a las condiciones de un mundo científico, dotado de nuevos poderes de investigación y de búsqueda, el
médico se encuentra enfrentado con problemas nuevos. Quiero decir que el médico ya no tiene nada de
privilegiado en la jerarquía de ese equipo de científicos diversamente especializados en las diferentes
ramas científicas. Desde el exterior de su función, principalmente en la organización industrial, le son
proporcionados los medios y al mismo tiempo las preguntas para introducir las medidas de control
cuantitativo, los gráficos, las escalas, los datos estadísticos a través de los cuales se establecen, hasta la
escala microscópica, las constantes biológicas y se instaura en su dominio ese despegue de la evidencia
del éxito que corresponde al advenimiento de los hechos.
¿Dónde está el límite en que el médico debe actuar y qué debe responder? A algo que se llama la
demanda.
Diría que es en la medida de este deslizamiento, de esta evolución que cambia la posición del médico
respecto de aquellos que se dirigen a él, como llega a individualizarse, a especificarse, a valorizarse
retroactivamente, lo que hay de original en esa demanda al médico. Este desarrollo científico inaugura y
pone cada vez más en primer plano ese nuevo derecho del hombre a la salud, que existe y que se motiva
ya en una organización mundial. En la medida en que el registro de la relación médica con la salud se
modifica, donde esa suerte de poder generalizado que es el poder de la ciencia brinda a todos la
posibilidad de ir a pedirle al médico su cuota de beneficios con un objetivo preciso inmediato, vemos
dibujarse la originalidad de una dimensión que llamo la demanda. Es en el registro del modo de respuesta
a la demanda del enfermo donde está la posibilidad de supervivencia de la posición propiamente médica.
Cuando el enfermo es remitido al médico o cuando lo aborda, no digan que espera de él pura y
simplemente la curación. Coloca al médico ante la prueba de sacarlo de su condición de enfermo, lo que
es totalmente diferente, pues esto puede implicar que él esté totalmente atado a la idea de conservarla.
Viene a veces a demandamos que lo autentifiquemos como enfermo; en muchos otros casos viene, de la
manera más manifiesta, para demandarles que lo preserven en su enfermedad, que lo traten del modo que
le conviene a él, el que le permitirá seguir siendo un enfermo bien instalado en su enfermedad.
La significación de la demanda, dimensión donde se ejerce hablando estrictamente la función médica, la
estructura de la falla que existe entre la demanda y el deseo.
Una vez que se ha hecho este comentario, surge que no es necesario ser psicoanalista, ni siquiera
médico, para saber que cuando cualquiera, nuestro mejor amigo, sea hombre o mujer, nos pide algo, esto
no es para nada idéntico, e incluso a veces es diametralmente opuesto, a aquello que desea.
Permítanme delimitar más bien como falla epistemo-somática, el efecto que tendrá el progreso de la
ciencia sobre la relación de la medicina con el cuerpo. Nuevamente aquí, para la medicina, la situación es
subvertida desde afuera. Por eso, nuevamente aquí lo que, antes de ciertas rupturas, permanecía,
confuso, velado, mezclado, embarullado, aparece con tal brillo.
Pues lo que está excluido de la relación epistemo-somática es justamente lo que propondrá a la medicina
el cuerpo en su registro purificado.
Este cuerpo no se caracteriza simplemente por la dimensión de la extensión: un cuerpo es algo que está
hecho para gozar, gozar de sí mismo. La dimensión del goce está excluida completamente de lo que llamé
la relación epistemo-somática. Pues la ciencia no es incapaz de saber qué puede; pero ella, al igual que el
sujeto que engendra, no puede saber qué quiere. Al menos lo que quiere surge de un avance cuya marcha
acelerada, en nuesttos días, nos permite palpar que supera sus propias previsiones.
La dimensión ética es aquella que se extiende en la dirección del goce.
Tenemos pues dos puntos de referencia: primero, la demanda del enfermo; segundo, el goce del cuerpo.
Ambos confinan, en cierto modo, en esa dimensión ética, pero no los confundamos demasiado rápido,
pues aquí interviene lo que llamaré simplemente la teoría psicoanalítica, que llega a tiempo y no
ciertamente por casualidad, en el momento de la entrada en juego de la ciencia, con ese ligero avance que
es siempre característico de las invenciones de Freud. Así como Freud inventó la teoría del fascismo antes
que éste apareciese, del mismo modo treinta años antes, inventó lo que debía responder a la subversión
de la posición del médico por el ascenso de la ciencia: a saber, el psicoanálisis como praxis.
Acabo de indicar suficientemente la diferencia que hay entre la demanda y el deseo.
Hay un deseo porque hay inconsciente, es decir lenguaje que escapa al sujeto en su estructura y sus
efectos, y hay siempre a nivel del lenguaje algo que está más allá de la conciencia, y es allí donde puede
situarse la función del deseo.
Por eso es necesario hacer intervenir ese lugar que llamé el lugar" del Otro, en todo lo concerniente al
sujeto. Es en sustancia el campo donde se ubican esos excesos de lenguaje cuya marca que escapa a su
propio dominio lleva el sujeto. Es en ese campo donde se hace la junción con lo que llamé el polo del
goce.
Pues se valoriza en él lo que introdujo Freud a propósito del principio del placer y que no había nunca sido
advertido, a saber, que el placer es una barrera al goce, en lo cual Freud retoma las condiciones a partir
de 1^ cuales las viejas escuelas de pensamiento habían hecho su ley.
¿Qué se nos dice del placer?
Que es la menor excitación, lo que hace desaparecer la tensión, la tempera más, por lo tanto aquello que
nos detiene necesariamente en un punto de alejamiento, de distancia muy respetuosa del goce. Pues lo
que yo llamo goce en el sentido en que el cuerpo se experimenta, es siempre del orden de la tensión, del
forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Incontestablemente, hay goce en el nivel donde comienza a
aparecer el dolor, y sabemos que es sólo a ese nivel del dolor que puede experimentarse toda una
dimensión del organismo que de otro modo permanece velada.
¿Qué es el deseo?
El deseo es de algún modo el punto de compromiso, la escala de la dimensión del goce, en la medida en
que en cierto modo permite llevar más lejos el nivel de la barrera del placer. Pero éste es un punto
fantasmático, quiero decir donde interviene el registro imaginario, que hace que el deseo esté suspendido
a algo cuya naturaleza no exige verdaderamente la realización.
¿Por qué es que llego a hablar aquí de aquello que de todos modos no es más que una muestra
minúscula de esta dimensión que desarrollo desde hace quince años en mi seminario? Es para evocar la
idea de una topología del sujeto.
Ya no son más puros y simples problemas de interpsicología, sino más bien los problemas de una
estructura que concierne al sujeto en su doble relación con el saber.
El saber sigue estando para él marcado con un valor nodal, debido a algo cuyo carácter central se olvida
en el pensamiento, que el deseo sexual tal como lo entiende el psicoanálisis no es la imagen que debemos
hacemos de acuerdo a un mito de la tendencia orgánica: es algo infinitamente más elevado y anudado en
primer término precisamente' con el lenguaje, en tanto que es el lenguaje el que le da primero su lugar, y
que su primera aparición en el desarrollo del individuo se manifiesta a nivel del deseo de saber. Si no se
ve que éste es el punto central donde arraiga la teoría de la libido de Freud, simplemente se pierde pie.
Lo que indico al hablar de la posición que puede ocupar el psicoanalista, es que actualmente es la única
desde donde el médico puede mantener la originalidad de siempre de su posición, es decir, la de aquel
que tiene que responder arma demanda de saber, aunque sólo se pueda hacerlo llevando al sujeto a
dirigirse hacia el lado opuesto a las ideas que emite para presentar esa demanda. Si el inconsciente es lo
que es, no una cosa monótona sino, en cambio, una cerradura lo más precisa posible, cuyo manejo no es
otro que abrirla al revés con una clave—llave, que está más allá de una cifra, esta abertura sólo puede
servir al sujeto en su demanda de saber. Lo inesperado, es que el sujeto confiese él mismo su verdad y
que la confiese sin saberlo.
El ejercicio y la formación del pensamiento son los preliminares necesarios a una operación tal: es
necesario que el médico se haya entrenado en plantear los problemas a nivel de una serie de temas cuyas
conexiones, cuyos nudos, debe conocer, y que no son los temas corrientes de la filosofía y de la
psicología.
Al final de esta demanda, la función de la relación con el sujeto supuesto al saber, revela lo que llamamos
la “transferencia”. En la medida en que más que nunca la ciencia tiene la palabra, más que nunca se
sostiene ese mito del sujeto supuesto al saber, y esto es lo que permite la existencia del fenómeno de la
transferencia en tanto que remite a lo más arraigado del deseo de saber.
En la época científica, el médico se encuentra en una doble posición: por un lado, tiene que enfrentar una
carga energética cuyo poder no sospecha sino se le explica; por el otro, debe colocar esa carga entre
paréntesis, debido justamente a los poderes de los que dispone, a los que debe distribuir, al piano
científico en que está situado. Quiéralo o no, el médico está integrado a ese movimiento mundial de la
organización de una salud que se vuelve pública y, por este hecho, nuevas preguntas le serán planteadas.
El único terreno es esa relación por la cual es médico: a saber la demanda del enfermo. En el interior de
esta relación firme donde se producen tantas cosas está la revelación de esa dimensión en su valor
original, que no tiene nada de idealista pero que es exactamente lo que dije: la relación con el goce del
cuerpo.
Hay también un contrato institucional q se despliega en la admisión y q dará el marco respecto de las
condiciones en q se llevará a cabo un tratamiento: frecuencia, modalidad de entrevistas, duración y
condiciones de pago. Se abrirá entonces una historia clínica donde se consignarán los datos personales
del paciente, motivo de consulta, diagnóstico presuntivo y se implementarán los medios para su
derivación.
El autor plantea la diferencia de al menos 2 urgencias: urgencia psiquiátrica y la urgencia subjetiva.
Entendemos x urgencia psiquiátrica a la demanda institucional de ayuda en un momento de crisis.
Habitualmente es una demanda q llega a las guardias de los hospitales solicitada x alguien más, un
familiar, vecino, etcétera, suele tener ribetes de gran espectacularidad, agresión y algunas veces
intervención policial. Es común el recurso a la medicación psiquiátrica y a veces se resuelve a
través de una internación.
El otro tipo de urgencia al q nos referimos está relacionada con la angustia. Son aquellas consultas
q no necesariamente conllevan una mayor gravedad sino q se realizan en un momento en q el
desborde de angustia es tal q es importante habilitar un espacio de escucha inmediato ya q el mero
hecho del alojamiento x parte del Otro trae de x sí cierto alivio. Es más habitual recibir este tipo de
demandas en los centros de salud y suelen ser consultas autogestionadas.
En la mayoría de las instituciones, se requiere un diagnostico como conclusión del proceso de admisión.
Hay una necesidad de establecer un diagnóstico diferencial entre neurosis y psicosis a fin de orientar la
dirección de la cura en c/caso. Ahora bien, ¿es posible arribar a un diagnóstico diferencial en un
dispositivo de admisión? Difícilmente esto sea posible, sobre todo si la vía diagnóstica no es
fenomenológica sino q se intenta arribar a un diagnóstico en transferencia.
Será en el marco de las entrevistas preliminares donde esta transferencia general se ligará a la persona
del analista produciendo así la fijación de la misma. Es interesante mencionar q esto se dará mas allá de
las características personales del analista en cuestión, x esto hablamos de la fijación de la transferencia a
un “analista cualquiera”. La expresión analista cualquiera obedece a la postulación freudiana de q basta
con q un analista se encuentre posicionado como tal para q la transferencia se despliegue
automáticamente.
También se podrán ubicar emergencias de lo inconciente, la diferencia entre el orden de lo enunciado y la
enunciación, lo q hará de la admisión otra cosa q una entrevista pautada o una anamnesis. X esto muchos
pacientes terminan su admisión sorprendidos de lo q allí se desplegó. Cuestiones sobre las q no tenían
pensado hablar, puntos de angustia respecto de temas ya “elaborados” o "resueltos” o como decía una
consultante: “Uno cree que viene por una cosa y en realidad siempre es otra”.
X lo tanto sabemos q cuando este mismo pedido llega finalmente a un analista esto implica q las rtas
recibidas no fueron suficientes para q el malestar cesara y q hay allí una suposición de inconciente: es
decir, q el consultante supone q eso q le pasa quiere decir algo, q tiene un sentido, x el momento
desconocido para él ' mismo, lo q le confiere al síntoma el carácter de enigmático, de “cuerpo extraño”
para quien lo padece.
Como habitualmente el motivo de este sufrimiento es adjudicado a algún otro, es común q la presentación
en el dispositivo de admisión adquiera la modalidad de la queja: aquel q realiza la consulta se ubica en una
posición de víctima de algún otro (esposa, padre, hijo, etcétera) q le ocasiona dicho sufrimiento. Nos
encontramos entonces con una demanda q podemos hacer equivaler en este momento inicial a un pedido.
Quien consulta viene a dirigirnos una demanda q puede adquirir distintas modalidades: q le indiquemos
qué hacer con esto q lo aqueja, que podamos aliviar el sufrimiento, q sancionemos que está en lo cierto y
es el otro el equivocado, q podamos trabajar en un tratamiento para resolver su problemática, etc.
La demanda de análisis irá tomando forma durante el tiempo de entrevistas preliminares y de ninguna
manera se trata de una demanda manifiesta sino q el analista concluirá q se ha establecido una verdadera
demanda si las condiciones de entrada a un análisis se han dado.
¿De qué condiciones se trata? No pensamos actualmente en condiciones socioculturales a la manera
freudiana, sino en ciertas condiciones subjetivas q deberán darse y q nada tienen q ver con el nivel social,
económico o de erudición.
Es necesario q el síntoma -q en el inicio no se diferencia del síntoma en su estatuto médico: es decir, eso
q me hace padecerse transforme en un síntoma analítico. O sea q el sufrimiento q trae el sujeto lo lleve a
preguntarse, a formular una pregunta acerca de x qué le sucede lo q le sucede, pero con una
particularidad: q esta pregunta implique al sujeto, es decir, q esté formulada de tal modo q incluya la
“responsabilidad” de aquel q padece. Esto será posible si en el transcurso de las entrevistas preliminares
el consultante se anoticia de q no todo en el síntoma es sufrimiento sino q al mismo tiempo hay allí algo q
se satisface. Esto dependerá tanto de lo q c/u este dispuesto a ceder con relación a su goce como de la
posición del analista de causar ese trabajo.
Cuando esta pregunta se formula alguna asociación aparece como posible rta: será tarea del analista
solicitar esta “teoría” del síntoma en caso de q no se manifieste. También será necesario q tal pregunta y
sus posibles rtas asociativas tomen direccionalidad hacia el analista, es decir se incluyan en la
transferencia, ubicando al analista como aquel al q se le supone el saber. El Sujeto supuesto al Saber
implica entonces una doble suposición: suposición de saber inconciente x un lado y la suposición de un
sujeto (analista cualquiera) q portaría dicho saber.
Entonces para q se constituya una demanda de análisis es necesario q el síntoma genere una pregunta q
implique al sujeto q lo padece y q tal pregunta se incluya en la transferencia. Esto lleva tiempo, justamente
el tiempo de las entrevistas preliminares q no es otro q el tiempo de la transferencia. Tiempo imposible de
predecir a priori ni de estandarizar ya q será del orden del uno x uno y se tratará de un tiempo lógico, no
cronológico.
Ficha 6897: “Entrevistas preliminares y efectos analíticos”- Rubistein
Se ha insistido a partir de la enseñanza de Lacan en la importancia de ubicar las condiciones de una
entrada en análisis para pensar desde allí los efectos y las posibilidades del trabajo analítico. Este trabajo
se propone interrogar las posibilidades de la acción del analista durante las entrevistas preliminares y los
alcances posibles de sus intervenciones.
Fundamentalmente trataré de pensar en qué consiste el carácter analítico de esas entrevistas
preliminares, suponiendo q debe haber alguna diferencia entre una entrevista conducida x un practicante
del análisis y una conducida x alguien ajeno a dicha práctica, aun cuando en algunos momentos las
intervenciones pudieran parecer semejantes.
La hipótesis de este trabajo es q si hay en el lugar del oyente un practicante del análisis, un analizado,
podrá situarse de tal manera q se produzcan efectos de carácter analítico, aun en el marco de dichas
entrevistas, y aun cuando no se hayan producido todavía las condiciones de una entrada en análisis. En
esta perspectiva, el encuentro con un analista puede constituirse en el acontecimiento q abra el camino a
posibles modificaciones subjetivas y q ponga en juego, aun en la brevedad del encuentro, lo real en juego
para c/sujeto.
Precisar lo analítico de las entrevistas preliminares permitirá al practicante reducir el efecto perturbador q
ejerce a veces en la experiencia, convertir la meta del “psicoanálisis puro” en un ideal a cumplir en todos
los casos, sin tener en cuenta las condiciones singulares de c/caso.
Creo q la cuestión central es precisar en qué punto las entrevistas preliminares son análisis y en qué
no lo son y cuáles son las diferencias q el oyente introduce en su respuesta a la demanda.
El antecedente directo del problema lo encontramos en la “Iniciación del tratamiento”. Allí Freud propone
un tratamiento de ensayo destinado a tomar conocimiento del caso y decidir si es apto para el
psicoanálisis. Pero nos dice: “Este ensayo previo es ya el comienzo del análisis y debe obedecer a sus
reglas”.
Podríamos decir q las entrevistas preliminares son análisis en tanto ponen en juego una doble
articulación:
x un lado, el valor dado a la palabra del sujeto, a la suposición de una verdad en juego en ella, a la
suposición de un saber q le otorga a esa palabra un valor q no se encuentra ni en la psiquiatría ni
en otras vertientes terapéuticas. El analista sostiene allí lo q Lacan llamo “sumisión absoluta a las
posiciones subjetivas del enfermo”.
Son también análisis en tanto hay un oyente q no es cualquiera. Es un analizado, alguien q ha
pasado x la experiencia del inconciente y de la castración, es alguien entrenado para escuchar en
los dichos, el decir, para localizar al sujeto de la enunciación y no quedar atrapado en los
enunciados, en el yo. Es alguien q ha sido entrenado para interrogar la demanda y con sus
intervenciones producir una modificación en la posición del sujeto respecto de sus dichos, respecto
de su síntoma, respecto de su realidad, alguien q puede orientar sus intervenciones al encuentro
con lo real. Es en las posibilidades de este oyente q se ubica la diferencia, un oyente q puede
convertir esa palabra en algo diferente al discurso del yo dando lugar a la producción del sujeto y
haciendo posible, x vía de la interpretación, una transmutación subjetiva, algo q puede marcar para
el sujeto un antes y UN después. En tal sentido el dispositivo del análisis es un invento destinado a
hacer posible atravesar el campo del yo para apuntar a lo real en juego para c/sujeto.
Es la presencia del analista, del analizado lo q permitirá hacer de las entrevistas preliminares o no, algo
diferente a una simple recopilación de datos o a un mero trabajo de sugestión.
Pedir el alivio de un sufrimiento psíquico no implica siempre que se trata de una demanda de análisis. Para
eso se necesita de los síntomas induzcan en la persona que padece de ellos una pregunta. Tal pregunta,
por el mero hecho de estar así, por imprecisa que sea, implica una o varias respuestas. Lacan llama a eso:
suposición de saber. Efectivamente, la supuesta respuesta a la pregunta es el primer tiempo necesario de
la transferencia; si la respuesta es "transferencia" sobre el analista, es decir, desplazada sobre él, un paso
más ha sido dado que hace del analista cualquiera, el lugar donde esta supuesto el saber.
Entonces, la importancia de las entrevistas (pre)liminares está ligada al objetivo del analista en qué
medida el síntoma del sujeto implica una pregunta de su parte, una suposición de sentido y en qué medida
está el analista incluido en la demanda en tanto puede encarnar para el sujeto la respuesta a tal pregunta.
Si esta es la apuesta de las entrevistas preliminares, estamos lejos de una evaluación de la capacidad del
yo para el análisis, o de un mero diagnóstico. No se trata de situar una "indicación de análisis" ya que, si
hay suposición de saber, esta será la que indique la posibilidad el análisis.
Algunos han podido venir a consultar casi sin formular su queja. A un punto tal que para ellos el saber era
enteramente remitido al otro; a tal extremo, que parecía serles suficiente el presentarse ante el analista,
para luego no esperar nada más, sino la resolución del problema que no reconocían como propio.
No se trata en este caso de transferencia de saber sino de depósito de saber que concierne al síntoma en
general y no al síntoma en su particularidad; ese saber es remitido al otro y el síntoma no es portados de
sentido para el sujeto.
La subjetivación de la queja es un tiempo necesario y previo para que el paciente pueda volverse un
analizante.
Freud no exigía nada menos del paciente; debe aceptar la regla fundamental y percatarse de que saber
más de lo que dice: transferencia de saber.
Lacan llamara sujeto-supuesto-saber cómo el punto pivote de la transferencia.
En efecto, esta suposición de saber y esta transferencia de saber es necesaria para hacer del paciente un
analizante, para que produzca significantes, para que produzca saber.
Ficha: 3250 - Mis recuerdos de Freud, El hombre de los lobos por el hombre de los lobos.
Quien padece de neurosis es alguien que procura encontrar su camino de vuelta a la vida normal,
porque ha entrado en conflicto con su medio y finalmente ha perdido contacto con él. Su vida emocional ha
llegado a ser "inadecuada", inapropiada a la realidad externa. Su meta no es un objeto real conocido, sino
más bien algún otro objeto, oculto en su inconsciente y que el mismo desconoce. En tanto que nada se
sabía de semejante estado de cosas, solo dos explicaciones eran posibles: una era la del lego, que tenía
en cuenta el aumento de intensidad del afecto, desproporcionado para la situación real; tal explicación
decía que el neurótico lo exageraba todo. La otra, la del neurólogo o del psiquiatra, derivaba lo psíquico y
emocional de lo físico e intentaba persuadir al paciente de que su dolencia se debía a un trastorno
funcional del sistema nervioso. El neurótico acudía al médico con el deseo de abrirle su corazón y se
encontraba amargamente desilusionado cuando el médico apenas se prestaba oídos a los problemas que
al tanto lo perturbaba. Pero lo que para el médico no era más que el producto adicional y carente de
importancia de un estado objetivamente grave, para el neurótico mismo era una profunda experiencia
íntima.
Se reunía en un solo grupo bajo el nombre general de "neurasténicos". En los casos menos graves, el
efecto sugestivo de la terapia física, la hidroterapia, los tratamientos eléctricos y otros recursos podían
causar alguna mejora; en mi caso esos tratamientos habían fracasado por completo.
Entonces por casualidad a un joven médico, el doctor D. Creía apasionadamente en la psicoterapia y
mencionaba con frecuencia los nombres de Dubois y de Freud. Comenzó así mi "análisis" con el doctor
D, que no fue otra cosa que un libre intercambio verbal entre médico y paciente. Por más que de esa
manera no tocara más que la superficie consciente de mis problemas, lo buena era que había encontrado
un médico en quien tenía completa confianza y con quién podía hablar a mis anchas de todo lo que a mí
me interesaba. De tal modo me mantuve a flote por un tiempo, hasta que finalmente el doctor D tuvo la
perspicacia de confesar que la tarea que había emprendido excedía su capacidad y que pensaba que yo
debería intentar otra cosa. Me sugirió que intentara un tratamiento con Freud.
El aspecto de Freud era tal que se ganó inmediatamente mi confianza. Toda la actitud de Freud y la forma
en que me escuchaba lo diferenciaban de manera sorprendente de sus famosos colegas a quienes yo
había conocido hasta entonces y en quienes había encontrado una total carencia de comprensión
psicológica profunda. En mi primer encuentro con Freud tuve la sensación de encontrarme frente a una
gran personalidad.
Fácil será imaginar la sensación de alivio que yo experimentaba cuando Freud me hacía diversidad
preguntas sobre mi niñez y sobre las relaciones existentes en mi familia y escuchaba con la mayor
atención todo cuanto tenía que decirle. En ocasiones deslizaba alguna observación que daba prueba de
que comprendía perfectamente todo lo que yo había experimentado.
"Hasta ahora ha estado usted buscando la causa de su enfermedad en la escupidera", observó
acertadamente Freud, refiriéndose a los métodos de terapia física a los cuales me había sometido.
Cuando le hable de mis dudas y cavilaciones infantiles, la opinión de Freud fue que "solo un niño puede
pensar de manera tan lógica". Y una vez, respecto de ello, hablo de un "pensador de primera línea", lo que
me causo no poco orgullo, ya que en mi niñez yo había sufrido por la competencia con mi hermana, dos
años y medio mayor que yo y mucho más adelantada.
Mi nuevo conocimiento, la sensación de haber "descubierto" a Freud y la esperanza de recuperar la salud
hicieron que mi estado mejorara rápidamente. Pero entonces Freud me previno contra el exceso de
optimismo, previendo con razón que todavía habrían de presentarse la resistencia y las dificultades que la
acompañan.
Lo único que puedo decir es que en mi análisis con Freud yo no me sentía tanto en la situación de
paciente como en la de colaborador, el camarada más joven de un explorador experimentado que se
embarca en el estudio de un territorio nuevo y recién descubierto. Ese nuevo territorio es el campo del
inconsciente, sobre el cual el neurótico ha perdido el dominio que ahora, mediante el análisis, intenta
recuperar.
El propio Freud creía que el tratamiento de una neurosis grave era al mismo tiempo una educación del
paciente.
Pero, como todo en la vida, una relación demasiado estrecha entre médico y paciente tiene su lado
oscuro. Es fácil comprender por qué: por una parte, está el riesgo de que el médico llegue a ser
demasiado indulgente con el paciente y a complacerlo demasiado; por otra, las resistencias
transferenciales aumentan cuando el paciente considera al analista como un sustituto paterno.
En las semanas que precedieron al término de mi análisis hablábamos con frecuencia del riesgo de que el
paciente establezca un vínculo demasiado estrecho con el terapeuta. Si el paciente se queda "pegado" en
la transferencia, el éxito del tratamiento no es perdurable y pronto se pone de manifiesto que la neurosis
originaria ha sido reemplazada por otra.
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UNIDAD 3 – TEÓRICO
Las psicosis son posiciones subjetivas estructuradas en las cuales no se cuenta con el padre como
referencia metafórica que simbolice el deseo de la madre. La forclusión del Nombre del Padre implica que
no se inscriba -se simbolice-la castración. Esto es, que el Otro se presente como absoluto y el sujeto no
cuente con el significante para situar una falta en la que alojarse y constituir su deseo. Esa falta a nivel del
significante tiene consecuencias a nivel de la significación fálica, cuya ausencia desordena el sentimiento
vital.
Hecha esta salvedad, pensar la posición subjetiva como estructura permite trascender la inmediatez de lo
estrictamente fenoménico. La perspectiva analítica nos brinda la posibilidad de escuchar, inteligir la
estructura... del fenómeno.
Acerca de los fenómenos elementales: "La noción de elemento no debe ser entendida de modo distinto
que la de estructura (...) Irreductible a todo lo que no sea ella misma" (Lacan, 1955-56, p. 33). Se trata de
afirmar que en lo que se presenta (tal la significación de fenómeno) no existe una evidencia natural sino
que es necesario trazar las líneas que lo estructuran. La alucinación no es psicótica en sí, o porque derive
como un epifenómeno de una estructura subyacente sino porque en ella misma encontramos la estructura
sin dialéctica, recursiva, de retorno en lo real que hemos inteligido para las psicosis. En este escrito,
cuando me refiera a estructura será en este sentido que entiendo específicamente analítico y no
ontológico.
[los fenómenos elementales] son tan elementales corno lo es, en relación a una planta, la hoja en la que
se verán ciertos detalles del modo en que se imbrican e insertan las nervaduras: hay algo común a toda la
planta que se reproduce en ciertas formas que componen su totalidad"
Al interior del campo de las psicosis son muchos los matices que necesitamos considerar. Los tipos
clínicos de las psicosis nos orientan en tanto nos permiten precisar la especificidad de la relación con el
cuerpo, con el Otro y con el semejante; las respuestas del sujeto respecto al vacío estructural, las crisis y
sus desencadenamientos. En este acercamiento voy a precisar otros conceptos claves que estructuran el
modo en que abordamos los casos clínicos: desencadenamiento, estabilización, transferencia.
Estabilizaciones
Las psicosis no se presentan con síntomas en estado agudo de manera constante. La psiquiatría clásica
supo tomar el criterio de la evolución del cuadro como un elemento diferencial: así la esquizofrenia
evoluciona con un deterioro importante y el saldo de cada crisis es la presencia de síntomas "negativos"; la
paranoia presenta una conservación de la personalidad y las psicosis circulares muestran una -aparente-
restitución ad integrum entre las fases de la enfermedad. Tal como lo situamos para el
desencadenamiento, es posible ubicar la lógica que rige entre momentos de crisis y de equilibrio.
Llamamos habitualmente estabilización (compensación es el término que se suele usar en los ámbitos
médicos) a la situación por la cual los síntomas pierden su vigor (o incluso desaparecen} y el sujeto se
encuentra en condiciones de retomar en mayor o menor medida algo de su cotidianidad.
Además "Con 'estabilización' Lacan designa un momento lógico al que ha podido arribar el proceso de la
enfermedad que sólo puede ser entendido en las coordenadas que brinda su teoría del
desencadenamiento" (Salinas, 2015, p.21 ). Pensar la estabilización en relación con el proceso de la
enfermedad, en su lógica, nos permite situar -retroactivamente- que es lo que sostenía a un sujeto antes
del desencadenamiento y también qué es lo que adviene como solución una vez que se ha producido el
encuentro con el vacío forclusivo.
Insisto en los términos solución, invención, artificio. Estos, tal como señalaba Freud respecto del delirio,
dan cuenta del intento de curación por parte del sujeto y nos permiten orientarnos clínicamente en una
des-idealización de la estabilización al resaltar el carácter singular y la lógica que la sustenta para cada
quién. A la vez que consideramos que la estabilización no responde a un ideal de normalidad (alguien que
sostiene su existencia fuera de la norma puede encontrar sin embargo su estabilidad).
Si bien es la manifestación más conocida no es conveniente considerar al delirio como un ideal
"psicoanalítico" de curación. El delirio estabiliza una significación posible si adquiere carácter metafórico,
pero no toda formación delirante es estabilizante. Un delirio funcionando metonímicamente puede ser
enloquecedor y el trabajo del sujeto (en ocasiones con un analista) puede permitir acotar su alcance para
que no se expanda a toda la realidad. Así como el caso Schreber nos muestra la pacificación que el sujeto
encuentra al ubicar en su delirio un perseguidor divino y una causa para dicha persecución; el caso de
Aimée, la paciente paradigmática de la Tesis de Psiquiatría de Lacan, enseña el despliegue del delirio de
persecución que no encuentra freno hasta el pasaje al acto homicida (única salida para Aimée, la vida de
su hijo estaba amenazada por las perseguidoras).
La afirmación freudiana (el delirio es intento de curación) subvierte la idea de que el síntoma debe ser
eliminado; por el contrario, el síntoma con el cual el sujeto restituye la realidad perdida tiene una lógica y
cumple una función. Y si bien Freud se refiere en el caso Schreber al delirio, existen otras formas de
encontrar una estabilidad
El fetichismo es un sustituto del pene, pero no sustituto de uno cualquiera, sino de un pene
determinado, muy particular, que ha tenido gran significatividad en la primera infancia, pero se
perdió más tarde.
Esto es: normalmente debiera ser resignado, pero justamente el fetiche está destinado a preservarlo de su
sepultamiento. Para decirlo con mayor claridad: el fetiche es un sustituto del falo de la mujer (de la madre)
en que el varoncito ha creído y al que no quiere renunciar.
He aquí el proceso: el varoncito rehusó darse por enterado de un hecho de su percepción, a saber, que la
mujer no posee pene. Laforgue diría que el muchacho “escotomiza” la percepción de la falta de pene en
la mujer. En esta situación parece que la percepción permanece y se emprendió una acción muy enérgica
para sustentar su desmentida. No es correcto que tras su observación de la mujer el niño haya salvado
para sí, incólume, su creencia en el falo de aquella. La ha conservado, pero también la ha resignado; en el
conflicto entre el peso de la percepción indeseada y la intensidad del deseo contrario se ha llegado a un
compromiso como sólo es posible bajo el imperio de las leyes del pensamiento ICC, de los procesos
primarios. Sí, en lo psíquico la mujer sigue teniendo un pene, pero este pene ya no es el mismo que antes
era. Algo otro lo ha reemplazado; un sustituto, que hereda el interés del primero, es más ese interés
experimenta un extraordinario aumento. Ahora se tiene una visión panorámica de lo que el fetiche rinde y
de la vía por la cual se lo mantiene. Perdura como el signo del triunfo sobre la amenaza de castración y de
la protección contra ella, y le ahorra al fetichista el devenir homosexual, en tanto presta a la mujer aquel
carácter por el cual se vuelve soportable como objeto sexual. En la vida posterior el fetichista cree gozar
todavía de otra ventaja de su sustituto genital.
Cabría esperar que, en sustitución del falo femenino que se echó de menos, se escogieran aquellos
órganos u objetos que también en otros casos subrogan al pene en calidad de símbolos. Acaso ocurre con
bastante frecuencia, pero sin duda no es lo decisivo. En la instauración del fetiche parece serlo, más bien,
la suspensión de un proceso, semejante a la detención del recuerdo en la amnesia traumática. También en
aquella el interés se detiene como a mitad de camino; acaso se retenga como fetiche la última impresión
anterior a la traumática, la ominosa. Entonces, el pie o el zapato, deben su preferencia como fetiches a la
circunstancia de que la curiosidad del varoncito fisgoneó los genitales femeninos desde abajo, desde las
piernas; pieles y terciopelos, fijan la visión del bello pubiano, a la que habría debido seguir la ansiada
visión del miembro femenino. Empero no pretendo aseverar que en todos los casos se averigüe con
trasparente certeza la determinación del fetiche.
Para mí, el esclarecimiento del fetiche tiene aún otro interés teórico. Hace poco, por un camino
especulativo, di con el enunciado de que la diferencia esencial entre neurosis y psicosis reside en que en
la primera el yo sofoca, al servicio de la realidad, un fragmento del ello, mientras que en la psicosis se deja
arrastrar por el ello a desasirse de un fragmento de la realidad. Pero pronto tuve ocasión de lamentarlo,
por el análisis de dos jóvenes averigüé que ambos no se habían dado por enterados, de la muerte de su
padre; la habían “escotomizado” a pesar de lo cual ninguno había desarrollado una psicosis. El yo había
desmentido un fragmento sin duda sustantivo de la realidad, como hace el yo del fetichista con el hecho
desagradable de la castración de la mujer.
Resultó, en efecto, que estos dos jóvenes no habían “escotomizado” la muerte de su padre más que los
fetichistas la castración de la mujer. Dentro de la vida anímica de aquellos, sólo una corriente no había
reconocido la muerte del padre; pero existía otra que había dado cabal razón de ese hecho: coexistían,
una junto a la otra, la actitud acorde al deseo y la acorde a la realidad.
Si vuelvo a la descripción del fetichismo, tengo que señalar que hay numerosas e importantes pruebas de
la bi-escindida actitud del fetichista frente al problema de la castración de la mujer. En casos muy
refinados, es en la construcción del fetiche mismo donde han encontrado cabida tanto la desmentida como
la aseveración de la castración. Un fetiche doblemente anudado a partir de opuestos, se sostiene
particularmente bien, desde luego. En otros casos, la bi-escisión se muestra en lo que el fetichista hace
con su fetiche.
Para concluir, es lícito formular este enunciado: el modelo normal del fetiche es el pene del varón, así
como ese órgano inferior, el pequeño pene real de la mujer, el clítoris.
F.3278: Lacan el seminario. Libro cinco: las formaciones del inconciente. Clases 20 y 23.
20: el sueno de la bella carnicera
Hay una diferencia entre la forma en que hablamos de las cosas del hombre y de la forma en que
hablamos del resto de las cosas, nos dice Lacan. Lo que llamamos formaciones del inconsciente es la
captura de cierto primario en el lenguaje, por eso se llamo proceso primario. El lenguaje marca este
primario y por eso se dice que el descubrimiento de Freud, el del inconciente, tiene su preparación en la
interrogación de dicho primario en la medida en que se detecto su estructura del lenguaje.
Anteriormente lacan dice que abordo la dialéctica del deseo y la demanda. En la demanda la
identificación se produce con el objeto del sentimiento, porque nada intersubjetivo podría establecerse si el
Otro no habla. O también porque es preciso que todo lo corresponden a la manifestación del deseo
primario se instaló en lo que Freud llamo la otra escena, y esto es necesario para la satisfacción del
hombre, porque al ser un ser hablante sus satisfacciones han de pasar a través de la palabra.
Se trata de ver cuando y como el deseo del sujeto, alienado en la demanda, profundamente
transformado por el hecho de tener que pasar por la demanda, puede y debe reintroducirse. El reajuste
profundo de los primeros deseos por la demanda es sensible en la dialéctica del objeto oral y
particularmente en la del objeto anal, y de eso resulta que el Otro con el que el sujeto se enfrenta en la
relación de la demanda esta, a su vez, sometido a una dialéctica de asimilación o de incorporación o de
rechazo.
Es a través del Edipo como el deseo genital es asumido y acaba ocupando un lugar en la
económica subjetiva. Pero sobre lo que trata de llamar la atención lacan es sobre la función de ese deseo
del Otro, en la medida en que permite la verdadera distinción entre el sujeto y el otro se establezca de una
vez por todas.
Comienza diciendo que Freud habla del deseo por primera vez y habla del apropósito de los
sueños. Toma el tercer sueno que Freud analiza que es el de la bella carnicera. Este ha sido el primero
con el que tropezamos que nos muestra la dialéctica del deseo y de la demanda, que es simple en el
histérico. Freud menciona que el proceso de la identificación histérica es más complejo que la imitación
histérica tal como se puede representar, y que va a mostrar por un ejemplo, que se debe a deducciones
inconcientes. El objeto humano sigue viviendo su pequeña relación particular con el significante, incluso
después de que un observador, behaviorista o no se haya interesado en su fotografía.
Su compasión se conmueve y hacen inconscientemente el siguiente examen (los histéricos): si esta
clase de motivos acarrea esta clase de crisis, yo también puedo tener esta clase de crisis. Ahí articula el
síntoma elemental con una identificación del discurso, con una situación articulada en el discurso, ¿Por
qué? Porque ella tiene los mismos motivos (la histérica).pero las cosas pasan en otro plano psíquico (el
icc) y conducen a la realización del síntoma temido. La identificación no es una simple imitación, sino
apropiación debida a una etiología idéntica: expresa un “como si” debido a una comunidad que persiste en
el inconciente. Apropiación no está bien traducido, sino tomado como propio.
La histérica se identifica preferentemente con las personas con quienes ha tenido relaciones
sexuales o que tienen las mismas relaciones sexuales con las mismas personas que ella. La lengua es
responsable de esta concepción, dos amantes forman uno dice Freud. Por ejemplo en este sueño, el
caviar tiene el papel de ser cosa, que para que esa cosa cumpla bien la función que tiene la misión de
cumplir, precisamente no se le dé.
El elemento desconocido del que Freud habla gira en torno a la articulación de la demanda y el
deseo. Si el sujeto necesita crearse un deseo insatisfecho, es que esta es la condición para que se
constituya otro real, que no sea del todo inmanente a la satisfacción reciproca de la demanda.
En el caso especifico del histérico, el deseo como más allá de toda demanda, en tanto que ha de
ocupar su función en calidad de deseo rehusado, desempeña un papel de primer orden. El histérico no
sabe que no puede ser satisfecho dentro de la demanda, pero es especial que nosotros lo sepamos. El
sujeto reconocerá su deseo tachado, su propio deseo insatisfecho en la medida en que le deseo del Otro
esta tachado. En este deseo tachado por intermedio de otro se produce el encuentro del sujeto con su
deseo mas autentico, el deseo genital. Por esa razón el deseo genital lleva la marca de la castración, de
determinada relación con el significante falo. Son dos cosas equivalentes.
● A su vez, el grupo de los consumidores los divide en dos subgrupos: los no adictos y los adictos.
2) critica el concepto de “la guerra contra las drogas”. Bajo este título se refiere a algunas respuestas
organizadas por algunos países, que con frecuencia copia de los narcotraficantes algunos de sus métodos
delincuenciales. En esta guerra el adicto no interesa para nada como sujeto sufriente, sino como uno de os
blancos a suprimir: un enemigo. Se supone ingenuamente que si desaparecieran los adictos,
desaparecerían luego los traficantes por falta de mercado. La consigna “guerra contra las drogas puede
leerse como la condensación de varias figuras retóricas:
● como un eufemismo: porque disimula contra quién es la guerra.
● Elevado al grado de consigna, ese eufemismo se explica por contener una prosopopeya, en la
medida que la sustancia química adquiere el estatuto antropomórfico de enemigo.
● Una metonimia: ya que “las drogas” son el desplazamiento hacia ese elemento inanimado, del
verdadero “objetivo”: el mercader o el consumidor.
La conducta adictiva por lo tanto, sólo en lo imaginario representa una “voluntad de goce”, ya que
para ciertos sujetos es la única defensa al alcance de la mano contra un goce-dolor que amenaza con
aniquilar el principio de placer como regulador de funcionamiento del aparato psíquico. Se trata de una
urgencia por cancelar el dolor del trauma pulsional. “Dolor” y “cancelación química” son términos
complementarios que se reclaman uno al otro, a tal punto que podemos deducir que el problema
del adicto es el dolor, por el mecanismo que emplea como defensa: la cancelación.
Allí donde el adicto toma el atajo de la cancelación toxica, el neurótico tolera el desvío que va del sujeto al
Otro por los carriles de la demanda. Donde el adicto recurre a la sustancia (o mejor a sus efectos que es el
verdadero objeto) el neurótico se dirige al Otro. Se trata de la necesidad de la intoxicación como acting out
de la dificultad para establecer la transferencia.
EL NEUROTICO HABLA (demanda al Otro) DONDE EL ADICTO SE INTOXICA (acción cancelatoria).
La droga del adicto es otra cosa que sustancia: es una creación del lenguaje que atraviesa su
realidad química.
La cancelación toxica entonces cumple además de una primera función cancelatoria (suprimir el
dolor), una segunda que llamaré de “restitución funcional”. Es decir: cancela el dolor, pero como
“suplemento” activa la fantasía en un intento de ligadura que transpone el goce pulsional a lo
placentero del fantasma, al menos parcialmente. Si hay goce en la intoxicación, queda acotado o
transformado en esa actividad placentera de un fantasear producido en forma inmediata, automática, con
un mínimo de trabajo psíquico.
Toda la actividad fantasmatica tiende a proporcionar un goce indirecto, limitado a los contornos de ese
“parque natural”. No obstante, a esta operación de la defensa le resulta imposible hacer pasar toda la
excitación pulsional por el parque natural de la fantasía; queda libre un resto irreductible. Es allí donde
vemos reaparecer el dolor, más o menos destructivo, según el volumen de lo que haya quedado fuera de
la ligadura, y que obligará a actos compulsivos de cancelación. En la intoxicación la reaparición del
dolor se produce masivamente al cesar el efecto artificial del químico: no es un fantasma, es un
“pseudo- fantasma”.
Si el mecanismo de la cancelación llevaba del goce, a la posibilidad de un pseudo fantasear pasivo,
su fracaso retrotrae nuevamente de la imposibilidad de la ligadura fantasmática, al goce. Pero ya no
se trata del goce como ligado a una representación placentera, sino del poder destructivo de goce del
Otro. Hemos llamado “giro a la pesadilla” al punto final del proceso que preanuncia la repetición de todo el
ciclo, donde la fantasía producida por el efecto del químico no ogra velar la angustia ante a invasión
pulsional, haciendo inevitable su retorno. Aun sin el “giro a la pesadilla” todo el circuito está destinado a
la repetición.
El dolor puede ser considerado como un “síntoma en lo real”. El sujeto carece de los mecanismos de
simbolización que puedan anudar el goce pulsional con el STE, para producir un síntoma neurótico. Esta
dificultad abre el camino a la cancelación toxica como vía casi obligada para interponer una barrera
química a la angustia.
La cancelación opera sobre la realidad, que está atravesada siempre por el deseo del Otro, la
castración.
Por último plantea una diferenciación del uso social de las drogas de antaño con el que podríamos
considerar más contemporáneo. Para esto, realiza una comparación entre dos grupos:
El movimiento Beatnik: que nació en los años 50. De esta rama provienen los hippies y los yippies (hippies
politizados). La droga funcionaba como un complejo discursivo dentro del cual existían relatos
compartidos.
El movimiento Junk: se encuentra huérfano de metáforas discursivas que sirvan de marco a la
satisfacción; se limita al aspecto puramente negativo de la cancelación: solo evitar el dolor. Intención que
si se vuelve compulsiva, aproxima el goce del adicto, al único goce real: el goce de la muerte.
F. 3338 Ons, Silvia: amor, locura y violencia en el SXXI. Cap. cinco: cortes en el cuerpo.
Síntomas clásicos y actuales
De todas las formas del inconciente el síntoma se destaca porque tiene una perdurabilidad en el
tiempo que otras no. El síntoma caracteriza nuestra singularidad, Lacan propone saber hacer con ella, una
vez que el síntoma se ha reducido, transformado y es para el fin de un análisis funcional al sujeto
descubrió que no se trataba solo de una formación sustitutiva sino que conllevaba una satisfacción
sustitutiva y libidinal que lo hacía rebelde al cambio. Como formación sustitutiva es interpretable a modo
de una metáfora. Pero como satisfacción sustitutiva no expresa solo un mensaje sino que atesora un
goce que indica el carácter inercial de la libido. Si para Freud los síntomas se articulan con la verdad, esta
estará ligada al polo pulsional: el síntoma no es solo formación sustitutiva, sino también una satisfacción
sustitutiva.
En el síntoma la pulsión apunta a la satisfacción. Así el síntoma freudiano quiere la satisfacción más
que la comunicación. Este no tiene derecho ni revés, es una formación transaccional en la que sus
compuestos se ubican en una misma cara.
La sola experiencia del síntoma no basa para desencadenar el pedido de análisis. Este puede
ocasionar sufrimiento, malestar, pero si no hay una pregunta sobre el síntoma, la puerta al dispositivo
analítico estará cerrada. El síntoma se basta a sí mismo y no necesita del Otro, dice Lacan. El paso hacia
el análisis implica siempre una transformación, ya que supone la creencia de que el síntoma quiere decir
algo que habrá que descifrar. Dimensión que ya incluye al Otro.
Angustia y dolor
En la clínica actual se presentan ciertos síntomas en los que no encontramos estructuración, por
ejemplo cortes en el cuerpo. Es difícil ahí hallar una expresión metafórica. Los cortes son buscados, los
sujetos se reconocen como sus agentes y a veces no son objeto de padecimiento sino que evitan
padecimientos. La automutilación es el sucedáneo de una decepción amorosa que da lugar a un quantum
de angustia que no cesa, y la imposibilidad de desprenderse de ella lleva a trasladar esa operación al
cuerpo. Las heridas confirman que hay un cuerpo, el dolor prueba su existencia, las marcas sellan que no
se ha perdido. Si para Freud los síntomas evitan el desarrollo de la angustia, se tratara de pensar en estos
casos de qué tipo de angustia se trata y de la manera en la que los cortes funcionan como suplencias
sintomáticas.
La estructura perversa
Un fetiche no es un síntoma del que el sujeto padece, no es egodistnico, sino ego sintónico. El
perverso no busca deshacerse de su perversión, esta no se cura porque no es una patología, como si
se consideraba anteriormente en la psiquiatría. Nos interesa acercarnos a qué es normal en la
estructura de perversión. Vemos que esta es una respuesta a la castración, no a cualquiera sino a la
castración de la madre. Lo que pretende desmentir el fetichista es la realidad de los genitales
femeninos, erigiendo el fetiche como un sustituto del falo materno faltante. Guarda cierto aspecto
fallido el “horror a la castración” que condujo al sujeto a levantar un “monumento recordatorio” y el
objeto fetichista resulta hijo o descendiente de eso que se procura desconocer.
Lacan menciona dos coordenadas del asunto de la estructura perversa:
1) una retracción del componente imaginario y biográfico (la propia madre) a la categoría simbólica del
otro
2) bajo la premisa del carácter siempre parcial de la pulsión (aun en la neurosis), la disolución del
enlace: perversión /acto sexual (“anormal”) y la consecuente ubicación del asunto en un plano que
trasciende el dormitorio.
La estructura perversa tiene que ver con un modo de relación al otro, que se puede ver mas allá de las
“aberraciones sexuales” (sin excluirlas necesariamente) y que implica una serie de maniobras para
salvaguardar la entereza del otro, de conservarlo intacto.
Lejos de la idea de libertad, los perversos toman sobre si una trabajosa tarea de eclipsar la falta del
Otro, su incompletud. Si el sujeto perverso se dedica a “tapar el agujero en el Otro”. La estrategia para
esto es identificarse con eso que encastra en la falta, o eso que es su correlato, su resto, el objeto a,
cosa a la que el masoquista se aproxima de una forma impecable, el es el residuo, vertiente del a en
tanto que “desecho”. Exhibicionismo, voyerismo, masoquismo, sadismo, implican diferentes estrategias
por las que el sujeto perverso se ofrecerá como “a” del Otro.
Perversiones transitorias
Se trata de ciertos raptos de perversidad en sujetos no necesariamente perversos desde el punto de
vista de su estructura, y que pueden darse en el marco de un tratamiento. De ahí anticipamos que se
asocia a la noción de acting out. En ese caso, tales raptos son referidos específicamente al tema de la
sexualidad, en el sentido de actos sexuales y pueden disolverse o interrumpirse de forma repentina.
Lacan hace referencia a esta modalidad de perversión como reacciones perversa de pacientes,
advenidas a partir de una particular interpretación del analista.
Ficha 3322 – Scandalo – Otras formas de presentación del síntoma
1. El proceso diagnóstico
El diagnóstico en psicoanálisis consiste, desde nuestra perspectiva, en el trabajo por el cual el analista
se ubica en el campo transferencial del paciente, para hacer posible desde allí una manifestación más
nítida del síntoma en tanto expresión de un saber inconciente que concierne y divide al sujeto que lo
padece. El resultado del proceso no es solamente una etiqueta o código diagnóstico sino una puesta en
forma del síntoma en un vinculo transferencial que supone al menos una experiencia del inconsciente. El
síntoma no es algo ya dado al comienzo del proceso, sino que se completa en la transferencia, incluyendo
al analista como uno de sus componentes: aquel a quien el síntoma en tanto mensaje inconsciente está
dirigido. En el proceso diagnóstico intervienen ya los efectos del dispositivo y de la intervención
psicoanalítica, en la medida en que esos efectos hacen posible una formulación más explícita del
padecimiento subjetivo.
Para situar el diagnóstico en psicoanálisis tomaremos inicialmente como referente la posición tradicional
del médico respecto del diagnóstico. El diagnóstico médico se sostiene en el hecho de que “el lenguaje
médico dará cuenta de la enfermedad ( ... ) descubriendo sus 'causas naturales", las únicas que forman
parte del discurso médico, así como habrá constituido otros síntomas en hechos, y los habrá reagrupado
en síndromes”.
Este discurso que se ocupa de la enfermedad se funda a sí mismo en el rechazo del discurso del enfermo
en tanto sufrimiento, en tanto goce. El discurso médico sólo captura la queja por el sufrimiento en la red de
signos de ese mismo saber médico. Captura que se materializa por la escritura del síntoma localizándolo
dentro de un síndrome y otorgando sentido a un goce que parece ser reintegrado por una operación que
rechaza el discurso del enfermo sobre su malestar. Por ello, este diagnóstico, que involucra la correlación
de un significado con un signo ya instituido, implica un proceso que excluye el lugar del sujeto, en tanto se
halla gobernado por la aspiración científica.
En nuestra práctica tal correlación entraña lo que solemos denominar un "diagnóstico desde fuera" y la
vemos funcionar cuando le es otorgado a cierto elemento el carácter de patognomónica, es decir, cuando
se toma una cierta característica del caso como suficiente para establecer el diagnóstico.
Hemos verificado que sólo en una parte menor de los casos sometidos a estudio se ha podido llegar a un
diagnóstico sin ambigüedades. En la mayor cantidad de casos verificamos que si bien el diagnóstico no
era difícil per se, era posible poner en cuestión los diagnósticos presuntivos. Para ello era suficiente aislar,
durante la evaluación diagnostica, cierto rasgo que tomaba al caso "sospechoso" de ser “otra cosa” de lo
que primariamente podía sostenerse. Mediante esta utilización del ''elemento patognomónico" es posible
poner en cuestión cualquier diagnóstico, ensayo que ha sido realizado con frecuencia con los historiales
freudianos. En cambio, la exigencia de llegar a un “diagnóstico desde dentro del caso” obliga a revisar los
indicadores que habitualmente orientan a los psicoanalistas.
Nuestra definición de proceso diagnóstico en psicoanálisis, en primer lugar hace necesaria una
diferenciación entre diagnóstico y proceso diagnóstico. Como se deduce de dicha definición, el
diagnóstico es uno de los resultados (no el único) de este proceso. Consiste en la atribución clasificatoria,
respecto de una determinada presentación clínica de una categoría nosológica (neurosis, psicosis,
perversión).
Por otro lado, también se separa del diagnóstico tradicional respecto de su objeto. Tal como señala Soler:
"un diagnóstico consiste en concluir sobre la estructura, no tanto de la persona, sino sobre la estructura del
material clínico que el paciente presenta". ¿Cuál es ese material clínico? No otro que el discurso del
analizante-
Al entender el diagnóstico como proceso suponemos en su devenir el paso de un estado a otro, que
implica al menos dos tiempos lógicos, un trabajo del lado del analizante, y una operación del lado del
analista.
Si tal trabajo tiene por objeto "hacer posible desde allí una manifestación más nítida del síntoma",
suponemos entonces cierta opacidad inicial del síntoma, un estado primero que hace de él algo difuso. El
síntoma con frecuencia se presenta bajo distintas máscaras: la neurosis en cuanto defensa contra el
síntoma, los trastornos que toman del muro de lenguaje con que la cultura engrosa día a día los emblemas
ele su autodiagnóstico.
El vocablo “proceso” es definido como “Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una
operación artificial”. Por lo tanto un proceso, en su expresión mínima, supone:
● Un estado inicial que constituye su primera fase, que en nuestra clínica remitimos a las
modalidades de presentación del padecimiento subjetivo.
● Un estado posterior que constituye su segunda fase, del cual el estado inicial es antecedente.
● Al menos una operación que hace posible el pasaje o sucesión de un estado a otro.
Intentaremos dar cuenta ele los de los indicadores clínicos de los estados iniciales del proceso
diagnóstico, así como de los pasajes que se derivan de tales estados.
a. El motivo de consulta
La influencia médica restringe el motivo de consulta al padecimiento que conduce al paciente a buscar la
intervención de un profesional. En cambio nuestra práctica nos obliga a extender su sentido ya que son
numerosos los casos en los que el motivo de la consulta no coincide con el padecimiento, si restringimos
el uso de este último término a alguna de las modalidades que Freud aisló: inhibición, síntoma o angustia.
El padecimiento puede estar inicialmente velado y la razón de la consulta asume una infinidad de motivos.
desde pedidos de certificados, las pretensiones de un juicio respecto de lo correcto o incorrecto de una
posición propia o de un allegado, hasta las variantes del "conocerse más a fondo", la aspiración de
optimizar talentos o afectos, etc.
El motivo de consulta es “aquello que empuja a ese primer punto de encuentro entre el analista y el
paciente" y es lo que nos permite verificar la variedad de argumentos con los que el paciente intenta
justificar ante el terapeuta por qué se debe prestar oídos a lo que viene a traerle, constituyendo una
articulación primera de la demanda.
Nos enseña tanto el lugar en que se ubica el paciente como el que le atribuye al Otro en estos momentos
iniciales del tratamiento. Así no es lo mismo el desamparo neurótico que busca del Otro la salvación, que
el psicótico que llega a presentar al Otro los hallazgos para la solución de su síntoma.
Entramado o no al motivo de consulta, otro vector que se hace presente es "la ocasión de la consulta":
episodio o circunstancia, encuentro que determina que el sufriente consulte a un profesional. Suele ser de
gran valor diagnóstico esa brecha que se presenta entre los comienzos del padecer del paciente y la toma
de decisión de consultar por eso.
Entendemos a “la ocasión de enfermar” como ese elemento que ya Freud distinguía en la causación ele
la neurosis: el traumático "vivenciar accidental del adulto". Tal “acontecer traumático del adulto”, es el que
lleva a la formación de síntoma en tanto solución al conflicto patológico. Pero justamente en cuanto la
ocasión de enfermar deriva en una solución, no deja ele anudar la estructura, por lo que no
necesariamente lleva a la consulta. Es en el fracaso de tal anudamiento que la enfermedad eventualmente
termina de constituirse como defensa contra el síntoma.
Si bien la descripción freudiana se limita a la neurosis, es evidente que en las psicosis se presentan
muchas veces modalidades de estabilización que le permiten al enfermo arreglárselas con los avatares de
la vida, mientras que al perverso la fijeza en la modalidad ele goce le brinda un discurrir que lo mantiene a
distancia de la angustia.
Por otra parte, en los casos estudiados, fue posible con frecuencia ubicar aquella encrucijada vital que hizo
fracasar la solución sintomática. Y es a tal encrucijada a la que entendemos como la ocasión de la
consulta.
En la distancia que media entre la ocasión de enfermar y la de la consulta, se han destacado dos
elementos con valor diagnóstico: por un lado, el auto-tratamiento que el paciente ha realizado en el
intervalo y que le sirvió para alcanzar una cierta estabilización: por el otro, las características del elemento
desencadenante frente al cual la homeostasis no puede recuperarse.
Al hacer referencia, en nuestra definición de proceso diagnóstico, al ''trabajo por el que el analista se ubica
en el campo transferencial del paciente" explicitamos que tal proceso implica una operación inaugural del
lado del analista (y no una mera espera a que "algo suceda").
Es justamente la transferencia el indicador diagnóstico con mayor incidencia en los casos estudiados. Los
avatares de la instalación de la transferencia en el proceso diagnóstico. tanto en pacientes recelosos que
vienen porque alguien o alguna circunstancia los conminó, como en aquellos otros que orientaron sus
pasos buscando una terapia o pidiendo abiertamente un análisis, dan cuenta de su valor diagnóstico.
Tanto es así que suele ser frecuente llegar a verificar por el despliegue transferencial una neurosis aún
quedando en la indefinición diagnóstica a qué tipo de neurosis corresponde. Como dice Freud: una
"neurosis recién creada y recreada (…) sustituye a la primera". Esta nueva neurosis es la primera que
conseguimos aprehender, siendo la anterior muchas veces inescrutable
Por su lado, hemos apreciado cómo la psicosis sanciona prestamente y con todo rigor al practicante que
con su intervención ha excedido el límite y la función atribuidos al mismo en el tratamiento. En su lugar. el
perverso se apodera de la escena transferencial arrasando el lugar del analista al cual sólo le deja los
límites necesarios para repetir su escena.
Hasta aquí nos hemos limitado a apreciar la transferencia en su faz fenoménica. Si damos un paso más y
la abordamos desde el vector intencional que implica a los móviles y las características de la relación al
Otro, constatamos tres formas de este lazo:
❖ La demanda al Otro donde incluimos todas las articulaciones de la demanda: demanda ele
curación, reconocimiento, amor. demanda de satisfacción, etc. Lacan plantea la articulación ele
este lugar como aquel a ser encarnado por el analista: "Ese Otro nos interesa en tanto que
nosotros, analistas, tenemos que ocupar su lugar”. Y evoca respecto del carácter de tal lugar su
fórmula del Sujeto Supuesto Saber en tanto el analista no podría ser concebido como un lugar
vacío, el lugar de inscripción -el lugar es un poco diferente- el lugar de resonancia de la palabra del
sujeto.
A dicha fórmula queda articulada la demanda como punto ele partida: "El sujeto viene con una demanda.
Esta demanda, es sumario hablar de una demanda pura y simple originada en la necesidad; la necesidad
puede venir ( ... ) a presentificarse, a autentificarse en la relación analítica. Está claro que el sujeto en el
punto de partida se enfila en la demanda, pero de esta demanda, tenemos que precisar su estatuto." Dicha
precisión del estatuto de la demanda conduce o bien a una toma de posición del sujeto frente a su
demanda o bien puede conducir a la transformación de la misma. En el proceso diagnóstico aspiramos
que se presente corno una variable de la demanda de desembarazarse del síntoma.
❖ El rechazo del Otro presentación características ele los cuadros ele anorexias, bulimias y
adicciones, donde la relación con el objeto es solidaria ele un desentendimiento respecto del Otro.
❖ La mostración al Otro, donde incluimos las presentaciones cuya modalidad privilegiada es el
acting-out. Si bien estarnos acostumbrados en nuestro ámbito a entender el acting-out corno un
correctivo al analista, en muchos de los casos trabajados es evidente que el llamado al Otro se
abre camino por la vía de una puesta en escena inaugural.
❖ Ahora bien, esta posición mostrativa no conduce a un diagnóstico: podemos encontrarla tanto en la
neurosis corno en la psicosis y en la perversión. En las neurosis, por no tener otro medio para
sostenerse el sufriente en cuanto deseante, siendo el movimiento inicial dentro ele esta
''transferencia sin análisis" constituir la dimensión del Sujeto Supuesto Saber en el lugar del Otro.
En cambio. el sujeto psicótico "es tornado" por el Otro y desde el lugar del Otro, como un objeto a
injuriar o bien a ama1·. Este hecho decisivo, que es desde el Otro de donde provienen las
atribuciones persecutorias o erotomaníacas, puede o no ser absorbido por el delirio, y aun en
ciertas condiciones. funciona para el sujeto como una nominación. Frente a este mecanismo
transferencial Lacan define la posición que conviene al analista, no la de promover la suposición de
saber. sino la de testigo.
Especial atención requiere esta modalidad de presentación respecto de la perversión. La misma conlleva
lidia1· con las dificultades de esta mostración en cuanto manifestación de la estructura, es decir,
mostración de un saber sobre el goce. Estar advertido de lo que se muestra allí respecto de lo contingente
del órgano es fundamental entonces para no extraviarse respecto del diagnóstico de perversión. Extravío
que es frecuente observar en nuestro trabajo de investigación y en que podemos decir que, más allá de las
dificultades propias del practicante, tiene su peso el prejuicio de que "los perversos no consultan" o bien
que "son inanalizables", lo cual facilita el siguiente fenómeno: al perverso se lo escucha, se lo atiende, a
condición de no diagnosticarlo como tal.
Tales pasajes, más allá de su diversidad, tienen una dirección univoca: tal como sostenemos en nuestra
definición de proceso diagnóstico, se trata de "hacer posible desde allí una manifestación más nítida del
síntoma en tanto expresión de un saber inconciente que concierne y divide al sujeto que lo padece''.
Si se le supone al síntoma un querer decir a ser descifrado, este "querer decir" implica:
● En principio la suposición de un saber que encarna el síntoma. Como sostiene en otro lugar Lacan
''hay siempre en el síntoma la indicación que él es cuestión de saber."
● Por otra parte, una intencionalidad implicada en ese "querer" del querer decir, pues ¿Quién es el
que quiere? Un sujeto. Es decir, la suposición de un sujeto como aquel agente que responde a tal
saber. Este sujeto que emerge como hipótesis respecto del saber inconciente es un efecto del
dispositivo, una suposición que se produce como significación del saber inconsciente.
Concebimos a tal sujeto corno el efecto de división que el lenguaje produce en el ser hablante, entre la
determinación inconsciente que hace de él una marioneta alienada en un saber que desconoce, y la
respuesta que lo separa y le permite responsabilizarse de su posición.
● Por último, la dirección al Otro, es decir la demanda, deriva de la creencia en eso que el síntoma
quiere decir y su correlativo desciframiento. Debido a ello sabemos que no se encuentra al síntoma
formalizado desde el comienzo; será necesario que entre en transferencia, que se complete en la
transferencia incluyendo al analista.
Es evidente que el síntoma que va a incluir "al analista como uno de sus componentes", el síntoma que en
un trayecto de la cura se deja leer como mensaje inconsciente, es el síntoma neurótico. Así, que el
síntoma quiera decir y que eso lo lleve a alguien al Otro que descifre lo que eso quiere decir, es propio de
la neurosis: ''Sé que hay que descifrarlo pero no tengo la llave".
En la psicosis se sabe que eso quiere decir, pero el analista no tiene el saber, ni se le dirige la demanda
de descifrarlo. El perverso goza del secreto que posee (si él lo posee, los otros no). Entonces, si la
dimensión del saber en el síntoma es común a las neurosis, las psicosis y las perversiones, no es la
misma para los tres tipos, implicando una diferenciación respecto de los tipos clínicos.
Sólo en las neurosis tal saber funciona corno llamado respecto de Otro. En las psicosis, el saber se
petrifica corno certeza, mientras en la perversión aloja la dimensión del secreto que él posee respecto del
Otro, el secreto que daría la cifra del goce del Otro.
Previa a la puesta en forma de la relación del síntoma al saber, nos toparnos con las presentaciones
subjetivas propias de esta relación, solidarias con lo anteriormente descrito:
- Lo que apreciamos como el "amor al saber'', que se manifiesta como una pasión por el sentido dando
lugar a ese "sentido nuevo" que adquieren los síntomas en el vínculo transferencial.
- Un “No quiere saber", posición opuesta a la anterior y coherente con una relación al otro que privilegia la
vertiente imaginaria de la transferencia, caracterizada por Lacan en el esquema lambda con el eje a-a.
Ambas formas sin embargo implican la faceta resistencial de cierre del inconciente que destaca Lacan
cuando advierte que "El amor, sin duda, es un efecto de transferencia, pero es su faz de resistencia. Los
analistas para poder interpretar, tienen que esperar que se produzca este efecto de transferencia y, a la
vez, saben que hace que el sujeto se cierre al efecto de la interpretación."
- Por último, la posición que se podría enunciar como un "No hay nada que saber", que es definida como
rechazo del inconciente. Rechazo que ya Freud ubicaba como una resistencia "contra el análisis en
general y, por ende, contra la curación".
Finalmente, al afirmar en nuestra definición de proceso diagnóstico que en él ''intervienen ya los efectos
del dispositivo y ele la intervención psicoanalítica, en la medida en que esos efectos hacen posible una
formulación más explícita del padecimiento subjetivo" entendemos que la suposición de un saber que tiene
como referente a un sujeto, desemboca en la suposición de un sujeto al sufrimiento. Lo que nos permite
reformularlo como "padecimiento subjetivo". Designarnos a tal padecimiento entonces como distinto del
padecimiento objetivable, medible y cuantificable. así corno del padecimiento meramente orgánico.
Sabemos que el diagnóstico psicoanalítico no tiene como objetivo, (como sucede en otras terapéuticas)
producir efectos directos sobre e! analizante. No operan sobre el paciente imprimiéndole un código (o,
como solemos decir. una "etiqueta'') que deviene con frecuencia objeto de identificación ni incluyéndolo en
una categoría que lo reenvía al lazo social bajo la égida su nuevo grupo de pertenencia psicopatológico y
anónimo (''alcohólicos". fóbicos, anoréxicos etc.). Ejerce en cambio efectos no menores sobre el analista,
en tanto orienta sus decisiones respecto del tratamiento. Partiendo de una lectura de elementos clínicos
por parte del analista, influye luego en sus decisiones.
En cambio, el proceso diagnóstico en psicoanálisis, y en ello consiste su originalidad e interés, tiene per se
efectos directos sobre "aquel que sufre", efectos que nos ocupamos de distinguir en publicaciones
anteriores de este anuario: efectos catárticos derivados de la posibilidad muchas veces novedosa de tomar
la palabra, efectos terapéuticos que difieren del retorno a un estado anterior en cuanto afectan la
economía libidinal del sujeto, efectos analíticos en cuando supone un pasaje por las determinaciones
subjetivas respecto del deseo y el goce.
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UNIDAD 3 - PRACTICO
Suplencia
La utilización del término suplencia en relación a las psicosis es referida generalmente a la denominada
“últimaenseñanza de Lacan”. El uso del término por parte de Lacan puede remontarse a El Seminario 4. La
relación de objeto y a “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”.Ya desde ese
momento se relaciona con la cobertura de una falta que se lleva a cabo con elementos de otro registro;
estableciéndose una diferencia con el mecanismo de sustitución. Suplir, en el DRAE, se define según
cuatro acepciones. La primera, cumplir o integrar lo que falta en algo, o remediar la carencia de ello. En
segundo lugar; ponerse en lugar de alguien para hacer sus veces. Luego: reemplazar, sustituir algo por
otra cosa. Finalmente: disimular un defecto de otra persona. Vemos que su campo semántico abarca tanto
el reemplazo en lugar de lo ausente como el remedio, por ese acto, de la carencia o el defecto.
En los términos de nuestra lengua, suplencia se diferencia también de suplemento. Este último es un
agregado quecompleta, al sumarse, a algo que no se modifica por su integración. En El Seminario 23. El
sinthome, Lacan se refierea la función suplementaria del nombre del padre, más no necesariamente es
ésta de suplencia.
¿Qué huellas hallamos de éste término en Lacan? En El Seminario 4. La relación de objeto (1956-57)
encontramossu uso en referencia a la fobia y la función del padre. “Para Juanito, se trata de encontrar una
suplencia para ese padre que se obstina en no querer castrar” (Lacan, 1956-57:367), falla en el lugar del
padre que deja al pequeño enuna encrucijada “ya vemos dibujarse el modo de suplencia que le permitirá
superar la situación primitiva, dominadapor la pura amenaza de devoración total por parte de la madre”
(Lacan, 1956-57: 369). Se produce una convocatoria aipadre como “perforador” (según los fructíferos
fantasmas del pequeño), pero ante su carencia Juanito desarrollauna solución que “no es sino una
suplencia”. Esta especificación de la solución por el término suplencia es aclara-da de la siguiente manera:
“...si la solución no es sino una suplencia, es porque de alguna formase ve impotente para hacer madurar -
permítanme esta expresión, en este caso no se trata de maduración instintual o para conducir en una
dirección que no lleve a un callejón sin salida el desarrollo dialéctico de la situación” (Lacan).
La construcción que suple la carencia del padre en su función castradora es significante, en tanto Lacan
demuestradicho estatuto en el objeto fóbico. La solución, sin embargo, deja detenido al sujeto en el
sintoma. Recordemos también que la mentada carencia paterna es un concepto más propio del
psicoanálisis contemporáneo a Lacan que de su cosecha.
Justamente, en “De una cuestión preliminar...”, escrito contemporáneo en su producción al seminario
sobre La relación de objeto; la referencia en términos de suplencia es a Flechsig cubriendo el vacio de la
forclusión. “No cabe duda que la figura del profesor Flechsig, en su gravedad de investigador, (...) logró
suplir el vacío bruscamente vislumbrado de la Verwerfung inaugural (“¡Pequeño Flechsig!” claman las
voces). Esta indicación nos muestra la relación entre agujero (ahora en lo simbólico, efecto de la
forclusión) y lo que remedia, cubre, suple (voz alucinatoria, retorno en lo real). Al tiempo que sugiere una
relación entre suplencia y psicosis que no necesariamente implica estabilidad, pacificación para el sujeto.
La relación entre registros es planteada también, a propósito de las psicosis, en El Seminarlo 5. Las
formaciones del inconciente: “...pero pienso que lo que ustedes han comprendido en ese seminario sobre
la psicosis, es que, si no es su último resorte, al menos es el mecanismo esencial de esta reducción del
Otro, del gran Otro, del Otro como sede de la palabra, al otro imaginario, esta suplencia de lo simbólico por
lo imaginario, e incluso cómo podemos concebir el efecto de total extrañeza de lo real que se produce en
los momentos de ruptura de ese diálogo del delirio”.
Lacan se refiere al curso sobre las psicosis como aquel en que ha mostrado la importancia del mecanismo
de la Verwerfung. La suplencia de lo simbólico por lo imaginario es una descripción de lo que acontece en
la psicosis: reducción del Otro de la palabra al otro imaginario.
En un inicio, la significación del término suplencia se orienta a aquello que cubre una falta con elementos
de otro registro (a diferencia de la sustitución, operatoria interna a lo simbólico); en su funcionamiento no
se produce necesariamente estabilización, Lacan lo ubica en relación al Nombre del Padre forcluído o a la
carencia paterna (en la fobia de Juanita); pero en años posteriores de su enseñanza se extiende aún más
el campo de aplicación del término suplencia, modificación correlativa de la precisión del síntoma como
goce y de la articulación del nombre del padre como denominación, ya no sólo como función metafórica.
Este movimiento se produce lógicamente en la obra de Lacan al ubicar un resto inasimilable en lo
simbólico, al Otro estructuralmente atravesado por la falta. Ei agujero en la constitución subjetiva es
ineliminable para el sujeto en tanto se encuentra mortificado por el significante y por la nadificación en que
éste lo constituye: no hay ni habrásignificante que lo represente, y el goce está perdido, sólo restan al
sujeto prácticas de recuperación de plus-de-gozar. No hay relación/proporción sexual es uno de los
nombres del imposible, agujero constitutivo.
En tanto bordeamiento de un agujero, la suplencia puede ser considerada generalizada. Su sentido se
amplía al punto de que los recursos de un sujeto (síntomas, actos, etc.) llegan a ser considerados, en
algunas elaboraciones psicoanaliticas, suplencias, en cuanto se inscriben en torno al vacío constitutivo del
hablante.
Usos de suplencia
Señalemos que se presenta tanto ligado al remiendo del Nombre del Padre forcluido (siguiendo el modelo
de Joyce) como al delirio schreberiano. En éste no se contaría con una suplencia del Nombre del Padre
como cuarto elemento, sino con “una suplencia interior al nudo de tres”, la metáfora delirante que instituye
una nueva significación en el lugar de la significación fálica que no se ha producido.
J.C. Maleval distingue formas de estabilización o compensación. Por un lado, considera las “prótesis” (las
identificaciones imaginarias o la asunción de ideales de un allegado). Y por otro lado, las suplencias,
tomando el término en referencia al modelo Joyce y al trabajo de Lacan de 1975: “Hablar de suplencia
parece implicar, pues, la referencia a una construcción significante adecuada para producir un
encuadramiento del goce mediante la restauración de un anudamiento” .Restringe entonces la aplicación
de este concepto y lo incluye en el campo semántico del sinthome, a la vez que lo considera una forma de
estabilización.
Por su parte, los autores reunidos en el libro “Lacan, efectos en la clínica de las psicosis” (1993) utilizan el
término suplencia en estrecha relación con la estabilización y el delirio en tanto otorga una “misión” que
suple el S1 ausente o bien con el concepto de sinthome, tomando la referencia de la elaboración
Lacaniana acerca del desanudamiento y su arreglo en Joyce.
“Lo que suple la relación sexual es precisamente el amor" (Lacan 1972-73:59) es una frase extraída de El
Seminario 20 que aplica, en su sentido amplio, la denominación suplencia también al amor. Conviene no
precipitarnos sobre esta articulación, formulada por Lacan cuando está refiriéndose al amor cortés, en el
cual no se trata (solamen-te) del imposible encuentro estructural sino de una práctica amorosa que excluye
el acto sexual en el sentido máscorriente de este término, en el sentido de encuentro de los cuerpos.
Además, ese modo de enunciar tomado aisladamente produciría el efecto opuesto -restrictivo- al que
venimos comentando ¿se trata de que sólo el amor suple la relación sexual?
La generalización de estos términos no arroja precisiones sobre el modo particular de articulación del amor
en las psicosis, si es que lo hubiera. Las coberturas del agujero constitutivo del hablante son consideradas
suplencias (incluso cuando no cumplan la función de abrochar goce y sentido), por lo tanto el amor en la
psicosis no implica alguna solución particular. O bien, considerarlo suplencia nada nos dice de cómo sería
un amor “no suplente”.
A su vez, si el amor suple la (no) relación sexual... encontramos la dificultad ya mencionada por su sentido
amplio ¿qué, de lo que se inscribe alrededor del agujero, no es suplencia?
Sinthome
Por un lado, la elaboración Lacaniana va configurando la necesidad de un cuarto elemento que anude real,
simbólico e imaginario; el sinthome será ese cuarto elemento, postulado para todo tipo clínico, cuyo
funcionamiento es solidario de la consideración del padre como nominación en cada uno de los registros y
del pasaje del Nombre del Padre de S2 a S1.
El alcance del concepto de sinthome puede apreciarse en contrapunto con el síntoma. Es el recurso
elegido, porejemplo, por F. Schejtman y otros en la compilación Elaboraciones Lacanianas sobre las
psicosis (2012), donde se traza una comparación con dos formas de entender el síntoma en Lacan
(metáfora y letra) justamente para señalar que no se confunden con el sinthome. El síntoma- metáfora se
inscribe en la vertiente de las formaciones del inconciente, producto de la represión; en tanto la
perspectiva del síntoma- letra subraya sus efectos de goce irreductibles a la sustitución significante (la
letra escribe el Uno de un inconciente concebido como enjambre de S1, y produce así una fijación de
goce). Ambas vertientes recogen aspectos del síntoma destacados por Freud a partir de las posibilidades
y los escollos de la clínica. En particular la dimensión de satisfacción sustitutiva es acentuada al dar cuenta
de lo irreductible y lo que resiste a la reducción interpretativa. El síntoma, goce en su naturaleza, debe ser
atrapado en la transferencia.
El sinthome justamente existe a los tres registros, permitiendo que se enlacen. “Es algo que permite a lo
simbólico, lo imaginario y lo real mantenerse juntos.” Es propuesto como una reparación de la falla del
anudamiento, como un remiendo del “lapsus del nudo”. Un eslabón nuevo que se agrega para remediar en
el punto mismo donde se produjo el fallo. A esta reparación Lacan la llama también “corrección,
compensación, suplencia”. El resultado preciso de esta reparación es que los eslabones no se tornan
equivalentes, se conserva la distinción entre registros. Además, el lugar donde se produjo el fallo solo se
conoce a posterior, retroactivamente, leyéndolo desde el sinthome que se ha construido. A partir de su
conceptualización en el que puede considerarse un paradigma, Joyce; el sinthome sin embargo no se
circunscribe a la reparación de la Verwerfung (ya sea considerada como rechazo de lo simbólico o bien
carencia “de hecho”). El “error de anudamiento”, lejos de ser imputable a una estructura mal armada, se
constituye en estructural, otro nombre del “no hay relación sexual”. Y el cuarto elemento suplementario que
enlaza a los registros se torna necesario en las neurosis; realidad psíquica, complejo de Edipo, Nombre
del Padre cumplen esa función que les ex-siste.
En el caso particular de las psicosis, el sinthome permitiría sostener una estabilidad, pero no convierte a la
falla reparada en una propiedad del nudo que sería propia de las neurosis (borromeica), en la cual no hay
interpenetración de los registros conservándose así los agujeros específicos de cada uno de ellos.
La aplicación del concepto de sinthome a la clínica de las psicosis ha sido utilizada para dar cuenta de
estabilizaciones no delirantes, cuya eficacia puede aplicarse a sujetos que no han manifestado síntomas
de psicosis desencadenada. Algunas otras derivaciones del uso del sinthome en la conceptualización del
tratamiento de las psicosis implican la postulación de una tarea de "hacerse un nombre” en tanto esta
función ha fallado por la forclusión del significante del Nombre del Padre en la nominación simbólica,
siguiendo el modelo de lo señalado por Lacan en el caso de Joyce, quien habría construido un “ego de
suplencia” merced a su obra publicada y su constitución como “artista”.
La mujer guante
Intentaremos, en consecuencia, no producir un (repetido) comentario de las frases emblemáticas de El
Seminario23. Tomaremos al Joyce de Lacan más como objeto teórico que como referente empírico; a los
fines de extraer las peculiaridades que éste objeto Lacaniano podría aportar acerca de las psicosis.
Condicionalmente, y a los fines denuestra investigación, partiremos de la siguiente hipótesis (una de las
más consensuadas) en torno de Joyce; paradigma de cómo un sujeto que no cuenta con la inscripción del
Nombre del Padre en su función nombrante puede sostenerse sin desencadenar los síntomas de una
psicosis clínica.
Es merced al artificio logrado a través de la escritura que Joyce logra un saber hacer con el efecto de
interpenetraciónentre simbólico y real; las palabras impuestas son elaboradas en su escritura hecha con el
inglés atacándolo, desintegrándolo. La tesis lacaniana implica que se forja, a través de este saber hacer,
un Ego de artista que no llegará aser un yo narcisista. Este anudamiento que remedia la carencia paterna
sin embargo adolece de un atributo esencialdel decir nombrante del padre: no se transmite. Lacan se
detiene en la relación de Joyce con el síntoma de su hija Lucia, de quien decía que era telépata. Lucia
padecía las palabras impuestas en una “prolongación del síntoma paterno”, más no pudo contar con la
referencia del nombre del padre transmitida generacionalmente.
Ahora bien, el sostén de su mentalidad sin precipitación sintomática también se tramaría en relación con
Nora, sumujer. Pero ¿qué función cumple esta relación con Nora? ¿Para qué le sirve? ¿Se trata de amor?
Algo encuentra alli Lacan que lo lleva a buscar las cartas de amor a Nora, a partir de lo cual afirma “es una
extraña relación sexual”.
Efectivamente, en las cartas se registra un intercambio erótico referido a sus prácticas sexuales que
incluyen fantasías sado-masoquistas y una pregnancia particular de lo excrementicio. Pero las cartas de
Joyce son también cartas de amor, apasionado, por momentos celoso, demandante de respuestas o de
una palabra que confirme el amor de ella. Sin embargo, C. Soler diferencia este vínculo de aquel que, se
supone, liga un hombre a una mujer en el que llama “síntoma padre”, en el cual se trata de ubicar a una
mujer como causa del deseo y hacerla suya para hacer hijos. Y, en el caso de Joyce,-Soler conjetura que
no habría correlación entre el fantaseo masturbatorio de las cartas y la práctica efectiva de la pareja;
objetando su "uso para el goce”.
También, con mayor poder argumental, retoma la perturbación producida por el nacimiento de los hijos,
formulada por Lacan como “cada vez que se presenta un mocoso es un drama, no estaba previsto en el
programa” y avalada por las informaciones biográficas.
C. Godoy, en base a las referencias biográficas, señala que Nora “se constituyó en una tenaz partenaire-
sinthome que, sin lugar a dudas, sostuvo con eficacia su anudamiento”. Lacan no toma en consideración la
relación Joyce- Nora desde la perspectiva del lazo amoroso, en su lugar acentuó esta extraña relación con
la analogía del guante dado vuelta. “El guante dado vuelta es Nora. Es la manera que él tiene de
considerar que ella le va como un guante”. Así lo sugieren algunas menciones en las cartas; “Espero que
pongas mi carta en la cama debidamente. Tu guante a mi lado toda la noche está sin abotonar; por otra
parte, se comporta muy decentemente como Nora”. Lacan señala a partir de aquí que Nora es su mujer
elegida, pero que es necesaria no sólo la complementariedad imaginaria sino también que ella “le ajuste
como un guante”. Esta particularidad es asociada al ego sinthome: si lo imaginario corre riesgo de
desprendimiento, la consistencia del cuerpo (aquel imaginario que se amarra merced al nombre de artista)
es sostenida también merced a la presencia de Nora, que lo enguanta ciñéndolo. Su presencia es
comentada, por ejemplo por Soler, como “complemento del síntoma”.
Finalmente, de estas líneas de Lacan se extrae un problema más ¿Esa extraña relación es una relación
sexual,?¿Entre estos dos enguantados hay relación sexual? “Allí donde hay relación es en la medida en
que hay sinthome, es decir donde el otro sexo es sostenido por el sinthome”. Soler propone interpretarla
en consonancia con una afirmación de la lección anterior, aquella en que el encuentro con Nora es
vinculado con el exilio de la relación sexual. Es entonces este encuentro con la mujer el que lo confronta
con el exilio de la relación sexual, propio del hablante, en lugar de velarlo merced al amor.
Concluyendo: sinthome y pareja amorosa
¿Qué saldo nos brinda el rodeo que hemos realizado bordeando el asunto del sinthome y, en especial, la
articulaciónsinthome- partenaire amoroso en el paradigma Joyce?
E sentido estricto, sinthome tiene especificidades objetivables a partir de su lugar en la estructura. Al
extenderse suuso, es posible confundirlo con suplencia en sentido amplio, pero ni uno ni otro nos brindan
indicaciones que permitan especificar lo amoroso en la psicosis.
Si tomamos como definición de amor la que formula Lacan en El Seminario 20. Aun, “...pues no hay allí
más que encuentro, encuentro en la pareja, de los síntomas, de los afectos, de todo cuanto, en cada quien
marca la huella de su exilio, no como sujeto sino como hablante, de su exilio de la relación sexual
¿Se trata entre Joyce y Nora de encuentro de los síntomas? O sea, ¿hay pareja amorosa? Podríamos
acordar con esta acumulación que implicaría que, además de ser pareja especular una relación amorosa
puede unir a partir del espanto de las propias faltas, pero no por el síntoma, sino por la consistencia
otorgada. Es destacable que, como venimos afirmando, la extensión de estas hipótesis requeriría la
afirmación de la psicosis de Joyce, pero también que un análisis de las cartas enviadas por Joyce daría
cuenta de que se cumple otra condición de lo amoroso y es el soportar el cambiode sentido, el
odioamoramiento.
En los rasgos de carácter lo que no pudo ser simbolizado se presenta como signo en la
transferencia, se muestra al analista, quien será el primer lector de la traza que guarda una relación
palpitable con el objeto. Las formaciones del icc en cambio, ya son producto de un cifrado del sujeto y al
analista le cabe hacer una relectura que escriba el goce de otro modo, al recuperar la letra su dimensión
significante. Lo que se abroquela como rasgo de carácter son huellas que aun no han sido leídas y
borradas, trazas que no pasan a ser significantes a la espera de que el trabajo analítico pueda llevar a
cabo la lectura. La dificultad que presentan estos rasgos es que toman totalmente al yo.
En los casos en los cuales predominan en el sujeto los rasgos de carácter apostamos a la escritura
de eso que era signo portado, congelado en la imagen, para que pueda advenir como letra. Las
alteraciones en el carácter hablan de un goce que no ha sido perdido. El falo como significante de la falta,
aun presente en la estructura, no termina de operar en zonas del goce que quedan en el área del ello sin
pasar al icc, trabando el circuito pulsional.
Existe otra analogía entre neurosis y psicosis, es que en ambas la tarea que debe acometerse en el
segundo paso fracasa parcialmente, puesto que no puede crearse un sustituto cabal para la pulsión
reprimida (neurosis), y la subrogación [representación] de la realidad no se deja verter en los moldes de
formas satisfactorias. Pero en uno y otro caso los acentos se distribuyen diversamente. En la psicosis, el
acento recae íntegramente sobre el primer paso, que es en sí patológico y sólo puede llevar a la
enfermedad; en la neurosis, en cambio, recae en el segundo, el fracaso de la represión, mientras que el
primer paso puede lograrse, y en efecto se logra innumerables veces en el marco de la salud. Estas
diferencias son consecuencia de la diversidad en la situación inicial del conflicto patógeno, que en ella el
yo haya dado su adhesión al mundo real u opte por su dependencia del ello.
La neurosis se conforma con evitar el fragmento de realidad correspondiente y protegerse del encuentro
con él. Ahora bien, la tajante distinción entre neurosis y psicosis debe disminuirse, pues tampoco en la
neurosis faltan intentos de sustituir la realidad indeseada por una más acorde al deseo. Semejante
posibilidad la da la existencia de un mundo de fantasía, un dominio que en su momento fue segregado del
mundo exterior real por la instauración del principio de realidad, y que desde entonces quedó liberado, a la
manera de una «reserva» , de las exigencias de la necesidad de la vida; si bien no es inaccesible para el
yo, sólo mantiene una dependencia laxa respecto de él. De este mundo de fantasía toma la neurosis el
material para sus neoformaciones de deseo, y comúnmente lo halla, por las vías de la regresión a un
pasado real más satisfactoria.
El mundo de la fantasía desempeña en la psicosis el mismo papel, de que también en ella constituye la
despensa de donde se recoge el material o el modelo para la construcción de la nueva realidad. Pero el
nuevo mundo exterior, fantástico, de la psicosis quiere remplazar a la realidad exterior; en cambio, el de la
neurosis gusta de apoyarse, en un fragmento de la realidad -diverso de aquel contra el cual tuvo que
defenderse-, le presta una significación particular y un sentido secreto que, llamamos simbólico.
Así, para ambas -neurosis y psicosis-, no sólo cuenta el problema de la pérdida de realidad, sino el de un
sustituto de realidad.
No puede escapársenos por mucho tiempo la existencia de un nexo entre la inhibición y la angustia.
Muchas inhibiciones son, evidentemente una renuncia a ciertas funciones porque a raíz de su ejercicio se
desarrollaría angustia. En la mujer es frecuente una angustia directa frente a la función sexual; la incluimos
en la histeria, lo mismo que al síntoma defensivo del asco, que originariamente se instala como una
reacción, sobre venida con posteridad, frente al acto sexual vivenciado de manera pasiva, y luego emerge
a raíz de la representación de este.
Se emplean muy diversos procedimientos para perturbar la función: 1) el mero extrañamiento de la libido,
que parece producir a lo sino lo que llamamos una inhibición pura;2) el menoscabo en la ejecución de la
función; 3) su obstaculización mediante condiciones particulares, y su modificación por desvío hacia otras
metas; 4) su prevención por medidas de aseguramiento; 5) su interrupción mediante un desarrollo de
angustia toda vez que no se pudo impedir su planteo, y por último, 6) una reacción con posterioridad que
protesta contra ella y quiere deshacer lo acontecido cuando la función se ejecutó a pesar de todo.
b. La perturbación más frecuente de la función nutricia es el displacer frente al alimento por quite de la
libido. Tampoco es raro un incremento del placer de comer. Como defensa histérica frente al acto
de comer conocemos el síntoma del vomito. El rehusamiento de la comida a consecuencia de
angustia es propio de algunos estados psicóticos.
d. La inhibición del trabajo, que tan a menudo se vuelve motivo de tratamiento en calidad de síntoma
aislado, nos muestra un placer disminuido, torpeza en la ejecución, o manifestaciones reactivas
como fatiga cuando se es compelido a perseguir el trabajo.
Nos decidimos, entonces, por una concepción que ya no deja subsistir grandes enigmas en el
concepto de inhibición. Esta última expresa una limitación funcional del yo, que a su vez puede tener muy
diversas causas. Conocemos bien muchos de los mecanismos de esta renuncia a la función, así como una
tendencia general de ellos
Hemos obtenido esta intelección, de validez universal: la función yoica de un órgano se deteriora
cuando aumenta su erogeneidad, su significación sexual, en tal caso se comporta, si se nos permite la
comparación un poco torpe.
El yo renuncia a estas funciones que le competen a fin de no verse precisado a emprender una
nueva represión, a fin de evitar un conflicto con el ello.
Otras inhibiciones se producen manifiestamente al servicio de la autopunicion; no es raro que asi
suceda en las actividades profesionales. El yo no tiene permitido hacer esas cosas porque le
proporcionarían provecho y éxito, que el severo superyó le ha denegado. Entonces el yo renuncia a esas
operaciones a fin de no entrar en conflicto con el superyó.
Las inhibicionesmás generales del yo obedecen a otro mecanismo, simple.
Acerca de las inhibiciones, podemos decir, a modo de conclusión, que son limitaciones de las funciones
yoicas, sea por precaución o a consecuencia de un empobrecimiento de energía. Ahora es fácil discernir la
diferencia entre la inhibición y el síntoma. Este último ya no puede describirse como un proceso que
suceda dentro del yo o que le suceda al yo.
Cap. IV
Como primer caso, consideremos en de una zoofobia histérica infantil; sea, por ejemplo, el de la
fobia del pequeño Hans a los caballos. Hace falta algún trabajo para orientarse y reconocer la moción
reprimida, su sustituto-síntoma, y el motivo de la represión.
El pequeño Hans se rehúsa a andar por la calle porque tiene angustia al caballo.
La incomprensible angustia frente al caballo es el síntoma; la incapacidad para andar por la calle,
un fenómeno de inhibición, una limitación que el yo se impone, para no provocar el síntoma-angustia. El
primer conocimiento fugitivo que tomamos del caso ni siquiera nos enseña cual es la expresión efectiva del
supuesto síntoma. Se trata, como lo averiguamos tras escuchas más detenidamente, no de una angustia
indeterminada frente al caballo, sino de una determinada expectativa angustiada: el caballo lo morderá.
Ocurre que este contenido procura sustraerse de la conciencia y sustituirse mediante la fobia
indeterminada, es la que ya no aparecemás que la angustia y su objeto. ¿Será este contenido el núcleo
del síntoma?
Se encuentra en la actitud edipica de celos y hostilidad hacia su padre, a quien, empero, ama de
corazón toda vez que no entre en cuenta la madre como causa de la desavenencia. Por tanto, un conflicto
de ambivalencia, un amor bien fundado y un odio no menos justificado, ambos dirigidos a una misma
persona. Su fobia tiene que ser un intento de solucionar ese conflicto.
Es este, una de las dos mociones en pugna, por regla general la tierna, se refuerza enormemente,
mientras que la otra desaparece. Solo que el carácter desmesurado y compulsivo de la ternura nos revela
que esa actitud no es la única presente, sino que se mantiene en continuo alerta para tener sofocada a su
contraria, y nos permite construir un proceso que describimos como represión por formación reactiva.
Casos como el del pequeño Hans no presentan nada parecido a una formación reactiva; es evidente que
hay diversos caminos para salir de un conflicto de ambivalencia.
La moción pulsional que sufre la represión es un impulso hostil hacia el padre. El análisis nos
brindó la prueba de ello mientras se empeñaba en pesquisar el origen de la idea del caballo mordedor.
Hans ha visto rodar a un caballo, y caer y lastimarse a un compañerito de juegos con quien había jugado
al caballito. Así nos dio derecho a construir en Hans una moción de deseo, la de que ojala el padre se
cayese, se hiciera daño como el caballo y la camarada.
Lo que la convierte en neurosis es, única y exclusivamente, otro rasgo: la sustitución del padre por
el caballo. Es, pues, este desplazamiento (descentramiento) lo que se hace acreedor al nombre de
síntoma. Es aquel otro mecanismo que permite tramitar el conflicto de ambivalencia sin la ayuda de la
formación reactiva. Tal desplazamiento es posibilitado o facilitado por la circunstancia de que a esa tierna
edad todavía están prontas a reanimarse las huellas innatas del pensamiento totemista.
El conflicto de ambivalencia no se tramita entonces en la persona misma; se lo esquiva, por así
decir, deslizando una de sus mociones hacia otra persona como objeto sustitutivo.
La desfiguración en qué consiste el síntoma no se emprende en la agencia representante (el
contenido de representación) de la moción pulsional por reprimir, sino en otra por entero diversa, que
corresponde solo a una reacción frente a lo genuinamente desagradable.
Si el pequeño Hans hubiera mostrado de hecho una conducta hostil hacia los caballos, el carácter
de la moción pulsional agresiva, chocante, no habría sido alterado en nada por la represión; solo habría
mudado de objeto.
Está comprobado que hay casos de represión cuyo único resultado es ese; en la génesis de la
fobia del pequeño Hans, empero, ha ocurrido algo más. Colegiamos ese tanto en más a partir de otro
fragmento de análisis.
Ya dijimos que el pequeño Hans indicaba como el contenido de su fobia la representación de ser
mordido por el caballo.
Ahora bien, la representación de ser devorado por el padre es un patrimonio infantil arcaico y típico;
las analogías provenientes de la mitología (cronos) y de la vida animal son universalmente conocidas. A
pesar de tales hechos concurrentes, este contenido de representación nos resulta tan extraño que solo
con incredulidad lo atribuíamos al niño.
Pero es el caso de la experiencia analítica nos proporciona las información requeridas. Nos enseña
que la representación de ser devorado por el padre es la expresión, degradada en sentido regresivo, de
una moción tierna pasiva: es la que apetece ser amado por el padre, como objeto, en el sentido del
erotismo genital. Si rastreamos la historia del caso, no subsistirá ninguna duda acerca de lo correcto de
esta interpretación. Es verdad que la moción genital ya no deja traslucir nada de su propósito tierno
cuando se la expresa en el lenguaje de la fase de transición, ya superada, que va de la organización
libidinal oral a la sádica. Por otra parte, ¿se trata solo de una sustitución de la agencia representante por
una expresión regresiva, o de una efectiva y real degradación regresiva de la moción orientada a lo genital
en el interior de ello? No parece fácil decirlo. El historial clínico de mi paciente ruso, el hombre de los
lobos, se pronuncia terminantemente en favor de la segunda posibilidad, más seria; en efecto, a partir del
sueño decisivo se comporta como un niño díscolo, martirizador, sádico y poco después desarrolla una
genuina neurosis obsesiva. De cualquier modo, obtenemos la intelección de que la represión no es el
único recurso de que dispone el yo para defenderse de una moción pulsional desagradable. Si el yo
consigue llevar la pulsión a la regresión, en el fondo la daña de manera másenérgica de lo que sería
posible mediante la represión. Es verdad que, en muchos casos, tras forzar la regresión la hace seguir por
una represión.
Desde ahora obtenemos dos intelecciones inesperadas. No cabe duda de que la moción pulsional
reprimida en estas fobias es una moción hostil hacia el padre. Puede decirse que es reprimida por el
proceso de mudanza hacia la parte contraria; en lugar si la agresión hacia el padre se presenta la agresión
(venganza) hacia la persona propia. Puesto que de todos modos una agresión de esa índole arraiga en la
fase libidinal sádica, solo le hace falta todavía cierta degradación al estadio oral, que en Hans es indicada
por el ser mordido y en mi paciente ruso, en cambio, se escenifica flagrantemente en el ser- devorado.
Pero, aparte de ello, el análisis permite comprobar con certeza indubitable que simultáneamente ha
sucumbido a la represión otra moción pulsional, de sentido contrario: una moción pasiva tierna respecto
del padre, que ya había alcanzado el nivel de la organización libidinal genital (fálica). Y hasta parece que
esta otra moción hubiera tenido mayor peso para el resultado final del proceso regresivo; es la que
experimenta la regresión más vasta, y cobra el influjo determinante sobre el contenido de la fobia. Por
tanto, donde pesquisábamos solo una represión de pulsión, tenemos que admitir el encuentro de dos
proceso de esa índole; las dos mociones pulsionales afectadas forman un par de opuestos; y másaún: si
apreciamos correctamente la historia del pequeño Hans, discernimos que mediante la formación de su
fobia se cancela también la investidura de objeto-madre tierna, de lo cual nada deja traslucir el contenido
de la fobia. En Hans se trata (en mi paciente ruso es menos nítido) de un proceso represivo que afecta a
casi todos los componentes del complejo de Edipo, tanto a la moción hostil como a la tierna hacia el padre,
y a la moción tierna respecto de la madre.
En lugar de una única represión, nos encontramos con una acumulación de ellas, y además nos
topamos con la regresión.
Nos saltan a la vista ciertas diferencias entre ambos; no solo acerca del pequeño Hans puede
enunciarse con exactitud que tramito mediante su fobia las dos mociones principales del complejo de
Edipo, la agresiva hacia el padre y la hipertierna hacia la madre; es cierto que también estuvo presente la
moción tierna hacia la madre; desempeña su papel en la represión de su opuesta, pero ni puede
demostrarse que fue lo bastante intensa como para provocar una represión, ni que resulto cancelada en lo
sucesivo. Hans parece haber sido un muchachito normal con el llamado complejo de Edipo “positivo”.
En el caso del ruso, la falta se sitúa en otro lugar; su vínculo con el objeto femenino fue perturbado
por una seducción prematura, el aspecto pasivo, femenino, se plasmó en el con intensidad, y el análisis de
su sueño de los lobos no revela gran cosa de una agresión deliberada hacia el padre; a cambio de ello,
aporta las más indubitables pruebas de que la represión afecta a la actitud pasiva, tierna hacia el padre.
También en su caso pueden haber participado los otros factores, pero no se presentan en escena. Y si a
pesar de estas diferencias entre los dos casos, que llegan a estar casi en una relación de oposición, el
resultado final de la fobia es aproximadamente el mismo, la explicación de ello tiene que venirnos de otro
lado; y nos viene de la segunda conclusión a que arribaos en nuestra pequeña indagación comparativa.
Creemos conocer el motor de la represión en ambos casos, y vemos corroborado su papel por el curso
que siguió el desarrollo de los dos niños. Es, en los dos, el mismo: la angustia frente a una castración
inminente. Por la angustia de castración resigna el pequeño Hans la agresión hacia el padre; su angustia
de que el caballo lo muerda puede completarse, sin forzar las cosas: que el caballo le arranque de un
mordisco los genitales, lo castre. Pero también el pequeño ruso renuncia por angustia de castración al
deseo de ser amado por el padre como objeto sexual, pues ha comprendido que una relación así tendría
por premisa que el sacrificara sus genitales, a saber, lo que lo diferencia de la mujer.
El hecho de que el texto de la fobia ya no contenga referencia alguna a la castración se debe por
cierto a un acabado triunfo de la represión.
Y ahora, la inesperada conclusión: en ambos casos, el motor de la represión es la angustia frente a
la castración; los contenidos angustiantes (ser mordido por el caballo y ser devorado por el lobo) son
sustitutos desfigurados (dislocados) del contenido “ser castrado por el padre”.
En el ruso, era expresión de un deseo que no pudo subsistir tras la revuelta de la masculinidad; en
Hans, expresaba una reacción que trasmudo la agresión hacia su parte contraria. Pero el efecto-angustia
de la fobia, que constituye la esencia de esta última, no proviene del proceso represivo, de las investiduras
libidinosas de las mociones reprimidas, sino de lo represor mismo; la angustia de la zoofobia es la angustia
de castración inmutada, vale decir, una angustia realista, angustia frente a un peligro que amenaza
efectivamente o es considerado real. Aquí la angustia crea a la represión y no la represión a la angustia
(como yo opinaba antes).
La angustia de las zoofobias es la angustia de castración del yo; la de la agorafobia, parece ser
angustia de tentación que genéticamente ha de entramarse sin duda con la angustia de castración.
La actitud angustiada del yo es siempre lo primario, y es la impulsión para la represión. La angustia
nunca proviene de la libido reprimida. Suponía haber discernido el proceso metapsicológico de una
transposición directa de la libido en angustia; hoy no puedo seguir sosteniéndolo. Por lo demás, no puede
indicar entonces el modo en que se consumaría una trasmudaciónasí.
Halle que determinadas prácticassexuales provocan estallidos de angustia y un apronte angustiado
general; ello sucede, pues, siempre que la excitación sexual es inhibida, detenida o desviada en su
decurso hacia la satisfacción. Y puesto que la excitación sexual es la expresión de mociones pulsionales
libidinosas, no parecía osado suponer que la libido se mudaba en angustia por la injerencia de esas
perturbaciones. No puede desecharse que la libido de los procesos-ello experimente una perturbación
iniciada por la represión; en consecuencia, puede seguir siendo correcto que a raíz de la represión se
forme angustia desde la investidura libidinal de las mociones pulsionales.
No es fácil reducir esos dos orígenes de la angustia a uno solo. Puede ensayarse con el supuesto
de que el yo, en la situación del coito perturbado, de la excitación suspendida, de la abstinencia, husmea
un peligro frente al cual reacciona con angustia; pero no salimos adelante con ello. Por otra parte, el
análisis de las fobias, tal como lo hemos emprendido, no parece admitir una enmienda. No está claro.
Cap. VII
Si volvemos a las zoofobias infantiles. El yo debe proceder aquí contra una investidura de objeto
libidinosa del ello (ya sea complejo de Edipo positivo o negativo), porque ha comprendido que ceder a ella
aparejaría el peligro de la castración.
En el caso del pequeño Hans ¿debemos suponer que la defensa del yo fue provocada por la
moción tierna hacia la madre, o por la agresiva hacia el padre? Esta cuestión presenta interés teórico
porque solo la corriente tierna hacia la madre puede considerarse erótica pura. La agresiva depende
esencialmente de la pulsión de destrucción, y siempre hemos creído que en la neurosis el yo se defiende
de exigencias de la libido, no de las otras pulsiones. De hecho vemos que tras la formación de la fobia la
ligazón-madre tierna ha como desaparecido, ha sido radicalmente tramitada por la represión, mientras que
la formación sintomática se ha consumado en torno de la moción agresiva.
En el caso “hombre de los lobos”, las cosas son más simples; la moción reprimida es en efecto una
moción erótica, la actitud femenina frente al padre, y en torno de ella se consuma también la formación de
síntoma.
Lo que aquí nos obstruye el camino es, evidentemente, una desigualdad en el desarrollo de nuestra
doctrina de las pulsiones. Primero habíamos seguido las organizaciones de la libido desde el estadio oral,
pasando por el sádico-anal, hasta el genital, y al hacerlo equiparábamos entre si todos los componentes
de la pulsión sexual. Después el sadismo se nos apareció como subrogado de otra pulsión, opuesta al
Eros. La nueva concepción de los dos grupos de pulsiones parece hacer saltar la anterior construcción de
fases sucesivas de la organización libidinal.
La investidura sádica de objeto se ha hecho también acreedora a que la tratemos como libidinosa,
no nos vemos obligados a revisar las organizaciones de la libido y la moción agresiva hacia el padre puede
ser objeto de la represión a igual título que la moción tierna hacia la madre. A pesar de ello, apartamos
como tema ulteriores reflexiones la posibilidad de que la represión sea un proceso que mantiene un
vínculo particular con la organización general de la libido, y que el yo recurra a otros métodos de defensa
cuando se ve precisado a resguardarse de la libido en otros estadios de la organización.
Dijimos que tan pronto como discierne el peligro de castración, el yo da la señal de angustia e
inhibe el proceso de investidura amenazador en el ello; lo hace de una manera que todavía no inteligimos,
por medio de la instancia placer-displacer, al mismo tiempo se consuma la formación de la fobia. La
angustia de castración recibe otro objeto y una expresión desfigurada: ser mordido por el caballo o ser
devorado por el lobo, en vez de ser castrado por el padre. La formación sustitutiva tiene dos manifiestas
ventajas; la primera, que esquiva un conflicto de ambivalencia, pues el padre es simultáneamente un
objeto amado; y la segunda, que permite al yo suspender el desarrollo de angustia. Es efecto, la angustia
de la fobia es facultativa, solo emerge cuando su objeto es asunto de la percepción.
El pequeño Hans impone a su yo una limitación, produce la inhibición de salir para no encontrarse
con caballos. El pequeño ruso se las arregla de manera aúnmáscómoda; apenas si constituye una
renuncia para el no tomar más entre sus manos cierto libro de ilustraciones.
Ya una vez ha adscrito a la fobia el carácter de una proyección, pues sustituye un peligro pulsional
interior por un peligro de percepción exterior. Esto trae la ventaja de que uno puede protegerse del peligro
exterior mediante la huida y la evitación de percibirlo, mientras que la huida no cale de nada frente al
peligro interior. Mi puntualización no era incorrecta, pero se quedaba en la superficie. La exigencia
pulsional no es un peligro en si misma; lo es solo porque conlleva un auténtico peligro exterior, el de la
castración. Por tanto, en la fobia, en el fondo solo se ha sustituido un peligro exterior por otro. El hecho de
que el yo pueda sustraerse de la angustia por medio de una evitación o de un síntoma-inhibición armoniza
muy bien con la concepción de esa angustia es solo una señal. Afecto, y de que nada ha cambiado de la
situación económica.
El contenido de la angustia permanece inconsciente, y solo deviene consiente en una
desfiguración.
La sintomatología de la agorafobia se complica por el hecho de que el yo no se conforma con una
renuncia; hace algo más para quitar a la situación su carácter peligroso. Este agregado suele ser una
regresión temporal a los años de la infancia y emerge como la condición bajo la cual se puede omitir la
renuncia.
La fobia se establece por regla general después que en ciertas circunstancias se vivencio un primer
ataque de angustia. Así se proscribe la angustia, pero reaparece toda vez que no se puede observar la
condición protectora. El mecanismo de la fobia presta buenos servicios como medio de defensa y exhibe
una gran inclinación a la estabilidad.
Lo que acabamos de averiguar acerca de la angustia en el caso de las fobias es aplicable también
a la neurosis obsesiva. No es difícil reducir su situación a la de la fobia. El motor de toda la posterior
formación de síntoma es aquí, evidentemente, la angustia del yo frente a su superyó. La hostilidad del
superyó es la situación de peligro de la cual el yo se ve precisado a sustraerse. Aquí falta todo asomo de
proyección; el peligro está enteramente interiorizado. Pero si nos preguntamos por lo que el yo teme del
superyó, se impone la concepción de que el castigo de este es un eco del castigo de castración. Así como
el superyó es el padre que devino apersonal, la angustia frente a la castración con que este amenaza se
ha trasmudado en una angustia social indeterminada o en una angustia de la conciencia moral. Pero esa
angustia esta encubierta; el yo se sustrae de ella ejecutando, obediente, los mandamientos, preceptos y
acciones expiatorias que le son impuestos.
Nuestra conclusión: la angustia es la reacción frente a la situación de peligro; se la ahorra si el yo
hace algo para evitar la situación o sustraerse de ella. Ahora se podría decir que los síntomas son creados
para evitar el desarrollo de angustia, pero ello no nos procura una mirada muy honda. Es más correcto
decir que los síntomas son creados para evitar la situación de peligro que es señalada mediante el
desarrollo de la angustia. Pues bien, en los casos considerados hasta ahora ese peligro era el de la
castración o algo derivado de ella.
Si la angustia es la reacción del yo frente al peligro, parece evidente que la neurosis traumática, tan
a menudo secuela de un peligro mortal, ha de concebirse como una consecuencia directa de la angustia
de supervivencia o de muerte, dejando de lado los vasallajes del yo y la castración.
Ahora bien, en lo inconsciente no hay nada que pueda dar contenido a nuestro concepto de
aniquilación de vida. La castración se vuelve por así decir representable por medio de la experiencia
cotidiana de la separación respecto del contenido de los intestinos y la pérdida del pecho-materno
vivenciada a raíz del destete; empero, nunca se ha experimentado nada semejante a la muerte, o bien,
como es el caso del desmayo, no ha dejado tras sí ninguna huella registrable. Por eso me atengo a la
conjetura de que la angustia de muerte debe concebirse como un análogo a la angustia de castración, y
que la situación frente a la cual el yo reacciona es la de ser abandonado por el superyó protector, con lo
que expiraría ese su seguro para todos los peligros. Además, cuenta el hecho de que a raíz de las
vivencias que llevan a la neurosis traumática es quebrada la protección contra los estímulos exteriores y
en el aparato anímico ingresan volúmenes hipertróficos de excitación de suerte que aquí estamos ante una
segunda posibilidad: la de que la angustia no se limite a ser una señal-afecto, sino que sea también
producida como algo nuevo a partir de las condiciones económicas de la situación.
Hemos obtenidos una nueva concepción de la angustia. Si hasta ahora la considerábamos una
señal-afecto del peligro, nos parece que se trata tan a menudo del peligro de la castración como de la
reacción frente a una perdida, una separación.
La primera vivencia de angustia, al menos del ser humano, es la del nacimiento, y este
objetivamente significa la separación de la madre.
FICHA 3343: THOMPSON Y FRYDMAN, EL CARÁCTER, UN OBSTÁCULO PARA DELIMITAR
EL SÍNTOMA EN LA NEUROSIS
¿Qué entendemos por carácter?
El carácter no es una noción construida por el psicoanálisis, pero ha servido para dar sentido a
ciertos tropiezos en la cura. En los comienzos del psicoanálisis, el carácter se destacó como una
resistencia que se opone al tratamiento; luego fue evaluado a paradigma, por Reich, de la transferencia
negativa y obstáculo primero en la iniciación del tratamiento, y llego a ser admitido por algunos autores
como índice de lo real.
El carácter es el depositario de los modos de ser y de las condiciones de las personas con relación
a otras, es decir sus maneras, formas, estilos y actitudes. Que el termino, coincida con el nombre de los
signos de escritura, las letras, enfatiza la significación de marca que, al mismo tiempo de transmitir, fija e
inmoviliza.
A la hora de dar cuenta del carácter, Freud le otorga el estatuto de sedimento:
“Lo que llamamos el carácter de un hombre está construido en buena parte con el material de las
excitaciones sexuales, y se compone de pulsiones fijadas desde la infancia, de otras adquiridas por
sublimación y de construcciones destinadas a sofrenar unas mociones perversas, reconocidas como
inaplicables”.
Las marcas libidinales coagulan en rasgos de carácter que llevan el sello de sus correspondientes
orígenes: anal, oral, uretral. Posteriormente, al carácter le corresponderá ser el sitio donde sedimentaran
las identificaciones; también restos, pero de investimentos de los objetos de amor que se pierden en la
historia.
Finalmente, el carácter en el análisis es aquello que se presenta como lo fijo, lo inercial e
inanalizable. Freud lo denomina un modo de consumir a la pulsión, lo que puede traducirse en términos de
aquello que del fantasma queda reabsorbido por el yo.
F.3366. LACAN- “El seminario. Libro III: “La psicosis, Cap. II, III, y pto 1 del IV”
Apartado II La significación del delirio
Kraepelin dice que la paranoia se distingue de las demás psicosis porque se caracteriza por el desarrollo
insidioso de causas internas con una evolución continua, de un sistema delirante, duradero e imposible de
quebrantar, que se instala con una conservación completa de la claridad y el orden en el pensamiento, la
volición y la acción. Lacan dice que de esta definición nada es cierto.
Para Lacan, el desarrollo de la paranoia no es insidioso, siempre hay brotes, fases. Dice que hay un
“momento fecundo” que es sensible al inicio de la paranoia. También dice que siempre hay una ruptura en
lo que Kraepelin llama evolución continua del delirio dependiente de causas internas. No puede limitarse la
evolución de la paranoia a causas internas, en las causas desencadenantes de una paranoia, siempre se
pone de manifiesto un elemento emocional en la vida del sujeto, una crisis vital que tiene que ver con sus
relaciones externas.
Respecto a la “evolución continua de un sistema delirante duradero e imposible de quebrantar”, dice que el
sistema delirante varía, esté o no quebrantado. La variación se debe a la interpsicología, a las
intervenciones del exterior, al mantenimiento o a la perturbación de cierto orden en el mundo que rodea al
enfermo.
“se instala con una conservación completa de la claridad y el orden en el pensamiento, la volición y la
acción “. Lacan dice que sí, pero que lo comprensible es un término fugitivo, inasible. Hay que comenzar
creyendo que no comprendemos. La dificultad de abordar el problema de la paranoia se debe al hecho de
situarla en el plano de la comprensión. Aquí el fenómeno elemental, irreductible, está a nivel de la
interpretación.
¿Qué dice el sujeto sobre todo en cierto periodo de su delirio? Que hay significación. Cual, no sabe, pero
ocupa el primer plano, se impone, y para él es perfectamente comprensible. Y justamente porque se sitúa
en el plano de la comprensión como un fenómeno incomprensible, la paranoia es tan difícil de captar.
Lo propio de las psicopatologías es engañar la comprensión. En el momento en que el alumno ha
comprendido, se precipita a tapar un caso con una comprensión, se deja pasar la interpretación que
convenía hacer o no hacer.
Lo importante no es que la percepción, deducción, explicación o el dialogo del paciente sean más o menos
comprensible para nosotros, lo que es llamativo, es que es inaccesible, inerte, estancado en relación a
toda dialéctica. Es decir, puede entrañar un elemento de significación, pero ese elemento es repetitivo,
puede ocurrir que el sujeto lo elabora, pero quedará reiterándose siempre con el mismo signo interrogativo
implícito, sin que nunca le sea dada respuesta alguna, y se intenten integrarlo en un diálogo. El fenómeno
está cerrado a toda composición dialéctica.
En la paranoia las facultades del sujeto están integradas. La volición, la acción, parecen homogéneas, no
hay déficit en ningún lado, ni falla, trastorno en las funciones.
La pregunta ¿Quién habla? Debe dominar todo el problema de la paranoia. Las alucinaciones verbales se
producían en personas en las que podía percibirse que ellos mismos estaban articulando, sabiéndolo o no,
las palabras que acusaban a las voces de haber pronunciado. La alucinación auditiva no tenía su fuente
en el exterior, sino interior.
El elemento que consideramos crucial en el diagnóstico de psicosis se verifica en cada caso. Nos
referimos al punto señalado por Lacan de inercia dialéctica en que se encuentra el sujeto cuando el
significante de su síntoma está en lo real, como un significante que no se liga a nada. (Punto asegurado de
la psicosis, de la pre-psicosis).
El neologismo del psicótico es un significante indefinible, un significante absolutamente resistente a la
operatoria de la definición, ya que no se relaciona con otros términos al modo del diccionario, no se
articula a ellos en un saber de diccionario, aun si se trata de un término que esta en uso. Suele ser un
término sistemáticamente bien articulado en la frase en que se incluye, porque no es ese, el de la sintaxis,
en el nivel en que se sitúa el trastorno del lenguaje al que llamamos neologismo. No es un trastorno de la
sintaxis, sino del polo en que los términos se pueden sustituir unos a otros, en un mismo lugar de la
cadena: el polo metafórico. No se puede sustituir por otro. Déficit en el polo metafórico del lenguaje. Están
afectadas las relaciones paradigmáticas (Saussure). Siempre está como fuera de contexto, como un
significante extraído de lo simbólico, sin valor semántico, sin significación, una especie de adoquín en el
medio de la cadena. Es un significante que a pesar de conservar en muchos casos un aspecto de
corrección formal sintácticamente bien situado, sin embargo tiene un peso de ruptura de la significación
que permite ilustrar lo que se llama significante en lo real. Cuando el significante perdió sus lazos
semánticos con otros significantes, sus lazos de producción de significación, se trata de una intersección
pura de lo simbólico con lo real. No significa nada en particular.
La inercia dialéctica por lo general se traduce subjetivamente como certeza.
La confianza en el síntoma
El analista instaura ante su paciente, sea este neurótico o psicótico, una distribución subjetiva que es
específica del discurso analítico. Lo primero que cumple el analista con su acto, es la cesión de la posición
de sujeto al paciente. Autoriza la transferencia, ya que la transferencia implica que el sujeto no reconoce
en quien lo escucha a otro sujeto, sino que lo toma como objeto. El analista, al dejarse tomar como objeto,
abre la puerta al desarrollo de la transferencia. Tiende a producirse en la primera entrevista.
La posición del analista no se sostiene si de su parte no hay una destitución subjetiva operando. Solo un
sujeto que acepta resignar sus títulos, sus significantes, su decir de sujeto del icc, al menos
transitoriamente, solo él puede tolerar que cuenten únicamente durante toda la entrevista o la sesión, los
títulos, los emblemas, los significados que representan a otro sujeto, al paciente. No debe retroceder ante
la psicosis.
¿Enqué consiste la intimidad de un encuentro entre dos? Es el encuentro del sujeto con su objeto, ese
objeto interno, encarnado por un partenaire. Puede ser un encuentro ilusorio, fantasmático, pero la
condición es esa, que el sujeto encuentre un “semblante” de su objeto en el partenaire.
Razones por las que se puede desconfiar del síntoma:
- prefieren tomar como referencia segura e interlocutor válido a lo que ellos llaman la parte sana del
yo.
- El síntoma no es confiable porque engaña, nos presenta un significante en lugar de otro, y además,
en la neurosis, no se sostiene sin las fantasías, etc. La mayor parte de los analistas después de
Freud, pensaron que el síntoma era lo manifiesto, y q por lo tanto no era lo importante.
Neurosis: El síntoma es el motor del que depende no solo la orientación sino también la posibilidad misma
de que el análisis avance
Psicosis: Lacan se opone a considerar el síntoma como el índice de un proceso oculto. Dice que en
ninguna parte el síntoma, si se lo sabe leer, estamás claramente articulado en la estructura misma que en
la psicosis. En su síntoma no hay ninguna verdad que develar, nada sobre todo del orden de documento y
la develación en el registro de lo metafórico. En la psicosis no hay nada oculto en el sentido de la represión
freudiana. Y lo forcluido no oculta nada, arroja más bien al significante en lo real, desde donde retorna
abiertamente en el síntoma.
El sujeto de la alucinación
Alucinación: Esquirol. Percepción sin objeto.
La alucinación consiste en percibir un objeto que no debe ser percibido. Es una percepción sin objeto a
percibir.
Lo esencial de la alucinación es el fenómeno del lenguaje, el único que permite cernir la posición o las
posiciones del sujeto. El fenómeno encuentra en el lenguaje sus coordenadas de estructura. El sujeto se
concibe entonces como una estructura vacía, sin contenido ni significación, que es representado por el
significante del enunciado, pero que participa al mismo tiempo del emisor y del receptor en la enunciación
del significante. Así se entiende que el escuchar y el hablar sean el derecho y el revés del mismo acto, el
acto en que el sujeto se distribuye entre las personas que pueblan el fenómeno alucinatorio.
El sujeto no es otra cosa que un efecto de significación, efecto de significación en lo real, si es cierto que el
significante representa al sujeto para otro significante.